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2024/05/13

Helen O'Loy (Lester del Rey)


Título original: Helen O'Loy
Año: 1938
Distinciones: Incluida en la antología El Salón de la Fama de la ciencia ficción, Volumen Uno, 1929-1964.


Ahora soy un hombre viejo, pero aún recuerdo el día en que vi a Helen por primera vez cuando Dave la desembaló de su caja plástica, y aún puedo oír su contenida exclamación de asombro mientras la miraba.
-¡Caramba! ¿No te parece una verdadera belleza?
Desde luego era muy hermosa, un sueño convertido en realidad hecha de plástico y metal, algo que Keats podía haber vislumbrado vagamente cuando escribió su famoso soneto. Si Elena de Troya fue algo parecido, los griegos sin duda fueron un poco remisos cuando sólo enviaron mil naves a buscarla; por lo menos esto es lo que dije a Dave.
-¿Elena de Troya? -Contempló un momento su etiqueta de fabricación-. Por lo menos es un nombre mucho más bonito que el número que le dieron en la fábrica... K.W.288… ¡Hum! La llamaremos Elena de Acero.
-No me parece un nombre muy romántico, Dave. Es algo demasiado frío. ¿Qué te parece Helen O'Loy?
-De acuerdo. Se llamará Helen O'Loy, Phil.
Y así es como empezó; una parte de belleza, una parte de fantasía, una parte de ciencia, añadir un programa de estereovisión, agítese mecánicamente, y el resultado es el caos.
Dave y yo no fuimos juntos a la Universidad, pero cuando yo llegué a Messina para practicar la Medicina, lo encontré en el taller de una pequeña tienda de reparaciones para robots. Empezamos a trabar amistad, y cuando yo empecé a salir con frecuencia con una muchacha que tenía una hermana melliza, Dave encontró igualmente atractiva a la otra hermana, de modo que pronto salimos los cuatro juntos.
Cuando nuestros negocios marcharon mejor, alquilamos una casa cerca del puerto espacial, un lugar un poco ruidoso pero barato, ya que las naves espaciales desanimaban a los que querían construir viviendas por allí. A nosotros nos gustaba tener bastante sitio para estirar las piernas. Creo que si no nos hubiésemos peleado, habríamos llegado a casarnos con las dos hermanas mellizas. Pero Dave deseaba ir a contemplar el último modelo de nave cohete con destino a Venus, cuando su melliza quería ir a ver una película que proyectaban por estereovisión y cuyo protagonista era un tipo llamado Larry Ainslee, y los dos novios eran muy obstinados. 
Desde aquel día no pensamos más en chicas, y pasamos las tardes en casa. No fue hasta que Lena nos puso vainilla en un bistec en vez de sal, cuando empezamos a discutir el tema de las emociones y sus efectos en los robots. Mientras Dave desarmaba a Lena pieza por pieza para encontrar la avería, comenzamos a hablar del futuro de los seres mecánicos. Él mantenía que los robots serían superiores a los hombres algún día, mientras que yo defendía una opinión contraria.
-Mira, Dave -argumenté-, ya sabes que Lena realmente no puede pensar, quiero decir pensar por sí misma. Cuando estos alambres hicieron contacto, pudo haberse corregido ella misma. Pero no quiso preocuparse; simplemente siguió el impulso mecánico. Un hombre pudo haber alcanzado la vainilla, pero cuando la tuviera en su mano se hubiese detenido. Lena posee sentido común, pero no tiene emociones ni conciencia de su propia personalidad.
-Desde luego, éste es el gran problema con que se encuentran los robots en nuestros días. Pero adelantarán más y más, y desarrollarán emociones mecánicas o algo parecido -Volvió a atornillar la cabeza de Lena y abrió de nuevo el contacto de su pequeño motor-. Vuelve a trabajar, Lena; son las siete de la tarde.
Aunque me especialicé en endocrinología y ciencias afines, no soy exactamente un psicólogo, pero comprendo el funcionamiento de las glándulas, secreciones, hormonas y otros varios órganos que son las causas físicas de las emociones. La ciencia médica necesitó trescientos años para encontrar cómo y por qué funcionaban, y no podían pensar que los hombres llegasen a duplicarlas mecánicamente en mucho menos tiempo.
Me llevé a casa muchos libros y revistas científicas para demostrarlo, pero Dave me mencionó la invención de las bobinas mnemónicas y de los ojos hipersensibles para demostrar que todo era posible en el campo de los robots. Durante todo aquel año intercambiamos sabiduría, hasta que Dave supo de memoria toda la teoría de la endocrinología, mientras que yo podía desarmar y volver a montar a Lena con los ojos vendados. Mientras más hablábamos, más  disminuía  mi seguridad sobre lo imposible de llegar a realizar el tipo perfecto de homo mechanensis.
¡Pobre Lena! Su cuerpo de cuproberilo pasaba la mitad del tiempo desparramado en el suelo, desmontado pieza a pieza. Nuestros primeros intentos no tuvieron otro éxito sino conseguir que nos sirviera hierba frita para el desayuno y que lavase  los platos con aceite de motor. Por fin un día consiguió prepararnos una cena perfecta con tres lámparas fundidas y Dave se sintió extasiado.
Trabajó en ella toda la noche colocándole una nueva instalación, le puso dos bobinas  nuevas y le enseño un  nuevo vocabulario. A pesar de todo, al día siguiente Lena se irritó con nosotros y nos maldijo vigorosamente cuando le indicamos que no estaba haciendo bien su trabajo.
-¡Es mentira! -gritó, agitando una escoba-. Ustedes son unos mentirosos. Si me dejasen tranquila el tiempo suficiente, quizá podría arreglar algo este sucio lugar.
Cuando conseguimos calmarla y que volviera a su trabajo, Dave me indicó con un gesto que le siguiera al estudio.
-No debemos arriesgarnos con Lena -explicó-. Tendremos que sacar esas glándulas adrenales y volverla a la normalidad. Para nuestro trabajo necesitamos un robot mejor. Los robots domésticos no son lo bastante complejos.
-¿Qué te parecen los nuevos modelos Super de Luxe de Dillard? Creo que tienen todos los adelantos necesarios.
-Exactamente. De todas maneras, necesitaremos un modelo especial, construido según nuestras especificaciones, provisto de un panel completo de bobinas mnemónicas. Y en consideración a nuestra buena Lena, será mejor que pidamos un robot femenino.
El resultado de nuestro plan, desde  luego, fue Helen. La fábrica Dillard había realizado un verdadero milagro, e incluido los últimos adelantos técnicos en una envoltura de plástico con figura de mujer. Inclusive el rostro de plástico y ruberita era  lo bastante flexible para expresar emociones, poseía glándulas lagrimales y papilas sensoriales, dispuestas para simular todas las acciones humanas, desde la respiración hasta el pelearse y arrancar el pelo a otra muchacha. La factura que nos enviaron junto con ella era también algo milagroso, pero Dave y yo  conseguimos reunir el dinero, aunque tuvimos que vender a Lena a una casa de reparaciones,  y después de aquello nos vimos obligados a  cenar una  temporada en un restaurante barato.
He realizado muchas operaciones delicadas sobre tejidos vivos, y algunas han sido verdaderamente difíciles, pero a pesar de todo me sentí como un estudiante de tercer año de Medicina en el momento en que abrimos la placa frontal de su torso y empezamos a cortar los hilos de sus "nervios". Las glándulas mecánicas de Dave estaban ya preparadas; unos pequeños paquetes de tubos electrónicos y una maraña de alambres que servían para influir los impulsos eléctricos de su cerebro mecánico y deformarlos exactamente igual como la adrenalina deforma las reacciones de la mente humana.
Aquella noche, en vez  de  marcharnos  a  dormir, estudiamos una y otra vez los esquemas y diagramas de sus estructuras nerviosas, siguiendo los laberintos sensoriales de sus impulsos eléctricos,  cortando hilos e injertando las heteronas, como las llamaba Dave. Y mientras trabajábamos,  una cinta magnética iba implantando cuidadosamente los recuerdos e instrucciones que le darían la conciencia y emoción propia de un ser humano. Dave era un técnico en robots que no dejaba nada al azar.
Alboreaba el día cuando terminamos, exhaustos y satisfechos. Todo lo que quedaba por hacer era conectar la energía  eléctrica; igual que todos los robots Dillard, estaba provisto de un diminuto atomotor en lugar de baterías, y una vez conectada la energía no sería necesario que nos preocupásemos más de ello.


Pero Dave no quiso poner en marcha su complicada organización.
-Debemos esperar hasta que hayamos dormido y descansado -indicó-.  Me siento tan deseoso de iniciar las pruebas como tú, pero no haremos nada de provecho con nuestros cerebros tan agotados. Vámonos a dormir y volveremos con Helen cuando despertemos.
Aunque los dos nos sentíamos deseosos de seguir trabajando, nos dimos cuenta que la idea era buena. Nos fuimos a la cama y el sueño se apoderó de nosotros antes  de  que  el  aparato acondicionador  de  aire redujera la temperatura a la adecuada para el descanso. Me desperté cuando Dave me agitó vigorosamente por un hombro.
-¡Eh, Phil! ¡Despiértate de una vez!
Gruñí medio dormido, di media vuelta en la cama y abrí los ojos.
-¿Qué pasa? ¡Ah! ¿Qué sucede? ¿Es que Helen...?
-No, se trata de la señora Van Styler. Ha llamado por el fonovisor para decir que su hijo se ha enamorado de una muchacha del servicio, y quiere que vayas a darle hormonas neutralizadoras. Se encuentran ahora en su casa de  campo  de  Maine.
¡Caramba con la señora Van Styler! Sin  embargo, no podía permitirme el lujo de rechazar su invitación, especialmente  ahora  que Helen había agotado mi cuenta corriente. Sin embargo, no era un trabajo que me gustara mucho.
-¡Hormonas neutralizadoras! Eso me llevará  por lo menos dos semanas. Y además, yo no soy médico de sociedad, que hace experimentos con glándulas para que esos tontos se sientan felices. Mi trabajo consiste en preocuparme de casos más serios.
-Y además estás lleno  de deseos de  estudiar el comportamiento de Helen -Dave sonreía, pero su expresión era elocuente-. He dicho a la señora Van Styler que ese trabajo le costará cincuenta mil dólares.
-¿Cómo?
-Y me respondió que conforme, si ibas allí a toda prisa.
Desde luego, sólo me quedaba una cosa por hacer, aunque de buena gana hubiese retorcido el cuello de la señora Van Styler. Aquello no habría sucedido si ella quisiera usar robots como hacía todo el mundo... pero  siempre quería mostrarse distinta de los demás.
Por lo  tanto, mientras Dave se quedaba en  casa entreteniéndose con Helen, yo me retorcía el cerebro para conseguir que Archy van Styler se tragase mis píldoras de hormonas neutralizadoras y dándole  la misma  dosis  a la sirvienta. Oh, desde luego aquello no era estrictamente legal, pero la pobre chica estaba perdidamente enamorada de Archy. Dave podría haberme escrito, pensé con amargura, pero no se dignó enviarme ni una palabra.
Habían pasado tres semanas en vez de las dos que yo calculaba, cuando por fin pude informar a la señora van Styler que Archy estaba "curado" y recibir a cambio un  hermoso  cheque.  Con aquel dinero en  el  bolsillo, alquilé un cohete privado y volví a Messina en cosa de media hora. No perdí tiempo en dirigirme a nuestra casa.
En el momento que puse los pies en el vestíbulo, oí el ruido de pasos ligeros y una voz anhelante que llamaba:
-¿Eres tú, Dave, querido?
Por un minuto no supe qué contestar y la voz se oyó de nuevo suplicante:
-¿Dave, eres tú?
Yo no sabía en realidad lo que esperar, pero lo cierto es que nunca esperé que Helen me recibiera en aquella forma, deteniéndose mientras me contemplaba, algo asombrada, con una desilusión evidente en su rostro, mientras sus pequeñas y bien formadas manos se dirigían temblorosas hacia su garganta.
-¡Oh! -gimió-. Pensé que era Dave. Casi nunca viene a casa a comer en estos últimos días, pero he tenido la cena esperando hace horas.
Dejó caer los brazos con un gesto de desaliento y se esforzó en sonreír.
-¿Tú eres Phil, no es cierto? Dave me habló de ti cuando... en los primeros días. Estoy muy contenta de verte, Phil.
-Yo también estoy satisfecho de verte Helen.
¿Qué será lo que uno puede decir cuando se encuentra por primera vez con un robot?
-¿Creo que has dicho algo de cenar? -continué.
-¡Oh, claro! Creo que Dave habrá cenada en la ciudad otra vez, de manera que lo mejor será que lo hagamos nosotros. Será muy agradable el tener alguien con quien poder hablar, Phil. No te importa que te llame Phil, ¿verdad? Verás, tú eres una especie de padrino para mí.
Los dos comimos. Yo no había esperado que ella lo hiciera, pero aparentemente Helen consideraba el comer algo tan normal como el andar. A pesar de todo, comió muy poco; la mayor parte del tiempo lo pasó lanzando miradas de pena en dirección a la puerta.
Dave llegó cuando estábamos terminando de comer, con un gesto de mal humor que se notaba a una milla de distancia. Helen empezó a levantarse, pero él no se reunió con nosotros, sino que se dirigió en derechura hacia las escaleras, lanzándome un saludo por encima del hombro.
-Hola Phil. Te veré en mi cuarto más tarde.
No había duda de algo completamente fuera de lo corriente en su modo de comportarse. Por un instante pensé que me equivocaba, pero cuando me volví hacia Helen vi que sus ojos estaban llenos de lágrimas. Ella ahogó un sollozo, y se dedicó con energía a su plato, sin levantar la mirada.
-¿Qué es lo que le sucede a Dave... y a ti? -pregunté.
-No me quiere. 
Ella apartó el plato y se puso en pie rápidamente. 
-Será mejor que vayas a hablar con él mientras yo limpio la mesa. Y no hay nada de anormal en mi conducta.  Todo  lo  que  pasa  no  es  por  culpa mía. 
Helen recogió los platos y se refugió en la cocina; casi pude jurar que estaba llorando.
Es posible que todo pensamiento no sea más que una serie de reflejos condicionados, pero era obvio que Helen había tenido una gran cantidad de tales reflejos mientras estuve ausente. Ni siquiera en sus peores días, Lena hizo nada parecido a eso. Sin saber que pensar, me dirigí hacia el cuarto de Dave para ver si éste conseguía aclararme aquel embrollo.


Dave estaba echando soda en un gran vaso de whisky,  y pude  notar que la botella estaba casi vacía.
-¿Quieres beber algo? -preguntó.
Me pareció una buena idea para iniciar nuestra conversación. El rugiente zumbido de un cohete iónico que pasó por encima de la casa era lo único vagamente familiar que encontraba en nuestra casa. Por el aspecto de los ojos inyectados  en sangre de  Dave, aquella no era la primera  botella que vació mientras estuve fuera, y aún le quedaban unas cuantas. Sacó otra botella de debajo de la mesa para servirme un vaso de licor.
-Desde luego, no es nada que me importe, Dave, pero esa bebida no te tranquilizará.  ¿Qué  es  lo que ha pasado entre tú y Helen? ¿Es que han visto fantasmas?
Helen estaba equivocada; Dave no había cenado en la ciudad... ni en ningún otro lugar. Se dejó caer en una silla con un gesto que revelaba su cansancio y nerviosismo, pero, principalmente, el hambre.
-Te has dado cuenta de ello, eh?
-¿Qué si me he dado cuenta? Los dos hicieron una escena que hasta un ciego pudo ver.
-¡Hum! -hizo un gesto para apartar una mosca inexistente, y se dejó hundir en el sillón neumático. -Quizás debí esperar a que volvieras antes de poner en marcha a Helen. Pero si aquel programa de estereovisión no lo hubiese cambiado... En fin, tenía que suceder. Y además esos románticos libros tuyos terminaron de estropearlo todo.
-Ah, muchas gracias. Creo que con esto se explica todo.
-Oye, Phil. Ya sabes que tengo una casa en el campo, un rancho agrícola. Mi padre me lo dejó en herencia. Estoy pensando ir a echarle un vistazo.
Y así continuó nuestra conversación. Pero al fin, gracias a unos cuantos vasos más de whisky, y a insistir pacientemente, pude hacer que me contase parte de la historia, antes de darle una pastilla de Amytal y meterlo en la cama. Luego me fui en busca de Helen y le arranqué el resto de lo ocurrido, hasta que por fin tuve una idea clara de lo que pasó entre los dos.
Aparentemente, en cuanto me hube marchado, Dave le conectó el atomotor, y empezó con las pruebas preliminares, que resultaron enteramente satisfactorias. Helen había reaccionado en forma espléndida, tan naturalmente, que  Dave decidió dejarla sola en la casa y marcharse a trabajar como de  costumbre. Naturalmente, con todas sus emociones vírgenes, Helen estaba llena de curiosidad y quería que se quedase aquel día en la casa. Entonces él tuvo una genial idea. Después de enseñarle cuáles eran sus deberes caseros, la hizo sentar enfrente al estereovisor, lo conectó con un programa de noticia y le dijo que ocupase el tiempo observando la pantalla. Las  noticias la interesaron mucho hasta que el programa terminó, y entonces la estación  empezó  con  un serial que tenía como protagonista a Larry Ainlee, el mismo hermoso y romántico artista que había causado todo el lío con las dos mellizas. Por pura casualidad, se parecía algo a Dave. 
Helen se sumergió en  el  serial, como  una  foca puede lanzarse al agua. Aquel drama y aventuras románticas, constituían una perfecta válvula de escape para sus nuevas y supersensibles sensaciones. Cuando aquel episodio radiado terminó, ella halló otra historia romántica en  una estación distinta, y continuó con su educación. Luego, los programas de la tarde se compusieron principalmente de noticias y música, pero ella había encontrado mis  libros;  y  es  sabido que mis gustos son hacia la literatura romántica. 
Dave regresó a casa sintiéndose satisfecho. El recibidor y el comedor estaban primorosamente arreglados, y en el aire había un perfume de comida que Dave no había experimentado por mucho tiempo. Empezó a tener visiones de Helen como una ama de casa supereficiente. Por ello se quedó estupefacto cuando sintió dos  fuertes brazos alrededor de su cuello y una voz temblorosa que desde atrás murmuraba en su oído:
-Oh, Dave, querido, te hallé tanto a faltar, y estoy tan contenta que hayas vuelto...
Las maneras de Helen quizá no eran muy elegantes, pero estaban llenas de entusiasmo, como él pudo darse cuenta cuando trató de impedirle que lo besara con pasión. Helen había aprendido de prisa y completamente... y además recibía energía de un atomotor.
Dave no era ningún mojigato, pero recordaba con claridad que ella no era  otra cosa que  un  robot, después de todo. El  hecho de que ella sintiera, actuara y pareciese una hermosa diosa en sus brazos, no causaba gran diferencia a los ojos de él. Gracias a un considerable esfuerzo, consiguió apartarla y hacer que sirviese la cena,  que  quiso que  comieran  juntos  para ver  si  así  distraía su mente de los recién adquiridos pensamientos. Después de cenar, Dave la llevó al estudio y le recitó un sermón sobre la locura de sus intenciones. El sermón debió ser muy bueno, porque duró tres horas completas,  tocó a fondo el tema de su condición mecánica, las tonterías de que estaban llenos los programas de estereovisión, y otros muchos asuntos varios. Cuando terminó, Helen levantó unos ojos llenos de lágrimas y dijo con voz débil:
-Lo comprendo perfectamente, Dave, pero a pesar de todo te amo.
A partir de ese momento, Dave empezó a beber. Cada día las cosas se pusieron peor. Si él se quedaba en la ciudad, la encontraba llorando cuando regresaba  a  casa.  Si  volvía  a  la  hora acostumbrada, ella lo llenaba de atenciones y aprovechaba todas las ocasiones para echarle los brazos al cuello. En su habitación, con la puerta cerrada con llave, podía oír cómo ella caminaba incesantemente arriba y abajo del comedor hablando en voz baja, y si él descendía las escaleras para reunirse con ella, Helen no hacía más que lanzarle miradas de reproche, hasta que Dave debía batirse en retirada a su cuarto.
A la mañana siguiente envié a Helen a hacer unas compras que no necesitaba, y desperté a Dave. Con ella ausente de la casa, hice que se comiera un desayuno decente y le di un tónico para los nervios. Estaba todavía nervioso y distraído.
-Tienes que escucharme, Dave -empecé-. Después de todo, Helen no es humana. ¿Por qué no cortamos la energía y cambiamos unas cuantas bobinas mnemotécnicas? Luego podremos convencerla de que nunca estuvo enamorada de ti y que no le es posible hacerlo.
-¡No lo intentes siquiera! Ya tuve  esa idea, pero ella empezó con unos gritos y lamentos capaces de despertar a los muertos. Me  dijo que  aquello era  igual  que un asesinato... Lo peor de todo es que no puedo dejar de sentir que tiene razón. Es posible que ella no sea humana, pero nadie lo diría cuando adopta ese aire de mártir y te dice que puedes seguir adelante hasta matarla.
-Sin embargo, no recuerdo que colocásemos ningún sustituto para las secreciones hormonales presentes durante el periodo amoroso.
-Ya no sé que es lo que le pusimos. Quizá las heteronas han perdido el control o algo parecido. De todos modos, ella está tan convencida de su amor por mí, que sería necesario cambiarle completamente toda la instalación emocional.
-Bien. ¿Por qué no lo hacemos?
-Haz lo que quieras. Tú eres el cirujano de esta familia. Yo no estoy acostumbrado a trabajar con emociones. En realidad, desde que ella  empezó a sentirse de ese modo, creo que odio trabajar en cualquier otro robot. Mi negocio va camino de la quiebra.
En aquel momento, Dave vio a Helen que regresaba atravesando el jardín de nuestra casa y salió disparado por la puerta trasera en busca del tren monocarril que lo  llevaría a  la  ciudad. Yo tenía la intención de volverlo a meter en la cama, pero lo dejé marchar. Quizá se encontraría mejor en el taller que en casa.
-¿Se ha marchado?
Es cierto que Helen podía adoptar un aire de mártir.
-Sí. Conseguí que comiese algo, y se marchó a trabajar.
-Estoy contenta de que haya comido.


Ella se dejó caer en una silla como si  estuviese exhausta, aunque yo sabía que jamás sentía cansancio.
-¿Phil?
-Bien. ¿Qué quieres?
-¿Crees que yo no le convengo? Quiero decir si piensas que él sería más feliz si yo desapareciese.
-Dave se volverá loco si sigues con tu actitud hacia él.
Ella se estremeció. Sus pequeñas manos se retorcían con un gesto de súplica, y por un instante me sentí un bruto inhumano. Pero había empezado y continué:
-Creo que aunque desconectase la energía de tu atomotor y cambiase tus bobinas mnemónicas, probablemente Dave aún se sentiría perseguido por ti.
-Lo sé. Pero no puedo  remediarlo. Y estoy segura que  sería  una  buena  esposa para él, Phil.
Tragué saliva; aquello iba demasiado lejos.
-Y sin duda también le darías un par de robustos chicos, supongo. Un hombre quiere carne y hueso, no goma y metal.
-No digas eso, por favor. Nunca pude  pensar en mí  de  ese  modo. Siempre he creído que soy una mujer como las otras. Ya sabes cuan perfectamente estoy hecha para imitar a una mujer real en todos los aspectos. No puedo darle hijos, pero haré todo lo posible para ser una buena esposa para él.
Me declaré vencido.
Dave no volvió a casa aquella noche, ni al día siguiente. Helen no cesaba de agitarse y protestar,  pidiéndome sin  cesar  que llamase a los hospitales  y  a  la policía,  pero yo sabía que nada le había sucedido. Siempre llevaba su tarjeta de identificación encima. De todos modos cuando no  volvió a casa en el tercer día, empecé a preocuparme. Y cuando Helen decidió irse a buscarlo a su taller, pensé que lo mejor sería acompañarla. 
Dave se encontraba allí, con otro hombre a quien yo no conocía. Dejé a Helen en el coche, donde él no podía verla pero donde ella sí podía escuchar, y entré tan pronto como el otro individuo salió del local.
Dave tenía mejor aspecto y pareció contento al verme.
-Hola, Phil. Estaba a punto de cerrar. Vamos a comer alguna cosa al restaurante.
Helen no pudo contenerse por más tiempo y entró en el taller.
-Vuelve a casa, Dave. Tengo pollo asado relleno, y ya sabes que te gusta mucho.
-Oh, márchate -dijo dave. 
Ella retrocedió un paso como si la hubieran golpeado, y dio media  vuelta  para irse. 
-Oh, por mil diablos, quédate. Tal vez será mejor que también escuches lo que voy a  decirle a Phil. Ese hombre que viste salir ha comprado mi negocio, y me marcho al viejo rancho de que te hablé. No puedo aguantar más o los robots.
-Te morirás de hambre en esa granja -le dije.
-No; existe una demanda creciente para los frutos naturales, que han sido cultivados en el campo. La gente está cansada de comer esas verduras hidropónicas. Mi padre consiguió siempre ganarse la vida con su rancho. Me marcharé tan pronto lleguemos a casa y prepare la maleta.
Helen se agarró con desesperación a esta idea:
-Yo arreglaré tus cosas, Dave. Mientras, tú puedes comer. Tengo tarta de manzana como postre.
El mundo se derrumbaba a su alrededor, pero aún recordaba cuánto le gustaba e él la tarta de manzana. 
Helen era una estupenda cocinera, en realidad era un genio, con todas las buenas cualidades de una mujer y de un robot a la vez. Dave comió con buen apetito, una vez nos sentamos a la mesa. Cuando terminó la cena, se había ablandado lo suficiente para admitir que le había gustado el pollo y la tarta y darle las gracias por preparar su maleta. Hasta llegó a permitirle que le diese un beso de despedida, aunque firmemente prohibió que le acompañase al aeropuerto.
Helen trataba de mantenerse serena cuando regresé, y los dos tuvimos una anodina conversación respecto a los sirvientes de la señora Van Styler. Luego las pausas se hicieron más  largas,  y  ella  se quedó sentada  al lado de la ventana mirando hacia la noche con  los ojos llenos de lágrimas. Hasta el programa de estereovisión no ofrecía ningún interés para ella, y me sentí contento cuando se despidió para retirarse a su cuarto. Le era posible desconectar su atomotor para simular el sueño cuando quería.
A medida que pasaban los días, llegué a comprender por qué ella no podía imaginarse como un robot. Yo mismo empecé a pensar en ella como si fuese una muchacha normal y una excelente compañera. Excepto por los raros intervalos cuando se marchaba a su cuarto huyendo de mi compañía, o cuando se iba en repetidas ocasiones a la oficina de correos en busca de una carta que nunca llegó, Helen constituía la perfecta ama de casa. Inclusive nuestra finca adquirió un ambiente hogareño que nunca tuvo cuando estaba allí Lena.
Un día llevé a Helen para que viese las tiendas en Hudson y palmoteó encantada frente a las telas de sedas y lucita que entonces estaban de moda, se probó una interminable serie de sombreros, e hizo todas las cosas acostumbradas en una chica normal. Otro día fuimos a pescar, y demostró que era una excelente deportista manteniendo el silencio durante  la pesca  igual que un  hombre. Me divertí mucho  aquel día, y pensé que empezaba a olvidar a Dave. Pero al día siguiente llegué a casa sin anunciarme, y la encontré tendida en el sofá, llorando con la cabeza enterrada en un almohadón. En aquel mismo momento decidí llamar a Dave. La operadora pareció tener dificultades en localizarlo, y Helen se puso a mi lado mientras yo esperaba. Estaba tensa y nerviosa como una doncella que espera que se le declaren por primera vez. Finalmente consiguieron encontrar a Dave.
-¿Qué sucede, Phil? -me preguntó tan pronto como su rostro apareció en la pantalla-. Estaba preparando mis cosas para...
Le interrumpí:
-Las cosas no pueden continuar de este modo, Dave. Estoy decidido. Voy a cambiar las bobinas de Helen esta noche. No le dolerá más que el infierno que ahora está pasando.
Helen extendió una mano y la posó en mi hombro.
-Quizás sea lo mejor. No te doy la culpa por ello.
La voz de Dave la interrumpió:
-Phil, no sabes lo que dices.
-Naturalmente que lo sé. Todo habrá terminado cuando llegues aquí. Como has podido ver, ella está conforme.
El rostro de Dave se ennegreció.
-No lo consentiré, Phil. Ella me pertenece a medias, y lo prohíbo.
-Por todos los...
-Sigue, sigue, llámame lo que quieras. He cambiado de opinión. Estaba arreglando mis cosas para volver a casa cuando me llamaste.
Helen me apartó, con sus ojos fijos en la pantalla.
-Dave, ¿es que quieres...? ¿Vas a ...?
-He terminado por darme cuenta de que he sido un estúpido, Helen. Phil, llegaré a casa dentro de un par de horas, de modo que si sucede algo...
No tuvieron que decirme que me marchase de allí. Pero cuando atravesaba la puerta, pude aún escuchar como Helen murmuraba algo respecto a lo mucho que adoraba ser la esposa de un ranchero.
Bien, yo no estaba tan sorprendido por el desenlace como ellos lo pensaban. Creo que sabía lo que iba a ocurrir cuando llamé a Dave. No hay ningún hombre que se porte como Dave simplemente porque odia a una chica; sólo porque cree que es así... y, generalmente, está equivocado.


No hubo nunca una mujer que hiciese una novia más adorable o una esposa más completa. Helen nunca perdió su habilidad para la cocina y para arreglar la casa. Cuando ella se marchó, nuestra vieja casa me pareció vacía, y empecé a adquirir el  hábito  de  marchar  al  rancho  una  o  dos veces por semana. Creo que tuvieron sus problemas como todo el mundo, pero nunca lo demostraron, y estoy seguro de que los vecinos nunca sospecharon que fuesen otra cosa que un matrimonio normal.
Dave se hizo viejo y Helen no, desde  luego. Pero entre ella y yo, colocamos arrugas en su rostro y hebras de plata  en  su  cabello,  sin permitir que Dave se diese  cuenta de que Helen no envejecía al mismo tiempo que él; creo que se había olvidado de que ella no era humana.
Prácticamente yo también lo olvidé. No desperté a la realidad, hasta que recibí esta mañana una carta de Helen. Allí, con su hermosa escritura, ahora un poco temblorosa en algunos párrafos, estaba el suceso inevitable que ni Dave ni yo habíamos previsto.

"Querido Phil:
Como sabes, Dave ha tenido ataques al corazón desde hace varios años. Todos esperábamos que siguiera viviendo, pero  parece ser que ello no era posible. Acaba de morir en mis brazos antes de que naciese el nuevo día. Te envío sus saludos y su despedida.
Quiero pedirte un último favor. Hay sólo una cosa que yo pueda hacer cuando termine de escribir. El ácido destruirá el metal al mismo tiempo que la carne y yo moriré con Dave. Te ruego veas que los dos seamos enterrados juntos y que los médicos de la autopsia no descubran mi secreto. Dave también lo quería así.
Pobre y querido Phil. Sé que amabas a Dave como a un hermano y lo que sentías por mí. Te ruego que  no lamentes  mucho  nuestra marcha, porque hemos disfrutado una vida feliz, y los dos queremos cruzar este último puente juntos.
Recibe el amor y la gratitud de Helen".

Creo que era algo que debía ocurrir tarde o temprano, y la primera impresión se va ya debilitando. Partiré dentro de unos cuantos minutos para cumplir con las últimas instrucciones de Helen. 
Dave fue afortunado, y el mejor amigo que nunca tuve. Y Helen... Bien; como he dicho al principio, ahora soy un hombre viejo, y puedo ver las cosas con más calma; debí haberme casado y tener familia. Pero solamente existió una Helen.


FIN

2023/05/22

Circuito compasivo (John Wyndham)


Titulo original: Compassion circuit
Año: 1954


A los cinco días de su ingreso en el hospital, Janet cambió de parecer acerca de los robots domésticos. Necesitó dos para descubrir que la enfermera James lo era; uno para reponerse de la sorpresa, y otros dos para darse cuenta de lo cómodo que podía ser un sirviente robot.  
Aquel cambio fue un alivio. En todas las casas que había visitado tenían uno, que ocupaba el segundo o tercer lugar entre las cosas más apreciables de la familia; las mujeres lo valoraban un poco más que el automóvil y los hombres un poco menos. 
Desde hacía tiempo, Janet sabía que sus amistades la consideraban como una persona de pocos alcances o peor aún, porque se fatigaba en cuidar la casa, que cualquier robot mantendría limpia con cinco horas de trabajo al día. También sabía que a George le enojaba regresar del trabajo y encontrarse cada noche con una esposa reventada de cansancio por un trabajo inútil. Pero el prejuicio estaba firmemente arraigado. No era la intransigente actitud de quienes se negaban a que los sirviera un camarero robot, o a viajar en coches conducidos por chóferes robots (que, por cierto, eran más de fiar), o a que las atendiese un dependiente robot o asistir a un desfile de modelos con maniquíes también robots. Era, simplemente, que se sentía incómoda con ellos o al estar a solas con uno, y una profunda aversión a experimentar tal incomodidad en su propio hogar.


Ella lo atribuía, en gran parte, al espíritu conservador del hogar de sus padres, en el que nunca hubo robots domésticos. Otras personas, criadas en casas donde los empleaban, incluso los primitivos modelos de una generación atrás, no parecían compartir sus sentimientos. La hería que su esposo creyera que les temía de un modo pueril. No era éste el caso, según le había explicado varias veces a George, ni tampoco lo más importante. Lo que de veras la molestaba era que alguien se entremetiese en su vida particular y familiar, lo que un criado robot acabaría por hacer. 
La enfermera robot llamada James era, por tanto, el primero con quién había tenido contacto, personal e íntimo, y resultó como una revelación.
Habló al doctor de su descubrimiento, lo que a éste pareció satisfacerle mucho. Asimismo se lo dijo a George cuando fue a visitarla por la tarde, y éste se regocijó. Los dos hombres trataron del asunto antes de que el último se marchara. 
-¡Estupendo! -convino el doctor-. A decir verdad, temí que se nos hubiese presentado un caso de neurosis muy fuerte; la faena casera la ha agotado en el transcurso de unos pocos años. 
-Lo sé -respondió George-. Traté de persuadirla por todos los medios durante los dos primeros años de matrimonio; pero sólo me acarreó sinsabores, y tuve que desistir. Esto es realmente un triunfo; se sobresaltó bastante al averiguar que el motivo de su ingreso aquí se debía en parte a no tener un robot que le ayudase en casa. 
-Pero una cosa es cierta; no puede seguir como hasta ahora. Si lo intenta, deberá pasarse aquí un par de meses -dijo el doctor. 
-Después de esto, no querrá. Ha cambiado totalmente de parecer -aseguró George-. En parte se negaba por no haber encontrado un modelo realmente moderno, excepto de modo casual. El más moderno que tienen unos amigos nuestros es de hace diez años, por lo menos, y la mayor parte de los otros son todavía más viejos. Nunca pudo pensar en algo tan avanzado como la enfermera James. El asunto se reduce a cuál elegir. 
El doctor meditó un poco. 
-Francamente, señor Shand, creo que su esposa necesita mucho reposo y cuidados. Por ello, le aconsejaría elegir uno parecido al que tienen aquí. Ese modelo de enfermera James es bastante moderno; es un trabajo de alta precisión muy adelantado, con un original circuito de compasión y protección equilibrados; un trabajo muy ingenioso. Cualquier orden directa, que un robot corriente obedecería en seguida, es inmediatamente valorada por dicho circuito; mide el beneficio o perjuicio que pueda reportar al paciente, y no obedece si no es útil o inofensivo a éste. Ha dado sorprendentes resultados en la crianza y cuidado de niños; por eso están muy solicitados y resultan caros. 
-¿Cuánto? -preguntó George. 
El elevado precio que indicó el doctor le obligó a fruncir el entrecejo un instante. Luego, prosiguió:
-Esto supone un desembolso considerable; pero, al fin y al cabo, los ahorros de que disponemos son mayormente producto de lo economizado por Janet y de su vida austera. ¿Dónde adquirirlo? 
-No es tan fácil -contestó el doctor-. Deberé insistir un poco en la cuestión de preferencia, pero, dadas las circunstancias, lo conseguiré sin dificultades. Ahora, vaya y hable con su esposa acerca de los detalles exteriores y demás. Dígame cómo lo quiere ella, y pondré manos a la obra. 

-Uno idóneo -dijo Janet-; quiero decir, uno que tenga buen aspecto en casa. No podría acostumbrarme a una de esas cajas de plástico y palancas de mando que tienen mala traza y miran fijamente a través de sus lentes. Como se trata de quehaceres domésticos, elijámoslo con aspecto de doncella de servicio. 
-¿No prefieres un criado? 
Negó con la cabeza: 
-No; puesto que ha de cuidarme, prefiero una sirvienta, con vestido de seda negra y cofia y delantal blancos, de pelo rubio oscuro y de 1,67 metros de altura, que sea agraciada, pero no demasiado bella. No quiero tenerle celos. 

El doctor retuvo a Janet diez días más en el hospital mientras se arreglaba el asunto. Hubo suerte de que se cancelase un pedido, pero no pudo evitarse cierta demora para adaptarlo a los detalles exigidos por Janet; también requería que le acondicionasen la pseudomemoria para las faenas domésticas. 
La entregaron al día siguiente del alta de Janet. Dos robots estrictamente funcionales la cargaron a través del jardín y preguntaron si debían desembalarla. Janet no lo creyó conveniente, y les indicó que la dejasen en la puerta. 
A su regreso, George quiso abrirla en seguida; pero Janet negó con la cabeza. 
-Primero, cenaremos -decidió-. Un robot puede esperar. 
No obstante, cenaron con prontitud. Cuando hubieron terminado, George recogió la vajilla y la amontonó en el fregadero. 
-Ya no tenemos que fregar -comentó con satisfacción. 


George fue a casa del vecino y le pidió que le prestase su robot para ayudarle a entrar la caja. Pero, al encontrarse con que no podía levantar el extremo que le tocaba sostener, tuvo que pedir prestado el del vecino de enfrente. En seguida, los dos robots la cargaron, trasladándola hasta el suelo de la cocina, como si fuera un pluma, y se retiraron. 
George cogió un destornillador y sacó los seis largos tornillos que aseguraban la tapa. Dentro había un montón de virutas; las tiró al suelo. Janet protestó, y él repuso, contento: 
-¿Qué ocurre? Nosotros no vamos a recogerlas. 
Apareció una caja interior, hecha de pulpa de madera, y bajo cuya tapa había una alfombra de nívea guata. George la apartó y apareció tendido un robot con vestido negro y delantal blanco. Los dos lo contemplaron sin hablar, por espacio de unos segundos. 
Parecía verdaderamente vivo. Por alguna causa, Janet experimentó cierta repugnancia en creer que era su robot; cierta excitación y culpabilidad... 
-La bella durmiente -comentó George, mientras buscaba el libro de instrucciones en la pechera del vestido del robot. 
En verdad, no era una belleza. Se había tenido en cuenta la preferencia de Janet. Tenía un aspecto agradable y vistoso, sin ser llamativo; pero sus detalles eran adecuados. El intenso dorado de sus cabellos causaba envidia, no obstante saber que eran probablemente hilos de plástico con ondas que nunca se desharían. El cutis -otra forma de plástico que cubría el cuidadosamente construido perfil- se distinguía del verdadero sólo por su perfección. 
Janet se puso de rodillas junto a la caja y osó tocar con el índice aquella tez intachable. Estaba fría, muy fría. 
Se incorporó manteniendo la mirada fija en el robot. "No es más que una muñeca grande", se dijo. Un mecanismo; un admirable mecanismo de metal, plástico y circuitos electrónicos; pero tenía este aspecto tan sólo porque la gente, incluida Janet, lo encontrarían desagradable o grotesco si hubiera tenido cualquier otro. Y, sin embargo, verlo tal como era causaba cierto desconcierto. En primer lugar, había que hacerse la idea de que era "ella" y no "él", fuese o no del agrado de uno. Como tal tendría un nombre y así se parecería más a una persona. 
-"Un modelo accionado por una batería -leyó en alta voz George- que habrá de ser normalmente cambiada cada cuatro días. Otros modelos, no obstante, están diseñados de forma que conducen su propia reivindicación de los conductores principales como y cuando sea necesario". 
Y dijo: 
-Saquémoslo. 
Puso las manos debajo de las espaldas del robot e intentó levantarlo. 
-¡Vaya! Debe de pesar tres veces más que yo -exclamó, y volvió a intentarlo-: ¡Diablo! 
Tras esto, consultó nuevamente el libro, y leyó:
-"Los interruptores de mando están situados en la parte trasera, en el arranque de la cintura". Bueno; quizá podamos darle vuelta. 
Con un esfuerzo, logró poner de costado la figura y empezó a desabrocharle los botones de la espalda del vestido. 
De pronto, Janet lo consideró indecoroso, y dijo: 
-Lo haré yo. 
Su esposo la miró con curiosidad: 
-Está bien; es tuyo. 
-No es él sino ella. Le llamaré Hester. 
Janet le desabrochó los botones y palpó el interior del vestido. 
-No encuentro ni pulsadores ni nada -advirtió.  
-Al parecer, hay un pequeño cuadro que se abre -respondió él. 
-¡Eso no! -objetó ella, con un tono ligeramente disgustado. 
El hombre la volvió a mirar: 
-Querida, esto es un robot; un mecanismo. 
-Ya sé -repuso la mujer, al instante. 
Volvió a palpar; halló el cuadro, y lo abrió. 
-"Al pulsador de arriba hay que darle media vuelta a la derecha; luego, se cierra el cuadro de distribución para completar el circuito" -advirtió George, leyendo el libro de instrucciones. 
Janet lo hizo así y se incorporó prontamente mirando con atención. El robot se animó y mudó de postura. Se incorporó; se puso en pie, les contempló y, con aire de doncella de teatro, dijo: 
-Buenos días, señora; buenos días, señor. Me complace estar al servicio de ustedes. 

-Muchas gracias, Hester -dijo Janet, mientras se recostaba en el cojín del asiento. No es que fuese necesario dar las gracias a un robot; pero entendía que si no se practicaba la cortesía con los robots, pronto se dejaría de hacerlo con las personas. 


Sin embargo, Hester no era un robot común. Ya que ni siquiera vestía como una doncella. En cuatro meses, se había convertido en una infatigable y solícita amiga. Al principio, Janet no podía creer que se tratase simplemente de un mecanismo, y conforme pasaban los días, la fue aceptando como a una persona. El hecho de que consumiese electricidad en vez de alimentos, llegó a parecerle una simple debilidad. Que en cierta ocasión estuviera andando en forma de círculo sin poderse detener y que en otra se le alterase la vista, de modo que hacía las cosas un pie más, a la derecha de donde debía hacerlas, eran achaques que cualquiera puede tener, y el mecánico de robots que vino a repararla se comportó como un médico. Hester no era sólo una persona; era una acompañante preferible a muchas personas. 
-Sospecho -dijo Janet, recostándose en su asiento- que me consideras un ser lastimoso y débil, ¿no es así? 
Lo que no podía esperarse de Hester era la mentira. 
-Sí -contestó con toda claridad. Luego, agregó-: Considero que todos los mortales son seres lastimosos y débiles. Esto se debe a su constitución. Hay que compadecerse de ellos. 
Hacía tiempo que Janet había renunciado a reflexiones, como "Esto debe ser el circuito compasivo que habla", o a imaginar la computación, selección, asociación y exclusión que se producía para obtener tal respuesta. La aceptó como si se tratase, por ejemplo, de un extranjero. Dijo: 
-Supongo que debemos serlo si se nos compara con los robots. Ustedes son fuertes e infatigables, Hester. Si supieras cómo te envidio... 
Hester respondió con sencillez: 
-Nosotros fuimos diseñados y ustedes son accidentales; esto es una desgracia, no un defecto. 
-¿Prefieres ser tú a ser yo? -inquirió Janet. 
-Naturalmente. Nosotros somos más fuertes; no tenemos necesidad del sueño para recuperar fuerzas, ni llevamos en nuestro interior un inestable laboratorio químico, ni envejecemos ni nos desmejoramos. Los mortales son tan débiles y tan torpes y enferman con tanta frecuencia; siempre hay algo que no funciona debidamente. En cambio, si a nosotros se nos estropea o quiebra algo, no duele y se sustituye fácilmente. Ustedes tienen toda suerte de palabras, como dolor, sufrimiento, desdicha y fatiga, que hemos aprendido para comprenderles, pero que para nosotros no tienen significado alguno. Me entristece que padezcan esos inconvenientes y que sean tan endebles e irresolutos. Eso altera mi circuito compasivo. 
-Endebles e irresolutos -repitió Janet-. En efecto, eso es lo que experimento. 
-Los humanos están condenados a vivir de modo tan precario... -prosiguió Hester-. Cuando se me quiebra un brazo o una pierna, me ponen otro nuevo a los pocos minutos; si esto le ocurre a un ser humano, tiene que sufrir un tiempo considerable, al cabo del cual no le ponen uno nuevo; en el mejor de los casos, tendrá uno muy defectuoso. En esto sí han progresado, pues al diseñarnos aprendieron a fabricar buenos brazos y piernas, mucho más sólidos que los comunes. La gente haría bien, si pudiese, en sustituir un miembro inválido por otro útil; sin embargo, no parece desearlo cuando tiene posibilidad de conservar el viejo. 
-¿Quiere decir esto que son injertables? -inquirió Janet-. No lo sabía. Quisiera no tener más problema que los brazos y las piernas inútiles. No creo que yo titubease... -suspiró-. Hester, el doctor no parecía muy animado esta mañana. ¿Oíste lo que dijo? He perdido fuerzas, por lo que necesito más reposo. Dudo que espere que me reponga. Lo dijo sólo para animarme antes de... Después de haberme reconocido, parecía muy extraño. Me aconsejó únicamente mucho reposo. ¿De qué sirve vivir si sólo se puede descansar, descansar y descansar? Y pensar en el pobre George. Qué vida lleva, y es tan paciente y cariñoso conmigo... Prefiero cualquier cosa antes que continuar así. Preferiría morir... 
Janet siguió hablando más para sí misma que para la paciente Hester, que estaba de pie a su lado. Tenía los ojos llorosos. A poco, levantó la mirada: 
-¡Ay, Hester! Si fueras un ser humano, no podría soportarte; me parece que te odiaría por tu fortaleza y paciencia; pero no puedo hacerlo, Hester. Eres amable y atenta, mientras yo no hago más que tonterías. Imagino que incluso llorarías conmigo, en caso que pudieses hacerlo. 
-Lo haría si pudiera -respondió el robot, y agregó-: Mi circuito compasivo... 
-¡Eso no! -interrumpió Janet-. No puede ser eso. Debes tener un corazón en alguna parte. Debes tenerlo. 
-Creo que es más seguro que un corazón -respondió Hester. Se acercó un poco más; inclinó el cuerpo, y tomó a Janet en brazos como si no pesase nada-. Está fatigada, querida. La llevaré arriba. Necesita un poco de descanso antes de que él regrese. 
Janet sintió los fríos brazos del robot a través de su vestido; pero esto ya no la alteraba, porque se daba cuenta de que eran fuertes y protectores. Dijo: 
-¡Oh, Hester, no sabes cómo me ayudas! ¿Sabes lo que debería hacer? -Guardó silencio; después agregó, angustiosamente-: Sé lo que él piensa, me refiero al doctor; piensa que continuaré desmejorando hasta marchitarme por entero y morir. Te dije que preferiría morirme, pero no es cierto, Hester. No quiero morir. 
El robot la meció un poco como si fuera una niña:
-¡Vamos, vamos, que no es para tanto! No debe pensar en la muerte, ni llorar más; esto no le conviene. Además, no querrá que él se dé cuenta. 
-Procuraré contenerme -respondió Janet, sumisa, mientras el robot la llevaba arriba. 


El robot-recepcionista del hospital apartó la vista de la mesa escritorio. 
-Mi mujer -dijo George-. Llamé por teléfono hace una hora aproximadamente. 
En el rostro del robot se dibujó una impecable expresión de simpatía profesional: 
-Sí, señor Shand; siento mucho haberle causado un sobresalto, mas, como le he dicho, su robot doméstico ha obrado acertadamente al ingresarla en seguida aquí. 
-He tratado de ver al doctor, y está fuera -dijo George.  
-Eso no debe preocuparle, señor. Shand. Se le ha hecho un reconocimiento, y hemos pedido sus antecedentes al hospital donde estuvo antes. La operación ha sido fijada provisionalmente para mañana, si bien necesitamos el consentimiento de usted, por supuesto. 
George vaciló: 
-¿Podría ver al doctor que la intervendrá?  
-Lo siento; no se encuentra en el hospital. 
-¿Es necesario? -inquirió George, tras una pausa.
El robot le miró fijamente y asintió con la cabeza: 
-Debe de haber estado perdiendo fuerzas durante meses. 
George asintió con otro movimiento de la cabeza.
-La única alternativa es continuar perdiéndolas y padecer hasta morir -prosiguió el robot. 
George fijó la vista en la pared por espacio de unos segundos. Por fin, dijo secamente: 
-¡Bien! 
Cogió una pluma y, temblándole la mano, firmó en una hoja, que la recepcionista le había puesto delante; miró el contenido, pero no vio nada. 
-¿Tiene.... tiene ella probabilidad de...? -inquirió.  
-Sí -contestó el robot-. Aunque no se descarta totalmente el peligro, hay un setenta por ciento de probabilidades de éxito. 
George suspiró y movió la cabeza: 
-Quisiera verla. 
-Puede hacerlo; sin embargo, debo pedirle que no la inquiete. Duerme, y no conviene despertarla.
George tuvo que contentarse con esto, pero abandonó el hospital muy aliviado tras haber visto la sonrisa dibujada en los labios de Janet mientras dormía. 

Los del hospital llamaron a su oficina la tarde siguiente. 
Su tono era tranquilizador. La intervención quirúrgica había sido un éxito total. Todos estaban seguros del resultado. 
No había por qué preocuparse. Los médicos se mostraban muy satisfechos. Pero no se permitirían visitas durante unos días. El podía estar tranquilo. 
Cada mañana, George llamaba por teléfono antes de salir de casa con la esperanza de que le permitiesen ver a su esposa; los del hospital eran amables e infundían aliento; pero intransigentes en cuanto a visitas. 
De improviso, al quinto día, le comunicaron que a su esposa la habían dado de alta y se dirigía a su casa. George quedó estupefacto, pues se había hecho el ánimo de que el asunto duraría unas semanas. 
Salió precipitadamente; compró un ramo de rosas, e infringió seis veces el reglamento de la circulación. 
-¿Dónde está? -preguntó a Hester, cuando ésta abrió la puerta. 
-En la cama. Pensé que sería mejor si... -empezó el robot, pero se le cortó el discurso mientras él subía la escalera dando respingos. 
Janet estaba acostada. Por el borde de la sábana le asomaba la cabeza y el vendaje del cuello.


George puso las flores en la mesita de noche; se acercó a ella, y la besó dulcemente. La mujer fijó en él la inquieta mirada de sus ojos.
-George, querido. ¿Te lo ha dicho? 
-¿Quién debe decirme qué? -preguntó él, sentándose en el borde de la cama. 
-Hester dijo que lo haría. ¡George, no quería hacerlo; al menos, no fue mi intención! Ella me envió. Estaba tan enferma y me sentía tan triste. Necesitaba estar fuerte. Supongo que no la entendí bien. Hester dijo... 
-Tranquilízate, querida, tranquilízate -sugirió George, sonriente-. ¿Qué importancia tiene todo eso? 
Metió la mano debajo de la colcha y cogió la mano de su mujer. 
-Pero, George... -empezó a decir Janet. 
Él la interrumpió: 
-Querida, tienes las manos muy frías. Casi tanto como... 
Deslizó los dedos por su brazo y la miró con los ojos desorbitados. Se incorporó súbitamente, y apartó la colcha. Puso la mano sobre la fina camisa de dormir a la altura del corazón; de inmediato la retiró, como si se le hubieran pinchado. 
-¡Dios mío! ¡No! -exclamó George, sin apartar la vista de su mujer. 
-Pero, George, querido... -dijo la cabeza de Janet, recostada en la almohada. 
-¡No! ¡No! -gritó él, casi histérico. 
Obcecado, volvió la espalda y salió corriendo de la habitación. En la oscuridad del rellano, no acertó a poner el pie en el peldaño superior y rodó precipitadamente escalera abajo. 

Hester lo encontró inerte en el suelo del vestíbulo. Se inclinó sobre él, y examinó cuidadosamente las lesiones. La importancia de éstas, así como la debilidad de quien las sufría, le alteró sensiblemente el circuito de compasión. No intentó moverlo, sino que llamó por teléfono: 
-¿Hospital de urgencias? -Preguntó, y dio el nombre y las señas-. Sí; en seguida -les dijo-. Puede que no haya mucho tiempo. Sufre diversas fracturas, y sospecho que se ha roto la columna, pobre hombre. No; no parece tener lesiones en la cabeza. Sí; es preferible. Quedaría inválido para toda la vida. Será mejor que manden la orden de consentimiento con la ambulancia, para que pueda ser firmada en seguida... Será lo más conveniente. Su esposa lo firmará.


FIN

2023/04/24

Treinta días tenía septiembre (Robert F. Young)


Título original: Thirty days had September
Año: 1957


El letrero en el escaparate decía:
 
Maestra de Escuela en Venta
Baratísima
 
Y en letras más pequeñas:
 
Puede cocinar, coser y sabe desenvolverse en el hogar.
 
Al verla, Danby pensó en pupitres, borradores y hojas de otoño; en libros, sueños y risas. El dueño de aquel pequeño almacén de segunda mano la había ataviado con un vestido de alegres colores y unas minúsculas sandalias rojas. Permanecía en una caja, colocada en posición vertical en el escaparate, igual que una muñeca de tamaño natural, esperando que alguien la volviese a la vida.
Danby intentó descender de la calle hacia el estacionamiento donde tenía su Baby Buick. Probablemente, Laura tenía ya una cena automatizada dispuesta en la mesa y se pondría furiosa si llegaba tarde. Sin embargo, continuó donde se hallaba, alto y delgado, con su juventud aún cercana, refugiada en sus pardos y ávidos ojos, mostrándose débilmente en la suavidad de sus mejillas.
Su inercia lo molestó. Había pasado mil veces junto al almacén en su camino desde el estacionamiento a la oficina y viceversa, pero aquella era la primera vez que se detuvo para mirar el escaparate.
Pero..., ¿no era ésta la primera vez que el escaparate exhibía algo que le interesara?
Danby intentó afrontar la pregunta. ¿Le interesaba una maestra de escuela? No mucho. Sin embargo, Laura precisaba de alguien que le ayudase en las faenas domésticas, mientras no pudieran hacer frente al gasto de una criada automática y Billy, sin duda, sacaría provecho de algunas lecciones particulares, además de la televisión, ahora que se aproximaban los exámenes más difíciles.
Su cabello lo hizo pensar en la luz del sol de septiembre, y su rostro en un día de septiembre. Una neblina otoñal lo envolvió y, de súbito, su inercia lo abandonó por completo y empezó a caminar, pero no en la dirección que antes pensó.
—¿Cuánto vale la maestra de escuela del escaparate? —preguntó.
Antigüedades de toda clase se hallaban esparcidas por el interior del almacén. El dueño era un hombre viejo y menudo, con espeso cabello blanco y ojos de color del pan de jengibre. También tenía aspecto de antigüedad.
—¿Le gusta, señor? Es muy hermosa —fulguró ante la pregunta de Danby.
 Danby se sonrojó.
—¿Cuánto? —repitió.
—Cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos, más cinco dólares por la caja.
Danby apenas podía creerlo. Ante la escasez de maestras, lo lógico sería que el precio aumentara y no disminuyera. Un año antes, cuando pensó comprar una maestra de tercer grado reconstruida para que ayudase a Billy en su trabajo teleescolar, el precio más bajo que pudo encontrar sobrepasó los cien dólares. Sin embargo, la habría comprado de no haberle disuadido Laura. Su mujer nunca fue a una verdadera escuela y no lo comprendía.
¡Pero cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos! ¡Y también podía cocinar y coser! Seguro que Laura no tendría inconveniente. No lo habría, desde luego, a menos que él le diese oportunidad.
—¿Está... está en buen estado?
El rostro del dueño se oscureció.
—Ha sido completamente restaurada, señor. Nuevas baterías, nuevos motores. Sus cintas magnetofónicas pueden funcionar aún otros diez años y sus memorizadores, probablemente, durarán para siempre. Pase por aquí. La entraré y se la mostraré.
La caja estaba montada sobre ruedas, pero resultaba difícil de manejar.  Danby ayudó al viejo a empujarla fuera del escaparate y dentro del almacén. Permanecieron junto a la puerta, donde la luz era más clara.
El viejo retrocedió admirativamente.
—Quizás soy anticuado —dijo—, pero aún creo que los telemaestros jamás podrán compararse con los de verdad. Usted fue a una verdadera escuela, ¿no es cierto, señor?
Danby efectuó un gesto afirmativo.
—Lo pensé. Es curioso que nunca deje de advertirse.
—Póngala en funcionamiento, por favor —rogó Danby.
El activador era un pequeño botón, oculto detrás del lóbulo de la oreja izquierda. El dueño buscó a tientas durante un momento antes de encontrarlo; luego se escuchó un pequeño «clic», seguido de un suave y casi inaudible ronroneo. Al punto, el rubor se insinuó en sus mejillas, el pecho comenzó a elevarse y descender, los azules ojos se abrieron.
Las uñas de Danby se clavaron en las palmas de sus manos.
—Hágala decir algo.
—Puede responder casi todo, señor —afirmó el viejo—. Palabras, escenas, situaciones... Si decide tomarla y no queda satisfecho, devuélvala y tendré sumo gusto en restituirle su dinero. —Se colocó frente a la caja—. ¿Cuál es su nombre? —preguntó a la maestra.
—Señorita Jones. —Su voz era una brisa de septiembre.
—¿Su ocupación?
—Soy maestra de cuarto grado, señor, pero puedo desempeñar además los grados primero, segundo, tercero, quinto, sexto, séptimo y octavo, y tengo amplia formación humanística. Soy también hábil en las tareas domésticas, buena cocinera y puedo efectuar trabajos sencillos, tales como coser botones, zurcir calcetines, remendar descosidos y rasgaduras en la ropa.
—Pusieron muchos alicientes a los últimos modelos —explicó el viejo a  Danby—. Cuando al fin comprendieron que la teleeducación se implantaría, empezaron a hacer todo lo posible para derrotar a las compañías de cereales. Pero no lograron nada... Salga fuera de su caja, señorita Jones. Muéstrenos lo bien que sabe caminar.
Cruzó la pardusca habitación, con sus pequeñas sandalias rojas que centelleaban sobre el polvoriento suelo, con su vestido que era como un alegre chaparrón de colores. Permaneció en espera junto a la puerta.
A Danby se le hizo difícil hablar.
—Perfectamente —dijo por fin—. Póngala de nuevo en su caja; me la llevo.


—¿Algo para mí, papito? —gritó Billy—. ¿Algo para mí?
—Claro —confirmó Danby mientras empujaba la caja por el sendero de acceso para levantarla sobre el diminuto porche de entrada—. Y también para tu madre.
—Esperemos que valga la pena —cortó Laura, con los brazos cruzados en la puerta—. La cena está como una piedra.
—Puedes calentarla —repuso Danby—. ¡Mira, Billy!
Levantó la caja sobre el umbral, respirando con alguna dificultad, y la hizo entrar por el corto vestíbulo hasta la sala de estar. Ésta se hallaba invadida por un joven con chaqueta de color rosa que se había invitado a sí mismo a través de la pantalla de 120 pulgadas, desde donde se proclamaba ruidosamente la superioridad del nuevo Lincolnette 2061 convertible.
—¡Ten cuidado con la alfombra! —advirtió Laura.
—No te preocupes, no estropearé tu alfombra —aseguró Danby—. ¿Querría alguien, por favor, apagar la televisión para que tengamos un momento de tranquilidad?
—Yo la apagaré, papito. —Con sus zancadas de niño de nueve años, Billy cruzó la habitación y silenció al joven de la chaqueta rosa.
Danby hurgó en la cubierta de la caja, notando la respiración de Laura sobre la parte posterior de su cuello.
—¡Una maestra de escuela! —silbó la mujer con voz entrecortada al descubrir el contenido—. ¡Con todas las cosas que un hombre adulto podría traer al hogar para su esposa y apareces con esto!
—No es una maestra de escuela corriente —dijo  Danby—. Puede cocinar, coser, puede... Puede hacerlo exactamente todo. Siempre andas lamentándote que necesitas una criada. Bien, ahora ya la tienes. Y Billy tiene alguien que lo ayude en sus telelecciones.
—¿Cuánto? —Danby se dio cuenta por primera vez de lo afilado que era el rostro de su esposa.
—¡Cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos!
—¡Cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos! ¿Estás loco? Estuve ahorrando para cambiar nuestro Baby Buick por un nuevo Cadillette y tú lo malgastas en una vieja y estropeada maestra de escuela. ¿Qué sabe de teleeducación? ¡Si está anticuada en cincuenta años!
—¡No quiero que me ayude en mis telelecciones! —gritó Billy, mirando hoscamente hacia la caja—. Mi telemaestro dice que esas viejas maestras de forma humana no servían para nada. ¡Y les pegaban a los niños!
—¡No es verdad! —repuso Danby—. Sé lo que digo porque fui a una verdadera escuela todo el tiempo hasta el octavo grado. —Se volvió hacia Laura—. ¡Funciona bien, no está anticuada y sabe más acerca de la auténtica educación de lo que jamás sabrán tus telemaestros! Puede coser, puede cocinar.
—¡Entonces dile que caliente nuestra cena!
—¡Lo haré!
Introdujo la mano en la caja, bajó el pequeño interruptor del activador y, cuando se abrieron los ojos azules, dijo:
—Venga conmigo, señorita Jones —y la condujo al interior de la cocina.
Quedó sumamente complacido de la forma como ella respondió a sus instrucciones. La cena fue retirada de la mesa en un santiamén y puesta de nuevo en un abrir y cerrar de ojos, caliente, humeante y deliciosa.
Laura se ablandó.
—Bien.
—¡Claro que bien! —exclamó Danby—. Dije que podía cocinar, ¿no es cierto? Ahora ya no tendrás que quejarte de interruptores trabados, de uñas rotas, de...
—Está bien, George. No insistas.
Su rostro había vuelto a la normalidad, si bien aún parecía un poco afilado, pero ello habitualmente formaba parte de su atractivo, al igual que sus oscuros y cariñosos ojos y su boca de forma tan exquisita.
 Acababa de hacerse reforzar los pechos de nuevo y, en verdad, tenía un aspecto formidable con su nuevo negligé oro y escarlata. Puso un dedo bajo la barbilla de ella y la besó.
—Bueno, comamos —dijo.
Por alguna razón se había olvidado de Billy. Desde la mesa, vio a su hijo en el umbral de la puerta, mirando fija y tristemente a la señorita Jones, ocupada en preparar el café.
—¡No me pegará! —afirmó Billy, sosteniendo la mirada de su padre.
Danby rio. Se sentía mejor, ahora que la mitad de la batalla estaba ganada. La otra mitad podía ser atendida más tarde.
—Por supuesto que no va a pegarte —aseguró—. Ahora ven y sírvete la cena como un niño bueno.
—Sí —asintió Laura—, y date prisa. Dan  Romeo y Julieta en La Hora del Oeste y no quiero perdérmela.
Billy cedió.
—Bueno, está bien —dijo.
Sin embargo, evitó a la señorita Jones mientras entraba en la cocina y ocupaba su asiento en la mesa.


Romeo Montesco lió un cigarrillo con hábiles dedos, lo puso entre sus labios oscurecidos por el sombrero de ala ancha y lo encendió con un fósforo de cocina. Después condujo a su lustroso caballo hacia la ladera iluminada por la luna en dirección al rancho de los Capuletos.
—Me conviene mostrarme prudente —soliloquió—. Los altivos Capuletos, pastores y enemigos hereditarios de mi familia, descendiente de nobles ganaderos, me abatirán de un disparo sin contemplaciones, de presentarse la oportunidad. Pero esa muchacha que encontré esta noche en el calvero bien merece el riesgo.
Danby frunció el entrecejo. Nada tenía en contra de las readaptaciones de los clásicos, pero a su entender, quienes las escribían, se extralimitaban con sus eternos conflictos entre ganaderos y ovejeros. Con todo, Laura y  Billy no parecían hacer el menor caso. Inclinados hacia adelante en sus sillones especiales, miraban fija y extasiadamente la pantalla de 120 pulgadas. Tal vez los especialistas que escribían las obras tenían razón.
Hasta la señorita Jones parecía interesada..., pero eso resultaba imposible, recordó Danby. No podía estar interesada. Nada significaba el hecho que sus ojos azules estuviesen enfocados sobre la pantalla; lo único que hacía realmente era estar sentada allí, consumiendo sus baterías. Debería haber seguido el consejo de Laura y desconectarla.
El caso es que no tuvieron corazón para hacerlo. Era una crueldad privarla de la vida, aun temporalmente.
Danby experimentó una sensación de ridículo. Se movió irritado en su sillón al darse cuenta que había perdido el hilo de la obra. Cuando lo recuperó, Romeo había escalado el muro del rancho Capuleto y, tras deslizarse a través del huerto, se hallaba en un florido jardín.
Julieta Capuleto salió al balcón cruzando un par de antiguas puertas francesas. Llevaba un traje blanco de vaquera —o de ovejera—, con una falda de la longitud del muslo, y un sombrero de ala ancha coronaba sus abundantes y descoloridos cabellos rubios. Se asomó a la baranda del balcón y escrutó el interior del jardín.
—¿Dónde estás, Romeo? —dijo, arrastrando las palabras.
—¡Esto es ridículo! —exclamó bruscamente la señorita Jones—. ¡Las palabras, los trajes, la acción, el lugar..., todo es incorrecto!
Danby quedó atónito. Recordó entonces lo que el dueño del baratillo había dicho acerca de su respuesta a escenas y situaciones tanto como a palabras. En realidad, había entendido que el viejo se refería a las escenas y situaciones inherentes a sus obligaciones como maestra, no  todas las escenas y situaciones.
Una molesta prevención cruzó por la mente de Danby. Advirtió que tanto Laura como Billy se habían apartado de su alimento visual y observaban a la señorita Jones con ojos incrédulos. El momento era crítico.
Se aclaró la garganta.
—La obra no es realmente incorrecta, señorita Jones —explicó—. Sólo ha sido escrita de nuevo. ¿No lo comprende? Nadie le prestaría atención en su estado original. Sin público, sin patrocinadores, ¿cuál sería su sentido?
—¿Pero tenían que convertirla en un western?
Danby miró con aprensión a su esposa. La incredulidad había sido reemplazada por un furioso resentimiento. Con precipitación se volvió hacia la señorita Jones.
—Los westerns están ahora de moda, señorita Jones —explicó—. Es una especie de renacimiento de los primeros días de la televisión. Como gustan a la gente, los patrocinadores los auspician y los escritores buscan nuevo material para ellos.
—¡Pero vestir a Julieta con traje de vaquera! Está por debajo del nivel de los espectáculos más ínfimos.
—George, ya basta —la voz de Laura era glacial—. Te dije que estaba cincuenta años anticuada. ¡O la desconectas o me voy a dormir!
Danby suspiró y se puso en pie. Se sintió avergonzado al aproximarse a la señorita Jones y buscar a tientas el pequeño botón detrás de su oreja izquierda. Ella le observó con sosiego, con sus manos reposando inmóviles sobre su regazo, su respiración yendo y viniendo rítmicamente a través de sus sintéticas fosas nasales.
Fue como cometer un asesinato. Danby se estremeció mientras regresaba a su sillón.
—¡Tú y tus maestras de escuela! —le reprochó Laura.
—¡Cállate! —cortó Danby.
Miró la pantalla e intentó interesarse por la emisión. No lo consiguió. El siguiente programa presentó una historia policíaca titulada Macbeth. Tampoco le agradó. Echó una mirada subrepticia a la señorita Jones. Su pecho estaba ahora inmóvil, sus ojos cerrados. La estancia parecía horriblemente vacía.
Al final no pudo soportarlo más. Se levantó.
—Voy a dar un paseo en coche —informó a Laura, y salió.


Hizo salir al Baby Buick fuera de la pequeña calzada para coches y se dirigió por la calle suburbana en dirección a la avenida, mientras se preguntaba una y otra vez por qué una antigua maestra de escuela lo había afectado de esta manera. No se trataba simplemente de nostalgia, aunque algo también había en sus sentimientos: Nostalgia de septiembre, de la escuela, de la entrada a clases en las mañanas de septiembre, de ver como la maestra salía del pequeño cuarto junto a la pizarra al sonar la campana y decía: Buenos días, niños. ¿No es un hermoso día para estudiar?»
Pero nunca le gustó la escuela más que a los otros chicos. Septiembre tenía aún importancia para él por algo más que los libros y los sueños de otoño. Era algo que perdió en alguna parte a lo largo de su vida, algo indefinible, intangible, algo que ahora necesitaba con desesperación.
Danby hizo girar el Baby Buick avenida abajo, virando entre los fugaces automóviles. Al dar vuelta para entrar en la calle lateral que conducía a Friendly Fred's, vio un nuevo puesto en la esquina con un gran letrero que rezaba:
 
¡HOT DOGS GIGANTES A LAS BRASAS!
¡Pruebe un auténtico hot dog a la parrilla!
¡Próxima apertura!
 
Pasó de largo y entró en el estacionamiento cercano a Friendly Fred's. Salió del coche hacia la noche estrellada de primavera y se acercó al local. Pese a hallarse atestado, se las arregló para encontrar un compartimiento vacío. Introdujo una moneda de 25 centavos en el distribuidor y marcó una cerveza.
La sorbió pensativamente en su vaso de papel parafinado. El compartimiento estaba mal ventilado y olía a su último ocupante, un bebedor de vino, supuso Danby. Pensó en los viejos tiempos, cuando el aislamiento en los bares era desconocido y había que permanecer mezclado con los restantes clientes con el desagradable resultado que cada uno sabía lo que los demás bebían y el grado de borrachera que alcanzaban. Su pensamiento volvió luego a la señorita Jones.
Una pequeña pantalla de televisión sobre el distribuidor de bebidas anunciaba: ¿Tiene problemas? Sintonice a Friendly Fred, que escuchará sus penas (sólo 25 centavos por tres minutos). Danby deslizó una moneda de un cuarto de dólar en la ranura correspondiente. Se escuchó un chasquido y la moneda repiqueteó en el recipiente de devoluciones, al mismo tiempo que la voz grabada de Friendly Fred decía:
—Ocupado en este momento, compañero. Estaré con usted dentro de un minuto.
Después de un minuto y otra cerveza, Danby efectuó un nuevo intento. Esta vez, la pantalla se iluminó y el rostro de Friendly Fred adquirió progresiva nitidez.
—Hola, George. ¿Cómo va?
—No demasiado mal, Fred. No demasiado mal.
—Podría ser mejor, ¿eh?
Danby hizo un gesto afirmativo con la cabeza:
—Lo adivinó, Fred. Lo adivinó. —Miró al pequeño mostrador con su solitaria cerveza—. Yo... compré una maestra de escuela —confesó.
—¡Una maestra de escuela!
—Admito que es extraño, pero pensé que quizás el niño necesitaría un poco de ayuda en sus lecciones..., los exámenes más difíciles llegarán pronto y ya sabe como se sienten los niños cuando no envían las respuestas correctas y no pueden ganar un premio. Y luego creí..., es una maestra de escuela especial, ¿comprende, Fred?..., pensé que ayudaría a Laura en las faenas de la casa. Cosas como ésas.
Su voz se apagó poco a poco mientras levantaba su vista hacia la pantalla.  Friendly Fred movía su amistoso rostro con solemnidad. Sus carrillos temblaron ligeramente.
—George,  escúcheme. Deshágase de esa maestra. ¿Me oye, George? Deshágase de ella. Esas maestras androides son tan perjudiciales como las auténticas..., las de carne y hueso, quiero decir. ¿Sabe por qué, George? No lo creerá, pero yo lo sé. Acostumbraban pegar a los niños. Es cierto, les pegan... — Se oyó un zumbido y la pantalla se hizo borrosa—. Ha terminado el tiempo, George. ¿Desea el importe de otro cuarto de dólar?
—No, gracias —repuso Danby. Acabó su cerveza y se marchó.


¿Odiaban todos realmente a las maestras de escuela? Y si era así, ¿por qué no odiaban todos también a los telemaestros?
Danby consideró esta paradoja durante todo el día siguiente, en el trabajo. Cincuenta años atrás pareció que los maestros androides iban a resolver el problema educativo tan eficazmente como la reducción de tamaño y precio de los automóviles había resuelto el problema económico. Con el cambio de siglo, no obstante, aunque los androides remediaron el déficit de maestros, sólo lograron poner en relieve el otro aspecto del problema, el déficit de escuelas. ¿Para qué servía disponer de suficientes maestros cuando no existía el número de aulas indispensable para la enseñanza? ¿Cómo se hallaría el dinero para construir nuevas escuelas, cuando el país tenía la necesidad constante de más nuevas y mejores autopistas?
Era absurdo decretar que la construcción de escuelas públicas debería tener prioridad sobre la de carreteras ya que, de descuidarse éstas, automáticamente disminuía la tendencia del ciudadano medio a comprar nuevos automóviles, debilitando de este modo la economía y precipitando una depresión. Esto hacía la construcción de nuevas escuelas algo más difícil de lo que era antes.
Aceptado esto, había que descubrirse ante las compañías de cereales. Al introducir los telemaestros y la teleeducación, habían salvado la situación. Un simple maestro en una habitación, con una pizarra a un lado y una pantalla de cine al otro, era capaz de impartir clases a cincuenta millones de alumnos. Si alguno de ellos se sentía molesto por el sistema de enseñanza, no tenía más que cambiar de canal para sintonizar otro de los programas teleeducativos patrocinados por las numerosas compañías de cereales. (Por supuesto, era responsabilidad de los padres del alumno que éste no se saltase las clases o sintonizara el grado siguiente antes de aprobar los exámenes correspondientes.)
Pero la mejor característica de tan ingenioso sistema era el feliz hecho que las compañías de cereales sufragaban todos los gastos, dispensando de este modo al contribuyente de una de sus más onerosas obligaciones y dejando sus bolsillos más preparado para afrontar los impuestos sobre las ventas, impuestos de gasolina, peajes y pagos de automóvil. Y todo lo que las compañías de cereales pedían, a cambio de este admirable servicio público, era que los alumnos —y, preferiblemente, también los padres— consumiesen sus productos.
Por lo tanto, no existía tal paradoja después de todo. Una maestra de escuela era un anatema, porque simbolizaba gasto; una  telemaestra era una respetable servidora pública, porque simbolizaba una gran concentración económica. Aunque la diferencia, Danby la sabía, iba mucho más allá.
El odio hacia las maestras de escuela era en parte atávico a consecuencia de las campañas de propaganda que las compañías de cereales lanzaron al poner su idea en práctica. Eran responsables del mito, ampliamente  difundido, que las maestras androides pegaban a sus alumnos y con frecuencia reactualizado en precisión por si alguien lo dudase aún.
La cuestión radicaba en que la mayor parte de los ciudadanos eran  teleeducados y, por lo tanto, no conocían la verdad. Danby era una excepción. Nació en una pequeña ciudad cuya localización montañosa hizo imposible la recepción de la televisión; antes que su familia emigrase asistió a una verdadera escuela. Por eso sabía que las maestras de escuela no pegaban a sus alumnos.
A menos que Androides Inc. hubiera distribuido por error uno o dos modelos deficientes. Y eso no era probable. Androides Inc. era una sociedad muy eficiente. Crearon excelentes mozos de estación de servicio, sin contar la reconocida calidad de sus taquígrafas, camareras y criadas.
Naturalmente, no estaban al alcance del negociante medio ni del padre de familia tipo... Pero, ¿no constituía todo eso una razón de más por la que Laura debería sentirse satisfecha con una sirvienta eficiente?
Pero no se sentía satisfecha. Cuando Danby llegó a casa aquella noche y la miró al rostro supo, sin asomo de dudas, que no se sentía satisfecha.
Jamás había visto sus mejillas tan contraídas, sus labios tan delgados.
—¿Dónde está la señorita Jones? —preguntó.
—En su caja —respondió Laura—. ¡Y mañana por la mañana la devolverás a quien la compraste y harás que te restituyan nuestros cuarenta y nueve dólares con noventa y cinco centavos!
—¡No me pegará otra vez! —gritó Billy, sentado en cuclillas frente a la pantalla del televisor.
Danby palideció.
—¿Le pegó?
—Bueno, no exactamente —dijo Laura.
—¿Lo hizo o no lo hizo? —insistió Danby.
—¡Explícale lo que dijo de mi telemaestra! —gritó Billy.
—Dijo que la maestra de Billy no estaba capacitada para enseñar ni a caballos.
—¡Y cuéntale lo que dijo de Héctor y Aquiles!
—Dijo que era una vergüenza sacar un melodrama de vaqueros e indios de una obra clásica como la Ilíada y llamarlo educación.
La historia salió gradualmente. La señorita Jones mostró, al parecer, una gran inquietud intelectual desde el mismo momento en que Laura la conectó por la mañana. Según la señorita Jones, todo en la casa de Danby era malo, desde los programas de teleeducación que Billy miraba en el pequeño televisor rojo de su habitación, y los programas matutinos y vespertinos que Laura contemplaba en el gran televisor de la sala de estar, hasta el diseño del papel para las paredes del vestíbulo (pequeños cadilletes rojos, retozando a lo largo de entrelazadas cintas de carretera), la ventana en forma de parabrisas de la cocina y la escasez de libros.
—¿Te das cuenta? —dijo Laura—. ¡Cree que aún se editan libros!
—Todo lo que deseo saber —manifestó Danby—, es si le pegó.
—Te lo estoy explicando.
Alrededor de las tres, la señorita Jones quitaba el polvo en el cuarto de Billy, que miraba obedientemente sus lecciones, sentado en su pequeño pupitre, absorto en los esfuerzos de los vaqueros por conquistar el poblado indio de Troya. De repente, la señorita Jones cruzó la habitación como una loca, enunció sacrílegos comentarios acerca de la alteración de la Ilíada, y apagó el aparato justamente en medio de la clase. Entonces fue cuando Billy comenzó a gritar; al irrumpir Laura en la habitación, encontró a la señorita Jones asiendo su brazo con una mano y levantando la otra para dar el golpe.
—Llegué a tiempo —concluyó Laura—. No sabes lo que pudo haber hecho. ¡Pudo haberlo matado!
—Lo dudo —cortó Danby—. ¿Qué sucedió luego?
—Tomé a Billy para apartarlo de ella y le ordené que se retirase a su caja. Después cerré la tapa. ¡Y te juro, George Danby, que permanecerá cerrada! ¡Mañana por la mañana la devolverás, si quieres que Billy y yo continuemos viviendo en esta casa.
 
Danby se sintió mal toda la noche. Apenas probó la cena y languideció durante La Hora del Oeste, echando vistazos fugaces, cuando Laura no lo miraba, hacia la caja que permanecía silenciosa junto a la puerta. La heroína de La Hora del Oeste era una bailarina, una rubia que medía 98-60-95, llamada Antígona. Por lo visto, sus dos hermanos se habían matado el uno al otro en un tiroteo y el sheriff del lugar, un personaje llamado Creón, sólo permitió a uno de ellos un entierro decente en Boot Hill, insistiendo de modo ilógico en que el otro fuese abandonado en el desierto como pasto para buitres. Antígona mantenía otro punto de vista ante su hermana Ismenia; si un hermano merecía una tumba respetable, el otro también. Antígona iba a remediar esta situación. ¿Querría Ismenia ayudarla? Pero Ismenia era cobarde, por lo que Antígona decidió solucionar el problema por sí misma. Luego, un viejo explorador llamado Tiresias se dirigía hacia el pueblo y...
Danby se levantó sin ruido, se deslizó al interior de la cocina, y salió por la puerta de la cocina. Subió al automóvil y condujo hacia la avenida, con todas las ventanillas abiertas y el aire cálido golpeando su rostro.
El puesto de hot dogs de la esquina estaba casi concluido. Le echó una perezosa ojeada mientras giraba por la calle lateral. Había cierto número de compartimientos vacíos en Friendly Fred's y escogió uno al azar. Tomó varias cervezas, de pie en el pequeño mostrador solitario, y pensó durante largo rato. Seguro que su esposa e hijo se habían ido a dormir, volvió a su hogar, abrió la caja de la señorita Jones, y la conectó.


—¿Iba a pegar a Billy esta tarde? —preguntó.
Los ojos azules lo miraron con firmeza, mientras las pestañas temblaban a rítmicos intervalos y las pupilas se ajustaban gradualmente a la lámpara de la sala de estar, que Laura dejó encendida.
—Soy incapaz de golpear a un ser humano, señor. Creo que la cláusula está en mi garantía.
—Me temo que su garantía caducó hace algún tiempo, señorita Jones —repuso Danby. Su voz era espesa y sus palabras se confundían—. Pero no importa. Le tomó del brazo de todas formas, ¿no es cierto?
—Tuve que hacerlo, señor.
Danby frunció el entrecejo. Volvió a la sala de estar, caminando como si sus piernas fuesen de goma.
—Venga y siéntese. Explíquemelo todo, señ... señorita Jones —dijo.
La vio salir desde su caja y cruzar la habitación. Había algo extraño en su modo de andar. Su paso ya no era ligero, su cuerpo ya no parecía delicadamente equilibrado. Con sobresalto, se dio cuenta que cojeaba.
Se sentó en el canapé y se acomodó junto a ella.
—Le pegó patadas, ¿verdad? —inquirió.
—Sí, señor. Tuve que retenerle o hubiera continuado.
Una luz rojiza llenó la estancia. Luego, sutilmente, ésta se disipó ante la naciente comprensión que en sus manos se hallaba el arma psicológica con la cual podría reprimir en lo sucesivo toda objeción a la señorita Jones.
—Lo siento mucho, señorita Jones. Me temo que Billy es demasiado agresivo.
—Lo extraño sería lo contrario, señor. Quedé horrorizada hoy cuando supe que esos horribles programas constituyen todo su alimento educativo. Su telemaestro es poco más que un viajante encargado de vender la particular marca de copos de maíz de su compañía. Comprendo ahora por qué sus escritores han de volver a los clásicos para conseguir ideas. Su facultad creadora fue sofocada por los tópicos, ya desde su etapa embrionaria.
Danby estaba encantado. Jamás había oído a nadie hablar de ese modo hasta entonces. No eran las palabras. Era la manera con que las decía, la convicción que mostraba su voz, pese a tratarse de un altavoz hábilmente construido, conectado a unas cintas magnetofónicas, conectadas a su vez a inimaginablemente intrincados memorizadores.
Sentado allí junto a ella, viendo moverse sus labios, descender sus pestañas, siempre tan suavemente sobre aquellos ojos tan azules, era como si septiembre hubiese entrado a la habitación. De súbito, un sentimiento de paz lo envolvió. Los dulces y suaves días de septiembre desfilaron otra vez ante su mirada, y comprendió porqué eran distintos a los demás días. Eran diferentes porque tenían profundidad, belleza y quietud; porque sus cielos azules contenían promesas de días más dulces y suaves por venir.
Eran diferentes porque tenían significado.
Aquel momento se hacía grato de modo tan intenso que Danby deseó que jamás terminase. El mero hecho de pensar en ello le torturaba con insoportable agonía e, instintivamente, efectuó el único gesto físico a su alcance para prolongarlo.
Pasó un brazo alrededor de los hombros de la señorita Jones.
Ella no se movió. Seguía allí sosegadamente, con su pecho que se alzaba y descendía a intervalos regulares, sus largas pestañas que se movían hacia abajo de vez en cuando como oscuros y apacibles pájaros aleteando sobre azules y límpidas aguas.
—El programa que vimos la noche pasada —dijo Danby—. Romeo y Julieta. ¿Por qué no le gustó?
—Era más bien horrible, señor. Una parodia barata y despreciable, la belleza de los versos corrompida y oscurecida.
—¿Conoce usted los versos?
—Algunos de ellos.
—Dígalos, por favor.
—Sí, señor. Al terminar la escena del balcón, cuando los dos enamorados están despidiéndose, dice Julieta: ¡Buenas noches, buenas noches! Despedirse es tan dulce aflicción, que diré buenas noches hasta que sea mañana. Y contesta Romeo: ¡El sueño more sobre tus ojos, la paz en tu pecho! ¡Quisiera yo fuesen el sueño y la paz, tan dulces para descansar! ¿Por qué omitieron eso, señor? ¿Por qué?
—Porque estamos viviendo en un mundo despreciable —dijo Danby, sorprendido ante su súbita percepción—, y en un mundo despreciable las cosas preciosas son inútiles. Dig... diga los versos de nuevo, por favor, señorita Jones.
—¡Buenas noches, buenas noches! Despedirse es tan dulce aflicción, que diré buenas noches hasta que sea mañana.
—Déjeme terminar —Danby se concentró—. El sueño more sobre tus ojos, la paz...
—...en tu pecho...
—Quisiera yo fuesen el sueño y la paz, tan...
—...dulces...
—¡...tan dulces para descansar!
Bruscamente la señorita Jones se puso en pie.
—Buenas noches, señora —dijo.
Danby no se molestó en levantarse. No habría servido de nada. De cualquier modo, podía ver bastante bien a Laura desde donde se hallaba. Su mujer, que permanecía en el umbral de la sala de estar con su nuevo pijama «Cadillete» y sus pies desnudos silenciosos en su subrepticio descenso de la escalera. Los automóviles bidimensionales que adornaban el pijama eran de un vivo bermellón y parecían correr sobre su cuerpo yacente, rampando por encima de sus pechos, su vientre y sus piernas.
Vio su afilado rostro y sus fríos y despiadados ojos y supo que serían inútiles las explicaciones, que no comprendería, no podría comprender. Y descubrió con súbita y horrible claridad que en el mundo en que vivía, septiembre estuvo muerto durante décadas, y se vio a sí mismo cargando la caja por la mañana en el Baby Buick y descendiendo las relucientes calles de la ciudad en dirección al pequeño almacén de objetos para pedir al dueño que le devolviese su dinero. Miró a la señorita Jones permaneciendo incongruentemente en la poco acogedora sala de estar y la oyó decir, una y otra vez, como un disco rayado:
—¿Algo está mal, señora? ¿Algo está mal?

Transcurrieron varias semanas antes que Danby se sintiese lo suficientemente bien para volver a Friendly Fred's en busca de una cerveza. Para entonces, Laura había empezado a hablarle otra vez y el mundo, aun cuando no fuera el mismo de antes, recuperó algunos de sus aspectos anteriores. Hizo salir al Baby Buick de la pequeña calzada y se introdujo calle abajo en el multicolor tráfico de la avenida. Era una clara noche de junio y las estrellas aparecían como puntas de alfileres de cristal sobre el fuego fluorescente de la ciudad. El puesto de  hot dogs de la esquina estaba terminado y abierto al público. Varios clientes junto al resplandeciente mostrador cromado miraban como una camarera estaba dando vueltas unos panecillos de Viena sobre una también cromada parrilla. Había algo familiar en el alegre centelleo de su vestido, el modo en que se movía, la forma en que el suave nacimiento de su cabello enmarcaba su dulce rostro. El nuevo propietario se apoyaba sobre el mostrador a cierta distancia, charlando con un cliente.
Había una tensión en el pecho de Danby mientras estacionaba el Baby Buick, salía y se encaminaba a través del batiente de hormigón hacia el mostrador; una tensión en su pecho y un constante latido en sus sienes.
Había llegado a la parte del mostrador donde se hallaba el propietario y, cuando iba a inclinarse para abofetear su presumido y grueso rostro, vio un pequeño letrero de cartón apoyado contra un tarro de mostaza, letrero que decía:

SE NECESITA MOZO.

Un puesto de hot dogs estaba muy lejos de ser un aula de septiembre, y una maestra distribuyendo hot dogs jamás se podría comparar con una maestra dispensadora de sueños. Pero cuando se necesitaba algo con urgencia había que tomarlo sea como fuese y dar, además, las gracias.
—Podría trabajar por las noches —dijo  Danby al propietario—. Es decir, desde las seis hasta las doce.
—Sería estupendo —manifestó el propietario—. Aunque me temo que no podré pagarle mucho al principio. Comprenda, acabo de empezar y...
—No importa —replicó Danby—. ¿Cuando empiezo?
—Cuanto antes mejor.
Danby se acercó hasta donde una parte del mostrador se levantaba sobre ocultos goznes, entró en el interior y se quitó la chaqueta. Si a Laura no le gustaba la idea, podía irse al infierno, pero sabía que no le importaría, porque el dinero adicional que ganase haría realidad el sueño de su mujer, el Cadillete.
Se puso el delantal que le entregó el propietario y se unió a la señorita Jones frente a la parrilla.
—Buenas noches, señorita Jones —dijo.
Ella volvió la cabeza y sus ojos azules parecieron iluminarse y su cabello era como el sol surgiendo en una brumosa mañana de septiembre.
—Buenas noches, señor —respondió, y un aire de septiembre se levantó en la noche de junio y sopló a través del puesto y fue como volver a la escuela otra vez, después de un interminable y vacío verano.


FIN