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2026/08/17

En las profundidades (Isaac Asimov)


Título original: The Deep
Año: 1952


1
Al final todo planeta debe morir. Puede sufrir una muerte rápida, cuando su sol estalla. Puede sufrir una muerte lenta, mientras su sol envejece y sus océanos se solidifican en hielo. En el segundo caso, al menos, la vida inteligente tiene una oportunidad de sobrevivir.
La dirección que tome la supervivencia puede seguir un camino hacia el exterior, a un planeta más próximo al sol agonizante o a algún planeta de otro sol. Este camino queda cerrado si el planeta tiene el infortunio de ser el único cuerpo importante que rota en torno de su primario y si no hay otra estrella a menos de quinientos años luz.
La dirección de la supervivencia puede también ser hacia el interior, a la corteza del planeta. Esto es siempre accesible. Se puede construir un nuevo hogar bajo tierra y se puede aprovechar la energía del núcleo del planeta para obtener calor. La tarea puede llevar milenios, pero un sol moribundo se enfría despacio.
Sólo que también el calor del planeta muere con el tiempo. Se deben cavar refugios a creciente profundidad, hasta que el planeta esté totalmente muerto.
El momento se aproximaba.
En la superficie del planeta soplaban ráfagas de neón, que apenas agitaban los charcos de oxígeno que se formaban en las tierras bajas. En ocasiones, durante el largo día, el viejo sol irradiaba un fulgor rojo, breve y opaco, y los charcos de oxígeno burbujeaban un poco.
Durante la larga noche, una azulada escarcha de oxígeno cubría los charcos y la roca desnuda, y un rocío de neón perlaba el paisaje.
A más de doscientos kilómetros bajo la superficie existía una última burbuja de calor y vida.
 
2
La relación de Wenda con Roi era muy íntima, más íntima de lo que su propio pudor le aconsejaba.
Le habían permitido entrar en el ovarium una vez en toda su vida y le dejaron bien claro que sería sólo por esa vez.
El raciólogo había dicho:
—No cumples con los requisitos, Wenda, pero eres fértil y probaremos una vez. Quizá funcione.
Ella quería que funcionara. Lo quería con desesperación. A temprana edad supo ya que su inteligencia era deficiente, que siempre sería una manual. Se sentía avergonzada de defraudar a la raza y anhelaba una oportunidad para contribuir a crear otro ser. Acabó convirtiéndose en una obsesión.
Secretó su huevo en un ángulo del edificio y luego regresó para observar. Por suerte, el proceso de mezcla aleatoria que desplazaba suavemente los huevos durante la inseminación mecánica (para asegurar una distribución pareja de los genes) sólo hacía que el huevo se bamboleara un poco.
Wenda mantuvo su vigilia durante el periodo de maduración, observó al pequeño que surgía del huevo, reparó en sus rasgos físicos y lo vio crecer.
Era un niño saludable, y el raciólogo lo aprobó.
En una ocasión, Wenda dijo, como sin darle importancia:
—Mire al que está sentado allí. ¿Se encuentra enfermo?
—¿Cuál? —preguntó el raciólogo, sobresaltado, pues los bebés que aparecían visiblemente enfermos en esa etapa arrojaban serias dudas sobre su propia competencia—. ¿Te refieres a Roi? ¡Tonterías! ¡Ojalá todos nuestros pequeños fueran así!
Al principio se sintió satisfecha consigo misma; luego, horrorizada. Seguía sin cesar al pequeño, interesándose por su educación y viéndole jugar. Se sentía feliz cuando él estaba cerca y abatida cuando estaba lejos. Nunca había oído hablar de algo así y estaba avergonzada.
Tendría que haber visitado al mentalista, pero no le pareció prudente. No era tan obtusa como para ignorar que no se trataba de una leve aberración que se pudiera curar estirando una célula cerebral. Era una manifestación psicótica, de eso estaba segura. Si la descubrían, la encerrarían. Tal vez la sometieran a la eutanasia, por considerarla un desperdicio inútil de la limitada energía disponible para la raza. Incluso podrían aplicar la eutanasia a su vástago si averiguaban quién era.
Luchó contra la anormalidad a lo largo de los años y, en cierta medida, tuvo éxito. Luego, se enteró de que Roi había sido escogido para el largo viaje y se sintió desdichada.
Lo siguió hasta uno de los corredores vacíos de la caverna, a varios kilómetros del centro de la ciudad. ¡La ciudad! Había sólo una.
Esa caverna se encontraba cerrada desde que Wenda tenía memoria de ello. Los ancianos la habían recorrido, analizaron su población y la energía necesaria para alimentarla y decidieron oscurecerla. Los pobladores, que no eran muchos, se habían trasladado más cerca del centro y se recortó el cupo para la siguiente sesión en el ovarium.
Wenda descubrió que el nivel coloquial de pensamiento de Roi era superficial, como si la mayor parte de su mente estuviera retraída en la contemplación.
—¿Tienes miedo? —le preguntó con el pensamiento.
—¿Porque he venido aquí a pensar? —Roi titubeó un poco; luego, con palabras dijo—: Sí, tengo miedo. Es la última oportunidad de la raza. Sí fracaso...
—¿Temes por ti mismo? —Él la miró asombrado, y los pensamientos de Wenda palpitaron de vergüenza ante su impudor—. Ojalá pudiera ir yo en tu lugar —añadió con palabras.
—¿Crees que puedes hacerlo mejor?
—Oh, no. Pero si yo fracasara y no regresara, sería una pérdida menor para la raza.
—La pérdida es la misma, vayas tú o vaya yo. La pérdida es la existencia de la raza.
Wenda no pensaba precisamente en la existencia de la raza. Suspiró.
—Es un viaje muy largo.
—¿Cómo de largo? —preguntó él, sonriendo—. ¿Lo sabes?
Titubeó. No quería parecer estúpida.
—Se comenta que llega hasta el primer nivel —contestó con timidez.
Cuando Wenda era pequeña y los corredores con calefacción se extendían a mayor distancia de la ciudad, ella había ido a explorar por ahí, como cualquier otro niño. Un día, muy lejos, donde se sentía el frío cortante del aire, llegó a un corredor ascendente que estaba bloqueado por un tapón.
Posteriormente se enteró de que al otro lado y hacia arriba se encontraba el nivel setenta y nueve, más arriba el setenta y ocho y así sucesivamente.
—Iremos más allá del primer nivel, Wenda.
—Pero no hay nada después del primer nivel.
—Tienes razón. Nada. La materia sólida del planeta termina.
—¿Y cómo puede haber algo que no es nada? ¿Te refieres al aire?
—No, me refiero a la nada, al vacío. Sabes qué es el vacío, ¿no?
—Sí. Pero los vacíos se deben bombear y mantener herméticos.
—Eso se hace en mantenimiento. Pero más allá del primer nivel sólo hay una cantidad indefinida de vacío, que se extiende hacia todas partes.
Wenda reflexionó.
—¿Alguien ha estado allá?
—Claro que no. Pero tenemos los archivos.
—Tal vez los archivos estén equivocados.
—Imposible. ¿Sabes cuánto espacio cruzaré? —Los pensamientos de Wenda indicaron una abrumadora negativa—. Supongo que sabes cuál es la velocidad de la luz.
—Desde luego —respondió ella. Era una constante universal. Hasta los bebés lo sabían—. Mil novecientas cincuenta y cuatro veces la longitud de la caverna, ida y vuelta, en un segundo.
—Correcto. Pero si la luz atravesara la distancia que yo voy a recorrer tardaría diez años.
—Te burlas de mí. Intentas asustarme.
—¿Por qué iba a querer asustarte? —Se levantó—. Pero ya he remoloneado bastante por aquí...
Apoyó en ella una de sus extremidades, con una amistad objetiva e indiferente. Un impulso irracional incitó a Wenda a agarrarle con fuerza e impedirle que se marchara.
Por un instante sintió pánico de que él le sondeara la mente más allá del nivel coloquial, de que sintiera náuseas y no volviera a verla nunca, de que la denunciara para que la sometiesen a tratamiento. Luego, se relajó. Roi era normal, no un enfermo como ella. A él jamás se le ocurriría penetrar en la mente de una persona amiga más allá del nivel coloquial, fuera cual fuese la provocación.
Estaba muy guapo al marcharse. Sus extremidades eran rectas y fuertes; sus vibrisas prensiles, numerosas y delicadas; y sus franjas ópticas, las más bellas y opalescentes que ella había visto jamás.

3
Laura se acomodó en el asiento. Qué mullidos y cómodos los hacían. Qué agradables y acogedores eran por dentro y qué diferentes del lustre duro, plateado e inhumano del exterior.
Tenía la canastilla al lado. Echó una ojeada debajo de la manta y de la gorra. Walter dormía. La carucha redonda tenía la blandura de la infancia y los párpados eran dos medias lunas con pestañas.


Un mechón de cabello castaño claro le cruzaba la frente y Laura se lo colocó bajo la gorra con infinita delicadeza.
Pronto sería hora de alimentarlo. Laura esperaba que no fuese tan pequeño como para asustarse de lo extraño del entorno. La azafata era muy amable; incluso guardaba los biberones de Walter en una pequeña nevera. ¡Qué cosas, una nevera a bordo de un avión!
La mujer sentada al otro lado del pasillo la miraba, dando a entender que sólo buscaba una excusa para dirigirle la palabra. Llegó el momento en que Laura levantó a Walter de la canastilla y se lo puso en el regazo, un terroncito de carne rosada envuelta en un blanco capullo de algodón.
Un bebé siempre es buena excusa para iniciar una conversación entre extraños. La mujer del otro lado se decidió al fin (y lo que dijo era previsible):
—¡Qué niño tan encantador! ¿Qué edad tiene, querida?
Laura contestó, sujetando unos alfileres en la boca (se había tendido una manta sobre las rodillas para cambiar a Walter):
—La semana que viene cumplirá cuatro meses.
Walter tenía los ojos abiertos y miró a la mujer, abriendo la boca en una sonrisa húmeda (siempre le agradaba que lo cambiasen).
—Mira esa sonrisa, George —dijo la mujer. El esposo sonrió y agitó sus dedos regordetes.
—Bu bu —saludó al niño. Walter se rio como si hipara.
—¿Cómo se llama, querida? —preguntó la mujer.
—Walter Michael. Como su padre.
Se había roto el hielo. Laura se enteró de que se llamaban George y Eleanor Ellis, de que estaban de vacaciones y de que tenían tres hijos, dos mujeres y un varón, todos crecidos. Las dos mujeres estaban casadas y una tenía dos hijos.
Laura escuchaba con expresión complacida. Walter (el padre, claro está) siempre le decía que se interesó por ella porque sabía escuchar muy bien.
Walter se estaba poniendo inquieto. Laura le liberó los brazos para que se desfogara moviendo los músculos.
—¿Podría calentar el biberón, por favor? —le pidió a la azafata.
Sometida a un riguroso, aunque afable interrogatorio, Laura explicó cuántas veces debía alimentar a Walter, qué fórmula utilizaba y si los pañales le provocaban ronchas.
—Espero que hoy no ande mal del estómago. Por el movimiento del avión.
—Oh, cielos —exclamó la señora Ellis—. Es demasiado pequeño para molestarse por eso. Además, estos aviones grandes son maravillosos. A menos que mire por la ventanilla no creería que estamos en el aire. ¿No opinas lo mismo, George?
Pero el señor Ellis, un hombre brusco y directo, dijo:
—Me sorprende que suba a un bebé de esa edad en un avión.
La señora Ellis se volvió hacia él de mal talante.
Laura se apoyó a Walter en el hombro y le palmeó la espalda. Walter se calmó, metió los deditos en el cabello lacio y rubio de su madre y comenzó a escarbar en el mechón que le cubría la nuca.
—Vamos a ver a su padre. Walter aún no ha visto a su hijo.
El señor Ellis se quedó perplejo e inició un comentario, pero la señora Ellis se apresuró a intervenir:
—Supongo que su esposo está en el servicio militar.
—Sí, así es. —El señor Ellis abrió la boca en un mudo "oh" y se calmó—. Lo han destinado cerca de Davao. Nos reuniremos en Nichols Field.
Antes de que la azafata volviera con el biberón se enteraron de que Walter era sargento del Servicio de Intendencia, de que llevaba en el Ejército cuatro años, de que se habían casado hacía dos, de que estaban a punto de licenciarlo y de que pasarían una larga luna de miel allí antes de regresar a San Francisco.
Luego, Laura acunó a Walter en el brazo izquierdo y le ofreció el biberón. Se lo puso entre los labios y las encías se cerraron sobre la tetilla. La leche empezó a burbujear, mientras las manitas acariciaban el biberón tibio y los ojos azules lo miraban fijamente.
Laura estrujó ligeramente al pequeño Walter y pensó que, a pesar de todas las dificultades y molestias, era maravilloso tener un bebé.

4
Teoría, siempre teoría, pensó Gan. La gente de la superficie, un millón de años antes o más, podían ver el universo, podían sentirlo directamente. Ahora, con mil doscientos kilómetros de roca encima de la cabeza, la raza sólo podía hacer deducciones a partir de las trémulas agujas de su instrumental.
Era sólo teoría que las células cerebrales, además de sus potenciales eléctricos comunes, irradiasen otra clase de energía; una energía que no era electromagnética y, por tanto, no estaba condenada al lento avance de la luz; una energía que sólo se asociaba con las funciones más elevadas del cerebro y, por tanto, sólo era característica de criaturas inteligentes y racionales.
Sólo una aguja oscilante detectaba que un campo de esa energía se filtraba en la caverna, y otras agujas indicaban que el origen de ese campo estaba en determinada dirección a diez años luz de distancia. Al menos una estrella se debía de haber acercado en ese ínterin, pues la gente de la superficie afirmaba que la más cercana se encontraba a quinientos años luz. ¿O estaban en un error?
—¿Tienes miedo? —interrumpió Gan de improviso en el nivel coloquial del pensamiento e invadió bruscamente la zumbona superficie de la mente de Roi.
—Es una gran responsabilidad —contestó este.
"Otros hablan de responsabilidad", pensó Gan. Durante generaciones los jefes técnicos habían trabajado en el resonador y en la Estación Receptora, pero a él le correspondía el paso final. ¿Qué sabían de responsabilidad los demás?
—Lo es —le corroboró—. Hablamos de la extinción de la raza con vehemencia, pero siempre entendemos que llegará algún día, no ahora, no en nuestra época. Pero llegará, ¿entiendes? Llegará. Lo que vamos a hacer hoy consumirá dos tercios de nuestra provisión total de energía. No quedará suficiente para intentarlo de nuevo. No quedará suficiente para que esta generación viva su vida entera. Pero eso no importará si cumples las órdenes. Hemos pensado en todo; nos hemos pasado generaciones pensando en todo.
—Haré lo que me digan —afirmó Roi.
—Tu campo mental se enlazará con los que vienen del espacio. El campo mental es una característica del individuo y, por lo general, es muy baja la probabilidad de que exista un duplicado. Pero los campos que vienen del espacio suman miles de millones, según nuestras estimaciones. Es muy probable que tu campo sea igual al de uno de ellos y, en ese caso, se configurará una resonancia mientras nuestro resonador esté en funcionamiento. ¿Conoces los principios?
—Sí.
—Entonces, sabes que durante la resonancia tu mente estará en el planeta X, en el cerebro de la criatura cuyo campo mental sea idéntico al tuyo. Ese proceso no consume energía. En resonancia con tu mente, también trasladaremos la masa de la Estación Receptora. El método para transferir masa de esa manera fue la última fase del problema que resolvimos y requerirá toda la energía que la raza usaría normalmente en cien años. 
Gan tomó el cubo negro  que  era  la  Estación Receptora  y  lo  miró  sombríamente. Tres generaciones atrás, se consideraba imposible fabricar un aparato que reuniera todas las propiedades necesarias en un espacie menor a quince metros cúbicos. Ya lo tenían y era del tamaño de un cubo.
Gan dijo: 
—El campo mental de las células cerebrales inteligentes sólo puede seguir unas pautas bien definidas. Todas las criaturas vivientes, sea cual fuere su planeta, deben poseer una base proteínica y una química basada en agua de oxígeno. Si su mundo es habitable para ellas, es habitable para nosotros. 
"Teoría, siempre teoría", pensó en un nivel más profundo.
—Eso no significa que el cuerpo donde te encuentres —continuó— y su mente y sus emociones no sean totalmente extraños. Así que hemos dispuesto tres métodos para activar la Estación Receptora. Si eres fuerte, sólo tendrás que ejercer doscientos cincuenta kilos de presión en cualquier cara del cubo. Si eres débil, lo único que necesitas es pulsar un botón, al que llegarás mediante esta abertura del cubo. Si no tienes extremidades, si tu organismo huésped está paralizado, puedes activar la Estación con la propia energía mental. Una vez que la Estación se active, tendremos dos puntos de referencia, no sólo uno, y la raza se podrá transferir al planeta X mediante teleportación normal.
—Eso significará que usaremos energía electromagnética.
—En efecto.


—La transferencia tardará diez años.
—No tendremos conciencia de la duración.
—Lo sé, pero eso quiere decir que la Estación permanecerá en el planeta X durante diez años. ¿Y si la destruyen mientras tanto?
—También hemos pensado en ello. Hemos pensado en todo. Una vez que se active la Estación, generará un campo de paramasa. Se desplazará en la dirección de la atracción gravitatoria, deslizándose a través de la materia común hasta que un medio de densidad relativamente alta ejerza suficiente fricción para detenerla. Se necesitarán seis metros de roca para ello; cualquier densidad menor no tendrá ningún efecto. Permanecerá a seis metros bajo tierra durante diez años y en ese momento un contracampo la elevará a la superficie. Luego, uno a uno, cada miembro de la raza aparecerá.
—En ese caso, ¿por qué no hacer que la Estación empiece a funcionar automaticamente? Ya posee muchas características automáticas...
—No lo has pensado bien, Roi. Nosotros sí. Quizá no todos los puntos de la superficie del planeta X sean adecuados. Si los habitantes son poderosos y están avanzados, tal vez haya que encontrar un lugar discreto para la estación. No nos convendría aparecer en la plaza de una ciudad. Y tendrás que asegurarte de que el entorno inmediato no es peligroso en otros sentidos.
—¿En qué otros sentidos?
—No lo sé. Los antiguos archivos de la superficie registran muchas cosas que ya no entendemos. No las explican porque las daban por conocidas pero llevamos lejos de la superficie casi cien mil generaciones y estamos desconcertados. Nuestros técnicos ni siquiera se ponen de acuerdo en cuanto a la naturaleza física de las estrellas, y eso es algo que en los archivos se menciona  y  se  comenta  a  menudo;  pero  ¿qué  significa  "tormentas", "terremotos", "volcanes", "tornados", "celliscas", "aludes", "inundaciones", "rayos" y demás? Son términos que aluden a peligrosos fenómenos de superficie cuya naturaleza ignoramos. No sabemos cómo protegernos de ellos. A través de la mente de tu huésped podrás aprender lo necesario y actuar en consecuencia.
—¿Cuánto tiempo tendré?
—El resonador no puede funcionar continuamente durante más de doce horas. Yo preferiría que terminases tu tarea en dos. Regresarás aquí automáticamente en cuanto la Estación esté activada. ¿Estás preparado?
—Lo estoy.
Gan lo condujo hasta el gabinete de vidrio ahumado. Roi se sentó, acomodó las extremidades en las cavidades y hundió las vibrisas en mercurio para establecer un buen contacto.
—¿Y si me encuentro en un cuerpo agonizante? —preguntó.
—El campo mental se distorsiona cuando la persona está a punto de morir —le explicó Gan mientras ajustaba los controles—. Un campo normal como el tuyo no se hallaría en resonancia.
—¿Y si está cerca de una muerte accidental?
—También hemos pensado en ello. No podemos protegerte contra eso, pero se estima que las probabilidades de una muerte tan rápida que no te dé tiempo de activar la Estación mentalmente son menos de una en veinte billones, a no ser que los misteriosos peligros de la superficie sean más mortíferos de lo que pensamos... Tienes un minuto.
Por alguna extraña razón, Wenda fue la última persona en quien Roi pensó antes de la traslación.

5
Laura despertó sobresaltada. ¿Qué ocurría? Era como si la hubieran pinchado con un alfiler.
El sol de la tarde le brillaba en la cara y el resplandor la hizo parpadear.
Bajó la cortina y miró a Walter. Se sorprendió al verle los ojos abiertos. No era su hora de estar despierto. Miró el reloj. No, no lo era. Y faltaba una hora para darle de comer. Seguía el sistema de darle de comer cuando lo pidiera ("grita y te daré de comer"), pero normalmente Walter respetaba el horario.
Le frotó la cara con la nariz.
—¿Tienes hambre?
Walter no respondió de ninguna manera y Laura se sintió defraudada. Le habría gustado que sonriera. Más aún, deseaba que se riera, que le rodeara el cuello con los brazos regordetes, le frotara con la nariz y dijera "Mamá"; pero sabía que eso no podía hacerlo. Aunque sí podía sonreír.
Le apoyó el dedo en la barbilla y le dio unos golpecitos.
—Bu, bu, bu, bu.
Walter siempre sonreía cuando le hacía eso, pero ahora se limitó a parpadear.
—Espero que no esté enfermo —dijo, y miró preocupada a la señora Ellis. La señora Ellis dejó su revista.
—¿Pasa algo malo, querida?
—No lo sé. Walter no reacciona.
—Pobrecillo. Tal vez esté cansado.
—En tal caso debería estar durmiendo, ¿no?
—Se encuentra en un ambiente extraño. Tal vez se esté preguntando qué es todo esto. —Se levantó, cruzó el pasillo y se agachó para acercar su rostro al de Walter—. Te preguntas qué es lo que pasa, ¿eh, bolita? Pues claro. Te preguntas dónde está tu cunita y dónde están los dibujos del empapelado.
Hizo ruiditos chillones.
Walter apartó la vista de su madre y miró sombríamente a la señora Ellis, que se incorporó de golpe, con un gesto de dolor, y se llevó la mano a la cabeza.
—¡Cielos! ¡Qué extraño dolor!
—¿Cree usted que tendrá hambre? —preguntó Laura.
—¡Por Dios! —exclamó la señora Ellis, con una expresión más tranquila—. Una no tarda en enterarse cuando tienen hambre. No le pasa nada. He tenido tres hijos, querida. Lo sé.
—Creo que voy a pedirle a la azafata que entibie otro biberón.
—Bueno, si eso te hace sentirte mejor...
La azafata trajo el biberón y Laura sacó a Walter del canastillo.
—Tómate el biberón y luego te cambiaré y después...
Le acomodó la cabeza en el brazo, le dio un suave pellizco en la mejilla, se lo acercó al cuerpo mientras le llevaba el biberón a los labios...
¡Walter gritó!
Abrió la boca, agitó los brazos extendiendo los dedos con el cuerpo rígido y duro, como si tuviera el tétanos, y gritó. El grito resonó en todo el compartimento.
Laura también gritó. Soltó el biberón, que se hizo añicos.
La señora Ellis se levantó de un brinco y varios pasajeros la imitaron. El señor Ellis despertó de su siesta.
—¿Qué ocurre? —preguntó la señora Ellis.
—No lo sé, no lo sé. —Laura sacudía a Walter frenéticamente, se lo echaba sobre el hombro, le palmeaba la espalda—. Nene, nene, no llores. ¿Qué pasa, nene? Nene...
La azafata se acercó a todo correr. Su pie se quedó a un par de centímetros del cubo que había bajo el asiento de Laura.
Walter pataleaba furiosamente, berreando a todo pulmón.

6
Roi estaba anonadado. Se encontraba sujeto a la silla, en contacto con la clara mente de Gan, y de pronto (sin conciencia de separación en el tiempo) se vio inmerso en un torbellino de pensamientos extraños, bárbaros y fragmentarios. Cerró la mente. Antes la tenía totalmente abierta para aumentar la efectividad de la resonancia, y el primer contacto con el alienígena había sido...
No doloroso, no. ¿Vertiginoso? ¿Nauseabundo? No, tampoco. No había palabras.
Recobró fuerzas en la plácida nada de la clausura mental y reflexiono. Sentía el contacto con la Estación Receptora, con la cual estaba en conexión mental. ¡Había ido con él, qué bien!
Hizo caso omiso del huésped. Tal vez lo necesitara luego para cuestiones más drásticas, así que no convenía despertar sospechas por el momento.
Exploró. Buscó una mente al azar y reparó en las impresiones sensoriales que la impregnaban. La criatura era sensible a ciertas zonas del espectro electromagnético y a las vibraciones del aire, así como al contacto corporal. Poseía sentidos químicos localizados...
Eso era todo. La examinó de nuevo, estupefacto.
No sólo no había sentido directo de masa ni sentido electro potencial ni ninguna de las lecturas refinadas del universo, sino que no existía contacto mental.
La mente de la criatura estaba totalmente aislada. ¿Entonces cómo se comunicaban? Siguió examinando. Poseían un complejo código de vibraciones de aire controladas.
¿Eran inteligentes? ¿Había escogido una mente mutilada? No, todos eran así.


Escudriñó el grupo de mentes circundantes con sus zarcillos mentales, buscando un técnico o su equivalente entre esas semi-inteligencias lisiadas. Encontró una mente que se veía a sí misma como controlador de vehículos. Roi recibió un dato: Se hallaba a bordo de un vehículo aéreo.
Es decir que, aun sin contacto mental, eran capaces de construir una civilización mecánica rudimentaria. ¿O aquellos seres eran las herramientas animales de verdaderas inteligencias que estaban en otra parte del planeta? No... Sus mentes decían que no.
Examinó al técnico. ¿Qué pasaba con el entorno inmediato? ¿Eran de temer los espectros de los antiguos? Se trataba de una cuestión de interpretación. Existían peligros en el entorno. Movimientos de aire. Cambios de temperatura. Agua cayendo en el aire, en el estado líquido o sólido. Descargas eléctricas. Había vibraciones en código para cada fenómeno, pero eso no significaba nada. La conexión entre esas vibraciones y los nombres con que los ancestros de la superficie designaban los fenómenos era sólo conjetura.
No importaba. ¿Existía peligro en ese momento? ¿Existía peligro en ese lugar? ¿Había causa de temor o inquietud?
¡No! La mente del técnico decía que no.
Eso era suficiente. Regresó a la mente huésped y descansó un instante; luego, se expandió cautelosamente...
¡Nada!
La mente huésped era un vacío; a lo sumo, una vaga sensación de tibieza y un opaco parpadeo de respuestas imprecisas ante estímulos básicos. ¿Su huésped era un moribundo? ¿Un afásico? ¿Un descerebrado?
Se desplazó a la mente más cercana, buscando información sobre el huésped.
El huésped era un bebé de la especie.
¿Un bebé? ¿Un bebé normal? ¿Tan poco desarrollado?
Dejó que su mente se fusionara un instante con lo que existía en el huésped. Buscó las zonas motrices del cerebro y las halló con dificultad. Un cauto estímulo fue seguido por un movimiento errático de las extremidades del huésped. Intentó controlarlas y fracasó.
Se sintió irritado. ¿Realmente habían pensado en todo? ¿Pensaron en inteligencias sin contacto mental? ¿Pensaron en criaturas jóvenes, tan poco desarrolladas como si aún estuvieran en el huevo?
Eso significaba que no podría activar la Estación Receptora desde la persona del huésped. Los músculos y la mente eran demasiado débiles, estaban demasiado descontrolados para cualquiera de los tres métodos expuestos por Gan.
Pensó intensamente. No podría influir sobre una gran cantidad de masa mediante las imperfectas células cerebrales del huésped, pero quizá pudiera ejercer una influencia indirecta a través de un cerebro adulto. La influencia física directa sería minúscula; significaría la descomposición de las moléculas de trifosfato de adenosina y de las de acetilcolina. Luego, la criatura actuaría por cuenta propia.
Titubeó, temiendo el fracaso, y maldijo su cobardía. Entró nuevamente en la mente más cercana. Era una hembra de la especie y se encontraba en el estado de inhibición transitoria que había notado en otros individuos. No lo sorprendió, pues unas mentes tan rudimentarias tenían que necesitar descansos periódicos.
Estudió esa mente, palpando mentalmente las zonas que pudieran responder a un estímulo. Escogió una, penetró en ella y las zonas conscientes se llenaron de vida casi simultáneamente. Las impresiones sensoriales se activaron y el nivel de pensamiento se elevó de golpe. ¡Bien!
Pero no lo suficiente. Fue un mero pinchazo, un pellizco; no una orden para ejecutar una acción específica.
Se movió incómodo cuando lo invadió una emoción. Procedía de la mente que acababa de estimular y estaba dirigida hacia el huésped y no hacia él. No osbtante, tanta crudeza primitiva lo fastidiaba, así que cerró la mente contra la desagradable tibieza de esos sentimientos al desnudo.
Una segunda mente se centró en torno del huésped y, si él hubiera sido material o hubiera controlado un huésped satisfactorio, habría lanzado un golpe de dolor.
¡Santas cavernas! ¿No le permitirían concentrarse en su importante misión?
Acometió contra la segunda mente, activando centros de incomodidad que la obligaran a apartarse.
Estaba contento. Fue sólo un estímulo sencillo e indefinido, pero había funcionado, despejó la atmósfera mental.
Volvió al técnico que controlaba el vehículo. Él conocería los detalles concernientes a la superficie sobre la cual volaban.
¿Agua? Ordenó deprisa los datos. ¡Agua! ¡Y más agua! ¡Por los eternos niveles! ¡La palabra "océano" tenía sentido! La vieja y tradicional palabra "océano". ¿Quién hubiera pensado que podía existir tanta agua?
Pero si eso era "océano", entonces la tradicional palabra "isla" tenía un significado claro. Envió su mente en busca de información geográfica. El "océano" estaba salpicado de motas de tierra, pero él necesitaba información exacta...
Le interrumpió un breve aguijonazo de sorpresa cuando su huésped se desplazó por el espacio para recostarse contra el cuerpo de la hembra.
La mente de Roi, activada como estaba, se hallaba abierta e indefensa. Las intensas emociones de la hembra lo sofocaron.
Se contrajo. En un intento de combatir esas aplastantes pasiones animales, se aferró a las células cerebrales del huésped, a través de las cuales se encauzaban esos crudos sentimientos.
Lo hizo con excesiva brusquedad. Un dolor difuso colmó la mente del huésped y al instante todas las mentes circundantes reaccionaron ante las resultantes vibraciones de aire. Exasperado, procuró acallar al dolor y sólo logró estimularlo más.
A través de la bruma mental del dolor del huésped, escudriñó la mente del técnico, procurando evitar que se perdiera el contacto.
Concentró la mente. Ahora tendría su mejor oportunidad. Contaba con unos veinte minutos. Habría otras oportunidades después, aunque no tan buenas. Pero no se atrevía a dirigir los actos de otro mientras la mente del huésped padecía tamaña turbulencia.
Se retiró, se contrajo en la clausura mental, manteniendo sólo un tenue contacto con las células espinales del huésped, y aguardó.
Pasaron los minutos y poco a poco recobró la conexión. Le quedaban cinco minutos. Escogió un sujeto.

7
—Creo que se siente mejor, pobrecillo —dijo la azafata.
—Nunca se había portado así —lloriqueó Laura—. Nunca.
—Tal vez sea un pequeño cólico —sugirió la señora Ellis.
—Tal vez —secundó la azafata—. Hace demasiado calor.
Entreabrió la manta, le levantó la ropita y dejó al descubierto su abdomen duro, rosado y protuberante. Walter seguía gimoteando.
—¿Quiere que le cambie? —preguntó la azafata—. Está muy mojado. 
— Sí, gracias.
La mayoría de los pasajeros habían vuelto a los asientos. Los más alejados dejaron de estirar el cuello.
El señor Ellis se quedó en el pasillo con su esposa.
—Oye, mira.
Laura y la azafata estaban demasiado ocupadas para prestarle atención y la señora Ellis lo ignoró por pura costumbre.
El señor Ellis estaba habituado a eso. Su comentario fue simplemente retórico. Se agachó y recogió la caja que estaba bajo el asiento.
La señora Ellis lo miró con impaciencia.
—¡Cielos, George, no toques el equipaje de los demás! ¡Siéntate! Entorpeces el paso.
El señor Ellis se incorporó, avergonzado.
Laura, con los ojos aún inflamados y llorosos, dijo:
—No es mío. Ni siquiera sabía que estaba bajo el asiento.
—¿Qué es? —preguntó la azafata, dejando de mirar al bebé lloriqueante. El señor Ellis se encogió de hombros.
—Es una caja.
—Bueno, ¿y para qué la quieres, por el amor de Dios? —se irritó su esposa. 
El señor Ellis buscó una razón. ¿Para qué la quería?
—Sentí curiosidad, eso es todo —murmuró.
—¡Listo! —exclamó la azafata—. El pequeño está cambiado y seco y apuesto a que pronto estará más contento que unas pascuas. ¿Qué dices, primor?
Pero el primor seguía lloriqueando y apartó bruscamente la cabeza cuando le ofrecieron otro biberón.
—Lo entibiaré un poco —dijo la azafata. Cogió el biberón y se alejó por el pasillo.


El señor Ellis tomó una decisión. Cogió la caja y la apoyó en el brazo del asiento, haciendo caso omiso del rostro fruncido de su esposa.
—No hago ningún daño —se defendió—. Sólo estoy mirando. ¿De qué está hecha?
La golpeó con los nudillos. Ninguno de los demás pasajeros parecía estar interesado, no prestaban atención ni al señor Ellis ni a la caja. Era como si algo hubiera desconectado esa línea de interés en particular y hasta la señora Ellis, que conversaba con Laura, le daba la espalda.
Levantó la caja y vio la abertura. Sabía que debía haber una abertura. Tenía el tamaño suficiente para insertar un dedo, aunque no había ninguna razón por la que él quisiera meter el dedo en una caja extraña.
Lo metió con cautela. Había un botón negro y deseaba tocarlo. Lo presionó.
La caja tembló, se le desprendió de las manos y cayó por el otro lado del brazo del asiento.
Llegó a ver cómo atravesaba el suelo, dejándolo intacto. El señor Ellis abrió las manos y se miró las palmas. Luego, se arrodilló y tanteó el suelo.
La azafata, que regresaba con el biberón, preguntó cortésmente:
—¿Ha perdido algo?
—¡George! —exclamó la señora Ellis.
El señor Ellis se incorporó con dificultad. Estaba ruborizado y nervioso.
—La caja... Se me soltó de la mano y cayó...
—¿Qué caja? —preguntó la azafata.
—¿Puede darme el biberón, señorita? —dijo Laura—. Ya ha dejado de llorar.
—Desde luego. Aquí lo tiene.
Walter abrió la boca ávidamente y aceptó la tetilla. La leche burbujeaba mientras el niño sorbía haciendo gorgorítos.
Laura levantó la vista, con los ojos radiantes.
—Ahora parece encontrarse bien. Gracias, señorita. Gracias, señora Ellis. Por un momento tuve la sensación de que no era mi hijito.
—Se pondrá bien —la animó la señora Ellis—. Tal vez fue un pequeño mareo. Siéntate, George.
—Llámeme sí me necesita —se ofreció la azafata.
—Gracias —dijo Laura.
—La caja... —murmuró el señor Ellis, y no habló más.
¿Qué caja? No recordaba ninguna caja.
Pero había una mente a bordo de ese avión que podía seguir la trayectoria del cubo negro, que caía en una parábola sin que le afectaran ni el viento ni la resistencia del aire, atravesando las moléculas de gas que se interponían en su camino.
Debajo, el atolón constituía el diminuto centro de un enorme blanco. En otro tiempo, durante una época bélica, contó con una pista aérea y con barracas. Las barracas se habían derrumbado, la pista aérea era una franja irregular en vías de desaparición y el atolón estaba desierto.
El cubo cayó en el blando follaje de una palmera y ni una sola hoja se agitó. Atravesó el tronco, descendió hasta el coral y se hundió en el planeta sin que ni una mota de polvo se alterara para anunciar su entrada.
A seis metros de la superficie, el cubo se detuvo y se quedó inmóvil, íntimamente mezclado con los átomos de la roca, pero diferenciado de ella.
Eso fue todo. Llegó la noche, llegó el día; llovió, sopló viento y las olas del Pacífico se rompieron en espuma blanca sobre el blanco coral. Nada había ocurrido.
Nada ocurriría durante diez años.

8
—Hemos transmitido la noticia de que has tenido éxito —dijo Gan—. Creo que ahora deberías descansar.
—¿Descansar? ¿Ahora? ¿Cuando he regresado a mentes íntegras? No, gracias. Estoy disfrutando mucho.
—¿Tanto te molestó lo de la inteligencia sin contacto mental?
—Sí —contestó Roi.
Gan tuvo el tacto de no seguir esa línea de pensamiento evocativo. En cambio, preguntó:
—¿Y la superficie?
—Espantosa. Lo que los antiguos llamaban "sol" es un insoportable resplandor en lo alto. Aparentemente se trata de una fuente de luz y varía periódicamente; en otras palabras, "noche" y "día". También hay variaciones imprevisibles.
—"Nubes", tal vez —sugirió Gan.
—¿Por qué "nubes"?
—Ya conoces el dicho tradicional: "Las nubes ocultaban el sol".
—¿Eso crees? Sí, pudiera ser.
—Bien, continúa.
—Veamos. He explicado "océano" e "isla". "Tormenta" significa humedad en el aire cayendo en gotas. "Viento" es un movimiento de aire en gran escala. "Trueno", una descarga espontánea de estática o un gran ruido espontáneo. "Cellisca" es hielo que cae.
—Qué curioso. ¿De dónde caería el hielo? ¿Cómo? ¿Por qué?
—No tengo la menor idea. Todo es muy variable. Hay tormentas en determinado momento, pero no en otro. Aparentemente hay regiones de la superficie donde siempre hace frío, otras donde siempre hace calor y otras donde hace ambas cosas según el momento.
—Asombroso. ¿Cuánto de todo esto lo atribuyes a un error de interpretación por parte de las mentes alienígenas?
—Nada. Estoy seguro de ello. Es muy claro. Tuve tiempo suficiente para escudriñar sus extrañas mentes. Demasiado tiempo.
De nuevo sus pensamientos se replegaron.
—Está bien —aceptó Gan—. Tenía miedo de nuestra tendencia a pintar con tonos románticos la Edad de Oro de nuestros ancestros de la superficie. Presentía que en nuestro grupo habría un fuerte impulso a favor de una nueva vida en la superficie.
—No —rechazó Roi con vehemencia.
—Obviamente no. Dudo que ni siquiera nuestros individuos más recios resistieran un solo día en un medio ambiente como el que describes, con las tormentas, los días, las noches, las molestas e imprevisibles variaciones. —Gan se sentía satisfecho—. Mañana iniciaremos el proceso de transferencia. Una vez en la isla... Dices que está deshabitada.
—Totalmente. Era la única de ese tipo, de todas las que el avión sobrevoló. La información del técnico fue detallada.
—Bien. Iniciaremos las operaciones. Tardaremos generaciones, Roi, pero al final estaremos en las profundidades de un mundo nuevo y tibio, en agradables cavernas donde el ámbito controlado permitirá el crecimiento de la cultura y el refinamiento.
—Y no tendremos ningún tipo de contacto con las criaturas de la superficie.
—¿Por qué? Aunque sean primitivas podrían sernos útiles una vez que establezcamos nuestra base. Una raza capaz de construir naves aéreas debe de poseer algunas cualidades.
—No es así. Son beligerantes. Son capaces de atacar con saña animal y...
—Me perturba la psicopenumbra que rodea tus referencias a los alienígenas —le interrumpió impaciente Gan—. Me estás ocultando algo.
—Al principio pensé que podría utilizarlos. Si no nos permitían ser amigos, al menos los controlaríamos. Hice que uno de ellos estableciera contacto íntimo con el interior del cubo y fue difícil. Fue muy difícil. Sus mentes tienen otra constitución.
—¿En qué sentido?
—Si fuera capaz de describirlo, eso querría decir que la diferencia no era fundamental. Pero puedo ponerte un ejemplo. Estuve en la mente de un bebé. No tienen cámaras de maduración. A los bebés los cuidan los individuos. La criatura que cuidaba de mi huésped...
—Sí...
—Era hembra y sentía un vínculo especial con el pequeño. Había una sensación de propiedad, una relación que excluía al resto de la sociedad. Creí detectar, confusamente, un rastro de esa emoción que liga a un hombre con un allegado o con un amigo; pero era mucho más intensa e irrefrenable.
—Bueno, al carecer de contacto mental, tal vez no tengan una verdadera concepción de la sociedad y quizá se originen sub-relaciones. ¿O esto era patológico?
—No, no. Es universal. La hembra era la madre del bebé.
—Imposible. ¿Su propia madre?
—Por fuerza. El bebé había pasado la primera parte de su existencia dentro de la madre. Literalmente. Los huevos de la criatura permanecen dentro del cuerpo. Son inseminados dentro del cuerpo. Crecen dentro del cuerpo y surgen con vida.
—Santas cavernas —musitó Gan. Sentía una fuerte repugnancia—. Entonces, cada criatura conocería la identidad de su propio hijo; cada hijo tendría un padre determinado.. 
—Y él también era conocido. Mi huésped hacía un viaje de ocho mil kilómetros, por lo que pude deducir, para que su padre pudiera verlo.
—¡Increíble!
—¿Necesitas algo más para entender que nuestras mentes no pueden llegar a encontrarse? La diferencia es fundamental e innata.
El amarillo de la lamentación teñía y endurecía los pensamientos de Gan.
—Qué pena —dijo—. Pensaba...
—¿Qué?
—Pensaba que por primera vez dos inteligencias se ayudarían mutuamente. Pensaba que juntos podríamos progresar con mayor rapidez que cualquiera de ambos en solitario. Aunque fueran tecnológicamente primitivos, como lo son, la tecnología no es todo. Yo creía que incluso podríamos aprender de ellos.
—¿Aprender qué? —preguntó Roi bruscamente—. ¿A conocer a nuestros padres y a trabar amistad con nuestros hijos?
—No, no. Tienes razón. La barrera entre ambos debe mantenerse intacta para siempre. Ellos se quedarán en la superficie y nosotros permaneceremos en las profundidades, y así está bien.
 
Fuera de los laboratorios, Roi se encontró con Wenda. Los pensamientos de ella desbordaron de placer.
—Me alegra que hayas vuelto.
Los pensamientos de Roi también fueron placenteros. Era un alivio establecer un limpio contacto mental con una amiga.


FIN

2026/06/08

Sufragio universal (Isaac Asimov)


Título original: Franchise
Año: 1955


Linda, que tenía diez años, era el único miembro de la familia que parecía disfrutar al levantarse.
Norman Muller podía oírla ahora a través de su propio coma drogado y malsano. Finalmente había logrado dormirse una hora antes, pero con un sueño más semejante al agotamiento que al verdadero sueño.
La pequeña estaba ahora al lado de su cama, sacudiéndole.
—¡Papaíto! ¡Papaíto, despierta! ¡Despierta!
—Está bien, Linda —dijo.
—¡Pero papaíto, hay más policías por ahí que nunca! ¡Con coches y todo!
Norman Muller cedió. Se incorporó con la vista nublada, ayudándose con los codos. Nacía el día. Fuera, el amanecer se abría paso desganadamente, como germen de un miserable día gris, tan miserablemente gris como él se sentía. Oyó la voz de Sarah, su mujer, que se ajetreaba en la cocina preparando el desayuno. Su suegro, Matthew, carraspeaba con estrépito en el cuarto de baño. Sin duda, el agente Handley estaba listo y esperándole.
Había llegado el día.
¡El día de las elecciones!
Para empezar, había sido un año igual a cualquier otro. Acaso un poco peor, puesto que se trataba de un año presidencial, pero no peor en definitiva que otros años presidenciales.
Los políticos hablaban del electorado y del vasto cerebro electrónico que tenían a su servicio. La prensa analizaba la situación mediante ordenadores industriales (el New York Times y el Post-Dispatch de San Luis poseían cada uno el suyo propio) y aparecían repletos de pequeños indicios sobre lo que iban a ser los días venideros. Comentadores y articulistas ponían de relieve la situación crucial, en feliz contradicción mutua.
La primera sospecha de que las cosas no ocurrirían como en años anteriores se puso de manifiesto cuando Sarah Muller dijo a su marido en la noche del 4 de octubre (un mes antes del día de las elecciones):
—Cantwell Johnson afirma que Indiana será decisivo este año. Y ya es el cuarto en decirlo. Piénsalo, esta vez se trata de nuestro estado.
Matthew Hortenweiler asomó su mofletudo rostro por detrás del periódico que estaba leyendo, posó una dura mirada en su hija y gruñó:
—A esos tipos les pagan por decir mentiras. No les escuches.
—Pero ya son cuatro, padre —insistió Sarah con mansedumbre—. Y todos dicen que Indiana.
—Indiana es un estado clave, Matthew —apoyó Norman, tan mansamente como su mujer—, a causa del Acta Hawkins-Smith y todo ese embrollo de Indianápolis. Es...
El  arrugado  rostro  de  Matthew  se  contrajo de manera  alarmante.
Carraspeó:
—Nadie habla de Bloomington o del condado de Monroe, ¿no es eso?
—Pues... —empezó Norman.
Linda, cuya carita de puntiaguda barbilla había estado girando de uno a otro interlocutor, le interrumpió vivamente:
—¿Vas a votar este año, papi?
Norman sonrió con afabilidad y respondió:
—No creo, cariño.
Mas ello acontecía en la creciente excitación del mes de octubre de un año de elecciones presidenciales, y Sarah había llevado una vida tranquila, animada por sueños respecto a sus familiares. Dijo con anhelante vehemencia:
—¿No sería magnífico?
—¿Que yo votase?
Norman Muller lucía un pequeño bigote rubio, que le había prestado un aire elegante a los juveniles ojos de Sarah, pero que, al ir encaneciendo poco a poco, había derivado en una simple falta de distinción. Su frente estaba surcada por líneas profundas, nacidas de la inseguridad, y en general su alma de empleado nunca se había sentido seducida por el pensamiento de haber nacido grande o de alcanzar la grandeza en ninguna circunstancia. Tenía mujer, un trabajo y una hija. Y excepto en momentos extraordinarios de júbilo o depresión, se inclinaba a considerar su situación como un inadecuado pacto concertado con la vida.
Así pues, se sentía un tanto embarazado y bastante intranquilo ante la dirección que tomaban los pensamientos de su mujer.
—Realmente, querida —dijo—, hay doscientos millones de seres en el país, y en lances como este creo que no deberíamos desperdiciar nuestro tiempo haciendo cábalas sobre el particular.
—Mira, Norman —respondió su mujer—, no son doscientos millones, lo sabes muy bien. En primer lugar, sólo son elegibles los varones entre los veinte y los sesenta años, por lo cual la probabilidad se reduce a uno por cincuenta millones. Por otra parte, si realmente es Indiana...
—Entonces será poco más o menos de uno por millón y cuarto. No apostarías a un caballo de carreras contra esa ventaja, ¿no es así? Anda, vamos a cenar.
Matthew murmuró tras su periódico:
—¡Malditas estupideces!
Linda volvió a preguntar:
—¿Vas a votar este año, papi?
Norman meneó la cabeza y todos se dirigieron al comedor.
Hacia el 20 de octubre, la excitación de Sarah había aumentado considerablemente. A la hora del café anunció que la señora Schultz, que tenía un primo secretario de un miembro de la asamblea, le había contado que "todo el papel" estaba por Indiana.
—Dijo que el presidente Villers pronunciaría incluso un discurso en Indianápolis.
Norman Muller, que había soportado un día de mucho trajín en el almacén, descartó las palabras de su mujer con un fruncimiento de cejas.
—Si Villers pronuncia un discurso en Indiana —dijo Matthew Hortenweiler, crónicamente insatisfecho de Washington—, eso significa que piensa que Multivac conquistará Arizona. El cabeza de bellota ese no tendría redaños para ir más allá.
Sarah, que ignoraba a su padre siempre que le resultaba decentemente posible, se lamentó:
—No sé por qué no anuncian el estado tan pronto como pueden, y luego el condado, etcétera. De esa manera, la gente que fuese quedando eliminada descansaría tranquila.
—Si hicieran algo por el estilo —opinó Norman—, los políticos seguirían como buitres los anuncios. Y cuando la cosa se redujera a un municipio, habría un congresista o dos en cada esquina.
Matthew entornó los ojos y se frotó con rabia su cabello ralo y gris.
—Son buitres de todos modos. Escuchen...
—Vamos, padre... —murmuró Sarah.
La voz de Matthew se alzó sin tropiezos sobre su protesta:
—Miren, yo andaba por allí cuando entronizaron a Multivac. Él terminaría con los partidismos políticos, dijeron. No más dinero electoral despilfarrado en las campañas. No habría otro don nadie introducido a presión y a bombo y platillo de publicidad en el Congreso o la Casa Blanca. ¿Y qué sucede? Pues que hay más campaña que nunca, sólo que ahora la hacen en secreto. Envían tipos a Indiana a causa del Acta Hawkins-Smith y otros a California para el caso de que la situación de Joe Hammer se convierta en crucial. Lo que yo digo es que se han de eliminar todas esas insensateces. ¡Hay que volver al bueno y viejo...!


Linda preguntó de súbito:
—¿No quieres que papi vote este año, abuelito? 
Matthew miró a la chiquilla.
—No lo entenderías. —Se volvió a Norman y Sarah—. En un tiempo, yo voté también. Me dirigía sin rodeos a la urna, depositaba mi papeleta y votaba. Nada más que eso. Me limitaba a decirme: Ese tipo es mi hombre y voto por él. Así debería ser.
Linda dijo, llena de excitación:
—¿Votaste, abuelo? ¿Lo hiciste de verdad?
Sarah se inclinó hacia ella con presteza, tratando de paliar lo que muy bien podía convertirse en una historia incongruente, trascendiendo al vecindario.
—No es eso, Linda. El abuelito no quiso decir realmente votar. Todo el mundo hacía esa especie de votación cuando tu abuelo era niño, y también él, pero no se trataba realmente de votar.
Matthew rugió:
—No sucedió cuando era niño. Tenía ya veintidós años y voté por Langley. Fue una auténtica votación. Quizá mi voto no contase mucho, pero era tan bueno como el de cualquiera. Como el de cualquiera —recalcó—. Y sin ningún Multivac para...
Norman intervino entonces:
—Está bien, Linda, ya es hora de acostarte. Y deja de hacer preguntas sobre las votaciones. Cuando seas mayorcita, lo comprenderás todo.
La besó con antiséptica amabilidad y ella se puso en marcha, renuente, bajo la tutela materna, con la promesa de ver el visor desde la cama hasta las nueve y cuarto, si se prestaba primero al ritual del baño.
—Abuelito —dijo Linda.
Y se quedó ante él con la mandíbula caída y las manos a la espalda, hasta que el periódico del viejo se apartó y asomaron las espesas cejas y unos ojos anidados entre finas arrugas. Era el viernes 31 de octubre.
Linda se aproximó y posó ambos antebrazos sobre una de las rodillas del viejo, de manera que este tuvo que dejar a un lado el periódico.
—Abuelito —volvió a la carga la pequeña—, ¿de verdad que votaste alguna vez?
—Ya me oíste decir que sí, ¿no es cierto? ¿No irás a creer que digo mentiras?
—Nooo... Pero mamá dice que todo el mundo votaba entonces.
—Pues claro que lo hacían.
—¿Cómo podían hacerlo? ¿Cómo podía votar todo el mundo?
Matthew miró gravemente a su nieta y luego la alzó, sentándola sobre sus rodillas. Por último, moderando el tono de su voz, dijo:
—Mira, Linda, hasta hace unos cuarenta años, todo el mundo votaba. Pongamos que deseábamos decidir quién había de ser el nuevo presidente de los Estados Unidos. Demócratas y republicanos nombraban a su respectivo candidato, y cada uno decía cuál de los dos quería. Una vez pasado el día de las elecciones, se hacía el recuento de votos de las personas que deseaban al candidato demócrata y las que deseaban al republicano. Y el que había recibido más votos se llevaba la palma. ¿Lo ves?
Linda asintió.
—¿Cómo sabía la gente por quién votar? —preguntó—. ¿Se lo decía Multivac?
Las cejas de Matthew se fruncieron, y adoptó un aspecto severo.
—Se basaban tan sólo en su propio criterio, pequeña.
La niña se apartó un tanto del viejo y este volvió a bajar la voz:
—No estoy enojado contigo, Linda. Pero mira, a veces llevaba toda la noche contar..., sí, hacer el recuento de lo que opinaban unos y otros, a quién habían votado. Todo el mundo se impacientaba. Por ello se inventaron máquinas especiales, capaces de comparar los primeros votos con los de los mismos lugares en años anteriores. De esta manera, la máquina preveía cómo se presentaba la votación en su conjunto y quién sería elegido. ¿Lo entiendes?
—Como Multivac —asintió ella.
—Los primeros ordenadores eran mucho más pequeños que Multivac. Pero las máquinas fueron aumentando de tamaño y, al mismo tiempo, iban siendo capaces de indicar cómo iría la elección a partir de menos y menos votos. Por fin, construyeron Multivac, que puede preverlo a partir de un solo votante.
Linda sonrió al llegar a la parte familiar de la historia y exclamó:
—¡Qué bonito!
Matthew frunció de nuevo el entrecejo.
—No, no tiene nada de bonito. No quiero que una máquina decida lo que yo hubiera votado sólo porque un chunguista de Milwaukee dice que está en contra de que se suban las tarifas. A mí tal vez me hubiese dado por votar a ciegas sólo por gusto. O acaso me hubiese negado a votar en absoluto. Y tal vez...
Pero Linda se había escurrido de sus rodillas y se batía en retirada.
En la puerta tropezó con su madre, quien llevaba aún puesto el abrigo. Ni siquiera había tenido tiempo de quitarse el sombrero.
—Apártate un poco, Linda —ordenó, jadeante aún—. No me cierres el paso.
Al ver a Matthew, dijo, mientras se quitaba el sombrero y se alisaba el pelo:
—Vengo de casa de Agatha.
Matthew miró a su hija con aire desaprobador y, desdeñando la informacion, se limitó a gruñir y recoger el periódico.
Sarah se desabrochó el abrigo y continuó:
—¿A que no sabes lo que me ha dicho?
Matthew alisó el periódico con un crujido, para proseguir la lectura interrumpida por su nieta.
—Ni lo sé ni me importa.
—¡Vamos, padre!
Pero Sarah no tenía tiempo para enfadarse. Necesitaba comunicar a alguien las noticias y Matthew era el único receptor a mano a quien confiarlas.
—Joe, el marido de Agatha, es policía, ya sabes, y dice que anoche llegó a Bloomington todo un cargamento de agentes de la secreta.
—No creo que anden tras de mí.
—¿Es que no te das cuenta, padre? Agentes de la secreta... Y casi ha llegado el momento de las elecciones. ¡En Bloomington!
—Acaso anden en busca de algún ladrón de bancos.
—No ha habido un robo en ningún banco de la ciudad hace muchos años... ¡Padre, eres imposible!
Y Sarah abandonó la habitación.
Tampoco Norman Muller recibió las noticias con mayor excitación, al menos perceptible.
—Bueno, Sarah, ¿y cómo sabía Joe, el marido de Agatha, que se trataba de agentes de la secreta? —preguntó con calma—. No creo que anduviesen por ahí con el carnet pegado en la frente.
Pero a la tarde siguiente, cuando ya noviembre tenía un día, Sarah anunció triunfalmente:
—Todo Bloomington espera que sea alguien de la localidad el votante.
Así lo publica el News y también lo dijeron por la radio.
Norman se agitó desasosegado. No podía negarlo y su corazón desfallecía. Si Bloomington iba a ser alcanzado por el rayo de Multivac, ello supondría periodistas, espectaculares transmisiones por video, turistas y toda clase de..., de perturbaciones. Norman apreciaba la tranquila rutina de su vida, y la distante y alborotada agitación de los políticos se estaba aproximando de un modo que resultaba incómodo.
—Un simple rumor —rechazó—. Nada más.
—Pues espera y verás. No tienes más que esperar.


Según se desarrollaron las cosas, el compás de espera fue extraordinariamente corto. El timbre de la puerta sonó con insistencia. Cuando Norman Muller la abrió, se vio frente a un hombre de elevada estatura y rostro grave.
—¿Qué desea? —preguntó Norman.
—¿Es usted Norman Muller?
—Sí.
Su voz sonó singularmente opaca. No resultaba difícil averiguar, por el porte del desconocido, que representaba a la autoridad. Y la naturaleza de su súbita visita era tan manifiesta como inimaginable le pareciese hasta unos momentos antes.
El hombre mostró su documentación, penetró en la casa, cerró la puerta tras de sí y dijo con acento oficial:
—Señor Norman Muller, en nombre del presidente de los Estados Unidos, tengo el honor de informarle que ha sido usted elegido para representar al electorado norteamericano el martes día 4 de noviembre del año 2008.
Con gran dificultad, Norman Muller logró caminar sin ayuda hasta su butaca, en la cual se sentó con el rostro pálido y casi sin sentido, mientras Sarah traía agua, le frotaba asustada las manos y le cuchicheaba apretando los dientes:
—No vayas a desmayarte ahora, Norman. Elegirán a otro...
Cuando por fin logró recuperar el uso de la palabra, Norman murmuró a su vez:
—Lo siento, señor.
—¡Bah! No tiene importancia —le tranquilizó el visitante. Todo rastro de formalidad oficial parecía haberse desvanecido tras la notificación, dejando sólo un hombre abierto y más bien amistoso—. Es la sexta vez que me corresponde comunicarlo al interesado y he visto toda clase de reacciones. Ninguna de ellas se ajustó a la que vieron en el video. Saben a lo que me refiero, ¿verdad? Un aire de consagración y entrega, y un personaje que dice: "Será para mí un gran privilegio servir a mi país...". Toda esa serie de cosas...
El agente rio para alentarles. La risa con que Sarah le acompañó tuvo un acento de aguda histeria. El agente prosiguió:
—Permaneceré con ustedes durante algún tiempo. Mi nombre es Phil Handley. Les agradeceré que me llamen Phil. Señor Muller, no podrá abandonar la casa hasta el día de las elecciones. Usted, señora, informará al almacén de que su marido está enfermo. Puede salir a hacer la compra, pero habrá de despacharla con la mayor brevedad posible. Y desde luego, guardará una absoluta reserva sobre el particular. ¿De acuerdo, señora Muller?
—Sí, señor. Ni una palabra —confirmó Sarah, con un vigoroso asentimiento de cabeza.
—Perfecto, señora Muller. —Handley adoptó un tono muy grave al añadir—: Tenga en cuenta que esto no es un juego. Por lo tanto, salga sólo en caso de que le sea absolutamente preciso y, cuando lo haga, la seguirán. Lo siento, pero estamos obligados a actuar así.
—¿Seguirme?
—Nadie lo advertirá. No se preocupe. Y será sólo durante un par de días, hasta que se haga el anuncio formal a la nación. En cuanto a su hija...
—Está en la cama —se apresuró a decir Sarah.
—Bien. Se le dirá que soy un pariente o amigo de la familia. Si descubre la verdad, habrá de permanecer encerrada en casa. Y en todo caso, su padre será mejor que no salga.
—No le gustará nada —dudó Sarah.
—No queda más remedio. Y ahora, puesto que nadie más vive con ustedes...
—Al parecer, está muy bien informado sobre nosotros —murmuró Norman.
—Bastante —convino Handley—. De todos modos, estas son por el momento mis instrucciones. Intentaré, por mi parte, cooperar en la medida de lo posible y no causarles molestias. El gobierno pagará mi mantenimiento, así que no supondré ningún gasto para ustedes. Cada noche, seré relevado por alguien que se instalará en esta habitación. No habrá problemas de acomodo para dormir. Y ahora, señor Muller...
—¿Sí, señor?
—Llámeme Phil —repitió el agente—. Estos dos días preliminares antes del anuncio formal servirán para que se acostumbre a ver su posición. Preferimos que se enfrente a Multivac en un estado mental lo más normal posible. Descanse tranquilo e intente tomarse todo esto como si se tratase de su trabajo diario. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondió Norman. De pronto, denegó violentamente con la cabeza—. ¡Pero yo no deseo esa responsabilidad! ¿Por qué yo?
—Muy bien, vayamos al grano. Multivac sopesa toda clase de factores conocidos, billones de ellos. Pero existe un factor desconocido y creo que seguirá siéndolo por mucho tiempo. Dicho factor es el módulo de reacción de la mente humana. Todos los norteamericanos están sometidos a la presión moldeadora de lo que los otros norteamericanos hacen y dicen, de las cosas que a él se le hacen y de las que él hace a los demás. Cualquier norteamericano puede ser llevado ante Multivac para determinar la tendencia de todas las demás mentes del país. En un momento dado, algunos norteamericanos resultan mejores que otros a tal fin. Eso depende de los acontecimientos del año. Multivac le seleccionó a usted como al más representativo del actual. No el más despejado, ni el más fuerte, ni el más dichoso, sino el más representativo. Y no vamos a dudar de Multivac, ¿no es así?
—¿Y no podría equivocarse? —preguntó Norman. 
Sarah, que escuchaba impaciente, le interrumpió:
—No le haga caso, señor. Está nervioso. En realidad, es muy instruido y ha seguido siempre las cuestiones políticas de cerca.
—Multivac toma las decisiones, señora Muller —respondió Handley—. Y él eligió a su esposo.
—¿Pero seguro que lo sabe todo? —insistió Norman tercamente—. ¿No podría haber cometido un error?
—Pues sí. No hay motivo para no ser franco. En 1993, el votante seleccionado murió de un ataque dos horas antes del instante fijado para notificarle su elección. Multivac no predijo aquello. Le era imposible. Un votante puede ser mentalmente inestable, moralmente improcedente, incluso desleal. Multivac no puede conocerlo todo sobre todos, si no se le proporcionan los datos. Por eso, siempre se seleccionan algunos candidatos más. No creo que tengamos que recurrir a ninguno de ellos en esta ocasión. Usted está en buen estado de salud, señor Muller, y ha sido investigado a fondo. Sirve.
Norman ocultó el rostro entre las manos y se quedó inmóvil.
—Mañana por la mañana se encontrará perfectamente bien —intervino Sarah—. Tiene que acostumbrarse a la idea, eso es todo.
—Desde luego —asintió Handley.
En la intimidad del dormitorio, Sarah Muller se expresó de distinta y más enérgica manera. El estribillo de su perorata era el siguiente:
—Compórtate como es debido, Norman. Parece como si intentaras lanzar por la borda la suerte de tu vida.
Norman musitó desesperado:
—Me atemoriza, Sarah. Todo este asunto...
—¿Y por qué, santo Dios? ¿Qué otra cosa has de hacer más que responder a una o dos preguntas?
—Demasiada responsabilidad. Me abruma.
—¿Qué responsabilidad? No existe ninguna. Multivac te seleccionó, ¿no? Pues a él le corresponde la responsabilidad. Todo el mundo lo sabe.
Norman se incorporó, quedando sentado en la cama, en súbito arranque de rebeldía y angustia.


—Se supone que todo el mundo lo sabe. Pero no lo saben. Ellos...
—Baja la voz —siseó Sarah en tono glacial—. Van a oírte hasta en la ciudad.
—No me oirán —replicó Norman, pero bajó en efecto la voz hasta convertirla en un cuchicheo—. Cuando se habla de la Administración Ridgely de 1988, ¿dice alguien que ganó con promesas fantásticas y demagogia racista? ¡Qué va! Se habla del "maldito voto MacComber", como si Humphrey MacComber fuese el único responsable por las respuestas que dio a Multivac. Yo mismo he caído en eso. En cambio, ahora pienso que el pobre tipo no era sino un pequeño granjero que nunca pidió que le eligieran. ¿Por qué echarle la culpa? Y ya ves, ahora su nombre está maldito...
—Te portas como un niño —le reprochó Sarah.
—No, me porto como una persona sensible. Te lo digo, Sarah, no aceptaré. No pueden obligarme a votar contra mi voluntad. Diré que estoy enfermo. Diré...
Pero Sarah ya tenía bastante.
—Ahora, escúchame —masculló con fría cólera—. No eres tú el único afectado. Ya sabes lo que supone ser el Votante del Año. Y de un año presidencial para colmo. Significa publicidad, y fama, y posiblemente montones de dinero.
—Y luego volver a la oficina.
—No volverás. Y si vuelves, te nombrarán jefe de departamento por lo menos..., siempre que tengas un poco de seso. Y lo tendrás, porque yo te diré lo que has de hacer. Si juegas bien las cartas, controlarás esa clase de publicidad y obligarás a los Almacenes Kennell a un contrato en firme, a una cláusula concediéndote un salario progresivo y a que te aseguren una pensión decente.
—Pero ese no es exactamente el objetivo de un votante, Sarah.
—Pues será el tuyo. Si no te crees obligado a hacer nada ni por ti ni por mí, y conste que no pido nada para mí, piensa en Linda. Se lo debes.
Norman exhaló un gemido.
—Bien, ¿estás de acuerdo? —le atosigó Sarah.
—Sí, querida —murmuró Norman.
El 3 de noviembre se publicó el anuncio oficial. A partir de entonces, Norman no se encontraba ya en situación de retirarse, aun en el caso de reunir el valor necesario para intentarlo.
Sellaron su casa y agentes del servicio secreto hicieron su aparición en el exterior, bloqueando todo acceso.
Al principio, sonó sin cesar el teléfono, pero fue Phil Handley quien respondió a todas las llamadas, con una amable sonrisa de excusa. Al fin, la central pasó todas las llamadas al puesto de policía.
Norman pensó que de ese modo se ahorraba no sólo las alborozadas (y envidiosas) felicitaciones de los amigos, sino también la pesada insistencia de los vendedores que husmeaban una perspectiva y la artera afabilidad de los políticos de toda la nación. Quizás hasta las amenazas de muerte de los inevitables descontentos.
Se prohibió que entrasen periódicos en la casa, a fin de mantenerle al margen de cualquier presión, y se desconectó amable pero firmemente la televisión, a pesar de las indignadas protestas de Linda.
Matthew gruñía y se metía en su habitación; Linda, pasada la primera racha de excitación, hacía pucheros y lloriqueaba porque no le permitían salir de casa; Sarah dividía su tiempo entre la preparación de las comidas para el presente y el establecimiento de planes para el futuro, en tanto que la depresión de Norman seguía alimentándose a sí misma.
Y la mañana del martes 4 de noviembre del año 2008 llegó por fin. Era el día de las elecciones.
El desayuno se sirvió temprano pero sólo comió Norman Muller y aun él de manera mecánica. Ni la ducha ni el afeitado lograron devolverle a la realidad, ni desvanecer su convicción de que estaba tan sucio por fuera como sucio se sentía por dentro.
La voz amistosa de Handley hizo cuanto pudo para infundir cierta normalidad en el gris y hosco amanecer. La predicción meteorológica había señalado un día nuboso, con perspectivas de lluvia antes del mediodía.
—Mantendremos la casa aislada hasta el regreso del señor Muller. Después, dejaremos de estar colgados de su cuello.
El agente del servicio secreto vestía ahora su uniforme completo, incluidas las armas en sus pistoleras, abundantemente tachonadas de cobre.
—No nos ha causado molestia alguna, señor Handley —dijo Sarah con bobalicona sonrisa.
Norman se echó al coleto dos tazas de café bien cargado, se secó los labios con una servilleta, se levantó y dijo con aire decidido:
—Estoy dispuesto. 
Handley se levantó a su vez.
—Muy bien, señor. Y gracias, señora Muller, por su amable hospitalidad.
El coche blindado atravesó con un ronquido las calles vacías. Siempre lo estaban aquel día, a aquella hora determinada.
Handley dio una explicación al respecto:
—Desvían siempre el tráfico desde el atentado que por poco impide la elección de Leverett en el 92. Habían puesto bombas.
Cuando el coche se detuvo, Norman fue ayudado a descender por el siempre cortés Handley. Se encontraba en un pasaje subterráneo, junto a cuyas paredes se alineaban soldados en posición de firmes.
Le condujeron a una estancia brillantemente iluminada. Tres hombres uniformados de blanco le saludaron sonrientes.
—¡Pero esto es un hospital! —exclamó Norman.
—No tiene importancia alguna —replicó al instante Handley—. Se debe sólo a que el hospital dispone de las comodidades necesarias.
—Bien, ¿y qué he de hacer yo?
Handley inclinó la cabeza y uno de los tres hombres vestidos de blanco se adelantó.
—Yo me encargaré de él a partir de ahora, agente.
Handley saludó con desenvoltura y abandonó la habitación. El hombre de blanco dijo:
—¿Quiere sentarse, señor Muller? Yo soy John Paulson, calculador jefe. Le presento a Samson Levine y Peter Dorogobuzh, mis ayudantes.
Norman estrechó envaradamente las manos de todos. Paulson era hombre de mediana estatura, con un rostro de perenne sonrisa y un evidente tupé. Usaba gafas de montura de plástico, de modelo anticuado. Mientras hablaba, encendió un cigarrillo. Norman rehusó el que le fue ofrecido.
—En primer lugar, señor Muller —dijo Paulson—, deseo que sepa que no tenemos prisa alguna. En caso necesario, permanecerá con nosotros todo el día, para que se acostumbre al ambiente y descarte la idea de que se trata de algo insólito, para que olvide su aspecto... clínico. Creo que sabe a qué me refiero.
—Sí, desde luego —contestó Norman—. Pero me gustaría que todo hubiese terminado ya.
—Comprendo sus sentimientos. Sin embargo, deseamos exponerle con exactitud el procedimiento. En primer lugar, Multivac no está aquí.
—¿Que no está?
Aun en medio de su abatimiento, había deseado ver a Multivac, del que se decía que medía más de kilómetro y medio de largo, que tenía una altura equivalente a tres pisos y que cincuenta técnicos recorrían sin cesar los corredores interiores de su estructura. Una de las maravillas del mundo.


Paulson sonrió.
—En efecto, no es portátil —confirmó—. De hecho, se encuentra emplazado en un subterráneo y pocos son los que conocen el lugar preciso. Muy lógico, ¿verdad?, ya que supone nuestro supremo recurso natural. Créame, las elecciones no constituyen su única función.
Norman pensó que el hombre de blanco se mostraba deliberadamente parlanchín, pero de todos modos se sentía intrigado.
—Me gustaría verlo.
—No lo dudo. Mas para ello se necesita una orden presidencial, refrendada luego por el departamento de seguridad. Sin embargo, nos mantenemos en conexión con Multivac por transmisión de ondas. Cuanto él diga puede ser interpretado aquí, y cuanto nosotros digamos le será transmitido. Así que, en cierto sentido, nos hallamos en su presencia.
Norman miró a su alrededor. Las máquinas y aparatos que había en la estancia carecían de significado para él.
—Permítame que se lo explique, señor Muller —prosiguió Paulson—. Multivac posee ya la mayoría de la información necesaria para decidir todas las elecciones, nacionales, provinciales y locales. Únicamente necesita comprobar ciertas imponderables actitudes mentales y, para ello, recurriremos a usted. No podemos predecir qué preguntas formulará, aunque cabe en lo posible que no tengan mucho sentido para usted..., ni siquiera para nosotros en realidad. Tal vez le pregunte qué opina sobre la recogida de basuras en su ciudad o si considera preferibles los incineradores centrales. O bien, si tiene usted un médico de cabecera o acude a la seguridad social. ¿Comprende?
—Sí, señor.
—Pues bien, pregunte lo que pregunte, usted responderá como mejor le plazca. Y si cree que ha de extenderse un poco en su explicación, hágalo. Puede hablar durante una hora si lo juzga necesario.
—Sí, señor.
—Una cosa más. Hemos de emplear algunos sencillos aparatos que registrarán automáticamente su presión sanguínea, las pulsaciones, la conductividad de la piel y las ondas cerebrales mientras habla. La maquinaria le parecerá formidable, pero es totalmente indolora. Ni siquiera la notará.
Los otros dos técnicos se atareaban ya con relucientes y pulidos aparatos, de ruedas engrasadas.
—¿Desean comprobar si estoy mintiendo o no? —preguntó Norman.
—De ningún modo, señor Muller. No se trata en absoluto de detección de mentiras, sino de una simple medida de la intensidad emotiva. Por ejemplo, si la máquina le pregunta su opinión sobre la escuela de su pequeña, quizá conteste usted: "A mi entender, está atestada". Mas esas son sólo palabras. Por la manera en que reaccionen su cerebro, corazón, hormonas y glándulas sudoríparas, Multivac juzgará con exactitud con qué intensidad se interesa usted pon la cuestión. Descubrirá sus sentimientos, los traducirá mejor que usted mismo.
—Jamás oí cosa igual —manifestó Norman.
—Estoy seguro de que no. La mayoría de los detalles de Multivac son secretos celosamente guardados. Cuando se marche, se le pedirá que firme un documento jurando que jamás revelará la naturaleza de las preguntas que se le formularon, como tampoco sus respuestas, ni lo que se hizo o cómo se hizo. Cuanto menos se conozca a Multivac, menos oportunidades habrá de presiones exteriores sobre los hombres que trabajan a su servicio o se sirven de él para su trabajo. —Sonrió melancólico—. Nuestra vida resulta bastante dura.
—Lo comprendo.
—Y ahora, ¿desearía comer o beber algo?
—No, gracias. Nada por el momento.
—¿Alguna otra pregunta que formular?
Norman meneó la cabeza en gesto negativo.
—En ese caso, usted nos dirá cuando se halle dispuesto.
—Ya lo estoy.
—¿Seguro?
—Por completo.
Paulson asintió. Alzó una mano en dirección a sus ayudantes, quienes se adelantaron con su aterrador instrumental. Muller sintió que su respiración se aceleraba mientras les veía aproximarse.
La prueba duró casi tres horas, con una breve interrupción para tomar café y una embarazosa sesión con un orinal. Durante todo ese tiempo, Norman Muller permaneció encajonado entre la maquinaria. Al final, tenía los huesos molidos.
Pensó sardónicamente que le sería muy fácil mantener su promesa de no revelar nada de lo que había acontecido. Las preguntas ya se habían reducido a una especie de vagarosa bruma en su mente.
Había pensado que Multivac hablaría con voz sepulcral y sobrehumana, resonante y llena de ecos. Ahora concluyó que aquella idea se la había sugerido la excesiva espectacularidad de la televisión. La verdad le decepcionó en extremo. Las preguntas aparecían perforadas sobre una cinta metálica, que una segunda máquina convertía en palabras. Paulson leía a Norman estas palabras, en las que se contenía la pregunta, y luego dejaba que las leyese por sí mismo.
Las respuestas de Norman se inscribían en una máquina registradora, repitiéndolas para que las confirmara. Se anotaban entonces las enmiendas y observaciones suplementarias, todo lo cual se transmitía a Multivac.
La única pregunta que Norman recordaba de momento era una incongruente bagatela:
—¿Qué opina usted del precio de los huevos?
Ahora todo había terminado. Los operadores retiraron suavemente los electrodos conectados a diversas partes de su cuerpo, desligaron la banda pulsadora de su brazo y apartaron la maquinaria a un lado.
Norman se puso en pie, respiró profundamente, se estremeció y dijo:
—¿Ya está todo? ¿Se acabó?
—No, no del todo —respondió Paulson, sonriendo animoso—. Hemos de pedirle que se quede durante otra hora.
—¿Y por qué? —preguntó Norman con cierta acritud.
—Es el tiempo preciso para que Multivac incluya sus nuevos datos entre los trillones de que ya dispone. Sepa usted que existen miles de alternativas, algo sumamente complejo. Puede suceder que se produzca algún raro debate aquí o allá, que algún interventor en Phoenix, Arizona, o bien alguna asamblea en Wilkesboro, Carolina del Norte, formulen alguna duda. En tal caso, Multivac precisará hacerle una o dos preguntas decisivas.
—No —se negó Norman—. No quiero pasar de nuevo por eso.
—Probablemente no sucederá —trató de tranquilizarle Paulson—. Raras veces ocurre. De todos modos, habrá de quedarse pon si acaso. —Cierto tonillo acerado, un tenue matiz, asomó a su voz—. No tiene opción, ya lo sabe. Debe quedarse.
Norman se sentó con aire fatigado, encogiéndose de hombros.
—No podemos dejarle leer el periódico —añadió Paulson—, pero si quiere una novela policíaca o jugar al ajedrez, cualquier cosa en fin que esté en nuestra mano proporcionarle para que se entretenga, dígalo sin reparos.
—No deseo nada, gracias. Esperaré.


Paulson y sus ayudantes se retiraron a una pequeña habitación, contigua a la estancia en que Norman había sido interrogado. Y este se dejó caer en un butacón tapizado de plástico, cerrando los ojos.
Tendría que aguardar a que transcurriese aquella hora lo mejor posible.
Bien retrepado en su asiento, poco a poco fue cediendo su tensión. Su respiración se hizo menos entrecortada y, al entrelazar las manos, no advirtió ya ningún temblor en sus dedos.
Tal vez no hubiese ya más preguntas. Tal vez hubiese acabado de modo definitivo.
Y si todo había terminado, ahora vendrían los desfiles de antorchas y las invitaciones para hablar en toda clase de solemnidades. ¡El Votante del Año!
Él, Norman Muller, un vulgar empleado de un almacén de Bloomington, Indiana, un hombre que no había nacido grande ni había realizado jamás acto alguno de grandeza, se hallaría en la extraordinaria situación de impulsar a otro a la grandeza.
Los historiadores hablarían con serenidad de la Elección Muller del año 2008. Ese sería su nombre, la Elección Muller.
La publicidad, el puesto mejor, el chorro de dinero que tanto interesaba a Sarah, ocupaban sólo un rincón de su mente. Todo ello sería bienvenido, desde luego. No lo rechazaba. Pero, por el momento, era otra cosa lo que comenzaba a preocuparle.
Se agitaba en él un latente patriotismo. Al fin y al cabo, representaba a todo el electorado. Era el punto focal de todos ellos. En su propia persona, y durante aquel día, se encarnaba todo Estados Unidos.
Se abrió la puerta, despertando su atención y despabilándole por completo. Durante unos instantes, sintió que se le encogía el estómago. ¡Que no le hicieran más preguntas!
Pero Paulson sonreía.
—Hemos terminado, señor Muller.
—¿No más preguntas, señor?
—No hay ninguna necesidad. Todo ha quedado completamente claro. Será usted escoltado hasta su casa y volverá a ser un ciudadano particular..., en la medida en que el público lo permita.
—Gracias, muchas gracias. —Norman se sonrojó—. Me preguntaba... ¿Quién ha sido elegido?
Paulson meneó la cabeza.
—Tendrá que esperar al anuncio oficial. El reglamento se muestra muy severo al respecto. No podemos decírselo ni siquiera a usted. Supongo que lo comprende.
—Desde luego.
Norman parecía embarazado.
—El servicio secreto tendrá dispuestos los papeles necesarios para que los firme usted.
—Sí.
De pronto, Norman se sintió orgulloso, lleno de energía. Ufano y arrogante. En este mundo imperfecto, el pueblo soberano de la primera y mayor Democracia Electrónica habla ejercido una vez más, a través de Norman Muller (a través de él), su libre derecho al sufragio universal.

FIN