2024/01/15

Cuando duerme el que vela (Richard Matheson)


Título original: When the Waker Sleeps
Año: 1950


Si alguien hubiera sobrevolado la ciudad a esa hora del día, o cualquier otro día del año 3850, habría pensado que no quedaba rastro de vida en ella.
Al pasar sobre los chapiteles impolutos habría buscado en vano un ápice de actividad humana. Habría escudriñado las anchas autopistas entrelazadas como la urdimbre y la trama de un inmenso telar y no habría visto ningún automóvil; nada, salvo los carriles desiertos y los semáforos cambiando de color en secuencias mecánicas.
Si hubiera volado a baja altura y sorteado las relucientes torres, habría visto las aceras móviles, los gigantescos ventiladores de rotación pautada que caldeaban las calles en invierno y las refrescaban en verano, las puertas diminutas que se abrían y se cerraban, los surtidores de las fuentes del parque que lanzaban al aire sistemáticas columnas de agua.
Más allá habría salido a campo abierto, donde habría sobrevolado las lustrosas naves que se alineaban frente a los hangares. Todavía más lejos habría vislumbrado el río, los barcos metálicos que descansaban a lo largo de la orilla, echando fina espuma  por la popa, producto del funcionamiento ininterrumpido de sus respiraderos.
Habría regresado a la ciudad, planeando en busca de alguna señal de vida en las anchas avenidas, en el entramado de calles, entre los edificios primorosamente ordenados de la zona de viviendas, en la solidez metálica del sector comercial.
La búsqueda habría resultado infructuosa.
Abajo, todo movimiento habría parecido mecánico. Y, sabiendo de qué ciudad se trataba, habría dejado de buscar ciudadanos para intentar localizar las bajas construcciones metálicas que se extendían a poco más de medio kilómetro, los edificios circulares que albergaban las máquinas infatigables, los ruidosos engranajes al servicio de los habitantes de la ciudad.
Aquellas máquinas lo hacían todo: Filtraban las impurezas del aire, movían las aceras y abrían las puertas, enviaban impulsos sincronizados a los semáforos, hacían funcionar las fuentes y las naves espaciales, los barcos del río y los ventiladores. Eran las máquinas en cuya incontestable eficacia confiaban ciegamente los ciudadanos, que, en ese momento, descansaban en los divanes neumáticos de sus habitaciones. La música que surgía de los altavoces, la brisa fresca de los ventiladores de las paredes, incluso el aire que respiraban; todo provenía de las máquinas o iba a parar a ellas; las indefectibles, fieles e infalibles máquinas.
Entonces se oyó un zumbido. Entonces la ciudad cobró vida.

Un zumbido, un zumbido.
Lo oíste desde el remolino negro del sueño. Frunciste la noble nariz y tiraste de los veinte transmisores neuronales que llevaban a las autopistas de tus extremidades.
El sonido penetró más adentro, atravesó varias capas de somnolencia y te clavó un dedo impaciente en la materia palpitante del cerebro. Volviste la cabeza en la almohada con una mueca.
No cesó. Con mano torpe, cogiste el auricular, abriste un ojo con un tremendo esfuerzo de voluntad y murmuraste algo ininteligible.
—¡Capitán Rackley! —La voz cortante se adelantó.
—Sí —respondiste.
—¡Preséntese de inmediato en el cuartel general!
Aquello acabó con el sueño y el enojo como un viejo irascible barre las piezas del ajedrez del tablero. Los músculos de tu abdomen se activaron y te dejaron sentado. En tu noble pecho, la palpitante bola de carne que imprime velocidad a la sangre tuvo a bien dilatarse y comprimirse con marcada intensidad. Tus glándulas sudoríparas se prepararon para la acción, el peligro, el heroísmo.
—¿Es…?
—¡Preséntese de inmediato! —ladró la voz, y un clic tajante te punzó el oído.
Tú, Justin Rackley, colgaste el auricular y saltaste de la cama con un revuelo de sábanas.
Corriste a la puerta del vestidor y la abriste de golpe. Te zambulliste en sus profundidades y emergiste poco después con unos pantalones ajustados y una guerrera apropiada para ese torso tuyo descomunal. Te los pusiste y te dejaste caer en un asiento cercano para calzarte las botas militares negras.
Tu cara reflejaba pensamientos funestos. Te peinaste el abundante cabello rubio, seguro de cuál era la naturaleza de la emergencia.
¡Los oxidones! ¡Otra vez!
Completamente despierto ya, frunciste la nariz con deliberada elegancia. Pensar en los oxidones, con esas doce patas indicadoras de su ascendencia extraterrestre, con esa repugnante baba reptiliana que rezumaban, te revolvía las tripas.
Saliste corriendo de la habitación, saltaste la barandilla y bajaste las escaleras, preguntándote una vez más dónde se habrían originado aquellos horribles oxidones, qué odioso cruce habría dado origen a su monstruosa especie; preguntándote dónde vivían, dónde proliferaba su horripilante estirpe, dónde mantenían sus reuniones militares, por dónde habían empezado a reptar hacia las grandes fisuras de la Tierra por las que salían en tropel para atacar.
Sin respuesta alguna para esas incontables preguntas, saliste corriendo de casa y bajaste los escalones como una exhalación hacia tu fiel automóvil. Te deslizaste dentro; pulsaste botones, accionaste palancas, pedales y todo lo necesario. En cuestión de minutos atravesabas las calles como una flecha camino de la ancha autopista que te llevaría al cuartel general.
Naturalmente, a esa hora había muy poca gente en la calle. De hecho, no viste a nadie. Fue pasados unos minutos, tras girar con un volantazo, mientras subías veloz como el viento por el carril de incorporación a la autopista, cuando viste otros automóviles que iban zumbando hacia la torre, situada a ocho kilómetros de distancia. Supusiste, acertadamente, que se trataba de otros agentes a los que también habían arrancado del sueño para movilizarlos.
Los edificios pasaban veloces mientras pisabas a fondo, eternamente ceñudo, vivificado por el peligro, oh, intrépido guerrero. Por supuesto que no eras reacio a la acción tras un mes de inactividad, pero las circunstancias eran bastante repugnantes. Pensar en los oxidones daba escalofríos a cualquiera, ¿verdad?
¿Qué los hacía surgir de sus pozos desconocidos? ¿Por qué querían destrozar las máquinas, hacer que la gangrena que destilaban corroyera el metal y desprendiera los dientes de los engranajes como pétalos de una flor marchita? ¿Qué pretendían?
¿Destruir la ciudad? ¿Gobernar a sus habitantes? ¿Aniquilarlos? Preguntas inquietantes, preguntas sin respuesta.
"Bueno", pensaste al entrar en el aparcamiento del cuartel general. "Los oxidones sólo han conseguido llegar hasta unas cuantas máquinas exteriores, entre las cuales no se cuenta la mía, gracias al cielo".
Por lo menos, no sabían más que tú acerca de dónde estaba la Gran Máquina, el fabuloso manantial de energía que impulsaba todas las demás.
Te deslizaste por el asiento del automóvil notando el roce de la tela del pantalón militar y bajaste de un salto al extenso aparcamiento. El taconeo de tus botas negras te acompañó mientras corrías hacia la entrada. Otros agentes se apearon de los automóviles y también atravesaron corriendo la explanada. Nadie decía nada; todos estaban ceñudos. Algunos te saludaron con un seco movimiento de cabeza mientras subían en el ascensor.
"Mal asunto", pensaste.
Sentiste una presión en las ingles cuando la puerta se abrió con un jadeo hidráulico. Saliste y caminaste en silencio por el pasillo hasta la espaciosa sala de reuniones.
Ya estaba casi llena. Hombres jóvenes, invariablemente apuestos y musculosos, formaban pequeños rebaños mientras hablaban sobre los oxidones en voz baja. Las paredes grises insonorizadas absorbían sus comentarios y devolvían aire inerte.
Los hombres te saludaron con la cabeza cuando entraste y reanudaron sus conversaciones. El capitán Justin Rackley, ése eres tú, se sentó en primera fila.
Levantaste la mirada. La puerta que daba a los rangos superiores se abrió de golpe. El general entró a grandes zancadas con un fajo de papeles en el puño. También él estaba ceñudo.


Subió a la tarima y dejó con brusquedad los papeles en la robusta mesa. Se sentó en el borde y golpeó una pata con la bota hasta que todos tus compañeros oficiales disolvieron los grupos y tomaron asiento. El silencio planeó sobre sus cabezas. El general apretó los labios y dio una fuerte palmada en la mesa.
—Caballeros —dijo con aquella voz que parecía surgida de una antigua tumba—, la ciudad se encuentra de nuevo en grave peligro.
Hizo una pausa; parecía capaz de gestionar cualquier crisis. Tú esperabas ascender algún día a general y parecer capaz de gestionar cualquier crisis. "¿Por qué no?", pensaste.
—No malgastaré un tiempo precioso —prosiguió el general, malgastando un tiempo precioso—. Todos conocen sus posiciones; todos saben cuál es su deber. Cuando termine esta reunión, se presentarán en el arsenal para recoger las pistolas de rayos. Tengan presente en todo momento que ningún oxidón debe llegar con vida a la maquinaria. Disparen a matar. Los rayos no son dañinos, repito, no son dañinos para la maquinaria.
Miró a sus hombres, jóvenes e impacientes.
—También conocen los peligros del veneno de los oxidones —añadió—. Por tanto, dado que el más ligero roce de sus aguijones causa una muerte agónica, se les asignará, como ya saben, una enfermera especializada en combatir los venenos sistémicos. Así que, cuando salgan del arsenal, preséntense en el Departamento de prevención.
Guiñó un ojo, cosa absolutamente fuera de lugar, y añadió con marcada intención: 
—Recuerden: ¡Hemos venido aquí a hacer la guerra! ¡Y sólo la guerra!
Aquello, por supuesto, provocó sonrisas de complicidad, comentarios maliciosos y más de un gesto poco marcial. Después el general se recuperó de su pequeña exhibición de humor y camaradería, y volvió al tono estricto de desapego despótico.
—Cuando se les haya asignado la enfermera, aquellos cuyas máquinas estén a más de veinticinco kilómetros de la ciudad se presentarán en el puerto espacial para que se les proporcione un aerocoche. Después procederán todos con la máxima celeridad. ¿Preguntas?
Ninguna.
—No creo necesario recordarles la importancia de esta defensa —concluyó el general—. Como bien saben, si los oxidones llegaran a la ciudad, si atacaran el núcleo de nuestro sistema mecánico, si (¡Dios no lo quiera!) localizaran la Gran Máquina, solo cabría esperar la peor masacre. Destrozarían la ciudad; nos aniquilarían; el hombre sería derrocado.
Los soldados lo miraron con los puños apretados, embriagados por el patriotismo como los sátiros por el alcohol, un patriotismo que también bullía en ti, Justin Rackley.
—Eso es todo —dijo el general con un saludo—. Buena caza.
Bajó de un salto de la tarima y se dirigió a la puerta, que, como por arte de magia, se abrió una fracción de segundo antes de que su impetuosa nariz se aplastara contra ella.
Te levantaste con un hormigueo en los músculos. "¡Adelante! ¡Salvemos nuestra preciosa ciudad!"
Pasaste entre las filas ya desordenadas. De nuevo en el ascensor, hombro con hombro con tus camaradas, una palpitante sensación de alerta te recorría el cuerpo joven y saludable.
El arsenal. Las paredes acolchadas amortiguaban el sonido. Hiciste fila, ceñudo como siempre, arrastrando los pies para recoger el arma. Llegaste al mostrador. Era como una oficina de cambio: Le enseñaste al hombre tu tarjeta de identificación y te entregó una reluciente pistola de rayos y una cartuchera de munición para llevar al hombro.
Después saliste por la puerta y bajaste los escalones recubiertos de caucho hasta el Departamento de prevención. La sangre te corría por las venas como en una montaña rusa.
Eras el cuarto de la fila, y ella, la cuarta de la otra fila, así que te la asignaron.
Examinaste su figura y notaste que el uniforme, aunque parecido al tuyo, le quedaba distinto. Aquello te apartó momentáneamente de tus propósitos marciales. Vaya. La lujuria, implacable, exigía tu atención.
—Capitán Rackley —dijo el hombre—, le presento a la teniente Forbes. Es su única garantía de supervivencia en caso de que lo pique un oxidón. Asegúrese de permanecer cerca de ella en todo momento.
No te pareció una tarea muy desagradable. Saludaste al hombre, intercambiaste un aleteo de pestañas con la joven y ladraste la orden de partida. Se encaminaron hacia el ascensor.
Mientras bajaban en silencio, la mirabas de vez en cuando. Lamentaciones largo tiempo olvidadas se reavivaron en tu cerebro revitalizado. Te atrajeron los rizos oscuros que le caían sobre la frente y se le amontonaban en los hombros como retorcidos dedos negros. Notaste que tenía unos ojos castaños de mirada suave, como surgidos de un sueño. ¿Por qué sería de otro modo?
Sin embargo, algo te apartaba de tus insustanciales cavilaciones. ¿Podría ser el deber? De pronto, al recordar lo que ibas a hacer, volviste a sentir miedo. Las amorosas ensoñaciones se alejaron en formación militar.
La teniente Forbes guardó silencio hasta que el aerocoche que les habían asignado surcó el cielo de la periferia de la ciudad. Entonces, en respuesta a tus intentos banales de hablar sobre el tiempo, te dedicó una preciosa sonrisa y viste sus preciosos hoyuelos.
—Sólo tengo dieciséis años —te dijo.
—Entonces, es la primera vez.
—Sí —contestó ella, mirando a lo lejos—. Estoy muy asustada.
Asentiste y le diste unas palmaditas en la rodilla. Intentabas ser paternal, pero conseguiste que el rubor del recato le asomara a las mejillas.
—No te apartes de mí —le dijiste, recalcando el doble sentido—. Te cuidaré bien. 
Básico pero suficiente para una muchacha. Se ruborizó más aún.
 
Las torres de la ciudad brillaban a tus pies. A lo lejos, como un diminuto botón en el borde de una telaraña, viste tu máquina. Empujaste un poco el volante; el diminuto vehículo se inclinó e inició un largo descenso. Mantuviste los ojos fijos en el cuadro de mandos, concentrado en él, mientras te preguntabas qué sería aquella extraña emoción que te recorría el cuerpo como una avalancha y de qué tipo era la fatiga de combate que presagiaba.
Era la guerra. La ciudad, ante todo. ¡Vamos!
El aerocoche bajó y se quedó flotando sobre la máquina mientras activabas los frenos neumáticos. Poco a poco, se posó en el tejado como una mariposa en una flor.
Apagaste el interruptor con el corazón acelerado, ajeno a todo lo que no fuera el peligro al que te enfrentabas. Cogiste la pistola de rayos, saltaste afuera y corriste hasta el borde del tejado.
Tu máquina estaba fuera de la ciudad, en el campo. Tu mirada de lince escudriñó el terreno.
No había ni rastro del enemigo.
Volviste al aerocoche a toda prisa. Ella seguía allí sentada y te observaba. Giraste el dial y el intercomunicador soltó su interminable sonsonete de información. Esperaste impaciente a que el operario de megafonía dijera el número de tu máquina y comunicara que los oxidones estaban a kilómetro y medio.
Notaste que ella contenía la respiración y te miraba asustada. Apagaste el equipo.
—Vamos adentro —dijiste. La mano en la que llevabas la pistola te temblaba deliciosamente. Te encantaba estar asustado, sentir que vivías peligrosamente. ¿No era esa la razón por la que estabas allí?
La ayudaste a salir. Tenía la mano fría; se la apretaste y le dedicaste una leve sonrisa para infundirle ánimo. Después de cerrar la puerta del vehículo para impedir el acceso al enemigo, bajaron las escaleras. Al entrar en la sala principal, el suave zumbido de la maquinaria se te metió en la cabeza al instante.
Entonces, llegados a aquel punto de la aventura, dejaste la pistola de rayos y la munición para hablarle de la maquinaria a la chica. Cabe destacar que estabas más pendiente de la proximidad de la enfermera que interesado en la mecánica. ¡Era tan encantadora, tan joven, y estaba tan necesitada de consuelo!


Tardaste poco en cogerla otra vez de la mano. Después le pasaste el brazo por la esbelta cintura y la atrajiste hacia ti. Tu mente divagaba sobre cosas que nada tenían que ver con la defensa militar.
Llegó el momento en que ella agitó las pestañas y clavó su mirada en la tuya, como en aquel arcaico pasaje literario. Sus ojos color violeta te daban vértigo y te acercaste más. El perfume de su aliento te agarrotaba las extremidades. Sin embargo, algo seguía conteniéndote.
¡Chap! ¡Chop!
Ella dio un respingo y gritó.
¡Los oxidones estaban en las paredes!
Corriste a la mesa en la que habías dejado la pistola de rayos. La munición estaba al lado, en el sofá, y te la colgaste del hombro. Ella se acercó corriendo a ti y, con gesto adusto, le entregaste el estuche de prevención.
Te sentías tan seguro de ti mismo como el general cuando se ponía serio.
—Mantén las jeringuillas cargadas y a mano —dijiste—. Puede que… 
La frase quedó en el aire. Un enorme oxidón baboso golpeó la pared.
Del exterior llegaba el ruido de las grandes ventosas: Buscaban la maquinaria del sótano.
Comprobaste la pistola. Estaba lista.
—Quédate aquí —murmuraste—. Tengo que bajar.
Sin prestar atención a lo que ella te decía, te precipitaste por las escaleras e irrumpiste en el sótano justo cuando el primer horror entraba borboteando por una ventana y aterrizaba en el suelo de metal, como una corriente de lava que desafiara la gravedad.
La monstruosidad de color marrón dorado te miró con su hilera de ojos amarillos, parpadeando, y se te puso la carne de gallina. Luego se escurrió veloz hacia las máquinas con un chapoteo aceitoso. El miedo estuvo a punto de paralizarte.
Y entonces el instinto tomó las riendas. Levantaste con rapidez la pistola y un rayo crepitante de color azul saltó de la boca del arma, tocó el cuerpo escamoso y lo rodeó. Los chillidos y el olor a carne quemada llenaron el aire. Cuando el rayo se disipó, el oxidón muerto quedó el suelo, ennegrecido y humeante, y su baba se desparramó por las soldaduras.
Oíste el sonido de ventosas a tu espalda. Te volviste y volaste en pedazos grasientos al segundo oxidón, pero apareció otro en el borde de la ventana y se abalanzó hacia ti. Otro disparo, y otra mole achicharrada retorciéndose en el suelo.
Tragaste el nudo de tensión que te atenazaba la garganta sin dejar de observarlo todo ni de saltar de un lado a otro. Al cabo de un segundo, otros dos se te acercaban. Dos disparos; uno, fallido. Ya tenías el segundo monstruo casi encima cuando lograste hacerlo picadillo, justo antes de que levantara las patas delanteras para hundirte sus aguijones negros en el pecho.
Te volviste rápidamente y gritaste horrorizado.
Un oxidón bajaba por las escaleras y otro emitía un sonido sibilante, con los largos aguijones apuntándote al corazón. Apretaste el botón y soltaste un grito ahogado. ¡No te quedaban proyectiles!
Te apartaste de un salto y el oxidón cayó hacia delante. Abriste el estuche e intentaste cargar la pistola, pero los nervios te traicionaban. Un proyectil se te cayó y se hizo añicos en el suelo de metal. Tenías las manos ateridas y temblorosas, y el vello erizado. La sangre te palpitaba en las venas. Estabas asustado, pero lo disfrutabas.
El oxidón volvió a atacar mientras introducías el proyectil en la pistola de rayos. Te agachaste… ¡pero no lo suficiente! La punta de un aguijón te rasgó la guerrera y te arañó el brazo. Sentiste cómo el veneno ardiente se te introducía en el organismo.
Apretaste el gatillo y el monstruo se desintegró en una nube de humo untuoso. La maquinaria del sótano estaba a salvo del ataque. Los oxidones la habían pasado de largo.
Alcanzaste la escalera de un salto. Tenías que salvar las máquinas, salvarla a ella, ¡salvarte tú!
Las botas resonaron en las escaleras metálicas. Entraste a toda prisa en la gran sala de máquinas y miraste a tu alrededor.
Se te cayó el alma a los pies. Ella estaba derrumbada en un sofá, desmadejada, inmóvil. Un rastro de baba de oxidón le resbalaba por la guerrera.
En cuanto te volviste, el oxidón desapareció en el interior de la maquinaria, introduciendo su cuerpo escamoso entre los engranajes. La baba le chorreaba por el cuerpo y las mandíbulas. La máquina se detuvo y arrancó de nuevo con un quejido de engranajes deteriorados.
¡La ciudad! ¡Te plantaste de un salto junto a la máquina y le disparaste con la pistola de rayos! El rayo azul falló; no alcanzó al oxidón. Volviste a disparar. El oxidón se movía demasiado deprisa y se escondía detrás de los engranajes. Corriste alrededor de la máquina sin dejar de disparar.
La miraste. ¿Cuánto tiempo tardaba en actuar el veneno? No te lo habían dicho. Sin embargo, ya lo tenía en la carne; la quemazón había empezado. Y tú te sentías a punto de arder en llamas, como si el cuerpo fuera a caérsete a pedazos.
Tenías que ponerte una inyección y ponerle otra a ella. Sin embargo, el oxidón te esquivaba. Tuviste que detenerte para introducir otro proyectil en la recámara. La sala empezó a darte vueltas; no podías controlar el mareo. Pulsaste el gatillo una y otra vez, y el rayo se estrelló contra la maquinaria.
Te tambaleaste con un sollozo y te abriste el cuello de la guerrera. Casi no podías respirar. El olor de sebo chamuscado por los rayos lo impregnaba todo. Rodeaste la máquina dando traspiés y le disparaste otro rayo al veloz oxidón.
Por fin, cuando estabas a punto de desplomarte, lo tuviste a tiro. Pulsaste el gatillo y el oxidón quedó envuelto en llamas, se desmoronó en fragmentos fundidos bajo la maquinaria y el sumidero se lo tragó.
Soltaste la pistola de rayos y te acercaste a ella dando tumbos. Las jeringuillas hipodérmicas estaban en la mesa.
Le abriste la guerrera, le clavaste una aguja en el hombro suave y pálido y, entre escalofríos, le inyectaste el antídoto en la vena. Después te pinchaste en el hombro y sentiste el frío repentino que te recorría la carne y el torrente sanguíneo.
Te derrumbaste junto a ella, con la respiración agitada y los ojos cerrados. El estallido de actividad te había agotado. Tenías la impresión de que necesitarías un mes para reponerte, como de hecho sería.
Ella gimió. Abriste los ojos y la miraste, y la respiración volvió a acelerársete, pero esa vez tenías claro de dónde provenía la agitación. No podías apartar los ojos de ella. Un calor reconfortante te inundaba las extremidades y te acariciaba el corazón. Ella también te miraba.
—Eh… —dijiste.
Entonces dejaste de contenerte; las dudas se esfumaron. La ciudad, los oxidones, las máquinas… El peligro había quedado atrás. Ella te acarició la mejilla.

—Y cuando abriste los ojos —concluyó el médico—, estabas de nuevo en esta habitación.
Rackley se rió y sacudió la cabeza sobre la almohada, sacudiendo las manos de alegría.
—Querido doctor —dijo entre risas—, siempre lo sabe todo. ¡Qué listo es! ¿Cómo lo consigue, listillo?
El médico miró al hombre alto y apuesto tumbado en la cama, todavía sacudido por las carcajadas.
—Olvida que soy yo quien le pone las inyecciones —dijo—. Es natural que sepa qué pasa después.
—¡Claro! ¡Claro! —exclamó Justin Rackley—. Oh, ha sido absolutamente fantástico, fantástico. ¡Imagínese! ¡Yo! —Se pasó los recios dedos por el voluminoso bíceps—. ¡Yo, un héroe!
Aplaudió y soltó una profunda carcajada. Los dientes blanquísimos relucieron en contraste con el intenso bronceado de su cara. La sábana resbaló y le dejó al descubierto los desarrollados pectorales y las tabletas de los abdominales.
—¡Válgame Dios! —suspiró—. ¿Qué sería de mi monótona existencia si sus benditas inyecciones no atenuaran este aburrimiento infinito?
El médico lo miró con frialdad y apretó los dedos blancos y fuertes en un pálido puño. Una idea se le clavó como un cuchillo en el cerebro: "Este es el fin de nuestra especie, la penosa cúspide de la evolución humana. Es la corrupción definitiva".
Rackley bostezó y se desperezó.
—Debo descansar —Miró al médico desde la cama—. Ha sido un sueño realmente agotador.
Rio tontamente. Echó la cabeza en la almohada y palmeó las sábanas, desternillándose.
—Dígame —jadeó—, ¿qué demonios pone en esas exquisitas inyecciones? Se lo he preguntado muchas veces.
El médico recogió su bolsa de plástico.
—Una simple mezcla de productos químicos para estimular las suprarrenales por un lado e inhibir las funciones cerebrales superiores por otro. En resumen —concluyó—, un cóctel de intensificación y reducción.
—Ah, siempre dice lo mismo —dijo Justin Rackley—. Pero es sin duda una delicia. Una completa delicia. ¿Vendrá el mes que viene para mi siguiente sueño y la recreación?
El médico dejó escapar un suspiro de cansancio.
—Sí —dijo, sin molestarse en disimular su repulsión—. Volveré el mes que viene.
—Gracias al cielo no tendré que vérmelas con este espantoso sueño de los oxidones hasta dentro de cinco meses —dijo Rackley—. ¡Uf! ¡Es tan nauseabundo! Prefiero los sueños más agradables sobre extracción y transporte de minerales de Marte y la Luna o los de aventuras en centros de alimentación. Son mucho más bonitos. Pero… —Torció los labios—. Añádales más chicas de esas tan bonitas.
Su cuerpo fuerte y cansado se retorció de placer—Oh, sí —murmuró, cerrando los ojos.
Suspiró y giró el cuerpo musculoso, despacio, exhausto, para quedarse de lado.


El médico caminó por las calles desiertas con la cara crispada por la misma frustración de siempre.
"¿Por qué? ¿Por qué?", no dejaba de repetirse. "¿Por qué debemos seguir manteniendo la vida en las ciudades? ¿Para qué? ¿Por qué no dejar que desaparezca el último vestigio de civilización, si es así como debe ser? ¿Por qué empeñarse en mantener vivos a estos hombres?"
Cientos, miles de Justin Rackley. Animales bien cuidados, criados y alimentados de forma artificial, masajeados para que tuvieran un organismo saludable y armonioso, atendidos por medios mecánicos para evitar que sus cuerpos se convirtieran en las gordas babosas blancas que ya eran mentalmente. De lo contrario morirían.
¿Y por qué no dejarlos morir? ¿Por qué visitarlos una vez al mes, llenarles las venas de drogas hipnóticas y sentarse a observar cómo, uno a uno, se introducían en sus mundos oníricos para escapar del aburrimiento? ¿Tendría que pasarse la vida sugestionando aquellos cerebros debilitados, haciéndolos volar entre planetas y lunas, metiendo todo tipo de amores y grandiosas aventuras en sus sueños de héroes falsos?
Desanimado y cansado, el doctor entró en otro edificio dormitorio. Más cuerpos de formas hermosas y robustas, pasivos en sus divanes. Más inyecciones de sueños.
Se las administró y observó los cuerpos levantarse y caminar tambaleantes hacia los armarios. Esta vez se vistieron de exploradores, con salacot, pantalones cortos y botas. Se quedó junto a la ventana, viéndolos subir a los automóviles y alejarse. Se acomodó en el asiento para esperar su vuelta. Conocía todos y cada uno de los movimientos que harían porque era él quien los construía en su cabeza.
Irían a los depósitos hidropónicos para combatir una invasión de comedores de energía. Más grandes que los oxidones, pura fuerza, amenazaban con absorber el alimento para las plantas de las bandejas de crecimiento, la carne viva y amorfa que crecía en las soluciones de nutrientes. Los comedores de energía serían vencidos, por supuesto. Siempre era igual.
Naturalmente, no eran más que sueños. Quimeras fantásticas conjuradas en las expectantes mentes dormidas mediante magia química y aburridos hechizos científicos.
¿Pero qué habrían dicho todos aquellos Justin Rackley, aquellos bellos y desesperados despojos apáticos, de haber sabido que estaban engañándolos? ¿Qué sucedería si descubrieran que los oxidones no eran más que encarnaciones ficticias del óxido y el desgaste convertidos en monstruos fantásticos, unos monstruos que apenas lograban despertar el casi atrofiado instinto de supervivencia de aquella especie prácticamente extinguida? Los comedores de energía eran escarabajos, esporas y caldos de cultivo agotados. Los barrenadores eran alimañas vaporosas que había que eliminar de los yacimientos de metales de la Luna y de Marte.
Y otras muchas, muchísimas amenazas para todo cuanto hace funcionar abastece y renueva una ciudad.
¿Qué dirían todos esos Justin Rackley si descubrieran que, durante sus pretendidos sueños, realizaban simples trabajos de mantenimiento? ¿Que sus pistolas de rayos no eran más que pulverizadores, engrasadores o martillos neumáticos; que sus rayos mortíferos no eran más que chorros de lubricante para máquinas oxidadas, de insecticida o de fertilizante?
¿Qué dirían al descubrir que los engañaban con afrodisíacos disfrazados de antídoto para lograr que se reprodujeran? ¿Que, puesto que no sentían un sano interés por la procreación, había que drogarlos para fomentar su debilitada estirpe, una estirpe cuya única función era el mantenimiento de las máquinas que les daban la vida?
Al cabo de un mes regresaría con Justin Rackley, con el capitán Justin Rackley. Un mes de descanso. Tan escasa era la energía de aquella gente que tardaría un mes en acumular la fuerza necesaria para soportar una nueva inyección de hipnóticos y poder lubricar una máquina, cuidar de una bandeja o crear una triste célula de vida.
Todo por las máquinas, por la ciudad, por el hombre…
El médico escupió en el suelo inmaculado de la sala de divanes neumáticos.
Las personas eran más máquinas que las propias máquinas. Una raza esclava, un residuo detestable, inútil, sin esperanza.
"¡Oh, cómo se lamentarían! Se desmayarían si les permitieran entrar en el enorme túnel subterráneo donde estaba antes la gigantesca cámara de la Gran Máquina, esa supuesta fuente de toda energía", pensó con triste placer, "y vieran por qué hubo que engañarlos para que trabajaran".
La Gran Máquina había sido diseñada para acabar con el trabajo humano; para ocuparse de las máquinas más pequeñas, de las fábricas de comida y de las minas. Hacía siglos, sin embargo, que un tipo listo del Consejo de Control había tenido la ocurrencia de destruir el cerebro mecánico de la Gran Máquina. Por tanto, los Justin Rackley debían ver, incrédulos, el óxido, la podredumbre y la gigantesca masa muerta y retorcida que había quedado…
Pero no lo veían en realidad: Se dedicaban a soñar con trabajos arriesgados y a trabajar mientras soñaban.
¿Hasta cuándo?


FIN

2024/01/08

Adaptación (John Wyndham)


Título original: Adaptation
Año: 1949


La perspectiva de tener que quedarse en Marte durante algún tiempo no inquietó mucho a Marilyn Godalpin; al menos al principio. Había estado cerca del desierto, llamado campo de aterrizaje, cuando el Andrómeda hizo un descenso de emergencia. Después de aquello, no le sorprendió en absoluto cuando los ingenieros dijeron que, con las limitadas instalaciones existentes en la colonia, la reparación duraría por lo menos tres meses, o más, probablemente, cuatro. Lo verdaderamente extraño era que ninguno de los pasajeros de a bordo había sufrido más que algunas sacudidas.
Ni siquiera le preocupó, cuando le explicaron en términos astronáuticos sencillos, que el Andrómeda no podría despegar por lo menos en ocho meses, debido a la posición relativa de la Tierra. Pero estuvo algo inquieta al enterarse de que iba a tener un niño. Marte no parecía el lugar apropiado para ello.
Marte la había sorprendido. Cuando le ofrecieron a Franklyn Godalpin el empleo para explotar las minas de la Jason Mining Corporation en aquellos territorios, pocos meses después de su matrimonio, fue ella quien le persuadió para que lo aceptara. Su instinto femenino le decía que los hombres de baja posición estaban obligados a ir donde fuera. La opinión que tenía de Marte, por lo que había visto en las fotografías, era muy baja, pero deseaba que su marido fuera a cualquier parte, y ella ir con él. Como el corazón y la cabeza de Franklyn tiraban por direcciones opuestas, ella lo habría conseguido de cualquier forma. Eligió la cabeza por dos razones; una, no fuera que algún día le echara la culpa, alegando que, por ella, había perdido la mejor oportunidad de su vida. La otra porque, como ella dijo:
—Si vamos a tener una familia, quiero darles lo mejor que podamos. Yo te amo a ti tal y como eres, pero por nuestros hijos quiero que seas un hombre importante.
Y le convenció no sólo para que aceptase el empleo, sino para que la llevara con él. Habían quedado en que ella iría con su esposo hasta verle instalado de la manera más cómoda que permitieran las primitivas condiciones de aquel lugar, y luego volvería a casa en la primera nave que partiera. De esa forma sólo tendría que esperar cuatro semanas, según el cómputo de la Tierra. Pero la nave en cuestión era el Andrómeda; la última antes de entrar en la fase de oposición.
Las ocupaciones de Franklyn le permitían poco tiempo libre para estar con su esposa y de haber sido Marte lo que ella esperaba, le habría sido espantoso nada más pensar que tenía que quedarse una semana más de la cuenta. Pero lo primero que descubrió, tan pronto como puso sus pies sobre el planeta, fue que las fotografías pueden ser literalmente verídicas, mientras que, en espíritu, son todo lo contrario.
En efecto, allí estaban los desiertos, millas y millas desérticas. Pero desde el principio se apreciaba la ausencia de aquella austeridad inhospitalaria que les habían atribuido las fotografías. Tenía cualidades que, de un modo u otro, habían escapado a la lente del objetivo. El paisaje cobraba vida y se mostraba distinto de las sombras y matices captados por la cámara.
Había una inesperada belleza en el colorido de las arenas, en las rocas, en las distantes y redondeadas montañas, y una rareza en las oscuras profundidades del cielo sin nubes. En las plantas y arbustos de los márgenes de los cursos de agua se criaban flores mucho más bellas y delicadas de las que jamás había visto en la Tierra. Existía también el misterio de las piedras correspondientes a antiguas ruinas que yacían medio sepultadas; todo lo que quedaba, tal vez, de monumentales palacios y templos, Marilyn lo comparaba a lo que el viajero Shelley había conocido en su antigua tierra:

En torno a las ruinas de aquel colosal naufragio, infinito y raso, se extiende sin cesar, solitaria, la llanura de arena.

Sin embargo, no era un paisaje horrendo. Ella había esperado encontrar una espantosa desolación; las morbosas secuelas de la erupción, la destrucción y el fuego. No se le había ocurrido pensar que el ocaso de un mundo podía presentarse con suavidad, con serena melancolía, igual que la caída de una hoja en otoño.
En la Tierra, la gente consideraba a los aventureros marcianos como a los nuevos pioneros que atacaban contra la más reciente frontera encontrada por el hombre. Aquello era una apreciación inexacta, porque las tierras de Marte yacían allí plácidamente abiertas a los colonizadores, sin ofrecer resistencia. Aquella placidez les restaba importancia, convirtiéndoles en toscos intrusos del postrer sueño de un mundo que se extinguía.
Marte se hallaba en un estado comatoso, sumiéndose lenta y profundamente en su último sopor. Pero todavía no estaba muerto. En sus aguas se agitaban aún las mareas estacionales, aunque raras veces presentaran mayores signos de ello que un ocasional rizo. Entre sus flores y campanillas aún volaban insectos transportando el polen. Todavía germinaban algunas clases de granos, ralos, vestigios empobrecidos de cosechas pasadas, aunque susceptibles de volver a darse con una nueva irrigación. Había los llamados thysanópteros, brillantes criaturas voladoras de vistoso color, no clasificadas como insectos ni como pájaros. Por la noche salían otras criaturas más pequeñas. Algunas de ellas maullaban, casi igual que los gatos y, a veces, cuando los dos lunas estaban en el cielo, se podían ver unas formas semejantes al tití. El más característico de todos los sonidos marcianos lo producían la campanillas vegetales, casi en un constante repiqueteo. Sus duras y radiantes hojas, relucientes como el metal bruñido, sólo precisaban el más leve soplo del viento para ponerse en movimiento y que todo el desierto resonara al compás de sus pequeños címbalos.
Los vestigios dejados por las gentes que vivieron allí eran muy insignificantes para ser interpretados. Corrían rumores de que, hacia el Sur, había pequeños grupos, aparentemente humanos, pero no se podía efectuar una verdadera exploración hasta que se perfeccionaran artefactos voladores que se adaptaran bien a la ligera atmósfera marciana.
Existía una especie de frontera pero sin valor, porque no había otro enemigo real con quien combatir que la quietud y la vejez. Aparte de la activa colonia, Marte era un lugar en reposo.
—Me gusta —dijo Marilyn—. En cierto modo, es triste, pero no deprimente. Es como una de esas canciones que te calman y te devuelven la paz.

La inquietud que experimentó Franklyn al enterarse de la noticia fue mayor que la de Marilyn, pero la culpa de todo se la echó a sí mismo. Su ansiedad irritaba ligeramente a Marilyn, la cual trataba de animarle haciéndole ver que de nada servirían las lamentaciones. Todo lo que podían hacer era aceptar la situación y poner el máximo cuidado.
El médico de la colonia era de la misma opinión. James Forbes era un hombre joven y competente pero no tenía la especialidad de cirujano. Estaba allí porque se necesitaba de un hombre competente en un lugar donde era de esperar se produjeran los efectos más extraños y se requería un cuidadoso estudio de ello. Además, había aceptado el puesto porque le atraía. En este caso, se limitaba a mirar los hechos objetivamente y a ofrecer palabras de estímulo, quitándole importancia.
—No hay por qué preocuparse —les aseguró—. Desde el comienzo de la historia, ha habido mujeres que han alumbrado en momentos y lugares mucho más inconvenientes que éste, y salieron adelante. No existe razón alguna para que todo no salga perfectamente normal.
La seguridad con que pronunciaba aquellas mentiras profesionales, respaldadas firmemente por sus maneras, hizo que aumentara la confianza del matrimonio. Pero en su diario secreto inscribía inquietantes especulaciones acerca de los efectos de la baja gravedad y presión del aire, cambios rápidos de temperatura, la posibilidad de infecciones desconocidas y otros factores peligrosos.
A Marilyn no le importaba mucho el carecer de las comodidades que habría tenido en casa. Con el cuidado y la compañía de su doncella negra, Helen, mataba el tiempo cosiendo y realizando otras faenas menores. El paisaje marciano la fascinaba. La infundía una paz como si se tratase de un viejo y sabio confidente que hubiera visto demasiado sobre la vida y la muerte para preocuparse por cualquiera de estas cosas.

Una noche, cuando el desierto yacía helado bajo la luz de la luna, cuya quietud sólo era interrumpida ocasionalmente por el repiqueteo de las campanillas, nació Jannessa, la hija de Marilyn. Era el primer bebé de la Tierra que nacía en Marte. Su peso resultaba perfectamente normal: Tres kilos (peso de la Tierra). No presentaba motivos de inquietud.
Fue más tarde cuando las cosas empezaron a empeorarse. Los temores sobre extrañas infecciones abrigados por el doctor Forbes estaban bien fundados y, a pesar de sus escrupulosas precauciones, se presentaron complicaciones. Algunas fueron susceptibles de ser atacadas con penicilina y complejos sulfamídicos, pero otras se resistían a ella. Marilyn, que al principio parecía recuperarse estupendamente, comenzó a debilitarse y cayó gravemente enferma.
La niña tampoco se desarrollaba como debiera, y cuando finalmente despegó el reparado Andrómeda, partía sin ellas. Pocos días más tarde llegaría otra nave procedente de la Tierra. Antes de que llegara, el doctor explicó a Franklin la situación.
—No me satisface por completo cómo se desarrolla la niña —le dijo—. Gana menos peso del normal. Crece, pero no lo suficiente. Está bien claro que estas condiciones no le sientan bien. Podría sobrevivir, pero no respondo de los efectos que influirían en su constitución. Conviene que sea trasladada a la Tierra lo antes posible.
Franklyn frunció el ceño.
—¿Y su madre? —preguntó.
—La señora Godalpin, me temo no se encuentra en condiciones de viajar. De ninguna manera. En su actual estado, y después de tanto tiempo sometida a una baja gravedad, dudo que soportara una aceleración G.
Franklyn miraba molesto, no queriendo comprender.
—¿Qué quieres decir...?
—En pocas palabras, que sería fatal para tu esposa intentar el viaje, y probablemente fatal para tu hija el quedarse aquí.
Sólo quedaba una posibilidad. Quedó decidido que, cuando llegara la próxima nave, el Aurora, marcharía sin dilación. Se preparó un pasaje para Helen y la niña, y la última semana de 1994 subieron a bordo.
Franklyn y Marilyn vieron despegar al Aurora. La cama de Marilyn había sido arrimada a la ventana y su esposo se sentó sobre ella sosteniéndole la mano. Juntos vieron partir la nave hacia los cielos sobre un cono de llamas, y luego se fue curvando en la lejanía hasta quedar convertida en un puntito de fuego en el firmamento marciano. Los dedos de Marilyn se aferraron fuertemente a su esposo. El la rodeó con su brazo para sujetarla mejor y la besó.
—Todo irá bien, querida —le dijo—. Dentro de pocos meses volverás a reunirte con ella.
Marilyn puso su otra mano sobre la mejilla de él, pero no dijo nada. Transcurrirían casi diecisiete años antes de tener noticias del Aurora, pero Marilyn nada iba a saber. En menos de dos meses estaría reposando para siempre bajo las arenas de Marte, rodeada por el suave repiqueteo de las campanillas vegetales.


Cuando Franklyn se marchó de Marte, el doctor Forbes era el único miembro de la expedición original que todavía quedaba allí. Se estrecharon la mano junto a la rampa que conducía a la más moderna nave de propulsión nuclear.
—Franklyn, durante cinco años te he visto trabajar sin descanso —le dijo el doctor—. Nada te quedaba para seguir viviendo. Pero ahora es distinto. Vete a casa y vive, que bien te lo has ganado.
Franklyn retiró la vista del flamante Astropuerto Gillington que había sido levantado, y aún estaba creciendo, junto a la rudimentaria colonia de unos años atrás.
—¿Y en cuanto a ti? Llevas en Marte más tiempo que yo.
—Yo he disfrutado de un par de vacaciones. Fueron lo suficiente largas para que me diera tiempo a echar un vistazo por la Tierra y llegar a la conclusión de que lo que realmente me interesa es esto —Podía haber añadido que las segundas fueron lo suficientemente largas para encontrar a una chica y casarse con ella, la cual había traído con él, pero sólo dijo—: Además, yo he estado trabajando, no matándome como tú.
La mirada de Franklyn vagó de nuevo, esta vez más allá de la colonia, hacia los campos que ahora limitaban el canal. Entre ellos había una pequeña parcela señalada con una piedra vertical.
—Todavía eres joven. La vida te debe algo —dijo el doctor. Franklyn parecía no haberlo oído, pero el doctor sabía que sí lo había hecho y añadió—: Tú también debes algo a la vida. No te lastimes resistiéndote a ella. Hemos de adaptarnos a la vida.
—Dudo que... —empezó a decir Franklyn, pero el doctor le puso la mano sobre el brazo.
—No pienses en tu hija. Has trabajado duramente para olvidarla. Ahora debes empezar de nuevo.
—Tú sabes que no se ha informado de que el Aurora sufriera ningún accidente —dijo Franklyn.
El doctor suspiró y no dijo nada. Las naves que desaparecían sin dejar rastro eran infinitamente más numerosas que las que dejaban alguno.
—Debes empezar de nuevo —le repitió insistentemente.
Los altavoces empezaron a llamar: "Todos a bordo". El doctor Forbes vio cómo su amigo entraba por la portezuela. Quedó un poco sorprendido al sentir que le tocaban el brazo. Al volverse encontró a su lado a su propia esposa.
—Pobrecillo —dijo ella por lo bajo—. Tal vez cuando llegue a casa...
—Tal vez —dijo el doctor dubitativo, y añadió—: He sido cruel con él queriendo ayudarle. He debido hacer lo posible por liberarle de esa falsa esperanza, pero no pude.
—No —afirmó ella—. Tú no podías ofrecerle ningún sustituto de lo que perdió. Tal vez cuando llegue a la Tierra encuentre a alguien que se lo pueda ofrecer. Quizás una mujer. Esperemos que la encuentre pronto.

Después de una minuciosa inspección, Jannessa retiró la vista de su propia mano y consideró el color de azul pizarra que presentaban los dedos y brazo que estaban a su lado.
—Soy tan diferente de todo el mundo... —dijo como lamentándose—. Telta, ¿por qué soy diferente?
—Todos somos diferentes —repuso Telta. Retiró sus ojos de la fruta redonda y pálida que estaba trinchando sobre una escudilla. Sus miradas se encontraron. Los ojos de color azul chino de Jannessa, interrogantes dentro de un marco blanco, se cruzaron con las oscuras pupilas de Telta que flotaban en un fondo de topacio claro. En las delicadas cejas de plata de la mujer se dibujó una pequeña arruga mientras estudiaba a la niña—. Yo soy diferente, Toti es diferente, Melga es diferente... Así es la creación.
—Pero yo soy muy distinta. Mucho más distinta.
—No creo que en el mundo de donde viniste fueras tan diferente —añadió Telta, y prosiguió picando la fruta.
—¿Era yo diferente de recién nacida?
—Sí, querida.
Jannessa se puso a reflexionar.
—Telta, ¿de dónde vienen los recién nacidos?
Telta se lo explicó y Jannessa dijo con desdén:
—No me refiero a eso. Quiero decir las criaturas como yo. Los que somos diferentes.
—No lo sé. Sólo sé que deben venir de alguna parte...
—¿De ahí afuera? ¿De dónde hace tanto frío?
—De mucho más lejos —Telta reflexionó un momento, añadiendo—: ¿No has estado nunca en una de esas cúpulas que se alzan en el exterior, cuando reinan las tinieblas? ¿Te has fijado en las rutilantes estrellas?
—Sí, Telta.
—Bueno, pues, de una de esas estrellas has venido tú. Pero nadie sabe de cuál de ellas.
—Telta, ¿eso es cierto?
—Completamente cierto.
Jannessa siguió sentada e inmóvil durante un rato, pensando en el infinito cielo nocturno con sus miríadas de estrellas.
—¿Pero cómo es que no me mató el frío?
—Le faltó muy poco para que murieses, querida. Toti te encontró a tiempo.
—¿Y estaba yo sola?
—No, querida. Tu madre te estaba protegiendo. Te había envuelto con todo lo que pudo para preservarte del frío, pero ella no le pudo resistir. Cuando Toti la encontró, estaba moribunda. Sólo tuvo tiempo para señalar hacia ti diciendo "Jannesa, Jannessa". Por eso creímos que te llamabas Jannessa.
Telta guardó silencio, recordando cuando Toti, su esposo, había traído a la niña rescatada de la superficie, devolviéndola al calor de la vida cuando estaba a punto de morir. Unos cuantos minutos más afuera habrían resultado fatales. El frío era una cosa terrible. Se estremecía al recordar lo que explicaba Toti del intenso frío, que acabó oscureciendo la piel de la infortunada madre, pero eso no se lo dijo a la niña.
El rostro de Jannessa se contraía, pensativo.
—Pero... ¿cómo? ¿Es que caí de las estrellas?
—No, querida. Te trajo una nave espacial.
Aquellas palabras no significaban nada para Jannessa.
Resultaba difícil de explicar a una niña. Hasta a la propia Telta le resultaba difícil de creer. Su experiencia se limitaba exclusivamente al medio en que vivía. La superficie era sólo un lugar espantoso e inhospitalario cubierto de rocas puntiagudas y un frío mortal, que ella solamente había visto desde las cúpulas protegidas. Los libros de historia hablaban acerca de otros mundos lo suficientemente cálidos para vivir en su superficie, y que sus propios antepasados habían venido de un mundo de aquellos hacía muchas generaciones. Ella consideraba que todo esto era cierto, pero, no obstante, resultaba irreal. Más de cincuenta generaciones de sus antepasados estaban entre ella y la vida en la superficie de un planeta y resultaba difícil que algo tan lejano pareciera real. No obstante, le contó la historia a Jannessa, con la esperanza de que le sirviera de algún consuelo.
—¿De qué estrella procedían? ¿De la misma que yo? —quiso saber la niña.
Pero Telta no sabía decírselo.
—No creo que pudiera ser la misma. Cuando te reconocieron los médicos, dijeron que debías proceder de un mundo mayor.
—¿Estaba yo muy enferma?
—Mucho.
—¿A causa del frío?
—Por el frío y por otras cosas. Pero, por fin, los médicos hicieron posible que vivieras entre nosotros. Para ello tuvieron que trabajar mucho y muy sabiamente. Más de una vez pensamos que te íbamos a perder.
—¿Y qué tuvieron que hacer conmigo para ello?
—Yo no entiendo mucho de esas cosas. Tú estabas hecha para vivir en un mundo distinto. Un mundo de mayor gravedad, de atmósfera más densa, más humedad, temperatura superior, alimentos distintos... y muchas cosas más que aprenderás cuando seas mayor. Por eso tuvieron que adaptarte para poder vivir aquí.
Jannessa se quedó pensando.
—Fueron muy amables —dijo Jannessa—, pero no del todo, ¿verdad? 
Telta la miró con sorpresa.
—Querida, pareces no sentir agradecimiento. ¿Qué quieres decir con eso?
—Si los médicos pudieron hacer todo aquello, ¿por qué no me dejaron igual que toda la gente? ¿Por qué me dejaron con esta blancura de piel? Me gustaría que me hubieran dejado un bonito pelo como el tuyo, en vez de éste de color amarillo.
—Querida, tu cabello es precioso. Es igual que finas hebras de oro.
—Pero no es como el de todo el mundo. Es diferente. Quiero ser como los demás. Pero soy un monstruo. 
Telta la miraba, desdichadamente perpleja.
—El ser de otra raza no quiere decir que se sea un monstruo —le dijo.
—Lo es cuando no hay otro igual —respondió Jannessa—. Y yo quiero ser como todo el mundo. No puedo soportarlo.


Un hombre subía lentamente las escaleras de mármol del Club de los Aventureros. Era de mediana edad, pero caminaba con la torpeza propia de un hombre mayor. El portero le miró por un momento con expresión de duda, pero en seguida se despejó su incertidumbre.
—Buenas noches, doctor Forbes —le saludó. El doctor Forbes dejó escapar una sonrisa.
—Buenas noches, Rogers. Tienes buena memoria. Han pasado doce años. 
Charlaron durante unos minutos. Luego el doctor siguió adelante dejando instrucciones para que cuando llegara su invitado fuera llevado al salón de fumadores. Llevaba allí sentado unos diez minutos cuando se le aproximó Franklyn Godalpin con la mano extendida. Estuvieron conversando mientras tomaban un par de copas y luego se dirigieron al restaurante.
—De manera que ya estás de vuelta... cargado de honores médicos —dijo Franklyn.
—Es curioso —comentó Forbes—. Dieciocho años en total. No llevaba allí un año cuando tú llegaste.
—Ha sido un merecido descanso. Otros llegaron después que tú, pero fue tu obra lo que nos permitió trabajar y vivir allí.
—Había mucho por aprender. Aún lo hay.
Forbes no sentía falsa modestia. Conocía como cualquier otro los resultados de su duro trabajo. Uno de ellos era, indirectamente, el hombre que tenía frente a él. Franklyn Godalpin era el único que contaba en la Jason Mining Corporation y un hombre poderoso. Pero sin el trabajo médico que hizo posible la adaptación de los humanos a Marte y de Marte a los humanos, era probable que la propia Jason hubiera dejado de funcionar desde hacía años. Ello hacía que Forbes se sintiera, en cierto modo, responsable de Franklyn.
—¿No te volviste a casar? —le preguntó.
—No —repuso Franklyn sacudiendo la cabeza.
—Deberías haberlo hecho. ¿Te acuerdas que te lo dije? Deberías tener una esposa y una familia. Aún no es demasiado tarde. 
Nuevamente, Franklyn meneó la cabeza.
—Todavía no te he dado la noticia —dijo—. He sabido de Jannessa.
Forbes le miró fijamente. Pensó que nada en el mundo podía ser tan improbable.
—¿Qué has sabido de ella? —repitió lleno de interés—. ¿Qué quieres decir? 
Franklyn se explicó:
—Durante años, he estado poniendo anuncios en busca de noticias sobre el "Aurora". Me llegaban respuestas, principalmente de personas chifladas o de otros que me creían a mí lo suficiente loco como para poder sacar partido de la situación, hasta hace cosa de seis meses.
»Entonces vino a verme un nombre que posee en Chicago un hotel para astronautas. Poco tiempo antes murió en dicho hotel un hombre que quiso descargar su conciencia antes de partir. Su propietario me trajo la noticia bajo palabra de honor.
»EI moribundo dijo que el Aurora no se había perdido en el espacio, como todo el mundo creía. Dijo que se llamaba Jenkins y que sabía toda la verdad porque iba a bordo del Aurora. De acuerdo con su relato, se produjo un motín a bordo, a los pocos días de partir de Marte, debido a que el capitán había decidido entregar en manos de la policía a ciertos miembros de la tripulación, al terminar el viaje, como consecuencia de delitos no especificados. Los amotinados contaban con el apoyo de todos los de a bordo, excepto uno o dos oficiales. Cambiaron el rumbo. Ignoro cuál sería su último plan pero lo que hicieron fue salirse del plano de la eclíptica y saltar sobre el cinturón de asteroides, rumbo a Júpiter.
»EI propietario de Chicago tenía la impresión de que aquellos hombres no eran un grupo de malhechores, sino de hombres que obraban movidos por alguna injusticia. Puesto que se estaban jugando la horca con su proceder, pudieron haber arrojado al espacio a todos los oficiales y pasajeros, pero no lo hicieron. En cambio decidieron dejarlos abandonados, como habían hecho antes otros piratas, a su completa suerte para que subsistieran, si podían.
»De acuerdo con Jenkins, el lugar elegido para abandonarlos fue Europa, en la región comprendida en el paralelo veinte, y allá por el tercero o cuarto mes de 1995. El grupo de personas abandonadas estaba compuesto por doce, incluyendo una joven negra al cuidado de una bebé blanca. 
Franklyn se detuvo.
—El propietario del hotel es un hombre irreprochable. El moribundo nada podía ganar diciendo una mentira. Y al comprobar la lista de navegación del Aurora me encuentro que a bordo del mismo iba un astronauta llamado Evan David Jenkins.
Concluyó con una especie de cauto optimismo y miró atento a Forbes sentado frente a él. Pero en la cara del doctor no había entusiasmo.
—Europa —dijo como si estuviera reflexionando, y sacudió la cabeza. La expresión de Franklyn se endureció.
—¿Es eso todo lo que se te ocurre decir? —preguntó.
—No —repuso Forbes meditabundo—. Entre otras cosas, yo diría que resulta más que improbable, casi imposible, que ella pueda haber sobrevivido.
—"Casi" no es una afirmación. Pero lo voy a averiguar. Una de nuestras naves de exploración se encuentra precisamente ahora rumbo a Europa.
Forbes sacudió de nuevo la cabeza.
—Sería más prudente suspender la búsqueda. 
Franklyn le echó una mirada penetrante.
—¿Después de todos estos años...? ¿Cuando al fin hay una esperanza?
El doctor le devolvió la mirada.
—Mis dos hijos vuelven a embarcarse para Marte la semana próxima —dijo.
—No veo que guarde ninguna relación.
—Pero la tiene. Les duelen los músculos constantemente. La tensión que les produce hace que se sientan demasiado cansados para trabajar o para disfrutar de la vida. Esta humedad les agota. Se lamentan de que la densidad del aire parece tenerlos sumergidos en un baño de sopa. Desde que llegaron aquí no se han visto libres de catarros. Hay, además, otras cosas. Por eso vuelven a Marte.
—Y tú te quedas aquí. Eso es duro.
—Resulta más duro para Annie. Ella adora a los muchachos. Pero así es la vida, Frank.
—¿Qué quieres decir?
—Que lo que cuentan son las condiciones ambientales. Cuando producimos una nueva vida, creamos algo plástico e independiente. No podemos vivir las dos vidas. Lo mejor que podemos hacer es buscar las condiciones ambientales óptimas para que se forme de acuerdo con su ambiente. Si esas condiciones se hallan fuera de nuestro alcance, sólo pueden ocurrir dos cosas: Que se adapten a las condiciones que encuentren o que no se adapten, en cuyo caso significa la muerte.
»Hablamos alegremente acerca de la conquista de éste o aquel obstáculo natural, pero observa lo que realmente hacemos y podrás ver que, en la mayoría de los casos somos nosotros quienes nos estamos adaptando.
»Mis hijos se han aclimatado a las condiciones de Marte pero nosotros, al ser adultos, fuimos incapaces de una completa adaptación. Por eso, no nos queda otra alternativa que quedarnos aquí o ir a Marte a morir prematuramente.
—¿Quieres decir que Jannessa...?
—No sé qué puede haber sucedido, pero he pensado mucho sobre ello. No creo que tú hayas reflexionado lo suficiente, Frank.
—No he pensado en otra cosa durante los últimos diecisiete años.
—Más que pensar, Frank, has "soñado" con ella —Forbes le miró sobre la mesa, con la cabeza torcida ligeramente hacia un lado y con acento cariñoso—. Hubo un tiempo en que un antepasado nuestro saltó a tierra desde el agua. Y llegó a adaptarse de tal forma a su nuevo ambiente que ya no pudo volver con sus congéneres marinos. Este es el proceso que convenimos en llamar progreso. Es inherente a la vida. Si lo detienes, detienes también la vida.
—Eso, filosóficamente, puede que suene bien, pero yo no estoy interesado en las abstracciones. Lo que me interesa es mi hija.
—¿Y hasta qué punto crees que estará interesada tu hija por ti? Ya sé que esto parece insensible, pero estoy viendo que conservas en tu mente cierta idea sobre la afinidad. Frank, estás confundiendo las costumbres de la civilización con la ley natural. Es posible que todos las confundamos, en mayor o menor grado.
—No sé adonde vas a parar.
—Hablando claramente; si Jannessa ha sobrevivido será el ser más extraño de la Tierra; más que ningún otro posiblemente lo fuera.
—Había otras once personas para enseñarle palabras y maneras civilizadas.
—Suponiendo que sobrevivieran. Imagínate que murieron aquellas personas o de un modo u otro las separaron de Jannessa. Hay auténticos ejemplos de niños criados por lobos, leopardos e incluso antílopes, y ninguno de ellos resultó siquiera como el fabuloso Tarzán. Todos se convirtieron en subhumanos. La adaptación se produce en ambos sentidos.
—Aunque haya vivido entre salvajes, aún puede aprender.
El doctor Forbes le miró seriamente.
—Se nota que no has leído demasiada antropología. Primero, ella tendría que olvidar toda la base de la cultura que hubiera aprendido. Echa una mirada a las diferentes razas conocidas y verás que no es posible. Sólo puede haber una apariencia externa, pero nada más —se encogió de hombros.
—Existe la llamada de la sangre...
—¿De veras? ¿Notarías esa llamada si de pronto te encontrarás frente a tu tatarabuelo? ¿Acaso lo reconocerías?
—¿Por qué hablas de ese modo, Jimmy? —dijo Frank obstinado—. A otro hombre no le habría ni escuchado. ¿Por qué estás tratando de destruir todas mis esperanzas? No puedes hacerme eso, precisamente ahora. ¿Por qué lo haces?
—Porque te aprecio de veras, Frank. Porque, por encima de todos tus éxitos, sigues siendo un joven romántico y soñador. Te dije que volvieras a casarte y no lo has hecho. No te has casado porque prefieres el sueño a la realidad. Has vivido tanto tiempo con este sueño que ahora forma parte de tu constitución mental. Pero tu sueño consiste en buscar a Jannessa, no en encontrarla. Has centrado tu vida en este sueño. Si consigues encontrarla, en cualesquiera condiciones, el sueño habrá concluido; el fin que te habías propuesto sería consumado. Y entonces nada quedará para ti.
Franklyn se agitó incómodo.
—Tengo planes y ambiciones para ella.
—¿Para la hija de quien nada conoces? No, para la hija de tus sueños, la que sólo existe en tu imaginación. La encuentres como la encuentres, será una persona real, no la marioneta de tus sueños, Frank.
El doctor Forbes hizo una pausa, contemplando el rizo de humo que subía de su cigarrillo. Estaba pensando en decir: "Sea de la forma que sea, llegarás a odiarla, porque no se ajustará al ideal que tienes de ella", pero decidió callarse. También se le ocurrió hacerle ver la infelicidad que sufriría una muchacha, al verse separada de todo lo que le era familiar, pero sabía la respuesta que le iba a dar Frank, es decir, que tenía cuanto dinero quisiera para proporcionarle lujos y consuelo. Ya le había dicho bastante; quizá demasiado y nada de ello había hecho mella realmente en Franklyn. Decidió dejar las cosas como estaban, y esperar. Después de todo, existían pocas posibilidades de que Jannessa hubiera sobrevivido o de que fuera encontrada.
La tensión que se había reflejado en el rostro de Franklyn se fue relajando gradualmente y sonrió.
—Ahora ya me has soltado tu sermón, viejo amigo. Has querido prepararme creyendo que podía sufrir un sobresalto, pero ya estoy acostumbrado a los golpes duros desde hace muchos años. Si llega el caso, podré soportarlo.
Los ojos del doctor Forbes se posaron en su cara por un momento. Suspiró suavemente para sí.
—Está bien —dijo, y comenzó a hablar de otra cosa.

—Ya sabes que este planeta es muy pequeño —dijo Toti.
—Es un satélite —añadió Jannessa—. Un satélite de Yan. 
—Pero también es un planeta del Sol. Y en él hace un frío espantoso.
—¿Por qué tu gente eligió un lugar tan frío? —preguntó Jannessa razonablemente.
—Bueno, cuando nuestro propio mundo empezó a morir y no nos quedó otra alternativa que ir a cualquier parte o sucumbir con él, mi pueblo pensó en aquellos mundos que tenía a su alcance. Unos eran demasiado calientes, otros demasiado grandes...
—¿Qué importa que fueran demasiado grandes?—A causa de la gravedad. En un planeta muy grande, apenas podríamos movernos.
—¿Y no podían los tuyos hacer las cosas... bueno, menos pesadas? 
Toti hizo un movimiento negativo con la cabeza y su plateado cabello brilló con la fluorescencia de las paredes.


—El aumento de la densidad puede simularse; ya lo hemos hecho aquí. Pero nadie ha conseguido disminuirla y creemos que nunca se conseguirá. Como ves, ésa fue la causa de que nuestra gente eligiera un mundo pequeño. Todas las lunas de Yan son desérticas pero ésta era la mejor de ellas. Mi pueblo se encontraba en una situación desesperada. Cuando llegaron aquí, vivían a bordo de las naves y comenzaron a minar el terreno para librarse del frío. Gradualmente fueron acondicionando sus viviendas subterráneas y prepararon habitaciones y galería, tanques para el desarrollo de alimentos, campos de cultivo y todo lo demás. Lo aislaron del exterior, acondicionaron su temperatura, comenzaron a vivir en el nuevo medio y a trabajar bajo tierra. De eso hace ya mucho tiempo.
Jannessa se quedó pensativa durante un rato.
—Dice Telta que tal vez vine del tercer planeta llamado Sonnal. ¿Lo crees así?
—Puede ser. Sabemos que allí hubo cierta clase de civilización.
—Si ellos vinieron de allí una vez, podrían volver... Y llevarme con los míos.
Toti la miró apenado y un poco resentido.
—¿Los tuyos? —dijo—. ¿De veras piensas así? 
Jannessa captó la expresión del hombre, y apoyó en seguida su blanca mano sobre la mano del otro de color azul pizarra.
—Perdóname, Toti. No quise decir eso. Ya sabes que los quiero mucho, a ti, a Telta y a Melga. Lo que ocurre es que... Oh, me gustaría que supieras lo que es sentirse diferente de los que te rodean. Toti querido, estoy harta de ser un monstruo, aunque para mis adentros sea igual que cualquier otra muchacha. ¿No te imaginas lo que representaría para mí el que todos me mirasen como a un ser normal?
Toti guardó silencio durante un momento. Cuando habló, su tono era preocupado.
—Jannessa, ¿has pensado alguna vez que después de pasar aquí toda tu vida es éste tu verdadero mundo? Cualquier otro podría resultarte sumamente extraño.
—Si te refieres a cambiar esta vida subterránea por el exterior, creo que me gustaría.
—No es eso, querida —dijo él con mucho tacto—. Ya sabes que cuando te trajeron de ahí afuera, los médicos tuvieron que trabajar mucho contigo para salvar tu vida.
—Sí, Teita me lo dijo —contestó Jannessa—. ¿Qué hicieron conmigo?
—¿Sabes lo que son las glándulas?
—Creo que sí. ¿No son las que regulan los movimientos del cuerpo?
—Efectivamente. Pero las tuyas estaban hechas para regularlos de acuerdo con tu mundo. Esa fue la causa de que los médicos tuvieran que trabajar tanto contigo. Tuvieron que aplicarte inyecciones muy complicadas. Tenían por objeto proporcionarte una especie de equilibrio para que tus glándulas funcionaran en la proporción adecuada para que pudieras vivir aquí. ¿Comprendes?
—Para acomodarme a una temperatura inferior, ayudarme a digerir esta clase de alimentos, regular el alto contenido de oxígeno y otras cosas parecidas. Eso fue lo que me dijo Telta.
—Algo así —afirmó Toti—. Es lo que llaman adaptación. Hicieron cuanto pudieron para adaptarte a vivir entre nosotros.
—Hicieron mucho por mí —dijo Jannessa, hablando en término parecidos a los empleados con Telta años atrás—. Pero pudieron haber hecho un poco más. ¿Por qué me dejaron de este color blanco? ¿Por qué no hicieron que mi pelo fuera tan bello como la plata, igual que el tuyo y el de Telta? Entonces no sería un monstruo y me consideraría uno de tantos entre ustedes.
Las lágrimas afloraron a sus ojos. Toti la rodeó con el brazo.
—Mi pobre niña, yo no sabía que eso te hiciera sufrir tanto. Pero Telta y yo te queremos como si fueras nuestra propia hija.
—No sé cómo pueden quererme... ¡Con esto! —dijo levantando su pálida mano.
—Te queremos igualmente, Jannessa. ¿Es que importa tanto tu color?
—Me hace sentir diferente. Me recuerda a cada paso que pertenezco a otro mundo. Tal vez vuelva a él algún día.
Toti frunció el rostro.
—Eso es sólo un sueño, Jannessa. Tú no conoces más mundo que éste. Sería distinto a lo que tú piensas. Deja de soñar, deja de preocuparte, querida. Trata de ser feliz aquí entre nosotros.
—Toti, tú no lo comprendes —dijo ella cariñosamente—. En alguna parte hay personas igual que yo, de mi propia raza.

Pocos meses después, los observadores apostados en una cúpula informaron de que había llegado una astronave.
—Escucha, viejo cínico —dijo la voz de Franklyn, casi antes de que su imagen apareciera en la pantalla—. Han dado con ella y la traen hacia acá.
—¿Qué han encontrado a Jannessa? —exclamó incrédulo el doctor Forbes.
—Naturalmente. ¿De qué otra podía hablar?
—¿Estás completamente seguro, Frank?
—Viejo escéptico, ¿crees que te llamaría si no lo estuviera? En estos momentos se encuentra en Marte. Se han detenido allí para proveerse de combustible y aguardar el momento de la oposición.
—¿Tan seguro estás de que es ella?
—Ahí está su nombre y algunos documentos que le encontraron.
—Bueno, si tú lo dices...
—Conque no te basta, ¿eh? —la imagen de Franklyn hizo un guiño—. Está bien. Mira esto.
Recogió una fotografía de encima de su mesa y la puso frente a la pantalla transmisora.
—Les dije que la fotografiaran allí mismo y me la enviaran por radio —aclaró—. ¿Qué me dices ahora?
El doctor Forbes estudió cuidadosamente la fotografía que aparecía sobre la pantalla. En ella se veía a una muchacha delante de una tosca pared. Sus únicas vestimentas visibles consistían en un trozo de brillante tela arrollada a su cuerpo, al estilo de un sari hindú. Su cabello era hermoso y lo llevaba peinado de una forma muy singular. Pero fue la expresión de su rostro lo que le hizo contener la respiración. Era la cara de Marilyn Godalpin mirándolo después de dieciocho años.
—En efecto, Frank —dijo quedamente—. Se trata de Jannessa. La verdad, Frank, no sé qué decir.
—¿Ni siquiera se te ocurre felicitarme?
—Sí, claro... desde luego. Es... bueno, ha sido un milagro. No estoy acostumbrado a los milagros.

Cuando leyó en el periódico que el Chloe, una nave de investigaciones perteneciente a la Jason Mining Corporation, iba a aterrizar al mediodía, el doctor Forbes se quedó como ensimismado. Estaba seguro de que recibiría un mensaje de Franklyn Godalpin, y ya no se sentía capaz de hacer nada hasta recibirlo. Cuando sonó el timbre, a eso de las cuatro, se apresuró a responder lleno de excitación. Pero en la pantalla no se retrataron las esperadas facciones de Franklyn, sino la cara de una mujer que le miraba con ansiedad. Reconoció en ella al ama de llaves de Godalpin.
—Doctor, se trata del señor Godalpin —dijo la mujer—. Se encuentra enfermo. ¿Puede venir usted...?
Un taxi lo dejó junto a la casa de Godalpin, quince minutos más tarde. El ama de llaves salió a recibirle y lo condujo hacia las escaleras a través de un enjambre de periodistas, fotógrafos y comentaristas que llenaban el vestíbulo. Franklyn estaba tendido sobre su cama, vestido pero con las ropas aflojadas. Junto a él había una secretaria y otra mujer con cara de espanto. El doctor Forbes lo reconoció y le aplicó una inyección.
—Es una conmoción a consecuencia de la ansiedad —dijo—. No es extraño. Últimamente ha sufrido gran tensión nerviosa. Acuéstenlo. Pónganle bolsas de agua caliente y que no coja frío.
Cuando se separó de la cama, el ama de llaves le dijo:
—Doctor, ya que ha venido, ¿no le importaría echar un vistazo a... a la señorita Jannessa?
—Claro, desde luego. ¿Adonde está?
El ama de llaves le condujo hasta otra habitación y señaló la puerta.
—Está ahí dentro, doctor.
El doctor Forbes abrió la puerta y penetró en la habitación. Nada más entrar oyó el sonido final de un amargo y ahogado sollozo. Cuando miró en busca del origen de aquel sonido, vio que junto a la cama había una niña de pie.
—¿Dónde está...? —empezó a decir.
La niña se volvió entonces hacia él. No era la cara de una niña. Era la cara de Marilyn con el mismo pelo de Marilyn y los ojos de Marilyn que le estaban mirando. Pero era una Marilyn que medía sesenta y tres centímetros de estatura. Era Jannessa.


FIN

2024/01/01

La noche en que todo el tiempo escapó (Brian W. Aldiss)


Título original: The night that all time broke out
Año: 1967


El dentista le indicó con una sonrisa la puerta, mientras le pedía un taxi. Se estaba posando en el balcón cuando ella salió. Era del tipo no automático, lo suficientemente pasado de moda como para ser considerado chic. Fifi Fevertrees sonrió de modo deslumbrante al conductor y subió.
—Servicio extraurbano —dijo—. A la ciudad de Rouseville, fuera de la Ruta Z4.
—Así que vive en el campo, ¿eh? —dijo el taxista, alzándose hacia el seudoazul y conduciendo como un loco con un solo pie.
—Me gusta el campo —dijo Fifi a la defensiva. Vaciló, y luego decidió que podía permitirse un poco de vanagloria—. Además, es mucho mejor ahora que han conseguido que las cañerías del tiempo lleguen hasta allí. Precisamente nuestra casa va a ser conectada a la canalización ahora; todo estará listo cuando yo llegue.
El taxista se alzó de hombros.
—Apostaría a que eso debe de costar un montón, en el campo.
—Tres payts cada unidad básica.
El otro silbó significativamente.
Ella sintió deseos de decirle más, de contarle lo excitada que estaba, cuánto hubiera deseado que papá estuviera vivo para gozar de la experiencia de estar conectado a las canalizaciones temporales. Pero era difícil hablar con el pulgar en la boca, de modo que se miró en su espejo de muñeca y palpó para ver lo que el dentista le había hecho.
Había sido un buen trabajo. El nuevo y pequeño diente nacarado estaba empezando a crecer ya firmemente en la rosada encía. Fifi llegó a la conclusión de que tenía una boca muy sexy, como decía Tracey. El dentista había extirpado el viejo diente con gas temporal. Tan sencillo... Un simple golpe de spray y ella estaba de vuelta al día de anteayer, reviviendo aquel agradable interludio cuando había tomado café con Peggy Hackenson, sin sentir el menor dolor. El gas temporal estaba tan de moda. Ardía de impaciencia pensando en que iban a tenerlo en su casa, a su disposición en cualquier momento.
El taxi burbuja se remontó y salió por una de las compuertas dilatables del gram domo que cubría la ciudad. Fifi sintió un momentáneo pesar al abandonarla. Las ciudades eran tan agradables hoy en día que nadie deseaba vivir fuera de ellas. Todo era también el doble de caro fuera, pero afortunadamente el gobierno pagaba una elevada asignación por penuria a todos aquellos que, como los Fevertrees, se veían obligados a vivir en el campo.
En un par de minutos descendían de nuevo al suelo. Fifi indicó su granja lechera, y el taxista se posó expertamente en su balcón de aterrizaje antes de tender su garra reclamando un exorbitante número de kilopayts. Sólo cuando hubo recibido el dinero se inclinó y abrió la puerta de Fifi con un pie. Uno no podía fiarse para nada de esos chimpancés conductores.
Lo olvidó todo cuando echó a correr a través de la casa. ¡Aquél era el gran día! Los constructores habían necesitado dos meses para instalar la central temporal —dos semanas más de lo que habían calculado al principio—, y todo el mundo había estado de un humor de perros durante ese tiempo, mientras los hombres hacían rodar sus tuberías y arrastraban sus hilos por todas las habitaciones. Ahora todo volvía a estar ordenado. Casi bailaba cuando bajó las escaleras en busca de su esposo.
Tracey Fevertrees estaba de pie en la cocina, hablando con el constructor. Cuando entró su esposa, se volvió y tomó su mano, sonriéndole de una forma que para ella era relajante pero que alteraba el sueño de muchas chicas de Rousevüle. Sin embargo, su apostura quedaba empañada por la belleza de su esposa cuando estaba excitada, como ahora.
—¿Todo listo para funcionar? —preguntó Fifi.
—Sólo hay una pequeña complicación de última hora —dijo de mala gana el señor Archibald Smith.
—¡Oh, siempre hay alguna complicación de última hora! Hemos tenido quince de esas complicaciones la semana pasada, señor Smith. ¿Qué ocurre ahora?
—No es nada que les afecte directamente. Sólo que, como saben, hemos tenido que tender muchas canalizaciones de gas temporal desde la factoría central de Rousevüle hasta aquí, y parece que tenemos algunos problemas para mantener la presión. Se dice que hay una fuga en el pozo principal de la central, y que no consiguen localizarla. Pero eso no tiene por qué preocuparles.
—Hemos hecho algunas pruebas, y parece que todo funciona bien —dijo Tracey a su esposa—. ¡Ven y te lo mostraré!
Le dieron la mano al señor Smith, que evidenciaba la tradicional reluctancia de los constructores a abandonar su lugar de trabajo. Finalmente se fue, prometiendo volver a la mañana siguiente para recoger los últimos útiles, y Tracey y Fifi se quedaron solos con su nuevo juguete. El panel temporal apenas se distinguía entre todos los demás elementos de la cocina. Estaba situado cerca de la unidad nuclear, un pequeño y discreto accesorio con una docena de diales y el doble de manecillas. Le mostró cómo habían regulado las presiones temporales: bajo para pasillos y cocina, alto para dormitorios, variable para el salón. Ella se frotó contra él e imitó un ronroneo.
—Estás contento, ¿verdad, amor? —preguntó.
—No dejo de pensar en todas las facturas que vamos a tener que pagar. Y en las que vendrán luego... Tres payts la unidad base... ¡Guau! —Entonces vio la mirada decepcionada de ella y añadió—: Pero, por supuesto, me encanta, querida. Sabes bien que me encanta.
Luego recorrieron toda la casa, con los controles en marcha. En la propia cocina, se conectaron a una reciente velada. Flotaron en el pasado hasta la hora del día en que Fifi gozaba más del trabajo de la cocina, cuando terminaba el desayuno y faltaba aún un rato para que tuviera que empezar a pensar en la comida y discarla. Fifi y Tracey seleccionaron una mañana en la que ella se había sentido particularmente tranquila y feliz; el ambiente de aquel período flotó sobre ellos y los envolvió.
—¡Maravilloso! ¡Delicioso! ¡Puedo hacer cualquier cosa, cocinar lo que quieras!
Se besaron y corrieron al pasillo, gritando:
—¡La ciencia es maravillosa! Se detuvieron bruscamente.
—¡Oh, no! —gritó Fifi.
El pasillo estaba en perfecto orden: Las cortinas en su lugar, resplandeciendo metálicamente junto a las dos ventanas, controlando la cantidad de luz que penetraba por ellas y almacenando el exceso para las horas sin sol; la reptalfombra en su lugar y recién limpiada, llevándolos suavemente hacia delante; los paneles de la pared, cálidos y suaves al tacto. Pero habían sido cronocontrolados hacia atrás a las tres de la tarde de hacía un mes, una tranquila hora del día..., sólo que un mes atrás los constructores habían estado trabajando allí.
—¡Querido, van a estropear la alfombra! ¡Y estoy segura de que no sabrán volver a poner los paneles correctamente en su lugar! Oh, Tracey, mira, ¡han desconectado las cortinas, y Smithy prometió que no lo haría!
Él la sujetó por el hombro.
—¡Cariño, todo está bien, de veras!
—¡No! ¡No está todo bien! Mira todos esos viejos tubos temporales por todas partes, ¡y esos cables colgando aquí y allá! Han estropeado nuestro maravilloso techo absorbepolvo. ¡Mira cómo el polvo se está acumulando por todas partes!
—¡Cariño, es el efecto del tiempo!
No obstante, tuvo que admitir que no podía decir que el corredor que tenía ante sus ojos estuviera en perfectas condiciones; hacía un mes él también se había dejado llevar por los nervios como Fifí, cuando vio cómo estaba el pasillo en manos de Smithy y sus terribles hombres.
Llegaron al final del pasillo y pasaron al dormitorio, escapando a otra zona temporal. Echando una mirada hacia atrás desde la puerta, Fifi dijo entre lágrimas:
—¡Cielo santo, Tracey, qué poder tiene el tiempo! Creo que deberíamos cambiar los controles del pasillo, ¿no crees?
—Claro. Los sintonizaremos con el año pasado, digamos con una hermosa tarde de verano. ¡Tú di cuál, y la discaremos! ¿No es ése el eslogan de la Compañía Central del Tiempo? Y hablando de tiempo, ¿qué te parece el que tenemos aquí?
Tras echar una ojeada a la habitación, ella bajó sus largas pestañas y lo miró.
—Hummm, parece tranquilo, ¿no?
—Las dos de la madrugada, amor, a principios de la primavera, y con todo el mundo durmiendo su primer sueño. ¡Es difícil que suframos de insomnio ahora!
Ella se acercó y se apretó contra él, reclinándose contra su pecho y alzando la vista.
—¿No crees que quizá las once de la noche sería una hora más, más propia de un dormitorio?
—Ya sabes que para ese tipo de cosas prefiero el sofá. Vamos a sentarnos allí, y de paso veremos qué piensas del salón.


El salón estaba en el piso de abajo, con sólo otros dos pisos, el garaje y la vaquería, separándolo del suelo. Era una habitación hermosa y grande, con amplias ventanas dando a un bello paisaje que alcanzaba hasta el distante domo de la ciudad, y tenía un espléndido sofá en el centro. Se sentaron y, siendo las que eran las asociaciones con el pasado, empezaron a hacerse arrumacos. Al cabo de un rato Tracey tanteó en el suelo y tiró de un control remoto que estaba conectado a la pared.
—Desde aquí podemos controlar nuestro propio tiempo sin tener que levantarnos, Fifi. Dime el tiempo que deseas y volveremos a él.
—Si estás pensando en lo que yo pienso que estás pensando, será mejor que no retrocedamos más de diez meses, porque antes de eso aún no estábamos casados.
—Oh, vamos, señora Fevertrees, ¿te estás volviendo chapada a la antigua o algo así? Nunca dejaste que eso te preocupara antes de que nos casáramos.
—¡No es cierto!... Claro que, mirándolo desde esta perspectiva, quizás alguna vez me dejara llevar por el entusiasmo.
Él le revolvió suavemente el pelo.
—¿Quieres que te diga lo que me gustaría que intentáramos alguna vez?. Discar hasta cuando tú tenías doce años. Debías de ser una chica muy bonita en tu preadolescencia, y me gustaría comprobarlo. ¿Qué te parece?
Ella iba a protestar con alguna argumentación convencionalmente femenina, pero su imaginación tuvo otra idea.
—¡Podríamos ir hacia atrás hasta nuestra infancia!
—¡Espléndido! ¡Ya sabes que siempre he tenido un toque de complejo de Lolita!
—Trace, debemos ir con cuidado para evitar que en nuestra excitación rebasemos el día de nuestro nacimiento y nos encontremos siendo montoncitos de protoplasma o algo así.
—¡Amor mío, has leído los folletos! Cuando obtengamos la suficiente presión como para rebasar nuestras fechas de nacimiento, simplemente entraremos en la conciencia de nuestros más próximos antepasados, tú de tu madre, yo de mi padre, y luego de tu abuela y de mi abuelo. No creo que la presión temporal de la factoría de Rouseville nos permita ir más lejos que eso.
La conversación languideció ante otros intereses, hasta que Fifi murmuró con voz soñadora:
—¡Qué invención celestial es el tiempo! Sabiendo eso, incluso cuando seamos viejos, canosos e impotentes seremos capaces de volver atrás y gozar como gozábamos cuando éramos jóvenes. Discaremos nuestro regreso a este mismo instante, ¿eh?
—Hummm —dijo él.
Era un sentimiento umversalmente compartido.
Aquella noche cenaron una enorme langosta sintética. En su excitación por hallarse conectados a las conducciones temporales, Fifi había discado sin saber cómo una mezcla ligeramente incorrecta —aunque ella juró que debía de tratarse de algún error en la programación del recetario que había introducido en el cocinordenador—, y el plato no salió como debiera haber salido. Pero entonces discaron hacia atrás en el tiempo hasta una de las primeras y mejores langostas que habían comido en su vida juntos, poco después de conocerse, hada dos años. El sabor recordado hizo olvidar la decepción del sabor actual.
Mientras estaban comiendo, la presión falló. No hubo ningún sonido. Exteriormente, todo seguía igual. Pero dentro de sus cabezas se sintieron torbellinear a través de los días como hojas secas arrastradas sobre un páramo. Las horas de las comidas vinieron y se fueron, y la langosta adquirió mal sabor en sus bocas cuando tuvieron la impresión de estar masticando sucesivamente pavo, cordero, bizcocho, helado, budín, copos de cereal. Durante algunos desconcertantes momentos permanecieron sentados a la mesa, petrificados, mientras centenares de sabores variados se desplazaban unos a otros sobre sus papilas gustativas. Tracey se puso en pie jadeando y cortó el flujo temporal del interruptor junto a la puerta.
—¡Algo se ha estropeado! —exclamó—. Eso ha sido cosa de ese tipo, Smith. Voy a llamarle inmediatamente. ¡Voy a matarlo!
Pero cuando el rostro de Smith flotó en el videotanque, estaba más impasible que nunca.
—No es culpa mía, señor Fevertrees. De hecho, uno de mis hombres acaba de llamarme para decirme que tienen problemas en la cronofactoría de Rouseville, de donde toma su suministro la canalización de ustedes. El gas temporal está escapando. Le dije esta mañana que tenían algunos problemas allí. Vayase a la cama, señor Fevertrees. Hágame caso. Vayase a la cama, y probablemente por la mañana todo estará arreglado de nuevo.
—¡Irnos a la cama! ¿Cómo se atreve a enviarnos a la cama? —exclamó Fifi—. ¡Esa sugerencia es inmoral! Ese hombre está intentando ocultar algo. Apostaría a que ha cometido algún error, y está intentando cubrirse con esa historia acerca de una fuga en la cronofactoría.
—Podemos comprobarlo muy pronto. ¡Vayamos allí y veámoslo!
Tomaron el ascensor hasta la planta baja, y subieron a su vehículo terrestre. La gente de las ciudades se reía de esos pequeños aerodeslizadores con ruedas, tan parecidos a los automóviles del pasado, pero no había ninguna duda de que eran indispensables en el campo, fuera de los domos, por donde no pasaba el transporte público gratuito.
Las puertas se abrieron y ellos salieron al exterior, despegándose inmediatamente del suelo y flotando a medio metro de altura. Rouseville estaba sobre una pequeña colina, y la cronofactoría estaba al otro lado. Pero cuando empezaron a ver las primeras casas, ocurrió algo extraño. Aunque todo estaba tranquilo, el vehículo terrestre empezó a oscilar terriblemente. Fifi se vio proyectada hacia todos lados, y al cabo de un momento se empotraban contra una cerca.
—¡Diablos, esos trastos son pesados! ¡Algún día tendré que decidirme a aprender a conducir uno! —dijo Tracey, saltando fuera.
—¿No vas a ayudarme, Tracey?
—¡Anda ya, soy demasiado mayorcito para jugar con niñas!
—¡Pero tienes que ayudarme! ¡He perdido mi muñeca!
—¡Tú nunca has tenido ninguna muñeca! ¡Al diablo contigo!
Echó a correr por el campo y ella tuvo que seguirlo, llamándolo mientras corría. Era realmente tan difícil intentar controlar el torpe y pesado cuerpo de un adulto con la mente de un niño.
Halló a su esposo sentado en medio de la carretera de Rouseville, pateando y agitando los brazos. Al verla se echó a reír.
—¡Tace anda patín-patán! —dijo.
Pero en unos pocos momentos eran capaces de avanzar de nuevo a pie, aunque era doloroso para Fifi, cuya madre había cojeado mucho al final de su vida. Avanzaron penosamente, dos personas jóvenes con posturas de viejos. Cuando entraron en la pequeña ciudad desprovista de domo, fue para descubrir a la mayor parte de sus habitantes fuera de sus casas, cruzando por todo el espectro de las características de la edad humana, desde los balbuceos infantiles hasta el tartamudeo de la senilidad.
Obviamente, algo serio le había ocurrido a la cronofactoría. Diez minutos y unas cuantas generaciones más tarde, llegaron a las puertas. De pie bajo el gran cartel de la Compañía Central del Tiempo se hallaba Smith. No lo reconocieron; llevaba una máscara anticronogás, cuyos orificios de escape escupían viejos momentos.
—¡Imaginaba que vendrían aquí! —exclamó—. No me creyeron, ¿eh? Bien, será mejor que vengan conmigo y lo vean por sí mismos. La fuga original se ha convertido en un surtidor, y las válvulas no han podido resistir la presión y han saltado. Me temo que habrá que evacuar el área antes de pensar en repararlo.
Mientras los conducía cruzando las puertas, Tracey dijo:
—¡Espero que no se trate de un sabotaje de los rusos! Supongo que esta planta será secreta.
Smith se lo quedó mirando sorprendido.
—¿Se ha vuelto usted loco, señor Fevertrees? Los rusos tienen cronofactorías como nosotros. El año pasado fueron ustedes de luna de miel a Odessa, ¿no?
—¡El año pasado estuve en el servicio activo en Corea, gracias!
—¿Corea?
Con un potente ruido de sirenas, una forma negra destellando con luces rojas se detuvo en el patio de la cronofactoría. Era una unidad de bomberos autopilotada procedente de la ciudad, pero su dotación humana saltó de ella en una terrible confusión, y un tipo joven se derrumbó en el suelo gritando que le cambiaran los pañales, antes de que el personal de la factoría pudiera proveerlos a todos de máscaras anticronogás. Y no había tampoco ningún fuego que extinguir, sólo el gran surtidor de invisible tiempo que en aquellos momentos dominaba toda la factoría y la ciudad entera, y soplaba a los cuatro vientos, arrastrando consigo inimaginadas u olvidadas generaciones en su aliento a prueba de polillas.


—Vamos a ver lo que ocurre —dijo Smith—. Aunque sería lo mismo meternos en casa y tomar unas copas que quedarnos aquí y no hacer nada.
—Es usted un joven muy estúpido si quiere decir lo que imagino que quiere decir —dijo Fifi, con una voz vieja y severa—. La mayor parte del licor disponible es clandestino y no apto para el consumo, pero en cualquier caso, mi opinión es que debemos apoyar al presidente en su loable intento de detener el alcoholismo. ¿No lo crees tú así, Tracey querido?
Pero Tracey estaba perdido en las abstracciones de extraños recuerdos, mientras silbaba para sí mismo La paloma.
Tambaleándose detrás de Smith, penetraron en el edificio, donde dos oficiales de la policía los detuvieron. En aquel momento un hombre gordo vestido con un traje civil apareció y habló con uno de los policías a través de su máscara antigás. Smith lo llamó, y se saludaron como si fueran hermanos. Resultó que lo eran. Clayball Smith los condujo a todos al interior de la planta, tomando galantemente a Fifi del brazo, lo cual, para revelar su tragedia personal, fue todo lo que obtuvo jamás de una chica.
—¿No deberíamos ser presentados convenientemente a este caballero, Tracey? —susurró Fifi a su esposo.
—Tonterías, querida. Hay que echar por la borda las reglas de la etiqueta cuando uno entra en los templos de la industria.
Mientras hablaba, Tracey parecía estar acariciándose unas imaginarias patillas. Dentro de la cronoplanta reinaba el caos. Ahora se veía claramente la magnitud del desastre. Estaban sacando a los primeros mineros del pozo donde se había producido la explosión temporal; uno de los pobres tipos maldecía débilmente y culpaba a Jorge III de todo lo ocurrido.
Toda la industria del tiempo estaba aún en su infancia. Apenas habían pasado diez años desde que el primero de los subterráneos, prospectando a gran profundidad bajo la corteza terrestre, había descubierto la primera cronobalsa. Todo el asunto era aún origen de maravillas, y las investigaciones se hallaban todavía en sus primitivos estadios. Pero los grandes negocios habían metido mano en aquello y, con su habitual generosidad, se habían preocupado de que todo el mundo tuviera su ración correspondiente de tiempo, a su debido precio. Ahora la industria del tiempo tenía más capital invertido que cualquier otra industria en el mundo. Incluso en una ciudad pequeña como Rouseville, la factoría estaba valorada en millones. Pero la planta acababa de sufrir una terrible fuga.
—Es terriblemente peligroso estar aquí...; no deberían permanecer ustedes mucho tiempo —dijo Clayball.
Estaba gritando a través de su máscara antigás. El ruido allí era terrible, especialmente desde que un locutor había comenzado a retransmitir su reportaje a la nación a pocos metros de ellos. En respuesta a una pregunta gritada por su hermano, Clayball dijo:
—No, es más que una fuga en la canalización principal. Eso es sólo lo que hemos dicho para calmar los ánimos. Nuestros valientes chicos de ahí abajo han hallado un nuevo filón temporal, han reventado la bolsa, y ahora se está esparciendo por toda la zona. ¡No podemos dominarla! La mitad de nuestros muchachos habían vuelto a la conquista normanda antes de que llegáramos a sospechar qué era lo que ocurría.
Señaló dramáticamente hacia abajo a través de las losas sobre las que apoyaba sus pies.
Fifi no podía comprender de qué demonios estaba hablando. Desde que había dejado Plymouth había estado derivando, y no metafóricamente precisamente. Ya era bastante malo el ser una Madre Peregrina acompañando a uno de los Padres Peregrinos, y además aquel Nuevo Mundo no le gustaba en absoluto. Se hallaba ahora más allá de sus posibilidades el entender que los enormes recursos de la tecnología moderna estaban trastornando todo el tiempo de un planeta.
En su actual situación, no podía saber que las ilusiones del geiser temporal se estaban extendiendo ya por todo el continente. Casi todos los satélites de comunicaciones que giraban en torno al planeta estaban difundiendo informes más o menos ajustados del desastre y de los acontecimientos que estaba provocando, mientras los alucinados escuchas se sumían generación tras generación, como gente hundiéndose en un ventisquero sin fondo.
De aquellos depósitos procedían las reservas de tiempo que eran canalizadas al millón de millones de hogares en el mundo. Los expertos habían calculado ya que al actual índice de consumo todos los depósitos de tiempo quedarían agotados en doscientos años. Afortunadamente, otros expertos estaban trabajando ya en el intento de desarrollar sustitutivos sintéticos para el tiempo. Sólo el mes anterior, el pequeño equipo de investigaciones de la Time Pen Inc., de Ink, Pennsylvania, había anunciado que habían conseguido aislar una molécula nueve veces más lenta que cualquier otra molécula conocida por la ciencia, y que esperaban firmemente poder aislar otras moléculas aún más lentas.
Una ambulancia llegó derrapando al frenar, con otra tras ella. Archibald Smith intentó apartar a Tracey del camino.
—¡Quitad de mí vuestras manos, bellaco! —exclamó Tracey, intentando desenvainar una imaginaria espada.
Los hombres de la ambulancia estaban saltando de sus vehículos, y la policía estaba acordonando toda la zona.
—¡Van a traer de vuelta a la superficie a nuestros valerosos terranautas! —exclamó Clayball.
Apenas se le oía por encima de todo aquel tumulto. Había hombres con máscaras por todas partes, con la esbelta silueta aquí y allá de alguna enfermera también con máscara acompañándoles. Se estaban trayendo provisiones de oxígeno y sopa, se instalaban proyectores un poco por todas partes, enfocándolos a la cuadrada boca del pozo de inspección. Los hombres con monos amarillos penetraban en el pozo, comunicándose entre sí por medio de radios de muñeca. Desaparecieron. Por un momento un silencio respetuoso cayó sobre los edificios y pareció transmitirse a la multitud de fuera. Pero el momento se transformó en minutos, y el ruido halló su camino de regreso hasta su nivel normal. Otros hombres de rostros hoscos se adelantaron, y los locutores fueron apartados a un lado.
—Es parecer mío que irnos de aquí deberíamos, por el soplo de Dios —susurró débilmente Fifi, aferrándose a sus ropas caseras con una temblorosa mano—. ¡Esto no me gusta nada!
Finalmente, hubo actividad en la boca del pozo. Sudorosos hombres con monos tiraron de cuerdas. El primer terranauta fue extraído a la vista, llevando el característico uniforme negro de los de su clase. Su cabeza colgaba, su mascarilla había sido arrancada, pero estaba luchando valerosamente por mantener la conciencia. Una sonrisa jovial cruzó sus pálidos labios, y agitó una mano a las cámaras. Una estentórea ovación brotó de los espectadores.
Pertenecía a la intrépida raza de hombres que se sumergían en los desconocidos mares del gas temporal bajo la corteza terrestre, arriesgando sus vidas para extraerle a lo desconocido una pizca de conocimiento, empujando cada vez más lejos los límites de la ciencia, anónimos y jamás honrados excepto por las constantes baterías de la publicidad mundial.
El as de los locutores se había abierto camino a codazos por entre la multitud para alcanzar al terranauta, y estaba intentando entrevistarlo, acercando un micrófono a sus labios mientras el torturado rostro del héroe aparecía en primer plano ante los incrédulos ojos de mil millones de espectadores.
—Ahí abajo..., un infierno... Dinosaurios y sus crías —consiguió jadear, antes de ser metido en la primera ambulancia—. Ahí en lo profundo del gas. Manadas de ellos, hambrientos... Unos cientos de metros más abajo y hubiéramos encontrado... la creación... del mundo.
No pudieron oír más. Nuevos refuerzos de la policía estaban limpiando el edificio de todas las personas no autorizadas antes de que los otros terranautas fueran devueltos a la superficie, aunque su cápsula terrestre no estaba aún a la vista. Cuando el cordón armado se les acercó, Fifi y Tracey retrocedieron. No podían permanecer más tiempo allí, no podían comprender nada de lo que ocurría. Se dirigieron apresuradamente hacia la puerta, ignorando los gritos de los dos Smith con sus máscaras. Cuando echaron a correr hacia la oscuridad, por encima de sus cabezas se erguía muy alto el gran chorro del geiser temporal, derramando, derramando su destino sobre el mundo.
Durante un momento permanecieron jadeando junto a una cerca próxima. Ocasionalmente uno de ellos balbuceaba como una niñita, o el otro gruñía como un hombre viejo. Mientras tanto, respiraban pesadamente. Estaba a punto de amanecer cuando reunieron sus fuerzas y siguieron su camino por la carretera en dirección a Rouseville, manteniéndose junto a los campos. No estaban solos. Los habitantes de la ciudad huían también, abandonando sus hogares que ahora les eran extraños y estaban mucho más allá de su limitada comprensión. Mirándoles bajo sus fruncidas cejas, Tracey se detuvo y arrancó una rama de un árbol cercano para fabricarse un burdo bastón.
Juntos, el hombre y su mujer treparon la ladera de la colina, regresando a las tierras salvajes como la mayor parte del resto de la humanidad, sus pesadas y encorvadas figuras silueteándose contra los primeros resplandores de luz solar en el cielo.
—Ugh glumph hum herm morm glug humk —murmuró la mujer.
Lo cual significa, groseramente traducido del antiguo piedrés: "¿Por qué demonios siempre tiene que ocurrirle esto a la humanidad justo en el momento en que está a punto de volver a civilizarse?"


FIN