Título original: The silent planet
Año: 1951
Año: 1951
Pacientemente, todos esperaban el acontecimiento, sin moverse ni pronunciar palabra.
(THOMPSON, LA CIUDAD DE LA NOCHE TERRIBLE).
Del The New York Times, del 11 de agosto del año 1963:
¡EL COHETE LUNAR ATERRIZA!
Las emisoras de todo el mundo transmiten el primer programa desde la Luna.
Los exploradores no encuentran vida sobre nuestro satélite.
De la revista Time del 3 de abril de 1967:
Por último ha quedado definitivamente zanjada la controversia secular que sostenían los astrónomos. Los recientes descubrimientos nos dicen que el planeta Marte es un mundo deshabitado. Las patrullas exploratorias de la primera expedición marciana (Time, del 20 de febrero), tras una total exploración del planeta rojo, comprobaron que sólo existían en él matorrales, líquenes, musgos que llevaban una existencia precaria en las oquedades y grietas de los barrancos continentales que antiguamente recibieron el nombre erróneo de "canales".
Según palabras del científico especialista en Marte, Rodney Traver "Baldy" Hurst, director del Comité de Investigaciones Interplanetarias de las Naciones Unidas: "Ahora puede darse por seguro que la vida inteligente tal como la conocemos nunca ha existido sobre nuestro planeta hermano. Nuestros exploradores no han hallado señales que prueben la existencia de habitantes actuales ni restos que demuestren que allí florecieron antiguas civilizaciones".
La reacción pública fue muy variada. Los románticos lloraron sus sueños desaparecidos de maravillosas princesas; los realistas se regocijaron al verse libres del temor de monstruos a lo Wells.
Título del artículo publicado en el Reader's Digest del mes de octubre de 1971:
¿ES LA INTELIGENCIA UN DON ÚNICO OTORGADO POR DIOS AL HOMBRE?
Del Informe Oficial de la Expedición a Venus de los años 1975-1974:
Un reconocimiento total que ha comprendido todos los océanos, las cuatro mayores masas continentales y numerosas islas no ha revelado la menor muestra de vida inteligente. Los ejemplares zoológicos recogidos incluyen muchas especies y subgéneros ya conocidos por el hombre, y algunos que requieren nueva clasificación, pero en ningún caso...
Nota fijada en el tablón de anuncios de la Primera Iglesia Unida de Kennewahoochie, Maine, el domingo 6 de febrero de 1977:
Esta noche, sermón especial con música: ¿QUIÉN CREA LA VIDA Y LA SABIDURÍA?
Por el Reverendo Filbert Hotchkisson. (Con la colaboración del coro de señoritas).
Fragmento de las órdenes de vuelo dirigidas por el Consejo de la Unión Mundial al comandante de la astronave Prometeo, en junio de 1981:
... al sistema planetario, caso de tenerlo, de la estrella Próxima Centauri, donde a su discreción y según le dicten las circunstancias que prevalezcan, buscará y, caso de encontrarla, establecerá contacto con ella, con cualquier forma de vida inteligente que pueda habitar en dichos planetas.
Del Bulletin de Filadelfia, 10 de junio de 1981:
¡DESPEGUE DEL PROMETEO!
La primera nave interestelar buscará la vida fuera de nuestro sistema.
Un viaje de veinte años aguarda a sus tripulantes.
De un editorial de la revista Three Worlds del 13 de junio de 2011:
... Y así es como por último el hombre se yergue al umbral de una nueva era y se dispone a realizar un sueño tan viejo como la Humanidad: La conquista de las estrellas. Han transcurrido dos décadas llenas de emoción desde que el Prometeo desapareció en la negra bóveda del espacio rumbo a Próxima Centauri, el vecino estelar más próximo de nuestro sol, situado a cuatro años luz de nosotros, lo cual corresponde a una distancia de cuarenta millones de millones de kilómetros.
Durante este tiempo la luna se ha convertido en un puesto avanzado próspero y populoso, lo mismo que nuestros dos planetas hermanos más próximos. Han partido expediciones hacia los miembros más alejados de la familia solar, y dentro de breve tiempo estos planetas o algunos de sus satélites probablemente albergarán colonos de la Tierra. Hemos demostrado nuestra capacidad de expansión y nuestra aptitud para reproducir nuestra cultura en todos los lugares aptos para el desarrollo de la vida humana.
Mas con esto no basta. Algo en su interior le dice al hombre que no es por una simple y casual combinación de elementos por lo que se ha producido la vida, y que él no está solo y sin compañía en toda la Creación. Cuesta admitir que la Tierra es el único punto del espacio que ha engendrado seres racionales. Sin embargo, quizás esto sea cierto. Hasta ahora no hemos encontrado pruebas que indiquen la existencia de otros seres pensantes semejantes a nosotros y que rijan sus vidas por las leyes de la lógica y no por el simple instinto animal. Ésta es la mayor decepción que ha sufrido nuestra época.
Los aventureros del Prometeo tendrán extrañas cosas que contar a su regreso a la Tierra. Quizás en este mismo instante se enfrentan con maravillas que nosotros ni siquiera podemos concebir. Pero no desechamos la esperanza de que en algún distante planeta que gire en torno a un sol remoto, ellos descubrirán vida inteligente, por muy distinta que pueda ser de la humana la apariencia corporal que la albergue.
Si no la descubriesen, seguiríamos solos, amos de lo absurdo y lo inexplicable, únicos medios de un vacío hueco y desolado. El mañana quizá nos aporte la tan ansiada compañía, pero hoy... el hombre aún se siente muy solitario...
Del Diario de Tim Egan, técnico de comunicaciones de la Primera Expedición Interestelar. Sin fecha:
Otro fracaso total. Hace poco nos hemos elevado del cuarto y último satélite mayor del planeta más grande de este fantástico sistema estelar, partiendo sin haber hallado una señal, símbolo ni muestra de vida.
Estoy desalentado. Hablo sólo por mí, pero empiezo a creer que los fanáticos religiosos tenían razón cuando pretendían que somos la única y especial creación de la Divinidad. Si la inteligencia fuese una característica universal —o incluso un producto final de la evolución universalmente difundido—, ¿por qué no la encontramos en ninguna parte entre los planetas que circundan a nuestro propio sol? ¿No resulta extraño? Y aún es más extraño que después de haber franqueado increíbles distancias en el espacio, tampoco la encontremos en ningún punto del sistema estelar más próximo.
Matt Goran, el astrónomo de a bordo, apunta que todavía no hemos explorado los planetas que reúnen mejores condiciones de este grupo.
—Este sol es una estrella enana —me explicó—. Una estrella vieja, como demuestra su color cetrino. Se ha condensado, contrayéndose. Por consiguiente, emite tan sólo una diminuta porción del calor irradiado por soles jóvenes, como el nuestro por ejemplo. Ello quiere decir que hay que esperar que la vida tal como nosotros la conocemos, sólo exista en los planetas más interiores. Allí es adonde ahora nos dirigimos. Si no encontramos nada en ellos...
Movió la cabeza con gesto de duda.
Avanzamos, pues, hacia el astro rey de este sistema; ignoro qué saldrá de ello. ¿Otro fracaso? ¿O finalmente el tan ansiado encuentro con seres inteligentes?
Movió la cabeza con gesto de duda.
Avanzamos, pues, hacia el astro rey de este sistema; ignoro qué saldrá de ello. ¿Otro fracaso? ¿O finalmente el tan ansiado encuentro con seres inteligentes?
Del Diario de Tim Egan. Sin fecha:
Nos aproximamos a uno de los planetas interiores, pero su aspecto no me parece muy prometedor. No es más que una gigantesca burbuja, un balón engañosamente hinchado. Desde lejos lo tomamos por un mundo de tamaño considerable, pero al tenerlo al alcance de nuestro telescopio nos percatamos de que su elevado albedo y tamaño aparente no eran más que un efecto debido a su composición. El planeta se halla rodeado y envuelto en una espesa capa de gases nocivos que giran sin parar. El análisis espectroscópico muestra que estos gases son mortíferos; tendremos que ponernos escafandras para desembarcar. Si la vida existe en esta pequeña esfera helada, no sé cómo nos las arreglaremos para entrar en contacto con sus representantes.
Es algo que enorgullece y emociona el formar parte de la primera expedición interestelar... pero es algo que también asusta un poco. ¡El universo es tan inmenso! La idea de distancia pierde todo su significado, y el tiempo se convierte en una expresión académica. En esta nave ya hemos dejado de medir la duración como lo hacíamos en la Tierra. Comemos cuando tenemos hambre, dormimos cuando tenemos sueño; no nos atrevemos a enfrentarnos con el espanto que significa calcular y computar la extensión interminable de nuestro hastío.
¿Cuánto tiempo hace que nos elevamos del punto de partida? No lo sé.
¿Cuántas veces nuestro sol paterno, que desde aquí no es más que un minúsculo punto de luz, se ha alzado y se ha puesto desde que abandonamos su cálido beso? ¿Cuántas veces nuestra Tierra madre ha descrito su lenta elipse en torno al sol? ¿Diez? ¿Veinte? ¿Un centenar? No puedo ni adivinarlo ni quiero saberlo. Únicamente sé que ha transcurrido un larguísimo período de tiempo, y que un período igual debe transcurrir antes de que emprendamos el regreso.
Sin embargo, antes de que pongamos rumbo hacia la Tierra debemos intentarlo todo por hallar vida, vida inteligente. Nuestras órdenes son tajantes sobre este punto. Así es que esperemos que sea ésta vez. Aquí y en ese planeta.
De las Actas del Congreso del 15 de julio de 2001:
MR WAINWRIGHT: Pido la palabra.
MR TOWNSEND: El honorable diputado por Ohio tiene la palabra.
MR WAINWRIGHT: Con respecto al decreto pendiente de aprobación HS- 36M42, por el que se conceden siete billones de créditos para la preparación de una segunda expedición interestelar, yo desearía dejar claramente sentado que me opongo rotunda y formalmente a semejante despilfarro de la hacienda pública. En numerosas ocasiones he señalado la locura que representaría lanzar al espacio una segunda nave de exploración cuando aún no se tienen noticias de la primera. Tanto mi partido como mis contribuyentes...
MR FOWLER: ¡Pido la palabra!
MR TOWNSEND: ¿Le importaría al honorable diputado por Ohio ceder la palabra a su estimado colega de Pensilvania?
MR WAINWRIGHT: Concedido.
MR FOWLER: Me gustaría recordar a mi apreciado colega un hecho conocido hasta por los niños que estudian primeras letras... a saber, que no se espera que el Prometeo llegue al sistema estelar de Próxima Centauri hasta este año o el siguiente, y que aun entonces, admitiendo que descubriese inmediatamente representantes de una cultura extraterrestre y estableciese contacto con ellos, aún transcurriría algún tiempo antes de que nosotros recibiésemos noticias de ellos. Como las comunicaciones electrónicas no pueden ultrapasar la velocidad de la luz, o sea 300.000 kilómetros por segundo, no podemos esperar tener noticias de Prometeo al menos hasta dentro de cuatro años.
MR WAINWRIGHT: Aseguro al honorable diputado por Pensilvania que estoy completamente familiarizado con estos datos elementales. ¿Se me permite indicar, empero, que el envío de una segunda expedición, teniendo ya a otra en camino, resulta tan absurdo como lo sería el caso de un jugador de baseball que quisiera meterse en una base ya ocupada?
MR FOWLER: Señor presidente, me satisface saber que el honorable representante de Ohio conoce a la perfección la táctica del baseball. Por haber tenido en varias ocasiones la desdicha de presenciar la táctica solapada del club de baseball de la localidad de mi interpelante, al jugar en campo ajeno...
MR WAINWRIGHT: ¿Cómo? ¡Vamos, hombre, Fowler...!
MR TOWNSEND: ¡Señores, por favor, tengan compostura! (Golpea con el mazo.)
Del Diario de Tim Egan. Sin fecha:
¡La hemos encontrado! ¡Vida! ¡Inteligente! Por imposible que parezca, alguien o algo existe en la atmósfera letal de este globo. Nos disponemos a descender, y desde nuestro ventajoso observatorio situado sobre este lechoso planeta podemos ver ciudades, puentes, pantanos, una serie de pruebas de una cultura altamente organizada y desarrollada, semejante a la nuestra.
Existe una tremenda excitación a bordo de nuestra nave. Un grupo de desembarco prepara sus trajes del espacio. Yo formo parte de este grupo. No puedo seguir escribiendo, pues voy a prepararme para la que quizá resulte ser la mayor aventura de todos los tiempos.
Del cuaderno de bitácora de la Primera Expedición Interestelar:
15M305 hora universal constante: Nos hemos elevado del Planeta 3, sistema estelar GS. Misión fracasada; ver informe oficial. Reservas de combustible reducidas. Regresamos a la base.
Del Diario de Tim Egan. Sin fecha:
¡Pobres diablos! ¡Pobrecillos! Me asusta pensar en su terrible suerte, imaginar que nosotros también podríamos tener tan rápido y misterioso fin. ¡Pero lo que más apena es pensar que hemos llegado demasiado tarde!
A medida que descendíamos a través del lechoso mar de gases que rodea nuestro punto de destino, la luz de su sol moribundo se fue amortiguando, haciéndose cada vez más débil y mortecina, hasta que cuando por último aterrizamos en una playa yerma, no lejos de un centro de población, nos encontramos sumidos en una tétrica penumbra.
Nuestro primer y sorprendente descubrimiento fue el de que el mar junto al cual habíamos aterrizado no era un cuerpo líquido, sino un océano cuyas olas estaban congeladas. Sólido, invariable, semejante a una roca, se había convertido en una inmóvil masa helada. Hasta cierto punto era hermoso ver aquellas grandes olas alzándose con sus inmóviles crestas de espuma, detenidas en el mismo instante en que iban a desplomarse; ver los espumosos dedos de las heladas rompientes, arañando la playa en el abrazo frío y postrero de la muerte. Era muy bello. Mas también muy inquietante.
A mi lado, Matt Coran murmuró:
—Esto no me gusta. El mar es la mismísima esencia de la vida. Si aquí incluso el mar está helado, ¿cómo será posible que viva nada?
—Pues hay vida —le dije—. Hemos visto ciudades.
—De acuerdo. ¿Pero dónde están sus habitantes?El astrónomo volvió la cabeza. Entonces sacamos la navecilla exploradora de la bodega; y partimos hacia la ciudad más próxima.
—Esto no me gusta. El mar es la mismísima esencia de la vida. Si aquí incluso el mar está helado, ¿cómo será posible que viva nada?
—Pues hay vida —le dije—. Hemos visto ciudades.
—De acuerdo. ¿Pero dónde están sus habitantes?El astrónomo volvió la cabeza. Entonces sacamos la navecilla exploradora de la bodega; y partimos hacia la ciudad más próxima.
Necesitaría páginas enteras para describir esa ciudad: Sus calles amplias y pavimentadas; sus geométricas manzanas de casas y otras edificaciones; sus parques y avenidas, sus puentes, acueductos y torres. Pero no lo haré. Me limitaré a decir que, pese a ligeras diferencias, se parecía mucho a nuestras propias ciudades. Con muy pocos cambios en nuestros hábitos y costumbres, nosotros hubiéramos podido vivir en aquellas metrópolis, de igual modo como los constructores de las mismas hubieran podido vivir en las nuestras. Tan a punto estuvimos de encontrar unos amigos.
Pero nosotros no podremos vivir en sus ciudades, jamás... porque estas ciudades están muertas. Y ellos nunca vendrán a vivir en las nuestras... porque su raza ya no existe.
Ésta es la verdad. Su mundo es un planeta silencioso, fantasmal, frío y muerto. Sus dueños ya no existen; sus ilusiones y esperanzas, sus sueños y aspiraciones, sus triunfos y sus alegrías, todos terminaron en un solo instante, cuando una catástrofe destruyó su mundo. La raza ha muerto, su planeta es su sepulcro.
No quiere esto decir que hallásemos un mundo repleto de ciudades abandonadas. Lo que descubrimos fue peor. Encontramos una raza que murió de pie, detenida por la muerte mientras realizaba su vida diaria.
Las calles estaban abarrotadas de estatuas. Y cada una de ellas había sido un ser viviente. Imágenes rígidas, de seres muy semejantes a nosotros... salvo, también, por ligeras diferencias. El modo extraño como estaban colocados sus ojos... el número distinto de dedos en cada mano... el curioso modo como se articulaban sus brazos y sus piernas.
Sus caras también nos parecían extrañas, con sus extravagantes ojos invertidos y narices que parecían un pico de pájaro. Pero, sin embargo, eran caras bondadosas, inteligentes, dulces, amables. Hubiéramos podido ser hermanos de aquellas gentes. Salvando el inmenso foso estelar, nuestros corazones y nuestras manos se hubieran unido en un cálido abrazo... si ellos hubiesen vivido.
—La muerte debió de abatirse sobre ellos de pronto —musitó Matt Goran—. De pronto y de manera inesperada. No puedo imaginarme cómo. Quizá su sistema estelar se hundió bruscamente en una especie de región espantosamente fría del espacio. La manera como todas las cosas se han helado, incluso las cascadas y las fuentes, así parece indicarlo.
»O tal vez los sofocantes miasmas que envuelven al planeta no es su atmósfera natural sino un gas ponzoñoso que les causó la muerte. Es evidente que esta fuerte mezcla de elementos es letal. Y como puedes ver, ninguna de las figuras lleva una careta protectora. El temor a la muerte tampoco está impreso en sus facciones. La catástrofe sucedió repentinamente.
En efecto, no descubrimos la menor señal de pánico en aquella ciudad. Las formas que vimos pertenecían a seres activos, felices y tranquilos. Los obreros habían quedado congelados en su trabajo, los escribientes alzaban plumas inmóviles sobre sus libros abiertos. Aquí la pequeña estatua de un muchacho retozón había quedado detenida en una eterna rapsodia de juego libre y despreocupado, allá una joven madre aún amamantaba a su tierno infante. Era un tema con mil variaciones. Pero todos, todos ellos, permanecían inmóviles. Y, por encima de todo se cernía un silencio mil veces peor que la misma muerte.
Esto es lo que me pareció más triste: Que en aquel inmenso planeta no resonasen los sones de la vida.
Debió de ser una raza de gran refinamiento. En un gran templo de la cultura estaban reunidas, sentadas, las formas de una multitud de personas que contemplaban extasiadas y admiradas una obra de arte suspendida del muro ante sus ojos. Únicamente gentes de un gran refinamiento estético se reunirían de aquel modo para rendir culto a la belleza.
No obstante, no era una raza de inútiles soñadores. Como nosotros, eran gentes vigorosas y atléticas. En un tremendo estadio encontramos una gran muchedumbre contemplando un juego en el que participaban figuras esculpidas sobre un campo silencioso. Era un encuentro que se hacía con una pelota, como nuestro juego nacional, y me causó escalofríos ver aquellas figuras tensas a punto de entrar en acción pero inmovilizadas para siempre por la mano de la muerte.
Fue allí donde nos dimos cuenta de la imposibilidad de llevar con nosotros una de aquellas estatuas, como muestra de la raza desvanecida. Fue el comandante quien nos lo ordenó.
—Nos llevaremos a uno con nosotros —dijo—. Al menos podremos enseñar a los nuestros qué aspecto tenían.
Entonces aterrizamos en el silencioso campo de deportes. Goran y yo descendimos de la navecilla exploradora, andando despacio y con respeto, como se hace inconscientemente en presencia de la muerte. Aproximándonos a la figura más próxima, la levantamos para llevárnosla a la nave.
Fue entonces cuando nos percatamos del tiempo incalculable que debía de haber transcurrido desde que la muerte tocó con su gélido beso aquel mundo. Al parecer, el cataclismo que lo destruyó ocurrió mucho antes de lo que creíamos. Cuando intentamos levantar aquella forma al parecer sólida, se deshizo instantáneamente entre nuestras manos, convirtiéndose en un fino polvillo negro y desapareciendo en puñados carbonizados ante nuestros mismos ojos.
Goran contempló apenado las cenizas esparcidas que un momento antes habían sido una forma reconocible.
—Es antiquísimo —dijo—. Acusa el paso del tiempo y está deshecho hasta la médula. No podemos tocarlos sin que se deshagan. No son más que cenizas y polvo; polvo y cenizas.
Resultó imposible procurarse recuerdos, a no ser las fotografías que tomamos. Sus libros y vestidos, mobiliario y alimentos, por sólidos que pareciesen, se disolvían y desaparecían al tocarlos. Incluso sus herramientas e instrumentos de metal acusaban la enfermedad del tiempo; se retorcían adoptando formas irreconocibles cuando las movíamos. Nada, nada...
¡Aunque sí! Conseguimos traer un solo recuerdo de aquel mundo silencioso. Un macizo bloque de piedra que mostraba los símbolos de una lengua desconocida esculpidos sobre su superficie. Temo que los que nos enviaron encontrarán que es una mísera recompensa esta sola pieza de museo, para las fabulosas sumas invertidas en esta expedición. Pero al menos constituye una prueba tangible de que en otro mundo y en otro tiempo existió otra forma de vida inteligente.
Y así fue como iniciamos el regreso, después de dar cima a nuestra misión. Hemos hallado pruebas de que no estuvimos siempre solos en un universo vacío. En un tiempo, existieron semejantes nuestros.
Pero nosotros no podremos vivir en sus ciudades, jamás... porque estas ciudades están muertas. Y ellos nunca vendrán a vivir en las nuestras... porque su raza ya no existe.
Ésta es la verdad. Su mundo es un planeta silencioso, fantasmal, frío y muerto. Sus dueños ya no existen; sus ilusiones y esperanzas, sus sueños y aspiraciones, sus triunfos y sus alegrías, todos terminaron en un solo instante, cuando una catástrofe destruyó su mundo. La raza ha muerto, su planeta es su sepulcro.
No quiere esto decir que hallásemos un mundo repleto de ciudades abandonadas. Lo que descubrimos fue peor. Encontramos una raza que murió de pie, detenida por la muerte mientras realizaba su vida diaria.
Las calles estaban abarrotadas de estatuas. Y cada una de ellas había sido un ser viviente. Imágenes rígidas, de seres muy semejantes a nosotros... salvo, también, por ligeras diferencias. El modo extraño como estaban colocados sus ojos... el número distinto de dedos en cada mano... el curioso modo como se articulaban sus brazos y sus piernas.
Sus caras también nos parecían extrañas, con sus extravagantes ojos invertidos y narices que parecían un pico de pájaro. Pero, sin embargo, eran caras bondadosas, inteligentes, dulces, amables. Hubiéramos podido ser hermanos de aquellas gentes. Salvando el inmenso foso estelar, nuestros corazones y nuestras manos se hubieran unido en un cálido abrazo... si ellos hubiesen vivido.
—La muerte debió de abatirse sobre ellos de pronto —musitó Matt Goran—. De pronto y de manera inesperada. No puedo imaginarme cómo. Quizá su sistema estelar se hundió bruscamente en una especie de región espantosamente fría del espacio. La manera como todas las cosas se han helado, incluso las cascadas y las fuentes, así parece indicarlo.
»O tal vez los sofocantes miasmas que envuelven al planeta no es su atmósfera natural sino un gas ponzoñoso que les causó la muerte. Es evidente que esta fuerte mezcla de elementos es letal. Y como puedes ver, ninguna de las figuras lleva una careta protectora. El temor a la muerte tampoco está impreso en sus facciones. La catástrofe sucedió repentinamente.
En efecto, no descubrimos la menor señal de pánico en aquella ciudad. Las formas que vimos pertenecían a seres activos, felices y tranquilos. Los obreros habían quedado congelados en su trabajo, los escribientes alzaban plumas inmóviles sobre sus libros abiertos. Aquí la pequeña estatua de un muchacho retozón había quedado detenida en una eterna rapsodia de juego libre y despreocupado, allá una joven madre aún amamantaba a su tierno infante. Era un tema con mil variaciones. Pero todos, todos ellos, permanecían inmóviles. Y, por encima de todo se cernía un silencio mil veces peor que la misma muerte.
Esto es lo que me pareció más triste: Que en aquel inmenso planeta no resonasen los sones de la vida.
Debió de ser una raza de gran refinamiento. En un gran templo de la cultura estaban reunidas, sentadas, las formas de una multitud de personas que contemplaban extasiadas y admiradas una obra de arte suspendida del muro ante sus ojos. Únicamente gentes de un gran refinamiento estético se reunirían de aquel modo para rendir culto a la belleza.
No obstante, no era una raza de inútiles soñadores. Como nosotros, eran gentes vigorosas y atléticas. En un tremendo estadio encontramos una gran muchedumbre contemplando un juego en el que participaban figuras esculpidas sobre un campo silencioso. Era un encuentro que se hacía con una pelota, como nuestro juego nacional, y me causó escalofríos ver aquellas figuras tensas a punto de entrar en acción pero inmovilizadas para siempre por la mano de la muerte.
Fue allí donde nos dimos cuenta de la imposibilidad de llevar con nosotros una de aquellas estatuas, como muestra de la raza desvanecida. Fue el comandante quien nos lo ordenó.
—Nos llevaremos a uno con nosotros —dijo—. Al menos podremos enseñar a los nuestros qué aspecto tenían.
Entonces aterrizamos en el silencioso campo de deportes. Goran y yo descendimos de la navecilla exploradora, andando despacio y con respeto, como se hace inconscientemente en presencia de la muerte. Aproximándonos a la figura más próxima, la levantamos para llevárnosla a la nave.
Fue entonces cuando nos percatamos del tiempo incalculable que debía de haber transcurrido desde que la muerte tocó con su gélido beso aquel mundo. Al parecer, el cataclismo que lo destruyó ocurrió mucho antes de lo que creíamos. Cuando intentamos levantar aquella forma al parecer sólida, se deshizo instantáneamente entre nuestras manos, convirtiéndose en un fino polvillo negro y desapareciendo en puñados carbonizados ante nuestros mismos ojos.
Goran contempló apenado las cenizas esparcidas que un momento antes habían sido una forma reconocible.
—Es antiquísimo —dijo—. Acusa el paso del tiempo y está deshecho hasta la médula. No podemos tocarlos sin que se deshagan. No son más que cenizas y polvo; polvo y cenizas.
Resultó imposible procurarse recuerdos, a no ser las fotografías que tomamos. Sus libros y vestidos, mobiliario y alimentos, por sólidos que pareciesen, se disolvían y desaparecían al tocarlos. Incluso sus herramientas e instrumentos de metal acusaban la enfermedad del tiempo; se retorcían adoptando formas irreconocibles cuando las movíamos. Nada, nada...
¡Aunque sí! Conseguimos traer un solo recuerdo de aquel mundo silencioso. Un macizo bloque de piedra que mostraba los símbolos de una lengua desconocida esculpidos sobre su superficie. Temo que los que nos enviaron encontrarán que es una mísera recompensa esta sola pieza de museo, para las fabulosas sumas invertidas en esta expedición. Pero al menos constituye una prueba tangible de que en otro mundo y en otro tiempo existió otra forma de vida inteligente.
Y así fue como iniciamos el regreso, después de dar cima a nuestra misión. Hemos hallado pruebas de que no estuvimos siempre solos en un universo vacío. En un tiempo, existieron semejantes nuestros.
Pero este descubrimiento aún nos deja más desamparados. Antes aún teníamos ilusión y esperanza. Ahora aún nos sentimos más solos, más desolados, porque hemos averiguado al fin que, efectivamente, existieron otros... pero han desaparecido. Un temor insidioso se ha aposentado en nosotros: ¿Correremos idéntica suerte algún día igualmente aciago? ¿Se enfriará en un futuro remoto e indeterminado nuestro brillante sol? ¿O nuestro amado planeta perecerá, como el de ellos, en un solo instante, en un abrir y cerrar de ojos, para dejarnos con la respiración a medio terminar, la sonrisa medio formada y el corazón inmóvil en un pecho de piedra?
Del Diario de Tim Egan. Sin fecha:
Goran me ha hecho una pregunta muy inquietante. Durante la última guardia vino a verme en mi cabina de la torreta. Venía con el ceño fruncido.
—En tu calidad de técnico de comunicaciones, Egan —principió—, quizá puedas ayudarme. Durante el tiempo que estuvimos en ese último planeta o en sus proximidades, ¿registraron algo insólito tus instrumentos? ¿Algo que pudiera recordarte las señales cifradas?
Yo le dirigí una mirada de sorpresa.
—¿Cómo lo sabías? —le pregunté.
—¿Así, es verdad?
—Durante un rato —respondí, asintiendo— capté algo que no acierto a explicarme. Una serie de pulsaciones regulares y espaciadas en la longitud de onda corta. No pude entenderlo, aunque, como nosotros no utilizamos esa longitud...
—El espectro de la radiación de las ondas etéreas —me interrumpió él— es la gama de las frecuencias posibles, ¿no es eso?
—Eso es. Las ondas auditivas son las más largas, para pasar luego a las ondas calóricas y luego a las visibles. Por debajo de ésas...
—Egan, quiero que hagas algo extraño. Quiero que des rienda suelta a tu imaginación. Deja de ser por un momento un científico práctico y dedícate a concebir un mundo fantástico.
Goran hizo un profundo y trémulo suspiro.
—Supón que existe una raza —dijo— con una gama perceptiva y un metabolismo que sólo sean una fracción de los nuestros. Un raza de seres retardados, por así decirlo, cuyo ritmo vital fuese tan lento que pudiesen oír lo que nosotros sentimos, sentir lo que vemos y ver... quién sabe qué. Posiblemente las radiaciones que utilizamos en medicina.
«Semejante raza, a nuestros ojos, no estaría animada de movimiento aparente. El más rápido de sus gestos necesitaría años enteros de los nuestros, la longitud de sus vidas comprendería siglos y eras enteras para nosotros. El latido de sus corazones, su respiración sólo podría detectarse por medio de nuestros más delicados instrumentos.
»¡Para nosotros, Egan, el mundo en que habitase semejante raza parecería poblado de estatuas!
Yo le contemplé estupefacto.
—Quieres decir que ellos... —articulé trabajosamente—. ¿Quieres decir que su mundo no estaba muerto en realidad? ¿Que ellos...?
—No lo sé. Honradamente, no lo sé. Me pasó esta idea por la cabeza, y ahora me obsesiona. La prueba suministrada por tus aparatos no hace más que reforzarla. Supón que esas ondas cortas que tus instrumentos captaron fuesen largas para ellos y que las rítmicas señales que oíste fuesen habla articulada en su banda de comunicaciones.
»Supón también que, para sus ojos retardados, aquel mar helado no fuese una masa rígida, sino cálido, brillante y rompiéndose en alegres olas. Imagina que aquel muchacho corría de verdad y no estaba inmóvil, como pensamos. Imagina que la gente reunida en aquel templo no contemplaba una imagen, sino una serie de escenas que, para su ritmo retardado, daban la ilusión de movimiento.
Yo protesté.
—Vamos, Goran, que de tener razón...
—En semejante planeta, todos los valores estarían trastocados. Un sol frío sería cálido, una atmósfera espesa sería clara y diáfana. Y nosotros, moviéndonos a velocidades desconocidas para ellos, seríamos seres imposibles de concebir. Ni siquiera podrían vernos. Pasaríamos como exhalaciones ante ellos, y en el mejor de los casos, como pálidas llamas temblorosas. Nuestras acciones más lentas serían invisibles. ¡Pero lo peor sería nuestro contacto, Egan, nuestro contacto!
—¿Nuestro contacto?
—El terrible contacto de una velocidad más rápida que el pensamiento. El contacto llameante de una fricción insoportable. ¿Recuerdas cómo los libros se convirtieron en negras cenizas? Igual sucedía con todo cuanto tocábamos o intentábamos tocar. ¡Quizás esas cosas no eran viejas, como pensábamos, sino que se consumían!
»¡Y aquel jugador de fútbol, Egan! No puedo dejar de pensar cómo se deshizo entre nuestras manos. Quisimos llevárnoslo y se convirtió en un montón de polvo. ¡Admitiendo que fuese un ser vivo, nosotros le asesinamos!
—¡Esto es imposible! —exclamé—. Semejante raza no puede existir. Es demasiado fantástico y descabellado.
Del The New York Times, del 9 de agosto de 2001.
¡DESAPARICIÓN DE UN JUGADOR DE FÚTBOL!
El medio centro del Yank desaparece ante millares de espectadores.
La policía no acierta a explicarse el misterioso hecho.
El más desconcertante de toda la serie de extraños incidentes registrados esta tarde fue la súbita y misteriosa desaparición ante los ojos de más de cincuenta mil atónitos espectadores, del medio centro del Yankee, Buck Wilkins, en el campo del Stadium.
Cuando Wilkins corría para arrebatar el balón al delantero del Red Sov, Tom Landon, desapareció convirtiéndose en lo que un testigo ocular denomina histéricamente "una pequeña llamarada".
La policía, que recibe numerosas denuncias acerca de la desaparición de muchos libros y documentos en diversas partes de la ciudad y del atrevido robo, realizado en plena luz del día, de un monumento situado en Central Park, se dedica a interrogar detalladamente a todos cuantos han sido testigos de estos extraños sucesos. Se ha detenido a algunos sospechosos y se confía en descubrir pronto al culpable o culpables...
FIN
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