2025/12/08

Los iluminados (Edmund Cooper)


Titulo original: The Enlightened Ones
Año: 1959


Lukas echó una rápida ojeada al cuadro de instrumentos del tablero de navegación. La velocidad se había estabilizado a treinta mil kilómetros, con una altura constante de trescientos cincuenta. Inmediatamente debajo —desde luego era un alivio utilizar de nuevo el concepto "debajo" después de varios millares de horas de navegación espacial—, las continentales masas rojizo-doradas de Formalhaut Tres oscilaban lentamente.
Poco después, la nave espacial Henri Poincaré alcanzaría el lado nocturno del planeta. A todos los efectos prácticos, éste era el fin del viaje de ida. Volviendo a posar su mirada en la sucesión de continentes y océanos verde-esmeralda que aparecían en la superficie de Formalhaut Tres, el capitán Lukas se sintió invadido por una oleada de anticipado placer.
—Maniobra de órbita terminada —dijo en voz baja, por encima de su hombro—. Cierren O. D.
Duluth, el maquinista, que estaba atento al puesto de control, cerró el interruptor principal. Contempló cómo la roja aguja descendía lentamente hasta cero. Luego se puso en pie y bostezó.
—Transmisión de órbita cerrada —observó, en tono soñoliento—. Y, ahora, voy a dormir un rato. ¿Sabe cuántas horas llevamos despiertos, patrón?
Lukas volvió la cabeza y murmuró:
—¿Qué pasa, Joe? ¿Se siente viejo?
Duluth se desperezó y bostezó todavía más profundamente.
—Por si no se ha dado usted cuenta, llevamos más de dos días al pie del cañón. Cualquier hombre está un poco cansado después de permanecer despierto por espacio de sesenta horas.
Lukas le miró con ojos enrojecidos.
—No se preocupe —dijo—. Me he dado cuenta.
En aquel momento oyó pasos en la escala de toldilla. Un par de segundos después, Alsdorf, el geofísico, introdujo su cabeza a través de la trampilla. Tenía un aspecto magnífico, lleno de energía; pero él no había tenido necesidad de permanecer despierto durante las maniobras.
—Parecen ustedes un par de cadáveres —dijo Alsdorf alegremente—. Vayan en seguida a la despensa. Tony está preparando cacao y bocadillos.
—Al diablo los bocadillos —dijo Duluth—. Lo que quiero es dormir.
Alsdorf insistió:
—Primero cacao, luego un sedante. Lo necesitan, después de las tabletas que han tomado para mantenerse despiertos.
Lukas dijo:
—Bueno, vamos para allá, Kurt. Ahora puede usted ganarse el sustento. A partir de este momento seré un simple espectador.
El teléfono interior repiqueteó.
—¿Qué pasa? —se quejó una voz indignada—. Aquí hay una jarra de cacao caliente esperándoles. ¿Quieren que la tire?
—Tírate tú —gruñó Duluth—. De acuerdo. Ahora vamos para allá, Tony.
Precedidos por Alsdorf, se encaminaron hacia la despensa. Tony Chineo, un bioquímico italiano que tenía aspecto de barbero, acogió a Lukas con una cordial sonrisa.
—De modo que nos ha traído usted aquí, Mike. Alguien va a pronunciar un discurso acerca de ello. Tome un bocadillo.
—¿De qué son? —preguntó Duluth suspicazmente, mientras cogía un enorme tazón de cacao y se sentaba en un banco.
—De pato de Bombay —dijo Chirico—. Como siempre.
Duluth se rió sin la menor alegría.
—Basura de cultivos sin tierra, a la carta.
El capitán Lukas se sentó y empezó a sorber su cacao. Miró a través del tablero de observación y vio el lado oscuro de Formalhaut Tres girando lentamente ante su vista.
—Somos un estupendo ramillete de héroes —observó—. Con la capacidad imaginativa de las chinches. Acabamos de abrir un agujero a través del espacio y de encontrar un sistema que nadie ha visto antes, y, ¿qué es lo que hacemos? Sentarnos tranquilamente a beber cacao y a gruñir acerca de la comida. Por lo que sé, este planeta alrededor del cual estamos girando es posible que tenga una civilización que convierta a la cultura de la Tierra en una pesadilla de cretinos.
—Un planeta virgen —dijo Alsdorf, con un brillo de codicia en los ojos—. La Trans-Solar Chemicals instalará aquí una estación independiente... con un tal Kurt Alsdorf como director.
—Un planeta virgen —repitió Chirico con una mueca sardónica—. Creo que debemos portarnos... cariñosamente.
—Tiene el cerebro lleno de vírgenes —murmuró Duluth.
—¿No cree usted que vamos a encontrar propietarios inteligentes aquí? — preguntó Lukas. 
Alsdorf encendió un cigarrillo.
—Enfrentémonos con los hechos, Mike. En las últimas dos décadas han sido anotados diecisiete planetas nuevos. La forma de vida animal más desarrollada que se ha descubierto en ellos fue el seudolobo de tres patas de Procyon Cinco. Podría usted adiestrarlo para ir a recoger las pelotas del golf y pare usted de contar.
Lukas tomó un buen sorbo de cacao.
—Bueno, algún día tiene que ocurrir.
Chirico se echó a reír.
—Desde luego, todas las cosas tienen que ocurrir algún día. Denle una máquina de escribir a un mono el tiempo suficiente, y volverá a escribir a Shakespeare con mejoras de su invención.
Lukas se encogió de hombros.
—Hace unos centenares de años, los hombres creían que la Tierra era el único planeta habitado. Ahora creen solamente que la raza humana es la única racional. Espero estar cerca cuando muchachos brillantes como ustedes se lleven la gran sorpresa.
Alsdorf aguijoneó a Duluth y fue recompensado con un torrente de juramentos y gruñidos.
—Joe ya no está con nosotros —dijo—. Será mejor que lo llevemos a la cama. Y usted también, Mike. Le necesitamos completamente despierto cuando lleguemos a la superficie para dar caza a los superhombres.
Estalló en una sonora carcajada.
—Ríase todo lo que quiera —dijo Lukas—. Ahora le toca a usted perder algo de sueño. ¿Cuándo tiempo será necesario para escoger un punto de aterrizaje?
El geofísico miró con aire ausente a través del tablero de observación.
—Nueve décimas partes de agua —murmuró casi para sí—. Una vuelta completa al continente exigiría unas cien horas, aproximadamente, pero creo que podremos escoger una zona aprovechable en la cuarta parte de ese tiempo.
El capitán Lukas se puso en pie y agarró a Duluth sin ninguna ceremonia por el cuello de la camisa.
—Écheme una mano, Tony —Se volvió hacia Alsdorf—. No se ande con sentimentalismos, Kurt. Si se presenta alguna anormalidad, no vacile en llamarme.


Con la ayuda de Chirico, trasladó al semiinconsciente Duluth hacia la puerta.
Tres minutos después Duluth quedó instalado en su camastro, y Mike Lukas se encaminaba a su propia litera. Por raro que parezca, una gran parte de su cansancio había desaparecido. Mientras se instalaba voluptuosamente en su estrecho jergón, cogió un libro y un paquete de cigarrillos. Chirico se quedó mirando, asombrado.
—¿Ha estado usted despierto todo este tiempo, Mike, y aún le quedan ganas de leer? Está loco. ¿Por qué no se toma una buena píldora?
—Déjeme en paz, enfermera. Me estoy relajando. No tardaré en quedarme dormido.
El pequeño italiano hizo un gesto que significaba un veredicto de locura y regresó a la despensa. Encontró a Alsdorf estudiando intensamente una regla corrediza de bolsillo y una cuartilla en la cual había un tosco dibujo a lápiz de los hemisferios de Formalhaut Tres, y un montón de cifras.
—Estoy empezando a creer que Mike se toma su budismo muy en serio —observó Chirico, mientras se preparaba otro bocadillo.
Alsdorf alzó la mirada y frunció una ceja. El italiano dio un generoso mordisco a su bocadillo y continuó:
—Ha estado despierto durante sesenta y seis horas, y ahora se ha puesto a leer El Camino del Nirvana. Me parece que ya está a medio camino de él.
El geofísico sonrió con cierto aire de superioridad.
—Surmenage, Tony. Pero he observado que la mayoría de estos pilotos espaciales adoptan alguna clase de religión. Una válvula de seguridad muy conveniente contra los temores irracionales.
Tony pensó en ello durante unos segundos.
—En último término, yo soy católico —dijo finalmente—. Todos necesitamos creer en algo.
Alsdorf recogió su regla corrediza.
—Todos, no, Tony. Yo estoy con los mecanicistas. El universo es un aparato de relojería, todo causa y efecto. Francamente, no sé cómo pueden conciliar ustedes la superstición con la ciencia. Usted y Mike deben ser esquizoides intelectuales.
Chirico sonrió.
—Usted es un calculador, Kurt. Y los calculadores no van al Cielo.
El geofísico se puso en pie.
—De momento, estoy más interesado en ir al cuarto de navegación. Lo mismo que usted. Hay mucho trabajo por hacer. Y, cuanto antes lo hagamos, antes ascenderemos unos peldaños más en la Trans-Solar Chemicals.
Súbitamente, Chirico dijo:
—Kurt, ¿qué es lo que desea usted obtener de la vida?
—Poder —dijo Alsdorf tranquilamente—. ¿Y usted?
—No lo sé. Todavía estoy pensando en ello. Tal vez desee únicamente un sentido de dirección... hacer algo que valga la pena.
—Usted desea poder —dijo Alsdorf petulantemente—. Todo el mundo lo desea. Es el motor de la vida; el impulso principal de la evolución dinámica.
El italiano se batió en retirada.
—De acuerdo, Señor Mefistófeles, vamos a mostrarnos dinámicos en lo que respecta a ese lugar de aterrizaje.
Mientras se encaminaban al cuarto de navegación, las suelas magnéticas de sus zapatos rechinaron de modo imponente a través de la silenciosa nave.
La inspección, desarrollada a trescientos cincuenta kilómetros sobre Formalhaut Tres, se llevaba a cabo con una eficacia casi sorprendente. La visibilidad era excelente, y era la primera vez que Kurt Alsdorf se encontraba con el hecho de que ninguno de los delicados instrumentos de trabajo fallaba en el momento crítico. El estéreo-radar, el veguetómetro y los demás instrumentos de exploración unían sus resultados para dar una clara y detallada información de las condiciones de la zona tropical. Incluso era posible realizar algún trabajo útil con el telescopio manual.
Al cabo de catorce horas, Chirico alzó la vista de sus comornogramas y dijo:
—¡Este lugar es mejor que la Tierra, caramba!
Ni siquiera el impasible Alsdorf pudo disimular su excitación.
—Es mucho mejor, Tony: Temperaturas casi terrestres, una proporción de oxígeno de uno a seis, un cinturón de vegetación de cuatro mil kilómetros... Vaya, en estas condiciones, podemos...
—En su lugar, reprimiría mis impulsos histéricos hasta comprobar si alguien se ha instalado ya en Formalhaut Tres.
Los dos hombres se volvieron en redondo y vieron a Lukas apoyado en el marco de la puerta del cuarto de navegación.
Alsdorf dejó oír una risita de conejo.
—Hola, Mike. ¿Sigue usted pensando en los superhombres?
—Tal vez sí, tal vez no.
Chirico dijo:
—Es inconcebible que no esté usted durmiendo.
Lukas se acercó a la mesa y empezó a examinar los frutos de la investigación.
—Vaya —dijo secamente—, exactamente igual que la Tierra antes de ser remodelada con las bombas de hidrógeno. Ahora tendremos que empezarlo todo de nuevo.
Alsdorf agitó una gran telefoto impresa enfrente de su rostro.
—Aquí está la zona de aterrizaje vista a una altura de trescientos metros. ¿Qué opina usted de esto?
—Parece adecuada.
—Lo tiene todo, Mike —dijo Chirico ávidamente—. Un centenar de kilómetros cuadrados de desierto, faldas de montañas, río y costa. Todo, desde densa vegetación a rocas desnudas. Piense en la ecología.
—Piense usted en ella. Yo tengo que concentrarme en el aterrizaje. ¿Cuándo estaremos preparados para movernos, Kurt?
El geofísico dejó la telefoto impresa sobre la mesa y contempló a Lukas con una mirada especulativa.
—¿Qué pasa, Mike? ¿No le sienta bien el viaje? Tal vez necesita usted un tónico.
—¿Acaso no lo necesitamos todos? —Lukas miró pensativamente a través del tablero de observación—. Yo, usted y el homo sapiens. Necesitamos una nueva perspectiva, un orden revitalizado de valores. Los viajes espaciales llegaron cuando estábamos mental y emotivamente débiles. No estábamos preparados para esta empresa. Hemos descubierto diecisiete planetas nuevos y no hemos aprendido nada. Nos hemos limitado a coger lo que deseábamos y a salir corriendo hacia un nuevo Jardín del Edén. Somos un montón de serpientes deslizándose por encima de la hierba.
Alsdorf se encogió de hombros.
—Elabora usted unas metáforas muy bonitas, pero no significan nada.
—Nos queda un consuelo —dijo Chirico con una mueca—. Ninguna de nuestras serpientes espaciales se ha tropezado aún con ningún Adán y su correspondiente Eva.
—No —dijo Lukas en tono sombrío—. Pero llegarán a hacerlo... y entonces, que Dios se apiade de ellos.


Alsdorf trepó a la cúpula y empezó a regular el telescopio manual.
—Tendré el resto de los datos preparados dentro de unas seis horas, Mike, si puede usted olvidarse del Jardín del Edén el tiempo suficiente para preparar el aterrizaje.
Su tono estaba impregnado de sarcasmo.
—Desde luego —dijo Lukas—. Voy a despertar a Duluth y le enviaré a comprobar los tubos de volatilidad.
Desapareció por la escotilla.
—¿Cree usted que Mike está mal de la azotea? —preguntó Chirico pensativamente.
Alsdorf apartó la mirada del telescopio unos instantes.
—Todavía no. Sólo está adquiriendo una consciencia que mira hacia dentro. Ya sabe usted que los pilotos espaciales no duran mucho.
El italiano empezó a reajustar el estéreo-radar.
—¡Qué diablos! —murmuró en voz baja—. Todos acabamos por gastarnos.
Nueve horas más tarde, el Henri Poincaré oscilaba lentamente fuera de órbita en el primer y amplio circuito de un oblicuo descenso en espiral. Al cabo de quince minutos tocó las capas exteriores de la estratosfera, y los cuatro ocupantes de la nave, tendidos en sus literas, se disponían a soportar un agonizante zigzagueo mientras la nave disminuía su velocidad mediante impactos fricciónales sobre las delgadas capas de aire.
Lukas, relevado de toda responsabilidad por las decisiones automáticas del piloto electrónico de aterrizaje, se esforzaba por mostrarse indiferente ante las enormes presiones provocadas por la desaceleración. Una larga experiencia le había permitido desarrollar una especie de resistencia mental contra las peores molestias de la maniobra de aterrizaje. Su cabeza reposaba sobre la almohada enfrente de un tablero de observación, y durante los escasos momentos en que las fuerzas G se debilitaban suficientemente para permitirle utilizar sus ojos, podía ver un amplio arco de Formalhaut Tres oscilando fuertemente contra el telón de fondo del espacio.
A pesar de tener un número respetable de viajes detrás de él, Duluth se sentía siempre muy afectado por los aterrizajes. Luchaba instintiva e inútilmente contra las fuerzas implacables que le aplastaban. Mientras el Henri Poincaré se hundía en las capas de aire, Duluth sintió la mortal agonía de la resistencia mordiendo sus músculos, y en su impotencia murmuró un torrente de blasfemias.
Alsdorf y Chirico, comparativamente novatos en cuestiones de aterrizaje, habían adoptado la precaución de ingerir unas píldoras que los sumieron en un profundo sueño. Pero incluso dormidos sus cuerpos se agitaban y contorsionaban como si estuvieran sacudidos por cuerdas invisibles.
Súbitamente, la nave entró en contacto con la atmósfera adecuada. Esta vez, la presión se hizo insoportable. Lukas y Duluth perdieron simultáneamente el conocimiento. Cuando volvieron a abrir los ojos, el dolor desaparecía ya de sus cuerpos. Empezaban a experimentar una agradable sensación de paz. El Henri Poincaré había efectuado un aterrizaje perfecto.
Duluth sacudió la cabeza para despejarse del todo.
—Casi me he tragado mi sucia lengua —murmuró. Miró a su alrededor y vio que Lukas estaba ya desabrochándose las correas. Alsdorf y Chirico habían dejado de moverse, pero seguían sumidos en la inconsciencia.
—Mire las bellas durmientes —añadió Duluth, sintiéndose mejor—. ¿Hasta cuándo van a dormir?
Lukas se puso en pie y se desperezó. Le dolían intensamente los músculos de la espalda, no acostumbrados aún al alivio de la tensión.
—Tienen que estar con nosotros dentro de media hora... Vamos, Joe, echemos una ojeada a los nuevos terrenos de la Trans-Solar Chemicals.
Trepó a la cúpula de observación y dirigió su primera mirada al nuevo planeta.
—¿Qué aspecto tiene? —inquirió Duluth, mientras luchaba impacientemente con la hebilla de su cinturón de seguridad—. ¿Algo raro?
Lukas estaba asombrado.
—¡Caramba! Aparte de los colores, esto podría ser Sudamérica o la costa africana.
Su voz temblaba de excitación.
—¡Jesús! —exclamó Duluth—. Tal vez nos hemos equivocado y hemos regresado al Sistema.
Subió apresuradamente la corta escalerilla y se colocó al lado de Lukas.
Desde su punto de observación en la nave, a más de setenta metros sobre el nivel del suelo, gozaban de una vista panorámica de la zona de aterrizaje.
El Henri Poincaré había venido a descansar sobre una amplia faja de arena. A unos cinco kilómetros al este, el tranquilo océano verde-esmeralda permanecía tan llano como un espejo bajo un cielo neblinoso y amarillento. Al otro lado de la nave, a cosa de un kilómetro al oeste, un brillante bosque verde-azulado surgía bruscamente de la rojiza arena.
Nada se movía; pero, allá a lo lejos, sobre la faja de arena, había una hilera de manchas oscuras que demostraron ser, a través de un examen con el telescopio, una manada de aves en reposo; algo así como gaviotas terrestres.
Encima, brillaba intensamente el sol de mediodía, enviando su luz a través de una capa de nubes. La estrella, Formalhaut, estaba a mil millones de millas de distancia; pero su intensa radiación bañaba al tercer planeta con una claridad casi igual al brillo tropical que se encuentra en la Tierra.
—Bueno, ¿qué me dice usted? —exclamó Duluth, después de varios segundos de fascinado silencio—. La atmósfera tiene un aspecto excelente.
—Tony dice que no tendremos ninguna dificultad con la atmósfera, pero más vale prevenir que curar... ¿Qué le parece si empezamos a bajar la escalerilla mientras Kurt y Tony terminan su siesta?
—De acuerdo —dijo Duluth—. Voy a ponerme el traje antipresión y estoy con usted.
—Póngase también una máscara de respiración —le aconsejó Lukas—. La presión es ligeramente inferior a una atmósfera.
Duluth bajó la escalerilla de la cúpula de observación, envió un beso con los dedos cruzados a los dormidos científicos y desapareció por la escotilla. Un momento después, Lukas le oyó manipular en la cámara reguladora de la presión.
Lukas permaneció unos instantes más en la cúpula, mirando a su alrededor. El vago malestar que había experimentado acerca de Formalhaut Tres se intensificó. Normalmente, no era un hombre supersticioso ni dado a las premoniciones; y su malestar resultaba difícil de analizar.
Como había intervenido en otras tres investigaciones planetarias, estaba mentalmente preparado para cualquier razonable eventualidad física que pudiera presentarse. Pero, aunque Lukas experimentaba la sensación de que existía alguna amenaza oculta en el casi convencional paisaje de Formalhaut Tres, tenía la extraña seguridad de que no era física.


Mientras sus ojos vagaban ociosamente por la primera hilera de árboles del bosque, creyó notar una especie de movimiento, pero cuando enfocó el telescopio en aquella dirección no pudo ver nada. Probablemente, se dijo a sí mismo, se trataba de alguna reflexión de aquella singular luz amarillenta.
Unos gruñidos soñolientos procedentes de abajo indicaron que Alsdorf y Chirico se habían despertado. Lukas descendió la escalerilla para ayudarles a desprenderse de sus cinturones de seguridad.
—¡Diablo! —murmuró el pequeño italiano, parpadeando penosamente—. Me duele todo el cuerpo, como si me hubieran pegado una paliza.
—Tómese esta píldora. Se sentirá mejor.
Sosteniéndose la frente con una mano, Alsdorf movía suavemente la cabeza de arriba abajo. Parecía sorprendido de que no se le cayera al suelo.
—¿Cuál es la situación? —preguntó.
Lukas señaló con el dedo hacia la cúpula de observación.
—Demasiado buena para ser verdad. Véalo usted mismo.
—¿Alguna señal de vida?
—Aves, creo, pero demasiado lejos para apreciarlas con detalle.
—Bien, bien. Esto es un comienzo excelente. Tal vez encontremos algo mejor que un seudolobo de tres patas, ¿eh, Mike?
—Tal vez.
Los dos científicos subieron a la cúpula de observación. Lukas se quedó mirándolos, y luego dijo:
—Joe ha ido ya a estirar las piernas. ¿Pueden verle desde ahí?
Chirico se echó a reír.
—Por un momento creí que era el comité de bienvenida.
Lukas dijo:
—Voy a beber algo antes de salir. Si me necesitan, estaré en la despensa.
Desapareció por la escotilla.
Diez minutos después, Alsdorf y Chirico se reunieron con él. Se sentaron alrededor de la mesa, sorbiendo café caliente, gozando la sensación de una gravedad casi normal y discutiendo planes para el futuro inmediato. Alsdorf, como representante más antiguo de la Trans-Solar Chemicals, estaba ocupado anotando las obligaciones a que debería atender cada uno de ellos.
Repentinamente, se oyó un fuerte ruido en el compartimiento inferior. Luego sonaron pasos en la escalerilla principal. Los tres hombres se levantaron a la vez y se encaminaron a la escotilla. Casi al mismo tiempo apareció Duluth. Llevaba un traje antipresión. En cuanto vio a sus compañeros se quitó el capuchón.
—¡Monos! —jadeó—. ¡Unos monos enormes!
—¿Dónde? —inquirió Alsdorf.
—A medio kilómetro de aquí. Hay un montón de ellos, quince, tal vez veinte, que se dirigen hacia aquí procedentes del bosque.
Chirico casi brincaba de excitación.
—La cosa no puede presentarse mejor. Parece que esta vez vamos a encontrar algo.
Los tres hombres se colocaron apresuradamente sus trajes antipresión, mientras Duluth recogía un par de pistolas ametralladoras para enfrentarse con cualquier contingencia que pudiera surgir. Luego bajaron todos a la cámara reguladora de la presión. Cuando descendían la escalerilla lateral de la nave, el grupo de monos estaba a menos de un centenar de metros de distancia.
Duluth y Alsdorf apoyaron firmemente las pistolas ametralladoras en sus caderas.
—¿No es divertido? —observó Duluth a través de su radio portátil—. Miren, llevan unos bultos. ¿Qué se apuestan a que nos bombardean con cocos gigantes?
—¡Antropoides! —exclamó Chirico incrédulamente—. ¡Ésta si que es buena! ¡Encontrar antropoides en nuestro primer aterrizaje! ¡No, santo cielo, no son antropoides! ¡Son homínidos! ¡Fíjense en el tamaño de sus cabezas!
Lukas estaba mirando fijamente a través de su visor. Sus ojos no se habían adaptado aún a la extraña luz de Fomalhaut Tres; pero, a medida que el grupo se acercaba más, avanzando a una especie de trote, vio que sus miembros eran blancos y desprovistos de pelo, aunque sus rostros estaban medio ocultos bajo una oscura e hirsuta melena.
—La mayor diferencia entre ellos y nosotros —dijo, con cierta complacencia—, es el corte de pelo.
—Además de otro pequeño detalle —dijo Alsdorf—. Da la casualidad de que nosotros estamos civilizados.
Lukas dejó oír una risa sarcástica.
—Esto es lo que decimos nosotros. Pero habría que verlo.
A unos quince pasos de distancia, el grupo se reunió en semicírculo y se detuvo. A una señal del que iba en el centro, colocaron sobre la arena los bultos que llevaban y aguardaron con aire expectante. Hombres y homínidos se contemplaron unos a otros. Los dos grupos parecían reacios a dar el primer paso.
Lukas y sus compañeros vieron que los habitantes de Formalhaut Tres eran casi uniformemente altos. Cada uno de ellos era dos pulgadas más alto que Alsdorf, el más alto de los terrestres. Eran seres de pecho poderoso, anchos hombros y brazos largos y nervudos. Tenían los dedos de los pies algo encorvados, como si estuvieran más acostumbrados a aferrarse a las ramas de los árboles que a sostener aquellos pesados cuerpos en equilibrio. Sus rostros —lo que podía verse de ellos bajo la mata de hirsuto pelo— eran casi neanderthalianos, con anchas fosas nasales, labios abultados, frentes hundidas y un ocasional destello de ojos oscuros debajo de unas pobladas cejas.
De pronto, uno de ellos, cuyo pelo era más claro y más fino que el de los otros, dio unos pasos hacia adelante y extendió el brazo derecho a la altura del hombro, como si saludara Sus labios empezaron a moverse.
Embutidos en sus trajes antipresión, los terrestres no podían oír ningún sonido. Pero Lukas decidió súbitamente que valía la pena exponerse a pillar algún microbio para oír lo que el Hombre de Neanderthal, versión Formalhaut Tres, tenía que decir. Se quitó el capuchón.
—Czanyas —dijo el homínido, tocando su propio pecho. Luego, señalando hacia los terrestres: Olye ma nye kran czanyas.
Lukas avanzó un par de pasos y repitió la palabra czanyas en plan de prueba, señalando al homínido con su dedo índice.
El grupo entero dejó oír unos sonidos guturales y los labios se abrieron en amplias sonrisas. Estimulado por ellas, Lukas se golpeó el pecho.
—Olye ma nye kran czanyas?
Expresó su azoramiento con gestos exagerados. El anciano homínido señaló al cielo.
—Olye —dijo. Luego señaló a Lukas, Alsdorf, Chirico y Duluth, uno a uno—. Czanyas... Olye ma nye kran czanyas.
Duluth se había quitado el capuchón.
—¿Qué es lo que dice el vejete, Mike?
—Por si no nos hemos dado cuenta —dijo Lukas con una mueca—, está señalando la diferencia existente entre ellos y nosotros, supongo. Ellos son hombres, y nosotros somos hombres de la nave del cielo, o algo por el estilo.


El viejo homínido se volvió hacia su tropa, haciendo una señal con la mano. Uno a uno avanzaron hacia los terrestres y dejaron a sus pies sus presentes. Luego volvieron al semicírculo y se pusieron en cuclillas. Súbitamente, cada uno de los terrestres tuvo a sus pies un montón de variados frutos de diversas formas, tamaños y colores. Chirico, incapaz de contener su interés, se quitó el capuchón y se inclinó para examinar su montón. A sus pies tenía los equivalentes locales de melones, uvas, naranjas, nueces e incluso maíz.
Únicamente Alsdorf seguía manteniendo una actitud suspicaz, sin quitarse el capuchón y cubriendo a los homínidos con su pistola ametralladora.
Lukas examinó su propio montón de frutas, y luego, con abundancia de gestos y paciente repetición, trató de hacer comprender a los homínidos que él y sus compañeros estaban agradecidos. Finalmente se volvió hacia Duluth.
—Sería mejor corresponder a su amabilidad. ¿Qué podemos darles, Joe?
Duluth sonrió.
—¿Qué le parece una pistola ametralladora o una bomba de gas?
Pero Lukas no estaba de humor para bromas.
—Por desgracia, no tardarán en obtener los beneficios de la civilización — murmuró—. Creo que podríamos darles unos cuantos recipientes de plástico. ¡Vaya por ellos!
—Voy, jefe. No se lo tome usted así.
Duluth regresó a la nave y unos momentos después volvió a presentarse con una brazada de utensilios de plástico, los cuales ofreció a los homínidos mientras les deseaba seriamente unas felices Navidades.
Por espacio de una hora se esforzaron Lukas y Chirico en establecer el significado de varias palabras. Incluso Alsdorf se sintió lo suficientemente interesado como para quitarse el capuchón y unirse al juego. Descubrieron que solyenas era comida; czanyas solyenas ra, hombre come comida. Aprendieron que koshevo significaba agua; ilshevo, tierra, y lashevo, aire. También se enteraron de que olye no significaba cielo, sino sol.
Y mientras descubrían todos aquellos significados, el sol se hundía lentamente en el amarillento cielo hasta desaparecer por detrás de la línea de árboles. Los homínidos indicaron entonces que deseaban regresar al bosque, pero que volverían de nuevo "cuando el sol surgiera por encima del océano".
—Mahrata —dijo el anciano y arrugado jefe levantando el brazo—. Olye kalengo, czanyas kalengo. Olye rin koshevo, da czanyas va.
—Yo también —sonrió Duluth—. ¿Qué es lo que está diciendo, Mike?
—Dice: "Adiós. Sol duerme, hombres duermen. Sol se levanta del agua; entonces hombres vuelven".
Los cuatro terrestres contemplaron al grupo de homínidos alejándose a través de la faja de arena en dirección al bosque, envuelto ahora en sombras. Luego regresaron a la nave, llevándose la mayor parte de las frutas y dejándolas en el laboratorio para que Chirico pudiera analizarlas.
La breve pero tremenda impresión del aterrizaje, seguida por el igualmente tremendo descubrimiento de que Formalhaut Tres estaba habitado por seres de aspecto humano, habían agotado en ellos todas sus energías emotivas y mentales. Estaban cansados y, para sorpresa suya, rabiosamente hambrientos.
Sin embargo, quedaba aún alguna luz diurna y Alsdorf sugirió que podían descargar el tractor oruga a fin de tenerlo dispuesto para el primer viaje de exploración. Pero cuando hubieron preparado la grúa que debía descargar el tractor, había oscurecido demasiado para ver lo que estaban haciendo. Duluth se dirigió al cuarto de navegación y sacó tres faros, montándolos de modo que proyectaran su luz en la zona de terreno que quedaba inmediatamente debajo de la grúa. Durante otro cuarto de hora los hombres trabajaron en silencio, sacando el tractor del vehículo espacial y enganchándolo a la grúa con cables de hiduminio. Al final consiguieron depositarlo en el suelo y tuvieron la satisfacción de saber que la primera expedición podría ponerse en marcha en cuanto saliera el sol.
—No puedo resistir más —jadeó Duluth mientras contemplaba el tractor al pálido reflejo circular de los faros.
Chirico se secó el sudor que empapaba su frente.
—Apuesto a que me comería crudo uno de nuestros homínidos domesticados.
—Propongo una cosa —dijo Lukas—. Pollo y cerveza helada. ¿Alguien está de acuerdo conmigo?
Se produjo una desbandada en dirección a la despensa.
Mientras daban cuenta de una suculenta comida, la conversación se refirió principalmente a los homínidos y a la posibilidad de que Formalhaut Tres poseyera un tipo más desarrollado de civilización. De los cuatro, Alsdorf era el menos interesado en lo que describió como "curiosidades orgánicas del planeta". Siendo uno de los geofísicos más destacados de la Trans-Solar Chemicals, sólo le preocupaba el contenido mineral del planeta, el modo de explotarlo y las posibilidades de transportarlo al sistema solar.
—No olviden —dijo secamente— que estamos aquí para localizar metales raros, no para investigar las formas de vida indígenas. Los homínidos son muy interesantes, pero no debemos permitir que nos distraigan de nuestra verdadera tarea. Por otra parte, si existen posibilidades mineras en gran escala, pueden proporcionarnos una excelente mano de obra. De no ser así...
Lukas quitó la espuma de su cerveza.
—Kurt, hay veces que me pone usted enfermo. Esos desgraciados tienen derecho a su propia existencia. Me horrorizaría verles convertidos en un montón de coolies para que la Trans-Solar pudiera duplicar sus dividendos. ¿Es que no tiene usted consciencia?
Alsdorf hizo una mueca.
—Mi deber hacia mi vecino —dijo hipócritamente— es, desde luego, mi deber hacia mis compañeros de humanidad. Si la situación lo exigiera, no vacilaría en explotar a esos seres en beneficio de la humanidad. Naturalmente, durante el proceso los civilizaríamos.
—¡Váyanse al diablo los dos! —exclamó Duluth—. ¿Por qué perder el tiempo discutiendo acerca de algo que todavía no ha ocurrido? Tomemos otra cerveza... Me pregunto si esos muchachos de pelo largo tienen alguna idea de lo que es una buena tunda... Vamos a civilizarles..., vamos a enseñarles el modo de hacer whisky de cebada para que puedan obsequiar con él a los excelentes caballeros del espacio.
Al día siguiente, en cuanto amaneció, los homínidos regresaron con más presentes, aunque esta vez, eran de una naturaleza tal, que, al verlos, Alsdorf abrió unos ojos como platos.
Nadie estaba despierto cuando llegaron, de modo que se sentaron pacientemente alrededor de la nave y entonaron un monótono canto, dedicado al Henri Poincaré o a sus ocupantes.
Lukas fue el primero en bajar. Vio que sus presentes consistían en pequeños vasos de metal con adornos primitivos, y supuso que les eran ofrecidos a cambio de los coloreados recipientes de plástico que les habían regalado el día anterior.
El anciano que había tomado la palabra en aquella ocasión se puso en pie y abrió la ceremonia.
—Mahrata-nua —dijo—. Olye rin a koshevo, e czanyas va kala mu omeso.
Se llevó el vaso que sostenía en la mano al centro de la frente y luego se lo entregó a Lukas.


Lukas experimentó la extraña sensación de que los homínidos les estaban gastando una especie de broma, la clase de broma que unos adultos podían montar para engañar a unos crédulos chiquillos. Pero sus ojos se encontraron con la ingenua mirada del anciano homínido y la sensación desapareció.
Cogió el vaso, y estaba ocupado aún en expresar su gratitud por medio de gestos cuando bajó Alsdorf. El geofísico fue obsequiado inmediatamente con otro vaso. Tras dirigir una sonrisa condescendiente al viejo, se dedicó a examinar el vaso. Inmediatamente se olvidó de todo. Sacó un pequeño cuchillo de su bolsillo y rascó la superficie del metal. Luego sacó una lupa y continuó su atento examen. Ahogando una exclamación, regresó precipitadamente a la nave. Cinco minutos más tarde volvió a presentarse, pálido y tembloroso.
—Mike, ¿sabe usted con qué está hecho esto?
Sostenía el vaso en la mano, con una expresión de incredulidad en el rostro.
—No tengo ni idea —dijo Lukas tranquilamente—. ¿Lo sabe usted?
—¡Platino! —exclamó Alsdorf—. ¡Platino macizo! Acaban de regalarnos una pequeña fortuna.
Aunque era totalmente imposible que los homínidos comprendieran lo que Alsdorf estaba diciendo, sonrieron ampliamente, como si les divirtiera su excitación... o como si su broma hubiera alcanzado el éxito apetecido.
Mientras Alsdorf se aseguraba de que el vaso que Lukas tenía en la mano estaba hecho también de platino, aparecieron Duluth y Chirico. También ellos fueron obsequiados con los correspondientes vasos.
—¡Vaya una bicoca! —exclamó Duluth—. ¡Platino puro! Supongo que podremos montar un pequeño puesto comercial. Cambiaremos plástico por platino..., y un intercambio honrado no es un robo. Creo que no tendremos que seguir trabajando. Siempre he deseado comprarme una finca en el Sur de Francia para ir a descansar de mis viajes espaciales. Ahora creo que podré comprar todo el Sur de Francia.
Chirico no parecía estar muy convencido.
—En el momento en que lleguemos al sistema solar —dijo—, la Trans-Solar entrará en acción. Antes de que podamos darnos cuenta, el mercado del platino se habrá cerrado para nosotros.
—Haremos el negocio con el primer cargamento —dijo Duluth alegremente—. Creo que voy a comprar Suiza. Por los deportes de invierno, ¿saben?
Lukas sonrió.
—Esta nave pertenece a la Compañía —observó—. Lea usted el reglamento, hijo. Todo cargamento pertenece a la Trans-Solar.
Entretanto, el anciano homínido había empezado otro discurso. Tras muchos esfuerzos por ambas partes, los terrestres comprendieron que les estaba ofreciendo la hospitalidad de su aldea.
Alsdorf dijo:
—No podemos ir todos. Tiene que quedarse alguien vigilando la nave. Y necesito a Tony para explorar el terreno. Vamos a empezar esta misma mañana —Hizo una pausa—. Ahora ya sabemos lo que tenemos que buscar.
Duluth lanzó al aire su vaso y volvió a recogerlo. Miró a Lukas con expresión sonriente.
—Le ha tocado a usted, Mike. Procure divertirse y no se meta con las mujeres.
—¿Por qué no va usted, Joe? Es usted más amigo de las diversiones que yo... ¿Tiene algún inconveniente?
—No, ningún inconveniente —dijo Duluth con aire de inocencia—. Pero antes de ir allí me gustaría que alguien pudiera asegurarme que esos muchachos no son caníbales. Sea buen chico y procure traerse unas cuantas muestras más. Creo que la Trans-Solar no se preocupará por unos kilos de más o de menos.
Cinco minutos más tarde se encaminaba Lukas hacia el bosque a través de la faja de arena, andando con el anciano homínido en cabeza de la columna.
Alsdorf contempló la procesión en silencio unos instantes y luego dijo:
—¿Se ha llevado una pistola ametralladora?
Chirico empezó a examinar el curioso dibujo de su vaso.
—No se ha llevado nada, Kurt. Al menos eso es lo que yo creo.
—A Lukas no le importa morir —dijo Alsdorf cínicamente. Se volvió hacia Duluth—. ¿Cómo andamos de músculos, Joe? Tenemos que cargar el tractor de material.
La aldea consistía en un par de docenas de cabañas de dos habitaciones, de paredes de adobe y techos de hojarasca. Se alzaba en un pequeño claro del bosque, a unos tres kilómetros del Henri Poincaré.
A su modo, Lukas había tendido anteriormente al romanticismo en su idea del "noble salvaje". Durante el largo viaje espacial había discutido el tema con Alsdorf y había basado sus argumentos relativos a la decadencia de la civilización en el supuesto de que el hombre primitivo poseía algún elemento heroico —una ruda inocencia quizá— que había sido corrompido lentamente por el desarrollo del poder sintético. Por poder sintético entendía el rendimiento de toda la maquinaria cuya energía no derivaba directamente del hombre en sí. La humanidad terrestre había dejado de vivir con el sudor de su frente y había confiado al petróleo, a la energía atómica y a la fuerza solar las tareas que significaban algún esfuerzo físico, y con ello, pensaba Lukas, había perdido irremediablemente una indefinible fuerza vital. En lo íntimo de su ser, Lukas se despreciaba a sí mismo como producto de una civilización mecánica. En lo íntimo de su ser despreciaba la fascinación que los viajes espaciales tenían para él, ya que significaban la confianza suprema en la máquina. De muchacho había leído historias, medio leyenda, medio realidad, acerca de las razas extinguidas: Los indios norteamericanos, los esquimales, los polinesios. Su existencia del todo primitiva le había impresionado. Su eventual extinción —obra del hombre moderno— había infligido un duro golpe a su temprana y convencional fe en los beneficios de la ciencia. Desde entonces había considerado su propia aptitud y su afición a las máquinas con una mezcla de odio y de culpabilidad. Y aunque llegó a ser un piloto de primera categoría, estaba avergonzado de su habilidad y, a la vez, desconfiaba de ella. Inconscientemente seguía suspirando por la vida sencilla.
La aldea a la cual le condujeron los homínidos le produjo una leve decepción. Era mugrienta y olía mal. Supo entonces que había esperado encontrar algo mejor.
Las mujeres, lo mismo que los hombres, iban casi desnudas. Sus arrugados vientres colgaban con laxitud mientras llenaban recipientes de agua en el cercano arroyo o regresaban de su expedición matinal con una cesta de fruta y un par de raquíticos chiquillos agarrados a sus rodillas. El ambiente estaba impregnado de indolencia.
Contempló la escena con la sensación de que quizás Alsdorf tenía razón después de todo. Quizá Formalhaut Tres se beneficiaría de las comercialmente "civilizadoras" aventuras de la Trans-Solar Chemicals, aunque todos los homínidos quedaran reducidos a la condición de coolies. Al menos la Trans-Solar les proporcionaría ayuda médica, condiciones sanitarias de vida y las vitaminas en que pudieran ser deficitarios.


El viejo homínido que le había regalado los vasos de platino y que luego le había ofrecido su patética hospitalidad se llamaba Masumo. Condujo a Lukas a una de las cabañas de adobe y le invitó a sentarse en el arenoso suelo. Inmediatamente les fueron servidos unos tazones de leche vegetal y ñames cortados a rajas por una arrugada anciana. Lukas lo contempló con cierta sensación de asco, pero decidió arriesgarse a probarlo. Después de todo, se dijo, incluso a un ser primitivo, habitante de una choza de la selva, le era posible sentirse insultado.
Sorprendentemente, el principal interés de Masumo estribaba en inducir a Lukas a hablar. No la lengua homínida, sino su propio idioma. Mediante una complicada amalgama de signos, gestos y sonidos, expresó su deseo de que Lukas hablara de su propio mundo, de ciudades y viajes espaciales. Pasó algún tiempo antes de que esta idea se hiciera evidente y Lukas la aceptó de mala gana, dándose cuenta de que sería como hablar con una pared.
Pero al cabo de un rato empezó a entregarse de lleno al tema. Casi olvidó la presencia de Masumo, con la extraña sensación de que se estaba librando de una carga íntima. Describió la vasta cultura metropolitana que se había desarrollado sobre la Tierra, la lenta convergencia entre el Este y el Oeste, el origen del gobierno federal mundial después de la primera y última guerra atómica, la exploración de los planetas solares y la carrera por los astros.
Y mientras hablaba, un oscuro designio parecía tomar forma en un rincón de su cerebro.
El sol había empezado a ponerse cuando Lukas regresó a la nave. Duluth le estaba esperando, pero los demás no habían vuelto aún con el tractor.
—Hola, Mike. ¿Le ha ido bien con las solteronas del pueblo? ¿Qué tal ha estado la cosa?
Lukas se lo dijo.
El mecánico se quedó mirándolo con expresión de incredulidad.
—Muchacho, uno de los dos padece una insolación..., y yo me encuentro perfectamente. ¿Dice usted que ha pasado la mayor parte del tiempo hablando en inglés?
—Eso es lo que el viejo deseaba —Lukas se rascó la cabeza y frunció ligeramente el ceño—. Lo raro es que me pareció completamente natural una vez hube empezado. Debería usted ver aquella aldea, Joe; resulta aleccionador... Bien, ¿qué es lo que ha estado haciendo usted?
Duluth sonrió.
—He hecho novillos. Las cosas estaban tan tranquilas por estos alrededores que he montado el triciclo y me he ido a dar un paseo. He recorrido casi un centenar de kilómetros.
—¿Ha visto a Kurt y a Tony?
—No. He ido en dirección Norte. Oiga, Mike, usted cree que este planeta está lleno de diversas formas de vida, ¿no es cierto?
—¿Y no es así?
—No es eso lo que yo creo. Verá, cuando había recorrido unos quince kilómetros me harté de arena y me fui a dar una vuelta por el bosque. Vi unos cuántos pájaros, ardillas y algo que parecía un conejo. Pero no vi ningún bicho grande. ¿Qué opina usted de eso?
—Nada ¿Qué podría opinar?
—No lo sé. Pero yo lo encuentro muy raro. Pensando en ello, todo este lugar resulta muy raro..., demasiado tranquilo.
Lukas recordó súbitamente la extraña sensación que había experimentado cuando Masumo le había ofrecido el vaso de platino aquella misma mañana. Estaba a punto de contárselo a Duluth, pero se vio interrumpido por el resplandor de unos faros que llegaba de la parte del bosque.
—Ahí están —dijo Lukas—. Kurt ha encendido los faros.
Unos instantes después, Alsdorf y Chirico penetraban en la despensa. Los ojos del geofísico brillaban de satisfacción.
—Paladio y platino —dijo, tratando de contener el temblor de su voz—. Depósitos aluviales concentrados. Puede llenarse uno el bolsillo de pepitas sin andar una docena de pasos. Échenle una mirada a esto.
Les entregó unas cuantas piedras irregulares, de color negruzco, para que las examinaran.
—Parecen trozos de escoria —dijo Duluth en tono indiferente.
—Están cubiertas de óxido de hierro —explicó Alsdorf con impaciencia—. Hay más platino en un kilómetro cuadrado de este planeta que en todos los planetas solares juntos. Vamos a hacer historia. Esto va a ser algo tan grande...
—Apuesto a que los homínidos saltarán de alegría —dijo Lukas secamente. Alsdorf se echó a reír.
—Encontramos unas cuantas de sus toscas herramientas por allí. Picos y palas de fibras. ¿Se da usted cuenta? Tienen platino y paladio, pero no tienen hierro.
Su risa resultaba casi ofensiva. Chirico miró fijamente a Lukas.
—No parece usted muy contento, Mike. ¿Hay algo que no funcione como es debido?
—No —respondió Lukas con una débil sonrisa.
Alsdorf recogió sus valiosas pepitas y volvió a introducirlas en su bolsillo.
—¿Qué tal le ha ido el viaje, Mike? ¿Trataron de envenenarle?
—No necesitaban hacerlo. El lugar donde viven es infernalmente pútrido.
El alemán se encogió de hombros.
—¿Qué esperaba usted? Dentro de un par de años las cosas habrán cambiado. Inocularemos a los homínidos la idea del esfuerzo organizado. Ellos no lo saben aún, pero van a construir un espaciopuerto.
Lukas sonrió sarcásticamente.
—¿Y cree que eso les entusiasmará?
—Les convertiremos, Mike.
Alsdorf estaba lleno de confianza, lleno de la seguridad en sí mismo del hombre civilizado, convencido —como otros lo habían estado antes— de que las máquinas y la guerra psicológica harían que la dominación de una tribu de salvajes no representara ningún problema.
A la mañana siguiente, después de desayunar, Alsdorf y Chirico montaron en el tractor para continuar sus investigaciones. Duluth se quedó en la nave dedicado a pequeñas tareas relacionadas con sus funciones de mecánico. Pero a mediodía había terminado, y sugirió que él y Lukas podían ir a dar una vuelta en el triciclo.
—No cuente conmigo, Joe —dijo Lukas mirando pensativamente a través de un panel transparente del cuarto de navegación—. Entre otras cosas, voy a poner al día el diario de navegación. No había tenido tiempo de hacerlo hasta ahora.
—De acuerdo —dijo Duluth—. Yo voy a ver si cazo alguna ardilla, si es que no encuentro nada que valga más la pena. Tal vez le eche una ojeada a la aldea en el camino de regreso.
Desapareció por la escotilla y poco después Lukas vio alejarse el triciclo a toda velocidad por la lisa faja de arena.
Se quedó mirándolo hasta que se convirtió en un pequeño punto negro, apenas visible en la distancia, y entonces se sentó ante la mesa y cogió el diario de navegación. Empezó a anotar los datos con una caligrafía clara y uniforme y en un estilo conciso.
Llevaba unos veinte minutos trabajando cuando una voz murmuró suavemente junto a su oído: Masumo desea hablar con Lukas, el de la máquina del cielo.


Lukas saltó del asiento como si le hubieran pinchado. Miró a su alrededor, pero en el cuarto no había nadie. Entonces miró a través del tablero de observación y vio a cierta distancia una pequeña y desnuda figura que avanzaba hacia el Henri Poincaré. Intrigado, Lukas bajó para salir a su encuentro.
—¿Me habló usted mientras yo estaba en la máquina del cielo? —preguntó bruscamente.
Pero Masumo se limitó a sonreír, alzó la mano en un gesto amistoso y le dirigió el tradicional saludo en su propio idioma. Lukas se lo devolvió y el anciano homínido y el capitán se dirigieron juntos hacia la nave.
Lukas se había olvidado ya de la voz, por extraño que pudiera parecer, y no recordó el detalle hasta mucho más tarde. Repentinamente había sentido el deseo de mostrar a Masumo el interior de la nave, de ver cómo reaccionaba ante las maravillas de la ciencia terrestre.
Señaló con la mano la escalerilla exterior. El homínido sonrió y trepó por ella a increíble velocidad. Lukas le siguió y empezó su tarea de cicerone.
Si había esperado una reacción violenta —alguna manifestación de superstición, de temor o algo por el estilo—, quedó decepcionado. Masumo contempló los tubos de volatilidad, las pilas de conducción, las unidades Kirchausen, los refrigeradores, las literas, las cocinas electrónicas y los proyectores cinematográficos con la misma blanda sonrisa. Era, pensó Lukas, como si el anciano homínido estuviera en guardia contra algo..., demasiado en guardia para recordar que debía mostrarse adecuadamente asombrado.
Sólo una vez se olvidó Masumo de sí mismo. Estaban en el cuarto de navegación, y Lukas acababa de mostrarle el telescopio manual, apuntándolo hacia el bosque y diciéndole que mirara por él. Pero ni siquiera el cristal que acercaba mágicamente las cosas impresionó a Masumo. Lo trató con la misma sonrisa de indiferencia.
Decepcionado, Lukas dirigió su atención al transmisor, tratando de establecer contacto con el tractor para ver si Masumo reaccionaba al oír unas voces que forzosamente tenía que reconocer. Buscó la frecuencia de quinientos kilociclos —la frecuencia convenida— y llamó repetidas veces. Pero no se produjo ninguna respuesta, y Lukas llegó a la conclusión de que Alsdorf y Chirico habían descendido del tractor y estaban efectuando alguna exploración a pie.
Mientras Lukas manipulaba en el aparato de radio, Masumo se dedicó a examinar un mapa estelar desplegado sobre una mesa. Al levantar la vista del aparato transmisor Lukas vio que el anciano mostraba un inusitado interés por el mapa y que su huesudo índice se movía de una constelación a otra sin conseguir disimular del todo la profunda excitación que experimentaba en aquellos momentos.
Al ver que Lukas le estaba mirando, Masumo pareció recobrarse repentinamente y adoptó de nuevo su actitud de salvaje ignorante. La blanda sonrisa volvió a cubrir su rostro como una máscara.
—Masumo, usted sabe lo que es eso, ¿no es cierto? —preguntó Lukas señalando el mapa.
Pero el homínido simuló no haberle comprendido y dijo en su propio idioma:
—Háblame, hombre del cielo. Háblame de tu viaje a través del océano de muchos soles.
Lukas estaba convencido de que Masumo no era tan ignorante como fingía y deseaba sonsacarle la verdad. Pero en lugar de eso, se encontró a sí mismo obedeciendo al anciano homínido con un raro sentimiento de emotiva sumisión, como si todo el poder de su voluntad hubiera quedado paralizado.
Masumo abandonó el Henri Poincaré poco antes de la puesta del sol..., lo suficiente para que le diera tiempo de regresar a la aldea sin que se le echara la noche encima. Unos minutos después de su marcha, Lukas pareció despertar de un estupor emotivo y mental. Tenía la sensación de haber estado soñando. Encendió un cigarrillo, se preparó una bebida caliente y trató de analizar con calma los acontecimientos de aquella tarde.
Estaba meditando aún en la situación, cuando se presentó Duluth, de regreso de su paseo en el triciclo. El mecánico encontró a Lukas en la despensa con un aspecto muy raro.
—¿Qué le pasa, Mike? —inquirió—. ¿Ha visto usted alguna cara sospechosa a través de la ventana?
Lukas hizo un esfuerzo para recobrarse y relató lacónicamente a Duluth la visita de Masumo. El mecánico frunció los labios y dejó escapar un largo silbido.
—Desde el primer momento he tenido la sensación de que esos caracteres tan ingenuos eran algo demasiado bueno para ser verdad —dijo lentamente—. No sé si se habrá dado usted cuenta, pero ni una sola vez han hablado uno con otro. Nos han manifestado una evidente cordialidad, pero entre ellos no se han dirigido la palabra. Esta tarde, en mi viaje de regreso, se me ha ocurrido pasar por el poblado para saludarles. De esto hace cosa de un par de horas. Hicieron mucho ruido, desde luego, y todo en mi honor. La cosa me pareció algo sospechosa, aunque no supe exactamente por qué motivo hasta que emprendí el camino de regreso.
Lukas se puso repentinamente en pie.
—¡Un momento, Joe! ¡Creo que ya lo tengo! Esos individuos nos han estado tomando el pelo. Poseen el don de la telepatía.
Duluth se encogió de hombros.
—Si son tan condenadamente listos, ¿por qué tienen ese aspecto de gorilas? ¿Y por qué viven de ese modo?
—Esto es lo que vamos a descubrir.
En aquel momento oyeron unos ruidos en el exterior que les anunciaron que Alsdorf y Chirico habían regresado con el tractor. Duluth bajó a recibirles. Unos momentos después Alsdorf trepaba apresuradamente por la escalerilla exterior. En su rostro había una extraña expresión.
—Mike, ¿qué opina usted de la brujería? —preguntó bruscamente. Lukas frunció las cejas.
—No tengo ninguna opinión. Será mejor que me lo cuente usted todo.
El alemán se dejó caer sobre una banqueta. Su mirada se posó en la botella de whisky recién abierta. La cogió y bebió un largo trago directamente de la botella. Lukas estaba intrigado. Era la primera vez que veía a Alsdorf perder su imperturbable sangre fría.
—Los depósitos de paladio y de platino —dijo Alsdorf carraspeando ligeramente—. Han desaparecido por completo.
—¿Qué?
El geofísico asintió con énfasis.
—Ni rastro de ellos. Como si no hubieran existido nunca. No hay nada removido, ninguna señal de que hayan andado por allí. Pero no hay tampoco una sola pepita ni huella de mineral. Acres y acres de paladio y de platino, Mike, y se han desvanecido como tragados por el aire.
La impresión recibida por su alma de científico era tan intensa que parecía a punto de echarse a llorar.
Lukas le miró fijamente.
—Pero eso es imposible. ¿Está usted seguro…? 
Alsdorf tomó un nuevo trago de la botella.
—No me pregunte si estoy seguro de que era el mismo lugar. Tony y yo casi nos volvimos locos asegurándonos de ello. ¿Cómo pudo ocurrir, Mike? ¡Es imposible!
—Era imposible, querrá usted decir. Parece que éste es un gran día para nosotros, ¿no es cierto?


Lukas se acercó al tablero de observación, y mientras miraba al exterior, al cielo que empezaba a oscurecer por encima del lindero del bosque, le habló a Alsdorf de la visita de Masumo.
Cuando terminó su relato, el geofísico había recobrado el dominio de sí mismo.
—Esta noche —dijo en tono sombrío— haremos nuestros planes. Mañana cogeremos el tractor y les haremos una visita a esos homínidos... con pistolas ametralladoras, granadas y bombas de gas —Sonrió sin la menor alegría—. El experimento tiene que ser llevado a cabo en condiciones absolutamente científicas. Comprobaremos si son vulnerables.
—¿Se propone usted hacerlos volar a la gloria? —preguntó Lukas en tono tranquilo—. Si es así, le aconsejo que lo piense dos veces. Éste es su planeta, no el nuestro.
Alsdorf sonrió amargamente.
—El incorregible adolescente idealista de siempre, Mike. ¿Es que no va usted a crecer nunca?
—Creceré, no se preocupe —replicó Lukas—. Entretanto, no crea que voy a permitirle intimidar a un grupo de indefensos salvajes.
—Tengo la impresión de que no están tan indefensos ni son tan ignorantes como habíamos creído —observó Alsdorf—. Y aunque no tengo intención de ponerme dramático, estoy completamente decidido a descubrir lo que le ha ocurrido a nuestro platino.
—¿A nuestro platino? —inquirió Lukas mirándole fijamente.
—Nuestro por derecho de conquista —replicó secamente Alsdorf—. Tenemos una cultura superior, máquinas superiores y armas superiores.
De repente Lukas estalló en una carcajada.
—Pero nosotros no somos telépatas ni podemos hacer desaparecer como por arte de magia un gran depósito de platino. No se pase de listo, Kurt.
Chirico hizo su aparición en aquel momento, precedido por una sarta de invectivas.
—¡Esos sucios y asquerosos aborígenes! ¡Pandilla de monos! Hola, Mike. Ya he oído que también a usted le han hecho una jugarreta. Lo que me desconcierta es cómo diablos han podido conseguir...
Duluth, que le había seguido, dijo tranquilamente:
—Yo tengo una teoría.
Los tres hombres se volvieron hacia él y se quedaron mirándole. Duluth cogió un cigarrillo y lo encendió sin perder la calma.
—Sí —añadió con un aire de profunda seriedad—. Creo que lo han hecho utilizando unos espejos.
Después de la cena los cuatro tripulantes del Henri Poincaré se reunieron en conferencia en el cuarto de navegación. Alsdorf fue el primero en tomar la palabra para proponer que efectuaran una incursión a la aldea a fin de capturar a Masumo para utilizarle como rehén y hacerle confesar todo lo que supiera. Lukas, en su calidad de capitán de la nave, y responsable, por lo tanto, de la seguridad de la expedición, vetó inmediatamente la propuesta.
—¿Está usted sugiriendo, Mike, que no hagamos nada, que nos crucemos de brazos y nos sentemos a esperar lo que pueda suceder?
El tono de Alsdorf era sarcástico.
—No se sulfure usted, Kurt. Dejando aparte el aspecto ético de la cosa, me limito a señalar que no podemos permitirnos empezar nada, a menos que estemos seguros de poder terminarlo. Si Masumo es un telépata, sería estúpida traerlo a la nave. Posiblemente estaría en condiciones de informar acerca del menor de nuestros movimientos.
—Desgraciadamente —dijo Chirico con una mueca que quería ser una sonrisa—, Mike tiene razón. No sabemos cómo actúan esos... esos macacos... Pero, de todos modos, tenemos que hacer algo, ¿no es verdad?
—¿Por qué no nos marchamos de aquí y aterrizamos en cualquier otra parte? —preguntó Duluth perezosamente—. En un lugar tranquilo, desde luego.
Alsdorf le fulminó con la mirada.
—¿Y renunciar a los mayores depósitos de platino de todo el universo?
—Corríjame si me equivoco —replicó Duluth—, pero ¿acaso no los hemos perdido ya?
Contemplando alternativamente los rostros que tenía delante de él, Lukas se dio cuenta de que la moral de la expedición había alcanzado un momento crítico. Aunque él, personalmente, hubiera aceptado de buena gana la sugerencia de Duluth, por algún motivo que todavía no podía comprender del todo intuyó que era impracticable. Por primera vez en la historia, una tripulación espacial se enfrentaba con una cultura casi humana —una cultura que estaba a la vez por encima y por debajo de su equivalente terrestre— y no podían, sin sentirse rebajados, ignorar el desafío. Ignorarlo era tanto como admitir que su pretendida superioridad era una filfa. Y Lukas se daba cuenta de que si los seres humanos llegaban a comprobar que podían ser vencidos por un tipo distinto de seres con un concepto distinto del poder, la impresión sería tan grande como la producida por el descubrimiento de que la Tierra no era el centro fijo del universo.
Miró los rostros de sus compañeros y sugirió una fórmula de compromiso.
—A Kurt le gustaría obrar con mano dura con los homínidos —dijo lentamente—, pero todos sabemos muy bien que no estamos en condiciones de mostrarnos duros. Joe sugiere que emprendamos el vuelo y aterricemos en otra parte. Pero esta solución tampoco es aceptable. Más pronto o más tarde surgirá de nuevo ese tipo de problema. Por lo tanto tenemos que quedarnos aquí. Lo que yo sugiero es que mañana tres de nosotros —con armas defensivas, si eso ha de infundirles más confianza— tomen el tractor y visiten a los homínidos, a fin de tratar de encontrar una solución pacífica. Sabemos una cosa, y es que los homínidos comprenderán nuestras intenciones... si es que quieren comprenderlas. Si no se sienten inclinados a cooperar en lo del platino, tendremos que reconsiderarlo. Pero éste es su territorio y no podemos permitirnos crear una situación que haga imposible la llegada a este planeta de otra nave espacial.
Chirico aceptó la idea inmediatamente.
—Creo que es una idea excelente, Mike. Si los homínidos pueden leer realmente el pensamiento, sabrán que no deseamos provocar ningún conflicto y accederán a parlamentar con nosotros. ¿Qué dice usted a eso, Kurt?
El geofísico se encogió de hombros.
—Creo que se reirán de nosotros. Pero estoy dispuesto a actuar de un modo diplomático... por una sola vez.
—Puede resultar interesante —observó Duluth—. Voto por esta solución siempre que no me elijan para quedarme aquí a vigilar la nave. Si esos individuos pueden hacer desaparecer un gran depósito de platino, también podrán hacer desaparecer el Poincaré.
—La vigilancia de la nave es asunto mío —dijo Lukas—. Ahora será mejor que duerman un rato mientras yo hago la primera guardia.
La expedición se puso en marcha a última hora de la tarde. Lukas había sugerido aquel retraso por si los homínidos habían decidido por su parte hacerles una visita. Pero a pesar de que mantuvieron una vigilancia constante, no observaron ningún movimiento en el lindero del bosque, como si los homínidos se dieran por satisfechos con lo que habían conseguido hasta entonces.
El armamento defensivo de Alsdorf consistía en dos pistolas ametralladoras y una caja de bombas de gas. El propio Alsdorf se instaló en la torreta de observación del tractor con una de las pistolas y la caja de bombas, mientras Duluth se hacía cargo de la otra pistola y se sentaba al lado de Chirico, encargado de conducir.


Lukas descendió la escalerilla lateral para presenciar su marcha. Cruzó unas últimas palabras con Alsdorf, que había decidido viajar con la torreta abierta por si era necesario entrar rápidamente en acción.
—¿Cómo vamos de adrenalina, Kurt?
El geofísico sonrió débilmente.
—La idea de tener que apretar el gatillo no me hace particularmente feliz, si es eso lo que quiere usted decir.
Lukas se encogió de hombros.
—Si empiezan a tratarle "telepáticamente", no pierda el tiempo con las bombas de gas. Salga corriendo.
—Veremos.
Lukas se acercó al compartimiento del conductor.
—Les llamaré por radio dentro de un cuarto de hora, Joe. No dejen que les saquen ningún conejo de sus sombreros.
Duluth se echó a reír.
—Tal vez nosotros podamos utilizar un poco de magia.
Chirico agitó la mano y puso el motor en marcha. Súbitamente el tractor avanzó en línea recta hacia el lindero del bosque.
Lukas regresó al cuarto de navegación y se sentó a esperar. Encendió un cigarrillo y se instaló cómodamente en la cúpula de observación, de modo que pudiera dominar con la vista los cuatro puntos cardinales. Pero no había nada que ver. Transcurrió un cuarto de hora, el tiempo que había fijado para la primera llamada por radio, y Lukas descendió la corta escalerilla y puso el transmisor en marcha.
—Nave a tractor, nave a tractor. ¿Han establecido ustedes ya contacto?
—Tractor a nave —Lukas reconoció la voz de Duluth—. Tractor a nave. Hemos llegado al poblado hace un par de minutos. Kurt está haciendo subir peligrosamente su presión tratando de hacer comprender a Masumo lo que está diciendo. El viejo mono se está haciendo el tonto. Además, parece que disfrute mucho con la situación. ¿Alguna novedad por ahí?
—Ninguna. Todo está tranquilo, y espero que seguirá igual. Dejaré el receptor abierto para que pueda llamarme en cualquier momento.
—De acuerdo, Mike. El cuadro es el siguiente: El viejo quiere llevarse a Kurt a una de las chozas de adobe, una que es algo mayor que las demás y que por su aspecto parece una especie de cámara del consejo. Pero Kurt no se deja convencer. Él y Masumo están de pie delante del tractor. Cuanto más grita Kurt, más parece gozarla el viejo. En este momento está dibujando algo en la arena con su bastón, algo que parece un mapa... ¡Dios mío! ¡Es un mapa estelar! Puede usted creerlo, Mike: Está trazando nuestra ruta para una deceleración solar. Ahora Kurt ha empezado a perder la calma. En cualquier momento empezará a decir tonterías. ¡Eh, Kurt! ¡Por el amor de Dios!
Súbitamente, la voz de Duluth se interrumpió. Lukas notó que el sudor empapaba su frente. Inmediatamente dio media vuelta al interruptor para transmitir.
—¡Nave a tractor! ¡Joe! ¿Qué ha sucedido? ¿Me oye usted?
No hubo ninguna respuesta.
Lukas empezó a manipular en el transmisor, tratando de agotar todas las posibilidades. Cabía la posibilidad de un fallo mecánico, pero era una posibilidad muy remota, pensó Lukas. Algo o alguien había interferido la transmisión.
Transcurrieron unos minutos sin que se produjera ningún cambio en la situación. Lukas trepó a la cúpula de observación y miró atentamente a uno y otro lado. El terreno estaba tan vacío como siempre. Bajó de nuevo al cuarto de navegación y repitió sus llamadas por el transmisor sin recibir respuesta. Lukas decidió que tenía que hacer algo, pero todos sus planes perdían vigencia ante el hecho de que no podía dejar la nave sin vigilancia. Aquello sería la estupidez suprema. Manipuló de nuevo en el transmisor, y de nuevo sin respuesta. Sólo podía esperar y confiar.
Entretanto, el sol había descendido lentamente por el amarillento cielo hasta quedar como suspendido sobre el bosque. Maquinalmente, Lukas subió a la cúpula de observación por vigésima vez y miró a su alrededor. Entonces vio algo que se movía y agarró el telescopio.
No pudo creer lo que veían sus ojos. El tractor estaba cruzando la faja de arena, dirigiéndose en línea recta hacia el Henri Poincaré. Sentado con las piernas cruzadas enfrente de la torreta, oscilando suavemente con el movimiento del tractor y con aspecto de sapo soñoliento, allí estaba Masumo.
Lukas bajó de la cúpula de un salto. Simultáneamente supo que todo había ido mal y que, sin embargo, todo marchaba bien.
Entonces oyó una voz que hablaba suavemente junto a su oído: No temas, hombre de la máquina del cielo; vengo en son de paz.
Contra todo motivo —incluso contra su voluntad—, Lukas soltó la pistola ametralladora que acababa de coger y notó que desaparecía su tensión. Las palabras habían actuado en él no como una orden, sino como una especie de incitación. Tranquilamente descendió la escalerilla lateral de la nave. Se quedó de pie sobre la arena todavía caliente contemplando el avance del tractor.
Cuando el vehículo llegó junto a la nave, Masumo se puso en pie, saltó con ligereza de la torreta y alzó su mano en el acostumbrado saludo. En su rostro brillaba la blanda sonrisa de siempre.
Lukas apenas le miró. Toda su atención estaba concentrada en el tractor.
Chirico estaba sentado ante el volante, rígido como un palo, mirando fijamente ante sí con una vacuidad de expresión que parecía sugerir un estado de hipnosis. Duluth, con los ojos abiertos, estaba como clavado en su asiento, sumido en un estupor catatónico. Alsdorf permanecía tendido en el suelo, doblado sobre sí mismo, completamente inmóvil.
Con un repentino estallido de rabia, Lukas se volvió hacia Masumo, levantando un brazo para golpearle. Entonces vio la expresión de los ojos del anciano homínido y su brazo cayó impotentemente a su costado.
Fue como si el terreno hubiera oscurecido; como si Masumo se hubiera hecho luminoso; como si hubiera crecido hasta una altura superior a la de la nave; como si su cabeza hubiera llenado repentinamente el cielo amarillo.
Lukas le miró a los ojos, fascinado. Los ojos se convirtieron en lagos, luego en vórtices insondables que le arrastraron a sus profundidades. La sonrisa de Masumo no cambió, sus labios no se movieron, pero la voz habló una vez más.
Era una voz calmosa, tranquila. Y al mismo tiempo era la voz del trueno:
—Hombre-del-cielo, has venido a mi aldea y yo he leído en tu corazón. He visto en él el cuadro de tu civilización mecanizada, sus sueños de conquista, sus pesadillas de miedo. Tus hombres no son más que chiquillos. Podíamos permitirnos el dejar que jugaran un poco más. Pero hemos decidido que había llegado el momento de que soltaran sus juguetes infantiles. Hemos decidido que debían empezar a aprender a ocupar su puesto como un solo espíritu-universal en la civilización astral de los inmortales.
»Los hombres viven y mueren. Pero el objetivo racial está por encima del tiempo. Nosotros, los de este mundo, habíamos aprendido a plegarnos a aquel objetivo, a convertirnos en espíritus-universales a través de la vasta inmensidad astral, antes de que tu gente aprendiera a andar sobre sus dos pies.


»Algún día, tu raza se encontrará a sí misma y seguirá libremente el destino universal. Nosotros, los iluminados, aquéllos en quienes ustedes sólo han querido ver unos ignorantes salvajes, los esperaremos. Hasta entonces nuestra tarea consiste en procurar que no saqueen demasiado las estrellas.
Sospechando el motivo de su visita, Hombre-del-cielo, los hemos sometido a prueba, a ti y a tus compañeros, con los metales raros que deseaban. Y así nos hemos enterado de que su viaje no tenía nada que ver con el deseo de alcanzar la iluminación.
»Ahora van a abandonar este planeta. Cuando estén viajando a través de los oscuros océanos del cielo, tus compañeros recobrarán el conocimiento. Pero ni ellos ni tú recordarán estos acontecimientos. Sólo sabrán que el viaje fue inútil, que el planeta no contenía nada de lo que ustedes buscaban.
»Adiós, Hombre-del-cielo. Ojalá tu gente alcance la tranquilidad en la cual muchísimos mundos —mayores en número que las arenas del mar— han encontrado su finalidad común.
Súbitamente, Masumo pareció volver a su estatura normal. Levantó el brazo una vez más saludando a Lukas, se tocó ligeramente el centro de la frente y luego dio media vuelta y se alejó lentamente, por encima de la faja de arena, hacia el lindero del bosque.
Lukas le contempló hasta que el homínido no fue más que un puntito móvil.
Entonces, como un autómata dirigido a distancia, se acercó al tractor.
Poco después de la puesta del sol, el Henri Poincaré lanzó un chorro de llamas verdosas por su tubo de escape. Inmediatamente emprendió el vuelo trazando un arco, moviéndose en las inmensidades siderales como un gran cono de oro líquido.
Durante los escasos segundos en que fue visible, su paso fue observado desde la superficie de Formalhaut Tres por ojos que ya no eran oscuros y sin brillo. Ojos que irradiaban un incomprensible poder, que relucían como diamantes gemelos, que ardían como brillantes estrellas dobles.

FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario