2026/03/09

La paga del duplicador (Philip K. Dick)


Título original: Pay for the Printer
Año: 1956


Negras cenizas se extendían a ambos lados de la carretera, montones irregulares que se alejaban hasta perderse de vista, las opacas ruinas de edificios, ciudades, una civilización; un corroído planeta de escombros, negras partículas de hueso, acero y hormigón azotadas por el viento, que conformaban una mezcla a la deriva.
Allen Fergesson bostezó, encendió un Lucky Strike y se reclinó contra el asiento forrado de brillante piel en su Buick modelo 1957.
—Un espectáculo deprimente —comentó—. Esa monotonía... Sólo basura. Es desolador.
—No mires —dijo con indiferencia la chica sentada a su lado.
El potente coche rodaba en silencio sobre la grava de la carretera. Fergesson, cuyas manos apenas tocaban el volante eléctrico, se relajó a los sones del Quinteto para piano, de Brahms, que sonaba en la radio, transmitido desde la colonia de Chicago. La ceniza golpeaba las ventanillas. Ya se había formado una espesa capa negra, a pesar que sólo habían recorrido unos pocos kilómetros. Daba igual, Charlotte guardaba en el sótano de su apartamento una manguera de jardín, un cubo de zinc y una esponja DuPont.
—Y tienes una nevera llena de buen whisky escocés —añadió en voz alta—, según creo recordar..., a menos que alguien se la haya bebido.
Charlotte se removió. Se había amodorrado, acunada por el ruido del motor y el aire caliente.
—¿Whisky escocés? —murmuró—. Bueno, tengo una botella de Lord Calvert. 
Se incorporó y agitó su nube de cabello rubio. Agregó:
—Pero está un poco deteriorado.
El pasajero del asiento trasero reaccionó. Le habían recogido en el camino. Era un hombre flaco y enjuto, vestido con pantalones y camisa gris.
—¿Muy deteriorado? —preguntó con voz tensa.
—Como todo lo demás, más o menos.
Charlotte no escuchaba. Contemplaba con mirada ausente el paisaje por la ventanilla cubierta de ceniza. A la derecha de la carretera, los restos mellados y amarillentos de una ciudad se destacaban como dientes rotos contra el sucio cielo de mediodía. Una bañera, un par de postes telefónicos que seguían en pie, huesos y fragmentos descoloridos, esparcidos entre kilómetros de escombros. Una visión desoladora, opresiva. Algunos perros escuálidos se refugiaban del frío en cavernosos sótanos. La espesa niebla de ceniza impedía que el sol llegara a la superficie.
—Mira allí —dijo Fergesson al hombre del asiento trasero.
Una liebre había cruzado la carretera. Ciega, deforme, la liebre se precipitó con terrible fuerza contra un puntal de hormigón roto y se desplomó, atontada. Recorrió unos pasos, hasta que un perro cayó sobre ella y la devoró.
—¡Uf! —exclamó Charlotte, asqueada. Se estremeció y conectó la calefacción. Era una joven atractiva, con sus bonitas piernas dobladas bajo el cuerpo, vestida con un jersey de lana rosa y una blusa bordada—. Ya tengo ganas de llegar a mi colonia. Todo esto es espantoso.
Fergesson tabaleó sobre la caja de metal encajada entre los dos asientos. Le gustó notar la firmeza del metal bajo sus dedos.
—Si las cosas van tan mal como dices, les gustará contar con esto.
—Oh, sí —reconoció Charlotte—. La situación es terrible. No sé si esto servirá de algo... —Arrugas de preocupación surcaron su menudo rostro—. Supongo que vale la pena probar, pero no albergo grandes esperanzas.
—Levantaremos de nuevo tu colonia —la tranquilizó Fergesson. Lo principal era calmar a la muchacha. Un pánico de esta clase podía descontrolarse. Se había descontrolado más de una vez—. Tardaremos un tiempo, de todos modos —añadió, mirándola—. Tenías que habernos avisado antes.
—Pensábamos que era sólo pereza, pero está en las últimas, Allen. —El miedo se reflejó en sus ojos azules—. No podemos sacarle nada de provecho. Sentado como un buda, como si estuviera enfermo o muerto.
—Es viejo —contestó con suavidad Fergesson—. Si no recuerdo mal, su biltong data de hace ciento cincuenta años.
—¡Pero se supone que viven durante siglos!
—Supone un terrible desgaste para ellos —señaló el hombre del asiento posterior. Inclinado hacia adelante, se humedeció los resecos labios y apretó los puños manchados de tierra—. Olvidas que no se encuentran en su elemento natural. En Próxima trabajaban juntos. Ahora se han dividido en unidades separadas, y la gravedad es mayor aquí.
Charlotte asintió, aunque no estaba convencida.
—¡Dios mío! —exclamó—. Es terrible... ¡Miren eso! 
Rebuscó en el bolsillo del jersey y extrajo un pequeño objeto brillante, cuyo tamaño equivalía al de una moneda de diez centavos.
—Todo lo que duplica es como esto..., o peor.
Fergesson tomó el reloj y lo examinó, con un ojo pendiente de la carretera. La correa se rompió como una hoja seca entre sus dedos y se convirtió en diminutos fragmentos de fibra oscura. El reloj parecía en buen estado, pero las manecillas no se movían.
—No funciona —explicó Charlotte. Lo tomó y lo abrió—. ¿Ves? —Lo sostuvo frente a la cara de Fergesson, con una mueca de disgusto—. Hice media hora de fila para conseguir esto, y no sirve para nada.
La maquinaria del diminuto reloj suizo era una masa informe de metal brillante. No se apreciaban engranajes, rubíes ni resortes.
—¿Sobre que trabajó? —preguntó el hombre de atrás—. ¿Sobre un original?
—Sobre una reproducción, pero buena. Una que hizo él mismo hace treinta y cinco años. Era de mi madre, de hecho. No tienes ni idea de cómo me sentí cuando lo vi. No puedo utilizarle.
Charlotte recuperó el reloj y lo guardó en el bolsillo del jersey.
—Me enfurecí tanto que... —Se interrumpió, irguiéndose en el asiento—. Ya hemos llegado. ¿Ves ese letrero de neón rojo? Es el principio de la colonia.
El letrero rezaba Standard Stations Inc. Sus colores eran azul, rojo y blanco. Una estructura impecable al borde de la carretera. ¿Impecable? Fergesson aminoró la velocidad cuando llegaron frente a la gasolinera. Los tres miraron con gran atención, preparándose para el golpe que iban a recibir.
—¿Lo ves? —dijo Charlotte con un hilo de voz.
La gasolinera se estaba desmoronando. El pequeño edificio blanco era viejo, viejo y ruinoso, algo corroído y vacilante, que se hundía y abombaba como una antiquísima reliquia. El brillante letrero rojo de neón chisporroteó. Las bombas estaban oxidadas y torcidas. La gasolinera empezaba a transformarse en cenizas, en oscilantes y negras partículas; volvía al polvo del que procedía.
Mientras Fergesson contemplaba la agonizante gasolinera, percibió un aliento de muerte. La decadencia no había llegado a su colonia..., todavía. En cuanto los duplicados se estropeaban, el biltong de Pittsburgh los sustituía. Fabricaba nuevos duplicados a partir de los objetos originales preservados de la guerra. Aquí, las reproducciones que sustentaban la colonia no eran sustituidas.


Era inútil culpar a nadie. Los biltong eran limitados, como cualquier raza. Habían hecho todo lo posible, y trabajaban en un entorno extraño para ellos.
Eran nativos del Sistema de Centauro, probablemente. Habían hecho acto de aparición en los últimos días de la guerra, atraídos por los destellos de las bombas H, y encontraron los restos de la raza humana arrastrándose a través de la negra ceniza radiactiva y tratando de salvar todo lo posible de su civilización destruida. Tras un período de análisis, los biltong se dividieron en unidades individuales y empezaron el proceso de duplicar los artilugios que los humanos supervivientes les traían. Así sobrevivieron. En su planeta habían creado un entorno satisfactorio, cerrado dentro de un mundo hostil.
Un hombre intentaba llenar el depósito de su Ford del 66, en vano. Gritó una maldición y arrancó la manguera podrida. Un líquido incoloro cayó al suelo y empapó la grava manchada de grasa. La bomba tenía una docena de grietas, como mínimo. De pronto, una de las bombas se vino abajo.
Charlotte bajó la ventanilla.
—¡La gasolinera de la Shell está en mejor estado, Ben! —gritó—. Está al otro lado de la colonia.
El fornido hombre se giró en redondo, congestionado y sudado.
—¡Maldita sea! —masculló—. Aquí no hay nada que hacer. Déjenme subir y llenaré un cubo en la otra.
Fergesson, tembloroso, abrió la puerta del coche.
—¿Todo está igual?
—Peor. 
Ben Untermeyer se sentó al lado del otro pasajero y dijo:
—Miren allí.
Una tienda de comestibles se había derrumbado y formaba un montón confuso de hormigón y acero. Los escaparates habían reventado. Los productos se habían esparcido por todas partes. La gente intentaba reunir todo lo posible y rebuscaba entre los escombros. Sus rostros expresaban tristeza e irritación.
La calle también estaba en pésimo estado, llena de grietas, baches y cunetas erosionadas. Una cañería rota rezumaba agua sucia en un charco cada vez más grande. Las tiendas y coches que se veían a ambos lados estaban mugrientos y ruinosos. El aspecto general era de vejez. Un puesto de limpiabotas estaba asegurado con tablas. Las ventanas rotas se habían cubierto con trapos y la pintura del letrero se había desprendido. La repelente cafetería de al lado sólo contaba con dos clientes, hombres de aspecto mísero ataviados con trajes arrugados, que intentaban leer el periódico y bebían un café de aspecto barroso, en unas tazas que rezumaban un líquido pardusco cuando las levantaban de la barra carcomida.
—No durará mucho —murmuró Untermeyer, mientras se secaba el sudor de la frente—. A este paso, no. La gente tiene miedo de ir al cine. En cualquier caso, las películas se rompen y la mitad del tiempo se ven al revés. —Miró con curiosidad al hombre sentado a su lado—. Me llamo Untermeyer —gruñó.
Se estrecharon la mano.
—John Dawes —respondió el hombre vestido de gris. No proporcionó más información. Desde que Fergesson y Charlotte le habían recogido en la carretera, no había pronunciado más de cincuenta palabras.
Untermeyer sacó un periódico doblado del bolsillo de la chaqueta y lo tiró sobre el asiento delantero, al lado de Fergesson.
—Esto es lo que encontré en el porche por la mañana.
El periódico era un revoltillo de palabras carentes de significado. Un borrón vago de letras incompletas, de tinta acuosa que aún no se había secado. Fergesson echó un breve vistazo al texto, pero fue inútil. Artículos confusos se perdían en divagaciones, los titulares proclamaban sandeces.
—Allen lleva algunos originales en esa caja —dijo Charlotte.
—No servirán de nada —contestó Untermeyer, abatido—. No se ha movido en toda la mañana. Esperé en la fila con una tostadora de palomitas para que me la duplicara. No hubo suerte. Volvía a casa cuando mi coche se averió. Miré debajo del capó, ¿pero quién entiende de motores? No es asunto nuestro. Conseguí llegar a la gasolinera de la Standard. El maldito metal es tan blando que se hundió bajo mi dedo.
Fergesson frenó el Buick ante el gran edificio de apartamentos donde Charlotte vivía. Tardó unos segundos en reconocerlo; se habían producido cambios desde la última vez que lo había visto, un mes antes. A su alrededor se había levantado un tosco andamio. Algunos obreros examinaban los cimientos con expresión vacilante. El edificio se iba inclinando poco a poco a un lado. Enormes grietas se abrían en las paredes. Había trozos de yeso diseminados por doquier. La acera estaba acordonada.
—Sin ayuda no podemos hacer nada —se quejó Untermeyer, airado—, salvo sentarnos a ver cómo se cae todo en pedazos. Si no resucita pronto...
—Todo lo que nos duplicó en los viejos tiempos se está estropeando —dijo Charlotte, mientras abría la puerta del coche y salía—. Y todo lo que nos duplica ahora es un desastre. ¿Qué vamos a hacer? —Se estremeció al recibir la mordedura del frío viento—. Creo que vamos a terminar como la colonia de Chicago.
Sus palabras helaron la sangre en las venas de los demás. ¡Chicago, la colonia que se había venido abajo! Su biltong había envejecido y fallecido. Agotado, se había convertido en un silencioso e inmóvil montón de materia inerte. Los edificios y las calles, todas las cosas que había duplicado, se habían deteriorado y transformado en negras cenizas.
—No se reprodujo —susurró Charlotte, atemorizada—. Duplicó hasta consumirse, y luego... murió.
—Pero los demás se enteraron —dijo por fin Fergesson, con voz hueca—. Enviaron un sustituto en cuanto pudieron.
—¡Fue demasiado tarde! —gruñó Untermeyer—. La colonia ya había desaparecido. Sólo quedaban un par de supervivientes que vagaban carentes de todo, ateridos de frío y muertos de hambre, hasta que los perros los devoraron. ¡Los malditos perros, que lo infestan todo, se dieron un buen atracón!
Permanecieron inmóviles en la ruinosa acera, asustados. Hasta el rostro enjuto de John Dawes había expresado un mudo terror, un miedo atroz. Fergesson pensó con anhelo en su colonia, que distaba unos veinte kilómetros en dirección este. Palpitante y activa. El biltong de Pittsburgh era joven, aún conservaba los poderes creativos de su raza. ¡No se parecía en nada a esto!
Los edificios de la colonia de Pittsburgh eran fuertes y sólidos. Las aceras eran limpias y firmes. Los televisores, batidoras, tostadoras, autos, pianos, ropas, whiskys y judías congeladas de los escaparates eran fieles reproducciones de los originales, tan auténticas en todos los detalles, que era imposible diferenciarlas de los artículos reales, conservados en los refugios subterráneos cerrados al vacío.
—Si esta colonia se desmorona —dijo Fergesson—, algunos de ustedes pueden venir con nosotros.
—¿Su biltong es capaz de duplicar para más de cien personas? —preguntó en voz baja John Dawes.
—Ahora, sí —respondió Fergesson. Señaló con orgullo su Buick—. Ustedes han viajado en él, y saben lo bien que funciona. Es casi tan bueno como el original del que fue duplicado. Hay que verlos juntos para distinguir la diferencia. —Sonrió y contó un viejo chiste—. Quizá me llevé el original.


—No es necesario decidirlo ahora —cortó Charlotte—. Aún nos queda un poco de tiempo, al menos. 
Tomó la caja de acero y se dirigió hacia los peldaños del edificio.
—Sube con nosotros, Ben. —Movió la cabeza en dirección a Dawes—. Usted también. Tome un trago de whisky. No es muy malo. Sabe un poco a anticongelante y la etiqueta es ilegible, pero aparte de eso no está muy deteriorado.
Un obrero la alcanzó cuando pisó el primer peldaño.
—No puede subir, señorita.
Charlotte le rechazó indignada, una expresión desolada en su pálido rostro.
—¡Aquel es mi apartamento! Ahí están todas mis cosas. ¡Vivo aquí!
—El edificio no es seguro —repitió el obrero. En realidad, no era un obrero, sino un habitante de la colonia, que se había prestado voluntariamente a vigilar los edificios en mal estado—. Fíjese en las grietas, señorita.
—Hace semanas que aparecieron. 
Charlotte, impaciente, indicó con un gesto a Fergesson que la siguiera.
—Vamos.
Subió al porche y se dispuso a abrir la gran puerta de vidrio y cromo.
La puerta se desprendió de sus goznes y cayó. Los cristales estallaron y mortíferos fragmentos salieron disparados en todas direcciones. Charlotte gritó y retrocedió dando tumbos. El hormigón cedió bajo sus pies. Todo el porche se desplomó en una nube de polvillo blanco.
Fergesson y el obrero sujetaron a la frenética muchacha. Untermeyer buscó la caja de acero entre las nubes remolineantes de polvo. Sus dedos se cerraron sobre ella y la arrastró hacia la acera.
Fergesson y el obrero salieron de entre las ruinas del porche, sujetando todavía a Charlotte. La joven intentó hablar, pero violentas convulsiones deformaron su rostro.
—¡Mis cosas! —consiguió articular. Fergesson sacudió el polvo que la cubría.
—¿Te has hecho daño? ¿Te encuentras bien?
—No me he hecho daño.
Charlotte se secó un reguero de sangre y polvillo blanco que resbalaba sobre su mejilla. Tenía el cabello rubio enmarañado. Su jersey de lana roja estaba roto y desgarrado, así como el resto de su indumentaria.
—¿Has tomado la caja?
—Todo está en orden —dijo John Dawes, impasible. No se había movido ni un milímetro de su sitio.
Charlotte se aferró a Fergesson. Su cuerpo temblaba de miedo y desesperación.
—¡Mira! —susurró—. Mira mis manos. 
Levantó sus manos teñidas de blanco.
—Se están ennegreciendo.
El espeso polvo que cubría sus manos y brazos estaba adquiriendo un tono más oscuro, hasta que llegó a ser negro como el hollín. Sus ropas se rompieron y desprendieron de su cuerpo, como una cáscara vacía.
—Entra en el coche —ordenó Fergesson—. Tápate con una manta; es de mi colonia.
Untermeyer y él cubrieron a la temblorosa muchacha con la gruesa manta de lana. Charlotte se acurrucó contra el asiento, los ojos casi fuera de las órbitas. Gotas de sangre resbalaron sobre su mejilla y mancharon las franjas azules y amarillas de la manta. Fergesson encendió un cigarrillo y lo encajó entre sus labios temblorosos.
—Gracias —La joven consiguió articular un gemido de agradecimiento. Sujetó el cigarrillo con dedos agitados—. Allen, ¿qué demonios vamos a hacer?
Fergesson sacudió el polvo oscuro que cubría el cabello rubio de Charlotte.
—Nos acercaremos a darle los originales que he traído. Quizá pueda hacer algo. Los objetos nuevos siempre les estimulan. Puede que le resucitemos un poco.
—No es que esté dormido —dijo Charlotte con voz afligida—. Está muerto, Allen. ¡Lo sé!
—Aún no —protestó Untermeyer, pero todos sabían la verdad.
—¿Se ha reproducido? —preguntó Dawes.
La expresión de Charlotte les transmitió la respuesta.
—Lo intentó. Algunos se abrieron, pero ninguno vivió. He visto huevos por ahí, pero...
Calló. Todos lo sabían. El esfuerzo por mantener con vida a la raza humana había esterilizado a los biltong. Huevos muertos, crías nacidas sin vida...
Fergesson se sentó al volante y cerró la puerta con violencia, pero no encajó bien. Tal vez el metal se había deformado. Se alarmó. Una reproducción imperfecta, un error infinitesimal, un elemento microscópico infiltrado en el duplicado. Hasta su bonito y lujoso Buick estaba contaminado. El biltong de su colonia también sufría un proceso de deterioro.
Tarde o temprano, lo ocurrido en la colonia de Chicago se repetiría en todas partes.

Hileras de automóviles, silenciosos e inmóviles, rodeaban el parque abarrotado de gente. Casi toda la colonia se había congregado. Todo el mundo tenía algo que necesitaba desesperadamente duplicar. Fergesson paró el motor y guardó las llaves en el bolsillo.
—¿Podrás soportarlo? —preguntó a Charlotte—. Quizá prefieras quedarte aquí.
—Estoy bien —contestó Charlotte, y trató de sonreír.
Se había puesto unos pantalones y una camisa deportiva que Fergesson había encontrado entre las ruinas de una tienda. Fergesson no sintió el menor remordimiento. Una gran multitud de hombres y mujeres se habían apoderado de los productos esparcidos por el suelo. Las prendas resistirían unos cuantos días.
Fergesson había tardado en escoger las ropas de Charlotte. Había descubierto un montón de camisas y pantalones resistentes en el almacén de la tienda, un material todavía lejos de convertirse en polvillo negro. ¿Duplicados recientes? O tal vez, aunque parecía imposible, originales que los propietarios del local habían utilizado para conseguir reproducciones. En una zapatería que todavía funcionaba había encontrado un par de zapatillas. Le había cedido su propio cinturón, el que había tomado en la tienda de ropa que se había desplomado a su alrededor.
Untermeyer sujetó la caja de acero con ambas manos cuando los cuatro se acercaron al centro del parque. La gente que la ocupaba permanecía en silencio, con expresión sombría. Nadie hablaba. Todos cargaban con algún objeto, originales conservados durante siglos o buenas reproducciones que tenían desperfectos sin importancia. Una máscara de esperanza y temor cubría su rostro.
—Ahí están los huevos muertos —susurró Dawes.
Un círculo de bolas de un tamaño similar al de las pelotas de baloncesto se destacaba junto al borde del parque. Eran duras, pétreas. Algunas estaban rotas. Había fragmentos de cáscara esparcidos por todas partes.
Untermeyer propinó un puntapié a un huevo. Se abrió, pero estaba vacío.
—Algún animal lo ha dejado seco —afirmó—. Estamos presenciando el final, Fergesson. Creo que los perros vienen de noche y se los comen. Está demasiado débil para protegerlos.


Una sensación de indignación sacudió a los hombres y mujeres que esperaban. Tenían los ojos inyectados en sangre y formaban un círculo de humanidad impaciente e indignada que invadía el centro del parque. Habían esperado durante mucho rato. Estaban cansados de esperar.
—¿Qué demonios es eso?
Untermeyer se agachó ante una vaga forma tirada bajo un árbol. Pasó los dedos sobre la confusa masa metálica. Dio la impresión que el objeto se fundía como si fuera de cera. No se distinguía el menor detalle.
—Soy incapaz de identificarlo.
—Es una cortadora de césped eléctrica —dijo un hombre que estaba cerca de ellos.
—¿Cuánto hace que la duplicó? —preguntó Fergesson.
—Cuatro días. —El hombre le dio una patada—. Es imposible identificarla; podría ser cualquier cosa. La mía se ha estropeado. Saqué el original del depósito e hice fila todo el día... Ahí está el resultado. —Escupió en el suelo—. No vale nada. La dejé tirada ahí. No valía la pena llevarla a casa.
Su mujer emitió un balido áspero.
—¿Qué vamos a hacer? No podemos utilizar la vieja. Se ha estropeado, como todo lo demás. Si las nuevas reproducciones no son buenas, tendremos que...
—Cierra el pico —la reprendió su marido, con el rostro deformado por una mueca de furia. Sus manos aferraron un tubo—. Esperaremos un poco más. Quizá cambie de humor.
Un murmullo esperanzado se alzó a su alrededor. Charlotte se estremeció y avanzó.
—No le culpo —dijo a Fergesson—, pero... —Meneó la cabeza—. ¿De qué serviría? Si hace reproducciones que no nos sirven para nada...
—No puede —dijo John Dawes—. ¡Fíjense en él! —Se detuvo y contuvo a los demás—. Fíjense en él y díganme si puede hacer algo mejor.
El biltong estaba agonizando. Ocupaba el centro del parque, enfermo y viejo, un montón de protoplasma amarillento, espeso, gomoso, opaco. Sus pseudópodos se habían secado, semejaban serpientes ennegrecidas posadas sobre la hierba pardusca. El centro de la masa parecía extrañamente hundida. El biltong se iba encogiendo poco a poco, a medida que el pálido sol iba resecando la humedad de sus venas.
—¡Dios mío! —susurró Charlotte—. ¡Tiene un aspecto espantoso!
El bulto central del biltong oscilaba levemente. Se podían apreciar incesantes movimientos, mientras se aferraba a la escasa vida que le quedaba. Enjambres de moscas negras y azules zumbaban a su alrededor. Un intenso hedor flotaba sobre el biltong, el fétido olor a materia orgánica putrefacta. Rezumaba un líquido nauseabundo.
El núcleo de tejido nervioso sepultado en el protoplasma amarillento del ser latía con veloces movimientos espasmódicos que dibujaban olas en la piel decrépita. Casi era posible observar que los filamentos degeneraban en gránulos pétreos. Vejez, decadencia y sufrimiento.
Frente al biltong agonizante, sobre la plataforma de hormigón, un montón de originales aguardaban a ser duplicados. A su lado, había algunas reproducciones iniciadas, bolas informes de ceniza negra mezcladas con el jugo que rezumaba el cuerpo del biltong, el fluido con el que construía laboriosamente sus duplicados. Había dejado de trabajar y retraído sus pseudópodos. Descansaba... Se esforzaba por seguir con vida.
—¡Pobre criatura! —se oyó decir Fergesson—. Ya no le quedan fuerzas.
—Lleva sentado ahí seis horas seguidas —aulló una mujer en el oído de Fergesson—. ¡Tan contento! ¿A qué espera? ¿A que nos pongamos de rodillas y le supliquemos?
Dawes se volvió hacia ella, furioso.
—¿No ve que está agonizando? ¡Déjenlo en paz, por el amor de Dios!
Un rugido amenazador recorrió el círculo de espectadores. Muchos rostros se volvieron hacia Dawes; hizo caso omiso de ellos. A su lado, Charlotte se había quedado petrificada. Sus ojos expresaban temor.
—Tenga cuidado —advirtió en voz baja Untermeyer a Dawes—. Algunas de estas personas necesitan cosas urgentemente. Hay quien espera conseguir comida.
El tiempo transcurría. Fergesson tomó la caja de acero que sostenía Untermeyer y la abrió. Se agachó, sacó los originales y los dispuso sobre la hierba, frente a él.
Al verlos, un murmullo se elevó a su alrededor, un murmullo en el que se mezclaban admiración y asombro. Una sombría satisfacción inundó a Fergesson. Eran los originales de los que carecía esta colonia, en la que sólo existían duplicados imperfectos. Uno a uno, recogió los preciosos originales y avanzó hacia la plataforma de hormigón situada frente al biltong. Hombres airados le cortaron el paso, hasta que se fijaron en los originales.
Depositó un encendedor Ronson. Después, un microscopio binocular Bausch & Lomb, envuelto todavía en su piel original. Un plato de alta fidelidad Pickering. Y una reluciente copa de cristal Steuben.
—Son unos originales estupendos —dijo un hombre—. ¿De dónde los ha sacado?
Fergesson no contestó. Estaba observando al moribundo biltong. El biltong no se había movido, pero había visto los nuevos originales. Las fibras duras ocultas en el interior de la masa amarillenta se removieron. El orificio central se estremeció, abriéndose de repente. Una violenta sacudida agitó la masa protoplasmática. Rancias burbujas surgieron del orificio. Un pseudópodo se retorció, avanzó por la hierba viscosa, titubeó y tocó el cristal Steuben.
Amasó un puñado de ceniza negra y lo bañó con el líquido que brotaba del orificio. Se formó un globo deslustrado, una grotesca parodia de la copa Steuben. El biltong osciló y se encogió para reunir más energías. Luego, intentó por segunda vez moldear la copa. De repente, toda la masa se estremeció violentamente y el pseudópodo se derrumbó, agotado. Se retorció, vaciló de una manera patética y se retrajo al bulto central.
—Es inútil —dijo Untermeyer con voz ronca—. No puede hacerlo. Es demasiado tarde.
Fergesson recuperó los originales con dedos entumecidos y los devolvió a la caja metálica.
—Estaba equivocado —murmuró, y se puso en pie—. Pensaba que iba a lograrlo con esto. Desconocía la gravedad de la situación.
Charlotte, muda y afligida, se alejó de la plataforma. Untermeyer la siguió, abriéndose paso entre la masa de hombres y mujeres enfurecidos que rodeaban la plataforma de hormigón.


—Espere un momento —dijo Dawes—. Voy a probar algo.
Fergesson esperó mientras Dawes introducía la mano bajo su camisa gris y sacaba algo envuelto en papel de periódico. Era una copa de madera, tosca y mal hecha. Se agachó con una extraña sonrisa irónica y depositó la copa frente al biltong.
Charlotte observó sus movimientos, confusa.
—Es inútil, aunque haga una reproducción. —Tocó el objeto de madera con la punta de su zapatilla—. Es tan sencillo que hasta usted podría duplicarlo.
Fergesson se sobresaltó. Dawes y él intercambiaron una breve mirada. Dawes sonrió. Fergesson se quedó petrificado cuando comprendió.
—Es verdad —dijo Dawes—. Yo la hice.
Fergesson tomó la copa y le dio vueltas en su mano temblorosa.
—¿Con qué la hizo? ¡No lo entiendo! ¿De qué la hizo?
—Derribamos algunos árboles.
Dawes sacó de su cinturón algo metálico que brilló a la débil luz del sol.
—Tenga. Procure no cortarse.
El cuchillo era tan tosco como la copa, aplanado a martillazos, torcido y sujeto con alambre.
—¿Usted ha hecho este cuchillo? —preguntó Fergesson, estupefacto—. No puedo creerlo. ¿Con qué? Necesitaba herramientas. Es una paradoja. —Su voz adquirió un timbre histérico—. ¡Es imposible!
Charlotte se alejó, desdeñosa.
—No sirve. No se puede cortar nada con eso. Tenía en la cocina un juego de cuchillos de acero inoxidable, del mejor acero sueco. Ahora se han convertido en ceniza negra.
Un millón de preguntas bullían en la mente de Fergesson.
—Esta copa, este cuchillo... ¿Forman ustedes un grupo? ¿Ha tejido la tela de su traje?
—Vámonos —dijo Dawes con brusquedad. Recuperó la copa y el cuchillo y se alejó a toda prisa—. Hay que salir de aquí. Creo que el final se acerca.
La gente empezaba a abandonar el parque. Se habían rendido y se dirigían a registrar las tiendas ruinosas en busca de comida. Algunos coches cobraron vida y comenzaron a rodar.
Untermeyer se humedeció sus fofos labios nerviosamente.
—Se están enfadando —murmuró a Fergesson—. Toda la colonia se está derrumbando. Dentro de unas horas no quedará nada. ¡Ni comida, ni casas!
Sus ojos se desviaron hacia el coche y se entornaron. No era el único que había reparado en el coche.
Un grupo de hombres hoscos y sombríos se estaba congregando alrededor del polvoriento Buick. Lo tocaban, examinaban sus guardabarros, el capó, los faros, los firmes neumáticos, como niños hostiles y codiciosos. Los hombres portaban armas improvisadas, como tubos, piedras y fragmentos de metal retorcido, arrancados de los edificios derrumbados.
—Saben que no es de su colonia —dijo Dawes—. Saben que volverá a la suya.
—Te llevaré a la colonia de Pittsburgh —dijo Fergesson a Charlotte—. Te registraré como mi esposa. Más tarde decidirás si quieres seguir adelante con las formalidades.
—¿Y Ben? —preguntó Charlotte con voz débil.
—No puedo casarme con él también. —Fergesson caminó más de prisa—. Puedo llevarle, pero no le dejarán quedarse. Existe un límite de población. Más tarde, cuando comprendan la urgencia...
—Apártense —dijo Untermeyer al cordón de hombres.
Avanzó hacia ellos con aire agresivo. Al cabo de un momento los hombres retrocedieron. Untermeyer se plantó junto a la puerta, dispuesto a intervenir en cuanto hiciera falta.
—Acérquense con cuidado —dijo a Fergesson.
Fergesson y Dawes, con Charlotte entre ambos, atravesaron la fila de hombres y se reunieron con Untermeyer. Fergesson le entregó las llaves y Untermeyer abrió la puerta delantera. Empujó a Charlotte al interior e indicó a Fergesson que entrara por el otro lado.
El grupo de hombres entró en acción.
Untermeyer propinó un puñetazo al líder que le envió contra los demás. Deslizó su gran bulto tras el volante del coche. El motor cobró vida. Untermeyer puso la primera y pisó con fuerza el acelerador. El coche saltó hacia adelante. Los hombres trataron de agarrar la portezuela abierta y apoderarse de los ocupantes.
Untermeyer cerró las puertas. Fergesson captó una última visión del sudoroso rostro del gordo, deformado por el miedo.
Los hombres intentaban asirse a los resbaladizos costados del coche. Fueron cayendo uno tras otro. Un gigantesco pelirrojo, todavía aferrado como un poseso al capó, trataba de arañar la cara del conductor por el parabrisas roto. Untermeyer tomó una curva muy cerrada. El pelirrojo aguantó un segundo y después soltó su presa, desplomándose sobre la calzada.
El coche zigzagueó, se apoyó casi únicamente sobre dos ruedas y desapareció tras una hilera de ruinosos edificios. El chirrido de los neumáticos se perdió en la distancia. Untermeyer y Charlotte iban camino de la seguridad que representaba la colonia de Pittsburgh.
Fergesson contempló el coche hasta que la presión de la mano de Dawes sobre su hombro le sacó de su abstracción.
—Vamos —dijo Dawes—. Espero que sus zapatos sean resistentes. Debemos caminar bastante.
Fergesson parpadeó.
—¿Caminar? ¿Adónde?
—Nuestro campamento más cercano está a unos cuarenta y cinco kilómetros de aquí. Creo que lo lograremos. —Empezó a caminar y Fergesson le siguió al cabo de unos momentos—. Ya lo he hecho antes. Creo que podré repetirlo.
A sus espaldas, la multitud se había congregado de nuevo y centraba su interés en la masa inerte del agonizante biltong. Se elevó un murmullo airado, de frustración e impotencia por la pérdida del coche. Poco a poco, como el agua que sube de nivel, la ominosa y febril masa avanzó hacia la plataforma de hormigón. El agonizante biltong esperaba impotente. Era consciente de los atacantes. Sus pseudópodos se agitaron por última vez, en un esfuerzo inútil.
Entonces, Fergesson vio algo terrible, algo que le avergonzó hasta el punto que sus dedos humillados soltaron la caja metálica, que cayó al suelo. La recuperó y la sostuvo entre sus manos, aturdido. Deseaba huir, a cualquier parte, daba igual, ocultarse en el silencio, la oscuridad y las sombras que aguardaban fuera de la colonia. Lejos de la muerta extensión de ceniza.
El biltong intentaba duplicar un escudo defensivo, una muralla de ceniza protectora, antes que la turba cayera sobre él.

Después de caminar un par de horas, Dawes se detuvo y se tendió sobre la ceniza negra que se extendía hasta perderse de vista.
—Descansaremos un rato —dijo a Fergesson—. Cocinaremos la comida que llevo. Utilizaremos ese encendedor Ronson que tiene usted, si le queda algo de gas.
Fergesson abrió la caja metálica y le pasó el mechero. Un viento frío y fétido sopló a su alrededor; levantó nubes de ceniza que barrieron la yerma superficie del planeta. A lo lejos, paredes melladas de edificios se proyectaban como huesos astillados. En algunos puntos crecían oscuros y ominosos tallos de hierbas.


—No está tan muerto como parece —comentó Dawes mientras reunía fragmentos de madera seca y papel—. Hay perros y conejos, y montones de semillas. Basta con arrojar agua a la ceniza y crecen.
—¿Agua? Pero si no... llueve. Creo que era la palabra adecuada.
—Debemos cavar pozos. Aún hay agua, pero hay que cavar para encontrarla.
Dawes encendió un pequeño fuego; aún había gas en el encendedor. Se concentró en alimentar la hoguera.
Fergesson se sentó y examinó el encendedor.
—¿Cómo se fabrica un aparato de éstos? —preguntó.
—No podemos. 
Dawes introdujo la mano en la chaqueta y sacó un paquete de comida, carne seca en salazón y maíz tostado.
—No se puede empezar fabricando cosas complejas. Hay que avanzar poco a poco.
—Un biltong en buen estado de salud podría duplicarlo. El de Pittsburgh realizó un duplicado perfecto de este encendedor.
—Lo sé, por eso estamos tan atrasados. Tendremos que esperar a que tiren la toalla. Lo harán, tarde o temprano. Tendrán que regresar a su sistema estelar. Continuar aquí desembocará en un genocidio.
Fergesson apretó con fuerza el encendedor.
—En ese caso, nuestra civilización se irá con ellos.
—¿Lo dice por ese mechero? —Dawes sonrió—. Sí, es cierto, pero creo que su punto de vista no es correcto. Tendremos que reeducarnos, todos. A mí también me cuesta.
—¿De dónde es usted?
—Soy uno de los supervivientes de Chicago —dijo en voz baja Dawes—. Cuando se derrumbó, vagué por ahí. Maté con una piedra, dormí en sótanos, rechacé a los perros con uñas y dientes. Por fin, llegué a uno de los campamentos. Algunos me habían precedido. Usted no lo sabe, amigo, pero Chicago no fue la primera en caer.
—¿Y están duplicando herramientas, como ese cuchillo?
Dawes lanzó una sonora carcajada.
—La palabra no es duplicar, sino fabricar. Fabricamos herramientas, hacemos cosas.
Sacó la tosca copa de madera y la depositó sobre la ceniza.
—Duplicar significa copiar, simplemente. No puedo explicarle qué es fabricar; tendrá que intentarlo para entenderlo. Fabricar y duplicar son dos cosas por completo diferentes.
Dawes dispuso tres objetos sobre la ceniza. La exquisita copa de cristal Steuben, su tosca copa de madera y la reproducción defectuosa que había realizado el agonizante biltong.
—Así eran las cosas —dijo, indicando la copa Steuben—. Algún día volverán a ser igual, pero tendremos que tomar el camino correcto, el más duro, paso a paso, hasta llegar aquí. 
Guardó con todo cuidado la copa de cristal en la caja metálica.
—La conservaremos, pero no para copiarla, sino como modelo, como objetivo. Ahora, usted no advierte la diferencia, pero ya lo hará.
Indicó la tosca copa de madera.
—Ahora, estamos en esta fase. No se ría, no niegue que es un símbolo de civilización. Lo es, sencillo y tosco, pero auténtico. Partiremos de aquí.
Tomó la masa informe que el biltong había reproducido. Tras un momento de reflexión, alzó la mano y la arrojó con todas sus fuerzas. El duplicado erróneo cayó al suelo, rebotó y se rompió en mil pedazos.
—Eso no era nada —afirmó Dawes—. Es mejor esta copa. Esta copa de madera está más cerca de la copa Steuben que cualquier reproducción.
—Está muy orgulloso de su copa de madera —observó Fergesson.
—Ya lo creo —admitió Dawes, mientras guardaba la copa en la caja metálica, junto a la Steuben—. Algún día lo comprenderá también. Tardará un poco, pero lo comprenderá.
Ya iba a cerrar la caja, pero se detuvo y acarició el encendedor Ronson. Meneó la cabeza con pesar.
—Nosotros no lo veremos —dijo, y cerró la caja—. Demasiados pasos intermedios.
Su rostro se iluminó de súbito con una chispa de alegría. Agregó:
—¡Pero por Dios que vamos por el buen camino!


FIN

2026/03/02

El paraíso perdido (Clóvis García)


Título original: O paraído perdido
Año: 1970


El abuelo salió a la puerta de la casa, se sentó en el banco de costumbre y se puso a mirar las estrellas.
El paisaje de alrededor estaba silencioso en aquel comienzo de la noche. El valle bajaba árido y, sólo en el fondo, junto al depósito de agua, algunos arbustos elevaban sus ramas retorcidas. El colorido, de tonos rojos durante el día, se había desmayado y no permitía distinguir las rocas, la arena y la raquítica vegetación. En uno u otro punto de la cuesta, parpadeaban las luces de las casas esparcidas que formaban la pequeña comunidad. El día había sido caliente, en medio del largo verano, y las colinas desnudas que cercaban al valle reflejaban todavía el calor acumulado. La noche se anunciaba tranquila y agradable.
El abuelo, sin embargo, miraba a las estrellas. Se acordaba de otro valle, también calmo y tranquilo, también agradable y caliente, pero todo verde, con grandes árboles agitados por la brisa suave, con el ruido del agua encajonada por las piedras del fondo, de los pájaros acomodándose para pasar la noche y de los primeros sapos. El abuelo había vivido en otra época, en otro lugar, y ahora, casi ciego, con los ojos nublados por la enfermedad y por la nostalgia, procuraba mirar las estrellas mientras veía interiormente su valle natal.
Los otros miembros de la familia habían salido al frente de la casa. El padre se sentó en una silla y encendió la pipa. Los niños se esparcieron por el espacio seco que hacía las veces de jardín, conversando alegremente, comunicándose las experiencias del día y comentando la excursión que pretendían hacer el próximo domingo. La madre terminaba de arreglar la sala y no tardaría en venir a recostarse en la puerta.
Los nietos menores, sin embargo, se sentaron junto al abuelo:
–Abuelo, cuéntanos algo de la Tierra, le pidieron. 
El viejo abandonó su visión interior y se volvió hacia los nietos. Un dolor agudo le embargó el pecho, un deseo de llorar. ¡La Tierra! La querida y vieja Tierra, ahora perdida para siempre. Girando en el espacio como un planeta muerto. Pero que él había conocido lleno de vida, con sus ciudades, sus bosques, la lluvia, las bellas madrugadas con los colores de la luz filtrada por la atmósfera y reflejada por las nubes. Un planeta en el que se podía vivir, amar y morir tranquilamente.
–La Tierra, hijos míos, la Tierra era el paraíso. 
Los niños mayores fueron a buscar los cascos y todo el equipo necesario para la excursión que harían el domingo. Mientras lo revisaban, pues la atmósfera de Marte fuera de los valles era muy rarefacta, lo que exigía un equipo de aire, oían las historias del abuelo. El padre y la madre también prestaban atención. Habían dejado la Tierra muy niños, en la fuga precipitada, y poco se acordaban del viejo planeta. El abuelo, sin embargo, había vivido allá gran parte de su vida. Y contaba lo buena que era y lo feliz que era la vida en el planeta perdido por los hombres.
El abuelo vivía de sus recuerdos y, aunque no lo confesase, aguardaba con ansiedad aquellos momentos de la noche en que podía contar a los nietos, e incluso al padre y la madre, cómo eran las cosas en la vieja y querida Tierra. Cómo eran los campos verdes en que trabajaba cuando mozo, cómo se organizaban cacerías en el interior de los bosques.
–Di, abuelo, di cómo era el bosque –pedía un nieto. Y él describía los árboles, el viento murmurando en el follaje, el calor húmedo, el olor de las hojas pudriéndose, las flores, los animales, los pájaros.
Había nubes en el cielo, aire puro en todas partes, la lluvia que caía haciendo crecer las plantas. Los crepúsculos, el viento de las noches invernales. La primavera. Y los frutos, el buen alimento natural producido por la tierra.
–Ustedes no pueden imaginar lo que era una naranja. 
Y el abuelo sentía el caldo dulce correr por su boca. 
–Nada de esos alimentos sintéticos que usamos aquí. Este no es un planeta para que viva el hombre; donde todo tiene que ser producido artificialmente. Lo que se come, lo que se viste, el calor en los largos inviernos, el aire que se respira fuera de los valles. Aquí el hombre tiene que trabajar y conseguirlo todo con el sudor de su rostro.
En la Tierra, no. La Tierra era el paraíso. Pero una vez el hombre había desafiado a Dios. Renovó el pecado de orgullo, el pecado original. Quiso dominar las fuerzas de la naturaleza, quiso, otra vez, igualarse al Creador. Y nuevamente vino el castigo, fue expulsado por una espada de fuego que todo lo había consumido.
El abuelo se acordaba de los primeros experimentos y de la primera explosión atómica. El resultado había atemorizado a toda la humanidad. Pero el orgullo y la ambición habían sido más fuertes. Las voces que se levantaron, prudentes y avisadas, no fueron oídas. El hombre probó el fruto del árbol de la ciencia y del mal. Nada podría contenerle. Y había conseguido transformar la Tierra en un devastado planeta prohibido, que giraba abandonado por el espacio inmenso, envuelto en un manto de radioactividad.
Algunos hombres habían previsto el desastre. Escaparon a tiempo del peligro y se vinieron a Marte, donde se instalaron en pequeñas colonias en el fondo de los valles, que conservaban una atmósfera más densa y el calor del día. Todo lo demás, sin embargo, era hostil y el hombre tenía que vencer las condiciones inhóspitas del planeta que no le había sido destinado pero que tuvo que escoger como refugio.
–Pero, abuelo, ¡Marte es tan bello, la vida es tan buena aquí! –Uno de los nietos mayores no se contuvo–. El trabajo en la fábrica de aumentos, las excursiones fuera del valle, el paisaje rojo y amarillo, los juegos en las suaves arenas de la meseta, el frío seco de los largos inviernos. Este es nuestro planeta, aquí nacimos y vivimos. Esta es nuestra casa. No puede haber nada mejor. No creo que la Tierra...
Pero el padre le hizo una seña de que se callase. Los niños se desinteresaron de las historias del abuelo y bajaron al centro comunal donde otros chicos, marcianos como ellos, los esperaban para los juegos nocturnos. La madre miró la hora:
–Niños, entren a preparar sus lecciones. Dentro de poco empezará a refrescar.
Los niños se fueron para el interior, de mala gana. Preferían continuar oyendo al abuelo. La madre entró también para vigilarlos. El padre se levantó:
–Voy a la Administración –avisó a los de adentro–. Tengo que discutir unos asuntos.
A la puerta de la casa sólo quedó el abuelo. Sus ojos nublados se volvieron al cielo. Allá, a lo lejos, un punto brillante continuaba su giro solitario. Un triste y desierto planeta destruido por sus propios hijos. Pero el abuelo veía la Tierra como fue y nunca volvería a ser. El paraíso perdido.


FIN

2026/02/23

El patrón hierro (Henry Kuttner y Catherine L. Moore)


Título original: The Iron Standard
Año: 1943


Las razas de otros mundos no tenían que ser amigables u hostiles. Bastaba que fueran obstinadamente diferentes para que las consecuencias fueran serias.

—Así que no tendremos provisiones por un año..., tiempo venusino —dijo Thirkell, sirviéndose guisantes fríos con aire disconforme.
Rufus Munn, el capitán, interrumpió un instante la tarea de descucarachizar la sopa.
—No sé por qué tuvimos que importar estos bichos. Un año más cuatro semanas, Steve. Pasaremos un mes en el espacio antes de llegar a la Tierra.
La cara abultada y redonda de Thirkell se puso solemne.
—¿Qué haremos, mientras tanto? ¿Nos alimentaremos sólo de guisantes fríos?
Munn suspiró, mirando a través de la tronera abierta del navío espacial Buena Voluntad las figuras borrosas que se movían en la niebla de afuera. Pero no respondió. Barton Underhill, supervisor de carga y hombre-orquesta que había conseguido el puesto gracias a la fortuna del padre, sonrió crispadamente y dijo:
—¿Qué quieres hacer? No podemos gastar el combustible. Tenemos la cantidad justa para volver a casa. Así que guisantes fríos o nada.
—Pronto será nada —dijo solemnemente Thirkell—. Hemos sido derrochadores. Hemos despilfarrado con toda irresponsabilidad...
—¡Irresponsabilidad! —vociferó Munn—. Casi todos los alimentos se los hemos cedido a los venusinos.
—Bien —murmuró Underhill—, ellos nos alimentaron durante un mes.
—Ahora no. Está prohibido. ¿Pero qué tienen contra nosotros?
Munn echó el taburete hacia atrás con brusquedad.
—Eso es lo que tenemos que averiguar. Las cosas no pueden seguir así. La comida no nos durará un año. Y no podemos explotar la tierra... —se interrumpió cuando alguien abrió la válvula transparente y entró, un hombre bajo y robusto, de pómulos salientes y nariz ganchuda en una cara broncínea.
—¿Encontraste algo, piel roja? —preguntó Underhill. Mike Águila Rauda arrojó una bolsa de plástico en la mesa.
—Seis hongos. Con razón los venusinos recurren a la hidropónica. No les queda más remedio. En este mundo esponjoso sólo crecen hongos, y casi todos venenosos. Es inútil, capitán.
Munn frunció los labios.
—Bien, ¿dónde está Bronson?
—Mendigando. Pero no conseguirá un mísero fal —el navajo señaló la tronera—. Allí viene.
Un momento después los otros oyeron los pasos lentos de Bronson. El ingeniero entró, la cara roja como el pelo.
—No me pregunten —murmuró—. Que nadie diga una palabra. Yo, un hijo de irlandeses, mendigando un mugriento fal a un hijo de perra con piel de lija y un aro de hierro en la nariz como los salvajes de Ubangui. ¡Es bochornoso! Me avergonzaré mientras viva.
—De acuerdo —dijo Thirkell—. ¿Pero conseguiste alguno, entonces?
Bronson le clavó los ojos.
—¿Crees que le habría aceptado esas sucias monedas si me las hubiese ofrecido? —aulló el ingeniero, los ojos inyectados en sangre—. Se las habría arrojado a esa cara inmunda, pueden creerlo. ¿Yo, tocar ese dinero asqueroso? Denme unos guisantes
Tomó un plato y se puso a comer con morosidad. Thirkell intercambió una mirada con Underhill.
—No ha conseguido ningún dinero —dijo el último.
—¡Me preguntó si pertenecía a la Liga de Mendigos! —rugió Bronson, levantando la cara con un bufido—. ¡Hasta los vagabundos tienen que adherirse a un sindicato en este planeta!
El capitán Munn frunció el ceño con aire pensativo.
—No, no es un sindicato, Bronson. Ni siquiera algo parecido a los gremios medievales. Los tarkomars son mucho más poderosos y mucho menos organizados. Los sindicatos surgieron de un medio social y económico definido, y cumplen una función. Un sistema de contención y equilibrio que crece cada vez más. Pero olvidemos los sindicatos; en la Tierra algunos son buenos, como el de Transporte Aéreo, y otros fraudulentos como el de Dragado Submarino. Los tarkomars son diferentes. No cumplen ninguna función productiva. Simplemente preservan las condiciones retrógradas del sistema venusino.
—Sí —dijo Thirkell—, y a menos que seamos miembros, no nos permitirán trabajar en nada. Y no podemos ser miembros hasta que paguemos la cuota de ingreso: Mil sofals.
—Atención con esos guisantes —advirtió Underhill—. Nos quedan sólo diez latas.
Callaron. Munn convidó a cigarrillos.
—Tenemos que hacer algo, eso es indudable —dijo—. Sólo podemos obtener alimentos de los venusinos, y ellos se niegan a dárnoslos. Tenemos algo a favor: Las leyes son tan arbitrarias que no pueden rehusar vendernos comida... Es ilegal rechazar una venta legal.
Mike Águila Rauda examinó amargamente los seis hongos.
—Sí. Siempre que podamos exigir una venta legal. Estamos arruinados en Venus, y pronto nos moriremos de hambre. Si alguien tiene idea de cómo salir de este atolladero...
 
Esto pasaba en 1964, tres años después del primer vuelo exitoso a Marte, y cinco después que Dooley y Hastling habían descendido en el Mare Imbrium. La Luna, desde luego, estaba deshabitada. Sólo había unas algas activas pero sin inteligencia. Los sagaces y corpulentos marcianos, con su elevado metabolismo y sus mentes brillantes y erráticas, habían sido amigables, y era seguro que las culturas de Marte y la Tierra no sufrirían choques. En cuanto a Venus, hasta entonces nadie había desembarcado allí.
El Buena Voluntad fue la primera nave. Era un experimento, como el primer viaje a Marte, pues nadie sabía si había vida inteligente en Venus. A bordo se almacenaron provisiones para más de un año, alimentos deshidratados, plastibulbos, alimentos concentrados y vitaminados, pero cada hombre de la tripulación presentía que habría abundancia de comida en Venus.
En efecto, había comida. Los venusinos cultivaban los alimentos en tanques hidropónicos, bajo las ciudades. Pero en la superficie del planeta no crecía ningún comestible. La fauna era escasa, de modo que cazar era imposible aunque a los terráqueos les hubiesen permitido conservar las armas. Y al principio había parecido una fiesta de gala después del arduo viaje espacial. Una fiesta de un año en una civilización extraña y fascinante.
Era extraña, por cierto. Los venusinos eran conservadores. Respetaban escrupulosamente las tradiciones de sus ancestros remotos. No querían cambios, al parecer. La organización actual había funcionado durante siglos. ¿Para qué alterarla?
La presencia de los terráqueos implicaba cambios para ellos, eso era obvio.
Resultado: Un boicot a los terráqueos.
Todo fue muy pasivo. El primer mes no hubo problemas. Al capitán Munn le entregaron las llaves de la ciudad capital, Vyring, en cuyos alrededores descansaba ahora el Buena Voluntad, y los venusinos trajeron comida en abundancia, platos exóticos pero sabrosos de los jardines hidropónicos. En retribución, los terráqueos fueron generosos con sus propias provisiones, aun hasta el despilfarro.
Y los alimentos venusinos eran muy perecederos. No había necesidad de preservarlos, pues los tanques hidropónicos proporcionaban una provisión constante e infalible. Al final los terráqueos se quedaron con alimentos para pocas semanas, además de una gran pila de basura que pocos días antes había sido tentadora y apetitosa.
Luego los venusinos dejaron de traerles los frutos, verduras y setas-de-carne, y empezaron las restricciones. La fiesta terminó. No tenían intenciones de dañar a los terráqueos, eran cautelosamente amigables. Pero de allí en adelante sería: "Paga y serás servido", y no aceptaban cheques. Una seta-de-carne grande, suficiente para cuatro hombres hambrientos, costaba diez fals.


Como los terráqueos no tenían fals, no conseguían setas-de-carne ni nada. Al principio no les pareció importante. No, hasta que abrieron los ojos y empezaron a preguntarse cómo se las arreglarían para conseguir alimentos.
No había modo.
Así que se quedaban sentados en el Buena Voluntad, comiendo guisantes fríos como cinco de los Siete Enanitos; un quinteto de hombres robustos, bajos, resistentes, huesudos y musculosos, especialmente elegidos por tener el físico apropiado para los rigores del vuelo espacial. Y sus cerebros, también elegidos especialmente, ahora no les ayudaban en nada.
Era un problema simple. Simple y primitivo. Ellos, los representantes de la cultura más poderosa de la Tierra, tenían hambre. Pronto tendrían más hambre.
Y no tenían un fal. Sólo oro, plata y billetes inservibles. Había metal en la nave, pero no el metal puro que necesitaban, salvo en aleaciones que no podían reducirse.
Venus se regía por el patrón hierro.
—Tiene que haber una salida —dijo tozudamente Munn, una expresión taciturna en la cara recia y curtida; apartó el plato con un ademán de furia—. Iré a ver de nuevo al Consejo.
—¿De qué servirá? —preguntó Thirkell—. Estamos en un brete, es inútil. El dinero habla.
—No importa. Hablaré con Jorust —gruñó el capitán—. Ella no es tonta.
—Claro que no —rezongó Thirkell.
Munn le miró fijamente, llamó a Mike Águila Rauda y se volvió hacia la válvula transparente. Underhill se agregó con entusiasmo.
—¿Puedo ir?
Bronson jugueteó sombríamente con sus guisantes.
—¿Para qué quieres ir? Ni siquiera podrías pagarte una máquina tragamonedas en los tugurios de Vyring... si las tuvieran. ¿Crees que si les dices que tu viejo es un magnate de Filones Amalgamados te darán crédito por la comida, eh?
Pero el tono era amigable, y Underhill no se mosqueó.
—Ven si quieres —dijo el capitán Munn—, pero date prisa.
Los tres hombres salieron a las nieblas humeantes, chapoteando en el barro pegajoso. El calor no era excesivo; los intensos vientos de Venus facilitaban la evaporación rápida, un aire naturalmente acondicionado que salvaba a los hombres de sentir las molestias de la humedad.
Munn consultó la brújula. Los suburbios de Vyring estaban a más de medio kilómetro, pero la niebla, como de costumbre, parecía sopa de guisantes. El clima de Venus es siempre brumoso. El trío siguió avanzando en silencio.
—Creí que los indios sabían cómo aprovechar los recursos de la tierra —le comentó Underhill al navajo; y Mike Águila Rauda le miró, divertido.
—Bueno, no soy un indio venusino —explicó—. Quizá podría fabricar un arco y una flecha y derribar un venusino, pero no serviría de gran cosa, a menos que la víctima llevara muchos sofals en la billetera.
—Podríamos comerlo, también —murmuró Underhill—. ¿Qué sabor tendrá un venusino asado?
—Descúbrelo y podrás escribir un best seller al volver a casa —dijo Munn—. Siempre que vuelvas. Vyring tiene policía, compañero.
—En fin —dijo Underhill, y dejó el tema—. Aquí está la Puerta de Agua. Dios... ¡Huelo a comida!
—Yo también —refunfuñó el navajo—. Pero esperaba que nadie lo mencionara. Cállate y sigue caminando.
La muralla que rodeaba a Vyring parecía más una represa que una fortificación. Venus era un planeta civilizado y unificado; parecía no haber guerras ni impuestos aduaneros, algo natural en un estado mundial. Los transportes aéreos siseaban en la niebla antes de perderse de vista. La bruma cubría las calles, desgarrada ocasionalmente en jirones por ventiladores enormes. Vyring, resguardada de los vientos, era tórrida hasta lo incómodo, salvo dentro de las casas, donde había aire acondicionado.
A Underhill le recordaba Venecia; las calles eran canales, había embarcaciones de varias formas y tamaños que se deslizaban plácidamente a gran velocidad. Hasta los mendigos navegaban. Había senderos accidentados y lodosos junto a los canales, pero nadie con un fal caminaba un paso.
Los terráqueos sí que caminaban y maldecían airadamente mientras chapoteaban en el cieno. Casi todo el mundo los ignoraba. Un taxi acuático se acercó a la orilla. El piloto, que lucía la insignia azul de su tarkomar, les saludó.
—¿Puedo acompañarlos? —preguntó. Underhill le mostró un dólar de plata.
—Si aceptas esto, claro.
Todos los terráqueos habían aprendido venusino rápidamente; eran buenos lingüistas, pues ésta era una de las tantas virtudes transplanetarias por las cuales los habían escogido. La lengua fonética venusina no era difícil.
No les costó nada entender al piloto del taxi cuando dijo que no.
—Hagamos una apuesta —dijo Underhill con alguna esperanza—. Doble o nada. 
Pero los venusinos no eran jugadores.
—¿Doble qué? —preguntó el piloto—. Esa moneda es de plata —señaló la filigrana plateada y rococó de la proa de la embarcación—. ¡Basura!
—Para Benjamín Franklin éste habría sido un lugar espléndido, pues —observó Mike Águila Rauda—. Tenía dientes postizos de hierro, ¿verdad?
—En tal caso, tenía una verdadera fortuna venusina en la boca —dijo Underhill.
—Oh, no es para tanto.
—Si alcanza para una cena completa, es una fortuna —insistió Underhill.
El piloto, mirando con desprecio a los terráqueos, se alejó en busca de viajes más provechosos. Munn, avanzando con obstinación, se secó el sudor de la frente. Pensó:
"Un lugar espléndido, Vyring. Un lugar espléndido... para morirse de hambre".
Media hora de caminata dificultosa despertó en Munn una rabia lenta y oscura. Si Jorust se negaba a verle, habría problemas —pensaba—, aunque les hubieran quitado las armas. Se sentía capaz de destrozar Vyring a dentelladas. Y de engullir las porciones más comestibles.
Afortunadamente, Jorust les recibió. Los terráqueos fueron conducidos al despacho de la mujer, una sala grande y lujosa en lo alto de la ciudad, con ventanas abiertas a la brisa fresca. Jorust se deslizaba por la sala en una silla alta equipada con ruedas y una especie de motor. A lo largo de las paredes había un anaquel inclinado, semejante a un escritorio y quizá con la misma función. Quedaba a la altura del hombro, pero la silla de Jorust la elevaba hasta ese nivel. Es posible que empiece por la mañana en un rincón, y durante el día dé toda la vuelta a la sala, pensaba Munn.
Jorust era una venusina esbelta, de cabello gris, con una tez semejante a la piel de zapa fina y ojos negros y atentos que de momento eran cautelosos. Bajó de la silla, invitó a los hombres a sentarse y ella también se sentó. Encendió una pipa que parecía una boquilla desmesurada, rellena con un cilindro de hierbas amarillas apretadas. Un humo aromático impregnó el ambiente. Underhill olfateó con avidez.
—Que sean dignos de sus padres —saludó amablemente Jorust, extendiéndoles la mano de seis dedos—. ¿Qué los trae por aquí?
—El hambre —dijo Munn sin rodeos—. Creo que ya es hora de hablar claro.
Jorust le escrutó con aire enigmático.
—Adelante.
—No nos gustan los atropellos.
—¿Los hemos dañado? —preguntó la jefe del Consejo. Munn la miró fijo.
—Pongamos las cartas sobre la mesa. Nos han tomado por imbéciles. Tú eres una de los que mandan; si no eres responsable de esto, al menos sabrás la razón. Me dirás...
—No —dijo Jorust al cabo de una pausa—. No, no soy tan poderosa como, según parece, crees. Soy una de las administradoras. Yo no elaboro las leyes. Simplemente veo que se cumplan. No somos enemigos.
—Podríamos llegar a serlo —dijo sombríamente Munn—. Si viniera otra expedición de la Tierra y nos encontrara muertos...
—Nunca los mataríamos. Atentaría contra nuestras tradiciones.
—Pero están dejándonos morir de hambre. 
Jorust entornó los ojos.
—Compren comida. Cualquier hombre puede hacerlo, sea de la raza que fuere.
—¿Con qué dinero? —preguntó Munn—. No aceptán nuestra moneda. No disponemos de la suya. Danos alguna fórmula...
—Su moneda carece de valor —explicó Jorust—. Tenemos oro y plata en abundancia. Es común aquí. Un difal, o sea doce fals, les alcanza para mucha comida. Y un sofal les servirá para comprar aún mucho más.
Tenía razón, por supuesto, y Munn lo sabía. Un sofal equivalía a mil setecientos veintiocho fals. ¡Qué bien!
—Dinos cómo esperas que consigamos tu moneda de hierro —espetó.
—Trabajen, como hace nuestra gente. El hecho de que vengan de otro mundo no los dispensa de la obligación de crear mediante el trabajo.


—De acuerdo —insistió Munn—, estamos dispuestos. Danos un trabajo.
—¿Cuál?
—Dragado de canales... ¡Cualquier cosa!
—Deberás hacerte miembro del tarkomar de los que dragan canales...
—He olvidado inscribirme.
Jorust ignoró el sarcasmo.
—Debes hacerlo. Aquí cada oficio tiene su tarkomar.
—Préstame mil sofals y me inscribiré en uno.
—Eso ya lo has intentado —le dijo Jorust—. Nuestros prestamistas han informado que no puedes ofrecer nada en garantía.
—¡Nada! ¿Quieres decir que no hay nada en nuestra nave que valga mil sofals para tu raza? Esto es un juego sucio, y tú lo sabes. Sólo nuestro purificador de agua vale para ustedes seis veces esa cantidad.
Jorust pareció ofenderse.
—Durante mil años hemos purificado las aguas con carbón de leña. Si cambiáramos ahora, tildaríamos de necios a nuestros ancestros. No eran necios, sino grandes sabios.
—¿Y el progreso, qué...?
—Me parece innecesario —dijo Jorust—. Nuestra civilización conforma una unidad perfecta tal como es. Hasta los mendigos están bien alimentados. En Venus no nos falta la felicidad. Los métodos de nuestros antepasados han pasado sus pruebas y han resultado eficaces. Nada hay que cambiar, entonces.
—Pero...
—Si alteráramos el equilibrio, simplemente trastornaríamos el statu quo —dijo Jorust muy resuelta, levantándose—. Que sean dignos de los nombres de sus padres.
—Escucha... —empezó Munn.
Pero Jorust estaba de nuevo en la silla, ya no le oía.
Los tres terráqueos se miraron, se encogieron de hombros y salieron. La respuesta era definitivamente "no".
—Y eso es todo —dijo Munn mientras bajaban en el ascensor—. Jorust planea matarnos de hambre. Ya está todo dicho.
Underhill no estaba de acuerdo.
—Ella tiene razón. Como ha dicho, es sólo administradora. Los que mandan aquí son los tarkomars. Son una facción poderosa.
—Ya sé que ellos llevan la voz cantante —masculló Munn—. Es difícil entender la psicología de esta gente. Parece que fueran absolutamente reacios a cambiar. Nosotros representamos cambios. Así que han decidido ignorarnos, y basta.
—No servirá de nada —dijo Underhill—. Aunque muramos de hambre, vendrán más naves de la Tierra.
—Podrían hacerles el mismo juego.
—¿El hambre? Pero...
—La resistencia pasiva. Ninguna ley obliga a los venusinos a tratar con los terráqueos. Simplemente pueden adoptar una política cerrada, y no hay manera de remediarlo. En Venus no hay alfombra de bienvenida.
Mike Águila Rauda rompió un largo silencio cuando llegaron a la orilla del canal.
—La psicología de ellos es una variante del culto de los antepasados. Egotismo transferido, tal vez. Un complejo de inferioridad racial.
Munn meneó la cabeza.
—Vas demasiado lejos.
—De acuerdo, quizá. Pero lo del culto del pasado es innegable. Y el miedo. La cultura social presente ha funcionado durante siglos. No quieren intrusiones. Es lógico. Si tuvieras una máquina que cumple perfectamente la tarea para la que fue diseñada, ¿querrías introducir mejoras?
—¿Por qué no? —dijo Munn—. Claro que sí.
—¿Por qué?
—Bien. Para ahorrar tiempo. Si un nuevo accesorio hace que la máquina duplique la producción, lo aceptaría.
Supón que produjera refrigeradores, por ejemplo. Habría repercusiones. Necesitarías menos mano de obra, lo cual alteraría la estructura económica.
—Microscópicamente.
—Hasta allí. Pero también habría un cambio en los consumidores. Más gente querría tener refrigeradores. Más gente fabricaría helados caseros. Las ventas de helados decaerían... Las ventas minoristas; los mayoristas comprarían menos leche, los granjeros...
—Entiendo —dijo Munn—. Por falta de un clavo se perdió el reino. Estás hablando del microcosmos. Aunque así no fuera, hay alteraciones automáticas. Siempre las hay.
—Una civilización experimental, en desarrollo, está dispuesta a afrontar esas alteraciones —señaló Mike Águila Rauda—. Los venusinos son ultraconservadores. Creen que no necesitan más desarrollos ni cambios. El sistema ha funcionado durante siglos. Está perfectamente integrado, y cualquier intrusión podría echarlo todo a perder. Los tarkomars tienen el poder, y se proponen conservarlo.
—Así que nos moriremos de hambre —intervino Underhill. 
El indio torció la boca.
—Así parece. A menos que encontremos algún modo de hacer dinero.
—Tendríamos que encontrarlo —dijo Munn—. Entre otras cosas, hemos sido seleccionados por nuestro CI.
—Nuestros talentos no son los más adecuados —observó Mike Águila Rauda, echando una piedra al canal de un puntapié—. Tú eres físico, yo soy naturalista, Bronson es ingeniero y Steve Thirkell es matasanos. Tú, mi joven e inservible amigo, eres hijo de millonario.
Underhill sonrió embarazosamente.
—Bueno, papá empezó desde abajo. Sabía cómo hacer dinero. Eso es lo que necesitamos ahora, ¿verdad?
—¿Cómo amasó su fortuna?
—El mercado de valores.
—Ésa es una gran ayuda —dijo Munn—. Creo que el mejor plan sería que elaboráramos algún proceso que los venusinos realmente necesiten, y luego se lo venderíamos.
—Si pudiéramos telegrafiar a la Tierra —empezó a decir Underhill— para pedirles ayuda...
—No tendríamos nada de qué preocuparnos —terminó el navajo—. Lamentablemente Venus tiene ionosfera, así que no podemos telegrafiar. Mejor que te des maña para inventar algo, capitán. Pero si los venusinos después se interesen o no, yo no lo sé.
Munn reflexionó.
—El statu quo no puede conservarse inalterado permanentemente. En qué cabeza cabe, como decía mi abuelo casi siempre. Nunca faltan inventores. Nuevos procesos. La organización social tiene que asimilarlos. Yo podría elaborar algún artefacto. Hasta un buen preservador de alimentos podría sernos útil.
—No con la producción que tienen los jardines hidropónicos.
—Hm-m. Algún señuelo más eficaz. Que sea inútil, pero llamativo. Una máquina tragamonedas, tal vez.
—Decretarían una ley en contra.
—Bien, sugiere algo tú.
—Parece que los venusinos no tienen mucho dominio de la genética. Si yo pudiera producir algunos alimentos exóticos combinando especias. ¿Eh?
—Tal vez —dijo Munn—. Tal vez.
La cara rechoncha de Steve Thirkell asomó por la tronera. El resto del grupo estaba sentado alrededor de la mesa, garabateando en libretas y bebiendo café flojo.
—Tengo una idea —dijo Thirkell.
—Ya conozco tus ideas —gruñó Munn—. ¿Cuál es la nueva?
—Muy sencillo. Una epidemia ataca a los venusinos y yo descubro el antídoto que los salva. Se sentirán agradecidos, ¿no?
—Y te casarás con Jorust y gobernarás el planeta —completó Munn—. ¡Ja!
—No exactamente —siguió Thirkell, imperturbable—. Si no se sienten agradecidos, nos limitaremos a retener la antitoxina hasta que nos paguen.
—El único inconveniente de esa ocurrencia genial es que los venusinos parecen ser inmunes a todo tipo de epidemias —señaló Mike Águila Rauda—. Por lo demás, es perfecta.
—Temí que lo mencionaras —suspiró Thirkell—. Lo único que veo es que, desencadenando una epidemia, tifus o algo por el estilo, caeríamos en una falta de ética... sólo un poco, ¿verdad?
—¡Qué hombre! —dijo admirativamente el navajo—. Serías un magnífico asesino, Steve.
—Lo he pensado a menudo. Pero mi propósito no era llegar al asesinato. Una enfermedad dolorosa, restrictiva...
—¿Por ejemplo? —preguntó Munn.
—¿La difteria? —sugirió esperanzado el cirujano.
—Una perspectiva auspiciosa —murmuró Mike Águila Rauda—. Hablas como un apache.
—Difteria, beriberi, lepra, peste bubónica —dijo violentamente Pat Bronson—. Voto por todas ellas juntas. Hagan probar a esos batracios su propia medicina. Despáchenlos a gusto.
—Supongamos que te dejamos desencadenar una epidemia moderada —dijo Munn—. Que no acarreara consecuencias fatales. ¿Cómo lo harías?
—Contaminando la provisión de agua, o algo así.


—¿Con qué?
Thirkell se descorazonó de pronto.
—¡Oh! ¡Oh! 
Munn cabeceó.
—El Buena Voluntad no está pertrechado para eso. No tenemos gérmenes, antiséptico por fuera y por dentro. ¿Has olvidado el tratamiento que recibimos antes de partir?
Bronson soltó un juramento.
—Jamás lo olvidaré. ¡Una hipodérmica por hora! Antitoxinas, inyecciones, rayos X, ultravioletas, hasta que los huesos se me pusieron verdes.
—Exacto —dijo Munn—. Prácticamente no tenemos gérmenes. Era una precaución inevitable, para impedir que produjéramos una epidemia en Venus.
—Pero queremos producirla —dijo quejumbrosamente Thirkell.
—No podrías contagiarles siquiera un constipado —dijo Munn—. De modo que eso no va. ¿Qué sabes de los anestésicos venusinos? ¿Son tan buenos como los nuestros?
—Mejores —admitió el médico—. En realidad, no los necesitan, salvo para los niños. Sus sinapsis son extrañas. Han dominado la autohipnosis de tal modo que pueden bloquear el dolor, si es necesario.
—¿Sulfamidas?
—Ya lo pensé. También tienen.
—Mi idea se relaciona con la energía hidráulica —terció Bronson—. O las represas. Cada vez que llueve hay inundaciones.
—Pero también tienen un buen sistema de desagüe. Los canales se encargan de eso —dijo Munn.
—¡Déjame terminar! Esos hijos de perra con piel de pescado tienen energía hidráulica, pero no es eficiente. Hay tanta agua corriente en todo el planeta que construyen plantas donde mejor se les antoja, miles de ellas, y la mitad del tiempo no funcionan, cuando las lluvias se concentran en otro distrito. La mitad de las plantas está siempre fuera de servicio. Eso cuesta dinero. Si construyeran represas, tendrían una fuente energética permanente sin tantos gastos adicionales.
—No es mala idea —admitió Munn.
—Yo me atendré a mis hibridajes en los jardines hidropónicos —dijo Mike Águila Rauda—. Puedo elaborar setas-bistec con gusto a salsa Worcestershire o algo por el estilo. Una tentación para el paladar, ya lo saben.
—Perfecto. ¿Steve?
Thirkell se revolvió el pelo.
—Ya pensaré en algo. No me apresuren. 
Munn se volvió a Underhill.
—¿Alguna idea brillante, compañero?
El joven sonrió embarazosamente.
—No hasta el momento. Lo único que se me ocurre es manipular el mercado de valores.
—¿Sin dinero?
—Ése es el problema.
Munn cabeceó.
—Bien, mi propia idea es la propaganda. Soy físico y entra en mi especialidad.
—¿Qué dices? —quiso saber Bronson—. ¿Destrucción de átomos con un acelerador de partículas? ¿Una demostración de fuerza?
—Cálmate. La publicidad es desconocida en Venus, aunque no el comercio. Curioso. Creo que los minoristas aprovecharán la oportunidad.
—Tienen anuncios radiales...
—Rituales y estilizados. Sus televisores sirven para ofrecer anuncios más coloridos. Ditirambos visuales, eso es. Podría ingeniármelas para exhibir mejor los productos. ¿Por qué no?
—Creo que yo construiré una máquina de rayos X, si me ayudas, capitán —dijo Thirkell.
—Claro —dijo Munn—. Tenemos el equipo. Y los planos. Empezaremos mañana, ya debe ser bastante tarde.
Lo era, aunque en Venus no había atardecer. El grupo se acostó para soñar con cenas completas, todos menos Thirkell, que soñó que comía un pollo asado que de pronto se transformaba en un venusino y lo devoraba a él, empezando por los pies. Despertó sudando y maldiciendo, tomó nembutal y se volvió a dormir.
 
A la mañana siguiente se dispersaron. Mike Águila Rauda llevó un microscopio y otros instrumentos al centro hidropónico más cercano y se puso a trabajar. No le permitían llevar esporas a la nave, pero no se le impedía experimentar en la misma Vyring. Hizo cultivos y utilizó complejos vitamínicos para acelerar el crecimiento, y esperó lo mejor.
Pat Bronson fue a ver a Skottery, jefe de Energía Hidráulica. Skottery era un venusino alto y taciturno que sabía mucho de ingeniería, e insistió en mostrar a Bronson las maquetas de la oficina antes de ponerse a conversar.
—¿Cuántas plantas energéticas tienen? —preguntó Bronson.
—Dos veces cuatro docenas a la tercera potencia. Cuarenta y dos docenas en este distrito.
Prácticamente un millón, calculó Bronson.
—¿Cuantas funcionan efectivamente en la actualidad? —prosiguió.
—Unas diecisiete docenas.
—Eso significa trescientas fuera de servicio. Es decir, veinticinco docenas. ¿No es demasiado costoso el mantenimientos?
—Muchísimo —admitió Skottery—. Aparte de que muchas de ellas están ahora permanentemente fuera de servicio. El terreno cambia con mucha frecuencia. Tú sabes, la erosión... Un año construimos una estación en una cañada, y al siguiente el agua cambia de curso. Construimos una docena por día. Pero rescatamos algún material de las anteriores, naturalmente.
Bronson tuvo una idea.
—¿No tienen irrigación?
—¿Eh?
El terráqueo explicó. Skottery alzó los hombros en señal de negación.
—Aquí tenemos una vegetación diferente. Hay tanta agua que las plantas no necesitan raíces profundas.
—¿Pero necesitan del suelo?
—No. Los elementos que utilizan están suspendidos en el agua.
Bronson describió cómo funcionaban los canales de riego.
—Supón que importas plantas y árboles de la Tierra y forestas las montañas. Y construyes represas para retener el agua. Tendrías energía permanente, y sólo necesitarías unas pocas centrales energéticas grandes, que siempre estarían funcionando...
Skottery reflexionó.
—Tenemos toda la energía que necesitamos.
—¡Pero mira los gastos!
—Nuestros ingresos los cubren.
—Podrías hacer más dinero. Difals y sofals.
—Hemos obtenido exactamente las mismas ganancias durante trescientos años —explicó Skottery—. Nuestros ingresos netos son constantes. Todo funciona a la perfección. No logras entender nuestro sistema económico, según veo. Como tenemos todo lo que necesitamos, no hace falta más dinero. Ni siquiera un fal más.
—Tus competidores...
—Sólo tenemos tres, que están satisfechos con sus ganancias.
—¿Y si yo los interesara en mi plan?
—Sería imposible —explicó Skottery pacientemente—. No se interesarían más que yo. Me alegra haberte recibido. ¡Que seas digno del nombre de tu padre!
—¡Peces sin alma! —aulló Bronson, perdiendo los estribos—. ¿No tienen sangre roja bajo esa piel verde? ¿Nadie en este mundo sabe lo que significa pelear? —Se dio un puñetazo en la palma—. Sería indigno del nombre del viejo Seumas Bronson si no te golpeara ya mismo ese cuerpo inmundo...
Skottery apretó un botón. Aparecieron dos venusinos corpulentos. El jefe de Energía Hidráulica señaló a Bronson.
—Saquen eso de aquí —dijo.

El capitán Rufus Munn estaba en uno de los estudios de televisión con Bart Underhill.
Estaban sentados al lado de Hakkapuy, propietario de Veetsy, que podría significar algo así como Cosquillas Húmedas. Miraban el comercial del producto de Hakkapuy, proyectado sobre la pared.
Apareció un venusino, las piernas abiertas, los brazos sobre las caderas. Alzó una mano, los seis dedos bien separados, y dijo:
—Todos bebemos agua. El agua es buena. La vida necesita agua. Veetsy también es bueno. Con cuatro fals se compra una esfera de Veetsy. Eso es todo.
Desapareció. Colores ondulantes cruzaron la pantalla y sonó una música de extraño ritmo. Munn se volvió a Hakkapuy.
—Eso no es publicidad. Así no se consiguen clientes.
—Bien, es tradicional —dijo débilmente Hakkapuy.
Munn abrió un envoltorio, extrajo un vaso de boca ancha y pidió una esfera de Veetsy.
Se lo dieron y volcó el fluido verde en el vaso. Después introdujo media docena de bolas de color y añadió un trozo de hielo seco, que se hundió hasta el fondo. Las bolas subían y bajaban con rapidez.
—¿Ves? —dijo Munn—. Efecto visual. Las bolas son apenas más pesadas que Veetsy. Es el equivalente visual de Cosquillas Húmedas. Exhibe eso en tu comercial, con un buen parlamento. Verás como suben tus ventas.
—No estoy seguro —dijo Hakkapuy con cierto interés. Munn extrajo un fajo de papeles y golpeó el nicho de la pared. Al rato entró un venusino gordo y dijo:
—Que sean dignos de los nombres de sus ancestros. 
Hakkapuy lo presentó como Lorish.
—He pensado que Lorish debe conocer todo esto. ¿Te importaría repetirlo?


—En absoluto —dijo Munn—. Ahora, el principio de la exhibición en escaparates...
Cuando terminó, Hakkapuy se volvió hacia Lorish, que se encogió de hombros lentamente.
—No —dijo.
Hakkapuy frunció los labios.
—Vendería más Veetsy.
—Y alterarías nuestros esquemas económicos —dijo Lorish—. No. 
Munn le clavó los ojos.
—¿Por qué no? El dueño de Veetsy es Hakkapuy, ¿no es cierto? ¿Quién eres tú? ¿Un censor?
—Represento al tarkomar de los publicistas —explicó Lorish—. Verás; la publicidad en Venus es muy ritual. Jamás cambia. ¿Por qué tendría que cambiar? Si dejamos que Hakkapuy utilice tus ideas, somos injustos con los otros fabricantes de refrescos.
—Podrían hacer lo mismo —señaló Munn.
—Una carrera competitiva que desembocaría en un colapso total. Hakkapuy gana bastante dinero, ¿no es verdad, Hakkapuy?
—Supongo que sí.
—¿Acaso cuestionas los principios de los tarkomars?
Hakkapuy tragó saliva.
—No —se apresuró a decir—. ¡No, no, no! Tienes toda la razón.
Lorish le miró.
—Muy bien. En cuanto a ti, terráqueo, te aconsejo no perder más tiempo en este... proyecto.
Munn enrojeció.
—¿Me estás amenazando?
—Claro que no. Simplemente me refiero a que ningún publicista podría utilizar tu idea sin consultar a mi tarkomar, y nosotros la vetaríamos.
—Seguro —dijo Munn—. Bien. Vamos, Bart. Salgamos de aquí.
Se fueron y conversaron mientras caminaban a lo largo de un canal. Underhill pensaba.
—Los tarkomars han conservado el equilibrio del poder durante mucho tiempo, según parece. Quieren que las cosas sigan como están. Eso es obvio.
Munn gruñó.
—Tendríamos que alterar todo el sistema para llegar a algo —continuó Underhill—. Pero sin embargo....
—¿Qué?
—Creo que tenemos un elemento a favor.
—¿Cuál?
—Las leyes.
—¿Cómo se te ocurre? —preguntó Munn—. Están todas en contra de nosotros.
—Hasta ahora, sí. Pero son tradicionalmente rígidas e inflexibles. Una decisión tomada hace trescientos años sólo puede ser cambiada mediante un proceso judicial. Si encontráramos una omisión en esas leyes, no podrían tocarnos.
—Bien, encuéntrala —dijo Munn, enfadado—. Yo volveré a la nave para ayudar a Steve con esa máquina de rayos X.
—Creo que iré a la Bolsa para husmear un poco —dijo Underhill—. Quizás...

Una semana después la máquina de rayos X estaba terminada. Munn y Thirkell investigaron las normas legales de Vyring y descubrieron que se les permitía vender un aparato de invención propia sin pertenecer a un tarkomar, siempre que respetaran ciertas restricciones triviales. Imprimieron panfletos y los distribuyeron por la ciudad, y los venusinos fueron a observar cómo Munn y Thirkell demostraban los méritos de los rayos Roentgen.
Ese día Mike Águila Rauda se tomó un descanso. Fumó un cigarrillo tras otro de su escasa provisión. Ardía de furia e impotencia. Los cultivos hidropónicos le habían presentado problemas.
—¡Un disparate! —le dijo a Bronson—. Luther Burbank se habría vuelto loco de furia. Igual que yo. ¿Cómo diablos puedo combinar estos especímenes ambiguos de la flora venusina?
—Bien, no parece muy justo —le consoló Bronson—. Dieciocho sexos, ¿eh?
—Dieciocho hasta ahora. Y cuatro variantes que al parecer no son sexuadas. ¿Cómo puedes combinar esos hongos degenerados? Habría que exhibir el producto en una feria.
—¿No llegas a ningún resultado?
—Oh, sí —dijo amargamente Mike Águila Rauda—. A toda clase de resultados. El problema es que ninguno es constante. Un día crío un hongo con gusto a ron, y no crece como corresponde. Las esporas se transforman en algo con gusto a trementina. Ya ves...
Bronson parecía comprenderle.
—¿No podrías birlarles algunos hongos cuando no te miran? Así el trabajo no sería del todo inútil...
—Me revisan por completo —dijo el navajo.
—Canallas mugrientos   —aulló   Bronson—.   ¿Qué   creerán   que   somos? ¿Delincuentes?
—Hm. Algo sucede afuera. Echemos un vistazo.
Salieron del Buena Voluntad, y encontraron a Munn discutiendo apasionadamente con Jorust, que había venido a examinar personalmente la máquina de rayos X. Una multitud de venusinos observaba con avidez. Munn tenía la cara carmesí.
—Me he asesorado —decía—. Esta vez no podrás detenerme, Jorust. Es totalmente legal construir una máquina y venderla fuera de los límites de la ciudad.
—Por cierto —dijo Jorust—. No me quejo por eso.
—¿Entonces? No estamos infringiendo ninguna ley.
La mujer hizo una seña y un venusino gordo se adelantó pesadamente.
—Patente tres gruesas catorce al cuadrado dos docenas, concedida a MetziStarg del año Mylosh, doce a la cuarta potencia, placas sensibilizadas.
—¿Qué es eso? —preguntó Munn.
—Es una patente —le dijo Jorust—. Fue concedida hace un tiempo a un inventor venusino llamado MetziStarg. Un tarkomar compró y suprimió el proceso, pero todavía es ilegal utilizarlo.
—¿Quieres decir que alguien ya inventó una máquina de rayos X en Venus?
—No. Sólo película sensibilizada. Pero eso es parte de tu aparato, así que no puedes venderlo...
Thirkell no se dio por vencido.
—No necesito película...
—Patente vibratoria tres gruesas dos docenas y siete —dijo el venusino gordo.
—¿Y ahora, qué? —interrumpió Munn. Jorust sonrió.
—Las máquinas que emplean vibración violan esa patente, capitán.
—Esto es una máquina de rayos X —exclamó Thirkell.
—La luz es una vibración —le dijo Jorust—. No pueden venderla sin comprar la licencia del tarkomar que ahora posee la patente. Costaría... a ver, unos cinco mil sofals.
Thirkell se volvió abruptamente y entró en la nave, donde se preparó un whisky con soda y evocó con nostalgia los gérmenes de difteria. Los otros aparecieron después, con aire consternado.
—¿Puede hacernos eso? —preguntó Thirkell.
—Claro que puede, compañero —dijo Munn—. Ya ves que lo ha hecho.
—No estamos violando sus patentes.
—Esto no es la Tierra. Aquí las leyes de patente son tan amplias que si alguien inventa un rifle, nadie más puede fabricar miras telescópicas. Estamos igual que antes.
—De nuevo los tarkomars —dijo Underhill—. Cuando te detectan un proceso de invención que podría implicar cambios, lo compran y lo anulan. No se me ocurre ningún invento que pudiéramos hacer sin violar una u otra patente venusina.
—Se atienen a la ley —observó Munn—. A la ley de ellos. Así que ni siquiera podernos desafiarles. Mientras estemos en Venus, estamos sujetos a su jurisprudencia.
—Los guisantes están bajando —dijo morosamente Thirkell.
—Como todo —repuso el capitán—. ¿A alguien se le ocurre algo?
Hubo silencio. Luego Underhill tomó una esfera de Veetsy y la puso sobre la mesa.
—¿De dónde la has sacado? —preguntó Bronson—. Vale cuatro fals.
—Está vacía —dijo Underhill—. La encontré en un bote de basura. Estuve investigando la cristalita..., el material que emplean para hacer estas cosas.
—¿Y qué has descubierto?
—Ya descubrí cómo lo hacen. Es un proceso difícil y caro. No es mejor que nuestro flexiglass, y mucho más difícil de hacer. Si tuviéramos aquí una fábrica de flexiglass...
—¿Sí?
—Cristalita Amalgamada quebraría.
—No entiendo —dijo Bronson—. ¿Y con eso, qué?
—¿Nunca oiste hablar de campañas de rumores? —preguntó Underhill—. Mi padre ganó más de una elección de ese modo, el viejo zorro. Por ejemplo, hacemos correr el rumor de que hay un proceso nuevo para fabricar un sustituto de la cristalita, más barato y mejor. ¿No bajarían las acciones de Cristalita?
—Posiblemente —dijo Munn.
—Tal vez así podamos sacar algún provecho.
—¿Con qué?
—Oh... —Underhill hizo una pausa—. Para hacer dinero se necesita dinero.


—Siempre.
—Quién sabe. Tengo otra idea. Venus se rige por el patrón hierro. El hierro es barato en la Tierra. Podríamos hablar de traer hierro aquí, y de desperdigarlo por todas partes. Cundiría el pánico, ¿no?
—No sin hierro para desperdigar —dijo Munn—. La televisión se encargaría de la antipropaganda. No podríamos competir. Nuestra campaña de rumores sería aplastada aun antes de empezar. El gobierno venusino, los tarkomars, simplemente negarían que la Tierra tiene provisiones ilimitadas de hierro. En cualquier caso, no nos serviría de nada.
—Tiene que haber un modo. —Underhill frunció el ceño—. Veamos, tiene que haberlo. ¿Cuál es el fundamento del sistema venusino?
—La falta de competencia —dijo Mike Águila Rauda—. Cada cual tiene todo lo que quiere.
—Quizás. En la superficie. Pero el instinto competitivo es demasiado fuerte para suprimirlo así. Apostaría a que muchos venusinos querrían ganar unos cuantos fals extra.
—¿Eso adónde nos lleva? —quiso saber Munn.
—El método de mi padre... Hm-m-m. Maniobró con los hilos, hizo que la gente fuera a él ¿Cuál es el punto débil de la economía venusina?
Munn titubeó.
—Nada que esté a nuestro alcance. Tenemos demasiadas desventajas.
Underhill cerró los ojos.
—La base de un sistema social y económico es... ¿Qué?
—El dinero —dijo Bronson.
—No. La Tierra se rige por el patrón radio. Años atrás era el oro o la plata. El de Venus es el hierro. Y además está el sistema de trueque. En realidad, el dinero es una variable.
—El dinero representa los recursos naturales —empezó Thirkell.
—Horas-hombre —murmuró Munn. Underhill dio un brinco.
—¡Eso es! Claro. Horas-hombre. Ésa es la constante. Lo que un hombre produce en una hora representa una constante arbitraria. Dos dólares, doce difals, lo que sea. Ésa es la base de cualquier organización económica. Y es la base que tenemos que socavar. El culto de los antepasados, el poder de los tarkomars, son en verdad superficiales. Una vez debilitado el sistema básico, lo demás se desmorona.
—No entiendo adónde nos lleva esto —dijo Thirkell.
—Alteremos la hora-hombre —explicó Underhill—. Si lo logramos, puede ocurrir cualquier cosa.
—Mejor que ocurra —dijo Bronson—, y pronto. Nos queda poca comida.
—Cállate —dijo Munn—. Creo que el chico tiene razón. Alterar la constante hora-hombre, ¿eh? ¿Cómo podríamos conseguirlo? ¿Instrucción? ¿Entrenar a un venusino para que duplique la producción en el mismo lapso de tiempo? ¿Mano de obra especializada?
—Ya la tienen —dijo Underhill—. Si pudiéramos hacerles trabajar más rápido, aumentar sus energías...
—Anfetaminas —interrumpió Thirkell—. Con bastante cafeína, complejos vitamínicos y riboflavina. Podría producir un estimulante, claro que sí.
Munn asintió lentamente.
—Píldoras, no inyecciones. Si esto funciona, tendremos que hacerlo bajo cuerda durante un tiempo.
—¿Qué demonios ganamos con hacer que los venusinos trabajen más rápido? — preguntó Bronson.
Underhill chasqueó los dedos.
—¿No te das cuenta? Venus es ultraconservador. El sistema económico es estático. No está adaptado para el cambio. ¡Armaremos un desbarajuste endemoniado!
—Necesitaremos publicidad para suscitar el interés público, antes que nada — dijo Munn—. Una demostración práctica —miró a su alrededor y posó la mirada en Mike Águila Rauda—. Creo que el candidato eres tú, piel roja. Tienes más vitalidad que cualquiera de nosotros, de acuerdo con los test que nos hicieron en la Tierra.
—Bueno —dijo el navajo—. ¿Qué tengo que hacer?
—¡Trabajar! —le dijo Underhill—. ¡Deslomarte trabajando! ¡Eah!
Empezaron a primera hora de la mañana siguiente, en la plaza principal de Vyring.
Munn se había cerciorado de todos los detalles, resuelto a asegurarse de que nada saliera mal, y se había enterado de que iban a construir un edificio de recreación en la plaza.
—El trabajo no empezará hasta dentro de varias semanas —dijo Jorust—. ¿Por qué?
—Queremos cavar un agujero allí —dijo Munn—. ¿Es legal?
La venusina sonrió.
—Desde luego. El terreno es público, hasta que los contratistas empiecen. Pero una demostración fuerza muscular no les ayudará, me temo.
—¿Qué dices?
—No soy tonta. Están tratando de conseguir empleo. Esperan lograrlo haciendo publicidad de sus habilidades. ¿Pero por qué hacerlo así? Cualquiera puede cavar un agujero. No es trabajo especializado.
Munn gruñó. Si Jorust quería sacar conclusiones apresuradas, allá ella.
—La publicidad da buenos resultados —dijo—. Si en la Tierra pones a trabajar una pala mecánica, la gente se junta para mirar. No tenemos una pala mecánica, pero...
—Bien, como gustes. Legalmente tienes el derecho. Pero no pueden obtener un empleo sin ingresar en un tarkomar.
—A veces creo que tu planeta estaría mejor sin los tarkomars —dijo audazmente Munn.
Jorust movió los hombros.
—Entre nosotros, a menudo he pensado lo mismo. Soy una mera administradora, sin embargo. No tengo poder real. Hago lo que me piden. Si estuviera permitido, me agradaría prestaros el dinero que necesitan.
—¿Qué? —Munn se quedó mirándola—. Creí que...
La mujer se endureció.
—No está permitido. La tradición no siempre es sabiduría, pero no puedo hacer nada al respecto. Desafiar a los tarkomars es impensable e inútil para nosotros. Lo lamento.
Munn se sintió un poco mejor después de esta charla. No todos los venusinos eran enemigos. Los todopoderosos tarkomars, celosos de su poder, fanáticamente aferrados al statu quo, eran los responsables de este enredo.
Cuando regresó a la plaza, los otros estaban esperando. Bronson había instalado un letrero en venusino fonético, y había preparado una zapa, un pico, una pala, una carretilla y tablas para el navajo. La silueta musculosa y broncínea aguardaba en el viento fresco, desnuda hasta la cintura. Unos botes del canal se habían detenido para observar.
Munn miró el reloj.
—Bien, piel roja. Adelante. Steve puede empezar...
Underhill se puso a batir un tambor. Bronson anotó cifras en el letrero:

4:03:00. Hora Venusina de Vyring.
 
Thirkell fue hasta una mesa cercana, atiborrada de recipientes y equipo médico. Sacó de un frasco una de las píldoras estimulantes que había preparado y se la dio a Mike Águila Rauda. El indio la tragó, levantó la zapa y se puso a trabajar.
Eso era todo.
Un hombre cavando un agujero. Cual fuera la fascinación del espectáculo, nadie podía averiguarlo.
El principio es el mismo, trátese de un artefacto mecánico arrancando una tonelada de tierra de una palada, o un navajo robusto y sudoroso que empuña pala y pico. El número de botes creció.
Mike Águila Rauda siguió trabajando. Pasó una hora. Otra. Había períodos de descanso breves y regulares, y Mike cambiaba de vez en cuando de herramienta para hacer trabajar todos los músculos. Después de remover la tierra con la zapa, paleaba dentro de la carretilla, llevaba la carga por una planchada y la volcaba a cierta distancia en un montículo cada vez más grande. Tres horas. Cuatro. Mike interrumpió la faena para un pequeño almuerzo. Bronson seguía anotando la hora en el letrero.
Thirkell le dio otra píldora al navajo.
—¿Cómo te sientes?
—Bien. Tengo bastante resistencia.
—Lo sé. Pero estos estimulantes te ayudarán.
Underhill escribía a máquina. Ya había tipeado muchas hojas, pues se había puesto a trabajar poco después que Mike Águila Rauda. Bronson había redescubierto un talento olvidado: Hacía malabarismos con mazas y pelotas de color. Llevaba un buen rato dedicado a ese ejercicio.
El capitán Rufus Munn operaba una máquina de coser. La tarea no le gustaba especialmente, pero era trabajo de precisión y por lo tanto, útil para el plan. Todos hacían algo menos Thirkell. El médico se ocupaba de administrar las píldoras y poner cara de alquimista.
Ocasionalmente se acercaba a Munn y Underhill, juntaba fajos de papel y paños cuidadosamente cosidos, y los depositaba en varias cajas cerca del canal, etiquetadas:
"Llévese una". En la tela había una leyenda bordada a máquina en venusino: "Un recuerdo de la Tierra". La muchedumbre crecía.


Los terráqueos seguían trabajando. Bronson continuaba con sus juegos malabares, con pausas para descansar. Luego intentó trucos con monedas y naipes. Mike Águila Rauda seguía cavando. Munn cosía. Underhill dactilografiaba, y los venusinos leían lo que escribían sus ágiles dedos.
"¡Gratis! ¡Gratis! ¡Gratis!", rezaban los panfletos. 

¡Fundas para almohada de la Tierra! ¡Un espectáculo gratis! Vean cómo los terráqueos demuestran vitalidad, habilidad y precisión de cuatro modos distintos. ¿Cuánto tiempo resistirán? Con la ayuda de PÍLDORAS PODEROSAS... seguirán ¡indefinidamente! La fuerza se duplica y la precisión se incrementa con PÍLDORAS PODEROSAS... ¡El mejor estímulo! Un producto médico de la Tierra que puede lograr que un hombre valga dos veces su peso en sofals.

Siguieron así. El viejo juego de la aglomeración... con variaciones. Los venusinos no podían resistirse. Corrió el rumor. La multitud creció. ¿Cuánto tiempo conservarían ese ritmo los terráqueos?
Lo conservaron. Las píldoras estimulantes de Thirkell además de las inyecciones de vitaminas que esa mañana había suministrado a sus compañeros surtían efecto. Mike Águila Rauda cavó como un castor. El sudor le brotaba del torso brillante y broncíneo. Bebía prodigiosamente y comía tabletas de sal.
Munn seguía cosiendo, sin errar una puntada. Sabía que sus productos serían examinados escrupulosamente en busca de signos de descuido. Bronson seguía con sus juegos y trucos, sin equivocarse nunca. Underhill tecleaba con los dedos doloridos.
Cinco horas. Seis horas. Aun con los períodos de descanso, estaba resultando agotador. Habían traído comida del Buena voluntad, pero no era demasiado digerible. Además, Thirkell la había seleccionado cuidadosamente por las calorías.
Siete horas. Ocho horas. Las multitudes volvieron intransitables los canales. Un policía se acercó y discutió con Thirkell, quien a su vez lo derivó a Jorust. Y Jorust, al parecer, lo reprendió, pues el policía volvió después para mirar sin interferir.
Nueve horas. Diez horas. Diez horas de esfuerzos hercúleos. Los hombres estaban exhaustos, pero seguían adelante. Para entonces habían logrado su cometido pues unos pocos venusinos se acercaron a Thirkell y le hicieron preguntas sobre las Píldoras Poderosas. ¿Qué eran? ¿De veras hacían trabajar más rápido? ¿Cómo podían comprarlas?
El policía se acercó de nuevo a Thirkell.
—Tengo un mensaje del tarkomar médico —anunció—. Si usted trata de vender una de esas píldoras, irá a la cárcel.
—Jamás se me ocurriría —dijo Thirkell—. Las damos como muestras gratuitas. Toma, amigo —metió la mano en una bolsa y arrojó una Píldora Poderosa al venusino más cercano—. Con eso tu trabajo rendirá el doble. Vuelve mañana y tendrás más. ¿Quieres una, compañero? Tú también. Toma.
—Un momento... —dijo el policía.
—Consíguete una orden de arresto —le dijo Thirkell—. Ninguna ley prohibe hacer regalos.
Jorust apareció con un venusino morrudo con cara de pocos amigos. Lo presentó como el jefe de los tarkomars de Vyring.
—Estoy aquí para ordenarles terminar con esto —dijo el venusino.
Thirkell ya tenía preparada una respuesta. Sus compañeros seguían trabajando, pero el médico sabía que le observaban y escuchaban.
—¿Cuál es la razón?
—Bueno... La venta callejera.
—No estoy vendiendo nada. Esto es dominio público. Hemos montado un espectáculo gratuito.
—Esas... eh... píldoras poderosas...
—Son para regalar —dijo Thirkell—. Escucha amigo, cuando les regalamos nuestra comida, hato de canallas, ¿alguien protestó? No, la recibieron. Y después, las restricciones. Cuando pedimos la devolución de nuestros alimentos, nos dijeron que no teníamos derecho a reclamar. La ley no podía cancelar las donaciones, siempre y cuando los objetos fueran nuestros. Es lo que estamos haciendo ahora también..., donaciones. ¿Qué más?
A Jorust le titilaban los ojos, pero se apresuró a entornarlos.
—Entiendo que está en lo cierto. La ley le ampara. No causa un gran daño.
Thirkell quedó intrigado. ¿Habría comprendido Jorust el plan y se ponía de parte de ellos? El jefe de los tarkomars se puso verde oscuro, titubeó, giró sobre los talones y se fue. Jorust dirigió a los terráqueos una mirada prolongada y enigmática, movió los hombros y le siguió.

—Todavía estoy tieso —dijo Mike Águila Rauda una semana después, en el Buena Voluntad—. Y además, hambriento. ¿Cuándo tendremos comida?
Thirkell se asomó por la tronera para entregarle una Píldora Poderosa a un venusino, y regresó frotándose las manos con satisfacción.
—Espera, ten paciencia. ¿Qué novedades hay, capitán?
Munn señaló a Underhill.
—Pregúntale al chico. Acaba de regresar de Vyring.
Underhill rió.
—Un lío del demonio. Y en una semana. Sin duda que hemos hecho temblar la base de la economía. Todos los venusinos que fabrican cosas quieren nuestras píldoras para acelerar la producción y ganar más fals. Es el instinto competitivo, que es universal.
—Bueno. ¿Y qué opinan esos mandones con cara de lagartos? —preguntó Bronson.
—No les gusta. Hace oscilar la organización económica que ellos han mantenido inmóvil durante siglos. Hasta ahora un venusino ganaba exactamente diez sofals por semana, por ejemplo, fabricando cinco mil tapas de botella. Con las píldoras de Steve fabrica ocho o diez mil, y por lo tanto gana más dinero. Su compañero dice: ¡Qué diablos! Y viene aquí en busca de Píldoras Poderosas para él. Así se difunde. Y lo mejor del caso es que no todo el trabajo se mide por la producción. Es imposible. Para eso hacen falta objetos tangibles. Al operador de una máquina climática le pagan por el tiempo que trabaja, no por las gotas de lluvia que hace caer en un día.
—¿Te refieres a la envidia? —dijo Munn.
—Bueno..., mira —dijo Underhill—. Un operador de máquinas climáticas ganaba hasta ahora lo mismo que el fabricante de tapas de botella, diez sofals por semana. Ahora el fabricante de tapas gana veinte sofals. Al operador no le gusta nada. También está dispuesto a ingerir Píldoras Poderosas, pero con eso no mejora su producción. Pide un aumento. Si lo consigue, la economía se altera aún más. Si no lo consigue, otros operadores se le unen y declaran que es una discriminación injusta. Se enfurecen con los tarkomars ¡y van a la huelga!
—Los tarkomars han prohibido trabajar a los venusinos que toman nuestras píldoras —dijo Mike Águila Rauda.
—Y los venusinos siguen pidiéndolas. ¿Y qué? ¿Cómo prueban quién las ingiere y quién no? La producción aumenta, claro. Pero los tarkomars no pueden ensañarse con todos los que producen bien. Lo han intentado, y muchos fulanos que jamás habían probado las Píldoras Poderosas se pusieron furiosos. Eran trabajadores eficientes, eso era todo.
—Hemos hecho una demostración exitosa, convincente —dijo Thirkell—. He tenido que disminuir la fuerza de las píldoras pues ya queda menos sustancia activa. Pero la sugestión nos ayuda.
Underhill sonrió.
—De modo que la base, la unidad hora-hombre, se ha ido al diablo. Una pequeña llave arrojada en la parte más sensible del mecanismo. Además se propaga. No sólo en Vyring. La noticia se está difundiendo en todo Venus, y los obreros de otras ciudades preguntan por qué la mitad de los trabajadores de Vyring reciben mejor paga. Allí es donde nos ayuda el patrón monetario unificado: Un mismo sistema en todo Venus. Aquí no ha habido un desajuste en siglos. Y ahora...
—Ahora el sistema se derrumba —dijo Munn—. Es una falla natural en una organización rígida y perfectamente integrada. Por falta de un clavo los tarkomars pierden el dominio de la situación. Han olvidado cómo equilibrarla.
—Se difundirá —dijo confiadamente Underhill—. Se difundirá. Steve, allí viene otro cliente.
Underhill se equivocaba. Entraron Jorust y el jefe de los tarkomars de Vyring.
—Que sean dignos de los nombres de sus ancestros —dijo cortésmente Munn—. Acerquen unas sillas y beban una copa, aún nos quedan algunos bulbos de cerveza.
Jorust obedeció, pero el venusino se hamacó hurañamente sobre los talones.
—Malsi está preocupado —dijo la mujer—. Estas Píldoras Poderosas están causando problemas.
—No entiendo por qué —dijo Munn—. Incrementan la producción, ¿verdad?
Malsi torció la boca.
—¡Es un truco! ¡Una estratagema! ¡Abusan de nuestra hospitalidad!


—¿Cuál hospitalidad? —preguntó Bronson.
—Están amenazando el sistema —siguió tercamente Malsi—. En Venus no hay cambios. No debe haberlos.
—¿Por qué no? —preguntó Underhill—. Hay una sola razón, y tú la conoces. Cualquier progreso podría atentar contra los tarkomars, contra el poder que detentan. Hace siglos que dominan la situación. Han suprimido los inventos para estancar al planeta, tratan de quitarle la iniciativa a la raza sólo para permanecer en la cúspide. Es imposible. Siempre hay cambios. Si no hubiéramos llegado nosotros, eventualmente se habría producido una explosión interna.
Malsi lo fulminó con la mirada.
—Dejen de preparar esas Píldoras Poderosas.
—La ley —dijo serenamente Thirkell—. Muéstranos un antecedente.
—El derecho a donar es uno de los más antiguos en Venus, Malsi —dijo Jorust—. Esa ley podría ser cambiada, pero no creo que al pueblo le guste.
—No, no le gustaría —dijo Munn, sonriente—. Sería el acabóse. Los venusinos han aprendido que es posible ganar más dinero. Si se les quita esa oportunidad, los tarkomars dejarán de parecer gobernantes benévolos.
Malsi se puso más verde oscuro.
—Tenemos poder...
—Jorust, eres administradora. ¿Nos amparan vuestras leyes? —preguntó Underhill.
Ella se encogió de hombros.
—Sí, así es. Las leyes son sacrosantas. Quizá porque siempre han estado destinadas a proteger a los tarkomars.
Malsi se volvió hacia ella.
—¿Estás de parte de los terráqueos?
—No, claro que no, Malsi. Simplemente respaldo la ley, de acuerdo con mi juramento ceremonial. O sea sin prejuicios, ¿verdad?
—Dejaremos de preparar las píldoras, si quieres —dijo Munn—. Pero te advierto que será sólo un respiro. No se puede frenar el progreso.
—¿Dejarán de hacerlas? —dijo Malsi, no totalmente convencido por los argumentos del capitán.
—Claro. Si nos pagas.
—No podemos pagarles —dijo tercamente Malsi—. No pertenecen a ningún tarkomar. Sería ilegal.
—Oh, pero pueden hacerles una donación. Diez mil sofals, por ejemplo —sugirió Jorust.
—¡Diez mil! —aulló Malsi—. ¡Ridículo!
—En efecto —dijo Underhill—. Cincuenta mil sería más apropiado. Con eso podríamos vivir un año sin privaciones.
—No.
Un venusino se acercó a la tronera, se asomó y dijo:
—Hoy dupliqué mis ganancias. ¿Puedo llevar otra píldora? —Vio a Malsi y desapareció chillando.
Munn se encogió de hombros.
—Como prefieras. Pagas, o continuaremos con nuestros regalos y tendrás que reparar una economía social rígida. No creo que puedas.
Jorust tocó el brazo de Malsi.
—No hay otra salida.
El venusino estaba casi negro de furia e impotencia.
—Yo... De acuerdo —capituló escupiendo las palabras—. No olvidaré esto, Jorust.
—Pero yo debo administrar las leyes —dijo la mujer—. ¡Caramba, Malsi! La norma de los tarkomars siempre ha sido una honestidad inflexible.
Malsi no respondió. Extendió un cheque por cincuenta mil sofals, lo legalizó y le dio el papel a Munn. Luego se despidió de la cabina con una mirada furibunda y se largó.
—¡Bien! —dijo Bronson—. ¡Cincuenta de los grandes! ¡Esta noche comeremos!
—Que sean dignos de los nombres de sus padres —murmuró Jorust; en la puerta, se volvió—. Han irritado a Malsi.
—Qué lástima —dijo Munn.
Jorust simplemente movió los hombros.
—Sí, veo que se va irritado. Malsi representa a los tarkomars.
—¿Qué podrá hacer él? —preguntó Underhill.
—Nada. Las leyes no se lo consentirán. Pero es bueno saber que los tarkomars no son infalibles. Creo que la noticia se propagará.
Jorust le guiñó gravemente el ojo a Munn y se retiró, con la misma cara de inocencia de una gata, e igualmente peligrosa.
—¡Bien! —dijo Munn—. ¿Qué significa eso? ¿El fin de los tarkomars, tal vez?
—Tal vez —dijo Bronson—. Me importa un bledo. Tengo hambre y quiero una seta-bistec. ¿Dónde podremos cobrar un cheque por cincuenta de los grandes?

FIN