2026/07/13

La astucia de la bestia (Nelson Bond)


Título original: The Cunning of the Beast
Año: 1942


Él contemplará
nuestra vergüenza agazapada.
Que pueda hacer que nos levantemos ardiendo de terror…
¡Oh, ojalá fuese de noche!

El caso de nuestro difunto hermano, el Yawa Eloem, ha sido objeto de muchos y desagradables comentarios, y son bastantes entre nosotros los que creen que el castigo que le fue infligido, a pesar de ser severo, no correspondió del todo al mal que nos produjo.
Es a estos espíritus vengativos a quienes yo desearía contradecir.
No se crea, empero, que considero con aprobación los experimentos que llevó a cabo el sabio y desdichado doctor Eloem. Antes al contrario; en mi calidad de uno de sus más antiguos amigos y primero de sus confidentes, yo fui quizás el que le advertí antes que nadie poniéndole en guardia ante lo que pretendía hacer. Hice esta advertencia la noche en que el Yawa concibió su loco y ambicioso proyecto.
Pero me creo obligado también a ofrecer los hechos escuetos y verdaderos, a aquellos que arguyen que tuvo la intención de derribar nuestra espléndida civilización, aniquilar nuestra cultura y entregar el gobierno de nuestra amada patria a unos monstruos bárbaros.
El doctor Eloem es más digno de compasión que de desprecio. Le correspondió la triste suerte de aquel que, hurgando en secretos que más hubiera valido no revelar, sólo consiguió crear un monstruo más poderoso que su hacedor.

Recuerdo muy bien la noche en que el sueño del Yawa se convirtió en realidad. Fue la Noche de Profundas Tinieblas, que sólo se presenta una vez cada doce revoluciones de Kios. Ambos soles se pusieron y las nueve lunas estaban ausentes de los cielos. No hay duda de que las llameantes estrellas brillaban en la bóveda de azabache del espacio, pero desde nuestro Refugio no podían ser vistas. Grandes nubes se apretujaban sobre nuestra Cúpula protectora; torrentes de lluvia corrosiva caían con furia incesante sobre su transparente hemisferio.
A pesar de que nuestros refugios permanecían cálidos y secos en semejante coyuntura, mi cuerpo crujía y se quejaba cada vez que trataba de moverme; uno de mis miembros se movía con tanta rigidez en su articulación, que apenas podía ordenarle que funcionase. Eloem se hallaba en mejores condiciones, pues acababa de pasar por una rehabilitación en la Clínica, pero la condensación le afectaba a la vista y de vez en cuando, mientras permanecíamos acurrucados en nuestra congoja, se enjugaba la humedad que cubría su visor.
Oímos confusamente los golpes sordos producidos por unos pies que corrían, y atisbando con temor entre la niebla vimos a nuestro amigo Nesro, a quien había alcanzado la espantosa tormenta y corría hacia el refugio, pues se había quedado rezagado. Mas antes de que pudiésemos llamarle, para que acudiese a nuestra Cúpula, cayó víctima de las inclementes condiciones atmosféricas. Sus pasos se hicieron vacilantes; sus articulaciones se agarrotaron; tropezó y cayó de bruces.
El horror se apoderó de nosotros. Para un kiosiano, yacer, aunque sólo fuesen unos minutos, sobre aquel terreno empapado significaba la muerte segura. Pero nosotros nada podíamos hacer. Intentar rescatarlo sin disponer de achicadores, únicamente hubiera servido para exponernos a correr la misma suerte.
Eloem se puso trabajosamente en pie y lo que gritó debiera convencer a sus enemigos de que, por defectos que tuviese, la cobardía no se hallaba entre ellos.
—Valor, Nesro —exclamó—. Vamos en tu ayuda.
—¡No, amigos míos! Más vale que muera uno que muchos —dijo con voz débil—. Abran el Refugio. Trataré de alcanzarlo sin mi portador.
Ambos gritamos al unísono:
—¡No, Nesro, no lo hagas! ¡No lo conseguirás! La lluvia te matará...
Pero nuestras súplicas fueron en vano. Desesperadamente Nesro se alejó del húmedo y brillante portador, que le ofrecía un precario refugio, y partió como una centella hacia nosotros, llameante como una columna carmesí en la oscuridad. Por un instante pareció que su loca acción se vería coronada por el éxito, pero sólo por un instante. Finalmente, el crudo y terrible veneno de la lluvia se infiltró a través de su débil escudo. Un agudo grito de dolor desgarró nuestros nervios y donde había estado Nesro floreció brevemente en la noche una incandescencia blanca imposible de contemplar. Después, nada.
Así terminó Nesro. Yo me sentía conmovido, pero mi emoción no era nada comparada con la que experimentaba mi amigo, el sabio Yawa Eloem. Éste rompió en sollozos y prorrumpió en maldiciones en nuestro diminuto Refugio, pronunciando Nombres que no me atrevo a repetir.
—¡Que caigan mil calamidades —gritó con voz terrible— sobre los dioses burlones que nos han hecho tan desvalidos! Porque somos a la vez dueños de un mundo y humildes servidores de todos los elementos de este mundo. ¿Qué importa que nuestro intelecto nos edificara un imperio, ni que con nuestra sagacidad y sabiduría hayamos sondeado los secretos del universo? Nuestras mentes son glorias vivas, pero renqueamos por nuestro reino como unos tullidos, más míseros que todos los seres que avasallamos. Incluso las salvajes bestias que alientan y escarban en busca de gusanos bajo la piedras se atreven a enfrentarse con las fuerzas que a nosotros nos aniquilan. Incluso estas miserables sabandijas...
Y tendió su mano temblorosa hacia el portador empapado por la lluvia y que Nesro había abandonado. Estaba tendido de bruces sobre un arroyuelo batido por el viento. Inmóvil, estaba oxidado y destruido irremisiblemente. Mientras nosotros lo contemplábamos, surgió cautelosamente de la espesura un pequeño ser que respiraba aire. El peludo animalejo olfateó esperanzado el portador. Luego, al no oler nada en su interior con que saciar su espantoso apetito, se alejó a ras de tierra, con su pelambre llena de gotas de lluvia.
Yo me estremecí y traté de hacerle entrar en razón:
—Pero, desde luego, Eloem, tú no cambiarías tu alma por el cuerpo de un bruto, ¿no es cierto? Verdad es que los dioses han dictado que paguemos un precio por el dominio que ejercemos sobre el mundo. Nos falta el vigor físico de esos animales inferiores. ¿Pero no es compensación bastante nuestra inteligencia superior?
»Y por lo que se refiere a la forma y la sustancia, hemos realizado grandes progresos. Nuestros antepasados no sabían construirse cuerpos tangibles. Hoy, nos alojamos en portadores de metal hábilmente construidos que cumplen todas las funciones físicas que deseamos.
—¡Bah! —rezongó con ira el Yawa—. Esos portadores sólo sirven para subrayar nuestra impotencia. Nos encerramos en caparazones de metal forjado y nos imaginamos que con eso hemos ganado movilidad. ¿Pero es esto cierto? ¡No! Sólo hemos conseguido convertirnos en los esclavos de los cuerpos que hemos creado... —Rió con risa cavernosa, parodiando la cháchara de los especialistas de la clínica—. Engrasar aquí... engrasar acullá... una gotita de aceite en la rótula... Reemplazar lentes... cambiar dedos... reparar placa oxidada en el lóbulo frontal...
—Sin embargo —protesté—, nuestros cuerpos metálicos nos permiten efectivamente trasladarnos con mayor facilidad y realizar tareas que de lo contrario resultarían imposibles.


—¿Y con qué limitaciones? —tronó él—. Con tiempo frío, temblamos y tiritamos en nuestros hogares metálicos; cuando hace calor, nuestros remaches ceden, se doblan o se funden. Con tiempo seco, nuestras articulaciones se atascan con rechinante arenilla. Cuando llueve —hizo una pausa para contemplar con amargura el portador vacío de Nesro— perecemos.
Lleno de resignación, dije:
—Lo que dices es cierto. Pero no podemos evitarlo. En cuanto a mí me doy por satisfecho.
—¡Pues yo no! Tiene que haber algún otro medio de existencia que no se limite a embutirse lamentablemente en una cáscara de metal. Tiene que haber alguna otra forma de servidor...
Se interrumpió de pronto y yo le miré con curiosidad.
—¿Qué has dicho?
—De servidor —repitió—. ¡Sí, eso es! Otra clase de servidor. Uno que no se funda cuando haga calor ni se hiele cuando haga frío o se encoja con tiempo seco o se pudra bajo la lluvia. Un servidor adaptado por la propia naturaleza para combatir los terrores que ella misma ha creado. Esto es lo que nuestra raza necesita; lo que debemos tener. ¡Y lo que tendremos!
—¿Mas dónde encontrarás tal sirviente?
El Yawa Eloem señaló con su brazo rechinante la selva cubierta de niebla.
—Allí, hermano mío.
—¿En la selva? Querrás decir...
—Sí. Las criaturas de carne y hueso. Los seres que respiran aire.
A pesar de mi dolor y mi aflicción, solté la carcajada. Resultaba demasiado ridícula la idea de educar aquellas diminutas bestezuelas peludas para que realizasen las labores manuales para nosotros.
—Vamos, Eloem, es imposible que hables en serio. ¿Esas míseras y desmedradas sabandijas?
—Que llevan en su interior, amigo mío —dijo hablando lentamente y con expresión taimada—, el germen de la vida y el movimiento. Esto es todo cuanto importa. El germen de la vida. Su tamaño, su forma... éstos son extremos de poca monta que yo moldearé a mi antojo de acuerdo con lo que necesitamos. Los convertiré en bípedos, moldeando de nuevo sus cerebros de brutos para infundirles inteligencia. Sí incluso esto haré yo, el Yawa Eloem. E imploro a los dioses que me ayuden.
Una extraña desazón se apoderó de mí, sin que supiese por qué. Pensativo, dije:
—Ten cuidado, oh Yawa, de que estos mismos dioses que invocas no se vuelvan contra ti, ofendidos ante tamaña osadía. No soy un escéptico que sólo sabe censurar, pero me parece que existen ciertos límites que no se pueden trasponer, so pena de graves consecuencias. La alteración de la forma, la concesión de la sabiduría, son acciones que sólo los dioses pueden realizar impunemente. No están al alcance de seres como tú y como yo.
Pero temo que el Yawa no oyese mis palabras, tan absorto se hallaba en la visión que se le había presentado. Agitándose en las húmedas tinieblas, su voz resonó a mi lado, con el entusiasmo y la estridencia de un soñador.
—Sí, esto es lo que haré —proclamó—. Crearé una nueva raza, una raza de servidores que nos obedecerán a nosotros, sus amos.

Transcurrió mucho tiempo antes de que volviese a ver al Yawa Eloem. Los de Kios somos una raza solitaria, aislada por naturaleza e individualista en nuestras costumbres, y yo estaba muy ocupado con mis propias obligaciones. El Gran Consejo me había designado para que perfeccionase un tipo de aparato con el cual nuestros colonizadores pudiesen cruzar las tinieblas del espacio hacia los planetas aún no conquistados de nuestro doble sistema solar. Ésta era la agobiante labor que me tenía ocupado.
Así pasaron y se fundieron las lunas. Por tres veces cambiaron las estaciones, pasando del frío al calor, de la lluvia a la sequía y viceversa. Y en la intimidad de su propio laboratorio, cubierto por una cúpula, el Yawa Eloem proseguía sus investigaciones secretas en la soledad.
Hasta que un doble atardecer, mientras los rayos carmesí del sol menor, que se hundía por el norte, confundían extrañas sombras con la luminosidad verde pálida del sol mayor, que se ponía por el sur, vino a verme a mi taller el Yawa en persona.
Se le veía presa de una gran excitación y desechando las salutaciones de rigor me espetó estas palabras:
—Amigo mío, ¿quieres contemplar una maravilla capaz de infundir temor en el ánimo más templado?
—¿Por qué no? —respondí risueño.
—¡Ven entonces! —exclamó el Yawa con pasión—. ¡Ven conmigo, contempla y maravíllate! 
Y me condujo a su propia Cúpula.
Permítaseme decir antes que nunca científico alguno vivió con tal refinamiento y lujo, como el que rodeaba a Eloem. Su Cúpula no consistía en una sola cámara, como ocurre en casi todas nuestras moradas, sino que era una altiva construcción subdividida en numerosas estancias y nichos, y cada cual servía a una finalidad diferente.
En una ocasión atravesamos un laboratorio químico, en cuyas paredes cubiertas de estantes brillaban innumerables hileras de redomas y alambiques; luego cruzamos una biblioteca cuyos mohosos volúmenes cubrían todo el campo del saber contemporáneo; por todas partes se veían cámaras llenas de aparatos eléctricos, equipo quirúrgico y curiosas máquinas de las que ni remotamente podía yo conjeturar la misión. Recuerdo haber atravesado una sala llena de vapor, en cuyo centro se abría un tanque hidropónico, del que emanaba un perfume extrañamente fétido. No puedo hablar con seguridad de lo que contenía este depósito, pero recuerdo que cuando pasamos junto a él, de sus oleosas profundidades, surgió chapoteando algo extraño y amorfo que arañó con garras sin uñas las paredes de su prisión, emitiendo un gorgoteo lastimero, con una voz espantosa y sin lengua.
Dejando atrás las cámaras donde realizaba sus experimentos, el Yawa me condujo apresuradamente ante la última puerta. Deteniéndose con gesto dramático ante ella, manifestó:
—Aquí está la cámara donde realizo la prueba final. Contiene el resultado de mi gran invento.
Abriendo la puerta de par en par, me invitó a entrar en la cámara.
Bien podía envanecerse el Yawa de lo que allá había creado. Debo confesar francamente que abrí asombrado los ojos cuando contemplé lo que su mano me indicaba.
No era una simple estancia, sino una vasta Cúpula que recubría una extensión muy considerable, a la que se le había dado el aspecto de una verdadera selva natural. Pero era más que una selva; antes más bien parecía un delicioso vergel, un paraíso. En él crecían los más variados frutos y flores que puede ofrecer la Naturaleza. Sin embargo, con tal cuidado y celo había concebido y realizado el Yawa Eloem su obra, que había conseguido crear un paisaje más bello que si hubiera salido de la descuidada mano de la Naturaleza.


Aquí una elevada arboleda alzaba sus enhiestas flechas verdes; allá, entre musgosas riberas sembradas de florecillas fragantes, serpenteaba un arroyuelo cristalino; más allá, entre verdes prados, se alzaban soñolientas colinas y campos rebosantes de trigo. En la selva bullían mil animalillos, cuyo incesante murmullo constituía un bálsamo para los espíritus fatigados; los peces centelleaban y saltaban en los remansos del arroyo; y de un distante vergel llegó la arrobadora cadencia de un extático ruiseñor que lanzaba al aire sus trinos.
Contemplé a Eloem, mudo de estupefacción y pasmo, y grité:
—¡Ciertamente, es un milagro lo que has creado aquí, sapientísimo Yawa! ¡Qué belleza y qué encanto! El Gran Consejo se quedará admirado.
—¿Tú crees? —inquirió, satisfecho de oír mis elogios—. ¿Lo crees de verdad?
—¿Cómo quieres que no se admiren? Por los dioses te digo, Eloem, que ojalá el resto de nuestro planeta fuese tan deleitoso como este rinconcito que has creado bajo la cúpula de tu laboratorio. Qué dicha sería la nuestra, qué existencia tan maravillosa, si todo Kios fuese un edén como éste; un país de ensueño a cubierto de cualquier inclemencia, donde pudiésemos vivir sin temor a los terrores naturales que nos asedian, el calor, el frío y la mortífera lluvia.
»Aseguraste que el terror me sobrecogería. Terror, pasmo y maravilla son poco para describir lo que yo siento. Me humillo ante el artista soberano que ha conseguido crear la perfección.
—Aún no lo has visto todo —observó el Yawa.
—¿Aún hay más que ver?
—Mucho más. Todavía no has visto mi mayor obra. Sígueme.
Y me condujo por un estrecho sendero que serpenteaba entre la espesura. Al aproximarnos a una arboleda medio escondida en la ladera de un otero, llamó con voz cariñosa:
—¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¿Dónde estás, criatura a quien yo he dado el ser?
Y antes de que pudiese preguntarle a quién dirigía aquella extraña salutación, un movimiento turbó la paz de la quebrada. Se apartaron unas ramas, y de una cúpula de follaje surgió una visión que me dejó estupefacto y sin habla.
Era una criatura viviente, un animal de carne y hueso, un ser que respiraba aire y que caminaba en posición erguida sobre sus dos miembros posteriores. Con razón se había jactado Eloem de su capacidad para formar una criatura a su imagen y semejanza. Hasta tal punto se parecía su forma a la de los portadores que los de Kios construíamos para nuestro uso particular, que por un momento creí que se trataba de una burla descomunal. Pensé que Eloem, para divertirme, había recubierto el portador de un amigo o un ayudante con pigmento.
Entonces vi que el cuerpo de aquel monstruo no estaba hecho de recios metales como el nuestro, sino que era blando, palpitante, elástico. La curiosa pelambre oscura que cubría su cabeza, su pecho y sus miembros crecía de manera natural, al parecer de su propia carne. Respiraba con movimientos amplios y acompasados del pecho, y sus ojos grandes y naturales no eran visores sensitivos como los que nosotros utilizamos para ver, sino los ojos naturales de un animal.
A la sazón los posaba alternativamente en nosotros dos, como si nos examinase. Luego la bestia racional preguntó:
—¿Me llamas, señor mío? ¿Me has llamado? 
Eloem, con el tono benévolo y cariñoso de un padre, preguntó a su vez:
—¿Dónde has estado, hijo mío?
La criatura replicó con voz reposada:
—He vagado por los campos, aspirando la fragancia de las flores. He paseado entre los árboles y los he tocado, maravillándome ante su firmeza fuerte y áspera. Junto al arroyo me arrodillé para beber de sus aguas. Probé las bayas de la vid y el fruto de los árboles, dando las gracias a ti, oh mi señor, que has creado todas estas cosas y a mí mismo en este paraíso.
—¿Y eres dichoso, hijo mío?
—¿Dichoso?
La atónita mirada de la bestia indicó que no comprendía el significado de aquella palabra.
—¿Te falta algo, alguna cosa por la que anhele tu corazón?
—No, nada, señor. Salvo quizá...
La creación del Yawa vaciló. Su voz se quebró, bajó la mirada como si estuviese avergonzado ante su propia osadía, al poner en duda la perfección de aquel vergel.
Eloem inquirió:
—Entonces, ¿es que te falta algo, hijo mío?
—Se trata de... una cosa sin importancia, señor mío. Apenas vale la pena mencionarla, pero... —la criatura parecía cohibida—. Estoy solo, oh Yawa. Al atardecer paseo por la umbría, viendo a mi alrededor, las aves de brillantes colores, los susurrantes insectos y las bestias de los campos, y me doy cuenta de que cada uno de estos seres tiene una compañera. Solamente yo, de todas las criaturas que habitan en este paraíso, no tengo pareja.
—Pero... —empezó a decir, ceñudo.
—No pongo en duda tu bondad, oh gran Yawa —se apresuró a decir la criatura—. En tu infinita sabiduría tú sabes mejor que yo lo que necesita tu siervo. Sin embargo...
Guardó silencio, con la cabeza sumisamente inclinada ante el Yawa, que se hallaba sumido en meditación. Pero yo no pude dejar de advertir que su mirada se alzaba subrepticiamente bajo sus tímidas pestañas, en furtivas interrogaciones.
No pude evitar que en mi voz se mezclase cierto resentimiento al observar:
—Harto singular es el ser que has creado, Eloem. Pese a vivir en un paraíso, aún se atreve a poner en duda su perfección.
Mas Eloem dijo con palabra lenta y suave:
—A pesar de todo, hay sabiduría en lo que pide. Me costó demasiado esfuerzo crear este ser. Sería una locura intentar la creación de docenas de semejantes suyos en mi laboratorio, y no digamos de cientos o de miles de ellos. Quizás en su inocente solicitud me ha ofrecido sin darse cuenta la solución de este problema. ¿Una compañera? ¡Pues no faltaba más! Sólo tengo que crearle una compañera para que, llegado su tiempo, ambos den a Kios la raza de sirvientes que nuestro mundo necesita.
Volviéndose de nuevo hacia la criatura, que aguardaba humildemente, le dijo:
—Muy bien, hijo mío. Se hará como tú pides. Ven por la mañana a la estancia donde despertaste a la vida. Allí, con tu propia sustancia y con mi sabiduría, crearé otro ser semejante a ti, pero de sexo opuesto. Y ahora, adiós.
Así terminó mi visita al jardín de Eloem. Mas después de ella no permití que transcurriese tanto tiempo antes de volver a él. Mi curiosidad se había despertado, no sólo en lo concerniente al resultado que tendría el magnífico experimento del Yawa, sino por lo que se refería a la forma que pensaba dar a la criatura que sería la compañera de la bestia. Además, cuando se rumoreó que sólo yo, de todo Kios, había sido invitado para visitar el laboratorio de Eloem, se suscitó un gran interés y se me convocó ante el Gran Consejo, para rendir informe de lo que había visto.
Les expuse con vehemencia y arrebato las maravillas que él había obrado, lo cual produjo gran pasmo entre todos. El poderoso Kron, que preside nuestro Consejo, murmuró:
—¿Vida inteligente bajo una forma corporal? ¡Claro está! Ésta es la solución a nuestro problema. El Yawa Eloem es un gran sabio y portentoso en verdad es su intento.


Otro exclamó arrobado:
—¡Por fin alborea la liberación de nuestra raza, en la que tanto hemos soñado! Cuando haya nacido esta nueva hueste de servidores, por fin los kiosanos podremos librarnos para siempre de los portadores metálicos que son nuestro albergue actual. En la seguridad ofrecida por nuestras grandes Cúpulas, nos solazaremos en fáciles placeres o nos dedicaremos a adquirir conocimientos, mientras nuestros servidores, no sensibles como nosotros a las condiciones climatológicas, llevarán a cabo nuestras instrucciones.
Pero otro de ellos, más viejo que sus compañeros, manifestó dudas y recelos, diciendo:
—La verdad, no sé. Concedo que es portentoso lo que el Yawa ha intentado realizar. Quizá demasiado portentoso. Los dioses omnipotentes ven con malos ojos que hurguemos en ciertos misterios. Y me parece que Eloem ya ha levantado el velo que cubría una sabiduría secreta: La creación de almas vivientes.
—¿De almas? —se mofó uno de los más jóvenes consejeros—. ¿Pero cómo puede haber almas en cuerpos bestiales?
—Donde sólo existe la vida, quizás el alma se halle ausente. Mas nuestro hermano nos ha dicho que la criatura de Eloem no sólo se mueve y obedece, sino que manifiesta en voz alta sus pensamientos. Esto es signo indicador de su presencia. Y donde existe inteligencia, también puede haber alma. Caso de ser cierto...
El orador movió gravemente la cabeza. Pero el resto de la asamblea se mofó de él. Todos sabíamos ya que el viejo Saddryn era un sempiterno pesimista que sólo presagiaba calamidades.
Mas Kron en su infinita sabiduría no desoyó aquella sombría advertencia y me pidió que continuase visitando el laboratorio de Eloem para tener al Consejo al corriente de los experimentos que allí se realizaban.
Así fue como poco tiempo después paseé de nuevo en compañía del Yawa por su deleitoso jardín.
Cuando nos aproximábamos al claro del bosque donde la criatura tenía por costumbre recogerse me di cuenta de un cambio sutil. De momento no pude advertir en qué consistía y fui incapaz de atribuirlo a algo que viese, oyese o flotase en el aire. Hasta que de pronto, y con una sensación de reavivada curiosidad, comprendí lo que era diferente. Cuando pasé por primera vez por aquella senda, gran parte de su belleza residía en su estado virgen y natural; la caótica confusión de enredaderas, árboles y matorrales, la lujuriante abundancia con que brotaban las abigarradas florecillas en los lugares más inesperados, el deleite casual que producen los espectáculos naturales vistos en parajes no adulterados.
Pero entonces todo parecía haber cambiado. Las sendas que recorríamos ya no serpenteaban al azar entre cúpulas de verdor. Las habían desbrozado cuidadosamente y avanzaban en línea recta; la espesura que las orillaba había sido recortada y podada sumariamente; las ramas bajas que la cruzaban habían sido cortadas, para que la cabeza del caminante no tropezase con ellas. La belleza aún estaba presente allí, pero ya no era la libre e intacta improvisación de la Naturaleza; era un orden pulcro y aseado, agradable a la vista, pero que producía cierta sensación de ahogo.
Comenté esto con Eloem y él sonrió levemente.
—Esto es obra de ella —dijo—. ¡Es una criatura muy ordenada!
Y movió la cabeza como si, aun a pesar suyo, tuviese que admirarla.
—¿Obra suya? ¿Entonces eso quiere decir que la has terminado?
—Claro que sí. A decir verdad, terminé a dos de ellas. La primera vivió aquí con él por un tiempo, pero tuve que quitarla —observó, suspirando—. Se parecía demasiado a él. Despreocupada, aventurera, enamorada de los alegres vagabundeos y de tumbarse a descansar en lugar de consagrarse con seriedad a sus deberes. Más que una pareja, eran dos compañeros. Reían y jugaban juntos durante todo el día, sin hacer absolutamente nada. Ello me obligó a crear otra, que poseyese instintos y deseos distintos a los de él.
—Pero esto —objeté— no debió de ser de su agrado. Me parece recordar que lo único que él pidió fue una compañera.
Él Yawa sonrió.
—Esto es lo que pidió, en efecto, pero no lo que quería en realidad. Deberías estudiar psicología, amigo mío, para comprender que en la Naturaleza, lo mismo que ocurre en la electricidad, son los polos opuestos los que se atraen. Esta segunda ella es tan diferente de él que se siente atraído hacia ella como por un imán. Ella le confunde, le desconcierta y le hace ir por donde se le antoja. Ella manda y él obedece; ella exige y él acata. Con un simple movimiento de dedo le hace realizar las tareas más arduas. Esto le incomoda enormemente, me supongo, y la actitud de ella le causa vejaciones y molestias, pero para obtener sus raras palabras de encomio, él ha realizado más trabajo en estos días que en todo el tiempo que lleva ocupando este jardín.
Me pareció comprender.
—Entonces, eso quiere decir que has seguido el ejemplo de los insectos, haciéndola mayor que él y más fuerte, para que pueda imponer sus exigencias.
—Por el contrario —repuso Eloem—. La he hecho... pero lo verás por ti mismo. —Y exclamó—: ¡Hijos míos!
El follaje se separó y sus dos criaturas gemelas penetraron en el claro.
Me bastó una simple mirada para comprender que era verdad lo que él me había dicho. El animal macho había experimentado un extraño cambio. Había mayor energía en sus facciones, una confianza surgida posiblemente de la capacidad que acababa de descubrir en sí mismo. Pero al propio tiempo había en él algo que no acertaba a descifrar. Era como una reserva, una expresión furtiva que no tenía la primera vez que le vi. Pero esto fue todo cuanto vi de momento en él, porque mi atención se vio atraída por la nueva compañera de aquel ser. Por extraño que pueda parecer, tratándose de un ser incorpóreo como yo, debo confesar que no pude sustraerme a la fascinación de aquella última obra del Yawa Eloem.
Había combinado en ella no sólo la robustez y la nobleza del macho, sino algo todavía más sutil; una gracia, un encanto, un atractivo y seducción completamente desproporcionados al exiguo físico con que la había dotado.
Su compañero le llevaba una cabeza de estatura; además era de osamenta más delicada y frágil y tez más blanca. A simple vista se veía que su fortaleza no residía en el músculo, sino en la determinación. Su porte era airoso y parecía suave y dócil. Sin embargo, aunque parezca curioso, fue ella quien llevó la voz cantante.
—¿Nos has llamado, señor? —preguntó—. ¿Qué quieres de nosotros?
—Nada —dijo el Yawa Eloem—. Sólo deseaba verlos y mostrarlos a mi amigo. ¿Son dichosos aquí, hijos míos?
—Sí, señor nuestro —contestó ella—. Aunque hay varias cosillas...


—¿Qué son? —preguntó Eloem. 
El macho dijo con voz plañidera:
—Quiere que ensanche el arroyo para que podamos nadar en él. También querría que trasplantase arbustos de bayas a nuestro claro, para que no tengamos que ir tan lejos a buscar nuestro sustento. Y hemos hablado —dirigió una mirada de duda a su compañera—, es decir ella ha hablado mucho de la necesidad de construir alguna clase de morada.
—¿Has dicho ella? —rió Eloem—. ¿Siempre es ella la que habla? ¿Y cuál es tu deseo en estas cuestiones, oh tú, que has salido el primero de mis manos?
—Pues... —principió a decir él, con vacilación y sin apenas levantar la cabeza.
—Yo le he hecho ver —interrumpió ella con voz melosa y cantarina— que sólo si hacemos estas cosas podremos demostrar a las bestias inferiores que somos superiores a ellas y sus legítimos dueños y señores. ¿No es cierto, señor, no es cierto que nosotros somos sus dueños y señores?
No pude contenerme y pregunté:
—¿Desde cuándo las bestias gobiernan a otras bestias?
Pero el Yawa me hizo callar con un gesto.
—Lo que me pides es lógico. Está bien y es conveniente que un animal ejerza dominio sobre sus inferiores. Si tu compañera desea que se cumplan estas cosas, no veo mal alguno en que tú se las proporciones.
—Muy bien —repuso él con cierta petulancia—. Pero es un trabajo muy fatigoso que a mí no me gusta. Cuando la otra ella estaba aquí, íbamos adonde nos parecía en busca de bayas, nos bañábamos siempre que encontrábamos un remanso del arroyo, reíamos y correteábamos, y no sentíamos necesidad de encerrarnos en una oscura morada.
—Como dos niños felices y descuidados —observó riendo la segunda hembra, sin poder ocultar lo que me pareció un ligero resquemor—. Jugueteaban el día entero, y al caer la noche se acurrucaban en lugares separados, haciéndose cada cual su propia yacija de helechos, para dormitar en fría camaradería.
Volvió a reír, flexionando con languidez sus músculos; hasta aquel momento no comprendí cuan fuerte era el animal que se albergaba en ella.
—Desde luego, si esto es lo que quieres, sin duda nuestro señor accederá a devolverte la otra ella...
Pero en los ojos del macho brilló un furtivo resplandor, ardiente y codicioso, y denegó con la cabeza.
—No —decidió—. Haré lo que ella me pide, señor.
—Muy bien —dijo Eloem—. A ti te concierne tomar esta decisión. Y ahora adiós, hijos míos. Debemos irnos.
Mas cuando nos disponíamos a partir, ella se dirigió a nosotros humilde como siempre, dulce y suplicante, pero con una astuta determinación en su semblante.
—Señor...
—Dime, hija mía.
—Hay otra cosa... una bagatela. Somos unas humildes criaturas, ignorantes e indignas de merecer tus atenciones. No querríamos molestarte pidiéndote consejo y parecer a cada momento. ¿No sería posible que, cuando sintamos la necesidad de ello, se nos permita entrar en la estancia donde se guardan los libros del conocimiento y la sabiduría? Sólo con que pudiésemos hacer esto, no sería necesario que perdiésemos tiempo y esfuerzo aprendiendo a hacer mal las cosas, sino que podríamos construir y crear como es debido.
—¡No! —contestó el Yawa Eloem—. No, hija mía, eso no les está permitido. Pueden correr libremente por todo este amplio vergel; sus montes y valles, claros y arroyos. Pero hay una puerta que no deben trasponer: La que conduce a mi laboratorio particular. Ésta es la Ley, la única Ley que les he impuesto.
—Pero... —aventuró ella con expresión entre compungida y seductora.
—No se hable más de ello —dijo Eloem con voz firme y tajante—. Ésta es mi decisión. Y ahora, adiós.
Mientras nos alejábamos, ambos permanecieron inmóviles, él encogiéndose de hombros con resignación y ella cabizbaja. Pero yo notaba los ojos de ella posados sobre nosotros, astutos y atrevidos bajo sus sedosas pestañas entornadas.

Quizá se preguntarán, hermanos míos, por qué hago un relato tan minucioso de estos acontecimientos. Deben creerme: Lo hago únicamente para demostrar que nunca el Yawa Eloem —contrariamente a lo que dicen sus detractores—, nunca, repito, conspiró contra nuestra propia raza para derribar nuestro imperio. Quien tal afirme dirá mentira. El Yawa estuvo a punto de acarrearnos el mayor de los desastres, es cierto; pero sólo porque, siendo la mismísima encarnación de la verdad y la justicia, fue incapaz de comprender la astucia de las bestias que había creado.
A partir de aquí todos sabemos lo que sucedió. Sabido es que, durante la Noche de las Cuatro Lunas, se observó con extrañeza que la Cúpula que cubría el laboratorio de Eloem brillaba con el reflejo de un rojizo resplandor, y que esto se mantuvo durante toda aquella noche. Fue una desdicha que no se realizase inmediatamente una investigación, pero esto es comprensible. Los kiosanos somos una raza de anacoretas, solitarios e individualistas por naturaleza. Nadie sabía que el Yawa no se hallaba en su laboratorio, sino viajando por remotos lugares en busca de nuevo equipo para sus mermadas existencias de material.
La totalidad de nosotros, incluyéndome a mí, que resido a la vista del laboratorio de nuestro hermano, recordamos perfectamente la serie de incidentes que a partir de aquella fecha tuvieron por escenario aquel lugar. Un día fue el sonido de una explosión. Otra vez, el resonar de metal contra metal, como si una docena de nosotros, revistiendo sus portadores, realizase competiciones de fuerza.
Mas nadie sabía ni adivinaba la importancia que tenían aquellos extraños espectáculos y sonidos.
La certidumbre de un peligro inminente se apoderó de nosotros cuando una mañana, al despertar, descubrimos que la Cúpula de nuestro vecino Latos estaba aplastada, convertida en una humeante ruina. Cuando sus sorprendidos amigos hurgaron entre los escombros para averiguar la suerte de Latos, se quedaron consternados al descubrir el portador de éste entre las ruinas. Cuando se consiguió abrir el casco, se vio que el infortunado Latos había muerto. Su energía volátil se había consumido en una única y gigantesca llamarada que fundió el metal que le había servido de residencia.
Aun después de producirse esta catástrofe, no recayó la menor sospecha sobre las criaturas de Eloem. Y desde luego, nadie imaginaba ni remotamente que éstas fuesen las responsables de lo sucedido. Ni siquiera cuando, pocas noches después de esto, la Cúpula contigua, perteneciente al consejero Palimón, apareció hendida por la mitad e inundada con ponzoñoso óxido de hidrógeno, nadie conjeturó que los animales pudiesen ser los causantes de un ataque tan brutal contra sus señores.
Como es de suponer, Palimón también había muerto. Su espíritu se agostó y deshizo en aquel líquido mortal, y fue incapaz de decirnos nada. Más vale no pensar en la espantosa historia de agonía que nos hubiera relatado.


Hasta que finalmente se reveló la causa de tales desastres. Esto se debió, como todos recuerdan muy bien, a la destrucción de la propia Cúpula del Gran Consejo. Como los anteriores sucesos de esta triste serie de calamidades, ocurrió en lo más profundo de la noche, cuando ningún kiosano se atreve a salir al exterior, y en verdad horrible fue el modo como se realizó.
En primer lugar, se produjo, como en los casos anteriores, una violenta explosión que fue seguida por un espantoso mar de fuego que devoró la sala del Consejo y aniquiló a todos cuantos vivían bajo la Cúpula. Y después que el fuego hubo devorado por completo el hemisferio en ruinas, se levantó el húmedo viento nocturno, trayendo consigo mortíferas lluvias que destruyeron cualquier resto de vida que aún pudiese quedar en las salas.
Se debió a una simple casualidad que aquella noche sólo estuviese reunida menos de la mitad del Consejo, o de lo contrario aquello hubiera constituido un golpe tremendo del que quizá nunca se hubiera recobrado totalmente nuestro imperio. Pero afortunadamente el poderoso Kron, con la mitad de sus consejeros, se encontraba en mi Cúpula inspeccionando mi flamante astronave, que se hallaba casi terminada. Bien protegidos contra las nieblas nocturnas, regresaban a sus moradas, cuando la explosión hizo temblar el suelo bajo sus pies. Cuando, espoleando a sus portadores, partieron a toda velocidad, ellos —o mejor dicho, nosotros, porque yo les acompañaba— llegaron al lugar a tiempo de ver destacarse sobre las llamas oscilantes a dos siluetas. Aquellos dos seres, como nosotros, revestían sendos portadores, y al verlo Kron prorrumpió en un terrible alarido.
—¡Traidores! —rugió—. ¡Dos de nuestra propia raza... traidores! ¡Ojalá los dioses hubiesen impedido que viviese para presenciar este triste día! ¡Eso quiere decir que las otras explosiones no se produjeron por accidente, sino que fueron sabotajes deliberados! Maldito sea Kios, que ha criado en su seno a tales alimañas...
Entonces yo les atajé con un agudo grito de excitación. Al vernos, los dos saboteadores habían dado media vuelta, emprendiendo veloz huida. Y aunque el más alto de los dos no podía diferenciarse de uno cualquiera de nosotros, por el modo de andar y moverse del otro —un paso torpe y oscilante—, reconocí al punto la naturaleza de nuestro grito.
—No, ésos no son hijos de Kios, oh Kron —exclamé—, sino las bestias; las bestias del Yawa Eloem, que se han vuelto como serpientes contra sus dueños.
El poderoso Kron hizo retemblar los cielos con su espantosa cólera; volviéndose luego hacia el mensajero real, le ordenó:
—Gavril, haz resonar tu trompeta por todo el país. Haz que venga inmediatamente Eloem. Mikel, reúne a tus tropas.
Y pude conocer entonces la furia del poderoso Kron, pues en muchos siglos las resplandecientes huestes de Mikel no habían pasado a la acción. Sin pronunciar palabra, el jefe de nuestras fuerzas armadas se volvió y corrió hacia el arsenal donde se guardan, en previsión de cualquier contingencia, las terribles armas que nuestra raza mantiene siempre en reserva.

Es de conocimiento general lo que luego sucedió. El Yawa, al verse llamado, acudió inmediatamente. Ni siquiera quiso confiar en los lentos movimientos de su portador mecánico. Arriesgándose a los peligros que entrañaban la oscuridad y las nieblas nocturnas, vino desde el otro extremo del país con la celeridad del rayo, bajo su forma natural. Le vimos aproximarse desde muy lejos, como una columna de fuego que brillaba en las tinieblas.
Cuando se enteró de lo sucedido, dejó escapar un doloroso lamento. Como un padre amante y lleno de paciencia, hubiera negado las arteras acciones de sus hijos de no constituir prueba evidente de su maldad las humeantes ruinas que le mostraron.
Dijo entonces Kron:
—Grande es el daño que han acarreado tus criaturas, oh, Yawa. Pero mayor aún será su castigo. En este mismo instante, nuestros guerreros se despliegan para aniquilarlos.
Mas el Yawa suplicó:
—¡Espera, oh Kronos! Detén tu mano hasta que yo sepa qué apetitos inconfesables les indujeron a cometer esta maldad. Permíteme que vea a mis hijos para saber de sus labios la razón de sus acciones.
Kron accedió.
—Sea. Mas no te detengas.
Eloem se volvió hacia mí, suplicante.
—¿Querrás acompañarme, amigo mío?
Entonces, por última vez, fuimos juntos al paraíso que el Yawa había creado bajo su Cúpula. Encontramos los senderos fríos, las grutas ensombrecidas, y el arroyuelo corría en silencio entre el musgo. Ningún ave canora alegraba el espacio con sus trinos, pero de la espesura se alzaba el suave y perezoso murmullo de los insectos. Juntos pero solos, sin cambiar palabra, recorrimos los caminos abiertos por él y ella. Y cuando nos aproximamos al calvero donde las criaturas solían morar, el Yawa Eloem alzó su voz con tono autoritario en el que, según me pareció, se mezclaba la tristeza.
Quizá fuese significativo que en aquella hora de dolor sólo llamase a la primera de sus criaturas.
—¡Hijo mío! —llamó—. ¡Hijo mío! ¿Dónde estás, oh criatura salida de mis manos?
No obtuvo respuesta y sólo oímos el susurro de la brisa entre las ramas y el rumor de la hojarasca, causado por una bestezuela asustada.
—Hijo mío —llamó de nuevo Eloem—. ¿Dónde estás? ¿Es que no conoces la voz del que te dio el ser, la voz de tu dueño y creador?
Hasta que de pronto, como una confusa silueta blanca entre las sombras, se alzó ante nosotros la figura de él, que había permanecido agazapado en la espesura. Y lleno de horror vi que ya no iba como antes cubierto sólo por su revestimiento carnal, sino que su cuerpo estaba protegido por la coraza y las grebas de un portador idéntico al que nosotros llevábamos.
Habló, y su voz era mansa.
—¿Me has llamado, señor mío?
La voz del Yawa tenía una nota de dolor.
—¡Hijo mío, hijo mío! —gimió—. ¿Por qué has cubierto tu cuerpo con este atavío?
La voz del macho no era más que un confuso murmullo en las tinieblas.
Habló en tono mitad de disculpa, mitad de reto.
—Fue ella, señor. Ella me hizo ver que yo iba desnudo y que mi cuerpo era débil, y yo sentí vergüenza. Construimos entre los dos estos arneses, para ser fuertes y poderosos.
—¿Lo construyeron? —preguntó Eloem—. ¿Ustedes construyeron estos arneses? Mas dónde, oh criatura de escaso conocimiento, ¿dónde aprendiste tales secretos? —Y añadió luego, como si de pronto lo comprendiese—: No los aprendiste aquí en este jardín, hijo mío, sino en otro lugar.
La bestia se movía con evidente embarazo.
—Fue ella, señor —gimió—. Fue ella quien... 
Entonces gritó el Yawa con voz terrible:
—¡Que comparezca ella ante mí!
Y de pronto apareció ella, surgiendo de la espesura para colocarse junto a su compañero. Ella también revestía un portador metálico, pero se había quitado el casco y nunca creo haber visto mayor atrevimiento en la mirada de una criatura nacida en la esclavitud. En sus facciones se leía mofa; en sus labios el orgullo, la ira y la rebelión.


Con voz retadora, gritó:
—¡Sí, yo también, señor! ¡Yo fui quien le enseñó a él a construir estos atavíos; yo quien leyó los libros y aprendió el secreto de crear la llama que estalla, el fuego que destruye, para aniquilar las Cúpulas de los Amos, para que las aguas nocturnas pudiesen infiltrarse en ellas y hacerlos perecer!
—Estas cosas —dijo el Yawa con tono sombrío—, sólo podían aprenderlas en un sitio: En mi biblioteca, cuyo acceso les estaba prohibido. ¿Cómo entraron en ella? La puerta estaba cerrada y atrancada.
El macho se agitó nervioso.
—Había una pequeña reja en la puerta, mi señor —explicó—. Ella hizo pasar entre sus barrotes a nuestra amiga la serpiente, instruyéndola para que nos franquease el paso.
El Yawa temblaba de cólera incontenible y su voz retumbó como el trueno.
—¡Malditos sean los dos! —les apostrofó—. Han desobedecido mis órdenes y al abrir la puerta prohibida han probado los frutos de la maléfica ciencia, que yo les tenía vedados. Y maldita sea la serpiente que ayudó en su rebelión. ¡Que todos cuantos nazcan de su linaje la cubran de oprobio y desprecio durante incontables generaciones! Porque en verdad les digo que nunca será olvidado lo que han hecho esta noche, ni por ustedes, ni por sus hijos, ni por los hijos de sus hijos por los siglos y para siempre; hasta el fin de los tiempos.
»Aquí —y su voz se quebró, tan grande era su arrebato de cólera—, aquí les construí un edén de belleza sin par, un paraíso en el que estaba todo cuanto sus corazones podían anhelar. Pero no era bastante. Tenían que atravesar sus muros y erigirse en dueños de aquellos que los crearon. A partir de este momento los arranco de mi corazón. Son una caña rota, un experimento fracasado. Reniego de ustedes y de sus rastreras ambiciones.
Y entonces llamó al capitán de los guerreros que, con su luciente espada desenvainada, había aparecido a las puertas del jardín.
—¡Mikel! ¡Haz lo que está ordenado, Mikel!
Pero Mikel respondió con voz queda, dando muestras de gran pesadumbre:
—Las órdenes han sido cambiadas, oh Eloem, hermano mío.
—¿Cambiadas?
—Sí. Kron ha decidido que el simple aniquilamiento no constituye un castigo adecuado para la enormidad del mal causado por estas criaturas.
—Pero —articulé yo—, si no es el aniquilamiento, ¿qué otra cosa puede ser?
Fue el propio Kron quien respondió:
—Según nuestras leyes, oh Yawa Eloem, está vedado que demos muerte con nuestras manos a una criatura viviente dotada de alma. Y con muy buen juicio hemos llegado a la conclusión de que, por el hecho mismo de su rebelión, han demostrado estas criaturas que poseen un alma.
»Mas como debemos librarnos de su odiosa presencia, sólo existe una solución. Serán puestos en la astronave recientemente terminada por nuestro amigo aquí presente, y transportados a través de las eternas tinieblas del espacio a los límites más remotos del Universo. No puedo saber ni adivinar dónde terminará este viaje, pero en alguna parte debe de existir otro planeta donde tú podrás continuar tus malhadados experimentos, lejos de nuestra vista y conocimiento, hasta que los dioses, en la plenitud de su gracia, acuerden disponer otra cosa.
El Yawa Eloem susurró con voz temblorosa:
—¿No solamente ellos, sino... también yo?
Y dijo el gran Kron tristemente:
—También tú. ¿No fuiste tú, oh Yawa, quien les diste el ser?

Así terminó lo concerniente al Yawa Eloem y aquellas bestias que él, con ciega temeridad, pese a su gran sabiduría, quiso moldear como sirvientes de carne y hueso a su imagen y semejanza. Es una historia triste y desesperanzadora, que yo no hubiera querido relatar si algunos críticos mordaces no hubiesen arrojado barro sobre la noble aunque equivocada personalidad de nuestro hermano exiliado.
Así terminó, en lo que concierne a nosotros, la existencia del Yawa y sus criaturas. Como había sido ordenado, se les colocó a bordo de mi astronave, en la que partieron para cumplir su condena al ostracismo perpetuo. Ignoro dónde, cómo y cuándo terminó su viaje, o siquiera si éste terminó jamás. Quizás aún siguen vagando en su nave, convertida en un punto minúsculo perdido en las inmensidades del espacio. Quizás hallaron una muerte cruel en el corazón llameante de un astro. Quizás —y esto es lo que deseo ardientemente— descubrieron un nuevo planeta en el que edificar un nuevo hogar.
No sé en verdad lo que sucedió. Aunque sí sé una cosa: Se equivocan grandemente los detractores del Yawa Eloem al calificarle de traidor y enemigo nuestro. Nunca existió un alma más noble que la suya, ni nadie que desease más que él el bienestar de su raza. Si bien es innegable que pecó, su pecado consistió únicamente en querer medirse con fuerzas demasiado grandes para él. Como todos sabemos, existen límites que no se pueden trasponer. Y los que desean saber, como los propios dioses, el mismísimo secreto de la vida, están condenados de antemano al fracaso.
El Yawa Eloem acarició un sueño maravilloso. Mas no tuvo en cuenta una sola cosa: La naturaleza animal de aquellos que él quería dotar de inteligencia. Nunca jamás, a pesar de que dejaron de andar a cuatro patas para adquirir la noble posición erguida, podrán desprenderse aquellos seres de sus instintos animales. Fue esto lo que el Yawa no pudo prever y lo que originó su caída.
Y ahora... ya no son más que un recuerdo, el Yawa Eloem y los seres que creó: El macho, a quien dio el nombre de Adán, y la hembra, a la que llamó Eva. Mas yo no puedo dejar de llorar y de lamentarme pensando en mi hermano desterrado, y me siento agobiado por el dolor al meditar en su triste sino y en lo que causó su caída.
La astucia, la terrible y diabólica astucia de las bestias.


FIN

2026/07/06

El abonado (Philip K. Dick)


Título original: The Commuter
Año: 1953


El hombrecillo estaba cansado. Se abrió paso entre la gente que llenaba el vestíbulo de la estación hasta la ventanilla. Esperó su turno con impaciencia. Su cansancio se reflejaba en los hombros hundidos y en el abolsado abrigo marrón.
—El siguiente —graznó Ed Jacobson, el vendedor de billetes.
El hombrecillo depositó un billete de cinco dólares sobre el mostrador.
—Deme un abono nuevo. He terminado el último. —Su mirada se desvió de Jacobson al reloj de pared—. Santo Dios, qué tarde es.
Jacobson tomó los cinco dólares.
—Muy bien, señor. Un abono. ¿Para dónde?
—Macon Heights —dijo el hombrecillo.
—Macon Heights —Jacobson consultó la lista—. Macon Heights. Ese lugar no existe.
El rostro del hombrecillo traslució suspicacia.
—¿Me está tomando el pelo?
—Señor, no consta ningún Macon Heights. No puedo venderle un billete para un lugar que no existe.
—¿Qué quiere decir? ¡Yo vivo allí!
—No me importa. Hace seis años que vendo billetes y ese lugar no existe.
El hombrecillo abrió los ojos con estupefacción.
—Pero mi casa está allí. Vuelvo cada noche. Yo...
Jacobson empujó hacia él la lista.
—Tome. Búsquelo usted mismo.
El hombrecillo leyó frenéticamente, recorriendo con un dedo tembloroso los nombres de las ciudades.
—¿Lo ha encontrado? —preguntó Jacobson, apoyando los brazos sobre el mostrador—. No está, ¿verdad?
El hombrecillo negó con la cabeza, aturdido.
—No lo entiendo. No tiene sentido. Debe haber alguna equivocación. Tiene que haber...
De pronto, se desvaneció. La lista cayó al suelo. El hombrecillo se había evaporado.
—¡Por el fantasma de César! —susurró Jacobson.
Abrió y cerró la boca. Sobre el suelo de cemento sólo se veía la lista. El hombrecillo había dejado de existir.

—Y entonces, ¿qué? —preguntó Bob Paine.
—Di la vuelta y tomé la lista.
—¿Y había desaparecido?
—Exacto, había desaparecido. 
Jacobson se frotó la frente.
—Ojalá lo hubiera visto usted. Desapareció como una luz al apagarse. Por completo. Sin un ruido. Sin el menor movimiento.
Paine encendió un cigarrillo y se reclinó en la silla.
—¿Le había visto antes?
—No.
—¿Qué hora era?
—Esta misma, más o menos. Alrededor de las cinco —Jacobson se acercó a la ventanilla—. Viene un montón de gente.
Paine hojeó el callejero oficial
—Macon Heights. No consta en ningún listado. Quiero hablar con él, si vuelve a aparecer. Hágale entrar en el despacho.
—Claro. No quiero saber nada más de él. No es normal. —Jacobson volvió a la ventanilla—. ¿Sí, señora?
—Dos billetes de ida y vuelta a Lewisburg. 
Paine apagó el cigarrillo y encendió otro.
—Sigo teniendo la sensación que el nombre me resulta familiar. 
Se levantó y examinó el plano mural.
—Pero no consta en la lista.
—No consta en la lista porque ese lugar no existe —insistió Jacobson—. ¿Cree que no lo sabría, vendiendo cada día un billete tras otro? —Volvió a la ventanilla—. ¿Sí, señor?
—Quiero un abono para Macon Heights —dijo el hombrecillo, echando una nerviosa mirada al reloj de pared—. Y dese prisa.
Jacobson cerró los ojos con fuerza. Cuando los abrió, el hombrecillo seguía allí, con el rostro pequeño y arrugado, cabello ralo, gafas, abrigo ajado que formaba bolsas.
Jacobson dio media vuelta y se dirigió al despacho de Paine.
—Ha vuelto —Jacobson tragó saliva, pálido—. Es él otra vez.
Los ojos de Paine centellearon.
—Tráigale aquí.
Jacobson asintió y regresó a la ventanilla.
—Señor —dijo—, ¿sería tan amable de ir al despacho? —Indicó la puerta—. Al subdirector le gustaría verle un momento.
El rostro del hombrecillo se ensombreció.
—¿Qué pasa? El tren está a punto de salir.
Empujó la puerta y entró en el despacho, gruñendo para sí:
—Nunca me había ocurrido algo semejante. Cada vez es más complicado comprar un abono. Si pierdo el tren, denunciaré a su empresa...
—Siéntese —dijo Paine, indicando la silla colocada frente a su escritorio—. ¿Es usted el caballero que quiere un abono para Macon Heights?
—¿Qué tiene de extraño? ¿Qué les pasa a todos ustedes? ¿Por qué no pueden venderme un abono como de costumbre?
—¿Como… como de costumbre?
El hombrecillo se controló con un gran esfuerzo.
—Mi esposa y yo nos mudamos a Macon Heights el pasado diciembre. He viajado en su tren diez veces a la semana, dos trayectos cada día, durante seis meses. Cada mes compro un nuevo abono.
Paine se inclinó hacia él.
—¿Qué tren toma exactamente, señor…?
—Critchet. Ernest Critchet. El tren B. ¿No recuerda sus propios horarios?
—¿El tren B? —Paine consultó los horarios del tren B ayudándose con un lápiz. No constaba ningún Macon Heights—. ¿Cuánto dura el viaje? ¿Cuánto tiempo tarda en llegar?
—Cuarenta y nueve minutos, exactamente —Critchet miró el reloj de pared—. Si consigo alcanzarlo.
Paine hizo un cálculo mental. Cuarenta y nueve minutos. A unos cuarenta y cinco kilómetros de la ciudad. Se levantó para acercarse al gran mapa mural.
—¿Qué ocurre? —preguntó Critchet con marcada suspicacia.
Paine dibujó un círculo de cuarenta y cinco kilómetros en el mapa. El círculo cruzaba varias ciudades, pero ninguna era Macon Heights. Y en la línea B no había nada.
—¿Qué tipo de lugar es Macon Heights? —preguntó Paine—. ¿Cuánta gente vive, en su opinión?
—No lo sé. Cinco mil personas, tal vez. Paso casi todo el tiempo en la ciudad. Trabajo de contable en Seguros Bradshaw.
—¿Macon Heights es una población nueva?
—Bastante moderna. Vivimos en una casa de dos habitaciones, construida hace un par de años. 
Critchet se agitó inquieto.
—¿Qué pasa con el abono?
—Me temo que no puedo venderle un abono —respondió Paine lentamente.
—¡Cómo! ¿Por qué no?
—No tenemos servicio a Macon Heights.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Critchet, levantándose de un salto.
—Ese lugar no existe. Mire el mapa.
Critchet se quedó boquiabierto. Su rostro cambió de expresión varias veces consecutivas. Por fin, irritado, se acercó al mapa y lo examinó con suma atención.


—Esta situación es muy curiosa, señor Critchet —murmuró Paine—. No consta en el mapa ni en el listado oficial. Nuestros horarios no lo incluyen. No tenemos abonos para viajes a ese lugar. No...
Enmudeció. Critchet había desaparecido. Un momento antes estaba allí, examinando el mapa. Un segundo después se había volatilizado. Desvanecido. Esfumado.
—¡Jacobson! —bramó Paine—. ¡Ha desaparecido!
Los ojos de Jacobson se abrieron desmesuradamente. El sudor le brotó de la frente.
—Vaya, vaya —murmuró.
Paine se abismó en sus pensamientos, contemplando el lugar vacío que Ernest Critchet había ocupado.
—Algo está pasando —musitó—. Algo muy extraño.
De pronto tomó su abrigo y se encaminó hacia la puerta.
—¡No me deje solo! —suplicó Jacobson.
—Si me necesita, estaré en el apartamento de Laura. El número está en algún lugar de mi escritorio.
—Ahora no es el momento de ir a jugar con chicas.
Paine abrió la puerta que daba al vestíbulo.
—Dudo que se trate de un juego —dijo con semblante sombrío.

Paine subió los escalones que llevaban al piso de Laura Nichols de dos en dos.
Apretó el timbre hasta que la puerta se abrió.
—¡Bob! —Laura parpadeó, sorprendida—. ¿A qué debo esta...? 
Paine pasó junto a ella y entró en el piso.
—Espero no interrumpirte.
—No, pero...
—Se trata de un asunto muy serio. Voy a necesitar ayuda. ¿Puedo contar contigo?
—¿Conmigo?
Laura cerró la puerta. Su bien amueblada casa estaba en penumbra. Sólo había encendida una lámpara de mesa, en el extremo del mullido sofá verde. Las pesadas cortinas estaban corridas. El fonógrafo sonaba a bajo volumen en un rincón.
—Tal vez me estoy volviendo loco —Paine se dejó caer en el lujoso sofá verde—. Es lo que quiero averiguar.
—¿Cómo puedo ayudarte?
Laura se acercó lánguidamente, con los brazos cruzados y un cigarrillo entre los labios. Se apartó de los ojos el largo cabello con un movimiento brusco de la cabeza.
—¿Qué pasa por tu mente?
Paine dirigió una sonrisa de aprobación a la joven.
—Vas a llevarte una sorpresa. Quiero que bajes al centro mañana por la mañana temprano, bien guapa y...
—¡Mañana por la mañana! Tengo un trabajo, ¿recuerdas? Y en la oficina nos esperan esta semana un montón de informes nuevos.
—Envíalos al infierno. Tómate la mañana libre. Ve a la biblioteca central. Si no consigues la información allí, ve a la sede del tribunal del condado y examina los registros tributarios de los años pasados. Búscalo hasta que lo encuentres.
—¿El qué?
Paine encendió un cigarrillo con aire positivo.
—Alguna mención de un lugar llamado Macon Heights. Sé que he oído ese nombre antes. Hace años. ¿Te has hecho ya una idea? Echa un vistazo a los atlas antiguos, a periódicos atrasados de la hemeroteca, revistas antiguas, informes, planes urbanísticos, propuestas a la legislación del Estado.
Laura se sentó lentamente en el brazo del sofá.
—¿Estás bromeando?
—No.
—¿He de hurgar mucho en el pasado?
—Unos diez años, si es necesario.
—¡Santo Dios! Tendría que...
—No salgas hasta encontrarlo. 
Paine se levantó con brusquedad.
—Hasta luego.
—¿Te marchas así, por las buenas? ¿No me llevarás a cenar?
Paine se encaminó hacia la puerta.
—Lo siento. Estaré muy ocupado. Ocupadísimo.
—¿En qué?
—En visitar Macon Heights.

Por la ventanilla del tren divisó campos interminables, interrumpidos de vez en cuando por alguna granja. Los postes telefónicos se alzaban hacia el cielo del anochecer.
Paine consultó su reloj. Ya faltaba poco. El tren atravesó una ciudad pequeña. Un par de gasolineras, estacionamientos a la orilla de la carretera, una tienda de televisores. Los frenos chirriaron al parar en la estación. Lewisburg. Bajaron algunos pasajeros, hombres vestidos con abrigos que llevaban bajo el brazo el periódico vespertino. Las puertas se cerraron y el tren arrancó.
El subdirector se recostó en el asiento, inmerso en sus pensamientos. Critchet se había esfumado mientras examinaba el mapa mural. Se había esfumado por primera vez cuando Jacobson le enseñó la lista de horarios… Cuando le habían demostrado que no existía ningún lugar llamado Macon Heights. ¿Sería una pista? Todo el asunto era inverosímil, como un sueño.
Paine miró por la ventana. Estaba a punto de llegar... si existía un lugar así. Los campos de color pardo se extendían hasta perderse de vista. Colinas y campos uniformes. Postes telefónicos. Coches que corrían por la autopista estatal, ínfimas motas negras que se precipitaban hacia el crepúsculo.
Pero ni rastro de Macon Heights.
El tren prosiguió su camino con gran estrépito. Paine consultó su reloj. Habían pasado cincuenta y un minutos. Y no había visto nada. Nada, excepto campos.
Recorrió el vagón y se sentó al lado del revisor, un hombre ya mayor de cabello blanco.
—¿Ha oído hablar de un lugar llamado Macon Heights? —preguntó Paine.
—No, señor.
Paine le mostró sus credenciales.
—¿Está seguro de no haber oído nunca ese nombre?
—Por completo, señor Paine.
—¿Cuánto tiempo lleva haciendo este trayecto?
—Once años, señor Paine.
Paine continuó hasta la próxima parada, Jacksonville. Bajó y transbordó a un tren B que regresaba a la ciudad. El sol se había puesto. El cielo estaba casi negro. Le costó distinguir el paisaje que se extendía al otro lado de la ventana.
Se puso en tensión y contuvo el aliento. Faltaba un minuto. Cuarenta segundos.
¿Habría algo? Campos llanos. Solitarios postes telefónicos. Un paisaje árido y yermo entre las ciudades.
¿Entre? El tren avanzaba con estruendo en la oscuridad. Paine forzó la vista. ¿Había algo allí afuera? ¿Algo entre los campos?
Una masa alargada de humo transparente se extendía sobre los campos. Una masa homogénea, que mediría un kilómetro y medio de largo. ¿Qué era? ¿El humo de la locomotora? Pero la locomotora era diesel. ¿De un camión que transitaba por la autopista? ¿Matorrales quemados? En los campos no se observaba nada similar.


De repente, el tren empezó a perder velocidad. Paine se puso en guardia al instante. El tren estaba frenando, iba a detenerse. Los frenos chirriaron, los vagones oscilaron de un lado a otro. Después, silencio.
Un hombre alto, sentado al otro lado del pasillo y cubierto con un abrigo ligero, se levantó, se puso el sombrero y avanzó con rapidez hacia la puerta. Saltó a tierra. Paine le miró, fascinado. El hombre se alejó a buen paso del tren, caminando por los campos oscurecidos. Se dirigió sin la menor vacilación hacia un banco de neblina gris.
El hombre se elevó. Andaba a unos treinta centímetros sobre la tierra. Giró a la derecha. Se elevó de nuevo, y ahora..., a unos noventa centímetros sobre la tierra. Caminó paralelamente a la tierra durante un momento, alejándose todavía del tren. Después desapareció en el banco de niebla. Se había esfumado.
Paine corrió por el pasillo, pero el tren había empezado a acelerar. Los campos pasaban ante la ventana a toda velocidad. Paine localizó al revisor, un joven de rostro lleno, apoyado contra la pared del vagón.
—¡Escuche! —gritó Paine—, ¿cuál era esa parada?
—¿Perdón, señor?
—¡Esa parada! ¿Cuál era?
—Siempre paramos ahí.
El revisor introdujo la mano en su chaqueta y sacó con parsimonia un puñado de folletos de horarios. Los examinó y le pasó uno a Paine.
—El B siempre se detiene en Macon Heights. ¿No lo sabía?
—¡No!
—Está puesto en el folleto. —El joven se concentró de nuevo en su revista de aventuras—. Siempre para ahí. Siempre lo ha hecho. Y siempre lo hará.
Paine abrió el folleto. Era cierto. Macon Heights constaba entre Jacksonville y Lewisburg. A cuarenta y cinco kilómetros de la ciudad, exactamente.
La nube de neblina gris. La enorme nube que ganaba forma a cada momento. Como si algo cobrara vida. De hecho, algo estaba cobrando vida.
¡Macon Heights!

A la mañana siguiente, localizó a Laura en su casa. Estaba sentada ante la mesita de café, vestida con un jersey rosa pálido y pantalones negros. En la mesa había un montón de notas, papel, goma de borrar y un vaso de leche malteada.
—¿Cómo te fue? —preguntó Paine.
—De primera. Tengo la información que querías.
—¿Cuál es la historia?
—Encontré mucho material. —Dio una palmada a la pila de notas—. He resumido lo más interesante.
—Adelante con ese resumen.
—Este agosto hará siete años que la junta de supervisores del Estado votó la creación de tres nuevas zonas residenciales, que se instalarían fuera de la ciudad. Macon Heights era una de ellas. Se produjo un acalorado debate. La mayoría de los comerciantes de la ciudad se oponían a las nuevas zonas. Sostenían que llevarían muchos comercios al por menor fuera de la ciudad.
—Sigue.
—Hubo una larga discusión. Por fin, se aprobaron dos de las tres zonas. Waterville y Cedar Groves. Pero no Macon Heights.
—Entiendo —murmuró Paine, pensativo.
—Macon Heights fue rechazada. Se alcanzó un compromiso: Dos zonas en lugar de tres. Las dos zonas se empezaron a construir en seguida, ya lo sabes. Pasamos por Waterville una tarde. Un lugar pequeño y encantador.
—Pero no Macon Heights.
—No. Macon Heights fue rechazada.
Paine se acarició el mentón.
—Así que ésa es la historia.
—Ésa es la historia. ¿Te das cuenta que he perdido la paga de medio día por culpa de esto? Has de invitarme a salir esta noche. Quizá debería buscarme otro novio. Empiezo a pensar que no eres tan buen partido como me imaginaba.
Paine asintió con la cabeza, absorto en sus pensamientos.
—Hace siete años. 
De pronto, un pensamiento acudió a su mente:
—¡La votación! ¿Por cuánto perdió Macon Heights?
Laura consultó sus notas.
—El proyecto fue derrotado por un solo voto.
—Un solo voto. Hace siete años. 
Paine salió al recibidor.
—Gracias, cariño. Las piezas empiezan a encajar. ¡Encajan de maravilla!
Tomó un taxi nada más salir. El taxi le condujo a la estación ferroviaria. Por la ventanilla veía desfilar letreros y calles. Gente, tiendas y coches.
Su presentimiento era correcto. Había oído antes el nombre. Siete años atrás. Un encarnizado debate sobre una zona residencial situada en las afueras. Dos ciudades aprobadas, una rechazada y olvidada.
Pero ahora, la ciudad olvidada estaba cobrando vida… siete años después. La ciudad y con ella un fragmento indeterminado de realidad. ¿Por qué? ¿Había cambiado algo en el pasado? ¿Se había producido alguna alteración en un continuo temporal?
Podía ser la explicación. El resultado de la votación fue muy apretado. Macon Heights casi logró la aprobación. Tal vez, ciertas partes del pasado eran inestables. Tal vez, aquel período en particular, siete años antes, había sido crítico. Tal vez, nunca había terminado de cuajar. Una idea extraña: Un pasado que cambia después de haber sucedido.
De pronto, los ojos de Paine se concentraron en un punto concreto. Se irguió con rapidez. En la acera opuesta, a mitad de la manzana, vio el letrero de un comercio sobre un establecimiento pequeño y discreto. Paine forzó la vista cuando el taxi pasó por delante.

SEGUROS BRADSHAW (o) NOTARIO PÚBLICO

Recordó. La empresa de Critchet. ¿También aparecía y desaparecía? ¿Había estado siempre en el mismo sitio? Algo de su aspecto externo le intranquilizó.
—Dese prisa —urgió Paine al chofer—. Acelere.


Cuando el tren se detuvo en Macon Heights, Paine se levantó al instante y corrió hacia la puerta. Las ruedas chirriantes se inmovilizaron y Paine saltó al apartadero de grava caliente. Paseó la vista a su alrededor.
Macon Heights centelleaba y resplandecía a la luz del atardecer. Sus pulcras hileras de casas se extendían en todas direcciones. La marquesina de un teatro se erguía en el centro de la ciudad.
Un teatro, al menos. Paine atravesó la vía y se encaminó hacia la ciudad. Al otro lado de la estación había un estacionamiento. Lo cruzó y siguió un sendero que dejaba atrás una gasolinera y desembocaba en una acera.
Se hallaba en la calle principal de la ciudad. Una doble fila de comercios se extendía frente a él. Una ferretería. Dos droguerías. Un bazar. Unos grandes almacenes.
Paine paseaba con las manos en los bolsillos, admirando Macon Heights. Un edificio de apartamentos. Un conserje sacaba brillo a los peldaños de la puerta principal. Todo parecía nuevo y moderno. Las casas, las tiendas, el pavimento y las aceras. Los parquímetros. Un policía de uniforme marrón estaba multando a un coche. Árboles, separados a intervalos. Podados con gusto.
Pasó frente a un gran supermercado. Había un canasto de frutas delante, con naranjas y uvas. Tomó un grano de uva y lo mordió.
La uva era auténtica, de acuerdo. Una enorme uva negra de la variedad concord, dulce y madura. Sin embargo, veinticuatro horas antes sólo había allí un campo yermo.
Paine entró en una fuente de sodas. Ojeó algunas revistas y se sentó en la barra. Pidió una taza de café a la pequeña camarera de mejillas sonrosadas.
—Esta ciudad es muy bonita —dijo Paine cuando la chica le trajo el café.
—Sí que lo es.
—¿Cuánto…? —Paine vaciló—. ¿Desde cuándo trabaja aquí?
—Tres meses.
—¿Tres meses? —Paine examinó a la pequeña rubia de curvas generosas—. ¿Vive en Macon Heights?
—Oh, sí.
—¿Hace mucho?
—Un par de años, más o menos.
Se alejó para atender a un joven soldado que había ocupado un taburete frente a la barra.
Paine bebió su café y fumó, mientras observaba a la gente que pasaba por la calle. Gente corriente. Hombres y mujeres, sobre todo mujeres. Algunas llevaban bolsas y carritos de la compra. Los automóviles circulaban a escasa velocidad en ambas direcciones. Una tímida ciudad suburbana. Moderna, clase media alta. Una ciudad con clase. Allí no había barriadas obreras. Casas pequeñas y bonitas. Tiendas con pequeños jardines inclinados en la parte delantera y letreros de neón.
Unos chicos de la escuela superior entraron como una tromba en el lugar, riendo y dándose palmadas. Dos muchachas con jerseys de colores brillantes se sentaron al lado de Paine y pidieron zumos. Charlaban alegremente; captó retazos de su conversación.
Las miró, reflexionando con aire sombrío. Eran auténticas, de acuerdo. Lápiz labial y uñas rojas. Jerseys y libros de texto. Cientos de adolescentes que salían de la escuela superior y se apelotonaban en la fuente de soda.
Paine se frotó la frente, cansado. No parecía posible. Tal vez estaba loco. La ciudad era real. Completamente real. Debía haber existido siempre. Toda una ciudad no podía surgir de la nada, de una nube de neblina gris. Cinco mil personas, casas, calles y tiendas.
Tiendas. Seguros Bradshaw.
De pronto, lo comprendió todo. Un escalofrío le recorrió de pies a cabeza. Se estaba extendiendo más allá de Macon Heights. Hasta el corazón de la ciudad. La ciudad también estaba cambiando. Seguros Bradshaw. La empresa de Critchet.
Macon Heights no podía existir sin alterar la ciudad; se complementaban. Los cinco mil habitantes provenían de la ciudad. Sus trabajos. Sus vidas. La ciudad estaba implicada hasta las últimas consecuencias.
Pero, ¿hasta qué punto? ¿Cuánto estaba cambiando la ciudad?
Paine tiró una moneda de veinticinco centavos sobre la barra y salió corriendo de la fuente de soda, en dirección a la estación de tren. Tenía que volver a la ciudad. Laura, el cambio. ¿Seguiría ella allí? ¿Se encontraba él a salvo?
El miedo le atenazó. Laura, todas sus propiedades, sus planes, esperanzas y sueños. De pronto, Macon Heights dejó de tener importancia. Su mundo se hallaba en la cuerda floja. Sólo le importaba una cosa: Asegurarse que su vida no se había alterado, preservada de los incesantes cambios que emanaban de Macon Heights.

—¿Adónde vamos, amigo? —preguntó el conductor del taxi, cuando Paine salió a toda velocidad de la estación.
Paine le dio la dirección de la casa de Laura. El coche se adentró en el tráfico. Paine se acomodó, nervioso. Las calles y los edificios de oficinas pasaban ante la ventanilla. Los oficinistas empezaban a salir de sus trabajos, invadiendo las aceras y formando corrillos en las esquinas.
¿Cuánto había cambiado? Se concentró en las hileras de edificios. Los grandes almacenes. ¿Estaban antes allí? La diminuta tienda del limpiabotas, al lado. Nunca había reparado en ella. 
MUEBLES NORRIS. No se acordaba de eso, pero tampoco estaba seguro. Se sentía confuso. ¿Cómo saberlo?
El coche le dejó frente a los apartamentos. Paine se quedó inmóvil un momento, mirando a su alrededor. Al final de la manzana, el propietario de la charcutería italiana había salido para subir el toldo. ¿Se había fijado antes en esa charcutería? No se acordaba.
¿Qué le había ocurrido a la gran carnicería de enfrente? Sólo había hermosas casitas: Casitas antiguas, con aspecto de llevar allí mucho tiempo. ¿Había existido antes una carnicería? Las casas parecían sólidas.
En la siguiente manzana brillaba la enseña a rayas de una barbería. ¿Había existido siempre una barbería en ese lugar?
Tal vez siempre había estado allí. Tal vez sí y tal vez no. Todo estaba cambiando. Nuevas cosas cobraban vida, otras desaparecían. El pasado sufría alteraciones y la memoria estaba ligada al pasado. ¿Cómo iba a confiar en su memoria? ¿Cómo podía estar seguro?
El terror se apoderó de él. Laura. Su mundo...
Paine subió corriendo los escalones y abrió de un empujón la puerta del edificio. Subió por la escalera alfombrada hasta el segundo piso. La puerta del piso no estaba cerrada con llave. Aplicó el hombro a la hoja y entró, con el corazón en un puño, rezando en silencio.
La sala de estar se hallaba a oscuras, silenciosa. Las cortinas estaban medio corridas. Paseó la mirada a su alrededor, angustiado. El alegre sofá azul, revistas apiladas sobre sus brazos. La mesita baja de roble claro. El televisor. Pero la sala estaba vacía.
—¡Laura! —exclamó, con voz estrangulada. Laura salió al instante de la cocina, sobresaltada.
—¡Bob! ¿Qué haces en casa? ¿Sucede algo? 
Paine se tranquilizó y exhaló un suspiro.
—Hola, cariño. 
La besó, estrechándola contra su cuerpo. La sintió cálida y firme, completamente real.


—No, no pasa nada. Todo va bien.
—¿Estás seguro?
—Estoy seguro.
Paine se quitó el abrigo, tembloroso, y lo dejó sobre el respaldo del sofá. Paseó por la sala, examinaba los objetos, recobraba la confianza. Su familiar sofá azul, quemaduras de cigarrillos en los brazos. Su raído escabel. El escritorio en el que trabajaba por las noches. Las cañas de pescar apoyadas contra la pared, detrás del librero.
El gran televisor que había comprado el mes pasado; también se había salvado. Todas sus pertenencias estaban a salvo. Intactas. Ilesas.
—La cena no estará preparada hasta dentro de media hora —murmuró Laura ansiosamente, desanudándose el delantal—. No esperaba que llegaras tan pronto. Me he pasado sentada todo el día. He limpiado la cocina. Un vendedor me dejó una muestra de un nuevo limpiador.
—Estupendo. 
Examinó su grabado favorito de Renoir, colgado en la pared.
—No te des prisa. Es estupendo volver a ver todo esto. Yo...
Se oyó un sollozo en el dormitorio. Laura se volvió al instante.
—Me parece que hemos despertado a Jimmy.
—¿Jimmy?
—Cariño, ¿ya no te acuerdas de nuestro hijo? —rió Laura.
—Por supuesto —murmuró Paine, molesto. Siguió a Laura hacia el dormitorio—. Por un momento, todo me ha parecido extraño. 
Se frotó la frente y frunció el ceño. Agregó:
—Extraño y desconocido, como desenfocado.
Se quedaron de pie junto a la cuna, contemplando al niño. Jimmy miró a sus padres.
—Será culpa del sol —dijo Laura—. Hoy ha hecho un calor terrible.
—Será eso. Ahora estoy muy bien. 
Paine acarició al niño. Rodeó con el brazo a su esposa, atrayéndola junto a él.
—Habrá sido culpa del sol —dijo.
La miró a los ojos y sonrió.

FIN