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2026/08/03

Haga una pregunta estúpida (Robert Sheckley)


Título original: Ask a Foolish Question
Año: 1953


El Contestador estaba construido para durar tanto como fuera necesario; algunas razas pensaban que era mucho tiempo y otras juzgaban que era muy poco. Pero para el Contestador era suficiente.
En cuanto a su tamaño, el Contestador era grande para algunos y pequeño para otros. Se lo podía considerar complejo, aunque algunos opinaban que era muy simple. El Contestador sabía que era tal como debía ser. Por encima de todas las cosas, era el Contestador. Y Sabía.
De la raza que lo había construido, era mejor no hablar mucho. Ellos también Sabían y nunca dijeron si el conocimiento les había sido grato.
Construyeron el Contestador por prestar un servicio a razas menos avanzadas, y partieron por un medio desconocido. Hacia dónde, sólo el Contestador lo sabe.
Porque el Contestador lo sabe todo.
Sobre su planeta, siempre circunvalando su propio sol, permanecía el Contestador. La eternidad proseguía, larga, según algunos la consideran, breve, según otros. Pero tal como debía ser para el Contestador.
En su interior estaban las respuestas. Conocía la naturaleza de las cosas y porqué las cosas son como son y qué son y qué significa todo.
El Contestador podía responder a cualquier pregunta, siempre que fuera legítima.
¡Y lo deseaba mucho! ¡Estaba ansioso por responder!
¿De qué otro modo podía hacer un Contestador?
¿Qué otra cosa podía hacer un Contestador?
Por lo tanto, aguardaba a que las criaturas vinieran a preguntarle.

—¿Cómo se siente, señor? —preguntó Morran, mientras se acercaba flotando hasta donde yacía el anciano.
—Mejor —respondió Lingman, tratando de sonreír.
La ausencia de peso era un gran alivio. Aunque Morran había gastado una enorme cantidad de combustible para salir al espacio con una mínima aceleración, el débil corazón de Lingman se había resentido. El corazón de Lingman se detuvo, trabajó de mala gana, golpeó iracundo contra la frágil caja torácica, vaciló y tomó demasiada velocidad. Por un momento pareció que el corazón de Lingman iba a detenerse por puro resentimiento.
Pero después, la ausencia de peso fue un gran alivio y el débil corazón había vuelto a marchar.
Morran no tenía tales problemas. Su vigoroso cuerpo estaba hecho para el esfuerzo y la tensión. Sin embargo, no debía experimentarlos en ese viaje, si deseaba que el viejo Lingman sobreviviera.
—Sobreviviré —murmuró Lingman, como respuesta a la pregunta no formulada— lo bastante como para descubrirlo.
Morran tocó los controles y la nave se deslizó hacia el subespacio como una anguila en el aceite.
—Lo descubriremos —musitó Morran, ayudando al anciano a soltar sus correas—. ¡Encontraremos al Contestador!
Lingman asintió. Ambos socios se habían prestado mutuo apoyo durante muchos años. En un principio, el proyecto de obra de Lingman. Después, Morran, al graduarse en la Universidad Tecnológica de California se unió a él. Juntos habían rastreado los rumores que circulaban por el sistema solar, la leyenda de la antigua raza humanoide que sabía la respuesta a todos los interrogantes, los que habían construido el Contestador antes de partir.
—Piénselo —dijo Morran—: ¡La respuesta a todos los interrogantes!
Morran, como físico, tenía muchas preguntas que formular. La expansión del Universo; la fuerza aprisionada en el núcleo atómico; las novas y las supernovas; la formación de los planetas; el efecto Doppler, la relatividad y otras mil cosas,
—Sí —dijo Lingman.
Se acercó a duras penas al visor, para contemplar la desierta pradera del subespacio ilusorio. Era anciano y biólogo. Tenía dos preguntas a formular.
¿Qué es la vida?
¿Qué es la muerte?

Tras un muy largo período de recoger púrpura, Lek y sus amigos se reunieron a conversar. La púrpura escaseaba siempre en las proximidades de las estrellas múltiples (el por qué, nadie lo sabía), y estaba bien hablar.
—¿Saben? —dijo Lek—. Creo que iré a buscar ese Contestador.
Al decirlo, utilizó el idioma Ollgrat, el de las decisiones inminentes.
—¿Por qué? —preguntó Ilm, en la lengua Hvest de la chanza ligera —¿Por qué quieres saber? ¿No te basta con el trabajo de juntar púrpura?
—No —respondió Lek, aún en el idioma de las decisiones inminentes—, no me basta. 
La gran tarea de Lek y los suyos consistía en recoger púrpura. La encontraron incrustada en muchos lugares de la inmensa fábrica del espacio, en cantidades minúsculas. Lentamente, iban levantando una inmensa montaña. Para qué serviría esa montaña, nadie lo sabía.
—¿Le preguntarás qué es la púrpura? —preguntó Ilm, apartando una estrella del camino para acostarse.
—Lo haré —dijo Lek—. Hemos permanecido en la ignorancia por demasiado tiempo. Debemos averiguar la verdadera naturaleza de la púrpura y su importancia dentro del diagrama total. Debemos saber por qué rige nuestra vida.
Para decir todo esto, Lek había utilizado el Ilgret, o sea el idioma del conocimiento incipiente.
Ilm y los otros no trataron de discutir ni siquiera en la lengua de las discusiones. Sabían que el conocimiento era importante. Desde el alba misma de los tiempos, Lek, Ilm y los otros habían recogido púrpura. Ya era tiempo de conocer las respuestas últimas a todo el Universo: Qué era la púrpura y para qué serviría el montículo.
Y allí estaba el Contestador para decírselo. Todos habían oído hablar del Contestador, construido por una raza no muy diferente a ellos, ausente desde hacía mucho tiempo.
—¿Le preguntarás alguna otra cosa? —inquirió Ilm.
—No sé —dijo Lek—. Quizá le pregunte sobre las estrellas. En realidad, no hay ninguna otra cosa de importancia.
Puesto que Lek y sus hermanos vivían desde el alba de los tiempos, no pensaban en la muerte. Por otra parte, siendo su número invariable, no tenían en cuenta la incógnita de la vida.
Pero, ¿y la púrpura? ¿Y el montículo?
—¡Allá voy! —gritó Lek, en el idioma de las decisiones puestas en marcha.
—¡Buena suerte! —respondieron sus hermanos, en la jerga de la mayor amistad. Y Lek se marchó a grandes pasos, saltando de estrella en estrella.

El Contestador seguía esperando, solitario en su pequeño planeta, la llegada de los Interrogadores. De tanto en tanto murmuraba las respuestas para sí. Era su privilegio. Él Sabía.
Pero aguardaba (y el tiempo no era ni demasiado largo ni demasiado breve) a que cualquier criatura del espacio viniera a preguntar.


Eran dieciocho en un mismo lugar.
—¡Invoco la regla de los dieciocho! —gritó uno. Y apareció uno más, que no existía hasta ese momento, nacido por la regla de los dieciocho.
—Debemos acudir al Contestador —exclamó uno—. Nuestra vida está gobernada por la regla de los dieciocho. Donde haya dieciocho, habrá diecinueve. ¿Por qué es así?
Nadie fue capaz de contestar.
—¿Dónde estoy? —preguntó el decimonoveno, el recién nacido. Uno de ellos lo llevó aparte para proporcionarle instrucción.
Quedaron diecisiete, un número estable. Otro gritó:
—Y debemos descubrir por qué todos los sitios son diferentes, aunque no existan las distancias.
Ése era el dilema. Uno está aquí. De pronto, uno está allá. Así, sin movimiento, sin razón. Y, sin embargo, sin moverse, uno aparece en otro lugar.
—¡Las estrellas son frías! —gritó uno.
—¿Por qué?
—Debemos acudir al Contestador.
Porque habían sabido de la leyenda, conocían la historia. "Había una vez una raza, muy parecida a nosotros, y ellos Sabían…, y enseñaron al Contestador. Más tarde, partieron hacia donde no hay sitios, sino mucha distancia".
—¿Cómo llegaremos allí? —preguntó el recién nacido, ya ahíto de conocimiento.
—Yendo.
Y los dieciocho desaparecieron. Quedó uno solo, contemplando melancólico la tremenda expansión de una estrella de hielo. Después, él también desapareció.

—Las antiguas leyendas tenían razón —exclamó Morran—. Allí está.
Habían surgido del subespacio en el sitio indicado por las leyendas; ante ellos se extendía una estrella diferente a todas las demás. Morran inventó una clasificación que se ajustara a sus características, pero eso no importaba. No había trabajo igual.
A su alrededor giraba un planeta, distinto también a todos los planetas. Morran inventó causas, pero no importaron. El planeta era único.
—Abróchese las correas, señor —dijo Morían—. Descenderé con tanta suavidad como sea posible.

Lek llegó junto al Contestador, avanzando con rapidez de estrella a estrella. Alzó el Contestador en la mano y lo contempló.
—Tú eres el Contestador —dijo.
—Sí —respondió el Contestador.
—En ese caso, responde —pidió Lek, poniéndose cómodo en un vacío abierto entre dos estrellas—. Dime quién soy yo.
—Una parcialidad —dijo el Contestador—. Un indicio.
—Caramba —musitó Lek, herido en su amor propio—, puedes responder mejor. A ver: El propósito de mi especie es recolectar púrpura y levantar con ella una montaña. ¿Puedes decirme cuál es el significado de todo eso?
—Tu pregunta no tiene sentido —respondió el Contestador.
Sabía qué era la púrpura y para qué serviría el montículo. Pero la explicación estaba incluida en una explicación mayor. Sin ella, la pregunta de Lek era inexplicable y Lek no había formulado la pregunta real.
Lek formuló otras preguntas y el Contestador fue incapaz de responderle. Lek veía las cosas según un punto de vista particular, extraía una parte de verdad y se negaba a ver el resto. ¿Cómo explicarle a un ciego la sensación del verde?
El Contestador no lo intentó. No era su deber.
Al fin, Lek dejó escapar una risa burlona y despectiva. Una de las piedrecitas en las cuales se apoyaba fulguró ante el sonido de su carcajada y se apagó en seguida hasta volver a su intensidad habitual.
Lek se marchó a paso rápido, de estrella en estrella.

El Contestador Sabía. Pero previamente debía recibir la pregunta correcta. Estudió sus limitaciones, mientras contemplaba las estrellas, que no eran ni demasiado grandes ni demasiado pequeñas, sino del tamaño exacto.
Las preguntas correctas. La raza que lo construyera debió haber tenido eso en cuenta. Debieron haber incluido cierta tolerancia para con las tonterías semánticas, permitiéndole encarar aquella maraña.
El Contestador se contentó con murmurar las respuestas para sí.

Dieciocho criaturas llegaron hasta el Contestador, sin caminar ni volar, sino apareciendo, simplemente. Estremecidas bajo el resplandor frío de las estrellas, contemplaron la enorme masa del Contestador.
—Si no hay distancias —preguntó una—, ¿cómo es que las cosas pueden estar en otro lugar?
El Contestador sabía qué significaba distancia y qué significaba lugar. Pero no podía responder a esa pregunta. Había distancia, pero no tal como esas criaturas la entendían. Y había lugares, pero en un sentido diferente al que ellos pensaban.
—Formula tu pregunta en otros términos —sugirió el Contestador, con alguna esperanza.
—¿Por qué somos pequeños aquí —preguntó uno— y altos allá? ¿Por qué somos gruesos allá y delgados aquí? ¿Por qué son frías las estrellas?
El Contestador lo sabía todo. Sabía porqué eran frías las estrellas, pero no podía explicarlo en términos de estrellas o de frío.
—¿Por qué —preguntó otro— existe la regla de los dieciocho? ¿Por qué, cuando se reúnen dieciocho, aparece uno nuevo?
Pero la respuesta, naturalmente, era parte de una pregunta mayor, que no había sido formulada.
Apareció una nueva criatura merced a la regla de los dieciocho y las diecinueve se esfumaron.
El Contestador murmuró para sí las preguntas correctas y las respondió.

—Lo conseguimos —dijo Morran—. Bien, bien.
Palmeó a Lingman en el hombro…, con mucha suavidad, porque el anciano podía romperse.
Lingman estaba cansado. Tenía el rostro sumido, amarillento y arrugado. La forma de la calavera asomaba ya en sus dientes oscuros y grandes, en la pequeña nariz achatada, en los pómulos salientes. La matriz comenzaba a revelarse.
—Sigamos —dijo.
No quería perder más tiempo. No tenía tiempo que perder. Se colocaron los cascos y recorrieron el pequeño sendero.
—Más despacio —murmuró Lingman.
—Está bien —dijo Morran.
Caminaron juntos por el sendero oscuro de aquel planeta diferente a todos los planetas, único satélite de un sol diferente a todos los soles.
—Por aquí —dijo Morran.
Las leyendas eran explícitas. El sendero llevaba a unos escalones de piedra. Los escalones de piedra a una explanada. Y allí... ¡el Contestador!
Para el criterio humano, el Contestador parecía una pantalla blanca ubicada en una pared y era muy simple.
Lingman apretó las manos entrelazadas. Aquélla era la culminación de una vida entera de trabajo, inversiones, discusiones, de hurgar entre fragmentos de leyendas. Y todo terminaba allí, en ese momento.
—Recuerde —advirtió a Morran—. Nos sorprenderá. La verdad no será como la hemos imaginado.


—Estoy preparado —dijo Morran, con los ojos extáticos.
—Muy bien —replicó entonces Lingman, con su vocecita débil —contestador: ¿Qué es la vida?
Una voz respondió en el cerebro de cada uno:
—La pregunta no tiene significado alguno. Al decir "vida", el interrogador se refiere a un fenómeno parcial, que resulta inexplicable, excepto en términos de su total.
—¿De qué total forma parte la vida? —preguntó Lingman.
—La pregunta, en su formulación presente, no admite respuesta. El interrogador sigue considerando la "vida" desde un punto de vista personal y limitado.
—Responde en tus propios términos, en ese caso —dijo Morran.
—El Contestador sólo puede responder a preguntas formuladas.
El Contestador volvió a pensar en las tristes limitaciones que le impusieran sus creadores. Silencio.
—¿Está el Universo en expansión? —preguntó Morran, con mayor confianza.
—"Expansión" es un término inaplicable a la situación. El Universo, tal como el interrogado lo considera, es un concepto ilusorio.
—¿Hay algo que puedas decirnos?
—Puedo responder a cualquier pregunta válida con respecto a la naturaleza de las cosas.
Los dos hombres intercambiaron una mirada.
—Creo que sé lo que quiere decir —observó Lingman, tristemente—. Nuestras preguntas básicas son erróneas. Todas ellas.
—No puede ser —dijo Morran—. La física, la biología...
—Verdades parciales —dijo Lingman, con un gran cansancio en la voz—. Al menos, hemos averiguado eso. Hemos descubierto que nuestras suposiciones con respecto a los fenómenos observados son erróneas.
—Pero la regla de la hipótesis más simple...
—Es sólo una teoría —dijo Lingman—. Considérelo de este modo —Siguió—. Suponga que usted desea preguntar: "¿Por qué nací bajo la constelación de Escorpio, en conjunción con Saturno?". Yo no podría responder a su pregunta hablándole del zodíaco, pues el zodíaco no tiene nada que ver con eso.
—Comprendo —dijo Morran, con lentitud—. No puede responder a las preguntas que formulamos basándonos en nuestras premisas.
—Así parece. Y no puede alterar nuestras premisas. Está limitado a responder preguntas válidas... Lo que implica, según parece, un conocimiento que no poseemos.
Y se volvió al Contestador, preguntando:
—¿Qué es la muerte?
—No puedo explicar un antropomorfismo.
—¡La muerte es un antropomorfismo! —dijo Morran, mientras Lingman se volvía rápidamente —¡Ahora estamos avanzando un poco!
Y preguntó:
—¿Son irreales los antropomorfismos?
—Los antropomorfismos pueden clasificarse, a modo de prueba, en: a) verdades falsas, o b) verdades parciales referidas a una situación parcial.
—¿A qué clasificación corresponde este caso?
—A ambas.
Eso fue lo más que pudieron conseguir. Morran no logró extraer más datos del Contestador. Ambos lo intentaron durante varías horas, pero la verdad se les escurría a distancia cada vez mayor.
—Es enloquecedor —dijo Morran, después de un rato—. Este objeto contiene la respuesta al Universo entero y no puede dárnosla a menos que formulemos las preguntas correctas. Pero ¿cómo saber la pregunta correcta?
Lingman se sentó en el suelo y se recostó contra un muro de piedra, con los ojos cerrados.
—Salvajes, eso es lo que somos —dijo Morran, recorriendo la explanada a grandes pasos, frente al Contestador—. Imagínese que un bosquimano fuera a preguntarle a un físico por qué no puede clavar su flecha en el sol. El científico sólo podría explicarlo en sus propios términos. ¿Qué ocurriría entonces?
—El científico no lo intentaría siquiera —respondió Lingman, con voz apagada—, conociendo las limitaciones del interrogador.
—Qué bonito —exclamó Morran, irritado—. ¿Cómo explicar la rotación de la Tierra a un bosquimano? O mejor aún, ¿cómo explicarle la relatividad, siempre sin dejar a un lado el rigor científico, por supuesto?
Lingman no contestó. Seguía con los ojos cerrados.
—Somos bosquimanos. Pero tal vez el abismo es mucho mayor en este caso. Un gusano y un superhombre. El gusano desea saber la naturaleza del polvo y por qué existe en tan grandes cantidades. ¡Oh!, vaya.
Y, volviéndose hacia Lingman, sugirió:
—¿Nos marchamos, señor?
El anciano siguió con los ojos cerrados y sin responder. Sus dedos estaban crispados y las mejillas se habían hundido más aún. La calavera iba emergiendo.
—¡Señor, señor!
Y el Contestador supo que ésa no era la respuesta.

Sólo en su planeta, que no es grande ni pequeño, sino del tamaño preciso el Contestador aguarda. No puede ayudar a quienes llegan hasta él, pues aun el Contestador encuentra restricciones.
Sólo puede responder a las preguntas válidas.
¿Universo? ¿Vida? ¿Muerte? ¿Púrpura? ¿Dieciocho? Verdades parciales, verdades a medias, pequeños fragmentos de la gran pregunta.
Pero el Contestador, solitario, murmura las preguntas para sí, las verdaderas preguntas, las que nadie puede comprender.
¿Cómo podrían comprender, entonces, las verdaderas respuestas?
Las preguntas jamás serán formuladas y el Contestador recuerda algo que sus constructores aprendieron y olvidaron.
Para formular una pregunta, es necesario saber de antemano gran parte de la respuesta.


FIN

2026/02/02

El costo de la vida (Robert Sheckley)


Título: Cost of Living
Año: 1952


Carrin llegó a la conclusión que su estado de ánimo actual tan sólo podía atribuirse al suicidio de Miller, ocurrido la semana anterior. Pero esta certeza no le ayudó a librarse del vago e informulado miedo que le atenazaba. Era algo estúpido. Al fin y al cabo, el suicidio de Miller no tenía nada que ver con él.
¿Pero por qué se había matado aquel hombre gordo y jovial? Miller lo tenía todo para ser feliz: Esposa, hijos, un buen trabajo y todo el maravilloso confort de la época. ¿Por qué habría hecho aquello?
—Buenos días, cariño —dijo la mujer de Carrin, sentándose a la mesa para el desayuno.
—Buenos días, cariño. Buenos días, Billy.
Su hijo gruñó algo inconcreto.
"Uno nunca puede saberlo todo con respecto a la gente", decidió Carrin, discando su desayuno en el panel de control. Nadie era capaz de preparar y servir la comida como la nueva autococina eléctrica Ace.
Sus negras ideas, sin embargo, no lo abandonaban, y aquello era algo más bien irritante, ya que Carrin quería sentirse en su mejor forma aquella mañana. Era su día de descanso y estaba esperando la visita del representante financiero de la Ace Electrics. Era un día importante.
Acompañó a su hijo hasta la puerta.
—Adiós, Billy.
Su hijo respondió con una inconcreta inclinación de cabeza, tomó sus libros y partió hacia la escuela sin decir palabra. Carrin se preguntó si no habría algo que lo preocupara también a él. Esperaba que no. Con uno que se preocupara en la familia ya había bastante.
—Hasta luego, cariño —besó a su esposa, que se dirigía a la compra.
Ella al menos era feliz, pensó mientras la contemplaba alejarse por la acera. Se preguntó cuánto gastaría en el Almacén Ace.
Miró su reloj, comprobando que le quedaba media hora antes de la llegada del representante financiero de la A. E. Pensó que la mejor manera de librarse de sus negras ideas era ahogándolas, y se dirigió a la ducha.
El baño era una pequeña maravilla de reluciente plástico, y su auténtico lujo le devolvió a Carrin algo de su serenidad. Echó sus ropas en la lavadora-secadora-planchadora automática A. E., y ajustó el chorro de la ducha a "intenso". El agua-a-tres-grados-por-encima-de-la-temperatura-del-cuerpo restalló relajante sobre él. Oh, delicioso. Se metió en el autosecador A. E., y pulsó el botón de "secado-masaje".
"Maravilloso", pensó mientras las bandas de toalla secaban, azotaban y masajeaban toda su musculatura. Y era normal que fuera maravilloso, se recordó. El autosecador A. E., con el accesorio de afeitado, le había costado trescientos trece dólares, impuestos aparte.
Pero el gasto valía la pena, decidió, mientras la afeitadora automática A. E. surgía de un rincón y le libraba suavemente del hirsuto pelo que empezaba a despuntar en su mentón. "Al fin y al cabo, ¿qué sería la vida sin las satisfacciones que proporciona el auténtico lujo?"
Cuando desconectó el autosecador le picoteaba toda la epidermis. Aquello no era normal. Tendría que sentirse maravillosamente bien. ¿Qué era lo que pasaba? El suicidio de Miller seguía preocupándole, decidió; aquello no le permitía gozar plenamente de la paz y el confort de su día de descanso.
¿O había alguna otra cosa que lo preocupaba? Nada que concerniera a la casa, por supuesto. Sus papeles estaban en orden para el representante financiero.
—¿He olvidado algo? —preguntó en voz alta.
—El representante financiero de la Ace Electrics estará aquí dentro de quince minutos —murmuró con su agradable voz la agenda parlante A. E. empotrada en una de las paredes del baño.
—Sí, ya sé, ya sé. ¿Hay algo más?
La agenda de pared recitó sus registros..., una cantidad de pequeñas cosas como regar el césped, verificar el turborreactor, comprar costillas de cordero para el próximo lunes, etc., cosas de las que hoy no tenía tiempo de ocuparse.
—Está bien, está bien.
Dejó que el automayordomo A. E. lo vistiera, eligiendo cuidadosa y certeramente una nueva combinación de prendas que realzaran su figura. Unas gotas de perfume masculino de moda dieron el último toque, y pasó al salón, deslizándose entre los numerosos aparatos alineados en las paredes.
Una rápida ojeada a los mandos que ocupaban una de las paredes del salón le indicó que todo estaba en orden en la casa. La vajilla del desayuno había sido limpiada, desinfectada y guardada, la casa había sido limpiada, encerada y librada de polvo, sus ropas y las de su mujer guardadas en los armarios, y las maquetas de astronaves de su hijo cuidadosamente alineadas en sus estantes.
"Deja de preocuparte, maldito hipocondríaco", se dijo furiosamente.
—El señor Pathis, de Financiera Ace, ha llegado —anunció la puerta.
Carrin iba a ordenarle ya a la puerta que se abriera cuando vio el autobarman.
¡Dios Santo! ¡Lo había olvidado por completo! El autobarman era una producción de la Castile Motors. Lo había comprado en un momento de debilidad. ¡La A. E. no iba a aprobar en absoluto aquello, ya que ella también los fabricaba!
Hizo rodar precipitadamente el autobarman hasta la cocina, y luego ordenó a la puerta que se abriera.
—¡Buenos días, señor Carrin! —dijo alegremente el señor Pathis.
El señor Pathis era un hombre alto e imponente, vestido con un impecable tweed de color oscuro. Las pequeñas arrugas en las comisuras de sus ojos indicaban que se trataba de un hombre que reía fácilmente. Lo demostró mientras agitaba vigorosamente la mano de Carrin, al tiempo que echaba una ojeada a la repleta sala de estar.
—Tiene usted una hermosa casa aquí, señor Carrin —dijo—. Maravillosa. No creo ir en contra de las normas de la Compañía si le digo que su hábitat es el mejor de todo este sector.
Carrin sintió que lo invadía una oleada de orgullo mientras pensaba en las interminables hileras de casas, todas iguales por fuera, que poblaban aquella zona.
—¿Todo funciona correctamente? —preguntó el señor Pathis, mientras dejaba su portadocumentos en una silla—. ¿Ningún problema al respecto?
—Absolutamente ninguno —dijo Carrin con voz entusiasta—. Los productos de la Ace Electrics no se estropean nunca.
—¿El autotocadiscos funciona bien? ¿Renueva la batería de discos cada diecisiete horas?
—Oh, por supuesto —dijo Carrin. Nunca había tenido ocasión de hacer funcionar el autotocadiscos, pero debía reconocer que era un mueble espléndido.
—¿El proyector-sólido también funciona bien? ¿Le gustan sus programas?
—La recepción es absolutamente perfecta —asintió Carrin. El mes anterior había tenido ocasión de ver un programa, y era impresionante la sensación de realidad que daban las imágenes.
—¿Y la cocina? ¿Funciona correctamente el autococinero? ¿Elige buenas recetas el automaitre?
—Oh, prepara unos platos excelentes. Es sencillamente delicioso.
El señor Pathis siguió preguntándole acerca del autofrigorífico, del autoaspirador, del autocoche, del autohelicóptero, de la autopiscina subterránea, y del centenar largo de autoartículos que Carrin había comprado a la Ace Electrics.


—Oh, todo es perfecto —dijo Carrin, con un tono un poco inseguro, ya que aún no había tenido tiempo de desembalarlo todo—. Absolutamente perfecto.
—Me alegra oírle decir esto —dijo el señor Pathis, lanzando un suspiro de alivio—. No tiene usted idea de los esfuerzos que debemos hacer para satisfacer a todos nuestros clientes. Si un artículo determinado no convence, no dudamos en admitir su devolución sin hacer ninguna pregunta. Nuestra única finalidad es satisfacer a nuestra clientela.
—Estoy absolutamente satisfecho, señor Pathis —afirmó con energía Carrin.
Carrin confiaba en que el representante de la A. E. no le pidiera ver su cocina. Su mente no hacía más que recordar el autobarman de la Castile Motors metido allí, como un puerco espín en medio de una exposición canina.
—Me siento orgulloso de afirmar que la mayor parte de la gente de esta zona adquiere nuestros artículos, señor Carrin —estaba diciendo el señor Pathis—. Nuestra sociedad es potente, ¿sabe?
—¿Era el señor Miller uno de sus clientes? —preguntó casi sin darse cuenta Carrin. Pathis enarcó brevemente las cejas.
—¿Ese hombre que se ha suicidado? Oh, sí, en efecto. Y esto me ha sorprendido, señor Carrin; me ha sorprendido muchísimo. ¿Sabe?, el mes pasado el señor Miller nos compró un turborreactor último modelo, capaz de circular a seiscientos kilómetros por hora en línea recta. Estaba tan feliz como un niño, y sin embargo, poco después..., ¡hacer algo así! Naturalmente, el turborreactor había aumentado un poco el volumen de su deuda.
—Naturalmente.
—¿Pero qué importancia tenía esto? Poseía todo el lujo que un hombre pueda desear. Y, sin embargo, fue a buscar una cuerda y se ahorcó.
—¿Se ahorcó?
El señor Pathis enarcó de nuevo las cejas.
—Sí —dijo—. Todo el confort moderno a su disposición en su casa, y fue a ahorcarse con un pedazo de cuerda. Seguramente llevaba ya mucho tiempo desequilibrado.
La expresión preocupada se borró de su rostro y fue reemplazada por su sonrisa habitual. Siguió:
—Pero dejemos esto y hablemos de usted.
Su sonrisa se hizo más amplia mientras abría su portadocumentos.
—Veamos ahora su cuenta. En el día de hoy nos debe usted doscientos tres mil dólares con veintinueve centavos, incluida su última compra. ¿Es eso exacto, señor Carrin?
—Es exacto —dijo Carrin, recordando la suma según sus propias cuentas—. Aquí está mi pago de este mes.
Le entregó al señor Pathis un sobre. Éste verificó su contenido y se lo metió en el bolsillo.
—Perfecto. Ahora, señor Carrin, supongo que sabrá usted que, por mucho que viva, no va a vivir lo suficiente como para liquidar la totalidad de su deuda con nosotros.
—No lo creo, en efecto —admitió Carrin. Tenía treinta y nueve años, y cien años previstos de vida plena ante él, gracias a las últimas maravillas de la ciencia médica. Pero, con un salario de tres mil dólares al año, no podía pagarlo todo y vivir al mismo tiempo él y su familia.
—Naturalmente, nosotros nunca nos atreveríamos a privarle de lo necesario..., lo cual por otro lado está formalmente prohibido por las leyes en cuya elaboración nosotros mismos participamos, además de contribuir a que fueran votadas. Sin hablar de los extraordinarios artículos que vamos a sacar el año próximo..., unos artículos sin los que usted seguramente no querrá vivir.
Carrin asintió con la cabeza. Por supuesto, siempre se había interesado en las novedades.
—Bueno, entonces, ¿y si firmáramos el contrato habitual? Si usted se compromete a entregarnos todo lo que gane su hijo durante los primeros treinta años de su vida adulta, podremos ofrecerle fácilmente nuevas condiciones de crédito.
El señor Pathis extrajo de su portadocumentos un fajo de papeles, que extendió ante Carrin.
—Si quiere firmar usted aquí y aquí y aquí, señor Carrin.
Carrin dudó.
—Bueno, la realidad es que aún no estoy decidido —dijo—. Me gustaría que mi hijo tuviera una buena entrada en la vida, sin atosigarle con...
—¡Pero mi querido señor Carrin! —le interrumpió el señor Pathis—. Todo lo que hay aquí es también para su hijo. Él vive aquí, ¿no? Tiene derecho a aprovecharse de la lujosa comodidad que posee usted, de todas estas maravillas de la ciencia.
—Oh, por supuesto —dijo Carrin—. Pero...
—Señor —dijo duramente el señor Pathis—, hoy en día el hombre medio vive como un rey. Hace apenas cien años, el hombre más rico del mundo no hubiera podido comprar nada de lo que el ciudadano medio posee actualmente. No debería considerar usted esto como una deuda. Es más bien una inversión.
—Sí, es cierto —dijo Carrin, con tono inseguro. Pensó en su hijo y en sus modelos de cohetes, sus mapas celestes y sus astronaves. ¿Era justo aquello?, se preguntó.
—¿Hay algo que no marche? —preguntó el señor Pathis con tono jovial.
—No, tan sólo estaba pensando —dijo Carrin—. Hipotecar todas las ganancias de mi hijo... ¿No cree que es ir un poco demasiado lejos?
—¿Demasiado lejos? ¡Pero mi querido señor Carrin! —el señor Pathis se echó a reír—. ¿Conoce usted a su vecino, el señor Mellon? Pues bien (por favor, no diga usted que he sido yo quien se lo ha dicho), ¡ha comprometido ya todo lo que pueda ganar su nieto durante la duración total de su vida! ¡Y ni siquiera posee la mitad de los bienes que desearía adquirir! Tendremos que arreglar algo para él. Nuestro oficio es servir al cliente y le juro que lo conocemos perfectamente bien.
Carrin se sentía visiblemente convencido.
—Y cuando usted se haya ido, señor Carrin, ¡todo esto pertenecerá a su hijo!
Aquello era cierto, pensó Carrin. Su hijo poseería todas las cosas maravillosas que llenaban ahora su casa. Y, al fin y al cabo, aquello no representaba más que treinta años de una vida que podía prolongarse hasta los ciento cincuenta años.
Firmó rotunda y pomposamente.
—¡Excelente! —exclamó el señor Pathis—. A propósito, ¿su casa está equipada con el nuevo autooperador central A. E.?
No, no lo estaba. El señor Pathis se apresuró a explicar que el autooperador central era la novedad del año, un sorprendente progreso de la ciencia electrónica. El aparato se encargaba de todas las funciones domésticas y de la cocina sin que su propietario tuviera que levantar ni el dedo meñique.
—En lugar de correr todo el día de un lado para otro apretando media docena de botones distintos, con el autooperador central todo lo que tendrá que hacer usted es apretar un solo botón. ¡Uno solo! Es un progreso inconcebible.
Puesto que el dispositivo costaba tan sólo quinientos treinta y cinco dólares, Carrin se apresuró a encargar uno, y la suma fue añadida a la deuda.
Oh, después de todo, pensó Carrin mientras acompañaba al señor Pathis hasta la puerta, esta casa sería un día la de Billy. Seguro que éste desearía que todos los aparatos estuvieran a la orden del día.
Además, apretar tan sólo un botón. ¡Cielos, qué economía de tiempo!


Una vez que el señor Pathis se hubo ido, Carrin se sentó en uno de los sillones ajustables y conectó la sólido. Tras ajustar la equipantalla, descubrió que el televisor no transmitía ningún programa que le interesara. Hizo balancear el sillón y se estiró para descabezar un sueño.
Pero había algo que seguía preocupándole.
—¡Hola, cariño! —le despertó su mujer, de regreso de la compra. Le besó detrás de la oreja—. ¡Mira!
Había comprado un sexypijama fluorescente Ace. Carrin se sintió agradablemente sorprendido porque tan sólo hubiera comprado aquello. Generalmente, Leela regresaba de sus compras abrumada de paquetes.
—Oh, es adorable —dijo.
Ella se inclinó para dejarse besar, y lanzó una risita, una nueva costumbre que había adquirido viendo a la última estrella de moda de la sólido. A Carrin le hubiera gustado que se abstuviera de aquella risita.
—Voy a los mandos a ordenar la cena —dijo ella, dirigiéndose a la cocina. Carrin sonrió al pensar que su hijo podría ordenar su cena sin moverse de la sala de estar. Se recostó en su sillón en el preciso instante en que entraba su hijo.
—¿Cómo va todo, muchacho? —preguntó.
—Muy bien —dijo distraídamente Billy.
—¿Qué te ocurre, muchacho? —El chico se miraba la punta de los pies, sin responder—. Eh, acércate. Dile a papá qué es lo que no marcha.
Billy se sentó en una caja por abrir y apoyó su barbilla entre sus manos. Levantó la mirada y fijó pensativamente sus ojos en su padre.
—Papá, si quiero, ¿puedo convertirme en un maestro reparador?
Carrin sonrió ante aquella pregunta. Billy quería ser alternativamente maestro reparador y piloto de astronave. Los reparadores constituían la elite de la sociedad. Su trabajo consistía en poner a punto las máquinas de reparar automáticas. Las máquinas de reparar podían reparar cualquier cosa, pero era imposible que una máquina reparara las máquinas que reparaban las otras máquinas. Aquella era la misión de los maestros reparadores.
Pero era un campo altamente competitivo, y tan sólo los mejores cerebros eran capaces de obtener esa calificación. Por muy brillante que fuera su hijo, no parecía poseer el espíritu científico necesario.
—¿Por qué no, hijo? —murmuró—. Todo es posible en esta vida.
—¿Pero es posible para mí?
—No lo sé —respondió Carrin, tan honestamente como pudo.
—De todos modos —dijo el niño, comprendiendo que la respuesta era negativa—, no quiero ser maestro reparador. Quiero ser piloto espacial.
—¿Piloto espacial, Billy? —dijo Leela, entrando en el salón—. Pero si no existen los pilotos espaciales.
—Oh, sí existen —afirmó Billy con convicción—. En la escuela nos han dicho que el gobierno estaba preparando el enviar hombres a Marte.
—Hace más de cien años que vienen diciendo lo mismo —hizo notar Carrin—, y aún no lo han conseguido.
—Esta vez es distinto —aseguró Billy.
—¿Pero para qué quieres ir a Marte? —preguntó Leela, guiñándole un ojo a Carrin—. No hay chicas bonitas en Marte.
—Las chicas no me interesan —se emperró Billy—. Todo lo que quiero es ir a Marte.
—No te gustaría, querido. Es un mundo viejo y desagradable, donde ni siquiera hay aire.
—Sí, hay aire, y me gustaría ir —insistió el niño con expresión enfurruñada—. No me gusta aquí.
—¿Qué estás diciendo? —Carrin se envaró—. ¿Acaso aquí te falta alguna cosa? ¿Hay algo que desees y que no tengas?
—No, padre. Tengo lo que quiero. —Cuando su hijo lo llamaba "padre", Carrin sabía que algo no marchaba bien.
—Escucha, muchacho. Cuando tenía tu edad, yo también quería ir a Marte. Deseaba correr aventuras. Incluso deseaba ser maestro reparador.
—¿Entonces por qué no hiciste nada de eso?
—Bueno, luego me hice mayor. Y me di cuenta que había otras cosas mucho más importantes. En primer lugar, tenía que pagar las deudas que me había dejado mi padre. Luego conocí a tu madre... —Leela emitió una risita—, y además quería poseer mi propia casa. Lo mismo ocurrirá contigo. Pagarás tus deudas y te casarás, tal como hice yo.
Billy permaneció silencioso por unos instantes, luego echó hacia atrás sus negros cabellos, tan lisos como los de su padre, y se humedeció los labios.
—¿Por qué tengo deudas, papá? —preguntó.
Carrin se lo explicó cuidadosamente. Todo lo que necesitaba una familia para disfrutar de una vida civilizada, y lo que costaba. La obligación que había de pagarlo todo. Y lo corriente que era el que un hijo se hiciera solidario de las deudas de sus padres desde el momento mismo en que era considerado adulto.
El silencio de Billy lo irritó. Era como si su hijo le estuviera reprochando algo. ¡Tras todos aquellos años de esclavitud para darle a aquel mocoso ingrato todo el lujo posible!
—Muchacho —dijo gravemente—, tú has estudiado historia en la escuela, ¿no? Bien, entonces sabrás lo que ocurría en el pasado. Había guerras. ¿Te hubiera gustado que te mataran en el transcurso de alguna de aquellas guerras?
Su hijo no respondió.
—¿O quizá preferirías agotarte durante ocho horas al día haciendo el trabajo que puede hacer una máquina? ¿O estar hambriento siempre? ¿O pasar frío, con la lluvia cayendo sobre ti y ningún lugar donde refugiarte para dormir?
Calló, aguardando una respuesta. No llegó ninguna.
—Te ha tocado la suerte de vivir en la época más afortunada que haya conocido la Humanidad —prosiguió—. Estás rodeado de todas las mayores maravillas del arte y la ciencia. La mejor música, los más famosos libros, todo el arte del mundo, todo ello al alcance de tu mano. Lo único que tienes que hacer es apretar un botón. —Su tono se suavizó—. Bueno, ¿qué piensas de ello?
—Estaba pensando en cómo podré ir a Marte —respondió el niño—. Con la deuda, quiero decir. Me temo que no podré.
—No, por supuesto.
—A menos que me meta de polizón en un cohete.
—Oh, pero tú no harás nunca eso.
—No, claro que no —dijo pensativamente el niño. Pero a su tono le faltaba convicción.
—Te quedarás aquí, y te casarás con una hermosa chica —dijo Leela.
—Oh, sí —dijo Billy—. Sí, claro. 
De repente, sonrió.
—¿Saben?, no pensaba seriamente en eso de ir a Marte.
—Me alegra oírtelo decir —reconoció Leela.
—Olviden todo lo que he dicho —dijo Billy, con la misma fría sonrisa. Se levantó, y echó a correr escaleras arriba.
—Seguro que ha ido a jugar con sus cohetes —dijo Leela—. Es un diablillo.
Los Carrin cenaron tranquilamente, y entonces llegó el momento para el señor Carrin de ir a trabajar. Aquel mes le tocaba el turno de noche. Besó a su mujer, subió a su turbo, y tomó la dirección de la fábrica. 


Las puertas automáticas de ésta le reconocieron y se abrieron ante él. Dejó su vehículo en el estacionamiento reservado y penetró en la enorme nave.
Estaba repleta de tornos automáticos, prensas automáticas; todo automático. La inmensa nave estaba brillantemente iluminada, y las máquinas ronroneaban suave y adormecedoramente, haciendo su trabajo y haciéndolo bien.
Carrin se dirigió hacia el extremo de la larga cadena de montaje de lavadoras automáticas para relevar a su compañero del turno anterior.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Por supuesto —dijo el hombre—. Hace más de un año que apareció la última defectuosa. Además, ese nuevo modelo es parlante; no enciende luces como los antiguos.
Carrin se sentó en el lugar del otro hombre y esperó a que apareciera la primera lavadora. Su trabajo era la sencillez misma: Permanecía sentado en su sillón, y las lavadoras pasaban ante él. Cuando lo hacían, Carrin pulsaba uno de los botones de la máquina para comprobar que todo estaba en orden. Siempre lo estaba. Entonces las lavadoras se dirigían hacia la sección automática de embalaje.
La primera lavadora apareció por la cinta. Carrin pulsó un botón lateral.
—Lista para el lavado —dijo la lavadora. Carrin pulsó otro botón, y la lavadora se alejó.
"Maldito muchacho", pensó Carrin, recordando a su hijo. ¿Sabría enfrentarse algún día a sus responsabilidades? Cuando alcanzara la edad adulta, ¿sabría insertarse en su lugar en la sociedad? Carrin empezaba a dudarlo. El chico era un rebelde por naturaleza. Si alguna vez alguien iba a Marte, podía estar seguro que sería él.
Pero aquel pensamiento no le preocupaba de una forma particular.
—Lista para el lavado —dijo otra lavadora, pasando ante él.
Carrin recordó entonces algo acerca de Miller. Aquel hombre jovial estaba siempre hablando de los planetas, no dejaba de alardear que algún día lo abandonaría todo e iría a algún lugar para vivir la misma vida dura que habían vivido sus antepasados. Y, sin embargo, nunca lo había hecho. En lugar de ello había tomado un pedazo de cuerda y se había ahorcado.
—Lista para el lavado.
Carrin tenía ocho horas ante él, y se soltó la hebilla del cinturón para estar más cómodo. Ocho horas apretando botones y escuchando a las máquinas decir que estaban preparadas.
—Lista para el lavado. 
Pulsó otro botón.
—Lista para el lavado.
La mente de Carrin huyó de su trabajo, que de todos modos no exigía una atención especial. "Cuánto me habría gustado hacer todo lo que quería hacer cuando era joven", pensó. "Qué maravilloso hubiera sido ser un piloto espacial, pulsar un botón e ir a Marte".

FIN

2024/07/22

La séptima víctima (Robert Sheckley)


Título original: Seventh victim
Año: 1953


Sentado ante su escritorio, Stanton Frelaine se esforzaba en aparentar el aire atareado que se espera de un director de empresa a las nueve y media de la mañana. Pero era algo que estaba más allá de sus fuerzas. Ni siquiera conseguía concentrarse en el texto del anuncio que había redactado el día anterior; no lograba dedicarse a su trabajo. Esperaba la llegada del correo y era incapaz de hacer nada más.
Hacía ya dos semanas que tendría que haberle llegado la notificación. ¿Por qué la Administración no se apresuraba un poco?
La puerta de cristal con el rótulo: Morger & Frelaine, Confección se abrió, y E. J. Morger entró cojeando, un recuerdo de su vieja herida. Era un hombre cargado de espaldas, pero eso, a la edad de setenta y tres años, suele tener poca importancia.
-Hola, Stan -dijo-. ¿Dónde está esa publicidad?
Hacía dieciséis años que Frelaine se había asociado con Morger. Tenía por aquel entonces veintisiete años. Juntos habían convertido la sociedad El traje protector en una empresa cuyo capital alcanzaba el millón de dólares.
-Echa una ojeada al proyecto -dijo Frelaine, tendiéndole la hoja de papel. "Si tan sólo el correo llegara un poco antes", pensó.
Morger acercó el papel a sus ojos y leyó en voz alta:
-"¿Tiene usted un Traje protector? El traje protector Morger y Frelaine, de corte insuperable en el mundo entero, es el atuendo del hombre elegante -Morger carraspeo, echó una ojeada a Frelaine, sonrió y prosiguió-: Es a la vez el traje más seguro y más chic. Se presenta con un bolsillo para revólver especial extraplano. Ningún bulto aparente. Sólo usted sabrá que va armado. El bolsillo para revólver, fácilmente accesible, le permitirá aventajar fácilmente a su contrincante sin la menor incomodidad".
Levantó de nuevo los ojos.
-Excelente -comentó-. Sí, muchacho, excelente. 
Frelaine inclinó la cabeza sin excesiva convicción.
-"El traje protector especial -continuó leyendo Morger- posee un bolsillo para revólver eyector, la última palabra en defensa individual. Una simple presión sobre un botón disimulado, y el arma salta a la mano de su propietario, con el seguro fuera, lista para hacer fuego. ¿Qué espera usted para informarse en nuestro concesionario más próximo? ¿Qué espera usted para afianzar su propia seguridad?"
Dejó el papel sobre la mesa.
-Excelente -repitió-. Muy bueno, muy conciso. -Reflexionó por unos instantes, tironeándose su canoso bigote-. ¿Pero por qué no precisar que el traje protector se fabrica en varios modelos, recto o cruzado, con uno o dos botones, entallado o no?
-Sí, es cierto. Lo había olvidado -Frelaine tomó el borrador e hizo una anotación al margen. Se levantó, tironeando de su chaqueta para disimular su incipiente barriga. Tenía cuarenta y dos años, un poco más de peso del requerido, y un pelo que empezaba a clarear. Era un hombre de apariencia agradable, pero su mirada era gélida.
-Relájate -dijo Morger-. Llegará con el correo de hoy.
Frelaine hizo un esfuerzo por sonreír. Sentía deseos de echar a andar de un lado a otro, pero se contuvo y se sentó en una esquina de su escritorio.
-Cualquiera diría que es mi primer homicidio -dijo con forzada ironía.
-Sé lo que es eso -le tranquilizó Morger-. Cuando yo aún no había renunciado, pasaba a menudo más de un mes sin poder pegar ojo por la noche mientras esperaba mi notificación. Comprendo en qué estado te sientes.
Los dos hombres callaron. El silencio llegó a hacerse insoportable, hasta que la puerta se abrió y un empleado depositó el correo sobre la mesa.
Frelaine se arrojó sobre las cartas y las fue pasando febrilmente. Por fin halló la que tanto deseaba, el largo sobre blanco de la O.C.P., lacrado con el cuño oficial.
-¡Por fin! -exclamó, con un suspiro de alivio-. Aquí está.
-Felicidades -dijo Morger. Y su tono era sincero.
Morger estudió el sobre con ojos ávidos, pero no le pidió a su socio que lo abriera. Hubiera sido una falta de educación, y además estaba prohibido por la ley. Nadie podía conocer el nombre de la Víctima, a excepción del Cazador.
-Te deseo buena caza -dijo Morger.
-Eso espero -respondió Frelaine, con convicción.
La oficina estaba al corriente y en orden. Lo estaba desde hacía una semana.
Frelaine tomó su cartera portadocumentos.
-Un buen homicidio te hará un gran bien -dijo Morger, palmeando su enguatado hombro-. Has estado tan febril últimamente.
Frelaine sonrió y estrechó la mano de Morger.
-Pagaría lo que fuera por tener cuarenta años menos -dijo Morger, mirando divertido su pierna impedida-. Verte así me hace sentir deseos de descolgar mi revólver.
Frelaine agitó la cabeza. Morger había sido un famoso Cazador en su juventud. Diez homicidios superados con éxito le habían abierto las puertas del muy exclusivo Club de los Diez. Y puesto que, naturalmente, tras cada uno de ellos había tenido que jugar diez veces el papel de Víctima, su palmarés era de veinte asesinatos en total.
-Espero que mi Víctima no sea alguien que tenga tu temple -hizo notar Frelaine, medio en serio, medio en broma.
-¡Ni pienses en ello! ¿Por cuál vas ahora?
-Por la séptima.
-Es una buena cifra. ¡Vamos, anda! Muy pronto te abriremos los brazos en el Club de los Diez.
Frelaine hizo un gesto con la mano y se dirigió hacia la puerta.
-Pero ándate con cuidado -advirtió Morger-. Un solo error, y me veré obligado a buscar un nuevo socio. Si no tienes ningún inconveniente, preferiría conservar el que tengo ahora.
-Iré con cuidado -prometió Frelaine.
En vez de tomar el autobús, regresó a su casa a pie. Necesitaba tiempo para calmarse. ¡Era ridículo comportarse como un chiquillo que va a cometer su primer homicidio!
Se obligó a mantener los ojos fijos ante él. Mirar a alguien equivalía prácticamente a una tentativa de suicidio. Cualquier persona a la que mirara podía ser una Víctima, y había Víctimas que disparaban sin pensárselo contra cualquiera que posara sus ojos en ellas. Había tipos muy nerviosos. Prudentemente, Frelaine mantuvo su mirada por encima de las cabezas de los transeúntes.
Observó un gigantesco anuncio. Era una oferta de servicios de J. F. Donovan.
"¡Víctimas!", proclamaba con enormes letras, "¿por qué correr riesgos? Utilicen los servicios de nuestros Rastreadores acreditados. Nosotros nos encargaremos de localizar al homicida que le ha sido asignado. ¡Usted no pagará nada hasta después de haber dado cuenta del Cazador!"
"Por cierto", pensó Frelaine, "tengo que llamar a Ed Morrow apenas llegue".
Apresuró el paso. Se sentía terriblemente nervioso. Ardía en deseos de estar ya en su casa para abrir el sobre y conocer el nombre de su Víctima. ¿Sería alguien diabólicamente astuto o un simple estúpido? ¿Alguien rico como su cuarta presa, o pobre como la primera y la segunda? ¿Estaría rodeado de un equipo de rastreo organizado, o se las arreglaría por sus propios medios?
La excitación de la caza era algo maravilloso, que hacía hervir la sangre en las venas y aceleraba los latidos del corazón. De repente oyó el resonar de unas lejanas detonaciones. Dos disparos rápidos y luego, tras una pausa, el tercero. El último.


-Ese ha terminado con el suyo -se dijo a sí mismo Frelaine, en voz alta-. ¡Felicidades!
¡Era tan maravilloso sentirse vivir de nuevo!
Lo primero que hizo al entrar en su casa fue llamar a Ed Morrow, su rastreador. Morrow trabajaba en un garaje en sus horas libres.
-¿Ed? Aquí Frelaine.
-Oh, buenos días, señor Frelaine.
Frelaine observó en la pantalla el rostro de su interlocutor: Un rostro obtuso, manchado de grasa, de protuberantes labios casi pegados al aparato.
-Me voy de caza, Ed.
-Buena suerte, señor Frelaine. Supongo que desea usted que esté preparado.
-Exacto, Ed. No creo estar fuera más de una o dos semanas. Probablemente recibiré mi designación como Víctima dentro de los tres meses siguientes a mi regreso.
-Puede usted contar conmigo, señor Frelaine. Le deseo buena caza.
-Gracias, Ed. Hasta pronto.
Colgó. Garantizarse los servicios de un rastreador de primera clase era una buena medida. Cuando hubiera cometido su homicidio, Frelaine pasaría a ser a su vez Víctima y entonces, una vez más, Ed Morrow sería su seguro de vida.
Era un magnífico rastreador. De acuerdo, de hecho, Morrow era un ignorante, un idiota; pero tenía ojo clínico. Descubría a los extraños al primer golpe de vista. Tenía una habilidad diabólica para preparar una emboscada. Era un hombre indispensable.
Echándose a reír ante el recuerdo de algunos de los retorcidos trucos que Morrow había inventado para sus clientes, Frelaine sacó el sobre de su bolsillo, hizo saltar el sello, lo abrió, y examinó los documentos que contenía.
Janet-Marie Patzig.
Su Víctima era una mujer.
Se levantó, y paseó arriba y abajo por la habitación. Volvió a tomar la carta. Leyó: Janet-Marie Patzig. No había ningún error: Se trataba de una mujer. Los documentos anexos contenían tres fotografías, el domicilio del sujeto y los informes habituales que permitían identificarlo.
Frelaine frunció el ceño. Nunca había matado a una mujer.
Tras vacilar unos instantes, tomó el teléfono y marcó el número de la O.C.P.
-Aquí la Oficina de Catarsis Pasional -dijo una voz masculina-. ¿Dígame?
-Acabo de recibir mi notificación -dijo Frelaine-. Me ha correspondido una mujer. ¿Es eso normal? -Dio al empleado el nombre de la Víctima.
El hombre verificó sus archivos microfilmados.
-Todo está en regla -dijo tras unos instantes-. Esta persona nos presentó una solicitud, actuando con pleno conocimiento de causa. En términos legales, goza de los mismos derechos y los mismos privilegios que un hombre.
-¿Puede decirme cuántas muertes tiene en su activo?
-Lo lamento, señor, pero las únicas informaciones que está usted autorizado a obtener son la situación legal de la Víctima y la información descriptiva que le han sido remitidas.
-Comprendo. 
Frelaine reflexionó unos instantes, y luego preguntó: 
-¿Puedo solicitar me sea adjudicada otra Víctima?
-Naturalmente, dispone usted de la posibilidad legal de rechazar la caza que le ha sido propuesta, pero no le será adjudicada otra Víctima hasta después de que lo haya sido designado usted mismo. ¿Desea declinar la oferta que se le ha hecho?
-Oh, no, por supuesto -se apresuró a responder Frelaine-. Le he preguntado esto tan sólo por pura curiosidad. Muchas gracias.
Colgó, se hundió en el más mullido de sus sillones, y se soltó el cinturón. Aquello precisaba un poco de reflexión.
-¿Qué buscan esas malditas mujeres queriendo inmiscuirse siempre en los asuntos de los hombres? -rezongó para sí mismo-. ¿Por qué diablos no pueden quedarse tranquilamente en sus casas?
Pero eran también ciudadanos libres. Aunque Frelaine encontrara aquello demasiado poco femenino. De hecho, la Oficina de Catarsis Personal había sido creada originalmente para los hombres, y exclusivamente para ellos. Había nacido al término de la Cuarta Guerra Mundial o de la Sexta, según la cuenta de un cierto número de historiadores.
Por aquella época, se hacía sentir imperiosamente la necesidad de una paz duradera, de una paz permanente. Por una razón práctica. Una razón tan práctica como la inspiración de los hombres que crearon las bases de la prolongada paz.
Una razón muy sencilla: El mundo estaba al borde de la aniquilación.
En el transcurso de las guerras anteriores, la amplitud, la eficacia y la potencia destructiva de las armas empleadas habían ido en aumento. Los soldados, que se habían acostumbrado a ellas, vacilaban cada vez menos en utilizarlas.
Hasta que alcanzaron el punto de saturación.
Un nuevo conflicto bélico pondría definitivamente fin a todas las guerras, y esta vez de una forma absoluta; no quedaría nadie para poder iniciar la siguiente.
Era preciso pues que aquella paz fuera una paz eterna. Pero los hombres que la organizaron no eran soñadores. Eran conscientes de que siempre existen tensiones, desequilibrios, que son el caldero donde bullen las guerras futuras. Y se preguntaron por qué hasta entonces nunca había existido una paz duradera.
-Porque a los hombres les gusta luchar -fue la respuesta.
-¡Oh, no! -exclamaron los idealistas.
Pero aquellos que establecieron la paz se vieron obligados, muy a pesar suyo, a tener en cuenta el postulado según el cual una fracción importante de la humanidad es movida por la violencia.
Los hombres no son seres celestiales. Tampoco son monstruos infernales. Sencillamente, son seres humanos que manifiestan un elevado grado de agresividad, de combatividad.
Con los conocimientos científicos y los medios de que disponían en aquellos momentos, los hombres con mentalidad práctica hubieran podido eliminar esta característica de la raza humana. De hecho, ahí es donde muchos pensaban que residía la solución.
Pero los hombres con mentalidad práctica no eran de esta opinión. Consideraban que la competencia, el amor a la lucha, el valor frente al adversario, eran valores positivos. Creían incluso que representaban virtudes admirables y la garantía de la perpetuación de la especie. Sin ellos, la raza terminaría fatalmente degenerando.
El gusto por la violencia, descubrieron, estaba inextricablemente unido a la ingeniosidad, a la adaptabilidad, al dinamismo humanos.
Los datos del problema, pues, eran los siguientes:
A) organizar la paz, una paz que les sobreviviera, y B) impedir a la raza humana que se destruyera a sí misma, sin amputar por ello las características que hacían de los hombres unos seres responsables.
Para ello, se decidió que era necesario canalizar la violencia, proporcionarle una válvula de escape, una posibilidad de exteriorizarse.
El primer paso fue la autorización legal de los combates de gladiadores, combates reales, donde la sangre era derramada. Pero aún era insuficiente. La sublimación es válida sólo hasta cierto punto. La gente quería otra cosa más que derivativos.
No existe ningún derivativo para el homicidio.
Así pues, el homicidio fue institucionalizado, sobre una base estrictamente individual, y únicamente para aquellos que realmente desearan matar. Los gobiernos fueron invitados a crear sus respectivas Oficinas de Catarsis Pasional.
Tras un período de ensayo, se instauró una reglamentación única: Cualquier ciudadano deseoso de cometer un homicidio tenía la posibilidad de inscribirse en su O.C.P. Tras aceptar y firmar un dossier que comportaba un cierto número de advertencias y compromisos, se le garantizaba una Víctima.
La persona que presentaba legalmente una solicitud de asesinato debía a su vez aceptar el papel de Víctima unos meses más tarde si sobrevivía.


Este era el principio fundamental. Un individuo dado podía cometer tantos homicidios como quisiera, pero, entre cada uno de sus homicidios, era designado a su vez obligatoriamente como Víctima. Si la Víctima conseguía matar a su Cazador, podía o retirarse de la competición, o proponer su candidatura para un nuevo homicidio.
Al cabo de diez años, se calculaba que un tercio de la población civilizada del mundo había solicitado cometer al menos un homicidio. Más tarde, la proporción se estabilizó en un veinticinco por ciento.
Los filósofos clamaban al cielo, pero los hombres con mentalidad práctica estaban satisfechos. La guerra había dejado de ser un problema colectivo, ahora era un asunto individual, tal como convenía.
Por supuesto, la institucionalización del homicidio se ramificó y se complicó. Una vez autorizado, como sucede con todas las cosas, el homicidio se convirtió en un negocio y una fuente de beneficios. Inmediatamente se crearon organizaciones, tanto para ofrecer sus servicios a las Víctimas como a los Cazadores.
La Oficina de Catarsis Pasional elegía el nombre de las Víctimas al azar. El Cazador disponía de dos semanas para cometer su homicidio, y debía actuar solo y sin ayuda. Se le proporcionaban el nombre, el domicilio y la descripción de su Víctima; tenía derecho a utilizar una pistola de calibre standard; le estaba prohibido llevar ningún tipo de protección corporal.
La Víctima era avisada una semana antes que el Cazador. Simplemente, se le comunicaba su designación. Ignoraba el nombre de su Cazador. Estaba autorizada a utilizar cualquier tipo de protección corporal, así como los servicios de los rastreadores que creyera necesarios. Un rastreador no podía matar, ya que el homicidio era privilegio de la Víctima y del Cazador. Pero un rastreador podía detectar la presencia de un extraño en el círculo de la Víctima, o descubrir a un tirador nervioso.
La Víctima podía planear todas las emboscadas que deseara con el fin de abatir a su Cazador. Matar o herir a alguien por error -cualquier otro tipo de muerte estaba prohibido- era sancionado con una gravosa indemnización; el homicidio pasional estaba castigado con la pena de muerte, al igual que el homicidio por interés.
Lo más admirable de aquel sistema era que la gente que sentía deseos de matar podía hacerlo, y aquellos que no sentían el menor deseo -de hecho representaban la mayor parte de la población- no se veían obligados a convertirse en homicidas. Por fin ya no había ninguna guerra, ni siquiera la amenaza de una guerra. Tan sólo pequeñas, muy pequeñas guerras, centenares de miles de guerras individuales.
La idea de matar a una mujer no cautivaba en absoluto a Frelaine. Pero había firmado. No podía hacer nada. Y no sentía el menor deseo de renunciar a su séptima caza.
Consagró el resto de la mañana a aprenderse de memoria los datos que le había proporcionado la O.C.P. acerca de su Víctima, y luego archivó la carta. Janet Patzig vivía en Nueva York. Frelaine se sentía feliz por ello: Le gustaba cazar en una gran ciudad, y siempre había sentido deseos de visitar Nueva York. No le precisaban la edad de su Víctima, pero, a juzgar por las fotos, no debía tener mucho más de veinte años.
Reservó por teléfono una plaza en el avión, se duchó, se vistió su protector especial cortado especialmente para aquella ocasión, eligió una pistola de su arsenal, la limpió escrupulosamente, la engrasó, la deslizó en el bolsillo especial del traje, y luego preparó su equipaje.
Se sentía tan excitado que parecía que su corazón quisiera saltársela del pecho. "Es extraño", pensó. "Cada nuevo homicidio me produce un estremecimiento distinto. Es algo de lo que uno no se cansa nunca, como la repostería francesa, las mujeres, las buenas bebidas... Es algo siempre nuevo y siempre distinto".
Cuando estuvo listo, examinó su biblioteca para elegir los libros que se llevaría consigo. Poseía todas las mejores obras que trataban del tema. No iba a necesitar aquellas destinadas a las Víctimas, como La táctica de la Víctima de Fred Tracy, que insistía en la necesidad de un medio ambiente rigurosamente controlado, o ¡No piense usted como Víctima!, del doctor Frish. Aquellos manuales le interesarían dentro de unos meses, cuando le llegara su turno de ser, una vez más, la presa. Por ahora necesitaba libros de Cazador.
La obra clásica y definitiva era Estrategia de la caza del hombre, pero se la sabía ya casi de memoria. El acecho y la emboscada no era muy adecuado para las actuales circunstancias.
Escogió La Caza en las grandes ciudades de Mitwell y Clark, Rastrear al Rastreador de Algreen, y La táctica de grupo de la víctima del mismo autor.
Todo estaba a punto. Dejó unas líneas al lechero, cerró su apartamento y tomó un taxi hacia el aeropuerto.
En Nueva York, escogió un hotel céntrico no muy lejos del barrio donde vivía su víctima. El trato sonriente y lleno de atenciones del personal del hotel le puso nervioso: Le intranquilizaba ser reconocido tan fácilmente como un homicida recién llegado a la ciudad.
Lo primero que vio al penetrar en su habitación fue, cuidadosamente colocado en su mesilla de noche, junto con la bienvenida de la dirección, un folleto titulado Cómo sacarle el máximo partido a la Catarsis Pasional. Frelaine sonrió mientras lo hojeaba.
Puesto que se trataba de la primera vez que venía a Nueva York, ocupó el resto de la tarde en pasear por el barrio de su Víctima y en contemplar escaparates.
Martinson & Black le fascinó.
Visitó el Salón de la Caza, donde se exhibían chalecos antibalas ultraligeros y sombreros blindados para uso de las Víctimas. Se interesó en la vitrina donde se presentaban los últimos modelos calibre 38. Un cartel publicitario proclamaba:

¡Empleen el Malvern de tiro directo, aprobado por la O.C.P.! Cargador de doce balas. Desviación garantizada inferior a 0,02 milímetros en un blanco situado a trescientos metros. ¡Acierte a su Víctima! ¡No arriesgue su vida teniendo a su alcance la mejor arma! ¡Malvern es seguridad!

Frelaine sonrió. Era una buena publicidad, y el pequeño revólver pavonado daba una impresión de eficacia total. Pero el Cazador estaba contento con su propia pistola.
Existían también en el mercado falsos bastones que albergaban cuatro balas listas para ser disparadas. La publicidad los anunciaba como algo disimulado, práctico y seguro. Cuando era joven, Frelaine se había sentido apasionado por todas aquellas novedades que se sucedían de año en año, pero ahora estimaba que los viejos métodos tradicionales eran generalmente los que prestaban un mejor servicio.
Cuando salió del Salón, cuatro empleados del servicio de limpieza se alejaban con un cadáver aún caliente. Suspirando, Frelaine lamentó no haber estado allí para contemplar el espectáculo.
Cenó en un buen restaurante, y se acostó temprano.
A la mañana siguiente se paseó por los alrededores del domicilio de su Víctima, cuyos rasgos estaban profundamente grabados en su memoria. No miraba a nadie, y avanzaba a paso rápido, como si se dirigiera a un lugar muy concreto. Era así como actuaban los Cazadores experimentados.
Entró en un bar a beber algo, y reanudó su camino en dirección a Lexington Avenue.
La vio al pasar ante la terraza de un café. Era imposible equivocarse: Se trataba de Janet. Sentada ante una mesa, con los ojos perdidos en el vacío, ni siquiera levantó la cabeza cuando él pasó cerca de ella.
Frelaine continuó hasta la esquina, sin detenerse. Allí, se detuvo y dio media vuelta. Sus manos temblaban. Exponerse así, sin ninguna protección... ¡Aquella chica estaba loca! ¿Acaso creía que gozaba de una protección sobrenatural?
Detuvo un taxi, y ordenó al conductor que diera la vuelta a la manzana. Cuando volvió a pasar por delante ella seguía en el mismo lugar. Frelaine la examinó atentamente. Parecía más joven que en las fotografías, pero era difícil hacerse una idea precisa de su edad. De todos modos, no tendría mucho más de veinte años. Su negro cabello, peinado con raya en medio y enrollado a cada lado formando como una concha sobre sus orejas, le daban el aspecto de una monja. Frelaine se estremeció al darse cuenta de que su expresión era de tristeza y resignación. Se preguntó si estaba dispuesta a hacer algún gesto para defender su vida.


Frelaine pagó al conductor y se metió en un drugstore. Había una cabina telefónica libre. Entró y llamó a la O.C.P.
-¿Están seguros de que una Víctima llamada Janet-Marie Patzig ha recibido su notificación? -preguntó.
-Un momento, por favor.
Frelaine tamborileó nerviosamente el cristal de la puerta mientras el funcionario buscaba la microficha correspondiente.
-Sí, señor. Tenemos su acuse de recibo. ¿Alguna impugnación?
-Oh, no. Tan sólo quería verificar.
Después de todo, se dijo, si aquella chica no quería defenderse, allá ella. Eso no era asunto suyo. El tan sólo estaba autorizado a matarla. Era su turno de caza. De todos modos, decidió aplazarlo todo hasta el día siguiente e irse al cine.
Cenó, regresó a su habitación, leyó el folleto de la O.C.P., y se acostó. Todo lo que tenía que hacer, pensó, con los ojos fijos en el techo, era meterle una bala en el cuerpo. Tomar un taxi, y disparar a través de la ventanilla.
-Pero así no es muy emocionante -se dijo tristemente antes de dormirse.
Al día siguiente, por la tarde, Frelaine regresó al mismo lugar. Llamó a un taxi y le dijo al conductor:
-Dé la vuelta a la manzana, pero muy lentamente.
-De acuerdo -respondió el hombre, con una sonrisa tan sardónica como perspicaz.
Desde su asiento, Frelaine se esforzó en descubrir algún rastreador. Aparentemente, no había ninguno. La joven tenía las manos ostensiblemente apoyadas sobre la mesa.
Un blanco fácil, inmóvil.
Frelaine rozó uno de los botones de su chaqueta cruzada. Una línea se abrió en la tela, y no tuvo que hacer más que cerrar su mano sobre la culata del revólver. La hizo bascular, comprobó el cargador, deslizó una bala en la recámara.
-Despacio -dijo al conductor.
El taxi pasó a velocidad de paseo ante el café. Frelaine apuntó cuidadosamente. Su dedo se crispó en el gatillo. Lanzó una maldición.
Un camarero acababa de interponerse entre la joven y el cañón del arma, y Frelaine no sentía el menor deseo de herir a nadie.
-Dé otra vuelta a la manzana -ordenó.
El conductor sonrió de nuevo y se retrepó en su asiento. "¿Se sentiría tan alegre si supiera que me dispongo a matar a una mujer?", se dijo Frelaine.
Esta vez no había ningún camarero en su campo de tiro. La chica estaba encendiendo un cigarrillo, con sus apagados ojos clavados en el encendedor. Frelaine apuntó a la frente de su víctima, exactamente entre los dos ojos, y retuvo el aliento.
Pero agitó la cabeza, bajó el arma y la metió de nuevo en su bolsillo para revólver.
¡Aquella idiota estaba impidiendo que extrajera todo el provecho de su catarsis! Pagó al conductor, bajó del taxi y echó a andar.
Es demasiado fácil, se dijo a sí mismo. Estaba acostumbrado a cazas auténticas. Sus seis homicidios anteriores habían sido complicados. Las Víctimas habían intentado todos los trucos posibles. Una de ellas había contratado al menos una docena de rastreadores. Pero Frelaine había ido modificando su táctica de acuerdo con las circunstancias, y los había descubierto a todos. Una vez se había disfrazado de lechero, otra de cobrador. Se había visto obligado a seguir a su sexta Víctima hasta Sierra Nevada. Había sudado con ella, pero al fin la había conseguido.
¿Qué satisfacción podía extraer de una Víctima que se le ofrecía? ¿Qué pensaría de ello el Club de los Diez?
Encajó los dientes ante la idea del Club de los Diez. Quería formar parte de él. Incluso si renunciaba a matar a aquella chica, debería enfrentarse obligatoriamente a un cazador. Y, si sobrevivía, necesitaría añadir aún cuatro Víctimas más a su palmarés. ¡A aquel ritmo, jamás podría presentar su candidatura al Club!
Se dio cuenta de que estaba pasando ante el café. Obedeciendo a un súbito impulso, se detuvo.
-Buenos días -dijo.
Janet Patzig lo miró con unos ojos desbordantes de tristeza, pero no respondió. Frelaine se sentó.
-Escuche -dijo-. Si la molesto, no tiene más que decirlo, y me iré. No soy de aquí. He venido a Nueva York para asistir a un Congreso. Y siento la necesidad de una presencia femenina junto a mí. Ahora bien, si la aburro, yo...
-No importa -dijo Janet Patzig con voz neutra.
Frelaine pidió un coñac. El vaso de su compañera estaba aún medio lleno.
La observó con el rabillo del ojo, y su corazón empezó a latir fuertemente. Tomar unas copas con su propia Víctima... ¡eso al menos era algo emocionante!
-Me llamo Stanton Frelaine -dijo, sabiendo que revelar su identidad no significaba nada.
-Yo, Janet.
-¿Janet qué?
-Janet Patzig.
-Encantado de conocerla -dijo él, con un tono perfectamente natural-. ¿Tiene algo especial que hacer esta noche?
-Seguramente esta noche estaré muerta -dijo ella con voz suave.
Frelaine la contempló atentamente. ¿Acaso no comprendía quién era él? Como menos, debería estarle apuntando con un revólver por debajo de la mesa. Apoyó un dedo en el botón que accionaba la extracción de su arma.
-¿Es usted una Víctima?
-Esa es la palabra exacta -dijo ella irónicamente-. En su lugar, yo no me quedaría aquí ni un segundo más. ¿De qué sirve recibir una bala perdida?
Frelaine no podía comprender cómo estaba tan tranquila. ¿Acaso pretendía suicidarse? Quizá se estaba burlando de todo. Quizás estaba deseando morir.
-¿No tiene usted rastreadores? -preguntó, con el tono justo de sorpresa en su voz.
-No -ella le miró directamente a los ojos, y Frelaine se dio cuenta de algo en lo que hasta entonces no se había fijado: Era muy hermosa. Hubo una pausa.
-Soy una estúpida -dijo finalmente ella, en tono intrascendente-. Un día me dije que me gustaría cometer un homicidio, y me inscribí en la O.C.P. Y luego... luego no pude hacerlo.
Frelaine asintió con simpatía.
-Sin embargo, el contrato es inflexible -continuó ella-. No he matado a nadie, pero pese a todo debo jugar mi papel de Víctima.
-¿Por qué no ha contratado usted a ningún rastreador?
-Soy incapaz de matar a nadie. Absolutamente incapaz. Ni siquiera tengo revólver.
-¡Y sin embargo, para salir así, como lo hace usted, se necesita una condenada dosis de valor! -en su fuero interno, Frelaine se sentía asombrado ante tanta estupidez.
-¿Y qué quiere usted que haga? -dijo ella con indiferencia-. Una no puede ocultarse cuando es perseguida por un Cazador... un auténtico Cazador. Y no soy lo suficientemente rica como para desaparecer.
-Yo, en su lugar... -comenzó Frelaine.
-No -le interrumpió ella-. He reflexionado mucho sobre ello. Todo esto es absurdo. El sistema entero es absurdo. Cuando tuve a mi Víctima ante mi punto de mira, cuando vi que podía tan fácilmente... que podía... -se interrumpió y sonrió-. ¡Bah! No hablemos más de ello.
Frelaine se sintió impresionado por su deslumbrante sonrisa.
Hablaron de muchas cosas. El le habló de su trabajo, y ella le habló de Nueva York. Tenía veintidós años. Era actriz. Una actriz que nunca se había visto favorecida por la suerte.
Cenaron juntos, y cuando ella aceptó su invitación a un combate de gladiadores, Frelaine se sintió inundado de absurda alegría.
Llamó a un taxi -tenía la impresión de que pasaba todo su tiempo en taxi desde que había llegado a aquella ciudad-, y le abrió la puerta. Tuvo un instante de vacilación mientras ella se sentaba. Le hubiera podido disparar una bala en el corazón. Hubiera sido tan fácil.
Pero no lo hizo. "Esperemos", pensó.
Los combates eran los mismos que podían verse en cualquier parte, y los gladiadores no exhibían un mayor talento que en cualquier otro lugar. Las reconstruciones históricas eran las habituales: El tridente contra la red, el sable contra la espada. Por supuesto, la mayor parte de los duelos eran a última sangre. Hubo combates de hombres contra toros, de hombres contra leones, de hombres contra rinocerontes, seguidos de escenas más modernas: Barricadas defendidas por arqueros, encuentros de esgrima sobre la cuerda floja.
Fue una agradable velada. Frelaine llevó a la joven a su casa. Las palmas de sus manos estaban húmedas por el sudor. Nunca había experimentado una tal atracción hacia una mujer. ¡Y debía matarla!
No sabía qué actitud tomar.
Ella le propuso que subiera a tomar una copa. Se sentaron en el diván. Ella encendió un cigarrillo con un enorme encendedor y se recostó en el mullido respaldo.


-¿Se quedará aún mucho tiempo en Nueva York? -preguntó ella.
-No lo creo -dijo él-. mi Congreso termina mañana. 
Hubo un largo silencio. Finalmente, Janet dijo:
-Lamento que tenga que irse.
Callaron de nuevo. Luego, la joven se levantó para preparar las bebidas. Frelaine la siguió con la mirada mientras se alejaba hacia la cocina. Este era el momento. Se irguió, apoyó la mano en el botón... Pero no, el momento había pasado irrevocablemente. Sabía que no iba a matarla. Uno no puede matar a quien ama. Y él la amaba.
Fue una revelación tan brusca como conmovedora. Había venido a Nueva York para matar, y en cambio...
Ella regresó con la bandeja y se sentó, con ojos ausentes.
-Te quiero, Janet -dijo él.
Ella se volvió a mirarle. Había lágrimas en las comisuras de sus ojos.
-No es posible -musitó-. Soy una Víctima. No voy a vivir mucho.
-Vivirás. Yo soy tu Cazador.
Ella le estudió unos instantes en silencio, luego se echó a reír nerviosamente.
-¿Vas a matarme?
-No digas tonterías. Quiero casarme contigo. 
Repentinamente, ella se refugió en sus brazos.
-¡Oh, Dios mío! -Sollozó-. Esta espera... Tenía tanto miedo...
-Todo ha terminado. Date cuenta de lo irónico de la situación: ¡Vengo para asesinarte, y regreso casado contigo! Es algo que habremos de contar a nuestros hijos.
Ella le besó. Luego se echó hacia atrás en el diván y encendió otro cigarrillo.
-Apresúrate a hacer tus maletas -dijo Frelaine-. Quiero...
-Un momento -interrumpió ella-. No me has preguntado si yo te amo a ti.
-¿Qué?
Ella seguía sonriendo, con el encendedor apuntando hacia él. Un encendedor en cuya base había un negro orificio... un orificio cuyo diámetro correspondía exactamente al calibre 38.
-No te burles de mí -dijo él levantándose.
-Estoy hablando en serio, querido.
Por una fracción de segundo, Frelaine se sorprendió de haberle calculado veinte años a Janet. Ahora que la veía bien -ahora que podía verla realmente-, se daba cuenta de que estaba rozando la treintena. Su rostro reflejaba una existencia febril, tensa.
-Yo no te amo, Stanton -dijo ella en voz muy baja, con el encendedor apuntando todavía hacia él.
Frelaine tragó saliva. Una parte de sí mismo permanecía aún fríamente objetiva y se maravillaba de las extraordinarias dotes de actriz de Janet Patzig. Ella lo había sabido desde un principio.
Apretó compulsivamente el botón, y el revólver saltó en su mano, listo para disparar.
El impacto le alcanzó en pleno pecho. Con aire de intenso asombro, se derrumbó sobre la mesa. El arma escapó de sus manos. Jadeando espasmódicamente, semiinconsciente, la vio apuntar cuidadosamente para el golpe de gracia.
-¡Por fin voy a poder entrar en el Club de los Diez! -dijo ella. Su voz reflejaba todo el éxtasis del mundo.


FIN