2025/12/29

Ángulos (Orson Scott Card)


Título original: Angles
Año: 2002


3000
Hakira disfrutó sobrevolando las calles de Manhattan. Los armazones oxidados de los viejos edificios parecían esqueletos de antiguos leviatanes embarrancados en la playa, pero él oía las voces, los cláxones, la maquinaria en movimiento de las calles atestadas, y olía los humos, los tubos de escape y el aceite recalentado aunque lo único que viera a sus pies fueran las copas de los árboles crecidos en aquellas calles ya desaparecidas. En un mundo tan despoblado como aquél, no había razón para desmantelar las ruinas ni podar los árboles, ¡que se convirtieran en monumentos para el disfrute de los visitantes ocasionales!
Muchos lugares del mundo seguían superpoblados. La mayoría de la gente disfrutaba de la compañía humana o como mínimo la necesitaba, como había ocurrido siempre; incluso los reclusos preferían tener a alguien cerca de vez en cuando. Los satélites y las redes de comunicación terrestre seguían uniendo el mundo; los puertos se dedicaban a los viajes y el comercio ligero, como el de fruta fuera de estación y verdura destinada a consumidores que preferían no desplazarse hasta su país de origen. Pero, cuando el año 3000 estaba a punto de finalizar, existían lugares como aquél, en los que parecía que el planeta Tierra estuviera casi despoblado, como si la humanidad se hubiera trasladado a otro lugar.
Lo cierto es que probablemente había más seres humanos vivos de lo que nadie hubiera creído posible. Ningún ser humano había abandonado el Sistema Solar, y apenas un puñado vivía en otro lugar que no fuera la Tierra. Una de las Tierras en realidad; uno de los ángulos de la Tierra. En los últimos quinientos años, millones de personas habían cruzado a través de curvadores para colonizar otras versiones de la Tierra en las que la humanidad nunca hubiera evolucionado. Ahora, un mundo con sólo mil millones de habitantes parecía repleto.
De los billones de personas cuya existencia se conocía, la que Hakira se disponía a visitar vivía en una casa de doscientos años de antigüedad situada en la costa sureste de la isla, donde en los viejos tiempos se situaba la artillería para controlar el puerto; cuando el Atlántico llegaba más tierra adentro, cuando los invasores llegaban en barco.
Hakira hizo aterrizar su transporte en el prado, allí donde le indicaba la señal de localización. Apagó el motor y salió al vigorizante aire de una mañana veraniega, a pocos kilómetros del glaciar más cercano. Lo esperaban, así que las alarmas de seguridad no se dispararon y las luces iluminaron un sendero que se internaba en el oscuro bosque.
Como su anfitrión era un poco ostentoso, no tardaron en flanquearlo un par de tigres dientes de sable. Podían ser una simulación creada por ordenador pero, conociendo la reputación de Moshe, probablemente se trataba de reproducciones genéticas muy caras, condicionadas sin duda para que su comportamiento agresivo aflorara únicamente bajo una orden directa. Y Moshe no tenía razones para azuzarlos contra Hakira. Al fin y al cabo, eran almas gemelas.
El sendero desembocaba en un prado, y dio varios pasos antes de darse cuenta de que aquel prado era el tejado de una casa, porque, aquí y allá, entre la hierba y las flores, sobresalían claraboyas inclinadas. El sendero describía una curva y se convertía en una rampa que dominaba el Hudson a lo largo de la fachada lateral de la casa. Al final llegó a una puerta.
Y la puerta se abrió.
Un radiante Moshe apareció vestido con un kimono.
—¡Pase, Hakira, pase! ¡Se ha tomado su tiempo!
—Acordamos el día, no la hora.
—No importa la hora, siempre es buen momento. Me refería a que, según mi sistema de seguridad, ha hecho la gira completa.
—Manhattan. Un lugar muy triste, como un sueño irrecuperable.
—Tiene alma de poeta.
—Nunca me habían acusado de eso.
—Porque es usted japonés —puntualizó Moshe.
Se sentaron frente a una chimenea cuyo fuego parecía real. No humeaba pero calentaba, así que Hakira se sofocó un poco cuando se inclinó hacia él.
—Hay poetas japoneses.
—Lo sé. ¿Pero en qué piensa todo el mundo cuando oye hablar de los japoneses errantes?
Hakira sonrió.
—Pero usted tiene dinero.
—No vale nada al cambio —replicó Moshe—. Y lo que tampoco tengo, como no tienen ustedes, es un hogar.
Hakira miró a su alrededor, contemplando el lujoso salón.
—Supongo que, técnicamente, esto es una cueva.
—Una patria. Durante nueve siglos y medio, su pueblo ha podido ir a cualquier parte del mundo excepto a una, un archipiélago de islas que antes se llamaban Honshu, Hokkaido, Kyushu...
Hakira, repentinamente abrumado por la emoción, alzó la mano para detener la cruel enumeración.
—Sé que su pueblo también fue expulsado de su tierra natal.
—Repetidamente —reconoció Moshe.
—Espero que me perdone, pero me resulta imposible imaginar que nadie añore un desierto junto a un mar muerto tanto como se pueden añorar unas islas exuberantes estranguladas durante casi mil años por el dragón chino.
—Seco o húmedo, llano o montañoso, el hogar al que se nos prohíbe volver siempre es hermoso en nuestros sueños.
—¿Quién tiene ahora alma de poeta?
—Su organización fracasará, lo sabe.
—No sé nada de eso, señor.
—Fracasará. Porque China nunca cederá. Si lo hiciera, estaría admitiendo una equivocación... y nunca la admitirá. Para ellos, ustedes son unos intrusos. El Consejo de Paz puede emitir tantas resoluciones como quiera, que los chinos seguirán impidiendo que los japoneses visiten sus islas. Y utilizarán como excusa el argumento, perfectamente válido por otra parte, de que, si tanto desean ver Japón, sólo tienen que irse a un ángulo diferente. Seguro que habrá muchos donde sus turistas y sus dólares sean bienvenidos.
—No —dijo Hakira—. Esos otros ángulos no son este mundo.
—Pero lo son.
—Pero no lo son.
—Bueno, ése es nuestro dilema. Hagamos o no hagamos negocios, todo gira en torno a ese asunto. ¿Qué quieren de ese archipiélago concretamente? ¿La tierra? Ya pueden visitarlo y se nos ha dicho que, a causa de una incoherencia inanimada, es verdaderamente la misma tierra, no importa en qué ángulo la habiten. ¿O su deseo no es simplemente ir allí, sino ir allí porque de esa forma desafían a los chinos? ¿Los mueve el odio?
—No, rechazo ambas interpretaciones —negó Hakira—. No me importan los chinos. Y ahora que ha planteado el problema en esos términos, me doy cuenta de que no lo tengo muy claro. Porque cuando hablo de la preciosa tierra del sol naciente, lo que de hecho añoro es una nación japonesa asentada en esas islas, sin que ninguna otra la moleste, autogobernándose como hemos hecho desde los comienzos de nuestra existencia como pueblo.
—Ah, veo que a lo mejor sí que podremos hacer negocios. Porque puedo garantizarle lo que su corazón anhela.


—El mío y el de todo el pueblo kotoshi.
—Ah, los eternamente optimistas kotoshi. Significa "este año", ¿no? Como cuando nosotros decimos "este año regresaremos".
—Como cuando su pueblo dice "el año próximo en Jerusalén".
—Un Japón en el que los japoneses lleven gobernando los últimos mil años, un mundo en el que no sean unos legendarios creadores de juguetes desarraigados sino una nación más entre todas las naciones, y una de las más grandes. ¿Ésa es la patria a la que quiere regresar?
—Sí —admitió Hakira.
—Pero ese Japón no existe en nuestro mundo, ni siquiera ahora que los chinos ya no necesitan ni la mitad del territorio de su original China Han. Así que no quiere el Japón de este mundo, ¿verdad? El Japón que quiere es una fantasía, un sueño.
—Una esperanza.
—Un deseo.
—Un plan.
—¿Se le ha ocurrido que ese Japón puede no existir en ninguno de los ángulos del mundo?
—Esto no es como lo de la enorme biblioteca del cuento, en la que se dice que, de entre todos los libros que contienen todas las combinaciones de todas las letras, hay uno que narra la verdadera historia del mundo. Existen muchos ángulos, sí, pero nuestra habilidad para diferenciarlos no es infinita. En muchos de ellos la vida ni siquiera ha evolucionado y el aire es irrespirable. Es un experimento que no hay que tomarse a la ligera.
—Oh, por supuesto. El problema es encontrar un mundo lo más parecido al nuestro donde ya exista una nación llamada Japón (o Nipón, supongo) en la que se hable japonés... Usted habla japonés, ¿verdad?
—Mis padres no me hablaron en otro idioma hasta que a los cinco años tuve que ir al colegio.
—Sí, bien, encontrar un mundo así será un milagro.
—Y buscarlo sería de locos.
—Pero lo han buscado.
Hakira esperó, pero Moshe no dijo nada.
—¿Y lo han encontrado?
—¿Qué valdría para ustedes si lo hubieran hecho?

2024 — Ángulo Θ
—Eres un científico —dijo Leonard—. Esto no está a tu altura.
—Tengo vídeos —dijo Bêto—. Con un reloj mecánico incorporado para que se vea el paso del tiempo. La silla se mueve.
—No puedes hacer nada que alguien no haya fingido ya en algún lugar y en algún momento sin éxito.
—¿Por qué iba a fingirlo? Cuando publique esto mi carrera habrá terminado.
—Justo lo que te estaba diciendo, Bêto. Eres ante todo geólogo, y los geólogos no estudian los poltergeist.
—Quédate conmigo, Leonard. Míralo.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. A veces es instantáneo y otras tarda días.
—No puedo perder días.
—Juguemos a cartas como solíamos hacer en la facultad. Pero antes fíjate en la silla. No está pegada al suelo, ni le he atado una cuerda o un hilo. Es una silla normal en todos los sentidos.
—Pareces un mago en plena actuación.
—Pero la silla es normal.
—Eso parece.
—¿Parece? Está bien, no te fíes si no quieres. Muévela. Ponla donde quieras.
—Muy bien. ¿Puedo ponerla boca abajo?
—Dará igual.
—¿Encima de la puerta?
—No me importa.
—Y mientras, ¿jugaremos a cartas?
—Reparte.

2090
Es el problema de la memoria. Hemos trazado todo el mapa del cerebro, podemos rastrear la actividad de cada neurona y de cada sinapsis, hemos analizado la composición química de las células, podemos encontrar sin ninguna clase de cirugía qué punto del cerebro controla cada músculo o dónde se originan las percepciones. Incluso podemos estimular el cerebro para que rastree los recuerdos. Pero eso es todo. No sabemos cómo se almacena la memoria ni dónde.
Sé que en sus libros de texto de secundaria, y quizás en sus primeras clases en la universidad, leyeron que el de la memoria fue el primer problema que resolvimos, pero es una confusión. Descubrimos que, una vez localizado un recuerdo concreto, si se destruía esa porción de cerebro (y eso era lo que sucedía en otros tiempos porque se usaba un equipo tosco que mataba miles de células a la vez, lo que era un despilfarro increíble y potencialmente demoledor para el sujeto), si ese punto concreto era destruido el recuerdo no se perdía, sino que reaparecía en alguna otra parte.
Así que, durante muchos años, creímos que los recuerdos estaban almacenados holográficamente; es decir, en pequeños fragmentos repartidos por muchos lugares distintos, de modo que la pérdida de un pequeño detalle aquí o allí no causaba la pérdida de toda la secuencia. No obstante, esto resultó ser una quimera, porque, cuando nuestras investigaciones se fueron haciendo más y más precisas, descubrimos que el cerebro tiene un límite y que un sistema de almacenamiento de recuerdos como ése ocuparía el cerebro entero de un niño antes de que éste cumpliera tres años. Porque, ¿saben?, no perdemos ningún recuerdo. Algunos nos cuesta recuperarlos, y la gente suele olvidar cosas, pero no por un problema de almacenamiento sino de recuperación.
Porciones de nuestra red neuronal se estropean o se colapsan, así que el rastro se pierde, o la ruta es tan extensa que no conseguimos enlazar el recuerdo A con el recuerdo B sin pasar por otros tan poderosos que nos distraen del intento de recuperación. Pero, con tiempo (o estimulando la ruta del recuerdo emparentado) todos los recuerdos pueden ser recuperados. Todos. Cada instante de nuestra vida.
No podemos recuperar más de lo que nuestra percepción y nuestros sentidos hayan captado, pero eso no cambia el hecho de que, efectivamente, podemos recuperar todos y cada uno de los momentos de nuestra infancia o todos y cada uno de los momentos de esta clase. Podemos recuperar cualquier pensamiento consciente... aunque no el flujo inconsciente subyacente. Todo está almacenado en alguna parte. El cerebro sólo es el mecanismo de recuperación.
Eso ha llevado a algunos observadores a concluir que de hecho existe una mente, quizás incluso un alma, una parte no física del ser humano más allá de lo mensurable. De ser así, se encuentra más allá del alcance de la ciencia. No obstante soy un científico y, con mis colegas (algunos de los cuales una vez se sentaron en las mismas sillas que ahora ocupan ustedes), he trabajado mucho y muy duro para encontrar una explicación física. Algunos han criticado esos esfuerzos, porque indican que mi fe en la inexistencia de lo inmaterial es tan ciega que me niego incluso a creer en la prueba material de la inmaterialidad. No se rían, es una objeción válida. Pero mi respuesta es que no podemos demostrar el carácter insustancial de la mente por el mero hecho de que somos incapaces de detectar la materia de la que está hecha.


Me alegra decirles que nos han comunicado que la revista Mente (no aspirábamos a otra revista que no fuera la mejor sobre el tema) ha aceptado el artículo en el que detallamos nuestros descubrimientos. No tenemos una respuesta, pero removeremos un poco el campo de investigación y plantearemos al menos la posibilidad de una respuesta material al problema de la memoria. Porque hemos descubierto que, cuando se accede a las neuronas en busca de un recuerdo, en dichas neuronas se producen diversos tipos de actividad. Ha costado mucho descifrar la bioquímica, desde luego, pero otros investigadores ya han estudiado todas las reacciones químicas que se producen en las células, y en ese aspecto nosotros no hemos descubierto nada nuevo. En el de la electroquímica tampoco, porque se ocupa simplemente de cómo las órdenes más básicas se transmiten de neurona en neurona. Un poco como estudiar la diferencia entre pintar con un aerosol o con un pincel con un solo pelo.
Nuestra investigación comenzó en el ámbito inframolecular, por supuesto, intentando descubrir si las células cerebrales eran de algún modo capaces de cambios atómicos, de cambios en la disposición de protones y neutrones o en la información codificada en el comportamiento de los electrones. Pero también resultó ser un callejón sin salida.
La invención del muonoscopio lo ha cambiado todo, sin embargo. Porque al fin disponemos de un medio inocuo de explorar el estado exacto de los muones en porciones infinitesimales de tiempo, y hemos sido capaces de descubrir asombrosas correlaciones entre la memoria y los apenas detectables estados de inclinación y giro del muón. El giro, como ya saben, es constante; el giro de un muón no puede cambiar durante su existencia. La inclinación también parece ser una constante, y en los materiales previamente examinados por los físicos, ése fue el caso.
No obstante, en nuestros estudios sobre la actividad cerebral durante una recuperación forzada de recuerdos, hemos encontrado una pauta consistente de inclinación alterada en el núcleo de los átomos de ciertas células cerebrales. Como la cabeza debe estar inmóvil para que el muonoscopio funcione, sólo podemos trabajar con pacientes terminales que aceptan voluntariamente participar en el estudio y que prefieren estar en un laboratorio que con su familia, pasando los últimos instantes de su vida con el cráneo abierto y el cerebro parcialmente desmontado. El procedimiento es indoloro pero contemplarlo resulta perturbador, así que debo agradecer el valor y el sacrificio de nuestros sujetos, cuyos nombres aparecen en nuestro artículo como coautores del estudio. Creo que con dicho estudio hemos llegado tan lejos como puede llegar la biología dada la capacidad del equipo actual. El paso siguiente queda en manos de los físicos.
¡Ah, sí! Nuestros descubrimientos. ¿Ven? Me he desviado al recordar a nuestros valientes colaboradores, lo que me ha llevado a recordar quiénes son y el precio que han pagado... y me estoy distrayendo otra vez. Lo que hemos descubierto es que, durante el proceso de recuperación de los recuerdos, cuando la neurona es estimulada y entra en un estado estándar de recuperación de recuerdos, existe un instante, un instante tan breve que hasta hace quince años no teníamos ordenadores capaces de detectarlo y cuantificarlo, en que todos los muones de todos los protones de todos los átomos de todas las moléculas de ARN específicas de la memoria del núcleo de una neurona (¡no de otras!), cambia de inclinación.
Más concretamente, según el muonoscopio, dejan de existir ese breve instante para reaparecer con un nuevo patrón de inclinaciones (sí, inclinaciones variables, algo imposible como he dicho antes) que existe durante quizá mil veces más tiempo que lo que dura la previa indetectabilidad temporal, aunque sigue siendo un período de tiempo inferior a la millonésima parte de un picosegundo. Y, durante la brevísima existencia de ese estado anómalo de inclinación, al que llamamos "ángulo", la neurona experimenta un espasmo de actividad capaz de provocar que el cerebro entero logre lo que hemos considerado, a todos los efectos, como la recuperación de un recuerdo.
Resumiendo, parece que cuando esos muones cambian su ángulo de inclinación, quedan codificados en ese ángulo: Una instantánea del estado cerebral que hará que el sujeto recuerde. Los muones vuelven a ser detectables cuando termina el proceso de vuelta a su inclinación original, pero en el breve instante anterior a que finalice ese proceso, el patrón de memoria es transmitido por vía bioquímica y con cambios electroquímicos al cerebro como un todo.
Hay quien se sentirá molesto por este descubrimiento, ya que parece convertir la mente o el alma en un fenómeno meramente físico, pero no es así. De hecho, si algo apoya nuestro descubrimiento es la absoluta majestuosidad de la vida. Por lo que sabemos, la inclinación de los muones dentro de los átomos sólo puede cambiar en el cerebro de organismos vivos. El cerebro abre pequeñas puertas a otros universos, a los recuerdos almacenados en ellos, y los recupera a voluntad.
Sí, he dicho otros universos. Lo primero que nos mostró el muonoscopio fue la absoluta vacuidad de los muones. Incluso hay teóricos que no los consideran partículas sino atributos de regiones del espacio y creen que en teoría no hay razón para que un mismo punto del espacio no pueda ser ocupado por un número infinito de muones, siempre y cuando tengan una inclinación y, quizás, un giro diferente. Por razones teóricas, y reconozco que no domino las matemáticas necesarias para comprenderlo, me cuentan que, mientras que muones con el mismo giro pero distinta inclinación podrían influenciarse mutuamente, muones de distinto giro con la misma inclinación nunca tendrían una relación causal. También que puede haber una serie infinita de series infinitas de universos cuyos muones no coincidan con los de nuestro universo y que sean permanentemente indetectables e incapaces de influir en nuestro universo.
Pero si la teoría es correcta (y creo que nuestras investigaciones demuestran que lo es), es posible pasar información de una inclinación de este universo físico a otro. Y como, según la misma teoría, toda la realidad material es, de hecho, simplemente información, es incluso posible que podamos ser capaces de pasar objetos de un universo a otro. Pero eso, de momento, pertenece al reino de la fantasía, y ya he dedicado tanto tiempo como me atrevo a este feliz anuncio. Al fin y al cabo son estudiantes, y mi trabajo es transmitir información de mi cerebro al suyo, para lo cual, me temo, hace falta más que la millonésima parte de un picosegundo.


2024 — Ángulo Θ
—No puedo seguir aquí, no puedo. No me quedaré ni un día más, ni una hora.
—Pero... no nos ha hecho ningún daño y no podemos permitirnos mudarnos.
—La silla está en lo alto de la puerta. Podría caerse y hacerle daño a uno de los niños. ¿Por qué nos hace esto? ¿Qué hemos hecho para ofenderlo?
—No hemos hecho nada. Es malvado, está disfrutando.
—¡No, no le enfurezcas!
—¡No puedo más! ¡Para! ¡Vete! ¡Déjanos en paz!
—¿De qué sirve que rompas la silla y destroces la habitación?
—De nada. Nada sirve de nada. Venga, coge a los niños y sácalos al jardín. Llamaré un taxi. Iremos a casa de tu hermana.
—Allí no cabemos.
—Por hoy nos harán un hueco. No pienso pasar otra noche en este lugar infernal.

3000
Hakira estudió el contrato y lo encontró bastante sencillo: Pasaje para todos los kotoshi, siempre que se reunieran y llegaran hasta allí por sus propios medios; regreso gratis diez días después de la llegada, sólo el décimo día y todos a la vez. A los que decidieran volver no les devolverían el dinero. Todo aquello parecía bastante justo, sobre todo porque el precio no era exorbitante.
—Por supuesto este contrato no es vinculante —dijo Hakira—. El viaje es ilegal. ¿Cómo podríamos obligarles a cumplirlo?
—No, en el mundo al que van no lo es —aclaró Moshe—. Y ahí podrían denunciarnos.
—Suponiendo que en ese mundo encontrásemos un abogado que quisiera representar nuestros intereses.
—Para mí no tiene sentido tener clientes insatisfechos.
—¿Cómo sabemos que no nos abandonarán allí? —preguntó Hakira—. Podría ser un mundo con una atmósfera irrespirable. Un montón de ángulos siguen siendo casi todo hidrocarburos, sin nada de oxígeno.
—Ah, ¿no se lo he dicho? Yo iré con ustedes. De hecho, tengo que ir... Soy el único que puede hacer que viajen.
—¿Usted? ¿No nos van a meter en un curvador y...?
—¡Un curvador! —Moshe estalló en carcajadas—. ¿Una de esas máquinas primitivas? No me extraña que nunca hayan encontrado mundos prácticamente iguales que éste. Los curvadores no pueden hacer las sutiles distinciones que hacemos nosotros. No, yo los llevaré. Iremos juntos.
—¿Cómo? ¿Nos cogeremos de las manos y...? Seamos serios. ¿Por qué me hace perder el tiempo con un montaje así?
—Si no es más que un montaje, nos cogeremos de las manos, no pasará nada y le devolveré su dinero, ¿de acuerdo? —Moshe le enseñó las manos abiertas—. ¿Qué tienen que perder?
—Me parece un timo.
—Entonces, adiós. Usted acudió a mí, ¿recuerda?
—Porque se llevó a ese grupo de sionistas.
—Exacto. Los llevé y volví, y ellos no... porque quedaron completamente satisfechos. Ahora viven en un mundo donde Israel nunca fue conquistado por los estados árabes vecinos y los judíos tienen su propio estado de habla hebrea. El mismo mundo, me gustaría añadir, en el que Japón sigue poblado por japoneses con un gobierno propio.
—¿Dónde está la trampa?
—No hay trampa. Lo que ocurre es que nosotros utilizamos un mecanismo diferente que no ha sido aprobado por el Gobierno; por eso tenemos que hacerlo bajo mano.
—¿Y por qué ese otro mundo lo permite? —insistió Hakira—. ¿Por qué deja que lleven gente allí?
—Esto es un rescate —le explicó Moshe—. Ellos los aceptarán como refugiados de una realidad insostenible. Les darán un hogar. Es una cuestión política. En esa realidad, el Gobierno de Israel sostiene que los judíos tienen derecho a regresar a su tierra prometida... incluso los judíos de un ángulo distinto. Y el Gobierno japonés ha decidido concederles a ustedes el mismo privilegio.
—Cuesta creer que alguien haya encontrado un mundo habitado en el que hay ciudadanos japoneses.
—Bueno, ¿no es obvio? Nadie lo ha encontrado.
—¿Qué quiere decir?
—Que fue ese mundo el que nos encontró a nosotros.
Hakira lo meditó un momento.
—Por eso ellos no utilizan curvadores, porque tienen su propia tecnología para cambiar la inclinación de los ángulos.
—Exacto. Pero eso de llamarlos "ellos"...
Entonces Hakira lo comprendió todo.
—No son ellos. Son ustedes. Usted no es de este mundo. Usted es uno de ellos.
—Cuando descubrimos su patético mundo, fui enviado para llevar a los judíos de vuelta a nuestro Israel. Y cuando comprendimos que los japoneses habían sufrido una pérdida similar, decidimos ampliar la oferta. Hakira, lleve a su gente a casa.

2024 — Ángulo Θ
—Les he dicho que no quería verte.
—Lo sé.
—Estaba sentado jugando tranquilamente a las cartas y, de repente, se me cayó encima. ¡Casi me mata!
—No había pasado nunca. La silla normalmente se desplaza. Algunas veces flota.
—¡Se rompió en pedazos! Me provocó una conmoción y tuvieron que darme diez puntos. ¡Tendré esta cicatriz el resto de mi vida!
—Pero no fui yo quien te lo hizo, no sabía que pasaría algo así, ¿cómo iba a saberlo? No tenía alambres para moverla, lo sabes, lo viste.
—Sí, lo vi. Pero no fue un fantasma.
—Nunca dije que lo fuera. No creo en fantasmas.
—Entonces, ¿qué fue?
—No lo sé. Todo lo que se me ocurre resulta fantasioso. Pero hubo un tiempo en que los teléfonos, los satélites de comunicaciones, las películas y los submarinos también parecieron fantasías a quienes los imaginaron. Ha habido historias de fantasmas, apariciones y fenómenos poltergeist desde... bueno, supongo que desde el principio de los tiempos. Pero escasean, tanto que casi nunca se le aparecen a un científico.
—En la historia del mundo, los verdaderos científicos son más escasos que los poltergeist.
—Y si algo así le pasó a un científico, ¿cuántos hicieron lo que tú me sugieres que haga?: Ignorarlo, pretender que ha sido una alucinación. Mudarse a un lugar donde no pasarán tales cosas. Y a los científicos que se negaron a cerrar los ojos a la evidencia, ¿qué les pasó? Yo te lo diré, porque he encontrado a siete en los últimos doscientos años. No es que sean muchos, pero son los únicos que publicaron sus experiencias. En todos los casos fueron inmediatamente desacreditados como científicos. Nadie quiso escucharlos nunca más. Su carrera terminó. Los profesores perdieron la plaza en su universidad. A tres los internaron en una institución mental. Nadie se molestó en investigar sus afirmaciones. Excepto, por supuesto, la gente a la que ya se consideraba chiflada: Los aficionados a lo paranormal, el puñado habitual de farsantes y charlatanes.
—Y lo mismo te pasará a ti.
—No, porque te tengo a ti como testigo.
—¿Qué clase de testigo soy? La silla se me cayó en la cabeza, ¿no lo entiendes? Estuve en un hospital conmocionado, delirando, y tengo la cicatriz de la cara para demostrarlo. Nadie me creerá, nadie. Algunos hasta se preguntarán si no me golpeaste tú la cabeza para que accediera a testificar.


—¡Ay, Leonard! Que Dios me ayude pero tienes razón.
—Llama a un exorcista.
—¡Soy un científico! ¡No quiero rendirme! ¡Quiero entenderlo!
—Bien, Bêto, científico, explícamelo. Si no es un fantasma al que se puede expulsar, ¿qué es?
—Un mundo paralelo. No, escucha... ¡escúchame! Es posible que en el espacio entre átomos, incluso el espacio que hay dentro de los propios átomos, existan otros átomos que la mayor parte del tiempo no podemos detectar. Un número infinito de ellos, algunos muy cercanos a los nuestros y otros muy lejanos. Imagínate que delimitas un espacio y alguien, en uno de esos infinitos universos paralelos, delimita el mismo espacio. Eso permitiría que una ínfima parte del material delimitado en ambos universos se superpusiera.
—¿Te refieres a algo así como las cajas mágicas? ¡Oh, vamos!
—¡Tú me has preguntado las posibilidades! Si la geografía de los universos paralelos es similar, los lugares donde se construyen las ciudades también lo serán: Las confluencias de los ríos, los puertos, la tierra de cultivo... Puede que, en muchos de esos universos, la gente construya las ciudades y las casas en los mismos lugares. Lo único que hace falta es que se solape una sola habitación y, de repente, tienes un eco entre dos mundos paralelos, tienes una silla que existe en dos mundos a la vez.
—¿Alguien en nuestro mundo va y compra una silla, y alguien del otro mundo va y compra la misma silla el mismo día?
—No. Cuando me trasladé a esta casa, la silla ya estaba aquí. Las casas encantadas siempre son viejas, ¿verdad? Igual que su mobiliario. Lleva allí el suficiente tiempo, tranquilamente, inmóvil, para que la silla se haya volcado un poco y exista en ambos mundos. Así que... coges la silla, la subes a la puerta, y la gente del otro mundo llega a casa y se encuentra con que la silla se ha movido (puede incluso que la vea moverse) y se harta, y se enfurece y la hace pedazos.
—Ridículo.
—Bueno, algo pasó, y tienes esa cicatriz que lo demuestra.
—Y tú tienes los trozos de silla.
—Bueno, no.
—¿Qué? ¿Los tiraste?
—No, creo que "ellos" los tiraron. O no sé... quizá cuando la silla perdió su estructura, el eco desapareció. Sea como sea, los pedazos han desaparecido.
—O sea, que no tienes pruebas. Se acabó, Bêto. Si lo publicas, lo negaré todo.
—No, no lo harás.
—Lo haré. He acabado con la cara destrozada; no pienso permitir que destroces también mi carrera. Olvídalo, Bêto.
—¡No puedo! ¡Es demasiado importante! ¡La ciencia no puede continuar negándose a abrir los ojos y debe descubrir lo que está pasando!
—¡Sí que puede! Normalmente los científicos se niegan a ver toda clase de cosas porque sería malo para su carrera. ¡Sabes que es verdad!
—Sí, sé que lo es. Los científicos pueden ser ciegos, pero yo no lo soy. Y tú tampoco, Leonard. Cuando publique esto, sé que dirás la verdad.
—Si publicas esto, sabré que estás loco. Y cuando la gente me lo pregunte le diré la verdad, sí... que estás loco. La silla ha desaparecido y las posibilidades de que algo así vuelva a suceder son nulas. Dentro de cinco años pensarás que todo fue una alucinación.
—Una alucinación que te ha dejado una cicatriz de por vida.
—Adiós, Bêto. Déjame en paz.

2186
—Yo lo llamo Angulador, y lo utilizo para "angular".
—Parece caro.
—Lo es.
—Demasiado para venderlo como juguete.
—De todas formas, no es un juguete para niños. Resulta caro porque es tecnología punta, pero, a medida que aumente su popularidad, el coste por unidad disminuirá. Hemos estudiado el precio y creemos haber acertado.
—Bueno, vale. ¿Para qué sirve?
—Se lo demostraré. Póngase este casquete y...
—¡Ni hablar! No, hasta que me haya dicho para qué sirve.
—Vale, lo comprendo. No hay inconveniente. Sirve para meterlo a usted en la cabeza de otra persona.
—Oh, es un Soñador. Circulan desde hace años. Tuvieron su momento de gloria, pero...
—No, no es un Soñador. Aprovechamos la vieja tecnología del Soñador como sistema de reproducción, es verdad. ¿Para qué reinventar la rueda? Obtuvimos la licencia para una canción, así que, ¿por qué no? Pero lo que lo hace especial es esto: El sistema de grabación.
—¿Grabación?
—Sabe lo que es el espacio angular, ¿verdad?
—Todo eso son teorías.
—No sólo teorías. Quiero decir... se sabe que nuestro cerebro almacena recuerdos en el espacio angular, ¿de acuerdo?
—Sí, claro. Eso lo sé.
—Bueno, pues la cuestión es ésta: Existe un número infinito de universos distintos en los que hay un montón de materia coincidente con la nuestra...
—Ya empezamos con el lenguaje técnico. No podemos vender un rollo técnico.
—En esos otros mundos vive gente. Son como fantasmas. Vagan por ahí sin que podamos verlos, pero almacenan sus recuerdos en nuestro mundo.
—¿Dónde?
—Digamos que flotan en el aire, es una cuestión de ángulos. Donde esté su cabeza, tanto en nuestro mundo como en un montón de mundos paralelos más, almacenan sus recuerdos como un patrón angular. ¿No ha experimentado nunca la sensación de entrar en una habitación y, de repente, no acordarse de lo que iba a hacer?
—Tengo setenta años, me sucede muy a menudo.
—No tiene nada que ver con la edad, también le pasaba cuando era más joven. Lo que ocurre es que ahora es más susceptible porque su propio cerebro tiene tanta memoria almacenada que está constantemente accediendo a otros ángulos. Y, a veces, el espacio que ocupa su cabeza se cruza con el espacio que ocupa la cabeza de otra persona en otro mundo, y... puf, se siente confuso. Sería más preciso decir "en un atasco".
—¿Está diciendo que mi cabeza pasa a través del mismo espacio donde se encuentra la cabeza de otro tipo de otro mundo?
—En una serie infinita de universos, existen un montón en los que gente de su misma estatura anda por ahí. El fenómeno es tan infrecuente porque la mayoría usan pautas de inclinación tan diferentes de las nuestras que apenas nos afectan. Además, tendría que estar accediendo a sus recuerdos en el mismo instante exacto. De todas formas, eso no es lo importante... sólo se trata de una coincidencia. Pero, si coloca el grabador aquí, a la altura de la cabeza de un ser humano, y lo conecta (mientras no lo haga en... digamos un décimo tercer piso, el fondo de un lago o algo parecido) tendrá el grabador lleno en un solo día.
—¿Lleno de qué?


—De veinte estados mentales distintos. Podemos grabar muchos más, pero es tan fácil borrarlos y sustituirlos por otros que nos pareció que con veinte bastaba. Si la gente quiere más, siempre podemos venderle periféricos, ¿no? En cualquier caso, dispone de esos veinte estados cerebrales transitorios, esos recuerdos. El paquete pone a su alcance el completo estado mental de otro ser humano en un instante temporal determinado. No es un sueño, no es ficción, ¿entiende? Los sueños son imprecisos, caóticos, carecen prácticamente de significado. Si resulta aburrido escuchar a otra persona contarte sus sueños, ¿por qué iba a ser más divertido vivirlos? Con el Angulador lo tienes todo. Pero para que entienda por qué se va a vender tiene que probarlo.
—¿Y no es permanente?
—Bueno, es permanente en el sentido que lo recordará todo y que será un recuerdo bastante potente. Pero ¿sabe una cosa?, querrá recordarlo. Y no causa ningún daño, eso es lo importante. Si quiere, que lo pruebe primero uno de sus empleados. O me lo puedo poner yo.
—No, lo haré yo. Si he de tomar una decisión, en algún momento tendré que hacerlo, así que... póngame el casquete. Y no, no llevo peluquín. Si tuviera que llevar, escogería uno mejor.
—De acuerdo, le encajará igualmente. Por eso lo hicimos elástico.
—¿Cuánto durará?
—Objetivamente, una fracción de segundo. Subjetivamente... bueno, dígamelo usted a mí. ¿Preparado?
—Claro. A las tres, ¿de acuerdo?
—Contaré hasta tres y lo conectaré.
—De acuerdo. Hágalo.
—Uno, dos, tres.
—Ah... Aaah. Oh.
—Espere un segundo, relájese. Suele ser muy fuerte.
—No... ¿Cómo es posible...? Yo...
—Llore, no importa. La mayoría de la gente suele llorar la primera vez.
—Es que... yo... era una mujer.
—Las probabilidades son del cincuenta por ciento.
—Nunca imaginé cómo sería sentirse... Esto debería ser ilegal.
—Técnicamente, está sometido a las mismas leyes del Soñador. Así que ya sabe, no es para niños ni nada de eso.
—No sé si querré volver a usarlo nunca. ¡Es tan potente!
—Tómese unos cuantos días para recuperarse y querrá repetir. Sabe que lo hará.
—Sí. No, ahora no intente ponerme delante ningún papel. No soy idiota, no voy a firmar nada mientras mi cabeza esté... Quizá mañana. Vuelva mañana. Lo consultaré con la almohada.
—Por supuesto. No esperaba otra cosa.
—¿Se lo ha enseñado a alguien más?
—Ustedes son los más importantes y los mejores. Hemos acudido a ustedes primero.
—Hablamos de exclusividad, ¿no?
—Bueno, tanta exclusividad como nuestras patentes permitan...
—¿Qué quiere decir?
—Hemos patentado todas las variantes que se nos han ocurrido, pero creemos que existen muchas formas de grabar el espacio angular. De hecho, lo más difícil es diseñar un grabador que no ocupe espacio en el otro lado. La gente del otro lado no pasará por el campo de grabación si el grabador es visible en su espacio. Lo que estoy diciendo es que el contrato les garantizará la exclusividad hasta que alguien encuentre otra forma de grabar sin violar nuestra patente. Tardarán años, por supuesto, pero...
—¿Cuántos años?
—No menos de tres, probablemente más. Y podemos paralizar mucho tiempo en los juzgados a cualquier imitador.
—Míreme, todavía estoy temblando. ¿Se puede repetir el mismo recuerdo?
—Podríamos construir una máquina que lo repitiera, pero no querrá hacerlo. La primera vez en cada sujeto es la mejor. Repetirlo en la misma persona puede dejarlo un poco... confuso.
—Tráigame el contrato mañana con una exclusividad de cinco años. Sacaremos al mercado suficientes aparatos de entrada como para poder rebajar el precio.

3001
Los miembros del clan kotoshi tardaron un mes en reunirse. Sólo unos pocos decidieron no viajar y juraron guardar silencio para proteger a los que sí lo hicieran. Se reunieron en el extremo sur de Manhattan, en el salón de Moshe. No llevaban consigo ninguna pertenencia.
—Es uno de los desafortunados efectos colaterales de la tecnología que utilizamos —explicó Moshe—. Nada que no esté orgánicamente conectado a sus cuerpos puede hacer la transición al nuevo ángulo. Cuando lleguen, estarán tan desnudos como cuando nacieron. Por eso, con esta tecnología, una colonización es impracticable, ya que no se pueden transportar herramientas. Ni riquezas ni obras de arte. Sólo se dispone de las propias manos.
—¿Hará frío?
—El clima es distinto —admitió Moshe—. Llegarán en el mismo punto de Manhattan y será invierno, pero los glaciares más cercanos son los de Groenlandia, no como aquí. De todas formas, estarán bajo techo. Vivo en esta casa y la utilizo para la transición porque hay una sala fronteriza en el otro ángulo. No tienen de qué preocuparse.
Hakira buscó los aparatos que iban a transferirlos. Moshe había hablado de aquella habitación. Quizás eran mucho más grandes que un curvador y estaban empotrados en las paredes.
Dado que no podían llevar nada aparte de su cuerpo, tal vez la gente de Moshe hubiera construido su maquinaria allí en vez de importarla. Pero si tampoco se podía transportar dinero, ¿cómo había conseguido Moshe el suficiente para comprar la casa y construir la maquinaria para el viaje? Interesantes preguntas.
Por supuesto, había dos posibilidades obvias. La primera y más predecible sería una decepción: Todo era un fraude y Moshe intentaría huir con su dinero sin haberlos llevado a ninguna parte. Incluso corrían el riesgo de que parte del timo implicara matar a los supuestos transportados para que no pudieran quejarse ni vengarse. Por si acaso, Hakira y los demás estaban en guardia y preparados.
A Hakira, la otra posibilidad, sin embargo, le daba escalofríos. Teóricamente, dado que se había descubierto que el acceso a otros ángulos era una función natural del cerebro humano, cabía la posibilidad de una transferencia no mecánica. Una de las principales objeciones a esa idea había sido siempre que, si eso era posible, todos los mundos habrían recibido constantes visitas de cualquiera que hubiera aprendido a transferirse mentalmente. Claro que, ¿cómo sabían que no estaban siendo visitados? Algunos incluso especulaban con que los avistamientos de fantasmas podían ser las idas y venidas de esos visitantes. Pero la advertencia de Moshe acerca de la obligación de viajar desnudos explicaba que no hubiera más visitas. En la mayoría de las culturas humanas es difícil pasar desapercibido yendo desnudo.
—¿Alguno de ustedes lleva metal o plástico implantado en el cuerpo? —preguntó Moshe—. Me refiero a empastes dentales y placas o articulaciones de metal, marcapasos, implantes mamarios y, por supuesto, gafas. Puedo asegurarles que todo eso les será restituido lo más rápidamente posible tras su llegada. Excepto los marcapasos, claro. Si llevan marcapasos, simplemente no viajen.


—¿Qué pasa si llevamos algún tipo de implante? —preguntó uno de los hombres.
—No habrá dolor ni heridas. Simplemente desaparecerán. Los objetos no viajarán, se quedarán aquí, flotando en el aire, y después caerán al suelo... o en la silla, dado que la mayoría están sentados. Pero, para ser sinceros, ése es el menor de mis problemas. Parte de mis honorarios cubre la limpieza de esta sala, ya que el contenido de sus intestinos también quedará atrás.
Varios de los presentes sonrieron avergonzados.
—Como he dicho, ni siquiera se darán cuenta. Quizá se sientan un poco más ligeros y vigorosos. Será como un enema perfecto. Y, por nerviosos que estén, no necesitarán orinar durante algún tiempo. Bien, ¿están preparados? ¿Alguien quiere renunciar al viaje?
Nadie renunció.
—Bueno, será muy fácil. Dense la mano, piel contra piel. Y cierren el círculo, que nadie quede fuera.
Hakira no pudo reprimir una risita. Moshe suspiró antes de hablar:
—Hakira se ríe porque sugirió que quizá nuestro método de transferencia fuera un montaje que incluiría darse las manos. Bien, tenía razón. Sólo que es un montaje que funciona.
"Pronto lo sabremos, ¿verdad?", pensó Hakira. Apenas tardaron unos segundos en formar el círculo.
—Levanten las manos para que pueda verlas —dijo Moshe—. Bien, bien, todo bien. Silencio absoluto, por favor.
—Un momento —interrumpió Hakira. Dirigiéndose a los otros, dijo—: Este año, en Nipón.
Fujiyama kotoshi —respondieron los demás. Estaba hecho. Hakira se volvió hacia Moshe y asintió.
Todos agacharon la cabeza y no hicieron ningún ruido, más allá de respirar y sorber ocasionalmente por la nariz a causa del frío. Un hombre tosió y algunos lo miraron con reproche; otros simplemente cerraron los ojos, meditando en silencio.
Hakira no apartó los suyos de Moshe, esperando algún tipo de señal a un cómplice oculto o quizá la activación de algún mecanismo que llenase la sala de gas venenoso; pero... nada.
Pasaron dos minutos. Tres. Cuatro.
Y la sala desapareció. Y un viento helado azotó los cuarenta cuerpos desnudos. Estaban en campo abierto, en el interior de un cercado, rodeados por un círculo de hombres armados con espadas.
Espadas.
Ahora todo estaba claro.
—Bien —dijo Moshe animadamente, soltando las manos de los que tenía al lado y yendo al encuentro de los hombres armados, uno de los cuales le ofreció un abrigo—, la transferencia ha funcionado tal como les dije. Están desnudos, no se ha utilizado ninguna maquinaria y... ¿a qué se sienten más vigorosos?
Ni Hakira ni los demás dijeron una sola palabra.
—Lo siento, pero les mentí en unas cuantas cosas —siguió Moshe—. Nos encontramos en un mundo mucho más primitivo tecnológicamente que el suyo. Resulta que descubrimos la técnica del viaje demasiado tarde y todos los mundos que pudimos encontrar ya estaban superpoblados, así que nos dedicamos a reclutar gente. Tenemos a nuestro alcance una oportunidad decente de encontrar mundos en los que expandirnos, pero necesitamos su tecnología y saber cómo utilizarla, saber cómo manejar sus armas, cómo anular su sistema energético, cómo dejarlos indefensos. Dado que nuestra tecnología es mucho más atrasada que la suya y que no podemos trasladarla de un mundo a otro, nuestra única oportunidad es ésta.Los viajeros siguieron en silencio.
—Se lo están tomando muy tranquilamente... bien. El grupo anterior estaba lleno de quejicas, no dejaron de discutir y de protestar por el clima, aunque era mucho menos frío que el actual. Ese primer grupo resultó muy valioso, nos enseñaron muchas técnicas médicas, por ejemplo, y ahora estamos aprendiendo a conducir coches y cómo funciona el crédito, incluso la teoría de programación con ordenadores. Pero, ustedes... bien, sé que es un estereotipo racial, pero no sólo han recibido una educación tan exquisita como la de los judíos del grupo anterior, sino que son expertos en matemáticas y tecnología, en lugar de serlo en medicina y leyes. Así que esperamos aprender muchas cosas valiosas que nos prepararán para apoderarnos de una de sus colonias y utilizarla como trampolín para futuras conquistas. ¿No les resulta agradable saber lo valiosos e importantes que son?
Uno de los espadachines soltó un chorro de palabras en otro idioma y Moshe le respondió.
—Mi amigo comenta que parecen tomarse las noticias extremadamente bien.
—Sólo necesito aclarar algunos puntos —dijo Hakira—. ¿Están planeando convertirnos en esclavos?
—En aliados —corrigió Moshe—. Socios. Maestros.
—¿No en esclavos? ¿Entonces podemos irnos libremente? ¿Podemos volver a casa si así lo decidimos?
—Me temo que no.
—¿Podemos negarnos a cooperar con ustedes?
—Descubrirán que su vida será mucho más cómoda si cooperan.
—¿Nos enseñarán ese truco mental para viajar entre ángulos? 
Moshe rio abiertamente, burlándose de él.
—Por favor... ¡es usted tan divertido!
—¿Ésta es la política general de su mundo o sólo representan a un Gobierno? ¿O quizás a un pequeño grupo que no responde ante ningún Gobierno?
—Hay un Gobierno mundial y nosotros representamos su política —explicó Moshe—. La tecnología es el único campo en el que no estamos tan avanzados como ustedes. Hace miles de años que superamos las rencillas entre tribus o naciones.
Hakira miró al resto de su grupo.
—¿Alguna otra pregunta? ¿Está todo aclarado?
Sólo era una formalidad legal, por supuesto. Sabía perfectamente que ya eran libres para actuar, aunque se encontraran en el peor de los escenarios posibles: Desnudos, desarmados, ateridos de frío, rodeados. Pero estaban entrenados para eso. Al menos, los otros no tenían armas de fuego y no estaban en un interior.
—Moshe, todos los hombres presentes en este complejo quedan arrestados, acusados de detención ilegal, esclavitud, fraude y...
Moshe sacudió la cabeza y ladró una breve orden a los espadachines. Todos empuñaron sus armas a la vez y avanzaron hacia el grupo de Hakira.
Los desnudos japoneses sólo tardaron unos segundos en esquivar las espadas, desarmarlos y dejarlos postrados en tierra con sus propias armas apoyadas en la garganta. Los que no habían entablado batalla registraron rápidamente el complejo buscando otras armas y llaves que abrieran las puertas. Unos segundos después habían reducido y capturado a los guardias que permanecían fuera del recinto. No escapó ninguno. Sólo dos intentaron enfrentarse a ellos y, naturalmente, murieron.


Hakira le habló a Moshe:
—Ahora añadiré los cargos de asalto e intento de asesinato.
—Nunca regresarán a su mundo —sentenció Moshe.
—Todos tenemos el conocimiento necesario para construir nuestro propio curvador con los materiales que encontremos aquí. También estamos preparados para enfrentarnos a cualquier fuerza militar que lancen contra nosotros o para huir si es necesario. Si nos vemos obligados a viajar, siempre te tenemos a ti. La pregunta importante es si aprenderemos el secreto del viaje mental de ti antes o después de haber construido un curvador. Si cooperas, puedo prometerte que el tribunal será notablemente indulgente contigo.
—Nunca.
—Oh, bueno. Algún otro lo hará.
—¿Cómo lo sabes? —se interesó Moshe.
—No existe otro mundo con japoneses aparte del nuestro, ni con judíos. En ninguno de los mundos habitados ha habido culturas, idiomas, civilizaciones o historias parecidos entre sí. Sabíamos que eras un estafador, sabíamos que los sionistas habían desaparecido sin dejar rastro, y sabíamos que algún día tendríamos que enfrentarnos con gente de otro ángulo que hubiera aprendido a viajar por sí misma, sin tecnología. Nos entrenaron muy cuidadosamente y te seguimos hasta tu mundo.
—Como perros callejeros.
—Oh, y tenemos que saber dónde retienen al grupo de esclavos que vinieron antes que nosotros, ya sabes, los sionistas.
—Todos morirán —escupió Moshe con rencor.
—Sería una lástima... para ti —susurró Hakira. Le hizo señas a uno de sus hombres para que se acercase. Iba armado con una afilada espada. Le dijo a su camarada, en japonés, que por desgracia Moshe necesitaba una demostración de su implacable determinación.
La espada centelleó y la punta de la nariz de Moshe cayó al suelo. La espada volvió a relampaguear y Moshe perdió la punta de un dedo de la mano con la que intentaba tocarse la mutilada nariz.
Hakira se agachó y recogió ambos pedazos de carne.
—Si volvemos a nuestro mundo antes de tres horas, los cirujanos podrán reimplantarte esto y sólo te quedará una pequeña cicatriz y una mínima pérdida funcional. ¿Prefieres que perdamos un poco más de tiempo y te cortemos algún apéndice más?
—¡Esto es inhumano! —protestó Moshe.
—Al contrario —sonrió Hakira—. Es todo lo humano que te mereces.
—¿Está dispuesta la gente de tu ángulo a controlar todos los mundos que encuentre?
—No todos —reconoció Hakira—. Nunca nos inmiscuimos en ningún mundo donde haya vida humana. Fueron ustedes los que optaron por la guerra. Y debo confesar que me alegra que su nivel tecnológico sea tan bajo y que, allí donde vayan, lleguen desnudos.
Moshe no dijo nada, pero echaba chispas.
Hakira le susurró algo a su amigo de la espada, que apoyó inmediatamente la punta de la hoja bajo la barbilla de Moshe.
—Ni se te ocurra angular sin nosotros —le advirtió Hakira.
—Soy el único que habla su idioma —aseguró Moshe—. Y tendrán que dormir en algún momento. Yo también tendré que dormir en algún momento. ¿Cómo sabrás si estoy realmente dormido o sólo concentrándome para la transferencia?
—Córtale un pulgar —ordenó Hakira—. Y, esta vez, haz que se lo trague. 
Moshe tragó saliva.
—¿Qué venganza piensas tomar contra mi gente?
—Aparte de un juicio justo para los responsables de esta conspiración, mantendremos una guardia aquí, los vigilaremos de cerca y los castigaremos si lo consideramos apropiado. Tú mismo serás juzgado según tu grado de cooperación. Vamos, Moshe, ahórranos tiempo. Devuélveme a mi mundo. En este momento ya debe de haber un curvador frente a tu casa, las tropas se pusieron en marcha en cuanto desaparecimos. Sabes que sólo es cuestión de tiempo que localicen este ángulo y lleguen hasta aquí, hagas lo que hagas.
—Podría llevarte a cualquier parte —le advirtió Moshe.
—Y no dudo que estás amenazándome con llevarme hasta un mundo cuyo aire sea irrespirable, porque estás deseando morir por tu causa y tu pueblo. Lo comprendo, yo estoy deseando morir por los míos. Pero si no regreso dentro de diez minutos mis hombres asesinarán a los tuyos y comenzarán una destrucción sistemática de tu mundo. Si no quieres cooperar, es nuestra única defensa. Créeme, la mejor forma de salvar tu mundo es hacer lo que te ordeno.
—Quizá te odie más de lo que amo a mi pueblo —dijo Moshe.
—Lo que realmente amas es nuestra tecnología, hasta el último átomo de ella. Ven conmigo y serás el héroe que logre traer todos nuestros maravillosos juguetes a este mundo.
—¿Me devolverás mi dedo y mi nariz?
—En mi mundo estamos en el año 3001. Te los injertaremos donde tú quieras e incluso te daremos repuestos por si acaso.
—Vamos —aceptó Moshe.
Tomó la mano de Hakira y cerró los ojos.

FIN


2025/12/22

El planeta silente (Nelson Bond)


Título original: The silent planet
Año: 1951



Pacientemente, todos esperaban el acontecimiento, sin moverse ni pronunciar palabra.
(THOMPSON, LA CIUDAD DE LA NOCHE TERRIBLE).
 

Del The New York Times, del 11 de agosto del año 1963:
¡EL COHETE LUNAR ATERRIZA!
Las emisoras de todo el mundo transmiten el primer programa desde la Luna.
Los exploradores no encuentran vida sobre nuestro satélite.

De la revista Time del 3 de abril de 1967:
Por último ha quedado definitivamente zanjada la controversia secular que sostenían los astrónomos. Los recientes descubrimientos nos dicen que el planeta Marte es un mundo deshabitado. Las patrullas exploratorias de la primera expedición marciana (Time, del 20 de febrero), tras una total exploración del planeta rojo, comprobaron que sólo existían en él matorrales, líquenes, musgos que llevaban una existencia precaria en las oquedades y grietas de los barrancos continentales que antiguamente recibieron el nombre erróneo de "canales".
Según palabras del científico especialista en Marte, Rodney Traver "Baldy" Hurst, director del Comité de Investigaciones Interplanetarias de las Naciones Unidas: "Ahora puede darse por seguro que la vida inteligente tal como la conocemos nunca ha existido sobre nuestro planeta hermano. Nuestros exploradores no han hallado señales que prueben la existencia de habitantes actuales ni restos que demuestren que allí florecieron antiguas civilizaciones".
La reacción pública fue muy variada. Los románticos lloraron sus sueños desaparecidos de maravillosas princesas; los realistas se regocijaron al verse libres del temor de monstruos a lo Wells.

Título del artículo publicado en el Reader's Digest del mes de octubre de 1971:
¿ES LA INTELIGENCIA UN DON ÚNICO OTORGADO POR DIOS AL HOMBRE?
 
Del Informe Oficial de la Expedición a Venus de los años 1975-1974:
Un reconocimiento total que ha comprendido todos los océanos, las cuatro mayores masas continentales y numerosas islas no ha revelado la menor muestra de vida inteligente. Los ejemplares zoológicos recogidos incluyen muchas especies y subgéneros ya conocidos por el hombre, y algunos que requieren nueva clasificación, pero en ningún caso...

Nota fijada en el tablón de anuncios de la Primera Iglesia Unida de Kennewahoochie, Maine, el domingo 6 de febrero de 1977:
Esta noche, sermón especial con música: ¿QUIÉN CREA LA VIDA Y LA SABIDURÍA?
Por el Reverendo Filbert Hotchkisson. (Con la colaboración del coro de señoritas).

Fragmento de las órdenes de vuelo dirigidas por el Consejo de la Unión Mundial al comandante de la astronave Prometeo, en junio de 1981:
... al sistema planetario, caso de tenerlo, de la estrella Próxima Centauri, donde a su discreción y según le dicten las circunstancias que prevalezcan, buscará y, caso de encontrarla, establecerá contacto con ella, con cualquier forma de vida inteligente que pueda habitar en dichos planetas.

Del Bulletin de Filadelfia, 10 de junio de 1981:
¡DESPEGUE DEL PROMETEO!
La primera nave interestelar buscará la vida fuera de nuestro sistema.
Un viaje de veinte años aguarda a sus tripulantes.

De un editorial de la revista Three Worlds del 13 de junio de 2011:
... Y así es como por último el hombre se yergue al umbral de una nueva era y se dispone a realizar un sueño tan viejo como la Humanidad: La conquista de las estrellas. Han transcurrido dos décadas llenas de emoción desde que el Prometeo desapareció en la negra bóveda del espacio rumbo a Próxima Centauri, el vecino estelar más próximo de nuestro sol, situado a cuatro años luz de nosotros, lo cual corresponde a una distancia de cuarenta millones de millones de kilómetros.
Durante este tiempo la luna se ha convertido en un puesto avanzado próspero y populoso, lo mismo que nuestros dos planetas hermanos más próximos. Han partido expediciones hacia los miembros más alejados de la familia solar, y dentro de breve tiempo estos planetas o algunos de sus satélites probablemente albergarán colonos de la Tierra. Hemos demostrado nuestra capacidad de expansión y nuestra aptitud para reproducir nuestra cultura en todos los lugares aptos para el desarrollo de la vida humana.
Mas con esto no basta. Algo en su interior le dice al hombre que no es por una simple y casual combinación de elementos por lo que se ha producido la vida, y que él no está solo y sin compañía en toda la Creación. Cuesta admitir que la Tierra es el único punto del espacio que ha engendrado seres racionales. Sin embargo, quizás esto sea cierto. Hasta ahora no hemos encontrado pruebas que indiquen la existencia de otros seres pensantes semejantes a nosotros y que rijan sus vidas por las leyes de la lógica y no por el simple instinto animal. Ésta es la mayor decepción que ha sufrido nuestra época.
Los aventureros del Prometeo tendrán extrañas cosas que contar a su regreso a la Tierra. Quizás en este mismo instante se enfrentan con maravillas que nosotros ni siquiera podemos concebir. Pero no desechamos la esperanza de que en algún distante planeta que gire en torno a un sol remoto, ellos descubrirán vida inteligente, por muy distinta que pueda ser de la humana la apariencia corporal que la albergue.
Si no la descubriesen, seguiríamos solos, amos de lo absurdo y lo inexplicable, únicos medios de un vacío hueco y desolado. El mañana quizá nos aporte la tan ansiada compañía, pero hoy... el hombre aún se siente muy solitario...

Del Diario de Tim Egan, técnico de comunicaciones de la Primera Expedición Interestelar. Sin fecha:
Otro fracaso total. Hace poco nos hemos elevado del cuarto y último satélite mayor del planeta más grande de este fantástico sistema estelar, partiendo sin haber hallado una señal, símbolo ni muestra de vida.
Estoy desalentado. Hablo sólo por mí, pero empiezo a creer que los fanáticos religiosos tenían razón cuando pretendían que somos la única y especial creación de la Divinidad. Si la inteligencia fuese una característica universal —o incluso un producto final de la evolución universalmente difundido—, ¿por qué no la encontramos en ninguna parte entre los planetas que circundan a nuestro propio sol? ¿No resulta extraño? Y aún es más extraño que después de haber franqueado increíbles distancias en el espacio, tampoco la encontremos en ningún punto del sistema estelar más próximo.
Matt Goran, el astrónomo de a bordo, apunta que todavía no hemos explorado los planetas que reúnen mejores condiciones de este grupo.


—Este sol es una estrella enana —me explicó—. Una estrella vieja, como demuestra su color cetrino. Se ha condensado, contrayéndose. Por consiguiente, emite tan sólo una diminuta porción del calor irradiado por soles jóvenes, como el nuestro por ejemplo. Ello quiere decir que hay que esperar que la vida tal como nosotros la conocemos, sólo exista en los planetas más interiores. Allí es adonde ahora nos dirigimos. Si no encontramos nada en ellos...
Movió la cabeza con gesto de duda.
Avanzamos, pues, hacia el astro rey de este sistema; ignoro qué saldrá de ello. ¿Otro fracaso? ¿O finalmente el tan ansiado encuentro con seres inteligentes?

Del Diario de Tim Egan. Sin fecha:
Nos aproximamos a uno de los planetas interiores, pero su aspecto no me parece muy prometedor. No es más que una gigantesca burbuja, un balón engañosamente hinchado. Desde lejos lo tomamos por un mundo de tamaño considerable, pero al tenerlo al alcance de nuestro telescopio nos percatamos de que su elevado albedo y tamaño aparente no eran más que un efecto debido a su composición. El planeta se halla rodeado y envuelto en una espesa capa de gases nocivos que giran sin parar. El análisis espectroscópico muestra que estos gases son mortíferos; tendremos que ponernos escafandras para desembarcar. Si la vida existe en esta pequeña esfera helada, no sé cómo nos las arreglaremos para entrar en contacto con sus representantes.

Es algo que enorgullece y emociona el formar parte de la primera expedición interestelar... pero es algo que también asusta un poco. ¡El universo es tan inmenso! La idea de distancia pierde todo su significado, y el tiempo se convierte en una expresión académica. En esta nave ya hemos dejado de medir la duración como lo hacíamos en la Tierra. Comemos cuando tenemos hambre, dormimos cuando tenemos sueño; no nos atrevemos a enfrentarnos con el espanto que significa calcular y computar la extensión interminable de nuestro hastío.
¿Cuánto tiempo hace que nos elevamos del punto de partida? No lo sé.
¿Cuántas veces nuestro sol paterno, que desde aquí no es más que un minúsculo punto de luz, se ha alzado y se ha puesto desde que abandonamos su cálido beso? ¿Cuántas veces nuestra Tierra madre ha descrito su lenta elipse en torno al sol? ¿Diez? ¿Veinte? ¿Un centenar? No puedo ni adivinarlo ni quiero saberlo. Únicamente sé que ha transcurrido un larguísimo período de tiempo, y que un período igual debe transcurrir antes de que emprendamos el regreso.
Sin embargo, antes de que pongamos rumbo hacia la Tierra debemos intentarlo todo por hallar vida, vida inteligente. Nuestras órdenes son tajantes sobre este punto. Así es que esperemos que sea ésta vez. Aquí y en ese planeta.

De las Actas del Congreso del 15 de julio de 2001:
MR WAINWRIGHT: Pido la palabra.
MR TOWNSEND: El honorable diputado por Ohio tiene la palabra.
MR WAINWRIGHT: Con respecto al decreto pendiente de aprobación HS- 36M42, por el que se conceden siete billones de créditos para la preparación de una segunda expedición interestelar, yo desearía dejar claramente sentado que me opongo rotunda y formalmente a semejante despilfarro de la hacienda pública. En numerosas ocasiones he señalado la locura que representaría lanzar al espacio una segunda nave de exploración cuando aún no se tienen noticias de la primera. Tanto mi partido como mis contribuyentes...
MR FOWLER: ¡Pido la palabra!
MR TOWNSEND: ¿Le importaría al honorable diputado por Ohio ceder la palabra a su estimado colega de Pensilvania?
MR WAINWRIGHT: Concedido.
MR FOWLER: Me gustaría recordar a mi apreciado colega un hecho conocido hasta por los niños que estudian primeras letras... a saber, que no se espera que el Prometeo llegue al sistema estelar de Próxima Centauri hasta este año o el siguiente, y que aun entonces, admitiendo que descubriese inmediatamente representantes de una cultura extraterrestre y estableciese contacto con ellos, aún transcurriría algún tiempo antes de que nosotros recibiésemos noticias de ellos. Como las comunicaciones electrónicas no pueden ultrapasar la velocidad de la luz, o sea 300.000 kilómetros por segundo, no podemos esperar tener noticias de Prometeo al menos hasta dentro de cuatro años.
MR WAINWRIGHT: Aseguro al honorable diputado por Pensilvania que estoy completamente familiarizado con estos datos elementales. ¿Se me permite indicar, empero, que el envío de una segunda expedición, teniendo ya a otra en camino, resulta tan absurdo como lo sería el caso de un jugador de baseball que quisiera meterse en una base ya ocupada?
MR FOWLER: Señor presidente, me satisface saber que el honorable representante de Ohio conoce a la perfección la táctica del baseball. Por haber tenido en varias ocasiones la desdicha de presenciar la táctica solapada del club de baseball de la localidad de mi interpelante, al jugar en campo ajeno...
MR WAINWRIGHT: ¿Cómo? ¡Vamos, hombre, Fowler...!
MR TOWNSEND: ¡Señores, por favor, tengan compostura! (Golpea con el mazo.)

Del Diario de Tim Egan. Sin fecha:
¡La hemos encontrado! ¡Vida! ¡Inteligente! Por imposible que parezca, alguien o algo existe en la atmósfera letal de este globo. Nos disponemos a descender, y desde nuestro ventajoso observatorio situado sobre este lechoso planeta podemos ver ciudades, puentes, pantanos, una serie de pruebas de una cultura altamente organizada y desarrollada, semejante a la nuestra.
Existe una tremenda excitación a bordo de nuestra nave. Un grupo de desembarco prepara sus trajes del espacio. Yo formo parte de este grupo. No puedo seguir escribiendo, pues voy a prepararme para la que quizá resulte ser la mayor aventura de todos los tiempos.
 
Del cuaderno de bitácora de la Primera Expedición Interestelar:
15M305 hora universal constante: Nos hemos elevado del Planeta 3, sistema estelar GS. Misión fracasada; ver informe oficial. Reservas de combustible reducidas. Regresamos a la base.

Del Diario de Tim Egan. Sin fecha:
¡Pobres diablos! ¡Pobrecillos! Me asusta pensar en su terrible suerte, imaginar que nosotros también podríamos tener tan rápido y misterioso fin. ¡Pero lo que más apena es pensar que hemos llegado demasiado tarde!
A medida que descendíamos a través del lechoso mar de gases que rodea nuestro punto de destino, la luz de su sol moribundo se fue amortiguando, haciéndose cada vez más débil y mortecina, hasta que cuando por último aterrizamos en una playa yerma, no lejos de un centro de población, nos encontramos sumidos en una tétrica penumbra.
Nuestro primer y sorprendente descubrimiento fue el de que el mar junto al cual habíamos aterrizado no era un cuerpo líquido, sino un océano cuyas olas estaban congeladas. Sólido, invariable, semejante a una roca, se había convertido en una inmóvil masa helada. Hasta cierto punto era hermoso ver aquellas grandes olas alzándose con sus inmóviles crestas de espuma, detenidas en el mismo instante en que iban a desplomarse; ver los espumosos dedos de las heladas rompientes, arañando la playa en el abrazo frío y postrero de la muerte. Era muy bello. Mas también muy inquietante.


A mi lado, Matt Coran murmuró:
—Esto no me gusta. El mar es la mismísima esencia de la vida. Si aquí incluso el mar está helado, ¿cómo será posible que viva nada?
—Pues hay vida —le dije—. Hemos visto ciudades.
—De acuerdo. ¿Pero dónde están sus habitantes?El astrónomo volvió la cabeza. Entonces sacamos la navecilla exploradora de la bodega; y partimos hacia la ciudad más próxima.
Necesitaría páginas enteras para describir esa ciudad: Sus calles amplias y pavimentadas; sus geométricas manzanas de casas y otras edificaciones; sus parques y avenidas, sus puentes, acueductos y torres. Pero no lo haré. Me limitaré a decir que, pese a ligeras diferencias, se parecía mucho a nuestras propias ciudades. Con muy pocos cambios en nuestros hábitos y costumbres, nosotros hubiéramos podido vivir en aquellas metrópolis, de igual modo como los constructores de las mismas hubieran podido vivir en las nuestras. Tan a punto estuvimos de encontrar unos amigos.
Pero nosotros no podremos vivir en sus ciudades, jamás... porque estas ciudades están muertas. Y ellos nunca vendrán a vivir en las nuestras... porque su raza ya no existe.
Ésta es la verdad. Su mundo es un planeta silencioso, fantasmal, frío y muerto. Sus dueños ya no existen; sus ilusiones y esperanzas, sus sueños y aspiraciones, sus triunfos y sus alegrías, todos terminaron en un solo instante, cuando una catástrofe destruyó su mundo. La raza ha muerto, su planeta es su sepulcro.
No quiere esto decir que hallásemos un mundo repleto de ciudades abandonadas. Lo que descubrimos fue peor. Encontramos una raza que murió de pie, detenida por la muerte mientras realizaba su vida diaria.
Las calles estaban abarrotadas de estatuas. Y cada una de ellas había sido un ser viviente. Imágenes rígidas, de seres muy semejantes a nosotros... salvo, también, por ligeras diferencias. El modo extraño como estaban colocados sus ojos... el número distinto de dedos en cada mano... el curioso modo como se articulaban sus brazos y sus piernas.
Sus caras también nos parecían extrañas, con sus extravagantes ojos invertidos y narices que parecían un pico de pájaro. Pero, sin embargo, eran caras bondadosas, inteligentes, dulces, amables. Hubiéramos podido ser hermanos de aquellas gentes. Salvando el inmenso foso estelar, nuestros corazones y nuestras manos se hubieran unido en un cálido abrazo... si ellos hubiesen vivido.
—La muerte debió de abatirse sobre ellos de pronto —musitó Matt Goran—. De pronto y de manera inesperada. No puedo imaginarme cómo. Quizá su sistema estelar se hundió bruscamente en una especie de región espantosamente fría del espacio. La manera como todas las cosas se han helado, incluso las cascadas y las fuentes, así parece indicarlo.
»O tal vez los sofocantes miasmas que envuelven al planeta no es su atmósfera natural sino un gas ponzoñoso que les causó la muerte. Es evidente que esta fuerte mezcla de elementos es letal. Y como puedes ver, ninguna de las figuras lleva una careta protectora. El temor a la muerte tampoco está impreso en sus facciones. La catástrofe sucedió repentinamente.
En efecto, no descubrimos la menor señal de pánico en aquella ciudad. Las formas que vimos pertenecían a seres activos, felices y tranquilos. Los obreros habían quedado congelados en su trabajo, los escribientes alzaban plumas inmóviles sobre sus libros abiertos. Aquí la pequeña estatua de un muchacho retozón había quedado detenida en una eterna rapsodia de juego libre y despreocupado, allá una joven madre aún amamantaba a su tierno infante. Era un tema con mil variaciones. Pero todos, todos ellos, permanecían inmóviles. Y, por encima de todo se cernía un silencio mil veces peor que la misma muerte.
Esto es lo que me pareció más triste: Que en aquel inmenso planeta no resonasen los sones de la vida.
Debió de ser una raza de gran refinamiento. En un gran templo de la cultura estaban reunidas, sentadas, las formas de una multitud de personas que contemplaban extasiadas y admiradas una obra de arte suspendida del muro ante sus ojos. Únicamente gentes de un gran refinamiento estético se reunirían de aquel modo para rendir culto a la belleza.
No obstante, no era una raza de inútiles soñadores. Como nosotros, eran gentes vigorosas y atléticas. En un tremendo estadio encontramos una gran muchedumbre contemplando un juego en el que participaban figuras esculpidas sobre un campo silencioso. Era un encuentro que se hacía con una pelota, como nuestro juego nacional, y me causó escalofríos ver aquellas figuras tensas a punto de entrar en acción pero inmovilizadas para siempre por la mano de la muerte.
Fue allí donde nos dimos cuenta de la imposibilidad de llevar con nosotros una de aquellas estatuas, como muestra de la raza desvanecida. Fue el comandante quien nos lo ordenó.
—Nos llevaremos a uno con nosotros —dijo—. Al menos podremos enseñar a los nuestros qué aspecto tenían.
Entonces aterrizamos en el silencioso campo de deportes. Goran y yo descendimos de la navecilla exploradora, andando despacio y con respeto, como se hace inconscientemente en presencia de la muerte. Aproximándonos a la figura más próxima, la levantamos para llevárnosla a la nave.
Fue entonces cuando nos percatamos del tiempo incalculable que debía de haber transcurrido desde que la muerte tocó con su gélido beso aquel mundo. Al parecer, el cataclismo que lo destruyó ocurrió mucho antes de lo que creíamos. Cuando intentamos levantar aquella forma al parecer sólida, se deshizo instantáneamente entre nuestras manos, convirtiéndose en un fino polvillo negro y desapareciendo en puñados carbonizados ante nuestros mismos ojos.
Goran contempló apenado las cenizas esparcidas que un momento antes habían sido una forma reconocible.
—Es antiquísimo —dijo—. Acusa el paso del tiempo y está deshecho hasta la médula. No podemos tocarlos sin que se deshagan. No son más que cenizas y polvo; polvo y cenizas.
Resultó imposible procurarse recuerdos, a no ser las fotografías que tomamos. Sus libros y vestidos, mobiliario y alimentos, por sólidos que pareciesen, se disolvían y desaparecían al tocarlos. Incluso sus herramientas e instrumentos de metal acusaban la enfermedad del tiempo; se retorcían adoptando formas irreconocibles cuando las movíamos. Nada, nada...
¡Aunque sí! Conseguimos traer un solo recuerdo de aquel mundo silencioso. Un macizo bloque de piedra que mostraba los símbolos de una lengua desconocida esculpidos sobre su superficie. Temo que los que nos enviaron encontrarán que es una mísera recompensa esta sola pieza de museo, para las fabulosas sumas invertidas en esta expedición. Pero al menos constituye una prueba tangible de que en otro mundo y en otro tiempo existió otra forma de vida inteligente.
Y así fue como iniciamos el regreso, después de dar cima a nuestra misión. Hemos hallado pruebas de que no estuvimos siempre solos en un universo vacío. En un tiempo, existieron semejantes nuestros.


Pero este descubrimiento aún nos deja más desamparados. Antes aún teníamos ilusión y esperanza. Ahora aún nos sentimos más solos, más desolados, porque hemos averiguado al fin que, efectivamente, existieron otros... pero han desaparecido. Un temor insidioso se ha aposentado en nosotros: ¿Correremos idéntica suerte algún día igualmente aciago? ¿Se enfriará en un futuro remoto e indeterminado nuestro brillante sol? ¿O nuestro amado planeta perecerá, como el de ellos, en un solo instante, en un abrir y cerrar de ojos, para dejarnos con la respiración a medio terminar, la sonrisa medio formada y el corazón inmóvil en un pecho de piedra?

Del Diario de Tim Egan. Sin fecha:
Goran me ha hecho una pregunta muy inquietante. Durante la última guardia vino a verme en mi cabina de la torreta. Venía con el ceño fruncido.
—En tu calidad de técnico de comunicaciones, Egan —principió—, quizá puedas ayudarme. Durante el tiempo que estuvimos en ese último planeta o en sus proximidades, ¿registraron algo insólito tus instrumentos? ¿Algo que pudiera recordarte las señales cifradas?
Yo le dirigí una mirada de sorpresa.
—¿Cómo lo sabías? —le pregunté.
—¿Así, es verdad?
—Durante un rato —respondí, asintiendo— capté algo que no acierto a explicarme. Una serie de pulsaciones regulares y espaciadas en la longitud de onda corta. No pude entenderlo, aunque, como nosotros no utilizamos esa longitud...
—El espectro de la radiación de las ondas etéreas —me interrumpió él— es la gama de las frecuencias posibles, ¿no es eso?
—Eso es. Las ondas auditivas son las más largas, para pasar luego a las ondas calóricas y luego a las visibles. Por debajo de ésas...
—Egan, quiero que hagas algo extraño. Quiero que des rienda suelta a tu imaginación. Deja de ser por un momento un científico práctico y dedícate a concebir un mundo fantástico.
Goran hizo un profundo y trémulo suspiro.
—Supón que existe una raza —dijo— con una gama perceptiva y un metabolismo que sólo sean una fracción de los nuestros. Un raza de seres retardados, por así decirlo, cuyo ritmo vital fuese tan lento que pudiesen oír lo que nosotros sentimos, sentir lo que vemos y ver... quién sabe qué. Posiblemente las radiaciones que utilizamos en medicina.
«Semejante raza, a nuestros ojos, no estaría animada de movimiento aparente. El más rápido de sus gestos necesitaría años enteros de los nuestros, la longitud de sus vidas comprendería siglos y eras enteras para nosotros. El latido de sus corazones, su respiración sólo podría detectarse por medio de nuestros más delicados instrumentos.
»¡Para nosotros, Egan, el mundo en que habitase semejante raza parecería poblado de estatuas!
Yo le contemplé estupefacto.
—Quieres decir que ellos... —articulé trabajosamente—. ¿Quieres decir que su mundo no estaba muerto en realidad? ¿Que ellos...?
—No lo sé. Honradamente, no lo sé. Me pasó esta idea por la cabeza, y ahora me obsesiona. La prueba suministrada por tus aparatos no hace más que reforzarla. Supón que esas ondas cortas que tus instrumentos captaron fuesen largas para ellos y que las rítmicas señales que oíste fuesen habla articulada en su banda de comunicaciones.
»Supón también que, para sus ojos retardados, aquel mar helado no fuese una masa rígida, sino cálido, brillante y rompiéndose en alegres olas. Imagina que aquel muchacho corría de verdad y no estaba inmóvil, como pensamos. Imagina que la gente reunida en aquel templo no contemplaba una imagen, sino una serie de escenas que, para su ritmo retardado, daban la ilusión de movimiento.
Yo protesté.
—Vamos, Goran, que de tener razón...
—En semejante planeta, todos los valores estarían trastocados. Un sol frío sería cálido, una atmósfera espesa sería clara y diáfana. Y nosotros, moviéndonos a velocidades desconocidas para ellos, seríamos seres imposibles de concebir. Ni siquiera podrían vernos. Pasaríamos como exhalaciones ante ellos, y en el mejor de los casos, como pálidas llamas temblorosas. Nuestras acciones más lentas serían invisibles. ¡Pero lo peor sería nuestro contacto, Egan, nuestro contacto!
—¿Nuestro contacto?
—El terrible contacto de una velocidad más rápida que el pensamiento. El contacto llameante de una fricción insoportable. ¿Recuerdas cómo los libros se convirtieron en negras cenizas? Igual sucedía con todo cuanto tocábamos o intentábamos tocar. ¡Quizás esas cosas no eran viejas, como pensábamos, sino que se consumían!
»¡Y aquel jugador de fútbol, Egan! No puedo dejar de pensar cómo se deshizo entre nuestras manos. Quisimos llevárnoslo y se convirtió en un montón de polvo. ¡Admitiendo que fuese un ser vivo, nosotros le asesinamos!
—¡Esto es imposible! —exclamé—. Semejante raza no puede existir. Es demasiado fantástico y descabellado.

Del The New York Times, del 9 de agosto de 2001.
¡DESAPARICIÓN DE UN JUGADOR DE FÚTBOL!
El medio centro del Yank desaparece ante millares de espectadores.
La policía no acierta a explicarse el misterioso hecho.
El más desconcertante de toda la serie de extraños incidentes registrados esta tarde fue la súbita y misteriosa desaparición ante los ojos de más de cincuenta mil atónitos espectadores, del medio centro del Yankee, Buck Wilkins, en el campo del Stadium.
Cuando Wilkins corría para arrebatar el balón al delantero del Red Sov, Tom Landon, desapareció convirtiéndose en lo que un testigo ocular denomina histéricamente "una pequeña llamarada".
La policía, que recibe numerosas denuncias acerca de la desaparición de muchos libros y documentos en diversas partes de la ciudad y del atrevido robo, realizado en plena luz del día, de un monumento situado en Central Park, se dedica a interrogar detalladamente a todos cuantos han sido testigos de estos extraños sucesos. Se ha detenido a algunos sospechosos y se confía en descubrir pronto al culpable o culpables...


FIN