2026/04/06

Obituario (Isaac Asimov)


Título original: Obituary
Año: 1959


Mi esposo Lancelot siempre lee el periódico durante el desayuno. Lo primero que veo de él es su rostro enjuto y abstraído, con ese perpetuo aire de furia y de desconcertada frustración. En vez de saludarme, se acerca el periódico a la cara.
Luego, sólo veo el brazo que sale de detrás del periódico para coger una segunda taza de café, donde acabo de echar la acostumbrada medida de azúcar, ni mucha ni poca, para evitar que él me fulmine con la mirada.
Ya no lamento esta situación. Al menos, nos permite desayunar en paz.
Sin embargo, esta mañana la paz fue interrumpida cuando Lancelot vociferó:
—¡Santo cielo! Ese idiota de Paul Farber ha muerto. ¡Apoplejía!
Apenas reconocí el nombre. Lancelot lo había mencionado en ocasiones, así que yo lo conocía como uno de sus colegas, otro físico teórico. Por el exasperado epíteto de mi esposo tuve la razonable certeza de que era un físico de cierto renombre que había alcanzado el éxito no conseguido por Lancelot.
Dejó el periódico y me miró irritado.
—¿Por qué llenan los obituarios con estos embustes? Lo convierten en un segundo Einstein sólo porque ha muerto de apoplejía.
Si había un tema que yo había aprendido a eludir era el de los obituarios. Ni siquiera me atreví a asentir.
Lancelot arrojó el periódico y se marchó de la habitación, dejando los huevos a medio terminar y la segunda taza de café sin tocar.
Suspiré. ¿Qué más podía hacer? ¿Qué más?
Claro que el verdadero nombre de mi esposo no es Lancelot Stebbins. Cambio los nombres y las circunstancias para proteger a cierta persona. Aun así, aunque utilizara los nombres reales, nadie reconocería a mi esposo.
Lancelot tenía cierto talento en este sentido: Un talento para pasar inadvertido. Invariablemente, alguien se le adelantaba en sus descubrimientos, o un descubrimiento mayor y simultáneo lo dejaba en segundo plano. En las convenciones científicas, sus ponencias atraían poco público porque en otra sección alguien presentaba una ponencia más importante.
Como es lógico, esto había hecho mella en él. Lo cambió.
Cuando nos casamos hace veinticinco años, él era un partido interesante. Gozaba de buena posición gracias a una herencia y ya era un físico ambicioso y prometedor. En cuanto a mí, creo que entonces era bonita, pero eso no duró. Lo que duró fue mi introversión y mi ineptitud para ese éxito social que un profesor joven y emprendedor necesita en una esposa.
Tal vez eso formase parte del talento de Lancelot para pasar inadvertido. Si se hubiera casado con una mujer más brillante, quizás ella lo hubiera iluminado hasta hacerlo visible.
Es posible que Lancelot lo comprendiese al cabo de un tiempo y por eso se volvió distante tras un par de años de moderada facilidad. A veces yo misma lo creía así y me sentía culpable.
Pero luego pensé que era sólo por su sed de fama, que creció al no ser satisfecha. Dejó su puesto docente y construyó un laboratorio propio en las inmediaciones de la ciudad, donde —según decía— dispondría de un terreno barato y aislado.
El dinero no constituía un problema. En esa especialidad, el Gobierno era generoso con las subvenciones y siempre se conseguían. Además, él hacía uso de nuestro propio dinero sin reserva ninguna.
Yo trataba de respaldarlo.
—Pero no es necesario, Lancelot —le decía—. No tenemos problemas económicos. Ellos no te niegan un puesto en la universidad. Yo sólo quiero hijos y una vida normal.
Pero lo consumía una llama que lo cegaba para todo lo demás. Se volvió furiosamente hacia mí.
—Hay algo que debe venir primero. El mundo de la ciencia tiene que reconocerme por lo que soy, por un... por un gran investigador.
En esa época, aún vacilaba al aplicarse la palabra genio.
Fue en balde. La suerte se ensañaba con él. Su laboratorio era un hervidero de actividad, y Lancelot contrataba ayudantes con sueldos estupendos y se deslomaba trabajando, pero no obtenía resultados.
Yo seguía esperando que desistiera, que regresara a la ciudad y nos permitiera llevar una vida normal y apacible. Lo esperaba, pero cada vez que él estaba a punto de admitir la derrota surgía una nueva batalla, un nuevo intento de asaltar los bastiones de la fama. En cada ocasión, acometía con esperanzas renovadas y caía víctima de la desesperación.
Y siempre se desquitaba conmigo, pues si el mundo lo maltrataba podía desahogarse maltratándome a mí. No soy una persona valiente, pero empecé a pensar que debía abandonarlo.
Y, sin embargo...
Era evidente que durante el último año se había estado preparando para otra batalla. Una más, pensé. Había en él algo más intenso, más crispado que antes. El modo en que murmuraba a solas y se reía por nada, o las veces que se pasaba días sin comer y noches sin dormir. Incluso se acostumbró a guardar apuntes del laboratorio en una caja de caudales del dormitorio, como si recelara de sus propios ayudantes.
Yo tenía la fatalista certeza de que ese intento también fracasaría. Y si fracasaba a su edad tendría que reconocer que su última oportunidad había pasado. Tendría que desistir.
Así que decidí aguardar, armándome de paciencia.
Pero la lectura de aquel obituario durante el desayuno fue una especie de sacudida.
Una vez, en una ocasión similar anterior, yo comenté que al menos él podría contar con un cierto grado de reconocimiento en la nota de su obituario.
Supongo que no fue un comentario muy inteligente, pero mis comentarios nunca lo son. No fue más que un intento de bromear para arrancarlo de una creciente depresión que, como yo sabía por experiencia, lo volvería insoportable.
Y tal vez hubiera en mi comentario un poco de despecho inconsciente.
Francamente, no lo sé.
De cualquier modo, se giró impetuosamente hacia mí y, temblándole todo el cuerpo y uniendo sus oscuras cejas sobre los ojos hundidos, me gritó con estridencia:
—¡Pero jamás leeré mi obituario! ¡Me privarán hasta de eso!
Y me escupió. Me escupió deliberadamente.
Me fui corriendo a mi dormitorio.
Nunca se disculpó, pero tras unos días de evitarlo por completo continuamos nuestra fría existencia como de costumbre. Ninguno de los dos hizo referencia alguna al incidente.
Y ahora otro obituario.
Sentada a la mesa del desayuno, comprendí que para él era la gota que colmaba el vaso, la culminación de su prolongado fracaso.
Intuí que sobrevendría una crisis y no sabía si temerla o recibirla con gusto. Tal vez debiera recibirla con gusto. Era imposible que un cambio no fuera para mejor.
Poco antes del almuerzo fue a verme a la sala de estar, donde un cesto de costura me ocupaba las manos y un poco de televisión me ocupaba la mente.


—Necesitaré tu ayuda —dijo en un tono brusco.
Hacía más de veinte años que no me decía nada semejante, e involuntariamente me ablandé. Parecía estar poseído de una euforia enfermiza. Había un rubor en sus pálidas mejillas.
—Con mucho gusto —contesté—. Si hay algo que pueda hacer por ti.
—Sí, hay algo. Les he dado a mis ayudantes un mes de vacaciones. Se marcharán el sábado y, luego, tú y yo trabajaremos a solas en el laboratorio. Te lo digo ahora para que no organices ninguna actividad para la semana próxima.
Me amilané un poco.
—Pero, Lancelot, sabes que no puedo ayudarte en tu trabajo. Yo no entiendo...
—Lo sé —me interrumpió con desdén—, pero no tienes que entender mi trabajo. Sólo es preciso que sigas unas cuantas instrucciones y que lo hagas con cuidado. Lo cierto es que por fin he descubierto algo que me pondrá donde merezco.
—Oh, Lancelot —se me escapó sin darme cuenta, pues había oído esa frase varias veces.
—Escúchame, tonta. Por una vez trata de comportarte como una adulta. Esta vez lo he conseguido. Esta vez nadie puede adelantárseme porque mi descubrimiento se basa en un concepto tan heterodoxo que ningún físico viviente, excepto yo, tendría el genio suficiente para pensar en ello; al menos, durante toda una generación. Y cuando mi trabajo se difunda por el mundo quizá se me reconozca como el mayor científico de todos los tiempos.
—Me alegro por ti, Lancelot.
—He dicho que quizá se me reconozca. También podría suceder lo contrario. Se cometen muchas injusticias a la hora de atribuir los méritos científicos. He escarmentado ya demasiadas veces. Así que no bastará con anunciar el descubrimiento. Si lo hago, todos se pondrán a trabajar en ello y al cabo de un tiempo seré sólo un nombre en los libros de historia, y la gloria estará distribuida entre un montón de oportunistas.
Creo que la única razón por la que me habló entonces, tres días antes de iniciar el trabajo que planeaba, fue porque ya no podía contenerse. Necesitaba contarlo, y yo era una nulidad tal que no resultaba peligroso confiar en mí.
—Tengo la intención de que mi descubrimiento esté rodeado de tal aura de dramatismo, de que llegue a la humanidad con un estruendo tan resonante, que no quedará espacio para que se mencione a nadie en la misma frase que a mí, nunca.
Lancelot estaba yendo demasiado lejos y yo temía el efecto de otra desilusión. ¿No estaría enloqueciendo?
—Lancelot, ¿por qué molestarnos? ¿Por qué no desistir? ¿Por qué no nos tomamos unas largas vacaciones? Has trabajado con empeño y durante muchísimo tiempo, Lancelot. Tal vez pudiéramos hacer un viaje a Europa. Siempre he querido...
Pegó una patada en el suelo.
—¿Por qué no dejas de soltar esos estúpidos maullidos? ¡El sábado vendrás conmigo al laboratorio!
Dormí mal las tres noches siguientes. Él nunca se había portado de ese modo, nunca había llegado a tal extremo. ¿Acaso ya se había vuelto loco? Podía ser locura de verdad, una locura nacida de una desilusión insoportable y despertada por la nota del obituario. Se había deshecho de sus ayudantes y me quería en el laboratorio. Antes nunca me dejaba entrar allí. Sin duda se proponía hacerme algo, someterme a un experimento demencial o matarme sin más.
Durante esas desdichadas noches de miedo pensaba en llamar a la policía, en huir, en cualquier cosa.
Pero luego llegaba la mañana y pensaba que no estaba loco y que sin duda no me trataría con violencia. Ni siquiera el episodio del escupitajo era violento de verdad y, en realidad, nunca había intentado causarme daño físico. Así que me resigné a esperar, y el sábado me dirigí con la docilidad de una gallina hacia lo que podía ser mi muerte. Juntos, en silencio, recorrimos el sendero que unía la casa con el laboratorio.
El laboratorio era intimidatorio ya por sí mismo, y entré con toda cautela, pero Lancelot me reprendió:
—Oye, deja ya de mirar a tu alrededor como si fueran a hacerte daño. Sólo tienes que hacer lo que yo te diga y mirar a donde yo te indique.
—Sí, Lancelot.
Me había conducido a una pequeña habitación cuya puerta estaba cerrada con candado. Estaba abarrotada de objetos de extraña apariencia, con muchos cables.
—Antes de nada, ¿ves este crisol de hierro?
—Sí, Lancelot.
Era un pequeño, pero profundo recipiente de metal grueso, con manchas de herrumbre en el exterior. Estaba cubierto con una tosca red de alambre.
Dentro vi un ratón blanco con las patas delanteras en el lado interior del crisol y el hocico en la red de alambre, temblando de curiosidad o quizá de ansiedad. Me temo que di un salto, pues ver un ratón inesperadamente es alarmante, al menos para mí.
—No te va a hacer nada —gruñó Lancelot—. Ahora ponte contra la pared y obsérvame.
Mis temores se agudizaron. Tenía la certeza de que un rayo saldría de alguna parte y me quemaría viva, de que una cosa metálica y monstruosa saldría y me trituraría, de que...
Cerré los ojos.
Pero no sucedió nada. No a mí, al menos. Sólo oí un siseo, como si un petardo hubiera fallado.
—¿Bien? —me dijo Lancelot.
Abrí los ojos. Me estaba mirando, henchido de orgullo. Yo lo miré a él, desconcertada.
—Aquí. ¿No lo ves, idiota? Aquí.
A medio metro del crisol había otro. Yo no lo había visto antes.
—¿Te refieres a ese segundo crisol? —pregunté.
—No es un segundo crisol, sino un duplicado del primero. Para todos los efectos son el mismo crisol, átomo por átomo. Compáralos. Verás que las manchas de óxido son idénticas.
—¿Hiciste el segundo a partir del primero?
—Sí, pero de un modo especial. Normalmente, la creación de materia requeriría una cantidad imposible de energía. Se necesitaría la fisión total de cien gramos de uranio para crear un gramo de materia duplicada, incluso con un rendimiento perfecto. El gran secreto que he descubierto es que la duplicación de un objeto en un punto del futuro requiere escasa energía si dicha energía se aplica correctamente. La esencia de esta proeza..., querida, es que al crear el duplicado y traerlo de vuelta he logrado el equivalente del viaje por el tiempo.
El hecho de que me dirigiera un término afectuoso revelaba su grado de exaltación y felicidad.
—¡Es extraordinario! —exclamé, pues a decir verdad estaba impresionada—. ¿El ratón también ha vuelto?
Miré dentro del segundo crisol y tuve otro sobresalto desagradable. Había un ratón blanco... y muerto.
Lancelot se ruborizó un poco.
—Es un inconveniente. Puedo traer de vuelta la materia viviente, pero no como materia viva, sino muerta.
—Qué lástima. ¿Por qué?
—Aún no lo sé. Sospecho que los duplicados son del todo perfectos a escala atómica. Desde luego, no hay daños visibles. Las disecciones lo demuestran.
—Podrías preguntar...
Me callé de inmediato ante su mirada. Comprendí que era mejor no sugerir una colaboración, pues sabía por experiencia que en tal caso el colaborador recibiría invariablemente todo el mérito por el descubrimiento.


—Ya he preguntado —dijo Lancelot, en un tono amargamente divertido—. Un biólogo les hizo la autopsia a algunos de mis animales y no encontró nada. Por supuesto, no sabía de dónde venía el animal y me cuidé de llevármelo antes de que algo me delatara. ¡Cielos, ni siquiera mis ayudantes saben qué estoy haciendo!
—¿Pero por qué tanto secreteo?
—Porque no puedo traer objetos vivos. Algún sutil trastorno molecular. Si publicara mis resultados, alguien podría descubrir el modo de impedir ese trastorno, añadir una mejora de poca importancia a mi descubrimiento y hacerse más famoso que yo porque traería de vuelta a un hombre vivo que podría proporcionar información sobre el futuro.
Lo comprendí perfectamente. No tenía ni que decirme que aquello podría ocurrir; ocurriría sin duda. Inevitablemente. De hecho, hiciera lo que hiciese, otro se llevaría los laureles. Estaba segura de ello.
—Sin embargo —continuó, hablando para sí mismo más que para mí—, no puedo esperar más. Debo hacerlo público, pero de tal modo que quede indeleble y permanentemente asociado conmigo. El aura dramática ha de ser tan efectiva que no haya modo de referirse al viaje por el tiempo sin mencionarme a mí, hagan lo que hagan otros en el futuro. Yo prepararé ese drama y tú representarás un papel en él.
—¿Pero qué quieres que haga, Lancelot?
—Serás mi viuda. 
Le agarré el brazo.
—Lancelot, ¿quieres decir...?
No puedo analizar los sentimientos conflictivos que me embargaron en ese instante.
Se zafó de mí rudamente.
—Sólo provisionalmente. No me voy a suicidar; simplemente, me haré volver desde un futuro de tres días.
—Pero estarás muerto.
—Sólo el "yo" que regrese. El "yo" real estará tan vivo como siempre. Como ese ratón blanco. —Fijó la vista en un cuadrante—. Ah, tiempo cero dentro de pocos segundos. Observa el segundo crisol y el ratón muerto.
Se esfumó ante mis ojos y de nuevo oí un siseo.
—¿Adónde ha ido?
—A ninguna parte. Era sólo un duplicado. En cuanto pasamos por ese instante del tiempo en el cual se formó el duplicado, desapareció de forma natural. Pero el primer ratón era el original y está vivito y coleando. Lo mismo ocurrirá conmigo. Un "yo" duplicado regresará muerto. El "yo" original estará vivo. Dentro de tres días, llegaremos al instante en que se formó el "yo" duplicado, usando mi "yo" verdadero como modelo, y regresó muerto. Una vez que pasemos ese momento, el "yo" muerto desaparecerá y el vivo permanecerá. ¿Está claro?
—Parece peligroso.
—Pues no lo es. Cuando aparezca mi cadáver, el médico me declarará muerto, los periódicos anunciarán que estoy muerto, el sepulturero se dispondrá a enterrar al muerto. Luego, volveré a la vida y haré público cómo lo hice. Cuando eso ocurra, seré algo más que el descubridor del viaje por el tiempo. Seré el hombre que regresó de la tumba. El viaje temporal y Lancelot Stebbins gozarán de tanta publicidad y quedarán tan unidos el uno al otro que nada podrá separar mi nombre de la idea del viaje por el tiempo.
—Lancelot —murmuré—, ¿por qué no nos limitamos a anunciar tu descubrimiento? Es un plan demasiado rebuscado. Con sólo hacerlo público te harás famoso y luego podremos mudarnos a la ciudad y...
—¡Cállate! Haz lo que te digo.
No sé cuánto tiempo llevaba Lancelot pensando en todo eso antes de que el obituario aquel llevara las cosas a tal extremo. No subestimo su inteligencia. A pesar de su pésima suerte, su brillantez era incuestionable.
Antes de que se marcharan sus ayudantes, les había informado sobre los experimentos que se proponía realizar en su ausencia. Una vez que ellos dieran testimonio, nadie se extrañaría de que Lancelot estuviera trabajando con una combinación de reacciones químicas y muriera envenenado con cianuro.
—Encárgate de que la policía se ponga en contacto en seguida con mis ayudantes. Ya sabes dónde se encuentran. No quiero que haya insinuaciones de homicidio ni de suicidio; que sólo se hable de accidente, un accidente lógico y natural. Quiero que un médico certifique rápidamente la defunción y que se notifique de inmediato a los periódicos.
—Pero, Lancelot, ¿y si encuentran a tu verdadero yo?
—¿Por qué iban a encontrarlo? Si encuentras un cadáver, ¿te pones a buscar su réplica viviente? Nadie me buscará, y entre tanto yo me ocultaré en la cámara del tiempo. Hay retrete y lavabo y puedo llevar suficientes sándwiches preparados para alimentarme. —Y añadió con disgusto—: Claro que tendré que prescindir del café hasta que todo haya terminado. No puedo permitir que alguien huela un inexplicable aroma a café mientras se supone que estoy muerto. No importa; hay agua en abundancia y son sólo tres días.
Entrelacé las manos nerviosamente.
—Y si te encontraran ¿no sería igual? Habrá un "yo" muerto y un "yo" vivo...
En realidad, intentaba consolarme a mí misma, prepararme para la inevitable desilusión.
—¡No! ¡No sería igual! ¡Todo se convertiría en un engaño que había fracasado! ¡Me haría famoso, pero sólo como un tonto!
—Pero, Lancelot —dije cautamente—, siempre algo sale mal.
—No esta vez.
—Pero siempre dices "no esta vez" y, sin embargo, siempre...
Pálido por la rabia y con los ojos en blanco, me agarró del codo y me zarandeó, pero no me atreví a gritar.
—Sólo algo puede ir mal y eres tú. Si me delatas, si no desempeñas perfectamente tu papel, si no sigues las instrucciones al pie de la letra, yo..., yo... —Pareció buscar el castigo apropiado y dijo—: Te mataré.
Volví la cabeza aterrorizada y traté de zafarme, pero él me retuvo con fuerza. Su fuerza era notable cuando lo poseía la ira.
—¡Escúchame! Me has causado bastante daño con tu forma de ser, pero me he culpado a mí mismo primero por casarme contigo y luego por no haber encontrado tiempo para divorciarme. Pero ahora, a pesar de ti, tengo la oportunidad de transformar mi vida en un gran éxito. Si estropeas esta oportunidad, te mataré. Lo digo en serio.
No me cabía duda.
—Haré todo lo que digas —susurré, y me soltó.
Se pasó un día entero trabajando con sus máquinas.
—Nunca he transportado más de cien gramos —dijo reflexivamente. 
Pensé: "No funcionará, no puede funcionar".
Al día siguiente, reguló el aparato de tal modo que yo sólo debía apagar un interruptor. Durante un buen rato me hizo practicar con ese interruptor en un circuito desconectado.
—¿Lo entiendes ahora? ¿Ves cómo se hace?
—Sí.
—Pues hazlo cuando se encienda esta luz, ni un segundo antes. 
"No funcionará", pensé.
—Sí —dije.
Ocupó su puesto y guardó un hosco silencio. Llevaba puesto un delantal de caucho sobre una chaqueta de laboratorio.
La luz destelló y la práctica rindió sus frutos, pues conecté el interruptor automáticamente antes de que ningún pensamiento pudiera detenerme o hacerme vacilar.


Por un instante vi a dos Lancelots, uno al lado del otro; el nuevo, vestido como el viejo, pero más desaliñado. Luego, el nuevo se desplomó y se quedó inerte.
—¡Bien! —exclamó el Lancelot vivo, saliendo de ese lugar cuidadosamente marcado—. Ayúdame. Cógele por las piernas.
Me quedé maravillada de Lancelot. Sin una mueca de inquietud, era capaz de trasladar su propio cadáver, su cadáver de tres días más tarde, tan impávido como si llevara un saco de trigo.
Lo agarré de los tobillos, sintiendo un retortijón en el estómago. Aún estaba tibio, recién muerto. Lo llevamos por un corredor, subimos por una escalera, cruzamos otro corredor y entramos en un cuarto. Lancelot ya lo tenía todo preparado. Una solución burbujeaba en un extraño artilugio de vidrio en un sector cerrado con una puerta corrediza.
Había otros aparatos de química esparcidos por allí, sin duda destinados a hacer creer que había un experimento en marcha. En el escritorio, sobresalía de entre otros un frasco con la etiqueta de "Cianuro de potasio". Cerca de él había algunos cristalitos desparramados; cianuro, supongo.
Lancelot dejó caer el cadáver como si se hubiera caído del taburete, le puso cristales en la mano izquierda y arrojó un puñado en el delantal de caucho y otro en la barbilla.
—Ellos lo entenderán —murmuró. Echó una última ojeada y me dijo—: Muy bien. Ahora vete a casa y llama al médico. Di que viniste a traerme un sándwich porque yo seguí trabajando durante la hora del almuerzo. Ahí está. —Y señaló un plato roto y un sándwich esparcido, tirado donde presuntamente se me había caído de las manos—. Grita un poco, pero no exageres.
No me resultó difícil gritar ni llorar cuando llegó el momento. Hacía días que tenía ganas de hacer ambas cosas y fue un alivio poder desahogar mi histeria.
El médico se comportó tal como Lancelot había previsto. El frasco de cianuro fue lo primero que vio. Frunció el ceño.
—Cielos, señora Stebbins. Era un químico descuidado.
—Supongo que sí —sollocé—. No debía hacer este trabajo, pero sus ayudantes están de vacaciones.
—No se debe tratar el cianuro como si fuera sal. —El médico sacudió la cabeza con aire moralizador—. Señora Stebbins, tendré que llamar a la policía. Es envenenamiento accidental por cianuro, pero se trata de una muerte violenta y la policía...
—Oh, sí. Llame usted.
Y de inmediato me reproché haber hablado con tan sospechosa avidez.
Llegó la policía, acompañada de un cirujano forense, quien gruñó disgustado al ver los cristales de cianuro en la mano, en el delantal y en la barbilla. Los policías no demostraron el menor interés. Se limitaron a hacer preguntas estadísticas relacionadas con los nombres y las edades. Me preguntaron que si yo podría encargarme del sepelio. Dije que sí y se marcharon.
Luego, telefoneé a los periódicos y a dos agencias de prensa. Les dije que suponía que obtendrían noticias del deceso en los archivos de la policía y que esperaba que no hicieran hincapié en que mi esposo era un químico descuidado, con el tono de alguien que desea que no se hable mal de los difuntos. A fin de cuentas, agregué, era físico nuclear y no químico, y últimamente yo tenía la sensación de que podía hallarse en problemas.
Seguí las indicaciones de Lancelot al pie de la letra y eso también funcionó. ¿Un físico nuclear con problemas? ¿Espías? ¿Agentes enemigos?
Los periodistas acudieron ávidamente. Les di un retrato juvenil de Lancelot y un fotógrafo tomó fotos del laboratorio. Los conduje por algunas salas del laboratorio principal para que tomaran más fotos. Ni los policías ni los periodistas me hicieron pregunta alguna sobre la habitación cerrada, y nadie pareció reparar en ella.
Les di también un montón de material profesional y biográfico que Lancelot había dejado preparado y les conté varias anécdotas destinadas a revelar una combinación de humanidad y brillantez. Traté de ser literal en todo y, sin embargo, no me sentía confiada. Algo saldría mal, sabía que algo saldría mal.
Y cuando eso ocurriera él me echaría la culpa. Y esta vez había prometido matarme.
Al día siguiente le llevé los periódicos. Los leyó una y otra vez con ojos relucientes. Le habían dedicado un recuadro entero en el lado inferior izquierdo de la primera plana del New York Times. Tanto el Times como Associated Press hacían poco hincapié en el enigma de su muerte, pero uno de los tabloides tenía un llamativo titular en primera página: "Misteriosa muerte de sabio atómico".
Lancelot se rio estentóreamente mientras leía y, cuando terminó con todos, volvió al primero.
Me miró severamente.
—No te vayas. Escucha lo que dicen.
—Ya los he leído todos, Lancelot.
—Te digo que escuches.
Me los leyó uno por uno en voz alta, demorándose en las alabanzas a los difuntos. Finalmente dijo, radiante de satisfacción:
—¿Sigues creyendo que algo saldrá mal?
—Si la policía volviera a preguntarme por qué pienso que estabas en apuros...
—Tus declaraciones fueron imprecisas. Diles que habías tenido pesadillas. Para cuando quieran investigar más, si es que lo hacen, será demasiado tarde.
Por supuesto, todo iba bien, pero me costaba creer que seguiría así. De todos modos, la mente humana es extraña, insiste en tener esperanzas cuando todo está en contra.
—Lancelot, cuando todo esto haya terminado y seas famoso, famoso de verdad, podrás retirarte. Podremos regresar a la ciudad y vivir en paz.
—Eres una imbécil. Una vez que se me reconozca deberé continuar, ¿no lo entiendes? Los jóvenes acudirán a mí. Este laboratorio se convertirá en un gran Instituto de Investigación Temporal. Seré una leyenda viviente, y mi grandeza alcanzará tales alturas que nadie podrá ser otra cosa que un enano intelectual en comparación conmigo.
Se puso de puntillas, con los ojos brillantes, como si ya viera el pedestal donde iban a ponerlo.
Había sido mi última esperanza de recibir una migaja de felicidad.
Suspiré.
Le pedí al sepulturero que dejara el ataúd con el cuerpo en el laboratorio antes de enterrarlo en el terreno de la familia Stebbins en Long Island. Le pedí que no lo embalsamara y me ofrecí a conservarlo en una sala refrigerada a cuatro grados.
El sepulturero llevó el ataúd al laboratorio con un gesto de fría desaprobación. Sin duda eso se reflejó en la cuenta que recibí más tarde. Mi explicación de que deseaba tenerlo cerca por última vez y darles a los ayudantes la oportunidad de ver el cadáver era incongruente y sonaba como tal.
De todas formas, Lancelot había especificado claramente qué debía decir. Una vez que el cuerpo estuvo en el ataúd, con la tapa abierta, fui a ver a Lancelot.
—Oye, el sepulturero está muy disgustado. Creo que sospecha que hay gato encerrado.
—Bien —dijo Lancelot con satisfacción.
—Pero...
—Sólo es preciso aguardar un día más. Una mera sospecha no va a cambiar las cosas. Mañana por la mañana, el cuerpo desaparecerá, o debería desaparecer.


—¿Quieres decir que tal vez no desaparezca? 
"Lo sabía, lo sabía", pensé.
—Podría darse alguna demora o algún adelanto. Nunca he transportado nada tan pesado y no sé hasta qué punto son exactas mis ecuaciones. Si quiero que el cuerpo esté aquí y no en una sala de velatorios es, entre otras cosas, para poder realizar las observaciones pertinentes.
—Pero en la sala de velatorios desaparecería ante testigos.
—¿Y piensas que aquí sospecharán alguna artimaña?
—Desde luego.
Lancelot parecía divertido.
—Dirán: ¿Por qué mandó de vacaciones a sus ayudantes?, ¿por qué se mató realizando experimentos que un niño podría realizar?, ¿por qué el cadáver desapareció sin testigos? Dirán: Esa historia del viaje por el tiempo es absurda; tomó drogas para sumirse en un trance cataléptico y los médicos se dejaron embaucar.
—Sí —murmuré. ¿Cómo se había dado cuenta de todo eso?
—Y cuando yo afirme que he resuelto el problema del viaje por el tiempo —prosiguió—, que incuestionablemente se certificó mi muerte y que yo incuestionablemente no estaba vivo, los científicos ortodoxos me denunciarán por farsante. Y en una semana me habré convertido en un nombre cotidiano para todos los habitantes de la Tierra. No hablarán de otra cosa. Me ofreceré para hacer una demostración del viaje por el tiempo ante cualquier grupo de científicos que desee presenciarla. Ofreceré hacer la demostración por un circuito intercontinental de televisión. La presión pública obligará a los científicos a asistir, y la televisión a darles autorización. Lo de menos será si la gente ansía un milagro o un linchamiento. ¡Lo verá! Y entonces alcanzaré el éxito y nadie en la historia de la ciencia habrá logrado una culminación más trascendente.
Me quedé obnubilada un instante, pero algo dentro de mí insistía: "Demasiado largo, demasiado complicado, algo saldrá mal".
Esa noche llegaron sus ayudantes y trataron de mostrarse respetuosamente acongojados en presencia del cadáver; dos testigos más que jurarían haber visto muerto a Lancelot, dos testigos más que embrollarían la situación y contribuirían a llevar los acontecimientos hasta una cima estratosférica.
A las cuatro de la madrugada siguiente estábamos en la sala refrigerada, arropados en abrigos y esperando el momento cero.
El eufórico Lancelot revisaba sus instrumentos una y otra vez, mientras el ordenador trabajaba constantemente. No sé cómo lograba mover los dedos con tanta agilidad haciendo el frío que hacía.
Yo estaba totalmente alicaída. Era el frío, el cadáver en el ataúd, la incertidumbre del futuro.
Hacía una eternidad que estábamos allí cuando Lancelot exclamó a media voz:
—Funcionará. Funcionará tal como predije. A lo sumo, la desaparición se retrasará cinco minutos, y esto tratándose de setenta kilogramos de masa. Mi análisis de las fuerzas cronométricas es magistral.
Me sonrió, pero también le sonrió al cadáver con igual calidez.
Noté que tenía la chaqueta arrugada y desaliñada, igual que el segundo Lancelot, el muerto, cuando apareció. La llevaba puesta desde hacía tres días hasta para dormir.
Lancelot pareció leerme los pensamientos, o tal vez la mirada, pues bajó la vista a su chaqueta y dijo:
—Sí, será mejor que me ponga el delantal. Mi segundo yo lo tenía puesto cuando apareció.
—¿Qué ocurriría si no te lo pusieras? —pregunté con voz neutra.
—Tendría que hacerlo. Sería necesario. Algo me lo habría recordado. De lo contrario, él no habría aparecido con el delantal puesto. —Entrecerró los ojos—. ¿Sigues creyendo que algo saldrá mal?
—No lo sé —murmuré.
—¿Crees que el cuerpo no desaparecerá o que yo desapareceré? —No respondí—. ¿No ves que mi suerte ha cambiado al fin? —chilló—. ¿No ves que todo sale a la perfección y según lo planeado? Seré el hombre más grande que haya vivido. Vamos, calienta agua para el café. —De pronto, recobró la calma—. Servirá para celebrar que mi doble nos abandona y yo regreso a la vida. Hace tres días que no tomo café.
Era café instantáneo, pero después de tres días se conformaría con eso. Manipulé el calentador eléctrico del laboratorio con los dedos congelados hasta que Lancelot me empujó a un lado y puso a calentar una jarra de agua.
—Tardará un rato —dijo, poniendo al máximo el mando. Miró al reloj y a los cuadrantes de las paredes—. Mi doble se habrá ido antes de que el agua hierva. Ven a mirar.
Se puso a un lado del ataúd. Yo vacilé.
—Ven —me ordenó. Fui.
Se miró con infinito placer y esperó. Ambos esperamos, con la vista fija en el cadáver.
Se oyó el siseo y Lancelot gritó:
—¡Quedan menos de dos minutos!
Sin un temblor ni un parpadeo, el cadáver desapareció.
El ataúd abierto contenía ropa vacía. Por supuesto, no era la ropa en la que había llegado el cadáver, sino prendas reales y que permanecían en la realidad. Allí estaban: muda interior, camisa, pantalones, corbata, chaqueta. Los calcetines colgaban de los zapatos caídos. El cuerpo se había esfumado.
Oí el hervor del agua.
—Café —dijo Lancelot—. Primero el café. Luego llamaremos a la policía y a los periódicos.
Preparé café para él y para mí.
Le añadí la acostumbrada medida de azúcar, ni mucha ni poca. Incluso en aquella situación, sabiendo que esa vez no le importaría, no pude contra el hábito.
Sorbí mi café, sin crema ni azúcar, según mi costumbre, y el calor me reanimó.
Él revolvió su café.
—Con todo lo que he esperado... —dijo en voz baja.
Se llevó la taza a los labios, que sonreían triunfantes, y bebió. Fueron sus últimas palabras.
Ahora que todo había terminado, sentí un cierto frenesí. Me las apañé para desnudarlo y ponerle la ropa del cadáver desaparecido. Logré levantar el cuerpo y tenderlo en el ataúd. Le coloqué los brazos sobre el pecho.
Lavé todo rastro de café en el fregadero de la otra habitación y también el azucarero. Una y otra vez lo lavé, hasta que desapareció todo el cianuro que había sustituido al azúcar.
Llevé su chaqueta de laboratorio y el resto de la ropa al cesto donde guardé las que había traído el doble. El segundo juego había desaparecido, y puse allí el primero.
Luego, esperé.
Esa noche, comprobé que el cadáver estaba frío y llamé al sepulturero. Nadie tenía por qué asombrarse. Esperaban un cadáver y allí lo tenían. El mismo cadáver. Realmente el mismo. Incluso tenía cianuro, tal como supuestamente lo tenía el primero.
Supongo que serían capaces de distinguir entre un cuerpo muerto doce horas atrás y otro que llevaba tres días y medio muerto, aunque refrigerado; pero ¿quién iba a molestarse en investigar?
No investigaron. Cerraron el ataúd, se lo llevaron y lo sepultaron. Era el homicidio perfecto.
En rigor, como Lancelot estaba legalmente muerto cuando lo maté, me pregunto si en verdad fue un homicidio. Por supuesto, no pienso consultárselo a un abogado.
Ahora llevo una vida apacible y feliz. Tengo suficiente dinero. Voy al teatro. He entablado amistades.
Y vivo sin remordimientos. Lancelot nunca recibirá sus laureles. Algún día, cuando alguien vuelva a descubrir el viaje por el tiempo, el nombre de Lancelot Stebbins permanecerá olvidado en las tinieblas del Estigia. Pero yo ya le había advertido que, fueran cuales fuesen sus planes, así terminaría todo.
Si yo no lo hubiera matado, alguna otra cosa habría estropeado sus planes, y entonces él me habría matado a mí.
Así que vivo sin remordimientos.
Incluso se lo he perdonado todo; todo, salvo ese momento en que me escupió. Resulta irónico que gozara de un instante de felicidad antes de morir, pues recibió una dádiva que pocos han tenido, y él fue el único que pudo saborearla.
A pesar del berrido que me pegó aquella vez que me escupió, Lancelot tuvo la oportunidad de leer su propio obituario.


FIN

2026/03/30

El azul más profundo del mundo (Sonya Dorman)


Título original: The Deepest Blue in the World
Año: 1964


Era un jarrón en forma de cuenco, de un profundo color azul. Las femeninas curvas del mismo se adaptaban perfectamente a las palmas de sus manos. La muchacha que lo transportaba calzaba zapatos gastados, vestía una falda limpia, pero muy raída y una blusa rasgada. Nada llevaba con ella, salvo el mencionado jarrón, que estaba vacío.
—Hemos llegado, querida —dijo la encargada al entrar en el largo dormitorio de alto techo. Por las grandes ventanas del antiguo edificio entraban haces de luz, que se deslizaban por los hombros de la joven e iluminaban sus trenzas con reflejos dorados y rojizos.
En el otro extremo de la habitación, dos adolescentes, sentadas en sus camas, se entretenían con algún juego.
La encargada guió a la recién llegada hasta una cama vacía, cuya colcha, aunque gastada, era de un blanco inmaculado. Junto a la cama había un velador pequeño con dos cajones. La niña, sosteniendo el jarrón con ambas manos, lo acercó a un rayo de sol que le permitió apreciar el color azul del objeto. Luego, alejándolo de la luz, lo depositó sobre el velador. Entonces se sentó en la cama y, después de cruzar sus manos, las descansó sobre el regazo.
—¡Niñas! —llamó la encargada a las otras dos—. Aquí está Anna.
Aquéllas se volvieron para mirarla, ni hostiles ni amigables, ni siquiera indiferentes. Anna continuó contemplándose las manos, delgadas y de piel oscura en los nudillos, y callosas en las palmas.
—¡Niñas! —repitió amenazadoramente la mujer.
Se levantaron y acudieron sin que sus semblantes denotaran gran curiosidad.
—Hola, Anna —dijeron.
En ese instante se oyó un formidable estruendo, y las dos niñas, junto con Anna, dirigieron su mirada a través de los amplios ventanales, hacia el cohete que, surgiendo por detrás de un lejano muro, abandonaba la base espacial.
El cielo era de un color tan puro, que parecía la llama del alcohol cuando quema; la nave se elevó y desapareció en el aire, dejando tras sí una turbulenta estela, y un gran asombro entre aquellos que la oyeron pasar; las tres jovencitas quedaron ensimismadas, nostálgicas y perplejas.
—Sí, se ven pasar continuamente —declaró la encargada con fingido buen humor—. Las dejo solas; así podrán conocerse mejor. Pronto llegarán las otras de la escuela.
Cuando se hubo retirado del amplio dormitorio, tras cerrar con cuidado la pesada puerta, Anna levantó la vista y miró a sus dos compañeras. En aquel momento, la expresión de ambas era impenetrable, pero la joven que estaba de pie, de delicados rasgos y sesgados ojos marrones, se inclinó hacia la recién llegada y le preguntó:
—¿Dónde?
—En Marte —contestó Anna—. La semana pasada, en Marte.
Rubia y algo brusca de modales, la otra muchacha, adolescente aún, prometía convertirse en una beldad. Desvió la cara y explicó:
—Mi padre sigue aún en órbita.
El orgullo que se percibía en su voz era como un afilado cuchillo. Aunque dominaba todos los gestos de su rostro, apenas podía controlar la voz.
—Yo soy Lupe —dijo la de los ojos color castaño—. ¿Qué edad tienes?
—Catorce años —respondió Anna, sin dejar de observar el jarrón vacío.
—Entonces sólo estarás aquí un año —aseguró la rubia—. Yo estoy casi lista para irme. Dentro de un mes cumpliré quince años. Lupe es de tu misma edad.
—¿Adónde irás? —preguntó Anna.
La rubia sonrió, transformándose de pronto en una belleza radiante, serena y orgullosa. Su rostro era, en aquellos instantes, el rostro de una mujer.
—Al banco del matrimonio —contestó.
—¿Sin más ni más? —preguntó Anna, azorada.
—No, tonta —dijo Lupe, sentándose a su lado—. Conny tiene aún un año de colegio por delante. ¿Acaso no lo sabes?
—No sé nada —admitió Anna.
Conny se encogió de hombros. Luego se dirigió hacia la ventana, contra la que se recostó apoyando la palma de una de sus manos sobre el irrompible panel protector de plástico. No se veían más que enormes edificios y, encima de ellos, el cielo por donde sus padres habían desaparecido.
Se oyó un distante murmullo de voces infantiles.
—Pronto estarán aquí las más pequeñas —dijo Lupe—. Nosotras somos las mayores.
Conny, que se había vuelto hacia sus compañeras, contempló el jarrón azul con curiosidad; movió una mano con ademán de tocarlo, pero Anna saltó a la defensiva desde su cama, gritando asustada.
—De acuerdo —dijo Conny—. No lo hice a propósito.
—¿Viene de Marte? —preguntó Lupe, señalando el jarrón. Anna inclinó la cabeza.
—No —murmuró—. Lo trajo de Plains para mi madre.
—¿Se ha vuelto a casar? —preguntó Conny.
Anna inclinó aún más la cabeza, y sus trenzas color castaño oscuro cayeron sobre los hombros.
—No —replicó.
—Tiene que hacerlo —expuso Conny, con un tono de voz en el que se advertía cierta dureza.
—Ya lo sé —contestó Anna—; pero no lo ha hecho.
—Si tiene menos de treinta y cinco años, debe hacerlo, o irá a la cárcel.
—Ya fue —dijo Anna—. Esta mañana, cuando vinieron a buscarme.
—No es justo —dijo Conny, levantándole el rostro con una mano y mirándola con furia—. Nuestras madres han tenido que casarse por segunda vez. ¿Por qué no tendría que hacerlo la tuya también? Las guerras devoran a nuestros hombres; tenemos que fabricar más hombres. ¿Qué derecho tiene ella?
—¡Porque prefirió lo contrario! —gritó Anna, apartando de un golpe el brazo de Conny—. Tenía todo el derecho a elegir.
De nuevo se oyó una tremenda y ruidosa explosión, que provenía del centro espacial; las tres jóvenes se acercaron a las ventanas y, en profundo silencio, vieron cómo ascendían en el intenso cielo azul las naves que partían hacia la guerra.
Lupe tragó saliva; Conny apartó de su mejilla el cabello rubio y lo echó hacia atrás, y Anna deslizó con suavidad las palmas de sus manos a ambos lados del jarrón, entibiándolo. 


La pesada puerta del dormitorio se abrió de par en par, y entró un grupo de niñas de corta edad. Una de ellas, con la cara húmeda y sucia, lloraba. Las demás, rodeándola, le daban empujones y la zarandeaban.
Entró la encargada y las dispersó bruscamente, enviando a la que lloraba a la enfermería, y a las demás al sosiego de algún juego tranquilo en sus camas. Una vez acostadas, se dirigió a las mayores.
—¿Ya se han hecho amigas? —preguntó con expresión risueña—. Estoy segura que sí. Lupe, por favor, procura que Anna se encuentre a gusto aquí. Conny, quieren verte arriba, en la oficina.
—¡A mí! —exclamó con un destello de luz en sus ojos—. ¿Acaso estoy ya preparada?
—No sé nada al respecto, querida —afirmó la mujer—. No creo que estés lista aún, pues todavía no has celebrado tu cumpleaños, pero, de todos modos, quieren verte.
Sin volverse siquiera, Conny atravesó rápidamente el cuarto, cruzó la puerta abierta, y todos pudieron oírla escaleras arriba, en dirección a la oficina.
Lupe parecía asustada.
—No se la llevarán todavía, ¿verdad? —preguntó.
—No lo creo, querida —respondió la encargada, sacudiendo la cabeza.
Cuando ésta se retiró del cuarto y cerró la puerta, el silencio se hizo más profundo y vibrante, como si cada una de las muchachas retuviera el aliento. Las que habían estado jugando, dejaron de hacerlo; las que ya estaban acostadas, se irguieron. Todas esperaban atentamente en sus camas, distribuidas en doble hilera. Las había de todos los tamaños, formas y colores, cosa muy natural, dado que la edad de las niñas oscilaba entre los cinco y los quince años. Las veinte niñas mantenían fija la mirada en los ventanales que daban al oeste, a través de los cuales se filtraba el sol poniente con un resplandor que las deslumbraba.
El piso, el edificio, las ventanas, las niñas y el aire trepidaron con la explosión. Apenas pudieron vislumbrar la nave, que, elevándose a gran velocidad, desapareció muy pronto en el espacio.
Poco a poco, todas volvieron a sus juegos. Lupe seguía sentada en la cama de Anna, y cuando ésta, finalmente, optó por sentarse, aquélla la tomó cariñosamente por el brazo y le dijo:
—Seremos amigas. Tenemos la misma edad. Quizá vayamos en el mismo grupo al banco del matrimonio.
Anna desvió la mirada hacia el jarrón azul oscuro.
—Quizá —contestó.
Se acercó a ellas una niña de diez años, de cuerpo rechoncho, que siguió de largo por el estrecho pasillo que separaba la cama de Anna de la contigua, inclinó la cabeza hacia delante y, estirando el cuello, fijó su mirada en el jarrón.
—¡Ah! —dijo—. ¡Qué color tan hermoso!
—Sí —asintió Anna.
—¿Puedo tocarlo?
—No.
La niña miró a Anna con una expresión en la que se mezclaban la decepción y la picardía.
—Es muy especial, ¿no? —preguntó.
—Me pertenece —contestó Anna.
—¿Dónde?
—En Marte —replicó Anna.
—Al mío le tocó aquí mismo. La nave explotó mientras la abastecían de combustible. No tuvo tiempo de despegar siquiera. Fue aquí mismo, puedes verlo desde la ventana.
Anna cerró los ojos.
—¿Cómo puedes mirar? —murmuró.
—Se supone que estoy aquí para mirar, sabes. ¿Por qué crees que te han traído? Estamos condicionadas. Hace cuatro años que estoy aquí, y me he habituado a mirar. Tú también te acostumbrarás. Por cada nave que despega, debes contar quince hombres; una nave cada media hora, entre el amanecer y el crepúsculo, se llevará los hijos varones que tiene tu madre, y los que tú tendrás, después de ir un par de veces al banco del matrimonio. Esa es la forma de condicionamiento con que operan aquí.
—Será mejor que vuelvas a tu cama —dijo Lupe a la niña—. No creo que te gustase hablar del tema el día en que viniste por primera vez.
—Ya ni me acuerdo —replicó, mientras miraba el jarrón de soslayo.
—¡Tiene un hermoso color! —exclamó—. Creo que es el azul más profundo de la Tierra. Tengo cuatro hermanos —agregó tras una breve pausa—. Tendré cuatro hijos.
—¡Vamos ya, vete! —dijo Lupe dándole un ligero empellón.
La niña se entretuvo aún en echar un vistazo al jarrón y luego a Anna, para fijar por último su mirada en el objeto.
Era lo único que había sobre el velador de madera de Anna, a diferencia de los demás, repletos de juguetes, fotografías y medallas de guerra.
—¿Es que no posees nada? —preguntó la niña con voz chillona—. ¿Ni libros, ni ropa, ni medallas? ¿Sólo este jarrón?
—Sólo el jarrón —contestó Anna.
Transformada de pronto en una criatura cruel, la niña retrocedió.
—¡Entonces tu madre está en la cárcel! —gritó mientras se alejaba—. ¡Ella lo quiso y a ti nada te pertenece!
Se oyó un murmullo en todo el cuarto, al tiempo que las niñas se volvían para fijarse en Anna, escuchar y observarla.
—Prisión. Ella lo eligió —corearon—. Prisión; nada le pertenece. ¿Quién le ha permitido conservar ese jarrón?
Anna tomó el jarrón con gesto desesperado, aunque tuvo gran cuidado en manipularlo con suavidad. Luego, apretándolo entre sus pequeños pechos, se inclinó en forma protectora sobre él como para esconderlo. Tanto se había encogido, que se vio obligada a respirar sobre la boca del jarrón; el aire expulsado de sus pulmones llenó la cavidad azul y pronto volvió a salir por el estrecho cuello. La muchacha sintió que la forma redonda se entibiaba en sus manos, pero, como estaba demasiado asustada para moverse, siguió doblada sobre sí misma, sin dejar de respirar dentro de la cavidad oscura, mientras sentía en su cara el vaivén de su aliento.
Una súbita campanada vibró por el salón, y todas saltaron de sus camas al ver que la encargada abría la puerta.
—Es la hora de la cena —informó Lupe a Anna. Ésta levantó la cabeza y se sentó sobre los talones.
—¡Vamos! —dijo Lupe—. No querrás perderte la cena. Bajaré contigo, ya verás.
Anna negó con la cabeza.
—Decídete, tienes que comer —insistió Lupe—. No está permitido faltar a las comidas, a no ser que te encuentres enferma. Ya verás cómo luego te sientes mejor.
—De ningún modo —respondió Anna—. No quiero nada.
Lupe la instó, tirando con suavidad de los brazos y las muñecas que aún sostenían el jarrón contra su cuerpo.
—Por favor, Anna, ven. Ya han bajado todos a comer. Por el momento ya no saldrán más naves de las bases; no hay nada que ver hasta las seis de la mañana. Por favor, Anna, tenemos la misma edad, podemos ser amigas; le hablaré a la encargada y podremos ir juntas al banco del matrimonio.


Anna abrió los ojos y se enderezó. Luego, con un gesto furioso, indicó:
—Elijo la cárcel.
Tras una breve pausa, elevó la voz y gritó:
—¡Elijo la cárcel! ¡No iré al banco del matrimonio, no tendré hijos, no miraré cómo se elevan las naves! Elijo la prisión bajo tierra para el resto de mis días, igual que lo hizo mi madre.
Lupe, asustada y temblorosa, se había ido alejando poco a poco de ella. Retrocedió unos pasos, sin dejar de mirar a Anna y al jarrón que ésta sostenía, casi incoloro por la falta de luz.
De pronto, apareció la encargada. Cruzó la puerta, que permanecía abierta, y se acercó a ellas.
—¡Niñas, van a llegar tarde a la cena! —farfulló—. ¿Qué sucede?
—Elijo la cárcel —dijo Anna, al tiempo que, vuelta de espaldas, depositaba el jarrón sobre el velador.
—¡Dios mío! —exclamó la mujer—. Criatura, no sabes lo que eso significa.
—Lo sé muy bien. Trabajaré en el subterráneo catorce horas diarias y ya nunca más podré salir a la superficie, pero eso es lo que elijo. Ahora mismo me iré.
—No puedes irte ahora —dijo la mujer, quien, muy confundida, no cesaba de mover las manos en todas direcciones, como si quisiera atraer a Anna hacia sí—. ¡Criatura tonta, no sabes lo que dices! —exclamó aproximándose a la joven, mientras seguía hablando—. ¡Pobrecilla! —Volviendose hacia Lupe ordenó—: Lupe, por favor, ve en seguida al comedor.
Lupe se retiró. La mujer se acercó entonces a Anna, moviendo nerviosamente las manos.
—No puedes elegir ahora, Anna.
—Tengo derecho —contestó la muchacha.
—¡Claro que no, niña tonta! —exclamó la encargada—. Y cuando puedas hacerlo, no pensarás así; no sabes lo que dices. ¿Ignoras que sólo podrás tomar una decisión cuando hayas pasado por el banco del matrimonio?
Anna movió los labios, pero no pudo emitir un solo sonido.
Se encendieron las luces de forma automática, en hilera, por encima de sus cabezas, y ambas tuvieron que pestañear, para acostumbrar los ojos a tal cambio.
—¿Ahora no? —preguntó Anna finalmente—. ¿No puedo elegir siquiera?
—No; no podrás hacerlo hasta que hayas ido, por lo menos una vez, al banco del matrimonio. Es algo saludable, realmente. La ley te protege. Más tarde notarás que es agradable.
Anna salió precipitadamente, golpeándose contra una cama, y corrió por el pasillo entre las filas de angostos catres blancos. Atravesó corriendo el vestíbulo y bajó en dos saltos las anchas escaleras, dejando atrás el ruidoso comedor, el cuarto de los niños, y las herméticas puertas de la enfermería. Siguió luego por el corredor principal hacia la entrada.
Presa de pánico, golpeó las puertas, y, al verlas cerradas, se dejó caer al suelo.
Tras ella, se abrió el ascensor, y apareció la encargada, que, con un pequeño gruñido, se acercó a Anna y la levantó.
—¡Qué niña más tonta! —dijo—. Por fortuna, no recibimos a muchas como tú. ¡Levántate! —añadió, mientras la arrastraba hacia el ascensor. Las puertas se cerraron sin ruido alguno, y comenzaron a elevarse por el largo túnel.
—Te llevaremos a la cama y gozarás de un sueño reparador. No sabes lo que dices, al preferir las fábricas y las fundiciones. Incluso podría tocarte alguna estación de combustible para el resto de tu vida. Crecerás e irás al banco del matrimonio como lo desea cualquier joven correcta.
Con firmeza, arrastró a Anna por el pasillo que separaba las dos hileras de camas blancas.
Al sentarse la joven sin ofrecer resistencia alguna, la encargada fue en busca de un vaso de agua, sacó de su bolsillo un frasquito de píldoras y lo tendió hacia Anna.
—¡Dos! —dijo sonriente—. Trágalas y olvidarás tus preocupaciones.
Anna lo hizo así, ayudándose con un poco de agua.
—Ahora dormirás bien —afirmó la encargada, al tiempo que daba unos golpecitos en la almohada para acomodarla—. El primer día aquí no es fácil para nadie. Pero sé que acabarás por comportarte bien.
Al irse la mujer, Anna se acostó y, volviendo la cabeza hacia un lado, clavó la mirada en el jarrón. Era de un intenso color azul y parecía repleto de un profundo espacio infinito, pero estaba vacío.
Anna cerró los ojos.


FIN

2026/03/23

Un expreso del futuro (Julio Verne)


Título original: Un Express de l’avenir
Año: 1888


-Ande con cuidado -gritó mi guía-. ¡Hay un escalón!
Descendiendo con seguridad por el escalón de cuya existencia así me informó, entré en una amplia habitación, iluminada por enceguecedores reflectores eléctricos, mientras el sonido de nuestros pasos era lo único que quebraba la soledad y el silencio del lugar.
¿Dónde me encontraba? ¿Qué estaba haciendo yo allí? Preguntas sin respuesta. Una larga caminata nocturna, puertas de hierro que se abrieron y se cerraron con estrépitos metálicos, escaleras que se internaban (así me pareció) en las profundidades de la tierra… No podía recordar nada más, Carecía, sin embargo, de tiempo para pensar.
-Seguramente usted se estará preguntando quién soy yo -dijo mi guía-. El coronel Pierce, a sus órdenes. ¿Dónde está? Pues en Estados Unidos, en Boston… en una estación.
-¿Una estación?
-Así es; el punto de partida de la Compañía de Tubos Neumáticos de Boston a Liverpool.
Y con gesto pedagógico, el coronel señaló dos grandes cilindros de hierro, de aproximadamente un metro y medio de diámetro, que surgían del suelo, a pocos pasos de distancia.
Miré esos cilindros, que se incrustaban a la derecha en una masa de mampostería, y en su extremo izquierdo estaban cerrados por pesadas tapas metálicas, de las que se desprendía un racimo de tubos que se empotraban en el techo; y al instante comprendí el propósito de todo esto.
¿Acaso yo no había leído, poco tiempo atrás, en un periódico norteamericano, un artículo que describía este extraordinario proyecto para unir Europa con el Nuevo Mundo mediante dos colosales tubos submarinos? Un inventor había declarado que el asunto ya estaba cumplido. Y ese inventor -el coronel Pierce- estaba ahora frente a mí.
Recompuse mentalmente aquel artículo periodístico. Casi con complacencia, el periodista entraba en detalles sobre el emprendimiento. Informaba que eran necesarios más de tres mil millas de tubos de hierro, que pesaban más de trece millones de toneladas, sin contar los buques requeridos para el transporte de los materiales: 200 barcos de dos mil toneladas, que debían efectuar treinta y tres viajes cada uno. Esta "Armada de la Ciencia" era descrita llevando el hierro hacia dos navíos especiales, a bordo de los cuales eran unidos los extremos de los tubos entre sí, envueltos por un triple tejido de hierro y recubiertos por una preparación resinosa, con el objeto de resguardarlos de la acción del agua marina.
Pasado inmediatamente el tema de la obra, el periodista cargaba los tubos (convertidos en una especie de cañón de interminable longitud) con una serie de vehículos, que debían ser impulsados con sus viajeros dentro, por potentes corrientes de aire, de la misma manera en que son trasladados los despachos postales en París.
Al final del artículo se establecía un paralelismo con el ferrocarril, y el autor enumeraba con exaltación las ventajas del nuevo y osado sistema. Según su parecer, al pasar por los tubos debería anularse toda alteración nerviosa, debido a que la superficie interior del vehículo había sido confeccionada en metal finamente pulido; la temperatura se regulaba mediante corrientes de aire, por lo que el calor podría modificarse de acuerdo con las estaciones; los precios de los pasajes resultarían sorprendentemente bajos, debido al poco costo de la construcción y de los gastos de mantenimiento. Se olvidaba, o se dejaba aparte cualquier consideración referente a los problemas de la gravitación y del deterioro por el uso.
Todo eso reapareció en mi conciencia en aquel momento.
Así que aquella "Utopía" se había vuelto realidad. ¡Y aquellos dos cilindros que tenía frente a mí partían desde este mismísimo lugar, pasaban luego bajo el Atlántico, y finalmente alcanzaban la costa de Inglaterra!
A pesar de la evidencia, no conseguía creerlo. Que los tubos estaban allí, era algo indudable, pero creer que un hombre pudiera viajar por semejante ruta... ¡jamás!
-Obtener una corriente de aire tan prolongada sería imposible -expresé en voz alta aquella opinión.
-Al contrario, ¡es absolutamente fácil! -protestó el coronel Pierce-. Todo lo que se necesita para obtenerla es una gran cantidad de turbinas impulsadas por vapor, semejantes a las que se utilizan en los altos hornos. Éstas transportan el aire con una fuerza prácticamente ilimitada, propulsándolo a mil ochocientos kilómetros horarios. ¡Casi la velocidad de una bala de cañón! De manera tal que nuestros vehículos con sus pasajeros efectúan el viaje entre Boston y Liverpool en dos horas y cuarenta minutos.
-¡Mil ochocientos kilómetros por hora!- exclamé.
-Ni uno menos. ¡Y qué consecuencias maravillosas se desprenden de semejante promedio de velocidad! Como la hora de Liverpool está adelantada con respecto a la nuestra en cuatro horas y cuarenta minutos, un viajero que salga de Boston a las 9, arribará a Liverpool a las 3:53 de la tarde.¿No es este un viaje hecho a toda velocidad? Corriendo en sentido inverso, hacia estas latitudes, nuestros vehículos le ganan al Sol más de novecientos kilómetros por hora, como si treparan por una cuerda movediza. Por ejemplo, partiendo de Liverpool al medio día, el viajero arribará a esta estación alas 9:34 de la mañana. O sea, más temprano que cuando salió. ¡Ja! ¡Ja! No me parece que alguien pueda viajar más rápidamente que eso.
Yo no sabía qué pensar. ¿Acaso estaba hablando con un maniático? ¿O debía creer todas esas teorías fantásticas, a pesar de la objeciones que brotaban de mi mente?
-Muy bien, ¡así debe ser! -dije-. Aceptaré que lo viajeros puedan tomar esa ruta de locos, y que usted puede lograr esta velocidad increíble. Pero una vez que la haya alcanzado, ¿cómo hará para frenarla? ¡Cuando llegue a una parada todo volará en mil pedazos!
-¡No, de ninguna manera! -objetó el coronel, encogiéndose de hombros-. Entre nuestros tubos (uno para irse, el otro para regresar a casa), alimentados consecuentemente por corrientes de direcciones contrarias, existe una comunicación en cada juntura. Un destello eléctrico nos advierte cuando un vehículo se acerca; librado a su suerte, el tren seguiría su curso debido a la velocidad impresa, pero mediante el simple giro de una perilla podemos accionar la corriente opuesta de aire comprimido desde el tubo paralelo y, de a poco, reducir a nada el impacto final. ¿Pero de qué sirven tantas explicaciones? ¿No sería preferible una demostración?


Y sin aguardar mi respuesta, el coronel oprimió un reluciente botón plateado que salía del costado de uno de los tubos. Un panel se deslizó suavemente sobre sus estrías, y a través de la abertura así generada alcancé a distinguir una hilera de asientos, en cada uno de los cuales cabían cómodamente dos personas, lado a lado.
-¡El vehículo! -exclamó el coronel-. ¡Entre!
Lo seguí sin oponer la menor resistencia, y el panel volvió a deslizarse detrás de nosotros, retomando su anterior posición.
A la luz de una lámpara eléctrica, que se proyectaba desde el techo, examiné minuciosamente el artefacto en que me hallaba.
Nada podía ser más sencillo: Un largo cilindro, tapizado con prolijidad; de extremo a extremo se disponían cincuenta butacas en veinticinco hileras paralelas. Una válvula en cada extremo regulaba la presión atmosférica, de manera que entraba aire respirable por un lado, y por el otro se descargaba cualquier exceso que superara la presión normal.
Luego de perder unos minutos en este examen, me ganó la impaciencia:
-Bien -dije-. ¿Es que no vamos a arrancar?
-¿Si no vamos a arrancar? -exclamó el coronel Pierce-. ¡Ya hemos arrancado!
Arrancado... sin la menor sacudida... ¿Cómo era posible? Escuché con suma atención, intentando detectar cualquier sonido que pudiera darme alguna evidencia.
¡Si en verdad habíamos arrancado, si el coronel no me había estado mintiendo al hablarme de una velocidad de mil ochocientos kilómetros por hora, ya debíamos estar lejos de tierra, en las profundidades del mar, junto al inmenso oleaje de cresta espumosa por sobre nuestras cabezas; e incluso en ese mismo instante, probablemente, confundiendo al tubo con una serpiente marina monstruosa, de especie desconocida, las ballenas estarían batiendo con furiosos coletazos nuestra larga prisión de hierro!
Pero no escuché más que un sordo rumor, provocado, sin duda, por la traslación de nuestro vehículo. Y ahogado por un asombro incomparable, incapaz de creer en la realidad de todo lo que estaba ocurriendo, me senté en silencio, dejando que el tiempo pasara.
Luego de casi una hora, una sensación de frescura en la frente me arrancó de golpe del estado de somnolencia en que había caído paulatinamente.
Alcé el brazo para tocarme la cara: Estaba mojada.
¿Mojada? ¿Por qué estaba mojada? ¿Acaso el tubo había cedido a la presión del agua, una presión que obligadamente sería formidable, pues aumenta a razón de una "atmósfera" por cada diez metros de profundidad?
Fui presa del pánico. Aterrorizado, quise gritar... y me encontré en el jardín de mi casa, rociado generosamente por la violenta lluvia que me había despertado. Simplemente, me había quedado dormido mientras leía el articulo de un periodista norteamericano, referido a los extraordinarios proyectos del coronel Pierce… quien a su vez, mucho me temo, también había sido soñado.


FIN