2026/07/27

Exilio (Edmond Hamilton)


Título original: Exile
Año: 1943


¡Ahora me gustaría no haber hablado de ciencia ficción aquella noche! Si no lo hubiéramos hecho, en estos momentos no me sentiría obsesionado por esa historia extraña e imposible que nunca podrá ser demostrada ni refutada.
Pero los cuatro éramos escritores profesionales de historias fantásticas, y supongo que la charla resultaba inevitable. No obstante, conseguimos posponerla durante el transcurso de toda la cena y de las bebidas que tomamos después. Madison esbozó, gustoso, su partida de caza y luego Brazell inició una discusión sobre las probabilidades de los Dodgers. Más tarde tuve que desviar la conversación al terreno de la fantasía.
No pretendía hacer algo así. Pero había bebido un escocés de más y eso siempre me vuelve analítico. Y me hacía gracia la forma perfecta en que los cuatro parecíamos un grupo de personas normales y ordinarias.
—Coloración protectora, eso es lo que es —anuncié—. ¡Cuánto nos esforzamos por actuar como buenos chicos normales y corrientes!
Brazell me miró, un poco molesto por la interrupción.
—¿De qué estás hablando?
—De nosotros —respondí—. ¡Qué maravillosa imitación de ciudadanos sólidos y satisfechos! Pero no nos sentimos satisfechos, ninguno de nosotros. Por el contrario, estamos violentamente insatisfechos con la Tierra y con todos sus trabajos; por eso nos pasamos la vida creando un mundo imaginario tras otro.
—Supongo que el pequeño asunto de cobrar a cambio de hacerlo no tiene nada que ver —inquirió Brazell, escéptico.
—Claro que sí —admití—. Pero todos creamos nuestros mundos y pueblos imposibles muchísimo antes de escribir una sola línea, ¿verdad? Incluso en nuestra infancia, ¿no? Por eso no nos encontramos a gusto aquí.
—Nos sentiríamos muchísimo menos a gusto en algunos de los mundos sobre los que escribimos —replicó Madison.
Entonces Carrick, el cuarto del grupo, participó en la conversación. Estaba sentado en silencio, como de costumbre, con la copa en la mano, meditabundo, sin prestarnos atención.
Era un tipo raro en muchos aspectos. No lo conocíamos muy bien, pero le apreciábamos y admirábamos sus relatos. Había escrito algunos maravillosos sobre un planeta imaginario, todos cuidadosamente elaborados.
—Eso me sucedió a mí en una ocasión —le dijo a Madison.
—¿El qué? —preguntó Madison.
—Lo que acabas de sugerir… Una vez escribí sobre un mundo imaginario y luego tuve que vivir en él —contestó Carrick.
Madison se echó a reír.
—Espero que fuera un lugar más habitable que los espeluznantes planetas en los que yo planteo mis patrañas.
Sin embargo, Carrick no sonrió siquiera.
—De haber sabido que tendría que vivir en él, lo habría creado muy distinto —murmuró.
Brazell, tras dirigir una mirada significativa al vaso vacío de Carrick, nos hizo un guiño y a continuación pidió con voz melosa:
—Cuéntanoslo, Carrick.
Carrick continuó mirando abstraído su vaso vacío, mientras lo hacía girar entre los dedos al hablar. Se detenía cada pocas palabras.
—Sucedió inmediatamente después de que me mudara junto a la gran central de energía. Parecía un lugar ruidoso, pero, en realidad, se estaba muy tranquilo en las afueras de la ciudad. Y yo necesitaba tranquilidad para escribir mis historias.
»Me puse a trabajar en una nueva serie que había comenzado, un grupo de relatos que iban a tener lugar en el mismo mundo imaginario. Empecé por crear todos los aspectos físicos detallados de ese mundo, al igual que el universo que tenía como fondo. Pasé todo el día concentrado en ello. Y cuando terminé, ¡algo en mi mente hizo clic!
»Esa breve y extraña sensación me pareció una súbita cristalización. Me quedé allí, plantado, al tiempo que me preguntaba si me estaba volviendo loco. Y es que tuve la súbita convicción de que el mundo que yo había estado imaginando durante todo el día acababa de cristalizar en una existencia física, en alguna parte.
»Por supuesto, descarté esa extraña idea, salí de casa y me olvidé del tema. Pero al día siguiente volvió a suceder. Pasé la mayor parte del tiempo con la creación de los habitantes del mundo de mi historia. Los había imaginado humanos sin la menor duda, aunque no quise hacerles demasiado civilizados, debido a que eso excluiría los conflictos y la violencia que conformarían mi historia.
»Así pues, había creado mi mundo imaginario, un mundo en el que la gente estaba a medio civilizar. Imaginé todas sus crueldades y supersticiones. Edifiqué sus pintorescas y bárbaras ciudades. Y justo cuando acababa, aquel clic volvió a resonar de pronto en mi mente.
»Entonces sí que me asusté de veras, pues sentí con más fuerza que la primera vez esa extraña convicción de que mis sueños habían cristalizado en una realidad sólida. Sabía que era una locura el pensar algo así; sin embargo, en mi mente había una certeza increíble. No podía desechar esa idea.
»Traté de razonar conmigo mismo para descartar tan loca convicción. Si al imaginar un mundo y un universo los había creado de verdad, ¿dónde se hallaban? Desde luego no en mi propio cosmos. No podía contener dos universos, cada uno diferente por completo al otro.
»¿Pero y si el mundo y el universo de mi imaginación habían cristalizado a la realidad en otro cosmos vacío? ¿Un cosmos que se encontrara en una dimensión diferente de la mía? ¿Uno que hubiera contenido nada más que átomos libres, materia informe que no había adquirido forma hasta que, de alguna manera, mis concentrados pensamientos les hicieron tomar las formas que yo había soñado?
»Razoné con esa idea de la extraña manera en que se aplican las leyes de la lógica a las cosas imposibles. ¿Por qué los relatos que yo imaginaba no habían cristalizado a la realidad en ocasiones anteriores y sólo habían empezado a hacerlo ahora? Bueno, para eso había una explicación plausible. Tenía cerca la gran central de energía. Alguna insondable corriente de energía irradiada de ella enfocaba mi imaginación concentrada, como una fuerza superamplificadora, hacia un cosmos vacío donde sacudía la masa informe y la hacía adquirir las formas que yo soñaba.
»¿Creía yo eso? No. Por supuesto que no, pero lo sabía. Hay una gran diferencia entre el conocimiento y la creencia, como alguien dijo: "Todos los hombres saben que van a morir y ninguno lo cree". Pues conmigo ocurría lo mismo. Me daba cuenta de que no era posible que mi mundo imaginario hubiera adquirido una forma física en un cosmos dimensional diferente, aunque, al mismo tiempo, yo tenía la extraña convicción de que así era.
»Y entonces se me ocurrió algo que me pareció divertido e interesante. ¿Y si me creaba a mí mismo en ese otro mundo? ¿Sería yo también real en él? Lo intenté. Me senté ante mi escritorio y me imaginé a mí mismo como uno de los millones de individuos de ese mundo de ficción; creé todo un trasfondo familiar e histórico real para mí en aquel lugar. ¡Y mi mente dijo clic!
Carrick hizo una pausa. Todavía contemplaba el vaso vacío que agitaba lentamente entre sus dedos.
Madison le incitó a continuar:
—Y, por supuesto, te despertaste allí, y una hermosa muchacha se inclinó sobre ti, y preguntaste: "¿Dónde estoy?"


—No sucedió así —repuso Carrick sombrío—. No sucedió así en absoluto. Me desperté en ese otro mundo, sí. Pero no fue como un despertar real. Simplemente, aparecí allí de repente.
»Seguía siendo yo, pero era el yo imaginado por mí para ese otro mundo. Se trataba de otro yo que siempre había vivido allí, igual que sus antepasados antes que él. Verán, yo lo había creado todo.
»Y mi otro yo era tan real en ese mundo imaginario creado por mí como lo había sido en el mío propio. Eso fue lo peor. Todo en ese mundo a medio civilizar era tan vulgar dentro de su realidad...
Hizo una nueva pausa.
—Al principio me resultó extraño. Caminé por las calles de aquellas ciudades bárbaras y miré los rostros de las personas con un imperioso deseo de gritar en voz alta: "¡Yo los he imaginado a todos! ¡Ninguno de ustedes existía hasta que los soñé!"
»Sin embargo, no lo hice. No me habrían creído. Para ellos, yo no era más que un miembro insignificante de su raza. ¿Cómo podían suponer que ellos, sus tradiciones y su historia, su mundo y su universo, habían adquirido de súbito su ser gracias a mi imaginación?
»Después de que mi primera excitación remitiera, no me gustó el lugar. Lo había creado demasiado bárbaro. Las salvajes violencias y crueldades que me habían parecido tan atractivas como material para una historia, eran feas y repulsivas al vivirlas de primera mano. Sólo deseaba volver a mi propio mundo.
»¡Y no pude regresar! No había ningún medio. Tuve la vaga sensación de que podría imaginarme de regreso a mi propio mundo como me había imaginado mi ida a ese otro. Pero no funcionó. La extraña fuerza que había propiciado el milagro no funcionaba en la dirección contraria.
»Lo pasé bastante mal cuando me di cuenta de que estaba atrapado en ese mundo feo, escuálido y bárbaro. Al principio pensé en matarme. Sin embargo, no lo hice. El hombre puede adaptarse a todo. Y yo me adapté lo mejor que pude al mundo creado por mí.
—¿Qué hiciste allí? Quiero decir: ¿Cuál era tu posición? —preguntó Brazell.
Carrick se encogió de hombros.
—No conocía las habilidades ni las destrezas del mundo que había creado. Sólo tenía mi propia habilidad, la de contar historias.
Empecé a sonreír.
—¿No querrás decir que empezaste a escribir historias fantásticas?
Él asintió con expresión sombría.
—No tuve más remedio. Era lo único que podía hacer. Escribí historias sobre mi propio mundo real. Para esa gente, mis relatos eran de una desbordante imaginación y les gustaron.
Nos echamos a reír. Pero Carrick permaneció mortalmente serio. Madison llevó la broma hasta el final.
—¿Y cómo conseguiste regresar al fin a casa desde ese otro mundo que habías creado?
—¡Nunca regresé a casa! —respondió Carrick con un profundo suspiro.
—Oh, vamos —protestó levemente Madison—. Es obvio que regresaste en algún momento.
Carrick, con la misma expresión sombría, meneó la cabeza mientras se ponía en pie para marcharse.
—No, nunca regresé a casa —repitió—. Todavía estoy aquí.


FIN

2026/07/20

Un pliegue en el tiempo (John Windham)


Título original: A Stitch in Time
Año: 1961


En el lado más resguardado de la casa, el sol quemaba. Dentro de las abiertas vidrieras, la señora Dolderson apartó su silla unos centímetros para que su cabeza continuara en la sombra mientras el calor confortaba el resto de su cuerpo. Después, apoyó la cabeza en un almohadón, mirando hacia fuera.
Para ella, aquella escena carecía de tiempo.
Al otro lado de la avenida, el cedro se erguía como siempre. Sus ramas planas bien extendidas debían llegar, suponía, un poco más allá de cuando ella era niña, aunque era difícil aseverarlo: El cedro ya era enorme entonces, lo mismo que ahora. Además, el seto fronterizo estaba tan bien recortado y pulido como en otros tiempos. La cancela del espino aún seguía flanqueada por dos pájaros sin posible identificación, Cocky y Olly, y era maravilloso que aún estuviesen allí, aunque las plumas de la cola de Olly se hubiesen retorcido un poco con la edad.
El cuadro de flores de la izquierda, delante del plantío de arbustos, estaba lleno de color, como siempre... Bueno, tal vez un poco más brillante; se tenía la sensación de que las flores eran un tanto más chillonas que antes, aunque también deliciosas. Sin embargo, el huerto más allá del seto había cambiado un poco: Más árboles jóvenes, y algunos de los viejos habían desaparecido. Entre las ramas se divisaba algún destello de tejado rojo donde vivían los vecinos de otros tiempos. Salvo por esto, era casi posible, por un momento, olvidar toda una existencia.
La tarde dormitaba en tanto los pájaros descansaban, las abejas zumbaban, las hojas susurraban suavemente, y el pom-pom de la pista de tenis a la vuelta de la esquina no cesaba, con alguna voz ocasional que anunciaba el tanteo. Lo mismo podía ser una tarde soleada de cincuenta o sesenta veranos antes.
La señora Dolderson sonrió, amándolo todo; lo había amado de niña y ahora incluso lo amaba más.
Había nacido en esta casa; aquí se había criado, se había casado, había vuelto a ella al morir su padre; aquí había criado a sus dos hijos, aquí había envejecido... Unos años después de la Segunda Guerra Mundial estuvo a punto de perderla... Pero no fue así del todo y aún estaba en ella.
Era Harold quien lo había hecho posible. Un chico listo, un hijo maravilloso. Cuando se vio claramente que ella ya no podría mantener la casa, que tenía que venderla, fue Harold quien convenció a su empresa para que la adquiriese. Su interés, le dijo a su madre, no radicaba en la casa sino en el emplazamiento, como la de cualquier comprador. La casa en sí carecía de valor ahora, pero su situación era muy conveniente. Como condición de venta, habían convertido cuatro estancias del lado sur en un apartamento que sería de ella hasta su muerte. El resto de la residencia se había convertido en hotel, albergando a unos veinte jóvenes que trabajaban en los laboratorios y oficinas construidos en la parte norte, en el lugar de los establos y parte del paseo de caballos.
Ella sabía que un día derribarían la vieja casa, pues ya había visto los planos; pero por el momento, en su tiempo, tanto la mansión como el jardín del sur y oeste no los tocaría nadie. Harold le había asegurado que para ello tenían que transcurrir al menos quince o veinte años, mucho más del tiempo que ella los necesitaría, con toda seguridad.
Y no era que, pensaba serenamente la señora Dolderson, lamentase demasiado desaparecer de este mundo. Uno acaba por ser inútil y, ahora que ella estaba en una silla de ruedas, una carga para los demás. Además, tenía la sensación de que ya era como una forastera, una extranjera en el mundo de otros seres. Todo estaba muy cambiado; primero, convirtiéndose en un lugar difícil de entender, después llegando a formar un complejo imposible de comprender. No era extraño, pensó, que los viejos se tornen posesivos respecto a las cosas; que se aferren a los objetos que les unen al mundo que pueden entender.
Harold era un muchacho estupendo y, por él, la señora Dolderson hacía lo que estaba en su mano para no parecer excesivamente estúpida, aunque a veces esto era difícil. Hoy, por ejemplo, en el almuerzo, Harold se mostró muy excitado por un experimento que debían realizar por la tarde. Tenía que hablar de ello, aunque debía saber que prácticamente nada de lo que decía resultaba comprensible para ella.
Era algo sobre dimensiones. Ella había captado la idea, aunque se limitó a asentir sin intentar ahondar más en el asunto. La última vez que salió el tema a colación, ella observó que en su juventud sólo había tres, y no comprendía cómo el progreso mundial podía haber añadido más. Esto había lanzado al muchacho a una disertación respecto a la opinión de los matemáticos, según la cual en el mundo es posible, aparentemente, percibir la existencia de una serie de dimensiones. Incluso el momento de existencia en relación con el tiempo era, al parecer, una especie de dimensión. 
Filosóficamente, Harold había empezado a explicarlo, pero ella se perdió en aquella elucubración. Harold se había metido en algo muy confuso. La señora Dolderson estaba segura de que en su juventud la filosofía, las matemáticas y la metafísica eran tres asignaturas separadas, pero en la actualidad, incomprensiblemente, parecían haberse fundido entre sí.
De modo que esta vez ella le escuchó tranquilamente, dejando oír algunos sonidos alentadores de cuando en cuando, hasta que al final él sonrió tímidamente, asegurando que ella era muy bondadosa al soportar aquel rollo. Luego, dio la vuelta a la mesa y la besó en las mejillas, abrazándola, y ella le deseó mucha suerte en el experimento misterioso de la tarde. Después, Jenny quitó el servicio de la mesa y la acompañó en su silla a la ventana.
El calor de la deslumbrante tarde la sumió en una dulce modorra que la llevó a cincuenta años atrás, cuando en otra tarde como ésta también se sentó junto a la ventana, aunque entonces no pensaba en absoluto en una silla de ruedas, aguardando a Arthur... Aguardando a Arthur con el corazón anhelante, aunque Arthur no llegó...
Era extraño cómo sucedían las cosas. Si Arthur se hubiera presentado aquel día, seguramente ella se habría casado con él, y Harold y Cynthia no habrían existido. Sí, ella habría tenido hijos, pero no habrían sido Harold ni Cynthia. ¡Qué curiosa casualidad es la existencia! Sólo por decirle "no" a un hombre, o "sí" a otra mujer, es posible dar la existencia a un arzobispo en potencia o a un futuro asesino. ¡Qué tontos eran hoy día, tratando de suavizarlo todo, de asegurar la vida, en tanto que detrás, en el pasado de cada cual, se extendía la fila llena de casualidades, de mujeres que habían dicho "sí" o "no", según el capricho del momento!
Era curioso que ahora se acordara de Arthur. Hacía años que no pensaba en él.
Estaba segura de que aquella tarde él habría pedido su mano. Fue antes de que ella oyese hablar de Colin Dolderson. Y ella habría aceptado. Oh, sí, habría aceptado a Arthur.
Nunca hubo explicaciones. Ella nunca supo por qué él no se presentó entonces ni nunca más. Tampoco le escribió. Diez días, tal vez quince después, recibió una carta impersonal de la madre de Arthur comunicándole que su hijo estaba enfermo y que el médico aconsejaba un viaje al extranjero. Pero después nada en absoluto hasta el día en que vio su nombre en un periódico, casi dos años más tarde.


Naturalmente, se había enfadado (una joven tiene su orgullo, ¿no?), y durante algún tiempo también se sintió dolida. Pero al final, ¿cómo puede saber una que lo ocurrido no fue lo mejor? ¿Habrían sido sus hijos tan cariñosos con ella, tan amables, tan inteligentes como Cynthia y Harold?
Una serie infinita de probabilidades... con los genes y otras cosas de las que se habla hoy en día...
El rumor de la pelota de tenis ya había cesado y los jugadores se habían marchado, volviendo seguramente a su recóndita labor. Las abejas continuaban zumbando entre las flores; también revoloteaba media docena de mariposas. Los árboles de más allá temblaban bajo la calma. La modorra se tornó irresistible. La señora Dolderson no la combatió. Reclinó la cabeza hacia atrás, oyendo a medias otro zumbido, más estridente que el de las abejas, pero no suficiente para molestarla. Cerró los ojos...
De pronto, a pocos metros de distancia, pero fuera de su campo visual desde la silla, sonaron unas pisadas en el sendero. El sonido empezó bruscamente, como si alguien hubiera saltado al sendero desde el césped, sólo que no había visto a nadie cruzando por allí. Simultáneamente se oyó una voz de barítono, que cantaba animadamente, aunque no muy alto. En realidad, la canción empezó por la mitad de una frase:
 
... mundo haciéndolo, haciéndolo, haciéndolo...
Mira este...

De repente la voz calló y las pisadas cesaron también.
La señora Dolderson tenía ya los ojos abiertos, muy abiertos. Se asía a los brazos de la silla con sus delgadas manos. Recordaba la canción, más aún, estaba segura de reconocer la voz... al cabo de tantos años. "Bah, un sueño estúpido", se dijo. Le había recordado sólo unos instantes antes de cerrar los ojos. ¡Qué tontería!
Y no obstante, cosa curiosa, no parecía un sueño. Todo era tan claro, tan delimitado, tan familiarmente razonable..., con los brazos de la silla muy sólidos bajo sus dedos...
Otra idea se presentó a su cerebro: Ella había muerto, por eso no era un sueño ordinario. Sentada al sol, debió fallecer quedamente. El médico le había dicho que podía morir inesperadamente... ¡Y ahora había ocurrido! Experimentó un momento de alivio; no era que temiese mucho a la muerte, pero sí al trastorno que podía haber después... Y ahora todo había acabado sin perturbaciones. Tan sencillo como quedarse dormida. De pronto se sintió feliz, totalmente dichosa. Aunque era extraño que aún pareciese atada a la silla...
La grava crujió bajo las pisadas de aquellos pies.
—¡Esto es raro! ¡Rarísimo! ¿Qué diablos ha sucedido?
La señora Dolderson estaba inmóvil en su silla. No había la menor duda respecto a la voz.
Una pausa. Los pies se movieron, como con incertidumbre. Después, siguieron avanzando, lenta, vacilantemente. Los pies trajeron un joven a la vista. Oh, parecía tan joven. La anciana sintió oprimírsele el corazón.
Vestía una chaqueta azul a listas y pantalones blancos de franela. Había una bufanda de seda en torno a su cuello y, echado hacia atrás, llevaba un sombrero de paja con una cinta coloreada. Tenía metidas las manos en los bolsillos del pantalón y sujetaba una raqueta de tenis bajo el brazo izquierdo.
Ella le vio primero de perfil y no con su mejor expresión, ya que parecía asombrado, con la boca entreabierta, al mirar hacia el grupo de árboles.
—Arthur... —murmuró la señora Dolderson.
Él se sobresaltó. La raqueta resbaló y cayó al suelo. Intentó recogerla, quitarse el sombrero y recobrar la compostura, todo al mismo tiempo, con poco éxito. Cuando se irguió de nuevo, su cara estaba sonrojada, con una expresión aún confusa.
Miró a la anciana de la silla, con las rodillas protegidas por una manta, sus manos delicadas sobre los brazos de la silla. La mirada pasó más allá de ella, hacia el salón. Aumentó su confusión, con una nota de alarma. Sus ojos volvieron a la vieja dama. Ésta le contemplaba intensamente. El joven no recordaba haberla visto antes, ni sabía quién era, y no obstante en sus ojos parecía haber algo que le era ligeramente familiar.
La anciana se contempló la mano derecha. La estudió un instante como un poco intrigada y volvió a levantar la vista hacia él.
—¿No me conoces, Arthur...? —preguntó suavemente.
Había una nota de tristeza en su voz que él tomó por desengaño, teñido de reproche. Ante esto, el joven hizo lo posible por serenarse.
—Me temo..., me temo que no —confesó—. Usted... yo... eh... —Se atascó, y continuó con angustia—: Usted debe de ser... la tía de Thelma..., de la señorita Kilder, ¿verdad?
La anciana le miró fijamente unos momentos. El muchacho no comprendió su expresión.
—No —murmuró ella—, no soy la tía de Thelma.
La mirada del joven volvió a pasearse por el salón. Esta vez movió la cabeza con asombro.
—Todo es diferente... No, sólo a medias —manifestó con inquietud—. Oh, no puedo haberme equivocado...
Se interrumpió y volvió a contemplar el jardín.
—No, ciertamente no me he equivocado. ¿Pero qué... qué ha sucedido?
Su extrañeza ya no era simple; parecía tremendamente turbado. Sus asombrados ojos volvieron a posarse en la anciana.
—Por favor... no lo entiendo... ¿Cómo es que me conoce usted?
La creciente inquietud del muchacho la turbó a ella, obligándola a mostrarse más cauta.
—Te he reconocido, Arthur... Nos conocimos mucho antes, ¿no?
—¿De veras? No me acuerdo... Lo siento mucho...
—Pareces angustiado, Arthur. Coge aquella silla y descansa un poco.
—Gracias, señora... eh... señora...
—Dolderson —terminó ella.
—Gracias, señora Dolderson —dijo él, frunciendo el ceño al intentar situar el nombre.
La anciana le vio acercar la silla. Cada movimiento, cada rasgo le era familiar, incluso el mechón de pelo que le caía sobre la frente siempre que agachaba la cabeza. Él se sentó y estuvo callado unos momentos, mirando, con el entrecejo arrugado, hacia el jardín.
La señora Dolderson tampoco se movió. Se hallaba casi tan sorprendida como él, aunque no lo daba a entender. Obviamente, la idea de haber muerto era una tontería. Estaba como siempre, en su silla, dándose cuenta del dolor de la espalda, capaz de asir los brazos de la silla y sentirlos. No era un sueño..., todo estaba entrelazado, tan sólido, tan... real; muy diferente de como son las cosas en los sueños.
¿Sería una simple alucinación, un engaño de su mente al colocar el rostro de Arthur en un joven completamente distinto? Volvió a mirarle, No, no era eso. Él había contestado al nombre de Arthur y además llevaba su chaqueta. En la actualidad, las chaquetas ya no tenían aquel corte y hacía muchísimos años que los jóvenes no llevaban sombreros de paja.
¿Una especie de fantasma? Oh, no; Arthur era sólido; la silla había crujido al sentarse, los zapatos rechinaron sobre la grava. Además, ¿quién ha oído hablar nunca de un fantasma tan asombrado y, sobre todo, de un joven fantasma recién afeitado?


El muchacho interrumpió los pensamientos de la anciana al volver la cabeza.
—Creía que Thelma estaba aquí —observó—. Me lo había dicho. Dígame, por favor, dónde está.
Como un niño asustado, pensó ella. Deseaba consolarle, no asustarle más. Pero no se le ocurrió decir más que:
—Thelma no está lejos.
—Debo encontrarla. Ella me explicará lo ocurrido. 
Hizo ademán de levantarse.
La anciana posó una mamo sobre el brazo del joven, impidiéndoselo.
—Un momento. ¿Qué parece haber ocurrido? ¿Qué es lo que tanto te preocupa?
—Esto —agitó una mano, incluyendo cuanto le rodeaba—. Todo está diferente, pero es lo mismo... Y sin embargo, no lo es. Siento como si..., como si estuviera un poco loco.
Ella le miró fijamente y luego sacudió la cabeza.
—No lo creo. Dime, ¿qué te pasa?
—Venía hacia aquí para jugar al tenis... Bueno, para ver a Thelma, en realidad —añadió, corrigiéndose—. Todo estaba bien, como de costumbre. Iba por el sendero y dejé la bicicleta apoyada en el abeto que hay al comenzar la avenida. Empecé a caminar por ella y de pronto, al doblar la esquina de la casa, todo resultó... diferente.
—¿Diferente? —repitió la señora Dolderson—. ¿Diferente en qué?
—Bueno, casi en todo. El sol pareció convulsionarse en el cielo. Los árboles eran más grandes, no como antes. Las flores del jardín mostraban un color distinto. La enredadera cubría ya todo el muro... y de repente, sólo estuvo hasta media altura... y parecía otra clase de enredadera. Había otras casas más allá. Casas que no había visto nunca, pues allí sólo había un campo, al otro lado del huerto. Incluso la grava de la avenida estaba más amarilla de lo que recordaba. Y este salón... es el mismo de siempre. Conozco el escritorio, la chimenea y los dos cuadros. Pero el papel es diferente. Nunca lo había visto y sin embargo, no es nuevo. Por favor, dígame dónde está Thelma, quiero que me lo explique... Sí, debo de estar un poco loco...
La anciana le apretó el brazo con más fuerza.
—No —repuso con decisión—. Sea lo que sea, seguro que no es eso.
—Entonces... ¿qué...?
Se interrumpió bruscamente y escuchó ladeando la cabeza. El sonido fue en aumento.
—¿Qué es esto? —inquirió con ansiedad.
La señora Dolderson aumentó la presión de su mano.
—No pasa nada, Arthur... No pasa nada —le dijo como a un niño.
Sentía el aumento de la tensión en el joven a medida que crecía el ruido. Pasó por encima, a menos de trescientos metros, con los eyectores atronando el espacio, dejando atrás una estela de gas blanco, en tanto el aire se estremecía y gradualmente volvía a su anterior placidez.
Arthur lo contempló. Y lo vio desaparecer. Cuando volvió a mirar a la anciana, su rostro estaba blanco, muy asustado.
—¿Qué... —preguntó con voz temblorosa—, qué ha sido eso?
—Sólo un avión, Arthur —contestó ella, para obligarle a calmarse—. Oh, son terriblemente ruidosos.
Arthur miró hacia el sitio por donde se había desvanecido el aparato y sacudió la cabeza.
—Pero yo he oído aviones y los he visto. Y no son así. Este hacía un ruido como una motocicleta... pero más fuerte. ¡Era terrible! No lo entiendo..., no entiendo lo sucedido... —su voz sonaba patética.
La señora Dolderson iba a contestar, cuando de improviso recordó la charla con Harold referente a las dimensiones, a su trasmutación en planos diferentes, a sus implicaciones del tiempo en forma de otra dimensión. Con un destello intuitivo lo comprendió... No, comprender no era la palabra adecuada... Lo percibió. Pero al percibirlo se halló perdida, desorientada.
Miró otra vez al joven. Estaba tenso, temblando levemente. Se estaba preguntando si tenía el cerebro desquiciado. Bien, esto tenía que terminar. No existía ningún medio suave, pero ¿cómo hacerlo de otro modo?
—Arthur... —exclamó súbitamente. El muchacho la miró veladamente.
Con deliberación, la anciana habló con aplomo:
—Hallarás una botella de coñac en la alacena. Cógela, por favor, y trae dos copas.
Con un movimiento casi hipnótico, él obedeció. La anciana llenó para él un tercio de una copa con coñac, y se sirvió un poco menos.
—Bebe esto —le ordenó nuevamente. Él vaciló—. Vamos. Has sufrido una gran impresión. Te hará bien. Quiero hablar contigo y no puedo mientras no te hayas repuesto de la sorpresa.
Arthur bebió, tosió un poco y tomó asiento.
—Apura la copa —insistió ella. Él la apuró. La anciana se interesó—: ¿Te encuentras mejor?
El joven asintió, pero no dijo nada. Ella se decidió y respiró profundamente.
—Arthur, dime qué día es hoy.
—¿Qué día? —se sorprendió él—. Pues, viernes. El veintisiete de junio.
—El año, Arthur. ¿Qué año?
El muchacho volvió el rostro hacia ella.
—No estoy completamente loco, ¿sabe? Sé quién soy y dónde estoy... o eso creo. Es todo lo demás lo que está mal, no yo. Puedo asegurarle...
—Arthur, quiero que me digas el año.
La voz de la anciana era de nuevo autoritaria.
El joven mantuvo los ojos fijos en ella mientras hablaba.
—Mil novecientos trece, claro.
La mirada de la señora Dolderson volvió a concentrarse en el jardín y las flores. Asintió suavemente. Aquél era el año y había sido en viernes; qué extraño que ahora lo recordase. Debía de haber sido el veintisiete de junio. Pero, desde luego, fue un viernes del verano de 1913 el día en que él no acudió. Hacía tanto... tanto tiempo...
La voz del joven la devolvió al presente. Sonaba insegura por la ansiedad.
—¿Por qué me lo ha preguntado? Me refiero al año.
Su frente estaba muy arrugada, sus ojos muy ansiosos. Era muy joven. A la anciana le dolía por él el corazón. Volvió a coger con su mano frágil la fuerte de Arthur.
—Creo..., creo que ya lo sé —murmuró él, estremeciéndose—. Ignoro cómo, pero usted no me lo habría preguntado a menos que... Sucedió una cosa muy rara, ¿eh? Ya no estamos en mil novecientos trece, ¿verdad? ¿Quería decir eso? La forma de crecer los árboles..., el avión... —Calló, mirándola con los ojos muy abiertos. Y luego—: Tiene que decírmelo. Por favor, por favor, ¿qué me ha ocurrido? ¿Dónde estoy? ¿Qué es esto?
—Mi pobre muchacho... —murmuró ella.
—¡Oh, por favor...!
The Times, con el crucigrama resuelto a medias, se hallaba en una silla próxima. Lo cogió con reluctancia. Luego lo dobló y se lo entregó al joven. Al tomarlo, a él le temblaba la mano.
—Londres, lunes, primero de julio —leyó. Después, susurró con incredulidad—: ¡Mil novecientos sesenta y tres!
Bajó el diario y la miró suplicante.
La anciana asintió lentamente dos veces.


Estuvieron contemplándose sin hablar. Gradualmente, la expresión de Arthur cambió. Se le juntaron las cejas, como penosamente. Luego miró a su alrededor, con los ojos penetrantes aquí y allí, cual si quisieran escapar. Por fin, volvieron a fijarse en ella. Los cerró un momento. Después los abrió, llenos de dolor y miedo.
—¡Oh, no, no! ¡No! Usted no es..., no puede ser... Usted me dijo que era... la señora Dolderson. Dijo que lo era. Usted no es..., no puede ser... Thelma...
La señora Dolderson calló. Se miraron otra vez. El rostro de Arthur se arrugó como el de un chiquillo.
—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! —gritó, ocultando la cara entre las manos.
La señora Dolderson entornó los ojos un instante. Cuando los abrió ya era dueña de sí. Tristemente, miró sus temblorosos hombros. Su mano izquierda, delgada, con muchas venillas azules, se tendió hacia la cabeza inclinada para acariciarle suavemente el cabello.
La mano derecha encontró el timbre que estaba sobre la mesita que tenía al lado.
Lo apretó, sin apartar el dedo.

Abrió los ojos al oír el movimiento. La persiana dejaba en la sombra la habitación, pero había luz suficiente para que divisase a Harold al lado de su cama.
—No quería despertarte, madre —se disculpó el joven.
—No me has despertado, Harold. Estaba soñando, pero no dormía. Siéntate, querido. Quiero hablar contigo.
—No te fatigues, madre. Has sufrido una leve recaída, ¿sabes?
—Sí, pero resulta más fatigoso estar intrigada que saber la verdad. No te entretendré mucho.
—Está bien, madre.
Acercó una silla a la cama y se sentó, cogiendo una mano de la anciana entre las suyas. Ella escrutó el rostro de su hijo en la penumbra.
—Lo hiciste tú, ¿verdad, Harold? ¿Fue tu experimento lo que trajo aquí al pobre Arthur?
—Fue un accidente, madre.
—Cuéntamelo.
—Estábamos comprobándolo. Sólo una prueba preliminar. Sabíamos que era posible teóricamente. Habíamos demostrado que sí podíamos... ¡Oh, es tan difícil de explicar! Si podíamos, bueno, doblar una dimensión, doblarla sobre sí, dos puntos normalmente separados tendrían que coincidir. Temo que esto no está muy claro...
—No importa, querido. Adelante.
—Bien, cuando tuvimos dispuesto nuestro generador distorsionador del campo, lo doblamos para unir dos puntos separados normalmente cincuenta años. Piensa en una tira de papel doblada en dos marcas, de modo que coincidan las marcas.
—Sí...
—Fue muy arbitrario. Pudimos escoger diez años o cien, pero elegimos cincuenta. Y nos acercamos de manera asombrosa, madre, muy asombrosa. Sólo cometimos un error de cuatro días en cincuenta años. Esto nos dejó estupefactos. Lo que ahora hemos de hacer es descubrir el origen del error, pero si nos pidieras que apostásemos, nosotros...
—Sí, querido. Estoy segura de que fue maravilloso. ¿Pero qué sucedió?
—Oh, lo siento. Bueno, como dije, fue un accidente. Sólo tuvimos el aparato conectado tres o cuatro segundos y él debió penetrar entonces en el terreno de la coincidencia. Una probabilidad entre un millón. Ojalá no hubiese sucedido, pero no podíamos prever...
La anciana giró la cabeza sobre la almohada.
—No, no podían preverlo —concedió—. ¿Y después?
—Realmente, nada. No supimos nada hasta que Jenny contestó a tu timbrazo y te encontró desmayada y a ese individuo, Arthur, completamente desquiciado; entonces, fue a buscarme.
»Una de las doncellas te ayudó a llegar hasta la cama. Vino el doctor Sole y te reconoció. Luego, le dio un tranquilizante a ese Arthur. El pobre chico lo necesitaba... Claro, es algo terrible lo que le sucedió, cuando sólo esperaba jugar un partido de tenis con su chica.
»Cuando se calmó, nos dijo quién era y de dónde venía. ¡Bueno, era algo estupendo! Una prueba vivida accidental al primer experimento.
»Pero lo único que el pobre muchacho quería era regresar lo antes posible. Estaba muy angustiado... Sí, un mal asunto. El doctor Sole quiso ponerle bajo sedantes para que no se volviera loco. Lo parecía, aunque cuando volvió en sí no daba la impresión de estar mejor.
»Ignorábamos si podíamos hacerle regresar. La transferencia hacia adelante, para expresarlo toscamente, puede considerarse como una aceleración infinita de una progresión natural, pero la idea de la transferencia "hacia atrás" está llena de implicaciones desconcertantes, cuando se reflexiona en ello. Hubo un debate, pero el doctor Sole lo solucionó. Sólo con que existiese una posibilidad mínima, dijo, el sujeto tenía derecho a intentarlo, y nosotros estábamos obligados a tratar de deshacer lo que habíamos hecho. Aparte de esto, si no lo intentábamos, tendríamos que explicar cómo teníamos en nuestras manos un chiflado, y naturalmente, apartado cincuenta años de su curso.
»Intentamos hacerle comprender a Arthur que no estábamos seguros de que la operación tuviese éxito al revés; además, existía el error de cuatro días, de modo que el regreso no sería exacto. Creo que no lo entendió. El pobre chico estaba en un estado lamentable; sólo quería una probabilidad, cualquier clase de probabilidad, para largarse de aquí. Era una idea fija.
»De modo que decidimos correr el riesgo; al fin y al cabo, si no era posible, él... Bueno, no se enteraría ni ocurriría nada en absoluto.
»El generador aún estaba en la misma dirección. Pusimos un tipo a la tarea, colocamos a Arthur en la avenida que da al salón, y lo alineamos con la máquina.
»Le indicamos que caminara, tal como cuando ocurrió.
»Dimos la señal de funcionamiento. Claro que a causa del sedante administrado por el médico y todo lo demás, Arthur estaba muy alicaído, pero hizo lo que pudo para sobreponerse. Empezó a avanzar, tambaleándose. Un chico obstinado; casi lloraba, pero con voz extraña y desafinada se puso a cantar: Todo el mundo lo hace, lo hace...
»De repente desapareció, se esfumó por completo. —Harold calló y añadió a pesar suyo—: Las pruebas que ahora poseemos no son muy convincentes..., una raqueta de tenis prácticamente nueva, pero muy anticuada, y un sombrero de paja.
La señora Dolderson continuó tendida en la cama sin hablar.
—Hicimos lo que pudimos, madre —agregó su hijo—. Sólo podíamos intentarlo.
—Naturalmente, querido. Y tuvieron éxito. No fue culpa tuya que no pudieran deshacer lo hecho. No, me preguntaba solamente qué habría ocurrido si hubiesen puesto en funcionamiento esa máquina unos minutos antes o después. Aunque supongo que esto era imposible, de lo contrario tú no habrías sido tú.
Harold la miró con inquietud.
—¿Qué quieres decir, madre?
—Nada, querido. Hiciste lo que pudiste... y espero que esto haya sido lo mejor...
—Estaba muy angustiado ante la idea de que le mantuviéramos aquí. Se habría vuelto loco. ¿Qué podíamos hacer?
—No lo sé..., nada. Supongo que estaba escrito...


—¿Por qué crees que conseguimos hacerle regresar, madre?
—Sé que lo lograron, querido. —Hizo una pausa, y con voz queda, como recordando algo, citó—: "Arthur Waring Batley. Subteniente, por heridas recibidas en acto de combate en Francia. Tres de noviembre de mil novecientos quince".
Cerró los ojos y de ellos se escapó una lágrima que resbaló lentamente por su mejilla. Harold sacó su pañuelo para secársela. Ella le apretó la mano, pero no habló. Muy arriba, fuera de la casa, el estruendo de un jet fue creciendo y acabó por enmudecer.
—No me apena irme —murmuró la señora Dolderson—. Me dolerá dejarte, Harold, querido, pero esto es lo único que me importará cuando llegue el momento. Tal vez yo sea un poco como el pobre Arthur: No me gusta mucho tu mundo... ni las cosas que enseña a hacer.

FIN

2026/07/13

La astucia de la bestia (Nelson Bond)


Título original: The Cunning of the Beast
Año: 1942


Él contemplará
nuestra vergüenza agazapada.
Que pueda hacer que nos levantemos ardiendo de terror…
¡Oh, ojalá fuese de noche!

El caso de nuestro difunto hermano, el Yawa Eloem, ha sido objeto de muchos y desagradables comentarios, y son bastantes entre nosotros los que creen que el castigo que le fue infligido, a pesar de ser severo, no correspondió del todo al mal que nos produjo.
Es a estos espíritus vengativos a quienes yo desearía contradecir.
No se crea, empero, que considero con aprobación los experimentos que llevó a cabo el sabio y desdichado doctor Eloem. Antes al contrario; en mi calidad de uno de sus más antiguos amigos y primero de sus confidentes, yo fui quizás el que le advertí antes que nadie poniéndole en guardia ante lo que pretendía hacer. Hice esta advertencia la noche en que el Yawa concibió su loco y ambicioso proyecto.
Pero me creo obligado también a ofrecer los hechos escuetos y verdaderos, a aquellos que arguyen que tuvo la intención de derribar nuestra espléndida civilización, aniquilar nuestra cultura y entregar el gobierno de nuestra amada patria a unos monstruos bárbaros.
El doctor Eloem es más digno de compasión que de desprecio. Le correspondió la triste suerte de aquel que, hurgando en secretos que más hubiera valido no revelar, sólo consiguió crear un monstruo más poderoso que su hacedor.

Recuerdo muy bien la noche en que el sueño del Yawa se convirtió en realidad. Fue la Noche de Profundas Tinieblas, que sólo se presenta una vez cada doce revoluciones de Kios. Ambos soles se pusieron y las nueve lunas estaban ausentes de los cielos. No hay duda de que las llameantes estrellas brillaban en la bóveda de azabache del espacio, pero desde nuestro Refugio no podían ser vistas. Grandes nubes se apretujaban sobre nuestra Cúpula protectora; torrentes de lluvia corrosiva caían con furia incesante sobre su transparente hemisferio.
A pesar de que nuestros refugios permanecían cálidos y secos en semejante coyuntura, mi cuerpo crujía y se quejaba cada vez que trataba de moverme; uno de mis miembros se movía con tanta rigidez en su articulación, que apenas podía ordenarle que funcionase. Eloem se hallaba en mejores condiciones, pues acababa de pasar por una rehabilitación en la Clínica, pero la condensación le afectaba a la vista y de vez en cuando, mientras permanecíamos acurrucados en nuestra congoja, se enjugaba la humedad que cubría su visor.
Oímos confusamente los golpes sordos producidos por unos pies que corrían, y atisbando con temor entre la niebla vimos a nuestro amigo Nesro, a quien había alcanzado la espantosa tormenta y corría hacia el refugio, pues se había quedado rezagado. Mas antes de que pudiésemos llamarle, para que acudiese a nuestra Cúpula, cayó víctima de las inclementes condiciones atmosféricas. Sus pasos se hicieron vacilantes; sus articulaciones se agarrotaron; tropezó y cayó de bruces.
El horror se apoderó de nosotros. Para un kiosiano, yacer, aunque sólo fuesen unos minutos, sobre aquel terreno empapado significaba la muerte segura. Pero nosotros nada podíamos hacer. Intentar rescatarlo sin disponer de achicadores, únicamente hubiera servido para exponernos a correr la misma suerte.
Eloem se puso trabajosamente en pie y lo que gritó debiera convencer a sus enemigos de que, por defectos que tuviese, la cobardía no se hallaba entre ellos.
—Valor, Nesro —exclamó—. Vamos en tu ayuda.
—¡No, amigos míos! Más vale que muera uno que muchos —dijo con voz débil—. Abran el Refugio. Trataré de alcanzarlo sin mi portador.
Ambos gritamos al unísono:
—¡No, Nesro, no lo hagas! ¡No lo conseguirás! La lluvia te matará...
Pero nuestras súplicas fueron en vano. Desesperadamente Nesro se alejó del húmedo y brillante portador, que le ofrecía un precario refugio, y partió como una centella hacia nosotros, llameante como una columna carmesí en la oscuridad. Por un instante pareció que su loca acción se vería coronada por el éxito, pero sólo por un instante. Finalmente, el crudo y terrible veneno de la lluvia se infiltró a través de su débil escudo. Un agudo grito de dolor desgarró nuestros nervios y donde había estado Nesro floreció brevemente en la noche una incandescencia blanca imposible de contemplar. Después, nada.
Así terminó Nesro. Yo me sentía conmovido, pero mi emoción no era nada comparada con la que experimentaba mi amigo, el sabio Yawa Eloem. Éste rompió en sollozos y prorrumpió en maldiciones en nuestro diminuto Refugio, pronunciando Nombres que no me atrevo a repetir.
—¡Que caigan mil calamidades —gritó con voz terrible— sobre los dioses burlones que nos han hecho tan desvalidos! Porque somos a la vez dueños de un mundo y humildes servidores de todos los elementos de este mundo. ¿Qué importa que nuestro intelecto nos edificara un imperio, ni que con nuestra sagacidad y sabiduría hayamos sondeado los secretos del universo? Nuestras mentes son glorias vivas, pero renqueamos por nuestro reino como unos tullidos, más míseros que todos los seres que avasallamos. Incluso las salvajes bestias que alientan y escarban en busca de gusanos bajo la piedras se atreven a enfrentarse con las fuerzas que a nosotros nos aniquilan. Incluso estas miserables sabandijas...
Y tendió su mano temblorosa hacia el portador empapado por la lluvia y que Nesro había abandonado. Estaba tendido de bruces sobre un arroyuelo batido por el viento. Inmóvil, estaba oxidado y destruido irremisiblemente. Mientras nosotros lo contemplábamos, surgió cautelosamente de la espesura un pequeño ser que respiraba aire. El peludo animalejo olfateó esperanzado el portador. Luego, al no oler nada en su interior con que saciar su espantoso apetito, se alejó a ras de tierra, con su pelambre llena de gotas de lluvia.
Yo me estremecí y traté de hacerle entrar en razón:
—Pero, desde luego, Eloem, tú no cambiarías tu alma por el cuerpo de un bruto, ¿no es cierto? Verdad es que los dioses han dictado que paguemos un precio por el dominio que ejercemos sobre el mundo. Nos falta el vigor físico de esos animales inferiores. ¿Pero no es compensación bastante nuestra inteligencia superior?
»Y por lo que se refiere a la forma y la sustancia, hemos realizado grandes progresos. Nuestros antepasados no sabían construirse cuerpos tangibles. Hoy, nos alojamos en portadores de metal hábilmente construidos que cumplen todas las funciones físicas que deseamos.
—¡Bah! —rezongó con ira el Yawa—. Esos portadores sólo sirven para subrayar nuestra impotencia. Nos encerramos en caparazones de metal forjado y nos imaginamos que con eso hemos ganado movilidad. ¿Pero es esto cierto? ¡No! Sólo hemos conseguido convertirnos en los esclavos de los cuerpos que hemos creado... —Rió con risa cavernosa, parodiando la cháchara de los especialistas de la clínica—. Engrasar aquí... engrasar acullá... una gotita de aceite en la rótula... Reemplazar lentes... cambiar dedos... reparar placa oxidada en el lóbulo frontal...
—Sin embargo —protesté—, nuestros cuerpos metálicos nos permiten efectivamente trasladarnos con mayor facilidad y realizar tareas que de lo contrario resultarían imposibles.


—¿Y con qué limitaciones? —tronó él—. Con tiempo frío, temblamos y tiritamos en nuestros hogares metálicos; cuando hace calor, nuestros remaches ceden, se doblan o se funden. Con tiempo seco, nuestras articulaciones se atascan con rechinante arenilla. Cuando llueve —hizo una pausa para contemplar con amargura el portador vacío de Nesro— perecemos.
Lleno de resignación, dije:
—Lo que dices es cierto. Pero no podemos evitarlo. En cuanto a mí me doy por satisfecho.
—¡Pues yo no! Tiene que haber algún otro medio de existencia que no se limite a embutirse lamentablemente en una cáscara de metal. Tiene que haber alguna otra forma de servidor...
Se interrumpió de pronto y yo le miré con curiosidad.
—¿Qué has dicho?
—De servidor —repitió—. ¡Sí, eso es! Otra clase de servidor. Uno que no se funda cuando haga calor ni se hiele cuando haga frío o se encoja con tiempo seco o se pudra bajo la lluvia. Un servidor adaptado por la propia naturaleza para combatir los terrores que ella misma ha creado. Esto es lo que nuestra raza necesita; lo que debemos tener. ¡Y lo que tendremos!
—¿Mas dónde encontrarás tal sirviente?
El Yawa Eloem señaló con su brazo rechinante la selva cubierta de niebla.
—Allí, hermano mío.
—¿En la selva? Querrás decir...
—Sí. Las criaturas de carne y hueso. Los seres que respiran aire.
A pesar de mi dolor y mi aflicción, solté la carcajada. Resultaba demasiado ridícula la idea de educar aquellas diminutas bestezuelas peludas para que realizasen las labores manuales para nosotros.
—Vamos, Eloem, es imposible que hables en serio. ¿Esas míseras y desmedradas sabandijas?
—Que llevan en su interior, amigo mío —dijo hablando lentamente y con expresión taimada—, el germen de la vida y el movimiento. Esto es todo cuanto importa. El germen de la vida. Su tamaño, su forma... éstos son extremos de poca monta que yo moldearé a mi antojo de acuerdo con lo que necesitamos. Los convertiré en bípedos, moldeando de nuevo sus cerebros de brutos para infundirles inteligencia. Sí incluso esto haré yo, el Yawa Eloem. E imploro a los dioses que me ayuden.
Una extraña desazón se apoderó de mí, sin que supiese por qué. Pensativo, dije:
—Ten cuidado, oh Yawa, de que estos mismos dioses que invocas no se vuelvan contra ti, ofendidos ante tamaña osadía. No soy un escéptico que sólo sabe censurar, pero me parece que existen ciertos límites que no se pueden trasponer, so pena de graves consecuencias. La alteración de la forma, la concesión de la sabiduría, son acciones que sólo los dioses pueden realizar impunemente. No están al alcance de seres como tú y como yo.
Pero temo que el Yawa no oyese mis palabras, tan absorto se hallaba en la visión que se le había presentado. Agitándose en las húmedas tinieblas, su voz resonó a mi lado, con el entusiasmo y la estridencia de un soñador.
—Sí, esto es lo que haré —proclamó—. Crearé una nueva raza, una raza de servidores que nos obedecerán a nosotros, sus amos.

Transcurrió mucho tiempo antes de que volviese a ver al Yawa Eloem. Los de Kios somos una raza solitaria, aislada por naturaleza e individualista en nuestras costumbres, y yo estaba muy ocupado con mis propias obligaciones. El Gran Consejo me había designado para que perfeccionase un tipo de aparato con el cual nuestros colonizadores pudiesen cruzar las tinieblas del espacio hacia los planetas aún no conquistados de nuestro doble sistema solar. Ésta era la agobiante labor que me tenía ocupado.
Así pasaron y se fundieron las lunas. Por tres veces cambiaron las estaciones, pasando del frío al calor, de la lluvia a la sequía y viceversa. Y en la intimidad de su propio laboratorio, cubierto por una cúpula, el Yawa Eloem proseguía sus investigaciones secretas en la soledad.
Hasta que un doble atardecer, mientras los rayos carmesí del sol menor, que se hundía por el norte, confundían extrañas sombras con la luminosidad verde pálida del sol mayor, que se ponía por el sur, vino a verme a mi taller el Yawa en persona.
Se le veía presa de una gran excitación y desechando las salutaciones de rigor me espetó estas palabras:
—Amigo mío, ¿quieres contemplar una maravilla capaz de infundir temor en el ánimo más templado?
—¿Por qué no? —respondí risueño.
—¡Ven entonces! —exclamó el Yawa con pasión—. ¡Ven conmigo, contempla y maravíllate! 
Y me condujo a su propia Cúpula.
Permítaseme decir antes que nunca científico alguno vivió con tal refinamiento y lujo, como el que rodeaba a Eloem. Su Cúpula no consistía en una sola cámara, como ocurre en casi todas nuestras moradas, sino que era una altiva construcción subdividida en numerosas estancias y nichos, y cada cual servía a una finalidad diferente.
En una ocasión atravesamos un laboratorio químico, en cuyas paredes cubiertas de estantes brillaban innumerables hileras de redomas y alambiques; luego cruzamos una biblioteca cuyos mohosos volúmenes cubrían todo el campo del saber contemporáneo; por todas partes se veían cámaras llenas de aparatos eléctricos, equipo quirúrgico y curiosas máquinas de las que ni remotamente podía yo conjeturar la misión. Recuerdo haber atravesado una sala llena de vapor, en cuyo centro se abría un tanque hidropónico, del que emanaba un perfume extrañamente fétido. No puedo hablar con seguridad de lo que contenía este depósito, pero recuerdo que cuando pasamos junto a él, de sus oleosas profundidades, surgió chapoteando algo extraño y amorfo que arañó con garras sin uñas las paredes de su prisión, emitiendo un gorgoteo lastimero, con una voz espantosa y sin lengua.
Dejando atrás las cámaras donde realizaba sus experimentos, el Yawa me condujo apresuradamente ante la última puerta. Deteniéndose con gesto dramático ante ella, manifestó:
—Aquí está la cámara donde realizo la prueba final. Contiene el resultado de mi gran invento.
Abriendo la puerta de par en par, me invitó a entrar en la cámara.
Bien podía envanecerse el Yawa de lo que allá había creado. Debo confesar francamente que abrí asombrado los ojos cuando contemplé lo que su mano me indicaba.
No era una simple estancia, sino una vasta Cúpula que recubría una extensión muy considerable, a la que se le había dado el aspecto de una verdadera selva natural. Pero era más que una selva; antes más bien parecía un delicioso vergel, un paraíso. En él crecían los más variados frutos y flores que puede ofrecer la Naturaleza. Sin embargo, con tal cuidado y celo había concebido y realizado el Yawa Eloem su obra, que había conseguido crear un paisaje más bello que si hubiera salido de la descuidada mano de la Naturaleza.


Aquí una elevada arboleda alzaba sus enhiestas flechas verdes; allá, entre musgosas riberas sembradas de florecillas fragantes, serpenteaba un arroyuelo cristalino; más allá, entre verdes prados, se alzaban soñolientas colinas y campos rebosantes de trigo. En la selva bullían mil animalillos, cuyo incesante murmullo constituía un bálsamo para los espíritus fatigados; los peces centelleaban y saltaban en los remansos del arroyo; y de un distante vergel llegó la arrobadora cadencia de un extático ruiseñor que lanzaba al aire sus trinos.
Contemplé a Eloem, mudo de estupefacción y pasmo, y grité:
—¡Ciertamente, es un milagro lo que has creado aquí, sapientísimo Yawa! ¡Qué belleza y qué encanto! El Gran Consejo se quedará admirado.
—¿Tú crees? —inquirió, satisfecho de oír mis elogios—. ¿Lo crees de verdad?
—¿Cómo quieres que no se admiren? Por los dioses te digo, Eloem, que ojalá el resto de nuestro planeta fuese tan deleitoso como este rinconcito que has creado bajo la cúpula de tu laboratorio. Qué dicha sería la nuestra, qué existencia tan maravillosa, si todo Kios fuese un edén como éste; un país de ensueño a cubierto de cualquier inclemencia, donde pudiésemos vivir sin temor a los terrores naturales que nos asedian, el calor, el frío y la mortífera lluvia.
»Aseguraste que el terror me sobrecogería. Terror, pasmo y maravilla son poco para describir lo que yo siento. Me humillo ante el artista soberano que ha conseguido crear la perfección.
—Aún no lo has visto todo —observó el Yawa.
—¿Aún hay más que ver?
—Mucho más. Todavía no has visto mi mayor obra. Sígueme.
Y me condujo por un estrecho sendero que serpenteaba entre la espesura. Al aproximarnos a una arboleda medio escondida en la ladera de un otero, llamó con voz cariñosa:
—¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¿Dónde estás, criatura a quien yo he dado el ser?
Y antes de que pudiese preguntarle a quién dirigía aquella extraña salutación, un movimiento turbó la paz de la quebrada. Se apartaron unas ramas, y de una cúpula de follaje surgió una visión que me dejó estupefacto y sin habla.
Era una criatura viviente, un animal de carne y hueso, un ser que respiraba aire y que caminaba en posición erguida sobre sus dos miembros posteriores. Con razón se había jactado Eloem de su capacidad para formar una criatura a su imagen y semejanza. Hasta tal punto se parecía su forma a la de los portadores que los de Kios construíamos para nuestro uso particular, que por un momento creí que se trataba de una burla descomunal. Pensé que Eloem, para divertirme, había recubierto el portador de un amigo o un ayudante con pigmento.
Entonces vi que el cuerpo de aquel monstruo no estaba hecho de recios metales como el nuestro, sino que era blando, palpitante, elástico. La curiosa pelambre oscura que cubría su cabeza, su pecho y sus miembros crecía de manera natural, al parecer de su propia carne. Respiraba con movimientos amplios y acompasados del pecho, y sus ojos grandes y naturales no eran visores sensitivos como los que nosotros utilizamos para ver, sino los ojos naturales de un animal.
A la sazón los posaba alternativamente en nosotros dos, como si nos examinase. Luego la bestia racional preguntó:
—¿Me llamas, señor mío? ¿Me has llamado? 
Eloem, con el tono benévolo y cariñoso de un padre, preguntó a su vez:
—¿Dónde has estado, hijo mío?
La criatura replicó con voz reposada:
—He vagado por los campos, aspirando la fragancia de las flores. He paseado entre los árboles y los he tocado, maravillándome ante su firmeza fuerte y áspera. Junto al arroyo me arrodillé para beber de sus aguas. Probé las bayas de la vid y el fruto de los árboles, dando las gracias a ti, oh mi señor, que has creado todas estas cosas y a mí mismo en este paraíso.
—¿Y eres dichoso, hijo mío?
—¿Dichoso?
La atónita mirada de la bestia indicó que no comprendía el significado de aquella palabra.
—¿Te falta algo, alguna cosa por la que anhele tu corazón?
—No, nada, señor. Salvo quizá...
La creación del Yawa vaciló. Su voz se quebró, bajó la mirada como si estuviese avergonzado ante su propia osadía, al poner en duda la perfección de aquel vergel.
Eloem inquirió:
—Entonces, ¿es que te falta algo, hijo mío?
—Se trata de... una cosa sin importancia, señor mío. Apenas vale la pena mencionarla, pero... —la criatura parecía cohibida—. Estoy solo, oh Yawa. Al atardecer paseo por la umbría, viendo a mi alrededor, las aves de brillantes colores, los susurrantes insectos y las bestias de los campos, y me doy cuenta de que cada uno de estos seres tiene una compañera. Solamente yo, de todas las criaturas que habitan en este paraíso, no tengo pareja.
—Pero... —empezó a decir, ceñudo.
—No pongo en duda tu bondad, oh gran Yawa —se apresuró a decir la criatura—. En tu infinita sabiduría tú sabes mejor que yo lo que necesita tu siervo. Sin embargo...
Guardó silencio, con la cabeza sumisamente inclinada ante el Yawa, que se hallaba sumido en meditación. Pero yo no pude dejar de advertir que su mirada se alzaba subrepticiamente bajo sus tímidas pestañas, en furtivas interrogaciones.
No pude evitar que en mi voz se mezclase cierto resentimiento al observar:
—Harto singular es el ser que has creado, Eloem. Pese a vivir en un paraíso, aún se atreve a poner en duda su perfección.
Mas Eloem dijo con palabra lenta y suave:
—A pesar de todo, hay sabiduría en lo que pide. Me costó demasiado esfuerzo crear este ser. Sería una locura intentar la creación de docenas de semejantes suyos en mi laboratorio, y no digamos de cientos o de miles de ellos. Quizás en su inocente solicitud me ha ofrecido sin darse cuenta la solución de este problema. ¿Una compañera? ¡Pues no faltaba más! Sólo tengo que crearle una compañera para que, llegado su tiempo, ambos den a Kios la raza de sirvientes que nuestro mundo necesita.
Volviéndose de nuevo hacia la criatura, que aguardaba humildemente, le dijo:
—Muy bien, hijo mío. Se hará como tú pides. Ven por la mañana a la estancia donde despertaste a la vida. Allí, con tu propia sustancia y con mi sabiduría, crearé otro ser semejante a ti, pero de sexo opuesto. Y ahora, adiós.
Así terminó mi visita al jardín de Eloem. Mas después de ella no permití que transcurriese tanto tiempo antes de volver a él. Mi curiosidad se había despertado, no sólo en lo concerniente al resultado que tendría el magnífico experimento del Yawa, sino por lo que se refería a la forma que pensaba dar a la criatura que sería la compañera de la bestia. Además, cuando se rumoreó que sólo yo, de todo Kios, había sido invitado para visitar el laboratorio de Eloem, se suscitó un gran interés y se me convocó ante el Gran Consejo, para rendir informe de lo que había visto.
Les expuse con vehemencia y arrebato las maravillas que él había obrado, lo cual produjo gran pasmo entre todos. El poderoso Kron, que preside nuestro Consejo, murmuró:
—¿Vida inteligente bajo una forma corporal? ¡Claro está! Ésta es la solución a nuestro problema. El Yawa Eloem es un gran sabio y portentoso en verdad es su intento.


Otro exclamó arrobado:
—¡Por fin alborea la liberación de nuestra raza, en la que tanto hemos soñado! Cuando haya nacido esta nueva hueste de servidores, por fin los kiosanos podremos librarnos para siempre de los portadores metálicos que son nuestro albergue actual. En la seguridad ofrecida por nuestras grandes Cúpulas, nos solazaremos en fáciles placeres o nos dedicaremos a adquirir conocimientos, mientras nuestros servidores, no sensibles como nosotros a las condiciones climatológicas, llevarán a cabo nuestras instrucciones.
Pero otro de ellos, más viejo que sus compañeros, manifestó dudas y recelos, diciendo:
—La verdad, no sé. Concedo que es portentoso lo que el Yawa ha intentado realizar. Quizá demasiado portentoso. Los dioses omnipotentes ven con malos ojos que hurguemos en ciertos misterios. Y me parece que Eloem ya ha levantado el velo que cubría una sabiduría secreta: La creación de almas vivientes.
—¿De almas? —se mofó uno de los más jóvenes consejeros—. ¿Pero cómo puede haber almas en cuerpos bestiales?
—Donde sólo existe la vida, quizás el alma se halle ausente. Mas nuestro hermano nos ha dicho que la criatura de Eloem no sólo se mueve y obedece, sino que manifiesta en voz alta sus pensamientos. Esto es signo indicador de su presencia. Y donde existe inteligencia, también puede haber alma. Caso de ser cierto...
El orador movió gravemente la cabeza. Pero el resto de la asamblea se mofó de él. Todos sabíamos ya que el viejo Saddryn era un sempiterno pesimista que sólo presagiaba calamidades.
Mas Kron en su infinita sabiduría no desoyó aquella sombría advertencia y me pidió que continuase visitando el laboratorio de Eloem para tener al Consejo al corriente de los experimentos que allí se realizaban.
Así fue como poco tiempo después paseé de nuevo en compañía del Yawa por su deleitoso jardín.
Cuando nos aproximábamos al claro del bosque donde la criatura tenía por costumbre recogerse me di cuenta de un cambio sutil. De momento no pude advertir en qué consistía y fui incapaz de atribuirlo a algo que viese, oyese o flotase en el aire. Hasta que de pronto, y con una sensación de reavivada curiosidad, comprendí lo que era diferente. Cuando pasé por primera vez por aquella senda, gran parte de su belleza residía en su estado virgen y natural; la caótica confusión de enredaderas, árboles y matorrales, la lujuriante abundancia con que brotaban las abigarradas florecillas en los lugares más inesperados, el deleite casual que producen los espectáculos naturales vistos en parajes no adulterados.
Pero entonces todo parecía haber cambiado. Las sendas que recorríamos ya no serpenteaban al azar entre cúpulas de verdor. Las habían desbrozado cuidadosamente y avanzaban en línea recta; la espesura que las orillaba había sido recortada y podada sumariamente; las ramas bajas que la cruzaban habían sido cortadas, para que la cabeza del caminante no tropezase con ellas. La belleza aún estaba presente allí, pero ya no era la libre e intacta improvisación de la Naturaleza; era un orden pulcro y aseado, agradable a la vista, pero que producía cierta sensación de ahogo.
Comenté esto con Eloem y él sonrió levemente.
—Esto es obra de ella —dijo—. ¡Es una criatura muy ordenada!
Y movió la cabeza como si, aun a pesar suyo, tuviese que admirarla.
—¿Obra suya? ¿Entonces eso quiere decir que la has terminado?
—Claro que sí. A decir verdad, terminé a dos de ellas. La primera vivió aquí con él por un tiempo, pero tuve que quitarla —observó, suspirando—. Se parecía demasiado a él. Despreocupada, aventurera, enamorada de los alegres vagabundeos y de tumbarse a descansar en lugar de consagrarse con seriedad a sus deberes. Más que una pareja, eran dos compañeros. Reían y jugaban juntos durante todo el día, sin hacer absolutamente nada. Ello me obligó a crear otra, que poseyese instintos y deseos distintos a los de él.
—Pero esto —objeté— no debió de ser de su agrado. Me parece recordar que lo único que él pidió fue una compañera.
Él Yawa sonrió.
—Esto es lo que pidió, en efecto, pero no lo que quería en realidad. Deberías estudiar psicología, amigo mío, para comprender que en la Naturaleza, lo mismo que ocurre en la electricidad, son los polos opuestos los que se atraen. Esta segunda ella es tan diferente de él que se siente atraído hacia ella como por un imán. Ella le confunde, le desconcierta y le hace ir por donde se le antoja. Ella manda y él obedece; ella exige y él acata. Con un simple movimiento de dedo le hace realizar las tareas más arduas. Esto le incomoda enormemente, me supongo, y la actitud de ella le causa vejaciones y molestias, pero para obtener sus raras palabras de encomio, él ha realizado más trabajo en estos días que en todo el tiempo que lleva ocupando este jardín.
Me pareció comprender.
—Entonces, eso quiere decir que has seguido el ejemplo de los insectos, haciéndola mayor que él y más fuerte, para que pueda imponer sus exigencias.
—Por el contrario —repuso Eloem—. La he hecho... pero lo verás por ti mismo. —Y exclamó—: ¡Hijos míos!
El follaje se separó y sus dos criaturas gemelas penetraron en el claro.
Me bastó una simple mirada para comprender que era verdad lo que él me había dicho. El animal macho había experimentado un extraño cambio. Había mayor energía en sus facciones, una confianza surgida posiblemente de la capacidad que acababa de descubrir en sí mismo. Pero al propio tiempo había en él algo que no acertaba a descifrar. Era como una reserva, una expresión furtiva que no tenía la primera vez que le vi. Pero esto fue todo cuanto vi de momento en él, porque mi atención se vio atraída por la nueva compañera de aquel ser. Por extraño que pueda parecer, tratándose de un ser incorpóreo como yo, debo confesar que no pude sustraerme a la fascinación de aquella última obra del Yawa Eloem.
Había combinado en ella no sólo la robustez y la nobleza del macho, sino algo todavía más sutil; una gracia, un encanto, un atractivo y seducción completamente desproporcionados al exiguo físico con que la había dotado.
Su compañero le llevaba una cabeza de estatura; además era de osamenta más delicada y frágil y tez más blanca. A simple vista se veía que su fortaleza no residía en el músculo, sino en la determinación. Su porte era airoso y parecía suave y dócil. Sin embargo, aunque parezca curioso, fue ella quien llevó la voz cantante.
—¿Nos has llamado, señor? —preguntó—. ¿Qué quieres de nosotros?
—Nada —dijo el Yawa Eloem—. Sólo deseaba verlos y mostrarlos a mi amigo. ¿Son dichosos aquí, hijos míos?
—Sí, señor nuestro —contestó ella—. Aunque hay varias cosillas...


—¿Qué son? —preguntó Eloem. 
El macho dijo con voz plañidera:
—Quiere que ensanche el arroyo para que podamos nadar en él. También querría que trasplantase arbustos de bayas a nuestro claro, para que no tengamos que ir tan lejos a buscar nuestro sustento. Y hemos hablado —dirigió una mirada de duda a su compañera—, es decir ella ha hablado mucho de la necesidad de construir alguna clase de morada.
—¿Has dicho ella? —rió Eloem—. ¿Siempre es ella la que habla? ¿Y cuál es tu deseo en estas cuestiones, oh tú, que has salido el primero de mis manos?
—Pues... —principió a decir él, con vacilación y sin apenas levantar la cabeza.
—Yo le he hecho ver —interrumpió ella con voz melosa y cantarina— que sólo si hacemos estas cosas podremos demostrar a las bestias inferiores que somos superiores a ellas y sus legítimos dueños y señores. ¿No es cierto, señor, no es cierto que nosotros somos sus dueños y señores?
No pude contenerme y pregunté:
—¿Desde cuándo las bestias gobiernan a otras bestias?
Pero el Yawa me hizo callar con un gesto.
—Lo que me pides es lógico. Está bien y es conveniente que un animal ejerza dominio sobre sus inferiores. Si tu compañera desea que se cumplan estas cosas, no veo mal alguno en que tú se las proporciones.
—Muy bien —repuso él con cierta petulancia—. Pero es un trabajo muy fatigoso que a mí no me gusta. Cuando la otra ella estaba aquí, íbamos adonde nos parecía en busca de bayas, nos bañábamos siempre que encontrábamos un remanso del arroyo, reíamos y correteábamos, y no sentíamos necesidad de encerrarnos en una oscura morada.
—Como dos niños felices y descuidados —observó riendo la segunda hembra, sin poder ocultar lo que me pareció un ligero resquemor—. Jugueteaban el día entero, y al caer la noche se acurrucaban en lugares separados, haciéndose cada cual su propia yacija de helechos, para dormitar en fría camaradería.
Volvió a reír, flexionando con languidez sus músculos; hasta aquel momento no comprendí cuan fuerte era el animal que se albergaba en ella.
—Desde luego, si esto es lo que quieres, sin duda nuestro señor accederá a devolverte la otra ella...
Pero en los ojos del macho brilló un furtivo resplandor, ardiente y codicioso, y denegó con la cabeza.
—No —decidió—. Haré lo que ella me pide, señor.
—Muy bien —dijo Eloem—. A ti te concierne tomar esta decisión. Y ahora adiós, hijos míos. Debemos irnos.
Mas cuando nos disponíamos a partir, ella se dirigió a nosotros humilde como siempre, dulce y suplicante, pero con una astuta determinación en su semblante.
—Señor...
—Dime, hija mía.
—Hay otra cosa... una bagatela. Somos unas humildes criaturas, ignorantes e indignas de merecer tus atenciones. No querríamos molestarte pidiéndote consejo y parecer a cada momento. ¿No sería posible que, cuando sintamos la necesidad de ello, se nos permita entrar en la estancia donde se guardan los libros del conocimiento y la sabiduría? Sólo con que pudiésemos hacer esto, no sería necesario que perdiésemos tiempo y esfuerzo aprendiendo a hacer mal las cosas, sino que podríamos construir y crear como es debido.
—¡No! —contestó el Yawa Eloem—. No, hija mía, eso no les está permitido. Pueden correr libremente por todo este amplio vergel; sus montes y valles, claros y arroyos. Pero hay una puerta que no deben trasponer: La que conduce a mi laboratorio particular. Ésta es la Ley, la única Ley que les he impuesto.
—Pero... —aventuró ella con expresión entre compungida y seductora.
—No se hable más de ello —dijo Eloem con voz firme y tajante—. Ésta es mi decisión. Y ahora, adiós.
Mientras nos alejábamos, ambos permanecieron inmóviles, él encogiéndose de hombros con resignación y ella cabizbaja. Pero yo notaba los ojos de ella posados sobre nosotros, astutos y atrevidos bajo sus sedosas pestañas entornadas.

Quizá se preguntarán, hermanos míos, por qué hago un relato tan minucioso de estos acontecimientos. Deben creerme: Lo hago únicamente para demostrar que nunca el Yawa Eloem —contrariamente a lo que dicen sus detractores—, nunca, repito, conspiró contra nuestra propia raza para derribar nuestro imperio. Quien tal afirme dirá mentira. El Yawa estuvo a punto de acarrearnos el mayor de los desastres, es cierto; pero sólo porque, siendo la mismísima encarnación de la verdad y la justicia, fue incapaz de comprender la astucia de las bestias que había creado.
A partir de aquí todos sabemos lo que sucedió. Sabido es que, durante la Noche de las Cuatro Lunas, se observó con extrañeza que la Cúpula que cubría el laboratorio de Eloem brillaba con el reflejo de un rojizo resplandor, y que esto se mantuvo durante toda aquella noche. Fue una desdicha que no se realizase inmediatamente una investigación, pero esto es comprensible. Los kiosanos somos una raza de anacoretas, solitarios e individualistas por naturaleza. Nadie sabía que el Yawa no se hallaba en su laboratorio, sino viajando por remotos lugares en busca de nuevo equipo para sus mermadas existencias de material.
La totalidad de nosotros, incluyéndome a mí, que resido a la vista del laboratorio de nuestro hermano, recordamos perfectamente la serie de incidentes que a partir de aquella fecha tuvieron por escenario aquel lugar. Un día fue el sonido de una explosión. Otra vez, el resonar de metal contra metal, como si una docena de nosotros, revistiendo sus portadores, realizase competiciones de fuerza.
Mas nadie sabía ni adivinaba la importancia que tenían aquellos extraños espectáculos y sonidos.
La certidumbre de un peligro inminente se apoderó de nosotros cuando una mañana, al despertar, descubrimos que la Cúpula de nuestro vecino Latos estaba aplastada, convertida en una humeante ruina. Cuando sus sorprendidos amigos hurgaron entre los escombros para averiguar la suerte de Latos, se quedaron consternados al descubrir el portador de éste entre las ruinas. Cuando se consiguió abrir el casco, se vio que el infortunado Latos había muerto. Su energía volátil se había consumido en una única y gigantesca llamarada que fundió el metal que le había servido de residencia.
Aun después de producirse esta catástrofe, no recayó la menor sospecha sobre las criaturas de Eloem. Y desde luego, nadie imaginaba ni remotamente que éstas fuesen las responsables de lo sucedido. Ni siquiera cuando, pocas noches después de esto, la Cúpula contigua, perteneciente al consejero Palimón, apareció hendida por la mitad e inundada con ponzoñoso óxido de hidrógeno, nadie conjeturó que los animales pudiesen ser los causantes de un ataque tan brutal contra sus señores.
Como es de suponer, Palimón también había muerto. Su espíritu se agostó y deshizo en aquel líquido mortal, y fue incapaz de decirnos nada. Más vale no pensar en la espantosa historia de agonía que nos hubiera relatado.


Hasta que finalmente se reveló la causa de tales desastres. Esto se debió, como todos recuerdan muy bien, a la destrucción de la propia Cúpula del Gran Consejo. Como los anteriores sucesos de esta triste serie de calamidades, ocurrió en lo más profundo de la noche, cuando ningún kiosano se atreve a salir al exterior, y en verdad horrible fue el modo como se realizó.
En primer lugar, se produjo, como en los casos anteriores, una violenta explosión que fue seguida por un espantoso mar de fuego que devoró la sala del Consejo y aniquiló a todos cuantos vivían bajo la Cúpula. Y después que el fuego hubo devorado por completo el hemisferio en ruinas, se levantó el húmedo viento nocturno, trayendo consigo mortíferas lluvias que destruyeron cualquier resto de vida que aún pudiese quedar en las salas.
Se debió a una simple casualidad que aquella noche sólo estuviese reunida menos de la mitad del Consejo, o de lo contrario aquello hubiera constituido un golpe tremendo del que quizá nunca se hubiera recobrado totalmente nuestro imperio. Pero afortunadamente el poderoso Kron, con la mitad de sus consejeros, se encontraba en mi Cúpula inspeccionando mi flamante astronave, que se hallaba casi terminada. Bien protegidos contra las nieblas nocturnas, regresaban a sus moradas, cuando la explosión hizo temblar el suelo bajo sus pies. Cuando, espoleando a sus portadores, partieron a toda velocidad, ellos —o mejor dicho, nosotros, porque yo les acompañaba— llegaron al lugar a tiempo de ver destacarse sobre las llamas oscilantes a dos siluetas. Aquellos dos seres, como nosotros, revestían sendos portadores, y al verlo Kron prorrumpió en un terrible alarido.
—¡Traidores! —rugió—. ¡Dos de nuestra propia raza... traidores! ¡Ojalá los dioses hubiesen impedido que viviese para presenciar este triste día! ¡Eso quiere decir que las otras explosiones no se produjeron por accidente, sino que fueron sabotajes deliberados! Maldito sea Kios, que ha criado en su seno a tales alimañas...
Entonces yo les atajé con un agudo grito de excitación. Al vernos, los dos saboteadores habían dado media vuelta, emprendiendo veloz huida. Y aunque el más alto de los dos no podía diferenciarse de uno cualquiera de nosotros, por el modo de andar y moverse del otro —un paso torpe y oscilante—, reconocí al punto la naturaleza de nuestro grito.
—No, ésos no son hijos de Kios, oh Kron —exclamé—, sino las bestias; las bestias del Yawa Eloem, que se han vuelto como serpientes contra sus dueños.
El poderoso Kron hizo retemblar los cielos con su espantosa cólera; volviéndose luego hacia el mensajero real, le ordenó:
—Gavril, haz resonar tu trompeta por todo el país. Haz que venga inmediatamente Eloem. Mikel, reúne a tus tropas.
Y pude conocer entonces la furia del poderoso Kron, pues en muchos siglos las resplandecientes huestes de Mikel no habían pasado a la acción. Sin pronunciar palabra, el jefe de nuestras fuerzas armadas se volvió y corrió hacia el arsenal donde se guardan, en previsión de cualquier contingencia, las terribles armas que nuestra raza mantiene siempre en reserva.

Es de conocimiento general lo que luego sucedió. El Yawa, al verse llamado, acudió inmediatamente. Ni siquiera quiso confiar en los lentos movimientos de su portador mecánico. Arriesgándose a los peligros que entrañaban la oscuridad y las nieblas nocturnas, vino desde el otro extremo del país con la celeridad del rayo, bajo su forma natural. Le vimos aproximarse desde muy lejos, como una columna de fuego que brillaba en las tinieblas.
Cuando se enteró de lo sucedido, dejó escapar un doloroso lamento. Como un padre amante y lleno de paciencia, hubiera negado las arteras acciones de sus hijos de no constituir prueba evidente de su maldad las humeantes ruinas que le mostraron.
Dijo entonces Kron:
—Grande es el daño que han acarreado tus criaturas, oh, Yawa. Pero mayor aún será su castigo. En este mismo instante, nuestros guerreros se despliegan para aniquilarlos.
Mas el Yawa suplicó:
—¡Espera, oh Kronos! Detén tu mano hasta que yo sepa qué apetitos inconfesables les indujeron a cometer esta maldad. Permíteme que vea a mis hijos para saber de sus labios la razón de sus acciones.
Kron accedió.
—Sea. Mas no te detengas.
Eloem se volvió hacia mí, suplicante.
—¿Querrás acompañarme, amigo mío?
Entonces, por última vez, fuimos juntos al paraíso que el Yawa había creado bajo su Cúpula. Encontramos los senderos fríos, las grutas ensombrecidas, y el arroyuelo corría en silencio entre el musgo. Ningún ave canora alegraba el espacio con sus trinos, pero de la espesura se alzaba el suave y perezoso murmullo de los insectos. Juntos pero solos, sin cambiar palabra, recorrimos los caminos abiertos por él y ella. Y cuando nos aproximamos al calvero donde las criaturas solían morar, el Yawa Eloem alzó su voz con tono autoritario en el que, según me pareció, se mezclaba la tristeza.
Quizá fuese significativo que en aquella hora de dolor sólo llamase a la primera de sus criaturas.
—¡Hijo mío! —llamó—. ¡Hijo mío! ¿Dónde estás, oh criatura salida de mis manos?
No obtuvo respuesta y sólo oímos el susurro de la brisa entre las ramas y el rumor de la hojarasca, causado por una bestezuela asustada.
—Hijo mío —llamó de nuevo Eloem—. ¿Dónde estás? ¿Es que no conoces la voz del que te dio el ser, la voz de tu dueño y creador?
Hasta que de pronto, como una confusa silueta blanca entre las sombras, se alzó ante nosotros la figura de él, que había permanecido agazapado en la espesura. Y lleno de horror vi que ya no iba como antes cubierto sólo por su revestimiento carnal, sino que su cuerpo estaba protegido por la coraza y las grebas de un portador idéntico al que nosotros llevábamos.
Habló, y su voz era mansa.
—¿Me has llamado, señor mío?
La voz del Yawa tenía una nota de dolor.
—¡Hijo mío, hijo mío! —gimió—. ¿Por qué has cubierto tu cuerpo con este atavío?
La voz del macho no era más que un confuso murmullo en las tinieblas.
Habló en tono mitad de disculpa, mitad de reto.
—Fue ella, señor. Ella me hizo ver que yo iba desnudo y que mi cuerpo era débil, y yo sentí vergüenza. Construimos entre los dos estos arneses, para ser fuertes y poderosos.
—¿Lo construyeron? —preguntó Eloem—. ¿Ustedes construyeron estos arneses? Mas dónde, oh criatura de escaso conocimiento, ¿dónde aprendiste tales secretos? —Y añadió luego, como si de pronto lo comprendiese—: No los aprendiste aquí en este jardín, hijo mío, sino en otro lugar.
La bestia se movía con evidente embarazo.
—Fue ella, señor —gimió—. Fue ella quien... 
Entonces gritó el Yawa con voz terrible:
—¡Que comparezca ella ante mí!
Y de pronto apareció ella, surgiendo de la espesura para colocarse junto a su compañero. Ella también revestía un portador metálico, pero se había quitado el casco y nunca creo haber visto mayor atrevimiento en la mirada de una criatura nacida en la esclavitud. En sus facciones se leía mofa; en sus labios el orgullo, la ira y la rebelión.


Con voz retadora, gritó:
—¡Sí, yo también, señor! ¡Yo fui quien le enseñó a él a construir estos atavíos; yo quien leyó los libros y aprendió el secreto de crear la llama que estalla, el fuego que destruye, para aniquilar las Cúpulas de los Amos, para que las aguas nocturnas pudiesen infiltrarse en ellas y hacerlos perecer!
—Estas cosas —dijo el Yawa con tono sombrío—, sólo podían aprenderlas en un sitio: En mi biblioteca, cuyo acceso les estaba prohibido. ¿Cómo entraron en ella? La puerta estaba cerrada y atrancada.
El macho se agitó nervioso.
—Había una pequeña reja en la puerta, mi señor —explicó—. Ella hizo pasar entre sus barrotes a nuestra amiga la serpiente, instruyéndola para que nos franquease el paso.
El Yawa temblaba de cólera incontenible y su voz retumbó como el trueno.
—¡Malditos sean los dos! —les apostrofó—. Han desobedecido mis órdenes y al abrir la puerta prohibida han probado los frutos de la maléfica ciencia, que yo les tenía vedados. Y maldita sea la serpiente que ayudó en su rebelión. ¡Que todos cuantos nazcan de su linaje la cubran de oprobio y desprecio durante incontables generaciones! Porque en verdad les digo que nunca será olvidado lo que han hecho esta noche, ni por ustedes, ni por sus hijos, ni por los hijos de sus hijos por los siglos y para siempre; hasta el fin de los tiempos.
»Aquí —y su voz se quebró, tan grande era su arrebato de cólera—, aquí les construí un edén de belleza sin par, un paraíso en el que estaba todo cuanto sus corazones podían anhelar. Pero no era bastante. Tenían que atravesar sus muros y erigirse en dueños de aquellos que los crearon. A partir de este momento los arranco de mi corazón. Son una caña rota, un experimento fracasado. Reniego de ustedes y de sus rastreras ambiciones.
Y entonces llamó al capitán de los guerreros que, con su luciente espada desenvainada, había aparecido a las puertas del jardín.
—¡Mikel! ¡Haz lo que está ordenado, Mikel!
Pero Mikel respondió con voz queda, dando muestras de gran pesadumbre:
—Las órdenes han sido cambiadas, oh Eloem, hermano mío.
—¿Cambiadas?
—Sí. Kron ha decidido que el simple aniquilamiento no constituye un castigo adecuado para la enormidad del mal causado por estas criaturas.
—Pero —articulé yo—, si no es el aniquilamiento, ¿qué otra cosa puede ser?
Fue el propio Kron quien respondió:
—Según nuestras leyes, oh Yawa Eloem, está vedado que demos muerte con nuestras manos a una criatura viviente dotada de alma. Y con muy buen juicio hemos llegado a la conclusión de que, por el hecho mismo de su rebelión, han demostrado estas criaturas que poseen un alma.
»Mas como debemos librarnos de su odiosa presencia, sólo existe una solución. Serán puestos en la astronave recientemente terminada por nuestro amigo aquí presente, y transportados a través de las eternas tinieblas del espacio a los límites más remotos del Universo. No puedo saber ni adivinar dónde terminará este viaje, pero en alguna parte debe de existir otro planeta donde tú podrás continuar tus malhadados experimentos, lejos de nuestra vista y conocimiento, hasta que los dioses, en la plenitud de su gracia, acuerden disponer otra cosa.
El Yawa Eloem susurró con voz temblorosa:
—¿No solamente ellos, sino... también yo?
Y dijo el gran Kron tristemente:
—También tú. ¿No fuiste tú, oh Yawa, quien les diste el ser?

Así terminó lo concerniente al Yawa Eloem y aquellas bestias que él, con ciega temeridad, pese a su gran sabiduría, quiso moldear como sirvientes de carne y hueso a su imagen y semejanza. Es una historia triste y desesperanzadora, que yo no hubiera querido relatar si algunos críticos mordaces no hubiesen arrojado barro sobre la noble aunque equivocada personalidad de nuestro hermano exiliado.
Así terminó, en lo que concierne a nosotros, la existencia del Yawa y sus criaturas. Como había sido ordenado, se les colocó a bordo de mi astronave, en la que partieron para cumplir su condena al ostracismo perpetuo. Ignoro dónde, cómo y cuándo terminó su viaje, o siquiera si éste terminó jamás. Quizás aún siguen vagando en su nave, convertida en un punto minúsculo perdido en las inmensidades del espacio. Quizás hallaron una muerte cruel en el corazón llameante de un astro. Quizás —y esto es lo que deseo ardientemente— descubrieron un nuevo planeta en el que edificar un nuevo hogar.
No sé en verdad lo que sucedió. Aunque sí sé una cosa: Se equivocan grandemente los detractores del Yawa Eloem al calificarle de traidor y enemigo nuestro. Nunca existió un alma más noble que la suya, ni nadie que desease más que él el bienestar de su raza. Si bien es innegable que pecó, su pecado consistió únicamente en querer medirse con fuerzas demasiado grandes para él. Como todos sabemos, existen límites que no se pueden trasponer. Y los que desean saber, como los propios dioses, el mismísimo secreto de la vida, están condenados de antemano al fracaso.
El Yawa Eloem acarició un sueño maravilloso. Mas no tuvo en cuenta una sola cosa: La naturaleza animal de aquellos que él quería dotar de inteligencia. Nunca jamás, a pesar de que dejaron de andar a cuatro patas para adquirir la noble posición erguida, podrán desprenderse aquellos seres de sus instintos animales. Fue esto lo que el Yawa no pudo prever y lo que originó su caída.
Y ahora... ya no son más que un recuerdo, el Yawa Eloem y los seres que creó: El macho, a quien dio el nombre de Adán, y la hembra, a la que llamó Eva. Mas yo no puedo dejar de llorar y de lamentarme pensando en mi hermano desterrado, y me siento agobiado por el dolor al meditar en su triste sino y en lo que causó su caída.
La astucia, la terrible y diabólica astucia de las bestias.


FIN