2026/05/04

El trueno y las rosas (Theodore Sturgeon)


Título original: Thunder and Roses
Año: 1947


Cuando Peter Mawser lo supo, dio la espalda al tablero de noticias, se tocó el largo mentón y decidió afeitarse. Era raro, pues el espectáculo se transmitiría por televisión y él lo vería desde su cuartel.
Faltaba una hora y media. Era agradable tener una meta otra vez, aunque fuese la de afeitarse antes de las ocho. Las ocho de la noche del martes, como siempre. Todos veían aquel espectáculo de los martes. Todos decían, los miércoles a la mañana: "¿Oíste cómo cantó La brisa y yo anoche?, Eh, ¿oíste a Starr anoche?".
Eso había sido hacía un tiempo, antes que toda aquella gente estuviera muerta, antes que el país hubiera muerto. Starr Anthim, una institución, como Crosby, como la Duse, como Jenny Lind, como la estatua de la Libertad.
(La estatua había sido una de las primeras víctimas, con su belleza de bronce volatilizada, radiactiva, y aún ahora llevada por vientos errantes, extendiéndose sobre la tierra...).
Peter Mawser gruñó y apartó el pensamiento de los flotantes y envenenados fragmentos de una fundida estatua. El odio era lo primero. El odio era ubicuo, como el creciente resplandor azul en el aire de la noche, como la tensión que pesaba sobre la base.
Un fuego de fusilería crepitaba a lo lejos, a la derecha, acercándose. Peter dejó la acera y fue hacia un camión de diez toneladas. Hay muchos modos de protegerse con un camión de diez toneladas.
Había una mujer del ejército sentada en el camión, al volante.
En la bocacalle apareció una figura rechoncha, caminando hacia atrás. El hombre llevaba un fusil ametralladora en los brazos y lo balanceaba a izquierda y derecha con el movimiento suave y amplio de una veleta. Caminó trastabillando hacia ellos, buscando con el fusil. Alguien disparó desde una casa y el hombre giró sobre sí mismo y lanzó una salvaje ráfaga contra el sonido.
—Es... ciego —dijo Peter Mawser, y añadió observando el rostro estropeado del hombre—: Tiene que serlo.
Chilló una sirena. Un jeep acorazado entró en la calle. El sonoro rugido de una ametralladora 50 puso rápido y brusco fin al incidente.
—Pobre loco —comentó Peter suavemente—. Es el cuarto que veo hoy. 
Miró a la mujer. Sonreía.
—¡Eh!
—Hola, sargento. —Ella debía de haberlo identificado antes, pues ahora no alzó los ojos ni la voz—. ¿Qué pasó?
—Ya sabe qué pasó. Algún chico cansado de no tener con quien pelear o un sitio donde esconderse. ¿Qué le pasa a usted?
—No —dijo ella—. No. No hablaba de eso. 
Alzó al fin los ojos.
—Esto, todo esto. Parece que yo no pudiera recordar.
—Usted... bueno, no es algo que se olvide fácilmente. Nos bombardearon. Nos bombardearon en todas partes al mismo tiempo. Todas las grandes ciudades han desaparecido. Nos atacaron por los dos lados. Fue demasiado. El aire está haciéndose radiactivo. Todos nosotros...
Se dominó. Ella no sabía, había olvidado. No había adonde escapar y había escapado al interior de sí misma. ¿Para qué contárselo? ¿Para qué decirle que todos iban a morir? ¿Para qué decirle esa otra cosa vergonzosa: Que no habían devuelto el golpe?
Pero la mujer no escuchaba. Seguía mirándolo, con unos ojos algo desviados. Uno parecía clavado en la mirada de él, pero el otro miraba a los lados, a sus sienes. Ahora la mujer sonreía, de nuevo, y cuando la voz de él murió arrastrándose no le dijo que siguiera. Entonces él se alejó lentamente. La mujer no volvió la cabeza y se quedó mirando el lugar donde él había estado, con una leve sonrisa, Él se volvió queriendo correr, caminando rápidamente.
¿Cuánto puede aguantar un hombre? Cuando uno está en el ejército tratan de que uno sea como todos. ¿Qué hacer cuando todos están derrumbándose?
Peter hizo a un lado la imagen de sí mismo donde aparecía como el último cuerdo. Ya la había examinado otras veces. Siempre había llegado a la conclusión de que sería mejor no ser uno de los últimos. No estaba preparado para eso todavía.
En seguida apartó también esta idea. Cada vez que se decía a sí mismo que no estaba preparado, algo dentro de él preguntaba: "¿Por qué no?", y nunca parecía tener una respuesta.
(¿Cuánto podía aguantar un hombre?).
Subió los escalones del comando y entró en el edificio. No había nadie en la mesa de entradas. No importaba. Hombres en jeeps o motocicletas llevaban los mensajes. El comando no insistía en que nadie se pegara a una silla en esos días. Por cada hombre que perdiera la cabeza en un jeep o en una patrulla, diez enloquecerían en un escritorio. Peter decidió que al día siguiente trabajaría un rato en una patrulla. Le haría bien. Esperaba que esta vez el ayudante no se echara a llorar en pleno campo de ejercicios. Uno podía distraer muy bien la mente con el manual de instrucción hasta que ocurría algo semejante.
Tropezó con Sonny Weissefreund en el corredor del cuartel. La cara del técnico era tan redonda y alegre como siempre. Estaba desnudo y tenía una toalla en el hombro.
—Hola, Sonny. ¿Hay bastante agua caliente?
—¿Por qué no? —respondió Sonny con una mueca.
Peter le respondió con una sonrisa parecida, maldiciendo entre dientes. ¿Nadie podía decir nada acerca de algo sin despertar algún recuerdo? Claro que había agua caliente. Los cuarteles tenían agua caliente para trescientos hombres. Quedaban tres docenas. Hombres muertos, hombres que habían escapado a las montañas, hombres encerrados para que no...
—Starr Anthim se presenta en un espectáculo esta noche.
—Sí. Noche de martes. No tiene gracia, Peter. ¿No sabes que estamos en guerra?
—No bromeo —dijo Peter rápidamente—. Está aquí. Aquí mismo, en la base.
A Sonny se le animó aún más la cara.
—Bueno. 
Se sacó la toalla del hombro y se la ató alrededor de la cintura.
¡Starr Anthim aquí! ¿Dónde será la función?
—En los dormitorios, me imagino. Video solamente. Ya sabes lo que pasa cuando se juntan muchos.
Y mejor así también, pensó. La presentas en carne y hueso, y algún recluta se derrumba en medio de un número. Él mismo se enfurecería bastante con una cosa así... bastante como para hacer algo en ese mismo momento. Y probablemente otros ciento cincuenta o más no tolerarían tampoco que alguien hubiese estropeado una presentación de Starr Anthim. Habría al fin una pequeña carnicería que ella podría evocar en sus memorias.


—¿Cómo está ella aquí, Peter?
—La trajeron con la última boqueada de un arruinado helicóptero de la marina.
—Sí, ¿pero por qué?
—No me lo preguntes a mí. A caballo regalado no le mires los dientes.
Entró en los baños, sonriendo, y satisfecho de poder sonreír todavía. Se desnudó y puso las ropas cuidadosamente dobladas sobre un banco. En el suelo, junto a la pared, había una pastilla de jabón y un tubo vacío de dentífrico. Se inclinó y los recogió y los echó en el cesto. Tomó el cepillo apoyado en el panel y secó el piso que Sonny había salpicado luego de afeitarse. Había que mantener el orden. Hubiera dicho algo en otro caso. Pero Sonny no estaba derrumbándose. Sonny había sido siempre así. Miren. Había dejado otra vez su navaja.
Peter preparó la ducha, ajustando minuciosamente los grifos hasta que la temperatura y la presión estuvieron a su gusto. No hacía nada de prisa en aquellos días. Había tanto que sentir ahora, tanto que gustar y ver... El golpe del agua en la piel, el olor del jabón, el calor y la luz, y hasta el contacto de las plantas de los pies con el suelo. Se preguntó vagamente cómo lo afectaría —si se mantenía sano— el lento aumento de la radiactividad de la atmósfera, a medida que el nitrógeno se transformara en carbono catorce. ¿Qué ocurría ante todo? ¿Se volvía uno ciego? ¿Dolores de cabeza quizá? Posiblemente uno perdía el apetito. O quizás uno estaba siempre cansado.
¿Por qué no averiguarlo?
Pero por otra parte, ¿por qué preocuparse? Sólo un porcentaje muy pequeño de hombres moriría por la contaminación radiactiva. Había muchas otras cosas que mataban con más rapidez, lo que era probablemente lo mismo. Aquella navaja por ejemplo. Brillaba bajo un rayo de sol, curva y nítida a la luz amarilla. El padre y el abuelo de Sonny la habían usado, o así decía él, y la navaja era su alegría y su orgullo.
Peter se volvió y se jabonó bajo los brazos, concentrándose en las leves caricias de las burbujas que crecían y estallaban. Mientras se sentía disgustado otra vez consigo mismo por pensar tan a menudo en la muerte, lo golpeó una idea. Al fin y al cabo no pensaba en cosas semejantes por morbosidad. Aquellos pensamientos de muerte nacían de la misma familiaridad de las cosas. Se pensaba: "Nunca más haré esto" o "Ésta es una de las últimas veces que lo hago". Uno debía dedicarse completamente a hacer cosas de modos distintos, pensó con furia. Uno debía arrastrarse por el suelo esta vez, y la próxima caminar sobre las manos. Uno debía saltarse la cena esa noche, y comer algo en cambio a las dos de la madrugada, y desayunarse con hierbas.
Pero uno tenía que respirar. El corazón tenía que latir. Uno sudaba y sentía un escalofrío como siempre. No era posible escapar a eso. Y cuando esas cosas ocurrían, eran como una advertencia. El corazón ya no latía animadamente; sus golpes era uno-menos, uno-menos, hasta que al fin aullaba y lo ensordecía a uno y había que detenerlo.
Terrible lustre el de aquella navaja.
Y la respiración seguía, lo mismo que antes. Uno podía deslizarse por esa puerta, y por la próxima y la próxima, e imaginar un modo totalmente nuevo de cruzar la siguiente; pero el aire seguiría saliendo y entrando en el cuerpo de uno como una navaja que afeita unas patillas, con el ruido de una navaja en una piedra de afilar.
Sonny entró. Peter se enjabonó la cabeza. Sonny recogió su navaja y se quedó mirándola. Peter lo observó, le entró jabón en un ojo, lanzó un juramento y Sonny se sobresaltó.
—¿Qué miras, Sonny? ¿Nunca la viste antes?
—Oh, sí, sí. Sólo que... —Sonny cerró la navaja, la abrió, hizo que la luz se reflejara en la hoja, la cerró otra vez—. Estoy cansado de usarla, Peter. ¿La quieres?
¿La quería? En su armario quizás, o bajo la almohada.
—No, gracias, Sonny. No podría usarla.
—Me gustan las máquinas de afeitar —farfulló Sonny—. Las eléctricas sobre todo. ¿Qué haremos con esto?
—Arrójala en el... no. —Peter imaginó a la navaja que caía girando en el aire, semiabierta, centelleando en el buche del sumidero—. Arrójala afuera...
No. Curvada sobre el pasto. Uno podía quererla. Uno podía buscarla a tientas a la luz de la luna. Uno podía encontrarla.
—Podría romperla.
—No —dijo Peter—. Los pedazos... —Trocitos afilados. Fragmentos bruñidos—. Pensaré algo. Espera a que me vista.
Se lavó rápidamente, se envolvió en una toalla, mientras Sonny seguía con los ojos fijos en la navaja de afeitar. Era una hoja ahora, y si uno la rompía, habría pedazos agudos y brillantes, filosos aún. Uno podía quitarle el filo con una piedra, pero alguien la encontraría y la afilaría otra vez, pues era tan obviamente una navaja, una fina navaja de acero, capaz de rebanar...
—Ya sé. El laboratorio. Nos libraremos de ella —decidió Peter confiadamente.
Se metió en sus ropas, y fueron juntos al ala del laboratorio. Todo estaba muy tranquilo allí. Las voces volvían en ecos.
—Uno de los hornos —dijo Peter extendiendo la mano hacia la navaja.
—¿Los hornos de pan? ¿Estás loco?
Peter rio entre dientes.
—No conoces el lugar, ¿no es cierto? La gente no imagina realmente todo lo que hay en la base. Siguen llamando a esto la panadería. Bueno, fue el centro de investigación de nuevas harinas nutritivas. Pero hay mucho más aquí. Probamos herramientas y diseñamos peladores de remolachas y otras cosas semejantes. Hay un horno eléctrico que...
Peter empujó una puerta. Cruzaron un cuarto abarrotado, largo y silencioso, y llegaron al equipo térmico.
—Podemos hacer cualquier cosa aquí, desde recocer vidrio y barnizar cerámicas hasta descubrir el punto de fusión de una sartén. 
Peter probó una llave. Se encendió una luz. Abrió una puerta pequeña y pesada y echó adentro la navaja. Dijo:
—Dale un beso de despedida. Dentro de veinte minutos sólo quedará un charco.
—Me gustaría verlo —dijo Sonny—. ¿Puedo mirar hasta que se cocine?
—¿Por qué no?
(Todos allí decían siempre "¿Por qué no?").
Cruzaron los laboratorios. Magníficamente equipados, todos, y demasiado tranquilos. Pasaron junto a un mayor que estaba inclinado sobre un complejo circuito electrónico en una de las mesas. El mayor observaba las oscilaciones de una lucecita ambarina y no les devolvió el saludo. Se alejaron de puntillas, envidiando su concentración. Vieron los modelos de las amasadoras automáticas, los vitaminizadores, los termostatos, medidores y controles.
—¿Qué hay ahí?
—No sé. Hemos salido de mi territorio. Creo que no queda nadie en esta sección. Eran sobre todo ingenieros electrónicos y mecánicos. Sólo sé que cuando necesitábamos algo como herramientas, medidores o equipo, ellos lo tenían, o nos ofrecían algo mejor, y si alguna vez nos poníamos realmente brillantes y se nos ocurría una idea sorprendente, ellos ya la habían llevado a la práctica un mes antes. ¡Eh!


Sonny miró hacia donde señalaba Peter.
—¿Qué pasa?
—Esa sección de pared. Está suelta, o... bueno, ¿qué sabe uno?
Empujó una sección de pared que estaba ligeramente desalineada. Había un espacio oscuro detrás de ella.
—¿Qué hay ahí?
—Nada, o algún trabajo privado. Esta gente era capaz de cualquier fechoría.
Con una muestra de ironía poco característica, Sonny dijo:
—¿No es ése el trabajo de los teóricos del ejército?
Espiaron prudentemente y luego entraron.
—Qué... ¡eh! ¡La puerta!
La puerta se movió rápidamente y se cerró sin ruido. Una luz brillante acompañó al suave "clic" de la cerradura.
El cuarto, pequeño y sin ventanas, estaba abarrotado de máquinas: Una pila de baterías, una dinamo, dos pequeños motores de gas, un diésel y cilindros de aire comprimido. En un rincón había un relevador con sus pernos soldados. De este relevador salía una palanca de mango rojo. No había letreros.
Miraron en silencio el equipo un rato y al fin Sonny dijo:
—Alguien quería estar realmente seguro de tener energía para algo.
—Bueno, me pregunto qué... —Peter se acercó al relevador. Miró la palanca sin tocarla. Estaba envuelta en alambre. Bajo el mango, sobre el alambre, había una tarjeta doblada. La abrió con cuidado—. "Sólo se usará por orden específica del Comando" —leyó.
—Muévela a ver qué pasa.
Algo sonó secamente a sus espaldas. Los dos hombres se giraron.
—¿Qué fue eso?
—Parecía venir de ese aparato junto a la mesa.
Se acercaron lentamente. Era un solenoide bobinado en una barra que colgaba de unas bisagras en el panel secreto, sujeta con unos muñones de acero.
Se oyó otra vez el seco sonido.
—Un geiger —dijo Peter con desagrado.
—¿Para qué habrán puesto esta puerta? —musitó Sonny—. Queda abierta sólo cuando la radiactividad supera cierto nivel. ¿Ves los relevadores? ¿Y el conmutador? ¿Y esto?
—Hay también una cerradura manual —apuntó Peter. El contador sonó otra vez—. Vámonos de aquí. Uno de estos días me meteré un contador en la cabeza.
La puerta se abrió fácilmente. Salieron y la cerraron. El agujero de la cerradura estaba cuidadosamente disimulado en una hendidura.
Regresaron a los laboratorios sin hablar. La emoción de lo prohibido había desaparecido, y para Peter Mawser al menos, había vuelto el odio, el odio y la vergüenza. Unas pocas semanas antes, esa base había sido parte de un gran país. Había habido allí mucho trabajo secreto, y mucho que era simplemente investigación en marcha, y que seguiría ahora en cualquier otra parte menos en ese tranquilo desierto.
Sintió el sudor que le mojaba la frente. ¡No habían devuelto el golpe! Nadie ignoraba que había plataformas de lanzamiento en todo el país, en lugares secretos, lejos de las bases y las ciudades muertas.
¿Por qué debían quedarse allí, esperando a morir, y a que el enemigo —o mejor "los enemigos"— se apoderaran del continente cuando hubiese pasado el peligro?
Sonrió torcidamente. Un pequeño consuelo. El golpe había sido demasiado fuerte; eso era indudable. Los dos bandos probablemente habían subestimado lo que el otro podía lanzar. El resultado... una creciente transmutación de nitrógeno en el mortal carbono 14. Los efectos no se limitarían al continente. Nadie en el mundo podía saber qué horribles efectos de largo alcance tendría la radiactividad en los enemigos de ultramar.
De vuelta en el horno, Peter observó el indicador de temperatura y luego apretó con el pie el control de la puerta. La célula piloto parpadeó y la puerta se abrió de par en par. Los hombres entornaron los párpados y se apartaron de la furia del calor. Luego se inclinaron y miraron. La navaja había desaparecido. Un charco brillaba en el suelo del horno.
—No quedó mucho. Se evaporó en su mayor parte —gruñó Peter.
Se quedaron mirando un rato con las caras iluminadas por aquella ruina humeante. Más tarde, mientras volvían a los cuarteles, Sonny rompió el largo silencio con un suspiro.
—Me alegra que hayamos hecho eso, Peter. Me alegra mucho.
A las ocho menos cuarto estaban esperando ante la pantalla del mueble de radio y televisión de los cuarteles. Todos, excepto Peter y Sonny y un cabo rechoncho, de pelo duro, llamado Bonze, habían preferido ver la función en la gran pantalla del comedor. Allí se veía mejor, por supuesto, pero como decía Bonze, "uno no se siente bastante cerca en un lugar tan grande".
—Espero que sea la misma —dijo Sonny, entre dientes.
¿Por qué debía serlo?, pensó Peter morosamente mientras encendía el aparato y observaba cómo se iluminaba la pantalla. Las manchas doradas que habían impedido ver los programas en las dos semanas últimas eran más numerosas ahora. ¿Por qué algo debía ser como antes?
Sintió la repentina tentación de destrozar el aparato a puntapiés. El aparato, y Starr Anthim, eran parte de algo que había muerto. El país estaba muerto, un país real, próspero, extenso, risueño, posesivo, creciente y cambiante, enfermo en algunos sitios de pobreza e injusticia, pero bastante sano como para superar cualquier mal. Se preguntó si el país le gustaría ahora a los otros. Bienvenidos. No había adonde ir. No había con quién pelear. Así era para todos los que quedaban en la tierra.
—Esperas que ella sea la misma —murmuró.
—Hablaba de la función —dijo Sonny suavemente—. Me hubiera gustado mirarla como... como...
Oh, pensó Peter borrosamente. Oh, esto. Alguna parte adonde ir, durante unos minutos.
—Entiendo —dijo, ya sin ninguna dureza en la voz.
La onda transmisora hizo retroceder los ruidos. La luz en la pantalla giró y se inmovilizó en un rombo. Peter ajustó el foco, el equilibrio cromático y la intensidad.
—Apaga las luces, Bonze. No quiero ver nada que no sea Starr Anthim.
Fue lo mismo, al principio. Starr Anthim nunca había recurrido a las fanfarrias, colores y clamores de sus contemporáneas. Una pantalla negra, luego clic, una catarata de oro. Estaba todo allí, claramente, con una tremenda intensidad; no había cambiado. La mirada de uno cambiaba quizá para recibirla. Durante unos segundos ella no se movía; estaba allí como un retrato, un rostro inmóvil, y una garganta blanca. Tenía los ojos abiertos, y soñolientos. Su rostro era algo vivo y quieto.
Luego, en los ojos que parecían verdes, pero eran azules con motas de oro, asomaba una conciencia, y los ojos despertaban. Sólo entonces se advertía que los labios estaban entreabiertos. Algo en los ojos hacía que uno viera los labios, aunque nada se movía aún. No hasta que ella inclinaba lentamente la cabeza, de modo que las cejas doradas parecían apresar algún rizo dorado. Los ojos no miraban entonces a un auditorio. Te miraban y me miraban.
—Hola, tú —decía ella.


Ella era un sueño, con los dientes ligeramente irregulares de un niño.
Bonze se estremeció. El catre en que se había tendido empezó a chirriar. Sonny se agitó molesto. Peter extendió la mano en la oscuridad y tomó la pata del catre. Los chirridos cesaron.
—¿Puedo cantar una canción? —preguntó Starr. Se oyó una música, muy débil—. Es una vieja canción, una que viene de esa parte de los hombres y mujeres que es la humanidad; esa parte que no conoce la codicia, ni el odio, ni el miedo. Esta canción habla de la alegría y la fuerza. Es mi favorita. ¿No es también tu favorita?
La música creció. Peter reconoció las dos primeras notas de la introducción y juró en voz baja. Había un error. Esa canción no era para... esa canción era parte de...
Sonny se enderezó, transportado. El cabo Bonze no se movió.
Starr Anthim empezó a cantar. Su voz era profunda y poderosa, pero suave, con apenas un leve vibrato en los finales de las frases. La canción fluyó desde ella sin ningún esfuerzo aparente, como si viniera desde la cara, los largos cabellos, los ojos apartados. Su voz, como su cara, era nublada y limpia, redonda, azul y verde, pero dorada sobre todo.

Cuando me diste el corazón me diste el mundo, la noche y el día,
y el trueno y las rosas, y las hierbas verdes, el mar, y la arcilla.
Bebo el alba en una copa de oro, y en una de plata la sombra, cabalgo en el viento del oeste,
mi canción es el arroyo y la alondra.
 
La música giró en espirales, cantó, se deslizó en un sombrío grito de hambrientas y apagadas sextas y novenas; subió, estalló y se interrumpió, dejando sólo la voz:

Con el trueno borro el mal de la tierra, gano el bien con las rosas,
lavo con el mar, edifico con la arcilla, y la tierra es clara y luminosa.

La última nota dejó un rostro perfectamente sereno otra vez, y sin movimiento. Era un rostro soñoliento y vital, y la música se alejó en una curva a los lugares donde descansa la música, cuando no se la oye.
Starr sonrió.
—Es tan fácil... —dijo—. Tan simple... Todo lo que hay de fresco y claro y fuerte en la humanidad está en esa canción, y creo que no debe preocuparnos otra cosa en los hombres. —Starr se inclinó hacia adelante—. ¿No crees?
La sonrisa se borró lentamente y fue reemplazada por una leve expresión de asombro. Una leve arruga apareció entre las cejas y Starr se echó hacia atrás rápidamente.
—Parece que no puedo hablar contigo esta noche —susurró—. Odias algo. 
El odio tomó la forma de un hongo monstruoso. El odio fue unas manchas en la pantalla.
—Lo que nos pasó —dijo Starr abrupta e impersonalmente— es también muy simple. No importa quién lo hizo, ¿lo entiendes? No importa. Nos atacaron. Nos golpearon desde el este y el oeste. La mayor parte de las bombas eran atómicas... hubo bombas de fisión y bombas de polvo. Nos alcanzaron quinientas treinta bombas, y acabaron con nosotros.
Starr hizo una pausa.
Sonny se dio un puñetazo en la palma. Bonze descansaba con los ojos abiertos, en silencio. A Peter le dolían las mandíbulas.
—Tenemos más bombas que ésas. Las tenemos aún. No vamos a usarlas. ¡Espera!
Starr alzó de pronto las dos manos, como si pudiese ver el rostro de los hombres.
Los hombres se echaron hacia atrás, tensos.
—Tan saturada está la atmósfera con carbono catorce que moriremos todos los de este hemisferio. No temas decirlo. No temas pensarlo. Es la verdad, y hay que enfrentarla.
»A medida que la transmutación se extienda desde nuestras arruinadas ciudades, el aire se hará más y más radiactivo, y entonces moriremos. En unos meses, en un año quizá, los efectos se sentirán al otro lado del océano. La mayoría de la gente morirá allí también. Nadie escapará del todo. Para ellos será aún peor; una marea de horror y locura que nosotros no podremos conocer. Nosotros nos moriremos simplemente. Ellos vivirán y se quemarán y enfermarán, y los niños que nazcan de ellos...
Starr sacudió la cabeza, apretando los labios. Se dominó con un visible esfuerzo.
—Quinientas treinta bombas... No creo que ninguno de nuestros atacantes supiera realmente qué fuerte era el otro. Ha habido mucho secreto.
La voz de Starr era triste. Se encogió ligeramente de hombros.
—Nos mataron y se destruyeron ellos mismos. En cuanto a nosotros... somos también culpables. Algo podemos hacer. Pero lo que debemos hacer es difícil. Debemos morir... sin devolver el golpe.
Miró brevemente a cada uno de los hombres, desde la pantalla.
—No debemos devolver el golpe. La humanidad va a atravesar el infierno que creó ella misma. Podemos ser vengativos o misericordiosos, como tú quieras, y lanzar nuestros centenares de bombas. Esterilizaríamos así el planeta, de modo que no escaparía ni un microbio, ni una brizna de hierba, y nada crecería otra vez. Reduciríamos la tierra a un baldío estéril, muerto y mortal.
»No, no puede ser. No podemos hacerlo.
»¿Recuerdas la canción? Eso es la humanidad. Algo que es todos los seres humanos. Una enfermedad hizo de unos seres humanos nuestros enemigos, durante un tiempo, pero las generaciones pasan y los enemigos se hacen amigos y los amigos enemigos. La enemistad de quienes nos mataron es algo tan pequeña, tan fugaz en el largo camino de la historia...
La voz de Starr se hizo más grave.
—Muramos con el conocimiento de haber hecho lo único noble que podíamos hacer. La chispa de la humanidad puede vivir aún y crecer en la tierra. Será una chispa débil perseguida por vientos y lluvias, pero no se extinguirá si esa canción dice la verdad. Vivirá si olvidamos que esa chispa queda en manos de nuestros ocasionales enemigos. Algunos, unos pocos de sus niños vivirán para dar nacimiento a la nueva humanidad que saldrá gradualmente de las junglas y los desiertos. Quizá pasen diez mil años; quizás el hombre sea capaz de reconstruir antes que estas ruinas hayan desaparecido.
Starr alzó la cabeza, y habló con una voz apagada.
—Y aunque éste sea el fin de los hombres, no podemos destruir la posibilidad de que otra forma de vida tenga éxito donde fracasamos nosotros. Si respondemos, no habrá un perro, un ciervo, un mono, un pájaro o un pez o un lagarto que pueda llevar adelante la antorcha de la evolución. En nombre de la justicia, si debemos condenarnos y destruirnos a nosotros mismos, no condenemos toda vida con nosotros. Bastante nos pesan ya nuestros pecados. Si debemos destruir, que la destrucción sólo nos alcance a nosotros.
Hubo una estremecida llamarada de música. Pareció moverle el cabello a Starr, como una ráfaga. Starr sonrió.


—Eso es todo —murmuró luego. Ya cada uno de los hombres le dijo—: Buenas noches.
La pantalla se oscureció. La onda transmisora se cortó bruscamente, y las ubicuas manchas aparecieron otra vez en la pantalla.
Peter se incorporó y encendió las luces. Bonze y Sonny no se movieron. Pasaron quizá varios minutos antes que Sonny se sentara muy derecho, sacudiéndose como un perro que acaba de despertar. Pareció como si el movimiento quebrase algo además del silencio.
Sonny dijo al fin:
—No puedes pelear con alguien, o escaparte, o vivir, y ahora ni siquiera puedes odiar, porque Starr dice "no".
Había amargura en el tono de Sonny, y un olor amargo en el aire.
Peter Mawser husmeó una vez, lo que no tenía ninguna relación con el olor. Se detuvo y husmeó nuevamente.
—¿Qué es ese olor, Son?
Sonny olió.
—No sé... Algo conocido. Vainilla... no... no.
—Almendras. Amargas... ¡Bonze!
Bonze yacía de espaldas, con los ojos abiertos, sonriendo. Se le habían endurecido los músculos de la mandíbula y podían vérsele casi todos los dientes. Estaba empapado.
—¡Bonze!
—Fue cuando ella apareció y dijo "Hola, tú", ¿recuerdas? —susurró Peter—. Pobre muchacho. Por eso quería ver aquí la función y no en los comedores.
—Se fue mirándola —dijo Sonny moviendo apenas los labios pálidos—. No... no lo acuso realmente. Dónde habrá encontrado el veneno...
—No tiene mucha importancia —dijo Peter con voz dura—. Salgamos de aquí. 
Fueron a buscar el camión. Bonze se quedó mirando el aparato con los ojos fijos.
Peter no supo adónde iba, o exactamente a qué, hasta que se encontró en una calle oscura cerca del cuartel de comunicaciones. Tenía alguna relación con Bonze. No, no quería hacer lo que Bonze había hecho. Pero tampoco lo había pensado. ¿Qué habría hecho si lo hubiese pensado? Nada, probablemente. Pero sin embargo... sería bueno oír a Starr, y verla, mientras aún le importara. Quizá no habían grabado el espectáculo, pero el fondo musical había sido una grabación, y podían haber registrado la imagen.
Se detuvo titubeando frente al edificio. Unos cuantos hombres se habían reunido junto a la puerta principal. Peter sonrió brevemente. Ni la lluvia, ni la nieve, ni la escarcha, ni las tinieblas de la noche podían detener a los aficionados.
Se metió por la calle lateral y fue hasta la plataforma de carga, en el fondo. A cada lado de la plataforma había dos puertas por donde salía la gente de comunicaciones.
Se veía luz adentro. Había extendido la mano hacia la puerta de alambre cuando advirtió a alguien en la sombra. La luz jugó delicadamente en el oro de una cabeza.
Peter se detuvo.
—Hola, soldado. Sargento.
Peter se sonrojó como un adolescente.
—Yo... —Le faltó la voz. Tragó saliva y alzó la mano para sacarse el sombrero. No tenía sombrero—. Vi la función —dijo.
El lugar era oscuro, y sin embargo le pareció notar que los zapatos de Starr no estaban muy bien lustrados.
Starr se acercó a Peter, saliendo a la luz, y era tan hermosa que él tuvo que cerrar los ojos.
—¿Cómo se llama?
—Mawser. Peter Mawser.
—¿Le gustó la función?
Sin mirar a Starr, Peter dijo tercamente:
—No.
—Oh...
—Quiero decir... me gustó algo. La canción.
—Sí... creo entender.
—¿No podría conseguir una grabación?
—Creo que sí —dijo ella—. ¿Qué clase de reproductor tiene usted?
—Audio vídeo.
—Un disco. Sí, registramos unos pocos. Espere. Le conseguiré uno.
Starr entró en el edificio, moviéndose lentamente. Peter la miró fascinado. Starr fue una silueta con corona y halo, luego una figura enmarcada, vivida y dorada. Peter esperó, observando anhelante la luz. Starr volvió con un gran sobre, le dio las buenas noches a alguien de dentro y salió a la plataforma.
—Aquí tiene, Peter Mawser.
—Muchas gracias —farfulló Peter. Se humedeció los labios—. Fue usted muy amable.
—No realmente. Cuanto más circule, mejor. —Starr se rio de pronto—. No me entienda mal. No busco publicidad estos días.
Peter sintió otra vez aquella dureza.
—No creo que la tuviera, si presentase esta función en tiempos normales.
Starr alzó las cejas.
—¡Bueno! —Sonrió—. Parece que he causado una gran impresión.
—Lo siento —dijo Peter cálidamente—. No quise molestarla. Todo lo que uno piensa y dice estos días es exagerado.
—Entiendo. 
Starr miró alrededor.
—¿Cómo está todo aquí?
—Muy bien. Antes me molestaba el secreto, y estar enterrado a kilómetros de la civilización. —Peter rio entre dientes, con amargura—. Al fin parece que he tenido suerte.
—Habla usted como el primer capítulo de Un mundo o ninguno.
—¿Cuál es su guía de lecturas? ¿El Index Expurgatorious del gobierno?
Starr rio.
—Por favor... no es tan malo. Nunca prohibieron el libro. Sólo...
—Estaba fuera de moda —concluyó Peter.
—Sí, y fue una lástima. Si la gente le hubiera prestado más atención cuando lo publicaron, quizás esto no habría ocurrido.
Starr había alzado los ojos. Peter miró también hacia arriba. El cielo latía pálidamente.
—¿Cuánto tiempo va a quedarse aquí?
—Hasta que... mientras... no me iré.
—¿No se irá?
—He terminado —dijo ella simplemente—. He recorrido todos los lugares posibles. He estado en todos los lugares... conocidos.
—¿Con este espectáculo?
Starr asintió con un movimiento de cabeza.
—Con este mensaje.
Peter calló, pensando. Starr se volvió hacia la puerta, y él extendió la mano, sin tocarla.
—Por favor.
—¿Qué pasa?
—Me gustaría... Es decir, si a usted no le importa... Tengo pocas posibilidades de hablar con... Quizá quisiera usted caminar un poco antes de entrar.
—Gracias, no, sargento. Estoy cansada. —Starr parecía cansada—. Ya nos veremos.
Peter la miró fijamente, con una repentina y furiosa luz en el cerebro.
—Sé dónde está. Es una palanca de mango rojo y una tarjeta que habla de órdenes del comando. Está realmente escondido.
Starr calló tanto tiempo que Peter pensó que no lo había oído.
—Aceptaré ese paseo —dijo Starr al fin.
Bajaron juntos por la rampa y fueron hacia el oscuro terreno de los desfiles.
—¿Cómo lo supo? —preguntó ella en voz baja.
—No fue muy difícil. Ese "mensaje" suyo. El hecho de que haya recorrido con él todo el país. Sobre todo que alguien quiera convencernos de que no debemos devolver el golpe. ¿Para quién trabaja usted? —preguntó Peter con brusquedad.
Sorprendentemente, ella se echó a reír.


—¿Qué le pasa ahora?
—Hace un momento usted se ponía contrariado y arrastraba los pies. 
Peter habló con una voz dura.
—No hablaba entonces con un ser humano. Hablaba con mil canciones que yo había oído, y cien mil imágenes rubias que vi clavadas en las paredes. Será mejor que me explique todo esto.
Starr se detuvo.
—Vayamos a ver al coronel.
Peter la tomó por el codo.
—No. Soy sólo un sargento y él un hombre importante, y hoy no hay ninguna diferencia. Usted es un ser humano, y yo también lo soy, y se supone que yo he de respetar sus derechos. No. Usted es una mujer, y...
Starr se endureció. Peter la obligó a caminar, y siguió diciendo:
—... y seré yo quien decida qué diferencia es ésa. Será mejor que me lo diga.
—Muy bien —dijo ella con una fatigada aquiescencia que sacudió algo en el interior de Peter—. Ha acertado usted. Es cierto. Hay llaves maestras de las plataformas de lanzamiento. Hemos localizado y desmantelado todas menos dos. Es muy probable que una de ellas haya sido destruida. La otra se ha... perdido.
—¿Perdido?
—No es necesario que le hable de secretos militares —dijo Starr con tono de disgusto—. Ya sabe usted cómo se guardaban entre una nación y otra. Había secretos hasta entre los Estados y el gobierno central, entre departamentos, entre oficinas. Sólo había tres o cuatro hombres que conocían todas las llaves. Tres de ellos se encontraban en el Pentágono cuando el edificio voló en cenizas. Fue la tercera bomba que cayó en el país, ya sabe usted. Si hubo algún otro, debe de haber sido el senador Vandercook, que murió hace tres semanas sin hablar.
—Control automático de radio, ¿eh? 
—Exactamente. Sargento, ¿es necesario que caminemos? Estoy tan cansada...
—Lo siento —dijo Peter impulsivamente. Fueron hasta los palcos de los desfiles y se sentaron en uno de los bancos solitarios—. ¿Plataformas de lanzamiento en todo el país, todas ocultas, y todas armadas?
—Armadas en su mayoría. Lo suficiente. Armadas y apuntando.
—¿Apuntando adonde?
—No importa.
—Entiendo. ¿Cuál es el número óptimo? 
—Unas seiscientas cuarenta, poco más o menos. Se arrojaron hasta ahora unas quinientas treinta por lo menos. No lo sabemos exactamente.
—¿Quiénes no saben? —preguntó Peter, furioso.
—¿Quiénes? —Starr rio débilmente—. Podría decir "el gobierno" quizá. Si muere el presidente, toma su puesto el vice, y luego el presidente del senado, etcétera, etcétera. Peter Mawser, ¿aún no entiende usted qué ha ocurrido?
—No sé qué quiere decirme.
—¿Cuántos cree que quedaron con vida en todo el país?
—No sé. Unos pocos millones quizá.
—¿Cuántos son aquí?
—Alrededor de novecientos.
—Entonces ésta es ahora la ciudad más poblada. 
Peter se incorporó de un salto.
—¡No!
La sílaba rugió, golpeó contra los oscuros y vacíos edificios, volvió en una serie de débiles ecos. Starr se puso a hablar rápidamente, en voz baja.
—Salieron a los campos y caminos. Se tendieron al sol y murieron por la tarde. Otros van de un lado a otro en manadas, destruyéndose entre ellos. Rezan y sufren hambre y se matan y mueren en los incendios. Los incendios... lo arrasan todo. Lo que quedó en pie, lo quema el fuego. El verano, y las hojas y el pasto azul, todo es marrón ahora; uno puede ver desde el aire cómo mueren las hierbas; la muerte crece y crece en campos estériles. Trueno y rosas... Vi rosas, nuevas, que crecían en las macetas destrozadas de un invernadero. Pétalos marrones, vivos y enfermos, y las espinas vueltas contra la misma planta, clavándose en los tallos, matando. Feldman murió anoche.
Starr calló y Peter dejó pasar unos segundos.
—¿Quién es Feldman? —preguntó al fin.
—Mi piloto. —Starr hablaba ahora en el hueco de sus manos—. Estuvo agonizando durante semanas. Tenía los nervios destrozados. Me parece que se había quedado casi sin sangre. Llamó a estos cuarteles y se preparó a aterrizar. Bajó con el motor apagado. Rompió el tren de aterrizaje. Está muerto ahora. Mató a un hombre en Chicago para conseguir gasolina. El hombre no quería dársela. Había una muchacha muerta junto al surtidor. No quería que nos acercásemos. No iré a ninguna otra parte. Voy a quedarme aquí. Estoy cansada.
Starr se echó a llorar.
Peter la dejó sola y caminó hasta el centro del campo de desfiles, y volviendo la cabeza miró el débil y confuso resplandor de las tablas blanqueadas. Recordó otra vez la función de aquella noche, y cómo había dicho ella ante la implacable cámara:
"Hola, tú. Si debemos destruir, que la destrucción nos alcance sólo a nosotros".
La debilitada chispa de la humanidad... ¿Qué podía significar para ella? ¿Cómo podía importarle tanto?
El trueno y las rosas. Rosas retorcidas y enfermas, que se mataban a sí mismas con sus propias espinas.
Y la tierra es clara y luminosa. Luces azules que llameaban en el aire contaminado.
El enemigo. La palanca de mango rojo. Bonze. "Rezan y sufren hambre y se matan y mueren en los incendios".
¿Qué criaturas eran ésas? Criaturas corrompidas, violentas. ¿Qué derecho tenían a otra posibilidad? ¿Qué había de bueno en ellas?
Starr era buena. Starr lloraba. Sólo un ser humano podía llorar así. Starr era un ser humano.
¿Había en la humanidad algo de Starr Anthim? Starr era un ser humano.
Peter se miró las manos en la sombra. Ningún planeta, ningún universo es más importante para un hombre que su propio yo, el yo que observa y es uno mismo. Esas manos eran las manos de toda la historia, y como las manos de todos los hombres podían con sus actos hacer la historia humana o acabar con ella. Si sus manos tenían el poder de un billón de manos, o habían concentrado en ellas ese poder... no parecía muy importante para las eternidades que ahora lo envolvían.
Se metió las manos de la humanidad en los bolsillos y caminó lentamente hacia los bancos.
—Starr.
Starr respondió con un gemido interrogativo, de niño con sueño.
—Tendrán su posibilidad, Starr. No tocaré las llaves.
Starr se enderezó. Se puso de pie, se acercó a él, sonriendo.
Peter pudo ver esa sonrisa porque los dientes de ella brillaban débilmente. Starr le puso las manos en los hombros.
—Peter.
Peter la apretó un rato. Luego a Starr se le doblaron las rodillas y él tuvo que llevarla.
No había nadie en el club de oficiales, que era el edificio más cercano. Peter caminó tambaleándose a lo largo de una pared hasta que encontró el botón de una luz. La luz le lastimó los ojos. Llevó a Starr a un sofá y la acostó allí suavemente. Ella no se movió. Un lado de la cara de Starr estaba tan blanco como la leche.


Peter se descubrió sangre en las manos.
Se quedó contemplando estúpidamente la sangre, se la limpió en los costados de los pantalones y miró aturdido a Starr. Ella tenía sangre en la blusa.
El eco del no volvió desde las lejanas paredes de la sala antes que él supiera que había hablado. Starr no había hecho eso. ¡No podía!
Un médico. Pero no había médicos. No desde que Anders se había colgado.
Busca a alguien. Haz algo.
Se dejó caer de rodillas y suavemente le desabotonó la blusa. A un costado, entre el poco femenino sujetador de las mujeres del ejército y la falda, había una mancha de sangre. Peter mojó un pañuelo limpio y se puso a secarla. No había herida, ni pinchazo. Pero abruptamente la sangre apareció otra vez. Peter la limpió con cuidado. Y de nuevo hubo sangre.
Era como tratar de secar un trozo de hielo con una toalla.
Corrió al depósito de agua fresca, lavó el pañuelo ensangrentado y volvió con rapidez junto a Starr. Le mojó la cara cuidadosamente, el pálido lado derecho, el enrojecido lado izquierdo. El pañuelo se puso rojo otra vez, con cosmético, y luego la palidez se le extendió a Starr por toda la cara, y aparecieron unas sombras azules bajo los ojos. Mientras Peter la miraba, en la mejilla izquierda de Starr asomó una mancha de sangre.
Debía de haber alguien. Corrió hacia la puerta.
—¡Peter!
Peter se volvió al oír la voz de Starr, golpeó el marco de la puerta, luchó por no perder el equilibrio y volvió junto a ella.
—¡Starr! Espere un poco. Conseguiré un médico.
Ella se tocó la mejilla izquierda.
—Lo descubrió usted. Nadie lo sabía, a excepción de Feldman. Costó ocultarlo.
Se llevó la mano al cabello.
—Starr, tengo que...
—Pete, prométame algo...
—Sí, naturalmente. Sí, Starr.
—No me toque el pelo. No es... todo mío. 
La voz de Starr era como la de una niña de siete años entregada a algún juego.
—Se me cayó todo este lado, ¿entiende? No quiero que me vea usted así.
Pete se había arrodillado otra vez junto a ella.
—¿Qué es esto? ¿Qué le pasó? —preguntó roncamente.
—Filadelfia —murmuró Starr—. Fue al principio. El hongo se alzó a un kilómetro. El estudio se hundió. Yo pude salir al otro día. No sabía que estaba quemada. No se veía. Mi lado izquierdo. No importa, Pete. No duele, ahora.
Pete se incorporó.
—Buscaré un médico.
—No se vaya. Por favor, no se vaya. No me deje. —Había lágrimas en los ojos de Starr—. Espere. No tardará mucho.
Pete se arrodilló de nuevo. Starr le tomó las manos entre las suyas, se las apretó y sonrió feliz.
—Es usted muy bueno, Pete. Es usted tan bueno...
(Starr no podía oír el rugido de la sangre en los oídos de Pete, el rugido de aquel torbellino de odio y miedo y angustia que giraba dentro de él).
Starr le habló en voz baja, y luego en un murmullo.
Aveces Pete se odiaba a sí mismo porque no podía seguirla. Ella le habló de la escuela y su primera actuación.
—Yo estaba tan asustada que había un vibrato en mi voz. Nunca lo había tenido antes. Ahora siempre me permito asustarme un poco cuando canto. Es fácil.
Hubo algo de unas macetas en una ventana cuando ella tenía cuatro años.
Luego, un largo silencio. Pete sintió que los músculos le latían, agarrotados y duros. Al fin debió dormirse un poco; despertó con una violenta sacudida, sintiendo los dedos de ella en la cara. Starr se había incorporado a medias, apoyándose en un codo.
—Quiero decirle algo —dijo ella claramente—. Déjeme levantarme y tendré todo preparado. Va a ser algo maravilloso. Haré una ensalada especial. Luego serviré un budín de chocolate.
Demasiado adormecido para entender por qué Starr estaba llorando, Pete sonrió y la abrazó sobre el diván. Ella le tomó otra vez las manos.
Cuando Pete despertó de nuevo, era de día y ella estaba muerta.

Pete volvió al cuartel y encontró a Sonny Weisse sentado en su camastro. Le dio el disco que había recogido en el campo de desfiles al regresar.
—Lo mojó el rocío. Sécalo, muchacho —graznó, y se echó boca abajo en el camastro que había sido de Bonze.
Sonny lo miró fijamente.
—¡Pete! ¿Dónde has estado? ¿Qué ocurrió? ¿Estás bien?
Pete se volvió un poco y gruñó. Sonny se encogió de hombros y sacó el disco de audiovídeo del sobre mojado. La humedad no le haría mucho daño, aunque no se podía utilizar hasta que estuviese seco. Era una fina espiral de plástico, aislada con unas láminas. Unos pick-ups electrostáticos, encima y debajo del plato giratorio, fluctuaban con los cambios de la constante dieléctrica impresa en el registro, y estos cambios eran amplificados para la imagen visual. El sonido se recogía con una púa común. Sonny se puso a secar el disco cuidadosamente.
Pete luchaba tratando de salir de un enorme sitio donde ardían unos fuegos fríos. Starr lo llamaba. Alguien estaba golpeándolo también. Pete luchaba débilmente; quería oír qué decía Starr. Pero alguien gritaba también.
Abrió los ojos. Sonny estaba sacudiéndolo, con la cara redonda, roja de excitación. El audiovídeo estaba en el aparato. Starr hablaba. Sonny se incorporó impaciente y bajó el volumen del sonido.
—¡Pete! ¡Pete! ¡Despierta! Tengo que decirte algo. ¡Escúchame! ¡Despierta!
—¿Eh?
—Al fin. Oye. Estuve escuchando a Starr Anthim...
—Está muerta —dijo Pete.
Sonny no lo oyó. Siguió hablando, explosivamente.
—Acabo de descubrirlo. Mandaron a Starr aquí, y a todas partes, a pedirle a alguien que no arrojara más bombas atómicas. Si el gobierno estuviese seguro, no se habrían tomado tantas molestias. En algún sitio, Pete, hay algún modo de bombardear a esos cobardes asesinos y tengo una idea bastante aproximada de cómo hacerlo.
Peter se estiró pesadamente hacia el débil sonido de la voz de Starr. Sonny siguió hablando.
—Bueno, imagina que haya un control central de radio, un código automático, algo parecido a las señales de alarma de los barcos, que hacen sonar una campana en cualquier nave que pueda ser alcanzada por la radio cuando transmite cuatro señales largas. Imagina que haya un mecanismo automático para lanzar bombas desde todo el país. ¿Qué sería realmente? Sólo una palanca, nada más. ¿Dónde estaría escondida? Entre otros aparatos, en algún lugar donde uno piensa que hay enrevesados dispositivos secretos. Como una estación experimental. Como este sitio. ¿Empiezas a entender?
—Cállate. No me dejas oír.
—¡Al diablo con ella! Puedes oírla en otra ocasión. ¡No oíste una palabra de lo que te dije!
—Starr está muerta.
—Sí. Bueno, ¿qué ocurriría si empujo esa palanca? ¿Qué puedo perder? Le daré a esos asesinos... ¿Qué?
—Está muerta.


—¿Muerta? ¿Starr Anthim? —A Sonny se le retorció la cara. Se dejó caer en el camastro—. Estás medio dormido. No sabes lo que dices.
—Está muerta —dijo Pete roncamente—. La quemó una de las primeras bombas. Yo estaba con ella... cuando... Calla, y vete, ¡y déjame escuchar!
Sonny se incorporó lentamente.
—La mataron a ella también. La mataron. Esto decide la cuestión. No hay más que discutir.
Sonny había palidecido. Se alejó.
Pete se puso de pie. Las piernas no le obedecían. Trastabilló. Tropezó ruidosamente con el aparato de radio y televisión, y el pick-up cruzó el disco. Lo puso otra vez y se tendió a escuchar.
Se le confundían los pensamientos. Sonny hablaba demasiado. Plataformas de lanzamiento, máquinas automáticas...
Me diste tu corazón —cantó Starr—. Me diste tu corazón. Me diste tu corazón. Me...
Pete se levantó y movió el pick-up. Sintió furia, no hacia sí mismo, sino hacia Sonny, por haberle hecho estropear el disco de ese modo.
Starr hablaba ahora, estúpidamente, siempre con la misma expresión repitiendo las mismas palabras.
Nos golpearon desde el este y el... Nos golpearon desde el este y el... 
Se levantó otra vez, lentamente, y movió el pick-up.
Me diste tu corazón. Me diste tu...
Pete emitió un sonido de agonía que no era una palabra, se inclinó, empujó e hizo caer el aparato. Siguió un duro silencio.
—Yo también lo hice —dijo, y en seguida—: Sonny. 
Esperó.
—¡Sonny!
Abrió los ojos, lanzó un juramento y se precipitó al corredor.
Cuando Peter llegó, el panel estaba cerrado. Lo pateó. El panel se abrió a la oscuridad.
—¡Eh! —gritó Sonny—. ¡Cierra! ¡Apagaste las luces! 
Pete cerró detrás de él. Las luces se encendieron.
—¡Pete! ¿Qué pasa?
—Nada, Son —gruñó Pete.
—¿Qué miras? —refunfuñó Sonny intranquilo.
—Lo siento —dijo Pete con toda la suavidad posible—. Sólo quería descubrir algo, nada más. ¿No le hablaste a nadie de esto?
Señaló la palanca.
—No, no. Se me ocurrió mientras dormías, hace un momento.
Pete miró alrededor cuidadosamente y se acercó a un estante de herramientas.
—Hay algo aquí que no notaste todavía, Sonny —dijo suavemente, y apuntó con la mano—. Ahí arriba, en la pared detrás de ti. Arriba. ¿Ves?
Sonny se volvió. Con un fluido movimiento, Pete tomó una llave de tuerca y golpeó a Sonny.
Luego se puso a trabajar sistemáticamente en los dispositivos de energía. Sacó los obturadores de los motores de gas y rompió los cilindros a martillazos. Arrancó las tuberías del diésel —los tanques dejaron escapar sus fluidos con violencia— y cortó todos los cables con unas pinzas. Luego destrozó los relevadores y la palanca. Cuando terminó su tarea, dejó a un lado las herramientas, se inclinó y acarició el pelo cortado al rape de Sonny.
Salió y cerró con cuidado la puerta. Era, sin duda, un maravilloso ejemplo de camuflaje. Se sentó pesadamente en una mesa de trabajo cercana.
—Tendrás tu oportunidad —le dijo al lejano futuro—. Y será mejor que la aproveches.
Luego se dispuso a esperar.

FIN

2026/04/27

Escondite (A. E. van Vogt)


Título original: Concealment
Año: 1943


Estaba deseando volarse a sí mismo y su extraña estación meteorológica —que observaba el movimiento de tormentas milenarias en el espacio interestelar— en átomos que ocultaran el secreto de su gente. Ellos estaban seguros, escondidos en el almiar de cien trillones de estrellas, a menos que él diera una pista.
La nave de la Tierra llegó tan velozmente a los alrededores del solitario sol Gisser que el sistema de alarma de la estación de control de meteoritos no tuvo tiempo de reaccionar. La gran máquina era ya visible cuando el Observador se percató de su presencia.
Las alarmas también debían de haber sonado en la nave, ya que detuvo el ritmo de su marcha notablemente, y aun frenando, desapareció. Ahora estaba regresando, arrastrándose, tratando obviamente de localizar al pequeño objeto que había afectado sus pantallas de energía.
Relucía, inmenso en el brillo del distante sol blanco-amarillento, más grande, aun a esta distancia, que cualquier otra cosa vista en los Cincuenta Soles; una nave infernal de un espacio remoto, un monstruo de un mundo semimítico, instantáneamente reconocible a través de las descripciones de los libros de historia como una nave de batalla de la Tierra Imperial. Crueles habían sido las advertencias en los relatos de lo que pudiera suceder algún día... y aquí estaba.
Conocía su tarea. Había una advertencia, la temerosa y antigua advertencia que enviar a los Cincuenta Soles mediante la radio subespacial no-direccional; y tenía que estar seguro de no dejar ningún indicio de la estación.
No hubo ningún fuego. Cuando los sobrecargados motores atómicos se disolvieron, el sólido edificio que había sido una subestación meteorológica simplemente se deshizo en sus elementos componentes.
El Observador no hizo ninguna tentativa de huir. Su cerebro, con sus conocimientos, no debía ser descubierto. Sintió un breve y ciego espasmo de dolor cuando la energía lo redujo a átomos.

Ella no se molestó en acompañarlos en la expedición que aterrizó sobre el meteorito, pero les observó con ojos atentos a través de la astroplaca.
Desde el mismo momento en que los rayos espía habían mostrado una figura humana en una estación meteorológica —una estación meteorológica allí fuera—, ella había comprendido la enorme importancia que tenía el descubrimiento. Su mente saltó instantáneamente sobre las diversas posibilidades.
Estaciones meteorológicas significaban viajes interestelares. Seres humanos significaban origen terrestre. Se imaginó cómo podía haber sucedido: Una expedición hace mucho tiempo; debía ser hace mucho tiempo porque ahora tenían viajes interestelares y eso significaba grandes poblaciones en muchos planetas.
Pensó que Su Majestad se sentiría complacida. Ella también lo estaba. En un brote de generosidad, llamó al cuarto de energía.
—Su pronta acción, capitán Glone —dijo cálidamente—, de incluir todo el meteorito en una esfera de energía protectora, es loable, y será debidamente recompensada.
El hombre cuya imagen mostraba la astroplaca hizo una reverencia.
—Gracias, noble dama. —Añadió—: Creo que salvamos los componentes electrónicos y atómicos de la estación entera. Desafortunadamente, a causa de la interferencia de la energía atómica de la estación misma, entiendo que el departamento de fotografía no ha tenido éxito en obtener imágenes claras. 
La mujer sonrió severamente y dijo: 
—El hombre será suficiente, y ésa es una matriz para la que no necesitamos imágenes.
Interrumpió la conexión, aún sonriendo, y volvió su mirada a la escena del meteorito. Mientras observaba los absorbedores de materia en su brillante avidez, pensó. Hubo varias tormentas en el mapa de esa estación meteorológica. Ella las había visto con el rayo espía; y una de las tormentas fue muy grande. Su enorme nave no podía arriesgarse a acelerar mientras la situación de esa tormenta no estuviese clara.
El hombre joven que vio en la rápida ojeada del rayo espía parecía bastante atractivo, de fuerte voluntad y valiente. Podría ser interesante.
Primero, por supuesto, tendría que ser condicionado, habría que sacarle toda la información relevante. Incluso ahora un error podría hacer necesario comenzar una larga y laboriosa búsqueda. Podrían desperdiciarse siglos en estas cortas distancias de unos pocos años-luz, en donde una nave no podía aumentar la aceleración, y donde tampoco podía mantener la velocidad, una vez lograda, sin una información meteorológica exacta.
Vio que los hombres estaban abandonando el meteorito. Decididamente, cerró el comunicador interior de la nave, hizo un ajuste y se dirigió a través de un transportador hacia el cuarto de recepción.
El oficial que estaba a cargo se acercó y la saludó. Tenía el ceño fruncido:
—Acabo de recibir las pruebas del departamento fotográfico. La mancha de niebla energética sobre el mapa es particularmente descorazonadora. Diría que debemos, en primer lugar, intentar reconstruir el edificio y su contenido, dejando al hombre para el final.
Pareció sentir la desaprobación de ella, y continuó con rapidez:
—Después de todo, él responde a la matriz de un hombre común. Su reconstrucción, aunque básicamente un poco más difícil, cae en la misma categoría que su venida a este cuarto a través del transportador. En ambos casos, hay disolución de elementos que deben de ser devueltos a la estructura original.
—¿Pero por qué dejarlo para el final?
—Hay razones técnicas relacionadas con la mayor complejidad de los objetos inanimados. La materia orgánica, como usted sabe, es poco más que un compuesto hidrocarbónico, fácilmente reconstruible.
—Muy bien. 
No estaba tan segura de que un hombre y su cerebro, con el conocimiento con el que había realizado el mapa, era menos importante que el mapa en sí mismo. Pero si ambos podían ser obtenidos... Asintió con decisión:
—Proceda.
Vio cómo el edificio tomaba forma dentro de la gran sala de recepción. Se deslizó fuera finalmente en alas de la falta de gravedad, y fue depositado en el centro del inmenso piso de metal.
El técnico bajó de su cámara de control moviendo la cabeza. Guió a la mujer y a media docena de otros que habían llegado, a través de la reconstruida estación meteorológica, apuntando los defectos.
—Sólo se ven en el mapa veintisiete puntos solares —dijo—. Eso es ridículamente bajo, aun asumiendo que esta gente esté organizada en una pequeña área del espacio. Y, además, tome nota de que se ven muchas tormentas, algunas de ellas más allá del área de los soles indicados y...
Se detuvo, su mirada fija en una sombra en el suelo que había detrás de una máquina a unos veinte pasos de distancia.
Los ojos de la mujer siguieron su mirada. Un hombre yacía allí, moviéndose débilmente.


—Pensé —dijo, frunciendo el ceño— que el hombre sería dejado para el final.
El científico intentó disculparse.
—Mi asistente debió entender mal. Ellos... 
La mujer le cortó:
—No se preocupe. Haga que le envíen al momento a la Casa de Psicología y dígale al teniente Neslor que estaré allí en seguida.
—Al momento, noble dama.
—¡Espere! Preséntele mis saludos al meteorólogo mayor y pídale que baje a examinar el mapa y que me mantenga informada de lo que vaya encontrando.
Se giró rápidamente en medio del grupo que la rodeaba, riendo entre sus finos y blancos dientes.
—Por el espacio, aquí hay acción, después de diez insípidos años de supervisión. 
La excitación ardía dentro de ella como una fuerza viva.

Lo extraño para el Observador fue que supo, antes de despertarse, por qué aún estaba vivo. No, mucho antes.
Sintió la cercanía de la consciencia. Instintivamente comenzó a hacer sus normales ejercicios Dellian de músculos, nervios y mente, indicados para antes del despertar. A mitad del curioso sistema rítmico, su cerebro se detuvo con una terrorífica conjetura.
¿Regresando a la consciencia? ¡Él!
Fue en ese punto, cuando su cerebro amenazaba con hacer estallar su cabeza con la sorpresa, cuando el conocimiento de cómo había sido hecho le llegó.
Se quedó quieto y pensativo. Miró fijamente a la joven mujer que estaba reclinada en un diván cerca de su cama. Tenía un rostro fino y ovalado y una apariencia muy distinguida, a pesar de su juventud. Le estaba estudiando con sus rutilantes ojos grises.
Él pensó finalmente:
"He sido condicionado para un fácil despertar. ¿Qué más me han hecho?" El pensamiento crecía hasta parecer que su cerebro se hinchaba.
¿Qué más? Vio que la mujer le sonreía, con una lánguida y distraída sonrisa. Era como un tónico. Se calmó aún más cuando la mujer dijo con una voz argentina:
—No se alarme. Eso es. ¿Cuál es su nombre? 
El Observador separó los labios, luego los volvió a cerrar nuevamente, y movió la cabeza con una mueca. Había tenido el impulso de explicarle que aun respondiendo a una sola pregunta rompería la servidumbre de la inercia mental Dellian, que redundaría en la alteración de valiosa información.
Pero la explicación podía haber constituido una distinta clase de derrota. La suprimió, y otra vez movió la cabeza.
Vio que la joven fruncía el ceño, diciendo:
—¿No responderá a una pregunta tan sencilla? Seguramente que sí, su nombre no hará ningún daño.
Su nombre, pensó el observador; luego vendría el planeta del cual procedía, qué relación tenía el planeta con el sol Gisser, qué había acerca de las tormentas interpuestas. Y así continuarían descendiendo en la línea. Nunca llegarían al final.
Cada día que pudiera mantener a estas personas alejadas de la información que buscaban, le daría la oportunidad a los Cincuenta Soles de organizarse mejor contra la máquina más grande que se había visto en esta parte del espacio.
Su pensamiento rastreó. La mujer se estaba sentando, mirándole con ojos que se habían vuelto acerados. Su voz tenía una resonancia metálica cuando dijo:
—Sepa, quienquiera que sea, que está a bordo de la Nave Imperial de Batalla Star Cluster, con la Gran Capitana Laurr a su mando. Sepa, también, que es nuestro inalterable deseo que usted nos prepare una órbita que lleve a nuestra nave a salvo hacia su planeta principal.
Continuó con voz vibrante:
—Es mi firme creencia que usted sabe ya que la Tierra no reconoce gobiernos separados. El espacio es indivisible. El universo no debe ser un área de incontables pueblos soberanos discutiendo y peleando por el poder. Esa es la ley. Todos los que se opongan a esto están fuera de la ley y sujetos a cualquier castigo que pueda decidirse acerca de su caso en especial. Está advertido.
Sin esperar una contestación, giró su cabeza.
—Teniente Neslor —dijo a la pared que estaba de cara al Observador—, ¿ha hecho algún progreso? 
Una voz de mujer le respondió:
—Sí, noble dama. He establecido un total basado en los estudios Muir-Grayson acerca de las gentes de colonias aisladas de la corriente principal de la vida galáctica. No hay ningún precedente histórico para un tan largo aislamiento como el que parece haberse dado aquí, por lo que he llegado a la conclusión de que ellos ya pasaron del período estático y han hecho algunos progresos por su cuenta. De todas formas, pienso que debemos empezar muy sencillamente. Unas pocas preguntas abrirán su cerebro para mayores presiones, y mientras podremos sacar valiosas conclusiones de la forma en que él ajusta su resistencia a la máquina cerebral. ¿Debo proceder?
La mujer en el diván asintió. Hubo una llamarada de luz proveniente de la pared que estaba enfrente del Observador. El trató de evadirse, pero descubrió por vez primera que algo le tenía cogido a la cama. Ni cuerdas, ni cadenas, nada visible, mas algo tan palpable como acero gomoso.
Antes de que pudiera seguir pensando, la luz estaba en sus ojos, en su mente, una deslumbrante furia. Voces que parecían empujar a través de él, voces que danzaban, cantaban y hablaban dentro de su cerebro, voces que decían:
"Una pregunta tan sencilla como esa..., por supuesto que la responderé..., por supuesto, por supuesto, por supuesto... Mi nombre es Gisser, el Observador. Nací en el planeta Kaider III, de padres Dellian. Hay setenta planetas habitados, cincuenta soles, treinta mil millones de personas, cuatrocientas tormentas importantes, la mayor en la latitud 473. El Gobierno Central está en el planeta Cassidor VIL". Con un desconcertado horror por lo que estaba diciendo, el Observador sujetó su rugiente mente en un nudo Dellian, y detuvo ese devastador brote de revelaciones. Supo que nunca volvería a ser cogido de esta manera, aunque era demasiado tarde, pensó, demasiado tarde.
La mujer no estaba tan segura. Salió del dormitorio y se encaminó hacia el lugar donde la teniente Neslor, de mediana edad, estaba clasificando sus resultados en carretes de grabación.
La psicóloga levantó la mirada de su trabajo y dijo con voz asombrada:
—Noble dama, su resistencia durante el momento de interrupción registró un equivalente de 800 IQ. Ahora bien, eso es absolutamente imposible, sobre todo teniendo en cuenta que comenzó a hablar a un punto de presión equivalente a 167 IQ, lo que está de acuerdo con su apariencia general, y que, como usted sabe, es el promedio. Debe de haber un sistema de entrenamiento mental detrás de su resistencia. Y creo haber encontrado una pista en la referencia a su ascendencia Dellian. Su gráfico demuestra un aumento de intensidad cuando usa la palabra. Esto es muy serio y puede causar una gran demora a menos que estemos preparados para romper su mente.
La gran capitana movió la cabeza. Dijo solamente:
—Infórmeme de lo que vaya descubriendo.


En el camino hacia el transportador se detuvo para comprobar la posición de la nave de batalla. Una sombría sonrisa se dibujó en sus labios, cuando vio en el reflector la sombra de una nave que circundaba la más brillante sombra de un sol.
"Marcación de tiempo", pensó, y sintió un estremecimiento de premonición. ¿Sería posible de que un solo hombre detuviera a una nave capaz de conquistar una galaxia entera? 

El meteorólogo mayor de la nave, teniente Cannons, se levantó de la silla cuando vio que ella se le acercaba a través del vasto suelo del cuarto de recepción de transportación, en el cual aún se encontraba la estación meteorológica de los Cincuenta Soles. Tenía el cabello grisáceo y era muy viejo, recordó, muy viejo. Caminando hacia él, pensó:
"Hay un lento pulso de vida en estos hombres que observan las grandes tormentas del espacio. Deben de tener un sentido de futilidad acerca de todo, una falta de sentido del tiempo. Tormentas que tardan un siglo o más en llegar a toda su madurez... Tales tormentas y los hombres que las catalogan deben de adquirir un tipo de afinidad de espíritu".
La lenta dignidad estaba en su voz también, cuando hizo una reverencia llena de gracia y dijo:
—Gran Capitana, Excelentísima Gloria Cecily, Dama Laurr de los Nobles Laurr, me siento honrado por su presencia.
Ella agradeció el saludo y luego le pasó la grabación. Él escuchó, frunciendo el ceño, y dijo finalmente:
—La latitud que dio para la tormenta es un número sin sentido para nosotros. Esta gente increíble ha construido un sistema de referencia, en la Nube Magallánica Menor, en el cual el centro es arbitrario y no tiene una conexión reconocible con el centro magnético de la Nube. Probablemente tomaron algún sol como centro y construyeron toda la geografía espacial alrededor de él.
Se giró repentinamente, alejándose de ella, y guió el camino hacia la estación meteorológica, hacia el borde del foso en el que descansaba el reconstruido mapa meteorológico.
—El mapa es absolutamente inútil para nosotros —dijo sucintamente.
—¿Qué?
Ella vio que él la estaba mirando fijamente, sus ojos azules pensativos.
—Dígame, ¿cuál es su idea acerca de este mapa? 
La mujer estaba en silencio; no deseaba cometer errores ante una pregunta tan precisa. Entonces frunció el ceño y dijo:
—Mi impresión se parece mucho a la que usted ha descrito. Tienen un sistema propio aquí, y lo que debemos hacer es encontrar la clave.
Y terminó, más confidencialmente:
—Nuestros problemas principales, me parece, son los de determinar en qué dirección debemos ir a partir de este meteorito que hemos descubierto que es una estación meteorológica. Si escogemos la dirección incorrecta, habrá una fastidiosa demora, contando, además, que nuestro obstáculo principal será el no poder ir demasiado rápido a causa de posibles tormentas.
Cuando terminó lo miró interrogativamente y vio que él estaba moviendo su cabeza con gravedad.
—Me temo —dijo él— que no es tan simple como eso. Esos brillantes puntos que son la réplica de los soles parecen de la medida de guisantes debido a la distorsión de la luz; pero cuando son examinados a través de un metroscopio muestran sólo unas pocas moléculas de diámetro. Si ésa es la proporción de acuerdo a los soles que representan...
Ella había aprendido a esconder sus sentimientos a sus subordinados en auténticas crisis. Lo hizo ahora, interiormente aturdida, exteriormente fría, pensativa, calma. Dijo finalmente:
—¿Usted quiere decir que cada uno de esos soles, los soles de ellos, están enterrados entre miles de otros?
—Peor que eso. Diría que sólo han habitado un sistema en diez mil. No debemos olvidar que la Nube Magallánica Menor es un universo de cincuenta millones de estrellas. Eso significa un montón de brillo solar.
El anciano concluyó, quedamente:
—Si lo desea, prepararé órbitas que tengan velocidades máximas de diez días luz por minuto hacia las estrellas más cercanas. Podemos probar suerte.
La mujer movió la cabeza enérgicamente.
—Uno en diez mil. No sea tonto. Conozco las leyes de la probabilidad. Tendríamos que visitar un mínimo de dos mil quinientos soles si tenemos suerte; de treinta y cinco mil a cincuenta mil si no tenemos suerte. No, no. —Una severa sonrisa comprimió sus finos labios—. No vamos a desperdiciar quinientos años buscando una aguja en un pajar. Confiaré en la psicología antes de intentar otra cosa. Tenemos al hombre que entiende el mapa, y aunque nos lleve tiempo, al final hablará.
Comenzó a alejarse, y de pronto se detuvo.
—¿Qué hay acerca del edificio en sí mismo? ¿Ha sacado algunas conclusiones de su diseño? —preguntó.
El asintió:
—Es el tipo usado en la galaxia hace aproximadamente unos quince mil años.
—¿Alguna mejora, cambios?
—Ninguno que yo vea. Es un observador que hace todo el trabajo. Simple, primitivo.
Ella se mantuvo pensativa, moviendo la cabeza como si estuviera intentando alejar de sí una neblina.
—Parece extraño. Seguramente, después de quince mil años podrían haber agregado algo. Las colonias son usualmente estáticas, pero no tanto.

Estaba examinando informes de rutina tres horas más tarde cuando su astroplaza sonó dos veces, suavemente. Dos mensajes.
El primero era de la Casa de Psicología, una simple pregunta:
—¿Tenemos permiso para romper la mente del prisionero?
—¡No! —dijo la Gran Capitana Laurr.
El segundo mensaje hizo que echara una mirada al tablero de órbita. El tablero estaba cubierto de símbolos de órbitas. Ese tonto anciano, desobedeciendo su orden de no preparar órbitas.
Sonriendo torcidamente, caminó y estudió los brillantes diagramas; finalmente, envió una orden a los Motores Centrales. Observó mientras su gran nave se hundía en la noche.
"Después de todo", pensó, "es algo así como jugar dos juegos al mismo tiempo. El contrapunto es más viejo en las relaciones humanas que en música".

El primer día miró hacia el planeta exterior de un sol blanco-azulado. Flotaba en la oscuridad debajo de la nave, una masa de rocas y metal, sin aire, monótono y terrible como cualquier meteorito, un mundo de primitivos cañones y montañas intocados por el soplo fermentador de vida.
Los rayos-espía mostraban sólo roca, roca sin fin, ningún signo de movimiento actual o pasado.
Había otros tres planetas, uno de ellos un caliente y verde mundo en el cual los vientos se lamentaban a través de bosques vírgenes y los animales pastaban en las praderas.


No se veía ni una sola casa, ninguna erecta figura de hombre. Severamente, la mujer dijo a través del comunicador interior de la nave:
—¿Exactamente en qué profundidad pueden penetrar los rayos-espía en la tierra?
—Treinta metros.
—¿Hay algún metal que pueda simular treinta metros de tierra?
—Muchos, noble dama.
Cortó la comunicación con expresión insatisfecha. Ese día no hubo ninguna llamada de la Casa de Psicología.
El segundo día, un gigantesco sol rojo apareció al alcance de su impaciente vista. Noventa y cuatro planetas giraban en sus grandes órbitas alrededor de su inmenso padre. Dos de ellos eran habitables, pero otra vez había la profusión de soledad y de animales usualmente encontrados en los planetas no tocados por la mano y el metal de la civilización.
El oficial jefe de zoología informó del hecho con su precisa voz:
—El porcentaje de animales es paralelo al implicado en mundos no habitados por seres inteligentes.
La mujer dijo bruscamente:
—¿Se le ha ocurrido que puede haber habido una política de mantener la vida animal abundante y leyes de protección de la tierra, aunque sólo sea por placer?
No esperó, ni tampoco recibió, una respuesta. Y una vez más, no se oyó una palabra de la teniente Neslor, la psicóloga jefe.
 
El tercer sol estaba más lejos. Elevó la velocidad a veinte días luz por minuto y recibió un golpe de advertencia cuando la nave se internó en una pequeña tormenta. Debió de ser pequeña porque el temblor del metal acababa de comenzar cuando terminó.
—Se ha estado hablando —dijo ella más tarde a los treinta capitanes reunidos en la sala de asambleas de estos— de que regresemos a la galaxia y pidamos una expedición que se ocupe de encontrar a estos escondidos bribones. Uno de los más quejumbrosos informes que han llegado a mis oídos es el de que, después de todo, estábamos en el camino a casa cuando hemos hecho el descubrimiento, y que nuestros diez años en la Nube nos han ganado un descanso.
Sus ojos grises relampaguearon; su voz se enfrió.
—Pueden estar seguros de que quienes hacen gala de este derrotismo no son los mismos que tendrán que hacer el informe personal de fracaso al gobierno de su majestad. Por lo tanto, déjenme asegurar a los pusilánimes y a los nostálgicos que nos quedaremos otros diez años, si es necesario. Digan a los oficiales y a la tripulación que deben actuar en consecuencia. Eso es todo.
De regreso en el puente principal, tomó nota de que aún no había ninguna llamada de la Casa de Psicología. Había ira e impaciencia en ella mientras marcaba el número. Pero se controló inmediatamente cuando la distinguida cara de la teniente Neslor apareció en la pantalla. Dijo entonces:
—¿Qué sucede, teniente Neslor? Espero ansiosamente más información acerca del prisionero.
La psicóloga movió la cabeza.
—Nada que informar.
—¡Nada! —El asombro daba un tono áspero a su voz.
—He pedido dos veces —fue la respuesta— autorización para romper su mente. Usted debería saber que no sugeriría una medida tan drástica sin motivos justificados.
—¡Oh! —Ella lo sabía, pero la desaprobación de los superiores, la necesidad de dar cuentas de cualquier acción inmoral contra los individuos, había hecho de su negativa una acción automática.
Antes de que pudiera hablar, la psicóloga continuó:
—He hecho algunas tentativas de condicionarlo en el sueño insistiendo sobre el hecho de lo inútil de resistir a la Tierra cuando el descubrimiento es inminente. Pero lo único que he logrado con ello es convencerle aún más de que sus primeras revelaciones no tienen ningún significado para nosotros.
La capitana reaccionó con calma.
—¿Realmente quiere decir, teniente Neslor, que no tiene otro plan que la violencia? ¿Nada?
En la astroplaca, la imagen de la cabeza hizo un movimiento negativo. La psicóloga dijo simplemente:
—Una resistencia 800IQ en un cerebro 167 IQ es algo completamente nuevo en mi experiencia.
La mujer sintió un gran desconcierto.
—No puedo entenderlo —se quejó—. Tengo la sensación de que hemos olvidado una pista vital. Algo como que irrumpimos en una estación meteorológica en un sistema de cincuenta millones de soles, una estación en la cual hay un ser humano que, contrariando todas las leyes de autoconservación, inmediatamente se suicida para prevenir el posible hecho de caer en nuestras manos. La estación meteorológica en sí misma es un viejo modelo galáctico que no muestra ninguna mejora después de quince mil años; y dada la vastedad del lapso de tiempo, el calibre de los cerebros implicados sugiere que deberían haber efectuado todos los cambios oportunos. Y el nombre del hombre, Observador, es tan típico del antiguo método de la Tierra de llamar a la gente, anterior a la era espacial, de acuerdo a la tarea que desempeñan. Es posible que incluso el sol en donde él estaba observando, sea un servicio heredado de su familia. Hay algo... depresivo... aquí en alguna parte que…
Ella le cortó, frunciendo el ceño:
—¿Cuál es su plan?
Después de un minuto movió la cabeza. 
—Ya veo... muy bien, que lo traigan a uno de los dormitorios del puente principal. Y olvide esa parte del plan que sugiere la idea de maquillar a una de nuestras chicas para que se parezca a mí. Haré todo lo que sea necesario. Mañana. Correcto.

Ella se sentó observando fríamente la imagen del prisionero en la astroplaca. El hombre, el Observador, yacía en la cama, una figura casi inmóvil, los ojos cerrados, pero con la cara curiosamente tensa. Parecía, pensó ella, como si estuviera descubriendo que por primera vez en esos cuatro días, las invisibles líneas de fuerzas que le habían mantenido atado hubiesen sido eliminadas.
Al lado de ella, la psicóloga siseó:
—El aún recela, y lo seguirá haciendo hasta que usted relaje su mente parcialmente, sus reacciones generales se volverán más y más concentradas. Cada minuto que pase incrementará su convicción de que tendrá sólo una oportunidad de destruir la nave, y que deberá ser decisivamente despiadado e indiferente frente al peligro. Le he estado condicionando durante las pasadas diez horas para que nos resista de una forma muy sutil. Lo verá en un momento... ¡Ah!...
El Observador se estaba sentando en la cama. Asomó una pierna por debajo de las sábanas, luego se deslizó hacia adelante y se levantó. Era un movimiento curiosamente poderoso.


Se quedó quieto por un momento, una alta figura en pijama gris. Había estado planeando cuidadosamente sus primeras acciones porque, después de una rápida mirada hacia la puerta, caminó hacia uno de los armarios empotrados en una pared, tiró de ellos probándolos, y luego los sacudió abriéndolos sin esfuerzo, rompiendo los cerrojos uno por uno.
El suspiro de ella fue sólo un eco del suspiro de la teniente Neslor.
—¡Por el Espacio! —dijo la psicóloga finalmente—. No me pregunte cómo es que está rompiendo esos cerrojos de metal. La fuerza debe de ser un producto accesorio de su entrenamiento Dellian. Noble dama...
Su tono era ansioso y la gran capitana la miró.
—¿Sí?
—¿Piensa, bajo estas circunstancias, que aún deba usted jugar un rol tan personal en su sometimiento? Su fuerza es obviamente tal, que puede destrozar el cuerpo de cualquiera de a bordo...
Fue cortada por un gesto imperioso.
—No puedo —dijo la Excelentísima Gloria Cecily— arriesgarme a que un tonto cometa un error. Tomaré una píldora contra el dolor. Dígame cuándo sea el momento de entrar.

El Observador se sentía frío y tenso cuando entró en el cuarto de instrumentos del puente principal. Había encontrado sus ropas en alguno de los armarios cerrados. Ignoraba que estaban allí, pero los armarios despertaron su curiosidad. Había hecho los movimientos preliminares Dellian de extraenergía y las cerraduras saltaron bajo su superfuerza.
Se detuvo en el umbral; su mirada fue de un lado a otro de la gran habitación de techo abovedado. Y después de un momento, el terrible miedo de que él y su linaje estuvieran perdidos, sufrió otra transfusión de esperanza. Estaba libre.
Esta gente no debía tener ni la más ligera sospecha de la verdad. El gran genio, Joseph H. Dell, debía de ser un hombre olvidado en la Tierra. Su liberación debía encerrar algún plan, por supuesto, pero...
"Muerte" —pensó ferozmente—. "Muerte a todos ellos, como una vez la infligieron y como lo harán otra vez". 
Estaba examinando la serie de tableros de control y por el rabillo del ojo vio a la mujer entrar proveniente de una de las paredes cercanas. Miró hacia arriba; pensó con un goce salvaje: "¡La líder!" Tendrían armas que la estarían protegiendo, naturalmente, pero no podrían saber que él había estado pensando frenéticamente cómo forzarlos a que usaran las armas contra él.
Seguramente ellos no podían estar preparados para unir sus elementos componentes otra vez. El mismo acto de liberarlo mostraba intenciones psicológicas.
Antes de que él pudiera hablar, la mujer dijo, sonriente:
—Yo realmente no debería dejar que tocara esos controles. Pero hemos decidido emplear una nueva táctica con usted. Libertad dentro de la nave, una oportunidad de hablar con la tripulación. Queremos convencerle... convencerle...
Algo de la desolación y de la implacabilidad de él debía de haberla tocado. Se tambaleó, se agitó y apartó su invisible molestia; luego sonrió más firmemente, y continuó en un tono más persuasivo:
—Queremos que se dé cuenta de que no somos ogros. Queremos que cese su alarma de que deseamos dañar a su gente. Debe saber, ahora que le hemos encontrado, que el descubrimiento es una cuestión de tiempo. La Tierra no es cruel, o dominante, por lo menos lo ha dejado de ser. Se exige un mínimo de alianza, y eso sólo por la idea de una unidad común, la indivisibilidad del espacio. También se pide que las leyes criminales sean uniformes y que un elevado mínimo de salario para los trabajadores sea mantenido. En contrapartida, las guerras de todas clases están absolutamente prohibidas. Exceptuando esto, cada planeta o grupo de planetas puede tener la forma de gobierno que más les plazca, comerciar con quienes quieran, vivir su propia vida. Seguramente, no hay nada tan terrible en esto como para justificar la curiosa tentativa de suicidio que ha cometido cuando descubrimos la estación meteorológica.
Podía, pensó, mientras la estaba oyendo, romper su cabeza primero. El mejor método sería el de cogerla por los pies y estrellarla contra la pared metálica o el suelo. Los huesos se romperían fácilmente y el acto serviría a dos propósitos vitales: Sería una terrible y saludable advertencia a los otros oficiales de la nave, y precipitaría sobre él el fuego mortal de sus guardias.
Caminó un paso hacia ella y comenzó los apenas visibles movimientos de músculos y nervios necesarios para preparar el cuerpo Dellian a un golpe de capacidad superhumana. La mujer estaba diciendo:
—Usted había dicho antes que su gente habitaba cincuenta soles en este espacio. ¿Por qué sólo cincuenta? En doce mil o más años, una población de doce billones no sería imposible.
El dio otro paso. Y otro. Entonces supo que debía continuar hablando sí esperaba que ella no sospechara durante esos segundos vitales en los que él se acercaba cada vez más. Dijo:
—Cerca de dos tercios de nuestros matrimonios son estériles. Ha sido muy lamentable, pero es que hay dos tipos de nosotros, y cuando hay matrimonios entre esos dos tipos, pues no hay obstáculos que los impidan...
Estaba muy cerca; oyó que ella decía:
—¿Quiere decir que ha ocurrido una mutación y que los dos tipos no se mezclan?
No tuvo necesidad de responder a eso. Estaba a unos tres metros de distancia de ella y se abalanzó como un tigre.
El primer brillo de energía rozó su cuerpo demasiado bajo como para ser fatal, pero trajo una caliente náusea y una espantosa pesadez. Oyó a la gran capitana gritar:
—¿Qué está haciendo, teniente Neslor?
Entonces la cogió. Sus dedos estaban aferrándola muy fuerte por el brazo, cuando el segundo golpe le pegó alto en las costillas y la boca se le llenó de espumeante sangre. A despecho de todos sus deseos, sintió que sus manos se deslizaban sobre el brazo de la mujer. Oh, espacio, cómo hubiese deseado arrastrarla con él al reino de la muerte...
Una vez más, la gran capitana gritó:
—¿Se ha vuelto loca, teniente Neslor? ¡Deje de disparar!
Justo antes de que el tercer disparo le quemara con su indescriptible violencia, pensó con una final y tremenda mueca sardónica:
"Ella aún no sospecha. Pero alguien lo ha hecho, alguien que en el último momento ha adivinado la verdad. Demasiado tarde. ¡Demasiado tarde, tontos! Continuen la búsqueda. Ellos ya han sido avisados, tienen tiempo para esconderse aún más. Y los Cincuenta Soles están desparramados, desparramados entre un millón de estrellas, entre...". La muerte interrumpió su pensamiento.
La mujer se levantó del suelo y se esforzó vertiginosamente para que sus maltratados sentidos volvieran a su cerebro. Fue vagamente consciente de que la teniente Neslor entraba a través de un transportador, se detenía frente al cuerpo muerto del Gisser Observador y luego se apresuraba a llegar a su lado.
—¿Está bien, querida? Fue tan difícil disparar a través de una astroplaca que...
—¡Loca! —La gran capitana tomó aliento—. ¿Se da cuenta de que un cuerpo no puede ser reconstituido una vez que los órganos vitales han sido destruidos? La reconstitución no puede hacerse a partir de trozos. Tendremos que volver a casa sin... 
Se detuvo. Vio que la psicóloga la miraba fijamente. La teniente Neslor dijo:
—Su intención de atacar era innegable y era demasiado pronto según mis gráficos. A través de todas las pruebas, él nunca encajó en nada parecido a la psicología humana. 
»En el último momento recordé a Joseph Dell y la masacre de los superhombres Dell hace quince mil años. Es fantástico pensar que algunos de ellos pudieron escapar y establecer una civilización en esta remota parte del espacio.
»¿Lo ve ahora?: "Dellian"... Joseph M. Dell..., el inventor del robot perfecto Dellian.


FIN