Título original: Conquerors' Isle
Año: 1946
Año: 1946
—Tiene usted que creer lo que le cuento —dijo Brady. Hablaba con tono reconcentrado, apretando ferozmente los nudillos, con la mirada fija en su interlocutor, de mayor edad que él—. Sé que parece totalmente imposible. Parece sin pies ni cabeza. Por eso estoy aquí. ¡Pero es la verdad y usted tiene que creerla! Tiene que creerla, señor.
Terminó con estas palabras, en reconocimiento tácito del rango superior del hombre con quien hablaba.
El teniente coronel Gorham dijo con voz suave:
—Tranquilícese, teniente. Yo estoy aquí para celebrar consulta con usted en mi calidad de médico, no para ordenar que le sometan a tratamiento, como un oficial de superior graduación haría. ¿Y si hiciésemos caso omiso de los galones, mientras usted me lo cuenta todo?
Joe Brady sonrió. Era su primera sonrisa en muchas semanas y le costó un esfuerzo hacerla. Sus labios se plegaron en un rictus tembloroso, pero sus ojos seguían siendo ventanas vacías abiertas sobre el tormento.
—Gracias, doctor —dijo—. ¿Por dónde quiere usted que empiece?
Gorham hojeó las páginas del historial clínico del teniente. Los subrayados hechos al azar ponían de relieve tres años de servicio ejemplar, si bien no espectacular: "Brady, Joseph Travers... Edad, 24... Graduado, U.S.S. Stinger... Teniente 1942... Citación de grupo... Citación individual... Propuesto para..."
—Es su historial —dijo el doctor midiendo sus palabras—. Usted sabrá lo que quiere que yo sepa o crea. Todo empezó, según creo, en el curso de su última misión de bombardeo, ¿no es eso?
—Exactamente. O mejor dicho, entonces es cuando todo comenzó para mí. Aquello venía sucediendo desde antes... desde mucho tiempo antes. Años, a buen seguro; quizá décadas.
Terminó con estas palabras, en reconocimiento tácito del rango superior del hombre con quien hablaba.
El teniente coronel Gorham dijo con voz suave:
—Tranquilícese, teniente. Yo estoy aquí para celebrar consulta con usted en mi calidad de médico, no para ordenar que le sometan a tratamiento, como un oficial de superior graduación haría. ¿Y si hiciésemos caso omiso de los galones, mientras usted me lo cuenta todo?
Joe Brady sonrió. Era su primera sonrisa en muchas semanas y le costó un esfuerzo hacerla. Sus labios se plegaron en un rictus tembloroso, pero sus ojos seguían siendo ventanas vacías abiertas sobre el tormento.
—Gracias, doctor —dijo—. ¿Por dónde quiere usted que empiece?
Gorham hojeó las páginas del historial clínico del teniente. Los subrayados hechos al azar ponían de relieve tres años de servicio ejemplar, si bien no espectacular: "Brady, Joseph Travers... Edad, 24... Graduado, U.S.S. Stinger... Teniente 1942... Citación de grupo... Citación individual... Propuesto para..."
—Es su historial —dijo el doctor midiendo sus palabras—. Usted sabrá lo que quiere que yo sepa o crea. Todo empezó, según creo, en el curso de su última misión de bombardeo, ¿no es eso?
—Exactamente. O mejor dicho, entonces es cuando todo comenzó para mí. Aquello venía sucediendo desde antes... desde mucho tiempo antes. Años, a buen seguro; quizá décadas.
Los dedos de Brady se clavaban como garras sobre la mesa.
—¡Alguien tiene que tomar alguna decisión, doctor! El tiempo vuela, y a cada día que pasa ellos se hacen más fuertes. Tengo que hacer que la gente se percate...
—¿Y si empezásemos desde el principio? —sugirió Gorham—. ¿Por qué no empieza usted contándome lo que sucedió en su último y desdichado vuelo?
El tono tranquilo y reposado con que hablaba produjo un efecto sedante sobre el joven. La voz de Brady perdió su nota histérica.
—Sí, señor —dijo—. Muy bien, señor. Verá usted, pues; sucedió así.
—¿Y si empezásemos desde el principio? —sugirió Gorham—. ¿Por qué no empieza usted contándome lo que sucedió en su último y desdichado vuelo?
El tono tranquilo y reposado con que hablaba produjo un efecto sedante sobre el joven. La voz de Brady perdió su nota histérica.
—Sí, señor —dijo—. Muy bien, señor. Verá usted, pues; sucedió así.
—Terminada nuestra misión —dijo el teniente Brady— regresábamos a la base. Ésta era, como es de suponer, el portaaviones Stinger. Ahora que la guerra ha terminado, puedo decirle dónde nos hallábamos y cuál era nuestra misión. Patrullábamos por la parte meridional del Mar de China, poco más o menos a la altura de Palawan, entre Filipinas e Indochina. Nuestra misión consistía en hostilizar la navegación enemiga en aquella zona, cortando la línea de abastecimientos vitales que iba de los Estrechos a las islas niponas. Nuestra fuerza de choque se hallaba en disposición de apoyar una docena de desembarcos desde Labuan a Hainan, y nuestra arma aérea hacía fintas regulares a las diversas concentraciones de fuerzas enemigas, para confundir a los japoneses.
»Nuestro último objetivo fue Songcau, y regresábamos de este puerto cuando sucedió lo que voy a contarle.
»Avizoramos a un mercante que avanzaba costeando, y comuniqué con el jefe de la escuadrilla para pedirle que me permitiese descargar una pesada bomba que devolvía sin haberla soltado aún. Él me dio su consentimiento, y nosotros nos separamos de la formación. El mercante abrió un fuego infernal contra nosotros con todas las armas que tenía a bordo, pero era como si nos echase pompas de jabón. Nosotros pusimos nuestro hermoso huevo en su popa, y el barco saltó en pedazos como si fuese de juguete. Ya sabe usted... se aprieta un botón y... ¡Bum!
»Así liquidamos este asunto, y lo estábamos comentando enardecidos aún, cuando de pronto nos dimos cuenta de que perdíamos altura de una manera vertiginosa. Al parecer el mercante murió como una rata, arañando y mordiendo en su agonía. Un pedazo de plancha de su casco perforó uno de nuestros depósitos de las alas, y empezamos a rociar de gasolina todo el Mar de China del Sur.
»Sin embargo, eso no nos inquietó, por el momento. La Armada vigila a sus ovejas descarriadas, y sabíamos que una hora después de vernos obligados a embarcar en nuestros botes neumáticos, seríamos localizados por una expedición de salvamento. Así es que comunicamos la mala noticia al jefe de la escuadrilla y aceptamos su condolencia con filosofía; y sin excesiva preocupación vimos cómo los cazas se convertían en motitas negras mientras nosotros avanzábamos penosamente, haciendo que nuestro pato herido recorriese el mayor número de millas antes de caerse.
»Sería fastidioso, nos decíamos, y molesto. Pero no sería peligroso. Eso es lo que pensábamos.
»Eso es lo que pensábamos, en buena lógica y a fuer de chicos prácticos.
Pero en el sur del Pacífico la lógica y la razón no sirven de nada.
»Unos diez minutos después de haber perdido de vista a la escuadrilla, y con dos dedos de gasolina en el depósito, cuando ya estábamos a punto de amerizar en un cielo azul tranquilo y despejado, surgieron como por ensalmo negros e imponentes nubarrones, una lluvia diluvial y un ululante huracán de más de cien kilómetros por hora, que nos levantó y se nos llevó girando como una brizna de paja.
»No tengo la menor idea del tiempo que duró aquel frenético cabalgar nocturno. No tenía tiempo de consultar el reloj; todo cuanto podía hacerse era mantener a la Ardiente Alicia —éste era el nombre de nuestro aparato— de cara a aquel vendaval. Éste nos arrastraba, nos sacudía, nos levantaba y nos dejaba caer, haciéndonos girar como si pesásemos gramos y no toneladas. No podíamos elevarnos por encima de la tempestad, como es de suponer; teníamos que permanecer sentados en nuestros puestos, esperando lo que viniese. Creo que por lo menos una docena de veces yo estuve seguro de que íbamos a ser precipitados contra el mar, pero cada vez aquel caprichoso ventarrón nos elevó en sus brazos para seguir jugando con nosotros.
»Los tres estábamos con los nervios deshechos, llenos de golpes y contusiones, y terriblemente mareados y abrumados por la paliza fenomenal que nos daba la tempestad, y todos hubiéramos dado de buena gana un año de permiso en tierra por salir de aquel infierno. Y de pronto, súbitamente —de un modo tan repentino como se inició—, el tifón cesó por completo. Estábamos ensordecidos en el seno de un torbellino de viento y de lluvia, y al instante siguiente sobre nosotros se cernía un cielo limpio y un sol acogedor esparcía sus rayos sobre un mar azul y tranquilo, mientras bajo la sombra de nuestras alas se extendía el refugio rosado y verde de una isla tropical.
Gorham tosió cortésmente, interrumpiendo a su paciente.
—Perdóneme, teniente. Me gustaría tomar nota de esto. Puede ser importante. ¿Una isla, dice? ¿Qué isla?
Brady se encogió de hombros con gesto desvalido.
»Nuestro último objetivo fue Songcau, y regresábamos de este puerto cuando sucedió lo que voy a contarle.
»Avizoramos a un mercante que avanzaba costeando, y comuniqué con el jefe de la escuadrilla para pedirle que me permitiese descargar una pesada bomba que devolvía sin haberla soltado aún. Él me dio su consentimiento, y nosotros nos separamos de la formación. El mercante abrió un fuego infernal contra nosotros con todas las armas que tenía a bordo, pero era como si nos echase pompas de jabón. Nosotros pusimos nuestro hermoso huevo en su popa, y el barco saltó en pedazos como si fuese de juguete. Ya sabe usted... se aprieta un botón y... ¡Bum!
»Así liquidamos este asunto, y lo estábamos comentando enardecidos aún, cuando de pronto nos dimos cuenta de que perdíamos altura de una manera vertiginosa. Al parecer el mercante murió como una rata, arañando y mordiendo en su agonía. Un pedazo de plancha de su casco perforó uno de nuestros depósitos de las alas, y empezamos a rociar de gasolina todo el Mar de China del Sur.
»Sin embargo, eso no nos inquietó, por el momento. La Armada vigila a sus ovejas descarriadas, y sabíamos que una hora después de vernos obligados a embarcar en nuestros botes neumáticos, seríamos localizados por una expedición de salvamento. Así es que comunicamos la mala noticia al jefe de la escuadrilla y aceptamos su condolencia con filosofía; y sin excesiva preocupación vimos cómo los cazas se convertían en motitas negras mientras nosotros avanzábamos penosamente, haciendo que nuestro pato herido recorriese el mayor número de millas antes de caerse.
»Sería fastidioso, nos decíamos, y molesto. Pero no sería peligroso. Eso es lo que pensábamos.
»Eso es lo que pensábamos, en buena lógica y a fuer de chicos prácticos.
Pero en el sur del Pacífico la lógica y la razón no sirven de nada.
»Unos diez minutos después de haber perdido de vista a la escuadrilla, y con dos dedos de gasolina en el depósito, cuando ya estábamos a punto de amerizar en un cielo azul tranquilo y despejado, surgieron como por ensalmo negros e imponentes nubarrones, una lluvia diluvial y un ululante huracán de más de cien kilómetros por hora, que nos levantó y se nos llevó girando como una brizna de paja.
»No tengo la menor idea del tiempo que duró aquel frenético cabalgar nocturno. No tenía tiempo de consultar el reloj; todo cuanto podía hacerse era mantener a la Ardiente Alicia —éste era el nombre de nuestro aparato— de cara a aquel vendaval. Éste nos arrastraba, nos sacudía, nos levantaba y nos dejaba caer, haciéndonos girar como si pesásemos gramos y no toneladas. No podíamos elevarnos por encima de la tempestad, como es de suponer; teníamos que permanecer sentados en nuestros puestos, esperando lo que viniese. Creo que por lo menos una docena de veces yo estuve seguro de que íbamos a ser precipitados contra el mar, pero cada vez aquel caprichoso ventarrón nos elevó en sus brazos para seguir jugando con nosotros.
»Los tres estábamos con los nervios deshechos, llenos de golpes y contusiones, y terriblemente mareados y abrumados por la paliza fenomenal que nos daba la tempestad, y todos hubiéramos dado de buena gana un año de permiso en tierra por salir de aquel infierno. Y de pronto, súbitamente —de un modo tan repentino como se inició—, el tifón cesó por completo. Estábamos ensordecidos en el seno de un torbellino de viento y de lluvia, y al instante siguiente sobre nosotros se cernía un cielo limpio y un sol acogedor esparcía sus rayos sobre un mar azul y tranquilo, mientras bajo la sombra de nuestras alas se extendía el refugio rosado y verde de una isla tropical.
Gorham tosió cortésmente, interrumpiendo a su paciente.
—Perdóneme, teniente. Me gustaría tomar nota de esto. Puede ser importante. ¿Una isla, dice? ¿Qué isla?
Brady se encogió de hombros con gesto desvalido.
—No lo sé, señor. El vendaval nos había zarandeado y sacudido tan despiadadamente y durante tanto tiempo, que ninguno de nosotros era capaz de imaginarse dónde nos hallábamos. ¡Tanto podíamos estar a una milla, como a cincuenta o como a quinientas del punto donde nos alcanzó el tifón! —Su voz se hizo más resuelta—. Pero sea donde sea, tenemos que encontrar de nuevo esa isla. ¡Tenemos que encontrarla! Porque sepa usted que es la isla de Ellos. Si no la encontrarnos y los destruimos...
—¿Y si continuase su relato? —le indicó quedamente el doctor—. Dice usted que llegó a esa isla, no señalada en los mapas. Y supongo que aterrizaron felizmente en ella, ¿no es eso?
—Eso es, señor. Aterrizamos felizmente en una playa arenosa. Nos sentíamos llenos de júbilo por haber tomado tierra sanos y salvos, pero no sabíamos si aquel sitio era seguro. Ignorábamos si habíamos caído en territorio amigo o enemigo. En aquella remota parte del mundo cabía también la posibilidad de que los habitantes de la isla, caso de que ésta los tuviese, fuesen neutrales desde un punto de vista jurídico, sin dejar por eso de ser peligrosos. Dicho en otras palabras, podían ser aborígenes en estado salvaje y probablemente, cazadores de cabezas.
»Imagínese cuál sería, pues, nuestro placer y sorpresa, cuando pocos minutos después de desembarcar oímos un grito amistoso y vimos aproximarse a nosotros, desde el muro de follaje tropical que ceñía la playa, a un grupo de hombres blancos.
»No iban armados y nos dieron la bienvenida en inglés, sonrientes y llenos de cortés entusiasmo. Nos habían visto aterrizar, nos dijo el que parecía ser su jefe —un hombre más bien joven que se presentó a sí mismo como el doctor Grove—, y se apresuraron a salir a nuestro encuentro, por si alguno de nosotros necesitaba asistencia médica.
»Le aseguré que todos estábamos bien, y que lo único que necesitábamos era comida, descanso y algún medio para comunicar nuestra posición a la flota, que a la sazón debía de estar sin duda desplegada sobre la mitad del Pacífico meridional buscándonos.
»Él asintió.
—Tendrán ustedes comida y descanso —dijo cordialmente—. En cuanto a lo demás... esas cosas requieren tiempo en estas tierras primitivas. Ya nos ocuparemos de ello, sin embargo.
—Tenemos una emisora de radio en el avión... —empecé a decir, pero Jack Kavanaugh, nuestro telegrafista, denegó con la cabeza.
—¡La teníamos, jefe! Dejó de funcionar así que distinguimos esta isla. Debió de recibir algún que otro golpe durante la tempestad.
—Pero supongo que podrás arreglarla, ¿eh?
—Creo que sí, si no es nada grave. Espera primero a que la vea.
—Será lo mejor —asintió Grove—. Entretanto, espero que aceptarán ustedes nuestra humilde hospitalidad. Aquí no tenemos la suerte de recibir visitas con frecuencia. Será muy agradable conversar con ustedes. Si quieren tener la bondad de seguirme.
»No podíamos hacer otra cosa. Como ovejas conducidas al matadero —ciegas y confiadas y sin intentar luchar— le seguimos por la playa hasta embocar un tortuoso sendero que penetraba en la selva.
»Fue Tom Goeller, mi ametrallador, el primero en husmear que tal vez había visto algo raro en todo aquello. Entonces aún no había entrado en sospechas; sólo estaba sorprendido. Mientras caminábamos manifestó en voz alta la causa de su sorpresa:
—¿Desde dónde? ¡No lo entiendo!
—¿Qué es lo que no entiendes? —le pregunté—. ¿Y qué quieres decir con eso de... desde dónde? ¿Qué piensas, Tom?
—Pienso en ese Grove —gruñó Tom—. Dijo que nos vio aterrizar. Pero... ¿desde dónde? ¿Dónde demonios viven? ¿En los árboles? Antes de aterrizar contemplé detenidamente esta isla. La miré un buen rato desde arriba. Y no vi la menor traza de nada que pudiera parecer una casa.
»Yo asentí:
—¡Cáspita, tienes razón! Yo tampoco vi ninguna casa. Me pregunto si...
»Pero mi pregunta recibió respuesta antes de que terminase de formularla. De manera inexplicable nos detuvimos ante una especie de refugio de cemento que se alzaba bajo un enorme banano; una especie de colgadizo cubierto de manchas verdes y pardas... tan perfectamente camuflado para que se confundiese con lo que le rodeaba, que apenas podía vérsele desde diez metros de distancia, y mucho menos desde el aire.
Sonriendo, el doctor Grove se detuvo y dijo:
—Hemos llegado, señores.
—¿Y si continuase su relato? —le indicó quedamente el doctor—. Dice usted que llegó a esa isla, no señalada en los mapas. Y supongo que aterrizaron felizmente en ella, ¿no es eso?
—Eso es, señor. Aterrizamos felizmente en una playa arenosa. Nos sentíamos llenos de júbilo por haber tomado tierra sanos y salvos, pero no sabíamos si aquel sitio era seguro. Ignorábamos si habíamos caído en territorio amigo o enemigo. En aquella remota parte del mundo cabía también la posibilidad de que los habitantes de la isla, caso de que ésta los tuviese, fuesen neutrales desde un punto de vista jurídico, sin dejar por eso de ser peligrosos. Dicho en otras palabras, podían ser aborígenes en estado salvaje y probablemente, cazadores de cabezas.
»Imagínese cuál sería, pues, nuestro placer y sorpresa, cuando pocos minutos después de desembarcar oímos un grito amistoso y vimos aproximarse a nosotros, desde el muro de follaje tropical que ceñía la playa, a un grupo de hombres blancos.
»No iban armados y nos dieron la bienvenida en inglés, sonrientes y llenos de cortés entusiasmo. Nos habían visto aterrizar, nos dijo el que parecía ser su jefe —un hombre más bien joven que se presentó a sí mismo como el doctor Grove—, y se apresuraron a salir a nuestro encuentro, por si alguno de nosotros necesitaba asistencia médica.
»Le aseguré que todos estábamos bien, y que lo único que necesitábamos era comida, descanso y algún medio para comunicar nuestra posición a la flota, que a la sazón debía de estar sin duda desplegada sobre la mitad del Pacífico meridional buscándonos.
»Él asintió.
—Tendrán ustedes comida y descanso —dijo cordialmente—. En cuanto a lo demás... esas cosas requieren tiempo en estas tierras primitivas. Ya nos ocuparemos de ello, sin embargo.
—Tenemos una emisora de radio en el avión... —empecé a decir, pero Jack Kavanaugh, nuestro telegrafista, denegó con la cabeza.
—¡La teníamos, jefe! Dejó de funcionar así que distinguimos esta isla. Debió de recibir algún que otro golpe durante la tempestad.
—Pero supongo que podrás arreglarla, ¿eh?
—Creo que sí, si no es nada grave. Espera primero a que la vea.
—Será lo mejor —asintió Grove—. Entretanto, espero que aceptarán ustedes nuestra humilde hospitalidad. Aquí no tenemos la suerte de recibir visitas con frecuencia. Será muy agradable conversar con ustedes. Si quieren tener la bondad de seguirme.
»No podíamos hacer otra cosa. Como ovejas conducidas al matadero —ciegas y confiadas y sin intentar luchar— le seguimos por la playa hasta embocar un tortuoso sendero que penetraba en la selva.
»Fue Tom Goeller, mi ametrallador, el primero en husmear que tal vez había visto algo raro en todo aquello. Entonces aún no había entrado en sospechas; sólo estaba sorprendido. Mientras caminábamos manifestó en voz alta la causa de su sorpresa:
—¿Desde dónde? ¡No lo entiendo!
—¿Qué es lo que no entiendes? —le pregunté—. ¿Y qué quieres decir con eso de... desde dónde? ¿Qué piensas, Tom?
—Pienso en ese Grove —gruñó Tom—. Dijo que nos vio aterrizar. Pero... ¿desde dónde? ¿Dónde demonios viven? ¿En los árboles? Antes de aterrizar contemplé detenidamente esta isla. La miré un buen rato desde arriba. Y no vi la menor traza de nada que pudiera parecer una casa.
»Yo asentí:
—¡Cáspita, tienes razón! Yo tampoco vi ninguna casa. Me pregunto si...
»Pero mi pregunta recibió respuesta antes de que terminase de formularla. De manera inexplicable nos detuvimos ante una especie de refugio de cemento que se alzaba bajo un enorme banano; una especie de colgadizo cubierto de manchas verdes y pardas... tan perfectamente camuflado para que se confundiese con lo que le rodeaba, que apenas podía vérsele desde diez metros de distancia, y mucho menos desde el aire.
Sonriendo, el doctor Grove se detuvo y dijo:
—Hemos llegado, señores.
Oprimió un botón y la puerta del refugio se abrió.
—Pasen ustedes, hagan el favor.
»Kavanaugh habló con brusquedad:
—¿Que pasemos adónde? ¿Ahí dentro?
»Grove sonrió afablemente.
—No se alarmen. No es más que un ascensor. La entrada está a ras de suelo.
—¡Un ascensor! —exclamé—. ¿En esta selva? ¿Qué clase de juego es éste? ¿No irá usted a decirme que viven bajo tierra?
—Mi querido teniente —dijo con voz lánguida el atildado "Doctor"—. Más tarde tendré mucho gusto en explicárselo todo. Verá que es muy sencillo. Pero antes permítame que insista en que ustedes...
—¡Vaya! —le atajé—. ¿De modo que ahora insiste, eh? ¿Y si nosotros nos negásemos a entrar en su misterioso refugio? ¿Qué pasaría entonces?
—Entonces —dijo suspirando el doctor Grove— me vería obligado, lamentándolo mucho, a reforzar mis argumentos.
—¿Ah, sí? —rezongué—. Pues sigue adivinando, amigo. Ustedes son más que nosotros... pero da la casualidad que nosotros vamos armados.
»Kavanaugh habló con brusquedad:
—¿Que pasemos adónde? ¿Ahí dentro?
»Grove sonrió afablemente.
—No se alarmen. No es más que un ascensor. La entrada está a ras de suelo.
—¡Un ascensor! —exclamé—. ¿En esta selva? ¿Qué clase de juego es éste? ¿No irá usted a decirme que viven bajo tierra?
—Mi querido teniente —dijo con voz lánguida el atildado "Doctor"—. Más tarde tendré mucho gusto en explicárselo todo. Verá que es muy sencillo. Pero antes permítame que insista en que ustedes...
—¡Vaya! —le atajé—. ¿De modo que ahora insiste, eh? ¿Y si nosotros nos negásemos a entrar en su misterioso refugio? ¿Qué pasaría entonces?
—Entonces —dijo suspirando el doctor Grove— me vería obligado, lamentándolo mucho, a reforzar mis argumentos.
—¿Ah, sí? —rezongué—. Pues sigue adivinando, amigo. Ustedes son más que nosotros... pero da la casualidad que nosotros vamos armados.
Con estas palabras saqué mi automática y le encañoné con ella.
—Éste es un detalle que parece habérsele pasado por alto. Ahora...
—Ningún detalle se me pasa por alto, teniente —repuso Grove con flema imperturbable—. ¿Quiere usted hacer el favor de disparar su pistola? Si le repugna matar a un hombre a sangre fría —sus labios se plegaron en una sonrisa burlona— entonces dispare al aire.
Yo le contemplé estupefacto. Aquello no era una bravuconada. Se veía a la legua. Aquel hombre parecía divertirse enormemente, y se daba aires de desdeñosa superioridad.
—¡Cuidado, jefe —me dijo Goeller—, no caiga usted en la trampa! Quiere que dispare para que el tiro atraiga a los demás.
Grove sonrió:
—Se equivoca usted, amigo. No necesito ninguna ayuda.
—Ningún detalle se me pasa por alto, teniente —repuso Grove con flema imperturbable—. ¿Quiere usted hacer el favor de disparar su pistola? Si le repugna matar a un hombre a sangre fría —sus labios se plegaron en una sonrisa burlona— entonces dispare al aire.
Yo le contemplé estupefacto. Aquello no era una bravuconada. Se veía a la legua. Aquel hombre parecía divertirse enormemente, y se daba aires de desdeñosa superioridad.
—¡Cuidado, jefe —me dijo Goeller—, no caiga usted en la trampa! Quiere que dispare para que el tiro atraiga a los demás.
Grove sonrió:
—Se equivoca usted, amigo. No necesito ninguna ayuda.
Introdujo una mano en su bolsillo del pecho y dijo:
—Muy bien. Ya que no acepta usted mi invitación...
Disparar era arriesgado, pero yo no podía hacer otra cosa.
—Perfectamente —barboté—. ¡Tú lo has querido!
Y oprimí el gatillo. Lo seguí oprimiendo esperando oír el disparo y ver cómo su cuerpo caía tendido a mis pies. ¡Mas no sucedió absolutamente nada!
Gorham, que escuchaba atentamente el relato, parpadeó.
Disparar era arriesgado, pero yo no podía hacer otra cosa.
—Perfectamente —barboté—. ¡Tú lo has querido!
Y oprimí el gatillo. Lo seguí oprimiendo esperando oír el disparo y ver cómo su cuerpo caía tendido a mis pies. ¡Mas no sucedió absolutamente nada!
Gorham, que escuchaba atentamente el relato, parpadeó.
—¿Quiere usted decir que erró el tiro... o que la pistola se encasquilló?
—Quiero decir —dijo Brady con desaliento— que el disparo no se produjo. No erré el tiro ni la pistola se encasquilló. Desde el punto de vista mecánico, el arma estaba en perfecto estado de funcionamiento, según comprobé más tarde al desmontarla y examinarla pieza por pieza. Pero se negaba a disparar en aquella isla.
Gorham dijo lentamente:
—¿Se negaba a disparar en aquella isla? —Contemplaba cautelosamente al joven, mientras trazaba garabatos con aire pensativo sobre su bloque de notas—. ¡Pero esto es increíble! ¿Por qué no quería disparar?
—No tardé en averiguarlo —respondió Brady ceñudo—. Esto, y muchas otras cosas...
»Me quedé inmóvil y sin habla, prosiguió Brady. No podía comprender lo que pasaba. De momento pensé —como usted— que la pistola se había encasquillado. Entonces me apercibí de pronto que mis compañeros también habían sacado sus pistolas... y que las contemplaban con la misma expresión de incredulidad que yo.
—¿Ven? —observó Grove, encogiéndose de hombros—. ¿Tendrán ahora la bondad de subir al ascensor?
—¡Ni que lo piense! —repuse, con cólera incontenible—. No comprendo lo que pasa aquí. Pero sea lo que sea, no quiero saber nada con ello. ¡Vamos, muchachos! ¡Marchémonos de aquí!
—Lo siento —dijo el doctor—. Me obliga usted a emplear medidas extremas. Le aseguro que lo hago con buena voluntad.
»Del bolsillo del pecho sacó un tubito parecido por su tamaño y su forma a una pluma estilográfica. Apuntándome con él... apuntándonos, sería mejor decir, vi surgir de su punta un radiante cono plateado.
»Intenté abalanzarme sobre él, apostrofándolo. Pero me quedé sin voz y sin movimiento cuando aquel curioso resplandor plateado cayó sobre mí. No era un gas. No tenía olor ni sabor; no quemaba, ni pinchaba, ni causaba ninguna clase de dolor. Pero me pareció como si me hubiese metido en un océano de pegajosas telarañas, o como si me hallase atrapado en una espesa malla de rayos de luna. No podía moverme ni hablar; sin embargo, era dueño de todos mis sentidos.
»Como en sueños oí que el doctor Grove ordenaba a sus acompañantes:
—Pónganlos en el montacargas. ¡Con cuidado!
»Entonces noté unas manos que me levantaban y me llevaban en andas; es difícil explicar aquella sensación... me parecía notarlas sobre mi cuerpo pero muy lejos, como si entre ellas y mi carne se interpusiesen varias capas de espuma de goma.
»También podía ver, pero sólo frente a mí, en la dirección hacia donde miraban fijamente mis pupilas. No podía mover los ojos. Así es que vi únicamente que el interior del montacargas era de metal liso y bruñido, que resultaba extraño en aquel lugar. Oí un zumbido de un motor eléctrico e intuí más que sentí el movimiento de nuestro rápido descenso.
»El doctor Grove se inclinó sobre mí, colocándose en mi campo visual.
—Lo siento, teniente —dijo—. Lamento de verdad haber tenido que apelar a la violencia. Pero como usted ve, las armas de fuego son inútiles en esta isla. No se permiten explosiones de ninguna clase a menos que se cuente con un permiso especial. Poseemos medios de inutilizar sus primitivos aparatos mecánicos. A eso se debe que sus pistolas no disparen y su radio se niegue a funcionar.
»Bullían en mi mente un millar de preguntas, pero no podía formularlas ni siquiera con la mirada. "¿Cuáles son esos medios?", hubiera deseado preguntarle. "¿Y quién, o qué, son ustedes que hablan de la radio como de un primitivo aparato mecánico? ¿Adónde vamos, y qué se proponen hacer con nosotros?" Todas estas preguntas me martilleaban el cerebro, pero no podía articularlas con la lengua. Entonces cesó la sensación de movimiento. Oí cómo se abría la puerta del ascensor, y nuestros captores volvieron a llevarnos en volandas, y oí voces que denotaban la presencia de muchas personas en aquellas catacumbas. Luego fui testigo silencioso de la conversación sostenida entre Grove y alguien que parecía ser superior.
—¿Qué es eso, Frater?
—Lo siento, Frater Dorden. Ha sido necesario. Se negaban a venir por su voluntad.
—Ya veo —escuché un suspiro—. Son muy pocos los que vienen libremente. Muy bien, pónganlos en los dormitorios hasta que se rehagan. Y trátenlos con delicadeza. Esos pobres diablos están muy asustados.
»Nuestro viaje prosiguió entonces a través de un dédalo de corredores de metal brillantemente iluminados, hasta que por último me hicieron pasar por una puerta y me depositaron suavemente sobre una litera. Me cubrieron con una manta fina; el agradable calorcillo que me infundió me dio a comprender cuan fatigado estaba. Yo no podía cerrar los ojos, pero las luces disminuyeron lentamente de intensidad, hasta que por último, sumido en las más profundas tinieblas, olvidé mis inquietudes en brazos de un sueño reparador.
»No sé si fueron las luces al encenderse de nuevo lo que me despertó, o si un control invisible las encendió automáticamente cuando yo me desperté. Sea como fuere, salí de mi letargo para hallar la estancia brillantemente iluminada de nuevo.
»Pero lo que era más importante era el hecho de que ya podía moverme. Saltando de la litera, corrí hacia la puerta, situada en el lado opuesto de la pieza, pero como ya suponía, la encontré cerrada. Así es que de momento deseché toda idea de huida, y me puse a observar el lugar donde me hallaba.
»Constaté que me encontraba solo. Al parecer nuestros captores nos habían puesto a cada uno de nosotros en una estancia o celda separada. La que yo ocupaba era de una sencillez espartana. Cuatro paredes de una sustancia metálica gris y opaca que de momento no pude identificar; un piso formado por una especie de caucho elástico o compuesto de plástico; y un techo bajo de material idéntico al que formaba las paredes. Una litera, una silla y una mesita constituían todo el mobiliario. No había decoración alguna sobre las paredes, ni alfombra en el suelo; y como es de suponer —pues nos hallábamos bajo tierra— no existían ventanas.
»Lo que más me sorprendió fue no descubrir el origen de la iluminación. Busqué en vano cualquier clase de lámpara de la cual proviniese la iluminación agradable y constante que inundaba la estancia. Nada descubrí. Tampoco se trataba de una iluminación indirecta. La cantidad de luz era constante y, por raro que pueda parecer, no producía sombras.
»Creo que fue entonces cuando empecé a asustarme. No quiero decir que me temblasen los labios o se me doblasen las piernas, pero sí que sentía miedo. Un miedo que me atenazó con su garra helada, el mismo que debe experimentar el conejillo caído en la trampa al ver aproximarse al cazador.
»Aquellos seres, aquellos hombres que hablaban con desdeñosa indiferencia de las más perfectas realizaciones de la humanidad, que empleaban a regañadientes y sin darle ninguna importancia armas y utensilios desconocidos para la ciencia... ¿Quiénes eran? ¿Y por qué nos habían separado? ¿Dónde estaban mis compañeros Kavanaugh y Goeller? De pronto, con un ansia desesperada, anhelé su compañía tranquilizadora.
—Quiero decir —dijo Brady con desaliento— que el disparo no se produjo. No erré el tiro ni la pistola se encasquilló. Desde el punto de vista mecánico, el arma estaba en perfecto estado de funcionamiento, según comprobé más tarde al desmontarla y examinarla pieza por pieza. Pero se negaba a disparar en aquella isla.
Gorham dijo lentamente:
—¿Se negaba a disparar en aquella isla? —Contemplaba cautelosamente al joven, mientras trazaba garabatos con aire pensativo sobre su bloque de notas—. ¡Pero esto es increíble! ¿Por qué no quería disparar?
—No tardé en averiguarlo —respondió Brady ceñudo—. Esto, y muchas otras cosas...
»Me quedé inmóvil y sin habla, prosiguió Brady. No podía comprender lo que pasaba. De momento pensé —como usted— que la pistola se había encasquillado. Entonces me apercibí de pronto que mis compañeros también habían sacado sus pistolas... y que las contemplaban con la misma expresión de incredulidad que yo.
—¿Ven? —observó Grove, encogiéndose de hombros—. ¿Tendrán ahora la bondad de subir al ascensor?
—¡Ni que lo piense! —repuse, con cólera incontenible—. No comprendo lo que pasa aquí. Pero sea lo que sea, no quiero saber nada con ello. ¡Vamos, muchachos! ¡Marchémonos de aquí!
—Lo siento —dijo el doctor—. Me obliga usted a emplear medidas extremas. Le aseguro que lo hago con buena voluntad.
»Del bolsillo del pecho sacó un tubito parecido por su tamaño y su forma a una pluma estilográfica. Apuntándome con él... apuntándonos, sería mejor decir, vi surgir de su punta un radiante cono plateado.
»Intenté abalanzarme sobre él, apostrofándolo. Pero me quedé sin voz y sin movimiento cuando aquel curioso resplandor plateado cayó sobre mí. No era un gas. No tenía olor ni sabor; no quemaba, ni pinchaba, ni causaba ninguna clase de dolor. Pero me pareció como si me hubiese metido en un océano de pegajosas telarañas, o como si me hallase atrapado en una espesa malla de rayos de luna. No podía moverme ni hablar; sin embargo, era dueño de todos mis sentidos.
»Como en sueños oí que el doctor Grove ordenaba a sus acompañantes:
—Pónganlos en el montacargas. ¡Con cuidado!
»Entonces noté unas manos que me levantaban y me llevaban en andas; es difícil explicar aquella sensación... me parecía notarlas sobre mi cuerpo pero muy lejos, como si entre ellas y mi carne se interpusiesen varias capas de espuma de goma.
»También podía ver, pero sólo frente a mí, en la dirección hacia donde miraban fijamente mis pupilas. No podía mover los ojos. Así es que vi únicamente que el interior del montacargas era de metal liso y bruñido, que resultaba extraño en aquel lugar. Oí un zumbido de un motor eléctrico e intuí más que sentí el movimiento de nuestro rápido descenso.
»El doctor Grove se inclinó sobre mí, colocándose en mi campo visual.
—Lo siento, teniente —dijo—. Lamento de verdad haber tenido que apelar a la violencia. Pero como usted ve, las armas de fuego son inútiles en esta isla. No se permiten explosiones de ninguna clase a menos que se cuente con un permiso especial. Poseemos medios de inutilizar sus primitivos aparatos mecánicos. A eso se debe que sus pistolas no disparen y su radio se niegue a funcionar.
»Bullían en mi mente un millar de preguntas, pero no podía formularlas ni siquiera con la mirada. "¿Cuáles son esos medios?", hubiera deseado preguntarle. "¿Y quién, o qué, son ustedes que hablan de la radio como de un primitivo aparato mecánico? ¿Adónde vamos, y qué se proponen hacer con nosotros?" Todas estas preguntas me martilleaban el cerebro, pero no podía articularlas con la lengua. Entonces cesó la sensación de movimiento. Oí cómo se abría la puerta del ascensor, y nuestros captores volvieron a llevarnos en volandas, y oí voces que denotaban la presencia de muchas personas en aquellas catacumbas. Luego fui testigo silencioso de la conversación sostenida entre Grove y alguien que parecía ser superior.
—¿Qué es eso, Frater?
—Lo siento, Frater Dorden. Ha sido necesario. Se negaban a venir por su voluntad.
—Ya veo —escuché un suspiro—. Son muy pocos los que vienen libremente. Muy bien, pónganlos en los dormitorios hasta que se rehagan. Y trátenlos con delicadeza. Esos pobres diablos están muy asustados.
»Nuestro viaje prosiguió entonces a través de un dédalo de corredores de metal brillantemente iluminados, hasta que por último me hicieron pasar por una puerta y me depositaron suavemente sobre una litera. Me cubrieron con una manta fina; el agradable calorcillo que me infundió me dio a comprender cuan fatigado estaba. Yo no podía cerrar los ojos, pero las luces disminuyeron lentamente de intensidad, hasta que por último, sumido en las más profundas tinieblas, olvidé mis inquietudes en brazos de un sueño reparador.
»No sé si fueron las luces al encenderse de nuevo lo que me despertó, o si un control invisible las encendió automáticamente cuando yo me desperté. Sea como fuere, salí de mi letargo para hallar la estancia brillantemente iluminada de nuevo.
»Pero lo que era más importante era el hecho de que ya podía moverme. Saltando de la litera, corrí hacia la puerta, situada en el lado opuesto de la pieza, pero como ya suponía, la encontré cerrada. Así es que de momento deseché toda idea de huida, y me puse a observar el lugar donde me hallaba.
»Constaté que me encontraba solo. Al parecer nuestros captores nos habían puesto a cada uno de nosotros en una estancia o celda separada. La que yo ocupaba era de una sencillez espartana. Cuatro paredes de una sustancia metálica gris y opaca que de momento no pude identificar; un piso formado por una especie de caucho elástico o compuesto de plástico; y un techo bajo de material idéntico al que formaba las paredes. Una litera, una silla y una mesita constituían todo el mobiliario. No había decoración alguna sobre las paredes, ni alfombra en el suelo; y como es de suponer —pues nos hallábamos bajo tierra— no existían ventanas.
»Lo que más me sorprendió fue no descubrir el origen de la iluminación. Busqué en vano cualquier clase de lámpara de la cual proviniese la iluminación agradable y constante que inundaba la estancia. Nada descubrí. Tampoco se trataba de una iluminación indirecta. La cantidad de luz era constante y, por raro que pueda parecer, no producía sombras.
»Creo que fue entonces cuando empecé a asustarme. No quiero decir que me temblasen los labios o se me doblasen las piernas, pero sí que sentía miedo. Un miedo que me atenazó con su garra helada, el mismo que debe experimentar el conejillo caído en la trampa al ver aproximarse al cazador.
»Aquellos seres, aquellos hombres que hablaban con desdeñosa indiferencia de las más perfectas realizaciones de la humanidad, que empleaban a regañadientes y sin darle ninguna importancia armas y utensilios desconocidos para la ciencia... ¿Quiénes eran? ¿Y por qué nos habían separado? ¿Dónde estaban mis compañeros Kavanaugh y Goeller? De pronto, con un ansia desesperada, anhelé su compañía tranquilizadora.
»Me puse a gritar a voz en cuello. Nadie me respondió. Las paredes impasibles, al ser de metal debieran haber repetido el eco de mi voz llena de pánico. Pero como todo lo de aquel lugar extraño, se comportaron de un modo antinatural, absorbiendo el sonido, haciéndolo desaparecer como una esponja absorbe el agua.
»Me desgañité gritando. De nada servía hacerlo, pensé. Pero me equivocaba. Porque súbitamente oí un pequeño susurro a mis espaldas y, volviéndome, vi cómo el doctor Grove penetraba en la celda a través de la pared.
El teniente Brady se detuvo de pronto, para gozar con la reacción que experimentaría su oyente. Ésta no tardó en producirse. El doctor Gorham, a pesar de ser un curtido psiquiatra, dejó de hacer garabatos y dirigió una rápida y ansiosa mirada, que denotaba preocupación, a su joven paciente.
Con un evidente esfuerzo hizo desaparecer el rictus de incredulidad que afloraba en su semblante, y dijo suavemente:
—¿A través de la pared, teniente? Habrá querido decir a través de la puerta, supongo.
—A través de la pared —repuso Brady, con brío—. A través de la pared. La puerta estaba frente a mí. Pero el doctor Grove penetró en mi celda atravesando la sólida pared de metal.
—¿Pero no comprende usted —observó Gorham— que lo que está diciendo es imposible?
—Para nosotros sí —dijo Brady con mirada extraviada—. Para Ellos, nada es imposible. ¡Nada!, o casi nada. ¡Por esto debemos actuar, y actuar lo antes posible, antes de que sea demasiado tarde! ¡Tiene usted que creerme, doctor! Ésta es la última oportunidad de la especie humana...
—Haré lo que pueda —le prometió Gorham—. ¿Y si continuase? Dice usted que el doctor Grove penetró por la pared…
—Trataré de abreviar —dijo Brady con semblante desencajado—. Miraré de contarlo en cuatro palabras. No quiero hacerle perder más el tiempo. Por su expresión deduzco que no me cree. Pero alguien tiene que creerme. Pues bien, como le decía, el doctor Grove atravesó la pared. Y por extraño que le pueda parecer, inmediatamente dejó de dominarme el pánico. Seguía sintiendo temor, eso sí, pero era el temor que se siente ante un dios, un demonio o una fuerza implacable y elemental que está más allá de nuestra comprensión. No le contemplé con espanto, como se contempla a un enemigo humano que se abalanza sobre nosotros escupiendo fuego mortífero o blandiendo una espada ensangrentada; le contemplé con temor, pues comprendí que estaba tan por encima y tan lejos de mí en la escala biológica como yo lo estoy de un perro o de una bestia de carga.
»Y así fue nuestra conversación... no como de hombre a hombre, sino como la que sostendría un hombre con una criatura inferior. Y esa criatura inferior era yo. Él era el amo, yo el siervo. Y me contó muchas cosas.
»¿Nunca se le ha ocurrido pensar, doctor, que nosotros los humanos somos una raza egocéntrica? Nuestros sabios, como Darwin y Huxley, nos han dicho que somos el resultado de una evolución sostenida y progresiva; una evolución que se inició en el fango arcaico para irse desarrollando gradualmente hasta llegar a nuestro orgulloso y altivo estado de Homo sapiens.
»¡El Homo sapiens... el hombre inteligente...! Aunque quizá no seamos tan inteligentes como suponemos. En nuestra ceguedad y locura, tenemos la necia presunción de ser la última y gloriosa etapa del eterno devenir de la Naturaleza en pos de la perfección.
»¿No podíamos presumir que la misma fuerza que hizo pasar al primer pez pulmonado del cieno primigenio a la tierra firme, la fuerza que hizo nacer al hombre de Neanderthal de su bestial y peludo antecesor y dio a aquel troglodita que blandía armas de piedra una descendencia que se halla empeñada en labrarse su propia destrucción mediante la desintegración atómica... no podíamos haber conjeturado que aquella fuerza, de manera inevitable, podía haber dado un paso más?
»Esto es lo que sucedió. Hoy en día vive sobre la tierra una raza que representa este paso más en el progreso humano. Unas gentes para quienes nuestros pensamientos son tan primarios y elementales como lo es para nosotros la charla de los niños.
»Empiezan donde nosotros terminamos. Nuestra física y nuestra matemática, de la que tanto nos enorgullecemos, son para ellos el abecé que estudian los párvulos; la difícil ciencia adquirida trabajosamente por nuestros mejores intelectos, ellos la poseen intuitivamente. Sienten lo que nosotros tenemos que estudiar; y lo que para ellos es objeto de estudio, está más allá de toda nuestra comprensión. ¡Son los nuevos reyes de la creación... el Homo superior!
»Cómo llegaron a ser, es algo que ni siquiera ellos mismos saben. Usted, en su calidad de médico, debe saber mejor que yo lo que es esa fuerza que se conoce por el nombre de "mutaciones". Gracias a las mutaciones nace una rosa blanca entre rosas rojas, y la nueva raza blanca se mantiene desde entonces. Estos hombres nuevos son mutantes. Ellos —o los primeros de entre ellos— nacieron de padres normales. Pero desde la misma cuna intuyeron ya que ellos eran distintos. Poseedores de facultades telepáticas, pudieron descubrir a sus semejantes entre la multitud —e incluso a larga distancia— y así se unieron.
»Hace mucho tiempo —el doctor Grove no quiso decirme cuánto— la nueva raza resolvió aislarse de nosotros. Se trataba de una decisión lógica. Tenían tanto de común con nosotros como nosotros con nuestros animales domésticos. Son muy pocos los hombres que comen con sus perros o duermen en cuadras.
»Entonces buscaron esta isla apartada en pleno Pacífico, muy lejos de la civilización de los hombres inferiores. Allí es donde viven, estudian y trabajan, esperando con paciencia infinita a que llegue el día de salir de su escondrijo para apoderarse del mundo que les pertenece por herencia natural, como el Homo sapiens lo tomó de manos de su progenitor de frente huidiza, el Pithecanthropus.
—Somos pocos en número —me dijo Grove— pero aumentamos a cada año que pasa. Algunos hemos nacido aquí; otros llegan de los cuatro puntos cardinales, atraídos por contacto mental. Pronto seremos los suficientes y nos sentiremos fuertes para aceptar la responsabilidad de regir a toda la tierra.
—¿Significará esto —le pregunté— la destrucción del hombre y la reivindicación del mundo entero como su propiedad?
»Casi con tristeza, Grove me respondió:
—¡Qué poco nos comprenden ustedes los humanos! ¿Aniquilan ustedes acaso a los animales silvestres sólo porque no están a su mismo nivel intelectual? Nuestra obligación es mantenerlos y preservarlos; hacer las veces de sus benévolos guardianes en un mundo que les resultará extraño y amedrentador.
»Sí, amedrentador —continuó, viendo que yo esbozaba un ademán de protesta—. Había temor y espanto en tu mirada cuando yo entré en la habitación. No comprendes cómo puedo haber atravesado una pared que a ti te parece sólida. Y al no comprenderlo, te has sentido lleno de terror.
»Sin embargo, no hay nada de sobrenatural ni espantoso en lo que acabo de realizar; es una cosa que cualquiera de nosotros puede hacer con sólo proponérsela. No puede hablarse de cuerpos sólidos en un universo en el cual todo —desde el tamaño y la dimensión hasta la sustancia— es relativo. Nosotros sabemos que hay lugar de sobra para que las moléculas que constituyen nuestro ser pasen sin tropiezo entre las moléculas que constituyen estos muros. Nos limitamos a efectuar un ajuste mental... y vamos adonde nos parece. Esto es para nosotros una facultad tan básica y fundamental como la respiración lo es para un hombre como tú. Es simplemente una facultad biológica elemental.
»Me desgañité gritando. De nada servía hacerlo, pensé. Pero me equivocaba. Porque súbitamente oí un pequeño susurro a mis espaldas y, volviéndome, vi cómo el doctor Grove penetraba en la celda a través de la pared.
El teniente Brady se detuvo de pronto, para gozar con la reacción que experimentaría su oyente. Ésta no tardó en producirse. El doctor Gorham, a pesar de ser un curtido psiquiatra, dejó de hacer garabatos y dirigió una rápida y ansiosa mirada, que denotaba preocupación, a su joven paciente.
Con un evidente esfuerzo hizo desaparecer el rictus de incredulidad que afloraba en su semblante, y dijo suavemente:
—¿A través de la pared, teniente? Habrá querido decir a través de la puerta, supongo.
—A través de la pared —repuso Brady, con brío—. A través de la pared. La puerta estaba frente a mí. Pero el doctor Grove penetró en mi celda atravesando la sólida pared de metal.
—¿Pero no comprende usted —observó Gorham— que lo que está diciendo es imposible?
—Para nosotros sí —dijo Brady con mirada extraviada—. Para Ellos, nada es imposible. ¡Nada!, o casi nada. ¡Por esto debemos actuar, y actuar lo antes posible, antes de que sea demasiado tarde! ¡Tiene usted que creerme, doctor! Ésta es la última oportunidad de la especie humana...
—Haré lo que pueda —le prometió Gorham—. ¿Y si continuase? Dice usted que el doctor Grove penetró por la pared…
—Trataré de abreviar —dijo Brady con semblante desencajado—. Miraré de contarlo en cuatro palabras. No quiero hacerle perder más el tiempo. Por su expresión deduzco que no me cree. Pero alguien tiene que creerme. Pues bien, como le decía, el doctor Grove atravesó la pared. Y por extraño que le pueda parecer, inmediatamente dejó de dominarme el pánico. Seguía sintiendo temor, eso sí, pero era el temor que se siente ante un dios, un demonio o una fuerza implacable y elemental que está más allá de nuestra comprensión. No le contemplé con espanto, como se contempla a un enemigo humano que se abalanza sobre nosotros escupiendo fuego mortífero o blandiendo una espada ensangrentada; le contemplé con temor, pues comprendí que estaba tan por encima y tan lejos de mí en la escala biológica como yo lo estoy de un perro o de una bestia de carga.
»Y así fue nuestra conversación... no como de hombre a hombre, sino como la que sostendría un hombre con una criatura inferior. Y esa criatura inferior era yo. Él era el amo, yo el siervo. Y me contó muchas cosas.
»¿Nunca se le ha ocurrido pensar, doctor, que nosotros los humanos somos una raza egocéntrica? Nuestros sabios, como Darwin y Huxley, nos han dicho que somos el resultado de una evolución sostenida y progresiva; una evolución que se inició en el fango arcaico para irse desarrollando gradualmente hasta llegar a nuestro orgulloso y altivo estado de Homo sapiens.
»¡El Homo sapiens... el hombre inteligente...! Aunque quizá no seamos tan inteligentes como suponemos. En nuestra ceguedad y locura, tenemos la necia presunción de ser la última y gloriosa etapa del eterno devenir de la Naturaleza en pos de la perfección.
»¿No podíamos presumir que la misma fuerza que hizo pasar al primer pez pulmonado del cieno primigenio a la tierra firme, la fuerza que hizo nacer al hombre de Neanderthal de su bestial y peludo antecesor y dio a aquel troglodita que blandía armas de piedra una descendencia que se halla empeñada en labrarse su propia destrucción mediante la desintegración atómica... no podíamos haber conjeturado que aquella fuerza, de manera inevitable, podía haber dado un paso más?
»Esto es lo que sucedió. Hoy en día vive sobre la tierra una raza que representa este paso más en el progreso humano. Unas gentes para quienes nuestros pensamientos son tan primarios y elementales como lo es para nosotros la charla de los niños.
»Empiezan donde nosotros terminamos. Nuestra física y nuestra matemática, de la que tanto nos enorgullecemos, son para ellos el abecé que estudian los párvulos; la difícil ciencia adquirida trabajosamente por nuestros mejores intelectos, ellos la poseen intuitivamente. Sienten lo que nosotros tenemos que estudiar; y lo que para ellos es objeto de estudio, está más allá de toda nuestra comprensión. ¡Son los nuevos reyes de la creación... el Homo superior!
»Cómo llegaron a ser, es algo que ni siquiera ellos mismos saben. Usted, en su calidad de médico, debe saber mejor que yo lo que es esa fuerza que se conoce por el nombre de "mutaciones". Gracias a las mutaciones nace una rosa blanca entre rosas rojas, y la nueva raza blanca se mantiene desde entonces. Estos hombres nuevos son mutantes. Ellos —o los primeros de entre ellos— nacieron de padres normales. Pero desde la misma cuna intuyeron ya que ellos eran distintos. Poseedores de facultades telepáticas, pudieron descubrir a sus semejantes entre la multitud —e incluso a larga distancia— y así se unieron.
»Hace mucho tiempo —el doctor Grove no quiso decirme cuánto— la nueva raza resolvió aislarse de nosotros. Se trataba de una decisión lógica. Tenían tanto de común con nosotros como nosotros con nuestros animales domésticos. Son muy pocos los hombres que comen con sus perros o duermen en cuadras.
»Entonces buscaron esta isla apartada en pleno Pacífico, muy lejos de la civilización de los hombres inferiores. Allí es donde viven, estudian y trabajan, esperando con paciencia infinita a que llegue el día de salir de su escondrijo para apoderarse del mundo que les pertenece por herencia natural, como el Homo sapiens lo tomó de manos de su progenitor de frente huidiza, el Pithecanthropus.
—Somos pocos en número —me dijo Grove— pero aumentamos a cada año que pasa. Algunos hemos nacido aquí; otros llegan de los cuatro puntos cardinales, atraídos por contacto mental. Pronto seremos los suficientes y nos sentiremos fuertes para aceptar la responsabilidad de regir a toda la tierra.
—¿Significará esto —le pregunté— la destrucción del hombre y la reivindicación del mundo entero como su propiedad?
»Casi con tristeza, Grove me respondió:
—¡Qué poco nos comprenden ustedes los humanos! ¿Aniquilan ustedes acaso a los animales silvestres sólo porque no están a su mismo nivel intelectual? Nuestra obligación es mantenerlos y preservarlos; hacer las veces de sus benévolos guardianes en un mundo que les resultará extraño y amedrentador.
»Sí, amedrentador —continuó, viendo que yo esbozaba un ademán de protesta—. Había temor y espanto en tu mirada cuando yo entré en la habitación. No comprendes cómo puedo haber atravesado una pared que a ti te parece sólida. Y al no comprenderlo, te has sentido lleno de terror.
»Sin embargo, no hay nada de sobrenatural ni espantoso en lo que acabo de realizar; es una cosa que cualquiera de nosotros puede hacer con sólo proponérsela. No puede hablarse de cuerpos sólidos en un universo en el cual todo —desde el tamaño y la dimensión hasta la sustancia— es relativo. Nosotros sabemos que hay lugar de sobra para que las moléculas que constituyen nuestro ser pasen sin tropiezo entre las moléculas que constituyen estos muros. Nos limitamos a efectuar un ajuste mental... y vamos adonde nos parece. Esto es para nosotros una facultad tan básica y fundamental como la respiración lo es para un hombre como tú. Es simplemente una facultad biológica elemental.
—¿Entonces, qué se proponen hacer con los hombres? —le pregunté.
—Debieras preguntarme: ¿Qué se propone hacer la Naturaleza con el hombre? —contestó amablemente—. Y según mi parecer, esta pregunta se responde sola. No tienes más que examinar la historia de la Tierra. ¿Qué se hicieron de los primitivos experimentos de la Naturaleza, de los reptiles gigantescos, de los pitecántropos, de los hombres de las cavernas y de los palafitos?
—Desaparecieron —respondí—. Sucumbieron ante la civilización. Cayeron ante el avance avasallador de formas de vida más elevadas.
—En efecto —asintió Grove con voz melancólica—. Así fue. Pero ustedes nos suplican que los tratemos con bondad. Así lo haremos.
»Tiene usted que comprender cuál es el fondo de la cuestión, doctor. Estos hombres nuevos son inteligentes, mil veces más inteligentes que nosotros. Y puesto que se hallan mucho más arriba en la escala de la perfección, es innata en ellos la propensión a la bondad. Por esto sus armas anestesian, pero no matan. No quieren, no pueden matar.
»Podría hablarle durante horas, contándole todo cuanto vi y oí en las tres semanas que permanecí prisionero en el refugio subterráneo de la nueva raza. Le contaré sólo unas cuantas cosas, porque me doy cuenta de que usted, como todos, piensa que estoy loco. Pero hay varias cosas que tiene usted que saber.
»En aquellas celdas metálicas están encerrados más de doscientos seres humanos como usted y yo, personas de ambos sexos que fueron a parar por accidente a la isla remota y fueron retenidos en ella para que no propalasen por el mundo la inminente conquista.
»Tienen todas las comodidades que pueden apetecer, desde luego. Se les da una comida buena y abundante, están bien alojados, se les distrae y se procura que sean felices, en lo posible. Los hombres no aniquilan por placer a sus animales domésticos. Y en esa isla, los hombres están bajo la custodia de los superhombres.
»Podría citarle unos cuantos nombres que le dejarían sorprendido. Un famoso escritor y viajero cuyo barco se perdió hace algunos años en el Pacífico... un aficionado a la caza mayor a quien todos dan por muerto... una aviadora a la que una docena de escuadrillas buscaron en vano. Todos están allí.
»Podría contarle otras cosas que le pondrían los pelos de punta si usted se atreviera a creerlas. Ellos ya están entre nosotros. A medida que se aproxima su hora, se dedican a allanar el camino de su conquista incruenta. Algunos de ellos salieron de su isla para vivir en nuestro mundo. Su plan es verdaderamente magistral. Un puñado de ellos ocupando los puestos clave; aquí un político, allá un magnate de la industria, acullá un autor cuyas obras constituyen el evangelio para una gran mayoría de lectores. ¿Qué posibilidades de éxito tiene una raza inferior ante el ataque de los superhombres?
»Y este ataque no tardará en producirse. Cuando llegue ese día, habrá sonado nuestra hora final, como reyes de la creación. Tenga usted en cuenta que Ellos son infatigables. Nosotros, como raza, somos fuertes. ¡Pero Ellos son omnipotentes!
—Por esta razón —concluyó Brady— usted tiene que creerme, doctor, por descabellado que le parezca lo que le cuento. Tiene que creerme, doctor. Mirando las cosas desde un punto de vista muy amplio, quizá sea mejor que ellos se conviertan en amos de la Tierra. Pero yo soy un hombre. Y como miembro de mi raza, no me resigno a caer ante una cultura superior, por elevada que ésta pueda ser. ¡Quiero vivir! Y si nosotros queremos vivir, Ellos deben morir. Hay que destruir su isla, sin dejar rastro de ella. Una bomba atómica...
—Ha dicho usted —le atajó el doctor Gorham— que ellos son omnipotentes. Les ha conferido usted una sabiduría de semidioses. Sin embargo, usted huyó de su isla sin ayuda exterior. ¿Puede presentar esto como una prueba de su inteligencia sobrehumana?
Brady denegó con la cabeza.
—Esto no prueba más que su gran bondad y mi astucia animal.
»También tienen su talón de Aquiles, y yo me aproveché de él. Les repugna causar dolor a ningún ser viviente. Sabiendo esto, pedí a Grove un día que me llevase a la superficie y me acompañase a recoger algunas cosas que tenía en mi avión. Le dije que se trataba de efectos personales; fotografías de mis seres queridos, que había escondido en un compartimiento secreto del aparato.
»Él asintió. Hacía varias semanas que nuestras relaciones eran muy amistosas, y no sospechó mi doblez. La doblez es un rasgo típicamente humano. Ellos no pueden concebir el pecado ni el engaño.
»Él se mostraba confiado y a mí me dominaba la desesperación. Se volvió a mirar cuando yo grité para señalarle algo a su espalda; nunca supe con qué le golpeé. No sé siquiera si mi pedrada le mató o le dejó con vida. Ojalá no le matase.
»Como usted puede suponer, el avión de nada me servía. Pero en él teníamos botes neumáticos de caucho, y el mar estaba a pocos metros de distancia. Empuñando el canalete, me alejé de aquella orilla embrujada remando como un poseído. El resto ya lo sabe usted: Me quedé sin comida ni agua y me encontraron delirante, días o quizá semanas después, barbudo y con la piel quemada por el sol y llena de ampollas, a punto de fallecer.
El doctor Gorham asintió y cerró en silencio el bloque de notas, en el que sólo había trazado unos cuantos garabatos.
—Sí —dijo con voz queda—. En efecto. Debió de ser una terrible odisea.
—Debieras preguntarme: ¿Qué se propone hacer la Naturaleza con el hombre? —contestó amablemente—. Y según mi parecer, esta pregunta se responde sola. No tienes más que examinar la historia de la Tierra. ¿Qué se hicieron de los primitivos experimentos de la Naturaleza, de los reptiles gigantescos, de los pitecántropos, de los hombres de las cavernas y de los palafitos?
—Desaparecieron —respondí—. Sucumbieron ante la civilización. Cayeron ante el avance avasallador de formas de vida más elevadas.
—En efecto —asintió Grove con voz melancólica—. Así fue. Pero ustedes nos suplican que los tratemos con bondad. Así lo haremos.
»Tiene usted que comprender cuál es el fondo de la cuestión, doctor. Estos hombres nuevos son inteligentes, mil veces más inteligentes que nosotros. Y puesto que se hallan mucho más arriba en la escala de la perfección, es innata en ellos la propensión a la bondad. Por esto sus armas anestesian, pero no matan. No quieren, no pueden matar.
»Podría hablarle durante horas, contándole todo cuanto vi y oí en las tres semanas que permanecí prisionero en el refugio subterráneo de la nueva raza. Le contaré sólo unas cuantas cosas, porque me doy cuenta de que usted, como todos, piensa que estoy loco. Pero hay varias cosas que tiene usted que saber.
»En aquellas celdas metálicas están encerrados más de doscientos seres humanos como usted y yo, personas de ambos sexos que fueron a parar por accidente a la isla remota y fueron retenidos en ella para que no propalasen por el mundo la inminente conquista.
»Tienen todas las comodidades que pueden apetecer, desde luego. Se les da una comida buena y abundante, están bien alojados, se les distrae y se procura que sean felices, en lo posible. Los hombres no aniquilan por placer a sus animales domésticos. Y en esa isla, los hombres están bajo la custodia de los superhombres.
»Podría citarle unos cuantos nombres que le dejarían sorprendido. Un famoso escritor y viajero cuyo barco se perdió hace algunos años en el Pacífico... un aficionado a la caza mayor a quien todos dan por muerto... una aviadora a la que una docena de escuadrillas buscaron en vano. Todos están allí.
»Podría contarle otras cosas que le pondrían los pelos de punta si usted se atreviera a creerlas. Ellos ya están entre nosotros. A medida que se aproxima su hora, se dedican a allanar el camino de su conquista incruenta. Algunos de ellos salieron de su isla para vivir en nuestro mundo. Su plan es verdaderamente magistral. Un puñado de ellos ocupando los puestos clave; aquí un político, allá un magnate de la industria, acullá un autor cuyas obras constituyen el evangelio para una gran mayoría de lectores. ¿Qué posibilidades de éxito tiene una raza inferior ante el ataque de los superhombres?
»Y este ataque no tardará en producirse. Cuando llegue ese día, habrá sonado nuestra hora final, como reyes de la creación. Tenga usted en cuenta que Ellos son infatigables. Nosotros, como raza, somos fuertes. ¡Pero Ellos son omnipotentes!
—Por esta razón —concluyó Brady— usted tiene que creerme, doctor, por descabellado que le parezca lo que le cuento. Tiene que creerme, doctor. Mirando las cosas desde un punto de vista muy amplio, quizá sea mejor que ellos se conviertan en amos de la Tierra. Pero yo soy un hombre. Y como miembro de mi raza, no me resigno a caer ante una cultura superior, por elevada que ésta pueda ser. ¡Quiero vivir! Y si nosotros queremos vivir, Ellos deben morir. Hay que destruir su isla, sin dejar rastro de ella. Una bomba atómica...
—Ha dicho usted —le atajó el doctor Gorham— que ellos son omnipotentes. Les ha conferido usted una sabiduría de semidioses. Sin embargo, usted huyó de su isla sin ayuda exterior. ¿Puede presentar esto como una prueba de su inteligencia sobrehumana?
Brady denegó con la cabeza.
—Esto no prueba más que su gran bondad y mi astucia animal.
»También tienen su talón de Aquiles, y yo me aproveché de él. Les repugna causar dolor a ningún ser viviente. Sabiendo esto, pedí a Grove un día que me llevase a la superficie y me acompañase a recoger algunas cosas que tenía en mi avión. Le dije que se trataba de efectos personales; fotografías de mis seres queridos, que había escondido en un compartimiento secreto del aparato.
»Él asintió. Hacía varias semanas que nuestras relaciones eran muy amistosas, y no sospechó mi doblez. La doblez es un rasgo típicamente humano. Ellos no pueden concebir el pecado ni el engaño.
»Él se mostraba confiado y a mí me dominaba la desesperación. Se volvió a mirar cuando yo grité para señalarle algo a su espalda; nunca supe con qué le golpeé. No sé siquiera si mi pedrada le mató o le dejó con vida. Ojalá no le matase.
»Como usted puede suponer, el avión de nada me servía. Pero en él teníamos botes neumáticos de caucho, y el mar estaba a pocos metros de distancia. Empuñando el canalete, me alejé de aquella orilla embrujada remando como un poseído. El resto ya lo sabe usted: Me quedé sin comida ni agua y me encontraron delirante, días o quizá semanas después, barbudo y con la piel quemada por el sol y llena de ampollas, a punto de fallecer.
El doctor Gorham asintió y cerró en silencio el bloque de notas, en el que sólo había trazado unos cuantos garabatos.
—Sí —dijo con voz queda—. En efecto. Debió de ser una terrible odisea.
Levantándose, balbució con embarazo:
—Bueno, teniente...
El teniente Brady le miró lleno de desesperanza.
—No me cree usted, ¿verdad?
—Me ha gustado mucho oír su relato —respondió el galeno—. Elevaré un informe a la superioridad. Tenga usted paciencia y no se preocupe. Adiós, teniente.
—¡Váyase al diablo! —le espetó el teniente Brady—. ¡Oh, váyase al diablo... señor! —añadió maquinalmente.
El médico dio un respingo, luego dirigió una mirada de compasión al joven, se encogió de hombros y salió de la estrecha celda.
Frente a ella se tropezó con otro médico.
—¡Hola, Gorham! ¿Has hablado con él? ¿Cuál es tu diagnóstico?
—Bueno, teniente...
El teniente Brady le miró lleno de desesperanza.
—No me cree usted, ¿verdad?
—Me ha gustado mucho oír su relato —respondió el galeno—. Elevaré un informe a la superioridad. Tenga usted paciencia y no se preocupe. Adiós, teniente.
—¡Váyase al diablo! —le espetó el teniente Brady—. ¡Oh, váyase al diablo... señor! —añadió maquinalmente.
El médico dio un respingo, luego dirigió una mirada de compasión al joven, se encogió de hombros y salió de la estrecha celda.
Frente a ella se tropezó con otro médico.
—¡Hola, Gorham! ¿Has hablado con él? ¿Cuál es tu diagnóstico?
Gorham se tocó la frente.
—Un caso clarísimo de manía persecutoria verdaderamente sorprendente. Nunca había escuchado un relato tan coherente y lógico, pero... —se encogió de hombros—. Haz lo que puedas por él. Mucho me temo que tendrá que pasar aquí mucho tiempo... tal vez toda su vida. En libertad, podría ser peligroso.
El otro médico movió la cabeza.
—¡Qué lástima! Un muchacho tan pundonoroso. Pero el más cuerdo se volvería loco después de pasarse semanas a la deriva en un bote de caucho. Fue el único superviviente de la dotación. Bueno, Gorham, ¿almorzaremos juntos?
—No, gracias —repuso Gorham—. Tengo que darme prisa para entregar el informe y recomendar que traten con indulgencia este caso.
—Comprendo. Así pues, nos veremos luego.
El otro médico desapareció por el inmaculado corredor de la clínica mental. Gorham meditó brevemente, tratando de orientarse. Estaba en el ala occidental de la clínica, la que daba a la calle. Tenía el coche frente a la clínica. No disponía de mucho tiempo, pues le esperaba una cantidad ingente de trabajo. Y si pasaba por la antesala, a buen seguro algún estúpido le entretendría, obligándole a sostener una tediosa conversación. No sentía los menores deseos de conversar. Quería salir de allí y terminar su informe; el informe que liquidaría definitivamente el caso Brady. Éste dejaría de ser una causa de preocupaciones.
Miró rápidamente arriba y abajo del corredor. No se veía a nadie. Sus sentidos le dijeron también que la calle estaba desierta. No había ningún peligro de que le viesen. Así es que...
Así es que el doctor Gorham se volvió para atravesar limpiamente la pared.
—Un caso clarísimo de manía persecutoria verdaderamente sorprendente. Nunca había escuchado un relato tan coherente y lógico, pero... —se encogió de hombros—. Haz lo que puedas por él. Mucho me temo que tendrá que pasar aquí mucho tiempo... tal vez toda su vida. En libertad, podría ser peligroso.
El otro médico movió la cabeza.
—¡Qué lástima! Un muchacho tan pundonoroso. Pero el más cuerdo se volvería loco después de pasarse semanas a la deriva en un bote de caucho. Fue el único superviviente de la dotación. Bueno, Gorham, ¿almorzaremos juntos?
—No, gracias —repuso Gorham—. Tengo que darme prisa para entregar el informe y recomendar que traten con indulgencia este caso.
—Comprendo. Así pues, nos veremos luego.
El otro médico desapareció por el inmaculado corredor de la clínica mental. Gorham meditó brevemente, tratando de orientarse. Estaba en el ala occidental de la clínica, la que daba a la calle. Tenía el coche frente a la clínica. No disponía de mucho tiempo, pues le esperaba una cantidad ingente de trabajo. Y si pasaba por la antesala, a buen seguro algún estúpido le entretendría, obligándole a sostener una tediosa conversación. No sentía los menores deseos de conversar. Quería salir de allí y terminar su informe; el informe que liquidaría definitivamente el caso Brady. Éste dejaría de ser una causa de preocupaciones.
Miró rápidamente arriba y abajo del corredor. No se veía a nadie. Sus sentidos le dijeron también que la calle estaba desierta. No había ningún peligro de que le viesen. Así es que...
Así es que el doctor Gorham se volvió para atravesar limpiamente la pared.
FIN
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