2026/08/17

En las profundidades (Isaac Asimov)


Título original: The Deep
Año: 1952


1
Al final todo planeta debe morir. Puede sufrir una muerte rápida, cuando su sol estalla. Puede sufrir una muerte lenta, mientras su sol envejece y sus océanos se solidifican en hielo. En el segundo caso, al menos, la vida inteligente tiene una oportunidad de sobrevivir.
La dirección que tome la supervivencia puede seguir un camino hacia el exterior, a un planeta más próximo al sol agonizante o a algún planeta de otro sol. Este camino queda cerrado si el planeta tiene el infortunio de ser el único cuerpo importante que rota en torno de su primario y si no hay otra estrella a menos de quinientos años luz.
La dirección de la supervivencia puede también ser hacia el interior, a la corteza del planeta. Esto es siempre accesible. Se puede construir un nuevo hogar bajo tierra y se puede aprovechar la energía del núcleo del planeta para obtener calor. La tarea puede llevar milenios, pero un sol moribundo se enfría despacio.
Sólo que también el calor del planeta muere con el tiempo. Se deben cavar refugios a creciente profundidad, hasta que el planeta esté totalmente muerto.
El momento se aproximaba.
En la superficie del planeta soplaban ráfagas de neón, que apenas agitaban los charcos de oxígeno que se formaban en las tierras bajas. En ocasiones, durante el largo día, el viejo sol irradiaba un fulgor rojo, breve y opaco, y los charcos de oxígeno burbujeaban un poco.
Durante la larga noche, una azulada escarcha de oxígeno cubría los charcos y la roca desnuda, y un rocío de neón perlaba el paisaje.
A más de doscientos kilómetros bajo la superficie existía una última burbuja de calor y vida.
 
2
La relación de Wenda con Roi era muy íntima, más íntima de lo que su propio pudor le aconsejaba.
Le habían permitido entrar en el ovarium una vez en toda su vida y le dejaron bien claro que sería sólo por esa vez.
El raciólogo había dicho:
—No cumples con los requisitos, Wenda, pero eres fértil y probaremos una vez. Quizá funcione.
Ella quería que funcionara. Lo quería con desesperación. A temprana edad supo ya que su inteligencia era deficiente, que siempre sería una manual. Se sentía avergonzada de defraudar a la raza y anhelaba una oportunidad para contribuir a crear otro ser. Acabó convirtiéndose en una obsesión.
Secretó su huevo en un ángulo del edificio y luego regresó para observar. Por suerte, el proceso de mezcla aleatoria que desplazaba suavemente los huevos durante la inseminación mecánica (para asegurar una distribución pareja de los genes) sólo hacía que el huevo se bamboleara un poco.
Wenda mantuvo su vigilia durante el periodo de maduración, observó al pequeño que surgía del huevo, reparó en sus rasgos físicos y lo vio crecer.
Era un niño saludable, y el raciólogo lo aprobó.
En una ocasión, Wenda dijo, como sin darle importancia:
—Mire al que está sentado allí. ¿Se encuentra enfermo?
—¿Cuál? —preguntó el raciólogo, sobresaltado, pues los bebés que aparecían visiblemente enfermos en esa etapa arrojaban serias dudas sobre su propia competencia—. ¿Te refieres a Roi? ¡Tonterías! ¡Ojalá todos nuestros pequeños fueran así!
Al principio se sintió satisfecha consigo misma; luego, horrorizada. Seguía sin cesar al pequeño, interesándose por su educación y viéndole jugar. Se sentía feliz cuando él estaba cerca y abatida cuando estaba lejos. Nunca había oído hablar de algo así y estaba avergonzada.
Tendría que haber visitado al mentalista, pero no le pareció prudente. No era tan obtusa como para ignorar que no se trataba de una leve aberración que se pudiera curar estirando una célula cerebral. Era una manifestación psicótica, de eso estaba segura. Si la descubrían, la encerrarían. Tal vez la sometieran a la eutanasia, por considerarla un desperdicio inútil de la limitada energía disponible para la raza. Incluso podrían aplicar la eutanasia a su vástago si averiguaban quién era.
Luchó contra la anormalidad a lo largo de los años y, en cierta medida, tuvo éxito. Luego, se enteró de que Roi había sido escogido para el largo viaje y se sintió desdichada.
Lo siguió hasta uno de los corredores vacíos de la caverna, a varios kilómetros del centro de la ciudad. ¡La ciudad! Había sólo una.
Esa caverna se encontraba cerrada desde que Wenda tenía memoria de ello. Los ancianos la habían recorrido, analizaron su población y la energía necesaria para alimentarla y decidieron oscurecerla. Los pobladores, que no eran muchos, se habían trasladado más cerca del centro y se recortó el cupo para la siguiente sesión en el ovarium.
Wenda descubrió que el nivel coloquial de pensamiento de Roi era superficial, como si la mayor parte de su mente estuviera retraída en la contemplación.
—¿Tienes miedo? —le preguntó con el pensamiento.
—¿Porque he venido aquí a pensar? —Roi titubeó un poco; luego, con palabras dijo—: Sí, tengo miedo. Es la última oportunidad de la raza. Sí fracaso...
—¿Temes por ti mismo? —Él la miró asombrado, y los pensamientos de Wenda palpitaron de vergüenza ante su impudor—. Ojalá pudiera ir yo en tu lugar —añadió con palabras.
—¿Crees que puedes hacerlo mejor?
—Oh, no. Pero si yo fracasara y no regresara, sería una pérdida menor para la raza.
—La pérdida es la misma, vayas tú o vaya yo. La pérdida es la existencia de la raza.
Wenda no pensaba precisamente en la existencia de la raza. Suspiró.
—Es un viaje muy largo.
—¿Cómo de largo? —preguntó él, sonriendo—. ¿Lo sabes?
Titubeó. No quería parecer estúpida.
—Se comenta que llega hasta el primer nivel —contestó con timidez.
Cuando Wenda era pequeña y los corredores con calefacción se extendían a mayor distancia de la ciudad, ella había ido a explorar por ahí, como cualquier otro niño. Un día, muy lejos, donde se sentía el frío cortante del aire, llegó a un corredor ascendente que estaba bloqueado por un tapón.
Posteriormente se enteró de que al otro lado y hacia arriba se encontraba el nivel setenta y nueve, más arriba el setenta y ocho y así sucesivamente.
—Iremos más allá del primer nivel, Wenda.
—Pero no hay nada después del primer nivel.
—Tienes razón. Nada. La materia sólida del planeta termina.
—¿Y cómo puede haber algo que no es nada? ¿Te refieres al aire?
—No, me refiero a la nada, al vacío. Sabes qué es el vacío, ¿no?
—Sí. Pero los vacíos se deben bombear y mantener herméticos.
—Eso se hace en mantenimiento. Pero más allá del primer nivel sólo hay una cantidad indefinida de vacío, que se extiende hacia todas partes.
Wenda reflexionó.
—¿Alguien ha estado allá?
—Claro que no. Pero tenemos los archivos.
—Tal vez los archivos estén equivocados.
—Imposible. ¿Sabes cuánto espacio cruzaré? —Los pensamientos de Wenda indicaron una abrumadora negativa—. Supongo que sabes cuál es la velocidad de la luz.
—Desde luego —respondió ella. Era una constante universal. Hasta los bebés lo sabían—. Mil novecientas cincuenta y cuatro veces la longitud de la caverna, ida y vuelta, en un segundo.
—Correcto. Pero si la luz atravesara la distancia que yo voy a recorrer tardaría diez años.
—Te burlas de mí. Intentas asustarme.
—¿Por qué iba a querer asustarte? —Se levantó—. Pero ya he remoloneado bastante por aquí...
Apoyó en ella una de sus extremidades, con una amistad objetiva e indiferente. Un impulso irracional incitó a Wenda a agarrarle con fuerza e impedirle que se marchara.
Por un instante sintió pánico de que él le sondeara la mente más allá del nivel coloquial, de que sintiera náuseas y no volviera a verla nunca, de que la denunciara para que la sometiesen a tratamiento. Luego, se relajó. Roi era normal, no un enfermo como ella. A él jamás se le ocurriría penetrar en la mente de una persona amiga más allá del nivel coloquial, fuera cual fuese la provocación.
Estaba muy guapo al marcharse. Sus extremidades eran rectas y fuertes; sus vibrisas prensiles, numerosas y delicadas; y sus franjas ópticas, las más bellas y opalescentes que ella había visto jamás.

3
Laura se acomodó en el asiento. Qué mullidos y cómodos los hacían. Qué agradables y acogedores eran por dentro y qué diferentes del lustre duro, plateado e inhumano del exterior.
Tenía la canastilla al lado. Echó una ojeada debajo de la manta y de la gorra. Walter dormía. La carucha redonda tenía la blandura de la infancia y los párpados eran dos medias lunas con pestañas.


Un mechón de cabello castaño claro le cruzaba la frente y Laura se lo colocó bajo la gorra con infinita delicadeza.
Pronto sería hora de alimentarlo. Laura esperaba que no fuese tan pequeño como para asustarse de lo extraño del entorno. La azafata era muy amable; incluso guardaba los biberones de Walter en una pequeña nevera. ¡Qué cosas, una nevera a bordo de un avión!
La mujer sentada al otro lado del pasillo la miraba, dando a entender que sólo buscaba una excusa para dirigirle la palabra. Llegó el momento en que Laura levantó a Walter de la canastilla y se lo puso en el regazo, un terroncito de carne rosada envuelta en un blanco capullo de algodón.
Un bebé siempre es buena excusa para iniciar una conversación entre extraños. La mujer del otro lado se decidió al fin (y lo que dijo era previsible):
—¡Qué niño tan encantador! ¿Qué edad tiene, querida?
Laura contestó, sujetando unos alfileres en la boca (se había tendido una manta sobre las rodillas para cambiar a Walter):
—La semana que viene cumplirá cuatro meses.
Walter tenía los ojos abiertos y miró a la mujer, abriendo la boca en una sonrisa húmeda (siempre le agradaba que lo cambiasen).
—Mira esa sonrisa, George —dijo la mujer. El esposo sonrió y agitó sus dedos regordetes.
—Bu bu —saludó al niño. Walter se rio como si hipara.
—¿Cómo se llama, querida? —preguntó la mujer.
—Walter Michael. Como su padre.
Se había roto el hielo. Laura se enteró de que se llamaban George y Eleanor Ellis, de que estaban de vacaciones y de que tenían tres hijos, dos mujeres y un varón, todos crecidos. Las dos mujeres estaban casadas y una tenía dos hijos.
Laura escuchaba con expresión complacida. Walter (el padre, claro está) siempre le decía que se interesó por ella porque sabía escuchar muy bien.
Walter se estaba poniendo inquieto. Laura le liberó los brazos para que se desfogara moviendo los músculos.
—¿Podría calentar el biberón, por favor? —le pidió a la azafata.
Sometida a un riguroso, aunque afable interrogatorio, Laura explicó cuántas veces debía alimentar a Walter, qué fórmula utilizaba y si los pañales le provocaban ronchas.
—Espero que hoy no ande mal del estómago. Por el movimiento del avión.
—Oh, cielos —exclamó la señora Ellis—. Es demasiado pequeño para molestarse por eso. Además, estos aviones grandes son maravillosos. A menos que mire por la ventanilla no creería que estamos en el aire. ¿No opinas lo mismo, George?
Pero el señor Ellis, un hombre brusco y directo, dijo:
—Me sorprende que suba a un bebé de esa edad en un avión.
La señora Ellis se volvió hacia él de mal talante.
Laura se apoyó a Walter en el hombro y le palmeó la espalda. Walter se calmó, metió los deditos en el cabello lacio y rubio de su madre y comenzó a escarbar en el mechón que le cubría la nuca.
—Vamos a ver a su padre. Walter aún no ha visto a su hijo.
El señor Ellis se quedó perplejo e inició un comentario, pero la señora Ellis se apresuró a intervenir:
—Supongo que su esposo está en el servicio militar.
—Sí, así es. —El señor Ellis abrió la boca en un mudo "oh" y se calmó—. Lo han destinado cerca de Davao. Nos reuniremos en Nichols Field.
Antes de que la azafata volviera con el biberón se enteraron de que Walter era sargento del Servicio de Intendencia, de que llevaba en el Ejército cuatro años, de que se habían casado hacía dos, de que estaban a punto de licenciarlo y de que pasarían una larga luna de miel allí antes de regresar a San Francisco.
Luego, Laura acunó a Walter en el brazo izquierdo y le ofreció el biberón. Se lo puso entre los labios y las encías se cerraron sobre la tetilla. La leche empezó a burbujear, mientras las manitas acariciaban el biberón tibio y los ojos azules lo miraban fijamente.
Laura estrujó ligeramente al pequeño Walter y pensó que, a pesar de todas las dificultades y molestias, era maravilloso tener un bebé.

4
Teoría, siempre teoría, pensó Gan. La gente de la superficie, un millón de años antes o más, podían ver el universo, podían sentirlo directamente. Ahora, con mil doscientos kilómetros de roca encima de la cabeza, la raza sólo podía hacer deducciones a partir de las trémulas agujas de su instrumental.
Era sólo teoría que las células cerebrales, además de sus potenciales eléctricos comunes, irradiasen otra clase de energía; una energía que no era electromagnética y, por tanto, no estaba condenada al lento avance de la luz; una energía que sólo se asociaba con las funciones más elevadas del cerebro y, por tanto, sólo era característica de criaturas inteligentes y racionales.
Sólo una aguja oscilante detectaba que un campo de esa energía se filtraba en la caverna, y otras agujas indicaban que el origen de ese campo estaba en determinada dirección a diez años luz de distancia. Al menos una estrella se debía de haber acercado en ese ínterin, pues la gente de la superficie afirmaba que la más cercana se encontraba a quinientos años luz. ¿O estaban en un error?
—¿Tienes miedo? —interrumpió Gan de improviso en el nivel coloquial del pensamiento e invadió bruscamente la zumbona superficie de la mente de Roi.
—Es una gran responsabilidad —contestó este.
"Otros hablan de responsabilidad", pensó Gan. Durante generaciones los jefes técnicos habían trabajado en el resonador y en la Estación Receptora, pero a él le correspondía el paso final. ¿Qué sabían de responsabilidad los demás?
—Lo es —le corroboró—. Hablamos de la extinción de la raza con vehemencia, pero siempre entendemos que llegará algún día, no ahora, no en nuestra época. Pero llegará, ¿entiendes? Llegará. Lo que vamos a hacer hoy consumirá dos tercios de nuestra provisión total de energía. No quedará suficiente para intentarlo de nuevo. No quedará suficiente para que esta generación viva su vida entera. Pero eso no importará si cumples las órdenes. Hemos pensado en todo; nos hemos pasado generaciones pensando en todo.
—Haré lo que me digan —afirmó Roi.
—Tu campo mental se enlazará con los que vienen del espacio. El campo mental es una característica del individuo y, por lo general, es muy baja la probabilidad de que exista un duplicado. Pero los campos que vienen del espacio suman miles de millones, según nuestras estimaciones. Es muy probable que tu campo sea igual al de uno de ellos y, en ese caso, se configurará una resonancia mientras nuestro resonador esté en funcionamiento. ¿Conoces los principios?
—Sí.
—Entonces, sabes que durante la resonancia tu mente estará en el planeta X, en el cerebro de la criatura cuyo campo mental sea idéntico al tuyo. Ese proceso no consume energía. En resonancia con tu mente, también trasladaremos la masa de la Estación Receptora. El método para transferir masa de esa manera fue la última fase del problema que resolvimos y requerirá toda la energía que la raza usaría normalmente en cien años. 
Gan tomó el cubo negro  que  era  la  Estación Receptora  y  lo  miró  sombríamente. Tres generaciones atrás, se consideraba imposible fabricar un aparato que reuniera todas las propiedades necesarias en un espacie menor a quince metros cúbicos. Ya lo tenían y era del tamaño de un cubo.
Gan dijo: 
—El campo mental de las células cerebrales inteligentes sólo puede seguir unas pautas bien definidas. Todas las criaturas vivientes, sea cual fuere su planeta, deben poseer una base proteínica y una química basada en agua de oxígeno. Si su mundo es habitable para ellas, es habitable para nosotros. 
"Teoría, siempre teoría", pensó en un nivel más profundo.
—Eso no significa que el cuerpo donde te encuentres —continuó— y su mente y sus emociones no sean totalmente extraños. Así que hemos dispuesto tres métodos para activar la Estación Receptora. Si eres fuerte, sólo tendrás que ejercer doscientos cincuenta kilos de presión en cualquier cara del cubo. Si eres débil, lo único que necesitas es pulsar un botón, al que llegarás mediante esta abertura del cubo. Si no tienes extremidades, si tu organismo huésped está paralizado, puedes activar la Estación con la propia energía mental. Una vez que la Estación se active, tendremos dos puntos de referencia, no sólo uno, y la raza se podrá transferir al planeta X mediante teleportación normal.
—Eso significará que usaremos energía electromagnética.
—En efecto.


—La transferencia tardará diez años.
—No tendremos conciencia de la duración.
—Lo sé, pero eso quiere decir que la Estación permanecerá en el planeta X durante diez años. ¿Y si la destruyen mientras tanto?
—También hemos pensado en ello. Hemos pensado en todo. Una vez que se active la Estación, generará un campo de paramasa. Se desplazará en la dirección de la atracción gravitatoria, deslizándose a través de la materia común hasta que un medio de densidad relativamente alta ejerza suficiente fricción para detenerla. Se necesitarán seis metros de roca para ello; cualquier densidad menor no tendrá ningún efecto. Permanecerá a seis metros bajo tierra durante diez años y en ese momento un contracampo la elevará a la superficie. Luego, uno a uno, cada miembro de la raza aparecerá.
—En ese caso, ¿por qué no hacer que la Estación empiece a funcionar automaticamente? Ya posee muchas características automáticas...
—No lo has pensado bien, Roi. Nosotros sí. Quizá no todos los puntos de la superficie del planeta X sean adecuados. Si los habitantes son poderosos y están avanzados, tal vez haya que encontrar un lugar discreto para la estación. No nos convendría aparecer en la plaza de una ciudad. Y tendrás que asegurarte de que el entorno inmediato no es peligroso en otros sentidos.
—¿En qué otros sentidos?
—No lo sé. Los antiguos archivos de la superficie registran muchas cosas que ya no entendemos. No las explican porque las daban por conocidas pero llevamos lejos de la superficie casi cien mil generaciones y estamos desconcertados. Nuestros técnicos ni siquiera se ponen de acuerdo en cuanto a la naturaleza física de las estrellas, y eso es algo que en los archivos se menciona  y  se  comenta  a  menudo;  pero  ¿qué  significa  "tormentas", "terremotos", "volcanes", "tornados", "celliscas", "aludes", "inundaciones", "rayos" y demás? Son términos que aluden a peligrosos fenómenos de superficie cuya naturaleza ignoramos. No sabemos cómo protegernos de ellos. A través de la mente de tu huésped podrás aprender lo necesario y actuar en consecuencia.
—¿Cuánto tiempo tendré?
—El resonador no puede funcionar continuamente durante más de doce horas. Yo preferiría que terminases tu tarea en dos. Regresarás aquí automáticamente en cuanto la Estación esté activada. ¿Estás preparado?
—Lo estoy.
Gan lo condujo hasta el gabinete de vidrio ahumado. Roi se sentó, acomodó las extremidades en las cavidades y hundió las vibrisas en mercurio para establecer un buen contacto.
—¿Y si me encuentro en un cuerpo agonizante? —preguntó.
—El campo mental se distorsiona cuando la persona está a punto de morir —le explicó Gan mientras ajustaba los controles—. Un campo normal como el tuyo no se hallaría en resonancia.
—¿Y si está cerca de una muerte accidental?
—También hemos pensado en ello. No podemos protegerte contra eso, pero se estima que las probabilidades de una muerte tan rápida que no te dé tiempo de activar la Estación mentalmente son menos de una en veinte billones, a no ser que los misteriosos peligros de la superficie sean más mortíferos de lo que pensamos... Tienes un minuto.
Por alguna extraña razón, Wenda fue la última persona en quien Roi pensó antes de la traslación.

5
Laura despertó sobresaltada. ¿Qué ocurría? Era como si la hubieran pinchado con un alfiler.
El sol de la tarde le brillaba en la cara y el resplandor la hizo parpadear.
Bajó la cortina y miró a Walter. Se sorprendió al verle los ojos abiertos. No era su hora de estar despierto. Miró el reloj. No, no lo era. Y faltaba una hora para darle de comer. Seguía el sistema de darle de comer cuando lo pidiera ("grita y te daré de comer"), pero normalmente Walter respetaba el horario.
Le frotó la cara con la nariz.
—¿Tienes hambre?
Walter no respondió de ninguna manera y Laura se sintió defraudada. Le habría gustado que sonriera. Más aún, deseaba que se riera, que le rodeara el cuello con los brazos regordetes, le frotara con la nariz y dijera "Mamá"; pero sabía que eso no podía hacerlo. Aunque sí podía sonreír.
Le apoyó el dedo en la barbilla y le dio unos golpecitos.
—Bu, bu, bu, bu.
Walter siempre sonreía cuando le hacía eso, pero ahora se limitó a parpadear.
—Espero que no esté enfermo —dijo, y miró preocupada a la señora Ellis. La señora Ellis dejó su revista.
—¿Pasa algo malo, querida?
—No lo sé. Walter no reacciona.
—Pobrecillo. Tal vez esté cansado.
—En tal caso debería estar durmiendo, ¿no?
—Se encuentra en un ambiente extraño. Tal vez se esté preguntando qué es todo esto. —Se levantó, cruzó el pasillo y se agachó para acercar su rostro al de Walter—. Te preguntas qué es lo que pasa, ¿eh, bolita? Pues claro. Te preguntas dónde está tu cunita y dónde están los dibujos del empapelado.
Hizo ruiditos chillones.
Walter apartó la vista de su madre y miró sombríamente a la señora Ellis, que se incorporó de golpe, con un gesto de dolor, y se llevó la mano a la cabeza.
—¡Cielos! ¡Qué extraño dolor!
—¿Cree usted que tendrá hambre? —preguntó Laura.
—¡Por Dios! —exclamó la señora Ellis, con una expresión más tranquila—. Una no tarda en enterarse cuando tienen hambre. No le pasa nada. He tenido tres hijos, querida. Lo sé.
—Creo que voy a pedirle a la azafata que entibie otro biberón.
—Bueno, si eso te hace sentirte mejor...
La azafata trajo el biberón y Laura sacó a Walter del canastillo.
—Tómate el biberón y luego te cambiaré y después...
Le acomodó la cabeza en el brazo, le dio un suave pellizco en la mejilla, se lo acercó al cuerpo mientras le llevaba el biberón a los labios...
¡Walter gritó!
Abrió la boca, agitó los brazos extendiendo los dedos con el cuerpo rígido y duro, como si tuviera el tétanos, y gritó. El grito resonó en todo el compartimento.
Laura también gritó. Soltó el biberón, que se hizo añicos.
La señora Ellis se levantó de un brinco y varios pasajeros la imitaron. El señor Ellis despertó de su siesta.
—¿Qué ocurre? —preguntó la señora Ellis.
—No lo sé, no lo sé. —Laura sacudía a Walter frenéticamente, se lo echaba sobre el hombro, le palmeaba la espalda—. Nene, nene, no llores. ¿Qué pasa, nene? Nene...
La azafata se acercó a todo correr. Su pie se quedó a un par de centímetros del cubo que había bajo el asiento de Laura.
Walter pataleaba furiosamente, berreando a todo pulmón.

6
Roi estaba anonadado. Se encontraba sujeto a la silla, en contacto con la clara mente de Gan, y de pronto (sin conciencia de separación en el tiempo) se vio inmerso en un torbellino de pensamientos extraños, bárbaros y fragmentarios. Cerró la mente. Antes la tenía totalmente abierta para aumentar la efectividad de la resonancia, y el primer contacto con el alienígena había sido...
No doloroso, no. ¿Vertiginoso? ¿Nauseabundo? No, tampoco. No había palabras.
Recobró fuerzas en la plácida nada de la clausura mental y reflexiono. Sentía el contacto con la Estación Receptora, con la cual estaba en conexión mental. ¡Había ido con él, qué bien!
Hizo caso omiso del huésped. Tal vez lo necesitara luego para cuestiones más drásticas, así que no convenía despertar sospechas por el momento.
Exploró. Buscó una mente al azar y reparó en las impresiones sensoriales que la impregnaban. La criatura era sensible a ciertas zonas del espectro electromagnético y a las vibraciones del aire, así como al contacto corporal. Poseía sentidos químicos localizados...
Eso era todo. La examinó de nuevo, estupefacto.
No sólo no había sentido directo de masa ni sentido electro potencial ni ninguna de las lecturas refinadas del universo, sino que no existía contacto mental.
La mente de la criatura estaba totalmente aislada. ¿Entonces cómo se comunicaban? Siguió examinando. Poseían un complejo código de vibraciones de aire controladas.
¿Eran inteligentes? ¿Había escogido una mente mutilada? No, todos eran así.


Escudriñó el grupo de mentes circundantes con sus zarcillos mentales, buscando un técnico o su equivalente entre esas semi-inteligencias lisiadas. Encontró una mente que se veía a sí misma como controlador de vehículos. Roi recibió un dato: Se hallaba a bordo de un vehículo aéreo.
Es decir que, aun sin contacto mental, eran capaces de construir una civilización mecánica rudimentaria. ¿O aquellos seres eran las herramientas animales de verdaderas inteligencias que estaban en otra parte del planeta? No... Sus mentes decían que no.
Examinó al técnico. ¿Qué pasaba con el entorno inmediato? ¿Eran de temer los espectros de los antiguos? Se trataba de una cuestión de interpretación. Existían peligros en el entorno. Movimientos de aire. Cambios de temperatura. Agua cayendo en el aire, en el estado líquido o sólido. Descargas eléctricas. Había vibraciones en código para cada fenómeno, pero eso no significaba nada. La conexión entre esas vibraciones y los nombres con que los ancestros de la superficie designaban los fenómenos era sólo conjetura.
No importaba. ¿Existía peligro en ese momento? ¿Existía peligro en ese lugar? ¿Había causa de temor o inquietud?
¡No! La mente del técnico decía que no.
Eso era suficiente. Regresó a la mente huésped y descansó un instante; luego, se expandió cautelosamente...
¡Nada!
La mente huésped era un vacío; a lo sumo, una vaga sensación de tibieza y un opaco parpadeo de respuestas imprecisas ante estímulos básicos. ¿Su huésped era un moribundo? ¿Un afásico? ¿Un descerebrado?
Se desplazó a la mente más cercana, buscando información sobre el huésped.
El huésped era un bebé de la especie.
¿Un bebé? ¿Un bebé normal? ¿Tan poco desarrollado?
Dejó que su mente se fusionara un instante con lo que existía en el huésped. Buscó las zonas motrices del cerebro y las halló con dificultad. Un cauto estímulo fue seguido por un movimiento errático de las extremidades del huésped. Intentó controlarlas y fracasó.
Se sintió irritado. ¿Realmente habían pensado en todo? ¿Pensaron en inteligencias sin contacto mental? ¿Pensaron en criaturas jóvenes, tan poco desarrolladas como si aún estuvieran en el huevo?
Eso significaba que no podría activar la Estación Receptora desde la persona del huésped. Los músculos y la mente eran demasiado débiles, estaban demasiado descontrolados para cualquiera de los tres métodos expuestos por Gan.
Pensó intensamente. No podría influir sobre una gran cantidad de masa mediante las imperfectas células cerebrales del huésped, pero quizá pudiera ejercer una influencia indirecta a través de un cerebro adulto. La influencia física directa sería minúscula; significaría la descomposición de las moléculas de trifosfato de adenosina y de las de acetilcolina. Luego, la criatura actuaría por cuenta propia.
Titubeó, temiendo el fracaso, y maldijo su cobardía. Entró nuevamente en la mente más cercana. Era una hembra de la especie y se encontraba en el estado de inhibición transitoria que había notado en otros individuos. No lo sorprendió, pues unas mentes tan rudimentarias tenían que necesitar descansos periódicos.
Estudió esa mente, palpando mentalmente las zonas que pudieran responder a un estímulo. Escogió una, penetró en ella y las zonas conscientes se llenaron de vida casi simultáneamente. Las impresiones sensoriales se activaron y el nivel de pensamiento se elevó de golpe. ¡Bien!
Pero no lo suficiente. Fue un mero pinchazo, un pellizco; no una orden para ejecutar una acción específica.
Se movió incómodo cuando lo invadió una emoción. Procedía de la mente que acababa de estimular y estaba dirigida hacia el huésped y no hacia él. No osbtante, tanta crudeza primitiva lo fastidiaba, así que cerró la mente contra la desagradable tibieza de esos sentimientos al desnudo.
Una segunda mente se centró en torno del huésped y, si él hubiera sido material o hubiera controlado un huésped satisfactorio, habría lanzado un golpe de dolor.
¡Santas cavernas! ¿No le permitirían concentrarse en su importante misión?
Acometió contra la segunda mente, activando centros de incomodidad que la obligaran a apartarse.
Estaba contento. Fue sólo un estímulo sencillo e indefinido, pero había funcionado, despejó la atmósfera mental.
Volvió al técnico que controlaba el vehículo. Él conocería los detalles concernientes a la superficie sobre la cual volaban.
¿Agua? Ordenó deprisa los datos. ¡Agua! ¡Y más agua! ¡Por los eternos niveles! ¡La palabra "océano" tenía sentido! La vieja y tradicional palabra "océano". ¿Quién hubiera pensado que podía existir tanta agua?
Pero si eso era "océano", entonces la tradicional palabra "isla" tenía un significado claro. Envió su mente en busca de información geográfica. El "océano" estaba salpicado de motas de tierra, pero él necesitaba información exacta...
Le interrumpió un breve aguijonazo de sorpresa cuando su huésped se desplazó por el espacio para recostarse contra el cuerpo de la hembra.
La mente de Roi, activada como estaba, se hallaba abierta e indefensa. Las intensas emociones de la hembra lo sofocaron.
Se contrajo. En un intento de combatir esas aplastantes pasiones animales, se aferró a las células cerebrales del huésped, a través de las cuales se encauzaban esos crudos sentimientos.
Lo hizo con excesiva brusquedad. Un dolor difuso colmó la mente del huésped y al instante todas las mentes circundantes reaccionaron ante las resultantes vibraciones de aire. Exasperado, procuró acallar al dolor y sólo logró estimularlo más.
A través de la bruma mental del dolor del huésped, escudriñó la mente del técnico, procurando evitar que se perdiera el contacto.
Concentró la mente. Ahora tendría su mejor oportunidad. Contaba con unos veinte minutos. Habría otras oportunidades después, aunque no tan buenas. Pero no se atrevía a dirigir los actos de otro mientras la mente del huésped padecía tamaña turbulencia.
Se retiró, se contrajo en la clausura mental, manteniendo sólo un tenue contacto con las células espinales del huésped, y aguardó.
Pasaron los minutos y poco a poco recobró la conexión. Le quedaban cinco minutos. Escogió un sujeto.

7
—Creo que se siente mejor, pobrecillo —dijo la azafata.
—Nunca se había portado así —lloriqueó Laura—. Nunca.
—Tal vez sea un pequeño cólico —sugirió la señora Ellis.
—Tal vez —secundó la azafata—. Hace demasiado calor.
Entreabrió la manta, le levantó la ropita y dejó al descubierto su abdomen duro, rosado y protuberante. Walter seguía gimoteando.
—¿Quiere que le cambie? —preguntó la azafata—. Está muy mojado. 
— Sí, gracias.
La mayoría de los pasajeros habían vuelto a los asientos. Los más alejados dejaron de estirar el cuello.
El señor Ellis se quedó en el pasillo con su esposa.
—Oye, mira.
Laura y la azafata estaban demasiado ocupadas para prestarle atención y la señora Ellis lo ignoró por pura costumbre.
El señor Ellis estaba habituado a eso. Su comentario fue simplemente retórico. Se agachó y recogió la caja que estaba bajo el asiento.
La señora Ellis lo miró con impaciencia.
—¡Cielos, George, no toques el equipaje de los demás! ¡Siéntate! Entorpeces el paso.
El señor Ellis se incorporó, avergonzado.
Laura, con los ojos aún inflamados y llorosos, dijo:
—No es mío. Ni siquiera sabía que estaba bajo el asiento.
—¿Qué es? —preguntó la azafata, dejando de mirar al bebé lloriqueante. El señor Ellis se encogió de hombros.
—Es una caja.
—Bueno, ¿y para qué la quieres, por el amor de Dios? —se irritó su esposa. 
El señor Ellis buscó una razón. ¿Para qué la quería?
—Sentí curiosidad, eso es todo —murmuró.
—¡Listo! —exclamó la azafata—. El pequeño está cambiado y seco y apuesto a que pronto estará más contento que unas pascuas. ¿Qué dices, primor?
Pero el primor seguía lloriqueando y apartó bruscamente la cabeza cuando le ofrecieron otro biberón.
—Lo entibiaré un poco —dijo la azafata. Cogió el biberón y se alejó por el pasillo.


El señor Ellis tomó una decisión. Cogió la caja y la apoyó en el brazo del asiento, haciendo caso omiso del rostro fruncido de su esposa.
—No hago ningún daño —se defendió—. Sólo estoy mirando. ¿De qué está hecha?
La golpeó con los nudillos. Ninguno de los demás pasajeros parecía estar interesado, no prestaban atención ni al señor Ellis ni a la caja. Era como si algo hubiera desconectado esa línea de interés en particular y hasta la señora Ellis, que conversaba con Laura, le daba la espalda.
Levantó la caja y vio la abertura. Sabía que debía haber una abertura. Tenía el tamaño suficiente para insertar un dedo, aunque no había ninguna razón por la que él quisiera meter el dedo en una caja extraña.
Lo metió con cautela. Había un botón negro y deseaba tocarlo. Lo presionó.
La caja tembló, se le desprendió de las manos y cayó por el otro lado del brazo del asiento.
Llegó a ver cómo atravesaba el suelo, dejándolo intacto. El señor Ellis abrió las manos y se miró las palmas. Luego, se arrodilló y tanteó el suelo.
La azafata, que regresaba con el biberón, preguntó cortésmente:
—¿Ha perdido algo?
—¡George! —exclamó la señora Ellis.
El señor Ellis se incorporó con dificultad. Estaba ruborizado y nervioso.
—La caja... Se me soltó de la mano y cayó...
—¿Qué caja? —preguntó la azafata.
—¿Puede darme el biberón, señorita? —dijo Laura—. Ya ha dejado de llorar.
—Desde luego. Aquí lo tiene.
Walter abrió la boca ávidamente y aceptó la tetilla. La leche burbujeaba mientras el niño sorbía haciendo gorgorítos.
Laura levantó la vista, con los ojos radiantes.
—Ahora parece encontrarse bien. Gracias, señorita. Gracias, señora Ellis. Por un momento tuve la sensación de que no era mi hijito.
—Se pondrá bien —la animó la señora Ellis—. Tal vez fue un pequeño mareo. Siéntate, George.
—Llámeme sí me necesita —se ofreció la azafata.
—Gracias —dijo Laura.
—La caja... —murmuró el señor Ellis, y no habló más.
¿Qué caja? No recordaba ninguna caja.
Pero había una mente a bordo de ese avión que podía seguir la trayectoria del cubo negro, que caía en una parábola sin que le afectaran ni el viento ni la resistencia del aire, atravesando las moléculas de gas que se interponían en su camino.
Debajo, el atolón constituía el diminuto centro de un enorme blanco. En otro tiempo, durante una época bélica, contó con una pista aérea y con barracas. Las barracas se habían derrumbado, la pista aérea era una franja irregular en vías de desaparición y el atolón estaba desierto.
El cubo cayó en el blando follaje de una palmera y ni una sola hoja se agitó. Atravesó el tronco, descendió hasta el coral y se hundió en el planeta sin que ni una mota de polvo se alterara para anunciar su entrada.
A seis metros de la superficie, el cubo se detuvo y se quedó inmóvil, íntimamente mezclado con los átomos de la roca, pero diferenciado de ella.
Eso fue todo. Llegó la noche, llegó el día; llovió, sopló viento y las olas del Pacífico se rompieron en espuma blanca sobre el blanco coral. Nada había ocurrido.
Nada ocurriría durante diez años.

8
—Hemos transmitido la noticia de que has tenido éxito —dijo Gan—. Creo que ahora deberías descansar.
—¿Descansar? ¿Ahora? ¿Cuando he regresado a mentes íntegras? No, gracias. Estoy disfrutando mucho.
—¿Tanto te molestó lo de la inteligencia sin contacto mental?
—Sí —contestó Roi.
Gan tuvo el tacto de no seguir esa línea de pensamiento evocativo. En cambio, preguntó:
—¿Y la superficie?
—Espantosa. Lo que los antiguos llamaban "sol" es un insoportable resplandor en lo alto. Aparentemente se trata de una fuente de luz y varía periódicamente; en otras palabras, "noche" y "día". También hay variaciones imprevisibles.
—"Nubes", tal vez —sugirió Gan.
—¿Por qué "nubes"?
—Ya conoces el dicho tradicional: "Las nubes ocultaban el sol".
—¿Eso crees? Sí, pudiera ser.
—Bien, continúa.
—Veamos. He explicado "océano" e "isla". "Tormenta" significa humedad en el aire cayendo en gotas. "Viento" es un movimiento de aire en gran escala. "Trueno", una descarga espontánea de estática o un gran ruido espontáneo. "Cellisca" es hielo que cae.
—Qué curioso. ¿De dónde caería el hielo? ¿Cómo? ¿Por qué?
—No tengo la menor idea. Todo es muy variable. Hay tormentas en determinado momento, pero no en otro. Aparentemente hay regiones de la superficie donde siempre hace frío, otras donde siempre hace calor y otras donde hace ambas cosas según el momento.
—Asombroso. ¿Cuánto de todo esto lo atribuyes a un error de interpretación por parte de las mentes alienígenas?
—Nada. Estoy seguro de ello. Es muy claro. Tuve tiempo suficiente para escudriñar sus extrañas mentes. Demasiado tiempo.
De nuevo sus pensamientos se replegaron.
—Está bien —aceptó Gan—. Tenía miedo de nuestra tendencia a pintar con tonos románticos la Edad de Oro de nuestros ancestros de la superficie. Presentía que en nuestro grupo habría un fuerte impulso a favor de una nueva vida en la superficie.
—No —rechazó Roi con vehemencia.
—Obviamente no. Dudo que ni siquiera nuestros individuos más recios resistieran un solo día en un medio ambiente como el que describes, con las tormentas, los días, las noches, las molestas e imprevisibles variaciones. —Gan se sentía satisfecho—. Mañana iniciaremos el proceso de transferencia. Una vez en la isla... Dices que está deshabitada.
—Totalmente. Era la única de ese tipo, de todas las que el avión sobrevoló. La información del técnico fue detallada.
—Bien. Iniciaremos las operaciones. Tardaremos generaciones, Roi, pero al final estaremos en las profundidades de un mundo nuevo y tibio, en agradables cavernas donde el ámbito controlado permitirá el crecimiento de la cultura y el refinamiento.
—Y no tendremos ningún tipo de contacto con las criaturas de la superficie.
—¿Por qué? Aunque sean primitivas podrían sernos útiles una vez que establezcamos nuestra base. Una raza capaz de construir naves aéreas debe de poseer algunas cualidades.
—No es así. Son beligerantes. Son capaces de atacar con saña animal y...
—Me perturba la psicopenumbra que rodea tus referencias a los alienígenas —le interrumpió impaciente Gan—. Me estás ocultando algo.
—Al principio pensé que podría utilizarlos. Si no nos permitían ser amigos, al menos los controlaríamos. Hice que uno de ellos estableciera contacto íntimo con el interior del cubo y fue difícil. Fue muy difícil. Sus mentes tienen otra constitución.
—¿En qué sentido?
—Si fuera capaz de describirlo, eso querría decir que la diferencia no era fundamental. Pero puedo ponerte un ejemplo. Estuve en la mente de un bebé. No tienen cámaras de maduración. A los bebés los cuidan los individuos. La criatura que cuidaba de mi huésped...
—Sí...
—Era hembra y sentía un vínculo especial con el pequeño. Había una sensación de propiedad, una relación que excluía al resto de la sociedad. Creí detectar, confusamente, un rastro de esa emoción que liga a un hombre con un allegado o con un amigo; pero era mucho más intensa e irrefrenable.
—Bueno, al carecer de contacto mental, tal vez no tengan una verdadera concepción de la sociedad y quizá se originen sub-relaciones. ¿O esto era patológico?
—No, no. Es universal. La hembra era la madre del bebé.
—Imposible. ¿Su propia madre?
—Por fuerza. El bebé había pasado la primera parte de su existencia dentro de la madre. Literalmente. Los huevos de la criatura permanecen dentro del cuerpo. Son inseminados dentro del cuerpo. Crecen dentro del cuerpo y surgen con vida.
—Santas cavernas —musitó Gan. Sentía una fuerte repugnancia—. Entonces, cada criatura conocería la identidad de su propio hijo; cada hijo tendría un padre determinado.. 
—Y él también era conocido. Mi huésped hacía un viaje de ocho mil kilómetros, por lo que pude deducir, para que su padre pudiera verlo.
—¡Increíble!
—¿Necesitas algo más para entender que nuestras mentes no pueden llegar a encontrarse? La diferencia es fundamental e innata.
El amarillo de la lamentación teñía y endurecía los pensamientos de Gan.
—Qué pena —dijo—. Pensaba...
—¿Qué?
—Pensaba que por primera vez dos inteligencias se ayudarían mutuamente. Pensaba que juntos podríamos progresar con mayor rapidez que cualquiera de ambos en solitario. Aunque fueran tecnológicamente primitivos, como lo son, la tecnología no es todo. Yo creía que incluso podríamos aprender de ellos.
—¿Aprender qué? —preguntó Roi bruscamente—. ¿A conocer a nuestros padres y a trabar amistad con nuestros hijos?
—No, no. Tienes razón. La barrera entre ambos debe mantenerse intacta para siempre. Ellos se quedarán en la superficie y nosotros permaneceremos en las profundidades, y así está bien.
 
Fuera de los laboratorios, Roi se encontró con Wenda. Los pensamientos de ella desbordaron de placer.
—Me alegra que hayas vuelto.
Los pensamientos de Roi también fueron placenteros. Era un alivio establecer un limpio contacto mental con una amiga.


FIN

2026/08/10

La carretera imposible (Oscar J. Friend)


Título original: The Impossible Highway
Año: 1940


El doctor Albert Nelson miró a su joven ayudante, Robert Mackensie, y frunció el ceño.
—¡Esto era justo lo que necesitaba! —exclamó—. Dejar mi laboratorio y hacer una excursión contigo por las Ozarks. Unas vacaciones encantadoras. ¡Bah!
—Pero doctor —protestó mansamente Mackensie—, necesita usted unas vacaciones. No es culpa mía que tuviéramos un accidente. —Una mueca asomó en su cara juvenil—. Además, es casi divertido… ¡dos científicos eruditos indefensos como bebés en el bosque!
Pero el doctor Nelson no podía entender la gracia de la situación. Estaban perdidos en las profundidades de las Montañas Ozark y su brújula estaba irremediablemente rota. Y aquello le molestaba muchísimo.
Y es que el doctor Nelson era un espíritu ordenado. Siempre había sido un tipo lógico. Tenía una mente matemática que funcionaba como una máquina. Para él no existían cabos sueltos. Eso era lo que le convertía en un excelente biólogo. Seguía todo el proceso hasta su origen y lo almacenaba permanentemente en su cerebro antes de dejarlo salir.
Para el doctor Nelson, dos y dos eran cuatro, y tenía que dar esa respuesta antes de renunciar. Todo lo positivo tenía una contrapartida negativa, cada causa un efecto. En su laboratorio no había nunca ningún trabajo de investigación sin terminar, ningún papel ni basura en su mesa, nada de sobra en su mente. Repudiaba todo aquello que no tenía una explicación lógica. No tenía paciencia con las sinfonías inacabadas, las historias de doncellas y caballeros, los enigmas o los misterios sin resolver. Era un tipo muy definido y positivo.
Por eso se sintió tan desolado y desesperado cuando Mackensie y él llegaron al final de la carretera. No era por la acumulación de circunstancias que les llevó a perderse, el que su brújula se hubiera roto accidentalmente, el hecho que estuvieran dando vueltas desde primeras horas de la mañana y ya fueran las tres de la tarde, el que estuvieran cansados, magullados y muertos de hambre y sed. Nada de esto. Era el hecho inexplicable de la carretera en sí.
—¿Qué es eso que hay delante de nosotros? —jadeó el doctor Nelson mientras contemplaba una extensión blanca y brillante a través de los árboles y matojos. Habían estado escalando incesantemente durante la última hora, buscando un lugar alto desde el que pudieran divisar los alrededores del terreno y salir del atolladero—. ¿Una extensión de agua o el cielo?
Mackensie se adelantó. Su voz juvenil flotó cargada de ansiedad.
—¡Es una carretera, doctor! ¡Una carretera asfaltada! Gracias a Dios, ahora podremos encontrar un camino de vuelta a la civilización.
Era una carretera, de acuerdo. Nelson arrugó las cejas pensativo mientras aceleraba el paso para alcanzar a su compañero. ¿Pero qué hacía una carretera de asfalto en mitad de un país salvaje, en donde los hombres blancos que estaban en sus cabales jamás habían puesto el pie? ¿Cómo podía existir una carretera en estas montañas, donde sólo vivían los gamos salvajes y algún grajo ocasional alzaba la voz, o un buitre salvaje volaba en su solitario esplendor sobre sus cabezas? Y había algo más.
No había nada de particular en la carretera de asfalto en sí. Era un ejemplo bastante normal del arte de la ingeniería y la construcción. Veinte metros de ancho, unos veinte centímetros de grosor y se estiraba ante los dos hombres con una gradación adecuada, una extensión blanca que se curvaba a través de los pinos, olmos y cedros y se perdía graciosamente de vista más allá de la cima de una colina.
No, no era la construcción ni el estado de la carretera; era el hecho mismo de su presencia en este lugar. El doctor Nelson era consciente de que había utilizado el adverbio "de repente" dos veces en los escasos segundos que había estado reflexionando. Eso describía aquella cosa. La carretera empezaba bruscamente, así, tal cual; su extremo más cercano estaba tan recortado y terminado como los salientes que corrían a los lados de las autopistas mejor construidas. En medio de un paisaje primitivo, la carretera empezaba de golpe.
No había ninguna evidencia de que intentara continuar en esta dirección. No había árboles talados, ni marcas de prospección, ni niveles, ni arena, grava, pilares, maquinaria, barricadas, señalizaciones de carretera o señales de desviación. Nada. Ni siquiera una carretera de arena o un sendero que llevara a algún sitio desde el extremo del suelo de asfalto. ¡Simplemente una colina agreste en el corazón de unas montañas sin cartografiar y allí, tan bruscamente como un tiro, el extremo de una brillante carretera!
La incongruencia de todo aquello tenía que haber dejado anonadado a Mackensie, a pesar de su alivio, pues el joven biólogo estaba de pie, junto al extremo del pavimento y miraba a su alrededor lleno de perplejidad cuando Nelson se unió a él. Sus brillantes ojos azules encontraron los fijos ojos marrones del hombre mayor y su cara se torció en un interrogante. Sacudió las manos, sintiéndose inútil.
—¿Por qué no continúa? —preguntó—. ¿Puede ser un proyecto abandonado?
—¿Quién ha oído hablar alguna vez de una carretera abandonada, que no lleve al menos a una casa o a una cabaña? —replicó Nelson, irritado.
—¿No será una pista de prueba? —sugirió Mackensie.
El doctor Nelson señaló sin decir nada la superficie inmaculada de la carretera. No había ni una gota de aceite, ni una marca de neumáticos, ni un bache, ni una pisada, nada que rompiera la pureza virginal del tramo. Y sin embargo la carretera, que empezaba aquí, en lo más profundo del bosque, continuaba hasta perderse de vista ante ellos, como si se prolongara eternamente y fuera una arteria importante de un sistema de transportes.
—¡Esto es una adivinanza sin sentido! —exclamó Nelson—. Y detesto las adivinanzas.
—Bien, aunque empieza de un modo espontáneo, doctor, parece que lleva a alguna parte —observó Mackensie—. Al menos, nos conducirá de vuelta a la civilización. Podremos resolver este misterio en el otro extremo. ¿Está usted demasiado cansado para continuar?
—No, no —repitió Nelson irritado, frunciendo el ceño ante la carretera; pero sentía una cierta aversión a pisar el asfalto, aunque no sabía por qué.
Dudó, se secó el sudor de la frente con un pañuelo y miró alrededor, a los densos bosques de donde habían salido. Entonces se encogió de hombros y dio un paso hacia la calzada.
Mackensie le siguió y los dos empezaron a caminar. Forzadamente, Nelson marcaba el paso y los dos marcharon en silencio. Durante un breve espacio de tiempo, no se oyó ningún sonido, excepto el rítmico compás de sus botas y los ruiditos ocasionales que brotaban de la mochila de Nelson. Se trataba del lagarto verde que el biólogo había capturado poco antes del mediodía.
—Siempre el científico infatigable —había observado Mackensie cuando Nelson había capturado hábilmente al pequeño reptil, que tomaba el sol en una roca y al que había introducido en una fiambrera vacía para estudiarlo más tarde.


Ahora, el ruido del lagarto era el único sonido que les hacía compañía. Era el extraño significado de todo esto lo que hizo que Nelson agarrara el brazo de Mackensie y se detuviera de repente.
—¿Por qué nos paramos? —preguntó sorprendido Mackensie—. Esto es mejor que abrirnos paso entre arbustos y matojos para llegar a una granja.
—Escucha —dijo Nelson.
Mackensie así lo hizo, con el cuerpo en tensión. Todo a su alrededor permanecía en completo silencio. No se oía siquiera un soplo de viento entre las hojas de los árboles.
—No oigo nada.
—Eso es —comentó Nelson—. Ni siquiera el zumbido de un insecto, ni un pájaro en el cielo, ni un murmullo en la maleza que rodea la carretera. ¿Qué pasó con los grajos y los mosquitos, que nos han hicieron compañía y no pararon de molestarnos hasta que encontramos esta carretera?
Los ojos azules de Mackensie parecían sorprendidos. Nelson se dio la vuelta para contemplar el tramo de la carretera que ya habían recorrido. Se extendía unos veinte metros, blanca e inmaculada excepto por las débiles marcas de su reciente paso. Era como si estuvieran solos en un mundo muerto. No, no era así exactamente. Todo lo que les rodeaba era la evidencia de vida vegetal, pero en movimiento suspendido. Eso era, una foto en tres dimensiones y technicolor, un mundo rígido y congelado donde sólo ellos dos podían moverse. Era increíble.
—Ni un solo insecto se arrastra por la carretera —susurró Mackensie, asustado—. No hay ni siquiera un sonido distante que indique que hay algo o alguien en este planeta. Pero tengo una extraña sensación en mi interior... que las fuerzas de la vida están a nuestro alrededor. Doctor, noto como si esta carretera estuviera latiendo y temblando, llena de vida, a pesar de que esté rígida bajo nuestros pies. En nombre de Dios, ¿qué es todo esto?
Nelson bajó los ojos y miró a sus pies. Mackensie tenía razón. Había una especie de indicio psíquico de vida en el asfalto, en el mismo aire, y sin embargo todo permanecía inmóvil y silencioso. Lentamente, la extrañeza se apoderó del perturbado científico.
Era como si sus ojos penetraran una fracción de centímetro en la suave superficie del tramo de carretera. Notó, más que vio, que ésta era una carretera de vida increíble, que billones y billones de entes vivos habían recorrido este camino antes que él en interminables y abundantes tropeles.
—Vamos —dijo Nelson con voz apagada—. Continuemos.
Fue al girar en la siguiente curva, donde el bosque se aclaraba un poco y la carretera parecía serpentear majestuosamente en una serie de altiplanos en la cima del mundo, cuando llegaron a la primera variante de la suave superficie de la calzada. Era un pedestal de hormigón a la altura de la cintura, que giraba a la izquierda. Parecía que la carretera se hubiera detenido y hubiera lanzado una especie de pseudópodo en su borde.
En lo alto de este pedestal había un cubo de lo que parecía ser cristal de cuarzo. Al menos era cristal de alguna clase, levemente iridiscente y brillante bajo los rayos del sol de la tarde. A medida que se acercaban, vieron que se trataba de un cubo hueco donde había un poderoso microscopio binocular. Sus piezas gemelas, cubiertas para que el aire libre no las deteriorase, sobresalían de la vitrina. Sobre el pedestal, justo bajo el cubo de cristal y fácilmente distinguible, había una placa de bronce con unas letras. La inscripción estaba en inglés.
Los dos hombres se detuvieron sorprendidos ante la incongruencia de todo aquello. ¡Un hermoso microscopio colocado como en un museo, en medio de una selva que sólo tenía una autopista desierta! ¿Qué significaba?
—¡Dios mío! —murmuró Mackensie—. ¡Mire! ¡Léalo, doctor Nelson! 
Juntos inspeccionaron la placa oscura pero claramente legible.

MUTACIONES PAN-CÓSMICAS UNIVERSALES
Estos diminutos especímenes celulares son las semillas evolucionadas más pequeñas del fenómeno llamado vida, sea vegetal o animal, autocontenidas y prácticamente inmortales. Surcan el universo con los rayos de luz. Particularmente inmortales, se asientan como los hongos sobre los planetas más áridos y desérticos y son los padres de todas las formas de vida. Su origen es desconocido.

Nelson quitó los protectores del microscopio y se aproximó a las lentes. Sintió un extraño escalofrío magnético al tocar el instrumento del interior del cristal. La vitrina parpadeó y brilló como si tuviera vida propia. Era imposible ajustar los controles del microscopio, ya que estaban dentro de la vitrina de cristal, pero tampoco hacía falta.
Ante su campo de visión, perfectamente ajustado, había un típico cristal similar a los millares que el biólogo había examinado. Allí, inmóviles, inmortales, imperturbables, había cientos de pequeñas células grises que parecían las hojas de pino que había estudiado más de una vez. Sin embargo, eran diferentes. Eran celulares; eran bacterias, indudablemente, pero tenían un reborde o concha distinta, que podía haber sido impermeable a la oscuridad, el frío y los rayos cósmicos del espacio exterior. Ciertamente, el doctor Nelson nunca había visto antes nada igual.
Después de un cuidadoso estudio, alzó la cabeza, dio un paso atrás e instó a Mackensie para que mirara. El joven así lo hizo.
—Santo cielo, doctor —murmuró—. Ni siquiera aceptan el colorante en lo más mínimo. Lo rehúsan por completo. Permanecen como puntos en un fondo rosa pálido.
—Exactamente —coincidió Nelson, con el ceño fruncido—. Y ya ves que están inmóviles, inertes, como suspendidos por arte de magia en mitad de su actividad.
—Sí —asintió Mackensie, sin dejar de mirar—. Indudablemente están muertos.
—Eso me pregunto.
—No puedo comprenderlo. Incluso los organismos más diminutos mostrarían al menos algún movimiento molecular.
—Continuemos —dijo Nelson, volviendo a cubrir los binoculares—. Veo otro pedestal más allá, al otro lado de esta carretera infernal.
Mackensie fue el primero en alcanzar el segundo pedestal, donde también había una vitrina de cristal brillante con un microscopio en su interior. Ya estaba observando con los binoculares cuando Nelson leyó la placa de bronce que había bajo la vitrina de cristal.

LEPTOTHRIX. MIEMBRO DE LA FAMILIA DE LAS CLAMIDOBACTERIAS
Una de las formas de vida primitiva de este planeta. Tiene, según las rocas arqueológicas, al menos cien mil millones de años. De forma filamental, con segmentos sueltos, se reproduce por fisión de un extremo. Las paredes de filamentos son de hierro, depositado alrededor de las células vivas por acrecencia. El hombre y los animales son alimentados por plantas que consumen elementos terrestres y producen clorofila gracias al poder del sol, pero el LEPTOTHRIX literalmente come hierro. La mayoría de las vetas de hierro han sido creadas por la acción de esta bacteria.


Nelson echó un vistazo cuando Mackensie, confundido e inseguro, se apartó del microscopio. Reconoció los especímenes al instante. Las bacterias estaban inmóviles, congeladas como estatuas. Cuando alzó la vista, Mackensie ya se dirigía al siguiente pedestal que se encontraba a veinte o treinta metros de distancia. Nelson le siguió lentamente.
—¡Algas! —exclamó Mackensie.
Nelson leyó la placa de bronce y luego miró las familiares fibras azulverdosas de la planta acuática, que son visibles al ojo en forma de porquería verdosa en el agua estancada. Y una vez más se dio cuenta de la inmovilidad de los especímenes.
—¡Plancton! —gritó Mackensie al llegar ante el cuarto pedestal—. Dios santo, doctor, esto parece... parece que es una exposición de bacteriología al aire libre.
Eso era precisamente lo que estaba pensando Nelson. Aún no había resuelto el enigma de la carretera en sí. El misterio adicional de los potentes microscopios colocados aquí, a la intemperie, dentro de aquellas vitrinas de cristal, le había hecho posponer en su mente el deseo de explicarlo a su debido tiempo. Era, como decía Mackensie, una especie de laboratorio de los dioses. Casi con miedo, Nelson miró al cielo, como si esperase que la cabeza y los hombros de algún supercientífico se materializaran desde más allá de las nubes. Pero no sucedió nada. Aún eran las tres de la tarde. Nada vivía ni se movía excepto los dos hombres y el lagarto encerrado en la mochila.
Una cosa le resultó significativa al metódico Nelson mientras recorrían esta extraña carretera. No había nada innecesario o aleatorio en la colocación de los especímenes. Por lo que él podía ver, todo estaba colocado siguiendo un orden lógico y cronológico. El orden iba ascendiendo incesantemente en el poderoso ciclo de la vida.
Ante ellos, adornando la carretera como los árboles de un parque, había vitrinas de cristal de varias formas y tamaños. Ya no había microscopios. Las formas de vida eran ahora detectables a simple vista. Se trataba de una sucesión de especímenes entre la vida animal y la vegetal, que avanzaba en perfecta progresión. Y en el interior de cada vitrina, cada espécimen estaba perfectamente conservado y aparentemente sin vida.
Toda la sucesión de vitrinas de cristal latía y brillaba a la luz del sol como si tuviera vida propia.
Aquella extraña historia de la vida avanzó por las diferentes épocas. De los fósiles a los bosques de coniferas, los primeros reptiles, la edad de los gigantescos mamíferos..., marchaban por la escalera de la vida, viendo especímenes que presumiblemente ningún hombre había visto antes. Era como un viaje a través de una maravillosa combinación de laboratorio, jardín botánico, acuario y el Instituto Smithsoniano.
Los dos biólogos olvidaron el hambre, la sed, el cansancio. Perdieron la noción del tiempo, aunque tenían que haber pasado horas y horas mientras recorrían este panorama de vida inmóvil. Era como observar las fotografías tridimensionales de alguna revista del futuro, o como mirar ampliaciones estereotipadas de la pantalla de la vida. Y el sol colgaba brillantemente a las tres de la tarde.
Las inscripciones de las diversas placas de bronce, que siempre estaban presentes, a pesar del tamaño de la vitrina o de la naturaleza de su contenido, habían conformado una historia completa y única del surgimiento de esa cosa tenaz y frágil, pero indestructible, que es la vida. Nelson empezó a lamentar no haber copiado lo que decían, dándose cuenta mientras lo hacía que eso habría sido imposible. No habría tenido papel suficiente aunque su mochila no hubiera estado llena de otra cosa.
Mackensie empezó a lamentar no haber traído una cámara consigo. Algunos de los especímenes jamás habían sido imaginados por el hombre en su reconstrucción de los huecos de la historia. El enigma principal permanecía sin resolver y Nelson notaba que la fiebre por resolverlo le abrasaba. Sentía, sin necesidad de analizarlo, que estaba siendo arrastrado por la mano del destino y se aproximaba a un clímax, a una altura, un destino que era inexorable.
El mismo fuego tenía que haberse apoderado de Mackensie, pues el joven se maravillaba del gigantesco panorama, de la rareza magnética de las vitrinas de cristal, de las especulaciones que despertaba este museo exagerado, del hecho imposible de que el tiempo se hubiera detenido.
Y entonces llegaron a la primera vitrina vacía. Era una cabina pequeña y se detuvieron a leer la placa de bronce. Hacía tiempo que habían alcanzado una época comparativamente reciente y la flora y la fauna eran tal como existía ahora. El hombre primitivo ya había aparecido, y su imagen estaba apropiadamente colocada en vitrinas progresivas y espaciadas.
Nelson se maravilló ante la visión del primer bruto peludo, que era claramente el eslabón perdido entre el hombre y los animales inferiores. Aunque era una cosa extraña y repulsiva a los ojos de la estética, Nelson el biólogo casi se arrodilló ante el mamífero. A partir de aquí, la historia de la humanidad estaba escrita gráficamente para los dos sorprendidos viajeros.
Pero aquí tenían la primera vitrina vacía. Consciente de su estupor, Nelson leyó la placa de bronce.

LACERTA VIRIDIS
Este lagarto verde es un espécimen de los pequeños reptiles con cola que, junto con su familia, forman el suborden de los LACERTILIOS, con la excepción de las salamanquesas y camaleones.

El biólogo alzó los ojos. Pero la vitrina, que brillaba con su peculiar tono azulverdoso, estaba vacía. No estaba rota ni quebrada. Simplemente no había nada dentro.
—Es curioso —comentó Mackensie en voz alta, mientras Nelson examinaba la vitrina de cristal que, en este instante, parecía una campanilla—. Es el primer hueco en toda la serie.
—Sí —casi gruñó Nelson mientras manoseaba el pomo de la campanilla.
Para su sorpresa, pudo moverla. Entonces vio, al pie, la ruedecita que controlaba el aparato de vaciado de aire y sellado.
Accidentalmente colocó una mano en el lugar que había estado cubierto por la campanilla e instantáneamente perdió toda sensibilidad en el miembro. Era como si toda su mano, desde la muñeca para abajo, no fuera nada más que un muñón de materia insensible. La retiró. Inmediatamente, la vida regresó.
—¿Qué pasa? —preguntó rápidamente Mackensie con interés profesional—. ¿Está caliente?
—No —respondió Nelson, colocando la campanilla en su sitio con mucho cuidado—. No, nada de eso. No se siente nada. Mi mano se quedó completamente muerta.
—¿Se encuentra bien ahora?
—Sí. Debe de haber algo en esas pulsaciones magnéticas que retienen e interrumpen la fuerza vital sin destruir la vida.
—Entonces, si es así, ¿todos esos especímenes que hemos visto están vivos? ¿Vivos pero dormidos?
—Eso me pregunto.
—Vamos —dijo—. Continuemos. Creo que veo un león de las montañas un poco más adelante.


Nelson le siguió, con el ceño fruncido por la irritación ante esta interrupción menor en la colosal muestra de especies. El roce del lagarto en su mochila era como un impulso molesto que se escurría en su cerebro. Pasaron junto al camaleón, los ejemplares de animales salvajes y otra fauna menor y llegaron al lugar donde se resumía la historia de la vida vegetal de esta época.
Aquí, tal vez a unos doscientos metros de la vitrina vacía del lagarto, Nelson se detuvo con determinación. Mackensie le miró, sorprendido.
—Vamos —dijo Nelson—. Retrocedamos.
—¿Retroceder? —repitió Mackensie—. ¿Adónde? ¿Por qué?
—Sólo hasta la vitrina del Lacerta viridis. Tengo que hacerlo. No puedo continuar.
—Pero... pero... ¿podemos retroceder? —preguntó Mackensie.
La idea era preocupante. Nelson nunca había considerado tal posibilidad.
—¿Tendremos tiempo? —continuó su ayudante—. La noche puede que se nos eche encima antes de que lleguemos al final de la carretera.
Por toda respuesta, Nelson señaló al sol, que colgaba en el cielo precisamente a las tres de la tarde.
—Vamos —ordenó Nelson.
Obediente, casi como hipnotizado, Mackensie se dio la vuelta y empezó a deshacer lo andado. Nelson le precedía. Era como si se enfrentaran a una ola resistente, como si combatieran un viento firme y poderoso. Nelson se sentía como si estuviera en un sueño, casi abrumado por una letargia que no podía comprender. Sólo su indomable fuerza de voluntad les hizo seguir avanzando. Y en la carretera seguía sin moverse nada, excepto los dos hombres que caminaban bajo la luz del sol.
Rehicieron sus pasos lentamente y llegaron a la vitrina vacía del lagarto.
—Bien, aquí estamos —jadeó Mackensie—. Y ahora ¿qué?
Por toda respuesta, Nelson abrió su mochila y sacó la fiambrera. Cogió al lagarto por la base del cuello, movió la campanilla de su sitio y colocó el reptil en el pedestal. La criatura se quedó inmóvil de inmediato. Nelson apartó la mano entumecida y observó el espécimen. El lagarto reposaba sobre sus cuatro patitas, como si estuviera vivo, el cuerpo medio enroscado, la cabeza alzada, los ojillos brillantes mientras contemplaba la nada.
Rápidamente, Nelson lo cubrió con la campanilla y giró la rueda para sellar el vacío. Un débil murmullo surgió de la base del pedestal y luego se apagó. El dios de la ciencia aceptaba una ofrenda. Cuando Mackensie intentó retirar la campanilla, vio que era imposible.
Los dos hombres se miraron el uno al otro.
—Al menos es un ejemplar pasable —observó Nelson—. Es similar a las especies del Viejo Mundo. Continuemos ahora.
Encabezó la marcha a paso rápido. Toda su molestia por la vitrina vacía había desaparecido.
Tuvo que haber sido horas más tarde, y sólo Dios sabía tras cuántos kilómetros de curvas, cuando llegaron a la segunda y última vitrina vacía.
—¡Mire! —exclamó Mackensie, aliviado de todo corazón—. ¡Estamos llegando al final de la carretera!
Nelson había perdido el interés por la carretera. La poderosa historia de la vida que había descubierto le había atrapado irresistiblemente. Se dio cuenta de lo que le rodeaba con un sobresalto, y enfocó su atención en la distancia.
Mackensie tenía razón. La carretera se acababa a un centenar de metros de distancia, al alcanzar un grupo de árboles en una colina que descendía.
La carretera acababa como había empezado: Brusca, inexplicablemente. No muy lejos había una vitrina que parecía medir casi un metro. Pero Nelson estaba más interesado en la vitrina de dos metros que tenía enfrente.

HOMBRE DEL SIGLO XX
Este espécimen del mamífero bípedo de sangre caliente, con cerebro y glándulas tiroides desarrolladas representa la cumbre de su evolución. Como se ha señalado a través de las diversas vitrinas, la vida animal y vegetal, teniendo un lejano origen común, difieren principalmente en que un átomo de magnesio en la estructura clorofílica, en vez de un átomo de hierro en la hemoglobina de la sangre, ha provocado sus evoluciones separadas. Desde este punto, sus caminos paralelos convergen y se unen por fin en una estructura común que alcanza la cima total del desarrollo mental.

El doctor Nelson apartó los ojos de la placa de bronce. El cubo estaba vacío. No había ningún ejemplar. En cambio, sólo había una puerta de cristal abierta, que giraba sobre goznes invisibles, como si invitara a un excursionista cansado a entrar y descansar para toda la eternidad.
El biólogo frunció el ceño con total desesperación. ¿Por qué, de todas las vitrinas de especímenes, era ésta la que tenía que estar vacía? Se tiró de una oreja mientras se volvía para contemplar la carretera. Una vez más se sintió molesto, enfadado, al notar que no había ninguna otra vitrina excepto la de un metro al final del camino.
La historia casi había terminado. Después de recorrer durante horas cientos de miles de vitrinas, se encontraban con que esta última, la más importante en lo que concernía a la humanidad, estaba vacía. De alguna manera, Nelson no podía proseguir y marcharse de esta forma. Su naturaleza metódica parecía hacerle continuar con una lógica inexorable. Miró a su compañero.
—Mackensie —dijo con voz extraña—. Mackensie, ven aquí.
El joven palideció y dio un paso atrás.
—No —gimió, adivinando intuitivamente el propósito del otro—. ¡No! Está usted loco, doctor. Salgamos de este lugar infernal y...
Exhaló un alarido de terror mientras Nelson se le acercaba. El biólogo tenía veinte años más que Mackensie, pero también era físicamente más grande. Mackensie no tenía ninguna posibilidad contra él. La lucha fue breve y su significado terrible. En cuestión de segundos, Nelson tuvo a su víctima indefensa.
—¡No! —chilló Mackensie, con los ojos llenos de terror—. ¡Doctor Nelson, no puede...! ¡No puede hacerme esto!
Acabó emitiendo una serie de chillidos inconexos mientras Nelson lo levantaba y lo llevaba hasta la puerta entornada de la cabina de cristal.
—Es indoloro —murmuró Nelson amablemente—. Lo sé. ¿Y por qué la vitrina está vacía si no es para uno de nosotros dos? ¡Contéstame a eso!
Pero Mackensie ya no podía responder ninguna pregunta. Se había sumergido en un estado de horror cataléptico.
Como un sonámbulo, como una marioneta controlada por cuerdas extraterrestres, Nelson dio la vuelta hábilmente a su carga para ponerla ante él y luego, conservando el equilibrio con mucho cuidado, introdujo suavemente el cuerpo de su compañero en la vitrina vacía. El cambio que tuvo lugar fue milagroso, instantáneo. El cuerpo de Mackensie pareció convertirse en mármol. Se quedó erecto, balanceándose como una estatua vacilante.
Rápidamente, Nelson cerró la puerta de cristal ante el rostro de su compañero. Con un suave murmullo, los bordes de la puerta se ajustaron al marco de cristal. La última vitrina tenía su ejemplar perfecto.


El biólogo temblaba mientras miraba a los ojos de su antiguo ayudante de laboratorio. Entonces suspiró, se secó el sudor de la frente y miró al sol. Eran las tres de la tarde.
Se dio la vuelta lentamente, como si no le gustara abandonar al hombre con el que había hecho este increíble viaje, y se dirigió al final de la carretera.
Al llegar a la última vitrina, se detuvo para estudiar el espécimen que había en el interior. El aura titilante de la vitrina, ya casi en la sombra de los árboles, era levemente fosforescente. Pero fue la naturaleza del ejemplar lo que fascinó al biólogo.
La cosa, sentada en cuclillas, de apenas dos metros de altura, pálida y amarronada, parecía más una seta gigantesca que otra cosa. Un champiñón con una protuberancia, que era una horrible caricatura de la cabeza de un hombre. Un par de orificios enormes señalaban lo que podían ser un par de ojos. La boca no era más que una hendidura que recordaba dónde había estado. La cosa no tenía sexo y se alzaba sobre dos metros en forma de raíz. Por fin, Nelson leyó la placa de bronce.

TIRODICUS. HOMBRE PLANTA
La evolución definitiva de la vida mamífera en esta planta. Compuesto principalmente de un tejido cerebral fibroso y un organismo productor de yodo, que es el desarrollo de lo que fue antiguamente la productora de yodo del hombre, la glándula tiroides localizada en la garganta, esta criatura no tiene sangre ni clorofila.
Como el LEPTOTHRIX, esta forma de vida ha aprendido a asimilar su alimento directamente de los elementos, transmutándolos instantáneamente y liberando energía. El Tirodicus, el último estadio de la evolución física, es prácticamente todo cerebro. El escalón siguiente de la evolución, inevitablemente, cruza las fronteras de la existencia animal y la vida se convierte en puramente espiritual.

Eso era todo. La historia había sido contada. El final de la carretera aparecía bruscamente. No había árboles talados, no había marcas, ni niveles, ni pilones, maquinaria, herramientas, barricadas ni señales de desvío. Ni siquiera una carretera de arena. O un sendero que llevara a cualquier parte a partir del final de la superficie de asfalto.
Simplemente una colina agreste en el corazón de unas montañas que nunca habían sido cartografiadas, y la carretera que había empezado tan repentinamente como un tiro, que no llevaba a ningún sitio y acababa con la misma rapidez.
El doctor Nelson era un espíritu metódico y ordenado. Hizo una mueca irónica.
No había podido evitarlo. Su fría lógica había sido llevada hasta el último grado.
Se dio la vuelta y miró pensativo el camino que acababa de recorrer. Sintió un temblor de vida, vago e incomprensible, bajo sus pies. Ahora no había ninguna vitrina vacía, ninguna ruptura entre las dos líneas de especímenes que se encontraban allí. El archivo estaba completo.
¿Qué archivo? ¿Qué era esta increíble muestra científica? Estaba firmemente convencido de que no procedía de la Tierra. ¿Era una trampa del tiempo, o una gigantesca sala de trofeos de algún supercazador de más allá de las estrellas?
El doctor se encogió de hombros y descartó el enigma. Salió de la carretera imposible, aliviado de sentir el terreno y la hierba bajo sus pies. Una vez más, se volvió para mirar la carretera de asfalto.
La carretera había desaparecido. No había nada más allá de los arbustos. El sol se escondía tras las montañas de poniente.

FIN