Título original: Miss Stardust
Año: 1955
Querido Harry:
¿Cómo van las cosas en la industria de los frijoles con tomate? Supongo que de película, como solíamos decir antaño, en aquellos días felices en nuestra querida universidad, cuando regábamos con néctares exquisitos nuestra sabia y docta carrera de relaciones públicas.
Apuesto a que las cosas te van de película de verdad, a que tienes el Cadillac pagado y el futuro asegurado. Publicista de segunda línea para Productos de Belleza Altshuler en Boston. Eso es vida, muchacho.
En cuanto a mí…, pues nada. Este maldito concurso de La señorita encanto sideral me tiene contra las cuerdas. Imagino que habrás leído las noticias sobre la debacle de nuestros compañeros de andanzas, los corresponsales. Verás, amigo, la historia todavía va a dar que hablar. Así que ahí voy. Atento. Empecemos por el principio, tal como dicen los relatos Victorianos de fantasmas. Abro mi propia agencia, yo solo, lucho por hacerme un hueco. No me quejo. Tengo algunos clientes fijos, como Hilo Dental Garshbuller, Bombas Insecticidas Los Alamos, la marca de ropa interior Blue Underwear y, por supuesto, los siempre populares Maquillajes Mae Bushkin Imperial.
Todos los clientes mencionados me han ido garantizando unos ingresos, no estratosféricos, pero sí regulares.
¿Qué pasa entonces? ¿Te acuerdas de aquel payaso de mi ciudad del que te hablé alguna vez, Gad Simpkins? ¿Sabes quién te digo? El que quería tirarse en paracaídas al pozo de una mina. El que pensaba caminar por encima de un convertidor Bessemer haciendo equilibrismo. Seguro que lo recuerdas.
Pues al muy imbécil no se le ocurre otra cosa que cruzar el canal de la Mancha nadando de espalda. Una auténtica sandez como desafío, pero allí estaba Gad, siempre dispuesto a llevar las cosas un poco más lejos.
En resumidas cuentas, el caso es que Gad no conoce a nadie. Se mueve en círculos modestos, chupa banquillo en las ligas menores. Así que recurre a mí.
«Joe —rae dice—, tienes que llevarme la publicidad de la travesía. Será un bombazo.» Yo lo miro con recelo. «Cambia de marca», le digo. Él abandona.
Pero entonces la cosa se complica. Por un lado, Bombas Insecticidas Los Alamos quiebra porque uno de sus productos más vendidos hace saltar por los aires la casa de siete habitaciones y el garaje de un cliente que se ha ido al cine con su familia.
Resultado: a) un cliente menos; b) pérdidas suficientes para provocar una mueca en los morros de mi amada, lo cual constituye un mensaje tan claro como si hubiera entonado con un áspero gruñido: "¡Nos hundimos en la miseria!".
Eso es lo primero. Lo segundo tiene un tinte más sutil, pero aun así peso suficiente para alentarme. Empiezo a hartarme de hilos dentales, maquillaje y ropa interior azul. Estoy cansado de prestar mis servicios a dientes y torsos. Necesito un poco de chispa. Aparte de que, como ya he dicho, me gustaría embolsarme algún extra para mejorar la situación en mi hogar dulce hogar y abandonar la casta inferior a la que me relega mi exiguo sueldo.
Ya te haces una idea. Basta decir que me lanzo a aceptar el trabajo por dinero. Ataco por todos los frentes, desde cuñas ingeniosas hasta piezas de relleno en la revista The New Yorker. Llevo a Gad a la radio; él desbarra como el idiota que es. El resto ya lo conoces. Una publicidad sólida y de calidad, un interés que crece como una bola de nieve, el proyecto se consolida. ¿Tengo yo la culpa de que Gadstone Simpkins se estrelle contra una roca a veinte metros de la costa gala?
Así que me resigno, vuelvo sobre mis pasos y, cuando estoy preparándome para regresar a la ropa interior, se planta en la puerta de mi casa una comitiva formada por tres tipos. Se trata de los directores de un concurso organizado para determinar quién será una tal Señorita Encanto Sideral. Y ahora entro en detalles, porque ahí reside el motivo de mi lamento. La ganadora del concurso del que hablan se proclamará el rostro más bello no sólo de la Tierra, ni siquiera del Sistema Solar, sino de toda la galaxia. Eso incluye un sinfín de estrellas y, por tanto, según la escasa información sobre cuerpos celestes que obra en mi poder, una buena suma de planetas en los que se presume la existencia de vida, además de los nueve nuestros, en uno de los cuales nos consta ya que existe una extraña forma de materia viviente.
Ergo, se arma un alboroto.
Sin embargo, en el momento en que los cazatalentos vinieron a verme, no tuve presente esa clase de etéreos detalles. Sé lo mismo de astronomía que adónde fueron a parar los impuestos del año pasado. Si hablamos de supernovas y velocidades de escape, voy más perdido que un pulpo en un garaje.
Eso, déjame que lo precise, era algo que entonces no me preocupaba en absoluto. Porque la cosa es que a los tipos les gusta la publicidad que he hecho para la fatídica travesía de Gad. Tengo imaginación. Un enfoque fresco. Desenfado periodístico. Conclusión: Quieren que me encargue del concurso Señorita Encanto Sideral y están dispuestos a pagarme bien (nada de premios, como a las concursantes; con anticipo y todo).
Firmo el contrato. Dicho y hecho. Me convierto en el hombre que lleva la batuta del espectáculo en el que se determinará qué criatura posee el rostro que hará zarpar un millar de naves espaciales.
Me pongo las pilas. Comienzo a repartir por todas partes toneladas de artículos y anuncios publicitarios disfrazados de noticias. Empiezan a circular los carteles a todo color. Señorita Georgia, Señorita Nueva York, Señorita Transilvania, Señorita Hemoglobina y Señorita La Chica con la que Todos Querríamos Quedarnos Atrapados en una Hormigonera.
Se anuncian los premios. Una gigantesca copa de plata. Un contrato en Hollywood. Un coche. Nos llueven las inscripciones.
Crece el interés. Empiezan a engalanar el paseo marítimo de Long Harbor. Seleccionan al jurado, de cinco miembros. Dos son dignatarios locales, fugitivos de la Cámara de Comercio. Otro es un alcalde, el señor Grassblood, de Gall Stone (Arizona), que está disfrutando de sus vacaciones anuales. Otro es Marvin O'Shea, presidente de una planta química. Y en quinto y último lugar, Gloober, de Gloober & Gloober, una vieja empresa de buena reputación que fabrica trajes de baño (adivina qué trajes de baño llevarán las concursantes…).
Todo marcha de película. Se respira ilusión en el ambiente. La prensa habla del asunto sin parar. Los comerciantes se frotan las manos nudosas mientras aceitan los engranajes de las máquinas registradoras. Los maduritos preparan las maletas y se repeinan el peluquín para asistir al festival. ¡Alegría, alegría! Todo el mundo está animado. Sobre todo yo. Me estoy embolsando tales cantidades de dinero que estoy tentado de mandar a Mae Bushkin a hacer gárgaras en ropa interior mientras se limpia los agujeros de los puentes con hilo dental. Pero se impone la prudencia. Mi esposa, experta en ese campo, sostiene que "nunca se sabe".
Y resulta que tiene más razón que un santo.
Porque lo que sucede es que, a tan sólo tres días de que comience el concurso, la esposa de nuestro Dignatario Local Número Uno contrae una grave dolencia galopante de carácter indefinible y acaba en el hospital. Al anciano Dignatario Local Número Uno le entra el tembleque y suspende su asistencia para llegar corriendo a los pies de la cama con flores y condolencias. Un gesto marital encomiable, pero un golpe para el concurso.
Decidimos sustituirlo por Sam Sampson, propietario de cinco concesionarios de coches. La cosa tampoco sale del todo mal, porque eso nos permite ahorrarnos el alquiler de los vehículos para que las chicas recorran el puerto y el paseo, y consigan que a los hombres se les salgan los ojos de las órbitas al comprobar el escaso género con el que el viejo Gloober confecciona los trajes de baño.
Todo vuelve a marchar viento en popa. Hasta que Marvin O'Shea, presidente de la planta química, que ha salido de viaje para visitar a una tía enferma que tiene en La Jolla, sufre un reventón en la rueda trasera derecha y tanto él como su malcarada parienta se llevan por delante los dos últimos bungalows del motel Little Hawaiian de Mackintosh.
La pareja no sale herida de gravedad, pero ambos acaban tumbados bocarriba en la cama de una habitación blanca olisqueando ramos de flores de apoyo. Y eso supone buscar otro miembro del jurado.
Con cierta sensación de que nos han echado mal de ojo, nos ponemos manos a la obra para buscar otro sustituto y, cuando lo encontramos, el susodicho se ve envuelto en una reyerta callejera entre borrachos y tenemos que apresurarnos a borrarlo del mapa. El tipo se pone hecho una furia y no le falta razón, porque la cosa es bien extraña. El hombre había dejado la bebida veinte años atrás. Pero las pruebas pesan más. Se demuestra que el caballero tenía suficiente alcohol en la sangre para encender diecisiete fanales.
Nos aventuramos a reemplazar a este desdichado por un tal Saúl Mendelheimer, propietario y productor de los pepinillos El Jardín del Edén. Él sí da la talla. Otra vez todo a punto. La maquinaria se pone en marcha.
Y entonces, un día antes de que comience el concurso, se derrumba el muelle. Por suerte, no había nadie; sólo Lewisohn Tamarkis, que se encargaba de los arreglos florales. El tipo vuelve nadando al estilo perro hasta la orilla mientras maldice todo lo que se mueve, se monta chorreando en su Studebaker de 1948, derrama medio océano Pacífico en el tapizado de los asientos y se larga.
Fruncimos el entrecejo con serio recelo. Más de uno masculla entre dientes: "Los comunistas". Alquilamos el auditorio municipal. No es comparable con celebrar el acto al aire libre, pero estamos atados de pies y manos. Yo, por mi parte, que soy un supersticioso empedernido, empiezo a pensar que ha recaído una maldición sobre el concurso. En mis tiempos me las vi con unos cuantos proyectos abocados al fracaso, y te digo que cuando la cosa empieza a torcerse no hay nada que hacer.
Llego a la conclusión de que el concurso de Señorita Encanto Sideral está maldito. Y eso que lo mejor estaba por llegar.
Bueno, ¿por dónde iba? Ah, sí. El caso es que al final conseguimos llegar a la mañana del concurso con cinco jueces sanos y salvos. El día amanece con una lluvia espléndida. La primera vez que llueve en esa fecha desde 1867. Estamos todos que trinamos. Los jueces echan pestes en la habitación del hotel. "Diríjanse al auditorio", les digo. Luego me dedico a correr de acá para allá para intentar sacarlo todo adelante.
En primer lugar, mando dieciséis coches de Sampson con altavoces para que recorran Long Harbor informando de que el espectáculo continuará. Sobre los coches viaja un amplio espectro de participantes: Desde la Señorita Alsacia-Lorena hasta la Señorita Avenida Pitkin. Llevan trajes de baño de color carne y chubasqueros transparentes. Sostienen un paraguas con una mano y saludan con la otra. Dedican sonrisas al público y se insinúan frente al micro. Si eso, sumado a los trajes de baño de color carne, tampoco funciona, tendré que aceptar que el concurso se ha ido a pique y mandarle un telegrama a Mae Bushkin para pedirle la revancha.
También envío a niños con octavillas. Consigo unos minutos de radio y cuelo la cuña de un anunciante local de voz agradable para hacer difusión de que todo el mundo es bienvenido. Lanzo un globo con el mensaje ¡Vengan a ver hoy a la Señorita Encanto Sideral!. Alguien lo derriba de un disparo. Un gracioso, imagino.
Ja.
Después de una ajetreada mañana de relaciones públicas, voy volando al auditorio para una última charla con los miembros del jurado. Al llegar, veo que los carpinteros todavía están montando las cabinas del jurado en el escenario. Lewisohn Tamarkis, ya seco, y su equipo corren de aquí para allí con los adornos florales. Por un momento creo que vamos a conseguirlo. Y entonces…
Cojo el ascensor y subo volando. Recorro el pasillo a toda velocidad.
Irrumpo en la habitación de los jueces.
—Señores… —digo. Y eso es todo.
Porque me los encuentro a todos paralizados en sus asientos, mirando boquiabiertos una cosa que ocupa el centro de la sala y hacia la cual a mí también se me va la vista.
La mandíbula inferior se me cae hasta los cordones de los zapatos.
¿Has visto alguna vez una aspiradora? ¿Con un repollo en lo alto? ¿Y chaqueta? ¿Erguida en mitad de una alfombra y mirándote fijamente?
Pues, chico, yo sí. Y cuando veo que esa cosa empieza a hablarme, por poco me caigo redondo.
—¿Es usted el responsable? —me pregunta.
No respondo. Se me traba la lengua. No puedo hablar. Se me saltan los ojos y rebotan contra el suelo. O casi.
La cosa parece resentida, todo lo resentida que puede mostrarse una cabeza de repollo.
—Muy bien —dice ella-él-ello—, puesto que ninguno de los presentes parece capacitado para hablar, expondré nuestro caso y me marcharé.
"Nuestro" caso. Noto cómo se me tensa la piel. Cada cual ocupa su asiento. Escuchamos la voz mecánica de la cosa. No se le ve la boca por ninguna parte. Su pronunciación suena forzada. Es como escuchar un monólogo con la voz del tren del anuncio que decía "Bromo Seltzer, Bromo Seltzer, Bromo Seltzer".
—Este concurso se declara nulo —dice la cosa. Y entonces, cuando nos mira a todos con el único ojo ovalado que tiene, me entra un escalofrío. En mis largos años como esclavo, demagogo y conocedor del gusto público, he visto mucha fauna extraña.
De forma que trato de estudiar a esa cosa con ojo experto. Sopeso cómo enfocar el asunto.
—Deduzco, pues —continúa cabeza de repollo—, que este silencio indica un vacío de percepción. De manera completamente inapropiada, han dado ustedes en llamar a este concurso Señorita Encanto Sideral. Puesto que su microscópica Tierra, como la llaman, no representa más que una mota infinitesimal en la galaxia, la elección del título de su concurso se revela del todo imprudente. Consideramos que se trata de un acto de nociva ingenuidad y se nos antoja, en gran medida, insultante.
"Demasiado listo", pienso. "Demasiado grandilocuente. Nadie salvo el Departamento de Lengua de Cambridge suelta esos discursos. Es un montaje. Están gastándonos una broma".
Tiempo atrás conocí a un tío llamado Campbell Gault. Fabricaba artículos de broma como arañas de goma, ceniceros con forma de retrete o esos artilugios que dan calambre cuando le estrechas la mano a alguien. El bueno de Gault también fabricaba robots. En una ocasión, durante la guerra, sacó un Hirohito de acero que recorrió tintineando la calle 42 mientras cantaba I'm a Japanese Sandman.
—¿Lo han entendido? —pregunta la cabeza de repollo sacudiendo las hojas.
Yo sonrío con aire de entendido y me vuelvo hacia los jueces, que permanecen estupefactos.
—Muy bien —digo—, creo que ya es suficiente. Ahora tenemos trabajo.
—Siéntese —me ordena aquella cosa—. No me estoy dirigiendo a usted.
—Bah, váyase a buscar un poco de carne en conserva —le suelto.
—Se lo advierto...
—Bromo Seltzer, Bromo Seltzer —respondo.
De pronto la aspiradora emite un rayo azulado que me estampa contra la alfombra. La sensación se parece a cuando caminas con esas plantillas masajeadoras: Una vibración intensa y sensación de entumecimiento. Pero resulta que no estoy de pie sobre nada. Estoy tendido bocarriba.
—¡Eh! —grito, confundido.
—¿Servirá eso para que entre usted en razón? —inquiere la aspiradora—.Ahora procederé a concluir mi alegato.
La cosa se desplaza rodando por el suelo mientras habla.
—Como les iba diciendo antes de esta impertinente interrupción de mi discurso, dado que su planeta molecular no representa más que una proporción diminuta del vasto espacio que este concurso asegura abarcar, no podemos menos que entender que incurren en una grave intolerancia y exigirles que se retracten.
—¿Me... me... —comienza a preguntar Mendelheimer, de los pepinillos El Jardín del Edén— me permite que le pregunte... deee... deee... de dónde viene usted?
—Acabo de llegar de Asturi Cridenta, según la denominación que emplearían ustedes en su lenguaje primitivo.
—Un... un... un... —tartamudea Mendelheimer.
—¡Un extraterrestre! —exclama Sam Sampson, que, cuando no engatusa a amantes del automóvil, lee ciencia ficción.
—¿Y qué... qué es lo que quiere?
Ese soy yo, y mi voz suena como un quejido ahogado procedente de la alfombra.
—Una de dos —responde el vegetal interplanetario—: O un cambio en el nombre del concurso o representación.
—Pero... —Vuelvo a ser yo.
—Le recuerdo —me interrumpe el electrodoméstico del espacio exterior— que tenemos la potencia necesaria para ejercer coacción sobre este organismo.
—¿Coacción? —interviene Gloober, de Gloober etcétera.
—Ya hemos intentado disuadirlos de su empeño por celebrar el acto —dice lo que sea eso—, pero sin éxito alguno, al parecer.
—Los accidentes... —murmuro.
—¡El muelle! —exclama Mendelheimer.
—¡La pelea! —Sampson chasquea la lengua y los dedos.
—La lluvia —agrega la aspiradora.
—¡Lo sabía! —grita el Dignatario Local Número Dos—. ¡Nunca llueve en Long Harbor a menos que alguien juegue sucio!
—Eso es lo de menos —replica nuestro visitante—. Ya pueden hacerse a la idea del alcance de nuestra fuerza, así que juzguen ustedes mismos.
Fuera, las gotas de lluvia empapan los cristales de las ventanas. Dentro, el sudor empapa las corbatas de los jueces. Yo estoy blanco como una sábana y desearía que se me tragara la tierra. Miramos al repollo, que adopta una postura agresiva en la alfombra.
—¿Cómo ha... ha conseguido entrar aquí? —pregunta Mendelheimer.
—Tomen una decisión —replica la cosa—. Tendrán que cambiar el nombre del concurso o concedernos representación.
—Pero escuche una... —comienzo a decir, y olvido por un momento que estoy pegado al suelo de los pies a la cabeza.
La cosa me mira. Yo me encojo.
—No hemos venido a negociar.
El tren de Bromo Seltzer traquetea con rabia por un puente de hierro.
—La decisión está tomada. No abusen de nuestra paciencia.
Relaciones públicas al rescate.
—Pero, escuche —procedo a explicarle—, ya tenemos un millar de carteles en los que pone Concurso Señorita Encanto Sideral. Hemos difundido ese nombre por todas partes. Hemos vendido por anticipado tacos de entradas donde se lee Entrada individual al concurso Señorita Encanto Sideral. Los concesionarios tienen globos en los que...
—Los globos se pueden pinchar —repone cabeza de repollo, aún más irritado.
—¿Eso también ha sido cosa suya? —murmuro.
—¡Basta ya! —profiere la aspiradora procedente de la negrura espacial—. Si quieren conservar el nombre, entonces exigimos ejercer nuestro derecho a participar.
En mi mente de publicista empedernido, Harry, ya estoy viendo los engranajes en marcha, oigo las sirenas y aprieto a los operarios de la fábrica para que se pongan manos a la obra. Visualizo la difusión:
¡VENGAN A VER SEÑORITA ENCANTO SIDERAL! ¡¡¡EL CONCURSO DE BELLEZAS ESTELARES!!!
¡¡¡HERMOSURA DE LOS ASTROS Y MÁS ALLÁ!!! ¡¡¡EL CONCURSO MÁS SENSACIONAL DEL ESPACIO EXTERIOR!!!
Signo de exclamación.
—De acuerdo —digo, lo que provoca un respingo al jurado al completo—. Concedido.
—Un momento, por favor.
El alcalde de Gall Stone (Arizona) se embarca en un discurso de fisión lenta.
—Eso habría que discutirlo.
—¿Discutirlo? —repito, todavía tendido bocarriba—. ¿Qué quiere? ¿Que desintegren el auditorio municipal?
El Dignatario Local Número Dos se pone en pie de un salto.
—¡No, señor! —exclama—. ¡El auditorio municipal, no!
Frente a nuestros balbuceos, el silencio por respuesta. La aspiradora recorre nuestros rostros con una mirada fulminante.
—Decídanse —advierte.
Todos asentimos, blancos como el papel.
—Muy bien —dice.
—¿Cuánto cree que tardará en llegar su representante? —pregunto con suma cortesía.
—Informaré a las unidades de la alianza —anuncia—. Las representantes estarán aquí en el plazo de una hora.
—¿Lasss? —farfullo.
—Son varios miles —responde.
Vuelvo a dejarme caer en la alfombra. Contemplo el techo y me digo que ojalá me hubiera quedado ensalzando las virtudes de la ropa interior. De pronto visualizo el escenario atestado de miles de mozas interplanetarias. No consigo imaginar el panorama compuesto por aspiradoras de sexo femenino ataviadas con los trajes de baño de Gloober.
—¿Miles? —balbucea Mendelheimer.
—Detecto cierta resistencia —aventura cabeza de repollo—. La alternativa es tan simple como cambiar el título del concurso.
—Estamos en la ruina —dice Gloober.
El ojo amarillo se ablanda.
—Si he de serles del todo sincero, he mencionado una cifra elevada con la esperanza de que se vieran obligados a aceptar la alternativa. Sin embargo, veo que no están en disposición de hacerlo. Sepan que, más allá de su propio sistema, nuestra alianza ha puesto en marcha su propia Señorita Encanto Sideral..., aunque no precisamente con ese nombre —agregó con retintín—. Accederemos a que sea ella quien represente al resto de esta galaxia. Ella más las cuatro concursantes de su sistema sumarán cinco. Creo que no cabe esperar un trato mejor.
—¿Cuatro... en nuestro sistema? —pregunta Sampson.
—No hay vida activa en los cuatro planetas más remotos de su sistema.
Es cierto que no soy ningún experto en astronomía, Harry, pero no creo que sea la mejor forma de descubrir que hay vida en otros mundos. De la boca de una col grosera. ¿Boca? ¿Qué boca?
Bien, para abreviar un poco esta grotesca historia, aceptamos las condiciones. Contra las cuerdas, accedemos al trato. Si la aspiradora parlante es capaz de derribar muelles y licuar los cielos, ¿quiénes somos nosotros para llevarle la contraria? Le decimos: "Usted gana". Y todo va de película... de terror.
Después de eso, la aspiradora de otro mundo se marcha. Todos se ponen de puntillas para contemplar cómo atraviesa el techo del vestíbulo con la cabeza por delante. Más tarde descubrimos, por boca de un conserje balbuceante que estaba en el tejado, que cabeza de repollo se ha propulsado a través de la claraboya y se ha elevado flotando hasta su platillo interestelar, suspendido a quince metros del edificio. Dice que a continuación el platillo ha salido despedido hacia el infinito azul y ha desaparecido. A la misma velocidad a la que ha desaparecido la serenidad de un conserje antes cuerdo.
Los jueces y yo celebramos una reunión. Dos de ellos se envalentonan y salen con que es todo una farsa. Yo los reprendo. Les recuerdo que ellos no están pegados al suelo con una luz azul. El detalle los hace reflexionar.
Quedamos en preparar unas tarjetas para las concursantes que esperamos. Me encargo personalmente, porque no quiero llamar a un dibujante y que luego se vaya de la lengua. Contrasto la información con Sampson. Debería haber una tarjeta para Señorita Mercurio, dice, una para Señorita Venus y otras dos para Señorita Marte y Señorita Júpiter. Es bastante probable, dice, que usen nombres distintos para sus propios planetas. Sin embargo, protesta el alcalde Grassblood, si van a participar en un concurso de la Tierra, que acepten nuestros nombres o que se vayan. Yo le recuerdo que cabeza de repollo es capaz de hacer llover, derrumbar un muelle o propulsarse a través del techo como si fuese un ascensor. Grassblood reflexiona un momento.
Nos encontramos ante un pequeño problema con la tarjeta identificativa de la última concursante. No podemos llamarla Señorita Encanto Sideral, porque, según las bases del concurso, todavía no lo es, pero la aspiradora sostiene que es su propia Señorita Encanto Sideral. ¿Qué hacemos, entonces? Finalmente optamos por poner Señorita Espacio Exterior, aunque la solución no nos satisfaga.
—Al monstruo no va a gustarle un pelo —presagia Mendelheimer.
Lo acallamos. Por fin cogemos el ascensor, aturdidos pero sin darnos por vencidos, preguntándonos qué nos deparará la jornada.
Nos depara quebraderos de cabeza.
Decidimos no difundir nada de todo esto, puesto que no estamos seguros. No quiero decir con eso que la aspiradora no hablase en serio, quiero decir que no sabemos si nos conviene irnos de la lengua, no vaya a ser que se ponga nerviosa y tire abajo las paredes del auditorio.
Aun así, como suele pasar en estos casos, alguien de dentro habla más de la cuenta en la clásica conversación de "que quede entre tú y yo" y, antes de que pueda decir esta galaxia es mía, los rumores se extienden por todo el auditorio. Si a eso le añades el testimonio de una cotorra histérica que ha avistado el despegue del platillo sobre el auditorio, ahí lo tienes: Plantado el viento, recogida la tempestad.
La gente me aborda.
—¿Es cierto eso del platillo, y lo de la cabeza de repollo?
—Ja, ja, esa sí que es buena —les contesto.
Al llegar al escenario, cuarenta minutos y muchos "ja, ja" más tarde, descubro lo buena que es de verdad.
Las concursantes se han presentado con su delegado, entrenador y acompañante, cabeza de repollo. Todas las muchachas, que forman una hilera y aguardan con su traje de baño al estilo terrícola, están boquiabiertas y con los ojos como platos, como niñas ante una atracción de circo.
Cosa que al delegado no le hace ni puñetera gracia. Cuando le tiendo la mano con una sonrisa de anfitrión ufano, el gran ojo amarillo me enfoca como el faro de una locomotora. En todo caso, me doy cuenta de que no hay nada que estrechar, me trago mi metedura de pata y trato de disimular.
—Vaya, han conseguido llegar a tiempo —comento.
—¿Acaso lo dudaba? —me responde él con un tono malhumorado que denota tanta amabilidad como una elocuente lavadora marca Bendix.
—¡No, no! —le digo, y hago desaparecer cualquier asomo de alegría de mis pálidas mejillas—. Ni mucho menos. Los estábamos esperando.
Él hace caso omiso de mis palabras. Recorre con su único ojo a las personas que ocupan el escenario. Sisea.
—Mis concursantes están perdiendo la paciencia con las miradas desorbitadas de sus terrícolas. Exijo que el concurso dé comienzo de inmediato y le ruego que haga lo que corresponda para que cese este ofensivo escrutinio.
Yo asiento, sonrío, voy de corrillo en corrillo dispersando a los presentes, el estómago se me pone del revés. Una vez concluida esa misión, abordo de nuevo a la aspiradora. Lo que dice hace que me dé un vuelco el corazón.
—Como advierta el menor atisbo de prejuicio hacia mis representantes, la más mínima sospecha de consideraciones extrañas, tendrán que atenerse a las graves consecuencias.
Y así irrumpe en el escenario la ya galardonada Señorita Encanto Sideral.
¿Alguna vez has tenido uno de esos sueños en los que todo sale mal? ¿En los que hagas lo que hagas te acaba saliendo el tiro por la culata? ¿En los que eres el eterno metepatas? Así me sentí yo en ese concurso. Fue un completo desastre.
Se oye un murmullo de curiosidad cuando, después de que hayan desfilado unas cuantas terrícolas por el escenario, levantamos la pancarta que anuncia la entrada de Señorita Mercurio. Luego llegan algunos silbidos y abucheos, aunque se interrumpen de forma repentina cuando la muchacha en cuestión sale al escenario. Y...
ahora bien, Harry, ¿tú qué harías si apareciera dando tumbos en escena una piedra en tecnicolor? Pues supongo que lo mismo que hizo el público. Ojos como platos, caras pálidas y bocas abiertas. Una sola pregunta asalta las mentes del millar de asistentes: "¿Qué carajo es eso?".
Entonces alguno de nuestros invitados de honor suelta la primera carcajada, y se abre la veda. Deciden que se trata de una broma magnífica. Me vuelvo, tembloroso, echo una mirada angustiada de reojo y advierto un brillo asesino en el ojo amarillo. Trago saliva con tanta fuerza que la nuez se me zambulle en los pulmones. Me giro de nuevo.
El público rompe a aplaudir. Qué gracia, la broma, ja, ja. ¡Otra, otra! Y, en efecto, ahí va la siguiente.
Señorita Venus.
Es una planta con ojos. Se desliza por el escenario sobre su frondosa base. Los ojos, que son tres, recorren a la audiencia. Reflejan un ligero disgusto.
Otro rugido del público, en esta ocasión un poco forzado. Como el rugido de un hombre que decide que va a pasarlo bien, claro que sí, aunque en realidad tiene los pelos de punta. Este truco es casi perfecto.
Podría jurarse que la planta verde se mueve sola; hay que ver lo bien que han disimulado los cables.
Noto el aliento de alguien en la nuca. Un aliento pestilente.
—El recibimiento está dejando mucho que desear —farfulla cabeza de repollo—. O ataja usted la situación o las cosas van a ponerse feas.
Lo miro. Pienso en platillos volantes y en pistolas de rayos y en toda California saltando por los aires.
Con eso en mente, salgo al escenario en el momento en que Señorita Venus efectúa su retirada. Cojo el micrófono del suelo y levanto los brazos temblorosos.
—¡Atención, por favor, quiero decirles algo! —Mi voz retumba por toda la sala. Sólo gracias a la electrónica. El bullicio se interrumpe un instante—. Escuchen, por favor. Sé que lo que voy a decirles resulta difícil de creer, pero las dos concursantes a las que acaban de ver ustedes proceden de verdad de Mercurio y..
Estallan de nuevo las risas de burla. El público me acribilla a abucheos. Alguien lanza un cojín por los aires. El cielo del auditorio se llena de aviones fabricados con los programas del concurso. Comienza a llover confeti desde los palcos.
—¡Esperen un momento! —suplico a voz en grito—. ¡Atención, por favor!
Más ruido. Espero a que amaine. Veo flashes por todas partes. La historia y las imágenes saldrán en los periódicos. Por primera vez, lamento horrores que se genere publicidad sin esfuerzo alguno. Hay que afrontarlo, Harry: Estoy asustado. Cuando crearon a los héroes, yo estaba durmiendo la mona en la habitación de al lado.
—Comportémonos como es debido con estas concursantes —continúo, y mi voz suena como un graznido espléndido—. Mostrémosles la verdadera deportividad de la Tierra.
Concluyo con un torpe saludo con la mano, dejo caer el micrófono de nuevo al suelo, le hago una seña al presentador para que prosiga y bajo trastabillando del escenario. Y entonces me topo con la aspiradora. Dedico una sonrisa trémula a su complejo sistema de dudosa bondad. Me mira fijamente.
—La Señorita Mercurio está tremendamente ofendida —anuncia—. Me ha dicho que, como no la proclamen ganadora del concurso, sus mayores tomarán serias represalias.
—¿Cómo?
Retrocedo contra la cortina.
—Espere un momento —digo entre jadeos—. ¡Piense un poco! No podemos amañar el concurso sólo porque...
Pero le entra por un oído y le sale por el otro. Bueno, ni eso, porque no tiene oídos.
—Se buscó el problema usted solo —sentencia— al ponerle al concurso el nombre que le puso.
—Amigo, ¡yo no escogí el nombre!
—Eso es lo de menos —replica, y se aleja rodando.
Me vuelvo hacia el escenario, angustiado. Y justo alcanzo a entrever de pasada el debut de Señorita Marte en la Tierra.
Más que como una mujer, la definiría como un aperitivo. El tronco y la cabeza son dos aceitunas, y las piernas y los brazos, palillos ensartados. Me agarro a las cuerdas del telón con un quejido. El público ya no abuchea tanto. La cosa se está calmando, y eso a pesar de lo difícil que resulta admitir qué ocurre sin perder la cordura. Cuando ves un par de aceitunas rodando por el escenario, precedidas de una planta tropical ambulante y una roca multicolor móvil, primero te entra la risa, pero luego empiezas a inquietarte.
Y el público empieza a inquietarse.
La salida al escenario de Señorita Júpiter en un globo transparente tampoco ayuda. Parece un iceberg sucio. No tiene cara, ni brazos, ni piernas; nada. Oigo una arcada procedente del público. Alguien exclama: "¡Puaj!". Lo que nos faltaba...
—La Señorita Marte me ha comunicado —dice la aspiradora— que, como no gane el primer premio, sus sentimientos heridos se traducirán en malignos impulsos de venganza contra este planeta.
—Eh, amigo, espere un momento... —le suplico.
—Terminen el concurso cuanto antes —me espeta—. Mis participantes se están poniendo enfermas a causa de la visión de terrícolas en masa.
—¿Qué quiere decir exactamente con "enfermas"?
—Su aspecto les resulta de una repugnancia extrema.
—Oiga.
Pero ya no está.
Veo como se aleja rodando. Les resultamos repugnantes. Si no tuviera ganas de llorar, me echaría a reír. Pero tengo muchas ganas de llorar.
Momento álgido del espectáculo: Señorita Encanto Sideral. Su propia Señorita Encanto Sideral sale de entre bastidores.
No puedo decir que saliera andando. Tampoco que rodase. Ni que se arrastrase. Se desplazaba dejando un rastro de babas por el escenario.
Era una suerte de medusa naranja con falda y ojos. Era como un trozo de gelatina temblorosa que se ha escapado del plato en busca de la nata montada. Mejor me callo. Se me está revolviendo el estómago.
No, me digo a mí mismo una y otra vez, ella no. Es imposible que crea que...
—Nuestra Señorita Encanto Sideral me ha comunicado... —comienza a decir el delegado.
Ya no puedo más.
—¡Oh! ¿No me diga? —grito—. ¿Y qué me dice de Venus y Júpiter?, ¿están enfermas?
—Ellas también exigen el primer premio —dice la aspiradora con cabeza de repollo.
Me derrito, me deslizo entre los tablones del suelo y desaparezco por las grietas. En mi imaginación. En la realidad, me quedo con la boca tan abierta que podrían entrarme todas las moscas que buscan hogar.
—¿Y cómo quieren ganar todas? —pregunto con un titubeo atropellado.
—Eso es lo de menos —dice él, al tiempo que lo pienso yo. Por unos instantes, me enciendo otra vez.
—Me parece a mí que usted solo ha venido a buscar gresca —le digo.
Me fulmina con el ojo como un exterminador que apuntase con la mira a un espécimen particularmente odioso.
—Ustedes, los terrícolas, no nos gustan. Mis concursantes y yo mismo los vemos como seres aborrecibles para la mente y desagradables para la vista. Todos nosotros nos sentiremos aliviados cuando las proclamen a todas ganadoras y podamos abandonar su detestable presencia.
Miro fijamente la bolsa para el polvo que tiene por espalda. Me planteo la posibilidad de escabullirme por la puerta de atrás y coger un barco a Sudamérica. En el foso, la orquesta está tocando Estoy enamorada del hombre de la Luna, la única canción espacial que conocen. Los jueces están bajando del escenario para tomarse un descanso; necesitan un buen trago de algo fuerte. Se hicieron jueces con la esperanza de darle una alegría al cuerpo contemplando chicas despampanantes, ¿y con qué se han encontrado?
Los conduzco hasta un vestidor del tamaño de un armario ropero. Las gotas de sudor se les deslizan por el rostro rollizo, aunque a ninguno le importa. Todos me censuran con la mirada.
—Tenemos un problema de mil demonios —les comunico, y les doy los detalles.
—¡Pero eso es imposible! —exclama el Dignatario Local Número Dos, incapaz de golpearse la noble testa a causa de la angostura del lugar.
—Ya se lo he dicho —digo—, pero no lo convenzo.
Gloober, de etcétera, etcétera, se agacha para tomar asiento en una silla que a duras penas acoge su generosa envergadura.
—Me estoy mareando —advierte.
Grassblood se da un puñetazo en la poderosa palma.
—¡Esto es antiamericano! —suelta, y frunce los labios.
—Y yo tengo una sobrina que quería ganar el concurso... —apunta Mendelheimer con tristeza.
—¿Cómo? —brama el Dign. Local Núm. 2—. ¡Tongo! ¡Estafa!
—Vale, vale, vale... ¡Basta! —Ese soy yo, enfadado, hasta la coronilla ya.
Acto seguido trato de aliviar la tensión. Le digo a Mendelheimer que aunque su sobrina, Señorita Canal Alimentario, fuese juzgada con imparcialidad y considerada la más bella, no podría ganar porque estamos atados de pies y manos. Tiene que llevarse el galardón una de las candidatas del espacio exterior.
—Y, si no, ¿qué? —pregunta Gloober, de...
—Si no, nos pulverizarán —le digo yo.
—¿De verdad cree que son capaces? —pregunta Mendelheimer.
—Amigo, después de lo que le he visto hacer a esa criatura, tengo que creerme cuanto me diga.
—¿Y a cuál de las candidatas deberíamos concederle el premio? —Es Sampson quien hace la gran pregunta.
El Dign. Local Núm. 2 se lleva las manos a la cabeza en un gesto de municipal desesperación.
—¡Estamos acorralados! —grita. Estoy de acuerdo.
Al final, tenemos que postergar la decisión, porque el concurso debe continuar. Les recomiendo que sean todo lo cautos que puedan, que se piensen las cosas dos veces, que sopesen sus decisiones con detenimiento. Regresan a sus asientos con la alegría con que los nobles se subían a las carretas que los llevaban a la guillotina. Se acomodan, y yo me doy cuenta de hasta qué punto están preocupados cuando ante ellos desfila Señorita Brooklyn y ni siquiera pestañean. Si una mujer tan despampanante no provoca ninguna reacción, o estás muy preocupado o estás muerto.
Intento razonar con cabeza de repollo una vez más.
—Escuche —le digo—, es usted inteligente. ¿No le parece evidente que no podemos conceder un único premio a cinco concursantes?
Las matemáticas terrestres carecen de significado para él.
—Este concurso debe terminar pronto —es todo cuanto alcanza a decirme—. Este parloteo superficial sólo sirve para aumentar nuestra irritación. Resulta indiscutible que esas repugnantes criaturas que desfilan ahí no pueden competir con mis hermosas participantes. Ningún juez en su sano juicio, ni en la Tierra ni en el Cielo, podría otorgar un galardón a una criatura tan manifiestamente horribles.
Atisbo una luz. Posible idea.
—¿horribles? —le digo—. ¿Cree usted que son horribles?
—Todos ustedes lo son.
Me doy la vuelta. De repente, creo que lo tengo. Mi cerebro, por fin, se ha puesto en funcionamiento. Me dirijo raudo y veloz a un teléfono, y hago mi apuesta para intentar salvar a nuestro pobre planeta.
Después subo al escenario y me deslizo hasta donde está Sampson. Allí, mientras contemplo bellezas excelsas con medidas perfectas de 90-60-90, se lo cuento con disimulo por la comisura de los labios.
Se le ilumina el rostro con la clase de sonrisa reservada para quienes han pagado el Cadillac del año al contado. Después se inclina hacia el otro lado y le susurra la noticia al representante del orgullo cívico de Gall Stone. El alcalde se la transmite al oído a Mendelheimer; este, a Gloober & Gloober, y este último, al Dign. Local Núm. 2.
Después, todos ellos se sonríen y contemplan con renovada lascivia a los bellezones que desfilan, y yo me siento orgulloso de mi gran ingenio como publicista.
Este es probablemente el concurso de belleza más largo que se haya celebrado jamás. Tiene que serlo. Mi plan requiere tiempo y tenemos que conseguirlo por mucho que nos cueste. Hacemos desfilar a las concursantes de frente, de espaldas, de lado. Solas, en pareja, en grupo, en una larga y nutrida hilera. Desfilan de todas las maneras habidas y por haber, salvo de cabeza. Las mujeres comienzan a quejarse. Incluso el público empieza a cansarse de los cuerpos esbeltos de las muchachas. Y cuando los hombres de mirada vidriosa se hartan de ver mujeres es que, en efecto, te has pasado de la raya.
Sin embargo, no pasa nada, porque mi plan ya está a punto. Me dirijo al micrófono.
—Damas y caballeros, antes de anunciar a la ganadora, quiero añadir un galardón sorpresa a nuestra lista de premios. Con anterioridad anunciamos la copa, el coche, el contrato en Hollywood, un año de atención gratuita y apaños varios en Max Factor, y otros artículos pequeños. Pues bien, ahora tenemos un premio más —Hago una breve pausa antes de dar el golpe de efecto definitivo—. Un mes de vacaciones en el Mediterráneo con nada más y menos que...
»Damas y caballeros —le doy emoción—: ¡Míster Universo!
Un rubio apuesto y musculoso aparece en mallas en el escenario, y todas las aburridas amas de casa del público pegan un brinco en sus asientos.
Mientras en mi mente, agotada pero feliz, resuenan los vítores y protestas, echo un vistazo fuera del escenario.
Tal como imaginaba, las chicas del espacio exterior se han apiñado alrededor del delegado. Hago una señal al presentador y desciendo del entarimado con una sensación refrescante de victoria.
Así que somos feos. Vaya, qué mala suerte. Si quieren llevarse el primer premio, tendrán que aceptar esas vacaciones. Un mes en el Mediterráneo con Míster Fealdad Manifiesta. Lo tomas o lo dejas.
Cabeza de repollo me localiza y arranca a rodar hacia mí. Yo trago saliva a medida que se acerca y la sensación de victoria se desvanece un poco. Advierto enajenación en su ojo.
—¡Quiere estafarnos! —me acusa.
—¿Estafarlos? —pregunto con rostro inexpresivo.
—¿Piensa llevar esta estratagema hasta el final?
—Señor —le digo—, es nuestro concurso. Le concederemos el premio, pero tenemos derecho a decidir cuál será ese premio.
—Eso es lo de menos —dice.
—¿Cómo? —Intuyo que habla de otra cosa.
—¿Cómo se atreve a proclamar Míster Universo a esa criatura? —farfulla—. ¿Es que no se da cuenta de que el universo contiene más galaxias que estrellas hay en su propia galaxia?
—¿Cómo?
—Esto exige medidas drásticas. Tengo que llamar inmediatamente a la Alianza de Galaxias. Se celebrará un concurso en este mismo edificio para decidir quién es merecedor del título de Míster Universo. Déjeme ver: Hay aproximadamente unos siete millones quinientos noventa y cinco mil representantes, que, divididos entre sus partes integrantes, dan un total...
Harry, ¿qué me dices? ¿No necesitarías a un pobre ayudante para dar un empujoncito a los frijoles? Harry, trabajaré gratis. ¡Por favor!
FIN
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