2026/02/02

El costo de la vida (Robert Sheckley)


Título: Cost of Living
Año: 1952


Carrin llegó a la conclusión que su estado de ánimo actual tan sólo podía atribuirse al suicidio de Miller, ocurrido la semana anterior. Pero esta certeza no le ayudó a librarse del vago e informulado miedo que le atenazaba. Era algo estúpido. Al fin y al cabo, el suicidio de Miller no tenía nada que ver con él.
¿Pero por qué se había matado aquel hombre gordo y jovial? Miller lo tenía todo para ser feliz: Esposa, hijos, un buen trabajo y todo el maravilloso confort de la época. ¿Por qué habría hecho aquello?
—Buenos días, cariño —dijo la mujer de Carrin, sentándose a la mesa para el desayuno.
—Buenos días, cariño. Buenos días, Billy.
Su hijo gruñó algo inconcreto.
"Uno nunca puede saberlo todo con respecto a la gente", decidió Carrin, discando su desayuno en el panel de control. Nadie era capaz de preparar y servir la comida como la nueva autococina eléctrica Ace.
Sus negras ideas, sin embargo, no lo abandonaban, y aquello era algo más bien irritante, ya que Carrin quería sentirse en su mejor forma aquella mañana. Era su día de descanso y estaba esperando la visita del representante financiero de la Ace Electrics. Era un día importante.
Acompañó a su hijo hasta la puerta.
—Adiós, Billy.
Su hijo respondió con una inconcreta inclinación de cabeza, tomó sus libros y partió hacia la escuela sin decir palabra. Carrin se preguntó si no habría algo que lo preocupara también a él. Esperaba que no. Con uno que se preocupara en la familia ya había bastante.
—Hasta luego, cariño —besó a su esposa, que se dirigía a la compra.
Ella al menos era feliz, pensó mientras la contemplaba alejarse por la acera. Se preguntó cuánto gastaría en el Almacén Ace.
Miró su reloj, comprobando que le quedaba media hora antes de la llegada del representante financiero de la A. E. Pensó que la mejor manera de librarse de sus negras ideas era ahogándolas, y se dirigió a la ducha.
El baño era una pequeña maravilla de reluciente plástico, y su auténtico lujo le devolvió a Carrin algo de su serenidad. Echó sus ropas en la lavadora-secadora-planchadora automática A. E., y ajustó el chorro de la ducha a "intenso". El agua-a-tres-grados-por-encima-de-la-temperatura-del-cuerpo restalló relajante sobre él. Oh, delicioso. Se metió en el autosecador A. E., y pulsó el botón de "secado-masaje".
"Maravilloso", pensó mientras las bandas de toalla secaban, azotaban y masajeaban toda su musculatura. Y era normal que fuera maravilloso, se recordó. El autosecador A. E., con el accesorio de afeitado, le había costado trescientos trece dólares, impuestos aparte.
Pero el gasto valía la pena, decidió, mientras la afeitadora automática A. E. surgía de un rincón y le libraba suavemente del hirsuto pelo que empezaba a despuntar en su mentón. "Al fin y al cabo, ¿qué sería la vida sin las satisfacciones que proporciona el auténtico lujo?"
Cuando desconectó el autosecador le picoteaba toda la epidermis. Aquello no era normal. Tendría que sentirse maravillosamente bien. ¿Qué era lo que pasaba? El suicidio de Miller seguía preocupándole, decidió; aquello no le permitía gozar plenamente de la paz y el confort de su día de descanso.
¿O había alguna otra cosa que lo preocupaba? Nada que concerniera a la casa, por supuesto. Sus papeles estaban en orden para el representante financiero.
—¿He olvidado algo? —preguntó en voz alta.
—El representante financiero de la Ace Electrics estará aquí dentro de quince minutos —murmuró con su agradable voz la agenda parlante A. E. empotrada en una de las paredes del baño.
—Sí, ya sé, ya sé. ¿Hay algo más?
La agenda de pared recitó sus registros..., una cantidad de pequeñas cosas como regar el césped, verificar el turborreactor, comprar costillas de cordero para el próximo lunes, etc., cosas de las que hoy no tenía tiempo de ocuparse.
—Está bien, está bien.
Dejó que el automayordomo A. E. lo vistiera, eligiendo cuidadosa y certeramente una nueva combinación de prendas que realzaran su figura. Unas gotas de perfume masculino de moda dieron el último toque, y pasó al salón, deslizándose entre los numerosos aparatos alineados en las paredes.
Una rápida ojeada a los mandos que ocupaban una de las paredes del salón le indicó que todo estaba en orden en la casa. La vajilla del desayuno había sido limpiada, desinfectada y guardada, la casa había sido limpiada, encerada y librada de polvo, sus ropas y las de su mujer guardadas en los armarios, y las maquetas de astronaves de su hijo cuidadosamente alineadas en sus estantes.
"Deja de preocuparte, maldito hipocondríaco", se dijo furiosamente.
—El señor Pathis, de Financiera Ace, ha llegado —anunció la puerta.
Carrin iba a ordenarle ya a la puerta que se abriera cuando vio el autobarman.
¡Dios Santo! ¡Lo había olvidado por completo! El autobarman era una producción de la Castile Motors. Lo había comprado en un momento de debilidad. ¡La A. E. no iba a aprobar en absoluto aquello, ya que ella también los fabricaba!
Hizo rodar precipitadamente el autobarman hasta la cocina, y luego ordenó a la puerta que se abriera.
—¡Buenos días, señor Carrin! —dijo alegremente el señor Pathis.
El señor Pathis era un hombre alto e imponente, vestido con un impecable tweed de color oscuro. Las pequeñas arrugas en las comisuras de sus ojos indicaban que se trataba de un hombre que reía fácilmente. Lo demostró mientras agitaba vigorosamente la mano de Carrin, al tiempo que echaba una ojeada a la repleta sala de estar.
—Tiene usted una hermosa casa aquí, señor Carrin —dijo—. Maravillosa. No creo ir en contra de las normas de la Compañía si le digo que su hábitat es el mejor de todo este sector.
Carrin sintió que lo invadía una oleada de orgullo mientras pensaba en las interminables hileras de casas, todas iguales por fuera, que poblaban aquella zona.
—¿Todo funciona correctamente? —preguntó el señor Pathis, mientras dejaba su portadocumentos en una silla—. ¿Ningún problema al respecto?
—Absolutamente ninguno —dijo Carrin con voz entusiasta—. Los productos de la Ace Electrics no se estropean nunca.
—¿El autotocadiscos funciona bien? ¿Renueva la batería de discos cada diecisiete horas?
—Oh, por supuesto —dijo Carrin. Nunca había tenido ocasión de hacer funcionar el autotocadiscos, pero debía reconocer que era un mueble espléndido.
—¿El proyector-sólido también funciona bien? ¿Le gustan sus programas?
—La recepción es absolutamente perfecta —asintió Carrin. El mes anterior había tenido ocasión de ver un programa, y era impresionante la sensación de realidad que daban las imágenes.
—¿Y la cocina? ¿Funciona correctamente el autococinero? ¿Elige buenas recetas el automaitre?
—Oh, prepara unos platos excelentes. Es sencillamente delicioso.
El señor Pathis siguió preguntándole acerca del autofrigorífico, del autoaspirador, del autocoche, del autohelicóptero, de la autopiscina subterránea, y del centenar largo de autoartículos que Carrin había comprado a la Ace Electrics.


—Oh, todo es perfecto —dijo Carrin, con un tono un poco inseguro, ya que aún no había tenido tiempo de desembalarlo todo—. Absolutamente perfecto.
—Me alegra oírle decir esto —dijo el señor Pathis, lanzando un suspiro de alivio—. No tiene usted idea de los esfuerzos que debemos hacer para satisfacer a todos nuestros clientes. Si un artículo determinado no convence, no dudamos en admitir su devolución sin hacer ninguna pregunta. Nuestra única finalidad es satisfacer a nuestra clientela.
—Estoy absolutamente satisfecho, señor Pathis —afirmó con energía Carrin.
Carrin confiaba en que el representante de la A. E. no le pidiera ver su cocina. Su mente no hacía más que recordar el autobarman de la Castile Motors metido allí, como un puerco espín en medio de una exposición canina.
—Me siento orgulloso de afirmar que la mayor parte de la gente de esta zona adquiere nuestros artículos, señor Carrin —estaba diciendo el señor Pathis—. Nuestra sociedad es potente, ¿sabe?
—¿Era el señor Miller uno de sus clientes? —preguntó casi sin darse cuenta Carrin. Pathis enarcó brevemente las cejas.
—¿Ese hombre que se ha suicidado? Oh, sí, en efecto. Y esto me ha sorprendido, señor Carrin; me ha sorprendido muchísimo. ¿Sabe?, el mes pasado el señor Miller nos compró un turborreactor último modelo, capaz de circular a seiscientos kilómetros por hora en línea recta. Estaba tan feliz como un niño, y sin embargo, poco después..., ¡hacer algo así! Naturalmente, el turborreactor había aumentado un poco el volumen de su deuda.
—Naturalmente.
—¿Pero qué importancia tenía esto? Poseía todo el lujo que un hombre pueda desear. Y, sin embargo, fue a buscar una cuerda y se ahorcó.
—¿Se ahorcó?
El señor Pathis enarcó de nuevo las cejas.
—Sí —dijo—. Todo el confort moderno a su disposición en su casa, y fue a ahorcarse con un pedazo de cuerda. Seguramente llevaba ya mucho tiempo desequilibrado.
La expresión preocupada se borró de su rostro y fue reemplazada por su sonrisa habitual. Siguió:
—Pero dejemos esto y hablemos de usted.
Su sonrisa se hizo más amplia mientras abría su portadocumentos.
—Veamos ahora su cuenta. En el día de hoy nos debe usted doscientos tres mil dólares con veintinueve centavos, incluida su última compra. ¿Es eso exacto, señor Carrin?
—Es exacto —dijo Carrin, recordando la suma según sus propias cuentas—. Aquí está mi pago de este mes.
Le entregó al señor Pathis un sobre. Éste verificó su contenido y se lo metió en el bolsillo.
—Perfecto. Ahora, señor Carrin, supongo que sabrá usted que, por mucho que viva, no va a vivir lo suficiente como para liquidar la totalidad de su deuda con nosotros.
—No lo creo, en efecto —admitió Carrin. Tenía treinta y nueve años, y cien años previstos de vida plena ante él, gracias a las últimas maravillas de la ciencia médica. Pero, con un salario de tres mil dólares al año, no podía pagarlo todo y vivir al mismo tiempo él y su familia.
—Naturalmente, nosotros nunca nos atreveríamos a privarle de lo necesario..., lo cual por otro lado está formalmente prohibido por las leyes en cuya elaboración nosotros mismos participamos, además de contribuir a que fueran votadas. Sin hablar de los extraordinarios artículos que vamos a sacar el año próximo..., unos artículos sin los que usted seguramente no querrá vivir.
Carrin asintió con la cabeza. Por supuesto, siempre se había interesado en las novedades.
—Bueno, entonces, ¿y si firmáramos el contrato habitual? Si usted se compromete a entregarnos todo lo que gane su hijo durante los primeros treinta años de su vida adulta, podremos ofrecerle fácilmente nuevas condiciones de crédito.
El señor Pathis extrajo de su portadocumentos un fajo de papeles, que extendió ante Carrin.
—Si quiere firmar usted aquí y aquí y aquí, señor Carrin.
Carrin dudó.
—Bueno, la realidad es que aún no estoy decidido —dijo—. Me gustaría que mi hijo tuviera una buena entrada en la vida, sin atosigarle con...
—¡Pero mi querido señor Carrin! —le interrumpió el señor Pathis—. Todo lo que hay aquí es también para su hijo. Él vive aquí, ¿no? Tiene derecho a aprovecharse de la lujosa comodidad que posee usted, de todas estas maravillas de la ciencia.
—Oh, por supuesto —dijo Carrin—. Pero...
—Señor —dijo duramente el señor Pathis—, hoy en día el hombre medio vive como un rey. Hace apenas cien años, el hombre más rico del mundo no hubiera podido comprar nada de lo que el ciudadano medio posee actualmente. No debería considerar usted esto como una deuda. Es más bien una inversión.
—Sí, es cierto —dijo Carrin, con tono inseguro. Pensó en su hijo y en sus modelos de cohetes, sus mapas celestes y sus astronaves. ¿Era justo aquello?, se preguntó.
—¿Hay algo que no marche? —preguntó el señor Pathis con tono jovial.
—No, tan sólo estaba pensando —dijo Carrin—. Hipotecar todas las ganancias de mi hijo... ¿No cree que es ir un poco demasiado lejos?
—¿Demasiado lejos? ¡Pero mi querido señor Carrin! —el señor Pathis se echó a reír—. ¿Conoce usted a su vecino, el señor Mellon? Pues bien (por favor, no diga usted que he sido yo quien se lo ha dicho), ¡ha comprometido ya todo lo que pueda ganar su nieto durante la duración total de su vida! ¡Y ni siquiera posee la mitad de los bienes que desearía adquirir! Tendremos que arreglar algo para él. Nuestro oficio es servir al cliente y le juro que lo conocemos perfectamente bien.
Carrin se sentía visiblemente convencido.
—Y cuando usted se haya ido, señor Carrin, ¡todo esto pertenecerá a su hijo!
Aquello era cierto, pensó Carrin. Su hijo poseería todas las cosas maravillosas que llenaban ahora su casa. Y, al fin y al cabo, aquello no representaba más que treinta años de una vida que podía prolongarse hasta los ciento cincuenta años.
Firmó rotunda y pomposamente.
—¡Excelente! —exclamó el señor Pathis—. A propósito, ¿su casa está equipada con el nuevo autooperador central A. E.?
No, no lo estaba. El señor Pathis se apresuró a explicar que el autooperador central era la novedad del año, un sorprendente progreso de la ciencia electrónica. El aparato se encargaba de todas las funciones domésticas y de la cocina sin que su propietario tuviera que levantar ni el dedo meñique.
—En lugar de correr todo el día de un lado para otro apretando media docena de botones distintos, con el autooperador central todo lo que tendrá que hacer usted es apretar un solo botón. ¡Uno solo! Es un progreso inconcebible.
Puesto que el dispositivo costaba tan sólo quinientos treinta y cinco dólares, Carrin se apresuró a encargar uno, y la suma fue añadida a la deuda.
Oh, después de todo, pensó Carrin mientras acompañaba al señor Pathis hasta la puerta, esta casa sería un día la de Billy. Seguro que éste desearía que todos los aparatos estuvieran a la orden del día.
Además, apretar tan sólo un botón. ¡Cielos, qué economía de tiempo!


Una vez que el señor Pathis se hubo ido, Carrin se sentó en uno de los sillones ajustables y conectó la sólido. Tras ajustar la equipantalla, descubrió que el televisor no transmitía ningún programa que le interesara. Hizo balancear el sillón y se estiró para descabezar un sueño.
Pero había algo que seguía preocupándole.
—¡Hola, cariño! —le despertó su mujer, de regreso de la compra. Le besó detrás de la oreja—. ¡Mira!
Había comprado un sexypijama fluorescente Ace. Carrin se sintió agradablemente sorprendido porque tan sólo hubiera comprado aquello. Generalmente, Leela regresaba de sus compras abrumada de paquetes.
—Oh, es adorable —dijo.
Ella se inclinó para dejarse besar, y lanzó una risita, una nueva costumbre que había adquirido viendo a la última estrella de moda de la sólido. A Carrin le hubiera gustado que se abstuviera de aquella risita.
—Voy a los mandos a ordenar la cena —dijo ella, dirigiéndose a la cocina. Carrin sonrió al pensar que su hijo podría ordenar su cena sin moverse de la sala de estar. Se recostó en su sillón en el preciso instante en que entraba su hijo.
—¿Cómo va todo, muchacho? —preguntó.
—Muy bien —dijo distraídamente Billy.
—¿Qué te ocurre, muchacho? —El chico se miraba la punta de los pies, sin responder—. Eh, acércate. Dile a papá qué es lo que no marcha.
Billy se sentó en una caja por abrir y apoyó su barbilla entre sus manos. Levantó la mirada y fijó pensativamente sus ojos en su padre.
—Papá, si quiero, ¿puedo convertirme en un maestro reparador?
Carrin sonrió ante aquella pregunta. Billy quería ser alternativamente maestro reparador y piloto de astronave. Los reparadores constituían la elite de la sociedad. Su trabajo consistía en poner a punto las máquinas de reparar automáticas. Las máquinas de reparar podían reparar cualquier cosa, pero era imposible que una máquina reparara las máquinas que reparaban las otras máquinas. Aquella era la misión de los maestros reparadores.
Pero era un campo altamente competitivo, y tan sólo los mejores cerebros eran capaces de obtener esa calificación. Por muy brillante que fuera su hijo, no parecía poseer el espíritu científico necesario.
—¿Por qué no, hijo? —murmuró—. Todo es posible en esta vida.
—¿Pero es posible para mí?
—No lo sé —respondió Carrin, tan honestamente como pudo.
—De todos modos —dijo el niño, comprendiendo que la respuesta era negativa—, no quiero ser maestro reparador. Quiero ser piloto espacial.
—¿Piloto espacial, Billy? —dijo Leela, entrando en el salón—. Pero si no existen los pilotos espaciales.
—Oh, sí existen —afirmó Billy con convicción—. En la escuela nos han dicho que el gobierno estaba preparando el enviar hombres a Marte.
—Hace más de cien años que vienen diciendo lo mismo —hizo notar Carrin—, y aún no lo han conseguido.
—Esta vez es distinto —aseguró Billy.
—¿Pero para qué quieres ir a Marte? —preguntó Leela, guiñándole un ojo a Carrin—. No hay chicas bonitas en Marte.
—Las chicas no me interesan —se emperró Billy—. Todo lo que quiero es ir a Marte.
—No te gustaría, querido. Es un mundo viejo y desagradable, donde ni siquiera hay aire.
—Sí, hay aire, y me gustaría ir —insistió el niño con expresión enfurruñada—. No me gusta aquí.
—¿Qué estás diciendo? —Carrin se envaró—. ¿Acaso aquí te falta alguna cosa? ¿Hay algo que desees y que no tengas?
—No, padre. Tengo lo que quiero. —Cuando su hijo lo llamaba "padre", Carrin sabía que algo no marchaba bien.
—Escucha, muchacho. Cuando tenía tu edad, yo también quería ir a Marte. Deseaba correr aventuras. Incluso deseaba ser maestro reparador.
—¿Entonces por qué no hiciste nada de eso?
—Bueno, luego me hice mayor. Y me di cuenta que había otras cosas mucho más importantes. En primer lugar, tenía que pagar las deudas que me había dejado mi padre. Luego conocí a tu madre... —Leela emitió una risita—, y además quería poseer mi propia casa. Lo mismo ocurrirá contigo. Pagarás tus deudas y te casarás, tal como hice yo.
Billy permaneció silencioso por unos instantes, luego echó hacia atrás sus negros cabellos, tan lisos como los de su padre, y se humedeció los labios.
—¿Por qué tengo deudas, papá? —preguntó.
Carrin se lo explicó cuidadosamente. Todo lo que necesitaba una familia para disfrutar de una vida civilizada, y lo que costaba. La obligación que había de pagarlo todo. Y lo corriente que era el que un hijo se hiciera solidario de las deudas de sus padres desde el momento mismo en que era considerado adulto.
El silencio de Billy lo irritó. Era como si su hijo le estuviera reprochando algo. ¡Tras todos aquellos años de esclavitud para darle a aquel mocoso ingrato todo el lujo posible!
—Muchacho —dijo gravemente—, tú has estudiado historia en la escuela, ¿no? Bien, entonces sabrás lo que ocurría en el pasado. Había guerras. ¿Te hubiera gustado que te mataran en el transcurso de alguna de aquellas guerras?
Su hijo no respondió.
—¿O quizá preferirías agotarte durante ocho horas al día haciendo el trabajo que puede hacer una máquina? ¿O estar hambriento siempre? ¿O pasar frío, con la lluvia cayendo sobre ti y ningún lugar donde refugiarte para dormir?
Calló, aguardando una respuesta. No llegó ninguna.
—Te ha tocado la suerte de vivir en la época más afortunada que haya conocido la Humanidad —prosiguió—. Estás rodeado de todas las mayores maravillas del arte y la ciencia. La mejor música, los más famosos libros, todo el arte del mundo, todo ello al alcance de tu mano. Lo único que tienes que hacer es apretar un botón. —Su tono se suavizó—. Bueno, ¿qué piensas de ello?
—Estaba pensando en cómo podré ir a Marte —respondió el niño—. Con la deuda, quiero decir. Me temo que no podré.
—No, por supuesto.
—A menos que me meta de polizón en un cohete.
—Oh, pero tú no harás nunca eso.
—No, claro que no —dijo pensativamente el niño. Pero a su tono le faltaba convicción.
—Te quedarás aquí, y te casarás con una hermosa chica —dijo Leela.
—Oh, sí —dijo Billy—. Sí, claro. 
De repente, sonrió.
—¿Saben?, no pensaba seriamente en eso de ir a Marte.
—Me alegra oírtelo decir —reconoció Leela.
—Olviden todo lo que he dicho —dijo Billy, con la misma fría sonrisa. Se levantó, y echó a correr escaleras arriba.
—Seguro que ha ido a jugar con sus cohetes —dijo Leela—. Es un diablillo.
Los Carrin cenaron tranquilamente, y entonces llegó el momento para el señor Carrin de ir a trabajar. Aquel mes le tocaba el turno de noche. Besó a su mujer, subió a su turbo, y tomó la dirección de la fábrica. 


Las puertas automáticas de ésta le reconocieron y se abrieron ante él. Dejó su vehículo en el estacionamiento reservado y penetró en la enorme nave.
Estaba repleta de tornos automáticos, prensas automáticas; todo automático. La inmensa nave estaba brillantemente iluminada, y las máquinas ronroneaban suave y adormecedoramente, haciendo su trabajo y haciéndolo bien.
Carrin se dirigió hacia el extremo de la larga cadena de montaje de lavadoras automáticas para relevar a su compañero del turno anterior.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Por supuesto —dijo el hombre—. Hace más de un año que apareció la última defectuosa. Además, ese nuevo modelo es parlante; no enciende luces como los antiguos.
Carrin se sentó en el lugar del otro hombre y esperó a que apareciera la primera lavadora. Su trabajo era la sencillez misma: Permanecía sentado en su sillón, y las lavadoras pasaban ante él. Cuando lo hacían, Carrin pulsaba uno de los botones de la máquina para comprobar que todo estaba en orden. Siempre lo estaba. Entonces las lavadoras se dirigían hacia la sección automática de embalaje.
La primera lavadora apareció por la cinta. Carrin pulsó un botón lateral.
—Lista para el lavado —dijo la lavadora. Carrin pulsó otro botón, y la lavadora se alejó.
"Maldito muchacho", pensó Carrin, recordando a su hijo. ¿Sabría enfrentarse algún día a sus responsabilidades? Cuando alcanzara la edad adulta, ¿sabría insertarse en su lugar en la sociedad? Carrin empezaba a dudarlo. El chico era un rebelde por naturaleza. Si alguna vez alguien iba a Marte, podía estar seguro que sería él.
Pero aquel pensamiento no le preocupaba de una forma particular.
—Lista para el lavado —dijo otra lavadora, pasando ante él.
Carrin recordó entonces algo acerca de Miller. Aquel hombre jovial estaba siempre hablando de los planetas, no dejaba de alardear que algún día lo abandonaría todo e iría a algún lugar para vivir la misma vida dura que habían vivido sus antepasados. Y, sin embargo, nunca lo había hecho. En lugar de ello había tomado un pedazo de cuerda y se había ahorcado.
—Lista para el lavado.
Carrin tenía ocho horas ante él, y se soltó la hebilla del cinturón para estar más cómodo. Ocho horas apretando botones y escuchando a las máquinas decir que estaban preparadas.
—Lista para el lavado. 
Pulsó otro botón.
—Lista para el lavado.
La mente de Carrin huyó de su trabajo, que de todos modos no exigía una atención especial. "Cuánto me habría gustado hacer todo lo que quería hacer cuando era joven", pensó. "Qué maravilloso hubiera sido ser un piloto espacial, pulsar un botón e ir a Marte".

FIN

2026/01/26

El rey de las bestias (Philip José Farmer)


Título original: The King of the Beasts
Año: 1964


El biólogo guiaba al visitante en el interior del laboratorio y el zoológico.
—Nuestro presupuesto —dijo—, es demasiado limitado para recrear todas las especies extintas conocidas. Así que devolvemos a la vida sólo los animales superiores, los más bellos que fueron cruelmente exterminados. Por así decirlo, estoy tratando de compensar la crueldad y la estupidez. Se podría decir que el hombre abofeteaba el rostro de Dios cada vez que aniquilaba una especie del reino animal.
Hizo una pausa, y miraron más allá de los fosos y los campos de fuerza. Los cervatillos brincaban y galopaban, mientras el Sol les iluminaba los flancos. La foca sacaba sus humorísticos bigotes del agua. El gorila atisbaba tras los bambúes. Las palomas mensajeras se atusaban las plumas. Un rinoceronte trotaba como un cómico acorazado. Una jirafa los miró con delicados ojos y luego volvió a comer hojas.
—Ahí está el dronte. No es hermoso, pero es muy raro, y totalmente inerme. Venga, le mostraré el proceso de recreación.
En el gran edificio pasaron junto a hileras de voluminosos y altos tanques. Podían ver claramente por las ventanas de sus lados, y a través de la gelatina interior.
—Esos son embriones de elefantes africanos —dijo el biólogo—. Planeamos producir una gran manada y soltarla en la nueva reserva gubernamental.
—Casi se le puede ver irradiar felicidad —dijo el distinguido visitante—. Ama mucho a los animales, ¿no?
—Amo todo lo vivo.
—Dígame —dijo el visitante—, ¿de dónde obtiene los datos para la recreación?
—Principalmente de esqueletos y pieles que había en los antiguos museos. Y de libros y películas que hemos encontrado en excavaciones arqueológicas y que hemos logrado restaurar y luego traducir. ¡Ah!, ¿ve esos grandes huevos? En su interior están gestándose los polluelos del gran moa. Y casi a punto para ser sacados del tanque se hallan los cachorros de tigre. Cuando estén crecidos serán peligrosos, pero estarán confinados en la reserva.
El visitante se detuvo ante el último de los tanques.
—¿Sólo uno? —preguntó—. ¿Qué es?
—Pobre criatura —dijo el biólogo, ahora triste—. ¡Estará tan solo! Pero yo le daré todo el cariño que pueda.
—¿Tan peligroso es? —preguntó el visitante—. ¿Peor que los elefantes, tigres y osos?
—Tuve que conseguir un permiso especial antes de hacer crecer este —explicó el biólogo; su voz temblaba.
El visitante dio un paso hacia atrás asustado, apartándose del tanque. Y exclamó:
—Entonces, debe de ser... ¡Pero no, no se atrevería!
El biólogo asintió con la cabeza.
—Sí, es un hombre.


FIN

2026/01/19

Involución (Edmond Hamilton)


Título Original: Devolution
Año: 1936


Habitualmente, Ross tenía un temperamento equilibrado, pero cuatro días de viaje en canoa por las tierras remotas del norte de Quebec habían empezado a hacer mella en él. En aquella su cuarta parada en la orilla del río para acampar durante la noche perdió los estribos, por un momento habló a sus dos compañeros en términos devastadores.
Mientras hablaba, agitaba los ojos oscuros con el joven y guapo rostro sin afeitar contraído. Al principio, los dos biólogos escucharon sin responder. Gray, rubio, de aspecto joven, estaba indignado, pero Woodin, el mayor de los biólogos, se limitó a escuchar impasible con sus ojos grises fijos en la cara enfadada de Ross.
Cuando Ross paró para tomar aliento, la voz calmada de Woodin preguntó:
—¿Has terminado?
Ross tragó saliva como si fuese a continuar su discurso violento, pero súbitamente se controló.
—Sí, he terminado —dijo de mala gana.
—Entonces escúchame —dijo Woodin, como un padre de mediana edad amonestando a un hijo enfurruñado—. Te estás enfadando por nada. Ni Gray ni yo nos hemos quejado. Ninguno de los dos ha dicho ni una sola vez que no creyéramos lo que nos habías contado.
—No han dicho que no me crean, ¡no! —exclamó Ross con un enfado que resurgía—. ¿Pero imaginan que ignoro lo que están pensando? Piensan que les conté un cuento de hadas sobre las cosas que vi desde mi avión, ¿verdad? Piensan que los he arrastrado a los dos hasta aquí en la más loca de las búsquedas desesperadas, a la caza de increíbles criaturas que nunca han podido existir. Creen eso, ¿verdad?
—Oh, ¡malditos mosquitos! —dijo Gray, abofeteándose con furia el cuello y mirando al aviador con cara de pocos amigos.
Woodin tomó la batuta:
—Lo discutiremos después de montar el campamento. Jim, saca los petates. Ross, ¿buscarás madera?
Ambos le miraron y después se miraron entre sí, pero a regañadientes le obedecieron. La tensión se relajó por el momento.
Para cuando la oscuridad cayó en el pequeño claro junto al río, la canoa estaba recogida en la orilla, su pequeña tienda montada y un fuego crepitaba frente a ella. Gray alimentó la hoguera con gordos leños de pino mientras Woodin la usaba para preparar café, pasteles calientes y el inevitable bacón.
La luz del fuego ondeaba débilmente hacia los altos troncos de las tsugas que rodeaban el pequeño claro por tres lados. Iluminaba sus tres figuras vestidas de color caqui y el blanco bloque irregular de la tienda. Se reflejaba en las ondas del McNorton, crepitando suavemente mientras el río fluía hacia el Little Whale.
Comieron en silencio y, sin decir palabra, limpiaron los cazos con manojos de hierbas. Woodin encendió la pipa, los otros dos encendieron cigarrillos arrugados para luego recostarse un rato al lado del fuego, escuchando el crepitar, los rumores provenientes del río, el susurro de las altas ramas de las tsugas, el solitario sonido de los insectos.
Al fin Woodin vació la pipa contra el talón de la bota y se sentó.
—Bien —dijo—, ahora resolveremos la discusión que manteníamos.
Ross parecía un poco avergonzado.
—Supongo que he sacado las cosas de quicio —dijo conteniéndose. Para añadir—: Pero igualmente, solo me creen a medias.
Woodin sacudió la cabeza lentamente.
—No, no es así, Ross. Cuando nos contaste que habías visto criaturas de las que nadie había oído hablar mientras volabas sobre estas tierras salvajes, Gray y yo, lo dos, te creímos.
»De no haberte creído, ¿crees que dos biólogos ocupados hubiesen dejado su trabajo para venir a estos bosques sin fin a buscar las cosas que viste?
—Lo sé, lo sé —dijo el piloto no del todo convencido—. Ustedes piensan que vi algo extraño y se arriesgan por si después de todo vale la pena haber venido hasta aquí. Pero no creen lo que he contado sobre el aspecto de esas cosas. Piensan que es demasiado extraño para ser cierto, ¿no?
Por primera vez Woodin dudó antes de contestar.
—Después de todo, Ross —dijo evitando responder directamente—, los ojos pueden jugar malas pasadas cuando solamente entrevemos algo un momento, desde un avión, a dos kilómetros de altura.
—¿Entrever? —dijo Ross—. Te lo repito. Las vi tan claramente como te veo a ti. A dos kilómetros de altura, sí, pero tenía binoculares los estaba usando cuando las vi.
»Además, fue cerca de aquí, justo al este de la bifurcación del McNorton y el Little Whale. Iba hacia el sur con prisa dado que había pasado tres semanas allá arriba, trabajando en el mapa gubernamental de la bahía de Hudson. Quería situarme en la bifurcación del río, así que descendí un poco con el avión y usé los binoculares.
»Entonces, ahí abajo, en un claro junto al río, vi brillar algo y vi... las cosas. Eran increíbles, ¡pero las vi con toda claridad! Durante el tiempo que las miré me olvidé completamente de la bifurcación del río.
»Eran grandes y brillantes, como montones deslumbrantes de gelatina, tan transparentes que podía ver el suelo a través de ellas. Había al menos una docena y mientras las miraba se deslizaban por un pequeño claro, flotando, en un movimiento fluido.
»Después desaparecieron bajo los árboles. De haber habido un claro suficientemente grande para aterrizar a menos de ciento cincuenta kilómetros hubiese aterrizado para buscarlas, pero no lo había y tuve que irme. Quería desesperadamente descubrir lo que eran y, cuando, conté la historia, acordaron venir aquí en canoa para buscarlas. Pero ahora me parece que nunca me creyeron del todo.
Woodin miró pensativo el fuego.
—Vale, creo que viste algo extraño, alguna extraña forma de vida. Es por eso que estuve dispuesto a venir hasta aquí.
»Pero las cosas que describes, como gelatina, translúcidas, deslizándose de esa forma sobre la tierra... No ha habido nada así desde que las primeras criaturas protoplasmáticas, el principio de la vida en la Tierra se deslizaban sobre nuestro joven planeta.
—Si existieron seres así, ¿por qué no pudieron dejar descendientes? —replicó Ross.
Woodin negó con la cabeza.
—Porque desaparecieron hace años, se transformaron en formas de vida diferentes y superiores, iniciando la evolución que alcanzó su cumbre con el hombre.
»Esas criaturas protoplasmáticas unicelulares, hace mucho tiempo muertas, fueron el principio, el difícil y modesto comienzo de nuestra vida. Fallecieron y sus descendientes no se parecen a ellas. Nosotros los hombres somos sus descendientes.
Ross lo miraba con el ceño fruncido.
—¿Pero de dónde salieron esas primeras criaturas vivas? —Woodin volvió a cabecear.
—El origen de esas primeras formas de vida protoplasmáticas es algo que los biólogos desconocemos y acerca de lo cual sólo podemos especular.


»Se ha propuesto que surgieron espontáneamente a partir de los productos químicos de la Tierra. Pero tal cosa ha sido desmentida por el hecho de que criaturas así no surgen ahora espontáneamente a partir de la materia inerte. Su origen es un completo misterio. Pero, sin embargo, aparecieron en la Tierra, fueron la primera forma de vida, nuestros antepasados lejanos.
Woodin tenía una mirada soñadora, completamente ajeno a los otros dos mientras miraba en el fuego viendo visiones.
—Qué saga tan gloriosa, ¡el maravilloso ascenso de toscas criaturas protoplasmáticas hasta el hombre! Una maravillosa serie de cambios que nos ha llevado desde la más baja forma a nuestro actual esplendor.
»¡Y no podría haber ocurrido en ningún otro lugar salvo en la Tierra! Para la ciencia es casi seguro que la causa de estas mutaciones evolutivas es la radiación de los depósitos radiactivos del interior de la Tierra actuando sobre los genes de toda la materia viva.
Vio la cara de incomprensión de Ross y, a pesar de haberse dejado llevar, sonrió un poquito.
—Veo que eso no te dice nada. Intentaré explicarme. Las células germinales de todas las formas de vida de la Tierra contienen un cierto número de pequeñas barras que se llaman cromosomas. Esos cromosomas están formados por partículas denominadas genes. Y cada uno de esos genes ejerce un potente y diferenciado proceso de control sobre el desarrollo de la criatura que crece a partir de esa célula germinal.
»Algunos genes controlan el color de la criatura, otros controlan su tamaño, otros la forma de sus extremidades, y así sucesivamente. Todo lo característico de la criatura que crece a partir de esa célula germinal se da en buena medida diferente en otra criatura de su misma especie. Será, de hecho, de una especie totalmente nueva. Así es como nuevas especies surgen en la Tierra, por el método del cambio evolutivo.
»Los biólogos saben todo eso desde hace algún tiempo y están buscando la causa de esos grandes cambios repentinos, esas mutaciones, como se llaman. Han intentado encontrar qué es lo que afecta a los genes de una forma tan radical. Han demostrado de manera experimental que los rayos X y rayos químicos de diversos tipos, cuando se aplican sobre los genes de las células germinales, los hacen cambiar mucho. Y la criatura que se desarrolla a partir de esas células germinales es una criatura bastante distinta, un mutante.
»Por esa causa, muchos biólogos creen ahora que los depósitos radiactivos terrestres, actuando sobre todos los genes de todo ser viviente de la Tierra, son los que provocan los grandes cambios en las especies, la sucesión de mutaciones que ha llevado la vida por el camino de la evolución hasta la altura actual.
»Es por esto por lo que digo que en ningún otro mundo excepto la Tierra pudo darse el proceso evolutivo. Porque es posible que en ningún otro mundo se encuentren los depósitos radiactivos que provocan el efecto de las mutaciones en los genes. En cualquier otro mundo, las primeras formas protoplasmáticas que empezaron a vivir pudieron permanecer para siempre iguales, a través de interminables generaciones.
»¡Qué agradecidos debemos estar de que esto no pasase en la Tierra! ¡De que las mutaciones se hayan sucedido, la vida siempre cambiando y progresando hacia especies nuevas y superiores, de forma que la primera y primitiva especie protoplasmática ha avanzado mediante incontables cambios hasta culminar en el logro supremo del hombre!
Woodin se había dejado llevar por el entusiasmo mientras hablaba pero paró, riendo un poco y encendiendo de nuevo su pipa.
—Ross, perdona que te haya dado una lección como si fueses un universitario novato. Pero esa es mi principal obsesión, mi idea fija, el maravilloso ascenso de la vida a lo largo de los años.
Ross miraba pensativo el fuego.
—Parece maravilloso cuando lo cuentas de esa forma, una especie cambiando a otra, superándose continuamente...
Gray se levantó y se estiró al lado del fuego.
—Bien, ustedes dos pueden maravillarse con todo eso, pero este insensible materialista va a emular a sus remotos antepasados invertebrados y retornará a una posición postrada. En otras palabras, me voy a la cama.
Miró a Ross, con una sonrisa dubitativa en su joven y rubia cara, y dijo:
—¿Sin rencores, amigo?
—Olvídalo. —El piloto le devolvió la sonrisa—. Ha sido una dura jornada remando y ustedes dos parecían un poco escépticos. ¡Pero ya verán! Mañana estaremos en la bifurcación del Little Whale y entonces apuesto a que no exploraremos ni una hora antes de encontrarnos con una de esas criaturas gelatinosas.
—Eso espero —dijo Woodin bostezando—. Entonces veremos cuánto de buena es tú vista desde un kilómetro de altura y si has arrastrado a dos respetables científicos hasta aquí para nada.
Más tarde, mientras se acostaba entre mantas dentro de la pequeña tienda, escuchando roncar a Gray y Ross y mirando medio dormido el resplandor de las brasas, Woodin volvió a meditar sobre la cuestión. ¿Qué había visto Ross en aquel vistazo fugaz desde su rápido avión? Algo extraño, Woodin estaba seguro, tan seguro que se había embarcado en ese difícil viaje para comprobarlo. Pero ¿qué exactamente?
No los seres protoplasmáticos que había descrito. Por supuesto que eso no podía ser. ¿O sí? Si seres así habían existido, ¿por qué no podían...? ¿Era posible?
Woodin no se dio cuenta de que se había dormido hasta que se despertó por el grito de Gray. No era una llamada amistosa, era un ronco alarido de alguien asaltado repentinamente por un terror paralizante.
Abrió los ojos ante ese grito para ver lo Increíble recortándose contra las estrellas en la entrada abierta de la tienda. Una masa oscura y amorfa se jorobaba allí en la abertura, brillando bajo la luz de las estrellas, y deslizándose hacia dentro de la tienda. Detrás de ella había otras iguales.
A partir de ese momento las cosas empezaron a sucederse con rapidez. Le parecía a Woodin que nada pasaba consecutivamente sino en una sucesión de escenas estáticas, como los fotogramas de una película.
La pistola de Gray escupió una llama roja hacia el primer monstruo viscoso que entró en la tienda y el destello momentáneo mostró la amenazadora masa brillante del ser y la cara de pánico de Gray y a Ross rebuscando entre las mantas su pistola.
Una vez concluida esa escena instantáneamente hubo otra, Gray y Ross se pusieron rígidos repentinamente, cayeron de golpe como petrificados. Woodin supo que ambos estaban muertos, no sabía cómo lo sabía, pero lo sabía. Los monstruos brillantes ya entraban en la tienda.
Rompió un lateral y se precipitó fuera hacia la fría luz de las estrellas del claro. Corrió tres pasos, sin saber en qué dirección, y se paró. No sabía muy bien por qué se detenía, pero lo hizo.


Permaneció allí. Su cerebro instaba a sus extremidades a volar, pero sus extremidades no obedecían. No podía ni girarse, no podía mover ningún músculo de su cuerpo. Quieto, miraba el reflejo de la luz de las estrellas en el río, afectado por una extraña y completa parálisis.
Woodin escuchó crujidos, movimientos de deslizamiento en la tienda detrás de él. Desde atrás entraron en su campo de visión varias de las criaturas brillantes. Se estaban colocando a su alrededor. Había una docena más o menos y ya las veía claramente.
No eran una pesadilla, no. Eran reales, lo rodeaban montículos, masas amorfas de viscosa gelatina transparente. Cada una de ellas medía aproximadamente metro veinte de altura y un metro de diámetro, aunque su forma cambiaba ligera y continuamente, por lo que costaba determinar sus dimensiones.
En el centro de cada una de las masas translúcidas había una zona oscura, una mancha en forma de disco o un núcleo. No había nada más en las criaturas, ni extremidades ni órganos sensibles. Aunque observó que dos de ellas podían producir pseudoextremidades para sostener los cuerpos de Gray y Ross en tentáculos y acercarlos y acostarlos al lado de Woodin.
Todavía incapaz de mover un músculo, veía las congeladas y retorcidas caras de los dos hombres y las pistolas todavía agarradas por las manos muertas. Y mientras miraba la cara de Ross recordó.
Las cosas que el piloto había visto desde su avión, las criaturas gelatinosas que los tres habían ido al norte a buscar, ¡eran los monstruos que le rodeaban! ¿Pero cómo habían matado a Ross y a Gray? ¿Cómo lo mantenían petrificado? ¿Quiénes eran?
—Te permitiremos moverte, pero no debes intentar escapar.
El cerebro ya confundido de Woodin se asombró todavía más. ¿Quién le había dicho aquello? No había oído nada, pero sin embargo había creído oír.
—Te permitiremos moverte, pero no debes intentar escapar ni hacernos daño.
Escuchó mentalmente aquellas palabras a pesar de que sus oídos no habían captado ningún sonido. Y su cerebro siguió oyendo.
—Te estamos hablando por transferencia de impulsos de pensamiento. ¿Tienes capacidad mental suficiente para entendernos?
¿Mente? ¿Una mente en esos seres? Woodin se estremecía de pensarlo mientras observaba a los monstruos brillantes.
Sus pensamientos aparentemente los alcanzaron.
—Por supuesto que tenemos mente. —El pensamiento respuesta llegó a su mente—. Ahora vamos a dejar que te muevas, pero no intentes escapar.
—Yo... yo no lo intentaré —se dijo Woodin mentalmente.
Al momento, la parálisis que le retenía cedió. Permaneció en el círculo de monstruos brillantes. Las manos y el cuerpo le temblaban violentamente.
Había diez de ellos. Diez monstruos, deformes masas brillantes de gelatina transparente, reunidos a su alrededor como geniecillos sin rostro encapuchados, salidos de alguna guarida de lo desconocido. Uno, aparentemente el portavoz y líder, permanecía más cerca de él que los demás.
Woodin recorrió lentamente el círculo con la mirada y después bajó la vista hacia sus compañeros muertos. En la niebla de terrores extraños que congelaba su alma sintió una repentina y dolorosa pena mientras los miraba.
A Woodin le llegó otro pensamiento de la criatura más cercana.
—No queríamos matarlos, hemos venido simplemente para capturarlos y hablar con ustedes.
»Pero cuando hemos sentido que intentaban matarnos, hemos actuado rápidamente. A ti, que no intentabas matarnos pero has escapado, no te hemos hecho daño.
—¿Qué... qué quieren de nosotros... de mí? —preguntó Woodin.
Lo susurró entre sus labios secos, pensándolo simultáneamente.
Esta vez no hubo respuesta mental. Los seres permanecían quietos, un anillo silencioso de meditación de figuras sobrenaturales. Woodin sintió su mente resquebrajándose bajo la tensión del silencio y repitió la pregunta, gritando.
Esta vez sí que hubo respuesta mental.
—No respondía porque estaba analizando tu mente para comprobar que eras lo suficientemente inteligente para comprender las ideas.
»A pesar de que tu mente parece ser excepcionalmente rudimentaria es posible que pueda apreciar suficientemente lo que deseamos comunicarte para que nos entiendas.
»Antes de empezar, sin embargo, debo advertirte que es casi imposible que escapes o nos hagas daño y que cualquier intento resultaría desastroso para ti. Es evidente que no sabes nada de la energía mental así que te diré que estas dos criaturas iguales que tú han muerto por el simple poder de nuestra voluntad y que tus músculos no respondían las órdenes de tu cerebro por el mismo poder. Gracias a nuestra energía mental seríamos capaces de aniquilar completamente tu cuerpo, si quisiésemos.
Hubo una pausa y, en ese breve silencio, el atontado cerebro de Woodin intentó aferrarse desesperadamente a la cordura, a la solidez.
Entonces regresó aquella voz mental que sonaba como una voz real hablando en su cerebro.
—Somos los hijos de una galaxia cuyo nombre, traducido lo mejor posible a tu lenguaje, es Arctar. La galaxia de Arctar se encuentra a tantos millones de años luz de esta galaxia que se halla más allá de la curva de la esfera del cosmos tridimensional.
»Hace mucho tiempo llegamos a dominar esa galaxia. Dado que somos criaturas capaces de usar nuestra energía mental para transportarnos, como fuerza física y para producir cualquier efecto que necesitáramos, conquistamos y colonizamos rápidamente la galaxia viajando de sol a sol sin necesidad de ningún vehículo.
»Teniendo toda la galaxia de Arctar bajo nuestro control, pusimos nuestras miras en los dominios de más allá. Existen aproximadamente mil millones de galaxias en el cosmos tridimensional y nos pareció adecuado colonizarlas para que con el tiempo toda la materia del cosmos estuviese bajo nuestro control.
»El primer paso fue incrementar nuestro número, así que nos multiplicamos hasta ser los suficientes para la gran tarea de colonizar el cosmos. Esto no fue difícil, dado que, evidentemente, para nosotros la reproducción es una simple cuestión de división. Cuando fuimos bastantes, nos dividimos en cuatro grupos.
»A continuación la gran esfera del cosmos tridimensional fue dividida en cuatro partes, una para cada grupo. Cada fuerza tenía que colonizar su porción del cosmos, así que las tremendas huestes partieron de Arctar en cuatro direcciones.
»Una de esas fuerzas llegó hace eones a esta galaxia, con la intención de colonizar todos los mundos habitables. Todo esto llevó mucho tiempo, por supuesto, pero nuestras vidas son muchísimo más largas que las de ustedes y comprendemos que los logros de la raza lo son todo y que los logros individuales no son nada. Durante la colonización de esta galaxia, varios millones de arctarianos vinieron a este sol en particular y, al descubrir que este era el único planeta habitable de los nueve cercanos, se establecieron aquí.


»Ha sido siempre la regla que los colonizadores de todos esos mundos del cosmos debían mantener la comunicación con el lugar de origen de nuestra especie, la galaxia Arctar. De esa forma, nuestra gente, que ya controla todo el universo, es capaz de concentrar en un único punto todo el conocimiento y el poder y, desde ese punto, mandar órdenes que den forma a los grandes proyectos para el cosmos.
»Pero de este mundo no se ha recibido ningún comunicado desde poco después de la llegada de los arctarianos. Cuando nos dimos cuenta por primera vez, el asunto fue postergado. Se creía que al cabo de unos cuantos millones de años también llegarían informes de este mundo. Pero al no recibir ninguna noticia, después de más de mil millones de años de silencio, el consejo directivo de Arctar ordenó enviar una expedición para determinar las razones del silencio de los colonizadores.
»Nosotros diez formamos esa expedición y partimos de uno de los mundos cuyo sol ustedes llaman Sirio, situado a corta distancia de su sol, donde también hay colonizadores. Se nos ordenó venir a este mundo a toda velocidad para determinar por qué los colonizadores no habían enviado ningún informe. Así que, navegando a través del vacío gracias a nuestro poder mental, cruzamos el espacio entre sol y sol y, hace unos días, llegamos a este mundo.
»¡Imagina nuestra perplejidad cuando descendimos flotando a tu mundo! En vez de encontrar cada kilómetro cuadrado habitado por arctarianos como nosotros, descendientes de los colonos originales, en un mundo sometido completamente a su control mental, ¡encontramos un planeta que es en su totalidad una zona salvaje llena de extrañas formas de vida!
»Permanecimos en la zona donde habíamos aterrizado y pasamos cierto tiempo enviando nuestra visión lejos y escaneando mentalmente todo el mundo. Nuestra perplejidad creció, dado que nunca habíamos visto formas de vida grotescas y degradadas como las que se presentaban ante nosotros. Y no hemos visto ni un solo arctariano en el planeta.
»Esto nos ha dejado extremadamente desconcertados. ¿Qué podría haber acabado con los arctarianos? ¿Quién colonizó este planeta?, imposible que las mentes penosas y débiles que ahora pueblan este planeta derrotasen y destruyesen a nuestros poderosos colonos y a sus descendientes. ¿Pero dónde están?
»Por eso pretendíamos capturarlos. Aunque conocíamos la inferioridad de sus mentes, seguro que incluso criaturas como ustedes tienen que saber lo que ha pasado con los colonos que una vez habitaron este mundo.
El hilo mental se paró un momento, después entró en la mente de Woodin con una pregunta clara:
—¿Sabes qué pasó con nuestros colonos? ¿Tienes alguna pista sobre su extraña desaparición?
El biólogo paralizado se encontró negando lentamente con la cabeza:
—Nunca... nunca he sabido de criaturas como ustedes, de mentes así. Que sepamos, nunca han existido en la Tierra, y ya conocemos casi toda la historia de la Tierra.
—¡Imposible! —exclamó el pensamiento del líder arctariano—. Algo debes de saber de nuestra poderosa gente si es cierto que conoces toda la historia del planeta.
De otra mente arctariana llegó otro pensamiento, dirigido al líder pero afectando indirectamente al cerebro de Woodin.
—¿Por qué no analizamos el pasado de este planeta a través del cerebro de esta criatura y vemos qué podemos averiguar por nosotros mismos?
—¡Una idea excelente! —exclamó el líder—. Su mente será bastante fácil de analizar.
—¿Qué van a hacer? —clamó Woodin agudamente, con voz de pánico.
Los pensamientos respuesta eran calmados, tranquilizadores.
—Nada que te cause el más mínimo daño. Simplemente vamos a explorar el pasado de tu especie desbloqueando los recuerdos heredados de tu cerebro.
»En las células sin usar de tu cerebro residen recuerdos heredados de la especie que se remontan hasta tus más remotos antepasados. Gracias a nuestro poder mental haremos que esos recuerdos enterrados se vuelvan temporalmente dominantes y activos en tu mente.
»Experimentarás las mismas sensaciones, verás las mismas escenas que tus remotos antepasados vieron hace millones de años. Y nosotros, aquí a tu alrededor, leeremos tu mente como hacemos ahora y veremos lo que tú estés viendo mirando el pasado de este planeta.
»No hay peligro. Físicamente continuarás aquí, pero mentalmente viajarás hacia atrás a través de los años. Primero llevaremos tu mente al momento aproximado en que nuestros colonos llegaron a este planeta, para ver qué les pasó.
Tan pronto como ese pensamiento llegó a la mente de Woodin la escena bajo la luz de las estrellas y las masas de los arctarianos desaparecieron repentinamente y su conciencia atravesó un torbellino de niebla gris.
Sabía que físicamente no se estaba moviendo, pero mentalmente tenía una terrible sensación de velocidad. Era como si su mente diese vueltas a través de impensables abismos, con su cerebro expandiéndose.
Luego la niebla desapareció abruptamente. Una nueva y extraña escena tomó forma en la mente de Woodin.
Era una escena que sentía pero no veía. Su mente la captaba a través de un sentido que no era la vista. No por ello era menos real y vívida.
Miró con el extraño sentido una tierra extraña, un mundo de mares grises y continentes de roca sin una pizca de vida. El cielo estaba completamente nublado y la lluvia caía continuamente.
Mirando hacia ese mundo, Woodin sentía cómo caía junto a un conjunto de extraños acompañantes. Cada uno de ellos era una masa amorfa, brillante y unicelular, con un núcleo central. Eran arctarianos y Woodin sabía que él era un arctariano y que había llegado a ese mundo acompañado de otros tras un viaje por el espacio.
El grupo aterrizó en un planeta áspero y sin vida. Hicieron un esfuerzo mental y por pura fuerza telequinética alteraron la materia del mundo para adaptarla a sus necesidades. Levantaron grandes estructuras y ciudades, ciudades que no eran de materia sino de pensamiento. Llevaron a cabo una gran cantidad de investigaciones, experimentos y comunicaciones cuyo motivo y cuyos logros quedaban muy lejos de la comprensión actual con mente humana. Repentinamente, todo se volvió a disolver en una niebla gris.
La niebla se disipó casi de inmediato y Woodin se encontró viendo otra escena. Una escena muy posterior. Veía que el tiempo había provocado unos extraños cambios sobre los arctarianos, de los cuales, él seguía siendo uno. Habían pasado de seres unicelulares a pluricelulares y ya no eran todos iguales. Unos estaban adheridos por la base, otros en un punto, otros eran móviles. Unos mostraban una tendencia hacia el agua, otros hacia la tierra. Algo había cambiado la forma del cuerpo de los arctarianos generación tras generación, diversificándolos en ramas.


Esta extraña degeneración de sus cuerpos había ido acompañada por una degeneración similar de sus mentes. Woodin lo sentía. En las ciudades de pensamiento el proceso de búsqueda de conocimiento y poder se había vuelto confuso, caótico. Y las propias ciudades de pensamiento estaban desapareciendo. Los arctarianos ya no tenían el suficiente poder mental para mantenerlas.
Los arctarianos intentaban determinar qué estaba causando esa extraña degeneración física y mental. Pensaban que algo estaba influyendo en sus genes, pero no lograban adivinar de qué se trataba. ¡En ningún otro mundo habían degenerado de aquella forma!
La escena cambió rápidamente a otra posterior. Woodin vio la escena, dado que su antepasado, a través de cuya mente miraba, había desarrollado ojos. Y vio que la degeneración había ido mucho más lejos, los cuerpos multicelulares de los arctarianos estaban cada vez más afectados por la enfermedad de la complejidad y la diversificación.
La última de las ciudades de pensamiento había desaparecido. Los una vez poderosos arctarianos se habían convertido en seres repulsivos, complejos organismos que degeneraban cada vez más, algunos de ellos arrastrándose y nadando por el agua, otros fijos a la tierra.
Todavía conservaban parte de la gran mente de sus antepasados originales. Esas monstruosas criaturas degeneradas que vivían en la tierra y en el mar, en lo que la mente de Woodin reconoció como la era Paleozoica, todavía hacían desesperados y fútiles intentos por detener el terrible avance de su degeneración.
La mente de Woodin saltó a una escena posterior, la era Mesozoica. La propagación de la degeneración había convertido a los descendientes de los colonos en un grupo aún más horrible de especies. Se habían convertido en grandes criaturas membranosas, escamosas y con garras, en reptiles de tierra y acuáticos.
Incluso esas criaturas tan increíblemente cambiadas poseían un ligero resto del poder mental de sus antepasados. Hacían vanos intentos por comunicarse con los arctarianos de otros mundos de soles distantes, para informarlos de su apremiante situación. Pero sus mentes eran demasiado débiles.
Continuó con una escena del Cenozoico. Los reptiles se habían convertido en mamíferos; el deterioro de los arctarianos había progresado aún más. En esos degradados descendientes sólo quedaban meras pizcas de la mentalidad original. Y esta penosa posteridad había producido una especie aún más tonta y sin ninguno de los poderes mentales anteriores: Simios que vagaban por las frías explanadas en grupos, parloteando, discutiendo. En esas criaturas se habían disipado los últimos restos de la herencia arctariana, la antigua tendencia hacia la dignidad, la limpieza y la paciencia.
Y después una última imagen llenó el cerebro de Woodin. Era el mundo actual, el mundo que había visto con sus propios ojos. Pero vio y comprendió, como nunca antes lo había hecho, que era un mundo en el que la degeneración había alcanzado su grado máximo.
Los monos se habían convertido en criaturas bípedas aún más débiles, que habían perdido casi cualquier átomo de la herencia de las viejas mentes de los arctarianos. Esas criaturas habían perdido también muchos de los sentidos que incluso los simios anteriores conservaban. Y esas criaturas, esos humanos, degeneraban con creciente rapidez. Al principio sólo mataban, como sus antepasados, para comer, pero ya habían aprendido a matar cuando les apetecía. Y habían aprendido a matarse grupo contra grupo, tribu contra tribu, nación contra nación y hemisferio contra hemisferio. En la locura de su degeneración se masacraban unos a otros hasta que la tierra se empapaba de sangre.
Eran más crueles incluso que los simios que los habían precedido, crueles con la absoluta crueldad de la locura. Y en su progresiva demencia llegaban a pasar hambre en medio de la abundancia, a matarse los unos a los otros en sus propias ciudades, a someterse al azote de miedos supersticiosos como ninguna otra criatura había hecho antes.
Eran el último descendiente terrible, el último producto degenerado de los antiguos colonos arctarianos que una vez fueron los reyes del intelecto. Ahora que los otros animales estaban prácticamente extintos, estos, los últimos monstruos horrorosos, acabarían definitivamente la terrible historia aniquilándose, por efecto de su locura, entre sí.
Woodin volvió repentinamente a la realidad. Estaba de pie, a la luz de las estrellas, en el centro del claro, junto al río. Y a su alrededor seguían estando los diez arctarianos amorfos, formando un anillo silencioso.
Atontado, tambaleándose por la tremenda y espantosa visión que había pasado con increíble viveza por su mente, se giró lentamente mirando a cada uno de los arctarianos. Sus pensamientos le llegaban al cerebro, fuertes, sombríos, estremecidos por el horror y la aversión.
El asqueado pensamiento del líder arctariano golpeó la mente de Woodin.
—¡Así que eso fue lo que les sucedió a los colonos arctarianos que vinieron a este mundo! Degeneraron, cambiaron a formas de vida cada vez más inferiores hasta convertirse en estas penosas y dementes cosas que ahora pueblan este mundo, sus últimos descendientes.
»¡Este es un mundo de horror mortal! Un mundo que de alguna forma daña los genes de nuestra especie y la modifica física y mentalmente, degenerándola progresivamente con cada generación. Ante nosotros tenemos el espantoso resultado.
El estremecido pensamiento de otro arctariano preguntó:
—¿Pero qué podemos hacer ahora?
—No podemos hacer nada —declaró su líder solemnemente—. Esta degeneración, este horrible cambio, ha llegado demasiado lejos para que podamos revertirlo.
»En este mundo venenoso nuestros inteligentes hermanos se convirtieron en criaturas espantosas y ya no podemos retroceder en el tiempo y restaurarlos a partir de estos degradados elementos que son sus descendientes.
Woodin encontró su voz y protestó débilmente con una voz aguda:
—¡No es verdad! ¡Todo lo que he visto es mentira! Los humanos no somos el producto de un proceso involutivo. ¡Somos el producto de años de continua evolución! ¡Tenemos que serlo, se los digo! Porque no querríamos vivir, no querría vivir si esa historia fuese cierta. ¡No puede ser cierta!
El pensamiento del líder arctariano, dirigido a las otras entidades amorfas, alcanzó su desquiciada mente. Estaba impregnado de pena, pero también cargado de un fuerte desprecio inhumano.
—Vamos, hermanos —dijo a sus compañeros—. En este mundo enfermizo no podemos hacer nada.
»Marchémonos antes de que nosotros también nos envenenemos y cambiemos. Y enviaremos una advertencia a Arctar diciendo que este mundo está envenenado, que es un mundo de degeneración, para que nunca más alguien de nuestra especie venga aquí y recorra el terrible camino que otros siguieron.
»¡Vamos! Volvamos a nuestro propio sol.
La deforme figura del líder arctariano se aplanó, se convirtió en un disco y se elevó suavemente en el aire. Los otros cambiaron también y le siguieron, en grupo, y el estupefacto Woodin miró hacia arriba y vio brillantes puntos disipándose rápidamente entre las estrellas.
Anduvo a trompicones unos pasos, agitando furiosamente el puño hacia los brillantes puntos que se desvanecían.
—Vuelvan, ¡malditos! —gritó—. ¡Vuelvan y díganme que es mentira!
»Debe ser mentira... debe...
Ya no había rastro de los arctarianos en el cielo estrellado. La oscuridad era extensa y profunda alrededor de Woodin.
Gritó de nuevo hacia la noche, pero solamente le respondieron los susurros del eco. Con los ojos desorbitados y el alma rota, su mirada cayó sobre la pistola que Ross tenía en la mano. La recogió con un ronco lamento.
Un ruido repentino y ensordecedor quebró la tranquilidad del bosque, reverberó un momento y murió rápidamente. Todo volvía a estar en silencio, excepto por el susurro líquido del río.

FIN