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2026/04/20

La luna loca (Stanley G. Winbaum)


Título original: The Mad Moon
Año: 1935


—¡Idiotas! —aulló Grant Calthorpe—. ¡Condenados imbéciles!
Se esforzó ávidamente en buscar insultos más expresivos aún y al fracasar desahogó su exasperación propinando una violenta patada al montón de escombros que había en el suelo.
Fue una patada demasiado violenta. Una vez más, había olvidado que la gravitación de Io era inferior a un tercio de la normal y todo su cuerpo siguió a la patada en un arco de cuatro metros de longitud.
Cuando cayó en el suelo los cuatro lunáticos se echaron a reír. Sus grandes cabezas semejantes a las caricaturas que decoran los balcones para niños, se dispersaron al unísono sobre sus cuellos de metro y medio, tan delgados como la muñeca de Grant.
—¡Largo de aquí! —tronó él, poniéndose en pie—. ¡Ya verán! Nada de chocolate. Nada de caramelos. Nada de nada hasta que comprendan que lo que quiero son hojas de ferva y no cualquier hierbajo que se les ocurra arrancar. ¡Largo de aquí!
Los lunáticos —lunae jovis magnicapites, o literalmente, grandes cabezas de la luna de Júpiter— se retiraron, riendo quejumbrosamente. Sin duda, consideraban a Grant tan idiota como él los consideraba a ellos, y eran completamente incapaces de comprender las razones de su cólera. Pero desde luego se daban cuenta de que no iban a recibir ninguna golosina, y sus risitas adoptaban una nota de agudo desengaño. El que los guiaba, después de torcer su ridícula cara azul en una sonrisa imbécil dirigida a Grant, vociferó una última risita y proyectó la cabeza contra un reluciente árbol de corteza de piedra. Sus compañeros recogieron su cuerpo como si tal cosa y se alejaron, con la cabeza del cadáver balanceándose detrás de ellos como la bola de un preso sujeta por una cadena.
Grant se pasó una mano por la frente y se dirigió con cansancio hacia su cabaña. Un par de diminutos ojos relucientes le llamó la atención y pudo ver a un sinuoso —mus sapiens— deslizarse por el umbral, portando bajo su minúsculo y pellejudo brazo lo que se parecía muchísimo al termómetro clínico de Grant.
Grant gritó airadamente a la criatura, agarró una piedra y se la tiró en vano. Al borde de la maleza, el sinuoso volvió hacia él su cara ratonil y semihumana, lanzó un estridente chillido, sacudió un puño microscópico en una cólera como de hombre y desapareció con su membrana tipo murciélago ondeando como una capa. Sí, se parecía muchísimo a una rata negra que llevase una capa.
Había sido un error, reconocía Grant, haber arrojado una piedra contra aquello. Ahora los diminutos enemigos no le permitirían ninguna paz y su pequeño tamaño —no más de diez centímetros— y su inteligencia pseudohumana los hacía infernalmente molestos como enemigos. Pero ni esa reflexión ni el suicidio del lunático lo turbaban particularmente; había presenciado casos semejantes demasiado a menudo y además sentía en la cabeza como si fuera a darle otro ataque de fiebre blanca.
Entró en la cabaña, cerró la puerta y se quedó mirando a su gato guardián favorito.
—Oliver —gruñó—, tú eres un buen gato. ¿Por qué diablos no impides la entrada de sinuosos? ¿Para qué estás aquí, si no?
El gatazo se alzó sobre su única y poderosa pata trasera y se asió a las rodillas del hombre con sus dos patas delanteras.
—El gato rojo sobre la reina negra —comentó plácidamente—. Diez lunáticos hacen un medio idiota.
Grant comprendió fácilmente el sentido de ambas frases. La primera era por supuesto un eco de su solitaria partida de la noche anterior, y la segunda un eco de su incidente con los lunáticos. Gruñó abstraídamente y se frotó la dolorida cabeza. Sin duda fiebre blanca de nuevo.
Tragó dos tabletas de fiebrina y se dejó caer melancólicamente en su camastro preguntándose si este ataque de blancha culminaría con delirio.
Se acusaba a sí mismo de ser un loco por haber aceptado este trabajo en Io, la tercera luna habitable de Júpiter. El diminuto mundo era un planeta de locura cuya única utilidad era la producción de hojas ferva, de las cuales los químicos de la Tierra extraían alcaloides tan potentes como los que antaño fabricaran del opio.
Desde luego eso era valiosísimo para la ciencia médica, ¿pero qué le importaba a él? ¿Qué le importaba el sueldo principesco, si regresaba a la Tierra convertido en un loco furioso después de pasarse un año en las regiones ecuatoriales de Io? Se juró amargamente que cuando el avión de Junópolis acudiese el mes próximo a recoger su ferva, él volvería con el aparato a la ciudad polar. Perdería toda su paga puesto que el contrato con Neilan Drog le exigía un año de permanencia; ¿pero de qué le servía el dinero a un loco?
Todo el pequeño planeta estaba loco: Lunáticos, gatos guardianes, sinuosos y Grant Calthorpe, todos dementes. Desde luego, cualquiera que se aventuraba a salir de una de las dos ciudades polares, Junópolis en el norte y Herápolis en el sur, estaba loco. En ellas, uno podía vivir a salvo de la fiebre blanca, pero en cualquier sitio por debajo del paralelo veinte la situación era peor que en las junglas camboyanas de la Tierra.
Se divirtió soñando con la Tierra. Justamente dos años antes había sido feliz allí, conocido como un deportista rico y popular. Antes de cumplir veintiún años había cazado cometuchos y gusánidos en Titán, y tríopes y unípedos en Venus.
Aquello había sido antes de que la crisis del oro de 2110 le arrebatase su fortuna. Y, bueno, si tenía que trabajar, le había parecido lógico utilizar su experiencia interplanetaria como medio de vida. Realmente se había entusiasmado con la oportunidad de asociarse con Neilan Drug.
Nunca antes había estado en Io. Este salvaje pequeño mundo no era ningún paraíso de deportistas, con sus lunáticos idiotas y sus malvados, inteligentes y diminutos sinuosos. No había nada que valiera la pena cazar en aquella luna febril, bañada en calor por el gigantesco Júpiter a sólo medio millón de kilómetros de distancia.
Si se le hubiese ocurrido hacer una visita previa, se decía a sí mismo amargamente, nunca habría aceptado el empleo. Él había imaginado que Io era como Titán, frío, pero limpio. En lugar de eso, era tan caliente como las tierras cálidas de Venus y estaba sujeto a una variada gama de neblinosas luces diurnas —día solar, día jupiterino, día jupiterino y solar, luz de Europa—, sólo de vez en cuando interrumpidas por una auténtica y lóbrega noche. La mayor parte de estos cambios sobrevenían en el curso de la revolución de cuarenta y dos horas de Io: Una alocada serie de cambiantes luces. Él odiaba los días vertiginosos, la jungla y las Colinas de los Idiotas extendiéndose detrás de su cabaña.
Por el momento tenía día jupiterino y solar, el peor de todos, porque el distante Sol añadía su calor al de Júpiter. Y para completar la molestia de Grant estaba ahora la perspectiva de un ataque de fiebre blanca. Lanzó un juramento cuando la cabeza se le bamboleo de nuevo y trago otra tableta de fiebrina. Noto que su reserva estaba disminuyendo; tendría que acordarse de pedir más cuando llegase el avión... No, iba a volver con el avión.


Oliver le rozó la pierna.
—Idiotas, locos, estúpidos, imbéciles —comento calmosamente el gato guardián—. ¿Por qué se me ocurriría ir a aquel maldito baile?
—¿Cómo? —exclamó Grant.
No podía recordar haber dicho nada acerca de un baile. Pensó que debía de haberlo mencionado durante su último período febril.
Oliver crujió como la puerta, luego soltó una risita como un lunático.
—Todo se arreglará —le aseguró a Grant—. Papá llegará pronto.
—¡Papá! —repitió el hombre. Hacía quince años que su padre había muerto—. ¿De dónde sacas eso, Oliver?
—Debe de ser la fiebre —comentó Oliver plácidamente—. Eres un lindo gatito, pero me gustaría que tuvieses juicio suficiente para darte cuenta de lo que estás diciendo. Y yo deseo que papá venga.
Acabó con un reprimido gorjeo que muy bien habría podido ser un sollozo.
Grant se quedó mirándolo con perplejidad. Él no había dicho ninguna de aquellas cosas; de eso estaba seguro. El gato guardián se las habría oído decir a alguna otra persona. ¿A quién? ¿Es que había alguien a menos de setecientos kilómetros a la redonda?
—¡Oliver! —tronó—. ¿Dónde has oído eso? ¿Dónde lo has oído?
El gato retrocedió, sorprendido.
—Papá es idiotas, locos, estúpidos, imbéciles —dijo ansiosamente—. La capa roja sobre el lindo gatito.
—¡Ven aquí! —rugió Grant—. ¿El padre de quién? ¿Dónde has...? ¡Ven aquí, diablillo!
Se lanzó hacia la criatura. Oliver flexionó su única pata trasera y se precipitó frenéticamente hacia el sombrerete de la estufa de leña.
—¡Debe de ser la fiebre! —gemía el gato—. ¡Nada de chocolate!
Saltó como un relámpago por el cañón de la chimenea. Hubo un sonido de garras arañando el metal y luego el de un cuerpo al caer.
Grant salió también. La cabeza le dolía por el esfuerzo, y con la parte todavía sana de su mente comprendía que todo el episodio era sin duda delirio de fiebre blanca, pero seguía sumiéndose en él.
La continuación fue una pesadilla. Los lunáticos seguían balanceando sus largos cuellos sobre las altas hierbas; sus risitas idiotas y sus caras imbéciles se añadían a la atmósfera general de locura.
Jirones de fétidos vapores portadores de la fiebre brotaban a cada paso que daba sobre el suelo esponjoso. En algún sitio a su derecha un sinuoso chilló y parloteó; Grant sabía que en aquella dirección estaba situado un poblado de sinuosos, porque una vez había atisbado los limpios y diminutos edificios, construidos con pequeñas piedras perfectamente ajustadas como una ciudad medieval en miniatura a la que no le faltaban ni las torres ni las almenas. Se decía que incluso había guerras entre los sinuosos.
La cabeza le zumbaba y le daba vueltas por los efectos combinados de la fiebrina y de la fiebre. Era un ataque de blancha, no cabía duda, y comprendió que se comportaba como un imbécil, un lunático, al arriesgarse así fuera de su cabaña. Debería de estar tendido en su camastro; la fiebre no era peligrosa, pero más de un hombre había muerto en Io en el delirio poblado de alucinaciones.
Ahora estaba delirando. Lo comprendió tan pronto vio a Oliver porque Oliver estaba mirando plácidamente a una atractiva señorita vestida con un elegante traje de noche del estilo del segundo decenio del siglo XXII. Indudablemente era una alucinación, puesto que las muchachas no tenían nada que hacer en los trópicos de Io y si, por alguna absurda casualidad, apareciese alguna allí, desde luego no elegiría un atuendo tan exquisito.
Al parecer, la alucinación tenía fiebre, porque la cara de la muchacha ostentaba la palidez que da el nombre de blancha a la enfermedad. Sus grises ojos lo miraron sin sorpresa mientras él se abría camino hacia ella a través de las altas hierbas.
—Buenos días, tardes o noche —comentó Grant, lanzando una mirada de perplejidad a Júpiter, que estaba saliendo, y al Sol, que se estaba poniendo—. O quizá baste con decir simplemente buen día, ¿no le parece, señorita Lee Neilan?
Ella lo miró con seriedad.
—¿Sabe usted —dijo— que es la primera de las ilusiones que no he reconocido? Todos mis amigos han ido desfilando, pero usted es el primer desconocido. ¿O no es usted un desconocido? Usted sabe mi nombre, pero naturalmente tiene que saberlo al ser mi propia alucinación.
—No vamos a discutir sobre quién de nosotros es la alucinación —sugirió él—. Dejemos las cosas como están. Quien primero desaparezca, será la ilusión. Apuesto cinco dólares a que será usted la primera en desaparecer.
—¿De dónde iba yo a sacarlos? —respondió ella—. No me sería fácil sacarlos de mi propio sueño.
—Ése es un problema —dijo él, enarcando las cejas—. Mi problema, desde luego, no el de usted. Yo se que soy real.
—¿Como conoce usted mi nombre? —pregunto la muchacha.
—Muy simple —respondió él—, sigo con interés las notas de sociedad que suelen aparecer con bastante regularidad en los periódicos que me trae mi avión de suministros. A decir verdad, tengo recortada una de las fotos de usted y pegada junto a mi camastro. Probablemente eso es lo que explica que la vea ahora. En realidad me gustaría conocerla alguna vez.
—Qué comentario tan galante para proceder de una aparición —exclamó ella—. ¿Y quién se supone que es usted?
—¿Yo? Soy Grant Calthorpe. En realidad, trabajo para su padre, comerciando con los lunáticos en busca de ferva.
—Grant Calthorpe —repitió ella. Entornó sus ojos enturbiados por la fiebre como si quisiera enfocarlo mejor—. Conque es usted, ¿eh?
La voz le vaciló un momento y la muchacha se pasó una mano por una pálida mejilla.
—¿Por qué habría de haberlo extraído a usted de mis recuerdos? Es extraño. Hace tres o cuatro años, cuando yo era una romántica colegiala y usted el famoso deportista, estaba locamente enamorada de usted. Tenía todo un álbum lleno de fotos suyas: Grant Calthorpe vestido de encapuchado para cazar gusánidos en Titán, Grant Calthorpe junto al gigantesco unípedo que mató cerca de las Montañas de la Eternidad. Usted es..., bueno, usted es realmente la alucinación más agradable que haya tenido nunca hasta ahora. El delirio sería... delicioso —de nuevo se apretó una mano contra la mejilla— si no me doliera tanto la cabeza.
"¡Vaya!", pensó Grant. "Me gustaría que fuese verdad eso del álbum. Es lo que la psicología llama un sueño realización de un deseo".
Una gota de caliente lluvia se le estrelló en el cuello.
—Es hora de irse a la cama —dijo en voz alta—. La lluvia es mala para la blancha. Espero verla a usted la próxima vez que esté febril.
—Gracias —dijo Lee Neilan con dignidad—. El sentimiento es mutuo.
Él asintió con una inclinación de cabeza.
—Aquí, Oliver —ordenó al adormilado gato guardián—. Vamos.
—No se llama Oliver —protestó Lee—. Se llama Dorotea, Dolly. Me está haciendo compañía desde hace dos días y yo le he dado este nombre.
—Género equivocado —masculló Grant—. En cualquier caso, se trata de mi gato guardián, Oliver. ¿No eres tú, Oliver?
—Espero verte más tarde —dijo Oliver con un bostezo.
—Es Dolly. ¿Verdad que eres Dolly?
—Pueden apostar cinco dólares —dijo el gato guardián. Se enderezó, se desperezó y se escabulló entre la maleza—. Debe de ser la fiebre —comentó al desaparecer.


—Sí, eso debe de ser —convino Grant. Se apartó—. Adiós, señorita... o quizá pueda llamarte Lee, puesto que no eres real. Adiós, Lee.
—Adiós, Grant. Pero no vayas por ese camino. Hay un pueblecillo de sinuosos allí entre las hierbas.
—No; está al otro lado.
—Está ahí —insistió ella—. He estado viendo cómo lo construían. Pero no podrán hacerte ningún daño, ¿verdad? Ni siquiera un sinuoso puede herir a una aparición. Adiós, Grant.
Y cerró los ojos cansadamente.

Estaba lloviendo ahora con más fuerza. Grant fue abriéndose camino entre las hierbas sangrantes, cuya roja savia se acumulaba en gotas carmesíes sobre sus botas. Tenía que volver a su cabaña rápidamente, antes de que la fiebre blanca y su consiguiente delirio lo empujasen a caminar totalmente extraviado. Necesitaba fiebrina.
De pronto se detuvo en seco. Ante él, la hierba había sido cortada y en el pequeño claro estaban las torres, que le llegaban hasta el hombro, y los baluartes de un poblado de sinuosos, un poblado nuevo, porque casas a medio construir se mezclaban con las demás y formas encapuchadas de unos diez centímetros se afanaban entre las piedras.
Al punto se levantó un clamor de chirridos y gritos. Retrocedió, pero una docena de diminutos dardos zumbó alrededor suyo. Uno se le clavó como un mondadientes en una bota, pero por fortuna ninguno le arañó, porque indudablemente estaban envenenados. Se movió más aprisa, pero entre las espesas y carnudas hierbas seguían los rumores, los chirridos e incomprensibles imprecaciones.
Se retiró dando un rodeo. Los lunáticos seguían balanceando sobre la vegetación sus redondas cabezas. De vez en cuando uno gemía, dolorido, cuando un sinuoso le daba un mordisco o lo pinchaba. Grant se abrió paso en medio de un grupo de aquellas criaturas, esperando distraer a los diminutos enemigos ocultos entre las hierbas, y un lunático alto de cara purpúrea curvó sobre él su largo cuello, soltando risitas y haciendo ademanes con sus pellejudos dedos hacia un haz que llevaba bajo el brazo.
Él pasó por alto aquella cosa y torció hacia su cabaña. Parecía haber eludido a los sinuosos. Siguió avanzando obstinadamente puesto que necesitaba con urgencia una tableta de fiebrina. Sin embargo, de pronto, se detuvo frunciendo el ceño, dio media vuelta y empezó a desandar el camino.
—No puede ser —mascullaba—. Pero ella me dijo la verdad sobre el pueblo de los sinuosos. Yo no sabía que estuviese allí. Mas ¿cómo podía decirme una alucinación algo que yo no sé?

Lee Neilan seguía en el tronco de corteza de piedra exactamente tal como él la había dejado, con Oliver de nuevo a su vera. La muchacha tenía los ojos cerrados y dos sinuosos estaban cortando la larga falda de su vestido con diminutos y relucientes cuchillos.
Grant sabía que experimentaban una enorme atracción por los tejidos terrestres; por lo visto, eran incapaces de imitar el lustre fascinante del satén, aunque aquellos enemigos eran infernalmente listos con sus diminutas manecitas. Cuando se acercó, estaban desgarrando una tira desde el muslo hasta el tobillo, pero la muchacha no hacía ningún movimiento. Grant gritó y las crueles criaturitas profirieron contra él obscuras maldiciones mientras se retiraban con su sedoso botín.
Lee Neilan abrió los ojos.
—Usted de nuevo —murmuró vagamente—. Hace un momento era papá. Ahora es usted.
Su palidez había aumentado; la fiebre blanca estaba siguiendo su curso en el cuerpo de la muchacha.
—¡Tu padre! Entonces así es cómo Oliver se enteró. Escucha, Lee. He encontrado el pueblo de los sinuosos. No sabía que estaba allí, pero lo encontré tal como tú habías dicho. ¿Comprendes lo que significa eso? ¡Tú y yo, los dos somos reales!
—¿Reales? —dijo ella sombríamente—. Hay un lunático purpúreo que se está riendo detrás de tu hombro. Haz que se marche. Me pone enferma.
Él miró en torno. Era verdad; el lunático de cara purpúrea estaba detrás de él.
—Oye —dijo Grant, agarrando a la muchacha por un brazo. El tacto de aquella piel tan fina fue una prueba complementaria—. Tú venías a la cabaña en busca de fiebrina. —La hizo ponerse en pie—. ¿No comprendes? ¡Soy real!
—No, no lo eres —dijo ella desmayadamente.
—Escucha, Lee. No sé cómo diablos llegaste aquí o para qué, pero sé que Io no me ha vuelto loco todavía. Tú eres real y yo soy real. 
La sacudió violentamente.
—¡Soy real! —gritó.
Una débil comprensión alumbró en los ojos enturbiados de la muchacha.
—¿Real? —susurró ella—. ¡Real! ¡Oh, Dios mío! ¡Entonces... entonces sácame de este sitio de locos!
Se tambaleó, hizo un poderoso esfuerzo para controlarse y luego se lanzó contra él.
Desde luego, en Io el peso de la muchacha era insignificante, menos de una tercera parte del peso normal que habría tenido en la Tierra. La tomó en brazos y avanzó hacia la cabaña manteniéndose alejado de los dos asentamientos de sinuosos. Alrededor de él se movían excitados lunáticos, y, de vez en cuando, emergía el de la cara purpúrea u otro exactamente igual que él, soltaba una risita, señalaba y gesticulaba.
La lluvia había aumentado y calientes chorros le caían por el cuello. Para aumentar su locura, dio un traspiés cerca de un grupo de palmeras espinosas y sus barbadas hojas le penetraron dolorosamente a través de la camisa. Aquellos pinchazos eran también peligrosos si uno no los desinfectaba; en realidad era mayormente el peligro de las palmeras punzantes lo que impedía a los terráqueos recolectar su propia ferva en lugar de depender de los lunáticos.
Tras de las bajas nubes de lluvia, el Sol se había puesto y ahora reinaba la luz diurna del rojizo Júpiter, que prestaba un falso rubor a las mejillas de la inconsciente Lee Neilan, haciendo que los rasgos de la muchacha aparecieran todavía más deliciosos.
Quizá Grant mantuvo clavados los ojos demasiado tiempo en aquella cara, porque de pronto se vio de nuevo entre sinuosos. Saltaban y chillaban, y el lunático purpúreo saltó dolorido cuando dientes y dardos le pincharon las piernas. Pero, desde luego, los lunáticos eran inmunes al veneno.
Los diminutos diablos estaban ahora alrededor de los pies de Grant. Los maldijo en voz baja y dio unas patadas vigorosas, enviando a una forma ratonesca a describir un arco de quince metros por el aire. Él llevaba al cinto una pistola automática y una pistola lanzallamas, pero no podía utilizarlas por varias razones.
Primeramente, utilizar una pistola contra las diminutas hordas era lo mismo que disparar contra un enjambre de mosquitos; si el proyectil mataba a uno o dos o a una docena, eso no causaba ninguna impresión apreciable en los miles restantes. En cuanto a la pistola lanzallamas, eso sería como utilizar un Gran Bertha para abatir a una mosca. Su enorme chorro de fuego incineraría por supuesto a todos los sinuosos que se encontrasen en su trayectoria, juntamente con las hierbas, los árboles y los lunáticos, pero tampoco eso serviría para impresionar a las hordas supervivientes y significaba, además, tener que recargar trabajosamente la pistola con otro diamante negro y otro cañón.


Tenía ampollas de gas en la cabaña, pero por el momento no estaban a su alcance y, además, no disponía de ninguna máscara de repuesto. Hasta ahora ningún químico había conseguido descubrir un gas que matase a los sinuosos sin ser al mismo tiempo letal para los humanos. Por último, no podía usar ningún arma, porque no se atrevía a depositar en el suelo a Lee Neilan para quedar con las manos libres.
Delante de él se abría el claro que rodeaba la cabaña. El espacio estaba lleno de sinuosos, pero se suponía que la cabaña estaba construida a prueba de sinuosos, al menos durante períodos razonables de tiempo, puesto que los troncos de corteza de piedra eran muy resistentes a las diminutas herramientas de los enemigos.
Pero Grant notó que un grupo de los diablillos estaba alrededor de la puerta y de pronto comprendió cuáles eran sus intenciones. Habían echado un lazo sobre el picaporte y estaban empeñados en hacerlo girar.
Grant gritó y avanzó a la carrera. Cuando estaba todavía a unos treinta metros, la puerta giró hacia adentro y el tropel de sinuosos irrumpió en la cabaña.
Grant se precipitó por la entrada. Dentro había confusión. Pequeñas formas encapuchadas cortaban las mantas de su cama, sus trajes de repuesto, las bolsas que él esperaba llenar con hojas de ferva, y estaban ahora tirando de los utensilios de cocina o de cualquier objeto que estuviese suelto.
Vociferó y empezó a dar patadas contra el enjambre. Un salvaje coro de chillidos y gruñidos surgió mientras las criaturas corrían de un lado a otro. Eran la bastante inteligentes para comprender que él no podía hacer nada teniendo los brazos ocupados por Lee Neilan. Procuraban mantenerse lejos de sus patadas y, mientras él amenazaba a un grupo que estaba junto a la estufa, otro grupo se dedicaba a despedazar sus mantas.
Desesperado, avanzó hacia el camastro. Depositó en él el cuerpo de la muchacha y empuñó una escoba de ramas que se había hecho para barrer su vivienda. Con amplios golpes atacó a los sinuosos que mezclaban ahora sus chillidos con gritos y lamentos de dolor.
Unos pocos se precipitaron hacia la puerta, arrastrando el botín recogido. Grant pudo ver que media docena se arremolinaban alrededor de Lee Neilan desgarrándole el vestido y queriendo apoderarse del reloj de pulsera que llevaba en una muñeca y de los zapatos de baile que calzaban sus piececitos. Les lanzó una maldición y los barrió, esperando que ninguno de ellos hubiese pinchado la piel de la muchacha con virulentos puñalitos o envenenados dientes.
Empezó a ganar la escaramuza. Más criaturas se cubrieron con sus negras capas y se escabulleron con su botín a través del umbral.
Por último, con un estallido de lamentos, los demás, tanto los cargados como los que no llevaban nada, emprendieron la fuga y procuraron librarse, dejando una docena de peludos cuerpecillos muertos o heridos.
Grant barrió a éstos tras los demás con su improvisada arma, cerró la puerta en las narices de un lunático que bamboleaba la cabeza en la apertura, la aseguró con cerrojo para evitar la repetición del truco de los sinuosos y se quedó mirando, abatido, la casa saqueada.
Habían tirado las latas de conserva o se las habían llevado. Todos los objetos sueltos estaban marcados por las manecitas de los sinuosos, y las ropas de Grant colgaban hechas jirones de las perchas clavadas en las paredes. Pero los diminutos bandidos no habían conseguido abrir ni la alacena ni el cajón de la mesa y allí quedaba comida.
Seis meses de vida en Io habían hecho de él un filósofo; soltó unos cuantos juramentos enérgicos, se encogió de hombros resignadamente y sacó de la alacena su frasco de fiebrina.
Su ataque de fiebre había desaparecido tan rápida y completamente como hace siempre la blancha cuando se la trata, pero la muchacha, al carecer de fiebrina, estaba inerte y blanca como el papel. Grant miró el frasco; quedaban ocho tabletas.
—Bueno, siempre podré masticar hojas de ferva —masculló.
Eso era menos eficaz que el alcaloide en sí, pero servía, y Lee Neilan necesitaba las tabletas. Disolvió dos en un vaso de agua y le levantó la cabeza.
Como mejor pudo vertió el contenido del vaso entre los labios de la muchacha y luego la acomodó en el camastro. Su vestido era una desgarrada ruina de seda, y él la cubrió con una manta no menos arruinada. Luego se desinfectó los pinchazos de la palmera, juntó dos butacas, y se tendió en ellas para dormir.
Se sobresaltó al oír el ruido de garras en el tejado, pero no era más que Oliver que tocaba cuidadosamente el tubo de la chimenea para ver si estaba caliente. Al cabo de un momento, el gato guardián entró, se desperezó y comentó:
—Yo soy real y tú eres real.
—¡Mira que bien! —gruñó Grant con voz somnolienta.

Cuando despertó, había luz de Júpiter y del satélite Europa, lo que significaba que había dormido casi siete horas, puesto que la brillante tercera lunita estaba justo despuntando. Se levantó y miró a Lee Neilan, que estaba durmiendo profundamente con un asomo de color en su rostro. La blancha estaba pasando.
Disolvió dos tabletas más en agua y luego zarandeó un hombro de la muchacha. Inmediatamente los ojos grises de la joven se abrieron, ahora completamente claros, y ella alzó la mirada hacia él sin ninguna expresión de sorpresa.
—¡Hola, Grant! —murmuró—. Tú de nuevo, ¿eh? La fiebre no es tan mala, después de todo.
—Quizá debería dejar que siguieses con fiebre —sonrió él—. Dices cosas muy bonitas. Despierta y bebe esto, Lee.
De pronto ella se fijó en el interior de la cabaña.
—¿Cómo? ¿Dónde está esto? ¡Parece... real!
—Lo es. Bebe esta fiebrina.
Ella se incorporó y obedeció, luego volvió a recostarse y se quedó mirándolo con perplejidad.
—¿Real? —dijo—. ¿Y tú eres real?
—Creo que lo soy.
Un estallido de lágrimas brotó de los ojos de la muchacha.
—Entonces... entonces he logrado salir de aquel sitio horrible, ¿no? Aquel sitio horrible.
—Claro que sí. 
Vio signos de que el alivio de la muchacha se iba a convertir en un ataque de histerismo, y se apresuró a distraerla:
—¿Te importaría decirme cómo has llegado hasta aquí y además vestida para una fiesta?
Ella procuró dominarse.
—Estaba vestida para una fiesta. Una fiesta que iba a celebrarse en Herápolis. Pero yo estaba en Junópolis, ¿comprendes?
—No comprendo nada. En primer lugar, ¿qué estás haciendo en Io? Siempre que he oído hablar de ti era por algo relacionado con la buena sociedad de Nueva York o París.
Ella sonrió.
—Entonces no todo era delirio, ¿verdad? Dijiste que tenías una de mis fotos... ¡Ah, aquella! —exclamó, frunciendo el ceño al ver el recorte pegado en la pared—. La próxima vez que un fotógrafo quiera sacarme una instantánea, tendré muy en cuenta no sonreír tan tontamente como... como un lunático. Pero en cuanto a lo de por qué estoy en Io, la verdad es que vine con papá, que está estudiando las posibilidades de cultivar ferva en plantaciones en lugar de tener que depender de tratantes y lunáticos. Llevábamos aquí tres meses y me sentía terriblemente aburrida. Yo pensaba que Io sería apasionante, pero no fue así, no lo fue hasta hace poco.
—¿Pero qué hay de ese baile? ¿Cómo te las arreglaste para venir aquí, a mil seiscientos kilómetros de Junópolis?
—Bien —prosiguió ella lentamente—, el aburrimiento en Junópolis era atroz. Nada de espectáculos, nada de deportes, nada sino un baile de vez en cuando. Llegué a sentirme nerviosa. Cuando había bailes en Herápolis, tomé la costumbre de volar hasta allí. Sólo son cuatro o cinco horas en un avión. La semana pasada, o cuando fuese, había proyectado hacer el vuelo y Harvey, el secretario de papá, iba a llevarme. Pero en el último momento papá tuvo necesidad de su secretario y me prohibió que volase sola.
Grant sintió una fuerte antipatía contra Harvey.
—¿Y qué? —pregunto.
—Pues que volé sola —contestó ella gravemente.


—Y te estrellaste, ¿eh?
—Sé conducir un avión tan bien como cualquiera —replicó ella—. Lo que pasó fue que seguí una ruta diferente y de pronto me vi ante una barrera de montañas.
Él asintió.
—Las colinas de los idiotas —dijo—. Mi avión de suministros hace un rodeo de setecientos kilómetros para evitarlas. No es que sean altas, pero sobresalen lo suficiente por encima de la atmósfera de este alocado satélite. El aire es allí denso, pero enrarecido.
—Lo sé. Sabía que no podría volar por encima de ellas, pero pensé que podría superarlas de un salto. Tú sabes que no hay más que dar toda la velocidad y llevar el aparato hacia arriba. Yo tenía un avión cerrado y la gravitación aquí es muy débil. Y además lo había visto hacer varias veces, especialmente en aparatos impulsados por cohetes. Las turbinas sirven para sostener el avión incluso cuando las alas son inútiles por falta de aire.
—¡Qué idea tan absurda! —exclamó Grant—. Claro que puede hacerse, pero hay que ser un experto para sostenerse cuando se llega al aire que hay al otro lado. Si llegas a mucha velocidad, no hay mucho sitio para descender.
—Es lo que pude comprobar —dijo Lee con tono de arrepentimiento—. Casi di el salto, pero no del todo, y vine a caer en medio de algunas palmeras. Creo que el aparato las aplastó al caer, porque conseguí salir antes de que empezaran a dar latigazos. Pero luego no pude volver al avión, y fue... sólo recuerdo dos días de eso, pero fue horrible.
—Debió de serlo —dijo él suavemente.
—Yo sabía que, si no comía ni bebía, era probable que evitase contraer la fiebre blanca. Lo de no comer no era tan malo, pero no beber... Bien, finalmente me di por vencida y bebí de un pozo. No me importaba lo que sucediera con tal de librarme de la tortura de la sed. Después de eso, todo es confuso y vago.
—Deberías haber masticado hojas de ferva.
—No lo sabía; ni siquiera sé qué aspecto tienen. Además, esperaba que de un momento a otro apareciese mi padre. Ya debe de haber organizado una búsqueda.
—Es lo más probable —replicó Grant irónicamente—. ¿Se te ha ocurrido pensar que hay más de veinte millones de kilómetros cuadrados de superficie en la pequeña Io? Y todo lo que él sabe es que puedes haberte estrellado en cualquiera de esos kilómetros. Cuando vuelas del polo norte al polo sur, no hay una ruta más corta que otra. Puedes cruzar cualquier punto del planeta.
Los grises ojos de la muchacha se agrandaron.
—Pero yo...
—Además —interrumpió Grant—, éste es probablemente el último sitio en que se le ocurriría buscar a una patrulla exploradora. Probablemente pensarían que nadie, sino un lunático, tendría la idea de superar de un salto las Colinas de los Idiotas, tesis con la que estoy perfectamente de acuerdo. Por lo cual me parece muy probable, Lee Neilan, que te quedes anclada aquí hasta que mi avión de suministro llegue el mes que viene.
—¡Pero papá se volverá loco! ¡Creerá que he muerto!
—Lo cree ya sin duda.
—Pero no podemos... —se interrumpió, lanzando una mirada circular por la diminuta y única habitación de la cabaña. Al cabo de un momento suspiró resignadamente, sonrió y dijo con dulzura—: Bueno, podría haber sido peor, Grant. Trataré de ganarme mi sustento.
—Está bien. ¿Cómo te encuentras, Lee?
—Completamente normal. Ahora mismo voy a empezar a trabajar. 
Apartó la manta, se incorporó y puso los pies en el suelo.
—Arreglaré... ¡Dios mío, mi vestido!
Volvió a taparse con la manta. Él sonrió burlonamente.
—Tuvimos un pequeño encuentro con los sinuosos cuando te desmayaste. Arremetieron también contra mi guardarropas.
—Está todo arruinado —gimió ella.
—Necesitarás aguja e hilo, supongo. Eso, al menos, no se lo llevaron porque estaba en el cajón de la mesa.
—Con lo que queda de mi vestido no podría hacerme ni un mal traje de baño —replicó la muchacha—. Déjame probar con uno de los tuyos.
A fuerza de cortar, remendar y zurcir, consiguió transformar uno de los trajes de Grant en un atuendo de respetables proporciones. Tenía un aspecto delicioso con aquella camisa de hombre y aquellos pantalones cortos, pero él se turbó al notar que una súbita palidez se había apoderado de la muchacha.
Era la riblancha, el segundo acceso de fiebre que usualmente seguía a un ataque grave o prolongado. Con rostro serio, Grant sacó dos tabletas de fiebrina.
—Tómate éstas —ordenó—. Hemos de conseguir hojas de ferva en alguna parte. El avión se llevó mis existencias la semana pasada, y desde entonces he tenido mala suerte con mis lunáticos. No me han traído más que hierbajos y porquerías.
Lee hizo una mueca con los labios al percibir lo amargo de la droga, luego cerró los ojos contra su mareo momentáneo y su náusea profunda.
—¿Dónde puedes encontrar ferva? —preguntó.
Él sacudió la cabeza con perplejidad, mirando cómo Júpiter se ponía, resplandeciendo sus bandas con colores cremosos y castaños y la Mancha Roja hirviendo cerca del borde occidental.
A poca distancia por encima estaba el brillante y pequeño disco de Europa. Frunció el ceño repentinamente, miró su reloj y luego el almanaque que tenía colgado en la puerta del armario.
—Habrá luz de Europa dentro de quince minutos —masculló—, y una verdadera noche dentro de veinticinco, la primera noche verdadera en medio mes. Me pregunto si...
Miró pensativamente el rostro de Lee. Sabía donde crecía la ferva. Nadie se atrevía a penetrar en la jungla misma, donde las palmeras punzantes, las lianas arrojadizas y los deletéreos gusanos dentudos convertían semejante aventura en un suicidio para cualesquiera que no fuese lunático o sinuoso. Pero él sabía dónde se daba la ferva.
En la rara noche de Io, incluso los claros podrían ser peligrosos y no sólo a causa de los sinuosos. Grant sabía bastante bien que en la obscuridad salen de la jungla criaturas que de otro modo permanecen en las sombras eternas de aquélla: Dentudos, ranas con cabeza de toro, e indudablemente muchos seres desconocidos, misteriosos, venenosos y viscosos nunca vistos por el hombre. Uno oía contar historias en Herápolis y...
Pero tenía que conseguir ferva y él sabía dónde crecía. Ni siquiera un lunático trataría de buscarla allí, sino en los pequeños huertos o granjas alrededor de las diminutas ciudades de los sinuosos, donde era común que creciera la ferva. Encendió una linterna en medio de la obscuridad que se aproximaba.
—Voy a salir un momento —le dijo a Lee Neilan—. Si vuelve a darte un ataque de blancha, tómate las otras dos tabletas. De cualquier modo, nunca te harán daño. Los sinuosos se llevaron mi termómetro, pero si empiezas a sentir mareos de nuevo, no dejes de tomarlas.
—¡Grant! ¿Adónde...?
—Volveré —gritó Grant, cerrando la puerta tras él.
Un lunático, de color púrpura a la luz azulada de Europa, se alzó bamboleándose con una larga risita. Grant apartó a la criatura con un ademán y emprendió una cauta marcha de aproximación a las inmediaciones del poblado de los sinuosos, el poblado antiguo, porque el otro apenas podía haber tenido tiempo para cultivar el terreno circundante. Avanzó difícilmente entre las sangrantes hierbas, pero se daba cuenta de que su cautela era puro optimismo. Estaba exactamente en la posición de un gigante de treinta metros que se acercase a una ciudad humana pretendiendo no ser observado: Una empresa difícil incluso en la más profunda obscuridad.


Llegó al borde del claro de los sinuosos. Detrás de él, el satélite Europa, moviéndose casi tan rápido como el minutero de su reloj, se precipitaba hacia el horizonte. Grant se detuvo con momentánea sorpresa a la vista de la preciosa y diminuta ciudad, cuyas luces parpadeaban en la noche. Él nunca había sabido que la cultura de los sinuosos incluía el uso de luces, pero allí estaban: Diminutas velas o quizá pequeñísimas lámparas de petróleo.
Parpadeó en la obscuridad. A unos treinta metros del poblado estaban los campos. El segundo de ellos, de tres metros cuadrados, tenía el aspecto de..., bueno, de lo que era, de ferva. Grant se agachó, se arrastró y alargó una mano para cortar las hojas blancas y carnudas. Y en aquel momento sonó una aguda risita y el crujido de hierbas detrás de él. ¡El lunático! ¡El idiota lunático purpúreo!
Sonaron irritados chirridos. Recogió un doble brazado de ferva, se puso en pie y se precipitó hacia la iluminada ventana de su cabaña. No tenía ningún deseo de hacer frente a los envenenados dardos o a los dientecillos portadores de enfermedades, y los sinuosos desde luego se habían levantado. Sus gritos sonaban a coro; el suelo se ennegreció con su presencia.
Llegó a la cabaña, irrumpió con violencia, cerró de un portazo y echó la llave.
—¡Ya está! —Sonrió burlonamente—. Ahora que rabien ahí fuera.
Y rabiando estaban. Sus gritos sonaban como los chirridos de una máquina defectuosa. Incluso Oliver abrió sus soñolientos ojos para escuchar.
—Debe de ser la fiebre —comentó plácidamente el gato guardián.
Desde luego Lee no estaba más pálida; la riblancha estaba pasando sin peligro.
—¡Uf! —dijo ella, escuchando el tumulto de fuera—. Siempre he odiado a las ratas, pero los sinuosos son peores. Tienen toda la astucia y la crueldad de las ratas más la inteligencia de diablos.
—Bueno —dijo Grant pensativamente—. No veo qué puedan hacer ahora. Por lo menos tenían lo que yo iba buscando.
—Parece como si se alejaran —dijo la muchacha, a la escucha—. El griterío se va desvaneciendo.
Grant miró por la ventana.
—Todavía están ahí. Han pasado de las imprecaciones a la formación de proyectos, y me gustaría saber cuáles. Algún día, si este loco satélite llega a ser digno de que lo ocupen los hombres, va a haber un gran choque entre humanos y sinuosos.
—¿Y qué? No son lo bastante civilizados para constituir un obstáculo serio y además son tan pequeños...
—Pero aprenden —dijo él—. Aprenden muy rápidamente y se reproducen como moscas. Suponte que lleguen a descubrir el uso del gas o suponte que fabrican pequeños fusiles para sus dardos envenenados. Esto es posible, porque precisamente ahora están trabajando los metales y conocen el fuego. Tal cosa equivaldría prácticamente a equipararlos con el hombre por cuanto se refiere a la capacidad de agredir. ¿De qué nos servirían nuestros gigantescos cañones y nuestros aviones cohetes contra sinuosos de poco más de un decímetro? Y estar equilibrados sería fatal; un sinuoso por un hombre sería un trato ruinoso.
Lee bostezó.
—Bueno, eso no es problema nuestro. Tengo hambre, Grant.
—Está bien. Eso es un síntoma de que la blancha te ha abandonado ya. Comeremos y luego dormiremos un poco, porque quedan cinco horas de obscuridad.
—¿Pero y los sinuosos?
—No veo que puedan hacer nada. En cinco horas no pueden traspasar paredes de corteza de piedra y, en cualquier caso, Oliver nos avisaría si alguno consiguiese entrar por alguna parte.

Había luz cuando Grant se despertó. Penosamente, extendió los entumecidos miembros. Algo le había despertado, pero no sabía qué.
Oliver estaba paseando nerviosamente a su lado y le miraba con ansiedad.
—He tenido mala suerte con mis lunáticos —anunció quejumbrosamente el gato guardián—. Tú eres un lindo gatito.
—También lo eres tú —dijo Grant. Algo lo había despertado, ¿pero qué?
Entonces comprendió, porque aquello se produjo de nuevo: Un pequeñísimo temblor del suelo de corteza de piedra. Frunció el ceño con perplejidad. ¿Terremoto? No en Io, porque la diminuta esfera había perdido su calor interno hacía incontables siglos. ¿Qué, entonces?
Lo comprendió de repente. Se puso en pie de un salto y lanzó un grito tan salvaje que Oliver se echó a un lado con un maullido infernal. El asombrado gato saltó a la estufa y desapareció por el tubo de la chimenea.
Lee había empezado a incorporarse en el camastro, sus grises ojos parpadearon soñolientamente.
—¡Fuera! —rugió él, obligándola a ponerse en pie—. ¡Salgamos de aquí! ¡Aprisa!
—¿Cómo? ¿Por qué?
—¡Salgamos!
La empujó hacia la puerta, se detuvo un momento para recoger su cinto y sus armas, la bolsa de hojas de ferva y una libra de chocolate. El suelo tembló de nuevo y él se precipitó fuera de la puerta, colocándose con un salto frenético junto a la asombrada muchacha.
—¡La han minado! —jadeó—. Esos demonios han minado la...
No tuvo tiempo de decir más. Una esquina de la cabaña se derrumbó de pronto; los troncos de corteza de piedra se separaron, y toda la estructura se vino abajo como una casita de juguete. El estallido se convirtió en silencio y no hubo movimiento alguno excepto unos perezosos jirones de vapor, unas cuantas negras formas ratunas escabulléndose hacia las hierbas y un purpúreo lunático bamboleándose más allá de las ruinas.
—¡Los sucios diablos! —juró amargamente—. ¡Las malditas ratas negras! ¡Las...!
Un dardo le pasó rozando la oreja y luego arrancó un rizo del enmarañado cabello castaño de Lee. Un coro de chillidos ascendió de entre las hierbas.
—¡Ven! —gritó Grant—. Esta vez están dispuestos a acabar con nosotros. No, por aquí. Hacia las colinas. Hay menos jungla por este sitio.
Fácilmente pudieron sobrepasar a los diminutos sinuosos. En pocos momentos habían perdido el estrépito de sus voces chirriantes, y se detuvieron a mirar compasivamente la destruida vivienda.
—Ahora —dijo él con tono lastimero— estamos como al principio.
—¡Oh, no! —replicó Lee, alzando la mirada hasta él—. Ahora estamos juntos, Grant. No tengo miedo.
—Ya nos arreglaremos —dijo él con tono de suficiencia—. Construiremos una cabaña provisional en cualquier parte. También...
Un dardo se estrelló en una de sus botas con un seco chasquido. Los sinuosos los habían alcanzado de nuevo.
Una vez más corrieron hacia las Colinas de los Idiotas. Cuando se detuvieron por fin, pudieron divisar a sus espaldas la larga cuesta por la que habían subido y más allá las junglas de Io. Estaba allí la destruida cabaña y cerca, limpiamente escaqueados, los campos y torres de la ciudad más próxima de los sinuosos. Pero apenas habían recuperado el aliento cuando chillidos y gritos salieron de la maleza.


Se veían empujados hacia las Colinas de los Idiotas, una región tan desconocida para el hombre como los helados yermos de Plutón. Al parecer, los diminutos enemigos que tenían detrás habían resuelto que esta vez su adversario, el gigantesco trampero y depredador de sus campos, debía ser perseguido a muerte.
Las armas eran inútiles. Grant ni siquiera podía atisbar a sus perseguidores, que se deslizaban entre la vegetación como ratas encapuchadas. Una bala, incluso si por casualidad atravesaba el cuerpo de un sinuoso, no lograría ningún efecto, y la pistola lanzallamas, aunque su rayo quemase toneladas de maleza y de hierba sangrante, no podía más que cortar una estrecha senda a través de la horda de diminutos verdugos. Las únicas armas que podrían haber servido de algo, las ampollas de gas, se habían perdido entre las ruinas de la cabaña.
Grant y Lee se vieron obligados a seguir subiendo. Estaban ya a más de trescientos metros por encima de la llanura, y el aire se iba enrareciendo. No había allí ninguna jungla, sino sólo grandes manchas de hierba sangrante tras las cuales eran visibles unos pocos lunáticos balanceando sus cabezas.
—Hacia la cima —jadeó Grant, ahora penosamente falto de aliento—. Quizá nosotros podamos soportar el aire enrarecido mejor que ellos.
Lee no pudo contestar. Se esforzaba en andar trabajosamente junto a su compañero mientras pisaban ahora un suelo de roca desnuda. Ante ellos se alzaban dos bajos picachos, como los pilares de una puerta de torreón. Al mirar hacia atrás, Grant vislumbró diminutas formas negras que hormigueaban en un claro. Y, lleno de rabia, disparó. Un sinuoso dio un salto convulsivo, ondeando su capa, pero los demás siguieron avanzando. Debía de haber miles.
Los picachos estaban más cerca, ya sólo a pocos cientos de metros de distancia. Eran desnudos, lisos, inaccesibles.
—Entre ellos —masculló Grant.
El paso que separaba a los dos picachos era sombrío y angosto. En siglos remotos debieron de ser un solo pico rajado luego por alguna convulsión volcánica que había abierto aquel estrecho cañón entre los dos.
Grant rodeó con un brazo a Lee, cuya respiración, por el esfuerzo y la altitud, era una serie de jadeos entrecortados. Un brillante dardo repiqueteó en las rocas cuando ellos llegaron a la abertura, pero al mirar atrás, Grant sólo pudo ver a un purpúreo lunático que avanzaba hacia arriba, acompañado por otros cuantos a su derecha. La pareja bajó por un paso de unos veinte metros que desembocó súbitamente en un valle accesible y allí se detuvieron asombrados.
Frente a ellos había una ciudad. Durante un segundo, Grant creyó que habían tropezado con una amplísima metrópolis de sinuosos, pero un examen más atento mostraba otra cosa. Esta no era una ciudad de bloques medievales, sino un poema en mármol, de belleza clásica y de proporciones humanas o casi humanas. Blancas columnas, arcos gloriosos, puras bóvedas, una delicia arquitectónica que muy bien podría haber nacido en la Acrópolis. Fue necesario un segundo examen para discernir que la ciudad estaba muerta, desierta, en ruinas.
Incluso en su agotamiento, Lee percibió aquella belleza.
—¡Qué cosa tan exquisita! —jadeó—. Casi podría perdonárseles ser... sinuosos.
—Ellos no nos perdonarán ser humanos —masculló él—. Tendremos que hacer alto en algún sitio. Lo mejor será que elijamos uno de los edificios.
Pero, antes de que pudieran apartarse unos pocos metros de la boca del cañón, un ruidoso estrépito los detuvo. Grant dio media vuelta y por un momento se sintió paralizado por el asombro. El estrecho cañón estaba lleno de una chirriante horda de sinuosos, como una repulsiva y pesada manta negra. Pero no llegaban hasta el extremo del valle, porque, riendo, graznando y bamboleándose, cuatro lunáticos con aplastantes pies de tres dedos bloqueaban la entrada.
Era una batalla. Los sinuosos mordían y pinchaban a los escasos defensores que proferían agudas exclamaciones de dolor. Pero con una resolución y una unidad de propósito desconocidas entre los lunáticos, sus pies aplastaban metódicamente arriba y abajo, a derecha e izquierda.
Grant exclamó:
—¡Que me aspen! —Luego se le ocurrió una idea—. ¡Lee, toda esa horda de asquerosos diablos está acorralada en el cañón!
Se precipitó hacia la entrada. Apuntó su pistola lanzallamas entre las piernas de un lunático y disparó.
Hizo explosión el infierno. El diminuto diamante, cediendo toda su energía en un terrorífico estallido, lanzó un torrente de fuego que llenó el cañón de pared a pared y aun cortó más allá un abanico calcinado entre las hierbas sangrantes de la ladera.
La Colina de los Idiotas se estremeció con el rugido del arma y cuando la lluvia de restos se asentó, no había nada en el cañón, excepto unos cuantos trozos de carne y la cabeza de un desgraciado lunático que todavía oscilaba y se bamboleaba.
Tres de los lunáticos sobrevivieron. Uno de rostro purpúreo estaba agitando un brazo, riendo y lanzando grititos con una mueca imbécil. Grant apartó a un lado aquella cosa y regresó junto a la muchacha.
—¡Gracias a Dios! —dijo él—. Por lo menos de esto nos hemos librado.
—Yo no tenía miedo, Grant. Nunca lo tengo cuando estoy contigo.
Él sonrió.
—Quizá podamos encontrar aquí un refugio —sugirió—. La fiebre debe de ser menos molesta a esta altitud. Pero, oye, ésta debe de haber sido la capital más importante de todos los sinuosos en tiempos remotos. Apenas puedo imaginarme a tales demonios creando una arquitectura tan bella como ésta y tan grandiosa. Porque, en realidad, esos edificios son tan colosales en proporción con el tamaño de los sinuosos como lo son respecto a nosotros los rascacielos de Nueva York.
—Pero mucho más hermosos —dijo Lee suavemente, pasando su mirada sobre la gloria de las ruinas—. Incluso se les podría perdonar todo, Grant. ¡Mira eso!
Él obedeció el ademán. En la parte interior de los portales del cañón había gigantescos bajorrelieves. Pero lo que lo había dejado estupefacto era el tema de aquellos retratos. Allí, ascendiendo por los acantilados, había figuras, no de sinuosos, sino de... lunáticos. Exquisitamente esculpidas, sonriendo más bien que riendo tontamente, sonriendo con un toque de tristeza, de pena, de compasión.
—¡Dios mío! —susurró él—. ¿Comprendes, Lee? Ésta debió de ser en otros tiempos una ciudad de lunáticos. Los escalones, las puertas, los edificios, todo está construido a escala. De un modo u otro debieron de lograr una civilización avanzadísima y los lunáticos que nosotros conocemos no son más que el residuo degenerado de una gran raza.
—Y —sugirió Lee— la razón de que esos cuatro bloquearan el camino cuando los sinuosos trataron de pasar es que todavía recuerdan. O es probable que no recuerden realmente, pero tienen una tradición de pasadas glorias, o más probable aún, un mero sentimiento supersticioso de que este lugar es en cierto modo sagrado. Nos dejaron pasar porque, al fin y al cabo, tenemos más parecido con los lunáticos que los sinuosos. Pero lo sorprendente es que todavía posean, aunque no sea más que ese débil recuerdo, porque esta ciudad debe de estar en ruinas desde hace siglos, o quizás incluso miles de años.


—Pero pensar que los lunáticos puedan haber tenido alguna vez la inteligencia suficiente para crear una cultura propia... —dijo Grant, apartando al purpúreo que se bamboleaba y soltaba risitas a su lado. De pronto el hombre se detuvo y dirigió una mirada de repentino respeto a aquella criatura—. Éste lleva varios días siguiéndome. Muy bien, muchacho, ¿qué pasa?
El purpúreo alargó un hacecillo mal trabado de hierba sangrante y de ramitas, riendo idiotamente. Su ridícula boca se torció; los ojos se le aguzaron en el esfuerzo de conseguir una concentración mental.
—¡Pasteles! —dijo con una risita triunfante.
—¡El muy imbécil! —estalló Grant—. ¡Inútil! ¡Idiota! —Se interrumpió para echarse a reír—. No importa. Creo que se lo merecen. 
Alargó la libra de chocolate a los tres encantados lunáticos.
—Aquí tienen sus pasteles.
Un grito de Lee lo sobresaltó. La muchacha estaba agitando los brazos furiosamente. Sobre la cresta de la Colina de los Idiotas un avión cohete rugía, describía círculos y por fin se posaba en el valle.
La portezuela se abrió. Oliver salió gravemente, comentando como quien no quiere la cosa.
—Yo soy real y tú eres real.
Un hombre siguió al gato guardián; dos hombres.
—¡Papá! —gritó Lee.
Un poco más tarde, Gustavus Neilan se volvió hacia Grant.
—No sé cómo agradecérselo —dijo—. Si hubiese algún modo de poder mostrarle lo mucho que aprecio...
—Lo hay. Puede usted cancelar mi contrato.
—¿Trabaja usted para mí?
—Soy Grant Calthorpe, uno de sus tratantes y estoy ya harto de este loco satélite.
—Desde luego puede hacerse, si usted lo desea —dijo Neilan—. En cuanto a la cuestión de la paga...
—Puede usted pagarme los seis meses que he trabajado.
—Si no le importase quedarse —dijo el hombre mayor—, no tendría que trabajar mucho tiempo más en la compra. Hemos podido cultivar ferva cerca de las ciudades polares y prefiero las plantaciones a la inseguridad de tener que confiar en los lunáticos. Si continúa usted el año de su contrato, podríamos ponerlo al frente de la plantación cuando termine ese plazo.
Grant se encontró con los grises ojos de Lee Neilan y vaciló.
—Gracias —dijo lentamente—, pero estoy harto de esto. 
Le sonrió a la muchacha y luego se volvió hacia el padre de la misma.
—¿Le importaría contarme cómo ha podido localizarnos? Éste es el sitio más inverosímil de todo el satélite.
—Pues precisamente por eso —respondió Neilan—. Cuando Lee no regresó, reflexioné cuidadosamente sobre el asunto. Por último decidí, conociéndola como la conozco, buscar primeramente en los sitios más improbables. Sobrevolamos las costas del Mar de la Fiebre, y luego el Desierto Blanco y finalmente las Colinas de los Idiotas. Divisamos los ruinas de una cabaña y entre los escombros estaba este individuo —indicó a Oliver—, que no hacía más que repetir: "Diez lunáticos hacen un medio idiota". Bien, aquello de semicuerdo parecía una referencia muy clara a mi hija, y volvimos a emprender el vuelo hasta que el rugido de la pistola lanzallamas nos llamó la atención.
Lee adoptó una expresión de malhumor, luego volvió sus ojos grises hacia Grant.
—¿Recuerdas —dijo suavemente— lo que te dije en la jungla?
—Yo ni siquiera lo habría mencionado —replicó él—. Sabía que estabas delirando.
—Pues... quizá no lo estaba. Si tuvieses compañía, ¿te resultaría más fácil trabajar el resto del año? Quiero decir si, por ejemplo, volases con nosotros a Junópolis y regresases con una esposa.
—Lee —dijo él con voz ronca—, sabes la diferencia que eso comportaría, aunque no puedo comprender por qué se te ha ocurrido la idea.
—Debe de ser la fiebre —sugirió Oliver.

FIN

2023/06/19

Una odisea marciana (Stanley G. Weinbaum)


Título original: The martian odyssey
Año: 1934
 

Prólogo, por Isaac Asimov

En la edición de 1934 de Wonder Stories apareció un cuento titulado Una odisea marciana, primer título publicado de su autor, Stanley G. Weinbaum.
En la época en que apareció el relato, Wonder no era la revista de ciencia-ficción más destacada. En mi opinión, era la tercera en un campo de tres. Oculta en esta oscura revista, Una odisea marciana tuvo en el género el efecto de una granada rompedora. Con este único cuento, Weinbaum fue reconocido de inmediato como el mejor escritor de ciencia-ficción del mundo y, al punto, casi todos los escritores del género intentaron imitarle.
En 1970, los escritores de ciencia-ficción de Estados Unidos eligieron por votación los mejores cuentos de ciencia-ficción de todas las épocas. Entre los favoritos, destacó como el más antiguo Una odisea marciana. Fue el primer cuento de ciencia-ficción, publicado en una revista, capaz de resistir, una generación más tarde, el escrutinio crítico de los profesionales. Aún más: Acabó conquistando el segundo lugar.
Ahora bien, ¿qué era lo más característico de los cuentos de Weinbaum? ¿Qué era lo que más fascinaba a los lectores? La respuesta es fácil: Sus criaturas extraterrestres.
Desde luego, en la ciencia-ficción había habido criaturas extraterrestres mucho antes de aparecer Weinbaum. Incluso si nos limitamos a las revistas de ciencia-ficción, eran un lugar común. Pero antes de la época de Weinbaum eran caricaturas, sombras, burlas de la vida.
Los extraterrestres anteriores a Weinbaum, humanoides o monstruos, servían sólo para dar relieve al héroe, para servir como una amenaza o un medio de rescate, para ser buenos o malos en términos estrictamente humanos, pero nunca para ser algo por sí mismos, independientes del género humano. Weinbaum fue el primero que creó extraterrestres que tenían sus propias razones para existir.
El 14 de diciembre de 1935, a la edad de 33 años, año y medio después de la publicación de su primera historia, Weinbaum murió de cáncer y todo terminó. Al morir, había publicado doce cuentos; once más aparecieron a título póstumo. Sin embargo, incluso sin la ventaja de decenios de trabajo y desarrollo, su presencia perdura en el recuerdo de los aficionados.


Jarvis se estiró tan cómodamente como pudo en el angosto espacio del cuartel general del Ares.
-¡Aire respirable! -dijo con alegría-. ¡Parece tan espeso como puré después del tenue airecillo de ahí fuera!
Señaló con la cabeza el paisaje marciano que se extendía, llano y desolado a la luz de la luna más próxima, más allá del cristal de la claraboya.
Sus tres compañeros le miraron con simpatía: Putz, el ingeniero, Leroy, el biólogo, y Harrison, el astrónomo y capitán de la expedición. Dick Jarvis era el químico del famoso equipo, la expedición Ares, los primeros seres humanos que pusieron el pie en el misterioso vecino de la Tierra, el planeta Marte. Esto ocurría, desde luego, en los viejos tiempos, menos de veinte años después de que el loco americano Doheny perfeccionara el combustible atómico a costa de su vida, y sólo un decenio después de que el igualmente loco Cardoza llegase en un cohete atómico a la Luna.
Eran auténticos pioneros, estos cuatro del Ares. Excepto media docena de expediciones selenitas y el desventurado vuelo de Lancey hasta la seductora órbita de Venus, eran los primeros hombres que experimentaban una gravedad distinta de la terrestre y por supuesto la primera tripulación que se apartó con éxito del sistema Tierra-Luna. Y merecían aquel éxito cuando uno considera las dificultades y molestias que hubieron de arrostrar: Los meses pasados en cámaras de aclimatación en la Tierra, aprendiendo a respirar un aire tan tenue como el de Marte, la hazaña de hacer frente al vacío en el diminuto cohete impulsado por los caprichosos motores a reacción del siglo XXI y, sobre todo, el tener que enfrentarse con un mundo absolutamente desconocido.
Jarvis se estiró de nuevo y se llevó una mano a la punta despellejada de su nariz, mordida por la escarcha. Suspiró satisfecho.
-Bien -estalló Harrison bruscamente-, ¿vamos a enterarnos por fin de lo que ocurrió? Te llevas todo lo de a bordo en un cohete auxiliar, no tenemos noticias tuyas durante diez días y por fin Putz te recoge cerca de un hormiguero fantástico con un extravagante avestruz como compañero. ¡Desembucha, hombre!
-¿Desembucha? -inquirió Leroy perplejo-. ¿Desembuchar qué?
-Quiere decir hablar -explicó Putz gravemente-, echar fuera.
Jarvis, muy serio, tropezó con la mirada divertida de Harrison.
-Exactamente, Karl -dijo, asintiendo a la explicación de Putz-. Voy a echar fuera, a soltarlo todo.
Carraspeó satisfecho y empezó.
-De acuerdo con las órdenes, vi cómo Karl se dirigía hacia el norte y entonces entré en mi cubículo volador y me dirigí al sur. Recordarás, capitán, que teníamos órdenes de no posarnos en el suelo, sino simplemente de observar buscando lugares interesantes. Puse las dos cámaras en funcionamiento cuando volaba bastante alto, a unos seiscientos metros, por un par de razones: Primero porque así las cámaras tenían más campo y segundo porque los propulsores funcionan con tanta rapidez en este semivacío que aquí llaman aire que sólo servirían para levantar polvo.
-Ya sabemos todo eso por Putz -gruñó Harrison-. Pero me gustaría que hubieses salvado las películas, habrían pagado el coste del barquichuelo. ¿Recuerdas cómo el público se agolpaba para ver las primeras películas sobre la Luna?
-Las películas están a salvo  -replicó Jarvis-. Bien -continuó-, como dije, avancé un buen trecho; tal como nos figurábamos, a menos de doscientos kilómetros por hora, las alas no ofrecen mucha sustentación en este aire, y aun así tuve que hacer uso de los cohetes.
»De este modo, con la velocidad, la altitud y la confusión creada por los cohetes, la visión no era demasiado buena. Sin embargo podía distinguir lo bastante para apreciar que estaba volando sobre una extensión más de esta llanura gris que examinamos durante toda la primera semana de nuestro planetizaje: Las mismas protuberancias bulbosas y la misma alfombra ilimitada de los pequeños animales-plantas restantes, o biópodos como los llama Leroy. Así pues, seguí navegando, comunicando mi posición cada hora aun sin saber si me oían.
-¡Yo te oía! -espetó Harrison.
-Unos trescientos kilómetros al sur -continuó Jarvis, imperturbable-, la superficie cambiaba hasta convertirse en una especie de baja meseta, un desierto de arena color naranja. Imaginé que teníamos razón en nuestra suposición y que esta llanura gris sobre la cual nos posamos era realmente el Mare Cimmerium, y el desierto anaranjado la región llamada Xanthus. Si estaba en lo cierto, llegaría a otra llanura gris, el Mare Chronium, al cabo de unos trescientos kilómetros, y luego a otro desierto anaranjado, Thyle Uno o Dos. Y eso fue lo que hice.


-Putz comprobó nuestra posición hace semana y media -gruñó el capitán-. Vamos al grano.
-Ya voy -contestó Jarvis-. A unos treinta kilómetros al interior de Thyle, lo crean o no, crucé un canal.
-Putz fotografió un centenar. A ver si oímos algo nuevo.
-¿Y vio también una ciudad?
-Más de una veintena, si llamas ciudades a esos montones de barro.
-Bien -prometió Jarvis-, de ahora en adelante voy a contar unas cuantas cosas que Putz no vio -Se frotó la nariz y continuó-: Sabía que contaba con dieciséis horas de luz en esta estación, por lo que, a las ocho horas de haber salido decidí regresar. Estaba todavía volando sobre Thyle, no estoy seguro de si sobre Uno o Dos, cuando, de pronto, el motor preferido de Putz falló.
-¿Falló? ¿Cómo? -preguntó Putz solícito.
-El dispositivo atómico se debilitó. Empecé a perder altura y me di un trastazo en el centro mismo de Thyle. Además di con la nariz contra la ventanilla.
Se frotó compungidamente el apéndice dañado.
-¿No trataste de lavar la cámara de combustible con ácido sulfúrico? -preguntó Putz-. Algunas veces, el plomo suministra una radiación secundaria.
-Lo intenté nada menos que diez veces -dijo Jarvis malhumorado-. Además, el trastazo aplastó el tren de aterrizaje y desbarató los propulsores. Suponiendo que hubiera podido poner el cacharro en funcionamiento, ¿qué habría conseguido? Quince kilómetros así y el suelo se habría ido fundiendo a mi paso.
Se frotó de nuevo la nariz.
-Suerte que aquí un kilo pesa menos de medio. De lo contrario, me habría hecho añicos.
-¡Yo podría haberlo arreglado! -exclamó el ingeniero-. Apuesto a que no era nada serio.
-Probablemente no -convino Jarvis en tono sarcástico-. Simplemente se negaba a volar. Nada grave, pero no me quedaba más elección que esperar a ser recogido o tratar de volver a pie mil trescientos kilómetros cuando quizá quedaban veinte días para salir del planeta. ¡Sesenta y cinco kilómetros por día! Bueno -concluyó-, preferí andar. Tenía las mismas posibilidades de ser recogido y eso me mantenía ocupado.
-Te habríamos encontrado -dijo Harrison.
-No lo dudo. Pero el caso es que me preparé un arnés con algunas correas del asiento, me eché el tanque de agua a la espalda, me equipé con un cinto de municiones, una pistola y algunas raciones de hierro, y me puse en marcha.
-¡El tanque de agua! -exclamó el bajito biólogo Leroy-. ¡Pero si pesa un cuarto de tonelada!
-No estaba lleno. Pesaba unos ciento diez kilos según el peso de la Tierra, lo que aquí representa unos cuarenta kilos. Además, mi propio peso personal de ochenta kilos es aquí en Marte de sólo treinta y dos kilos, por lo que, con tanque y todo, yo venía a pesar lo que en la Tierra. Pensé en todo eso cuando emprendí la marcha. ¡Ah, desde luego me equipé con saco de dormir para poder aguantar las ventosas noches de Marte!
»Y me puse en marcha, avanzando con bastante rapidez. Ocho horas de luz significan treinta kilómetros o más. Resultaba aburrido, desde luego, eso de ir pataleando sobre la blanda arena del desierto sin nada que ver, ni siquiera los biópodos reptantes de Leroy. Al cabo de una hora llegué a un canal, una enorme zanja tan recta como la vía de un ferrocarril. Estaba seco pero allí había habido agua alguna vez. La zanja estaba cubierta con lo que parecía ser un bonito césped verde. Con la diferencia de que cuando me acerqué, el césped se apartó para dejarme paso.
-¿Cómo dices? -exclamó Leroy.
-Sí, era un pariente de tus biópodos, Atrapé uno, una hojita que parecía de hierba, casi tan larga como uno de mis dedos, con dos delgadas patitas.
-¿La has traído? -preguntó Leroy ávidamente.
-La solté. Tenía que avanzar y seguí caminando entre aquella hierba que se abría ante mí y se cerraba detrás. Finalmente desemboqué de nuevo en el desierto anaranjado de Thyle.
»Avanzaba echando pestes de la arena que me hacía caminar con tanto cansancio y, de vez en cuando, maldiciendo el caprichoso motor tuyo, Karl. Exactamente antes del crepúsculo llegué al borde de Thyle y lancé una mirada sobre el gris Mare Chronium. Y comprendí que tendría que caminar por allí cientos de kilómetros, más luego el largo camino de aquel desierto de Xanthus y del Mate Cimmerium. ¿Se imaginan que aquello me hacía gracia? Empecé a maldecirlos por no venir a recogerme.
-¡Lo estábamos intentando, idiota! -dijo Harrison.
-Pues no servía de nada. Bueno, me imaginé que podría aprovechar lo que quedaba de luz diurna para bajar por el acantilado que marca el límite de Thyle. Encontré un sitio fácil para el descenso y me dejé ir. El Mare Chronium era el mismo tipo de lugar que éste, unas absurdas plantas sin hojas y un montón de reptantes. Les eché un vistazo y saqué mi saco de dormir. Hasta entonces no había tropezado con nada digno de mención en este mundo semimuerto, nada peligroso quiero decir.
-Pero, ¿lo encontraste? -inquirió Harrison.
-¡Qué si lo encontré...! Ya te enterarás cuando lo cuente. Bueno, estaba a punto de dormirme cuando de pronto oí la más espantosa algarabía.
-¿Qué es algarabía? - inquirió Putz.
-Quiere decir griterío confuso -explicó Leroy-. O sea, algo que no se entiende.
-Eso es -aprobó Jarvis-. No entendía qué estaba ocurriendo y me asomé para averiguarlo. Había allí un jaleo como el de una bandada de cuervos que quisiera devorar a un montón de canarios: Silbidos, graznidos, trinos, gritos y no sé cuántas cosas más. Rodeé un grupo de troncos, y allí estaba Tweel.
-¿Tweel? -preguntó Harrison.
-¿Tuil? -dijeron Leroy y Putz.
-Aquel avestruz estrambótico -explicó el narrador-. Por lo menos Tweel es lo más parecido que puedo pronunciar sin farfullar. Algunas veces él decía algo que sonaba como "Trriweerrlll".
-¿Qué estaba haciendo? -preguntó el capitán.
-Se lo estaban comiendo. Y por supuesto, chillaba como cualquiera habría hecho en su caso.
-¿Comiendo? ¿Quién?
-Lo averigüé más tarde, todo lo que pude ver entonces fue un lío de negros brazos como cuerdas enrolladas en torno de lo que parecía ser, como Putz lo ha descrito, un avestruz. Naturalmente yo no iba a intervenir; si ambas criaturas eran peligrosas, habría una menos de la que preocuparme.
»Pero aquella cosa parecida a un ave estaba librando una buena batalla. Sin dejar de gritar, asestaba certeros golpes con un pico de unos treinta centímetros. Vislumbré un par de veces qué había al final de aquellos brazos -dijo Jarvis, estremeciéndose-. Pero lo que me decidió a intervenir fue el observar una bolsita o caja negra que pendía del cuello de aquel ser semejante a un pájaro. ¡Era inteligente!, supuse, o estaba domesticado. En cualquier caso, la decisión estaba tomada, saqué mi automática y disparé contra lo que podía distinguir de su antagonista.
»Los tentáculos se aflojaron, una fétida oleada de negra corrupción chorreó, y aquella cosa, con un repugnante ruido de succión, se contrajo y desapareció por un agujero que había en el suelo. La otra criatura lanzó una serie de graznidos, se tambaleó sobre unas patas tan gruesas como palos de golf y se volvió de pronto para hacerme frente. Mantuve mi arma lista y los dos nos observamos.
»El marciano no era un ave, realmente. No era ni siquiera parecido a un ave, excepto a primera vista. Cierto que tenía un pico y unos cuantos apéndices con plumas, pero el pico no era realmente un pico. Era algo flexible; pude ver cómo la punta se doblaba lentamente de un lado a otro; era casi como un cruce entre pico y trompa. Tenía pies de cuatro dedos y cosas, manos, podría decirse, de cuatro dedos. Su cuerpecillo redondeado se prolongaba en un largo cuello que terminaba en una diminuta cabeza, culminada por aquel pico. Era un par de centímetros más alto que yo y..., bueno, Putz lo vio.
El ingeniero asintió.
-Sí, lo vi. 
Jarvis continuó:
-Así  pues,  nos  quedamos  mirándonos. Finalmente  la  criatura  prorrumpió  en  una serie de tableteos y gorjeos y alargó sus manos vacías hacia mí. Supuse que aquello era un gesto de amistad.
-Quizás estaba mirando la nariz tan hermosa que tienes y pensó que eras hermano suyo -sugirió Harrison.
-No hace falta que te muestres tan chistoso. El caso es que me guardé la pistola y dije: "No se preocupe", o algo por el estilo. Aquella cosa se acercó y nos convertimos en camaradas.


»Por aquel entonces, el sol estaba ya bastante bajo y comprendí que lo mejor sería encender un fuego o meterme en mi saco. Me decidí por el fuego. Elegí un lugar al pie del acantilado de Thyle, donde la roca podría reflejar un poco de calor sobre mi espalda, y empecé a romper ramitas de la desecada vegetación de Marte. Mi compañero captó la idea y trajo un brazado. Fui a sacar una cerilla, pero el marciano rebuscó en su bolsa y extrajo algo que tenía el aspecto de un carbón al rojo; lo acercó al montón de leña y el fuego prendió, al instante. Ya saben el trabajo que nos cuesta a nosotros encender fuego en esta atmósfera.
»Pero lo principal es esa bolsa suya -continuó el narrador-. Era un artículo manufacturado, amigos míos; se presionaba en un extremo y se abría de par en par; se apretaba por el centro y se cerraba tan perfectamente que no podía verse la línea de unión. Mucho mejor que las cremalleras.
»Bueno, permanecimos un rato mirando el fuego hasta que decidí intentar alguna especie de comunicación con el marciano. Me señalé a mí mismo y dije "Dick"; él captó la alusión inmediatamente, extendió hacia mí una huesuda garra y repitió "Dick". Luego lo apunté a él, y la criatura exhaló ese silbido que he llamado Tweel; no puedo imitar su acento. Las cosas se sucedían bien; para remachar los nombres, repetí "Dick" y luego, apuntando a él, "Tweel".
»Ya habíamos establecido el contacto. Él produjo algunos castañeteos que sonaban a negación y dijo algo así como "P-p-p-proot", y otras, diez o doce sonidos distintos.
»Pero no podíamos conectar. Ensayé con "roca" y con "estrella", con "árbol" y con "fuego", y no sé con cuántas cosas más; por más que probé, no pude conseguir una sola palabra. Pasados un par de minutos todos los nombres cambiaban y si eso es un lenguaje, yo soy el Preste Juan. Finalmente renuncié y lo llamé Tweel. Aquello pareció bastar.
»Pero Tweel había captado algunas de mis palabras. Recordaba dos o tres, lo que supongo es una gran proeza si uno está acostumbrado a un lenguaje que hay que ir haciendo a medida que se aprende. Pero yo no podía comprender el objetivo de su charla; o me fallaba algún punto sutil o simplemente, y más bien me inclino por esto último, no pensábamos del mismo modo.
»Tengo otras razones para creerlo. Al cabo de un rato renuncié a la cuestión del lenguaje y probé con las matemáticas. Arañé en el suelo dos más dos igual a cuatro y lo demostré con guijarros. De nuevo Tweel captó la idea y me informó de que tres más tres sumaban seis. Una vez más parecíamos ir yendo a alguna parte.
»Así pues, sabiendo que Tweel tenía por lo menos una educación de escuela primaria, dibujé un círculo para el Sol, señalándolo previamente. Después bosquejé Mercurio, Venus, la Tierra y Marte. Hecho esto, señalando a Marte, extendí mis manos en una especie de abrazo para indicar que Marte era lo que nos rodeaba. Me esforcé en poner en claro la idea de que mi hogar estaba en la Tierra.
»Tweel comprendió mi diagrama perfectamente. Acercó el pico a mi dibujo y, con gran profusión de trinos y chillidos, añadió Deimos y Fobos a Marte y luego incluyó la Luna en la órbita de la Tierra. ¿Se dan cuenta lo que significa esto? ¡Significa que la raza de Tweel utiliza el telescopio, que son seres civilizados!
-¡No prueba nada de eso! -atajó Harrison-. La Luna es visible desde aquí como una estrella de quinta magnitud. Pueden percibir sus fases a simple vista.
-Por lo que se refiere a la Luna, sí -dijo Jarvis-. Pero no has captado del todo mi argumento. ¡Mercurio no es visible! Y Tweel estaba enterado de la existencia de Mercurio, puesto que colocó la Luna en el tercer planeta, no en el segundo. Si no supiese nada de Mercurio, habría puesto la Tierra como segundo y Marte como tercero, en lugar de cuarto. ¿Comprenden?
-¡Hum! -dijo Harrison.
-El caso es que proseguí con mi lección -continuó Jarvis-. Las cosas iban bastante bien y parecía como si pudiera meterle la idea en la cabeza. Señalé el círculo que en mi diagrama representaba la Tierra, luego me señalé a mí mismo y por último me señalé a mí mismo y luego a la Tierra, que resplandecía con un verde brillante casi en el cenit.
»Tweel soltó un tableteo tan excitado que estuve seguro de que había comprendido, se puso a dar saltos y de pronto se señaló a sí mismo y luego al cielo, y después a sí mismo y al cielo de nuevo. Apuntó al centro de su cuerpo y luego a Arcturus, apuntó a su cabeza y luego a Spica, apuntó a sus pies y luego a media docena de estrellas, mientras yo me limitaba a mirarlo boquiabierto. Luego, repentinamente, dio un salto tremendo. ¡Muchachos, qué brinco! Salió disparado lo menos a treinta metros. Vi como daba la vuelta y bajaba directamente hacia mi cabeza hasta clavarse en el suelo sobre el pico igual que una jabalina. Y allí estaba él, clavado en el centro de mi círculo que representaba al Sol.
-Cosa de locos -comentó el capitán-. Simplemente cosa de locos.
-Eso es lo que pensé yo también. Me quedé mirándolo boquiabierto mientras él sacaba la cabeza de la arena y se ponía en pie. Imaginando que no había comprendido mi explicación se la repetí. Terminó de la misma manera, con la nariz de Tweel metida en el centro de mi croquis.
-Quizá se trate de un rito religioso -sugirió Harrison.
-Puede ser -dijo Jarvis dubitativamente-. Bueno, así estábamos. Podíamos cambiar ideas hasta cierto punto y eso era todo. Entre nosotros había algo diferente, inconexo; no dudo de que Tweel me juzgaba tan chiflado como yo a él. Lo que ocurría es que nuestras mentes consideraban el mundo desde distintos puntos de vista y quizás el punto de vista de él era tan justo como el nuestro. Pero no podíamos ir de acuerdo, eso es todo. Sin embargo, a pesar de todas las dificultades, Tweel me era simpático y tengo una extraña seguridad de que yo le era simpático a él.
-¡Locuras! -repitió el capitán-. No son más que fantasías.
-¿Sí? Pues espera a que te cuente. Algunas veces he pensado que quizá nosotros... -Hizo una pausa y luego continuó su narración-: Lo cierto es que por fin me di por vencido y me metí en mi saco para dormir. El fuego no me había dado mucho calor, pero en aquel maldito saco me asfixiaba. Al cabo de cinco minutos no podía resistir. Lo abrí un poco y me fastidié. Los cuarenta grados bajo cero me golpearon uno tras otro en la nariz para completar el porrazo que había sufrido en la caída del cohete.
»Volví a cubrirme y seguí durmiendo. Cuando desperté por la mañana y salí del saco comprobé que Tweel había desaparecido. Sin embargo, casi inmediatamente, oí una especie de gorjeo y le vi llegar lanzado, deslizándose por aquel acantilado de tres pisos de Thyle hasta clavarse con el pico junto a mí. Me señalé a mí mismo y luego hacia el norte y él se señaló a sí mismo y hacia el sur, pero cuando recogí mi impedimenta y me puse en marcha, se vino conmigo.
»¡Muchachos, qué manera de viajar la de aquella criatura! Cada treinta metros, un salto; surcaba el aire como una lanza y se quedaba clavado en el suelo con el pico. Parecía sorprenderse de mi pesada andadura, pero al cabo de algunos momentos se adaptó lo mejor que pudo, salvo que cada pocos minutos daba uno de sus saltos y clavaba su nariz en la arena a pocos metros de mí y se reunía de nuevo conmigo. Al principio me sentía nervioso al ver aquel pico apuntándome como una lanza, pero lo cierto es que siempre terminaba clavándose a mi lado en la arena.
»De este modo recorrimos el Mare Chronium. Es un sitio muy parecido a éste: Las mismas plantas estrambóticas y los mismos pequeños biópodos verdes creciendo en la arena o apartándose para dejarle paso a uno. Charlábamos; no porque nos comprendiéramos, pero ya saben lo que quiero decir, sólo por lograr la sensación de tener compañía. Canté canciones y sospecho que Tweel las cantó también; por lo menos, algunos de sus trinos y gorjeos sugerían algún ritmo.
»De vez en cuando, para variar, Tweel desplegaba su muestrario de palabras inglesas. Apuntaba a cualquier protuberancia y decía "roca", y apuntaba luego a un guijarro y decía lo mismo; o bien me tocaba un brazo y decía "Dick" y luego lo repetía. Parecía divertirse enormemente con el hecho de que la misma palabra significase la misma cosa aunque se dijera dos veces seguidas, o que la misma palabra pudiera aplicarse a dos objetos diferentes. Me pregunté si su lenguaje no sería como el idioma primitivo de algunos pueblos de la Tierra, como el de los negritos, ya saben, que no tienen palabras genéricas: Ninguna palabra para comida o agua u hombre; sólo palabras para comida buena y comida mala, o agua de lluvia y agua de mar, u hombre fuerte y hombre débil. Son demasiado primitivos para comprender que el agua de lluvia y el agua de mar son simplemente aspectos distintos de la misma cosa. Pero no era ése el caso con Tweel. Más bien era como si fuésemos misteriosamente distintos de un modo u otro. Nuestras mentes eran extrañas entre sí. Y sin embargo nos teníamos simpatía.
-Eso es por la soledad -comentó Harrison-. Por eso se tenían tanta simpatía.
-Bueno, yo te tengo simpatía  -replicó Jarvis malignamente-. El caso es -continuó- que no quiero que se formen la idea de que Tweel era algún chiflado. En realidad, no estoy tan seguro de que no pudiera enseñar uno o dos trucos a nuestra tan alabada inteligencia humana. iOh, sé muy bien que no era un superhombre intelectual, pero no olviden que consiguió entender algo de mi funcionamiento mental y en cambio yo no tuve el menor vislumbre del suyo.
-Porque él no tenía tal funcionamiento -sugirió el capitán mientras Putz y Leroy parpadeaban atentamente.
-Podrán juzgarlo cuando termine mi relato -dijo Jarvis-. Bueno, seguimos andando todo el día por el Mare Chronium y también el día siguiente. ¡Mare Chronium, Mar del Tiempo! Al acabar aquella marcha, estaba a punto de darle la razón a Schiaparelli cuando lo bautizó con este nombre, era tan monótono, sólo aquella llanura gris e interminable de plantas extravagantes y sin otro signo de una vida distinta, que casi me alegré al ver el desierto de Xanthus hacia el anochecer del segundo día.
»Estaba bastante agotado, pero Tweel, al que, por cierto, jamás vi comer ni beber, parecía estar tan campante como siempre. Creo que él podría haber cruzado el Mare Chronium en un par de horas con aquellos terribles saltos suyos, pero permanecía pegado a mí. Una o dos veces le ofrecí agua; aceptó mi taza y sorbió el líquido con su pico para luego, cuidadosamente, volver a lanzarlo a la taza y devolvérmela con toda gravedad.
»Juntamente cuando avistamos Xanthus empezó a soplar una de esas desagradables tormentas de arena. No era quizá tan fuerte como la que tuvimos aquí, pero ahora debía caminar contra ella. Me protegí la cara con la visera transparente de mi saco y me defendí bastante bien. Tweel utilizaba algunos apéndices plumosos que le crecen como un bigote en la base del pico para taparse los orificios nasales, y otro escudo similar para protegerse los ojos.
-¡Es una criatura del desierto! -exclamó el biólogo Leroy.
-¿Eh? ¿Cómo?
-No bebe agua, se adapta a las tormentas de arena...
-Eso no prueba nada. No se puede desperdiciar ni una sola gota de agua en esta píldora desecada llamada Marte, en la Tierra lo habríamos calificado todo de desierto. -Hizo una pausa-. Cuando cesó la tormenta de arena, un viento suave nos dio en la cara. De improviso, como llevadas por esa tenue brisa, unas pequeñas esferas, transparentes y muy livianas, empezaron a deslizarse desde los acantilados de Xanthus. Intrigado, partí unas cuantas y comprobé que estaban vacías, sólo que al romperlas desprendían un olor nauseabundo. Pregunté a Tweel y por su respuesta, un "no, no, no" rotundo, supuse que compartía mi misma ignorancia sobre las esferas. Siguieron flotando como vilanos o como pompas de jabón, y nosotros proseguimos nuestro camino hacia Xanthus. En una ocasión Tweel apuntó a una de las bolas de cristal y dijo "roca", pero yo estaba demasiado cansado para discutir con él. Posteriormente descubrí lo que había querido decir.


»Al anochecer llegamos al pie de los acantilados de Xanthus. Decidí dormir en la meseta pues pensé que tan peligrosa podría ser la arena de Xanthus como la vegetación del Mare Chronium. De hecho no había descubierto una sola señal de amenaza, excepto aquella cosa negra y tentacular que atrapara a Tweel y que por lo visto no se movía en absoluto, sino que atraía a las víctimas que estaban a su alcance. No podía atraerme a mí mientras estuviera durmiendo, más teniendo en cuenta que Tweel permanecía en vela, limitándose a estar sentado pacientemente toda la noche. Me hubiera gustado saber cómo aquella extraña criatura de brazos negros pudo atrapar a Tweel, pero no había modo de preguntárselo a este último. Lo averigüé más tardé; es algo diabólico.
»Recorrimos el acantilado buscando un sitio fácil por donde trepar. Por lo menos lo buscaba yo. Tweel podría haber saltado el obstáculo fácilmente, porque los acantilados eran más bajos que los de Thyle, quizás unos veinte metros. Al fin dimos con un lugar adecuado y empecé a trepar, maldiciendo el voluminoso tanque de agua amarrado a mi espalda y lo mucho que dificultaba mi escalada. De pronto oí un sonido que creí reconocer.
»Ya saben cuán engañosos resultan los sonidos en este aire tan tenue. Un disparo suena como el descorche de una botella. Pero esta vez no había dudas: Era el zumbar de un cohete. En efecto, a unos quince kilómetros hacia el oeste, entre yo y la puerta de sol, estaba nuestra segunda nave auxiliar.
-Era yo -dijo Putz-. Te estaba buscando.
-Sí, lo comprendí. Pero, ¿de qué me servía? Me aferré al acantilado y grité mientras hacía señas con una mano. Tweel vio también la navecilla y se puso a trinar y a graznar saltando hasta lo alto de la barrera y elevándose luego en el aire. Y mientras yo miraba, el aparato desapareció zumbando entre las sombras del sur.
»Trepé hasta lo alto del acantilado. Tweel aún seguía apuntando y graznando excitadamente, elevándose hasta el cielo y cayendo luego en barrena para hundir su pico en el suelo. Apunté hacia el sur y hacia mí mismo y dije "sí, sí, sí", pero en cierto modo conjeturé que él pensaba que aquella cosa volante era un allegado mío, probablemente un pariente. Quizá cometí una injusticia contra su intelecto; ahora sé que fue así.
»Me sentía amargamente decepcionado por mi fracaso en llamar la atención. Dispuse mi saco de dormir y me metí dentro, porque arreciaba el frío de la noche. Tweel hundió el pico en la arena, alzó las patas y los brazos y se quedó como uno de los arbustos sin hojas que hay por aquí. Creo que permaneció de este modo toda la noche.
-¡Mimetismo protector! -exclamó Leroy-. ¿Lo ves? ¡Es una criatura del desierto!
-Por la mañana  -continuó Jarvis-,  nos  pusimos de  nuevo  en  marcha.  No habíamos  avanzado más  de  cien  metros  por  Xanthus  cuando  vi una  cosa  rara, una cosa que estoy seguro de que Putz no ha fotografiado.
»Una línea de diminutas pirámides de no más de quince centímetros de altura se extendía por toda la superficie de Xanthus que yo podía abarcar con la vista. Pequeños edificios hechos de pequeñísimos ladrillos, edificios huecos y truncados, o por lo menos rotos en la cúspide y vacíos. Se los señalé a Tweel y pregunté "¿Qué?", pero él lanzó algunos graznidos negativos para indicar, supongo, que no lo sabía. Así pues, continuamos, siguiendo la fila de pirámides.
»¡Muchachos, seguimos aquella línea durante horas! Al cabo de un rato, noté una cosa rara: Las pirámides se iban haciendo mayores. El mismo número de ladrillos en cada una, pero los ladrillos eran mayores.
»Al mediodía me llegaban ya al hombro. Miré algunas: Todas iguales, rotas en la cúspide y vacías. Examiné también un ladrillo o dos; eran sílice, y tan viejos como la creación misma.
-¿Cómo lo sabes? -preguntó Leroy.
-Estaban gastados, con las aristas redondeadas. La sílice no se estropea fácilmente ni siquiera en la Tierra, y con este clima...
-¿Qué edad les calculas?
-Cincuenta  mil...  cien  mil  años.  ¿Cómo  podría decirlo?  Las  pirámides  pequeñas que vimos por la mañana eran más antiguas, quizá diez veces más. Se desmoronaban. ¿Qué edad podrían tener? ¿Medio millón de años? ¿Quién sabe? -Jarvis hizo una pausa-. Bueno -continuó-, seguimos la línea. Tweel apuntaba a las pirámides y dijo "roca" una o dos veces, pero esa era una palabra que había repetido con mucha frecuencia. Además, en cierto modo, tenía más o menos razón.
»Traté de sonsacarlo. Señalé a una pirámide y le pregunté "¿Gente?" indicándonos a nosotros dos, repuso con una especie de cloqueo negativo y dijo: "No, no, no. No uno uno dos. No dos dos cuatro", mientras se frotaba el estómago. Lo miré fijamente y él continuó con la musiquilla: "No uno uno dos. No dos dos cuatro".
-¡Esa es la prueba irrefutable! -exclamó Harrison-. ¡Locuras!
-Eso crees, ¿eh? -inquirió Jarvis sarcásticamente-. Pues bien, yo me figuré algo muy distinto. "No uno uno dos". Por supuesto no lo captas todavía, ¿verdad?
-En absoluto. Ni creo que lo captes tú.
-Yo creo que sí. Tweel estaba utilizando las pocas palabras inglesas que conocía para enunciar una idea muy compleja. Permíteme que te pregunte, ¿en qué te hacen pensar las matemáticas?
-Pues... en astronomía. O... en lógica.
-Eso es "No uno uno dos". Tweel estaba diciéndome que los constructores de las pirámides no eran gente, o que no eran inteligentes, que no eran criaturas dotadas de razón. ¿Me comprendes?
-¡Uf, que me aspen!
-Probablemente te asparán.
-¿Por qué -intervino Leroy- se frotaba el estómago?
-Está claro, mi querido biólogo. Porque allí es donde tiene el cerebro. No en su diminuta cabeza, sino en el centro de su cuerpo.
-¡Es imposible!
-No, en Marte no lo es. Esta flora y esta fauna no son terráqueas tus biópodos lo demuestran. -Jarvis sonrió burlonamente y prosiguió su narración-: Como quiera que sea, seguimos caminando por Xanthus y ya mediada la tarde sucedió otra cosa rara. Las pirámides se acabaron.
-¿Se acabaron?
-Sí, y el misterio radicaba en la última, ya casi de tres metros. ¿No comprenden? Quienquiera que fuese, el que la construyó estaba todavía dentro. Lo habíamos seguido desde sus orígenes de medio millón de años antes hasta la actualidad.
»Tweel y yo nos dimos cuenta casi al mismo tiempo. Monté mi pistola, en la que tenía un cargador de balas explosivas y Tweel, rápido como un prestidigitador, sacó de su bolsa un curioso y pequeño revólver de cristal. Se parecía mucho a nuestras armas, con la diferencia de que la culata era mayor para acomodarse a su mano. Empuñamos nuestras armas mientras nos acercábamos a la última pirámide.
»Tweel fue el primero en ver el movimiento. Las hileras superiores de ladrillos estaban siendo desplazadas y, de pronto, se deslizaron a un lado con un ligero crujido. Y entonces... algo... algo empezó a salir.
»Apareció un largo brazo de un gris plateado y detrás un cuerpo blindado. Blindado, quiero decir, recubierto de escamas de un gris plateado y mate. El brazo sacó al cuerpo de aquel hueco; la criatura quedó tendida en la arena.
»Era una criatura indescriptible: Cuerpo como con un solo orificio que recordaba vagamente a una boca y dotado en ambos extremos de dos brazos, flexible uno, rígido y aguzado el otro. Nada de más miembros, nada de ojos, oídos, nariz, en fin, lo que se dice nada. Aquella cosa se arrastró unos cuantos metros, metió su puntiaguda cola en la arena, se enderezó y se quedó sentada.
»TweeI y yo permanecimos a la expectativa. Al cabo de unos diez minutos, nos llegó un leve crujido, un crepitar como el de un papel que se arruga, y su brazo se movió hasta el agujero de la boca de donde extrajo... ¡un ladrillo! El brazo colocó cuidadosamente el ladrillo en el suelo y la cosa quedó de nuevo inmóvil.
»Otros diez minutos... otro ladrillo. Se trataba simplemente de uno de los ladrilleros de la naturaleza. Yo estaba a punto de apartarme y seguir caminando cuando Tweel apuntó a la cosa y dijo: "Roca". Contesté con un "hum" y él lo repitió de nuevo. Luego, con acompañamiento de algunos de sus trinos, dijo "No... no", y lanzó dos o tres aspiraciones sibilantes.
»Lo  curioso  es  que  comprendí  lo  que  quería decir.  Pregunté:  "¿No  respira?",  y expliqué con gestos la palabra. Tweel quedó entusiasmado; dijo: "¡Sí, sí, sí! ¡No, no, no respira!" Luego dio un salto y terminó clavando la nariz a un paso del monstruo.
»Ya pueden imaginarse lo turbado que me quedé. El brazo se alzaba en busca de un ladrillo y temí ver a Tweel atrapado y prensado, pero no ocurrió nada de eso. Tweel se colocó junto a la criatura y el brazo agarró el ladrillo y lo colocó pulcramente junto al primero. Tweel le rozó el cuerpo y dijo: "Roca" y yo tuve bastantes agallas para acercarme y mirar.
»De nuevo Tweel tenía razón. La criatura era roca y no respiraba.
-¿Cómo lo sabes? -inquirió Leroy, encendidos de interés sus negros ojos.
-Porque soy químico. ¡La bestia estaba hecha de sílice! Debía de haber silicio puro en la arena y ella vivía a sus expensas. ¿Lo comprenden? Nosotros, Tweel y esas plantas de ahí fuera, incluso los biópodos, son vida de carbono; en cambio, aquella cosa vivía por un conjunto diferente de reacciones químicas. ¡Era vida de silicio!
-¡Vida silícea! -gritó Leroy-. Lo había sospechado y ahora tenemos la prueba. Tengo que ir a verlo. Tengo que...
-¡Está bien, está bien! -dijo Jarvis-. Puedes ir a verlo. El caso es que la cosa estaba allí, viva y sin embargo no viviente, moviéndose cada diez minutos sólo para sacar un ladrillo. Esos ladrillos eran sólo su material de desecho. ¿Comprendes, franchute? Nosotros somos carbono y nuestro material de desecho es dióxido de carbono; esta cosa es silicio y su desecho es dióxido de silicio, es decir, sílice. Pero la sílice es un sólido, de aquí los ladrillos. La bestia los construye y cuando los ha colocado, se traslada a un nuevo emplazamiento para comenzar otra vez. No es de extrañar que produjese aquellos crujidos. ¡Una criatura viva de medio millón de años!
-¿Cómo sabes la edad? -preguntó Leroy frenéticamente.
-Seguimos el rastro de las pirámides desde el principio, ¿no es así? Si no fuese éste el constructor original de las pirámides, la serie habría terminado en algún sitio antes de que lo encontrásemos a él, ¿no les parece? Habría terminado y empezado de nuevo con las pirámides pequeñas. Me parece que es bastante simple.
»Pero él se reproduce, o trata de hacerlo. Antes de extraer el tercer ladrillo proyectó con un nuevo crujido un enjambre de aquellas bolitas de cristal. Son sus esporas, o huevos, o semillas, o como queramos llamarlas. Fueron flotando sobre Xarithus como habían flotado sobre nosotros en el Mare Chronium. También tengo el presentimiento de cómo funcionan; esto lo digo para que tomes nota, Leroy. Creo que la cáscara de cristal de sílice no es más que una cubierta protectora, como la cáscara de un huevo, y que el principio activo es el olor que hay dentro. Es una especie de gas que ataca al silicio y, si la cáscara se rompe cerca de un depósito de este elemento, se inicia una reacción que desemboca en una bestia como la que les he descrito.
-¡Habrá que probarlo! -exclamó el bajito francés-. Debemos romper una para ver.
-¿Sí? Bueno, pues yo lo hice. Rompí unas cuantas contra la arena. ¿Quieren volver dentro de unos diez mil años para ver si planté algunos monstruos constructores de pirámides? Será muy probable que para esa fecha puedan ya comprobarlo -Jarvis se detuvo e hizo una inspiración profunda-. ¡Cielos! ¡Qué criatura tan absurda! ¿Se la imaginan? Ciega, sorda, sin nervios, sin cerebro; simplemente un mecanismo y, sin embargo.... inmortal. Limitada a hacer ladrillos, a construir pirámides mientras existan el silicio y el oxígeno. E incluso después se limitará a pararse, no morirá. Y si los accidentes que se produzcan dentro de un millón de años le aportan de nuevo su comida, allí estará dispuesta a caminar de nuevo, en tanto que los cerebros y civilizaciones formarán parte del pasado. Una extraña bestia, pero encontré otra más rara aún.
-Si la encontraste, debió de ser en sueños -gruñó Harrison.
-Tienes razón -dijo Jarvis lacónicamente-. En cierto modo tienes razón. ¡La bestia de los sueños! Es el mejor nombre para ella, y es la más hostil, y terrorífica creación que uno pueda imaginar. Más peligrosa que un león, más insidiosa que una serpiente.
-¡Cuéntame! -rogó Leroy-. ¡Tengo que ir a verla!
-No, a ese diablo no. -Hizo de nuevo una pausa-. Bien -continuó-, Tweel y yo abandonamos a la criatura de las pirámides y seguimos caminando por Xanthus. Yo estaba cansado y bastante triste por el hecho de que Putz no me hubiese recogido y los cloqueos de Tweel me atacaban los nervios, así como sus picados en barrena. Así pues, me limitaba a caminar sin decir palabra, hora tras hora, por aquel monótono desierto.


»Hacia media tarde avistamos una línea oscura en el horizonte. Yo sabía lo que era. Era un canal; lo había sobrevolado en el cohete y eso significaba que sólo habíamos recorrido un tercio de la extensión de Xanthus. Bonita idea, ¿no? Y sin embargo, aún disponía de tiempo para llegar en la fecha marcada.
»Nos acercamos al canal lentamente; yo recordaba que este canal estaba bordeado por una amplia franja de vegetación y que la Ciudad de Cieno estaba en la orilla.
»Ya he dicho que estaba cansado. No hacía más que pensar en una buena comida caliente, y de allí mis reflexiones se fueron encadenando: Pensé en lo bonito y hogareño que me parecería incluso Borneo después de este loco planeta, en el pequeño y viejo Nueva York y, finalmente, en una muchacha a la que conozco allí: Fancy Long. ¿La conocen?
-Una animadora -dijo Harrison-. He cantado el estribillo de muchas de sus canciones. Bonita rubia; baila y canta en la hora de la Hierba Mate.
-Esa  es  -aprobó  Jarvis-.  La  conozco bastante bien,  sólo  como  amigos, entienden ¿eh?, aunque acudió a vernos despegar en el Ares. Iba pensando en ella mientras nos acercábamos a aquella línea de plantas elásticas.
»Y entonces exclamé: "¡Qué diablos...!", y me quedé mirando fijamente. Allí estaba Fancy Long, de pie bajo uno de aquellos árboles retorcidos, tan clara como el día, sonriendo y saludándome con el brazo tal como yo recordaba que había hecho cuando despegamos.
-Definitivamente se ve que estás loco -comentó el capitán.
-Muchacho, en aquellos momentos casi te habría dado la razón. Parpadeé, me pellizqué, cerré los ojos, luego volví a mirar, y allí seguía estando Fancy Long sonriendo y saludando con el brazo. Tweel también veía algo; graznaba y cloqueaba, pero yo apenas lo oía. Permanecía inmóvil mirando a la muchacha, demasiado estupefacto para hacerme preguntas.
»No estaba a seis metros de ella cuando Tweel me alcanzó con uno de sus saltos. Me agarró por un brazo, gritando: "¡No, no, no!", con su voz más aguda. Traté de sacudírmelo, era tan liviano como si estuviese hecho de bambú, pero él clavó sus garras y chilló. Finalmente recobré algo de cordura y me detuve a menos de tres metros de la muchacha. Allí estaba ella, con un aspecto tan sólido como la cabeza de Putz.
-¿Cómo dices? -preguntó el ingeniero.
-Sonreía y movía el brazo, movía el brazo y sonreía, y yo estaba allí tan callado como Leroy, mientras Tweel cloqueaba y parloteaba. Comprendía que aquello no podía ser real, y sin embargo allí estaba ella.
»Finalmente dije: "¡Fancy! ¡Fancy Long!" Ella seguía sonriendo y ondeando el brazo, pero con un aspecto tan real como si yo no la hubiese dejado a una distancia de ochenta millones de kilómetros.
»Tweel había sacado su pistola de cristal y estaba apuntando contra la muchacha. Lo agarré por el brazo, pero intentó apartarme. La señaló y dijo: "¡No respira! ¡No respira!" y comprendí que quería decir que aquella Fancy Long no estaba viva. ¡Muchachos, la cabeza me daba vueltas!
»Sin embargo, se me ponía la carne de gallina al ver cómo Tweel apuntaba su arma contra la muchacha. No sé cómo permanecí allí quieto viéndolo afinar la puntería, pero lo hice. Apretó el gatillo, se produjo un pequeño escape de vapor y Fancy Long desapareció. En su lugar pude ver uno de esos retorcidos horrores negros en forma de brazos. Era la misma bestia que antes había atrapado a Tweel.
»¡La bestia de los sueños! Permanecí allí mareado, viéndola morir mientras Tweel trinaba y silbaba. Por fin, él me tocó el brazo, señaló a aquella cosa que se retorcía y dijo: "Tú uno uno dos, él uno uno dos". Después que lo hubo repetido ocho o diez veces, capté el significado. ¿Lo capta alguno de ustedes?
-¡Sí! -chilló Leroy-. ¡Yo lo entiendo! Quiere decir que tú piensas en algo, la bestia lo adivina y tú ves aquello en que estás pensando. Un perro hambriento vería un gran hueso con carne. O lo olería, ¿no es así?
-Exactamente -dijo Jarvis-. La bestia de los sueños utiliza los anhelos y deseos de su víctima para atrapar a la presa. El pájaro, en la estación de celo, querría ver a su pareja; el zorro, que busca su presa, querría ver un indefenso conejo.
-¿Cómo consigue eso la bestia? -inquirió Leroy.
-¿Y cómo voy a saberlo? ¿Cómo se las arregla en la Tierra una serpiente para hipnotizar a un pájaro y atraerlo hasta sus mandíbulas? ¿Y no son capaces los peces de las profundidades de atraer a sus víctimas hasta la propia boca? ¡Cielos! -exclamó Jarvis con un estremecimiento-. ¿No ven lo insidioso que es el monstruo? Ahora estamos advertidos, pero en adelante no podemos confiar ni siquiera en nuestros propios ojos. Podrían estar viéndome, o yo podría ver a uno de ustedes, y otra vez pudiera darse el caso de que aquello no fuese sino otro de esos negros horrores.
-¿Cómo se dio cuenta tu amigo? -preguntó el capitán bruscamente.
-¿Tweel? Es lo que me pregunto yo también. Quizás él estaba pensando en algo que no era posible que me interesara y cuando empecé a acercarme comprendió que yo veía algo distinto y cayó en la cuenta. O tal vez la bestia de los sueños sólo puede proyectar una visión única, y Tweel vio lo que yo vi... o nada. No pude preguntárselo. Pero eso es otra prueba de que la inteligencia de Tweel es igual que la nuestra, si no superior.
-¡Te digo que estás chiflado! -exclamó Harrison-. ¿Qué te hace pensar que su intelecto pueda compararse con el humano?
-Muchas cosas. Primero la cuestión de la bestia de las pirámides. Él nunca había visto ninguna; por lo menos eso es lo que dijo sin embargo, la reconoció como un autómata de silicio.
-Puede haber oído hablar de él -objetó Harrison-. Ya sabes que él vive por aquí cerca.
-¿Y qué me dices respecto al lenguaje? Yo no pude formarme ni la menor idea del suyo y él, en cambio, aprendió seis o siete palabras del mío. ¿Y se dan cuenta de las ideas tan complejas que supo enunciar sirviéndose simplemente de seis o siete de esas palabras? El monstruo de las pirámides, la bestia de los sueños... En una sola frase me dijo que uno era un autómata inofensivo y el otro un poderosísimo hipnotizador. ¿Qué opinan de eso?
-¡Hum! -dijo el capitán.
-Todo lo "hum" que quieras, pero, ¿podrías haber hecho eso sabiendo sólo seis palabras de inglés? ¿Podrías haber conseguido incluso más, como lo consiguió Tweel, y decirme que otra criatura era de una especie de inteligencia tan diferente de la nuestra, que la comprensión resultaba imposible, mucho más imposible que entre Tweel y yo?
-¿A qué clase de criaturas te refieres?
-Eso vendrá más tarde. Lo que quiero recalcar es que Tweel y su raza son merecedores de nuestra amistad. En algún sitio de Marte, ya verán como tengo razón, hay una civilización y una cultura semejantes a la nuestra, y la comunicación es posible entre ellos y nosotros; Tweel lo demuestra. Puede que eso exija años de pacientes ensayos, porque sus mentes nos resultan extrañas, pero menos extrañas que las mentes con que topé más tarde.... si son mentes.
-¿A qué te refieres?
-A la gente que hay en las ciudades de barro a lo largo de los canales. -Jarvis frunció el ceño y continuó luego su narración-: Yo creía que la bestia de los sueños y el monstruo de silicio eran los seres más extraordinarios concebibles, pero estaba equivocado. Las criaturas a las que voy a referirme son todavía menos comprensibles que cualquiera de las otras dos, y desde luego mucho menos comprensibles que Tweel, con quien cabe la posibilidad de trabar amistad e incluso, a fuerza de paciencia y concentración, llegar a un intercambio de ideas.
»El caso es -prosiguió- que abandonamos a la moribunda bestia de los sueños, dejándola retirarse a su cubil, y avanzamos hacia el canal. El suelo estaba recubierto por una alfombra de aquellas raras hierbas andadoras que se apartaban a nuestro paso. Cuando llegamos a la orilla, vimos que por el canal fluía un débil hilo de agua amarilla. La ciudad de barro que había divisado desde el cohete estaba aproximadamente a unos dos kilómetros a la derecha y sentía curiosidad por echarle un vistazo.
»Ofrecía el aspecto de estar deshabitado, pero, por si había criaturas emboscadas con propósitos hostiles, Tweel y yo empuñábamos nuestras armas. Dicho sea de paso, la de Tweel era un artilugio interesante. La examiné después del episodio de la bestia de los sueños: disparaba una pequeña esquirla de cristal, envenenada supongo, y calculo que en un cargador había por lo menos cien proyectiles. La propulsión era a vapor, vapor puro y simple.
-¿Vapor? -exclamó Putz-. ¿Qué clase de vapor?
-De agua, por supuesto. El cristal de la empuñadura transparentaba dos cámaras, una llena de agua y la otra de un líquido espeso y amarillento. Cuando Tweel apretaba la empuñadura, porque en realidad no había ningún gatillo o disparador, una gota de agua y una gota de aquella materia amarillenta penetraban en la cámara de combustión, y el agua se convertía en vapor. No es tan difícil; creo que podríamos utilizar el mismo principio. El ácido sulfúrico concentrado calentaría el agua casi hasta el punto de ebullición, y lo mismo lo harían la cal viva, el potasio o el sodio...
»Naturalmente, su arma no tenía el alcance de la mía, pero no resultaba tan mala en este aire enrarecido. Además, contenía tantos proyectiles como una pistola de vaquero en una película del oeste y era eficaz, por lo menos contra la vida marciana. Yo la probé, disparando contra una de aquellas plantas extravagantes, y que me aspen si la planta no se marchitó y se desplomó. Por eso creo que las esquirlas de cristal estaban envenenadas.
»El caso es que seguimos andando hacia la ciudad de barro. Empezaba a preguntarme si los constructores de la ciudad serían los que habían excavado los canales. Señalé a la ciudad y luego al canal, pero Tweel dijo "No, no, no" y con un ademán señaló hacia el sur. Interpreté que con aquel gesto quería decir que era otra raza la que había creado el sistema de canales, quizá la gente de Tweel. No lo sé; tal vez haya otra raza inteligente en el planeta, o una docena. Marte es un raro pequeño mundo.
»A unos cien metros de la ciudad cruzamos una especie de carretera, una simple senda de barro apisonado y, sorpresa, vimos avanzar por ella a uno de los constructores de montecillos.
»¡Muchachos, cuesta trabajo hablar de seres tan fantásticos, parecía un barril trotando sobre cuatro patas. No tenía cabeza: El extremo superior del cuerpo era un diafragma tan tenso como la piel de un tambor. Amén de las patas el cuerpo, rodeado por completo de una hilera de ojos, proyectaba otros cuatro tentáculos.
»Y eso era todo. El extraño ser pasó como un rayo junto a nosotros empujando una carretilla. Ni siquiera advirtió nuestra presencia, aunque me pareció observar que sus ojos se modificaban un poco al pasar a nuestra altura.
»Un momento más tarde se acercó otro, empujando una carretilla vacía. Y luego un tercero, que también nos ignoró. Bueno, yo no iba a consentir que un montón de barriles jugando al tren me tratase con tal menosprecio, así que, cuando se acercó el cuarto, me planté en medio del camino, dispuesto a apartarme de un salto si aquella cosa no se paraba.
»Pero  se  detuvo  y  lanzó  una  especie  de redoble.  Yo  extendí  las  manos  y  dije: "Somos amigos". ¿Y qué suponen que hizo la cosa aquella?
-Imagino que responder: "Encantado de conocerlo" -sugirió Harrison.
-No  me  habría  sorprendido  más  de  haber hecho  esto.  Redobló  sobre  su diafragma y atronó de pronto: "Somos amigos". Y, sin más, empujó malignamente su carretilla contra mí. Me aparté de un salto y me quedé mirando como un estúpido a aquella cosa que se alejaba. Un minuto más tarde otro de aquellos barriles pasó a la carrera. No se detuvo, sino que simplemente redobló: "Somos amigos" y siguió corriendo. ¿Cómo había aprendido la frase? ¿Estaban todas aquellas criaturas comunicadas entre sí? ¿Eran todas ellas partes de algún organismo central? Lo ignoro, aunque creo que Tweel sí lo sabe.
»Como quiera que sea, las criaturas continuaban pasando junto a nosotros, cada una de ellas saludándonos con la misma frase. Llegó a ser cómico; nunca pensé encontrar tantísimos amigos en esta bola dejada de la mano de Dios. Finalmente miré a Tweel con un gesto de perplejidad; imagino que me comprendió, porque dijo: "Uno uno dos sí, dos dos cuatro, no". ¿Lo entienden?
-Claro -dijo Harrison-. Debe tratarse de una rima infantil marciana.
-Nada de eso. Estaba ya acostumbrándome al simbolismo de Tweel e interpreté su declaración de esta manera: "Uno uno dos, sí": las criaturas eran inteligentes; "Dos dos cuatro, no": su inteligencia no era de nuestro tipo, sino algo distinto, más allá de la lógica del dos y dos son cuatro. Tal vez me equivoqué, tal vez había querido dar a entender que sus mentes eran de grado inferior, capaces de concebir las cosas simples, "uno uno dos, sí", pero no cosas más difíciles, "dos dos cuatro, no". Pero creo, por lo que vimos más tarde, que mi interpretación había sido correcta.
»Al cabo de pocos momentos, las criaturas volvieron corriendo. Traían ahora las carretillas llenas de piedras, arena, trozos de plantas gelatinosas y desperdicios por el estilo. Zumbaban sus amistosos saludos, que realmente no lo parecían tanto y seguían corriendo. Supuse que el cuarto era mi primer conocido y decidí tener otra charla con él. Me planté en su camino y aguardé.
»Se acercó lanzando su "somos amigos" y se detuvo. Me quedé mirándolo; cuatro o cinco de sus ojos se fijaron en mí. Probó otra vez su contraseña y dio un empujón a su carretilla, pero permanecí firme. Y entonces la repugnante criatura alargó uno de sus brazos y dos dedos que parecían pinzas me apretaron la nariz.
Harrison estalló en una salvaje risotada.
-Quizás esas cosas poseen un afinado sentido de la belleza -proclamó entusiasmado.
-Ríe  todo  cuanto  quieras  - gruñó  Jarvis -. Yo había recibido ya un golpe en la nariz y la tenía escocida por la escarcha. No pude por menos que gritar un "¡ay!" de dolor y hacerme a un lado. La criatura siguió su camino, pero a partir de entonces el saludo de todas ellas fue "Somos amigos. Ay". ¡Extravagantes bestias!
»Tweel y yo seguimos la carretera. Esta se hundía simplemente en una abertura y bajaba como una vieja contramina. De un lado a otro pasaba a toda prisa la gente-barril, saludándonos con su eterna frase.
»Miré hacia el interior. En algún sitio, allá abajo, se divisaba un poco de luz y sentí curiosidad por verla. No parecía una antorcha, ya me comprenden, sino que tenía el aspecto de una luz más civilizada y pensé que aquello podría proporcionarme una pista en cuanto al índice de desarrollo de aquellos seres. Así pues, entré y Tweel me siguió pisándome los talones, no sin antes proferir unos cuantos cloqueos y graznidos.


»La luz era curiosa. Chisporroteaba y resplandecía como un viejo arco voltaico, pero procedía de una sola varilla negra empotrada en la pared del corredor. Era eléctrica, sin duda alguna. Por lo visto, las criaturas estaban bastante civilizadas.
»Luego vi otra luz que lucía sobre algo resplandeciente y me acerqué a mirar, pero se trataba sólo de un montón de arena brillante. Me volví hacia la entrada para marcharme y creí que me la había tapado el diablo.
»Supuse que el corredor era curvo o que me había metido por un pasillo lateral. Desandé el camino en la dirección que intuí correcta y todo lo que encontré fueron más corredores sumidos en la penumbra. ¡Aquello era un laberinto! No había más que retorcidos pasillos que corrían en todas direcciones, alumbrados por alguna que otra luz. De vez en cuando pasaba una criatura corriendo, a veces con una carretilla, a veces sin ella.
»Al principio no me preocupé mucho, Tweel y yo sólo habíamos avanzado unos cuantos metros desde la entrada. Pero cada paso que dábamos parecía internarnos más y más en las profundidades. Finalmente decidí seguir a una de las criaturas que llevaba una carretilla vacía, pensando que ella tendría que salir en busca de sus materiales, pero la verdad era que corría sin rumbo de un pasillo a otro. Cuando empezó a dar vueltas alrededor de una de las pilastras como un danzarín japonés, me di por vencido, deposité mi tanque de agua en el suelo y me senté.
»Tweel estaba tan desconcertado como yo. Apunté hacia arriba y él dijo "No, no, no" en una especie de desvalido trino. Y no podíamos conseguir ninguna ayuda de los nativos; no nos prestaban atención en absoluto, excepto para asegurarnos que éramos amigos, ay.
»¡Cielos! No sé cuántas horas o cuántos días vagamos por allí. Me quedé dormido dos veces de puro agotamiento. En cuanto a Tweel, nunca parecía sentir esta necesidad. Tratamos de avanzar únicamente por los corredores que ascendían, pero la verdad es que tan pronto subían como se hundían en las profundidades. La temperatura en aquel maldito hormiguero era constante; no se podía distinguir el día de la noche y después de mi primer sueño no supe si había dormido una hora o trece, por lo cual no podía decir por mi reloj si era medianoche o mediodía.
»Vimos muchísimas cosas extrañas. Había máquinas que funcionaban en algunos de los corredores, pero no parecía que estuviesen haciendo nada, simplemente ruedas que giraban. Y en varias ocasiones vi a dos bestias-barriles con un pequeño creciendo entre ambas.
-¡Partenogénesis! -se entusiasmó Leroy-. Partenogénesis por injertos como los tulipanes.
-Así será, si tú lo dices, franchute -convino Jarvis-. Aquellas cosas no nos prestaban la más mínima atención, excepto, como ya he dicho, para saludarnos. Parecían no tener ninguna clase de vida hogareña, sino que se limitaban a correr con sus carretillas y a traer desechos. Por fin descubrí lo que hacían con éstos.
»Acertamos a dar con un corredor que avanzaba hacia arriba largo trecho. Tenía el presentimiento de que debíamos de estar cerca de la superficie cuando, de pronto, el pasillo desemboca en una cámara abovedada, la única que habíamos visto. La verdad es que tuve ganas de ponerme a bailar cuando vi algo que se asemejaba a la luz del día a través de una rendija del techo.
»En aquella habitación había una especie de máquina, simplemente una enorme rueda que giraba con lentitud, Una de las criaturas estaba en aquel momento arrojando sus desechos bajo la rueda. Ésta los aplastó con un crujido -arena, piedras, plantas- convirtiéndolo todo en un polvo que voló hacia alguna parte. Mientras mirábamos, otros descargaban sus carretillas, repitiendo el proceso. Eso parecía ser todo. Aparentemente no había razón alguna para todo aquello, pero eso es característico de este chiflado planeta. Y aún presenciamos otro hecho si cabe más increíble.
»Una de las criaturas, después de haber arrojado su carga, apartó su carretilla a un lado y tranquilamente se arrojó ella misma bajo la rueda. Vi cómo era aplastada y me quedé tan estupefacto, que no pude exhalar el menor sonido. Pero un momento después otra la seguía. Hacían aquello de un modo perfectamente metódico; una de las criaturas sin carretilla se hizo cargo de la carretilla abandonada.
»Tweel no parecía sentirse sorprendido; le señalé al suicida siguiente, y se limitó a hacer el encogimiento de hombros más humano que pueda imaginarse, como si estuviera diciendo: "¿Qué puedo hacer respecto a eso?"
»Luego vi otra cosa más. En algún sitio más allá de la rueda había algo brillante sobre una especie de pedestal bajo. Me acerqué; era un cristal del tamaño aproximado de un huevo que resplandecía como el más fabuloso brillante. La luz que irradiaba me dio en las manos y en la cara casi como una descarga estática y entonces noté algo curiosísimo. ¿Recuerdan aquella verruga que tenía en el pulgar izquierdo? ¡Miren! -Jarvis extendió la mano-. Se secó y se desprendió, así, con esa sencillez. Y en cuanto a mi zarandeada nariz, el dolor desapareció como por ensalmo. Aquella cosa tenía la propiedad de fuertes rayos X o radiaciones gamma, sólo que en mayor proporción; destruía los tejidos enfermos y dejaba indemnes los sanos.
»Estaba pensando el regalo que sería llevar aquello a la madre Tierra cuando me interrumpió un gran alboroto. Retrocedimos al otro lado de la rueda con tiempo para ver cómo volcaba una de las carretillas. Por lo visto, algún suicida se había descuidado.
»De pronto las criaturas empezaron a zumbar y a redoblar alrededor de nosotros y su ruido era claramente amenazador. Un grupo avanzó hacia donde estábamos; retrocedimos por lo que creí que era el pasillo por donde habíamos entrado, y entonces se lanzaron detrás de nosotros, unos con sus carretillas, otros sin ellas. ¡Extravagantes brutos! Había todo un coro de "somos amigos, ay". No me gustaba el "ay"; era demasiado sugestivo.
»Tweel había sacado su pistola de cristal; yo me desprendí de mi tanque de agua para tener más libertad de movimientos, y saqué la mía. Retrocedimos corredor arriba con unas veinte bestias-barriles persiguiéndonos. Cosa rara, las que entraban con carretillas cargadas se movían a pocos centímetros de nosotros sin concedernos una mirada.
»Tweel debió de haberse fijado en eso. De pronto sacó aquel encendedor suyo de carbón al rojo y tocó una carretilla cargada de pedazos de plantas. ¡Bum! Toda la carga empezó a arder y la estúpida bestia siguió empujándola sin aflojar el paso. Pero de cualquier modo causó alguna perturbación entre nuestros "somos amigos", y luego noté que el humo subía y bajaba en remolinos junto a nosotros. Así descubrimos la entrada.
»Agarré a Tweel y nos precipitamos afuera, perseguidos por unas veinte bestias. La luz del día me pareció el paraíso, aunque noté en seguida que el Sol estaba a punto de ponerse. Mal síntoma, por que no podría sobrevivir sin mi saco térmico en una noche marciana. Las cosas iban empeorando rápidamente. Nos acorralaron en un ángulo entre dos montículos, y allí nos detuvimos. Ni yo ni Tweel habíamos disparado; no tenía objeto irritar a los brutos. Se detuvieron a corta distancia y empezaron sus zumbidos acerca de la amistad y de los ayes.
»Luego las cosas empeoraron aún más. Un barril acudió con una carretilla y todos la rodearon y se fueron apartando con puñados de dardos de cobre de unos tres centímetros de longitud y de aspecto bastante aguzado. Y de pronto uno de los dardos me pasó rozando la oreja. Había que disparar o morir.


»Durante algún tiempo lo hicimos bastante bien. Liquidamos a los que estaban más cerca de la carretilla y conseguimos reducir los dardos a un mínimo, pero de pronto hubo un tormentoso estruendo de "amigos" y "ayes" y todo un ejército salió de su cueva.
»Muchachos, estábamos atrapados y yo lo sabía. Luego caí en la cuenta de que Tweel no lo estaba. Podría haber dado un salto sobre el montículo que teníamos detrás como quien no quiere la cosa. ¡Se quedaba por mí!
»Me habría echado a llorar si hubiese tenido tiempo. Tweel me había sido simpático desde el principio, pero aún suponiendo que tuviese que estarme agradecido por haberlo salvado de la bestia de los sueños, ya había hecho bastante por mí, ¿no? Lo agarré por el brazo y dije "Tweel" y señalé arriba, y él comprendió. Dijo "No, no, Dick" y avanzó con su pistola de cristal.
»¿Qué podía hacer yo? De cualquier modo me quedaría convertido en un témpano cuando se pusiera el sol, pero aquello no podría explicárselo. Dije: "Gracias, Tweel. Eres todo un hombre". Y sentí que no le estaba haciendo ninguna clase de cumplido. ¡Un hombre! Hay pocos hombres con suficientes agallas para hacer lo que él estaba haciendo.
»Así pues, empezamos a disparar con nuestras respectivas pistolas y los barriles no dejaban de lanzar dardos y acercarse a nosotros proclamando que éramos amigos. Yo había renunciado a toda esperanza. Pero de pronto un ángel descendió del cielo en forma de Putz y con sus cohetes inferiores hizo añicos a los barriles.
»Lancé un grito y me precipité hacia el cohete; Putz abrió la puerta y entré, riendo, llorando y gritando. Sólo al cabo de un momento me acordé de Tweel; miré en torno con el tiempo suficiente para verlo alzarse en uno de sus vuelos en picado por encima del montículo y alejarse.
»Tuve una larga discusión con Putz para que lo siguiera. Pero cuando el cohete se elevó, la oscuridad ya había descendido; ya saben como llega aquí, como cuando se apaga una luz. Volamos sobre el desierto y descendimos a ras de suelo un par de veces. No logramos encontrarlo; él podía viajar como el viento y todo lo que conseguí o que me imaginé conseguir a las llamadas que lancé fue un débil trino, un gorjeo que llegaba del sur. Tweel se había ido y ¡qué me aspen, me gustaría que no lo hubiese hecho!
Los cuatro hombres del Ares se quedaron en silencio, incluso el sarcástico Harrison. Por último, el bajito Leroy rompió el silencio:
-Me gustaría ver todo eso -murmuró.
-Sí  -dijo  Harrison-.  Y  el  curaverrugas.  Una lástima  que  Io  perdieras;  podría tratarse de la cura del cáncer que la humanidad lleva esperando desde hace siglo y medio.
-¡Oh, en cuanto a eso...! -masculló Jarvis sombríamente-. Fue por lo que empezó la pelea. -Se sacó de un bolsillo un objeto resplandeciente-: Aquí está.


FIN