Título original: Satisfaction Guaranteed
Año: 1951
Tony era alto y de una belleza sombría, con un increíble aire patricio dibujado en cada línea de su inmutable expresión. Claire Belmont le miró a través del resquicio de la puerta, con una mezcla de horror y desaliento.
—No puedo, Larry. No puedo tenerlo en casa.
Buscaba febril en su paralizada mente una manera más enérgica de expresarlo, algo que tuviera sentido y zanjara la cuestión, pero acabó por reducirse a una simple repetición.
—¡De verdad, no puedo!
Larry Belmont contempló con severidad a su mujer y en sus ojos asomó aquel destello de impaciencia que Claire odiaba ver, puesto que le daba la impresión de reflejar su propia incompetencia.
—Nos hemos comprometido, Claire. No puedo desdecirme ahora. La compañía me envía a Washington con esa condición, lo cual con toda seguridad significa un ascenso. No presenta ningún peligro y tú lo sabes. ¿Qué tienes pues que objetar?
Ella frunció el entrecejo, desvalida.
—Me da escalofríos: No puedo soportarlo.
—Es tan humano como tú o como yo. Bueno, casi. Así que nada de tonterías. ¡Vamos, apártate!
Apoyó la mano en su cintura y la empujó. Claire se encontró temblando en su propia sala de estar, donde se encontraba aquello, mirándola con precisa cortesía, como evaluando a la que había de ser su anfitriona durante las próximas tres semanas. La doctora Susan Calvin también se hallaba presente, sentada muy rígida, con los labios apretados como síntoma de abstracción. Presentaba el aspecto frío y distante de alguien que ha trabajado durante tanto tiempo con máquinas que un poco de acero ha penetrado en su sangre.
—Hola —castañeteó Claire, como un saludo ineficaz y general.
Afortunadamente Larry salvó la situación, exhibiendo una falsa alegría:
—Mira, Claire, deseo que conozcas a Tony, un tipo magnífico. Esta es mi mujer, Tony, chico.
La mano de Larry se posó amistosa sobre el hombro de Tony, mas este permaneció inexpresivo, sin responder a la presión, limitándose a decir:
—¿Cómo está usted, señora Belmont?
Claire dio un respingo al oír la voz de Tony, profunda y pastosa, suave como su cabello o la piel de su rostro.
Sin poder contenerse, exclamó:
—¡Ah! ¡Puedes hablar!
—¿Y por qué no? ¿Acaso esperaba que no lo hiciera?
Claire sólo consiguió esbozar una débil sonrisa. No sabía bien lo que había esperado. Miró en otra dirección, lanzándole una ojeada con el rabillo del ojo. Tenía el pelo suave y negro, como plástico. ¿O se componía en realidad de cabellos separados? Y la piel lisa y olivácea de sus manos y cara, ¿era una continuación de su oscuro y bien cortado traje?
Se hallaba paralizada por un estremecido asombro. Tuvo que hacer un esfuerzo para poner en orden sus pensamientos, a fin de prestar atención a la voz sin inflexiones ni emoción de la doctora Calvin, que decía:
—Señora Belmont, espero que sabrá apreciar la importancia de este experimento. Su esposo me ha dicho que la puso ya en algunos de los antecedentes. Por mi parte, desearía añadir algunos más, como psicólogo jefe de la U.S. Robots & Mechanical Men Inc.
»Tony es un robot. Su designación en los ficheros de la compañía es TN-3, pero responde al nombre de Tony. No se trata de un monstruo mecánico, ni simplemente de una máquina calculadora del tipo de las desarrolladas durante la Segunda Guerra Mundial, hace cincuenta años. Posee un cerebro artificial casi tan complicado como el nuestro. Es como un inmenso cuadro de distribución telefónica reducido a escala atómica, con billones de posibles "enlaces telefónicos" comprimidos en un instrumento encajado en el interior de su cráneo. Tales cerebros se fabrican específicamente para cada modelo de robot y contienen una serie calculada de conexiones, de forma que, para empezar, cada uno de ellos conoce el idioma inglés y lo suficiente de cualquier otra cosa que se considere necesaria para cumplir su tarea.
»Hasta ahora, la U.S. Robots había limitado su manufactura a los modelos industriales para su empleo en lugares donde resulta impracticable el trabajo humano, en minas profundas, por ejemplo, o en la labor subacuática. Pero ahora deseamos extendernos a la ciudad y el hogar. Y para ello hemos de conseguir que el hombre y la mujer corrientes se muestren dispuestos a aceptar sin temor estos robots. Como comprenderá, no hay nada que temer.
—No lo hay, Claire —intervino muy serio Larry—. Te doy mi palabra. Le es imposible causar daño alguno. Ya sabes que si no fuese así no te dejaría con él.
Claire lanzó una ojeada rápida y disimulada a Tony y habló en voz muy baja:
—¿Y qué pasaría si se enfadara conmigo?
—No necesita cuchichear —respondió la doctora Claire con voz sosegada—. Él no puede enojarse con usted, amiga mía. Ya le he dicho que el cuadro de conexiones de su cerebro está predeterminado. Y la primera conexión, la más importante de todas, es la que denominamos La primera ley de la robótica y que se reduce a esto: "Un robot no dañará en ningún caso a un ser humano, ni, por inacción, permitirá que un ser humano reciba daño alguno". Todos los robots están construidos según esta norma. Ninguno puede ser obligado a causar daño a un ser humano. Así pues, ya ve que necesitamos que usted y Tony lleven a cabo un experimento preliminar para nuestra propia información, mientras su esposo se desplaza a Washington para las pruebas legales supervisadas por el gobierno.
—¿Quiere decir que esto no es legal?
Larry carraspeó e intervino de nuevo:
—No todavía, pero todo está en orden. Él no abandonará la casa y tú no permitirás que nadie lo vea. Eso es todo. Me quedaría contigo, Claire, pero sé demasiado sobre los robots. Precisamos que lo compruebe una persona no experimentada, a fin de que las condiciones sean lo más severas posible. Es necesario.
—Bueno, está bien —murmuró Claire. Y luego, como si le asaltara una idea, preguntó—: ¿Pero qué hace él?
—Labores domésticas —respondió escuetamente la doctora Calvin.
Y acto seguido se levantó para marcharse. Fue Larry quien la acompañó a la puerta, mientras que Claire se quedaba detrás, llena de melancolía. Lanzó una mirada al espejo colocado sobre la repisa de la chimenea y la apartó presurosa. Estaba más que harta de su carita ratonil y de su cabello sin brillo, peinado en una forma carente de imaginación. Luego observó que Tony la miraba. Casi sonrió antes de recordar que se trataba tan sólo de una máquina.
Larry Belmont iba camino del aeropuerto cuando reparó en Gladys Claffern. Le lanzó una ojeada. Era el tipo de mujer que parecía hecha para ser vista en ojeadas: Perfectamente formada, vestida con un gusto exquisito, demasiado rutilante para ser mirada directamente.
La tenue sonrisa que la precedía y el sutil aroma que la seguía eran como un par de dedos que le dirigieran señas invitadoras. Larry se dio cuenta de que había interrumpido sus zancadas y, tocándose ligeramente el ala del sombrero, apresuré el paso.
Sentía el mismo vago enojo de siempre. ¡Cuánto le ayudaría el que Claire se decidiese a unirse a la pandilla de Claffern! ¡Bah! ¿De qué serviría, de todos modos?
¡Claire! Las pocas veces que se había visto cara a cara con Gladys, aquella pequeña tonta permaneció con la lengua atada. No se hacía ilusiones. La prueba de Tony constituía su gran oportunidad, pero todo dependía de Claire. ¡Cuánta mayor seguridad sentiría de encontrarse en manos de alguien como Gladys Claffern!
La segunda mañana, Claire despertó al oír un suave golpe de nudillos en la puerta del dormitorio. Su mente lanzó un silencioso quejido y luego se quedó helada. Había evitado a Tony el primer día, sonriendo con vaguedad cuando lo veía fregando o manejando la escoba.
—¿Eres tú, Tony?
—Sí, señora Belmont. ¿Puedo entrar?
Sin duda respondió que sí, puesto que él apareció en la habitación, de manera repentina y silenciosa. Los ojos y la nariz de Claire se percataron simultáneamente de la bandeja que Tony portaba.
—¿El desayuno? —preguntó.
—Si gusta...
No se atrevió a rehusar, al parecer. Se encontró incorporándose poco a poco hasta adoptar una cómoda postura y recibiendo la bandeja, que contenía huevos escalfados, tostadas con mantequilla y café.
—He traído por separado el azúcar y la nata —explicó Tony—. Aprenderé sus gustos con el tiempo, tanto en esto como en otras cosas.
Ella esperó. Tony, de pie, erguido y flexible a la vez como una regla metálica, preguntó tras un instante:
—¿Prefiere comer en privado?
—Sí... Quiero decir, si no te importa.
—¿Necesitará ayuda para vestirse?
—¡Dios mío, no!
Su mano asió frenéticamente la bandeja, de manera que el café estuvo al borde de la catástrofe. Permaneció así, rígida. Cuando se cerró la puerta y Tony desapareció de su vista, se echó atrás contra la almohada, desesperanzada.
De todos modos, logró pasar el desayuno. Tony no era más que una máquina y de no ser por su aspecto llamativo, no se asustaría de tal modo. Si por lo menos cambiara de expresión. No había manera de saber lo que había tras aquellos ojos castaños y aquella especie de piel olivácea. La taza de café tintineó por un momento, vacía ya, sobre la bandeja.
Y de pronto, se dio cuenta de que se había olvidado de echarle nata y azúcar al café, tal como acostumbraba, pues lo aborrecía solo.
Luego de vestirse se encaminó con paso decidido a la cocina. Después de todo, aquella era su casa. No es que fuese muy remilgada, pero le gustaba la cocina bien limpia. Tony debió de haber esperado sus órdenes.
Pero, al entrar, halló una cocina que bien podía haber salido momentos antes de la fábrica, en todo su reluciente esplendor.
Se detuvo, la contempló, volvió sobre sus pasos y casi tropezó con Tony.
Lanzó una especie de gruñido.
—¿Puedo ayudarla en algo?
—Tony —dijo, apelando a todo su enojo para rechazar el pánico—, quisiera que hicieses algo de ruido al andar. No me gusta que te acerques furtivamente. ¿No utilizaste la cocina?
—Sí que la utilicé, señora Belmont.
—No lo parece.
—La limpié después. ¿No es esa la costumbre?
Claire abrió mucho los ojos. ¿Qué podía objetarse a eso? Revisó el departamento del horno donde guardaba las cacerolas y, percibiendo un insólito fulgor metálico en su interior, asintió temblorosa:
—Muy bien. Perfecto.
Si en aquel momento él hubiera mostrado su satisfacción, si hubiese sonreído, sólo con que hubiera plegado la comisura de la boca, cualquiera de esas manifestaciones la habrían acercado a él. Pero Tony permaneció tan imperturbable como un lord inglés en reposo al responder:
—Gracias, señora Belmont. ¿Desea usted pasar a la sala de estar?
Así lo hizo, y al punto sintió como una conmoción.
—Veo que has estado dando brillo a los muebles.
—¿Ha quedado a su gusto, señora Belmont?
—¿Pero cuándo lo hiciste? Ayer no, seguro.
—La noche pasada, desde luego.
—¿Así que tuviste encendidas las luces toda la noche?
—No, no. No las necesito. Dispongo de un foco de rayos ultravioleta. Puedo ver en el ultravioleta. Y desde luego, no necesito dormir.
No cabía duda de que resultaba admirable, pensó. Y también había de reconocer que empezaba a agradarle. Sin embargo, no se decidía a confesarse que Tony le proporcionaba placer. Sólo acertó a decir con acritud:
—Tu especie dejará sin empleo al servicio doméstico.
—Tendrán trabajos de mucha mayor importancia a los que dedicarse en el mundo, una vez sean liberados de tan pesadas tareas. Después de todo, señora Belmont, las cosas como yo se fabrican. Pero nada es capaz de imitar la creatividad y la versatilidad de un cerebro humano como el suyo.
Y aunque su rostro no lo expresara en lo más mínimo, el tono de su voz tenía tal grave acento de admiración que logró que Claire se sonrojase y murmurase:
—¡Mi cerebro! Te lo regalo.
Tony se aproximó un poco a ella.
—Debe de sentirse muy desgraciada para decir tal cosa. ¿Puedo hacer algo para remediarlo?
Por un instante Claire creyó que iba a echarse a reír. La situación era tan ridícula. Allí estaba aquel sacudidor de alfombras, fregador de vajillas, lustrador de muebles y asistente general animado, surgiendo del catálogo de la fábrica... y ofreciendo sus servicios como consolador y confidente. Sin embargo, le confesó con una explosión de súbito pesar:
—¿Sabes? El señor Belmont no cree que yo tenga cerebro. Y supongo que en efecto no lo tengo.
No debió de haberlo proclamado ante él. Por una razón desconocida, se sentía depositaria del honor de la raza humana ante aquella simple creación suya.
—Es cosa reciente —añadió—. Todo iba bien entre nosotros cuando él no era más que un estudiante, cuando empezaba. Pero yo no sirvo como esposa de un gran hombre y él está a punto de convertirse en uno. Le gustaría que fuese una excelente anfitriona y que me dedicara a la vida social..., como esa Gle..., Ga..., Gladys Claffern.
Tenía la nariz enrojecida. Apartó la vista. Pero Tony no la miraba. Sus ojos recorrían la habitación.
—Yo puedo ayudarla a llevar la casa.
—No serviría de nada —respondió ella con vehemencia—. Necesita un toque que soy incapaz de darle. Sólo sé hacerla confortable pero no puedo convertirla en algo semejante a las casas que aparecen en las revistas de decoración.
—¿Desea algo por el estilo?
—¿Sirve de algo desearlo?
Los ojos de Tony se fijaron en ella.
—Puedo ayudar.
—¿Posees conocimientos sobre la decoración de interiores?
—¿Toda buena ama de casa debe poseerlos?
—En efecto.
—Entonces dispongo de las capacidades necesarias para aprender. ¿Por qué no me proporciona libros sobre la cuestión?
Y aquello fue el principio de algo.
Claire, sujetándose el sombrero contra las alborotadas libertades del viento, se trajo a casa dos gruesos volúmenes sobre artes del hogar que pidió prestados en la biblioteca pública. Observó cómo Tony abría uno de ellos y lo hojeaba. Era la primera vez que veía el revoloteo de sus dedos entregados a una labor delicada.
No sé cómo lo hacen, pensó. Y en un súbito impulso, le cogió una mano y la atrajo hacia sí. Tony no se resistió, dejándose someter a la inspección.
—¡Qué formidable! —comentó ella—. Hasta tus uñas parecen naturales.
—Un efecto buscado —explicó Tony. Y añadió locuaz—: La piel es de plástico flexible y el esqueleto de una aleación metálica. ¿Le divierte eso?
—No, no. —Su rostro enrojeció—. No deseo en modo alguno hurgar en tus entrañas. No es cuestión que me afecte. Tampoco has de preguntarme por las mías.
—La programación de mi cerebro no incluye tal tipo de curiosidad. He de someterme a mis propias limitaciones, ¿sabe?
En el silencio que siguió, Claire sintió que algo la oprimía en su interior.
¿Por qué olvidaba siempre que se enfrentaba a una máquina? El propio objeto había de recordárselo. ¿Experimentaba un anhelo tan grande de simpatía que incluso aceptaría como su igual a un robot sólo por el hecho de que la compadecía?
Observó que Tony continuaba pasando las páginas —casi como si no pudiese evitarlo— y experimentó una sensación rápida y punzante de aliviada superioridad.
—No sabes leer, ¿verdad? —preguntó.
Tony alzó la vista hacia ella, respondiendo con su voz tranquila e irreprochable:
—Estoy leyendo, señora Belmont.
—Pero...
Señaló el libro con gesto ambiguo.
—Paso los ojos por las páginas, si es eso a lo que se refiere. Mi sentido de la lectura es fotográfico.
Oscurecía ya cuando Claire fue a acostarse. Tony seguía enfrascado en el segundo volumen, sentado en la oscuridad o al menos en lo que la limitada visión de Claire consideraba como tal.
Un último y singular pensamiento relampagueó en su cerebro antes de dejarse vencer por el sueño. Recordó la mano del robot, una mano cálida y suave, como la de un ser humano.
¡Qué habilidad la de esos fabricantes!, pensó. Y se durmió sosegadamente.
La biblioteca ocupó todo su tiempo durante varios días. Tony sugería los campos de estudio, que empalmaba y ramificaba con gran velocidad. Pidió libros sobre combinación de colores y sobre cosmética, sobre ebanistería y modas, sobre arte e historia del vestido.
Volvía las páginas de cada libro ante sus solemnes ojos, leyéndolas tan pronto como las volvía, sin olvidar nada, al parecer, de su contenido.
Antes de finalizar la semana, insistió en que se cortara el pelo, ideando para ella un nuevo peinado, decidiendo una ligera modificación de la línea de sus cejas y cambiando el tono de sus polvos y lápiz de labios.
Claire había palpitado con nervioso temor, por espacio de media hora, bajo el delicado toque de los inhumanos dedos de Tony. Al finalizar, se contempló en el espejo.
—Aún puede mejorarse —dijo Tony—, sobre todo en lo que respecta a la ropa. ¿Qué le parece, de momento?
No respondió en seguida. Necesitó algún tiempo para absorber la identidad de la desconocida reflejada en el espejo y atenuar el asombro ante su belleza. Luego, sin apartar la vista de la reconfortante imagen, dijo de manera incongruente:
—Sí, Tony, está muy bien..., de momento.
En sus cartas, no le comunicó nada de esto a Larry. Que lo descubriera de sopetón. Y algo en ella le hacía sospechar que no sólo disfrutaría de su sorpresa. Sería asimismo una especie de venganza.
Tony dijo cierta mañana:
—Hay que hacer unas compras y a mí no me está permitido abandonar la casa. Si le escribo exactamente lo que precisamos, ¿puedo confiar en que lo adquiera? Necesitamos cortinas y mobiliario, papel para las paredes, alfombras, pintura, ropa... y otras cuantas cosas.
—No resulta fácil obtener todo eso de golpe, ajustándose a todos los detalles —objetó Claire, con aire de duda.
—Siempre que no haya problemas de dinero, lo encontrará casi todo en la ciudad.
—¡Pero Tony, desde luego que el dinero supone un problema!
—En absoluto. Vaya primero a la U.S. Robots, con una nota que le daré. Entrevístese con la doctora Calvin y dígale de mi parte que esto forma parte del experimento.
En esta ocasión la doctora Calvin no la atemorizó tanto como la primera vez que la conoció. Con su nuevo rostro y su sombrero también nuevo, no se parecía ya a la antigua Claire. Escuchó con atención a la psicóloga, formuló unas cuantas preguntas, asintió, y se encontró en camino, armada de un crédito ilimitado contra la cuenta de U.S. Robots & Mechanical Men Inc.
Es maravilloso el poder del dinero. Con todas las existencias de un almacén a tus pies, el dictado de una vendedora no significa forzosamente una voz bajada del cielo, ni la ceja alzada de un decorador reviste la majestad del rayo de Júpiter.
En cierto momento, el excelso modisto de una de las más señoriales casas de modas se mofó con insistencia de su descripción del guardarropa que deseaba, haciéndolo con la más correcta pronunciación y el más puro acento francés de la calle Cincuenta y Siete. Claire llamó a Tony y luego le pasó el teléfono a Monsieur.
—Si no tiene inconveniente —le dijo con voz firme, aunque retorciéndose un poco las manos—, me agradaría que hablase con..., con mi secretario.
El pomposo gordinflón se acercó al teléfono con un brazo solemnemente doblado a la espalda. Alzó el receptor con dos dedos y dijo en tono delicado:
—Sí.
Una breve pausa, un segundo "sí", luego una pausa mucho mayor, el tímido comienzo de una objeción que murió en ciernes, otra pausa, otro humilde "sí", y el teléfono volvió a su lugar.
—Si Madame quiere acompañarme —invitó, dolido y distante—, intentaré cumplir sus deseos.
—Un segundo, por favor.
Claire corrió de vuelta al teléfono y marcó de nuevo el número de su casa.
—Tony, no sé lo que le dirías, pero sirvió. Gracias. Eres un... —Titubeó, buscando la palabra adecuada, pero desistió y terminó con un leve gritito—: ¡Un amor!
Al volver del teléfono, se encontró con que Gladys Claffern la estaba mirando, con el rostro un tanto vuelto a un lado y aire entre divertido y asombrado.
—¿Señora Belmont?
Claire sintió que se le helaba la sangre, ni más ni menos. Al fin, asintió. Estúpidamente, como una marioneta.
Gladys sonrió con una imperdonable insolencia.
—No sabía que comprase usted aquí... —dijo, con un tonillo que daba a entender que por ese simple hecho, aquel establecimiento había perdido ya toda categoría.
—Por lo general, no lo hago —confesó Claire con humildad.
—¿Y qué se ha hecho en el pelo? Le ha quedado muy curioso... ¡Ah! Dispense. Tenía entendido que el nombre de su esposo era Lawrence. Sí, en efecto, me parece que es Lawrence...
Claire apretó los dientes, pero no le quedó más remedio que explicar:
—Tony es un amigo de mi marido. Me está ayudando a elegir algunas cosas.
—Comprendo. En efecto, debe de ser un amor.
Y sin añadir una palabra más, se marchó sonriente, llevándose consigo la luz y el calor del mundo.
Claire no puso en duda el hecho de que era en Tony en quien buscaría consuelo. Diez días la habían curado de su aversión. Ahora lloraba ante él sin problemas. Lloraba y rabiaba.
—Me porté como una completa estúpida —estalló, retorciendo su pañuelo mojado—. ¡Hacerme eso a mí! No sé por qué, pero lo hizo. Debiera haberle... dado una patada. Debiera haberla tirado al suelo y pisoteado.
—¿Cómo se puede odiar tanto a un ser humano? —preguntó Tony con perpleja suavidad—. Esa parte de la mente humana supone un misterio para mí.
—Bueno... No es a ella a quien odio —gimió Claire—. Creo que me odio a mí misma. Ella es todo lo que yo desearía ser... Por lo menos exteriormente. Pero no está a mi alcance.
La voz de Tony sonó fuerte y queda a la par en sus oídos:
—Sí que lo está, señora Belmont. Sí que lo está. Disponemos aún de diez días y durante ellos la casa habrá cambiado. ¿No lo hemos planeado así?
—¿Y de qué me sirve eso? Quiero decir, con respecto a ella...
—Invítela. Invite a sus amistades. Hágalo la noche anterior a... mi partida. Será en cierto modo una fiesta de inauguración.
—No aceptará.
—Sí que aceptará. Vendrá para reírse... Y no podrá hacerlo.
—¿Lo crees de veras, Tony? ¿Piensas que lo lograremos? —Le tomó ambas manos entre las suyas. Pero en seguida volvió la cara—. No. ¿De qué serviría? No sería yo. Todo el mérito te corresponde a ti. No puedo adornarme con plumas ajenas.
—Nadie vive en un espléndido aislamiento —murmuró Tony—. Han puesto en mí ese conocimiento. Lo que usted y los demás ven en Gladys Claffern no es la verdadera Gladys Claffern. Se adorna con todas las galas que proporciona el dinero y la posición social. Y no se preocupa por eso. ¿Por qué habría de preocuparse usted? Considérelo de ese modo, señora Belmont. Me han fabricado para obedecer, pero soy yo mismo quien ha de determinar la extensión de mi obediencia. Puedo limitarme a cumplir las órdenes o interpretarlas de manera amplia. Con usted actúo de esta última forma, porque pertenece al tipo de ser humano para el cual he sido fabricado. Es usted amable, amistosa, modesta. En cambio la señora Claffern, tal como usted la describe, no lo es. No la obedecería de buen grado, como lo hago con usted. Por lo tanto, es usted, señora Belmont, y no yo, quien está haciendo todo esto.
Retiró sus manos de las de ella y Claire descubrió en aquel rostro inexpresivo, en el que nadie podía leer, una verdadera admiración.
De pronto, se atemorizó de nuevo, pero esta vez de manera muy distinta.
Tragó saliva nerviosamente y contempló sus manos, que le hormigueaban aún por la presión de sus dedos. No, no se lo había imaginado. Los dedos de Tony habían oprimido los suyos de manera afectuosa y tierna, un momento antes de retirarse.
¡No!
Los dedos de aquello. Los dedos de aquello.
Y corrió al cuarto de baño para lavarse las manos, frotándoselas una y otra vez, ciega e inútilmente.
Al día siguiente, se mostró un tanto tímida y cautelosa con él. Lo vigiló con atención, esperando lo que seguiría. Durante un rato, no ocurrió nada.
Tony estaba trabajando. Si la técnica del empapelado de las paredes o la utilización de la pintura de secado rápido presentaba alguna dificultad, Tony no lo demostraba. Sus manos se movían con precisión y sus dedos eran hábiles y seguros.
Trabajaba también durante toda la noche, aunque ella no lo oyese, y cada mañana suponía una nueva aventura. No alcanzaba a enumerar todo lo que había hecho. Al atardecer seguía descubriendo aún nuevos detalles... Y así llegaba otra noche.
Sólo una vez intentó cooperar, fallando con humana torpeza. Él trabajaba en la habitación contigua y ella colgaba un cuadro en el lugar marcado por los ojos matemáticos de Tony. Allí estaba la pequeña señal y el cuadro también. Y asimismo había en ella una repentina revulsión contra la ociosidad.
Pero se sentía nerviosa, o bien la escalera estaba desvencijada, pues la sintió ceder. Lanzó un grito. Sin embargo, no pasó nada. Tony había acudido con la rapidez de un rayo.
Sus tranquilos ojos castaños no manifestaron nada, y su cálida voz se limitó a pronunciar las siguientes palabras:
—¿Se ha hecho daño, señora Belmont?
Por un instante se fijó en que su mano había desordenado el pelo liso de Tony, pues por primera vez vio que estaba compuesto de distintas hebras, finas y negras.
Y luego, de pronto, tuvo conciencia de sus brazos rodeándola por los hombros y las rodillas, sosteniéndola en su caída, estrecha y cálidamente. Se puso en pie de un salto. El chillido que dejó escapar traspasó sus propios oídos. Pasó el resto del día en su habitación y para dormir, además de cerrar bien la puerta con llave, la atrancó con una silla.
Envió las invitaciones y, tal como Tony dijera, fueron aceptadas. Sólo faltaba esperar la última velada.
Llegó también, como todas las demás. La casa no parecía la misma. La recorrió por última vez. Todas las habitaciones habían cambiado. Ella también se vestía con ropas que jamás se habría atrevido a llevar antes. Ropas de las que podía enorgullecerse y con las que se sentía segura. Se miró al espejo, remedando un mohín de divertido desdén, y el pulido cristal se lo devolvió con expresión burlona.
¿Qué diría Larry? ¿Qué importaba, después de todo? No iban a venir con él los días excitantes. Desaparecerían con la marcha de Tony. ¡Qué cosa tan extraña! Intentó recobrar su talante de tres semanas atrás. Fracasó por completo.
El reloj dio las ocho, ocho toques que la dejaron sin respiración. Se volvió hacia Tony:
—No tardarán en llegar. Será mejor que te metas en el sótano. No podemos permitir que...
Se quedó mirándolo con fijeza un momento y después dijo débilmente:
—¿Tony? —Y luego más fuerte, y al final casi con un chillido—: ¡Tony!
Pero sus brazos la rodeaban ya y su cara estaba junto a la suya. La presión de su abrazo era implacable. Oyó su voz a través de una bruma de confusión emotiva.
—Claire —dijo su voz—, hay muchas cosas cuya comprensión me está vedada, y esta debe ser una de ellas. Me marcho mañana y no quiero hacerlo. Creo que en ello hay algo más que el deseo de complacerte. ¿No te parece extraño?
Su cara se acercó más aún. Sus labios eran cálidos, aunque sin aliento tras ellos, pues las máquinas no respiran. Casi se habían posado sobre los suyos.
Y entonces sonó el timbre de la puerta.
Durante un instante se debatió jadeante. De pronto él se marchó, desapareciendo de la vista mientras el timbre seguía sonando con insistente y aguda intermitencia.
Las cortinas de las ventanas delanteras estaban descorridas. Quince minutos antes se encontraban cerradas. Lo sabía. Tenían que haberlo visto. Todos debieron haberlo visto... ¡Todo!
Entraron cortésmente, en grupo, posando sus penetrantes ojos en todos los detalles. Lo habían visto. ¿Por qué más preguntaría Gladys sobre Larry, a su impertinente manera? Claire se veía enfrentada a un desafío desesperado e implacable.
—Sí, está fuera. Volverá mañana, creo. No, no he estado sola. He pasado unos días estupendos, emocionantes.
Se echó a reír. ¿Por qué no? ¿Qué le importaban ellos? Larry sabría la verdad, si alguna vez le llegaba la historia de lo que pensaban que vieron.
Pero ellos no rieron.
Leyó la furia en los ojos de Gladys Claffern, en el falso chispear de sus palabras, en su deseo de marcharse pronto. Y cuando se fue con todos los demás, captó un cuchicheo final y anónimo:
—Nunca había visto un hombre tan guapo.
Y Claire supo que fue aquello lo que le permitió ganar la partida. Que hablaran. Todos lo sabrían. No importaba que Gladys fuera más guapa que Claire Belmont, más rica y más brillante. Todos sabrían que ninguna podía tener un amante más guapo que ella.
Y luego volvió a recordar, una y otra vez, que Tony era una maquina.
Se estremeció de horror.
—¡Fuera! ¡Déjenme en paz! —gritó a la habitación vacía, y corrió hasta su lecho.
Pasó toda la noche en vela y llorando. A la mañana siguiente, casi al amanecer y con las calles aún vacías, una camioneta vino y se llevó a Tony.
Lawrence Belmont pasó ante el despacho de la doctora Calvin y, obedeciendo a un súbito impulso, llamó a la puerta. La encontró en compañía del matemático Peter Bogert, mas no vaciló por ello.
—Claire me dijo que la casa corre con todos los gastos hechos en mi hogar —manifestó.
—Así es —respondió la doctora Calvin—. Lo consideramos una parte valiosa y necesaria del experimento. Con la nueva posición que ocupa usted ahora como ingeniero asociado, supongo que podrá mantenerla al mismo nivel.
—No es eso lo que me preocupa. Con la conformidad dada por Washington a las pruebas, dispondremos de un modelo TN propio para el año próximo, creo.
Se volvió vacilante, como para marcharse, pero giró otra vez, sobre sus talones, dudando todavía.
—¿Y bien, señor Belmont? —le acució la doctora Calvin, tras una pausa.
—Me pregunto... —comenzó Larry—, me pregunto qué sucedió realmente allí durante mi ausencia. Ella..., Claire, quiero decir, parece tan distinta. No me refiero a su aspecto..., aunque la verdad, estoy maravillado. —Rio nervioso—. Es toda ella. No parece mi mujer... No puedo explicarlo.
—¿Para qué intentarlo? ¿Acaso se siente desilusionado respecto a alguna parte del cambio?
—Todo lo contrario. Pero, verá, resulta un poco atemorizador.
—Yo no me preocuparía por eso, señor Belmont. Su mujer se ha comportado de un modo excelente. Con franqueza, jamás pensé que el experimento aportara una prueba tan completa y definitiva. Sabemos ya las correcciones exactas que han de hacerse en el modelo TN y todo gracias a la señora Belmont. Si quiere que le sea sincera, opino que su esposa se merece el ascenso más que usted.
Larry titubeó visiblemente.
—Bueno, todo queda en la familia —murmuró sin convicción. Y se marchó.
Susan Calvin se le quedó mirando mientras se retiraba. Luego dijo:
—Creo que le duele..., al menos así lo espero. ¿Has leído el informe de Tony, Peter?
—De cabo a rabo —respondió Bogert—, ¿y no te parece que el modelo TN-3 necesita algunos cambios?
—¡Ah! ¿También piensas así? —preguntó la doctora Calvin con acento incisivo—. Exponme tu razonamiento.
—No preciso de ninguno —manifestó Bogert frunciendo el entrecejo—. Es evidente que no podemos sacar al mercado un robot que enamore a su dueña..., si no te importa el retruécano.
—¡Que enamore! Peter, me asqueas. ¿Es que no lo comprendes? Esa máquina tenía que obedecer a la primera ley. ¿Cómo iba a permitir que un ser humano sufriese? Y a Claire Belmont su complejo de inferioridad le causaba sufrimiento. Así pues, fingió estar enamorado de ella. Ninguna mujer dejaría de apreciar el cumplido de suponerse capaz de despertar la pasión en una máquina..., en una fría e inanimada máquina. Y por eso Tony descorrió aquella noche las cortinas deliberamente, a fin de que los otros la vieran y envidiaran sin riesgo alguno para la felicidad matrimonial de Claire. Creo que fue muy inteligente por parte de Tony.
—¿Ah, sí? ¿Y qué diferencia hay entre si fue ficción o no, Susan? El horror se mantiene. Vuelva a leer el informe. Ella lo evitó. Chilló cuando la tomó en sus brazos. No logró dormir aquella última noche, atacada de histerismo. No, no podemos fabricar algo así.
—Peter, estás ciego. Estás tan ciego como lo estuve yo. El modelo TN será reconstruido por entero, pero no por las razones que expones, sino por otras muy distintas. Y es raro que se me pasara por alto al principio. —Los ojos de la doctora se enturbiaron a causa de la cavilación—. Tal vez la problema radique en mí misma. Mira, Peter, las máquinas no pueden enamorarse. Pero, a pesar de que no tiene remedio y por mucho que nos horrorice, las mujeres sí.
FIN
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