2026/08/31

Los cazadores cósmicos (Philip K. Dick)


Título original: The Cosmic Poachers
Año: 1953


—¿Qué clase de nave es ésa? —preguntó el capitán Shure, mirando fijamente la pantalla, sin soltar el sintonizador de precisión. El piloto Nelson miró por encima de su hombro.
—Espere un momento.
Giró la cámara de control y tomó una foto de la pantalla. La instantánea desapareció por el tubo de mensajes, rumbo a la sala de mapas.
—Tranquilícese. Barnes nos dará una identificación.
—¿Qué están haciendo ahí? ¿Qué quieren? Han de saber que el sistema de Sirio está cerrado.
—Fíjese en los costados, hinchados como globos. —Nelson recorrió la pantalla con el dedo—. Es un carguero. Observe el tamaño. Una nave de carga.
—Pues fíjese en eso.
Shure giró el ampliador. La imagen de la nave aumentó de tamaño hasta llenar la pantalla.
—Observe esos salientes.
—¿Qué quiere decir?
—Armas pesadas. Antihundimientos. Para disparar en el espacio. Es un carguero, pero también va armado.
—Piratas, tal vez.
—Es posible. —Shure jugueteó con el micrófono de comunicaciones—. Estoy tentado de llamar a la Tierra.
—¿Por qué?
—Tal vez se trate de una nave exploradora.
Los ojos de Nelson destellaron.
—¿Cree que nos están sondeando? Y si hay más, ¿por qué no los detecta nuestra pantalla?
—Puede que el resto se encuentre fuera del campo visual.
—¿A más de dos años luz? He puesto los radares al máximo. Y son los mejores que existen.
La identificación procedente de la sala de mapas surgió del tubo y cayó sobre la mesa. Shure abrió el sobre y examinó la hoja con toda rapidez. Después, se la pasó a Nelson.
—Mire.
La nave era del tipo utilizado en Adharan. De primera clase, perteneciente a un grupo de cargueros nuevos. Barnes había escrito de su puño y letra: "Se supone que no va armada. Habrán añadido el cañón. Los cargueros de Adharan no suelen llevar armas".
—Entonces, no es un cebo —murmuró Shure—. Podemos descartarlo. ¿Qué pasa en Adharan? ¿Por qué aparece una nave de Adharan en el sistema de Sirio? La Tierra cerró esta región hace años. Han de saber que aquí no pueden comerciar.
—Nadie sabe gran cosa sobre Adharan. Participó en la Conferencia Comercial Galáctica, pero eso es todo.
—¿De qué raza son los adharanos?
—Del tipo arácnido. Típico de esta zona. Provienen de la rama Gran Murzim. Son una variante del Murzim original y muy reservados. Estructura social compleja, pautas muy rígidas. Un colectivo regido por un estado orgánico.
—Quiere decir que son como insectos.
—Supongo que sí. En cierta manera son lémures.
Shure miró atentamente la pantalla. Redujo la ampliación y observó lo que ocurría con atención. La cámara siguió automáticamente a la nave de Adharan, alineada en línea recta con ella. La nave adharana era negra, maciza, fea en comparación con la lisa nave terrícola. Parecía un gusano bien alimentado y sus hinchados costados eran casi esféricos. Alguna luz de posición parpadeaba de vez en cuando, a medida que la nave se aproximaba al planeta más exterior del sistema de Sirio. Se movía con lentitud y cautela, como tanteando el terreno. Entró en la órbita del décimo planeta y empezó a maniobrar para descender. De los cohetes de frenado brotaron chorros rojizos. El enorme gusano derivó hacia la superficie del planeta.
—Van a aterrizar —murmuró Nelson.
—Estupendo. Se quedarán inmóviles. Los tendremos a tiro.
El carguero adharano se posó sobre la superficie del décimo planeta. Sus cohetes enmudecieron. De ellos surgió una nube de partículas de escape. El carguero había aterrizado entre dos cordilleras, sobre una árida extensión de arena grisácea. La superficie del décimo planeta era, en su mayor parte, árida. No existía vida, atmósfera ni agua. El planeta se componía principalmente de roca, fría roca gris, con sombras y oquedades enormes. Una superficie insalubre, corroída, hostil y pelada.
De repente, la nave adharana cobró vida. Las escotillas se abrieron. Diminutos puntos negros salieron a toda prisa de la nave. Los puntos se hicieron cada vez más numerosos, una lluvia de manchas vomitadas por el carguero y que traqueteaban sobre la arena. Algunas llegaron a las montañas y desaparecieron entre los cráteres y los picachos. Otras se lanzaron hacia el lado opuesto y se perdieron en las largas sombras.
—Que me aspen —murmuró Shure—. Esto no tiene sentido. ¿Qué buscarán? Hemos peinado estos planetas milímetro a milímetro. Ahí no hay nada que valga la pena.
—Tal vez ellos opinen de manera diferente. —Shure se puso rígido—. Mire. Sus vehículos vuelven a la nave.
Los puntos negros habían reaparecido, procedentes de las sombras y los cráteres. Corrieron hacia el gusano madre. Las escotillas se abrieron. Los vehículos entraron de uno en uno en la nave y desaparecieron. Algunos rezagados les imitaron. Las escotillas se cerraron.
—¿Qué demonios habrán encontrado? —se preguntó Shure. El oficial de comunicaciones Barnes entró en la sala de control y alargó el cuello.
—¿Todavía siguen ahí? Déjenme echar un vistazo. Nunca he visto una nave de Adharan.
La nave adharana se movió, estremeciéndose de proa a popa. Se elevó y ganó altitud rápidamente. Se dirigió hacia el noveno planeta. Describió círculos alrededor de ese planeta durante un rato, mientras observaba la superficie erosionada y horadada por cráteres. Las cuencas vacías de océanos desecados se extendían como inmensas tarteras.
La nave adharana eligió una cuenca y aterrizó arrojando gases de escape hacia el cielo.
—Otra vez igual —murmuró Shure.
Se abrieron las escotillas. Los puntos negros saltaron a la superficie y se movieron en todas direcciones. Shure hizo una mueca, airado.
—Hemos de averiguar qué están haciendo. ¡Miren cómo corren! Saben exactamente lo que buscan. —Agarró el micrófono de comunicaciones y luego lo soltó—. Nos las arreglaremos solos. No necesitamos a la Tierra.
—Van armados, no lo olvide.
—Los atraparemos cuando aterricen. Se van deteniendo por orden en cada planeta. Les seguiremos hasta el cuarto. —Shure actuó con rapidez ajustando los controles—. Cuando aterricen en el cuarto planeta les estaremos esperando.
—Quizás opongan resistencia.
—Quizá, pero hemos de descubrir lo que están cargando… Y sea lo que sea, nos pertenece.
El cuarto planeta del sistema de Sirio tenía atmósfera y un poco de agua. Shure posó el crucero entre las ruinas de una vieja ciudad, abandonada desde hacía mucho tiempo.
El carguero adharano aún no había aparecido. Shure escudriñó el cielo antes de abrir la escotilla principal. Barnes, Nelson y él salieron al exterior con cautela, armados con pesados rifles Slem. La escotilla se cerró a sus espaldas y el crucero despegó y se elevó.


Lo vieron perderse en la lejanía. Se quedaron inmóviles, con los rifles dispuestos.
El aire era frío y tenue. Notaron que soplaba en torno a sus trajes presurizados.
Barnes aumentó la temperatura de su traje.
—Demasiado frío para mí.
—Consigue recordarnos que todavía somos terrícolas, a pesar de encontrarnos a años luz de casa —comentó Nelson.
—Mi plan es el siguiente —dijo Shure—. No dispararemos contra ellos. Eso queda descartado por completo. Es su cargamento lo que nos interesa. Si les desintegramos, también desintegraremos el cargamento.
—¿Qué utilizaremos?
—Dispararemos una nube de vapor.
—¿Una nube de vapor? Pero…
—Capitán, no podemos utilizar una nube de vapor —dijo Nelson—. No podremos acercarnos a ellos hasta que el vapor esté inactivo.
—Hay viento. El vapor se disipará en seguida. De todos modos, es lo único que podemos hacer. Habrá que correr el riesgo. En cuanto salgan los adharanos abriremos fuego.
—¿Y si la nube falla?
—Tendremos que luchar. —Shure escudriñó el cielo—. Me parece que ya vienen. Vámonos.
Corrieron hacia una colina formada por rocas amontonadas, restos de columnas y torres, mezclados con cascotes y escombros.
—Esto servirá. —Shure se agachó y aferró su Slem—. Aquí vienen.
La nave adharana se preparaba para aterrizar. Los cohetes rugieron y las partículas de escape se elevaron. Golpeó el suelo con gran estruendo, rebotó un poco y, por fin, se inmovilizó.
Shure asió el teléfono.
—Ya.
El crucero apareció en el cielo y se lanzó en picada sobre la nave adharana. Cohetes presurizados dispararon una nube blancoazulada hacia los adharanos. La nube dio de lleno en el carguero y se infiltró en el interior.
El casco brilló por unos momentos. Empezó a desmoronarse, corroído. El crucero terrícola pasó por encima para completar la maniobra. Desapareció en el cielo.
De la nave adharana surgieron unas figuras que saltaron al suelo. Se esparcieron en todas direcciones, dando grandes saltos con sus largas piernas. La mayoría brincaron sobre la nave, arrastrando pertrechos. Las figuras trabajaban con frenesí y pronto quedaron ocultas por la nube de vapor.
—Están recibiendo una buena dosis.
Aparecieron más adharanos. Saltaban como locos por todas partes, sobre su nave, sobre tierra, completamente desorientados.
—Es como pisar un hormiguero —murmuró Barnes.
El casco de la nave adharana estaba cubierto de enloquecidos tripulantes que corrían con desesperación, en un intento de frenar la corrosiva acción del vapor. El crucero terrícola reapareció e inició una segunda maniobra. Pasó de ser un punto a un alfiler en forma de lágrima, centelleando al sol de Sirio. La fila de cañones del carguero intentó apuntar al veloz crucero.
—Lancen bombas muy cercanas —ordenó Shure por teléfono—, pero no les alcancen de lleno. Quiero salvar el cargamento.
Los depósitos de bombas del crucero se abrieron. Cayeron dos proyectiles, que describieron un hábil arco y estallaron a ambos lados del carguero. La negra forma se estremeció y los adharanos que se habían refugiado sobre el casco se arrojaron al suelo. La fila de cañones disparó una inútil andanada, pero el crucero pasó de largo y desapareció.
La mayoría de los adharanos abandonaron la nave para esparcirse en todas direcciones.
—Ya casi ha terminado —dijo Shure. Se levantó y salió de las ruinas—. Vamos. 
Los adharanos dispararon una bengala blanca que inundo el cielo de chispas.
Vagaban sin rumbo fijo, confusos por el ataque. La nube de vapor casi se había disipado por completo. La bengala era la señal convencional de capitulación. El crucero describía círculos sobre el carguero, aguardando las órdenes de Shure.
—Míralos —dijo Barnes—. Insectos grandes como personas.
—¡Vamos! —gritó Shure, impaciente—. Estoy ansioso por saber lo que hay dentro.
El comandante adharano les recibió fuera de la nave. Avanzó hacia ellos, al parecer aturdido por el ataque.
Nelson, Shure y Barnes le miraron con repulsión.
—Dios mío —murmuró Barnes—. Vaya aspecto.
El adharano medía alrededor de un metro y medio y estaba cubierto por un caparazón quitinoso negro. Se sostenía sobre cuatro delgadas patas, y dos más se agitaban vacilantes a mitad del cuerpo. Elevaba un cinturón holgado, del que colgaban su pistola y otros pertrechos. Sus ojos eran complejos, multifacéticos. Una estrecha abertura que hacía las veces de boca se abría en la base de su cráneo alargado. Carecía de orejas.
Algunos miembros de la tripulación aguardaban detrás del comandante. Alzaron un poco sus armas en forma de tubo, indecisos. El comandante emitió una serie de agudos chirridos y agitó las antenas. Los adharanos bajaron las armas.
—¿Podremos comunicarnos con esta raza? —preguntó Barnes a Nelson.
—Da igual —dijo Shure, avanzando un paso—. No tenemos nada que decirles. Saben que venir aquí es ilegal. Lo único que nos interesa es el cargamento.
Pasó junto al comandante y el grupo de adharanos le abrió paso. Entró en la nave, seguido de Barnes y Nelson.
El interior de la nave olía a limo, que cubría el suelo. Los pasadizos eran estrechos y oscuros, como largos túneles. El piso era resbaladizo. Algunos miembros de la tripulación se removían en la oscuridad, agitando las garras y antenas con nerviosismo. Shure iluminó un pasillo con su linterna.
—Por aquí. Parece el conducto principal.
El comandante adharano les seguía casi pisándoles los talones. Shure prescindía de él. El crucero había aterrizado cerca de la nave. Nelson vio que los soldados de la Tierra se desplegaban en círculo.
Una puerta metálica les cerró el paso. Shure indicó con un ademán que la abrieran.
—Ábrala.
El comandante adharano retrocedió, sin querer obedecer. Aparecieron más tripulantes, armados con los tubos.
—Quizá pretendan oponer resistencia —dijo Nelson con calma. Shure apuntó a la puerta con su rifle Slem.
—Tendré que destruirla.
Las adharanos emitieron chirridos de excitación. Ninguno de ellos se aproximó a la puerta.
—Muy bien —dijo Shure con semblante sombrío.
Disparó. La puerta se desintegró y el paso quedó libre. Los adharanos se precipitaron hacia adelante, chirriando entre sí. Cada vez había más que penetraban en la nave, rodeando a los tres terrícolas.
—Vamos —dijo Shure, atravesando el boquete.
Nelson y Barnes le siguieron, con los rifles Slem dispuestos.
El pasaje se inclinaba en pendiente. El aire era opresivo y denso, y más adharanos se congregaron tras ellos mientras caminaban pasillo adelante.
—Atrás.


Shure se volvió en redondo y levantó el rifle. Los adharanos se detuvieron.
—Vamos, retrocedan.
Los terrícolas doblaron una esquina y desembocaron en la bodega. Shure se internó con cautela. Varios guardias adharanos custodiaban el lugar con los tubos desenfundados.
—Apártense.
Shure movió su rifle Slem. Los guardias, a regañadientes, dieron uno o dos pasos.
—¡Vamos!
Los guardias obedecieron. Shure avanzó y se detuvo en seco, asombrado.
Vieron ante ellos el cargamento de la nave. La bodega estaba medio llena de esferas de fuego lechoso cuidadosamente apiladas, joyas gigantescas que parecían perlas inmensas, a millares. Por todas partes. Montones interminables que desaparecían en las profundidades de la nave. Todas desprendían un brillo suave, un resplandor interior que iluminaba la vasta bodega.
—¡Increíble! —musitó Shure.
—No me extraña que quisieran entrar aquí sin permiso. —Barnes, los ojos abiertos de par en par, contuvo el aliento—. Creo que yo haría lo mismo. ¡Fíjense!
—Qué grandes son —dijo Nelson. Intercambiaron una mirada.
—Nunca había visto nada parecido —comentó Shure, aturdido.
Los guardias adharanos no les quitaban el ojo de encima: Tenían las armas a punto. Shure avanzó hacia la primera fila de joyas, apiladas con matemática precisión.
—Parece imposible. Joyas apiladas como… Como un almacén de pomos de puerta.
—Es posible que pertenecieran a los adharanos hace tiempo —dijo Nelson con aire pensativo—. Quizá les fueron robadas por los constructores de ciudades del sistema de Sirio y ahora las están recuperando.
—Interesante —señaló Barnes—. Eso explicaría por que los adharanos las encontraron con tanta facilidad. Tal vez existían planos o mapas.
—En cualquier caso, ahora son nuestras —gruñó Shure—. Todo lo que contiene el sistema de Sirio pertenece a la Tierra. Está firmado, sellado y aceptado.
—Pero si les fueron robadas a los adharanos…
—No tenían que haber aceptado los tratados que clausuraron el sistema. Ellos tienen sus propios sistemas. Esto pertenece a la Tierra. —Shure alargó la mano hacia una joya—. Quiero saber que tacto tiene.
—Cuidado, capitán. Puede ser radiactiva.
Shure tocó la joya.
Los adharanos se arrojaron sobre él. Shure se debatió. Un adharano asió su rifle Slem y se lo quitó de las manos.
Barnes disparó. Un grupo de adharanos quedó desintegrado. Nelson, de rodillas, abrió fuego sobre la entrada que daba al pasillo. Éste se hallaba abarrotado de adharanos. Algunos repelieron la agresión. Los chorros caloríficos pasaron sobre la cabeza de Nelson.
—No pueden alcanzarnos —jadeó Barnes—. Tienen miedo de disparar, por las joyas.
Los adharanos se alejaron de la bodega retrocediendo por el pasillo. El comandante dio orden de retirada a los que llevaban armas.
Shure le quitó el rifle a Nelson de un manotazo y desintegró a un grupo de adharanos. Sus compañeros estaban cerrando el pasadizo. Llevaban pesadas planchas de emergencia y las estaban soldando.
—¡Abran una brecha! —ladró Shure. Apuntó el fusil a la pared de la nave—. Intentan encerrarnos aquí.
Barnes y Shure dispararon al unísono sobre la pared. Una parte circular de ella se desgajó y cayó hacia afuera.
Los soldados terrícolas luchaban con los adharanos en el exterior. Los adharanos retrocedían como podían, saltando y disparando. Algunos se refugiaron en la nave. Otros daban media vuelta y huían arrojando sus armas. Corrían y brincaban en todas direcciones, confusos e indefensos, chirriando ruidosamente.
El crucero cobró vida y sus cañones se colocaron en posición de fuego.
—¡No disparen! —ordenó Shure por el teléfono—. Dejen la nave en paz. No es necesario.
—Están acabados —jadeó Nelson, saltando al suelo. Shure y Barnes le imitaron.
—No tienen nada que hacer. No saben luchar. 
Shure llamó a unos soldados por señas.
—¡Por allí! Dense prisa, maldita sea.
A través del agujero practicado en la nave se desparramaban las joyas lechosas, que rodaban y rebotaban en la tierra. Parte de los puntales de contención estaban destruidos y una cascada de joyas se esparció a sus pies.
Barnes recogió una. Quemó levemente su mano enguantada y le produjo un hormigueo en los dedos. La alzó a la luz. El globo era opaco. Formas vagas flotaban en el fuego lechoso. El globo latía y centelleaba, como si estuviera vivo.
—Admirable, ¿verdad? —sonrió Nelson.
—Encantador.
Barnes tomó otro. Un adharano le disparó inútilmente desde el disco de la nave.
—Fíjense. Los hay a millares.
—Llamaremos a un mercante para que los recoja —dijo Shure—. Lo cierto es que no estaré tranquilo hasta que vayan camino de la Tierra.
Los combates casi habían cesado. Soldados terrícolas rodeaban a los adharanos supervivientes.
—¿Qué haremos con ellos? —preguntó Nelson.
Shure no contestó. Examinaba una joya, dándole vueltas.
—Fíjense —murmuró—. Exhibe un color diferente en cada movimiento. ¿Habían visto alguna vez una cosa parecida?
El gran carguero terrícola aterrizó con enorme estruendo. Las escotillas de la bodega descendieron. Una flotilla de camiones achaparrados salió bamboleándose. Se dirigieron hacia la nave adharana. Se dispusieron rampas para que palas robot empezasen a trabajar.
—Recójanlo todo.
Silvanus Fry se acercó al capitán Shure. El gerente de Empresas Terrícolas se secó la frente con un pañuelo rojo.
—Un botín sorprendente, capitán. Qué gran hallazgo.
Le alargó su palma húmeda y se estrecharon las manos.
—Parece mentira que no las localizáramos —dijo Shure—. Los adharanos llegaban y las tomaban. Iban de un planeta a otro, como abejas. No entiendo por qué nuestros equipos no las encontraron.
—Eso ya no importa.
Fry se encogió de hombros. Examinó una de las joyas; luego, la lanzó al aire y la atrapó.
—Ya imagino a todas las mujeres de la Tierra llevando una alrededor del cuello… O deseando llevar una alrededor del cuello. Dentro de seis meses no se acordarán de lo que era vivir sin ellas. La gente es así, capitán.
Guardó el globo en su maletín, tras cerrarlo herméticamente.
—Creo que le regalaré una a mi esposa.


Un soldado terrícola llevaba al comandante adharano. Éste guardaba silencio. Los adharanos supervivientes habían sido despojados de sus armas y tenían permiso para reparar la nave. Habían arreglado ya casi todos los desperfectos del casco.
—Les dejamos marchar —dijo Shure al comandante adharano—. Podríamos tratarles como a piratas y fusilarlos, pero sería absurdo. Será mejor que informen a su gobierno; manténganse alejados del sistema de Sirio a partir de ahora.
—No le entiende —dijo Barnes.
—Lo sé. Es una mera formalidad. Supongo que se hará una idea general.
El comandante adharano aguardaba en silencio.
Shure, impaciente, señaló la nave adharana:
—Eso es todo. Vamos, váyanse. Largo de aquí. Y no vuelvan.
El soldado soltó al comandante. Éste regresó con parsimonia a la nave. Desapareció por la escotilla. Los adharanos que trabajaban en el casco reunieron sus útiles y siguieron al comandante al interior de la nave.
Las escotillas se cerraron. La nave adharana se estremeció cuando los cohetes cobraron vida. Se elevó dando bandazos. Después, describió una curva y se dirigió hacia el espacio.
Shure la siguió con la mirada hasta que desapareció.
—Ya está. —Fry y él se encaminaron rápidamente hacia el crucero—. ¿Cree que estas joyas llamarán la atención en la Tierra?
—Por supuesto. ¿Alberga alguna duda?
Shure estaba enfrascado en sus pensamientos.
—No. Sólo fueron a cinco de los diez planetas. Tiene que haber más en los restantes. Cuando este cargamento llegue a la Tierra empezaremos a trabajar en los planetas interiores. Si los adharanos fueron capaces de encontrarlas, nosotros también podremos.
Los ojos de Fry brillaron detrás de sus gafas.
—Estupendo. No había caído en la cuenta que habrá más.
Shure frunció el ceño y se acarició la mandíbula.
—Las hay. Al menos, en teoría.
—¿Qué le ocurre?
—No entiendo por qué no las encontramos.
—No se preocupe.
Fry le palmeó la espalda. Shure asintió, todavía absorto.
—Pero sigo sin entender por qué no las descubrimos. ¿Cree que puede significar algo?
El comandante adharano se sentó ante la pantalla de control y ajustó los circuitos de comunicación.
La base de control situada en el segundo planeta del sistema adharano apareció en la pantalla. El comandante se llevó el cono de sonido a la garganta.
—Mala suerte.
—¿Qué ha ocurrido?
—Los terrícolas nos atacaron y se apoderaron del resto de nuestro cargamento.
—¿Cuánto quedaba todavía a bordo?
—La mitad. Sólo habíamos descendido en cinco de los planetas.
—Una gran desgracia. ¿Se llevaron la carga a la Tierra?
—Supongo que sí.
Hubo unos instantes de silencio.
—¿Es muy cálida la Tierra?
—Bastante, según tengo entendido.
—Quizá salga todo bien. No habíamos previsto la idea de una incubación en la Tierra, pero…
—No me gusta que los terrícolas tengan una buena parte de nuestra siguiente generación. Lamento no haber avanzado más en la distribución.
—No lo lamente. Pediremos a la Madre que ponga un nuevo grupo en compensación.
—¿Pero qué van a hacer los terrícolas con nuestros huevos? Cuando empiecen las incubaciones, sólo se producirán problemas. No puedo entenderles. Las mentes terrícolas escapan a mi comprensión. Tiemblo sólo de pensar en lo que sucederá cuando los huevos se abran… Y en un planeta húmedo, eso no tardará en ocurrir...


FIN

2026/08/24

Último vuelo a Marte (Fausto Cunha)


Título original: Último vôo para Marte
Año: 1976


Marz, benamed planid, 
Ker di Terra i Galax, 
Marz, halt mi plâs an tid. 
Vôl somrevirn’ an pax.
(De Canción de los Proxores de Campo Vhur, milenio 69. Citada por Shorne Gheorg)
 
—Están viendo y oyendo a Hiox, A-11, directamente desde Campo Vhur, en Marte. La evacuación está tocando a su fin. Algunos marcianos van a quedarse. Ya no queda ningún terrestre en el planeta. Tras casi un millón de años, la historia se repite. No había hombres en Marte. Ya no hay más hombres en Marte.
»Este es Marte, el planeta amado. Marte, sus montañas, sus mares congelados, sus volcanes extintos, su viento infatigable. Vamos a realizar nuestro último reportaje en esta segunda patria del hombre.
»Visitemos primero a algunos de los viejos marcianos que han preferido quedarse. Según los científicos, dentro de muy poco tiempo Marte ya no podrá albergar ninguna forma de vida, excepto algún liquen, algún anaerobio. La permanencia de formas superiores será cada vez más costosa y finalmente imposible. Podemos incluso decir que en los últimos siglos, en los últimos milenios, contando a partir de los grandes dislocamientos de glaciares, Marte llevaba una existencia artificial. Hablando con mayor exactitud, los terrestres nunca pudieron vivir aquí fuera de las ciudades-cúpulas. Para los propios marcianos, la llegada del hombre fue la redención de una raza que iba fatalmente a desaparecer. Vamos a descender un poco y a hablar con ese viejo habitante. ¿Cómo se llama, por favor?
—...
—Ghoz. Perfectamente, Ghoz. ¿Por qué decidió quedarse? Usted ya sabe que esas cúpulas no resistirán muchos años. Ni siquiera los subterráneos resistirán mucho tiempo la presión del hielo.
—...
—Siempre extraños esos marcianos. Milenios de contacto con nosotros y continúan siendo casi iguales que en el período del Desembarco. Ghoz está diciendo que un viejo sueño de sus antepasados era ver Marte como era antes de la llegada de los hombres. Él no tiene nada contra nosotros y supone que nuestras equivocaciones fueron cometidas por el ansia de mostrarnos buenos con ellos. Ahora que se presenta una oportunidad de quedarse nuevamente solos, aún con la certeza de una muerte próxima, quieren aprovecharla. Dice que millones y millones de marcianos murieron y fueron sepultados aquí. Cuando el lienzo de hielo cubra el planeta y ninguna forma de vida perturbe ya la Paz Superior, entonces los Zenghiis —los Altos Espíritus— bajarán para explicarles a los que duermen bajo tierra su destino. Ghoz estará entre ellos. Muchas gracias, Ghoz. Y Paz Superior a nuestros hermanos dormidos.

—Están viendo y oyendo a Hiox, A-11, directamente desde Campo Vhur, en Marte. Vamos a telementalizar hacia Arcturus IV, donde se encuentra el profesor Shorne, de la Universidad Galáctica. ¿Profesor Shorne? Profesor Shorne, ¿quiere explicarnos el origen de la expresión "Marte, planeta amado"? Están viendo y oyendo, a través de Hiox, A-11, al profesor Shorne Gheorg, de la Universidad Galáctica, en Arcturus IV. Es uno de los mayores aerógrafos actuales.
—Hiox, el origen de esa expresión es controvertido y, para emplear un antiguo lugar común (lo cual queda bien en un paleólogo), puede decirse que se pierde en la noche de los tiempos. En un documento del año 68.275, que tuve oportunidad de reproducir en mi trabajo Marte como constante cultural galáctica, ya encontramos este geosintagma. Como se sabe, Marte fue el primer planeta visitado por el hombre. Pese a las dificultades materiales, los colonos se adaptaron tan bien que no quisieron regresar a la Tierra. Luego, Marte se convirtió en una especie de eje de los viajes interplanetarios, principalmente en el campo de las transmisiones. De esa época quedó una canción infantil, hoy naturalmente olvidada, que decía más o menos esto:

Hasta Marte voy riendo, amada mía. 
Después, reza por mí...

»Realmente, lanzarse al espacio más allá de Marte era una aventura imprevisible, de esas de cerrar los ojos y rezar...
—¿Rezar? ¿Qué palabra es esa?
—Es una palabra muy antigua, Hiox. Significa dirigirse a Dios.
—¡Esos arqueólogos! Siempre descubriendo novedades. Prosiga, profesor Shorne, por favor.
—Bueno, Hiox. ¿Dónde estábamos? Ah, sí... Cuando nos establecimos en otros sistemas, Calixto y Titán hicieron que disminuyera un poco la importancia estratégica de Marte, pero esto no ocurrió hasta un milenio más tarde. Mientras tanto, el planeta Marte había sido ocupado por una elite, porque desde un principio se comprobó que allí no había nada que pudiera tentar la codicia humana. Hubo también, al parecer, un movimiento religioso o místico-filosófico...
—Profesor, tal vez nuestro público no entienda esa terminología tan especializada.
—... llamado juwainismo, que hizo de Marte una especie de patria espiritual. Sus oyentes no se sentirán decepcionados si les digo también que mucha gente fue a Marte para curarse de ciertas dolencias. Existía la leyenda asegurando que el clima de este planeta curaba el llamado "cáncer del espacio", aquella terrible... Hiox, me temo que va a tener usted que desmentalizar. Cuando empiezo a hablar me olvido del tiempo... ¡Y usted sabe muy bien lo que es el tiempo en Arcturus IV!
—Puede hablar tranquilamente, profesor Shorne. Quiere decir usted que, habiendo sido Marte el primer peldaño del hombre en la conquista del Universo...
—El primer peldaño fue la Luna. Y yo no diría conquista, sino conocimiento.
—... en el conocimiento del Universo, el hombre siguió viendo en Marte un símbolo, ¿no es así?
—No exactamente, Hiox. Yo diría que en Marte el hombre halló su verdadera naturaleza. Marte le dio una filosofía. El hombre comenzó a comprender la vida como un don sagrado, incorruptible.
—Muchas gracias, profesor Shorne Gheorg. Les habló el profesor Shorne, de la Universidad Galáctica, en Arcturus IV. Regresemos a Campo Vhur, en Marte. No creo que ninguno de nosotros pueda ni siquiera imaginarse los rudimentarios medios de los que se servían los primeros astronautas para llegar aquí. Eran naves lentas que no ofrecían la menor seguridad. Cohetes, les llamaban en aquellos tiempos. Hoy, cualquier niño construiría por diversión una nave centenares de veces más segura y más rápida que aquellas. Pero fueron gente valerosa, para quienes no existía el peligro, en esas imperfectas máquinas, quienes sembraron la huella del hombre por el espacio. Arriesgaron su vida para legarnos un rudo pero precioso camino al Universo. Abrieron la Gran Senda, y todo eso que para nosotros es hoy simple rutina era para ellos un sueño cósmico, un sueño en el que soñaban casi sin esperanza...

 
—Vamos ahora a telementalizar con el doctor Monti-Hauser, en Ganímedes. ¿Doctor Monti-Hauser? Muchas gracias. Están viendo y oyendo al doctor Charlx Monti-Hauser, primer proxorsness de las Oficinas Generales en Ganímedes. Doctor Monti-Hauser... No, por supuesto, puede entrar en su propia banda, a fin de cuentas yo soy A-11... Si pudiera apartarse un poco más de ese transmisor borgatrónico la recepción llegaría mejor... Doctor Monti-Hauser, ¿cómo describiría usted las primeras naves interplanetarias?
—El estudio de la prehistoria de la navegación interestelar fue mi especialidad. Todo lo que sé es que el hombre se aventuró a una travesía espacial en condiciones tan precarias que hoy no conseguimos reproducirlas en laboratorio, porque no disponemos de elementos suficientemente primitivos. Debieron realizar miles de experiencias, seguidas de miles de fracasos, y seguramente de igual número de muertes. Sabemos, por ejemplo, que en épocas remotas los hombres utilizaban para el transporte interno un rudimentario vehículo de locomoción aérea, un avión o algo así, que caía o estallaba con frecuencia. Las primeras naves parece que eran propulsadas por combustible, debían tener forma cilíndrica, terminada en un cono, aunque sabemos que las hubo también circulares o esféricas. Aceptaban la inercia y la caída libre, y preconcebían un espacio lineal, estando subordinadas a una noción de tiempo material externo. Debían contener un verdadero bosque de engranajes y de pequeños instrumentos de vuelo. Ese atraso en el diseño astronáutico fue tanto más espantoso cuando se sabe que data de esas remotas épocas el descubrimiento de las ondas sness y de la ley del espacio-energía de Appel-Muliro. No consigo imaginar cómo no les fue posible interpretar la constante AM como nuestra constante bútica y no previeron la hipomagnetización de los cuerpos que se dislocan en segmentos de espacio sometidos a la ley de Ruick, que no es más que una reversión buto-enantiomórfica progresiva. Si tomamos, por ejemplo...

—Les habla Hiox, A-11, directamente desde Campo Vhur, en Marte. Por última vez vamos a volar sobre el querido planeta, contemplar por última vez los puntos donde edificamos nuestras ciudades, donde durante milenios convivimos con nuestros hermanos los marcianos. Muchos de ellos partirán también de su patria condenada. Están, como nosotros, dispersos por toda la Galaxia, pero parece que nuestro sufrimiento es mayor. Irse de Marte es para ellos una aventura, una fatalidad. Para nosotros es una renuncia. Ahí está la cordillera donde, según la tradición, se posó el primer cohete terrestre. Esa sábana de hielo cubre lo que un día se llamó Nueva Moscú. Eso es lo que queda del río Nilo, que los marcianos llamaban de Rogh-Ezrat, o sea de "la canción errante". Muchos creen que Pharr es una palabra marciana; pero Pharr fue fundada por un astronauta que le dio el nombre de su pequeña ciudad en la Tierra. Brasil, nombre que recuerda uno de los países que dominaron la Tierra... ¡Cuando aún estaba dividida en países! Nueva Roma, Nueva Tokio, Nueva Londres..., la eterna vanidad humana. Esa enorme cúpula, la mayor de la Galaxia, alberga la vanidosa Nueva París, un día incendiada por los juwainistas, "el más hermoso monumento a la flaqueza humana", según la famosa definición de Rondiwar. París culta, París maldita, París abandonada. La tumultuosa Nueva París se viste ahora con el luto de la soledad. Las luces continuarán encendidas, los jardines seguirán floreciendo, por muchos años persistirá la ilusión que París está viva. Duerme, ciudad ardiente, ahora que cesó tu fragor. Despídete de tus luces y de tus flores, de tus pecados y de tus glorias... fantasma luminoso, a la espera del último glaciar.

—¿Hipnessor Levin? Les presentamos al Hipnessor Levin Wilk, de la Universidad Solar, en Australia. Hipnessor Levin, estamos telementalizando la evacuación del planeta Marte, aquí desde Campo Vhur. Habla Hiox, A-11, banda ilimitada. Entre libremente... Mientras volamos sobre los restos de toda una civilización construida por dos mundos hermanos, desearíamos que nos hablase de la filosofía de los Descubridores.
—Yo no hablaría, Hiox, de los restos de una civilización. Diría más bien la primera etapa de una civilización que, en realidad, no sabemos hasta dónde nos conducirá. Tal vez no seamos nosotros quienes llevemos la antorcha hasta el inicio del verdadero camino.
—Puede permanecer en la banda, Hipnessor. Disponemos de algunos minutos.
—Creo que me ha invitado porque la modestia del doctor Shorne (sí, estaba presenciando su telementalización) no le permitió hablar de lo que llamó "una nueva filosofía". Hoy la filosofía es nuestra ciencia básica, con muy pocos puntos en común con lo que tenía ese nombre en los primeros albores de nuestra civilización. En un remotísimo pasado hubo de hecho algunos filósofos, que podríamos llamar geniales, dado el material del que disponían. Algunos nombres fueron conservados por la tradición: Platón, Occam, Spinoza, Kant... Todos ellos vivieron más o menos en la misma época, y aunque sus escritos se han perdido, podemos deducir que eran simples especulaciones. Hubo también una figura llamada Cristo, que ejerció una prolongada influencia. Fueron esas figuras, y tal vez algunas otras, las que modelaron la conciencia del hombre e hicieron que con él llegasen hasta nosotros dos principios básicos: EL HOMBRE NO ES EL SEÑOR DEL UNIVERSO, y LA VIDA ES SAGRADA. Debe causarnos admiración el hecho que estos postulados hayan sido formulados por seres que no podían construir sin primero destruir, ya fuera un animal o un simple átomo. Me gustaría darle un ejemplo aterrador: ¿Sabe? destruían los árboles para hacer fuego o para construir casas, objetos.
—¿Destruir un ÁRBOL para hacer fuego? ¿Para qué querían el fuego, si hay tantos otros medios de producir calor?
—Desgraciadamente, ese era su modo de pensar: Hacer las cosas más sencillas por los métodos más complicados. Su concepto de la vida no comprendía más que la vida humana. Mataban a los animales, mataban a las plantas, sabemos incluso que mataban a otros hombres.
—Hipnessor, no espere mucha credulidad por parte de sus oyentes.

 
—Podría ir aún más lejos, Hiox. Tengo pruebas asegurando que mataban a otros hombres. Había guerras. Una guerra es como si usted destruyera su casa y la casa de su vecino para que después alguien le pudiera vender un cepillo. Pero los primeros hombres en Marte comprendieron que no podían lanzarse a una campaña de exterminio contra los marcianos, aunque al inicio se produjeron muertes, provocadas más por el miedo que por la maldad. Comprendieron que debían depender de los marcianos en Marte, de las plantámbulas en Venus, que los hombres no podían ir matando por el Universo entero y que la única manera de establecer un contacto armonioso con los demás seres era que todos los hombres poseyeran una única filosofía, adoptaran una única actitud —de comprensión, de respeto— hacia todas las formas de vida. La Filosofía liberó al hombre de su primario instinto de defensa y de su terror ante lo desconocido. Debe adaptarse o retirarse, jamás destruir. Quien está en su propio suelo no puede ser nunca un enemigo.
—Recuerdo que tuvimos en SG-1909 un planeta cubierto del llamado "hongo de la lepra", y riquísimo en monóxido.
—Pienso principalmente en Cisne 61 y en Rigel. Pienso también en Venus en el tiempo de los primeros desembarcos, con sus plantámbulas pirofóricas que nos costaron tantas vidas y que hoy nos son tan útiles.
—Creo que la filosofía contribuyó también a desarrollar los poderes mentales del hombre, quiero decir su capacidad de percepción y proyección extrasensoriales.
—Es posible. Antiguamente, el hombre se paraba delante de un ser desconocido sin saber lo que éste iba a hacer ni cómo entrar en contacto con él. Entonces, simplemente, mataba.
—¡Pero los árboles! ¿Qué necesidad había de matar los árboles?
—La ignorancia, Hiox, es como una locura...

—Hiox, A-11, directamente desde Campo Vhur. Aquí cerramos nuestra telementalización de la última etapa de la evacuación de Marte. Mientras proyectábamos las operaciones, pudimos traer a nuestra banda algunos nombres conocidos y admirados como el profesor Shorne de Arcturus IV, el doctor Hauser, la historiadora Bluma Yomandar de la Universidad Galáctica, el marcianólogo Jonq Kardouzu...
»Marte. ¿Es un planeta que muere? ¿O es un planeta que nace para la verdadera vida de los planetas, la soledad y el silencio? La respuesta es poesía. Nunca más se posarán aquí nuestras astronaves. Marte será para nosotros una advertencia del hecho que el hombre no puede permanecer quieto en el Universo. Marte, el planeta amado, el planeta muerto. Desde la Tierra podremos ver, a través de nuestros telescopios, la lenta agonía de esa querida tierra. Sí, tierra, como la nuestra. Los marcianos tienen una palabra para designar su suelo, pero para nosotros siempre fue tierra, la tierra.
»Vamos a regresar a bordo. ¡Ah, una sorpresa! Son los muchachos de Rogh-Isrohro, la vieja asociación de música marciana. Van a ser los últimos en embarcar. Ellos, con sus tradicionales instrumentos marcianos: El gólgar, el rintzuhl, el volvenine, el tólbar y la vieja gaita marciana, el rohro. Están ejecutando una vieja canción conocida de todos, una canción de despedida que ahora será para siempre. Aquí se despide Hiox, A-11, y lo que están oyendo es algo que sé que resonará en nuestros corazones a través de los siglos. Una canción que nuestros hijos también cantarán, con los ojos llenos de lágrimas:

Adiós, Marte, planeta amado. 
Adiós tierra querida,
tierra de arena azul y rojas montañas...


FIN

2026/08/17

En las profundidades (Isaac Asimov)


Título original: The Deep
Año: 1952


1
Al final todo planeta debe morir. Puede sufrir una muerte rápida, cuando su sol estalla. Puede sufrir una muerte lenta, mientras su sol envejece y sus océanos se solidifican en hielo. En el segundo caso, al menos, la vida inteligente tiene una oportunidad de sobrevivir.
La dirección que tome la supervivencia puede seguir un camino hacia el exterior, a un planeta más próximo al sol agonizante o a algún planeta de otro sol. Este camino queda cerrado si el planeta tiene el infortunio de ser el único cuerpo importante que rota en torno de su primario y si no hay otra estrella a menos de quinientos años luz.
La dirección de la supervivencia puede también ser hacia el interior, a la corteza del planeta. Esto es siempre accesible. Se puede construir un nuevo hogar bajo tierra y se puede aprovechar la energía del núcleo del planeta para obtener calor. La tarea puede llevar milenios, pero un sol moribundo se enfría despacio.
Sólo que también el calor del planeta muere con el tiempo. Se deben cavar refugios a creciente profundidad, hasta que el planeta esté totalmente muerto.
El momento se aproximaba.
En la superficie del planeta soplaban ráfagas de neón, que apenas agitaban los charcos de oxígeno que se formaban en las tierras bajas. En ocasiones, durante el largo día, el viejo sol irradiaba un fulgor rojo, breve y opaco, y los charcos de oxígeno burbujeaban un poco.
Durante la larga noche, una azulada escarcha de oxígeno cubría los charcos y la roca desnuda, y un rocío de neón perlaba el paisaje.
A más de doscientos kilómetros bajo la superficie existía una última burbuja de calor y vida.
 
2
La relación de Wenda con Roi era muy íntima, más íntima de lo que su propio pudor le aconsejaba.
Le habían permitido entrar en el ovarium una vez en toda su vida y le dejaron bien claro que sería sólo por esa vez.
El raciólogo había dicho:
—No cumples con los requisitos, Wenda, pero eres fértil y probaremos una vez. Quizá funcione.
Ella quería que funcionara. Lo quería con desesperación. A temprana edad supo ya que su inteligencia era deficiente, que siempre sería una manual. Se sentía avergonzada de defraudar a la raza y anhelaba una oportunidad para contribuir a crear otro ser. Acabó convirtiéndose en una obsesión.
Secretó su huevo en un ángulo del edificio y luego regresó para observar. Por suerte, el proceso de mezcla aleatoria que desplazaba suavemente los huevos durante la inseminación mecánica (para asegurar una distribución pareja de los genes) sólo hacía que el huevo se bamboleara un poco.
Wenda mantuvo su vigilia durante el periodo de maduración, observó al pequeño que surgía del huevo, reparó en sus rasgos físicos y lo vio crecer.
Era un niño saludable, y el raciólogo lo aprobó.
En una ocasión, Wenda dijo, como sin darle importancia:
—Mire al que está sentado allí. ¿Se encuentra enfermo?
—¿Cuál? —preguntó el raciólogo, sobresaltado, pues los bebés que aparecían visiblemente enfermos en esa etapa arrojaban serias dudas sobre su propia competencia—. ¿Te refieres a Roi? ¡Tonterías! ¡Ojalá todos nuestros pequeños fueran así!
Al principio se sintió satisfecha consigo misma; luego, horrorizada. Seguía sin cesar al pequeño, interesándose por su educación y viéndole jugar. Se sentía feliz cuando él estaba cerca y abatida cuando estaba lejos. Nunca había oído hablar de algo así y estaba avergonzada.
Tendría que haber visitado al mentalista, pero no le pareció prudente. No era tan obtusa como para ignorar que no se trataba de una leve aberración que se pudiera curar estirando una célula cerebral. Era una manifestación psicótica, de eso estaba segura. Si la descubrían, la encerrarían. Tal vez la sometieran a la eutanasia, por considerarla un desperdicio inútil de la limitada energía disponible para la raza. Incluso podrían aplicar la eutanasia a su vástago si averiguaban quién era.
Luchó contra la anormalidad a lo largo de los años y, en cierta medida, tuvo éxito. Luego, se enteró de que Roi había sido escogido para el largo viaje y se sintió desdichada.
Lo siguió hasta uno de los corredores vacíos de la caverna, a varios kilómetros del centro de la ciudad. ¡La ciudad! Había sólo una.
Esa caverna se encontraba cerrada desde que Wenda tenía memoria de ello. Los ancianos la habían recorrido, analizaron su población y la energía necesaria para alimentarla y decidieron oscurecerla. Los pobladores, que no eran muchos, se habían trasladado más cerca del centro y se recortó el cupo para la siguiente sesión en el ovarium.
Wenda descubrió que el nivel coloquial de pensamiento de Roi era superficial, como si la mayor parte de su mente estuviera retraída en la contemplación.
—¿Tienes miedo? —le preguntó con el pensamiento.
—¿Porque he venido aquí a pensar? —Roi titubeó un poco; luego, con palabras dijo—: Sí, tengo miedo. Es la última oportunidad de la raza. Sí fracaso...
—¿Temes por ti mismo? —Él la miró asombrado, y los pensamientos de Wenda palpitaron de vergüenza ante su impudor—. Ojalá pudiera ir yo en tu lugar —añadió con palabras.
—¿Crees que puedes hacerlo mejor?
—Oh, no. Pero si yo fracasara y no regresara, sería una pérdida menor para la raza.
—La pérdida es la misma, vayas tú o vaya yo. La pérdida es la existencia de la raza.
Wenda no pensaba precisamente en la existencia de la raza. Suspiró.
—Es un viaje muy largo.
—¿Cómo de largo? —preguntó él, sonriendo—. ¿Lo sabes?
Titubeó. No quería parecer estúpida.
—Se comenta que llega hasta el primer nivel —contestó con timidez.
Cuando Wenda era pequeña y los corredores con calefacción se extendían a mayor distancia de la ciudad, ella había ido a explorar por ahí, como cualquier otro niño. Un día, muy lejos, donde se sentía el frío cortante del aire, llegó a un corredor ascendente que estaba bloqueado por un tapón.
Posteriormente se enteró de que al otro lado y hacia arriba se encontraba el nivel setenta y nueve, más arriba el setenta y ocho y así sucesivamente.
—Iremos más allá del primer nivel, Wenda.
—Pero no hay nada después del primer nivel.
—Tienes razón. Nada. La materia sólida del planeta termina.
—¿Y cómo puede haber algo que no es nada? ¿Te refieres al aire?
—No, me refiero a la nada, al vacío. Sabes qué es el vacío, ¿no?
—Sí. Pero los vacíos se deben bombear y mantener herméticos.
—Eso se hace en mantenimiento. Pero más allá del primer nivel sólo hay una cantidad indefinida de vacío, que se extiende hacia todas partes.
Wenda reflexionó.
—¿Alguien ha estado allá?
—Claro que no. Pero tenemos los archivos.
—Tal vez los archivos estén equivocados.
—Imposible. ¿Sabes cuánto espacio cruzaré? —Los pensamientos de Wenda indicaron una abrumadora negativa—. Supongo que sabes cuál es la velocidad de la luz.
—Desde luego —respondió ella. Era una constante universal. Hasta los bebés lo sabían—. Mil novecientas cincuenta y cuatro veces la longitud de la caverna, ida y vuelta, en un segundo.
—Correcto. Pero si la luz atravesara la distancia que yo voy a recorrer tardaría diez años.
—Te burlas de mí. Intentas asustarme.
—¿Por qué iba a querer asustarte? —Se levantó—. Pero ya he remoloneado bastante por aquí...
Apoyó en ella una de sus extremidades, con una amistad objetiva e indiferente. Un impulso irracional incitó a Wenda a agarrarle con fuerza e impedirle que se marchara.
Por un instante sintió pánico de que él le sondeara la mente más allá del nivel coloquial, de que sintiera náuseas y no volviera a verla nunca, de que la denunciara para que la sometiesen a tratamiento. Luego, se relajó. Roi era normal, no un enfermo como ella. A él jamás se le ocurriría penetrar en la mente de una persona amiga más allá del nivel coloquial, fuera cual fuese la provocación.
Estaba muy guapo al marcharse. Sus extremidades eran rectas y fuertes; sus vibrisas prensiles, numerosas y delicadas; y sus franjas ópticas, las más bellas y opalescentes que ella había visto jamás.

3
Laura se acomodó en el asiento. Qué mullidos y cómodos los hacían. Qué agradables y acogedores eran por dentro y qué diferentes del lustre duro, plateado e inhumano del exterior.
Tenía la canastilla al lado. Echó una ojeada debajo de la manta y de la gorra. Walter dormía. La carucha redonda tenía la blandura de la infancia y los párpados eran dos medias lunas con pestañas.


Un mechón de cabello castaño claro le cruzaba la frente y Laura se lo colocó bajo la gorra con infinita delicadeza.
Pronto sería hora de alimentarlo. Laura esperaba que no fuese tan pequeño como para asustarse de lo extraño del entorno. La azafata era muy amable; incluso guardaba los biberones de Walter en una pequeña nevera. ¡Qué cosas, una nevera a bordo de un avión!
La mujer sentada al otro lado del pasillo la miraba, dando a entender que sólo buscaba una excusa para dirigirle la palabra. Llegó el momento en que Laura levantó a Walter de la canastilla y se lo puso en el regazo, un terroncito de carne rosada envuelta en un blanco capullo de algodón.
Un bebé siempre es buena excusa para iniciar una conversación entre extraños. La mujer del otro lado se decidió al fin (y lo que dijo era previsible):
—¡Qué niño tan encantador! ¿Qué edad tiene, querida?
Laura contestó, sujetando unos alfileres en la boca (se había tendido una manta sobre las rodillas para cambiar a Walter):
—La semana que viene cumplirá cuatro meses.
Walter tenía los ojos abiertos y miró a la mujer, abriendo la boca en una sonrisa húmeda (siempre le agradaba que lo cambiasen).
—Mira esa sonrisa, George —dijo la mujer. El esposo sonrió y agitó sus dedos regordetes.
—Bu bu —saludó al niño. Walter se rio como si hipara.
—¿Cómo se llama, querida? —preguntó la mujer.
—Walter Michael. Como su padre.
Se había roto el hielo. Laura se enteró de que se llamaban George y Eleanor Ellis, de que estaban de vacaciones y de que tenían tres hijos, dos mujeres y un varón, todos crecidos. Las dos mujeres estaban casadas y una tenía dos hijos.
Laura escuchaba con expresión complacida. Walter (el padre, claro está) siempre le decía que se interesó por ella porque sabía escuchar muy bien.
Walter se estaba poniendo inquieto. Laura le liberó los brazos para que se desfogara moviendo los músculos.
—¿Podría calentar el biberón, por favor? —le pidió a la azafata.
Sometida a un riguroso, aunque afable interrogatorio, Laura explicó cuántas veces debía alimentar a Walter, qué fórmula utilizaba y si los pañales le provocaban ronchas.
—Espero que hoy no ande mal del estómago. Por el movimiento del avión.
—Oh, cielos —exclamó la señora Ellis—. Es demasiado pequeño para molestarse por eso. Además, estos aviones grandes son maravillosos. A menos que mire por la ventanilla no creería que estamos en el aire. ¿No opinas lo mismo, George?
Pero el señor Ellis, un hombre brusco y directo, dijo:
—Me sorprende que suba a un bebé de esa edad en un avión.
La señora Ellis se volvió hacia él de mal talante.
Laura se apoyó a Walter en el hombro y le palmeó la espalda. Walter se calmó, metió los deditos en el cabello lacio y rubio de su madre y comenzó a escarbar en el mechón que le cubría la nuca.
—Vamos a ver a su padre. Walter aún no ha visto a su hijo.
El señor Ellis se quedó perplejo e inició un comentario, pero la señora Ellis se apresuró a intervenir:
—Supongo que su esposo está en el servicio militar.
—Sí, así es. —El señor Ellis abrió la boca en un mudo "oh" y se calmó—. Lo han destinado cerca de Davao. Nos reuniremos en Nichols Field.
Antes de que la azafata volviera con el biberón se enteraron de que Walter era sargento del Servicio de Intendencia, de que llevaba en el Ejército cuatro años, de que se habían casado hacía dos, de que estaban a punto de licenciarlo y de que pasarían una larga luna de miel allí antes de regresar a San Francisco.
Luego, Laura acunó a Walter en el brazo izquierdo y le ofreció el biberón. Se lo puso entre los labios y las encías se cerraron sobre la tetilla. La leche empezó a burbujear, mientras las manitas acariciaban el biberón tibio y los ojos azules lo miraban fijamente.
Laura estrujó ligeramente al pequeño Walter y pensó que, a pesar de todas las dificultades y molestias, era maravilloso tener un bebé.

4
Teoría, siempre teoría, pensó Gan. La gente de la superficie, un millón de años antes o más, podían ver el universo, podían sentirlo directamente. Ahora, con mil doscientos kilómetros de roca encima de la cabeza, la raza sólo podía hacer deducciones a partir de las trémulas agujas de su instrumental.
Era sólo teoría que las células cerebrales, además de sus potenciales eléctricos comunes, irradiasen otra clase de energía; una energía que no era electromagnética y, por tanto, no estaba condenada al lento avance de la luz; una energía que sólo se asociaba con las funciones más elevadas del cerebro y, por tanto, sólo era característica de criaturas inteligentes y racionales.
Sólo una aguja oscilante detectaba que un campo de esa energía se filtraba en la caverna, y otras agujas indicaban que el origen de ese campo estaba en determinada dirección a diez años luz de distancia. Al menos una estrella se debía de haber acercado en ese ínterin, pues la gente de la superficie afirmaba que la más cercana se encontraba a quinientos años luz. ¿O estaban en un error?
—¿Tienes miedo? —interrumpió Gan de improviso en el nivel coloquial del pensamiento e invadió bruscamente la zumbona superficie de la mente de Roi.
—Es una gran responsabilidad —contestó este.
"Otros hablan de responsabilidad", pensó Gan. Durante generaciones los jefes técnicos habían trabajado en el resonador y en la Estación Receptora, pero a él le correspondía el paso final. ¿Qué sabían de responsabilidad los demás?
—Lo es —le corroboró—. Hablamos de la extinción de la raza con vehemencia, pero siempre entendemos que llegará algún día, no ahora, no en nuestra época. Pero llegará, ¿entiendes? Llegará. Lo que vamos a hacer hoy consumirá dos tercios de nuestra provisión total de energía. No quedará suficiente para intentarlo de nuevo. No quedará suficiente para que esta generación viva su vida entera. Pero eso no importará si cumples las órdenes. Hemos pensado en todo; nos hemos pasado generaciones pensando en todo.
—Haré lo que me digan —afirmó Roi.
—Tu campo mental se enlazará con los que vienen del espacio. El campo mental es una característica del individuo y, por lo general, es muy baja la probabilidad de que exista un duplicado. Pero los campos que vienen del espacio suman miles de millones, según nuestras estimaciones. Es muy probable que tu campo sea igual al de uno de ellos y, en ese caso, se configurará una resonancia mientras nuestro resonador esté en funcionamiento. ¿Conoces los principios?
—Sí.
—Entonces, sabes que durante la resonancia tu mente estará en el planeta X, en el cerebro de la criatura cuyo campo mental sea idéntico al tuyo. Ese proceso no consume energía. En resonancia con tu mente, también trasladaremos la masa de la Estación Receptora. El método para transferir masa de esa manera fue la última fase del problema que resolvimos y requerirá toda la energía que la raza usaría normalmente en cien años. 
Gan tomó el cubo negro  que  era  la  Estación Receptora  y  lo  miró  sombríamente. Tres generaciones atrás, se consideraba imposible fabricar un aparato que reuniera todas las propiedades necesarias en un espacie menor a quince metros cúbicos. Ya lo tenían y era del tamaño de un cubo.
Gan dijo: 
—El campo mental de las células cerebrales inteligentes sólo puede seguir unas pautas bien definidas. Todas las criaturas vivientes, sea cual fuere su planeta, deben poseer una base proteínica y una química basada en agua de oxígeno. Si su mundo es habitable para ellas, es habitable para nosotros. 
"Teoría, siempre teoría", pensó en un nivel más profundo.
—Eso no significa que el cuerpo donde te encuentres —continuó— y su mente y sus emociones no sean totalmente extraños. Así que hemos dispuesto tres métodos para activar la Estación Receptora. Si eres fuerte, sólo tendrás que ejercer doscientos cincuenta kilos de presión en cualquier cara del cubo. Si eres débil, lo único que necesitas es pulsar un botón, al que llegarás mediante esta abertura del cubo. Si no tienes extremidades, si tu organismo huésped está paralizado, puedes activar la Estación con la propia energía mental. Una vez que la Estación se active, tendremos dos puntos de referencia, no sólo uno, y la raza se podrá transferir al planeta X mediante teleportación normal.
—Eso significará que usaremos energía electromagnética.
—En efecto.


—La transferencia tardará diez años.
—No tendremos conciencia de la duración.
—Lo sé, pero eso quiere decir que la Estación permanecerá en el planeta X durante diez años. ¿Y si la destruyen mientras tanto?
—También hemos pensado en ello. Hemos pensado en todo. Una vez que se active la Estación, generará un campo de paramasa. Se desplazará en la dirección de la atracción gravitatoria, deslizándose a través de la materia común hasta que un medio de densidad relativamente alta ejerza suficiente fricción para detenerla. Se necesitarán seis metros de roca para ello; cualquier densidad menor no tendrá ningún efecto. Permanecerá a seis metros bajo tierra durante diez años y en ese momento un contracampo la elevará a la superficie. Luego, uno a uno, cada miembro de la raza aparecerá.
—En ese caso, ¿por qué no hacer que la Estación empiece a funcionar automaticamente? Ya posee muchas características automáticas...
—No lo has pensado bien, Roi. Nosotros sí. Quizá no todos los puntos de la superficie del planeta X sean adecuados. Si los habitantes son poderosos y están avanzados, tal vez haya que encontrar un lugar discreto para la estación. No nos convendría aparecer en la plaza de una ciudad. Y tendrás que asegurarte de que el entorno inmediato no es peligroso en otros sentidos.
—¿En qué otros sentidos?
—No lo sé. Los antiguos archivos de la superficie registran muchas cosas que ya no entendemos. No las explican porque las daban por conocidas pero llevamos lejos de la superficie casi cien mil generaciones y estamos desconcertados. Nuestros técnicos ni siquiera se ponen de acuerdo en cuanto a la naturaleza física de las estrellas, y eso es algo que en los archivos se menciona  y  se  comenta  a  menudo;  pero  ¿qué  significa  "tormentas", "terremotos", "volcanes", "tornados", "celliscas", "aludes", "inundaciones", "rayos" y demás? Son términos que aluden a peligrosos fenómenos de superficie cuya naturaleza ignoramos. No sabemos cómo protegernos de ellos. A través de la mente de tu huésped podrás aprender lo necesario y actuar en consecuencia.
—¿Cuánto tiempo tendré?
—El resonador no puede funcionar continuamente durante más de doce horas. Yo preferiría que terminases tu tarea en dos. Regresarás aquí automáticamente en cuanto la Estación esté activada. ¿Estás preparado?
—Lo estoy.
Gan lo condujo hasta el gabinete de vidrio ahumado. Roi se sentó, acomodó las extremidades en las cavidades y hundió las vibrisas en mercurio para establecer un buen contacto.
—¿Y si me encuentro en un cuerpo agonizante? —preguntó.
—El campo mental se distorsiona cuando la persona está a punto de morir —le explicó Gan mientras ajustaba los controles—. Un campo normal como el tuyo no se hallaría en resonancia.
—¿Y si está cerca de una muerte accidental?
—También hemos pensado en ello. No podemos protegerte contra eso, pero se estima que las probabilidades de una muerte tan rápida que no te dé tiempo de activar la Estación mentalmente son menos de una en veinte billones, a no ser que los misteriosos peligros de la superficie sean más mortíferos de lo que pensamos... Tienes un minuto.
Por alguna extraña razón, Wenda fue la última persona en quien Roi pensó antes de la traslación.

5
Laura despertó sobresaltada. ¿Qué ocurría? Era como si la hubieran pinchado con un alfiler.
El sol de la tarde le brillaba en la cara y el resplandor la hizo parpadear.
Bajó la cortina y miró a Walter. Se sorprendió al verle los ojos abiertos. No era su hora de estar despierto. Miró el reloj. No, no lo era. Y faltaba una hora para darle de comer. Seguía el sistema de darle de comer cuando lo pidiera ("grita y te daré de comer"), pero normalmente Walter respetaba el horario.
Le frotó la cara con la nariz.
—¿Tienes hambre?
Walter no respondió de ninguna manera y Laura se sintió defraudada. Le habría gustado que sonriera. Más aún, deseaba que se riera, que le rodeara el cuello con los brazos regordetes, le frotara con la nariz y dijera "Mamá"; pero sabía que eso no podía hacerlo. Aunque sí podía sonreír.
Le apoyó el dedo en la barbilla y le dio unos golpecitos.
—Bu, bu, bu, bu.
Walter siempre sonreía cuando le hacía eso, pero ahora se limitó a parpadear.
—Espero que no esté enfermo —dijo, y miró preocupada a la señora Ellis. La señora Ellis dejó su revista.
—¿Pasa algo malo, querida?
—No lo sé. Walter no reacciona.
—Pobrecillo. Tal vez esté cansado.
—En tal caso debería estar durmiendo, ¿no?
—Se encuentra en un ambiente extraño. Tal vez se esté preguntando qué es todo esto. —Se levantó, cruzó el pasillo y se agachó para acercar su rostro al de Walter—. Te preguntas qué es lo que pasa, ¿eh, bolita? Pues claro. Te preguntas dónde está tu cunita y dónde están los dibujos del empapelado.
Hizo ruiditos chillones.
Walter apartó la vista de su madre y miró sombríamente a la señora Ellis, que se incorporó de golpe, con un gesto de dolor, y se llevó la mano a la cabeza.
—¡Cielos! ¡Qué extraño dolor!
—¿Cree usted que tendrá hambre? —preguntó Laura.
—¡Por Dios! —exclamó la señora Ellis, con una expresión más tranquila—. Una no tarda en enterarse cuando tienen hambre. No le pasa nada. He tenido tres hijos, querida. Lo sé.
—Creo que voy a pedirle a la azafata que entibie otro biberón.
—Bueno, si eso te hace sentirte mejor...
La azafata trajo el biberón y Laura sacó a Walter del canastillo.
—Tómate el biberón y luego te cambiaré y después...
Le acomodó la cabeza en el brazo, le dio un suave pellizco en la mejilla, se lo acercó al cuerpo mientras le llevaba el biberón a los labios...
¡Walter gritó!
Abrió la boca, agitó los brazos extendiendo los dedos con el cuerpo rígido y duro, como si tuviera el tétanos, y gritó. El grito resonó en todo el compartimento.
Laura también gritó. Soltó el biberón, que se hizo añicos.
La señora Ellis se levantó de un brinco y varios pasajeros la imitaron. El señor Ellis despertó de su siesta.
—¿Qué ocurre? —preguntó la señora Ellis.
—No lo sé, no lo sé. —Laura sacudía a Walter frenéticamente, se lo echaba sobre el hombro, le palmeaba la espalda—. Nene, nene, no llores. ¿Qué pasa, nene? Nene...
La azafata se acercó a todo correr. Su pie se quedó a un par de centímetros del cubo que había bajo el asiento de Laura.
Walter pataleaba furiosamente, berreando a todo pulmón.

6
Roi estaba anonadado. Se encontraba sujeto a la silla, en contacto con la clara mente de Gan, y de pronto (sin conciencia de separación en el tiempo) se vio inmerso en un torbellino de pensamientos extraños, bárbaros y fragmentarios. Cerró la mente. Antes la tenía totalmente abierta para aumentar la efectividad de la resonancia, y el primer contacto con el alienígena había sido...
No doloroso, no. ¿Vertiginoso? ¿Nauseabundo? No, tampoco. No había palabras.
Recobró fuerzas en la plácida nada de la clausura mental y reflexiono. Sentía el contacto con la Estación Receptora, con la cual estaba en conexión mental. ¡Había ido con él, qué bien!
Hizo caso omiso del huésped. Tal vez lo necesitara luego para cuestiones más drásticas, así que no convenía despertar sospechas por el momento.
Exploró. Buscó una mente al azar y reparó en las impresiones sensoriales que la impregnaban. La criatura era sensible a ciertas zonas del espectro electromagnético y a las vibraciones del aire, así como al contacto corporal. Poseía sentidos químicos localizados...
Eso era todo. La examinó de nuevo, estupefacto.
No sólo no había sentido directo de masa ni sentido electro potencial ni ninguna de las lecturas refinadas del universo, sino que no existía contacto mental.
La mente de la criatura estaba totalmente aislada. ¿Entonces cómo se comunicaban? Siguió examinando. Poseían un complejo código de vibraciones de aire controladas.
¿Eran inteligentes? ¿Había escogido una mente mutilada? No, todos eran así.


Escudriñó el grupo de mentes circundantes con sus zarcillos mentales, buscando un técnico o su equivalente entre esas semi-inteligencias lisiadas. Encontró una mente que se veía a sí misma como controlador de vehículos. Roi recibió un dato: Se hallaba a bordo de un vehículo aéreo.
Es decir que, aun sin contacto mental, eran capaces de construir una civilización mecánica rudimentaria. ¿O aquellos seres eran las herramientas animales de verdaderas inteligencias que estaban en otra parte del planeta? No... Sus mentes decían que no.
Examinó al técnico. ¿Qué pasaba con el entorno inmediato? ¿Eran de temer los espectros de los antiguos? Se trataba de una cuestión de interpretación. Existían peligros en el entorno. Movimientos de aire. Cambios de temperatura. Agua cayendo en el aire, en el estado líquido o sólido. Descargas eléctricas. Había vibraciones en código para cada fenómeno, pero eso no significaba nada. La conexión entre esas vibraciones y los nombres con que los ancestros de la superficie designaban los fenómenos era sólo conjetura.
No importaba. ¿Existía peligro en ese momento? ¿Existía peligro en ese lugar? ¿Había causa de temor o inquietud?
¡No! La mente del técnico decía que no.
Eso era suficiente. Regresó a la mente huésped y descansó un instante; luego, se expandió cautelosamente...
¡Nada!
La mente huésped era un vacío; a lo sumo, una vaga sensación de tibieza y un opaco parpadeo de respuestas imprecisas ante estímulos básicos. ¿Su huésped era un moribundo? ¿Un afásico? ¿Un descerebrado?
Se desplazó a la mente más cercana, buscando información sobre el huésped.
El huésped era un bebé de la especie.
¿Un bebé? ¿Un bebé normal? ¿Tan poco desarrollado?
Dejó que su mente se fusionara un instante con lo que existía en el huésped. Buscó las zonas motrices del cerebro y las halló con dificultad. Un cauto estímulo fue seguido por un movimiento errático de las extremidades del huésped. Intentó controlarlas y fracasó.
Se sintió irritado. ¿Realmente habían pensado en todo? ¿Pensaron en inteligencias sin contacto mental? ¿Pensaron en criaturas jóvenes, tan poco desarrolladas como si aún estuvieran en el huevo?
Eso significaba que no podría activar la Estación Receptora desde la persona del huésped. Los músculos y la mente eran demasiado débiles, estaban demasiado descontrolados para cualquiera de los tres métodos expuestos por Gan.
Pensó intensamente. No podría influir sobre una gran cantidad de masa mediante las imperfectas células cerebrales del huésped, pero quizá pudiera ejercer una influencia indirecta a través de un cerebro adulto. La influencia física directa sería minúscula; significaría la descomposición de las moléculas de trifosfato de adenosina y de las de acetilcolina. Luego, la criatura actuaría por cuenta propia.
Titubeó, temiendo el fracaso, y maldijo su cobardía. Entró nuevamente en la mente más cercana. Era una hembra de la especie y se encontraba en el estado de inhibición transitoria que había notado en otros individuos. No lo sorprendió, pues unas mentes tan rudimentarias tenían que necesitar descansos periódicos.
Estudió esa mente, palpando mentalmente las zonas que pudieran responder a un estímulo. Escogió una, penetró en ella y las zonas conscientes se llenaron de vida casi simultáneamente. Las impresiones sensoriales se activaron y el nivel de pensamiento se elevó de golpe. ¡Bien!
Pero no lo suficiente. Fue un mero pinchazo, un pellizco; no una orden para ejecutar una acción específica.
Se movió incómodo cuando lo invadió una emoción. Procedía de la mente que acababa de estimular y estaba dirigida hacia el huésped y no hacia él. No osbtante, tanta crudeza primitiva lo fastidiaba, así que cerró la mente contra la desagradable tibieza de esos sentimientos al desnudo.
Una segunda mente se centró en torno del huésped y, si él hubiera sido material o hubiera controlado un huésped satisfactorio, habría lanzado un golpe de dolor.
¡Santas cavernas! ¿No le permitirían concentrarse en su importante misión?
Acometió contra la segunda mente, activando centros de incomodidad que la obligaran a apartarse.
Estaba contento. Fue sólo un estímulo sencillo e indefinido, pero había funcionado, despejó la atmósfera mental.
Volvió al técnico que controlaba el vehículo. Él conocería los detalles concernientes a la superficie sobre la cual volaban.
¿Agua? Ordenó deprisa los datos. ¡Agua! ¡Y más agua! ¡Por los eternos niveles! ¡La palabra "océano" tenía sentido! La vieja y tradicional palabra "océano". ¿Quién hubiera pensado que podía existir tanta agua?
Pero si eso era "océano", entonces la tradicional palabra "isla" tenía un significado claro. Envió su mente en busca de información geográfica. El "océano" estaba salpicado de motas de tierra, pero él necesitaba información exacta...
Le interrumpió un breve aguijonazo de sorpresa cuando su huésped se desplazó por el espacio para recostarse contra el cuerpo de la hembra.
La mente de Roi, activada como estaba, se hallaba abierta e indefensa. Las intensas emociones de la hembra lo sofocaron.
Se contrajo. En un intento de combatir esas aplastantes pasiones animales, se aferró a las células cerebrales del huésped, a través de las cuales se encauzaban esos crudos sentimientos.
Lo hizo con excesiva brusquedad. Un dolor difuso colmó la mente del huésped y al instante todas las mentes circundantes reaccionaron ante las resultantes vibraciones de aire. Exasperado, procuró acallar al dolor y sólo logró estimularlo más.
A través de la bruma mental del dolor del huésped, escudriñó la mente del técnico, procurando evitar que se perdiera el contacto.
Concentró la mente. Ahora tendría su mejor oportunidad. Contaba con unos veinte minutos. Habría otras oportunidades después, aunque no tan buenas. Pero no se atrevía a dirigir los actos de otro mientras la mente del huésped padecía tamaña turbulencia.
Se retiró, se contrajo en la clausura mental, manteniendo sólo un tenue contacto con las células espinales del huésped, y aguardó.
Pasaron los minutos y poco a poco recobró la conexión. Le quedaban cinco minutos. Escogió un sujeto.

7
—Creo que se siente mejor, pobrecillo —dijo la azafata.
—Nunca se había portado así —lloriqueó Laura—. Nunca.
—Tal vez sea un pequeño cólico —sugirió la señora Ellis.
—Tal vez —secundó la azafata—. Hace demasiado calor.
Entreabrió la manta, le levantó la ropita y dejó al descubierto su abdomen duro, rosado y protuberante. Walter seguía gimoteando.
—¿Quiere que le cambie? —preguntó la azafata—. Está muy mojado. 
— Sí, gracias.
La mayoría de los pasajeros habían vuelto a los asientos. Los más alejados dejaron de estirar el cuello.
El señor Ellis se quedó en el pasillo con su esposa.
—Oye, mira.
Laura y la azafata estaban demasiado ocupadas para prestarle atención y la señora Ellis lo ignoró por pura costumbre.
El señor Ellis estaba habituado a eso. Su comentario fue simplemente retórico. Se agachó y recogió la caja que estaba bajo el asiento.
La señora Ellis lo miró con impaciencia.
—¡Cielos, George, no toques el equipaje de los demás! ¡Siéntate! Entorpeces el paso.
El señor Ellis se incorporó, avergonzado.
Laura, con los ojos aún inflamados y llorosos, dijo:
—No es mío. Ni siquiera sabía que estaba bajo el asiento.
—¿Qué es? —preguntó la azafata, dejando de mirar al bebé lloriqueante. El señor Ellis se encogió de hombros.
—Es una caja.
—Bueno, ¿y para qué la quieres, por el amor de Dios? —se irritó su esposa. 
El señor Ellis buscó una razón. ¿Para qué la quería?
—Sentí curiosidad, eso es todo —murmuró.
—¡Listo! —exclamó la azafata—. El pequeño está cambiado y seco y apuesto a que pronto estará más contento que unas pascuas. ¿Qué dices, primor?
Pero el primor seguía lloriqueando y apartó bruscamente la cabeza cuando le ofrecieron otro biberón.
—Lo entibiaré un poco —dijo la azafata. Cogió el biberón y se alejó por el pasillo.


El señor Ellis tomó una decisión. Cogió la caja y la apoyó en el brazo del asiento, haciendo caso omiso del rostro fruncido de su esposa.
—No hago ningún daño —se defendió—. Sólo estoy mirando. ¿De qué está hecha?
La golpeó con los nudillos. Ninguno de los demás pasajeros parecía estar interesado, no prestaban atención ni al señor Ellis ni a la caja. Era como si algo hubiera desconectado esa línea de interés en particular y hasta la señora Ellis, que conversaba con Laura, le daba la espalda.
Levantó la caja y vio la abertura. Sabía que debía haber una abertura. Tenía el tamaño suficiente para insertar un dedo, aunque no había ninguna razón por la que él quisiera meter el dedo en una caja extraña.
Lo metió con cautela. Había un botón negro y deseaba tocarlo. Lo presionó.
La caja tembló, se le desprendió de las manos y cayó por el otro lado del brazo del asiento.
Llegó a ver cómo atravesaba el suelo, dejándolo intacto. El señor Ellis abrió las manos y se miró las palmas. Luego, se arrodilló y tanteó el suelo.
La azafata, que regresaba con el biberón, preguntó cortésmente:
—¿Ha perdido algo?
—¡George! —exclamó la señora Ellis.
El señor Ellis se incorporó con dificultad. Estaba ruborizado y nervioso.
—La caja... Se me soltó de la mano y cayó...
—¿Qué caja? —preguntó la azafata.
—¿Puede darme el biberón, señorita? —dijo Laura—. Ya ha dejado de llorar.
—Desde luego. Aquí lo tiene.
Walter abrió la boca ávidamente y aceptó la tetilla. La leche burbujeaba mientras el niño sorbía haciendo gorgorítos.
Laura levantó la vista, con los ojos radiantes.
—Ahora parece encontrarse bien. Gracias, señorita. Gracias, señora Ellis. Por un momento tuve la sensación de que no era mi hijito.
—Se pondrá bien —la animó la señora Ellis—. Tal vez fue un pequeño mareo. Siéntate, George.
—Llámeme sí me necesita —se ofreció la azafata.
—Gracias —dijo Laura.
—La caja... —murmuró el señor Ellis, y no habló más.
¿Qué caja? No recordaba ninguna caja.
Pero había una mente a bordo de ese avión que podía seguir la trayectoria del cubo negro, que caía en una parábola sin que le afectaran ni el viento ni la resistencia del aire, atravesando las moléculas de gas que se interponían en su camino.
Debajo, el atolón constituía el diminuto centro de un enorme blanco. En otro tiempo, durante una época bélica, contó con una pista aérea y con barracas. Las barracas se habían derrumbado, la pista aérea era una franja irregular en vías de desaparición y el atolón estaba desierto.
El cubo cayó en el blando follaje de una palmera y ni una sola hoja se agitó. Atravesó el tronco, descendió hasta el coral y se hundió en el planeta sin que ni una mota de polvo se alterara para anunciar su entrada.
A seis metros de la superficie, el cubo se detuvo y se quedó inmóvil, íntimamente mezclado con los átomos de la roca, pero diferenciado de ella.
Eso fue todo. Llegó la noche, llegó el día; llovió, sopló viento y las olas del Pacífico se rompieron en espuma blanca sobre el blanco coral. Nada había ocurrido.
Nada ocurriría durante diez años.

8
—Hemos transmitido la noticia de que has tenido éxito —dijo Gan—. Creo que ahora deberías descansar.
—¿Descansar? ¿Ahora? ¿Cuando he regresado a mentes íntegras? No, gracias. Estoy disfrutando mucho.
—¿Tanto te molestó lo de la inteligencia sin contacto mental?
—Sí —contestó Roi.
Gan tuvo el tacto de no seguir esa línea de pensamiento evocativo. En cambio, preguntó:
—¿Y la superficie?
—Espantosa. Lo que los antiguos llamaban "sol" es un insoportable resplandor en lo alto. Aparentemente se trata de una fuente de luz y varía periódicamente; en otras palabras, "noche" y "día". También hay variaciones imprevisibles.
—"Nubes", tal vez —sugirió Gan.
—¿Por qué "nubes"?
—Ya conoces el dicho tradicional: "Las nubes ocultaban el sol".
—¿Eso crees? Sí, pudiera ser.
—Bien, continúa.
—Veamos. He explicado "océano" e "isla". "Tormenta" significa humedad en el aire cayendo en gotas. "Viento" es un movimiento de aire en gran escala. "Trueno", una descarga espontánea de estática o un gran ruido espontáneo. "Cellisca" es hielo que cae.
—Qué curioso. ¿De dónde caería el hielo? ¿Cómo? ¿Por qué?
—No tengo la menor idea. Todo es muy variable. Hay tormentas en determinado momento, pero no en otro. Aparentemente hay regiones de la superficie donde siempre hace frío, otras donde siempre hace calor y otras donde hace ambas cosas según el momento.
—Asombroso. ¿Cuánto de todo esto lo atribuyes a un error de interpretación por parte de las mentes alienígenas?
—Nada. Estoy seguro de ello. Es muy claro. Tuve tiempo suficiente para escudriñar sus extrañas mentes. Demasiado tiempo.
De nuevo sus pensamientos se replegaron.
—Está bien —aceptó Gan—. Tenía miedo de nuestra tendencia a pintar con tonos románticos la Edad de Oro de nuestros ancestros de la superficie. Presentía que en nuestro grupo habría un fuerte impulso a favor de una nueva vida en la superficie.
—No —rechazó Roi con vehemencia.
—Obviamente no. Dudo que ni siquiera nuestros individuos más recios resistieran un solo día en un medio ambiente como el que describes, con las tormentas, los días, las noches, las molestas e imprevisibles variaciones. —Gan se sentía satisfecho—. Mañana iniciaremos el proceso de transferencia. Una vez en la isla... Dices que está deshabitada.
—Totalmente. Era la única de ese tipo, de todas las que el avión sobrevoló. La información del técnico fue detallada.
—Bien. Iniciaremos las operaciones. Tardaremos generaciones, Roi, pero al final estaremos en las profundidades de un mundo nuevo y tibio, en agradables cavernas donde el ámbito controlado permitirá el crecimiento de la cultura y el refinamiento.
—Y no tendremos ningún tipo de contacto con las criaturas de la superficie.
—¿Por qué? Aunque sean primitivas podrían sernos útiles una vez que establezcamos nuestra base. Una raza capaz de construir naves aéreas debe de poseer algunas cualidades.
—No es así. Son beligerantes. Son capaces de atacar con saña animal y...
—Me perturba la psicopenumbra que rodea tus referencias a los alienígenas —le interrumpió impaciente Gan—. Me estás ocultando algo.
—Al principio pensé que podría utilizarlos. Si no nos permitían ser amigos, al menos los controlaríamos. Hice que uno de ellos estableciera contacto íntimo con el interior del cubo y fue difícil. Fue muy difícil. Sus mentes tienen otra constitución.
—¿En qué sentido?
—Si fuera capaz de describirlo, eso querría decir que la diferencia no era fundamental. Pero puedo ponerte un ejemplo. Estuve en la mente de un bebé. No tienen cámaras de maduración. A los bebés los cuidan los individuos. La criatura que cuidaba de mi huésped...
—Sí...
—Era hembra y sentía un vínculo especial con el pequeño. Había una sensación de propiedad, una relación que excluía al resto de la sociedad. Creí detectar, confusamente, un rastro de esa emoción que liga a un hombre con un allegado o con un amigo; pero era mucho más intensa e irrefrenable.
—Bueno, al carecer de contacto mental, tal vez no tengan una verdadera concepción de la sociedad y quizá se originen sub-relaciones. ¿O esto era patológico?
—No, no. Es universal. La hembra era la madre del bebé.
—Imposible. ¿Su propia madre?
—Por fuerza. El bebé había pasado la primera parte de su existencia dentro de la madre. Literalmente. Los huevos de la criatura permanecen dentro del cuerpo. Son inseminados dentro del cuerpo. Crecen dentro del cuerpo y surgen con vida.
—Santas cavernas —musitó Gan. Sentía una fuerte repugnancia—. Entonces, cada criatura conocería la identidad de su propio hijo; cada hijo tendría un padre determinado.. 
—Y él también era conocido. Mi huésped hacía un viaje de ocho mil kilómetros, por lo que pude deducir, para que su padre pudiera verlo.
—¡Increíble!
—¿Necesitas algo más para entender que nuestras mentes no pueden llegar a encontrarse? La diferencia es fundamental e innata.
El amarillo de la lamentación teñía y endurecía los pensamientos de Gan.
—Qué pena —dijo—. Pensaba...
—¿Qué?
—Pensaba que por primera vez dos inteligencias se ayudarían mutuamente. Pensaba que juntos podríamos progresar con mayor rapidez que cualquiera de ambos en solitario. Aunque fueran tecnológicamente primitivos, como lo son, la tecnología no es todo. Yo creía que incluso podríamos aprender de ellos.
—¿Aprender qué? —preguntó Roi bruscamente—. ¿A conocer a nuestros padres y a trabar amistad con nuestros hijos?
—No, no. Tienes razón. La barrera entre ambos debe mantenerse intacta para siempre. Ellos se quedarán en la superficie y nosotros permaneceremos en las profundidades, y así está bien.
 
Fuera de los laboratorios, Roi se encontró con Wenda. Los pensamientos de ella desbordaron de placer.
—Me alegra que hayas vuelto.
Los pensamientos de Roi también fueron placenteros. Era un alivio establecer un limpio contacto mental con una amiga.


FIN