2026/08/10

La carretera imposible (Oscar J. Friend)


Título original: The Impossible Highway
Año: 1940


El doctor Albert Nelson miró a su joven ayudante, Robert Mackensie, y frunció el ceño.
—¡Esto era justo lo que necesitaba! —exclamó—. Dejar mi laboratorio y hacer una excursión contigo por las Ozarks. Unas vacaciones encantadoras. ¡Bah!
—Pero doctor —protestó mansamente Mackensie—, necesita usted unas vacaciones. No es culpa mía que tuviéramos un accidente. —Una mueca asomó en su cara juvenil—. Además, es casi divertido… ¡dos científicos eruditos indefensos como bebés en el bosque!
Pero el doctor Nelson no podía entender la gracia de la situación. Estaban perdidos en las profundidades de las Montañas Ozark y su brújula estaba irremediablemente rota. Y aquello le molestaba muchísimo.
Y es que el doctor Nelson era un espíritu ordenado. Siempre había sido un tipo lógico. Tenía una mente matemática que funcionaba como una máquina. Para él no existían cabos sueltos. Eso era lo que le convertía en un excelente biólogo. Seguía todo el proceso hasta su origen y lo almacenaba permanentemente en su cerebro antes de dejarlo salir.
Para el doctor Nelson, dos y dos eran cuatro, y tenía que dar esa respuesta antes de renunciar. Todo lo positivo tenía una contrapartida negativa, cada causa un efecto. En su laboratorio no había nunca ningún trabajo de investigación sin terminar, ningún papel ni basura en su mesa, nada de sobra en su mente. Repudiaba todo aquello que no tenía una explicación lógica. No tenía paciencia con las sinfonías inacabadas, las historias de doncellas y caballeros, los enigmas o los misterios sin resolver. Era un tipo muy definido y positivo.
Por eso se sintió tan desolado y desesperado cuando Mackensie y él llegaron al final de la carretera. No era por la acumulación de circunstancias que les llevó a perderse, el que su brújula se hubiera roto accidentalmente, el hecho que estuvieran dando vueltas desde primeras horas de la mañana y ya fueran las tres de la tarde, el que estuvieran cansados, magullados y muertos de hambre y sed. Nada de esto. Era el hecho inexplicable de la carretera en sí.
—¿Qué es eso que hay delante de nosotros? —jadeó el doctor Nelson mientras contemplaba una extensión blanca y brillante a través de los árboles y matojos. Habían estado escalando incesantemente durante la última hora, buscando un lugar alto desde el que pudieran divisar los alrededores del terreno y salir del atolladero—. ¿Una extensión de agua o el cielo?
Mackensie se adelantó. Su voz juvenil flotó cargada de ansiedad.
—¡Es una carretera, doctor! ¡Una carretera asfaltada! Gracias a Dios, ahora podremos encontrar un camino de vuelta a la civilización.
Era una carretera, de acuerdo. Nelson arrugó las cejas pensativo mientras aceleraba el paso para alcanzar a su compañero. ¿Pero qué hacía una carretera de asfalto en mitad de un país salvaje, en donde los hombres blancos que estaban en sus cabales jamás habían puesto el pie? ¿Cómo podía existir una carretera en estas montañas, donde sólo vivían los gamos salvajes y algún grajo ocasional alzaba la voz, o un buitre salvaje volaba en su solitario esplendor sobre sus cabezas? Y había algo más.
No había nada de particular en la carretera de asfalto en sí. Era un ejemplo bastante normal del arte de la ingeniería y la construcción. Veinte metros de ancho, unos veinte centímetros de grosor y se estiraba ante los dos hombres con una gradación adecuada, una extensión blanca que se curvaba a través de los pinos, olmos y cedros y se perdía graciosamente de vista más allá de la cima de una colina.
No, no era la construcción ni el estado de la carretera; era el hecho mismo de su presencia en este lugar. El doctor Nelson era consciente de que había utilizado el adverbio "de repente" dos veces en los escasos segundos que había estado reflexionando. Eso describía aquella cosa. La carretera empezaba bruscamente, así, tal cual; su extremo más cercano estaba tan recortado y terminado como los salientes que corrían a los lados de las autopistas mejor construidas. En medio de un paisaje primitivo, la carretera empezaba de golpe.
No había ninguna evidencia de que intentara continuar en esta dirección. No había árboles talados, ni marcas de prospección, ni niveles, ni arena, grava, pilares, maquinaria, barricadas, señalizaciones de carretera o señales de desviación. Nada. Ni siquiera una carretera de arena o un sendero que llevara a algún sitio desde el extremo del suelo de asfalto. ¡Simplemente una colina agreste en el corazón de unas montañas sin cartografiar y allí, tan bruscamente como un tiro, el extremo de una brillante carretera!
La incongruencia de todo aquello tenía que haber dejado anonadado a Mackensie, a pesar de su alivio, pues el joven biólogo estaba de pie, junto al extremo del pavimento y miraba a su alrededor lleno de perplejidad cuando Nelson se unió a él. Sus brillantes ojos azules encontraron los fijos ojos marrones del hombre mayor y su cara se torció en un interrogante. Sacudió las manos, sintiéndose inútil.
—¿Por qué no continúa? —preguntó—. ¿Puede ser un proyecto abandonado?
—¿Quién ha oído hablar alguna vez de una carretera abandonada, que no lleve al menos a una casa o a una cabaña? —replicó Nelson, irritado.
—¿No será una pista de prueba? —sugirió Mackensie.
El doctor Nelson señaló sin decir nada la superficie inmaculada de la carretera. No había ni una gota de aceite, ni una marca de neumáticos, ni un bache, ni una pisada, nada que rompiera la pureza virginal del tramo. Y sin embargo la carretera, que empezaba aquí, en lo más profundo del bosque, continuaba hasta perderse de vista ante ellos, como si se prolongara eternamente y fuera una arteria importante de un sistema de transportes.
—¡Esto es una adivinanza sin sentido! —exclamó Nelson—. Y detesto las adivinanzas.
—Bien, aunque empieza de un modo espontáneo, doctor, parece que lleva a alguna parte —observó Mackensie—. Al menos, nos conducirá de vuelta a la civilización. Podremos resolver este misterio en el otro extremo. ¿Está usted demasiado cansado para continuar?
—No, no —repitió Nelson irritado, frunciendo el ceño ante la carretera; pero sentía una cierta aversión a pisar el asfalto, aunque no sabía por qué.
Dudó, se secó el sudor de la frente con un pañuelo y miró alrededor, a los densos bosques de donde habían salido. Entonces se encogió de hombros y dio un paso hacia la calzada.
Mackensie le siguió y los dos empezaron a caminar. Forzadamente, Nelson marcaba el paso y los dos marcharon en silencio. Durante un breve espacio de tiempo, no se oyó ningún sonido, excepto el rítmico compás de sus botas y los ruiditos ocasionales que brotaban de la mochila de Nelson. Se trataba del lagarto verde que el biólogo había capturado poco antes del mediodía.
—Siempre el científico infatigable —había observado Mackensie cuando Nelson había capturado hábilmente al pequeño reptil, que tomaba el sol en una roca y al que había introducido en una fiambrera vacía para estudiarlo más tarde.


Ahora, el ruido del lagarto era el único sonido que les hacía compañía. Era el extraño significado de todo esto lo que hizo que Nelson agarrara el brazo de Mackensie y se detuviera de repente.
—¿Por qué nos paramos? —preguntó sorprendido Mackensie—. Esto es mejor que abrirnos paso entre arbustos y matojos para llegar a una granja.
—Escucha —dijo Nelson.
Mackensie así lo hizo, con el cuerpo en tensión. Todo a su alrededor permanecía en completo silencio. No se oía siquiera un soplo de viento entre las hojas de los árboles.
—No oigo nada.
—Eso es —comentó Nelson—. Ni siquiera el zumbido de un insecto, ni un pájaro en el cielo, ni un murmullo en la maleza que rodea la carretera. ¿Qué pasó con los grajos y los mosquitos, que nos han hicieron compañía y no pararon de molestarnos hasta que encontramos esta carretera?
Los ojos azules de Mackensie parecían sorprendidos. Nelson se dio la vuelta para contemplar el tramo de la carretera que ya habían recorrido. Se extendía unos veinte metros, blanca e inmaculada excepto por las débiles marcas de su reciente paso. Era como si estuvieran solos en un mundo muerto. No, no era así exactamente. Todo lo que les rodeaba era la evidencia de vida vegetal, pero en movimiento suspendido. Eso era, una foto en tres dimensiones y technicolor, un mundo rígido y congelado donde sólo ellos dos podían moverse. Era increíble.
—Ni un solo insecto se arrastra por la carretera —susurró Mackensie, asustado—. No hay ni siquiera un sonido distante que indique que hay algo o alguien en este planeta. Pero tengo una extraña sensación en mi interior... que las fuerzas de la vida están a nuestro alrededor. Doctor, noto como si esta carretera estuviera latiendo y temblando, llena de vida, a pesar de que esté rígida bajo nuestros pies. En nombre de Dios, ¿qué es todo esto?
Nelson bajó los ojos y miró a sus pies. Mackensie tenía razón. Había una especie de indicio psíquico de vida en el asfalto, en el mismo aire, y sin embargo todo permanecía inmóvil y silencioso. Lentamente, la extrañeza se apoderó del perturbado científico.
Era como si sus ojos penetraran una fracción de centímetro en la suave superficie del tramo de carretera. Notó, más que vio, que ésta era una carretera de vida increíble, que billones y billones de entes vivos habían recorrido este camino antes que él en interminables y abundantes tropeles.
—Vamos —dijo Nelson con voz apagada—. Continuemos.
Fue al girar en la siguiente curva, donde el bosque se aclaraba un poco y la carretera parecía serpentear majestuosamente en una serie de altiplanos en la cima del mundo, cuando llegaron a la primera variante de la suave superficie de la calzada. Era un pedestal de hormigón a la altura de la cintura, que giraba a la izquierda. Parecía que la carretera se hubiera detenido y hubiera lanzado una especie de pseudópodo en su borde.
En lo alto de este pedestal había un cubo de lo que parecía ser cristal de cuarzo. Al menos era cristal de alguna clase, levemente iridiscente y brillante bajo los rayos del sol de la tarde. A medida que se acercaban, vieron que se trataba de un cubo hueco donde había un poderoso microscopio binocular. Sus piezas gemelas, cubiertas para que el aire libre no las deteriorase, sobresalían de la vitrina. Sobre el pedestal, justo bajo el cubo de cristal y fácilmente distinguible, había una placa de bronce con unas letras. La inscripción estaba en inglés.
Los dos hombres se detuvieron sorprendidos ante la incongruencia de todo aquello. ¡Un hermoso microscopio colocado como en un museo, en medio de una selva que sólo tenía una autopista desierta! ¿Qué significaba?
—¡Dios mío! —murmuró Mackensie—. ¡Mire! ¡Léalo, doctor Nelson! 
Juntos inspeccionaron la placa oscura pero claramente legible.

MUTACIONES PAN-CÓSMICAS UNIVERSALES
Estos diminutos especímenes celulares son las semillas evolucionadas más pequeñas del fenómeno llamado vida, sea vegetal o animal, autocontenidas y prácticamente inmortales. Surcan el universo con los rayos de luz. Particularmente inmortales, se asientan como los hongos sobre los planetas más áridos y desérticos y son los padres de todas las formas de vida. Su origen es desconocido.

Nelson quitó los protectores del microscopio y se aproximó a las lentes. Sintió un extraño escalofrío magnético al tocar el instrumento del interior del cristal. La vitrina parpadeó y brilló como si tuviera vida propia. Era imposible ajustar los controles del microscopio, ya que estaban dentro de la vitrina de cristal, pero tampoco hacía falta.
Ante su campo de visión, perfectamente ajustado, había un típico cristal similar a los millares que el biólogo había examinado. Allí, inmóviles, inmortales, imperturbables, había cientos de pequeñas células grises que parecían las hojas de pino que había estudiado más de una vez. Sin embargo, eran diferentes. Eran celulares; eran bacterias, indudablemente, pero tenían un reborde o concha distinta, que podía haber sido impermeable a la oscuridad, el frío y los rayos cósmicos del espacio exterior. Ciertamente, el doctor Nelson nunca había visto antes nada igual.
Después de un cuidadoso estudio, alzó la cabeza, dio un paso atrás e instó a Mackensie para que mirara. El joven así lo hizo.
—Santo cielo, doctor —murmuró—. Ni siquiera aceptan el colorante en lo más mínimo. Lo rehúsan por completo. Permanecen como puntos en un fondo rosa pálido.
—Exactamente —coincidió Nelson, con el ceño fruncido—. Y ya ves que están inmóviles, inertes, como suspendidos por arte de magia en mitad de su actividad.
—Sí —asintió Mackensie, sin dejar de mirar—. Indudablemente están muertos.
—Eso me pregunto.
—No puedo comprenderlo. Incluso los organismos más diminutos mostrarían al menos algún movimiento molecular.
—Continuemos —dijo Nelson, volviendo a cubrir los binoculares—. Veo otro pedestal más allá, al otro lado de esta carretera infernal.
Mackensie fue el primero en alcanzar el segundo pedestal, donde también había una vitrina de cristal brillante con un microscopio en su interior. Ya estaba observando con los binoculares cuando Nelson leyó la placa de bronce que había bajo la vitrina de cristal.

LEPTOTHRIX. MIEMBRO DE LA FAMILIA DE LAS CLAMIDOBACTERIAS
Una de las formas de vida primitiva de este planeta. Tiene, según las rocas arqueológicas, al menos cien mil millones de años. De forma filamental, con segmentos sueltos, se reproduce por fisión de un extremo. Las paredes de filamentos son de hierro, depositado alrededor de las células vivas por acrecencia. El hombre y los animales son alimentados por plantas que consumen elementos terrestres y producen clorofila gracias al poder del sol, pero el LEPTOTHRIX literalmente come hierro. La mayoría de las vetas de hierro han sido creadas por la acción de esta bacteria.


Nelson echó un vistazo cuando Mackensie, confundido e inseguro, se apartó del microscopio. Reconoció los especímenes al instante. Las bacterias estaban inmóviles, congeladas como estatuas. Cuando alzó la vista, Mackensie ya se dirigía al siguiente pedestal que se encontraba a veinte o treinta metros de distancia. Nelson le siguió lentamente.
—¡Algas! —exclamó Mackensie.
Nelson leyó la placa de bronce y luego miró las familiares fibras azulverdosas de la planta acuática, que son visibles al ojo en forma de porquería verdosa en el agua estancada. Y una vez más se dio cuenta de la inmovilidad de los especímenes.
—¡Plancton! —gritó Mackensie al llegar ante el cuarto pedestal—. Dios santo, doctor, esto parece... parece que es una exposición de bacteriología al aire libre.
Eso era precisamente lo que estaba pensando Nelson. Aún no había resuelto el enigma de la carretera en sí. El misterio adicional de los potentes microscopios colocados aquí, a la intemperie, dentro de aquellas vitrinas de cristal, le había hecho posponer en su mente el deseo de explicarlo a su debido tiempo. Era, como decía Mackensie, una especie de laboratorio de los dioses. Casi con miedo, Nelson miró al cielo, como si esperase que la cabeza y los hombros de algún supercientífico se materializaran desde más allá de las nubes. Pero no sucedió nada. Aún eran las tres de la tarde. Nada vivía ni se movía excepto los dos hombres y el lagarto encerrado en la mochila.
Una cosa le resultó significativa al metódico Nelson mientras recorrían esta extraña carretera. No había nada innecesario o aleatorio en la colocación de los especímenes. Por lo que él podía ver, todo estaba colocado siguiendo un orden lógico y cronológico. El orden iba ascendiendo incesantemente en el poderoso ciclo de la vida.
Ante ellos, adornando la carretera como los árboles de un parque, había vitrinas de cristal de varias formas y tamaños. Ya no había microscopios. Las formas de vida eran ahora detectables a simple vista. Se trataba de una sucesión de especímenes entre la vida animal y la vegetal, que avanzaba en perfecta progresión. Y en el interior de cada vitrina, cada espécimen estaba perfectamente conservado y aparentemente sin vida.
Toda la sucesión de vitrinas de cristal latía y brillaba a la luz del sol como si tuviera vida propia.
Aquella extraña historia de la vida avanzó por las diferentes épocas. De los fósiles a los bosques de coniferas, los primeros reptiles, la edad de los gigantescos mamíferos..., marchaban por la escalera de la vida, viendo especímenes que presumiblemente ningún hombre había visto antes. Era como un viaje a través de una maravillosa combinación de laboratorio, jardín botánico, acuario y el Instituto Smithsoniano.
Los dos biólogos olvidaron el hambre, la sed, el cansancio. Perdieron la noción del tiempo, aunque tenían que haber pasado horas y horas mientras recorrían este panorama de vida inmóvil. Era como observar las fotografías tridimensionales de alguna revista del futuro, o como mirar ampliaciones estereotipadas de la pantalla de la vida. Y el sol colgaba brillantemente a las tres de la tarde.
Las inscripciones de las diversas placas de bronce, que siempre estaban presentes, a pesar del tamaño de la vitrina o de la naturaleza de su contenido, habían conformado una historia completa y única del surgimiento de esa cosa tenaz y frágil, pero indestructible, que es la vida. Nelson empezó a lamentar no haber copiado lo que decían, dándose cuenta mientras lo hacía que eso habría sido imposible. No habría tenido papel suficiente aunque su mochila no hubiera estado llena de otra cosa.
Mackensie empezó a lamentar no haber traído una cámara consigo. Algunos de los especímenes jamás habían sido imaginados por el hombre en su reconstrucción de los huecos de la historia. El enigma principal permanecía sin resolver y Nelson notaba que la fiebre por resolverlo le abrasaba. Sentía, sin necesidad de analizarlo, que estaba siendo arrastrado por la mano del destino y se aproximaba a un clímax, a una altura, un destino que era inexorable.
El mismo fuego tenía que haberse apoderado de Mackensie, pues el joven se maravillaba del gigantesco panorama, de la rareza magnética de las vitrinas de cristal, de las especulaciones que despertaba este museo exagerado, del hecho imposible de que el tiempo se hubiera detenido.
Y entonces llegaron a la primera vitrina vacía. Era una cabina pequeña y se detuvieron a leer la placa de bronce. Hacía tiempo que habían alcanzado una época comparativamente reciente y la flora y la fauna eran tal como existía ahora. El hombre primitivo ya había aparecido, y su imagen estaba apropiadamente colocada en vitrinas progresivas y espaciadas.
Nelson se maravilló ante la visión del primer bruto peludo, que era claramente el eslabón perdido entre el hombre y los animales inferiores. Aunque era una cosa extraña y repulsiva a los ojos de la estética, Nelson el biólogo casi se arrodilló ante el mamífero. A partir de aquí, la historia de la humanidad estaba escrita gráficamente para los dos sorprendidos viajeros.
Pero aquí tenían la primera vitrina vacía. Consciente de su estupor, Nelson leyó la placa de bronce.

LACERTA VIRIDIS
Este lagarto verde es un espécimen de los pequeños reptiles con cola que, junto con su familia, forman el suborden de los LACERTILIOS, con la excepción de las salamanquesas y camaleones.

El biólogo alzó los ojos. Pero la vitrina, que brillaba con su peculiar tono azulverdoso, estaba vacía. No estaba rota ni quebrada. Simplemente no había nada dentro.
—Es curioso —comentó Mackensie en voz alta, mientras Nelson examinaba la vitrina de cristal que, en este instante, parecía una campanilla—. Es el primer hueco en toda la serie.
—Sí —casi gruñó Nelson mientras manoseaba el pomo de la campanilla.
Para su sorpresa, pudo moverla. Entonces vio, al pie, la ruedecita que controlaba el aparato de vaciado de aire y sellado.
Accidentalmente colocó una mano en el lugar que había estado cubierto por la campanilla e instantáneamente perdió toda sensibilidad en el miembro. Era como si toda su mano, desde la muñeca para abajo, no fuera nada más que un muñón de materia insensible. La retiró. Inmediatamente, la vida regresó.
—¿Qué pasa? —preguntó rápidamente Mackensie con interés profesional—. ¿Está caliente?
—No —respondió Nelson, colocando la campanilla en su sitio con mucho cuidado—. No, nada de eso. No se siente nada. Mi mano se quedó completamente muerta.
—¿Se encuentra bien ahora?
—Sí. Debe de haber algo en esas pulsaciones magnéticas que retienen e interrumpen la fuerza vital sin destruir la vida.
—Entonces, si es así, ¿todos esos especímenes que hemos visto están vivos? ¿Vivos pero dormidos?
—Eso me pregunto.
—Vamos —dijo—. Continuemos. Creo que veo un león de las montañas un poco más adelante.


Nelson le siguió, con el ceño fruncido por la irritación ante esta interrupción menor en la colosal muestra de especies. El roce del lagarto en su mochila era como un impulso molesto que se escurría en su cerebro. Pasaron junto al camaleón, los ejemplares de animales salvajes y otra fauna menor y llegaron al lugar donde se resumía la historia de la vida vegetal de esta época.
Aquí, tal vez a unos doscientos metros de la vitrina vacía del lagarto, Nelson se detuvo con determinación. Mackensie le miró, sorprendido.
—Vamos —dijo Nelson—. Retrocedamos.
—¿Retroceder? —repitió Mackensie—. ¿Adónde? ¿Por qué?
—Sólo hasta la vitrina del Lacerta viridis. Tengo que hacerlo. No puedo continuar.
—Pero... pero... ¿podemos retroceder? —preguntó Mackensie.
La idea era preocupante. Nelson nunca había considerado tal posibilidad.
—¿Tendremos tiempo? —continuó su ayudante—. La noche puede que se nos eche encima antes de que lleguemos al final de la carretera.
Por toda respuesta, Nelson señaló al sol, que colgaba en el cielo precisamente a las tres de la tarde.
—Vamos —ordenó Nelson.
Obediente, casi como hipnotizado, Mackensie se dio la vuelta y empezó a deshacer lo andado. Nelson le precedía. Era como si se enfrentaran a una ola resistente, como si combatieran un viento firme y poderoso. Nelson se sentía como si estuviera en un sueño, casi abrumado por una letargia que no podía comprender. Sólo su indomable fuerza de voluntad les hizo seguir avanzando. Y en la carretera seguía sin moverse nada, excepto los dos hombres que caminaban bajo la luz del sol.
Rehicieron sus pasos lentamente y llegaron a la vitrina vacía del lagarto.
—Bien, aquí estamos —jadeó Mackensie—. Y ahora ¿qué?
Por toda respuesta, Nelson abrió su mochila y sacó la fiambrera. Cogió al lagarto por la base del cuello, movió la campanilla de su sitio y colocó el reptil en el pedestal. La criatura se quedó inmóvil de inmediato. Nelson apartó la mano entumecida y observó el espécimen. El lagarto reposaba sobre sus cuatro patitas, como si estuviera vivo, el cuerpo medio enroscado, la cabeza alzada, los ojillos brillantes mientras contemplaba la nada.
Rápidamente, Nelson lo cubrió con la campanilla y giró la rueda para sellar el vacío. Un débil murmullo surgió de la base del pedestal y luego se apagó. El dios de la ciencia aceptaba una ofrenda. Cuando Mackensie intentó retirar la campanilla, vio que era imposible.
Los dos hombres se miraron el uno al otro.
—Al menos es un ejemplar pasable —observó Nelson—. Es similar a las especies del Viejo Mundo. Continuemos ahora.
Encabezó la marcha a paso rápido. Toda su molestia por la vitrina vacía había desaparecido.
Tuvo que haber sido horas más tarde, y sólo Dios sabía tras cuántos kilómetros de curvas, cuando llegaron a la segunda y última vitrina vacía.
—¡Mire! —exclamó Mackensie, aliviado de todo corazón—. ¡Estamos llegando al final de la carretera!
Nelson había perdido el interés por la carretera. La poderosa historia de la vida que había descubierto le había atrapado irresistiblemente. Se dio cuenta de lo que le rodeaba con un sobresalto, y enfocó su atención en la distancia.
Mackensie tenía razón. La carretera se acababa a un centenar de metros de distancia, al alcanzar un grupo de árboles en una colina que descendía.
La carretera acababa como había empezado: Brusca, inexplicablemente. No muy lejos había una vitrina que parecía medir casi un metro. Pero Nelson estaba más interesado en la vitrina de dos metros que tenía enfrente.

HOMBRE DEL SIGLO XX
Este espécimen del mamífero bípedo de sangre caliente, con cerebro y glándulas tiroides desarrolladas representa la cumbre de su evolución. Como se ha señalado a través de las diversas vitrinas, la vida animal y vegetal, teniendo un lejano origen común, difieren principalmente en que un átomo de magnesio en la estructura clorofílica, en vez de un átomo de hierro en la hemoglobina de la sangre, ha provocado sus evoluciones separadas. Desde este punto, sus caminos paralelos convergen y se unen por fin en una estructura común que alcanza la cima total del desarrollo mental.

El doctor Nelson apartó los ojos de la placa de bronce. El cubo estaba vacío. No había ningún ejemplar. En cambio, sólo había una puerta de cristal abierta, que giraba sobre goznes invisibles, como si invitara a un excursionista cansado a entrar y descansar para toda la eternidad.
El biólogo frunció el ceño con total desesperación. ¿Por qué, de todas las vitrinas de especímenes, era ésta la que tenía que estar vacía? Se tiró de una oreja mientras se volvía para contemplar la carretera. Una vez más se sintió molesto, enfadado, al notar que no había ninguna otra vitrina excepto la de un metro al final del camino.
La historia casi había terminado. Después de recorrer durante horas cientos de miles de vitrinas, se encontraban con que esta última, la más importante en lo que concernía a la humanidad, estaba vacía. De alguna manera, Nelson no podía proseguir y marcharse de esta forma. Su naturaleza metódica parecía hacerle continuar con una lógica inexorable. Miró a su compañero.
—Mackensie —dijo con voz extraña—. Mackensie, ven aquí.
El joven palideció y dio un paso atrás.
—No —gimió, adivinando intuitivamente el propósito del otro—. ¡No! Está usted loco, doctor. Salgamos de este lugar infernal y...
Exhaló un alarido de terror mientras Nelson se le acercaba. El biólogo tenía veinte años más que Mackensie, pero también era físicamente más grande. Mackensie no tenía ninguna posibilidad contra él. La lucha fue breve y su significado terrible. En cuestión de segundos, Nelson tuvo a su víctima indefensa.
—¡No! —chilló Mackensie, con los ojos llenos de terror—. ¡Doctor Nelson, no puede...! ¡No puede hacerme esto!
Acabó emitiendo una serie de chillidos inconexos mientras Nelson lo levantaba y lo llevaba hasta la puerta entornada de la cabina de cristal.
—Es indoloro —murmuró Nelson amablemente—. Lo sé. ¿Y por qué la vitrina está vacía si no es para uno de nosotros dos? ¡Contéstame a eso!
Pero Mackensie ya no podía responder ninguna pregunta. Se había sumergido en un estado de horror cataléptico.
Como un sonámbulo, como una marioneta controlada por cuerdas extraterrestres, Nelson dio la vuelta hábilmente a su carga para ponerla ante él y luego, conservando el equilibrio con mucho cuidado, introdujo suavemente el cuerpo de su compañero en la vitrina vacía. El cambio que tuvo lugar fue milagroso, instantáneo. El cuerpo de Mackensie pareció convertirse en mármol. Se quedó erecto, balanceándose como una estatua vacilante.
Rápidamente, Nelson cerró la puerta de cristal ante el rostro de su compañero. Con un suave murmullo, los bordes de la puerta se ajustaron al marco de cristal. La última vitrina tenía su ejemplar perfecto.


El biólogo temblaba mientras miraba a los ojos de su antiguo ayudante de laboratorio. Entonces suspiró, se secó el sudor de la frente y miró al sol. Eran las tres de la tarde.
Se dio la vuelta lentamente, como si no le gustara abandonar al hombre con el que había hecho este increíble viaje, y se dirigió al final de la carretera.
Al llegar a la última vitrina, se detuvo para estudiar el espécimen que había en el interior. El aura titilante de la vitrina, ya casi en la sombra de los árboles, era levemente fosforescente. Pero fue la naturaleza del ejemplar lo que fascinó al biólogo.
La cosa, sentada en cuclillas, de apenas dos metros de altura, pálida y amarronada, parecía más una seta gigantesca que otra cosa. Un champiñón con una protuberancia, que era una horrible caricatura de la cabeza de un hombre. Un par de orificios enormes señalaban lo que podían ser un par de ojos. La boca no era más que una hendidura que recordaba dónde había estado. La cosa no tenía sexo y se alzaba sobre dos metros en forma de raíz. Por fin, Nelson leyó la placa de bronce.

TIRODICUS. HOMBRE PLANTA
La evolución definitiva de la vida mamífera en esta planta. Compuesto principalmente de un tejido cerebral fibroso y un organismo productor de yodo, que es el desarrollo de lo que fue antiguamente la productora de yodo del hombre, la glándula tiroides localizada en la garganta, esta criatura no tiene sangre ni clorofila.
Como el LEPTOTHRIX, esta forma de vida ha aprendido a asimilar su alimento directamente de los elementos, transmutándolos instantáneamente y liberando energía. El Tirodicus, el último estadio de la evolución física, es prácticamente todo cerebro. El escalón siguiente de la evolución, inevitablemente, cruza las fronteras de la existencia animal y la vida se convierte en puramente espiritual.

Eso era todo. La historia había sido contada. El final de la carretera aparecía bruscamente. No había árboles talados, no había marcas, ni niveles, ni pilones, maquinaria, herramientas, barricadas ni señales de desvío. Ni siquiera una carretera de arena. O un sendero que llevara a cualquier parte a partir del final de la superficie de asfalto.
Simplemente una colina agreste en el corazón de unas montañas que nunca habían sido cartografiadas, y la carretera que había empezado tan repentinamente como un tiro, que no llevaba a ningún sitio y acababa con la misma rapidez.
El doctor Nelson era un espíritu metódico y ordenado. Hizo una mueca irónica.
No había podido evitarlo. Su fría lógica había sido llevada hasta el último grado.
Se dio la vuelta y miró pensativo el camino que acababa de recorrer. Sintió un temblor de vida, vago e incomprensible, bajo sus pies. Ahora no había ninguna vitrina vacía, ninguna ruptura entre las dos líneas de especímenes que se encontraban allí. El archivo estaba completo.
¿Qué archivo? ¿Qué era esta increíble muestra científica? Estaba firmemente convencido de que no procedía de la Tierra. ¿Era una trampa del tiempo, o una gigantesca sala de trofeos de algún supercazador de más allá de las estrellas?
El doctor se encogió de hombros y descartó el enigma. Salió de la carretera imposible, aliviado de sentir el terreno y la hierba bajo sus pies. Una vez más, se volvió para mirar la carretera de asfalto.
La carretera había desaparecido. No había nada más allá de los arbustos. El sol se escondía tras las montañas de poniente.

FIN

2026/08/03

Haga una pregunta estúpida (Robert Sheckley)


Título original: Ask a Foolish Question
Año: 1953


El Contestador estaba construido para durar tanto como fuera necesario; algunas razas pensaban que era mucho tiempo y otras juzgaban que era muy poco. Pero para el Contestador era suficiente.
En cuanto a su tamaño, el Contestador era grande para algunos y pequeño para otros. Se lo podía considerar complejo, aunque algunos opinaban que era muy simple. El Contestador sabía que era tal como debía ser. Por encima de todas las cosas, era el Contestador. Y Sabía.
De la raza que lo había construido, era mejor no hablar mucho. Ellos también Sabían y nunca dijeron si el conocimiento les había sido grato.
Construyeron el Contestador por prestar un servicio a razas menos avanzadas, y partieron por un medio desconocido. Hacia dónde, sólo el Contestador lo sabe.
Porque el Contestador lo sabe todo.
Sobre su planeta, siempre circunvalando su propio sol, permanecía el Contestador. La eternidad proseguía, larga, según algunos la consideran, breve, según otros. Pero tal como debía ser para el Contestador.
En su interior estaban las respuestas. Conocía la naturaleza de las cosas y porqué las cosas son como son y qué son y qué significa todo.
El Contestador podía responder a cualquier pregunta, siempre que fuera legítima.
¡Y lo deseaba mucho! ¡Estaba ansioso por responder!
¿De qué otro modo podía hacer un Contestador?
¿Qué otra cosa podía hacer un Contestador?
Por lo tanto, aguardaba a que las criaturas vinieran a preguntarle.

—¿Cómo se siente, señor? —preguntó Morran, mientras se acercaba flotando hasta donde yacía el anciano.
—Mejor —respondió Lingman, tratando de sonreír.
La ausencia de peso era un gran alivio. Aunque Morran había gastado una enorme cantidad de combustible para salir al espacio con una mínima aceleración, el débil corazón de Lingman se había resentido. El corazón de Lingman se detuvo, trabajó de mala gana, golpeó iracundo contra la frágil caja torácica, vaciló y tomó demasiada velocidad. Por un momento pareció que el corazón de Lingman iba a detenerse por puro resentimiento.
Pero después, la ausencia de peso fue un gran alivio y el débil corazón había vuelto a marchar.
Morran no tenía tales problemas. Su vigoroso cuerpo estaba hecho para el esfuerzo y la tensión. Sin embargo, no debía experimentarlos en ese viaje, si deseaba que el viejo Lingman sobreviviera.
—Sobreviviré —murmuró Lingman, como respuesta a la pregunta no formulada— lo bastante como para descubrirlo.
Morran tocó los controles y la nave se deslizó hacia el subespacio como una anguila en el aceite.
—Lo descubriremos —musitó Morran, ayudando al anciano a soltar sus correas—. ¡Encontraremos al Contestador!
Lingman asintió. Ambos socios se habían prestado mutuo apoyo durante muchos años. En un principio, el proyecto de obra de Lingman. Después, Morran, al graduarse en la Universidad Tecnológica de California se unió a él. Juntos habían rastreado los rumores que circulaban por el sistema solar, la leyenda de la antigua raza humanoide que sabía la respuesta a todos los interrogantes, los que habían construido el Contestador antes de partir.
—Piénselo —dijo Morran—: ¡La respuesta a todos los interrogantes!
Morran, como físico, tenía muchas preguntas que formular. La expansión del Universo; la fuerza aprisionada en el núcleo atómico; las novas y las supernovas; la formación de los planetas; el efecto Doppler, la relatividad y otras mil cosas,
—Sí —dijo Lingman.
Se acercó a duras penas al visor, para contemplar la desierta pradera del subespacio ilusorio. Era anciano y biólogo. Tenía dos preguntas a formular.
¿Qué es la vida?
¿Qué es la muerte?

Tras un muy largo período de recoger púrpura, Lek y sus amigos se reunieron a conversar. La púrpura escaseaba siempre en las proximidades de las estrellas múltiples (el por qué, nadie lo sabía), y estaba bien hablar.
—¿Saben? —dijo Lek—. Creo que iré a buscar ese Contestador.
Al decirlo, utilizó el idioma Ollgrat, el de las decisiones inminentes.
—¿Por qué? —preguntó Ilm, en la lengua Hvest de la chanza ligera —¿Por qué quieres saber? ¿No te basta con el trabajo de juntar púrpura?
—No —respondió Lek, aún en el idioma de las decisiones inminentes—, no me basta. 
La gran tarea de Lek y los suyos consistía en recoger púrpura. La encontraron incrustada en muchos lugares de la inmensa fábrica del espacio, en cantidades minúsculas. Lentamente, iban levantando una inmensa montaña. Para qué serviría esa montaña, nadie lo sabía.
—¿Le preguntarás qué es la púrpura? —preguntó Ilm, apartando una estrella del camino para acostarse.
—Lo haré —dijo Lek—. Hemos permanecido en la ignorancia por demasiado tiempo. Debemos averiguar la verdadera naturaleza de la púrpura y su importancia dentro del diagrama total. Debemos saber por qué rige nuestra vida.
Para decir todo esto, Lek había utilizado el Ilgret, o sea el idioma del conocimiento incipiente.
Ilm y los otros no trataron de discutir ni siquiera en la lengua de las discusiones. Sabían que el conocimiento era importante. Desde el alba misma de los tiempos, Lek, Ilm y los otros habían recogido púrpura. Ya era tiempo de conocer las respuestas últimas a todo el Universo: Qué era la púrpura y para qué serviría el montículo.
Y allí estaba el Contestador para decírselo. Todos habían oído hablar del Contestador, construido por una raza no muy diferente a ellos, ausente desde hacía mucho tiempo.
—¿Le preguntarás alguna otra cosa? —inquirió Ilm.
—No sé —dijo Lek—. Quizá le pregunte sobre las estrellas. En realidad, no hay ninguna otra cosa de importancia.
Puesto que Lek y sus hermanos vivían desde el alba de los tiempos, no pensaban en la muerte. Por otra parte, siendo su número invariable, no tenían en cuenta la incógnita de la vida.
Pero, ¿y la púrpura? ¿Y el montículo?
—¡Allá voy! —gritó Lek, en el idioma de las decisiones puestas en marcha.
—¡Buena suerte! —respondieron sus hermanos, en la jerga de la mayor amistad. Y Lek se marchó a grandes pasos, saltando de estrella en estrella.

El Contestador seguía esperando, solitario en su pequeño planeta, la llegada de los Interrogadores. De tanto en tanto murmuraba las respuestas para sí. Era su privilegio. Él Sabía.
Pero aguardaba (y el tiempo no era ni demasiado largo ni demasiado breve) a que cualquier criatura del espacio viniera a preguntar.


Eran dieciocho en un mismo lugar.
—¡Invoco la regla de los dieciocho! —gritó uno. Y apareció uno más, que no existía hasta ese momento, nacido por la regla de los dieciocho.
—Debemos acudir al Contestador —exclamó uno—. Nuestra vida está gobernada por la regla de los dieciocho. Donde haya dieciocho, habrá diecinueve. ¿Por qué es así?
Nadie fue capaz de contestar.
—¿Dónde estoy? —preguntó el decimonoveno, el recién nacido. Uno de ellos lo llevó aparte para proporcionarle instrucción.
Quedaron diecisiete, un número estable. Otro gritó:
—Y debemos descubrir por qué todos los sitios son diferentes, aunque no existan las distancias.
Ése era el dilema. Uno está aquí. De pronto, uno está allá. Así, sin movimiento, sin razón. Y, sin embargo, sin moverse, uno aparece en otro lugar.
—¡Las estrellas son frías! —gritó uno.
—¿Por qué?
—Debemos acudir al Contestador.
Porque habían sabido de la leyenda, conocían la historia. "Había una vez una raza, muy parecida a nosotros, y ellos Sabían…, y enseñaron al Contestador. Más tarde, partieron hacia donde no hay sitios, sino mucha distancia".
—¿Cómo llegaremos allí? —preguntó el recién nacido, ya ahíto de conocimiento.
—Yendo.
Y los dieciocho desaparecieron. Quedó uno solo, contemplando melancólico la tremenda expansión de una estrella de hielo. Después, él también desapareció.

—Las antiguas leyendas tenían razón —exclamó Morran—. Allí está.
Habían surgido del subespacio en el sitio indicado por las leyendas; ante ellos se extendía una estrella diferente a todas las demás. Morran inventó una clasificación que se ajustara a sus características, pero eso no importaba. No había trabajo igual.
A su alrededor giraba un planeta, distinto también a todos los planetas. Morran inventó causas, pero no importaron. El planeta era único.
—Abróchese las correas, señor —dijo Morían—. Descenderé con tanta suavidad como sea posible.

Lek llegó junto al Contestador, avanzando con rapidez de estrella a estrella. Alzó el Contestador en la mano y lo contempló.
—Tú eres el Contestador —dijo.
—Sí —respondió el Contestador.
—En ese caso, responde —pidió Lek, poniéndose cómodo en un vacío abierto entre dos estrellas—. Dime quién soy yo.
—Una parcialidad —dijo el Contestador—. Un indicio.
—Caramba —musitó Lek, herido en su amor propio—, puedes responder mejor. A ver: El propósito de mi especie es recolectar púrpura y levantar con ella una montaña. ¿Puedes decirme cuál es el significado de todo eso?
—Tu pregunta no tiene sentido —respondió el Contestador.
Sabía qué era la púrpura y para qué serviría el montículo. Pero la explicación estaba incluida en una explicación mayor. Sin ella, la pregunta de Lek era inexplicable y Lek no había formulado la pregunta real.
Lek formuló otras preguntas y el Contestador fue incapaz de responderle. Lek veía las cosas según un punto de vista particular, extraía una parte de verdad y se negaba a ver el resto. ¿Cómo explicarle a un ciego la sensación del verde?
El Contestador no lo intentó. No era su deber.
Al fin, Lek dejó escapar una risa burlona y despectiva. Una de las piedrecitas en las cuales se apoyaba fulguró ante el sonido de su carcajada y se apagó en seguida hasta volver a su intensidad habitual.
Lek se marchó a paso rápido, de estrella en estrella.

El Contestador Sabía. Pero previamente debía recibir la pregunta correcta. Estudió sus limitaciones, mientras contemplaba las estrellas, que no eran ni demasiado grandes ni demasiado pequeñas, sino del tamaño exacto.
Las preguntas correctas. La raza que lo construyera debió haber tenido eso en cuenta. Debieron haber incluido cierta tolerancia para con las tonterías semánticas, permitiéndole encarar aquella maraña.
El Contestador se contentó con murmurar las respuestas para sí.

Dieciocho criaturas llegaron hasta el Contestador, sin caminar ni volar, sino apareciendo, simplemente. Estremecidas bajo el resplandor frío de las estrellas, contemplaron la enorme masa del Contestador.
—Si no hay distancias —preguntó una—, ¿cómo es que las cosas pueden estar en otro lugar?
El Contestador sabía qué significaba distancia y qué significaba lugar. Pero no podía responder a esa pregunta. Había distancia, pero no tal como esas criaturas la entendían. Y había lugares, pero en un sentido diferente al que ellos pensaban.
—Formula tu pregunta en otros términos —sugirió el Contestador, con alguna esperanza.
—¿Por qué somos pequeños aquí —preguntó uno— y altos allá? ¿Por qué somos gruesos allá y delgados aquí? ¿Por qué son frías las estrellas?
El Contestador lo sabía todo. Sabía porqué eran frías las estrellas, pero no podía explicarlo en términos de estrellas o de frío.
—¿Por qué —preguntó otro— existe la regla de los dieciocho? ¿Por qué, cuando se reúnen dieciocho, aparece uno nuevo?
Pero la respuesta, naturalmente, era parte de una pregunta mayor, que no había sido formulada.
Apareció una nueva criatura merced a la regla de los dieciocho y las diecinueve se esfumaron.
El Contestador murmuró para sí las preguntas correctas y las respondió.

—Lo conseguimos —dijo Morran—. Bien, bien.
Palmeó a Lingman en el hombro…, con mucha suavidad, porque el anciano podía romperse.
Lingman estaba cansado. Tenía el rostro sumido, amarillento y arrugado. La forma de la calavera asomaba ya en sus dientes oscuros y grandes, en la pequeña nariz achatada, en los pómulos salientes. La matriz comenzaba a revelarse.
—Sigamos —dijo.
No quería perder más tiempo. No tenía tiempo que perder. Se colocaron los cascos y recorrieron el pequeño sendero.
—Más despacio —murmuró Lingman.
—Está bien —dijo Morran.
Caminaron juntos por el sendero oscuro de aquel planeta diferente a todos los planetas, único satélite de un sol diferente a todos los soles.
—Por aquí —dijo Morran.
Las leyendas eran explícitas. El sendero llevaba a unos escalones de piedra. Los escalones de piedra a una explanada. Y allí... ¡el Contestador!
Para el criterio humano, el Contestador parecía una pantalla blanca ubicada en una pared y era muy simple.
Lingman apretó las manos entrelazadas. Aquélla era la culminación de una vida entera de trabajo, inversiones, discusiones, de hurgar entre fragmentos de leyendas. Y todo terminaba allí, en ese momento.
—Recuerde —advirtió a Morran—. Nos sorprenderá. La verdad no será como la hemos imaginado.


—Estoy preparado —dijo Morran, con los ojos extáticos.
—Muy bien —replicó entonces Lingman, con su vocecita débil —contestador: ¿Qué es la vida?
Una voz respondió en el cerebro de cada uno:
—La pregunta no tiene significado alguno. Al decir "vida", el interrogador se refiere a un fenómeno parcial, que resulta inexplicable, excepto en términos de su total.
—¿De qué total forma parte la vida? —preguntó Lingman.
—La pregunta, en su formulación presente, no admite respuesta. El interrogador sigue considerando la "vida" desde un punto de vista personal y limitado.
—Responde en tus propios términos, en ese caso —dijo Morran.
—El Contestador sólo puede responder a preguntas formuladas.
El Contestador volvió a pensar en las tristes limitaciones que le impusieran sus creadores. Silencio.
—¿Está el Universo en expansión? —preguntó Morran, con mayor confianza.
—"Expansión" es un término inaplicable a la situación. El Universo, tal como el interrogado lo considera, es un concepto ilusorio.
—¿Hay algo que puedas decirnos?
—Puedo responder a cualquier pregunta válida con respecto a la naturaleza de las cosas.
Los dos hombres intercambiaron una mirada.
—Creo que sé lo que quiere decir —observó Lingman, tristemente—. Nuestras preguntas básicas son erróneas. Todas ellas.
—No puede ser —dijo Morran—. La física, la biología...
—Verdades parciales —dijo Lingman, con un gran cansancio en la voz—. Al menos, hemos averiguado eso. Hemos descubierto que nuestras suposiciones con respecto a los fenómenos observados son erróneas.
—Pero la regla de la hipótesis más simple...
—Es sólo una teoría —dijo Lingman—. Considérelo de este modo —Siguió—. Suponga que usted desea preguntar: "¿Por qué nací bajo la constelación de Escorpio, en conjunción con Saturno?". Yo no podría responder a su pregunta hablándole del zodíaco, pues el zodíaco no tiene nada que ver con eso.
—Comprendo —dijo Morran, con lentitud—. No puede responder a las preguntas que formulamos basándonos en nuestras premisas.
—Así parece. Y no puede alterar nuestras premisas. Está limitado a responder preguntas válidas... Lo que implica, según parece, un conocimiento que no poseemos.
Y se volvió al Contestador, preguntando:
—¿Qué es la muerte?
—No puedo explicar un antropomorfismo.
—¡La muerte es un antropomorfismo! —dijo Morran, mientras Lingman se volvía rápidamente —¡Ahora estamos avanzando un poco!
Y preguntó:
—¿Son irreales los antropomorfismos?
—Los antropomorfismos pueden clasificarse, a modo de prueba, en: a) verdades falsas, o b) verdades parciales referidas a una situación parcial.
—¿A qué clasificación corresponde este caso?
—A ambas.
Eso fue lo más que pudieron conseguir. Morran no logró extraer más datos del Contestador. Ambos lo intentaron durante varías horas, pero la verdad se les escurría a distancia cada vez mayor.
—Es enloquecedor —dijo Morran, después de un rato—. Este objeto contiene la respuesta al Universo entero y no puede dárnosla a menos que formulemos las preguntas correctas. Pero ¿cómo saber la pregunta correcta?
Lingman se sentó en el suelo y se recostó contra un muro de piedra, con los ojos cerrados.
—Salvajes, eso es lo que somos —dijo Morran, recorriendo la explanada a grandes pasos, frente al Contestador—. Imagínese que un bosquimano fuera a preguntarle a un físico por qué no puede clavar su flecha en el sol. El científico sólo podría explicarlo en sus propios términos. ¿Qué ocurriría entonces?
—El científico no lo intentaría siquiera —respondió Lingman, con voz apagada—, conociendo las limitaciones del interrogador.
—Qué bonito —exclamó Morran, irritado—. ¿Cómo explicar la rotación de la Tierra a un bosquimano? O mejor aún, ¿cómo explicarle la relatividad, siempre sin dejar a un lado el rigor científico, por supuesto?
Lingman no contestó. Seguía con los ojos cerrados.
—Somos bosquimanos. Pero tal vez el abismo es mucho mayor en este caso. Un gusano y un superhombre. El gusano desea saber la naturaleza del polvo y por qué existe en tan grandes cantidades. ¡Oh!, vaya.
Y, volviéndose hacia Lingman, sugirió:
—¿Nos marchamos, señor?
El anciano siguió con los ojos cerrados y sin responder. Sus dedos estaban crispados y las mejillas se habían hundido más aún. La calavera iba emergiendo.
—¡Señor, señor!
Y el Contestador supo que ésa no era la respuesta.

Sólo en su planeta, que no es grande ni pequeño, sino del tamaño preciso el Contestador aguarda. No puede ayudar a quienes llegan hasta él, pues aun el Contestador encuentra restricciones.
Sólo puede responder a las preguntas válidas.
¿Universo? ¿Vida? ¿Muerte? ¿Púrpura? ¿Dieciocho? Verdades parciales, verdades a medias, pequeños fragmentos de la gran pregunta.
Pero el Contestador, solitario, murmura las preguntas para sí, las verdaderas preguntas, las que nadie puede comprender.
¿Cómo podrían comprender, entonces, las verdaderas respuestas?
Las preguntas jamás serán formuladas y el Contestador recuerda algo que sus constructores aprendieron y olvidaron.
Para formular una pregunta, es necesario saber de antemano gran parte de la respuesta.


FIN

2026/07/27

Exilio (Edmond Hamilton)


Título original: Exile
Año: 1943


¡Ahora me gustaría no haber hablado de ciencia ficción aquella noche! Si no lo hubiéramos hecho, en estos momentos no me sentiría obsesionado por esa historia extraña e imposible que nunca podrá ser demostrada ni refutada.
Pero los cuatro éramos escritores profesionales de historias fantásticas, y supongo que la charla resultaba inevitable. No obstante, conseguimos posponerla durante el transcurso de toda la cena y de las bebidas que tomamos después. Madison esbozó, gustoso, su partida de caza y luego Brazell inició una discusión sobre las probabilidades de los Dodgers. Más tarde tuve que desviar la conversación al terreno de la fantasía.
No pretendía hacer algo así. Pero había bebido un escocés de más y eso siempre me vuelve analítico. Y me hacía gracia la forma perfecta en que los cuatro parecíamos un grupo de personas normales y ordinarias.
—Coloración protectora, eso es lo que es —anuncié—. ¡Cuánto nos esforzamos por actuar como buenos chicos normales y corrientes!
Brazell me miró, un poco molesto por la interrupción.
—¿De qué estás hablando?
—De nosotros —respondí—. ¡Qué maravillosa imitación de ciudadanos sólidos y satisfechos! Pero no nos sentimos satisfechos, ninguno de nosotros. Por el contrario, estamos violentamente insatisfechos con la Tierra y con todos sus trabajos; por eso nos pasamos la vida creando un mundo imaginario tras otro.
—Supongo que el pequeño asunto de cobrar a cambio de hacerlo no tiene nada que ver —inquirió Brazell, escéptico.
—Claro que sí —admití—. Pero todos creamos nuestros mundos y pueblos imposibles muchísimo antes de escribir una sola línea, ¿verdad? Incluso en nuestra infancia, ¿no? Por eso no nos encontramos a gusto aquí.
—Nos sentiríamos muchísimo menos a gusto en algunos de los mundos sobre los que escribimos —replicó Madison.
Entonces Carrick, el cuarto del grupo, participó en la conversación. Estaba sentado en silencio, como de costumbre, con la copa en la mano, meditabundo, sin prestarnos atención.
Era un tipo raro en muchos aspectos. No lo conocíamos muy bien, pero le apreciábamos y admirábamos sus relatos. Había escrito algunos maravillosos sobre un planeta imaginario, todos cuidadosamente elaborados.
—Eso me sucedió a mí en una ocasión —le dijo a Madison.
—¿El qué? —preguntó Madison.
—Lo que acabas de sugerir… Una vez escribí sobre un mundo imaginario y luego tuve que vivir en él —contestó Carrick.
Madison se echó a reír.
—Espero que fuera un lugar más habitable que los espeluznantes planetas en los que yo planteo mis patrañas.
Sin embargo, Carrick no sonrió siquiera.
—De haber sabido que tendría que vivir en él, lo habría creado muy distinto —murmuró.
Brazell, tras dirigir una mirada significativa al vaso vacío de Carrick, nos hizo un guiño y a continuación pidió con voz melosa:
—Cuéntanoslo, Carrick.
Carrick continuó mirando abstraído su vaso vacío, mientras lo hacía girar entre los dedos al hablar. Se detenía cada pocas palabras.
—Sucedió inmediatamente después de que me mudara junto a la gran central de energía. Parecía un lugar ruidoso, pero, en realidad, se estaba muy tranquilo en las afueras de la ciudad. Y yo necesitaba tranquilidad para escribir mis historias.
»Me puse a trabajar en una nueva serie que había comenzado, un grupo de relatos que iban a tener lugar en el mismo mundo imaginario. Empecé por crear todos los aspectos físicos detallados de ese mundo, al igual que el universo que tenía como fondo. Pasé todo el día concentrado en ello. Y cuando terminé, ¡algo en mi mente hizo clic!
»Esa breve y extraña sensación me pareció una súbita cristalización. Me quedé allí, plantado, al tiempo que me preguntaba si me estaba volviendo loco. Y es que tuve la súbita convicción de que el mundo que yo había estado imaginando durante todo el día acababa de cristalizar en una existencia física, en alguna parte.
»Por supuesto, descarté esa extraña idea, salí de casa y me olvidé del tema. Pero al día siguiente volvió a suceder. Pasé la mayor parte del tiempo con la creación de los habitantes del mundo de mi historia. Los había imaginado humanos sin la menor duda, aunque no quise hacerles demasiado civilizados, debido a que eso excluiría los conflictos y la violencia que conformarían mi historia.
»Así pues, había creado mi mundo imaginario, un mundo en el que la gente estaba a medio civilizar. Imaginé todas sus crueldades y supersticiones. Edifiqué sus pintorescas y bárbaras ciudades. Y justo cuando acababa, aquel clic volvió a resonar de pronto en mi mente.
»Entonces sí que me asusté de veras, pues sentí con más fuerza que la primera vez esa extraña convicción de que mis sueños habían cristalizado en una realidad sólida. Sabía que era una locura el pensar algo así; sin embargo, en mi mente había una certeza increíble. No podía desechar esa idea.
»Traté de razonar conmigo mismo para descartar tan loca convicción. Si al imaginar un mundo y un universo los había creado de verdad, ¿dónde se hallaban? Desde luego no en mi propio cosmos. No podía contener dos universos, cada uno diferente por completo al otro.
»¿Pero y si el mundo y el universo de mi imaginación habían cristalizado a la realidad en otro cosmos vacío? ¿Un cosmos que se encontrara en una dimensión diferente de la mía? ¿Uno que hubiera contenido nada más que átomos libres, materia informe que no había adquirido forma hasta que, de alguna manera, mis concentrados pensamientos les hicieron tomar las formas que yo había soñado?
»Razoné con esa idea de la extraña manera en que se aplican las leyes de la lógica a las cosas imposibles. ¿Por qué los relatos que yo imaginaba no habían cristalizado a la realidad en ocasiones anteriores y sólo habían empezado a hacerlo ahora? Bueno, para eso había una explicación plausible. Tenía cerca la gran central de energía. Alguna insondable corriente de energía irradiada de ella enfocaba mi imaginación concentrada, como una fuerza superamplificadora, hacia un cosmos vacío donde sacudía la masa informe y la hacía adquirir las formas que yo soñaba.
»¿Creía yo eso? No. Por supuesto que no, pero lo sabía. Hay una gran diferencia entre el conocimiento y la creencia, como alguien dijo: "Todos los hombres saben que van a morir y ninguno lo cree". Pues conmigo ocurría lo mismo. Me daba cuenta de que no era posible que mi mundo imaginario hubiera adquirido una forma física en un cosmos dimensional diferente, aunque, al mismo tiempo, yo tenía la extraña convicción de que así era.
»Y entonces se me ocurrió algo que me pareció divertido e interesante. ¿Y si me creaba a mí mismo en ese otro mundo? ¿Sería yo también real en él? Lo intenté. Me senté ante mi escritorio y me imaginé a mí mismo como uno de los millones de individuos de ese mundo de ficción; creé todo un trasfondo familiar e histórico real para mí en aquel lugar. ¡Y mi mente dijo clic!
Carrick hizo una pausa. Todavía contemplaba el vaso vacío que agitaba lentamente entre sus dedos.
Madison le incitó a continuar:
—Y, por supuesto, te despertaste allí, y una hermosa muchacha se inclinó sobre ti, y preguntaste: "¿Dónde estoy?"


—No sucedió así —repuso Carrick sombrío—. No sucedió así en absoluto. Me desperté en ese otro mundo, sí. Pero no fue como un despertar real. Simplemente, aparecí allí de repente.
»Seguía siendo yo, pero era el yo imaginado por mí para ese otro mundo. Se trataba de otro yo que siempre había vivido allí, igual que sus antepasados antes que él. Verán, yo lo había creado todo.
»Y mi otro yo era tan real en ese mundo imaginario creado por mí como lo había sido en el mío propio. Eso fue lo peor. Todo en ese mundo a medio civilizar era tan vulgar dentro de su realidad...
Hizo una nueva pausa.
—Al principio me resultó extraño. Caminé por las calles de aquellas ciudades bárbaras y miré los rostros de las personas con un imperioso deseo de gritar en voz alta: "¡Yo los he imaginado a todos! ¡Ninguno de ustedes existía hasta que los soñé!"
»Sin embargo, no lo hice. No me habrían creído. Para ellos, yo no era más que un miembro insignificante de su raza. ¿Cómo podían suponer que ellos, sus tradiciones y su historia, su mundo y su universo, habían adquirido de súbito su ser gracias a mi imaginación?
»Después de que mi primera excitación remitiera, no me gustó el lugar. Lo había creado demasiado bárbaro. Las salvajes violencias y crueldades que me habían parecido tan atractivas como material para una historia, eran feas y repulsivas al vivirlas de primera mano. Sólo deseaba volver a mi propio mundo.
»¡Y no pude regresar! No había ningún medio. Tuve la vaga sensación de que podría imaginarme de regreso a mi propio mundo como me había imaginado mi ida a ese otro. Pero no funcionó. La extraña fuerza que había propiciado el milagro no funcionaba en la dirección contraria.
»Lo pasé bastante mal cuando me di cuenta de que estaba atrapado en ese mundo feo, escuálido y bárbaro. Al principio pensé en matarme. Sin embargo, no lo hice. El hombre puede adaptarse a todo. Y yo me adapté lo mejor que pude al mundo creado por mí.
—¿Qué hiciste allí? Quiero decir: ¿Cuál era tu posición? —preguntó Brazell.
Carrick se encogió de hombros.
—No conocía las habilidades ni las destrezas del mundo que había creado. Sólo tenía mi propia habilidad, la de contar historias.
Empecé a sonreír.
—¿No querrás decir que empezaste a escribir historias fantásticas?
Él asintió con expresión sombría.
—No tuve más remedio. Era lo único que podía hacer. Escribí historias sobre mi propio mundo real. Para esa gente, mis relatos eran de una desbordante imaginación y les gustaron.
Nos echamos a reír. Pero Carrick permaneció mortalmente serio. Madison llevó la broma hasta el final.
—¿Y cómo conseguiste regresar al fin a casa desde ese otro mundo que habías creado?
—¡Nunca regresé a casa! —respondió Carrick con un profundo suspiro.
—Oh, vamos —protestó levemente Madison—. Es obvio que regresaste en algún momento.
Carrick, con la misma expresión sombría, meneó la cabeza mientras se ponía en pie para marcharse.
—No, nunca regresé a casa —repitió—. Todavía estoy aquí.


FIN

2026/07/20

Un pliegue en el tiempo (John Windham)


Título original: A Stitch in Time
Año: 1961


En el lado más resguardado de la casa, el sol quemaba. Dentro de las abiertas vidrieras, la señora Dolderson apartó su silla unos centímetros para que su cabeza continuara en la sombra mientras el calor confortaba el resto de su cuerpo. Después, apoyó la cabeza en un almohadón, mirando hacia fuera.
Para ella, aquella escena carecía de tiempo.
Al otro lado de la avenida, el cedro se erguía como siempre. Sus ramas planas bien extendidas debían llegar, suponía, un poco más allá de cuando ella era niña, aunque era difícil aseverarlo: El cedro ya era enorme entonces, lo mismo que ahora. Además, el seto fronterizo estaba tan bien recortado y pulido como en otros tiempos. La cancela del espino aún seguía flanqueada por dos pájaros sin posible identificación, Cocky y Olly, y era maravilloso que aún estuviesen allí, aunque las plumas de la cola de Olly se hubiesen retorcido un poco con la edad.
El cuadro de flores de la izquierda, delante del plantío de arbustos, estaba lleno de color, como siempre... Bueno, tal vez un poco más brillante; se tenía la sensación de que las flores eran un tanto más chillonas que antes, aunque también deliciosas. Sin embargo, el huerto más allá del seto había cambiado un poco: Más árboles jóvenes, y algunos de los viejos habían desaparecido. Entre las ramas se divisaba algún destello de tejado rojo donde vivían los vecinos de otros tiempos. Salvo por esto, era casi posible, por un momento, olvidar toda una existencia.
La tarde dormitaba en tanto los pájaros descansaban, las abejas zumbaban, las hojas susurraban suavemente, y el pom-pom de la pista de tenis a la vuelta de la esquina no cesaba, con alguna voz ocasional que anunciaba el tanteo. Lo mismo podía ser una tarde soleada de cincuenta o sesenta veranos antes.
La señora Dolderson sonrió, amándolo todo; lo había amado de niña y ahora incluso lo amaba más.
Había nacido en esta casa; aquí se había criado, se había casado, había vuelto a ella al morir su padre; aquí había criado a sus dos hijos, aquí había envejecido... Unos años después de la Segunda Guerra Mundial estuvo a punto de perderla... Pero no fue así del todo y aún estaba en ella.
Era Harold quien lo había hecho posible. Un chico listo, un hijo maravilloso. Cuando se vio claramente que ella ya no podría mantener la casa, que tenía que venderla, fue Harold quien convenció a su empresa para que la adquiriese. Su interés, le dijo a su madre, no radicaba en la casa sino en el emplazamiento, como la de cualquier comprador. La casa en sí carecía de valor ahora, pero su situación era muy conveniente. Como condición de venta, habían convertido cuatro estancias del lado sur en un apartamento que sería de ella hasta su muerte. El resto de la residencia se había convertido en hotel, albergando a unos veinte jóvenes que trabajaban en los laboratorios y oficinas construidos en la parte norte, en el lugar de los establos y parte del paseo de caballos.
Ella sabía que un día derribarían la vieja casa, pues ya había visto los planos; pero por el momento, en su tiempo, tanto la mansión como el jardín del sur y oeste no los tocaría nadie. Harold le había asegurado que para ello tenían que transcurrir al menos quince o veinte años, mucho más del tiempo que ella los necesitaría, con toda seguridad.
Y no era que, pensaba serenamente la señora Dolderson, lamentase demasiado desaparecer de este mundo. Uno acaba por ser inútil y, ahora que ella estaba en una silla de ruedas, una carga para los demás. Además, tenía la sensación de que ya era como una forastera, una extranjera en el mundo de otros seres. Todo estaba muy cambiado; primero, convirtiéndose en un lugar difícil de entender, después llegando a formar un complejo imposible de comprender. No era extraño, pensó, que los viejos se tornen posesivos respecto a las cosas; que se aferren a los objetos que les unen al mundo que pueden entender.
Harold era un muchacho estupendo y, por él, la señora Dolderson hacía lo que estaba en su mano para no parecer excesivamente estúpida, aunque a veces esto era difícil. Hoy, por ejemplo, en el almuerzo, Harold se mostró muy excitado por un experimento que debían realizar por la tarde. Tenía que hablar de ello, aunque debía saber que prácticamente nada de lo que decía resultaba comprensible para ella.
Era algo sobre dimensiones. Ella había captado la idea, aunque se limitó a asentir sin intentar ahondar más en el asunto. La última vez que salió el tema a colación, ella observó que en su juventud sólo había tres, y no comprendía cómo el progreso mundial podía haber añadido más. Esto había lanzado al muchacho a una disertación respecto a la opinión de los matemáticos, según la cual en el mundo es posible, aparentemente, percibir la existencia de una serie de dimensiones. Incluso el momento de existencia en relación con el tiempo era, al parecer, una especie de dimensión. 
Filosóficamente, Harold había empezado a explicarlo, pero ella se perdió en aquella elucubración. Harold se había metido en algo muy confuso. La señora Dolderson estaba segura de que en su juventud la filosofía, las matemáticas y la metafísica eran tres asignaturas separadas, pero en la actualidad, incomprensiblemente, parecían haberse fundido entre sí.
De modo que esta vez ella le escuchó tranquilamente, dejando oír algunos sonidos alentadores de cuando en cuando, hasta que al final él sonrió tímidamente, asegurando que ella era muy bondadosa al soportar aquel rollo. Luego, dio la vuelta a la mesa y la besó en las mejillas, abrazándola, y ella le deseó mucha suerte en el experimento misterioso de la tarde. Después, Jenny quitó el servicio de la mesa y la acompañó en su silla a la ventana.
El calor de la deslumbrante tarde la sumió en una dulce modorra que la llevó a cincuenta años atrás, cuando en otra tarde como ésta también se sentó junto a la ventana, aunque entonces no pensaba en absoluto en una silla de ruedas, aguardando a Arthur... Aguardando a Arthur con el corazón anhelante, aunque Arthur no llegó...
Era extraño cómo sucedían las cosas. Si Arthur se hubiera presentado aquel día, seguramente ella se habría casado con él, y Harold y Cynthia no habrían existido. Sí, ella habría tenido hijos, pero no habrían sido Harold ni Cynthia. ¡Qué curiosa casualidad es la existencia! Sólo por decirle "no" a un hombre, o "sí" a otra mujer, es posible dar la existencia a un arzobispo en potencia o a un futuro asesino. ¡Qué tontos eran hoy día, tratando de suavizarlo todo, de asegurar la vida, en tanto que detrás, en el pasado de cada cual, se extendía la fila llena de casualidades, de mujeres que habían dicho "sí" o "no", según el capricho del momento!
Era curioso que ahora se acordara de Arthur. Hacía años que no pensaba en él.
Estaba segura de que aquella tarde él habría pedido su mano. Fue antes de que ella oyese hablar de Colin Dolderson. Y ella habría aceptado. Oh, sí, habría aceptado a Arthur.
Nunca hubo explicaciones. Ella nunca supo por qué él no se presentó entonces ni nunca más. Tampoco le escribió. Diez días, tal vez quince después, recibió una carta impersonal de la madre de Arthur comunicándole que su hijo estaba enfermo y que el médico aconsejaba un viaje al extranjero. Pero después nada en absoluto hasta el día en que vio su nombre en un periódico, casi dos años más tarde.


Naturalmente, se había enfadado (una joven tiene su orgullo, ¿no?), y durante algún tiempo también se sintió dolida. Pero al final, ¿cómo puede saber una que lo ocurrido no fue lo mejor? ¿Habrían sido sus hijos tan cariñosos con ella, tan amables, tan inteligentes como Cynthia y Harold?
Una serie infinita de probabilidades... con los genes y otras cosas de las que se habla hoy en día...
El rumor de la pelota de tenis ya había cesado y los jugadores se habían marchado, volviendo seguramente a su recóndita labor. Las abejas continuaban zumbando entre las flores; también revoloteaba media docena de mariposas. Los árboles de más allá temblaban bajo la calma. La modorra se tornó irresistible. La señora Dolderson no la combatió. Reclinó la cabeza hacia atrás, oyendo a medias otro zumbido, más estridente que el de las abejas, pero no suficiente para molestarla. Cerró los ojos...
De pronto, a pocos metros de distancia, pero fuera de su campo visual desde la silla, sonaron unas pisadas en el sendero. El sonido empezó bruscamente, como si alguien hubiera saltado al sendero desde el césped, sólo que no había visto a nadie cruzando por allí. Simultáneamente se oyó una voz de barítono, que cantaba animadamente, aunque no muy alto. En realidad, la canción empezó por la mitad de una frase:
 
... mundo haciéndolo, haciéndolo, haciéndolo...
Mira este...

De repente la voz calló y las pisadas cesaron también.
La señora Dolderson tenía ya los ojos abiertos, muy abiertos. Se asía a los brazos de la silla con sus delgadas manos. Recordaba la canción, más aún, estaba segura de reconocer la voz... al cabo de tantos años. "Bah, un sueño estúpido", se dijo. Le había recordado sólo unos instantes antes de cerrar los ojos. ¡Qué tontería!
Y no obstante, cosa curiosa, no parecía un sueño. Todo era tan claro, tan delimitado, tan familiarmente razonable..., con los brazos de la silla muy sólidos bajo sus dedos...
Otra idea se presentó a su cerebro: Ella había muerto, por eso no era un sueño ordinario. Sentada al sol, debió fallecer quedamente. El médico le había dicho que podía morir inesperadamente... ¡Y ahora había ocurrido! Experimentó un momento de alivio; no era que temiese mucho a la muerte, pero sí al trastorno que podía haber después... Y ahora todo había acabado sin perturbaciones. Tan sencillo como quedarse dormida. De pronto se sintió feliz, totalmente dichosa. Aunque era extraño que aún pareciese atada a la silla...
La grava crujió bajo las pisadas de aquellos pies.
—¡Esto es raro! ¡Rarísimo! ¿Qué diablos ha sucedido?
La señora Dolderson estaba inmóvil en su silla. No había la menor duda respecto a la voz.
Una pausa. Los pies se movieron, como con incertidumbre. Después, siguieron avanzando, lenta, vacilantemente. Los pies trajeron un joven a la vista. Oh, parecía tan joven. La anciana sintió oprimírsele el corazón.
Vestía una chaqueta azul a listas y pantalones blancos de franela. Había una bufanda de seda en torno a su cuello y, echado hacia atrás, llevaba un sombrero de paja con una cinta coloreada. Tenía metidas las manos en los bolsillos del pantalón y sujetaba una raqueta de tenis bajo el brazo izquierdo.
Ella le vio primero de perfil y no con su mejor expresión, ya que parecía asombrado, con la boca entreabierta, al mirar hacia el grupo de árboles.
—Arthur... —murmuró la señora Dolderson.
Él se sobresaltó. La raqueta resbaló y cayó al suelo. Intentó recogerla, quitarse el sombrero y recobrar la compostura, todo al mismo tiempo, con poco éxito. Cuando se irguió de nuevo, su cara estaba sonrojada, con una expresión aún confusa.
Miró a la anciana de la silla, con las rodillas protegidas por una manta, sus manos delicadas sobre los brazos de la silla. La mirada pasó más allá de ella, hacia el salón. Aumentó su confusión, con una nota de alarma. Sus ojos volvieron a la vieja dama. Ésta le contemplaba intensamente. El joven no recordaba haberla visto antes, ni sabía quién era, y no obstante en sus ojos parecía haber algo que le era ligeramente familiar.
La anciana se contempló la mano derecha. La estudió un instante como un poco intrigada y volvió a levantar la vista hacia él.
—¿No me conoces, Arthur...? —preguntó suavemente.
Había una nota de tristeza en su voz que él tomó por desengaño, teñido de reproche. Ante esto, el joven hizo lo posible por serenarse.
—Me temo..., me temo que no —confesó—. Usted... yo... eh... —Se atascó, y continuó con angustia—: Usted debe de ser... la tía de Thelma..., de la señorita Kilder, ¿verdad?
La anciana le miró fijamente unos momentos. El muchacho no comprendió su expresión.
—No —murmuró ella—, no soy la tía de Thelma.
La mirada del joven volvió a pasearse por el salón. Esta vez movió la cabeza con asombro.
—Todo es diferente... No, sólo a medias —manifestó con inquietud—. Oh, no puedo haberme equivocado...
Se interrumpió y volvió a contemplar el jardín.
—No, ciertamente no me he equivocado. ¿Pero qué... qué ha sucedido?
Su extrañeza ya no era simple; parecía tremendamente turbado. Sus asombrados ojos volvieron a posarse en la anciana.
—Por favor... no lo entiendo... ¿Cómo es que me conoce usted?
La creciente inquietud del muchacho la turbó a ella, obligándola a mostrarse más cauta.
—Te he reconocido, Arthur... Nos conocimos mucho antes, ¿no?
—¿De veras? No me acuerdo... Lo siento mucho...
—Pareces angustiado, Arthur. Coge aquella silla y descansa un poco.
—Gracias, señora... eh... señora...
—Dolderson —terminó ella.
—Gracias, señora Dolderson —dijo él, frunciendo el ceño al intentar situar el nombre.
La anciana le vio acercar la silla. Cada movimiento, cada rasgo le era familiar, incluso el mechón de pelo que le caía sobre la frente siempre que agachaba la cabeza. Él se sentó y estuvo callado unos momentos, mirando, con el entrecejo arrugado, hacia el jardín.
La señora Dolderson tampoco se movió. Se hallaba casi tan sorprendida como él, aunque no lo daba a entender. Obviamente, la idea de haber muerto era una tontería. Estaba como siempre, en su silla, dándose cuenta del dolor de la espalda, capaz de asir los brazos de la silla y sentirlos. No era un sueño..., todo estaba entrelazado, tan sólido, tan... real; muy diferente de como son las cosas en los sueños.
¿Sería una simple alucinación, un engaño de su mente al colocar el rostro de Arthur en un joven completamente distinto? Volvió a mirarle, No, no era eso. Él había contestado al nombre de Arthur y además llevaba su chaqueta. En la actualidad, las chaquetas ya no tenían aquel corte y hacía muchísimos años que los jóvenes no llevaban sombreros de paja.
¿Una especie de fantasma? Oh, no; Arthur era sólido; la silla había crujido al sentarse, los zapatos rechinaron sobre la grava. Además, ¿quién ha oído hablar nunca de un fantasma tan asombrado y, sobre todo, de un joven fantasma recién afeitado?


El muchacho interrumpió los pensamientos de la anciana al volver la cabeza.
—Creía que Thelma estaba aquí —observó—. Me lo había dicho. Dígame, por favor, dónde está.
Como un niño asustado, pensó ella. Deseaba consolarle, no asustarle más. Pero no se le ocurrió decir más que:
—Thelma no está lejos.
—Debo encontrarla. Ella me explicará lo ocurrido. 
Hizo ademán de levantarse.
La anciana posó una mamo sobre el brazo del joven, impidiéndoselo.
—Un momento. ¿Qué parece haber ocurrido? ¿Qué es lo que tanto te preocupa?
—Esto —agitó una mano, incluyendo cuanto le rodeaba—. Todo está diferente, pero es lo mismo... Y sin embargo, no lo es. Siento como si..., como si estuviera un poco loco.
Ella le miró fijamente y luego sacudió la cabeza.
—No lo creo. Dime, ¿qué te pasa?
—Venía hacia aquí para jugar al tenis... Bueno, para ver a Thelma, en realidad —añadió, corrigiéndose—. Todo estaba bien, como de costumbre. Iba por el sendero y dejé la bicicleta apoyada en el abeto que hay al comenzar la avenida. Empecé a caminar por ella y de pronto, al doblar la esquina de la casa, todo resultó... diferente.
—¿Diferente? —repitió la señora Dolderson—. ¿Diferente en qué?
—Bueno, casi en todo. El sol pareció convulsionarse en el cielo. Los árboles eran más grandes, no como antes. Las flores del jardín mostraban un color distinto. La enredadera cubría ya todo el muro... y de repente, sólo estuvo hasta media altura... y parecía otra clase de enredadera. Había otras casas más allá. Casas que no había visto nunca, pues allí sólo había un campo, al otro lado del huerto. Incluso la grava de la avenida estaba más amarilla de lo que recordaba. Y este salón... es el mismo de siempre. Conozco el escritorio, la chimenea y los dos cuadros. Pero el papel es diferente. Nunca lo había visto y sin embargo, no es nuevo. Por favor, dígame dónde está Thelma, quiero que me lo explique... Sí, debo de estar un poco loco...
La anciana le apretó el brazo con más fuerza.
—No —repuso con decisión—. Sea lo que sea, seguro que no es eso.
—Entonces... ¿qué...?
Se interrumpió bruscamente y escuchó ladeando la cabeza. El sonido fue en aumento.
—¿Qué es esto? —inquirió con ansiedad.
La señora Dolderson aumentó la presión de su mano.
—No pasa nada, Arthur... No pasa nada —le dijo como a un niño.
Sentía el aumento de la tensión en el joven a medida que crecía el ruido. Pasó por encima, a menos de trescientos metros, con los eyectores atronando el espacio, dejando atrás una estela de gas blanco, en tanto el aire se estremecía y gradualmente volvía a su anterior placidez.
Arthur lo contempló. Y lo vio desaparecer. Cuando volvió a mirar a la anciana, su rostro estaba blanco, muy asustado.
—¿Qué... —preguntó con voz temblorosa—, qué ha sido eso?
—Sólo un avión, Arthur —contestó ella, para obligarle a calmarse—. Oh, son terriblemente ruidosos.
Arthur miró hacia el sitio por donde se había desvanecido el aparato y sacudió la cabeza.
—Pero yo he oído aviones y los he visto. Y no son así. Este hacía un ruido como una motocicleta... pero más fuerte. ¡Era terrible! No lo entiendo..., no entiendo lo sucedido... —su voz sonaba patética.
La señora Dolderson iba a contestar, cuando de improviso recordó la charla con Harold referente a las dimensiones, a su trasmutación en planos diferentes, a sus implicaciones del tiempo en forma de otra dimensión. Con un destello intuitivo lo comprendió... No, comprender no era la palabra adecuada... Lo percibió. Pero al percibirlo se halló perdida, desorientada.
Miró otra vez al joven. Estaba tenso, temblando levemente. Se estaba preguntando si tenía el cerebro desquiciado. Bien, esto tenía que terminar. No existía ningún medio suave, pero ¿cómo hacerlo de otro modo?
—Arthur... —exclamó súbitamente. El muchacho la miró veladamente.
Con deliberación, la anciana habló con aplomo:
—Hallarás una botella de coñac en la alacena. Cógela, por favor, y trae dos copas.
Con un movimiento casi hipnótico, él obedeció. La anciana llenó para él un tercio de una copa con coñac, y se sirvió un poco menos.
—Bebe esto —le ordenó nuevamente. Él vaciló—. Vamos. Has sufrido una gran impresión. Te hará bien. Quiero hablar contigo y no puedo mientras no te hayas repuesto de la sorpresa.
Arthur bebió, tosió un poco y tomó asiento.
—Apura la copa —insistió ella. Él la apuró. La anciana se interesó—: ¿Te encuentras mejor?
El joven asintió, pero no dijo nada. Ella se decidió y respiró profundamente.
—Arthur, dime qué día es hoy.
—¿Qué día? —se sorprendió él—. Pues, viernes. El veintisiete de junio.
—El año, Arthur. ¿Qué año?
El muchacho volvió el rostro hacia ella.
—No estoy completamente loco, ¿sabe? Sé quién soy y dónde estoy... o eso creo. Es todo lo demás lo que está mal, no yo. Puedo asegurarle...
—Arthur, quiero que me digas el año.
La voz de la anciana era de nuevo autoritaria.
El joven mantuvo los ojos fijos en ella mientras hablaba.
—Mil novecientos trece, claro.
La mirada de la señora Dolderson volvió a concentrarse en el jardín y las flores. Asintió suavemente. Aquél era el año y había sido en viernes; qué extraño que ahora lo recordase. Debía de haber sido el veintisiete de junio. Pero, desde luego, fue un viernes del verano de 1913 el día en que él no acudió. Hacía tanto... tanto tiempo...
La voz del joven la devolvió al presente. Sonaba insegura por la ansiedad.
—¿Por qué me lo ha preguntado? Me refiero al año.
Su frente estaba muy arrugada, sus ojos muy ansiosos. Era muy joven. A la anciana le dolía por él el corazón. Volvió a coger con su mano frágil la fuerte de Arthur.
—Creo..., creo que ya lo sé —murmuró él, estremeciéndose—. Ignoro cómo, pero usted no me lo habría preguntado a menos que... Sucedió una cosa muy rara, ¿eh? Ya no estamos en mil novecientos trece, ¿verdad? ¿Quería decir eso? La forma de crecer los árboles..., el avión... —Calló, mirándola con los ojos muy abiertos. Y luego—: Tiene que decírmelo. Por favor, por favor, ¿qué me ha ocurrido? ¿Dónde estoy? ¿Qué es esto?
—Mi pobre muchacho... —murmuró ella.
—¡Oh, por favor...!
The Times, con el crucigrama resuelto a medias, se hallaba en una silla próxima. Lo cogió con reluctancia. Luego lo dobló y se lo entregó al joven. Al tomarlo, a él le temblaba la mano.
—Londres, lunes, primero de julio —leyó. Después, susurró con incredulidad—: ¡Mil novecientos sesenta y tres!
Bajó el diario y la miró suplicante.
La anciana asintió lentamente dos veces.


Estuvieron contemplándose sin hablar. Gradualmente, la expresión de Arthur cambió. Se le juntaron las cejas, como penosamente. Luego miró a su alrededor, con los ojos penetrantes aquí y allí, cual si quisieran escapar. Por fin, volvieron a fijarse en ella. Los cerró un momento. Después los abrió, llenos de dolor y miedo.
—¡Oh, no, no! ¡No! Usted no es..., no puede ser... Usted me dijo que era... la señora Dolderson. Dijo que lo era. Usted no es..., no puede ser... Thelma...
La señora Dolderson calló. Se miraron otra vez. El rostro de Arthur se arrugó como el de un chiquillo.
—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! —gritó, ocultando la cara entre las manos.
La señora Dolderson entornó los ojos un instante. Cuando los abrió ya era dueña de sí. Tristemente, miró sus temblorosos hombros. Su mano izquierda, delgada, con muchas venillas azules, se tendió hacia la cabeza inclinada para acariciarle suavemente el cabello.
La mano derecha encontró el timbre que estaba sobre la mesita que tenía al lado.
Lo apretó, sin apartar el dedo.

Abrió los ojos al oír el movimiento. La persiana dejaba en la sombra la habitación, pero había luz suficiente para que divisase a Harold al lado de su cama.
—No quería despertarte, madre —se disculpó el joven.
—No me has despertado, Harold. Estaba soñando, pero no dormía. Siéntate, querido. Quiero hablar contigo.
—No te fatigues, madre. Has sufrido una leve recaída, ¿sabes?
—Sí, pero resulta más fatigoso estar intrigada que saber la verdad. No te entretendré mucho.
—Está bien, madre.
Acercó una silla a la cama y se sentó, cogiendo una mano de la anciana entre las suyas. Ella escrutó el rostro de su hijo en la penumbra.
—Lo hiciste tú, ¿verdad, Harold? ¿Fue tu experimento lo que trajo aquí al pobre Arthur?
—Fue un accidente, madre.
—Cuéntamelo.
—Estábamos comprobándolo. Sólo una prueba preliminar. Sabíamos que era posible teóricamente. Habíamos demostrado que sí podíamos... ¡Oh, es tan difícil de explicar! Si podíamos, bueno, doblar una dimensión, doblarla sobre sí, dos puntos normalmente separados tendrían que coincidir. Temo que esto no está muy claro...
—No importa, querido. Adelante.
—Bien, cuando tuvimos dispuesto nuestro generador distorsionador del campo, lo doblamos para unir dos puntos separados normalmente cincuenta años. Piensa en una tira de papel doblada en dos marcas, de modo que coincidan las marcas.
—Sí...
—Fue muy arbitrario. Pudimos escoger diez años o cien, pero elegimos cincuenta. Y nos acercamos de manera asombrosa, madre, muy asombrosa. Sólo cometimos un error de cuatro días en cincuenta años. Esto nos dejó estupefactos. Lo que ahora hemos de hacer es descubrir el origen del error, pero si nos pidieras que apostásemos, nosotros...
—Sí, querido. Estoy segura de que fue maravilloso. ¿Pero qué sucedió?
—Oh, lo siento. Bueno, como dije, fue un accidente. Sólo tuvimos el aparato conectado tres o cuatro segundos y él debió penetrar entonces en el terreno de la coincidencia. Una probabilidad entre un millón. Ojalá no hubiese sucedido, pero no podíamos prever...
La anciana giró la cabeza sobre la almohada.
—No, no podían preverlo —concedió—. ¿Y después?
—Realmente, nada. No supimos nada hasta que Jenny contestó a tu timbrazo y te encontró desmayada y a ese individuo, Arthur, completamente desquiciado; entonces, fue a buscarme.
»Una de las doncellas te ayudó a llegar hasta la cama. Vino el doctor Sole y te reconoció. Luego, le dio un tranquilizante a ese Arthur. El pobre chico lo necesitaba... Claro, es algo terrible lo que le sucedió, cuando sólo esperaba jugar un partido de tenis con su chica.
»Cuando se calmó, nos dijo quién era y de dónde venía. ¡Bueno, era algo estupendo! Una prueba vivida accidental al primer experimento.
»Pero lo único que el pobre muchacho quería era regresar lo antes posible. Estaba muy angustiado... Sí, un mal asunto. El doctor Sole quiso ponerle bajo sedantes para que no se volviera loco. Lo parecía, aunque cuando volvió en sí no daba la impresión de estar mejor.
»Ignorábamos si podíamos hacerle regresar. La transferencia hacia adelante, para expresarlo toscamente, puede considerarse como una aceleración infinita de una progresión natural, pero la idea de la transferencia "hacia atrás" está llena de implicaciones desconcertantes, cuando se reflexiona en ello. Hubo un debate, pero el doctor Sole lo solucionó. Sólo con que existiese una posibilidad mínima, dijo, el sujeto tenía derecho a intentarlo, y nosotros estábamos obligados a tratar de deshacer lo que habíamos hecho. Aparte de esto, si no lo intentábamos, tendríamos que explicar cómo teníamos en nuestras manos un chiflado, y naturalmente, apartado cincuenta años de su curso.
»Intentamos hacerle comprender a Arthur que no estábamos seguros de que la operación tuviese éxito al revés; además, existía el error de cuatro días, de modo que el regreso no sería exacto. Creo que no lo entendió. El pobre chico estaba en un estado lamentable; sólo quería una probabilidad, cualquier clase de probabilidad, para largarse de aquí. Era una idea fija.
»De modo que decidimos correr el riesgo; al fin y al cabo, si no era posible, él... Bueno, no se enteraría ni ocurriría nada en absoluto.
»El generador aún estaba en la misma dirección. Pusimos un tipo a la tarea, colocamos a Arthur en la avenida que da al salón, y lo alineamos con la máquina.
»Le indicamos que caminara, tal como cuando ocurrió.
»Dimos la señal de funcionamiento. Claro que a causa del sedante administrado por el médico y todo lo demás, Arthur estaba muy alicaído, pero hizo lo que pudo para sobreponerse. Empezó a avanzar, tambaleándose. Un chico obstinado; casi lloraba, pero con voz extraña y desafinada se puso a cantar: Todo el mundo lo hace, lo hace...
»De repente desapareció, se esfumó por completo. —Harold calló y añadió a pesar suyo—: Las pruebas que ahora poseemos no son muy convincentes..., una raqueta de tenis prácticamente nueva, pero muy anticuada, y un sombrero de paja.
La señora Dolderson continuó tendida en la cama sin hablar.
—Hicimos lo que pudimos, madre —agregó su hijo—. Sólo podíamos intentarlo.
—Naturalmente, querido. Y tuvieron éxito. No fue culpa tuya que no pudieran deshacer lo hecho. No, me preguntaba solamente qué habría ocurrido si hubiesen puesto en funcionamiento esa máquina unos minutos antes o después. Aunque supongo que esto era imposible, de lo contrario tú no habrías sido tú.
Harold la miró con inquietud.
—¿Qué quieres decir, madre?
—Nada, querido. Hiciste lo que pudiste... y espero que esto haya sido lo mejor...
—Estaba muy angustiado ante la idea de que le mantuviéramos aquí. Se habría vuelto loco. ¿Qué podíamos hacer?
—No lo sé..., nada. Supongo que estaba escrito...


—¿Por qué crees que conseguimos hacerle regresar, madre?
—Sé que lo lograron, querido. —Hizo una pausa, y con voz queda, como recordando algo, citó—: "Arthur Waring Batley. Subteniente, por heridas recibidas en acto de combate en Francia. Tres de noviembre de mil novecientos quince".
Cerró los ojos y de ellos se escapó una lágrima que resbaló lentamente por su mejilla. Harold sacó su pañuelo para secársela. Ella le apretó la mano, pero no habló. Muy arriba, fuera de la casa, el estruendo de un jet fue creciendo y acabó por enmudecer.
—No me apena irme —murmuró la señora Dolderson—. Me dolerá dejarte, Harold, querido, pero esto es lo único que me importará cuando llegue el momento. Tal vez yo sea un poco como el pobre Arthur: No me gusta mucho tu mundo... ni las cosas que enseña a hacer.

FIN