2025/10/27

Colonia (Philip K. Dick)


Título original: Colony
Año: 1953


El mayor Lawrence Hall se inclinó sobre el microscopio binocular y corrigió la graduación.
—Interesante —murmuró.
—Desde luego. Tres semanas en este planeta y todavía no hemos encontrado una forma de vida nociva —el teniente Friendly se sentó en el borde de la mesa del laboratorio y apartó los recipientes de cultivos—. ¿Qué clase de lugar es éste? No hay gérmenes infecciosos, ni piojos, ni moscas, ni ratas, ni...
—Ni whisky ni barrios de putas —concluyó Hall—. Un lugar extraordinario. Yo creía que encontraríamos algo similar al eberthella typhi de la Tierra o a los bacilos infecciosos de las arenas de Marte.
—Todo el planeta es inofensivo. Me pregunto si éste es el Jardín del Edén por el que suspiraban nuestros antepasados.
—Y del que fueron expulsados.
Hall se acercó a la ventana del laboratorio y contempló el exterior. Se vio forzado a admitir que se trataba de un panorama espléndido: Bosques y colinas que se extendían hasta perderse de vista, laderas verdes cubiertas de flores y viñedos, cataratas, musgo, árboles frutales, flores por doquier, lagos... Todos los esfuerzos se habían encaminado a reservar intacta la superficie del Planeta Azul según los planes de la nave exploradora que había aterrizado seis meses antes.
—Un lugar maravilloso —suspiró Hall—. No me importaría regresar de vez en cuando.
—La Tierra sale perdiendo en comparación —Friendly sacó su paquete de cigarrillos y lo volvió a guardar—. Este lugar me produce un efecto extraño. Ya no fumo, supongo que a causa de su apariencia. Es tan... condenadamente puro. Inmaculado. Soy incapaz de fumar o de tirar papeles al suelo. No me resigno a ser un dominguero.
—Pronto lo invadirán los domingueros —dijo Hall. Volvió hacia el microscopio—. Investigaré otros cultivos, tal vez encuentre gérmenes nocivos.
—Adelante —le invitó el teniente Friendly, bajando de la mesa—. Nos veremos más tarde. Ya me contarás si has tenido suerte. Se prepara una gran reunión en la Sala Uno. Están a punto de conceder permiso a las A. E. para enviar el primer contingente de colonos.
—¡Domingueros!
—Me temo que sí —sonrió Friendly.
La puerta se cerró tras él. Sus botas despertaron ecos en el pasillo. Hall se quedó solo en el laboratorio.
Estuvo sentado un rato, pensando. Luego se inclinó, sacó la anterior muestra y colocó otra nueva en el microscopio para examinarla. El laboratorio estaba tranquilo y era confortable. El sol se derramaba sobre el suelo a través de las ventanas. El viento movía un poco los árboles del exterior. Empezó a tener sueño.
—Sí, los domingueros —gruñó. Ajustó la nueva muestra—. Todos dispuestos a cortar los árboles, arrancar las flores, escupir en los lagos y quemar la hierba sin un simple virus de la gripe para...
Se interrumpió y su voz se quebró.
Se quebró porque los dos oculares del microscopio se habían cerrado de pronto en torno a su tráquea e intentaban estrangularle. Hall se debatió, pero se aferraron con insistencia a su garganta como los cierres de una trampa.
Arrojó el microscopio contra el suelo y se soltó. El microscopio reptó hacia él y le sujetó la pierna. Lo pateó con el pie libre y desenfundó la pistola desintegradora.
El microscopio trató de huir. Hall disparó, y el instrumento desapareció en medio de una nube de partículas metálicas.
—¡Santo Dios! —se sentó, sin fuerzas, y se secó el sudor de la cara—. ¿Pero qué...? —se frotó la garganta—. Pero ¿qué demonios...?

En la sala de reuniones no cabía ni un alfiler. Todos los oficiales pertenecientes al sector del Planeta Azul estaban presentes. La comandante Stella Morrison golpeó el gran mapa de control con el extremo de su delgado puntero de plástico.
—Esta zona larga y llana es ideal para edificar la ciudad. Está cercana al agua, y las condiciones climatológicas varían lo suficiente como para que los colonos se quejen. Hay enormes depósitos de varios minerales. Los colonos pueden levantar sus propias fábricas; no les será necesario importar nada. Aquí está el bosque más extenso del planeta. Si tienen sentido común, lo dejarán en paz, pero si desean devastarlo para confeccionar periódicos, no es nuestro problema.
Miró a los silenciosos hombres que llenaban la sala.
—Seamos realistas; algunos de ustedes opinan que no deberíamos dar la conformidad a las Autoridades de Emigración, sino reservar el planeta para nosotros solos. Comparto su parecer, pero eso implica muchos problemas. No es nuestro planeta. Estamos aquí para realizar un trabajo, y cuando el trabajo se acabe nos iremos. Ya está casi terminado, así que lo mejor es olvidarnos. Lo único que queda es dar la señal de autorización y empezar a hacer las maletas.
—¿Hemos recibido los informes del laboratorio respecto a las bacterias? —preguntó el vicealmirante Wood.
—Les dedicamos un especial interés, por supuesto, pero lo último que ha llegado a mis oídos es que no se ha encontrado nada. Creo que podemos continuar adelante y contactar con las A. E., para que envíen una nave que nos devuelva a casa y deposite a los primeros colonizadores. No hay razón para..  —se interrumpió.
Un murmullo recorrió la sala. Todas las cabezas se giraron hacia la puerta. La comandante Morrison frunció el ceño.
—¡Mayor Hall, permítame recordarle que mientras el consejo se halla reunido no se permiten las interrupciones!
Hall se tambaleaba, aferrado al tirador de la puerta. Escudriñó con ojos inexpresivos la sala de reuniones. Por fin localizó al teniente Friendly, sentado en mitad de la sala.
—Ven aquí —pronunció con voz ronca.
—¿Yo? —Friendly pareció encogerse en su silla.
—Mayor, ¿qué significa esto? —inquirió el vicealmirante Wood, irritado—. ¿Está borracho o...? —observó la pistola desintegradora que Hall blandía—. ¿Algo va mal, mayor?
El teniente Friendly, alarmado, se levantó y tomó a Hall por el brazo.
—¿Qué pasa? ¿Sucede algo?
—Ven al laboratorio.
—¿Averiguaste algo? —el teniente examinó el rostro tenso de su amigo—. ¿Qué es?
—Ven —Hall se dirigió al pasillo, y Friendly le siguió. Hall empujó la puerta del laboratorio con cautela.
—¿Qué pasa? —repitió Friendly.
—Mi microscopio.
—¿Tu microscopio? ¿Qué le pasa? —Friendly examinó el laboratorio—. No lo veo.
—Ha desaparecido.
—¿Desaparecido? ¿Cómo?
—Lo desintegré.
—¿Lo desintegraste? —Friendly le miró de frente—. No lo entiendo. ¿Por qué? 
Hall movió la boca, incapaz de emitir sonido alguno.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Friendly, preocupado. Luego se agachó y sacó una caja negra de plástico de una repisa que había debajo de la mesa—. Oye, ¿es una broma?
Sacó el microscopio de Hall de la caja.
—¿Así que lo desintegraste? Pues está aquí, en su sitio habitual. Dime, ¿qué sucede? ¿Viste algo en una de las muestras? ¿Algún tipo de bacteria letal o tóxica?


Hall se acercó al microscopio lentamente. Era el suyo, sin duda alguna. Reconoció la muesca justo encima del graduador. Y uno de los sujetadores de las placas estaba doblado. Lo tocó con el dedo.
Cinco minutos antes, este microscopio había intentado matarle. Y recordaba haberlo destruido, reducido a cenizas.
—¿Seguro que no necesitas un examen psicológico? —preguntó Friendly—. Parece que has sufrido una especie de trauma, si me permites la opinión.
—Quizá tengas razón —murmuró Hall.

El psiquiatrón zumbó, integró y formalizó. El código lumínico viró de rojo a verde.
—¿Y bien? —inquirió Hall.
—Severa alteración nerviosa. El porcentaje de inestabilidad es superior a diez.
—¿Peligroso?
—Sí. Ocho ya es peligroso, diez es inusitado, especialmente para una persona de sus características, que no sobrepasa el cuatro.
—Lo sé —Hall asintió con semblante preocupado.
—Si pudiera proporcionarme más datos...
—No puedo decirle nada más —Hall apretó la mandíbula.
—Es ilegal ocultar información durante un examen psicológico —advirtió la máquina—. Si lo hace, falsea de forma deliberada mis resultados.
—No puedo decirle nada más —Hall se levantó—. ¿Detectó un alto grado de desequilibrio?
—Detecté un alto grado de desorganización psíquica, pero no puedo explicarle lo que significa, o por qué existe.
—Gracias.
Hall desconectó el psiquiatrón. Volvió a sus aposentos. La cabeza le daba vueltas.
¿Estaría loco? Sin embargo, había disparado la pistola desintegradora contra algo. A continuación había comprobado la atmósfera del laboratorio, y encontró partículas metálicas en suspensión, especialmente cerca del lugar donde había disparado contra su microscopio.
¿Cómo podía ocurrir algo semejante? ¡Un microscopio que cobraba vida e intentaba matarle!
Por otra parte, Friendly le había mostrado la caja con su contenido intacto. ¿Cómo se había reintegrado a la caja?
Se despojó del uniforme y entró en la ducha. Mientras el agua caliente resbalaba sobre su cuerpo, meditó. El psiquiatrón había demostrado que su mente había sufrido una fuerte impresión, aunque él, íntimamente, la consideraba fruto de la experiencia, no su causa. Casi se lo había contado a Friendly, pero se contuvo. Nadie podría creer una historia semejante.
Cerró el agua y buscó a tientas una toalla.
La toalla se enrolló en torno a su muñeca y le empujó contra la pared. La tela áspera apretó su boca y su nariz. Se debatió con todas sus fuerzas, luchando por liberarse de la presa. La toalla, de súbito, se aflojó. Hall cayó al suelo y su cabeza chocó contra la pared. Parpadearon estrellas ante sus ojos y el pánico le invadió.
Sentado en un charco de agua caliente, Hall miró la percha de las toallas. La toalla que le había atacado estaba inmóvil, como las demás. Tres toallas, exactamente iguales, las tres inmóviles. ¿Lo había soñado?
Se puso en pie, tembloroso, y se frotó la cabeza. Salió de la ducha, procurando no rozar ni siquiera las toallas, y entró en el dormitorio. Sacó una toalla nueva del armario. Parecía normal. Se secó y empezó a vestirse.
Su cinturón le aferró por la cintura y trató de cortarle la respiración. Era fuerte... reforzado con eslabones metálicos para sostener su pistola y las polainas. Su cinturón parecía una feroz serpiente metálica, que silbaba y le azotaba. Por fin logró aferrar el desintegrador con la mano.
Al instante, el cinturón aflojó su presa. Hall lo desintegró y se dejó caer en una silla, jadeante.
Los brazos de la silla le sujetaron, pero esta vez el desintegrador estaba preparado. Tuvo que disparar seis veces antes de que la silla le soltara y pudiera levantarse de nuevo.
Se quedó de pie, a medio vestir, en el centro de la habitación, respirando con avidez.
—No es posible —susurró—, debo estar loco.
Al cabo de un rato se puso las polainas y las botas. Salió al vacío pasillo. Entró en el ascensor, y subió al último piso.
La comandante Morrison levantó la vista del escritorio cuando la pantalla protectora registró la entrada de Hall con un pitido.
—Vas armado —le acusó la comandante.
Hall miró el desintegrador que llevaba en la mano y lo dejó sobre el escritorio.
—Lo siento.
—¿Qué quieres? ¿Qué te pasa? He recibido un informe del psiquiatrón. Dice que desde hace veinticuatro horas presentas un porcentaje de diez —le examinó atentamente—. Hace mucho tiempo que nos conocemos, Lawrence. ¿Qué te pasa?
—Stella, esta mañana mi microscopio intentó asesinarme.
—¿Qué? —sus ojos azules se abrieron de par en par.
—Luego, cuando salía de la ducha, una toalla trató de ahogarme. Me libré de ella, pero mientras me vestía, mi cinturón... —se interrumpió.
La comandante se había puesto en pie.
—¡Guardias!
—Espera, Stella —Hall le cortó el paso—, escúchame, esto va en serio. No estoy loco. He estado a punto de morir asesinado por objetos cuatro veces, objetos normales convertidos en armas mortíferas. Tal vez sea esto...
—¿Tu microscopio intentó asesinarte?
—Cobró vida. Me apretó la garganta. 
Siguió un largo silencio.
—¿Hubo algún testigo?
—No.
—¿Qué hiciste?
—Lo desintegré.
—¿Quedaron restos?
—No —admitió Hall a regañadientes—. De hecho, el microscopio parece estar intacto, como antes, en su caja.
—Entiendo —la comandante hizo una señal a los dos guardias que habían acudido a su llamada—. Lleven al mayor Hall al capitán Taylor y arréstenlo hasta que sea enviado a la Tierra para que lo examinen.
Contempló tranquilamente cómo los guardias sujetaban los brazos de Hall con esposas magnéticas.
—Lo siento, mayor —dijo—, hasta que no aporte pruebas de su relato hemos de suponer que se trata de una proyección psicótica, y no contamos con bastante policía para permitir que anden sueltos psicópatas. Podría causarnos muchos perjuicios.
Los guardias le llevaron hacia la puerta sin que Hall elevara la menor protesta. La cabeza le rodaba. Quizás ella tuviera razón, quizás estaba loco.
Se detuvieron ante las dependencias del capitán Taylor. Uno de los soldados tocó el timbre.
—¿Quién es? —preguntó la puerta robot con un chirrido.
—La comandante Morrison ordena que este hombre sea puesto bajo la responsabilidad del capitán Taylor.
Después de una pausa se oyó:
—El capitán está ocupado.
—Es una emergencia.


Los relés del robot cliquetearon mientras ponía en orden sus ideas.
—¿Lo ordenó la comandante?
—Sí. Abra.
—Pueden entrar —se resignó el robot. La puerta se abrió.
El guardia pisó el umbral y se quedó paralizado.
El capitán Taylor yacía en el suelo con la cara azulada y los ojos a punto de saltarle de las órbitas. Lo único visible eran los pies y la cabeza. Una alfombra roja y blanca enrollada a su alrededor le estaba estrangulando.
Hall se lanzó al suelo y tiró de la alfombra.
—¡Rápido! —aulló—. ¡Cójanla!
Los tres estiraron, pero la alfombra resistió.
—¡Socorro! —gritó débilmente Taylor.
—¡Ya vamos! 
Después de muchos esfuerzos lograron que la alfombra soltara a su víctima. Se arrastró en seguida hacia la puerta. Uno de los soldados la desintegró.
Hall corrió hacia el videófono y tecleó el número de emergencia de la comandante.
Su rostro apareció en la pantalla.
—¡Mira esto! —le espetó Hall.
Ella contempló a Taylor estirado en el suelo y a los dos guardias arrodillados junto a él, con los desintegradores preparados.
—¿Qué... qué ha ocurrido?
—Una alfombra le atacó —Hall rió sin ganas—. Dime, ¿quién es el loco?
—Enviaremos más guardias ahora mismo. Pero ¿cómo...?
—Diles que tengan sus desintegradores preparados, y dispón una alarma general.

Hall esparció cuatro objetos sobre el escritorio de la comandante Morrison: Un microscopio, una toalla, un cinturón de metal y una alfombra blanca.
Ella se apartó, nerviosa.
—Mayor, ¿está seguro de...?
—Ahora son normales, cierto, y esto es lo más extraño. Esta toalla intentó matarme hace unas horas. Tuve que desintegrarla. Sin embargo, aquí está otra vez, igual que antes. Intacta.
El capitán Taylor señaló con el dedo la alfombra roja y blanca.
—Ésa es mi alfombra. La traje de la Tierra. Me la regaló mi mujer. Yo... no albergaba la menor sospecha.
Los tres se miraron entre sí.
—También desintegramos la alfombra —indicó Hall. Se hizo el silencio.
—Si no fue esta alfombra —preguntó el capitán Taylor— ¿qué me atacó?
—Parecía esta alfombra —respondió lentamente Hall—; y lo que me atacó a mí se parecía a esta toalla.
La comandante Morrison alzó la toalla a la luz.
—¡Es una toalla vulgar! No pudo atacarle.
—Claro que no —concedió Hall—. Hemos examinado estos objetos de todas las maneras posibles. Son lo que ya pensábamos, objetos inalterables, objetos inorgánicos perfectamente estables. Es imposible que alguno cobrara vida y nos atacara.
—Pero algo lo hizo —dijo Taylor—, algo me atacó. Si no fue esta alfombra, ¿qué fue?
 
El teniente Dodds registró el armario en busca de sus guantes. Tenía mucha prisa.
Toda su unidad había sido llamada a una reunión de emergencia.
—¿Dónde los...? —murmuró—. ¡Demonios!
Sobre la cama había dos pares de guantes idénticos, uno al lado del otro.
Dodds frunció el ceño y se rascó la cabeza. ¿Cómo era posible? Sólo tenía un par. El otro debía de pertenecer a algún compañero. Bob Wesley había estado anoche jugando a las cartas con él. Quizá se los había olvidado.
La pantalla del videófono centelleó de nuevo.
—Todo el personal ha de presentarse cuanto antes. Todo el personal ha de presentarse cuanto antes. Reunión de emergencia de todo el personal.
—¡De acuerdo! —masculló Dodds—. Cogió un par de guantes y empezó a ponérselos.
En cuanto estuvieron colocados, los guantes arrastraron sus manos hacia la cintura. Cerraron sus dedos en torno a la culata de la pistola y la sacaron de la funda.
—Que me cuelguen —dijo Dodds.
Los guantes alzaron la pistola y apoyaron el gatillo en su pecho.
Los dedos apretaron. Se produjo un estruendo. La mitad del pecho de Dodds quedó desintegrado. Sus restos se desplomaron sobre el suelo, con la boca todavía entreabierta de asombro.

El cabo Tenner corrió hacia el edificio principal nada más oír la sirena de alarma.
A la entrada del edificio se detuvo para sacarse sus botas de suela metálica. Luego arqueó una ceja: Frente a la puerta había dos felpudos de seguridad en lugar de uno.
Bien, carecía de importancia. Ambos eran iguales. Se paró sobre uno de los felpudos y aguardó. La superficie del felpudo envió un flujo de corriente de alta frecuencia hacia sus pies y piernas que eliminó todo tipo de esporas y bacterias que hubiera podido recoger durante su estancia en el exterior.
Entró en el edificio.
Un momento después, el teniente Fulton llegó corriendo a la puerta. Se desprendió rápidamente de sus botas de escalar y se paró sobre el primer felpudo que vio.
El felpudo se enrolló en torno a sus pies.
—¡Demonios! —gritó Fulton—. ¡Déjame en paz!
Trató de liberar los pies, pero el felpudo se negó a soltar su presa. Fulton empezó a alarmarse. Desenfundó la pistola, pero no se atrevió a disparar sobre sus propios pies.
—¡Socorro! —aulló.
Dos soldados acudieron a ayudarle.
—¿Qué ocurre, teniente?
—Sáquenme esta maldita cosa. Los soldados se pusieron a reír.
 
—No es una broma —dijo Fulton con el rostro blanco como la nieve—. ¡Me está rompiendo el pie! ¡Me...!
Empezó a chillar. Los soldados agarraron el felpudo con desesperación. Fulton, sin dejar de chillar, rodó por el suelo, debatiéndose. Los soldados consiguieron soltar una esquina del felpudo.
Los pies de Fulton habían desaparecido. Sólo quedaban los huesos, medio desintegrados.

—Ya lo sabemos —dijo Hall con semblante grave—. Es una forma de vida orgánica.
La comandante Morrison se giró hacia el cabo Tenner.
—¿Vio dos felpudos cuando llegó al edificio?
—Sí, comandante, dos. Me paré sobre uno de ellos, y entré.
—Tuvo mucha suerte. Pisó el legítimo.
—Hemos de ser precavidos —advirtió Hall—. Hemos de detectar los duplicados. Eso, sea lo que fuere, duplica los objetos que encuentra, como un camaleón: Camuflaje.
—Dos —murmuró Stella Morrison mientras contemplaba los dos jarrones de flores que adornaban su escritorio—. Será muy difícil averiguarlo. Dos toallas, dos jarrones, dos sillas. Muchas cosas serán auténticas, pero siempre habrá una falsa.
—Ése es el problema. No advertí nada extraño en el laboratorio. Un microscopio no tiene nada de raro.


La comandante se apartó de los dos jarrones de flores idénticos.
—¿Y ésos? Quizás uno sea... lo que sea.
—Hay muchas cosas duplicadas, pares naturales. Botas, vestidos, muebles... No me di cuenta de que había una silla de más en mi habitación. Todo tipo de objetos. Será imposible sentirse seguro. Y, a veces...
La pantalla del videófono se iluminó. Se materializaron las facciones del vicealmirante Wood.
—Stella, otro caso.
—¿Quién ha sido ahora?
—Un oficial desintegrado. Sólo quedan unos botones y su pistola. El teniente Dodds.
—Y van tres —dijo la comandante Morrison.
—Si es orgánico, debe haber una forma de destruirlo —murmuró Hall—. Ya hemos destruido unos cuantos, en apariencia, al menos. ¡Podemos matarlos! Sin embargo, no sabemos cuántos andan sueltos. Hemos destruido cinco o seis. Quizá se trate de una sustancia que se reproduce infinitamente, algún tipo de protoplasma.
—¿Y entretanto?
—Entretanto estamos a su merced. Ya hemos encontrado la forma de vida letal que buscábamos. Eso explica por qué no hallamos otras. Nada puede competir con ésta. En la Tierra contamos con formas de vida que adoptan otras apariencias: Plantas, insectos... Sin contar las babosas enroscadas de Marte, por supuesto, pero nunca habíamos encontrado nada parecido.
—Si, como afirmas, podemos matarlo, aún nos queda alguna oportunidad.
—Si lo encontramos.
Hall examinó la sala. Dos capas colgaban de la puerta. ¿Eran dos un momento antes? Se frotó la frente con aire de preocupación.
—Intentaremos encontrar algún tipo de veneno o de agente corrosivo, algo que los destruya por completo. No podemos sentarnos a esperar que nos ataque. Necesitamos algo similar a un pulverizador; así liquidamos a las babosas enroscadas.
La comandante miró más allá de Hall, rígida.
—¿Qué sucede?
—Nunca vi dos portafolios en aquel rincón. Sólo había uno antes, me parece —Agitó la cabeza, confusa—. ¿Cómo los distinguiremos? Este asunto me saca de quicio.
—Necesitas un trago.
—Buena idea —sonrió ella—. Pero...
—Pero ¿qué?
—No quiero tocar nada. No hay manera de saber la verdad —señaló con el dedo la pistola desintegradora que colgaba de su cinturón—. Tengo ganas de dispararla contra todo.
—Reacción de pánico. Nos van cazando uno a uno.

El capitán Unger escuchó la llamada de emergencia por los auriculares. Dejó de trabajar al instante, cargó con las muestras que había recogido y se precipitó hacia su vehículo.
Estaba aparcado más cerca de lo que recordaba. Se detuvo, estupefacto. Ahí le aguardaba el pequeño coche en forma de cono, con las ruedas firmemente plantadas en el suave terreno y la puerta abierta.
Unger se montó, cuidando de no tirar las muestras. Abrió el compartimento de carga y depositó sus tesoros. Luego se deslizó hasta la parte frontal y se situó frente a los controles.
Giró el conmutador, pero el motor no respondió, algo inusual. Mientras lo pensaba, reparó en algo que le produjo un escalofrío.
A pocos metros, entre los árboles, había un vehículo exacto al que había subido. Y era en ese lugar donde recordaba haber aparcado el coche. Se había equivocado de vehículo. Éste debía de pertenecer a otro compañero que había venido a recoger muestras.
La puerta se cerró sobre él y el asiento rodeó su cabeza. El tablero de instrumentos se convirtió en plástico y se derritió. Jadeó, en busca de aire, se ahogaba. Luchó por salir afuera, agitó las manos y se retorció. Una burbujeante y fluida humedad, caliente como la carne, se cerró en torno suyo.
El vehículo se convertía en líquido que cubría su cabeza y su cuerpo. Intentó liberar sus manos sin conseguirlo.
Y entonces le invadió el miedo. Se disolvía. Averiguó inmediatamente de qué liquido se trataba.
Ácido. Ácido digestivo. Estaba en un estómago.

—¡No mires! —gritó Gail Thomas.
—¿Por qué? —el cabo Hendricks nadó hacia ella con una sonrisa maliciosa—.¿Por qué no puedo mirar?
—Porque voy a salir.
Los rayos del sol se derramaban sobre el lago, bailaban y centelleaban en el agua. Enormes árboles cubiertos de musgo circundaban la orilla, grandes y silenciosas columnas que descollaban entre los arbustos y las enredaderas.
Gail trepó a la orilla, se sacudió el agua y se apartó el pelo de los ojos. El bosque estaba silencioso. El único sonido provenía del movimiento de las olas. Se hallaban muy lejos del campamento.
—¿Puedo mirar? —preguntó Hendricks, que nadaba en círculos con los ojos cerrados.
—Todavía no.
Gail se internó entre los árboles hasta llegar al lugar donde había dejado el uniforme. El calor del sol acariciaba su cuerpo desnudo. Se sentó en la hierba y acercó la túnica y las polainas.
Limpió de hojas y cortezas la túnica y la pasó sobre su cabeza.
El cabo Hendricks esperaba pacientemente en el agua, nadando en círculos. Pasaba el tiempo y no se oír el menor sonido. Abrió los ojos y no vio a Gail por ninguna parte.
—¡Gail! —llamó.
Todo continuó en silencio.
—¡Gail!
No hubo respuesta.
El cabo Hendricks nadó con energía hacia la orilla y salió del agua. Tomó su uniforme de un salto, amontonado al borde del agua. Desenfundó el desintegrador.
—¡Gail!
El bosque estaba silencioso. No se oía ningún sonido. Se puso en pie y paseó la mirada a su alrededor, inquieto. A pesar del cálido sol, un estremecimiento de frío le recorrió de pies a cabeza.
—¡Gail! ¡Gail!
Y la única respuesta que obtuvo fue el silencio.

La comandante Morrison estaba preocupada.
—Hemos de pasar a la acción, no podemos esperar más. De los treinta que éramos al principio, ya hemos perdido diez miembros de la expedición. El treinta por ciento es un porcentaje demasiado elevado.
Hall levantó la vista de la mesa.
—Pese a todo, ya sabemos a qué nos enfrentamos. Es una forma de protoplasma, infinitamente versátil —alzó el pulverizador—. Creo que esto nos proporcionará una idea de cuántos existen.
—¿Qué es eso?
—Una mezcla de arsénico e hidrógeno gasificado: Arsina.
—¿Y qué vas a hacer con ella?
Hall se colocó el casco. La comandante oyó su voz mediante los auriculares.
—La esparciré por el laboratorio. Creo que es el lugar donde más abundan.


—¿Por qué en el laboratorio?
—Porque ahí almacenamos todas las muestras y encontramos el primero. Creo que llegaron con las muestras, o adoptando la forma de las muestras, y luego se desparramaron por el resto del edificio.
La comandante se puso también el casco. Sus cuatro guardias la imitaron.
—La arsina es fatal para los seres humanos, ¿verdad? 
Hall asintió con un gesto.
—Tendremos que ser precavidos. Sólo la utilizaremos para una prueba limitada. 
Ajustó la corriente de oxígeno que circulaba por el casco.
—¿Qué intentas demostrar? —quiso saber la comandante.
—En caso de que resulte, nos dará una idea del alcance de su extensión. Conoceremos mejor a nuestro enemigo. Es posible que la situación sea mucho más grave de lo que pensamos.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella mientras ajustaba su corriente de oxígeno.
—Hay unas cien personas destacadas sobre el Planeta Azul. Si todo sigue como hasta ahora, lo peor que puede suceder es que nos vaya liquidando a todos, uno por uno; pero eso no es nada. Cada día se pierden unidades de cien personas. Es un riesgo que se debe afrontar cuando aterrizas por primera vez en un planeta. De hecho, si lo analizas fríamente, carece de excesiva importancia.
—¿Comparado con qué?
—Si son capaces de dividirse infinitamente, nos lo tendremos que pensar dos veces antes de marcharnos de aquí. Sería preferible quedarnos e ir cayendo uno por uno a correr el riesgo de introducirlos en nuestro sistema.
—¿Es eso lo que estás tratando de averiguar, si pueden dividirse infinitamente? —preguntó ella.
—Trato de averiguar contra qué luchamos. Quizá sólo haya unos pocos. O tal vez estén por todas partes —movió una mano en dirección al laboratorio—. Quizá la mitad de las cosas que hay en esta sala no sean lo que pensamos. Es malo que nos ataquen, pero sería peor que no lo hicieran.
—¿Peor? —se asombró la comandante.
—Su mimetismo, al menos de objetos inorgánicos, es perfecto. Miré por uno de ellos, Stella, cuando imitaba a mi microscopio. Amplió, ajustó y reflejó como cualquier microscopio. Es una forma de mimetismo que sobrepasa todo cuanto hemos imaginado. Se infiltra bajo la superficie, en los mismos elementos del objeto imitado.
—¿Quieres decir que podrían acompañarnos en nuestro viaje a la Tierra, camuflados como vestimentas o instrumentos de laboratorio? —Stella se estremeció.
—Hemos de asumir que son una especie de protoplasma. Esta maleabilidad sugiere una forma original simple y ésta sugiere una fisión binaria. Si es así, no existen límites a su capacidad reproductora. Las propiedades disolventes me hacen pensar en los protozoos unicelulares.
—¿Crees que son inteligentes?
—No lo sé; espero que no —Hall levantó el pulverizador—. En cualquier caso, esto nos dará cuenta de su alcance y, hasta cierto punto, corroborará mi teoría de que son lo bastante básicos como para reproducirse por simple división... la peor posibilidad, desde nuestro punto de vista. Allá vamos.
Aferró el pulverizador, apretó el gatillo y roció lentamente el laboratorio. La comandante y los cuatro guardias permanecían en silencio detrás de él. Nada se movió. El sol penetraba a través de las ventanas y se reflejaba en las mesas y en los instrumentos.
Al cabo de un momento soltó el gatillo.
—No veo nada —comentó la comandante Morrison—. ¿Estás seguro de que ha servido de algo?
—La arsina es incolora, pero no te quites el casco. Es mortal. Y no te muevas. Siguieron a la espera.
No ocurrió nada durante un rato, hasta que...
—¡Santo cielo! —exclamó la comandante Morrison.
Una vitrina osciló de súbito al otro lado del laboratorio. Empezó a derretirse. Perdió su forma por completo, hasta convertirse en una masa de jalea homogénea que se desparramó sobre el suelo.
—¡Allí!
Un mechero de Bunsen se fundió junto a la vitrina fluctuante. Toda clase de objetos en el laboratorio se pusieron en movimiento. Una gran retorta de vidrio se licuó, y se convirtió en una temblorosa burbuja. Una fila de tubos, una estantería llena de envases...
—¡Cuidado! —gritó Hall, al tiempo que saltaba hacia atrás.
Una campana de cristal se estrelló frente a él con un sonido pastoso. Era una enorme célula. Distinguió claramente el núcleo, la pared interna y las vacuolas suspendidas en el citoplasma.
Ahora todo manaba: Pipetas, tenazas, un mortero... La mitad de los instrumentos de la sala estaban en movimiento. Habían imitado casi todo lo que se podía imitar. Cada microscopio tenía su réplica, así como cada tubo, campana, botella, frasco...
Uno de los guardias desenfundó su desintegrador. Hall se lo hizo bajar.
—¡No dispare! La arsina es inflamable. Salgamos de aquí. Ya sabemos lo que queríamos saber.
Abrieron la puerta del laboratorio y corrieron pasillo adelante. Hall cerró la puerta con todo cuidado.
—¿Es grave? —preguntó la comandante Morrison.
—No nos queda la menor oportunidad. La arsina los distrajo, incluso es posible que una cantidad suficiente los matara, pero no tenemos bastante. Aunque inundáramos el planeta no podríamos utilizar nuestros desintegradores.
—¿Y si nos vamos del planeta?
—No podemos arriesgarnos a esparcirlos por el sistema.
—Y si nos quedamos seremos absorbidos, disueltos, uno por uno —protestó la comandante.
—Podríamos pedir más arsina, u otra sustancia que los destruyera, pero destruiríamos de paso toda la vida del planeta. No quedaría gran cosa.
—¡Habrá que destruir toda la vida! Si no hay otra solución, reduciremos el planeta a cenizas. Es mejor aniquilarlos, aunque aniquilemos todo un planeta.
Ambos se miraron entre sí.
—Voy a dar la alarma por el sistema de comunicaciones para evacuar a la unidad... lo que queda de ella, al menos. Esa pobre chica del lago... —se encogió de hombros—. Cuando todos se hayan marchado, decidiremos el mejor método de purificar el planeta.
—¿Correrás el riesgo de transportar alguno a la Tierra?
—¿Pueden imitarnos? ¿Pueden imitar seres vivos? ¿Formas de vida superiores?
Hall reflexionó unos momentos.
—Parece que no. Sólo objetos inorgánicos. 
La comandante sonrió tristemente.
—Entonces regresaremos sin objetos inorgánicos.
—¿Y nuestras ropas? Pueden imitar guantes, cinturones, botas...
—Dejaremos nuestras ropas. Volveremos sin nada. Y cuando digo sin nada, quiero decir sin nada.
—Entiendo —Hall se mordió los labios y consideró la idea—. Quizá funcione.
¿Podrás convencer al personal de que... de que abandone sus cosas? ¿Todas sus pertenencias?
—Si eso significa que salven sus vidas, se lo ordenaré.
—Entonces, quizá consigamos salvarnos.


El crucero más cercano con capacidad suficiente para albergar a los miembros supervivientes de la unidad se encontraba a dos horas de distancia, y navegaba en dirección a la Tierra.
La comandante Morrison levantó los ojos del videófono.
—Quieren saber lo que ha fallado.
—Déjame hablar —Hall se sentó ante la pantalla y contempló las marcadas facciones y los galones de oro del capitán del crucero—. Soy el mayor Lawrence Hall, de la División de Investigaciones de esta unidad.
—Capitán Daniel Davis. ¿Tienen algún problema, mayor? —preguntó con expresión inescrutable.
Hall se humedeció los labios.
—Prefiero guardarme los detalles hasta que nos encontremos a bordo, si no le importa.
—¿Por qué?
—Capitán, pensará que estamos locos, pero lo discutiremos en profundidad cuando estemos a bordo —vaciló—. Vamos a subir desnudos.
—¿Desnudos? —el capitán arqueó una ceja.
—Exacto.
—Entiendo —aunque, obviamente, no era así.
—¿Cuándo llegarán?
—Dentro de dos horas, más o menos.
—Es la una, según nuestro horario. ¿Llegarán a las tres?
—Aproximadamente —asintió el capitán.
—Les esperaremos. No permita que entre ninguno de sus hombres abra una escotilla. Subiremos sin ningún tipo de pertrechos. En cuanto nos haya rescatado, ordene que la nave zarpe.
Stella Morrison se acercó a la pantalla.
—Capitán, ¿sería posible que... sus hombres se...?
—Aterrizaremos por control automático —le aseguró Davis—. Ningún hombre estará en el puente. Nadie les verá.
—Gracias —murmuró ella.
—De nada. Nos veremos dentro de dos horas, comandante.

—Que todo el mundo salga a la pista —dijo la comandante Morrison—. Será mejor que se desnuden aquí para que ningún objeto entre en contacto con la nave.
Hall la miró a los ojos.
—¿No vale la pena, si con ello salvamos nuestras vidas? 
El teniente Friendly se mordió los labios.
—Yo no lo haré; me quedaré aquí.
—Has de venir.
—Pero, mayor... 
Hall consultó su reloj.
—Son las tres menos diez. La nave llegará en cualquier momento. Sácate la ropa y ve a la pista.
—¿No puedo llevarme nada?
—Nada, ni tu pistola. Nos darán ropas en la nave. ¡Vamos! Tu vida depende de esto. Todo el mundo está haciendo lo mismo.
Friendly se desabrochó la camisa de mala gana.
—Bueno, creo que me estoy portando como un idiota.
El videófono zumbó y la voz aguda de un robot anunció:
—¡Que todo el mundo abandone los edificios! ¡Salgan a la pista cuando antes y abandonen los edificios! ¡Que todo el mundo abandone los edificios! ¡Salgan...!
—¿Tan pronto? —Hall corrió a la ventana y levantó la persiana metálica—. No lo oí aterrizar.
Un largo crucero gris, con el casco mellado y erosionado por el impacto de los meteoritos, estaba aparcado en el centro de la pista de aterrizaje, inmóvil, sin que se distinguieran signos de vida.
Un grupo de gente desnuda atravesaba la pista hacia la nave, parpadeando a causa del brillante sol.
—¡Ya está aquí! —Hall empezó á sacarse la camisa—. ¡Vámonos!
—¡Espérame!
—Pues date prisa.
Hall terminó de desnudarse, y los dos hombres salieron corriendo al pasillo. Guardias sin ropas les rebasaron. Se precipitaron hacia la puerta del edificio, bajaron la escalera a toda velocidad y desembocaron en la pista. Sintieron la punzada del cálido sol sobre la piel. Hombres y mujeres desnudos surgían en silencio de todos los edificios y se dirigían a la nave.
—¡Vaya espectáculo! —comentó un oficial—. Nunca podremos olvidarlo.
—Al menos, vivirás para contarlo —replicó otro.
—¡Lawrence!
Hall dio media vuelta.
—No te vuelvas, por favor, sigue andando. Iré detrás de ti.
—¿Cómo te sientes, Stella?
—Rara.
—¿No crees que vale la pena?
—Supongo que sí.
—¿Piensas que alguien nos creerá?
—Lo dudo; hasta yo empiezo a tener mis dudas.
—De todos modos, regresaremos sanos y salvos.
—Eso espero.
Hall contempló la rampa que habían bajado desde la nave. Los primeros en subirla ya penetraban en la nave a través de la puerta circular.
—Lawrence.. 
Un temblor peculiar aleteaba en la voz de la comandante.
—Lawrence, yo...
—¿Qué?
—Estoy asustada.
—¿Asustada? —se detuvo—. ¿Por qué?
—No lo sé —se estremeció ella.
La gente se empujaba continuamente.
—Olvídalo, son reminiscencias de tu infancia —puso el pie en el extremo de la rampa—. Allá vamos.
—¡Quiero volver! —había pánico en su voz—. Voy a...
—Ya es demasiado tarde, Stella —rió Hall. Subió por la rampa, ayudándose con el pasamanos. Los hombres y mujeres que venían detrás les empujaban hacia arriba. Llegaron ante la puerta—. Ya estamos aquí.
Los hombres que había frente a él desaparecieron.
Hall les siguió al oscuro interior de la nave, a la silenciosa negrura que les esperaba, la comandante le siguió.


A las tres en punto el capitán Daniel Davis posó la nave en el centro de la pista. La puerta se abrió con un chasquido. Davis y los demás oficiales esperaron en el puente de mando, sentados alrededor de la mesa de control.
—Bien —dijo el capitán al cabo de un rato —¿Dónde están? 
Los oficiales se mostraron inquietos.
—Quizás algo va mal.
—¿Y si todo era una broma? 
Esperaron y esperaron.
Pero nadie llegó.

FIN

2025/10/20

Ésta es la tierra (Nelson Bond)


Título original: This Is the Land
Año: 1951

Ésta es la Tierra que ustedes dividirán por suertes. Y ni la división ni la unidad importan. Ésta es la Tierra. Tenemos nuestra herencia.

T. S. Eliot, Miércoles de ceniza


Me pregunto lo que se siente al estar muerto. Se siente frío; eso ya lo sé. Nuestro padre estaba frío cuando nos lo llevamos, como había dispuesto, por las largas y tortuosas rampas y escarpadas laderas; a través de las grandes cavernas y las macizas compuertas que, al trasponerlas, gemían con asmáticos suspiros, abriendo su boca sobre los amplios corredores que había tras ellas; cuando pasamos junto a la intrincada maraña de acero chamuscado y escombros para salir al vasto silencio del tétrico Exterior.
Allí, en el hueco de una llanura que descendía en forma de cráter, en la que los objetos salientes y desiguales arrojaban sombras negrísimas y recortadas sobre la blancura deslumbradora de las arenas, le cavamos con nuestras propias manos una tumba donde tendría su postrera morada. Allí, como él había ordenado, le sepultamos. A pesar de los rayos abrasadores del sol, él estaba frío y yerto. Su carne era de hielo, como sus labios y sus ojos, que siempre habían irradiado tan cálida bondad.
Éramos cuatro los que llevamos a nuestro padre en su último viaje. Mis compañeros eran más jóvenes que yo. Maravillados y boquiabiertos, mudos de pasmo y admiración, contemplaban el extraño Exterior que les rodeaba. Me pareció que sentían un temor que les llenaba de inquietud.
Pero mis sentimientos eran más completos, porque yo había leído los libros. Yo conocía la pena y la lamentación. En las viejas escrituras yo había viajado ya por estos lugares, viendo aquella tierra como había sido. En mis vagabundeos imaginarios había visto los campos cubiertos de hierba, había contemplado las flores multicolores balanceándose en la brisa estival, había avizorado el rápido vuelo de las aves que cruzaban el cielo como flechas polícromas para posarse con maravillosa precisión sobre las frondosas copas de los verdes árboles y lanzar desde allí sus trinos.
Mas a la sazón todo esto había desaparecido. La tierra estaba yerma. Ningún arroyuelo serpenteaba por aquella desolación. No había en ella pastos, bosques ni prados. Sólo quedaba la tierra áspera y desolada. Semejantes a escuálidos y descarnados cráneos de piedra, las rocas desnudas se alzaban sobre las estériles dunas arenosas. Los lechos secos de ríos desaparecidos trazaban profundos símbolos desprovistos de significado sobre la llanura. Y sobre nuestras cabezas, un enorme sol que ocupaba una cuarta parte del firmamento lanzaba sus rayos abrasadores implacables sobre una corteza surcada por espantosas cicatrices, cubierta de detritus y hendida por costras de metal fundido y luego congelado.
Reinaba un silencio total. Ningún viento agitaba aquella inmensidad. Ninguna voz entonaba el cántico de la naturaleza. Y ningún pájaro lanzaba sus trinos al aire.

Me alzaré y me iré ahora, me iré a Innisfree. 
Y una cabañita allí me construiré,
hecha de adobes y cañas;
allí tendré nueve hileras de habas, 
una colmena para mis abejas,
y viviré solo en el claro do zumban las abejas. 

Así eran las canciones que solían cantar.
—Nuestra reclusión no durará siempre —dijo mi padre un día—. Ahora nos vemos obligados a vivir bajo tierra, como una desvalida raza de nuestros trogloditas. Debemos vivir aquí porque no tenemos otra elección posible. Pero cuando se cumpla el tiempo fijado, Dios, en su infinita sabiduría, les permitirá salir de nuevo. Llegará un día en que reverdecerá otra vez la tierra. Otro día, Dios mediante, habrá vida sobre ella…

—¿Hemos terminado? —preguntó el menor de mis hermanos. La fosa había sido excavada, los restos de nuestro padre habían sido descendidos a ella y la última y lenta palada de arena deleznable había rellenado la reciente cicatriz abierta sobre la tierra tan atormentada. El túmulo confundíase ya con la llanura. Moví la cabeza.
—Aún no —respondí, abriendo el volumen que había llevado conmigo al Exterior. Las líneas negras y paralelas de letra impresa avanzaban en atrevido relieve sobre la limpia y marfileña blancura de la página—. Tenemos que leer el libro, dijo nuestro padre. Nos ha señalado los pasajes que debemos leer.
Mis hermanos inclinaron la cabeza, como les habían enseñado. Leí aquellas palabras ante ellos y el túmulo.

Junto a las aguas de Babilonia
nos sentamos para verter nuestro llanto acordándonos de Sión.

Les costará creer estas cosas, decía mi padre, pero son ciertas. Están escritas en los libros para que las lean. Los libros no mienten, como los hombres. Los hombres son falaces y engañosos, pero las imágenes dicen la verdad. En los libros encontrarán imágenes del mundo que nosotros habíamos construido.
Teníamos grandes ciudades, esparcidas por toda la faz de la tierra. Ciudades con edificios que se alzaban hasta el cielo, como agujas de piedra, cristal y acero rutilante. Brillaban llenas de vida durante el día y con luz propia por la noche; bajo los techos de sus innumerables hogares, los hombres trazaban los planes de portentosas hazañas, o soñaban en el triunfo, en la felicidad.
Éramos una raza de ingenieros locos, de trabajadoras hormigas que construían lo que soñaban. Nuestras amplias y largas autopistas unían entre sí nuestras atareadas colmenas; nuestros puentes franqueaban los ríos; si una montaña se alzaba a nuestro paso, la perforábamos para abrir un atajo que atravesaba su mismo corazón.
Embragados de sabiduría, abrumados de orgullo, habíamos dominado la Naturaleza, plegándola a nuestros caprichos. Nuestros rápidos trenes cruzaban amplios continentes sobre brillantes carriles, nuestros trasatlánticos eran verdaderas islas flotantes construidas por el hombre. El aire era nuestro dominio. Ni la propia Naturaleza había creado aves tan poderosas como aquellos gigantes que cruzaban el cielo y que no sólo trasponían las nubes, sino que penetraban en el aire enrarecido que se extiende más allá de la atmósfera.
No terminaría nunca de contarles cosas. Pero imagínense, si pueden, dos billones de seres inquietos moviéndose frenéticamente en una búsqueda incesante del conocimiento, de mayores lujos y comodidades... ambicionando siempre lo más nuevo, lo más bello, lo más grande. Esto les dará alguna idea de cómo vivíamos. El mundo ya no nos bastaba. Durante mi juventud, empezamos a mirar a las estrellas. Se lanzaron los primeros cohetes de pruebas. Todos los hombres provistos de razón estaban convencidos de que, antes de veinte años, los hijos de la Tierra, pondrían su planta sobre la Luna.
Habíamos dominado a todos los antiguos enemigos del hombre... excepto a uno. Manteníamos a raya al hambre y la pobreza. Los elementos estaban domados y reducidos a la obediencia: Tierra, fuego, aire y agua se inclinaban ante nuestra sabiduría científica y nuestra destreza. En nuestros inmaculados hospitales conspirábamos para limitar los daños causados por las dolencias y enfermedades; en la última década de nuestra grandeza alargamos el término medio de vida en más de treinta años. Así fue como redujimos a la impotencia a los mayores enemigos de la humanidad. Excepto uno. Y éste era el propio hombre.


Habíamos sondeado los secretos de la Naturaleza. Mas no habíamos aprendido una cosa. Y ésta era la humildad. No habíamos aprendido a convivir pacíficamente.
Hubo tres guerras, cada una de ellas mayor que la precedente, cada una de ellas más larga que la anterior. La primera se libró al antiguo estilo: Hombre contra hombre, fuerza bruta contra fuerza bruta. Luego se introdujeron innovaciones. Y cuando aquella guerra tocaba a su fin, apelamos por primera vez a nuestro reciente arsenal de conocimientos científicos. Enfrentamos el acero contra la carne débil y perecedera; el estrépito de las armas que la ahogaron bajo el rugido de los cañones de largo alcance y el que producían los tanque al avanzar. Lanzamos gases y llamas; la atmósfera fue cruzada por nuestras primeras y torpes aves de presa pero su intervención aún no fue decisiva. Aquélla fue la última gran batalla de los brutos.
La segunda fue una guerra de laboratorio. Cada contendiente tenía sus ejércitos, pero los combates decisivos no se libraron en el campo de batalla. Las victorias se consiguieron en pequeñas salas, en las que un grupo de hombres trazaba diagramas y elaboraba fórmulas. Los buques de guerra gobernados por el hombre no tenían defensa contra los proyectiles teledirigidos, que los aniquilaban. Fue una guerra de cohetes, de radar y de lógica. La garra de la muerte se abatió con mayor fuerza, sobre los que no vestían uniforme ni empuñaban armas. Su preludio estuvo constituido por una voz aguda e histérica que vociferaba locas amenazas sobre todo el mundo por medio de cables invisibles por los que discurría la energía eléctrica; su telón final fue una grasienta columna de humo que se alzaba en forma de seta gigantesca sobre las ruinas de lo que había sido una ciudad. Ésta fue la última gran batalla del pueblo.
La tercera guerra fue la más curiosa de todas, porque la mayoría de los combatientes no sabían que los habían movilizado. Fue una guerra de cerebros e ideas, de consignas e influencia psíquica. Fue librada con frases, pronunciadas e implícitas; con argumentos y palabras fríamente elegidas. Fue una guerra incruenta... si puede llamarse incruenta a una guerra que produjo sus heridas únicamente en los corazones y las almas de los hombres. Fue la más mortífera de las tres guerras mundiales porque se cobró su tributo entre todas las clases sociales: Ricos, pobres, humildes y orgullosos; viejos, jóvenes, débiles y fuertes; todos fueron pasados por el mismo rasero de manera inexorable.
Durante muchos años nadie pereció brutalmente en un campo de batalla. Pero nadie conocía la dicha completa. Las luchas y las tendencias eran constantes, como la inquietud, la desazón y un temor que nada acallaba. La incertidumbre y la duda fueron las armas de esta guerra, las arrugas y las cejas fruncidas sus galones, corazones dolientes sus antorchas. Aquélla fue la última gran batalla de las almas.
La guerra final no fue en verdad una guerra. Antes más bien fue la inevitable consecuencia del abatimiento en que la tercera contienda, la guerra de nervios, sumió a la Humanidad. Fue un último y frenético gesto de desesperación. Fue el suicidio de la raza espoleado por años de temor, realizado en unos segundos de furia.
En algún lugar un dedo oprimió un botón y se produjo un contacto. Y en un instante, cielos y tierra fueron una bola de fuego. Ésta fue la última gran batalla de la Humanidad...

"Barreré completamente todas las cosas de la faz de la tierra", dijo el Señor. "Consumiré hombres y bestias, aniquilaré las aves del cielo y los peces del mar; lanzaré peñascos sobre los malvados; arrebataré al hombre de la faz de la tierra", dijo el Señor.

Mi padre nos dijo: Les contaré por qué nosotros fuimos salvados.
En aquellos lejanos días, yo era un hombre de ciencia. En compañía de un grupo de colegas trabajaba en estas cavernas, perfectamente ocultas bajo la superficie de la tierra. La empresa a que nos dedicábamos era ultrasecreta... Ustedes han visto las máquinas y saben qué era lo que estudiábamos: El átomo, y las terribles posibilidades que encerraba.
Estábamos ocho de nosotros aquí el día de la muerte. Seis éramos varones, dos hembras. Yo era el más joven; los restantes han muerto hace ya mucho tiempo. Nuestros laboratorios estaban bien abastecidos y provistos de reservas alimenticias para mucho tiempo, y habían sido cuidadosamente diseñados para que fuesen autónomos en lo que se refiere a artículos tan preciosos para la vida como el aire y el agua, pues han de saber que, al trabajar a tan gran distancia de la superficie, nuestra provisión de aire tenía que ser artificial. Además, disponíamos de una serie de compuertas neumáticas que impedían que el aire se escapase por los corredores.
Fueron estas medidas de seguridad las que nos salvaron la vida. Debemos la supervivencia a la gran profundidad y aislamiento en que nos hallábamos, a aquellas herméticas cámaras de acero. Porque cuando llegó el fuego y tras él el gran vacío, nuestras cavernas se conmovieron y temblaron... pero resistieron.
Sabemos lo que sucedió, pero no cómo sucedió. No basta con decir que se debió a la bomba de hidrógeno. Ésta es una explicación capciosa y que no pasa de ser una simple conjetura. Por lo que sabemos, la chispa pudo haber sido originada por la escisión de un elemento totalmente distinto. Actualmente no podemos saber cuáles eran las fuerzas con que experimentaba nuestro enemigo.
Lo único que sabemos es que alguien cometió un tremendo error al no tener en cuenta que la atmósfera terrestre, sustento de la vida, estaba compuesta en una quinta parte de oxígeno, sin cuya presencia ninguna combustión es posible.
¿Cuándo aquella primera chispa inició su reacción en cadena? Tampoco lo sabemos. Pero en el espacio de unos segundos, todo cuanto se arrastraba, andaba o volaba en el Exterior fue aniquilado. Conquistadores y conquistados, soñadores y necios incapaces de soñar, todos se convirtieron en simples motas que ardieron en la breve llamarada que llenó los cielos. Y que duró un instante, hasta consumir totalmente la envoltura gaseosa de la tierra. A continuación se abatió sobre ella el espantoso frío del espacio interplanetario, para reclamar el globo que él había engendrado.
No hace falta que les cuente el resto. Escrito está. En nuestros libros consta la historia de nuestra vida subterránea. Saben cómo sobrevivimos año tras año, cómo continuamos nuestras investigaciones, esforzándonos por hallar el medio de devolver a la tierra su envoltura atmosférica, cómo ustedes nacieron bajo la superficie de nuestro mundo... patéticos retoños de los últimos miembros de una raza que no renunciaba a la esperanza al pensar en la tierra, esperando que un día volvería a ser como antaño y que ustedes continuarían en ella la labor iniciada por nosotros.
Todo esto sucedió hace muchos años. Yo ya soy viejo. Mis compañeros, uno tras otros, han alcanzado el eterno descanso. Todos han desaparecido y solamente quedo yo, el último de los ancianos, el último de aquel grupo insignificante que salió indemne del fuego celestial. Yo también falleceré pronto. Como ellos, seré transportado al Exterior, para que mis cenizas se mezclen con el polvo de aquella humanidad a la que yo también pertenecía.


Mas cuando yo desaparezca, no deben llorar mi pérdida. Por encima de todo, no deben perder las esperanzas. Nuestro encarcelamiento no durará siempre. Ahora nos vemos obligados a vivir bajo la tierra, cual desvalida raza de modernos trogloditas. Debemos morar en las profundidades porque no nos queda otra elección. Pero cuando se cumpla el tiempo fijado, Dios, en su infinita sabiduría, les permitirá salir de nuevo. Llegará un día en que reverdecerá otra vez la tierra. Otro día, Dios mediante, habrá vida sobre ella. Ésta es la tierra... y ustedes son sus herederos.

¡Entonaré Tus alabanzas, porque estoy hecho de un modo terrible y maravilloso!
Digna de pasmo es Tu obra, como mi alma sabe muy bien.
Mi sustancia no fue oculta a Tu vista cuando me hicieron en secreto extrañamente entretejido en las partes más inferiores de la Tierra.

Cerré el libro y mis hermanos alzaron la cabeza.
—¿Hemos terminado? —preguntó el más joven. Yo asentí, y dejamos el túmulo. En el firmamento donde el sol no brillaba, las estrellas ardían sobre el negro de azabache del espacio como minúsculos y dolorosos diamantes. Abandonamos lentamente el Exterior, atravesando las vacías cavernas y las rechinantes compuertas, descendiendo por las largas galerías y los tortuosos pasadizos hacia la recogida morada abierta en las entrañas de la tierra que era nuestro solitario imperio.
Una vez allí, ordené a cada cual que se dedicase a su tarea. Nuestro padre había dicho que el trabajo debía continuar. Yo soy el hermano mayor y a mí me corresponde a partir de este momento trazar los planes... y tomar las decisiones.
Permanecí un rato sentado y sumido en mis cavilaciones. Luego me levanté para hacer mi ronda diaria. Vi de nuevo las tinas y crisoles, los laboratorios donde trabajan mis hermanos. El último lugar que visité fue la sala donde estaba instalada la emisora. Aquel ritual no podía ser omitido.
—En algún lugar de la tierra —solía decir con frecuencia mi padre— pueden existir otras cavernas. En su interior pueden vivir otros hombres, que como nosotros, se esfuercen por establecer contacto con sus semejantes perdidos.
Pulsé el aparato, lanzando una señal al mundo silencioso. El mundo, como siempre, no contestó.
Y finalmente volví a esta habitación. Era la estancia de mi padre; aquí están los libros que él leía y los libros en que escribía. Aquí, en apretadas líneas, inscribió sobre unas páginas descoloridas por el tiempo el canto del cisne de la Humanidad. Y hoy, como tributo a su memoria, yo he añadido estas frases:

Mas aquellos que esperen en el Señor, aquéllos heredarán la tierra.
 
Así está escrito; así lo quiso mi padre. Mas... ¿Vale la pena? ¿Vale la pena que investiguemos y nos esforcemos para sentar de nuevo nuestros reales sobre una tierra requemada, desprovista de encanto y atractivo? ¿Qué ocurrirá si un día la tierra vuelve a cubrirse de verdor? ¿Será también un hogar para nosotros, que no nacimos en ella? ¿Qué ocurrirá si la poblamos nuevamente, reconstruimos sus ciudades, continuamos los tortuosos sueños del hombre y elevamos sus ambiciones hasta las estrellas? ¿Tendrá algún significado para nosotros, alguna alegría?
Creo que no. Y creo que mi padre erró al pedirnos que continuásemos su obra. Ahora que él ha fallecido, la vida ya no tiene finalidad para nosotros. Nosotros, sus herederos, no concedemos valor al legado que nuestro padre moribundo nos hiciera.
Por consiguiente, hace algunos momentos que accioné el interruptor; el interruptor central que gobierna los mandos que suministran un simulacro de vida a mis hermanos robots. Ahora ellos permanecen silenciosos ante sus puestos enmudecidos, como inmóviles tributos al último y mayor esfuerzo del hombre por perpetuar su linaje. Una raza de imágenes metálicas del hombre.
¡Qué lástima que no naciesen hijos de aquellos ocho estériles supervivientes del último día de la tierra!
Ahora, dentro de un instante, accionaré el interruptor que hay sobre mi pecho; el interruptor que me da vida. Entonces yo también permaneceré silencioso para siempre, como mis hermanos.
¿Qué se sentirá al estar muerto?


FIN