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2026/08/03

Haga una pregunta estúpida (Robert Sheckley)


Título original: Ask a Foolish Question
Año: 1953


El Contestador estaba construido para durar tanto como fuera necesario; algunas razas pensaban que era mucho tiempo y otras juzgaban que era muy poco. Pero para el Contestador era suficiente.
En cuanto a su tamaño, el Contestador era grande para algunos y pequeño para otros. Se lo podía considerar complejo, aunque algunos opinaban que era muy simple. El Contestador sabía que era tal como debía ser. Por encima de todas las cosas, era el Contestador. Y Sabía.
De la raza que lo había construido, era mejor no hablar mucho. Ellos también Sabían y nunca dijeron si el conocimiento les había sido grato.
Construyeron el Contestador por prestar un servicio a razas menos avanzadas, y partieron por un medio desconocido. Hacia dónde, sólo el Contestador lo sabe.
Porque el Contestador lo sabe todo.
Sobre su planeta, siempre circunvalando su propio sol, permanecía el Contestador. La eternidad proseguía, larga, según algunos la consideran, breve, según otros. Pero tal como debía ser para el Contestador.
En su interior estaban las respuestas. Conocía la naturaleza de las cosas y porqué las cosas son como son y qué son y qué significa todo.
El Contestador podía responder a cualquier pregunta, siempre que fuera legítima.
¡Y lo deseaba mucho! ¡Estaba ansioso por responder!
¿De qué otro modo podía hacer un Contestador?
¿Qué otra cosa podía hacer un Contestador?
Por lo tanto, aguardaba a que las criaturas vinieran a preguntarle.

—¿Cómo se siente, señor? —preguntó Morran, mientras se acercaba flotando hasta donde yacía el anciano.
—Mejor —respondió Lingman, tratando de sonreír.
La ausencia de peso era un gran alivio. Aunque Morran había gastado una enorme cantidad de combustible para salir al espacio con una mínima aceleración, el débil corazón de Lingman se había resentido. El corazón de Lingman se detuvo, trabajó de mala gana, golpeó iracundo contra la frágil caja torácica, vaciló y tomó demasiada velocidad. Por un momento pareció que el corazón de Lingman iba a detenerse por puro resentimiento.
Pero después, la ausencia de peso fue un gran alivio y el débil corazón había vuelto a marchar.
Morran no tenía tales problemas. Su vigoroso cuerpo estaba hecho para el esfuerzo y la tensión. Sin embargo, no debía experimentarlos en ese viaje, si deseaba que el viejo Lingman sobreviviera.
—Sobreviviré —murmuró Lingman, como respuesta a la pregunta no formulada— lo bastante como para descubrirlo.
Morran tocó los controles y la nave se deslizó hacia el subespacio como una anguila en el aceite.
—Lo descubriremos —musitó Morran, ayudando al anciano a soltar sus correas—. ¡Encontraremos al Contestador!
Lingman asintió. Ambos socios se habían prestado mutuo apoyo durante muchos años. En un principio, el proyecto de obra de Lingman. Después, Morran, al graduarse en la Universidad Tecnológica de California se unió a él. Juntos habían rastreado los rumores que circulaban por el sistema solar, la leyenda de la antigua raza humanoide que sabía la respuesta a todos los interrogantes, los que habían construido el Contestador antes de partir.
—Piénselo —dijo Morran—: ¡La respuesta a todos los interrogantes!
Morran, como físico, tenía muchas preguntas que formular. La expansión del Universo; la fuerza aprisionada en el núcleo atómico; las novas y las supernovas; la formación de los planetas; el efecto Doppler, la relatividad y otras mil cosas,
—Sí —dijo Lingman.
Se acercó a duras penas al visor, para contemplar la desierta pradera del subespacio ilusorio. Era anciano y biólogo. Tenía dos preguntas a formular.
¿Qué es la vida?
¿Qué es la muerte?

Tras un muy largo período de recoger púrpura, Lek y sus amigos se reunieron a conversar. La púrpura escaseaba siempre en las proximidades de las estrellas múltiples (el por qué, nadie lo sabía), y estaba bien hablar.
—¿Saben? —dijo Lek—. Creo que iré a buscar ese Contestador.
Al decirlo, utilizó el idioma Ollgrat, el de las decisiones inminentes.
—¿Por qué? —preguntó Ilm, en la lengua Hvest de la chanza ligera —¿Por qué quieres saber? ¿No te basta con el trabajo de juntar púrpura?
—No —respondió Lek, aún en el idioma de las decisiones inminentes—, no me basta. 
La gran tarea de Lek y los suyos consistía en recoger púrpura. La encontraron incrustada en muchos lugares de la inmensa fábrica del espacio, en cantidades minúsculas. Lentamente, iban levantando una inmensa montaña. Para qué serviría esa montaña, nadie lo sabía.
—¿Le preguntarás qué es la púrpura? —preguntó Ilm, apartando una estrella del camino para acostarse.
—Lo haré —dijo Lek—. Hemos permanecido en la ignorancia por demasiado tiempo. Debemos averiguar la verdadera naturaleza de la púrpura y su importancia dentro del diagrama total. Debemos saber por qué rige nuestra vida.
Para decir todo esto, Lek había utilizado el Ilgret, o sea el idioma del conocimiento incipiente.
Ilm y los otros no trataron de discutir ni siquiera en la lengua de las discusiones. Sabían que el conocimiento era importante. Desde el alba misma de los tiempos, Lek, Ilm y los otros habían recogido púrpura. Ya era tiempo de conocer las respuestas últimas a todo el Universo: Qué era la púrpura y para qué serviría el montículo.
Y allí estaba el Contestador para decírselo. Todos habían oído hablar del Contestador, construido por una raza no muy diferente a ellos, ausente desde hacía mucho tiempo.
—¿Le preguntarás alguna otra cosa? —inquirió Ilm.
—No sé —dijo Lek—. Quizá le pregunte sobre las estrellas. En realidad, no hay ninguna otra cosa de importancia.
Puesto que Lek y sus hermanos vivían desde el alba de los tiempos, no pensaban en la muerte. Por otra parte, siendo su número invariable, no tenían en cuenta la incógnita de la vida.
Pero, ¿y la púrpura? ¿Y el montículo?
—¡Allá voy! —gritó Lek, en el idioma de las decisiones puestas en marcha.
—¡Buena suerte! —respondieron sus hermanos, en la jerga de la mayor amistad. Y Lek se marchó a grandes pasos, saltando de estrella en estrella.

El Contestador seguía esperando, solitario en su pequeño planeta, la llegada de los Interrogadores. De tanto en tanto murmuraba las respuestas para sí. Era su privilegio. Él Sabía.
Pero aguardaba (y el tiempo no era ni demasiado largo ni demasiado breve) a que cualquier criatura del espacio viniera a preguntar.


Eran dieciocho en un mismo lugar.
—¡Invoco la regla de los dieciocho! —gritó uno. Y apareció uno más, que no existía hasta ese momento, nacido por la regla de los dieciocho.
—Debemos acudir al Contestador —exclamó uno—. Nuestra vida está gobernada por la regla de los dieciocho. Donde haya dieciocho, habrá diecinueve. ¿Por qué es así?
Nadie fue capaz de contestar.
—¿Dónde estoy? —preguntó el decimonoveno, el recién nacido. Uno de ellos lo llevó aparte para proporcionarle instrucción.
Quedaron diecisiete, un número estable. Otro gritó:
—Y debemos descubrir por qué todos los sitios son diferentes, aunque no existan las distancias.
Ése era el dilema. Uno está aquí. De pronto, uno está allá. Así, sin movimiento, sin razón. Y, sin embargo, sin moverse, uno aparece en otro lugar.
—¡Las estrellas son frías! —gritó uno.
—¿Por qué?
—Debemos acudir al Contestador.
Porque habían sabido de la leyenda, conocían la historia. "Había una vez una raza, muy parecida a nosotros, y ellos Sabían…, y enseñaron al Contestador. Más tarde, partieron hacia donde no hay sitios, sino mucha distancia".
—¿Cómo llegaremos allí? —preguntó el recién nacido, ya ahíto de conocimiento.
—Yendo.
Y los dieciocho desaparecieron. Quedó uno solo, contemplando melancólico la tremenda expansión de una estrella de hielo. Después, él también desapareció.

—Las antiguas leyendas tenían razón —exclamó Morran—. Allí está.
Habían surgido del subespacio en el sitio indicado por las leyendas; ante ellos se extendía una estrella diferente a todas las demás. Morran inventó una clasificación que se ajustara a sus características, pero eso no importaba. No había trabajo igual.
A su alrededor giraba un planeta, distinto también a todos los planetas. Morran inventó causas, pero no importaron. El planeta era único.
—Abróchese las correas, señor —dijo Morían—. Descenderé con tanta suavidad como sea posible.

Lek llegó junto al Contestador, avanzando con rapidez de estrella a estrella. Alzó el Contestador en la mano y lo contempló.
—Tú eres el Contestador —dijo.
—Sí —respondió el Contestador.
—En ese caso, responde —pidió Lek, poniéndose cómodo en un vacío abierto entre dos estrellas—. Dime quién soy yo.
—Una parcialidad —dijo el Contestador—. Un indicio.
—Caramba —musitó Lek, herido en su amor propio—, puedes responder mejor. A ver: El propósito de mi especie es recolectar púrpura y levantar con ella una montaña. ¿Puedes decirme cuál es el significado de todo eso?
—Tu pregunta no tiene sentido —respondió el Contestador.
Sabía qué era la púrpura y para qué serviría el montículo. Pero la explicación estaba incluida en una explicación mayor. Sin ella, la pregunta de Lek era inexplicable y Lek no había formulado la pregunta real.
Lek formuló otras preguntas y el Contestador fue incapaz de responderle. Lek veía las cosas según un punto de vista particular, extraía una parte de verdad y se negaba a ver el resto. ¿Cómo explicarle a un ciego la sensación del verde?
El Contestador no lo intentó. No era su deber.
Al fin, Lek dejó escapar una risa burlona y despectiva. Una de las piedrecitas en las cuales se apoyaba fulguró ante el sonido de su carcajada y se apagó en seguida hasta volver a su intensidad habitual.
Lek se marchó a paso rápido, de estrella en estrella.

El Contestador Sabía. Pero previamente debía recibir la pregunta correcta. Estudió sus limitaciones, mientras contemplaba las estrellas, que no eran ni demasiado grandes ni demasiado pequeñas, sino del tamaño exacto.
Las preguntas correctas. La raza que lo construyera debió haber tenido eso en cuenta. Debieron haber incluido cierta tolerancia para con las tonterías semánticas, permitiéndole encarar aquella maraña.
El Contestador se contentó con murmurar las respuestas para sí.

Dieciocho criaturas llegaron hasta el Contestador, sin caminar ni volar, sino apareciendo, simplemente. Estremecidas bajo el resplandor frío de las estrellas, contemplaron la enorme masa del Contestador.
—Si no hay distancias —preguntó una—, ¿cómo es que las cosas pueden estar en otro lugar?
El Contestador sabía qué significaba distancia y qué significaba lugar. Pero no podía responder a esa pregunta. Había distancia, pero no tal como esas criaturas la entendían. Y había lugares, pero en un sentido diferente al que ellos pensaban.
—Formula tu pregunta en otros términos —sugirió el Contestador, con alguna esperanza.
—¿Por qué somos pequeños aquí —preguntó uno— y altos allá? ¿Por qué somos gruesos allá y delgados aquí? ¿Por qué son frías las estrellas?
El Contestador lo sabía todo. Sabía porqué eran frías las estrellas, pero no podía explicarlo en términos de estrellas o de frío.
—¿Por qué —preguntó otro— existe la regla de los dieciocho? ¿Por qué, cuando se reúnen dieciocho, aparece uno nuevo?
Pero la respuesta, naturalmente, era parte de una pregunta mayor, que no había sido formulada.
Apareció una nueva criatura merced a la regla de los dieciocho y las diecinueve se esfumaron.
El Contestador murmuró para sí las preguntas correctas y las respondió.

—Lo conseguimos —dijo Morran—. Bien, bien.
Palmeó a Lingman en el hombro…, con mucha suavidad, porque el anciano podía romperse.
Lingman estaba cansado. Tenía el rostro sumido, amarillento y arrugado. La forma de la calavera asomaba ya en sus dientes oscuros y grandes, en la pequeña nariz achatada, en los pómulos salientes. La matriz comenzaba a revelarse.
—Sigamos —dijo.
No quería perder más tiempo. No tenía tiempo que perder. Se colocaron los cascos y recorrieron el pequeño sendero.
—Más despacio —murmuró Lingman.
—Está bien —dijo Morran.
Caminaron juntos por el sendero oscuro de aquel planeta diferente a todos los planetas, único satélite de un sol diferente a todos los soles.
—Por aquí —dijo Morran.
Las leyendas eran explícitas. El sendero llevaba a unos escalones de piedra. Los escalones de piedra a una explanada. Y allí... ¡el Contestador!
Para el criterio humano, el Contestador parecía una pantalla blanca ubicada en una pared y era muy simple.
Lingman apretó las manos entrelazadas. Aquélla era la culminación de una vida entera de trabajo, inversiones, discusiones, de hurgar entre fragmentos de leyendas. Y todo terminaba allí, en ese momento.
—Recuerde —advirtió a Morran—. Nos sorprenderá. La verdad no será como la hemos imaginado.


—Estoy preparado —dijo Morran, con los ojos extáticos.
—Muy bien —replicó entonces Lingman, con su vocecita débil —contestador: ¿Qué es la vida?
Una voz respondió en el cerebro de cada uno:
—La pregunta no tiene significado alguno. Al decir "vida", el interrogador se refiere a un fenómeno parcial, que resulta inexplicable, excepto en términos de su total.
—¿De qué total forma parte la vida? —preguntó Lingman.
—La pregunta, en su formulación presente, no admite respuesta. El interrogador sigue considerando la "vida" desde un punto de vista personal y limitado.
—Responde en tus propios términos, en ese caso —dijo Morran.
—El Contestador sólo puede responder a preguntas formuladas.
El Contestador volvió a pensar en las tristes limitaciones que le impusieran sus creadores. Silencio.
—¿Está el Universo en expansión? —preguntó Morran, con mayor confianza.
—"Expansión" es un término inaplicable a la situación. El Universo, tal como el interrogado lo considera, es un concepto ilusorio.
—¿Hay algo que puedas decirnos?
—Puedo responder a cualquier pregunta válida con respecto a la naturaleza de las cosas.
Los dos hombres intercambiaron una mirada.
—Creo que sé lo que quiere decir —observó Lingman, tristemente—. Nuestras preguntas básicas son erróneas. Todas ellas.
—No puede ser —dijo Morran—. La física, la biología...
—Verdades parciales —dijo Lingman, con un gran cansancio en la voz—. Al menos, hemos averiguado eso. Hemos descubierto que nuestras suposiciones con respecto a los fenómenos observados son erróneas.
—Pero la regla de la hipótesis más simple...
—Es sólo una teoría —dijo Lingman—. Considérelo de este modo —Siguió—. Suponga que usted desea preguntar: "¿Por qué nací bajo la constelación de Escorpio, en conjunción con Saturno?". Yo no podría responder a su pregunta hablándole del zodíaco, pues el zodíaco no tiene nada que ver con eso.
—Comprendo —dijo Morran, con lentitud—. No puede responder a las preguntas que formulamos basándonos en nuestras premisas.
—Así parece. Y no puede alterar nuestras premisas. Está limitado a responder preguntas válidas... Lo que implica, según parece, un conocimiento que no poseemos.
Y se volvió al Contestador, preguntando:
—¿Qué es la muerte?
—No puedo explicar un antropomorfismo.
—¡La muerte es un antropomorfismo! —dijo Morran, mientras Lingman se volvía rápidamente —¡Ahora estamos avanzando un poco!
Y preguntó:
—¿Son irreales los antropomorfismos?
—Los antropomorfismos pueden clasificarse, a modo de prueba, en: a) verdades falsas, o b) verdades parciales referidas a una situación parcial.
—¿A qué clasificación corresponde este caso?
—A ambas.
Eso fue lo más que pudieron conseguir. Morran no logró extraer más datos del Contestador. Ambos lo intentaron durante varías horas, pero la verdad se les escurría a distancia cada vez mayor.
—Es enloquecedor —dijo Morran, después de un rato—. Este objeto contiene la respuesta al Universo entero y no puede dárnosla a menos que formulemos las preguntas correctas. Pero ¿cómo saber la pregunta correcta?
Lingman se sentó en el suelo y se recostó contra un muro de piedra, con los ojos cerrados.
—Salvajes, eso es lo que somos —dijo Morran, recorriendo la explanada a grandes pasos, frente al Contestador—. Imagínese que un bosquimano fuera a preguntarle a un físico por qué no puede clavar su flecha en el sol. El científico sólo podría explicarlo en sus propios términos. ¿Qué ocurriría entonces?
—El científico no lo intentaría siquiera —respondió Lingman, con voz apagada—, conociendo las limitaciones del interrogador.
—Qué bonito —exclamó Morran, irritado—. ¿Cómo explicar la rotación de la Tierra a un bosquimano? O mejor aún, ¿cómo explicarle la relatividad, siempre sin dejar a un lado el rigor científico, por supuesto?
Lingman no contestó. Seguía con los ojos cerrados.
—Somos bosquimanos. Pero tal vez el abismo es mucho mayor en este caso. Un gusano y un superhombre. El gusano desea saber la naturaleza del polvo y por qué existe en tan grandes cantidades. ¡Oh!, vaya.
Y, volviéndose hacia Lingman, sugirió:
—¿Nos marchamos, señor?
El anciano siguió con los ojos cerrados y sin responder. Sus dedos estaban crispados y las mejillas se habían hundido más aún. La calavera iba emergiendo.
—¡Señor, señor!
Y el Contestador supo que ésa no era la respuesta.

Sólo en su planeta, que no es grande ni pequeño, sino del tamaño preciso el Contestador aguarda. No puede ayudar a quienes llegan hasta él, pues aun el Contestador encuentra restricciones.
Sólo puede responder a las preguntas válidas.
¿Universo? ¿Vida? ¿Muerte? ¿Púrpura? ¿Dieciocho? Verdades parciales, verdades a medias, pequeños fragmentos de la gran pregunta.
Pero el Contestador, solitario, murmura las preguntas para sí, las verdaderas preguntas, las que nadie puede comprender.
¿Cómo podrían comprender, entonces, las verdaderas respuestas?
Las preguntas jamás serán formuladas y el Contestador recuerda algo que sus constructores aprendieron y olvidaron.
Para formular una pregunta, es necesario saber de antemano gran parte de la respuesta.


FIN

2025/03/24

La última pregunta (Isaac Asimov)


Titulo original: The Last Question
Año: 1956


La última pregunta se formuló por primera vez, medio en broma, el 21 de mayo de 2061, en momentos en que la humanidad (también por primera vez) se bañó en luz. La pregunta llegó como resultado de una apuesta por cinco dólares hecha entre dos hombres que bebían cerveza, y sucedió de esta manera:
Alexander Adell y Bertram Lupov eran dos de los fieles asistentes de Multivac. Dentro de las dimensiones de lo humano sabían qué era lo que pasaba detrás del rostro frío, parpadeante e intermitentemente luminoso —kilómetros y kilómetros de rostro— de la gigantesca computadora. Al menos tenían una vaga noción del plan general de circuitos y retransmisores que desde hacía mucho tiempo habían superado toda posibilidad de ser dominados por una sola persona.
Multivac se autoajustaba y autocorregía. Así tenía que ser, porque nada que fuera humano podía ajustarla y corregirla con la rapidez suficiente o siquiera con la eficacia suficiente. De manera que Adell y Lupov atendían al monstruoso gigante sólo en forma ligera y superficial, pero lo hacían tan bien como podría hacerlo cualquier otro hombre. La alimentaban con información, adaptaban las preguntas a sus necesidades y traducían las respuestas que aparecían. Por cierto, ellos, y todos los demás asistentes tenían pleno derecho a compartir la gloria de Multivac.
Durante décadas, Multivac ayudó a diseñar naves y a trazar las trayectorias que permitieron al hombre llegar a la Luna, a Marte y a Venus, pero después de eso, los pobres recursos de la Tierra ya no pudieron serles de utilidad a las naves. Se necesitaba demasiada energía para los viajes largos y pese a que la Tierra explotaba su carbón y uranio con creciente eficacia había una cantidad limitada de ambos.
Pero lentamente, Multivac aprendió lo suficiente como para responder a preguntas más complejas en forma más profunda, y el 14 de mayo de 2061 lo que hasta ese momento era teoría se convirtió en realidad.
La energía del Sol fue almacenada, modificada y utilizada directamente en todo el planeta. Cesó en todas partes el hábito de quemar carbón y fisionar uranio y toda la Tierra se conectó con una pequeña estación —de un kilómetro y medio de diámetro— que circundaba el planeta a mitad de distancia de la Luna, para funcionar con rayos invisibles de energía solar.
Siete días no habían alcanzado para empañar la gloria del acontecimiento, y Adell y Lupov finalmente lograron escapar de la celebración pública, para refugiarse donde nadie pensaría en buscarlos, en las desiertas cámaras subterráneas, donde se veían partes del poderoso cuerpo enterrado de Multivac. Sin asistentes, ociosa, clasificando datos con clicks satisfechos y perezosos, Multivac también se había ganado sus vacaciones y los asistentes la respetaban y originalmente no tenían intención de perturbarla.
Se habían llevado una botella, y su única preocupación en ese momento era relajarse y disfrutar de la bebida.
—Es asombroso, cuando uno lo piensa —dijo Adell. En su rostro ancho se veían huellas de cansancio, y removió lentamente la bebida con una varilla de vidrio, observando el movimiento de los cubos de hielo en su interior—. Toda la energía que podremos usar de ahora en adelante, gratis. Suficiente energía, si quisiéramos emplearla, como para derretir a toda la Tierra y convertirla en una enorme gota de hierro líquido impuro, y no echar de menos la energía empleada. Toda la energía que podremos usar por siempre y siempre y siempre.
Lupov ladeó la cabeza. Tenía el hábito de hacerlo cuando quería oponerse a lo que oía, y en ese momento quería oponerse; en parte porque había tenido que llevar el hielo y los vasos.
—No para siempre —dijo.
—Ah, vamos, prácticamente para siempre. Hasta que el Sol se apague, Bert.
—Entonces no es para siempre.
—Muy bien, entonces. Durante miles de millones de años. Veinte mil millones, tal vez. ¿Estás satisfecho?
Lupov se pasó los dedos por los escasos cabellos como para asegurarse de que todavía le quedaban algunos y tomó un pequeño sorbo de su bebida.
—Veinte mil millones de años no es "para siempre".
—Bien, pero superará nuestra época ¿verdad?
—También la superarán el carbón y el uranio.
—De acuerdo, pero ahora podemos conectar cada nave espacial individualmente con la Estación Solar, y hacer que vaya y regrese de Plutón un millón de veces sin que tengamos que preocuparnos por el combustible. No puedes hacer eso con carbón y uranio. Pregúntale a Multivac, si no me crees.
—No necesito preguntarle a Multivac. Lo sé.
—Entonces deja de quitarle méritos a lo que Multivac ha hecho por nosotros —dijo Adell, malhumorado—. Se portó muy bien.
—¿Quién dice que no? Lo que yo sostengo es que el Sol no durará eternamente. Eso es todo lo que digo. Estamos a salvo por veinte mil millones de años, pero ¿y luego? —Lupov apuntó con un dedo tembloroso al otro—. Y no me digas que nos conectaremos con otro Sol.
Durante un rato hubo silencio. Adell se llevaba la copa a los labios sólo de vez en cuando, y los ojos de Lupov se cerraron lentamente. Descansaron.
De pronto Lupov abrió los ojos.
—Piensas que nos conectaremos con otro Sol cuando el nuestro muera, ¿verdad?
—No estoy pensando nada.
—Seguro que estás pensando. Eres malo en lógica, ése es tu problema. Eres como ese tipo del cuento a quien lo sorprendió un chaparrón, corrió a refugiarse en un monte y se paró bajo un árbol. No se preocupaba porque pensaba que cuando un árbol estuviera totalmente mojado, simplemente iría a guarecerse bajo otro.
—Entiendo —dijo Adell—. No grites. Cuando el Sol muera, las otras estrellas habrán muerto también.
—Por supuesto —murmuró Lupov—. Todo comenzó con la explosión cósmica original, fuera lo que fuese, y todo terminará cuando todas las estrellas se extingan. Algunas se agotan antes que otras. Por Dios, los gigantes no durarán cien millones de años. El Sol durará veinte mil millones de años y tal vez las enanas durarán cien mil millones por mejores que sean. Pero en un trillón de años estaremos a oscuras. La entropía tiene que incrementarse al máximo, eso es todo.
—Sé todo lo que hay que saber sobre la entropía —dijo Adell, tocado en su amor propio.
—¡Qué vas a saber!
—Sé tanto como tú.
—Entonces sabes que todo se extinguirá algún día.
—Muy bien. ¿Quién dice que no?
—Tú, grandísimo tonto. Dijiste que teníamos toda la energía que necesitábamos, para siempre. Dijiste "para siempre".
Esa vez le tocó a Adell oponerse.
—Tal vez podamos reconstruir las cosas algún día.
—Nunca.
—¿Por qué no? Algún día.
—Nunca.
—Pregúntale a Multivac.
—Pregúntale tú a Multivac. Te desafío. Te apuesto cinco dólares a que no es posible.


Adell estaba lo suficientemente borracho como para intentarlo y lo suficientemente sobrio como para traducir los símbolos y operaciones necesarias para formular la pregunta que, en palabras, podría haber correspondido a esto: ¿Podrá la humanidad algún día, sin el gasto neto de energía, devolver al Sol toda su juventud aun después que haya muerto de viejo?
O tal vez podría reducirse a una pregunta más simple, como ésta: ¿Cómo puede disminuirse masivamente la cantidad neta de entropía del universo?
Multivac enmudeció. Los lentos resplandores cesaron, los clicks distantes de los transmisores terminaron.
Entonces, mientras los asustados técnicos sentían que ya no podían contener más el aliento, el teletipo adjunto a la computadora cobró vida repentinamente. Aparecieron cinco palabras impresas: DATOS INSUFICIENTES PARA RESPUESTA ESCLARECEDORA.
—No hay apuesta —murmuró Lupov. Salieron apresuradamente.
A la mañana siguiente, los dos, con dolor de cabeza y la boca pastosa, habían olvidado el incidente.

Jerrodd, Jerrodine y Jerrodette I y II observaban la imagen estrellada en el visiplato mientras completaban el pasaje por el hiperespacio en un lapso fuera de las dimensiones del tiempo. Inmediatamente, el uniforme polvo de estrellas dio paso al predominio de un único disco de mármol, brillante, centrado.
—Es X-23 —dijo Jerrodd con confianza. Sus manos delgadas se entrelazaron con fuerza detrás de su espalda y los nudillos se pusieron blancos.
Las pequeñas Jerrodettes, niñas ambas, habían experimentado el pasaje por el hiperespacio por primera vez en su vida. Contuvieron sus risas y se persiguieron locamente alrededor de la madre, gritando:
—Hemos llegado a X-23… hemos llegado a X-23… hemos llegado a X-23… hemos llegado…
—Tranquilas, niñas —dijo rápidamente Jerrodine—. ¿Estás seguro, Jerrodd?
—¿De qué hay que estar seguro? —preguntó Jerrodd, echando una mirada al tubo de metal justo debajo del techo, que ocupaba toda la longitud de la habitación y desaparecía a través de la pared en cada extremo. Tenía la misma longitud que la nave.
Jerrodd sabía poquísimo sobre el grueso tubo de metal excepto que se llamaba Microvac, que uno le hacía preguntas si lo deseaba; que aunque uno no se las hiciera de todas maneras cumplía con su tarea de conducir la nave hacia un destino prefijado, de abastecerla de energía desde alguna de las diversas estaciones de Energía Subgaláctica y de computar las ecuaciones para los saltos hiperespaciales.
Jerrodd y su familia no tenían otra cosa que hacer sino esperar y vivir en los cómodos sectores residenciales de la nave.
Cierta vez alguien le había dicho a Jerrodd, que el "ac" al final de "Microvac" quería decir "computadora análoga" en inglés antiguo, pero estaba a punto de olvidar incluso eso.
Los ojos de Jerrodine estaban húmedos cuando miró el visiplato.
—No puedo evitarlo. Me siento extraña al salir de la Tierra.
—¿Por qué, caramba? —preguntó Jerrodd—. No teníamos nada allí. En X-23 tendremos todo. No estarás sola. No serás una pionera. Ya hay un millón de personas en ese planeta. Por Dios, nuestros bisnietos tendrán que buscar nuevos mundos porque llegará el día en que X-23 estará superpoblado. —Luego agregó, después de una pausa reflexiva—: Te aseguro que es una suerte que las computadoras hayan desarrollado viajes interestelares, considerando el ritmo al que aumenta la raza.
—Lo sé, lo sé —respondió Jerrodine con tristeza. Jerrodette I dijo de inmediato:
—Nuestra Microvac es la mejor Microvac del mundo.
—Eso creo yo también —repuso Jerrodd, desordenándole el pelo.
Era realmente una sensación muy agradable tener una Microvac propia y Jerrodd estaba contento de ser parte de su generación y no de otra. En la juventud de su padre las únicas computadoras eran unas enormes máquinas que ocupaban un espacio de ciento cincuenta kilómetros cuadrados. Sólo había una por planeta. Se llamaban ACs Planetarias. Durante mil años habían crecido constantemente en tamaño y luego, de pronto, llegó el refinamiento. En lugar de transistores hubo válvulas moleculares, de manera que hasta la AC Planetaria más grande podía colocarse en una nave espacial y ocupar sólo la mitad del espacio disponible.
Jerrodd se sentía eufórico siempre que pensaba que su propia Microvac personal era muchísimo más compleja que la antigua y primitiva Multivac que por primera vez había domado al Sol, y casi tan complicada como una AC Planetaria de la Tierra (la más grande) que por primera vez resolvió el problema del viaje hiperespacial e hizo posibles los viajes a las estrellas.
—Tantas estrellas, tantos planetas —suspiró Jerrodine, inmersa en sus propios pensamientos—. Supongo que las familias seguirán emigrando siempre a nuevos planetas, tal como lo hacemos nosotros ahora.
—No siempre —respondió Jerrodd, con una sonrisa—. Todo esto terminará algún día, pero no antes de que pasen billones de años. Muchos billones. Hasta las estrellas se extinguen, ¿sabes? Tendrá que aumentar la entropía.
—¿Qué es la entropía, papá? —preguntó Jerrodette II con voz aguda.
—Entropía, querida, es sólo una palabra que significa la cantidad de desgaste del universo. Todo se desgasta, como sabrás, por ejemplo tu pequeño robot walke-talkie, ¿recuerdas?
—¿No puedes ponerle una nueva unidad de energía, como a mi robot?
—Las estrellas son unidades de energía, querida. Una vez que se extinguen, ya no hay más unidades de energía.
Jerrodette I lanzó un chillido de inmediato.
—No las dejes, papá. No permitas que las estrellas se extingan.
—Mira lo que has hecho —susurró Jerrodine, exasperada.
—¿Cómo podía saber que iba a asustarla? —respondió Jerrod también en un susurro.
—Pregúntale a la Microvac —gimió Jerrodette I—. Pregúntale cómo volver a encender las estrellas.
—Vamos —dijo Jerrodine—. Con eso se tranquilizarán. 
Jerrodette II ya se estaba echando a llorar, también.
Jerrodd se encogió de hombros.
—Ya está bien, queridas. Le preguntaré a Microvac. No se preocupen, ella nos lo dirá.
Le preguntó a la Microvac, y agregó rápidamente:
—Imprimir la respuesta.
Jerrodd retiró la delgada cinta de celufilm y dijo alegremente:
—Miren, la Microvac dice que se ocupará de todo cuando llegue el momento, y que no se preocupen.
Jerrodine dijo:
—Y ahora, niñas, es hora de acostarse. Pronto estaremos en nuestro nuevo hogar. Jerrodd leyó las palabras en el celufilm nuevamente antes de destruirlo:
DATOS INSUFICIENTES PARA RESPUESTA ESCLARECEDORA
Se encogió de hombros y miró el visiplato. El X-23 estaba cerca.


VJ-23X de Lameth miró las negras profundidades del mapa tridimensional en pequeña escala de la Galaxia y dijo:
—¿No será una ridiculez que nos preocupe tanto la cuestión? 
MQ-17J de Nicron sacudió la cabeza.
—Creo que no. Sabes que la Galaxia estará llena en cinco años con el actual ritmo de expansión.
Los dos parecían jóvenes de poco más de veinte años. Ambos eran altos y de formas perfectas.
—Sin embargo —dijo VJ-23X— me resisto a presentar un informe pesimista al Consejo Galáctico.
—Yo no pensaría en presentar ningún otro tipo de informe. Tenemos que inquietarlos un poco. No hay otro remedio.
VJ-23X suspiró.
—El espacio es infinito. Hay cien billones de galaxias disponibles.
—Cien billones no es infinito, y cada vez se hace menos infinito. ¡Piénsalo! Hace veinte mil años, la humanidad resolvió por primera vez el problema de utilizar energía estelar, y algunos siglos después se hicieron posibles los viajes interestelares. A la humanidad le llevó un millón de años llenar un pequeño mundo y luego sólo quince mil años llenar el resto de la Galaxia. Ahora la población se duplica cada diez años…
VJ-23X lo interrumpió.
—Eso debemos agradecérselo a la inmortalidad.
—Muy bien. La inmortalidad existe y debemos considerarla. Admito que esta inmortalidad tiene su lado complicado. La Galáctica AC nos ha solucionado muchos problemas, pero al resolver el problema de evitar la vejez y la muerte, anuló todas las otras soluciones.
—Sin embargo no creo que desees abandonar la vida.
—En absoluto —salto MQ-17J, y luego se suavizó de inmediato—: No todavía. No soy tan viejo. ¿Cuántos años tienes tú?
—Doscientos veintitrés. ¿Y tú?
—Yo todavía no tengo doscientos. Pero, volvamos a lo que decía. La población se duplica cada diez años. Una vez que se llene esta galaxia, habremos llenado otra en diez años. Diez años más y habremos llenado dos más. Otra década, cuatro más. En cien años, habremos llenado mil galaxias; en mil años, un millón de galaxias. En diez mil años, todo el universo conocido. Y entonces, ¿qué?
VJ-23X dijo:
—Como problema paralelo, está el del transporte. Me pregunto cuántas unidades de energía solar se necesitarán para trasladar galaxias de individuos de una galaxia a la siguiente.
—Muy buena observación. La humanidad ya consume dos unidades de energía solar por año.
—La mayor parte de esta energía se desperdicia. Al fin y al cabo, nuestra propia galaxia sola gasta mil unidades de energía solar por año, y nosotros solamente usamos dos de ellas.
—De acuerdo, pero aun con una eficiencia de un cien por ciento, sólo podemos postergar el final. Nuestras necesidades energéticas crecen en progresión geométrica, y a un ritmo mayor que nuestra población. Nos quedaremos sin energía todavía más rápido que sin galaxias. Muy buena observación. Muy, muy buena observación.
—Simplemente tendremos que construir nuevas estrellas con gas interestelar.
—¿O con calor disipado? —preguntó MQ-17J, con tono sarcástico.
—Puede haber alguna forma de revertir la entropía. Tenemos que preguntárselo a la Galáctica AC.
VJ-23X no hablaba realmente en serio, pero MQ-17J sacó su contacto-AC del bolsillo y lo colocó sobre la mesa frente a él.
—No me faltan ganas —dijo—. Es algo que la raza humana tendrá que enfrentar algún día.
Miró sombríamente su pequeño contacto-AC. Era un objeto de apenas cinco centímetros cúbicos, nada en sí mismo, pero estaba conectado a través del hiperespacio con la gran Galáctica AC que servía a toda la humanidad y, a su vez era parte integral suya.
MQ-17J hizo una pausa para preguntarse si algún día, en su vida inmortal, llegaría a ver la Galáctica AC. Era un pequeño mundo propio, una telaraña de rayos de energía que contenía la materia dentro de la cual las oleadas de los planos medios ocupaban el lugar de las antiguas y pesadas válvulas moleculares. Sin embargo, a pesar de esos funcionamientos subetéreos, se sabía que la Galáctica AC tenía mil diez metros de ancho.
Repentinamente MQ-17J preguntó a su contacto-AC:
—¿Es posible revertir la entropía?
VJ-23X, sobresaltado, dijo de inmediato:
—Ah, mira, realmente yo no quise decir que tenías que preguntar eso.
—¿Por qué no?
—Los dos sabemos que la entropía no puede revertirse. No puedes volver a convertir el humo y las cenizas en un árbol.
—¿Hay árboles en tu mundo? —preguntó MQ-17J.
El sonido de la Galáctica AC los sobresaltó y les hizo guardar silencio. Se oyó su voz fina y hermosa en el contacto-AC en el escritorio. Dijo:
DATOS INSUFICIENTES PARA RESPUESTA ESCLARECEDORA
VJ-23X dijo:
—¡Ves!
Entonces los dos hombres volvieron a la pregunta del informe que tenían que hacer para el Consejo Galáctico.

La mente de Zee Prime abarcó la nueva galaxia con un leve interés en los incontables racimos de estrellas que la poblaban. Nunca había visto eso antes. ¿Alguna vez las vería todas? Tantas estrellas, cada una con su carga de humanidad… una carga que era casi un peso muerto. Cada vez más, la verdadera esencia del hombre había que encontrarla allá afuera, en el espacio.
¡En las mentes, no en los cuerpos! Los cuerpos inmortales permanecían en los planetas, suspendidos sobre los eones. A veces despertaban a una actividad material pero eso era cada vez más raro. Pocos individuos nuevos nacían para unirse a la multitud increíblemente poderosa, pero ¿qué importaba? Había poco lugar en el universo para nuevos individuos.
Zee Prime despertó de su ensoñación al encontrarse con los sutiles manojos de otra mente.
—Soy Zee Prime. ¿Y tú?
—Soy Dee Sub Wun. ¿Tu galaxia?
—Sólo la llamamos Galaxia. ¿Y tú?
—Llamamos de la misma manera a la nuestra. Todos los hombres llaman Galaxia a su galaxia, y nada más. ¿Por qué será?
—Porque todas las galaxias son iguales.
—No todas. En una galaxia en particular debe de haberse originado la raza humana. Eso la hace diferente.
Zee Prime dijo:
—¿En cuál?
—No sabría decirte. La Universal AC debe de estar enterada.
—¿Se lo preguntamos? De pronto tengo curiosidad por saberlo.
Las percepciones de Zee Prime se ampliaron hasta que las galaxias mismas se encogieron y se convirtieron en un polvo nuevo, más difuso, sobre un fondo mucho más grande. Tantos cientos de billones de galaxias, cada una con sus seres inmortales, todas llevando su carga de inteligencias, con mentes que vagaban libremente por el espacio. Y sin embargo una de ellas era única entre todas por ser la Galaxia original. Una de ellas tenía en su pasado vago y distante, un período en que había sido la única galaxia poblada por el hombre.


Zee Prime se consumía de curiosidad por ver esa galaxia y gritó:
—¡Universal AC! ¿En qué galaxia se originó el hombre?
La Universal AC oyó, porque en todos los mundos tenía listos sus receptores, y cada receptor conducía por el hiperespacio a algún punto desconocido donde la Universal AC se mantenía independiente.
Zee Prime sólo sabía de un hombre cuyos pensamientos habían penetrado a distancia sensible de la Universal AC, y sólo informó sobre un globo brillante, de sesenta centímetros de diámetro, difícil de ver.
—¿Pero cómo puede ser eso toda la Universal AC? —había preguntado Zee Prime.
—La mayor parte —fue la respuesta— está en el hiperespacio. No puedo imaginarme en qué forma está allí.
Nadie podía imaginarlo, porque hacía mucho que había pasado el día —y eso Zee Prime lo sabía— en que algún hombre tuvo parte en construir la Universal AC. Cada Universal AC diseñaba y construía a su sucesora. Cada una, durante su existencia de un millón de años o más, acumulaba la información necesaria como para construir una sucesora mejor, más intrincada, más capaz en la cual dejar sumergido y almacenado su propio acopio de información e individualidad.
La Universal AC interrumpió los pensamientos erráticos de Zee Prime, no con palabras, sino con directivas. La mentalidad de Zee Prime fue dirigida hacia un difuso mar de Galaxias donde una en particular se agrandaba hasta convertirse en estrellas.
Llegó un pensamiento, infinitamente distante, pero infinitamente claro.
ÉSTA ES LA GALAXIA ORIGINAL DEL HOMBRE
Pero era igual, al fin y al cabo, igual que cualquier otra, y Zee Prime resopló de desilusión.
Dee Sub Wun, cuya mente había acompañado a Zee Prime, dijo de pronto:
—¿Y una de estas estrellas es la estrella original del hombre? 
La Universal AC respondió:
LA ESTRELLA ORIGINAL DEL HOMBRE SE HA HECHO NOVA. ES UNA ENANA BLANCA
—¿Los hombres que la habitaban murieron? —preguntó Zee Prime, sobresaltado y sin pensar.
La Universal AC respondió:
COMO SUCEDE EN ESTOS CASOS UN NUEVO MUNDO PARA SUS CUERPOS FÍSICOS FUE CONSTRUIDO EN EL TIEMPO.
—Sí, por supuesto —dijo Zee Prime, pero aun así lo invadió una sensación de pérdida. Su mente dejó de centrarse en la Galaxia original del hombre, y le permitió volver y perderse en pequeños puntos nebulosos. No quería volver a verla.
Dee Zub Wun dijo:
—¿Qué sucede?
—Las estrellas están muriendo. La estrella original ha muerto.
—Todas deben morir. ¿Por qué no?
—Pero cuando toda la energía se haya agotado, nuestros cuerpos finalmente morirán, y tú y yo con ellos.
—Llevará billones de años.
—No quiero que suceda, ni siquiera dentro de billones de años. ¡Universal AC! ¿Cómo puede evitarse que las estrellas mueran?
Dee Sub Wun dijo, divertido:
—Estás preguntando cómo podría revertirse la dirección de la entropía. 
Y la Universal AC respondió:
TODAVÍA NO HAY DATOS PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.
Los pensamientos de Zee Prime volaron a su propia galaxia. Dejó de pensar en Dee Sub Wun, cuyo cuerpo podría estar esperando en una galaxia a un trillón de años luz de distancia, o en la estrella siguiente a la de Zee Prime. No importaba.
Con aire desdichado, Zee Prime comenzó a recoger hidrógeno interestelar con el cual construir una pequeña estrella propia. Si las estrellas debían morir alguna vez, al menos podrían construirse algunas.

El Hombre, mentalmente, era uno solo, y estaba conformado por un trillón de trillones de cuerpos sin edad, cada uno en su lugar, cada uno descansando, tranquilo e incorruptible, cada uno cuidado por autómatas perfectos, igualmente incorruptibles, mientras las mentes de todos los cuerpos se fusionaban libremente entre sí, sin distinción.
El Hombre dijo:
—El Universo está muriendo.
El Hombre miró a su alrededor a las galaxias cada vez más oscuras. Las estrellas gigantes, muy gastadoras, se habían ido hace rato, habían vuelto a lo más oscuro de la oscuridad del pasado distante. Casi todas las estrellas eran enanas blancas, que finalmente se desvanecían.
Se habían creado nuevas estrellas con el polvo que había entre ellas, algunas por procesos naturales, otras por el Hombre mismo, y también se estaban apagando. Las enanas blancas aún podían chocar entre ellas, y de las poderosas fuerzas así liberadas se construirían nuevas estrellas, pero una sola estrella por cada mil estrellas enanas blancas destruidas, y también éstas llegarían a su fin:
El Hombre dijo:
—Cuidadosamente administrada y bajo la dirección de la Cósmica AC, la energía que todavía queda en todo el universo, puede durar billones de años. Pero aun así eventualmente todo llegará a su fin. Por mejor que se la administre, por más que se la racione, la energía gastada desaparece y no puede ser repuesta. La entropía aumenta continuamente.
El Hombre dijo:
—¿Es posible no revertir la entropía? Preguntémosle a la Cósmica AC.
La AC los rodeó pero no en el espacio. Ni un solo fragmento de ella estaba en el espacio. Estaba en el hiperespacio y hecha de algo que no era materia ni energía. La pregunta sobre su tamaño y su naturaleza ya no tenía un sentido comprensible para el Hombre.
—Cósmica AC —dijo el Hombre— ¿cómo puede revertirse la entropía?
La Cósmica AC dijo:
LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.
El Hombre ordenó:
—Recoge datos adicionales. 
La Cósmica AC dijo:
LO HARÉ. HACE CIENTO DE BILLONES DE AÑOS QUE LO HAGO. MIS PREDECESORES Y YO HEMOS ESCUCHADO MUCHAS VECES ESTA PREGUNTA. TODOS LOS DATOS QUE TENGO SIGUEN SIENDO INSUFICIENTES.
—¿Llegará el momento —preguntó el Hombre— en que los datos sean suficientes o el problema es insoluble en todas las circunstancias concebibles?
La Cósmica AC respondió:
NINGÚN PROBLEMA ES INSOLUBLE EN TODAS LAS CIRCUNSTANCIAS CONCEBIBLES.
El Hombre preguntó:
—¿Cuándo tendrás suficientes datos como para responder a la pregunta? 
La Cósmica AC respondió:
LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.
—¿Seguirás trabajando en esto? —preguntó el Hombre. La Cósmica AC respondió:
SI.
El Hombre dijo:
—Esperaremos.


Las estrellas y las galaxias murieron y se convirtieron en polvo, y el espacio se volvió negro después de tres trillones de años de desgaste.
Uno por uno, el Hombre se fusionó con la AC, cada cuerpo físico perdió su identidad mental en forma tal que no era una pérdida sino una ganancia.
La última mente del Hombre hizo una pausa antes de la fusión, contemplando un espacio que sólo incluía la borra de la última estrella oscura y nada aparte de esa materia increíblemente delgada, agitada al azar por los restos de un calor que se gastaba, asintóticamente, hasta llegar al cero absoluto.
El Hombre dijo:
—AC, ¿es éste el final? ¿Este caos no puede ser revertido al universo una vez más? ¿Esto no puede hacerse?
AC respondió:
LOS DATOS SON TODAVÍA INSUFICIENTES PARA UNA RESPUESTA ESCLARECEDORA.
La última mente del Hombre se fusionó y sólo AC existió en el hiperespacio.
 
La materia y la energía se agotaron y con ellas el espacio y el tiempo. Hasta AC existía solamente para la última pregunta que nunca había sido respondida desde la época en que dos técnicos en computación medio alcoholizados, tres trillones de años antes, formularon la pregunta en la computadora que era para AC mucho menos de lo que para un hombre el Hombre.
Todas las otras preguntas habían sido contestadas, y hasta que esa última pregunta fuera respondida también, AC no podría liberar su conciencia.
Todos los datos recogidos habían llegado al fin. No quedaba nada para recoger.
Pero toda la información reunida todavía tenía que ser completamente correlacionada y unida en todas sus posibles relaciones.
Se dedicó un intervalo sin tiempo a hacer esto.
Y sucedió que AC aprendió cómo revertir la dirección de la entropía.
Pero no había ningún Hombre a quien AC pudiera dar la respuesta a la última pregunta. No había materia. La respuesta —por demostración— se ocuparía de eso también.
Durante otro intervalo sin tiempo, AC pensó en la mejor forma de hacerlo.
Cuidadosamente, AC organizó el programa.
La conciencia de AC abarcó todo lo que alguna vez había sido un universo y pensó en lo que en ese momento era el caos.
Paso a paso, había que hacerlo. Y AC dijo:
¡HÁGASE LA LUZ!
Y la luz se hizo…


FIN

2024/12/30

La respuesta (Fredric Brown)


Título original: Answer
Año: 1954


Dwar Ev soldó ceremoniosamente la última conexión con oro. Los ojos de una docena de cámaras de televisión le contemplaban y el subéter transmitió al universo una docena de imágenes sobre lo que estaba haciendo.
Se enderezó e hizo una seña a Dwar Reyn, acercándose después a un interruptor que completaría el contacto cuando lo accionara. El interruptor conectaría, inmediatamente, la totalidad de aquel monstruo de máquinas computadoras con todos los planetas habitados del universo —los noventa y seis mil millones— en el supercircuito que los conectaría a todos con una supercalculadora, una máquina cibernética que combinaría todos los conocimientos de todas las galaxias.
Dwar Reyn habló brevemente a los miles de millones de espectadores y oyentes. Después, tras un momento de silencio, dijo:
—Ahora, Dwar Ev.
Dwar Ev accionó el interruptor. Se produjo un impresionante zumbido, la onda de energía procedente de noventa y seis mil millones de planetas. Las luces se encendieron y apagaron a lo largo de los muchos kilómetros de longitud de los paneles.
Dwar Ev retrocedió un paso y lanzó un profundo suspiro.
—El honor de formular la primera pregunta te corresponde a ti, Dwar Reyn.
—Gracias —repuso Dwar Reyn—, será una pregunta que ninguna máquina cibernética ha podido contestar por sí sola.
Se volvió de cara a la máquina.
—¿Existe Dios?
La impresionante voz contestó sin vacilar, sin el chasquido de un solo relé.
—Sí, ahora existe un Dios.
Un súbito temor se reflejó en la cara de Dwar Ev. Dio un salto para agarrar el interruptor.
Un rayo procedente del cielo despejado le abatió y produjo un cortocircuito que inutilizó el interruptor. 

FIN

2024/09/23

El gran C (Philip K. Dick)


Título original: The Great C
Año: 1953


No le dijeron las preguntas hasta que llegó la hora de partir. Walter Kent le apartó de los demás, puso las manos sobre los hombros de Meredith y le miró a los ojos con expresión concentrada.
—Recuerda que nadie ha regresado jamás. Si vuelves serás el primero; el primero en cincuenta años.
Tim Meredith asintió, nervioso y azorado, aunque agradecía las palabras de Kent. Después de todo, Kent era el jefe de la Tribu, un majestuoso anciano de barba y cabellos grises. Un parche le cubría el ojo derecho, y llevaba dos cuchillos en el cinturón, en lugar de uno solo. Y, además, se rumoreaba que sabía leer.
—El viaje apenas dura una jornada. Te daremos una pistola. Tiene balas, pero ignoramos cuáles se conservan en buen estado. ¿Has cogido las provisiones?
Meredith metió la mano en la mochila. Sacó una lata de metal y un abridor.
—Con esto será suficiente —dijo, dándole vueltas a la lata.
—¿Y agua?
Meredith agitó su cantimplora.
—Bien. 
Kent examinó al joven. Meredith calzaba botas de piel y polainas, y se cubría con un abrigo de cuero. Un casco de metal oxidado le protegía la cabeza. Unos binoculares sujetos por una gruesa cuerda le colgaban del cuello. Kent palmeó los pesados guantes que cubrían las manos de Meredith.
—Es el último par. Nunca más los volveremos a ver.
—¿Debo dejarlos allí?
—Confiamos en que los guantes... y tú... regresen.
Kent le tomó del brazo y se apartaron un poco más para que nadie pudiera oírles. El resto de la tribu, hombres, mujeres y niños, permanecía de pie en silencio a la entrada del Refugio y les observaba. El Refugio era de hormigón reforzado por postes que se habían añadido poco a poco. En tiempos remotos, una intrincada red de hojas y ramas colgaba sobre la entrada, pero se habían diseminado cuando los alambres se corroyeron y se partieron. De todos modos, ya nada podía advertir desde el cielo el pequeño círculo de hormigón, la entrada a las vastas cámaras subterráneas donde vivía la tribu.
—Te diré las tres preguntas —Kent se inclinó hacia Meredith—. ¿Tienes buena memoria?
—Sí.
—¿Cuántos libros te has aprendido de memoria?
—Tan sólo los seis que me leyeron —murmuró Meredith—, pero me los sé muy bien.
—Con eso me basta. Muy bien, escúchame con atención. Nos hemos tardado un año en decidir las preguntas. Por desgracia, sólo se pueden formular tres, así que las hemos elegido con mucha meticulosidad —y entonces susurró las tres preguntas en el oído de Meredith.
Luego siguió un largo silencio. Meredith meditó sobre las preguntas, y las repitió en su mente.
—¿Cree que el Gran C será capaz de contestarlas? —preguntó por fin.
—No lo sé. Son preguntas muy difíciles.
—Lo son —asintió Meredith—. Será mejor que recemos.
—Muy bien —Kent le palmeó en el hombro—. Ya puedes marchar. Si todo va bien, estarás de vuelta dentro de dos días. Te esperaremos con impaciencia. Buena suerte, muchacho.
—Gracias —dijo Meredith.
Caminó con parsimonia hacia los demás. Bill Gustavson le tendió una pistola sin decir palabra, con los ojos brillantes de emoción.
—Una brújula —dijo John Page, apartándose de su mujer, mientras ofrecía a Meredith una pequeña brújula militar.
Su mujer, una joven morena capturada a una tribu vecina, le dedicó una sonrisa alentadora.
—¡Tim!
Meredith se volvió. Anne Fry corrió hacia él. Se cogieron de las manos.
—Todo irá bien —dijo Meredith—, no te preocupes.
—Tim —la muchacha lo miró con intensidad—, Tim, cuídate mucho. ¿Lo harás?
—Por supuesto —sonrió y acarició con torpeza el corto y espeso pelo de Anne—. Volveré.
Sin embargo, su corazón estaba frío como un bloque de hielo. El frío de la muerte. Se alejó bruscamente de ella.
—Adiós —se despidió de todos.
La tribu dio media vuelta y le dejó solo. La única alternativa era cumplir su misión. Repasó las tres preguntas una vez más. ¿Por qué las habían elegido? Alguien debía ir a formularlas. Avanzó hacia el borde del claro.
—Adiós —gritó Kent, rodeado de sus hijos.
Meredith agitó la mano. Un momento después se internó en el bosque; llevaba en una mano el cuchillo y con la otra aferraba con fuerza la brújula.
Caminó a buen paso; cortaba con el cuchillo enredaderas y ramas que obstruían su avance. Divisó en ocasiones algunos insectos enormes que se deslizaban entre la hierba, incluso un escarabajo de color púrpura, casi tan grande como su puño. ¿Habían sido así las cosas antes de la Explosión? Probablemente no. Uno de los libros que había aprendido trataba de las formas de vida en el mundo antes de la Explosión y no recordaba que hablara de insectos gigantescos. Le vino a la memoria que reunían a los animales en rebaños y los mataban con regularidad. Nadie cazaba.
Acampó por la noche sobre una placa de hormigón, los restos de un edificio que ya no existía. Se despertó dos veces al oír cosas que se movían en la oscuridad, pero ninguna se acercó, y cuando salió el sol estaba sano y salvo. Abrió la lata y comió una ración. Luego recogió sus cosas y prosiguió el camino. Mediado el día, el contador que llevaba sujeto a la cintura empezó a sonar amenazadoramente. Se detuvo, tomó aliento y reflexionó.
Estaba cerca de las ruinas, por lo que los focos de radiación serían cada vez más numerosos. Le dio una palmadita al contador, un objeto muy necesario. Avanzó un poco y los zumbidos enmudecieron; había rebasado el foco. Subió una elevación, abriéndose paso entre las enredaderas. Un enjambre de mariposas aleteó ante su rostro y las dispersó a manotazos. Al llegar a la cumbre se irguió y alzó los binoculares.
A lo lejos distinguió una mancha negra en el centro de una infinita extensión verde; un lugar arrasado, una gran franja de tierra quemada, metal y hormigón fundidos. Contuvo el aliento. Eran las ruinas, se aproximaba. Contemplaba por primera vez en su vida los restos de una ciudad, las columnas truncadas y los cascotes que habían sido edificios y calles.
De pronto, un impetuoso pensamiento cruzó por su mente. ¡Podría esconderse en lugar de ir allí! Podía refugiarse entre los arbustos y esperar. Después, cuando todos creyeran que había muerto, cuando los exploradores de la tribu hubieran regresado, partiría en dirección al norte.
El norte. Sabía que existía otra tribu, una gran tribu. Entre ellos estaría a salvo. No le encontrarían y, en cualquier caso, la tribu del norte tenía bombas y globos de bacterias. Si conseguía llegar...
No. Inspiró profundamente. Estaba en un error. Le habían designado para este viaje. Cada año le tocaba el turno a un joven como él, portador de tres preguntas muy meditadas. ¿Podría responderlas el Gran C? ¿Las tres? Se decía que el Gran C lo sabía todo. Había respondido a todo tipo de preguntas durante un siglo, en el interior de su casa en ruinas. Si él no iba, si no enviaban a ningún joven... Se encogió de hombros. Provocaría una segunda Explosión igual a la anterior. Ya lo había hecho una vez; no dudaría en hacerlo de nuevo. No tenía otra elección que continuar.
Meredith bajó los binoculares y descendió por la ladera de la colina. Una enorme rata gris pasó corriendo ante él. Sacó el cuchillo con rapidez, pero la rata no le atacó. Las ratas eran malignas. Portaban gérmenes.
Media hora después, su contador sonó con mucha intensidad. Retrocedió. Un pozo, el cráter de una bomba todavía sin rellenar del todo, abría su boca frente a él. Lo mejor sería dar un rodeo. Se movió con grandes precauciones. El contador sonó una vez, pero eso fue todo. Un rápido siseo, como el zumbido de una bala. Después, silencio. Estaba a salvo.


A media tarde comió otra ración y bebió agua de la cantimplora. Ya no quedaba mucho; llegaría antes del anochecer. Caminaría entre las calles destruidas hacia la masa irregular de piedras y columnas que era su casa. Subiría la escalera. Se lo habían descrito muchas veces. Cada piedra estaba representada en el mapa que guardaban en el Refugio. Conocía de memoria la calle que desembocaba en la casa. Conocía las enormes puertas derrumbadas, rotas en mil pedazos. Conocía el aspecto de los oscuros y vacíos pasillos. Entraría en la inmensa cámara, la oscura sala poblada de murciélagos y arañas, estremecida por el eco de los sonidos. Y allí encontraría lo que buscaba: El Gran C. Esperaría en silencio, esperaría para escuchar las preguntas. Tres..., sólo tres. Después de escucharlas reflexionaría y meditaría. En su interior se producirían zumbidos y destellos. Se moverían piezas, tubos, interruptores y bobinas. Los relés se abrirían y cerrarían.
¿Sabría las respuestas?
Siguió adelante. Las ruinas aumentaban de tamaño, al otro lado del impenetrable bosque.

El sol empezaba a palidecer cuando trepó a la cumbre de una colina de rocas y contempló lo que mucho tiempo atrás había sido una ciudad. Sacó la linterna y la encendió. La luz parpadeó y se debilitó; las pilas estaban casi agotadas. Pese a todo, pudo distinguir las calles destruidas y montones de cascotes: Los restos de la ciudad en la que había vivido su abuelo.
Saltó entre las rocas y aterrizó con un golpe seco en la calle. El contador se disparó al instante, pero lo ignoró. No había otra entrada. Por el otro lado, una barrera de escoria cortaba el acceso. Anduvo lentamente, respirando con fuerza. Algunos pájaros se posaban sobre las piedras a la luz incierta del crepúsculo y, de vez en cuando, un lagarto reptaba entre los cascotes hasta desaparecer en una grieta. Existía algún tipo de vida, al menos. Pájaros y lagartos se habían adaptado a las nuevas condiciones de vida, pero no así los hombres y los animales de mayor tamaño. Incluso los perros salvajes se mantenían alejados de lugares semejantes. Y ya comprendía por qué.
Siguió hacia su objetivo, alumbrándose con la débil luz de la linterna. Bordeó un enorme cráter, parte de un refugio subterráneo. A ambos lados se alzaban cañones semidestruidos. Ni siquiera había disparado un fusil. Su tribu tenía muy pocas armas de metal. Dependían de lo qué ellos mismos fabricaban: Lanzas, dardos, arcos y flechas, mazas de piedra.
Un coloso, los restos de un enorme edificio, apareció ante sus ojos. La luz de la linterna no consiguió abarcar toda su envergadura. ¿Sería la casa? No, se hallaba más lejos. Después saltó sobre lo que había sido una barricada: Planchas de metal, sacos de arena y alambradas.
Llegó al cabo de un momento.
Se detuvo con los brazos en jarras y contempló los escalones de hormigón que conducían hasta la negra cavidad que era la puerta. Había alcanzado su objetivo. Un paso más y ya no podría retroceder. Si lo daba, era definitivo. La decisión estaría tomada en cuanto pisara los escalones. Era corta la distancia entre la puerta y el centro del edificio.
Meredith reflexionó durante largo rato mientras se acariciaba su barba negra. ¿Qué iba a hacer? ¿Dar media vuelta y regresar? Podría matar con su pistola los suficientes animales para sobrevivir. Y luego, hacia el norte...
No. Contaban con él para formular las tres preguntas. Si no lo hacía, otro le reemplazaría tarde o temprano. Ya no podía retroceder. La decisión había sido tomada cuando fue elegido. Ahora era demasiado tarde.
Inició el ascenso por los semidestrozados escalones a la luz de la linterna. Se detuvo en la entrada. Distinguió algunas palabras grabadas en el hormigón. Sabía leer un poco. ¿Podría descifrarlas? Las deletreó poco a poco: 

ESTACIÓN DE INVESTIGACIÓN FEDERAL 7 ACCESO PERMITIDO PREVIA AUTORIZACIÓN.

Las palabras no significaban nada para él, excepto, tal vez, la palabra "federal". La había oído antes, pero no podía identificarla. Se encogió de hombros. No importaba. Siguió adelante.
En pocos minutos se orientó por los pasillos. En una ocasión giró a la derecha por equivocación y se encontró en un patio sembrado de piedras y alambres en el que crecían rastrojos oscuros y pegajosos, pero después tomó la precaución de ir palpando la pared para no apartarse de la senda correcta. A veces, el contador sonaba, pero no le hacía caso. Por fin, una ráfaga de aire seco y fétido le golpeó en el rostro y la pared de hormigón se terminó de repente. Había llegado. Examinó los alrededores con la linterna. Enfrente vislumbró una abertura, una arcada. Ahí era. Levantó los ojos y descubrió más palabras, grabadas en una plancha de metal clavada en la pared.

DIVISIÓN DE INFORMÁTICA
SÓLO SE PERMITE LA ENTRADA AL PERSONAL AUTORIZADO
ABSTÉNGANSE LOS DEMÁS

Sonrió. Palabras, símbolos, letras. Todo desaparecido, todo olvidado. Atravesó la arcada y notó una nueva corriente de aire. Un murciélago asustado aleteó, casi rozándole. Por el sonido de sus botas comprendió que la cámara era enorme, mucho más grande de lo que imaginaba. Tropezó con algo y encendió la linterna en seguida.
Al principio no pudo discernir de qué objetos se trataban. La cámara estaba llena de cosas, filas de cosas verticales, polvorientas; había cientos de ellas. Las contempló con el ceño fruncido y meditó. ¿Qué serían? ¿Ídolos, estatuas? Luego recordó: Servían para sentarse. Filas de sillas semipodridas o rotas en pedazos. Le propinó una patada a una y se convirtió en una nube de polvo que se disipó en las tinieblas. Lanzó una carcajada.
—¿Quién anda ahí? —preguntó una voz.
Experimentó un escalofrío. Abrió la boca, pero no emitió sonido alguno. Un sudor helado le resbaló por la piel. Tragó saliva y se cubrió los labios con sus dedos ateridos.
—¿Quién anda ahí? —repitió la voz, una voz metálica, dura y penetrante, carente de entonación, fría e inexpresiva.
Una voz de acero y metal. Relés y conmutadores.
¡El Gran C!
Estaba aterrorizado, más aterrorizado que nunca. Su cuerpo temblaba de pies a cabeza. Avanzó por el pasillo con paso inseguro, dejó atrás las sillas carcomidas y dirigió el haz de luz hacia adelante.
Un panel luminoso centelleó a lo lejos, por encima de su cabeza. Se oyó un zumbido. El Gran C volvía a la vida ante su presencia, despertaba de su letargo. Se encendieron más luces y los sonidos de relés e interruptores se multiplicaron.
—¿Quién eres? —dijo la máquina.
—Yo... he venido a hacerte unas preguntas —Meredith caminó a tientas hacia el panel luminoso. Se golpeó con una barra de metal y retrocedió con la intención de recuperar el equilibrio—. Tres preguntas. He de hacértelas.
Hubo un silencio.
—Sí —dijo por fin el Gran C—. Ha llegado la hora de hacer más preguntas. ¿Las tienes preparadas?
—Sí. Son muy difíciles. No creo que las aciertes con facilidad. Quizás, incluso, no sepas las respuestas. Nosotros...
—responderé. Siempre he respondido. Acércate más.
Meredith se internó en el pasillo, tratando de no tropezar con la plancha de metal.
—Sí, sabré las respuestas. Crees que son difíciles. No tienes ni idea de lo que se me ha llegado a preguntar en el pasado. Antes de la Explosión respondí a preguntas que ni siquiera puedes concebir. Respondí a preguntas que me obligaron a reflexionar durante días, preguntas que habrían tenido ocupados a muchos hombres durante varios meses para hallar la respuesta.


Meredith se armó de valor.
—¿Es cierto que vienen hombres de todas las partes del mundo para hacerte preguntas?
—Sí. Científicos de todas partes me han preguntado cosas, y yo les respondí. No hay nada que no sepa.
—¿Cómo... cómo cobraste vida?
—¿Es una de las tres preguntas?
—No —Meredith negó con la cabeza—. No, claro que no.
—Acércate más —dijo el Gran C—. No te veo bien. ¿Eres de la tribu que hay cerca de la ciudad?
—Sí.
—¿Cuántos son?
—Varios centenares.
—Están creciendo.
—Cada vez nacen más niños —Meredith hinchó el pecho con orgullo—. Yo he tenido hijos de ocho mujeres.
—Maravilloso —dijo el Gran C, pero Meredith no captó la ironía.
Hubo un momento de silencio.
—Tengo un arma —confesó Meredith—. Una pistola.
—¿De veras?
—Nunca he disparado una pistola. Tenemos balas, pero aún no sé si funcionan.
—¿Cómo te llamas?
—Meredith, Tim Meredith.
—Eres un hombre joven, por supuesto.
—Sí. ¿Por qué?
—Ahora te veo muy bien —siguió el Gran C, sin hacer caso de su pregunta—. Parte de mi instalación fue destruida en la Explosión, pero todavía puedo ver un poco. Antes resolvía cuestiones matemáticas visualmente. Ahorraba tiempo. Veo que llevas casco y binoculares, así como botas del ejército. ¿Dónde los conseguiste? Tu tribu no fabrica esas cosas, ¿verdad?
—No. Las encontramos en depósitos subterráneos.
—Equipo militar salvado de la Explosión —explicó el Gran C—. Equipo de las Naciones Unidas, a juzgar por el color.
—¿Es verdad que... que podrías provocar una segunda Explosión como la primera? ¿Podrías repetirla?
—¡Por supuesto! En cualquier momento. Ahora mismo.
—¿Cómo? —preguntó Meredith con cautela—. Dime cómo.
—Al igual que entonces —divagó el Gran C—. Ya lo hice una vez... como tu tribu sabe.
—Nuestras leyendas cuentan que el mundo estalló en llamas, que los... átomos causaron la tragedia, que inventaste los átomos y los lanzaste sobre el mundo desde arriba. Sin embargo, no sabemos cómo sucedió.
—Nunca te lo diré. Es demasiado terrible. Es mejor olvidar.
—Si tú lo dices, será así —murmuró Meredith—. Los hombres siempre te han escuchado. Han venido, preguntado y escuchado.
—Hace mucho tiempo que existo —dijo el Gran C después de permanecer unos minutos en silencio—. Recuerdo la vida antes de la Explosión. Te podría contar muchas cosas. La vida era muy diferente en aquel entonces. Llevas barba y cazas animales en los bosques. Antes de la Explosión no había bosques, sólo ciudades y granjas. Los hombres iban bien afeitados. Muchos llevaban ropas blancas; eran científicos, gente muy bondadosa. Los científicos me construyeron.
—¿Qué les sucedió?
—Se fueron —divagó de nuevo el Gran C—. ¿Te dice algo el nombre de Albert Einstein?
—No.
—Fue el más importante de todos los científicos. ¿Seguro que no te suena el nombre? —el Gran C parecía disgustado—. Respondí a preguntas que ni siquiera él pudo contestar. Había otros computadores, pero ninguno tan grande como yo.
Meredith asintió con la cabeza.
—¿Cuál es tu primera pregunta? Dímela y te responderé.
El pánico hizo mella en Meredith. Sus rodillas entrechocaron.
—¿La primera pregunta? —murmuró—. Espera un momento, deja que piense.
—¿La has olvidado?
—No, pero quiero ponerlas en orden —se humedeció los labios y tiró de la barba con nerviosismo—. Déjame pensar. La primera es la más fácil, aunque no deja de ser difícil. El jefe de la Tribu...
—pregunta.
Meredith asintió. Levantó la vista y tragó saliva. Cuando habló lo hizo con voz seca y ronca.
—La primera pregunta. ¿De dónde...? ¿De dónde...?
—Más alto —dijo el Gran C.
—¿De dónde viene la lluvia? —soltó Meredith después de tomar aliento.
Hubo un silencio.
—¿Lo sabes? —inquirió nervioso. Filas de luces parpadearon sobre su cabeza. El Gran C meditaba, reflexionaba. Emitió un zumbido bajo y profundo—. ¿Sabes la respuesta?
—La lluvia proviene de la tierra, especialmente de los océanos. Se eleva en el aire por un proceso de evaporación. El agente causante es el calor del sol. La humedad de los océanos asciende en forma de partículas diminutas. Estas partículas, al alcanzar una cierta altura, se introducen en una franja de aire más fría. En ese momento se produce la condensación. La humedad se concentra en grandes nubes. Cuando existe la concentración necesaria, el agua cae en gotas. Llaman a estas gotas lluvia.
Meredith se frotó el mentón, pasmado, y asintió.
—Comprendo —volvió a mover la cabeza en un gesto afirmativo—. ¿Así sucede?
—Sí.
—¿Estás seguro?
—Desde luego. ¿Cuál es la segunda pregunta? Ésta no era muy difícil. No tienes ni idea de la cantidad de conocimientos e información que tengo almacenados. En cierta ocasión respondí preguntas que ninguno de los grandes cerebros del mundo pudo resolver. Al menos, con la misma rapidez que yo. ¿Cuál es la siguiente pregunta?
—Ésta es mucho más difícil —Meredith dibujó una débil sonrisa. El Gran C había respondido a la pregunta sobre la lluvia, pero quizá no supiera la respuesta a la siguiente—. Dime, si puedes, ¿por qué el Sol siempre se mueve en el cielo? ¿Por qué no se para? ¿Por qué no cae a tierra?
El Gran C emitió un singular zumbido, casi una carcajada.
—La respuesta te sorprenderá. El Sol no se mueve. De hecho, lo que tú percibes como un movimiento no lo es en absoluto. Lo que percibes es el movimiento de la Tierra alrededor del Sol. Como estás en la Tierra, da la impresión de que tú estás quieto y el Sol se mueve, pero no es así. Los nueve planetas, incluyendo la Tierra, giran alrededor del Sol en órbitas elípticas regulares. Lo han hecho durante millones de años. ¿Responde esto a tu pregunta?
El corazón de Meredith se encogió. Empezó a temblar con violencia. Por fin, consiguió recuperar el control.
—Apenas puedo creerlo. ¿Me dices la verdad?
—Yo sólo conozco la verdad. Me resulta imposible mentir. ¿Cuál es la tercera pregunta?
—Espera —dijo Meredith con voz apagada—, déjame pensar un momento —se apartó a un lado—. Debo reflexionar.
—¿Por qué?
—Espera.
Meredith retrocedió unos pasos. Se acuclilló en el suelo y fijó la vista al frente, como aturdido. No era posible: El Gran C había respondido a las primeras preguntas sin el menor error. ¿Cómo podía saber esas cosas? ¿Cómo era posible que alguien supiera cosas acerca del sol o del cielo? El Gran C estaba prisionero en su propia casa. ¿Cómo sabía que el sol no se movía? La cabeza le rodaba. ¿Cómo podía saber algo que no había visto? Quizá gracias a los libros. Agitó la cabeza, confuso. Quizás antes de la Explosión le habían leído libros. Frunció el ceño y apretó los labios. Probablemente sería así. Se irguió poco a poco.
—¿Ya estás preparado? —interrogó el Gran C—. Pregunta.
—Es imposible que respondas a ésta. Ningún ser viviente lo sabe. Ahí va la pregunta: ¿Cómo empezó el mundo? —Meredith sonrió—. No puedes saberlo. No existías antes que el mundo; por tanto, es imposible que sepas la respuesta.


—Existen varias teorías. La más satisfactoria es la hipótesis nebular. Según ésta, una gradual concentración...
Meredith escuchaba sin apenas oír las palabras, estupefacto. ¿Sería posible? ¿Sabría el Gran C el misterio de la formación del mundo? Se obligó a prestar atención a sus palabras.
—... si le concedemos más crédito que a las otras, existen varias formas de verificar esta teoría. De las restantes, la más popular, aunque bastante desacreditada a estas alturas, se refiere a que una segunda estrella se aproximó demasiado a la nuestra y provocó un violento...
El Gran C prosiguió interminablemente, entusiasmado con el tema. Estaba claro que disfrutaba con la pregunta. Estaba claro que era el tipo de pregunta que le habían planteado con más frecuencia antes de la Explosión. Había respondido con la mayor facilidad a las tres preguntas que la Tribu había preparado con tanta meticulosidad durante todo un año. No parecía posible; Meredith se sentía desorientado.
El Gran C terminó su perorata.
—¿Y bien? ¿Estás satisfecho? Como puedes ver, sabía las respuestas. ¿Imaginaste por un momento que no sabría contestarlas?
Meredith no dijo nada. Estaba petrificado, aterrorizado. El sudor le resbalaba por el rostro y le caía sobre la barba. Abrió la boca, pero las palabras se negaron a salir.
—Y ahora —dijo el Gran C—, ya que he respondido a tus preguntas, haz el favor de avanzar hacia aquí.
Meredith obedeció, rígido y con la vista fija al frente como si estuviera en trance. Las luces se encendieron a su alrededor e iluminaron la sala. Por primera vez vio al Gran C. Por primera vez las tinieblas retrocedieron.
El Gran C, un inmenso cubo de oxidado y deslustrado metal, descansaba sobre un soporte elevado. Parte del techo se había desmoronado, y bloques de hormigón habían mellado su costado derecho. Tubos de metal y piezas sueltas, destrozados y retorcidos elementos dañados por la caída del techo, estaban diseminados en torno al soporte.
Tiempo atrás, el Gran C había sido brillante; ahora estaba sucio y manchado. Había penetrado agua de lluvia y barro a través del techo roto. Los pájaros habían dejado como señales de su paso plumas y excrementos. La mayoría de los cables que conectaban el cubo con el panel de control se habían partido en el instante de la Explosión.
Pero había algo más mezclado con los restos de cable y metal amontonados alrededor del soporte: Pequeñas pirámides de huesos que dibujaban un círculo en torno al Gran C. Huesos, trozos de tela, hebillas de cinturón, agujas, un casco, algunos cuchillos, una lata de comida...
Los restos de los cincuenta jóvenes que habían acudido antes para formular tres preguntas, todos rezando y confiando en que el Gran C no sabría las respuestas.
—Sube —ordenó el Gran C.
Meredith trepó al soporte. Una escalerilla de metal conducía a lo largo del cubo. Subió por ella sin comprender lo que hacía, aturdido, con la mente en blanco, actuando como una máquina. Una parte de la superficie de metal chirrió y se deslizó a un lado.
Meredith miró hacia abajo. Vio una remolineante cuba de líquido.
Una cuba sepultada en las entrañas del Gran C. Vaciló, se recuperó en parte y dio un paso atrás.
—Salta —dijo el Gran C.
Meredith, con los ojos fijos en la cuba, paralizado de horror, osciló por un momento en el borde. Notaba un zumbido en la cabeza, su visión se hacía borrosa. La sala empezó a girar lentamente a su alrededor. Se balanceaba adelante y atrás.
—Salta —repitió el Gran C.
Saltó.
El rectángulo de metal se cerró un segundo más tarde. La superficie del cubo no presentaba la menor rendija.
En las profundidades de la maquinaria, la cuba de ácido clorhídrico remolineó y tiró del cuerpo inerte que yacía en su interior. El cuerpo empezó a disolverse en seguida, y los elementos fueron absorbidos por tubos y conductos que los repartieron con gran rapidez a todos los componentes del Gran C. El movimiento cesó por fin. El enorme cubo enmudeció.
El último acto de la absorción consistió en la apertura de una diminuta ranura en la parte delantera del Gran C, por la que fue arrojada, expulsada, una materia gris: Huesos, y también un casco de metal. Cayeron junto a los demás montoncitos agrupados ante el cubo y se reunieron con los restos de los cincuenta emisarios anteriores. Entonces se apagó la última luz y la maquinaria cesó de emitir sonidos. El Gran C inició su larga espera de un año.

Pasado el tercer día, Kent comprendió que el joven no volvería. Regresó al Refugio con los exploradores de la Tribu, huraño, contrito y silencioso.
—Hemos perdido otro —rezongó Page—. ¡Estaba tan seguro de que no contestaría a esas tres! Un año de trabajo desperdiciado.
—¿Seguiremos adelante con estos sacrificios? —preguntó Bill Gustavson—. ¿Durarán siempre, año tras año?
—Algún día daremos con una pregunta que no pueda responder —aseguró Kent—. Entonces nos dejará en paz. Si le derrotamos, no tendremos que seguir alimentándole. ¡Si pudiéramos encontrar la pregunta adecuada!
Anne Fry, pálida, se le acercó.
—¿Walter?
—¿Sí?
—¿Es así como... como se mantiene con vida? ¿Siempre ha dependido de nosotros? No puedo creer que seres humanos sean capaces de mantener a esa máquina con vida.
—Debía utilizar algún alimento artificial antes de la Explosión —Kent agitó la cabeza—, pero luego ocurrió algo. Quizá sus conductos alimentarios fueron dañados o destrozados, y cambió sus costumbres. Supongo que fue así. Nosotros también cambiamos nuestras costumbres. Hubo un tiempo en que los seres humanos no cazaban ni mataban animales, como hubo un tiempo en el que el Gran C no devoraba seres humanos.
—¿Por qué... por qué desencadenó la Explosión, Walter?
—Para demostrarnos que era más fuerte que nosotros.
—¿Siempre fue más fuerte que los hombres?
—No. Dicen que, hace mucho tiempo, el Gran C no existía, que el hombre lo creó para que le explicara cosas. Sin embargo, poco a poco se hizo cada vez más fuerte, hasta que por fin se apoderó de los átomos.., y los átomos causaron la Explosión. Ahora se halla fuera de nuestro alcance. Su poder nos ha convertido en esclavos. Adquirió demasiada fuerza.
—Pero llegará un día en que no sabrá la respuesta —dijo Page.
—Y, según la tradición, nos dejará en libertad. Dejará de utilizarnos como alimento.
Page apretó los puños y volvió la vista hacia el bosque.
—Ese día no tardará en llegar. ¡Algún día encontraremos una pregunta demasiado difícil para él!
—Pongamos manos a la obra —dijo sobriamente Gustavson—. Cuanto antes empecemos a prepararnos para el año que viene, mejor.


FIN