2026/06/08

Sufragio universal (Isaac Asimov)


Título original: Franchise
Año: 1955


Linda, que tenía diez años, era el único miembro de la familia que parecía disfrutar al levantarse.
Norman Muller podía oírla ahora a través de su propio coma drogado y malsano. Finalmente había logrado dormirse una hora antes, pero con un sueño más semejante al agotamiento que al verdadero sueño.
La pequeña estaba ahora al lado de su cama, sacudiéndole.
—¡Papaíto! ¡Papaíto, despierta! ¡Despierta!
—Está bien, Linda —dijo.
—¡Pero papaíto, hay más policías por ahí que nunca! ¡Con coches y todo!
Norman Muller cedió. Se incorporó con la vista nublada, ayudándose con los codos. Nacía el día. Fuera, el amanecer se abría paso desganadamente, como germen de un miserable día gris, tan miserablemente gris como él se sentía. Oyó la voz de Sarah, su mujer, que se ajetreaba en la cocina preparando el desayuno. Su suegro, Matthew, carraspeaba con estrépito en el cuarto de baño. Sin duda, el agente Handley estaba listo y esperándole.
Había llegado el día.
¡El día de las elecciones!
Para empezar, había sido un año igual a cualquier otro. Acaso un poco peor, puesto que se trataba de un año presidencial, pero no peor en definitiva que otros años presidenciales.
Los políticos hablaban del electorado y del vasto cerebro electrónico que tenían a su servicio. La prensa analizaba la situación mediante ordenadores industriales (el New York Times y el Post-Dispatch de San Luis poseían cada uno el suyo propio) y aparecían repletos de pequeños indicios sobre lo que iban a ser los días venideros. Comentadores y articulistas ponían de relieve la situación crucial, en feliz contradicción mutua.
La primera sospecha de que las cosas no ocurrirían como en años anteriores se puso de manifiesto cuando Sarah Muller dijo a su marido en la noche del 4 de octubre (un mes antes del día de las elecciones):
—Cantwell Johnson afirma que Indiana será decisivo este año. Y ya es el cuarto en decirlo. Piénsalo, esta vez se trata de nuestro estado.
Matthew Hortenweiler asomó su mofletudo rostro por detrás del periódico que estaba leyendo, posó una dura mirada en su hija y gruñó:
—A esos tipos les pagan por decir mentiras. No les escuches.
—Pero ya son cuatro, padre —insistió Sarah con mansedumbre—. Y todos dicen que Indiana.
—Indiana es un estado clave, Matthew —apoyó Norman, tan mansamente como su mujer—, a causa del Acta Hawkins-Smith y todo ese embrollo de Indianápolis. Es...
El  arrugado  rostro  de  Matthew  se  contrajo de manera  alarmante.
Carraspeó:
—Nadie habla de Bloomington o del condado de Monroe, ¿no es eso?
—Pues... —empezó Norman.
Linda, cuya carita de puntiaguda barbilla había estado girando de uno a otro interlocutor, le interrumpió vivamente:
—¿Vas a votar este año, papi?
Norman sonrió con afabilidad y respondió:
—No creo, cariño.
Mas ello acontecía en la creciente excitación del mes de octubre de un año de elecciones presidenciales, y Sarah había llevado una vida tranquila, animada por sueños respecto a sus familiares. Dijo con anhelante vehemencia:
—¿No sería magnífico?
—¿Que yo votase?
Norman Muller lucía un pequeño bigote rubio, que le había prestado un aire elegante a los juveniles ojos de Sarah, pero que, al ir encaneciendo poco a poco, había derivado en una simple falta de distinción. Su frente estaba surcada por líneas profundas, nacidas de la inseguridad, y en general su alma de empleado nunca se había sentido seducida por el pensamiento de haber nacido grande o de alcanzar la grandeza en ninguna circunstancia. Tenía mujer, un trabajo y una hija. Y excepto en momentos extraordinarios de júbilo o depresión, se inclinaba a considerar su situación como un inadecuado pacto concertado con la vida.
Así pues, se sentía un tanto embarazado y bastante intranquilo ante la dirección que tomaban los pensamientos de su mujer.
—Realmente, querida —dijo—, hay doscientos millones de seres en el país, y en lances como este creo que no deberíamos desperdiciar nuestro tiempo haciendo cábalas sobre el particular.
—Mira, Norman —respondió su mujer—, no son doscientos millones, lo sabes muy bien. En primer lugar, sólo son elegibles los varones entre los veinte y los sesenta años, por lo cual la probabilidad se reduce a uno por cincuenta millones. Por otra parte, si realmente es Indiana...
—Entonces será poco más o menos de uno por millón y cuarto. No apostarías a un caballo de carreras contra esa ventaja, ¿no es así? Anda, vamos a cenar.
Matthew murmuró tras su periódico:
—¡Malditas estupideces!
Linda volvió a preguntar:
—¿Vas a votar este año, papi?
Norman meneó la cabeza y todos se dirigieron al comedor.
Hacia el 20 de octubre, la excitación de Sarah había aumentado considerablemente. A la hora del café anunció que la señora Schultz, que tenía un primo secretario de un miembro de la asamblea, le había contado que "todo el papel" estaba por Indiana.
—Dijo que el presidente Villers pronunciaría incluso un discurso en Indianápolis.
Norman Muller, que había soportado un día de mucho trajín en el almacén, descartó las palabras de su mujer con un fruncimiento de cejas.
—Si Villers pronuncia un discurso en Indiana —dijo Matthew Hortenweiler, crónicamente insatisfecho de Washington—, eso significa que piensa que Multivac conquistará Arizona. El cabeza de bellota ese no tendría redaños para ir más allá.
Sarah, que ignoraba a su padre siempre que le resultaba decentemente posible, se lamentó:
—No sé por qué no anuncian el estado tan pronto como pueden, y luego el condado, etcétera. De esa manera, la gente que fuese quedando eliminada descansaría tranquila.
—Si hicieran algo por el estilo —opinó Norman—, los políticos seguirían como buitres los anuncios. Y cuando la cosa se redujera a un municipio, habría un congresista o dos en cada esquina.
Matthew entornó los ojos y se frotó con rabia su cabello ralo y gris.
—Son buitres de todos modos. Escuchen...
—Vamos, padre... —murmuró Sarah.
La voz de Matthew se alzó sin tropiezos sobre su protesta:
—Miren, yo andaba por allí cuando entronizaron a Multivac. Él terminaría con los partidismos políticos, dijeron. No más dinero electoral despilfarrado en las campañas. No habría otro don nadie introducido a presión y a bombo y platillo de publicidad en el Congreso o la Casa Blanca. ¿Y qué sucede? Pues que hay más campaña que nunca, sólo que ahora la hacen en secreto. Envían tipos a Indiana a causa del Acta Hawkins-Smith y otros a California para el caso de que la situación de Joe Hammer se convierta en crucial. Lo que yo digo es que se han de eliminar todas esas insensateces. ¡Hay que volver al bueno y viejo...!


Linda preguntó de súbito:
—¿No quieres que papi vote este año, abuelito? 
Matthew miró a la chiquilla.
—No lo entenderías. —Se volvió a Norman y Sarah—. En un tiempo, yo voté también. Me dirigía sin rodeos a la urna, depositaba mi papeleta y votaba. Nada más que eso. Me limitaba a decirme: Ese tipo es mi hombre y voto por él. Así debería ser.
Linda dijo, llena de excitación:
—¿Votaste, abuelo? ¿Lo hiciste de verdad?
Sarah se inclinó hacia ella con presteza, tratando de paliar lo que muy bien podía convertirse en una historia incongruente, trascendiendo al vecindario.
—No es eso, Linda. El abuelito no quiso decir realmente votar. Todo el mundo hacía esa especie de votación cuando tu abuelo era niño, y también él, pero no se trataba realmente de votar.
Matthew rugió:
—No sucedió cuando era niño. Tenía ya veintidós años y voté por Langley. Fue una auténtica votación. Quizá mi voto no contase mucho, pero era tan bueno como el de cualquiera. Como el de cualquiera —recalcó—. Y sin ningún Multivac para...
Norman intervino entonces:
—Está bien, Linda, ya es hora de acostarte. Y deja de hacer preguntas sobre las votaciones. Cuando seas mayorcita, lo comprenderás todo.
La besó con antiséptica amabilidad y ella se puso en marcha, renuente, bajo la tutela materna, con la promesa de ver el visor desde la cama hasta las nueve y cuarto, si se prestaba primero al ritual del baño.
—Abuelito —dijo Linda.
Y se quedó ante él con la mandíbula caída y las manos a la espalda, hasta que el periódico del viejo se apartó y asomaron las espesas cejas y unos ojos anidados entre finas arrugas. Era el viernes 31 de octubre.
Linda se aproximó y posó ambos antebrazos sobre una de las rodillas del viejo, de manera que este tuvo que dejar a un lado el periódico.
—Abuelito —volvió a la carga la pequeña—, ¿de verdad que votaste alguna vez?
—Ya me oíste decir que sí, ¿no es cierto? ¿No irás a creer que digo mentiras?
—Nooo... Pero mamá dice que todo el mundo votaba entonces.
—Pues claro que lo hacían.
—¿Cómo podían hacerlo? ¿Cómo podía votar todo el mundo?
Matthew miró gravemente a su nieta y luego la alzó, sentándola sobre sus rodillas. Por último, moderando el tono de su voz, dijo:
—Mira, Linda, hasta hace unos cuarenta años, todo el mundo votaba. Pongamos que deseábamos decidir quién había de ser el nuevo presidente de los Estados Unidos. Demócratas y republicanos nombraban a su respectivo candidato, y cada uno decía cuál de los dos quería. Una vez pasado el día de las elecciones, se hacía el recuento de votos de las personas que deseaban al candidato demócrata y las que deseaban al republicano. Y el que había recibido más votos se llevaba la palma. ¿Lo ves?
Linda asintió.
—¿Cómo sabía la gente por quién votar? —preguntó—. ¿Se lo decía Multivac?
Las cejas de Matthew se fruncieron, y adoptó un aspecto severo.
—Se basaban tan sólo en su propio criterio, pequeña.
La niña se apartó un tanto del viejo y este volvió a bajar la voz:
—No estoy enojado contigo, Linda. Pero mira, a veces llevaba toda la noche contar..., sí, hacer el recuento de lo que opinaban unos y otros, a quién habían votado. Todo el mundo se impacientaba. Por ello se inventaron máquinas especiales, capaces de comparar los primeros votos con los de los mismos lugares en años anteriores. De esta manera, la máquina preveía cómo se presentaba la votación en su conjunto y quién sería elegido. ¿Lo entiendes?
—Como Multivac —asintió ella.
—Los primeros ordenadores eran mucho más pequeños que Multivac. Pero las máquinas fueron aumentando de tamaño y, al mismo tiempo, iban siendo capaces de indicar cómo iría la elección a partir de menos y menos votos. Por fin, construyeron Multivac, que puede preverlo a partir de un solo votante.
Linda sonrió al llegar a la parte familiar de la historia y exclamó:
—¡Qué bonito!
Matthew frunció de nuevo el entrecejo.
—No, no tiene nada de bonito. No quiero que una máquina decida lo que yo hubiera votado sólo porque un chunguista de Milwaukee dice que está en contra de que se suban las tarifas. A mí tal vez me hubiese dado por votar a ciegas sólo por gusto. O acaso me hubiese negado a votar en absoluto. Y tal vez...
Pero Linda se había escurrido de sus rodillas y se batía en retirada.
En la puerta tropezó con su madre, quien llevaba aún puesto el abrigo. Ni siquiera había tenido tiempo de quitarse el sombrero.
—Apártate un poco, Linda —ordenó, jadeante aún—. No me cierres el paso.
Al ver a Matthew, dijo, mientras se quitaba el sombrero y se alisaba el pelo:
—Vengo de casa de Agatha.
Matthew miró a su hija con aire desaprobador y, desdeñando la informacion, se limitó a gruñir y recoger el periódico.
Sarah se desabrochó el abrigo y continuó:
—¿A que no sabes lo que me ha dicho?
Matthew alisó el periódico con un crujido, para proseguir la lectura interrumpida por su nieta.
—Ni lo sé ni me importa.
—¡Vamos, padre!
Pero Sarah no tenía tiempo para enfadarse. Necesitaba comunicar a alguien las noticias y Matthew era el único receptor a mano a quien confiarlas.
—Joe, el marido de Agatha, es policía, ya sabes, y dice que anoche llegó a Bloomington todo un cargamento de agentes de la secreta.
—No creo que anden tras de mí.
—¿Es que no te das cuenta, padre? Agentes de la secreta... Y casi ha llegado el momento de las elecciones. ¡En Bloomington!
—Acaso anden en busca de algún ladrón de bancos.
—No ha habido un robo en ningún banco de la ciudad hace muchos años... ¡Padre, eres imposible!
Y Sarah abandonó la habitación.
Tampoco Norman Muller recibió las noticias con mayor excitación, al menos perceptible.
—Bueno, Sarah, ¿y cómo sabía Joe, el marido de Agatha, que se trataba de agentes de la secreta? —preguntó con calma—. No creo que anduviesen por ahí con el carnet pegado en la frente.
Pero a la tarde siguiente, cuando ya noviembre tenía un día, Sarah anunció triunfalmente:
—Todo Bloomington espera que sea alguien de la localidad el votante.
Así lo publica el News y también lo dijeron por la radio.
Norman se agitó desasosegado. No podía negarlo y su corazón desfallecía. Si Bloomington iba a ser alcanzado por el rayo de Multivac, ello supondría periodistas, espectaculares transmisiones por video, turistas y toda clase de..., de perturbaciones. Norman apreciaba la tranquila rutina de su vida, y la distante y alborotada agitación de los políticos se estaba aproximando de un modo que resultaba incómodo.
—Un simple rumor —rechazó—. Nada más.
—Pues espera y verás. No tienes más que esperar.


Según se desarrollaron las cosas, el compás de espera fue extraordinariamente corto. El timbre de la puerta sonó con insistencia. Cuando Norman Muller la abrió, se vio frente a un hombre de elevada estatura y rostro grave.
—¿Qué desea? —preguntó Norman.
—¿Es usted Norman Muller?
—Sí.
Su voz sonó singularmente opaca. No resultaba difícil averiguar, por el porte del desconocido, que representaba a la autoridad. Y la naturaleza de su súbita visita era tan manifiesta como inimaginable le pareciese hasta unos momentos antes.
El hombre mostró su documentación, penetró en la casa, cerró la puerta tras de sí y dijo con acento oficial:
—Señor Norman Muller, en nombre del presidente de los Estados Unidos, tengo el honor de informarle que ha sido usted elegido para representar al electorado norteamericano el martes día 4 de noviembre del año 2008.
Con gran dificultad, Norman Muller logró caminar sin ayuda hasta su butaca, en la cual se sentó con el rostro pálido y casi sin sentido, mientras Sarah traía agua, le frotaba asustada las manos y le cuchicheaba apretando los dientes:
—No vayas a desmayarte ahora, Norman. Elegirán a otro...
Cuando por fin logró recuperar el uso de la palabra, Norman murmuró a su vez:
—Lo siento, señor.
—¡Bah! No tiene importancia —le tranquilizó el visitante. Todo rastro de formalidad oficial parecía haberse desvanecido tras la notificación, dejando sólo un hombre abierto y más bien amistoso—. Es la sexta vez que me corresponde comunicarlo al interesado y he visto toda clase de reacciones. Ninguna de ellas se ajustó a la que vieron en el video. Saben a lo que me refiero, ¿verdad? Un aire de consagración y entrega, y un personaje que dice: "Será para mí un gran privilegio servir a mi país...". Toda esa serie de cosas...
El agente rio para alentarles. La risa con que Sarah le acompañó tuvo un acento de aguda histeria. El agente prosiguió:
—Permaneceré con ustedes durante algún tiempo. Mi nombre es Phil Handley. Les agradeceré que me llamen Phil. Señor Muller, no podrá abandonar la casa hasta el día de las elecciones. Usted, señora, informará al almacén de que su marido está enfermo. Puede salir a hacer la compra, pero habrá de despacharla con la mayor brevedad posible. Y desde luego, guardará una absoluta reserva sobre el particular. ¿De acuerdo, señora Muller?
—Sí, señor. Ni una palabra —confirmó Sarah, con un vigoroso asentimiento de cabeza.
—Perfecto, señora Muller. —Handley adoptó un tono muy grave al añadir—: Tenga en cuenta que esto no es un juego. Por lo tanto, salga sólo en caso de que le sea absolutamente preciso y, cuando lo haga, la seguirán. Lo siento, pero estamos obligados a actuar así.
—¿Seguirme?
—Nadie lo advertirá. No se preocupe. Y será sólo durante un par de días, hasta que se haga el anuncio formal a la nación. En cuanto a su hija...
—Está en la cama —se apresuró a decir Sarah.
—Bien. Se le dirá que soy un pariente o amigo de la familia. Si descubre la verdad, habrá de permanecer encerrada en casa. Y en todo caso, su padre será mejor que no salga.
—No le gustará nada —dudó Sarah.
—No queda más remedio. Y ahora, puesto que nadie más vive con ustedes...
—Al parecer, está muy bien informado sobre nosotros —murmuró Norman.
—Bastante —convino Handley—. De todos modos, estas son por el momento mis instrucciones. Intentaré, por mi parte, cooperar en la medida de lo posible y no causarles molestias. El gobierno pagará mi mantenimiento, así que no supondré ningún gasto para ustedes. Cada noche, seré relevado por alguien que se instalará en esta habitación. No habrá problemas de acomodo para dormir. Y ahora, señor Muller...
—¿Sí, señor?
—Llámeme Phil —repitió el agente—. Estos dos días preliminares antes del anuncio formal servirán para que se acostumbre a ver su posición. Preferimos que se enfrente a Multivac en un estado mental lo más normal posible. Descanse tranquilo e intente tomarse todo esto como si se tratase de su trabajo diario. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondió Norman. De pronto, denegó violentamente con la cabeza—. ¡Pero yo no deseo esa responsabilidad! ¿Por qué yo?
—Muy bien, vayamos al grano. Multivac sopesa toda clase de factores conocidos, billones de ellos. Pero existe un factor desconocido y creo que seguirá siéndolo por mucho tiempo. Dicho factor es el módulo de reacción de la mente humana. Todos los norteamericanos están sometidos a la presión moldeadora de lo que los otros norteamericanos hacen y dicen, de las cosas que a él se le hacen y de las que él hace a los demás. Cualquier norteamericano puede ser llevado ante Multivac para determinar la tendencia de todas las demás mentes del país. En un momento dado, algunos norteamericanos resultan mejores que otros a tal fin. Eso depende de los acontecimientos del año. Multivac le seleccionó a usted como al más representativo del actual. No el más despejado, ni el más fuerte, ni el más dichoso, sino el más representativo. Y no vamos a dudar de Multivac, ¿no es así?
—¿Y no podría equivocarse? —preguntó Norman. 
Sarah, que escuchaba impaciente, le interrumpió:
—No le haga caso, señor. Está nervioso. En realidad, es muy instruido y ha seguido siempre las cuestiones políticas de cerca.
—Multivac toma las decisiones, señora Muller —respondió Handley—. Y él eligió a su esposo.
—¿Pero seguro que lo sabe todo? —insistió Norman tercamente—. ¿No podría haber cometido un error?
—Pues sí. No hay motivo para no ser franco. En 1993, el votante seleccionado murió de un ataque dos horas antes del instante fijado para notificarle su elección. Multivac no predijo aquello. Le era imposible. Un votante puede ser mentalmente inestable, moralmente improcedente, incluso desleal. Multivac no puede conocerlo todo sobre todos, si no se le proporcionan los datos. Por eso, siempre se seleccionan algunos candidatos más. No creo que tengamos que recurrir a ninguno de ellos en esta ocasión. Usted está en buen estado de salud, señor Muller, y ha sido investigado a fondo. Sirve.
Norman ocultó el rostro entre las manos y se quedó inmóvil.
—Mañana por la mañana se encontrará perfectamente bien —intervino Sarah—. Tiene que acostumbrarse a la idea, eso es todo.
—Desde luego —asintió Handley.
En la intimidad del dormitorio, Sarah Muller se expresó de distinta y más enérgica manera. El estribillo de su perorata era el siguiente:
—Compórtate como es debido, Norman. Parece como si intentaras lanzar por la borda la suerte de tu vida.
Norman musitó desesperado:
—Me atemoriza, Sarah. Todo este asunto...
—¿Y por qué, santo Dios? ¿Qué otra cosa has de hacer más que responder a una o dos preguntas?
—Demasiada responsabilidad. Me abruma.
—¿Qué responsabilidad? No existe ninguna. Multivac te seleccionó, ¿no? Pues a él le corresponde la responsabilidad. Todo el mundo lo sabe.
Norman se incorporó, quedando sentado en la cama, en súbito arranque de rebeldía y angustia.


—Se supone que todo el mundo lo sabe. Pero no lo saben. Ellos...
—Baja la voz —siseó Sarah en tono glacial—. Van a oírte hasta en la ciudad.
—No me oirán —replicó Norman, pero bajó en efecto la voz hasta convertirla en un cuchicheo—. Cuando se habla de la Administración Ridgely de 1988, ¿dice alguien que ganó con promesas fantásticas y demagogia racista? ¡Qué va! Se habla del "maldito voto MacComber", como si Humphrey MacComber fuese el único responsable por las respuestas que dio a Multivac. Yo mismo he caído en eso. En cambio, ahora pienso que el pobre tipo no era sino un pequeño granjero que nunca pidió que le eligieran. ¿Por qué echarle la culpa? Y ya ves, ahora su nombre está maldito...
—Te portas como un niño —le reprochó Sarah.
—No, me porto como una persona sensible. Te lo digo, Sarah, no aceptaré. No pueden obligarme a votar contra mi voluntad. Diré que estoy enfermo. Diré...
Pero Sarah ya tenía bastante.
—Ahora, escúchame —masculló con fría cólera—. No eres tú el único afectado. Ya sabes lo que supone ser el Votante del Año. Y de un año presidencial para colmo. Significa publicidad, y fama, y posiblemente montones de dinero.
—Y luego volver a la oficina.
—No volverás. Y si vuelves, te nombrarán jefe de departamento por lo menos..., siempre que tengas un poco de seso. Y lo tendrás, porque yo te diré lo que has de hacer. Si juegas bien las cartas, controlarás esa clase de publicidad y obligarás a los Almacenes Kennell a un contrato en firme, a una cláusula concediéndote un salario progresivo y a que te aseguren una pensión decente.
—Pero ese no es exactamente el objetivo de un votante, Sarah.
—Pues será el tuyo. Si no te crees obligado a hacer nada ni por ti ni por mí, y conste que no pido nada para mí, piensa en Linda. Se lo debes.
Norman exhaló un gemido.
—Bien, ¿estás de acuerdo? —le atosigó Sarah.
—Sí, querida —murmuró Norman.
El 3 de noviembre se publicó el anuncio oficial. A partir de entonces, Norman no se encontraba ya en situación de retirarse, aun en el caso de reunir el valor necesario para intentarlo.
Sellaron su casa y agentes del servicio secreto hicieron su aparición en el exterior, bloqueando todo acceso.
Al principio, sonó sin cesar el teléfono, pero fue Phil Handley quien respondió a todas las llamadas, con una amable sonrisa de excusa. Al fin, la central pasó todas las llamadas al puesto de policía.
Norman pensó que de ese modo se ahorraba no sólo las alborozadas (y envidiosas) felicitaciones de los amigos, sino también la pesada insistencia de los vendedores que husmeaban una perspectiva y la artera afabilidad de los políticos de toda la nación. Quizás hasta las amenazas de muerte de los inevitables descontentos.
Se prohibió que entrasen periódicos en la casa, a fin de mantenerle al margen de cualquier presión, y se desconectó amable pero firmemente la televisión, a pesar de las indignadas protestas de Linda.
Matthew gruñía y se metía en su habitación; Linda, pasada la primera racha de excitación, hacía pucheros y lloriqueaba porque no le permitían salir de casa; Sarah dividía su tiempo entre la preparación de las comidas para el presente y el establecimiento de planes para el futuro, en tanto que la depresión de Norman seguía alimentándose a sí misma.
Y la mañana del martes 4 de noviembre del año 2008 llegó por fin. Era el día de las elecciones.
El desayuno se sirvió temprano pero sólo comió Norman Muller y aun él de manera mecánica. Ni la ducha ni el afeitado lograron devolverle a la realidad, ni desvanecer su convicción de que estaba tan sucio por fuera como sucio se sentía por dentro.
La voz amistosa de Handley hizo cuanto pudo para infundir cierta normalidad en el gris y hosco amanecer. La predicción meteorológica había señalado un día nuboso, con perspectivas de lluvia antes del mediodía.
—Mantendremos la casa aislada hasta el regreso del señor Muller. Después, dejaremos de estar colgados de su cuello.
El agente del servicio secreto vestía ahora su uniforme completo, incluidas las armas en sus pistoleras, abundantemente tachonadas de cobre.
—No nos ha causado molestia alguna, señor Handley —dijo Sarah con bobalicona sonrisa.
Norman se echó al coleto dos tazas de café bien cargado, se secó los labios con una servilleta, se levantó y dijo con aire decidido:
—Estoy dispuesto. 
Handley se levantó a su vez.
—Muy bien, señor. Y gracias, señora Muller, por su amable hospitalidad.
El coche blindado atravesó con un ronquido las calles vacías. Siempre lo estaban aquel día, a aquella hora determinada.
Handley dio una explicación al respecto:
—Desvían siempre el tráfico desde el atentado que por poco impide la elección de Leverett en el 92. Habían puesto bombas.
Cuando el coche se detuvo, Norman fue ayudado a descender por el siempre cortés Handley. Se encontraba en un pasaje subterráneo, junto a cuyas paredes se alineaban soldados en posición de firmes.
Le condujeron a una estancia brillantemente iluminada. Tres hombres uniformados de blanco le saludaron sonrientes.
—¡Pero esto es un hospital! —exclamó Norman.
—No tiene importancia alguna —replicó al instante Handley—. Se debe sólo a que el hospital dispone de las comodidades necesarias.
—Bien, ¿y qué he de hacer yo?
Handley inclinó la cabeza y uno de los tres hombres vestidos de blanco se adelantó.
—Yo me encargaré de él a partir de ahora, agente.
Handley saludó con desenvoltura y abandonó la habitación. El hombre de blanco dijo:
—¿Quiere sentarse, señor Muller? Yo soy John Paulson, calculador jefe. Le presento a Samson Levine y Peter Dorogobuzh, mis ayudantes.
Norman estrechó envaradamente las manos de todos. Paulson era hombre de mediana estatura, con un rostro de perenne sonrisa y un evidente tupé. Usaba gafas de montura de plástico, de modelo anticuado. Mientras hablaba, encendió un cigarrillo. Norman rehusó el que le fue ofrecido.
—En primer lugar, señor Muller —dijo Paulson—, deseo que sepa que no tenemos prisa alguna. En caso necesario, permanecerá con nosotros todo el día, para que se acostumbre al ambiente y descarte la idea de que se trata de algo insólito, para que olvide su aspecto... clínico. Creo que sabe a qué me refiero.
—Sí, desde luego —contestó Norman—. Pero me gustaría que todo hubiese terminado ya.
—Comprendo sus sentimientos. Sin embargo, deseamos exponerle con exactitud el procedimiento. En primer lugar, Multivac no está aquí.
—¿Que no está?
Aun en medio de su abatimiento, había deseado ver a Multivac, del que se decía que medía más de kilómetro y medio de largo, que tenía una altura equivalente a tres pisos y que cincuenta técnicos recorrían sin cesar los corredores interiores de su estructura. Una de las maravillas del mundo.


Paulson sonrió.
—En efecto, no es portátil —confirmó—. De hecho, se encuentra emplazado en un subterráneo y pocos son los que conocen el lugar preciso. Muy lógico, ¿verdad?, ya que supone nuestro supremo recurso natural. Créame, las elecciones no constituyen su única función.
Norman pensó que el hombre de blanco se mostraba deliberadamente parlanchín, pero de todos modos se sentía intrigado.
—Me gustaría verlo.
—No lo dudo. Mas para ello se necesita una orden presidencial, refrendada luego por el departamento de seguridad. Sin embargo, nos mantenemos en conexión con Multivac por transmisión de ondas. Cuanto él diga puede ser interpretado aquí, y cuanto nosotros digamos le será transmitido. Así que, en cierto sentido, nos hallamos en su presencia.
Norman miró a su alrededor. Las máquinas y aparatos que había en la estancia carecían de significado para él.
—Permítame que se lo explique, señor Muller —prosiguió Paulson—. Multivac posee ya la mayoría de la información necesaria para decidir todas las elecciones, nacionales, provinciales y locales. Únicamente necesita comprobar ciertas imponderables actitudes mentales y, para ello, recurriremos a usted. No podemos predecir qué preguntas formulará, aunque cabe en lo posible que no tengan mucho sentido para usted..., ni siquiera para nosotros en realidad. Tal vez le pregunte qué opina sobre la recogida de basuras en su ciudad o si considera preferibles los incineradores centrales. O bien, si tiene usted un médico de cabecera o acude a la seguridad social. ¿Comprende?
—Sí, señor.
—Pues bien, pregunte lo que pregunte, usted responderá como mejor le plazca. Y si cree que ha de extenderse un poco en su explicación, hágalo. Puede hablar durante una hora si lo juzga necesario.
—Sí, señor.
—Una cosa más. Hemos de emplear algunos sencillos aparatos que registrarán automáticamente su presión sanguínea, las pulsaciones, la conductividad de la piel y las ondas cerebrales mientras habla. La maquinaria le parecerá formidable, pero es totalmente indolora. Ni siquiera la notará.
Los otros dos técnicos se atareaban ya con relucientes y pulidos aparatos, de ruedas engrasadas.
—¿Desean comprobar si estoy mintiendo o no? —preguntó Norman.
—De ningún modo, señor Muller. No se trata en absoluto de detección de mentiras, sino de una simple medida de la intensidad emotiva. Por ejemplo, si la máquina le pregunta su opinión sobre la escuela de su pequeña, quizá conteste usted: "A mi entender, está atestada". Mas esas son sólo palabras. Por la manera en que reaccionen su cerebro, corazón, hormonas y glándulas sudoríparas, Multivac juzgará con exactitud con qué intensidad se interesa usted pon la cuestión. Descubrirá sus sentimientos, los traducirá mejor que usted mismo.
—Jamás oí cosa igual —manifestó Norman.
—Estoy seguro de que no. La mayoría de los detalles de Multivac son secretos celosamente guardados. Cuando se marche, se le pedirá que firme un documento jurando que jamás revelará la naturaleza de las preguntas que se le formularon, como tampoco sus respuestas, ni lo que se hizo o cómo se hizo. Cuanto menos se conozca a Multivac, menos oportunidades habrá de presiones exteriores sobre los hombres que trabajan a su servicio o se sirven de él para su trabajo. —Sonrió melancólico—. Nuestra vida resulta bastante dura.
—Lo comprendo.
—Y ahora, ¿desearía comer o beber algo?
—No, gracias. Nada por el momento.
—¿Alguna otra pregunta que formular?
Norman meneó la cabeza en gesto negativo.
—En ese caso, usted nos dirá cuando se halle dispuesto.
—Ya lo estoy.
—¿Seguro?
—Por completo.
Paulson asintió. Alzó una mano en dirección a sus ayudantes, quienes se adelantaron con su aterrador instrumental. Muller sintió que su respiración se aceleraba mientras les veía aproximarse.
La prueba duró casi tres horas, con una breve interrupción para tomar café y una embarazosa sesión con un orinal. Durante todo ese tiempo, Norman Muller permaneció encajonado entre la maquinaria. Al final, tenía los huesos molidos.
Pensó sardónicamente que le sería muy fácil mantener su promesa de no revelar nada de lo que había acontecido. Las preguntas ya se habían reducido a una especie de vagarosa bruma en su mente.
Había pensado que Multivac hablaría con voz sepulcral y sobrehumana, resonante y llena de ecos. Ahora concluyó que aquella idea se la había sugerido la excesiva espectacularidad de la televisión. La verdad le decepcionó en extremo. Las preguntas aparecían perforadas sobre una cinta metálica, que una segunda máquina convertía en palabras. Paulson leía a Norman estas palabras, en las que se contenía la pregunta, y luego dejaba que las leyese por sí mismo.
Las respuestas de Norman se inscribían en una máquina registradora, repitiéndolas para que las confirmara. Se anotaban entonces las enmiendas y observaciones suplementarias, todo lo cual se transmitía a Multivac.
La única pregunta que Norman recordaba de momento era una incongruente bagatela:
—¿Qué opina usted del precio de los huevos?
Ahora todo había terminado. Los operadores retiraron suavemente los electrodos conectados a diversas partes de su cuerpo, desligaron la banda pulsadora de su brazo y apartaron la maquinaria a un lado.
Norman se puso en pie, respiró profundamente, se estremeció y dijo:
—¿Ya está todo? ¿Se acabó?
—No, no del todo —respondió Paulson, sonriendo animoso—. Hemos de pedirle que se quede durante otra hora.
—¿Y por qué? —preguntó Norman con cierta acritud.
—Es el tiempo preciso para que Multivac incluya sus nuevos datos entre los trillones de que ya dispone. Sepa usted que existen miles de alternativas, algo sumamente complejo. Puede suceder que se produzca algún raro debate aquí o allá, que algún interventor en Phoenix, Arizona, o bien alguna asamblea en Wilkesboro, Carolina del Norte, formulen alguna duda. En tal caso, Multivac precisará hacerle una o dos preguntas decisivas.
—No —se negó Norman—. No quiero pasar de nuevo por eso.
—Probablemente no sucederá —trató de tranquilizarle Paulson—. Raras veces ocurre. De todos modos, habrá de quedarse pon si acaso. —Cierto tonillo acerado, un tenue matiz, asomó a su voz—. No tiene opción, ya lo sabe. Debe quedarse.
Norman se sentó con aire fatigado, encogiéndose de hombros.
—No podemos dejarle leer el periódico —añadió Paulson—, pero si quiere una novela policíaca o jugar al ajedrez, cualquier cosa en fin que esté en nuestra mano proporcionarle para que se entretenga, dígalo sin reparos.
—No deseo nada, gracias. Esperaré.


Paulson y sus ayudantes se retiraron a una pequeña habitación, contigua a la estancia en que Norman había sido interrogado. Y este se dejó caer en un butacón tapizado de plástico, cerrando los ojos.
Tendría que aguardar a que transcurriese aquella hora lo mejor posible.
Bien retrepado en su asiento, poco a poco fue cediendo su tensión. Su respiración se hizo menos entrecortada y, al entrelazar las manos, no advirtió ya ningún temblor en sus dedos.
Tal vez no hubiese ya más preguntas. Tal vez hubiese acabado de modo definitivo.
Y si todo había terminado, ahora vendrían los desfiles de antorchas y las invitaciones para hablar en toda clase de solemnidades. ¡El Votante del Año!
Él, Norman Muller, un vulgar empleado de un almacén de Bloomington, Indiana, un hombre que no había nacido grande ni había realizado jamás acto alguno de grandeza, se hallaría en la extraordinaria situación de impulsar a otro a la grandeza.
Los historiadores hablarían con serenidad de la Elección Muller del año 2008. Ese sería su nombre, la Elección Muller.
La publicidad, el puesto mejor, el chorro de dinero que tanto interesaba a Sarah, ocupaban sólo un rincón de su mente. Todo ello sería bienvenido, desde luego. No lo rechazaba. Pero, por el momento, era otra cosa lo que comenzaba a preocuparle.
Se agitaba en él un latente patriotismo. Al fin y al cabo, representaba a todo el electorado. Era el punto focal de todos ellos. En su propia persona, y durante aquel día, se encarnaba todo Estados Unidos.
Se abrió la puerta, despertando su atención y despabilándole por completo. Durante unos instantes, sintió que se le encogía el estómago. ¡Que no le hicieran más preguntas!
Pero Paulson sonreía.
—Hemos terminado, señor Muller.
—¿No más preguntas, señor?
—No hay ninguna necesidad. Todo ha quedado completamente claro. Será usted escoltado hasta su casa y volverá a ser un ciudadano particular..., en la medida en que el público lo permita.
—Gracias, muchas gracias. —Norman se sonrojó—. Me preguntaba... ¿Quién ha sido elegido?
Paulson meneó la cabeza.
—Tendrá que esperar al anuncio oficial. El reglamento se muestra muy severo al respecto. No podemos decírselo ni siquiera a usted. Supongo que lo comprende.
—Desde luego.
Norman parecía embarazado.
—El servicio secreto tendrá dispuestos los papeles necesarios para que los firme usted.
—Sí.
De pronto, Norman se sintió orgulloso, lleno de energía. Ufano y arrogante. En este mundo imperfecto, el pueblo soberano de la primera y mayor Democracia Electrónica habla ejercido una vez más, a través de Norman Muller (a través de él), su libre derecho al sufragio universal.

FIN

2026/06/01

El funeral del presidente (Diego escobedo)



Santiago, 1960

Era una nublada tarde de otoño, dominada por los vientos y el luto. Una atmósfera de pesadumbre dominaba a la gris y megalítica ciudad de Santiago, que despedía al que fuera su más grande líder. Para la ceremonia fúnebre no se escatimó en gastos ni pomposidad. Las calles del centro de Santiago, normalmente dominadas por miles de elegantes automóviles Volkswagen, ahora estaban abarrotadas de seres humanos, como nunca antes se había visto. Ya ni los tranvías podías moverse con fluidez. Todo el "eje de poder" concentraba a una masa de miles y miles de Santiaguinos. Entre La Moneda y la amplia avenida que la conectaba con el palacio de tribunales hacia el norte, las personas incluso se trepaban a los árboles que hermoseaban el paseo. Araucarias recién plantadas de poco más de cuatro metros de altura, que ahora servían de improvisados miradores.
Hacia el sur del eje, por el paseo Bulnes, la situación era un poco más ordenada. Al centro de la avenida dominaban las filas de militares con sus orquestas, formaciones y el cortejo fúnebre. Las masas de santiaguinos se agolpaban a los bordes de las vallas papales, concentradas en la procesión. Todo el ambiente estaba inundado por las rimbombantes marchas militares de los uniformados. El día de las glorias del ejército había llegado antes ese año. Pasadas las marchas, en el escenario principal, la diva Rosita Serrano, la cantante más famosa de Europa y Sudamérica, entonó una emotiva versión del himno nacional, con lágrimas incluidas.
El aplauso y los vítores fueron unánimes y se escuchó con más fuerza hacia el final del paseo, el cual era rematado por una imponente estatua del doctor Nicolás Palacios (y a sus pies, una frase tallada en bronce: A la raza chilena). A la espalda del médico, comenzaba el Parque Almagro con una de las postales más conocidas de Santiago: El famoso obelisco de ochenta metros de altura (doce metros más que el de Buenos Aires), y el imponente palacio del congreso nacional. Un edificio art déco de noventa metros de altura, de sobrias y geométricas figuras, y con gruesas columnas que sostenían su frontis. Los primeros cinco pisos de la estructura seguían una forma rectangular, luego ésta seguía elevándose en una escalonada torre, casi una pirámide, que culminaba con una asta con las dos banderas a medio izar. La bandera nacional y la bandera de la aliada gran patria alemana.
Llegada la hora del crepúsculo, se dio inicio al discurso final. En el escenario principal, ubicado en la Plaza de la Ciudadanía, se encontraban sentados, mirando a la ciudadanía, las más altas autoridades del país. Primero el ministro del interior, Jorge González Von Marees; seguido por el general Ariosto Herrera, comandante en jefe del ejército; el doctor Salvador Allende, director del Instituto de Defensa de la Raza Pedro Aguirre Cerda, y en cuarto lugar el ministro de relaciones exteriores Miguel Serrano. Éste último se puso de pie para dar su discurso. A diferencia de sus compañeros de asiento, el canciller mantenía su afable sonrisa, mientras que los demás mostraban un talante especialmente sombrío, aún para la trágica ocasión.
Los ojos de los tres personajes no paraban de moverse, seguían con total atención los movimientos de cada uno. Corrían rumores de una conspiración, quizás una traición, pero Serrano parecía indiferente a todo eso.
En cuanto su inconfundible figura alta y señorial estuvo en el podio, militares y civiles guardaron silencio. A la hora en que la luz del sol se entrecortaba con la silueta de la cordillera de la costa, todo Chile observaba con suma y respetuosa atención al maestro de ceremonias. Con su característica gabardina negra, y un pelo ya encanecido tras años de servicio público, Serrano contempló a la basta multitud, se despejó la garganta, y exclamó:
—¡Oh, estrella de la mañana! Deja caer sobre nosotros tu luz honda humedecida. Muy buenas tardes, camaradas. Chilenos y chilenas. Espíritus de la tierra y el mar. Debo decir que me enorgullece ver tanto cariño, y tanta concurrencia, prueba manifiesta y excelsa de la devoción popular hacia quien fuera nuestro líder máximo durante más de veinte años. El general Carlos Ibáñez del Campo. Conductor, Sinche, Führer, son palabras que se quedan cortas para expresar el irrebatible y mesiánico liderazgo de un hombre que transformó Chile.
»Nacido en Linares, allá por 1877, nuestro general llegó por primera vez al poder en Chile en medio de una profunda crisis institucional y política a mediados de los años veinte. Ya en esa primera experiencia vendría con la intención expresa de construir un Nuevo Chile, y de encabezar un gobierno corporativista a la usanza de los fascismos recién paridos en Europa. Ello lo demostró en un ambicioso programa de transformaciones institucionales y de reformas urbanas. Lamentablemente, las vicisitudes de la historia y la gran crisis económica, impulsada por el judío internacional, evitaron que pudiera concretar sus objetivos.
González dejó de prestar atención, le había llegado un mensaje al audífono de su oreja izquierda. El aparato lo usaba para compensar la sordera con la que había resultado luego de una de las tantas explosiones de granada que le tocó presenciar durante los primeros años de la guerra. Claro que su implante era mucho más avanzado: También recibía señales a distancia.
—Señor Ministro, el explosivo está listo— fue el escueto mensaje que le llegó. González acercó su muñeca a su boca y contestó a través de su reloj walkie- talkie: 
—Prosigan según lo indicado.
Una tenue sonrisa se dibujó en su pétreo rostro. Si todo salía bien, por fin podría deshacerse de Miguel Serrano. Sólo el general Herrera se percató de esa sospechosa orden dada por González en medio del acto.
—Afortunadamente, Ibáñez no se rendiría —continuaba el canciller— y volvió a por más en las elecciones de 1938. Estrategia que no duró mucho tiempo, pues el invento burgués de la democracia ya venía en franca decadencia desde mucho antes. Corrían tiempos de guerra en el Viejo Mundo, y el orbe en su totalidad se precipitaba hacia una revolución, a una nueva era. Situaciones extraordinarias requieren de hombres extraordinarios. Y eso fue nuestro general Ibáñez. Teniendo esto muy claro, el eterno caudillo se alió con el movimiento nacionalsocialista chileno, ala criolla del nazismo alemán. Fue en ese histórico 5 de septiembre de 1938 que asestamos un exitoso golpe de Estado contra el gobierno de entonces. El Golpe que puso a nuestro general de vuelta en La Moneda. Esta vez para siempre.
»Ese día, como todos sabemos, marcó el inicio de una revolución. Barrimos con el gobierno corrupto de Alessandri y todo su decadente liberalismo y capitalismo. Sólo un hábil animal político como don Carlos Ibáñez pudo conciliar de forma tan notable y maestra las vertientes nacionalistas y socialistas chilenas, enfrentadas de forma cada vez más intensa, en un solo gran movimiento nacionalsocialista, con el que sintonizaron prácticamente todos los movimientos políticos y sociales de Chile. La esvástica aria es la misma esvástica de los araucanos, símbolo que cruza e ilumina de manera inexorable el destino de nuestra raza.


El general Herrera miraba con especial atención a la tercera ventana, de izquierda a derecha, el penúltimo piso del edificio del Ministerio de Guerra. Estaba abierta, tal como estaba planeado. Desde allí, y tal como estaba planeado, saldría el tiro de gracia que eliminaría para siempre a Miguel Serrano. Sin el canciller, Herrera podría dar el golpe que hace tiempo estaba planeando y conseguir su más anhelado sueño: El poder total.
—Un horizonte de esperanza nació ese septiembre inolvidable. Nos hizo dueños de un legado que prometimos defender —Serrano detuvo su alocución ante los espontáneos y largos aplausos de la enardecida multitud—. Como una chispa que enciende un camino de pólvora, se expandió la hegemonía del nacionalsocialismo en el continente. Al poco tiempo, el gobierno argentino, encabezado por el general Juan Domingo Perón, no tardó en sumarse a nuestra causa. Uruguay se le anexó vía plebiscito, como el mejor anschluss austriaco. Para 1941, los tres países ya éramos los nuevos aliados del Tercer Reich. Poco después, se nos sumó Perú, que voluntariamente se convirtió en un protectorado japonés. Brasil corrió un destino mucho más funesto y se vio dividido en su mitad norte y sur, que a todas sus diferencias históricas sumaron la de apoyar a los aliados o a los alemanes. Lo que lo llevó a desangrarse en una cruenta guerra civil. Tropas sudamericanas, norteamericanas y alemanas se enfrentaron así a lo largo de todo el Amazonas, el cual redujeron casi por completo a cenizas. La guerra ya estaba totalmente mundializada. El nuevo frente significó que los norteamericanos dividieran sus tropas en tres escenarios distintos, lo que posibilitó su derrota. Así, estos fueron expulsados de Europa en 1944, con el fracaso de la invasión a Normandía. Poco después, vino el golpe final. Gracias a los trabajos del profesor Heisenberg, el Reich desarrolló la anhelada Wunder Waffen, la Bomba Atómica. Con la cual arrasamos la ciudad de Liverpool, en enero de 1945, lo que significó la rendición incondicional de Inglaterra, el fin de la guerra en Europa y la consolidación de la supremacía de la raza germánica en el mundo.
»Mientras nuestros aliados camaradas alemanes siguen peleando en una constante y difusa Guerra Fría contra los decadentes Estados Unidos de Norteamérica, desde aquí, en el fin del mundo, el general Ibáñez construyó un nuevo mundo. La sabiduría científica y esotérica de los nacionalsocialistas fue crucial para construir esta utopía. Los logros en medicina y en mejoramiento de la raza chilena, a través del programa iniciado por el difunto Pedro Aguirre Cerda, nos permitió acabar con los grandes lastres de la sociedad: Homosexuales, alcohólicos, sifílicos, judeo-marxistas y holgazanes ya son historia en este país. Todo gracias a la estupenda administración del doctor Salvador Allende Gossens, cuyo libro Higiene mental y delincuencia se convirtió en la Biblia del instituto, razones que llevaron al general Ibáñez a confiarle hasta su propia salud en sus últimos meses de vida.
Allende se sonrojó, pero no de modestia, sino de miedo, al tiempo que tapaba con su mano izquierda la disimulada aguja dorada que brotaba de su palma derecha. Pequeño instrumento que almacenaba el poderoso veneno (indetectable para cualquier autopsia) con el que había asesinado a Ibáñez y con el cual ahora planeaba deshacerse del mayor obstáculo para la revolución bolchevique: El poderoso canciller Miguel Serrano.
—El vasto programa de obras públicas pudo hacerse realidad. Se completó la construcción de este gran eje de poder en el que nos encontramos (eje que no sólo cumple una función urbanística, sino que también una función geomántica muy importante al alinearse con el eje de la tierra). Con los poderes judicial, ejecutivo y legislativo perfectamente alineados. En el Palacio de Tribunales, La Moneda y el Nuevo Congreso, respectivamente. Congreso próximo a abrir sus puertas y que será emblema de esta nueva democracia que hemos forjado a lo largo de los años. Una verdaderamente de masas, donde participen y se incluya a todo el pueblo chileno. Hacia el norte, conectando el Palacio Presidencial con el de Tribunales, tenemos la nueva Avenida General Ramón Cañas, en honor al valiente y sabio militar que inició la conquista de la Antártica, futuro de Chile y del mundo. En la misma avenida, y gracias a los milagros de la ingeniería genética desarrollada por el doctor Joseph Mengele y el camarada Erik Von Baer, hoy gozamos de estas araucarias genéticamente mejoradas que embellecen nuestras calles. El resto de la ciudad (pensada por el camarada austriaco Karl Brunner) es hoy la moderna urbe de diagonales y monumentos que incluso sirvió de inspiración para el diseño de la nueva Germania, capital del Reich. Gracias a la brillante administración de nuestro eterno general, hoy Santiago se alza como la digna capital de un imperio.
»Chile no es el fin del mundo, camaradas. Es el comienzo. Eso lo tenía muy claro don Carlos Ibáñez. Sudamérica es el futuro del mundo. ¿Por qué? No sólo por nuestra privilegiada ubicación geopolítica en el pacífico, sino que también por la Antártica. El continente entero es una flecha que apunta hacia el continente blanco, hoy bajo dominio chileno.
Herrera tosió, y se tapó la boca con un tembloroso puño. La salud del general no era muy buena. Su uniforme sobrecargado de medallas contrastaba con su cabeza completamente calva y arrugada como una pasa. La ciencia de los nacionalsocialistas había logrado extender su vida más allá de los designios de Dios (no los dioses del nuevo orden, sino del Dios cristiano). Por sus venas corría sangre atlante, con una proporción mayor de plaquetas y glóbulos blancos a la que tenía la sangre normal, y los tratamientos con energía Vrill habían borrado todo vestigio de células cancerígenas de su cuerpo. Así y todo, padecía de temblor crónico en sus manos, que se acrecentaba en los momentos de ansiedad.
Pero el hombre de armas era porfiado como Ibáñez. No pensaba morirse sin antes pasar a la historia como el nuevo caudillo de la confederación.
—Hemos llegado al año 1960 con un escenario inmejorable: Gracias a la alianza con el Tercer Reich, y aprovechando nuestra enorme riqueza natural, estamos desarrollando proyectos que hace veinte años muchos hubiesen tomado por imposibles y alucinantes. Nuestro ministro de salud, el doctor Salvador Allende, ha desarrollado, en colaboración con los científicos alemanes, un impecable programa de potenciamiento racial con el que hemos desarrollado un invencible ejército de araucanos con sus capacidades físicas y telequinéticas exponencialmente mejoradas.
En cuanto exclamó esto, González no pudo hacer menos que pensar en todo lo que haría una vez que se hiciera con el poder. Serrano había corrompido la revolución nacionalsocialista al incluir a la decadente y asquerosa raza araucana. En cuanto fuera presidente, llevaría a cabo la verdadera purificación racial. La piedra de tope era Serrano. Había acumulado demasiado poder y frenaría todas sus reformas. Había que deshacerse de él a como dé lugar.
—Hacia el sur de Chile, y gracias a las diligencias del ministro Marmaduke Grove, que en paz descanse, la marina alemana ha construido grandes bases navales y puertos que han beneficiado por igual a ambas naciones. Gracias a nuestro programa de reclutamiento de médiums y machis, pudimos entrar en contacto con los gigantes hiperbóreos que habitan en el interior de los grandes volcanes de la Patagonia. Fue gracias a ellos, los antiguos Dioses Blancos de la América olvidada, que pudimos construir las megalíticas urbes de cristal con las que colonizamos el continente blanco. Hoy, la península de la tierra de O’Higgins delimita hacia el sur con el cráter Almirante Byrd, la entrada al reino subterráneo de Agharta, con el que hemos establecido fructíferas relaciones diplomáticas que nos permitieron intercambiar vastos conocimientos y tecnologías. Uno de ellos fueron los Hanerbe. El vehículo del futuro. Platillos voladores movidos por la energía Vrill y el maná de chamanes pascuenses. Con esta tecnología hemos construido modernos centros aeroespaciales en la Antártica y en Atacama, desde donde hemos emprendido la conquista de la Luna. Que la propaganda yankee no los engañe, camaradas. El espacio le pertenece al eje ¡y la Luna es chilena!


Esto último lo gritó con el puño en alto, y el público lo acompañó con vítores. Tras un breve lapsus, se retomó la solemnidad del discurso:
—Los problemas energéticos tampoco son ya una preocupación para nosotros. Mientras que nuestros camaradas trasandinos ya están perfeccionando la energía de fusión termonuclear de la mano del profesor Ronald Richter, aquí, gracias a nuestra fluida conexión con la Pachamama y los pillanes del subsuelo, el gobierno tiene en marcha un plan para aprovechar la energía geotérmica de todos los volcanes de Chile. A partir de hoy, ya no habrá actividad telúrica o erupción que no esté cuidadosamente planificada por el Estado.
»Ese es el Chile que el gran General Ibáñez nos ha legado. Un Nuevo Chile. Uno donde el Estado ocupa el papel que le corresponde: Grande, fuerte y poderoso. Portaliano. Instructor y organizador de la vida de todos los chilenos. Además de garante no sólo de su seguridad, sino que también su progreso material y espiritual. Somos ciudadanos no por derecho, sino por raza. Por nuestras venas corre la sangre de esta tierra. Una tierra mágica, así como inestable. Hoy, todo eso está en una inefable armonía. Los chilenos estamos en armonía con nuestra tierra, con nuestra raza, con nuestro ser. En suma, con nuestro zen.
Serrano hizo una breve pausa. Tomó un sorbo de agua del vaso que disponía a su derecha, y se aclaró la garganta. Retomó su exposición con más brío y tono épico que antes:
—En línea con este magno proyecto, es que hemos acordado coronar esta ceremonia como los dioses mandan. Con un monumento que dé cuenta de la inmortal gloria de nuestro general. Y sin ir más lejos, como la máxima consolidación del legado político del 5 de septiembre, me complace anunciar que, oficialmente, las cinco grandes naciones americanas de Bolivia, Perú, Chile, Argentina y Uruguay, se unirán como confederación bajo una sola bandera: La Confederación Andina.
Dicho esto, una batería sonó y unos cadetes muy condecorados de Carabineros de Chile (institución fundada por Ibáñez, pero que con el tiempo había adquirido muchas similitudes, en sus uniformes y en sus métodos, con las SA alemanas. No por nada también cumplían funciones de inteligencia y de policía secreta) retiraron una manta que cubría una estructura de cinco metros de alto frente a la cara norte de La Moneda. La estructura resultó ser una estatua del presidente Carlos Ibáñez del Campo, la cual inmortalizaba su figura en su mejor momento: Con su grueso y viril bigote negro, además de su gallarda e imponente figura enfundada en su uniforme de gala. En el podio, se leía su inmortal frase, que pronunciara primero cuando abdicó en 1931 y que repitió en varias oportunidades en los momentos más álgidos que vivió Chile:

Juro que he salvado a la República.

Las trompetas sonaron y con pomposas tonadas acompañaron al izamiento de la nueva bandera nacional en el asta de sesenta metros ubicada en la plazoleta al centro de la Alameda. Una vez que ésta logró elevarse al tope del mástil, los chilenos pudieron contemplarla en todo su esplendor: Era igual a la anterior, salvo por un cambio crucial. La estrella solitaria ya no poseía cinco puntas sino ocho. Era la estrella de Arauco, la Wuñelfe Kushe, la estrella del alba que iluminó al pueblo mapuche y a Bernardo O’Higgins en su lucha por la libertad.
Fastuosas tonadas marciales, junto a vítores masivos, acompañaron el descubrimiento del nuevo emblema, bandera del nuevo Chile y también de la nueva confederación. Serrano, profundamente conmovido y con los ojos humedecidos, prosiguió con su alocución:
—Y eso no es todo, camaradas. Como recordatorio continuo de la gran labor desempeñada por nuestro caudillo, hemos edificado este nuevo Altar de la Patria, coronado por la que hemos bautizado como la Llama de la Eterna Libertad. Libertad del poder usurero del judío internacional. Libertad del imperialismo yankee. Y de las ataduras materiales y etéreas que nos impedían alcanzar nuestra condición de seres de luz.
El ministro del Interior consultó su reloj. El acto se había demorado más de lo programado. Los nervios lo consumían por dentro ¿funcionaría la bomba?
Una niña de 10 años con tenida mapuche, consistente en un traje negro, collares de plata y hojas de laurel en el cabello, llevó la antorcha ceremonial a manos de Serrano.
—Camaradas, el honor de encender la Llama de la Eterna Libertad corresponde, por razones obvias, al hombre responsable de que estemos aquí. A quien movió los hilos desde el principio, gestó esta revolución y fue la fiel mano derecha del general Ibáñez —exclamó el canciller.
"¡Pedazo de pedante!" —pensó González—, "muérete luego, será mejor. Un muerto en un funeral, que poético…".
—Estoy hablando del honorable ministro, don Jorge González Von Marees. Un fuerte aplauso, por favor.
Dicho esto, González Von Marees no pudo ocultar su compungido rostro. Serrano era conocido por improvisar en los actos públicos, pero esa posibilidad nunca le pasó por la mente. El ministro había cavado su propia tumba. Al lado suyo, el general Herrera también evidenciaba preocupación. Volvió a mirar a la ventana: El fusil ya se asomaba con dirección al altar.
Serrano se acercó a las tres autoridades. Le entregó la antorcha encendida a González y le dio la mano. Siguió con Herrera, a quien le dio un fraternal abrazo, con palmadas en la espalda incluidas. Luego fue el turno de Allende. El médico había esperado durante años este momento; todo lo que tenía que hacer era darle la mano y en unas horas Serrano estaría dando sus últimos suspiros. Sería el inicio de una nueva era, con un Chile libre del yugo militarista y con Allende como el presidente encargado de liderar la transición. Pero, contrario a lo que esperaba, Serrano se paró frente a él, golpeó los tacos de sus zapatos, y levantó el brazo derecho exclamando:
—¡Heil Hitler!
El médico no pudo hacer menos que contestarle con el mismo gesto.
"Era un plan bastante mediocre" —pensó, pero no era el único que tenía. La dictadura tardaría más de lo que esperaba en caer.
González, resignado y con su mejor uniforme marcial, subió los escalones de la amplia estructura piramidal ubicada a la entrada del Paseo Bulnes, portando la antorcha encendida en su mano derecha. Como si se trataran de las olimpiadas, subió los quince escalones, cada uno de cincuenta centímetros de ancho, que lo separaban de la cima, coronada por un hondo platillo negro con runas grabadas en sus bordes. A medida que subía, pensaba que sin su persona Serrano tendría el camino pavimentado hacia el poder total. Aunque oficialmente el sucesor debía ser el Ministro del Interior, el canciller no sólo era ampliamente popular en la ciudadanía, sino que contaba con una importante mayoría de adherentes en el partido nazista chileno. Pero todo eso ya daba lo mismo.
La bomba había sido preparada por personal de Carabineros, institución a través de la cual González se había deshecho de varios enemigos en el pasado. En cuanto el fuego tocara el platillo, el artefacto se detonaría.
No había vuelta atrás. Estaba delante del platillo y tambaleante se inclinó. Paralelamente, desde su refugio en el Ministerio de Guerra, el militar encargado del magnicidio fruncía su bigote castaño y preparaba el martillo de su fusil. El elegido por Herrera para tan importante tarea era el teniente Pinochet. Con un ojo cerrado, su pupila azul derecha observaba atenta por el telescopio del arma, apuntando a la persona que portaba la antorcha a cien metros de donde se encontraba. Bastó un instante previo, un milisegundo antes de apretar el gatillo, para darse cuenta que no era Serrano. Su reacción fue rápida y corrió el arma al mismo tiempo que disparaba.


La bala dio justo en el centro del platillo, donde se ubicaba la bomba. El resultado fue una poderosa explosión y González salió repelido, rodando un par de escalones hacia abajo.
Pero nada más. La explosión había sido hacia arriba, produciendo un destello verdeazulado similar a la llama de una cocina, que se elevó varios metros hacia el cielo, casi como un espectáculo pirotécnico, antes de que el fuego se estabilizara. González, tumbado en los escalones, levantó la cabeza y contempló una llama amarilla cuyo resplandor ardió reflejándose en sus pupilas.
El público aplaudió, todo parecía cuidadosamente planificado, y los "¡Viva Chile!" se multiplicaron.
—Esta llama arderá para siempre en cada uno de vuestros corazones. Chilenos, araucanos, selknams, atlantes, aghartianos y lemurianos. Vosotros, el pueblo, sois la mayor riqueza de esta tierra mágica ¡Viva Chile! ¡Viva la raza chilena! ¡Y viva la Confederación Andina! —arengó Serrano, con toda la fuerza de sus pulmones.
González no entendía nada: ¿De dónde vino la bala? ¿Por qué no funcionó la explosión? Pensó en expulsar a los funcionarios de Carabineros encargados de instalar el dispositivo, luego pensó en la posibilidad de que la bala misteriosa alterara el mecanismo de detonación. Miró hacia el sur, de donde parecía haber sido disparada la bala. De una de las ventanas del Ministerio de Guerra brotaba un fusil que se escondió rápidamente.
Llegaron corriendo Herrera y Allende, y lo ayudaron a incorporarse. El general intentó balbucear algo, pero su rostro descompuesto le confirmó su sospecha. Allende captó la comunicación no verbal entre ambos, al tiempo que, en cuclillas, le ofrecía ambas manos a González para levantarse. Cuando éste se acercó a su mano derecha, a último minuto el médico dijo "¡no!", retirándola. Extrañado, González lo tomó bruscamente de la muñeca e inspeccionó su palma, descubriendo la aguja amarillenta. El ministro del interior y el general sabían lo que significaba. Había usado ese mismo instrumento para deshacerse de sus enemigos antes.
Los tres se pusieron de pie. Las miradas que intercambiaron reflejaban confusión, pero también ira. En ese momento, los tres nacionalsocialistas pensaron lo mismo: Antes del siútico lamebotas de Serrano, primero debían deshacerse de esos dos conspiradores.
Como era costumbre, las orquestas acompañaron el emotivo e histórico momento con una melodía inconfundible. Apenas sonados los primeros acordes, todos los chilenos, del desierto a la Antártica, e incluso en las bases en la Luna y en el centro de la tierra, se cuadraron para cantar el himno nacional. Completo, con las seis estrofas.
Miguel Serrano cantaba como un niño embelesado, mientras una discreta lágrima le recorría la mejilla. Escena que retrató fielmente la cámara del Zepelín de LAN que levitaba sobre él. El cielo de la plaza de la ciudadanía se vio cubierto de zepelines y platillos voladores con la esvástica (aria y mapuche) de la Fuerza Aérea de Chile para la hora del cénit. A medida que se iba apagando la luz del sol, también fueron llegando gigantes compuestos en su totalidad de humo, emanados por el volcán Maipo. Pillanes guardianes de la Pachamama y del Estado Nacionalsocialista Chileno que venían a asistir al histórico funeral.
Para cuando los últimos versos de "¡O el asilo contra la opresión!" había retumbado en la médula de cada uno de los chilenos, la noche ya había caído y el acto se dio por finalizado.


FIN