2026/09/07

En la cumbre (Lester del Rey)


Título original: Over the Top
Año: 1949


El cielo estaba lleno de estrellas. Desagradables y diminutas cabezas de alfiler, fríamente hostiles, carentes tanto de la lejanía del espacio como del amistoso calor de la Tierra. No titilaban honestamente, sino que se burlaban y reían con disimulo. Y no había siquiera una verdadera luna. Dave Mannen lo sabía muy bien. No obstante, sus ojos buscaron las formas de Deimos y Phobos, que descendían muy de prisa. Pensaba en todos los poetas románticos que habían escrito sobre ellas. Y estaban allí arriba, en efecto, pero no eran más que frías rocas, demasiado pequeñas para verlas.
Rocas en el cielo y rocas en su cabeza. Sin mencionar el chichón que abultaba la parte posterior de su cuero cabelludo. Introdujo sus tensos dedos entre el fino pelo negro y recorrió la piel hasta dar con él. Entonces, hizo una mueca de dolor. Con mejor fortuna, cada centímetro de los noventa de su cuerpo se hubiese hecho papilla, en lugar de aquello. ¡Maldito Marte!
De repente, encendió el reflector y miró hacia afuera. El paisaje no había mejorado en absoluto. Seguía siendo una triste planicie, cubierta de arena de un rojo apagado y salpicada de ridículos hoyos, que continuaban más allá del alcance de la luz. Las fibrosas cuerdas con pretensiones de plantas habían decidido agruparse en bolas durante la noche, pero su verde bilioso conservaba una asquerosa apariencia, como el producto de una borrachera de tres días. Una ligera capa de escarcha brillaba sobre ellas, atrapando la luz en pequeñas y malignas chispas. Tal vez aquel dato fuera significativo. Probaría que había más agua en el aire de lo que habían supuesto los científicos, que revisaron sus cálculos a partir del reflector lunar de veinticuatro pulgadas.
En realidad, resultaba bastante lógico. Los chicos listos se lanzaron con sus ingenios electrónicos en busca de lo mejor y obtuvieron toda clase de resultados. Después de eso, tenían que enviar a alguien a morir en algún sitio, antes de que averiguasen que se habían equivocado, los muy bestias. Como a Dave, por ejemplo. Los revestimientos de los tubos refractarios podían soportar una presión constante durante veinticuatro horas... No faltaba más. Habían sido sometidos a control bajo las más rigurosas condiciones de laboratorio. Incluso los habían probado en un par de vuelos a la Luna.
Así que, cosa muy natural, con el respaldo de la billonaria Unitech y los nuevos métodos de manipulación de la energía, que les habían inspirado la idea de mejorar las comunicaciones con Marte —sin necesidad de detenerse en la Luna, a tal perfección llegaban—, no habían incluido revestimientos de recambio. Tendrían que haberse olvidado un poco de la chatarra de su radar y esperar hasta que el cohete regresase para comprobar los resultados.
Bien, los tubos no habían fallado. Sólo cuando Dave trató de frenar para posarse en Marte, después de tres horas de presión absoluta, empezaron a surgir los problemas. Y no se detuvieron hasta que quedaban doce metros de caída libre, lo que equivalía poco más o menos a cuatro metros y medio en la Tierra. La nave no había sufrido ningún daño. Incluso había aterrizado sobre el trípode y el radar estaba intacto. El único problema consistía en que no le diesen a Dave el billete de regreso. Contaba con comida para seis meses y agua para más tiempo, siempre que la condensase y la reutilizase. Ahora bien, el sonido del acondicionador le recordaba sin cesar que poco a poco se iba agotando su provisión de aire respirable. Y sólo le quedaba el suficiente para tres semanas en el exterior. Después de eso, telón.
Desde luego, de funcionar el plan de los chicos listos, podría vivir con el aire comprimido tomado del exterior por las bombas aspirantes. Lástima que el aterrizaje las hubiese torcido lo bastante para que apenas alcanzasen a conservar la presión y evitar que perdiese aire si decidía salir al exterior. Demasiados inconvenientes.
Por lo menos, el radar marchaba. No le permitiría respirar ni resolvería la situación, pero los amplificadores de cristal eran capaces de registrar incluso una caída libre desde el espacio. Lo conectó, hurgando hasta que sintonizó la emisión lunar desde la Tierra. Sonaba muy confuso. Sin embargo, logró captar la mayoría de las palabras en la banda de megaciclos. Decían algo acerca de un desatinado chiquillo, que se había introducido en un avión, consiguiendo despegar y provocando que un centenar de valiosos pilotos pusiesen en peligro su vida para conseguir que descendiera. Los hombres podían asesinarse unos a otros por millones pero, como de costumbre, se consideraba que no debían exponerse por salvar una espectacular e inútil vida.
A continuación, se escucho: "Sin noticias del cohete de la United Technical Foundation. Los hombres de la Fundación han perdido las esperanzas de recibirlas. Se cree que Mannen murió en el espacio por razones desconocidas y que el cohete pasó junto a Marte sin control alguno. Cualquier choque violento hubiese accionado las señales automáticas, y Mannen no dijo nada de que tuviese problemas..."
Continuaron hablando de él por un momento, aunque menos que acerca del chiquillo. Dos años antes, se envió otro cohete experimental. Fracasó porque los tubos reventaron a la hora de emprender el regreso. Claro está, la historia de semejante error suponía una novedad de segunda mano, por lo cual no suscitaba ningún entusiasmo. Bien, que se perdiesen en conjeturas. Si querían saber lo ocurrido, que vinieran y lo averiguasen. No oirían de su boca un bello discurso de despedida.
Permaneció un minuto más a la escucha. El locutor daba cuenta ahora de las últimas desavenencias en el seno de las supuestamente remozadas Naciones Unidas.
Apagó, molesto. Las naciones del Pacto del Atlántico estaban tan decididas como Rusia y ambas disponían ahora de las suficientes bombas. Quizá supusiese una buena medida largarse de la faz de la Tierra. Marte era un mundo horrible, pero al menos había muerto en paz, sin tantas complicaciones.
¿Por qué preocuparse por ellos? Nunca le hicieron ningún favor. Al contrario, se dedicaron a timarle todo el tiempo. Con una inteligencia de primera clase y la cara de un ídolo de la pantalla, había sido dotado por la naturaleza con noventa centímetros de estatura y el brillante futuro de un monstruo de feria. La clase de tipo de quien la gente se reía, más que contemplarle con respeto. Su única oportunidad se le había ofrecido cuando la Unitech empezó a construir la nave, sin saber todavía con cuánta energía contaba, por lo cual ahorró peso diseñándola para un enano, con provisiones de aire, agua y comida forzosamente menores. Incluso entonces, después de presentarse en respuesta al anuncio, tuvo que luchar mucho por el triunfo durante días de penosas pruebas. No le facilitaron las cosas.
En aquel momento, el trabajo le pareció la gran oportunidad. Que se reservasen la fama y las estatuas. El libro que escribiría y los derechos que percibiría por él le colocarían en un pedestal desde el cual podría mirar hacia abajo y reírse de todos aquellos que midiesen uno ochenta... Y los tipos de los cerebros electrónicos le habían quitado de en medio.


"Déjales que reclamen sus señales de radar. Déjales que se lastimen jugando a los soldaditos". Nada de aquello le concernía.
Salió de la cámara de observación, se dirigió a su diminuta cabina, ingirió un par de cápsulas de barbitúricos y se arrastró hasta los almohadones entre los cuales dormía. Le quedaban aún tres semanas y no había siquiera una botella de whisky en la nave. Maldijo rabioso, se dio la vuelta y dejó que el sueño se apoderase de él.

Por supuesto, era inevitable que saliese. Tres días sin hacer otra cosa que sentarse, levantarse y dormir resultaban demasiado. Puso en marcha las bombas para que extrajesen el aire de la cámara, cerró la escafandra con la cremallera por encima de la suave juntura hermética de goma, comprobó el equipo y aguardó a que las presiones interior y exterior se estabilizaran.
A continuación, abrió la cámara exterior, dejó caer la rampa de plástico y descendió por ella. Se había acostumbrado a la nueva gravedad mientras se hallaba a bordo y no le prestó la menor atención.
El trípode se hallaba hundido en la arena, aunque los pies de la plataforma mantuvieron abiertos los tubos. Dave maldijo suavemente. Parecían en buenas condiciones, si se exceptuaba el punto donde colgaba en jirones parte del revestimiento. De haber contado con recambios de este último, tal vez los tubos hubiesen funcionado. La explosión no llegó a dañarlos. Al fin dio la espalda a la nave y se enfrentó al increíblemente cercano horizonte.
De acuerdo con los acostumbrados relatos, aquél constituía el más importante hito en la historia de la humanidad. El primer hombre que ponía pie fuera de su propio mundo y de su inútil satélite. Se abrió la cámara y el héroe salió al exterior.
¡Reventando de orgullo por el triunfo del hombre y la conquista del espacio! Dave oprimió con los labios la válvula de la escafandra, abrió el orificio y escupió en el suelo. Si aquello era una experiencia, ¿por qué no la cerveza pasada del año anterior?
No había siquiera un "canal" en cien kilómetros a la redonda. En cierto modo lo lamentó. Descubrir qué daba origen a aquellas líneas le permitiría matar el tiempo. Cierto que los vio al acercarse y que se trataba de ilusiones ópticas, como el telescopio lunar había ya demostrado. Pero no eran en modo alguno canales. No había tenido oportunidad de elegir el punto de aterrizaje, así que se resignaría a la idea de no verlos.
Una vez descartados, no quedaba mucho por explorar. Las cuerdas vegetales se hallaban ahora extendidas, ofreciendo al sol sus curvas de pelusa verde. No parecía haber variedad en las especies, aunque tal vez una arboleda terrestre presentara igual aspecto a los ojos de un mítico marciano. Posiblemente, presentasen millones de diferencias. Sólo que Dave no sabía apreciarlas. Lo único interesante eran las formas que adoptaba la pelusa al serpentear adelante y atrás, hasta que eso también se hizo monótono.
De pronto, junto a su pie, sonó un chillido que acabó en un gorgoteo. La sorpresa le hizo dar un respingo, que le elevó a unos dos metros por encima del suelo. Volvió a oírlo al caer y se tambaleó cuando tocó tierra. Sus ojos localizaron una masa informe de color castaño aferrada a su bota. Parecía algo así como una aglomeración circular, formada por una docena de piñas recubiertas de pelusa, de la que sobresalían pequeños miembros semejantes a piernas... Una docena de piernecillas, que se pusieron rápidamente en movimiento cuando las miró con fijeza.
—Cuiquelrle —dijo la cosa, enviando el sonido hacia arriba a través del aire más denso de la combinación espacial de Dave. Después, trepó por su pierna, se detuvo sobre el equipo y lo examinó rápidamente.
—¡Cuiquelrle! —repitió.
No presentaba ningún aspecto amenazador, sin duda porque no recordaba en nada a un monstruo de ojos saltones. No se advertía rastro alguno de órganos sensoriales. Dave parpadeó. Le recordaba un gatito que tuvo en una ocasión, antes de que su habitual mala fortuna se fijase en la pequeña criatura y la matase de una enfermedad gatuna. Reaccionó de manera automática:
—¡Cuiquel lo serás tú!
Deslizó sus dedos dentro del equipo y extrajo una tableta de chocolate retirando el celofán que la envolvía.
—Lo más probable es que te enferme o que te mate... Pero si es esto lo que quieres, tómalo.
En efecto, era lo que Cuiquel quería. La criatura aferró la tableta entre sus seudópodos, la envolvió con su cuerpo y se relajó, emitiendo apagados sonidos al engullirla. Permaneció en silencio por un segundo y volvió a chillar, con voz más aguda:
—¡Cuiquelrle!
Dave le dio dos tabletas más, antes de que la criatura pareciese satisfecha y empezase a descender, dejando las avellanas envueltas en el chocolate apiladas con todo cuidado en el suelo, y escabullándose entre la vegetación. Dave esbozó una mueca. La gratitud de Cuiquel no superaba a la media entre los seres humanos.
—¡Vete al demonio! —murmuró, pateando el montón de avellanas.
Al menos aquello probaba que los hombres nunca habían llegado hasta allí. A los hombres les gustaba exterminar toda forma de vida, casi tanto como liquidar a los de su misma especie.
Se encogió de hombros y, sin pensarlo, se encaminó a grandes zancadas hacia el horizonte. Daba gusto correr después de la estrechez propia de las instalaciones de la nave. Continuó así por más de una hora, hasta que sus músculos protestaron. Entonces buscó la botella de agua, empujó el tubo a través del orificio de la escafandra y bebió un sorbo.
El paisaje que le rodeaba no difería en nada del próximo a la nave, a excepción de un pequeño grupo de plantas no verdes, formadas por una pelusa de un rojo suave. Las había visto antes, sin llegar a determinar si eran un estadio de la misma planta o una especie diferente. A decir verdad, le tenía sin cuidado.
En todo caso, carecía de sentido alejarse más. Había estado buscando sin darse cuenta otro Cuiquel, pero no había visto ninguno. En el viaje de regreso, rebuscó con mayor detenimiento bajo las plantas. No había nada que ver. Ni siquiera soplaba un poco de viento que rompiera la monotonía. Subió ruidosamente la rampa de la nave tan aburrido como se había marchado. Quizá debiera alegrarse de su escasa provisión de aire, si esto era todo lo que Marte podía ofrecerle.
Recogió la rampa y cerró la cámara exterior, parpadeando en la penumbra hasta que las luces se encendieron al quedar sellada la cámara de aire. Contempló cómo el indicador de presión subía hasta los cuatro kilos y medio, la presión normal en la nave, y se dirigió a la cámara interior... Y retrocedió de un salto, mirando hacia el suelo.
Cuiquel estaba allí y se había traído consigo parte de la población de Marte. Sus chillidos sonaban uniformes en tanto se abría el cierre interior. Quince o veinte plantas se pusieron de pronto en movimiento, formando un estrecho sendero ante la criatura, que lo atravesó rápidamente adentrándose en la nave. Dave la siguió meneando la cabeza. Al parecer, allí no había modo de estar seguro de nada. Plantas en apariencia bien sujetas por sus raíces podían moverse a voluntad y obedeciendo a lo que evidentemente era una orden.


¡Aquella tonta criatura! Por lo que se veía, le agradaba el calor de la nave, así que tomó sus disposiciones para ocupar lugar..., en una atmósfera por lo menos cien veces demasiado pesada para ella. Dave había empezado a subir los estrechos peldaños que llevaban a su cabina, cuando se detuvo vacilante. Dejó escapar una maldición. Cuiquel seguía recordándole a su gatito, dando vueltas en círculos exploratorios. Bajó de nuevo y se dirigió a él.
Cuiquel emitió una serie de chillidos cuando Dave lo arrojó dentro de la cámara de aire y cerró la compuerta interior. Sus gritos se fueron apagando al ir disminuyendo la presión y abrirse la compuerta exterior hasta hacerse inaudibles cuando Dave regresó a la escalera. Gruñó con escaso entusiasmo. Ahí tenía el resultado de alimentar a la cosa. Había decidido mudarse a su domicilio y convertirse en su dueño y señor.
Se sintió mejor después de devorar lo que pasaba por su cena. El estímulo le duró alrededor de una hora, dejándole después más incómodo y disgustado que nunca, sin otra distracción que contemplar las paredes de su diminuta cabina. Ni siquiera disponía de un libro para leer, fuera del manual mecanografiado sobre el cuidado general de la nave, que ya había leído demasiadas veces.
Por último, se dio por vencido. Se levantó de mala gana, fue al observatorio y conectó el radar. Tal vez las noticias acerca de su muerte fuesen más importantes aquella noche.
No lo eran. Se limitaban a especulaciones en torno a lo que pudiera haberle ocurrido. Y ninguna de ellas incluía insinuación alguna de que los chicos listos hubiesen cometido algún error. Aventuraron incluso la hipótesis de que la fuerza de gravitación de Marte hubiese capturado la nave, convirtiéndola en satélite suyo, aunque terminaron por rechazarla. Sin embargo resultaba evidente que su caso perdía interés. Dave adivinaba incluso cómo habían rellenado las noticias de la emisión general para dar más detalles a los hombres de la Luna, basándose al parecer en la teoría de que nadie, salvo la Luna, sentía el menor interés por el tema. No obstante, añadieron un nuevo toque:
—Es obvio que se necesita un estudio detenido de las condiciones del espacio más allá del campo magnético o de gravedad de la Tierra. La marina nos anuncia que su nuevo cohete, diseñado en principio para alcanzar Marte el año que viene, será destinado a servir de laboratorio en las profundidades del espacio, realizando una serie de viajes exploratorios antes de proseguir los avances. La United Technical Foundation ha abandonado de momento todo plan de investigación interplanetaria.
Y punto final. El locutor pasó a ocuparse de la política internacional. Dave frunció el ceño. Estaba claro, incluso para él, que las palabras utilizadas no se hallaban en proporción con los hechos a que hacían referencia. Comenzaban ya a restringir información, lo cual significaba que el mundo se encaminaba otra vez hacia la crisis. Cuatro años atrás, el súbito estallido de una nueva y violenta plaga en China había resuelto la crisis anterior. Entonces, por altruismo o por simple interés, todas las naciones se pusieron enérgicamente al trabajo, forzadas a hacerlo juntas. No obstante, su entendimiento no duró mucho. Después de casi dos millones de muertes, se descubrió un medicamento contra la plaga. Y a partir de ese instante, nada fue capaz de mantener la recién creada cooperación entre las potencias. Quizá de haber tenido nuevos canales para su energía, los planetas por ejemplo.
Imposible. Las Naciones Atlánticas se hubiesen adueñado de Marte gracias a su capacidad de regresar a la Tierra. De enviarse una nueva nave, ellas irían a la cabeza. Se apoderarían con tanta avidez de los planetas como se habían apoderado de la Luna, proporcionando a las demás potencias más motivos de resentimiento e incrementando el peligro de crisis.
Dave frunció aún más el ceño, en tanto el locutor continuaba. Había las insinuaciones usuales, procedentes de fuente oficial, de que todo iba bien para las Potencias Atlánticas..., pero no empleaban los términos acostumbrados. Sonaban demasiado confiados, incluso arrogantes. Y hubo una muy breve mención de una conferencia en Washington. Ahí estaba la clave. Dos de los nombres mencionados suponían una evidencia absoluta. Alguien había dado con el pretexto para recurrir a la bomba de litio y...
Desconectó el radar. La humanidad ya tenía cuanto necesitaba; la oportunidad de utilizar lo que provocaría una reacción en cadena imparable. El hombre había descubierto al medio de volar su propio planeta.
Miró en dirección al punto que era la Tierra y a la diminuta mancha a su lado que era la Luna, Detrás de él, el acondicionador de aire dejaba oír su ajetreado tictac, dosificando el oxígeno. Dave lo miró. Dos semanas y media. Bueno, tal vez fuese tiempo suficiente, aunque probablemente no lo sería. Al menos él podía dar ese tiempo por descontado. Se preguntó si los chicos listos esperaban en verdad tanto para sí mismos. ¿O sólo porque no se encontraba en el seno de una humanidad complaciente y disponía de ocios para pensar, se daba cuenta de lo que se avecinaba?
Dio un suave golpecito al aparato y volvió a mirar hacia la Tierra. ¡Los muy locos! Se lo habían buscado. Que tragasen su medicina. Habían preferido la guerra a la eugenesia, la física nuclear a la ciencia capaz de brindarle a él un cuerpo perfecto haciendo que sus glándulas funcionasen de la manera correcta. ¡Al diablo! ¡Que se cociesen en su propia salsa!
Encontró el frasco del somnífero y lo sacudió. Sólo cayeron partículas de polvo. También eso se había terminado. Aquellos tipos no hacían nada bien. Ni whisky, ni cigarrillos que consumiesen el precioso aire, ni siquiera amytal. La Tierra le alcanzaba, negándole el consuelo de un sedante, del mismo modo que se negaba a sí misma una solución impersonal y segura contra las pasiones desatadas.
Estrelló la botella contra el suelo y se encaminó hacia la cámara de aire. Cuiquel continuaba allí. Los sonidos apagados de alguien que rascaba lo atestiguaban. Apareció tan pronto como se abrió la compuerta interior, chillando de contento, con sus plantas avanzando lentamente tras él. Traían algo nuevo, un lío de basura arrollado en los zarcillos, una mezcla de arena y vegetales muertos.
—Considérate en tu casa —dijo innecesariamente Dave a la criatura—. Es toda tuya. Cuándo esté en mis últimos estertores, dejaré abiertas las cámaras y encendidos los fluorescentes. Así al menos alguien habrá obtenido algo bueno del género humano. Y no te aflijas por consumir mi aire. Sería mejor para mí quedarme pronto sin él.
—Cuiquelrle.
La conversación no resultaba demasiado brillante, pero tendría que conformarse.
Dave observó cómo Cuiquel reunía sus plantas sobre el revestimiento del convertidor. Los chicos listos trabajaron bien. Aprendieron a encadenar la radiación y los neutrones mediante una delgada pared de metal y un impalpable acoplamiento inductivo de fuerzas. El resultado ofrecía un excelente terreno a las plantas. Cuiquel daba vueltas alrededor de éstas, asegurándose de que la basura quedase bien desparramada y la carga dispuesta del modo adecuado. Parecía obrar de manera inteligente, pero también lo parece el comportamiento de las hormigas. Si la presión existente dentro de la nave molestaba a la criatura, no daba signo alguno de ello.


—Cuiquelrle —anunció por último.
Se dirigió hacia Dave. Éste dejó qué le acompañase escaleras arriba, encontró un poco de chocolate y lo tendió hacia los seudópodos. Pero Cuiquel no tenía hambre. Tampoco aceptó el agua que le ofrecía. Se limitó a tocarla y verter una gota sobre su pelusa.
Se extendió por el suelo, hasta que, al ver que Dave se acomodaba entre los almohadones, intentó imitarle. El joven lo alzó, sorprendiéndose al advertir que la pelusa ocultaba una superficie dura, y lo puso a su lado. El cuerpo de Cuiquel no era frío ni cálido. Probablemente toda la vida marciana había desarrollado un excelente aislamiento. Tal vez incluso la capacidad de captar él agua de la casi deshidratada atmósfera y retenerla.
Por un segundo, los viejos cuentos acudieron a la memoria de Dave. Los desechó en seguida. Cuando uno se enfrenta a la vida animal, pronto cae en la cuenta de que no es tanta su crueldad. Al menos no tanta como el hombre pretende a fin de proclamar su propia superioridad. Y Cuiquel parecía contento de encontrarse allí, lo que demostraba emitiendo suaves y monótonos chillidos.
Cosa sorprendente, el sueño llegó con facilidad.

Dave permaneció fuera de la nave gran parte de los dos días siguientes, moviéndose sin derrotero alguno, con el solo objeto de agotar su energía física. Aquello le ayudó lo bastante para mantenerle alejado del radar. Encontró unas tenazas y desmanteló el revestimiento de los tubos, una ayuda todavía más preciosa al mantener ocupados tanto su mente como sus músculos. De todos modos, se trataba de un subterfugio temporal, que no cubría las dos semanas que le restaban. Salió al día siguiente, caminó unos cuantos kilómetros y regresó. Sólo entonces se fijó en que las plantas crecían a un ritmo increíble sobre el convertidor.
Cuiquel se afanaba entre ellas, cortando pequeños fragmentos en algunos puntos y empujando lo que cortaba bajo su cuerpo, donde tenía la boca. Dave probó uno de los brotes y lo escupió en el acto. La cosa olía casi como una planta de la Tierra, pero combinaba toda la quintaesencia de su amargura con algo que escapaba a su experiencia. Según había descubierto, a Cuiquel no le gustaba el chocolate, sólo el azúcar que contenía. El resto lo eliminaba en un bloque sólido.
Y luego, no hubo nada más que hacer. Cuiquel terminó su trabajo y se acomodaron uno junto al otro, aunque en actitudes por entero diferentes. La criatura marciana parecía satisfecha.
Tres horas más tarde, Dave se hallaba otra vez en el observatorio, escuchando de pie el radar. Estaban transmitiendo algo de música, pero la mala recepción le impedía escucharla. En cuanto a las noticias, eran las que se imaginaba: Infinidad de detalles sobre los problemas nacionales, unas breves palabras relativas a una conferencia en las Naciones Unidas y un comentario un poco más largo respecto a la celebración del aniversario de la creación de Israel como estado independiente. Los confusos recuerdos de Dave se aclararon al escuchar la emisión. En las antiguas Naciones Unidas se había discutido bastante la cuestión. En cierto sentido, había servido de algo, puesto que ninguna potencia consideró la ocasión propicia para amenazar con una guerra. Además, mantuvo a los diplomáticos profesionales alejados de terrenos más peligrosos.
Pero aquello, como la plaga china, no volvería a repetirse.
Por fin, apagó el radar, apenas consciente del hecho de que no habían mencionado el cohete. Ni siquiera se sentía molesto. Nada importaba fuera de su mortal aburrimiento. Y cuando el acondicionador de aire...
Y entonces cayó en la cuenta. No se oía el tictac de la máquina. No había percibido ningún ruido mientras permaneció en el observatorio. Corrió hacia los controles y comprobó que el contador marcaba lo mismo que en la última ocasión en que lo había consultado. Alzó la tapa. Todo parecía en orden. Cuando apretó el botón, hubo una chispa en el interruptor y el motor se puso en funcionamiento. Retiró el dedo y el motor se detuvo en el acto. Intentó entonces conectar manualmente los otros tanques. La válvula se movió, pero la máquina permaneció en silencio.
Sin embargo, el aire era fresco al aspirarlo. Más fresco de lo que lo había sido nunca desde el momento en que salió de la Tierra, aunque algo más seco de lo que hubiese preferido.
—¡Cuiquel!
Dave miró a la criatura y la vio acercarse al escuchar su voz, como solía hacer en los últimos tiempos. Al parecer, ya conocía su nombre y respondió con su acostumbrado chillido rematado por un gorgoteo.
Allí estaba la respuesta, por supuesto. No había ningún milagro en que las plantas se multiplicasen. Contaban con todo el dióxido de carbono y el vapor de agua precisos. Ninguna planta de la Tierra hubiera conservado fresco el aire en una superficie tan reducida, pero Marte había enseñado la eficacia a sus hijos a partir de la simple experiencia. Con eso, su esperanza de vida se prolongaba a seis meses, en lugar de dos semanas.
Sí, seis meses sin otra ocupación que sentarse y esperar la explosión anunciadora de que se había convertido en el último de su especie. Seis meses sin otra conversación que un gorgoteante chillido, salvo las noticias del radar.
Lo encendió de nuevo, en un gesto de impaciencia, y casi al instante decidió apagarlo. Pero ya se escuchaba:
—... La Fundación descubrirá en el día de hoy una placa a la memoria del joven Dave Mannen, el muchachito que poseía un valor muy superior a muchos hombres de mayor tamaño. Andrew Buller, promotor del malogrado cohete a Marte, rendirá homenaje...
Dave golpeó el suelo con la bota, fastidiado por tanta cursilería. Que le vinieran ahora con placas, cuando sólo le había interesado en la vida conseguir los dólares que precisaba. Saltó hacia los diales, los movió y empezó a transmitir mediante el interruptor automático tan pronto como se establecieron los circuitos:
—Díganle de mi parte a Andrew Buller y a toda la Fundación que se vayan a... 
Nadie escucharía su mensaje en morse, pero al menos le hizo bien. Lo intentó otra vez, añadiendo algunos epítetos. Cuiquel se acercó a investigar los nuevos sonidos y chilló en tono dubitativo. Dave soltó el interruptor.
—Tonterías humanas, Cuiquel. También pateamos las sillas cuando tropezamos con ellas...
—¡Mannen! —retumbó el radar—. Gracias a Dios que ha conseguido arreglar su aparato. Le habla Buller. Llevo esperando aquí más de una semana. Nunca creí todas esas tonterías de que era imposible que se le hubiese averiado el radar. ¡Uf! Todavía se esta recibiendo su mensaje, pero ya me van pasando la transcripción. Menos mal que no hay de ellos por aquí. Sé cómo se siente. ¡Malditos idiotas! Ya les dije que debieron de prever otro cohete. Mire, si su equipo no funciona bien, no lo malgaste. Limítese a decirme cuánto tiempo aguantará. Le juro que construiremos otra nave y enviaremos a buscarle. ¿Cómo se encuentra, qué...?


Siguió hablando con palabras atropelladas, en tanto que Dave pasaba por una serie de reacciones que no encajaban en ninguna situación humana. Sabía lo bastante para no entusiasmarse. Ni siquiera seis meses significaban un plazo suficiente. Lleva tiempo terminar y comprobar un cohete, más tiempo del que disponía. El aire le bastaría, pero el hombre necesita también alimento.
Pulsó de nuevo el interruptor.
—Aire en los tanques para dos semanas —transmitió—. Me acompaña un campesino marciano de inteligencia dudosa, pero su aire es demasiado ligero y las bombas no bastan.
Esperó a que se desvaneciesen los últimos sonidos y cortó abruptamente la comunicación. No tenía sentido que enviasen a otros locos en naves terminadas a medias para rescatarle. No era un chiquillo que había robado un aeroplano y lloraba ahora por el lío en que se había metido. Y no deseaba en modo alguno actuar como tal. El asunto del campesino marciano les proporcionaría un buen tema de meditación para distraerse. El dinero invertido les habría servido de algo.
No estaba del todo preparado para las noticias que escuchó más tarde por el radar, en particular para las cosas que, según dijeron, había dicho él. Por primera vez se le ocurrió que si otro piloto se perdiera más allá de Marte, rumbo a la muerte, tal vez pronunciaría unas palabras un poco diferentes a las que él había emitido en código morse. Trató de imaginar la versión original de "Un capitán no abandona su nave", tal como la diría un marino, y rio entré dientes.
Por lo menos, las especulaciones sobre la versión oficial que se daría de su campesino marciano harían más llevadero su aburrimiento. Sin embargo, en apenas una semana, eso también se terminaría, desplazado por noticias más frescas. Vendrían entonces largos días y noches que llenar de algún modo, hasta la consumación de su tiempo. Bien, de momento disfrutaría con las payasadas de casi tres billones de personas más excitadas por las aventuras de un solo hombre en Marte que por el hecho de que la mitad de ellos se morían de hambre.
Volvió a sintonizar el radar en la longitud de onda correspondiente a la Fundación, sin conseguir captar nada. Sin duda Buller se había puesto en camino sin concederse tiempo para recuperar el aliento. Pasó entonces a la emisión general, destinada a la Luna. Resultaba increíble el salto de décadas logrado por el progreso humano —por lo menos tan grande— como su pomposidad sólo porque un enano insignificante había llegado vivo a Marte. Imposible construir un mejor conjunto de verdades a medias acerca de una persona que el que ellos habían edificado basándose en detalles de su vida que ni siquiera él recordaba.
De pronto, se apaciguó. Aquella era la reacción del hombre de la calle. Los diplomáticos, como las mareas, no se hallaban al servicio del hombre. ¿Qué importancia revestía su vida ante una bomba de litio? Todavía meditaba sobre eso cuando Cuiquel insistió en que había llegado la hora de irse a la cama y le convenció de que abandonase el radar.
Después de todo, no había logrado nada con su loco mensaje. Una voz diferente surgiendo del radar le detuvo:
—Y ahora una última información desde la sede de las Naciones Unidas. Rusia acaba de ofrecer un cohete para enviar repuestos a David Mannen, en Marte. Hemos aceptado la oferta. La delegación rusa está siendo aclamada en el hemiciclo. He aquí los detalles que conocemos hasta el momento: El cohete, no recuperable, será guiado por radar gracias a un nuevo método de control de bombas... Un momento, hay una rectificación. Será guiado por radar y una cabeza automática, que lo colocará a kilómetro y medio de la nave de Mannen. Capaz de una aceleración tremenda, Mannen lo tendrá a su disposición antes de una semana. La United Technical Foundation intenta ahora ponerse en contacto con Mannen a través de un circuito montado en los laboratorios de alta frecuencia del gobierno, en los que un nuevo tipo de receptor...
Pasaron casi ocho minutos antes de que se escuchara la voz de Buller. Con toda evidencia el tiempo necesario para que éste recibiera el mensaje de Dave.
—Mannen, le recibimos muy bien. Escuche, enviaremos esos refractarios a Moscú dentro de seis horas... Son de un nuevo tipo. Los desarrollaron los científicos después de que usted despegara. Enviaremos dos juegos esta vez para estar seguros, aunque superan veinte veces a los otros. Seguimos en contacto con Moscú. Todavía nos falta ultimar algunos detalles, pero estamos equipando su nave con los mismos refractarios. Los demás elementos serán provistos en su mayoría por ellos...
Dave asintió. Sin duda necesitaría más cosas. Tendría que preparar la lista. Cosas que le enviarían directamente. Todo se volvía miel sobre hojuelas y las naciones, desconcertadas de momento por el éxito interplanetario, actuaban como intrépidos pilotos lanzados al rescate del chiquillo del avión. No les vendrían mal otros acontecimientos del mismo tipo para mantener ocupados a sus diplomáticos, algo sobre lo que disputar, liberando así el vapor que de otro modo dedicarían a cosas más graves.
Quizá los planetas no fueran muy importantes para ninguna nación, pero resultaban lo bastante espectaculares para entretenerles por algún tiempo. Además, ¿cómo reclamar derechos sobre un planeta cuando el hombre que había aterrizado en él regresaba a la Tierra en una nave producto del trabajo de dos países?
Tal vez sus teorías no se aguantasen muy bien. Sin embargo, nada perdía especulando. Y si lo peor ocurría, siempre quedaba la posibilidad de establecer colonias en Marte, que seguía siendo un mundo horrible pero que, llegado el caso, podría dar asilo a los humanos.
—Cuiquel —dijo lentamente—, serás el primer embajador marciano en la Tierra. ¿Qué te parece si hacemos una visita a Venus durante el viaje de regreso, en lugar de marchar directamente a la Tierra? ¿Qué me dices? ¿A Venus o derechos a casa?
—Cuiquelrle —respondió el marciano.
No estaba demasiado claro, pero sonaba algo así como el final de "a ti te toca decidirlo".
Dave asintió. 
—De acuerdo. Iremos a Venus.
El cielo seguía aún poblado por las diminutas y maliciosas estrellas que le habían acogido la primera noche que pasó en Marte. No obstante, sonrió al mirar hacia arriba, antes de volverse hacia el interruptor. Después de todo, ya no tendría que reírse de los hombres grandes. Podría alzar la cabeza al cielo y burlarse de cada punto que brillaba en él. No pasaría mucho tiempo antes de que los sardónicos astros se llevasen una buena sorpresa.


FIN

2026/08/31

Los cazadores cósmicos (Philip K. Dick)


Título original: The Cosmic Poachers
Año: 1953


—¿Qué clase de nave es ésa? —preguntó el capitán Shure, mirando fijamente la pantalla, sin soltar el sintonizador de precisión. El piloto Nelson miró por encima de su hombro.
—Espere un momento.
Giró la cámara de control y tomó una foto de la pantalla. La instantánea desapareció por el tubo de mensajes, rumbo a la sala de mapas.
—Tranquilícese. Barnes nos dará una identificación.
—¿Qué están haciendo ahí? ¿Qué quieren? Han de saber que el sistema de Sirio está cerrado.
—Fíjese en los costados, hinchados como globos. —Nelson recorrió la pantalla con el dedo—. Es un carguero. Observe el tamaño. Una nave de carga.
—Pues fíjese en eso.
Shure giró el ampliador. La imagen de la nave aumentó de tamaño hasta llenar la pantalla.
—Observe esos salientes.
—¿Qué quiere decir?
—Armas pesadas. Antihundimientos. Para disparar en el espacio. Es un carguero, pero también va armado.
—Piratas, tal vez.
—Es posible. —Shure jugueteó con el micrófono de comunicaciones—. Estoy tentado de llamar a la Tierra.
—¿Por qué?
—Tal vez se trate de una nave exploradora.
Los ojos de Nelson destellaron.
—¿Cree que nos están sondeando? Y si hay más, ¿por qué no los detecta nuestra pantalla?
—Puede que el resto se encuentre fuera del campo visual.
—¿A más de dos años luz? He puesto los radares al máximo. Y son los mejores que existen.
La identificación procedente de la sala de mapas surgió del tubo y cayó sobre la mesa. Shure abrió el sobre y examinó la hoja con toda rapidez. Después, se la pasó a Nelson.
—Mire.
La nave era del tipo utilizado en Adharan. De primera clase, perteneciente a un grupo de cargueros nuevos. Barnes había escrito de su puño y letra: "Se supone que no va armada. Habrán añadido el cañón. Los cargueros de Adharan no suelen llevar armas".
—Entonces, no es un cebo —murmuró Shure—. Podemos descartarlo. ¿Qué pasa en Adharan? ¿Por qué aparece una nave de Adharan en el sistema de Sirio? La Tierra cerró esta región hace años. Han de saber que aquí no pueden comerciar.
—Nadie sabe gran cosa sobre Adharan. Participó en la Conferencia Comercial Galáctica, pero eso es todo.
—¿De qué raza son los adharanos?
—Del tipo arácnido. Típico de esta zona. Provienen de la rama Gran Murzim. Son una variante del Murzim original y muy reservados. Estructura social compleja, pautas muy rígidas. Un colectivo regido por un estado orgánico.
—Quiere decir que son como insectos.
—Supongo que sí. En cierta manera son lémures.
Shure miró atentamente la pantalla. Redujo la ampliación y observó lo que ocurría con atención. La cámara siguió automáticamente a la nave de Adharan, alineada en línea recta con ella. La nave adharana era negra, maciza, fea en comparación con la lisa nave terrícola. Parecía un gusano bien alimentado y sus hinchados costados eran casi esféricos. Alguna luz de posición parpadeaba de vez en cuando, a medida que la nave se aproximaba al planeta más exterior del sistema de Sirio. Se movía con lentitud y cautela, como tanteando el terreno. Entró en la órbita del décimo planeta y empezó a maniobrar para descender. De los cohetes de frenado brotaron chorros rojizos. El enorme gusano derivó hacia la superficie del planeta.
—Van a aterrizar —murmuró Nelson.
—Estupendo. Se quedarán inmóviles. Los tendremos a tiro.
El carguero adharano se posó sobre la superficie del décimo planeta. Sus cohetes enmudecieron. De ellos surgió una nube de partículas de escape. El carguero había aterrizado entre dos cordilleras, sobre una árida extensión de arena grisácea. La superficie del décimo planeta era, en su mayor parte, árida. No existía vida, atmósfera ni agua. El planeta se componía principalmente de roca, fría roca gris, con sombras y oquedades enormes. Una superficie insalubre, corroída, hostil y pelada.
De repente, la nave adharana cobró vida. Las escotillas se abrieron. Diminutos puntos negros salieron a toda prisa de la nave. Los puntos se hicieron cada vez más numerosos, una lluvia de manchas vomitadas por el carguero y que traqueteaban sobre la arena. Algunas llegaron a las montañas y desaparecieron entre los cráteres y los picachos. Otras se lanzaron hacia el lado opuesto y se perdieron en las largas sombras.
—Que me aspen —murmuró Shure—. Esto no tiene sentido. ¿Qué buscarán? Hemos peinado estos planetas milímetro a milímetro. Ahí no hay nada que valga la pena.
—Tal vez ellos opinen de manera diferente. —Shure se puso rígido—. Mire. Sus vehículos vuelven a la nave.
Los puntos negros habían reaparecido, procedentes de las sombras y los cráteres. Corrieron hacia el gusano madre. Las escotillas se abrieron. Los vehículos entraron de uno en uno en la nave y desaparecieron. Algunos rezagados les imitaron. Las escotillas se cerraron.
—¿Qué demonios habrán encontrado? —se preguntó Shure. El oficial de comunicaciones Barnes entró en la sala de control y alargó el cuello.
—¿Todavía siguen ahí? Déjenme echar un vistazo. Nunca he visto una nave de Adharan.
La nave adharana se movió, estremeciéndose de proa a popa. Se elevó y ganó altitud rápidamente. Se dirigió hacia el noveno planeta. Describió círculos alrededor de ese planeta durante un rato, mientras observaba la superficie erosionada y horadada por cráteres. Las cuencas vacías de océanos desecados se extendían como inmensas tarteras.
La nave adharana eligió una cuenca y aterrizó arrojando gases de escape hacia el cielo.
—Otra vez igual —murmuró Shure.
Se abrieron las escotillas. Los puntos negros saltaron a la superficie y se movieron en todas direcciones. Shure hizo una mueca, airado.
—Hemos de averiguar qué están haciendo. ¡Miren cómo corren! Saben exactamente lo que buscan. —Agarró el micrófono de comunicaciones y luego lo soltó—. Nos las arreglaremos solos. No necesitamos a la Tierra.
—Van armados, no lo olvide.
—Los atraparemos cuando aterricen. Se van deteniendo por orden en cada planeta. Les seguiremos hasta el cuarto. —Shure actuó con rapidez ajustando los controles—. Cuando aterricen en el cuarto planeta les estaremos esperando.
—Quizás opongan resistencia.
—Quizá, pero hemos de descubrir lo que están cargando… Y sea lo que sea, nos pertenece.
El cuarto planeta del sistema de Sirio tenía atmósfera y un poco de agua. Shure posó el crucero entre las ruinas de una vieja ciudad, abandonada desde hacía mucho tiempo.
El carguero adharano aún no había aparecido. Shure escudriñó el cielo antes de abrir la escotilla principal. Barnes, Nelson y él salieron al exterior con cautela, armados con pesados rifles Slem. La escotilla se cerró a sus espaldas y el crucero despegó y se elevó.


Lo vieron perderse en la lejanía. Se quedaron inmóviles, con los rifles dispuestos.
El aire era frío y tenue. Notaron que soplaba en torno a sus trajes presurizados.
Barnes aumentó la temperatura de su traje.
—Demasiado frío para mí.
—Consigue recordarnos que todavía somos terrícolas, a pesar de encontrarnos a años luz de casa —comentó Nelson.
—Mi plan es el siguiente —dijo Shure—. No dispararemos contra ellos. Eso queda descartado por completo. Es su cargamento lo que nos interesa. Si les desintegramos, también desintegraremos el cargamento.
—¿Qué utilizaremos?
—Dispararemos una nube de vapor.
—¿Una nube de vapor? Pero…
—Capitán, no podemos utilizar una nube de vapor —dijo Nelson—. No podremos acercarnos a ellos hasta que el vapor esté inactivo.
—Hay viento. El vapor se disipará en seguida. De todos modos, es lo único que podemos hacer. Habrá que correr el riesgo. En cuanto salgan los adharanos abriremos fuego.
—¿Y si la nube falla?
—Tendremos que luchar. —Shure escudriñó el cielo—. Me parece que ya vienen. Vámonos.
Corrieron hacia una colina formada por rocas amontonadas, restos de columnas y torres, mezclados con cascotes y escombros.
—Esto servirá. —Shure se agachó y aferró su Slem—. Aquí vienen.
La nave adharana se preparaba para aterrizar. Los cohetes rugieron y las partículas de escape se elevaron. Golpeó el suelo con gran estruendo, rebotó un poco y, por fin, se inmovilizó.
Shure asió el teléfono.
—Ya.
El crucero apareció en el cielo y se lanzó en picada sobre la nave adharana. Cohetes presurizados dispararon una nube blancoazulada hacia los adharanos. La nube dio de lleno en el carguero y se infiltró en el interior.
El casco brilló por unos momentos. Empezó a desmoronarse, corroído. El crucero terrícola pasó por encima para completar la maniobra. Desapareció en el cielo.
De la nave adharana surgieron unas figuras que saltaron al suelo. Se esparcieron en todas direcciones, dando grandes saltos con sus largas piernas. La mayoría brincaron sobre la nave, arrastrando pertrechos. Las figuras trabajaban con frenesí y pronto quedaron ocultas por la nube de vapor.
—Están recibiendo una buena dosis.
Aparecieron más adharanos. Saltaban como locos por todas partes, sobre su nave, sobre tierra, completamente desorientados.
—Es como pisar un hormiguero —murmuró Barnes.
El casco de la nave adharana estaba cubierto de enloquecidos tripulantes que corrían con desesperación, en un intento de frenar la corrosiva acción del vapor. El crucero terrícola reapareció e inició una segunda maniobra. Pasó de ser un punto a un alfiler en forma de lágrima, centelleando al sol de Sirio. La fila de cañones del carguero intentó apuntar al veloz crucero.
—Lancen bombas muy cercanas —ordenó Shure por teléfono—, pero no les alcancen de lleno. Quiero salvar el cargamento.
Los depósitos de bombas del crucero se abrieron. Cayeron dos proyectiles, que describieron un hábil arco y estallaron a ambos lados del carguero. La negra forma se estremeció y los adharanos que se habían refugiado sobre el casco se arrojaron al suelo. La fila de cañones disparó una inútil andanada, pero el crucero pasó de largo y desapareció.
La mayoría de los adharanos abandonaron la nave para esparcirse en todas direcciones.
—Ya casi ha terminado —dijo Shure. Se levantó y salió de las ruinas—. Vamos. 
Los adharanos dispararon una bengala blanca que inundo el cielo de chispas.
Vagaban sin rumbo fijo, confusos por el ataque. La nube de vapor casi se había disipado por completo. La bengala era la señal convencional de capitulación. El crucero describía círculos sobre el carguero, aguardando las órdenes de Shure.
—Míralos —dijo Barnes—. Insectos grandes como personas.
—¡Vamos! —gritó Shure, impaciente—. Estoy ansioso por saber lo que hay dentro.
El comandante adharano les recibió fuera de la nave. Avanzó hacia ellos, al parecer aturdido por el ataque.
Nelson, Shure y Barnes le miraron con repulsión.
—Dios mío —murmuró Barnes—. Vaya aspecto.
El adharano medía alrededor de un metro y medio y estaba cubierto por un caparazón quitinoso negro. Se sostenía sobre cuatro delgadas patas, y dos más se agitaban vacilantes a mitad del cuerpo. Elevaba un cinturón holgado, del que colgaban su pistola y otros pertrechos. Sus ojos eran complejos, multifacéticos. Una estrecha abertura que hacía las veces de boca se abría en la base de su cráneo alargado. Carecía de orejas.
Algunos miembros de la tripulación aguardaban detrás del comandante. Alzaron un poco sus armas en forma de tubo, indecisos. El comandante emitió una serie de agudos chirridos y agitó las antenas. Los adharanos bajaron las armas.
—¿Podremos comunicarnos con esta raza? —preguntó Barnes a Nelson.
—Da igual —dijo Shure, avanzando un paso—. No tenemos nada que decirles. Saben que venir aquí es ilegal. Lo único que nos interesa es el cargamento.
Pasó junto al comandante y el grupo de adharanos le abrió paso. Entró en la nave, seguido de Barnes y Nelson.
El interior de la nave olía a limo, que cubría el suelo. Los pasadizos eran estrechos y oscuros, como largos túneles. El piso era resbaladizo. Algunos miembros de la tripulación se removían en la oscuridad, agitando las garras y antenas con nerviosismo. Shure iluminó un pasillo con su linterna.
—Por aquí. Parece el conducto principal.
El comandante adharano les seguía casi pisándoles los talones. Shure prescindía de él. El crucero había aterrizado cerca de la nave. Nelson vio que los soldados de la Tierra se desplegaban en círculo.
Una puerta metálica les cerró el paso. Shure indicó con un ademán que la abrieran.
—Ábrala.
El comandante adharano retrocedió, sin querer obedecer. Aparecieron más tripulantes, armados con los tubos.
—Quizá pretendan oponer resistencia —dijo Nelson con calma. Shure apuntó a la puerta con su rifle Slem.
—Tendré que destruirla.
Las adharanos emitieron chirridos de excitación. Ninguno de ellos se aproximó a la puerta.
—Muy bien —dijo Shure con semblante sombrío.
Disparó. La puerta se desintegró y el paso quedó libre. Los adharanos se precipitaron hacia adelante, chirriando entre sí. Cada vez había más que penetraban en la nave, rodeando a los tres terrícolas.
—Vamos —dijo Shure, atravesando el boquete.
Nelson y Barnes le siguieron, con los rifles Slem dispuestos.
El pasaje se inclinaba en pendiente. El aire era opresivo y denso, y más adharanos se congregaron tras ellos mientras caminaban pasillo adelante.
—Atrás.


Shure se volvió en redondo y levantó el rifle. Los adharanos se detuvieron.
—Vamos, retrocedan.
Los terrícolas doblaron una esquina y desembocaron en la bodega. Shure se internó con cautela. Varios guardias adharanos custodiaban el lugar con los tubos desenfundados.
—Apártense.
Shure movió su rifle Slem. Los guardias, a regañadientes, dieron uno o dos pasos.
—¡Vamos!
Los guardias obedecieron. Shure avanzó y se detuvo en seco, asombrado.
Vieron ante ellos el cargamento de la nave. La bodega estaba medio llena de esferas de fuego lechoso cuidadosamente apiladas, joyas gigantescas que parecían perlas inmensas, a millares. Por todas partes. Montones interminables que desaparecían en las profundidades de la nave. Todas desprendían un brillo suave, un resplandor interior que iluminaba la vasta bodega.
—¡Increíble! —musitó Shure.
—No me extraña que quisieran entrar aquí sin permiso. —Barnes, los ojos abiertos de par en par, contuvo el aliento—. Creo que yo haría lo mismo. ¡Fíjense!
—Qué grandes son —dijo Nelson. Intercambiaron una mirada.
—Nunca había visto nada parecido —comentó Shure, aturdido.
Los guardias adharanos no les quitaban el ojo de encima: Tenían las armas a punto. Shure avanzó hacia la primera fila de joyas, apiladas con matemática precisión.
—Parece imposible. Joyas apiladas como… Como un almacén de pomos de puerta.
—Es posible que pertenecieran a los adharanos hace tiempo —dijo Nelson con aire pensativo—. Quizá les fueron robadas por los constructores de ciudades del sistema de Sirio y ahora las están recuperando.
—Interesante —señaló Barnes—. Eso explicaría por que los adharanos las encontraron con tanta facilidad. Tal vez existían planos o mapas.
—En cualquier caso, ahora son nuestras —gruñó Shure—. Todo lo que contiene el sistema de Sirio pertenece a la Tierra. Está firmado, sellado y aceptado.
—Pero si les fueron robadas a los adharanos…
—No tenían que haber aceptado los tratados que clausuraron el sistema. Ellos tienen sus propios sistemas. Esto pertenece a la Tierra. —Shure alargó la mano hacia una joya—. Quiero saber que tacto tiene.
—Cuidado, capitán. Puede ser radiactiva.
Shure tocó la joya.
Los adharanos se arrojaron sobre él. Shure se debatió. Un adharano asió su rifle Slem y se lo quitó de las manos.
Barnes disparó. Un grupo de adharanos quedó desintegrado. Nelson, de rodillas, abrió fuego sobre la entrada que daba al pasillo. Éste se hallaba abarrotado de adharanos. Algunos repelieron la agresión. Los chorros caloríficos pasaron sobre la cabeza de Nelson.
—No pueden alcanzarnos —jadeó Barnes—. Tienen miedo de disparar, por las joyas.
Los adharanos se alejaron de la bodega retrocediendo por el pasillo. El comandante dio orden de retirada a los que llevaban armas.
Shure le quitó el rifle a Nelson de un manotazo y desintegró a un grupo de adharanos. Sus compañeros estaban cerrando el pasadizo. Llevaban pesadas planchas de emergencia y las estaban soldando.
—¡Abran una brecha! —ladró Shure. Apuntó el fusil a la pared de la nave—. Intentan encerrarnos aquí.
Barnes y Shure dispararon al unísono sobre la pared. Una parte circular de ella se desgajó y cayó hacia afuera.
Los soldados terrícolas luchaban con los adharanos en el exterior. Los adharanos retrocedían como podían, saltando y disparando. Algunos se refugiaron en la nave. Otros daban media vuelta y huían arrojando sus armas. Corrían y brincaban en todas direcciones, confusos e indefensos, chirriando ruidosamente.
El crucero cobró vida y sus cañones se colocaron en posición de fuego.
—¡No disparen! —ordenó Shure por el teléfono—. Dejen la nave en paz. No es necesario.
—Están acabados —jadeó Nelson, saltando al suelo. Shure y Barnes le imitaron.
—No tienen nada que hacer. No saben luchar. 
Shure llamó a unos soldados por señas.
—¡Por allí! Dense prisa, maldita sea.
A través del agujero practicado en la nave se desparramaban las joyas lechosas, que rodaban y rebotaban en la tierra. Parte de los puntales de contención estaban destruidos y una cascada de joyas se esparció a sus pies.
Barnes recogió una. Quemó levemente su mano enguantada y le produjo un hormigueo en los dedos. La alzó a la luz. El globo era opaco. Formas vagas flotaban en el fuego lechoso. El globo latía y centelleaba, como si estuviera vivo.
—Admirable, ¿verdad? —sonrió Nelson.
—Encantador.
Barnes tomó otro. Un adharano le disparó inútilmente desde el disco de la nave.
—Fíjense. Los hay a millares.
—Llamaremos a un mercante para que los recoja —dijo Shure—. Lo cierto es que no estaré tranquilo hasta que vayan camino de la Tierra.
Los combates casi habían cesado. Soldados terrícolas rodeaban a los adharanos supervivientes.
—¿Qué haremos con ellos? —preguntó Nelson.
Shure no contestó. Examinaba una joya, dándole vueltas.
—Fíjense —murmuró—. Exhibe un color diferente en cada movimiento. ¿Habían visto alguna vez una cosa parecida?
El gran carguero terrícola aterrizó con enorme estruendo. Las escotillas de la bodega descendieron. Una flotilla de camiones achaparrados salió bamboleándose. Se dirigieron hacia la nave adharana. Se dispusieron rampas para que palas robot empezasen a trabajar.
—Recójanlo todo.
Silvanus Fry se acercó al capitán Shure. El gerente de Empresas Terrícolas se secó la frente con un pañuelo rojo.
—Un botín sorprendente, capitán. Qué gran hallazgo.
Le alargó su palma húmeda y se estrecharon las manos.
—Parece mentira que no las localizáramos —dijo Shure—. Los adharanos llegaban y las tomaban. Iban de un planeta a otro, como abejas. No entiendo por qué nuestros equipos no las encontraron.
—Eso ya no importa.
Fry se encogió de hombros. Examinó una de las joyas; luego, la lanzó al aire y la atrapó.
—Ya imagino a todas las mujeres de la Tierra llevando una alrededor del cuello… O deseando llevar una alrededor del cuello. Dentro de seis meses no se acordarán de lo que era vivir sin ellas. La gente es así, capitán.
Guardó el globo en su maletín, tras cerrarlo herméticamente.
—Creo que le regalaré una a mi esposa.


Un soldado terrícola llevaba al comandante adharano. Éste guardaba silencio. Los adharanos supervivientes habían sido despojados de sus armas y tenían permiso para reparar la nave. Habían arreglado ya casi todos los desperfectos del casco.
—Les dejamos marchar —dijo Shure al comandante adharano—. Podríamos tratarles como a piratas y fusilarlos, pero sería absurdo. Será mejor que informen a su gobierno; manténganse alejados del sistema de Sirio a partir de ahora.
—No le entiende —dijo Barnes.
—Lo sé. Es una mera formalidad. Supongo que se hará una idea general.
El comandante adharano aguardaba en silencio.
Shure, impaciente, señaló la nave adharana:
—Eso es todo. Vamos, váyanse. Largo de aquí. Y no vuelvan.
El soldado soltó al comandante. Éste regresó con parsimonia a la nave. Desapareció por la escotilla. Los adharanos que trabajaban en el casco reunieron sus útiles y siguieron al comandante al interior de la nave.
Las escotillas se cerraron. La nave adharana se estremeció cuando los cohetes cobraron vida. Se elevó dando bandazos. Después, describió una curva y se dirigió hacia el espacio.
Shure la siguió con la mirada hasta que desapareció.
—Ya está. —Fry y él se encaminaron rápidamente hacia el crucero—. ¿Cree que estas joyas llamarán la atención en la Tierra?
—Por supuesto. ¿Alberga alguna duda?
Shure estaba enfrascado en sus pensamientos.
—No. Sólo fueron a cinco de los diez planetas. Tiene que haber más en los restantes. Cuando este cargamento llegue a la Tierra empezaremos a trabajar en los planetas interiores. Si los adharanos fueron capaces de encontrarlas, nosotros también podremos.
Los ojos de Fry brillaron detrás de sus gafas.
—Estupendo. No había caído en la cuenta que habrá más.
Shure frunció el ceño y se acarició la mandíbula.
—Las hay. Al menos, en teoría.
—¿Qué le ocurre?
—No entiendo por qué no las encontramos.
—No se preocupe.
Fry le palmeó la espalda. Shure asintió, todavía absorto.
—Pero sigo sin entender por qué no las descubrimos. ¿Cree que puede significar algo?
El comandante adharano se sentó ante la pantalla de control y ajustó los circuitos de comunicación.
La base de control situada en el segundo planeta del sistema adharano apareció en la pantalla. El comandante se llevó el cono de sonido a la garganta.
—Mala suerte.
—¿Qué ha ocurrido?
—Los terrícolas nos atacaron y se apoderaron del resto de nuestro cargamento.
—¿Cuánto quedaba todavía a bordo?
—La mitad. Sólo habíamos descendido en cinco de los planetas.
—Una gran desgracia. ¿Se llevaron la carga a la Tierra?
—Supongo que sí.
Hubo unos instantes de silencio.
—¿Es muy cálida la Tierra?
—Bastante, según tengo entendido.
—Quizá salga todo bien. No habíamos previsto la idea de una incubación en la Tierra, pero…
—No me gusta que los terrícolas tengan una buena parte de nuestra siguiente generación. Lamento no haber avanzado más en la distribución.
—No lo lamente. Pediremos a la Madre que ponga un nuevo grupo en compensación.
—¿Pero qué van a hacer los terrícolas con nuestros huevos? Cuando empiecen las incubaciones, sólo se producirán problemas. No puedo entenderles. Las mentes terrícolas escapan a mi comprensión. Tiemblo sólo de pensar en lo que sucederá cuando los huevos se abran… Y en un planeta húmedo, eso no tardará en ocurrir...


FIN

2026/08/24

Último vuelo a Marte (Fausto Cunha)


Título original: Último vôo para Marte
Año: 1976


Marz, benamed planid, 
Ker di Terra i Galax, 
Marz, halt mi plâs an tid. 
Vôl somrevirn’ an pax.
(De Canción de los Proxores de Campo Vhur, milenio 69. Citada por Shorne Gheorg)
 
—Están viendo y oyendo a Hiox, A-11, directamente desde Campo Vhur, en Marte. La evacuación está tocando a su fin. Algunos marcianos van a quedarse. Ya no queda ningún terrestre en el planeta. Tras casi un millón de años, la historia se repite. No había hombres en Marte. Ya no hay más hombres en Marte.
»Este es Marte, el planeta amado. Marte, sus montañas, sus mares congelados, sus volcanes extintos, su viento infatigable. Vamos a realizar nuestro último reportaje en esta segunda patria del hombre.
»Visitemos primero a algunos de los viejos marcianos que han preferido quedarse. Según los científicos, dentro de muy poco tiempo Marte ya no podrá albergar ninguna forma de vida, excepto algún liquen, algún anaerobio. La permanencia de formas superiores será cada vez más costosa y finalmente imposible. Podemos incluso decir que en los últimos siglos, en los últimos milenios, contando a partir de los grandes dislocamientos de glaciares, Marte llevaba una existencia artificial. Hablando con mayor exactitud, los terrestres nunca pudieron vivir aquí fuera de las ciudades-cúpulas. Para los propios marcianos, la llegada del hombre fue la redención de una raza que iba fatalmente a desaparecer. Vamos a descender un poco y a hablar con ese viejo habitante. ¿Cómo se llama, por favor?
—...
—Ghoz. Perfectamente, Ghoz. ¿Por qué decidió quedarse? Usted ya sabe que esas cúpulas no resistirán muchos años. Ni siquiera los subterráneos resistirán mucho tiempo la presión del hielo.
—...
—Siempre extraños esos marcianos. Milenios de contacto con nosotros y continúan siendo casi iguales que en el período del Desembarco. Ghoz está diciendo que un viejo sueño de sus antepasados era ver Marte como era antes de la llegada de los hombres. Él no tiene nada contra nosotros y supone que nuestras equivocaciones fueron cometidas por el ansia de mostrarnos buenos con ellos. Ahora que se presenta una oportunidad de quedarse nuevamente solos, aún con la certeza de una muerte próxima, quieren aprovecharla. Dice que millones y millones de marcianos murieron y fueron sepultados aquí. Cuando el lienzo de hielo cubra el planeta y ninguna forma de vida perturbe ya la Paz Superior, entonces los Zenghiis —los Altos Espíritus— bajarán para explicarles a los que duermen bajo tierra su destino. Ghoz estará entre ellos. Muchas gracias, Ghoz. Y Paz Superior a nuestros hermanos dormidos.

—Están viendo y oyendo a Hiox, A-11, directamente desde Campo Vhur, en Marte. Vamos a telementalizar hacia Arcturus IV, donde se encuentra el profesor Shorne, de la Universidad Galáctica. ¿Profesor Shorne? Profesor Shorne, ¿quiere explicarnos el origen de la expresión "Marte, planeta amado"? Están viendo y oyendo, a través de Hiox, A-11, al profesor Shorne Gheorg, de la Universidad Galáctica, en Arcturus IV. Es uno de los mayores aerógrafos actuales.
—Hiox, el origen de esa expresión es controvertido y, para emplear un antiguo lugar común (lo cual queda bien en un paleólogo), puede decirse que se pierde en la noche de los tiempos. En un documento del año 68.275, que tuve oportunidad de reproducir en mi trabajo Marte como constante cultural galáctica, ya encontramos este geosintagma. Como se sabe, Marte fue el primer planeta visitado por el hombre. Pese a las dificultades materiales, los colonos se adaptaron tan bien que no quisieron regresar a la Tierra. Luego, Marte se convirtió en una especie de eje de los viajes interplanetarios, principalmente en el campo de las transmisiones. De esa época quedó una canción infantil, hoy naturalmente olvidada, que decía más o menos esto:

Hasta Marte voy riendo, amada mía. 
Después, reza por mí...

»Realmente, lanzarse al espacio más allá de Marte era una aventura imprevisible, de esas de cerrar los ojos y rezar...
—¿Rezar? ¿Qué palabra es esa?
—Es una palabra muy antigua, Hiox. Significa dirigirse a Dios.
—¡Esos arqueólogos! Siempre descubriendo novedades. Prosiga, profesor Shorne, por favor.
—Bueno, Hiox. ¿Dónde estábamos? Ah, sí... Cuando nos establecimos en otros sistemas, Calixto y Titán hicieron que disminuyera un poco la importancia estratégica de Marte, pero esto no ocurrió hasta un milenio más tarde. Mientras tanto, el planeta Marte había sido ocupado por una elite, porque desde un principio se comprobó que allí no había nada que pudiera tentar la codicia humana. Hubo también, al parecer, un movimiento religioso o místico-filosófico...
—Profesor, tal vez nuestro público no entienda esa terminología tan especializada.
—... llamado juwainismo, que hizo de Marte una especie de patria espiritual. Sus oyentes no se sentirán decepcionados si les digo también que mucha gente fue a Marte para curarse de ciertas dolencias. Existía la leyenda asegurando que el clima de este planeta curaba el llamado "cáncer del espacio", aquella terrible... Hiox, me temo que va a tener usted que desmentalizar. Cuando empiezo a hablar me olvido del tiempo... ¡Y usted sabe muy bien lo que es el tiempo en Arcturus IV!
—Puede hablar tranquilamente, profesor Shorne. Quiere decir usted que, habiendo sido Marte el primer peldaño del hombre en la conquista del Universo...
—El primer peldaño fue la Luna. Y yo no diría conquista, sino conocimiento.
—... en el conocimiento del Universo, el hombre siguió viendo en Marte un símbolo, ¿no es así?
—No exactamente, Hiox. Yo diría que en Marte el hombre halló su verdadera naturaleza. Marte le dio una filosofía. El hombre comenzó a comprender la vida como un don sagrado, incorruptible.
—Muchas gracias, profesor Shorne Gheorg. Les habló el profesor Shorne, de la Universidad Galáctica, en Arcturus IV. Regresemos a Campo Vhur, en Marte. No creo que ninguno de nosotros pueda ni siquiera imaginarse los rudimentarios medios de los que se servían los primeros astronautas para llegar aquí. Eran naves lentas que no ofrecían la menor seguridad. Cohetes, les llamaban en aquellos tiempos. Hoy, cualquier niño construiría por diversión una nave centenares de veces más segura y más rápida que aquellas. Pero fueron gente valerosa, para quienes no existía el peligro, en esas imperfectas máquinas, quienes sembraron la huella del hombre por el espacio. Arriesgaron su vida para legarnos un rudo pero precioso camino al Universo. Abrieron la Gran Senda, y todo eso que para nosotros es hoy simple rutina era para ellos un sueño cósmico, un sueño en el que soñaban casi sin esperanza...

 
—Vamos ahora a telementalizar con el doctor Monti-Hauser, en Ganímedes. ¿Doctor Monti-Hauser? Muchas gracias. Están viendo y oyendo al doctor Charlx Monti-Hauser, primer proxorsness de las Oficinas Generales en Ganímedes. Doctor Monti-Hauser... No, por supuesto, puede entrar en su propia banda, a fin de cuentas yo soy A-11... Si pudiera apartarse un poco más de ese transmisor borgatrónico la recepción llegaría mejor... Doctor Monti-Hauser, ¿cómo describiría usted las primeras naves interplanetarias?
—El estudio de la prehistoria de la navegación interestelar fue mi especialidad. Todo lo que sé es que el hombre se aventuró a una travesía espacial en condiciones tan precarias que hoy no conseguimos reproducirlas en laboratorio, porque no disponemos de elementos suficientemente primitivos. Debieron realizar miles de experiencias, seguidas de miles de fracasos, y seguramente de igual número de muertes. Sabemos, por ejemplo, que en épocas remotas los hombres utilizaban para el transporte interno un rudimentario vehículo de locomoción aérea, un avión o algo así, que caía o estallaba con frecuencia. Las primeras naves parece que eran propulsadas por combustible, debían tener forma cilíndrica, terminada en un cono, aunque sabemos que las hubo también circulares o esféricas. Aceptaban la inercia y la caída libre, y preconcebían un espacio lineal, estando subordinadas a una noción de tiempo material externo. Debían contener un verdadero bosque de engranajes y de pequeños instrumentos de vuelo. Ese atraso en el diseño astronáutico fue tanto más espantoso cuando se sabe que data de esas remotas épocas el descubrimiento de las ondas sness y de la ley del espacio-energía de Appel-Muliro. No consigo imaginar cómo no les fue posible interpretar la constante AM como nuestra constante bútica y no previeron la hipomagnetización de los cuerpos que se dislocan en segmentos de espacio sometidos a la ley de Ruick, que no es más que una reversión buto-enantiomórfica progresiva. Si tomamos, por ejemplo...

—Les habla Hiox, A-11, directamente desde Campo Vhur, en Marte. Por última vez vamos a volar sobre el querido planeta, contemplar por última vez los puntos donde edificamos nuestras ciudades, donde durante milenios convivimos con nuestros hermanos los marcianos. Muchos de ellos partirán también de su patria condenada. Están, como nosotros, dispersos por toda la Galaxia, pero parece que nuestro sufrimiento es mayor. Irse de Marte es para ellos una aventura, una fatalidad. Para nosotros es una renuncia. Ahí está la cordillera donde, según la tradición, se posó el primer cohete terrestre. Esa sábana de hielo cubre lo que un día se llamó Nueva Moscú. Eso es lo que queda del río Nilo, que los marcianos llamaban de Rogh-Ezrat, o sea de "la canción errante". Muchos creen que Pharr es una palabra marciana; pero Pharr fue fundada por un astronauta que le dio el nombre de su pequeña ciudad en la Tierra. Brasil, nombre que recuerda uno de los países que dominaron la Tierra... ¡Cuando aún estaba dividida en países! Nueva Roma, Nueva Tokio, Nueva Londres..., la eterna vanidad humana. Esa enorme cúpula, la mayor de la Galaxia, alberga la vanidosa Nueva París, un día incendiada por los juwainistas, "el más hermoso monumento a la flaqueza humana", según la famosa definición de Rondiwar. París culta, París maldita, París abandonada. La tumultuosa Nueva París se viste ahora con el luto de la soledad. Las luces continuarán encendidas, los jardines seguirán floreciendo, por muchos años persistirá la ilusión que París está viva. Duerme, ciudad ardiente, ahora que cesó tu fragor. Despídete de tus luces y de tus flores, de tus pecados y de tus glorias... fantasma luminoso, a la espera del último glaciar.

—¿Hipnessor Levin? Les presentamos al Hipnessor Levin Wilk, de la Universidad Solar, en Australia. Hipnessor Levin, estamos telementalizando la evacuación del planeta Marte, aquí desde Campo Vhur. Habla Hiox, A-11, banda ilimitada. Entre libremente... Mientras volamos sobre los restos de toda una civilización construida por dos mundos hermanos, desearíamos que nos hablase de la filosofía de los Descubridores.
—Yo no hablaría, Hiox, de los restos de una civilización. Diría más bien la primera etapa de una civilización que, en realidad, no sabemos hasta dónde nos conducirá. Tal vez no seamos nosotros quienes llevemos la antorcha hasta el inicio del verdadero camino.
—Puede permanecer en la banda, Hipnessor. Disponemos de algunos minutos.
—Creo que me ha invitado porque la modestia del doctor Shorne (sí, estaba presenciando su telementalización) no le permitió hablar de lo que llamó "una nueva filosofía". Hoy la filosofía es nuestra ciencia básica, con muy pocos puntos en común con lo que tenía ese nombre en los primeros albores de nuestra civilización. En un remotísimo pasado hubo de hecho algunos filósofos, que podríamos llamar geniales, dado el material del que disponían. Algunos nombres fueron conservados por la tradición: Platón, Occam, Spinoza, Kant... Todos ellos vivieron más o menos en la misma época, y aunque sus escritos se han perdido, podemos deducir que eran simples especulaciones. Hubo también una figura llamada Cristo, que ejerció una prolongada influencia. Fueron esas figuras, y tal vez algunas otras, las que modelaron la conciencia del hombre e hicieron que con él llegasen hasta nosotros dos principios básicos: EL HOMBRE NO ES EL SEÑOR DEL UNIVERSO, y LA VIDA ES SAGRADA. Debe causarnos admiración el hecho que estos postulados hayan sido formulados por seres que no podían construir sin primero destruir, ya fuera un animal o un simple átomo. Me gustaría darle un ejemplo aterrador: ¿Sabe? destruían los árboles para hacer fuego o para construir casas, objetos.
—¿Destruir un ÁRBOL para hacer fuego? ¿Para qué querían el fuego, si hay tantos otros medios de producir calor?
—Desgraciadamente, ese era su modo de pensar: Hacer las cosas más sencillas por los métodos más complicados. Su concepto de la vida no comprendía más que la vida humana. Mataban a los animales, mataban a las plantas, sabemos incluso que mataban a otros hombres.
—Hipnessor, no espere mucha credulidad por parte de sus oyentes.

 
—Podría ir aún más lejos, Hiox. Tengo pruebas asegurando que mataban a otros hombres. Había guerras. Una guerra es como si usted destruyera su casa y la casa de su vecino para que después alguien le pudiera vender un cepillo. Pero los primeros hombres en Marte comprendieron que no podían lanzarse a una campaña de exterminio contra los marcianos, aunque al inicio se produjeron muertes, provocadas más por el miedo que por la maldad. Comprendieron que debían depender de los marcianos en Marte, de las plantámbulas en Venus, que los hombres no podían ir matando por el Universo entero y que la única manera de establecer un contacto armonioso con los demás seres era que todos los hombres poseyeran una única filosofía, adoptaran una única actitud —de comprensión, de respeto— hacia todas las formas de vida. La Filosofía liberó al hombre de su primario instinto de defensa y de su terror ante lo desconocido. Debe adaptarse o retirarse, jamás destruir. Quien está en su propio suelo no puede ser nunca un enemigo.
—Recuerdo que tuvimos en SG-1909 un planeta cubierto del llamado "hongo de la lepra", y riquísimo en monóxido.
—Pienso principalmente en Cisne 61 y en Rigel. Pienso también en Venus en el tiempo de los primeros desembarcos, con sus plantámbulas pirofóricas que nos costaron tantas vidas y que hoy nos son tan útiles.
—Creo que la filosofía contribuyó también a desarrollar los poderes mentales del hombre, quiero decir su capacidad de percepción y proyección extrasensoriales.
—Es posible. Antiguamente, el hombre se paraba delante de un ser desconocido sin saber lo que éste iba a hacer ni cómo entrar en contacto con él. Entonces, simplemente, mataba.
—¡Pero los árboles! ¿Qué necesidad había de matar los árboles?
—La ignorancia, Hiox, es como una locura...

—Hiox, A-11, directamente desde Campo Vhur. Aquí cerramos nuestra telementalización de la última etapa de la evacuación de Marte. Mientras proyectábamos las operaciones, pudimos traer a nuestra banda algunos nombres conocidos y admirados como el profesor Shorne de Arcturus IV, el doctor Hauser, la historiadora Bluma Yomandar de la Universidad Galáctica, el marcianólogo Jonq Kardouzu...
»Marte. ¿Es un planeta que muere? ¿O es un planeta que nace para la verdadera vida de los planetas, la soledad y el silencio? La respuesta es poesía. Nunca más se posarán aquí nuestras astronaves. Marte será para nosotros una advertencia del hecho que el hombre no puede permanecer quieto en el Universo. Marte, el planeta amado, el planeta muerto. Desde la Tierra podremos ver, a través de nuestros telescopios, la lenta agonía de esa querida tierra. Sí, tierra, como la nuestra. Los marcianos tienen una palabra para designar su suelo, pero para nosotros siempre fue tierra, la tierra.
»Vamos a regresar a bordo. ¡Ah, una sorpresa! Son los muchachos de Rogh-Isrohro, la vieja asociación de música marciana. Van a ser los últimos en embarcar. Ellos, con sus tradicionales instrumentos marcianos: El gólgar, el rintzuhl, el volvenine, el tólbar y la vieja gaita marciana, el rohro. Están ejecutando una vieja canción conocida de todos, una canción de despedida que ahora será para siempre. Aquí se despide Hiox, A-11, y lo que están oyendo es algo que sé que resonará en nuestros corazones a través de los siglos. Una canción que nuestros hijos también cantarán, con los ojos llenos de lágrimas:

Adiós, Marte, planeta amado. 
Adiós tierra querida,
tierra de arena azul y rojas montañas...


FIN