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2026/05/11

Estabilidad (Philip K. Dick)


Título original: Stability
Año: 1947, aprox. (Publicado en forma póstuma en 1987).


Robert Benton desplegó lentamente sus alas, las agitó varias veces y se elevó con majestuosidad desde el tejado hacia las tinieblas.
La noche lo engulló al instante. Bajo él, centenares de diminutos puntos de luz indicaban otros tantos tejados desde los que otras personas le imitaban. Una forma violácea flotó a su lado y luego desapareció en la negrura. Benton, sin embargo, no se sentía inclinado a entablar carreras nocturnas. La forma violácea se acercó de nuevo con un balanceo invitador. Benton la rechazó desdeñosamente y aleteó en busca de una zona más alta.
Al cabo de un rato descendió y se dejó arrastrar por corrientes de aire que ascendían desde la ciudad que se extendía a sus pies, la Ciudad de la Luz. Una sensación maravillosa y excitante le invadió. Hizo entrechocar sus enormes y blancas  alas, atravesó con frenética alegría las nubes que circulaban en dirección contraria, se sumergió en la puerta invisible del inmenso cuenco negro en el que volaba y, por fin, bajó hacia las luces de la ciudad, pues su tiempo libre terminaba.
Una luz más brillante que las otras parpadeaba al fondo: La Oficina de Control. Se dirigió hacia ella lanzando su cuerpo como una flecha, con las alas blancas recogidas. Su trayectoria dibujó una perfecta línea recta. Extendió las alas a unos treinta metros de la luz, se afianzó en el aire y se posó en una terraza elevada.
Benton empezó a caminar hasta que una luz se encendió y encontró el camino de la puerta de entrada guiado por su resplandor. La puerta se abrió hacia dentro al presionarla con las yemas de los dedos y Benton entró. Empezó a bajar al instante, cada vez a mayor velocidad. El diminuto ascensor se paró de repente y Benton se introdujo en el despacho del Controlador.
—Hola —dijo el Controlador—, sácate las alas y siéntate.
Benton obedeció. Las plegó cuidadosamente y las colgó en uno de los ganchos clavados en la pared. Seleccionó la mejor silla y avanzó con decisión hacia ella.
—Ah —sonrió el Controlador—, veo que aprecias la comodidad.
—Bueno —respondió Benton—, no quiero desperdiciar la ocasión.
El Controlador dejó vagar su mirada más allá del visitante, a través de las paredes de plástico transparente. Al otro lado se extendían, hasta perderse de vista, los apartamentos más grandes de la Ciudad de la Luz. Todos eran…
—¿Para qué quería verme? —le interrumpió Benton.
El Controlador tosió y sacudió unas hojas de papel metálico.
—Como ya sabes, Estabilidad es el lema. La civilización ha ido avanzando durante siglos, especialmente desde el veinticinco. Sin embargo, es ley natural que la civilización deba avanzar o retroceder; no puede permanecer inerte.
—Lo sé —dijo Benton asombrado—. También sé la tabla de multiplicar. ¿Me la va a recitar?
El Controlador no le hizo caso.
—Sin embargo, hemos quebrantado esta ley. Hace cien años…
¡Cien años! Parecía ayer cuando Eric Freidenburg, de los Estados de la Alemania Libre, se puso de pie en la Cámara del Consejo Internacional y anunció a los delegados reunidos que la humanidad había alcanzado por fin su cota más alta. Progresar más era imposible. Sólo se habían consignado dos grandes inventos en los últimos años. Después se habían dedicado a contemplar las grandes gráficas y diagramas hasta ver desaparecer las líneas por la parte inferior. El gran pozo del ingenio humano se había secado, y por eso Eric se irguió y dijo lo que todos sabían, pero no se atrevían a decir. Por supuesto, desde que se había hecho público de manera formal, el Consejo se vio obligado a trabajar para solucionar el problema.
Se estudiaron tres soluciones. Una parecía más humana que las otras dos. Fue la que se adoptó. Era…
¡La Estabilización!
Hubo muchos problemas cuando llegó a oídos de la gente. Estallaron disturbios en las principales capitales. La Bolsa se vino abajo y la economía de muchos países quedó fuera de control. Los precios de los alimentos se encarecieron y la mayor parte de la población padeció hambre. Se declaró la guerra… ¡Por primera vez en trescientos años! Pero la Estabilización había empezado. Los disidentes fueron eliminados y los radicales desterrados. Fue duro y cruel, pero no había otra posibilidad. El mundo, por fin, se plegó a un estado inflexible, un estado controlado que no admitía cambios: Ni adelantos ni retrocesos.
Todos los habitantes eran sometidos cada año a un difícil examen de una semana de duración para determinar si se apartaban o no de la norma. Los jóvenes recibían una educación intensiva de quince años. Los que no podían situarse al mismo nivel de los demás simplemente desaparecían. Los inventos eran estudiados minuciosamente por Oficinas de Control para asegurarse de que no podían perturbar la Estabilidad. Ante la menor posibilidad…
—Y por eso no podemos permitir el uso de tu invento —explicó el Controlador a Benton—. Lo siento.
Observó a Benton, le vio sobresaltarse, palidecer. Las manos le temblaban.
—Vamos —dijo con dulzura—, no te lo tomes así; puedes hacer otras cosas. Después de todo, no hay peligro de destierro.
Benton se limitaba a mirarle fijamente:
—Pero usted no lo comprende —dijo al fin —; no he inventado nada. No sé de qué me habla.
—¡Que no has inventado nada! —exclamó el Controlador—. ¡Si yo estaba presente el día que lo trajiste! ¡Vi cómo firmabas la declaración de propiedad! ¡Me entregaste el modelo a mí!
Miró a Benton. Luego apretó un botón de su escritorio y habló frente a un pequeño círculo luminoso.
—Envíeme el expediente número tres, cuatro, cinco, cero, cero, D, por favor.
Un tubo apareció al cabo de un momento en el círculo luminoso. El Controlador levantó el objeto cilíndrico y se lo pasó a Benton.
—Aquí tienes tu declaración firmada con tus huellas dactilares impresas en los lugares correspondientes. Sólo tú pudiste dejarlas.
Benton abrió el tubo como atontado y extrajo unos papeles del interior. Los examinó unos instantes, los volvió a colocar lentamente dentro del tubo y lo tendió al Controlador.
—Sí —dijo—, es mi letra, y no cabe duda de que son mis huellas digitales, pero sigo sin comprenderlo; jamás he inventado nada y nunca estuve aquí antes. ¿Cuál es el invento?
—¿Cuál es? —repitió el Controlador boquiabierto—. ¿No lo sabes?
—No, no lo sé.
—Bien, si quieres averiguarlo tendrás que bajar a las Oficinas. Lo único que puedo decirte es que los planos que nos enviaste no merecieron la aprobación de la Junta de Control. Yo sólo soy un portavoz. Tendrás que vértelas con ellos.
Benton se levantó y caminó hacia la puerta. Se abrió al simple contacto de sus dedos, como la anterior, y él entró en las Oficinas de Control. Antes de que la puerta se cerrara a su espalda, el Controlador le advirtió severamente:
—¡Ignoro lo que estás tramando, pero ya conoces el castigo por alterar la Estabilidad!
—Temo que la Estabilidad ya esté alterada —respondió Benton, y prosiguió su camino.
Las oficinas eran gigantescas. Desde la plataforma en la que estaba situado podía ver un millar de hombres y mujeres que manipulaban eficientes y zumbantes máquinas.
Dentro de las máquinas, un alimentador distribuía montones de tarjetas. Muchos de los empleados trabajaban en escritorios, mecanografiando informes, trazando gráficas, descartando tarjetas y descifrando mensajes en clave. Los asombrosos diagramas que colgaban de las paredes eran reemplazados sin cesar. Hasta el aire parecía haberse contagiado de la vitalidad del trabajo, el zumbido de las máquinas el teclear de los mecanógrafos y el murmullo de las voces que daban lugar a un único, apacible y satisfecho sonido. Y esta inmensa maquinaria, que costaba una fortuna mantener en funcionamiento, tenía un nombre: ¡Estabilidad!


Aquí residía lo que había hecho del mundo un todo indivisible. Esta sala, estos esforzados trabajadores, el hombre insensible que agrupaba tarjetas en la pila etiquetada "para exterminar" funcionaban al unísono como una gran orquesta sinfónica. Un error, un retraso, y toda la estructura se tambalearía. Pero nadie fallaba. Nadie se detenía ni vacilaba. Benton bajó por una escalerilla hasta el mostrador de información.
—Deme toda la información sobre un invento entregado por Robert Benton, tres, cuatro, cinco, cero, cero, D —pidió al empleado, que asintió y abandonó el mostrador.
Al cabo de escasos minutos regresó con una caja metálica.
—Contiene los planos y un modelo a escala reducida del invento —explicó.
Puso la caja sobre el mostrador y la abrió. Benton echó un vistazo al contenido. Una pequeña maqueta de una maquinaria muy compleja descansaba en el centro, sobre un grueso montón de hojas metálicas cubiertas de diagramas.
—¿Puedo llevármelo? —preguntó Benton.
—Siempre que sea usted el propietario —replicó el empleado.
Benton le enseñó su tarjeta de identificación. El empleado la examinó y la cotejó con los datos del invento. Por fin dio su aprobación, Benton cerró la caja, la cogió y salió a toda prisa del edificio por una puerta lateral.
Desembocó en una de las calles subterráneas más anchas, en la cual había un aluvión de luces y de vehículos. Se orientó y empezó a buscar un coche de comunicaciones que le llevara a casa. Detuvo uno y subió. Pasados unos minutos de trayecto, levantó con grandes precauciones la tapa de la caja y miró el extraño modelo.
—¿Qué lleva ahí, señor? —preguntó el conductor robot.
—Ojalá lo supiera —respondió Benton con pesar.
Dos voladores alados bajaron en picado y se agitaron frente a él, danzaron en el aire durante un segundo y después desaparecieron.
—Oh, vientos —murmuró Benton—, olvidé mis alas.
Bien, era demasiado tarde para dar media vuelta y recuperarlas, el coche estaba frenando delante de su casa. Pagó al conductor, entró y cerró la puerta, algo que ya no se solía hacer. El mejor lugar para examinar el contenido de la caja sería su sala de "reflexión", donde pasaba la mayor parte del tiempo libre que no utilizaba en volar. Allí, entre sus libros y revistas, examinaría la caja a sus anchas.
El conjunto de diagramas constituyó un completo misterio para él, y aún más el modelo. Lo miró desde todos los ángulos, por debajo, por encima. Trató de interpretar los símbolos técnicos de los diagramas sin resultado alguno. Sólo había un camino viable. Localizó el interruptor y lo golpeó ligeramente.
No sucedió nada durante cerca de un minuto. Luego, la habitación comenzó a oscilar y a retroceder. Por un momento tembló como una masa de gelatina. Se mantuvo firme un instante, y luego desapareció.
Benton cayó a través de un espacio similar a un túnel sin final, y se encontró contorsionándose frenéticamente, buscando a tientas en la negrura algo a lo que asirse. Cayó por un lapso de tiempo interminable, indefenso y aterrado. De pronto, tocó suelo, sano y salvo. La caída no podía haber sido muy larga, aunque así lo pareciera. Ni siquiera se habían desordenado sus vestiduras metálicas. Se incorporó y paseó la vista a su alrededor.
El lugar al que había llegado le era desconocido. Se trataba de un campo…, si bien pensaba que ya no existía. Por todas partes se veían ondulantes terrenos de grano. Sin embargo, estaba convencido de que no crecía grano natural en ninguna parte de la Tierra. Sí, así debía ser. Hizo pantalla con las manos para protegerse los ojos y miró al sol, que parecía el mismo de siempre. Empezó a caminar.
Los campos de trigo se terminaron al cabo de una hora, y fueron sustituidos por un extenso bosque. Gracias a sus estudios sabía que ya no quedaban bosques en la Tierra. Habían perecido años antes. ¿Dónde se encontraba, pues?
Imprimió más rapidez a su paso. Después se puso a correr. Divisó una pequeña colina y la escaló hasta la cumbre. Al contemplar la otra ladera no pudo evitar su asombro. No había más que un gran vacío. La tierra era completamente lisa y estéril, y hasta donde alcanzaba la vista no se veían árboles ni signos de vida, sólo el inmenso y calcinado país de la muerte.
Bajó hacia la llanura. A pesar del calor y la sequedad que sentía bajo sus pies, no desfalleció. Siguió andando. El suelo lastimaba sus pies, poco acostumbrados a las largas caminatas, y el cansancio fue en aumento, pero estaba determinado a continuar. Un casi inaudible susurro en el interior de su mente le impulsaba a no disminuir la velocidad.
—No lo cojas —dijo una voz.
—Lo haré —graznó, y se paró en seco.
¡Una voz! ¿De dónde vendría? Se giró con rapidez, pero no vio nada. No obstante, había llegado hasta sus oídos, como si fuera la cosa más natural que las voces vinieran del aire. Examinó la cosa que estaba a punto de coger. Era un globo de cristal del tamaño aproximado de su puño.
—Destruirás su valiosa Estabilidad —dijo la voz.
—Nadie puede destruir la Estabilidad —respondió automáticamente.
El globo de cristal reposaba frío y hermoso en la palma de su mano. Había algo dentro, pero el calor que desprendía la esfera resplandeciente lo hacía bailar ante sus ojos y le impedía conocer su naturaleza exacta.
—Estás permitiendo que cosas malignas controlen tu mente —dijo la voz—. Suelta el globo y vete.
—¿Cosas malignas? —preguntó sorprendido.
Hacía calor y tenía sed. Hizo el ademán de guardarse el globo en la túnica.
—No lo hagas —ordenó la voz—, pues ése es su designio.
El globo era aún más bello apoyado contra su pecho. Le protegía del fiero calor del sol. ¿Qué estaba diciendo la voz?
—Te llamó a través del tiempo —explicó la voz—. Ahora le obedeces sin rechistar. Soy su guardián, y desde entonces, cuando el mundo fue creado, lo he custodiado. Vete, y déjalo tal como lo encontraste.
Pero hacía demasiado calor en la llanura. Quería marcharse; el globo le instaba, le recordaba el fuego que caía del cielo, la sequedad de su boca, el aturdimiento de su cabeza. Reemprendió el camino, y mientras apretaba el globo contra sí oyó el rugido de furia y desesperación de la voz fantasmal.
Era lo único que podía recordar. Tuvo conciencia de volver sobre sus pasos hacia los campos de trigo, atravesarlos, tropezando y tambaleándose, hasta llegar al lugar en el que había aparecido. El globo de cristal apretado contra su costado le incitaba a recoger la pequeña máquina del tiempo que había dejado abandonada. Le susurraba qué dial cambiar, qué botón apretar, cuál sintonizar. Luego volvió a caer, de vuelta por el corredor del tiempo, de vuelta, de vuelta hacia la neblina grisácea de la que había surgido, de vuelta a su propio mundo.
De pronto, el globo le ordenó detenerse. El viaje a través del tiempo aún no había finalizado: Quedaba algo por hacer.

—¿Dices que tu apellido es Benton? ¿En qué puedo ayudarte? —preguntó el Controlador—. Nunca habías estado aquí, ¿verdad?
Miró con fijeza al Controlador. ¿Qué quería decir? ¡Si acababa de abandonar su oficina! ¿O no? ¿Qué día era? ¿Dónde había estado? Aturdido, se frotó la cabeza y tomó asiento en la butaca. El Controlador le observaba con ansiedad.
—¿Te encuentras bien? ¿Puedo ayudarte?
—Estoy bien —dijo Benton. Tenía algo en las manos—. Quiero registrar este invento para que reciba la aprobación del Consejo de la Estabilidad.
Tendió la máquina del tiempo al Controlador.
—¿Traes los bocetos? —preguntó el Controlador.
Benton registró sus bolsillos y sacó los diagramas. Los esparció sobre el escritorio del Controlador y depositó el modelo entre ellos.
—El Consejo no tendrá problemas en determinar lo que es —indicó Benton. Le dolía la cabeza y quería marcharse. Se puso en pie.
—Me voy —dijo, y salió por la puerta lateral. El Controlador le siguió con la mirada.

—Obviamente —dijo el primer Miembro del Consejo de Control— ha estado usando este aparato. ¿Afirma que en la primera visita actuó como si ya hubiera estado antes, pero que en la segunda no recordaba haber presentado un invento ni su visita anterior?
—Exacto —asintió el Controlador—. Sospeché algo en la primera visita, pero no adiviné el significado hasta la segunda. Lo ha utilizado, no cabe duda.


—La Gráfica Central predice que un elemento desestabilizador está a punto de sobrevenir —indicó el Segundo Miembro—. Yo diría que se trata del señor Benton.
—¡Una máquina del tiempo! —exclamó el Primer Miembro—. Podría representar un peligro. ¿Traía algo más cuando vino la primera vez?
—No observé nada especial, salvo que andaba como si llevara algo bajo sus vestimentas —replicó el Controlador.
—Entonces debemos actuar cuanto antes. Tal vez haya desencadenado ya una serie de circunstancias que nuestros Estabilizadores no sean capaces de controlar. Creo que sería conveniente visitar al señor Benton.

Benton estaba sentado en su sala de estar con la mirada perdida en la lejanía. Sus ojos mantenían una rigidez vidriosa que apenas les permitía parpadear. El globo le había estado hablando, contándole sus planes, sus esperanzas. Se detuvo de súbito.
—Ya vienen —dijo.
Estaba posado en el sofá, a su lado, y su ligero susurro se introdujo en el cerebro de Benton como volutas de humo. En realidad, no hablaba, pues su lenguaje era mental, aunque Benton le oía.
—¿Qué he de hacer?
—Nada —dijo el globo—. Se irán.
Sonó el timbre de la puerta y Benton continuó inmóvil. El timbre sonó otra vez y Benton se agitó inquieto. Al cabo de un rato, los hombres volvieron sobre sus pasos y dio la impresión de que se habían ido.
—¿Y ahora qué? —preguntó Benton. El globo tardó en contestar.
—Siento que la hora está a punto de llegar —dijo por fin—. Hasta ahora no he cometido equivocaciones, y la parte más difícil ya ha pasado. Lo más complicado fue atraerte a través del tiempo. Tardé años en conseguirlo. El Vigía era inteligente. Tardaste mucho en responder y no lo hiciste hasta que encontré el método de poner la máquina en tus manos. Entonces supe que el éxito estaba cerca. Pronto nos liberarás de este globo. Después de tanto tiempo…
Oyeron crujidos y murmullos en la parte trasera de la casa. Benton se levantó de un salto.
—¡Están entrando por la puerta de atrás! —gritó. El globo crujió airadamente.
El Controlador y los Miembros del Consejo hicieron acto de presencia lenta y cautelosamente. Cuando vieron a Benton se detuvieron.
—Creíamos que no estabas en casa —dijo el Primer Miembro.
Benton se volvió hacia él.
—Hola. Lamento no haber respondido a la llamada; me quedé dormido. ¿Qué se les ofrece?
Estiró la mano poco a poco hacia el globo, y pareció que éste se deslizara bajo el manto protector de su palma.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó de pronto el Controlador. Benton le miró y el globo susurró consejos en su mente.
—Un pisapapeles —sonrió—. ¿Quieren sentarse?
Los hombres se acomodaron y el Primer Miembro empezó a hablar.
—Viniste a vernos dos veces, la primera para registrar un invento y la segunda porque te habíamos conminado a ello, puesto que no podíamos autorizarte a utilizar ese invento.
—¿Y bien? —preguntó Benton—. ¿Qué sucede?
—Nada —respondió el Primer Miembro—, salvo que la que fue para nosotros la primera visita fue para ti la segunda. Podemos probarlo, pero no lo haremos por el momento. Lo único importante es que todavía conservas la máquina. He aquí un problema difícil. ¿Dónde está la máquina? Suponemos que la tienes en tu poder. Si bien no podemos obligarte a dárnosla, la obtendremos de una manera o de otra.
—Es cierto —admitió Benton.
¿Pero dónde estaba la máquina? Acababa de dejarla en la Oficina del Controlador. Aunque la había cogido durante su viaje por el tiempo, después había regresado al presente y la había devuelto a la Oficina del Controlador.
—Ha dejado de existir, una no entidad en una espiral temporal —le susurró el globo, adivinando sus reflexiones—. La espiral temporal concluyó cuando depositaste la máquina en la Oficina de Control. Ahora haz que se vayan estos hombres para que podamos hacer lo que ha de hacerse.
Benton se puso en pie y protegió el globo con su cuerpo.
—Temo que la máquina del tiempo no se halla en mi poder. Ni siquiera sé dónde está, pero búsquenla si quieren.
—Por haber violado las leyes te has hecho merecedor del destierro —observó el Controlador—, pero consideramos que hiciste lo que hiciste sin querer. No queremos castigar a nadie sin motivos, sólo deseamos mantener la Estabilidad. Una vez alterada, ya nada importa.
—Busquen, pero no la encontrarán —dijo Benton.
Los Miembros y el Controlador procedieron. Destriparon sillones; miraron bajo las alfombras y los cuadros, en las paredes, pero no encontraron nada.
—Ya ven que les decía la verdad.
Benton sonrió cuando regresaron a la sala de estar.
El Primer Miembro se encogió de hombros.
—Puede que la hayas ocultado en otro lugar. Sin embargo, no importa.
El Controlador avanzó un paso.
—La Estabilidad es como un giroscopio. Es difícil apartarlo de su trayectoria, pues una vez puesto en marcha cuesta mucho detenerlo. No creemos que tengas la energía suficiente para desviar ese giroscopio, pero quizás otros la tengan. Está por verse. Ahora nos iremos, y se te permitirá acabar con tu vida o aguardar al destierro. La elección está en tus manos. Se te vigilará, por supuesto, y confío en que no tratarás de huir. En tal caso, serás destruido inmediatamente. La Estabilidad debe ser mantenida a toda costa.
Benton les miró y luego depositó el globo sobre la mesa. Los Miembros lo observaron con interés.
—Un pisapapeles —repitió Benton—. Interesante, ¿verdad?
El interés de los Miembros disminuyó. Se dispusieron a partir. Pero el Controlador examinó el globo alzándolo hacia la luz.
—La maqueta de una ciudad, ¿eh? Qué sutileza de detalles.
Benton le miró en silencio.
—Caramba, parece increíble que una persona pueda esculpir tan bien —continuó el Controlador—. ¿Qué ciudad es? Parece tan vieja como Tiro o Babilonia, o muy adelantada en el futuro. Sabes, me recuerda una vieja leyenda. La leyenda cuenta que una vez existió una ciudad muy perversa, tan perversa que Dios la disminuyó de tamaño y la metió en un recipiente, y dejó un vigía para evitar que nadie se escapara y liberara la ciudad rompiendo el recipiente. Se supone que ha seguido cautiva durante una eternidad, aguardando el momento de liberarse. Es posible que ésta sea la maqueta.
—¡Vamos! —gritó el Primer Ministro—. Debemos irnos; tenemos muchas cosas que hacer esta noche.
El Controlador se giró rápidamente hacia los Miembros.
—¡Esperen! No se vayan.
Cruzó la habitación con el globo todavía en sus manos.

 
—No es el momento más adecuado para irse —dijo, y Benton observó que, pese a la palidez de su rostro, apretaba con firmeza los labios.
El Controlador se volvió bruscamente hacia Benton.
—Un viaje a través del tiempo, la ciudad en un globo de cristal. ¿Qué significa esto?
Los dos Miembros del Consejo parecían asombrados y confusos.
—Un ignorante viaja por el tiempo y vuelve con un extraño objeto de vidrio —dijo el Controlador—. Un trofeo muy extraño, ¿no creen?
La cara del Primer Miembro perdió el color.
—¡Por el Buen Dios del Cielo! —murmuró—. ¡La ciudad maldita! ¿En ese globo?
Miró la esfera con expresión de incredulidad. El Controlador observó a Benton como divertido.
—A veces podemos ser muy estúpidos, ¿no es así? Pero un día nos despertamos.
—¡No la toques!
Benton retrocedió con parsimonia, con las manos temblorosas.
—¿Y bien? —preguntó.
Al globo le molestaba estar en manos del Controlador. Emitió un zumbido y las vibraciones se deslizaron por el brazo del Controlador. Al sentirlas, asió con más firmeza el globo.
—Desea que lo rompa, que lo destroce contra el suelo para liberarse.
Contempló las diminutas espirales y el remate de los edificios en la sombría nebulosidad del globo, tan diminutas que podía cubrirlas con sus dedos.
Benton se lanzó adelante, firme y seguro como cuando volaba. Cada minuto pasado en la cálida negrura de la atmósfera de la Ciudad de la Luz vino en su ayuda. El Controlador, que siempre había estado muy ocupado con su trabajo, demasiado ajeno a los placeres aéreos que tanto enorgullecían a la ciudad, se derrumbó al instante. El globo salió disparado de sus manos y rodó por el suelo de la habitación. Benton saltó tras él. Mientras corría en pos de la brillante esfera vio de reojo los rostros asustados y perplejos de los Miembros y del Controlador, que trataba de ponerse en pie, horrorizado y aturdido por el golpe.
El globo le llamaba entre susurros. Benton avanzó sin vacilaciones y percibió primero un murmullo victorioso y después un rugido de alegría cuando aplastó con el pie el cristal que la mantenía prisionera.
El globo se quebró con un chasquido estruendoso. Nada sucedió durante un rato, hasta que empezó a desprender niebla. Benton volvió al sofá y se sentó. La niebla empezó a llenar la habitación. Creció y creció hasta el punto de asemejarse a algo vivo por la forma en que se retorcía y mudaba.
El sueño se apoderó de Benton. La niebla se agolpó a su alrededor, se enroscó en sus piernas, llegó al pecho y finalmente se arremolinó en torno a su rostro. Arrellanado en el sofá, con los ojos cerrados, se dejaba envolver por la extraña y antigua fragancia.
Entonces oyó las voces. Lejanas y débiles al principio, el susurro del globo amplificado incontables veces. Un concierto de murmullos se elevó del globo resquebrajado hasta alcanzar un crescendo exultarte. ¡La alegría de la victoria! Vio a la ciudad en miniatura dentro del globo fluctuar y desvanecerse, y luego cambiar de forma y tamaño. Podía oírla tan bien como la veía. El firme latido de la maquinaria como un gigantesco tambor. La trepidación y agitación de seres metálicos en cuclillas.
Los seres se movían. Vio a los esclavos, hombres sudorosos, encorvados y pálidos, retorciéndose en sus esfuerzos por alimentar los rugientes hornos de acero. La escena pareció dilatarse ante sus ojos hasta llenar la habitación; los sudorosos trabajadores le rozaban y apartaban de su camino. Estaba ensordecido por el estruendo de las rechinantes ruedas, engranajes y válvulas. Algo le empujaba a moverse hacia la ciudad y la niebla resonaba con los nuevos y victoriosos sonidos de los liberados.

Cuando salió el sol ya estaba despierto. Sonó el despertador, pero ya hacía rato que Benton había salido del cubidormitorio. Cuando se unió a las filas de sus compañeros reconoció algunas caras familiares, hombres a los que había conocido anteriormente en algún otro lugar. Pero en seguida se le borraron los recuerdos. Mientras marchaban en perfecta formación hacia las máquinas que les esperaban, entonando los sonidos disonantes que sus antecesores habían cantado durante siglos, con el peso de las herramientas lastimándole la espalda, contó el tiempo que faltaba para su próximo día de descanso. Apenas quedaban tres semanas y, pese a todo, debería hacerse merecedor del premio ante las máquinas.
¿Acaso no había cuidado a su máquina fielmente?


FIN

2026/03/30

El azul más profundo del mundo (Sonya Dorman)


Título original: The Deepest Blue in the World
Año: 1964


Era un jarrón en forma de cuenco, de un profundo color azul. Las femeninas curvas del mismo se adaptaban perfectamente a las palmas de sus manos. La muchacha que lo transportaba calzaba zapatos gastados, vestía una falda limpia, pero muy raída y una blusa rasgada. Nada llevaba con ella, salvo el mencionado jarrón, que estaba vacío.
—Hemos llegado, querida —dijo la encargada al entrar en el largo dormitorio de alto techo. Por las grandes ventanas del antiguo edificio entraban haces de luz, que se deslizaban por los hombros de la joven e iluminaban sus trenzas con reflejos dorados y rojizos.
En el otro extremo de la habitación, dos adolescentes, sentadas en sus camas, se entretenían con algún juego.
La encargada guió a la recién llegada hasta una cama vacía, cuya colcha, aunque gastada, era de un blanco inmaculado. Junto a la cama había un velador pequeño con dos cajones. La niña, sosteniendo el jarrón con ambas manos, lo acercó a un rayo de sol que le permitió apreciar el color azul del objeto. Luego, alejándolo de la luz, lo depositó sobre el velador. Entonces se sentó en la cama y, después de cruzar sus manos, las descansó sobre el regazo.
—¡Niñas! —llamó la encargada a las otras dos—. Aquí está Anna.
Aquéllas se volvieron para mirarla, ni hostiles ni amigables, ni siquiera indiferentes. Anna continuó contemplándose las manos, delgadas y de piel oscura en los nudillos, y callosas en las palmas.
—¡Niñas! —repitió amenazadoramente la mujer.
Se levantaron y acudieron sin que sus semblantes denotaran gran curiosidad.
—Hola, Anna —dijeron.
En ese instante se oyó un formidable estruendo, y las dos niñas, junto con Anna, dirigieron su mirada a través de los amplios ventanales, hacia el cohete que, surgiendo por detrás de un lejano muro, abandonaba la base espacial.
El cielo era de un color tan puro, que parecía la llama del alcohol cuando quema; la nave se elevó y desapareció en el aire, dejando tras sí una turbulenta estela, y un gran asombro entre aquellos que la oyeron pasar; las tres jovencitas quedaron ensimismadas, nostálgicas y perplejas.
—Sí, se ven pasar continuamente —declaró la encargada con fingido buen humor—. Las dejo solas; así podrán conocerse mejor. Pronto llegarán las otras de la escuela.
Cuando se hubo retirado del amplio dormitorio, tras cerrar con cuidado la pesada puerta, Anna levantó la vista y miró a sus dos compañeras. En aquel momento, la expresión de ambas era impenetrable, pero la joven que estaba de pie, de delicados rasgos y sesgados ojos marrones, se inclinó hacia la recién llegada y le preguntó:
—¿Dónde?
—En Marte —contestó Anna—. La semana pasada, en Marte.
Rubia y algo brusca de modales, la otra muchacha, adolescente aún, prometía convertirse en una beldad. Desvió la cara y explicó:
—Mi padre sigue aún en órbita.
El orgullo que se percibía en su voz era como un afilado cuchillo. Aunque dominaba todos los gestos de su rostro, apenas podía controlar la voz.
—Yo soy Lupe —dijo la de los ojos color castaño—. ¿Qué edad tienes?
—Catorce años —respondió Anna, sin dejar de observar el jarrón vacío.
—Entonces sólo estarás aquí un año —aseguró la rubia—. Yo estoy casi lista para irme. Dentro de un mes cumpliré quince años. Lupe es de tu misma edad.
—¿Adónde irás? —preguntó Anna.
La rubia sonrió, transformándose de pronto en una belleza radiante, serena y orgullosa. Su rostro era, en aquellos instantes, el rostro de una mujer.
—Al banco del matrimonio —contestó.
—¿Sin más ni más? —preguntó Anna, azorada.
—No, tonta —dijo Lupe, sentándose a su lado—. Conny tiene aún un año de colegio por delante. ¿Acaso no lo sabes?
—No sé nada —admitió Anna.
Conny se encogió de hombros. Luego se dirigió hacia la ventana, contra la que se recostó apoyando la palma de una de sus manos sobre el irrompible panel protector de plástico. No se veían más que enormes edificios y, encima de ellos, el cielo por donde sus padres habían desaparecido.
Se oyó un distante murmullo de voces infantiles.
—Pronto estarán aquí las más pequeñas —dijo Lupe—. Nosotras somos las mayores.
Conny, que se había vuelto hacia sus compañeras, contempló el jarrón azul con curiosidad; movió una mano con ademán de tocarlo, pero Anna saltó a la defensiva desde su cama, gritando asustada.
—De acuerdo —dijo Conny—. No lo hice a propósito.
—¿Viene de Marte? —preguntó Lupe, señalando el jarrón. Anna inclinó la cabeza.
—No —murmuró—. Lo trajo de Plains para mi madre.
—¿Se ha vuelto a casar? —preguntó Conny.
Anna inclinó aún más la cabeza, y sus trenzas color castaño oscuro cayeron sobre los hombros.
—No —replicó.
—Tiene que hacerlo —expuso Conny, con un tono de voz en el que se advertía cierta dureza.
—Ya lo sé —contestó Anna—; pero no lo ha hecho.
—Si tiene menos de treinta y cinco años, debe hacerlo, o irá a la cárcel.
—Ya fue —dijo Anna—. Esta mañana, cuando vinieron a buscarme.
—No es justo —dijo Conny, levantándole el rostro con una mano y mirándola con furia—. Nuestras madres han tenido que casarse por segunda vez. ¿Por qué no tendría que hacerlo la tuya también? Las guerras devoran a nuestros hombres; tenemos que fabricar más hombres. ¿Qué derecho tiene ella?
—¡Porque prefirió lo contrario! —gritó Anna, apartando de un golpe el brazo de Conny—. Tenía todo el derecho a elegir.
De nuevo se oyó una tremenda y ruidosa explosión, que provenía del centro espacial; las tres jóvenes se acercaron a las ventanas y, en profundo silencio, vieron cómo ascendían en el intenso cielo azul las naves que partían hacia la guerra.
Lupe tragó saliva; Conny apartó de su mejilla el cabello rubio y lo echó hacia atrás, y Anna deslizó con suavidad las palmas de sus manos a ambos lados del jarrón, entibiándolo. 


La pesada puerta del dormitorio se abrió de par en par, y entró un grupo de niñas de corta edad. Una de ellas, con la cara húmeda y sucia, lloraba. Las demás, rodeándola, le daban empujones y la zarandeaban.
Entró la encargada y las dispersó bruscamente, enviando a la que lloraba a la enfermería, y a las demás al sosiego de algún juego tranquilo en sus camas. Una vez acostadas, se dirigió a las mayores.
—¿Ya se han hecho amigas? —preguntó con expresión risueña—. Estoy segura que sí. Lupe, por favor, procura que Anna se encuentre a gusto aquí. Conny, quieren verte arriba, en la oficina.
—¡A mí! —exclamó con un destello de luz en sus ojos—. ¿Acaso estoy ya preparada?
—No sé nada al respecto, querida —afirmó la mujer—. No creo que estés lista aún, pues todavía no has celebrado tu cumpleaños, pero, de todos modos, quieren verte.
Sin volverse siquiera, Conny atravesó rápidamente el cuarto, cruzó la puerta abierta, y todos pudieron oírla escaleras arriba, en dirección a la oficina.
Lupe parecía asustada.
—No se la llevarán todavía, ¿verdad? —preguntó.
—No lo creo, querida —respondió la encargada, sacudiendo la cabeza.
Cuando ésta se retiró del cuarto y cerró la puerta, el silencio se hizo más profundo y vibrante, como si cada una de las muchachas retuviera el aliento. Las que habían estado jugando, dejaron de hacerlo; las que ya estaban acostadas, se irguieron. Todas esperaban atentamente en sus camas, distribuidas en doble hilera. Las había de todos los tamaños, formas y colores, cosa muy natural, dado que la edad de las niñas oscilaba entre los cinco y los quince años. Las veinte niñas mantenían fija la mirada en los ventanales que daban al oeste, a través de los cuales se filtraba el sol poniente con un resplandor que las deslumbraba.
El piso, el edificio, las ventanas, las niñas y el aire trepidaron con la explosión. Apenas pudieron vislumbrar la nave, que, elevándose a gran velocidad, desapareció muy pronto en el espacio.
Poco a poco, todas volvieron a sus juegos. Lupe seguía sentada en la cama de Anna, y cuando ésta, finalmente, optó por sentarse, aquélla la tomó cariñosamente por el brazo y le dijo:
—Seremos amigas. Tenemos la misma edad. Quizá vayamos en el mismo grupo al banco del matrimonio.
Anna desvió la mirada hacia el jarrón azul oscuro.
—Quizá —contestó.
Se acercó a ellas una niña de diez años, de cuerpo rechoncho, que siguió de largo por el estrecho pasillo que separaba la cama de Anna de la contigua, inclinó la cabeza hacia delante y, estirando el cuello, fijó su mirada en el jarrón.
—¡Ah! —dijo—. ¡Qué color tan hermoso!
—Sí —asintió Anna.
—¿Puedo tocarlo?
—No.
La niña miró a Anna con una expresión en la que se mezclaban la decepción y la picardía.
—Es muy especial, ¿no? —preguntó.
—Me pertenece —contestó Anna.
—¿Dónde?
—En Marte —replicó Anna.
—Al mío le tocó aquí mismo. La nave explotó mientras la abastecían de combustible. No tuvo tiempo de despegar siquiera. Fue aquí mismo, puedes verlo desde la ventana.
Anna cerró los ojos.
—¿Cómo puedes mirar? —murmuró.
—Se supone que estoy aquí para mirar, sabes. ¿Por qué crees que te han traído? Estamos condicionadas. Hace cuatro años que estoy aquí, y me he habituado a mirar. Tú también te acostumbrarás. Por cada nave que despega, debes contar quince hombres; una nave cada media hora, entre el amanecer y el crepúsculo, se llevará los hijos varones que tiene tu madre, y los que tú tendrás, después de ir un par de veces al banco del matrimonio. Esa es la forma de condicionamiento con que operan aquí.
—Será mejor que vuelvas a tu cama —dijo Lupe a la niña—. No creo que te gustase hablar del tema el día en que viniste por primera vez.
—Ya ni me acuerdo —replicó, mientras miraba el jarrón de soslayo.
—¡Tiene un hermoso color! —exclamó—. Creo que es el azul más profundo de la Tierra. Tengo cuatro hermanos —agregó tras una breve pausa—. Tendré cuatro hijos.
—¡Vamos ya, vete! —dijo Lupe dándole un ligero empellón.
La niña se entretuvo aún en echar un vistazo al jarrón y luego a Anna, para fijar por último su mirada en el objeto.
Era lo único que había sobre el velador de madera de Anna, a diferencia de los demás, repletos de juguetes, fotografías y medallas de guerra.
—¿Es que no posees nada? —preguntó la niña con voz chillona—. ¿Ni libros, ni ropa, ni medallas? ¿Sólo este jarrón?
—Sólo el jarrón —contestó Anna.
Transformada de pronto en una criatura cruel, la niña retrocedió.
—¡Entonces tu madre está en la cárcel! —gritó mientras se alejaba—. ¡Ella lo quiso y a ti nada te pertenece!
Se oyó un murmullo en todo el cuarto, al tiempo que las niñas se volvían para fijarse en Anna, escuchar y observarla.
—Prisión. Ella lo eligió —corearon—. Prisión; nada le pertenece. ¿Quién le ha permitido conservar ese jarrón?
Anna tomó el jarrón con gesto desesperado, aunque tuvo gran cuidado en manipularlo con suavidad. Luego, apretándolo entre sus pequeños pechos, se inclinó en forma protectora sobre él como para esconderlo. Tanto se había encogido, que se vio obligada a respirar sobre la boca del jarrón; el aire expulsado de sus pulmones llenó la cavidad azul y pronto volvió a salir por el estrecho cuello. La muchacha sintió que la forma redonda se entibiaba en sus manos, pero, como estaba demasiado asustada para moverse, siguió doblada sobre sí misma, sin dejar de respirar dentro de la cavidad oscura, mientras sentía en su cara el vaivén de su aliento.
Una súbita campanada vibró por el salón, y todas saltaron de sus camas al ver que la encargada abría la puerta.
—Es la hora de la cena —informó Lupe a Anna. Ésta levantó la cabeza y se sentó sobre los talones.
—¡Vamos! —dijo Lupe—. No querrás perderte la cena. Bajaré contigo, ya verás.
Anna negó con la cabeza.
—Decídete, tienes que comer —insistió Lupe—. No está permitido faltar a las comidas, a no ser que te encuentres enferma. Ya verás cómo luego te sientes mejor.
—De ningún modo —respondió Anna—. No quiero nada.
Lupe la instó, tirando con suavidad de los brazos y las muñecas que aún sostenían el jarrón contra su cuerpo.
—Por favor, Anna, ven. Ya han bajado todos a comer. Por el momento ya no saldrán más naves de las bases; no hay nada que ver hasta las seis de la mañana. Por favor, Anna, tenemos la misma edad, podemos ser amigas; le hablaré a la encargada y podremos ir juntas al banco del matrimonio.


Anna abrió los ojos y se enderezó. Luego, con un gesto furioso, indicó:
—Elijo la cárcel.
Tras una breve pausa, elevó la voz y gritó:
—¡Elijo la cárcel! ¡No iré al banco del matrimonio, no tendré hijos, no miraré cómo se elevan las naves! Elijo la prisión bajo tierra para el resto de mis días, igual que lo hizo mi madre.
Lupe, asustada y temblorosa, se había ido alejando poco a poco de ella. Retrocedió unos pasos, sin dejar de mirar a Anna y al jarrón que ésta sostenía, casi incoloro por la falta de luz.
De pronto, apareció la encargada. Cruzó la puerta, que permanecía abierta, y se acercó a ellas.
—¡Niñas, van a llegar tarde a la cena! —farfulló—. ¿Qué sucede?
—Elijo la cárcel —dijo Anna, al tiempo que, vuelta de espaldas, depositaba el jarrón sobre el velador.
—¡Dios mío! —exclamó la mujer—. Criatura, no sabes lo que eso significa.
—Lo sé muy bien. Trabajaré en el subterráneo catorce horas diarias y ya nunca más podré salir a la superficie, pero eso es lo que elijo. Ahora mismo me iré.
—No puedes irte ahora —dijo la mujer, quien, muy confundida, no cesaba de mover las manos en todas direcciones, como si quisiera atraer a Anna hacia sí—. ¡Criatura tonta, no sabes lo que dices! —exclamó aproximándose a la joven, mientras seguía hablando—. ¡Pobrecilla! —Volviendose hacia Lupe ordenó—: Lupe, por favor, ve en seguida al comedor.
Lupe se retiró. La mujer se acercó entonces a Anna, moviendo nerviosamente las manos.
—No puedes elegir ahora, Anna.
—Tengo derecho —contestó la muchacha.
—¡Claro que no, niña tonta! —exclamó la encargada—. Y cuando puedas hacerlo, no pensarás así; no sabes lo que dices. ¿Ignoras que sólo podrás tomar una decisión cuando hayas pasado por el banco del matrimonio?
Anna movió los labios, pero no pudo emitir un solo sonido.
Se encendieron las luces de forma automática, en hilera, por encima de sus cabezas, y ambas tuvieron que pestañear, para acostumbrar los ojos a tal cambio.
—¿Ahora no? —preguntó Anna finalmente—. ¿No puedo elegir siquiera?
—No; no podrás hacerlo hasta que hayas ido, por lo menos una vez, al banco del matrimonio. Es algo saludable, realmente. La ley te protege. Más tarde notarás que es agradable.
Anna salió precipitadamente, golpeándose contra una cama, y corrió por el pasillo entre las filas de angostos catres blancos. Atravesó corriendo el vestíbulo y bajó en dos saltos las anchas escaleras, dejando atrás el ruidoso comedor, el cuarto de los niños, y las herméticas puertas de la enfermería. Siguió luego por el corredor principal hacia la entrada.
Presa de pánico, golpeó las puertas, y, al verlas cerradas, se dejó caer al suelo.
Tras ella, se abrió el ascensor, y apareció la encargada, que, con un pequeño gruñido, se acercó a Anna y la levantó.
—¡Qué niña más tonta! —dijo—. Por fortuna, no recibimos a muchas como tú. ¡Levántate! —añadió, mientras la arrastraba hacia el ascensor. Las puertas se cerraron sin ruido alguno, y comenzaron a elevarse por el largo túnel.
—Te llevaremos a la cama y gozarás de un sueño reparador. No sabes lo que dices, al preferir las fábricas y las fundiciones. Incluso podría tocarte alguna estación de combustible para el resto de tu vida. Crecerás e irás al banco del matrimonio como lo desea cualquier joven correcta.
Con firmeza, arrastró a Anna por el pasillo que separaba las dos hileras de camas blancas.
Al sentarse la joven sin ofrecer resistencia alguna, la encargada fue en busca de un vaso de agua, sacó de su bolsillo un frasquito de píldoras y lo tendió hacia Anna.
—¡Dos! —dijo sonriente—. Trágalas y olvidarás tus preocupaciones.
Anna lo hizo así, ayudándose con un poco de agua.
—Ahora dormirás bien —afirmó la encargada, al tiempo que daba unos golpecitos en la almohada para acomodarla—. El primer día aquí no es fácil para nadie. Pero sé que acabarás por comportarte bien.
Al irse la mujer, Anna se acostó y, volviendo la cabeza hacia un lado, clavó la mirada en el jarrón. Era de un intenso color azul y parecía repleto de un profundo espacio infinito, pero estaba vacío.
Anna cerró los ojos.


FIN

2026/02/09

Fénix brillante (Ray Bradbury)


Título original: Bright Phoenix
Año: 1947


Un día de abril del año 2022, la gran puerta de la biblioteca restalló secamente. Como un trueno.
"Hey", pensé.
En el último peldaño de las cortas escaleras que ascendían hasta mi escritorio, enfundado en su uniforme de la Legión Unida que le caía tan mal como hacía veinte años, estaba Jonathan Barnes.
Viendo su altanera agresividad marcada en su pausa, pensé en los diez mil discursos a los Veteranos que habían surgido de aquella boca, en los innumerables desfiles en los que había participado, sudando y resoplando, en los banquetes de patriotas a base de pollo frío y guisantes seguramente cocinados por él mismo, en todos sus proyectos abortados.
Jonathan Barnes subió pesadamente los peldaños de la escalera, marcando en cada pisada todo el peso de su corpulencia y de su nueva autoridad. Los ecos, repercutiendo en la alta bóveda, le hicieron sin duda darse cuenta incluso a él mismo de lo burdo de sus modales ya que, cuando llegó junto a mi escritorio, su voz impregnada en alcohol fue apenas un susurro junto a mi rostro.
—He venido por los libros, Tom.
Rebusqué en forma casual entre mis fichas índice.
—Cuando estén preparados ya le llamaré.
—Hey, un momento —dijo—. Espere...
—Supongo que se refiere a los libros para la Obra Social de los Veteranos, para distribuir entre los hospitales, ¿no?
—¡No, no! —gritó—. He venido por todos los libros.
Le miré sin decir nada.
—Bueno —dijo—, casi todos.
—Casi —parpadeé, sin dejar de rebuscar entre las fichas índice—. La norma son diez volúmenes máximo por persona y vez. Oh, aquí está. Además, su tarjeta de lector caducó cuando usted tenía treinta años..., hace ya treinta años de ello. ¿Lo ve? —le tendí la ficha índice.
Barnes apoyó ambas manos en el escritorio e inclinó hacia mí su enorme corpachón.
—Me doy cuenta que usted está intentando interferir —dijo. Su rostro se encendió, empezó a jadear—. ¡No necesito ninguna tarjeta de lector para efectuar mi trabajo!
Aunque seguía hablando en susurros, había alzado la voz lo suficiente como para que una miríada de blancas páginas suspendieran sus aleteos bajo la verdosa luz de las lámparas en las enormes estancias de paredes de piedra. Algunos libros se cerraron con un sordo y casi imperceptible ruido.
Algunos lectores alzaron sus apacibles rostros. Sus ojos serenados por la quietud y el recogimiento de aquel lugar, solicitaban silencio, como los del tigre cuando acude a beber a las quietas aguas. Viendo aquellos ojos vueltos hacia nosotros, aquellos tranquilos rostros, pensé en mis cuarenta años transcurridos viviendo, trabajando, incluso durmiendo allí, entre las silenciosas vidas arropadas en terciopelo de todos aquellos personajes imaginarios. Siempre la había considerado mi biblioteca, y la seguía considerando, como un oasis de frescor donde los hombres acudían, procedentes del ruido y la febril actividad del día, a bañar sus mentes y a refrescar sus cuerpos en la verdosa luz y en la suave brisa de las páginas al ser volteadas. Tras lo cual, ya más centrados, con las ideas más claras y los cuerpos más relajados, pueden de nuevo sumergirse en el ardiente horno de la realidad, la noche, el tráfico, la improbable vejez, la inevitable muerte. He visto a cientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucinados. Los he visto salir relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a sí mismas y hallando aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en el sueño y a soñadores hallar finalmente la realidad, en este refugio de piedra y mármol donde cada libro está marcado por el silencio.
—Sí —dije finalmente—. No le llevará mucho tiempo el registrarse de nuevo. Rellene esta nueva ficha. Traiga dos referencias que sean solventes...
—No necesito referencias —dijo Jonathan Barnes—. ¡No para quemar libros!
—Al contrario —dije—. Para eso va a necesitar más.
—Mis hombres son mis referencias. Están esperando fuera por los libros. Son peligrosos.
—Los hombres así siempre lo son.
—No, no, me refiero a los libros, estúpido. Los libros son peligrosos. Buen Dios, no hay dos que piensen lo mismo. Siempre los mismos malditos dobles sentidos. Siempre la misma torre de Babel y la misma saliva malgastada. Nosotros estamos aquí para clarificar, para simplificar, para depurar. Necesitamos...
—Perdón —dije, tomando un ejemplar del Demóstenes bajo mi brazo—. Es la hora de mi comida. ¿Me acompaña?
Estaba ya a medio camino de la puerta cuando Barnes, con los ojos desorbitados, recordó de pronto el silbato de plata que colgaba de su cinturón; lo llevó a sus labios y lanzó un prolongado pitido.
Las puertas de la biblioteca se abrieron bruscamente. Una marea de hombres uniformados de negro penetraron ruidosamente escaleras arriba.
Les llamé suavemente la atención. Se detuvieron, sorprendidos.
—Sin hacer ruido —les dije. Barnes me sujetó del brazo.
—¿Se está oponiendo usted a nuestra actuación?
—No —dije—. Ni siquiera voy a pedirles la orden que les autoriza a esta invasión. Lo único que les pido es que guarden silencio mientras trabajan.
Los lectores se habían levantado de sus mesas ante el estruendoso resonar de las pisadas. Les hice señas para que volvieran a sentarse. Se enfrascaron de nuevo en sus lecturas, sin que ninguno volviera a levantar la vista hacia aquellos hombres impecablemente uniformados de negro que me miraban con una no fingida estupefacción. Barnes hizo un gesto con su cabeza. Los hombres avanzaron entonces cuidadosamente, a puntas de pies, hacia las distintas salas de la gran biblioteca. Con extremadas precauciones, procurando no hacer el menor ruido, abrieron las ventanas. Hablando en susurros, tomaron los libros de sus estanterías y los fueron arrojando al patio de abajo, en el más completo silencio. De tanto en tanto lanzaban miradas de reojo a los lectores que, tranquilamente, iban volteando las páginas de sus libros, pero ninguno se atrevió a tomar aquellos volúmenes, limitándose a vaciar las estanterías.
—Bien —dije.
—¿Bien? —dijo Barnes.
—Sus hombres pueden trabajar sin usted. Vamos fuera.
Y salí tan rápidamente que no tuvo más remedio que seguirme, ardiendo con preguntas no formuladas. Atravesamos el césped que rodeaba el edificio, donde había sido montado un horno portátil, una enorme parrilla negra de donde surgían rojizos chorros que se convertían en azuladas llamas, a las cuales los hombres precipitaban los silvestres pájaros y las aterciopeladas palomas que alzaban el vuelo en un frenético batir de alas antes de caer heridos de muerte, consumiéndose entre las terribles llamas. De todas las ventanas surgían aterrorizados pájaros, que caían al suelo y eran empapados en gasolina antes de ser arrojados a las destructivas y coloreadas llamas.


—Es extraño —murmuró Barnes, sorprendido—. Tendría que haber multitudes contemplando un espectáculo como éste... Pero no hay nadie. ¿Cómo se lo explica usted?
Lo dejé con la palabra en el aire. Tuvo que correr para alcanzarme.
En el pequeño café al otro lado de la calle, me senté a una mesa y Barnes, irritado, sin ninguna razón aparente, se puso a gritar apenas ocupamos nuestras sillas:
—¡Camarero! ¡Rápido, debo volver inmediatamente al trabajo!
Walter, el propietario, se acercó con el menú en la mano. Me miró. Le guiñé un ojo. Miró a Jonathan Barnes y dijo:
—Ven conmigo y sé mi amor, y probaremos de la felicidad el ardor.
—¿Qué? —Jonathan Barnes parpadeó.
—Llámeme Ismael —dijo Walter.
—Ismael —dije—, empezaremos con un café.
Walter volvió con el café.
—Tigre, tigre, brillante has de arder —dijo—, en la penumbra del bosque, al anochecer.
Barnes se quedó mirando al hombre, que se alejaba con un paso casual.
—¿Qué demonios le ocurre? ¿Está loco?
—No —dije—. Pero sigamos con lo que me decía en la biblioteca. Explíqueme.
—¿Explicar? —dijo Barnes—. Dios mío, todos quieren saber las razones. Está bien, se lo explicaré. Se trata de un experimento de importancia capital. Esta es una ciudad que nos servirá de prueba. Si la quema de libros funciona aquí, funcionará en todas partes. No lo quemamos todo, no, no. Se habrá dado cuenta que mis hombres tan sólo desalojan ciertas categorías de libros. Eliminamos alrededor de un 49,2 por ciento. Luego informaremos del éxito al comité central del gobierno...
—Excelente —dije.
Barnes se me quedó mirando fijamente.
—¿Cómo puede estar usted tan alegre?
—El problema de cualquier biblioteca —dije— es dónde meter los libros. Usted me ayuda a resolverlo.
—Creí que usted evidenciaría... miedo.
—En toda mi vida he estado rodeado de gentuza.
—¿Perdón?
—Hay que dar un nombre a todas las cosas. Los que queman libros son gentuza.
—¡Maldita sea, soy el Jefe Censor de Green Town, Illinois!
Llegó un nuevo camarero, portando una humeante cafetera.
—Hola, Keats —dije.
—La estación de las brumas y el dulzor de la fruta madura —dijo el camarero.
—¿Keats? —dijo el Jefe Censor—. Su nombre no es Keats.
—Oh, qué tonto soy —dije—. Este es un restaurante griego. ¿No es cierto, Platón?
El muchacho llenó mi taza.
—El pueblo dispone siempre de algún campeón que empuja hacia adelante y lo alimenta de grandezas... Esta y no otra es la raíz de la cual surge el tirano; cuando aparece el primero, es un protector.
Barnes se inclinó hacia adelante para mirar mejor al camarero, que permaneció inmutable. Luego tomó su café y sopló.
—Como le decía, nuestro plan es tan simple como el que uno más uno son dos...
—Casi nunca he conocido a un matemático que fuera capaz de razonar —dijo el muchacho.
—¡Maldita sea! —Barnes dejó bruscamente su taza sobre la mesa—. ¡Silencio! Lárgate de aquí antes que pierda la paciencia, Keats, Platón... Holdridge, este es tu nombre. Ahora lo recuerdo: ¡Holdridge! ¿Qué es toda esa otra jerga?
—Sólo imaginación —dije—. Vanidad.
—Maldita sea la imaginación y al infierno con la vanidad, puede usted comer solo si quiere, me largo inmediatamente de esta casa de locos.
Y Barnes se tragó el café de un sorbo, mientras el dueño y el camarero lo miraban y miraban mientras se lo bebía y al otro lado de la calle el fuego ardía orgullosamente en las entrañas de la monstruosa parrilla. Nuestras silenciosas miradas hicieron que Barnes se estremeciera, con la taza en una mano y una gota de café colgando de su mentón.
—¿Por qué? ¿Por qué no gritan ustedes? ¿Por qué no luchan contra mí?
—Yo estoy luchando —dije, tomando el libro que había traído bajo mi brazo. Lo abrí por la página que decía DEMÓSTENES, dejé que Barnes viera bien el nombre, la enrollé en forma de cigarro, la prendí, contemplé la creciente llama y murmuré—: Aunque el hombre pueda escapar a todos los demás peligros, jamás podrá escapar completamente a aquellos que no reconocen a una persona como él el derecho a existir.
Barnes saltó en pie, gritando, me arrancó el "cigarro" de la mano, lo pateó, y el Jefe Censor salió del lugar dando un portazo.
Lo único que podía hacer yo era seguirle.
En la puerta, Barnes tropezó con un hombre ya anciano que entraba en el café. El viejo estuvo a punto de caer. Lo sostuve del brazo.
—Profesor Einstein —dije.
—Señor Shakespeare —dijo. Barnes huyó.
Lo encontré de nuevo en el césped ante la antigua y hermosa biblioteca, donde los hombres de negro, desprendiendo olor a gasolina a cada movimiento, seguían transportando brazadas de palomas abatidas, de moribundos faisanes, todo un otoño de oro y plata que caía de las altas ventanas. Y todo silenciosa y pausadamente. Y mientras esta tranquila y casi serena pantomima continuaba, Barnes permanecía inmóvil, gritando silenciosamente, ahogando los gritos que pugnaban por surgir de entre sus dientes apretados, su lengua, sus labios, sus mandíbulas, ahogándolos de modo que nadie los pudiera oír. Pero los gritos surgían igualmente de sus ojos muy abiertos, en relámpagos que estallaban en sus puños crispados y coloreaban su rostro, ahora blanco, ahora rojo, mientras me miraba fijamente, miraba al café, a su maldito propietario y al terrible camarero que, desde la puerta, le hacían gestos amistosos. El incinerador de Baal saciaba su enorme apetito, esparciendo chispas por todas partes, y Barnes contemplaba aquel ciego sol rojo que ardía y llameaba en su estómago.
—Oigan, ustedes —dije con voz suave a los hombres de negro, que se detuvieron—. Recuerden las Ordenanzas Municipales. Se cierra a las nueve en punto. Por favor, procuren terminar antes de entonces. No me gustaría quebrantar la ley... Buenas noches, señor Lincoln.
—Ochenta —dijo un hombre, pasando a nuestro lado—, y siete años...
—¿Lincoln? —el Jefe Censor se volvió lentamente—. Ese es Bowman. Charlie Bowman. Le conozco, Charlie, venga acá un momento... Charlie... ¡Chuck!
Pero el hombre se había alejado, y los coches pasaban, y de tanto en tanto, mientras el fuego seguía ardiendo, algunos hombres me saludaban y yo les saludaba, y era "¡Hola, señor Poe!", o un gesto amistoso a algún extranjero cuyo nombre sonaba algo así como Freud, y nuestras voces eran alegres al saludarnos, y el señor Barnes se estremecía cada vez como si fuera atravesado por un dardo de fuego que continuara ardiendo en su interior y consumiera su vida. Y nadie se detenía a ver el espectáculo.


De pronto, por alguna oculta razón, el señor Barnes cerró los ojos, abrió mucho la boca, inspiró profundamente y gritó:
—¡Alto!
Los hombres, arriba, dejaron inmediatamente de arrojar libros por las ventanas.
—Pero —dije— aún no es la hora de cerrar.
—¡Es la hora de cerrar! ¡Todo el mundo fuera! 
Profundos pozos habían devorado las pupilas de los ojos de Jonathan Barnes. Hizo una seña, indicando que bajaran. Obedientemente, todas las ventanas descendieron como otras tantas guillotinas, y se oyó el ruido de las contraventanas al cerrarse.
Los hombres de negro, con la sorpresa reflejada en sus semblantes, descendieron y salieron fuera.
—Jefe Censor —metí en su mano la llave que no quería aceptar, le obligué a tomarla—, vuelva usted mañana, mantenga el silencio, termine con su trabajo.
Sus ahora insondables y vacíos ojos intentaron en vano mantener mi mirada.
—¿Cuánto..., cuánto tiempo hace que dura...?
—¿Esto?
—Esto..., y..., esto..., y ellos.
Intentó sin conseguirlo señalar el café, los coches que pasaban, los tranquilos lectores que salían ahora de la acogedora biblioteca, saludando con la cabeza cuando pasaban a nuestro lado en el frío aire del anochecer, amigos, todos ellos amigos míos. Sus ciegos y crispados ojos devoraron la oscuridad que era ahora mi rostro, su lengua paralizada murmuró trabajosamente:
—¿Creen ustedes, estúpidos, que van a engañarme a mí, a mí, a mí?
No contesté.
—¿Cómo pueden estar seguros —dijo— que yo no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?
No contesté.
Lo dejé de pie, inmóvil, allá en medio de la noche.
En la biblioteca, comprobé los últimos volúmenes de los que se iban, mientras la noche llegaba finalmente y la gran máquina de Baal seguía vomitando la humareda de su mugriento fuego sobre el alto césped allá donde el Jefe Censor permanecía inmóvil como una estatua de cemento, sin ver siquiera como sus hombres se marchaban. Su puño se levantó bruscamente. Algo rápido y brillante fue a golpear contra el cristal de la puerta de entrada. Luego Barnes se volvió y se fue tras el incinerador que resonaba contra el pavimento, una panzuda urna funeraria que dejaba tras ella jirones de negros velos de duelo, humo y olor a papel quemado.
Me senté y escuché.
En las salas de lectura más alejadas, sumidas en una débil penumbra, se oía aún un suave y otoñal voltear de hojas, el sonido de un brisa ligera, movimientos infinitesimales, el gesto de una mano, el destello de un anillo, el brillar de una pupila vivaz como la de una ardilla. Algún viajero nocturno se había demorado entre las estanterías medio vacías ahora. Con una tranquila serenidad, las aguas se deslizaban suavemente hacia un quieto y distante mar. Mi gente, mis amigos, uno por uno, salían del acogedor mármol, de la cálida luz verdosa, a una noche mejor de lo que nunca me hubiera atrevido a esperar.
A las nueve, salí para recoger la llave que Barnes había arrojado contra la puerta. Acompañé al último lector, un hombre viejo, hasta fuera, y mientras cerraba aspiró a pleno pulmón el frío aire, miró a la ciudad, a la hierba amarilleada por las chispas, y dijo:
—¿Crees que volverán?
—Dejemos que lo hagan. Estamos preparados para recibirlos, ¿no?
El viejo sujetó mi mano.
—Y el lobo cohabitará con el cordero, y el leopardo yacerá con el antílope, y el ternero y el joven león caminarán juntos.
Bajamos juntos los últimos peldaños.
—Buenas noches, Isaías —dije.
—Buenas noches, señor Sócrates —dijo.
Y cada cual tomó su camino en la oscuridad.


FIN

2026/02/02

El costo de la vida (Robert Sheckley)


Título: Cost of Living
Año: 1952


Carrin llegó a la conclusión que su estado de ánimo actual tan sólo podía atribuirse al suicidio de Miller, ocurrido la semana anterior. Pero esta certeza no le ayudó a librarse del vago e informulado miedo que le atenazaba. Era algo estúpido. Al fin y al cabo, el suicidio de Miller no tenía nada que ver con él.
¿Pero por qué se había matado aquel hombre gordo y jovial? Miller lo tenía todo para ser feliz: Esposa, hijos, un buen trabajo y todo el maravilloso confort de la época. ¿Por qué habría hecho aquello?
—Buenos días, cariño —dijo la mujer de Carrin, sentándose a la mesa para el desayuno.
—Buenos días, cariño. Buenos días, Billy.
Su hijo gruñó algo inconcreto.
"Uno nunca puede saberlo todo con respecto a la gente", decidió Carrin, discando su desayuno en el panel de control. Nadie era capaz de preparar y servir la comida como la nueva autococina eléctrica Ace.
Sus negras ideas, sin embargo, no lo abandonaban, y aquello era algo más bien irritante, ya que Carrin quería sentirse en su mejor forma aquella mañana. Era su día de descanso y estaba esperando la visita del representante financiero de la Ace Electrics. Era un día importante.
Acompañó a su hijo hasta la puerta.
—Adiós, Billy.
Su hijo respondió con una inconcreta inclinación de cabeza, tomó sus libros y partió hacia la escuela sin decir palabra. Carrin se preguntó si no habría algo que lo preocupara también a él. Esperaba que no. Con uno que se preocupara en la familia ya había bastante.
—Hasta luego, cariño —besó a su esposa, que se dirigía a la compra.
Ella al menos era feliz, pensó mientras la contemplaba alejarse por la acera. Se preguntó cuánto gastaría en el Almacén Ace.
Miró su reloj, comprobando que le quedaba media hora antes de la llegada del representante financiero de la A. E. Pensó que la mejor manera de librarse de sus negras ideas era ahogándolas, y se dirigió a la ducha.
El baño era una pequeña maravilla de reluciente plástico, y su auténtico lujo le devolvió a Carrin algo de su serenidad. Echó sus ropas en la lavadora-secadora-planchadora automática A. E., y ajustó el chorro de la ducha a "intenso". El agua-a-tres-grados-por-encima-de-la-temperatura-del-cuerpo restalló relajante sobre él. Oh, delicioso. Se metió en el autosecador A. E., y pulsó el botón de "secado-masaje".
"Maravilloso", pensó mientras las bandas de toalla secaban, azotaban y masajeaban toda su musculatura. Y era normal que fuera maravilloso, se recordó. El autosecador A. E., con el accesorio de afeitado, le había costado trescientos trece dólares, impuestos aparte.
Pero el gasto valía la pena, decidió, mientras la afeitadora automática A. E. surgía de un rincón y le libraba suavemente del hirsuto pelo que empezaba a despuntar en su mentón. "Al fin y al cabo, ¿qué sería la vida sin las satisfacciones que proporciona el auténtico lujo?"
Cuando desconectó el autosecador le picoteaba toda la epidermis. Aquello no era normal. Tendría que sentirse maravillosamente bien. ¿Qué era lo que pasaba? El suicidio de Miller seguía preocupándole, decidió; aquello no le permitía gozar plenamente de la paz y el confort de su día de descanso.
¿O había alguna otra cosa que lo preocupaba? Nada que concerniera a la casa, por supuesto. Sus papeles estaban en orden para el representante financiero.
—¿He olvidado algo? —preguntó en voz alta.
—El representante financiero de la Ace Electrics estará aquí dentro de quince minutos —murmuró con su agradable voz la agenda parlante A. E. empotrada en una de las paredes del baño.
—Sí, ya sé, ya sé. ¿Hay algo más?
La agenda de pared recitó sus registros..., una cantidad de pequeñas cosas como regar el césped, verificar el turborreactor, comprar costillas de cordero para el próximo lunes, etc., cosas de las que hoy no tenía tiempo de ocuparse.
—Está bien, está bien.
Dejó que el automayordomo A. E. lo vistiera, eligiendo cuidadosa y certeramente una nueva combinación de prendas que realzaran su figura. Unas gotas de perfume masculino de moda dieron el último toque, y pasó al salón, deslizándose entre los numerosos aparatos alineados en las paredes.
Una rápida ojeada a los mandos que ocupaban una de las paredes del salón le indicó que todo estaba en orden en la casa. La vajilla del desayuno había sido limpiada, desinfectada y guardada, la casa había sido limpiada, encerada y librada de polvo, sus ropas y las de su mujer guardadas en los armarios, y las maquetas de astronaves de su hijo cuidadosamente alineadas en sus estantes.
"Deja de preocuparte, maldito hipocondríaco", se dijo furiosamente.
—El señor Pathis, de Financiera Ace, ha llegado —anunció la puerta.
Carrin iba a ordenarle ya a la puerta que se abriera cuando vio el autobarman.
¡Dios Santo! ¡Lo había olvidado por completo! El autobarman era una producción de la Castile Motors. Lo había comprado en un momento de debilidad. ¡La A. E. no iba a aprobar en absoluto aquello, ya que ella también los fabricaba!
Hizo rodar precipitadamente el autobarman hasta la cocina, y luego ordenó a la puerta que se abriera.
—¡Buenos días, señor Carrin! —dijo alegremente el señor Pathis.
El señor Pathis era un hombre alto e imponente, vestido con un impecable tweed de color oscuro. Las pequeñas arrugas en las comisuras de sus ojos indicaban que se trataba de un hombre que reía fácilmente. Lo demostró mientras agitaba vigorosamente la mano de Carrin, al tiempo que echaba una ojeada a la repleta sala de estar.
—Tiene usted una hermosa casa aquí, señor Carrin —dijo—. Maravillosa. No creo ir en contra de las normas de la Compañía si le digo que su hábitat es el mejor de todo este sector.
Carrin sintió que lo invadía una oleada de orgullo mientras pensaba en las interminables hileras de casas, todas iguales por fuera, que poblaban aquella zona.
—¿Todo funciona correctamente? —preguntó el señor Pathis, mientras dejaba su portadocumentos en una silla—. ¿Ningún problema al respecto?
—Absolutamente ninguno —dijo Carrin con voz entusiasta—. Los productos de la Ace Electrics no se estropean nunca.
—¿El autotocadiscos funciona bien? ¿Renueva la batería de discos cada diecisiete horas?
—Oh, por supuesto —dijo Carrin. Nunca había tenido ocasión de hacer funcionar el autotocadiscos, pero debía reconocer que era un mueble espléndido.
—¿El proyector-sólido también funciona bien? ¿Le gustan sus programas?
—La recepción es absolutamente perfecta —asintió Carrin. El mes anterior había tenido ocasión de ver un programa, y era impresionante la sensación de realidad que daban las imágenes.
—¿Y la cocina? ¿Funciona correctamente el autococinero? ¿Elige buenas recetas el automaitre?
—Oh, prepara unos platos excelentes. Es sencillamente delicioso.
El señor Pathis siguió preguntándole acerca del autofrigorífico, del autoaspirador, del autocoche, del autohelicóptero, de la autopiscina subterránea, y del centenar largo de autoartículos que Carrin había comprado a la Ace Electrics.


—Oh, todo es perfecto —dijo Carrin, con un tono un poco inseguro, ya que aún no había tenido tiempo de desembalarlo todo—. Absolutamente perfecto.
—Me alegra oírle decir esto —dijo el señor Pathis, lanzando un suspiro de alivio—. No tiene usted idea de los esfuerzos que debemos hacer para satisfacer a todos nuestros clientes. Si un artículo determinado no convence, no dudamos en admitir su devolución sin hacer ninguna pregunta. Nuestra única finalidad es satisfacer a nuestra clientela.
—Estoy absolutamente satisfecho, señor Pathis —afirmó con energía Carrin.
Carrin confiaba en que el representante de la A. E. no le pidiera ver su cocina. Su mente no hacía más que recordar el autobarman de la Castile Motors metido allí, como un puerco espín en medio de una exposición canina.
—Me siento orgulloso de afirmar que la mayor parte de la gente de esta zona adquiere nuestros artículos, señor Carrin —estaba diciendo el señor Pathis—. Nuestra sociedad es potente, ¿sabe?
—¿Era el señor Miller uno de sus clientes? —preguntó casi sin darse cuenta Carrin. Pathis enarcó brevemente las cejas.
—¿Ese hombre que se ha suicidado? Oh, sí, en efecto. Y esto me ha sorprendido, señor Carrin; me ha sorprendido muchísimo. ¿Sabe?, el mes pasado el señor Miller nos compró un turborreactor último modelo, capaz de circular a seiscientos kilómetros por hora en línea recta. Estaba tan feliz como un niño, y sin embargo, poco después..., ¡hacer algo así! Naturalmente, el turborreactor había aumentado un poco el volumen de su deuda.
—Naturalmente.
—¿Pero qué importancia tenía esto? Poseía todo el lujo que un hombre pueda desear. Y, sin embargo, fue a buscar una cuerda y se ahorcó.
—¿Se ahorcó?
El señor Pathis enarcó de nuevo las cejas.
—Sí —dijo—. Todo el confort moderno a su disposición en su casa, y fue a ahorcarse con un pedazo de cuerda. Seguramente llevaba ya mucho tiempo desequilibrado.
La expresión preocupada se borró de su rostro y fue reemplazada por su sonrisa habitual. Siguió:
—Pero dejemos esto y hablemos de usted.
Su sonrisa se hizo más amplia mientras abría su portadocumentos.
—Veamos ahora su cuenta. En el día de hoy nos debe usted doscientos tres mil dólares con veintinueve centavos, incluida su última compra. ¿Es eso exacto, señor Carrin?
—Es exacto —dijo Carrin, recordando la suma según sus propias cuentas—. Aquí está mi pago de este mes.
Le entregó al señor Pathis un sobre. Éste verificó su contenido y se lo metió en el bolsillo.
—Perfecto. Ahora, señor Carrin, supongo que sabrá usted que, por mucho que viva, no va a vivir lo suficiente como para liquidar la totalidad de su deuda con nosotros.
—No lo creo, en efecto —admitió Carrin. Tenía treinta y nueve años, y cien años previstos de vida plena ante él, gracias a las últimas maravillas de la ciencia médica. Pero, con un salario de tres mil dólares al año, no podía pagarlo todo y vivir al mismo tiempo él y su familia.
—Naturalmente, nosotros nunca nos atreveríamos a privarle de lo necesario..., lo cual por otro lado está formalmente prohibido por las leyes en cuya elaboración nosotros mismos participamos, además de contribuir a que fueran votadas. Sin hablar de los extraordinarios artículos que vamos a sacar el año próximo..., unos artículos sin los que usted seguramente no querrá vivir.
Carrin asintió con la cabeza. Por supuesto, siempre se había interesado en las novedades.
—Bueno, entonces, ¿y si firmáramos el contrato habitual? Si usted se compromete a entregarnos todo lo que gane su hijo durante los primeros treinta años de su vida adulta, podremos ofrecerle fácilmente nuevas condiciones de crédito.
El señor Pathis extrajo de su portadocumentos un fajo de papeles, que extendió ante Carrin.
—Si quiere firmar usted aquí y aquí y aquí, señor Carrin.
Carrin dudó.
—Bueno, la realidad es que aún no estoy decidido —dijo—. Me gustaría que mi hijo tuviera una buena entrada en la vida, sin atosigarle con...
—¡Pero mi querido señor Carrin! —le interrumpió el señor Pathis—. Todo lo que hay aquí es también para su hijo. Él vive aquí, ¿no? Tiene derecho a aprovecharse de la lujosa comodidad que posee usted, de todas estas maravillas de la ciencia.
—Oh, por supuesto —dijo Carrin—. Pero...
—Señor —dijo duramente el señor Pathis—, hoy en día el hombre medio vive como un rey. Hace apenas cien años, el hombre más rico del mundo no hubiera podido comprar nada de lo que el ciudadano medio posee actualmente. No debería considerar usted esto como una deuda. Es más bien una inversión.
—Sí, es cierto —dijo Carrin, con tono inseguro. Pensó en su hijo y en sus modelos de cohetes, sus mapas celestes y sus astronaves. ¿Era justo aquello?, se preguntó.
—¿Hay algo que no marche? —preguntó el señor Pathis con tono jovial.
—No, tan sólo estaba pensando —dijo Carrin—. Hipotecar todas las ganancias de mi hijo... ¿No cree que es ir un poco demasiado lejos?
—¿Demasiado lejos? ¡Pero mi querido señor Carrin! —el señor Pathis se echó a reír—. ¿Conoce usted a su vecino, el señor Mellon? Pues bien (por favor, no diga usted que he sido yo quien se lo ha dicho), ¡ha comprometido ya todo lo que pueda ganar su nieto durante la duración total de su vida! ¡Y ni siquiera posee la mitad de los bienes que desearía adquirir! Tendremos que arreglar algo para él. Nuestro oficio es servir al cliente y le juro que lo conocemos perfectamente bien.
Carrin se sentía visiblemente convencido.
—Y cuando usted se haya ido, señor Carrin, ¡todo esto pertenecerá a su hijo!
Aquello era cierto, pensó Carrin. Su hijo poseería todas las cosas maravillosas que llenaban ahora su casa. Y, al fin y al cabo, aquello no representaba más que treinta años de una vida que podía prolongarse hasta los ciento cincuenta años.
Firmó rotunda y pomposamente.
—¡Excelente! —exclamó el señor Pathis—. A propósito, ¿su casa está equipada con el nuevo autooperador central A. E.?
No, no lo estaba. El señor Pathis se apresuró a explicar que el autooperador central era la novedad del año, un sorprendente progreso de la ciencia electrónica. El aparato se encargaba de todas las funciones domésticas y de la cocina sin que su propietario tuviera que levantar ni el dedo meñique.
—En lugar de correr todo el día de un lado para otro apretando media docena de botones distintos, con el autooperador central todo lo que tendrá que hacer usted es apretar un solo botón. ¡Uno solo! Es un progreso inconcebible.
Puesto que el dispositivo costaba tan sólo quinientos treinta y cinco dólares, Carrin se apresuró a encargar uno, y la suma fue añadida a la deuda.
Oh, después de todo, pensó Carrin mientras acompañaba al señor Pathis hasta la puerta, esta casa sería un día la de Billy. Seguro que éste desearía que todos los aparatos estuvieran a la orden del día.
Además, apretar tan sólo un botón. ¡Cielos, qué economía de tiempo!


Una vez que el señor Pathis se hubo ido, Carrin se sentó en uno de los sillones ajustables y conectó la sólido. Tras ajustar la equipantalla, descubrió que el televisor no transmitía ningún programa que le interesara. Hizo balancear el sillón y se estiró para descabezar un sueño.
Pero había algo que seguía preocupándole.
—¡Hola, cariño! —le despertó su mujer, de regreso de la compra. Le besó detrás de la oreja—. ¡Mira!
Había comprado un sexypijama fluorescente Ace. Carrin se sintió agradablemente sorprendido porque tan sólo hubiera comprado aquello. Generalmente, Leela regresaba de sus compras abrumada de paquetes.
—Oh, es adorable —dijo.
Ella se inclinó para dejarse besar, y lanzó una risita, una nueva costumbre que había adquirido viendo a la última estrella de moda de la sólido. A Carrin le hubiera gustado que se abstuviera de aquella risita.
—Voy a los mandos a ordenar la cena —dijo ella, dirigiéndose a la cocina. Carrin sonrió al pensar que su hijo podría ordenar su cena sin moverse de la sala de estar. Se recostó en su sillón en el preciso instante en que entraba su hijo.
—¿Cómo va todo, muchacho? —preguntó.
—Muy bien —dijo distraídamente Billy.
—¿Qué te ocurre, muchacho? —El chico se miraba la punta de los pies, sin responder—. Eh, acércate. Dile a papá qué es lo que no marcha.
Billy se sentó en una caja por abrir y apoyó su barbilla entre sus manos. Levantó la mirada y fijó pensativamente sus ojos en su padre.
—Papá, si quiero, ¿puedo convertirme en un maestro reparador?
Carrin sonrió ante aquella pregunta. Billy quería ser alternativamente maestro reparador y piloto de astronave. Los reparadores constituían la elite de la sociedad. Su trabajo consistía en poner a punto las máquinas de reparar automáticas. Las máquinas de reparar podían reparar cualquier cosa, pero era imposible que una máquina reparara las máquinas que reparaban las otras máquinas. Aquella era la misión de los maestros reparadores.
Pero era un campo altamente competitivo, y tan sólo los mejores cerebros eran capaces de obtener esa calificación. Por muy brillante que fuera su hijo, no parecía poseer el espíritu científico necesario.
—¿Por qué no, hijo? —murmuró—. Todo es posible en esta vida.
—¿Pero es posible para mí?
—No lo sé —respondió Carrin, tan honestamente como pudo.
—De todos modos —dijo el niño, comprendiendo que la respuesta era negativa—, no quiero ser maestro reparador. Quiero ser piloto espacial.
—¿Piloto espacial, Billy? —dijo Leela, entrando en el salón—. Pero si no existen los pilotos espaciales.
—Oh, sí existen —afirmó Billy con convicción—. En la escuela nos han dicho que el gobierno estaba preparando el enviar hombres a Marte.
—Hace más de cien años que vienen diciendo lo mismo —hizo notar Carrin—, y aún no lo han conseguido.
—Esta vez es distinto —aseguró Billy.
—¿Pero para qué quieres ir a Marte? —preguntó Leela, guiñándole un ojo a Carrin—. No hay chicas bonitas en Marte.
—Las chicas no me interesan —se emperró Billy—. Todo lo que quiero es ir a Marte.
—No te gustaría, querido. Es un mundo viejo y desagradable, donde ni siquiera hay aire.
—Sí, hay aire, y me gustaría ir —insistió el niño con expresión enfurruñada—. No me gusta aquí.
—¿Qué estás diciendo? —Carrin se envaró—. ¿Acaso aquí te falta alguna cosa? ¿Hay algo que desees y que no tengas?
—No, padre. Tengo lo que quiero. —Cuando su hijo lo llamaba "padre", Carrin sabía que algo no marchaba bien.
—Escucha, muchacho. Cuando tenía tu edad, yo también quería ir a Marte. Deseaba correr aventuras. Incluso deseaba ser maestro reparador.
—¿Entonces por qué no hiciste nada de eso?
—Bueno, luego me hice mayor. Y me di cuenta que había otras cosas mucho más importantes. En primer lugar, tenía que pagar las deudas que me había dejado mi padre. Luego conocí a tu madre... —Leela emitió una risita—, y además quería poseer mi propia casa. Lo mismo ocurrirá contigo. Pagarás tus deudas y te casarás, tal como hice yo.
Billy permaneció silencioso por unos instantes, luego echó hacia atrás sus negros cabellos, tan lisos como los de su padre, y se humedeció los labios.
—¿Por qué tengo deudas, papá? —preguntó.
Carrin se lo explicó cuidadosamente. Todo lo que necesitaba una familia para disfrutar de una vida civilizada, y lo que costaba. La obligación que había de pagarlo todo. Y lo corriente que era el que un hijo se hiciera solidario de las deudas de sus padres desde el momento mismo en que era considerado adulto.
El silencio de Billy lo irritó. Era como si su hijo le estuviera reprochando algo. ¡Tras todos aquellos años de esclavitud para darle a aquel mocoso ingrato todo el lujo posible!
—Muchacho —dijo gravemente—, tú has estudiado historia en la escuela, ¿no? Bien, entonces sabrás lo que ocurría en el pasado. Había guerras. ¿Te hubiera gustado que te mataran en el transcurso de alguna de aquellas guerras?
Su hijo no respondió.
—¿O quizá preferirías agotarte durante ocho horas al día haciendo el trabajo que puede hacer una máquina? ¿O estar hambriento siempre? ¿O pasar frío, con la lluvia cayendo sobre ti y ningún lugar donde refugiarte para dormir?
Calló, aguardando una respuesta. No llegó ninguna.
—Te ha tocado la suerte de vivir en la época más afortunada que haya conocido la Humanidad —prosiguió—. Estás rodeado de todas las mayores maravillas del arte y la ciencia. La mejor música, los más famosos libros, todo el arte del mundo, todo ello al alcance de tu mano. Lo único que tienes que hacer es apretar un botón. —Su tono se suavizó—. Bueno, ¿qué piensas de ello?
—Estaba pensando en cómo podré ir a Marte —respondió el niño—. Con la deuda, quiero decir. Me temo que no podré.
—No, por supuesto.
—A menos que me meta de polizón en un cohete.
—Oh, pero tú no harás nunca eso.
—No, claro que no —dijo pensativamente el niño. Pero a su tono le faltaba convicción.
—Te quedarás aquí, y te casarás con una hermosa chica —dijo Leela.
—Oh, sí —dijo Billy—. Sí, claro. 
De repente, sonrió.
—¿Saben?, no pensaba seriamente en eso de ir a Marte.
—Me alegra oírtelo decir —reconoció Leela.
—Olviden todo lo que he dicho —dijo Billy, con la misma fría sonrisa. Se levantó, y echó a correr escaleras arriba.
—Seguro que ha ido a jugar con sus cohetes —dijo Leela—. Es un diablillo.
Los Carrin cenaron tranquilamente, y entonces llegó el momento para el señor Carrin de ir a trabajar. Aquel mes le tocaba el turno de noche. Besó a su mujer, subió a su turbo, y tomó la dirección de la fábrica. 


Las puertas automáticas de ésta le reconocieron y se abrieron ante él. Dejó su vehículo en el estacionamiento reservado y penetró en la enorme nave.
Estaba repleta de tornos automáticos, prensas automáticas; todo automático. La inmensa nave estaba brillantemente iluminada, y las máquinas ronroneaban suave y adormecedoramente, haciendo su trabajo y haciéndolo bien.
Carrin se dirigió hacia el extremo de la larga cadena de montaje de lavadoras automáticas para relevar a su compañero del turno anterior.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Por supuesto —dijo el hombre—. Hace más de un año que apareció la última defectuosa. Además, ese nuevo modelo es parlante; no enciende luces como los antiguos.
Carrin se sentó en el lugar del otro hombre y esperó a que apareciera la primera lavadora. Su trabajo era la sencillez misma: Permanecía sentado en su sillón, y las lavadoras pasaban ante él. Cuando lo hacían, Carrin pulsaba uno de los botones de la máquina para comprobar que todo estaba en orden. Siempre lo estaba. Entonces las lavadoras se dirigían hacia la sección automática de embalaje.
La primera lavadora apareció por la cinta. Carrin pulsó un botón lateral.
—Lista para el lavado —dijo la lavadora. Carrin pulsó otro botón, y la lavadora se alejó.
"Maldito muchacho", pensó Carrin, recordando a su hijo. ¿Sabría enfrentarse algún día a sus responsabilidades? Cuando alcanzara la edad adulta, ¿sabría insertarse en su lugar en la sociedad? Carrin empezaba a dudarlo. El chico era un rebelde por naturaleza. Si alguna vez alguien iba a Marte, podía estar seguro que sería él.
Pero aquel pensamiento no le preocupaba de una forma particular.
—Lista para el lavado —dijo otra lavadora, pasando ante él.
Carrin recordó entonces algo acerca de Miller. Aquel hombre jovial estaba siempre hablando de los planetas, no dejaba de alardear que algún día lo abandonaría todo e iría a algún lugar para vivir la misma vida dura que habían vivido sus antepasados. Y, sin embargo, nunca lo había hecho. En lugar de ello había tomado un pedazo de cuerda y se había ahorcado.
—Lista para el lavado.
Carrin tenía ocho horas ante él, y se soltó la hebilla del cinturón para estar más cómodo. Ocho horas apretando botones y escuchando a las máquinas decir que estaban preparadas.
—Lista para el lavado. 
Pulsó otro botón.
—Lista para el lavado.
La mente de Carrin huyó de su trabajo, que de todos modos no exigía una atención especial. "Cuánto me habría gustado hacer todo lo que quería hacer cuando era joven", pensó. "Qué maravilloso hubiera sido ser un piloto espacial, pulsar un botón e ir a Marte".

FIN