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2026/09/14

¿Quién oprime el botón? (Nelson Bond)


Título original: Button, Button
Año: 1954


Sería mejor, se dijo, no tener que mirarlo. Resultaría más fácil si tuviese algo, lo que fuese, para ocupar las manos. Pero todos los instrumentos —excepto aquél, desde luego— eran completamente automáticos. Estaba prohibido fumar en todos los compartimientos excepto en la sala de recreo. Y uno terminaba por cansarse y por sentirse solo. Entonces se iba insinuando poco a poco aquella opresora desazón. Uno se volvía cada vez más consciente de su propia soledad; del apretado y estrecho círculo formado por las propias ideas; de la tensión y la tentación crecientes.
Resultaba curioso que aquella tentación estuviese simbolizada por un disco de poco más de un centímetro de diámetro y que apenas pesaba media onza. Era inquietante pensar que un objeto frío e inanimado pudiese despertar aquel turbio impulso. Era increíble que el tormento pudiese asumir la imagen de un diminuto botón carmesí.
Jeff Corcoran tendió la mano para tocar apenas aquel botón, rozándolo suavemente, sin oprimirlo. Su superficie era suave bajo las yemas de sus dedos, suave, fría e infinitamente tentadora. Haciendo un brusco esfuerzo retiró la mano. Recogió con sus dedos los naipes esparcidos ante él y los barajó con furiosa intensidad, para colocarlos de nuevo ante él, con ademán terco y obstinado, iniciando otro de aquellos interminables solitarios que hacía para matar el tiempo.
Doce solitarios y treinta aburridos minutos después, Bob Craig hizo su aparición. Avanzó perezosamente hacia el puesto del artillero, escogiendo los asideros con la gracia felina del que casi ha olvidado ya cómo hay que moverse sin semejantes ayudas. Su progreso era más una flotación dirigida que una marcha. Se acomodó en la silla de contorno anatómico situada al lado de Jeff, mirando con expresión divertida y burlona los naipes colocados ordenadamente ante el más joven de los dos.
—A veces esto resulta un poco aburrido, ¿eh, Corcoran?
Jeff repuso:
—Esta observación, amigo mío, merece ganar el Premio Interplanetario de la Perogrullada para el año 1981. Esos quejumbrosos aullidos que oyes a lo lejos son producidos por mis sentidos personales que piden a gritos que los suelten.
Craig sonrió.
—Lo sabía. La vida en la Rueda resulta a veces extraordinariamente monótona. Pero eso sucede con todas las tareas rutinarias. Si quieres aburrimiento en estado químicamente puro, trabaja en la línea de Venus por algún tiempo. Veintiuna semanas en una campana de vacío, sin otra cosa que ver como no sean las repelentes fachadas de un grupo de colegas, y terminas por detestarlos de todo corazón antes de que haya transcurrido ni tan siquiera un mes.
—Reconozco que debe ser aburrido —concedió Jeff—. Pero no...
Se interrumpió de pronto. Craig enarcó las cejas.
—¿No qué?
—Nada. Divago. Me parece que empiezo a estar sobresaturado de espacio. Bueno... ¿Es la hora del relevo?
—Casi.
Los dos hombres cambiaron de lugar. Craig echó una ojeada al cronómetro, dio un golpecito al botón del control de tiempo y comunicó su entrada en servicio:
—Once cincuenta y nueve, hora de Greenwich. El teniente Craig releva al alférez Corcoran en el puesto de artillero. Corto.
Se repantigó en la silla giratoria situada entre los mandos, sacó los pies de los sujetadores, los colocó sobre el cuadro de mandos situado ante él, y dejó escapar un suspiro.
—Y así empieza otro emocionante capítulo en la azarosa vida de Bobby Craig, el Chico de la Rueda —declamó en son de mofa—. Ayer dejamos a nuestro héroe lidiando a brazo partido con Morfeo, el ogro feroz, en cuyos brazos él no era más que un niño desvalido. Hoy...
Jeff le atajó de pronto:
—Oye, Craig...
—¿Eh?
—Probablemente esto te parecerá una estupidez, ¿pero qué haces mientras estás de guardia aquí durante dos horas interminables?
—Pues verás —respondió Craig, encogiéndose de hombros—, lo que pide el reglamento que se haga. Comprobar los instrumentos cada quince minutos para no desviarnos del rumbo cero, la trayectoria y la deriva relativas respecto a la Burbuja de allá abajo. —Indicó negligentemente con el pulgar hacia la portilla por la que se veía el globo terrestre destacándose sobre el estrellado ébano del espacio como una gigantesca canica moteada flotando sobre una nube—. Registrar todas las observaciones y noticias radiofónicas relativas a fenómenos meteorológicos, cambios de ionización, o cualquier otra cosa que pudiese afectar los cálculos balísticos. Como ves, todo cosas rutinarias. ¿Qué otra cosa se puede hacer aquí?
—Eso es lo que yo quería oír —replicó Jeff, con un deje amargo en la voz—. Nada. ¡No se puede hacer absolutamente nada! Bueno... hasta luego.
Se calzó un par de botas de suela magnética, se puso en pie y alcanzó el primero de una serie de asideros que le ayudarían a trasladarse, casi arrastrándose, desde el borde exterior de la Rueda hasta las salas de esparcimiento, situadas cerca del eje de la misma. Mientras él se alejaba trabajosamente, Bob Craig se inclinó para escudriñar las esferas y hacer una anotación en el cuaderno de bitácora.

Jeff comenzó por dirigirse al baño para tomar una ducha. En el cubículo de la ducha, los chorros de agua semejantes a plumas que brotaban de todos los poros del recinto revoloteaban ingrávidos a su alrededor, como una nube danzante. Ésta era una de las pocas cosas buenas, se dijo, que tenía vivir en un satélite artificial a 1500 kilómetros sobre la superficie de la Tierra. Las gotitas de agua, al no hallarse influidas por la gravedad, no caían en cascada sobre su cuerpo para perderse, sino que se adherían a él como la niebla al pie de unas cataratas. El agua era fresca, vigorizante y deliciosa. Tras dos minutos de aquella rociada se sintió como nuevo. Accionó el mecanismo de succión que hacía desaparecer el agua de la ducha, se alejó flotando de ella, se puso un fresco mono espacial y se dirigió a la cocina para comer un bocado.
Griffin, el camarero de la Rueda, le dio una jaula de bocadillos, una pelota de té y su aburrida conversación.
—Hola, señor Corcoran. ¿Hay algo de nuevo en la crisis panamericana?
—Que yo sepa, no —dijo Jeff, engullendo un bocado de queso con jamón con ayuda de un sorbo de té que hizo brotar de la esfera de plástico—. ¿Acaso sabe usted algo?
Griffin denegó con la cabeza.
—No es nada bueno. Hace poco estuvo aquí Van Brugh. Dijo que los federales están reuniendo en masa a los paracaidistas en todas las bases de Sudamérica.
Van Brugh era el oficial de observación. Jeff frunció el ceño.
—¿A pesar de la advertencia de las Naciones Unidas?
—¡Advertencia! Los dictadores no se asustan de las palabras. Acuérdese de lo que pasó en el sesenta y dos. Los comunistas no se detuvieron hasta que la ONU se puso seria de verdad. El único lenguaje que entienden los militaristas es el de la fuerza.
—Pero la fuerza bruta nunca ha resuelto nada, Mac. La ONU demostrará mayor juicio evitando apelar a ella mientras exista la menor posibilidad de compromiso pacífico. A su debido tiempo...
—Tiempo es lo que nos falta —gruñó el camarero— y mientras nosotros estamos charlando los federales aprovechan hasta el último minuto. No tardarán mucho en echarse a la calle. Yo, en el caso de usted —señaló sombríamente al joven oficial—, estaría más que contento de tener en mi mano la posibilidad de hacer algo para resolver esa cuestión.
—Entonces, me alegro de que no esté en mi lugar —dijo Jeff—. No nos han puesto aquí para que tomemos partido en las discusiones internacionales, Mac. Actuaremos como fuerza policíaca sólo en un caso de emergencia.
Griffin parecía ligeramente decepcionado.
—No le entiendo a usted, alférez. Le están sacando la lengua a su patria, creo. Usted es norteamericano, ¿no es verdad?
—Sí, nací en los Estados Unidos —reconoció Jeff con mansedumbre—. Pero ahora soy un patrullero. El día que me puse este uniforme, juré servir a toda la Humanidad.
Diciendo estas palabras acarició la brillante insignia que lucía sobre su pecho, en el centro del bolsillo superior de su guerrera: La medalla en forma de Rueda, bajo la cual se leía la altiva leyenda en latín Mundo servire.


—Ya conoce nuestra divisa, Mac: "Servir al Mundo". Ésta es la función que debe de realizar el patrullero. Servir al mundo. Entiéndalo bien, no a una sola nación o a un grupo de naciones.
—Desde luego —dijo Griffin sin poder ocultar su impaciencia—. Pero cuando una banda de energúmenos amenace alterar la paz del mundo, entonces ustedes deberán actuar.
—Cuando se demuestre que existe tal amenaza —replicó Jeff—, nosotros actuaremos, pero después de maduras y prolongadas reflexiones; no de una manera impulsiva o apresurada, dejándonos llevar únicamente por el odio o la ira. Servimos al mundo. No lo gobernamos.
 
En la sala de recreo, la crisis panamericana constituía el tema de todas las conversaciones. Allí, sin embargo, los comentarios eran más sobrios y contenidos. Los oficiales que allí se reunían eran antiguos alumnos de la Academia que estaban acostumbrados a las concepciones mundiales, no limitadas por prejuicios geográficos. Dos de ellos, antiguos ciudadanos de la Federación Sudamericana, se sentían muy embarazados e inquietos a causa del conflicto que se tramaba a mil quinientos kilómetros bajo sus pies.
El argentino Pedro González dijo:
—No puedo dejar de pensar que esas informaciones deben de ser exageradas. Mi país no tiene por costumbre realizar actos de agresión. Estoy seguro de que hallarían cualquier otro medio de resolver sus diferencias con la Alianza Norteamericana sin apelar a la guerra.
Van Brugh intervino, conciliador:
—No creo que llegue la sangre al río. Después de todo, no ha habido una sola guerra en el mundo desde que se construyó la Rueda, o sea desde hace cinco años. Y por muy buenas razones. No hay nación alguna que sea lo suficientemente poderosa para desafiar a las Naciones Unidas. Todos los países del mundo saben que nosotros cruzamos sobre ellos y observamos hasta el último rincón habitado del Globo cada veinticuatro horas; y lo que aun es más, que dominamos todos los puntos de la Tierra y que con nuestros proyectiles podemos alcanzar el objetivo que nos propongamos. Ninguna nación, por locos que fuesen sus dirigentes, querría arriesgarse en un juego tan desigual.
Manuel da Silva dijo con sombría dignidad:
—No comprendes el carácter de mi pueblo, Jan. Una vez los míos se levanten en armas, nada significa para ellos el peligro, la muerte, ni las probabilidades en contra. Entre una y una docena de bombas se perderían en el Matto Grosso... y aún no habríamos salido de mi país. Además, piensa que somos únicamente un miembro de la Federación. Poco importaría la pérdida de un millón o dos de vidas, si hubiese alguna probabilidad de triunfo. Y no olvidemos tampoco —añadió— que si ellos son vulnerables, también lo somos nosotros. Sus cañones atómicos de largo alcance, pueden alcanzarnos con tanta seguridad como nosotros a ellos. La Rueda, dadas sus dimensiones, es un blanco nada despreciable. Las maniobras militares del año pasado lo demostraron.
Jeff Corcoran se apresuró a intervenir:
—Este razonamiento es falso, Manuel. Durante esas maniobras nosotros éramos un objeto invariable que se movía en una órbita regular. Ahora no es así. Diez minutos después de que se dispare el primer tiro en la Tierra, los cohetes auxiliares de la Rueda cambiarán nuestra altura y velocidad, situándonos en una órbita excéntrica de cálculo imposible, con lo que nos convertiremos en un blanco casi inalcanzable.
—Es cierto —admitió Da Silva—. Pero supón que nos alcanzan antes de que cambiemos de órbita. O aunque no sea así: ¿Cómo podrás disparar tú, artillero, con cierta posibilidad de dar en el blanco, desde una órbita errante? ¿O es que no habías pensado en eso?
Esa idea no se le había ocurrido a Jeff, aunque más bien le produjo alivio. Una cosa era permanecer sentado cómodamente en el puesto de artillería de un satélite artificial que giraba cada dos horas según una órbita calculada en torno a la Tierra, a 1730 kilómetros de altura y a una velocidad constante de 25000 kilómetros por hora, y basándose en estos factores conocidos calcular la fórmula balística necesaria para situar un cohete con cabeza atómica sobre un punto determinado de la Tierra. Pero otra cosa muy distinta sería conseguir, aunque sólo fuese un centésimo de tal precisión, en el caso de que tanto el objetivo como el cañón se moviese. Jeff tuvo que reconocer que en tal caso le sería imposible hacerlo. Y ponía muy en duda que hubiese nadie a bordo de la Rueda, incluyendo al propio comandante de la misma, el almirante Berkeley, capaz de dar a los calculadores electrónicos las ecuaciones que permitirían oprimir el gatillo.
Con desazón, dijo:
—La verdad es que estamos hablando de cosas muy improbables. Hay mil probabilidades contra una de que no se declare la guerra.
González sonrió imperceptiblemente.
—No solamente lo esperas tú, Corcoran —dijo, suspirando—, sino también todos nosotros.

La noche cayó de pronto cuando la Rueda entró en el cono de sombra de la Tierra. Corcoran se fue a la Sección de Comunicaciones, donde se mantenía el contacto con la Tierra por medio del visifono. Pidió y obtuvo permiso para hacer una llamada personal. Menos de tres minutos después la aguja le indicó que el contacto se había establecido. Jeff entró en la cabina receptora, oprimió el botón de contacto y la pantalla que tenía ante él se iluminó para mostrarle las facciones de Moira Daniels. Los ojos de la joven se iluminaron cuando reconoció a su comunicante.
—¡Jeff, querido! Cuando el operador me dijo que era una llamada del espacio, ya supuse que debías de ser tú. ¿Cómo estás?
—Muy bien —dijo Jeff—. Magníficamente. —Y añadió—: ¿Has dicho que supusiste era yo? ¿Quién si no podía ser?
—Vamos, Jeff —dijo Moira, riendo—, no te hagas ahora el novio celoso. Pudieran haber sido muchos otros. Papá, por ejemplo —Pete Daniel era contramaestre en una línea de pasaje regular Tierra-Luna—, o Dick, llamándome desde la Central de Marte, o Wally...
—¿Wally? —dijo Jeff levantando agudamente la voz—. ¿Está nuevamente de servicio?
Moira mostró una ligera turbación.
—Sí. Se incorporó de nuevo al servicio activo la semana pasada.
—¡Pero, mujer, si Wally tiene treinta y tres años!
—Treinta y cuatro —le corrigió Moira.
—Peor aún. De todos modos, es demasiado viejo para entrar en acción. ¡Dime, Moira! ¿Cuántos reemplazos han llamado a filas?
Moira respondió gravemente:
—Cinco, Jeff. De los cuarenta y seis a los cincuenta. Es por la crisis panamericana. Aunque supongo que ya estarás enterado.
—Sí, lo he oído y lo he visto todo —dijo Jeff, ceñudo—. Para eso estoy aquí, entre otras cosas.
—Ya lo sé —asintió Moira—. Y nosotros dependemos de ustedes, los de la Rueda. Nuestro campo de visión no es tan grande como el de ustedes, Jeff. Así es que haz el favor de velar por nosotros, ¿eh? —El tono de su voz era deliberadamente ligero, pero sus palabras eran serias—. Y no apartes tu dedo del botón —rogó cómica y a la vez gravemente.
—No te preocupes —le prometió Jeff—. Lo haré así. —Y entonces, ya que no había llamado a través del vacío con la única finalidad de aumentar la depresión que ya le dominaba, cambió la conversación hacia temas más agradables—. Pero hablemos de ti, Moira. Cuéntame, ¿qué planes tienes? ¿Todo va bien?
—Perfectamente, querido. Mis amigos me han colmado de regalos. Estoy hecha un verdadero lío tratando de decidirme entre una batería de cocina de aluminio y otra de metal. He encargado ya los vestidos de las damas de honor y Betsy ensaya como una loca para convertirse en la ramilletera más encantadora y elegante que jamás se ha visto en una iglesia. Así es que, como la doncella de la canción, yo estaré dispuesta y esperándote ante el altar para cuando tú regreses...
Un repentino temor se reflejó en su voz y en su mirada.
—Jeff, espero que volverás, ¿verdad? Supongo que no me habrás llamado para decirme que te han anulado el permiso.
—Nada de eso —la tranquilizó Jeff—. No puede predecirse, desde luego, lo que sucederá si la situación empeorase. Pero por lo que sé hasta el momento, no faltaré para desempeñar mi papel en el acontecimiento más grande del siglo.
—Reguemos al Cielo para que nada suceda, Jeff. Si ahora ocurriese algo que trastornase nuestros planes, creo que...
Intervino la voz del visifonista para decir en son de excusa:
—Lo siento, señor. Tendrán ustedes que terminar. Hay una llamada de urgencia.
—Que se vaya al diablo —gruñó Jeff—. Supongo que ésta no es la única línea Tierra-Rueda. Hágala usted por otra.


—Jeff, querido, no importa —intervino Moira—. Ya seguiremos hablando luego. Buenas noches. Me ha hecho mucho bien verte.
—Moira —llamó Jeff. Pero la pantalla se oscureció.
Después de echarle un beso con la punta de los dedos y dirigirle una sonrisa, Moira había cortado la comunicación. Jeff dejó la cabina a regañadientes y se dirigió hacia el perímetro exterior de la Rueda, donde estaba el Observatorio. Instalándose en una butaca, permaneció algún tiempo contemplando con gesto ceñudo la moteada esfera de la Tierra, que giraba perezosamente bajo la Rueda, que avanzaba vertiginosamente por el espacio.
Invertidas desde el punto de vista geográfico, las masas continentales de las dos Américas se destacaban claramente desde aquel observatorio ideal.
"Quizá" —se dijo Jeff con una especie de humor salvaje— "le haría bien al dictador de la Federación pasarse una temporadita en la Rueda. Si desde ella pudiese ver las posiciones relativas de los dos continentes vecinos, sus belicosas ambiciones se calmarían, después de contemplar su continente en lo más alto del mundo".
Norteamérica. Jeff dirigió su mirada hacia la amplia extensión de los Estados Unidos, y la fijó en el lugar que ocupaba el Estado de Illinois. A un extremo del lago Michigan vio la resplandeciente telaraña que señalaba el emplazamiento de la populosa ciudad de Chicago. Sintiendo una dolorosa punzada en el corazón, se preguntó cuál de aquellos miles de puntitos luminosos correspondía a la casa de Moira.
Cuando después de largo rato se fue a acostar, estuvo dando vueltas entre sus correas durante una hora entera. Por último se sumió en un sueño intranquilo, en el curso del cual se le presentó Moira, que con ademán perplejo trataba de escoger entre una batería de cocina de aluminio y otra de cobre. Se volvió hacia él para implorar su ayuda, pero cada vez que él tomaba en sus manos una cacerola o una sartén para examinarlas, éstas se convertían en un funesto botón carmesí.

Durante todo el día siguiente la tensión fue aumentando de manera regular y sostenida. Las observaciones del amanecer indicaron que los sudamericanos habían vuelto a realizar movimientos durante la noche. En la Sala de Proyecciones se pasó una película ante la ansiosa expectación de todo el personal de la Rueda, en la cual se ofrecían vistas que revelaban íntimamente los puntos neurálgicos de la Tierra, que habían sido observados telescópicamente. Estos puntos iban desde zonas de un diámetro superior a los 150 kilómetros hasta otras, estudiadas detenidamente, que apenas abarcaban 500 metros.
Estas imágenes revelaban sin dejar ningún lugar a dudas las intenciones agresivas de los federales. Jeff calculo que más de cuarenta divisiones estaban reunidas en el Canal de Panamá o en sus proximidades. Aquellos tizones ardientes tarde o temprano tenían que estallar en llamas. No era más que una cuestión de tiempo que saltase la primera chispa y en aquel momento el mando de la Rueda debería adoptar una decisión. ¿Debería actuar instantáneamente para sofocar la conflagración en ciernes, o esperar a que se levantasen las primeras llamaradas?
Miles de radiogramas cruzaban el espacio. En un reactor salió para Panamá un enviado del Tribunal Internacional. La ONU hizo un nuevo llamamiento a la Federación para que depusiese las armas. Cuba ofreció un terreno neutral donde las dos Américas en lucha pudiesen reunirse en torno a una mesa de conferencias para resolver amigablemente sus diferencias.
En Madrid, un grupo de simpatizantes de la Federación rompió los vidrios de las ventanas de la embajada norteamericana. Todos ellos fueron detenidos. Rápidamente se organizó una sociedad española de Amigos de la América Hispana, la cual pagó una fianza para que los detenidos fueran puestos en libertad. Al instante se organizó un desfile monstruo para celebrar su liberación.
En las ciudades de Centroamérica se inició la evacuación de niños. Washington y Río, Bahía y Nueva York se hallaban bajo el toque de queda. Méjico advirtió a todas las naciones que no estaba dispuesto a admitir las violaciones de su espacio aéreo. La tensión aumentaba por momentos en la Tierra... y en el pequeño compartimiento donde Jeff Corcoran permanecía ensimismado sobre un botón carmesí de un centímetro escaso de diámetro y que se hallaba a poco más de un centímetro de su dedo impaciente.
Cumpliendo órdenes recibidas una hora antes, calculó las coordenadas necesarias para enviar un mortífero mensajero desde la Rueda a la capital de la Federación, donde tenía sus reales el dictador de Sudamérica y donde se hallaba el epicentro de la fiebre que se había apoderado de toda la humanidad. Y entonces, mientras el tumulto, en código y vocal, martilleaba en sus oídos, la cólera de Jeff crecía a cada segundo que pasaba.
Esto no es más que una algarabía desordenada, mezclada con improperios y amenazas, se dijo enojado. Interminables cascadas de palabras, que se reúnen para formar el torrente que atemoriza al mundo. ¿Es que no existía paz y silencio en ningún lugar? Sí... ciertamente...
Pensó en su casa de Santa Bárbara; en las verdes y lozanas colinas y en los plácidos campos, en los racimos que, por aquel entonces estarían alcanzando su dulce y aterciopelada madurez. Pensó en su madre, con una toalla a guisa de turbante en la cabeza, con las manchas purpúreas de la vid en sus manos, vestida en traje de faena; en su madre, sola en la humeante fragancia de la vendimia, convirtiendo la pulpa de la uva en sabrosa jalea.
Entretanto su padre la ayudaría en la vendimia. Y su hermanita, con trenzas aún, empujaría la aspiradora para limpiar la casa. Y Tommy, su hermanito, repartiría los periódicos de la noche, con sus tétricos titulares:
"Aumenta la amenaza de guerra". "El Ministro de Defensa impone el toque de queda mientras las esperanzas de paz disminuyen".
No era justo, se dijo Jeff, que buenas gentes como aquéllas —como los suyos— tuviesen que inquietarse, sentir temor y ver trastornadas sus dichosas vidas porque un tirano que estaba a medio mundo de distancia quería demostrar la fuerza de su despotismo. No era justo. Alguien debía hacer algo para impedirlo. Y en especial alguien que sentía bajo su mano, suave, frío, increíblemente tentador, un disco carmesí sobre el que bastaría una ligerísima presión para que toda aquella injusticia terminase.
Pensó en Moira. En su novia, que estaba comprándose su ajuar; en Moira, eligiendo con seriedad las cacerolas y sartenes con que cocinaría las comidas que ambos compartirían; en Moira, su novia, con sus dulces ojos llenos de turbación.
No era justo, no estaba bien que ni ella ni cualquier otra joven tuviese que enfrentarse con la terrible amenaza de la guerra, con el conocimiento de que muchos de los que irían a la lucha no regresarían jamás. La guerra era muy dura para los hombres. Pero aún lo era más para las mujeres que se quedaban sentadas en sus casas, esperando con los labios blancos y apretados a que llegasen las listas de muertos.
No era justo que sucediesen tales cosas mientras allí, en lo alto, él disponía del poder necesario para disipar todos aquellos temores. Aquel poder era suyo. Era su poder personal sobre la vida y la muerte, que lo convertía casi en un dios...
"¡Reprímete!", se dijo. ¿Qué pensarían de eso sus instructores de la Academia? Mundo servire: "Servir al mundo". Éste era el credo de la fuerza que él representaba. Permanecer sentado sobre el mundo en el trono del juicio, pero no para juzgar. Para vigilar, sugerir y guiar... y solamente para obligar cuando todos los demás recursos fallasen. Ésta era la obligación de la Rueda, el deber de un Patrullero del Espacio de las Naciones Unidas.
Y sin embargo... había la Federación. Tropas sedientas de sangre amontonadas junto a una frontera en tensión. Soldados que avanzaban en verdaderas caravanas de hormigas a punto de atacar; un verdadero enjambre de avispones concentrado en los aeropuertos, ansiosos por emprender el vuelo y arrojar los letales aguijones de su poderío atómico contra inocentes como Moira, su madre y su hermana.
¿Qué mejor manera de servir al mundo, se dijo, que la de atacar a los que hacían peligrar su paz? Y de pronto la vieja frase danzó ante sus ojos:
"¿Quién oprime el botón?" Y la espantosa respuesta.

El audiófono dio unas roncas órdenes y Jeff tensó su cuerpo en el asiento:
"¡Puesto de artillería, alarma roja! Esté a punto de entrar inmediatamente en acción. Hora cero diez en punto".


¿Hora cero? Eso quería decir que por último habían pronunciado aquella firme advertencia que se había hecho tanto esperar. El mando de la Rueda se había decidido por último a actuar, enviando el ultimátum a la Federación.
"Depongan las armas", debía de rezar aquel mensaje, desprovisto de fraseología altisonante. "Hemos sido pacientes hasta el límite. Hemos observado sus acciones y las desaprobamos. Dispérsense inmediatamente. Dispersen sus concentraciones y tropas... o de lo contrario..."
¿Qué pasaría entonces, se dijo Jeff? ¿Cuál sería la respuesta de la Federación? ¿Cumpliría humildemente aquellas órdenes? Si había que creer a Da Silva, eso no sucedería. "Ustedes no comprenden el carácter de los míos. El peligro y la muerte nada significan para ellos". No, serían los primeros en pegar y su primer golpe iría dirigido contra su más peligroso adversario, la veloz motita que se cernía a mil seiscientos kilómetros sobre sus cabezas y que les amenazaba con un castigo paternal.
¿Cómo se sabría que había partido hacia ellos el proyectil, cruzando el espacio a velocidad supersónica con el objeto de aniquilar la Rueda? ¿De hacer añicos la luna de metal que constituía la creación más orgullosa y ambiciosa del hombre? ¿Que borraría del cielo aquel carro de Ezequiel, para que los hombres pudiesen asolar libremente la superficie de la Tierra?
¡Que se vaya al diablo, se dijo con súbita violencia, que se vaya al diablo toda esta repugnante indecisión! Es demasiado verse obligado a esperar pacientemente a que nos ataquen. ¡Terminemos de una vez! Tenemos los medios —yo tengo los medios— de terminarlo.
"¿Quién oprimirá el botón?" ¡Yo lo haré! Yo, Jeff Corcoran, guardián de los cielos. Yo, Jeff Corcoran, moderno avalar de Krisna el vigilante, de Siva el destructor. Yo, Jeff Corcoran, dios temporal de la Tierra.
Su índice se abatió convulsivamente. El botón carmesí se hundió bajo su presión.

Le pareció que habían transcurrido horas, pero apenas habían pasado dos segundos cuando Jeff Corcoran se hundió aterrorizado ante la idea de lo que había hecho. No, no de lo que él había hecho, sino de lo que su índice, que casi pareció moverse por su propia voluntad, acababa de desencadenar sobre la Tierra.
Durante aquellos segundos de aturdimiento una horrible visión danzó ante sus ojos. Vio abrirse la escotilla de lanzamiento y salir del vientre de la Rueda el alado proyectil para precipitarse hacia la Tierra a más de dos mil kilómetros por hora. Mentalmente calculó la distancia que debía recorrer aquella mortífera arma y la vio tocar el suelo. Un súbito resplandor en el claro cielo brasileño una décima de segundo antes de que la bomba estallase con espantosa furia seguida por la onda del sonido, que se perdería en el trueno amedrentador de la explosión atómica, que ahogaría los alaridos de los miles, tal vez millones de seres que morirían instantáneamente.
Una agonía de remordimientos le invadió, al comprender lo que había hecho. Por un instante el pánico pareció que iba a dar al traste con su razón. Se levantó a medias del asiento, debatiéndose entre el impulso loco de correr, de ocultarse para eludir las responsabilidades que le pudiesen recaer por aquel acto imprudente y temerario.
Mas entonces vino en su ayuda la disciplina que le habían inculcado los años de Academia. Comprendió al instante lo que debía hacer y se sintió de nuevo frío y reposado. Mientras aún debatía en su mente las prontas decisiones que había que adoptar para anular su precipitado acto, su adiestrado cuerpo tomaba ya las primeras medidas de urgencia.
Con la mano derecha tocó el interruptor que abría un circuito conectado con todos los puestos interceptores de cohetes de la Tierra. Con voz trémula y ronca les dio el siguiente mensaje de aviso:
—Control de intercepción, Tierra; a todos los puestos. La Rueda llama a todas las estaciones de intercepción. Bomba disparada a las 9,23 horas de Greenwich. Objetivo, Río. Trayectoria, código tres cero cinco. Coordenadas de fuego diecinueve grados seis minutos de declinación...
Leyó las cifras significativas que le daban las esferas:
—Levanten pantalla total sobre la zona del objetivo. Nada más por el momento. Contesten al mando de la Rueda.
No esperó a oír los primeros acuses de recibo de este mensaje, el ronroneo que parecía producido por un centenar de abejas y que se iba alzando de un puesto de intercepción tras otro. Aquello daría por resultado, en el espacio de pocos minutos, la erección de una pantalla de cohetes sobre el sector amenazado. Jeff sabía que la bomba necesitaría cuarenta y siete minutos para alcanzar la Tierra. Mucho antes de este plazo la pantalla sería completa. El proyectil con cabeza atómica se perdería al estallar contra un interceptor, en plena troposfera. Una breve llamarada se encendería en los cielos, y algún que otro observador casual se sorprendería ante la aparición de un meteorito en pleno día.
No esperó a enterarse de esto. Sereno ya, Jeff efectuó otra llamada necesaria. Esta vez su voz no era tensa sino sombría. Dijo: 
—Alférez Jefferson Corcoran, del puesto de Artillería, al Mando de la Rueda. Sírvanse enviar inmediatamente relevo. Comparezco bajo arresto voluntario.

El contraalmirante Berkeley indicó con un ademán de cabeza a Jeff que tomase asiento frente a la mesa de su despacho.
—Bueno, Corcoran —le dijo—, parece que tenemos que hablar de algunas cosillas.
Jeff contestó:
—No tengo nada que decir, señor. Lo que he hecho no puede defenderse. Después de lo que me enseñaron en la Academia, nunca debía haberme conducido así. Mi mayor error ha consistido en querer pensar por mí mismo. Y mis pensamientos eran... confusos.
¿Cómo podía hablar a nadie de su madre y del fragante aroma de las uvas en la cocina llena de vapor? ¿Y de su padre, su hermanita y Tommy? ¿Y de Moira calculando con seriedad las ventajas del aluminio sobre el cobre en las baterías de cocina?
—Estaba lleno de confusión —prosiguió Jeff— y traicioné la confianza depositada en mí. No tengo excusas. Sólo puedo pedir disculpas y aceptar el castigo que quiera imponérseme.
Berkeley tamborileó pensativamente con sus dedos sobre la mesa.
—Tal vez le interese saber que, menos de una hora después de que usted cometió esa acción, se demostró que su impulso era por completo innecesario. ¿Sabía usted que, en respuesta al ultimátum de la Rueda, las fuerzas de la Federación se han empezado a retirar de la zona del Canal? ¿Y que se han iniciado ya las negociaciones?
—No, señor; no lo sabía. Pero me alegra saberlo ahora. —Jeff añadió con sencillez—: Aún hace que me considere más loco, pero de todos modos me alegro. Eso demuestra que la Rueda es capaz de realizar la misión que se le ha confiado.
—En efecto, Corcoran —asintió Berkeley—. Se ha demostrado por primera vez la influencia decisiva que tiene la Rueda para el mantenimiento de la paz. Y no será ésta la última vez en que se pida nuestra intervención. Aunque tal necesidad se presentará cada vez con menor frecuencia, a medida que las naciones se den cuenta de que somos un árbitro poderoso e imparcial. El ángel guardián que la propia Tierra ha colocado en los cielos. En cuanto a usted... —el almirante frunció los labios—. ¿Cuál cree usted que será su castigo?
Jeff dijo:
—Eso no soy yo quien debe decidirlo, señor. Tengo novia; íbamos a casarnos el mes que viene. Pero supongo que me someterán a un consejo de guerra. En mi defensa sólo podré alegar, creo yo, un ataque temporal de enajenación. No de locura. Sólo una especie de enajenación. No es que le pida que lo comprenda.
—A pesar de ello —dijo el almirante— lo comprendo. Sé exactamente lo que usted quiere decir, teniente Corcoran.
Jeff repuso maquinalmente:
—Alférez, señor.
—No se considera correcto —observó el comandante de la Rueda— rectificar a un superior... teniente.
Por un momento, Jeff no comprendió el significado de aquellas palabras. Por último llegaron a su cerebro. Jeff contempló estupefacto la sonrisa del almirante.
—¡La verdad, no lo entiendo, señor! Quiere usted decir...
—Que ha pasado usted la prueba —completó Berkeley—. La última y más importante prueba a que son sometidos todos los oficiales artilleros a bordo de la Rueda. La ha pasado de forma excelente.
—Pero, señor, si he violado todos los reglamentos del libro de ordenanzas...


—Algunos de ellos —repuso el comandante— no pueden figurar en los libros. Hay algunos reglamentos que no se pueden enseñar. Puede conseguirse la obediencia física, teniente; pero la mente no puede dominarse con la misma facilidad. En ocasiones no se doblega ante ninguna autoridad y sólo reconoce como guía su sano instinto de conservación, que usted hoy nos ha demostrado a entera satisfacción de todos.
—¡Pero el botón, señor! Yo oprimí el botón.
—Corcoran —le interrumpió de pronto el almirante—. ¿Cuántos hombres han sido probados como candidatos artilleros en la Rueda desde que ésta existe? ¿Lo sabe usted?
—No, señor. ¿Veinte, quizá?
—Su número exacto es de cincuenta y cuatro. Ahora oiga usted esto. ¿Cuántas veces cree usted que un candidato artillero ha oprimido el botón carmesí?
—Nunca lo habrán hecho —dijo Jeff, compungido—. Ninguno de ellos habrá sido tan idiota como...
—Se equivoca usted, teniente. El número exacto vuelve a ser cincuenta y cuatro. Todos y cada uno de los hombres que se han sentado ante ese tablero de mandos ha incurrido en un momento de locura, durante una cualquiera de las espantosas horas que ha tenido que pasarse mirando el maldito disco tentador.
Volvió la cabeza, como si recordase algo.
—Sé lo que es esto, Corcoran. Hace cinco años yo mismo me senté en ese puesto y llegué a sentirme como un dios. Y terminé oprimiendo el botón carmesí, lo mismo que usted.
—Pero usted, mi almirante... —tartamudeó Jeff—. Eso significa...
—Cincuenta y cuatro candidatos han oprimido el condenado botoncito. Sin embargo, sólo diecisiete de ellos han sido aceptados como oficiales artilleros. ¿Comprende usted ahora, teniente? El verdadero fracaso no se produce al cometer el acto, sino en lo que viene después. Más de dos terceras partes de ellos se quedaron helados de espanto ante lo que habían hecho, se desmoronaron completamente, perdiendo la cabeza por completo, sin tomar ninguna decisión positiva.
»Solamente dieciséis de ellos, entre los cuales se cuenta usted, no perdieron la serenidad durante esta prueba. Cuando comprendieron el disparate que acababan de cometer, se afanaron en remediarlo, en corregir la equivocación, que —si la lección no ha caído en saco roto— ya no se atreverán a repetir jamás. Y eso es lo que espero que ocurra en su caso.
Berkeley continuó amablemente:
—El botón que constituía su pesadilla, Corcoran, no disparaba ninguna bomba atómica, como usted suponía y como nosotros permitimos que supusiese. El mecanismo de ésta estaba controlado a distancia por un oficial de idéntica graduación que había pasado ya por la prueba a que acabamos de someterle. Del mismo modo, su llamada a las estaciones interceptoras terrestres no siguió su curso debido, sino que fue desviada para que la Tierra no se alarmase indebidamente ante una amenaza inexistente.
El almirante sonrió.
—Espero que comprenderá el motivo de tales precauciones. La prueba por la que le hemos hecho pasar ha sido terrible, pero necesaria. La responsabilidad que tenemos aquí arriba es enorme. Gozamos de la confianza de tres billones de personas. Sólo podemos poner este peso aterrador sobre unos hombros verdaderamente capaces de soportarlo.
»Cuando regrese usted de su permiso —el cual, dicho sea de paso, teniente, va a comenzar inmediatamente— el botón que tendrá bajo su mano será el verdadero. Creo que entonces le resultará tranquilizador saber que el tremendo poder de vida y muerte que usted ejerce se halla plenamente merecido, después de la prueba a que ha sido sometido y su feliz resultado. Y ahora, teniente, si usted me lo permite, voy a desearle todo género de felicidades —dijo el almirante Berkeley sonriendo—. Y no se olvide de traerme un buen trozo de pastel de bodas.
Jeff le estrechó la mano como alelado, y al notar el cálido apretón, comprendió que simbolizaba una nueva camaradería, una fraternidad de hombres que habían salido victoriosos de la prueba. Aquello constituía al propio tiempo un espaldarazo y un ascenso, y el cambio de un peso que sólo podían soportar unos hombros robustísimos. Aceptó alegremente aquel cambio, pero también con gravedad.
No es cosa baladí, se dijo, servir en la Rueda. Dios ha creído conveniente mostrarnos el camino de las estrellas. Reguemos ahora que nos ayude a guardar y defender a nuestra madre la Tierra.

FIN

2026/07/13

La astucia de la bestia (Nelson Bond)


Título original: The Cunning of the Beast
Año: 1942


Él contemplará
nuestra vergüenza agazapada.
Que pueda hacer que nos levantemos ardiendo de terror…
¡Oh, ojalá fuese de noche!

El caso de nuestro difunto hermano, el Yawa Eloem, ha sido objeto de muchos y desagradables comentarios, y son bastantes entre nosotros los que creen que el castigo que le fue infligido, a pesar de ser severo, no correspondió del todo al mal que nos produjo.
Es a estos espíritus vengativos a quienes yo desearía contradecir.
No se crea, empero, que considero con aprobación los experimentos que llevó a cabo el sabio y desdichado doctor Eloem. Antes al contrario; en mi calidad de uno de sus más antiguos amigos y primero de sus confidentes, yo fui quizás el que le advertí antes que nadie poniéndole en guardia ante lo que pretendía hacer. Hice esta advertencia la noche en que el Yawa concibió su loco y ambicioso proyecto.
Pero me creo obligado también a ofrecer los hechos escuetos y verdaderos, a aquellos que arguyen que tuvo la intención de derribar nuestra espléndida civilización, aniquilar nuestra cultura y entregar el gobierno de nuestra amada patria a unos monstruos bárbaros.
El doctor Eloem es más digno de compasión que de desprecio. Le correspondió la triste suerte de aquel que, hurgando en secretos que más hubiera valido no revelar, sólo consiguió crear un monstruo más poderoso que su hacedor.

Recuerdo muy bien la noche en que el sueño del Yawa se convirtió en realidad. Fue la Noche de Profundas Tinieblas, que sólo se presenta una vez cada doce revoluciones de Kios. Ambos soles se pusieron y las nueve lunas estaban ausentes de los cielos. No hay duda de que las llameantes estrellas brillaban en la bóveda de azabache del espacio, pero desde nuestro Refugio no podían ser vistas. Grandes nubes se apretujaban sobre nuestra Cúpula protectora; torrentes de lluvia corrosiva caían con furia incesante sobre su transparente hemisferio.
A pesar de que nuestros refugios permanecían cálidos y secos en semejante coyuntura, mi cuerpo crujía y se quejaba cada vez que trataba de moverme; uno de mis miembros se movía con tanta rigidez en su articulación, que apenas podía ordenarle que funcionase. Eloem se hallaba en mejores condiciones, pues acababa de pasar por una rehabilitación en la Clínica, pero la condensación le afectaba a la vista y de vez en cuando, mientras permanecíamos acurrucados en nuestra congoja, se enjugaba la humedad que cubría su visor.
Oímos confusamente los golpes sordos producidos por unos pies que corrían, y atisbando con temor entre la niebla vimos a nuestro amigo Nesro, a quien había alcanzado la espantosa tormenta y corría hacia el refugio, pues se había quedado rezagado. Mas antes de que pudiésemos llamarle, para que acudiese a nuestra Cúpula, cayó víctima de las inclementes condiciones atmosféricas. Sus pasos se hicieron vacilantes; sus articulaciones se agarrotaron; tropezó y cayó de bruces.
El horror se apoderó de nosotros. Para un kiosiano, yacer, aunque sólo fuesen unos minutos, sobre aquel terreno empapado significaba la muerte segura. Pero nosotros nada podíamos hacer. Intentar rescatarlo sin disponer de achicadores, únicamente hubiera servido para exponernos a correr la misma suerte.
Eloem se puso trabajosamente en pie y lo que gritó debiera convencer a sus enemigos de que, por defectos que tuviese, la cobardía no se hallaba entre ellos.
—Valor, Nesro —exclamó—. Vamos en tu ayuda.
—¡No, amigos míos! Más vale que muera uno que muchos —dijo con voz débil—. Abran el Refugio. Trataré de alcanzarlo sin mi portador.
Ambos gritamos al unísono:
—¡No, Nesro, no lo hagas! ¡No lo conseguirás! La lluvia te matará...
Pero nuestras súplicas fueron en vano. Desesperadamente Nesro se alejó del húmedo y brillante portador, que le ofrecía un precario refugio, y partió como una centella hacia nosotros, llameante como una columna carmesí en la oscuridad. Por un instante pareció que su loca acción se vería coronada por el éxito, pero sólo por un instante. Finalmente, el crudo y terrible veneno de la lluvia se infiltró a través de su débil escudo. Un agudo grito de dolor desgarró nuestros nervios y donde había estado Nesro floreció brevemente en la noche una incandescencia blanca imposible de contemplar. Después, nada.
Así terminó Nesro. Yo me sentía conmovido, pero mi emoción no era nada comparada con la que experimentaba mi amigo, el sabio Yawa Eloem. Éste rompió en sollozos y prorrumpió en maldiciones en nuestro diminuto Refugio, pronunciando Nombres que no me atrevo a repetir.
—¡Que caigan mil calamidades —gritó con voz terrible— sobre los dioses burlones que nos han hecho tan desvalidos! Porque somos a la vez dueños de un mundo y humildes servidores de todos los elementos de este mundo. ¿Qué importa que nuestro intelecto nos edificara un imperio, ni que con nuestra sagacidad y sabiduría hayamos sondeado los secretos del universo? Nuestras mentes son glorias vivas, pero renqueamos por nuestro reino como unos tullidos, más míseros que todos los seres que avasallamos. Incluso las salvajes bestias que alientan y escarban en busca de gusanos bajo la piedras se atreven a enfrentarse con las fuerzas que a nosotros nos aniquilan. Incluso estas miserables sabandijas...
Y tendió su mano temblorosa hacia el portador empapado por la lluvia y que Nesro había abandonado. Estaba tendido de bruces sobre un arroyuelo batido por el viento. Inmóvil, estaba oxidado y destruido irremisiblemente. Mientras nosotros lo contemplábamos, surgió cautelosamente de la espesura un pequeño ser que respiraba aire. El peludo animalejo olfateó esperanzado el portador. Luego, al no oler nada en su interior con que saciar su espantoso apetito, se alejó a ras de tierra, con su pelambre llena de gotas de lluvia.
Yo me estremecí y traté de hacerle entrar en razón:
—Pero, desde luego, Eloem, tú no cambiarías tu alma por el cuerpo de un bruto, ¿no es cierto? Verdad es que los dioses han dictado que paguemos un precio por el dominio que ejercemos sobre el mundo. Nos falta el vigor físico de esos animales inferiores. ¿Pero no es compensación bastante nuestra inteligencia superior?
»Y por lo que se refiere a la forma y la sustancia, hemos realizado grandes progresos. Nuestros antepasados no sabían construirse cuerpos tangibles. Hoy, nos alojamos en portadores de metal hábilmente construidos que cumplen todas las funciones físicas que deseamos.
—¡Bah! —rezongó con ira el Yawa—. Esos portadores sólo sirven para subrayar nuestra impotencia. Nos encerramos en caparazones de metal forjado y nos imaginamos que con eso hemos ganado movilidad. ¿Pero es esto cierto? ¡No! Sólo hemos conseguido convertirnos en los esclavos de los cuerpos que hemos creado... —Rió con risa cavernosa, parodiando la cháchara de los especialistas de la clínica—. Engrasar aquí... engrasar acullá... una gotita de aceite en la rótula... Reemplazar lentes... cambiar dedos... reparar placa oxidada en el lóbulo frontal...
—Sin embargo —protesté—, nuestros cuerpos metálicos nos permiten efectivamente trasladarnos con mayor facilidad y realizar tareas que de lo contrario resultarían imposibles.


—¿Y con qué limitaciones? —tronó él—. Con tiempo frío, temblamos y tiritamos en nuestros hogares metálicos; cuando hace calor, nuestros remaches ceden, se doblan o se funden. Con tiempo seco, nuestras articulaciones se atascan con rechinante arenilla. Cuando llueve —hizo una pausa para contemplar con amargura el portador vacío de Nesro— perecemos.
Lleno de resignación, dije:
—Lo que dices es cierto. Pero no podemos evitarlo. En cuanto a mí me doy por satisfecho.
—¡Pues yo no! Tiene que haber algún otro medio de existencia que no se limite a embutirse lamentablemente en una cáscara de metal. Tiene que haber alguna otra forma de servidor...
Se interrumpió de pronto y yo le miré con curiosidad.
—¿Qué has dicho?
—De servidor —repitió—. ¡Sí, eso es! Otra clase de servidor. Uno que no se funda cuando haga calor ni se hiele cuando haga frío o se encoja con tiempo seco o se pudra bajo la lluvia. Un servidor adaptado por la propia naturaleza para combatir los terrores que ella misma ha creado. Esto es lo que nuestra raza necesita; lo que debemos tener. ¡Y lo que tendremos!
—¿Mas dónde encontrarás tal sirviente?
El Yawa Eloem señaló con su brazo rechinante la selva cubierta de niebla.
—Allí, hermano mío.
—¿En la selva? Querrás decir...
—Sí. Las criaturas de carne y hueso. Los seres que respiran aire.
A pesar de mi dolor y mi aflicción, solté la carcajada. Resultaba demasiado ridícula la idea de educar aquellas diminutas bestezuelas peludas para que realizasen las labores manuales para nosotros.
—Vamos, Eloem, es imposible que hables en serio. ¿Esas míseras y desmedradas sabandijas?
—Que llevan en su interior, amigo mío —dijo hablando lentamente y con expresión taimada—, el germen de la vida y el movimiento. Esto es todo cuanto importa. El germen de la vida. Su tamaño, su forma... éstos son extremos de poca monta que yo moldearé a mi antojo de acuerdo con lo que necesitamos. Los convertiré en bípedos, moldeando de nuevo sus cerebros de brutos para infundirles inteligencia. Sí incluso esto haré yo, el Yawa Eloem. E imploro a los dioses que me ayuden.
Una extraña desazón se apoderó de mí, sin que supiese por qué. Pensativo, dije:
—Ten cuidado, oh Yawa, de que estos mismos dioses que invocas no se vuelvan contra ti, ofendidos ante tamaña osadía. No soy un escéptico que sólo sabe censurar, pero me parece que existen ciertos límites que no se pueden trasponer, so pena de graves consecuencias. La alteración de la forma, la concesión de la sabiduría, son acciones que sólo los dioses pueden realizar impunemente. No están al alcance de seres como tú y como yo.
Pero temo que el Yawa no oyese mis palabras, tan absorto se hallaba en la visión que se le había presentado. Agitándose en las húmedas tinieblas, su voz resonó a mi lado, con el entusiasmo y la estridencia de un soñador.
—Sí, esto es lo que haré —proclamó—. Crearé una nueva raza, una raza de servidores que nos obedecerán a nosotros, sus amos.

Transcurrió mucho tiempo antes de que volviese a ver al Yawa Eloem. Los de Kios somos una raza solitaria, aislada por naturaleza e individualista en nuestras costumbres, y yo estaba muy ocupado con mis propias obligaciones. El Gran Consejo me había designado para que perfeccionase un tipo de aparato con el cual nuestros colonizadores pudiesen cruzar las tinieblas del espacio hacia los planetas aún no conquistados de nuestro doble sistema solar. Ésta era la agobiante labor que me tenía ocupado.
Así pasaron y se fundieron las lunas. Por tres veces cambiaron las estaciones, pasando del frío al calor, de la lluvia a la sequía y viceversa. Y en la intimidad de su propio laboratorio, cubierto por una cúpula, el Yawa Eloem proseguía sus investigaciones secretas en la soledad.
Hasta que un doble atardecer, mientras los rayos carmesí del sol menor, que se hundía por el norte, confundían extrañas sombras con la luminosidad verde pálida del sol mayor, que se ponía por el sur, vino a verme a mi taller el Yawa en persona.
Se le veía presa de una gran excitación y desechando las salutaciones de rigor me espetó estas palabras:
—Amigo mío, ¿quieres contemplar una maravilla capaz de infundir temor en el ánimo más templado?
—¿Por qué no? —respondí risueño.
—¡Ven entonces! —exclamó el Yawa con pasión—. ¡Ven conmigo, contempla y maravíllate! 
Y me condujo a su propia Cúpula.
Permítaseme decir antes que nunca científico alguno vivió con tal refinamiento y lujo, como el que rodeaba a Eloem. Su Cúpula no consistía en una sola cámara, como ocurre en casi todas nuestras moradas, sino que era una altiva construcción subdividida en numerosas estancias y nichos, y cada cual servía a una finalidad diferente.
En una ocasión atravesamos un laboratorio químico, en cuyas paredes cubiertas de estantes brillaban innumerables hileras de redomas y alambiques; luego cruzamos una biblioteca cuyos mohosos volúmenes cubrían todo el campo del saber contemporáneo; por todas partes se veían cámaras llenas de aparatos eléctricos, equipo quirúrgico y curiosas máquinas de las que ni remotamente podía yo conjeturar la misión. Recuerdo haber atravesado una sala llena de vapor, en cuyo centro se abría un tanque hidropónico, del que emanaba un perfume extrañamente fétido. No puedo hablar con seguridad de lo que contenía este depósito, pero recuerdo que cuando pasamos junto a él, de sus oleosas profundidades, surgió chapoteando algo extraño y amorfo que arañó con garras sin uñas las paredes de su prisión, emitiendo un gorgoteo lastimero, con una voz espantosa y sin lengua.
Dejando atrás las cámaras donde realizaba sus experimentos, el Yawa me condujo apresuradamente ante la última puerta. Deteniéndose con gesto dramático ante ella, manifestó:
—Aquí está la cámara donde realizo la prueba final. Contiene el resultado de mi gran invento.
Abriendo la puerta de par en par, me invitó a entrar en la cámara.
Bien podía envanecerse el Yawa de lo que allá había creado. Debo confesar francamente que abrí asombrado los ojos cuando contemplé lo que su mano me indicaba.
No era una simple estancia, sino una vasta Cúpula que recubría una extensión muy considerable, a la que se le había dado el aspecto de una verdadera selva natural. Pero era más que una selva; antes más bien parecía un delicioso vergel, un paraíso. En él crecían los más variados frutos y flores que puede ofrecer la Naturaleza. Sin embargo, con tal cuidado y celo había concebido y realizado el Yawa Eloem su obra, que había conseguido crear un paisaje más bello que si hubiera salido de la descuidada mano de la Naturaleza.


Aquí una elevada arboleda alzaba sus enhiestas flechas verdes; allá, entre musgosas riberas sembradas de florecillas fragantes, serpenteaba un arroyuelo cristalino; más allá, entre verdes prados, se alzaban soñolientas colinas y campos rebosantes de trigo. En la selva bullían mil animalillos, cuyo incesante murmullo constituía un bálsamo para los espíritus fatigados; los peces centelleaban y saltaban en los remansos del arroyo; y de un distante vergel llegó la arrobadora cadencia de un extático ruiseñor que lanzaba al aire sus trinos.
Contemplé a Eloem, mudo de estupefacción y pasmo, y grité:
—¡Ciertamente, es un milagro lo que has creado aquí, sapientísimo Yawa! ¡Qué belleza y qué encanto! El Gran Consejo se quedará admirado.
—¿Tú crees? —inquirió, satisfecho de oír mis elogios—. ¿Lo crees de verdad?
—¿Cómo quieres que no se admiren? Por los dioses te digo, Eloem, que ojalá el resto de nuestro planeta fuese tan deleitoso como este rinconcito que has creado bajo la cúpula de tu laboratorio. Qué dicha sería la nuestra, qué existencia tan maravillosa, si todo Kios fuese un edén como éste; un país de ensueño a cubierto de cualquier inclemencia, donde pudiésemos vivir sin temor a los terrores naturales que nos asedian, el calor, el frío y la mortífera lluvia.
»Aseguraste que el terror me sobrecogería. Terror, pasmo y maravilla son poco para describir lo que yo siento. Me humillo ante el artista soberano que ha conseguido crear la perfección.
—Aún no lo has visto todo —observó el Yawa.
—¿Aún hay más que ver?
—Mucho más. Todavía no has visto mi mayor obra. Sígueme.
Y me condujo por un estrecho sendero que serpenteaba entre la espesura. Al aproximarnos a una arboleda medio escondida en la ladera de un otero, llamó con voz cariñosa:
—¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¿Dónde estás, criatura a quien yo he dado el ser?
Y antes de que pudiese preguntarle a quién dirigía aquella extraña salutación, un movimiento turbó la paz de la quebrada. Se apartaron unas ramas, y de una cúpula de follaje surgió una visión que me dejó estupefacto y sin habla.
Era una criatura viviente, un animal de carne y hueso, un ser que respiraba aire y que caminaba en posición erguida sobre sus dos miembros posteriores. Con razón se había jactado Eloem de su capacidad para formar una criatura a su imagen y semejanza. Hasta tal punto se parecía su forma a la de los portadores que los de Kios construíamos para nuestro uso particular, que por un momento creí que se trataba de una burla descomunal. Pensé que Eloem, para divertirme, había recubierto el portador de un amigo o un ayudante con pigmento.
Entonces vi que el cuerpo de aquel monstruo no estaba hecho de recios metales como el nuestro, sino que era blando, palpitante, elástico. La curiosa pelambre oscura que cubría su cabeza, su pecho y sus miembros crecía de manera natural, al parecer de su propia carne. Respiraba con movimientos amplios y acompasados del pecho, y sus ojos grandes y naturales no eran visores sensitivos como los que nosotros utilizamos para ver, sino los ojos naturales de un animal.
A la sazón los posaba alternativamente en nosotros dos, como si nos examinase. Luego la bestia racional preguntó:
—¿Me llamas, señor mío? ¿Me has llamado? 
Eloem, con el tono benévolo y cariñoso de un padre, preguntó a su vez:
—¿Dónde has estado, hijo mío?
La criatura replicó con voz reposada:
—He vagado por los campos, aspirando la fragancia de las flores. He paseado entre los árboles y los he tocado, maravillándome ante su firmeza fuerte y áspera. Junto al arroyo me arrodillé para beber de sus aguas. Probé las bayas de la vid y el fruto de los árboles, dando las gracias a ti, oh mi señor, que has creado todas estas cosas y a mí mismo en este paraíso.
—¿Y eres dichoso, hijo mío?
—¿Dichoso?
La atónita mirada de la bestia indicó que no comprendía el significado de aquella palabra.
—¿Te falta algo, alguna cosa por la que anhele tu corazón?
—No, nada, señor. Salvo quizá...
La creación del Yawa vaciló. Su voz se quebró, bajó la mirada como si estuviese avergonzado ante su propia osadía, al poner en duda la perfección de aquel vergel.
Eloem inquirió:
—Entonces, ¿es que te falta algo, hijo mío?
—Se trata de... una cosa sin importancia, señor mío. Apenas vale la pena mencionarla, pero... —la criatura parecía cohibida—. Estoy solo, oh Yawa. Al atardecer paseo por la umbría, viendo a mi alrededor, las aves de brillantes colores, los susurrantes insectos y las bestias de los campos, y me doy cuenta de que cada uno de estos seres tiene una compañera. Solamente yo, de todas las criaturas que habitan en este paraíso, no tengo pareja.
—Pero... —empezó a decir, ceñudo.
—No pongo en duda tu bondad, oh gran Yawa —se apresuró a decir la criatura—. En tu infinita sabiduría tú sabes mejor que yo lo que necesita tu siervo. Sin embargo...
Guardó silencio, con la cabeza sumisamente inclinada ante el Yawa, que se hallaba sumido en meditación. Pero yo no pude dejar de advertir que su mirada se alzaba subrepticiamente bajo sus tímidas pestañas, en furtivas interrogaciones.
No pude evitar que en mi voz se mezclase cierto resentimiento al observar:
—Harto singular es el ser que has creado, Eloem. Pese a vivir en un paraíso, aún se atreve a poner en duda su perfección.
Mas Eloem dijo con palabra lenta y suave:
—A pesar de todo, hay sabiduría en lo que pide. Me costó demasiado esfuerzo crear este ser. Sería una locura intentar la creación de docenas de semejantes suyos en mi laboratorio, y no digamos de cientos o de miles de ellos. Quizás en su inocente solicitud me ha ofrecido sin darse cuenta la solución de este problema. ¿Una compañera? ¡Pues no faltaba más! Sólo tengo que crearle una compañera para que, llegado su tiempo, ambos den a Kios la raza de sirvientes que nuestro mundo necesita.
Volviéndose de nuevo hacia la criatura, que aguardaba humildemente, le dijo:
—Muy bien, hijo mío. Se hará como tú pides. Ven por la mañana a la estancia donde despertaste a la vida. Allí, con tu propia sustancia y con mi sabiduría, crearé otro ser semejante a ti, pero de sexo opuesto. Y ahora, adiós.
Así terminó mi visita al jardín de Eloem. Mas después de ella no permití que transcurriese tanto tiempo antes de volver a él. Mi curiosidad se había despertado, no sólo en lo concerniente al resultado que tendría el magnífico experimento del Yawa, sino por lo que se refería a la forma que pensaba dar a la criatura que sería la compañera de la bestia. Además, cuando se rumoreó que sólo yo, de todo Kios, había sido invitado para visitar el laboratorio de Eloem, se suscitó un gran interés y se me convocó ante el Gran Consejo, para rendir informe de lo que había visto.
Les expuse con vehemencia y arrebato las maravillas que él había obrado, lo cual produjo gran pasmo entre todos. El poderoso Kron, que preside nuestro Consejo, murmuró:
—¿Vida inteligente bajo una forma corporal? ¡Claro está! Ésta es la solución a nuestro problema. El Yawa Eloem es un gran sabio y portentoso en verdad es su intento.


Otro exclamó arrobado:
—¡Por fin alborea la liberación de nuestra raza, en la que tanto hemos soñado! Cuando haya nacido esta nueva hueste de servidores, por fin los kiosanos podremos librarnos para siempre de los portadores metálicos que son nuestro albergue actual. En la seguridad ofrecida por nuestras grandes Cúpulas, nos solazaremos en fáciles placeres o nos dedicaremos a adquirir conocimientos, mientras nuestros servidores, no sensibles como nosotros a las condiciones climatológicas, llevarán a cabo nuestras instrucciones.
Pero otro de ellos, más viejo que sus compañeros, manifestó dudas y recelos, diciendo:
—La verdad, no sé. Concedo que es portentoso lo que el Yawa ha intentado realizar. Quizá demasiado portentoso. Los dioses omnipotentes ven con malos ojos que hurguemos en ciertos misterios. Y me parece que Eloem ya ha levantado el velo que cubría una sabiduría secreta: La creación de almas vivientes.
—¿De almas? —se mofó uno de los más jóvenes consejeros—. ¿Pero cómo puede haber almas en cuerpos bestiales?
—Donde sólo existe la vida, quizás el alma se halle ausente. Mas nuestro hermano nos ha dicho que la criatura de Eloem no sólo se mueve y obedece, sino que manifiesta en voz alta sus pensamientos. Esto es signo indicador de su presencia. Y donde existe inteligencia, también puede haber alma. Caso de ser cierto...
El orador movió gravemente la cabeza. Pero el resto de la asamblea se mofó de él. Todos sabíamos ya que el viejo Saddryn era un sempiterno pesimista que sólo presagiaba calamidades.
Mas Kron en su infinita sabiduría no desoyó aquella sombría advertencia y me pidió que continuase visitando el laboratorio de Eloem para tener al Consejo al corriente de los experimentos que allí se realizaban.
Así fue como poco tiempo después paseé de nuevo en compañía del Yawa por su deleitoso jardín.
Cuando nos aproximábamos al claro del bosque donde la criatura tenía por costumbre recogerse me di cuenta de un cambio sutil. De momento no pude advertir en qué consistía y fui incapaz de atribuirlo a algo que viese, oyese o flotase en el aire. Hasta que de pronto, y con una sensación de reavivada curiosidad, comprendí lo que era diferente. Cuando pasé por primera vez por aquella senda, gran parte de su belleza residía en su estado virgen y natural; la caótica confusión de enredaderas, árboles y matorrales, la lujuriante abundancia con que brotaban las abigarradas florecillas en los lugares más inesperados, el deleite casual que producen los espectáculos naturales vistos en parajes no adulterados.
Pero entonces todo parecía haber cambiado. Las sendas que recorríamos ya no serpenteaban al azar entre cúpulas de verdor. Las habían desbrozado cuidadosamente y avanzaban en línea recta; la espesura que las orillaba había sido recortada y podada sumariamente; las ramas bajas que la cruzaban habían sido cortadas, para que la cabeza del caminante no tropezase con ellas. La belleza aún estaba presente allí, pero ya no era la libre e intacta improvisación de la Naturaleza; era un orden pulcro y aseado, agradable a la vista, pero que producía cierta sensación de ahogo.
Comenté esto con Eloem y él sonrió levemente.
—Esto es obra de ella —dijo—. ¡Es una criatura muy ordenada!
Y movió la cabeza como si, aun a pesar suyo, tuviese que admirarla.
—¿Obra suya? ¿Entonces eso quiere decir que la has terminado?
—Claro que sí. A decir verdad, terminé a dos de ellas. La primera vivió aquí con él por un tiempo, pero tuve que quitarla —observó, suspirando—. Se parecía demasiado a él. Despreocupada, aventurera, enamorada de los alegres vagabundeos y de tumbarse a descansar en lugar de consagrarse con seriedad a sus deberes. Más que una pareja, eran dos compañeros. Reían y jugaban juntos durante todo el día, sin hacer absolutamente nada. Ello me obligó a crear otra, que poseyese instintos y deseos distintos a los de él.
—Pero esto —objeté— no debió de ser de su agrado. Me parece recordar que lo único que él pidió fue una compañera.
Él Yawa sonrió.
—Esto es lo que pidió, en efecto, pero no lo que quería en realidad. Deberías estudiar psicología, amigo mío, para comprender que en la Naturaleza, lo mismo que ocurre en la electricidad, son los polos opuestos los que se atraen. Esta segunda ella es tan diferente de él que se siente atraído hacia ella como por un imán. Ella le confunde, le desconcierta y le hace ir por donde se le antoja. Ella manda y él obedece; ella exige y él acata. Con un simple movimiento de dedo le hace realizar las tareas más arduas. Esto le incomoda enormemente, me supongo, y la actitud de ella le causa vejaciones y molestias, pero para obtener sus raras palabras de encomio, él ha realizado más trabajo en estos días que en todo el tiempo que lleva ocupando este jardín.
Me pareció comprender.
—Entonces, eso quiere decir que has seguido el ejemplo de los insectos, haciéndola mayor que él y más fuerte, para que pueda imponer sus exigencias.
—Por el contrario —repuso Eloem—. La he hecho... pero lo verás por ti mismo. —Y exclamó—: ¡Hijos míos!
El follaje se separó y sus dos criaturas gemelas penetraron en el claro.
Me bastó una simple mirada para comprender que era verdad lo que él me había dicho. El animal macho había experimentado un extraño cambio. Había mayor energía en sus facciones, una confianza surgida posiblemente de la capacidad que acababa de descubrir en sí mismo. Pero al propio tiempo había en él algo que no acertaba a descifrar. Era como una reserva, una expresión furtiva que no tenía la primera vez que le vi. Pero esto fue todo cuanto vi de momento en él, porque mi atención se vio atraída por la nueva compañera de aquel ser. Por extraño que pueda parecer, tratándose de un ser incorpóreo como yo, debo confesar que no pude sustraerme a la fascinación de aquella última obra del Yawa Eloem.
Había combinado en ella no sólo la robustez y la nobleza del macho, sino algo todavía más sutil; una gracia, un encanto, un atractivo y seducción completamente desproporcionados al exiguo físico con que la había dotado.
Su compañero le llevaba una cabeza de estatura; además era de osamenta más delicada y frágil y tez más blanca. A simple vista se veía que su fortaleza no residía en el músculo, sino en la determinación. Su porte era airoso y parecía suave y dócil. Sin embargo, aunque parezca curioso, fue ella quien llevó la voz cantante.
—¿Nos has llamado, señor? —preguntó—. ¿Qué quieres de nosotros?
—Nada —dijo el Yawa Eloem—. Sólo deseaba verlos y mostrarlos a mi amigo. ¿Son dichosos aquí, hijos míos?
—Sí, señor nuestro —contestó ella—. Aunque hay varias cosillas...


—¿Qué son? —preguntó Eloem. 
El macho dijo con voz plañidera:
—Quiere que ensanche el arroyo para que podamos nadar en él. También querría que trasplantase arbustos de bayas a nuestro claro, para que no tengamos que ir tan lejos a buscar nuestro sustento. Y hemos hablado —dirigió una mirada de duda a su compañera—, es decir ella ha hablado mucho de la necesidad de construir alguna clase de morada.
—¿Has dicho ella? —rió Eloem—. ¿Siempre es ella la que habla? ¿Y cuál es tu deseo en estas cuestiones, oh tú, que has salido el primero de mis manos?
—Pues... —principió a decir él, con vacilación y sin apenas levantar la cabeza.
—Yo le he hecho ver —interrumpió ella con voz melosa y cantarina— que sólo si hacemos estas cosas podremos demostrar a las bestias inferiores que somos superiores a ellas y sus legítimos dueños y señores. ¿No es cierto, señor, no es cierto que nosotros somos sus dueños y señores?
No pude contenerme y pregunté:
—¿Desde cuándo las bestias gobiernan a otras bestias?
Pero el Yawa me hizo callar con un gesto.
—Lo que me pides es lógico. Está bien y es conveniente que un animal ejerza dominio sobre sus inferiores. Si tu compañera desea que se cumplan estas cosas, no veo mal alguno en que tú se las proporciones.
—Muy bien —repuso él con cierta petulancia—. Pero es un trabajo muy fatigoso que a mí no me gusta. Cuando la otra ella estaba aquí, íbamos adonde nos parecía en busca de bayas, nos bañábamos siempre que encontrábamos un remanso del arroyo, reíamos y correteábamos, y no sentíamos necesidad de encerrarnos en una oscura morada.
—Como dos niños felices y descuidados —observó riendo la segunda hembra, sin poder ocultar lo que me pareció un ligero resquemor—. Jugueteaban el día entero, y al caer la noche se acurrucaban en lugares separados, haciéndose cada cual su propia yacija de helechos, para dormitar en fría camaradería.
Volvió a reír, flexionando con languidez sus músculos; hasta aquel momento no comprendí cuan fuerte era el animal que se albergaba en ella.
—Desde luego, si esto es lo que quieres, sin duda nuestro señor accederá a devolverte la otra ella...
Pero en los ojos del macho brilló un furtivo resplandor, ardiente y codicioso, y denegó con la cabeza.
—No —decidió—. Haré lo que ella me pide, señor.
—Muy bien —dijo Eloem—. A ti te concierne tomar esta decisión. Y ahora adiós, hijos míos. Debemos irnos.
Mas cuando nos disponíamos a partir, ella se dirigió a nosotros humilde como siempre, dulce y suplicante, pero con una astuta determinación en su semblante.
—Señor...
—Dime, hija mía.
—Hay otra cosa... una bagatela. Somos unas humildes criaturas, ignorantes e indignas de merecer tus atenciones. No querríamos molestarte pidiéndote consejo y parecer a cada momento. ¿No sería posible que, cuando sintamos la necesidad de ello, se nos permita entrar en la estancia donde se guardan los libros del conocimiento y la sabiduría? Sólo con que pudiésemos hacer esto, no sería necesario que perdiésemos tiempo y esfuerzo aprendiendo a hacer mal las cosas, sino que podríamos construir y crear como es debido.
—¡No! —contestó el Yawa Eloem—. No, hija mía, eso no les está permitido. Pueden correr libremente por todo este amplio vergel; sus montes y valles, claros y arroyos. Pero hay una puerta que no deben trasponer: La que conduce a mi laboratorio particular. Ésta es la Ley, la única Ley que les he impuesto.
—Pero... —aventuró ella con expresión entre compungida y seductora.
—No se hable más de ello —dijo Eloem con voz firme y tajante—. Ésta es mi decisión. Y ahora, adiós.
Mientras nos alejábamos, ambos permanecieron inmóviles, él encogiéndose de hombros con resignación y ella cabizbaja. Pero yo notaba los ojos de ella posados sobre nosotros, astutos y atrevidos bajo sus sedosas pestañas entornadas.

Quizá se preguntarán, hermanos míos, por qué hago un relato tan minucioso de estos acontecimientos. Deben creerme: Lo hago únicamente para demostrar que nunca el Yawa Eloem —contrariamente a lo que dicen sus detractores—, nunca, repito, conspiró contra nuestra propia raza para derribar nuestro imperio. Quien tal afirme dirá mentira. El Yawa estuvo a punto de acarrearnos el mayor de los desastres, es cierto; pero sólo porque, siendo la mismísima encarnación de la verdad y la justicia, fue incapaz de comprender la astucia de las bestias que había creado.
A partir de aquí todos sabemos lo que sucedió. Sabido es que, durante la Noche de las Cuatro Lunas, se observó con extrañeza que la Cúpula que cubría el laboratorio de Eloem brillaba con el reflejo de un rojizo resplandor, y que esto se mantuvo durante toda aquella noche. Fue una desdicha que no se realizase inmediatamente una investigación, pero esto es comprensible. Los kiosanos somos una raza de anacoretas, solitarios e individualistas por naturaleza. Nadie sabía que el Yawa no se hallaba en su laboratorio, sino viajando por remotos lugares en busca de nuevo equipo para sus mermadas existencias de material.
La totalidad de nosotros, incluyéndome a mí, que resido a la vista del laboratorio de nuestro hermano, recordamos perfectamente la serie de incidentes que a partir de aquella fecha tuvieron por escenario aquel lugar. Un día fue el sonido de una explosión. Otra vez, el resonar de metal contra metal, como si una docena de nosotros, revistiendo sus portadores, realizase competiciones de fuerza.
Mas nadie sabía ni adivinaba la importancia que tenían aquellos extraños espectáculos y sonidos.
La certidumbre de un peligro inminente se apoderó de nosotros cuando una mañana, al despertar, descubrimos que la Cúpula de nuestro vecino Latos estaba aplastada, convertida en una humeante ruina. Cuando sus sorprendidos amigos hurgaron entre los escombros para averiguar la suerte de Latos, se quedaron consternados al descubrir el portador de éste entre las ruinas. Cuando se consiguió abrir el casco, se vio que el infortunado Latos había muerto. Su energía volátil se había consumido en una única y gigantesca llamarada que fundió el metal que le había servido de residencia.
Aun después de producirse esta catástrofe, no recayó la menor sospecha sobre las criaturas de Eloem. Y desde luego, nadie imaginaba ni remotamente que éstas fuesen las responsables de lo sucedido. Ni siquiera cuando, pocas noches después de esto, la Cúpula contigua, perteneciente al consejero Palimón, apareció hendida por la mitad e inundada con ponzoñoso óxido de hidrógeno, nadie conjeturó que los animales pudiesen ser los causantes de un ataque tan brutal contra sus señores.
Como es de suponer, Palimón también había muerto. Su espíritu se agostó y deshizo en aquel líquido mortal, y fue incapaz de decirnos nada. Más vale no pensar en la espantosa historia de agonía que nos hubiera relatado.


Hasta que finalmente se reveló la causa de tales desastres. Esto se debió, como todos recuerdan muy bien, a la destrucción de la propia Cúpula del Gran Consejo. Como los anteriores sucesos de esta triste serie de calamidades, ocurrió en lo más profundo de la noche, cuando ningún kiosano se atreve a salir al exterior, y en verdad horrible fue el modo como se realizó.
En primer lugar, se produjo, como en los casos anteriores, una violenta explosión que fue seguida por un espantoso mar de fuego que devoró la sala del Consejo y aniquiló a todos cuantos vivían bajo la Cúpula. Y después que el fuego hubo devorado por completo el hemisferio en ruinas, se levantó el húmedo viento nocturno, trayendo consigo mortíferas lluvias que destruyeron cualquier resto de vida que aún pudiese quedar en las salas.
Se debió a una simple casualidad que aquella noche sólo estuviese reunida menos de la mitad del Consejo, o de lo contrario aquello hubiera constituido un golpe tremendo del que quizá nunca se hubiera recobrado totalmente nuestro imperio. Pero afortunadamente el poderoso Kron, con la mitad de sus consejeros, se encontraba en mi Cúpula inspeccionando mi flamante astronave, que se hallaba casi terminada. Bien protegidos contra las nieblas nocturnas, regresaban a sus moradas, cuando la explosión hizo temblar el suelo bajo sus pies. Cuando, espoleando a sus portadores, partieron a toda velocidad, ellos —o mejor dicho, nosotros, porque yo les acompañaba— llegaron al lugar a tiempo de ver destacarse sobre las llamas oscilantes a dos siluetas. Aquellos dos seres, como nosotros, revestían sendos portadores, y al verlo Kron prorrumpió en un terrible alarido.
—¡Traidores! —rugió—. ¡Dos de nuestra propia raza... traidores! ¡Ojalá los dioses hubiesen impedido que viviese para presenciar este triste día! ¡Eso quiere decir que las otras explosiones no se produjeron por accidente, sino que fueron sabotajes deliberados! Maldito sea Kios, que ha criado en su seno a tales alimañas...
Entonces yo les atajé con un agudo grito de excitación. Al vernos, los dos saboteadores habían dado media vuelta, emprendiendo veloz huida. Y aunque el más alto de los dos no podía diferenciarse de uno cualquiera de nosotros, por el modo de andar y moverse del otro —un paso torpe y oscilante—, reconocí al punto la naturaleza de nuestro grito.
—No, ésos no son hijos de Kios, oh Kron —exclamé—, sino las bestias; las bestias del Yawa Eloem, que se han vuelto como serpientes contra sus dueños.
El poderoso Kron hizo retemblar los cielos con su espantosa cólera; volviéndose luego hacia el mensajero real, le ordenó:
—Gavril, haz resonar tu trompeta por todo el país. Haz que venga inmediatamente Eloem. Mikel, reúne a tus tropas.
Y pude conocer entonces la furia del poderoso Kron, pues en muchos siglos las resplandecientes huestes de Mikel no habían pasado a la acción. Sin pronunciar palabra, el jefe de nuestras fuerzas armadas se volvió y corrió hacia el arsenal donde se guardan, en previsión de cualquier contingencia, las terribles armas que nuestra raza mantiene siempre en reserva.

Es de conocimiento general lo que luego sucedió. El Yawa, al verse llamado, acudió inmediatamente. Ni siquiera quiso confiar en los lentos movimientos de su portador mecánico. Arriesgándose a los peligros que entrañaban la oscuridad y las nieblas nocturnas, vino desde el otro extremo del país con la celeridad del rayo, bajo su forma natural. Le vimos aproximarse desde muy lejos, como una columna de fuego que brillaba en las tinieblas.
Cuando se enteró de lo sucedido, dejó escapar un doloroso lamento. Como un padre amante y lleno de paciencia, hubiera negado las arteras acciones de sus hijos de no constituir prueba evidente de su maldad las humeantes ruinas que le mostraron.
Dijo entonces Kron:
—Grande es el daño que han acarreado tus criaturas, oh, Yawa. Pero mayor aún será su castigo. En este mismo instante, nuestros guerreros se despliegan para aniquilarlos.
Mas el Yawa suplicó:
—¡Espera, oh Kronos! Detén tu mano hasta que yo sepa qué apetitos inconfesables les indujeron a cometer esta maldad. Permíteme que vea a mis hijos para saber de sus labios la razón de sus acciones.
Kron accedió.
—Sea. Mas no te detengas.
Eloem se volvió hacia mí, suplicante.
—¿Querrás acompañarme, amigo mío?
Entonces, por última vez, fuimos juntos al paraíso que el Yawa había creado bajo su Cúpula. Encontramos los senderos fríos, las grutas ensombrecidas, y el arroyuelo corría en silencio entre el musgo. Ningún ave canora alegraba el espacio con sus trinos, pero de la espesura se alzaba el suave y perezoso murmullo de los insectos. Juntos pero solos, sin cambiar palabra, recorrimos los caminos abiertos por él y ella. Y cuando nos aproximamos al calvero donde las criaturas solían morar, el Yawa Eloem alzó su voz con tono autoritario en el que, según me pareció, se mezclaba la tristeza.
Quizá fuese significativo que en aquella hora de dolor sólo llamase a la primera de sus criaturas.
—¡Hijo mío! —llamó—. ¡Hijo mío! ¿Dónde estás, oh criatura salida de mis manos?
No obtuvo respuesta y sólo oímos el susurro de la brisa entre las ramas y el rumor de la hojarasca, causado por una bestezuela asustada.
—Hijo mío —llamó de nuevo Eloem—. ¿Dónde estás? ¿Es que no conoces la voz del que te dio el ser, la voz de tu dueño y creador?
Hasta que de pronto, como una confusa silueta blanca entre las sombras, se alzó ante nosotros la figura de él, que había permanecido agazapado en la espesura. Y lleno de horror vi que ya no iba como antes cubierto sólo por su revestimiento carnal, sino que su cuerpo estaba protegido por la coraza y las grebas de un portador idéntico al que nosotros llevábamos.
Habló, y su voz era mansa.
—¿Me has llamado, señor mío?
La voz del Yawa tenía una nota de dolor.
—¡Hijo mío, hijo mío! —gimió—. ¿Por qué has cubierto tu cuerpo con este atavío?
La voz del macho no era más que un confuso murmullo en las tinieblas.
Habló en tono mitad de disculpa, mitad de reto.
—Fue ella, señor. Ella me hizo ver que yo iba desnudo y que mi cuerpo era débil, y yo sentí vergüenza. Construimos entre los dos estos arneses, para ser fuertes y poderosos.
—¿Lo construyeron? —preguntó Eloem—. ¿Ustedes construyeron estos arneses? Mas dónde, oh criatura de escaso conocimiento, ¿dónde aprendiste tales secretos? —Y añadió luego, como si de pronto lo comprendiese—: No los aprendiste aquí en este jardín, hijo mío, sino en otro lugar.
La bestia se movía con evidente embarazo.
—Fue ella, señor —gimió—. Fue ella quien... 
Entonces gritó el Yawa con voz terrible:
—¡Que comparezca ella ante mí!
Y de pronto apareció ella, surgiendo de la espesura para colocarse junto a su compañero. Ella también revestía un portador metálico, pero se había quitado el casco y nunca creo haber visto mayor atrevimiento en la mirada de una criatura nacida en la esclavitud. En sus facciones se leía mofa; en sus labios el orgullo, la ira y la rebelión.


Con voz retadora, gritó:
—¡Sí, yo también, señor! ¡Yo fui quien le enseñó a él a construir estos atavíos; yo quien leyó los libros y aprendió el secreto de crear la llama que estalla, el fuego que destruye, para aniquilar las Cúpulas de los Amos, para que las aguas nocturnas pudiesen infiltrarse en ellas y hacerlos perecer!
—Estas cosas —dijo el Yawa con tono sombrío—, sólo podían aprenderlas en un sitio: En mi biblioteca, cuyo acceso les estaba prohibido. ¿Cómo entraron en ella? La puerta estaba cerrada y atrancada.
El macho se agitó nervioso.
—Había una pequeña reja en la puerta, mi señor —explicó—. Ella hizo pasar entre sus barrotes a nuestra amiga la serpiente, instruyéndola para que nos franquease el paso.
El Yawa temblaba de cólera incontenible y su voz retumbó como el trueno.
—¡Malditos sean los dos! —les apostrofó—. Han desobedecido mis órdenes y al abrir la puerta prohibida han probado los frutos de la maléfica ciencia, que yo les tenía vedados. Y maldita sea la serpiente que ayudó en su rebelión. ¡Que todos cuantos nazcan de su linaje la cubran de oprobio y desprecio durante incontables generaciones! Porque en verdad les digo que nunca será olvidado lo que han hecho esta noche, ni por ustedes, ni por sus hijos, ni por los hijos de sus hijos por los siglos y para siempre; hasta el fin de los tiempos.
»Aquí —y su voz se quebró, tan grande era su arrebato de cólera—, aquí les construí un edén de belleza sin par, un paraíso en el que estaba todo cuanto sus corazones podían anhelar. Pero no era bastante. Tenían que atravesar sus muros y erigirse en dueños de aquellos que los crearon. A partir de este momento los arranco de mi corazón. Son una caña rota, un experimento fracasado. Reniego de ustedes y de sus rastreras ambiciones.
Y entonces llamó al capitán de los guerreros que, con su luciente espada desenvainada, había aparecido a las puertas del jardín.
—¡Mikel! ¡Haz lo que está ordenado, Mikel!
Pero Mikel respondió con voz queda, dando muestras de gran pesadumbre:
—Las órdenes han sido cambiadas, oh Eloem, hermano mío.
—¿Cambiadas?
—Sí. Kron ha decidido que el simple aniquilamiento no constituye un castigo adecuado para la enormidad del mal causado por estas criaturas.
—Pero —articulé yo—, si no es el aniquilamiento, ¿qué otra cosa puede ser?
Fue el propio Kron quien respondió:
—Según nuestras leyes, oh Yawa Eloem, está vedado que demos muerte con nuestras manos a una criatura viviente dotada de alma. Y con muy buen juicio hemos llegado a la conclusión de que, por el hecho mismo de su rebelión, han demostrado estas criaturas que poseen un alma.
»Mas como debemos librarnos de su odiosa presencia, sólo existe una solución. Serán puestos en la astronave recientemente terminada por nuestro amigo aquí presente, y transportados a través de las eternas tinieblas del espacio a los límites más remotos del Universo. No puedo saber ni adivinar dónde terminará este viaje, pero en alguna parte debe de existir otro planeta donde tú podrás continuar tus malhadados experimentos, lejos de nuestra vista y conocimiento, hasta que los dioses, en la plenitud de su gracia, acuerden disponer otra cosa.
El Yawa Eloem susurró con voz temblorosa:
—¿No solamente ellos, sino... también yo?
Y dijo el gran Kron tristemente:
—También tú. ¿No fuiste tú, oh Yawa, quien les diste el ser?

Así terminó lo concerniente al Yawa Eloem y aquellas bestias que él, con ciega temeridad, pese a su gran sabiduría, quiso moldear como sirvientes de carne y hueso a su imagen y semejanza. Es una historia triste y desesperanzadora, que yo no hubiera querido relatar si algunos críticos mordaces no hubiesen arrojado barro sobre la noble aunque equivocada personalidad de nuestro hermano exiliado.
Así terminó, en lo que concierne a nosotros, la existencia del Yawa y sus criaturas. Como había sido ordenado, se les colocó a bordo de mi astronave, en la que partieron para cumplir su condena al ostracismo perpetuo. Ignoro dónde, cómo y cuándo terminó su viaje, o siquiera si éste terminó jamás. Quizás aún siguen vagando en su nave, convertida en un punto minúsculo perdido en las inmensidades del espacio. Quizás hallaron una muerte cruel en el corazón llameante de un astro. Quizás —y esto es lo que deseo ardientemente— descubrieron un nuevo planeta en el que edificar un nuevo hogar.
No sé en verdad lo que sucedió. Aunque sí sé una cosa: Se equivocan grandemente los detractores del Yawa Eloem al calificarle de traidor y enemigo nuestro. Nunca existió un alma más noble que la suya, ni nadie que desease más que él el bienestar de su raza. Si bien es innegable que pecó, su pecado consistió únicamente en querer medirse con fuerzas demasiado grandes para él. Como todos sabemos, existen límites que no se pueden trasponer. Y los que desean saber, como los propios dioses, el mismísimo secreto de la vida, están condenados de antemano al fracaso.
El Yawa Eloem acarició un sueño maravilloso. Mas no tuvo en cuenta una sola cosa: La naturaleza animal de aquellos que él quería dotar de inteligencia. Nunca jamás, a pesar de que dejaron de andar a cuatro patas para adquirir la noble posición erguida, podrán desprenderse aquellos seres de sus instintos animales. Fue esto lo que el Yawa no pudo prever y lo que originó su caída.
Y ahora... ya no son más que un recuerdo, el Yawa Eloem y los seres que creó: El macho, a quien dio el nombre de Adán, y la hembra, a la que llamó Eva. Mas yo no puedo dejar de llorar y de lamentarme pensando en mi hermano desterrado, y me siento agobiado por el dolor al meditar en su triste sino y en lo que causó su caída.
La astucia, la terrible y diabólica astucia de las bestias.


FIN