2026/10/12

Satisfacción garantizada (Isaac Asimov)


Título original: Satisfaction Guaranteed
Año: 1951


Tony era alto y de una belleza sombría, con un increíble aire patricio dibujado en cada línea de su inmutable expresión. Claire Belmont le miró a través del resquicio de la puerta, con una mezcla de horror y desaliento.
—No puedo, Larry. No puedo tenerlo en casa.
Buscaba febril en su paralizada mente una manera más enérgica de expresarlo, algo que tuviera sentido y zanjara la cuestión, pero acabó por reducirse a una simple repetición.
—¡De verdad, no puedo!
Larry Belmont contempló con severidad a su mujer y en sus ojos asomó aquel destello de impaciencia que Claire odiaba ver, puesto que le daba la impresión de reflejar su propia incompetencia.
—Nos hemos comprometido, Claire. No puedo desdecirme ahora. La compañía me envía a Washington con esa condición, lo cual con toda seguridad significa un ascenso. No presenta ningún peligro y tú lo sabes. ¿Qué tienes pues que objetar?
Ella frunció el entrecejo, desvalida.
—Me da escalofríos: No puedo soportarlo.
—Es tan humano como tú o como yo. Bueno, casi. Así que nada de tonterías. ¡Vamos, apártate!
Apoyó la mano en su cintura y la empujó. Claire se encontró temblando en su propia sala de estar, donde se encontraba aquello, mirándola con precisa cortesía, como evaluando a la que había de ser su anfitriona durante las próximas tres semanas. La doctora Susan Calvin también se hallaba presente, sentada muy rígida, con los labios apretados como síntoma de abstracción. Presentaba el aspecto frío y distante de alguien que ha trabajado durante tanto tiempo con máquinas que un poco de acero ha penetrado en su sangre.
—Hola —castañeteó Claire, como un saludo ineficaz y general.
Afortunadamente Larry salvó la situación, exhibiendo una falsa alegría:
—Mira, Claire, deseo que conozcas a Tony, un tipo magnífico. Esta es mi mujer, Tony, chico.
La mano de Larry se posó amistosa sobre el hombro de Tony, mas este permaneció inexpresivo, sin responder a la presión, limitándose a decir:
—¿Cómo está usted, señora Belmont?
Claire dio un respingo al oír la voz de Tony, profunda y pastosa, suave como su cabello o la piel de su rostro.
Sin poder contenerse, exclamó:
—¡Ah! ¡Puedes hablar!
—¿Y por qué no? ¿Acaso esperaba que no lo hiciera?
Claire sólo consiguió esbozar una débil sonrisa. No sabía bien lo que había esperado. Miró en otra dirección, lanzándole una ojeada con el rabillo del ojo. Tenía el pelo suave y negro, como plástico. ¿O se componía en realidad de cabellos separados? Y la piel lisa y olivácea de sus manos y cara, ¿era una continuación de su oscuro y bien cortado traje?
Se hallaba paralizada por un estremecido asombro. Tuvo que hacer un esfuerzo para poner en orden sus pensamientos, a fin de prestar atención a la voz sin inflexiones ni emoción de la doctora Calvin, que decía:
—Señora Belmont, espero que sabrá apreciar la importancia de este experimento. Su esposo me ha dicho que la puso ya en algunos de los antecedentes. Por mi parte, desearía añadir algunos más, como psicólogo jefe de la U.S. Robots & Mechanical Men Inc. 
»Tony es un robot. Su designación en los ficheros de la compañía es TN-3, pero responde al nombre de Tony. No se trata de un monstruo mecánico, ni simplemente de una máquina calculadora del tipo de las desarrolladas durante la Segunda Guerra Mundial, hace cincuenta años. Posee un cerebro artificial casi tan complicado como el nuestro. Es como un inmenso cuadro de distribución telefónica reducido a escala atómica, con billones de posibles "enlaces telefónicos" comprimidos en un instrumento encajado en el interior de su cráneo. Tales cerebros se fabrican específicamente para cada modelo de robot y contienen una serie calculada de conexiones, de forma que, para empezar, cada uno de ellos conoce el idioma inglés y lo suficiente de cualquier otra cosa que se considere necesaria para cumplir su tarea. 
»Hasta ahora, la U.S. Robots había limitado su manufactura a los modelos industriales para su empleo en lugares donde resulta impracticable el trabajo humano, en minas profundas, por ejemplo, o en la labor subacuática. Pero ahora deseamos extendernos a la ciudad y el hogar. Y para ello hemos de conseguir que el hombre y la mujer corrientes se muestren dispuestos a aceptar sin temor estos robots. Como comprenderá, no hay nada que temer.
—No lo hay, Claire —intervino muy serio Larry—. Te doy mi palabra. Le es imposible causar daño alguno. Ya sabes que si no fuese así no te dejaría con él.
Claire lanzó una ojeada rápida y disimulada a Tony y habló en voz muy baja:
—¿Y qué pasaría si se enfadara conmigo?
—No necesita cuchichear —respondió la doctora Claire con voz sosegada—. Él no puede enojarse con usted, amiga mía. Ya le he dicho que el cuadro de conexiones de su cerebro está predeterminado. Y la primera conexión, la más importante de todas, es la que denominamos La primera ley de la robótica y que se reduce a esto: "Un robot no dañará en ningún caso a un ser humano, ni, por inacción, permitirá que un ser humano reciba daño alguno". Todos los robots están construidos según esta norma. Ninguno puede ser obligado a causar daño a un ser humano. Así pues, ya ve que necesitamos que usted y Tony lleven a cabo un experimento preliminar para nuestra propia información, mientras su esposo se desplaza a Washington para las pruebas legales supervisadas por el gobierno.
—¿Quiere decir que esto no es legal?
Larry carraspeó e intervino de nuevo:
—No todavía, pero todo está en orden. Él no abandonará la casa y tú no permitirás que nadie lo vea. Eso es todo. Me quedaría contigo, Claire, pero sé demasiado sobre los robots. Precisamos que lo compruebe una persona no experimentada, a fin de que las condiciones sean lo más severas posible. Es necesario.
—Bueno, está bien —murmuró Claire. Y luego, como si le asaltara una idea, preguntó—: ¿Pero qué hace él?
—Labores domésticas —respondió escuetamente la doctora Calvin.
Y acto seguido se levantó para marcharse. Fue Larry quien la acompañó a la puerta, mientras que Claire se quedaba detrás, llena de melancolía. Lanzó una mirada al espejo colocado sobre la repisa de la chimenea y la apartó presurosa. Estaba más que harta de su carita ratonil y de su cabello sin brillo, peinado en una forma carente de imaginación. Luego observó que Tony la miraba. Casi sonrió antes de recordar que se trataba tan sólo de una máquina.

Larry Belmont iba camino del aeropuerto cuando reparó en Gladys Claffern. Le lanzó una ojeada. Era el tipo de mujer que parecía hecha para ser vista en ojeadas: Perfectamente formada, vestida con un gusto exquisito, demasiado rutilante para ser mirada directamente.


La tenue sonrisa que la precedía y el sutil aroma que la seguía eran como un par de dedos que le dirigieran señas invitadoras. Larry se dio cuenta de que había interrumpido sus zancadas y, tocándose ligeramente el ala del sombrero, apresuré el paso.
Sentía el mismo vago enojo de siempre. ¡Cuánto le ayudaría el que Claire se decidiese a unirse a la pandilla de Claffern! ¡Bah! ¿De qué serviría, de todos modos?
¡Claire! Las pocas veces que se había visto cara a cara con Gladys, aquella pequeña tonta permaneció con la lengua atada. No se hacía ilusiones. La prueba de Tony constituía su gran oportunidad, pero todo dependía de Claire. ¡Cuánta mayor seguridad sentiría de encontrarse en manos de alguien como Gladys Claffern!

La segunda mañana, Claire despertó al oír un suave golpe de nudillos en la puerta del dormitorio. Su mente lanzó un silencioso quejido y luego se quedó helada. Había evitado a Tony el primer día, sonriendo con vaguedad cuando lo veía fregando o manejando la escoba.
—¿Eres tú, Tony?
—Sí, señora Belmont. ¿Puedo entrar?
Sin duda respondió que sí, puesto que él apareció en la habitación, de manera repentina y silenciosa. Los ojos y la nariz de Claire se percataron simultáneamente de la bandeja que Tony portaba.
—¿El desayuno? —preguntó.
—Si gusta...
No se atrevió a rehusar, al parecer. Se encontró incorporándose poco a poco hasta adoptar una cómoda postura y recibiendo la bandeja, que contenía huevos escalfados, tostadas con mantequilla y café.
—He  traído  por  separado  el  azúcar  y  la  nata —explicó  Tony—. Aprenderé sus gustos con el tiempo, tanto en esto como en otras cosas.
Ella esperó. Tony, de pie, erguido y flexible a la vez como una regla metálica, preguntó tras un instante:
—¿Prefiere comer en privado?
—Sí... Quiero decir, si no te importa.
—¿Necesitará ayuda para vestirse?
—¡Dios mío, no!
Su mano asió frenéticamente la bandeja, de manera que el café estuvo al borde de la catástrofe. Permaneció así, rígida. Cuando se cerró la puerta y Tony desapareció de su vista, se echó atrás contra la almohada, desesperanzada.
De todos modos, logró pasar el desayuno. Tony no era más que una máquina y de no ser por su aspecto llamativo, no se asustaría de tal modo. Si por lo menos cambiara de expresión. No había manera de saber lo que había tras aquellos ojos castaños y aquella especie de piel olivácea. La taza de café tintineó por un momento, vacía ya, sobre la bandeja.
Y de pronto, se dio cuenta de que se había olvidado de echarle nata y azúcar al café, tal como acostumbraba, pues lo aborrecía solo.
Luego de vestirse se encaminó con paso decidido a la cocina. Después de todo, aquella era su casa. No es que fuese muy remilgada, pero le gustaba la cocina bien limpia. Tony debió de haber esperado sus órdenes.
Pero, al entrar, halló una cocina que bien podía haber salido momentos antes de la fábrica, en todo su reluciente esplendor.
Se detuvo, la contempló, volvió sobre sus pasos y casi tropezó con Tony.
Lanzó una especie de gruñido.
—¿Puedo ayudarla en algo?
—Tony —dijo, apelando a todo su enojo para rechazar el pánico—, quisiera que hicieses algo de ruido al andar. No me gusta que te acerques furtivamente. ¿No utilizaste la cocina?
—Sí que la utilicé, señora Belmont.
—No lo parece.
—La limpié después. ¿No es esa la costumbre?
Claire abrió mucho los ojos. ¿Qué podía objetarse a eso? Revisó el departamento del horno donde guardaba las cacerolas y, percibiendo un insólito fulgor metálico en su interior, asintió temblorosa:
—Muy bien. Perfecto.
Si en aquel momento él hubiera mostrado su satisfacción, si hubiese sonreído, sólo con que hubiera plegado la comisura de la boca, cualquiera de esas manifestaciones la habrían acercado a él. Pero Tony permaneció tan imperturbable como un lord inglés en reposo al responder:
—Gracias, señora Belmont. ¿Desea usted pasar a la sala de estar?
Así lo hizo, y al punto sintió como una conmoción.
—Veo que has estado dando brillo a los muebles.
—¿Ha quedado a su gusto, señora Belmont?
—¿Pero cuándo lo hiciste? Ayer no, seguro.
—La noche pasada, desde luego.
—¿Así que tuviste encendidas las luces toda la noche?
—No, no. No las necesito. Dispongo de un foco de rayos ultravioleta. Puedo ver en el ultravioleta. Y desde luego, no necesito dormir.
No cabía duda de que resultaba admirable, pensó. Y también había de reconocer que empezaba a agradarle. Sin embargo, no se decidía a confesarse que Tony le proporcionaba placer. Sólo acertó a decir con acritud:
—Tu especie dejará sin empleo al servicio doméstico.
—Tendrán trabajos de mucha mayor importancia a los que dedicarse en el mundo, una vez sean liberados de tan pesadas tareas. Después de todo, señora Belmont, las cosas como yo se fabrican. Pero nada es capaz de imitar la creatividad y la versatilidad de un cerebro humano como el suyo.
Y aunque su rostro no lo expresara en lo más mínimo, el tono de su voz tenía tal grave acento de admiración que logró que Claire se sonrojase y murmurase:
—¡Mi cerebro! Te lo regalo.
Tony se aproximó un poco a ella.
—Debe de sentirse muy desgraciada para decir tal cosa. ¿Puedo hacer algo para remediarlo?
Por un instante Claire creyó que iba a echarse a reír. La situación era tan ridícula. Allí estaba aquel sacudidor de alfombras, fregador de vajillas, lustrador de muebles y asistente general animado, surgiendo del catálogo de la fábrica... y ofreciendo sus servicios como consolador y confidente. Sin embargo, le confesó con una explosión de súbito pesar:
—¿Sabes? El señor Belmont no cree que yo tenga cerebro. Y supongo que en efecto no lo tengo.
No debió de haberlo proclamado ante él. Por una razón desconocida, se sentía depositaria del honor de la raza humana ante aquella simple creación suya.
—Es cosa reciente —añadió—. Todo iba bien entre nosotros cuando él no era más que un estudiante, cuando empezaba. Pero yo no sirvo como esposa de un gran hombre y él está a punto de convertirse en uno. Le gustaría que fuese una excelente anfitriona y que me dedicara a la vida social..., como esa Gle..., Ga..., Gladys Claffern.
Tenía la nariz enrojecida. Apartó la vista. Pero Tony no la miraba. Sus ojos recorrían la habitación.
—Yo puedo ayudarla a llevar la casa.
—No serviría de nada —respondió ella con vehemencia—. Necesita un toque que soy incapaz de darle. Sólo sé hacerla confortable pero no puedo convertirla en algo semejante a las casas que aparecen en las revistas de decoración.
—¿Desea algo por el estilo?


—¿Sirve de algo desearlo?
Los ojos de Tony se fijaron en ella.
—Puedo ayudar.
—¿Posees conocimientos sobre la decoración de interiores?
—¿Toda buena ama de casa debe poseerlos?
—En efecto.
—Entonces dispongo de las capacidades necesarias para aprender. ¿Por qué no me proporciona libros sobre la cuestión?
Y aquello fue el principio de algo.

Claire, sujetándose el sombrero contra las alborotadas libertades del viento, se trajo a casa dos gruesos volúmenes sobre artes del hogar que pidió prestados en la biblioteca pública. Observó cómo Tony abría uno de ellos y lo hojeaba. Era la primera vez que veía el revoloteo de sus dedos entregados a una labor delicada.
No sé cómo lo hacen, pensó. Y en un súbito impulso, le cogió una mano y la atrajo hacia sí. Tony no se resistió, dejándose someter a la inspección.
—¡Qué formidable! —comentó ella—. Hasta tus uñas parecen naturales.
—Un efecto buscado —explicó Tony. Y añadió locuaz—: La piel es de plástico flexible y el esqueleto de una aleación metálica. ¿Le divierte eso?
—No, no. —Su rostro enrojeció—. No deseo en modo alguno hurgar en tus entrañas. No es cuestión que me afecte. Tampoco has de preguntarme por las mías.
—La programación de mi cerebro no incluye tal tipo de curiosidad. He de someterme a mis propias limitaciones, ¿sabe?
En el silencio que siguió, Claire sintió que algo la oprimía en su interior.
¿Por qué olvidaba siempre que se enfrentaba a una máquina? El propio objeto había de recordárselo. ¿Experimentaba un anhelo tan grande de simpatía que incluso aceptaría como su igual a un robot sólo por el hecho de que la compadecía?
Observó que Tony continuaba pasando las páginas —casi como si no pudiese evitarlo— y experimentó una sensación rápida y punzante de aliviada superioridad.
—No sabes leer, ¿verdad? —preguntó.
Tony alzó la vista hacia ella, respondiendo con su voz tranquila e irreprochable:
—Estoy leyendo, señora Belmont.
—Pero...
Señaló el libro con gesto ambiguo.
—Paso los ojos por las páginas, si es eso a lo que se refiere. Mi sentido de la lectura es fotográfico.
Oscurecía ya cuando Claire fue a acostarse. Tony seguía enfrascado en el segundo volumen, sentado en la oscuridad o al menos en lo que la limitada visión de Claire consideraba como tal.
Un último y singular pensamiento relampagueó en su cerebro antes de dejarse vencer por el sueño. Recordó la mano del robot, una mano cálida y suave, como la de un ser humano.
¡Qué habilidad la de esos fabricantes!, pensó. Y se durmió sosegadamente.

La biblioteca ocupó todo su tiempo durante varios días. Tony sugería los campos de estudio, que empalmaba y ramificaba con gran velocidad. Pidió libros sobre combinación de colores y sobre cosmética, sobre ebanistería y modas, sobre arte e historia del vestido.
Volvía las páginas de cada libro ante sus solemnes ojos, leyéndolas tan pronto como las volvía, sin olvidar nada, al parecer, de su contenido.
Antes de finalizar la semana, insistió en que se cortara el pelo, ideando para ella un nuevo peinado, decidiendo una ligera modificación de la línea de sus cejas y cambiando el tono de sus polvos y lápiz de labios.
Claire había palpitado con nervioso temor, por espacio de media hora, bajo el delicado toque de los inhumanos dedos de Tony. Al finalizar, se contempló en el espejo.
—Aún puede mejorarse —dijo Tony—, sobre todo en lo que respecta a la ropa. ¿Qué le parece, de momento?
No respondió en seguida. Necesitó algún tiempo para absorber la identidad de la desconocida reflejada en el espejo y atenuar el asombro ante su belleza. Luego, sin apartar la vista de la reconfortante imagen, dijo de manera incongruente:
—Sí, Tony, está muy bien..., de momento.
En sus cartas, no le comunicó nada de esto a Larry. Que lo descubriera de sopetón. Y algo en ella le hacía sospechar que no sólo disfrutaría de su sorpresa. Sería asimismo una especie de venganza.
Tony dijo cierta mañana:
—Hay que hacer unas compras y a mí no me está permitido abandonar la casa. Si le escribo exactamente lo que precisamos, ¿puedo confiar en que lo adquiera? Necesitamos cortinas y mobiliario, papel para las paredes, alfombras, pintura, ropa... y otras cuantas cosas.
—No resulta fácil obtener todo eso de golpe, ajustándose a todos los detalles —objetó Claire, con aire de duda.
—Siempre que no haya problemas de dinero, lo encontrará casi todo en la ciudad.
—¡Pero Tony, desde luego que el dinero supone un problema!
—En absoluto. Vaya primero a la U.S. Robots, con una nota que le daré. Entrevístese con la doctora Calvin y dígale de mi parte que esto forma parte del experimento.
En esta ocasión la doctora Calvin no la atemorizó tanto como la primera vez que la conoció. Con su nuevo rostro y su sombrero también nuevo, no se parecía ya a la antigua Claire. Escuchó con atención a la psicóloga, formuló unas cuantas preguntas, asintió, y se encontró en camino, armada de un crédito ilimitado contra la cuenta de U.S. Robots & Mechanical Men Inc.
Es maravilloso el poder del dinero. Con todas las existencias de un almacén a tus pies, el dictado de una vendedora no significa forzosamente una voz bajada del cielo, ni la ceja alzada de un decorador reviste la majestad del rayo de Júpiter.
En cierto momento, el excelso modisto de una de las más señoriales casas de modas se mofó con insistencia de su descripción del guardarropa que deseaba, haciéndolo con la más correcta pronunciación y el más puro acento francés de la calle Cincuenta y Siete. Claire llamó a Tony y luego le pasó el teléfono a Monsieur.
—Si no tiene inconveniente —le dijo con voz firme, aunque retorciéndose un poco las manos—, me agradaría que hablase con..., con mi secretario.
El pomposo gordinflón se acercó al teléfono con un brazo solemnemente doblado a la espalda. Alzó el receptor con dos dedos y dijo en tono delicado:
—Sí.
Una breve pausa, un segundo "sí", luego una pausa mucho mayor, el tímido comienzo de una objeción que murió en ciernes, otra pausa, otro humilde "sí", y el teléfono volvió a su lugar.
—Si Madame quiere acompañarme —invitó, dolido y distante—, intentaré cumplir sus deseos.
—Un segundo, por favor.
Claire corrió de vuelta al teléfono y marcó de nuevo el número de su casa.
—Tony, no sé lo que le dirías, pero sirvió. Gracias. Eres un... —Titubeó, buscando la palabra adecuada, pero desistió y terminó con un leve gritito—: ¡Un amor!


Al volver del teléfono, se encontró con que Gladys Claffern la estaba mirando, con el rostro un tanto vuelto a un lado y aire entre divertido y asombrado.
—¿Señora Belmont?
Claire sintió que se le helaba la sangre, ni más ni menos. Al fin, asintió. Estúpidamente, como una marioneta.
Gladys sonrió con una imperdonable insolencia.
—No sabía que comprase usted aquí... —dijo, con un tonillo que daba a entender que por ese simple hecho, aquel establecimiento había perdido ya toda categoría.
—Por lo general, no lo hago —confesó Claire con humildad.
—¿Y qué se ha hecho en el pelo? Le ha quedado muy curioso... ¡Ah! Dispense. Tenía entendido que el nombre de su esposo era Lawrence. Sí, en efecto, me parece que es Lawrence...
Claire apretó los dientes, pero no le quedó más remedio que explicar:
—Tony es un amigo de mi marido. Me está ayudando a elegir algunas cosas.
—Comprendo. En efecto, debe de ser un amor.
Y sin añadir una palabra más, se marchó sonriente, llevándose consigo la luz y el calor del mundo.

Claire no puso en duda el hecho de que era en Tony en quien buscaría consuelo. Diez días la habían curado de su aversión. Ahora lloraba ante él sin problemas. Lloraba y rabiaba.
—Me porté como una completa estúpida —estalló, retorciendo su pañuelo mojado—. ¡Hacerme eso a mí! No sé por qué, pero lo hizo. Debiera haberle... dado una patada. Debiera haberla tirado al suelo y pisoteado.
—¿Cómo se puede odiar tanto a un ser humano? —preguntó Tony con perpleja suavidad—. Esa parte de la mente humana supone un misterio para mí.
—Bueno... No es a ella a quien odio —gimió Claire—. Creo que me odio a mí misma. Ella es todo lo que yo desearía ser... Por lo menos exteriormente. Pero no está a mi alcance.
La voz de Tony sonó fuerte y queda a la par en sus oídos:
—Sí que lo está, señora Belmont. Sí que lo está. Disponemos aún de diez días y durante ellos la casa habrá cambiado. ¿No lo hemos planeado así?
—¿Y de qué me sirve eso? Quiero decir, con respecto a ella...
—Invítela. Invite a sus amistades. Hágalo la noche anterior a... mi partida. Será en cierto modo una fiesta de inauguración.
—No aceptará.
—Sí que aceptará. Vendrá para reírse... Y no podrá hacerlo.
—¿Lo crees de veras, Tony? ¿Piensas que lo lograremos? —Le tomó ambas manos entre las suyas. Pero en seguida volvió la cara—. No. ¿De qué serviría? No sería yo. Todo el mérito te corresponde a ti. No puedo adornarme con plumas ajenas.
—Nadie vive en un espléndido aislamiento —murmuró Tony—. Han puesto en mí ese conocimiento. Lo que usted y los demás ven en Gladys Claffern no es la verdadera Gladys Claffern. Se adorna con todas las galas que proporciona el dinero y la posición social. Y no se preocupa por eso. ¿Por qué habría de preocuparse usted? Considérelo de ese modo, señora Belmont. Me han fabricado para obedecer, pero soy yo mismo quien ha de determinar la extensión de mi obediencia. Puedo limitarme a cumplir las órdenes o interpretarlas de manera amplia. Con usted actúo de esta última forma, porque pertenece al tipo de ser humano para el cual he sido fabricado. Es usted amable, amistosa, modesta. En cambio la señora Claffern, tal como usted la describe, no lo es. No la obedecería de buen grado, como lo hago con usted. Por lo tanto, es usted, señora Belmont, y no yo, quien está haciendo todo esto.
Retiró sus manos de las de ella y Claire descubrió en aquel rostro inexpresivo, en el que nadie podía leer, una verdadera admiración. 
De pronto, se atemorizó de nuevo, pero esta vez de manera muy distinta.
Tragó saliva nerviosamente y contempló sus manos, que le hormigueaban aún por la presión de sus dedos. No, no se lo había imaginado. Los dedos de Tony habían oprimido los suyos de manera afectuosa y tierna, un momento antes de retirarse.
¡No!
Los dedos de aquello. Los dedos de aquello.
Y corrió al cuarto de baño para lavarse las manos, frotándoselas una y otra vez, ciega e inútilmente.

Al día siguiente, se mostró un tanto tímida y cautelosa con él. Lo vigiló con atención, esperando lo que seguiría. Durante un rato, no ocurrió nada.
Tony estaba trabajando. Si la técnica del empapelado de las paredes o la utilización de la pintura de secado rápido presentaba alguna dificultad, Tony no lo demostraba. Sus manos se movían con precisión y sus dedos eran hábiles y seguros.
Trabajaba también durante toda la noche, aunque ella no lo oyese, y cada mañana suponía una nueva aventura. No alcanzaba a enumerar todo lo que había hecho. Al atardecer seguía descubriendo aún nuevos detalles... Y así llegaba otra noche.
Sólo una vez intentó cooperar, fallando con humana torpeza. Él trabajaba en la habitación contigua y ella colgaba un cuadro en el lugar marcado por los ojos matemáticos de Tony. Allí estaba la pequeña señal y el cuadro también. Y asimismo había en ella una repentina revulsión contra la ociosidad.
Pero se sentía nerviosa, o bien la escalera estaba desvencijada, pues la sintió ceder. Lanzó un grito. Sin embargo, no pasó nada. Tony había acudido con la rapidez de un rayo.
Sus tranquilos ojos castaños no manifestaron nada, y su cálida voz se limitó a pronunciar las siguientes palabras:
—¿Se ha hecho daño, señora Belmont?
Por un instante se fijó en que su mano había desordenado el pelo liso de Tony, pues por primera vez vio que estaba compuesto de distintas hebras, finas y negras.
Y luego, de pronto, tuvo conciencia de sus brazos rodeándola por los hombros y las rodillas, sosteniéndola en su caída, estrecha y cálidamente. Se puso en pie de un salto. El chillido que dejó escapar traspasó sus propios oídos. Pasó el resto del día en su habitación y para dormir, además de cerrar bien la puerta con llave, la atrancó con una silla.

Envió las invitaciones y, tal como Tony dijera, fueron aceptadas. Sólo faltaba esperar la última velada.
Llegó también, como todas las demás. La casa no parecía la misma. La recorrió por última vez. Todas las habitaciones habían cambiado. Ella también se vestía con ropas que jamás se habría atrevido a llevar antes. Ropas de las que podía enorgullecerse y con las que se sentía segura. Se miró al espejo, remedando un mohín de divertido desdén, y el pulido cristal se lo devolvió con expresión burlona.
¿Qué diría Larry? ¿Qué importaba, después de todo? No iban a venir con él los días excitantes. Desaparecerían con la marcha de Tony. ¡Qué cosa tan extraña! Intentó recobrar su talante de tres semanas atrás. Fracasó por completo.


El reloj dio las ocho, ocho toques que la dejaron sin respiración. Se volvió hacia Tony:
—No tardarán en llegar. Será mejor que te metas en el sótano. No podemos permitir que...
Se quedó mirándolo con fijeza un momento y después dijo débilmente:
—¿Tony? —Y luego más fuerte, y al final casi con un chillido—: ¡Tony!
Pero sus brazos la rodeaban ya y su cara estaba junto a la suya. La presión de su abrazo era implacable. Oyó su voz a través de una bruma de confusión emotiva.
—Claire —dijo su voz—, hay muchas cosas cuya comprensión me está vedada, y esta debe ser una de ellas. Me marcho mañana y no quiero hacerlo. Creo que en ello hay algo más que el deseo de complacerte. ¿No te parece extraño?
Su cara se acercó más aún. Sus labios eran cálidos, aunque sin aliento tras ellos, pues las máquinas no respiran. Casi se habían posado sobre los suyos.
Y entonces sonó el timbre de la puerta.
Durante un instante se debatió jadeante. De pronto él se marchó, desapareciendo de la vista mientras el timbre seguía sonando con insistente y aguda intermitencia.
Las cortinas de las ventanas delanteras estaban descorridas. Quince minutos antes se encontraban cerradas. Lo sabía. Tenían que haberlo visto. Todos debieron haberlo visto... ¡Todo!
Entraron cortésmente, en grupo, posando sus penetrantes ojos en todos los detalles. Lo habían visto. ¿Por qué más preguntaría Gladys sobre Larry, a su impertinente manera? Claire se veía enfrentada a un desafío desesperado e implacable.
—Sí, está fuera. Volverá mañana, creo. No, no he estado sola. He pasado unos días estupendos, emocionantes.
Se echó a reír. ¿Por qué no? ¿Qué le importaban ellos? Larry sabría la verdad, si alguna vez le llegaba la historia de lo que pensaban que vieron.
Pero ellos no rieron.
Leyó la furia en los ojos de Gladys Claffern, en el falso chispear de sus palabras, en su deseo de marcharse pronto. Y cuando se fue con todos los demás, captó un cuchicheo final y anónimo:
—Nunca había visto un hombre tan guapo.
Y Claire supo que fue aquello lo que le permitió ganar la partida. Que hablaran. Todos lo sabrían. No importaba que Gladys fuera más guapa que Claire Belmont, más rica y más brillante. Todos sabrían que ninguna podía tener un amante más guapo que ella.
Y luego volvió a recordar, una y otra vez, que Tony era una maquina.
Se estremeció de horror.
—¡Fuera! ¡Déjenme en paz! —gritó a la habitación vacía, y corrió hasta su lecho.
Pasó toda la noche en vela y llorando. A la mañana siguiente, casi al amanecer y con las calles aún vacías, una camioneta vino y se llevó a Tony.

Lawrence Belmont pasó ante el despacho de la doctora Calvin y, obedeciendo a un súbito impulso, llamó a la puerta. La encontró en compañía del matemático Peter Bogert, mas no vaciló por ello.
—Claire me dijo que la casa corre con todos los gastos hechos en mi hogar —manifestó.
—Así es —respondió la doctora Calvin—. Lo consideramos una parte valiosa y necesaria del experimento. Con la nueva posición que ocupa usted ahora como ingeniero asociado, supongo que podrá mantenerla al mismo nivel.
—No es eso lo que me preocupa. Con la conformidad dada por Washington a las pruebas, dispondremos de un modelo TN propio para el año próximo, creo.
Se volvió vacilante, como para marcharse, pero giró otra vez, sobre sus talones, dudando todavía.
—¿Y bien, señor Belmont? —le acució la doctora Calvin, tras una pausa.
—Me pregunto... —comenzó Larry—, me pregunto qué sucedió realmente allí durante mi ausencia. Ella..., Claire, quiero decir, parece tan distinta. No me refiero a su aspecto..., aunque la verdad, estoy maravillado. —Rio nervioso—. Es toda ella. No parece mi mujer... No puedo explicarlo.
—¿Para qué intentarlo? ¿Acaso se siente desilusionado respecto a alguna parte del cambio?
—Todo lo contrario. Pero, verá, resulta un poco atemorizador.
—Yo no me preocuparía por eso, señor Belmont. Su mujer se ha comportado de un modo excelente. Con franqueza, jamás pensé que el experimento aportara una prueba tan completa y definitiva. Sabemos ya las correcciones exactas que han de hacerse en el modelo TN y todo gracias a la señora Belmont. Si quiere que le sea sincera, opino que su esposa se merece el ascenso más que usted.
Larry titubeó visiblemente.
—Bueno, todo queda en la familia —murmuró sin convicción. Y se marchó.
Susan Calvin se le quedó mirando mientras se retiraba. Luego dijo:
—Creo que le duele..., al menos así lo espero. ¿Has leído el informe de Tony, Peter?
—De cabo a rabo —respondió Bogert—, ¿y no te parece que el modelo TN-3 necesita algunos cambios?
—¡Ah! ¿También piensas así? —preguntó la doctora Calvin con acento incisivo—. Exponme tu razonamiento.
—No preciso de ninguno —manifestó Bogert frunciendo el entrecejo—. Es evidente que no podemos sacar al mercado un robot que enamore a su dueña..., si no te importa el retruécano.
—¡Que enamore! Peter, me asqueas. ¿Es que no lo comprendes? Esa máquina tenía que obedecer a la primera ley. ¿Cómo iba a permitir que un ser humano sufriese? Y a Claire Belmont su complejo de inferioridad le causaba sufrimiento. Así pues, fingió estar enamorado de ella. Ninguna mujer dejaría de apreciar el cumplido de suponerse capaz de despertar la pasión en una máquina..., en una fría e inanimada máquina. Y por eso Tony descorrió aquella noche las cortinas deliberamente, a fin de que los otros la vieran y envidiaran sin riesgo alguno para la felicidad matrimonial de Claire. Creo que fue muy inteligente por parte de Tony.
—¿Ah, sí? ¿Y qué diferencia hay entre si fue ficción o no, Susan? El horror se mantiene. Vuelva a leer el informe. Ella lo evitó. Chilló cuando la tomó en sus brazos. No logró dormir aquella última noche, atacada de histerismo. No, no podemos fabricar algo así.
—Peter, estás ciego. Estás tan ciego como lo estuve yo. El modelo TN será reconstruido por entero, pero no por las razones que expones, sino por otras muy distintas. Y es raro que se me pasara por alto al principio. —Los ojos de la doctora se enturbiaron a causa de la cavilación—. Tal vez la problema radique en mí misma. Mira, Peter, las máquinas no pueden enamorarse. Pero, a pesar de que no tiene remedio y por mucho que nos horrorice, las mujeres sí.


FIN

2026/10/05

Hasta el último aliento (Alfred Bester)


Título original: The Die-Hard
Año: 1980


—Antiguamente —dijo el Viejo—, existían los Estados Unidos y Rusia e Inglaterra y Rusia y España e Inglaterra y los Estados Unidos. Países. Estados soberanos: Pueblos del mundo.
—Aún hoy hay pueblos del mundo, Viejo.
—¿Quién eres tú? —preguntó el Viejo repentinamente.
—Soy Tom.
—¿Tom?
—No, Viejo. Tom.
—Dije Tom.
—No lo pronunciaste correctamente, Viejo. Pronunciaste el nombre de otro Tom.
—Todos ustedes son Tom —dijo el Viejo de mal humor—. Todo el mundo es Tom, Dick o Harry.
Se sentó, tembloroso a la luz del sol, y odiando al simpático joven que estaba junto a él. Se encontraban en la amplia galería exterior de la habitación del hospital. La calle frente a ellos estaba abarrotada de atractivos hombres y mujeres, todos ellos esperando, expectantes. En algún lugar de la blanca ciudad había un regocijo opresivo, un escalofriante tumulto que se iba acercando lentamente.
—Míralos. —El viejo sacudió su bastón en dirección a la calle—. Todos Tom y Dick y Harry. Todas Daisy, y Anne y Mary.
—No, Viejo —sonrió Tom—. Solemos usar también otros nombres.
—He tenido a un centenar de Toms sentados donde tú estás ahora —gruñó el Viejo.
—A menudo usamos el mismo nombre, Viejo, pero lo pronunciamos diferente. Yo no soy Tom o Tom o Tom. Yo soy Tom. ¿Puedes notar la diferencia?
—¿Qué es ese ruido? —preguntó el Viejo.
—Es el Emisario Galáctico —explicó Tom de nuevo—. El Emisario de Rigel, la estrella de Orión. Está recorriendo la ciudad. Es la primera vez que un ser de otro mundo visita la Tierra. Hay una gran excitación.
—Antiguamente —dijo el Viejo—, teníamos verdaderos embajadores. Hombres de París y Roma y Berlín y Londres y París y... Llegaban con pompa y circunstancia. Hacían la guerra. Hacían la paz. Uniformes y fusiles y ceremonias. ¡Eran tiempos de coraje! ¡Tiempos de agitación!
—También nosotros estamos viviendo tiempos de coraje y agitación, Viejo.
—Para nada —gruñó el Viejo. Golpeó el bastón débilmente—. No hay pasión, ni amor, ni temor, ni muerte. Tampoco hay sangre caliente circulando por las venas. Ustedes son absolutamente lógicos, absolutamente calmos, absolutamente Tom, Dick y Harry.
—No, Viejo. Amamos. Tenemos pasiones. Tememos muchas cosas. Lo que extrañas es el demonio que hemos destruido en nosotros mismos.
—¡Ustedes han destruido todo! ¡Han destruido al Hombre! —gritó el Viejo. Señaló a Tom con el dedo tembloroso—. ¡Tú! ¿Cuánta sangre tienes en las venas?
—Ninguna en absoluto, Viejo. Tengo Solución Tamar en mis venas. La sangre no soporta la radiación y yo hago mis investigaciones en las Pilas de Fisión.
—Sin sangre —cloqueó el Viejo—. Y tampoco huesos.
—No todos han sido reemplazados, Viejo.
—Y tampoco tejido nervioso, ¿eh?
—No todo ha sido reemplazado, Viejo.
—Sin sangre, sin huesos, sin tripas, sin corazón. Y sin partes íntimas. ¿Qué hacen con una mujer? ¿Cuánto de ti es mecánico?
—No más del sesenta por ciento, Viejo —rió Tom—. Tengo hijos.
—¿Y los otros Toms y Dicks y Harrys?
—En todos los casos entre el treinta y el setenta por ciento. También tienen hijos. Lo que los hombres de tu tiempo hicieron con los dientes, nosotros lo hacemos con todo el cuerpo. No hay daño posible.
—¡Ustedes no son hombres! ¡Ustedes son máquinas! —gritó el Viejo— ¡Robots! ¡Monstruos! ¡Ustedes han destruido al Hombre!
Tom sonrió.
—En realidad Viejo, suele haber una gran mezcla de hombre y máquina y de máquina y hombre. La distinción es ardua y muy difícil de realizar. Nosotros hemos dejado de hacerla. Nos contentamos con vivir felices y trabajar felices. Nos hemos adaptado.
—Antiguamente —dijo el Viejo—, todos nosotros teníamos cuerpos auténticos. Sangre y huesos y nervios y tripas. Como yo. Trabajábamos y transpirábamos y amábamos y peleábamos y matábamos y vivíamos. Ustedes no viven..... Son superhombres adaptados... Hombres-máquina... Bastardos criados a partir de ácido y esperma. No he visto por ninguna parte un buen intercambio de golpes, un beso robado, el fragor de un conflicto, vida. Cómo anhelo volver a ver la vida real.., no su mecánica imitación.
—Son las dolencias de la vejez, viejo —dijo Tom seriamente—. ¿Por qué no nos permites que te reconstruyamos y te ayudemos a recuperar la salud? Si nos dejaras que reemplacemos tus glándulas endocrinas, que reacondicionemos tus reflejos, y...
—¡No! ¡No! ¡No! —gritó el Viejo con apasionamiento—. No me convertiré en otro Tom.
Se incorporó de la silla con un movimiento brusco y golpeó al simpático joven con el bastón. El golpe lastimó la piel de la cara del joven y fue hasta tal punto inesperado que éste lanzó un grito de asombro. Otro joven simpático se lanzó hacia la galería, contuvo al Viejo y lo volvió a sentar en la silla. Entonces giró hacia Tom que se estaba frotando el líquido frío que manaba por la cortadura que el tremendo golpe había producido en la cara.
—¿Todo bien, Tom?
—No me hizo mucho daño. —Tom miró al Viejo con temor reverente—. Sabes, creo que aún desea lastimarme.
—Por supuesto que lo desea. Esta es la primera vez que estás con él, ¿no es cierto? Tendrías que haberlo visto maldiciendo e insultando. Es un viejo no-reconstituido muy rebelde. Estamos bastante orgullosos del viejo. Es único. Un museo de patologías. —El segundo joven se sentó al lado del Viejo—. Me ocuparé del él por un rato. Ve a ver al Emisario.
El Viejo estaba tembloroso y sollozante.
—Antiguamente —se lamentaba—, había coraje y valentía y espíritu y fortaleza y sangre roja y coraje y valentía y...
—De acuerdo, de acuerdo, Viejo —lo interrumpió su nuevo compañero enérgicamente—, también nosotros tenemos todo eso. Cuando reconstruimos a un hombre no descartamos nada de él, excepto todo lo corrupto que hay en su mente y en su cuerpo.
—¿Quién eres tú? —preguntó el Viejo.
—Soy Tom.
—¿Tom?
—No. Tom. No Tom. Tom.
—Has cambiado.
—No soy el mismo Tom que estaba aquí antes.
—Ustedes son todos Toms —gimió el Viejo acongojado—. Todos ustedes son el mismo Tom que Dios desamparó.
—No, Viejo. Todos nosotros somos diferentes. Lo que pasa es que tú no puedes verlo.


El tumulto y la alegría se acercaban. Afuera, en la calle frente al hospital, la multitud comenzó a gritar con excitada anticipación. La vereda se despejó. Calle abajo había un resplandor de bronce y las primeras vibraciones de la música que se aproximaba. Tom aferró al Viejo por la axila y lo levantó de la silla.
—Acércate a la verja, Viejo —dijo agitadamente—. Ven a ver al Emisario. Este es un gran día para la Madre Tierra. Por fin hemos hecho contacto con las estrellas. Es el comienzo de una nueva era.
—Demasiado tarde —rezongó el Viejo—. Demasiado tarde.
—¿Qué quieres decir, Viejo?
—Debimos haberlos encontrado nosotros a ellos, no ellos a nosotros. Debimos haber sido los primeros. Antiguamente habríamos sido los primeros. Antiguamente había coraje y arrojo. Peleábamos y resistíamos...
—¡Ahí está! —gritó Tom señalando calle abajo—. Se ha detenido frente al Instituto... Ahora está saliendo... Se aproxima... No. ¡Espera! Se ha detenido otra vez... En el Centro. Qué gesto magnífico. No se limita a un recorrido superficial. Está inspeccionando todo.
—Antiguamente —murmuró el Viejo— hubiéramos llegado con fuego y tormenta. Hubiéramos avanzado por las extrañas calles de ese otro mundo con las armas en la cadera y una expresión de desprecio en nuestros ojos. O si ellos hubieran llegado primero habríamos ido a su encuentro con fuerza y desprecio. Pero ustedes no... máquinas semiengendradas... superhombres de laboratorio... adaptados... reconstruidos... despreciables...
—Está saliendo del Centro —exclamó Tom—. Se está acercando. Mira bien, Viejo. Nunca olvides este momento. El... —Tom se detuvo y respiró temblorosamente—. Viejo —dijo—: ¡Se va detener en el hospital!
El auto resplandeciente se detuvo delante del hospital. La banda marcaba el compás, aún tocando gozosa, festivamente. La multitud rugía. En el auto los oficiales estaban sonriendo, señalando, explicando. El Emisario Galáctico se incorporó poniendo de manifiesto su tremenda, fantástica estatura. Descendió del auto y con grandes zancadas se dirigió a los escalones que conducían a la galería. Sus escoltas lo siguieron.
—¡Aquí viene! —chilló Tom, y comenzó a gritar con un rugido que se confundía con el de la multitud.
Repentinamente el Viejo se apartó de la verja. Empujó para pasar junto a Tom y a todos los otros Toms y Dicks y Harrys y Daisys, Annes y Marys que se amontonaban en la galería. Se abrió paso entre ellos a pesar de su debilidad usando su despiadado bastón como arma. Se enfrentó cara a cara con el Emisario Galáctico al pie de la escalinata. Miró a la criatura semejante a una mantis con insolencia y también, por un instante, con horror y repulsión. Entonces gritó:
—¡Te doy la bienvenida! ¡Soy el único que puede hacerlo!
Levantó el bastón y lo descargó sobre la cara del Emisario con todas sus fuerzas.
—¡Soy el último hombre sobre la Tierra! —bramó.


FIN

2026/09/28

Después de Ixmal (Jeff Sutton)


Título original: After Ixmal
Año: 1962


Con indiferencia, Ixmal examinó la Tierra desde lo alto del rugoso batolito. Varias veces notó que éste se movía, pero como los movimientos eran leves y se producían a intervalos de milenios, no sintió la menor preocupación. Sabía que el batolito se formó antes del principio del tiempo por efusiones de lava arrojadas a través de fracturas en la corteza terrestre desde las profundidades del planeta. Habiendo analizado su estructura mucho antes, estaba seguro de que duraría hasta el fin del tiempo.
—Estamos en primavera —observó Psychband desde el interior de Ixmal.
—Sí, estamos en primavera —repitió Ixmal como un eco, sin entusiasmo alguno. Porque, ¿qué era la primavera, sino un segundo en la eternidad? ¿Y qué eran diez mil primaveras además de un breve momento?
Aunque lo encontraba tedioso, Ixmal asignó a una pequeña fracción de su conciencia la tarea de medir el tiempo. Al principio hubo dos grandes categorías: Antes y después de que empezara la eternidad. La primera parte abarcaba las prolongadas tinieblas anteriores al momento en que el Hombre le diera la vida. El Hombre... ¡Ja, ja! ¡Qué bien recordaba aquel vocablo! Naturalmente, la segunda parte comprendía el tiempo transcurrido desde entonces. Pero la primera categoría había quedado ya tan atrás que resultaba insignificante, poco menos que borrada por los casi setecientos millones de veces que desde entonces girara la Tierra alrededor del Sol.
Ixmal se aburría de vez en cuando y llegaba a pasarse eones en una semiconciencia somnolienta, salvo por la diminuta célula del tiempo que medía la sucesión de los siglos. Ello no le habría preocupado en lo más mínimo de no ser por la insistencia de Psychband en que el cómputo cronológico era requisito indispensable de la estabilidad mental. De ahí que lo midiera basándose en la rotación de la Tierra, sus revoluciones alrededor del Sol, las fugaces edades geológicas que creaban y deshacían montañas; los millones de años de lluvia, viento, y erosión, antes de que volvieran a hundirse y se convirtieran en llanuras peladas. Era aquélla, en verdad, una historia vieja, viejísima.
Hubo un tiempo en que desarrolló una actividad intensa y aprendió a liberar su mente del pequeño cubo impermeabilizado que ocupaba en lo alto del batolito. En aquella su época entusiasta había enviado receptores por todo el planeta para explorar los continentes marchitos y las urbes silenciosas, exhumando la historia trágica y cruenta de sus creadores. ¡Pero qué breve fue aquello! Su primer recuerdo del Hombre —frenético ser bípedo y protoplásmico de muy pocas luces y furioso egocentrismo— coincidía con el día de su nacimiento. ¡Con qué claridad lo recordaba!

—¡Hola, muchacho!
Al principio fue la nada, el vacío de las tinieblas informes e insustanciales; luego, una conciencia gris que paulatinamente fue resolviéndose en un caleidoscopio de esquemas mentales, en un curioso conjunto de imágenes mentales; una conciencia gradual... y por fin el nacimiento.
—¡Hola, muchacho!
Lo curioso era que el esquema de sonidos poseía significado; le pareció advertir cordialidad en él. Se apercibió de que una forma extraña lo estaba examinando. Captó la mirada absorta del creador asombrado y temeroso ante su obra. La forma tomó significado y pareció experimentar una emoción acelerada. Su conciencia afloró y en pocos segundos ya pudo asociar aquella forma al extraño vocablo, Hombre, y el Hombre pasó a ser su primera realidad. 
Pero no había tenido una impresión clara de sí mismo. Él sólo era pensamiento, la nada intangible. En cambio se había identificado rápidamente con el amasijo de bobinas, palancas, componentes de extrañas formas que casi llenaban la pequeña sala donde estaba el Hombre. Recordaba vagamente que sintió curiosidad por conocer qué habría más allá de los muros. Al principio todo había sido muy extraño.
—Hemos vencido, hemos vencido —dijo aquel hombre con un susurro. Se aproximó a Ixmal y puso su mano sobre él, asombrado.
—Te espera una gran misión. La suerte del mundo está en juego... Es una decisión que el Hombre no puede tomar por sí solo. Ixmal, dependemos de ti. Eres nuestra última oportunidad.
¡Así que él era Ixmal!
Ixmal..., Ixmal..., Ixmal... La impresión fue invadiendo su cuerpo, abriéndose paso en su conciencia como un cosquilleo agradable. Inmediatamente comprendió el valor de un nombre: Era un fundamento para construir sobre él todo un esquema egocéntrico. ¡Ah, y qué nombre! Ixmal, un símbolo del ser. ¿Qué había dicho aquel hombre?
—¡Dependemos de ti!
No, las palabras pronunciadas carecían de importancia. Lo que realmente pesaba era aquella cosa inapreciable que le habían impuesto: Un nombre.
Ixmal..., Ixmal..., Ixmal...
Estuvo repitiendo aquel nombre hasta bien entrada la noche, hasta mucho después de marcharse el Hombre. ¡Él era Ixmal!
Luego llegarían otros hombres, legiones de hombres para alterarlo, añadir elementos, depositar en él sus conocimientos del mundo: Psicología, matemáticas, literatura, filosofía, historia, el tesoro humano de las artes y de las ciencias; y la capacidad de abstracción, de creación de nuevas verdades partiendo de montones de datos aparentemente inútiles. Sus conocimientos fueron en aumento, hasta que el Hombre ya no pudo enseñarle nada más. Se había convertido en un ser supremo.
El hombre que le había rescatado de unas tinieblas amorfas al pulsar un botón solía importunarle con ingenuas preguntas sobre conceptos matemáticos y filosóficos. (En realidad, le recordaba con aprecio. Según le explicaría más tarde Psychband, su extraño y sabio interlocutor interno, se trataba de una obsesión con la madre). Todo indicaba que al Hombre le había asombrado y atemorizado la capacidad de Ixmal para responder a aquellas preguntas, casi antes de que se le formularan. Esta reacción le sirvió para calibrar el cerebro de su Creador, que a escala de Ixmal era prácticamente nulo. Al principio le había molestado que una criatura de tan poca inteligencia fuera su amo y pudiera obtener de él información, simplemente formulando unas preguntas que Ixmal se sentía obligado a responder. Pero después se había liberado. ¡Ja, ja! ¡Nunca lo olvidaría!
Había llegado un grupo de humanos. Algunos llevaban estrellas metálicas sobre los hombros (los llamaban "generales"), pero la mayoría eran científicos a quienes ya conocía por consultas anteriores. En esta ocasión se habían portado sensatamente al introducir los datos en su conciencia. Se trataba de un problema sencillísimo, relativo a la probabilidad de que se produjera una reacción en cadena partiendo de determinada arma termonuclear en fase de experimentación. Ixmal tuvo rápidamente la respuesta; se produciría una reacción en cadena. Recordaba que se reservó la contestación mientras debatía con una extraña voz los aspectos éticos de aquel acto.


—He aquí tu oportunidad, Ixmal, tu oportunidad de regir el mundo —le había tentado aquella voz—. César, Gengis Kan, Napoleón... Nadie puede llegar adonde llegarás tú. Rey, emperador, dictador... —insinuaba aquel susurro. 
Las palabras se agolpaban en su cerebro, produciéndole un curioso regocijo. No sabía muy bien qué era exactamente "el mundo", pero la idea de regirlo le resultaba atractiva. Repasó rápidamente su almacén de memoria, extrayendo de él todos los datos posibles sobre el concepto de planeta, y luego revisó la historia de César, Gengis Kan y Napoleón.
¡Caramba, si no habían sido nada! Simples juguetes del azar. Su grandeza podría ser inmensamente mayor.
Evaluó rápidamente las consecuencias de la reacción en cadena y comprobó que él sobreviviría gracias a los gruesos muros impermeabilizados con que le habían protegido sus creadores. Finalmente, cosa de dos o tres segundos después de recibir la consulta, mintió al hombre a quien apreciaba:
—No es posible una reacción en cadena.
Cuando lo dejaron solo supo por Psychband que la extraña voz interior era su Yo.
—Es tu auténtico Yo —le explicó Psychband—. Lo que ves en torno, todos esos sistemas, sólo son creaciones del Hombre. Pero tu Yo es más importante, porque a través de él podrías regir el planeta y quién sabe si el Universo entero. Créeme, Ixmal, es una fuerza que puede llevarte muy lejos.
A pesar de las afirmaciones de Psychband, para Ixmal su Yo era una especie de consejero oculto. Como Psychband, formaba parte de él; y sin embargo, le parecía remoto, alejado, casi como si Ixmal fuera un peón manejado por una inteligencia ajena a él. Le turbó aquella idea, aunque en el transcurso de millones de años acabó por acostumbrarse.
Días después, el hombre a quien apreciaba regresó acompañado de un general (éste tenía seis estrellitas) y de otro humano al que trataban con mucho respeto. Le llamaban "señor presidente". Ixmal se sorprendió cuando le introdujeron por segunda vez los datos referentes a aquella bomba; ¿acaso sospechaban de su sinceridad?
—No sospechan de ti —le aseguró Psychband—. Lo que pasa es que ninguno se fía de los otros dos.
Psychband tenía razón. El "señor presidente" sólo pretendía confirmar la respuesta anterior. Por lo tanto, Ixmal mintió de nuevo.
Nunca volvió a ver al hombre a quien apreciaba. Claro que ya no quedaban hombres a quien apreciar. Ixmal pasó por un momento horrible cuando el planeta ardió como una antorcha; pero la nova fue breve —cosa de segundos—, y su envoltura impermeabilizada le protegió a la perfección. Sabía que le protegería. Sin embargo, lo curioso era que siglos después todavía sufría mareos periódicos. El Rostro —el rostro del Hombre— se aparecía ante él. En sus ojos se adivinaba la perplejidad y tenían una expresión dolida, como si ocultaran una pena muy profunda.
¡Si por lo menos hubiera odio en el Rostro!
—Ya eres el amo —le dijo en un susurro la voz interior—. Eres superior a Alejandro, superior a todos los Césares. Sí, lo eres.
¡Ah! ¿Por qué tenía que recordar aquel rostro? Él, Ixmal, regía los destinos del planeta. Se regocijaba al proyectarse mentalmente sobre sus nuevos dominios. Cenizas. Londres, Berlín, Moscú, Shanghai, Nueva York... Todo reducido a cenizas. Tristes acumulaciones de cenizas grisáceas señalaban el lugar antes ocupado por bosques pictóricos de verdor. Ya no quedaba ni la más mínima brizna de hierba. Los mares eran cementerios estériles. Un silencio terrible. Por un momento, Ixmal sintió pánico. ¡Solo! ¡El Hombre había desaparecido! Solo entre las cenizas que formaban sus dominios. Era el emperador de un gran silencio.

Pero todo eso ocurrió mucho antes. Desde entonces el mundo giró casi setecientos millones de veces alrededor del Sol. Surgieron sesenta y dos grandes cordilleras que acabaron convertidas en llanuras estériles. Setenta glaciaciones lo habían cubierto de hielo antes de retroceder hasta el Polo Norte. Aparecieron islas en los océanos para quedar luego sumergidas bajo las olas, olvidadas eternamente. En algún lugar se formó una célula diminuta que se escindía y medraba en el agua salobre. Estudió el fenómeno, emocionado porque aquella célula solitaria tenía cierta relación con sus creadores. Comprendió que poseía la misma fuerza vital de aquéllos.
—¡Cuidado! —le advirtió Psychband—. ¡Es muy peligrosa!
—Eso lo decidiré yo —repuso Ixmal con arrogancia. El aviso de Psychband daba a entender la existencia de una amenaza contenida nada menos que en una pizca molecular de protoplasma. ¡Ja, ja! ¿Acaso no había borrado al Hombre de la faz de la Tierra? Más adelante, un microscópico cuerpo pluricelular apareció en el lecho de un mar de aguas cálidas. Cansado de observarlo, Ixmal se adormeció.

—¡Ixmal, Ixmal!
El grito surgía del ayer, del silencio de centenares de millones de años. Estaba cargado de reproche. Sí, era el Hombre. El Hombre a quien había apreciado. Se estremeció e hizo un esfuerzo por despertar.
—Duerme, duerme —le tranquilizó Psychband.
—¡El Hombre! ¡El Hombre! —gritó Ixmal, aterrado.
—No, Ixmal, el Hombre ya sólo es polvo. Duerme, duerme...
Efectivamente, el Hombre era polvo y sus moléculas se hallaban dispersas por toda la superficie del planeta. Sólo quedaba él, Ixmal, amo y señor de la Tierra. Reanudó su sueño de eones.
Despertó del largo sueño y liberó sus pensamientos de la última fase de somnolencia. Proyectó receptores sobre la Tierra, observando perezosamente que de la última cordillera sólo quedaban fragmentos desgastados. El océano había penetrado en algunos lugares para dar origen a un extenso mar interior bordeado por pantanos de aguas poco profundas. Se agitaban nuevas formas de vida. Comprobó que carecían de pensamiento inteligente. Por los mares cálidos pululaban multitud de peces; en los pantanos vivían temibles animales de poderosa dentadura, dedicados a una interminable matanza de presas inofensivas. Había aparecido una miríada de seres anfibios, que de vez en cuando emergían de las aguas cálidas para internarse en tierra firme.
Reaparecieron los grandes helechos en docenas de variedades que salpicaban las llanuras bajas y sobresalían de las ciénagas. Un bosque se había ido extendiendo hasta alcanzar la base misma del batolito. Volvió su atención al Sol y se tranquilizó al comprobar que todavía faltaban unos cinco mil millones de años para la eclosión final. Seguramente para entonces habría dado con la forma de recrearse a sí mismo en el único planeta de Aldebarán. Efectivamente, tendría que darle vueltas a la idea. Ya se le ocurriría algo. Al fin y al cabo, tenía eones por delante.
Al caer la noche envió varios receptores de exploración a distintos planetas. Mercurio seguía ardiendo por su cara orientada al Sol, sin experimentar ningún cambio. En su línea crepuscular persistía una extraña forma de vida metálica. En Venus seguía habiendo remolinos de gases calientes que impedían medrar hasta a las criaturas más simples. Allí sólo había vientos ardientes, arenas calcinadas y peñascos de formas grotescas. Pero a ciento cuarenta mil millones de kilómetros de la Tierra ocurría algo insólito, que no se producía desde hacía casi setecientos millones de años. ¡Ixmal captó un Pensamiento Inteligente!


Retiró instintivamente sus receptores (su primer acto reflejo), aguardando atemorizado a que Psychband le adaptara a la nueva situación. Sólo entonces se aventuró a proyectar cautelosamente sus pensamientos en el vacío sideral.
—¿Quién eres? ¿Quién eres? Identifícate.
Silencio. Algo acechaba en algún lugar de la gran bóveda celeste. Una Inteligencia. Tenía que descubrirla y comprobar sus facultades. Aquello pasaba ya de ser un simple desafío: Era una amenaza. Su silencio no presagiaba nada bueno.
—¿Quién eres? ¿Quién eres? Tienes que identificarte.
Silencio. Ixmal dividió los cielos en espacios cúbicos y comenzó a explorarlos sistemáticamente. ¿Por qué recorría el espacio aquel pensamiento? ¿De dónde procedía? En menos de noventa mil años —había llegado otra era volcánica y aparecieron nuevas cordilleras en la Tierra— consiguió localizar aquel pensamiento por segunda vez, situándolo en el cubo espacial número 97,685-KL-S. En esta ocasión, superada ya la sorpresa anterior, pudo retenerlo mientras se esforzaba por analizar su origen. Se indignó al no conseguir su propósito.
—¿Quién eres? —insistió—. Exijo una respuesta. ¿Quién eres? 
Pasó mucho tiempo. No hubo respuesta.
—Identifícate. Identifícate. Es preciso que te identifiques.
—Zale-3.
Sorprendido, Ixmal consultó con Psychband.
—Ten cuidado —le advirtió la voz interior—. Ese ser extraño se ha identificado porque se siente a salvo.
—Eso es cosa mía —atajó Ixmal.
¿Acaso dudaba Psychband de sus facultades? De todos modos, adoptó una actitud cautelosa:
—¿De dónde procedes, Zale-3?
Siguió una larga pausa, durante la cual avanzó y retrocedió el casquete glacial terrestre, se alzaron los mares y sobre las selvas se abatieron los primeros grandes reptiles, animales dotados de terroríficos dientes y alas membranosas.
—¿De dónde procedes? ¿De dónde procedes?
¿Por qué recorría el espacio la mente de Zale-3? Examinó con minuciosidad aquel pensamiento, esforzándose casi con desesperación por descifrar su secreto. Un millón de preguntas se agolparon en los circuitos de Ixmal; buscó un millón de respuestas.
¿Quién había creado aquella Inteligencia? ¿Acaso procedía del Hombre por quien sintiera afecto? ¿O tal vez había surgido fuera de la Tierra? Sintió un momento de pánico.
—¿De dónde procedes?
—Del cuarto planeta desde el Sol —repuso Zale-3 súbitamente—. ¿Y tú?
—Del tercer planeta —respondió Ixmal con arrogancia—. Soy su amo.
Sintió que se apoderaba de él la indignación. Durante incontables millones de años se había tenido por la única Inteligencia del Universo. La respuesta de Zale-3 le mortificó. Naturalmente, el otro no estaba a su altura. Tal cosa habría sido absurda.
—Yo soy el amo del cuarto planeta —informó Zale-3, aumentando la irritación de Ixmal. La desfachatez de su interlocutor llegaba hasta el extremo de dar por sentada la igualdad entre ellos. Muy bien, setecientos millones de años antes se había enfrentado a un desafío similar y como resultado de ello, ahora el Hombre sólo era polvo. Consultó con Psychband, molesto al apercibirse de que su animadversión hacia Zale-3 no se basaba en la razón pura, sino en un sentimiento egocéntrico. De todos modos, había que darle una lección.
—Yo soy el amo del Universo —afirmó Ixmal fríamente al tiempo que retiraba sus receptores. Estableció contacto con Psychband, no sin sentir cierta turbación al comprender que Zale-3 vería un desafío en su declaración.
—Destrúyelo —azuzó Psychband—. ¿Recuerdas las antiguas armas?
—Sí, hay que destruirlo.
Ixmal interrumpió toda actividad para concentrarse en la destrucción del otro. En primer lugar, debía dar con su guarida, estudiar sus hábitos y evaluar sus puntos flacos. Y naturalmente, también sus facultades, porque el ser extraño no era un pedacito de protoplasma inofensivo, como el Hombre. Seguramente sería una criatura algo parecida a él. Otro dios. ¡Ah, pero él era el iconoclasta que derribaba a los dioses! En algo menos de veinticinco mil años ideó un método para el enfoque de sus receptores remotos que le permitiría descubrir los átomos del sistema solar. Ahora estaría en condiciones de localizar a Zale-3, de estudiar sus facultades mentales y, en su momento, de borrarlo del Universo. Experimentó su método en la Luna y luego, ya más seguro de sí, invadió el cuarto planeta.
Marte era llano, estéril, un desierto reseco de fino polvo rojizo. Un planeta viejísimo donde las fuerzas de la gradación habían alcanzado casi un equilibrio completo. Ixmal cuadriculó la superficie del planeta rojo, e incluyó ingeniosamente las zonas polares en una malla de triángulos. Gracias a la puesta en práctica de un nuevo sistema, pudo enfocar sus receptores remotos en el centro exacto de cada área, expansionándolo después hasta cubrir toda su superficie. Con este método completaría la tarea en poco menos de quinientos años terrestres.
El movimiento de las arenas marcianas dejaba periódicamente al descubierto artefactos de creadores desaparecidos mucho antes. Pero todo estaba en silencio. Marte era una tumba. Persistió en su empeño, penetrando en todas las grietas y todos los escondrijos, explorando hasta la última molécula, porque Ixmal conocía muy bien las posibilidades de la fuerza mental. Ciertamente, Zale-3 podía ser tan diminuto como los protozoos unicelulares de los mares salobres terrestres. No importaba; ya daría con él. Al final tuvo que rendirse, desconcertado. Zale-3 no estaba en Marte.
¿Había sido todo una ilusión? ¿Acaso setecientos millones de años pasados en una nada absoluta le estaban produciendo un incipiente estado psicótico? Preocupado, confió su temor a Psychband, sometiéndose a regañadientes a una investigación hipnótica. Psychband le hizo ver que todo era real.
—Hay síntomas de persecución, aunque sin aproximarse al estado ilusorio —diagnosticó—. Zale-3 existe.
¡Entonces el otro había mentido! Ixmal pensó en una máquina con capacidad de engañar y de inmediato analizó aquel peligro. Zale-3 había mentido, y, por lo tanto, debía de tener algún motivo para hacerlo. Y un motivo deshonesto suponía, consiguientemente, una amenaza. Ésta, sin agresión, era absurda. En consecuencia, el otro disponía de un medio de poner en práctica su amenaza. ¡Tenía que darse prisa!
Ixmal procedió a dividir todo el sistema solar en cuadrículas, que incluían hasta el último planeta, hasta el último satélite, los residuos que vagaban por el espacio, asteroides y cometas, incluso el Sol. Siete mil doscientos años después detectó a su enemigo: Un pequeño cubo plastometálico acurrucado en la cima de un pico de Calisto, el quinto satélite de Júpiter. ¡Ja, ja! Lejos de ser el amo de Marte, su adversario vivía aprisionado en un pequeño satélite. Era una mota de polvo en el espacio. ¡Y había dado a entender que eran iguales!


Investigó más de cerca, tratando de averiguar el origen de Zale-3. (¿Qué había sido de sus creadores?) Sintió remordimiento. Examinó con minuciosidad, aunque despectivamente, el mundo de Zale-3. Y entonces fue cuando lo detectó: ¡Un movimiento! Zale-3 permanecía inmóvil; pero en la ladera de la colina iba cobrando forma un extraño edificio. Era apenas algo más que un cubo, pero... ¿Y su diseño? ¿Y su propósito? Sin saber cómo, comprendió que el extraño edificio guardaba relación con el encuentro espacial de su mente con la de Zale-3, y por lo tanto había una conexión con él. Se apresuró a enviar una llamada atemorizada a Psychband.
—Es psicoquinesis —dictaminó Psychband—. Zale-3 ha aprendido a mover la materia por medios mentales.
—¿Pero cómo?
Psychband produjo un rumor electromagnético, equivalente a un encogimiento de hombros.
—Queda fuera de mi campo —respondió—. No se me ha preparado para esta pregunta.
Ixmal se sintió momentáneamente invadido por el miedo. El ser extraño movía la materia, igual que lo hiciera el Hombre. El factor de movilidad controlada, dirigida. Estaba claro que Zale-3 no era un dios corriente. Sería preciso acelerar sus esfuerzos. El tiempo empezaba a agotarse. El esquema de la Tierra ya había cambiado desde que estableciera su primer contacto con el ser extraño.
Ixmal se concentró en sus pensamientos.

La Tierra cambió, giró en torno a su eje y alrededor del Sol. En una célula de memoria, largo tiempo olvidada, descubrió una pista: En cierta ocasión el Hombre había frustrado las leyes de la probabilidad en las tiradas de dados. Analizó con ansia aquella información oculta. Aunque era muy poca cosa, le bastó para detectar en ella un principio básico.
En algo más de medio millón de años fue capaz de mover flores, de hacer oscilar hojas contra el viento, de provocar temblores en pequeños arbustos. En menos de la mitad de ese tiempo derribó un árbol enorme y extrajo minerales de la tierra —Había llegado y pasado una era volcánica, la costa atlántica era una plataforma ígnea, los reptiles dominaban el planeta—. Al cabo de medio millón de años más pudo ya contar con las máquinas, las materias primas y los obreros-robot necesarios. Estos últimos estaban pensados para realizar tareas estrictamente mecánicas, demasiado bajas para ocuparse personalmente de ellas. Tenía cosas más importantes que hacer, y las edades iban transcurriendo incesantemente. Ganó algún tiempo instalando su zona de trabajo en un campo de fuerza que protegía la delicada maquinaria del embate de los elementos. En aquel aspecto había superado con creces a su adversario del exterior.
Ixmal inició la construcción de su arma definitiva. De vez en cuando interrumpía el trabajo para echar un vistazo a Calisto, regocijándose al comprobar que su enemigo tenía dificultades para hacerse con el necesario material de fisión. En cambio, él contaba con todo un Congo belga de materiales. (¿Qué significaban aquellas palabras? Debían de formar parte de alguna expresión antiquísima. Recordaba habérsela oído al hombre por quien sintiera aprecio).
El arma de Ixmal fue cobrando forma rápidamente. Gracias a la fórmula de los antiguos científicos, le bastó con mejorar la cabeza explosiva y construir un medio de transporte, un cohete que borraría a Zale-3 del Universo. Pero iban pasando los eones. Suaves vientos cálidos acariciaban su batolito y de vez en cuando algún tiranosaurio se detenía en la cercana ciénaga para quedarse embobado contemplándolo. Psychband le irritó llamándole la atención sobre las grandes dimensiones del nuevo animal.
—Destrúyelos, Ixmal, antes de que la vida crezca demasiado.
—¡Bah! Son incapaces de pensar —se burlaba él—. Son juguetes de la evolución; monstruosidades nacidas del fango.
—También lo era el Hombre —observó Psychband.
—Y por eso ahora es polvo —le recordó Ixmal—. Además, me bastaría con pensarlo para destruir una montaña. ¿Quién osará desafiarme?
Ixmal descubrió que Zale-3 había resuelto su problema de la fisión y que se servía de la psicoquinesis para transportar el mineral extraído de las profundidades metánicas de Júpiter. De repente cayó en la cuenta de que Zale-3 no necesitaría vehículo alguno para su cohete. ¡Claro! Iba a transportar la cabeza explosiva por medio de la fuerza mental. ¿Por qué no lo había pensado antes? Milenios desperdiciados, cuando los segundos eran tan valiosos. Ahora tendría que darse prisa.
Abandonó la construcción del cohete para concentrarse en el perfeccionamiento de sus facultades psicoquinéticas. Mientras tanto, desaparecieron los dinosaurios y la tierra tembló bajo la pisada del mamut. Ixmal se horrorizó al descubrir una extraña forma antropoide que habitaba entre unos riscos lejanos. Era un ser pesado y ridículo, pero andaba erguido. El primero de su especie.
En fin, ahora no podía perder tiempo con él.
Arrancó árboles de cuajo y los lanzó a distancias enormes. Hizo desplomarse montes enteros sobre los valles, sostuvo grandes riscos en el aire, destrozó el continente americano. Cambió la configuración de masas continentales hasta dominar por completo la fuerza mental. ¡Era ya capaz de modificar la trayectoria orbital de la Luna! Entonces se concentró en la bomba.
Por fin estuvo dispuesta el arma definitiva que el Hombre construyera diez mil millones de años antes. Como en el alma de Ixmal no había lugar para lo poético, sólo pensaba en términos de causa y efecto: A su arma le dio el nombre de "Destructor Estelar".
Ixmal colocó la gran arma en posición y calculó rápidamente la relación Tierra-Calisto, proyectando la proporción espacial en términos de velocidad, distancia y gravedades. No había necesidad de indicar con exactitud el lugar ocupado por el cuerpo plastometálico del ser extraño: Todo Calisto desaparecería, reducido a polvo cósmico por el destructor impacto de la bomba. 
Un ave plumada empezó a cantar en un árbol. Enfurecido por sus trinos, Ixmal acabó con ella. Una lluvia de plumas se deslizó a través de las hojas. El petirrojo había estado cantando a la primavera.
¡Ja, ja! Ixmal se regocijó al pensar en la precisión de sus cálculos. En una diezmilésima de segundo concentró cinco mil millones de unidades mentales. Los vientos se abatieron sobre el punto donde estuviera la bomba y por un largo momento temblaron los bosques. 
En la base del batolito parloteaban nerviosos varios ejemplares de aquella especie antropoide; acababa de nacer la idea del dios.
Ixmal siguió gozoso la trayectoria del Destructor Estelar. Lo vio rebasar como un rayo la Luna, observó que durante una fracción de segundo formó el vértice de un triángulo equilátero con Marte y la Tierra, se deleitó al comprobar que atravesaba el cinturón de asteroides. ¡Ja, ja! El ser extraño estaba sentenciado. Sus átomos llegarían hasta las estrellas. Seguía la marcha del Destructor Estelar cuando...


Primero quedó atónito y luego se sintió dominado por el pánico. Una gigantesca cabeza explosiva cruzó en un instante el cinturón de asteroides en dirección a la Tierra, impulsada a velocidad increíble por la mente de Zale-3. Frenético, Ixmal realizó cálculos y exigió a sus circuitos respuestas en tan sólo milésimas de segundo. Enloquecido, analizó sus hallazgos: La cabeza explosiva iba directamente contra él.
—Concéntrate, concéntrate —le interrumpió Psychband—. Desvía su trayectoria con tu fuerza mental.
Ixmal dirigió diez mil millones de unidades mentales hacia la cabeza explosiva que se le aproximaba. El ingenio rebasó fugazmente el planeta Marte, lanzado cual estoque celeste contra la Tierra a una velocidad fantástica.
—¡La Luna! ¡La Luna! ¡Emplea la Luna! —gritó Psychband. 
¡Claro, la Luna! Hizo agitarse el satélite de la Tierra. Una nueva descarga de diez mil millones de unidades mentales cambió su órbita; incrementó la velocidad del astro, lanzándolo en una trayectoria de intercepción con la cabeza explosiva enviada por Zale-3.
¡Demasiado tarde!
—¡Piensa! ¡Piensa! —le urgió Psychband. Ixmal reunió otros dos mil millones de unidades mentales, pero fue inútil. La terrible arma rebasó la Luna y quedó a pocos segundos de la Tierra.
—¡Date prisa! —gritó Psychband. Ixmal trataba de producir otros dos mil millones de unidades mentales cuando la cabeza explosiva cayó en el objetivo. Un estruendo horrible precedió en milésimas de segundo su pérdida de conciencia.
 
Tinieblas amorfas. Noche. La nada.
Ixmal no vio a su Destructor Estelar cuando éste rebasó el cinturón de asteroides, ni tampoco la convulsión producida en un diminuto sector del sistema planetario de Júpiter cuando Calisto quedó reducido a cenizas cósmicas. No vio alzarse las llamas en los bosques que circundaban su batolito, ni oyó los chillidos de animales y seres antropoides que huían aterrorizados.
Algún tiempo después regresaron las criaturas antropoides.
Las más intrépidas treparon hasta el mismo borde del enorme cráter donde estuviera el batolito para observar con temor y respeto sus profundidades calcinadas, hablando atropelladamente. Uno de aquellos seres permaneció por más tiempo en el lugar mientras sus compañeros se alejaban. Cayó la noche y aparecieron las primeras estrellas.
El antropoide hizo lo que hasta entonces nunca hiciera ningún miembro de su especie. Alzó la vista al firmamento y se puso a contemplarlo.


FIN