Título original: Dead Center
Año: 1954
I
Le dieron helados, y le besaron, y las Personas Muy Importantes que habían ido a cenar sonrieron de un modo especial mientras su madre se lo llevaba del salón y le acompañaba a su dormitorio.
—Tienes un gran chico —le dijeron a Jock, su padre—. Es un chico muy serio, ¿verdad?
Jock no dijo nada, pero Toby supo que sonreía, con aspecto complacido y turbado a la vez. Luego sus voces cambiaron. Aquello significaba que habían empezado a hablar de los importantes acontecimientos que habían hecho reunirse a las Personas Muy Importantes.
En su habitación, Toby se deslizó entre las sábanas, y aspiró el olor a polvos y a perfume de su madre, mientras ésta se inclinaba sobre él para darle un precipitado beso de despedida. Aquella noche sería inútil pedirle que le contara un cuento. Toby permaneció inmóvil y esperó hasta que su madre hubo cerrado la puerta detrás de ella y se alejó, clic-tap, tip-clac, sobre sus altos tacones plateados. También ella había percibido el cambio de tono en las voces, y se apresuraba a fin de no perder nada de lo que decían. Toby se levantó y abrió la puerta del dormitorio, sólo una rendija, sentándose después junto a ella, para escuchar.
En el gran salón cuadrado, entre los abstractos dibujos de color gris, bermellón y chartreuse, los hombres y las mujeres se movían a sus anchas entre actos familiares. Café, coñac, cigarrillos, puros. Busque su pareja, escoja su asiento.
Jock estaba arrellanado en el diván tapizado de pana roja. Tim O’Heyer, menudo, moreno, nervioso, se balanceaba en el borde del mismo diván, envuelto en el humo de su cigarro. Gordon Kimberley casi aplastaba el gran butacón con la inmensa mole de su persona. Ben Stein, velludo y ajado como siempre, deslizaba una mano a través de sus cabellos una y otra vez. Estaba apoyado en el antepecho de una ventana y su mano libre descansaba en el respaldo de la silla en la cual estaba sentada su esposa Sue, erguida e impecable, embutida en un elegante vestido negro que hacía resaltar su esplendorosa belleza rubia. La señora Kimberley, luciendo un collar de perlas que hacía juego con su imponente figura, era la única persona "extraña" en la casa. Estaba de pie cerca del umbral de la puerta del salón, admirando cortésmente la galería de arte personal de Toby, mientras Allie Madero se esforzaba en explicarle cada una de las "obras maestras".
Ruth Kruger permaneció inmóvil un momento, contemplando su habitación y sus invitados. Eran ocho, incluida ella misma, y todos Personas Muy Importantes. En la familiar comodidad de su propio salón, la idea le hizo sonreír. Allie y la señora Kimberley se volvieron hacia ella, con expresión interrogante. Ruth Kruger se echó a reír y se encogió de hombros, incapaz de explicarlo, y las tres mujeres cruzaron la habitación para reunirse con los demás.
—Energía y valor —dijo O’Heyer a través de la nube de humo—. ¿Cómo lo consigues, Jock? Salir de un lugar como éste hacia…, Dios sabe qué.
—Suerte —rectificó Jock—. Un lugar como éste ayuda mucho. Soy el niño mimado del mundo, y estoy enterado de ello.
—A eso se le llama tener fe —intervino Ben—. Jock se limita a creer que seguirá gozando de la misma suerte que tuvo el año pasado.
—Depende de lo que usted entienda por suerte. Si cree que es la suma resultante de unos poderes de predicción, más habilidad personal, más información exacta, más...
—Encanto, y nervio, y...
—Energía y valor —repitió Tim, interrumpiendo al interruptor.
—De todo eso, de acuerdo —convino Ben—. Suerte es una palabra tan buena como cualquiera para designar la mezcla.
—Todos nosotros somos personas afortunadas —intervino Allie—. Hemos tenido la suerte de nacer en la época adecuada con el sueño adecuado. A cualquiera de nosotros, hace cincuenta años, le hubieran llamado extravagante visiona...
—Cualquiera de nosotros —afirmó Kimberley—, hace cincuenta años, hubiera tenido un sueño distinto, de acuerdo con la época.
Jock sonrió, y les dejó hablar, sin intervenir demasiado en la conversación. Escuchó sentencias filosóficas, y cumplidos, y especulaciones y comentarios, cómodamente hundido en el diván de su propio salón, dejando que su mente vagara entre las dos existencias que vivía: Aquélla allí, y la perfecta frialdad matemática de la bestia metálica que sería su hogar pasados tres días.
Acarició la mano de su esposa, y ella se volvió a mirarle. Sin duda aquél era un hombre que tenía todo lo que el mundo podía ofrecerle.
Cuando se marcharon todos, Jock se dirigió a la habitación de Toby, recogió al chiquillo, que se había quedado dormido en el suelo, y lo metió en la cama. Toby se despertó lo suficiente para agarrar la mano de su padre y preguntarle, recordando el tema de la conversación en el instante en que le había vencido el sueño:
—Papá, si el universo no tiene fin, ¿cómo puede saber uno dónde se encuentra?
—¿Cómo? —preguntó Jock—. Yo, por ejemplo, estoy exactamente en el centro del universo.
—¿Cómo lo sabes?
Su padre le palmeó ligeramente el pecho.
—Porque ahí es donde se encuentra el centro. —Jock sonrió y se puso en pie—. Y ahora a dormir, jovencito. Buenas noches.
Y Toby se durmió, mientras el universo giraba con todos sus misterios alrededor del pequeño centro que Jock Kruger había señalado.
—¿Asustado? —preguntó ella, más tarde, en el silencio de su dormitorio. Él tuvo que pensar la respuesta.
—Creo que no. Me parece que debería estarlo, pero no lo estoy. Creo que no lo intentaría, si no estuviera completamente seguro.
Estaba casi dormido cuando la idea penetró en su cerebro: Miró a su esposa y vio que estaba tendida boca arriba, con los ojos muy abiertos, completamente despierta.
—¡Nena! —exclamó, en tono casi acusatorio—. ¡Nena! Tú no estás asustada, ¿verdad?
—No, si tú no lo estás —dijo ella.
Pero nunca habían podido mentirse el uno al otro.
II
Toby estaba sentado en la plataforma, al lado de su abuela. Estaba en la segunda fila, inmediatamente detrás de su madre y de su padre, y esto le permitía retozar un poco, o susurrar. Ellos no podían oír lo que se hablaba a espaldas suyas, y lo que ellos decían no tenía ningún sentido para Toby. Pero, de cuando en cuando, su abuela le agarraba fuertemente la mano, y Toby comprendió lo que significaba: Su papá iba a marcharse otra vez.
La mano de su abuela era muy blanca, con diminutas pecas rojizas y de color canela, y unas grandes venas azules que sobresalían más que las arrugas de su piel siempre que apretaba la mano de su nieto. Más tarde, mientras se dirigían al lugar donde estaba el cohete apuntando al cielo, Toby se tomó de la mano de su madre; era lisa, y fría, y morena, toda de un color, y no se aferraba a la suya del modo que lo hacía la de la abuela. Más tarde aún, las dos manos de su padre, alzándole del suelo para besarle, eran mayores y más morenas que las de su madre, no tan lisas, y los dedos eran más fuertes, tan fuertes que a veces producían dolor.
Le montaron en un ascensor y le enseñaron el interior del cohete, donde su padre se sentaría, y donde estaban almacenadas las provisiones, para un caso de emergencia, dijeron, y la radio, y todo. Luego llegó el momento de la despedida.
Al principio, su padre se reía, y Toby trató de reír también, pero en realidad no deseaba que su padre se marchara. Su padre le besó, y Toby casi se echó a llorar porque le apretaba la cara contra su áspera mejilla, y los fuertes dedos se le clavaban. Luego, su padre dejó de reír y le miró muy seriamente.
—Ahora, tienes que cuidar de tu madre —le dijo—. Ya eres un hombrecillo.
—De acuerdo —dijo Toby.
La última vez que su padre se marchó en un cohete, Toby no había cumplido aún los cuatro años, y le fastidiaron con el verso del libro que decía: James James Morrison Morrison Weatherby George Dupres, cuidó muy bien de su madre a la edad de sólo tres... De modo que a Toby no le gustó demasiado lo que su padre le estaba diciendo, porque sabía que no hablaba en serio.
—De acuerdo —repitió. Y, como estaba furioso, añadió—: En realidad, será ella la que tendrá que cuidar de mí, ¿no es cierto?
Sus padres se echaron a reír, y lo mismo hicieron los dos hombres que estaban allí, de pie, esperando despedirse de su padre. Toby se retorció entre los brazos de su padre, y él lo dejó en el suelo.
—Te traeré un trozo de la Luna, hijo mío —le dijo.
Y Toby contestó:
—Muy bien, de acuerdo.
Alargó la mano en busca de la de su madre, pero tuvo que tomarse a la de su abuela, porque mamá y papá se estaban besando y se habían olvidado por completo de él.
Toby pensó que nunca iban a terminar de besarse.
Ruth Kruger estaba en la torre de control, con su hijo a un lado, y Gordon Kimberley, respirando pesadamente, al otro. Pensó:
"Hay algo que no marcha como es debido, esta vez hay algo que no marcha como es debido". Y luego, rápidamente: "¡No debo pensar de este modo!"
¿Sería que deseaba que algo no marchara debidamente, sólo porque aquella vez no lo había hecho todo ella, porque Argent había colaborado?, se preguntó.
"Pero, si algo no marcha como es debido" rogó, "que sea ahora inmediatamente, de modo que le impida despegar. Si algo no marchaba como era debido, que fuera en el encendido, o en el..., ¿qué?" Incluso ahora era demasiado tarde. La bestia era demasiado grande, y demasiado delicada, y demasiado precisa. Si algo no marchara debidamente, incluso en aquel momento era peligroso. Era...
Usted no hubiera terminado aquel pensamiento. No lo hubiera terminado si hubiese sido Ruth Kruger y su marido fuera Jock Kruger, y nadie más que ustedes dos supieran el valor que se necesita para dar dos veces la vuelta a la Luna, y para disponerse a aterrizar en ella. Cuando un hombre sabe que la fe de su esposa es indestructible, tiene que regresar (Pero: "¡Nena! Tú no estás asustada, ¿verdad?").
Dos veces alrededor de la Luna, y le llamaban Saltarín Jock. Nadie ignoraba quién pilotaba el KIM-V, la bestia más maravillosa y de mayor tamaño de la época. Kruger y Kimberley, O’Heyer y Stein. Un grupo invencible. Siempre ganaban. Siempre. Sin duda alguna.
—Menos cinco... —dijo alguien a través de un micrófono, y se hizo un gran silencio—; Cuatro..., tres...
("Pero Jock me apretó demasiado, y se echó a reír demasiado fuerte").
—.. Mar....
Nunca podía oírse toda la palabra, porque el rugido de la bestia le dejaba a uno sordo.
"Lo hizo porque pensó que yo estaba asustada", se respondió a sí misma.
No tardó en restablecerse el silencio, y Ruth tomó la mano de Toby y la apretó fuertemente, fuertemente...
—¡Perfecto! —suspiró Gordon Kimberley—. ¡Perfecto!
Si algo no marchaba bien, no se había manifestado aún. Ruth inclinó la mirada hacia Toby.
—Vamos —le dijo—. Te compraré un helado.
Toby dirigió a su madre una mueca que quería ser una sonrisa. Todo el día había tenido un aspecto muy raro, pero ahora volvía a estar normal.
—Hemos preparado unos combinados para la prensa en la sala de conferencias —dijo Kimberley—. Creo que encontraremos algo que le guste a Toby.
—Bueno... —Ruth no deseaba tomar un combinado, ni deseaba hablar con la prensa—. Creo que esta vez podríamos ahorrarnos...
—No les sentaría bien... —empezó el hombre; y en aquel momento se presentó Tim O’Heyer.
—Vamos, Ruth —dijo—. Tu marido me ha encargado que vele por ti mientras él está fuera.
Y le dirigió un guiño amistoso.
Ruth se echó a reír. Luego se inclinó hacia Toby.
—¿Qué prefieres, Toby? ¿Quieres que nos marchemos a casa o que vayamos a la reunión?
—Me da lo mismo —contestó el chiquillo. Tim le tomó de la mano.
—Vamos a tener una especie de reunión aquí, y luego creo que iremos a cenar a algún sitio, y todo el mundo estará en vela hasta que tu papá llegue a la Luna. Esto será muy tarde. No creo que desees velar hasta entonces, ¿verdad?
Cualquier otro que hubiese hablado a Toby de aquel modo hubiera provocado su mal humor, pero Tim era un amigo, amigo de Toby también. Ruth no deseaba ir a la reunión, pero recordó que habían estado planeando algo por el estilo, y puesto que Toby empezaba a mostrarse impaciente, y era importante tener a la prensa de su parte...
—Usted gana, O’Heyer —dijo—. ¿Quiere hacer el favor de enviar a alguien a buscar un helado? —Miró a su hijo—. De fresa, ¿verdad?
Toby asintió. Ruth sonrió, y todos se encaminaron hacia el lugar donde se celebraba la reunión.
—Bueno, jovencito... —Toby pensó que el hombre pelirrojo del traje marrón era probablemente lo que ellos llamaban un periodista, pero no estaba seguro—. ¿Qué me dices? ¿Vas a acompañar a tu padre la próxima vez?
—No lo sé —respondió Toby cortésmente—. Supongo que no.
—¿No deseas ser un astronauta tan famoso como tu papá? —le preguntó una mujer desconocida, vestida de un modo muy raro.
—No lo sé —murmuró Toby, y miró a su alrededor en busca de su madre, pero no pudo verla.
Siguieron preguntándole cosas como aquéllas. Papá le había dicho que era demasiado pequeño para ir a la Luna. Y toda aquella gente debería haberse dado cuenta.
Jock Kruger pasó rápidamente de la fastidiosa oscuridad a la luz. En cuanto pudo mover la cabeza, empezó a manipular los mandos del tablero que tenía delante de él. Adquirió plena consciencia de la nave, de sus necesidades, tensiones y movimiento, antes de adquirir plena consciencia de sí mismo, de su ingrávido cuerpo, de su objetivo o de sus recuerdos.
Pero tuvo consciencia de sí mismo como una parte de la nave antes de recordar su nombre. Cuando percibió que tenía una cara, y unas manos, aquellas partes estaban ya ocupadas alimentando el cerebro de la bestia con un estimulante cuidadosamente preparado, contenido en una especie de biberón colgado en frente de su cabeza.
Con su dedo índice, apretó un botón colocado en uno de los brazos del asiento que le mantenía en una inmóvil seguridad.
—¡Eh! —dijo—. ¿No hay nadie a la escucha?
Volvió a apretar el botón con un dedo y esperó. No mucho tiempo.
—¡Gracias a Dios! —exclamó alguien a través del altavoz—. Esta vez ha tardado usted mucho en establecer contacto, Jock ¿Alguna dificultad?
—Ninguna, que yo sepa. ¿Cuánto hace que he salido?
—Veintitrés minutos, dieciocho segundos, en el momento de establecer contacto. ¿Quiere leerme los datos?
Metódicamente, en orden, leyó los datos y las cifras de los instrumentos del tablero de mandos, que le iban informando de la reacción de cada músculo y nervio y órgano vital de la enorme bestia ante el viaje. Lo hizo lentamente y con una absoluta concentración. Luego, al terminar, se arrellanó en el asiento y empezó a interrogarse acerca de aquella pérdida temporal de memoria que había sufrido. Hasta entonces no le había sucedido nunca. En el resumen informativo que acababa de enviar a la Tierra no hablaba de ello.
Una nave distinta, hombres distintos. Dos años y medio de diferencia. Años de vida fácil y, ¿de envejecer? ¿Demasiado viejo para aquel juego?
¡Veintitrés minutos!
La última vez fueron menos de diez. La primera vez quizás 90 segundos más. No tenía importancia, desde luego, en el momento del despegue. No tenía nada que hacer entonces. Ni ahora. Nada, durante cuatro horas más. Estaba allí para hacer regresar a la bestia.
Sonrió, y volvió a sentirse Jock Kruger. Recobró por completo su identidad. Esta vez estaba allí para llevar a la bestia hasta un lugar en el cual no había estado nunca ningún hombre ni ninguna bestia. Esta vez llegarían a la Luna.
III
Ruth Kruger sorbió un combinado y murmuró respuestas a los admiradores, a los curiosos, a los envidiosos y a los malintencionados que le formulaban preguntas. Estaba esperando algo, y al cabo de un interminable espacio de tiempo Allie Madero vino a decírselo.
Al ver la sonrisa que iluminaba el rostro de su amiga mientras cruzaba la habitación, supo que se había producido lo que esperaba. Luego, la confirmación en voz baja.
—¿No ha transcurrido... demasiado tiempo? —preguntó Ruth. No había consultado su reloj intencionadamente, pero estaba segura del hecho que había transcurrido más tiempo del normal.
Allie dejó de sonreír.
—Veintitrés —dijo. Ruth se sobresaltó.
—¿Cómo?
—Calcúlalo tú. Yo no puedo.
—En la nave no hay nada. Quiero decir que no se ha cambiado nada que justifique la demora.
Sacudió lentamente la cabeza. Esta vez no conocía la nave lo suficientemente como para hablar con tanta seguridad. Podía haber algo. ¡Oh, Jock!
—. No lo sé —dijo—. Ha habido demasiada gente trabajando en esto. Yo...
—¡Señora Kruger! —Era el periodista pelirrojo, el insoportable—. Acabamos de obtener la información acerca del retraso en establecer contacto. Me gustaría que hiciera una declaración, si no le importa, en su calidad de diseñadora de la nave...
—Yo no he diseñado esa nave —replicó fríamente Ruth.
—Pero ha trabajado usted en el diseño, ¿no es cierto?
—Sí.
—Bien, entonces, que usted sepa...
—Que yo sepa, en el diseño no hay ningún cambio que justifique la prolongada inconsciencia del señor Kruger. De haber existido esa posibilidad, la prensa hubiese sido informada.
—Señora Kruger, me gustaría preguntarle si cree usted que las innovaciones introducidas por el señor Argent pueden...
—Déjela en paz, ¿quiere? —intervino Allie, tratando de suavizar la tensión con una sonrisa; pero Ruth se dio cuenta del hecho que su amiga ardía de rabia, lo mismo que ella—. Al fin y al cabo, un retraso de diez minutos no tiene nada de asombroso. Y si quiere martirizar a alguien por ello, ¿por qué no se dirige a alguien que no esté casado con Kruger? —Se volvió hacia Ruth antes que el hombre pudiera contestar—. ¿Dónde está Toby?
—Está en el vestíbulo —se apresuró a decir el periodista—. Por lo menos, allí estaba hace un momento.
Ruth y Allie se marcharon sin aguardar a oír el resto de la información. El pelirrojo había estado hablando con el chiquillo. Quién sabe los que ahora estarían mareándole.
—Creí que Tim estaba con él —dijo Ruth en tono cansado; luego pareció recordar algo, y se volvió para decir—: Para su conocimiento, señor..., uh..., puedo decirle que el trabajo del señor Argent me parece perfecto, en todos los sentidos.
Luego se marchó en busca de su hijo.
No había nada que hacer ni nada que ver, a excepción de comprobar los instrumentos del tablero de mandos, y volverlos a comprobar. Numerosas estaciones de radio estaban sintonizadas con la frecuencia de la nave. Podía transmitir para ellas, pero no quería hacerlo. Estaba pensando.
Pensando en el pasado, y en el futuro, y en el instante presente. Pensando en la repentina rigidez del cuerpo de Ruth cuando dijo que no estaba asustada, y en la gran casa de la colina, y en el cortés asentimiento de Toby cuando le ofreció traerle un trozo de Luna a su regreso.
Pensando en que Toby se haría mayor algún día, y en lo poco que conocía a su hijo, y en lo que harían los dos, Toby y Ruth, si algo...
Hasta entonces, nunca había pensado de aquel modo. Nunca había pensado en nada, excepto en que regresaría, porque no podía permanecer lejos. Era así de sencillo. Y ahora tampoco podía permanecer lejos. Esto no había cambiado. Pero mientras estaba sentado allí, silencioso e inmóvil, se le ocurrió que en esta ocasión había algo que se escapaba a sus cálculos. Habían estado hablando de la suerte; sí, había tenido suerte. ¿Pero qué era lo que había dicho Sue acerca de una suma resultante? Allí había algo más a tener en cuenta, algo más que los propios reflejos y la potencia de la bestia. Allí estaban los elementos exteriores. Espacio, medio ambiente, Dios, destino.
Él no podía permanecer lejos, pero quizá podía ser mantenido lejos. Hasta entonces, nunca había pensado de aquel modo.
—¿Estás cansado, cariño?
—No —dijo Toby—. Estoy aburrido de esta reunión. Quiero ir a casa.
—Pronto nos marcharemos, Toby.
—Es una reunión estúpida. Y tú me dijiste que me comprarías un helado de fresa.
—Y lo he hecho, querido —dijo Ruth pacientemente—. Al menos, si no te lo he comprado yo, he hecho que te lo compraran. Te lo han dado, ¿no es cierto?
—Sí, pero tú dijiste que ibas a comprármelo tú.
—Mira. ¿Por qué no apoyas la cabeza en mi regazo y tratas...?
—¡No soy ningún niño! Además, ya te he dicho que no estoy cansado.
—De acuerdo. Pronto nos marcharemos. Quédate sentado aquí, en el diván, y no hables con nadie si no tienes ganas. ¿Sabes lo que voy a hacer? Voy a buscarte una revista, o un libro, o algo que puedas mirar, y...
—No quiero revistas. Quiero mi libro de piratas.
—Quédate aquí un momento. No te muevas, y así podré encontrarte. Voy a traerte algo.
Ruth se puso en pie y se dirigió hacia la otra parte del edificio, donde estaban los empleados, y recogió una colección de octavillas y grabados con fotografías de cohetes correo, naves de transporte, jets y fantásticos dibujos de cohetes lunares, y regresó con ellos al pequeño vestíbulo donde había dejado a su hijo.
Por el camino consultó su reloj. Veintisiete minutos más. No había ningún motivo para creer que algo no marchaba bien.
Estaban descendiendo. El cuerpo de un hombre no está dotado para captar el sentido direccional, hacia dónde o desde dónde, arriba o abajo, sin la ayuda de hitos o de la gravedad. Pero el cuerpo de la bestia estaba proyectado para conocer tales cosas; y Kruger, en el centro nervioso, sabía todo lo que sabía la bestia.
La nave es extensión de uno mismo, y uno mismo es —¿extensión o limitación?— de la nave. Si Jock Kruger es el centro del universo —¿recuerdan la última noche después de la reunión, al recoger a Toby del suelo?—, la nave es extensión de uno mismo, y el hombre es el cerebro de la bestia. Pero, si la nave es universo —evidentemente continuo—, entonces, el hombre del asiento es una condición limitadora del universo. Un freno humano. Jock Kruger estaba allí para detener a la bestia donde la bestia no "quería" detenerse.
¿Y si no se detenía? ¿Y si había decidido convertirse en un universo libre, dotado de autodeterminación?
Jock sonrió, y empezó a regular los mandos. Su momento se estaba acercando.
Podía medirse en minutos, y luego en segundos... ¡Ahora!
Su mano se tendió hacia la palanca de encendido (¿pero de qué estaba asustada Ruth?), la agarró, y apretó.
Las reuniones de las personas mayores en casa eran divertidas. Pero en lugares como aquél, eran estúpidas. Toby se despertó a medias en el camino de regreso a su casa, lo suficiente para comprobar que el que conducía era su tío Tim y que no iban en su propio automóvil. Él estaba sentado en el asiento delantero, al lado de su madre, con la cabeza apoyada en su costado. Trató de mantenerse despierto, para escuchar lo que decían, pero no estaban hablando, de modo que se dispuso a dormir de nuevo.
Entonces, tío Tim dijo:
—Por Dios, Ruth. Está a salvo, y si sucediera algo, no sería por culpa tuya. Tiene provisiones suficientes para resistir hasta que...
—¡Ssssh! —dijo su madre bruscamente. Y luego, susurrando—: Lo sé.
Toby se despertó.
—Mamá.
—¿Sí, cariño?
—¿Irá papá directamente a la Luna?
—Sí... sí, querido.
—¿Dónde está?
—¿Dónde está qué?
—La Luna.
—¡Oh! Ahora no podemos verla, querido. Está al otro lado de la Tierra.
—Bueno, ¿cuándo va a regresar?
Silencio.
—¡Mamá! ¿Cuándo?
—Tan pronto como..., en cuanto pueda, querido. Ahora procura dormir.
La Luna estaba alta en el cielo, un plateado balón colgado del firmamento. Cuando era una niña, Ruth solía decir que amaba al hombre de la Luna, y ahora el hombre de la Luna la amaba también. Si ella siguiera siendo una niña, alguien la llevaría a la cama, y acariciaría su cabeza, y le diría que se durmiera, y ella se dormiría tan fácilmente, respirando de un modo tan acompasado, como Toby.
Pero ya no era una niña, había crecido, y se había casado con el hombre de la Luna, y el sueño podía ir y venir, pero el sueño no se quedaba nunca con ella cuando la luz de la Luna brillaba en los cristales de la ventana.
Ruth se quedó en pie ante la ventana abierta y su mente dirigió un mensaje por el camino de luz hacia arriba, hacia el hombre de la Luna.
"Querido Jock: Tim dice que no sería culpa mía, y no puedo explicárselo ni siquiera a él. Lo siento, querido. Tienes que vivir hasta que podamos llegar a rescatarte".
IV
La superficie de la mesa brillaba en relucientes fajas claras y oscuras, iluminada por la luz que llegaba a través de las persianas de plástico. Los amplios sillones estaban vacíos, esperando, y frente a cada uno de ellos, dispuestos con la precisión de la vajilla en una cena de protocolo, estaba el inevitable taco de papel amarillo, dos lápices con la punta recién hecha, un pequeño montón de cuartillas mecanografiadas, un cenicero de cristal y un reluciente vaso para agua, vacío. En el centro de la mesa, debidamente espaciadas, habían tres jarras de cristal llenas de hielo y agua.
Ruth fue la primera en llegar. Se detuvo frente a un sillón, hojeando las cuartillas en las cuales alguien (¿Allie se habría levantado muy temprano para tenerlo todo a punto?) había mecanografiado los detalles de los acontecimientos del día anterior.
"Para refrescar su memoria", era la fórmula habitual.
Se sirvió un vaso de agua y, con una sensación de culpabilidad, volvió a dejar la jarra en el lugar exacto donde había estado; encendió un cigarrillo, y contempló desolada cómo la cerilla encendida manchaba el impoluto cenicero; arrastró el sillón debajo de ella y se sentó.
Recogió las cuartillas mecanografiadas y les echó un vistazo. Las de abajo llevaban el encabezamiento: Recomendaciones de la U. S. Rocket Corps para facilitar la construcción del KIM-VIII. Aquello podía esperar. Sería preferible enterarse del contenido de las cuartillas de encima mientras estaba sola.
Leyó lenta y cuidadosamente, tratando de retener en la memoria cada una de las frases, de modo que cuando llegara el momento de hablar pudiera creer que había ocurrido de aquel modo, por causas externas, en vez de recordar cómo había sucedido para ella.
En el informe no había nada que Ruth no supiera ya.
Jock Kruger había despegado en el KIM-VII a las 5.39 de la tarde, en el momento en que se ponía el sol. El primer informe después de recobrarse de la pérdida temporal de memoria había llegado a las 6.02. Las primeras lecturas de los instrumentos no daban pie para creer que existía alguna dificultad. Los subsiguientes informes y lecturas fueron, tratándose de Kruger, anormalmente protocolarios y poco frecuentes; pero el contacto tierra-a-nave a intervalos de veinte minutos había sido reconocido. No había motivo para creer que Kruger se enfrentaba con alguna dificultad.
A las 11.54 una tentativa de llamar a la nave quedó sin respuesta durante cincuenta y seis segundos. El radiotelegrafista había descrito la voz de Kruger como "irascible" cuando finalmente llegó la respuesta, pero lo único que dijo fue: "Lo siento. Estaba poniendo en marcha el primer freno". Luego unas cifras y una rápida lectura, todo completamente normal.
La Tierra acusó recibo de la comunicación y esperó. Dieciocho segundos más tarde:
—Segundo freno.
Más cifras. De nuevo, todo absolutamente normal. Pero veinte segundos después la llamada fue completada:
—Aquí Kruger. ¿Hay algo equivocado en la información que he facilitado?.
—Tierra a Kruger. Todo correcto en nuestro libro. ¿Alguna dificultad?
—No pierda el contacto conmigo, muchacho. Estoy despistado.
—¿Quiere comprobar el rumbo?
—Puedo calcularlo más rápidamente aquí. Voy a darle los datos. Adviértame si no coinciden con los del libro.
Más cifras, y los cálculos de Kruger coincidían exactamente con los que se habían efectuado rápidamente en la base. Ambas partes llegaron a la misma conclusión, y ambas partes sabían lo que ello significaba. El hombre que se encontraba en el interior de la bestia frenó otra vez, y otra vez, y aterrizó.
No había ningún motivo para creer que la nave o el piloto habían sufrido daños. No había modo de comprobarlo. De acuerdo con los mejores cálculos, estaban a cinco grados de arco del lado oscuro. Y no era posible que Kruger tuviera suficiente combustible para salir de allí. Lo último que la Tierra había oído, antes que el borde de la Luna interrumpiera la transmisión de Kruger, fue:
—Lo siento, muchachos. Creo que esta vez me he atascado. Busquen el modo de llegar hasta aquí y...
Uno a uno ocuparon los asientos: Gordon Kimberley en un extremo, y el coronel en el otro; Tim O’Heyer a un lado de Kimberley, y Ruth al otro; Allie, con su bloc y su lápiz preparados, a continuación de Tim; seguía el ayudante del coronel con su pequeña y silenciosa máquina de escribir delante de él; los Stein al otro lado, a continuación de Ruth. Con un mínimo de formalidades, Kimberley abrió la reunión y presentó al coronel Swenson.
El coronel se aclaró la garganta.
—Desearía exponer algo —dijo—. Desde el primer momento quiero que quede claro. Estoy aquí para ayudar, no para entorpecer el camino. Mi presencia no significa ninguna censura por parte de los Servicios Armados. Estamos completamente satisfechos del trabajo que han realizado ustedes.
Se aclaró de nuevo la garganta y Kimberley aprovechó la ocasión para puntualizar:
—Creo que vio usted nuestros planos, coronel. Todo fue revisado y aprobado por su departamento antes de ser puesto en marcha.
—Exactamente. Lo que entonces nos pareció bien, nos lo sigue pareciendo ahora. Lo que importa es el programa espacial. La recuperación de Kruger es importante no sólo por motivos humanitarios (disculpe, señora Kruger, si le parezco brutal), sino por el programa. La opinión pública, por ejemplo. ¿No es eso, señor O’Heyer? Y además tenemos que descubrir lo que ha sucedido.
»He venido aquí para ofrecerles cualquier ayuda que podamos prestar para la recuperación de la nave y para hacer una sugerencia que puede facilitar las cosas.
Hizo una pausa, esta vez deliberada.
—Adelante, coronel —dijo Tim—. Le estamos escuchando.
—Resumiendo, la proposición consiste en que todos ustedes acepten unos cargos provisionales mientras el proyecto se pone en marcha. En el informe que tienen ante ustedes se habla de los detalles del plan. Espero que lo encontrarán aceptable. Todos ustedes saben que existe una gran cantidad (temo que necesaria) de galones rojos, como ustedes los llaman, y de "conductos reglamentarios" en los Servicios. Esto hace que la colaboración entre grupos civiles y militares resulte difícil. Si podemos unirnos, unir nuestros esfuerzos...
Esta vez nadie dijo nada. El coronel se aclaró la garganta una vez más.
—Quizá sea preferible que lean todo el informe antes de seguir discutiendo. Lo único que quería era darles a conocer la actitud con la cual les dirigimos la proposición.
—Gracias, coronel —dijo O’Heyer—. He tenido ya la oportunidad de ver el informe. No sé de nadie más que la haya tenido, a excepción de la señorita Madero, desde luego. Pero yo, personalmente, aprecio su actitud. Y creo que puedo hablar también en nombre del señor Kimberley.
Dirigió una mirada a su jefe. Gordon asintió.
—Lo que desearía sugerir —continuó O’Heyer—, puesto que he leído ya el informe, y creo que a los demás les gustaría tener la oportunidad de echarle una ojeada, es que.., tal vez le gustaría a usted echar un vistazo a nuestras instalaciones. Yo puedo acompañarle.
—Gracias. Lo haré con mucho gusto... —El coronel se puso en pie, y su dorado uniforme del Rocket Corps resplandeció a la claridad que penetraba por la ventana—. Si me permite decírselo, señor O’Heyer, parece usted sumamente sensato, tratándose de un..., bueno, de un hombre que se dedica a la publicidad.
—Esto es muy halagador para mí, coronel —rió O’Heyer—. Aunque no creo que la publicidad sea un trabajo tan despreciable como algunos creen. También usted parece un hombre sensato..., tratándose de un oficial del Ejército.
Todos se echaron a reír, y Tim acompañó al glorioso resplandor afuera de la estancia, mientras el resto de los reunidos se quedaban a estudiar la proposición del Rocket Corps. Cuando hubieron leído el informe, Kimberley habló lentamente, expresando la reacción general:
—No me gusta tener que admitirlo, pero lo encuentro aceptable.
—Lo han enfocado bastante bien, ¿no es cierto? —dijo Ben—. Nos lo han presentado como una proposición en vez de forzarnos a aceptarlo.
Kimberley asintió.
—Había tenido muy poco contacto con el coronel Swenson. Es un hombre con el cual se puede trabajar. Me parece..., me parece aceptable, esto es todo.
—Al menos sobre el papel —puntualizó Sue.
—Bueno, Ruth... —Kimberley se volvió hacia ella esperando—. No has dicho nada.
—A mí..., a mí me parece bien —dijo Ruth. Y añadió—: Frankly, Gordon, no creo que esté obligada a expresar mi opinión. Después de todo no estoy completamente segura del motivo por el cual me encuentro aquí.
Allie alzó vivamente la mirada con expresión interrogante. Sue empujó su butaca hacia atrás y se incorporó a medias.
—¡Dios mío! No irás a decirnos que quieres separarte de nosotros...
—Yo... Bueno, todos ustedes saben que la última vez fue muy poco lo que hice. La parte principal del trabajo recayó sobre Andy Argent, y lo hizo muy bien por cierto. Tengo que pensar en Toby, y...
—Chica, sabes que te necesitamos —protestó Sue—. Esta vez Argent no puede hacer nada; tenemos que hacer otro Tres, sin tripulante, con mandos a distancia. Ésta es tu especialidad. Es...
Se dejó caer en su asiento; no había nada más que decir.
—Es cierto, Ruth.
Tim había regresado sin que se dieran cuenta. Tomó asiento.
—Lo que ahora cuenta es la rapidez. Por eso hemos metido al Ejército en el asunto. Porque lo hemos metido, ¿verdad?
Kimberley asintió.
—Si estás con nosotros —continuó Tim, dirigiéndose a Ruth—, tendremos un equipo perfecto. Con alguien nuevo..., bueno, ya sabes las dificultades que tuvimos hasta que Sue aprendió a descifrar los garabatos de Argent, y cómo volvían loco a Ben las notas a lápiz de Andy. Esta vez ni siquiera podemos utilizarlo. No es su especialidad. Hizo un buen trabajo, hay que reconocerlo, pero...
Se interrumpió y miró a Kimberley.
—Espero que decidas trabajar con nosotros —dijo Kimberley sencillamente.
—Sí..., desde luego; si es el mejor modo de hacerlo rápidamente, de acuerdo —dijo Ruth—. Trabajaré veintiocho horas al día si es necesario.
Tim sonrió.
—Creo que podemos dejar entrar ya al coronel.
Se puso en pie y se encaminó hacia la puerta.
Tenemos que hacer otro Tres. Las palabras de Sue bailaron en su mente mientras el coronel y su ayudante entraban en la estancia y volvían a ocupar sus lugares, y unas voces murmuraban frases corteses.
Otro Tres: la primera nave que Ruth había diseñado para Kimberley. La nave que la había hecho rica y famosa, aunque esto no tenía importancia si se consideraba que había sido la nave que llevó a Jock a su lado, que le hizo escribir la carta, que hizo que ella le conociera, que había conducido al KIM-V y al KIM-VI, y ahora...
Tengo algunas ideas para una nave tripulada por un hombre —le había escrito Jock—. Si pudiéramos vernos para discutirlas...
—… me alegra saber que trabajará usted con nosotros, señora Kruger.
Ruth volvió vivamente la cabeza y recobró la consciencia del lugar en que se encontraba.
—Gracias, coronel. Deseo ser útil en lo que esté a mi alcance.
V
La madre de James James Morrison se puso una bata dorada.
Toby se lo sabía todo casi de memoria. El niño del poema le decía a su madre que no fuera al final de la ciudad, dondequiera que estuviese, sin llevarle a él. Y ella dijo que no iría, pero se puso aquella bata dorada y se marchó, creyendo que estaría de regreso a la hora del té. Pero no regresó. No regresó nunca. La vieron por última vez vagabundeando sin rumbo fijo, al parecer. El Rey John dijo que lo sentía mucho.
¿Quién es el Rey John? ¿Y cuál es la hora del té?
Toby estaba sentado muy quieto al lado de su madre, en el asiento delantero del automóvil, y miró de soslayo el dorado uniforme que ella llevaba, y no pudo encontrar el modo de formular las preguntas que bullían en su cerebro.
¿Dónde estaba el padre de James James? ¿Por qué James James era el único que no quería que su madre fuera al final de la ciudad?
—¿Estás ahora en el Ejército, mamá? —preguntó.
—Bueno, hasta cierto punto. Pero no por mucho tiempo, querido. Sólo hasta que papá regrese.
—¿Cuándo va a regresar papá?
—Pronto. Espero que pronto. No tardará mucho.
No lo decía convencida. Su voz sonaba un poco ronca, como la voz de la abuela y de las otras ancianas. Y el dorado uniforme no le sentaba bien. Cuando besó a su hijo delante de la escuela, su aspecto no era normal. Ni siquiera olía igual que de costumbre.
—Adiós, hijo mío. Hasta la noche —dijo; las palabras que siempre decía, pero que esta vez sonaron de un modo distinto.
—Adiós.
Cruzó la verja, recorrió el sendero de grava que conducía a la puerta principal y siguió el pasillo hasta llegar a la sala pintada con colores vivos donde la profesora estaba esperando. La señorita Callahan era encantadora. Aquel día también era encantadora. Los otros muchachos le fastidiaban diciéndole que era el favorito de la profesora. A la hora de comer regresó a la clase antes que nadie y se dedicó a dibujar en el suelo con tizas de colores. Era lo peor que podía habérsele ocurrido. La señorita Callahan le obligó a limpiarlo todo, y ya no fue encantadora durante el resto de la tarde.
Cuando terminó la clase y salió a la calle, Toby no vio el automóvil por parte alguna. Era verdad entonces. Su madre se había puesto la bata dorada y se había marchado. Luego vio a su abuela agitando la mano en su dirección desde su automóvil y recordó que mamá le había dicho a la abuela que pasara a recogerlo. Subió al automóvil y la abuela le abrazó fuertemente como hacía siempre. Toby se desprendió del abrazo.
—¿Ha regresado ya papá? —preguntó. La abuela puso el automóvil en marcha.
—Todavía no —dijo, y estaba llorando.
Toby no se atrevió a preguntar por su madre después de aquello, pero cuando llegaron a casa no la encontró allí. Faltaba mucho tiempo para que la cena estuviera lista.
Sin embargo, a la hora de cenar su madre estaba en casa.
Hay que tener en cuenta el factor humano...
Nadie se lo había dicho a ella, desde luego. Nadie se lo diría. Ruth pensó que su presencia hacía más difícil el trabajo para todo el mundo. Y en cuanto a ella, se hubiese vuelto loca de no tener la válvula de escape de aquel trabajo.
Afortunadamente, Toby iba a la escuela. Ruth no hubiese podido trabajar si ello hubiese significado tener que dejar a Toby todo el día en otras manos, incluso en las de su abuela. Tener a la anciana tanto tiempo en casa resultaba enervante.
"Tendré que preguntarle si le gustaría quedarse a dormir aquí una temporada", pensó Ruth, y se estremeció: La hora de la cena era suficiente.
De todos modos a Toby le gustaba tenerla en casa, y esto era lo que contaba.
"Tendré que ir a hablar con su maestra. Mañana", pensó. "Tengo que arreglar las cosas de modo que mañana me quede tiempo para ir a hablar con ella. Voy a decirle...", aunque, desde luego, la maestra estaba enterada. Los asuntos de la familia de Jock Kruger eran del dominio público. De todos modos, sería preferible hablar con ella.
Ruth saltó del lecho y se acercó a la ventana, esperando la salida de la Luna. Pasados diez minutos, quince, tal vez veinte, asomaría por detrás de las colinas al otro lado de la ciudad. Las blancas manecillas del reloj señalaban las 2.40. Ruth tenía que dormir. No podía estar allí de pie esperando que asomara la Luna.
"Vete a dormir ahora, antes que ella salga. Es lo mejor que puedes hacer".
"¡Oh, Jock!"
"...el factor humano".
Ellos no lo sabían. Ruth deseaba decírselo a todos, encontrar a alguien dispuesto a escucharla y descargarse de aquel peso.
"No ha sido culpa suya. ¡Lo hice yo!"
No estarás asustada, ¿verdad, nena?
¡Oh, no! ¡No, no! No seas tonto. ¿Quién, yo? ¿Por qué estoy temblando? El frío, ¿sabes?
"¡Basta!"
Estaba de pie junto a la ventana, esperando que asomara la Luna, el hombre, el hombre de la Luna.
Factor humano... Bueno, esta vez no habría factor humano. Si Ruth iba a presenciar el despegue del KIM-VIII y decía que estaba asustada, ni siquiera habría despegue.
"¡Gracias a Dios, puedo hacer algo, al menos!"
Bruscamente cerró la persiana de modo que no pudiera ver la claridad de la Luna, cuando llegara, y tomó el sobre que había llevado a su casa. Encendió la lámpara de la mesilla de noche y sacó las cuartillas del sobre.
Todo era familiar. Sólo pequeños cambios aquí y allí. Por otra parte, no era más que el Tres en una nueva versión. El Tres, la primera nave sin tripulante destinada a aterrizar con éxito en la superficie lunar. La única diferencia importante era que ésta tendría que disponer de un nuevo dispositivo en el mecanismo de aterrizaje. Stein le había dado aquel mismo día los cálculos de la órbita. El resto del trabajo les correspondía a Sue y a ella: Diseño y fabricación. Lo que necesitaban era un dispositivo que hiciera volar a la nave lo bastante baja para que estableciera contacto con Jock, si..., si podía establecer contacto con él. Entonces podría aterrizar en el lugar convenido, de acuerdo con las instrucciones de Jock, si su radio seguía funcionando. Si...
Dos vueltas, y luego hacer aterrizar la nave en el lugar donde calculaban que se encontraba Jock, si es que Jock no daba instrucciones por radio.
Era complicado, pero sólo cuantitativamente. Nada básicamente nuevo ni experimental. Y ningún factor humano a ser tenido en cuenta una vez la nave estuviera en el espacio.
Ruth se durmió, finalmente, con la luz encendida y la persiana bajada, y las cuartillas esparcidas por el suelo, junto a la cama.
Todos los días su madre le acompañaba a la escuela, embutida en su dorado uniforme. Y todas las tardes esperaba Toby, diciéndose a sí mismo que su madre estaba segura de regresar a casa.
Aquel poema era una tontería, y él no tenía ahora tres años, sino seis. Pero había transcurrido mucho tiempo desde que su padre se marchó.
—Me inclino por el no —dijo Ruth rápidamente.
—Lo siento, Ruth. Sé... Bueno, no lo sé, pero puedo imaginar lo que sientes. Me cuesta trabajo pedírtelo, pero si puedes hacerlo..., sólo ir allí y mostrarte optimista, y..., en fin, ya sabes.
¡Mostrarse optimista! No podría hacerlo por Jock, pensó; de modo que, ¿cómo podría hacerlo por ellos? Pero, desde luego, aquello era estúpido. Ellos no la conocían como la conocía Jock. No podían leer en sus sonrisas, ni captar una repentina rigidez, ni saber nada, excepto lo que ella quisiera mostrar en la superficie de su rostro.
—¿Mostrarme optimista? ¿Qué importancia tiene eso, Tim? Si la cosa funciona, no tardarán en saberlo. Si...
Se interrumpió.
—De acuerdo, como quieras. Si la cosa no funciona, supongo que la opinión pública tendrá algo que decir. Pero eso no importa. Si no podemos salvar a Jock, nada tiene importancia. Renunciaremos a los viajes espaciales durante cincuenta años, hasta que se desvanezcan los efectos psicológicos del fracaso. Pero eso no es lo que deseaba Jock. No lo olvides. Ya sabes cuál era su sueño. Un sueño que también tú compartías en otra época. Sí...
—¡De acuerdo!
Ruth se sorprendió ante el sonido de su propia voz. Estaba gritando o poco menos.
—De acuerdo —repitió, más tranquila—. Si crees que interrumpiré la marcha del progreso cincuenta años no llevando a Toby a un despegue, lo llevaré.
—¡Oh, Ruth! Lo siento. No, no es eso lo que importa. Y no tenía derecho a hablarte de este modo. Pero siempre habías comprendido lo que yo siento, lo que siente Jock, incluso lo que siente un individuo como Kimberley. Mira, el hecho de acudir al despegue no tiene demasiada importancia en sí mismo. No hará marchar mejor ni peor a la nave, desde luego. Pero hay un factor psicológico que no podemos descuidar y que...
—De acuerdo —repitió Ruth—. Ya te he dicho que iré.
—Lo comprendes, ¿verdad? —inquirió Tim en tono suplicante.
—No lo sé, Tim. No estoy segura de comprenderlo. Pero tienes razón. Hubo un tiempo en que lo comprendía. Tal vez..., no lo sé. Para una mujer es distinto, supongo. Pero iré. No te preocupes por ello.
Se volvió, disponiéndose a marcharse.
—Gracias, Ruth. Y lo siento. ¿Quieres..., quieres que pase a recogerte?
Ruth asintió.
—Gracias.
Se alegraba de no tener que conducir.
VI
Estaba al acecho de una oportunidad para preguntárselo. No había podido hacerlo en casa antes de salir porque, inmediatamente después de haberle dicho adónde iban, su madre fue a ponerse el uniforme dorado y él tuvo que quedarse con la abuela.
Luego llegó el señor O’Heyer con el automóvil, y Toby no pudo preguntárselo porque, a pesar del hecho que iba sentado con su madre en el asiento delantero, el señor O’Heyer estaba también allí.
Cuando llegaron al campo de despegue, estuvieron continuamente rodeados de gente. Una vez trató de apartar a su madre a un lado, pero ella creyó que tenía que ir al lavabo. Luego, poco a poco, se enteró sin necesidad de preguntárselo, deduciéndolo de lo que decía la gente y del modo en que las cámaras enfocaban a su madre continuamente, tal como habían enfocado a su padre la otra vez.
Luego se pronunciaron discursos y mamá se levantó a hablar y lo confirmó todo.
Toby se alegraba de no haber preguntado. Probablemente pensaban todos que ya estaba enterado. Tal vez incluso se lo habían dicho y él lo había olvidado, como a veces le sucedía. Se oyó decir a sí mismo mentalmente:
—Mamá, ¿vas a ir también tú a la Luna?
¡Qué tontería! Ella tenía que quedarse por él, se dijo a sí mismo. Siempre que papá iba a algún lugar, mamá se quedaba con él.
Y cuando papá estaba en casa, mamá se iba con él a una reunión o a cualquier otra parte en vez de quedarse en su dormitorio hablando con su hijo después de haberlo metido en la cama. Y esto de ahora era muchísimo peor.
Pero Toby no se creía a sí mismo.
"¡Mamá no me lo ha dicho! ¡Nunca me olvidaré de esto! ¡Debió decírmelo!"
Ruth no deseaba hablar. Nadie le había advertido que la obligarían a hablar. Había padecido bastante tratando de contestar de un modo coherente a las preguntas de los informadores. Se puso en pie y se adelantó hacia el micrófono con expresión dubitativa, y estrechó la mano al Presidente de los Estados Unidos, y trató de mostrarse optimista. Abrió la boca, pero de su garganta no salió ningún sonido.
—Gracias —dijo finalmente, aunque no sabía por qué—. Han sido ustedes muy amables. —Se volvió hacia el micrófono y habló a través de él—. Hoy me ha sido concedido un honor al cual no tengo derecho. Nos concedimos un plazo de dos meses para llevar a cabo un trabajo, y la realidad es que ha quedado terminado en seis semanas...
Tuvo que interrumpirse porque todo el mundo estaba aplaudiendo y no la hubieran oído.
—El hecho no puede ser atribuido al diseñador de la nave. Todo el mérito corresponde al personal de Kimberley, que ha trabajado sin descanso, y a los miembros del Rocket Corps, cuya ayuda ha sido tan valiosa. Creo...
Esta vez se interrumpió para buscar las palabras adecuadas. Repentinamente, el decirle a la multitud lo que sentía en el fondo de su corazón se había convertido en algo muy importante para ella.
—Creo que soy la primera que tiene que dar las gracias. Da la casualidad que soy una diseñadora de cohetes, pero al mismo tiempo soy la esposa de Jock Kruger, lo cual tiene para mí mucha más importancia. De modo que deseo dar públicamente las gracias a cuantos han ayudado.
La mano de la abuela apretó todavía más la suya y luego le soltó para ir en busca de un pañuelo porque estaba llorando. ¡Precisamente allí, en el estrado! Luego Toby se dio cuenta de lo que mamá acababa de decir. Había dicho que ser la esposa de Jock Kruger era para ella más importante que cualquier otra cosa.
Era muy raro que la abuela se hubiera puesto a llorar al oír aquellas palabras. Todos los demás parecían creer que habían sido unas palabras muy bien dichas, ya que aplaudían y gritaban con el mayor entusiasmo. Toby pensó, con cierta sorpresa, que tal vez a la abuela la ponían triste las mismas cosas que a él le entristecían.
Ruth se libró de los informadores de la prensa y de la televisión y se acercó a Toby para preguntarle si quería ver el interior del cohete antes que éste despegara.
Toby asintió. Desde luego en aquella ocasión se estaba portando muy bien.
"¡Pobrecito! Todo aquel asunto debía haberle aturdido".
Ruth trató de imaginar lo que había en el interior de aquella cabecita, pero lo único que sacó en claro fue el parecido que su hijo tenía con Jock, un parecido que aquel día se había acentuado.
Ruth le llevó en el ascensor hasta el interior del cohete. Allí no había mucho espacio para moverse, pero sí el suficiente para echarle una mirada a los raros mecanismos. Ruth quedó ligeramente sorprendida al ver que su suegra y el Presidente subían juntos en el siguiente ascensor, pero entre tratar de responder a las preguntas de Toby y de satisfacer la curiosidad de los periodistas, apenas le quedaba tiempo para preocuparse por aquellas anomalías.
Nunca había visto a Toby tan interesado por una cosa. Quería saberlo todo. Qué es esto, y para qué sirve aquello... ¿Y dónde vas a ir sentada, mamá?
—Yo no voy a ir, cariño. Ya lo sabes. En este cohete no hay espacio para...
—Señora Kruger, perdone, pero...
—Un momento, por favor.
—¡Oh! Lo siento.
—¿Qué es lo que quieres saber ahora, Toby?
Allí había demasiada gente; y todos parecían hablar a la vez. Ruth se sintió ligeramente mareada.
—Mira, cariño, vamos a bajar.
Pero viendo que Toby acogía la sugerencia con un mohín de desagrado, miró a su alrededor en busca de una posible solución. Afortunadamente, vio a su suegra en la rampa, la llamó y dejó a Toby con ella. Cuando llegó abajo encontró a Sue Stein y le preguntó si le importaría subir a reunirse con Toby y tratar de responder a sus preguntas.
—Desde luego que no. ¿Estás mareada, querida?
—Un poco.
Ruth trató de sonreír.
—Será mejor que te marches a descansar —dijo Sue—. Tal vez Allie pueda arreglarlo. Tienes muy mal aspecto.
Toby se separó de su abuela cuando llegó Sue Stein y le dijo que mamá deseaba que le enseñara todo lo del cohete. Luego, Toby dijo que estaba cansado y que iba en busca de su abuela. Podía encontrarla sin ayuda de nadie.
Encontró el escondrijo que había estado buscando. Tendría que ir un poco encogido.
El altavoz vibró encima de su cabeza. Faltaban cinco minutos.
Las otras mujeres que habían estado peinándose o retocándose los labios cerraron apresuradamente sus bolsos, se dieron su última ojeada en el espejo y corrieron en busca de un lugar desde el cual pudieran verlo todo. Ruth se acurrucó todavía más en el diván y cerró los ojos. Faltaban cinco minutos solamente para hacerse a la idea que el trabajo estaba acabado.
Ella había hecho todo lo que había podido, incluso ir allí aquel día. No había nada más que ella pudiera hacer. Dentro de cinco minutos nadie podría hacer nada. Aparte de Jock. Una vez el cohete llegara a su destino, el único que podía hacer algo era Jock.
Si el cohete llegaba.
Si Jock estaba allí para poder hacer algo.
Tal como lo habían preparado todo, existía una posibilidad al menos de conocer la respuesta al cabo de una hora. Si el cohete recorría su órbita una vez, y sólo una vez, significaría que Jock estaba vivo, y se encontraba bien, y controlaba su propia nave, con la radio funcionando, y...
Y si recorría su órbita por segunda vez, aún habría esperanzas. Podía significar, simplemente, que su radio no funcionaba. Pero aquello significaba tener que esperar.
¡Santo cielo! La cosa podía prolongarse meses enteros si los cálculos acerca del lugar donde Jock se encontraba no eran completamente exactos. Sí. Había un millón de menudencias que podían dificultar el trasvase del combustible de un cohete al otro.
Pero si sólo veían una órbita...
Por primera vez Ruth se obligó a sí misma a considerar la posibilidad que Jock estuviera muerto. De que no regresara.
"No está muerto", pensó. "Si estuviera muerto, yo lo sabría. Del mismo modo que supe, la última vez, que algo no marchaba bien. Ahora me gustaría saber si..."
—Sesenta segundos para cero —dijo el altavoz.
"¡Aquí está!" Ruth se levantó de un salto, completamente despejada. Ahora que se había enfrentado con ello, toda confusión había desaparecido. Había algo, algo completamente equivocado...
Echó a correr y, mientras llegaba a campo abierto, el altavoz seguía dejando caer las cifras.
Cincuenta y uno...
Ruth corrió hasta tropezar con la multitud, y no consiguió abrirse paso a través de ella, y tuvo que correr, seguir corriendo, para encontrar el pasillo vallado.
Y mientras corría, trataba de pensar.
—Cuarenta y siete...
No podía hacer que interrumpieran el despegue sin dar un motivo razonable.
Creerían que estaba bajo los efectos de un ataque de histerismo.
—Cuarenta y cinco...
Tal vez lo estaba. Fríamente, su cerebro consideró aquella posibilidad y la rechazó. No; había un problema que no había sido resuelto, una pregunta a la que ella no había contestado.
Pero, ¿qué problema? ¿Qué...?
—Cuarenta...
Ruth cruzó corriendo el pasillo y se dirigió a la torre de control. El centinela dio un paso adelante, la reconoció y le dejó el camino libre.
—Treinta y nueve..., treinta y ocho..., treinta y siete...
Ruth se detuvo ante la puerta de la torre de control y trató de pensar, pensar descubrir cuál era el fallo. ¿Cómo podía decírselo a ellos? ¿Cómo podía convencerles? Ella lo sabía, pero ellos querrían saber el qué, por qué...
En un momento semejante no se cambian los planes sin más ni más.
Pero si lanzaban el cohete antes que ella recordara el problema, y luego encontraba una respuesta, sería tanto como haber asesinado a Jock. No podrían construir otro cohete con la necesaria rapidez si éste fallaba.
Empujó la puerta.
—¡Alto! —dijo—. Tienen que aplazar el lanzamiento. Hay algo...
Tim O’Heyer se acercó a ella, la tomó del brazo, sonrió y le habló, tratando de tranquilizarla.
—Diecinueve...
Ruth continuó tratando de explicarse, y Tim continuó tranquilizándola, y cuando ella quiso apartarse se dio cuenta que la mano que tomaba su brazo no estaba allí de un modo amistoso, sino para sujetarla, para impedir que buscara alguna complicación. El...
¡Oh! ¡Si hubiera algún medio de hacerles comprender! Si pudiera recordar lo que estaba equivocado...
—Tres..., dos... Era inútil.
Dejó de luchar, respirando penosamente, permaneció inmóvil y vio la aprobadora sonrisa de Tim mientras la palabra y el intenso resplandor surgían a la vez:
—¡Cero!
Entonces, mortalmente pálida, Ruth miró a su alrededor y vio a Sue.
—¿Dónde está Toby? —preguntó.
Estaba tratando de localizar a su suegra en alguno de los asientos reservados, cuándo oyó el grito de la multitud, alzó la mirada y vio lo que sucedía.
VII
El defectuoso despegue no produjo ningún daño en el interior del cohete. La causa del fracaso se hizo evidente en cuanto descubrieron el cadáver de Toby Kruger empotrado entre el casco exterior de la tercera plataforma y el casco interior de la segunda.
Los titulares de los periódicos no fueron tan sensacionalistas como podía haberse esperado. Tal vez los periodistas se sintieron impresionados por el fatigoso y dolorido rostro de Ruth Kruger, tal vez se dejaron convencer por la reserva de whisky irlandés que Tim O’Heyer guardaba para casos de emergencia. Toda Norteamérica no pudo asistir al entierro, pero un centenar de miles de ciudadanos llenaron las calles cuando el niño fue enterrado. Otros ciento ochenta millones vieron las ceremonias en sus aparatos de televisión.
Ninguna de las personas que oyeron las palabras pronunciadas sobre la tumba recién abierta, unas palabras sencillas y poéticas que la trémula voz de O’Heyer hizo más emotivas, ninguna de aquellas personas permaneció insensible a ellas. Dónde, o cuándo, o con quién empezó el movimiento es algo que se ignora todavía; probablemente empezó espontáneamente en un millar de hogares distintos durante la breve ceremonia; tal vez Tim O’Hayer tuvo algo que ver con ello también. Lo cierto es que el dinero empezó a afluir, por telégrafo, veinte minutos después del entierro del pequeño Toby; y al final de aquella semana la operación Recuperación Jock Kruger había adquirido proporciones gigantescas.
El KIM-IX quedó terminado en un mes. Esta vez no contaron con los servicios de Ruth Kruger, pero no la necesitaban: Los planos del KIM-VIII seguían siendo válidos. O’Heyer se las arregló para que la noticia de la muerte de Ruth fuese relegada a las páginas interiores de la mayor parte de los periódicos, y el entierro no fue televisado.
Posteriormente consiguieron devolver a la tierra el cadáver de Jock Kruger, todo piel y huesos, pero perfectamente conservado, para que descansara junto a las tumbas de su esposa y de su hijo. Había sido un buen piloto y un hombre de talento. La Luna no había podido matarle: Murió de hambre.
La casa de los Kruger, con el jardín donde se encuentran las tres tumbas, se ha convertido en un lugar de peregrinación internacional.
Ahora hablan de hacer una peregrinación interplanetaria al solitario cohete que descansa en el lado invisible de la Luna.
FIN
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