2026/04/20

La luna loca (Stanley G. Winbaum)


Título original: The Mad Moon
Año: 1935


—¡Idiotas! —aulló Grant Calthorpe—. ¡Condenados imbéciles!
Se esforzó ávidamente en buscar insultos más expresivos aún y al fracasar desahogó su exasperación propinando una violenta patada al montón de escombros que había en el suelo.
Fue una patada demasiado violenta. Una vez más, había olvidado que la gravitación de Io era inferior a un tercio de la normal y todo su cuerpo siguió a la patada en un arco de cuatro metros de longitud.
Cuando cayó en el suelo los cuatro lunáticos se echaron a reír. Sus grandes cabezas semejantes a las caricaturas que decoran los balcones para niños, se dispersaron al unísono sobre sus cuellos de metro y medio, tan delgados como la muñeca de Grant.
—¡Largo de aquí! —tronó él, poniéndose en pie—. ¡Ya verán! Nada de chocolate. Nada de caramelos. Nada de nada hasta que comprendan que lo que quiero son hojas de ferva y no cualquier hierbajo que se les ocurra arrancar. ¡Largo de aquí!
Los lunáticos —lunae jovis magnicapites, o literalmente, grandes cabezas de la luna de Júpiter— se retiraron, riendo quejumbrosamente. Sin duda, consideraban a Grant tan idiota como él los consideraba a ellos, y eran completamente incapaces de comprender las razones de su cólera. Pero desde luego se daban cuenta de que no iban a recibir ninguna golosina, y sus risitas adoptaban una nota de agudo desengaño. El que los guiaba, después de torcer su ridícula cara azul en una sonrisa imbécil dirigida a Grant, vociferó una última risita y proyectó la cabeza contra un reluciente árbol de corteza de piedra. Sus compañeros recogieron su cuerpo como si tal cosa y se alejaron, con la cabeza del cadáver balanceándose detrás de ellos como la bola de un preso sujeta por una cadena.
Grant se pasó una mano por la frente y se dirigió con cansancio hacia su cabaña. Un par de diminutos ojos relucientes le llamó la atención y pudo ver a un sinuoso —mus sapiens— deslizarse por el umbral, portando bajo su minúsculo y pellejudo brazo lo que se parecía muchísimo al termómetro clínico de Grant.
Grant gritó airadamente a la criatura, agarró una piedra y se la tiró en vano. Al borde de la maleza, el sinuoso volvió hacia él su cara ratonil y semihumana, lanzó un estridente chillido, sacudió un puño microscópico en una cólera como de hombre y desapareció con su membrana tipo murciélago ondeando como una capa. Sí, se parecía muchísimo a una rata negra que llevase una capa.
Había sido un error, reconocía Grant, haber arrojado una piedra contra aquello. Ahora los diminutos enemigos no le permitirían ninguna paz y su pequeño tamaño —no más de diez centímetros— y su inteligencia pseudohumana los hacía infernalmente molestos como enemigos. Pero ni esa reflexión ni el suicidio del lunático lo turbaban particularmente; había presenciado casos semejantes demasiado a menudo y además sentía en la cabeza como si fuera a darle otro ataque de fiebre blanca.
Entró en la cabaña, cerró la puerta y se quedó mirando a su gato guardián favorito.
—Oliver —gruñó—, tú eres un buen gato. ¿Por qué diablos no impides la entrada de sinuosos? ¿Para qué estás aquí, si no?
El gatazo se alzó sobre su única y poderosa pata trasera y se asió a las rodillas del hombre con sus dos patas delanteras.
—El gato rojo sobre la reina negra —comentó plácidamente—. Diez lunáticos hacen un medio idiota.
Grant comprendió fácilmente el sentido de ambas frases. La primera era por supuesto un eco de su solitaria partida de la noche anterior, y la segunda un eco de su incidente con los lunáticos. Gruñó abstraídamente y se frotó la dolorida cabeza. Sin duda fiebre blanca de nuevo.
Tragó dos tabletas de fiebrina y se dejó caer melancólicamente en su camastro preguntándose si este ataque de blancha culminaría con delirio.
Se acusaba a sí mismo de ser un loco por haber aceptado este trabajo en Io, la tercera luna habitable de Júpiter. El diminuto mundo era un planeta de locura cuya única utilidad era la producción de hojas ferva, de las cuales los químicos de la Tierra extraían alcaloides tan potentes como los que antaño fabricaran del opio.
Desde luego eso era valiosísimo para la ciencia médica, ¿pero qué le importaba a él? ¿Qué le importaba el sueldo principesco, si regresaba a la Tierra convertido en un loco furioso después de pasarse un año en las regiones ecuatoriales de Io? Se juró amargamente que cuando el avión de Junópolis acudiese el mes próximo a recoger su ferva, él volvería con el aparato a la ciudad polar. Perdería toda su paga puesto que el contrato con Neilan Drog le exigía un año de permanencia; ¿pero de qué le servía el dinero a un loco?
Todo el pequeño planeta estaba loco: Lunáticos, gatos guardianes, sinuosos y Grant Calthorpe, todos dementes. Desde luego, cualquiera que se aventuraba a salir de una de las dos ciudades polares, Junópolis en el norte y Herápolis en el sur, estaba loco. En ellas, uno podía vivir a salvo de la fiebre blanca, pero en cualquier sitio por debajo del paralelo veinte la situación era peor que en las junglas camboyanas de la Tierra.
Se divirtió soñando con la Tierra. Justamente dos años antes había sido feliz allí, conocido como un deportista rico y popular. Antes de cumplir veintiún años había cazado cometuchos y gusánidos en Titán, y tríopes y unípedos en Venus.
Aquello había sido antes de que la crisis del oro de 2110 le arrebatase su fortuna. Y, bueno, si tenía que trabajar, le había parecido lógico utilizar su experiencia interplanetaria como medio de vida. Realmente se había entusiasmado con la oportunidad de asociarse con Neilan Drug.
Nunca antes había estado en Io. Este salvaje pequeño mundo no era ningún paraíso de deportistas, con sus lunáticos idiotas y sus malvados, inteligentes y diminutos sinuosos. No había nada que valiera la pena cazar en aquella luna febril, bañada en calor por el gigantesco Júpiter a sólo medio millón de kilómetros de distancia.
Si se le hubiese ocurrido hacer una visita previa, se decía a sí mismo amargamente, nunca habría aceptado el empleo. Él había imaginado que Io era como Titán, frío, pero limpio. En lugar de eso, era tan caliente como las tierras cálidas de Venus y estaba sujeto a una variada gama de neblinosas luces diurnas —día solar, día jupiterino, día jupiterino y solar, luz de Europa—, sólo de vez en cuando interrumpidas por una auténtica y lóbrega noche. La mayor parte de estos cambios sobrevenían en el curso de la revolución de cuarenta y dos horas de Io: Una alocada serie de cambiantes luces. Él odiaba los días vertiginosos, la jungla y las Colinas de los Idiotas extendiéndose detrás de su cabaña.
Por el momento tenía día jupiterino y solar, el peor de todos, porque el distante Sol añadía su calor al de Júpiter. Y para completar la molestia de Grant estaba ahora la perspectiva de un ataque de fiebre blanca. Lanzó un juramento cuando la cabeza se le bamboleo de nuevo y trago otra tableta de fiebrina. Noto que su reserva estaba disminuyendo; tendría que acordarse de pedir más cuando llegase el avión... No, iba a volver con el avión.


Oliver le rozó la pierna.
—Idiotas, locos, estúpidos, imbéciles —comento calmosamente el gato guardián—. ¿Por qué se me ocurriría ir a aquel maldito baile?
—¿Cómo? —exclamó Grant.
No podía recordar haber dicho nada acerca de un baile. Pensó que debía de haberlo mencionado durante su último período febril.
Oliver crujió como la puerta, luego soltó una risita como un lunático.
—Todo se arreglará —le aseguró a Grant—. Papá llegará pronto.
—¡Papá! —repitió el hombre. Hacía quince años que su padre había muerto—. ¿De dónde sacas eso, Oliver?
—Debe de ser la fiebre —comentó Oliver plácidamente—. Eres un lindo gatito, pero me gustaría que tuvieses juicio suficiente para darte cuenta de lo que estás diciendo. Y yo deseo que papá venga.
Acabó con un reprimido gorjeo que muy bien habría podido ser un sollozo.
Grant se quedó mirándolo con perplejidad. Él no había dicho ninguna de aquellas cosas; de eso estaba seguro. El gato guardián se las habría oído decir a alguna otra persona. ¿A quién? ¿Es que había alguien a menos de setecientos kilómetros a la redonda?
—¡Oliver! —tronó—. ¿Dónde has oído eso? ¿Dónde lo has oído?
El gato retrocedió, sorprendido.
—Papá es idiotas, locos, estúpidos, imbéciles —dijo ansiosamente—. La capa roja sobre el lindo gatito.
—¡Ven aquí! —rugió Grant—. ¿El padre de quién? ¿Dónde has...? ¡Ven aquí, diablillo!
Se lanzó hacia la criatura. Oliver flexionó su única pata trasera y se precipitó frenéticamente hacia el sombrerete de la estufa de leña.
—¡Debe de ser la fiebre! —gemía el gato—. ¡Nada de chocolate!
Saltó como un relámpago por el cañón de la chimenea. Hubo un sonido de garras arañando el metal y luego el de un cuerpo al caer.
Grant salió también. La cabeza le dolía por el esfuerzo, y con la parte todavía sana de su mente comprendía que todo el episodio era sin duda delirio de fiebre blanca, pero seguía sumiéndose en él.
La continuación fue una pesadilla. Los lunáticos seguían balanceando sus largos cuellos sobre las altas hierbas; sus risitas idiotas y sus caras imbéciles se añadían a la atmósfera general de locura.
Jirones de fétidos vapores portadores de la fiebre brotaban a cada paso que daba sobre el suelo esponjoso. En algún sitio a su derecha un sinuoso chilló y parloteó; Grant sabía que en aquella dirección estaba situado un poblado de sinuosos, porque una vez había atisbado los limpios y diminutos edificios, construidos con pequeñas piedras perfectamente ajustadas como una ciudad medieval en miniatura a la que no le faltaban ni las torres ni las almenas. Se decía que incluso había guerras entre los sinuosos.
La cabeza le zumbaba y le daba vueltas por los efectos combinados de la fiebrina y de la fiebre. Era un ataque de blancha, no cabía duda, y comprendió que se comportaba como un imbécil, un lunático, al arriesgarse así fuera de su cabaña. Debería de estar tendido en su camastro; la fiebre no era peligrosa, pero más de un hombre había muerto en Io en el delirio poblado de alucinaciones.
Ahora estaba delirando. Lo comprendió tan pronto vio a Oliver porque Oliver estaba mirando plácidamente a una atractiva señorita vestida con un elegante traje de noche del estilo del segundo decenio del siglo XXII. Indudablemente era una alucinación, puesto que las muchachas no tenían nada que hacer en los trópicos de Io y si, por alguna absurda casualidad, apareciese alguna allí, desde luego no elegiría un atuendo tan exquisito.
Al parecer, la alucinación tenía fiebre, porque la cara de la muchacha ostentaba la palidez que da el nombre de blancha a la enfermedad. Sus grises ojos lo miraron sin sorpresa mientras él se abría camino hacia ella a través de las altas hierbas.
—Buenos días, tardes o noche —comentó Grant, lanzando una mirada de perplejidad a Júpiter, que estaba saliendo, y al Sol, que se estaba poniendo—. O quizá baste con decir simplemente buen día, ¿no le parece, señorita Lee Neilan?
Ella lo miró con seriedad.
—¿Sabe usted —dijo— que es la primera de las ilusiones que no he reconocido? Todos mis amigos han ido desfilando, pero usted es el primer desconocido. ¿O no es usted un desconocido? Usted sabe mi nombre, pero naturalmente tiene que saberlo al ser mi propia alucinación.
—No vamos a discutir sobre quién de nosotros es la alucinación —sugirió él—. Dejemos las cosas como están. Quien primero desaparezca, será la ilusión. Apuesto cinco dólares a que será usted la primera en desaparecer.
—¿De dónde iba yo a sacarlos? —respondió ella—. No me sería fácil sacarlos de mi propio sueño.
—Ése es un problema —dijo él, enarcando las cejas—. Mi problema, desde luego, no el de usted. Yo se que soy real.
—¿Como conoce usted mi nombre? —pregunto la muchacha.
—Muy simple —respondió él—, sigo con interés las notas de sociedad que suelen aparecer con bastante regularidad en los periódicos que me trae mi avión de suministros. A decir verdad, tengo recortada una de las fotos de usted y pegada junto a mi camastro. Probablemente eso es lo que explica que la vea ahora. En realidad me gustaría conocerla alguna vez.
—Qué comentario tan galante para proceder de una aparición —exclamó ella—. ¿Y quién se supone que es usted?
—¿Yo? Soy Grant Calthorpe. En realidad, trabajo para su padre, comerciando con los lunáticos en busca de ferva.
—Grant Calthorpe —repitió ella. Entornó sus ojos enturbiados por la fiebre como si quisiera enfocarlo mejor—. Conque es usted, ¿eh?
La voz le vaciló un momento y la muchacha se pasó una mano por una pálida mejilla.
—¿Por qué habría de haberlo extraído a usted de mis recuerdos? Es extraño. Hace tres o cuatro años, cuando yo era una romántica colegiala y usted el famoso deportista, estaba locamente enamorada de usted. Tenía todo un álbum lleno de fotos suyas: Grant Calthorpe vestido de encapuchado para cazar gusánidos en Titán, Grant Calthorpe junto al gigantesco unípedo que mató cerca de las Montañas de la Eternidad. Usted es..., bueno, usted es realmente la alucinación más agradable que haya tenido nunca hasta ahora. El delirio sería... delicioso —de nuevo se apretó una mano contra la mejilla— si no me doliera tanto la cabeza.
"¡Vaya!", pensó Grant. "Me gustaría que fuese verdad eso del álbum. Es lo que la psicología llama un sueño realización de un deseo".
Una gota de caliente lluvia se le estrelló en el cuello.
—Es hora de irse a la cama —dijo en voz alta—. La lluvia es mala para la blancha. Espero verla a usted la próxima vez que esté febril.
—Gracias —dijo Lee Neilan con dignidad—. El sentimiento es mutuo.
Él asintió con una inclinación de cabeza.
—Aquí, Oliver —ordenó al adormilado gato guardián—. Vamos.
—No se llama Oliver —protestó Lee—. Se llama Dorotea, Dolly. Me está haciendo compañía desde hace dos días y yo le he dado este nombre.
—Género equivocado —masculló Grant—. En cualquier caso, se trata de mi gato guardián, Oliver. ¿No eres tú, Oliver?
—Espero verte más tarde —dijo Oliver con un bostezo.
—Es Dolly. ¿Verdad que eres Dolly?
—Pueden apostar cinco dólares —dijo el gato guardián. Se enderezó, se desperezó y se escabulló entre la maleza—. Debe de ser la fiebre —comentó al desaparecer.


—Sí, eso debe de ser —convino Grant. Se apartó—. Adiós, señorita... o quizá pueda llamarte Lee, puesto que no eres real. Adiós, Lee.
—Adiós, Grant. Pero no vayas por ese camino. Hay un pueblecillo de sinuosos allí entre las hierbas.
—No; está al otro lado.
—Está ahí —insistió ella—. He estado viendo cómo lo construían. Pero no podrán hacerte ningún daño, ¿verdad? Ni siquiera un sinuoso puede herir a una aparición. Adiós, Grant.
Y cerró los ojos cansadamente.

Estaba lloviendo ahora con más fuerza. Grant fue abriéndose camino entre las hierbas sangrantes, cuya roja savia se acumulaba en gotas carmesíes sobre sus botas. Tenía que volver a su cabaña rápidamente, antes de que la fiebre blanca y su consiguiente delirio lo empujasen a caminar totalmente extraviado. Necesitaba fiebrina.
De pronto se detuvo en seco. Ante él, la hierba había sido cortada y en el pequeño claro estaban las torres, que le llegaban hasta el hombro, y los baluartes de un poblado de sinuosos, un poblado nuevo, porque casas a medio construir se mezclaban con las demás y formas encapuchadas de unos diez centímetros se afanaban entre las piedras.
Al punto se levantó un clamor de chirridos y gritos. Retrocedió, pero una docena de diminutos dardos zumbó alrededor suyo. Uno se le clavó como un mondadientes en una bota, pero por fortuna ninguno le arañó, porque indudablemente estaban envenenados. Se movió más aprisa, pero entre las espesas y carnudas hierbas seguían los rumores, los chirridos e incomprensibles imprecaciones.
Se retiró dando un rodeo. Los lunáticos seguían balanceando sobre la vegetación sus redondas cabezas. De vez en cuando uno gemía, dolorido, cuando un sinuoso le daba un mordisco o lo pinchaba. Grant se abrió paso en medio de un grupo de aquellas criaturas, esperando distraer a los diminutos enemigos ocultos entre las hierbas, y un lunático alto de cara purpúrea curvó sobre él su largo cuello, soltando risitas y haciendo ademanes con sus pellejudos dedos hacia un haz que llevaba bajo el brazo.
Él pasó por alto aquella cosa y torció hacia su cabaña. Parecía haber eludido a los sinuosos. Siguió avanzando obstinadamente puesto que necesitaba con urgencia una tableta de fiebrina. Sin embargo, de pronto, se detuvo frunciendo el ceño, dio media vuelta y empezó a desandar el camino.
—No puede ser —mascullaba—. Pero ella me dijo la verdad sobre el pueblo de los sinuosos. Yo no sabía que estuviese allí. Mas ¿cómo podía decirme una alucinación algo que yo no sé?

Lee Neilan seguía en el tronco de corteza de piedra exactamente tal como él la había dejado, con Oliver de nuevo a su vera. La muchacha tenía los ojos cerrados y dos sinuosos estaban cortando la larga falda de su vestido con diminutos y relucientes cuchillos.
Grant sabía que experimentaban una enorme atracción por los tejidos terrestres; por lo visto, eran incapaces de imitar el lustre fascinante del satén, aunque aquellos enemigos eran infernalmente listos con sus diminutas manecitas. Cuando se acercó, estaban desgarrando una tira desde el muslo hasta el tobillo, pero la muchacha no hacía ningún movimiento. Grant gritó y las crueles criaturitas profirieron contra él obscuras maldiciones mientras se retiraban con su sedoso botín.
Lee Neilan abrió los ojos.
—Usted de nuevo —murmuró vagamente—. Hace un momento era papá. Ahora es usted.
Su palidez había aumentado; la fiebre blanca estaba siguiendo su curso en el cuerpo de la muchacha.
—¡Tu padre! Entonces así es cómo Oliver se enteró. Escucha, Lee. He encontrado el pueblo de los sinuosos. No sabía que estaba allí, pero lo encontré tal como tú habías dicho. ¿Comprendes lo que significa eso? ¡Tú y yo, los dos somos reales!
—¿Reales? —dijo ella sombríamente—. Hay un lunático purpúreo que se está riendo detrás de tu hombro. Haz que se marche. Me pone enferma.
Él miró en torno. Era verdad; el lunático de cara purpúrea estaba detrás de él.
—Oye —dijo Grant, agarrando a la muchacha por un brazo. El tacto de aquella piel tan fina fue una prueba complementaria—. Tú venías a la cabaña en busca de fiebrina. —La hizo ponerse en pie—. ¿No comprendes? ¡Soy real!
—No, no lo eres —dijo ella desmayadamente.
—Escucha, Lee. No sé cómo diablos llegaste aquí o para qué, pero sé que Io no me ha vuelto loco todavía. Tú eres real y yo soy real. 
La sacudió violentamente.
—¡Soy real! —gritó.
Una débil comprensión alumbró en los ojos enturbiados de la muchacha.
—¿Real? —susurró ella—. ¡Real! ¡Oh, Dios mío! ¡Entonces... entonces sácame de este sitio de locos!
Se tambaleó, hizo un poderoso esfuerzo para controlarse y luego se lanzó contra él.
Desde luego, en Io el peso de la muchacha era insignificante, menos de una tercera parte del peso normal que habría tenido en la Tierra. La tomó en brazos y avanzó hacia la cabaña manteniéndose alejado de los dos asentamientos de sinuosos. Alrededor de él se movían excitados lunáticos, y, de vez en cuando, emergía el de la cara purpúrea u otro exactamente igual que él, soltaba una risita, señalaba y gesticulaba.
La lluvia había aumentado y calientes chorros le caían por el cuello. Para aumentar su locura, dio un traspiés cerca de un grupo de palmeras espinosas y sus barbadas hojas le penetraron dolorosamente a través de la camisa. Aquellos pinchazos eran también peligrosos si uno no los desinfectaba; en realidad era mayormente el peligro de las palmeras punzantes lo que impedía a los terráqueos recolectar su propia ferva en lugar de depender de los lunáticos.
Tras de las bajas nubes de lluvia, el Sol se había puesto y ahora reinaba la luz diurna del rojizo Júpiter, que prestaba un falso rubor a las mejillas de la inconsciente Lee Neilan, haciendo que los rasgos de la muchacha aparecieran todavía más deliciosos.
Quizá Grant mantuvo clavados los ojos demasiado tiempo en aquella cara, porque de pronto se vio de nuevo entre sinuosos. Saltaban y chillaban, y el lunático purpúreo saltó dolorido cuando dientes y dardos le pincharon las piernas. Pero, desde luego, los lunáticos eran inmunes al veneno.
Los diminutos diablos estaban ahora alrededor de los pies de Grant. Los maldijo en voz baja y dio unas patadas vigorosas, enviando a una forma ratonesca a describir un arco de quince metros por el aire. Él llevaba al cinto una pistola automática y una pistola lanzallamas, pero no podía utilizarlas por varias razones.
Primeramente, utilizar una pistola contra las diminutas hordas era lo mismo que disparar contra un enjambre de mosquitos; si el proyectil mataba a uno o dos o a una docena, eso no causaba ninguna impresión apreciable en los miles restantes. En cuanto a la pistola lanzallamas, eso sería como utilizar un Gran Bertha para abatir a una mosca. Su enorme chorro de fuego incineraría por supuesto a todos los sinuosos que se encontrasen en su trayectoria, juntamente con las hierbas, los árboles y los lunáticos, pero tampoco eso serviría para impresionar a las hordas supervivientes y significaba, además, tener que recargar trabajosamente la pistola con otro diamante negro y otro cañón.


Tenía ampollas de gas en la cabaña, pero por el momento no estaban a su alcance y, además, no disponía de ninguna máscara de repuesto. Hasta ahora ningún químico había conseguido descubrir un gas que matase a los sinuosos sin ser al mismo tiempo letal para los humanos. Por último, no podía usar ningún arma, porque no se atrevía a depositar en el suelo a Lee Neilan para quedar con las manos libres.
Delante de él se abría el claro que rodeaba la cabaña. El espacio estaba lleno de sinuosos, pero se suponía que la cabaña estaba construida a prueba de sinuosos, al menos durante períodos razonables de tiempo, puesto que los troncos de corteza de piedra eran muy resistentes a las diminutas herramientas de los enemigos.
Pero Grant notó que un grupo de los diablillos estaba alrededor de la puerta y de pronto comprendió cuáles eran sus intenciones. Habían echado un lazo sobre el picaporte y estaban empeñados en hacerlo girar.
Grant gritó y avanzó a la carrera. Cuando estaba todavía a unos treinta metros, la puerta giró hacia adentro y el tropel de sinuosos irrumpió en la cabaña.
Grant se precipitó por la entrada. Dentro había confusión. Pequeñas formas encapuchadas cortaban las mantas de su cama, sus trajes de repuesto, las bolsas que él esperaba llenar con hojas de ferva, y estaban ahora tirando de los utensilios de cocina o de cualquier objeto que estuviese suelto.
Vociferó y empezó a dar patadas contra el enjambre. Un salvaje coro de chillidos y gruñidos surgió mientras las criaturas corrían de un lado a otro. Eran la bastante inteligentes para comprender que él no podía hacer nada teniendo los brazos ocupados por Lee Neilan. Procuraban mantenerse lejos de sus patadas y, mientras él amenazaba a un grupo que estaba junto a la estufa, otro grupo se dedicaba a despedazar sus mantas.
Desesperado, avanzó hacia el camastro. Depositó en él el cuerpo de la muchacha y empuñó una escoba de ramas que se había hecho para barrer su vivienda. Con amplios golpes atacó a los sinuosos que mezclaban ahora sus chillidos con gritos y lamentos de dolor.
Unos pocos se precipitaron hacia la puerta, arrastrando el botín recogido. Grant pudo ver que media docena se arremolinaban alrededor de Lee Neilan desgarrándole el vestido y queriendo apoderarse del reloj de pulsera que llevaba en una muñeca y de los zapatos de baile que calzaban sus piececitos. Les lanzó una maldición y los barrió, esperando que ninguno de ellos hubiese pinchado la piel de la muchacha con virulentos puñalitos o envenenados dientes.
Empezó a ganar la escaramuza. Más criaturas se cubrieron con sus negras capas y se escabulleron con su botín a través del umbral.
Por último, con un estallido de lamentos, los demás, tanto los cargados como los que no llevaban nada, emprendieron la fuga y procuraron librarse, dejando una docena de peludos cuerpecillos muertos o heridos.
Grant barrió a éstos tras los demás con su improvisada arma, cerró la puerta en las narices de un lunático que bamboleaba la cabeza en la apertura, la aseguró con cerrojo para evitar la repetición del truco de los sinuosos y se quedó mirando, abatido, la casa saqueada.
Habían tirado las latas de conserva o se las habían llevado. Todos los objetos sueltos estaban marcados por las manecitas de los sinuosos, y las ropas de Grant colgaban hechas jirones de las perchas clavadas en las paredes. Pero los diminutos bandidos no habían conseguido abrir ni la alacena ni el cajón de la mesa y allí quedaba comida.
Seis meses de vida en Io habían hecho de él un filósofo; soltó unos cuantos juramentos enérgicos, se encogió de hombros resignadamente y sacó de la alacena su frasco de fiebrina.
Su ataque de fiebre había desaparecido tan rápida y completamente como hace siempre la blancha cuando se la trata, pero la muchacha, al carecer de fiebrina, estaba inerte y blanca como el papel. Grant miró el frasco; quedaban ocho tabletas.
—Bueno, siempre podré masticar hojas de ferva —masculló.
Eso era menos eficaz que el alcaloide en sí, pero servía, y Lee Neilan necesitaba las tabletas. Disolvió dos en un vaso de agua y le levantó la cabeza.
Como mejor pudo vertió el contenido del vaso entre los labios de la muchacha y luego la acomodó en el camastro. Su vestido era una desgarrada ruina de seda, y él la cubrió con una manta no menos arruinada. Luego se desinfectó los pinchazos de la palmera, juntó dos butacas, y se tendió en ellas para dormir.
Se sobresaltó al oír el ruido de garras en el tejado, pero no era más que Oliver que tocaba cuidadosamente el tubo de la chimenea para ver si estaba caliente. Al cabo de un momento, el gato guardián entró, se desperezó y comentó:
—Yo soy real y tú eres real.
—¡Mira que bien! —gruñó Grant con voz somnolienta.

Cuando despertó, había luz de Júpiter y del satélite Europa, lo que significaba que había dormido casi siete horas, puesto que la brillante tercera lunita estaba justo despuntando. Se levantó y miró a Lee Neilan, que estaba durmiendo profundamente con un asomo de color en su rostro. La blancha estaba pasando.
Disolvió dos tabletas más en agua y luego zarandeó un hombro de la muchacha. Inmediatamente los ojos grises de la joven se abrieron, ahora completamente claros, y ella alzó la mirada hacia él sin ninguna expresión de sorpresa.
—¡Hola, Grant! —murmuró—. Tú de nuevo, ¿eh? La fiebre no es tan mala, después de todo.
—Quizá debería dejar que siguieses con fiebre —sonrió él—. Dices cosas muy bonitas. Despierta y bebe esto, Lee.
De pronto ella se fijó en el interior de la cabaña.
—¿Cómo? ¿Dónde está esto? ¡Parece... real!
—Lo es. Bebe esta fiebrina.
Ella se incorporó y obedeció, luego volvió a recostarse y se quedó mirándolo con perplejidad.
—¿Real? —dijo—. ¿Y tú eres real?
—Creo que lo soy.
Un estallido de lágrimas brotó de los ojos de la muchacha.
—Entonces... entonces he logrado salir de aquel sitio horrible, ¿no? Aquel sitio horrible.
—Claro que sí. 
Vio signos de que el alivio de la muchacha se iba a convertir en un ataque de histerismo, y se apresuró a distraerla:
—¿Te importaría decirme cómo has llegado hasta aquí y además vestida para una fiesta?
Ella procuró dominarse.
—Estaba vestida para una fiesta. Una fiesta que iba a celebrarse en Herápolis. Pero yo estaba en Junópolis, ¿comprendes?
—No comprendo nada. En primer lugar, ¿qué estás haciendo en Io? Siempre que he oído hablar de ti era por algo relacionado con la buena sociedad de Nueva York o París.
Ella sonrió.
—Entonces no todo era delirio, ¿verdad? Dijiste que tenías una de mis fotos... ¡Ah, aquella! —exclamó, frunciendo el ceño al ver el recorte pegado en la pared—. La próxima vez que un fotógrafo quiera sacarme una instantánea, tendré muy en cuenta no sonreír tan tontamente como... como un lunático. Pero en cuanto a lo de por qué estoy en Io, la verdad es que vine con papá, que está estudiando las posibilidades de cultivar ferva en plantaciones en lugar de tener que depender de tratantes y lunáticos. Llevábamos aquí tres meses y me sentía terriblemente aburrida. Yo pensaba que Io sería apasionante, pero no fue así, no lo fue hasta hace poco.
—¿Pero qué hay de ese baile? ¿Cómo te las arreglaste para venir aquí, a mil seiscientos kilómetros de Junópolis?
—Bien —prosiguió ella lentamente—, el aburrimiento en Junópolis era atroz. Nada de espectáculos, nada de deportes, nada sino un baile de vez en cuando. Llegué a sentirme nerviosa. Cuando había bailes en Herápolis, tomé la costumbre de volar hasta allí. Sólo son cuatro o cinco horas en un avión. La semana pasada, o cuando fuese, había proyectado hacer el vuelo y Harvey, el secretario de papá, iba a llevarme. Pero en el último momento papá tuvo necesidad de su secretario y me prohibió que volase sola.
Grant sintió una fuerte antipatía contra Harvey.
—¿Y qué? —pregunto.
—Pues que volé sola —contestó ella gravemente.


—Y te estrellaste, ¿eh?
—Sé conducir un avión tan bien como cualquiera —replicó ella—. Lo que pasó fue que seguí una ruta diferente y de pronto me vi ante una barrera de montañas.
Él asintió.
—Las colinas de los idiotas —dijo—. Mi avión de suministros hace un rodeo de setecientos kilómetros para evitarlas. No es que sean altas, pero sobresalen lo suficiente por encima de la atmósfera de este alocado satélite. El aire es allí denso, pero enrarecido.
—Lo sé. Sabía que no podría volar por encima de ellas, pero pensé que podría superarlas de un salto. Tú sabes que no hay más que dar toda la velocidad y llevar el aparato hacia arriba. Yo tenía un avión cerrado y la gravitación aquí es muy débil. Y además lo había visto hacer varias veces, especialmente en aparatos impulsados por cohetes. Las turbinas sirven para sostener el avión incluso cuando las alas son inútiles por falta de aire.
—¡Qué idea tan absurda! —exclamó Grant—. Claro que puede hacerse, pero hay que ser un experto para sostenerse cuando se llega al aire que hay al otro lado. Si llegas a mucha velocidad, no hay mucho sitio para descender.
—Es lo que pude comprobar —dijo Lee con tono de arrepentimiento—. Casi di el salto, pero no del todo, y vine a caer en medio de algunas palmeras. Creo que el aparato las aplastó al caer, porque conseguí salir antes de que empezaran a dar latigazos. Pero luego no pude volver al avión, y fue... sólo recuerdo dos días de eso, pero fue horrible.
—Debió de serlo —dijo él suavemente.
—Yo sabía que, si no comía ni bebía, era probable que evitase contraer la fiebre blanca. Lo de no comer no era tan malo, pero no beber... Bien, finalmente me di por vencida y bebí de un pozo. No me importaba lo que sucediera con tal de librarme de la tortura de la sed. Después de eso, todo es confuso y vago.
—Deberías haber masticado hojas de ferva.
—No lo sabía; ni siquiera sé qué aspecto tienen. Además, esperaba que de un momento a otro apareciese mi padre. Ya debe de haber organizado una búsqueda.
—Es lo más probable —replicó Grant irónicamente—. ¿Se te ha ocurrido pensar que hay más de veinte millones de kilómetros cuadrados de superficie en la pequeña Io? Y todo lo que él sabe es que puedes haberte estrellado en cualquiera de esos kilómetros. Cuando vuelas del polo norte al polo sur, no hay una ruta más corta que otra. Puedes cruzar cualquier punto del planeta.
Los grises ojos de la muchacha se agrandaron.
—Pero yo...
—Además —interrumpió Grant—, éste es probablemente el último sitio en que se le ocurriría buscar a una patrulla exploradora. Probablemente pensarían que nadie, sino un lunático, tendría la idea de superar de un salto las Colinas de los Idiotas, tesis con la que estoy perfectamente de acuerdo. Por lo cual me parece muy probable, Lee Neilan, que te quedes anclada aquí hasta que mi avión de suministro llegue el mes que viene.
—¡Pero papá se volverá loco! ¡Creerá que he muerto!
—Lo cree ya sin duda.
—Pero no podemos... —se interrumpió, lanzando una mirada circular por la diminuta y única habitación de la cabaña. Al cabo de un momento suspiró resignadamente, sonrió y dijo con dulzura—: Bueno, podría haber sido peor, Grant. Trataré de ganarme mi sustento.
—Está bien. ¿Cómo te encuentras, Lee?
—Completamente normal. Ahora mismo voy a empezar a trabajar. 
Apartó la manta, se incorporó y puso los pies en el suelo.
—Arreglaré... ¡Dios mío, mi vestido!
Volvió a taparse con la manta. Él sonrió burlonamente.
—Tuvimos un pequeño encuentro con los sinuosos cuando te desmayaste. Arremetieron también contra mi guardarropas.
—Está todo arruinado —gimió ella.
—Necesitarás aguja e hilo, supongo. Eso, al menos, no se lo llevaron porque estaba en el cajón de la mesa.
—Con lo que queda de mi vestido no podría hacerme ni un mal traje de baño —replicó la muchacha—. Déjame probar con uno de los tuyos.
A fuerza de cortar, remendar y zurcir, consiguió transformar uno de los trajes de Grant en un atuendo de respetables proporciones. Tenía un aspecto delicioso con aquella camisa de hombre y aquellos pantalones cortos, pero él se turbó al notar que una súbita palidez se había apoderado de la muchacha.
Era la riblancha, el segundo acceso de fiebre que usualmente seguía a un ataque grave o prolongado. Con rostro serio, Grant sacó dos tabletas de fiebrina.
—Tómate éstas —ordenó—. Hemos de conseguir hojas de ferva en alguna parte. El avión se llevó mis existencias la semana pasada, y desde entonces he tenido mala suerte con mis lunáticos. No me han traído más que hierbajos y porquerías.
Lee hizo una mueca con los labios al percibir lo amargo de la droga, luego cerró los ojos contra su mareo momentáneo y su náusea profunda.
—¿Dónde puedes encontrar ferva? —preguntó.
Él sacudió la cabeza con perplejidad, mirando cómo Júpiter se ponía, resplandeciendo sus bandas con colores cremosos y castaños y la Mancha Roja hirviendo cerca del borde occidental.
A poca distancia por encima estaba el brillante y pequeño disco de Europa. Frunció el ceño repentinamente, miró su reloj y luego el almanaque que tenía colgado en la puerta del armario.
—Habrá luz de Europa dentro de quince minutos —masculló—, y una verdadera noche dentro de veinticinco, la primera noche verdadera en medio mes. Me pregunto si...
Miró pensativamente el rostro de Lee. Sabía donde crecía la ferva. Nadie se atrevía a penetrar en la jungla misma, donde las palmeras punzantes, las lianas arrojadizas y los deletéreos gusanos dentudos convertían semejante aventura en un suicidio para cualesquiera que no fuese lunático o sinuoso. Pero él sabía dónde se daba la ferva.
En la rara noche de Io, incluso los claros podrían ser peligrosos y no sólo a causa de los sinuosos. Grant sabía bastante bien que en la obscuridad salen de la jungla criaturas que de otro modo permanecen en las sombras eternas de aquélla: Dentudos, ranas con cabeza de toro, e indudablemente muchos seres desconocidos, misteriosos, venenosos y viscosos nunca vistos por el hombre. Uno oía contar historias en Herápolis y...
Pero tenía que conseguir ferva y él sabía dónde crecía. Ni siquiera un lunático trataría de buscarla allí, sino en los pequeños huertos o granjas alrededor de las diminutas ciudades de los sinuosos, donde era común que creciera la ferva. Encendió una linterna en medio de la obscuridad que se aproximaba.
—Voy a salir un momento —le dijo a Lee Neilan—. Si vuelve a darte un ataque de blancha, tómate las otras dos tabletas. De cualquier modo, nunca te harán daño. Los sinuosos se llevaron mi termómetro, pero si empiezas a sentir mareos de nuevo, no dejes de tomarlas.
—¡Grant! ¿Adónde...?
—Volveré —gritó Grant, cerrando la puerta tras él.
Un lunático, de color púrpura a la luz azulada de Europa, se alzó bamboleándose con una larga risita. Grant apartó a la criatura con un ademán y emprendió una cauta marcha de aproximación a las inmediaciones del poblado de los sinuosos, el poblado antiguo, porque el otro apenas podía haber tenido tiempo para cultivar el terreno circundante. Avanzó difícilmente entre las sangrantes hierbas, pero se daba cuenta de que su cautela era puro optimismo. Estaba exactamente en la posición de un gigante de treinta metros que se acercase a una ciudad humana pretendiendo no ser observado: Una empresa difícil incluso en la más profunda obscuridad.


Llegó al borde del claro de los sinuosos. Detrás de él, el satélite Europa, moviéndose casi tan rápido como el minutero de su reloj, se precipitaba hacia el horizonte. Grant se detuvo con momentánea sorpresa a la vista de la preciosa y diminuta ciudad, cuyas luces parpadeaban en la noche. Él nunca había sabido que la cultura de los sinuosos incluía el uso de luces, pero allí estaban: Diminutas velas o quizá pequeñísimas lámparas de petróleo.
Parpadeó en la obscuridad. A unos treinta metros del poblado estaban los campos. El segundo de ellos, de tres metros cuadrados, tenía el aspecto de..., bueno, de lo que era, de ferva. Grant se agachó, se arrastró y alargó una mano para cortar las hojas blancas y carnudas. Y en aquel momento sonó una aguda risita y el crujido de hierbas detrás de él. ¡El lunático! ¡El idiota lunático purpúreo!
Sonaron irritados chirridos. Recogió un doble brazado de ferva, se puso en pie y se precipitó hacia la iluminada ventana de su cabaña. No tenía ningún deseo de hacer frente a los envenenados dardos o a los dientecillos portadores de enfermedades, y los sinuosos desde luego se habían levantado. Sus gritos sonaban a coro; el suelo se ennegreció con su presencia.
Llegó a la cabaña, irrumpió con violencia, cerró de un portazo y echó la llave.
—¡Ya está! —Sonrió burlonamente—. Ahora que rabien ahí fuera.
Y rabiando estaban. Sus gritos sonaban como los chirridos de una máquina defectuosa. Incluso Oliver abrió sus soñolientos ojos para escuchar.
—Debe de ser la fiebre —comentó plácidamente el gato guardián.
Desde luego Lee no estaba más pálida; la riblancha estaba pasando sin peligro.
—¡Uf! —dijo ella, escuchando el tumulto de fuera—. Siempre he odiado a las ratas, pero los sinuosos son peores. Tienen toda la astucia y la crueldad de las ratas más la inteligencia de diablos.
—Bueno —dijo Grant pensativamente—. No veo qué puedan hacer ahora. Por lo menos tenían lo que yo iba buscando.
—Parece como si se alejaran —dijo la muchacha, a la escucha—. El griterío se va desvaneciendo.
Grant miró por la ventana.
—Todavía están ahí. Han pasado de las imprecaciones a la formación de proyectos, y me gustaría saber cuáles. Algún día, si este loco satélite llega a ser digno de que lo ocupen los hombres, va a haber un gran choque entre humanos y sinuosos.
—¿Y qué? No son lo bastante civilizados para constituir un obstáculo serio y además son tan pequeños...
—Pero aprenden —dijo él—. Aprenden muy rápidamente y se reproducen como moscas. Suponte que lleguen a descubrir el uso del gas o suponte que fabrican pequeños fusiles para sus dardos envenenados. Esto es posible, porque precisamente ahora están trabajando los metales y conocen el fuego. Tal cosa equivaldría prácticamente a equipararlos con el hombre por cuanto se refiere a la capacidad de agredir. ¿De qué nos servirían nuestros gigantescos cañones y nuestros aviones cohetes contra sinuosos de poco más de un decímetro? Y estar equilibrados sería fatal; un sinuoso por un hombre sería un trato ruinoso.
Lee bostezó.
—Bueno, eso no es problema nuestro. Tengo hambre, Grant.
—Está bien. Eso es un síntoma de que la blancha te ha abandonado ya. Comeremos y luego dormiremos un poco, porque quedan cinco horas de obscuridad.
—¿Pero y los sinuosos?
—No veo que puedan hacer nada. En cinco horas no pueden traspasar paredes de corteza de piedra y, en cualquier caso, Oliver nos avisaría si alguno consiguiese entrar por alguna parte.

Había luz cuando Grant se despertó. Penosamente, extendió los entumecidos miembros. Algo le había despertado, pero no sabía qué.
Oliver estaba paseando nerviosamente a su lado y le miraba con ansiedad.
—He tenido mala suerte con mis lunáticos —anunció quejumbrosamente el gato guardián—. Tú eres un lindo gatito.
—También lo eres tú —dijo Grant. Algo lo había despertado, ¿pero qué?
Entonces comprendió, porque aquello se produjo de nuevo: Un pequeñísimo temblor del suelo de corteza de piedra. Frunció el ceño con perplejidad. ¿Terremoto? No en Io, porque la diminuta esfera había perdido su calor interno hacía incontables siglos. ¿Qué, entonces?
Lo comprendió de repente. Se puso en pie de un salto y lanzó un grito tan salvaje que Oliver se echó a un lado con un maullido infernal. El asombrado gato saltó a la estufa y desapareció por el tubo de la chimenea.
Lee había empezado a incorporarse en el camastro, sus grises ojos parpadearon soñolientamente.
—¡Fuera! —rugió él, obligándola a ponerse en pie—. ¡Salgamos de aquí! ¡Aprisa!
—¿Cómo? ¿Por qué?
—¡Salgamos!
La empujó hacia la puerta, se detuvo un momento para recoger su cinto y sus armas, la bolsa de hojas de ferva y una libra de chocolate. El suelo tembló de nuevo y él se precipitó fuera de la puerta, colocándose con un salto frenético junto a la asombrada muchacha.
—¡La han minado! —jadeó—. Esos demonios han minado la...
No tuvo tiempo de decir más. Una esquina de la cabaña se derrumbó de pronto; los troncos de corteza de piedra se separaron, y toda la estructura se vino abajo como una casita de juguete. El estallido se convirtió en silencio y no hubo movimiento alguno excepto unos perezosos jirones de vapor, unas cuantas negras formas ratunas escabulléndose hacia las hierbas y un purpúreo lunático bamboleándose más allá de las ruinas.
—¡Los sucios diablos! —juró amargamente—. ¡Las malditas ratas negras! ¡Las...!
Un dardo le pasó rozando la oreja y luego arrancó un rizo del enmarañado cabello castaño de Lee. Un coro de chillidos ascendió de entre las hierbas.
—¡Ven! —gritó Grant—. Esta vez están dispuestos a acabar con nosotros. No, por aquí. Hacia las colinas. Hay menos jungla por este sitio.
Fácilmente pudieron sobrepasar a los diminutos sinuosos. En pocos momentos habían perdido el estrépito de sus voces chirriantes, y se detuvieron a mirar compasivamente la destruida vivienda.
—Ahora —dijo él con tono lastimero— estamos como al principio.
—¡Oh, no! —replicó Lee, alzando la mirada hasta él—. Ahora estamos juntos, Grant. No tengo miedo.
—Ya nos arreglaremos —dijo él con tono de suficiencia—. Construiremos una cabaña provisional en cualquier parte. También...
Un dardo se estrelló en una de sus botas con un seco chasquido. Los sinuosos los habían alcanzado de nuevo.
Una vez más corrieron hacia las Colinas de los Idiotas. Cuando se detuvieron por fin, pudieron divisar a sus espaldas la larga cuesta por la que habían subido y más allá las junglas de Io. Estaba allí la destruida cabaña y cerca, limpiamente escaqueados, los campos y torres de la ciudad más próxima de los sinuosos. Pero apenas habían recuperado el aliento cuando chillidos y gritos salieron de la maleza.


Se veían empujados hacia las Colinas de los Idiotas, una región tan desconocida para el hombre como los helados yermos de Plutón. Al parecer, los diminutos enemigos que tenían detrás habían resuelto que esta vez su adversario, el gigantesco trampero y depredador de sus campos, debía ser perseguido a muerte.
Las armas eran inútiles. Grant ni siquiera podía atisbar a sus perseguidores, que se deslizaban entre la vegetación como ratas encapuchadas. Una bala, incluso si por casualidad atravesaba el cuerpo de un sinuoso, no lograría ningún efecto, y la pistola lanzallamas, aunque su rayo quemase toneladas de maleza y de hierba sangrante, no podía más que cortar una estrecha senda a través de la horda de diminutos verdugos. Las únicas armas que podrían haber servido de algo, las ampollas de gas, se habían perdido entre las ruinas de la cabaña.
Grant y Lee se vieron obligados a seguir subiendo. Estaban ya a más de trescientos metros por encima de la llanura, y el aire se iba enrareciendo. No había allí ninguna jungla, sino sólo grandes manchas de hierba sangrante tras las cuales eran visibles unos pocos lunáticos balanceando sus cabezas.
—Hacia la cima —jadeó Grant, ahora penosamente falto de aliento—. Quizá nosotros podamos soportar el aire enrarecido mejor que ellos.
Lee no pudo contestar. Se esforzaba en andar trabajosamente junto a su compañero mientras pisaban ahora un suelo de roca desnuda. Ante ellos se alzaban dos bajos picachos, como los pilares de una puerta de torreón. Al mirar hacia atrás, Grant vislumbró diminutas formas negras que hormigueaban en un claro. Y, lleno de rabia, disparó. Un sinuoso dio un salto convulsivo, ondeando su capa, pero los demás siguieron avanzando. Debía de haber miles.
Los picachos estaban más cerca, ya sólo a pocos cientos de metros de distancia. Eran desnudos, lisos, inaccesibles.
—Entre ellos —masculló Grant.
El paso que separaba a los dos picachos era sombrío y angosto. En siglos remotos debieron de ser un solo pico rajado luego por alguna convulsión volcánica que había abierto aquel estrecho cañón entre los dos.
Grant rodeó con un brazo a Lee, cuya respiración, por el esfuerzo y la altitud, era una serie de jadeos entrecortados. Un brillante dardo repiqueteó en las rocas cuando ellos llegaron a la abertura, pero al mirar atrás, Grant sólo pudo ver a un purpúreo lunático que avanzaba hacia arriba, acompañado por otros cuantos a su derecha. La pareja bajó por un paso de unos veinte metros que desembocó súbitamente en un valle accesible y allí se detuvieron asombrados.
Frente a ellos había una ciudad. Durante un segundo, Grant creyó que habían tropezado con una amplísima metrópolis de sinuosos, pero un examen más atento mostraba otra cosa. Esta no era una ciudad de bloques medievales, sino un poema en mármol, de belleza clásica y de proporciones humanas o casi humanas. Blancas columnas, arcos gloriosos, puras bóvedas, una delicia arquitectónica que muy bien podría haber nacido en la Acrópolis. Fue necesario un segundo examen para discernir que la ciudad estaba muerta, desierta, en ruinas.
Incluso en su agotamiento, Lee percibió aquella belleza.
—¡Qué cosa tan exquisita! —jadeó—. Casi podría perdonárseles ser... sinuosos.
—Ellos no nos perdonarán ser humanos —masculló él—. Tendremos que hacer alto en algún sitio. Lo mejor será que elijamos uno de los edificios.
Pero, antes de que pudieran apartarse unos pocos metros de la boca del cañón, un ruidoso estrépito los detuvo. Grant dio media vuelta y por un momento se sintió paralizado por el asombro. El estrecho cañón estaba lleno de una chirriante horda de sinuosos, como una repulsiva y pesada manta negra. Pero no llegaban hasta el extremo del valle, porque, riendo, graznando y bamboleándose, cuatro lunáticos con aplastantes pies de tres dedos bloqueaban la entrada.
Era una batalla. Los sinuosos mordían y pinchaban a los escasos defensores que proferían agudas exclamaciones de dolor. Pero con una resolución y una unidad de propósito desconocidas entre los lunáticos, sus pies aplastaban metódicamente arriba y abajo, a derecha e izquierda.
Grant exclamó:
—¡Que me aspen! —Luego se le ocurrió una idea—. ¡Lee, toda esa horda de asquerosos diablos está acorralada en el cañón!
Se precipitó hacia la entrada. Apuntó su pistola lanzallamas entre las piernas de un lunático y disparó.
Hizo explosión el infierno. El diminuto diamante, cediendo toda su energía en un terrorífico estallido, lanzó un torrente de fuego que llenó el cañón de pared a pared y aun cortó más allá un abanico calcinado entre las hierbas sangrantes de la ladera.
La Colina de los Idiotas se estremeció con el rugido del arma y cuando la lluvia de restos se asentó, no había nada en el cañón, excepto unos cuantos trozos de carne y la cabeza de un desgraciado lunático que todavía oscilaba y se bamboleaba.
Tres de los lunáticos sobrevivieron. Uno de rostro purpúreo estaba agitando un brazo, riendo y lanzando grititos con una mueca imbécil. Grant apartó a un lado aquella cosa y regresó junto a la muchacha.
—¡Gracias a Dios! —dijo él—. Por lo menos de esto nos hemos librado.
—Yo no tenía miedo, Grant. Nunca lo tengo cuando estoy contigo.
Él sonrió.
—Quizá podamos encontrar aquí un refugio —sugirió—. La fiebre debe de ser menos molesta a esta altitud. Pero, oye, ésta debe de haber sido la capital más importante de todos los sinuosos en tiempos remotos. Apenas puedo imaginarme a tales demonios creando una arquitectura tan bella como ésta y tan grandiosa. Porque, en realidad, esos edificios son tan colosales en proporción con el tamaño de los sinuosos como lo son respecto a nosotros los rascacielos de Nueva York.
—Pero mucho más hermosos —dijo Lee suavemente, pasando su mirada sobre la gloria de las ruinas—. Incluso se les podría perdonar todo, Grant. ¡Mira eso!
Él obedeció el ademán. En la parte interior de los portales del cañón había gigantescos bajorrelieves. Pero lo que lo había dejado estupefacto era el tema de aquellos retratos. Allí, ascendiendo por los acantilados, había figuras, no de sinuosos, sino de... lunáticos. Exquisitamente esculpidas, sonriendo más bien que riendo tontamente, sonriendo con un toque de tristeza, de pena, de compasión.
—¡Dios mío! —susurró él—. ¿Comprendes, Lee? Ésta debió de ser en otros tiempos una ciudad de lunáticos. Los escalones, las puertas, los edificios, todo está construido a escala. De un modo u otro debieron de lograr una civilización avanzadísima y los lunáticos que nosotros conocemos no son más que el residuo degenerado de una gran raza.
—Y —sugirió Lee— la razón de que esos cuatro bloquearan el camino cuando los sinuosos trataron de pasar es que todavía recuerdan. O es probable que no recuerden realmente, pero tienen una tradición de pasadas glorias, o más probable aún, un mero sentimiento supersticioso de que este lugar es en cierto modo sagrado. Nos dejaron pasar porque, al fin y al cabo, tenemos más parecido con los lunáticos que los sinuosos. Pero lo sorprendente es que todavía posean, aunque no sea más que ese débil recuerdo, porque esta ciudad debe de estar en ruinas desde hace siglos, o quizás incluso miles de años.


—Pero pensar que los lunáticos puedan haber tenido alguna vez la inteligencia suficiente para crear una cultura propia... —dijo Grant, apartando al purpúreo que se bamboleaba y soltaba risitas a su lado. De pronto el hombre se detuvo y dirigió una mirada de repentino respeto a aquella criatura—. Éste lleva varios días siguiéndome. Muy bien, muchacho, ¿qué pasa?
El purpúreo alargó un hacecillo mal trabado de hierba sangrante y de ramitas, riendo idiotamente. Su ridícula boca se torció; los ojos se le aguzaron en el esfuerzo de conseguir una concentración mental.
—¡Pasteles! —dijo con una risita triunfante.
—¡El muy imbécil! —estalló Grant—. ¡Inútil! ¡Idiota! —Se interrumpió para echarse a reír—. No importa. Creo que se lo merecen. 
Alargó la libra de chocolate a los tres encantados lunáticos.
—Aquí tienen sus pasteles.
Un grito de Lee lo sobresaltó. La muchacha estaba agitando los brazos furiosamente. Sobre la cresta de la Colina de los Idiotas un avión cohete rugía, describía círculos y por fin se posaba en el valle.
La portezuela se abrió. Oliver salió gravemente, comentando como quien no quiere la cosa.
—Yo soy real y tú eres real.
Un hombre siguió al gato guardián; dos hombres.
—¡Papá! —gritó Lee.
Un poco más tarde, Gustavus Neilan se volvió hacia Grant.
—No sé cómo agradecérselo —dijo—. Si hubiese algún modo de poder mostrarle lo mucho que aprecio...
—Lo hay. Puede usted cancelar mi contrato.
—¿Trabaja usted para mí?
—Soy Grant Calthorpe, uno de sus tratantes y estoy ya harto de este loco satélite.
—Desde luego puede hacerse, si usted lo desea —dijo Neilan—. En cuanto a la cuestión de la paga...
—Puede usted pagarme los seis meses que he trabajado.
—Si no le importase quedarse —dijo el hombre mayor—, no tendría que trabajar mucho tiempo más en la compra. Hemos podido cultivar ferva cerca de las ciudades polares y prefiero las plantaciones a la inseguridad de tener que confiar en los lunáticos. Si continúa usted el año de su contrato, podríamos ponerlo al frente de la plantación cuando termine ese plazo.
Grant se encontró con los grises ojos de Lee Neilan y vaciló.
—Gracias —dijo lentamente—, pero estoy harto de esto. 
Le sonrió a la muchacha y luego se volvió hacia el padre de la misma.
—¿Le importaría contarme cómo ha podido localizarnos? Éste es el sitio más inverosímil de todo el satélite.
—Pues precisamente por eso —respondió Neilan—. Cuando Lee no regresó, reflexioné cuidadosamente sobre el asunto. Por último decidí, conociéndola como la conozco, buscar primeramente en los sitios más improbables. Sobrevolamos las costas del Mar de la Fiebre, y luego el Desierto Blanco y finalmente las Colinas de los Idiotas. Divisamos los ruinas de una cabaña y entre los escombros estaba este individuo —indicó a Oliver—, que no hacía más que repetir: "Diez lunáticos hacen un medio idiota". Bien, aquello de semicuerdo parecía una referencia muy clara a mi hija, y volvimos a emprender el vuelo hasta que el rugido de la pistola lanzallamas nos llamó la atención.
Lee adoptó una expresión de malhumor, luego volvió sus ojos grises hacia Grant.
—¿Recuerdas —dijo suavemente— lo que te dije en la jungla?
—Yo ni siquiera lo habría mencionado —replicó él—. Sabía que estabas delirando.
—Pues... quizá no lo estaba. Si tuvieses compañía, ¿te resultaría más fácil trabajar el resto del año? Quiero decir si, por ejemplo, volases con nosotros a Junópolis y regresases con una esposa.
—Lee —dijo él con voz ronca—, sabes la diferencia que eso comportaría, aunque no puedo comprender por qué se te ha ocurrido la idea.
—Debe de ser la fiebre —sugirió Oliver.

FIN

2026/04/13

Extraño náufrago (Nelson Bond)


Título original: Uncommon Castaway
Año: 1949


¡Yo os digo, precaveos y arrepentíos, y ay de aquel que desoiga mi aviso! Porque en verdad, en verdad os digo que el día del Juicio se aproxima, y en ese día a causa de vuestros pecados e iniquidades os visitarán el fuego y la espada de Aquéllos cuya furia hace temblar la tierra y arder las aguas del mar.

Nos echaron de un puntapié de Alejandría cuando Rommel siguió su avance más allá de Mersa Matruh, por la larga y arenosa carretera que conduce a El Cairo. No exagero al afirmar que nos echaron de un puntapié. El Almirantazgo opinaba que lo único que podíamos hacer era refugiarnos en puertos seguros hasta que el giro que tomasen los acontecimientos revelase si el plan de Montgomery para ofrecer una última resistencia en un puntito del mapa llamado El Alamein era buena estrategia o —como casi todos temíamos— pura desesperación.
A nuestro capitán le disgustaba sobremanera tener que huir. Cuando le entregué la orden, gruñó y mordió con fuerza su pipa. Ni siquiera lanzó un juramento, lo cual demuestra hasta qué punto aquello le afectó, porque nuestro capitán es un hombre educado, que sabe jurar con soltura en seis idiomas diferentes. Y por simples bagatelas.
Pero aquello era demasiado grande. Se limitó a mover la cabeza y a decir:
—Muy bien, Chispas. ¡Que se cumpla!
Y volviéndose, se alejó hacia proa con gran celeridad.
Así fue como el Grampus, al abrigo de una noche egipcia oscura como boca de lobo, se escabulló hacia alta mar en pos de la salvación. El Puerto de Oeste parecía la boca de un túnel; incluso el faro de Raset-Tin estaba apagado por temor a los bombardeos aéreos. Pero las tinieblas estaban llenas de vida y ruido. El incesante rumor del oleaje del Mediterráneo contra los escollos de la isla de Faros; las altas y moduladas notas del pito que hacía sonar el contramaestre, que resaltaban con un extraño son agudo entre los suspiros de la brisa de poniente; el susurro de voces provenientes de barcos que se deslizaban confusamente a nuestro alrededor, tétricos como espectros a la deriva. Sonidos grises y encolerizados. El petulante adiós de unos buques que evacuaban un puerto que sólo pocos meses antes había sido la más altiva base británica en toda la costa norteafricana.
—Tenemos que ser los primeros en salir —dijo el capitán—. La flota necesitará hasta el último submarino. Particularmente si los boches toman Alejandría. —Mirando hacia el cielo con desconfianza, añadió—: Habrá que poner servidores en las piezas de cubierta. Podemos tener jaleo.
Pero no lo tuvimos. No perdimos ni un solo barco, ni un hombre por acción enemiga durante toda la operación. Fue curioso que nada sucediese, verdaderamente, porque estábamos a merced de los Stukas, apretujándonos de tal manera en aquel estrecho paso que poca resistencia hubiéramos podido ofrecer. Además, muchos de nosotros estábamos en muy malas condiciones. Esto es lo que sucedía al Grampus, que había recalado en Alejandría para someterse a revisión general y a varias reparaciones, y que tuvo que hacerse de nuevo a la mar antes de que éstas hubiesen terminado.
Aunque después de todo, no hay motivo para extrañarse. Los alemanes se sentían muy seguros por aquellos días. Y tenían razón de estarlo. Pero esta excesiva seguridad fue nuestra salvación. Creo que no nos bombardearon durante nuestra huida porque esperaban tomar Alejandría de un momento a otro, y no querían apoderarse de una base naval reducida a escombros.
Sea como fuere, dejamos atrás la escollera sin el menor contratiempo, y tomamos el rumbo ordenado. No sabíamos nuestro punto de destino, pero puesto que zarpamos rumbo al nordeste, a bordo todos estábamos convencidos de que nos dirigíamos a Larnaca. Chipre sólo se hallaba a trescientas millas de distancia, y hubiéramos debido cubrirlas en un solo día, pero nadie se hacía ilusiones suponiendo que el viaje sería tan rápido. Cabía la posibilidad constante de encontrarse con barcos o aviones enemigos. Además, el barómetro señalaba mal tiempo. Y para acabar de redondear aquellas sombrías perspectivas, nuestros remendados motores empezaron a toser y carraspear cuando apenas habíamos traspuesto la isla de Faros.
La situación no le hacía pizca de gracia a Auld Rory, nuestro cocinero, y me lo dijo sin ambages cuando le pedí que me sirviese una taza de té en la cocina, una vez nos hicimos a la mar sin tropiezos.
—Esto presenta muy mal cariz —gruñó el viejo escocés—. Vergüenza debía darle a la Armada huir de este modo, sin presentar combate. ¡Qué cosa—farfulló, buscando la palabra adecuada—, qué cosa tan poco digna!
Sonriendo, le dije:
—Quizá no sea muy digno, Rory, pero es mucho más seguro. Como dice Shakespeare en el Paraíso perdido: "Quien lucha y salva su flete, conseguirá salir del brete".
—Este noble bardo —dijo Auld Rory rechinando los dientes— no fue el autor del Paraíso perdido, sino el gran John Milton. Además, este verso no es como lo has citado tú, yanqui ignorante y bruto.
—Te he dicho mil veces, Rory —repuse, sonriendo—, que yo no soy americano, sino súbdito británico, nacido y criado en mi viejo y querido Fogville-on-the Thames, la villa de la niebla junto al Támesis.
—¡Eres un perfecto embustero! —dijo Auld Rory montando en cólera—. Tú hablas la lengua materna como un jenízaro.
—Eso se debe a que me crié en Brooklyn.
—¿Eh? ¿No me habías dicho en Nueva York?
—Nueva York es un suburbio de Brooklyn. Un día tienes que ir conmigo a Flatbush, Rory. ¡Qué sitio! Tendrías que oír cómo chilla la multitud el Día de las Damas de Ebbets Field, y cómo apostrofan a los árbitros: "¡Que maten a ese holgazán! ¡Que lo cuelguen!"
—¡Qué lenguaje! —exclamó Rory, ofendido—. ¿Y en presencia de señoras? ¡Vaya indecencia! ¡Estoy avergonzado de ti, Yake Levine! 
Mientras yo sorbía el té él me contemplaba con semblante ceñudo. Prosiguió:
—Y sigo diciendo que esto presenta muy mal cariz. En el puerto, teníamos al menos baterías costeras y una posición defendible. Pero esto no les parecía bastante bueno a los jefazos. ¡No, señor! De modo que aquí estamos, solos y maltrechos en medio del Mediterráneo, a punto de convertirnos en la presa de Dios sabe qué bárbaros que caerán sobre nosotros. Me extraña que aún no nos hayan atacado, a decir verdad.
—Tranquilízate, Rory —le dije, riendo— y procura que tus úlceras descansen. Estas aguas son bastante seguras. Te apuesto cinco chelines a que ni siquiera vemos al enemigo, y mucho menos... ¡Eh, qué es eso!
¡Valiente profeta estaba hecho! Mi profecía terminó en un grito de sorpresa cuando el inconfundible tronar de una pieza de cubierta hizo temblar el submarino en toda su longitud. El Grampus se encabritó y se estremeció. El té me cayó sobre las muñecas y me las escaldó. Se oyeron voces excitadas, que fueron ahogadas por el estridente clamor de la sirena de alarma del barco.
Pero dominándolo todo, Auld Rory gritó:
—¡Te acepto la apuesta! —No hay que olvidar que era escocés.
Salí como una exhalación de la cocina y corrí hacia la cámara del telegrafista. Haciendo eses por el pasadizo, tropecé con varios artilleros que bajaban a toda prisa para dirigirse a sus puestos de inmersión. Sujeté a Rob Enslow por el brazo.
—¿Aviones?
—¡El cielo está lleno de ellos!
Entonces oí sus motores, que zumbaban con el irritado ronroneo de un avispero en libertad. Los boches no habían querido bombardearnos en el puerto para hacernos pedazos en alta mar. La voz precisa y tranquila del capitán nos infundió una repentina calma a todos.
—¡Zafarrancho de combate! ¡Inmersión!
Se abrieron las válvulas y el silbido del aire que se escapaba se mezcló con el borboteo del agua que llenaba los depósitos de lastre, y nuestro sumergible se hundió bajo la superficie. Alcancé mi compartimiento y me acerqué dando traspiés, pues el barco cabeceaba mucho, al tablero de instrumentos. Frente a él estaba Walt Roberts, el pañolero. Me dirigió una mirada.
—¿Estás bien, Jake?
—Perfectamente. ¿Y tú?
—De primera. —Y luego añadió—: Ya estamos sumergidos.
—Sí —asentí—. Ahora estaremos bien, a menos que alguno de esos pájaros suelte cargas de profundidad.
—De acuerdo —dijo Walt—. Aunque quizás esta vez no las lleven.
—No es probable que las lleven —afirmé—. Debe ser una escuadrilla con base en tierra, que habrá salido de Bardia. Te apuesto a que entre todos no tienen una sola carga de... —No pude terminar la frase.


De pronto oímos un trueno sordo. El Grampus se zarandeó como si hubiese sido golpeado por un puño gigantesco. Luego se sacudió y saltó como un pez debatiéndose con el anzuelo. Resonó de nuevo la campana de alarma para detenerse de pronto cuando las luces se apagaron, después de un breve e intensísimo resplandor que nos deslumbró a todos. Un latido cálido, como si la electricidad se hubiese vuelto loca, se esparció por mi cuerpo, obligándome a contraerme dolorosamente. El Grampus se inclinó de costado, mis pies perdieron su sostén y caí de cabeza sobre la cubierta escorada, dándome un fuerte golpe contra el mamparo. Esto es todo cuanto recuerdo.

El árbitro aulló: "¡Tanto!" Yo me puse en pie de un salto, echando espumarajos de cólera, compartida por toda una gradería de sol abarrotada de conciudadanos míos.
—¡Cómprate unas gafas, pedazo de bruto! —le grité—. ¡Esa pelota ha pasado a un kilómetro fuera!
Levantando mi almohadilla, la tiré al campo. Una mano me sujetó por el hombro y un polizonte me miró con expresión malévola:
—¡Oiga usted! ¡Haga el favor de seguirme!
—¡Quíteme las manos de encima! —grité, y me debatí para desasirme.
Alguien, un amigo de entre la multitud, me gritó desde lejos:
—¡Jake! ¿Estás bien?
—¡Suélteme! —rezongué—. ¡Éste es un país libre! Suélteme, o de lo contrario...
La mano posada en mi hombro afirmó su presa. La voz se hizo más próxima y distinta:
—¡Jake! ¿Estás bien, Jake?
El campo de Ebbets se desvaneció; sus gradas de sol se convirtieron en el oscuro y húmedo interior del Grampus. Tanto la mano como la voz pertenecían a Walt Roberts.
—Jake...
—Estoy bien —dije—. Estoy bien, Walt. 
Estiré el cuello cautelosamente.
—Gracias, chico. Acabas de salvarme de diez dólares o diez días.
—¿Qué?
—Dejémoslo —dije—. ¿Dónde estamos?
—Sobre el fondo. Esta carga de profundidad nos ha averiado algo. No sé exactamente qué. Por suerte el agua aquí no es muy profunda.
—Tanto mejor —observé—. ¡Qué suerte!
Yo estaba muerto de miedo, pero no quería demostrárselo. Proseguí:
—Si fuésemos peces, no tendríamos que ir muy lejos. ¿Tenemos vías de agua?
—Creo que no.
—¿Entonces qué les pasa a las baterías? ¿Por qué no hay luz?
—Ojalá lo supiese —dijo Roberts.
—Vamos a ver qué ocurre —le invité.
Avanzamos a tientas por el submarino, tropezando con otros que hacían lo propio. Nos dominaba cierta tensión, pero no se apoderó de nosotros el pánico. Y no se piense que la disciplina se hubiese relajado porque se nos permitiese hacer lo que nos viniese en gana. Eso se debía a que el capitán tenía cerebro, además de galones. Comprendía lo que todos experimentábamos, y mientras no interfiriésemos lo que hacía el maquinista, nos permitió satisfacer nuestra curiosidad.
En la sala de máquinas se habían colocado lámparas de auxilio y vimos el cuerpo sudoroso del maquinista inclinado sobre los motores. El primer maquinista no estaba tan preocupado como desconcertado.
—Es la cosa más extraña que he visto en mi vida, señor —oímos que decía al capitán—. No es por los efectos del impacto ni un cortocircuito. Es como si toda la instalación eléctrica hubiese sido arrancada y retorcida.
—Eso es lo que yo experimenté —gruñó el capitán—. El submarino pareció debatirse y agitarse como una anguila.
—Sí, señor. Las barras ómnibus se han convertido en una masa sólida. Y las conexiones...
El primer maquinista movió la cabeza.
—¿Pero puede usted arreglarlo?
—Creo que sí, señor. Sí, creo que podremos arreglarlo.
—Muy bien. ¡Pues manos a la obra! —El capitán se volvió muy sereno hacia todos nosotros—. Ya han oído lo que dice el jefe de máquinas, muchachos. Ahora saben tanto como yo. Volvamos todos a nuestros puestos, y dejemos trabajar a estos hombres.
Esto es lo que hicimos, con lo que el incidente quedó terminado. Algún tiempo después, las luces volvieron a encenderse. Y después de otra larga y ansiosa espera, oímos el prudente zumbido de la Diesel, seguido por el ruido que producía el árbol de la hélice al girar. Luego la voz del capitán, como siempre precisa y tranquila, por los altavoces interiores:
—Atención todos. Avería reparada. ¡Sopla!
Era pleno día cuando, después de asegurarse de que no andaban barcos enemigos por los alrededores, el Grampus emergió. Por prudencia no hacíamos funcionar la radio, pero con la esperanza de avizorar un buque amigo, el capitán me ordenó que tomase las banderas de señales y subiese con él a la torreta.
La fresca brisa marina me pareció una bendición, lo mismo que el sol. Pero habíamos perdido los restantes barcos de nuestro convoy... si es que podía llamársele así. El horizonte estaba despejado en todo lo que la mirada podía abarcar. Nada se veía sobre las aguas.
Sí , algo se veía. El capitán lo descubrió antes de que cualquiera de nosotros enfocase sus gemelos sobre la bailoteante motita negra, y lanzó un pensativo gruñido.
—Es un hombre sobre una balsa, o un mástil. Tal vez es superviviente de un naufragio. Posiblemente, alguno de nuestros barcos no pudo escapar con la celeridad con que nosotros lo hicimos. —Suspiró—. Pongamos rumbo hacia allá y le recogeremos.
El segundo saludó y desapareció por la escotilla. Pocos minutos después nos encontramos a corta distancia del pecio.
Aquí empieza la parte fantástica de mi relato. ¿Imagina acaso el lector que aquel náufrago se entusiasmó al vernos, o que empezó a agitar los brazos y a gritar de alegría?
¡Nada de eso! Durante largo rato, ni siquiera pareció apercibirse de nuestra presencia. O si nos vio, se hizo el desentendido. Tampoco respondía a nuestras voces, a pesar de que estábamos a tan corta distancia que tenía que oírnos forzosamente.
—¿Si será sordo? —dijo el capitán en voz alta.
—Es posible, señor —dijo el segundo—. Pero tiene que vernos. Es raro que no pida socorro.
—¿Y si fuese sordomudo? —apuntó el capitán.
—Basta con que sea sordo, señor —indiqué.
En aquel instante el náufrago nos vio sin ningún género de duda. Abandonando su incómoda postura, pues estaba postrado de hinojos, se levantó, pero en lugar de agitar los brazos o los harapos que le cubrían en parte, el condenado estúpido lanzó un ronco grito de espanto, saltó de su balsa desvencijada y se alejó, braceando, de nosotros con toda la celeridad que le permitían sus flacos miembros.
El capitán lanzó un gruñido de asentimiento:
—¡Ah, ya lo comprendo! Es un enemigo. ¡Tanto mejor! ¡Súbanle a bordo, muchachos!
Esto fue lo que hicimos. Pero sólo lo conseguimos después de propinarle varios golpes que le hicieron perder el conocimiento. Dos marineros saltaron al agua para apoderarse de él. La operación de capturarlo fue peor que apoderarse de una barracuda. Él pateaba, mordía y arañaba, y por poco le saca un ojo a Bill Ovens. Esto enojó sobremanera a Bill, el cual, mientras su compañero luchaba a brazo partido con el náufrago, se escurrió a sus espaldas para aturdirle de un golpe detrás de la oreja.
Así fue como el Grampus embarcó a un pasajero.

Poco tiempo después, mientras le contaba a Walt la tremolina que había armado aquel hombre, el capitán me llamó:
—Lavine, preséntese a proa.
Le encontré esperándome ante el compartimiento donde habíamos encerrado a nuestro pasajero. Sacándose la pipa de la boca me dirigió una pensativa mirada.
—Usted es judío, ¿verdad, Lavine?
—Sí, señor.
—¿Sionista?
—No, señor —contesté—. Mis padres sí lo son, pero yo...
—No importa —me atajó—. ¡Escuche!
Y me indicó la puerta con un gesto. Detrás de ella oí la voz de nuestro pasajero que hablaba solo en una especie de monótono y agudo canturreo. Pesqué alguna que otra sílaba y las comprendí. Una palabra aquí y allá, una frase suelta...
—¡Cáspita! —exclamé—. ¡Esto es hebreo!
—Ya me lo parecía —dijo el capitán—. ¿Lo habla usted?
—Lo entiendo —repuse—. Es decir, casi todo. Yo hablo mejor el yiddish.
—¡Perfectamente! —gruñó el capitán—. Entre.
Me empujó al interior del compartimiento. Por primera vez pude ver bien a nuestro pasajero a la fuerza. Era un tipo extrañísimo. Flaco, cetrino y de aspecto avinagrado, con ojos grandes y ardientes que le ponían a uno la piel de gallina cuando le miraban. Pero no con miedo o disgusto, sino con una sensación que no podía definir. Digamos temor, quizá. Esto es el modo más aproximado que tengo de descubrir este sentimiento. Parecía como si quisiese indicar que, si uno no vigilaba bien sus pasos, algo espantoso le sucedería.
Sus cabellos, como sus ojos, eran negros como la endrina, y gastaba unas pobladas barbas que acentuaban la amarga delgadez de sus labios en lugar de ocultarla. Sus pómulos salientes estaban teñidos por un rubor de tísico, y las ventanas de su nariz eran palpitantes.
Me parecía haber visto alguna vez a aquel hombre, pero no podía recordar cómo, ni dónde, ni quién era.


Su quejumbroso canturreo cesó instantáneamente al vernos entrar, y se encogió temeroso pero retador. Me pareció igual que un animal caído en la trampa.
El capitán me ordenó:
—Háblele, Jake.
—Hola, amigo —le dije yo.
—En hebreo.
—¡Ah! —exclamé. Y probé de hacerlo. Me resultaba muy difícil, porque lo había olvidado mucho. De todos modos le dije—: ¡Saludos! Me llamo Levine, Jacob Levine. ¿Me entiendes?
¡Claro que me entendía! Sus ojos apagados se iluminaron, y de su boca salió un torrente de palabras.
—¿Qué dice? —preguntó el capitán.
—Demasiadas cosas a la vez y demasiado de prisa —me quejé, y añadí en hebreo—: Te ruego que hables más despacio.
Él puso el motor al ralentí, disminuyendo su marcha en varios cientos de miles de revoluciones por minuto, y cuando empezó a hablar con un ritmo más normal, principié a entender algo de lo que decía. Declaró ser un hombre humilde, y nosotros éramos los poderosos que le infundían temor. Él era un mísero mortal, demasiado despreciable para convertirse en el blanco de nuestra ira. Besando nuestros pies, suplicó que le pusiésemos en libertad. Si le soltábamos, entonaría nuestras alabanzas hasta el día de su muerte.
—Bueno, ¿y qué? —preguntó el capitán.
—Es muy amable y zalamero —observé—. Está medio muerto de miedo.
—¿Cómo se llama?
Le transmití esta pregunta, y por toda respuesta recibí un alud de polisílabos que hubieran hundido a un mercante. Era uno de aquellos antiguos árboles genealógicos, hijo de tal e hijo a su vez de cual, y así hasta el infinito. Cuando traté de traducírselo al capitán, éste se encogió de hombros.
—Dígale que le llamaremos Johnny para abreviar. ¿De dónde proviene? 
¿Iba en uno de los barcos que evacuaron Alejandría?
No, él iba en una nave mercante.
¿Habían hundido a su barco en el ataque de anoche?
¿Ataque? Él no había visto ataque alguno, ni anoche ni en cualquiera de las noches anteriores. Él era un hombre humilde, indigno de recibir nuestras atenciones. Sólo deseaba que le dejásemos en libertad.
Entonces, ¿de dónde venía? ¿Cuál era su barco y de dónde había zarpado? ¿Adónde se dirigía?
Pasé su respuesta al capitán.
—Su barco era el Rey Guerrero, de Tarsis, que se dirigía a Joppa con un cargamento de sal, vino y lienzos.
—¿Joppa? —dijo el capitán, frunciendo el ceño—. Esto debe de significar Jaffa, cerca de Jerusalén. ¿Pero ha dicho Tarsis? Tal vez quiera decir Tarso, una población de Turquía. Aunque no es puerto de mar. Bueno, eso no importa. ¿Cuánto tiempo llevaba a la deriva en esa balsa?
—Tres días —me comunicó nuestro pasajero.
—Eso quiere decir que no hundieron su barco anoche. ¿Funciona la radio, Chispas?
—Si quiere que le sea franco, señor, no lo sé. Ha sucedido todo tan de improviso y aún estamos bajo la consigna de silencio.
—Sí, claro. Bueno, hágala funcionar y establezca contacto con Larnaca para que nos comuniquen datos acerca del... ¿cómo ha dicho...? Rey Guerrero. Si en el registro aparece como aliado o neutral, podemos considerar inofensivo a este vejestorio.
—Sí, señor —respondí—. Inmediatamente, señor.
—¡Ah!, antes de irse, diga a su amigo que no corre peligro alguno y que no nos lo comeremos.
Y el capitán soltó una risita.
Yo le traduje el mensaje. El resultado de él fue... asombroso, por no decir otra cosa. El barbudo personaje emitió un leve balido de gratitud, luego se enderezó y se arrojó acto seguido a los pies del capitán, para empezar a hacerle reverencias y genuflexiones como si adorase a la estatua de un dios.
El capitán se apartó, sorprendido.
—¡Vamos, hombre! No hace falta que hagas esas cosas... ¡Cuidado! ¿Qué es eso? ¡Maldita sea!
Miró con enojo su mano derecha, que sangraba por una extensa herida de feo aspecto. Al apartarse de Johnny, había golpeado inadvertidamente con ella un perno y se la abrió desde el índice a la muñeca. Inmediatamente aplicó un pañuelo a la herida, maldiciendo como un energúmeno.
—Enciérrelo de nuevo, Chispas. Tengo que ir a que me vea el médico. ¡Cumpla mis órdenes! 
Y con estas palabras se marchó. Yo apostrofé a Johnny con displicencia:
—¿Has visto lo que has hecho? ¡Ha sido por tu culpa!
Yo esperaba una catarata de disculpas negativas, pero me equivoqué. Johnny se limitó a permanecer inmóvil, con labios descoloridos y una mirada vaga y asustada en sus ojos. Luego susurró tristemente:
—Sí... lo sé, lo sé...
Fui entonces a la emisora y calenté los tubos. A continuación, lleno de confianza, porque tras un rápido examen me cercioré de que todo estaba en orden, hice girar los nonios para ver lo que captaba en las diferentes longitudes de onda.
Silencio absoluto.
Tomé unas herramientas y me puse a buscar la avería. Descubrí una conexión suelta y un condensador que no parecía estar bien. Lo reparé y probé de nuevo.
Silencio absoluto.
Probé el emisor. Éste parecía funcionar. Hice diversas pruebas satisfactoriamente. Viendo que así no conseguía nada, saqué los planos y repasé toda la instalación desde la antena a la tierra, realizando todos los pequeños ajustes que me parecieron necesarios. Y probé de nuevo.
Por todo resultado conseguí silencio. Decidí ir a contárselo al capitán.
—No lo entiendo, señor. Si no oyese absolutamente nada, eso indicaría que la instalación está averiada. Pero capto estática, lo cual indica que el receptor funciona. Sin embargo, no puedo captar ninguna frecuencia, ninguna emisión, de onda larga u onda corta.
El capitán se mostró muy benévolo:
—No se preocupe usted, Chispas —me dijo—. Probablemente es algo muy desusado, que tiene relación con nuestra caída al fondo. Siga usted trabajando en el receptor.
—Pero es que no puedo comunicar con Larnaca, señor.
—No importa. Estaremos allí por la mañana y a nuestra llegada nos informaremos. A propósito, esta noche cenará usted conmigo.
Yo tragué saliva:
—¿Yo, señor?
—Sí, usted. Tengo a Johnny de invitado, y le necesito a usted como intérprete. ¿Acepta?
—¡Desde luego, señor!
—Ahora viene Johnny. He dicho al segundo que vaya a buscarle. Nosotros... buen Dios, ¿qué es esto?
"Esto" eran una serie de golpes sordos que se oían fuera y que fueron seguidos por un agudo grito de agonía y luego gemidos. Ambos salimos como una exhalación. El segundo, tendido al pie de la escalera de la cámara, profería sones plañideros, con la pierna izquierda extrañamente doblada bajo su cuerpo. Johnny, de pie, sobre él, se retorcía las manos y se colmaba de frenéticos y gemebundos reproches.
—¡Ha sido culpa mía! ¡Yo lo he hecho... yo, yo!
—¡Langdon! —gritó el capitán—. ¿Qué ha sucedido?
Entre sus dientes apretados a causa del dolor salió la respuesta:
—No... no lo sé, señor. Debo de haber resbalado en el último peldaño. Es la pierna, señor.
—¿Le empujó ese hombre? —exclamé encolerizado.
—No, nada de eso. Ocurrió por accidente.
Pero los compungidos lamentos de Johnny no cesaban.
—Ha sido culpa mía —repetía una y otra ver—. Lo he hecho yo. Yo, yo... 
A partir de aquí, soy incapaz de explicar lo que sucedió hasta el fin. Lo único que puedo hacer es referirlo, y dejar que cada cual saque sus propias
conclusiones. Sé que es extraño, disparatado, imposible. Espero...
Arribamos a Chipre por la mañana. Y subrayo que fue por la mañana. El capitán había dicho que llegaríamos a Larnaca por la mañana, pero no fue así. Arribamos al lugar donde debiera haber estado Larnaca. ¡Pero no estaba!
¿Que esto no tiene pies ni cabeza? Así es; pero para nosotros tampoco tenía pies ni cabeza. Era una hermosa mañana, soleada y radiante. Cuando penetramos en el puerto circular que debiera haber estado atestado de barcos con refugiados y lleno del bullicio y vistosidad de una base naval británica, nos quedamos mirando con incredulidad la estrecha playa tras la que se alzaban unas míseras chozas de pescadores.
Éramos cuatro en la torreta, el capitán, el tercer oficial, Johnny y yo. Cuando contemplamos aquella amplia y desolada ensenada, el tercer oficial, estupefacto, exclamó:
—¡Pero... esto es imposible! ¡Estoy seguro de no haberme equivocado, señor!


El capitán tomó el sextante de manos del oficial. Con gran cuidado tomó la altura del sol. Luego guardó silencio durante largo rato, mordiéndose los labios y con sus ojos grises fijos en la distancia. Por último dijo:
—Oiga, señor Graves.
—A la orden, señor.
—Haga usted el favor de cambiar de rumbo. Nos dirigiremos al continente.
—Sí, señor. A la orden, señor.
El oficial desapareció por la escotilla, con muestras de alivio evidente al ver que se libraba de una bronca. Yo pregunté con vacilación:
—¿Estamos muy lejos de Larnaca, señor?
El capitán respondió con una extraña voz ahogada:
—No lo sé, Chispas. Posiblemente me lo puedas decir tú. ¿Qué es más lejos: Un millón de millas, o un millón de años?
—Me parece que no le comprendo, señor.
—No —dijo lentamente—. Yo tampoco me comprendo demasiado bien.
—Pero ha ordenado usted que nos dirigiésemos al continente, ¿no es eso?
—Sí. Desembarcaremos a nuestro pasajero en su tierra. Por lo menos haremos eso.
—¿Cuánto tiempo tardaremos, señor? ¿Un par de horas?
—Ojalá fuesen un par de horas —dijo ceñudo el capitán—, pero me temo que tardaremos más. ¿Cuándo recogimos a Johnny?
—Ayer por la mañana, señor.
—Exactamente —suspiró el capitán—. Eso significa que tardaremos dos días en llegar al continente.
A decir verdad, empecé a pensar que al capitán se le había aflojado un tornillo. El Líbano no se halla a más de cinco horas de la isla de Chipre. ¡Pero el capitán tenía razón! Tardamos dos largos y agotadores días en llegar a una costa adonde debiéramos haber arribado fácilmente antes del anochecer.
Primero empezaron a fallar los motores. Luego, cuando el primer maquinista consiguió hacerlos funcionar nuevamente, la instalación eléctrica se averió. Los generadores empezaron a chisporrotear y a crujir como triquitraques, sin motivo alguno aparente. Cuando conseguimos repararlos, uno de los mamparos empezó a rezumar unas sospechosas gotas, y tuvimos que poner remiendos antes de que la vía de agua se hiciese mayor.
Éstas fueron las dificultades mayores, pero tuvimos otros muchos contratiempos que prefiero pasar por alto. Sólo diré que mientras trabajaba en los motores averiados, un maquinista perdió medio dedo. Un engrasador cayó enfermo con fiebre. ¡Con malaria, contraída navegando por un mar interior! Después de esto, la comida que nos preparó Auld Rory debía proceder de latas de conservas en malas condiciones, porque a la segunda mañana la mitad de la tripulación se puso verde y tuvo que subir a cubierta para dar de comer a los peces.
¡Oh, fue un viaje delicioso! La mala suerte parecía haberse asentado en el Grampus por todo lo alto.
Sin embargo, mi suerte particular se mantuvo buena, a no ser por el hecho de que nuestro pasajero, que había vencido ya su miedo inicial, se convirtió en una ametralladora de preguntas. De la mañana a la noche me ensordecía con su interrogatorio:
—¿Qué es esta nave que nos transporta —quería saber él—. Esta nave maravillosa que navega a voluntad por encima o por debajo de las aguas?
—Es un submarino —le respondía yo.
—¿Un submarino? ¿Y qué es un submarino?
—Un barco como el Grampus —le dije—. El Grampus es un submarino. Ahora vete a sentarte en un rincón y ponte a canturrear arrullos, abuelo.
—¡Señor, qué maravilla! ¡De modo que el Grampus es un submarino! ¿Pero qué es un grampus?
Yo también sabía la respuesta a esta pregunta, pues consulté la palabreja en una enciclopedia cuando me destinaron al barco.
—En inglés se llama grampui a la orea, una especie de delfín, o cetáceo inteligente y feroz, muy agresivo. No es un mal nombre para este cascarón, abuelo. Hemos atacado ya a bastantes barcos, y hundiremos muchos más, así que nos reparen para seguir luchando contra los nazis.
Solemnemente, él me preguntó:
—¿Hacéis la guerra contra los impíos?
—Puedes estar convencido de ello —le dije con semblante hosco—. Ellos creen que ya no nos levantaremos, pero la lucha apenas empieza. Nuestro día se aproxima... y no tardará mucho.
Entonces él quiso saber con qué luchábamos, y yo tuve ocasión de enseñárselo, porque aquel interrogatorio tuvo lugar durante unas prácticas de tiro, pues el capitán pensó que era mejor que los artilleros disparasen unas cuantas salvas mientras navegábamos por superficie, para adiestramiento. Con su permiso, llamé al viejo Johnny a la torreta para que presenciase los ejercicios de tiro.
Boquiabierto, él contempló cómo los artilleros desenfundaban el cañón y lo cargaban. Y cuando disparó, vomitando una llamarada con un horrísono estampido, casi se volvió loco. Se abalanzó a la borda y, si yo no le hubiese sujetado por sus andrajos, se hubiera tirado de cabeza al agua, pero esta vez sin balsa.
Sin embargo, con esto su curiosidad se dio por satisfecha y se alegró de que lo devolviesen a su aposento, para quedarse en él. Esto me permitió seguir trabajando en mi receptor, que de manera incomprensible había enmudecido.
Revisaba por enésima vez los circuitos, cuando acertó a pasar por allí el capitán, el cual se puso a observarme en silencio, hasta que terminó por decirme:
—No hay suerte, ¿eh, Chispas?
—Mi capitán —le dije lisa y llanamente—, se ha terminado la suerte a bordo de este barco. Nos ha abandonado por completo.
—Lo comprendo, Jake —asintió él—. Parece como si estuviésemos hechizados o como bajo los efectos de un maleficio, ¿no es eso?
—En efecto, señor. Yo no soy supersticioso, pero...
—Ni yo tampoco —dijo el capitán—, pero sí soy curioso y me pregunto si... Jake, usted ha estudiado transmisión eléctrica. Hábleme de ella, por favor. ¿Qué es la electricidad?
Denegué con la cabeza.
—Lo siento, señor. Nadie puede responder a eso, porque nadie lo sabe.
—Hablemos de electrónica —musitó el capitán—. En la teoría de la electrónica creo que se menciona la posibilidad de que los electrones pueden existir simultáneamente en dos lugares distintos.
Midiendo mis palabras, repuse:
—Efectivamente, creo recordar algo a ese respecto. Creo que fue Niels Bohr quien se ocupó de ello. Un electrón moviéndose de un ciclo a otro sin ni siquiera haber pasado por el espacio intermedio. Pero jamás conseguí entenderlo, y además nunca lo intenté. No soy un científico; me limito a trabajar con el equipo que inventan los cerebros privilegiados. —Le miré de hito en hito—. ¿Por qué me lo pregunta, señor? Será acaso...
—Es simple curiosidad —repitió el capitán—. De todos modos, quizás halle usted la respuesta. Aunque eso no importa. Tampoco podemos remediarlo. Limitémonos a esperar y a ver lo que encontraremos cuando lleguemos a tierra.
—Le aseguro que no lo entiendo, señor. ¿Qué espera usted encontrar?
Pero él no me respondió. Se limitó a quedarse en la puerta dando chupadas a su pipa apagada, mirando a través de mí hacia una remota lejanía.
A la mañana del quinto día después de nuestra partida de Alejandría, divisamos tierra firme. Era una mañana descolorida y fea, con un cielo muy cargado de negras nubes de tormenta que amenazaban reventar de un momento a otro. El capitán, Johnny y yo estábamos en la torreta, escuchando el ronco y lejano bramido de los truenos. Dos marineros esperaban a que el capitán diese las órdenes tan esperadas.
—Bien —dijo el capitán—, hemos llegado. Dentro de pocos minutos estaremos tan cerca de tierra como permita la prudencia. Entonces le desembarcaremos, Jake.
Yo observé:
—Creía que el tercer oficial había puesto rumbo a Beirut, señor.
—Sí.
—En esa población hay puerto. No será necesario que permanezcamos al pairo frente a la costa, ¿no cree usted, señor?
—¿De veras? —El capitán me dirigió una leve sonrisa—. Ojalá, Chispas. Ojalá fuese así, pero, ya ve como no hay nada de eso.
Y cuando la negra cerrazón se alzó, indicó con un conciso ademán la próxima costa, que entonces se empezaba a ver claramente.
Parecía como si hubiésemos vuelto a Larnaca. En Beirut no había base naval, pero yo sabía que era una moderna urbe del Próximo Oriente, colmada en aquellos días de gran actividad debido a la guerra. Y la soñolienta aldea que yo contemplaba era cualquier cosa menos moderna. Ninguna de las construcciones que se alzaban junto a la orilla tenía más de un piso, las pocas embarcaciones que se abrigaban en su ensenada eran barquichuelos de madera de poco calado, con una sola vela cuando llevaban alguna.
—Capitán —exclamé—, ya sé lo que anda mal. Sólo hay una explicación posible. Su sextante se ha estropeado, eso es todo.
—No —repuso el capitán—, existe otra explicación. ¿Es que no lo ve, Jake? —Luego, encogiéndose de hombros al ver que yo le miraba atónito, añadió—: ¡Bueno! No perdamos tiempo. Haga el favor de despedirse de Johnny de mi parte.


Me volví hacia el viejo espantapájaros, que estaba contemplando cómo se aproximaba la costa con una creciente excitación en su semblante. Toqué su hombro huesudo y él dio un respingo.
—Bueno, Johnny, ya hemos llegado. Vamos a desembarcarte.
—Así sea. Vosotros mandáis, ¡oh poderosos! —asintió él.
—¿Algo más, señor? —pregunté al capitán.
—Nada más, Jake. Lo que haya de ser, será.
Me volví a Johnny.
—Me parece que esto es todo —le dije—. Pero antes de que te vayas, quiero decirte unas palabras a solas. El capitán está seguro de que no estás en tus cabales, o de lo contrario no te soltaría con tanta facilidad. En cuanto a mí, no lo sé. Además, tampoco sabemos si provienes de un barco amigo o enemigo. Y durante tres días te has paseado por todo el Grampus, viendo mucho más de lo que de ordinario se permite ver a los civiles.
—Yo soy vuestro indigno y miserable servidor —dijo Johnny, volviendo a su manía de hablar con frases retóricas y grandilocuentes—, indigno por completo de las maravillas que me habéis mostrado.
—Sí, lo sé. Y estarás aviado si te vas de la lengua y cuentas lo que has visto. ¿Entendidos? Conocemos tu identidad, y si resultase que estuvieses de parte de ellos, vendríamos a buscarte, tenlo por seguro. ¿Está claro?
Los extraños ojos de Johny brillaron con una mirada de fanatismo.
—Escucho y obedezco —dijo con voz firme—. Así sea; empuñaré la espada para luchar contra las fuerzas del mal a vuestro lado.
—Así me gusta —le dije—. De modo que... adiós, y buena suerte.
Le tendí la mano, pero el idiota de él no me la estrechó. En lugar de eso, se inclinó y me la besó. Yo le aparté de mí, embarazado, dirigiendo una rápida mirada al capitán. Pero éste se limitó a suspirar y a asentir, como si esto fuese lo que ya esperaba. Luego se dirigió a los dos marineros, que se reían bobamente.
—Vamos, muchachos.
Ellos colocaron a Johnny en el bote neumático en el que iría a tierra, y lo empujaron para apartarlo del submarino. La mar estaba bastante agitada. El capitán ordenó que echasen aceite a las olas.
Los marineros abrieron una lata y consiguieron amansar una extensión líquida en torno al Grampus y el botecito de caucho. Johnny se alejaba lentamente y todos le veíamos irse indiferentes y extrañados, hasta que el capitán dijo de pronto:
—Está lloviendo, muchachos. Será mejor que bajemos.
Los gruesos y aislados goterones no tardaron en convertirse en un verdadero diluvio mientras nosotros corríamos hacia la torreta. Al cerrarse, la escotilla amortiguó el ronco bramido del trueno. El capitán frunció el ceño.
—¡Espero que ese pobre diablo consiga alcanzar la costa antes de que esté calado hasta los huesos!
Dirigiéndose al periscopio, lo hizo girar para localizar a Johnny.
—¿Le ve usted, señor? —pregunté—. ¿Ha conseguido...?
—Sí, lo ha conseguido. Ahora está desembarcando. Veo gente... ¡Dios mío!
El capitán lanzó un grito, se tapó los ojos con las manos y se apartó del periscopio dando traspiés. Yo exclamé:
—¿Qué le ocurre, señor? ¿Qué...?
La voz se me heló en la garganta cuando extendía la mano hacia él. El Grampus zumbaba. ¡Sí, zumbaba! con una espantosa cacofonía distinta a todo cuanto había oído jamás. Un espeluznante temblor recorrió mis venas, y un negro vértigo se apoderó de mí. No podía respirar ni moverme. Me parecía subir... caer... girar... descender a profundidades insondables, pasando de una ardiente negrura a un vociferante vacío.
Tan repentinamente como había comenzado, aquello cesó. Y la voz del capitán resonó en mis oídos.
—¡Dios mío! ¿Está usted bien, Chispas?
—Sí, señor —tartamudeé—. Creo que sí. ¿Qué ha sido eso? ¿Qué ha sucedido?
—Un rayo. Ha caído un rayo a proa. Por un momento creí quedarme ciego. ¡Mire!
Me indicó con un gesto el ocular del periscopio. Yo miré... para apartarme al punto. A nuestro alrededor, el mar estaba en llamas, pues el rayo había hecho arder el petróleo. Pensé inmediatamente en Johhny, y dije:
—¡Pobrecillo Johhny! Debe de creer que nos hemos asado.
—O que hemos desaparecido en un mar de fuego —objetó el capitán. Yo le miré, boquiabierto.
—Vuelva a mirar, Jake. Más allá del fuego. En la costa.
Hice lo que me ordenaba. Las llamas habían desaparecido, así como las nubes de tormenta, y el cielo era transparente y azul. Hacia nosotros se dirigía una lancha de patrulla, con un hueso de espuma entre sus dientes y la Unión Jack ondeando a popa. Blancos y modernos edificios bordeaban el puerto lleno de vida, con muelles y malecones, rutilante entrada de una moderna ciudad marítima agitada y llena de vida. ¡Y esta ciudad era Beirut!
Estupefacto, observé.
—Pero... no lo comprendo, señor. ¿Cómo hemos llegado aquí?
El capitán respondió calmosamente:
—Cuando llegue la patrulla, Jake, le diré que hemos tenido averías y que nos hemos apartado de nuestro rumbo. No me atrevo a revelarles la verdad. No la comprenderían. Como tampoco la puede comprender usted... o yo.
—¿Comprender qué, señor?
—Dónde hemos estado —respondió el capitán— y cuándo. Tal vez exista una explicación clara y lógica. Posiblemente tenía usted razón al atribuirlo a un fallo del sextante; tomamos mal la posición cuando nos hallábamos a la altura de Chipre. Y quizá todos permanecimos insensibles durante algún tiempo después que el rayo alcanzó el barco. No lo sé. Quizás hemos estado más de una hora frente a este puerto.
—Pero, ¿y la aldea que vimos?
—La vimos confusamente, a través de un desgarrón de la niebla. Existen espejismos.
—Usted no cree de veras en lo que dice, señor —observé yo—. Se limita a buscar una explicación racional.
Él buscó la pipa y la bolsa del tabaco, tratando de calmar sus nervios temblorosos con gestos viejos y familiares.
—Sí, Chispas; eso es lo que hago. Lo que de veras creo va contra toda lógica.
—¿Y qué es lo que cree, señor?
—Vamos a suponer por un momento que la electricidad tenga alguna relación con el tiempo. ¿Qué ocurriría entonces?
—¿Con el tiempo, señor?
—Con el presente y el pasado —musitó el capitán— y con el futuro. Imaginemos a los días y a las horas saltando como electrones de un lugar a otro, sin haber recorrido el espacio intermedio. Una bomba estuvo a punto de alcanzar al Grampus y todo resultó extrañamente cambiado. Un rayo nos alcanzó y hemos vuelto a nuestra época.
—¿Quiere decir que hemos estado en el...?
—En el pasado, sí.
El capitán había conseguido encender la pipa, y al aspirar las primeras y aromáticas bocanadas una expresión beatífica apareció en su semblante y me sonrió.
—Dicho así no tiene pies ni cabeza, Jake. Si yo fuese mejor cristiano de lo que soy y usted mejor judío, tal vez lo hubiéramos comprendido antes. ¡Reflexione, hombre! ¿No le recordaba a nadie nuestro pasajero?
—Siempre me produjo esa impresión —tuve que admitir—. Desde el primer momento en que le vi. Pero no me parece... ¡Espere! Ahora lo recuerdo. Un viejo rabino que conocí siendo yo niño. Un anciano de ojos llameantes, como un antiguo profeta.
—Su aparato de radio funcionaba, pero no captaba nada. ¿Y si no hubiese nada que captar?
—Mi capitán, yo...
—Hubo un hombre —dijo lentamente el capitán—, que emprendió viaje de Joppa a Tarsis para no tener que servir al Señor. Pero allí donde se dirigiese, el castigo le perseguía. Y los que navegaban con él le atacaron, se apoderaron de él y lo dejaron a la deriva en la mar.
Se me erizaron los pelos del cogote y mi alma se heló de espanto. Recordaba los antiquísimos relatos. Las viejas historias contadas a la luz de una vela, y la líquida cadencia de la voz del cantor.
El capitán dijo:
—Tres días, Jake. Estuvo tres días a bordo del Grampus; y usted le dijo lo que significaba este nombre.
—¿Cómo se llamaba? —susurré.
—Nosotros le llamábamos Johnny —suspiró el capitán—. Es el equivalente inglés más próximo a la primera parte de un larguísimo patronímico o nombre gentilicio. Pero su verdadero nombre, Chispas, era...

Yo os digo, precaveos y arrepentíos, e implorad Su merced antes de que sea demasiado tarde; esto os digo para precaveros.
Pues yo he vivido entre Ellos; mis ojos se han llenado de temor al contemplar Su poder y Su ira justiciera.
Esto es lo que he visto, yo,
¡Jonás de Gath-hephur, profeta del Señor!


FIN