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2023/11/06

La luz (Poul Anderson)


Título original: The light
Año: 1957


—Debe usted comprender que este es el mayor secreto desde el Proyecto Manhattan. Puede que más importante aún. Su vida ha sido investigada desde que dejó de llevar pantalones cortos y... 
—¡No, maldita sea! No somos una banda de militaristas locos por adueñarse del poder. ¿Creen que no me gustaría gritar la verdad al mundo entero? 
—Pero eso podría significar la guerra. Y todos saben que la guerra acarreará el fin de la civilización. 
—He de creer que usted, como historiador, entenderá nuestras razones. Maquiavelo es el símbolo del realismo cruel..., y no me venga con que sólo era un patriota excepcionalmente inteligente. He leído El príncipe y Los discursos
Francamente, no esperaba que se sorprendiera. ¿Seré un inculto inexperto precisamente porque conozco bastante física y matemáticas como para dedicarme a la Astronáutica? No, señor. He viajado y me he pasado en los museos de Europa tanto tiempo como en las tabernas. 
Confesaré que mis compañeros en el viaje a la Luna me miraban con cierto desdén y recelo por tal causa. No eran robots, desde luego, pero había tanto que aprender, que parecía imposible de retener para un cerebro humano. Creo que temían que el recuerdo que yo guardaba de la Virgen de las Rocas —me refiero al lienzo que se conserva en Londres, que es el mejor de todos— echase fuera de mi memoria las funciones orbitales. Por eso tuve por regla mostrar todos mis conocimientos de navegación astronáutica durante las pruebas, cosa que pudo haber molestado un poco a Baird. 
No nos peleábamos. Éramos un equipo muy unido cuando el Benjamín Franklin abandonó la estación espacial y se lanzó hacia la Luna. Bueno, tal vez estuviésemos algo más tensos de lo normal. 
Éramos tres, como recordará: Baird, el jefe y piloto; Hernández, el ingeniero; y yo, el encargado de los instrumentos. Una sola persona podía gobernar la nave si todo iba bien, pero tres significaban completa seguridad, ya que cada uno de nosotros sabía hacer el trabajo del compañero. Aunque, como se trataba del primer contacto real con la Luna, no de una simple vuelta a su alrededor, nos creíamos pocos para acometer tan magna empresa. 
Una vez en órbita, no tuvimos mucho que hacer en varios días. Flotábamos hacia arriba, viendo alejarse a la Tierra y crecer la Luna sobre la noche más profundamente oscura y estrellada que imaginarse pueda. 
No, no puede imaginárselo. Aquel esplendor y aquella soledad no los captan las fotografías. 
Reinaba un profundo silencio en la nave. Hablábamos de cosas triviales para mantener a distancia aquel silencio. Recuerdo muy bien una conversación, precisamente acerca del motivo de todo este secreto. 
La Tierra, parecía un zafiro entre la oscuridad y las estrellas. Largas fajas rosadas y blancas ondeaban como banderas desde los polos. ¿Sabe que, visto desde tal distancia, nuestro planeta tiene fajas? Muy parecidas a las de Júpiter. Es más difícil de lo que se cree distinguir los contornos continentales. 
—Creo que Rusia va a ponerse a la vista —dije. 
Baird consultó los cronómetros y la previsión orbital y se mordió los labios un instante. 
—Sí —gruño Baird—. Siberia debiera aparecer desde el terminador en estos momentos. 
—¿Nos estarán observando? —murmuró Hernández. 
—Indudablemente —respondí—. Tienen una estación espacial y buenos telescopios en ella. 
—¡Cómo se divertirían si nos convirtiéramos en un meteoro! —exclamó Hernández. 
—Eso si no han preparado ya un accidente —repuso Baird—. No me fío un pelo en que estén más atrasados que nosotros en astronáutica. 
—No se pondrían tristes si nos vieran fracasar —añadí yo—. Pero dudo de veras que quieran sabotearnos. Nunca en un viaje que observa todo el mundo. 
—¿Podría provocar la guerra? —se dijo Baird—. No es probable. Nadie, por tres astronautas y una nave que costó diez millones de dólares, destruiría una nación sabiendo que la suya lo sería también. 
—Sin duda —respondí—, pero una cosa puede conducir a otra. Una nota diplomática puede ser el primer eslabón de una cadena que termine en la guerra. Disponiendo ambos bandos de proyectiles teledirigidos, la situación se pone interesante. El principal objetivo de la política nacional se ha convertido en el mantenimiento del status quo pero, al mismo tiempo, la tensión creada hace que ese status quo resulte excesivamente inestable. 
—¿Crees que nuestro gobierno nos enviaría a la Luna si con ello ganase algún beneficio militar? ¡Ni hablar! Lo primero que parezca inclinar la balanza hacia un lado hará que el otro vaya a la guerra, significando el fin de la civilización. Nosotros ganamos puntos, prestigio, con el primer desembarco en la Luna, pero nada más. Aun así, fíjate en que la Luna será un territorio internacional controlado directamente por las Naciones Unidas. Es decir, que nadie se atreverá a reclamarlo, porque allá puede existir algo de verdadero valor estratégico. 
—¿Cuánto tiempo puede durar este equilibrio? —preguntó Hernández. 
—Hasta que ocurra un accidente... —dije yo—. Bastará con que un loco se adueñe del poder en Rusia, o en otra parte, para que, tras el ataque, vengan las represalias. O se haga realidad la débil esperanza que descubramos un artificio absolutamente revolucionario..., una pantalla de protección capaz de defender a un continente..., antes que nadie tenga la menor sospecha de ello. Entonces, presentaremos al mundo un fait accompli..., y habrá terminado la guerra fría. 
—A menos que los rusos sean los primeros en colocar esa pantalla —repuso Hernández—, y no ganen los buenos... 
—¡Cállense! —gritó Baird—. Hablan demasiado. 
En la hermosa noche silenciosa dije lo que no debía decir. Nunca debimos llevar más allá del cielo y fuera del espacio nuestros pequeños odios, temores y ambiciones. 
O acaso el hecho de cargar con ellos y, no obstante, llegar hasta la Luna, muestre que el hombre es algo más de lo que cree. No podría decirlo. 
La espera nos consumía. Es bastante difícil habituarse a la gravedad cero mientras se está despierto, pero los instantes no son tan dóciles. Nos pondríamos a dormir y tendríamos pesadillas. Hacia el fin del viaje eso sucedió con menos frecuencia, por lo que supongo que será posible adaptarse enteramente al tiempo. 
Pero no experimentamos una dramática sensación de ser pioneros cuando descendimos. Estábamos muy cansados y nerviosos. Era solamente un trabajo muy duro y peligroso. 
El lugar de alunizaje no fue escogido con exactitud, puesto que un pequeño error orbital podría producir una gran diferencia en lo tocante a la superficie lunar. Sólo podíamos estar ciertos que sería cerca del polo norte y no en uno de los mares, que parecen atractivamente tranquilos, aunque son con probabilidad traicioneros. De hecho, como recordarán, alunizamos al pie de los Alpes Lunares, no lejos del cráter Platón. La tierra era áspera, pero nuestra nave y equipos fueron diseñados de acuerdo con estas características. 
Y cuando se apagó el estruendo que ensordecía nuestros oídos y estos se fueron acostumbrando lentamente al silencio, nos paramos. Permanecimos unos minutos sin pronunciar palabra. El sudor me había pegado las ropas al cuerpo. 
—Bien —dijo Baird—. Bien, aquí estamos. 


Se quitó las correas, tomó el micrófono y llamó a la estación. Hernández y yo nos pusimos a mirar por los periscopios para ver qué nos aguardaba. 
El espectáculo era formidable. He estado en muchos desiertos de la Tierra, pero no brillan con tal fulgor, no se hallan tan absolutamente despoblados ni sus rocas son tan grandes ni sus ángulos cortan como navajas de afeitar. El horizonte meridional estaba próximo; creí que podría contemplar como la superficie se combaba a lo lejos y se hundía en una espuma de estrellas. 
Echamos suertes. A Hernández le tocó permanecer en la nave, mientras que yo tuve el privilegio de ser el primero en poner el pie sobre la Luna. Baird y yo nos pusimos el traje espacial y salimos por la cámara de presión intermedia. Aun en la Luna, esos trajes pesan mucho. 
Hicimos una pausa a la sombra de la nave, observando a través de nuestras gafas protectoras. La oscuridad no era absoluta —había reflexión desde el suelo y las colinas—, pero sí más profunda y aguda que todas las que se ven en la Tierra. Detrás de nosotros las montañas eran altas y de formas inclementes. Delante, el suelo caía en declive, ocráceo, lleno de asperezas y cavidades, hacia el borde de Platón, donde sostenía aquel horizonte que se derrumbaba. La luz era demasiado brillante para que yo pudiese ver muchas estrellas. 
Quizá recuerde que alunizamos al ponerse el sol, creyendo que podríamos emprender de madrugada el regreso dos semanas después. Durante la noche, la temperatura en la Luna alcanza 250 bajo cero, pero los días son lo bastante calurosos como para asarlo a uno. Y es más fácil —pues necesita menos masa— calentar la nave con la pila que instalar un equipo de refrigeración. 
—Bueno —dijo Baird—. Adelante. 
—Adelante ¿y qué? —pregunté. 
—Pronuncia el discurso. Eres el primer hombre en la Luna. 
—Pero tú eres el capitán —repuse yo—. Ni lo sueñes, jefe... Desde luego que no. 
Probablemente habrá leído usted aquel discurso en los periódicos. Se supone que fue improvisado, pero fue escrito por la esposa de un encumbrado personaje, el cual creía en sus dotes poéticas. Un vomitivo oral, ¿verdad? ¡Y Baird pretendía que yo lo pronunciara! 
—Esto es insubordinación. 
—¿Puedo rogar al capitán que consigne en el libro de a bordo que el discurso fue pronunciado? 
Baird soltó un gruñido, pero así lo hizo después. Y no olvide que lo que le estoy contando es Alto Secreto. 
El capitán seguía de mal humor. 
—Busca muestras de roca —ordenó, disponiendo la cámara—. ¡Y date prisa, que me estoy asando vivo! 
Con las herramientas partí algunas, pensando en que las señales que dejase durarían probablemente hasta la puesta de sol. Parecía un acto de profanación, aunque Dios sabía que aquel paisaje era bastante desagradable... 
Pero no, no lo era. Únicamente era extraño para nosotros. ¿Sabe que pasaron algunas horas antes que pudiera distinguir las cosas con claridad? Mi cerebro necesitó ese tiempo para acostumbrarse a algunas de aquellas impresiones y comenzar a registrarlas. 
Baird tomaba fotografías. 
—Me maravillaría que se pudiese fotografiar esta luz —dije—. No se parece a ninguna de las que brillan en la Tierra. 
Y no se parecía. No puedo describir la diferencia. Piense en las luces fantásticas que tenemos en la Tierra, como ese resplandor broncíneo que precede a una tempestad, cosas así..., y multiplique su rareza un millón de veces. 
—La fotografiaré, por supuesto —replicó Baird. 
—Hasta cierto punto, sí —dije yo—. Mas para captarla y sentirla se necesitaría un pintor como hace siglos no ha existido ninguno. ¿Rembrandt? No, es demasiado dura para él, una luz fría que de algún modo contiene también el fuego del infierno... 
—¡Cállate! —La voz de la radio casi me rompió los auriculares—. ¡Tú y tu maldito Renacimiento! 
Al cabo de un rato volvimos adentro otra vez. Baird continuaba enfadado conmigo. No era razonable de su parte, pero había estado sometido a una tensión violenta, lo estaba todavía y acaso aquel no fuese el lugar oportuno para charlar de arte. 

Verificamos nuestros instrumentos, tomamos cuantos datos fue posible, comimos y dormimos un instante. Las sombras serpenteaban de una parte a otra de la tierra en tanto el sol transponía la colina. Era un movimiento lentísimo. Hernández examinó las muestras de rocas y dijo que, sin ser un geólogo, no se parecían a ninguna de las terrestres. Nos explicaron después que eran nuevas para los expertos. Los minerales eran los mismos, sólo que cristalizaron diferente bajo aquellas fantásticas condiciones. 
Después de descansar, observamos que el sol bajo y el paisaje irregular se habían unido para formar una ancha, casi continua, faja de sombra que se extendía hasta el cráter Platón. Hernández sugirió que aprovechásemos la ocasión para explorar. No podríamos regresar hasta después de la puesta de sol, pero el suelo no se enfriaría con tal rapidez que hiciera inútiles nuestras baterías caloríficas. En el vacío sin sol no se pierde calor muy de prisa por radiación; es la roca lunar, fría hasta el núcleo central, quien lo absorbe a través del calzado. 
Baird discutió por discutir, pero estaba anhelante también. Así es que, al fin, salimos todos dispuestos a correr el riesgo. 
No describiré con detalle aquel paseo. No puedo. No fue simplemente el paisaje y la luz. En la Luna, el peso de uno es solamente una sexta parte que en la Tierra, mientras que la inercia permanece igual. Da un poco la sensación de estar caminando bajo el agua. Pero se puede caminar con rapidez cuando uno se acostumbra. 
Cuando llegamos a la cavidad faltaban aún un par de horas para el crepúsculo. Subimos. Empresa difícil en aquel extraño fulgor y aquellas sombras que se podrían cortar con cuchillo, pero tampoco muy penosa. 
Había un talud accesible en el sitio que elegimos y una especie de paso en la parte superior, por lo que no fue preciso llegar hasta la cima, que se alzaba hasta poco menos de 500 metros. 


Al llegar al tope, miramos hacia abajo y vimos una llanura de lava que se extendía unos veinte kilómetros; su parte más lejana estaba oculta para nosotros. Parecía casi de metal bruñido, cruzada por la larga sombra de la cavidad occidental. Cuesta abajo era más escarpada y su base se perdía en la oscuridad, aunque también podía franquearse. 
Mi casco, que recibía directamente la luz solar, era como una sartén, pero mis pies, en la sombra, parecían témpanos. Mas olvidé todo eso cuando vi la niebla debajo de mí. 
¿Ha oído usted hablar de ella? Los astrónomos la habían observado durante largo tiempo y parecía una formación de nubes, o algo, en alguno de los cráteres. Platón es uno de ellos. Yo abrigaba la esperanza de descubrir el misterio en aquel viaje. Y allí, ondeando como un gallardete hecho jirones a unos metros por debajo de mí, se hallaba la niebla. 
Brotó hirviente, de la oscuridad, relució como el oro por un momento al incidir en la luz, y luego se evaporó, pero se renovaba de forma incesante. Su magnitud no permitía ser vista desde la Tierra, aunque... 
Comencé a descender. 
—¡Eh! —gritó Baird—. ¡Vuelve acá! 
—Déjame echar una ojeada —supliqué. 
—Y si te rompes una pierna..., hemos de llevarte a bordo. Está oscureciendo. ¡No! 
Era bastante cierto. La armadura espacial es de sólido metal en su exterior; incluso sus engañosas articulaciones dilatables son metálicas y el casco de plástico es también muy resistente. Creo que en la Luna un hombre podría sufrir una caída lo bastante fuerte como para matarse, si lo intentase de veras, mas le costaría no poco trabajo. 
—Vuelve o haré que te formen consejo de guerra —dijo Baird entre dientes. 
—Ánimo, jefe —rogó Hernández. 
Hernández se tomaba a veces esas libertades con Baird, pero el capitán sólo se enfadaba conmigo. Nos atamos a una cuerda y descendimos con precaución. 
La niebla salía de una fisura a medio camino hacia el fondo de la cavidad. Donde había sombras, nuestras luces la mostraban acumulándose en escarcha blanca sobre las rocas, para luego hervir plácidamente y alejarse otra vez. Después del anochecer, se convertiría en hielo hasta el alba. ¿Qué era aquello? ¿Agua? Supongo que existía un manantial de alguna especie y... no sé. Esto significaría que puede existir vida indígena en la Luna, alguna baja forma de vida vegetal quizá, pero no hallamos ninguna mientras estuvimos allí. Lo que encontramos fue... 

Un ancho banco estaba bajo la fisura. Trepamos a él y nos pusimos a mirar hacia arriba. 
Ahora tendrá que hacerse una idea de la situación. Nos hallábamos en ese banco, que medía varias yardas de una parte a otra, con la pared circular proyectándose arriba, cortada a pico y un risco que descendía hasta hundirse en la oscuridad. Muy lejos, distinguía aún el acerado resplandor del piso del cráter. Todo el suelo estaba cubierto por el fino polvo meteórico de millones de años. Vi mis pisadas, claras y bien marcadas, y comprendí que podrían quedar allí para siempre, o hasta que la agitación termal y una nueva caída de polvo las borrase. 
A tres metros sobre nuestras cabezas asomaba la fisura, como una boca petrificada de donde salía la niebla humeante hacia arriba. Formaba casi una techumbre, un delgado techo entre nosotros y el cielo. Y el sol se escondía detrás del muro más alto, invisible para nosotros. Los picos reflejaban algunos de sus rayos cayendo a través de la niebla. 
Permanecimos un instante rodeados por un brillo frío, tenuemente blanco-áureo, luminoso y difuso... 
¡Dios mío! ¡Nunca existió semejante luz en la Tierra! Parecía llenarlo todo, inundarnos, blanca y fría como un silencio convertido en luz. Era luz del Paraíso. 
Y yo la había visto antes. 
No pude recordar dónde. Me hallaba sumido en aquella extraña luz de ensueño, con la niebla arremolinándose y disipándose en lo alto, con el silencio de la eternidad vibrando en mis auriculares y en mi alma, y me olvidaba de todo excepto de su fría, serena e increíble belleza... 
Pero la había visto en alguna parte, en alguna ocasión, y no conseguía recordar... 
Hernández gritó. 
Baird y yo salimos de nuestro ensimismamiento y nos dirigimos hacia él. Estaba en cuclillas unos cuantos pasos más allá, mirando y volviendo a mirar. Contemplé el suelo y algo se hundió en mí. Había huellas de pasos. 
Ni siquiera nos preguntamos si las había dejado uno de nosotros. No eran botas espaciales americanas. Y habían venido desde abajo. Alguien escaló el muro y se detuvo ahí, dando vueltas alrededor. Ahora descubríamos el rastro de vuelta. 
El silencio parecía una cuerda de violín a punto de romperse. 
Baird alzó la cabeza al fin y miró al frente. La luz daba a su rostro una belleza no humana y, en algún sitio, yo había visto una cara iluminada así. La había contemplado absorto durante media hora o más, pero, ¿cuándo? ¿En qué sueño olvidado? 
—¿Quién? —musitó Baird. 
—Sólo hay un país que pueda enviar secretamente a la Luna una nave espacial —dijo Hernández con voz apagada. 
—Inglaterra —tercié yo—. Francia... 
—Lo sabríamos, si lo hubiesen hecho. 
—Los rusos. ¿Estarán todavía aquí? 
Eché una mirada a la noche que reinaba en Platón. 
—No se sabe —respondió Baird—. Estas huellas podrían ser de hace cinco horas o cinco millones de años. 
Eran huellas de bota con suela guarnecida con clavos de cabeza redonda. No eran excesivamente grandes, pero a juzgar por la longitud del paso, aun en la Luna, pertenecían a un hombre de elevada estatura. 
—¿Por qué no lo han revelado al mundo? —preguntó Hernández—. Podrían jactarse... 
—¿Tú crees? —repuso Baird. 
Miré hacia el sur. La Tierra estaba en media fase, baja sobre el horizonte, remota e infinitamente hermosa. Pensé que América nos miraba, pero no estaba seguro. 
Sólo existía una explicación para guardar el secreto acerca de este viaje. Se había descubierto algo que alteraría el equilibrio militar, indudablemente en favor de ellos. En aquel momento, allá en la Tierra, el Kremlin se disponía a esclavizar a todo el género humano. 
—¿Pero cómo pudieron hacerlo en secreto? —protesté. 
—Tal vez enviaron una nave cuando nuestra estación espacial estaba al otro lado del planeta Baird seguía sin moverse. 
El sol iba bajando, la luz fantástica se extinguía poco a poco y ocupaba su lugar el resplandor de la Tierra. Nuestros rostros se teñían de un tono cadavérico detrás de los cascos. 
—¡Vamos! —exclamó Baird, que dio media vuelta—. Volvamos a la nave. Hay que comunicar esto a Washington. 
—Si los rusos descubren lo que sabemos, puede provocar la guerra —dije yo. 
—Tengo una clave. 
—¿Estás seguro que no puede ser descifrada? ¿No lo habrá sido ya? 
—¡Maldito entrometido! —gritó furioso—. ¡Cállate! 
—Lo mejor sería que nos acercáramos —propuso con calma Hernández—. Sigamos esas huellas y veamos... 
—No trajimos armas —repuso Baird—. Me sorprendería que los rusos fuesen tan descuidados. 
No detallaré los argumentos. Se acordó finalmente que yo seguiría explorando en tanto Baird y Hernández no regresasen. Tenía una hora para seguir aquel rastro, pero debía apresurarme en volver a la nave si no quería congelarme. 


Miré otra vez y vi una negra figura con armadura espacial a través de las estrellas. Se veían cada vez más estrellas, palidecía la luz del sol y se dilataban mis pupilas. Entonces me envolvieron las tinieblas. 
La cuesta era áspera, aunque rápida, y las piedras oscuras y quebradizas. Podía seguir al extraño en parajes más despejados, donde en su ascensión había desprendido pequeños fragmentos de roca. Me pregunté por qué en aquellos sitios había una mayor claridad cuando faltaba oxígeno y pensé que era debido a algún efecto fotoquímico. 
Era difícil ver el camino en la sombra. El haz de la linterna era solamente un pequeño arco luminoso delante de mí. Pero pronto entré en la zona terrestre y, al acostumbrarse mis ojos, fue bastante fácil. En media hora llegué al piso del cráter. El sol estaba detrás del muro circular. La noche tenebrosa pesaba sobre mí. 
No había mucho tiempo que perder. Pisaba la oscura y resbaladiza lava, preguntándome si debía seguir las huellas en el polvo. Me encogí de hombros y caminé con más rapidez que mi predecesor. 
Mi corazón latía aceleradamente y mi traje estaba lleno de aire viciado. No era fácil ver el sendero a la luz de la Tierra. Y me sentía más consciente de esas incomodidades que de los riesgos que corría mi vida. 
Fue un poco más allá del límite de seguridad cuando encontré el campo. 
No había mucho que ver allí. Una larga senda de piedra pulverizada, donde algo con ruedas aterrizó y despegó después..., pero ninguna señal de toberas de cohetes. Unas cuantas grietas donde una herramienta hendió la piedra para tomar muestras. Pisadas. Eso era todo. 
Permanecí allí mientras la espesa niebla comenzaba a teñirse de azul. Pensé en alguien que aterrizó sin necesidad de cohetes y nunca lo dijo a nadie. Miré al cielo, vi la roja silueta de Marte y sentí frío. ¿Nos habían derrotado los marcianos en nuestra propia Luna? 
Pero tenía que volver. Cada minuto de tardanza reducía las probabilidades de mi regreso. 
Una mirada más... 
Había una pequeña elevación de granito no muy lejos. Supuse que serían unas piedras amontonadas, pero al acercarme, comprobé que era natural. Me encogí de hombros y di media vuelta para irme. 
Algo atrajo mi atención y miré más de cerca. 
La roca era de color de aguanieve a la luz de la Tierra. Tenía una superficie plana, mirando a mi planeta. Y había una cruz grabada en la piedra. 
Olvidé el tiempo y que empezaba a enfriarme. Estuve preguntándome si la cruz no era más que un símbolo casual o si había existido también en Marte o en algún planeta de otra estrella. Uno que... 
Un millón de soles giraba y brillaba sobre mí. 
Entonces lo supe. Recordé dónde había visto aquella luz que incidía en el muro a la puesta del sol y conocí la verdad. 
Di media vuelta y eché a correr. 
Casi no lo conseguí. Mis baterías dejaron de funcionar a cinco millas de la nave. Pedí ayuda por radio y continué caminando para entrar en calor, pero mis pies no tardaron en helarse y me tambaleaba mientras el frío se hacía cada vez más intenso. 
Baird salió a mi encuentro a medio camino y sustituyó mis baterías por otras nuevas. 
—¡Loco! —gritó—. ¡Grandísimo idiota! Haré que te formen consejo de guerra si... 
—¿Aun si te dijera quién estuvo en Platón? 
—¡¿Cómo?! 
Estábamos en la nave y mis pies se deshelaron antes que lograra saber nada de mí. Fue una larga conversación, pero cuando captó la idea... 
Por supuesto, el Servicio de Inteligencia ha trabajado horas extraordinarias desde que lo explicamos a nuestro regreso. Han dictaminado ya que no fue una expedición rusa. Pero Baird, Hernández y yo lo sabíamos desde nuestra primera noche en la Luna. 
Y esta es la razón por la que usted, profesor, fue designado. Nosotros vamos juntos allende los mares, oficialmente como turistas. Busque en los archivos y yo le diré si encontró algo útil. Mucho dudo que quiera hacerlo. Aquel secreto fue muy bien guardado, como el secreto del submarino, que él también creía no se debía comunicar a un mundo amante de la guerra. Pero, si en alguna parte, de algún modo, hallamos aunque solamente sea una nota mal pergeñada, un indicio, me sentiré contento. 
No pudo hacerse con cohetes, compréndalo. Aun si se hubiese conocido la física, que no se conocía, la química y la metalurgia no tuvieron nada que ver. Pero se tropezó en algo más. ¿La antigravedad? Tal vez. Sea lo que fuere, si podemos averiguarlo, la guerra fría será ganada por los hombres libres. 
Tanto si hallamos algo como si no, nuestros investigadores seguirán trabajando. Sabiendo que semejante artificio es posible y que significa un tremendo impulso, comprenderá usted por qué este asunto debe permanecer secreto. 
¿No lo ha comprendido aún? Profesor, me decepciona. ¡Usted que es historiador! ¡Un hombre culto! 
De acuerdo, pues. Iremos a Londres, se detendrá en la Galería Nacional y se sentará frente a un cuadro llamado La Virgen de las Rocas. Y podrá ver una luz fría, pálida y suave, una luz que nunca brilló en la Tierra, jugueteando sobre la Madre y el Hijo. Y el pintor fue Leonardo da Vinci. 


FIN

2023/06/12

Mensajero del futuro (Poul Anderson)


Título original: My object all sublime
Año: 1961


Nos conocimos por cuestión de negocios. La firma de Michaels deseaba abrir una sucursal en la parte exterior de Evanston y descubrió que yo era propietario de algunos de los terrenos más prometedores. Me hicieron una buena oferta, pero no cedí; la elevaron y permanecí en mi actitud. Por fin, el director en persona se puso en contacto conmigo. No era en absoluto como me lo esperaba. Agresivo, por supuesto, pero de un modo tan cortés que no ofendía, sus maneras eran tan correctas que difícilmente se advertía su falta de educación formal. De todas formas, estaba remediando con gran rapidez esta carencia con clases nocturnas, cursillos de ampliación y una omnívora lectura.
Salimos para beber algo mientras discutíamos el asunto. Me condujo a un bar que no parecía de Chicago: Tranquilo, raído, sin tocadiscos, sin televisión, con un anaquel de libros y varios juegos de ajedrez, sin ninguno de los extravagantes parroquianos que usualmente infestan tales lugares. Fuera de nosotros, había solamente media docena de clientes, un prototipo de profesor egregio entre los libros, varias personas que hablaban de política con cierta objetiva pertinencia, un joven que discutía con el camarero si Bartok era más original que Schoenberg o viceversa. Michaels y yo encontramos una mesa en un rincón y algo de cerveza danesa.
Expliqué que no me importaba el dinero, y que me oponía a que una excavadora estropease algún campo agradable con el pretexto de erigir todavía otro cromado bloque de casas. Michaels llenó su pipa antes de contestar. Era un hombre delgado y erguido, de pronunciada barbilla y nariz romana, cabello grisáceo, ojos oscuros y luminosos.
—¿No se lo explicó mi representante? —dijo—. No estamos proyectando viviendas en serie para conejos. Tenemos previstos seis diseños básicos, con variaciones, para situar en una disposición… así.
Sacó lápiz y papel y empezó a dibujar. Mientras hablaba, aumentó la inflexión de voz, pero la fluidez persistió. Y supo explicar sus propósitos mejor que sus enviados. Me dijo que estábamos en la mitad del siglo veinte y que, no por ser prefabricado, un núcleo de viviendas dejaba de ser atractivo; podía incluso lograr una unidad artística. Procedió a mostrarme el sistema.
No me presionó con demasiada insistencia, y la conversación se desvió hacia otros puntos.
—Agradable lugar —observé—. ¿Cómo lo descubrió?
Se encogió de hombros.
—Frecuentemente doy vueltas por ahí, sobre todo de noche. Explorando.
—¿No resulta un poco peligroso?
—No en comparación —dijo con una sombra de temor.
—Uh… Tengo entendido que usted nació aquí…
—No. No llegué a los Estados Unidos hasta 1946. Era lo que llamaban un PD, una persona desplazada. Me convertí en Thad Michaels, porque me cansé de deletrear Tadeusz Michalowski. Y decidí prescindir de sentimentalismos patrioteros. Sé adaptarme con rapidez.
Pocas veces habló acerca de sí mismo. Obtuve posteriormente algunos detalles de su precoz encumbramiento en los negocios a través de admirados y envidiosos competidores. Algunos de ellos no creían aún que fuese posible vender con beneficio una casa con calefacción radiante, por menos de veinte mil dólares. Michaels había descubierto cómo hacerlo posible. No estaba mal para un pobre inmigrante.
Indagué y descubrí que había sido admitido con visado especial, en consideración a los servicios prestados al ejército de los Estados Unidos en las últimas jornadas de la guerra en Europa. En ellos demostró tanto nervio como perspicacia.
Mientras, nuestro trato se desarrolló. Le vendí el terreno que deseaba, pero continuamos viéndonos, a veces en la taberna, a veces en mi apartamento de soltero, con más frecuencia en su ático a orillas del lago. Tenía una hermosa mujer rubia y un par de hijos brillantes y bien educados. Con todo, era un hombre solitario, por lo que le proporcioné la amistad que necesitaba.
Un año, más o menos, después de nuestro primer encuentro, me contó su historia.
Me había invitado otra vez a cenar el día de acción de gracias. En la sobremesa nos sentamos para hablar. Y hablamos. Después de considerar desde las probabilidades de que surgiese una sorpresa en las próximas elecciones de la ciudad hasta las de que otros planetas siguieran un curso en su historia idéntico al nuestro, Amalie se excusó y se fue a dormir. Esto ocurrió mucho después de la medianoche. Michaels y yo continuamos hablando. Nunca le había visto tan excitado. Era como si ese último tema, o alguna palabra en particular, le hubiese abierto algo nuevo. Finalmente se levantó, volvió a llenar nuestros vasos de whisky con un movimiento un tanto inseguro, y cruzó la sala de estar silencioso sobre la gruesa alfombra verde hasta la ventana.
La noche era clara y profunda. Desde lo alto contemplamos la ciudad, líneas, tramas y espirales de brillantes colores —rubí, amatista, esmeralda, topacio— y la oscura extensión del lago Michigan; casi parecía que pudiésemos vislumbrar infinitas y blancas llanuras más allá. Pero sobre nosotros se abovedaba el cielo, negro cristal, donde la Osa Mayor se apoyaba en su cola y Orión daba grandes zancadas a lo largo de la Vía Láctea. No veía a menudo un espectáculo tan grandioso y sobrecogedor.
—Después de todo —dijo—, sé de lo que estoy hablando.
Me agité, hundido en mi sillón. El fuego del hogar arrojó pequeñas llamas azules. Una simple lámpara iluminaba la habitación de suerte que podía vislumbrar haces de estrellas también desde la ventana. Me arrellané un poco.
—¿Personalmente?
Se volvió hacia mí. Su rostro estaba rígido.
—¿Qué dirías si te respondiese que sí?
Sorbí mi bebida. Un King’s Ransom es una noble y confortante mezcla, en especial cuando la misma Tierra adquiere un aire glacial para entonar.
—Supongo que tienes tus razones y esperaría para ver cuáles son.
Esbozó una media sonrisa.
—No te preocupes, también soy de este planeta —aclaró—. Pero el cielo es tan grande y extraño… ¿No crees que esto afectará a los hombres que vayan allí? ¿No se deslizará dentro de ellos y lo traerán en sus huesos al regresar? ¿La Tierra será la misma después?
—Sigue. Ya sabes que me gustan las fantasías.
Miró fijamente al exterior, luego se volvió, y súbitamente se tragó de un golpe su bebida. Este gesto violento no era propio de él. Pero había traicionado su perplejidad.
—Muy bien, entonces te contaré una fantasía. Es una historia invernal, muy fría, así que quedas advertido para no tomarla en serio —declaró ásperamente.
Di una chupada a mi excelente cigarro y esperé con el silencio que él deseaba.
Paseó unas cuantas veces arriba y abajo ante la ventana, con la vista en el suelo, llenó su vaso de nuevo y se sentó a mi lado. No me miró a mí sino a una pintura que colgaba de la pared, un objeto sombrío e ininteligible que a nadie gustaba. Esto pareció confortarle, pues empezó a hablar, rápida y quedamente.
—Dentro de mucho, mucho tiempo en el futuro, existe una civilización. No te la describiré, porque no sería posible. ¿Serías capaz de volver al tiempo de los constructores de las pirámides egipcias y hablarles de la ciudad en que vivimos? No pretendo decir que te creerían; por supuesto que no lo harían, pero eso es lo de menos. Quiero decir que no comprenderían. Nada de lo que dijeras tendría sentido para ellos. Y la forma en que la gente trabaja, piensa y cree sería aún menos comprensible que esas luces, torres y máquinas. ¿No es así? Si te hablo de habitantes del futuro que viven entre grandes y deslumbradoras energías, o de variables genéticas, de guerras imaginarias, de piedras que hablan, tal vez te hicieras una idea, pero no entenderías nada. Sólo te pido que pienses en los millares de veces que este planeta ha girado alrededor del Sol, en lo profundamente ocultos y olvidados que vivimos, en fin, en que esta civilización piensa según normas tan extrañas que ha ignorado toda limitación de lógica y ley natural, y ha descubierto medios para viajar en el tiempo. El habitante común de esa época (no puedo llamarle exactamente un ciudadano, cualquier expresión resultaría demasiado vaga), un tipo medio, sabe de un modo vago e indiferente que, milenios atrás, unos individuos semisalvajes fueron los primeros en desintegrar el átomo. Pero uno o dos miembros de esta civilización han estado realmente aquí, han caminado entre nosotros, nos han estudiado, han levantado y unido un archivo de información para el cerebro central, por llamarlo de alguna manera. Nadie más se interesa por nosotros, apenas más de lo que pueda interesarte la primitiva arqueología mesopotámica. ¿Comprendes?
Bajó su mirada hacia el vaso en su mano y la mantuvo allí, como si el whisky fuese un oráculo. El silencio aumentó. Al fin dije:
—Muy bien. En consideración a tu historia, aceptaré la premisa. Imaginaré viajeros en el tiempo, invisibles, dotados de ocultación y demás. Pero no creo que desearan cambiar su propio pasado.
—Oh, no hay peligro en ello —aseguró—. La verdad es que no podrían enterarse de mucho explicando por ahí que venían del futuro. Imagina.
Reí entre dientes.
Michaels me dirigió una mirada sombría.
—¿Puedes adivinar qué aplicaciones puede tener el viaje en el tiempo, aparte de la científica?
—Por ejemplo, el comercio en objetos de arte o recursos naturales. Se puede volver a la época de los dinosaurios para conseguir hierro, antes de que el hombre aparezca y agote las minas más ricas —sugerí.
Meneó la cabeza.
—Sigue pensando. ¿Se contentarían con un número limitado de figurillas de Minoan, jarrones de Ming, o enanos de la Hegemonía del Tercer Mundo, destinadas principalmente a sus museos, si es que "museo" no resulta una palabra demasiado inexacta? Ya te he dicho que no son como nosotros. En cuanto a los recursos naturales ya no necesitan ninguno, producen los suyos propios.
Se detuvo, como tomando aliento. Luego:
—¿Cómo se llamaba esa colonia penal que los franceses abandonaron?
—¿La Isla del Diablo?
—Sí, ésa fue. ¿Puedes imaginar mejor venganza sobre un criminal convicto que abandonarlo en el pasado?
—Pensaba que estarían por encima de cualquier concepto de venganza, o de técnicas de disuasión. Incluso en este siglo, sabemos que no dan resultado.
—¿Estás seguro? —preguntó sosegadamente—. ¿No se da junto con el actual desarrollo de la penalización incremento paralelo del crimen mismo? Te asombraste, hace algún tiempo, de que me atreviese a caminar solo de noche por las calles. Además, el castigo es como una catástasis de la sociedad en su conjunto. En el futuro, te explicarán que las ejecuciones públicas, reducen claramente la proporción de crímenes que, de otro modo, sería aún mayor. Y lo que es más importante, esos espectáculos hicieron posible el nacimiento del verdadero humanitarismo del siglo dieciocho —alzó una sardónica ceja—. O así lo pretenden en el futuro. No importa si tienen razón, o si racionalizan solamente un elemento degradado en su propia civilización. Todo lo que necesitas comprender es que envían a sus peores criminales al pasado.


—Poco amable para con el pasado —comenté.
—No, realmente no. Por una serie de razones, incluyendo el hecho de que todo cuanto hacen suceder ha sucedido ya… Nuestro idioma no sirve para explicar estas paradojas. En primer lugar, debes reconocer que no malgastan todo ese esfuerzo en delincuentes comunes. Hay que ser un criminal muy fuera de lo corriente para merecer el exilio en el tiempo. El peor crimen posible, por otra parte, depende de cada momento particular en la historia del mundo. El asesinato, el bandolerismo, la traición, la herejía, la venta de narcóticos, la esclavitud, el patriotismo y todo lo que quieras, en unas épocas han merecido el castigo capital, han sido consideradas en otras con indulgencia, y en otras todavía ensalzados positivamente. Continúa pensando y dime si no tengo razón.
Le miré por algún tiempo, observando cuán profundamente marcados estaban sus rasgos y pensé que para su edad no debería mostrar tantas canas.
—Muy bien —admití—. De acuerdo. Ahora bien, poseyendo todo ese conocimiento, un hombre del futuro no pretendería…
Dejó el vaso con perceptible fuerza.
—¿Qué conocimiento? —exclamó vivamente—. ¡Utiliza tu cerebro! Imagínate que te han dejado desnudo y solo en Babilonia. ¿Qué sabes de su lenguaje o de su historia? ¿Quién es el actual rey? ¿Cuánto tiempo reinará? ¿Quién le sucederá? ¿Cuáles son las leyes y costumbres que se deben obedecer? No te olvides de que los asirios o los persas o alguien han de conquistar Babilonia. ¿Pero cuándo? ¿Y cómo? ¿Esa guerra es un mero incidente fronterizo o una lucha sin cuartel? En este último caso, ¿ganará Babilonia? De lo contrario, ¿qué condiciones de paz serán impuestas? No encontrarías ahora ni veinte hombres capaces de contestar esas preguntas sin consultar un manual. Y no eres uno de ellos, ni dispones de un manual.
—Creo —dije lentamente—, que me dirigiría al templo más próximo, en cuanto conociese lo suficiente el idioma. Le explicaría al sacerdote que puedo hacer… no sé… fuegos artificiales…
Se rió con escaso júbilo.
—¿Cómo? Acuérdate, estás en Babilonia. ¿Dónde encuentras azufre o salitre? En el caso de que consigas por medio del sacerdote el material y los utensilios necesarios ¿cómo compondrás un polvo que realmente haga explosión? Eso es todo un arte, amigo mío. ¿No te das cuenta de que ni siquiera podrías obtener un trabajo como estibador? Fregar suelos sería ya mucha suerte. Esclavo en los campos, ese sería tu destino más lógico. ¿No es cierto?
El fuego empezó a debilitarse.
—Perfectamente —asentí—. Es verdad.
—Escogieron la época con cuidado. —Miró a su espalda, hacia la ventana. Desde nuestros sillones, la reflexión en el cristal borraba las estrellas, de modo que únicamente podíamos ver la noche.
—Cuando un hombre es sentenciado al destierro —explicó—, todos los expertos deliberan para establecer qué períodos, según sus especialidades, serían más apropiados para él. Es fácil comprender que ser abandonado en la Grecia de Homero resultaría una pesadilla para un individuo delicado e intelectual, mientras que uno violento podría pasarlo bastante bien, incluso acabar como un respetado guerrero. Podría encontrar su puesto junto a la antecámara de Agamenón, y tu única condena serían el peligro, la incomodidad y la nostalgia.
Se puso tan sombrío, que intenté calmarle con una observación seca:
—El convicto tendrá que ser inmunizado contra todas las enfermedades antiguas. En caso contrario el destierro significaría únicamente una elaborada sentencia de muerte.
Sus ojos me escrutaron nuevamente.
—Sí —dijo—. Y por supuesto el suero de la longevidad está todavía activo en sus venas. Sin embargo, eso es todo. Se le abandona en un lugar no frecuentado después de oscurecer, la máquina se desvanece, queda aislado para el resto de su vida. Lo único que sabe es que han escogido para él una época con… tales características… que esperan que el castigo se ajustará a su crimen.
El silencio cayó una vez más sobre nosotros, hasta que el tic-tac del reloj sobre la chimenea llegó a ser obsesionante, como si todos los demás sonidos se hubiesen helado hasta extinguirse en el exterior. Di un vistazo a la esfera. La noche acababa; pronto el Este se aclararía.
Cuando me volví, todavía estaba observándome con desconcertante intención.
—¿Cuál fue tu crimen? —pregunté.
No pareció cogerle de improviso, dijo solamente con hastío:
—¿Qué importa? Te dije que los crímenes de una época son los heroísmos de otra. Si mi intento hubiese tenido éxito, los siglos venideros habrían adorado mi nombre. Pero fracasé.
—Muchas personas deben haber resultado perjudicadas —dije—. Todo un mundo te habrá odiado.
—Bien, sí —admitió. Pasó un minuto—. Ni que decir tiene que esto es una fantasía. Para pasar el rato.
—Seguiré tu juego —sonreí.
Su tensión se suavizó un poco. Se inclinó hacia atrás, con las piernas extendidas a través de la magnífica alfombra.
—Sea. Considerando la magnitud de la fantasía que te he contado, ¿cómo has deducido la importancia de mi pretendida culpa?
—Tu vida pasada. ¿Cuándo y dónde fuiste abandonado?
—Cerca de Varsovia, en agosto de 1939 —dijo, con una voz tan helada como jamás la he oído.
—No creo que te interese hablar acerca de los años de guerra.
—No, en absoluto.
Sin embargo, prosiguió poco después como para desafiarme:
—Mis enemigos se equivocaron. La confusión que siguió al ataque alemán me ofreció una oportunidad para escapar a la vigilancia de la policía antes de que me internasen en un campo de concentración. Gradualmente me enteré de cuál era la situación. Por supuesto, no podía predecir nada. Ni puedo ahora; únicamente los especialistas conocen, o se interesan, por lo que sucedió en el siglo veinte. Pero cuando me hube convertido en un recluta polaco dentro de las fuerzas alemanas, comprendí quienes serían los vencidos. Me pasé entonces a los americanos, les expliqué lo que había observado, y llegué a trabajar como espía para ellos. Era peligroso, pero no mucho más de lo que había ya superado. Luego vine aquí; el resto de la historia no tiene ningún interés.
Mi cigarro se había apagado. Lo volví a encender, pues cigarros como los de Michaels no se encontraban todos los días. Se los hacía enviar por avión desde Amsterdam.
—La mies ajena —dije.
—¿Qué?
—Ya sabes. Ruth en el exilio. No era que la trataran mal pero, sin embargo, seguía llorando por su patria.
—No conozco esa historia.
—Está en la Biblia.
—Ah, sí. Realmente debería leer la Biblia alguna vez. —Su disposición de ánimo estaba cambiando y volvía hacia su primitiva seguridad. Saboreó su whisky con un gesto casi afable. Su expresión era alerta y confiada.
—Sí —dijo—, ese aspecto fue bastante malo. Las condiciones físicas de vida no influían en ello. Cuando se hace camping, pronto se olvida uno del agua caliente, la luz eléctrica, todos esos utensilios que los fabricantes nos presentan como indispensables. Me gustaría tener un reductor de gravedad o un estimulador celular, pero me lo paso admirablemente sin ellos. La añoranza es lo que más le consume. Las pequeñas cosas que jamás se echaban de menos, algún alimento particular, el modo con que camina la gente, los juegos, los temas de conversación. Incluso las constelaciones. Son diferentes en el futuro. El sol se ha desplazado bastante de su órbita galáctica. Pero de agrado o por fuerza, siempre ha habido emigrantes. Todos nosotros somos descendientes de aquellos que no pudieron soportar la conmoción. Yo me adapté.
Un ceño cruzó sus cejas.
—Tal como aquellos traidores están dirigiendo las cosas —dijo—, no regresaría ahora aunque me concediesen un indulto total.
Terminé mi bebida, saboreándola todo lo posible, pues era un maravilloso whisky, por lo que le escuché sólo a medias.
—¿Te gusta este mundo?
—Sí —contestó—. Por ahora así es. He superado la dificultad emocional. Mantenerme vivo me ha tenido muy ocupado los primeros años, luego el hecho de establecerme, de venir a este país, nunca me dejó mucho tiempo para compadecerme de mí mismo. Mis negocios me interesan ahora cada vez más, es un juego fascinante y agradablemente libre de castigos exagerados en caso de error. He descubierto aquí cualidades que el futuro ha perdido… apostaría que no tienes la menor idea de lo exótica que es esta ciudad. Piensa. En este momento, a unos kilómetros de nosotros, hay un soldado de guardia en un laboratorio atómico, un holgazán helándose en un portal, una orgía en el apartamento de un millonario, un sacerdote que se prepara para los ritos del amanecer, un mercader de Arabia, un espía de Moscú, un barco de las Indias…
Su excitación se calmó. Volvió su mirada hacia los dormitorios.
—Y mi esposa y los niños —concluyó, muy suavemente—. No, no regresaría, pase lo que pase.
Di una chupada final a mi cigarro.
—Lo has hecho muy bien.
Liberado de su humor gris, me sonrió burlonamente.
—Empiezo a pensar que te has creído todo ese cuento.
—Naturalmente —aplasté la colilla del cigarro y me levanté, desperezándome—. Es muy triste. Más vale que nos vayamos.
No lo comprendió de inmediato. Cuando lo hizo, saltó de su sillón igual que un gato.
—¿Irnos?
—Por supuesto —saqué una alentadora arma desde mi bolsillo. Se detuvo en un impulso—. En esta clase de asuntos nunca se deja nada al azar. Se hacen revisiones periódicas. Ahora, vamos.
La sangre desapareció de su rostro.
—No —murmuró—, no, no, no puedes, no es justo para Amalie, los niños…
—Eso —le expliqué—, es parte del castigo.
Le abandoné en Damasco, el año antes de que Tamerlán la saquease.



FIN