Título: Cost of Living
Año: 1952
Carrin llegó a la conclusión que su estado de ánimo actual tan sólo podía atribuirse al suicidio de Miller, ocurrido la semana anterior. Pero esta certeza no le ayudó a librarse del vago e informulado miedo que le atenazaba. Era algo estúpido. Al fin y al cabo, el suicidio de Miller no tenía nada que ver con él.
¿Pero por qué se había matado aquel hombre gordo y jovial? Miller lo tenía todo para ser feliz: Esposa, hijos, un buen trabajo y todo el maravilloso confort de la época. ¿Por qué habría hecho aquello?
—Buenos días, cariño —dijo la mujer de Carrin, sentándose a la mesa para el desayuno.
—Buenos días, cariño. Buenos días, Billy.
Año: 1952
¿Pero por qué se había matado aquel hombre gordo y jovial? Miller lo tenía todo para ser feliz: Esposa, hijos, un buen trabajo y todo el maravilloso confort de la época. ¿Por qué habría hecho aquello?
—Buenos días, cariño —dijo la mujer de Carrin, sentándose a la mesa para el desayuno.
—Buenos días, cariño. Buenos días, Billy.
Su hijo gruñó algo inconcreto.
"Uno nunca puede saberlo todo con respecto a la gente", decidió Carrin, discando su desayuno en el panel de control. Nadie era capaz de preparar y servir la comida como la nueva autococina eléctrica Ace.
Sus negras ideas, sin embargo, no lo abandonaban, y aquello era algo más bien irritante, ya que Carrin quería sentirse en su mejor forma aquella mañana. Era su día de descanso y estaba esperando la visita del representante financiero de la Ace Electrics. Era un día importante.
Acompañó a su hijo hasta la puerta.
—Adiós, Billy.
Su hijo respondió con una inconcreta inclinación de cabeza, tomó sus libros y partió hacia la escuela sin decir palabra. Carrin se preguntó si no habría algo que lo preocupara también a él. Esperaba que no. Con uno que se preocupara en la familia ya había bastante.
—Hasta luego, cariño —besó a su esposa, que se dirigía a la compra.
Ella al menos era feliz, pensó mientras la contemplaba alejarse por la acera. Se preguntó cuánto gastaría en el Almacén Ace.
Miró su reloj, comprobando que le quedaba media hora antes de la llegada del representante financiero de la A. E. Pensó que la mejor manera de librarse de sus negras ideas era ahogándolas, y se dirigió a la ducha.
El baño era una pequeña maravilla de reluciente plástico, y su auténtico lujo le devolvió a Carrin algo de su serenidad. Echó sus ropas en la lavadora-secadora-planchadora automática A. E., y ajustó el chorro de la ducha a "intenso". El agua-a-tres-grados-por-encima-de-la-temperatura-del-cuerpo restalló relajante sobre él. Oh, delicioso. Se metió en el autosecador A. E., y pulsó el botón de "secado-masaje".
"Maravilloso", pensó mientras las bandas de toalla secaban, azotaban y masajeaban toda su musculatura. Y era normal que fuera maravilloso, se recordó. El autosecador A. E., con el accesorio de afeitado, le había costado trescientos trece dólares, impuestos aparte.
Pero el gasto valía la pena, decidió, mientras la afeitadora automática A. E. surgía de un rincón y le libraba suavemente del hirsuto pelo que empezaba a despuntar en su mentón. "Al fin y al cabo, ¿qué sería la vida sin las satisfacciones que proporciona el auténtico lujo?"
Cuando desconectó el autosecador le picoteaba toda la epidermis. Aquello no era normal. Tendría que sentirse maravillosamente bien. ¿Qué era lo que pasaba? El suicidio de Miller seguía preocupándole, decidió; aquello no le permitía gozar plenamente de la paz y el confort de su día de descanso.
¿O había alguna otra cosa que lo preocupaba? Nada que concerniera a la casa, por supuesto. Sus papeles estaban en orden para el representante financiero.
—¿He olvidado algo? —preguntó en voz alta.
—El representante financiero de la Ace Electrics estará aquí dentro de quince minutos —murmuró con su agradable voz la agenda parlante A. E. empotrada en una de las paredes del baño.
—Sí, ya sé, ya sé. ¿Hay algo más?
La agenda de pared recitó sus registros..., una cantidad de pequeñas cosas como regar el césped, verificar el turborreactor, comprar costillas de cordero para el próximo lunes, etc., cosas de las que hoy no tenía tiempo de ocuparse.
—Está bien, está bien.
"Uno nunca puede saberlo todo con respecto a la gente", decidió Carrin, discando su desayuno en el panel de control. Nadie era capaz de preparar y servir la comida como la nueva autococina eléctrica Ace.
Sus negras ideas, sin embargo, no lo abandonaban, y aquello era algo más bien irritante, ya que Carrin quería sentirse en su mejor forma aquella mañana. Era su día de descanso y estaba esperando la visita del representante financiero de la Ace Electrics. Era un día importante.
Acompañó a su hijo hasta la puerta.
—Adiós, Billy.
Su hijo respondió con una inconcreta inclinación de cabeza, tomó sus libros y partió hacia la escuela sin decir palabra. Carrin se preguntó si no habría algo que lo preocupara también a él. Esperaba que no. Con uno que se preocupara en la familia ya había bastante.
—Hasta luego, cariño —besó a su esposa, que se dirigía a la compra.
Ella al menos era feliz, pensó mientras la contemplaba alejarse por la acera. Se preguntó cuánto gastaría en el Almacén Ace.
Miró su reloj, comprobando que le quedaba media hora antes de la llegada del representante financiero de la A. E. Pensó que la mejor manera de librarse de sus negras ideas era ahogándolas, y se dirigió a la ducha.
El baño era una pequeña maravilla de reluciente plástico, y su auténtico lujo le devolvió a Carrin algo de su serenidad. Echó sus ropas en la lavadora-secadora-planchadora automática A. E., y ajustó el chorro de la ducha a "intenso". El agua-a-tres-grados-por-encima-de-la-temperatura-del-cuerpo restalló relajante sobre él. Oh, delicioso. Se metió en el autosecador A. E., y pulsó el botón de "secado-masaje".
"Maravilloso", pensó mientras las bandas de toalla secaban, azotaban y masajeaban toda su musculatura. Y era normal que fuera maravilloso, se recordó. El autosecador A. E., con el accesorio de afeitado, le había costado trescientos trece dólares, impuestos aparte.
Pero el gasto valía la pena, decidió, mientras la afeitadora automática A. E. surgía de un rincón y le libraba suavemente del hirsuto pelo que empezaba a despuntar en su mentón. "Al fin y al cabo, ¿qué sería la vida sin las satisfacciones que proporciona el auténtico lujo?"
Cuando desconectó el autosecador le picoteaba toda la epidermis. Aquello no era normal. Tendría que sentirse maravillosamente bien. ¿Qué era lo que pasaba? El suicidio de Miller seguía preocupándole, decidió; aquello no le permitía gozar plenamente de la paz y el confort de su día de descanso.
¿O había alguna otra cosa que lo preocupaba? Nada que concerniera a la casa, por supuesto. Sus papeles estaban en orden para el representante financiero.
—¿He olvidado algo? —preguntó en voz alta.
—El representante financiero de la Ace Electrics estará aquí dentro de quince minutos —murmuró con su agradable voz la agenda parlante A. E. empotrada en una de las paredes del baño.
—Sí, ya sé, ya sé. ¿Hay algo más?
La agenda de pared recitó sus registros..., una cantidad de pequeñas cosas como regar el césped, verificar el turborreactor, comprar costillas de cordero para el próximo lunes, etc., cosas de las que hoy no tenía tiempo de ocuparse.
—Está bien, está bien.
Dejó que el automayordomo A. E. lo vistiera, eligiendo cuidadosa y certeramente una nueva combinación de prendas que realzaran su figura. Unas gotas de perfume masculino de moda dieron el último toque, y pasó al salón, deslizándose entre los numerosos aparatos alineados en las paredes.
Una rápida ojeada a los mandos que ocupaban una de las paredes del salón le indicó que todo estaba en orden en la casa. La vajilla del desayuno había sido limpiada, desinfectada y guardada, la casa había sido limpiada, encerada y librada de polvo, sus ropas y las de su mujer guardadas en los armarios, y las maquetas de astronaves de su hijo cuidadosamente alineadas en sus estantes.
"Deja de preocuparte, maldito hipocondríaco", se dijo furiosamente.
—El señor Pathis, de Financiera Ace, ha llegado —anunció la puerta.
Carrin iba a ordenarle ya a la puerta que se abriera cuando vio el autobarman.
¡Dios Santo! ¡Lo había olvidado por completo! El autobarman era una producción de la Castile Motors. Lo había comprado en un momento de debilidad. ¡La A. E. no iba a aprobar en absoluto aquello, ya que ella también los fabricaba!
Hizo rodar precipitadamente el autobarman hasta la cocina, y luego ordenó a la puerta que se abriera.
—¡Buenos días, señor Carrin! —dijo alegremente el señor Pathis.
El señor Pathis era un hombre alto e imponente, vestido con un impecable tweed de color oscuro. Las pequeñas arrugas en las comisuras de sus ojos indicaban que se trataba de un hombre que reía fácilmente. Lo demostró mientras agitaba vigorosamente la mano de Carrin, al tiempo que echaba una ojeada a la repleta sala de estar.
—Tiene usted una hermosa casa aquí, señor Carrin —dijo—. Maravillosa. No creo ir en contra de las normas de la Compañía si le digo que su hábitat es el mejor de todo este sector.
Carrin sintió que lo invadía una oleada de orgullo mientras pensaba en las interminables hileras de casas, todas iguales por fuera, que poblaban aquella zona.
—¿Todo funciona correctamente? —preguntó el señor Pathis, mientras dejaba su portadocumentos en una silla—. ¿Ningún problema al respecto?
—Absolutamente ninguno —dijo Carrin con voz entusiasta—. Los productos de la Ace Electrics no se estropean nunca.
—¿El autotocadiscos funciona bien? ¿Renueva la batería de discos cada diecisiete horas?
—Oh, por supuesto —dijo Carrin. Nunca había tenido ocasión de hacer funcionar el autotocadiscos, pero debía reconocer que era un mueble espléndido.
—¿El proyector-sólido también funciona bien? ¿Le gustan sus programas?
—La recepción es absolutamente perfecta —asintió Carrin. El mes anterior había tenido ocasión de ver un programa, y era impresionante la sensación de realidad que daban las imágenes.
—¿Y la cocina? ¿Funciona correctamente el autococinero? ¿Elige buenas recetas el automaitre?
—Oh, prepara unos platos excelentes. Es sencillamente delicioso.
El señor Pathis siguió preguntándole acerca del autofrigorífico, del autoaspirador, del autocoche, del autohelicóptero, de la autopiscina subterránea, y del centenar largo de autoartículos que Carrin había comprado a la Ace Electrics.
Una rápida ojeada a los mandos que ocupaban una de las paredes del salón le indicó que todo estaba en orden en la casa. La vajilla del desayuno había sido limpiada, desinfectada y guardada, la casa había sido limpiada, encerada y librada de polvo, sus ropas y las de su mujer guardadas en los armarios, y las maquetas de astronaves de su hijo cuidadosamente alineadas en sus estantes.
"Deja de preocuparte, maldito hipocondríaco", se dijo furiosamente.
—El señor Pathis, de Financiera Ace, ha llegado —anunció la puerta.
Carrin iba a ordenarle ya a la puerta que se abriera cuando vio el autobarman.
¡Dios Santo! ¡Lo había olvidado por completo! El autobarman era una producción de la Castile Motors. Lo había comprado en un momento de debilidad. ¡La A. E. no iba a aprobar en absoluto aquello, ya que ella también los fabricaba!
Hizo rodar precipitadamente el autobarman hasta la cocina, y luego ordenó a la puerta que se abriera.
—¡Buenos días, señor Carrin! —dijo alegremente el señor Pathis.
El señor Pathis era un hombre alto e imponente, vestido con un impecable tweed de color oscuro. Las pequeñas arrugas en las comisuras de sus ojos indicaban que se trataba de un hombre que reía fácilmente. Lo demostró mientras agitaba vigorosamente la mano de Carrin, al tiempo que echaba una ojeada a la repleta sala de estar.
—Tiene usted una hermosa casa aquí, señor Carrin —dijo—. Maravillosa. No creo ir en contra de las normas de la Compañía si le digo que su hábitat es el mejor de todo este sector.
Carrin sintió que lo invadía una oleada de orgullo mientras pensaba en las interminables hileras de casas, todas iguales por fuera, que poblaban aquella zona.
—¿Todo funciona correctamente? —preguntó el señor Pathis, mientras dejaba su portadocumentos en una silla—. ¿Ningún problema al respecto?
—Absolutamente ninguno —dijo Carrin con voz entusiasta—. Los productos de la Ace Electrics no se estropean nunca.
—¿El autotocadiscos funciona bien? ¿Renueva la batería de discos cada diecisiete horas?
—Oh, por supuesto —dijo Carrin. Nunca había tenido ocasión de hacer funcionar el autotocadiscos, pero debía reconocer que era un mueble espléndido.
—¿El proyector-sólido también funciona bien? ¿Le gustan sus programas?
—La recepción es absolutamente perfecta —asintió Carrin. El mes anterior había tenido ocasión de ver un programa, y era impresionante la sensación de realidad que daban las imágenes.
—¿Y la cocina? ¿Funciona correctamente el autococinero? ¿Elige buenas recetas el automaitre?
—Oh, prepara unos platos excelentes. Es sencillamente delicioso.
El señor Pathis siguió preguntándole acerca del autofrigorífico, del autoaspirador, del autocoche, del autohelicóptero, de la autopiscina subterránea, y del centenar largo de autoartículos que Carrin había comprado a la Ace Electrics.
—Oh, todo es perfecto —dijo Carrin, con un tono un poco inseguro, ya que aún no había tenido tiempo de desembalarlo todo—. Absolutamente perfecto.
—Me alegra oírle decir esto —dijo el señor Pathis, lanzando un suspiro de alivio—. No tiene usted idea de los esfuerzos que debemos hacer para satisfacer a todos nuestros clientes. Si un artículo determinado no convence, no dudamos en admitir su devolución sin hacer ninguna pregunta. Nuestra única finalidad es satisfacer a nuestra clientela.
—Estoy absolutamente satisfecho, señor Pathis —afirmó con energía Carrin.
Carrin confiaba en que el representante de la A. E. no le pidiera ver su cocina. Su mente no hacía más que recordar el autobarman de la Castile Motors metido allí, como un puerco espín en medio de una exposición canina.
—Me siento orgulloso de afirmar que la mayor parte de la gente de esta zona adquiere nuestros artículos, señor Carrin —estaba diciendo el señor Pathis—. Nuestra sociedad es potente, ¿sabe?
—¿Era el señor Miller uno de sus clientes? —preguntó casi sin darse cuenta Carrin. Pathis enarcó brevemente las cejas.
—¿Ese hombre que se ha suicidado? Oh, sí, en efecto. Y esto me ha sorprendido, señor Carrin; me ha sorprendido muchísimo. ¿Sabe?, el mes pasado el señor Miller nos compró un turborreactor último modelo, capaz de circular a seiscientos kilómetros por hora en línea recta. Estaba tan feliz como un niño, y sin embargo, poco después..., ¡hacer algo así! Naturalmente, el turborreactor había aumentado un poco el volumen de su deuda.
—Naturalmente.
—¿Pero qué importancia tenía esto? Poseía todo el lujo que un hombre pueda desear. Y, sin embargo, fue a buscar una cuerda y se ahorcó.
—¿Se ahorcó?
El señor Pathis enarcó de nuevo las cejas.
—Sí —dijo—. Todo el confort moderno a su disposición en su casa, y fue a ahorcarse con un pedazo de cuerda. Seguramente llevaba ya mucho tiempo desequilibrado.
—Me alegra oírle decir esto —dijo el señor Pathis, lanzando un suspiro de alivio—. No tiene usted idea de los esfuerzos que debemos hacer para satisfacer a todos nuestros clientes. Si un artículo determinado no convence, no dudamos en admitir su devolución sin hacer ninguna pregunta. Nuestra única finalidad es satisfacer a nuestra clientela.
—Estoy absolutamente satisfecho, señor Pathis —afirmó con energía Carrin.
Carrin confiaba en que el representante de la A. E. no le pidiera ver su cocina. Su mente no hacía más que recordar el autobarman de la Castile Motors metido allí, como un puerco espín en medio de una exposición canina.
—Me siento orgulloso de afirmar que la mayor parte de la gente de esta zona adquiere nuestros artículos, señor Carrin —estaba diciendo el señor Pathis—. Nuestra sociedad es potente, ¿sabe?
—¿Era el señor Miller uno de sus clientes? —preguntó casi sin darse cuenta Carrin. Pathis enarcó brevemente las cejas.
—¿Ese hombre que se ha suicidado? Oh, sí, en efecto. Y esto me ha sorprendido, señor Carrin; me ha sorprendido muchísimo. ¿Sabe?, el mes pasado el señor Miller nos compró un turborreactor último modelo, capaz de circular a seiscientos kilómetros por hora en línea recta. Estaba tan feliz como un niño, y sin embargo, poco después..., ¡hacer algo así! Naturalmente, el turborreactor había aumentado un poco el volumen de su deuda.
—Naturalmente.
—¿Pero qué importancia tenía esto? Poseía todo el lujo que un hombre pueda desear. Y, sin embargo, fue a buscar una cuerda y se ahorcó.
—¿Se ahorcó?
El señor Pathis enarcó de nuevo las cejas.
—Sí —dijo—. Todo el confort moderno a su disposición en su casa, y fue a ahorcarse con un pedazo de cuerda. Seguramente llevaba ya mucho tiempo desequilibrado.
La expresión preocupada se borró de su rostro y fue reemplazada por su sonrisa habitual. Siguió:
—Pero dejemos esto y hablemos de usted.
Su sonrisa se hizo más amplia mientras abría su portadocumentos.
—Veamos ahora su cuenta. En el día de hoy nos debe usted doscientos tres mil dólares con veintinueve centavos, incluida su última compra. ¿Es eso exacto, señor Carrin?
—Es exacto —dijo Carrin, recordando la suma según sus propias cuentas—. Aquí está mi pago de este mes.
Le entregó al señor Pathis un sobre. Éste verificó su contenido y se lo metió en el bolsillo.
—Perfecto. Ahora, señor Carrin, supongo que sabrá usted que, por mucho que viva, no va a vivir lo suficiente como para liquidar la totalidad de su deuda con nosotros.
—No lo creo, en efecto —admitió Carrin. Tenía treinta y nueve años, y cien años previstos de vida plena ante él, gracias a las últimas maravillas de la ciencia médica. Pero, con un salario de tres mil dólares al año, no podía pagarlo todo y vivir al mismo tiempo él y su familia.
—Naturalmente, nosotros nunca nos atreveríamos a privarle de lo necesario..., lo cual por otro lado está formalmente prohibido por las leyes en cuya elaboración nosotros mismos participamos, además de contribuir a que fueran votadas. Sin hablar de los extraordinarios artículos que vamos a sacar el año próximo..., unos artículos sin los que usted seguramente no querrá vivir.
Carrin asintió con la cabeza. Por supuesto, siempre se había interesado en las novedades.
—Bueno, entonces, ¿y si firmáramos el contrato habitual? Si usted se compromete a entregarnos todo lo que gane su hijo durante los primeros treinta años de su vida adulta, podremos ofrecerle fácilmente nuevas condiciones de crédito.
Su sonrisa se hizo más amplia mientras abría su portadocumentos.
—Veamos ahora su cuenta. En el día de hoy nos debe usted doscientos tres mil dólares con veintinueve centavos, incluida su última compra. ¿Es eso exacto, señor Carrin?
—Es exacto —dijo Carrin, recordando la suma según sus propias cuentas—. Aquí está mi pago de este mes.
Le entregó al señor Pathis un sobre. Éste verificó su contenido y se lo metió en el bolsillo.
—Perfecto. Ahora, señor Carrin, supongo que sabrá usted que, por mucho que viva, no va a vivir lo suficiente como para liquidar la totalidad de su deuda con nosotros.
—No lo creo, en efecto —admitió Carrin. Tenía treinta y nueve años, y cien años previstos de vida plena ante él, gracias a las últimas maravillas de la ciencia médica. Pero, con un salario de tres mil dólares al año, no podía pagarlo todo y vivir al mismo tiempo él y su familia.
—Naturalmente, nosotros nunca nos atreveríamos a privarle de lo necesario..., lo cual por otro lado está formalmente prohibido por las leyes en cuya elaboración nosotros mismos participamos, además de contribuir a que fueran votadas. Sin hablar de los extraordinarios artículos que vamos a sacar el año próximo..., unos artículos sin los que usted seguramente no querrá vivir.
Carrin asintió con la cabeza. Por supuesto, siempre se había interesado en las novedades.
—Bueno, entonces, ¿y si firmáramos el contrato habitual? Si usted se compromete a entregarnos todo lo que gane su hijo durante los primeros treinta años de su vida adulta, podremos ofrecerle fácilmente nuevas condiciones de crédito.
El señor Pathis extrajo de su portadocumentos un fajo de papeles, que extendió ante Carrin.
—Si quiere firmar usted aquí y aquí y aquí, señor Carrin.
Carrin dudó.
—Bueno, la realidad es que aún no estoy decidido —dijo—. Me gustaría que mi hijo tuviera una buena entrada en la vida, sin atosigarle con...
—¡Pero mi querido señor Carrin! —le interrumpió el señor Pathis—. Todo lo que hay aquí es también para su hijo. Él vive aquí, ¿no? Tiene derecho a aprovecharse de la lujosa comodidad que posee usted, de todas estas maravillas de la ciencia.
—Oh, por supuesto —dijo Carrin—. Pero...
—Señor —dijo duramente el señor Pathis—, hoy en día el hombre medio vive como un rey. Hace apenas cien años, el hombre más rico del mundo no hubiera podido comprar nada de lo que el ciudadano medio posee actualmente. No debería considerar usted esto como una deuda. Es más bien una inversión.
—Sí, es cierto —dijo Carrin, con tono inseguro. Pensó en su hijo y en sus modelos de cohetes, sus mapas celestes y sus astronaves. ¿Era justo aquello?, se preguntó.
—¿Hay algo que no marche? —preguntó el señor Pathis con tono jovial.
—No, tan sólo estaba pensando —dijo Carrin—. Hipotecar todas las ganancias de mi hijo... ¿No cree que es ir un poco demasiado lejos?
—¿Demasiado lejos? ¡Pero mi querido señor Carrin! —el señor Pathis se echó a reír—. ¿Conoce usted a su vecino, el señor Mellon? Pues bien (por favor, no diga usted que he sido yo quien se lo ha dicho), ¡ha comprometido ya todo lo que pueda ganar su nieto durante la duración total de su vida! ¡Y ni siquiera posee la mitad de los bienes que desearía adquirir! Tendremos que arreglar algo para él. Nuestro oficio es servir al cliente y le juro que lo conocemos perfectamente bien.
Carrin se sentía visiblemente convencido.
—Y cuando usted se haya ido, señor Carrin, ¡todo esto pertenecerá a su hijo!
Aquello era cierto, pensó Carrin. Su hijo poseería todas las cosas maravillosas que llenaban ahora su casa. Y, al fin y al cabo, aquello no representaba más que treinta años de una vida que podía prolongarse hasta los ciento cincuenta años.
Firmó rotunda y pomposamente.
—¡Excelente! —exclamó el señor Pathis—. A propósito, ¿su casa está equipada con el nuevo autooperador central A. E.?
No, no lo estaba. El señor Pathis se apresuró a explicar que el autooperador central era la novedad del año, un sorprendente progreso de la ciencia electrónica. El aparato se encargaba de todas las funciones domésticas y de la cocina sin que su propietario tuviera que levantar ni el dedo meñique.
—En lugar de correr todo el día de un lado para otro apretando media docena de botones distintos, con el autooperador central todo lo que tendrá que hacer usted es apretar un solo botón. ¡Uno solo! Es un progreso inconcebible.
Puesto que el dispositivo costaba tan sólo quinientos treinta y cinco dólares, Carrin se apresuró a encargar uno, y la suma fue añadida a la deuda.
Oh, después de todo, pensó Carrin mientras acompañaba al señor Pathis hasta la puerta, esta casa sería un día la de Billy. Seguro que éste desearía que todos los aparatos estuvieran a la orden del día.
Además, apretar tan sólo un botón. ¡Cielos, qué economía de tiempo!
Carrin dudó.
—Bueno, la realidad es que aún no estoy decidido —dijo—. Me gustaría que mi hijo tuviera una buena entrada en la vida, sin atosigarle con...
—¡Pero mi querido señor Carrin! —le interrumpió el señor Pathis—. Todo lo que hay aquí es también para su hijo. Él vive aquí, ¿no? Tiene derecho a aprovecharse de la lujosa comodidad que posee usted, de todas estas maravillas de la ciencia.
—Oh, por supuesto —dijo Carrin—. Pero...
—Señor —dijo duramente el señor Pathis—, hoy en día el hombre medio vive como un rey. Hace apenas cien años, el hombre más rico del mundo no hubiera podido comprar nada de lo que el ciudadano medio posee actualmente. No debería considerar usted esto como una deuda. Es más bien una inversión.
—Sí, es cierto —dijo Carrin, con tono inseguro. Pensó en su hijo y en sus modelos de cohetes, sus mapas celestes y sus astronaves. ¿Era justo aquello?, se preguntó.
—¿Hay algo que no marche? —preguntó el señor Pathis con tono jovial.
—No, tan sólo estaba pensando —dijo Carrin—. Hipotecar todas las ganancias de mi hijo... ¿No cree que es ir un poco demasiado lejos?
—¿Demasiado lejos? ¡Pero mi querido señor Carrin! —el señor Pathis se echó a reír—. ¿Conoce usted a su vecino, el señor Mellon? Pues bien (por favor, no diga usted que he sido yo quien se lo ha dicho), ¡ha comprometido ya todo lo que pueda ganar su nieto durante la duración total de su vida! ¡Y ni siquiera posee la mitad de los bienes que desearía adquirir! Tendremos que arreglar algo para él. Nuestro oficio es servir al cliente y le juro que lo conocemos perfectamente bien.
Carrin se sentía visiblemente convencido.
—Y cuando usted se haya ido, señor Carrin, ¡todo esto pertenecerá a su hijo!
Aquello era cierto, pensó Carrin. Su hijo poseería todas las cosas maravillosas que llenaban ahora su casa. Y, al fin y al cabo, aquello no representaba más que treinta años de una vida que podía prolongarse hasta los ciento cincuenta años.
Firmó rotunda y pomposamente.
—¡Excelente! —exclamó el señor Pathis—. A propósito, ¿su casa está equipada con el nuevo autooperador central A. E.?
No, no lo estaba. El señor Pathis se apresuró a explicar que el autooperador central era la novedad del año, un sorprendente progreso de la ciencia electrónica. El aparato se encargaba de todas las funciones domésticas y de la cocina sin que su propietario tuviera que levantar ni el dedo meñique.
—En lugar de correr todo el día de un lado para otro apretando media docena de botones distintos, con el autooperador central todo lo que tendrá que hacer usted es apretar un solo botón. ¡Uno solo! Es un progreso inconcebible.
Puesto que el dispositivo costaba tan sólo quinientos treinta y cinco dólares, Carrin se apresuró a encargar uno, y la suma fue añadida a la deuda.
Oh, después de todo, pensó Carrin mientras acompañaba al señor Pathis hasta la puerta, esta casa sería un día la de Billy. Seguro que éste desearía que todos los aparatos estuvieran a la orden del día.
Además, apretar tan sólo un botón. ¡Cielos, qué economía de tiempo!
Una vez que el señor Pathis se hubo ido, Carrin se sentó en uno de los sillones ajustables y conectó la sólido. Tras ajustar la equipantalla, descubrió que el televisor no transmitía ningún programa que le interesara. Hizo balancear el sillón y se estiró para descabezar un sueño.
Pero había algo que seguía preocupándole.
—¡Hola, cariño! —le despertó su mujer, de regreso de la compra. Le besó detrás de la oreja—. ¡Mira!
Había comprado un sexypijama fluorescente Ace. Carrin se sintió agradablemente sorprendido porque tan sólo hubiera comprado aquello. Generalmente, Leela regresaba de sus compras abrumada de paquetes.
—Oh, es adorable —dijo.
Ella se inclinó para dejarse besar, y lanzó una risita, una nueva costumbre que había adquirido viendo a la última estrella de moda de la sólido. A Carrin le hubiera gustado que se abstuviera de aquella risita.
—Voy a los mandos a ordenar la cena —dijo ella, dirigiéndose a la cocina. Carrin sonrió al pensar que su hijo podría ordenar su cena sin moverse de la sala de estar. Se recostó en su sillón en el preciso instante en que entraba su hijo.
—¿Cómo va todo, muchacho? —preguntó.
—Muy bien —dijo distraídamente Billy.
—¿Qué te ocurre, muchacho? —El chico se miraba la punta de los pies, sin responder—. Eh, acércate. Dile a papá qué es lo que no marcha.
Billy se sentó en una caja por abrir y apoyó su barbilla entre sus manos. Levantó la mirada y fijó pensativamente sus ojos en su padre.
—Papá, si quiero, ¿puedo convertirme en un maestro reparador?
Carrin sonrió ante aquella pregunta. Billy quería ser alternativamente maestro reparador y piloto de astronave. Los reparadores constituían la elite de la sociedad. Su trabajo consistía en poner a punto las máquinas de reparar automáticas. Las máquinas de reparar podían reparar cualquier cosa, pero era imposible que una máquina reparara las máquinas que reparaban las otras máquinas. Aquella era la misión de los maestros reparadores.
Pero era un campo altamente competitivo, y tan sólo los mejores cerebros eran capaces de obtener esa calificación. Por muy brillante que fuera su hijo, no parecía poseer el espíritu científico necesario.
—¿Por qué no, hijo? —murmuró—. Todo es posible en esta vida.
—¿Pero es posible para mí?
—No lo sé —respondió Carrin, tan honestamente como pudo.
—De todos modos —dijo el niño, comprendiendo que la respuesta era negativa—, no quiero ser maestro reparador. Quiero ser piloto espacial.
—¿Piloto espacial, Billy? —dijo Leela, entrando en el salón—. Pero si no existen los pilotos espaciales.
—Oh, sí existen —afirmó Billy con convicción—. En la escuela nos han dicho que el gobierno estaba preparando el enviar hombres a Marte.
—Hace más de cien años que vienen diciendo lo mismo —hizo notar Carrin—, y aún no lo han conseguido.
—Esta vez es distinto —aseguró Billy.
—¿Pero para qué quieres ir a Marte? —preguntó Leela, guiñándole un ojo a Carrin—. No hay chicas bonitas en Marte.
—Las chicas no me interesan —se emperró Billy—. Todo lo que quiero es ir a Marte.
—No te gustaría, querido. Es un mundo viejo y desagradable, donde ni siquiera hay aire.
—Sí, hay aire, y me gustaría ir —insistió el niño con expresión enfurruñada—. No me gusta aquí.
—¿Qué estás diciendo? —Carrin se envaró—. ¿Acaso aquí te falta alguna cosa? ¿Hay algo que desees y que no tengas?
—No, padre. Tengo lo que quiero. —Cuando su hijo lo llamaba "padre", Carrin sabía que algo no marchaba bien.
—Escucha, muchacho. Cuando tenía tu edad, yo también quería ir a Marte. Deseaba correr aventuras. Incluso deseaba ser maestro reparador.
—¿Entonces por qué no hiciste nada de eso?
—Bueno, luego me hice mayor. Y me di cuenta que había otras cosas mucho más importantes. En primer lugar, tenía que pagar las deudas que me había dejado mi padre. Luego conocí a tu madre... —Leela emitió una risita—, y además quería poseer mi propia casa. Lo mismo ocurrirá contigo. Pagarás tus deudas y te casarás, tal como hice yo.
Billy permaneció silencioso por unos instantes, luego echó hacia atrás sus negros cabellos, tan lisos como los de su padre, y se humedeció los labios.
—¿Por qué tengo deudas, papá? —preguntó.
Carrin se lo explicó cuidadosamente. Todo lo que necesitaba una familia para disfrutar de una vida civilizada, y lo que costaba. La obligación que había de pagarlo todo. Y lo corriente que era el que un hijo se hiciera solidario de las deudas de sus padres desde el momento mismo en que era considerado adulto.
El silencio de Billy lo irritó. Era como si su hijo le estuviera reprochando algo. ¡Tras todos aquellos años de esclavitud para darle a aquel mocoso ingrato todo el lujo posible!
—Muchacho —dijo gravemente—, tú has estudiado historia en la escuela, ¿no? Bien, entonces sabrás lo que ocurría en el pasado. Había guerras. ¿Te hubiera gustado que te mataran en el transcurso de alguna de aquellas guerras?
Su hijo no respondió.
—¿O quizá preferirías agotarte durante ocho horas al día haciendo el trabajo que puede hacer una máquina? ¿O estar hambriento siempre? ¿O pasar frío, con la lluvia cayendo sobre ti y ningún lugar donde refugiarte para dormir?
Calló, aguardando una respuesta. No llegó ninguna.
—Te ha tocado la suerte de vivir en la época más afortunada que haya conocido la Humanidad —prosiguió—. Estás rodeado de todas las mayores maravillas del arte y la ciencia. La mejor música, los más famosos libros, todo el arte del mundo, todo ello al alcance de tu mano. Lo único que tienes que hacer es apretar un botón. —Su tono se suavizó—. Bueno, ¿qué piensas de ello?
—Estaba pensando en cómo podré ir a Marte —respondió el niño—. Con la deuda, quiero decir. Me temo que no podré.
—No, por supuesto.
—A menos que me meta de polizón en un cohete.
—Oh, pero tú no harás nunca eso.
—No, claro que no —dijo pensativamente el niño. Pero a su tono le faltaba convicción.
—Te quedarás aquí, y te casarás con una hermosa chica —dijo Leela.
—Oh, sí —dijo Billy—. Sí, claro.
De repente, sonrió.
—¿Saben?, no pensaba seriamente en eso de ir a Marte.
—Me alegra oírtelo decir —reconoció Leela.
—Olviden todo lo que he dicho —dijo Billy, con la misma fría sonrisa. Se levantó, y echó a correr escaleras arriba.
—Seguro que ha ido a jugar con sus cohetes —dijo Leela—. Es un diablillo.
Los Carrin cenaron tranquilamente, y entonces llegó el momento para el señor Carrin de ir a trabajar. Aquel mes le tocaba el turno de noche. Besó a su mujer, subió a su turbo, y tomó la dirección de la fábrica.
—Me alegra oírtelo decir —reconoció Leela.
—Olviden todo lo que he dicho —dijo Billy, con la misma fría sonrisa. Se levantó, y echó a correr escaleras arriba.
—Seguro que ha ido a jugar con sus cohetes —dijo Leela—. Es un diablillo.
Los Carrin cenaron tranquilamente, y entonces llegó el momento para el señor Carrin de ir a trabajar. Aquel mes le tocaba el turno de noche. Besó a su mujer, subió a su turbo, y tomó la dirección de la fábrica.
Las puertas automáticas de ésta le reconocieron y se abrieron ante él. Dejó su vehículo en el estacionamiento reservado y penetró en la enorme nave.
Estaba repleta de tornos automáticos, prensas automáticas; todo automático. La inmensa nave estaba brillantemente iluminada, y las máquinas ronroneaban suave y adormecedoramente, haciendo su trabajo y haciéndolo bien.
Estaba repleta de tornos automáticos, prensas automáticas; todo automático. La inmensa nave estaba brillantemente iluminada, y las máquinas ronroneaban suave y adormecedoramente, haciendo su trabajo y haciéndolo bien.
Carrin se dirigió hacia el extremo de la larga cadena de montaje de lavadoras automáticas para relevar a su compañero del turno anterior.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Por supuesto —dijo el hombre—. Hace más de un año que apareció la última defectuosa. Además, ese nuevo modelo es parlante; no enciende luces como los antiguos.
Carrin se sentó en el lugar del otro hombre y esperó a que apareciera la primera lavadora. Su trabajo era la sencillez misma: Permanecía sentado en su sillón, y las lavadoras pasaban ante él. Cuando lo hacían, Carrin pulsaba uno de los botones de la máquina para comprobar que todo estaba en orden. Siempre lo estaba. Entonces las lavadoras se dirigían hacia la sección automática de embalaje.
La primera lavadora apareció por la cinta. Carrin pulsó un botón lateral.
—Lista para el lavado —dijo la lavadora. Carrin pulsó otro botón, y la lavadora se alejó.
"Maldito muchacho", pensó Carrin, recordando a su hijo. ¿Sabría enfrentarse algún día a sus responsabilidades? Cuando alcanzara la edad adulta, ¿sabría insertarse en su lugar en la sociedad? Carrin empezaba a dudarlo. El chico era un rebelde por naturaleza. Si alguna vez alguien iba a Marte, podía estar seguro que sería él.
Pero aquel pensamiento no le preocupaba de una forma particular.
—Lista para el lavado —dijo otra lavadora, pasando ante él.
Carrin recordó entonces algo acerca de Miller. Aquel hombre jovial estaba siempre hablando de los planetas, no dejaba de alardear que algún día lo abandonaría todo e iría a algún lugar para vivir la misma vida dura que habían vivido sus antepasados. Y, sin embargo, nunca lo había hecho. En lugar de ello había tomado un pedazo de cuerda y se había ahorcado.
—Lista para el lavado.
Carrin tenía ocho horas ante él, y se soltó la hebilla del cinturón para estar más cómodo. Ocho horas apretando botones y escuchando a las máquinas decir que estaban preparadas.
—Lista para el lavado.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Por supuesto —dijo el hombre—. Hace más de un año que apareció la última defectuosa. Además, ese nuevo modelo es parlante; no enciende luces como los antiguos.
Carrin se sentó en el lugar del otro hombre y esperó a que apareciera la primera lavadora. Su trabajo era la sencillez misma: Permanecía sentado en su sillón, y las lavadoras pasaban ante él. Cuando lo hacían, Carrin pulsaba uno de los botones de la máquina para comprobar que todo estaba en orden. Siempre lo estaba. Entonces las lavadoras se dirigían hacia la sección automática de embalaje.
La primera lavadora apareció por la cinta. Carrin pulsó un botón lateral.
—Lista para el lavado —dijo la lavadora. Carrin pulsó otro botón, y la lavadora se alejó.
"Maldito muchacho", pensó Carrin, recordando a su hijo. ¿Sabría enfrentarse algún día a sus responsabilidades? Cuando alcanzara la edad adulta, ¿sabría insertarse en su lugar en la sociedad? Carrin empezaba a dudarlo. El chico era un rebelde por naturaleza. Si alguna vez alguien iba a Marte, podía estar seguro que sería él.
Pero aquel pensamiento no le preocupaba de una forma particular.
—Lista para el lavado —dijo otra lavadora, pasando ante él.
Carrin recordó entonces algo acerca de Miller. Aquel hombre jovial estaba siempre hablando de los planetas, no dejaba de alardear que algún día lo abandonaría todo e iría a algún lugar para vivir la misma vida dura que habían vivido sus antepasados. Y, sin embargo, nunca lo había hecho. En lugar de ello había tomado un pedazo de cuerda y se había ahorcado.
—Lista para el lavado.
Carrin tenía ocho horas ante él, y se soltó la hebilla del cinturón para estar más cómodo. Ocho horas apretando botones y escuchando a las máquinas decir que estaban preparadas.
—Lista para el lavado.
Pulsó otro botón.
—Lista para el lavado.
La mente de Carrin huyó de su trabajo, que de todos modos no exigía una atención especial. "Cuánto me habría gustado hacer todo lo que quería hacer cuando era joven", pensó. "Qué maravilloso hubiera sido ser un piloto espacial, pulsar un botón e ir a Marte".
—Lista para el lavado.
La mente de Carrin huyó de su trabajo, que de todos modos no exigía una atención especial. "Cuánto me habría gustado hacer todo lo que quería hacer cuando era joven", pensó. "Qué maravilloso hubiera sido ser un piloto espacial, pulsar un botón e ir a Marte".
FIN
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)
.jpg)