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2026/02/16

La isla del conquistador (Nelson Bond)


Título original: Conquerors' Isle
Año: 1946

 
—Tiene usted que creer lo que le cuento —dijo Brady. Hablaba con tono reconcentrado, apretando ferozmente los nudillos, con la mirada fija en su interlocutor, de mayor edad que él—. Sé que parece totalmente imposible. Parece sin pies ni cabeza. Por eso estoy aquí. ¡Pero es la verdad y usted tiene que creerla! Tiene que creerla, señor.
Terminó con estas palabras, en reconocimiento tácito del rango superior del hombre con quien hablaba.
El teniente coronel Gorham dijo con voz suave:
—Tranquilícese, teniente. Yo estoy aquí para celebrar consulta con usted en mi calidad de médico, no para ordenar que le sometan a tratamiento, como un oficial de superior graduación haría. ¿Y si hiciésemos caso omiso de los galones, mientras usted me lo cuenta todo?
Joe Brady sonrió. Era su primera sonrisa en muchas semanas y le costó un esfuerzo hacerla. Sus labios se plegaron en un rictus tembloroso, pero sus ojos seguían siendo ventanas vacías abiertas sobre el tormento.
—Gracias, doctor —dijo—. ¿Por dónde quiere usted que empiece?
Gorham hojeó las páginas del historial clínico del teniente. Los subrayados hechos al azar ponían de relieve tres años de servicio ejemplar, si bien no espectacular: "Brady, Joseph Travers... Edad, 24... Graduado, U.S.S. Stinger... Teniente 1942... Citación de grupo... Citación individual... Propuesto para..."
—Es su historial —dijo el doctor midiendo sus palabras—. Usted sabrá lo que quiere que yo sepa o crea. Todo empezó, según creo, en el curso de su última misión de bombardeo, ¿no es eso?
—Exactamente. O mejor dicho, entonces es cuando todo comenzó para mí. Aquello venía sucediendo desde antes... desde mucho tiempo antes. Años, a buen seguro; quizá décadas.
Los dedos de Brady se clavaban como garras sobre la mesa.
—¡Alguien tiene que tomar alguna decisión, doctor! El tiempo vuela, y a cada día que pasa ellos se hacen más fuertes. Tengo que hacer que la gente se percate...
—¿Y si empezásemos desde el principio? —sugirió Gorham—. ¿Por qué no empieza usted contándome lo que sucedió en su último y desdichado vuelo?
El tono tranquilo y reposado con que hablaba produjo un efecto sedante sobre el joven. La voz de Brady perdió su nota histérica.
—Sí, señor —dijo—. Muy bien, señor. Verá usted, pues; sucedió así.
—Terminada nuestra misión —dijo el teniente Brady— regresábamos a la base. Ésta era, como es de suponer, el portaaviones Stinger. Ahora que la guerra ha terminado, puedo decirle dónde nos hallábamos y cuál era nuestra misión. Patrullábamos por la parte meridional del Mar de China, poco más o menos a la altura de Palawan, entre Filipinas e Indochina. Nuestra misión consistía en hostilizar la navegación enemiga en aquella zona, cortando la línea de abastecimientos vitales que iba de los Estrechos a las islas niponas. Nuestra fuerza de choque se hallaba en disposición de apoyar una docena de desembarcos desde Labuan a Hainan, y nuestra arma aérea hacía fintas regulares a las diversas concentraciones de fuerzas enemigas, para confundir a los japoneses.
»Nuestro último objetivo fue Songcau, y regresábamos de este puerto cuando sucedió lo que voy a contarle.
»Avizoramos a un mercante que avanzaba costeando, y comuniqué con el jefe de la escuadrilla para pedirle que me permitiese descargar una pesada bomba que devolvía sin haberla soltado aún. Él me dio su consentimiento, y nosotros nos separamos de la formación. El mercante abrió un fuego infernal contra nosotros con todas las armas que tenía a bordo, pero era como si nos echase pompas de jabón. Nosotros pusimos nuestro hermoso huevo en su popa, y el barco saltó en pedazos como si fuese de juguete. Ya sabe usted... se aprieta un botón y... ¡Bum!
»Así liquidamos este asunto, y lo estábamos comentando enardecidos aún, cuando de pronto nos dimos cuenta de que perdíamos altura de una manera vertiginosa. Al parecer el mercante murió como una rata, arañando y mordiendo en su agonía. Un pedazo de plancha de su casco perforó uno de nuestros depósitos de las alas, y empezamos a rociar de gasolina todo el Mar de China del Sur.
»Sin embargo, eso no nos inquietó, por el momento. La Armada vigila a sus ovejas descarriadas, y sabíamos que una hora después de vernos obligados a embarcar en nuestros botes neumáticos, seríamos localizados por una expedición de salvamento. Así es que comunicamos la mala noticia al jefe de la escuadrilla y aceptamos su condolencia con filosofía; y sin excesiva preocupación vimos cómo los cazas se convertían en motitas negras mientras nosotros avanzábamos penosamente, haciendo que nuestro pato herido recorriese el mayor número de millas antes de caerse.
»Sería fastidioso, nos decíamos, y molesto. Pero no sería peligroso. Eso es lo que pensábamos.
»Eso es lo que pensábamos, en buena lógica y a fuer de chicos prácticos.
Pero en el sur del Pacífico la lógica y la razón no sirven de nada.
»Unos diez minutos después de haber perdido de vista a la escuadrilla, y con dos dedos de gasolina en el depósito, cuando ya estábamos a punto de amerizar en un cielo azul tranquilo y despejado, surgieron como por ensalmo negros e imponentes nubarrones, una lluvia diluvial y un ululante huracán de más de cien kilómetros por hora, que nos levantó y se nos llevó girando como una brizna de paja.
»No tengo la menor idea del tiempo que duró aquel frenético cabalgar nocturno. No tenía tiempo de consultar el reloj; todo cuanto podía hacerse era mantener a la Ardiente Alicia —éste era el nombre de nuestro aparato— de cara a aquel vendaval. Éste nos arrastraba, nos sacudía, nos levantaba y nos dejaba caer, haciéndonos girar como si pesásemos gramos y no toneladas. No podíamos elevarnos por encima de la tempestad, como es de suponer; teníamos que permanecer sentados en nuestros puestos, esperando lo que viniese. Creo que por lo menos una docena de veces yo estuve seguro de que íbamos a ser precipitados contra el mar, pero cada vez aquel caprichoso ventarrón nos elevó en sus brazos para seguir jugando con nosotros.
»Los tres estábamos con los nervios deshechos, llenos de golpes y contusiones, y terriblemente mareados y abrumados por la paliza fenomenal que nos daba la tempestad, y todos hubiéramos dado de buena gana un año de permiso en tierra por salir de aquel infierno. Y de pronto, súbitamente —de un modo tan repentino como se inició—, el tifón cesó por completo. Estábamos ensordecidos en el seno de un torbellino de viento y de lluvia, y al instante siguiente sobre nosotros se cernía un cielo limpio y un sol acogedor esparcía sus rayos sobre un mar azul y tranquilo, mientras bajo la sombra de nuestras alas se extendía el refugio rosado y verde de una isla tropical.
Gorham tosió cortésmente, interrumpiendo a su paciente.
—Perdóneme, teniente. Me gustaría tomar nota de esto. Puede ser importante. ¿Una isla, dice? ¿Qué isla?
Brady se encogió de hombros con gesto desvalido.


—No lo sé, señor. El vendaval nos había zarandeado y sacudido tan despiadadamente y durante tanto tiempo, que ninguno de nosotros era capaz de imaginarse dónde nos hallábamos. ¡Tanto podíamos estar a una milla, como a cincuenta o como a quinientas del punto donde nos alcanzó el tifón! —Su voz se hizo más resuelta—. Pero sea donde sea, tenemos que encontrar de nuevo esa isla. ¡Tenemos que encontrarla! Porque sepa usted que es la isla de Ellos. Si no la encontrarnos y los destruimos...
—¿Y si continuase su relato? —le indicó quedamente el doctor—. Dice usted que llegó a esa isla, no señalada en los mapas. Y supongo que aterrizaron felizmente en ella, ¿no es eso?
—Eso es, señor. Aterrizamos felizmente en una playa arenosa. Nos sentíamos llenos de júbilo por haber tomado tierra sanos y salvos, pero no sabíamos si aquel sitio era seguro. Ignorábamos si habíamos caído en territorio amigo o enemigo. En aquella remota parte del mundo cabía también la posibilidad de que los habitantes de la isla, caso de que ésta los tuviese, fuesen neutrales desde un punto de vista jurídico, sin dejar por eso de ser peligrosos. Dicho en otras palabras, podían ser aborígenes en estado salvaje y probablemente, cazadores de cabezas.
»Imagínese cuál sería, pues, nuestro placer y sorpresa, cuando pocos minutos después de desembarcar oímos un grito amistoso y vimos aproximarse a nosotros, desde el muro de follaje tropical que ceñía la playa, a un grupo de hombres blancos.
»No iban armados y nos dieron la bienvenida en inglés, sonrientes y llenos de cortés entusiasmo. Nos habían visto aterrizar, nos dijo el que parecía ser su jefe —un hombre más bien joven que se presentó a sí mismo como el doctor Grove—, y se apresuraron a salir a nuestro encuentro, por si alguno de nosotros necesitaba asistencia médica.
»Le aseguré que todos estábamos bien, y que lo único que necesitábamos era comida, descanso y algún medio para comunicar nuestra posición a la flota, que a la sazón debía de estar sin duda desplegada sobre la mitad del Pacífico meridional buscándonos.
»Él asintió.
—Tendrán ustedes comida y descanso —dijo cordialmente—. En cuanto a lo demás... esas cosas requieren tiempo en estas tierras primitivas. Ya nos ocuparemos de ello, sin embargo.
—Tenemos una emisora de radio en el avión... —empecé a decir, pero Jack Kavanaugh, nuestro telegrafista, denegó con la cabeza.
—¡La teníamos, jefe! Dejó de funcionar así que distinguimos esta isla. Debió de recibir algún que otro golpe durante la tempestad.
—Pero supongo que podrás arreglarla, ¿eh?
—Creo que sí, si no es nada grave. Espera primero a que la vea.
—Será lo mejor —asintió Grove—. Entretanto, espero que aceptarán ustedes nuestra humilde hospitalidad. Aquí no tenemos la suerte de recibir visitas con frecuencia. Será muy agradable conversar con ustedes. Si quieren tener la bondad de seguirme.
»No podíamos hacer otra cosa. Como ovejas conducidas al matadero —ciegas y confiadas y sin intentar luchar— le seguimos por la playa hasta embocar un tortuoso sendero que penetraba en la selva.
»Fue Tom Goeller, mi ametrallador, el primero en husmear que tal vez había visto algo raro en todo aquello. Entonces aún no había entrado en sospechas; sólo estaba sorprendido. Mientras caminábamos manifestó en voz alta la causa de su sorpresa:
—¿Desde dónde? ¡No lo entiendo!
—¿Qué es lo que no entiendes? —le pregunté—. ¿Y qué quieres decir con eso de... desde dónde? ¿Qué piensas, Tom?
—Pienso en ese Grove —gruñó Tom—. Dijo que nos vio aterrizar. Pero... ¿desde dónde? ¿Dónde demonios viven? ¿En los árboles? Antes de aterrizar contemplé detenidamente esta isla. La miré un buen rato desde arriba. Y no vi la menor traza de nada que pudiera parecer una casa.
»Yo asentí:
—¡Cáspita, tienes razón! Yo tampoco vi ninguna casa. Me pregunto si...
»Pero mi pregunta recibió respuesta antes de que terminase de formularla. De manera inexplicable nos detuvimos ante una especie de refugio de cemento que se alzaba bajo un enorme banano; una especie de colgadizo cubierto de manchas verdes y pardas... tan perfectamente camuflado para que se confundiese con lo que le rodeaba, que apenas podía vérsele desde diez metros de distancia, y mucho menos desde el aire.
Sonriendo, el doctor Grove se detuvo y dijo:
—Hemos llegado, señores. 
Oprimió un botón y la puerta del refugio se abrió.
—Pasen ustedes, hagan el favor.
»Kavanaugh habló con brusquedad:
—¿Que pasemos adónde? ¿Ahí dentro?
»Grove sonrió afablemente.
—No se alarmen. No es más que un ascensor. La entrada está a ras de suelo.
—¡Un ascensor! —exclamé—. ¿En esta selva? ¿Qué clase de juego es éste? ¿No irá usted a decirme que viven bajo tierra?
—Mi querido teniente —dijo con voz lánguida el atildado "Doctor"—. Más tarde tendré mucho gusto en explicárselo todo. Verá que es muy sencillo. Pero antes permítame que insista en que ustedes...
—¡Vaya! —le atajé—. ¿De modo que ahora insiste, eh? ¿Y si nosotros nos negásemos a entrar en su misterioso refugio? ¿Qué pasaría entonces?
—Entonces —dijo suspirando el doctor Grove— me vería obligado, lamentándolo mucho, a reforzar mis argumentos.
—¿Ah, sí? —rezongué—. Pues sigue adivinando, amigo. Ustedes son más que nosotros... pero da la casualidad que nosotros vamos armados.
Con estas palabras saqué mi automática y le encañoné con ella.
—Éste es un detalle que parece habérsele pasado por alto. Ahora...
—Ningún detalle se me pasa por alto, teniente —repuso Grove con flema imperturbable—. ¿Quiere usted hacer el favor de disparar su pistola? Si le repugna matar a un hombre a sangre fría —sus labios se plegaron en una sonrisa burlona— entonces dispare al aire.
Yo le contemplé estupefacto. Aquello no era una bravuconada. Se veía a la legua. Aquel hombre parecía divertirse enormemente, y se daba aires de desdeñosa superioridad.
—¡Cuidado, jefe —me dijo Goeller—, no caiga usted en la trampa! Quiere que dispare para que el tiro atraiga a los demás.
Grove sonrió:
—Se equivoca usted, amigo. No necesito ninguna ayuda. 
Introdujo una mano en su bolsillo del pecho y dijo:
—Muy bien. Ya que no acepta usted mi invitación...
Disparar era arriesgado, pero yo no podía hacer otra cosa.
—Perfectamente —barboté—. ¡Tú lo has querido!
Y oprimí el gatillo. Lo seguí oprimiendo esperando oír el disparo y ver cómo su cuerpo caía tendido a mis pies. ¡Mas no sucedió absolutamente nada!
Gorham, que escuchaba atentamente el relato, parpadeó.

 
—¿Quiere usted decir que erró el tiro... o que la pistola se encasquilló?
—Quiero decir —dijo Brady con desaliento— que el disparo no se produjo. No erré el tiro ni la pistola se encasquilló. Desde el punto de vista mecánico, el arma estaba en perfecto estado de funcionamiento, según comprobé más tarde al desmontarla y examinarla pieza por pieza. Pero se negaba a disparar en aquella isla.
Gorham dijo lentamente:
—¿Se negaba a disparar en aquella isla? —Contemplaba cautelosamente al joven, mientras trazaba garabatos con aire pensativo sobre su bloque de notas—. ¡Pero esto es increíble! ¿Por qué no quería disparar?
—No tardé en averiguarlo —respondió Brady ceñudo—. Esto, y muchas otras cosas...
»Me quedé inmóvil y sin habla, prosiguió Brady. No podía comprender lo que pasaba. De momento pensé —como usted— que la pistola se había encasquillado. Entonces me apercibí de pronto que mis compañeros también habían sacado sus pistolas... y que las contemplaban con la misma expresión de incredulidad que yo.
—¿Ven? —observó Grove, encogiéndose de hombros—. ¿Tendrán ahora la bondad de subir al ascensor?
—¡Ni que lo piense! —repuse, con cólera incontenible—. No comprendo lo que pasa aquí. Pero sea lo que sea, no quiero saber nada con ello. ¡Vamos, muchachos! ¡Marchémonos de aquí!
—Lo siento —dijo el doctor—. Me obliga usted a emplear medidas extremas. Le aseguro que lo hago con buena voluntad.
»Del bolsillo del pecho sacó un tubito parecido por su tamaño y su forma a una pluma estilográfica. Apuntándome con él... apuntándonos, sería mejor decir, vi surgir de su punta un radiante cono plateado.
»Intenté abalanzarme sobre él, apostrofándolo. Pero me quedé sin voz y sin movimiento cuando aquel curioso resplandor plateado cayó sobre mí. No era un gas. No tenía olor ni sabor; no quemaba, ni pinchaba, ni causaba ninguna clase de dolor. Pero me pareció como si me hubiese metido en un océano de pegajosas telarañas, o como si me hallase atrapado en una espesa malla de rayos de luna. No podía moverme ni hablar; sin embargo, era dueño de todos mis sentidos.
»Como en sueños oí que el doctor Grove ordenaba a sus acompañantes:
—Pónganlos en el montacargas. ¡Con cuidado!
»Entonces noté unas manos que me levantaban y me llevaban en andas; es difícil explicar aquella sensación... me parecía notarlas sobre mi cuerpo pero muy lejos, como si entre ellas y mi carne se interpusiesen varias capas de espuma de goma.
»También podía ver, pero sólo frente a mí, en la dirección hacia donde miraban fijamente mis pupilas. No podía mover los ojos. Así es que vi únicamente que el interior del montacargas era de metal liso y bruñido, que resultaba extraño en aquel lugar. Oí un zumbido de un motor eléctrico e intuí más que sentí el movimiento de nuestro rápido descenso.
»El doctor Grove se inclinó sobre mí, colocándose en mi campo visual.
—Lo siento, teniente —dijo—. Lamento de verdad haber tenido que apelar a la violencia. Pero como usted ve, las armas de fuego son inútiles en esta isla. No se permiten explosiones de ninguna clase a menos que se cuente con un permiso especial. Poseemos medios de inutilizar sus primitivos aparatos mecánicos. A eso se debe que sus pistolas no disparen y su radio se niegue a funcionar.
»Bullían en mi mente un millar de preguntas, pero no podía formularlas ni siquiera con la mirada. "¿Cuáles son esos medios?", hubiera deseado preguntarle. "¿Y quién, o qué, son ustedes que hablan de la radio como de un primitivo aparato mecánico? ¿Adónde vamos, y qué se proponen hacer con nosotros?" Todas estas preguntas me martilleaban el cerebro, pero no podía articularlas con la lengua. Entonces cesó la sensación de movimiento. Oí cómo se abría la puerta del ascensor, y nuestros captores volvieron a llevarnos en volandas, y oí voces que denotaban la presencia de muchas personas en aquellas catacumbas. Luego fui testigo silencioso de la conversación sostenida entre Grove y alguien que parecía ser superior.
—¿Qué es eso, Frater?
—Lo siento, Frater Dorden. Ha sido necesario. Se negaban a venir por su voluntad.
—Ya veo —escuché un suspiro—. Son muy pocos los que vienen libremente. Muy bien, pónganlos en los dormitorios hasta que se rehagan. Y trátenlos con delicadeza. Esos pobres diablos están muy asustados.
»Nuestro viaje prosiguió entonces a través de un dédalo de corredores de metal brillantemente iluminados, hasta que por último me hicieron pasar por una puerta y me depositaron suavemente sobre una litera. Me cubrieron con una manta fina; el agradable calorcillo que me infundió me dio a comprender cuan fatigado estaba. Yo no podía cerrar los ojos, pero las luces disminuyeron lentamente de intensidad, hasta que por último, sumido en las más profundas tinieblas, olvidé mis inquietudes en brazos de un sueño reparador.
»No sé si fueron las luces al encenderse de nuevo lo que me despertó, o si un control invisible las encendió automáticamente cuando yo me desperté. Sea como fuere, salí de mi letargo para hallar la estancia brillantemente iluminada de nuevo.
»Pero lo que era más importante era el hecho de que ya podía moverme. Saltando de la litera, corrí hacia la puerta, situada en el lado opuesto de la pieza, pero como ya suponía, la encontré cerrada. Así es que de momento deseché toda idea de huida, y me puse a observar el lugar donde me hallaba.
»Constaté que me encontraba solo. Al parecer nuestros captores nos habían puesto a cada uno de nosotros en una estancia o celda separada. La que yo ocupaba era de una sencillez espartana. Cuatro paredes de una sustancia metálica gris y opaca que de momento no pude identificar; un piso formado por una especie de caucho elástico o compuesto de plástico; y un techo bajo de material idéntico al que formaba las paredes. Una litera, una silla y una mesita constituían todo el mobiliario. No había decoración alguna sobre las paredes, ni alfombra en el suelo; y como es de suponer —pues nos hallábamos bajo tierra— no existían ventanas.
»Lo que más me sorprendió fue no descubrir el origen de la iluminación. Busqué en vano cualquier clase de lámpara de la cual proviniese la iluminación agradable y constante que inundaba la estancia. Nada descubrí. Tampoco se trataba de una iluminación indirecta. La cantidad de luz era constante y, por raro que pueda parecer, no producía sombras.
»Creo que fue entonces cuando empecé a asustarme. No quiero decir que me temblasen los labios o se me doblasen las piernas, pero sí que sentía miedo. Un miedo que me atenazó con su garra helada, el mismo que debe experimentar el conejillo caído en la trampa al ver aproximarse al cazador.
»Aquellos seres, aquellos hombres que hablaban con desdeñosa indiferencia de las más perfectas realizaciones de la humanidad, que empleaban a regañadientes y sin darle ninguna importancia armas y utensilios desconocidos para la ciencia... ¿Quiénes eran? ¿Y por qué nos habían separado? ¿Dónde estaban mis compañeros Kavanaugh y Goeller? De pronto, con un ansia desesperada, anhelé su compañía tranquilizadora.

 
»Me puse a gritar a voz en cuello. Nadie me respondió. Las paredes impasibles, al ser de metal debieran haber repetido el eco de mi voz llena de pánico. Pero como todo lo de aquel lugar extraño, se comportaron de un modo antinatural, absorbiendo el sonido, haciéndolo desaparecer como una esponja absorbe el agua.
»Me desgañité gritando. De nada servía hacerlo, pensé. Pero me equivocaba. Porque súbitamente oí un pequeño susurro a mis espaldas y, volviéndome, vi cómo el doctor Grove penetraba en la celda a través de la pared.
El teniente Brady se detuvo de pronto, para gozar con la reacción que experimentaría su oyente. Ésta no tardó en producirse. El doctor Gorham, a pesar de ser un curtido psiquiatra, dejó de hacer garabatos y dirigió una rápida y ansiosa mirada, que denotaba preocupación, a su joven paciente.
Con un evidente esfuerzo hizo desaparecer el rictus de incredulidad que afloraba en su semblante, y dijo suavemente:
—¿A través de la pared, teniente? Habrá querido decir a través de la puerta, supongo.
—A través de la pared —repuso Brady, con brío—. A través de la pared. La puerta estaba frente a mí. Pero el doctor Grove penetró en mi celda atravesando la sólida pared de metal.
—¿Pero no comprende usted —observó Gorham— que lo que está diciendo es imposible?
—Para nosotros sí —dijo Brady con mirada extraviada—. Para Ellos, nada es imposible. ¡Nada!, o casi nada. ¡Por esto debemos actuar, y actuar lo antes posible, antes de que sea demasiado tarde! ¡Tiene usted que creerme, doctor! Ésta es la última oportunidad de la especie humana...
—Haré lo que pueda —le prometió Gorham—. ¿Y si continuase? Dice usted que el doctor Grove penetró por la pared…
—Trataré de abreviar —dijo Brady con semblante desencajado—. Miraré de contarlo en cuatro palabras. No quiero hacerle perder más el tiempo. Por su expresión deduzco que no me cree. Pero alguien tiene que creerme. Pues bien, como le decía, el doctor Grove atravesó la pared. Y por extraño que le pueda parecer, inmediatamente dejó de dominarme el pánico. Seguía sintiendo temor, eso sí, pero era el temor que se siente ante un dios, un demonio o una fuerza implacable y elemental que está más allá de nuestra comprensión. No le contemplé con espanto, como se contempla a un enemigo humano que se abalanza sobre nosotros escupiendo fuego mortífero o blandiendo una espada ensangrentada; le contemplé con temor, pues comprendí que estaba tan por encima y tan lejos de mí en la escala biológica como yo lo estoy de un perro o de una bestia de carga.
»Y así fue nuestra conversación... no como de hombre a hombre, sino como la que sostendría un hombre con una criatura inferior. Y esa criatura inferior era yo. Él era el amo, yo el siervo. Y me contó muchas cosas.
»¿Nunca se le ha ocurrido pensar, doctor, que nosotros los humanos somos una raza egocéntrica? Nuestros sabios, como Darwin y Huxley, nos han dicho que somos el resultado de una evolución sostenida y progresiva; una evolución que se inició en el fango arcaico para irse desarrollando gradualmente hasta llegar a nuestro orgulloso y altivo estado de Homo sapiens.
»¡El Homo sapiens... el hombre inteligente...! Aunque quizá no seamos tan inteligentes como suponemos. En nuestra ceguedad y locura, tenemos la necia presunción de ser la última y gloriosa etapa del eterno devenir de la Naturaleza en pos de la perfección.
»¿No podíamos presumir que la misma fuerza que hizo pasar al primer pez pulmonado del cieno primigenio a la tierra firme, la fuerza que hizo nacer al hombre de Neanderthal de su bestial y peludo antecesor y dio a aquel troglodita que blandía armas de piedra una descendencia que se halla empeñada en labrarse su propia destrucción mediante la desintegración atómica... no podíamos haber conjeturado que aquella fuerza, de manera inevitable, podía haber dado un paso más?
»Esto es lo que sucedió. Hoy en día vive sobre la tierra una raza que representa este paso más en el progreso humano. Unas gentes para quienes nuestros pensamientos son tan primarios y elementales como lo es para nosotros la charla de los niños.
»Empiezan donde nosotros terminamos. Nuestra física y nuestra matemática, de la que tanto nos enorgullecemos, son para ellos el abecé que estudian los párvulos; la difícil ciencia adquirida trabajosamente por nuestros mejores intelectos, ellos la poseen intuitivamente. Sienten lo que nosotros tenemos que estudiar; y lo que para ellos es objeto de estudio, está más allá de toda nuestra comprensión. ¡Son los nuevos reyes de la creación... el Homo superior!
»Cómo llegaron a ser, es algo que ni siquiera ellos mismos saben. Usted, en su calidad de médico, debe saber mejor que yo lo que es esa fuerza que se conoce por el nombre de "mutaciones". Gracias a las mutaciones nace una rosa blanca entre rosas rojas, y la nueva raza blanca se mantiene desde entonces. Estos hombres nuevos son mutantes. Ellos —o los primeros de entre ellos— nacieron de padres normales. Pero desde la misma cuna intuyeron ya que ellos eran distintos. Poseedores de facultades telepáticas, pudieron descubrir a sus semejantes entre la multitud —e incluso a larga distancia— y así se unieron.
»Hace mucho tiempo —el doctor Grove no quiso decirme cuánto— la nueva raza resolvió aislarse de nosotros. Se trataba de una decisión lógica. Tenían tanto de común con nosotros como nosotros con nuestros animales domésticos. Son muy pocos los hombres que comen con sus perros o duermen en cuadras.
»Entonces buscaron esta isla apartada en pleno Pacífico, muy lejos de la civilización de los hombres inferiores. Allí es donde viven, estudian y trabajan, esperando con paciencia infinita a que llegue el día de salir de su escondrijo para apoderarse del mundo que les pertenece por herencia natural, como el Homo sapiens lo tomó de manos de su progenitor de frente huidiza, el Pithecanthropus.
—Somos pocos en número —me dijo Grove— pero aumentamos a cada año que pasa. Algunos hemos nacido aquí; otros llegan de los cuatro puntos cardinales, atraídos por contacto mental. Pronto seremos los suficientes y nos sentiremos fuertes para aceptar la responsabilidad de regir a toda la tierra.
—¿Significará esto —le pregunté— la destrucción del hombre y la reivindicación del mundo entero como su propiedad?
»Casi con tristeza, Grove me respondió:
—¡Qué poco nos comprenden ustedes los humanos! ¿Aniquilan ustedes acaso a los animales silvestres sólo porque no están a su mismo nivel intelectual? Nuestra obligación es mantenerlos y preservarlos; hacer las veces de sus benévolos guardianes en un mundo que les resultará extraño y amedrentador.
»Sí, amedrentador —continuó, viendo que yo esbozaba un ademán de protesta—. Había temor y espanto en tu mirada cuando yo entré en la habitación. No comprendes cómo puedo haber atravesado una pared que a ti te parece sólida. Y al no comprenderlo, te has sentido lleno de terror.
»Sin embargo, no hay nada de sobrenatural ni espantoso en lo que acabo de realizar; es una cosa que cualquiera de nosotros puede hacer con sólo proponérsela. No puede hablarse de cuerpos sólidos en un universo en el cual todo —desde el tamaño y la dimensión hasta la sustancia— es relativo. Nosotros sabemos que hay lugar de sobra para que las moléculas que constituyen nuestro ser pasen sin tropiezo entre las moléculas que constituyen estos muros. Nos limitamos a efectuar un ajuste mental... y vamos adonde nos parece. Esto es para nosotros una facultad tan básica y fundamental como la respiración lo es para un hombre como tú. Es simplemente una facultad biológica elemental.

 
—¿Entonces, qué se proponen hacer con los hombres? —le pregunté.
—Debieras preguntarme: ¿Qué se propone hacer la Naturaleza con el hombre? —contestó amablemente—. Y según mi parecer, esta pregunta se responde sola. No tienes más que examinar la historia de la Tierra. ¿Qué se hicieron de los primitivos experimentos de la Naturaleza, de los reptiles gigantescos, de los pitecántropos, de los hombres de las cavernas y de los palafitos?
—Desaparecieron  —respondí—.  Sucumbieron ante  la  civilización. Cayeron ante el avance avasallador de formas de vida más elevadas.
—En efecto —asintió Grove con voz melancólica—. Así fue. Pero ustedes nos suplican que los tratemos con bondad. Así lo haremos.
»Tiene usted que comprender cuál es el fondo de la cuestión, doctor. Estos hombres nuevos son inteligentes, mil veces más inteligentes que nosotros. Y puesto que se hallan mucho más arriba en la escala de la perfección, es innata en ellos la propensión a la bondad. Por esto sus armas anestesian, pero no matan. No quieren, no pueden matar.
»Podría hablarle durante horas, contándole todo cuanto vi y oí en las tres semanas que permanecí prisionero en el refugio subterráneo de la nueva raza. Le contaré sólo unas cuantas cosas, porque me doy cuenta de que usted, como todos, piensa que estoy loco. Pero hay varias cosas que tiene usted que saber.
»En aquellas celdas metálicas están encerrados más de doscientos seres humanos como usted y yo, personas de ambos sexos que fueron a parar por accidente a la isla remota y fueron retenidos en ella para que no propalasen por el mundo la inminente conquista.
»Tienen todas las comodidades que pueden apetecer, desde luego. Se les da una comida buena y abundante, están bien alojados, se les distrae y se procura que sean felices, en lo posible. Los hombres no aniquilan por placer a sus animales domésticos. Y en esa isla, los hombres están bajo la custodia de los superhombres.
»Podría citarle unos cuantos nombres que le dejarían sorprendido. Un famoso escritor y viajero cuyo barco se perdió hace algunos años en el Pacífico... un aficionado a la caza mayor a quien todos dan por muerto... una aviadora a la que una docena de escuadrillas buscaron en vano. Todos están allí.
»Podría contarle otras cosas que le pondrían los pelos de punta si usted se atreviera a creerlas. Ellos ya están entre nosotros. A medida que se aproxima su hora, se dedican a allanar el camino de su conquista incruenta. Algunos de ellos salieron de su isla para vivir en nuestro mundo. Su plan es verdaderamente magistral. Un puñado de ellos ocupando los puestos clave; aquí un político, allá un magnate de la industria, acullá un autor cuyas obras constituyen el evangelio para una gran mayoría de lectores. ¿Qué posibilidades de éxito tiene una raza inferior ante el ataque de los superhombres?
»Y este ataque no tardará en producirse. Cuando llegue ese día, habrá sonado nuestra hora final, como reyes de la creación. Tenga usted en cuenta que Ellos son infatigables. Nosotros, como raza, somos fuertes. ¡Pero Ellos son omnipotentes!
—Por esta razón —concluyó Brady— usted tiene que creerme, doctor, por descabellado que le parezca lo que le cuento. Tiene que creerme, doctor. Mirando las cosas desde un punto de vista muy amplio, quizá sea mejor que ellos se conviertan en amos de la Tierra. Pero yo soy un hombre. Y como miembro de mi raza, no me resigno a caer ante una cultura superior, por elevada que ésta pueda ser. ¡Quiero vivir! Y si nosotros queremos vivir, Ellos deben morir. Hay que destruir su isla, sin dejar rastro de ella. Una bomba atómica...
—Ha dicho usted —le atajó el doctor Gorham— que ellos son omnipotentes. Les ha conferido usted una sabiduría de semidioses. Sin embargo, usted huyó de su isla sin ayuda exterior. ¿Puede presentar esto como una prueba de su inteligencia sobrehumana?
Brady denegó con la cabeza.
—Esto no prueba más que su gran bondad y mi astucia animal.
»También tienen su talón de Aquiles, y yo me aproveché de él. Les repugna causar dolor a ningún ser viviente. Sabiendo esto, pedí a Grove un día que me llevase a la superficie y me acompañase a recoger algunas cosas que tenía en mi avión. Le dije que se trataba de efectos personales; fotografías de mis seres queridos, que había escondido en un compartimiento secreto del aparato.
»Él asintió. Hacía varias semanas que nuestras relaciones eran muy amistosas, y no sospechó mi doblez. La doblez es un rasgo típicamente humano. Ellos no pueden concebir el pecado ni el engaño.
»Él se mostraba confiado y a mí me dominaba la desesperación. Se volvió a mirar cuando yo grité para señalarle algo a su espalda; nunca supe con qué le golpeé. No sé siquiera si mi pedrada le mató o le dejó con vida. Ojalá no le matase.
»Como usted puede suponer, el avión de nada me servía. Pero en él teníamos botes neumáticos de caucho, y el mar estaba a pocos metros de distancia. Empuñando el canalete, me alejé de aquella orilla embrujada remando como un poseído. El resto ya lo sabe usted: Me quedé sin comida ni agua y me encontraron delirante, días o quizá semanas después, barbudo y con la piel quemada por el sol y llena de ampollas, a punto de fallecer.
El doctor Gorham asintió y cerró en silencio el bloque de notas, en el que sólo había trazado unos cuantos garabatos.
—Sí —dijo con voz queda—. En efecto. Debió de ser una terrible odisea. 
Levantándose, balbució con embarazo:
—Bueno, teniente...
El teniente Brady le miró lleno de desesperanza.
—No me cree usted, ¿verdad?
—Me ha gustado mucho oír su relato —respondió el galeno—. Elevaré un informe a la superioridad. Tenga usted paciencia y no se preocupe. Adiós, teniente.
—¡Váyase al diablo! —le espetó el teniente Brady—. ¡Oh, váyase al diablo... señor! —añadió maquinalmente.
El médico dio un respingo, luego dirigió una mirada de compasión al joven, se encogió de hombros y salió de la estrecha celda.
Frente a ella se tropezó con otro médico.
—¡Hola, Gorham! ¿Has hablado con él? ¿Cuál es tu diagnóstico?
Gorham se tocó la frente.
—Un caso clarísimo de manía persecutoria verdaderamente sorprendente. Nunca había escuchado un relato tan coherente y lógico, pero... —se encogió de hombros—. Haz lo que puedas por él. Mucho me temo que tendrá que pasar aquí mucho tiempo... tal vez toda su vida. En libertad, podría ser peligroso.
El otro médico movió la cabeza.
—¡Qué lástima! Un muchacho tan pundonoroso. Pero el más cuerdo se volvería loco después de pasarse semanas a la deriva en un bote de caucho. Fue el único superviviente de la dotación. Bueno, Gorham, ¿almorzaremos juntos?
—No, gracias —repuso Gorham—. Tengo que darme prisa para entregar el informe y recomendar que traten con indulgencia este caso.
—Comprendo. Así pues, nos veremos luego.
El otro médico desapareció por el inmaculado corredor de la clínica mental. Gorham meditó brevemente, tratando de orientarse. Estaba en el ala occidental de la clínica, la que daba a la calle. Tenía el coche frente a la clínica. No disponía de mucho tiempo, pues le esperaba una cantidad ingente de trabajo. Y si pasaba por la antesala, a buen seguro algún estúpido le entretendría, obligándole a sostener una tediosa conversación. No sentía los menores deseos de conversar. Quería salir de allí y terminar su informe; el informe que liquidaría definitivamente el caso Brady. Éste dejaría de ser una causa de preocupaciones.
Miró rápidamente arriba y abajo del corredor. No se veía a nadie. Sus sentidos le dijeron también que la calle estaba desierta. No había ningún peligro de que le viesen. Así es que...
Así es que el doctor Gorham se volvió para atravesar limpiamente la pared.


FIN

2025/11/03

Absalón (Henry Kuttner y Catherine L. Moore)


Título original: Absalom
Año: 1946


Joel Locke regresó al atardecer de la universidad donde daba cátedra de psiconámica. Entró silenciosamente en la casa por una puerta lateral y se quedó escuchando. Era un cuarentón alto, de labios delgados, con una sonrisa ligeramente sardónica y ojos grises y distantes. Oía el zumbido del precipitrón. Eso significaba que Abigail Schuler, el ama de llaves, se ocupaba de sus tareas. Locke sonrió ligeramente y se volvió hacia un panel de la pared, que se abrió cuando él se acercó.
El pequeño ascensor lo llevó calladamente arriba. Allí se movió con extraño sigilo. Fue directamente hacia una puerta en el fondo del vestíbulo y se detuvo, la cabeza gacha, los ojos extraviados. No oía nada. Luego abrió la puerta y entró en la habitación.
Instantáneamente la sensación de inseguridad le asaltó de nuevo. Le paralizó. No hizo ningún gesto, aunque la boca se le frunció. Se obligó a quedarse quieto mientras miraba en torno.
Podía haber sido la habitación de cualquier muchacho de veinte años, no de un niño de ocho. Había raquetas de tenis arrumbadas contra una pila desordenada de libros grabados. El tiaminizador estaba encendido, y Locke empleó el modo mecánico de encender la luz. Se volvió abruptamente. El televisor estaba apagado, pero él habría jurado que unos ojos le estaban observado desde la pantalla.
No era la primera vez que le ocurría.
Al rato Locke se volvió de nuevo y se acuclilló para examinar los carretes. Eligió uno can la etiqueta LA LÓGICA ENTRÓPICA SEGÚN BRIAFF y frunció el ceño mientras jugueteaba con el cilindro. Después lo guardó y salió del cuarto, pero no antes de haberle echado una última y pensativa mirada al televisor.
Abajo, Abigail Schuler tecleaba en el panel de la Limpiadora Maestra. Tenía la boca menuda tan rígida como el severo mechón de cabello entrecano que le tapaba la nuca.
—Buenas noches —dijo Locke—. ¿Dónde está Absalón?
—Afuera, hermano Locke. Está jugando —dijo el ama de llaves con tono formal—. Llega usted temprano. Aún no he limpiado la sala.
—Bien, conecte los iones y ellos se encargarán —dijo Locke—. No tardará mucho. De todos modos, tengo que corregir algunos exámenes.
Se iba a marchar, pero Abigail carraspeó de un modo significativo.
—¿Bien?
—Se le ve bastante desmejorado.
—Entonces lo que necesita es jugar al aire libre —dijo Locke concisamente—. Lo enviaré a un campamento de verano.
—Hermano Locke —dijo Abigail—, no entiendo por qué no lo deja ir a Baja California. Se muere por ir. Usted le dejó estudiar antes todas las materias difíciles que él quería. Ahora se lo prohíbe. Sé que no me concierne, pero le noto ansiedad.
—La ansiedad sería peor si yo le dijera que sí. Tengo mis razones para no permitirle estudiar lógica entrópica. ¿Sabe usted lo que implica eso?
—No sé… Usted sabe que no sé. No soy una mujer instruida, hermano Locke. Pero Absalón es brillante como un botón.
Locke gesticuló con impaciencia.
—Tiene usted ocurrencias geniales —dijo—. ¡Brillante como un botón!
Encogiéndose de hombros, se dirigió a la ventana y observó el patio de abajo, donde su hijo de ocho años jugaba al handball. Absalón no levantó los ojos. Parecía absorto en el juego. Pero Locke no pudo evitar que una sensación de terror frío y sigiloso le invadiera la mente, y se apretó las manos con fuerza detrás de la espalda.
Un niño que aparentaba diez años, con un nivel de madurez de veinte, pero que seguía siendo un niño de ocho. No era fácil de gobernar. Había muchos padres con el mismo problema. La curva del diagrama que registraba el porcentaje de niños prodigio nacidos en tiempos recientes se estaba alterando. Algo había empezado a agitarse perezosamente en los cerebros de las últimas generaciones y una nueva especie, por así decirlo, estaba naciendo lentamente. Locke lo sabía bien. En su época él también había sido un niño prodigio.
Quizás otros padres encararan el problema de modo distinto, pensaba tercamente. No él. Él sabía qué era lo mejor para Absalón. Otros padres quizás enviaran a sus hijos prodigio a esos institutos donde podían desarrollarse entre los de su misma especie. No Locke.
—El lugar de Absalón es éste —dijo en voz alta—. Aquí. Donde yo puedo… — notó que el ama de llaves lo estaba mirando y se encogió nuevamente de hombros, irritado, retomando la conversación que antes había interrumpido—. Claro que es brillante. Pero todavía no lo suficiente para ir a Baja California y estudiar lógica entrópica. ¡Lógica entrópica! Es demasiado para el chico. Hasta usted tendría que darse cuenta. No es como darle una golosina tras asegurarse de que hay aceite de castor en el botiquín de la sala de baño. Absalón es inmaduro. Podría ser realmente peligroso enviarlo a la Universidad de Baja California con hombres tres veces mayores. Lo sometería a esfuerzos mentales para los que aún no está preparado. No quiero que se transforme en psicópata.
Abigail frunció hurañamente la boca menuda.
—Usted le permitió aprender álgebra.
—Oh, déjeme en paz. 
Locke observó de nuevo al niño que jugaba en el patio, y agregó lentamente:
—Creo que es hora de un nuevo contacto con Absalón.
El ama de llaves lo miró con severidad, entreabrió los labios finos y luego los cerró con un chasquido reprobatorio casi audible. Claro que ella no comprendía del todo cómo funcionaba un contacto o para qué servía. Pero sabía que en estos días había maneras de imponer la hipnosis, de forzar una mente para hurgar los pensamientos ocultos. Meneó la cabeza y apretó los labios.
—No trate de interferir en cosas que no entiende —dijo Locke—. Le digo que yo sé qué es mejor para Absalón. Está en la misma situación que yo hace treinta y tantos años. ¿Quién puede comprenderlo mejor? Llámelo adentro, por favor. Estaré en mi estudio.
Abigail lo observó alejarse y arrugó el entrecejo. Era difícil saber qué era mejor. Las costumbres actuales exigían una conducta rígida, pero a veces costaba decidir qué era lo correcto. En los viejos tiempos, después de las guerras atómicas, cuando se vivía licenciosamente y cualquiera podía actuar a su antojo, la vida debía de haber sido más fácil. Ahora, en esta vuelta brusca a una cultura puritana, había que pensar dos veces y escudriñarse el alma antes de cometer un acto dudoso.
Bien, Abigail no tenía elección esta vez. Abrió el micrófono de la pared y habló.
—¿Absalón?
—Sí, hermana Schuler.
—Entra, tu padre quiere verte.


En su estudio, Locke permaneció callado un instante, reflexionando. Luego tomó el micrófono de la casa.
—Hermana Schuler, estoy usando el televisor. Dígale a Absalón que espere.
Se sentó ante el visor privado. Movió las manos diestramente.
—Déme con el doctor Ryan, del Instituto de Niños Anómalos de Wyoming. Le habla Joel Locke.
Mientras esperaba tendió la mano para sacar un viejo volumen encuadernado en tela de un anaquel de libros curiosos y antiguos. Leyó:

Mas Absalón envió espías a todas las tribus de Israel, y les advirtió:
Cuando oigáis el sonido de la trompeta, entonces diréis: "Absalón reina en Hebrón".

—¿Hermano Locke? —preguntó el televisor.
En la pantalla apareció el rostro de un hombre de cabellos blancos y facciones agradables. Locke guardó el libro y levantó la mano para saludar.
—Doctor Ryan, lamento seguir importunándole.
—No tiene importancia —dijo Ryan—. Me sobra tiempo. Se supone que soy supervisor del Instituto, pero los chicos lo dirigen a gusto de ellos —rió—. ¿Cómo está Absalón?
—Hay un límite —dijo amargamente Locke—. Le he dado todos los gustos al chico. Le permití hacer carrera y ahora quiere estudiar lógica entrópica. Hay solamente dos universidades con esa especialidad, la más cercana está en Baja California...
—Podría viajar en helicóptero, ¿verdad? —preguntó Ryan, pero Locke gruñó reprobatoriamente.
—Demasiado tiempo. Además, uno de los requisitos es alojarse en la universidad bajo un régimen estricto. Se supone que la disciplina, mental y física, es necesaria para dominar la lógica entrópica. Que es dura de pelar. Tengo los rudimentos en casa, pero tuve que usar el tri-disney para llegar a visualizarlos.
Ryan rió.
—Los chicos de aquí se interesan en ella. Ejem..., ¿está usted seguro de que la ha comprendido?
—Lo suficiente, sí. Lo suficiente para entender que no es algo que un chico pueda estudiar mientras no se le hayan ampliado los horizontes.
—Los de aquí no tienen problemas —dijo el doctor—. No olvide que Absalón es un genio, no es un niño común.
—No lo olvido. Tampoco olvido mi responsabilidad. Absalón necesita un medio doméstico normal para no perder la seguridad en sí mismo... Y por ese motivo no quiero que se mude ahora a Baja California. Quiero estar cerca para protegerlo.
—Hemos diferido en ese aspecto anteriormente. Todos los anómalos saben arreglárselas por cuenta propia, Locke.
—Absalón es un genio, y un niño. Por lo tanto, carece del sentido de la proporción. Tiene más peligros que sortear. Creo que es un grave error darles todos los gustos a los anómalos. Rehusé enviar a Absalón a un instituto por una razón excelente. Juntan a todos los niños prodigio en un montón y los dejan actuar a sus anchas. Un medio ambiente totalmente artificial.
—No discutiré. Es cosa de usted —dijo Ryan—. Aparentemente no quiere admitir que hay una sinusoide de genios actualmente. Un aumento constante. En otra generación...
—Yo mismo he sido un niño prodigio, pero logré sobreponerme —graznó Locke—. Ya tuve bastantes problemas con mi padre. Era un déspota, y si yo no hubiese tenido suerte él habría hecho lo posible para deformarme psicológicamente. Lo he superado, pero tuve problemas. No quiero que Absalón pase por lo mismo. Por eso estoy empleando psiconámica... Es una valiosa catarsis mental, como usted sabrá.
—¿Narcosíntesis? ¿Hipnotismo forzado?
—No es forzado —replicó Locke—. Bajo hipnosis, él me cuenta todo lo que tiene en la mente, y yo puedo ayudarle.
—No sabía que estaba empleando eso —dijo lentamente Ryan—. No estoy seguro de que sea un procedimiento atinado.
—Yo no le indico a usted cómo dirigir el Instituto.
—Oh, no. Lo hacen los propios chicos. Muchos de ellos son más listos que yo.
—La inteligencia inmadura es peligrosa. Un chico se larga a patinar sin probar primero el espesor de la capa de hielo. No piense que quiero retener a Absalón. Simplemente hago las pruebas de antemano, para asegurarme de que la capa de hielo es firme. Yo puedo entender la lógica entrópica, pero él todavía no. Así que tendrá que esperar.
—¿Bien?
Locke titubeó.
—Eh... ¿Sabe usted si sus muchachos se han estado comunicando con Absalón?
—No sé —dijo Ryan—. No interfiero en sus vidas.
—De acuerdo, yo no quiero que ellos interfieran en la mía ni en la de Absalón. Quisiera que me informe si están en contacto con él.
Hubo una pausa prolongada.
—Lo intentaré —dijo por fin Ryan—. Pero si yo fuera usted, hermano Locke, dejaría que Absalón vaya a Baja California, si lo desea.
—Sé lo que hago —dijo Locke, y cortó la comunicación. Se volvió nuevamente hacia la Biblia.
¡Lógica entrópica!
Una vez que el muchacho haya llegado a la madurez sus síntomas somáticos y fisiológicos se orientarían a la normalidad, pero entretanto el péndulo seguía oscilando peligrosamente. Absalón necesitaba un control estricto, por su propio bien.
Y últimamente el muchacho por alguna razón estaba eludiendo los contactos hipnóticos. Algo pasaba.
Pensamientos caóticos se arremolinaban en la mente de Locke. Olvidó que Absalón le esperaba. Sólo se acordó al oír la voz de Abigail anunciar que la cena estaba servida.
Durante la cena Abigail Schuler se sentó entre padre e hijo como Átropos, dispuesta a cortar la conversación si no le gustaba. Locke sintió que su largamente reprimida irritación contra Abigail, que se creía obligada a proteger a Absalón del padre, empezaba a aflorar. Tal vez por eso sacó finalmente el tema de Baja California.
—Parece que has estado estudiando la tesis de la lógica entrópica. ¿Aún no te has convencido de que es demasiado para ti?
—No, papá —dijo Absalón sin demostrar ninguna sorpresa—. No me he convencido.
—Los rudimentos del álgebra pueden ser fáciles para un niño. Pero una vez internado en la especialidad... He leído algo sobre lógica entrópica, hijo. Leí el libro entero, y a mí me costó bastante. Y tengo una mente madura.
—Sé que la tienes. Y sé que yo todavía no la tengo. Pero sigo pensando que podría estudiar esa materia.
—El problema es el siguiente —dijo Locke—: Podrías desarrollar síntomas psicóticos si estudiaras esa cosa, y quizá no los reconocerías a tiempo. Si pudiéramos tener un contacto todas las noches, o noche de por medio, mientras estudias...
—¡Pero es en Baja California!
—Ése es el inconveniente. Si esperas mi licencia, podré acompañarte. O quizás alguna universidad más cercana inicie cursos. No quisiera parecer poco razonable. La lógica debería indicarte mis motivos.


—En efecto —dijo Absalón—. Esa parte la entiendo. La única dificultad es un imponderable, ¿verdad? Es decir, tú crees que mi mente no podría asimilar la lógica entrópica sin alteraciones, y yo estoy convencido de lo contrario.
—Exacto —dijo Locke—. Tú tienes la ventaja de conocerte a ti mismo mejor de lo que podría conocerte yo. Tu desventaja es la inmadurez, la falta de un sentido de la proporción. Y yo cuento con la ventaja de una mayor experiencia.
—Pero es la tuya, papá. ¿Puedes aplicarme los mismos valores?
—Deja que sea yo quien lo juzgue, hijo.
—Tal vez —dijo Absalón—. Pero preferiría haber ido a un instituto de anómalos.
—¿Acaso no eres feliz aquí? —preguntó Abigail, lastimada, ante lo cual el niño le dirigió una cálida mirada de afecto.
—Claro que sí, Abbie. Tú sabes que sí.
—Sería mucho menos feliz con dementia praecox —dijo sardónicamente Locke—. La lógica entrópica, por ejemplo, presupone una captación de las variaciones temporales que se encaran en problemas relacionados con la relatividad.
—Oh, eso me da dolor de cabeza —dijo Abigail—. Y si a usted le preocupa tanto que Absalón exagere su actividad mental, no tendría que hablarle de esa manera —apretó botones y deslizó los platos metálicos esmaltados en el compartimiento—. Café, hermano Locke... Leche, Absalón... Y yo tomaré té.
Locke le guiñó el ojo a su hijo, que conservó una actitud solemne. Abigail se levantó con la taza de té y se dirigió al hogar. Tomó la escobilla, barrió unas pocas cenizas, se acomodó entre los almohadones y se entibió los tobillos huesudos al fuego. Locke emitió un bostezo.
—Hasta que lleguemos a una decisión, hijo, las cosas quedarán como están. No vuelvas a tocar ese libro de lógica entrópica ni nada más relacionado con el tema. ¿Correcto?
No hubo respuesta.
—¿Correcto? —insistió Locke.
—No estoy seguro —dijo Absalón tras una pausa—. En realidad, ese libro ya me ha sugerido ciertas ideas...
Mirando por encima de la mesa, Locke se sorprendió ante la incongruencia de esa mente increíblemente desarrollada en el cuerpo infantil.
—Todavía eres joven —dijo—. Unos días de diferencia no importarán. No olvides que legalmente ejerzo control sobre ti, aunque nunca lo haré sin que tú apruebes mis decisiones como justas.
—Lo que es justo para ti puede no serlo para mí —dijo Absalón, trazando dibujos con la uña en el mantel.
Locke se levantó y apoyó la mano en el hombro del muchacho.
—Lo volveremos a discutir, hasta llegar a un acuerdo. Ahora tengo que corregir exámenes.
Salió.
—Lo hace por tu bien, Absalón —dijo Abigail.
—Claro que sí, Abbie —convino el niño, pero siguió pensativo.

Al día siguiente Locke dio sus clases con aire distraído y a mediodía llamó por televisor al doctor Ryan del Instituto de Wyoming. Ryan le atendió con cierta indiferencia. Dijo que había preguntado a los chicos si se habían comunicado con Absalón, y le habían dicho que no.
—Claro que mentirían por cualquier insignificancia, si lo creen conveniente —añadió Ryan, inexplicablemente divertido.
—¿Qué le causa gracia? —preguntó Locke.
—No sé —dijo Ryan—. El modo en que ellos me toleran. A veces les soy útil, pero... Originalmente se suponía que el supervisor era yo. Ahora ellos me supervisan a mí.
—¿Lo dice de veras?
Ryan se puso serio.
—Siento un tremendo respeto por los niños anómalos. Y creo que usted comete un gravísimo error con su hijo. He estado en casa de usted, hace un año. Es la casa de usted. Sólo una habitación le pertenece a Absalón. No puede dejar ninguna de sus cosas en otra parte. Usted lo domina espantosamente.
—Trato de ayudarle.
—¿Está seguro de que es el modo correcto?
—Claro que sí —estalló Locke—. Aunque me equivoque, eso no significa que esté cometiendo fil..., filio...
—Ese detalle es interesante —dijo Ryan casualmente—. No le habría costado mucho nombrar el matricidio, el parricidio o el fratricidio. Pero matar al hijo es menos frecuente. La palabra no sale con la misma facilidad.
Locke clavó los ojos en la pantalla.
—¿Qué demonios está insinuando?
—Que tenga cuidado —dijo Ryan—. Creo en la teoría de los mutantes, después de dirigir este Instituto durante quince años.
—Yo mismo he sido un niño prodigio —repitió Locke.
—Ajá —dijo Locke, mirándole con intensidad—. Y usted habrá de saber que se supone que la mutación es acumulativa..., ¿verdad? Tres generaciones antes, los niños prodigio constituían el dos por ciento de la población. Y hace dos generaciones, el cinco por ciento. Hace una generación, una sinusoide, hermano Locke. El CI aumenta proporcionalmente. ¿El padre de usted no fue también un niño prodigio?
—Lo fue —admitió Locke—. Pero inadaptado.
—Lo suponía. Las mutaciones llevan tiempo. La teoría es que en este momento estamos viviendo la transición del homo sapiens al homo superior.
—Lo sé. Es bastante lógico. Cada generación de mutaciones, al menos de esta mutación dominante, avanza un paso hacia el homo superior. ¿Cómo será...?
—No creo que lo sepamos nunca —dijo serenamente Ryan—. Creo que no entenderíamos. Quién sabe cuánto tardará. ¿La próxima generación? Lo dudo. ¿Cinco generaciones más, o diez, o veinte? Y cada una avanzando un paso, explotando otra potencialidad sepultada en el hombre hasta llegar a la cúspide. El superhombre, Joel.
—Absalón no es un superhombre —dijo pragmáticamente Locke—. O un superniño, en este caso.
—¿Está seguro?
—¡Dios santo! ¿No le parece que conozco a mi propio hijo?
—No responderé a eso —dijo Ryan—. Estoy seguro de que no sabe todo lo que se puede saber sobre los chicos anómalos de mi Instituto. Beltram, el supervisor del Instituto de Denver, me dice lo mismo. Estos chicos son el próximo paso de la mutación. Usted y yo formamos parte de una especie moribunda, hermano Locke.
La cara de Locke cambió. Apagó el televisor sin una palabra.


La campanilla anunció la próxima clase. Pero Locke permaneció inmóvil, las mejillas y la frente ligeramente húmedas. Luego la boca se le curvó en una sonrisa curiosamente desagradable. Cabeceó y se alejó del televisor.
Llegó a casa a las cinco. Entró silenciosamente por la puerta lateral y tomó el ascensor. La puerta de Absalón estaba cerrada, pero se oían voces. Locke escuchó un rato. Luego golpeó violentamente el panel.
—Baja, Absalón. Quiero hablar contigo.
En la sala le dijo a Abigail que saliera un momento. De espaldas a la chimenea, esperó a que llegara Absalón.

Los enemigos de mi señor el rey, y todos los que se alzan contra ti para tu daño, son como ese joven...

El niño entró sin demostrar embarazo. Avanzó y encaró al padre con una expresión calma y despreocupada. Era equilibrado, pensó Locke. De eso no cabía duda.
—Oí parte de esa conversación, Absalón —dijo Locke.
—De acuerdo —dijo fríamente Absalón—. Igual te lo habría contado esta noche. Tengo que hacer ese curso de lógica entrópica.
Locke ignoró la frase.
—¿Con quién te comunicabas?
—Un chico que conozco, Malcolm Roberts, del Instituto de Denver.
—¿Discutiendo lógica entrópica con él, eh? ¿Después de lo que te dije?
—Recordarás que no estábamos de acuerdo...
Locke se llevó las manos a la espalda y entrelazó los dedos.
—Entonces también recordarás que mencioné que ejercía control legal sobre ti.
—Legal —dijo Absalón—. No moral.
—Esto no tiene nada que ver con la moral.
—Sin embargo, sí. Y con la ética. Muchos niños menores que yo están estudiando lógica entrópica en los institutos. No les causa daño. Tengo que ir a un instituto, o a Baja California. Es necesario.
Locke agachó la cabeza, pensativo.
—Espera un minuto —dijo—. Lo siento, hijo. Por un momento caí en la trampa de mis propias emociones. Volvamos al plano de la lógica pura.
—De acuerdo —dijo Absalón, con una distancia serena e imperceptible.
—Estoy convencido de que ese estudio en particular te podría resultar peligroso. No quiero que sufras ningún daño. Quiero que tengas todas las oportunidades posibles, especialmente las que yo no tuve nunca.
—No —dijo Absalón, con una curiosa nota de madurez en la voz atiplada—. No fue falta de oportunidad. Fue incapacidad.
—¿Qué?
—Nunca dejarías que te convenzan de que yo podría estudiar lógica entrópica sin peligro. Me he dado cuenta. He hablado con otros chicos anómalos.
—¿De problemas privados?
—Ellos son de mi raza —dijo Absalón—. Tú no. Y por favor, no hables de amor filial. Tú mismo quebraste esa ley hace mucho tiempo.
—Sigue hablando —dijo serenamente Locke, apretando los labios—. Pero cerciórate de ser lógico.
—Bien. Pensaba que no tendría necesidad de hacer esto durante mucho tiempo, pero ahora es necesario. Me estás impidiendo hacer lo que debo.
—La mutación gradual. Acumulativa. Entiendo.
El fuego daba demasiado calor. Locke se alejó un paso del hogar. Absalón pareció a punto de escabullirse. Locke le clavó los ojos.
—Es una mutación —dijo el niño—. No una mutación completa, pero abuelo fue uno de los primeros pasos. Tú también... Fuiste más lejos que él. Y yo iré más lejos que tú. Mis hijos estarán más cerca del paso definitivo. Los únicos expertos en psiconámica que valen la pena son los niños prodigio de tu generación.
—Gracias.
—Me temes —dijo Absalón—. Me temes y me envidias.
Locke se echó a reír.
—¿Adónde has dejado la lógica?
El niño tragó saliva.
—Es lógico. Una vez convencido de que la mutación era acumulativa no puedes tolerar la idea de que yo llegaría a desplazarte. Es una distorsión psicológica básica en ti. Te pasó lo mismo con abuelo, en un sentido diferente. Por eso te dedicaste a la psiconámica, donde eras un pequeño dios que arrancaba secretos a las mentes de los alumnos y moldeaba los cerebros tal como se moldeó a Adán. Tienes miedo de que te supere. Y lo haré.
—Supongo que por esa razón te he dejado estudiar todo lo que has querido —dijo Locke—. Con excepción de esto.
—Sí, por eso. Muchos niños prodigio trabajan tan duro que se consumen y pierden totalmente su capacidad mental. No habrías mencionado tanto el peligro si dadas las circunstancias, no hubiera sido lo que más te interesaba. Claro que me has dado los gustos. Y subconscientemente deseabas que me consumiera, así eliminarías a tu posible rival.
—Entiendo.
—Me dejaste estudiar matemáticas, geometría plana, álgebra, geometría no-euclidiana... Pero me seguías los pasos. Cuando no conocías el tema, ponías cuidado de actualizarte para estar seguro de que era algo que tú podías dominar. Te cercioraste de que yo no pudiera superarte, de que no obtuviera ningún conocimiento que tú no pudieras obtener. Y por eso no me dejas aprender lógica entrópica.
En la cara de Locke no había ninguna expresión.
—¿Por qué? —preguntó fríamente.
—Porque tú no podías comprenderla —dijo Absalón—. Lo intentaste, y no estaba a tu alcance. No eres flexible. Tu lógica no es flexible. Se fundamenta en el hecho de que un segundero registra sesenta segundos. Has perdido la capacidad de asombro. Has traducido demasiado de lo abstracto a lo concreto. Yo sí puedo entender esa lógica. ¡Puedo entenderla!
—Estas ideas se te han ocurrido la semana pasada —dijo Locke.
—No. Te refieres a la hipnosis. Hace mucho tiempo que aprendí a proteger una zona de mi mente de tus sondeos.
—¡Eso es imposible! —dijo Locke, perplejo.
—Lo es para ti. Soy un paso posterior de la mutación. Tengo muchísimos talentos de los que no sabes nada. Y algo más: No soy lo suficientemente avanzado para mi edad. Los niños de los institutos me llevan la delantera. Sus padres obedecieron leyes naturales pues la función de cualquier padre es proteger al hijo. Sólo los padres inmaduros actúan de otro modo... como tú.
Locke aún conservaba la impasibilidad.
—¿Yo soy inmaduro? ¿Y te odio? ¿Te envidio? ¿Estás muy seguro?
—¿Es verdad o no?
Locke no respondió.
—Todavía eres mentalmente inferior a mí —dijo—, y lo seguirás siendo durante varios años. Digamos, si lo prefieres, que tu superioridad reside en tu... flexibilidad, y en tus talentos de homo superior, sean cuales fueren. En el otro platillo de la balanza pon el hecho de que soy un adulto físicamente maduro y tú pesas menos de la mitad que yo. Legalmente soy tu tutor. Y soy más fuerte que tú.


Absalón tragó saliva nuevamente, pero no dijo nada. Locke se irguió un poco más, y miró despectivamente al niño. Se llevó la mano a la cintura, pero sólo encontró una ligera cremallera. Caminó hacia la puerta. Se volvió.
—Te voy a demostrar que eres inferior a mí —dijo serena y fríamente—. Tendrás que admitirlo.
Absalón no respondió.
Locke fue arriba. Tocó el interruptor del escritorio, metió la mano en el cajón y saco un cinturón elástico de lucita. Palpó con los dedos la superficie fría y tersa. Luego bajó nuevamente.
Ahora tenía los labios pálidos y exangües.
En la puerta de la sala se detuvo, empuñando el cinturón. Absalón no se había movido, pero Abigail Schuler estaba de pie al lado del niño.
—Salga de aquí, hermana Schuler —dijo Locke.
—No azotará al niño —dijo Abigail, la cabeza erguida y los labios muy tensos.
—Váyase.
—No me iré. He oído cada palabra. Y todo es cierto.
—¡Largo de aquí, he dicho! —aulló Locke.
Se precipitó hacia adelante desplegando el cinturón. Los nervios de Absalón cedieron al fin. Jadeó de pánico y se escabulló, buscando a ciegas una salida inexistente.
Locke lo persiguió.
Abigail manoteó la escobilla y la arrojó a las piernas de Locke. El hombre soltó una exclamación y perdió el equilibrio. Cayó pesadamente, braceando con los brazos rígidos.
La cabeza chocó contra el borde de un sillón. Quedó inmóvil. Abigail y Absalón cambiaron una mirada. De pronto la mujer cayó de rodillas y rompió a llorar.
—Lo he matado —sollozó—. ¡Lo he matado! ¡Pero no podía dejar que te azotara, Absalón! ¡No podía!
El niño se mordisqueó el labio inferior. Se acercó lentamente al padre.
—No está muerto.
Abigail soltó un suspiro largo y convulsivo.
—Sube, Abbie —dijo Absalón, con aire preocupado—. Yo lo atenderé. Sé cómo hacerlo.
—No puedo dejarte...
—Por favor, Abbie —insistió él—. Tal vez te desmayes. Descansa un rato. Todo irá bien, de veras.
Finalmente ella subió en el ascensor, Absalón, mirando de soslayo al padre, fue hasta el televisor.
Llamó al Instituto de Denver. Expuso concisamente la situación.
—¿Qué conviene hacer, Malcolm?
—Espera un minuto.
Hubo una pausa, hasta que apareció en la pantalla la cara de otro niño.
—Haz como te digo —sugirió una voz firme y aguda que le dio una serie de instrucciones intrincadas—. ¿Has comprendido, Absalón?
—Sí. ¿No le causará daño?
—Vivirá. Ya tiene rasgos psicóticos irreversibles. Esto le dará una orientación diferente, más segura para ti. Es proyección. Externalizará todos sus deseos, sentimientos, etcétera. En ti. Obtendrá placer sólo con lo que tú hagas, pero no podrá controlarte. Tú conoces la clave psiconámica de su cerebro. Trabaja entonces principalmente con el lóbulo frontal. Ten cuidado con el área de Broca. No debes provocarle afasia. Bastará con que sea inofensivo para ti. Una muerte sería difícil de manejar. Además, supongo que no es lo que deseas...
—No —dijo Absalón—. Es mi padre.
—De acuerdo —dijo la voz infantil—. Deja la pantalla encendida. Observaré y te ayudaré.
Absalón se volvió hacia la figura que yacía inconsciente.

Durante mucho tiempo el mundo había sido borroso. Locke estaba acostumbrado. Aún podía cumplir con sus funciones ordinarias, de modo que no estaba loco en ningún sentido de la palabra.
Tampoco podía revelarle la verdad a nadie. Le habían creado un bloqueo psíquico. Día tras día asistía a la universidad y enseñaba psiconámica y volvía a casa y comía y esperaba ansiosamente las llamadas televisivas de Absalón.
Y cuando Absalón llamaba, a veces condescendía a hablarle de lo que hacía en Baja California. De sus logros. De sus triunfos. Pues esas cosas importaban ahora. Era lo único que importaba. La proyección era total.
Absalón rara vez se olvidaba de él. Era un buen hijo. Llamaba todos los días, aunque a veces, si el trabajo apremiaba, tenía que apresurarse. Pero Joel Locke siempre hallaba ocupación en las inmensas carpetas dedicadas a Absalón, atiborradas de recortes y fotografías.
Además, estaba escribiendo la biografía de Absalón.
El resto de su vida transcurría en un mundo de sombras y sólo existía de veras, realmente feliz, cuando el rostro de Absalón aparecía en la pantalla del televisor. Pero no había olvidado nada. Odiaba a Absalón y odiaba el vínculo espantoso e inquebrantable que lo encadenaría para siempre a su propia carne, una carne que en realidad no le pertenecía y que ascendería otro peldaño en la escalera de la nueva mutación.
Sentado en el crepúsculo de su irrealidad, rodeado de carpetas, con un televisor que sólo funcionaba para las llamadas de Absalón pero que él vigilaba incesantemente, Joel Locke alimentaba su odio y una satisfacción serena y secreta.
Algún día Absalón tendría un hijo... Algún día. Algún día...


FIN