2026/03/23

Un expreso del futuro (Julio Verne)


Título original: Un Express de l’avenir
Año: 1888


-Ande con cuidado -gritó mi guía-. ¡Hay un escalón!
Descendiendo con seguridad por el escalón de cuya existencia así me informó, entré en una amplia habitación, iluminada por enceguecedores reflectores eléctricos, mientras el sonido de nuestros pasos era lo único que quebraba la soledad y el silencio del lugar.
¿Dónde me encontraba? ¿Qué estaba haciendo yo allí? Preguntas sin respuesta. Una larga caminata nocturna, puertas de hierro que se abrieron y se cerraron con estrépitos metálicos, escaleras que se internaban (así me pareció) en las profundidades de la tierra… No podía recordar nada más, Carecía, sin embargo, de tiempo para pensar.
-Seguramente usted se estará preguntando quién soy yo -dijo mi guía-. El coronel Pierce, a sus órdenes. ¿Dónde está? Pues en Estados Unidos, en Boston… en una estación.
-¿Una estación?
-Así es; el punto de partida de la Compañía de Tubos Neumáticos de Boston a Liverpool.
Y con gesto pedagógico, el coronel señaló dos grandes cilindros de hierro, de aproximadamente un metro y medio de diámetro, que surgían del suelo, a pocos pasos de distancia.
Miré esos cilindros, que se incrustaban a la derecha en una masa de mampostería, y en su extremo izquierdo estaban cerrados por pesadas tapas metálicas, de las que se desprendía un racimo de tubos que se empotraban en el techo; y al instante comprendí el propósito de todo esto.
¿Acaso yo no había leído, poco tiempo atrás, en un periódico norteamericano, un artículo que describía este extraordinario proyecto para unir Europa con el Nuevo Mundo mediante dos colosales tubos submarinos? Un inventor había declarado que el asunto ya estaba cumplido. Y ese inventor -el coronel Pierce- estaba ahora frente a mí.
Recompuse mentalmente aquel artículo periodístico. Casi con complacencia, el periodista entraba en detalles sobre el emprendimiento. Informaba que eran necesarios más de tres mil millas de tubos de hierro, que pesaban más de trece millones de toneladas, sin contar los buques requeridos para el transporte de los materiales: 200 barcos de dos mil toneladas, que debían efectuar treinta y tres viajes cada uno. Esta "Armada de la Ciencia" era descrita llevando el hierro hacia dos navíos especiales, a bordo de los cuales eran unidos los extremos de los tubos entre sí, envueltos por un triple tejido de hierro y recubiertos por una preparación resinosa, con el objeto de resguardarlos de la acción del agua marina.
Pasado inmediatamente el tema de la obra, el periodista cargaba los tubos (convertidos en una especie de cañón de interminable longitud) con una serie de vehículos, que debían ser impulsados con sus viajeros dentro, por potentes corrientes de aire, de la misma manera en que son trasladados los despachos postales en París.
Al final del artículo se establecía un paralelismo con el ferrocarril, y el autor enumeraba con exaltación las ventajas del nuevo y osado sistema. Según su parecer, al pasar por los tubos debería anularse toda alteración nerviosa, debido a que la superficie interior del vehículo había sido confeccionada en metal finamente pulido; la temperatura se regulaba mediante corrientes de aire, por lo que el calor podría modificarse de acuerdo con las estaciones; los precios de los pasajes resultarían sorprendentemente bajos, debido al poco costo de la construcción y de los gastos de mantenimiento. Se olvidaba, o se dejaba aparte cualquier consideración referente a los problemas de la gravitación y del deterioro por el uso.
Todo eso reapareció en mi conciencia en aquel momento.
Así que aquella "Utopía" se había vuelto realidad. ¡Y aquellos dos cilindros que tenía frente a mí partían desde este mismísimo lugar, pasaban luego bajo el Atlántico, y finalmente alcanzaban la costa de Inglaterra!
A pesar de la evidencia, no conseguía creerlo. Que los tubos estaban allí, era algo indudable, pero creer que un hombre pudiera viajar por semejante ruta... ¡jamás!
-Obtener una corriente de aire tan prolongada sería imposible -expresé en voz alta aquella opinión.
-Al contrario, ¡es absolutamente fácil! -protestó el coronel Pierce-. Todo lo que se necesita para obtenerla es una gran cantidad de turbinas impulsadas por vapor, semejantes a las que se utilizan en los altos hornos. Éstas transportan el aire con una fuerza prácticamente ilimitada, propulsándolo a mil ochocientos kilómetros horarios. ¡Casi la velocidad de una bala de cañón! De manera tal que nuestros vehículos con sus pasajeros efectúan el viaje entre Boston y Liverpool en dos horas y cuarenta minutos.
-¡Mil ochocientos kilómetros por hora!- exclamé.
-Ni uno menos. ¡Y qué consecuencias maravillosas se desprenden de semejante promedio de velocidad! Como la hora de Liverpool está adelantada con respecto a la nuestra en cuatro horas y cuarenta minutos, un viajero que salga de Boston a las 9, arribará a Liverpool a las 3:53 de la tarde.¿No es este un viaje hecho a toda velocidad? Corriendo en sentido inverso, hacia estas latitudes, nuestros vehículos le ganan al Sol más de novecientos kilómetros por hora, como si treparan por una cuerda movediza. Por ejemplo, partiendo de Liverpool al medio día, el viajero arribará a esta estación alas 9:34 de la mañana. O sea, más temprano que cuando salió. ¡Ja! ¡Ja! No me parece que alguien pueda viajar más rápidamente que eso.
Yo no sabía qué pensar. ¿Acaso estaba hablando con un maniático? ¿O debía creer todas esas teorías fantásticas, a pesar de la objeciones que brotaban de mi mente?
-Muy bien, ¡así debe ser! -dije-. Aceptaré que lo viajeros puedan tomar esa ruta de locos, y que usted puede lograr esta velocidad increíble. Pero una vez que la haya alcanzado, ¿cómo hará para frenarla? ¡Cuando llegue a una parada todo volará en mil pedazos!
-¡No, de ninguna manera! -objetó el coronel, encogiéndose de hombros-. Entre nuestros tubos (uno para irse, el otro para regresar a casa), alimentados consecuentemente por corrientes de direcciones contrarias, existe una comunicación en cada juntura. Un destello eléctrico nos advierte cuando un vehículo se acerca; librado a su suerte, el tren seguiría su curso debido a la velocidad impresa, pero mediante el simple giro de una perilla podemos accionar la corriente opuesta de aire comprimido desde el tubo paralelo y, de a poco, reducir a nada el impacto final. ¿Pero de qué sirven tantas explicaciones? ¿No sería preferible una demostración?


Y sin aguardar mi respuesta, el coronel oprimió un reluciente botón plateado que salía del costado de uno de los tubos. Un panel se deslizó suavemente sobre sus estrías, y a través de la abertura así generada alcancé a distinguir una hilera de asientos, en cada uno de los cuales cabían cómodamente dos personas, lado a lado.
-¡El vehículo! -exclamó el coronel-. ¡Entre!
Lo seguí sin oponer la menor resistencia, y el panel volvió a deslizarse detrás de nosotros, retomando su anterior posición.
A la luz de una lámpara eléctrica, que se proyectaba desde el techo, examiné minuciosamente el artefacto en que me hallaba.
Nada podía ser más sencillo: Un largo cilindro, tapizado con prolijidad; de extremo a extremo se disponían cincuenta butacas en veinticinco hileras paralelas. Una válvula en cada extremo regulaba la presión atmosférica, de manera que entraba aire respirable por un lado, y por el otro se descargaba cualquier exceso que superara la presión normal.
Luego de perder unos minutos en este examen, me ganó la impaciencia:
-Bien -dije-. ¿Es que no vamos a arrancar?
-¿Si no vamos a arrancar? -exclamó el coronel Pierce-. ¡Ya hemos arrancado!
Arrancado... sin la menor sacudida... ¿Cómo era posible? Escuché con suma atención, intentando detectar cualquier sonido que pudiera darme alguna evidencia.
¡Si en verdad habíamos arrancado, si el coronel no me había estado mintiendo al hablarme de una velocidad de mil ochocientos kilómetros por hora, ya debíamos estar lejos de tierra, en las profundidades del mar, junto al inmenso oleaje de cresta espumosa por sobre nuestras cabezas; e incluso en ese mismo instante, probablemente, confundiendo al tubo con una serpiente marina monstruosa, de especie desconocida, las ballenas estarían batiendo con furiosos coletazos nuestra larga prisión de hierro!
Pero no escuché más que un sordo rumor, provocado, sin duda, por la traslación de nuestro vehículo. Y ahogado por un asombro incomparable, incapaz de creer en la realidad de todo lo que estaba ocurriendo, me senté en silencio, dejando que el tiempo pasara.
Luego de casi una hora, una sensación de frescura en la frente me arrancó de golpe del estado de somnolencia en que había caído paulatinamente.
Alcé el brazo para tocarme la cara: Estaba mojada.
¿Mojada? ¿Por qué estaba mojada? ¿Acaso el tubo había cedido a la presión del agua, una presión que obligadamente sería formidable, pues aumenta a razón de una "atmósfera" por cada diez metros de profundidad?
Fui presa del pánico. Aterrorizado, quise gritar... y me encontré en el jardín de mi casa, rociado generosamente por la violenta lluvia que me había despertado. Simplemente, me había quedado dormido mientras leía el articulo de un periodista norteamericano, referido a los extraordinarios proyectos del coronel Pierce… quien a su vez, mucho me temo, también había sido soñado.


FIN

2026/03/16

Reunión de águilas (Joseph Kelleam)


Título original: The Eagles Gather
Año: 1942


No había estrellas. El arruinado campo de aterrizaje estaba iluminado por las llamas ya mortecinas de una gran fogata. Con oscuros y profundos ojos, las maltratadas torres contemplaban el campo, las danzarinas llamas y el estropeado cohete espacial. Más allá del radio de luz, la noche aguardaba amenazadora.
A la sombra de una de las distorsionadas torres, un hombre se hallaba acurrucado delante de la hoguera y de cuando en cuando prestaba atención a una marmita palpitante que colgaba de un palo ahorquillado sobre las brasas. Era delgado y ancho de espaldas. Las crepitantes brasas iluminaban su rostro ocasionalmente, con los sombríos y grises ojos, los altos pómulos, la ancha y sensible boca y los rizos rubios que le caían sobre la despejada frente. Parecía estar perdido en sus pensamientos, y sólo apartaba su mirada de la fogata para contemplar el negro firmamento o agitar la marmita. Cuando se movió para arrojar la leña al fuego, lo hizo con la gracia sensual de un gato, y hasta su maltratado uniforme adoptó un porte militar.
Mientras contemplaba el fuego, escuchó el ruido de una nave que se aproximaba, agitando las capas inferiores del aire. El rugido de la nave descendente aumentó, cambió de un zumbido a un chirrido, y después del chirrido a un estruendo.
Se produjo un trueno y una ráfaga de llamas. Un largo chorro de fuego pareció barrer el aeródromo como una guadaña, y otra nave espacial se deslizó por el campo poblado de maleza. Se detuvo cerca de la nave silenciosa ya. Ambos aparatos eran pequeños y habían sido reparados y parcheados innumerables veces —diminutas naves individuales que zumbaban por el espacio como abejas—, como si los planetas y asteroides fuesen maduros frutos de oro, listos para ser arrancados.
El hombre de la fogata no hizo otro movimiento que ajustarse el cinto, con lo que su fina y bronceada mano descansó sobre la culata de una pistola. Siguió sentado contemplando el fuego, a pesar de escuchar el sonido de unos pies que se acercaban por entre la cizaña. La noche era fría y con su mano libre se abrigó más el pecho con su remendada chaqueta de cuero.
—Hola —el visitante estaba ante él con una fría sonrisa, un hombre bajo con anchas y encorvadas espaldas y ojos tan azules como el acero.
El hombre que estaba delante del fuego gruñó algo y le indicó con la cabeza al visitante que podía sentarse.
—Huele bien —contestó aquél al sentarse, mirando la marmita—. Ha sido una suerte que tuviera encendido este fuego. De lo contrario, no habría podido aterrizar. No me quedaba ya mucho combustible.
Exhaló un suspiró.
—Está bien. Me figuré que habría más naves por ahí. Ahora vuelven a casa... Bueno, aquellas que aún conservan bastante combustible para la travesía. Me llamo Duane, Jim Duane.
—A mí me llaman Capitán —contestó el bajito—. Tengo otros nombres, pero casi siempre contesto por el de Capitán. Soy militar de profesión —añadió con una leve sonrisa—. Como usted.
—Sí —asintió cansinamente Duane—, éste es mi oficio. Luchar en favor del mejor postor. Pero cuando los amos de la guerra se quedaron casi sin uranio me enviaron a casa —añadió con una maliciosa sonrisa—. Como a usted.
—Y ha sido una condenada suerte poder llegar. Hay muchos chicos vagando por allá arriba —Capitán levantó el mentón hacia el oscuro cielo—. Pero hallarán más uranio. Y volverán a llamarnos. Veinte años de guerra no pueden terminar de esta manera. Los amos de la guerra no están satisfechos. Habrá más combustible para estos trastos y los tipos como nosotros volveremos a ser unos caballeros, cobrando mensualmente sueldos de cuatro cifras.
Duane sacudió la cabeza.
—Se acabó. Lo sacaron de todas partes. Oh, hallaron mucho durante siglos. Pero lo han consumido en veinte años. Han destrozado el universo. Han luchado como perros salvajes. Y ahora se ha agotado. De lo cual me siento sumamente feliz.
Capitán entornó los párpados.
—No habla usted como un militar, amigo.
La mano de Duane se afianzó en la pistola.
—Un hombre no habla de guerras. ¿Pero quiere ver cómo lucho?
El hombre bajito se encogió de hombros.
—Yo sólo lucho por dinero. Tal vez algún día combatiremos en campos opuestos.
El rumor de unas botas sobre la maleza aflojó la tensión entre ambos. Dos figuras se acercaron a la fogata. Dos individuos vistiendo unas destrozadas chaquetas de cuero, pantalones deshilachados y botas remendadas se detuvieron súbitamente dentro del radio de luz, con los ojos hacia el suelo como esperando una invitación.
—Locos espaciales —comentó Capitán en voz no muy baja.
Uno de los recién llegados levantó la mirada y acarició un bulto de su chaqueta.
—Tengo una lata de tomate —sonrió tímidamente.
Era un tipo delgado con el pecho hundido y una nariz muy prominente. Sus profundos ojos eran negros e inexpresivos.
Duane había visto centenares de sujetos semejantes. Eran hombres que volaban por el espacio, hombres quebrantados por el agotamiento de las guerras devastadoras.
—Meta los tomates en la marmita —dijo Duane calmosamente—. Siéntense y entren en calor. Me llamo Duane. Éste es Capitán. De nombre, no de graduación.
Uno de los recién llegados sacó una lata del bolsillo y un abridor.
—Yo soy Ted Shafer —se presentó mientras procedía a abrir la lata—. Tenía una nave de propiedad, pero la perdí. Hace un año llevaba una mercancía y me abandonaron aquí. Dijeron que estaba loco. Yo no estoy loco. Ustedes pueden ver que no lo estoy. Bien, he vegetado por aquí durante un año, viviendo de lo que he podido encontrar. Por allá hay una ciudad en ruinas. Después, hace una semana tropecé con este compañero. Se llama... ¿Cómo es tu nombre? Lo he olvidado.
El cuarto hombre, un tipo regordete y de abultado abdomen, con una nariz enrojecida y una barba descuidada y espesa, gruñó:
—Me llamo Belton. Bill Belton. Tú cada vez estás más loco. Llevo por aquí unos seis meses. Pero a mí no me abandonaron. Salté de la nave. ¿Hay algo para beber?
Capitán lanzó un juramento.
—Un par de gorrones. Lo mejor sería darles un buen puntapié.
Duane entornó los párpados.
—Es mi fogata —dijo suavemente.
—Está bien, está bien. Pero seguro que están llenos de piojos.
Shafer y Belton se acomodaron junto al fuego, con los hombros inclinados hacia adelante.
Duane buscó algo a sus espaldas, entre las sombras, y cogió un rollo de mantas con el equipo. Del mismo extrajo cuatro platos y cuatro cucharas de hojalata y empezó a servir la comida. Cuando terminó, Shafer y Belton le prodigaron su agradecimiento, pero Capitán se mostró desdeñoso.


—¡Sopa de carne! —exclamó—. ¡Maldición! He estado sentado a la mesa de los amos de la guerra. Veinte sabrosos guisos en platos de plata y vino y licores y lo demás, Y todo el mundo ataviado de gala.
Duane sonrió.
—Lamento no ser un amo de la guerra. Pero tal vez le gustaría un puñetazo en la nariz.
Capitán aceptó el plato, gruñendo.
—Lo siento. Me olvidé. Caramba, espero que no tarden en encontrar más uranio. Es muy difícil aceptar esto cuando se está acostumbrado a un salario de cuatro cifras mensuales.
Duane elevó la vista al cielo, que estaba muy negro, excepto en donde una ligera niebla se mezclaba con el humo de la hoguera.
—No encontrarán más uranio. Al menos, no muy pronto. He pensado mucho en ello. Todavía no estamos preparados para conquistar el espacio. Lo hemos revuelto todo. Oh, sí, teníamos naves y armas. Mecánicamente, éramos perfectos. Pero nosotros no lo éramos. Conquistamos el espacio, pero no hemos sabido conquistarnos a nosotros mismos. Y esto quizá llegará algún día.
—Habla usted como un clérigo —se burló Capitán.
Shafer comía vorazmente, pasándose de cuando en cuando el dorso de la mano por la boca y la punta de su prominente nariz.
—¿Qué le hace pensar que ya no se encontrará más uranio? —preguntó agriamente.
Duane lo contempló largamente. Los dedos del hombrecillo temblaban.
—Podrían hallar más, claro que sí —contestó Duane—, pero falta organización. Se ha ido a paseo. Si hallamos uranio volveremos a perderlo. Y el porvenir será fatal. Tendremos que afianzarnos en la vieja Tierra y empezar por el principio. Personalmente, ahora me siento contento.
—Tonterías —gruñó Capitán.
—Queda aún mucho uranio —afirmó tercamente Shafer.
Capitán estrechó los ojos.
—¿Cómo lo sabes, vagabundo?
Shafer evitó aquella mirada acerada.
—Tal vez lo sepa, tal vez no —evadió una respuesta concreta.
Belton rebañó el último pedazo de tocino de su plato y luego eructó satisfecho.
—Yo era rico... —le dijo al fuego. Capitán dejó oír una risita.
—Jamás has tenido el dinero que vale una copa en el bolsillo, amigo.
—Yo fui rico —repitió Bill Belton, paseando su mirada por los demás. Una brasa chisporroteó entre las llamas, iluminándole su bulbosa nariz y las hundidas mejillas—. Yo fui rico, más que muchos.
—De acuerdo —asintió Duane—. Quizá lo fueses. Adelante, cuenta tu historia y quítatela del recuerdo. Por otra parte, esta noche no tengo sueño.
—Será una mentira que ha soñado entre un robo y un hurto —bostezó Capitán. Belton pareció apenado y abatió los ojos hacia la fogata.
—Yo fui rico. Gobernaba una nave minera por la órbita de Aquiles. No era una nave muy grande, pero era mía. Y de repente, me crucé con un cohete mercante a la deriva. Un meteoro lo había desviado un cuarto de su rumbo y derivaba, girando en el espacio, mientras las estrellas le guiñaban los ojos como diamantes resplandecientes sobre un manto de terciopelo negro. Lo abordé, y allí no había ni una gota de oxígeno, y todos los muchachos estaban muertos y helados en la nevera del Viejo Padre Tiempo. Bien, el cohete estaba atestado de pieles. Supongo que venía de Pallas. Y las pieles eran todas mías por derecho de conquista. Un botín real. Las llevé todas a mi nave hasta que apenas tuve sitio para moverme. Y entonces, cerca de Marte, me abordó una manada de tipos salvajes, que me robaron todo el cargamento de pieles y huyeron rápidamente en una de las pequeñas naves de emergencia. Lo he meditado una y otra vez. Aquellas pieles eran mías. Yo era rico. Pero me robaron. Claro que recuerdo el nombre de la nave. Lo vi. Vi el nombre. Y algún día atraparé a uno de aquellos canallas, y entonces...
Mientras Belton contaba su historia, Shafer iba acurrucándose más contra el fuego, sosteniendo las manos con las palmas vueltas hacia las brasas. Le temblaban los dedos como si tuviera frío. Sus vacuos y entrecerrados ojos miraban a los demás furtivamente.
Dos pares de ojos estaban posados en él; los de Duane y Capitán. Éste se metió la mano en el bolsillo interior de su cazadora de cuero y sacó un frasco. Lentamente, lo descorchó y se lo brindó al hombrecillo, para luego echarse hacia atrás. Shafer, tembloroso, dejó que sus dedos siguieran el trayecto del frasco.
—Pareces un buen chico —le dijo Capitán—. Pero enfermo. Toma esto, es todo lo que tengo, pero... —se encogió de hombros y produjo una helada sonrisa.
Duane contemplaba la pequeña comedia desarrollada ante él. En sus profundos ojos había lástima por aquel hombrecillo y desprecio por el que jugaba con él.
—Cree que tú sabes dónde hay uranio —murmuró burlonamente—. Hará tratos contigo por una tonelada de uranio a cambio de un trago.
—¡Al infierno! —exclamó Capitán. Y luego a Shafer—: Adelante. Bebe esto. No le hagas caso a este abogado espacial.
El hombrecito obedeció. Belton lo contemplaba todo como fascinado.
—¿No puedo beber yo un poco? —preguntó.
—Ni una gota —los ojos de Capitán eran asesinos—. ¿No ves que ese sujeto es todo un caballero? Seguro que ha visto días mejores.
—¿No estamos todos en esas mismas condiciones? —objetó Duane.
—Dejen tranquilo a ese chico —Capitán le palmeó amistosamente la espalda a Shafer. Éste sonrió tímidamente y volvió a levantar el frasco.
—Gracias.
Se pasó el dorso de la mano por la boca y le devolvió el frasco a Capitán. Éste lo rechazó.
—No, sé bien cuando un individuo necesita un trago más que yo. Seguro que viste mejores tiempos. Pero tú eras más rico que ese imbécil que gime, proclamando que tenía un cargamento de pieles.
Belton enrojeció.
—¡Oiga…!
Una mano se posó sobre su estropeada chaqueta.
—Calma —le aconsejó Duane, acariciando la culata de su pistola. Belton se echó para atrás y comenzó a gruñir para sí.
Shafer tomó otro sorbo del frasco. Una lucecita febril empezó a asomarle a los ojos.
—¡Pieles! —gritó despreciativamente—. ¡Unas malditas pieles! ¿A quién le importan un comino unas pieles? Vaya, yo poseo un pedazo de todas las riquezas del mundo. Algún día, los amos de la guerra me seguirán, suplicándome. Yo soy más rico que las estrellas porque tengo lo que todo el mundo quiere.
—Conocí a un tipo que también hablaba así —anunció Duane, en voz baja—. Estaba cantando una canción parecida en un bar. Pero no tenía bastante dinero para pagarse la última copa y le echaron a la calle.
—¡Cállese! —sonrió Capitán, confiando en que Duane ya había jugado su mano—. ¡No hagas caso de este cínico!
Shafer miró a Duane y esbozó una sonrisa.
—¿Cree que miento, eh? Bien, pues ya verá. Utilicé mi propia nave. Y encontré una mina, una bella mina flotante. No tuve que denunciarla porque yo sólo sé dónde está.


—Seguro —asintió Capitán.
—Toneladas y toneladas de uranio —explicó Shafer, paladeando aquellas palabras como si fuesen ricos bombones.
—Seguro —repitió Capitán—. Bastante para todos. Viviríamos como reyes.
Shafer se irguió y lo miró, asustado. Sus ojos volvieron a apagarse.
—Está tratando de hacerme hablar. No, es mía, sólo mía. Yo la encontré. Nadie más sabe dónde está.
El Capitán volvió a palmear la espalda de Shafer.
—Sólo estábamos interesados en tu historia, ¿verdad, amigos?
Duane gruñó su desprecio.
Shafer bebió otro trago.
—Sí, señor —continuó con voz soñadora—, yo iba navegando por el espacio, apartado de las rutas normales, cuando tropecé con la mina. Un pequeño asteroide de unos dos kilómetros de diámetro. Uranio sólido. Lo cogí. Lo desvié de su órbita unos centímetros. Antes podía hacer tales cosas. Y ahora es mío. Una y otra vez me lo he repetido desde entonces. Y también las coordenadas. Puedo olvidar muchas cosas, pero nunca aquella órbita. Y escribiré las cifras cuando alguien me ponga un montón de dinero en la mano.
Calló un momento. Luego tomó otro trago y habló para sí mismo.
—Sí, señor, hallé un asteroide de uranio macizo. Yo iba tan tranquilo en mi nave, la Billikins...
Se llevó una mano a la boca como para detener aquellas palabras. Se le arrasaron los ojos en lágrimas. Por entre sus huesudos dedos se le escapó un chillido.
Bill Belton estaba de pie llevándose una mano al interior de su chaqueta.
—¡Tú! —gritó—. ¡Maldito seas! ¡Recuerdo el nombre de esa nave! ¡Era la tuya! ¡Tú me robaste las pieles!
El hombrecito agitó unas manos temblorosas como protesta.
—¡No! ¡No, no, no!
La mano de Belton salió lentamente de la chaqueta. Empuñaba un largo y afilado cuchillo.
—¡Fuiste tú! —insistió. Levantó el cuchillo, trazando un arco mortal.
Entonces, el miedo de Shafer se trocó en desesperación. Dando un grito feroz, dio un salto atrás y se llevó también una mano a la chaqueta. Ahora actuaba velozmente. El miedo le había enloquecido. En su mano apareció una pequeña pistola. Disparó a la cara de Belton, casi a bocajarro.
Belton trastabilló y cayó. Se llevó las manos a la ensangrentada cara... que ya no lo era. Lanzó un chillido que acabó en ronco estertor. Luego rodó hacia el fuego, volvió a gruñir, trató de incorporarse, volvió a caer... y se quedó inmóvil.
—¡Todos me han engañado! —Shafer estaba de pie, dominando con su pistola a los otros dos que seguían sentados. Le relampagueaban los ojos, como dos pequeños charcos de fuego. Logró aquietar sus manos y apuntó a Duane con el arma.
La mano de Duane se movió como una víbora al atacar. Dos pequeñas llamaradas surgieron de su pistola. Shafer pareció tropezar y cayó.
Duane volvió su atención a Capitán. El hombrecillo se estaba sujetando un brazo roto. La pistola que estuvo apuntando a Duane se deslizó de entre sus dedos.
—¡Idiota! —gruñó—. ¡Le ha matado! Yo creí su historia. Ese tipo sabía dónde estaba el uranio.
Duane se encogió de hombros.
—Era un loco. Un asesino. Conozco a los de su especie, Capitán. Comprendí lo que usted pensaba cuando él insinuó que sabía dónde había un cargamento de uranio. Usted pensó que sólo usted y Shafer saldrían con vida de este campo. Usted ya estaba empuñando su pistola dispuesto a eliminarme, si Shafer fallaba.
—¡Maldito idiota! —juró Capitán—. ¡Oh, me gustaría tener aquí a alguno de mis hombres!
—Suelte la pistola y lárguese —le ordenó Duane.
—Pero es de noche. No puedo internarme en la oscuridad sin un arma.
—¡Fuera! —las palabras de Duane eran como agujas de hielo—. No tardará en amanecer.
Capitán se puso de pie. Estaba estremecido por la furia, el temor y el dolor de la herida en el brazo. Lentamente se apartó de la fogata.
—Y recuerde lo que dije —añadió Duane—: Los hombres conquistarán algún día el espacio, pero será después de haberse conquistado a sí mismos.
La figura de Capitán fue desvaneciéndose en la noche. El rumor de sus pasos murió también.
Duane continuó sentado delante del fuego, contemplando intensamente las llamas, olvidado de las dos figuras inertes que yacían en la sombra. Al fin se levantó. Por oriente nacía una plateada luminosidad. Cuando la miró, el color plateado se tornó más brillante, y en el cielo aparecieron como unos dedos de color púrpura.
Al nacer la mañana se disolvió la niebla. El cielo quedó iluminado. Estaba vacío, pero claro y lleno de promesas.


FIN

2026/03/09

La paga del duplicador (Philip K. Dick)


Título original: Pay for the Printer
Año: 1956


Negras cenizas se extendían a ambos lados de la carretera, montones irregulares que se alejaban hasta perderse de vista, las opacas ruinas de edificios, ciudades, una civilización; un corroído planeta de escombros, negras partículas de hueso, acero y hormigón azotadas por el viento, que conformaban una mezcla a la deriva.
Allen Fergesson bostezó, encendió un Lucky Strike y se reclinó contra el asiento forrado de brillante piel en su Buick modelo 1957.
—Un espectáculo deprimente —comentó—. Esa monotonía... Sólo basura. Es desolador.
—No mires —dijo con indiferencia la chica sentada a su lado.
El potente coche rodaba en silencio sobre la grava de la carretera. Fergesson, cuyas manos apenas tocaban el volante eléctrico, se relajó a los sones del Quinteto para piano, de Brahms, que sonaba en la radio, transmitido desde la colonia de Chicago. La ceniza golpeaba las ventanillas. Ya se había formado una espesa capa negra, a pesar que sólo habían recorrido unos pocos kilómetros. Daba igual, Charlotte guardaba en el sótano de su apartamento una manguera de jardín, un cubo de zinc y una esponja DuPont.
—Y tienes una nevera llena de buen whisky escocés —añadió en voz alta—, según creo recordar..., a menos que alguien se la haya bebido.
Charlotte se removió. Se había amodorrado, acunada por el ruido del motor y el aire caliente.
—¿Whisky escocés? —murmuró—. Bueno, tengo una botella de Lord Calvert. 
Se incorporó y agitó su nube de cabello rubio. Agregó:
—Pero está un poco deteriorado.
El pasajero del asiento trasero reaccionó. Le habían recogido en el camino. Era un hombre flaco y enjuto, vestido con pantalones y camisa gris.
—¿Muy deteriorado? —preguntó con voz tensa.
—Como todo lo demás, más o menos.
Charlotte no escuchaba. Contemplaba con mirada ausente el paisaje por la ventanilla cubierta de ceniza. A la derecha de la carretera, los restos mellados y amarillentos de una ciudad se destacaban como dientes rotos contra el sucio cielo de mediodía. Una bañera, un par de postes telefónicos que seguían en pie, huesos y fragmentos descoloridos, esparcidos entre kilómetros de escombros. Una visión desoladora, opresiva. Algunos perros escuálidos se refugiaban del frío en cavernosos sótanos. La espesa niebla de ceniza impedía que el sol llegara a la superficie.
—Mira allí —dijo Fergesson al hombre del asiento trasero.
Una liebre había cruzado la carretera. Ciega, deforme, la liebre se precipitó con terrible fuerza contra un puntal de hormigón roto y se desplomó, atontada. Recorrió unos pasos, hasta que un perro cayó sobre ella y la devoró.
—¡Uf! —exclamó Charlotte, asqueada. Se estremeció y conectó la calefacción. Era una joven atractiva, con sus bonitas piernas dobladas bajo el cuerpo, vestida con un jersey de lana rosa y una blusa bordada—. Ya tengo ganas de llegar a mi colonia. Todo esto es espantoso.
Fergesson tabaleó sobre la caja de metal encajada entre los dos asientos. Le gustó notar la firmeza del metal bajo sus dedos.
—Si las cosas van tan mal como dices, les gustará contar con esto.
—Oh, sí —reconoció Charlotte—. La situación es terrible. No sé si esto servirá de algo... —Arrugas de preocupación surcaron su menudo rostro—. Supongo que vale la pena probar, pero no albergo grandes esperanzas.
—Levantaremos de nuevo tu colonia —la tranquilizó Fergesson. Lo principal era calmar a la muchacha. Un pánico de esta clase podía descontrolarse. Se había descontrolado más de una vez—. Tardaremos un tiempo, de todos modos —añadió, mirándola—. Tenías que habernos avisado antes.
—Pensábamos que era sólo pereza, pero está en las últimas, Allen. —El miedo se reflejó en sus ojos azules—. No podemos sacarle nada de provecho. Sentado como un buda, como si estuviera enfermo o muerto.
—Es viejo —contestó con suavidad Fergesson—. Si no recuerdo mal, su biltong data de hace ciento cincuenta años.
—¡Pero se supone que viven durante siglos!
—Supone un terrible desgaste para ellos —señaló el hombre del asiento posterior. Inclinado hacia adelante, se humedeció los resecos labios y apretó los puños manchados de tierra—. Olvidas que no se encuentran en su elemento natural. En Próxima trabajaban juntos. Ahora se han dividido en unidades separadas, y la gravedad es mayor aquí.
Charlotte asintió, aunque no estaba convencida.
—¡Dios mío! —exclamó—. Es terrible... ¡Miren eso! 
Rebuscó en el bolsillo del jersey y extrajo un pequeño objeto brillante, cuyo tamaño equivalía al de una moneda de diez centavos.
—Todo lo que duplica es como esto..., o peor.
Fergesson tomó el reloj y lo examinó, con un ojo pendiente de la carretera. La correa se rompió como una hoja seca entre sus dedos y se convirtió en diminutos fragmentos de fibra oscura. El reloj parecía en buen estado, pero las manecillas no se movían.
—No funciona —explicó Charlotte. Lo tomó y lo abrió—. ¿Ves? —Lo sostuvo frente a la cara de Fergesson, con una mueca de disgusto—. Hice media hora de fila para conseguir esto, y no sirve para nada.
La maquinaria del diminuto reloj suizo era una masa informe de metal brillante. No se apreciaban engranajes, rubíes ni resortes.
—¿Sobre que trabajó? —preguntó el hombre de atrás—. ¿Sobre un original?
—Sobre una reproducción, pero buena. Una que hizo él mismo hace treinta y cinco años. Era de mi madre, de hecho. No tienes ni idea de cómo me sentí cuando lo vi. No puedo utilizarle.
Charlotte recuperó el reloj y lo guardó en el bolsillo del jersey.
—Me enfurecí tanto que... —Se interrumpió, irguiéndose en el asiento—. Ya hemos llegado. ¿Ves ese letrero de neón rojo? Es el principio de la colonia.
El letrero rezaba Standard Stations Inc. Sus colores eran azul, rojo y blanco. Una estructura impecable al borde de la carretera. ¿Impecable? Fergesson aminoró la velocidad cuando llegaron frente a la gasolinera. Los tres miraron con gran atención, preparándose para el golpe que iban a recibir.
—¿Lo ves? —dijo Charlotte con un hilo de voz.
La gasolinera se estaba desmoronando. El pequeño edificio blanco era viejo, viejo y ruinoso, algo corroído y vacilante, que se hundía y abombaba como una antiquísima reliquia. El brillante letrero rojo de neón chisporroteó. Las bombas estaban oxidadas y torcidas. La gasolinera empezaba a transformarse en cenizas, en oscilantes y negras partículas; volvía al polvo del que procedía.
Mientras Fergesson contemplaba la agonizante gasolinera, percibió un aliento de muerte. La decadencia no había llegado a su colonia..., todavía. En cuanto los duplicados se estropeaban, el biltong de Pittsburgh los sustituía. Fabricaba nuevos duplicados a partir de los objetos originales preservados de la guerra. Aquí, las reproducciones que sustentaban la colonia no eran sustituidas.


Era inútil culpar a nadie. Los biltong eran limitados, como cualquier raza. Habían hecho todo lo posible, y trabajaban en un entorno extraño para ellos.
Eran nativos del Sistema de Centauro, probablemente. Habían hecho acto de aparición en los últimos días de la guerra, atraídos por los destellos de las bombas H, y encontraron los restos de la raza humana arrastrándose a través de la negra ceniza radiactiva y tratando de salvar todo lo posible de su civilización destruida. Tras un período de análisis, los biltong se dividieron en unidades individuales y empezaron el proceso de duplicar los artilugios que los humanos supervivientes les traían. Así sobrevivieron. En su planeta habían creado un entorno satisfactorio, cerrado dentro de un mundo hostil.
Un hombre intentaba llenar el depósito de su Ford del 66, en vano. Gritó una maldición y arrancó la manguera podrida. Un líquido incoloro cayó al suelo y empapó la grava manchada de grasa. La bomba tenía una docena de grietas, como mínimo. De pronto, una de las bombas se vino abajo.
Charlotte bajó la ventanilla.
—¡La gasolinera de la Shell está en mejor estado, Ben! —gritó—. Está al otro lado de la colonia.
El fornido hombre se giró en redondo, congestionado y sudado.
—¡Maldita sea! —masculló—. Aquí no hay nada que hacer. Déjenme subir y llenaré un cubo en la otra.
Fergesson, tembloroso, abrió la puerta del coche.
—¿Todo está igual?
—Peor. 
Ben Untermeyer se sentó al lado del otro pasajero y dijo:
—Miren allí.
Una tienda de comestibles se había derrumbado y formaba un montón confuso de hormigón y acero. Los escaparates habían reventado. Los productos se habían esparcido por todas partes. La gente intentaba reunir todo lo posible y rebuscaba entre los escombros. Sus rostros expresaban tristeza e irritación.
La calle también estaba en pésimo estado, llena de grietas, baches y cunetas erosionadas. Una cañería rota rezumaba agua sucia en un charco cada vez más grande. Las tiendas y coches que se veían a ambos lados estaban mugrientos y ruinosos. El aspecto general era de vejez. Un puesto de limpiabotas estaba asegurado con tablas. Las ventanas rotas se habían cubierto con trapos y la pintura del letrero se había desprendido. La repelente cafetería de al lado sólo contaba con dos clientes, hombres de aspecto mísero ataviados con trajes arrugados, que intentaban leer el periódico y bebían un café de aspecto barroso, en unas tazas que rezumaban un líquido pardusco cuando las levantaban de la barra carcomida.
—No durará mucho —murmuró Untermeyer, mientras se secaba el sudor de la frente—. A este paso, no. La gente tiene miedo de ir al cine. En cualquier caso, las películas se rompen y la mitad del tiempo se ven al revés. —Miró con curiosidad al hombre sentado a su lado—. Me llamo Untermeyer —gruñó.
Se estrecharon la mano.
—John Dawes —respondió el hombre vestido de gris. No proporcionó más información. Desde que Fergesson y Charlotte le habían recogido en la carretera, no había pronunciado más de cincuenta palabras.
Untermeyer sacó un periódico doblado del bolsillo de la chaqueta y lo tiró sobre el asiento delantero, al lado de Fergesson.
—Esto es lo que encontré en el porche por la mañana.
El periódico era un revoltillo de palabras carentes de significado. Un borrón vago de letras incompletas, de tinta acuosa que aún no se había secado. Fergesson echó un breve vistazo al texto, pero fue inútil. Artículos confusos se perdían en divagaciones, los titulares proclamaban sandeces.
—Allen lleva algunos originales en esa caja —dijo Charlotte.
—No servirán de nada —contestó Untermeyer, abatido—. No se ha movido en toda la mañana. Esperé en la fila con una tostadora de palomitas para que me la duplicara. No hubo suerte. Volvía a casa cuando mi coche se averió. Miré debajo del capó, ¿pero quién entiende de motores? No es asunto nuestro. Conseguí llegar a la gasolinera de la Standard. El maldito metal es tan blando que se hundió bajo mi dedo.
Fergesson frenó el Buick ante el gran edificio de apartamentos donde Charlotte vivía. Tardó unos segundos en reconocerlo; se habían producido cambios desde la última vez que lo había visto, un mes antes. A su alrededor se había levantado un tosco andamio. Algunos obreros examinaban los cimientos con expresión vacilante. El edificio se iba inclinando poco a poco a un lado. Enormes grietas se abrían en las paredes. Había trozos de yeso diseminados por doquier. La acera estaba acordonada.
—Sin ayuda no podemos hacer nada —se quejó Untermeyer, airado—, salvo sentarnos a ver cómo se cae todo en pedazos. Si no resucita pronto...
—Todo lo que nos duplicó en los viejos tiempos se está estropeando —dijo Charlotte, mientras abría la puerta del coche y salía—. Y todo lo que nos duplica ahora es un desastre. ¿Qué vamos a hacer? —Se estremeció al recibir la mordedura del frío viento—. Creo que vamos a terminar como la colonia de Chicago.
Sus palabras helaron la sangre en las venas de los demás. ¡Chicago, la colonia que se había venido abajo! Su biltong había envejecido y fallecido. Agotado, se había convertido en un silencioso e inmóvil montón de materia inerte. Los edificios y las calles, todas las cosas que había duplicado, se habían deteriorado y transformado en negras cenizas.
—No se reprodujo —susurró Charlotte, atemorizada—. Duplicó hasta consumirse, y luego... murió.
—Pero los demás se enteraron —dijo por fin Fergesson, con voz hueca—. Enviaron un sustituto en cuanto pudieron.
—¡Fue demasiado tarde! —gruñó Untermeyer—. La colonia ya había desaparecido. Sólo quedaban un par de supervivientes que vagaban carentes de todo, ateridos de frío y muertos de hambre, hasta que los perros los devoraron. ¡Los malditos perros, que lo infestan todo, se dieron un buen atracón!
Permanecieron inmóviles en la ruinosa acera, asustados. Hasta el rostro enjuto de John Dawes había expresado un mudo terror, un miedo atroz. Fergesson pensó con anhelo en su colonia, que distaba unos veinte kilómetros en dirección este. Palpitante y activa. El biltong de Pittsburgh era joven, aún conservaba los poderes creativos de su raza. ¡No se parecía en nada a esto!
Los edificios de la colonia de Pittsburgh eran fuertes y sólidos. Las aceras eran limpias y firmes. Los televisores, batidoras, tostadoras, autos, pianos, ropas, whiskys y judías congeladas de los escaparates eran fieles reproducciones de los originales, tan auténticas en todos los detalles, que era imposible diferenciarlas de los artículos reales, conservados en los refugios subterráneos cerrados al vacío.
—Si esta colonia se desmorona —dijo Fergesson—, algunos de ustedes pueden venir con nosotros.
—¿Su biltong es capaz de duplicar para más de cien personas? —preguntó en voz baja John Dawes.
—Ahora, sí —respondió Fergesson. Señaló con orgullo su Buick—. Ustedes han viajado en él, y saben lo bien que funciona. Es casi tan bueno como el original del que fue duplicado. Hay que verlos juntos para distinguir la diferencia. —Sonrió y contó un viejo chiste—. Quizá me llevé el original.


—No es necesario decidirlo ahora —cortó Charlotte—. Aún nos queda un poco de tiempo, al menos. 
Tomó la caja de acero y se dirigió hacia los peldaños del edificio.
—Sube con nosotros, Ben. —Movió la cabeza en dirección a Dawes—. Usted también. Tome un trago de whisky. No es muy malo. Sabe un poco a anticongelante y la etiqueta es ilegible, pero aparte de eso no está muy deteriorado.
Un obrero la alcanzó cuando pisó el primer peldaño.
—No puede subir, señorita.
Charlotte le rechazó indignada, una expresión desolada en su pálido rostro.
—¡Aquel es mi apartamento! Ahí están todas mis cosas. ¡Vivo aquí!
—El edificio no es seguro —repitió el obrero. En realidad, no era un obrero, sino un habitante de la colonia, que se había prestado voluntariamente a vigilar los edificios en mal estado—. Fíjese en las grietas, señorita.
—Hace semanas que aparecieron. 
Charlotte, impaciente, indicó con un gesto a Fergesson que la siguiera.
—Vamos.
Subió al porche y se dispuso a abrir la gran puerta de vidrio y cromo.
La puerta se desprendió de sus goznes y cayó. Los cristales estallaron y mortíferos fragmentos salieron disparados en todas direcciones. Charlotte gritó y retrocedió dando tumbos. El hormigón cedió bajo sus pies. Todo el porche se desplomó en una nube de polvillo blanco.
Fergesson y el obrero sujetaron a la frenética muchacha. Untermeyer buscó la caja de acero entre las nubes remolineantes de polvo. Sus dedos se cerraron sobre ella y la arrastró hacia la acera.
Fergesson y el obrero salieron de entre las ruinas del porche, sujetando todavía a Charlotte. La joven intentó hablar, pero violentas convulsiones deformaron su rostro.
—¡Mis cosas! —consiguió articular. Fergesson sacudió el polvo que la cubría.
—¿Te has hecho daño? ¿Te encuentras bien?
—No me he hecho daño.
Charlotte se secó un reguero de sangre y polvillo blanco que resbalaba sobre su mejilla. Tenía el cabello rubio enmarañado. Su jersey de lana roja estaba roto y desgarrado, así como el resto de su indumentaria.
—¿Has tomado la caja?
—Todo está en orden —dijo John Dawes, impasible. No se había movido ni un milímetro de su sitio.
Charlotte se aferró a Fergesson. Su cuerpo temblaba de miedo y desesperación.
—¡Mira! —susurró—. Mira mis manos. 
Levantó sus manos teñidas de blanco.
—Se están ennegreciendo.
El espeso polvo que cubría sus manos y brazos estaba adquiriendo un tono más oscuro, hasta que llegó a ser negro como el hollín. Sus ropas se rompieron y desprendieron de su cuerpo, como una cáscara vacía.
—Entra en el coche —ordenó Fergesson—. Tápate con una manta; es de mi colonia.
Untermeyer y él cubrieron a la temblorosa muchacha con la gruesa manta de lana. Charlotte se acurrucó contra el asiento, los ojos casi fuera de las órbitas. Gotas de sangre resbalaron sobre su mejilla y mancharon las franjas azules y amarillas de la manta. Fergesson encendió un cigarrillo y lo encajó entre sus labios temblorosos.
—Gracias —La joven consiguió articular un gemido de agradecimiento. Sujetó el cigarrillo con dedos agitados—. Allen, ¿qué demonios vamos a hacer?
Fergesson sacudió el polvo oscuro que cubría el cabello rubio de Charlotte.
—Nos acercaremos a darle los originales que he traído. Quizá pueda hacer algo. Los objetos nuevos siempre les estimulan. Puede que le resucitemos un poco.
—No es que esté dormido —dijo Charlotte con voz afligida—. Está muerto, Allen. ¡Lo sé!
—Aún no —protestó Untermeyer, pero todos sabían la verdad.
—¿Se ha reproducido? —preguntó Dawes.
La expresión de Charlotte les transmitió la respuesta.
—Lo intentó. Algunos se abrieron, pero ninguno vivió. He visto huevos por ahí, pero...
Calló. Todos lo sabían. El esfuerzo por mantener con vida a la raza humana había esterilizado a los biltong. Huevos muertos, crías nacidas sin vida...
Fergesson se sentó al volante y cerró la puerta con violencia, pero no encajó bien. Tal vez el metal se había deformado. Se alarmó. Una reproducción imperfecta, un error infinitesimal, un elemento microscópico infiltrado en el duplicado. Hasta su bonito y lujoso Buick estaba contaminado. El biltong de su colonia también sufría un proceso de deterioro.
Tarde o temprano, lo ocurrido en la colonia de Chicago se repetiría en todas partes.

Hileras de automóviles, silenciosos e inmóviles, rodeaban el parque abarrotado de gente. Casi toda la colonia se había congregado. Todo el mundo tenía algo que necesitaba desesperadamente duplicar. Fergesson paró el motor y guardó las llaves en el bolsillo.
—¿Podrás soportarlo? —preguntó a Charlotte—. Quizá prefieras quedarte aquí.
—Estoy bien —contestó Charlotte, y trató de sonreír.
Se había puesto unos pantalones y una camisa deportiva que Fergesson había encontrado entre las ruinas de una tienda. Fergesson no sintió el menor remordimiento. Una gran multitud de hombres y mujeres se habían apoderado de los productos esparcidos por el suelo. Las prendas resistirían unos cuantos días.
Fergesson había tardado en escoger las ropas de Charlotte. Había descubierto un montón de camisas y pantalones resistentes en el almacén de la tienda, un material todavía lejos de convertirse en polvillo negro. ¿Duplicados recientes? O tal vez, aunque parecía imposible, originales que los propietarios del local habían utilizado para conseguir reproducciones. En una zapatería que todavía funcionaba había encontrado un par de zapatillas. Le había cedido su propio cinturón, el que había tomado en la tienda de ropa que se había desplomado a su alrededor.
Untermeyer sujetó la caja de acero con ambas manos cuando los cuatro se acercaron al centro del parque. La gente que la ocupaba permanecía en silencio, con expresión sombría. Nadie hablaba. Todos cargaban con algún objeto, originales conservados durante siglos o buenas reproducciones que tenían desperfectos sin importancia. Una máscara de esperanza y temor cubría su rostro.
—Ahí están los huevos muertos —susurró Dawes.
Un círculo de bolas de un tamaño similar al de las pelotas de baloncesto se destacaba junto al borde del parque. Eran duras, pétreas. Algunas estaban rotas. Había fragmentos de cáscara esparcidos por todas partes.
Untermeyer propinó un puntapié a un huevo. Se abrió, pero estaba vacío.
—Algún animal lo ha dejado seco —afirmó—. Estamos presenciando el final, Fergesson. Creo que los perros vienen de noche y se los comen. Está demasiado débil para protegerlos.


Una sensación de indignación sacudió a los hombres y mujeres que esperaban. Tenían los ojos inyectados en sangre y formaban un círculo de humanidad impaciente e indignada que invadía el centro del parque. Habían esperado durante mucho rato. Estaban cansados de esperar.
—¿Qué demonios es eso?
Untermeyer se agachó ante una vaga forma tirada bajo un árbol. Pasó los dedos sobre la confusa masa metálica. Dio la impresión que el objeto se fundía como si fuera de cera. No se distinguía el menor detalle.
—Soy incapaz de identificarlo.
—Es una cortadora de césped eléctrica —dijo un hombre que estaba cerca de ellos.
—¿Cuánto hace que la duplicó? —preguntó Fergesson.
—Cuatro días. —El hombre le dio una patada—. Es imposible identificarla; podría ser cualquier cosa. La mía se ha estropeado. Saqué el original del depósito e hice fila todo el día... Ahí está el resultado. —Escupió en el suelo—. No vale nada. La dejé tirada ahí. No valía la pena llevarla a casa.
Su mujer emitió un balido áspero.
—¿Qué vamos a hacer? No podemos utilizar la vieja. Se ha estropeado, como todo lo demás. Si las nuevas reproducciones no son buenas, tendremos que...
—Cierra el pico —la reprendió su marido, con el rostro deformado por una mueca de furia. Sus manos aferraron un tubo—. Esperaremos un poco más. Quizá cambie de humor.
Un murmullo esperanzado se alzó a su alrededor. Charlotte se estremeció y avanzó.
—No le culpo —dijo a Fergesson—, pero... —Meneó la cabeza—. ¿De qué serviría? Si hace reproducciones que no nos sirven para nada...
—No puede —dijo John Dawes—. ¡Fíjense en él! —Se detuvo y contuvo a los demás—. Fíjense en él y díganme si puede hacer algo mejor.
El biltong estaba agonizando. Ocupaba el centro del parque, enfermo y viejo, un montón de protoplasma amarillento, espeso, gomoso, opaco. Sus pseudópodos se habían secado, semejaban serpientes ennegrecidas posadas sobre la hierba pardusca. El centro de la masa parecía extrañamente hundida. El biltong se iba encogiendo poco a poco, a medida que el pálido sol iba resecando la humedad de sus venas.
—¡Dios mío! —susurró Charlotte—. ¡Tiene un aspecto espantoso!
El bulto central del biltong oscilaba levemente. Se podían apreciar incesantes movimientos, mientras se aferraba a la escasa vida que le quedaba. Enjambres de moscas negras y azules zumbaban a su alrededor. Un intenso hedor flotaba sobre el biltong, el fétido olor a materia orgánica putrefacta. Rezumaba un líquido nauseabundo.
El núcleo de tejido nervioso sepultado en el protoplasma amarillento del ser latía con veloces movimientos espasmódicos que dibujaban olas en la piel decrépita. Casi era posible observar que los filamentos degeneraban en gránulos pétreos. Vejez, decadencia y sufrimiento.
Frente al biltong agonizante, sobre la plataforma de hormigón, un montón de originales aguardaban a ser duplicados. A su lado, había algunas reproducciones iniciadas, bolas informes de ceniza negra mezcladas con el jugo que rezumaba el cuerpo del biltong, el fluido con el que construía laboriosamente sus duplicados. Había dejado de trabajar y retraído sus pseudópodos. Descansaba... Se esforzaba por seguir con vida.
—¡Pobre criatura! —se oyó decir Fergesson—. Ya no le quedan fuerzas.
—Lleva sentado ahí seis horas seguidas —aulló una mujer en el oído de Fergesson—. ¡Tan contento! ¿A qué espera? ¿A que nos pongamos de rodillas y le supliquemos?
Dawes se volvió hacia ella, furioso.
—¿No ve que está agonizando? ¡Déjenlo en paz, por el amor de Dios!
Un rugido amenazador recorrió el círculo de espectadores. Muchos rostros se volvieron hacia Dawes; hizo caso omiso de ellos. A su lado, Charlotte se había quedado petrificada. Sus ojos expresaban temor.
—Tenga cuidado —advirtió en voz baja Untermeyer a Dawes—. Algunas de estas personas necesitan cosas urgentemente. Hay quien espera conseguir comida.
El tiempo transcurría. Fergesson tomó la caja de acero que sostenía Untermeyer y la abrió. Se agachó, sacó los originales y los dispuso sobre la hierba, frente a él.
Al verlos, un murmullo se elevó a su alrededor, un murmullo en el que se mezclaban admiración y asombro. Una sombría satisfacción inundó a Fergesson. Eran los originales de los que carecía esta colonia, en la que sólo existían duplicados imperfectos. Uno a uno, recogió los preciosos originales y avanzó hacia la plataforma de hormigón situada frente al biltong. Hombres airados le cortaron el paso, hasta que se fijaron en los originales.
Depositó un encendedor Ronson. Después, un microscopio binocular Bausch & Lomb, envuelto todavía en su piel original. Un plato de alta fidelidad Pickering. Y una reluciente copa de cristal Steuben.
—Son unos originales estupendos —dijo un hombre—. ¿De dónde los ha sacado?
Fergesson no contestó. Estaba observando al moribundo biltong. El biltong no se había movido, pero había visto los nuevos originales. Las fibras duras ocultas en el interior de la masa amarillenta se removieron. El orificio central se estremeció, abriéndose de repente. Una violenta sacudida agitó la masa protoplasmática. Rancias burbujas surgieron del orificio. Un pseudópodo se retorció, avanzó por la hierba viscosa, titubeó y tocó el cristal Steuben.
Amasó un puñado de ceniza negra y lo bañó con el líquido que brotaba del orificio. Se formó un globo deslustrado, una grotesca parodia de la copa Steuben. El biltong osciló y se encogió para reunir más energías. Luego, intentó por segunda vez moldear la copa. De repente, toda la masa se estremeció violentamente y el pseudópodo se derrumbó, agotado. Se retorció, vaciló de una manera patética y se retrajo al bulto central.
—Es inútil —dijo Untermeyer con voz ronca—. No puede hacerlo. Es demasiado tarde.
Fergesson recuperó los originales con dedos entumecidos y los devolvió a la caja metálica.
—Estaba equivocado —murmuró, y se puso en pie—. Pensaba que iba a lograrlo con esto. Desconocía la gravedad de la situación.
Charlotte, muda y afligida, se alejó de la plataforma. Untermeyer la siguió, abriéndose paso entre la masa de hombres y mujeres enfurecidos que rodeaban la plataforma de hormigón.


—Espere un momento —dijo Dawes—. Voy a probar algo.
Fergesson esperó mientras Dawes introducía la mano bajo su camisa gris y sacaba algo envuelto en papel de periódico. Era una copa de madera, tosca y mal hecha. Se agachó con una extraña sonrisa irónica y depositó la copa frente al biltong.
Charlotte observó sus movimientos, confusa.
—Es inútil, aunque haga una reproducción. —Tocó el objeto de madera con la punta de su zapatilla—. Es tan sencillo que hasta usted podría duplicarlo.
Fergesson se sobresaltó. Dawes y él intercambiaron una breve mirada. Dawes sonrió. Fergesson se quedó petrificado cuando comprendió.
—Es verdad —dijo Dawes—. Yo la hice.
Fergesson tomó la copa y le dio vueltas en su mano temblorosa.
—¿Con qué la hizo? ¡No lo entiendo! ¿De qué la hizo?
—Derribamos algunos árboles.
Dawes sacó de su cinturón algo metálico que brilló a la débil luz del sol.
—Tenga. Procure no cortarse.
El cuchillo era tan tosco como la copa, aplanado a martillazos, torcido y sujeto con alambre.
—¿Usted ha hecho este cuchillo? —preguntó Fergesson, estupefacto—. No puedo creerlo. ¿Con qué? Necesitaba herramientas. Es una paradoja. —Su voz adquirió un timbre histérico—. ¡Es imposible!
Charlotte se alejó, desdeñosa.
—No sirve. No se puede cortar nada con eso. Tenía en la cocina un juego de cuchillos de acero inoxidable, del mejor acero sueco. Ahora se han convertido en ceniza negra.
Un millón de preguntas bullían en la mente de Fergesson.
—Esta copa, este cuchillo... ¿Forman ustedes un grupo? ¿Ha tejido la tela de su traje?
—Vámonos —dijo Dawes con brusquedad. Recuperó la copa y el cuchillo y se alejó a toda prisa—. Hay que salir de aquí. Creo que el final se acerca.
La gente empezaba a abandonar el parque. Se habían rendido y se dirigían a registrar las tiendas ruinosas en busca de comida. Algunos coches cobraron vida y comenzaron a rodar.
Untermeyer se humedeció sus fofos labios nerviosamente.
—Se están enfadando —murmuró a Fergesson—. Toda la colonia se está derrumbando. Dentro de unas horas no quedará nada. ¡Ni comida, ni casas!
Sus ojos se desviaron hacia el coche y se entornaron. No era el único que había reparado en el coche.
Un grupo de hombres hoscos y sombríos se estaba congregando alrededor del polvoriento Buick. Lo tocaban, examinaban sus guardabarros, el capó, los faros, los firmes neumáticos, como niños hostiles y codiciosos. Los hombres portaban armas improvisadas, como tubos, piedras y fragmentos de metal retorcido, arrancados de los edificios derrumbados.
—Saben que no es de su colonia —dijo Dawes—. Saben que volverá a la suya.
—Te llevaré a la colonia de Pittsburgh —dijo Fergesson a Charlotte—. Te registraré como mi esposa. Más tarde decidirás si quieres seguir adelante con las formalidades.
—¿Y Ben? —preguntó Charlotte con voz débil.
—No puedo casarme con él también. —Fergesson caminó más de prisa—. Puedo llevarle, pero no le dejarán quedarse. Existe un límite de población. Más tarde, cuando comprendan la urgencia...
—Apártense —dijo Untermeyer al cordón de hombres.
Avanzó hacia ellos con aire agresivo. Al cabo de un momento los hombres retrocedieron. Untermeyer se plantó junto a la puerta, dispuesto a intervenir en cuanto hiciera falta.
—Acérquense con cuidado —dijo a Fergesson.
Fergesson y Dawes, con Charlotte entre ambos, atravesaron la fila de hombres y se reunieron con Untermeyer. Fergesson le entregó las llaves y Untermeyer abrió la puerta delantera. Empujó a Charlotte al interior e indicó a Fergesson que entrara por el otro lado.
El grupo de hombres entró en acción.
Untermeyer propinó un puñetazo al líder que le envió contra los demás. Deslizó su gran bulto tras el volante del coche. El motor cobró vida. Untermeyer puso la primera y pisó con fuerza el acelerador. El coche saltó hacia adelante. Los hombres trataron de agarrar la portezuela abierta y apoderarse de los ocupantes.
Untermeyer cerró las puertas. Fergesson captó una última visión del sudoroso rostro del gordo, deformado por el miedo.
Los hombres intentaban asirse a los resbaladizos costados del coche. Fueron cayendo uno tras otro. Un gigantesco pelirrojo, todavía aferrado como un poseso al capó, trataba de arañar la cara del conductor por el parabrisas roto. Untermeyer tomó una curva muy cerrada. El pelirrojo aguantó un segundo y después soltó su presa, desplomándose sobre la calzada.
El coche zigzagueó, se apoyó casi únicamente sobre dos ruedas y desapareció tras una hilera de ruinosos edificios. El chirrido de los neumáticos se perdió en la distancia. Untermeyer y Charlotte iban camino de la seguridad que representaba la colonia de Pittsburgh.
Fergesson contempló el coche hasta que la presión de la mano de Dawes sobre su hombro le sacó de su abstracción.
—Vamos —dijo Dawes—. Espero que sus zapatos sean resistentes. Debemos caminar bastante.
Fergesson parpadeó.
—¿Caminar? ¿Adónde?
—Nuestro campamento más cercano está a unos cuarenta y cinco kilómetros de aquí. Creo que lo lograremos. —Empezó a caminar y Fergesson le siguió al cabo de unos momentos—. Ya lo he hecho antes. Creo que podré repetirlo.
A sus espaldas, la multitud se había congregado de nuevo y centraba su interés en la masa inerte del agonizante biltong. Se elevó un murmullo airado, de frustración e impotencia por la pérdida del coche. Poco a poco, como el agua que sube de nivel, la ominosa y febril masa avanzó hacia la plataforma de hormigón. El agonizante biltong esperaba impotente. Era consciente de los atacantes. Sus pseudópodos se agitaron por última vez, en un esfuerzo inútil.
Entonces, Fergesson vio algo terrible, algo que le avergonzó hasta el punto que sus dedos humillados soltaron la caja metálica, que cayó al suelo. La recuperó y la sostuvo entre sus manos, aturdido. Deseaba huir, a cualquier parte, daba igual, ocultarse en el silencio, la oscuridad y las sombras que aguardaban fuera de la colonia. Lejos de la muerta extensión de ceniza.
El biltong intentaba duplicar un escudo defensivo, una muralla de ceniza protectora, antes que la turba cayera sobre él.

Después de caminar un par de horas, Dawes se detuvo y se tendió sobre la ceniza negra que se extendía hasta perderse de vista.
—Descansaremos un rato —dijo a Fergesson—. Cocinaremos la comida que llevo. Utilizaremos ese encendedor Ronson que tiene usted, si le queda algo de gas.
Fergesson abrió la caja metálica y le pasó el mechero. Un viento frío y fétido sopló a su alrededor; levantó nubes de ceniza que barrieron la yerma superficie del planeta. A lo lejos, paredes melladas de edificios se proyectaban como huesos astillados. En algunos puntos crecían oscuros y ominosos tallos de hierbas.


—No está tan muerto como parece —comentó Dawes mientras reunía fragmentos de madera seca y papel—. Hay perros y conejos, y montones de semillas. Basta con arrojar agua a la ceniza y crecen.
—¿Agua? Pero si no... llueve. Creo que era la palabra adecuada.
—Debemos cavar pozos. Aún hay agua, pero hay que cavar para encontrarla.
Dawes encendió un pequeño fuego; aún había gas en el encendedor. Se concentró en alimentar la hoguera.
Fergesson se sentó y examinó el encendedor.
—¿Cómo se fabrica un aparato de éstos? —preguntó.
—No podemos. 
Dawes introdujo la mano en la chaqueta y sacó un paquete de comida, carne seca en salazón y maíz tostado.
—No se puede empezar fabricando cosas complejas. Hay que avanzar poco a poco.
—Un biltong en buen estado de salud podría duplicarlo. El de Pittsburgh realizó un duplicado perfecto de este encendedor.
—Lo sé, por eso estamos tan atrasados. Tendremos que esperar a que tiren la toalla. Lo harán, tarde o temprano. Tendrán que regresar a su sistema estelar. Continuar aquí desembocará en un genocidio.
Fergesson apretó con fuerza el encendedor.
—En ese caso, nuestra civilización se irá con ellos.
—¿Lo dice por ese mechero? —Dawes sonrió—. Sí, es cierto, pero creo que su punto de vista no es correcto. Tendremos que reeducarnos, todos. A mí también me cuesta.
—¿De dónde es usted?
—Soy uno de los supervivientes de Chicago —dijo en voz baja Dawes—. Cuando se derrumbó, vagué por ahí. Maté con una piedra, dormí en sótanos, rechacé a los perros con uñas y dientes. Por fin, llegué a uno de los campamentos. Algunos me habían precedido. Usted no lo sabe, amigo, pero Chicago no fue la primera en caer.
—¿Y están duplicando herramientas, como ese cuchillo?
Dawes lanzó una sonora carcajada.
—La palabra no es duplicar, sino fabricar. Fabricamos herramientas, hacemos cosas.
Sacó la tosca copa de madera y la depositó sobre la ceniza.
—Duplicar significa copiar, simplemente. No puedo explicarle qué es fabricar; tendrá que intentarlo para entenderlo. Fabricar y duplicar son dos cosas por completo diferentes.
Dawes dispuso tres objetos sobre la ceniza. La exquisita copa de cristal Steuben, su tosca copa de madera y la reproducción defectuosa que había realizado el agonizante biltong.
—Así eran las cosas —dijo, indicando la copa Steuben—. Algún día volverán a ser igual, pero tendremos que tomar el camino correcto, el más duro, paso a paso, hasta llegar aquí. 
Guardó con todo cuidado la copa de cristal en la caja metálica.
—La conservaremos, pero no para copiarla, sino como modelo, como objetivo. Ahora, usted no advierte la diferencia, pero ya lo hará.
Indicó la tosca copa de madera.
—Ahora, estamos en esta fase. No se ría, no niegue que es un símbolo de civilización. Lo es, sencillo y tosco, pero auténtico. Partiremos de aquí.
Tomó la masa informe que el biltong había reproducido. Tras un momento de reflexión, alzó la mano y la arrojó con todas sus fuerzas. El duplicado erróneo cayó al suelo, rebotó y se rompió en mil pedazos.
—Eso no era nada —afirmó Dawes—. Es mejor esta copa. Esta copa de madera está más cerca de la copa Steuben que cualquier reproducción.
—Está muy orgulloso de su copa de madera —observó Fergesson.
—Ya lo creo —admitió Dawes, mientras guardaba la copa en la caja metálica, junto a la Steuben—. Algún día lo comprenderá también. Tardará un poco, pero lo comprenderá.
Ya iba a cerrar la caja, pero se detuvo y acarició el encendedor Ronson. Meneó la cabeza con pesar.
—Nosotros no lo veremos —dijo, y cerró la caja—. Demasiados pasos intermedios.
Su rostro se iluminó de súbito con una chispa de alegría. Agregó:
—¡Pero por Dios que vamos por el buen camino!


FIN

2026/03/02

El paraíso perdido (Clóvis García)


Título original: O paraído perdido
Año: 1970


El abuelo salió a la puerta de la casa, se sentó en el banco de costumbre y se puso a mirar las estrellas.
El paisaje de alrededor estaba silencioso en aquel comienzo de la noche. El valle bajaba árido y, sólo en el fondo, junto al depósito de agua, algunos arbustos elevaban sus ramas retorcidas. El colorido, de tonos rojos durante el día, se había desmayado y no permitía distinguir las rocas, la arena y la raquítica vegetación. En uno u otro punto de la cuesta, parpadeaban las luces de las casas esparcidas que formaban la pequeña comunidad. El día había sido caliente, en medio del largo verano, y las colinas desnudas que cercaban al valle reflejaban todavía el calor acumulado. La noche se anunciaba tranquila y agradable.
El abuelo, sin embargo, miraba a las estrellas. Se acordaba de otro valle, también calmo y tranquilo, también agradable y caliente, pero todo verde, con grandes árboles agitados por la brisa suave, con el ruido del agua encajonada por las piedras del fondo, de los pájaros acomodándose para pasar la noche y de los primeros sapos. El abuelo había vivido en otra época, en otro lugar, y ahora, casi ciego, con los ojos nublados por la enfermedad y por la nostalgia, procuraba mirar las estrellas mientras veía interiormente su valle natal.
Los otros miembros de la familia habían salido al frente de la casa. El padre se sentó en una silla y encendió la pipa. Los niños se esparcieron por el espacio seco que hacía las veces de jardín, conversando alegremente, comunicándose las experiencias del día y comentando la excursión que pretendían hacer el próximo domingo. La madre terminaba de arreglar la sala y no tardaría en venir a recostarse en la puerta.
Los nietos menores, sin embargo, se sentaron junto al abuelo:
–Abuelo, cuéntanos algo de la Tierra, le pidieron. 
El viejo abandonó su visión interior y se volvió hacia los nietos. Un dolor agudo le embargó el pecho, un deseo de llorar. ¡La Tierra! La querida y vieja Tierra, ahora perdida para siempre. Girando en el espacio como un planeta muerto. Pero que él había conocido lleno de vida, con sus ciudades, sus bosques, la lluvia, las bellas madrugadas con los colores de la luz filtrada por la atmósfera y reflejada por las nubes. Un planeta en el que se podía vivir, amar y morir tranquilamente.
–La Tierra, hijos míos, la Tierra era el paraíso. 
Los niños mayores fueron a buscar los cascos y todo el equipo necesario para la excursión que harían el domingo. Mientras lo revisaban, pues la atmósfera de Marte fuera de los valles era muy rarefacta, lo que exigía un equipo de aire, oían las historias del abuelo. El padre y la madre también prestaban atención. Habían dejado la Tierra muy niños, en la fuga precipitada, y poco se acordaban del viejo planeta. El abuelo, sin embargo, había vivido allá gran parte de su vida. Y contaba lo buena que era y lo feliz que era la vida en el planeta perdido por los hombres.
El abuelo vivía de sus recuerdos y, aunque no lo confesase, aguardaba con ansiedad aquellos momentos de la noche en que podía contar a los nietos, e incluso al padre y la madre, cómo eran las cosas en la vieja y querida Tierra. Cómo eran los campos verdes en que trabajaba cuando mozo, cómo se organizaban cacerías en el interior de los bosques.
–Di, abuelo, di cómo era el bosque –pedía un nieto. Y él describía los árboles, el viento murmurando en el follaje, el calor húmedo, el olor de las hojas pudriéndose, las flores, los animales, los pájaros.
Había nubes en el cielo, aire puro en todas partes, la lluvia que caía haciendo crecer las plantas. Los crepúsculos, el viento de las noches invernales. La primavera. Y los frutos, el buen alimento natural producido por la tierra.
–Ustedes no pueden imaginar lo que era una naranja. 
Y el abuelo sentía el caldo dulce correr por su boca. 
–Nada de esos alimentos sintéticos que usamos aquí. Este no es un planeta para que viva el hombre; donde todo tiene que ser producido artificialmente. Lo que se come, lo que se viste, el calor en los largos inviernos, el aire que se respira fuera de los valles. Aquí el hombre tiene que trabajar y conseguirlo todo con el sudor de su rostro.
En la Tierra, no. La Tierra era el paraíso. Pero una vez el hombre había desafiado a Dios. Renovó el pecado de orgullo, el pecado original. Quiso dominar las fuerzas de la naturaleza, quiso, otra vez, igualarse al Creador. Y nuevamente vino el castigo, fue expulsado por una espada de fuego que todo lo había consumido.
El abuelo se acordaba de los primeros experimentos y de la primera explosión atómica. El resultado había atemorizado a toda la humanidad. Pero el orgullo y la ambición habían sido más fuertes. Las voces que se levantaron, prudentes y avisadas, no fueron oídas. El hombre probó el fruto del árbol de la ciencia y del mal. Nada podría contenerle. Y había conseguido transformar la Tierra en un devastado planeta prohibido, que giraba abandonado por el espacio inmenso, envuelto en un manto de radioactividad.
Algunos hombres habían previsto el desastre. Escaparon a tiempo del peligro y se vinieron a Marte, donde se instalaron en pequeñas colonias en el fondo de los valles, que conservaban una atmósfera más densa y el calor del día. Todo lo demás, sin embargo, era hostil y el hombre tenía que vencer las condiciones inhóspitas del planeta que no le había sido destinado pero que tuvo que escoger como refugio.
–Pero, abuelo, ¡Marte es tan bello, la vida es tan buena aquí! –Uno de los nietos mayores no se contuvo–. El trabajo en la fábrica de aumentos, las excursiones fuera del valle, el paisaje rojo y amarillo, los juegos en las suaves arenas de la meseta, el frío seco de los largos inviernos. Este es nuestro planeta, aquí nacimos y vivimos. Esta es nuestra casa. No puede haber nada mejor. No creo que la Tierra...
Pero el padre le hizo una seña de que se callase. Los niños se desinteresaron de las historias del abuelo y bajaron al centro comunal donde otros chicos, marcianos como ellos, los esperaban para los juegos nocturnos. La madre miró la hora:
–Niños, entren a preparar sus lecciones. Dentro de poco empezará a refrescar.
Los niños se fueron para el interior, de mala gana. Preferían continuar oyendo al abuelo. La madre entró también para vigilarlos. El padre se levantó:
–Voy a la Administración –avisó a los de adentro–. Tengo que discutir unos asuntos.
A la puerta de la casa sólo quedó el abuelo. Sus ojos nublados se volvieron al cielo. Allá, a lo lejos, un punto brillante continuaba su giro solitario. Un triste y desierto planeta destruido por sus propios hijos. Pero el abuelo veía la Tierra como fue y nunca volvería a ser. El paraíso perdido.


FIN