2026/02/16

La isla del conquistador (Nelson Bond)


Título original: Conquerors' Isle
Año: 1946

 
—Tiene usted que creer lo que le cuento —dijo Brady. Hablaba con tono reconcentrado, apretando ferozmente los nudillos, con la mirada fija en su interlocutor, de mayor edad que él—. Sé que parece totalmente imposible. Parece sin pies ni cabeza. Por eso estoy aquí. ¡Pero es la verdad y usted tiene que creerla! Tiene que creerla, señor.
Terminó con estas palabras, en reconocimiento tácito del rango superior del hombre con quien hablaba.
El teniente coronel Gorham dijo con voz suave:
—Tranquilícese, teniente. Yo estoy aquí para celebrar consulta con usted en mi calidad de médico, no para ordenar que le sometan a tratamiento, como un oficial de superior graduación haría. ¿Y si hiciésemos caso omiso de los galones, mientras usted me lo cuenta todo?
Joe Brady sonrió. Era su primera sonrisa en muchas semanas y le costó un esfuerzo hacerla. Sus labios se plegaron en un rictus tembloroso, pero sus ojos seguían siendo ventanas vacías abiertas sobre el tormento.
—Gracias, doctor —dijo—. ¿Por dónde quiere usted que empiece?
Gorham hojeó las páginas del historial clínico del teniente. Los subrayados hechos al azar ponían de relieve tres años de servicio ejemplar, si bien no espectacular: "Brady, Joseph Travers... Edad, 24... Graduado, U.S.S. Stinger... Teniente 1942... Citación de grupo... Citación individual... Propuesto para..."
—Es su historial —dijo el doctor midiendo sus palabras—. Usted sabrá lo que quiere que yo sepa o crea. Todo empezó, según creo, en el curso de su última misión de bombardeo, ¿no es eso?
—Exactamente. O mejor dicho, entonces es cuando todo comenzó para mí. Aquello venía sucediendo desde antes... desde mucho tiempo antes. Años, a buen seguro; quizá décadas.
Los dedos de Brady se clavaban como garras sobre la mesa.
—¡Alguien tiene que tomar alguna decisión, doctor! El tiempo vuela, y a cada día que pasa ellos se hacen más fuertes. Tengo que hacer que la gente se percate...
—¿Y si empezásemos desde el principio? —sugirió Gorham—. ¿Por qué no empieza usted contándome lo que sucedió en su último y desdichado vuelo?
El tono tranquilo y reposado con que hablaba produjo un efecto sedante sobre el joven. La voz de Brady perdió su nota histérica.
—Sí, señor —dijo—. Muy bien, señor. Verá usted, pues; sucedió así.
—Terminada nuestra misión —dijo el teniente Brady— regresábamos a la base. Ésta era, como es de suponer, el portaaviones Stinger. Ahora que la guerra ha terminado, puedo decirle dónde nos hallábamos y cuál era nuestra misión. Patrullábamos por la parte meridional del Mar de China, poco más o menos a la altura de Palawan, entre Filipinas e Indochina. Nuestra misión consistía en hostilizar la navegación enemiga en aquella zona, cortando la línea de abastecimientos vitales que iba de los Estrechos a las islas niponas. Nuestra fuerza de choque se hallaba en disposición de apoyar una docena de desembarcos desde Labuan a Hainan, y nuestra arma aérea hacía fintas regulares a las diversas concentraciones de fuerzas enemigas, para confundir a los japoneses.
»Nuestro último objetivo fue Songcau, y regresábamos de este puerto cuando sucedió lo que voy a contarle.
»Avizoramos a un mercante que avanzaba costeando, y comuniqué con el jefe de la escuadrilla para pedirle que me permitiese descargar una pesada bomba que devolvía sin haberla soltado aún. Él me dio su consentimiento, y nosotros nos separamos de la formación. El mercante abrió un fuego infernal contra nosotros con todas las armas que tenía a bordo, pero era como si nos echase pompas de jabón. Nosotros pusimos nuestro hermoso huevo en su popa, y el barco saltó en pedazos como si fuese de juguete. Ya sabe usted... se aprieta un botón y... ¡Bum!
»Así liquidamos este asunto, y lo estábamos comentando enardecidos aún, cuando de pronto nos dimos cuenta de que perdíamos altura de una manera vertiginosa. Al parecer el mercante murió como una rata, arañando y mordiendo en su agonía. Un pedazo de plancha de su casco perforó uno de nuestros depósitos de las alas, y empezamos a rociar de gasolina todo el Mar de China del Sur.
»Sin embargo, eso no nos inquietó, por el momento. La Armada vigila a sus ovejas descarriadas, y sabíamos que una hora después de vernos obligados a embarcar en nuestros botes neumáticos, seríamos localizados por una expedición de salvamento. Así es que comunicamos la mala noticia al jefe de la escuadrilla y aceptamos su condolencia con filosofía; y sin excesiva preocupación vimos cómo los cazas se convertían en motitas negras mientras nosotros avanzábamos penosamente, haciendo que nuestro pato herido recorriese el mayor número de millas antes de caerse.
»Sería fastidioso, nos decíamos, y molesto. Pero no sería peligroso. Eso es lo que pensábamos.
»Eso es lo que pensábamos, en buena lógica y a fuer de chicos prácticos.
Pero en el sur del Pacífico la lógica y la razón no sirven de nada.
»Unos diez minutos después de haber perdido de vista a la escuadrilla, y con dos dedos de gasolina en el depósito, cuando ya estábamos a punto de amerizar en un cielo azul tranquilo y despejado, surgieron como por ensalmo negros e imponentes nubarrones, una lluvia diluvial y un ululante huracán de más de cien kilómetros por hora, que nos levantó y se nos llevó girando como una brizna de paja.
»No tengo la menor idea del tiempo que duró aquel frenético cabalgar nocturno. No tenía tiempo de consultar el reloj; todo cuanto podía hacerse era mantener a la Ardiente Alicia —éste era el nombre de nuestro aparato— de cara a aquel vendaval. Éste nos arrastraba, nos sacudía, nos levantaba y nos dejaba caer, haciéndonos girar como si pesásemos gramos y no toneladas. No podíamos elevarnos por encima de la tempestad, como es de suponer; teníamos que permanecer sentados en nuestros puestos, esperando lo que viniese. Creo que por lo menos una docena de veces yo estuve seguro de que íbamos a ser precipitados contra el mar, pero cada vez aquel caprichoso ventarrón nos elevó en sus brazos para seguir jugando con nosotros.
»Los tres estábamos con los nervios deshechos, llenos de golpes y contusiones, y terriblemente mareados y abrumados por la paliza fenomenal que nos daba la tempestad, y todos hubiéramos dado de buena gana un año de permiso en tierra por salir de aquel infierno. Y de pronto, súbitamente —de un modo tan repentino como se inició—, el tifón cesó por completo. Estábamos ensordecidos en el seno de un torbellino de viento y de lluvia, y al instante siguiente sobre nosotros se cernía un cielo limpio y un sol acogedor esparcía sus rayos sobre un mar azul y tranquilo, mientras bajo la sombra de nuestras alas se extendía el refugio rosado y verde de una isla tropical.
Gorham tosió cortésmente, interrumpiendo a su paciente.
—Perdóneme, teniente. Me gustaría tomar nota de esto. Puede ser importante. ¿Una isla, dice? ¿Qué isla?
Brady se encogió de hombros con gesto desvalido.


—No lo sé, señor. El vendaval nos había zarandeado y sacudido tan despiadadamente y durante tanto tiempo, que ninguno de nosotros era capaz de imaginarse dónde nos hallábamos. ¡Tanto podíamos estar a una milla, como a cincuenta o como a quinientas del punto donde nos alcanzó el tifón! —Su voz se hizo más resuelta—. Pero sea donde sea, tenemos que encontrar de nuevo esa isla. ¡Tenemos que encontrarla! Porque sepa usted que es la isla de Ellos. Si no la encontrarnos y los destruimos...
—¿Y si continuase su relato? —le indicó quedamente el doctor—. Dice usted que llegó a esa isla, no señalada en los mapas. Y supongo que aterrizaron felizmente en ella, ¿no es eso?
—Eso es, señor. Aterrizamos felizmente en una playa arenosa. Nos sentíamos llenos de júbilo por haber tomado tierra sanos y salvos, pero no sabíamos si aquel sitio era seguro. Ignorábamos si habíamos caído en territorio amigo o enemigo. En aquella remota parte del mundo cabía también la posibilidad de que los habitantes de la isla, caso de que ésta los tuviese, fuesen neutrales desde un punto de vista jurídico, sin dejar por eso de ser peligrosos. Dicho en otras palabras, podían ser aborígenes en estado salvaje y probablemente, cazadores de cabezas.
»Imagínese cuál sería, pues, nuestro placer y sorpresa, cuando pocos minutos después de desembarcar oímos un grito amistoso y vimos aproximarse a nosotros, desde el muro de follaje tropical que ceñía la playa, a un grupo de hombres blancos.
»No iban armados y nos dieron la bienvenida en inglés, sonrientes y llenos de cortés entusiasmo. Nos habían visto aterrizar, nos dijo el que parecía ser su jefe —un hombre más bien joven que se presentó a sí mismo como el doctor Grove—, y se apresuraron a salir a nuestro encuentro, por si alguno de nosotros necesitaba asistencia médica.
»Le aseguré que todos estábamos bien, y que lo único que necesitábamos era comida, descanso y algún medio para comunicar nuestra posición a la flota, que a la sazón debía de estar sin duda desplegada sobre la mitad del Pacífico meridional buscándonos.
»Él asintió.
—Tendrán ustedes comida y descanso —dijo cordialmente—. En cuanto a lo demás... esas cosas requieren tiempo en estas tierras primitivas. Ya nos ocuparemos de ello, sin embargo.
—Tenemos una emisora de radio en el avión... —empecé a decir, pero Jack Kavanaugh, nuestro telegrafista, denegó con la cabeza.
—¡La teníamos, jefe! Dejó de funcionar así que distinguimos esta isla. Debió de recibir algún que otro golpe durante la tempestad.
—Pero supongo que podrás arreglarla, ¿eh?
—Creo que sí, si no es nada grave. Espera primero a que la vea.
—Será lo mejor —asintió Grove—. Entretanto, espero que aceptarán ustedes nuestra humilde hospitalidad. Aquí no tenemos la suerte de recibir visitas con frecuencia. Será muy agradable conversar con ustedes. Si quieren tener la bondad de seguirme.
»No podíamos hacer otra cosa. Como ovejas conducidas al matadero —ciegas y confiadas y sin intentar luchar— le seguimos por la playa hasta embocar un tortuoso sendero que penetraba en la selva.
»Fue Tom Goeller, mi ametrallador, el primero en husmear que tal vez había visto algo raro en todo aquello. Entonces aún no había entrado en sospechas; sólo estaba sorprendido. Mientras caminábamos manifestó en voz alta la causa de su sorpresa:
—¿Desde dónde? ¡No lo entiendo!
—¿Qué es lo que no entiendes? —le pregunté—. ¿Y qué quieres decir con eso de... desde dónde? ¿Qué piensas, Tom?
—Pienso en ese Grove —gruñó Tom—. Dijo que nos vio aterrizar. Pero... ¿desde dónde? ¿Dónde demonios viven? ¿En los árboles? Antes de aterrizar contemplé detenidamente esta isla. La miré un buen rato desde arriba. Y no vi la menor traza de nada que pudiera parecer una casa.
»Yo asentí:
—¡Cáspita, tienes razón! Yo tampoco vi ninguna casa. Me pregunto si...
»Pero mi pregunta recibió respuesta antes de que terminase de formularla. De manera inexplicable nos detuvimos ante una especie de refugio de cemento que se alzaba bajo un enorme banano; una especie de colgadizo cubierto de manchas verdes y pardas... tan perfectamente camuflado para que se confundiese con lo que le rodeaba, que apenas podía vérsele desde diez metros de distancia, y mucho menos desde el aire.
Sonriendo, el doctor Grove se detuvo y dijo:
—Hemos llegado, señores. 
Oprimió un botón y la puerta del refugio se abrió.
—Pasen ustedes, hagan el favor.
»Kavanaugh habló con brusquedad:
—¿Que pasemos adónde? ¿Ahí dentro?
»Grove sonrió afablemente.
—No se alarmen. No es más que un ascensor. La entrada está a ras de suelo.
—¡Un ascensor! —exclamé—. ¿En esta selva? ¿Qué clase de juego es éste? ¿No irá usted a decirme que viven bajo tierra?
—Mi querido teniente —dijo con voz lánguida el atildado "Doctor"—. Más tarde tendré mucho gusto en explicárselo todo. Verá que es muy sencillo. Pero antes permítame que insista en que ustedes...
—¡Vaya! —le atajé—. ¿De modo que ahora insiste, eh? ¿Y si nosotros nos negásemos a entrar en su misterioso refugio? ¿Qué pasaría entonces?
—Entonces —dijo suspirando el doctor Grove— me vería obligado, lamentándolo mucho, a reforzar mis argumentos.
—¿Ah, sí? —rezongué—. Pues sigue adivinando, amigo. Ustedes son más que nosotros... pero da la casualidad que nosotros vamos armados.
Con estas palabras saqué mi automática y le encañoné con ella.
—Éste es un detalle que parece habérsele pasado por alto. Ahora...
—Ningún detalle se me pasa por alto, teniente —repuso Grove con flema imperturbable—. ¿Quiere usted hacer el favor de disparar su pistola? Si le repugna matar a un hombre a sangre fría —sus labios se plegaron en una sonrisa burlona— entonces dispare al aire.
Yo le contemplé estupefacto. Aquello no era una bravuconada. Se veía a la legua. Aquel hombre parecía divertirse enormemente, y se daba aires de desdeñosa superioridad.
—¡Cuidado, jefe —me dijo Goeller—, no caiga usted en la trampa! Quiere que dispare para que el tiro atraiga a los demás.
Grove sonrió:
—Se equivoca usted, amigo. No necesito ninguna ayuda. 
Introdujo una mano en su bolsillo del pecho y dijo:
—Muy bien. Ya que no acepta usted mi invitación...
Disparar era arriesgado, pero yo no podía hacer otra cosa.
—Perfectamente —barboté—. ¡Tú lo has querido!
Y oprimí el gatillo. Lo seguí oprimiendo esperando oír el disparo y ver cómo su cuerpo caía tendido a mis pies. ¡Mas no sucedió absolutamente nada!
Gorham, que escuchaba atentamente el relato, parpadeó.

 
—¿Quiere usted decir que erró el tiro... o que la pistola se encasquilló?
—Quiero decir —dijo Brady con desaliento— que el disparo no se produjo. No erré el tiro ni la pistola se encasquilló. Desde el punto de vista mecánico, el arma estaba en perfecto estado de funcionamiento, según comprobé más tarde al desmontarla y examinarla pieza por pieza. Pero se negaba a disparar en aquella isla.
Gorham dijo lentamente:
—¿Se negaba a disparar en aquella isla? —Contemplaba cautelosamente al joven, mientras trazaba garabatos con aire pensativo sobre su bloque de notas—. ¡Pero esto es increíble! ¿Por qué no quería disparar?
—No tardé en averiguarlo —respondió Brady ceñudo—. Esto, y muchas otras cosas...
»Me quedé inmóvil y sin habla, prosiguió Brady. No podía comprender lo que pasaba. De momento pensé —como usted— que la pistola se había encasquillado. Entonces me apercibí de pronto que mis compañeros también habían sacado sus pistolas... y que las contemplaban con la misma expresión de incredulidad que yo.
—¿Ven? —observó Grove, encogiéndose de hombros—. ¿Tendrán ahora la bondad de subir al ascensor?
—¡Ni que lo piense! —repuse, con cólera incontenible—. No comprendo lo que pasa aquí. Pero sea lo que sea, no quiero saber nada con ello. ¡Vamos, muchachos! ¡Marchémonos de aquí!
—Lo siento —dijo el doctor—. Me obliga usted a emplear medidas extremas. Le aseguro que lo hago con buena voluntad.
»Del bolsillo del pecho sacó un tubito parecido por su tamaño y su forma a una pluma estilográfica. Apuntándome con él... apuntándonos, sería mejor decir, vi surgir de su punta un radiante cono plateado.
»Intenté abalanzarme sobre él, apostrofándolo. Pero me quedé sin voz y sin movimiento cuando aquel curioso resplandor plateado cayó sobre mí. No era un gas. No tenía olor ni sabor; no quemaba, ni pinchaba, ni causaba ninguna clase de dolor. Pero me pareció como si me hubiese metido en un océano de pegajosas telarañas, o como si me hallase atrapado en una espesa malla de rayos de luna. No podía moverme ni hablar; sin embargo, era dueño de todos mis sentidos.
»Como en sueños oí que el doctor Grove ordenaba a sus acompañantes:
—Pónganlos en el montacargas. ¡Con cuidado!
»Entonces noté unas manos que me levantaban y me llevaban en andas; es difícil explicar aquella sensación... me parecía notarlas sobre mi cuerpo pero muy lejos, como si entre ellas y mi carne se interpusiesen varias capas de espuma de goma.
»También podía ver, pero sólo frente a mí, en la dirección hacia donde miraban fijamente mis pupilas. No podía mover los ojos. Así es que vi únicamente que el interior del montacargas era de metal liso y bruñido, que resultaba extraño en aquel lugar. Oí un zumbido de un motor eléctrico e intuí más que sentí el movimiento de nuestro rápido descenso.
»El doctor Grove se inclinó sobre mí, colocándose en mi campo visual.
—Lo siento, teniente —dijo—. Lamento de verdad haber tenido que apelar a la violencia. Pero como usted ve, las armas de fuego son inútiles en esta isla. No se permiten explosiones de ninguna clase a menos que se cuente con un permiso especial. Poseemos medios de inutilizar sus primitivos aparatos mecánicos. A eso se debe que sus pistolas no disparen y su radio se niegue a funcionar.
»Bullían en mi mente un millar de preguntas, pero no podía formularlas ni siquiera con la mirada. "¿Cuáles son esos medios?", hubiera deseado preguntarle. "¿Y quién, o qué, son ustedes que hablan de la radio como de un primitivo aparato mecánico? ¿Adónde vamos, y qué se proponen hacer con nosotros?" Todas estas preguntas me martilleaban el cerebro, pero no podía articularlas con la lengua. Entonces cesó la sensación de movimiento. Oí cómo se abría la puerta del ascensor, y nuestros captores volvieron a llevarnos en volandas, y oí voces que denotaban la presencia de muchas personas en aquellas catacumbas. Luego fui testigo silencioso de la conversación sostenida entre Grove y alguien que parecía ser superior.
—¿Qué es eso, Frater?
—Lo siento, Frater Dorden. Ha sido necesario. Se negaban a venir por su voluntad.
—Ya veo —escuché un suspiro—. Son muy pocos los que vienen libremente. Muy bien, pónganlos en los dormitorios hasta que se rehagan. Y trátenlos con delicadeza. Esos pobres diablos están muy asustados.
»Nuestro viaje prosiguió entonces a través de un dédalo de corredores de metal brillantemente iluminados, hasta que por último me hicieron pasar por una puerta y me depositaron suavemente sobre una litera. Me cubrieron con una manta fina; el agradable calorcillo que me infundió me dio a comprender cuan fatigado estaba. Yo no podía cerrar los ojos, pero las luces disminuyeron lentamente de intensidad, hasta que por último, sumido en las más profundas tinieblas, olvidé mis inquietudes en brazos de un sueño reparador.
»No sé si fueron las luces al encenderse de nuevo lo que me despertó, o si un control invisible las encendió automáticamente cuando yo me desperté. Sea como fuere, salí de mi letargo para hallar la estancia brillantemente iluminada de nuevo.
»Pero lo que era más importante era el hecho de que ya podía moverme. Saltando de la litera, corrí hacia la puerta, situada en el lado opuesto de la pieza, pero como ya suponía, la encontré cerrada. Así es que de momento deseché toda idea de huida, y me puse a observar el lugar donde me hallaba.
»Constaté que me encontraba solo. Al parecer nuestros captores nos habían puesto a cada uno de nosotros en una estancia o celda separada. La que yo ocupaba era de una sencillez espartana. Cuatro paredes de una sustancia metálica gris y opaca que de momento no pude identificar; un piso formado por una especie de caucho elástico o compuesto de plástico; y un techo bajo de material idéntico al que formaba las paredes. Una litera, una silla y una mesita constituían todo el mobiliario. No había decoración alguna sobre las paredes, ni alfombra en el suelo; y como es de suponer —pues nos hallábamos bajo tierra— no existían ventanas.
»Lo que más me sorprendió fue no descubrir el origen de la iluminación. Busqué en vano cualquier clase de lámpara de la cual proviniese la iluminación agradable y constante que inundaba la estancia. Nada descubrí. Tampoco se trataba de una iluminación indirecta. La cantidad de luz era constante y, por raro que pueda parecer, no producía sombras.
»Creo que fue entonces cuando empecé a asustarme. No quiero decir que me temblasen los labios o se me doblasen las piernas, pero sí que sentía miedo. Un miedo que me atenazó con su garra helada, el mismo que debe experimentar el conejillo caído en la trampa al ver aproximarse al cazador.
»Aquellos seres, aquellos hombres que hablaban con desdeñosa indiferencia de las más perfectas realizaciones de la humanidad, que empleaban a regañadientes y sin darle ninguna importancia armas y utensilios desconocidos para la ciencia... ¿Quiénes eran? ¿Y por qué nos habían separado? ¿Dónde estaban mis compañeros Kavanaugh y Goeller? De pronto, con un ansia desesperada, anhelé su compañía tranquilizadora.

 
»Me puse a gritar a voz en cuello. Nadie me respondió. Las paredes impasibles, al ser de metal debieran haber repetido el eco de mi voz llena de pánico. Pero como todo lo de aquel lugar extraño, se comportaron de un modo antinatural, absorbiendo el sonido, haciéndolo desaparecer como una esponja absorbe el agua.
»Me desgañité gritando. De nada servía hacerlo, pensé. Pero me equivocaba. Porque súbitamente oí un pequeño susurro a mis espaldas y, volviéndome, vi cómo el doctor Grove penetraba en la celda a través de la pared.
El teniente Brady se detuvo de pronto, para gozar con la reacción que experimentaría su oyente. Ésta no tardó en producirse. El doctor Gorham, a pesar de ser un curtido psiquiatra, dejó de hacer garabatos y dirigió una rápida y ansiosa mirada, que denotaba preocupación, a su joven paciente.
Con un evidente esfuerzo hizo desaparecer el rictus de incredulidad que afloraba en su semblante, y dijo suavemente:
—¿A través de la pared, teniente? Habrá querido decir a través de la puerta, supongo.
—A través de la pared —repuso Brady, con brío—. A través de la pared. La puerta estaba frente a mí. Pero el doctor Grove penetró en mi celda atravesando la sólida pared de metal.
—¿Pero no comprende usted —observó Gorham— que lo que está diciendo es imposible?
—Para nosotros sí —dijo Brady con mirada extraviada—. Para Ellos, nada es imposible. ¡Nada!, o casi nada. ¡Por esto debemos actuar, y actuar lo antes posible, antes de que sea demasiado tarde! ¡Tiene usted que creerme, doctor! Ésta es la última oportunidad de la especie humana...
—Haré lo que pueda —le prometió Gorham—. ¿Y si continuase? Dice usted que el doctor Grove penetró por la pared…
—Trataré de abreviar —dijo Brady con semblante desencajado—. Miraré de contarlo en cuatro palabras. No quiero hacerle perder más el tiempo. Por su expresión deduzco que no me cree. Pero alguien tiene que creerme. Pues bien, como le decía, el doctor Grove atravesó la pared. Y por extraño que le pueda parecer, inmediatamente dejó de dominarme el pánico. Seguía sintiendo temor, eso sí, pero era el temor que se siente ante un dios, un demonio o una fuerza implacable y elemental que está más allá de nuestra comprensión. No le contemplé con espanto, como se contempla a un enemigo humano que se abalanza sobre nosotros escupiendo fuego mortífero o blandiendo una espada ensangrentada; le contemplé con temor, pues comprendí que estaba tan por encima y tan lejos de mí en la escala biológica como yo lo estoy de un perro o de una bestia de carga.
»Y así fue nuestra conversación... no como de hombre a hombre, sino como la que sostendría un hombre con una criatura inferior. Y esa criatura inferior era yo. Él era el amo, yo el siervo. Y me contó muchas cosas.
»¿Nunca se le ha ocurrido pensar, doctor, que nosotros los humanos somos una raza egocéntrica? Nuestros sabios, como Darwin y Huxley, nos han dicho que somos el resultado de una evolución sostenida y progresiva; una evolución que se inició en el fango arcaico para irse desarrollando gradualmente hasta llegar a nuestro orgulloso y altivo estado de Homo sapiens.
»¡El Homo sapiens... el hombre inteligente...! Aunque quizá no seamos tan inteligentes como suponemos. En nuestra ceguedad y locura, tenemos la necia presunción de ser la última y gloriosa etapa del eterno devenir de la Naturaleza en pos de la perfección.
»¿No podíamos presumir que la misma fuerza que hizo pasar al primer pez pulmonado del cieno primigenio a la tierra firme, la fuerza que hizo nacer al hombre de Neanderthal de su bestial y peludo antecesor y dio a aquel troglodita que blandía armas de piedra una descendencia que se halla empeñada en labrarse su propia destrucción mediante la desintegración atómica... no podíamos haber conjeturado que aquella fuerza, de manera inevitable, podía haber dado un paso más?
»Esto es lo que sucedió. Hoy en día vive sobre la tierra una raza que representa este paso más en el progreso humano. Unas gentes para quienes nuestros pensamientos son tan primarios y elementales como lo es para nosotros la charla de los niños.
»Empiezan donde nosotros terminamos. Nuestra física y nuestra matemática, de la que tanto nos enorgullecemos, son para ellos el abecé que estudian los párvulos; la difícil ciencia adquirida trabajosamente por nuestros mejores intelectos, ellos la poseen intuitivamente. Sienten lo que nosotros tenemos que estudiar; y lo que para ellos es objeto de estudio, está más allá de toda nuestra comprensión. ¡Son los nuevos reyes de la creación... el Homo superior!
»Cómo llegaron a ser, es algo que ni siquiera ellos mismos saben. Usted, en su calidad de médico, debe saber mejor que yo lo que es esa fuerza que se conoce por el nombre de "mutaciones". Gracias a las mutaciones nace una rosa blanca entre rosas rojas, y la nueva raza blanca se mantiene desde entonces. Estos hombres nuevos son mutantes. Ellos —o los primeros de entre ellos— nacieron de padres normales. Pero desde la misma cuna intuyeron ya que ellos eran distintos. Poseedores de facultades telepáticas, pudieron descubrir a sus semejantes entre la multitud —e incluso a larga distancia— y así se unieron.
»Hace mucho tiempo —el doctor Grove no quiso decirme cuánto— la nueva raza resolvió aislarse de nosotros. Se trataba de una decisión lógica. Tenían tanto de común con nosotros como nosotros con nuestros animales domésticos. Son muy pocos los hombres que comen con sus perros o duermen en cuadras.
»Entonces buscaron esta isla apartada en pleno Pacífico, muy lejos de la civilización de los hombres inferiores. Allí es donde viven, estudian y trabajan, esperando con paciencia infinita a que llegue el día de salir de su escondrijo para apoderarse del mundo que les pertenece por herencia natural, como el Homo sapiens lo tomó de manos de su progenitor de frente huidiza, el Pithecanthropus.
—Somos pocos en número —me dijo Grove— pero aumentamos a cada año que pasa. Algunos hemos nacido aquí; otros llegan de los cuatro puntos cardinales, atraídos por contacto mental. Pronto seremos los suficientes y nos sentiremos fuertes para aceptar la responsabilidad de regir a toda la tierra.
—¿Significará esto —le pregunté— la destrucción del hombre y la reivindicación del mundo entero como su propiedad?
»Casi con tristeza, Grove me respondió:
—¡Qué poco nos comprenden ustedes los humanos! ¿Aniquilan ustedes acaso a los animales silvestres sólo porque no están a su mismo nivel intelectual? Nuestra obligación es mantenerlos y preservarlos; hacer las veces de sus benévolos guardianes en un mundo que les resultará extraño y amedrentador.
»Sí, amedrentador —continuó, viendo que yo esbozaba un ademán de protesta—. Había temor y espanto en tu mirada cuando yo entré en la habitación. No comprendes cómo puedo haber atravesado una pared que a ti te parece sólida. Y al no comprenderlo, te has sentido lleno de terror.
»Sin embargo, no hay nada de sobrenatural ni espantoso en lo que acabo de realizar; es una cosa que cualquiera de nosotros puede hacer con sólo proponérsela. No puede hablarse de cuerpos sólidos en un universo en el cual todo —desde el tamaño y la dimensión hasta la sustancia— es relativo. Nosotros sabemos que hay lugar de sobra para que las moléculas que constituyen nuestro ser pasen sin tropiezo entre las moléculas que constituyen estos muros. Nos limitamos a efectuar un ajuste mental... y vamos adonde nos parece. Esto es para nosotros una facultad tan básica y fundamental como la respiración lo es para un hombre como tú. Es simplemente una facultad biológica elemental.

 
—¿Entonces, qué se proponen hacer con los hombres? —le pregunté.
—Debieras preguntarme: ¿Qué se propone hacer la Naturaleza con el hombre? —contestó amablemente—. Y según mi parecer, esta pregunta se responde sola. No tienes más que examinar la historia de la Tierra. ¿Qué se hicieron de los primitivos experimentos de la Naturaleza, de los reptiles gigantescos, de los pitecántropos, de los hombres de las cavernas y de los palafitos?
—Desaparecieron  —respondí—.  Sucumbieron ante  la  civilización. Cayeron ante el avance avasallador de formas de vida más elevadas.
—En efecto —asintió Grove con voz melancólica—. Así fue. Pero ustedes nos suplican que los tratemos con bondad. Así lo haremos.
»Tiene usted que comprender cuál es el fondo de la cuestión, doctor. Estos hombres nuevos son inteligentes, mil veces más inteligentes que nosotros. Y puesto que se hallan mucho más arriba en la escala de la perfección, es innata en ellos la propensión a la bondad. Por esto sus armas anestesian, pero no matan. No quieren, no pueden matar.
»Podría hablarle durante horas, contándole todo cuanto vi y oí en las tres semanas que permanecí prisionero en el refugio subterráneo de la nueva raza. Le contaré sólo unas cuantas cosas, porque me doy cuenta de que usted, como todos, piensa que estoy loco. Pero hay varias cosas que tiene usted que saber.
»En aquellas celdas metálicas están encerrados más de doscientos seres humanos como usted y yo, personas de ambos sexos que fueron a parar por accidente a la isla remota y fueron retenidos en ella para que no propalasen por el mundo la inminente conquista.
»Tienen todas las comodidades que pueden apetecer, desde luego. Se les da una comida buena y abundante, están bien alojados, se les distrae y se procura que sean felices, en lo posible. Los hombres no aniquilan por placer a sus animales domésticos. Y en esa isla, los hombres están bajo la custodia de los superhombres.
»Podría citarle unos cuantos nombres que le dejarían sorprendido. Un famoso escritor y viajero cuyo barco se perdió hace algunos años en el Pacífico... un aficionado a la caza mayor a quien todos dan por muerto... una aviadora a la que una docena de escuadrillas buscaron en vano. Todos están allí.
»Podría contarle otras cosas que le pondrían los pelos de punta si usted se atreviera a creerlas. Ellos ya están entre nosotros. A medida que se aproxima su hora, se dedican a allanar el camino de su conquista incruenta. Algunos de ellos salieron de su isla para vivir en nuestro mundo. Su plan es verdaderamente magistral. Un puñado de ellos ocupando los puestos clave; aquí un político, allá un magnate de la industria, acullá un autor cuyas obras constituyen el evangelio para una gran mayoría de lectores. ¿Qué posibilidades de éxito tiene una raza inferior ante el ataque de los superhombres?
»Y este ataque no tardará en producirse. Cuando llegue ese día, habrá sonado nuestra hora final, como reyes de la creación. Tenga usted en cuenta que Ellos son infatigables. Nosotros, como raza, somos fuertes. ¡Pero Ellos son omnipotentes!
—Por esta razón —concluyó Brady— usted tiene que creerme, doctor, por descabellado que le parezca lo que le cuento. Tiene que creerme, doctor. Mirando las cosas desde un punto de vista muy amplio, quizá sea mejor que ellos se conviertan en amos de la Tierra. Pero yo soy un hombre. Y como miembro de mi raza, no me resigno a caer ante una cultura superior, por elevada que ésta pueda ser. ¡Quiero vivir! Y si nosotros queremos vivir, Ellos deben morir. Hay que destruir su isla, sin dejar rastro de ella. Una bomba atómica...
—Ha dicho usted —le atajó el doctor Gorham— que ellos son omnipotentes. Les ha conferido usted una sabiduría de semidioses. Sin embargo, usted huyó de su isla sin ayuda exterior. ¿Puede presentar esto como una prueba de su inteligencia sobrehumana?
Brady denegó con la cabeza.
—Esto no prueba más que su gran bondad y mi astucia animal.
»También tienen su talón de Aquiles, y yo me aproveché de él. Les repugna causar dolor a ningún ser viviente. Sabiendo esto, pedí a Grove un día que me llevase a la superficie y me acompañase a recoger algunas cosas que tenía en mi avión. Le dije que se trataba de efectos personales; fotografías de mis seres queridos, que había escondido en un compartimiento secreto del aparato.
»Él asintió. Hacía varias semanas que nuestras relaciones eran muy amistosas, y no sospechó mi doblez. La doblez es un rasgo típicamente humano. Ellos no pueden concebir el pecado ni el engaño.
»Él se mostraba confiado y a mí me dominaba la desesperación. Se volvió a mirar cuando yo grité para señalarle algo a su espalda; nunca supe con qué le golpeé. No sé siquiera si mi pedrada le mató o le dejó con vida. Ojalá no le matase.
»Como usted puede suponer, el avión de nada me servía. Pero en él teníamos botes neumáticos de caucho, y el mar estaba a pocos metros de distancia. Empuñando el canalete, me alejé de aquella orilla embrujada remando como un poseído. El resto ya lo sabe usted: Me quedé sin comida ni agua y me encontraron delirante, días o quizá semanas después, barbudo y con la piel quemada por el sol y llena de ampollas, a punto de fallecer.
El doctor Gorham asintió y cerró en silencio el bloque de notas, en el que sólo había trazado unos cuantos garabatos.
—Sí —dijo con voz queda—. En efecto. Debió de ser una terrible odisea. 
Levantándose, balbució con embarazo:
—Bueno, teniente...
El teniente Brady le miró lleno de desesperanza.
—No me cree usted, ¿verdad?
—Me ha gustado mucho oír su relato —respondió el galeno—. Elevaré un informe a la superioridad. Tenga usted paciencia y no se preocupe. Adiós, teniente.
—¡Váyase al diablo! —le espetó el teniente Brady—. ¡Oh, váyase al diablo... señor! —añadió maquinalmente.
El médico dio un respingo, luego dirigió una mirada de compasión al joven, se encogió de hombros y salió de la estrecha celda.
Frente a ella se tropezó con otro médico.
—¡Hola, Gorham! ¿Has hablado con él? ¿Cuál es tu diagnóstico?
Gorham se tocó la frente.
—Un caso clarísimo de manía persecutoria verdaderamente sorprendente. Nunca había escuchado un relato tan coherente y lógico, pero... —se encogió de hombros—. Haz lo que puedas por él. Mucho me temo que tendrá que pasar aquí mucho tiempo... tal vez toda su vida. En libertad, podría ser peligroso.
El otro médico movió la cabeza.
—¡Qué lástima! Un muchacho tan pundonoroso. Pero el más cuerdo se volvería loco después de pasarse semanas a la deriva en un bote de caucho. Fue el único superviviente de la dotación. Bueno, Gorham, ¿almorzaremos juntos?
—No, gracias —repuso Gorham—. Tengo que darme prisa para entregar el informe y recomendar que traten con indulgencia este caso.
—Comprendo. Así pues, nos veremos luego.
El otro médico desapareció por el inmaculado corredor de la clínica mental. Gorham meditó brevemente, tratando de orientarse. Estaba en el ala occidental de la clínica, la que daba a la calle. Tenía el coche frente a la clínica. No disponía de mucho tiempo, pues le esperaba una cantidad ingente de trabajo. Y si pasaba por la antesala, a buen seguro algún estúpido le entretendría, obligándole a sostener una tediosa conversación. No sentía los menores deseos de conversar. Quería salir de allí y terminar su informe; el informe que liquidaría definitivamente el caso Brady. Éste dejaría de ser una causa de preocupaciones.
Miró rápidamente arriba y abajo del corredor. No se veía a nadie. Sus sentidos le dijeron también que la calle estaba desierta. No había ningún peligro de que le viesen. Así es que...
Así es que el doctor Gorham se volvió para atravesar limpiamente la pared.


FIN

2026/02/09

Fénix brillante (Ray Bradbury)


Título original: Bright Phoenix
Año: 1947


Un día de abril del año 2022, la gran puerta de la biblioteca restalló secamente. Como un trueno.
"Hey", pensé.
En el último peldaño de las cortas escaleras que ascendían hasta mi escritorio, enfundado en su uniforme de la Legión Unida que le caía tan mal como hacía veinte años, estaba Jonathan Barnes.
Viendo su altanera agresividad marcada en su pausa, pensé en los diez mil discursos a los Veteranos que habían surgido de aquella boca, en los innumerables desfiles en los que había participado, sudando y resoplando, en los banquetes de patriotas a base de pollo frío y guisantes seguramente cocinados por él mismo, en todos sus proyectos abortados.
Jonathan Barnes subió pesadamente los peldaños de la escalera, marcando en cada pisada todo el peso de su corpulencia y de su nueva autoridad. Los ecos, repercutiendo en la alta bóveda, le hicieron sin duda darse cuenta incluso a él mismo de lo burdo de sus modales ya que, cuando llegó junto a mi escritorio, su voz impregnada en alcohol fue apenas un susurro junto a mi rostro.
—He venido por los libros, Tom.
Rebusqué en forma casual entre mis fichas índice.
—Cuando estén preparados ya le llamaré.
—Hey, un momento —dijo—. Espere...
—Supongo que se refiere a los libros para la Obra Social de los Veteranos, para distribuir entre los hospitales, ¿no?
—¡No, no! —gritó—. He venido por todos los libros.
Le miré sin decir nada.
—Bueno —dijo—, casi todos.
—Casi —parpadeé, sin dejar de rebuscar entre las fichas índice—. La norma son diez volúmenes máximo por persona y vez. Oh, aquí está. Además, su tarjeta de lector caducó cuando usted tenía treinta años..., hace ya treinta años de ello. ¿Lo ve? —le tendí la ficha índice.
Barnes apoyó ambas manos en el escritorio e inclinó hacia mí su enorme corpachón.
—Me doy cuenta que usted está intentando interferir —dijo. Su rostro se encendió, empezó a jadear—. ¡No necesito ninguna tarjeta de lector para efectuar mi trabajo!
Aunque seguía hablando en susurros, había alzado la voz lo suficiente como para que una miríada de blancas páginas suspendieran sus aleteos bajo la verdosa luz de las lámparas en las enormes estancias de paredes de piedra. Algunos libros se cerraron con un sordo y casi imperceptible ruido.
Algunos lectores alzaron sus apacibles rostros. Sus ojos serenados por la quietud y el recogimiento de aquel lugar, solicitaban silencio, como los del tigre cuando acude a beber a las quietas aguas. Viendo aquellos ojos vueltos hacia nosotros, aquellos tranquilos rostros, pensé en mis cuarenta años transcurridos viviendo, trabajando, incluso durmiendo allí, entre las silenciosas vidas arropadas en terciopelo de todos aquellos personajes imaginarios. Siempre la había considerado mi biblioteca, y la seguía considerando, como un oasis de frescor donde los hombres acudían, procedentes del ruido y la febril actividad del día, a bañar sus mentes y a refrescar sus cuerpos en la verdosa luz y en la suave brisa de las páginas al ser volteadas. Tras lo cual, ya más centrados, con las ideas más claras y los cuerpos más relajados, pueden de nuevo sumergirse en el ardiente horno de la realidad, la noche, el tráfico, la improbable vejez, la inevitable muerte. He visto a cientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucinados. Los he visto salir relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a sí mismas y hallando aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en el sueño y a soñadores hallar finalmente la realidad, en este refugio de piedra y mármol donde cada libro está marcado por el silencio.
—Sí —dije finalmente—. No le llevará mucho tiempo el registrarse de nuevo. Rellene esta nueva ficha. Traiga dos referencias que sean solventes...
—No necesito referencias —dijo Jonathan Barnes—. ¡No para quemar libros!
—Al contrario —dije—. Para eso va a necesitar más.
—Mis hombres son mis referencias. Están esperando fuera por los libros. Son peligrosos.
—Los hombres así siempre lo son.
—No, no, me refiero a los libros, estúpido. Los libros son peligrosos. Buen Dios, no hay dos que piensen lo mismo. Siempre los mismos malditos dobles sentidos. Siempre la misma torre de Babel y la misma saliva malgastada. Nosotros estamos aquí para clarificar, para simplificar, para depurar. Necesitamos...
—Perdón —dije, tomando un ejemplar del Demóstenes bajo mi brazo—. Es la hora de mi comida. ¿Me acompaña?
Estaba ya a medio camino de la puerta cuando Barnes, con los ojos desorbitados, recordó de pronto el silbato de plata que colgaba de su cinturón; lo llevó a sus labios y lanzó un prolongado pitido.
Las puertas de la biblioteca se abrieron bruscamente. Una marea de hombres uniformados de negro penetraron ruidosamente escaleras arriba.
Les llamé suavemente la atención. Se detuvieron, sorprendidos.
—Sin hacer ruido —les dije. Barnes me sujetó del brazo.
—¿Se está oponiendo usted a nuestra actuación?
—No —dije—. Ni siquiera voy a pedirles la orden que les autoriza a esta invasión. Lo único que les pido es que guarden silencio mientras trabajan.
Los lectores se habían levantado de sus mesas ante el estruendoso resonar de las pisadas. Les hice señas para que volvieran a sentarse. Se enfrascaron de nuevo en sus lecturas, sin que ninguno volviera a levantar la vista hacia aquellos hombres impecablemente uniformados de negro que me miraban con una no fingida estupefacción. Barnes hizo un gesto con su cabeza. Los hombres avanzaron entonces cuidadosamente, a puntas de pies, hacia las distintas salas de la gran biblioteca. Con extremadas precauciones, procurando no hacer el menor ruido, abrieron las ventanas. Hablando en susurros, tomaron los libros de sus estanterías y los fueron arrojando al patio de abajo, en el más completo silencio. De tanto en tanto lanzaban miradas de reojo a los lectores que, tranquilamente, iban volteando las páginas de sus libros, pero ninguno se atrevió a tomar aquellos volúmenes, limitándose a vaciar las estanterías.
—Bien —dije.
—¿Bien? —dijo Barnes.
—Sus hombres pueden trabajar sin usted. Vamos fuera.
Y salí tan rápidamente que no tuvo más remedio que seguirme, ardiendo con preguntas no formuladas. Atravesamos el césped que rodeaba el edificio, donde había sido montado un horno portátil, una enorme parrilla negra de donde surgían rojizos chorros que se convertían en azuladas llamas, a las cuales los hombres precipitaban los silvestres pájaros y las aterciopeladas palomas que alzaban el vuelo en un frenético batir de alas antes de caer heridos de muerte, consumiéndose entre las terribles llamas. De todas las ventanas surgían aterrorizados pájaros, que caían al suelo y eran empapados en gasolina antes de ser arrojados a las destructivas y coloreadas llamas.


—Es extraño —murmuró Barnes, sorprendido—. Tendría que haber multitudes contemplando un espectáculo como éste... Pero no hay nadie. ¿Cómo se lo explica usted?
Lo dejé con la palabra en el aire. Tuvo que correr para alcanzarme.
En el pequeño café al otro lado de la calle, me senté a una mesa y Barnes, irritado, sin ninguna razón aparente, se puso a gritar apenas ocupamos nuestras sillas:
—¡Camarero! ¡Rápido, debo volver inmediatamente al trabajo!
Walter, el propietario, se acercó con el menú en la mano. Me miró. Le guiñé un ojo. Miró a Jonathan Barnes y dijo:
—Ven conmigo y sé mi amor, y probaremos de la felicidad el ardor.
—¿Qué? —Jonathan Barnes parpadeó.
—Llámeme Ismael —dijo Walter.
—Ismael —dije—, empezaremos con un café.
Walter volvió con el café.
—Tigre, tigre, brillante has de arder —dijo—, en la penumbra del bosque, al anochecer.
Barnes se quedó mirando al hombre, que se alejaba con un paso casual.
—¿Qué demonios le ocurre? ¿Está loco?
—No —dije—. Pero sigamos con lo que me decía en la biblioteca. Explíqueme.
—¿Explicar? —dijo Barnes—. Dios mío, todos quieren saber las razones. Está bien, se lo explicaré. Se trata de un experimento de importancia capital. Esta es una ciudad que nos servirá de prueba. Si la quema de libros funciona aquí, funcionará en todas partes. No lo quemamos todo, no, no. Se habrá dado cuenta que mis hombres tan sólo desalojan ciertas categorías de libros. Eliminamos alrededor de un 49,2 por ciento. Luego informaremos del éxito al comité central del gobierno...
—Excelente —dije.
Barnes se me quedó mirando fijamente.
—¿Cómo puede estar usted tan alegre?
—El problema de cualquier biblioteca —dije— es dónde meter los libros. Usted me ayuda a resolverlo.
—Creí que usted evidenciaría... miedo.
—En toda mi vida he estado rodeado de gentuza.
—¿Perdón?
—Hay que dar un nombre a todas las cosas. Los que queman libros son gentuza.
—¡Maldita sea, soy el Jefe Censor de Green Town, Illinois!
Llegó un nuevo camarero, portando una humeante cafetera.
—Hola, Keats —dije.
—La estación de las brumas y el dulzor de la fruta madura —dijo el camarero.
—¿Keats? —dijo el Jefe Censor—. Su nombre no es Keats.
—Oh, qué tonto soy —dije—. Este es un restaurante griego. ¿No es cierto, Platón?
El muchacho llenó mi taza.
—El pueblo dispone siempre de algún campeón que empuja hacia adelante y lo alimenta de grandezas... Esta y no otra es la raíz de la cual surge el tirano; cuando aparece el primero, es un protector.
Barnes se inclinó hacia adelante para mirar mejor al camarero, que permaneció inmutable. Luego tomó su café y sopló.
—Como le decía, nuestro plan es tan simple como el que uno más uno son dos...
—Casi nunca he conocido a un matemático que fuera capaz de razonar —dijo el muchacho.
—¡Maldita sea! —Barnes dejó bruscamente su taza sobre la mesa—. ¡Silencio! Lárgate de aquí antes que pierda la paciencia, Keats, Platón... Holdridge, este es tu nombre. Ahora lo recuerdo: ¡Holdridge! ¿Qué es toda esa otra jerga?
—Sólo imaginación —dije—. Vanidad.
—Maldita sea la imaginación y al infierno con la vanidad, puede usted comer solo si quiere, me largo inmediatamente de esta casa de locos.
Y Barnes se tragó el café de un sorbo, mientras el dueño y el camarero lo miraban y miraban mientras se lo bebía y al otro lado de la calle el fuego ardía orgullosamente en las entrañas de la monstruosa parrilla. Nuestras silenciosas miradas hicieron que Barnes se estremeciera, con la taza en una mano y una gota de café colgando de su mentón.
—¿Por qué? ¿Por qué no gritan ustedes? ¿Por qué no luchan contra mí?
—Yo estoy luchando —dije, tomando el libro que había traído bajo mi brazo. Lo abrí por la página que decía DEMÓSTENES, dejé que Barnes viera bien el nombre, la enrollé en forma de cigarro, la prendí, contemplé la creciente llama y murmuré—: Aunque el hombre pueda escapar a todos los demás peligros, jamás podrá escapar completamente a aquellos que no reconocen a una persona como él el derecho a existir.
Barnes saltó en pie, gritando, me arrancó el "cigarro" de la mano, lo pateó, y el Jefe Censor salió del lugar dando un portazo.
Lo único que podía hacer yo era seguirle.
En la puerta, Barnes tropezó con un hombre ya anciano que entraba en el café. El viejo estuvo a punto de caer. Lo sostuve del brazo.
—Profesor Einstein —dije.
—Señor Shakespeare —dijo. Barnes huyó.
Lo encontré de nuevo en el césped ante la antigua y hermosa biblioteca, donde los hombres de negro, desprendiendo olor a gasolina a cada movimiento, seguían transportando brazadas de palomas abatidas, de moribundos faisanes, todo un otoño de oro y plata que caía de las altas ventanas. Y todo silenciosa y pausadamente. Y mientras esta tranquila y casi serena pantomima continuaba, Barnes permanecía inmóvil, gritando silenciosamente, ahogando los gritos que pugnaban por surgir de entre sus dientes apretados, su lengua, sus labios, sus mandíbulas, ahogándolos de modo que nadie los pudiera oír. Pero los gritos surgían igualmente de sus ojos muy abiertos, en relámpagos que estallaban en sus puños crispados y coloreaban su rostro, ahora blanco, ahora rojo, mientras me miraba fijamente, miraba al café, a su maldito propietario y al terrible camarero que, desde la puerta, le hacían gestos amistosos. El incinerador de Baal saciaba su enorme apetito, esparciendo chispas por todas partes, y Barnes contemplaba aquel ciego sol rojo que ardía y llameaba en su estómago.
—Oigan, ustedes —dije con voz suave a los hombres de negro, que se detuvieron—. Recuerden las Ordenanzas Municipales. Se cierra a las nueve en punto. Por favor, procuren terminar antes de entonces. No me gustaría quebrantar la ley... Buenas noches, señor Lincoln.
—Ochenta —dijo un hombre, pasando a nuestro lado—, y siete años...
—¿Lincoln? —el Jefe Censor se volvió lentamente—. Ese es Bowman. Charlie Bowman. Le conozco, Charlie, venga acá un momento... Charlie... ¡Chuck!
Pero el hombre se había alejado, y los coches pasaban, y de tanto en tanto, mientras el fuego seguía ardiendo, algunos hombres me saludaban y yo les saludaba, y era "¡Hola, señor Poe!", o un gesto amistoso a algún extranjero cuyo nombre sonaba algo así como Freud, y nuestras voces eran alegres al saludarnos, y el señor Barnes se estremecía cada vez como si fuera atravesado por un dardo de fuego que continuara ardiendo en su interior y consumiera su vida. Y nadie se detenía a ver el espectáculo.


De pronto, por alguna oculta razón, el señor Barnes cerró los ojos, abrió mucho la boca, inspiró profundamente y gritó:
—¡Alto!
Los hombres, arriba, dejaron inmediatamente de arrojar libros por las ventanas.
—Pero —dije— aún no es la hora de cerrar.
—¡Es la hora de cerrar! ¡Todo el mundo fuera! 
Profundos pozos habían devorado las pupilas de los ojos de Jonathan Barnes. Hizo una seña, indicando que bajaran. Obedientemente, todas las ventanas descendieron como otras tantas guillotinas, y se oyó el ruido de las contraventanas al cerrarse.
Los hombres de negro, con la sorpresa reflejada en sus semblantes, descendieron y salieron fuera.
—Jefe Censor —metí en su mano la llave que no quería aceptar, le obligué a tomarla—, vuelva usted mañana, mantenga el silencio, termine con su trabajo.
Sus ahora insondables y vacíos ojos intentaron en vano mantener mi mirada.
—¿Cuánto..., cuánto tiempo hace que dura...?
—¿Esto?
—Esto..., y..., esto..., y ellos.
Intentó sin conseguirlo señalar el café, los coches que pasaban, los tranquilos lectores que salían ahora de la acogedora biblioteca, saludando con la cabeza cuando pasaban a nuestro lado en el frío aire del anochecer, amigos, todos ellos amigos míos. Sus ciegos y crispados ojos devoraron la oscuridad que era ahora mi rostro, su lengua paralizada murmuró trabajosamente:
—¿Creen ustedes, estúpidos, que van a engañarme a mí, a mí, a mí?
No contesté.
—¿Cómo pueden estar seguros —dijo— que yo no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?
No contesté.
Lo dejé de pie, inmóvil, allá en medio de la noche.
En la biblioteca, comprobé los últimos volúmenes de los que se iban, mientras la noche llegaba finalmente y la gran máquina de Baal seguía vomitando la humareda de su mugriento fuego sobre el alto césped allá donde el Jefe Censor permanecía inmóvil como una estatua de cemento, sin ver siquiera como sus hombres se marchaban. Su puño se levantó bruscamente. Algo rápido y brillante fue a golpear contra el cristal de la puerta de entrada. Luego Barnes se volvió y se fue tras el incinerador que resonaba contra el pavimento, una panzuda urna funeraria que dejaba tras ella jirones de negros velos de duelo, humo y olor a papel quemado.
Me senté y escuché.
En las salas de lectura más alejadas, sumidas en una débil penumbra, se oía aún un suave y otoñal voltear de hojas, el sonido de un brisa ligera, movimientos infinitesimales, el gesto de una mano, el destello de un anillo, el brillar de una pupila vivaz como la de una ardilla. Algún viajero nocturno se había demorado entre las estanterías medio vacías ahora. Con una tranquila serenidad, las aguas se deslizaban suavemente hacia un quieto y distante mar. Mi gente, mis amigos, uno por uno, salían del acogedor mármol, de la cálida luz verdosa, a una noche mejor de lo que nunca me hubiera atrevido a esperar.
A las nueve, salí para recoger la llave que Barnes había arrojado contra la puerta. Acompañé al último lector, un hombre viejo, hasta fuera, y mientras cerraba aspiró a pleno pulmón el frío aire, miró a la ciudad, a la hierba amarilleada por las chispas, y dijo:
—¿Crees que volverán?
—Dejemos que lo hagan. Estamos preparados para recibirlos, ¿no?
El viejo sujetó mi mano.
—Y el lobo cohabitará con el cordero, y el leopardo yacerá con el antílope, y el ternero y el joven león caminarán juntos.
Bajamos juntos los últimos peldaños.
—Buenas noches, Isaías —dije.
—Buenas noches, señor Sócrates —dijo.
Y cada cual tomó su camino en la oscuridad.


FIN

2026/02/02

El costo de la vida (Robert Sheckley)


Título: Cost of Living
Año: 1952


Carrin llegó a la conclusión que su estado de ánimo actual tan sólo podía atribuirse al suicidio de Miller, ocurrido la semana anterior. Pero esta certeza no le ayudó a librarse del vago e informulado miedo que le atenazaba. Era algo estúpido. Al fin y al cabo, el suicidio de Miller no tenía nada que ver con él.
¿Pero por qué se había matado aquel hombre gordo y jovial? Miller lo tenía todo para ser feliz: Esposa, hijos, un buen trabajo y todo el maravilloso confort de la época. ¿Por qué habría hecho aquello?
—Buenos días, cariño —dijo la mujer de Carrin, sentándose a la mesa para el desayuno.
—Buenos días, cariño. Buenos días, Billy.
Su hijo gruñó algo inconcreto.
"Uno nunca puede saberlo todo con respecto a la gente", decidió Carrin, discando su desayuno en el panel de control. Nadie era capaz de preparar y servir la comida como la nueva autococina eléctrica Ace.
Sus negras ideas, sin embargo, no lo abandonaban, y aquello era algo más bien irritante, ya que Carrin quería sentirse en su mejor forma aquella mañana. Era su día de descanso y estaba esperando la visita del representante financiero de la Ace Electrics. Era un día importante.
Acompañó a su hijo hasta la puerta.
—Adiós, Billy.
Su hijo respondió con una inconcreta inclinación de cabeza, tomó sus libros y partió hacia la escuela sin decir palabra. Carrin se preguntó si no habría algo que lo preocupara también a él. Esperaba que no. Con uno que se preocupara en la familia ya había bastante.
—Hasta luego, cariño —besó a su esposa, que se dirigía a la compra.
Ella al menos era feliz, pensó mientras la contemplaba alejarse por la acera. Se preguntó cuánto gastaría en el Almacén Ace.
Miró su reloj, comprobando que le quedaba media hora antes de la llegada del representante financiero de la A. E. Pensó que la mejor manera de librarse de sus negras ideas era ahogándolas, y se dirigió a la ducha.
El baño era una pequeña maravilla de reluciente plástico, y su auténtico lujo le devolvió a Carrin algo de su serenidad. Echó sus ropas en la lavadora-secadora-planchadora automática A. E., y ajustó el chorro de la ducha a "intenso". El agua-a-tres-grados-por-encima-de-la-temperatura-del-cuerpo restalló relajante sobre él. Oh, delicioso. Se metió en el autosecador A. E., y pulsó el botón de "secado-masaje".
"Maravilloso", pensó mientras las bandas de toalla secaban, azotaban y masajeaban toda su musculatura. Y era normal que fuera maravilloso, se recordó. El autosecador A. E., con el accesorio de afeitado, le había costado trescientos trece dólares, impuestos aparte.
Pero el gasto valía la pena, decidió, mientras la afeitadora automática A. E. surgía de un rincón y le libraba suavemente del hirsuto pelo que empezaba a despuntar en su mentón. "Al fin y al cabo, ¿qué sería la vida sin las satisfacciones que proporciona el auténtico lujo?"
Cuando desconectó el autosecador le picoteaba toda la epidermis. Aquello no era normal. Tendría que sentirse maravillosamente bien. ¿Qué era lo que pasaba? El suicidio de Miller seguía preocupándole, decidió; aquello no le permitía gozar plenamente de la paz y el confort de su día de descanso.
¿O había alguna otra cosa que lo preocupaba? Nada que concerniera a la casa, por supuesto. Sus papeles estaban en orden para el representante financiero.
—¿He olvidado algo? —preguntó en voz alta.
—El representante financiero de la Ace Electrics estará aquí dentro de quince minutos —murmuró con su agradable voz la agenda parlante A. E. empotrada en una de las paredes del baño.
—Sí, ya sé, ya sé. ¿Hay algo más?
La agenda de pared recitó sus registros..., una cantidad de pequeñas cosas como regar el césped, verificar el turborreactor, comprar costillas de cordero para el próximo lunes, etc., cosas de las que hoy no tenía tiempo de ocuparse.
—Está bien, está bien.
Dejó que el automayordomo A. E. lo vistiera, eligiendo cuidadosa y certeramente una nueva combinación de prendas que realzaran su figura. Unas gotas de perfume masculino de moda dieron el último toque, y pasó al salón, deslizándose entre los numerosos aparatos alineados en las paredes.
Una rápida ojeada a los mandos que ocupaban una de las paredes del salón le indicó que todo estaba en orden en la casa. La vajilla del desayuno había sido limpiada, desinfectada y guardada, la casa había sido limpiada, encerada y librada de polvo, sus ropas y las de su mujer guardadas en los armarios, y las maquetas de astronaves de su hijo cuidadosamente alineadas en sus estantes.
"Deja de preocuparte, maldito hipocondríaco", se dijo furiosamente.
—El señor Pathis, de Financiera Ace, ha llegado —anunció la puerta.
Carrin iba a ordenarle ya a la puerta que se abriera cuando vio el autobarman.
¡Dios Santo! ¡Lo había olvidado por completo! El autobarman era una producción de la Castile Motors. Lo había comprado en un momento de debilidad. ¡La A. E. no iba a aprobar en absoluto aquello, ya que ella también los fabricaba!
Hizo rodar precipitadamente el autobarman hasta la cocina, y luego ordenó a la puerta que se abriera.
—¡Buenos días, señor Carrin! —dijo alegremente el señor Pathis.
El señor Pathis era un hombre alto e imponente, vestido con un impecable tweed de color oscuro. Las pequeñas arrugas en las comisuras de sus ojos indicaban que se trataba de un hombre que reía fácilmente. Lo demostró mientras agitaba vigorosamente la mano de Carrin, al tiempo que echaba una ojeada a la repleta sala de estar.
—Tiene usted una hermosa casa aquí, señor Carrin —dijo—. Maravillosa. No creo ir en contra de las normas de la Compañía si le digo que su hábitat es el mejor de todo este sector.
Carrin sintió que lo invadía una oleada de orgullo mientras pensaba en las interminables hileras de casas, todas iguales por fuera, que poblaban aquella zona.
—¿Todo funciona correctamente? —preguntó el señor Pathis, mientras dejaba su portadocumentos en una silla—. ¿Ningún problema al respecto?
—Absolutamente ninguno —dijo Carrin con voz entusiasta—. Los productos de la Ace Electrics no se estropean nunca.
—¿El autotocadiscos funciona bien? ¿Renueva la batería de discos cada diecisiete horas?
—Oh, por supuesto —dijo Carrin. Nunca había tenido ocasión de hacer funcionar el autotocadiscos, pero debía reconocer que era un mueble espléndido.
—¿El proyector-sólido también funciona bien? ¿Le gustan sus programas?
—La recepción es absolutamente perfecta —asintió Carrin. El mes anterior había tenido ocasión de ver un programa, y era impresionante la sensación de realidad que daban las imágenes.
—¿Y la cocina? ¿Funciona correctamente el autococinero? ¿Elige buenas recetas el automaitre?
—Oh, prepara unos platos excelentes. Es sencillamente delicioso.
El señor Pathis siguió preguntándole acerca del autofrigorífico, del autoaspirador, del autocoche, del autohelicóptero, de la autopiscina subterránea, y del centenar largo de autoartículos que Carrin había comprado a la Ace Electrics.


—Oh, todo es perfecto —dijo Carrin, con un tono un poco inseguro, ya que aún no había tenido tiempo de desembalarlo todo—. Absolutamente perfecto.
—Me alegra oírle decir esto —dijo el señor Pathis, lanzando un suspiro de alivio—. No tiene usted idea de los esfuerzos que debemos hacer para satisfacer a todos nuestros clientes. Si un artículo determinado no convence, no dudamos en admitir su devolución sin hacer ninguna pregunta. Nuestra única finalidad es satisfacer a nuestra clientela.
—Estoy absolutamente satisfecho, señor Pathis —afirmó con energía Carrin.
Carrin confiaba en que el representante de la A. E. no le pidiera ver su cocina. Su mente no hacía más que recordar el autobarman de la Castile Motors metido allí, como un puerco espín en medio de una exposición canina.
—Me siento orgulloso de afirmar que la mayor parte de la gente de esta zona adquiere nuestros artículos, señor Carrin —estaba diciendo el señor Pathis—. Nuestra sociedad es potente, ¿sabe?
—¿Era el señor Miller uno de sus clientes? —preguntó casi sin darse cuenta Carrin. Pathis enarcó brevemente las cejas.
—¿Ese hombre que se ha suicidado? Oh, sí, en efecto. Y esto me ha sorprendido, señor Carrin; me ha sorprendido muchísimo. ¿Sabe?, el mes pasado el señor Miller nos compró un turborreactor último modelo, capaz de circular a seiscientos kilómetros por hora en línea recta. Estaba tan feliz como un niño, y sin embargo, poco después..., ¡hacer algo así! Naturalmente, el turborreactor había aumentado un poco el volumen de su deuda.
—Naturalmente.
—¿Pero qué importancia tenía esto? Poseía todo el lujo que un hombre pueda desear. Y, sin embargo, fue a buscar una cuerda y se ahorcó.
—¿Se ahorcó?
El señor Pathis enarcó de nuevo las cejas.
—Sí —dijo—. Todo el confort moderno a su disposición en su casa, y fue a ahorcarse con un pedazo de cuerda. Seguramente llevaba ya mucho tiempo desequilibrado.
La expresión preocupada se borró de su rostro y fue reemplazada por su sonrisa habitual. Siguió:
—Pero dejemos esto y hablemos de usted.
Su sonrisa se hizo más amplia mientras abría su portadocumentos.
—Veamos ahora su cuenta. En el día de hoy nos debe usted doscientos tres mil dólares con veintinueve centavos, incluida su última compra. ¿Es eso exacto, señor Carrin?
—Es exacto —dijo Carrin, recordando la suma según sus propias cuentas—. Aquí está mi pago de este mes.
Le entregó al señor Pathis un sobre. Éste verificó su contenido y se lo metió en el bolsillo.
—Perfecto. Ahora, señor Carrin, supongo que sabrá usted que, por mucho que viva, no va a vivir lo suficiente como para liquidar la totalidad de su deuda con nosotros.
—No lo creo, en efecto —admitió Carrin. Tenía treinta y nueve años, y cien años previstos de vida plena ante él, gracias a las últimas maravillas de la ciencia médica. Pero, con un salario de tres mil dólares al año, no podía pagarlo todo y vivir al mismo tiempo él y su familia.
—Naturalmente, nosotros nunca nos atreveríamos a privarle de lo necesario..., lo cual por otro lado está formalmente prohibido por las leyes en cuya elaboración nosotros mismos participamos, además de contribuir a que fueran votadas. Sin hablar de los extraordinarios artículos que vamos a sacar el año próximo..., unos artículos sin los que usted seguramente no querrá vivir.
Carrin asintió con la cabeza. Por supuesto, siempre se había interesado en las novedades.
—Bueno, entonces, ¿y si firmáramos el contrato habitual? Si usted se compromete a entregarnos todo lo que gane su hijo durante los primeros treinta años de su vida adulta, podremos ofrecerle fácilmente nuevas condiciones de crédito.
El señor Pathis extrajo de su portadocumentos un fajo de papeles, que extendió ante Carrin.
—Si quiere firmar usted aquí y aquí y aquí, señor Carrin.
Carrin dudó.
—Bueno, la realidad es que aún no estoy decidido —dijo—. Me gustaría que mi hijo tuviera una buena entrada en la vida, sin atosigarle con...
—¡Pero mi querido señor Carrin! —le interrumpió el señor Pathis—. Todo lo que hay aquí es también para su hijo. Él vive aquí, ¿no? Tiene derecho a aprovecharse de la lujosa comodidad que posee usted, de todas estas maravillas de la ciencia.
—Oh, por supuesto —dijo Carrin—. Pero...
—Señor —dijo duramente el señor Pathis—, hoy en día el hombre medio vive como un rey. Hace apenas cien años, el hombre más rico del mundo no hubiera podido comprar nada de lo que el ciudadano medio posee actualmente. No debería considerar usted esto como una deuda. Es más bien una inversión.
—Sí, es cierto —dijo Carrin, con tono inseguro. Pensó en su hijo y en sus modelos de cohetes, sus mapas celestes y sus astronaves. ¿Era justo aquello?, se preguntó.
—¿Hay algo que no marche? —preguntó el señor Pathis con tono jovial.
—No, tan sólo estaba pensando —dijo Carrin—. Hipotecar todas las ganancias de mi hijo... ¿No cree que es ir un poco demasiado lejos?
—¿Demasiado lejos? ¡Pero mi querido señor Carrin! —el señor Pathis se echó a reír—. ¿Conoce usted a su vecino, el señor Mellon? Pues bien (por favor, no diga usted que he sido yo quien se lo ha dicho), ¡ha comprometido ya todo lo que pueda ganar su nieto durante la duración total de su vida! ¡Y ni siquiera posee la mitad de los bienes que desearía adquirir! Tendremos que arreglar algo para él. Nuestro oficio es servir al cliente y le juro que lo conocemos perfectamente bien.
Carrin se sentía visiblemente convencido.
—Y cuando usted se haya ido, señor Carrin, ¡todo esto pertenecerá a su hijo!
Aquello era cierto, pensó Carrin. Su hijo poseería todas las cosas maravillosas que llenaban ahora su casa. Y, al fin y al cabo, aquello no representaba más que treinta años de una vida que podía prolongarse hasta los ciento cincuenta años.
Firmó rotunda y pomposamente.
—¡Excelente! —exclamó el señor Pathis—. A propósito, ¿su casa está equipada con el nuevo autooperador central A. E.?
No, no lo estaba. El señor Pathis se apresuró a explicar que el autooperador central era la novedad del año, un sorprendente progreso de la ciencia electrónica. El aparato se encargaba de todas las funciones domésticas y de la cocina sin que su propietario tuviera que levantar ni el dedo meñique.
—En lugar de correr todo el día de un lado para otro apretando media docena de botones distintos, con el autooperador central todo lo que tendrá que hacer usted es apretar un solo botón. ¡Uno solo! Es un progreso inconcebible.
Puesto que el dispositivo costaba tan sólo quinientos treinta y cinco dólares, Carrin se apresuró a encargar uno, y la suma fue añadida a la deuda.
Oh, después de todo, pensó Carrin mientras acompañaba al señor Pathis hasta la puerta, esta casa sería un día la de Billy. Seguro que éste desearía que todos los aparatos estuvieran a la orden del día.
Además, apretar tan sólo un botón. ¡Cielos, qué economía de tiempo!


Una vez que el señor Pathis se hubo ido, Carrin se sentó en uno de los sillones ajustables y conectó la sólido. Tras ajustar la equipantalla, descubrió que el televisor no transmitía ningún programa que le interesara. Hizo balancear el sillón y se estiró para descabezar un sueño.
Pero había algo que seguía preocupándole.
—¡Hola, cariño! —le despertó su mujer, de regreso de la compra. Le besó detrás de la oreja—. ¡Mira!
Había comprado un sexypijama fluorescente Ace. Carrin se sintió agradablemente sorprendido porque tan sólo hubiera comprado aquello. Generalmente, Leela regresaba de sus compras abrumada de paquetes.
—Oh, es adorable —dijo.
Ella se inclinó para dejarse besar, y lanzó una risita, una nueva costumbre que había adquirido viendo a la última estrella de moda de la sólido. A Carrin le hubiera gustado que se abstuviera de aquella risita.
—Voy a los mandos a ordenar la cena —dijo ella, dirigiéndose a la cocina. Carrin sonrió al pensar que su hijo podría ordenar su cena sin moverse de la sala de estar. Se recostó en su sillón en el preciso instante en que entraba su hijo.
—¿Cómo va todo, muchacho? —preguntó.
—Muy bien —dijo distraídamente Billy.
—¿Qué te ocurre, muchacho? —El chico se miraba la punta de los pies, sin responder—. Eh, acércate. Dile a papá qué es lo que no marcha.
Billy se sentó en una caja por abrir y apoyó su barbilla entre sus manos. Levantó la mirada y fijó pensativamente sus ojos en su padre.
—Papá, si quiero, ¿puedo convertirme en un maestro reparador?
Carrin sonrió ante aquella pregunta. Billy quería ser alternativamente maestro reparador y piloto de astronave. Los reparadores constituían la elite de la sociedad. Su trabajo consistía en poner a punto las máquinas de reparar automáticas. Las máquinas de reparar podían reparar cualquier cosa, pero era imposible que una máquina reparara las máquinas que reparaban las otras máquinas. Aquella era la misión de los maestros reparadores.
Pero era un campo altamente competitivo, y tan sólo los mejores cerebros eran capaces de obtener esa calificación. Por muy brillante que fuera su hijo, no parecía poseer el espíritu científico necesario.
—¿Por qué no, hijo? —murmuró—. Todo es posible en esta vida.
—¿Pero es posible para mí?
—No lo sé —respondió Carrin, tan honestamente como pudo.
—De todos modos —dijo el niño, comprendiendo que la respuesta era negativa—, no quiero ser maestro reparador. Quiero ser piloto espacial.
—¿Piloto espacial, Billy? —dijo Leela, entrando en el salón—. Pero si no existen los pilotos espaciales.
—Oh, sí existen —afirmó Billy con convicción—. En la escuela nos han dicho que el gobierno estaba preparando el enviar hombres a Marte.
—Hace más de cien años que vienen diciendo lo mismo —hizo notar Carrin—, y aún no lo han conseguido.
—Esta vez es distinto —aseguró Billy.
—¿Pero para qué quieres ir a Marte? —preguntó Leela, guiñándole un ojo a Carrin—. No hay chicas bonitas en Marte.
—Las chicas no me interesan —se emperró Billy—. Todo lo que quiero es ir a Marte.
—No te gustaría, querido. Es un mundo viejo y desagradable, donde ni siquiera hay aire.
—Sí, hay aire, y me gustaría ir —insistió el niño con expresión enfurruñada—. No me gusta aquí.
—¿Qué estás diciendo? —Carrin se envaró—. ¿Acaso aquí te falta alguna cosa? ¿Hay algo que desees y que no tengas?
—No, padre. Tengo lo que quiero. —Cuando su hijo lo llamaba "padre", Carrin sabía que algo no marchaba bien.
—Escucha, muchacho. Cuando tenía tu edad, yo también quería ir a Marte. Deseaba correr aventuras. Incluso deseaba ser maestro reparador.
—¿Entonces por qué no hiciste nada de eso?
—Bueno, luego me hice mayor. Y me di cuenta que había otras cosas mucho más importantes. En primer lugar, tenía que pagar las deudas que me había dejado mi padre. Luego conocí a tu madre... —Leela emitió una risita—, y además quería poseer mi propia casa. Lo mismo ocurrirá contigo. Pagarás tus deudas y te casarás, tal como hice yo.
Billy permaneció silencioso por unos instantes, luego echó hacia atrás sus negros cabellos, tan lisos como los de su padre, y se humedeció los labios.
—¿Por qué tengo deudas, papá? —preguntó.
Carrin se lo explicó cuidadosamente. Todo lo que necesitaba una familia para disfrutar de una vida civilizada, y lo que costaba. La obligación que había de pagarlo todo. Y lo corriente que era el que un hijo se hiciera solidario de las deudas de sus padres desde el momento mismo en que era considerado adulto.
El silencio de Billy lo irritó. Era como si su hijo le estuviera reprochando algo. ¡Tras todos aquellos años de esclavitud para darle a aquel mocoso ingrato todo el lujo posible!
—Muchacho —dijo gravemente—, tú has estudiado historia en la escuela, ¿no? Bien, entonces sabrás lo que ocurría en el pasado. Había guerras. ¿Te hubiera gustado que te mataran en el transcurso de alguna de aquellas guerras?
Su hijo no respondió.
—¿O quizá preferirías agotarte durante ocho horas al día haciendo el trabajo que puede hacer una máquina? ¿O estar hambriento siempre? ¿O pasar frío, con la lluvia cayendo sobre ti y ningún lugar donde refugiarte para dormir?
Calló, aguardando una respuesta. No llegó ninguna.
—Te ha tocado la suerte de vivir en la época más afortunada que haya conocido la Humanidad —prosiguió—. Estás rodeado de todas las mayores maravillas del arte y la ciencia. La mejor música, los más famosos libros, todo el arte del mundo, todo ello al alcance de tu mano. Lo único que tienes que hacer es apretar un botón. —Su tono se suavizó—. Bueno, ¿qué piensas de ello?
—Estaba pensando en cómo podré ir a Marte —respondió el niño—. Con la deuda, quiero decir. Me temo que no podré.
—No, por supuesto.
—A menos que me meta de polizón en un cohete.
—Oh, pero tú no harás nunca eso.
—No, claro que no —dijo pensativamente el niño. Pero a su tono le faltaba convicción.
—Te quedarás aquí, y te casarás con una hermosa chica —dijo Leela.
—Oh, sí —dijo Billy—. Sí, claro. 
De repente, sonrió.
—¿Saben?, no pensaba seriamente en eso de ir a Marte.
—Me alegra oírtelo decir —reconoció Leela.
—Olviden todo lo que he dicho —dijo Billy, con la misma fría sonrisa. Se levantó, y echó a correr escaleras arriba.
—Seguro que ha ido a jugar con sus cohetes —dijo Leela—. Es un diablillo.
Los Carrin cenaron tranquilamente, y entonces llegó el momento para el señor Carrin de ir a trabajar. Aquel mes le tocaba el turno de noche. Besó a su mujer, subió a su turbo, y tomó la dirección de la fábrica. 


Las puertas automáticas de ésta le reconocieron y se abrieron ante él. Dejó su vehículo en el estacionamiento reservado y penetró en la enorme nave.
Estaba repleta de tornos automáticos, prensas automáticas; todo automático. La inmensa nave estaba brillantemente iluminada, y las máquinas ronroneaban suave y adormecedoramente, haciendo su trabajo y haciéndolo bien.
Carrin se dirigió hacia el extremo de la larga cadena de montaje de lavadoras automáticas para relevar a su compañero del turno anterior.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Por supuesto —dijo el hombre—. Hace más de un año que apareció la última defectuosa. Además, ese nuevo modelo es parlante; no enciende luces como los antiguos.
Carrin se sentó en el lugar del otro hombre y esperó a que apareciera la primera lavadora. Su trabajo era la sencillez misma: Permanecía sentado en su sillón, y las lavadoras pasaban ante él. Cuando lo hacían, Carrin pulsaba uno de los botones de la máquina para comprobar que todo estaba en orden. Siempre lo estaba. Entonces las lavadoras se dirigían hacia la sección automática de embalaje.
La primera lavadora apareció por la cinta. Carrin pulsó un botón lateral.
—Lista para el lavado —dijo la lavadora. Carrin pulsó otro botón, y la lavadora se alejó.
"Maldito muchacho", pensó Carrin, recordando a su hijo. ¿Sabría enfrentarse algún día a sus responsabilidades? Cuando alcanzara la edad adulta, ¿sabría insertarse en su lugar en la sociedad? Carrin empezaba a dudarlo. El chico era un rebelde por naturaleza. Si alguna vez alguien iba a Marte, podía estar seguro que sería él.
Pero aquel pensamiento no le preocupaba de una forma particular.
—Lista para el lavado —dijo otra lavadora, pasando ante él.
Carrin recordó entonces algo acerca de Miller. Aquel hombre jovial estaba siempre hablando de los planetas, no dejaba de alardear que algún día lo abandonaría todo e iría a algún lugar para vivir la misma vida dura que habían vivido sus antepasados. Y, sin embargo, nunca lo había hecho. En lugar de ello había tomado un pedazo de cuerda y se había ahorcado.
—Lista para el lavado.
Carrin tenía ocho horas ante él, y se soltó la hebilla del cinturón para estar más cómodo. Ocho horas apretando botones y escuchando a las máquinas decir que estaban preparadas.
—Lista para el lavado. 
Pulsó otro botón.
—Lista para el lavado.
La mente de Carrin huyó de su trabajo, que de todos modos no exigía una atención especial. "Cuánto me habría gustado hacer todo lo que quería hacer cuando era joven", pensó. "Qué maravilloso hubiera sido ser un piloto espacial, pulsar un botón e ir a Marte".

FIN