2026/05/11

Estabilidad (Philip K. Dick)


Título original: Stability
Año: 1947, aprox. (Publicado en forma póstuma en 1987).


Robert Benton desplegó lentamente sus alas, las agitó varias veces y se elevó con majestuosidad desde el tejado hacia las tinieblas.
La noche lo engulló al instante. Bajo él, centenares de diminutos puntos de luz indicaban otros tantos tejados desde los que otras personas le imitaban. Una forma violácea flotó a su lado y luego desapareció en la negrura. Benton, sin embargo, no se sentía inclinado a entablar carreras nocturnas. La forma violácea se acercó de nuevo con un balanceo invitador. Benton la rechazó desdeñosamente y aleteó en busca de una zona más alta.
Al cabo de un rato descendió y se dejó arrastrar por corrientes de aire que ascendían desde la ciudad que se extendía a sus pies, la Ciudad de la Luz. Una sensación maravillosa y excitante le invadió. Hizo entrechocar sus enormes y blancas  alas, atravesó con frenética alegría las nubes que circulaban en dirección contraria, se sumergió en la puerta invisible del inmenso cuenco negro en el que volaba y, por fin, bajó hacia las luces de la ciudad, pues su tiempo libre terminaba.
Una luz más brillante que las otras parpadeaba al fondo: La Oficina de Control. Se dirigió hacia ella lanzando su cuerpo como una flecha, con las alas blancas recogidas. Su trayectoria dibujó una perfecta línea recta. Extendió las alas a unos treinta metros de la luz, se afianzó en el aire y se posó en una terraza elevada.
Benton empezó a caminar hasta que una luz se encendió y encontró el camino de la puerta de entrada guiado por su resplandor. La puerta se abrió hacia dentro al presionarla con las yemas de los dedos y Benton entró. Empezó a bajar al instante, cada vez a mayor velocidad. El diminuto ascensor se paró de repente y Benton se introdujo en el despacho del Controlador.
—Hola —dijo el Controlador—, sácate las alas y siéntate.
Benton obedeció. Las plegó cuidadosamente y las colgó en uno de los ganchos clavados en la pared. Seleccionó la mejor silla y avanzó con decisión hacia ella.
—Ah —sonrió el Controlador—, veo que aprecias la comodidad.
—Bueno —respondió Benton—, no quiero desperdiciar la ocasión.
El Controlador dejó vagar su mirada más allá del visitante, a través de las paredes de plástico transparente. Al otro lado se extendían, hasta perderse de vista, los apartamentos más grandes de la Ciudad de la Luz. Todos eran…
—¿Para qué quería verme? —le interrumpió Benton.
El Controlador tosió y sacudió unas hojas de papel metálico.
—Como ya sabes, Estabilidad es el lema. La civilización ha ido avanzando durante siglos, especialmente desde el veinticinco. Sin embargo, es ley natural que la civilización deba avanzar o retroceder; no puede permanecer inerte.
—Lo sé —dijo Benton asombrado—. También sé la tabla de multiplicar. ¿Me la va a recitar?
El Controlador no le hizo caso.
—Sin embargo, hemos quebrantado esta ley. Hace cien años…
¡Cien años! Parecía ayer cuando Eric Freidenburg, de los Estados de la Alemania Libre, se puso de pie en la Cámara del Consejo Internacional y anunció a los delegados reunidos que la humanidad había alcanzado por fin su cota más alta. Progresar más era imposible. Sólo se habían consignado dos grandes inventos en los últimos años. Después se habían dedicado a contemplar las grandes gráficas y diagramas hasta ver desaparecer las líneas por la parte inferior. El gran pozo del ingenio humano se había secado, y por eso Eric se irguió y dijo lo que todos sabían, pero no se atrevían a decir. Por supuesto, desde que se había hecho público de manera formal, el Consejo se vio obligado a trabajar para solucionar el problema.
Se estudiaron tres soluciones. Una parecía más humana que las otras dos. Fue la que se adoptó. Era…
¡La Estabilización!
Hubo muchos problemas cuando llegó a oídos de la gente. Estallaron disturbios en las principales capitales. La Bolsa se vino abajo y la economía de muchos países quedó fuera de control. Los precios de los alimentos se encarecieron y la mayor parte de la población padeció hambre. Se declaró la guerra… ¡Por primera vez en trescientos años! Pero la Estabilización había empezado. Los disidentes fueron eliminados y los radicales desterrados. Fue duro y cruel, pero no había otra posibilidad. El mundo, por fin, se plegó a un estado inflexible, un estado controlado que no admitía cambios: Ni adelantos ni retrocesos.
Todos los habitantes eran sometidos cada año a un difícil examen de una semana de duración para determinar si se apartaban o no de la norma. Los jóvenes recibían una educación intensiva de quince años. Los que no podían situarse al mismo nivel de los demás simplemente desaparecían. Los inventos eran estudiados minuciosamente por Oficinas de Control para asegurarse de que no podían perturbar la Estabilidad. Ante la menor posibilidad…
—Y por eso no podemos permitir el uso de tu invento —explicó el Controlador a Benton—. Lo siento.
Observó a Benton, le vio sobresaltarse, palidecer. Las manos le temblaban.
—Vamos —dijo con dulzura—, no te lo tomes así; puedes hacer otras cosas. Después de todo, no hay peligro de destierro.
Benton se limitaba a mirarle fijamente:
—Pero usted no lo comprende —dijo al fin —; no he inventado nada. No sé de qué me habla.
—¡Que no has inventado nada! —exclamó el Controlador—. ¡Si yo estaba presente el día que lo trajiste! ¡Vi cómo firmabas la declaración de propiedad! ¡Me entregaste el modelo a mí!
Miró a Benton. Luego apretó un botón de su escritorio y habló frente a un pequeño círculo luminoso.
—Envíeme el expediente número tres, cuatro, cinco, cero, cero, D, por favor.
Un tubo apareció al cabo de un momento en el círculo luminoso. El Controlador levantó el objeto cilíndrico y se lo pasó a Benton.
—Aquí tienes tu declaración firmada con tus huellas dactilares impresas en los lugares correspondientes. Sólo tú pudiste dejarlas.
Benton abrió el tubo como atontado y extrajo unos papeles del interior. Los examinó unos instantes, los volvió a colocar lentamente dentro del tubo y lo tendió al Controlador.
—Sí —dijo—, es mi letra, y no cabe duda de que son mis huellas digitales, pero sigo sin comprenderlo; jamás he inventado nada y nunca estuve aquí antes. ¿Cuál es el invento?
—¿Cuál es? —repitió el Controlador boquiabierto—. ¿No lo sabes?
—No, no lo sé.
—Bien, si quieres averiguarlo tendrás que bajar a las Oficinas. Lo único que puedo decirte es que los planos que nos enviaste no merecieron la aprobación de la Junta de Control. Yo sólo soy un portavoz. Tendrás que vértelas con ellos.
Benton se levantó y caminó hacia la puerta. Se abrió al simple contacto de sus dedos, como la anterior, y él entró en las Oficinas de Control. Antes de que la puerta se cerrara a su espalda, el Controlador le advirtió severamente:
—¡Ignoro lo que estás tramando, pero ya conoces el castigo por alterar la Estabilidad!
—Temo que la Estabilidad ya esté alterada —respondió Benton, y prosiguió su camino.
Las oficinas eran gigantescas. Desde la plataforma en la que estaba situado podía ver un millar de hombres y mujeres que manipulaban eficientes y zumbantes máquinas.
Dentro de las máquinas, un alimentador distribuía montones de tarjetas. Muchos de los empleados trabajaban en escritorios, mecanografiando informes, trazando gráficas, descartando tarjetas y descifrando mensajes en clave. Los asombrosos diagramas que colgaban de las paredes eran reemplazados sin cesar. Hasta el aire parecía haberse contagiado de la vitalidad del trabajo, el zumbido de las máquinas el teclear de los mecanógrafos y el murmullo de las voces que daban lugar a un único, apacible y satisfecho sonido. Y esta inmensa maquinaria, que costaba una fortuna mantener en funcionamiento, tenía un nombre: ¡Estabilidad!


Aquí residía lo que había hecho del mundo un todo indivisible. Esta sala, estos esforzados trabajadores, el hombre insensible que agrupaba tarjetas en la pila etiquetada "para exterminar" funcionaban al unísono como una gran orquesta sinfónica. Un error, un retraso, y toda la estructura se tambalearía. Pero nadie fallaba. Nadie se detenía ni vacilaba. Benton bajó por una escalerilla hasta el mostrador de información.
—Deme toda la información sobre un invento entregado por Robert Benton, tres, cuatro, cinco, cero, cero, D —pidió al empleado, que asintió y abandonó el mostrador.
Al cabo de escasos minutos regresó con una caja metálica.
—Contiene los planos y un modelo a escala reducida del invento —explicó.
Puso la caja sobre el mostrador y la abrió. Benton echó un vistazo al contenido. Una pequeña maqueta de una maquinaria muy compleja descansaba en el centro, sobre un grueso montón de hojas metálicas cubiertas de diagramas.
—¿Puedo llevármelo? —preguntó Benton.
—Siempre que sea usted el propietario —replicó el empleado.
Benton le enseñó su tarjeta de identificación. El empleado la examinó y la cotejó con los datos del invento. Por fin dio su aprobación, Benton cerró la caja, la cogió y salió a toda prisa del edificio por una puerta lateral.
Desembocó en una de las calles subterráneas más anchas, en la cual había un aluvión de luces y de vehículos. Se orientó y empezó a buscar un coche de comunicaciones que le llevara a casa. Detuvo uno y subió. Pasados unos minutos de trayecto, levantó con grandes precauciones la tapa de la caja y miró el extraño modelo.
—¿Qué lleva ahí, señor? —preguntó el conductor robot.
—Ojalá lo supiera —respondió Benton con pesar.
Dos voladores alados bajaron en picado y se agitaron frente a él, danzaron en el aire durante un segundo y después desaparecieron.
—Oh, vientos —murmuró Benton—, olvidé mis alas.
Bien, era demasiado tarde para dar media vuelta y recuperarlas, el coche estaba frenando delante de su casa. Pagó al conductor, entró y cerró la puerta, algo que ya no se solía hacer. El mejor lugar para examinar el contenido de la caja sería su sala de "reflexión", donde pasaba la mayor parte del tiempo libre que no utilizaba en volar. Allí, entre sus libros y revistas, examinaría la caja a sus anchas.
El conjunto de diagramas constituyó un completo misterio para él, y aún más el modelo. Lo miró desde todos los ángulos, por debajo, por encima. Trató de interpretar los símbolos técnicos de los diagramas sin resultado alguno. Sólo había un camino viable. Localizó el interruptor y lo golpeó ligeramente.
No sucedió nada durante cerca de un minuto. Luego, la habitación comenzó a oscilar y a retroceder. Por un momento tembló como una masa de gelatina. Se mantuvo firme un instante, y luego desapareció.
Benton cayó a través de un espacio similar a un túnel sin final, y se encontró contorsionándose frenéticamente, buscando a tientas en la negrura algo a lo que asirse. Cayó por un lapso de tiempo interminable, indefenso y aterrado. De pronto, tocó suelo, sano y salvo. La caída no podía haber sido muy larga, aunque así lo pareciera. Ni siquiera se habían desordenado sus vestiduras metálicas. Se incorporó y paseó la vista a su alrededor.
El lugar al que había llegado le era desconocido. Se trataba de un campo…, si bien pensaba que ya no existía. Por todas partes se veían ondulantes terrenos de grano. Sin embargo, estaba convencido de que no crecía grano natural en ninguna parte de la Tierra. Sí, así debía ser. Hizo pantalla con las manos para protegerse los ojos y miró al sol, que parecía el mismo de siempre. Empezó a caminar.
Los campos de trigo se terminaron al cabo de una hora, y fueron sustituidos por un extenso bosque. Gracias a sus estudios sabía que ya no quedaban bosques en la Tierra. Habían perecido años antes. ¿Dónde se encontraba, pues?
Imprimió más rapidez a su paso. Después se puso a correr. Divisó una pequeña colina y la escaló hasta la cumbre. Al contemplar la otra ladera no pudo evitar su asombro. No había más que un gran vacío. La tierra era completamente lisa y estéril, y hasta donde alcanzaba la vista no se veían árboles ni signos de vida, sólo el inmenso y calcinado país de la muerte.
Bajó hacia la llanura. A pesar del calor y la sequedad que sentía bajo sus pies, no desfalleció. Siguió andando. El suelo lastimaba sus pies, poco acostumbrados a las largas caminatas, y el cansancio fue en aumento, pero estaba determinado a continuar. Un casi inaudible susurro en el interior de su mente le impulsaba a no disminuir la velocidad.
—No lo cojas —dijo una voz.
—Lo haré —graznó, y se paró en seco.
¡Una voz! ¿De dónde vendría? Se giró con rapidez, pero no vio nada. No obstante, había llegado hasta sus oídos, como si fuera la cosa más natural que las voces vinieran del aire. Examinó la cosa que estaba a punto de coger. Era un globo de cristal del tamaño aproximado de su puño.
—Destruirás su valiosa Estabilidad —dijo la voz.
—Nadie puede destruir la Estabilidad —respondió automáticamente.
El globo de cristal reposaba frío y hermoso en la palma de su mano. Había algo dentro, pero el calor que desprendía la esfera resplandeciente lo hacía bailar ante sus ojos y le impedía conocer su naturaleza exacta.
—Estás permitiendo que cosas malignas controlen tu mente —dijo la voz—. Suelta el globo y vete.
—¿Cosas malignas? —preguntó sorprendido.
Hacía calor y tenía sed. Hizo el ademán de guardarse el globo en la túnica.
—No lo hagas —ordenó la voz—, pues ése es su designio.
El globo era aún más bello apoyado contra su pecho. Le protegía del fiero calor del sol. ¿Qué estaba diciendo la voz?
—Te llamó a través del tiempo —explicó la voz—. Ahora le obedeces sin rechistar. Soy su guardián, y desde entonces, cuando el mundo fue creado, lo he custodiado. Vete, y déjalo tal como lo encontraste.
Pero hacía demasiado calor en la llanura. Quería marcharse; el globo le instaba, le recordaba el fuego que caía del cielo, la sequedad de su boca, el aturdimiento de su cabeza. Reemprendió el camino, y mientras apretaba el globo contra sí oyó el rugido de furia y desesperación de la voz fantasmal.
Era lo único que podía recordar. Tuvo conciencia de volver sobre sus pasos hacia los campos de trigo, atravesarlos, tropezando y tambaleándose, hasta llegar al lugar en el que había aparecido. El globo de cristal apretado contra su costado le incitaba a recoger la pequeña máquina del tiempo que había dejado abandonada. Le susurraba qué dial cambiar, qué botón apretar, cuál sintonizar. Luego volvió a caer, de vuelta por el corredor del tiempo, de vuelta, de vuelta hacia la neblina grisácea de la que había surgido, de vuelta a su propio mundo.
De pronto, el globo le ordenó detenerse. El viaje a través del tiempo aún no había finalizado: Quedaba algo por hacer.

—¿Dices que tu apellido es Benton? ¿En qué puedo ayudarte? —preguntó el Controlador—. Nunca habías estado aquí, ¿verdad?
Miró con fijeza al Controlador. ¿Qué quería decir? ¡Si acababa de abandonar su oficina! ¿O no? ¿Qué día era? ¿Dónde había estado? Aturdido, se frotó la cabeza y tomó asiento en la butaca. El Controlador le observaba con ansiedad.
—¿Te encuentras bien? ¿Puedo ayudarte?
—Estoy bien —dijo Benton. Tenía algo en las manos—. Quiero registrar este invento para que reciba la aprobación del Consejo de la Estabilidad.
Tendió la máquina del tiempo al Controlador.
—¿Traes los bocetos? —preguntó el Controlador.
Benton registró sus bolsillos y sacó los diagramas. Los esparció sobre el escritorio del Controlador y depositó el modelo entre ellos.
—El Consejo no tendrá problemas en determinar lo que es —indicó Benton. Le dolía la cabeza y quería marcharse. Se puso en pie.
—Me voy —dijo, y salió por la puerta lateral. El Controlador le siguió con la mirada.

—Obviamente —dijo el primer Miembro del Consejo de Control— ha estado usando este aparato. ¿Afirma que en la primera visita actuó como si ya hubiera estado antes, pero que en la segunda no recordaba haber presentado un invento ni su visita anterior?
—Exacto —asintió el Controlador—. Sospeché algo en la primera visita, pero no adiviné el significado hasta la segunda. Lo ha utilizado, no cabe duda.


—La Gráfica Central predice que un elemento desestabilizador está a punto de sobrevenir —indicó el Segundo Miembro—. Yo diría que se trata del señor Benton.
—¡Una máquina del tiempo! —exclamó el Primer Miembro—. Podría representar un peligro. ¿Traía algo más cuando vino la primera vez?
—No observé nada especial, salvo que andaba como si llevara algo bajo sus vestimentas —replicó el Controlador.
—Entonces debemos actuar cuanto antes. Tal vez haya desencadenado ya una serie de circunstancias que nuestros Estabilizadores no sean capaces de controlar. Creo que sería conveniente visitar al señor Benton.

Benton estaba sentado en su sala de estar con la mirada perdida en la lejanía. Sus ojos mantenían una rigidez vidriosa que apenas les permitía parpadear. El globo le había estado hablando, contándole sus planes, sus esperanzas. Se detuvo de súbito.
—Ya vienen —dijo.
Estaba posado en el sofá, a su lado, y su ligero susurro se introdujo en el cerebro de Benton como volutas de humo. En realidad, no hablaba, pues su lenguaje era mental, aunque Benton le oía.
—¿Qué he de hacer?
—Nada —dijo el globo—. Se irán.
Sonó el timbre de la puerta y Benton continuó inmóvil. El timbre sonó otra vez y Benton se agitó inquieto. Al cabo de un rato, los hombres volvieron sobre sus pasos y dio la impresión de que se habían ido.
—¿Y ahora qué? —preguntó Benton. El globo tardó en contestar.
—Siento que la hora está a punto de llegar —dijo por fin—. Hasta ahora no he cometido equivocaciones, y la parte más difícil ya ha pasado. Lo más complicado fue atraerte a través del tiempo. Tardé años en conseguirlo. El Vigía era inteligente. Tardaste mucho en responder y no lo hiciste hasta que encontré el método de poner la máquina en tus manos. Entonces supe que el éxito estaba cerca. Pronto nos liberarás de este globo. Después de tanto tiempo…
Oyeron crujidos y murmullos en la parte trasera de la casa. Benton se levantó de un salto.
—¡Están entrando por la puerta de atrás! —gritó. El globo crujió airadamente.
El Controlador y los Miembros del Consejo hicieron acto de presencia lenta y cautelosamente. Cuando vieron a Benton se detuvieron.
—Creíamos que no estabas en casa —dijo el Primer Miembro.
Benton se volvió hacia él.
—Hola. Lamento no haber respondido a la llamada; me quedé dormido. ¿Qué se les ofrece?
Estiró la mano poco a poco hacia el globo, y pareció que éste se deslizara bajo el manto protector de su palma.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó de pronto el Controlador. Benton le miró y el globo susurró consejos en su mente.
—Un pisapapeles —sonrió—. ¿Quieren sentarse?
Los hombres se acomodaron y el Primer Miembro empezó a hablar.
—Viniste a vernos dos veces, la primera para registrar un invento y la segunda porque te habíamos conminado a ello, puesto que no podíamos autorizarte a utilizar ese invento.
—¿Y bien? —preguntó Benton—. ¿Qué sucede?
—Nada —respondió el Primer Miembro—, salvo que la que fue para nosotros la primera visita fue para ti la segunda. Podemos probarlo, pero no lo haremos por el momento. Lo único importante es que todavía conservas la máquina. He aquí un problema difícil. ¿Dónde está la máquina? Suponemos que la tienes en tu poder. Si bien no podemos obligarte a dárnosla, la obtendremos de una manera o de otra.
—Es cierto —admitió Benton.
¿Pero dónde estaba la máquina? Acababa de dejarla en la Oficina del Controlador. Aunque la había cogido durante su viaje por el tiempo, después había regresado al presente y la había devuelto a la Oficina del Controlador.
—Ha dejado de existir, una no entidad en una espiral temporal —le susurró el globo, adivinando sus reflexiones—. La espiral temporal concluyó cuando depositaste la máquina en la Oficina de Control. Ahora haz que se vayan estos hombres para que podamos hacer lo que ha de hacerse.
Benton se puso en pie y protegió el globo con su cuerpo.
—Temo que la máquina del tiempo no se halla en mi poder. Ni siquiera sé dónde está, pero búsquenla si quieren.
—Por haber violado las leyes te has hecho merecedor del destierro —observó el Controlador—, pero consideramos que hiciste lo que hiciste sin querer. No queremos castigar a nadie sin motivos, sólo deseamos mantener la Estabilidad. Una vez alterada, ya nada importa.
—Busquen, pero no la encontrarán —dijo Benton.
Los Miembros y el Controlador procedieron. Destriparon sillones; miraron bajo las alfombras y los cuadros, en las paredes, pero no encontraron nada.
—Ya ven que les decía la verdad.
Benton sonrió cuando regresaron a la sala de estar.
El Primer Miembro se encogió de hombros.
—Puede que la hayas ocultado en otro lugar. Sin embargo, no importa.
El Controlador avanzó un paso.
—La Estabilidad es como un giroscopio. Es difícil apartarlo de su trayectoria, pues una vez puesto en marcha cuesta mucho detenerlo. No creemos que tengas la energía suficiente para desviar ese giroscopio, pero quizás otros la tengan. Está por verse. Ahora nos iremos, y se te permitirá acabar con tu vida o aguardar al destierro. La elección está en tus manos. Se te vigilará, por supuesto, y confío en que no tratarás de huir. En tal caso, serás destruido inmediatamente. La Estabilidad debe ser mantenida a toda costa.
Benton les miró y luego depositó el globo sobre la mesa. Los Miembros lo observaron con interés.
—Un pisapapeles —repitió Benton—. Interesante, ¿verdad?
El interés de los Miembros disminuyó. Se dispusieron a partir. Pero el Controlador examinó el globo alzándolo hacia la luz.
—La maqueta de una ciudad, ¿eh? Qué sutileza de detalles.
Benton le miró en silencio.
—Caramba, parece increíble que una persona pueda esculpir tan bien —continuó el Controlador—. ¿Qué ciudad es? Parece tan vieja como Tiro o Babilonia, o muy adelantada en el futuro. Sabes, me recuerda una vieja leyenda. La leyenda cuenta que una vez existió una ciudad muy perversa, tan perversa que Dios la disminuyó de tamaño y la metió en un recipiente, y dejó un vigía para evitar que nadie se escapara y liberara la ciudad rompiendo el recipiente. Se supone que ha seguido cautiva durante una eternidad, aguardando el momento de liberarse. Es posible que ésta sea la maqueta.
—¡Vamos! —gritó el Primer Ministro—. Debemos irnos; tenemos muchas cosas que hacer esta noche.
El Controlador se giró rápidamente hacia los Miembros.
—¡Esperen! No se vayan.
Cruzó la habitación con el globo todavía en sus manos.

 
—No es el momento más adecuado para irse —dijo, y Benton observó que, pese a la palidez de su rostro, apretaba con firmeza los labios.
El Controlador se volvió bruscamente hacia Benton.
—Un viaje a través del tiempo, la ciudad en un globo de cristal. ¿Qué significa esto?
Los dos Miembros del Consejo parecían asombrados y confusos.
—Un ignorante viaja por el tiempo y vuelve con un extraño objeto de vidrio —dijo el Controlador—. Un trofeo muy extraño, ¿no creen?
La cara del Primer Miembro perdió el color.
—¡Por el Buen Dios del Cielo! —murmuró—. ¡La ciudad maldita! ¿En ese globo?
Miró la esfera con expresión de incredulidad. El Controlador observó a Benton como divertido.
—A veces podemos ser muy estúpidos, ¿no es así? Pero un día nos despertamos.
—¡No la toques!
Benton retrocedió con parsimonia, con las manos temblorosas.
—¿Y bien? —preguntó.
Al globo le molestaba estar en manos del Controlador. Emitió un zumbido y las vibraciones se deslizaron por el brazo del Controlador. Al sentirlas, asió con más firmeza el globo.
—Desea que lo rompa, que lo destroce contra el suelo para liberarse.
Contempló las diminutas espirales y el remate de los edificios en la sombría nebulosidad del globo, tan diminutas que podía cubrirlas con sus dedos.
Benton se lanzó adelante, firme y seguro como cuando volaba. Cada minuto pasado en la cálida negrura de la atmósfera de la Ciudad de la Luz vino en su ayuda. El Controlador, que siempre había estado muy ocupado con su trabajo, demasiado ajeno a los placeres aéreos que tanto enorgullecían a la ciudad, se derrumbó al instante. El globo salió disparado de sus manos y rodó por el suelo de la habitación. Benton saltó tras él. Mientras corría en pos de la brillante esfera vio de reojo los rostros asustados y perplejos de los Miembros y del Controlador, que trataba de ponerse en pie, horrorizado y aturdido por el golpe.
El globo le llamaba entre susurros. Benton avanzó sin vacilaciones y percibió primero un murmullo victorioso y después un rugido de alegría cuando aplastó con el pie el cristal que la mantenía prisionera.
El globo se quebró con un chasquido estruendoso. Nada sucedió durante un rato, hasta que empezó a desprender niebla. Benton volvió al sofá y se sentó. La niebla empezó a llenar la habitación. Creció y creció hasta el punto de asemejarse a algo vivo por la forma en que se retorcía y mudaba.
El sueño se apoderó de Benton. La niebla se agolpó a su alrededor, se enroscó en sus piernas, llegó al pecho y finalmente se arremolinó en torno a su rostro. Arrellanado en el sofá, con los ojos cerrados, se dejaba envolver por la extraña y antigua fragancia.
Entonces oyó las voces. Lejanas y débiles al principio, el susurro del globo amplificado incontables veces. Un concierto de murmullos se elevó del globo resquebrajado hasta alcanzar un crescendo exultarte. ¡La alegría de la victoria! Vio a la ciudad en miniatura dentro del globo fluctuar y desvanecerse, y luego cambiar de forma y tamaño. Podía oírla tan bien como la veía. El firme latido de la maquinaria como un gigantesco tambor. La trepidación y agitación de seres metálicos en cuclillas.
Los seres se movían. Vio a los esclavos, hombres sudorosos, encorvados y pálidos, retorciéndose en sus esfuerzos por alimentar los rugientes hornos de acero. La escena pareció dilatarse ante sus ojos hasta llenar la habitación; los sudorosos trabajadores le rozaban y apartaban de su camino. Estaba ensordecido por el estruendo de las rechinantes ruedas, engranajes y válvulas. Algo le empujaba a moverse hacia la ciudad y la niebla resonaba con los nuevos y victoriosos sonidos de los liberados.

Cuando salió el sol ya estaba despierto. Sonó el despertador, pero ya hacía rato que Benton había salido del cubidormitorio. Cuando se unió a las filas de sus compañeros reconoció algunas caras familiares, hombres a los que había conocido anteriormente en algún otro lugar. Pero en seguida se le borraron los recuerdos. Mientras marchaban en perfecta formación hacia las máquinas que les esperaban, entonando los sonidos disonantes que sus antecesores habían cantado durante siglos, con el peso de las herramientas lastimándole la espalda, contó el tiempo que faltaba para su próximo día de descanso. Apenas quedaban tres semanas y, pese a todo, debería hacerse merecedor del premio ante las máquinas.
¿Acaso no había cuidado a su máquina fielmente?


FIN

2026/05/04

El trueno y las rosas (Theodore Sturgeon)


Título original: Thunder and Roses
Año: 1947


Cuando Peter Mawser lo supo, dio la espalda al tablero de noticias, se tocó el largo mentón y decidió afeitarse. Era raro, pues el espectáculo se transmitiría por televisión y él lo vería desde su cuartel.
Faltaba una hora y media. Era agradable tener una meta otra vez, aunque fuese la de afeitarse antes de las ocho. Las ocho de la noche del martes, como siempre. Todos veían aquel espectáculo de los martes. Todos decían, los miércoles a la mañana: "¿Oíste cómo cantó La brisa y yo anoche?, Eh, ¿oíste a Starr anoche?".
Eso había sido hacía un tiempo, antes que toda aquella gente estuviera muerta, antes que el país hubiera muerto. Starr Anthim, una institución, como Crosby, como la Duse, como Jenny Lind, como la estatua de la Libertad.
(La estatua había sido una de las primeras víctimas, con su belleza de bronce volatilizada, radiactiva, y aún ahora llevada por vientos errantes, extendiéndose sobre la tierra...).
Peter Mawser gruñó y apartó el pensamiento de los flotantes y envenenados fragmentos de una fundida estatua. El odio era lo primero. El odio era ubicuo, como el creciente resplandor azul en el aire de la noche, como la tensión que pesaba sobre la base.
Un fuego de fusilería crepitaba a lo lejos, a la derecha, acercándose. Peter dejó la acera y fue hacia un camión de diez toneladas. Hay muchos modos de protegerse con un camión de diez toneladas.
Había una mujer del ejército sentada en el camión, al volante.
En la bocacalle apareció una figura rechoncha, caminando hacia atrás. El hombre llevaba un fusil ametralladora en los brazos y lo balanceaba a izquierda y derecha con el movimiento suave y amplio de una veleta. Caminó trastabillando hacia ellos, buscando con el fusil. Alguien disparó desde una casa y el hombre giró sobre sí mismo y lanzó una salvaje ráfaga contra el sonido.
—Es... ciego —dijo Peter Mawser, y añadió observando el rostro estropeado del hombre—: Tiene que serlo.
Chilló una sirena. Un jeep acorazado entró en la calle. El sonoro rugido de una ametralladora 50 puso rápido y brusco fin al incidente.
—Pobre loco —comentó Peter suavemente—. Es el cuarto que veo hoy. 
Miró a la mujer. Sonreía.
—¡Eh!
—Hola, sargento. —Ella debía de haberlo identificado antes, pues ahora no alzó los ojos ni la voz—. ¿Qué pasó?
—Ya sabe qué pasó. Algún chico cansado de no tener con quien pelear o un sitio donde esconderse. ¿Qué le pasa a usted?
—No —dijo ella—. No. No hablaba de eso. 
Alzó al fin los ojos.
—Esto, todo esto. Parece que yo no pudiera recordar.
—Usted... bueno, no es algo que se olvide fácilmente. Nos bombardearon. Nos bombardearon en todas partes al mismo tiempo. Todas las grandes ciudades han desaparecido. Nos atacaron por los dos lados. Fue demasiado. El aire está haciéndose radiactivo. Todos nosotros...
Se dominó. Ella no sabía, había olvidado. No había adonde escapar y había escapado al interior de sí misma. ¿Para qué contárselo? ¿Para qué decirle que todos iban a morir? ¿Para qué decirle esa otra cosa vergonzosa: Que no habían devuelto el golpe?
Pero la mujer no escuchaba. Seguía mirándolo, con unos ojos algo desviados. Uno parecía clavado en la mirada de él, pero el otro miraba a los lados, a sus sienes. Ahora la mujer sonreía, de nuevo, y cuando la voz de él murió arrastrándose no le dijo que siguiera. Entonces él se alejó lentamente. La mujer no volvió la cabeza y se quedó mirando el lugar donde él había estado, con una leve sonrisa, Él se volvió queriendo correr, caminando rápidamente.
¿Cuánto puede aguantar un hombre? Cuando uno está en el ejército tratan de que uno sea como todos. ¿Qué hacer cuando todos están derrumbándose?
Peter hizo a un lado la imagen de sí mismo donde aparecía como el último cuerdo. Ya la había examinado otras veces. Siempre había llegado a la conclusión de que sería mejor no ser uno de los últimos. No estaba preparado para eso todavía.
En seguida apartó también esta idea. Cada vez que se decía a sí mismo que no estaba preparado, algo dentro de él preguntaba: "¿Por qué no?", y nunca parecía tener una respuesta.
(¿Cuánto podía aguantar un hombre?).
Subió los escalones del comando y entró en el edificio. No había nadie en la mesa de entradas. No importaba. Hombres en jeeps o motocicletas llevaban los mensajes. El comando no insistía en que nadie se pegara a una silla en esos días. Por cada hombre que perdiera la cabeza en un jeep o en una patrulla, diez enloquecerían en un escritorio. Peter decidió que al día siguiente trabajaría un rato en una patrulla. Le haría bien. Esperaba que esta vez el ayudante no se echara a llorar en pleno campo de ejercicios. Uno podía distraer muy bien la mente con el manual de instrucción hasta que ocurría algo semejante.
Tropezó con Sonny Weissefreund en el corredor del cuartel. La cara del técnico era tan redonda y alegre como siempre. Estaba desnudo y tenía una toalla en el hombro.
—Hola, Sonny. ¿Hay bastante agua caliente?
—¿Por qué no? —respondió Sonny con una mueca.
Peter le respondió con una sonrisa parecida, maldiciendo entre dientes. ¿Nadie podía decir nada acerca de algo sin despertar algún recuerdo? Claro que había agua caliente. Los cuarteles tenían agua caliente para trescientos hombres. Quedaban tres docenas. Hombres muertos, hombres que habían escapado a las montañas, hombres encerrados para que no...
—Starr Anthim se presenta en un espectáculo esta noche.
—Sí. Noche de martes. No tiene gracia, Peter. ¿No sabes que estamos en guerra?
—No bromeo —dijo Peter rápidamente—. Está aquí. Aquí mismo, en la base.
A Sonny se le animó aún más la cara.
—Bueno. 
Se sacó la toalla del hombro y se la ató alrededor de la cintura.
¡Starr Anthim aquí! ¿Dónde será la función?
—En los dormitorios, me imagino. Video solamente. Ya sabes lo que pasa cuando se juntan muchos.
Y mejor así también, pensó. La presentas en carne y hueso, y algún recluta se derrumba en medio de un número. Él mismo se enfurecería bastante con una cosa así... bastante como para hacer algo en ese mismo momento. Y probablemente otros ciento cincuenta o más no tolerarían tampoco que alguien hubiese estropeado una presentación de Starr Anthim. Habría al fin una pequeña carnicería que ella podría evocar en sus memorias.


—¿Cómo está ella aquí, Peter?
—La trajeron con la última boqueada de un arruinado helicóptero de la marina.
—Sí, ¿pero por qué?
—No me lo preguntes a mí. A caballo regalado no le mires los dientes.
Entró en los baños, sonriendo, y satisfecho de poder sonreír todavía. Se desnudó y puso las ropas cuidadosamente dobladas sobre un banco. En el suelo, junto a la pared, había una pastilla de jabón y un tubo vacío de dentífrico. Se inclinó y los recogió y los echó en el cesto. Tomó el cepillo apoyado en el panel y secó el piso que Sonny había salpicado luego de afeitarse. Había que mantener el orden. Hubiera dicho algo en otro caso. Pero Sonny no estaba derrumbándose. Sonny había sido siempre así. Miren. Había dejado otra vez su navaja.
Peter preparó la ducha, ajustando minuciosamente los grifos hasta que la temperatura y la presión estuvieron a su gusto. No hacía nada de prisa en aquellos días. Había tanto que sentir ahora, tanto que gustar y ver... El golpe del agua en la piel, el olor del jabón, el calor y la luz, y hasta el contacto de las plantas de los pies con el suelo. Se preguntó vagamente cómo lo afectaría —si se mantenía sano— el lento aumento de la radiactividad de la atmósfera, a medida que el nitrógeno se transformara en carbono catorce. ¿Qué ocurría ante todo? ¿Se volvía uno ciego? ¿Dolores de cabeza quizá? Posiblemente uno perdía el apetito. O quizás uno estaba siempre cansado.
¿Por qué no averiguarlo?
Pero por otra parte, ¿por qué preocuparse? Sólo un porcentaje muy pequeño de hombres moriría por la contaminación radiactiva. Había muchas otras cosas que mataban con más rapidez, lo que era probablemente lo mismo. Aquella navaja por ejemplo. Brillaba bajo un rayo de sol, curva y nítida a la luz amarilla. El padre y el abuelo de Sonny la habían usado, o así decía él, y la navaja era su alegría y su orgullo.
Peter se volvió y se jabonó bajo los brazos, concentrándose en las leves caricias de las burbujas que crecían y estallaban. Mientras se sentía disgustado otra vez consigo mismo por pensar tan a menudo en la muerte, lo golpeó una idea. Al fin y al cabo no pensaba en cosas semejantes por morbosidad. Aquellos pensamientos de muerte nacían de la misma familiaridad de las cosas. Se pensaba: "Nunca más haré esto" o "Ésta es una de las últimas veces que lo hago". Uno debía dedicarse completamente a hacer cosas de modos distintos, pensó con furia. Uno debía arrastrarse por el suelo esta vez, y la próxima caminar sobre las manos. Uno debía saltarse la cena esa noche, y comer algo en cambio a las dos de la madrugada, y desayunarse con hierbas.
Pero uno tenía que respirar. El corazón tenía que latir. Uno sudaba y sentía un escalofrío como siempre. No era posible escapar a eso. Y cuando esas cosas ocurrían, eran como una advertencia. El corazón ya no latía animadamente; sus golpes era uno-menos, uno-menos, hasta que al fin aullaba y lo ensordecía a uno y había que detenerlo.
Terrible lustre el de aquella navaja.
Y la respiración seguía, lo mismo que antes. Uno podía deslizarse por esa puerta, y por la próxima y la próxima, e imaginar un modo totalmente nuevo de cruzar la siguiente; pero el aire seguiría saliendo y entrando en el cuerpo de uno como una navaja que afeita unas patillas, con el ruido de una navaja en una piedra de afilar.
Sonny entró. Peter se enjabonó la cabeza. Sonny recogió su navaja y se quedó mirándola. Peter lo observó, le entró jabón en un ojo, lanzó un juramento y Sonny se sobresaltó.
—¿Qué miras, Sonny? ¿Nunca la viste antes?
—Oh, sí, sí. Sólo que... —Sonny cerró la navaja, la abrió, hizo que la luz se reflejara en la hoja, la cerró otra vez—. Estoy cansado de usarla, Peter. ¿La quieres?
¿La quería? En su armario quizás, o bajo la almohada.
—No, gracias, Sonny. No podría usarla.
—Me gustan las máquinas de afeitar —farfulló Sonny—. Las eléctricas sobre todo. ¿Qué haremos con esto?
—Arrójala en el... no. —Peter imaginó a la navaja que caía girando en el aire, semiabierta, centelleando en el buche del sumidero—. Arrójala afuera...
No. Curvada sobre el pasto. Uno podía quererla. Uno podía buscarla a tientas a la luz de la luna. Uno podía encontrarla.
—Podría romperla.
—No —dijo Peter—. Los pedazos... —Trocitos afilados. Fragmentos bruñidos—. Pensaré algo. Espera a que me vista.
Se lavó rápidamente, se envolvió en una toalla, mientras Sonny seguía con los ojos fijos en la navaja de afeitar. Era una hoja ahora, y si uno la rompía, habría pedazos agudos y brillantes, filosos aún. Uno podía quitarle el filo con una piedra, pero alguien la encontraría y la afilaría otra vez, pues era tan obviamente una navaja, una fina navaja de acero, capaz de rebanar...
—Ya sé. El laboratorio. Nos libraremos de ella —decidió Peter confiadamente.
Se metió en sus ropas, y fueron juntos al ala del laboratorio. Todo estaba muy tranquilo allí. Las voces volvían en ecos.
—Uno de los hornos —dijo Peter extendiendo la mano hacia la navaja.
—¿Los hornos de pan? ¿Estás loco?
Peter rio entre dientes.
—No conoces el lugar, ¿no es cierto? La gente no imagina realmente todo lo que hay en la base. Siguen llamando a esto la panadería. Bueno, fue el centro de investigación de nuevas harinas nutritivas. Pero hay mucho más aquí. Probamos herramientas y diseñamos peladores de remolachas y otras cosas semejantes. Hay un horno eléctrico que...
Peter empujó una puerta. Cruzaron un cuarto abarrotado, largo y silencioso, y llegaron al equipo térmico.
—Podemos hacer cualquier cosa aquí, desde recocer vidrio y barnizar cerámicas hasta descubrir el punto de fusión de una sartén. 
Peter probó una llave. Se encendió una luz. Abrió una puerta pequeña y pesada y echó adentro la navaja. Dijo:
—Dale un beso de despedida. Dentro de veinte minutos sólo quedará un charco.
—Me gustaría verlo —dijo Sonny—. ¿Puedo mirar hasta que se cocine?
—¿Por qué no?
(Todos allí decían siempre "¿Por qué no?").
Cruzaron los laboratorios. Magníficamente equipados, todos, y demasiado tranquilos. Pasaron junto a un mayor que estaba inclinado sobre un complejo circuito electrónico en una de las mesas. El mayor observaba las oscilaciones de una lucecita ambarina y no les devolvió el saludo. Se alejaron de puntillas, envidiando su concentración. Vieron los modelos de las amasadoras automáticas, los vitaminizadores, los termostatos, medidores y controles.
—¿Qué hay ahí?
—No sé. Hemos salido de mi territorio. Creo que no queda nadie en esta sección. Eran sobre todo ingenieros electrónicos y mecánicos. Sólo sé que cuando necesitábamos algo como herramientas, medidores o equipo, ellos lo tenían, o nos ofrecían algo mejor, y si alguna vez nos poníamos realmente brillantes y se nos ocurría una idea sorprendente, ellos ya la habían llevado a la práctica un mes antes. ¡Eh!


Sonny miró hacia donde señalaba Peter.
—¿Qué pasa?
—Esa sección de pared. Está suelta, o... bueno, ¿qué sabe uno?
Empujó una sección de pared que estaba ligeramente desalineada. Había un espacio oscuro detrás de ella.
—¿Qué hay ahí?
—Nada, o algún trabajo privado. Esta gente era capaz de cualquier fechoría.
Con una muestra de ironía poco característica, Sonny dijo:
—¿No es ése el trabajo de los teóricos del ejército?
Espiaron prudentemente y luego entraron.
—Qué... ¡eh! ¡La puerta!
La puerta se movió rápidamente y se cerró sin ruido. Una luz brillante acompañó al suave "clic" de la cerradura.
El cuarto, pequeño y sin ventanas, estaba abarrotado de máquinas: Una pila de baterías, una dinamo, dos pequeños motores de gas, un diésel y cilindros de aire comprimido. En un rincón había un relevador con sus pernos soldados. De este relevador salía una palanca de mango rojo. No había letreros.
Miraron en silencio el equipo un rato y al fin Sonny dijo:
—Alguien quería estar realmente seguro de tener energía para algo.
—Bueno, me pregunto qué... —Peter se acercó al relevador. Miró la palanca sin tocarla. Estaba envuelta en alambre. Bajo el mango, sobre el alambre, había una tarjeta doblada. La abrió con cuidado—. "Sólo se usará por orden específica del Comando" —leyó.
—Muévela a ver qué pasa.
Algo sonó secamente a sus espaldas. Los dos hombres se giraron.
—¿Qué fue eso?
—Parecía venir de ese aparato junto a la mesa.
Se acercaron lentamente. Era un solenoide bobinado en una barra que colgaba de unas bisagras en el panel secreto, sujeta con unos muñones de acero.
Se oyó otra vez el seco sonido.
—Un geiger —dijo Peter con desagrado.
—¿Para qué habrán puesto esta puerta? —musitó Sonny—. Queda abierta sólo cuando la radiactividad supera cierto nivel. ¿Ves los relevadores? ¿Y el conmutador? ¿Y esto?
—Hay también una cerradura manual —apuntó Peter. El contador sonó otra vez—. Vámonos de aquí. Uno de estos días me meteré un contador en la cabeza.
La puerta se abrió fácilmente. Salieron y la cerraron. El agujero de la cerradura estaba cuidadosamente disimulado en una hendidura.
Regresaron a los laboratorios sin hablar. La emoción de lo prohibido había desaparecido, y para Peter Mawser al menos, había vuelto el odio, el odio y la vergüenza. Unas pocas semanas antes, esa base había sido parte de un gran país. Había habido allí mucho trabajo secreto, y mucho que era simplemente investigación en marcha, y que seguiría ahora en cualquier otra parte menos en ese tranquilo desierto.
Sintió el sudor que le mojaba la frente. ¡No habían devuelto el golpe! Nadie ignoraba que había plataformas de lanzamiento en todo el país, en lugares secretos, lejos de las bases y las ciudades muertas.
¿Por qué debían quedarse allí, esperando a morir, y a que el enemigo —o mejor "los enemigos"— se apoderaran del continente cuando hubiese pasado el peligro?
Sonrió torcidamente. Un pequeño consuelo. El golpe había sido demasiado fuerte; eso era indudable. Los dos bandos probablemente habían subestimado lo que el otro podía lanzar. El resultado... una creciente transmutación de nitrógeno en el mortal carbono 14. Los efectos no se limitarían al continente. Nadie en el mundo podía saber qué horribles efectos de largo alcance tendría la radiactividad en los enemigos de ultramar.
De vuelta en el horno, Peter observó el indicador de temperatura y luego apretó con el pie el control de la puerta. La célula piloto parpadeó y la puerta se abrió de par en par. Los hombres entornaron los párpados y se apartaron de la furia del calor. Luego se inclinaron y miraron. La navaja había desaparecido. Un charco brillaba en el suelo del horno.
—No quedó mucho. Se evaporó en su mayor parte —gruñó Peter.
Se quedaron mirando un rato con las caras iluminadas por aquella ruina humeante. Más tarde, mientras volvían a los cuarteles, Sonny rompió el largo silencio con un suspiro.
—Me alegra que hayamos hecho eso, Peter. Me alegra mucho.
A las ocho menos cuarto estaban esperando ante la pantalla del mueble de radio y televisión de los cuarteles. Todos, excepto Peter y Sonny y un cabo rechoncho, de pelo duro, llamado Bonze, habían preferido ver la función en la gran pantalla del comedor. Allí se veía mejor, por supuesto, pero como decía Bonze, "uno no se siente bastante cerca en un lugar tan grande".
—Espero que sea la misma —dijo Sonny, entre dientes.
¿Por qué debía serlo?, pensó Peter morosamente mientras encendía el aparato y observaba cómo se iluminaba la pantalla. Las manchas doradas que habían impedido ver los programas en las dos semanas últimas eran más numerosas ahora. ¿Por qué algo debía ser como antes?
Sintió la repentina tentación de destrozar el aparato a puntapiés. El aparato, y Starr Anthim, eran parte de algo que había muerto. El país estaba muerto, un país real, próspero, extenso, risueño, posesivo, creciente y cambiante, enfermo en algunos sitios de pobreza e injusticia, pero bastante sano como para superar cualquier mal. Se preguntó si el país le gustaría ahora a los otros. Bienvenidos. No había adonde ir. No había con quién pelear. Así era para todos los que quedaban en la tierra.
—Esperas que ella sea la misma —murmuró.
—Hablaba de la función —dijo Sonny suavemente—. Me hubiera gustado mirarla como... como...
Oh, pensó Peter borrosamente. Oh, esto. Alguna parte adonde ir, durante unos minutos.
—Entiendo —dijo, ya sin ninguna dureza en la voz.
La onda transmisora hizo retroceder los ruidos. La luz en la pantalla giró y se inmovilizó en un rombo. Peter ajustó el foco, el equilibrio cromático y la intensidad.
—Apaga las luces, Bonze. No quiero ver nada que no sea Starr Anthim.
Fue lo mismo, al principio. Starr Anthim nunca había recurrido a las fanfarrias, colores y clamores de sus contemporáneas. Una pantalla negra, luego clic, una catarata de oro. Estaba todo allí, claramente, con una tremenda intensidad; no había cambiado. La mirada de uno cambiaba quizá para recibirla. Durante unos segundos ella no se movía; estaba allí como un retrato, un rostro inmóvil, y una garganta blanca. Tenía los ojos abiertos, y soñolientos. Su rostro era algo vivo y quieto.
Luego, en los ojos que parecían verdes, pero eran azules con motas de oro, asomaba una conciencia, y los ojos despertaban. Sólo entonces se advertía que los labios estaban entreabiertos. Algo en los ojos hacía que uno viera los labios, aunque nada se movía aún. No hasta que ella inclinaba lentamente la cabeza, de modo que las cejas doradas parecían apresar algún rizo dorado. Los ojos no miraban entonces a un auditorio. Te miraban y me miraban.
—Hola, tú —decía ella.


Ella era un sueño, con los dientes ligeramente irregulares de un niño.
Bonze se estremeció. El catre en que se había tendido empezó a chirriar. Sonny se agitó molesto. Peter extendió la mano en la oscuridad y tomó la pata del catre. Los chirridos cesaron.
—¿Puedo cantar una canción? —preguntó Starr. Se oyó una música, muy débil—. Es una vieja canción, una que viene de esa parte de los hombres y mujeres que es la humanidad; esa parte que no conoce la codicia, ni el odio, ni el miedo. Esta canción habla de la alegría y la fuerza. Es mi favorita. ¿No es también tu favorita?
La música creció. Peter reconoció las dos primeras notas de la introducción y juró en voz baja. Había un error. Esa canción no era para... esa canción era parte de...
Sonny se enderezó, transportado. El cabo Bonze no se movió.
Starr Anthim empezó a cantar. Su voz era profunda y poderosa, pero suave, con apenas un leve vibrato en los finales de las frases. La canción fluyó desde ella sin ningún esfuerzo aparente, como si viniera desde la cara, los largos cabellos, los ojos apartados. Su voz, como su cara, era nublada y limpia, redonda, azul y verde, pero dorada sobre todo.

Cuando me diste el corazón me diste el mundo, la noche y el día,
y el trueno y las rosas, y las hierbas verdes, el mar, y la arcilla.
Bebo el alba en una copa de oro, y en una de plata la sombra, cabalgo en el viento del oeste,
mi canción es el arroyo y la alondra.
 
La música giró en espirales, cantó, se deslizó en un sombrío grito de hambrientas y apagadas sextas y novenas; subió, estalló y se interrumpió, dejando sólo la voz:

Con el trueno borro el mal de la tierra, gano el bien con las rosas,
lavo con el mar, edifico con la arcilla, y la tierra es clara y luminosa.

La última nota dejó un rostro perfectamente sereno otra vez, y sin movimiento. Era un rostro soñoliento y vital, y la música se alejó en una curva a los lugares donde descansa la música, cuando no se la oye.
Starr sonrió.
—Es tan fácil... —dijo—. Tan simple... Todo lo que hay de fresco y claro y fuerte en la humanidad está en esa canción, y creo que no debe preocuparnos otra cosa en los hombres. —Starr se inclinó hacia adelante—. ¿No crees?
La sonrisa se borró lentamente y fue reemplazada por una leve expresión de asombro. Una leve arruga apareció entre las cejas y Starr se echó hacia atrás rápidamente.
—Parece que no puedo hablar contigo esta noche —susurró—. Odias algo. 
El odio tomó la forma de un hongo monstruoso. El odio fue unas manchas en la pantalla.
—Lo que nos pasó —dijo Starr abrupta e impersonalmente— es también muy simple. No importa quién lo hizo, ¿lo entiendes? No importa. Nos atacaron. Nos golpearon desde el este y el oeste. La mayor parte de las bombas eran atómicas... hubo bombas de fisión y bombas de polvo. Nos alcanzaron quinientas treinta bombas, y acabaron con nosotros.
Starr hizo una pausa.
Sonny se dio un puñetazo en la palma. Bonze descansaba con los ojos abiertos, en silencio. A Peter le dolían las mandíbulas.
—Tenemos más bombas que ésas. Las tenemos aún. No vamos a usarlas. ¡Espera!
Starr alzó de pronto las dos manos, como si pudiese ver el rostro de los hombres.
Los hombres se echaron hacia atrás, tensos.
—Tan saturada está la atmósfera con carbono catorce que moriremos todos los de este hemisferio. No temas decirlo. No temas pensarlo. Es la verdad, y hay que enfrentarla.
»A medida que la transmutación se extienda desde nuestras arruinadas ciudades, el aire se hará más y más radiactivo, y entonces moriremos. En unos meses, en un año quizá, los efectos se sentirán al otro lado del océano. La mayoría de la gente morirá allí también. Nadie escapará del todo. Para ellos será aún peor; una marea de horror y locura que nosotros no podremos conocer. Nosotros nos moriremos simplemente. Ellos vivirán y se quemarán y enfermarán, y los niños que nazcan de ellos...
Starr sacudió la cabeza, apretando los labios. Se dominó con un visible esfuerzo.
—Quinientas treinta bombas... No creo que ninguno de nuestros atacantes supiera realmente qué fuerte era el otro. Ha habido mucho secreto.
La voz de Starr era triste. Se encogió ligeramente de hombros.
—Nos mataron y se destruyeron ellos mismos. En cuanto a nosotros... somos también culpables. Algo podemos hacer. Pero lo que debemos hacer es difícil. Debemos morir... sin devolver el golpe.
Miró brevemente a cada uno de los hombres, desde la pantalla.
—No debemos devolver el golpe. La humanidad va a atravesar el infierno que creó ella misma. Podemos ser vengativos o misericordiosos, como tú quieras, y lanzar nuestros centenares de bombas. Esterilizaríamos así el planeta, de modo que no escaparía ni un microbio, ni una brizna de hierba, y nada crecería otra vez. Reduciríamos la tierra a un baldío estéril, muerto y mortal.
»No, no puede ser. No podemos hacerlo.
»¿Recuerdas la canción? Eso es la humanidad. Algo que es todos los seres humanos. Una enfermedad hizo de unos seres humanos nuestros enemigos, durante un tiempo, pero las generaciones pasan y los enemigos se hacen amigos y los amigos enemigos. La enemistad de quienes nos mataron es algo tan pequeña, tan fugaz en el largo camino de la historia...
La voz de Starr se hizo más grave.
—Muramos con el conocimiento de haber hecho lo único noble que podíamos hacer. La chispa de la humanidad puede vivir aún y crecer en la tierra. Será una chispa débil perseguida por vientos y lluvias, pero no se extinguirá si esa canción dice la verdad. Vivirá si olvidamos que esa chispa queda en manos de nuestros ocasionales enemigos. Algunos, unos pocos de sus niños vivirán para dar nacimiento a la nueva humanidad que saldrá gradualmente de las junglas y los desiertos. Quizá pasen diez mil años; quizás el hombre sea capaz de reconstruir antes que estas ruinas hayan desaparecido.
Starr alzó la cabeza, y habló con una voz apagada.
—Y aunque éste sea el fin de los hombres, no podemos destruir la posibilidad de que otra forma de vida tenga éxito donde fracasamos nosotros. Si respondemos, no habrá un perro, un ciervo, un mono, un pájaro o un pez o un lagarto que pueda llevar adelante la antorcha de la evolución. En nombre de la justicia, si debemos condenarnos y destruirnos a nosotros mismos, no condenemos toda vida con nosotros. Bastante nos pesan ya nuestros pecados. Si debemos destruir, que la destrucción sólo nos alcance a nosotros.
Hubo una estremecida llamarada de música. Pareció moverle el cabello a Starr, como una ráfaga. Starr sonrió.


—Eso es todo —murmuró luego. Ya cada uno de los hombres le dijo—: Buenas noches.
La pantalla se oscureció. La onda transmisora se cortó bruscamente, y las ubicuas manchas aparecieron otra vez en la pantalla.
Peter se incorporó y encendió las luces. Bonze y Sonny no se movieron. Pasaron quizá varios minutos antes que Sonny se sentara muy derecho, sacudiéndose como un perro que acaba de despertar. Pareció como si el movimiento quebrase algo además del silencio.
Sonny dijo al fin:
—No puedes pelear con alguien, o escaparte, o vivir, y ahora ni siquiera puedes odiar, porque Starr dice "no".
Había amargura en el tono de Sonny, y un olor amargo en el aire.
Peter Mawser husmeó una vez, lo que no tenía ninguna relación con el olor. Se detuvo y husmeó nuevamente.
—¿Qué es ese olor, Son?
Sonny olió.
—No sé... Algo conocido. Vainilla... no... no.
—Almendras. Amargas... ¡Bonze!
Bonze yacía de espaldas, con los ojos abiertos, sonriendo. Se le habían endurecido los músculos de la mandíbula y podían vérsele casi todos los dientes. Estaba empapado.
—¡Bonze!
—Fue cuando ella apareció y dijo "Hola, tú", ¿recuerdas? —susurró Peter—. Pobre muchacho. Por eso quería ver aquí la función y no en los comedores.
—Se fue mirándola —dijo Sonny moviendo apenas los labios pálidos—. No... no lo acuso realmente. Dónde habrá encontrado el veneno...
—No tiene mucha importancia —dijo Peter con voz dura—. Salgamos de aquí. 
Fueron a buscar el camión. Bonze se quedó mirando el aparato con los ojos fijos.
Peter no supo adónde iba, o exactamente a qué, hasta que se encontró en una calle oscura cerca del cuartel de comunicaciones. Tenía alguna relación con Bonze. No, no quería hacer lo que Bonze había hecho. Pero tampoco lo había pensado. ¿Qué habría hecho si lo hubiese pensado? Nada, probablemente. Pero sin embargo... sería bueno oír a Starr, y verla, mientras aún le importara. Quizá no habían grabado el espectáculo, pero el fondo musical había sido una grabación, y podían haber registrado la imagen.
Se detuvo titubeando frente al edificio. Unos cuantos hombres se habían reunido junto a la puerta principal. Peter sonrió brevemente. Ni la lluvia, ni la nieve, ni la escarcha, ni las tinieblas de la noche podían detener a los aficionados.
Se metió por la calle lateral y fue hasta la plataforma de carga, en el fondo. A cada lado de la plataforma había dos puertas por donde salía la gente de comunicaciones.
Se veía luz adentro. Había extendido la mano hacia la puerta de alambre cuando advirtió a alguien en la sombra. La luz jugó delicadamente en el oro de una cabeza.
Peter se detuvo.
—Hola, soldado. Sargento.
Peter se sonrojó como un adolescente.
—Yo... —Le faltó la voz. Tragó saliva y alzó la mano para sacarse el sombrero. No tenía sombrero—. Vi la función —dijo.
El lugar era oscuro, y sin embargo le pareció notar que los zapatos de Starr no estaban muy bien lustrados.
Starr se acercó a Peter, saliendo a la luz, y era tan hermosa que él tuvo que cerrar los ojos.
—¿Cómo se llama?
—Mawser. Peter Mawser.
—¿Le gustó la función?
Sin mirar a Starr, Peter dijo tercamente:
—No.
—Oh...
—Quiero decir... me gustó algo. La canción.
—Sí... creo entender.
—¿No podría conseguir una grabación?
—Creo que sí —dijo ella—. ¿Qué clase de reproductor tiene usted?
—Audio vídeo.
—Un disco. Sí, registramos unos pocos. Espere. Le conseguiré uno.
Starr entró en el edificio, moviéndose lentamente. Peter la miró fascinado. Starr fue una silueta con corona y halo, luego una figura enmarcada, vivida y dorada. Peter esperó, observando anhelante la luz. Starr volvió con un gran sobre, le dio las buenas noches a alguien de dentro y salió a la plataforma.
—Aquí tiene, Peter Mawser.
—Muchas gracias —farfulló Peter. Se humedeció los labios—. Fue usted muy amable.
—No realmente. Cuanto más circule, mejor. —Starr se rio de pronto—. No me entienda mal. No busco publicidad estos días.
Peter sintió otra vez aquella dureza.
—No creo que la tuviera, si presentase esta función en tiempos normales.
Starr alzó las cejas.
—¡Bueno! —Sonrió—. Parece que he causado una gran impresión.
—Lo siento —dijo Peter cálidamente—. No quise molestarla. Todo lo que uno piensa y dice estos días es exagerado.
—Entiendo. 
Starr miró alrededor.
—¿Cómo está todo aquí?
—Muy bien. Antes me molestaba el secreto, y estar enterrado a kilómetros de la civilización. —Peter rio entre dientes, con amargura—. Al fin parece que he tenido suerte.
—Habla usted como el primer capítulo de Un mundo o ninguno.
—¿Cuál es su guía de lecturas? ¿El Index Expurgatorious del gobierno?
Starr rio.
—Por favor... no es tan malo. Nunca prohibieron el libro. Sólo...
—Estaba fuera de moda —concluyó Peter.
—Sí, y fue una lástima. Si la gente le hubiera prestado más atención cuando lo publicaron, quizás esto no habría ocurrido.
Starr había alzado los ojos. Peter miró también hacia arriba. El cielo latía pálidamente.
—¿Cuánto tiempo va a quedarse aquí?
—Hasta que... mientras... no me iré.
—¿No se irá?
—He terminado —dijo ella simplemente—. He recorrido todos los lugares posibles. He estado en todos los lugares... conocidos.
—¿Con este espectáculo?
Starr asintió con un movimiento de cabeza.
—Con este mensaje.
Peter calló, pensando. Starr se volvió hacia la puerta, y él extendió la mano, sin tocarla.
—Por favor.
—¿Qué pasa?
—Me gustaría... Es decir, si a usted no le importa... Tengo pocas posibilidades de hablar con... Quizá quisiera usted caminar un poco antes de entrar.
—Gracias, no, sargento. Estoy cansada. —Starr parecía cansada—. Ya nos veremos.
Peter la miró fijamente, con una repentina y furiosa luz en el cerebro.
—Sé dónde está. Es una palanca de mango rojo y una tarjeta que habla de órdenes del comando. Está realmente escondido.
Starr calló tanto tiempo que Peter pensó que no lo había oído.
—Aceptaré ese paseo —dijo Starr al fin.
Bajaron juntos por la rampa y fueron hacia el oscuro terreno de los desfiles.
—¿Cómo lo supo? —preguntó ella en voz baja.
—No fue muy difícil. Ese "mensaje" suyo. El hecho de que haya recorrido con él todo el país. Sobre todo que alguien quiera convencernos de que no debemos devolver el golpe. ¿Para quién trabaja usted? —preguntó Peter con brusquedad.
Sorprendentemente, ella se echó a reír.


—¿Qué le pasa ahora?
—Hace un momento usted se ponía contrariado y arrastraba los pies. 
Peter habló con una voz dura.
—No hablaba entonces con un ser humano. Hablaba con mil canciones que yo había oído, y cien mil imágenes rubias que vi clavadas en las paredes. Será mejor que me explique todo esto.
Starr se detuvo.
—Vayamos a ver al coronel.
Peter la tomó por el codo.
—No. Soy sólo un sargento y él un hombre importante, y hoy no hay ninguna diferencia. Usted es un ser humano, y yo también lo soy, y se supone que yo he de respetar sus derechos. No. Usted es una mujer, y...
Starr se endureció. Peter la obligó a caminar, y siguió diciendo:
—... y seré yo quien decida qué diferencia es ésa. Será mejor que me lo diga.
—Muy bien —dijo ella con una fatigada aquiescencia que sacudió algo en el interior de Peter—. Ha acertado usted. Es cierto. Hay llaves maestras de las plataformas de lanzamiento. Hemos localizado y desmantelado todas menos dos. Es muy probable que una de ellas haya sido destruida. La otra se ha... perdido.
—¿Perdido?
—No es necesario que le hable de secretos militares —dijo Starr con tono de disgusto—. Ya sabe usted cómo se guardaban entre una nación y otra. Había secretos hasta entre los Estados y el gobierno central, entre departamentos, entre oficinas. Sólo había tres o cuatro hombres que conocían todas las llaves. Tres de ellos se encontraban en el Pentágono cuando el edificio voló en cenizas. Fue la tercera bomba que cayó en el país, ya sabe usted. Si hubo algún otro, debe de haber sido el senador Vandercook, que murió hace tres semanas sin hablar.
—Control automático de radio, ¿eh? 
—Exactamente. Sargento, ¿es necesario que caminemos? Estoy tan cansada...
—Lo siento —dijo Peter impulsivamente. Fueron hasta los palcos de los desfiles y se sentaron en uno de los bancos solitarios—. ¿Plataformas de lanzamiento en todo el país, todas ocultas, y todas armadas?
—Armadas en su mayoría. Lo suficiente. Armadas y apuntando.
—¿Apuntando adonde?
—No importa.
—Entiendo. ¿Cuál es el número óptimo? 
—Unas seiscientas cuarenta, poco más o menos. Se arrojaron hasta ahora unas quinientas treinta por lo menos. No lo sabemos exactamente.
—¿Quiénes no saben? —preguntó Peter, furioso.
—¿Quiénes? —Starr rio débilmente—. Podría decir "el gobierno" quizá. Si muere el presidente, toma su puesto el vice, y luego el presidente del senado, etcétera, etcétera. Peter Mawser, ¿aún no entiende usted qué ha ocurrido?
—No sé qué quiere decirme.
—¿Cuántos cree que quedaron con vida en todo el país?
—No sé. Unos pocos millones quizá.
—¿Cuántos son aquí?
—Alrededor de novecientos.
—Entonces ésta es ahora la ciudad más poblada. 
Peter se incorporó de un salto.
—¡No!
La sílaba rugió, golpeó contra los oscuros y vacíos edificios, volvió en una serie de débiles ecos. Starr se puso a hablar rápidamente, en voz baja.
—Salieron a los campos y caminos. Se tendieron al sol y murieron por la tarde. Otros van de un lado a otro en manadas, destruyéndose entre ellos. Rezan y sufren hambre y se matan y mueren en los incendios. Los incendios... lo arrasan todo. Lo que quedó en pie, lo quema el fuego. El verano, y las hojas y el pasto azul, todo es marrón ahora; uno puede ver desde el aire cómo mueren las hierbas; la muerte crece y crece en campos estériles. Trueno y rosas... Vi rosas, nuevas, que crecían en las macetas destrozadas de un invernadero. Pétalos marrones, vivos y enfermos, y las espinas vueltas contra la misma planta, clavándose en los tallos, matando. Feldman murió anoche.
Starr calló y Peter dejó pasar unos segundos.
—¿Quién es Feldman? —preguntó al fin.
—Mi piloto. —Starr hablaba ahora en el hueco de sus manos—. Estuvo agonizando durante semanas. Tenía los nervios destrozados. Me parece que se había quedado casi sin sangre. Llamó a estos cuarteles y se preparó a aterrizar. Bajó con el motor apagado. Rompió el tren de aterrizaje. Está muerto ahora. Mató a un hombre en Chicago para conseguir gasolina. El hombre no quería dársela. Había una muchacha muerta junto al surtidor. No quería que nos acercásemos. No iré a ninguna otra parte. Voy a quedarme aquí. Estoy cansada.
Starr se echó a llorar.
Peter la dejó sola y caminó hasta el centro del campo de desfiles, y volviendo la cabeza miró el débil y confuso resplandor de las tablas blanqueadas. Recordó otra vez la función de aquella noche, y cómo había dicho ella ante la implacable cámara:
"Hola, tú. Si debemos destruir, que la destrucción nos alcance sólo a nosotros".
La debilitada chispa de la humanidad... ¿Qué podía significar para ella? ¿Cómo podía importarle tanto?
El trueno y las rosas. Rosas retorcidas y enfermas, que se mataban a sí mismas con sus propias espinas.
Y la tierra es clara y luminosa. Luces azules que llameaban en el aire contaminado.
El enemigo. La palanca de mango rojo. Bonze. "Rezan y sufren hambre y se matan y mueren en los incendios".
¿Qué criaturas eran ésas? Criaturas corrompidas, violentas. ¿Qué derecho tenían a otra posibilidad? ¿Qué había de bueno en ellas?
Starr era buena. Starr lloraba. Sólo un ser humano podía llorar así. Starr era un ser humano.
¿Había en la humanidad algo de Starr Anthim? Starr era un ser humano.
Peter se miró las manos en la sombra. Ningún planeta, ningún universo es más importante para un hombre que su propio yo, el yo que observa y es uno mismo. Esas manos eran las manos de toda la historia, y como las manos de todos los hombres podían con sus actos hacer la historia humana o acabar con ella. Si sus manos tenían el poder de un billón de manos, o habían concentrado en ellas ese poder... no parecía muy importante para las eternidades que ahora lo envolvían.
Se metió las manos de la humanidad en los bolsillos y caminó lentamente hacia los bancos.
—Starr.
Starr respondió con un gemido interrogativo, de niño con sueño.
—Tendrán su posibilidad, Starr. No tocaré las llaves.
Starr se enderezó. Se puso de pie, se acercó a él, sonriendo.
Peter pudo ver esa sonrisa porque los dientes de ella brillaban débilmente. Starr le puso las manos en los hombros.
—Peter.
Peter la apretó un rato. Luego a Starr se le doblaron las rodillas y él tuvo que llevarla.
No había nadie en el club de oficiales, que era el edificio más cercano. Peter caminó tambaleándose a lo largo de una pared hasta que encontró el botón de una luz. La luz le lastimó los ojos. Llevó a Starr a un sofá y la acostó allí suavemente. Ella no se movió. Un lado de la cara de Starr estaba tan blanco como la leche.


Peter se descubrió sangre en las manos.
Se quedó contemplando estúpidamente la sangre, se la limpió en los costados de los pantalones y miró aturdido a Starr. Ella tenía sangre en la blusa.
El eco del no volvió desde las lejanas paredes de la sala antes que él supiera que había hablado. Starr no había hecho eso. ¡No podía!
Un médico. Pero no había médicos. No desde que Anders se había colgado.
Busca a alguien. Haz algo.
Se dejó caer de rodillas y suavemente le desabotonó la blusa. A un costado, entre el poco femenino sujetador de las mujeres del ejército y la falda, había una mancha de sangre. Peter mojó un pañuelo limpio y se puso a secarla. No había herida, ni pinchazo. Pero abruptamente la sangre apareció otra vez. Peter la limpió con cuidado. Y de nuevo hubo sangre.
Era como tratar de secar un trozo de hielo con una toalla.
Corrió al depósito de agua fresca, lavó el pañuelo ensangrentado y volvió con rapidez junto a Starr. Le mojó la cara cuidadosamente, el pálido lado derecho, el enrojecido lado izquierdo. El pañuelo se puso rojo otra vez, con cosmético, y luego la palidez se le extendió a Starr por toda la cara, y aparecieron unas sombras azules bajo los ojos. Mientras Peter la miraba, en la mejilla izquierda de Starr asomó una mancha de sangre.
Debía de haber alguien. Corrió hacia la puerta.
—¡Peter!
Peter se volvió al oír la voz de Starr, golpeó el marco de la puerta, luchó por no perder el equilibrio y volvió junto a ella.
—¡Starr! Espere un poco. Conseguiré un médico.
Ella se tocó la mejilla izquierda.
—Lo descubrió usted. Nadie lo sabía, a excepción de Feldman. Costó ocultarlo.
Se llevó la mano al cabello.
—Starr, tengo que...
—Pete, prométame algo...
—Sí, naturalmente. Sí, Starr.
—No me toque el pelo. No es... todo mío. 
La voz de Starr era como la de una niña de siete años entregada a algún juego.
—Se me cayó todo este lado, ¿entiende? No quiero que me vea usted así.
Pete se había arrodillado otra vez junto a ella.
—¿Qué es esto? ¿Qué le pasó? —preguntó roncamente.
—Filadelfia —murmuró Starr—. Fue al principio. El hongo se alzó a un kilómetro. El estudio se hundió. Yo pude salir al otro día. No sabía que estaba quemada. No se veía. Mi lado izquierdo. No importa, Pete. No duele, ahora.
Pete se incorporó.
—Buscaré un médico.
—No se vaya. Por favor, no se vaya. No me deje. —Había lágrimas en los ojos de Starr—. Espere. No tardará mucho.
Pete se arrodilló de nuevo. Starr le tomó las manos entre las suyas, se las apretó y sonrió feliz.
—Es usted muy bueno, Pete. Es usted tan bueno...
(Starr no podía oír el rugido de la sangre en los oídos de Pete, el rugido de aquel torbellino de odio y miedo y angustia que giraba dentro de él).
Starr le habló en voz baja, y luego en un murmullo.
Aveces Pete se odiaba a sí mismo porque no podía seguirla. Ella le habló de la escuela y su primera actuación.
—Yo estaba tan asustada que había un vibrato en mi voz. Nunca lo había tenido antes. Ahora siempre me permito asustarme un poco cuando canto. Es fácil.
Hubo algo de unas macetas en una ventana cuando ella tenía cuatro años.
Luego, un largo silencio. Pete sintió que los músculos le latían, agarrotados y duros. Al fin debió dormirse un poco; despertó con una violenta sacudida, sintiendo los dedos de ella en la cara. Starr se había incorporado a medias, apoyándose en un codo.
—Quiero decirle algo —dijo ella claramente—. Déjeme levantarme y tendré todo preparado. Va a ser algo maravilloso. Haré una ensalada especial. Luego serviré un budín de chocolate.
Demasiado adormecido para entender por qué Starr estaba llorando, Pete sonrió y la abrazó sobre el diván. Ella le tomó otra vez las manos.
Cuando Pete despertó de nuevo, era de día y ella estaba muerta.

Pete volvió al cuartel y encontró a Sonny Weisse sentado en su camastro. Le dio el disco que había recogido en el campo de desfiles al regresar.
—Lo mojó el rocío. Sécalo, muchacho —graznó, y se echó boca abajo en el camastro que había sido de Bonze.
Sonny lo miró fijamente.
—¡Pete! ¿Dónde has estado? ¿Qué ocurrió? ¿Estás bien?
Pete se volvió un poco y gruñó. Sonny se encogió de hombros y sacó el disco de audiovídeo del sobre mojado. La humedad no le haría mucho daño, aunque no se podía utilizar hasta que estuviese seco. Era una fina espiral de plástico, aislada con unas láminas. Unos pick-ups electrostáticos, encima y debajo del plato giratorio, fluctuaban con los cambios de la constante dieléctrica impresa en el registro, y estos cambios eran amplificados para la imagen visual. El sonido se recogía con una púa común. Sonny se puso a secar el disco cuidadosamente.
Pete luchaba tratando de salir de un enorme sitio donde ardían unos fuegos fríos. Starr lo llamaba. Alguien estaba golpeándolo también. Pete luchaba débilmente; quería oír qué decía Starr. Pero alguien gritaba también.
Abrió los ojos. Sonny estaba sacudiéndolo, con la cara redonda, roja de excitación. El audiovídeo estaba en el aparato. Starr hablaba. Sonny se incorporó impaciente y bajó el volumen del sonido.
—¡Pete! ¡Pete! ¡Despierta! Tengo que decirte algo. ¡Escúchame! ¡Despierta!
—¿Eh?
—Al fin. Oye. Estuve escuchando a Starr Anthim...
—Está muerta —dijo Pete.
Sonny no lo oyó. Siguió hablando, explosivamente.
—Acabo de descubrirlo. Mandaron a Starr aquí, y a todas partes, a pedirle a alguien que no arrojara más bombas atómicas. Si el gobierno estuviese seguro, no se habrían tomado tantas molestias. En algún sitio, Pete, hay algún modo de bombardear a esos cobardes asesinos y tengo una idea bastante aproximada de cómo hacerlo.
Peter se estiró pesadamente hacia el débil sonido de la voz de Starr. Sonny siguió hablando.
—Bueno, imagina que haya un control central de radio, un código automático, algo parecido a las señales de alarma de los barcos, que hacen sonar una campana en cualquier nave que pueda ser alcanzada por la radio cuando transmite cuatro señales largas. Imagina que haya un mecanismo automático para lanzar bombas desde todo el país. ¿Qué sería realmente? Sólo una palanca, nada más. ¿Dónde estaría escondida? Entre otros aparatos, en algún lugar donde uno piensa que hay enrevesados dispositivos secretos. Como una estación experimental. Como este sitio. ¿Empiezas a entender?
—Cállate. No me dejas oír.
—¡Al diablo con ella! Puedes oírla en otra ocasión. ¡No oíste una palabra de lo que te dije!
—Starr está muerta.
—Sí. Bueno, ¿qué ocurriría si empujo esa palanca? ¿Qué puedo perder? Le daré a esos asesinos... ¿Qué?
—Está muerta.


—¿Muerta? ¿Starr Anthim? —A Sonny se le retorció la cara. Se dejó caer en el camastro—. Estás medio dormido. No sabes lo que dices.
—Está muerta —dijo Pete roncamente—. La quemó una de las primeras bombas. Yo estaba con ella... cuando... Calla, y vete, ¡y déjame escuchar!
Sonny se incorporó lentamente.
—La mataron a ella también. La mataron. Esto decide la cuestión. No hay más que discutir.
Sonny había palidecido. Se alejó.
Pete se puso de pie. Las piernas no le obedecían. Trastabilló. Tropezó ruidosamente con el aparato de radio y televisión, y el pick-up cruzó el disco. Lo puso otra vez y se tendió a escuchar.
Se le confundían los pensamientos. Sonny hablaba demasiado. Plataformas de lanzamiento, máquinas automáticas...
Me diste tu corazón —cantó Starr—. Me diste tu corazón. Me diste tu corazón. Me...
Pete se levantó y movió el pick-up. Sintió furia, no hacia sí mismo, sino hacia Sonny, por haberle hecho estropear el disco de ese modo.
Starr hablaba ahora, estúpidamente, siempre con la misma expresión repitiendo las mismas palabras.
Nos golpearon desde el este y el... Nos golpearon desde el este y el... 
Se levantó otra vez, lentamente, y movió el pick-up.
Me diste tu corazón. Me diste tu...
Pete emitió un sonido de agonía que no era una palabra, se inclinó, empujó e hizo caer el aparato. Siguió un duro silencio.
—Yo también lo hice —dijo, y en seguida—: Sonny. 
Esperó.
—¡Sonny!
Abrió los ojos, lanzó un juramento y se precipitó al corredor.
Cuando Peter llegó, el panel estaba cerrado. Lo pateó. El panel se abrió a la oscuridad.
—¡Eh! —gritó Sonny—. ¡Cierra! ¡Apagaste las luces! 
Pete cerró detrás de él. Las luces se encendieron.
—¡Pete! ¿Qué pasa?
—Nada, Son —gruñó Pete.
—¿Qué miras? —refunfuñó Sonny intranquilo.
—Lo siento —dijo Pete con toda la suavidad posible—. Sólo quería descubrir algo, nada más. ¿No le hablaste a nadie de esto?
Señaló la palanca.
—No, no. Se me ocurrió mientras dormías, hace un momento.
Pete miró alrededor cuidadosamente y se acercó a un estante de herramientas.
—Hay algo aquí que no notaste todavía, Sonny —dijo suavemente, y apuntó con la mano—. Ahí arriba, en la pared detrás de ti. Arriba. ¿Ves?
Sonny se volvió. Con un fluido movimiento, Pete tomó una llave de tuerca y golpeó a Sonny.
Luego se puso a trabajar sistemáticamente en los dispositivos de energía. Sacó los obturadores de los motores de gas y rompió los cilindros a martillazos. Arrancó las tuberías del diésel —los tanques dejaron escapar sus fluidos con violencia— y cortó todos los cables con unas pinzas. Luego destrozó los relevadores y la palanca. Cuando terminó su tarea, dejó a un lado las herramientas, se inclinó y acarició el pelo cortado al rape de Sonny.
Salió y cerró con cuidado la puerta. Era, sin duda, un maravilloso ejemplo de camuflaje. Se sentó pesadamente en una mesa de trabajo cercana.
—Tendrás tu oportunidad —le dijo al lejano futuro—. Y será mejor que la aproveches.
Luego se dispuso a esperar.

FIN