2026/05/25

Nueve vidas (Ursula K. Le Guin)


Titulo original: Nine Lives
Año: 1968


Estaba viva por dentro pero muerta por fuera; su rostro era una negra red de arrugas, tumores y grietas. Era calva y ciega. Los temblores que cruzaban el rostro de Libra eran simples estremecimientos de corrupción: Debajo, en los negros pasillos, había crepitaciones en la obscuridad, fermentos, pesadillas químicas que se prolongaban desde hacía siglos.

—¡Asqueroso planeta! —murmuró Pugh, mientras la cúpula retemblaba y un forúnculo reventaba a un kilómetro al sudoeste, esparciendo pus plateado a través del crepúsculo.
—Me gustaría ver un rostro humano.
—Gracias —ironizó Martín.
—El tuyo es humano, desde luego —dijo Pugh—, pero lo he visto tanto que ya no puedo verlo.
Unas señales aparecieron en el intercomunicador que Martín estaba manipulando, desaparecieron y volvieron en forma de rostro y voz. El rostro llenó la pantalla: Nariz de un rey asirio, ojos de un samurai, piel bronceada, ojos color de hierro. Era joven y espléndido.
—¿Es ese el aspecto de un ser humano? —inquirió Pugh asombrado—. Lo había olvidado.
—Cállate, Pugh. Estamos en contacto.
—Base Misión Exploradora Libra, conteste, por favor. Ésta es la nave Passerine.
—Aquí Libra. Todo preparado. Pueden descender.
—Expulsión dentro de siete segundos terrestres. Esperen.
Las señales de la pantalla desaparecieron.
—¿Todos tienen ese aspecto? Martín, tú y yo somos más feos de lo que creía.
—Cállate, Owen.
Martín siguió el descenso de la nave a través de la pantalla durante veintidós minutos; luego pudieron verla más allá de la cúpula, una pequeña estrella en el oriente color sangre, hundiéndose. Se posó silenciosamente, ya que la tenue atmósfera de Libra apenas transportaba sonido.
Pugh y Martín cerraron las escafandras de sus trajes, abrieron las cámaras de aire de la cúpula y corrieron a saltitos, cual Nijinsky y Nureyev, hacia la nave. Tres módulos salieron flotando a intervalos de cuatro minutos uno de otro, y a intervalos de cien metros al este de la nave.
—Pueden salir —dijo Martín por la radio portátil—. Les esperamos en la puerta.
La escotilla se abrió. El joven que habían visto en la pantalla asomó con un quiebro gimnástico y saltó al polvo y a las escorias de Libra. Martín agitó la mano, pero Pugh estaba mirando hacia la escotilla, de la cual surgió otro joven con el mismo quiebro gimnástico, seguido por una joven que emergió con el mismo quiebro gimnástico. Todos eran altos, con la piel bronceada, los cabellos negros, la nariz aguileña, el mismo rostro. Todos tenían el mismo rostro. El cuarto estaba saliendo por la escotilla con el mismo quiebro gimnástico.
—Martín —dijo Pugh—, tenemos un clon.
—Exacto —dijo uno de ellos—. Somos un clon de diez. El nombre es John Chow. ¿Es usted el teniente Martín?
—Soy Owen Pugh.
—Álvaro Guillén Martín —dijo Martín, ceremonioso, inclinándose ligeramente.
Otra joven estaba saliendo, el mismo bello rostro; Martín la miró, y de su pecho escapó un suspiro. Era evidente que nunca había pensado en la clonación y estaba sufriendo una conmoción tecnológica.
—Tranquilo —le dijo Pugh, hablándole en castellano—. Esto no es más que un exceso de mellizos.
Permanecía pegado al codo de Martín; el contacto le tranquilizaba.
El primer encuentro con un desconocido resulta difícil. Incluso el mayor extravertido, en su primer encuentro con el más amable de los desconocidos, experimenta cierto temor, aunque es posible que lo ignore. ¿Me engañará? ¿Destruirá la imagen de mí mismo? ¿Me invadirá? ¿Me cambiará? ¿Será distinto a mí? Eso es lo terrible: El misterio de lo desconocido.
Tras dos años de estancia en un planeta muerto —y el último medio año aislados como un equipo de dos— resulta todavía más difícil recibir a un desconocido, por mucho que se desee su llegada; se ha perdido la costumbre de diferenciar, se ha perdido el tacto; y revive el temor, la ansiedad primitiva.
Los clones, cinco varones y cinco hembras, habían realizado en un par de minutos lo que para un solo hombre requería veinte: Saludar a Pugh y a Martín, echar una ojeada a Libra, descargar la nave, prepararse para entrar. Entraron y la cúpula se llenó con ellos, un enjambre de doradas abejas. Zumbaban silenciosamente, llenando todos los silencios, todos los espacios, con un hormiguear de presencia humana. Martín miró con una expresión de asombro a las esbeltas muchachas y ellas le sonrieron, tres a la vez. Su sonrisa, más amable que la de los jóvenes, era igualmente pagada de sí misma.
—Pagada de sí misma —murmuró Owen Pugh, dirigiéndose a su amigo—, eso es. Ser uno mismo diez veces. Nueve segundos para cada movimiento, nueve síes en cada voto. ¡Sería glorioso!
Pero Martín estaba dormido. Y todos los John Chow se habían acostado inmediatamente. La cúpula estaba llena de su tranquila respiración. Eran jóvenes, no roncaban. Martín suspiraba y roncaba. Finalmente, el propio Pugh se quedó dormido y soñó en un gigante de un solo ojo que le perseguía a través de las trepidantes salas del Infierno.
Desde su saco de dormir, Pugh contempló el despertar de los clones. Todos se levantaron en el espacio de un minuto, excepto una pareja, un joven y una muchacha, que permanecían fuertemente enlazados y todavía durmiendo en un saco. Uno de los otros se acercó a la pareja. Los durmientes se despertaron y la muchacha se incorporó, ruborizada y soñolienta, con los dorados senos al aire. Una de sus hermanas le murmuró algo; ella miró de soslayo a Pugh y desapareció en el interior del saco de dormir, seguida por una risa entre dientes, una furiosa mirada desde otra dirección, y desde otra dirección una voz:
—Estamos acostumbrados a dormir solos. Espero que no le importe, capitán Pugh.
—Es un placer —dijo Pugh, sin faltar del todo a la verdad.
A continuación tuvo que levantarse, llevando únicamente los calzoncillos con los cuales dormía, y se sintió como un pollo desplumado, huesudo y granujiento. A menudo había envidiado el robusto y moreno cuerpo de Martín. El Reino Unido había salido bastante bien librado de la Gran Escasez, perdiendo menos de la mitad de su población, una marca alcanzada mediante un riguroso control de los alimentos. Los estraperlistas y los acaparadores habían sido ejecutados. Las migajas fueron compartidas. En tanto que en países más ricos muchos habían muerto y algunos habían engordado, en la Gran Bretaña murieron menos y ninguno engordó. Todos adelgazaron. Sus hijos fueron delgados, sus nietos delgados, pequeños, de osamenta frágil y susceptibles a las infecciones. Habían substituido la supervivencia de los más aptos por la supervivencia de los honestos. Owen Pugh era bajito y delgado. Pero, con todo, estaba allí.
En aquel momento deseó encontrarse muy lejos. 
Durante el desayuno, un John dijo:
—Ahora, si usted lo desea, capitán Pugh...
—Adelante.
—Desarrollaremos nuestro propio plan. ¿Alguna novedad en la mina desde el último informe a la Misión? Vimos los informes cuando el Passerine estaba orbitando el Planeta V, donde ahora se encuentran ellos.
Martín no dijo nada, a pesar de que la mina era descubrimiento y proyecto suyos, y Pugh tuvo que apechugar con la tarea. Resultaba difícil hablar con ellos. Las mismas caras, cada una de ellas con la misma expresión de inteligente interés, todas inclinadas hacia él a través de la mesa y casi en el mismo ángulo. Todos asentían a la vez.
Sobre la insignia del Cuerpo de Explotación que lucían en sus monos, cada uno de ellos llevaba un nombre, el de pila John y el apellido Chow, desde luego, pero con un nombre central distinto. Los hombres eran Aleph, Kaph, Yod, Gimel y Sameh; las mujeres Sadhe, Daleth, Zayin, Beth y Resh. Pugh intentó utilizar los nombres, pero renunció inmediatamente; a veces ni siquiera sabía cuál de ellos había hablado, ya que todas las voces eran iguales.
Martín untó de mantequilla y masticó su tostada, y finalmente intervino:
—Ustedes son un equipo, ¿no es cierto?
—Exacto —dijeron dos John.
—¡Dios, qué equipo! Hay algo que no comprendo. ¿Hasta qué punto sabe cada uno de ustedes lo que los otros están pensando?
—Ninguno sabe lo que piensan los otros, estrictamente hablando —respondió una de las muchachas, Zayin; los otros la contemplaron con una mirada de aprobación—. Entre nosotros no existe telepatía ni nada por el estilo. Pero pensamos igual. Tenemos exactamente el mismo equipo. Sometidos al mismo estímulo, al mismo problema, lo más probable es que experimentemos las mismas reacciones y encontremos las mismas soluciones al mismo tiempo. Las explicaciones resultan fáciles: Normalmente, no necesitamos recurrir a ellas. Rara vez hay disensiones entre nosotros. Esto facilita nuestro trabajo de equipo.


—Desde luego —dijo Martín—. Pugh y yo hemos pasado siete horas de cada diez durante seis meses confundiéndonos el uno al otro. Como la mayoría de las personas. Y, en casos de emergencia, ¿pueden ustedes enfrentarse a un problema inesperado como un equipo nor... un equipo no emparentado?
—Las estadísticas demuestran que sí, hasta ahora —respondió Zayin—. Como equipo, no podemos beneficiarnos de la interrelación de mentes diversas; pero gozamos de una ventaja compensativa. Los clones son extraídos del mejor material humano, individuos con un elevado Cociente de Inteligencia, Constitución Genética alpha doble A, etcétera.
—Todo ello multiplicado por diez. ¿Quién es... quién era John Chow?
—Un genio, seguramente —dijo Pugh cortésmente.
Su interés en la clonación no era tan reciente ni tan ávido como el de Martín.
—Un tipo con el Complejo Leonardo —dijo Yod—. Biomatemático, violoncelista, pescador submarino, interesado en los problemas de la mecánica estructural, etcétera. Murió sin poder desarrollar la mayor parte de sus teorías.
—¿Entonces cada uno de ustedes representa una faceta distinta de su mente, de su talento?
—No —dijo Zayin, sacudiendo la cabeza al unísono con varios otros—. Nosotros compartimos el equipo y las tendencias básicas, desde luego, pero todos somos ingenieros en Explotación Planetaria. Un clon posterior puede ser adiestrado para desarrollar otros aspectos del equipo básico. Todo es cuestión de adiestramiento; la substancia genética es idéntica. Nosotros somos John Chow, pero estamos adiestrados de un modo distinto.
Martín estaba impresionado.
—¿Qué edad tienen ustedes?
—Veintitrés años.
—Dicen que él murió joven... ¿Le habían extraído células germinativas por anticipado?
—Murió a los veinticuatro años en un accidente de aviación —intervino Gimel—. No pudieron salvar el cerebro, de modo que extrajeron algunas de sus células intestinales y las cultivaron para un cloneo. Las células reproductoras no se utilizan para el cloneo, porque sólo tienen la mitad de los cromosomas. Las células intestinales resultan fáciles de individualizar y reprogramar para un crecimiento total.
—Astillas de una misma madera —dijo Martín atrevidamente—. ¿Pero cómo es posible que algunos de ustedes sean mujeres...?
—Resulta fácil programar la mitad de la masa clonal con tendencia a lo femenino —intervino Beth—. Sólo hay que borrar el gen masculino de la mitad de las células y éstas revierten a lo básico, es decir, a lo femenino. El camino inverso, o sea injertar cromosomas Y artificiales, es mucho más complicado. Por ello la mayoría de clones proceden de varones, ya que el clon funciona mejor bisexualmente.
—Todo se hace de acuerdo con las técnicas más depuradas —explicó Gimel—. El contribuyente desea lo mejor a cambio de su dinero, y desde luego los clones son caros. Con la manipulación de las células, la incubación en Placenta Ngama y el mantenimiento y el adiestramiento de los grupos, venimos a costar alrededor de tres millones por cabeza.
—Para su siguiente generación —dijo Martín, todavía impresionado—, supongo que ustedes...
—Nuestras hembras son estériles —dijo Beth con absoluta ecuanimidad—. No olvide que el cromosoma Y fue extirpado de nuestra célula original. Los varones pueden cohabitar con hembras individuales autorizadas, si lo desean. Pero siempre que quieran conseguir otro John Chow sólo tienen que reclonear una célula de este clon.
Martín asintió y masticó una tostada fría.
—Bien —dijo uno de los John, y todos cambiaron de humor, como una bandada de estorninos que cambian de rumbo con un solo golpe de ala, siguiendo a un cabecilla con tanta rapidez que ningún ojo puede ver quién conduce; los John estaban preparados para salir—. ¿Y si fuéramos a echar una ojeada a la mina? Luego descargaremos el equipo. Traemos algunos modelos nuevos que les gustará ver. ¿De acuerdo?
Si Pugh o Martín no hubiesen estado de acuerdo, les hubiera resultado difícil decirlo. Los John eran corteses y a la vez unánimes; sus decisiones tenían gran poder de persuasión. Como comandante de la Base 2 Libra, Pugh se preguntó si podía dar órdenes a aquella entidad-de-diez-superhombres-y-mujeres... y un genio, por añadidura. Se pegó a Martín mientras salían al exterior. Ninguno de los dos dijo nada.
Cuatro pasajeros en cada uno de los tres grandes trineos a motor se deslizaron hacia el norte sobre la rugosa piel de Libra, a la luz de las estrellas.
—Desolado —dijo uno.
Con Pugh y Martín iban un joven y una muchacha. Pugh se preguntó si serían los dos que habían compartido un saco de dormir la noche anterior. Sin duda no les importaría que se lo preguntara. Para ellos, el sexo debía ser algo tan normal como el respirar. ¿Respiraron anoche ustedes dos?
—Sí —dijo—, es desolador.
—Ésta es nuestra primera salida, exceptuando el período de adiestramiento en la Luna.
Decididamente, la voz de la muchacha era más aguda y más suave.
—¿Qué impresión les produjo el gran salto?
—Nos drogaron. Yo quería experimentarlo. 
Había hablado el joven.
—No se preocupe —dijo Martín, al timón del trineo—. Es mejor así.
—Sólo por una vez —dijo uno de ellos—. Para conocerlo.
Las montañas de Merioneth surgieron lepróticas a la luz de las estrellas hacia el este. Un penacho de gas congelante se arrastró plateado desde una grieta de ventilación al oeste y el trineo se inclinó hacia el suelo.
Los gemelos alargaron los brazos hacia la palanca de mando al mismo tiempo, cada uno de ellos con un leve gesto de protección hacia el otro. "Tu piel es mi piel" —pensó Pugh, pero literalmente, sin metáfora—. "Ama a tu prójimo como a ti mismo...". Aquel antiguo y difícil problema estaba resuelto. El prójimo era el mismo yo: El amor era perfecto.

Y aquí estaba Hellmouth, la mina.
Pugh era el geólogo extraterrestre de la Misión Exploratoria, y Martín su técnico y cartógrafo; pero cuando en el curso de una investigación local Martín había descubierto la mina de uranio, Pugh le cedió todo el mérito, así como la responsabilidad de sondear el filón y de planear el trabajo del Equipo de Explotación. Aquellos jóvenes habían salido de Tierra años antes de que los informes de Martín llegaran allí, y habían ignorado en qué consistiría su trabajo hasta llegar aquí. El Cuerpo de Explotación se limitaba a enviar equipos regularmente y a ciegas, sabiendo que habría un trabajo para ellos en Libra, o en el próximo planeta, o en otro planeta del que aún no habían oído hablar. El Gobierno necesitaba uranio con tanta urgencia que no podía esperar a que llegaran los informes desde años luz de distancia. El material era como oro, anticuado pero esencial, y compensaba la minería extraterrestre y los viajes interestelares. "Valía su peso en hombres", pensó Pugh amargamente, contemplando cómo los altos jóvenes y muchachas entraban uno a uno en el negro agujero que Martín había bautizado con el nombre de Hellmouth, es decir Boca del Infierno.
A medida que entraban, sus homeostáticas lámparas frontales se iban encendiendo. Doce rayos luminosos discurrieron a lo largo de las húmedas y agrietadas paredes.
—Aquí está el declive —anunció la voz de Martín a través del intercomunicador portátil—. Nos encontramos en una fisura lateral; la abertura principal se halla enfrente de nosotros. El último movimiento volcánico parece haberse producido hace unos dos mil años. La falla más próxima está a veintiocho kilómetros al este, en el Trench. Desde el punto de vista sísmico, esta región parece ser tan segura como cualquier otra de la zona. El piso superior de basalto estabiliza todas esas subestructuras, mientras permanezcan estables en sí mismas. Su filón central se encuentra a treinta y seis metros de profundidad y discurre por una serie de cinco cavernas-burbuja en dirección nordeste. Es un filón con un alto contenido en mineral. Ya vieron las cifras porcentuales. La extracción no planteará ningún problema. Lo único que tienen que hacer es abrir las cavernas por la parte superior.
Unas voces empezaron a hablar, pero todas eran la misma voz y la radio portátil no les confería ninguna posición en el espacio.
—Abrir la caverna por arriba, desde luego...
—Es el método más seguro...
—Pero el techo es de basalto... ¿Qué espesor puede tener? ¿Diez metros?
—El informe decía de tres a veinte...
—Podemos utilizar el acceso en el cual nos encontramos, allanarlo un poco e instalar raíles deslizantes para los robots...


—¿Tenemos suficiente material para entibar?
—¿A cuánto calcula usted que asciende la carga útil total, Martín?
—A más de cinco mil millones de kilos y menos de ocho mil millones.
—Los transportes llegarán aquí dentro de diez meses terrestres.
—Tendremos que cargar mineral puro...
—No, recuerda que tienen el problema de los embarques de NAFAL...
—De acuerdo, podrán purificarlo en la órbita de la Tierra.
—¿Bajamos, Martín?
—Pueden bajar ustedes. Yo ya he estado allí.
El primero —¿Aleph?, en hebreo, "el buey", el caudillo— se agarró a la escalerilla e inició el descenso; los otros le siguieron. Pugh y Martín se quedaron en el borde de la hendidura. Pugh ajustó el intercomunicador de modo que sólo intercambiara con el de Martín, y se dio cuenta de que Martín estaba haciendo lo mismo. Resultaba un poco fastidioso oír a una persona pensar en voz alta en diez voces. ¿O era una sola voz expresando las ideas de diez mentes?
—En el próximo salto —dijo Martín— me gustaría encontrar un planeta que no tuviera nada que explotar.
—Tú descubriste esto.
—La próxima vez no me dejes salir de casa.
Pugh quedó complacido. Había confiado en que Martín querría continuar trabajando con él, pero ninguno de los dos estaba acostumbrado a hablar demasiado de sus sentimientos y él había vacilado en preguntárselo.
—Lo intentaré —dijo.
—Odio este lugar. Me gustan las cavernas, ¿sabes? Por eso vine aquí. En plan de espeleología. Pero ésta es una porquería. Aunque supongo que esa tribu sabrá desenvolverse. Conocen su trabajo.
—La nueva ola —dijo Pugh.
La nueva ola subió la escalerilla en fila india y rodeó a Martín.
—¿Tendremos suficiente material para los apuntalamientos?
—Kalph puede calcular las tensiones.
Pugh había vuelto a situar su intercomunicador en posición normal; miró al clon, tantos pensamientos farfullando en una ávida mente, y a Martín que permanecía silencioso entre ellos, y a la Hellmouth, y a la arrugada llanura.

Al cabo de cinco días terrestres, los Johns habían descargado todo su equipo y material, y habían empezado a operar en la mina. Pugh estaba fascinado y asustado por su gran eficacia, su confianza y su independencia. Él no les servía para nada. Los clones podían ser realmente los primeros seres humanos estables y dignos de confianza. Una vez adultos, no necesitarían la ayuda de nadie. Se bastarían a sí mismos física, sexual, emocional e intelectualmente. Hicieran lo que hicieran, cualquier miembro del grupo recibiría siempre el apoyo y la aprobación de sus compañeros, sus otros yo. No necesitaban a nadie más.
Dos de los clones permanecían en la cúpula haciendo cálculos, con frecuentes viajes en trineo a la mina para efectuar mediciones y comprobaciones. Eran los matemáticos del grupo, Zayin y Kaph. Tal como Zayin explicó, los diez habían recibido una adecuada educación matemática desde los tres hasta los veintiún años, pero desde los veintiuno hasta los veintitrés, Kaph y ella habían continuado con las matemáticas en tanto que los demás ahondaban en otras especialidades, geología, ingeniería de minas, mecánica electrónica, atómica aplicada, etcétera.
—Kaph y yo —dijo Zayin— tenemos la impresión de que somos el elemento de los clones más aproximado a lo que fue John Chow durante su vida individual. Pero, desde luego, él se dedicó principalmente a las biomatemáticas y nosotros no hemos llegado tan lejos.
—Nos necesitan principalmente en este campo —dijo Kaph, con la patriótica pedantería que a veces evidenciaban.
Pugh y Martín pudieron distinguir pronto a aquella pareja de los demás. A Zayin por su figura, a Kaph únicamente por su descolorido dedo anular de la mano izquierda, a consecuencia de un martillazo recibido a la edad de seis años. Sin duda existían muchas diferencias, físicas y psicológicas entre ellos; la naturaleza podía ser idéntica, la nutrición no. Pero las diferencias resultaban difíciles de descubrir. Y parte de la dificultad estribaba en que nunca hablaban realmente con Pugh y Martín. Bromeaban con ellos, eran corteses, se comportaban correctamente. Pero no daban nada. No había de qué quejarse; se mostraban muy agradables, tenían la estereotipada simpatía norteamericana.
—¿Procede usted de Irlanda, Owen?
—Nadie procede de Irlanda, Zayin.
—Hay muchos irlandeses-americanos...
—Desde luego, pero ya no hay irlandeses. Un par de miles en toda la isla. No aceptaron el control de la natalidad, de modo que los alimentos escasearon. En la época de la Tercera Escasez no quedaba ningún irlandés, aparte de los curas, y todos ellos, o casi todos, eran solteros.
Zayin y Kaph sonrieron rígidamente. No tenían ninguna experiencia con la ironía.
—¿Entonces qué es usted, étnicamente? —preguntó Kaph.
—Un galés.
—¿Es galés lo que Martín y usted suelen hablar?
"No te importa", pensó Pugh, pero dijo:
—No, es su idioma, no el mío: El castellano que se habla en Argentina.
—¿Lo aprendieron para conversar en privado?
—¿De quién tendríamos que ocultarnos aquí? No. Lo que pasa es que a un hombre le gusta hablar su idioma natal de cuando en cuando.
—El nuestro es el inglés —dijo Kaph secamente.
¿Por qué tenían que mostrarse simpáticos? La simpatía es una de las cosas que se dan porque necesitamos que nos la devuelvan.
Aquella noche Pugh utilizó el castellano para su comunicación con Martín.
—¿Se unen siempre las mismas parejas, o cambian cada noche?
Martín pareció sorprendido. Una expresión mojigata, desconocida en él, apareció por un instante en su rostro. Luego se borró. También él sentía curiosidad.
—Creo que es al azar.
—No susurres, hombre, se ve feo. Yo creo que hay un turno de rotación.
—¿De acuerdo con un plan previo?
—A fin de que nadie se quede sin su parte.
Martín se echó a reír.
—¿Y qué me dices de nuestra parte?
—No se les habrá ocurrido pensar en nosotros.
—¿Qué pasará si abordo a una de las chicas?
—Ella se lo dirá a los otros y decidirán como grupo.
—No soy un toro —dijo Martín—. No quiero que me juzguen...
—Calma, amigo mío —dijo Pugh—. ¿Quieres abordar a una de ellas?
Martín se encogió de hombros.
—Dejémosles con su incesto.
—¿Incesto, o masturbación?
—¡No me importa, con tal de que lo hagan fuera del alcance de mi oído!
Los clones habían renunciado a toda apariencia de recato. Pugh y Martín quedaban saturados diariamente por las intimidades de su continuo intercambio emocional- sexual-mental. Saturados pero excluidos.

—Faltan dos meses —dijo Martín una noche.
—¿Para qué? —estalló Pugh.
Últimamente se mostraba muy irritable y el malhumor de Martín le crispaba los nervios.
—Para el relevo.
Dentro de sesenta días, todos los miembros de la Misión Exploratoria serían relevados.
—¿Estás tachando los días en tu calendario? —inquirió en tono burlón.
—Recobra el sentido común, Owen.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que he dicho.
Se separaron, enojados y resentidos.
Pugh regresó después de pasar un día solo en las Pampas, una vasta llanura de lava cuyo borde más próximo se encontraba a una distancia de dos horas de vuelo, en dirección sur. Se suponía que no debían efectuar largos viajes solos, pero últimamente lo habían hecho a menudo. Martín estaba sentado bajo una brillante luz, dibujando uno de sus elegantes y magistrales mapas: Este era de toda la cara de Libra, la cara cancerosa. Aparte él no había nadie más en la cúpula, tan amplia como antes de que llegaran los clones.
—¿Dónde está la horda dorada? —inquirió Pugh.
Martín se encogió de hombros. Luego se incorporó ligeramente para mirar a su alrededor, hacia el sol agazapado como un gran sapo rojo sobre la llanura oriental, y hacia el reloj, que señalaba las 18:45 horas.
—Hoy se han producido algunas sacudidas importantes —dijo, volviendo a su mapa—. ¿Lo has notado desde allí? Echa una mirada al sismógrafo.


El indicador zigzagueaba sobre el cilindro pautado. Nunca dejaba de bailar. El cilindro pautado había registrado cinco sacudidas de máxima intensidad a media tarde; por dos veces, la aguja había sobrepasado el cilindro pautado. La computadora conectada al sismógrafo había sido puesta en marcha y había indicado: "Epicentro 61' norte por 4' 24' este".
—Esta vez no es en el Trench.
—Me ha parecido algo distinto. Más intenso.
—En la Base Uno solía permanecer despierto toda la noche debido a la trepidación del suelo. Resulta curioso cómo se acostumbra uno a las cosas.
—Mal asunto si así no fuera. ¿Qué hay para cenar?
—Pensé que lo habrías preparado.
—Estaba esperando a los clones.
Pugh sacó una docena de latas, introdujo dos de ellas en el Horninstant y las sacó al cabo de un minuto.
—De acuerdo, aquí está la cena.
—He estado cavilando —dijo Martín mientras se acercaba a la mesa—. Me pregunto qué pasaría si un clon se reprodujera a sí mismo. Me refiero ilegalmente. Un millar de duplicados... diez mil... Todo un ejército. Sería una fuerza a tener en cuenta, ¿no crees?
—¿Pero cuántos millones costaría la operación? Placentas artificiales y todo eso. Resultaría difícil conservar el secreto, a menos de que dispusieran de un planeta para ellos solos. Mucho antes de las Escaseces, cuando la Tierra tenía gobiernos nacionales, hablaban de eso: Reproducir a los mejores soldados, formar con ellos regimientos. Pero los alimentos empezaron a escasear antes de que pudieran poner en práctica aquella idea.
Hablaban amistosamente, como tenían por costumbre.
—Es curioso —dijo Martín, masticando—. Esta mañana se marcharon temprano, ¿verdad?
—Todos menos Kaph y Zayin. Pensaban sacar a la superficie la primera carga. ¿Por qué?
—No han venido a almorzar.
—No se morirán de hambre, no te preocupes.
—Se marcharon a las siete.
—¿De veras?
Luego Pugh cayó en la cuenta: Los tanques de aire contenían suministro para ocho horas.
—Tal vez Kaph y Zayin se llevaron latas de repuesto. Además, hay una señal de alarma en todos los trajes.
—No es automática.
Pugh estaba cansado y tenía hambre.
—Siéntate y come, hombre. Saben cuidar de sí mismos.
Martín se sentó, pero no comió.
—Una de las sacudidas fue muy intensa, Owen. La primera. Llegó a asustarme.
Tras una breve pausa, Pugh suspiró y dijo:
—De acuerdo.
Sin el menor entusiasmo subieron al trineo de dos plazas y se dirigieron hacia el norte. Todo aparecía como cubierto de una ponzoñosa gelatina roja. La luz y la sombra horizontales dificultaban la visión, levantando ante ellos ficticias paredes de hierro a través de las cuales se deslizaban, y convirtiendo la convexa llanura más allá de Hellmouth en un enorme lago de aguas color sangre. Alrededor de la entrada del túnel se veía una mescolanza de grúas, cables, servomecanismos y excavadoras. Martín saltó del trineo y corrió hacia la mina. Volvió a salir inmediatamente.
—¡Dios mío! ¡Se han hundido, Owen! —exclamó.
Pugh se adelantó y vio, a unos cinco metros de la entrada, la brillante, húmeda y negra pared que remataba el túnel. Expuesta de nuevo al aire, parecía algo orgánico, como tejido visceral. El suelo se había humedecido con algún líquido pegajoso.
—Estaban dentro —dijo Martín.
—Pueden estar aún ahí. Seguramente tenían latas de aire de repuesto.
—Owen, mira cómo ha quedado el techo de basalto.
La joroba de tierra que techaba las cuevas conservaba aún el aspecto irreal de una ilusión óptica. Se había hundido dentro de sí misma, dejando una amplia hoya. Cuando Pugh se acercó, vio que también estaba agrietada por numerosas fisuras. De alguna de ellas brotaba un gas blanquecino.
—La mina no está sobre la falla. ¡Aquí no hay ninguna falla!
Pugh se acercó rápidamente a su amigo.
—No, Martín, no hay ninguna falla. Seguramente no estaban todos dentro, juntos.
Buscaron afanosamente entre las máquinas, hasta localizar el trineo. Había llegado en dirección sur y se estrelló contra un remolino de polvo coloidal. Llevaba dos pasajeros. Uno estaba semihundido en el polvo, pero los indicadores de su traje funcionaban normalmente; el otro colgaba atrapado por el trineo. Su traje se había desgarrado por las perneras, y el cuerpo estaba helado y duro como una roca. Aquello fue lo único que encontraron. Tal como se les exigía, incineraron inmediatamente el cadáver con las pistolas láser que el reglamento les obligaba a llevar y que hasta entonces no habían utilizado nunca.
Pugh, sabiendo que iba a marearse, arrastró al superviviente hasta el trineo biplaza y envió a Martín a la cúpula con él. Luego vomitó, y tras descubrir un trineo de cuatro plazas intacto, montó en él y siguió a Martín, temblando como si todo el frío de Libra hubiese penetrado sus huesos.

El superviviente era Kaph. Se hallaba bajo los efectos de una intensa conmoción. Descubrieron una hinchazón en su occipucio que podía significar una conmoción cerebral, pero no parecía existir ninguna fractura.
Pugh preparó dos vasos de alimento concentrado y dos copas de aguardiente.
—Vamos —dijo.
Martín obedeció, bebiéndose el tónico. Luego se sentaron junto al camastro y sorbieron el aguardiente.
Kaph yacía inmóvil, pálido como la cera, los negros cabellos sobre los hombros, los labios rígidamente entreabiertos.
—Debió de ser la primera sacudida, la más intensa —dijo Martín—. Debió de hundir toda la estructura. Probablemente había capas de gas en las rocas laterales, como aquellas formaciones en el Cuadrante treinta y uno. Pero allí no había ninguna señal.
Mientras hablaba, el mundo se escurrió debajo de ellos. Los objetos saltaron y brincaron, gritaron: "¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!".
—La sacudida de las catorce horas fue como ésta —murmuró la Razón en la voz de Martín, entre el desenfreno y la ruina del Mundo.
Pero la Sinrazón se apaciguó, y los objetos cesaron de danzar.
Pugh saltó a través de su vertido aguardiente y ayudó a Kaph a tumbarse. El cuerpo muscular se le resistía. Martín tiró de los hombros hacia abajo. Kaph gritó, luchó, su rostro adquirió un tinte negruzco.
—¡Oxígeno! —dijo Pugh, y su mano encontró la jeringuilla apropiada en el botiquín como por instinto; mientras Martín sujetaba la mascarilla, Pugh hundió la aguja en el nervio vago, retornando a Kaph a la vida.
—Ignoraba que se te diera tan bien la medicina —dijo Martín, respirando fatigosamente.
—Mi padre era médico —dijo Pugh—. ¡Lástima de aguardiente! ¿Por qué se ahoga nuestro amigo?
—No lo sé, Owen. Mira en el libro.
Kaph estaba respirando normalmente y el color había vuelto a su rostro; únicamente los labios estaban todavía un poco amoratados.
Se sirvieron otra copa de aguardiente y volvieron a sentarse junto a Kaph con su guía médica.
—Ni en "shock" ni en "conmoción" hay nada sobre cianosis o asfixia. Con el traje puesto no puede haber respirado nada... "Hemorroides anales"... ¡Uf!
Pugh tiró el libro sobre una mesa. El lanzamiento resultó corto, debido a que el propio Pugh o la mesa no habían recobrado del todo su equilibrio.
—¿Por qué no activaron la señal?
—¿Cómo dices?
—Los ocho que estaban dentro de la mina no tuvieron tiempo, pero la muchacha y él debían encontrarse en el exterior. Tal vez ella estaba en la entrada y resultó alcanzada por el primer desplome. Él tenía que estar en el exterior, tal vez en la cabina de control. Echó a correr, tiró de la muchacha, la subió al trineo y se dispuso a regresar a la cúpula. Y en todo ese tiempo no se le ocurrió pulsar el botón de alarma de su traje. ¿Por qué?
—Bueno, había recibido un golpe en la cabeza. No estaba en sus cabales. Pero incluso en condiciones más favorables dudo que se le hubiese ocurrido enviarnos la señal. La ayuda la buscaban entre ellos mismos.
El rostro de Martín era como una máscara india, surcos en las comisuras de la boca, ojos de frío carbón.
—En tal caso, ¿qué debió sentir cuando el suelo empezó a temblar y se encontró en el exterior, solo...?


En respuesta, Kaph gritó.
Sacudido por las convulsiones de alguien que se ahoga, saltó del camastro, golpeó y derribó a Pugh, tropezó con un montón de cestos y cayó al suelo, con los ojos en blanco y los labios azulados. Martín le arrastró hasta el camastro, le dio una bocanada de oxígeno y luego se arrodilló junto a Pugh, el cual se estaba incorporando, y secó su cortado pómulo.
—¡Owen! ¿Te encuentras bien?
—Creo que sí —dijo Pugh—. ¿Por qué me estás frotando eso por la cara?
Era un trozo de cinta de computadora, ahora manchada con sangre de Pugh.
Martín la dejó caer.
—Pensé que era una servilleta. Te has arañado la mejilla contra aquella caja.
—¿Se le ha pasado el ataque?
—Eso parece.
Contemplaron a Kaph rígidamente tendido, sus dientes eran una línea blanca en el interior de los obscuros labios entreabiertos.
—Parece epilepsia. ¿Una lesión cerebral, tal vez?
—Podríamos inyectarle una dosis entera de meprobamato.
Pugh sacudió la cabeza.
—No sé lo que había en la inyección que le apliqué anteriormente. No quiero sobrecargarle de medicamentos. Podría ser contraproducente.
—Tal vez se ha quedado dormido.
—Ojalá yo pudiera. Entre el terremoto y él, no puedo sostenerme en pie.
—Tienes una fea herida en el pómulo. Acuéstate, yo me quedaré un rato.
Pugh limpió su mejilla y se quitó la camisa. Luego dijo:
—Si había algo que podíamos hacer, lo hemos intentado.
—Todos están muertos —murmuró Martín.
Pugh se tendió encima de su saco de dormir, y un instante después le despertó un espantoso ruido. Se levantó, tambaleándose, buscó la aguja hipodérmica, trató tres veces de clavarla correctamente y fracasó. Empezó a masajear el tórax de Kaph, encima del corazón.
—Boca a boca —dijo Martín. Obedeció.
De pronto, Kaph expulsó una bocanada de aire, su pulso se hizo más regular, sus rígidos músculos empezaron a relajarse.
—¿Cuánto tiempo he dormido?
—Medía hora.
Permanecieron en pie, sudando. El suelo tembló, la tela de la cúpula osciló violentamente. Libra estaba danzando de nuevo su espantosa polca, su Danza de los muertos. El sol parecía haber aumentado de tamaño y era mucho más rojo.
—¿Qué le pasa, Owen?
—Creo que está muriendo con ellos.
—¿Con ellos? ¡Ellos están muertos!
—Nueve de ellos. Todos murieron, aplastados o asfixiados. Todos ellos eran él; él es todos ellos. Ahora está muriendo sus muertes una a una.
—¡Dios mío! —murmuró Martín.
La próxima vez ocurrió lo mismo. La quinta vez fue peor, ya que Kaph luchó y deliró, tratando de hablar pero sin conseguir emitir las palabras. Era como si su boca estuviera obturada con rocas o arcilla. Después, los ataques se hicieron más débiles, aunque también él se iba debilitando cada vez más. El octavo ataque se produjo alrededor de las cuatro y media; Pugh y Martín trabajaron hasta las cinco y media, haciendo todo cuanto estaba a su alcance para conservar la vida en el cuerpo que se hundía en la muerte y sin protestar. Finalmente lo consiguieron.
—El próximo terminará con él —vaticinó Martín.
Y así ocurrió. Pero Pugh insufló su propia respiración en los inertes pulmones, hasta que él mismo perdió el conocimiento.
Despertó. La cúpula estaba a oscuras. Aguzó el oído y oyó la respiración de los dos hombres que dormían. Volvió a quedarse dormido y sólo el hambre le despertó.
El sol estaba muy alto sobre las oscuras llanuras y el planeta había dejado de danzar. Kaph dormía tranquilamente. Pugh y Martín bebieron té y contemplaron a Kaph como si fuera algo que les perteneciera.
Cuando Kaph despertó, Martín se acercó a él.
—¿Cómo te encuentras, viejo?
Kaph no respondió.
Pugh ocupó el lugar de Martín y contempló los ojos castaños que miraban hacia los suyos pero no en los suyos.
Calentó alimento concentrado y se lo ofreció a Kaph.
—Vamos, bebe.
Pudo ver que los músculos de la garganta de Kaph se ponían rígidos.
—Déjenme morir —dijo el joven.
—No te estás muriendo.
—Estoy muerto en mis nueve décimas partes —habló Kaph con claridad y precisión—. No queda vivo lo bastante de mí.
—No —replicó Pugh en tono perentorio—. Ellos están muertos. Los otros. Tus hermanos y hermanas. Tú no eres ellos, tú estás vivo. Tú eres John Chow. Tu vida depende de ti.
El joven permaneció inmóvil, mirando hacia una oscuridad que no estaba allí.
Martín y Pugh se turnaron en la tarea de poner a salvo el material aprovechable después del desastre, ya que su valor era literalmente astronómico. Aunque era una tarea muy pesada para un solo hombre, no querían dejar solo a Kaph. El que se quedaba en la cúpula se dedicaba a trabajos de oficina, mientras Kaph permanecía sentado o tumbado, con la mirada fija en su oscuridad, sin hablar.
Los días transcurrían silenciosamente.
La radio crujió y habló: Nave llamando a la Misión.
—Llegaremos a Libra dentro de cinco semanas, Owen. Dentro de treinta y cuatro días terrestres y nueve horas. ¿Cómo van las cosas en la vieja cúpula?
—No muy bien, jefe. Los miembros del equipo de Explotación resultaron muertos, todos menos uno, en la mina. Un terremoto. Hace seis días.
La radio crujió. Dieciséis segundos de demora en ambos sentidos; la nave se encontraba ahora alrededor del Planeta II.
—¿Todos muertos, menos uno? ¿Martín y usted no han sufrido ningún daño?
—Nos encontramos perfectamente, jefe.
Treinta y dos segundos.
—El Passerine dejó un equipo de Explotación aquí, con nosotros. Puedo dejarlos en el proyecto Hellmouth, en vez de dedicarlos al proyecto del Cuadrante Siete. Lo decidiremos cuando lleguemos ahí. En cualquier caso, Martín y usted serán relevados. Cuídense. ¿Alguna cosa más?
—Nada más.
Treinta y dos segundos.
—De acuerdo. Hasta la vista, Owen.
Kaph había oído todo esto y, más tarde, Pugh le dijo:
—El jefe puede pedirte que te quedes aquí con el otro equipo de Explotación. Tú ya conoces esto.
Conociendo las exigencias de la Vida Lejana, quería advertir al joven. Kaph no respondió. Desde que había dicho "No queda vivo lo bastante de mí" no había vuelto a pronunciar una sola palabra.
—Owen —dijo Martín, por su intercomunicador portátil—, está chiflado. Loco.
—Para un hombre que murió nueve veces, se está portando muy bien.
—¿Muy bien? La única emoción que le ha quedado es el odio. Mira sus ojos.
—Eso no es odio, Martín. Escucha, es cierto que en cierto sentido ha estado muerto. No puedo imaginar lo que siente. Pero estoy seguro de que no es odio. Ni siquiera puede vernos. Hay demasiada oscuridad.
—Muchas gargantas han sido abiertas en la obscuridad. Nos odia porque no somos Aleph y Yod y Zayin.
—Tal vez. Pero yo creo que está solo. No nos ve ni nos oye, ciertamente. Hasta ahora no había visto a nadie más porque nunca estuvo solo. Tenía otros nueve a los que podía mirar, con los que podía hablar y vivir. No sabe lo que es estar solo. Tiene que aprenderlo. Dale tiempo.
Martín sacudió la cabeza.
—Está chiflado —dijo—. Cuando te quedes a solas con él, no olvides que puede romperte el cuello con una sola mano.
—Podría hacerlo, desde luego —dijo Pugh, y sonrió.
Se encontraban en el exterior de la cúpula, programando uno de los servomecanismos para reparar una máquina averiada. Podían ver a Kaph en el interior del enorme medio huevo que formaba la cúpula.
—¿Por qué supones que mejorará?
—Es evidente que tiene una fuerte personalidad.
—¿Fuerte? Lisiada. Nueve décimas partes muerta, como él mismo dijo.
—Pero él no está muerto. Él es un hombre vivo. John Kaph Chow. Está pasando por una fase de desconcierto, pero no olvides que todos los jóvenes sufren una especie de trauma cuando se separan de su familia. Él lo superará.


—No veo cómo.
—Discurre un poco, Martín. ¿Cuál es el objetivo de la clonación? Reparar la raza humana. Estamos en malas condiciones. Mírame a mí. Mi Cociente de Inteligencia y mi índice de Constitución Genética no llegan a la mitad del de ese John Chow. Pero en el Servicio Lejano me necesitaban con tanta urgencia, que cuando me presenté voluntario me aceptaron y me echaron un remiendo con un pulmón artificial y corrigieran mi miopía. Si hubiesen abundado los tipos sanos, ¿crees que hubieran aceptado a un galés corto de vista y con un solo pulmón?
—No sabía que tenías un pulmón artificial.
—Pues lo tengo. Artificial hasta cierto punto, ¿sabes? Es un pulmón humano, cultivado en un tanque; una especie de clon. De todos modos, ahora es mi pulmón. Lo que quiero decir es que ahora hay demasiados hombres como yo y no los suficientes como John Chow. ¿Comprendes? Y eso es lo que trata de remediar la clonación, produciendo hombres más fuertes y más listos.
Martín gruñó algo ininteligible, mientras el servomecanismo empezaba a zumbar.

Kaph apenas comía; experimentaba dificultades para tragar, de modo que después de los primeros bocados renunciaba a seguir comiendo. Había perdido ocho o diez kilogramos.
Sin embargo, al cabo de unas tres semanas empezó a recobrar el apetito, y un día Martín y Pugh le sorprendieron revisando las pertenencias de los clones, sus sacos de dormir, maletines y documentos. Tras una minuciosa selección, destruyó un montón de papeles y chucherías, hizo un pequeño paquete con lo que quedaba y volvió a sumirse en su estado de coma andante.
Dos días después habló. Pugh estaba tratando de ajustar una tecla de la grabadora, sin conseguirlo. Martín había salido a verificar sobre el terreno sus mapas de las Pampas.
—¡Maldita sea! —exclamó Pugh. Y Kaph dijo, con voz inexpresiva:
—¿Quiere que lo arregle yo?
Pugh se sobresaltó, pero recobró el dominio de sí mismo y entregó la máquina a Kaph. El joven cogió el aparato, reparó la avería y lo dejó sobre la mesa.
—Pon una cinta —dijo Pugh con deliberada indiferencia, ocupado en otra mesa.
Kaph puso la cinta que estaba encima de la pila: Música coral. Se tumbó en su camastro. El sonido de un centenar de voces humanas cantando al unísono llenó la cúpula. Kaph permaneció inmóvil, con el rostro inexpresivo.
En los días siguientes se encargó de algunas tareas rutinarias, sin que se lo pidieran. No hacía nada que requiriera iniciativa, y si le pedían que hiciera algo no contestaba.
—Se está recuperando —comentó Pugh, hablando en castellano.
—No. Se está convirtiendo en una máquina. Hace lo que tiene programado, no reacciona a otra cosa. Está peor que cuando no funcionaba. Ya no es humano.
Pugh suspiró.
—Buenas noches —dijo en inglés—. Buenas noches, Kaph.
—Buenas noches —dijo Martín. Kaph no dijo nada.
A la mañana siguiente, a la hora del desayuno, Kaph alargó el brazo por encima del plato de Martín para alcanzar las tostadas.
—¿Por qué no las pides? —inquirió Martín, disimulando apenas su malhumor—. Yo puedo pasártelas.
—Yo puedo cogerlas —dijo Kaph con su voz inexpresiva.
—Desde luego. Pero pedir que nos pasen una cosa, dar las buenas noches o los buenos días son detalles poco importantes, aunque si alguien nos saluda estamos obligados a contestar.
—¿Por qué tendría que contestar?
—Porque alguien te ha dirigido la palabra.
—¿Por qué?
Martín se encogió de hombros y se echó a reír. Más tarde, Pugh dijo:
—Deja al muchacho en paz, Martín.
—Los buenos modales son esenciales en los pequeños grupos que viven aislados. A él le han enseñado eso. ¿Por qué se niega deliberadamente a recordarlo?
—¿Acaso te das las buenas noches a ti mismo?
—¿Qué quieres decir?
—Que Kaph nunca ha conocido a nadie aparte de a sí mismo.
Martín meditó unos instantes y luego estalló:
—Entonces, todo ese asunto de la clonación es una equivocación. No puede funcionar. ¿Qué pueden hacer por nosotros un montón de genios duplicados cuando ni siquiera saben que existimos?
Pugh asintió.
—Podría resultar más práctico separar los clones y mezclar a sus miembros con las otras personas. Pero no cabe duda de que funcionan mejor como equipo.
—¿De veras? Yo no estoy tan seguro. Si esos clones hubieran sido diez ingenieros normales, ¿habrían estado todos en el mismo lugar al mismo tiempo? ¿Habrían resultado todos muertos? Tal vez cuando empezó el terremoto todos esos muchachos se dirigieron corriendo hacia el interior de la mina para salvar al qué estaba más lejos. El propio Kaph estaba en el exterior y se dirigió hacia la entrada. Es pura hipótesis, desde luego. Pero creo que de haberse tratado de diez individuos normales, más de uno se hubiera salvado.
—No lo sé. Es cierto que los gemelos idénticos tienden a morir al mismo tiempo, incluso cuando no se han visto nunca el uno al otro. Identidad y muerte, es muy raro.

Pasaron los días, el sol rojizo se arrastraba por el oscuro cielo, Kaph no contestaba cuando le hablaban. Pugh y Martín se chillaban el uno al otro cada vez con más frecuencia. Pugh se quejaba de los ronquidos de Martín. Ofendido, Martín trasladaba su camastro al extremo más apartado de la cúpula y durante algún tiempo no dirigía la palabra a Pugh. Éste silbaba tonadas galesas hasta que Martín se quejaba, y entonces era Pugh el que dejaba de dirigirle la palabra.
El día antes del previsto para la llegada de la nave de la Misión, Martín anunció que iba a salir hacia Merioneth.
—Pensé que como mínimo me echarías una mano con la computadora para terminar los análisis de las rocas —dijo Pugh, disgustado.
—Kaph puede hacer eso. Quiero echar una última mirada al Trench. ¡Que se diviertan! —añadió Martín en castellano, riendo, y se marchó.
—¿Qué idioma es ese?
—Castellano. Ya te lo dije en cierta ocasión, ¿no te acuerdas?
—No —al cabo de unos instantes, el joven añadió—: Creo que he olvidado un montón de cosas.
—Esto no tenía importancia, desde luego —dijo Pugh amablemente, dándose cuenta inmediatamente de lo importante que era aquella conversación—. ¿Querrás echarme una mano con la computadora, Kaph?
Kaph asintió.
Pugh había dejado un montón de cables sueltos, y la tarea les ocupó todo el día. Kaph era un excelente colaborador, rápido y sistemático, mucho más que el propio Pugh. Su voz inexpresiva, ahora que volvía a hablar, crispaba los nervios; pero no importaba, ya que era el último día y luego llegaría la nave, la antigua tripulación, camaradas y amigos.
Durante el descanso para tomar el té, Kaph dijo:
—¿Qué pasará si la nave de la Misión se estrella?
—Morirán todos.
—Me refiero a ustedes.
—Emitiremos un SOS por radio en todas las frecuencias, y viviremos a media ración hasta que llegue una nave de rescate de la Base Tres. Lo cual significa cuatro años y medio terrestres. Con un racionamiento estricto, podríamos resistir de cuatro a cinco años. Apretándonos un poco el cinturón, desde luego.
—¿Enviarían una nave de rescate para tres hombres?
—Naturalmente.
Kaph no añadió comentario alguno.
Pugh se dispuso a reanudar el trabajo. Pero resbaló, y al tratar de agarrase al respaldo de la silla ésta eludió su mano. Desde el suelo, inquirió:
—¿Qué sucede?
—Un movimiento sísmico —dijo Kaph.
Las tazas rebotaron sobre la mesa, un fajo de documentos cayó al suelo, la piel de la cúpula se hinchó y restalló.
Kaph continuó sentado, impasible. Un terremoto no asusta a un hombre que murió en uno.
Pugh, muy pálido, murmuró:
—Martín está en el Trench.
—¿Qué es el Trench?
—El epicentro de los movimientos sísmicos locales. Mira el sismógrafo.
Pugh luchaba con la puerta de un armario que se resistía a abrirse.
—¿Qué va usted a hacer?
—Voy a buscarle.
—Martín se llevó el jet. Los trineos no ofrecen garantías de seguridad durante un movimiento sísmico. Se descontrolan.
—Cállate de una vez, por el amor de Dios.
Kaph se puso en pie, hablando con su voz inexpresiva, como de costumbre.
—Es inútil salir ahora en su busca. Significa correr un riesgo innecesario.
—Si captas su señal de alarma, avísame por radio —dijo Pugh antes de cerrar la escafandra de su traje.
Cuando salió al exterior, Libra remangó sus harapientas faldas y bailó una danza del vientre desde debajo de sus pies hasta el rojizo horizonte.


En el interior de la cúpula, Kaph vio cómo el trineo se ponía en marcha, temblaba como un meteoro a la rojiza luz diurna y desaparecía en dirección nordeste. El suelo de la cúpula retembló; la tierra tosió. Una racha de viento, al sur de la cúpula, arrastró una nube de gas negro vomitada por una grieta.
En el tablero central de control repiqueteó un timbre y se encendió una luz roja. Kaph comprobó que la luz correspondía al Traje Dos. Trató de establecer contacto por radio con Martín, y luego con Pugh, pero ninguno de los dos contestó.
Cuando los temblores de tierra remitieron, reanudó su trabajo y terminó la tarea de Pugh. Invirtió casi dos horas. Cada media hora trató de establecer contacto con el Traje Uno, sin obtener respuesta, y con el Traje Dos, con el mismo resultado. Desde hacía una hora, la luz roja había dejado de parpadear.
Kaph preparó cena para uno, comió y se tendió en su camastro.
Los temblores de tierra habían cesado, pero a largos intervalos se producían unas leves sacudidas. El sol colgaba al oeste, en forma de naranja, rojo pálido, inmenso. No parecía hundirse.
No se oía el menor sonido.
Kaph se levantó y empezó a pasear alrededor de la cúpula semivacía. El silencio persistió. Kaph se acercó a la grabadora y colocó en ella la primera cinta que halló. Era música pura, electrónica, sin armonías, sin voces. Finalizó. El silencio persistió.
El mono de Pugh colgaba de un montón de muestras de roca. Kaph lo contempló fijamente. Notó que faltaba un botón.
El silencio persistió.
El sueño de un chiquillo: No hay nadie más que esté vivo en el Mundo, aparte de mí mismo. En todo el Mundo.
Muy bajo, al norte de la cúpula, un meteoro parpadeó.
La boca de Kaph se abrió como si tratara de decir algo, pero no salió ningún sonido de ella. Se dirigió apresuradamente a la pared norte y tendió la mirada hacia la gelatinosa luz rojiza.
La pequeña estrella se posó en el suelo. Dos figuras se acercaron a la cúpula. El traje de Martín estaba cubierto de un extraño polvo que le hacía aparecer tan verrugoso como la superficie de Libra. Pugh le sostenía por el brazo.
—¿Está herido? —inquirió Kaph.
Pugh se despojó del traje y ayudó a Martín a despojarse del suyo.
—Conmocionado —dijo.
—Una roca enorme cayó sobre el jet —dijo Martín, sentándose ante la mesa y agitando los brazos—. Yo no estaba dentro, desde luego. Había bajado a reconocer la zona de polvo carbónico cuando noté que el suelo empezaba a temblar. De modo que corrí a situarme en un espacio abierto, para que no me alcanzara algún desprendimiento de rocas de los acantilados. Desde allí vi como una enorme roca aplastaba el jet, y entonces recordé que las latas de aire de repuesto estaban en el aparato y pulsé el botón de alarma. Pero no recibí ninguna señal por radio, cosa que siempre ocurre aquí durante los movimientos sísmicos. La atmósfera era tan polvorienta que no se veía nada a un metro de distancia. Empezaba a preocuparme cuando vi llegar a Owen.
—¿Tienes hambre? —le interrumpió Pugh.
—Claro que tengo hambre.
—Entonces siéntate y come —ordenó Pugh.
Martín obedeció. Después se dirigió a su camastro, que no había mudado de lugar desde que Pugh se quejó de sus ronquidos.
—Buenas noches, galés unipulmonar —dijo a través de la cúpula.
—Buenas noches.
Martín no dijo nada más. Pugh amortiguó el brillo de la lámpara hasta dejarlo reducido a un resplandor amarillento menos intenso que la luz de una vela, y se sentó sin hacer nada, sin decir nada, con aire ausente.
El silencio persistió.
—He terminado los cálculos —dijo Kaph.
—Gracias —murmuró Pugh.
Silencio.
—Recibí la señal de Martín, pero no pude establecer contacto con él ni con usted.
—No debí salir —admitió Pugh—. Martín tenía aire suficiente para dos horas, incluso con una sola lata. Pero sin posibilidad de establecer contacto con él, confieso que me asusté.
Retornó el silencio, ahora contrapunteado por los ronquidos de Martín.
—¿Quiere usted a Martín?
Pugh alzó la mirada, enfurecido.
—Martín es mi amigo. Hemos trabajado juntos mucho tiempo y es una buena persona.
Se interrumpió. Al cabo de unos instantes añadió:
—Sí, le quiero. ¿A qué viene esa pregunta?
Kaph no dijo nada, pero miró al otro hombre. Su rostro estaba cambiado, como si viera algo que hasta entonces no había visto; también su voz había cambiado.
—¿Cómo puede usted...? ¿Cómo...?
Pero Pugh no pudo decírselo.
—No lo sé —murmuró—. No lo sé. Cada uno de nosotros estamos solos, desde luego. ¿Qué puede hacer uno excepto extender la mano en la oscuridad?
Kaph inclinó la mirada, consumida por su propia intensidad.
—Estoy cansado —dijo Pugh—. Fue algo espantoso verle en medio de aquel polvo negro, con el suelo abriéndose y cerrándose a su alrededor... Voy a acostarme. La nave establecerá contacto con nosotros alrededor de las seis.
Se puso en pie y se desperezó.
—Son clones —dijo Kaph—. El otro equipo de Exploración que llegará con la nave.
—¿Clones?
—Doce miembros. Vinieron con nosotros en el Passerine.
Kaph se sentó bajo la amarillenta claridad de la lámpara, absorto al parecer en sus nuevos temores: Los clones que estaban a punto de llegar y de los cuales él no formaría parte.
Inexperto aún en soledad, no sabiendo siquiera cómo podía quererse a otro individuo, tendría que enfrentarse con la absoluta y cerrada autosuficiencia de doce clones; algo excesivo para él, desde luego.
Pugh apoyó una mano en su hombro.
—El jefe no te pedirá que te quedes aquí. Puedes marcharte a casa. O, si lo prefieres, puedes venir con nosotros. Nos serías útil. No corre prisa decidirlo.
Kaph alzó la mirada y vio lo que nunca había visto: Le vio a él, a Owen Pugh, el otro, el desconocido que tendía su mano en la oscuridad.
—Buenas noches —murmuró Pugh, deslizándose en el interior de su saco y medio dormido ya, de modo que no oyó a Kaph contestar, tras una breve pausa:
—Buenas noches, Owen.

FIN

2026/05/18

El hombre de cristal (Edward Page Mitchell)


Título original: The Crystal Man
Año: 1881


I
Doblaba a toda prisa por la Quinta Avenida desde una de las calles que la atraviesan cerca del viejo depósito de agua, a las diez y cuarto de la noche del 6 de noviembre de 1879, cuando tropecé con un individuo que venía en dirección contraria a la mía.
La esquina era una boca de lobo y no logré distinguir a la persona con quien tuve el honor de chocar. Sin embargo, antes de haberme logrado recuperar por completo de aquel impacto, el instinto de una inteligencia hecha como la mía a la deducción me había provisto de algunos datos al respecto.
Estos son algunos de ellos: El hombre era más pesado que yo y de piernas más sólidas, aunque su estatura era exactamente tres pulgadas y media inferior a la mía. Llevaba un sombrero de copa, una capa de un pesado hilado de lana y galochas de abrigo. Tenía cerca de treinta y cinco años, había nacido en los Estados Unidos y se había educado en una universidad alemana, tal vez Heidelberg, tal vez Friburgo; de temperamento naturalmente precipitado, era, no obstante, considerado y cortés en su trato. No se encontraba enteramente en paz con la sociedad y había en su vida o en su presente diligencia algo que deseaba ocultar.
¿Cómo podía saber yo todo esto, si ni siquiera había visto al desconocido y tan sólo una palabra había escapado de sus labios? Bien, sabía que era más fornido y se afirmaba mejor sobre sus pies porque fui yo, y no él, quien fue lanzado hacia atrás. Sabía que mi estatura era tres pulgadas y media superior a la suya porque la punta de mi nariz vibraba todavía por el efecto del contacto con el ala dura y afilada de su sombrero. La mano que yo había alzado inconscientemente se había metido bajo el borde de su capa. Llevaba zapatos de goma porque no había oído sus pisadas. Para un oído atento y entrenado, el tono de una voz indica tan claramente la edad como las arrugas de un rostro la evidencian a la vista. En el primer momento de exasperación ante mi torpeza el desconocido había murmurado un "¡Ox!" término que a nadie se le ocurriría en tal ocasión excepto a un alemán. No obstante, la pronunciación del vocablo gutural, me indicó que quien así hablaba era un norteamericano que había vivido en Alemania y no lo contrario, y que su educación alemana había tenido lugar al sur del Meno. Además el acento del caballero y el erudito se manifestaba aun en la expresión de su ira. Que el caballero no estaba particularmente apurado, sino que por alguna razón anhelaba mantenerse de incógnito, era una conclusión derivada del hecho de que se hubiera agachado para recoger y restituirme el paraguas después de escuchar en silencio mi cortés disculpa, retomando luego su camino tan silenciosamente como había aparecido.
Es para mí una cuestión de honor verificar mis conclusiones cuando resulta posible. De tal manera, regresé a la calle transversal y seguí al desconocido hacia un poste de alumbrado que se alzaba media cuadra más. Mi desventaja no excedía de los cinco segundos. No podía haber tomado otro camino, no existía ningún otro. Ninguna puerta se había abierto o cerrado a lo largo de nuestro camino. Y sin embargo, cuando llegamos al tramo iluminado, la silueta que debería haberse dibujado allí delante mío faltaba por completo. Ni el hombre ni su sombra eran visibles.
Apresurándome tanto como pude para alcanzar la siguiente luz de gas, me detuve a escuchar bajo la lámpara. Aparentemente, la calle estaba desierta. Los rayos de la linterna amarillenta sólo penetraban unos cuantos pasos en las tinieblas. Sin embargo los escalones y el zaguán de la casa de piedra marrón que se levantaba frente al farol callejero tenía iluminación suficiente. Los números dorados sobre la puerta eran visibles y pude reconocer la casa porque aquella cifra me era familiar. Mientras permanecía aguardando bajo la lámpara de gas, pude percibir un leve ruido sobre los escalones y el sonido sordo de una llave en su cerradura. La puerta del vestíbulo de la casa se abrió lentamente, cerrándose luego de un portazo cuyo eco resonó en la calle. Sólo un segundo más tarde se oyó el ruido de la puerta interior que era abierta y cerrada. Nadie había salido. Si podía confiar en el testimonio de mis ojos frente a un acontecimiento similar, a apenas diez pies y a plena luz, nadie había entrado.
Intuyendo la escasez de material para aplicar con exactitud el proceso deductivo, me quedé un largo rato haciendo descabelladas conjeturas sobre la naturaleza del extraño suceso. Sentí, en ese momento, esa vaga sensación que nos embarga ante lo inexplicable y que tanto se aproxima al pavor. Fue un verdadero alivio oír unos pasos en la vereda opuesta y ver al volverme a un agente de policía que daba vueltas a su largo y negro mazo, mientras me observaba con atención.

II
La casa de color chocolate cuya puerta de calle se abrió y cerró a la medianoche sin que mediara acción humana alguna, me era, como dije, bien conocida. Había salido de ella unos diez minutos antes, después de pasar una agradable velada con mi amigo Bliss y su hija Pandora. Se trataba de uno de esos edificios en los que cada piso conforma un departamento. El segundo piso, o departamento, había sido ocupado por Bliss desde su regreso del extranjero, es decir, durante doce meses. Estimaba a Bliss por sus excelentes cualidades humanas, al mismo tiempo que su mente deplorablemente ilógica y acientífica me inspiraba profunda piedad. Y adoraba a Pandora.
Téngase la amabilidad de comprender que mi admiración por Pandora Bliss era desesperanzada, y no sólo desesperanzada, sino también resignada a su desesperanza. En nuestro círculo de amistades existía el acuerdo tácito de que la particular circunstancia de la joven, desposada con un recuerdo, debía ser respetada en todo momento. La adorábamos con serenidad y sin pasión... lo suficiente como para alimentar su coquetería sin llegar a vulnerar la endurecida superficie de su corazón de viuda. Por su parte, Pandora se conducía con notable decoro. No suspiraba con demasiada evidencia cuando la cortejábamos y controlaba siempre tan bien sus coqueteos que era capaz de interrumpirlos cuando los queridos y tristes recuerdos regresaban a su memoria.
Considerábamos apropiado expresarle su deber de desechar el pasado muerto como si fuera un libro cerrado, en consideración a su juventud y belleza, y urgirla respetuosamente a que regresara a la vida y su alegría. Pero considerábamos impropio insistir en el tema una vez que la joven hubiese replicado que tal cosa era absoluta y definitivamente imposible.
Los pormenores del trágico episodio en la experiencia europea de la señorita Pandora nos eran desconocidos. Se sabía, vagamente, que mientras se hallaba en el extranjero había amado a un hombre, jugando después con sus sentimientos. Luego él había desaparecido, dejándola en una total ignorancia acerca de su destino y con un remordimiento perpetuo, a causa de su caprichoso comportamiento. Bliss me había suministrado algunos datos esporádicos que carecieron de suficiente coherencia para dar una idea de la historia. No existía razón para creer que el enamorado de Pandora se había quitado la vida. Se llamaba Flack y era un científico. En la opinión de Bliss, se trataba de un tonto y, siempre en su opinión, Pandora era una tonta al dejarse consumir por él. Y Bliss tenía la opinión de que todos los hombres de ciencia eran más o menos tontos.


III
Aquel año asistí a la cena de Acción de Gracias con los Bliss. Durante la velada busqué asombrar a los concurrentes narrando los misteriosos eventos de la noche de mi encuentro con el desconocido. Pero mi relato no logró el resultado deseado. Dos o tres personas recalcitrantes intercambiaron significativas miradas. Pandora, que se encontraba desacostumbradamente pensativa, escuchaba con aparente indiferencia. Su padre, con su estúpida incapacidad para comprender algo fuera de lo común, se rio sin reserva y hasta llegó a cuestionar mi integridad como observador de fenómenos sobrenaturales.
Algo irritado y tal vez con mi fe en el milagro un tanto menoscabada, pedí disculpas por retirarme temprano. Pandora me acompañó hasta el umbral.
—Su relato —me dijo— me interesó de modo extraño. También yo podría informar de raros eventos dentro y alrededor de la casa que lo sorprenderían. Y no creo ser totalmente ignorante de la naturaleza de los mismos. El penoso pasado empieza a lanzar un rayo de luz, pero no seamos apresurados. Trate de investigar el asunto más a fondo, hágalo por mí.
La joven exhaló un suspiro al darme las buenas noches. Me pareció oír un segundo y más profundo suspiro, demasiado nítido para ser un simple eco.
Empecé a descender las escaleras. Había bajado media docena de escalones cuando sentí el peso de la mano de un hombre en mi hombro. Pensé en un primer momento que tal vez Bliss me había seguido hasta el vestíbulo para disculparse de su grosería. Me volví para recibir su amistosa proposición, pero no había nadie a la vista.
La mano volvió a tocarme el brazo y me estremecí de temor a pesar de mis ideas filosóficas.
Esta vez la mano me tiró de la manga del saco, como si me invitase a subir las escaleras. Subí uno o dos escalones y la presión en mi brazo se hizo más ligera.
Hice una pausa y la silenciosa invitación se repitió con una premura que no dejaba dudas acerca de sus deseos.
Juntos subimos las escaleras. Aquella presencia abría el ascenso y yo la seguía.
¡Qué trayecto extraordinario! Las dependencias estaban brillantemente iluminadas con luz de gas. Pero el testimonio de mis ojos sólo indicaba que no había nadie en la escalinata, excepto yo. Cerrando los ojos, la ilusión, si así se la podía llamar, era perfecta. Podía oír, delante mío, el crujido de las escaleras, las pisadas suaves pero perfectamente audibles, sincronizadas con las mías, y aún la respiración regular de mi acompañante y guía. Al extender el brazo podía tocar con los dedos el borde de sus prendas, una pesada capa de lana bordeada de seda.
De repente abrí los ojos, los cuales me volvieron a informar que me hallaba completamente solo.
Se me presentó entonces este problema: Cómo determinar si era la visión la que me estaba engañando, mientras que mis sentidos del oído y del tacto me daban indicios correctos, o si bien mis oídos y órganos del tacto mentían, mientras que mis ojos comunicaban la verdad. ¿Quién podrá ser arbitro cuando los sentidos se contradicen? ¿La capacidad de raciocinio? La razón se inclinaba a reconocer la presencia de un ser inteligente, cuya existencia era rotundamente negada por los sentidos más dignos de confianza.
Llegamos al piso superior de la casa. La puerta que daba acceso al salón principal se abrió ante mí, aparentemente por sí misma. Una cortina en el interior pareció correrse por sí sola y mantenerse abierta el tiempo suficiente para ingresar a un departamento, en cuyo interior todo indicaba el buen gusto y los hábitos de una persona erudita. Ardía un fuego de leños en el hogar y las paredes estaban cubiertas de libros y cuadros. Las reposeras eran amplias y acogedoras. No había en la estancia nada misterioso o espeluznante, nada que difiriera de un amueblamiento común y corriente.
Mi mente se hallaba ya libre de los últimos vestigios de la sospecha de un fenómeno sobrenatural. Tal vez, estos fenómenos no carecían de una explicación racional; sólo me faltaba una clave para interpretarlos. El comportamiento de mi invisible anfitrión indicaba una disposición amistosa. Pude observar con perfecta tranquilidad una serie de manifestaciones de energía por parte de algunos objetos inanimados, independientes de toda acción humana.
En primer lugar, una amplia otomana se desplazó desde un rincón de la habitación y se aproximó al hogar. Luego un sillón Reina Ana, de respaldo cuadrado, salió de otro rincón, avanzando hasta detenerse frente al primero. Una pequeña mesa de tres patas se elevó ligeramente sobre el piso y ocupó un espacio entre los dos sillones. Un grueso volumen en octavo se movió hacia atrás, abandonó su lugar en el estante y flotó tranquilamente por el aire a una altura de unos tres o cuatro pies, posándose prolijamente en la mesa. Una pipa de porcelana finamente pintada abandonó su soporte en la pared y se unió al volumen. Una caja de tabaco saltó desde la repisa del hogar. La puerta de un gabinete se abrió sobre sus goznes y un botellón y un vaso de vino iniciaron juntos un viaje, arribando a su destino en forma simultánea. Todos los objetos de aquella habitación parecían estar animados por el espíritu de la hospitalidad.
Me acomodé en la reposera, llené el vaso de vino, encendí la pipa y examiné el volumen. Era el Handbuch der Gewebelehre, de Bussius de Viena. Una vez que lo hube colocado en la mesa, se abrió con premeditación en la página cuatrocientos cuarenta y tres.
—¿No está usted nervioso, ¿verdad? —dijo en tono perentorio una voz situada a no más de cuatro pies de mi tímpano.

IV
Esta voz tenía un sonido conocido. Era la voz que había oído en la calle, la noche del 6 de noviembre, cuando había exclamado "¡Ox!".
—No —dije—. No estoy nervioso. Soy hombre de ciencia, acostumbrado a considerar todos los fenómenos como explicables por medio de las leyes naturales, siempre que podamos descubrir tales leyes. No, no estoy asustado.
—Mucho mejor así. Usted es un hombre de ciencia, como lo soy yo —la voz parecía expresar un gran dolor—, un hombre valiente y un amigo de Pandora.
—Discúlpeme —interpolé—. Puesto que se menciona el nombre de una dama, sería buen saber con quién o qué estoy hablando.
—Eso es precisamente lo que deseo comunicarle, —replicó la voz—, antes de pedirle que me preste un gran servicio. Mi nombre es, o era, Stephen Flack. Soy, o he sido, ciudadano de los Estados Unidos. Mi estado legal en la actualidad es un misterio tan grande para mí como posiblemente lo sea para usted. Pero soy, o era, un hombre honesto y un caballero, y le ofrezco mi mano.
No vi ninguna mano, pero extendí la mía y sentí la presión de unos dedos cálidos y llenos de vida.
—Ahora bien —continuó la voz, después de este silencioso pacto de amistad—, tenga la amabilidad de leer el pasaje en el cual he abierto el libro que estaba en la mesa.
He aquí una traducción aproximada de lo que leí en alemán:

 
"Puesto que el color de los tejidos orgánicos que constituyen el cuerpo humano depende de la presencia de ciertos principios inmediatos de tercera clase, conteniendo todos ellos hierro como uno de sus elementos esenciales, se deduce que la tonalidad puede variar de acuerdo a modificaciones químico-fisiológicas bien definidas. Un exceso de hematina en los glóbulos de la sangre dará un tinte más rojizo a cada tejido. La melanina, que da el color al coróideo del ojo, al iris y al cabello, puede aumentarse o disminuirse según leyes recientemente formuladas por Scharcht, de Basilea. En la epidermis, el exceso de melanina es responsable de la existencia de los negros y su suministro deficiente la de los albinos. La hematina y la melanina, juntos con la biliverdina de color gris-amarillento y la urocacina de color rojo-amarillento, son los pigmentos que otorgan las características del color a los tejidos, los que, de otro modo, serían transparentes, o casi transparentes. Deploro mi incapacidad para registrar el resultado de ciertos experimentos histológicos sumamente interesantes realizados por el incansable investigador Froliker, quien tuvo éxito en su intento de separar la decoloración rosada del cuerpo humano por medios químicos".

—Durante cinco años —continuó mi invisible compañero cuando concluí la lectura—, fui alumno y ayudante de laboratorio de Froliker, en Friburgo. Bussius conjeturó sólo a medias la importancia de nuestros experimentos. Alcanzamos resultados tan asombrosos que las autoridades demandaron que no se publicaran, ni siquiera para el mundo científico. Froliker murió hizo un año el pasado mes de agosto.
»Tenía gran fe en el genio de este gran pensador y hombre admirable. Si él hubiese recompensado mi incuestionable lealtad con plena confianza, no sería yo ahora una miserable piltrafa humana. Pero su reserva natural y los celos profesionales con que todos los sabios guardan sus resultados no verificados, me mantuvieron ignorante de las fórmulas esenciales que regían nuestros experimentos. Como discípulo suyo conocía bien los detalles específicos del trabajo, pero sólo mi maestro poseía el secreto fundamental. Como consecuencia, he sido llevado a soportar una desgracia más pavorosa que las desgracias que cualquier otro ser humano pueda haber padecido, desde que Dios lanzó la maldición primordial sobre Caín.
»Al principio, nuestros esfuerzos fueron dirigidos a la ampliación y variación de la cantidad de materia pigmentaria en el sistema. Incrementando la proporción de melanina, por ejemplo, transportada por el alimento a la sangre, pudimos convertir un hombre rubio en moreno y un moreno en un negro africano. Casi no existía tonalidad que no pudiéramos impartir a la piel, modificando y variando nuestras combinaciones. Los experimentos, usualmente, se probaban en mi persona. En diferentes ocasiones fui de color cobrizo, azul violeta, carmesí y amarillo-cromo. Durante una semana triunfal exhibí en mi cuerpo todos los colores del arco iris. Y todavía queda un testigo de la interesante naturaleza de nuestro trabajo durante este período.
La voz hizo una pausa, y en cuestión de segundos se hizo oír una campanilla de mano que estaba sobre la repisa. Al instante, un hombre viejo, con un ceñido casquete, entró a la habitación arrastrando los pies.
—Kaspar —dijo la voz en alemán—, muéstrale tu pelo a este caballero.
Sin mostrar sorpresa alguna y como si estuviera perfectamente acostumbrado a recibir órdenes desde el espacio vacío, el viejo sirviente hizo una reverencia y se quitó el casquete. Los escasos mechones que quedaron entonces al descubierto eran de un brillante verde esmeralda. No pude contener una exclamación de asombro.
—El caballero encuentra tu cabello muy hermoso —dijo la voz, siempre en alemán—. Es todo Kaspar.
Volviendo a calzarse el casquete, el servidor se retiró con una mirada de vanidad satisfecha en el rostro.
—El viejo Kaspar era sirviente de Froliker y ahora es el mío. Fue el sujeto de una de las primeras aplicaciones del proceso. El benemérito hombre quedó tan satisfecho con el resultado que no quería permitirnos que restauráramos a su cabello el color original. Es un alma fiel y mi único intermediario y representante ante el mundo visible.
»Vamos ahora —continuó Flack— al relato de mi desgracia. El gran histólogo con el cual tuve el privilegio de estar asociado, dirigió entonces su atención hacia otra rama de la investigación, aún más interesante. Hasta ese momento había buscado simplemente aumentar o modificar los pigmentos de los tejidos. Inició entonces una serie de experimentos, en busca de la posibilidad de eliminarlos totalmente del sistema, por medio de la absorción, la exudación y el uso de los cloruros y otros agentes químicos que actúan sobro la materia orgánica. ¡Y tuvo demasiado éxito!
»Volví a ser sometido a los experimentos, que fueron supervisados por Froliker, quien me comunicó acerca del secreto del proceso solamente lo que era inevitable. Durante semanas permanecí en su laboratorio sin ver a nadie y sin ser visto por persona alguna, excepto el profesor y su fiel Kaspar. Herr Froliker actuaba con cautela, vigilando de cerca el efecto de cada nueva prueba, y avanzando gradualmente. Nunca llegaba tan lejos en un experimento como para que la posibilidad de retroceder desapareciera. Siempre dejaba expedito un camino fácil para echarse atrás. Por esa razón, me sentía perfectamente seguro en sus manos y me sometía a lo que requiriese de mí.
»Bajo la acción de las drogas blanqueadoras que el profesor me había administrado en combinación con poderosos detergentes, me puse al principio pálido, blanco, incoloro como un albino, pero sin que mi salud se resintiera. Mi cabello y mi barba se parecían a la lana de vidrio y mi piel al mármol. El profesor estaba satisfecho con los resultados y decidió no seguir adelante. Me devolvió entonces a mi color normal.
»En el siguiente experimento, y en los que le sucedieron, permitió que sus agentes químicos se afirmaran más en los tejidos de mi cuerpo. No sólo me puse blanco, como un hombre que no se ha expuesto al sol, sino ligeramente translúcido, como una estatuilla de porcelana. Después hizo una pausa en sus experimentos y me devolvió mi color natural, permitiéndome salir al mundo exterior. Dos meses más tarde ya era más que translúcido. Tal vez haya usted visto esos animales marinos radiales como la medusa, cuyos contornos son casi invisibles para el ojo humano. Bien, yo era en el aire como la medusa en el agua. Casi perfectamente transparente, sólo inspeccionándome de cerca podía el viejo Kaspar descubrir donde me encontraba en la habitación cuando venía a traerme alimentos. Fue Kaspar quien atendía a mis necesidades cuando debía permanecer encerrado.
—Pero, ¿y sus ropas? —inquirí, interrumpiendo la narración de Flack—. Deben haberse destacado fuertemente sobre el borroso aspecto de su cuerpo.
—Ah, no —dijo Flack—. El espectáculo de un traje aparentemente vacío moviéndose por el laboratorio era demasiado grotesco hasta para el serio profesor. Para proteger su gravedad, se vio obligado a desarrollar un método para aplicar su proceso a la materia orgánica inerte, la lana de mi capa, el algodón de mis camisas y el cuero de mis zapatos. Entonces quedé vestido como lo estoy todavía.


»En esa etapa de nuestros experimentos, cuando ya había logrado una transparencia casi perfecta y, por lo tanto, una invisibilidad completa, conocí a Pandora Bliss.
»Un año atrás, en el mes de julio, en uno de los intervalos de nuestros trabajos, y en una época en que aún presentaba un aspecto natural, fui a la Selva Negra para recuperarme. Vi y admiré a Pandora por primera vez en la pequeña aldea de San Blasino. Ellos procedían de los saltos del Rin y estaban en viaje hacia el norte; yo, por mi parte, cambié mi rumbo y también viajé al norte. En la Posada Stern me enamoré de Pandora; en la cumbre del Feldberg ya la adoraba con locura. En el Hollenpass estaba dispuesto a sacrificar mi vida por una palabra agradable de sus labios. Sobre el Hornisgrinde le rogué que me permitiera lanzarme desde la cima de la montaña hacia las tenebrosas aguas del Mummelsee para demostrar mi devoción. Usted conoce a Pandora y, puesto que la conoce bien, no es necesario tratar de disculpar el rápido crecimiento de mi obsesión. Ella coqueteó conmigo, se rió, paseó en carruaje, recorrió conmigo los caminitos en los bosques verdes, ascendió conmigo cuestas tan empinadas que hacerlo juntos era un delicioso y prolongado abrazo; habló de la ciencia y los sentimientos; escuchó mis esperanzas y mi entusiasmo, me desairó, me trató con desprecio, me hizo enloquecer, a su dulce antojo, y todo mientras el positivista de su padre dormitaba en los salones de las posadas leyendo las secciones financieras de los últimos periódicos de Nueva York. Pero ni aún hoy sé si realmente me amaba.
»Cuando el padre de Pandora se enteró de la naturaleza de mis ocupaciones y de mis perspectivas futuras, decidió interrumpir abruptamente nuestro dulce idilio. Supongo que me ubicaba en la clase de los prestidigitadores profesionales y los charlatanes de feria. Traté en vano de explicarle que me haría famoso y probablemente rico.
»—Cuando sea usted famoso y rico —observó con una sonrisa—, me complacerá mucho verlo en mi oficina de Broad Street.
»Se llevó a Pandora a París y yo retorné a Friburgo.
»Pocas semanas más tarde, una brillante tarde de agosto, me encontraba en el laboratorio de Froliker, invisible ante cuatro personas que se hallaban casi al alcance de mi brazo. Kaspar estaba detrás mío, lavando unos tubos de ensayo. Con una orgullosa sonrisa en su rostro, Froliker contemplaba fijamente el lugar donde sabía que yo estaba. Dos profesores colegas, convocados con algún pretexto, me empujaban inconscientemente con sus codos, mientras discutían no sé que cuestiones sin importancia. Podían haber oído los latidos de mi corazón, estoy seguro.
»—De paso Herr Profesor —preguntó uno de ellos, a punto de partir— ¿ha regresado su ayudante, Herr Flack, de sus vacaciones?
»La prueba había sido perfecta.
»Tan pronto como estuvimos solos, el profesor Froliker sujetó mi mano invisible, como lo hizo usted esta noche. Estaba de muy buen humor.
»—Mi querido amigo —dijo—, mañana culminaremos nuestra tarea. Aparecerá usted, o más bien no aparecerá, ante la asamblea de la universidad en pleno. Ya he enviado invitaciones por telégrafo a Heidelberg, a Bonn y a Berlín. Schrotter, Haeckel, Steinmetz y Lavallo estarán presentes. Nuestro triunfo se celebrará en presencia de los físicos más eminentes de la época. Entonces, revelaré los secretos de nuestro proceso, los que he mantenido ocultos hasta ahora, incluso para usted, mi colaborador y amigo de confianza. Pero usted compartirá mi gloria. ¿Qué es eso que he oído sobre un avecilla silvestre que ha volado? Hijo mío, pronto tendrá pigmento suficiente y podrá ir a París a buscarla con la fama en sus manos y las bendiciones de la ciencia sobre su cabeza.
»A la mañana siguiente, diecinueve de agosto, antes de que me levantara de mi litera, Kaspar entró apresuradamente en el laboratorio.
»—¡Herr Flack! ¡Herr Flack! —dijo con voz entrecortada—, Herr Profesor acaba de morir de una apoplejía.

V
El relato había llegado a su fin. Me quedé sentado, pensando en todo lo que había oído. ¿Qué podía hacer ahora? ¿Qué podía decirle? ¿De que modo podría ofrecer consuelo a este hombre desdichado?
Flack, invisible, sollozaba con honda amargura. Fue el primero en hablar:
—¡Es cruel, muy cruel! Sin haber cometido ningún crimen antes los ojos del hombre, ningún pecado ante la vista de Dios, he sido condenado a un destino mil veces peor que el infierno. Debo marchar sobre la faz de la tierra, como un hombre, viviente, vidente, amante como los otros, mientras que entre yo y todo lo que hace que la vida valga la pena de ser vivida, existe una barrera establecida para toda la eternidad. Hasta los fantasmas tienen forma propia. Mi vida es una muerte en vida; mi existencia, el olvido eterno. Ningún amigo puede mirarme a la cara. Si abrazara contra mi pecho a la mujer que adoro, sólo le inspiraría un terror inenarrable. La veo casi todos los días. Rozo sus vestidos cuando paso cerca de ella en las escaleras. ¿Me amaba ella acaso? ¿Me ama? Si lo supiera, ¿no sería mi maldición aún más cruel? Sin embargo es para averiguar la verdad que lo he traído aquí.
Fue entonces que cometí el error más grande de mi vida.
—¡Anímese! —dije alegremente— Pandora siempre lo ha amado.
Cuando vi que la mesa se volcaba bruscamente, advertí la vehemencia con que Flack se había puesto de pie. Sus manos asían mis hombros con ferocidad.
—Sí —continué diciendo—, Pandora ha sido fiel a su recuerdo. No hay razón para desesperarse. El secreto del proceso de Froliker murió con él ¿pero por qué no puede ser redescubierto mediante experimentos y deducciones desde el comienzo, con la ayuda que usted mismo puede prestar? Tenga valor y esperanza. Ella lo ama. Dentro de cinco minutos lo oirá usted de sus propios labios.
Nunca había oído un gemido de dolor tan patético como su exultante grito de alegría.
Bajé apresuradamente las escaleras para llamar a la señorita Bliss al salón. Le expliqué la situación en pocas palabras. Ante mi sorpresa, ni se desmayó ni se puso histérica.
—Por supuesto que lo acompañaré —dijo con una sonrisa que no supe interpretar entonces.
Me siguió hasta los aposentos de Flack y con gran tranquilidad escudriñó todos los rincones del departamento con una sonrisa inmóvil en su rostro. No podría haber mostrado mayor aplomo si hubiese entrado en un elegante salón de baile. No manifestó asombro ni terror alguno, cuando su mano fue asida por manos invisibles y cubierta de besos por labios que nadie podía ver. Escuchó con compostura el torrente de amorosas y acariciadoras palabras que mi infortunado amigo vertía en sus oídos.
Con asombro y un poco inquieto, yo observaba la extraña escena ante mis ojos. Muy pronto, la señorita Bliss retiró su mano.
—En verdad, señor Flack —dijo con una leve carcajada—, es usted bastante demostrativo. ¿Adquirió tal costumbre en el continente europeo?

 
—Pandora —le oí decir—. No entiendo.
—Tal vez —continuó ella serenamente—, considera usted estas efusiones como uno de los privilegios de su invisibilidad. Permítame felicitarlo por el éxito de su experimento. Qué hombre tan inteligente debe haber sido su profesor... ¿cómo se llama? Podría usted hacer una verdadera fortuna exhibiéndose como un fenómeno.
¿Esta era la mujer que durante meses había exhibido su pena inconsolable por la pérdida de este mismo hombre? Estaba estupefacto. ¿Quién puede pretender analizar los motivos de una mujer coqueta? ¿Qué ciencia tiene la suficiente profundidad como para desentrañar sus caprichos?
—Pandora —volvió a exclamar el hombre invisible, con voz de asombro—. ¿Qué significa esto? ¿Por qué me recibes de esta manera? ¿Es todo lo que tienes que decirme?
—Creo que sí —replicó con gran indiferencia, yendo hacia la puerta—. Es usted un caballero y no es necesario que le pida que me ahorre más molestias.
—Su corazón es de hielo —murmuré cuando pasó a mi lado—. Es indigna de él.
El desesperado grito de Flack atrajo a Kaspar a la habitación. Con el instinto adquirido en largos años de leal servicio, el anciano fue directamente al lugar donde estaba su amo. Lo vi tomar algo en el aire como si estuviera forcejeando con él, buscando detener al hombre invisible, pero fue arrojado violentamente a un costado. Recobrándose, se quedó atento un instante, con el cuello distendido y el rostro pálido. Después salió corriendo de la habitación y bajo las escaleras. Lo seguí.
La puerta de calle estaba abierta. Vi a Kaspar vacilar unos segundos en la vereda. Y finalmente corrió hacia el oeste por la calle, con tal velocidad que me fue sumamente difícil mantenerme a su lado.
Era cerca de la medianoche. Cruzamos avenida tras avenida. Un murmullo inarticulado de satisfacción se escapó de los labios del viejo Kaspar. A poca distancia delante de nosotros vimos un hombre, parado en la esquina de una de las avenidas, quien repentinamente caía al suelo. Seguimos corriendo un instante sin disminuir la velocidad. A corta distancia frente a nosotros podía oír rápidas pisadas. Agarré a Kaspar del brazo y él asintió con la cabeza.
Casi sin resuello, era consciente de que no pisábamos ya el pavimento sino que caminábamos sobre tablas y entre una increíble confusión de maderos. Ya no había más luces delante nuestro, sino solamente el oscuro vacío. Kaspar, dando un prodigioso salto, aferró algo, se le escapó y cayó de espaldas lanzando un grito de terror.
Se oyó un sordo chapoteo en las oscuras aguas del río que estaba bajo nuestros pies.

FIN