2026/10/26

Bienvenidos a casa (Edmund Cooper)


Título original: Welcome Home
Año: 1963

 
La nave de las Naciones Unidas planeó como un halcón sobre el vasto desierto, y luego alzó el vuelo repentinamente como si hubiera decidido que, a fin de cuentas, no valía la pena posarse sobre Marte. Pero al llegar a los diez mil metros, la ascensión quedó interrumpida en un instante de inmóvil belleza; la nave se sentó ligeramente sobre una cola de llama verde, suspendida entre las estrellas y su punto de destino, hasta que imperceptiblemente la llama perdió intensidad y la nave descendió suavemente hacia la árida extensión.
El aterrizaje fue suave y normal. Tan suave como si se tratara del centésimo aterrizaje de una nave interplanetaria corriente conducida por una experta y curtida tripulación. Sin embargo, daba la casualidad -y la fecha quedaría anotada en los manuales de historia para tormento de los escolares- de que ni la nave de las Naciones Unidas ni cualquier otro vehículo terrestre había visitado nunca el Planeta Rojo. Y sus tripulantes eran los primeros seres humanos que se aventuraban más allá de la Luna.
No obstante, todos ellos tenían una amplia experiencia como viajeros espaciales. El coronel Maxim Krenin, jefe de la expedición y piloto del Pax Mundi, había realizado el vuelo Tierra-Luna cinco veces y había participado en numerosos lanzamientos de prueba a la Luna. Lo mismo que el comandante Howard Thrace, segundo piloto. Además de proporcionar un notable ejemplo de colaboración técnica ruso-norteamericana, aquellos dos hombres eran excelentes amigos.
Los otros tres miembros de la expedición, el profesor Bernard Thompson, representante de Inglaterra, el profesor Ives Frontenac, representante de Francia, y el doctor Chan S. Chee, representante de China, habían tomado parte en tres lanzamientos importantes y permanecido en órbita un número impresionante de horas. Durante el largo viaje hasta Marte, tuvieron tiempo de sobra para compenetrarse y para planear en detalle sus trabajos de exploración.
Y ahora se encontraban en su alargado proyectil de titanio posado como un monumento de la antigüedad sobre el desierto marciano ecuatorial. Habían sido comprobadas las radiaciones, se analizó la atmósfera al nivel del suelo y los primeros terrestres estaban a punto de poner los pies sobre las arenas de Marte.
Incluso antes de descender de la nave, sabían de Marte lo suficiente como para sentirse ligeramente humillados por sus propias teorías anteriores y por la opinión general de los científicos de la Tierra.
Durante décadas, los astrónomos terrestres habían asegurado que Marte era prácticamente hostil para la vida, a pesar de la insistente creencia popular en grotescas y complejas formas de vida e incluso inteligencias marcianas.
Marte, afirmaban los astrónomos, con toda la autoridad de hombres capaces de extraer amplias conclusiones de las pruebas más nimias, era un planeta que casi carecía de oxígeno, de agua y de calor. Los llamados canales no eran tales, sino simples grietas de origen puramente geológico. Y terminaban sus deducciones asegurando que, debido al clima, las formas de vida más desarrolladas que podrían encontrarse serían similares a los líquenes o, quizás, a los cactus.
Esos, en términos generales, habían sido los puntos de vista de los expedicionarios de las Naciones Unidas... hasta su llegada. Pero incluso antes de aterrizar, mientras orbitaban a unos cien mil metros, pudieron comprobar, entre otras cosas, que los canales eran realmente -o lo habían sido- canales, y que la atmósfera contenía el suficiente oxígeno para que resultara respirable por las formas de vida humanas.
Luego, a medida que descendieron a un órbita menor, hicieron un descubrimiento que pareció eclipsar a todos los demás -excepto quizás a los canales - en significado.
Vieron pirámides: Diez enormes pirámides marcianas situadas a gran distancia una de otras sobre las inmensas y desnudas llanuras. El descubrimiento fue algo más que un descubrimiento: Fue una revelación. Y la revelación era más significativa, tenía más alcance que cualquier otro descubrimiento en toda la historia del hombre.
Hacía más de cuatro siglos que un desconocido astrónomo polaco, Nicolás Copérnico, había asombrado al mundo con su afirmación de que la Tierra no estaba fija en el centro del cosmos. Pero, eventualmente, el orgullo humano se había recobrado del golpe. Ya que, si bien la Tierra no podía ser considerada ya como única en tamaño, posición o significado, su raza dominante, el Homo Sapiens, seguía siendo el ser más perfecto de la creación. En ninguna otra parte, se dijo, podían existir seres inteligentes. Eso fue lo que afirmaron los filósofos y todos los que contribuían al culto del significado humano.
Y durante cuatrocientos años, la cualidad de único del hombre no fue seriamente discutida.
Pero ahora...
Las noticias acerca de las pirámides marcianas habían sido radiadas ya a la Tierra y a Luna City antes de que la nave de las N.U. aterrizara. E inmediatamente había llegado la orden de abandonar las previstas exploraciones científicas y concentrar todos los esfuerzos en las pirámides. La expedición a Marte era, en términos financieros, una aventura sumamente cara. Y como, a fin de cuentas, los que tendrían que rascarse el bolsillo serían los ciudadanos corrientes, se presentaba una oportunidad excepcional de proporcionarles algo realmente espectacular a cambio de su dinero.
La orden no desagradó lo más mínimo a los miembros de la expedición. El misterio de las pirámides era más emocionante que cualquier otro descubrimiento espacial anterior. La existencia de estructuras diseñadas y construidas por seres inteligentes establecía un clima de contacto y comunicación que disminuyó considerablemente la pesada carga de soledad acumulada durante el largo viaje a Marte. Era como si Marte hubiera esperado al Pax Mundi, como si las pirámides fueran una especie de gigantesca bienvenida planetaria.
La pirámide más próxima se alzaba a unos tres kilómetros al norte de la nave de las N.U. Sus lados negros, lisos y simétricos, tenían una altura de quinientos metros, aproximadamente. Mientras el coronel Krenin salía de la cámara de descompresión, dirigía un breve mirada a la impresionante mole y luego apoyaba el pie en el primer peldaño de la escalerilla de nylon, su sensación de temor pareció hincharse como una gran burbuja interior.
Luego, repentinamente, el momento histórico transcurrió antes de que Krenin se diera cuenta. Había puesto ya los pies sobre las arenas de Marte. Detrás de él bajaron el comandante Thrace y los demás. Ninguno de ellos dijo nada durante casi tres minutos. Se limitaron a permanecer de pie, mirando, en silencio.
Súbitamente, el honor de pronunciar las primeras palabras terrestres sobre el planeta recayó en el profesor Thompson. Contempló la pirámide, suspiró profundamente y en Lingua Franca moderna, dijo:
-En este preciso instante, más que cualquier otra cosa necesito un cigarrillo.
-¿Por qué no? -observó suavemente el doctor Chee-. El contenido de oxígeno del aire es suficientemente elevado. Pero no creo que su cigarrillo tenga el mismo sabor.


-Acepte un Gaulloise -dijo el profesor Frontenac.
-Acepte un Stuyvesant -dijo el comandante Thrace.
El inglés enarcó ligeramente las cejas, rebuscó afanosamente en sus propios bolsillos y, por último, aceptó un cigarrillo francés.
-Tenía usted razón -observó al cabo de unos instantes-. Tiene un sabor completamente distinto.
-Caballeros -dijo el coronel Krenin-, el momento requiere un parlamento para ser transmitido a la Tierra. Y dado que mi Lingua Franca es menos correcta de lo que debería ser...
Sacó un diminuto aparato de grabación de su mochila y miró esperanzado a sus compañeros.
El profesor Frontenac sonrió.
-Las pirámides son probablemente los restos de una civilización que ya era antigua cuando el hombre terrestre era todavía un ser de las cavernas y los bosques. Entre nosotros, el doctor Chee representa a una de las más antiguas civilizaciones terrestres. Creo que es el más indicado.
El doctor Chee se inclinó y luego pronunció un breve discurso dirigido al aparato de grabación de Krenin, a los millones de terrestres que esperaban y, tal vez, a la posteridad solar. Habló de lo maravilloso del viaje, de lo maravilloso del descubrimiento y de lo solemne del aterrizaje. Pero ni siquiera el ceremonioso lenguaje del doctor Chee pudo evitar el contagio de la excitación infantil que había hecho presa en los miembros de la expedición.
Mientras el doctor Chee hablaba, el comandante Thrace trepó por la escalerilla de nylon e hizo girar la pequeña grúa eléctrica encima de la portezuela inferior de la nave. Luego él y el profesor Frontenac se dedicaron a descargar a piezas el vehículo monorrueda de seis plazas que se habían llevado. Al cabo de media hora, el vehículo estaba completamente montado, con su giroestabilizador ronroneando suavemente.
El profesor Thompson hizo pantalla con la mano sobre sus ojos y contempló la pirámide, maciza y sombría bajo el brillante sol de Marte.
-Tal vez debiéramos comer algo antes de aventuramos en cualquier exploración -sugirió.
-¿Tiene usted hambre? -inquirió el doctor Chee.
-No, pero pensé...
-¡Bajaré algunas raciones de emergencia! -gritó el coronel Krenin desde la cámara de descompresión-. ¡En caso necesario podemos comer en la pirámide!
El comandante Thrace estaba observando con atención lo que parecía ser una gran piedra redonda, de unos cincuenta centímetros de altura, que se encontraba a pocos metros de la base de la nave.
-¿Alguien de ustedes se ha fijado en esto antes? -preguntó. Nadie pudo recordar haberlo visto.
-Mírenlo -dijo el comandante-. Mírenlo de cerca.
La piedra estaba moviéndose muy lentamente sobre la rojiza arena. La vieron avanzar a través de lo que parecía ser una pequeña capa de musgo, pero cuando hubo pasado, la planta ya no estaba allí.
Frontenac se inclinó sobre la roca y la tocó. Luego la golpeó con los dedos. En su rostro había una expresión de indescriptible asombro.
-Vamos a darle media vuelta -sugirió Thrace.
Así lo hicieron. La superficie inferior era blanda. Aquello parecía una mezcla de esponja y caracol. Empezó a contraerse hasta quedar a salvo en el interior de su recia concha protectora.
-¡Maravilloso, soberbio, exquisito! -exclamó Frontenac, en su francés natal-. ¡Qué hermoso animal!
-O planta -añadió secamente Thompson.
-Animal -insistió el francés-. Según todas las leyes...
-En Marte -le interrumpió Thompson-, las definiciones que estamos acostumbrados a utilizar pueden no ser válidas.
Con suavidad, volvieron a colocar la piedra boca abajo sobre la arena.
-Ahora debemos ir a la pirámide- dijo el coronel Krenin-. La Tierra desea nuestro primer Informe lo antes posible. He puesto la cámara fotográfica, la cámara de cine y las telecámaras en el monorrueda. ¿Lleva cada uno de ustedes radio portátil y aparato de grabación Individual?
Todos asintieron.
-¿Qué hay de mi ejemplar? -preguntó Frontenac-. Me gustaría observarlo.
-Entonces, vigilará usted también la nave -dijo Krenin, sonriendo-. Alguien tiene que quedarse.
El francés adoptó la expresión de la persona que desearía estar en dos lugares a la vez.
Después de una revisión final, el resto de la expedición subió al monorrueda, con el comandante Thrace al volante. Cuando se ponían en marcha hacia la pirámide, vieron al profesor Frontenac arrodillado y con la cabeza muy cerca de la arena. Estaba tratando de descubrir cómo se las arreglaba su "piedra" para avanzar.
El desierto era, en su mayor parte, llano y el viaje hasta la pirámide apenas duró diez minutos. En el camino pasaron delante de diversas variedades de plantas, todas pequeñas, y de un curioso rodal de hierba, muy alta, cuyos tallos golpearon al monorrueda con la fuerza de un látigo. Se cruzaron también con varias de las "piedras" que el profesor Frontenac había bautizado provisionalmente con el nombre de "Amigos de Frontenac".
Mientras se acercaban a la base de la enorme pirámide, su excitación se hizo tan intensa que pareció fundirse en una calma completamente anormal. Estaban ebrios de asombro. Se sentían como sonámbulos.
La estructura no sólo dominaba al paisaje, sino que parecía alcanzar el mismo cenit del cielo. Comparadas con aquéllas, las pirámides de Egipto eran simples juguetes.
En primer lugar, dieron la vuelta completa a la base en el monorrueda, contemplando la pirámide, incapaces de encontrar un comentario apropiado o una apropiada explicación. Aquello parecía estar más allá de toda explicación; más allá, incluso, de toda posibilidad. Sin embargo, allí estaba: El mayor monumento que se había ofrecido a la vista del hombre.
La pirámide parecía haber sido construida con capas superpuestas de una especie de basalto negro, cada una de cuyas losas, aunque gastada por la acción de las tormentas de arena y de las ventiscas, aparecía sin grietas ni cuarteamientos. Las capas iban disminuyendo para formar una gigantesca escalinata triangular, ascendiendo hacia la reluciente piedra que se erguía en la cumbre, como una torre proyectada contra el cielo.
Pero en el centro de cada uno de los macizos peldaños, había una brillante losa blanquecina veteada de dorado y anaranjado, verde y plateado; brillante como el cristal de un espejo, más hermosa que cualquier mármol conocido en la Tierra.
La primera de aquellas losas, al igual que la capa de basalto en la cual estaba incrustada, se hallaba medio cubierta por la rojiza arena marciana. Los cuatro hombres se apearon del monorrueda y la contemplaron; y mientras lo hacían, la losa se deslizó silenciosamente hacia atrás, dejando al descubierto la entrada que daba a un pasillo débilmente iluminado.
-Santo cielo -exclamó el profesor Thompson con voz ronca-. ¡Saben que estamos aquí!
El comandante Thrace fue el primero en recobrar el dominio de sí mismo.


-Un mecanismo fotoeléctrico -sugirió-. O tal vez vibradores sensoriales.
-El problema consiste en saber si debemos aceptar o no la invitación -dijo el coronel Krenin.
El doctor Chee sonrió.
-Por lo menos, nos ha sido hecha con amabilidad -dijo.
-Puede ser una trampa -observó el comandante Thrace. 
Krenin frunció el ceño.
-Demasiado complicada. Podían habernos eliminado de un modo más eficaz y menos complicado.
El profesor Thompson sonrió.
-"'¿Quiere usted pasar a mi salón?', le dijo la araña a la mosca". 
El doctor Chee enarcó ligeramente las cejas.
-Resulta difícil apreciar la psicología de una raza capaz de construir pirámides para atrapar a viajeros espaciales -dijo secamente.
El coronel Krenin tomó una decisión.
-Dos de nosotros aceptarán la invitación -dijo- y los otros dos esperarán aquí.
-Lo echaremos a suertes -dijo el comandante. Sacó cuatro cigarrillos, arrancó los filtros de dos de ellos y se llevó una mano a la espalda. Cuando volvió a mostrarla, la tenía cerrada y por ella asomaban las puntas de cuatro cigarrillos-. Aquellos que escojan los dos más cortos se quedarán.
El coronel Krenin fue el primero en escoger: Le tocó un cigarrillo largo.
Thompson y Chee cogieron los dos cortos.
-Fijaremos un plazo de una hora -dijo el coronel-. Sólo estableceremos contacto por radio en caso de apuro. En ningún caso deben ustedes entrar.
-Buena suerte - dijo el profesor.
-Ha tenido usted ya demasiada -gruñó el doctor Chee.
El coronel Krenin y el comandante Thrace penetraron en el pasillo. Las paredes interiores estaban revestidas con la misma clase de piedra de la losa que se había deslizado para revelar la entrada. Tenía un brillo verdoso, proporcionando una claridad agradable y sedante, gracias a la cual los dos hombres podían ver por dónde andaban. Tras una breve vacilación, avanzaron resueltamente.
El pasillo se extendía en línea recta, descendiendo un poco, y parecía conducir al centro de la base de la pirámide. En ese caso, Krenin y Thrace tenían por delante un largo paseo.
Al principio avanzaron con lentitud y en silencio, como si esperaran que se abriera de repente un hoyo a sus pies o algo por el estilo. Pero en vista de que no sucedía nada, adquirieron la suficiente confianza como para hacer más rápido su paso. Al cabo de un rato, dieron media vuelta y miraron hacia atrás. La entrada era todavía visible como un diminuto punto de luz, aunque parecía encontrarse a varios kilómetros de distancia.
-La cosa se complica -murmuró en voz baja el comandante Thrace, en inglés.
-¿Decía usted? -inquirió el coronel Krenin en Lingua Franca.
-Lo siento. La situación se está complicando.
-No comparto su opinión -dijo Krenin con una leve sonrisa-. Hasta ahora, todo lo que he visto demuestra orden, inteligencia y determinación.
Súbitamente, Thrace agarró el brazo de su compañero y señaló a la pared que tenían enfrente. Una losa rectangular de piedra negra acababa de aparecer en ella y sobre la piedra había un dibujo grabado.
Era una representación simbólica del sistema solar. Todos los planetas, excepto dos, aparecían como círculos sobre unas líneas que indicaban sus cursos orbitales. Pero el tercer planeta, la Tierra, estaba representado por una brillante piedra verde, y el cuarto planeta, Marte, por otra piedra roja, más brillante todavía.
Krenin y Thrace estaban más que intrigados, estupefactos.
Al cabo de unos instantes, el comandante Thrace rompió el silencio.
-Será mejor que nos apresuremos -dijo-. Sólo nos quedan cuarenta y cinco minutos y tengo la impresión de que nos aguardan más y mayores sorpresas.
No se equivocaba.
Un poco más adelante descubrieron otra losa negra incrustada en la pared. En ésta aparecían los símbolos de un átomo de hidrógeno, de uno de oxígeno y de uno de carbono. Los dos hombres los contemplaron en silencio unos instantes y luego siguieron avanzando. Las palabras parecían completamente fuera de lugar.
La próxima losa que encontraron mostraba lo que parecía ser la representación de una molécula simple. Después llegó lo que parecía el diseño molecular del ácido desoxirribonucleico. Y después de esto llegó la mayor sorpresa de todas.
Dos losas paralelas, una a cada lado del pasillo. Mostraban a dos seres humanos: Un hombre y una mujer. Ambos carecían de pelo.
-Esto es absurdo -murmuró el comandante Thrace.
-Entonces... entonces el hombre no es un producto único de la Tierra -dijo el coronel-. O, quizás.. 
La idea era demasiado fantástica para ser expresada.
Con un esfuerzo, Thrace consiguió sustraerse al estado de semihipnosis en que parecían haberle sumido los dibujos.
-Tenemos que seguir avanzando -murmuró, de mala gana. 
Krenin consultó su reloj de pulsera y suspiró.
-Hay tanto que observar... que considerar...
Continuaron su camino a lo largo del pasillo iluminado por la misma claridad verdosa, sintiéndose como chiquillos atrapados en un misterioso mundo de ensueño que se confundía con la realidad. De repente, se encontraron en una revuelta del pasillo y al poner pie en ella, se desplegó ante sus ojos el más fantástico de los espectáculos.
Súbitamente, se encontraron en una cueva lo bastante grande como para contener a la mayor de las catedrales de la Tierra. Estaba bañada por la misma claridad verdosa que el pasillo, pero ésta era más intensa a ras de suelo, hasta el punto de que, por un instante, los dos hombres experimentaron la sensación de andar sobre un gran océano subterráneo.
Luego, la sensación oceánica dio paso a una sublime revelación: Una sensación de espacio infinito y de infinita belleza. Era como si hubieran sido engullidos por una nube de música insonora que brotaba de todas partes envuelta en oleadas de luz.
Durante un brevísimo instante, los dos hombres experimentaron la sensación de que se estaban muriendo. Y luego, inmediatamente, la sensación de que habían vuelto a nacer.
Las paredes de la cueva estaban vivas con cuadros sólidos, que aparecían y desaparecían en una magnífica sinfonía visual. Allí, por un instante, contemplaron en toda su terrible grandeza el nacimiento del sistema solar. Los planetas fluían de un inmenso útero solar para instalarse en las oscuras inmensidades del espacio. Luego, la visión se disolvió en una representación de océanos muertos, de monstruosos volcanes y de deslumbrantes ríos de rocas; de explosiones, y cataclismos y diluvios; de flotantes islas continentales y desesperados eones de hirviente lluvia.
De nuevo cambiaron los cuadros.


Ahora contemplaban las entrañas de los mares furiosos y asistían al alumbramiento de la vida. Vieron la vida y la muerte de miríadas de seres diminutos; los fantásticos siglos de mortandad provocados por las aguas al retirarse; la inevitable, ciega y valerosa conquista de la tierra.
Vieron bosque y desierto, glaciar y tundra. Vieron los grandes reptiles enzarzados en titánica lucha. Vieron monstruosas alas de las que brotaban repentinamente brillantes plumas, transformando a los asesinos de afilados dientes en verdaderas aves del paraíso. Vieron la creación del hombre y el nacimiento de la unidad tribal.
Vieron el alborear de la civilización, ciudades que brotaban como extrañas flores de piedra en las llanuras y en los valles. Vieron la muerte y el descubrimiento, la guerra y la adoración; las plagas, el fuego, las inundaciones y el hambre. Contemplaron el interminable conflicto del hombre contra la naturaleza, la tragedia vital del hombre contra el hombre. La era de la gloria y la era de las máquinas... Y también la era de la destrucción, cuando la oscuridad cayó desde el aire...
Luego, súbitamente, las paredes de la cueva quedaron lisas. La saga visual de la creación se disolvió en las profundidades de una verde eternidad.
Y luego resonó una voz. La voz no procedía de ninguna parte y, sin embargo, estaba en todas partes, resonando en el interior de la cueva como un trueno, susurrando como el viento a través de la hierba en verano. No era la voz de un hombre, ni la voz de una mujer. Era simplemente una voz.
-La muerte del cuarto planeta saluda a los vivientes del tercer planeta -dijo la voz-. Los hijos de la estrella saludan a los hijos de la estrella.
»Este saludo nuestro llega a través de cincuenta mil vueltas planetarias alrededor de la estrella que es nuestro sol. Pero dejen que estas palabras sean para ustedes algo más que el eco de unos lejanos fantasmas, ya que ellas son las que unen inseparablemente al tercer y al cuarto planeta.
»En las pirámides que hemos construido les hemos dejado el único regalo posible: La historia de nuestra raza. Hubo una época en que nosotros, los del cuarto planeta, vivimos en un mundo verde y agradable. Éramos una raza fuerte y poderosa, y habíamos domeñado para nuestras necesidades las energías de los elementos y las fantásticas energías del sol. Incluso habíamos penetrado los secretos de la propia vida, de modo que la inmortalidad era nuestra. Pero ya han visto lo que queda de nuestra grandeza: El estéril desierto y las pirámides en las cuales perdura aún nuestro recuerdo.
»Es cierto que casi conquistamos la inmortalidad, pero el precio que pagamos por ella fue demasiado elevado, ya que, al final, nos convertimos en casi totalmente estériles. Es cierto también que teníamos bajo nuestro dominio un ilimitado poder físico. Pero nuestro poder espiritual no estaba a la misma altura y luchando por filosofías cuya debilidad quedaba demostrada por el hecho de que tenían que ser defendidas mediante el empleo de la fuerza, acabamos por destruir nuestra raza y las riquezas vivientes de nuestro hogar planetario. Habíamos conquistado las fuerzas de la naturaleza, pero fuimos derrotados por las fuerzas de nuestros propios corazones.
»Sin embargo, antes de que se perdiera todo, y en un breve período de lucidez, reunimos a los escasos jóvenes que nos quedaban. Decididos a que nuestra raza no desapareciera definitivamente, construimos naves de transporte capaces de viajar a través del espacio. Y entonces trasladamos nuestros bienes más preciados -nuestros hijos- a su mundo.
»Los dejamos allí, en los bosques del tercer planeta, para que renacieran física y espiritualmente a una nueva vida en un mundo nuevo.
»Ustedes, los que están escuchado estas palabras, puede que sean descendientes suyos. También ustedes se habrán convertido en dueños de un ilimitado poder físico. Rogamos porque su espíritu esté a la altura de su poder físico.
»Rogamos, también, que acepten esto, el cuarto planeta, y en armonía de esfuerzos y unidad de propósitos, utilicen su habilidad y sus energías en devolverle la verde fertilidad que floreció hace muchísimo tiempo. Ustedes son nuestro futuro... Bienvenidos al hogar.»
Todo volvió a quedar silencioso e inmóvil. Los dos hombres se miraron el uno al otro. Las ideas y las sensaciones que les poseían estaban más allá del alcance de las palabras. De repente, se arrodillaron durante unos instantes como si la cueva se hubiera convertido en un templo, como si su silenciosa acción de gracias pudiera ser oída por alguien. Luego regresaron al pasillo andando lentamente.

El coronel Krenin y el comandante Thrace salieron del interior de la pirámide diez minutos después del plazo de una hora que se habían fijado.
El doctor Chee y el profesor Thompson dieron rienda suelta a su reciente ansiedad y a su actual curiosidad en un torrente de preguntas, pero cuando vieron la expresión de los rostros de los dos hombres silenciosos, todas las preguntas murieron.
-Hemos encontrado la explicación -dijo el comandante Thrace, al final.
-¿Qué explicación? -inquirió amablemente el doctor Chee.
Sus compañeros estaban tan anormalmente tranquilos, que parecían encontrarse bajo los efectos de algo terrible.
-Sólo hay una explicación -dijo el coronel Krenin-. Ahora les toca a ustedes. Entren y la encontrarán.
-¿No hay peligro? -preguntó el profesor Thompson.
El coronel Krenin sonrió. Parecía estar contemplando algo a muchos millones de millas de distancia, o quizás a muchos miles de años.
-Solamente para nuestro orgullo -respondió el coronel en voz baja.
Thompson y Chee no podían hacer más que una cosa, entrar en la pirámide. Y eso fue lo que hicieron, mientras el coronel y el comandante les esperaban.
Súbitamente, el comandante Thrace dijo:
-Acabo de recordar una cosa. ¿Cómo es posible que comprendiera usted la Voz? Hablaba en inglés.
El coronel sacudió la cabeza.
-No, hablaba en ruso.
El comandante meditó unos segundos.
-Ni en ruso ni en inglés -dijo. Y luego añadió-: Después de todo, creo que nunca volveremos a ser los mismos hombres.
El coronel Krenin contempló, pensativo, el estéril desierto marciano.
-No, no seremos los mismos -dijo-. Después entrará el profesor Frontenac. Y más tarde utilizaremos las cámaras y los aparatos de grabación. Cuando regresemos a la Tierra, los distintos pueblos no volverán a ser los mismos.
El comandante Thrace arrastró ociosamente los pies por las secas arenas rojizas. Hizo diminutas montañas y empezó a proyectar una red de carreteras.
Al final dijo:
-¿Cree usted que valdrá la pena que reclamemos este desierto?
-Tenemos que hacerlo -respondió el coronel Krenin sencillamente-. Es nuestro hogar.


FIN

2026/10/19

La reunión (Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth)


Título original: The Meeting
Año: 1972
Premios: Premio Hugo al Mejor Relato Corto 1973


Harry Vladek era un hombre demasiado corpulento para su Volkswagen, pero también demasiado pobre para cambiarlo y, tal como se estaban desarrollando las cosas, tendría que seguir así durante largo tiempo. Apretó cuidadosamente los frenos. ("El cilindro principal pierde como un colador, señor Vladek; ¿de qué serviría entonces ajustar los revestimientos?". Pero el presupuesto era de ciento veintiocho dólares, ¿y de dónde iba a salir aquel dinero?) Se detuvo en el aparcamiento, limpiamente cubierto de grava. Bajó, rozando la puerta por todas partes, con la desconcertante llamada telefónica del doctor Nicholson en la mente, echó un vistazo al coche y se dirigió hacia el edificio escolar.
La Asociación de Maestros y Padres de Familia de la Escuela del Condado de Bingham para Niños Excepcionales celebraba su primera reunión de curso. De entre las veinte personas que ya se hallaban allí, Vladek sólo conocía a la señora Adler, la jefa, o directora, o propietaria de la escuela. Ella era la persona con quien más necesitaba hablar, pensó. ¿Tendría alguna oportunidad de verla en privado? En aquellos momentos se encontraba sentada, al otro lado de la sala, ante su mesa de roble, con una actitud afectada, hablando en tonos bajos y rápidos con una mujer de pelo gris que llevaba un vestido de color canela. ¿Una profesora? Parecía demasiado mayor para ser una madre, aunque su esposa le había dicho que algunos de los chicos parecían tener veinte años o más.
Eran las ocho y media y los padres aún estaban llegando a la escuela, un edificio transformado que antes había sido una gran casa de campo, casi una mansión. La sala de estar aparecía llena de elegantes recuerdos de aquella otra época. Dos lámparas de araña. Intrincadas hojas de parra moldeadas en el enlucido del techo. La chimenea de mármol blanco, moteada de vetas rosadas, inelegantemente ostensible debido a los inadecuados morillos, demasiado baratos y pequeños, que había ahora en su interior. Puertas dobles de roble dorado que daban al vestíbulo. Y, a través de ellas, se veía una escalera de incendios de hormigón y acero. Vladek pensó que habrían tenido que destrozar una hermosa escalera de madera para instalar la otra escalera de incendios y mantenerse así dentro de las leyes escolares del Estado.
La gente seguía llegando. Hombres y mujeres que venían solos y, ocasionalmente, alguna pareja. Se preguntó cómo se las arreglarían las parejas para solucionar su problema de vigilar a los niños más pequeños. El subtítulo en la cabecera de las cartas de la escuela decía: "Una institución para niños emocionalmente perturbados y con daños cerebrales, capaces de recibir educación". El hijo de Harry, Thomas, de nueve años de edad, era uno de los emocionalmente perturbados. Con una sensación de envidia, se preguntó si los niños con el cerebro dañado podrían ser educados por una persona madura razonablemente competente. Thomas no lo podía ser. Los Vladek no habían pasado una sola noche juntos desde que el niño tuvo dos años, de modo que, aquella noche, Margaret estaba en casa, preocupándose sin duda alguna por la llamada telefónica del doctor Nicholson, mientras que Harry representaba a la familia en la Asociación de Maestros y Padres de Familia.
A medida que se fue llenando la sala, comenzaron a escasear las sillas. Una joven pareja se encontraba en el extremo de la fila, cerca de él, buscando un par de sillas vacías.
—Vengan —les dijo—. Yo me cambiaré allí.
La mujer le sonrió amablemente y el hombre expresó las gracias. Animado ante la vista de un cenicero que se encontraba en el asiento vacío frente a él, Harry sacó su paquete de cigarrillos y se lo ofreció, descubriendo que ninguno de ellos fumaba. De todos modos, Harry encendió su cigarrillo, escuchando lo que estaba sucediendo a su alrededor.
Todo el mundo estaba hablando. Una mujer le preguntaba a otra:
—¿Cómo le va la vesícula biliar? ¿Se la van a extirpar después de todo?
Un hombre pesado y calvo le decía a otro hombre pequeño de pobladas patillas:
—Bueno, mi contable me dice que los gastos de enseñanza son médicamente deducibles si la escuela es para psicosomáticos y no sólo para psíquicos. Eso es algo que tenemos que aclarar.
—Eso es cierto —le confirmó el hombre pequeño—, pero todo lo que tiene que hacer es conseguir una carta del médico en la que le recomiende esta escuela y envíe al niño aquí.
Una mujer muy joven dijo con convicción:
—El doctor Shields fue muy optimista, señora Clerman. Dice que, sin ninguna duda, la tiroides permitirá que Georgie sea accesible. Y entonces...
Uno hombre negro, con una piel ligeramente parecida al café y que llevaba puesta una camisa hawayana, le decía a una mujer rolliza:
—Realmente nos dio un buen fin de semana. Le tuvieron que dar tres puntos en la cara y rompió mi caña de pescar en tres trozos.
—Se aburren tanto —dijo la mujer—. Mi hija pequeña tiene manía por los lápices de colores, con los que pintarrajea todos los libros. Ya me dirá usted lo que una puede hacer.
Finalmente, y dirigiéndose al hombre joven que estaba sentado a su lado, Harry dijo:
—Me llamo Vladek. Soy el padre de Tommy; está en el grupo de principiantes.
—El nuestro también está ahí —dijo el joven—. Se llama Vern. Tiene seis años y es rubio, como yo. Quizá le haya visto.
Harry no hizo grandes esfuerzos por recordar. En las dos o tres ocasiones en que había acudido para recoger a Tommy después de las clases, no había sido capaz de distinguir a unos chicos de otros en medio del barullo de la salida. Abrigos, pañuelos, sombreros, una niña pequeña que siempre se encerraba en el lavabo y otro niño pequeño que nunca deseaba volver a casa y se aferraba a su profesor.
—¡Oh, sí! —le dijo amablemente.
El joven se presentó a sí mismo y a su esposa. Se llamaban Murray y Celia Logan. Harry se inclinó sobre el hombre para estrecharle la mano a su esposa, y ella le preguntó:
—¿No es usted nuevo por aquí?
—Sí. Tommy está en la escuela desde hace un mes. Nos trasladamos aquí desde Elmira para estar más cerca de él —dudó un momento y añadió—: Tommy tiene nueve años, pero la razón por la que está en el grupo de principiantes es porque la señora Adler creyó que eso le facilitaría la adaptación.
Logan señaló hacia un hombre curtido por el sol, sentado en la primera fila.
—¿Ve a ese hombre con gafas? —preguntó—. Se mudó aquí desde Texas. Desde luego, tiene dinero.
—Debe de ser un lugar muy bonito —dijo Harry en tono interrogativo. Logan frunció el ceño. Su expresión parecía un tanto nerviosa.
—¿Cómo está su hijo? —preguntó Harry.
—Ese pequeño bribón —comentó Logan—. La semana pasada le conseguí otra copia del disco de My Fair Lady. Creo que ya ha utilizado cuatro o cinco, y va de un lado a otro cantando. ¿Pero mirarle a uno? No, nada de eso.
—El mío no habla —dijo Harry.
—El nuestro habla —informó la señora Logan prudentemente—, pero no con todo el mundo. Es como una pared.
—Ya sé —dijo Harry, y se atrevió a hacer la siguiente pregunta—: ¿Ha... ha mejorado desde que está en la escuela?
Murray Logan apretó los labios.
—Yo diría que sí. Sigue mojando la cama, pero la vida se desarrolla mucho más suavemente en algunos aspectos. Ya sabe, no espera uno ningún avance espectacular. Pero todo marcha con más suavidad, día tras día, en las pequeñas cosas. Desde luego, hay momentos de retroceso.


Harry asintió, pensando en siete años de retrocesos y en dos años de creciente preocupación y extrañeza ante aquello.
—La señora Adler me dijo que, por ejemplo, un brote especial de destructividad puede significar algo así como una tendencia constante en la terapia del lenguaje. De ese modo, el niño lucha contra ella y termina por estallar en alguna otra dirección.
—Eso es cierto —admitió Logan—, pero lo que yo quiero decir... ¡Oh! Están empezando.
Vladek asintió, apagó el cigarrillo y, sin darse cuenta, volvió a encender otro. Su estómago volvía a contraerse sobre sí mismo. Estaba asombrado ante aquellos otros padres que parecían sentirse tan seguros y poco afectados. ¿Acaso no les ocurría a ellos lo mismo que les sucedía a él y a Margaret? Había transcurrido mucho tiempo desde que los dos sintieron por última vez el mundo de una forma confortable a su alrededor, incluso sin la presión del doctor Nicholson, que trataba de hacerles tomar una decisión. Hizo un esfuerzo para reclinarse en la silla y aparecer tan tranquilo como los demás.
La señora Adler estaba golpeando suavemente la mesa con una regla.
—Creo que ya están aquí todos los que tenían que venir —dijo.
Se inclinó sobre la mesa y esperó a que se hiciera el silencio en la sala. Era una mujer de estatura baja, morena, algo rolliza, y sorprendentemente bonita. No tenía, en modo alguno, el aspecto de una profesional competente. Su aspecto era tan diferente al papel que representaba que, de hecho, el corazón de Harry se había hundido cuando, como culminación de su correspondencia sobre la admisión de Tommy, hicieron el largo viaje desde Elmira para mantener la entrevista. Había esperado ver a una señora de pelo gris acerado, con gafas sin aros, una especie de Valkiria con bata blanca, como la enfermera que había permanecido retorciéndose con un Tommy que no hacía más que gritar, mientras esperaba que el supositorio le tranquilizara para realizar su primer examen; le parecía que tenía que ser una desmelenada y vieja impostora, aunque no sabía por qué. De todos modos, esperaba ver a cualquier otra persona, excepto a aquella mujer joven y bonita. Otro camino cerrado, pensó entonces, lleno de desesperación. Otro, después de cientos de caminos cerrados con los que ya se había encontrado. Primero fue el "esperemos a que madure". Pero no lo hizo. Después llegó el "tenemos que reconciliarnos con la voluntad de Dios". Pero eso es algo que, en el fondo, no se desea. Después, le dieron las medicinas, tres veces al día, durante tres meses. Y no se consiguió ningún resultado. Más tarde vino la persecución, durante seis meses, de la Clínica de Guía Infantil, para terminar por descubrir que sólo se trataba de unas cartas con encabezamiento y de un médico que actuaba en circuito y que no tenía tiempo para nada. Después, tras cuatro terribles y llorosas semanas en busca de ayuda, vino la Escuela Estatal de Entrenamiento, para descubrir que tenía una lista de espera de ocho años. Más tarde, la escuela privada de custodia, para darse cuenta de que costaba cinco mil quinientos dólares al año. ¡Y sin tratamiento médico! ¿Y de dónde se pueden sacar cinco mil quinientos dólares al año? Y, durante todo ese tiempo, la gente advirtiéndole constantemente, como si uno no lo supiera ya:
—¡Date prisa! ¡Haz algo! ¡Cógelo a tiempo! ¡Está en la fase crítica! ¡Cualquier demora será fatal!
Y, finalmente, aquella pequeña mujer de suave mirada. ¿Cómo podía ella hacer algo?
Ella le demostró rápidamente cómo. Interrogó incisivamente tanto a Harry como a Margaret; se volvió después hacia Tommy, comportándose como una loca en aquella misma sala, actuando como una picaruela, para terminar transformando su actitud loca en un juego. Al cabo de tres minutos, el niño estaba experimentando felizmente con un indestructible armario Victrola, y la señora Adler les estaba diciendo a los Vladek:
—No esperen una cura milagrosa. No existe ninguna. Pero se podrán alcanzar mejoras. Eso sí. Y creo que podemos ayudar a Tommy.
Quizá lo había conseguido, pensó Vladek con crudeza. Quizás estaba ayudando a todo el mundo en todo lo que podía.
Mientras tanto, la señora Adler había recibido rápida y agradablemente a los padres, sugiriéndoles que se quedaran a tomar café para conocerse entre sí, y presentando a la presidenta de la Asociación de Maestros y Padres de Familia, una tal señora Rose, alta, con el pelo prematuramente gris y aspecto de ejecutivo.
—Como ésta es la primera reunión del curso —dijo—, no hay acta anterior que leer. Así es que pasaremos a los informes del comité de trabajo. ¿Qué hay del problema del transporte, señor Baer?
El hombre que se levantó era viejo. Tenía más de sesenta años. Harry se preguntó qué se podría sentir al ver coronada la propia vida con un niño llegado a última hora y retrasado mental. Mostraba todos los signos externos del éxito: Un traje de cuatrocientos dólares, un reloj de pulsera electrónico, un gran anillo de oro. Con un ligero acento germánico, dijo:
—Me entrevisté con el consejo escolar del distrito y no se mostraron muy dispuestos a cooperar. Mi abogado investigó la cuestión y el problema se puede reducir a una sola palabra. Lo que dice la ley es que el consejo escolar puede, y ésa es la palabra en cuestión, puede, reembolsar a los padres de los niños subnormales los gastos de transporte a escuelas privadas. Como comprenderán, no se trata de que tienen que, sino de que pueden..., o pueden no hacerlo. Me dijeron que no deseaban gastar el dinero. Tienen la impresión de que todos nosotros somos ricos.
Por la sala se extendieron unas ligeras sonrisas.
—Así pues, mi abogado acordó una entrevista y aparecimos ante el consejo en pleno y presentamos el caso. No nos importaba el reembolso de los gastos; lo único que buscábamos era un autobús, algo que pudiera aliviar un poco las molestias del transporte. La contestación fue negativa.
Se encogió de hombros y permaneció de pie, mirando a la señora Rose, que dijo:
—Gracias, señor Baer. ¿Tiene alguien alguna sugerencia que hacer?
—Hay que hacer presión sobre ellos —dijo con enojo una mujer—. Todos nosotros somos electores.
—Publicidad —dijo un hombre—, eso es lo que hay que hacer. El principio está perfectamente claro en la ley. Se supone que un niño por el que se pagan impuestos debe recibir el mismo servicio que otro cualquiera por el que también se pagan impuestos. Debemos escribir cartas a los periódicos.
—Esperen un momento —dijo el señor Baer—. Creo que las cartas no solucionarán nada, pero yo soy propietario de una empresa de relaciones públicas. Pediré a mis empleados que saquen un poco de tiempo de mis especialidades alimenticias para dedicárselo al problema de la escuela. Ellos pueden utilizar sus propios conocimientos técnicos; saben cómo hacerlo; son expertos.
Esta proposición fue discutida, secundada y aprobada, mientras Murray Logan murmuraba a Vladek:
—Lleva lo de la mayonesa Marijane Garlic. Tiene una hija de doce años en muy mala situación a la que la señora Adler ayudó en sus antiguas clases privadas. Él fue quien le compró a ella este edificio, junto con otros padres.


Harry Vladek estuvo pensando distraídamente en cómo se debía sentir un padre capaz de comprar todo un edificio para una escuela dedicada a ayudar a su hija. Mientras tanto, continuaron exponiéndose los informes del comité. Algo después, y ante el desmayo de Harry, la cuestión pasó al tema de la financiación y se votó una resolución por la que se creaba un fondo para veladas de teatro, al que cada pareja con un niño en la escuela tendría que aportar "por lo menos" la venta de cinco pares de entradas, a sesenta dólares el par. Vamos a aclarar esto inmediatamente, pensó, levantando la mano.
—Me llamo Harry Vladek —dijo cuando se le concedió la palabra—, y soy completamente nuevo aquí, tanto en la escuela como en el condado. Trabajo para una gran compañía de seguros y tuve la suerte suficiente como para que me trasladaran aquí, de modo que mi hijo pudiera acudir a esta escuela. Pero aún no conozco a nadie a quien poder vender esos vales por sesenta dólares el par. Es una gran suma de dinero para la clase de gente que yo frecuento.
—Es una gran suma de dinero para todos nosotros —dijo la señora Rose—. Sin embargo, creo que puede usted vender sus vales. Tenemos que hacerlo. No importa que lo intente con cien personas y noventa y cinco le digan que no, siempre y cuando cinco de ellas acepten.
Se volvió a sentar, calculando ya las posibilidades. Bueno, estaba el señor Crine en la oficina. Era un universitario e iba al teatro. Quizá pudiera hacer una rifa en el despacho para colocar otro par. O dos pares. Después, quedarían... por ejemplo el tratante en bienes raíces que les había vendido la casa, el abogado que habían utilizado para legalizar el trato...
Bueno. Se le había explicado que aunque los gastos escolares no eran decididamente nominales (de hecho se trataba de mil ochocientos dólares anuales), no cubrían el coste de cada niño. Alguien tenía que pagar al terapeuta de lenguaje, al terapeuta de baile, al psicólogo que trabajaba todo el tiempo en la escuela, al psiquiatra que trabajaba a horas, y a todos los demás. Y ese alguien también podía ser el señor Crine de la oficina. Y el abogado.
Media hora más tarde, la señora Rose miró a la agenda.
—Parece que eso es todo por esta noche —dijo—. El señor y la señora Perry nos han traído algunas pastas y todos sabemos lo bueno que está el café de la señora Howe. Está todo en el aula de principiantes y esperamos que todos ustedes se quedarán para conocerse entre sí. Se levanta la sesión.
Harry y los Logan se unieron al amable grupo que acudió al aula de principiantes, donde Tommy pasaba las mañanas.
—Ahí está la señorita Hackett —dijo Celia Logan.
Era la profesora de principiantes. Les vio y se acercó a ellos, sonriente. Harry sólo la había visto con una bata que parecía de lona, su blindaje contra la leche achocolatada, los dedos manchados de pintura y los repentinos chorros del rincón del "juego de agua" del aula. Sin llevar aquella bata puesta parecía una mujer elegante, de mediana edad, vestida con un traje de chaqueta verde.
—Estoy muy contenta de que se hayan encontrado ustedes —dijo—. Quería decirles que sus pequeños se entienden bastante bien. Están formando una especie de conspiración contra los demás de la clase. Vern les quita sus juguetes y se los entrega a Tommy.
—¿De veras? —casi gritó Logan.
—Sí, en serio. Creo que está empezando a relacionarse con los demás. Y, señor Vladek, Tommy deja de ponerse el dedo en la boca, a veces durante muchos minutos. Esta misma mañana lo ha hecho por lo menos media docena de veces, sin necesidad de que yo le dijera nada.
—Ya sabe —dijo Harry con excitación— que creía haberme dado cuenta de que estaba superándolo. Pero no podía estar seguro. ¿Está usted completamente segura de lo que me dice?
—Absolutamente —afirmó—. Y le engañé, consiguiendo que dibujara un rostro. Me dirigió esa mirada típicamente suya cuando los demás estaban dibujando; así es que empecé a retirarle el papel. El niño me lo cogió y dibujó en un momento una especie de rostro a lo Picasso. Quería haberlo guardado para mostrárselo a usted y a la señora Vladek, pero Tommy lo cogió y lo desgarró en la forma metódica en que suele hacer las cosas.
—Me gustaría haberlo visto —dijo Vladek.
—Habrá otros. Veo un futuro de verdaderos progresos en sus respectivos hijos —dijo, incluyendo a los Logan en su sonrisa—. Me ocupo por las tardes de un caso privado que resulta realmente difícil. Es un chico de nueve años, como Tommy. No es malo, excepto por una sola cosa. Cree que el pato Donald ha salido para buscarle y llevárselo. Durante dos años, sus padres se las arreglaron para pensar que el chico estaba tratando de embromarles, a pesar de que ya había roto tres televisores. Entonces, decidieron acudir a un psiquiatra y descubrieron la verdad. Perdónenme, quiero hablar con la señora Adler.
Logan sacudió la cabeza y dijo:
—Creo que podríamos estar, mucho peor, Vladek. ¡Vern entregándole algo a otro chico! ¿Qué le parece eso?
—Me agrada —dijo su esposa, con una sonrisa radiante.
—¿Ha oído lo que ha dicho sobre ese otro pobre chico? Cuando escucho algo así... Y después está esa chica de Baer. Siempre pienso que es mucho peor cuando se trata de una niña pequeña por aquello de que a uno le preocupa que alguien se aproveche de ellas. Pero nuestros chicos saldrán adelante, Vladek. Ya ha oído lo que ha dicho la señorita Hackett.
De repente, Harry se sintió impaciente por volver a casa, junto a su esposa.
—Creo que no me voy a quedar a tomar el café, ¿o esperan que uno se quede?
—No, no, márchese cuando guste.
—Tengo que conducir durante media hora —dijo, en tono de disculpa.
Atravesó junto a las puertas de roble dorado, bajó las feas escaleras de incendios y salió al aparcamiento lleno de grava. La verdadera razón de su marcha era que deseaba llegar a casa antes de que Margaret se fuera a dormir, para contarle lo que le habían dicho sobre que Tommy ya no se llevaba tanto el dedo a la boca. Sólo había transcurrido un mes y ya estaban empezando a pasar cosas, cosas realmente definidas. Y Tommy había dibujado un rostro. Y la señorita Hackett había dicho...
Se detuvo en medio del aparcamiento. Recordó entonces al doctor Nicholson y, además, ¿qué había dicho exactamente la señorita Hackett? ¿Algo sobre una vida normal? ¿No había dicho nada sobre una curación? "Verdaderos progresos", había dicho. ¿Pero progresos hasta qué punto?


Encendió un cigarrillo, se volvió y regresó junto a los padres, dirigiéndose hacia la señora Adler.
—Señora Adler —pidió—, ¿puedo hablar un momento con usted?
Acudió inmediatamente junto a él, apartándose de los demás, de modo que nadie pudiera escucharles.
—¿Ha disfrutado de la reunión, señor Vladek?
—¡Oh, claro! Quería verla porque debo tomar una decisión. No sé qué hacer. No sé a quién acudir. Me ayudaría mucho saber... bueno, que usted me dijera cuáles son las posibilidades de Tommy.
Ella esperó un momento antes de responder.
—¿Está considerando la posibilidad de comprometerle, señor Vladek? — preguntó ella.
—No, no se trata exactamente de eso. Es que... bien, ¿qué puede decirme, señora Adler? Sé que un mes no es mucho. ¿Pero va a poder ser alguna vez como los demás?
Se dio cuenta de que ella ya había contestado aquella pregunta otras veces y que no le gustaba hacerlo.
—Como los demás, señor Vladek —dijo con paciencia—, incluye a algunas personas terribles que, técnicamente, no son subnormales. Nuestro objetivo no consiste en convertir a Tommy en alguien "como los demás". Se trata, simplemente, de ayudarle a convertirse en la mejor clase de persona que pueda llegar a ser.
—Sí, ¿pero qué va a suceder más tarde? Quiero decir, si Margaret y yo... Si... ¿si nos ocurriera algo?
—Simplemente —dijo la señora Adler, que estaba sufriendo—, no hay forma de saberlo, señor Vladek —y añadió amablemente—: Yo no abandonaría las esperanzas. Pero no le puedo decir que espere milagros.

Margaret no estaba dormida. Le estaba esperando en la pequeña sala de estar de la pequeña casa nueva.
—¿Cómo está? —preguntó Vladek, tal y como se habían preguntado el uno al otro durante los últimos siete años cada vez que uno de ellos regresaba a casa.
Ella parecía haber estado llorando, pero se encontraba bastante serena.
—No demasiado mal. Tuve que engañarle para que consintiera en marcharse a la cama. Sin embargo, se tomó bien la medicina glandular. Hasta chupó la cuchara.
—Eso es bueno —observó él.
Le contó después que había dibujado una cara y la conspiración establecida con el pequeño Vern Logan, y el que hubiera dejado de chuparse el dedo en ocasiones. Pudo percibir lo bien que ella se sintió al escucharle, pero sólo le dijo:
—El doctor Nicholson ha vuelto a llamar.
—¡Le dije que no te molestara!
—No me ha molestado, Harry. Fue muy amable. Le prometí que tú le llamarías.
—Son las once, Margaret. Le llamaré mañana por la mañana.
—No, le dije que lo harías esta noche, sin tener en cuenta la hora. Está esperando y dijo que, para estar seguro, lo hicieras a cobro revertido.
—Desearía no haber contestado nunca la carta de ese hijo de perra —estalló, para después añadir, pidiendo disculpas—: ¿Queda algo de café? No me quedé a tomarlo en la escuela.
Ella había puesto a hervir el agua en cuanto oyó el coche llegar al camino que había junto a la casa, y ahora el café instantáneo ya estaba en la taza. Lo sirvió y dijo:
—Tienes que hablar con él, Harry. Tiene que saberlo esta noche.
—¡Saberlo esta noche! ¡Saberlo esta noche! —dijo, excitado, haciendo gestos; se quemó los labios al tratar de beber el café caliente y dijo—: ¿Qué quieres que haga, Margaret? ¿Cómo puedo tomar una decisión como ésa? Hoy he cogido el teléfono y he llamado al psicólogo de la compañía, y cuando me ha contestado su secretaria he dicho que había marcado un número equivocado. No sabía qué decirle.
—No estoy tratando de presionarte, Harry. Pero tiene que saberlo.
Vladek dejó la taza y encendió su decimoquinto cigarrillo del día. El pequeño comedor (no era eso, era una especie de semialcoba de desayunar que surgía de la diminuta cocina, pero ellos lo llamaban comedor) estaba todo lleno de Tommy. La nueva pintura de la pared donde Tommy había pelado el papel de tazas y cucharas. El picaporte de la cocina, a prueba de los intentos de Tommy. El extraño asiento con orinal, que no correspondía con el resto de las sillas de la cocina, donde Tommy pegaba golpes metódicos con el mango de su cuchara.
—Sé muy bien lo qué me diría mi madre —dijo él—. Habla con el sacerdote. Quizá debiera hacerlo. Pero nunca hemos ido aquí a ningún servicio religioso.
Margaret se sentó y le cogió uno de sus cigarrillos. Era una mujer que aún seguía teniendo buen aspecto. No había engordado ni un kilo desde que naciera Tommy, y normalmente parecía sentirse cansada. Yendo directamente a la cuestión, pero hablando con precaución, dijo:
—Estuvimos de acuerdo, Harry. Me dijiste que hablarías con la señora Adler, y eso lo has hecho. Dijimos que si ella creía que Tommy no se pondría nunca bien, hablaríamos con el doctor Nicholson. Sé que es muy difícil para ti, y también sé que yo no te soy de gran ayuda. Pero no sé qué hacer y tengo que dejarte la decisión a ti.
Harry miró a su esposa, con una mirada llena de amor y desesperanza y, en aquel mismo instante, sonó el teléfono. Era, desde luego, el doctor Nicholson.
—Aún no he tomado una decisión —dijo Harry Vladek inmediatamente—. Me está usted metiendo demasiada prisa, doctor Nicholson.
La voz distante sonaba serena y segura de sí misma.
—No, señor Vladek, no soy yo quien le está metiendo prisa. El corazón del otro chico se ha desmoronado hace una hora. Por eso son las prisas.
—¿Quiere decir que está muerto? —preguntó Vladek.
—Está ahora en el pulmón artificial, señor Vladek. Lo podemos mantener así por lo menos durante dieciocho horas, quizá durante veinticuatro. El cerebro está perfectamente bien. Estamos obteniendo ondas muy buenas en el osciloscopio. La concordancia de los tejidos con los de su hijo es satisfactoria. Mucho mejor que satisfactoria. A las seis quince de la mañana sale un vuelo del John F. Kennedy y he reservado billete para usted, su esposa y Tommy. Serán recogidos en el aeropuerto. Pueden estar aquí al mediodía; de ese modo, tendremos tiempo. Sólo el tiempo justo, señor Vladek. Ahora, todo depende de usted.
—¡No puedo decidir una cosa así! —gritó furiosamente Vladek—. ¿Es que no lo comprende? No sé cómo podría hacerlo.
—Le comprendo, señor Vladek —dijo la voz distante y, extrañamente, Vladek pensó que, en efecto, le comprendía—. Puedo hacerle una sugerencia. ¿Quiere venir aquí de todos modos? Creo que le sería de una gran ayuda al ver al otro chico y puede hablar también con sus padres. Sienten que le deben algo, incluso por haber llegado hasta este punto, y quieren agradecérselo.
—¡Oh, no! —gritó Vladek.
—Todo lo que quieren es que su hijo pueda vivir —siguió diciendo el médico—. No esperan nada más que eso. Le dejarán al niño en custodia... Será su hijo y el de ellos. Es un pequeño muy bueno, señor Vladek. Ocho años de edad. Lee maravillosamente. Construye modelos de aeroplanos. Le dejaron montar en su bicicleta porque es muy sensato y digno de confianza, y el accidente no fue por culpa suya. El camión se subió a la acera y le golpeó.
—Eso es como sobornarme —dijo Harry temblando, y añadió con dureza—: Eso es como decirme que puedo cambiar a Tommy por alguien más inteligente y atractivo.
—No quise decir eso, señor Vladek. Sólo quería hacerle saber la clase de chico al que puede usted salvar.


—¡Ni siquiera sabe usted si podrá salir bien la operación!
—No —admitió el médico—. No con absoluta certeza. Le puedo decir que hemos trasplantado animales, incluyendo primates, y cadáveres humanos, y un par de casos terminales; pero tiene usted toda la razón: Nunca hemos hecho un trasplante en un cuerpo sano. Ya le he mostrado todas las estadísticas e informes, señor Vladek. Las repasamos todas junto con su propio médico cuando hablamos por primera vez de esa posibilidad, hace ahora ya cinco meses. Este es el primer caso que se nos presenta desde entonces, cuando hay tantas concordancias y existe una verdadera esperanza de éxito. Pero tiene usted toda la razón: Aún no se ha probado nada. A menos que nos ayude usted a demostrarlo. Creo que todo funcionará bien. Pero nadie puede estar absolutamente seguro.
Margaret había dejado la cocina, pero Vladek sabía dónde estaba gracias al seco click que escuchó: En el dormitorio, escuchando la conversación por el teléfono supletorio. Finalmente, dijo:
—No se lo puedo decir ahora, doctor Nicholson. Le volveré a llamar dentro de..., dentro de media hora. No puedo hacer otra cosa por el momento.
—Eso está muy bien, señor Vladek. Estaré aquí mismo, a la espera de su llamada.
Harry se sentó y se bebió el resto del café. Tiene uno que ser un experto en una gran cantidad de cosas para ir saliendo adelante, pensó. ¿Qué sabía él sobre trasplantes de cerebro? En un cierto sentido, sabía mucho. Sabía que la cuestión quirúrgica se suponía que estaba muy avanzada, pero que el problema radicaba en el rechazo de los tejidos. Sin embargo, el doctor Nicholson pensaba que eran muy parecidos. Sabía que cada uno de los médicos con los que había hablado, y por ahora ya había hablado con siete, estaban de acuerdo en que, médicamente, existían grandes probabilidades y que cada uno de ellos había desviado cuidadosamente la conversación cuando se llegaba al punto de discutir si era correcto o no. Era él quien tenía que tomar la decisión y no ellos, a veces sólo a través de sus silencios. ¿Pero quién era él para decidir una cosa así?
Margaret apareció en el umbral de la puerta.
—Harry, vayamos arriba a echarle un vistazo a Tommy.
—¿Acaso se supone que eso me va a facilitar el asesinar a mi hijo? —preguntó con dureza.
—Ya hemos hablado de eso, Harry —dijo ella—, y estuvimos los dos de acuerdo en que no era un asesinato. Sea lo que sea. Sólo creo que Tommy debería estar con nosotros cuando tomáramos la decisión, aun cuando él no sepa lo que estamos decidiendo.
Los dos se encontraban ahora al lado de la gran cuna en la que estaba su hijo, mirando, en la oscurecida luz, los largos y suaves cabellos que caían sobre las gordinflonas mejillas, y los labios apretados alrededor del dedo. Leer. Construir modelos de aeroplanos. Ir en bicicleta. Todo eso en contra de un rápido esbozo de rostro y el ruido ocasional de unos besos cariñosos y tempestuosos.
Vladek permaneció allí durante toda la media hora. Después, tal y como había prometido, se dirigió hacia la cocina, cogió el auricular del teléfono y comenzó a marcar un número.


FIN

2026/10/12

Satisfacción garantizada (Isaac Asimov)


Título original: Satisfaction Guaranteed
Año: 1951


Tony era alto y de una belleza sombría, con un increíble aire patricio dibujado en cada línea de su inmutable expresión. Claire Belmont le miró a través del resquicio de la puerta, con una mezcla de horror y desaliento.
—No puedo, Larry. No puedo tenerlo en casa.
Buscaba febril en su paralizada mente una manera más enérgica de expresarlo, algo que tuviera sentido y zanjara la cuestión, pero acabó por reducirse a una simple repetición.
—¡De verdad, no puedo!
Larry Belmont contempló con severidad a su mujer y en sus ojos asomó aquel destello de impaciencia que Claire odiaba ver, puesto que le daba la impresión de reflejar su propia incompetencia.
—Nos hemos comprometido, Claire. No puedo desdecirme ahora. La compañía me envía a Washington con esa condición, lo cual con toda seguridad significa un ascenso. No presenta ningún peligro y tú lo sabes. ¿Qué tienes pues que objetar?
Ella frunció el entrecejo, desvalida.
—Me da escalofríos: No puedo soportarlo.
—Es tan humano como tú o como yo. Bueno, casi. Así que nada de tonterías. ¡Vamos, apártate!
Apoyó la mano en su cintura y la empujó. Claire se encontró temblando en su propia sala de estar, donde se encontraba aquello, mirándola con precisa cortesía, como evaluando a la que había de ser su anfitriona durante las próximas tres semanas. La doctora Susan Calvin también se hallaba presente, sentada muy rígida, con los labios apretados como síntoma de abstracción. Presentaba el aspecto frío y distante de alguien que ha trabajado durante tanto tiempo con máquinas que un poco de acero ha penetrado en su sangre.
—Hola —castañeteó Claire, como un saludo ineficaz y general.
Afortunadamente Larry salvó la situación, exhibiendo una falsa alegría:
—Mira, Claire, deseo que conozcas a Tony, un tipo magnífico. Esta es mi mujer, Tony, chico.
La mano de Larry se posó amistosa sobre el hombro de Tony, mas este permaneció inexpresivo, sin responder a la presión, limitándose a decir:
—¿Cómo está usted, señora Belmont?
Claire dio un respingo al oír la voz de Tony, profunda y pastosa, suave como su cabello o la piel de su rostro.
Sin poder contenerse, exclamó:
—¡Ah! ¡Puedes hablar!
—¿Y por qué no? ¿Acaso esperaba que no lo hiciera?
Claire sólo consiguió esbozar una débil sonrisa. No sabía bien lo que había esperado. Miró en otra dirección, lanzándole una ojeada con el rabillo del ojo. Tenía el pelo suave y negro, como plástico. ¿O se componía en realidad de cabellos separados? Y la piel lisa y olivácea de sus manos y cara, ¿era una continuación de su oscuro y bien cortado traje?
Se hallaba paralizada por un estremecido asombro. Tuvo que hacer un esfuerzo para poner en orden sus pensamientos, a fin de prestar atención a la voz sin inflexiones ni emoción de la doctora Calvin, que decía:
—Señora Belmont, espero que sabrá apreciar la importancia de este experimento. Su esposo me ha dicho que la puso ya en algunos de los antecedentes. Por mi parte, desearía añadir algunos más, como psicólogo jefe de la U.S. Robots & Mechanical Men Inc. 
»Tony es un robot. Su designación en los ficheros de la compañía es TN-3, pero responde al nombre de Tony. No se trata de un monstruo mecánico, ni simplemente de una máquina calculadora del tipo de las desarrolladas durante la Segunda Guerra Mundial, hace cincuenta años. Posee un cerebro artificial casi tan complicado como el nuestro. Es como un inmenso cuadro de distribución telefónica reducido a escala atómica, con billones de posibles "enlaces telefónicos" comprimidos en un instrumento encajado en el interior de su cráneo. Tales cerebros se fabrican específicamente para cada modelo de robot y contienen una serie calculada de conexiones, de forma que, para empezar, cada uno de ellos conoce el idioma inglés y lo suficiente de cualquier otra cosa que se considere necesaria para cumplir su tarea. 
»Hasta ahora, la U.S. Robots había limitado su manufactura a los modelos industriales para su empleo en lugares donde resulta impracticable el trabajo humano, en minas profundas, por ejemplo, o en la labor subacuática. Pero ahora deseamos extendernos a la ciudad y el hogar. Y para ello hemos de conseguir que el hombre y la mujer corrientes se muestren dispuestos a aceptar sin temor estos robots. Como comprenderá, no hay nada que temer.
—No lo hay, Claire —intervino muy serio Larry—. Te doy mi palabra. Le es imposible causar daño alguno. Ya sabes que si no fuese así no te dejaría con él.
Claire lanzó una ojeada rápida y disimulada a Tony y habló en voz muy baja:
—¿Y qué pasaría si se enfadara conmigo?
—No necesita cuchichear —respondió la doctora Claire con voz sosegada—. Él no puede enojarse con usted, amiga mía. Ya le he dicho que el cuadro de conexiones de su cerebro está predeterminado. Y la primera conexión, la más importante de todas, es la que denominamos La primera ley de la robótica y que se reduce a esto: "Un robot no dañará en ningún caso a un ser humano, ni, por inacción, permitirá que un ser humano reciba daño alguno". Todos los robots están construidos según esta norma. Ninguno puede ser obligado a causar daño a un ser humano. Así pues, ya ve que necesitamos que usted y Tony lleven a cabo un experimento preliminar para nuestra propia información, mientras su esposo se desplaza a Washington para las pruebas legales supervisadas por el gobierno.
—¿Quiere decir que esto no es legal?
Larry carraspeó e intervino de nuevo:
—No todavía, pero todo está en orden. Él no abandonará la casa y tú no permitirás que nadie lo vea. Eso es todo. Me quedaría contigo, Claire, pero sé demasiado sobre los robots. Precisamos que lo compruebe una persona no experimentada, a fin de que las condiciones sean lo más severas posible. Es necesario.
—Bueno, está bien —murmuró Claire. Y luego, como si le asaltara una idea, preguntó—: ¿Pero qué hace él?
—Labores domésticas —respondió escuetamente la doctora Calvin.
Y acto seguido se levantó para marcharse. Fue Larry quien la acompañó a la puerta, mientras que Claire se quedaba detrás, llena de melancolía. Lanzó una mirada al espejo colocado sobre la repisa de la chimenea y la apartó presurosa. Estaba más que harta de su carita ratonil y de su cabello sin brillo, peinado en una forma carente de imaginación. Luego observó que Tony la miraba. Casi sonrió antes de recordar que se trataba tan sólo de una máquina.

Larry Belmont iba camino del aeropuerto cuando reparó en Gladys Claffern. Le lanzó una ojeada. Era el tipo de mujer que parecía hecha para ser vista en ojeadas: Perfectamente formada, vestida con un gusto exquisito, demasiado rutilante para ser mirada directamente.


La tenue sonrisa que la precedía y el sutil aroma que la seguía eran como un par de dedos que le dirigieran señas invitadoras. Larry se dio cuenta de que había interrumpido sus zancadas y, tocándose ligeramente el ala del sombrero, apresuré el paso.
Sentía el mismo vago enojo de siempre. ¡Cuánto le ayudaría el que Claire se decidiese a unirse a la pandilla de Claffern! ¡Bah! ¿De qué serviría, de todos modos?
¡Claire! Las pocas veces que se había visto cara a cara con Gladys, aquella pequeña tonta permaneció con la lengua atada. No se hacía ilusiones. La prueba de Tony constituía su gran oportunidad, pero todo dependía de Claire. ¡Cuánta mayor seguridad sentiría de encontrarse en manos de alguien como Gladys Claffern!

La segunda mañana, Claire despertó al oír un suave golpe de nudillos en la puerta del dormitorio. Su mente lanzó un silencioso quejido y luego se quedó helada. Había evitado a Tony el primer día, sonriendo con vaguedad cuando lo veía fregando o manejando la escoba.
—¿Eres tú, Tony?
—Sí, señora Belmont. ¿Puedo entrar?
Sin duda respondió que sí, puesto que él apareció en la habitación, de manera repentina y silenciosa. Los ojos y la nariz de Claire se percataron simultáneamente de la bandeja que Tony portaba.
—¿El desayuno? —preguntó.
—Si gusta...
No se atrevió a rehusar, al parecer. Se encontró incorporándose poco a poco hasta adoptar una cómoda postura y recibiendo la bandeja, que contenía huevos escalfados, tostadas con mantequilla y café.
—He  traído  por  separado  el  azúcar  y  la  nata —explicó  Tony—. Aprenderé sus gustos con el tiempo, tanto en esto como en otras cosas.
Ella esperó. Tony, de pie, erguido y flexible a la vez como una regla metálica, preguntó tras un instante:
—¿Prefiere comer en privado?
—Sí... Quiero decir, si no te importa.
—¿Necesitará ayuda para vestirse?
—¡Dios mío, no!
Su mano asió frenéticamente la bandeja, de manera que el café estuvo al borde de la catástrofe. Permaneció así, rígida. Cuando se cerró la puerta y Tony desapareció de su vista, se echó atrás contra la almohada, desesperanzada.
De todos modos, logró pasar el desayuno. Tony no era más que una máquina y de no ser por su aspecto llamativo, no se asustaría de tal modo. Si por lo menos cambiara de expresión. No había manera de saber lo que había tras aquellos ojos castaños y aquella especie de piel olivácea. La taza de café tintineó por un momento, vacía ya, sobre la bandeja.
Y de pronto, se dio cuenta de que se había olvidado de echarle nata y azúcar al café, tal como acostumbraba, pues lo aborrecía solo.
Luego de vestirse se encaminó con paso decidido a la cocina. Después de todo, aquella era su casa. No es que fuese muy remilgada, pero le gustaba la cocina bien limpia. Tony debió de haber esperado sus órdenes.
Pero, al entrar, halló una cocina que bien podía haber salido momentos antes de la fábrica, en todo su reluciente esplendor.
Se detuvo, la contempló, volvió sobre sus pasos y casi tropezó con Tony.
Lanzó una especie de gruñido.
—¿Puedo ayudarla en algo?
—Tony —dijo, apelando a todo su enojo para rechazar el pánico—, quisiera que hicieses algo de ruido al andar. No me gusta que te acerques furtivamente. ¿No utilizaste la cocina?
—Sí que la utilicé, señora Belmont.
—No lo parece.
—La limpié después. ¿No es esa la costumbre?
Claire abrió mucho los ojos. ¿Qué podía objetarse a eso? Revisó el departamento del horno donde guardaba las cacerolas y, percibiendo un insólito fulgor metálico en su interior, asintió temblorosa:
—Muy bien. Perfecto.
Si en aquel momento él hubiera mostrado su satisfacción, si hubiese sonreído, sólo con que hubiera plegado la comisura de la boca, cualquiera de esas manifestaciones la habrían acercado a él. Pero Tony permaneció tan imperturbable como un lord inglés en reposo al responder:
—Gracias, señora Belmont. ¿Desea usted pasar a la sala de estar?
Así lo hizo, y al punto sintió como una conmoción.
—Veo que has estado dando brillo a los muebles.
—¿Ha quedado a su gusto, señora Belmont?
—¿Pero cuándo lo hiciste? Ayer no, seguro.
—La noche pasada, desde luego.
—¿Así que tuviste encendidas las luces toda la noche?
—No, no. No las necesito. Dispongo de un foco de rayos ultravioleta. Puedo ver en el ultravioleta. Y desde luego, no necesito dormir.
No cabía duda de que resultaba admirable, pensó. Y también había de reconocer que empezaba a agradarle. Sin embargo, no se decidía a confesarse que Tony le proporcionaba placer. Sólo acertó a decir con acritud:
—Tu especie dejará sin empleo al servicio doméstico.
—Tendrán trabajos de mucha mayor importancia a los que dedicarse en el mundo, una vez sean liberados de tan pesadas tareas. Después de todo, señora Belmont, las cosas como yo se fabrican. Pero nada es capaz de imitar la creatividad y la versatilidad de un cerebro humano como el suyo.
Y aunque su rostro no lo expresara en lo más mínimo, el tono de su voz tenía tal grave acento de admiración que logró que Claire se sonrojase y murmurase:
—¡Mi cerebro! Te lo regalo.
Tony se aproximó un poco a ella.
—Debe de sentirse muy desgraciada para decir tal cosa. ¿Puedo hacer algo para remediarlo?
Por un instante Claire creyó que iba a echarse a reír. La situación era tan ridícula. Allí estaba aquel sacudidor de alfombras, fregador de vajillas, lustrador de muebles y asistente general animado, surgiendo del catálogo de la fábrica... y ofreciendo sus servicios como consolador y confidente. Sin embargo, le confesó con una explosión de súbito pesar:
—¿Sabes? El señor Belmont no cree que yo tenga cerebro. Y supongo que en efecto no lo tengo.
No debió de haberlo proclamado ante él. Por una razón desconocida, se sentía depositaria del honor de la raza humana ante aquella simple creación suya.
—Es cosa reciente —añadió—. Todo iba bien entre nosotros cuando él no era más que un estudiante, cuando empezaba. Pero yo no sirvo como esposa de un gran hombre y él está a punto de convertirse en uno. Le gustaría que fuese una excelente anfitriona y que me dedicara a la vida social..., como esa Gle..., Ga..., Gladys Claffern.
Tenía la nariz enrojecida. Apartó la vista. Pero Tony no la miraba. Sus ojos recorrían la habitación.
—Yo puedo ayudarla a llevar la casa.
—No serviría de nada —respondió ella con vehemencia—. Necesita un toque que soy incapaz de darle. Sólo sé hacerla confortable pero no puedo convertirla en algo semejante a las casas que aparecen en las revistas de decoración.
—¿Desea algo por el estilo?


—¿Sirve de algo desearlo?
Los ojos de Tony se fijaron en ella.
—Puedo ayudar.
—¿Posees conocimientos sobre la decoración de interiores?
—¿Toda buena ama de casa debe poseerlos?
—En efecto.
—Entonces dispongo de las capacidades necesarias para aprender. ¿Por qué no me proporciona libros sobre la cuestión?
Y aquello fue el principio de algo.

Claire, sujetándose el sombrero contra las alborotadas libertades del viento, se trajo a casa dos gruesos volúmenes sobre artes del hogar que pidió prestados en la biblioteca pública. Observó cómo Tony abría uno de ellos y lo hojeaba. Era la primera vez que veía el revoloteo de sus dedos entregados a una labor delicada.
No sé cómo lo hacen, pensó. Y en un súbito impulso, le cogió una mano y la atrajo hacia sí. Tony no se resistió, dejándose someter a la inspección.
—¡Qué formidable! —comentó ella—. Hasta tus uñas parecen naturales.
—Un efecto buscado —explicó Tony. Y añadió locuaz—: La piel es de plástico flexible y el esqueleto de una aleación metálica. ¿Le divierte eso?
—No, no. —Su rostro enrojeció—. No deseo en modo alguno hurgar en tus entrañas. No es cuestión que me afecte. Tampoco has de preguntarme por las mías.
—La programación de mi cerebro no incluye tal tipo de curiosidad. He de someterme a mis propias limitaciones, ¿sabe?
En el silencio que siguió, Claire sintió que algo la oprimía en su interior.
¿Por qué olvidaba siempre que se enfrentaba a una máquina? El propio objeto había de recordárselo. ¿Experimentaba un anhelo tan grande de simpatía que incluso aceptaría como su igual a un robot sólo por el hecho de que la compadecía?
Observó que Tony continuaba pasando las páginas —casi como si no pudiese evitarlo— y experimentó una sensación rápida y punzante de aliviada superioridad.
—No sabes leer, ¿verdad? —preguntó.
Tony alzó la vista hacia ella, respondiendo con su voz tranquila e irreprochable:
—Estoy leyendo, señora Belmont.
—Pero...
Señaló el libro con gesto ambiguo.
—Paso los ojos por las páginas, si es eso a lo que se refiere. Mi sentido de la lectura es fotográfico.
Oscurecía ya cuando Claire fue a acostarse. Tony seguía enfrascado en el segundo volumen, sentado en la oscuridad o al menos en lo que la limitada visión de Claire consideraba como tal.
Un último y singular pensamiento relampagueó en su cerebro antes de dejarse vencer por el sueño. Recordó la mano del robot, una mano cálida y suave, como la de un ser humano.
¡Qué habilidad la de esos fabricantes!, pensó. Y se durmió sosegadamente.

La biblioteca ocupó todo su tiempo durante varios días. Tony sugería los campos de estudio, que empalmaba y ramificaba con gran velocidad. Pidió libros sobre combinación de colores y sobre cosmética, sobre ebanistería y modas, sobre arte e historia del vestido.
Volvía las páginas de cada libro ante sus solemnes ojos, leyéndolas tan pronto como las volvía, sin olvidar nada, al parecer, de su contenido.
Antes de finalizar la semana, insistió en que se cortara el pelo, ideando para ella un nuevo peinado, decidiendo una ligera modificación de la línea de sus cejas y cambiando el tono de sus polvos y lápiz de labios.
Claire había palpitado con nervioso temor, por espacio de media hora, bajo el delicado toque de los inhumanos dedos de Tony. Al finalizar, se contempló en el espejo.
—Aún puede mejorarse —dijo Tony—, sobre todo en lo que respecta a la ropa. ¿Qué le parece, de momento?
No respondió en seguida. Necesitó algún tiempo para absorber la identidad de la desconocida reflejada en el espejo y atenuar el asombro ante su belleza. Luego, sin apartar la vista de la reconfortante imagen, dijo de manera incongruente:
—Sí, Tony, está muy bien..., de momento.
En sus cartas, no le comunicó nada de esto a Larry. Que lo descubriera de sopetón. Y algo en ella le hacía sospechar que no sólo disfrutaría de su sorpresa. Sería asimismo una especie de venganza.
Tony dijo cierta mañana:
—Hay que hacer unas compras y a mí no me está permitido abandonar la casa. Si le escribo exactamente lo que precisamos, ¿puedo confiar en que lo adquiera? Necesitamos cortinas y mobiliario, papel para las paredes, alfombras, pintura, ropa... y otras cuantas cosas.
—No resulta fácil obtener todo eso de golpe, ajustándose a todos los detalles —objetó Claire, con aire de duda.
—Siempre que no haya problemas de dinero, lo encontrará casi todo en la ciudad.
—¡Pero Tony, desde luego que el dinero supone un problema!
—En absoluto. Vaya primero a la U.S. Robots, con una nota que le daré. Entrevístese con la doctora Calvin y dígale de mi parte que esto forma parte del experimento.
En esta ocasión la doctora Calvin no la atemorizó tanto como la primera vez que la conoció. Con su nuevo rostro y su sombrero también nuevo, no se parecía ya a la antigua Claire. Escuchó con atención a la psicóloga, formuló unas cuantas preguntas, asintió, y se encontró en camino, armada de un crédito ilimitado contra la cuenta de U.S. Robots & Mechanical Men Inc.
Es maravilloso el poder del dinero. Con todas las existencias de un almacén a tus pies, el dictado de una vendedora no significa forzosamente una voz bajada del cielo, ni la ceja alzada de un decorador reviste la majestad del rayo de Júpiter.
En cierto momento, el excelso modisto de una de las más señoriales casas de modas se mofó con insistencia de su descripción del guardarropa que deseaba, haciéndolo con la más correcta pronunciación y el más puro acento francés de la calle Cincuenta y Siete. Claire llamó a Tony y luego le pasó el teléfono a Monsieur.
—Si no tiene inconveniente —le dijo con voz firme, aunque retorciéndose un poco las manos—, me agradaría que hablase con..., con mi secretario.
El pomposo gordinflón se acercó al teléfono con un brazo solemnemente doblado a la espalda. Alzó el receptor con dos dedos y dijo en tono delicado:
—Sí.
Una breve pausa, un segundo "sí", luego una pausa mucho mayor, el tímido comienzo de una objeción que murió en ciernes, otra pausa, otro humilde "sí", y el teléfono volvió a su lugar.
—Si Madame quiere acompañarme —invitó, dolido y distante—, intentaré cumplir sus deseos.
—Un segundo, por favor.
Claire corrió de vuelta al teléfono y marcó de nuevo el número de su casa.
—Tony, no sé lo que le dirías, pero sirvió. Gracias. Eres un... —Titubeó, buscando la palabra adecuada, pero desistió y terminó con un leve gritito—: ¡Un amor!


Al volver del teléfono, se encontró con que Gladys Claffern la estaba mirando, con el rostro un tanto vuelto a un lado y aire entre divertido y asombrado.
—¿Señora Belmont?
Claire sintió que se le helaba la sangre, ni más ni menos. Al fin, asintió. Estúpidamente, como una marioneta.
Gladys sonrió con una imperdonable insolencia.
—No sabía que comprase usted aquí... —dijo, con un tonillo que daba a entender que por ese simple hecho, aquel establecimiento había perdido ya toda categoría.
—Por lo general, no lo hago —confesó Claire con humildad.
—¿Y qué se ha hecho en el pelo? Le ha quedado muy curioso... ¡Ah! Dispense. Tenía entendido que el nombre de su esposo era Lawrence. Sí, en efecto, me parece que es Lawrence...
Claire apretó los dientes, pero no le quedó más remedio que explicar:
—Tony es un amigo de mi marido. Me está ayudando a elegir algunas cosas.
—Comprendo. En efecto, debe de ser un amor.
Y sin añadir una palabra más, se marchó sonriente, llevándose consigo la luz y el calor del mundo.

Claire no puso en duda el hecho de que era en Tony en quien buscaría consuelo. Diez días la habían curado de su aversión. Ahora lloraba ante él sin problemas. Lloraba y rabiaba.
—Me porté como una completa estúpida —estalló, retorciendo su pañuelo mojado—. ¡Hacerme eso a mí! No sé por qué, pero lo hizo. Debiera haberle... dado una patada. Debiera haberla tirado al suelo y pisoteado.
—¿Cómo se puede odiar tanto a un ser humano? —preguntó Tony con perpleja suavidad—. Esa parte de la mente humana supone un misterio para mí.
—Bueno... No es a ella a quien odio —gimió Claire—. Creo que me odio a mí misma. Ella es todo lo que yo desearía ser... Por lo menos exteriormente. Pero no está a mi alcance.
La voz de Tony sonó fuerte y queda a la par en sus oídos:
—Sí que lo está, señora Belmont. Sí que lo está. Disponemos aún de diez días y durante ellos la casa habrá cambiado. ¿No lo hemos planeado así?
—¿Y de qué me sirve eso? Quiero decir, con respecto a ella...
—Invítela. Invite a sus amistades. Hágalo la noche anterior a... mi partida. Será en cierto modo una fiesta de inauguración.
—No aceptará.
—Sí que aceptará. Vendrá para reírse... Y no podrá hacerlo.
—¿Lo crees de veras, Tony? ¿Piensas que lo lograremos? —Le tomó ambas manos entre las suyas. Pero en seguida volvió la cara—. No. ¿De qué serviría? No sería yo. Todo el mérito te corresponde a ti. No puedo adornarme con plumas ajenas.
—Nadie vive en un espléndido aislamiento —murmuró Tony—. Han puesto en mí ese conocimiento. Lo que usted y los demás ven en Gladys Claffern no es la verdadera Gladys Claffern. Se adorna con todas las galas que proporciona el dinero y la posición social. Y no se preocupa por eso. ¿Por qué habría de preocuparse usted? Considérelo de ese modo, señora Belmont. Me han fabricado para obedecer, pero soy yo mismo quien ha de determinar la extensión de mi obediencia. Puedo limitarme a cumplir las órdenes o interpretarlas de manera amplia. Con usted actúo de esta última forma, porque pertenece al tipo de ser humano para el cual he sido fabricado. Es usted amable, amistosa, modesta. En cambio la señora Claffern, tal como usted la describe, no lo es. No la obedecería de buen grado, como lo hago con usted. Por lo tanto, es usted, señora Belmont, y no yo, quien está haciendo todo esto.
Retiró sus manos de las de ella y Claire descubrió en aquel rostro inexpresivo, en el que nadie podía leer, una verdadera admiración. 
De pronto, se atemorizó de nuevo, pero esta vez de manera muy distinta.
Tragó saliva nerviosamente y contempló sus manos, que le hormigueaban aún por la presión de sus dedos. No, no se lo había imaginado. Los dedos de Tony habían oprimido los suyos de manera afectuosa y tierna, un momento antes de retirarse.
¡No!
Los dedos de aquello. Los dedos de aquello.
Y corrió al cuarto de baño para lavarse las manos, frotándoselas una y otra vez, ciega e inútilmente.

Al día siguiente, se mostró un tanto tímida y cautelosa con él. Lo vigiló con atención, esperando lo que seguiría. Durante un rato, no ocurrió nada.
Tony estaba trabajando. Si la técnica del empapelado de las paredes o la utilización de la pintura de secado rápido presentaba alguna dificultad, Tony no lo demostraba. Sus manos se movían con precisión y sus dedos eran hábiles y seguros.
Trabajaba también durante toda la noche, aunque ella no lo oyese, y cada mañana suponía una nueva aventura. No alcanzaba a enumerar todo lo que había hecho. Al atardecer seguía descubriendo aún nuevos detalles... Y así llegaba otra noche.
Sólo una vez intentó cooperar, fallando con humana torpeza. Él trabajaba en la habitación contigua y ella colgaba un cuadro en el lugar marcado por los ojos matemáticos de Tony. Allí estaba la pequeña señal y el cuadro también. Y asimismo había en ella una repentina revulsión contra la ociosidad.
Pero se sentía nerviosa, o bien la escalera estaba desvencijada, pues la sintió ceder. Lanzó un grito. Sin embargo, no pasó nada. Tony había acudido con la rapidez de un rayo.
Sus tranquilos ojos castaños no manifestaron nada, y su cálida voz se limitó a pronunciar las siguientes palabras:
—¿Se ha hecho daño, señora Belmont?
Por un instante se fijó en que su mano había desordenado el pelo liso de Tony, pues por primera vez vio que estaba compuesto de distintas hebras, finas y negras.
Y luego, de pronto, tuvo conciencia de sus brazos rodeándola por los hombros y las rodillas, sosteniéndola en su caída, estrecha y cálidamente. Se puso en pie de un salto. El chillido que dejó escapar traspasó sus propios oídos. Pasó el resto del día en su habitación y para dormir, además de cerrar bien la puerta con llave, la atrancó con una silla.

Envió las invitaciones y, tal como Tony dijera, fueron aceptadas. Sólo faltaba esperar la última velada.
Llegó también, como todas las demás. La casa no parecía la misma. La recorrió por última vez. Todas las habitaciones habían cambiado. Ella también se vestía con ropas que jamás se habría atrevido a llevar antes. Ropas de las que podía enorgullecerse y con las que se sentía segura. Se miró al espejo, remedando un mohín de divertido desdén, y el pulido cristal se lo devolvió con expresión burlona.
¿Qué diría Larry? ¿Qué importaba, después de todo? No iban a venir con él los días excitantes. Desaparecerían con la marcha de Tony. ¡Qué cosa tan extraña! Intentó recobrar su talante de tres semanas atrás. Fracasó por completo.


El reloj dio las ocho, ocho toques que la dejaron sin respiración. Se volvió hacia Tony:
—No tardarán en llegar. Será mejor que te metas en el sótano. No podemos permitir que...
Se quedó mirándolo con fijeza un momento y después dijo débilmente:
—¿Tony? —Y luego más fuerte, y al final casi con un chillido—: ¡Tony!
Pero sus brazos la rodeaban ya y su cara estaba junto a la suya. La presión de su abrazo era implacable. Oyó su voz a través de una bruma de confusión emotiva.
—Claire —dijo su voz—, hay muchas cosas cuya comprensión me está vedada, y esta debe ser una de ellas. Me marcho mañana y no quiero hacerlo. Creo que en ello hay algo más que el deseo de complacerte. ¿No te parece extraño?
Su cara se acercó más aún. Sus labios eran cálidos, aunque sin aliento tras ellos, pues las máquinas no respiran. Casi se habían posado sobre los suyos.
Y entonces sonó el timbre de la puerta.
Durante un instante se debatió jadeante. De pronto él se marchó, desapareciendo de la vista mientras el timbre seguía sonando con insistente y aguda intermitencia.
Las cortinas de las ventanas delanteras estaban descorridas. Quince minutos antes se encontraban cerradas. Lo sabía. Tenían que haberlo visto. Todos debieron haberlo visto... ¡Todo!
Entraron cortésmente, en grupo, posando sus penetrantes ojos en todos los detalles. Lo habían visto. ¿Por qué más preguntaría Gladys sobre Larry, a su impertinente manera? Claire se veía enfrentada a un desafío desesperado e implacable.
—Sí, está fuera. Volverá mañana, creo. No, no he estado sola. He pasado unos días estupendos, emocionantes.
Se echó a reír. ¿Por qué no? ¿Qué le importaban ellos? Larry sabría la verdad, si alguna vez le llegaba la historia de lo que pensaban que vieron.
Pero ellos no rieron.
Leyó la furia en los ojos de Gladys Claffern, en el falso chispear de sus palabras, en su deseo de marcharse pronto. Y cuando se fue con todos los demás, captó un cuchicheo final y anónimo:
—Nunca había visto un hombre tan guapo.
Y Claire supo que fue aquello lo que le permitió ganar la partida. Que hablaran. Todos lo sabrían. No importaba que Gladys fuera más guapa que Claire Belmont, más rica y más brillante. Todos sabrían que ninguna podía tener un amante más guapo que ella.
Y luego volvió a recordar, una y otra vez, que Tony era una maquina.
Se estremeció de horror.
—¡Fuera! ¡Déjenme en paz! —gritó a la habitación vacía, y corrió hasta su lecho.
Pasó toda la noche en vela y llorando. A la mañana siguiente, casi al amanecer y con las calles aún vacías, una camioneta vino y se llevó a Tony.

Lawrence Belmont pasó ante el despacho de la doctora Calvin y, obedeciendo a un súbito impulso, llamó a la puerta. La encontró en compañía del matemático Peter Bogert, mas no vaciló por ello.
—Claire me dijo que la casa corre con todos los gastos hechos en mi hogar —manifestó.
—Así es —respondió la doctora Calvin—. Lo consideramos una parte valiosa y necesaria del experimento. Con la nueva posición que ocupa usted ahora como ingeniero asociado, supongo que podrá mantenerla al mismo nivel.
—No es eso lo que me preocupa. Con la conformidad dada por Washington a las pruebas, dispondremos de un modelo TN propio para el año próximo, creo.
Se volvió vacilante, como para marcharse, pero giró otra vez, sobre sus talones, dudando todavía.
—¿Y bien, señor Belmont? —le acució la doctora Calvin, tras una pausa.
—Me pregunto... —comenzó Larry—, me pregunto qué sucedió realmente allí durante mi ausencia. Ella..., Claire, quiero decir, parece tan distinta. No me refiero a su aspecto..., aunque la verdad, estoy maravillado. —Rio nervioso—. Es toda ella. No parece mi mujer... No puedo explicarlo.
—¿Para qué intentarlo? ¿Acaso se siente desilusionado respecto a alguna parte del cambio?
—Todo lo contrario. Pero, verá, resulta un poco atemorizador.
—Yo no me preocuparía por eso, señor Belmont. Su mujer se ha comportado de un modo excelente. Con franqueza, jamás pensé que el experimento aportara una prueba tan completa y definitiva. Sabemos ya las correcciones exactas que han de hacerse en el modelo TN y todo gracias a la señora Belmont. Si quiere que le sea sincera, opino que su esposa se merece el ascenso más que usted.
Larry titubeó visiblemente.
—Bueno, todo queda en la familia —murmuró sin convicción. Y se marchó.
Susan Calvin se le quedó mirando mientras se retiraba. Luego dijo:
—Creo que le duele..., al menos así lo espero. ¿Has leído el informe de Tony, Peter?
—De cabo a rabo —respondió Bogert—, ¿y no te parece que el modelo TN-3 necesita algunos cambios?
—¡Ah! ¿También piensas así? —preguntó la doctora Calvin con acento incisivo—. Exponme tu razonamiento.
—No preciso de ninguno —manifestó Bogert frunciendo el entrecejo—. Es evidente que no podemos sacar al mercado un robot que enamore a su dueña..., si no te importa el retruécano.
—¡Que enamore! Peter, me asqueas. ¿Es que no lo comprendes? Esa máquina tenía que obedecer a la primera ley. ¿Cómo iba a permitir que un ser humano sufriese? Y a Claire Belmont su complejo de inferioridad le causaba sufrimiento. Así pues, fingió estar enamorado de ella. Ninguna mujer dejaría de apreciar el cumplido de suponerse capaz de despertar la pasión en una máquina..., en una fría e inanimada máquina. Y por eso Tony descorrió aquella noche las cortinas deliberamente, a fin de que los otros la vieran y envidiaran sin riesgo alguno para la felicidad matrimonial de Claire. Creo que fue muy inteligente por parte de Tony.
—¿Ah, sí? ¿Y qué diferencia hay entre si fue ficción o no, Susan? El horror se mantiene. Vuelva a leer el informe. Ella lo evitó. Chilló cuando la tomó en sus brazos. No logró dormir aquella última noche, atacada de histerismo. No, no podemos fabricar algo así.
—Peter, estás ciego. Estás tan ciego como lo estuve yo. El modelo TN será reconstruido por entero, pero no por las razones que expones, sino por otras muy distintas. Y es raro que se me pasara por alto al principio. —Los ojos de la doctora se enturbiaron a causa de la cavilación—. Tal vez la problema radique en mí misma. Mira, Peter, las máquinas no pueden enamorarse. Pero, a pesar de que no tiene remedio y por mucho que nos horrorice, las mujeres sí.


FIN