2026/11/02

El astronauta muerto (J. G. Ballard)


Título original: The Dead Astronaut
Año: 1968


Cabo Kennedy y sus enormes instalaciones erigidas sobre las dunas ya no eran ahora más que un mausoleo. La arena había sepultado el Banana River y todos sus riachuelos, convirtiendo el antiguo complejo espacial en un desierto pantanoso lleno de islas de hormigón cuarteado. Durante el verano los cazadores se emboscaban entre los restos de los desmantelados vehículos de servicio, pero cuando Judith y yo llegamos era principios de noviembre y no había ni un alma. Tras Cocoa Beach, donde estacioné el coche, los moteles en ruinas desaparecían a medias bajo la vegetación salvaje. Las rampas de lanzamiento apuntaban hacia el atardecer, como los oxidados grafismos de una extraña álgebra celeste.
—La verja de entrada está a ochocientos metros ahí delante —dije—. Esperaremos aquí hasta que se haga de noche. ¿Te sientes mejor?
Judith contemplaba en silencio la enorme nube de color rojo cereza en forma de embudo que parecía estar arrastrando consigo al agonizante día hacia el otro lado del horizonte. El día anterior, en Tampa, había sufrido un momentáneo desvanecimiento sin ninguna causa aparente.
—¿Y el dinero? —dijo de pronto—. Quizá nos pidan más, ahora que estamos aquí.
—¿Más de cinco mil dólares? No, es suficiente. Los cazadores de reliquias son una especie en vías de extinción. Cabo Kennedy ya no interesa a nadie. ¿Qué te ocurre?
Estaba tironeando nerviosamente con sus afilados dedos las solapas de su chaquetón de ante.
—Bueno, es que pienso... que quizás hubiera tenido que vestirme de negro.
—¿Por qué? Esto no es un entierro, Judith. Vamos, hace veinte años que Robert está muerto. Sé lo que representaba para nosotros, pero...
Ella miraba fijamente los destrozados neumáticos y los restos de los coches abandonados. Sus ojos claros parecían tranquilos en su tenso rostro.
—¿Pero es que no lo comprendes, Philip? —murmuró—. Vuelve. Es preciso que alguien esté ahí esperándolo. Los servicios efectuados en su memoria ante el aparato de radio no fueron más que una farsa atroz. ¿Imaginas el impacto que hubiera recibido el ministro si Robert le hubiera respondido? Ahora, aquí, tendría que haber todo un comité de recepción esperándole, en lugar de sólo nosotros dos en medio de toda esta ruina.
—Judith —dije, con voz más firme—, podría haber un comité de recepción si le dijéramos a la NASA lo que sabemos. Sus restos serían inhumados en la cripta de la NASA en el cementerio militar de Arlington, habría toda una ceremonia, quizás incluso asistiera el propio presidente. Aún estamos a tiempo.
Esperé, pero ella no dijo nada. Miraba con ojos fijos cómo la verja de entrada se diluía en el cielo nocturno. Quince años antes, cuando el astronauta muerto, girando en órbita en torno a la Tierra en el interior de su calcinada cápsula, fue cayendo lentamente en el olvido, Judith se había erigido en un firme comité de recuerdo. Quizá dentro de algunos días, cuando tuviera por fin entre sus manos los restos de lo que había sido Robert Hamilton, se viera libre por fin de su obsesión.
—¡Philip! —dijo de pronto—. Allá arriba. ¿Acaso es...?
Al oeste, arriba en el cielo, entre Cefeo y Casiopea, un punto luminoso avanzaba hacia nosotros como una estrella errante en busca de su zodíaco. Unos minutos después pasó por encima de nuestras cabezas, una débil baliza parpadeante entre los cirros que coronaban el mar.
—Lo es, Judith. —Le mostré los horarios de trayectorias que había anotado en mi libreta—. Los cazadores de reliquias calculan mejor las órbitas que cruzan el cielo que cualquier computadora. Debe hacer años que observan sus pasos.
—¿Quién va en ella?
—Una cosmonauta rusa, Valentina Prokrovna. Fue lanzada hace veinticinco años desde una base de los Urales para instalar un repetidor de televisión.
—¿De televisión? Espero que los espectadores hayan disfrutado con los programas.
La crueldad de aquella observación, dicha mientras Judith descendía del coche, me hizo pensar de nuevo en las verdaderas razones que habían empujado a Judith a realizar el viaje hasta Cabo Kennedy. Seguí con la mirada la cápsula de la muerta hasta que se desvaneció sobre el Atlántico en sombras, emocionado una vez más ante el trágico pero sereno espectáculo de aquellos viajeros fantasmas regresando al cabo de tantos años, rechazados por las mareas del espacio. Lo único que conocía de aquella rusa, además de su nombre, era su clave: Gaviota. Sin embargo, sin saber exactamente la razón, me sentía contento de estar allí en el momento de su regreso. Judith, por el contrario, no experimentaba nada de aquello. A lo largo de todos aquellos años había permanecido sentada en el jardín, en el frescor del anochecer, demasiado cansada para subir a la habitación y acostarse, sin preocuparse más que de uno solo de los doce astronautas muertos que orbitaban en el cielo. Aguardó, de espaldas al mar, mientras yo metía el coche en un garaje abandonado, a cincuenta metros de la carretera. Tomé las dos maletas del capó. Una de ellas, la más ligera, contenía nuestras cosas. La otra, forrada interiormente con una chapa metálica, provista de doble asa y con correas de refuerzo, estaba vacía.
Avanzamos en dirección a la verja metálica, como dos viajeros retrasados llegando a una ciudad abandonada desde hace mucho.

Hace veinte años que los últimos cohetes abandonaron los silos de lanzamiento de Cabo Kennedy. Por aquel entonces la NASA nos había transferido —yo era programador de vuelos— al gran complejo espacial planetario de Nuevo México. Poco después de nuestra llegada conocimos a uno de los astronautas que se entrenaban allí, Robert Hamilton. Han pasado dos decenios desde entonces y lo único que recuerdo de aquel muchacho exquisitamente educado es su penetrante mirada y su tez albina. Tenía los mismos ojos claros y cabellos opalinos que Judith, y la misma frialdad de comportamiento, casi ártica. Intimamos durante apenas seis semanas. Judith se había sentido atraída por él, un capricho pasajero nacido de esos confusos impulsos sexuales que las mujeres jóvenes y convenientemente educadas expresan de la misma ingenua y típica manera; viéndoles juntos en la piscina o jugando al tenis, no era irritación lo que sentía, sino más bien aprensión ante la idea de que para ella todo aquello no era más que una efímera ilusión.
Y un año más tarde Robert Hamilton estaba muerto. Había vuelto a Cabo Kennedy para efectuar uno de los últimos lanzamientos militares antes que el lugar fuera cerrado. Tres horas después del lanzamiento, su cápsula había entrado en colisión con un meteorito que averió irrecuperablemente el sistema de distribución de oxígeno. Vivió todavía cinco horas gracias a su traje. Aunque tranquilos al principio, sus mensajes por radio fueron haciéndose más y más frenéticos hasta convertirse al final en un enredo incoherente. Ni Judith ni yo fuimos autorizados a escucharlos.


Una docena de astronautas habían muerto accidentalmente en órbita y sus cápsulas seguían girando en torno a la Tierra como las estrellas de una nueva constelación. Al principio Judith no se mostró tan traumatizada, pero más tarde, tras su aborto, la imagen del astronauta muerto girando en el cielo por encima de nuestras cabezas empezó a obsesionarla. Durante horas permanecía con los ojos fijos en el reloj de la habitación, como si estuviera aguardando algo.
Cinco años más tarde, cuando presenté mi dimisión de la NASA, acudimos por primera vez a Cabo Kennedy. Algunas unidades militares custodiaban todavía las desmanteladas instalaciones, pero la antigua base de lanzamiento había sido convertida ya en cementerio de satélites. A medida que iban perdiendo su velocidad orbital, las cápsulas muertas eran llamadas de nuevo por las radiobalizas. Además de los norteamericanos, los satélites rusos y franceses lanzados en el marco de los proyectos espaciales conjuntos euronorteamericanos regresaban a Cabo Kennedy, y las cápsulas carbonizadas se estrellaban contra el resquebrajado cemento.
Y entonces surgían los cazadores de reliquias, hurgando entre la requemada maleza en busca de los tableros de control, los trajes espaciales y, lo más valioso de todo, los cadáveres momificados de los astronautas.
Esos renegridos fragmentos de tibias y de clavículas, de rótulas y de costillas, reliquias únicas de la era del espacio, eran tan preciosos como los huesos de los santos en la Edad Media. Tras los primeros accidentes mortales en el espacio, la opinión pública había desatado una campaña para que aquellos ataúdes orbitales fueran atraídos de nuevo a la Tierra. Desgraciadamente, cuando un cohete lunar se estrelló en el desierto de Kalahari, los indígenas penetraron en él, tomaron a los astronautas por dioses, cortaron cuatro pares de manos y desaparecieron entre los matorrales. Fueron necesarios dos años para hallarlos. Después de lo cual se deja que las cápsulas orbiten y se consuman hasta el momento en que efectúan la reentrada por sus medios naturales.
Los vestigios que sobreviven al brutal aterrizaje en el cementerio de satélites son recuperados por los cazadores de reliquias de Cabo Kennedy. Esos nómadas viven allí desde hace años, acampando en los cementerios de coches y en los moteles abandonados, arrebatando sus iconos en las propias narices de los guardianes que patrullan por las pistas de cemento. A principios de octubre, cuando un antiguo compañero de la NASA me comunicó que el satélite de Robert Hamilton había entrado en su fase de inestabilidad, me dirigí a Tampa y empecé a informarme del precio que iba a costarme la compra de sus despojos. Cinco mil dólares para lograr que su fantasma fuera depositado por fin bajo tierra y dejara de atormentar el espíritu de Judith no era caro.

Franqueamos la verja a ochocientos metros de la carretera. Las dunas habían aplastado en algunos lugares aquella cerca de seis metros de altura y la maleza crecía por entre el enrejado. No lejos de nosotros se divisaba la entrada que, más allá de un semiderruido puesto de guardia, se dividía en dos caminos pavimentados que partían en direcciones opuestas. Cuando llegamos al lugar de la cita, los faros de los semitractores de los guardianes iluminaron el lado de la playa.
Cinco minutos más tarde un hombre bajo y de piel curtida surgió de un coche medio sepultado en la arena, a cincuenta metros de nosotros y avanzó con la cabeza baja.
—¿Señor y señora Groves? —preguntó. Hizo una pausa para estudiarnos atentamente, antes de presentarse a sí mismo en forma lacónica—: Quinton. Sam Quinton.
Nos estrechamos las manos. Sus dedos, parecidos a garras, palparon mis muñecas y mis antebrazos. Su afilada nariz dibujaba círculos en el aire. Tenía los ojos huidizos de un pájaro, unos ojos que escrutaban incesantemente las dunas y la vegetación. Un cinturón militar mantenía en su sitio su remendado pantalón de terciopelo. Agitaba las manos como si dirigiera una orquesta de cámara oculta tras las arenosas colinas, y observé las profundas cicatrices que surcaban sus palmas, como pálidas estrellas en la noche.
Por un momento pareció inquieto y casi sin deseos de continuar. Luego, con un gesto brusco, se giró y avanzó a buen paso entre las dunas, mientras nosotros trastabillábamos tras él, sin que pareciera preocuparle lo más mínimo. Al cabo de una media hora llegamos a una especie de depresión cercana a una instalación transformadora de amoníaco. Tanto Judith como yo estábamos agotados de transportar las maletas por en medio de todos aquellos montones de neumáticos de desecho y piezas metálicas oxidadas.
Algunos bungalows, edificados originalmente junto a la playa, habían sido transportados al interior de una hoya. Su equilibrio era más bien precario debido a la pendiente, y sus paredes exteriores estaban adornadas con cortinas y papeles estampados.
La hoya estaba llena de material espacial recuperado: Elementos de cápsulas, protectores térmicos, antenas, fundas de paracaídas. Dos hombres de rostro pálido, vestidos con ropas de trabajo, estaban sentados en un asiento trasero de coche, junto a la abollada carcasa de un satélite meteorológico. El de más edad de los dos llevaba un rajado casco de aviador hundido hasta los ojos y sus manos llenas de cicatrices pulían el visor de un casco espacial. El más joven, cuya boca permanecía oculta por una pequeña pero espesa barba, miró como nos acercábamos con la misma fría e indiferente mirada de un empresario de pompas fúnebres.
Entramos en la mayor de las cabañas, dos habitaciones construidas a partir de uno de los bungalows de la playa. Quinton encendió una lámpara de petróleo y, haciendo un gesto vago hacia el deteriorado interior, murmuró sin excesiva convicción:
—Estarán bien aquí. —Al ver la expresión visiblemente disgustada de Judith, añadió—: Bueno, no tenemos demasiados visitantes, ¿saben?
Dejé nuestro equipaje sobre la cama metálica. Judith se dirigió a la cocina y Quinton señaló la maleta vacía.
—¿Están ahí?
Saqué del bolsillo dos fajos de billetes de a cien dólares y se los tendí.
—La maleta es... para los restos. ¿Es lo bastante grande?
Me miró, a la rojiza claridad de la lámpara de petróleo, como si nuestra presencia allí le desconcertara.
—Hubiera podido ahorrarse toda esta molestia, señor Groves. Hace un montón de tiempo que están ahí arriba, ¿sabe? Después del impacto... —una misteriosa razón le hizo dirigir una mirada fugaz a Judith—, una caja de las usadas para guardar las piezas de un juego de ajedrez hubiera bastado.
Cuando se fue, me reuní con Judith en la cocina. De pie ante el hornillo, con las manos apoyadas sobre una caja de latas de conserva, estaba mirando a través de la ventana todos aquellos detritus del cielo donde Robert Hamilton seguía girando todavía. Tuve la fugitiva sensación que toda la tierra estaba recubierta de detritus y que era precisamente allí, en Cabo Kennedy, donde habíamos hallado por fin la fuente.


Apoyé mis manos en sus hombros.
—¿Por qué todo esto, Judith? ¿Por qué no regresamos a Tampa? Lo único que tendríamos que hacer sería volver otra vez dentro de diez días, cuando ya todo hubiera ter-minado.
Se volvió y frotó su chaqueta de ante, como si quisiera borrar la huella dejada por mis manos.
—Quiero estar aquí, Philip. Por penoso que sea. ¿Acaso no puedes comprenderlo?
A medianoche, cuando terminé de preparar nuestra parca cena, ella estaba de pie en lo alto de la pared de hormigón del silo de fermentación. Los tres cazadores de restos, sentados sobre el asiento trasero de coche, la contemplaban sin moverse, con sus manos llenas de cicatrices parecidas a llamas en medio de la noche.
 
A las tres de la madrugada, mientras permanecíamos tendidos en la estrecha cama, inmóviles, sin dormir, Valentina Prokrovna regresó del cielo. Realizó su última vuelta en un esplendoroso catafalco de aluminio incandescente de casi trescientos metros de longitud. Cuando salí, los cazadores de reliquias ya no estaban allí. Los vi correr entre las dunas, saltando como liebres por encima de los neumáticos viejos y de la chatarra.
Volví a entrar en la habitación.
—Está llegando, Judith. ¿Quieres verla?
Con sus rubios cabellos sujetos con un pañuelo blanco, tendida boca arriba sobre la cama, contemplaba fijamente el resquebrajado yeso del techo.
Poco después de las cuatro, mientras yo permanecía sentado a su lado, un resplandor fosforescente inundó la hondonada. A lo lejos resonaron una serie de explosiones que atronaron a lo largo de la muralla de dunas. Se encendieron algunos proyectores, seguidos por el estruendo de motores y sirenas.
Los cazadores de reliquias regresaron al amanecer, con sus destrozadas manos envueltas en vendajes hechos a toda prisa, arrastrando su botín.

Tras aquel melancólico ensayo general, Judith pareció ser presa de una febril actividad tan inesperada como repentina. Como si preparara la casa para alguna visita, colgó las cortinas y barrió las dos habitaciones con un meticuloso cuidado. Incluso le pidió a Quinton un producto para abrillantar el suelo. Durante horas, sentada frente al tocador, cepillaba sus cabellos, probando uno tras otro nuevos peinados. La observé varias veces palpando sus hundidas mejillas, como buscando en ellas los contornos de un rostro que había desaparecido hacía veinte años. Cuando hablaba de Robert Hamilton, parecía tener miedo de parecerle demasiado vieja. En otras ocasiones lo evocaba como si él fuese un niño, el hijo que no habíamos podido tener tras su aborto. Aquellos papeles contrapuestos se iban encadenando como las peripecias de un psicodrama íntimo. Sin embargo, y sin saberlo, ambos utilizábamos a Robert Hamilton desde hacía años, cada uno por distintas razones personales. Esperando su regreso con la certeza de que, después, Judith ya no tendría a nadie más hacia quien volverse excepto a mí, yo esperaba y callaba.
Durante todo aquel tiempo los cazadores de reliquias trabajaban sobre los restos de la cápsula de Valentina Prokrovna: La deformada porcelana térmica, el chasis de la unidad telemétrica, varias cajas de película en las que había quedado registrada la colisión y la muerte de la cosmonauta (si la película estaba intacta, recibirían elevados precios por ellas: Los cines clandestinos de Los Ángeles, Londres y Moscú se disputarían aquellas imágenes de violencia y horror que crisparían a sus públicos). Al pasar ante la cabina adyacente a la nuestra, vi un plateado traje espacial desgarrado cuidadosamente extendido sobre dos asientos de coche. Quinton y sus compañeros, con los brazos metidos en las mangas y las perneras de la escafandra, me miraron con una expresión extática en sus ojos.

Una hora antes del amanecer fui despertado por el ruido de motores procedentes de la playa. Los tres cazadores de reliquias estaban escondidos tras el silo, con sus crispados rostros iluminados por sus lámparas frontales. Un largo convoy de camiones y de semitractores evolucionaba por el área de lanzamiento. Algunos soldados saltaron de sus vehículos y empezaron a descargar tiendas y material.
—¿Qué están haciendo? —le pregunté a Quinton—. ¿Acaso nos están buscando?
El hombre colocó una mano llena de costuras formando visera sobre sus ojos.
—Es el ejército —dijo con voz insegura—. Quizás estén de maniobras. Es la primera vez que veo al ejército aquí.
—¿Y Hamilton? —murmuré, aferrando su descarnado brazo—. ¿Está seguro que...?
Me apartó con un gesto irritado que revelaba su inquietud.
—Seremos los primeros, no se preocupe. Va a llegar antes de lo que ellos creen.

Como profetizara Quinton, Robert Hamilton emprendió su último descenso dos noches más tarde. Lo vimos surgir de entre las estrellas y efectuar su última pasada. Reflejado miles de veces en los cristales de los coches apilados, su cápsula llameó entre la vegetación que nos rodeaba. Una difusa estela plateada dejó un fantasmagórico rastro a su paso.
Se produjo una repentina y febril actividad en el campamento militar. Los haces luminosos de los faros se entrecruzaron sobre las pistas de hormigón. En contra de la opinión de Quinton, yo había comprendido que no se trataba de maniobras, sino que los soldados estaban allí preparándose para el aterrizaje de la cápsula de Robert Hamilton. Una docena de semitractores patrullaban entre las dunas, incendiando los bungalows abandonados y aplastando las viejas carcasas de los automóviles. Equipos especializados reparaban la verja y reemplazaban los elementos de señalización desmantelados por los cazadores de reliquias.
Robert Hamilton apareció por última vez un poco después de medianoche, a una elevación de 42 grados noroeste, entre Lira y Hércules. Judith se levantó de un salto y lanzó un grito. Al mismo instante, un gigantesco dardo de claridad desgarró el cielo. El deslumbrante halo que no dejaba de aumentar de tamaño se precipitaba sobre nosotros como un gigantesco cohete luminoso, mostrando el paisaje hasta sus más mínimos detalles.
—¡Señora Groves! —Quinton se lanzó sobre Judith, que echaba a correr hacia el satélite en caída libre, y la tiró de bruces al suelo. A trescientos metros, en la cúspide de una duna, se erguía la aislada silueta de un semitractor; el llamear del meteoro ahogaba sus luces de posición.
La cápsula incandescente, el ataúd del astronauta muerto, pasó sobre nuestras cabezas con un sordo y metálico suspiro, haciendo llover gotas de metal derretido. Al cabo de unos segundos, mientras yo me protegía los ojos, una columna de arena surgió tras de mí, y un chorro de polvo se elevó hacia el cielo en medio de la noche, como un inmenso espectro hecho de huesos pulverizados. El sonido del impacto repercutió de duna en duna. Cerca de las rampas se elevaron llamaradas allá donde caían fragmentos de la cápsula. Un sudario de gases fosforescentes flotaba centelleando en el aire.


Judith corría a toda velocidad, pisándoles los talones a los cazadores de reliquias, cuyas luces zigzagueaban. Cuando los alcancé, los últimos braseros provocados por la explosión morían entre las instalaciones. La cápsula había aterrizado al lado de las antiguas rampas del cohete Atlas, excavando un pozo poco profundo de unos cincuenta metros de diámetro, cuyas paredes estaban sembradas de puntos de luz que brillaban como ojos que se fueran cerrando lentamente. Judith corría en todos sentidos, escarbando entre los restos de metal aún incandescentes.
Alguien me empujó. Quinton y sus hombres, con sus requemadas manos cubiertas de cenizas calientes, me rebasaron. Corrían como locos, con una luz salvaje brillando en sus ojos. Mientras nos alejábamos a toda velocidad de los proyectores que taladraban las tinieblas, me giré hacia la playa. Una pálida luminosidad plateada envolvía las instalaciones. Aquella nube resplandeciente fue arrastrada hacia lo lejos, como un fantasma moribundo, en dirección al mar.

Al amanecer, mientras los motores gruñían y resoplaban entre las dunas, recogimos los restos de Robert Hamilton. Quinton entró en nuestra casa y me tendió una caja de zapatos. Judith, en la cocina, se secó las manos con un pañuelo.
Tomé la caja.
—¿Es todo lo que han encontrado?
—Es todo lo que había. Si quiere puede ir a mirar usted mismo.
—Está bien. Nos iremos dentro de media hora. 
Agitó la cabeza.
—Imposible. Están por todas partes. Si se mueven nos descubrirán.
Esperó a que yo alzara la tapa de la caja, hizo una mueca y salió al exterior.

Nos quedamos allí otros cuatro días. El ejército rastreaba las dunas. Día y noche, los semitractores cruzaban entre los bungalows y los coches abandonados. En una ocasión, mientras espiaba la danza de vehículos desde detrás de una torre de aguas, un semitractor y dos jeeps llegaron a menos de cuatrocientos metros de nuestra hondonada. Sólo el olor de los silos de sedimentación y el mal estado de las calzadas de hormigón les impidieron acercarse más.
Durante todo aquel tiempo, Judith permaneció sentada en la habitación, con la caja de cartón posada sobre su regazo. No decía nada. Como si ni yo ni el basurero de Cabo Kennedy le interesáramos ya. Se peinaba con gestos mecánicos, se maquillaba y volvía a maquillarse una y otra vez, incansablemente.
Al segundo día, me reuní con ella tras ayudar a Quinton a enterrar sus cabañas en la arena hasta las ventanas. Estaba de pie junto a la mesa.
La caja estaba abierta. En medio de la mesa estaban apilados una serie de bastoncillos carbonizados, como si hubiera estado intentando encender un fuego. Comprendí bruscamente que así había sido. Mientras removía las cenizas con sus dedos, vi asomar un fragmento de caja torácica, una mano y una clavícula.
Ella me miró con aire aturdido.
—Están negros —dijo.
La tomé en brazos y la obligué a tenderse en la cama. Me tendí a su lado. Fragmentos de órdenes amplificadas por los altavoces y cuyo eco era retransmitido por las dunas golpeaban contra los cristales.
—Ahora podemos irnos —dijo Judith cuando la columna de soldados se hubo alejado.
—Un poco más tarde, cuando ya no haya nadie —dije yo—. ¿Qué hacemos con esto?
—Enterrarlo. En cualquier lugar, ya no tiene importancia.
Parecía haber recuperado finalmente la tranquilidad. Me dedicó una breve sonrisa, como admitiendo que aquella macabra comedia por fin había terminado.
Sin embargo, una vez hube colocado de nuevo los huesos en la caja de zapatos y recuperado las cenizas de Robert Hamilton con ayuda de una cucharilla de postre, tomó de nuevo la caja de cartón y se la llevó a la cocina cuando fue a preparar la cena.

La enfermedad apareció al tercer día.
Tras una larga y agitada noche, encontré a Judith peinándose ante el espejo. Tenía la boca abierta, como si sus labios estuvieran impregnados de ácido. Cuando se sacudió la falda para eliminar los cabellos que habían caído en ella me sorprendí ante la leprosa blancura de su rostro.
Me levanté a duras penas, me dirigí pesadamente a la cocina y me quedé contemplando el pote lleno de café frío. Sentía un cansancio indefinible, parecía como si mis huesos se hubieran reblandecido, estaba extenuado. Mi cuello y hombros estaban llenos de cabellos.
Judith se acercó a mí con paso vacilante.
—Philip... ¿Te encuentras mal? ¿Qué es esto?
—El agua —murmuré. Vacié el café en el fregadero y me apreté la garganta—. Debe estar contaminada.
—¿Podemos irnos ya? —Se llevó una mano a la frente y, con sus uñas quebradizas, se arrancó un mechón de cabellos color ceniza—. ¡Philip! ¡Por el amor del cielo! ¡Se me está cayendo todo el cabello!
Ambos nos sentíamos incapaces de comer nada. Tras forzarme a tragar un poco de carne fría, tuve que salir a vomitar fuera de la cabaña.
Quinton y sus hombres estaban agachados junto al silo. Me acerqué a ellos y tuve que apoyarme contra la carcasa del satélite meteorológico para mantener el equilibrio. Quinton se acercó a mí. Cuando le dije que era probable que los depósitos de agua estuvieran contaminados, sus acerados e inquietos ojos de pájaro se me quedaron mirando fijamente.
Una hora más tarde se habían ido todos.

A la mañana siguiente, nuestro último día en aquel lugar, nuestro estado empeoró. Judith, temblando bajo su chaqueta de ante, permaneció tendida en la cama, con la caja de zapatos sujeta entre sus brazos. Yo pasé horas enteras buscando agua potable en los bungalows. Mi agotamiento era tal que tuve que trabajar lo indecible para alcanzar el borde opuesto de la hondonada. Las patrullas militares no habían estado nunca tan cerca. Podía oír el sonido de los semitractores cuando cambiaban de marcha. Los ladridos de los altavoces martilleaban mi cráneo como puños de acero.
Mientras miraba a Judith a través de la puerta abierta, algunas palabras llegaron hasta mi conciencia:
—...zona contaminada... Evacuen..., radiactividad...
Fui junto a Judith y le arranqué la caja de las manos.
—Philip... —me miró con expresión abatida—. Devuélvemela...
Su rostro era una máscara abotagada. Manchas lívidas marcaban sus muñecas. Su mano izquierda se tendió hacia mí como la garra de un cadáver.
Agité rabiosamente la caja. En su interior, los huesos entrechocaron.
—¡Maldita sea, es esto! ¿No comprendes, no comprendes por qué estamos enfermos?


—¿Dónde están los demás, Philip? El viejo, los otros... Ve a buscarlos... Diles que nos ayuden.
—Se han ido. Ayer. Ya te lo dije.
Dejé caer la caja de cartón sobre la mesa. La tapa se abrió, dejando escapar un fragmento de caja torácica. Las costillas parecían un manojo de ramas secas.
—Quinton sabía qué era lo que pasaba. El porqué el ejército estaba aquí. Intentó prevenirnos.
—¿Qué quieres decir? —Se irguió. Parecía como si tuviera que esforzarse para mantener su visión clara—. No hay que dejarles que se lleven a Robert. Entiérralo en cualquier parte. Ya vendremos a buscarlo en otra ocasión.
—¡Judith! —me incliné sobre la cama—. ¿Acaso no te das cuenta? ¡Había una bomba a bordo! ¡Robert Hamilton llevaba consigo en su cápsula un proyectil atómico! —Me acerqué a la ventana y aparté las cortinas—. Ha sido una buena broma. Veinte años aguantando porque no podía tener la certeza...
—Philip...
—No te preocupes. Yo también lo utilicé. Creía que sólo él podía permitirnos continuar. ¡Y durante todo este tiempo él ha estado esperando ahí arriba la hora de arreglar cuentas con nosotros!
Un tubo de escape petardeó en el exterior. Un semitractor, en cuyas puertas y capota había pintada una enorme cruz roja, apareció en el borde de la hondonada. Dos hombres vestidos con trajes protectores saltaron al suelo. Esgrimían contadores Geiger.
—Judith, antes que nos lleven, dime... Nunca te lo he preguntado...
Sentada en la cama, Judith acariciaba distraídamente los cabellos esparcidos sobre la almohada. La mitad de su cráneo estaba casi desnudo. Miraba como si no viera sus manos de epidermis cada vez más pálida y desprovistas casi de fuerza. Nunca había visto en su rostro aquella expresión: La rabia sorda que engendra la traición.
Cuando sus ojos se posaron en mí y en los huesos esparcidos sobre la mesa, supe finalmente la respuesta a mi pregunta.

FIN

2026/10/26

Bienvenidos a casa (Edmund Cooper)


Título original: Welcome Home
Año: 1963

 
La nave de las Naciones Unidas planeó como un halcón sobre el vasto desierto, y luego alzó el vuelo repentinamente como si hubiera decidido que, a fin de cuentas, no valía la pena posarse sobre Marte. Pero al llegar a los diez mil metros, la ascensión quedó interrumpida en un instante de inmóvil belleza; la nave se sentó ligeramente sobre una cola de llama verde, suspendida entre las estrellas y su punto de destino, hasta que imperceptiblemente la llama perdió intensidad y la nave descendió suavemente hacia la árida extensión.
El aterrizaje fue suave y normal. Tan suave como si se tratara del centésimo aterrizaje de una nave interplanetaria corriente conducida por una experta y curtida tripulación. Sin embargo, daba la casualidad -y la fecha quedaría anotada en los manuales de historia para tormento de los escolares- de que ni la nave de las Naciones Unidas ni cualquier otro vehículo terrestre había visitado nunca el Planeta Rojo. Y sus tripulantes eran los primeros seres humanos que se aventuraban más allá de la Luna.
No obstante, todos ellos tenían una amplia experiencia como viajeros espaciales. El coronel Maxim Krenin, jefe de la expedición y piloto del Pax Mundi, había realizado el vuelo Tierra-Luna cinco veces y había participado en numerosos lanzamientos de prueba a la Luna. Lo mismo que el comandante Howard Thrace, segundo piloto. Además de proporcionar un notable ejemplo de colaboración técnica ruso-norteamericana, aquellos dos hombres eran excelentes amigos.
Los otros tres miembros de la expedición, el profesor Bernard Thompson, representante de Inglaterra, el profesor Ives Frontenac, representante de Francia, y el doctor Chan S. Chee, representante de China, habían tomado parte en tres lanzamientos importantes y permanecido en órbita un número impresionante de horas. Durante el largo viaje hasta Marte, tuvieron tiempo de sobra para compenetrarse y para planear en detalle sus trabajos de exploración.
Y ahora se encontraban en su alargado proyectil de titanio posado como un monumento de la antigüedad sobre el desierto marciano ecuatorial. Habían sido comprobadas las radiaciones, se analizó la atmósfera al nivel del suelo y los primeros terrestres estaban a punto de poner los pies sobre las arenas de Marte.
Incluso antes de descender de la nave, sabían de Marte lo suficiente como para sentirse ligeramente humillados por sus propias teorías anteriores y por la opinión general de los científicos de la Tierra.
Durante décadas, los astrónomos terrestres habían asegurado que Marte era prácticamente hostil para la vida, a pesar de la insistente creencia popular en grotescas y complejas formas de vida e incluso inteligencias marcianas.
Marte, afirmaban los astrónomos, con toda la autoridad de hombres capaces de extraer amplias conclusiones de las pruebas más nimias, era un planeta que casi carecía de oxígeno, de agua y de calor. Los llamados canales no eran tales, sino simples grietas de origen puramente geológico. Y terminaban sus deducciones asegurando que, debido al clima, las formas de vida más desarrolladas que podrían encontrarse serían similares a los líquenes o, quizás, a los cactus.
Esos, en términos generales, habían sido los puntos de vista de los expedicionarios de las Naciones Unidas... hasta su llegada. Pero incluso antes de aterrizar, mientras orbitaban a unos cien mil metros, pudieron comprobar, entre otras cosas, que los canales eran realmente -o lo habían sido- canales, y que la atmósfera contenía el suficiente oxígeno para que resultara respirable por las formas de vida humanas.
Luego, a medida que descendieron a un órbita menor, hicieron un descubrimiento que pareció eclipsar a todos los demás -excepto quizás a los canales - en significado.
Vieron pirámides: Diez enormes pirámides marcianas situadas a gran distancia una de otras sobre las inmensas y desnudas llanuras. El descubrimiento fue algo más que un descubrimiento: Fue una revelación. Y la revelación era más significativa, tenía más alcance que cualquier otro descubrimiento en toda la historia del hombre.
Hacía más de cuatro siglos que un desconocido astrónomo polaco, Nicolás Copérnico, había asombrado al mundo con su afirmación de que la Tierra no estaba fija en el centro del cosmos. Pero, eventualmente, el orgullo humano se había recobrado del golpe. Ya que, si bien la Tierra no podía ser considerada ya como única en tamaño, posición o significado, su raza dominante, el Homo Sapiens, seguía siendo el ser más perfecto de la creación. En ninguna otra parte, se dijo, podían existir seres inteligentes. Eso fue lo que afirmaron los filósofos y todos los que contribuían al culto del significado humano.
Y durante cuatrocientos años, la cualidad de único del hombre no fue seriamente discutida.
Pero ahora...
Las noticias acerca de las pirámides marcianas habían sido radiadas ya a la Tierra y a Luna City antes de que la nave de las N.U. aterrizara. E inmediatamente había llegado la orden de abandonar las previstas exploraciones científicas y concentrar todos los esfuerzos en las pirámides. La expedición a Marte era, en términos financieros, una aventura sumamente cara. Y como, a fin de cuentas, los que tendrían que rascarse el bolsillo serían los ciudadanos corrientes, se presentaba una oportunidad excepcional de proporcionarles algo realmente espectacular a cambio de su dinero.
La orden no desagradó lo más mínimo a los miembros de la expedición. El misterio de las pirámides era más emocionante que cualquier otro descubrimiento espacial anterior. La existencia de estructuras diseñadas y construidas por seres inteligentes establecía un clima de contacto y comunicación que disminuyó considerablemente la pesada carga de soledad acumulada durante el largo viaje a Marte. Era como si Marte hubiera esperado al Pax Mundi, como si las pirámides fueran una especie de gigantesca bienvenida planetaria.
La pirámide más próxima se alzaba a unos tres kilómetros al norte de la nave de las N.U. Sus lados negros, lisos y simétricos, tenían una altura de quinientos metros, aproximadamente. Mientras el coronel Krenin salía de la cámara de descompresión, dirigía un breve mirada a la impresionante mole y luego apoyaba el pie en el primer peldaño de la escalerilla de nylon, su sensación de temor pareció hincharse como una gran burbuja interior.
Luego, repentinamente, el momento histórico transcurrió antes de que Krenin se diera cuenta. Había puesto ya los pies sobre las arenas de Marte. Detrás de él bajaron el comandante Thrace y los demás. Ninguno de ellos dijo nada durante casi tres minutos. Se limitaron a permanecer de pie, mirando, en silencio.
Súbitamente, el honor de pronunciar las primeras palabras terrestres sobre el planeta recayó en el profesor Thompson. Contempló la pirámide, suspiró profundamente y en Lingua Franca moderna, dijo:
-En este preciso instante, más que cualquier otra cosa necesito un cigarrillo.
-¿Por qué no? -observó suavemente el doctor Chee-. El contenido de oxígeno del aire es suficientemente elevado. Pero no creo que su cigarrillo tenga el mismo sabor.


-Acepte un Gaulloise -dijo el profesor Frontenac.
-Acepte un Stuyvesant -dijo el comandante Thrace.
El inglés enarcó ligeramente las cejas, rebuscó afanosamente en sus propios bolsillos y, por último, aceptó un cigarrillo francés.
-Tenía usted razón -observó al cabo de unos instantes-. Tiene un sabor completamente distinto.
-Caballeros -dijo el coronel Krenin-, el momento requiere un parlamento para ser transmitido a la Tierra. Y dado que mi Lingua Franca es menos correcta de lo que debería ser...
Sacó un diminuto aparato de grabación de su mochila y miró esperanzado a sus compañeros.
El profesor Frontenac sonrió.
-Las pirámides son probablemente los restos de una civilización que ya era antigua cuando el hombre terrestre era todavía un ser de las cavernas y los bosques. Entre nosotros, el doctor Chee representa a una de las más antiguas civilizaciones terrestres. Creo que es el más indicado.
El doctor Chee se inclinó y luego pronunció un breve discurso dirigido al aparato de grabación de Krenin, a los millones de terrestres que esperaban y, tal vez, a la posteridad solar. Habló de lo maravilloso del viaje, de lo maravilloso del descubrimiento y de lo solemne del aterrizaje. Pero ni siquiera el ceremonioso lenguaje del doctor Chee pudo evitar el contagio de la excitación infantil que había hecho presa en los miembros de la expedición.
Mientras el doctor Chee hablaba, el comandante Thrace trepó por la escalerilla de nylon e hizo girar la pequeña grúa eléctrica encima de la portezuela inferior de la nave. Luego él y el profesor Frontenac se dedicaron a descargar a piezas el vehículo monorrueda de seis plazas que se habían llevado. Al cabo de media hora, el vehículo estaba completamente montado, con su giroestabilizador ronroneando suavemente.
El profesor Thompson hizo pantalla con la mano sobre sus ojos y contempló la pirámide, maciza y sombría bajo el brillante sol de Marte.
-Tal vez debiéramos comer algo antes de aventuramos en cualquier exploración -sugirió.
-¿Tiene usted hambre? -inquirió el doctor Chee.
-No, pero pensé...
-¡Bajaré algunas raciones de emergencia! -gritó el coronel Krenin desde la cámara de descompresión-. ¡En caso necesario podemos comer en la pirámide!
El comandante Thrace estaba observando con atención lo que parecía ser una gran piedra redonda, de unos cincuenta centímetros de altura, que se encontraba a pocos metros de la base de la nave.
-¿Alguien de ustedes se ha fijado en esto antes? -preguntó. Nadie pudo recordar haberlo visto.
-Mírenlo -dijo el comandante-. Mírenlo de cerca.
La piedra estaba moviéndose muy lentamente sobre la rojiza arena. La vieron avanzar a través de lo que parecía ser una pequeña capa de musgo, pero cuando hubo pasado, la planta ya no estaba allí.
Frontenac se inclinó sobre la roca y la tocó. Luego la golpeó con los dedos. En su rostro había una expresión de indescriptible asombro.
-Vamos a darle media vuelta -sugirió Thrace.
Así lo hicieron. La superficie inferior era blanda. Aquello parecía una mezcla de esponja y caracol. Empezó a contraerse hasta quedar a salvo en el interior de su recia concha protectora.
-¡Maravilloso, soberbio, exquisito! -exclamó Frontenac, en su francés natal-. ¡Qué hermoso animal!
-O planta -añadió secamente Thompson.
-Animal -insistió el francés-. Según todas las leyes...
-En Marte -le interrumpió Thompson-, las definiciones que estamos acostumbrados a utilizar pueden no ser válidas.
Con suavidad, volvieron a colocar la piedra boca abajo sobre la arena.
-Ahora debemos ir a la pirámide- dijo el coronel Krenin-. La Tierra desea nuestro primer Informe lo antes posible. He puesto la cámara fotográfica, la cámara de cine y las telecámaras en el monorrueda. ¿Lleva cada uno de ustedes radio portátil y aparato de grabación Individual?
Todos asintieron.
-¿Qué hay de mi ejemplar? -preguntó Frontenac-. Me gustaría observarlo.
-Entonces, vigilará usted también la nave -dijo Krenin, sonriendo-. Alguien tiene que quedarse.
El francés adoptó la expresión de la persona que desearía estar en dos lugares a la vez.
Después de una revisión final, el resto de la expedición subió al monorrueda, con el comandante Thrace al volante. Cuando se ponían en marcha hacia la pirámide, vieron al profesor Frontenac arrodillado y con la cabeza muy cerca de la arena. Estaba tratando de descubrir cómo se las arreglaba su "piedra" para avanzar.
El desierto era, en su mayor parte, llano y el viaje hasta la pirámide apenas duró diez minutos. En el camino pasaron delante de diversas variedades de plantas, todas pequeñas, y de un curioso rodal de hierba, muy alta, cuyos tallos golpearon al monorrueda con la fuerza de un látigo. Se cruzaron también con varias de las "piedras" que el profesor Frontenac había bautizado provisionalmente con el nombre de "Amigos de Frontenac".
Mientras se acercaban a la base de la enorme pirámide, su excitación se hizo tan intensa que pareció fundirse en una calma completamente anormal. Estaban ebrios de asombro. Se sentían como sonámbulos.
La estructura no sólo dominaba al paisaje, sino que parecía alcanzar el mismo cenit del cielo. Comparadas con aquéllas, las pirámides de Egipto eran simples juguetes.
En primer lugar, dieron la vuelta completa a la base en el monorrueda, contemplando la pirámide, incapaces de encontrar un comentario apropiado o una apropiada explicación. Aquello parecía estar más allá de toda explicación; más allá, incluso, de toda posibilidad. Sin embargo, allí estaba: El mayor monumento que se había ofrecido a la vista del hombre.
La pirámide parecía haber sido construida con capas superpuestas de una especie de basalto negro, cada una de cuyas losas, aunque gastada por la acción de las tormentas de arena y de las ventiscas, aparecía sin grietas ni cuarteamientos. Las capas iban disminuyendo para formar una gigantesca escalinata triangular, ascendiendo hacia la reluciente piedra que se erguía en la cumbre, como una torre proyectada contra el cielo.
Pero en el centro de cada uno de los macizos peldaños, había una brillante losa blanquecina veteada de dorado y anaranjado, verde y plateado; brillante como el cristal de un espejo, más hermosa que cualquier mármol conocido en la Tierra.
La primera de aquellas losas, al igual que la capa de basalto en la cual estaba incrustada, se hallaba medio cubierta por la rojiza arena marciana. Los cuatro hombres se apearon del monorrueda y la contemplaron; y mientras lo hacían, la losa se deslizó silenciosamente hacia atrás, dejando al descubierto la entrada que daba a un pasillo débilmente iluminado.
-Santo cielo -exclamó el profesor Thompson con voz ronca-. ¡Saben que estamos aquí!
El comandante Thrace fue el primero en recobrar el dominio de sí mismo.


-Un mecanismo fotoeléctrico -sugirió-. O tal vez vibradores sensoriales.
-El problema consiste en saber si debemos aceptar o no la invitación -dijo el coronel Krenin.
El doctor Chee sonrió.
-Por lo menos, nos ha sido hecha con amabilidad -dijo.
-Puede ser una trampa -observó el comandante Thrace. 
Krenin frunció el ceño.
-Demasiado complicada. Podían habernos eliminado de un modo más eficaz y menos complicado.
El profesor Thompson sonrió.
-"'¿Quiere usted pasar a mi salón?', le dijo la araña a la mosca". 
El doctor Chee enarcó ligeramente las cejas.
-Resulta difícil apreciar la psicología de una raza capaz de construir pirámides para atrapar a viajeros espaciales -dijo secamente.
El coronel Krenin tomó una decisión.
-Dos de nosotros aceptarán la invitación -dijo- y los otros dos esperarán aquí.
-Lo echaremos a suertes -dijo el comandante. Sacó cuatro cigarrillos, arrancó los filtros de dos de ellos y se llevó una mano a la espalda. Cuando volvió a mostrarla, la tenía cerrada y por ella asomaban las puntas de cuatro cigarrillos-. Aquellos que escojan los dos más cortos se quedarán.
El coronel Krenin fue el primero en escoger: Le tocó un cigarrillo largo.
Thompson y Chee cogieron los dos cortos.
-Fijaremos un plazo de una hora -dijo el coronel-. Sólo estableceremos contacto por radio en caso de apuro. En ningún caso deben ustedes entrar.
-Buena suerte - dijo el profesor.
-Ha tenido usted ya demasiada -gruñó el doctor Chee.
El coronel Krenin y el comandante Thrace penetraron en el pasillo. Las paredes interiores estaban revestidas con la misma clase de piedra de la losa que se había deslizado para revelar la entrada. Tenía un brillo verdoso, proporcionando una claridad agradable y sedante, gracias a la cual los dos hombres podían ver por dónde andaban. Tras una breve vacilación, avanzaron resueltamente.
El pasillo se extendía en línea recta, descendiendo un poco, y parecía conducir al centro de la base de la pirámide. En ese caso, Krenin y Thrace tenían por delante un largo paseo.
Al principio avanzaron con lentitud y en silencio, como si esperaran que se abriera de repente un hoyo a sus pies o algo por el estilo. Pero en vista de que no sucedía nada, adquirieron la suficiente confianza como para hacer más rápido su paso. Al cabo de un rato, dieron media vuelta y miraron hacia atrás. La entrada era todavía visible como un diminuto punto de luz, aunque parecía encontrarse a varios kilómetros de distancia.
-La cosa se complica -murmuró en voz baja el comandante Thrace, en inglés.
-¿Decía usted? -inquirió el coronel Krenin en Lingua Franca.
-Lo siento. La situación se está complicando.
-No comparto su opinión -dijo Krenin con una leve sonrisa-. Hasta ahora, todo lo que he visto demuestra orden, inteligencia y determinación.
Súbitamente, Thrace agarró el brazo de su compañero y señaló a la pared que tenían enfrente. Una losa rectangular de piedra negra acababa de aparecer en ella y sobre la piedra había un dibujo grabado.
Era una representación simbólica del sistema solar. Todos los planetas, excepto dos, aparecían como círculos sobre unas líneas que indicaban sus cursos orbitales. Pero el tercer planeta, la Tierra, estaba representado por una brillante piedra verde, y el cuarto planeta, Marte, por otra piedra roja, más brillante todavía.
Krenin y Thrace estaban más que intrigados, estupefactos.
Al cabo de unos instantes, el comandante Thrace rompió el silencio.
-Será mejor que nos apresuremos -dijo-. Sólo nos quedan cuarenta y cinco minutos y tengo la impresión de que nos aguardan más y mayores sorpresas.
No se equivocaba.
Un poco más adelante descubrieron otra losa negra incrustada en la pared. En ésta aparecían los símbolos de un átomo de hidrógeno, de uno de oxígeno y de uno de carbono. Los dos hombres los contemplaron en silencio unos instantes y luego siguieron avanzando. Las palabras parecían completamente fuera de lugar.
La próxima losa que encontraron mostraba lo que parecía ser la representación de una molécula simple. Después llegó lo que parecía el diseño molecular del ácido desoxirribonucleico. Y después de esto llegó la mayor sorpresa de todas.
Dos losas paralelas, una a cada lado del pasillo. Mostraban a dos seres humanos: Un hombre y una mujer. Ambos carecían de pelo.
-Esto es absurdo -murmuró el comandante Thrace.
-Entonces... entonces el hombre no es un producto único de la Tierra -dijo el coronel-. O, quizás.. 
La idea era demasiado fantástica para ser expresada.
Con un esfuerzo, Thrace consiguió sustraerse al estado de semihipnosis en que parecían haberle sumido los dibujos.
-Tenemos que seguir avanzando -murmuró, de mala gana. 
Krenin consultó su reloj de pulsera y suspiró.
-Hay tanto que observar... que considerar...
Continuaron su camino a lo largo del pasillo iluminado por la misma claridad verdosa, sintiéndose como chiquillos atrapados en un misterioso mundo de ensueño que se confundía con la realidad. De repente, se encontraron en una revuelta del pasillo y al poner pie en ella, se desplegó ante sus ojos el más fantástico de los espectáculos.
Súbitamente, se encontraron en una cueva lo bastante grande como para contener a la mayor de las catedrales de la Tierra. Estaba bañada por la misma claridad verdosa que el pasillo, pero ésta era más intensa a ras de suelo, hasta el punto de que, por un instante, los dos hombres experimentaron la sensación de andar sobre un gran océano subterráneo.
Luego, la sensación oceánica dio paso a una sublime revelación: Una sensación de espacio infinito y de infinita belleza. Era como si hubieran sido engullidos por una nube de música insonora que brotaba de todas partes envuelta en oleadas de luz.
Durante un brevísimo instante, los dos hombres experimentaron la sensación de que se estaban muriendo. Y luego, inmediatamente, la sensación de que habían vuelto a nacer.
Las paredes de la cueva estaban vivas con cuadros sólidos, que aparecían y desaparecían en una magnífica sinfonía visual. Allí, por un instante, contemplaron en toda su terrible grandeza el nacimiento del sistema solar. Los planetas fluían de un inmenso útero solar para instalarse en las oscuras inmensidades del espacio. Luego, la visión se disolvió en una representación de océanos muertos, de monstruosos volcanes y de deslumbrantes ríos de rocas; de explosiones, y cataclismos y diluvios; de flotantes islas continentales y desesperados eones de hirviente lluvia.
De nuevo cambiaron los cuadros.


Ahora contemplaban las entrañas de los mares furiosos y asistían al alumbramiento de la vida. Vieron la vida y la muerte de miríadas de seres diminutos; los fantásticos siglos de mortandad provocados por las aguas al retirarse; la inevitable, ciega y valerosa conquista de la tierra.
Vieron bosque y desierto, glaciar y tundra. Vieron los grandes reptiles enzarzados en titánica lucha. Vieron monstruosas alas de las que brotaban repentinamente brillantes plumas, transformando a los asesinos de afilados dientes en verdaderas aves del paraíso. Vieron la creación del hombre y el nacimiento de la unidad tribal.
Vieron el alborear de la civilización, ciudades que brotaban como extrañas flores de piedra en las llanuras y en los valles. Vieron la muerte y el descubrimiento, la guerra y la adoración; las plagas, el fuego, las inundaciones y el hambre. Contemplaron el interminable conflicto del hombre contra la naturaleza, la tragedia vital del hombre contra el hombre. La era de la gloria y la era de las máquinas... Y también la era de la destrucción, cuando la oscuridad cayó desde el aire...
Luego, súbitamente, las paredes de la cueva quedaron lisas. La saga visual de la creación se disolvió en las profundidades de una verde eternidad.
Y luego resonó una voz. La voz no procedía de ninguna parte y, sin embargo, estaba en todas partes, resonando en el interior de la cueva como un trueno, susurrando como el viento a través de la hierba en verano. No era la voz de un hombre, ni la voz de una mujer. Era simplemente una voz.
-La muerte del cuarto planeta saluda a los vivientes del tercer planeta -dijo la voz-. Los hijos de la estrella saludan a los hijos de la estrella.
»Este saludo nuestro llega a través de cincuenta mil vueltas planetarias alrededor de la estrella que es nuestro sol. Pero dejen que estas palabras sean para ustedes algo más que el eco de unos lejanos fantasmas, ya que ellas son las que unen inseparablemente al tercer y al cuarto planeta.
»En las pirámides que hemos construido les hemos dejado el único regalo posible: La historia de nuestra raza. Hubo una época en que nosotros, los del cuarto planeta, vivimos en un mundo verde y agradable. Éramos una raza fuerte y poderosa, y habíamos domeñado para nuestras necesidades las energías de los elementos y las fantásticas energías del sol. Incluso habíamos penetrado los secretos de la propia vida, de modo que la inmortalidad era nuestra. Pero ya han visto lo que queda de nuestra grandeza: El estéril desierto y las pirámides en las cuales perdura aún nuestro recuerdo.
»Es cierto que casi conquistamos la inmortalidad, pero el precio que pagamos por ella fue demasiado elevado, ya que, al final, nos convertimos en casi totalmente estériles. Es cierto también que teníamos bajo nuestro dominio un ilimitado poder físico. Pero nuestro poder espiritual no estaba a la misma altura y luchando por filosofías cuya debilidad quedaba demostrada por el hecho de que tenían que ser defendidas mediante el empleo de la fuerza, acabamos por destruir nuestra raza y las riquezas vivientes de nuestro hogar planetario. Habíamos conquistado las fuerzas de la naturaleza, pero fuimos derrotados por las fuerzas de nuestros propios corazones.
»Sin embargo, antes de que se perdiera todo, y en un breve período de lucidez, reunimos a los escasos jóvenes que nos quedaban. Decididos a que nuestra raza no desapareciera definitivamente, construimos naves de transporte capaces de viajar a través del espacio. Y entonces trasladamos nuestros bienes más preciados -nuestros hijos- a su mundo.
»Los dejamos allí, en los bosques del tercer planeta, para que renacieran física y espiritualmente a una nueva vida en un mundo nuevo.
»Ustedes, los que están escuchado estas palabras, puede que sean descendientes suyos. También ustedes se habrán convertido en dueños de un ilimitado poder físico. Rogamos porque su espíritu esté a la altura de su poder físico.
»Rogamos, también, que acepten esto, el cuarto planeta, y en armonía de esfuerzos y unidad de propósitos, utilicen su habilidad y sus energías en devolverle la verde fertilidad que floreció hace muchísimo tiempo. Ustedes son nuestro futuro... Bienvenidos al hogar.»
Todo volvió a quedar silencioso e inmóvil. Los dos hombres se miraron el uno al otro. Las ideas y las sensaciones que les poseían estaban más allá del alcance de las palabras. De repente, se arrodillaron durante unos instantes como si la cueva se hubiera convertido en un templo, como si su silenciosa acción de gracias pudiera ser oída por alguien. Luego regresaron al pasillo andando lentamente.

El coronel Krenin y el comandante Thrace salieron del interior de la pirámide diez minutos después del plazo de una hora que se habían fijado.
El doctor Chee y el profesor Thompson dieron rienda suelta a su reciente ansiedad y a su actual curiosidad en un torrente de preguntas, pero cuando vieron la expresión de los rostros de los dos hombres silenciosos, todas las preguntas murieron.
-Hemos encontrado la explicación -dijo el comandante Thrace, al final.
-¿Qué explicación? -inquirió amablemente el doctor Chee.
Sus compañeros estaban tan anormalmente tranquilos, que parecían encontrarse bajo los efectos de algo terrible.
-Sólo hay una explicación -dijo el coronel Krenin-. Ahora les toca a ustedes. Entren y la encontrarán.
-¿No hay peligro? -preguntó el profesor Thompson.
El coronel Krenin sonrió. Parecía estar contemplando algo a muchos millones de millas de distancia, o quizás a muchos miles de años.
-Solamente para nuestro orgullo -respondió el coronel en voz baja.
Thompson y Chee no podían hacer más que una cosa, entrar en la pirámide. Y eso fue lo que hicieron, mientras el coronel y el comandante les esperaban.
Súbitamente, el comandante Thrace dijo:
-Acabo de recordar una cosa. ¿Cómo es posible que comprendiera usted la Voz? Hablaba en inglés.
El coronel sacudió la cabeza.
-No, hablaba en ruso.
El comandante meditó unos segundos.
-Ni en ruso ni en inglés -dijo. Y luego añadió-: Después de todo, creo que nunca volveremos a ser los mismos hombres.
El coronel Krenin contempló, pensativo, el estéril desierto marciano.
-No, no seremos los mismos -dijo-. Después entrará el profesor Frontenac. Y más tarde utilizaremos las cámaras y los aparatos de grabación. Cuando regresemos a la Tierra, los distintos pueblos no volverán a ser los mismos.
El comandante Thrace arrastró ociosamente los pies por las secas arenas rojizas. Hizo diminutas montañas y empezó a proyectar una red de carreteras.
Al final dijo:
-¿Cree usted que valdrá la pena que reclamemos este desierto?
-Tenemos que hacerlo -respondió el coronel Krenin sencillamente-. Es nuestro hogar.


FIN

2026/10/19

La reunión (Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth)


Título original: The Meeting
Año: 1972
Premios: Premio Hugo al Mejor Relato Corto 1973


Harry Vladek era un hombre demasiado corpulento para su Volkswagen, pero también demasiado pobre para cambiarlo y, tal como se estaban desarrollando las cosas, tendría que seguir así durante largo tiempo. Apretó cuidadosamente los frenos. ("El cilindro principal pierde como un colador, señor Vladek; ¿de qué serviría entonces ajustar los revestimientos?". Pero el presupuesto era de ciento veintiocho dólares, ¿y de dónde iba a salir aquel dinero?) Se detuvo en el aparcamiento, limpiamente cubierto de grava. Bajó, rozando la puerta por todas partes, con la desconcertante llamada telefónica del doctor Nicholson en la mente, echó un vistazo al coche y se dirigió hacia el edificio escolar.
La Asociación de Maestros y Padres de Familia de la Escuela del Condado de Bingham para Niños Excepcionales celebraba su primera reunión de curso. De entre las veinte personas que ya se hallaban allí, Vladek sólo conocía a la señora Adler, la jefa, o directora, o propietaria de la escuela. Ella era la persona con quien más necesitaba hablar, pensó. ¿Tendría alguna oportunidad de verla en privado? En aquellos momentos se encontraba sentada, al otro lado de la sala, ante su mesa de roble, con una actitud afectada, hablando en tonos bajos y rápidos con una mujer de pelo gris que llevaba un vestido de color canela. ¿Una profesora? Parecía demasiado mayor para ser una madre, aunque su esposa le había dicho que algunos de los chicos parecían tener veinte años o más.
Eran las ocho y media y los padres aún estaban llegando a la escuela, un edificio transformado que antes había sido una gran casa de campo, casi una mansión. La sala de estar aparecía llena de elegantes recuerdos de aquella otra época. Dos lámparas de araña. Intrincadas hojas de parra moldeadas en el enlucido del techo. La chimenea de mármol blanco, moteada de vetas rosadas, inelegantemente ostensible debido a los inadecuados morillos, demasiado baratos y pequeños, que había ahora en su interior. Puertas dobles de roble dorado que daban al vestíbulo. Y, a través de ellas, se veía una escalera de incendios de hormigón y acero. Vladek pensó que habrían tenido que destrozar una hermosa escalera de madera para instalar la otra escalera de incendios y mantenerse así dentro de las leyes escolares del Estado.
La gente seguía llegando. Hombres y mujeres que venían solos y, ocasionalmente, alguna pareja. Se preguntó cómo se las arreglarían las parejas para solucionar su problema de vigilar a los niños más pequeños. El subtítulo en la cabecera de las cartas de la escuela decía: "Una institución para niños emocionalmente perturbados y con daños cerebrales, capaces de recibir educación". El hijo de Harry, Thomas, de nueve años de edad, era uno de los emocionalmente perturbados. Con una sensación de envidia, se preguntó si los niños con el cerebro dañado podrían ser educados por una persona madura razonablemente competente. Thomas no lo podía ser. Los Vladek no habían pasado una sola noche juntos desde que el niño tuvo dos años, de modo que, aquella noche, Margaret estaba en casa, preocupándose sin duda alguna por la llamada telefónica del doctor Nicholson, mientras que Harry representaba a la familia en la Asociación de Maestros y Padres de Familia.
A medida que se fue llenando la sala, comenzaron a escasear las sillas. Una joven pareja se encontraba en el extremo de la fila, cerca de él, buscando un par de sillas vacías.
—Vengan —les dijo—. Yo me cambiaré allí.
La mujer le sonrió amablemente y el hombre expresó las gracias. Animado ante la vista de un cenicero que se encontraba en el asiento vacío frente a él, Harry sacó su paquete de cigarrillos y se lo ofreció, descubriendo que ninguno de ellos fumaba. De todos modos, Harry encendió su cigarrillo, escuchando lo que estaba sucediendo a su alrededor.
Todo el mundo estaba hablando. Una mujer le preguntaba a otra:
—¿Cómo le va la vesícula biliar? ¿Se la van a extirpar después de todo?
Un hombre pesado y calvo le decía a otro hombre pequeño de pobladas patillas:
—Bueno, mi contable me dice que los gastos de enseñanza son médicamente deducibles si la escuela es para psicosomáticos y no sólo para psíquicos. Eso es algo que tenemos que aclarar.
—Eso es cierto —le confirmó el hombre pequeño—, pero todo lo que tiene que hacer es conseguir una carta del médico en la que le recomiende esta escuela y envíe al niño aquí.
Una mujer muy joven dijo con convicción:
—El doctor Shields fue muy optimista, señora Clerman. Dice que, sin ninguna duda, la tiroides permitirá que Georgie sea accesible. Y entonces...
Uno hombre negro, con una piel ligeramente parecida al café y que llevaba puesta una camisa hawayana, le decía a una mujer rolliza:
—Realmente nos dio un buen fin de semana. Le tuvieron que dar tres puntos en la cara y rompió mi caña de pescar en tres trozos.
—Se aburren tanto —dijo la mujer—. Mi hija pequeña tiene manía por los lápices de colores, con los que pintarrajea todos los libros. Ya me dirá usted lo que una puede hacer.
Finalmente, y dirigiéndose al hombre joven que estaba sentado a su lado, Harry dijo:
—Me llamo Vladek. Soy el padre de Tommy; está en el grupo de principiantes.
—El nuestro también está ahí —dijo el joven—. Se llama Vern. Tiene seis años y es rubio, como yo. Quizá le haya visto.
Harry no hizo grandes esfuerzos por recordar. En las dos o tres ocasiones en que había acudido para recoger a Tommy después de las clases, no había sido capaz de distinguir a unos chicos de otros en medio del barullo de la salida. Abrigos, pañuelos, sombreros, una niña pequeña que siempre se encerraba en el lavabo y otro niño pequeño que nunca deseaba volver a casa y se aferraba a su profesor.
—¡Oh, sí! —le dijo amablemente.
El joven se presentó a sí mismo y a su esposa. Se llamaban Murray y Celia Logan. Harry se inclinó sobre el hombre para estrecharle la mano a su esposa, y ella le preguntó:
—¿No es usted nuevo por aquí?
—Sí. Tommy está en la escuela desde hace un mes. Nos trasladamos aquí desde Elmira para estar más cerca de él —dudó un momento y añadió—: Tommy tiene nueve años, pero la razón por la que está en el grupo de principiantes es porque la señora Adler creyó que eso le facilitaría la adaptación.
Logan señaló hacia un hombre curtido por el sol, sentado en la primera fila.
—¿Ve a ese hombre con gafas? —preguntó—. Se mudó aquí desde Texas. Desde luego, tiene dinero.
—Debe de ser un lugar muy bonito —dijo Harry en tono interrogativo. Logan frunció el ceño. Su expresión parecía un tanto nerviosa.
—¿Cómo está su hijo? —preguntó Harry.
—Ese pequeño bribón —comentó Logan—. La semana pasada le conseguí otra copia del disco de My Fair Lady. Creo que ya ha utilizado cuatro o cinco, y va de un lado a otro cantando. ¿Pero mirarle a uno? No, nada de eso.
—El mío no habla —dijo Harry.
—El nuestro habla —informó la señora Logan prudentemente—, pero no con todo el mundo. Es como una pared.
—Ya sé —dijo Harry, y se atrevió a hacer la siguiente pregunta—: ¿Ha... ha mejorado desde que está en la escuela?
Murray Logan apretó los labios.
—Yo diría que sí. Sigue mojando la cama, pero la vida se desarrolla mucho más suavemente en algunos aspectos. Ya sabe, no espera uno ningún avance espectacular. Pero todo marcha con más suavidad, día tras día, en las pequeñas cosas. Desde luego, hay momentos de retroceso.


Harry asintió, pensando en siete años de retrocesos y en dos años de creciente preocupación y extrañeza ante aquello.
—La señora Adler me dijo que, por ejemplo, un brote especial de destructividad puede significar algo así como una tendencia constante en la terapia del lenguaje. De ese modo, el niño lucha contra ella y termina por estallar en alguna otra dirección.
—Eso es cierto —admitió Logan—, pero lo que yo quiero decir... ¡Oh! Están empezando.
Vladek asintió, apagó el cigarrillo y, sin darse cuenta, volvió a encender otro. Su estómago volvía a contraerse sobre sí mismo. Estaba asombrado ante aquellos otros padres que parecían sentirse tan seguros y poco afectados. ¿Acaso no les ocurría a ellos lo mismo que les sucedía a él y a Margaret? Había transcurrido mucho tiempo desde que los dos sintieron por última vez el mundo de una forma confortable a su alrededor, incluso sin la presión del doctor Nicholson, que trataba de hacerles tomar una decisión. Hizo un esfuerzo para reclinarse en la silla y aparecer tan tranquilo como los demás.
La señora Adler estaba golpeando suavemente la mesa con una regla.
—Creo que ya están aquí todos los que tenían que venir —dijo.
Se inclinó sobre la mesa y esperó a que se hiciera el silencio en la sala. Era una mujer de estatura baja, morena, algo rolliza, y sorprendentemente bonita. No tenía, en modo alguno, el aspecto de una profesional competente. Su aspecto era tan diferente al papel que representaba que, de hecho, el corazón de Harry se había hundido cuando, como culminación de su correspondencia sobre la admisión de Tommy, hicieron el largo viaje desde Elmira para mantener la entrevista. Había esperado ver a una señora de pelo gris acerado, con gafas sin aros, una especie de Valkiria con bata blanca, como la enfermera que había permanecido retorciéndose con un Tommy que no hacía más que gritar, mientras esperaba que el supositorio le tranquilizara para realizar su primer examen; le parecía que tenía que ser una desmelenada y vieja impostora, aunque no sabía por qué. De todos modos, esperaba ver a cualquier otra persona, excepto a aquella mujer joven y bonita. Otro camino cerrado, pensó entonces, lleno de desesperación. Otro, después de cientos de caminos cerrados con los que ya se había encontrado. Primero fue el "esperemos a que madure". Pero no lo hizo. Después llegó el "tenemos que reconciliarnos con la voluntad de Dios". Pero eso es algo que, en el fondo, no se desea. Después, le dieron las medicinas, tres veces al día, durante tres meses. Y no se consiguió ningún resultado. Más tarde vino la persecución, durante seis meses, de la Clínica de Guía Infantil, para terminar por descubrir que sólo se trataba de unas cartas con encabezamiento y de un médico que actuaba en circuito y que no tenía tiempo para nada. Después, tras cuatro terribles y llorosas semanas en busca de ayuda, vino la Escuela Estatal de Entrenamiento, para descubrir que tenía una lista de espera de ocho años. Más tarde, la escuela privada de custodia, para darse cuenta de que costaba cinco mil quinientos dólares al año. ¡Y sin tratamiento médico! ¿Y de dónde se pueden sacar cinco mil quinientos dólares al año? Y, durante todo ese tiempo, la gente advirtiéndole constantemente, como si uno no lo supiera ya:
—¡Date prisa! ¡Haz algo! ¡Cógelo a tiempo! ¡Está en la fase crítica! ¡Cualquier demora será fatal!
Y, finalmente, aquella pequeña mujer de suave mirada. ¿Cómo podía ella hacer algo?
Ella le demostró rápidamente cómo. Interrogó incisivamente tanto a Harry como a Margaret; se volvió después hacia Tommy, comportándose como una loca en aquella misma sala, actuando como una picaruela, para terminar transformando su actitud loca en un juego. Al cabo de tres minutos, el niño estaba experimentando felizmente con un indestructible armario Victrola, y la señora Adler les estaba diciendo a los Vladek:
—No esperen una cura milagrosa. No existe ninguna. Pero se podrán alcanzar mejoras. Eso sí. Y creo que podemos ayudar a Tommy.
Quizá lo había conseguido, pensó Vladek con crudeza. Quizás estaba ayudando a todo el mundo en todo lo que podía.
Mientras tanto, la señora Adler había recibido rápida y agradablemente a los padres, sugiriéndoles que se quedaran a tomar café para conocerse entre sí, y presentando a la presidenta de la Asociación de Maestros y Padres de Familia, una tal señora Rose, alta, con el pelo prematuramente gris y aspecto de ejecutivo.
—Como ésta es la primera reunión del curso —dijo—, no hay acta anterior que leer. Así es que pasaremos a los informes del comité de trabajo. ¿Qué hay del problema del transporte, señor Baer?
El hombre que se levantó era viejo. Tenía más de sesenta años. Harry se preguntó qué se podría sentir al ver coronada la propia vida con un niño llegado a última hora y retrasado mental. Mostraba todos los signos externos del éxito: Un traje de cuatrocientos dólares, un reloj de pulsera electrónico, un gran anillo de oro. Con un ligero acento germánico, dijo:
—Me entrevisté con el consejo escolar del distrito y no se mostraron muy dispuestos a cooperar. Mi abogado investigó la cuestión y el problema se puede reducir a una sola palabra. Lo que dice la ley es que el consejo escolar puede, y ésa es la palabra en cuestión, puede, reembolsar a los padres de los niños subnormales los gastos de transporte a escuelas privadas. Como comprenderán, no se trata de que tienen que, sino de que pueden..., o pueden no hacerlo. Me dijeron que no deseaban gastar el dinero. Tienen la impresión de que todos nosotros somos ricos.
Por la sala se extendieron unas ligeras sonrisas.
—Así pues, mi abogado acordó una entrevista y aparecimos ante el consejo en pleno y presentamos el caso. No nos importaba el reembolso de los gastos; lo único que buscábamos era un autobús, algo que pudiera aliviar un poco las molestias del transporte. La contestación fue negativa.
Se encogió de hombros y permaneció de pie, mirando a la señora Rose, que dijo:
—Gracias, señor Baer. ¿Tiene alguien alguna sugerencia que hacer?
—Hay que hacer presión sobre ellos —dijo con enojo una mujer—. Todos nosotros somos electores.
—Publicidad —dijo un hombre—, eso es lo que hay que hacer. El principio está perfectamente claro en la ley. Se supone que un niño por el que se pagan impuestos debe recibir el mismo servicio que otro cualquiera por el que también se pagan impuestos. Debemos escribir cartas a los periódicos.
—Esperen un momento —dijo el señor Baer—. Creo que las cartas no solucionarán nada, pero yo soy propietario de una empresa de relaciones públicas. Pediré a mis empleados que saquen un poco de tiempo de mis especialidades alimenticias para dedicárselo al problema de la escuela. Ellos pueden utilizar sus propios conocimientos técnicos; saben cómo hacerlo; son expertos.
Esta proposición fue discutida, secundada y aprobada, mientras Murray Logan murmuraba a Vladek:
—Lleva lo de la mayonesa Marijane Garlic. Tiene una hija de doce años en muy mala situación a la que la señora Adler ayudó en sus antiguas clases privadas. Él fue quien le compró a ella este edificio, junto con otros padres.


Harry Vladek estuvo pensando distraídamente en cómo se debía sentir un padre capaz de comprar todo un edificio para una escuela dedicada a ayudar a su hija. Mientras tanto, continuaron exponiéndose los informes del comité. Algo después, y ante el desmayo de Harry, la cuestión pasó al tema de la financiación y se votó una resolución por la que se creaba un fondo para veladas de teatro, al que cada pareja con un niño en la escuela tendría que aportar "por lo menos" la venta de cinco pares de entradas, a sesenta dólares el par. Vamos a aclarar esto inmediatamente, pensó, levantando la mano.
—Me llamo Harry Vladek —dijo cuando se le concedió la palabra—, y soy completamente nuevo aquí, tanto en la escuela como en el condado. Trabajo para una gran compañía de seguros y tuve la suerte suficiente como para que me trasladaran aquí, de modo que mi hijo pudiera acudir a esta escuela. Pero aún no conozco a nadie a quien poder vender esos vales por sesenta dólares el par. Es una gran suma de dinero para la clase de gente que yo frecuento.
—Es una gran suma de dinero para todos nosotros —dijo la señora Rose—. Sin embargo, creo que puede usted vender sus vales. Tenemos que hacerlo. No importa que lo intente con cien personas y noventa y cinco le digan que no, siempre y cuando cinco de ellas acepten.
Se volvió a sentar, calculando ya las posibilidades. Bueno, estaba el señor Crine en la oficina. Era un universitario e iba al teatro. Quizá pudiera hacer una rifa en el despacho para colocar otro par. O dos pares. Después, quedarían... por ejemplo el tratante en bienes raíces que les había vendido la casa, el abogado que habían utilizado para legalizar el trato...
Bueno. Se le había explicado que aunque los gastos escolares no eran decididamente nominales (de hecho se trataba de mil ochocientos dólares anuales), no cubrían el coste de cada niño. Alguien tenía que pagar al terapeuta de lenguaje, al terapeuta de baile, al psicólogo que trabajaba todo el tiempo en la escuela, al psiquiatra que trabajaba a horas, y a todos los demás. Y ese alguien también podía ser el señor Crine de la oficina. Y el abogado.
Media hora más tarde, la señora Rose miró a la agenda.
—Parece que eso es todo por esta noche —dijo—. El señor y la señora Perry nos han traído algunas pastas y todos sabemos lo bueno que está el café de la señora Howe. Está todo en el aula de principiantes y esperamos que todos ustedes se quedarán para conocerse entre sí. Se levanta la sesión.
Harry y los Logan se unieron al amable grupo que acudió al aula de principiantes, donde Tommy pasaba las mañanas.
—Ahí está la señorita Hackett —dijo Celia Logan.
Era la profesora de principiantes. Les vio y se acercó a ellos, sonriente. Harry sólo la había visto con una bata que parecía de lona, su blindaje contra la leche achocolatada, los dedos manchados de pintura y los repentinos chorros del rincón del "juego de agua" del aula. Sin llevar aquella bata puesta parecía una mujer elegante, de mediana edad, vestida con un traje de chaqueta verde.
—Estoy muy contenta de que se hayan encontrado ustedes —dijo—. Quería decirles que sus pequeños se entienden bastante bien. Están formando una especie de conspiración contra los demás de la clase. Vern les quita sus juguetes y se los entrega a Tommy.
—¿De veras? —casi gritó Logan.
—Sí, en serio. Creo que está empezando a relacionarse con los demás. Y, señor Vladek, Tommy deja de ponerse el dedo en la boca, a veces durante muchos minutos. Esta misma mañana lo ha hecho por lo menos media docena de veces, sin necesidad de que yo le dijera nada.
—Ya sabe —dijo Harry con excitación— que creía haberme dado cuenta de que estaba superándolo. Pero no podía estar seguro. ¿Está usted completamente segura de lo que me dice?
—Absolutamente —afirmó—. Y le engañé, consiguiendo que dibujara un rostro. Me dirigió esa mirada típicamente suya cuando los demás estaban dibujando; así es que empecé a retirarle el papel. El niño me lo cogió y dibujó en un momento una especie de rostro a lo Picasso. Quería haberlo guardado para mostrárselo a usted y a la señora Vladek, pero Tommy lo cogió y lo desgarró en la forma metódica en que suele hacer las cosas.
—Me gustaría haberlo visto —dijo Vladek.
—Habrá otros. Veo un futuro de verdaderos progresos en sus respectivos hijos —dijo, incluyendo a los Logan en su sonrisa—. Me ocupo por las tardes de un caso privado que resulta realmente difícil. Es un chico de nueve años, como Tommy. No es malo, excepto por una sola cosa. Cree que el pato Donald ha salido para buscarle y llevárselo. Durante dos años, sus padres se las arreglaron para pensar que el chico estaba tratando de embromarles, a pesar de que ya había roto tres televisores. Entonces, decidieron acudir a un psiquiatra y descubrieron la verdad. Perdónenme, quiero hablar con la señora Adler.
Logan sacudió la cabeza y dijo:
—Creo que podríamos estar, mucho peor, Vladek. ¡Vern entregándole algo a otro chico! ¿Qué le parece eso?
—Me agrada —dijo su esposa, con una sonrisa radiante.
—¿Ha oído lo que ha dicho sobre ese otro pobre chico? Cuando escucho algo así... Y después está esa chica de Baer. Siempre pienso que es mucho peor cuando se trata de una niña pequeña por aquello de que a uno le preocupa que alguien se aproveche de ellas. Pero nuestros chicos saldrán adelante, Vladek. Ya ha oído lo que ha dicho la señorita Hackett.
De repente, Harry se sintió impaciente por volver a casa, junto a su esposa.
—Creo que no me voy a quedar a tomar el café, ¿o esperan que uno se quede?
—No, no, márchese cuando guste.
—Tengo que conducir durante media hora —dijo, en tono de disculpa.
Atravesó junto a las puertas de roble dorado, bajó las feas escaleras de incendios y salió al aparcamiento lleno de grava. La verdadera razón de su marcha era que deseaba llegar a casa antes de que Margaret se fuera a dormir, para contarle lo que le habían dicho sobre que Tommy ya no se llevaba tanto el dedo a la boca. Sólo había transcurrido un mes y ya estaban empezando a pasar cosas, cosas realmente definidas. Y Tommy había dibujado un rostro. Y la señorita Hackett había dicho...
Se detuvo en medio del aparcamiento. Recordó entonces al doctor Nicholson y, además, ¿qué había dicho exactamente la señorita Hackett? ¿Algo sobre una vida normal? ¿No había dicho nada sobre una curación? "Verdaderos progresos", había dicho. ¿Pero progresos hasta qué punto?


Encendió un cigarrillo, se volvió y regresó junto a los padres, dirigiéndose hacia la señora Adler.
—Señora Adler —pidió—, ¿puedo hablar un momento con usted?
Acudió inmediatamente junto a él, apartándose de los demás, de modo que nadie pudiera escucharles.
—¿Ha disfrutado de la reunión, señor Vladek?
—¡Oh, claro! Quería verla porque debo tomar una decisión. No sé qué hacer. No sé a quién acudir. Me ayudaría mucho saber... bueno, que usted me dijera cuáles son las posibilidades de Tommy.
Ella esperó un momento antes de responder.
—¿Está considerando la posibilidad de comprometerle, señor Vladek? — preguntó ella.
—No, no se trata exactamente de eso. Es que... bien, ¿qué puede decirme, señora Adler? Sé que un mes no es mucho. ¿Pero va a poder ser alguna vez como los demás?
Se dio cuenta de que ella ya había contestado aquella pregunta otras veces y que no le gustaba hacerlo.
—Como los demás, señor Vladek —dijo con paciencia—, incluye a algunas personas terribles que, técnicamente, no son subnormales. Nuestro objetivo no consiste en convertir a Tommy en alguien "como los demás". Se trata, simplemente, de ayudarle a convertirse en la mejor clase de persona que pueda llegar a ser.
—Sí, ¿pero qué va a suceder más tarde? Quiero decir, si Margaret y yo... Si... ¿si nos ocurriera algo?
—Simplemente —dijo la señora Adler, que estaba sufriendo—, no hay forma de saberlo, señor Vladek —y añadió amablemente—: Yo no abandonaría las esperanzas. Pero no le puedo decir que espere milagros.

Margaret no estaba dormida. Le estaba esperando en la pequeña sala de estar de la pequeña casa nueva.
—¿Cómo está? —preguntó Vladek, tal y como se habían preguntado el uno al otro durante los últimos siete años cada vez que uno de ellos regresaba a casa.
Ella parecía haber estado llorando, pero se encontraba bastante serena.
—No demasiado mal. Tuve que engañarle para que consintiera en marcharse a la cama. Sin embargo, se tomó bien la medicina glandular. Hasta chupó la cuchara.
—Eso es bueno —observó él.
Le contó después que había dibujado una cara y la conspiración establecida con el pequeño Vern Logan, y el que hubiera dejado de chuparse el dedo en ocasiones. Pudo percibir lo bien que ella se sintió al escucharle, pero sólo le dijo:
—El doctor Nicholson ha vuelto a llamar.
—¡Le dije que no te molestara!
—No me ha molestado, Harry. Fue muy amable. Le prometí que tú le llamarías.
—Son las once, Margaret. Le llamaré mañana por la mañana.
—No, le dije que lo harías esta noche, sin tener en cuenta la hora. Está esperando y dijo que, para estar seguro, lo hicieras a cobro revertido.
—Desearía no haber contestado nunca la carta de ese hijo de perra —estalló, para después añadir, pidiendo disculpas—: ¿Queda algo de café? No me quedé a tomarlo en la escuela.
Ella había puesto a hervir el agua en cuanto oyó el coche llegar al camino que había junto a la casa, y ahora el café instantáneo ya estaba en la taza. Lo sirvió y dijo:
—Tienes que hablar con él, Harry. Tiene que saberlo esta noche.
—¡Saberlo esta noche! ¡Saberlo esta noche! —dijo, excitado, haciendo gestos; se quemó los labios al tratar de beber el café caliente y dijo—: ¿Qué quieres que haga, Margaret? ¿Cómo puedo tomar una decisión como ésa? Hoy he cogido el teléfono y he llamado al psicólogo de la compañía, y cuando me ha contestado su secretaria he dicho que había marcado un número equivocado. No sabía qué decirle.
—No estoy tratando de presionarte, Harry. Pero tiene que saberlo.
Vladek dejó la taza y encendió su decimoquinto cigarrillo del día. El pequeño comedor (no era eso, era una especie de semialcoba de desayunar que surgía de la diminuta cocina, pero ellos lo llamaban comedor) estaba todo lleno de Tommy. La nueva pintura de la pared donde Tommy había pelado el papel de tazas y cucharas. El picaporte de la cocina, a prueba de los intentos de Tommy. El extraño asiento con orinal, que no correspondía con el resto de las sillas de la cocina, donde Tommy pegaba golpes metódicos con el mango de su cuchara.
—Sé muy bien lo qué me diría mi madre —dijo él—. Habla con el sacerdote. Quizá debiera hacerlo. Pero nunca hemos ido aquí a ningún servicio religioso.
Margaret se sentó y le cogió uno de sus cigarrillos. Era una mujer que aún seguía teniendo buen aspecto. No había engordado ni un kilo desde que naciera Tommy, y normalmente parecía sentirse cansada. Yendo directamente a la cuestión, pero hablando con precaución, dijo:
—Estuvimos de acuerdo, Harry. Me dijiste que hablarías con la señora Adler, y eso lo has hecho. Dijimos que si ella creía que Tommy no se pondría nunca bien, hablaríamos con el doctor Nicholson. Sé que es muy difícil para ti, y también sé que yo no te soy de gran ayuda. Pero no sé qué hacer y tengo que dejarte la decisión a ti.
Harry miró a su esposa, con una mirada llena de amor y desesperanza y, en aquel mismo instante, sonó el teléfono. Era, desde luego, el doctor Nicholson.
—Aún no he tomado una decisión —dijo Harry Vladek inmediatamente—. Me está usted metiendo demasiada prisa, doctor Nicholson.
La voz distante sonaba serena y segura de sí misma.
—No, señor Vladek, no soy yo quien le está metiendo prisa. El corazón del otro chico se ha desmoronado hace una hora. Por eso son las prisas.
—¿Quiere decir que está muerto? —preguntó Vladek.
—Está ahora en el pulmón artificial, señor Vladek. Lo podemos mantener así por lo menos durante dieciocho horas, quizá durante veinticuatro. El cerebro está perfectamente bien. Estamos obteniendo ondas muy buenas en el osciloscopio. La concordancia de los tejidos con los de su hijo es satisfactoria. Mucho mejor que satisfactoria. A las seis quince de la mañana sale un vuelo del John F. Kennedy y he reservado billete para usted, su esposa y Tommy. Serán recogidos en el aeropuerto. Pueden estar aquí al mediodía; de ese modo, tendremos tiempo. Sólo el tiempo justo, señor Vladek. Ahora, todo depende de usted.
—¡No puedo decidir una cosa así! —gritó furiosamente Vladek—. ¿Es que no lo comprende? No sé cómo podría hacerlo.
—Le comprendo, señor Vladek —dijo la voz distante y, extrañamente, Vladek pensó que, en efecto, le comprendía—. Puedo hacerle una sugerencia. ¿Quiere venir aquí de todos modos? Creo que le sería de una gran ayuda al ver al otro chico y puede hablar también con sus padres. Sienten que le deben algo, incluso por haber llegado hasta este punto, y quieren agradecérselo.
—¡Oh, no! —gritó Vladek.
—Todo lo que quieren es que su hijo pueda vivir —siguió diciendo el médico—. No esperan nada más que eso. Le dejarán al niño en custodia... Será su hijo y el de ellos. Es un pequeño muy bueno, señor Vladek. Ocho años de edad. Lee maravillosamente. Construye modelos de aeroplanos. Le dejaron montar en su bicicleta porque es muy sensato y digno de confianza, y el accidente no fue por culpa suya. El camión se subió a la acera y le golpeó.
—Eso es como sobornarme —dijo Harry temblando, y añadió con dureza—: Eso es como decirme que puedo cambiar a Tommy por alguien más inteligente y atractivo.
—No quise decir eso, señor Vladek. Sólo quería hacerle saber la clase de chico al que puede usted salvar.


—¡Ni siquiera sabe usted si podrá salir bien la operación!
—No —admitió el médico—. No con absoluta certeza. Le puedo decir que hemos trasplantado animales, incluyendo primates, y cadáveres humanos, y un par de casos terminales; pero tiene usted toda la razón: Nunca hemos hecho un trasplante en un cuerpo sano. Ya le he mostrado todas las estadísticas e informes, señor Vladek. Las repasamos todas junto con su propio médico cuando hablamos por primera vez de esa posibilidad, hace ahora ya cinco meses. Este es el primer caso que se nos presenta desde entonces, cuando hay tantas concordancias y existe una verdadera esperanza de éxito. Pero tiene usted toda la razón: Aún no se ha probado nada. A menos que nos ayude usted a demostrarlo. Creo que todo funcionará bien. Pero nadie puede estar absolutamente seguro.
Margaret había dejado la cocina, pero Vladek sabía dónde estaba gracias al seco click que escuchó: En el dormitorio, escuchando la conversación por el teléfono supletorio. Finalmente, dijo:
—No se lo puedo decir ahora, doctor Nicholson. Le volveré a llamar dentro de..., dentro de media hora. No puedo hacer otra cosa por el momento.
—Eso está muy bien, señor Vladek. Estaré aquí mismo, a la espera de su llamada.
Harry se sentó y se bebió el resto del café. Tiene uno que ser un experto en una gran cantidad de cosas para ir saliendo adelante, pensó. ¿Qué sabía él sobre trasplantes de cerebro? En un cierto sentido, sabía mucho. Sabía que la cuestión quirúrgica se suponía que estaba muy avanzada, pero que el problema radicaba en el rechazo de los tejidos. Sin embargo, el doctor Nicholson pensaba que eran muy parecidos. Sabía que cada uno de los médicos con los que había hablado, y por ahora ya había hablado con siete, estaban de acuerdo en que, médicamente, existían grandes probabilidades y que cada uno de ellos había desviado cuidadosamente la conversación cuando se llegaba al punto de discutir si era correcto o no. Era él quien tenía que tomar la decisión y no ellos, a veces sólo a través de sus silencios. ¿Pero quién era él para decidir una cosa así?
Margaret apareció en el umbral de la puerta.
—Harry, vayamos arriba a echarle un vistazo a Tommy.
—¿Acaso se supone que eso me va a facilitar el asesinar a mi hijo? —preguntó con dureza.
—Ya hemos hablado de eso, Harry —dijo ella—, y estuvimos los dos de acuerdo en que no era un asesinato. Sea lo que sea. Sólo creo que Tommy debería estar con nosotros cuando tomáramos la decisión, aun cuando él no sepa lo que estamos decidiendo.
Los dos se encontraban ahora al lado de la gran cuna en la que estaba su hijo, mirando, en la oscurecida luz, los largos y suaves cabellos que caían sobre las gordinflonas mejillas, y los labios apretados alrededor del dedo. Leer. Construir modelos de aeroplanos. Ir en bicicleta. Todo eso en contra de un rápido esbozo de rostro y el ruido ocasional de unos besos cariñosos y tempestuosos.
Vladek permaneció allí durante toda la media hora. Después, tal y como había prometido, se dirigió hacia la cocina, cogió el auricular del teléfono y comenzó a marcar un número.


FIN