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2024/02/26

El devorador de calcio (Herbert W. Franke)


Título original: Calciumfresser
Año: 1960


Propiamente lo tendría que haber notado antes. Porque hasta donde alcanza mi memoria, siempre sentí el afán de ayudar a los demás. Pero no me di cuenta hasta la semana pasada. Y mis colegas lo ignoran todavía.
Yo mismo lo descubrí al verme en una situación extraordinaria. Regresábamos de Psi 16 y habíamos hecho ya, sin novedad, dos terceras partes del viaje. Nadie pensaba en nada malo. ¿Qué es una de las cosas peores que le pueden ocurrir a un astronauta? Sin duda, un fallo en la renovación de aire.
¡Y justamente a nosotros tuvo que sucedernos!
No había posibilidad de reparación, además. El catalizador de calcio pulverizado desaparecía. De hora en hora iba empequeñeciéndose ante nuestros ojos, sin que halláramos una explicación para ello. Sin calcio no es posible la reducción del dióxido de carbono, y a bordo no llevábamos repuesto. ¿Quién iba a contar con tan absurda avería?
Nuestra provisión de oxígeno duraría, como mucho, tres días.
Willy no se apartaba del termodetector, pero la probabilidad de hallar un sistema planetario era prácticamente nula, y mucho menos uno con aire respirable.
Todos lo sabíamos. El capitán no nos ocultaba nada. Para eso había demasiada confianza entre nosotros. Y debo decir que la conducta de la tripulación fue ejemplar. Cada cual volvió a su sitio en silencio.
De pronto resonó en toda la nave el grito de Willy. Quien en aquel instante pudo permitírselo, corrió a la cámara de derrota.
—¡Tenemos algo delante! —exclamó—. ¡Y muy cerca!
En efecto, la pantalla mostraba un pequeño disco pálido que oscilaba entre los astros inmóviles. Todos respiramos con alivio, pero el capitán moderó en seguida nuestras esperanzas.
—¿Qué ayuda nos va a llegar de ese cuerpecito celeste? —dijo—. Calculo que no medirá más de un kilómetro cúbico. Debe ser un fragmento de roca desierta.
Nos aproximábamos a gran velocidad. Pronto distinguimos incluso la superficie.
—¡Qué cosa más rara! —comentó Jack—. ¡Ni siquiera tiene forma quebrada!
Su observación era acertada, porque tales cuerpos errantes suelen presentar una superficie muy escabrosa y desigual, y aquél era distinto. Tampoco era esférico ni elipsoidal, ya que esas formas aparecen cuando una masa metálica ha llegado a fundirse.
—¡Ahí veo una señal! —chilló entonces el grueso Smoky, cuya protuberante barriga temblequeó de excitación.
Era cierto. Tres flechas blancas señalaban hacia un punto central. Willy corrigió el rumbo. Todos seguimos la maniobra con la máxima atención.
—¡Chicos! —exclamó el capitán—. ¡Es una nave espacial! Un verdadero monstruo de nave…
Efectivamente todos vimos las escotillas y la baranda de una rampa de entrada. ¿Qué puedo decir? Nos detuvimos, ayudamos a Willy a ponerse el traje espacial y, una vez fuera, observamos cómo manejaba la escotilla, que no tardó en abrirse para dar paso a nuestro compañero. Apenas tuvimos que poner a prueba la paciencia, pues Willy reapareció casi en seguida y sólo nos envió una palabra a través de la emisora:
—¡Aire!
Pasamos a la otra nave y quedamos boquiabiertos. Aquello sobrepasaba todas nuestras imaginaciones. No sólo era el aire respirable lo sorprendente, sino que nos hallábamos rodeados de un lujo que jamás pudimos soñar. El conjunto estaba dividido en incontables habitaciones de diversas dimensiones, pero todas ellas decoradas como las de una fastuosa residencia de Hollywood. Había allí cómodas tumbonas, mullidas alfombras y armarios empotrados. Llamó nuestra atención, sin embargo, el hecho de que los peces de los acuarios estaban muertos y las plantas aparecían extrañamente mustias y amarillentas. Todo lo demás tenía un aspecto impecable, ordenado y limpio, aunque no encontramos a ningún ocupante.
Yo observé que el capitán no estaba tan contento como hubiera sido lógico después de la suerte que habíamos tenido.
—Permanezcamos juntos —ordenó—. De momento nos instalaremos en algunos cuartos cercanos a la entrada, y que nadie se separe de los demás sin autorización.
Fuimos en busca de parte de nuestras provisiones y nos acomodamos lo mejor posible. Al día siguiente el capitán comenzó sus exploraciones, siempre en compañía de dos hombres que se turnaban, de modo que todos tuvimos ocasión de ir con él.
Al principio ocurrió poca cosa. No hacíamos más que descubrir nuevas estancias que no se distinguían en nada de las anteriores. Exceptuando la ausencia de seres vivos, todo parecía en orden. Cierto es que algunos detalles llamaron nuestra atención, pero no les dimos gran importancia: Algunos recipientes se habían convertido en polvo, aunque podía distinguirse su forma primitiva. En varios espejos, la lámina de cristal estaba transformada en una masa opaca y resquebrajada, y raro era el cuadro que no presentaba partes descoloridas. En conjunto, un extraño mosaico de impresiones.
Ya al segundo día encontró el capitán la cabina de mandos y la cámara de derrota. El sistema era fácil de descifrar. Los constructores de la nave debían ser semejantes a los humanos, si bien probablemente más adelantados. Conny comprobó que quedaba suficiente combustible, y Willy calculó y fijó el rumbo.
En mi primera ronda recorrí con el capitán y Smoky la parte más alejada, es decir, los aposentos situados al otro lado de nuestra entrada. Acabábamos de pisar una especie de balcón en el que había varias hileras de cactos secos, cuando el capitán se detuvo abruptamente. El gesto de su mano hizo que también nosotros nos paráramos.
—¿Lo han notado? —preguntó.
—¿Se refiere a… a una sensación como si algo nos succionara? —repuso Smoky.
—Exactamente —dijo el jefe, y ambos me miraron esperando con ansia mi opinión.
—Yo no he sentido nada —tuve que confesar.
—Pues a mí me recorrió todo el cuerpo —explicó el capitán—. Lo describiría como una impresión de ser absorbido. Y lo raro es que ni siquiera resultaba desagradable.
No obstante, la experiencia debía haber sido peor de lo que mis dos compañeros quisieron reconocer, porque el capitán ordenó la retirada.
Estábamos ya cerca de nuestras habitaciones cuando ocurrió un percance: Smoky se rompió una pierna. Fractura lisa de la arcada maleolar. Tuvimos que improvisar una camilla y transportarle a su cuarto.
Ni él mismo sabía cómo le había sucedido. Admitía la posibilidad de haber tropezado. Pero no era así. Yo, que iba detrás de él, había visto que, sin más, la pierna había cedido bajo el peso de su cuerpo, doblándose. Hay que decir que Smoky, con sus noventa kilos a cuestas, no era precisamente un peso gallo, pero eso no era motivo para que los huesos se le rompieran de repente.
Y no fue ése el único problema. Algunos miembros del equipo empezaron a quejarse de cansancio, falta de apetito y dolores musculares. El médico sacudió la cabeza. No se explicaba aquellos síntomas. Se produjo un nerviosismo general, los hombres se chillaban unos a otros, y justamente Jack, a quien normalmente nada hacía perder la calma, acabó de estropearlo todo. El capitán riñó al cocinero porque la comida no le gustaba, y lo hizo con una violencia que tampoco venía a cuento, y el bueno de Jack quiso salvar la situación.
Con forzada animación exclamó:
—¡Más vale mala comida que falta de aire!
Y dio al jefe un amistoso golpecillo. Yo estaba presente, y puedo asegurar que sólo fue un ligero puñete. Sin embargo, el capitán se encogió con gesto dolorido. Primero creímos que se trataba de una broma, pero pronto comprendimos que la cosa iba en serio. Llamamos al médico, y éste comprobó que el jefe tenía tres costillas fracturadas.


Privado en adelante de dirigir la expedición, fácil es imaginar el mal humor con que cedió su puesto a Willy.
En su segunda ronda, éste descubrió unas cintas perforadas, el primer indicio de una especie de escritura. El capitán, que no podía moverse, se dedicó a estudiar los signos, cosa que logró con bastante rapidez, y por fin nos enteramos del significado de la sorprendente nave.
—Aún no lo entiendo todo, pero algunos puntos quedan aclarados —dijo—. El aparato en que nos encontramos pertenece a una gran flota que participaba en una operación de emigración. Viajaba en él casi un millón de seres. Durante el desplazamiento enfermaron todos, por lo que fueron trasladados a otras naves. No acabo de descifrar la causa, aunque aquí dice algo… La traducción literal sería "calciófago" o "calciófagos".
Todos debimos poner cara de desconcierto. El médico, sin embargo, se levantó de un salto, tomó su instrumental y corrió a visitar a Spike, sin duda el que estaba en peores condiciones. Yacía éste en una habitación individual destinada a enfermería. El doctor le extrajo sangre y desapareció con ella en su improvisado laboratorio. Al cabo de un rato salió con un tubo de ensayo en la mano, que nos mostró excitado.
—¡Aquí tienen la respuesta! —declaró.
En la probeta danzaba un sedimento blanco y grumoso que a nosotros, desde luego, nada nos decía.
—¡Falta de calcio! —jadeó el médico—. El nivel de calcio se halla muy por debajo de lo normal. Ahora comprendo por qué se nos rompen los huesos y se nos mueven los dientes.
—¿Calcio? —repitió el capitán, pensativo—. Precisamente, nuestro catalizador se componía de calcio…
—¡Bah! —replicó el doctor—. Eso tiene que ser casualidad. En adelante confeccionaré yo el menú, para que la comida contenga suficiente calcio. Además, todos tomaremos pastillas…
—Pero, ¿qué son calciófagos? —quise saber yo.
—Tal vez unas bacterias —indicó el facultativo—. Ahora mismo haré un frotis y me sentaré ante el microscopio.
Teníamos, pues, una pista a seguir, aunque no puedo afirmar que nos sintiéramos muy seguros en nuestra piel.
Al día siguiente, una de las patrullas no regresó. De momento no nos preocupamos, ya que era fácil extraviarse y sufrir retraso en tan gigantesca nave. Pero cuando fueron pasando las horas sin que volviesen los compañeros, el capitán nos envió a Cyril y a mí en su busca.
Sabíamos, más o menos, qué parte del vehículo habían proyectado explorar, y hacia allí nos encaminamos sin vacilación. Hasta entonces, cada salida había constituido una diversión, algo semejante a un paseo por un hermoso paisaje. Ahora, en cambio, los maravillosos aposentos nos resultaban inquietantes. Imperaba en ellos un silencio aterrador. Cada vez que abría una puerta, necesitaba sobreponerme… No podía evitar la sensación de algo que nos acechaba al otro lado.
Habíamos avanzado ya bastante, cuando Cyril empezó a quejarse de un extraño dolor en todos los miembros. Yo no sentía nada, pero estaba dispuesto a proponer a mi compañero el regreso, dado que éste se encontraba cada vez peor, cuando les hallamos…
A pocos pasos de nosotros yacía Fatty, que se movió débilmente al oírnos. Algo más allá descubrimos los cuerpos de los otros muchachos, tendidos en el suelo como si una extraña fuerza les hubiera derribado, y al arrodillarnos junto a Fatty observamos que tenía el rostro deformado y fofo. Sus brazos pendían faltos de vida. Con los ojos entornados, nuestro amigo trató de formar unas palabras.
—Un… ser, un… un animal… que…
Y se hundió como si la última energía hubiese abandonado su cuerpo.
Cyril y yo nos miramos horrorizados. De pronto percibí un ruido en la habitación contigua. Saqué la pistola y abrí la puerta de golpe. Delante de mí se extendía una sala alargada, una especie de invernadero lleno de plantas completamente secas. Al fondo de todo, sin embargo, se arrastraba y serpenteaba algo. Algo que sólo vi en parte, ya que el resto desapareció en un rincón: Una maraña de patas o tentáculos de color gris plateado, que se retorcían incesantemente y se movían de un lado a otro en un intento de busca.
Un grito de Cyril me hizo retroceder. Le hallé apoyado en la pared, lívido. Poco le faltaba para desmayarse.
—Estoy cada vez peor —musitó—. ¡Sácame de aquí…!
Apenas podía andar, de modo que tuve que sostenerle durante casi todo el camino.
Cuando logramos reunimos con los demás, nos aguardaba otra noticia terrible: El médico había comprobado que buena parte de las provisiones estaba descompuesta. Lo estropeado era justamente lo más rico en calcio.
Un grupo de voluntarios fue a recoger a los compañeros accidentados y, si bien no tropezaron con el repugnante animal, a su regreso se sentían totalmente agotados. Los hombres que acababan de rescatar permanecían sumidos en un extraño sopor.
El capitán convocó a una reunión, pero su resultado fue desconsolador. Llegamos a la conclusión de que el animal que yo había visto se alimentaba de calcio y tenía, además, la facultad de absorber esa sustancia de todo cuanto le rodeaba. Estudiamos la posibilidad de tomar algunas medidas extremas: Unos propusieron volar aquella parte de la nave en que se hallaba el monstruo; otros querían colocar complicadas trampas…
Yo sólo prestaba atención a medias. Vi la palidez de mis camaradas, hundidos con evidente dejadez en los cómodos sillones, contemplé el pecho vendado del capitán y la figura inerte de Spike. Diversos pensamientos cruzaron mi mente. Yo seguía encontrándome bien como siempre, sin sentir las molestias propias de la pérdida de calcio. Nadie más que yo había visto el horrible animal y, sin embargo, no sufría consecuencia alguna. Todas mis deducciones conducían, pues, a un punto…
Si mis sospechas eran ciertas, la pena sería muy profunda. Pero esa circunstancia podía significar la salvación de nuestro grupo.
Me retiré con disimulo, desaparecí tras una rejilla cubierta de enredadera y salí de la estancia sin ser visto.
Necesitaba tener la certeza. En el laboratorio del médico encontré lo que buscaba. Una aguja intracardíaca. Desabroché mi camisa y me clavé la aguja debajo del esternón, introduciéndola poco a poco en diagonal, hacia arriba. Sabía exactamente el punto que debía tocar. Me costó un terrible esfuerzo. Mi corazón latía con violencia, y el sudor resbalaba por mi frente. Reaccionaba como un hombre normal.
Y entonces tuve la certeza. La aguja chocó —a unos cinco centímetros de profundidad— contra algo duro, impenetrable, metálico.
No vacilé ni un instante más. Mi vida no tenía importancia alguna. Tomé una pistola ametralladora del depósito y corrí hacia las profundidades de la nave. Nunca me había resultado tan insoportable el olor de las plantas muertas, ni tan sobrecogedora la falta de vida en aquellos lujosos aposentos. Pero tampoco había estado nunca tan seguro de lo que debía hacer.
Largo rato busqué en la zona más profunda del vehículo. ¿Dónde estaría ese maldito calciófago? No veía más que preciosas salas en las que reinaba la muerte. Plantas secas, acuarios con peces putrefactos, sofás, mesas de juego, columpios de jardín, surtidores, esculturas, brillantes bolas que eran fuentes de luz y adorno a la vez.
De pronto observé algún desorden. Sillas corridas de sitio, floreros volcados. ¿Y no había oído un ruido…?
Me detuve a escuchar. Algo se arrastraba. Levanté la pistola de impulsión y avancé. Con toda cautela. Allí estaba el monstruo. Un gigantesco ovillo plateado, todo él cubierto por centenares de patas o antenas que en un punto se ladearon para que me enfocara una especie de espejo parabólico. Yo, sin embargo, no experimenté nada. Y es que, a mí, nadie puede quitarme el calcio. Oprimí el gatillo del arma, pero no se produjo la impulsión. Lo intenté otra vez y nada.
Entonces comprendí que la pistola funcionaba mediante un cátodo de germanio y sulfuro de calcio, por lo que ya no servía para nada.
Una ira horrible se apoderó de mí. De cualquier forma, mi plan no podía fallar. Arrojé al suelo la pistola, agarré una silla, corrí hacia el animal y me lancé sobre él, golpeándole tremendamente con la silla.
Apenas encontré resistencia y casi me vi envuelto en el repelente monstruo. Una masa porosa se desparramó, pulverizada, por el suelo. Los tentáculos y las antenas vibraron, pero yo pasé la mano bruscamente por encima y todos aquellos apéndices cayeron quebrados. El cuerpo del animal, que apareció desnudo al ir perdiendo sus serpenteantes miembros, se hinchó y revolcó furioso. Pero unos cuantos golpes más le dejaron sin vida. Todo había sido muy fácil y, no obstante, yo me sentía agotado. La tensión nerviosa y la excitación fueron demasiado grandes.
Necesité cuatro horas para volver junto a mis compañeros. El capitán me recibió indignado, pero calló cuando le anuncié que el animal estaba muerto, y todos corrieron a ver su cuerpo destrozado.
Sólo a su regreso me di cuenta de la dicha que su salvación significaba para mí. Había logrado conservar la vida de Spike, el físico silencioso y siempre dispuesto a ayudar; del regordete Smoky; de Willy, siempre ansioso de adquirir nuevos conocimientos, y de todos los demás, del formidable equipo de eficientes astronautas al que tengo el orgullo de pertenecer; de Jack, que acababa de descubrir capullos llenos de protóxido de calcio, en suficiente cantidad para cargar de nuevo nuestro catalizador; del doctor, que apareció con restos del animal en unos frasquitos, y no en último lugar la del capitán, que se acercó a mí y dijo:
—¡Maldita sea…! Nunca me supo tan mal tener que castigar a un hombre. Pero debes reconocer que no puedo actuar de otra manera. Quedas arrestado durante tres días. Te alejaste de nosotros sin permiso.
El castigo poco me importa. Lo fundamental es que no se enteren de la realidad. Porque les quiero a todos, y deseo que ellos también sientan afecto hacia mí. Y eso… no sé si sería posible, si se enteraran que llevo una célula positrónica en la fosa epigástrica… De que soy un robot.


FIN

2024/01/15

Cuando duerme el que vela (Richard Matheson)


Título original: When the Waker Sleeps
Año: 1950


Si alguien hubiera sobrevolado la ciudad a esa hora del día, o cualquier otro día del año 3850, habría pensado que no quedaba rastro de vida en ella.
Al pasar sobre los chapiteles impolutos habría buscado en vano un ápice de actividad humana. Habría escudriñado las anchas autopistas entrelazadas como la urdimbre y la trama de un inmenso telar y no habría visto ningún automóvil; nada, salvo los carriles desiertos y los semáforos cambiando de color en secuencias mecánicas.
Si hubiera volado a baja altura y sorteado las relucientes torres, habría visto las aceras móviles, los gigantescos ventiladores de rotación pautada que caldeaban las calles en invierno y las refrescaban en verano, las puertas diminutas que se abrían y se cerraban, los surtidores de las fuentes del parque que lanzaban al aire sistemáticas columnas de agua.
Más allá habría salido a campo abierto, donde habría sobrevolado las lustrosas naves que se alineaban frente a los hangares. Todavía más lejos habría vislumbrado el río, los barcos metálicos que descansaban a lo largo de la orilla, echando fina espuma  por la popa, producto del funcionamiento ininterrumpido de sus respiraderos.
Habría regresado a la ciudad, planeando en busca de alguna señal de vida en las anchas avenidas, en el entramado de calles, entre los edificios primorosamente ordenados de la zona de viviendas, en la solidez metálica del sector comercial.
La búsqueda habría resultado infructuosa.
Abajo, todo movimiento habría parecido mecánico. Y, sabiendo de qué ciudad se trataba, habría dejado de buscar ciudadanos para intentar localizar las bajas construcciones metálicas que se extendían a poco más de medio kilómetro, los edificios circulares que albergaban las máquinas infatigables, los ruidosos engranajes al servicio de los habitantes de la ciudad.
Aquellas máquinas lo hacían todo: Filtraban las impurezas del aire, movían las aceras y abrían las puertas, enviaban impulsos sincronizados a los semáforos, hacían funcionar las fuentes y las naves espaciales, los barcos del río y los ventiladores. Eran las máquinas en cuya incontestable eficacia confiaban ciegamente los ciudadanos, que, en ese momento, descansaban en los divanes neumáticos de sus habitaciones. La música que surgía de los altavoces, la brisa fresca de los ventiladores de las paredes, incluso el aire que respiraban; todo provenía de las máquinas o iba a parar a ellas; las indefectibles, fieles e infalibles máquinas.
Entonces se oyó un zumbido. Entonces la ciudad cobró vida.

Un zumbido, un zumbido.
Lo oíste desde el remolino negro del sueño. Frunciste la noble nariz y tiraste de los veinte transmisores neuronales que llevaban a las autopistas de tus extremidades.
El sonido penetró más adentro, atravesó varias capas de somnolencia y te clavó un dedo impaciente en la materia palpitante del cerebro. Volviste la cabeza en la almohada con una mueca.
No cesó. Con mano torpe, cogiste el auricular, abriste un ojo con un tremendo esfuerzo de voluntad y murmuraste algo ininteligible.
—¡Capitán Rackley! —La voz cortante se adelantó.
—Sí —respondiste.
—¡Preséntese de inmediato en el cuartel general!
Aquello acabó con el sueño y el enojo como un viejo irascible barre las piezas del ajedrez del tablero. Los músculos de tu abdomen se activaron y te dejaron sentado. En tu noble pecho, la palpitante bola de carne que imprime velocidad a la sangre tuvo a bien dilatarse y comprimirse con marcada intensidad. Tus glándulas sudoríparas se prepararon para la acción, el peligro, el heroísmo.
—¿Es…?
—¡Preséntese de inmediato! —ladró la voz, y un clic tajante te punzó el oído.
Tú, Justin Rackley, colgaste el auricular y saltaste de la cama con un revuelo de sábanas.
Corriste a la puerta del vestidor y la abriste de golpe. Te zambulliste en sus profundidades y emergiste poco después con unos pantalones ajustados y una guerrera apropiada para ese torso tuyo descomunal. Te los pusiste y te dejaste caer en un asiento cercano para calzarte las botas militares negras.
Tu cara reflejaba pensamientos funestos. Te peinaste el abundante cabello rubio, seguro de cuál era la naturaleza de la emergencia.
¡Los oxidones! ¡Otra vez!
Completamente despierto ya, frunciste la nariz con deliberada elegancia. Pensar en los oxidones, con esas doce patas indicadoras de su ascendencia extraterrestre, con esa repugnante baba reptiliana que rezumaban, te revolvía las tripas.
Saliste corriendo de la habitación, saltaste la barandilla y bajaste las escaleras, preguntándote una vez más dónde se habrían originado aquellos horribles oxidones, qué odioso cruce habría dado origen a su monstruosa especie; preguntándote dónde vivían, dónde proliferaba su horripilante estirpe, dónde mantenían sus reuniones militares, por dónde habían empezado a reptar hacia las grandes fisuras de la Tierra por las que salían en tropel para atacar.
Sin respuesta alguna para esas incontables preguntas, saliste corriendo de casa y bajaste los escalones como una exhalación hacia tu fiel automóvil. Te deslizaste dentro; pulsaste botones, accionaste palancas, pedales y todo lo necesario. En cuestión de minutos atravesabas las calles como una flecha camino de la ancha autopista que te llevaría al cuartel general.
Naturalmente, a esa hora había muy poca gente en la calle. De hecho, no viste a nadie. Fue pasados unos minutos, tras girar con un volantazo, mientras subías veloz como el viento por el carril de incorporación a la autopista, cuando viste otros automóviles que iban zumbando hacia la torre, situada a ocho kilómetros de distancia. Supusiste, acertadamente, que se trataba de otros agentes a los que también habían arrancado del sueño para movilizarlos.
Los edificios pasaban veloces mientras pisabas a fondo, eternamente ceñudo, vivificado por el peligro, oh, intrépido guerrero. Por supuesto que no eras reacio a la acción tras un mes de inactividad, pero las circunstancias eran bastante repugnantes. Pensar en los oxidones daba escalofríos a cualquiera, ¿verdad?
¿Qué los hacía surgir de sus pozos desconocidos? ¿Por qué querían destrozar las máquinas, hacer que la gangrena que destilaban corroyera el metal y desprendiera los dientes de los engranajes como pétalos de una flor marchita? ¿Qué pretendían?
¿Destruir la ciudad? ¿Gobernar a sus habitantes? ¿Aniquilarlos? Preguntas inquietantes, preguntas sin respuesta.
"Bueno", pensaste al entrar en el aparcamiento del cuartel general. "Los oxidones sólo han conseguido llegar hasta unas cuantas máquinas exteriores, entre las cuales no se cuenta la mía, gracias al cielo".
Por lo menos, no sabían más que tú acerca de dónde estaba la Gran Máquina, el fabuloso manantial de energía que impulsaba todas las demás.
Te deslizaste por el asiento del automóvil notando el roce de la tela del pantalón militar y bajaste de un salto al extenso aparcamiento. El taconeo de tus botas negras te acompañó mientras corrías hacia la entrada. Otros agentes se apearon de los automóviles y también atravesaron corriendo la explanada. Nadie decía nada; todos estaban ceñudos. Algunos te saludaron con un seco movimiento de cabeza mientras subían en el ascensor.
"Mal asunto", pensaste.
Sentiste una presión en las ingles cuando la puerta se abrió con un jadeo hidráulico. Saliste y caminaste en silencio por el pasillo hasta la espaciosa sala de reuniones.
Ya estaba casi llena. Hombres jóvenes, invariablemente apuestos y musculosos, formaban pequeños rebaños mientras hablaban sobre los oxidones en voz baja. Las paredes grises insonorizadas absorbían sus comentarios y devolvían aire inerte.
Los hombres te saludaron con la cabeza cuando entraste y reanudaron sus conversaciones. El capitán Justin Rackley, ése eres tú, se sentó en primera fila.
Levantaste la mirada. La puerta que daba a los rangos superiores se abrió de golpe. El general entró a grandes zancadas con un fajo de papeles en el puño. También él estaba ceñudo.


Subió a la tarima y dejó con brusquedad los papeles en la robusta mesa. Se sentó en el borde y golpeó una pata con la bota hasta que todos tus compañeros oficiales disolvieron los grupos y tomaron asiento. El silencio planeó sobre sus cabezas. El general apretó los labios y dio una fuerte palmada en la mesa.
—Caballeros —dijo con aquella voz que parecía surgida de una antigua tumba—, la ciudad se encuentra de nuevo en grave peligro.
Hizo una pausa; parecía capaz de gestionar cualquier crisis. Tú esperabas ascender algún día a general y parecer capaz de gestionar cualquier crisis. "¿Por qué no?", pensaste.
—No malgastaré un tiempo precioso —prosiguió el general, malgastando un tiempo precioso—. Todos conocen sus posiciones; todos saben cuál es su deber. Cuando termine esta reunión, se presentarán en el arsenal para recoger las pistolas de rayos. Tengan presente en todo momento que ningún oxidón debe llegar con vida a la maquinaria. Disparen a matar. Los rayos no son dañinos, repito, no son dañinos para la maquinaria.
Miró a sus hombres, jóvenes e impacientes.
—También conocen los peligros del veneno de los oxidones —añadió—. Por tanto, dado que el más ligero roce de sus aguijones causa una muerte agónica, se les asignará, como ya saben, una enfermera especializada en combatir los venenos sistémicos. Así que, cuando salgan del arsenal, preséntense en el Departamento de prevención.
Guiñó un ojo, cosa absolutamente fuera de lugar, y añadió con marcada intención: 
—Recuerden: ¡Hemos venido aquí a hacer la guerra! ¡Y sólo la guerra!
Aquello, por supuesto, provocó sonrisas de complicidad, comentarios maliciosos y más de un gesto poco marcial. Después el general se recuperó de su pequeña exhibición de humor y camaradería, y volvió al tono estricto de desapego despótico.
—Cuando se les haya asignado la enfermera, aquellos cuyas máquinas estén a más de veinticinco kilómetros de la ciudad se presentarán en el puerto espacial para que se les proporcione un aerocoche. Después procederán todos con la máxima celeridad. ¿Preguntas?
Ninguna.
—No creo necesario recordarles la importancia de esta defensa —concluyó el general—. Como bien saben, si los oxidones llegaran a la ciudad, si atacaran el núcleo de nuestro sistema mecánico, si (¡Dios no lo quiera!) localizaran la Gran Máquina, solo cabría esperar la peor masacre. Destrozarían la ciudad; nos aniquilarían; el hombre sería derrocado.
Los soldados lo miraron con los puños apretados, embriagados por el patriotismo como los sátiros por el alcohol, un patriotismo que también bullía en ti, Justin Rackley.
—Eso es todo —dijo el general con un saludo—. Buena caza.
Bajó de un salto de la tarima y se dirigió a la puerta, que, como por arte de magia, se abrió una fracción de segundo antes de que su impetuosa nariz se aplastara contra ella.
Te levantaste con un hormigueo en los músculos. "¡Adelante! ¡Salvemos nuestra preciosa ciudad!"
Pasaste entre las filas ya desordenadas. De nuevo en el ascensor, hombro con hombro con tus camaradas, una palpitante sensación de alerta te recorría el cuerpo joven y saludable.
El arsenal. Las paredes acolchadas amortiguaban el sonido. Hiciste fila, ceñudo como siempre, arrastrando los pies para recoger el arma. Llegaste al mostrador. Era como una oficina de cambio: Le enseñaste al hombre tu tarjeta de identificación y te entregó una reluciente pistola de rayos y una cartuchera de munición para llevar al hombro.
Después saliste por la puerta y bajaste los escalones recubiertos de caucho hasta el Departamento de prevención. La sangre te corría por las venas como en una montaña rusa.
Eras el cuarto de la fila, y ella, la cuarta de la otra fila, así que te la asignaron.
Examinaste su figura y notaste que el uniforme, aunque parecido al tuyo, le quedaba distinto. Aquello te apartó momentáneamente de tus propósitos marciales. Vaya. La lujuria, implacable, exigía tu atención.
—Capitán Rackley —dijo el hombre—, le presento a la teniente Forbes. Es su única garantía de supervivencia en caso de que lo pique un oxidón. Asegúrese de permanecer cerca de ella en todo momento.
No te pareció una tarea muy desagradable. Saludaste al hombre, intercambiaste un aleteo de pestañas con la joven y ladraste la orden de partida. Se encaminaron hacia el ascensor.
Mientras bajaban en silencio, la mirabas de vez en cuando. Lamentaciones largo tiempo olvidadas se reavivaron en tu cerebro revitalizado. Te atrajeron los rizos oscuros que le caían sobre la frente y se le amontonaban en los hombros como retorcidos dedos negros. Notaste que tenía unos ojos castaños de mirada suave, como surgidos de un sueño. ¿Por qué sería de otro modo?
Sin embargo, algo te apartaba de tus insustanciales cavilaciones. ¿Podría ser el deber? De pronto, al recordar lo que ibas a hacer, volviste a sentir miedo. Las amorosas ensoñaciones se alejaron en formación militar.
La teniente Forbes guardó silencio hasta que el aerocoche que les habían asignado surcó el cielo de la periferia de la ciudad. Entonces, en respuesta a tus intentos banales de hablar sobre el tiempo, te dedicó una preciosa sonrisa y viste sus preciosos hoyuelos.
—Sólo tengo dieciséis años —te dijo.
—Entonces, es la primera vez.
—Sí —contestó ella, mirando a lo lejos—. Estoy muy asustada.
Asentiste y le diste unas palmaditas en la rodilla. Intentabas ser paternal, pero conseguiste que el rubor del recato le asomara a las mejillas.
—No te apartes de mí —le dijiste, recalcando el doble sentido—. Te cuidaré bien. 
Básico pero suficiente para una muchacha. Se ruborizó más aún.
 
Las torres de la ciudad brillaban a tus pies. A lo lejos, como un diminuto botón en el borde de una telaraña, viste tu máquina. Empujaste un poco el volante; el diminuto vehículo se inclinó e inició un largo descenso. Mantuviste los ojos fijos en el cuadro de mandos, concentrado en él, mientras te preguntabas qué sería aquella extraña emoción que te recorría el cuerpo como una avalancha y de qué tipo era la fatiga de combate que presagiaba.
Era la guerra. La ciudad, ante todo. ¡Vamos!
El aerocoche bajó y se quedó flotando sobre la máquina mientras activabas los frenos neumáticos. Poco a poco, se posó en el tejado como una mariposa en una flor.
Apagaste el interruptor con el corazón acelerado, ajeno a todo lo que no fuera el peligro al que te enfrentabas. Cogiste la pistola de rayos, saltaste afuera y corriste hasta el borde del tejado.
Tu máquina estaba fuera de la ciudad, en el campo. Tu mirada de lince escudriñó el terreno.
No había ni rastro del enemigo.
Volviste al aerocoche a toda prisa. Ella seguía allí sentada y te observaba. Giraste el dial y el intercomunicador soltó su interminable sonsonete de información. Esperaste impaciente a que el operario de megafonía dijera el número de tu máquina y comunicara que los oxidones estaban a kilómetro y medio.
Notaste que ella contenía la respiración y te miraba asustada. Apagaste el equipo.
—Vamos adentro —dijiste. La mano en la que llevabas la pistola te temblaba deliciosamente. Te encantaba estar asustado, sentir que vivías peligrosamente. ¿No era esa la razón por la que estabas allí?
La ayudaste a salir. Tenía la mano fría; se la apretaste y le dedicaste una leve sonrisa para infundirle ánimo. Después de cerrar la puerta del vehículo para impedir el acceso al enemigo, bajaron las escaleras. Al entrar en la sala principal, el suave zumbido de la maquinaria se te metió en la cabeza al instante.
Entonces, llegados a aquel punto de la aventura, dejaste la pistola de rayos y la munición para hablarle de la maquinaria a la chica. Cabe destacar que estabas más pendiente de la proximidad de la enfermera que interesado en la mecánica. ¡Era tan encantadora, tan joven, y estaba tan necesitada de consuelo!


Tardaste poco en cogerla otra vez de la mano. Después le pasaste el brazo por la esbelta cintura y la atrajiste hacia ti. Tu mente divagaba sobre cosas que nada tenían que ver con la defensa militar.
Llegó el momento en que ella agitó las pestañas y clavó su mirada en la tuya, como en aquel arcaico pasaje literario. Sus ojos color violeta te daban vértigo y te acercaste más. El perfume de su aliento te agarrotaba las extremidades. Sin embargo, algo seguía conteniéndote.
¡Chap! ¡Chop!
Ella dio un respingo y gritó.
¡Los oxidones estaban en las paredes!
Corriste a la mesa en la que habías dejado la pistola de rayos. La munición estaba al lado, en el sofá, y te la colgaste del hombro. Ella se acercó corriendo a ti y, con gesto adusto, le entregaste el estuche de prevención.
Te sentías tan seguro de ti mismo como el general cuando se ponía serio.
—Mantén las jeringuillas cargadas y a mano —dijiste—. Puede que… 
La frase quedó en el aire. Un enorme oxidón baboso golpeó la pared.
Del exterior llegaba el ruido de las grandes ventosas: Buscaban la maquinaria del sótano.
Comprobaste la pistola. Estaba lista.
—Quédate aquí —murmuraste—. Tengo que bajar.
Sin prestar atención a lo que ella te decía, te precipitaste por las escaleras e irrumpiste en el sótano justo cuando el primer horror entraba borboteando por una ventana y aterrizaba en el suelo de metal, como una corriente de lava que desafiara la gravedad.
La monstruosidad de color marrón dorado te miró con su hilera de ojos amarillos, parpadeando, y se te puso la carne de gallina. Luego se escurrió veloz hacia las máquinas con un chapoteo aceitoso. El miedo estuvo a punto de paralizarte.
Y entonces el instinto tomó las riendas. Levantaste con rapidez la pistola y un rayo crepitante de color azul saltó de la boca del arma, tocó el cuerpo escamoso y lo rodeó. Los chillidos y el olor a carne quemada llenaron el aire. Cuando el rayo se disipó, el oxidón muerto quedó el suelo, ennegrecido y humeante, y su baba se desparramó por las soldaduras.
Oíste el sonido de ventosas a tu espalda. Te volviste y volaste en pedazos grasientos al segundo oxidón, pero apareció otro en el borde de la ventana y se abalanzó hacia ti. Otro disparo, y otra mole achicharrada retorciéndose en el suelo.
Tragaste el nudo de tensión que te atenazaba la garganta sin dejar de observarlo todo ni de saltar de un lado a otro. Al cabo de un segundo, otros dos se te acercaban. Dos disparos; uno, fallido. Ya tenías el segundo monstruo casi encima cuando lograste hacerlo picadillo, justo antes de que levantara las patas delanteras para hundirte sus aguijones negros en el pecho.
Te volviste rápidamente y gritaste horrorizado.
Un oxidón bajaba por las escaleras y otro emitía un sonido sibilante, con los largos aguijones apuntándote al corazón. Apretaste el botón y soltaste un grito ahogado. ¡No te quedaban proyectiles!
Te apartaste de un salto y el oxidón cayó hacia delante. Abriste el estuche e intentaste cargar la pistola, pero los nervios te traicionaban. Un proyectil se te cayó y se hizo añicos en el suelo de metal. Tenías las manos ateridas y temblorosas, y el vello erizado. La sangre te palpitaba en las venas. Estabas asustado, pero lo disfrutabas.
El oxidón volvió a atacar mientras introducías el proyectil en la pistola de rayos. Te agachaste… ¡pero no lo suficiente! La punta de un aguijón te rasgó la guerrera y te arañó el brazo. Sentiste cómo el veneno ardiente se te introducía en el organismo.
Apretaste el gatillo y el monstruo se desintegró en una nube de humo untuoso. La maquinaria del sótano estaba a salvo del ataque. Los oxidones la habían pasado de largo.
Alcanzaste la escalera de un salto. Tenías que salvar las máquinas, salvarla a ella, ¡salvarte tú!
Las botas resonaron en las escaleras metálicas. Entraste a toda prisa en la gran sala de máquinas y miraste a tu alrededor.
Se te cayó el alma a los pies. Ella estaba derrumbada en un sofá, desmadejada, inmóvil. Un rastro de baba de oxidón le resbalaba por la guerrera.
En cuanto te volviste, el oxidón desapareció en el interior de la maquinaria, introduciendo su cuerpo escamoso entre los engranajes. La baba le chorreaba por el cuerpo y las mandíbulas. La máquina se detuvo y arrancó de nuevo con un quejido de engranajes deteriorados.
¡La ciudad! ¡Te plantaste de un salto junto a la máquina y le disparaste con la pistola de rayos! El rayo azul falló; no alcanzó al oxidón. Volviste a disparar. El oxidón se movía demasiado deprisa y se escondía detrás de los engranajes. Corriste alrededor de la máquina sin dejar de disparar.
La miraste. ¿Cuánto tiempo tardaba en actuar el veneno? No te lo habían dicho. Sin embargo, ya lo tenía en la carne; la quemazón había empezado. Y tú te sentías a punto de arder en llamas, como si el cuerpo fuera a caérsete a pedazos.
Tenías que ponerte una inyección y ponerle otra a ella. Sin embargo, el oxidón te esquivaba. Tuviste que detenerte para introducir otro proyectil en la recámara. La sala empezó a darte vueltas; no podías controlar el mareo. Pulsaste el gatillo una y otra vez, y el rayo se estrelló contra la maquinaria.
Te tambaleaste con un sollozo y te abriste el cuello de la guerrera. Casi no podías respirar. El olor de sebo chamuscado por los rayos lo impregnaba todo. Rodeaste la máquina dando traspiés y le disparaste otro rayo al veloz oxidón.
Por fin, cuando estabas a punto de desplomarte, lo tuviste a tiro. Pulsaste el gatillo y el oxidón quedó envuelto en llamas, se desmoronó en fragmentos fundidos bajo la maquinaria y el sumidero se lo tragó.
Soltaste la pistola de rayos y te acercaste a ella dando tumbos. Las jeringuillas hipodérmicas estaban en la mesa.
Le abriste la guerrera, le clavaste una aguja en el hombro suave y pálido y, entre escalofríos, le inyectaste el antídoto en la vena. Después te pinchaste en el hombro y sentiste el frío repentino que te recorría la carne y el torrente sanguíneo.
Te derrumbaste junto a ella, con la respiración agitada y los ojos cerrados. El estallido de actividad te había agotado. Tenías la impresión de que necesitarías un mes para reponerte, como de hecho sería.
Ella gimió. Abriste los ojos y la miraste, y la respiración volvió a acelerársete, pero esa vez tenías claro de dónde provenía la agitación. No podías apartar los ojos de ella. Un calor reconfortante te inundaba las extremidades y te acariciaba el corazón. Ella también te miraba.
—Eh… —dijiste.
Entonces dejaste de contenerte; las dudas se esfumaron. La ciudad, los oxidones, las máquinas… El peligro había quedado atrás. Ella te acarició la mejilla.

—Y cuando abriste los ojos —concluyó el médico—, estabas de nuevo en esta habitación.
Rackley se rió y sacudió la cabeza sobre la almohada, sacudiendo las manos de alegría.
—Querido doctor —dijo entre risas—, siempre lo sabe todo. ¡Qué listo es! ¿Cómo lo consigue, listillo?
El médico miró al hombre alto y apuesto tumbado en la cama, todavía sacudido por las carcajadas.
—Olvida que soy yo quien le pone las inyecciones —dijo—. Es natural que sepa qué pasa después.
—¡Claro! ¡Claro! —exclamó Justin Rackley—. Oh, ha sido absolutamente fantástico, fantástico. ¡Imagínese! ¡Yo! —Se pasó los recios dedos por el voluminoso bíceps—. ¡Yo, un héroe!
Aplaudió y soltó una profunda carcajada. Los dientes blanquísimos relucieron en contraste con el intenso bronceado de su cara. La sábana resbaló y le dejó al descubierto los desarrollados pectorales y las tabletas de los abdominales.
—¡Válgame Dios! —suspiró—. ¿Qué sería de mi monótona existencia si sus benditas inyecciones no atenuaran este aburrimiento infinito?
El médico lo miró con frialdad y apretó los dedos blancos y fuertes en un pálido puño. Una idea se le clavó como un cuchillo en el cerebro: "Este es el fin de nuestra especie, la penosa cúspide de la evolución humana. Es la corrupción definitiva".
Rackley bostezó y se desperezó.
—Debo descansar —Miró al médico desde la cama—. Ha sido un sueño realmente agotador.
Rio tontamente. Echó la cabeza en la almohada y palmeó las sábanas, desternillándose.
—Dígame —jadeó—, ¿qué demonios pone en esas exquisitas inyecciones? Se lo he preguntado muchas veces.
El médico recogió su bolsa de plástico.
—Una simple mezcla de productos químicos para estimular las suprarrenales por un lado e inhibir las funciones cerebrales superiores por otro. En resumen —concluyó—, un cóctel de intensificación y reducción.
—Ah, siempre dice lo mismo —dijo Justin Rackley—. Pero es sin duda una delicia. Una completa delicia. ¿Vendrá el mes que viene para mi siguiente sueño y la recreación?
El médico dejó escapar un suspiro de cansancio.
—Sí —dijo, sin molestarse en disimular su repulsión—. Volveré el mes que viene.
—Gracias al cielo no tendré que vérmelas con este espantoso sueño de los oxidones hasta dentro de cinco meses —dijo Rackley—. ¡Uf! ¡Es tan nauseabundo! Prefiero los sueños más agradables sobre extracción y transporte de minerales de Marte y la Luna o los de aventuras en centros de alimentación. Son mucho más bonitos. Pero… —Torció los labios—. Añádales más chicas de esas tan bonitas.
Su cuerpo fuerte y cansado se retorció de placer—Oh, sí —murmuró, cerrando los ojos.
Suspiró y giró el cuerpo musculoso, despacio, exhausto, para quedarse de lado.


El médico caminó por las calles desiertas con la cara crispada por la misma frustración de siempre.
"¿Por qué? ¿Por qué?", no dejaba de repetirse. "¿Por qué debemos seguir manteniendo la vida en las ciudades? ¿Para qué? ¿Por qué no dejar que desaparezca el último vestigio de civilización, si es así como debe ser? ¿Por qué empeñarse en mantener vivos a estos hombres?"
Cientos, miles de Justin Rackley. Animales bien cuidados, criados y alimentados de forma artificial, masajeados para que tuvieran un organismo saludable y armonioso, atendidos por medios mecánicos para evitar que sus cuerpos se convirtieran en las gordas babosas blancas que ya eran mentalmente. De lo contrario morirían.
¿Y por qué no dejarlos morir? ¿Por qué visitarlos una vez al mes, llenarles las venas de drogas hipnóticas y sentarse a observar cómo, uno a uno, se introducían en sus mundos oníricos para escapar del aburrimiento? ¿Tendría que pasarse la vida sugestionando aquellos cerebros debilitados, haciéndolos volar entre planetas y lunas, metiendo todo tipo de amores y grandiosas aventuras en sus sueños de héroes falsos?
Desanimado y cansado, el doctor entró en otro edificio dormitorio. Más cuerpos de formas hermosas y robustas, pasivos en sus divanes. Más inyecciones de sueños.
Se las administró y observó los cuerpos levantarse y caminar tambaleantes hacia los armarios. Esta vez se vistieron de exploradores, con salacot, pantalones cortos y botas. Se quedó junto a la ventana, viéndolos subir a los automóviles y alejarse. Se acomodó en el asiento para esperar su vuelta. Conocía todos y cada uno de los movimientos que harían porque era él quien los construía en su cabeza.
Irían a los depósitos hidropónicos para combatir una invasión de comedores de energía. Más grandes que los oxidones, pura fuerza, amenazaban con absorber el alimento para las plantas de las bandejas de crecimiento, la carne viva y amorfa que crecía en las soluciones de nutrientes. Los comedores de energía serían vencidos, por supuesto. Siempre era igual.
Naturalmente, no eran más que sueños. Quimeras fantásticas conjuradas en las expectantes mentes dormidas mediante magia química y aburridos hechizos científicos.
¿Pero qué habrían dicho todos aquellos Justin Rackley, aquellos bellos y desesperados despojos apáticos, de haber sabido que estaban engañándolos? ¿Qué sucedería si descubrieran que los oxidones no eran más que encarnaciones ficticias del óxido y el desgaste convertidos en monstruos fantásticos, unos monstruos que apenas lograban despertar el casi atrofiado instinto de supervivencia de aquella especie prácticamente extinguida? Los comedores de energía eran escarabajos, esporas y caldos de cultivo agotados. Los barrenadores eran alimañas vaporosas que había que eliminar de los yacimientos de metales de la Luna y de Marte.
Y otras muchas, muchísimas amenazas para todo cuanto hace funcionar abastece y renueva una ciudad.
¿Qué dirían todos esos Justin Rackley si descubrieran que, durante sus pretendidos sueños, realizaban simples trabajos de mantenimiento? ¿Que sus pistolas de rayos no eran más que pulverizadores, engrasadores o martillos neumáticos; que sus rayos mortíferos no eran más que chorros de lubricante para máquinas oxidadas, de insecticida o de fertilizante?
¿Qué dirían al descubrir que los engañaban con afrodisíacos disfrazados de antídoto para lograr que se reprodujeran? ¿Que, puesto que no sentían un sano interés por la procreación, había que drogarlos para fomentar su debilitada estirpe, una estirpe cuya única función era el mantenimiento de las máquinas que les daban la vida?
Al cabo de un mes regresaría con Justin Rackley, con el capitán Justin Rackley. Un mes de descanso. Tan escasa era la energía de aquella gente que tardaría un mes en acumular la fuerza necesaria para soportar una nueva inyección de hipnóticos y poder lubricar una máquina, cuidar de una bandeja o crear una triste célula de vida.
Todo por las máquinas, por la ciudad, por el hombre…
El médico escupió en el suelo inmaculado de la sala de divanes neumáticos.
Las personas eran más máquinas que las propias máquinas. Una raza esclava, un residuo detestable, inútil, sin esperanza.
"¡Oh, cómo se lamentarían! Se desmayarían si les permitieran entrar en el enorme túnel subterráneo donde estaba antes la gigantesca cámara de la Gran Máquina, esa supuesta fuente de toda energía", pensó con triste placer, "y vieran por qué hubo que engañarlos para que trabajaran".
La Gran Máquina había sido diseñada para acabar con el trabajo humano; para ocuparse de las máquinas más pequeñas, de las fábricas de comida y de las minas. Hacía siglos, sin embargo, que un tipo listo del Consejo de Control había tenido la ocurrencia de destruir el cerebro mecánico de la Gran Máquina. Por tanto, los Justin Rackley debían ver, incrédulos, el óxido, la podredumbre y la gigantesca masa muerta y retorcida que había quedado…
Pero no lo veían en realidad: Se dedicaban a soñar con trabajos arriesgados y a trabajar mientras soñaban.
¿Hasta cuándo?


FIN