2026/06/15

Un mago moderno (Olaf Stapledon)


Título original: A Modern Magician
Año: 1979 (Relato póstumo)


Estaban sentados a una mesa de té, uno frente al otro, en el jardín de una casa de campo. Helen, recostada, estudió fríamente el rostro de Jim. Era una cara extraordinariamente infantil, casi fetal, con su amplia frente, nariz chata y labios fruncidos como en un puchero. Infantil, sí. Pero en los ojos, oscuros y redondeados, había un brillo de maldad. Helen tuvo que admitir que ella, en cierta forma, se sentía atraída hacia aquel hombre jovencísimo, quizás en parte por su misma puerilidad y sus torpes e inocentes intentos de hacer el amor. Pero también, en parte, por aquel fulgor siniestro.
Jim estaba inclinado hacia adelante y hablaba sin cesar. Hacía mucho rato que hablaba, pero Helen ya no le escuchaba. Había llegado a la conclusión de que, pese a sentirse atraída hacia él, también le disgustaba. ¿Por qué había vuelto a salir con él? Era un hombre flaco y egocéntrico. Pero le había aceptado.
Algo que decía Jim captó de nuevo su atención. El parecía estar molesto porque Helen no hubiera estado escuchándole. Se encontraba muy excitado por algo.
—Sé que me desprecias —le oyó decir—, pero estás cometiendo un gran error. Te aseguro que poseo poderes. No pretendo que conozcas mi secreto todavía. Pero... ¡Maldita sea, lo sabrás! Estoy averiguando infinidad de cosas acerca del poder de la mente sobre la materia. Puedo controlar la materia a cierta distancia, sólo deseándolo. Voy a ser una especie de mago moderno. Hasta he matado animales con un simple deseo.
Helen, estudiante de medicina, se enorgullecía de su perspicaz materialismo. Se rio desdeñosamente. El rostro de Jim enrojeció de cólera.
—Oh, perfecto —dijo—. Tendré que demostrártelo.
Un petirrojo cantaba en un matorral. La mirada del joven se apartó del rostro de la muchacha y se posó resueltamente en el pájaro.
—Fíjate en ese pájaro —dijo casi en un susurro.
El petirrojo enmudeció. Durante unos momentos permaneció con la cabeza doblada sobre el cuerpo. Luego cayó al suelo sin abrir las alas y quedó patas arriba en la hierba, muerto.
Jim soltó un gruñido de triunfo mientras miraba a su víctima. Luego volvió sus ojos hacia Helen y enjugó su pálido rostro con un pañuelo.
—Una buena actuación —dijo—. Jamás lo había intentado con un pájaro hasta ahora, sólo con moscas y cucarachas.
La muchacha le miró en silencio, deseosa de no mostrarse sorprendida. Jim empezó a explicar su secreto y Helen dejó de sentirse aburrida.
Jim relató que hacía un par de años había comenzado a interesarse por "todo este asunto de lo paranormal". Había asistido a sesiones de espiritismo y leído acerca de investigaciones psíquicas. No se habría preocupado por tales cosas de no haber sospechado que él mismo poseía extraños poderes. Nunca le interesaron realmente las apariciones, transmisión de pensamiento y cosas similares. No, lo que le fascinaba era la posibilidad de que una mente fuera capaz de afectar la materia de modo directo.
"Psicoquinesia", dijo refiriéndose a este poder. Y era muy poco conocido. Pero a él le importaban un comino los rompecabezas teóricos. Todo lo que deseaba era el poder. Explicó a Helen los singulares experimentos con dados efectuados en América. Se lanzaban los dados una vez tras otra y el experimentador deseaba que salieran dos seis. En general no sucedía eso, pero cuando se totalizaban los resultados, después de un gran número de pruebas, se descubría que el seis había salido muchas más veces de las que le correspondían por el mero cálculo de probabilidades. Al parecer, el cerebro ejercía realmente una ligera influencia. Y esto abría paso a enormes posibilidades.
Jim empezó a realizar pequeños experimentos por su cuenta, guiado por los descubrimientos de los investigadores y, también, por algunas de sus propias ideas. El poder era fantásticamente sutil, de tal manera que debía comprobarse en situaciones donde la más mínima influencia ejerciera resultados detectables, aunque sólo fuera una ligera variación de las escalas.
No tuvo mucho éxito con los dados porque, tal como explicó, nunca sabía exactamente qué debía hacer. Los dados rodaban con demasiada rapidez para él. Y por ello, sólo obtuvo el ligero efecto que los americanos habían informado. Así pues, tuvo que pensar en nuevos trucos que le ofrecieran mejores oportunidades. Había recibido una educación científica, por lo que se decidió a influir en reacciones químicas y sencillos procesos físicos. Efectuó numerosos experimentos y aprendió mucho. Evitó que una minúscula gota de agua oxidara un cuchillo. Impidió que un cristal de sal se disolviera en agua. Formó un diminuto cristal de hielo en una gota de agua y finalmente congeló la gota entera "deseando que el calor se fuera". (En realidad, deteniendo el movimiento molecular.)
Contó a Helen su primer éxito matando, un éxito literalmente microscópico. Jim preparó un tipo de agua muy inactiva y puso una gota de ella en una platina. Luego observó a través del microscopio la nube de microorganismos que se arremolinaban. En su mayor parte parecían salchichas pequeñas y gordas que flotaban y se ondulaban. Había de muchos tamaños. Los consideró elefantes, vacas, ovejas y conejos. Su idea consistía en detener la acción química en una de estas pequeñas criaturas, es decir, matarla. Había leído mucho sobre su funcionamiento interno y sabía cuál era el proceso clave que mejor podía atajar. Pero aquellos condenados organismos se desplazaban con tanta rapidez que le resultó imposible concentrarse en uno de ellos durante mucho tiempo. No obstante, por fin uno de los "conejos" se deslizó hasta una parte de la platina menos poblada y Jim fijó su atención en él durante el tiempo suficiente para efectuar el experimento. Deseó que el proceso químico crucial se detuviera y así fue. La criatura dejó de moverse y permaneció inmóvil indefinidamente. Estaba muerta con toda probabilidad. Su éxito, dijo Jim, le hizo sentirse "como Dios".
Posteriormente aprendió a matar moscas y cucarachas helando el cerebro de los insectos. Luego probó con una rana, pero fracasó. Sus conocimientos fisiológicos eran escasos, no podía encontrar un proceso clave en que concentrarse. Empero, estudió a fondo el tema y acabó por triunfar. Simplemente, interrumpió la corriente nerviosa en determinadas fibras de la médula espinal que controlaban los latidos del corazón. Aquel mismo método era el que había empleado con el petirrojo.
—Esto es sólo el principio —dijo Jim—. Pronto tendré el mundo a mis pies. Y si te unes a mí, también lo tendrás a tus pies.
La muchacha había escuchado atentamente todo el monólogo, sintiendo tanta repulsión como fascinación. En todo aquel asunto había algo que apestaba, pero en esta época no se podía ser demasiado escrupuloso. Además, probablemente no había nada de inmoral en ello. Jim, en cualquier caso, estaba jugando con fuego. Pero resultaba extraña la madurez que parecía haber desarrollado mientras hablaba. De algún modo había dejado de parecer torpe y aniñado. Su excitación, y el conocimiento por parte de Helen de que su poder era real, le habían dado un aspecto estremecedoramente siniestro. Pero Helen decidió mostrarse precavida y reservada. Cuando Jim quedó finalmente en silencio, la muchacha fingió ocultar un bostezo.
—¡Vaya, qué inteligente eres! —dijo—. Un buen truco, ese que has hecho, aunque desagradable. Si continúas progresando, acabarás en la horca.


—No es lo mismo que ser cobarde —replicó él, y soltó una risotada. La provocación hirió a Helen.
—¡No seas ridículo! —chilló indignada—. ¿Por qué voy a "unirme a ti", como dices? ¿Sólo porque puedes matar un pájaro usando un asqueroso truco o algo por el estilo?
En la vida de Jim habían existido ciertos hechos que él no había mencionado. Le parecieron irrelevantes para el asunto que se traía entre manos, pero en realidad no lo eran. Siempre había sido un enclenque. Su padre, futbolista profesional, le despreciaba y culpaba de ello a su frágil madre. El matrimonio había vivido como perros y gatos casi desde su luna de miel. Jim se había sentido totalmente intimidado en la escuela y, en consecuencia, concibió un odio profundo hacia el fuerte y, al mismo tiempo, un deseo obsesivo de llegar a serlo. Fue un joven brillante y logró una beca en una universidad provincial. Mientras estuvo en ella sólo se preocupó de sí mismo, estudiando duramente para obtener un título científico y pretendiendo seguir una carrera de investigador en física atómica. Ya por entonces, su pasión dominante era la energía física y por ello eligió el campo más espectacular. Pero de alguna forma sus planes se torcieron. Pese a sus calificaciones académicas, razonablemente buenas, se encontró ocupando un empleo de baja categoría en un laboratorio industrial, un trabajo que aceptó como recurso momentáneo hasta que lograra un puesto en alguna de las grandes instituciones dedicadas a la física atómica. Su carácter, normalmente agrio, se amargó aún más en este estancamiento. Creyó que le subestimaban. Hombres inferiores estaban arrebatándole sus posibilidades. La suerte estaba en su contra. De hecho, fue gestándose en él una especie de manía persecutoria. Pero Jim era un mal colaborador, ésa era la verdad. Nunca había tenido espíritu de equipo, tan necesario en el trabajo inmensamente complejo de la investigación física básica. Además, carecía de un interés genuino por la teoría física y se impacientaba ante la necesidad de estudios teóricos avanzados. Él deseaba poder, poder para sí mismo, como individuo. Reconocía que la investigación moderna era un trabajo de equipo y que en ella, aunque se podía lograr un sorprendente prestigio, no se obtenía poder físico como individuo. La psicoquinesia, por otro lado, quizá satisficiera el deseo de su corazón. Su interés mudó con rapidez hacia ese campo más prometedor. A partir de entonces, su trabajo en el laboratorio fue un simple medio de ganarse la vida.
Tras la conversación en el jardín de la casa de campo, Jim se concentró con más ansiedad que nunca en su aventura. Debía obtener poderes más espectaculares para impresionar a Helen. Tomó la decisión de que la línea más prometedora para él era, sin lugar a dudas, desarrollar su pericia para interferir y detener pequeños procesos físicos y químicos en la materia inerte y los seres vivos. Aprendió a evitar que una cerilla ardiera después de apretarla contra el rascador. Trató de encontrar una alternativa al conjunto de la investigación atómica aplicando su poder psicoquinético a la liberación de la energía confinada en el átomo. Pero no alcanzó éxito alguno en esta excitante aventura, quizá porque, pese a sus estudios, carecía del suficiente conocimiento teórico de la física y no tenía acceso al tipo adecuado de aparatos para desarrollar el experimento. En el aspecto biológico, logró matar a un perrillo usando el mismo método que en el caso del petirrojo. Jim confiaba en que a base de práctica pronto podría matar a un hombre.
Vivió una experiencia alarmante. Decidió tratar de frenar el encendido del motor de su motocicleta. Puso en marcha la moto sin que la rueda motriz tocara el suelo y "deseó" el fallo de la chispa de descarga. Fijó su atención en la bujía de encendido y en la chispa que saltaba y "deseó" que el espacio entre ambas se hiciera impenetrable, aislante. Naturalmente, este experimento implicaba una interferencia mucho mayor con procesos físicos que la congelación de una fibra nerviosa o, incluso, evitar que una cerilla se encendiera. Jim empezó a sudar mientras pugnaba por cumplir su tarea. Por fin, el motor empezó a perder potencia. Pero algo extraño le sucedió al mismo Jim. Sufrió un terrible instante de vértigo y náuseas y luego perdió el conocimiento. Cuando se recobró, el motor volvía a funcionar con normalidad.
Este percance fue un reto. Jamás se había interesado en serio por el aspecto meramente teórico de sus experimentos, pero en aquel momentó tuvo que preguntarse, a la fuerza, qué sucedía exactamente cuando mediante un "acto volitivo" interfería en un proceso físico. La explicación obvia era que, en cierta forma, la energía física que debía haber cruzado la separación entre las conexiones fue encauzada hacia su propio cuerpo. Dicho de otra forma, Jim sufrió el mismo shock eléctrico que si hubiera tocado las conexiones. Podía dudarse de que la verdadera explicación fuera tan sencilla como ésta, dado que los síntomas de Jim no fueron los de un shock eléctrico. Estaría más cerca de la verdad decir que la inhibición de tanta energía causó una especie de profundo malestar físico en él. O bien, para decirlo con más crudeza, que la energía física fue convertida, en cierto sentido, en energía física dentro de Jim. Esta teoría se confirma por el hecho de que, al recuperar la conciencia, Jim se encontró en un estado de gran excitación y vigor mental, como si hubiera ingerido una droga estimulante del tipo de la bencedrina.
Fuera cual fuese la verdad, Jim adoptó la teoría más simple y, a modo de protección, decidió desviar la energía interferida. Tras mucha ansiedad y experimentación, descubrió que podía lograr su objetivo concentrándose al mismo tiempo en la bujía de encendido y en algún otro organismo viviente, que de esta forma "absorbía la electricidad" y sufría las consecuencias. Bastó un gorrión. El shock mató al pájaro, en tanto que Jim se mantuvo consciente lo bastante como para detener el motor. En otra ocasión usó el perro de su vecino como "conductor de encendido". El animal se derrumbó, pero pronto recuperó la conciencia y corrió alocadamente por el jardín, ladrando de una manera muy graciosa.
Su siguiente experimento fue más excitante y mucho más censurable. Fue al campo y se apostó en una loma desde la que podía ver un largo tramo de carretera. Apareció un automóvil. Jim concentró su atención en las bujías de encendido y "deseó" que la energía eléctrica fluyera hacia el conductor. El coche redujo su velocidad, osciló entre ambos lados de la carretera y se detuvo de través. Jim vio al conductor tendido sobre el volante. No había nadie más en el coche. Muy excitado, aguardó nuevos acontecimientos. Poco después llegó otro vehículo en dirección contraria, tocó furiosamente la bocina y frenó con un largo chirrido. El conductor salió del coche, fue hasta el vehículo negligente, abrió una puerta y encontró inconsciente al ocupante. Mientras el recién llegado se preguntaba qué hacer, el primero recuperó el conocimiento. Hubo una agitada conversación y por fin los dos automóviles siguieron su camino.


Jim creyó estar listo para impresionar a su amiga. Desde la muerte del petirrojo se habían encontrado muy poco y Jim había intentado hacer el amor con ella, empleando sus típicos medios torpes y juveniles. Helen siempre le había hecho desistir, pero era evidente que se interesaba más por él desde el día del petirrojo. Aunque a veces ella fingía despreciarle, Jim pensaba que Helen se sentía atraída en secreto hacia él.
Pero un día tuvo una sorpresa desagradable. Acababa de salir del trabajo y abordó un autobús para volver a casa. Subió las escaleras y se sentó. De repente, vio a Helen sentada unos asientos por delante de él y acompañada por un joven de cabello rizado que vestía una chaqueta deportiva. La pareja hablaba con gran animación, recostados el uno en el otro. El pelo de la muchacha rozaba la mejilla del joven. En aquel instante Helen se rio, con un efluvio de felicidad desconocido hasta entonces para Jim. Helen volvió el rostro hacia su acompañante, un rostro henchido de vitalidad y amor. O así le pareció al celoso enamorado que estaba tres asientos detrás.
Una furia irracional se apoderó de él. Desconocía tanto las costumbres de las chicas, y estaba tan indignado de que "su chica" (porque así la consideraba) se fijara en otro hombre, que los celos se adueñaron de él excluyendo cualquier otra consideración. No pudo pensar en nada que no fuera acabar con su rival. Miró fijamente la nuca del aborrecible cuello que tenía delante. Evocó con frenesí imágenes de las vértebras y el haz de fibras nerviosas contenido en ellas. La corriente nerviosa debe cesar. Debe cesar. Debe cesar. Inmediatamente, la cabeza del joven cayó sobre el hombro de Helen y luego todo su cuerpo se vino abajo.
El asesino se apresuró a levantarse de su asiento, alejándose de la conmoción inicial.
Bajó del autobús aparentando ignorar el desastre.
Muy excitado, completó el trayecto a pie, sin sentir otra cosa que no fuera júbilo por su gran triunfo. Pero poco a poco disminuyó su frenesí y se enfrentó al hecho de que era un asesino. Se apresuró a recordarse que, al fin y al cabo, era absurdo sentirse culpable, dado que la moralidad era una simple superstición. Para su desgracia, se sintió culpable, horriblemente culpable, y tanto más cuanto que no temía ser detenido.
Conforme fueron transcurriendo los días, Jim experimentó una sensación que variaba entre lo que él consideraba culpabilidad "irracional" y un triunfo embriagador. El mundo estaba realmente a sus pies. Mas debía jugar sus cartas con todo cuidado. Su culpabilidad, desgraciadamente, no le dejó vivir en paz. No podía dormir bien y, cuando dormía, sufría terribles pesadillas. Durante el día  sus experimentos se veían entorpecidos por la fantasía de que había vendido su alma al diablo. La misma simpleza de esta noción le ponía furioso. Empezó a beber con cierto exceso. Pero pronto descubrió que el alcohol reducía su poder psicoquinésico, por lo que se apartó firmemente del vicio. El sexo era otra posibilidad para aliviar su culpabilidad obsesiva, pero algo le impedía enfrentarse con Helen cara a cara. Jim temía de un modo irracional a la muchacha pese a que sin duda ella ignoraba por completo que él había asesinado a su enamorado.
Finalmente la encontró por casualidad en la calle. No tuvo posibilidad alguna de evitarla. Helen estaba un poco pálida, pensó él, pero le sonrió y sugirió hablar mientras tomaban una taza de café. Jim sintió miedo y deseo a la vez, pero cuando se dio cuenta ya estaban sentados en una cafetería, haciendo comentarios triviales.
—¡Por favor, ayúdame! —dijo Helen al cabo de un rato—. He pasado por una experiencia terrible hace muy poco tiempo. Estaba en el piso de arriba de un autobús con mi hermano, que llevaba tres años en África. Mientras hablábamos, tuvo un colapso y murió casi al instante. Parecía estar perfectamente. Dijeron que falleció a causa de un virus en la médula espinal. —Helen advirtió que el rostro de Jim se había puesto muy pálido—. ¿Qué te ocurre? ¿Es que también tú vas a morirte a mi lado?
Jim se acercó más a la muchacha y aseguró que se había sentido mal por simple simpatía hacia ella. La amaba tanto... ¿Cómo iba a consolarla, estando tan trastornado por su desgracia? Para su alivio, Helen aceptó de corazón sus explicaciones. Y por primera vez le obsequió con la misma sonrisa fulgurante que había dedicado a su hermano ante los ojos de Jim.
Animado, aprovechó su ventaja. Afirmó que estaba ansioso por consolarla, que debían volverse a ver en seguida y que si ella estaba interesada, aunque sólo fuera un poco, en sus experimentos, le enseñaría algo realmente excitante en cuanto tuviera oportunidad de hacerlo. Acordaron hacer una salida al campo el siguiente domingo. Jim decidió para sus adentros repetir ante Helen su ardid con un coche que pasara.
Aquel domingo fue un esplendoroso día de verano. Sentados juntos en un vagón del tren que iba vacío, hablaron mucho del hermano de Helen. Jim estaba más bien aburrido, pero expresó una ardiente simpatía. Helen confesó que no había imaginado jamás que él poseyera un carácter tan afectuoso. Jim la cogió del brazo. Sus caras se aproximaron y ambos se miraron a los ojos. Helen sintió una ternura abrumadora hacia aquel rostro extraño, grotesco e infantil, y pensó que la inocencia de la niñez estaba sobrepuesta a una conciencia de poder adulta. También advirtió el aspecto siniestro subyacente y lo aceptó de buen grado. Por su parte, Jim estaba pensando que aquella mujer era muy deseable. El cálido brillo del bienestar había vuelto a su cara. (¿O se trataba del brillo del amor?) Los labios, carnosos y dulces, y los ojos, grises y siempre observándole amablemente, le llenaron no sólo de deseo físico, sino también de una desfalleciente dulzura que le era desconocida. El recuerdo de su culpabilidad, unido a su actual decepción, le atormentaba, y en su rostro apareció una expresión de infelicidad. Soltó el brazo de Helen, se inclinó hacia adelante y hundió la cabeza en sus manos. La muchacha, perpleja y compasiva, le pasó un brazo por la espalda y le besó en el pelo. Jim empezó a llorar de repente y ocultó la cara en el pecho de su amiga, que le abrazó y habló con voz melosa como si se tratara de su hijo. Helen le rogó que explicara cuál era su problema.
—¡Oh, soy horrible! —dijo Jim sin cesar de llorar—. No soy lo bastante bueno para ti.
Algo más tarde, Jim recuperó el ánimo y ambos pasearon por el bosque cogidos del brazo. El explicó sus recientes éxitos, que habían culminado con el accidente del automóvil. Helen sintió admiración y diversión, aunque también una conmoción moral al pensar en la irresponsabilidad de Jim al arriesgarse a provocar un accidente fatal simplemente para comprobar sus poderes. Al mismo tiempo se encontraba claramente fascinada por el fanatismo que conducía a Jim a tales extremos. Por su parte, Jim estaba halagado por el interés de la muchacha y embriagado por su ternura y proximidad física. Se detuvieron a reposar en la pequeña loma donde él pretendía hacer su truco con el coche. Jim se tendió apoyando la cabeza en el regazo de Helen y mirando su rostro en el que parecía reunirse todo el amor que había echado de menos a lo largo de su vida. Comprendió que estaba representando el papel de un niño en lugar del de amante. Pero Helen parecía necesitar que él se comportara así y Jim era feliz complaciéndola. Mas el deseo sexual no tardó en reafirmarse, y con él su dignidad masculina. Jim concibió un ansia incontrolable por demostrar su naturaleza divina a través de alguna portentosa exhibición de sus poderes. Se convirtió en el salvaje primitivo que debe matar a un enemigo en presencia de su amada.


Mirando por encima del cabello ondeante de Helen vio un pequeño objeto que se movía. Por un momento lo tomó por un mosquito, pero luego comprendió que era un avión distante que se aproximaba.
—Observa ese avión —dijo.
Helen se sorprendió ante la rudeza de la voz de Jim. Alzó la vista y volvió a mirar al hombre, cuyo rostro estaba contraído a causa del esfuerzo. Los ojos de Jim brillaron y las ventanas de su nariz se dilataron. Helen tuvo un impulso de apartarse de él al contemplar su brutal aspecto, pero la fascinación triunfó.
—Manten los ojos en el avión —ordenó Jim.
Helen miró al cielo, luego a Jim y finalmente alzó la mirada de nuevo. Sabía que debía romper aquel hechizo diabólico. (Existía algo llamado moralidad, pero probablemente se trataba de un concepto falso). La fascinación había vencido.
Los cuatro motores del avión que se acercaba cesaron de funcionar uno por uno. El aparato planeó durante unos segundos, pero pronto dio muestras de haber perdido el control. Fluctuó, describió eses en el cielo y entró en barrena dando vueltas. Helen chilló, aunque sin hacer nada. El avión desapareció tras un bosque distante y al cabo de pocos instantes empezó a brotar del lugar un penacho de humo negro.
Jim se apartó del regazo de Helen y, tras volverse, apretó a la muchacha contra el suelo.
—Así es cómo te amo —musitó ferozmente.
La besó en los labios y el cuello de un modo ardoroso. Helen hizo un violento esfuerzo para separarse y resistir los impulsos inmoderados de aquel lunático. Trató de soltarse de sus brazos. Los dos se levantaron y se miraron cara a cara, ambos jadeando.
—Estás loco —dijo ella llorando—. ¡Mira lo que has hecho! Has matado a gente sólo para demostrar lo listo que eres. Y luego me haces el amor.
Se cubrió el rostro con las manos y sollozó. Jim seguía estando aún en un estado de loca exaltación; soltó una carcajada y luego se burló de la muchacha.
—¡Y dices que eres realista! —dijo—. Una remilgada, eso es lo que eres. Bien, ahora ya sabes cómo soy realmente y qué puedo hacer. ¡Y escúchame! Tú eres mía. Puedo matarte en cualquier momento, en cualquier parte que estés. Haré contigo todo lo que me apetezca. Y si tratas de detenerme, seguirás el mismo camino del petirrojo y... del hombre del autobús.
Las manos de Helen cayeron de su rostro, cubierto de lágrimas. La muchacha contempló a Jim con una mezcla de horror y... ternura.
—Pobre muchacho —dijo suavemente—, estás realmente enfermo. Y parecías tan amable... ¡Oh, querido! ¿Qué voy a hacer contigo?
Hubo un largo silencio. Luego, Jim cayó al suelo de repente, llorando como un niño.
Helen permaneció perpleja a su lado.
Mientras ella pensaba qué hacer y se maldecía por no haber roto el hechizo antes de que hubiera sido demasiado tarde, Jim sufría una agonía de autocarga. Después empezó a usar sus técnicas en su propio cuerpo para evitar causar más daño. Le resultó más difícil de lo que suponía, ya que en cuanto comenzó a perder el conocimiento, perdió también el control de la operación. Pero hizo un desesperado esfuerzo de voluntad. Cuando Helen, advirtiendo la inmovilidad de Jim, se arrodilló junto a él, ya estaba muerto.

FIN

2026/06/08

Sufragio universal (Isaac Asimov)


Título original: Franchise
Año: 1955


Linda, que tenía diez años, era el único miembro de la familia que parecía disfrutar al levantarse.
Norman Muller podía oírla ahora a través de su propio coma drogado y malsano. Finalmente había logrado dormirse una hora antes, pero con un sueño más semejante al agotamiento que al verdadero sueño.
La pequeña estaba ahora al lado de su cama, sacudiéndole.
—¡Papaíto! ¡Papaíto, despierta! ¡Despierta!
—Está bien, Linda —dijo.
—¡Pero papaíto, hay más policías por ahí que nunca! ¡Con coches y todo!
Norman Muller cedió. Se incorporó con la vista nublada, ayudándose con los codos. Nacía el día. Fuera, el amanecer se abría paso desganadamente, como germen de un miserable día gris, tan miserablemente gris como él se sentía. Oyó la voz de Sarah, su mujer, que se ajetreaba en la cocina preparando el desayuno. Su suegro, Matthew, carraspeaba con estrépito en el cuarto de baño. Sin duda, el agente Handley estaba listo y esperándole.
Había llegado el día.
¡El día de las elecciones!
Para empezar, había sido un año igual a cualquier otro. Acaso un poco peor, puesto que se trataba de un año presidencial, pero no peor en definitiva que otros años presidenciales.
Los políticos hablaban del electorado y del vasto cerebro electrónico que tenían a su servicio. La prensa analizaba la situación mediante ordenadores industriales (el New York Times y el Post-Dispatch de San Luis poseían cada uno el suyo propio) y aparecían repletos de pequeños indicios sobre lo que iban a ser los días venideros. Comentadores y articulistas ponían de relieve la situación crucial, en feliz contradicción mutua.
La primera sospecha de que las cosas no ocurrirían como en años anteriores se puso de manifiesto cuando Sarah Muller dijo a su marido en la noche del 4 de octubre (un mes antes del día de las elecciones):
—Cantwell Johnson afirma que Indiana será decisivo este año. Y ya es el cuarto en decirlo. Piénsalo, esta vez se trata de nuestro estado.
Matthew Hortenweiler asomó su mofletudo rostro por detrás del periódico que estaba leyendo, posó una dura mirada en su hija y gruñó:
—A esos tipos les pagan por decir mentiras. No les escuches.
—Pero ya son cuatro, padre —insistió Sarah con mansedumbre—. Y todos dicen que Indiana.
—Indiana es un estado clave, Matthew —apoyó Norman, tan mansamente como su mujer—, a causa del Acta Hawkins-Smith y todo ese embrollo de Indianápolis. Es...
El  arrugado  rostro  de  Matthew  se  contrajo de manera  alarmante.
Carraspeó:
—Nadie habla de Bloomington o del condado de Monroe, ¿no es eso?
—Pues... —empezó Norman.
Linda, cuya carita de puntiaguda barbilla había estado girando de uno a otro interlocutor, le interrumpió vivamente:
—¿Vas a votar este año, papi?
Norman sonrió con afabilidad y respondió:
—No creo, cariño.
Mas ello acontecía en la creciente excitación del mes de octubre de un año de elecciones presidenciales, y Sarah había llevado una vida tranquila, animada por sueños respecto a sus familiares. Dijo con anhelante vehemencia:
—¿No sería magnífico?
—¿Que yo votase?
Norman Muller lucía un pequeño bigote rubio, que le había prestado un aire elegante a los juveniles ojos de Sarah, pero que, al ir encaneciendo poco a poco, había derivado en una simple falta de distinción. Su frente estaba surcada por líneas profundas, nacidas de la inseguridad, y en general su alma de empleado nunca se había sentido seducida por el pensamiento de haber nacido grande o de alcanzar la grandeza en ninguna circunstancia. Tenía mujer, un trabajo y una hija. Y excepto en momentos extraordinarios de júbilo o depresión, se inclinaba a considerar su situación como un inadecuado pacto concertado con la vida.
Así pues, se sentía un tanto embarazado y bastante intranquilo ante la dirección que tomaban los pensamientos de su mujer.
—Realmente, querida —dijo—, hay doscientos millones de seres en el país, y en lances como este creo que no deberíamos desperdiciar nuestro tiempo haciendo cábalas sobre el particular.
—Mira, Norman —respondió su mujer—, no son doscientos millones, lo sabes muy bien. En primer lugar, sólo son elegibles los varones entre los veinte y los sesenta años, por lo cual la probabilidad se reduce a uno por cincuenta millones. Por otra parte, si realmente es Indiana...
—Entonces será poco más o menos de uno por millón y cuarto. No apostarías a un caballo de carreras contra esa ventaja, ¿no es así? Anda, vamos a cenar.
Matthew murmuró tras su periódico:
—¡Malditas estupideces!
Linda volvió a preguntar:
—¿Vas a votar este año, papi?
Norman meneó la cabeza y todos se dirigieron al comedor.
Hacia el 20 de octubre, la excitación de Sarah había aumentado considerablemente. A la hora del café anunció que la señora Schultz, que tenía un primo secretario de un miembro de la asamblea, le había contado que "todo el papel" estaba por Indiana.
—Dijo que el presidente Villers pronunciaría incluso un discurso en Indianápolis.
Norman Muller, que había soportado un día de mucho trajín en el almacén, descartó las palabras de su mujer con un fruncimiento de cejas.
—Si Villers pronuncia un discurso en Indiana —dijo Matthew Hortenweiler, crónicamente insatisfecho de Washington—, eso significa que piensa que Multivac conquistará Arizona. El cabeza de bellota ese no tendría redaños para ir más allá.
Sarah, que ignoraba a su padre siempre que le resultaba decentemente posible, se lamentó:
—No sé por qué no anuncian el estado tan pronto como pueden, y luego el condado, etcétera. De esa manera, la gente que fuese quedando eliminada descansaría tranquila.
—Si hicieran algo por el estilo —opinó Norman—, los políticos seguirían como buitres los anuncios. Y cuando la cosa se redujera a un municipio, habría un congresista o dos en cada esquina.
Matthew entornó los ojos y se frotó con rabia su cabello ralo y gris.
—Son buitres de todos modos. Escuchen...
—Vamos, padre... —murmuró Sarah.
La voz de Matthew se alzó sin tropiezos sobre su protesta:
—Miren, yo andaba por allí cuando entronizaron a Multivac. Él terminaría con los partidismos políticos, dijeron. No más dinero electoral despilfarrado en las campañas. No habría otro don nadie introducido a presión y a bombo y platillo de publicidad en el Congreso o la Casa Blanca. ¿Y qué sucede? Pues que hay más campaña que nunca, sólo que ahora la hacen en secreto. Envían tipos a Indiana a causa del Acta Hawkins-Smith y otros a California para el caso de que la situación de Joe Hammer se convierta en crucial. Lo que yo digo es que se han de eliminar todas esas insensateces. ¡Hay que volver al bueno y viejo...!


Linda preguntó de súbito:
—¿No quieres que papi vote este año, abuelito? 
Matthew miró a la chiquilla.
—No lo entenderías. —Se volvió a Norman y Sarah—. En un tiempo, yo voté también. Me dirigía sin rodeos a la urna, depositaba mi papeleta y votaba. Nada más que eso. Me limitaba a decirme: Ese tipo es mi hombre y voto por él. Así debería ser.
Linda dijo, llena de excitación:
—¿Votaste, abuelo? ¿Lo hiciste de verdad?
Sarah se inclinó hacia ella con presteza, tratando de paliar lo que muy bien podía convertirse en una historia incongruente, trascendiendo al vecindario.
—No es eso, Linda. El abuelito no quiso decir realmente votar. Todo el mundo hacía esa especie de votación cuando tu abuelo era niño, y también él, pero no se trataba realmente de votar.
Matthew rugió:
—No sucedió cuando era niño. Tenía ya veintidós años y voté por Langley. Fue una auténtica votación. Quizá mi voto no contase mucho, pero era tan bueno como el de cualquiera. Como el de cualquiera —recalcó—. Y sin ningún Multivac para...
Norman intervino entonces:
—Está bien, Linda, ya es hora de acostarte. Y deja de hacer preguntas sobre las votaciones. Cuando seas mayorcita, lo comprenderás todo.
La besó con antiséptica amabilidad y ella se puso en marcha, renuente, bajo la tutela materna, con la promesa de ver el visor desde la cama hasta las nueve y cuarto, si se prestaba primero al ritual del baño.
—Abuelito —dijo Linda.
Y se quedó ante él con la mandíbula caída y las manos a la espalda, hasta que el periódico del viejo se apartó y asomaron las espesas cejas y unos ojos anidados entre finas arrugas. Era el viernes 31 de octubre.
Linda se aproximó y posó ambos antebrazos sobre una de las rodillas del viejo, de manera que este tuvo que dejar a un lado el periódico.
—Abuelito —volvió a la carga la pequeña—, ¿de verdad que votaste alguna vez?
—Ya me oíste decir que sí, ¿no es cierto? ¿No irás a creer que digo mentiras?
—Nooo... Pero mamá dice que todo el mundo votaba entonces.
—Pues claro que lo hacían.
—¿Cómo podían hacerlo? ¿Cómo podía votar todo el mundo?
Matthew miró gravemente a su nieta y luego la alzó, sentándola sobre sus rodillas. Por último, moderando el tono de su voz, dijo:
—Mira, Linda, hasta hace unos cuarenta años, todo el mundo votaba. Pongamos que deseábamos decidir quién había de ser el nuevo presidente de los Estados Unidos. Demócratas y republicanos nombraban a su respectivo candidato, y cada uno decía cuál de los dos quería. Una vez pasado el día de las elecciones, se hacía el recuento de votos de las personas que deseaban al candidato demócrata y las que deseaban al republicano. Y el que había recibido más votos se llevaba la palma. ¿Lo ves?
Linda asintió.
—¿Cómo sabía la gente por quién votar? —preguntó—. ¿Se lo decía Multivac?
Las cejas de Matthew se fruncieron, y adoptó un aspecto severo.
—Se basaban tan sólo en su propio criterio, pequeña.
La niña se apartó un tanto del viejo y este volvió a bajar la voz:
—No estoy enojado contigo, Linda. Pero mira, a veces llevaba toda la noche contar..., sí, hacer el recuento de lo que opinaban unos y otros, a quién habían votado. Todo el mundo se impacientaba. Por ello se inventaron máquinas especiales, capaces de comparar los primeros votos con los de los mismos lugares en años anteriores. De esta manera, la máquina preveía cómo se presentaba la votación en su conjunto y quién sería elegido. ¿Lo entiendes?
—Como Multivac —asintió ella.
—Los primeros ordenadores eran mucho más pequeños que Multivac. Pero las máquinas fueron aumentando de tamaño y, al mismo tiempo, iban siendo capaces de indicar cómo iría la elección a partir de menos y menos votos. Por fin, construyeron Multivac, que puede preverlo a partir de un solo votante.
Linda sonrió al llegar a la parte familiar de la historia y exclamó:
—¡Qué bonito!
Matthew frunció de nuevo el entrecejo.
—No, no tiene nada de bonito. No quiero que una máquina decida lo que yo hubiera votado sólo porque un chunguista de Milwaukee dice que está en contra de que se suban las tarifas. A mí tal vez me hubiese dado por votar a ciegas sólo por gusto. O acaso me hubiese negado a votar en absoluto. Y tal vez...
Pero Linda se había escurrido de sus rodillas y se batía en retirada.
En la puerta tropezó con su madre, quien llevaba aún puesto el abrigo. Ni siquiera había tenido tiempo de quitarse el sombrero.
—Apártate un poco, Linda —ordenó, jadeante aún—. No me cierres el paso.
Al ver a Matthew, dijo, mientras se quitaba el sombrero y se alisaba el pelo:
—Vengo de casa de Agatha.
Matthew miró a su hija con aire desaprobador y, desdeñando la informacion, se limitó a gruñir y recoger el periódico.
Sarah se desabrochó el abrigo y continuó:
—¿A que no sabes lo que me ha dicho?
Matthew alisó el periódico con un crujido, para proseguir la lectura interrumpida por su nieta.
—Ni lo sé ni me importa.
—¡Vamos, padre!
Pero Sarah no tenía tiempo para enfadarse. Necesitaba comunicar a alguien las noticias y Matthew era el único receptor a mano a quien confiarlas.
—Joe, el marido de Agatha, es policía, ya sabes, y dice que anoche llegó a Bloomington todo un cargamento de agentes de la secreta.
—No creo que anden tras de mí.
—¿Es que no te das cuenta, padre? Agentes de la secreta... Y casi ha llegado el momento de las elecciones. ¡En Bloomington!
—Acaso anden en busca de algún ladrón de bancos.
—No ha habido un robo en ningún banco de la ciudad hace muchos años... ¡Padre, eres imposible!
Y Sarah abandonó la habitación.
Tampoco Norman Muller recibió las noticias con mayor excitación, al menos perceptible.
—Bueno, Sarah, ¿y cómo sabía Joe, el marido de Agatha, que se trataba de agentes de la secreta? —preguntó con calma—. No creo que anduviesen por ahí con el carnet pegado en la frente.
Pero a la tarde siguiente, cuando ya noviembre tenía un día, Sarah anunció triunfalmente:
—Todo Bloomington espera que sea alguien de la localidad el votante.
Así lo publica el News y también lo dijeron por la radio.
Norman se agitó desasosegado. No podía negarlo y su corazón desfallecía. Si Bloomington iba a ser alcanzado por el rayo de Multivac, ello supondría periodistas, espectaculares transmisiones por video, turistas y toda clase de..., de perturbaciones. Norman apreciaba la tranquila rutina de su vida, y la distante y alborotada agitación de los políticos se estaba aproximando de un modo que resultaba incómodo.
—Un simple rumor —rechazó—. Nada más.
—Pues espera y verás. No tienes más que esperar.


Según se desarrollaron las cosas, el compás de espera fue extraordinariamente corto. El timbre de la puerta sonó con insistencia. Cuando Norman Muller la abrió, se vio frente a un hombre de elevada estatura y rostro grave.
—¿Qué desea? —preguntó Norman.
—¿Es usted Norman Muller?
—Sí.
Su voz sonó singularmente opaca. No resultaba difícil averiguar, por el porte del desconocido, que representaba a la autoridad. Y la naturaleza de su súbita visita era tan manifiesta como inimaginable le pareciese hasta unos momentos antes.
El hombre mostró su documentación, penetró en la casa, cerró la puerta tras de sí y dijo con acento oficial:
—Señor Norman Muller, en nombre del presidente de los Estados Unidos, tengo el honor de informarle que ha sido usted elegido para representar al electorado norteamericano el martes día 4 de noviembre del año 2008.
Con gran dificultad, Norman Muller logró caminar sin ayuda hasta su butaca, en la cual se sentó con el rostro pálido y casi sin sentido, mientras Sarah traía agua, le frotaba asustada las manos y le cuchicheaba apretando los dientes:
—No vayas a desmayarte ahora, Norman. Elegirán a otro...
Cuando por fin logró recuperar el uso de la palabra, Norman murmuró a su vez:
—Lo siento, señor.
—¡Bah! No tiene importancia —le tranquilizó el visitante. Todo rastro de formalidad oficial parecía haberse desvanecido tras la notificación, dejando sólo un hombre abierto y más bien amistoso—. Es la sexta vez que me corresponde comunicarlo al interesado y he visto toda clase de reacciones. Ninguna de ellas se ajustó a la que vieron en el video. Saben a lo que me refiero, ¿verdad? Un aire de consagración y entrega, y un personaje que dice: "Será para mí un gran privilegio servir a mi país...". Toda esa serie de cosas...
El agente rio para alentarles. La risa con que Sarah le acompañó tuvo un acento de aguda histeria. El agente prosiguió:
—Permaneceré con ustedes durante algún tiempo. Mi nombre es Phil Handley. Les agradeceré que me llamen Phil. Señor Muller, no podrá abandonar la casa hasta el día de las elecciones. Usted, señora, informará al almacén de que su marido está enfermo. Puede salir a hacer la compra, pero habrá de despacharla con la mayor brevedad posible. Y desde luego, guardará una absoluta reserva sobre el particular. ¿De acuerdo, señora Muller?
—Sí, señor. Ni una palabra —confirmó Sarah, con un vigoroso asentimiento de cabeza.
—Perfecto, señora Muller. —Handley adoptó un tono muy grave al añadir—: Tenga en cuenta que esto no es un juego. Por lo tanto, salga sólo en caso de que le sea absolutamente preciso y, cuando lo haga, la seguirán. Lo siento, pero estamos obligados a actuar así.
—¿Seguirme?
—Nadie lo advertirá. No se preocupe. Y será sólo durante un par de días, hasta que se haga el anuncio formal a la nación. En cuanto a su hija...
—Está en la cama —se apresuró a decir Sarah.
—Bien. Se le dirá que soy un pariente o amigo de la familia. Si descubre la verdad, habrá de permanecer encerrada en casa. Y en todo caso, su padre será mejor que no salga.
—No le gustará nada —dudó Sarah.
—No queda más remedio. Y ahora, puesto que nadie más vive con ustedes...
—Al parecer, está muy bien informado sobre nosotros —murmuró Norman.
—Bastante —convino Handley—. De todos modos, estas son por el momento mis instrucciones. Intentaré, por mi parte, cooperar en la medida de lo posible y no causarles molestias. El gobierno pagará mi mantenimiento, así que no supondré ningún gasto para ustedes. Cada noche, seré relevado por alguien que se instalará en esta habitación. No habrá problemas de acomodo para dormir. Y ahora, señor Muller...
—¿Sí, señor?
—Llámeme Phil —repitió el agente—. Estos dos días preliminares antes del anuncio formal servirán para que se acostumbre a ver su posición. Preferimos que se enfrente a Multivac en un estado mental lo más normal posible. Descanse tranquilo e intente tomarse todo esto como si se tratase de su trabajo diario. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondió Norman. De pronto, denegó violentamente con la cabeza—. ¡Pero yo no deseo esa responsabilidad! ¿Por qué yo?
—Muy bien, vayamos al grano. Multivac sopesa toda clase de factores conocidos, billones de ellos. Pero existe un factor desconocido y creo que seguirá siéndolo por mucho tiempo. Dicho factor es el módulo de reacción de la mente humana. Todos los norteamericanos están sometidos a la presión moldeadora de lo que los otros norteamericanos hacen y dicen, de las cosas que a él se le hacen y de las que él hace a los demás. Cualquier norteamericano puede ser llevado ante Multivac para determinar la tendencia de todas las demás mentes del país. En un momento dado, algunos norteamericanos resultan mejores que otros a tal fin. Eso depende de los acontecimientos del año. Multivac le seleccionó a usted como al más representativo del actual. No el más despejado, ni el más fuerte, ni el más dichoso, sino el más representativo. Y no vamos a dudar de Multivac, ¿no es así?
—¿Y no podría equivocarse? —preguntó Norman. 
Sarah, que escuchaba impaciente, le interrumpió:
—No le haga caso, señor. Está nervioso. En realidad, es muy instruido y ha seguido siempre las cuestiones políticas de cerca.
—Multivac toma las decisiones, señora Muller —respondió Handley—. Y él eligió a su esposo.
—¿Pero seguro que lo sabe todo? —insistió Norman tercamente—. ¿No podría haber cometido un error?
—Pues sí. No hay motivo para no ser franco. En 1993, el votante seleccionado murió de un ataque dos horas antes del instante fijado para notificarle su elección. Multivac no predijo aquello. Le era imposible. Un votante puede ser mentalmente inestable, moralmente improcedente, incluso desleal. Multivac no puede conocerlo todo sobre todos, si no se le proporcionan los datos. Por eso, siempre se seleccionan algunos candidatos más. No creo que tengamos que recurrir a ninguno de ellos en esta ocasión. Usted está en buen estado de salud, señor Muller, y ha sido investigado a fondo. Sirve.
Norman ocultó el rostro entre las manos y se quedó inmóvil.
—Mañana por la mañana se encontrará perfectamente bien —intervino Sarah—. Tiene que acostumbrarse a la idea, eso es todo.
—Desde luego —asintió Handley.
En la intimidad del dormitorio, Sarah Muller se expresó de distinta y más enérgica manera. El estribillo de su perorata era el siguiente:
—Compórtate como es debido, Norman. Parece como si intentaras lanzar por la borda la suerte de tu vida.
Norman musitó desesperado:
—Me atemoriza, Sarah. Todo este asunto...
—¿Y por qué, santo Dios? ¿Qué otra cosa has de hacer más que responder a una o dos preguntas?
—Demasiada responsabilidad. Me abruma.
—¿Qué responsabilidad? No existe ninguna. Multivac te seleccionó, ¿no? Pues a él le corresponde la responsabilidad. Todo el mundo lo sabe.
Norman se incorporó, quedando sentado en la cama, en súbito arranque de rebeldía y angustia.


—Se supone que todo el mundo lo sabe. Pero no lo saben. Ellos...
—Baja la voz —siseó Sarah en tono glacial—. Van a oírte hasta en la ciudad.
—No me oirán —replicó Norman, pero bajó en efecto la voz hasta convertirla en un cuchicheo—. Cuando se habla de la Administración Ridgely de 1988, ¿dice alguien que ganó con promesas fantásticas y demagogia racista? ¡Qué va! Se habla del "maldito voto MacComber", como si Humphrey MacComber fuese el único responsable por las respuestas que dio a Multivac. Yo mismo he caído en eso. En cambio, ahora pienso que el pobre tipo no era sino un pequeño granjero que nunca pidió que le eligieran. ¿Por qué echarle la culpa? Y ya ves, ahora su nombre está maldito...
—Te portas como un niño —le reprochó Sarah.
—No, me porto como una persona sensible. Te lo digo, Sarah, no aceptaré. No pueden obligarme a votar contra mi voluntad. Diré que estoy enfermo. Diré...
Pero Sarah ya tenía bastante.
—Ahora, escúchame —masculló con fría cólera—. No eres tú el único afectado. Ya sabes lo que supone ser el Votante del Año. Y de un año presidencial para colmo. Significa publicidad, y fama, y posiblemente montones de dinero.
—Y luego volver a la oficina.
—No volverás. Y si vuelves, te nombrarán jefe de departamento por lo menos..., siempre que tengas un poco de seso. Y lo tendrás, porque yo te diré lo que has de hacer. Si juegas bien las cartas, controlarás esa clase de publicidad y obligarás a los Almacenes Kennell a un contrato en firme, a una cláusula concediéndote un salario progresivo y a que te aseguren una pensión decente.
—Pero ese no es exactamente el objetivo de un votante, Sarah.
—Pues será el tuyo. Si no te crees obligado a hacer nada ni por ti ni por mí, y conste que no pido nada para mí, piensa en Linda. Se lo debes.
Norman exhaló un gemido.
—Bien, ¿estás de acuerdo? —le atosigó Sarah.
—Sí, querida —murmuró Norman.
El 3 de noviembre se publicó el anuncio oficial. A partir de entonces, Norman no se encontraba ya en situación de retirarse, aun en el caso de reunir el valor necesario para intentarlo.
Sellaron su casa y agentes del servicio secreto hicieron su aparición en el exterior, bloqueando todo acceso.
Al principio, sonó sin cesar el teléfono, pero fue Phil Handley quien respondió a todas las llamadas, con una amable sonrisa de excusa. Al fin, la central pasó todas las llamadas al puesto de policía.
Norman pensó que de ese modo se ahorraba no sólo las alborozadas (y envidiosas) felicitaciones de los amigos, sino también la pesada insistencia de los vendedores que husmeaban una perspectiva y la artera afabilidad de los políticos de toda la nación. Quizás hasta las amenazas de muerte de los inevitables descontentos.
Se prohibió que entrasen periódicos en la casa, a fin de mantenerle al margen de cualquier presión, y se desconectó amable pero firmemente la televisión, a pesar de las indignadas protestas de Linda.
Matthew gruñía y se metía en su habitación; Linda, pasada la primera racha de excitación, hacía pucheros y lloriqueaba porque no le permitían salir de casa; Sarah dividía su tiempo entre la preparación de las comidas para el presente y el establecimiento de planes para el futuro, en tanto que la depresión de Norman seguía alimentándose a sí misma.
Y la mañana del martes 4 de noviembre del año 2008 llegó por fin. Era el día de las elecciones.
El desayuno se sirvió temprano pero sólo comió Norman Muller y aun él de manera mecánica. Ni la ducha ni el afeitado lograron devolverle a la realidad, ni desvanecer su convicción de que estaba tan sucio por fuera como sucio se sentía por dentro.
La voz amistosa de Handley hizo cuanto pudo para infundir cierta normalidad en el gris y hosco amanecer. La predicción meteorológica había señalado un día nuboso, con perspectivas de lluvia antes del mediodía.
—Mantendremos la casa aislada hasta el regreso del señor Muller. Después, dejaremos de estar colgados de su cuello.
El agente del servicio secreto vestía ahora su uniforme completo, incluidas las armas en sus pistoleras, abundantemente tachonadas de cobre.
—No nos ha causado molestia alguna, señor Handley —dijo Sarah con bobalicona sonrisa.
Norman se echó al coleto dos tazas de café bien cargado, se secó los labios con una servilleta, se levantó y dijo con aire decidido:
—Estoy dispuesto. 
Handley se levantó a su vez.
—Muy bien, señor. Y gracias, señora Muller, por su amable hospitalidad.
El coche blindado atravesó con un ronquido las calles vacías. Siempre lo estaban aquel día, a aquella hora determinada.
Handley dio una explicación al respecto:
—Desvían siempre el tráfico desde el atentado que por poco impide la elección de Leverett en el 92. Habían puesto bombas.
Cuando el coche se detuvo, Norman fue ayudado a descender por el siempre cortés Handley. Se encontraba en un pasaje subterráneo, junto a cuyas paredes se alineaban soldados en posición de firmes.
Le condujeron a una estancia brillantemente iluminada. Tres hombres uniformados de blanco le saludaron sonrientes.
—¡Pero esto es un hospital! —exclamó Norman.
—No tiene importancia alguna —replicó al instante Handley—. Se debe sólo a que el hospital dispone de las comodidades necesarias.
—Bien, ¿y qué he de hacer yo?
Handley inclinó la cabeza y uno de los tres hombres vestidos de blanco se adelantó.
—Yo me encargaré de él a partir de ahora, agente.
Handley saludó con desenvoltura y abandonó la habitación. El hombre de blanco dijo:
—¿Quiere sentarse, señor Muller? Yo soy John Paulson, calculador jefe. Le presento a Samson Levine y Peter Dorogobuzh, mis ayudantes.
Norman estrechó envaradamente las manos de todos. Paulson era hombre de mediana estatura, con un rostro de perenne sonrisa y un evidente tupé. Usaba gafas de montura de plástico, de modelo anticuado. Mientras hablaba, encendió un cigarrillo. Norman rehusó el que le fue ofrecido.
—En primer lugar, señor Muller —dijo Paulson—, deseo que sepa que no tenemos prisa alguna. En caso necesario, permanecerá con nosotros todo el día, para que se acostumbre al ambiente y descarte la idea de que se trata de algo insólito, para que olvide su aspecto... clínico. Creo que sabe a qué me refiero.
—Sí, desde luego —contestó Norman—. Pero me gustaría que todo hubiese terminado ya.
—Comprendo sus sentimientos. Sin embargo, deseamos exponerle con exactitud el procedimiento. En primer lugar, Multivac no está aquí.
—¿Que no está?
Aun en medio de su abatimiento, había deseado ver a Multivac, del que se decía que medía más de kilómetro y medio de largo, que tenía una altura equivalente a tres pisos y que cincuenta técnicos recorrían sin cesar los corredores interiores de su estructura. Una de las maravillas del mundo.


Paulson sonrió.
—En efecto, no es portátil —confirmó—. De hecho, se encuentra emplazado en un subterráneo y pocos son los que conocen el lugar preciso. Muy lógico, ¿verdad?, ya que supone nuestro supremo recurso natural. Créame, las elecciones no constituyen su única función.
Norman pensó que el hombre de blanco se mostraba deliberadamente parlanchín, pero de todos modos se sentía intrigado.
—Me gustaría verlo.
—No lo dudo. Mas para ello se necesita una orden presidencial, refrendada luego por el departamento de seguridad. Sin embargo, nos mantenemos en conexión con Multivac por transmisión de ondas. Cuanto él diga puede ser interpretado aquí, y cuanto nosotros digamos le será transmitido. Así que, en cierto sentido, nos hallamos en su presencia.
Norman miró a su alrededor. Las máquinas y aparatos que había en la estancia carecían de significado para él.
—Permítame que se lo explique, señor Muller —prosiguió Paulson—. Multivac posee ya la mayoría de la información necesaria para decidir todas las elecciones, nacionales, provinciales y locales. Únicamente necesita comprobar ciertas imponderables actitudes mentales y, para ello, recurriremos a usted. No podemos predecir qué preguntas formulará, aunque cabe en lo posible que no tengan mucho sentido para usted..., ni siquiera para nosotros en realidad. Tal vez le pregunte qué opina sobre la recogida de basuras en su ciudad o si considera preferibles los incineradores centrales. O bien, si tiene usted un médico de cabecera o acude a la seguridad social. ¿Comprende?
—Sí, señor.
—Pues bien, pregunte lo que pregunte, usted responderá como mejor le plazca. Y si cree que ha de extenderse un poco en su explicación, hágalo. Puede hablar durante una hora si lo juzga necesario.
—Sí, señor.
—Una cosa más. Hemos de emplear algunos sencillos aparatos que registrarán automáticamente su presión sanguínea, las pulsaciones, la conductividad de la piel y las ondas cerebrales mientras habla. La maquinaria le parecerá formidable, pero es totalmente indolora. Ni siquiera la notará.
Los otros dos técnicos se atareaban ya con relucientes y pulidos aparatos, de ruedas engrasadas.
—¿Desean comprobar si estoy mintiendo o no? —preguntó Norman.
—De ningún modo, señor Muller. No se trata en absoluto de detección de mentiras, sino de una simple medida de la intensidad emotiva. Por ejemplo, si la máquina le pregunta su opinión sobre la escuela de su pequeña, quizá conteste usted: "A mi entender, está atestada". Mas esas son sólo palabras. Por la manera en que reaccionen su cerebro, corazón, hormonas y glándulas sudoríparas, Multivac juzgará con exactitud con qué intensidad se interesa usted pon la cuestión. Descubrirá sus sentimientos, los traducirá mejor que usted mismo.
—Jamás oí cosa igual —manifestó Norman.
—Estoy seguro de que no. La mayoría de los detalles de Multivac son secretos celosamente guardados. Cuando se marche, se le pedirá que firme un documento jurando que jamás revelará la naturaleza de las preguntas que se le formularon, como tampoco sus respuestas, ni lo que se hizo o cómo se hizo. Cuanto menos se conozca a Multivac, menos oportunidades habrá de presiones exteriores sobre los hombres que trabajan a su servicio o se sirven de él para su trabajo. —Sonrió melancólico—. Nuestra vida resulta bastante dura.
—Lo comprendo.
—Y ahora, ¿desearía comer o beber algo?
—No, gracias. Nada por el momento.
—¿Alguna otra pregunta que formular?
Norman meneó la cabeza en gesto negativo.
—En ese caso, usted nos dirá cuando se halle dispuesto.
—Ya lo estoy.
—¿Seguro?
—Por completo.
Paulson asintió. Alzó una mano en dirección a sus ayudantes, quienes se adelantaron con su aterrador instrumental. Muller sintió que su respiración se aceleraba mientras les veía aproximarse.
La prueba duró casi tres horas, con una breve interrupción para tomar café y una embarazosa sesión con un orinal. Durante todo ese tiempo, Norman Muller permaneció encajonado entre la maquinaria. Al final, tenía los huesos molidos.
Pensó sardónicamente que le sería muy fácil mantener su promesa de no revelar nada de lo que había acontecido. Las preguntas ya se habían reducido a una especie de vagarosa bruma en su mente.
Había pensado que Multivac hablaría con voz sepulcral y sobrehumana, resonante y llena de ecos. Ahora concluyó que aquella idea se la había sugerido la excesiva espectacularidad de la televisión. La verdad le decepcionó en extremo. Las preguntas aparecían perforadas sobre una cinta metálica, que una segunda máquina convertía en palabras. Paulson leía a Norman estas palabras, en las que se contenía la pregunta, y luego dejaba que las leyese por sí mismo.
Las respuestas de Norman se inscribían en una máquina registradora, repitiéndolas para que las confirmara. Se anotaban entonces las enmiendas y observaciones suplementarias, todo lo cual se transmitía a Multivac.
La única pregunta que Norman recordaba de momento era una incongruente bagatela:
—¿Qué opina usted del precio de los huevos?
Ahora todo había terminado. Los operadores retiraron suavemente los electrodos conectados a diversas partes de su cuerpo, desligaron la banda pulsadora de su brazo y apartaron la maquinaria a un lado.
Norman se puso en pie, respiró profundamente, se estremeció y dijo:
—¿Ya está todo? ¿Se acabó?
—No, no del todo —respondió Paulson, sonriendo animoso—. Hemos de pedirle que se quede durante otra hora.
—¿Y por qué? —preguntó Norman con cierta acritud.
—Es el tiempo preciso para que Multivac incluya sus nuevos datos entre los trillones de que ya dispone. Sepa usted que existen miles de alternativas, algo sumamente complejo. Puede suceder que se produzca algún raro debate aquí o allá, que algún interventor en Phoenix, Arizona, o bien alguna asamblea en Wilkesboro, Carolina del Norte, formulen alguna duda. En tal caso, Multivac precisará hacerle una o dos preguntas decisivas.
—No —se negó Norman—. No quiero pasar de nuevo por eso.
—Probablemente no sucederá —trató de tranquilizarle Paulson—. Raras veces ocurre. De todos modos, habrá de quedarse pon si acaso. —Cierto tonillo acerado, un tenue matiz, asomó a su voz—. No tiene opción, ya lo sabe. Debe quedarse.
Norman se sentó con aire fatigado, encogiéndose de hombros.
—No podemos dejarle leer el periódico —añadió Paulson—, pero si quiere una novela policíaca o jugar al ajedrez, cualquier cosa en fin que esté en nuestra mano proporcionarle para que se entretenga, dígalo sin reparos.
—No deseo nada, gracias. Esperaré.


Paulson y sus ayudantes se retiraron a una pequeña habitación, contigua a la estancia en que Norman había sido interrogado. Y este se dejó caer en un butacón tapizado de plástico, cerrando los ojos.
Tendría que aguardar a que transcurriese aquella hora lo mejor posible.
Bien retrepado en su asiento, poco a poco fue cediendo su tensión. Su respiración se hizo menos entrecortada y, al entrelazar las manos, no advirtió ya ningún temblor en sus dedos.
Tal vez no hubiese ya más preguntas. Tal vez hubiese acabado de modo definitivo.
Y si todo había terminado, ahora vendrían los desfiles de antorchas y las invitaciones para hablar en toda clase de solemnidades. ¡El Votante del Año!
Él, Norman Muller, un vulgar empleado de un almacén de Bloomington, Indiana, un hombre que no había nacido grande ni había realizado jamás acto alguno de grandeza, se hallaría en la extraordinaria situación de impulsar a otro a la grandeza.
Los historiadores hablarían con serenidad de la Elección Muller del año 2008. Ese sería su nombre, la Elección Muller.
La publicidad, el puesto mejor, el chorro de dinero que tanto interesaba a Sarah, ocupaban sólo un rincón de su mente. Todo ello sería bienvenido, desde luego. No lo rechazaba. Pero, por el momento, era otra cosa lo que comenzaba a preocuparle.
Se agitaba en él un latente patriotismo. Al fin y al cabo, representaba a todo el electorado. Era el punto focal de todos ellos. En su propia persona, y durante aquel día, se encarnaba todo Estados Unidos.
Se abrió la puerta, despertando su atención y despabilándole por completo. Durante unos instantes, sintió que se le encogía el estómago. ¡Que no le hicieran más preguntas!
Pero Paulson sonreía.
—Hemos terminado, señor Muller.
—¿No más preguntas, señor?
—No hay ninguna necesidad. Todo ha quedado completamente claro. Será usted escoltado hasta su casa y volverá a ser un ciudadano particular..., en la medida en que el público lo permita.
—Gracias, muchas gracias. —Norman se sonrojó—. Me preguntaba... ¿Quién ha sido elegido?
Paulson meneó la cabeza.
—Tendrá que esperar al anuncio oficial. El reglamento se muestra muy severo al respecto. No podemos decírselo ni siquiera a usted. Supongo que lo comprende.
—Desde luego.
Norman parecía embarazado.
—El servicio secreto tendrá dispuestos los papeles necesarios para que los firme usted.
—Sí.
De pronto, Norman se sintió orgulloso, lleno de energía. Ufano y arrogante. En este mundo imperfecto, el pueblo soberano de la primera y mayor Democracia Electrónica habla ejercido una vez más, a través de Norman Muller (a través de él), su libre derecho al sufragio universal.

FIN