2026/04/13

Extraño náufrago (Nelson Bond)


Título original: Uncommon Castaway
Año: 1949


¡Yo os digo, precaveos y arrepentíos, y ay de aquel que desoiga mi aviso! Porque en verdad, en verdad os digo que el día del Juicio se aproxima, y en ese día a causa de vuestros pecados e iniquidades os visitarán el fuego y la espada de Aquéllos cuya furia hace temblar la tierra y arder las aguas del mar.

Nos echaron de un puntapié de Alejandría cuando Rommel siguió su avance más allá de Mersa Matruh, por la larga y arenosa carretera que conduce a El Cairo. No exagero al afirmar que nos echaron de un puntapié. El Almirantazgo opinaba que lo único que podíamos hacer era refugiarnos en puertos seguros hasta que el giro que tomasen los acontecimientos revelase si el plan de Montgomery para ofrecer una última resistencia en un puntito del mapa llamado El Alamein era buena estrategia o —como casi todos temíamos— pura desesperación.
A nuestro capitán le disgustaba sobremanera tener que huir. Cuando le entregué la orden, gruñó y mordió con fuerza su pipa. Ni siquiera lanzó un juramento, lo cual demuestra hasta qué punto aquello le afectó, porque nuestro capitán es un hombre educado, que sabe jurar con soltura en seis idiomas diferentes. Y por simples bagatelas.
Pero aquello era demasiado grande. Se limitó a mover la cabeza y a decir:
—Muy bien, Chispas. ¡Que se cumpla!
Y volviéndose, se alejó hacia proa con gran celeridad.
Así fue como el Grampus, al abrigo de una noche egipcia oscura como boca de lobo, se escabulló hacia alta mar en pos de la salvación. El Puerto de Oeste parecía la boca de un túnel; incluso el faro de Raset-Tin estaba apagado por temor a los bombardeos aéreos. Pero las tinieblas estaban llenas de vida y ruido. El incesante rumor del oleaje del Mediterráneo contra los escollos de la isla de Faros; las altas y moduladas notas del pito que hacía sonar el contramaestre, que resaltaban con un extraño son agudo entre los suspiros de la brisa de poniente; el susurro de voces provenientes de barcos que se deslizaban confusamente a nuestro alrededor, tétricos como espectros a la deriva. Sonidos grises y encolerizados. El petulante adiós de unos buques que evacuaban un puerto que sólo pocos meses antes había sido la más altiva base británica en toda la costa norteafricana.
—Tenemos que ser los primeros en salir —dijo el capitán—. La flota necesitará hasta el último submarino. Particularmente si los boches toman Alejandría. —Mirando hacia el cielo con desconfianza, añadió—: Habrá que poner servidores en las piezas de cubierta. Podemos tener jaleo.
Pero no lo tuvimos. No perdimos ni un solo barco, ni un hombre por acción enemiga durante toda la operación. Fue curioso que nada sucediese, verdaderamente, porque estábamos a merced de los Stukas, apretujándonos de tal manera en aquel estrecho paso que poca resistencia hubiéramos podido ofrecer. Además, muchos de nosotros estábamos en muy malas condiciones. Esto es lo que sucedía al Grampus, que había recalado en Alejandría para someterse a revisión general y a varias reparaciones, y que tuvo que hacerse de nuevo a la mar antes de que éstas hubiesen terminado.
Aunque después de todo, no hay motivo para extrañarse. Los alemanes se sentían muy seguros por aquellos días. Y tenían razón de estarlo. Pero esta excesiva seguridad fue nuestra salvación. Creo que no nos bombardearon durante nuestra huida porque esperaban tomar Alejandría de un momento a otro, y no querían apoderarse de una base naval reducida a escombros.
Sea como fuere, dejamos atrás la escollera sin el menor contratiempo, y tomamos el rumbo ordenado. No sabíamos nuestro punto de destino, pero puesto que zarpamos rumbo al nordeste, a bordo todos estábamos convencidos de que nos dirigíamos a Larnaca. Chipre sólo se hallaba a trescientas millas de distancia, y hubiéramos debido cubrirlas en un solo día, pero nadie se hacía ilusiones suponiendo que el viaje sería tan rápido. Cabía la posibilidad constante de encontrarse con barcos o aviones enemigos. Además, el barómetro señalaba mal tiempo. Y para acabar de redondear aquellas sombrías perspectivas, nuestros remendados motores empezaron a toser y carraspear cuando apenas habíamos traspuesto la isla de Faros.
La situación no le hacía pizca de gracia a Auld Rory, nuestro cocinero, y me lo dijo sin ambages cuando le pedí que me sirviese una taza de té en la cocina, una vez nos hicimos a la mar sin tropiezos.
—Esto presenta muy mal cariz —gruñó el viejo escocés—. Vergüenza debía darle a la Armada huir de este modo, sin presentar combate. ¡Qué cosa—farfulló, buscando la palabra adecuada—, qué cosa tan poco digna!
Sonriendo, le dije:
—Quizá no sea muy digno, Rory, pero es mucho más seguro. Como dice Shakespeare en el Paraíso perdido: "Quien lucha y salva su flete, conseguirá salir del brete".
—Este noble bardo —dijo Auld Rory rechinando los dientes— no fue el autor del Paraíso perdido, sino el gran John Milton. Además, este verso no es como lo has citado tú, yanqui ignorante y bruto.
—Te he dicho mil veces, Rory —repuse, sonriendo—, que yo no soy americano, sino súbdito británico, nacido y criado en mi viejo y querido Fogville-on-the Thames, la villa de la niebla junto al Támesis.
—¡Eres un perfecto embustero! —dijo Auld Rory montando en cólera—. Tú hablas la lengua materna como un jenízaro.
—Eso se debe a que me crié en Brooklyn.
—¿Eh? ¿No me habías dicho en Nueva York?
—Nueva York es un suburbio de Brooklyn. Un día tienes que ir conmigo a Flatbush, Rory. ¡Qué sitio! Tendrías que oír cómo chilla la multitud el Día de las Damas de Ebbets Field, y cómo apostrofan a los árbitros: "¡Que maten a ese holgazán! ¡Que lo cuelguen!"
—¡Qué lenguaje! —exclamó Rory, ofendido—. ¿Y en presencia de señoras? ¡Vaya indecencia! ¡Estoy avergonzado de ti, Yake Levine! 
Mientras yo sorbía el té él me contemplaba con semblante ceñudo. Prosiguió:
—Y sigo diciendo que esto presenta muy mal cariz. En el puerto, teníamos al menos baterías costeras y una posición defendible. Pero esto no les parecía bastante bueno a los jefazos. ¡No, señor! De modo que aquí estamos, solos y maltrechos en medio del Mediterráneo, a punto de convertirnos en la presa de Dios sabe qué bárbaros que caerán sobre nosotros. Me extraña que aún no nos hayan atacado, a decir verdad.
—Tranquilízate, Rory —le dije, riendo— y procura que tus úlceras descansen. Estas aguas son bastante seguras. Te apuesto cinco chelines a que ni siquiera vemos al enemigo, y mucho menos... ¡Eh, qué es eso!
¡Valiente profeta estaba hecho! Mi profecía terminó en un grito de sorpresa cuando el inconfundible tronar de una pieza de cubierta hizo temblar el submarino en toda su longitud. El Grampus se encabritó y se estremeció. El té me cayó sobre las muñecas y me las escaldó. Se oyeron voces excitadas, que fueron ahogadas por el estridente clamor de la sirena de alarma del barco.
Pero dominándolo todo, Auld Rory gritó:
—¡Te acepto la apuesta! —No hay que olvidar que era escocés.
Salí como una exhalación de la cocina y corrí hacia la cámara del telegrafista. Haciendo eses por el pasadizo, tropecé con varios artilleros que bajaban a toda prisa para dirigirse a sus puestos de inmersión. Sujeté a Rob Enslow por el brazo.
—¿Aviones?
—¡El cielo está lleno de ellos!
Entonces oí sus motores, que zumbaban con el irritado ronroneo de un avispero en libertad. Los boches no habían querido bombardearnos en el puerto para hacernos pedazos en alta mar. La voz precisa y tranquila del capitán nos infundió una repentina calma a todos.
—¡Zafarrancho de combate! ¡Inmersión!
Se abrieron las válvulas y el silbido del aire que se escapaba se mezcló con el borboteo del agua que llenaba los depósitos de lastre, y nuestro sumergible se hundió bajo la superficie. Alcancé mi compartimiento y me acerqué dando traspiés, pues el barco cabeceaba mucho, al tablero de instrumentos. Frente a él estaba Walt Roberts, el pañolero. Me dirigió una mirada.
—¿Estás bien, Jake?
—Perfectamente. ¿Y tú?
—De primera. —Y luego añadió—: Ya estamos sumergidos.
—Sí —asentí—. Ahora estaremos bien, a menos que alguno de esos pájaros suelte cargas de profundidad.
—De acuerdo —dijo Walt—. Aunque quizás esta vez no las lleven.
—No es probable que las lleven —afirmé—. Debe ser una escuadrilla con base en tierra, que habrá salido de Bardia. Te apuesto a que entre todos no tienen una sola carga de... —No pude terminar la frase.


De pronto oímos un trueno sordo. El Grampus se zarandeó como si hubiese sido golpeado por un puño gigantesco. Luego se sacudió y saltó como un pez debatiéndose con el anzuelo. Resonó de nuevo la campana de alarma para detenerse de pronto cuando las luces se apagaron, después de un breve e intensísimo resplandor que nos deslumbró a todos. Un latido cálido, como si la electricidad se hubiese vuelto loca, se esparció por mi cuerpo, obligándome a contraerme dolorosamente. El Grampus se inclinó de costado, mis pies perdieron su sostén y caí de cabeza sobre la cubierta escorada, dándome un fuerte golpe contra el mamparo. Esto es todo cuanto recuerdo.

El árbitro aulló: "¡Tanto!" Yo me puse en pie de un salto, echando espumarajos de cólera, compartida por toda una gradería de sol abarrotada de conciudadanos míos.
—¡Cómprate unas gafas, pedazo de bruto! —le grité—. ¡Esa pelota ha pasado a un kilómetro fuera!
Levantando mi almohadilla, la tiré al campo. Una mano me sujetó por el hombro y un polizonte me miró con expresión malévola:
—¡Oiga usted! ¡Haga el favor de seguirme!
—¡Quíteme las manos de encima! —grité, y me debatí para desasirme.
Alguien, un amigo de entre la multitud, me gritó desde lejos:
—¡Jake! ¿Estás bien?
—¡Suélteme! —rezongué—. ¡Éste es un país libre! Suélteme, o de lo contrario...
La mano posada en mi hombro afirmó su presa. La voz se hizo más próxima y distinta:
—¡Jake! ¿Estás bien, Jake?
El campo de Ebbets se desvaneció; sus gradas de sol se convirtieron en el oscuro y húmedo interior del Grampus. Tanto la mano como la voz pertenecían a Walt Roberts.
—Jake...
—Estoy bien —dije—. Estoy bien, Walt. 
Estiré el cuello cautelosamente.
—Gracias, chico. Acabas de salvarme de diez dólares o diez días.
—¿Qué?
—Dejémoslo —dije—. ¿Dónde estamos?
—Sobre el fondo. Esta carga de profundidad nos ha averiado algo. No sé exactamente qué. Por suerte el agua aquí no es muy profunda.
—Tanto mejor —observé—. ¡Qué suerte!
Yo estaba muerto de miedo, pero no quería demostrárselo. Proseguí:
—Si fuésemos peces, no tendríamos que ir muy lejos. ¿Tenemos vías de agua?
—Creo que no.
—¿Entonces qué les pasa a las baterías? ¿Por qué no hay luz?
—Ojalá lo supiese —dijo Roberts.
—Vamos a ver qué ocurre —le invité.
Avanzamos a tientas por el submarino, tropezando con otros que hacían lo propio. Nos dominaba cierta tensión, pero no se apoderó de nosotros el pánico. Y no se piense que la disciplina se hubiese relajado porque se nos permitiese hacer lo que nos viniese en gana. Eso se debía a que el capitán tenía cerebro, además de galones. Comprendía lo que todos experimentábamos, y mientras no interfiriésemos lo que hacía el maquinista, nos permitió satisfacer nuestra curiosidad.
En la sala de máquinas se habían colocado lámparas de auxilio y vimos el cuerpo sudoroso del maquinista inclinado sobre los motores. El primer maquinista no estaba tan preocupado como desconcertado.
—Es la cosa más extraña que he visto en mi vida, señor —oímos que decía al capitán—. No es por los efectos del impacto ni un cortocircuito. Es como si toda la instalación eléctrica hubiese sido arrancada y retorcida.
—Eso es lo que yo experimenté —gruñó el capitán—. El submarino pareció debatirse y agitarse como una anguila.
—Sí, señor. Las barras ómnibus se han convertido en una masa sólida. Y las conexiones...
El primer maquinista movió la cabeza.
—¿Pero puede usted arreglarlo?
—Creo que sí, señor. Sí, creo que podremos arreglarlo.
—Muy bien. ¡Pues manos a la obra! —El capitán se volvió muy sereno hacia todos nosotros—. Ya han oído lo que dice el jefe de máquinas, muchachos. Ahora saben tanto como yo. Volvamos todos a nuestros puestos, y dejemos trabajar a estos hombres.
Esto es lo que hicimos, con lo que el incidente quedó terminado. Algún tiempo después, las luces volvieron a encenderse. Y después de otra larga y ansiosa espera, oímos el prudente zumbido de la Diesel, seguido por el ruido que producía el árbol de la hélice al girar. Luego la voz del capitán, como siempre precisa y tranquila, por los altavoces interiores:
—Atención todos. Avería reparada. ¡Sopla!
Era pleno día cuando, después de asegurarse de que no andaban barcos enemigos por los alrededores, el Grampus emergió. Por prudencia no hacíamos funcionar la radio, pero con la esperanza de avizorar un buque amigo, el capitán me ordenó que tomase las banderas de señales y subiese con él a la torreta.
La fresca brisa marina me pareció una bendición, lo mismo que el sol. Pero habíamos perdido los restantes barcos de nuestro convoy... si es que podía llamársele así. El horizonte estaba despejado en todo lo que la mirada podía abarcar. Nada se veía sobre las aguas.
Sí , algo se veía. El capitán lo descubrió antes de que cualquiera de nosotros enfocase sus gemelos sobre la bailoteante motita negra, y lanzó un pensativo gruñido.
—Es un hombre sobre una balsa, o un mástil. Tal vez es superviviente de un naufragio. Posiblemente, alguno de nuestros barcos no pudo escapar con la celeridad con que nosotros lo hicimos. —Suspiró—. Pongamos rumbo hacia allá y le recogeremos.
El segundo saludó y desapareció por la escotilla. Pocos minutos después nos encontramos a corta distancia del pecio.
Aquí empieza la parte fantástica de mi relato. ¿Imagina acaso el lector que aquel náufrago se entusiasmó al vernos, o que empezó a agitar los brazos y a gritar de alegría?
¡Nada de eso! Durante largo rato, ni siquiera pareció apercibirse de nuestra presencia. O si nos vio, se hizo el desentendido. Tampoco respondía a nuestras voces, a pesar de que estábamos a tan corta distancia que tenía que oírnos forzosamente.
—¿Si será sordo? —dijo el capitán en voz alta.
—Es posible, señor —dijo el segundo—. Pero tiene que vernos. Es raro que no pida socorro.
—¿Y si fuese sordomudo? —apuntó el capitán.
—Basta con que sea sordo, señor —indiqué.
En aquel instante el náufrago nos vio sin ningún género de duda. Abandonando su incómoda postura, pues estaba postrado de hinojos, se levantó, pero en lugar de agitar los brazos o los harapos que le cubrían en parte, el condenado estúpido lanzó un ronco grito de espanto, saltó de su balsa desvencijada y se alejó, braceando, de nosotros con toda la celeridad que le permitían sus flacos miembros.
El capitán lanzó un gruñido de asentimiento:
—¡Ah, ya lo comprendo! Es un enemigo. ¡Tanto mejor! ¡Súbanle a bordo, muchachos!
Esto fue lo que hicimos. Pero sólo lo conseguimos después de propinarle varios golpes que le hicieron perder el conocimiento. Dos marineros saltaron al agua para apoderarse de él. La operación de capturarlo fue peor que apoderarse de una barracuda. Él pateaba, mordía y arañaba, y por poco le saca un ojo a Bill Ovens. Esto enojó sobremanera a Bill, el cual, mientras su compañero luchaba a brazo partido con el náufrago, se escurrió a sus espaldas para aturdirle de un golpe detrás de la oreja.
Así fue como el Grampus embarcó a un pasajero.

Poco tiempo después, mientras le contaba a Walt la tremolina que había armado aquel hombre, el capitán me llamó:
—Lavine, preséntese a proa.
Le encontré esperándome ante el compartimiento donde habíamos encerrado a nuestro pasajero. Sacándose la pipa de la boca me dirigió una pensativa mirada.
—Usted es judío, ¿verdad, Lavine?
—Sí, señor.
—¿Sionista?
—No, señor —contesté—. Mis padres sí lo son, pero yo...
—No importa —me atajó—. ¡Escuche!
Y me indicó la puerta con un gesto. Detrás de ella oí la voz de nuestro pasajero que hablaba solo en una especie de monótono y agudo canturreo. Pesqué alguna que otra sílaba y las comprendí. Una palabra aquí y allá, una frase suelta...
—¡Cáspita! —exclamé—. ¡Esto es hebreo!
—Ya me lo parecía —dijo el capitán—. ¿Lo habla usted?
—Lo entiendo —repuse—. Es decir, casi todo. Yo hablo mejor el yiddish.
—¡Perfectamente! —gruñó el capitán—. Entre.
Me empujó al interior del compartimiento. Por primera vez pude ver bien a nuestro pasajero a la fuerza. Era un tipo extrañísimo. Flaco, cetrino y de aspecto avinagrado, con ojos grandes y ardientes que le ponían a uno la piel de gallina cuando le miraban. Pero no con miedo o disgusto, sino con una sensación que no podía definir. Digamos temor, quizá. Esto es el modo más aproximado que tengo de descubrir este sentimiento. Parecía como si quisiese indicar que, si uno no vigilaba bien sus pasos, algo espantoso le sucedería.
Sus cabellos, como sus ojos, eran negros como la endrina, y gastaba unas pobladas barbas que acentuaban la amarga delgadez de sus labios en lugar de ocultarla. Sus pómulos salientes estaban teñidos por un rubor de tísico, y las ventanas de su nariz eran palpitantes.
Me parecía haber visto alguna vez a aquel hombre, pero no podía recordar cómo, ni dónde, ni quién era.


Su quejumbroso canturreo cesó instantáneamente al vernos entrar, y se encogió temeroso pero retador. Me pareció igual que un animal caído en la trampa.
El capitán me ordenó:
—Háblele, Jake.
—Hola, amigo —le dije yo.
—En hebreo.
—¡Ah! —exclamé. Y probé de hacerlo. Me resultaba muy difícil, porque lo había olvidado mucho. De todos modos le dije—: ¡Saludos! Me llamo Levine, Jacob Levine. ¿Me entiendes?
¡Claro que me entendía! Sus ojos apagados se iluminaron, y de su boca salió un torrente de palabras.
—¿Qué dice? —preguntó el capitán.
—Demasiadas cosas a la vez y demasiado de prisa —me quejé, y añadí en hebreo—: Te ruego que hables más despacio.
Él puso el motor al ralentí, disminuyendo su marcha en varios cientos de miles de revoluciones por minuto, y cuando empezó a hablar con un ritmo más normal, principié a entender algo de lo que decía. Declaró ser un hombre humilde, y nosotros éramos los poderosos que le infundían temor. Él era un mísero mortal, demasiado despreciable para convertirse en el blanco de nuestra ira. Besando nuestros pies, suplicó que le pusiésemos en libertad. Si le soltábamos, entonaría nuestras alabanzas hasta el día de su muerte.
—Bueno, ¿y qué? —preguntó el capitán.
—Es muy amable y zalamero —observé—. Está medio muerto de miedo.
—¿Cómo se llama?
Le transmití esta pregunta, y por toda respuesta recibí un alud de polisílabos que hubieran hundido a un mercante. Era uno de aquellos antiguos árboles genealógicos, hijo de tal e hijo a su vez de cual, y así hasta el infinito. Cuando traté de traducírselo al capitán, éste se encogió de hombros.
—Dígale que le llamaremos Johnny para abreviar. ¿De dónde proviene? 
¿Iba en uno de los barcos que evacuaron Alejandría?
No, él iba en una nave mercante.
¿Habían hundido a su barco en el ataque de anoche?
¿Ataque? Él no había visto ataque alguno, ni anoche ni en cualquiera de las noches anteriores. Él era un hombre humilde, indigno de recibir nuestras atenciones. Sólo deseaba que le dejásemos en libertad.
Entonces, ¿de dónde venía? ¿Cuál era su barco y de dónde había zarpado? ¿Adónde se dirigía?
Pasé su respuesta al capitán.
—Su barco era el Rey Guerrero, de Tarsis, que se dirigía a Joppa con un cargamento de sal, vino y lienzos.
—¿Joppa? —dijo el capitán, frunciendo el ceño—. Esto debe de significar Jaffa, cerca de Jerusalén. ¿Pero ha dicho Tarsis? Tal vez quiera decir Tarso, una población de Turquía. Aunque no es puerto de mar. Bueno, eso no importa. ¿Cuánto tiempo llevaba a la deriva en esa balsa?
—Tres días —me comunicó nuestro pasajero.
—Eso quiere decir que no hundieron su barco anoche. ¿Funciona la radio, Chispas?
—Si quiere que le sea franco, señor, no lo sé. Ha sucedido todo tan de improviso y aún estamos bajo la consigna de silencio.
—Sí, claro. Bueno, hágala funcionar y establezca contacto con Larnaca para que nos comuniquen datos acerca del... ¿cómo ha dicho...? Rey Guerrero. Si en el registro aparece como aliado o neutral, podemos considerar inofensivo a este vejestorio.
—Sí, señor —respondí—. Inmediatamente, señor.
—¡Ah!, antes de irse, diga a su amigo que no corre peligro alguno y que no nos lo comeremos.
Y el capitán soltó una risita.
Yo le traduje el mensaje. El resultado de él fue... asombroso, por no decir otra cosa. El barbudo personaje emitió un leve balido de gratitud, luego se enderezó y se arrojó acto seguido a los pies del capitán, para empezar a hacerle reverencias y genuflexiones como si adorase a la estatua de un dios.
El capitán se apartó, sorprendido.
—¡Vamos, hombre! No hace falta que hagas esas cosas... ¡Cuidado! ¿Qué es eso? ¡Maldita sea!
Miró con enojo su mano derecha, que sangraba por una extensa herida de feo aspecto. Al apartarse de Johnny, había golpeado inadvertidamente con ella un perno y se la abrió desde el índice a la muñeca. Inmediatamente aplicó un pañuelo a la herida, maldiciendo como un energúmeno.
—Enciérrelo de nuevo, Chispas. Tengo que ir a que me vea el médico. ¡Cumpla mis órdenes! 
Y con estas palabras se marchó. Yo apostrofé a Johnny con displicencia:
—¿Has visto lo que has hecho? ¡Ha sido por tu culpa!
Yo esperaba una catarata de disculpas negativas, pero me equivoqué. Johnny se limitó a permanecer inmóvil, con labios descoloridos y una mirada vaga y asustada en sus ojos. Luego susurró tristemente:
—Sí... lo sé, lo sé...
Fui entonces a la emisora y calenté los tubos. A continuación, lleno de confianza, porque tras un rápido examen me cercioré de que todo estaba en orden, hice girar los nonios para ver lo que captaba en las diferentes longitudes de onda.
Silencio absoluto.
Tomé unas herramientas y me puse a buscar la avería. Descubrí una conexión suelta y un condensador que no parecía estar bien. Lo reparé y probé de nuevo.
Silencio absoluto.
Probé el emisor. Éste parecía funcionar. Hice diversas pruebas satisfactoriamente. Viendo que así no conseguía nada, saqué los planos y repasé toda la instalación desde la antena a la tierra, realizando todos los pequeños ajustes que me parecieron necesarios. Y probé de nuevo.
Por todo resultado conseguí silencio. Decidí ir a contárselo al capitán.
—No lo entiendo, señor. Si no oyese absolutamente nada, eso indicaría que la instalación está averiada. Pero capto estática, lo cual indica que el receptor funciona. Sin embargo, no puedo captar ninguna frecuencia, ninguna emisión, de onda larga u onda corta.
El capitán se mostró muy benévolo:
—No se preocupe usted, Chispas —me dijo—. Probablemente es algo muy desusado, que tiene relación con nuestra caída al fondo. Siga usted trabajando en el receptor.
—Pero es que no puedo comunicar con Larnaca, señor.
—No importa. Estaremos allí por la mañana y a nuestra llegada nos informaremos. A propósito, esta noche cenará usted conmigo.
Yo tragué saliva:
—¿Yo, señor?
—Sí, usted. Tengo a Johnny de invitado, y le necesito a usted como intérprete. ¿Acepta?
—¡Desde luego, señor!
—Ahora viene Johnny. He dicho al segundo que vaya a buscarle. Nosotros... buen Dios, ¿qué es esto?
"Esto" eran una serie de golpes sordos que se oían fuera y que fueron seguidos por un agudo grito de agonía y luego gemidos. Ambos salimos como una exhalación. El segundo, tendido al pie de la escalera de la cámara, profería sones plañideros, con la pierna izquierda extrañamente doblada bajo su cuerpo. Johnny, de pie, sobre él, se retorcía las manos y se colmaba de frenéticos y gemebundos reproches.
—¡Ha sido culpa mía! ¡Yo lo he hecho... yo, yo!
—¡Langdon! —gritó el capitán—. ¿Qué ha sucedido?
Entre sus dientes apretados a causa del dolor salió la respuesta:
—No... no lo sé, señor. Debo de haber resbalado en el último peldaño. Es la pierna, señor.
—¿Le empujó ese hombre? —exclamé encolerizado.
—No, nada de eso. Ocurrió por accidente.
Pero los compungidos lamentos de Johnny no cesaban.
—Ha sido culpa mía —repetía una y otra ver—. Lo he hecho yo. Yo, yo... 
A partir de aquí, soy incapaz de explicar lo que sucedió hasta el fin. Lo único que puedo hacer es referirlo, y dejar que cada cual saque sus propias
conclusiones. Sé que es extraño, disparatado, imposible. Espero...
Arribamos a Chipre por la mañana. Y subrayo que fue por la mañana. El capitán había dicho que llegaríamos a Larnaca por la mañana, pero no fue así. Arribamos al lugar donde debiera haber estado Larnaca. ¡Pero no estaba!
¿Que esto no tiene pies ni cabeza? Así es; pero para nosotros tampoco tenía pies ni cabeza. Era una hermosa mañana, soleada y radiante. Cuando penetramos en el puerto circular que debiera haber estado atestado de barcos con refugiados y lleno del bullicio y vistosidad de una base naval británica, nos quedamos mirando con incredulidad la estrecha playa tras la que se alzaban unas míseras chozas de pescadores.
Éramos cuatro en la torreta, el capitán, el tercer oficial, Johnny y yo. Cuando contemplamos aquella amplia y desolada ensenada, el tercer oficial, estupefacto, exclamó:
—¡Pero... esto es imposible! ¡Estoy seguro de no haberme equivocado, señor!


El capitán tomó el sextante de manos del oficial. Con gran cuidado tomó la altura del sol. Luego guardó silencio durante largo rato, mordiéndose los labios y con sus ojos grises fijos en la distancia. Por último dijo:
—Oiga, señor Graves.
—A la orden, señor.
—Haga usted el favor de cambiar de rumbo. Nos dirigiremos al continente.
—Sí, señor. A la orden, señor.
El oficial desapareció por la escotilla, con muestras de alivio evidente al ver que se libraba de una bronca. Yo pregunté con vacilación:
—¿Estamos muy lejos de Larnaca, señor?
El capitán respondió con una extraña voz ahogada:
—No lo sé, Chispas. Posiblemente me lo puedas decir tú. ¿Qué es más lejos: Un millón de millas, o un millón de años?
—Me parece que no le comprendo, señor.
—No —dijo lentamente—. Yo tampoco me comprendo demasiado bien.
—Pero ha ordenado usted que nos dirigiésemos al continente, ¿no es eso?
—Sí. Desembarcaremos a nuestro pasajero en su tierra. Por lo menos haremos eso.
—¿Cuánto tiempo tardaremos, señor? ¿Un par de horas?
—Ojalá fuesen un par de horas —dijo ceñudo el capitán—, pero me temo que tardaremos más. ¿Cuándo recogimos a Johnny?
—Ayer por la mañana, señor.
—Exactamente —suspiró el capitán—. Eso significa que tardaremos dos días en llegar al continente.
A decir verdad, empecé a pensar que al capitán se le había aflojado un tornillo. El Líbano no se halla a más de cinco horas de la isla de Chipre. ¡Pero el capitán tenía razón! Tardamos dos largos y agotadores días en llegar a una costa adonde debiéramos haber arribado fácilmente antes del anochecer.
Primero empezaron a fallar los motores. Luego, cuando el primer maquinista consiguió hacerlos funcionar nuevamente, la instalación eléctrica se averió. Los generadores empezaron a chisporrotear y a crujir como triquitraques, sin motivo alguno aparente. Cuando conseguimos repararlos, uno de los mamparos empezó a rezumar unas sospechosas gotas, y tuvimos que poner remiendos antes de que la vía de agua se hiciese mayor.
Éstas fueron las dificultades mayores, pero tuvimos otros muchos contratiempos que prefiero pasar por alto. Sólo diré que mientras trabajaba en los motores averiados, un maquinista perdió medio dedo. Un engrasador cayó enfermo con fiebre. ¡Con malaria, contraída navegando por un mar interior! Después de esto, la comida que nos preparó Auld Rory debía proceder de latas de conservas en malas condiciones, porque a la segunda mañana la mitad de la tripulación se puso verde y tuvo que subir a cubierta para dar de comer a los peces.
¡Oh, fue un viaje delicioso! La mala suerte parecía haberse asentado en el Grampus por todo lo alto.
Sin embargo, mi suerte particular se mantuvo buena, a no ser por el hecho de que nuestro pasajero, que había vencido ya su miedo inicial, se convirtió en una ametralladora de preguntas. De la mañana a la noche me ensordecía con su interrogatorio:
—¿Qué es esta nave que nos transporta —quería saber él—. Esta nave maravillosa que navega a voluntad por encima o por debajo de las aguas?
—Es un submarino —le respondía yo.
—¿Un submarino? ¿Y qué es un submarino?
—Un barco como el Grampus —le dije—. El Grampus es un submarino. Ahora vete a sentarte en un rincón y ponte a canturrear arrullos, abuelo.
—¡Señor, qué maravilla! ¡De modo que el Grampus es un submarino! ¿Pero qué es un grampus?
Yo también sabía la respuesta a esta pregunta, pues consulté la palabreja en una enciclopedia cuando me destinaron al barco.
—En inglés se llama grampui a la orea, una especie de delfín, o cetáceo inteligente y feroz, muy agresivo. No es un mal nombre para este cascarón, abuelo. Hemos atacado ya a bastantes barcos, y hundiremos muchos más, así que nos reparen para seguir luchando contra los nazis.
Solemnemente, él me preguntó:
—¿Hacéis la guerra contra los impíos?
—Puedes estar convencido de ello —le dije con semblante hosco—. Ellos creen que ya no nos levantaremos, pero la lucha apenas empieza. Nuestro día se aproxima... y no tardará mucho.
Entonces él quiso saber con qué luchábamos, y yo tuve ocasión de enseñárselo, porque aquel interrogatorio tuvo lugar durante unas prácticas de tiro, pues el capitán pensó que era mejor que los artilleros disparasen unas cuantas salvas mientras navegábamos por superficie, para adiestramiento. Con su permiso, llamé al viejo Johnny a la torreta para que presenciase los ejercicios de tiro.
Boquiabierto, él contempló cómo los artilleros desenfundaban el cañón y lo cargaban. Y cuando disparó, vomitando una llamarada con un horrísono estampido, casi se volvió loco. Se abalanzó a la borda y, si yo no le hubiese sujetado por sus andrajos, se hubiera tirado de cabeza al agua, pero esta vez sin balsa.
Sin embargo, con esto su curiosidad se dio por satisfecha y se alegró de que lo devolviesen a su aposento, para quedarse en él. Esto me permitió seguir trabajando en mi receptor, que de manera incomprensible había enmudecido.
Revisaba por enésima vez los circuitos, cuando acertó a pasar por allí el capitán, el cual se puso a observarme en silencio, hasta que terminó por decirme:
—No hay suerte, ¿eh, Chispas?
—Mi capitán —le dije lisa y llanamente—, se ha terminado la suerte a bordo de este barco. Nos ha abandonado por completo.
—Lo comprendo, Jake —asintió él—. Parece como si estuviésemos hechizados o como bajo los efectos de un maleficio, ¿no es eso?
—En efecto, señor. Yo no soy supersticioso, pero...
—Ni yo tampoco —dijo el capitán—, pero sí soy curioso y me pregunto si... Jake, usted ha estudiado transmisión eléctrica. Hábleme de ella, por favor. ¿Qué es la electricidad?
Denegué con la cabeza.
—Lo siento, señor. Nadie puede responder a eso, porque nadie lo sabe.
—Hablemos de electrónica —musitó el capitán—. En la teoría de la electrónica creo que se menciona la posibilidad de que los electrones pueden existir simultáneamente en dos lugares distintos.
Midiendo mis palabras, repuse:
—Efectivamente, creo recordar algo a ese respecto. Creo que fue Niels Bohr quien se ocupó de ello. Un electrón moviéndose de un ciclo a otro sin ni siquiera haber pasado por el espacio intermedio. Pero jamás conseguí entenderlo, y además nunca lo intenté. No soy un científico; me limito a trabajar con el equipo que inventan los cerebros privilegiados. —Le miré de hito en hito—. ¿Por qué me lo pregunta, señor? Será acaso...
—Es simple curiosidad —repitió el capitán—. De todos modos, quizás halle usted la respuesta. Aunque eso no importa. Tampoco podemos remediarlo. Limitémonos a esperar y a ver lo que encontraremos cuando lleguemos a tierra.
—Le aseguro que no lo entiendo, señor. ¿Qué espera usted encontrar?
Pero él no me respondió. Se limitó a quedarse en la puerta dando chupadas a su pipa apagada, mirando a través de mí hacia una remota lejanía.
A la mañana del quinto día después de nuestra partida de Alejandría, divisamos tierra firme. Era una mañana descolorida y fea, con un cielo muy cargado de negras nubes de tormenta que amenazaban reventar de un momento a otro. El capitán, Johnny y yo estábamos en la torreta, escuchando el ronco y lejano bramido de los truenos. Dos marineros esperaban a que el capitán diese las órdenes tan esperadas.
—Bien —dijo el capitán—, hemos llegado. Dentro de pocos minutos estaremos tan cerca de tierra como permita la prudencia. Entonces le desembarcaremos, Jake.
Yo observé:
—Creía que el tercer oficial había puesto rumbo a Beirut, señor.
—Sí.
—En esa población hay puerto. No será necesario que permanezcamos al pairo frente a la costa, ¿no cree usted, señor?
—¿De veras? —El capitán me dirigió una leve sonrisa—. Ojalá, Chispas. Ojalá fuese así, pero, ya ve como no hay nada de eso.
Y cuando la negra cerrazón se alzó, indicó con un conciso ademán la próxima costa, que entonces se empezaba a ver claramente.
Parecía como si hubiésemos vuelto a Larnaca. En Beirut no había base naval, pero yo sabía que era una moderna urbe del Próximo Oriente, colmada en aquellos días de gran actividad debido a la guerra. Y la soñolienta aldea que yo contemplaba era cualquier cosa menos moderna. Ninguna de las construcciones que se alzaban junto a la orilla tenía más de un piso, las pocas embarcaciones que se abrigaban en su ensenada eran barquichuelos de madera de poco calado, con una sola vela cuando llevaban alguna.
—Capitán —exclamé—, ya sé lo que anda mal. Sólo hay una explicación posible. Su sextante se ha estropeado, eso es todo.
—No —repuso el capitán—, existe otra explicación. ¿Es que no lo ve, Jake? —Luego, encogiéndose de hombros al ver que yo le miraba atónito, añadió—: ¡Bueno! No perdamos tiempo. Haga el favor de despedirse de Johnny de mi parte.


Me volví hacia el viejo espantapájaros, que estaba contemplando cómo se aproximaba la costa con una creciente excitación en su semblante. Toqué su hombro huesudo y él dio un respingo.
—Bueno, Johnny, ya hemos llegado. Vamos a desembarcarte.
—Así sea. Vosotros mandáis, ¡oh poderosos! —asintió él.
—¿Algo más, señor? —pregunté al capitán.
—Nada más, Jake. Lo que haya de ser, será.
Me volví a Johnny.
—Me parece que esto es todo —le dije—. Pero antes de que te vayas, quiero decirte unas palabras a solas. El capitán está seguro de que no estás en tus cabales, o de lo contrario no te soltaría con tanta facilidad. En cuanto a mí, no lo sé. Además, tampoco sabemos si provienes de un barco amigo o enemigo. Y durante tres días te has paseado por todo el Grampus, viendo mucho más de lo que de ordinario se permite ver a los civiles.
—Yo soy vuestro indigno y miserable servidor —dijo Johnny, volviendo a su manía de hablar con frases retóricas y grandilocuentes—, indigno por completo de las maravillas que me habéis mostrado.
—Sí, lo sé. Y estarás aviado si te vas de la lengua y cuentas lo que has visto. ¿Entendidos? Conocemos tu identidad, y si resultase que estuvieses de parte de ellos, vendríamos a buscarte, tenlo por seguro. ¿Está claro?
Los extraños ojos de Johny brillaron con una mirada de fanatismo.
—Escucho y obedezco —dijo con voz firme—. Así sea; empuñaré la espada para luchar contra las fuerzas del mal a vuestro lado.
—Así me gusta —le dije—. De modo que... adiós, y buena suerte.
Le tendí la mano, pero el idiota de él no me la estrechó. En lugar de eso, se inclinó y me la besó. Yo le aparté de mí, embarazado, dirigiendo una rápida mirada al capitán. Pero éste se limitó a suspirar y a asentir, como si esto fuese lo que ya esperaba. Luego se dirigió a los dos marineros, que se reían bobamente.
—Vamos, muchachos.
Ellos colocaron a Johnny en el bote neumático en el que iría a tierra, y lo empujaron para apartarlo del submarino. La mar estaba bastante agitada. El capitán ordenó que echasen aceite a las olas.
Los marineros abrieron una lata y consiguieron amansar una extensión líquida en torno al Grampus y el botecito de caucho. Johnny se alejaba lentamente y todos le veíamos irse indiferentes y extrañados, hasta que el capitán dijo de pronto:
—Está lloviendo, muchachos. Será mejor que bajemos.
Los gruesos y aislados goterones no tardaron en convertirse en un verdadero diluvio mientras nosotros corríamos hacia la torreta. Al cerrarse, la escotilla amortiguó el ronco bramido del trueno. El capitán frunció el ceño.
—¡Espero que ese pobre diablo consiga alcanzar la costa antes de que esté calado hasta los huesos!
Dirigiéndose al periscopio, lo hizo girar para localizar a Johnny.
—¿Le ve usted, señor? —pregunté—. ¿Ha conseguido...?
—Sí, lo ha conseguido. Ahora está desembarcando. Veo gente... ¡Dios mío!
El capitán lanzó un grito, se tapó los ojos con las manos y se apartó del periscopio dando traspiés. Yo exclamé:
—¿Qué le ocurre, señor? ¿Qué...?
La voz se me heló en la garganta cuando extendía la mano hacia él. El Grampus zumbaba. ¡Sí, zumbaba! con una espantosa cacofonía distinta a todo cuanto había oído jamás. Un espeluznante temblor recorrió mis venas, y un negro vértigo se apoderó de mí. No podía respirar ni moverme. Me parecía subir... caer... girar... descender a profundidades insondables, pasando de una ardiente negrura a un vociferante vacío.
Tan repentinamente como había comenzado, aquello cesó. Y la voz del capitán resonó en mis oídos.
—¡Dios mío! ¿Está usted bien, Chispas?
—Sí, señor —tartamudeé—. Creo que sí. ¿Qué ha sido eso? ¿Qué ha sucedido?
—Un rayo. Ha caído un rayo a proa. Por un momento creí quedarme ciego. ¡Mire!
Me indicó con un gesto el ocular del periscopio. Yo miré... para apartarme al punto. A nuestro alrededor, el mar estaba en llamas, pues el rayo había hecho arder el petróleo. Pensé inmediatamente en Johhny, y dije:
—¡Pobrecillo Johhny! Debe de creer que nos hemos asado.
—O que hemos desaparecido en un mar de fuego —objetó el capitán. Yo le miré, boquiabierto.
—Vuelva a mirar, Jake. Más allá del fuego. En la costa.
Hice lo que me ordenaba. Las llamas habían desaparecido, así como las nubes de tormenta, y el cielo era transparente y azul. Hacia nosotros se dirigía una lancha de patrulla, con un hueso de espuma entre sus dientes y la Unión Jack ondeando a popa. Blancos y modernos edificios bordeaban el puerto lleno de vida, con muelles y malecones, rutilante entrada de una moderna ciudad marítima agitada y llena de vida. ¡Y esta ciudad era Beirut!
Estupefacto, observé.
—Pero... no lo comprendo, señor. ¿Cómo hemos llegado aquí?
El capitán respondió calmosamente:
—Cuando llegue la patrulla, Jake, le diré que hemos tenido averías y que nos hemos apartado de nuestro rumbo. No me atrevo a revelarles la verdad. No la comprenderían. Como tampoco la puede comprender usted... o yo.
—¿Comprender qué, señor?
—Dónde hemos estado —respondió el capitán— y cuándo. Tal vez exista una explicación clara y lógica. Posiblemente tenía usted razón al atribuirlo a un fallo del sextante; tomamos mal la posición cuando nos hallábamos a la altura de Chipre. Y quizá todos permanecimos insensibles durante algún tiempo después que el rayo alcanzó el barco. No lo sé. Quizás hemos estado más de una hora frente a este puerto.
—Pero, ¿y la aldea que vimos?
—La vimos confusamente, a través de un desgarrón de la niebla. Existen espejismos.
—Usted no cree de veras en lo que dice, señor —observé yo—. Se limita a buscar una explicación racional.
Él buscó la pipa y la bolsa del tabaco, tratando de calmar sus nervios temblorosos con gestos viejos y familiares.
—Sí, Chispas; eso es lo que hago. Lo que de veras creo va contra toda lógica.
—¿Y qué es lo que cree, señor?
—Vamos a suponer por un momento que la electricidad tenga alguna relación con el tiempo. ¿Qué ocurriría entonces?
—¿Con el tiempo, señor?
—Con el presente y el pasado —musitó el capitán— y con el futuro. Imaginemos a los días y a las horas saltando como electrones de un lugar a otro, sin haber recorrido el espacio intermedio. Una bomba estuvo a punto de alcanzar al Grampus y todo resultó extrañamente cambiado. Un rayo nos alcanzó y hemos vuelto a nuestra época.
—¿Quiere decir que hemos estado en el...?
—En el pasado, sí.
El capitán había conseguido encender la pipa, y al aspirar las primeras y aromáticas bocanadas una expresión beatífica apareció en su semblante y me sonrió.
—Dicho así no tiene pies ni cabeza, Jake. Si yo fuese mejor cristiano de lo que soy y usted mejor judío, tal vez lo hubiéramos comprendido antes. ¡Reflexione, hombre! ¿No le recordaba a nadie nuestro pasajero?
—Siempre me produjo esa impresión —tuve que admitir—. Desde el primer momento en que le vi. Pero no me parece... ¡Espere! Ahora lo recuerdo. Un viejo rabino que conocí siendo yo niño. Un anciano de ojos llameantes, como un antiguo profeta.
—Su aparato de radio funcionaba, pero no captaba nada. ¿Y si no hubiese nada que captar?
—Mi capitán, yo...
—Hubo un hombre —dijo lentamente el capitán—, que emprendió viaje de Joppa a Tarsis para no tener que servir al Señor. Pero allí donde se dirigiese, el castigo le perseguía. Y los que navegaban con él le atacaron, se apoderaron de él y lo dejaron a la deriva en la mar.
Se me erizaron los pelos del cogote y mi alma se heló de espanto. Recordaba los antiquísimos relatos. Las viejas historias contadas a la luz de una vela, y la líquida cadencia de la voz del cantor.
El capitán dijo:
—Tres días, Jake. Estuvo tres días a bordo del Grampus; y usted le dijo lo que significaba este nombre.
—¿Cómo se llamaba? —susurré.
—Nosotros le llamábamos Johnny —suspiró el capitán—. Es el equivalente inglés más próximo a la primera parte de un larguísimo patronímico o nombre gentilicio. Pero su verdadero nombre, Chispas, era...

Yo os digo, precaveos y arrepentíos, e implorad Su merced antes de que sea demasiado tarde; esto os digo para precaveros.
Pues yo he vivido entre Ellos; mis ojos se han llenado de temor al contemplar Su poder y Su ira justiciera.
Esto es lo que he visto, yo,
¡Jonás de Gath-hephur, profeta del Señor!


FIN

2026/04/06

Obituario (Isaac Asimov)


Título original: Obituary
Año: 1959


Mi esposo Lancelot siempre lee el periódico durante el desayuno. Lo primero que veo de él es su rostro enjuto y abstraído, con ese perpetuo aire de furia y de desconcertada frustración. En vez de saludarme, se acerca el periódico a la cara.
Luego, sólo veo el brazo que sale de detrás del periódico para coger una segunda taza de café, donde acabo de echar la acostumbrada medida de azúcar, ni mucha ni poca, para evitar que él me fulmine con la mirada.
Ya no lamento esta situación. Al menos, nos permite desayunar en paz.
Sin embargo, esta mañana la paz fue interrumpida cuando Lancelot vociferó:
—¡Santo cielo! Ese idiota de Paul Farber ha muerto. ¡Apoplejía!
Apenas reconocí el nombre. Lancelot lo había mencionado en ocasiones, así que yo lo conocía como uno de sus colegas, otro físico teórico. Por el exasperado epíteto de mi esposo tuve la razonable certeza de que era un físico de cierto renombre que había alcanzado el éxito no conseguido por Lancelot.
Dejó el periódico y me miró irritado.
—¿Por qué llenan los obituarios con estos embustes? Lo convierten en un segundo Einstein sólo porque ha muerto de apoplejía.
Si había un tema que yo había aprendido a eludir era el de los obituarios. Ni siquiera me atreví a asentir.
Lancelot arrojó el periódico y se marchó de la habitación, dejando los huevos a medio terminar y la segunda taza de café sin tocar.
Suspiré. ¿Qué más podía hacer? ¿Qué más?
Claro que el verdadero nombre de mi esposo no es Lancelot Stebbins. Cambio los nombres y las circunstancias para proteger a cierta persona. Aun así, aunque utilizara los nombres reales, nadie reconocería a mi esposo.
Lancelot tenía cierto talento en este sentido: Un talento para pasar inadvertido. Invariablemente, alguien se le adelantaba en sus descubrimientos, o un descubrimiento mayor y simultáneo lo dejaba en segundo plano. En las convenciones científicas, sus ponencias atraían poco público porque en otra sección alguien presentaba una ponencia más importante.
Como es lógico, esto había hecho mella en él. Lo cambió.
Cuando nos casamos hace veinticinco años, él era un partido interesante. Gozaba de buena posición gracias a una herencia y ya era un físico ambicioso y prometedor. En cuanto a mí, creo que entonces era bonita, pero eso no duró. Lo que duró fue mi introversión y mi ineptitud para ese éxito social que un profesor joven y emprendedor necesita en una esposa.
Tal vez eso formase parte del talento de Lancelot para pasar inadvertido. Si se hubiera casado con una mujer más brillante, quizás ella lo hubiera iluminado hasta hacerlo visible.
Es posible que Lancelot lo comprendiese al cabo de un tiempo y por eso se volvió distante tras un par de años de moderada facilidad. A veces yo misma lo creía así y me sentía culpable.
Pero luego pensé que era sólo por su sed de fama, que creció al no ser satisfecha. Dejó su puesto docente y construyó un laboratorio propio en las inmediaciones de la ciudad, donde —según decía— dispondría de un terreno barato y aislado.
El dinero no constituía un problema. En esa especialidad, el Gobierno era generoso con las subvenciones y siempre se conseguían. Además, él hacía uso de nuestro propio dinero sin reserva ninguna.
Yo trataba de respaldarlo.
—Pero no es necesario, Lancelot —le decía—. No tenemos problemas económicos. Ellos no te niegan un puesto en la universidad. Yo sólo quiero hijos y una vida normal.
Pero lo consumía una llama que lo cegaba para todo lo demás. Se volvió furiosamente hacia mí.
—Hay algo que debe venir primero. El mundo de la ciencia tiene que reconocerme por lo que soy, por un... por un gran investigador.
En esa época, aún vacilaba al aplicarse la palabra genio.
Fue en balde. La suerte se ensañaba con él. Su laboratorio era un hervidero de actividad, y Lancelot contrataba ayudantes con sueldos estupendos y se deslomaba trabajando, pero no obtenía resultados.
Yo seguía esperando que desistiera, que regresara a la ciudad y nos permitiera llevar una vida normal y apacible. Lo esperaba, pero cada vez que él estaba a punto de admitir la derrota surgía una nueva batalla, un nuevo intento de asaltar los bastiones de la fama. En cada ocasión, acometía con esperanzas renovadas y caía víctima de la desesperación.
Y siempre se desquitaba conmigo, pues si el mundo lo maltrataba podía desahogarse maltratándome a mí. No soy una persona valiente, pero empecé a pensar que debía abandonarlo.
Y, sin embargo...
Era evidente que durante el último año se había estado preparando para otra batalla. Una más, pensé. Había en él algo más intenso, más crispado que antes. El modo en que murmuraba a solas y se reía por nada, o las veces que se pasaba días sin comer y noches sin dormir. Incluso se acostumbró a guardar apuntes del laboratorio en una caja de caudales del dormitorio, como si recelara de sus propios ayudantes.
Yo tenía la fatalista certeza de que ese intento también fracasaría. Y si fracasaba a su edad tendría que reconocer que su última oportunidad había pasado. Tendría que desistir.
Así que decidí aguardar, armándome de paciencia.
Pero la lectura de aquel obituario durante el desayuno fue una especie de sacudida.
Una vez, en una ocasión similar anterior, yo comenté que al menos él podría contar con un cierto grado de reconocimiento en la nota de su obituario.
Supongo que no fue un comentario muy inteligente, pero mis comentarios nunca lo son. No fue más que un intento de bromear para arrancarlo de una creciente depresión que, como yo sabía por experiencia, lo volvería insoportable.
Y tal vez hubiera en mi comentario un poco de despecho inconsciente.
Francamente, no lo sé.
De cualquier modo, se giró impetuosamente hacia mí y, temblándole todo el cuerpo y uniendo sus oscuras cejas sobre los ojos hundidos, me gritó con estridencia:
—¡Pero jamás leeré mi obituario! ¡Me privarán hasta de eso!
Y me escupió. Me escupió deliberadamente.
Me fui corriendo a mi dormitorio.
Nunca se disculpó, pero tras unos días de evitarlo por completo continuamos nuestra fría existencia como de costumbre. Ninguno de los dos hizo referencia alguna al incidente.
Y ahora otro obituario.
Sentada a la mesa del desayuno, comprendí que para él era la gota que colmaba el vaso, la culminación de su prolongado fracaso.
Intuí que sobrevendría una crisis y no sabía si temerla o recibirla con gusto. Tal vez debiera recibirla con gusto. Era imposible que un cambio no fuera para mejor.
Poco antes del almuerzo fue a verme a la sala de estar, donde un cesto de costura me ocupaba las manos y un poco de televisión me ocupaba la mente.


—Necesitaré tu ayuda —dijo en un tono brusco.
Hacía más de veinte años que no me decía nada semejante, e involuntariamente me ablandé. Parecía estar poseído de una euforia enfermiza. Había un rubor en sus pálidas mejillas.
—Con mucho gusto —contesté—. Si hay algo que pueda hacer por ti.
—Sí, hay algo. Les he dado a mis ayudantes un mes de vacaciones. Se marcharán el sábado y, luego, tú y yo trabajaremos a solas en el laboratorio. Te lo digo ahora para que no organices ninguna actividad para la semana próxima.
Me amilané un poco.
—Pero, Lancelot, sabes que no puedo ayudarte en tu trabajo. Yo no entiendo...
—Lo sé —me interrumpió con desdén—, pero no tienes que entender mi trabajo. Sólo es preciso que sigas unas cuantas instrucciones y que lo hagas con cuidado. Lo cierto es que por fin he descubierto algo que me pondrá donde merezco.
—Oh, Lancelot —se me escapó sin darme cuenta, pues había oído esa frase varias veces.
—Escúchame, tonta. Por una vez trata de comportarte como una adulta. Esta vez lo he conseguido. Esta vez nadie puede adelantárseme porque mi descubrimiento se basa en un concepto tan heterodoxo que ningún físico viviente, excepto yo, tendría el genio suficiente para pensar en ello; al menos, durante toda una generación. Y cuando mi trabajo se difunda por el mundo quizá se me reconozca como el mayor científico de todos los tiempos.
—Me alegro por ti, Lancelot.
—He dicho que quizá se me reconozca. También podría suceder lo contrario. Se cometen muchas injusticias a la hora de atribuir los méritos científicos. He escarmentado ya demasiadas veces. Así que no bastará con anunciar el descubrimiento. Si lo hago, todos se pondrán a trabajar en ello y al cabo de un tiempo seré sólo un nombre en los libros de historia, y la gloria estará distribuida entre un montón de oportunistas.
Creo que la única razón por la que me habló entonces, tres días antes de iniciar el trabajo que planeaba, fue porque ya no podía contenerse. Necesitaba contarlo, y yo era una nulidad tal que no resultaba peligroso confiar en mí.
—Tengo la intención de que mi descubrimiento esté rodeado de tal aura de dramatismo, de que llegue a la humanidad con un estruendo tan resonante, que no quedará espacio para que se mencione a nadie en la misma frase que a mí, nunca.
Lancelot estaba yendo demasiado lejos y yo temía el efecto de otra desilusión. ¿No estaría enloqueciendo?
—Lancelot, ¿por qué molestarnos? ¿Por qué no desistir? ¿Por qué no nos tomamos unas largas vacaciones? Has trabajado con empeño y durante muchísimo tiempo, Lancelot. Tal vez pudiéramos hacer un viaje a Europa. Siempre he querido...
Pegó una patada en el suelo.
—¿Por qué no dejas de soltar esos estúpidos maullidos? ¡El sábado vendrás conmigo al laboratorio!
Dormí mal las tres noches siguientes. Él nunca se había portado de ese modo, nunca había llegado a tal extremo. ¿Acaso ya se había vuelto loco? Podía ser locura de verdad, una locura nacida de una desilusión insoportable y despertada por la nota del obituario. Se había deshecho de sus ayudantes y me quería en el laboratorio. Antes nunca me dejaba entrar allí. Sin duda se proponía hacerme algo, someterme a un experimento demencial o matarme sin más.
Durante esas desdichadas noches de miedo pensaba en llamar a la policía, en huir, en cualquier cosa.
Pero luego llegaba la mañana y pensaba que no estaba loco y que sin duda no me trataría con violencia. Ni siquiera el episodio del escupitajo era violento de verdad y, en realidad, nunca había intentado causarme daño físico. Así que me resigné a esperar, y el sábado me dirigí con la docilidad de una gallina hacia lo que podía ser mi muerte. Juntos, en silencio, recorrimos el sendero que unía la casa con el laboratorio.
El laboratorio era intimidatorio ya por sí mismo, y entré con toda cautela, pero Lancelot me reprendió:
—Oye, deja ya de mirar a tu alrededor como si fueran a hacerte daño. Sólo tienes que hacer lo que yo te diga y mirar a donde yo te indique.
—Sí, Lancelot.
Me había conducido a una pequeña habitación cuya puerta estaba cerrada con candado. Estaba abarrotada de objetos de extraña apariencia, con muchos cables.
—Antes de nada, ¿ves este crisol de hierro?
—Sí, Lancelot.
Era un pequeño, pero profundo recipiente de metal grueso, con manchas de herrumbre en el exterior. Estaba cubierto con una tosca red de alambre.
Dentro vi un ratón blanco con las patas delanteras en el lado interior del crisol y el hocico en la red de alambre, temblando de curiosidad o quizá de ansiedad. Me temo que di un salto, pues ver un ratón inesperadamente es alarmante, al menos para mí.
—No te va a hacer nada —gruñó Lancelot—. Ahora ponte contra la pared y obsérvame.
Mis temores se agudizaron. Tenía la certeza de que un rayo saldría de alguna parte y me quemaría viva, de que una cosa metálica y monstruosa saldría y me trituraría, de que...
Cerré los ojos.
Pero no sucedió nada. No a mí, al menos. Sólo oí un siseo, como si un petardo hubiera fallado.
—¿Bien? —me dijo Lancelot.
Abrí los ojos. Me estaba mirando, henchido de orgullo. Yo lo miré a él, desconcertada.
—Aquí. ¿No lo ves, idiota? Aquí.
A medio metro del crisol había otro. Yo no lo había visto antes.
—¿Te refieres a ese segundo crisol? —pregunté.
—No es un segundo crisol, sino un duplicado del primero. Para todos los efectos son el mismo crisol, átomo por átomo. Compáralos. Verás que las manchas de óxido son idénticas.
—¿Hiciste el segundo a partir del primero?
—Sí, pero de un modo especial. Normalmente, la creación de materia requeriría una cantidad imposible de energía. Se necesitaría la fisión total de cien gramos de uranio para crear un gramo de materia duplicada, incluso con un rendimiento perfecto. El gran secreto que he descubierto es que la duplicación de un objeto en un punto del futuro requiere escasa energía si dicha energía se aplica correctamente. La esencia de esta proeza..., querida, es que al crear el duplicado y traerlo de vuelta he logrado el equivalente del viaje por el tiempo.
El hecho de que me dirigiera un término afectuoso revelaba su grado de exaltación y felicidad.
—¡Es extraordinario! —exclamé, pues a decir verdad estaba impresionada—. ¿El ratón también ha vuelto?
Miré dentro del segundo crisol y tuve otro sobresalto desagradable. Había un ratón blanco... y muerto.
Lancelot se ruborizó un poco.
—Es un inconveniente. Puedo traer de vuelta la materia viviente, pero no como materia viva, sino muerta.
—Qué lástima. ¿Por qué?
—Aún no lo sé. Sospecho que los duplicados son del todo perfectos a escala atómica. Desde luego, no hay daños visibles. Las disecciones lo demuestran.
—Podrías preguntar...
Me callé de inmediato ante su mirada. Comprendí que era mejor no sugerir una colaboración, pues sabía por experiencia que en tal caso el colaborador recibiría invariablemente todo el mérito por el descubrimiento.


—Ya he preguntado —dijo Lancelot, en un tono amargamente divertido—. Un biólogo les hizo la autopsia a algunos de mis animales y no encontró nada. Por supuesto, no sabía de dónde venía el animal y me cuidé de llevármelo antes de que algo me delatara. ¡Cielos, ni siquiera mis ayudantes saben qué estoy haciendo!
—¿Pero por qué tanto secreteo?
—Porque no puedo traer objetos vivos. Algún sutil trastorno molecular. Si publicara mis resultados, alguien podría descubrir el modo de impedir ese trastorno, añadir una mejora de poca importancia a mi descubrimiento y hacerse más famoso que yo porque traería de vuelta a un hombre vivo que podría proporcionar información sobre el futuro.
Lo comprendí perfectamente. No tenía ni que decirme que aquello podría ocurrir; ocurriría sin duda. Inevitablemente. De hecho, hiciera lo que hiciese, otro se llevaría los laureles. Estaba segura de ello.
—Sin embargo —continuó, hablando para sí mismo más que para mí—, no puedo esperar más. Debo hacerlo público, pero de tal modo que quede indeleble y permanentemente asociado conmigo. El aura dramática ha de ser tan efectiva que no haya modo de referirse al viaje por el tiempo sin mencionarme a mí, hagan lo que hagan otros en el futuro. Yo prepararé ese drama y tú representarás un papel en él.
—¿Pero qué quieres que haga, Lancelot?
—Serás mi viuda. 
Le agarré el brazo.
—Lancelot, ¿quieres decir...?
No puedo analizar los sentimientos conflictivos que me embargaron en ese instante.
Se zafó de mí rudamente.
—Sólo provisionalmente. No me voy a suicidar; simplemente, me haré volver desde un futuro de tres días.
—Pero estarás muerto.
—Sólo el "yo" que regrese. El "yo" real estará tan vivo como siempre. Como ese ratón blanco. —Fijó la vista en un cuadrante—. Ah, tiempo cero dentro de pocos segundos. Observa el segundo crisol y el ratón muerto.
Se esfumó ante mis ojos y de nuevo oí un siseo.
—¿Adónde ha ido?
—A ninguna parte. Era sólo un duplicado. En cuanto pasamos por ese instante del tiempo en el cual se formó el duplicado, desapareció de forma natural. Pero el primer ratón era el original y está vivito y coleando. Lo mismo ocurrirá conmigo. Un "yo" duplicado regresará muerto. El "yo" original estará vivo. Dentro de tres días, llegaremos al instante en que se formó el "yo" duplicado, usando mi "yo" verdadero como modelo, y regresó muerto. Una vez que pasemos ese momento, el "yo" muerto desaparecerá y el vivo permanecerá. ¿Está claro?
—Parece peligroso.
—Pues no lo es. Cuando aparezca mi cadáver, el médico me declarará muerto, los periódicos anunciarán que estoy muerto, el sepulturero se dispondrá a enterrar al muerto. Luego, volveré a la vida y haré público cómo lo hice. Cuando eso ocurra, seré algo más que el descubridor del viaje por el tiempo. Seré el hombre que regresó de la tumba. El viaje temporal y Lancelot Stebbins gozarán de tanta publicidad y quedarán tan unidos el uno al otro que nada podrá separar mi nombre de la idea del viaje por el tiempo.
—Lancelot —murmuré—, ¿por qué no nos limitamos a anunciar tu descubrimiento? Es un plan demasiado rebuscado. Con sólo hacerlo público te harás famoso y luego podremos mudarnos a la ciudad y...
—¡Cállate! Haz lo que te digo.
No sé cuánto tiempo llevaba Lancelot pensando en todo eso antes de que el obituario aquel llevara las cosas a tal extremo. No subestimo su inteligencia. A pesar de su pésima suerte, su brillantez era incuestionable.
Antes de que se marcharan sus ayudantes, les había informado sobre los experimentos que se proponía realizar en su ausencia. Una vez que ellos dieran testimonio, nadie se extrañaría de que Lancelot estuviera trabajando con una combinación de reacciones químicas y muriera envenenado con cianuro.
—Encárgate de que la policía se ponga en contacto en seguida con mis ayudantes. Ya sabes dónde se encuentran. No quiero que haya insinuaciones de homicidio ni de suicidio; que sólo se hable de accidente, un accidente lógico y natural. Quiero que un médico certifique rápidamente la defunción y que se notifique de inmediato a los periódicos.
—Pero, Lancelot, ¿y si encuentran a tu verdadero yo?
—¿Por qué iban a encontrarlo? Si encuentras un cadáver, ¿te pones a buscar su réplica viviente? Nadie me buscará, y entre tanto yo me ocultaré en la cámara del tiempo. Hay retrete y lavabo y puedo llevar suficientes sándwiches preparados para alimentarme. —Y añadió con disgusto—: Claro que tendré que prescindir del café hasta que todo haya terminado. No puedo permitir que alguien huela un inexplicable aroma a café mientras se supone que estoy muerto. No importa; hay agua en abundancia y son sólo tres días.
Entrelacé las manos nerviosamente.
—Y si te encontraran ¿no sería igual? Habrá un "yo" muerto y un "yo" vivo...
En realidad, intentaba consolarme a mí misma, prepararme para la inevitable desilusión.
—¡No! ¡No sería igual! ¡Todo se convertiría en un engaño que había fracasado! ¡Me haría famoso, pero sólo como un tonto!
—Pero, Lancelot —dije cautamente—, siempre algo sale mal.
—No esta vez.
—Pero siempre dices "no esta vez" y, sin embargo, siempre...
Pálido por la rabia y con los ojos en blanco, me agarró del codo y me zarandeó, pero no me atreví a gritar.
—Sólo algo puede ir mal y eres tú. Si me delatas, si no desempeñas perfectamente tu papel, si no sigues las instrucciones al pie de la letra, yo..., yo... —Pareció buscar el castigo apropiado y dijo—: Te mataré.
Volví la cabeza aterrorizada y traté de zafarme, pero él me retuvo con fuerza. Su fuerza era notable cuando lo poseía la ira.
—¡Escúchame! Me has causado bastante daño con tu forma de ser, pero me he culpado a mí mismo primero por casarme contigo y luego por no haber encontrado tiempo para divorciarme. Pero ahora, a pesar de ti, tengo la oportunidad de transformar mi vida en un gran éxito. Si estropeas esta oportunidad, te mataré. Lo digo en serio.
No me cabía duda.
—Haré todo lo que digas —susurré, y me soltó.
Se pasó un día entero trabajando con sus máquinas.
—Nunca he transportado más de cien gramos —dijo reflexivamente. 
Pensé: "No funcionará, no puede funcionar".
Al día siguiente, reguló el aparato de tal modo que yo sólo debía apagar un interruptor. Durante un buen rato me hizo practicar con ese interruptor en un circuito desconectado.
—¿Lo entiendes ahora? ¿Ves cómo se hace?
—Sí.
—Pues hazlo cuando se encienda esta luz, ni un segundo antes. 
"No funcionará", pensé.
—Sí —dije.
Ocupó su puesto y guardó un hosco silencio. Llevaba puesto un delantal de caucho sobre una chaqueta de laboratorio.
La luz destelló y la práctica rindió sus frutos, pues conecté el interruptor automáticamente antes de que ningún pensamiento pudiera detenerme o hacerme vacilar.


Por un instante vi a dos Lancelots, uno al lado del otro; el nuevo, vestido como el viejo, pero más desaliñado. Luego, el nuevo se desplomó y se quedó inerte.
—¡Bien! —exclamó el Lancelot vivo, saliendo de ese lugar cuidadosamente marcado—. Ayúdame. Cógele por las piernas.
Me quedé maravillada de Lancelot. Sin una mueca de inquietud, era capaz de trasladar su propio cadáver, su cadáver de tres días más tarde, tan impávido como si llevara un saco de trigo.
Lo agarré de los tobillos, sintiendo un retortijón en el estómago. Aún estaba tibio, recién muerto. Lo llevamos por un corredor, subimos por una escalera, cruzamos otro corredor y entramos en un cuarto. Lancelot ya lo tenía todo preparado. Una solución burbujeaba en un extraño artilugio de vidrio en un sector cerrado con una puerta corrediza.
Había otros aparatos de química esparcidos por allí, sin duda destinados a hacer creer que había un experimento en marcha. En el escritorio, sobresalía de entre otros un frasco con la etiqueta de "Cianuro de potasio". Cerca de él había algunos cristalitos desparramados; cianuro, supongo.
Lancelot dejó caer el cadáver como si se hubiera caído del taburete, le puso cristales en la mano izquierda y arrojó un puñado en el delantal de caucho y otro en la barbilla.
—Ellos lo entenderán —murmuró. Echó una última ojeada y me dijo—: Muy bien. Ahora vete a casa y llama al médico. Di que viniste a traerme un sándwich porque yo seguí trabajando durante la hora del almuerzo. Ahí está. —Y señaló un plato roto y un sándwich esparcido, tirado donde presuntamente se me había caído de las manos—. Grita un poco, pero no exageres.
No me resultó difícil gritar ni llorar cuando llegó el momento. Hacía días que tenía ganas de hacer ambas cosas y fue un alivio poder desahogar mi histeria.
El médico se comportó tal como Lancelot había previsto. El frasco de cianuro fue lo primero que vio. Frunció el ceño.
—Cielos, señora Stebbins. Era un químico descuidado.
—Supongo que sí —sollocé—. No debía hacer este trabajo, pero sus ayudantes están de vacaciones.
—No se debe tratar el cianuro como si fuera sal. —El médico sacudió la cabeza con aire moralizador—. Señora Stebbins, tendré que llamar a la policía. Es envenenamiento accidental por cianuro, pero se trata de una muerte violenta y la policía...
—Oh, sí. Llame usted.
Y de inmediato me reproché haber hablado con tan sospechosa avidez.
Llegó la policía, acompañada de un cirujano forense, quien gruñó disgustado al ver los cristales de cianuro en la mano, en el delantal y en la barbilla. Los policías no demostraron el menor interés. Se limitaron a hacer preguntas estadísticas relacionadas con los nombres y las edades. Me preguntaron que si yo podría encargarme del sepelio. Dije que sí y se marcharon.
Luego, telefoneé a los periódicos y a dos agencias de prensa. Les dije que suponía que obtendrían noticias del deceso en los archivos de la policía y que esperaba que no hicieran hincapié en que mi esposo era un químico descuidado, con el tono de alguien que desea que no se hable mal de los difuntos. A fin de cuentas, agregué, era físico nuclear y no químico, y últimamente yo tenía la sensación de que podía hallarse en problemas.
Seguí las indicaciones de Lancelot al pie de la letra y eso también funcionó. ¿Un físico nuclear con problemas? ¿Espías? ¿Agentes enemigos?
Los periodistas acudieron ávidamente. Les di un retrato juvenil de Lancelot y un fotógrafo tomó fotos del laboratorio. Los conduje por algunas salas del laboratorio principal para que tomaran más fotos. Ni los policías ni los periodistas me hicieron pregunta alguna sobre la habitación cerrada, y nadie pareció reparar en ella.
Les di también un montón de material profesional y biográfico que Lancelot había dejado preparado y les conté varias anécdotas destinadas a revelar una combinación de humanidad y brillantez. Traté de ser literal en todo y, sin embargo, no me sentía confiada. Algo saldría mal, sabía que algo saldría mal.
Y cuando eso ocurriera él me echaría la culpa. Y esta vez había prometido matarme.
Al día siguiente le llevé los periódicos. Los leyó una y otra vez con ojos relucientes. Le habían dedicado un recuadro entero en el lado inferior izquierdo de la primera plana del New York Times. Tanto el Times como Associated Press hacían poco hincapié en el enigma de su muerte, pero uno de los tabloides tenía un llamativo titular en primera página: "Misteriosa muerte de sabio atómico".
Lancelot se rio estentóreamente mientras leía y, cuando terminó con todos, volvió al primero.
Me miró severamente.
—No te vayas. Escucha lo que dicen.
—Ya los he leído todos, Lancelot.
—Te digo que escuches.
Me los leyó uno por uno en voz alta, demorándose en las alabanzas a los difuntos. Finalmente dijo, radiante de satisfacción:
—¿Sigues creyendo que algo saldrá mal?
—Si la policía volviera a preguntarme por qué pienso que estabas en apuros...
—Tus declaraciones fueron imprecisas. Diles que habías tenido pesadillas. Para cuando quieran investigar más, si es que lo hacen, será demasiado tarde.
Por supuesto, todo iba bien, pero me costaba creer que seguiría así. De todos modos, la mente humana es extraña, insiste en tener esperanzas cuando todo está en contra.
—Lancelot, cuando todo esto haya terminado y seas famoso, famoso de verdad, podrás retirarte. Podremos regresar a la ciudad y vivir en paz.
—Eres una imbécil. Una vez que se me reconozca deberé continuar, ¿no lo entiendes? Los jóvenes acudirán a mí. Este laboratorio se convertirá en un gran Instituto de Investigación Temporal. Seré una leyenda viviente, y mi grandeza alcanzará tales alturas que nadie podrá ser otra cosa que un enano intelectual en comparación conmigo.
Se puso de puntillas, con los ojos brillantes, como si ya viera el pedestal donde iban a ponerlo.
Había sido mi última esperanza de recibir una migaja de felicidad.
Suspiré.
Le pedí al sepulturero que dejara el ataúd con el cuerpo en el laboratorio antes de enterrarlo en el terreno de la familia Stebbins en Long Island. Le pedí que no lo embalsamara y me ofrecí a conservarlo en una sala refrigerada a cuatro grados.
El sepulturero llevó el ataúd al laboratorio con un gesto de fría desaprobación. Sin duda eso se reflejó en la cuenta que recibí más tarde. Mi explicación de que deseaba tenerlo cerca por última vez y darles a los ayudantes la oportunidad de ver el cadáver era incongruente y sonaba como tal.
De todas formas, Lancelot había especificado claramente qué debía decir. Una vez que el cuerpo estuvo en el ataúd, con la tapa abierta, fui a ver a Lancelot.
—Oye, el sepulturero está muy disgustado. Creo que sospecha que hay gato encerrado.
—Bien —dijo Lancelot con satisfacción.
—Pero...
—Sólo es preciso aguardar un día más. Una mera sospecha no va a cambiar las cosas. Mañana por la mañana, el cuerpo desaparecerá, o debería desaparecer.


—¿Quieres decir que tal vez no desaparezca? 
"Lo sabía, lo sabía", pensé.
—Podría darse alguna demora o algún adelanto. Nunca he transportado nada tan pesado y no sé hasta qué punto son exactas mis ecuaciones. Si quiero que el cuerpo esté aquí y no en una sala de velatorios es, entre otras cosas, para poder realizar las observaciones pertinentes.
—Pero en la sala de velatorios desaparecería ante testigos.
—¿Y piensas que aquí sospecharán alguna artimaña?
—Desde luego.
Lancelot parecía divertido.
—Dirán: ¿Por qué mandó de vacaciones a sus ayudantes?, ¿por qué se mató realizando experimentos que un niño podría realizar?, ¿por qué el cadáver desapareció sin testigos? Dirán: Esa historia del viaje por el tiempo es absurda; tomó drogas para sumirse en un trance cataléptico y los médicos se dejaron embaucar.
—Sí —murmuré. ¿Cómo se había dado cuenta de todo eso?
—Y cuando yo afirme que he resuelto el problema del viaje por el tiempo —prosiguió—, que incuestionablemente se certificó mi muerte y que yo incuestionablemente no estaba vivo, los científicos ortodoxos me denunciarán por farsante. Y en una semana me habré convertido en un nombre cotidiano para todos los habitantes de la Tierra. No hablarán de otra cosa. Me ofreceré para hacer una demostración del viaje por el tiempo ante cualquier grupo de científicos que desee presenciarla. Ofreceré hacer la demostración por un circuito intercontinental de televisión. La presión pública obligará a los científicos a asistir, y la televisión a darles autorización. Lo de menos será si la gente ansía un milagro o un linchamiento. ¡Lo verá! Y entonces alcanzaré el éxito y nadie en la historia de la ciencia habrá logrado una culminación más trascendente.
Me quedé obnubilada un instante, pero algo dentro de mí insistía: "Demasiado largo, demasiado complicado, algo saldrá mal".
Esa noche llegaron sus ayudantes y trataron de mostrarse respetuosamente acongojados en presencia del cadáver; dos testigos más que jurarían haber visto muerto a Lancelot, dos testigos más que embrollarían la situación y contribuirían a llevar los acontecimientos hasta una cima estratosférica.
A las cuatro de la madrugada siguiente estábamos en la sala refrigerada, arropados en abrigos y esperando el momento cero.
El eufórico Lancelot revisaba sus instrumentos una y otra vez, mientras el ordenador trabajaba constantemente. No sé cómo lograba mover los dedos con tanta agilidad haciendo el frío que hacía.
Yo estaba totalmente alicaída. Era el frío, el cadáver en el ataúd, la incertidumbre del futuro.
Hacía una eternidad que estábamos allí cuando Lancelot exclamó a media voz:
—Funcionará. Funcionará tal como predije. A lo sumo, la desaparición se retrasará cinco minutos, y esto tratándose de setenta kilogramos de masa. Mi análisis de las fuerzas cronométricas es magistral.
Me sonrió, pero también le sonrió al cadáver con igual calidez.
Noté que tenía la chaqueta arrugada y desaliñada, igual que el segundo Lancelot, el muerto, cuando apareció. La llevaba puesta desde hacía tres días hasta para dormir.
Lancelot pareció leerme los pensamientos, o tal vez la mirada, pues bajó la vista a su chaqueta y dijo:
—Sí, será mejor que me ponga el delantal. Mi segundo yo lo tenía puesto cuando apareció.
—¿Qué ocurriría si no te lo pusieras? —pregunté con voz neutra.
—Tendría que hacerlo. Sería necesario. Algo me lo habría recordado. De lo contrario, él no habría aparecido con el delantal puesto. —Entrecerró los ojos—. ¿Sigues creyendo que algo saldrá mal?
—No lo sé —murmuré.
—¿Crees que el cuerpo no desaparecerá o que yo desapareceré? —No respondí—. ¿No ves que mi suerte ha cambiado al fin? —chilló—. ¿No ves que todo sale a la perfección y según lo planeado? Seré el hombre más grande que haya vivido. Vamos, calienta agua para el café. —De pronto, recobró la calma—. Servirá para celebrar que mi doble nos abandona y yo regreso a la vida. Hace tres días que no tomo café.
Era café instantáneo, pero después de tres días se conformaría con eso. Manipulé el calentador eléctrico del laboratorio con los dedos congelados hasta que Lancelot me empujó a un lado y puso a calentar una jarra de agua.
—Tardará un rato —dijo, poniendo al máximo el mando. Miró al reloj y a los cuadrantes de las paredes—. Mi doble se habrá ido antes de que el agua hierva. Ven a mirar.
Se puso a un lado del ataúd. Yo vacilé.
—Ven —me ordenó. Fui.
Se miró con infinito placer y esperó. Ambos esperamos, con la vista fija en el cadáver.
Se oyó el siseo y Lancelot gritó:
—¡Quedan menos de dos minutos!
Sin un temblor ni un parpadeo, el cadáver desapareció.
El ataúd abierto contenía ropa vacía. Por supuesto, no era la ropa en la que había llegado el cadáver, sino prendas reales y que permanecían en la realidad. Allí estaban: muda interior, camisa, pantalones, corbata, chaqueta. Los calcetines colgaban de los zapatos caídos. El cuerpo se había esfumado.
Oí el hervor del agua.
—Café —dijo Lancelot—. Primero el café. Luego llamaremos a la policía y a los periódicos.
Preparé café para él y para mí.
Le añadí la acostumbrada medida de azúcar, ni mucha ni poca. Incluso en aquella situación, sabiendo que esa vez no le importaría, no pude contra el hábito.
Sorbí mi café, sin crema ni azúcar, según mi costumbre, y el calor me reanimó.
Él revolvió su café.
—Con todo lo que he esperado... —dijo en voz baja.
Se llevó la taza a los labios, que sonreían triunfantes, y bebió. Fueron sus últimas palabras.
Ahora que todo había terminado, sentí un cierto frenesí. Me las apañé para desnudarlo y ponerle la ropa del cadáver desaparecido. Logré levantar el cuerpo y tenderlo en el ataúd. Le coloqué los brazos sobre el pecho.
Lavé todo rastro de café en el fregadero de la otra habitación y también el azucarero. Una y otra vez lo lavé, hasta que desapareció todo el cianuro que había sustituido al azúcar.
Llevé su chaqueta de laboratorio y el resto de la ropa al cesto donde guardé las que había traído el doble. El segundo juego había desaparecido, y puse allí el primero.
Luego, esperé.
Esa noche, comprobé que el cadáver estaba frío y llamé al sepulturero. Nadie tenía por qué asombrarse. Esperaban un cadáver y allí lo tenían. El mismo cadáver. Realmente el mismo. Incluso tenía cianuro, tal como supuestamente lo tenía el primero.
Supongo que serían capaces de distinguir entre un cuerpo muerto doce horas atrás y otro que llevaba tres días y medio muerto, aunque refrigerado; pero ¿quién iba a molestarse en investigar?
No investigaron. Cerraron el ataúd, se lo llevaron y lo sepultaron. Era el homicidio perfecto.
En rigor, como Lancelot estaba legalmente muerto cuando lo maté, me pregunto si en verdad fue un homicidio. Por supuesto, no pienso consultárselo a un abogado.
Ahora llevo una vida apacible y feliz. Tengo suficiente dinero. Voy al teatro. He entablado amistades.
Y vivo sin remordimientos. Lancelot nunca recibirá sus laureles. Algún día, cuando alguien vuelva a descubrir el viaje por el tiempo, el nombre de Lancelot Stebbins permanecerá olvidado en las tinieblas del Estigia. Pero yo ya le había advertido que, fueran cuales fuesen sus planes, así terminaría todo.
Si yo no lo hubiera matado, alguna otra cosa habría estropeado sus planes, y entonces él me habría matado a mí.
Así que vivo sin remordimientos.
Incluso se lo he perdonado todo; todo, salvo ese momento en que me escupió. Resulta irónico que gozara de un instante de felicidad antes de morir, pues recibió una dádiva que pocos han tenido, y él fue el único que pudo saborearla.
A pesar del berrido que me pegó aquella vez que me escupió, Lancelot tuvo la oportunidad de leer su propio obituario.


FIN