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2026/05/11

Estabilidad (Philip K. Dick)


Título original: Stability
Año: 1947, aprox. (Publicado en forma póstuma en 1987).


Robert Benton desplegó lentamente sus alas, las agitó varias veces y se elevó con majestuosidad desde el tejado hacia las tinieblas.
La noche lo engulló al instante. Bajo él, centenares de diminutos puntos de luz indicaban otros tantos tejados desde los que otras personas le imitaban. Una forma violácea flotó a su lado y luego desapareció en la negrura. Benton, sin embargo, no se sentía inclinado a entablar carreras nocturnas. La forma violácea se acercó de nuevo con un balanceo invitador. Benton la rechazó desdeñosamente y aleteó en busca de una zona más alta.
Al cabo de un rato descendió y se dejó arrastrar por corrientes de aire que ascendían desde la ciudad que se extendía a sus pies, la Ciudad de la Luz. Una sensación maravillosa y excitante le invadió. Hizo entrechocar sus enormes y blancas  alas, atravesó con frenética alegría las nubes que circulaban en dirección contraria, se sumergió en la puerta invisible del inmenso cuenco negro en el que volaba y, por fin, bajó hacia las luces de la ciudad, pues su tiempo libre terminaba.
Una luz más brillante que las otras parpadeaba al fondo: La Oficina de Control. Se dirigió hacia ella lanzando su cuerpo como una flecha, con las alas blancas recogidas. Su trayectoria dibujó una perfecta línea recta. Extendió las alas a unos treinta metros de la luz, se afianzó en el aire y se posó en una terraza elevada.
Benton empezó a caminar hasta que una luz se encendió y encontró el camino de la puerta de entrada guiado por su resplandor. La puerta se abrió hacia dentro al presionarla con las yemas de los dedos y Benton entró. Empezó a bajar al instante, cada vez a mayor velocidad. El diminuto ascensor se paró de repente y Benton se introdujo en el despacho del Controlador.
—Hola —dijo el Controlador—, sácate las alas y siéntate.
Benton obedeció. Las plegó cuidadosamente y las colgó en uno de los ganchos clavados en la pared. Seleccionó la mejor silla y avanzó con decisión hacia ella.
—Ah —sonrió el Controlador—, veo que aprecias la comodidad.
—Bueno —respondió Benton—, no quiero desperdiciar la ocasión.
El Controlador dejó vagar su mirada más allá del visitante, a través de las paredes de plástico transparente. Al otro lado se extendían, hasta perderse de vista, los apartamentos más grandes de la Ciudad de la Luz. Todos eran…
—¿Para qué quería verme? —le interrumpió Benton.
El Controlador tosió y sacudió unas hojas de papel metálico.
—Como ya sabes, Estabilidad es el lema. La civilización ha ido avanzando durante siglos, especialmente desde el veinticinco. Sin embargo, es ley natural que la civilización deba avanzar o retroceder; no puede permanecer inerte.
—Lo sé —dijo Benton asombrado—. También sé la tabla de multiplicar. ¿Me la va a recitar?
El Controlador no le hizo caso.
—Sin embargo, hemos quebrantado esta ley. Hace cien años…
¡Cien años! Parecía ayer cuando Eric Freidenburg, de los Estados de la Alemania Libre, se puso de pie en la Cámara del Consejo Internacional y anunció a los delegados reunidos que la humanidad había alcanzado por fin su cota más alta. Progresar más era imposible. Sólo se habían consignado dos grandes inventos en los últimos años. Después se habían dedicado a contemplar las grandes gráficas y diagramas hasta ver desaparecer las líneas por la parte inferior. El gran pozo del ingenio humano se había secado, y por eso Eric se irguió y dijo lo que todos sabían, pero no se atrevían a decir. Por supuesto, desde que se había hecho público de manera formal, el Consejo se vio obligado a trabajar para solucionar el problema.
Se estudiaron tres soluciones. Una parecía más humana que las otras dos. Fue la que se adoptó. Era…
¡La Estabilización!
Hubo muchos problemas cuando llegó a oídos de la gente. Estallaron disturbios en las principales capitales. La Bolsa se vino abajo y la economía de muchos países quedó fuera de control. Los precios de los alimentos se encarecieron y la mayor parte de la población padeció hambre. Se declaró la guerra… ¡Por primera vez en trescientos años! Pero la Estabilización había empezado. Los disidentes fueron eliminados y los radicales desterrados. Fue duro y cruel, pero no había otra posibilidad. El mundo, por fin, se plegó a un estado inflexible, un estado controlado que no admitía cambios: Ni adelantos ni retrocesos.
Todos los habitantes eran sometidos cada año a un difícil examen de una semana de duración para determinar si se apartaban o no de la norma. Los jóvenes recibían una educación intensiva de quince años. Los que no podían situarse al mismo nivel de los demás simplemente desaparecían. Los inventos eran estudiados minuciosamente por Oficinas de Control para asegurarse de que no podían perturbar la Estabilidad. Ante la menor posibilidad…
—Y por eso no podemos permitir el uso de tu invento —explicó el Controlador a Benton—. Lo siento.
Observó a Benton, le vio sobresaltarse, palidecer. Las manos le temblaban.
—Vamos —dijo con dulzura—, no te lo tomes así; puedes hacer otras cosas. Después de todo, no hay peligro de destierro.
Benton se limitaba a mirarle fijamente:
—Pero usted no lo comprende —dijo al fin —; no he inventado nada. No sé de qué me habla.
—¡Que no has inventado nada! —exclamó el Controlador—. ¡Si yo estaba presente el día que lo trajiste! ¡Vi cómo firmabas la declaración de propiedad! ¡Me entregaste el modelo a mí!
Miró a Benton. Luego apretó un botón de su escritorio y habló frente a un pequeño círculo luminoso.
—Envíeme el expediente número tres, cuatro, cinco, cero, cero, D, por favor.
Un tubo apareció al cabo de un momento en el círculo luminoso. El Controlador levantó el objeto cilíndrico y se lo pasó a Benton.
—Aquí tienes tu declaración firmada con tus huellas dactilares impresas en los lugares correspondientes. Sólo tú pudiste dejarlas.
Benton abrió el tubo como atontado y extrajo unos papeles del interior. Los examinó unos instantes, los volvió a colocar lentamente dentro del tubo y lo tendió al Controlador.
—Sí —dijo—, es mi letra, y no cabe duda de que son mis huellas digitales, pero sigo sin comprenderlo; jamás he inventado nada y nunca estuve aquí antes. ¿Cuál es el invento?
—¿Cuál es? —repitió el Controlador boquiabierto—. ¿No lo sabes?
—No, no lo sé.
—Bien, si quieres averiguarlo tendrás que bajar a las Oficinas. Lo único que puedo decirte es que los planos que nos enviaste no merecieron la aprobación de la Junta de Control. Yo sólo soy un portavoz. Tendrás que vértelas con ellos.
Benton se levantó y caminó hacia la puerta. Se abrió al simple contacto de sus dedos, como la anterior, y él entró en las Oficinas de Control. Antes de que la puerta se cerrara a su espalda, el Controlador le advirtió severamente:
—¡Ignoro lo que estás tramando, pero ya conoces el castigo por alterar la Estabilidad!
—Temo que la Estabilidad ya esté alterada —respondió Benton, y prosiguió su camino.
Las oficinas eran gigantescas. Desde la plataforma en la que estaba situado podía ver un millar de hombres y mujeres que manipulaban eficientes y zumbantes máquinas.
Dentro de las máquinas, un alimentador distribuía montones de tarjetas. Muchos de los empleados trabajaban en escritorios, mecanografiando informes, trazando gráficas, descartando tarjetas y descifrando mensajes en clave. Los asombrosos diagramas que colgaban de las paredes eran reemplazados sin cesar. Hasta el aire parecía haberse contagiado de la vitalidad del trabajo, el zumbido de las máquinas el teclear de los mecanógrafos y el murmullo de las voces que daban lugar a un único, apacible y satisfecho sonido. Y esta inmensa maquinaria, que costaba una fortuna mantener en funcionamiento, tenía un nombre: ¡Estabilidad!


Aquí residía lo que había hecho del mundo un todo indivisible. Esta sala, estos esforzados trabajadores, el hombre insensible que agrupaba tarjetas en la pila etiquetada "para exterminar" funcionaban al unísono como una gran orquesta sinfónica. Un error, un retraso, y toda la estructura se tambalearía. Pero nadie fallaba. Nadie se detenía ni vacilaba. Benton bajó por una escalerilla hasta el mostrador de información.
—Deme toda la información sobre un invento entregado por Robert Benton, tres, cuatro, cinco, cero, cero, D —pidió al empleado, que asintió y abandonó el mostrador.
Al cabo de escasos minutos regresó con una caja metálica.
—Contiene los planos y un modelo a escala reducida del invento —explicó.
Puso la caja sobre el mostrador y la abrió. Benton echó un vistazo al contenido. Una pequeña maqueta de una maquinaria muy compleja descansaba en el centro, sobre un grueso montón de hojas metálicas cubiertas de diagramas.
—¿Puedo llevármelo? —preguntó Benton.
—Siempre que sea usted el propietario —replicó el empleado.
Benton le enseñó su tarjeta de identificación. El empleado la examinó y la cotejó con los datos del invento. Por fin dio su aprobación, Benton cerró la caja, la cogió y salió a toda prisa del edificio por una puerta lateral.
Desembocó en una de las calles subterráneas más anchas, en la cual había un aluvión de luces y de vehículos. Se orientó y empezó a buscar un coche de comunicaciones que le llevara a casa. Detuvo uno y subió. Pasados unos minutos de trayecto, levantó con grandes precauciones la tapa de la caja y miró el extraño modelo.
—¿Qué lleva ahí, señor? —preguntó el conductor robot.
—Ojalá lo supiera —respondió Benton con pesar.
Dos voladores alados bajaron en picado y se agitaron frente a él, danzaron en el aire durante un segundo y después desaparecieron.
—Oh, vientos —murmuró Benton—, olvidé mis alas.
Bien, era demasiado tarde para dar media vuelta y recuperarlas, el coche estaba frenando delante de su casa. Pagó al conductor, entró y cerró la puerta, algo que ya no se solía hacer. El mejor lugar para examinar el contenido de la caja sería su sala de "reflexión", donde pasaba la mayor parte del tiempo libre que no utilizaba en volar. Allí, entre sus libros y revistas, examinaría la caja a sus anchas.
El conjunto de diagramas constituyó un completo misterio para él, y aún más el modelo. Lo miró desde todos los ángulos, por debajo, por encima. Trató de interpretar los símbolos técnicos de los diagramas sin resultado alguno. Sólo había un camino viable. Localizó el interruptor y lo golpeó ligeramente.
No sucedió nada durante cerca de un minuto. Luego, la habitación comenzó a oscilar y a retroceder. Por un momento tembló como una masa de gelatina. Se mantuvo firme un instante, y luego desapareció.
Benton cayó a través de un espacio similar a un túnel sin final, y se encontró contorsionándose frenéticamente, buscando a tientas en la negrura algo a lo que asirse. Cayó por un lapso de tiempo interminable, indefenso y aterrado. De pronto, tocó suelo, sano y salvo. La caída no podía haber sido muy larga, aunque así lo pareciera. Ni siquiera se habían desordenado sus vestiduras metálicas. Se incorporó y paseó la vista a su alrededor.
El lugar al que había llegado le era desconocido. Se trataba de un campo…, si bien pensaba que ya no existía. Por todas partes se veían ondulantes terrenos de grano. Sin embargo, estaba convencido de que no crecía grano natural en ninguna parte de la Tierra. Sí, así debía ser. Hizo pantalla con las manos para protegerse los ojos y miró al sol, que parecía el mismo de siempre. Empezó a caminar.
Los campos de trigo se terminaron al cabo de una hora, y fueron sustituidos por un extenso bosque. Gracias a sus estudios sabía que ya no quedaban bosques en la Tierra. Habían perecido años antes. ¿Dónde se encontraba, pues?
Imprimió más rapidez a su paso. Después se puso a correr. Divisó una pequeña colina y la escaló hasta la cumbre. Al contemplar la otra ladera no pudo evitar su asombro. No había más que un gran vacío. La tierra era completamente lisa y estéril, y hasta donde alcanzaba la vista no se veían árboles ni signos de vida, sólo el inmenso y calcinado país de la muerte.
Bajó hacia la llanura. A pesar del calor y la sequedad que sentía bajo sus pies, no desfalleció. Siguió andando. El suelo lastimaba sus pies, poco acostumbrados a las largas caminatas, y el cansancio fue en aumento, pero estaba determinado a continuar. Un casi inaudible susurro en el interior de su mente le impulsaba a no disminuir la velocidad.
—No lo cojas —dijo una voz.
—Lo haré —graznó, y se paró en seco.
¡Una voz! ¿De dónde vendría? Se giró con rapidez, pero no vio nada. No obstante, había llegado hasta sus oídos, como si fuera la cosa más natural que las voces vinieran del aire. Examinó la cosa que estaba a punto de coger. Era un globo de cristal del tamaño aproximado de su puño.
—Destruirás su valiosa Estabilidad —dijo la voz.
—Nadie puede destruir la Estabilidad —respondió automáticamente.
El globo de cristal reposaba frío y hermoso en la palma de su mano. Había algo dentro, pero el calor que desprendía la esfera resplandeciente lo hacía bailar ante sus ojos y le impedía conocer su naturaleza exacta.
—Estás permitiendo que cosas malignas controlen tu mente —dijo la voz—. Suelta el globo y vete.
—¿Cosas malignas? —preguntó sorprendido.
Hacía calor y tenía sed. Hizo el ademán de guardarse el globo en la túnica.
—No lo hagas —ordenó la voz—, pues ése es su designio.
El globo era aún más bello apoyado contra su pecho. Le protegía del fiero calor del sol. ¿Qué estaba diciendo la voz?
—Te llamó a través del tiempo —explicó la voz—. Ahora le obedeces sin rechistar. Soy su guardián, y desde entonces, cuando el mundo fue creado, lo he custodiado. Vete, y déjalo tal como lo encontraste.
Pero hacía demasiado calor en la llanura. Quería marcharse; el globo le instaba, le recordaba el fuego que caía del cielo, la sequedad de su boca, el aturdimiento de su cabeza. Reemprendió el camino, y mientras apretaba el globo contra sí oyó el rugido de furia y desesperación de la voz fantasmal.
Era lo único que podía recordar. Tuvo conciencia de volver sobre sus pasos hacia los campos de trigo, atravesarlos, tropezando y tambaleándose, hasta llegar al lugar en el que había aparecido. El globo de cristal apretado contra su costado le incitaba a recoger la pequeña máquina del tiempo que había dejado abandonada. Le susurraba qué dial cambiar, qué botón apretar, cuál sintonizar. Luego volvió a caer, de vuelta por el corredor del tiempo, de vuelta, de vuelta hacia la neblina grisácea de la que había surgido, de vuelta a su propio mundo.
De pronto, el globo le ordenó detenerse. El viaje a través del tiempo aún no había finalizado: Quedaba algo por hacer.

—¿Dices que tu apellido es Benton? ¿En qué puedo ayudarte? —preguntó el Controlador—. Nunca habías estado aquí, ¿verdad?
Miró con fijeza al Controlador. ¿Qué quería decir? ¡Si acababa de abandonar su oficina! ¿O no? ¿Qué día era? ¿Dónde había estado? Aturdido, se frotó la cabeza y tomó asiento en la butaca. El Controlador le observaba con ansiedad.
—¿Te encuentras bien? ¿Puedo ayudarte?
—Estoy bien —dijo Benton. Tenía algo en las manos—. Quiero registrar este invento para que reciba la aprobación del Consejo de la Estabilidad.
Tendió la máquina del tiempo al Controlador.
—¿Traes los bocetos? —preguntó el Controlador.
Benton registró sus bolsillos y sacó los diagramas. Los esparció sobre el escritorio del Controlador y depositó el modelo entre ellos.
—El Consejo no tendrá problemas en determinar lo que es —indicó Benton. Le dolía la cabeza y quería marcharse. Se puso en pie.
—Me voy —dijo, y salió por la puerta lateral. El Controlador le siguió con la mirada.

—Obviamente —dijo el primer Miembro del Consejo de Control— ha estado usando este aparato. ¿Afirma que en la primera visita actuó como si ya hubiera estado antes, pero que en la segunda no recordaba haber presentado un invento ni su visita anterior?
—Exacto —asintió el Controlador—. Sospeché algo en la primera visita, pero no adiviné el significado hasta la segunda. Lo ha utilizado, no cabe duda.


—La Gráfica Central predice que un elemento desestabilizador está a punto de sobrevenir —indicó el Segundo Miembro—. Yo diría que se trata del señor Benton.
—¡Una máquina del tiempo! —exclamó el Primer Miembro—. Podría representar un peligro. ¿Traía algo más cuando vino la primera vez?
—No observé nada especial, salvo que andaba como si llevara algo bajo sus vestimentas —replicó el Controlador.
—Entonces debemos actuar cuanto antes. Tal vez haya desencadenado ya una serie de circunstancias que nuestros Estabilizadores no sean capaces de controlar. Creo que sería conveniente visitar al señor Benton.

Benton estaba sentado en su sala de estar con la mirada perdida en la lejanía. Sus ojos mantenían una rigidez vidriosa que apenas les permitía parpadear. El globo le había estado hablando, contándole sus planes, sus esperanzas. Se detuvo de súbito.
—Ya vienen —dijo.
Estaba posado en el sofá, a su lado, y su ligero susurro se introdujo en el cerebro de Benton como volutas de humo. En realidad, no hablaba, pues su lenguaje era mental, aunque Benton le oía.
—¿Qué he de hacer?
—Nada —dijo el globo—. Se irán.
Sonó el timbre de la puerta y Benton continuó inmóvil. El timbre sonó otra vez y Benton se agitó inquieto. Al cabo de un rato, los hombres volvieron sobre sus pasos y dio la impresión de que se habían ido.
—¿Y ahora qué? —preguntó Benton. El globo tardó en contestar.
—Siento que la hora está a punto de llegar —dijo por fin—. Hasta ahora no he cometido equivocaciones, y la parte más difícil ya ha pasado. Lo más complicado fue atraerte a través del tiempo. Tardé años en conseguirlo. El Vigía era inteligente. Tardaste mucho en responder y no lo hiciste hasta que encontré el método de poner la máquina en tus manos. Entonces supe que el éxito estaba cerca. Pronto nos liberarás de este globo. Después de tanto tiempo…
Oyeron crujidos y murmullos en la parte trasera de la casa. Benton se levantó de un salto.
—¡Están entrando por la puerta de atrás! —gritó. El globo crujió airadamente.
El Controlador y los Miembros del Consejo hicieron acto de presencia lenta y cautelosamente. Cuando vieron a Benton se detuvieron.
—Creíamos que no estabas en casa —dijo el Primer Miembro.
Benton se volvió hacia él.
—Hola. Lamento no haber respondido a la llamada; me quedé dormido. ¿Qué se les ofrece?
Estiró la mano poco a poco hacia el globo, y pareció que éste se deslizara bajo el manto protector de su palma.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó de pronto el Controlador. Benton le miró y el globo susurró consejos en su mente.
—Un pisapapeles —sonrió—. ¿Quieren sentarse?
Los hombres se acomodaron y el Primer Miembro empezó a hablar.
—Viniste a vernos dos veces, la primera para registrar un invento y la segunda porque te habíamos conminado a ello, puesto que no podíamos autorizarte a utilizar ese invento.
—¿Y bien? —preguntó Benton—. ¿Qué sucede?
—Nada —respondió el Primer Miembro—, salvo que la que fue para nosotros la primera visita fue para ti la segunda. Podemos probarlo, pero no lo haremos por el momento. Lo único importante es que todavía conservas la máquina. He aquí un problema difícil. ¿Dónde está la máquina? Suponemos que la tienes en tu poder. Si bien no podemos obligarte a dárnosla, la obtendremos de una manera o de otra.
—Es cierto —admitió Benton.
¿Pero dónde estaba la máquina? Acababa de dejarla en la Oficina del Controlador. Aunque la había cogido durante su viaje por el tiempo, después había regresado al presente y la había devuelto a la Oficina del Controlador.
—Ha dejado de existir, una no entidad en una espiral temporal —le susurró el globo, adivinando sus reflexiones—. La espiral temporal concluyó cuando depositaste la máquina en la Oficina de Control. Ahora haz que se vayan estos hombres para que podamos hacer lo que ha de hacerse.
Benton se puso en pie y protegió el globo con su cuerpo.
—Temo que la máquina del tiempo no se halla en mi poder. Ni siquiera sé dónde está, pero búsquenla si quieren.
—Por haber violado las leyes te has hecho merecedor del destierro —observó el Controlador—, pero consideramos que hiciste lo que hiciste sin querer. No queremos castigar a nadie sin motivos, sólo deseamos mantener la Estabilidad. Una vez alterada, ya nada importa.
—Busquen, pero no la encontrarán —dijo Benton.
Los Miembros y el Controlador procedieron. Destriparon sillones; miraron bajo las alfombras y los cuadros, en las paredes, pero no encontraron nada.
—Ya ven que les decía la verdad.
Benton sonrió cuando regresaron a la sala de estar.
El Primer Miembro se encogió de hombros.
—Puede que la hayas ocultado en otro lugar. Sin embargo, no importa.
El Controlador avanzó un paso.
—La Estabilidad es como un giroscopio. Es difícil apartarlo de su trayectoria, pues una vez puesto en marcha cuesta mucho detenerlo. No creemos que tengas la energía suficiente para desviar ese giroscopio, pero quizás otros la tengan. Está por verse. Ahora nos iremos, y se te permitirá acabar con tu vida o aguardar al destierro. La elección está en tus manos. Se te vigilará, por supuesto, y confío en que no tratarás de huir. En tal caso, serás destruido inmediatamente. La Estabilidad debe ser mantenida a toda costa.
Benton les miró y luego depositó el globo sobre la mesa. Los Miembros lo observaron con interés.
—Un pisapapeles —repitió Benton—. Interesante, ¿verdad?
El interés de los Miembros disminuyó. Se dispusieron a partir. Pero el Controlador examinó el globo alzándolo hacia la luz.
—La maqueta de una ciudad, ¿eh? Qué sutileza de detalles.
Benton le miró en silencio.
—Caramba, parece increíble que una persona pueda esculpir tan bien —continuó el Controlador—. ¿Qué ciudad es? Parece tan vieja como Tiro o Babilonia, o muy adelantada en el futuro. Sabes, me recuerda una vieja leyenda. La leyenda cuenta que una vez existió una ciudad muy perversa, tan perversa que Dios la disminuyó de tamaño y la metió en un recipiente, y dejó un vigía para evitar que nadie se escapara y liberara la ciudad rompiendo el recipiente. Se supone que ha seguido cautiva durante una eternidad, aguardando el momento de liberarse. Es posible que ésta sea la maqueta.
—¡Vamos! —gritó el Primer Ministro—. Debemos irnos; tenemos muchas cosas que hacer esta noche.
El Controlador se giró rápidamente hacia los Miembros.
—¡Esperen! No se vayan.
Cruzó la habitación con el globo todavía en sus manos.

 
—No es el momento más adecuado para irse —dijo, y Benton observó que, pese a la palidez de su rostro, apretaba con firmeza los labios.
El Controlador se volvió bruscamente hacia Benton.
—Un viaje a través del tiempo, la ciudad en un globo de cristal. ¿Qué significa esto?
Los dos Miembros del Consejo parecían asombrados y confusos.
—Un ignorante viaja por el tiempo y vuelve con un extraño objeto de vidrio —dijo el Controlador—. Un trofeo muy extraño, ¿no creen?
La cara del Primer Miembro perdió el color.
—¡Por el Buen Dios del Cielo! —murmuró—. ¡La ciudad maldita! ¿En ese globo?
Miró la esfera con expresión de incredulidad. El Controlador observó a Benton como divertido.
—A veces podemos ser muy estúpidos, ¿no es así? Pero un día nos despertamos.
—¡No la toques!
Benton retrocedió con parsimonia, con las manos temblorosas.
—¿Y bien? —preguntó.
Al globo le molestaba estar en manos del Controlador. Emitió un zumbido y las vibraciones se deslizaron por el brazo del Controlador. Al sentirlas, asió con más firmeza el globo.
—Desea que lo rompa, que lo destroce contra el suelo para liberarse.
Contempló las diminutas espirales y el remate de los edificios en la sombría nebulosidad del globo, tan diminutas que podía cubrirlas con sus dedos.
Benton se lanzó adelante, firme y seguro como cuando volaba. Cada minuto pasado en la cálida negrura de la atmósfera de la Ciudad de la Luz vino en su ayuda. El Controlador, que siempre había estado muy ocupado con su trabajo, demasiado ajeno a los placeres aéreos que tanto enorgullecían a la ciudad, se derrumbó al instante. El globo salió disparado de sus manos y rodó por el suelo de la habitación. Benton saltó tras él. Mientras corría en pos de la brillante esfera vio de reojo los rostros asustados y perplejos de los Miembros y del Controlador, que trataba de ponerse en pie, horrorizado y aturdido por el golpe.
El globo le llamaba entre susurros. Benton avanzó sin vacilaciones y percibió primero un murmullo victorioso y después un rugido de alegría cuando aplastó con el pie el cristal que la mantenía prisionera.
El globo se quebró con un chasquido estruendoso. Nada sucedió durante un rato, hasta que empezó a desprender niebla. Benton volvió al sofá y se sentó. La niebla empezó a llenar la habitación. Creció y creció hasta el punto de asemejarse a algo vivo por la forma en que se retorcía y mudaba.
El sueño se apoderó de Benton. La niebla se agolpó a su alrededor, se enroscó en sus piernas, llegó al pecho y finalmente se arremolinó en torno a su rostro. Arrellanado en el sofá, con los ojos cerrados, se dejaba envolver por la extraña y antigua fragancia.
Entonces oyó las voces. Lejanas y débiles al principio, el susurro del globo amplificado incontables veces. Un concierto de murmullos se elevó del globo resquebrajado hasta alcanzar un crescendo exultarte. ¡La alegría de la victoria! Vio a la ciudad en miniatura dentro del globo fluctuar y desvanecerse, y luego cambiar de forma y tamaño. Podía oírla tan bien como la veía. El firme latido de la maquinaria como un gigantesco tambor. La trepidación y agitación de seres metálicos en cuclillas.
Los seres se movían. Vio a los esclavos, hombres sudorosos, encorvados y pálidos, retorciéndose en sus esfuerzos por alimentar los rugientes hornos de acero. La escena pareció dilatarse ante sus ojos hasta llenar la habitación; los sudorosos trabajadores le rozaban y apartaban de su camino. Estaba ensordecido por el estruendo de las rechinantes ruedas, engranajes y válvulas. Algo le empujaba a moverse hacia la ciudad y la niebla resonaba con los nuevos y victoriosos sonidos de los liberados.

Cuando salió el sol ya estaba despierto. Sonó el despertador, pero ya hacía rato que Benton había salido del cubidormitorio. Cuando se unió a las filas de sus compañeros reconoció algunas caras familiares, hombres a los que había conocido anteriormente en algún otro lugar. Pero en seguida se le borraron los recuerdos. Mientras marchaban en perfecta formación hacia las máquinas que les esperaban, entonando los sonidos disonantes que sus antecesores habían cantado durante siglos, con el peso de las herramientas lastimándole la espalda, contó el tiempo que faltaba para su próximo día de descanso. Apenas quedaban tres semanas y, pese a todo, debería hacerse merecedor del premio ante las máquinas.
¿Acaso no había cuidado a su máquina fielmente?


FIN

2026/04/13

Extraño náufrago (Nelson Bond)


Título original: Uncommon Castaway
Año: 1949


¡Yo os digo, precaveos y arrepentíos, y ay de aquel que desoiga mi aviso! Porque en verdad, en verdad os digo que el día del Juicio se aproxima, y en ese día a causa de vuestros pecados e iniquidades os visitarán el fuego y la espada de Aquéllos cuya furia hace temblar la tierra y arder las aguas del mar.

Nos echaron de un puntapié de Alejandría cuando Rommel siguió su avance más allá de Mersa Matruh, por la larga y arenosa carretera que conduce a El Cairo. No exagero al afirmar que nos echaron de un puntapié. El Almirantazgo opinaba que lo único que podíamos hacer era refugiarnos en puertos seguros hasta que el giro que tomasen los acontecimientos revelase si el plan de Montgomery para ofrecer una última resistencia en un puntito del mapa llamado El Alamein era buena estrategia o —como casi todos temíamos— pura desesperación.
A nuestro capitán le disgustaba sobremanera tener que huir. Cuando le entregué la orden, gruñó y mordió con fuerza su pipa. Ni siquiera lanzó un juramento, lo cual demuestra hasta qué punto aquello le afectó, porque nuestro capitán es un hombre educado, que sabe jurar con soltura en seis idiomas diferentes. Y por simples bagatelas.
Pero aquello era demasiado grande. Se limitó a mover la cabeza y a decir:
—Muy bien, Chispas. ¡Que se cumpla!
Y volviéndose, se alejó hacia proa con gran celeridad.
Así fue como el Grampus, al abrigo de una noche egipcia oscura como boca de lobo, se escabulló hacia alta mar en pos de la salvación. El Puerto de Oeste parecía la boca de un túnel; incluso el faro de Raset-Tin estaba apagado por temor a los bombardeos aéreos. Pero las tinieblas estaban llenas de vida y ruido. El incesante rumor del oleaje del Mediterráneo contra los escollos de la isla de Faros; las altas y moduladas notas del pito que hacía sonar el contramaestre, que resaltaban con un extraño son agudo entre los suspiros de la brisa de poniente; el susurro de voces provenientes de barcos que se deslizaban confusamente a nuestro alrededor, tétricos como espectros a la deriva. Sonidos grises y encolerizados. El petulante adiós de unos buques que evacuaban un puerto que sólo pocos meses antes había sido la más altiva base británica en toda la costa norteafricana.
—Tenemos que ser los primeros en salir —dijo el capitán—. La flota necesitará hasta el último submarino. Particularmente si los boches toman Alejandría. —Mirando hacia el cielo con desconfianza, añadió—: Habrá que poner servidores en las piezas de cubierta. Podemos tener jaleo.
Pero no lo tuvimos. No perdimos ni un solo barco, ni un hombre por acción enemiga durante toda la operación. Fue curioso que nada sucediese, verdaderamente, porque estábamos a merced de los Stukas, apretujándonos de tal manera en aquel estrecho paso que poca resistencia hubiéramos podido ofrecer. Además, muchos de nosotros estábamos en muy malas condiciones. Esto es lo que sucedía al Grampus, que había recalado en Alejandría para someterse a revisión general y a varias reparaciones, y que tuvo que hacerse de nuevo a la mar antes de que éstas hubiesen terminado.
Aunque después de todo, no hay motivo para extrañarse. Los alemanes se sentían muy seguros por aquellos días. Y tenían razón de estarlo. Pero esta excesiva seguridad fue nuestra salvación. Creo que no nos bombardearon durante nuestra huida porque esperaban tomar Alejandría de un momento a otro, y no querían apoderarse de una base naval reducida a escombros.
Sea como fuere, dejamos atrás la escollera sin el menor contratiempo, y tomamos el rumbo ordenado. No sabíamos nuestro punto de destino, pero puesto que zarpamos rumbo al nordeste, a bordo todos estábamos convencidos de que nos dirigíamos a Larnaca. Chipre sólo se hallaba a trescientas millas de distancia, y hubiéramos debido cubrirlas en un solo día, pero nadie se hacía ilusiones suponiendo que el viaje sería tan rápido. Cabía la posibilidad constante de encontrarse con barcos o aviones enemigos. Además, el barómetro señalaba mal tiempo. Y para acabar de redondear aquellas sombrías perspectivas, nuestros remendados motores empezaron a toser y carraspear cuando apenas habíamos traspuesto la isla de Faros.
La situación no le hacía pizca de gracia a Auld Rory, nuestro cocinero, y me lo dijo sin ambages cuando le pedí que me sirviese una taza de té en la cocina, una vez nos hicimos a la mar sin tropiezos.
—Esto presenta muy mal cariz —gruñó el viejo escocés—. Vergüenza debía darle a la Armada huir de este modo, sin presentar combate. ¡Qué cosa—farfulló, buscando la palabra adecuada—, qué cosa tan poco digna!
Sonriendo, le dije:
—Quizá no sea muy digno, Rory, pero es mucho más seguro. Como dice Shakespeare en el Paraíso perdido: "Quien lucha y salva su flete, conseguirá salir del brete".
—Este noble bardo —dijo Auld Rory rechinando los dientes— no fue el autor del Paraíso perdido, sino el gran John Milton. Además, este verso no es como lo has citado tú, yanqui ignorante y bruto.
—Te he dicho mil veces, Rory —repuse, sonriendo—, que yo no soy americano, sino súbdito británico, nacido y criado en mi viejo y querido Fogville-on-the Thames, la villa de la niebla junto al Támesis.
—¡Eres un perfecto embustero! —dijo Auld Rory montando en cólera—. Tú hablas la lengua materna como un jenízaro.
—Eso se debe a que me crié en Brooklyn.
—¿Eh? ¿No me habías dicho en Nueva York?
—Nueva York es un suburbio de Brooklyn. Un día tienes que ir conmigo a Flatbush, Rory. ¡Qué sitio! Tendrías que oír cómo chilla la multitud el Día de las Damas de Ebbets Field, y cómo apostrofan a los árbitros: "¡Que maten a ese holgazán! ¡Que lo cuelguen!"
—¡Qué lenguaje! —exclamó Rory, ofendido—. ¿Y en presencia de señoras? ¡Vaya indecencia! ¡Estoy avergonzado de ti, Yake Levine! 
Mientras yo sorbía el té él me contemplaba con semblante ceñudo. Prosiguió:
—Y sigo diciendo que esto presenta muy mal cariz. En el puerto, teníamos al menos baterías costeras y una posición defendible. Pero esto no les parecía bastante bueno a los jefazos. ¡No, señor! De modo que aquí estamos, solos y maltrechos en medio del Mediterráneo, a punto de convertirnos en la presa de Dios sabe qué bárbaros que caerán sobre nosotros. Me extraña que aún no nos hayan atacado, a decir verdad.
—Tranquilízate, Rory —le dije, riendo— y procura que tus úlceras descansen. Estas aguas son bastante seguras. Te apuesto cinco chelines a que ni siquiera vemos al enemigo, y mucho menos... ¡Eh, qué es eso!
¡Valiente profeta estaba hecho! Mi profecía terminó en un grito de sorpresa cuando el inconfundible tronar de una pieza de cubierta hizo temblar el submarino en toda su longitud. El Grampus se encabritó y se estremeció. El té me cayó sobre las muñecas y me las escaldó. Se oyeron voces excitadas, que fueron ahogadas por el estridente clamor de la sirena de alarma del barco.
Pero dominándolo todo, Auld Rory gritó:
—¡Te acepto la apuesta! —No hay que olvidar que era escocés.
Salí como una exhalación de la cocina y corrí hacia la cámara del telegrafista. Haciendo eses por el pasadizo, tropecé con varios artilleros que bajaban a toda prisa para dirigirse a sus puestos de inmersión. Sujeté a Rob Enslow por el brazo.
—¿Aviones?
—¡El cielo está lleno de ellos!
Entonces oí sus motores, que zumbaban con el irritado ronroneo de un avispero en libertad. Los boches no habían querido bombardearnos en el puerto para hacernos pedazos en alta mar. La voz precisa y tranquila del capitán nos infundió una repentina calma a todos.
—¡Zafarrancho de combate! ¡Inmersión!
Se abrieron las válvulas y el silbido del aire que se escapaba se mezcló con el borboteo del agua que llenaba los depósitos de lastre, y nuestro sumergible se hundió bajo la superficie. Alcancé mi compartimiento y me acerqué dando traspiés, pues el barco cabeceaba mucho, al tablero de instrumentos. Frente a él estaba Walt Roberts, el pañolero. Me dirigió una mirada.
—¿Estás bien, Jake?
—Perfectamente. ¿Y tú?
—De primera. —Y luego añadió—: Ya estamos sumergidos.
—Sí —asentí—. Ahora estaremos bien, a menos que alguno de esos pájaros suelte cargas de profundidad.
—De acuerdo —dijo Walt—. Aunque quizás esta vez no las lleven.
—No es probable que las lleven —afirmé—. Debe ser una escuadrilla con base en tierra, que habrá salido de Bardia. Te apuesto a que entre todos no tienen una sola carga de... —No pude terminar la frase.


De pronto oímos un trueno sordo. El Grampus se zarandeó como si hubiese sido golpeado por un puño gigantesco. Luego se sacudió y saltó como un pez debatiéndose con el anzuelo. Resonó de nuevo la campana de alarma para detenerse de pronto cuando las luces se apagaron, después de un breve e intensísimo resplandor que nos deslumbró a todos. Un latido cálido, como si la electricidad se hubiese vuelto loca, se esparció por mi cuerpo, obligándome a contraerme dolorosamente. El Grampus se inclinó de costado, mis pies perdieron su sostén y caí de cabeza sobre la cubierta escorada, dándome un fuerte golpe contra el mamparo. Esto es todo cuanto recuerdo.

El árbitro aulló: "¡Tanto!" Yo me puse en pie de un salto, echando espumarajos de cólera, compartida por toda una gradería de sol abarrotada de conciudadanos míos.
—¡Cómprate unas gafas, pedazo de bruto! —le grité—. ¡Esa pelota ha pasado a un kilómetro fuera!
Levantando mi almohadilla, la tiré al campo. Una mano me sujetó por el hombro y un polizonte me miró con expresión malévola:
—¡Oiga usted! ¡Haga el favor de seguirme!
—¡Quíteme las manos de encima! —grité, y me debatí para desasirme.
Alguien, un amigo de entre la multitud, me gritó desde lejos:
—¡Jake! ¿Estás bien?
—¡Suélteme! —rezongué—. ¡Éste es un país libre! Suélteme, o de lo contrario...
La mano posada en mi hombro afirmó su presa. La voz se hizo más próxima y distinta:
—¡Jake! ¿Estás bien, Jake?
El campo de Ebbets se desvaneció; sus gradas de sol se convirtieron en el oscuro y húmedo interior del Grampus. Tanto la mano como la voz pertenecían a Walt Roberts.
—Jake...
—Estoy bien —dije—. Estoy bien, Walt. 
Estiré el cuello cautelosamente.
—Gracias, chico. Acabas de salvarme de diez dólares o diez días.
—¿Qué?
—Dejémoslo —dije—. ¿Dónde estamos?
—Sobre el fondo. Esta carga de profundidad nos ha averiado algo. No sé exactamente qué. Por suerte el agua aquí no es muy profunda.
—Tanto mejor —observé—. ¡Qué suerte!
Yo estaba muerto de miedo, pero no quería demostrárselo. Proseguí:
—Si fuésemos peces, no tendríamos que ir muy lejos. ¿Tenemos vías de agua?
—Creo que no.
—¿Entonces qué les pasa a las baterías? ¿Por qué no hay luz?
—Ojalá lo supiese —dijo Roberts.
—Vamos a ver qué ocurre —le invité.
Avanzamos a tientas por el submarino, tropezando con otros que hacían lo propio. Nos dominaba cierta tensión, pero no se apoderó de nosotros el pánico. Y no se piense que la disciplina se hubiese relajado porque se nos permitiese hacer lo que nos viniese en gana. Eso se debía a que el capitán tenía cerebro, además de galones. Comprendía lo que todos experimentábamos, y mientras no interfiriésemos lo que hacía el maquinista, nos permitió satisfacer nuestra curiosidad.
En la sala de máquinas se habían colocado lámparas de auxilio y vimos el cuerpo sudoroso del maquinista inclinado sobre los motores. El primer maquinista no estaba tan preocupado como desconcertado.
—Es la cosa más extraña que he visto en mi vida, señor —oímos que decía al capitán—. No es por los efectos del impacto ni un cortocircuito. Es como si toda la instalación eléctrica hubiese sido arrancada y retorcida.
—Eso es lo que yo experimenté —gruñó el capitán—. El submarino pareció debatirse y agitarse como una anguila.
—Sí, señor. Las barras ómnibus se han convertido en una masa sólida. Y las conexiones...
El primer maquinista movió la cabeza.
—¿Pero puede usted arreglarlo?
—Creo que sí, señor. Sí, creo que podremos arreglarlo.
—Muy bien. ¡Pues manos a la obra! —El capitán se volvió muy sereno hacia todos nosotros—. Ya han oído lo que dice el jefe de máquinas, muchachos. Ahora saben tanto como yo. Volvamos todos a nuestros puestos, y dejemos trabajar a estos hombres.
Esto es lo que hicimos, con lo que el incidente quedó terminado. Algún tiempo después, las luces volvieron a encenderse. Y después de otra larga y ansiosa espera, oímos el prudente zumbido de la Diesel, seguido por el ruido que producía el árbol de la hélice al girar. Luego la voz del capitán, como siempre precisa y tranquila, por los altavoces interiores:
—Atención todos. Avería reparada. ¡Sopla!
Era pleno día cuando, después de asegurarse de que no andaban barcos enemigos por los alrededores, el Grampus emergió. Por prudencia no hacíamos funcionar la radio, pero con la esperanza de avizorar un buque amigo, el capitán me ordenó que tomase las banderas de señales y subiese con él a la torreta.
La fresca brisa marina me pareció una bendición, lo mismo que el sol. Pero habíamos perdido los restantes barcos de nuestro convoy... si es que podía llamársele así. El horizonte estaba despejado en todo lo que la mirada podía abarcar. Nada se veía sobre las aguas.
Sí , algo se veía. El capitán lo descubrió antes de que cualquiera de nosotros enfocase sus gemelos sobre la bailoteante motita negra, y lanzó un pensativo gruñido.
—Es un hombre sobre una balsa, o un mástil. Tal vez es superviviente de un naufragio. Posiblemente, alguno de nuestros barcos no pudo escapar con la celeridad con que nosotros lo hicimos. —Suspiró—. Pongamos rumbo hacia allá y le recogeremos.
El segundo saludó y desapareció por la escotilla. Pocos minutos después nos encontramos a corta distancia del pecio.
Aquí empieza la parte fantástica de mi relato. ¿Imagina acaso el lector que aquel náufrago se entusiasmó al vernos, o que empezó a agitar los brazos y a gritar de alegría?
¡Nada de eso! Durante largo rato, ni siquiera pareció apercibirse de nuestra presencia. O si nos vio, se hizo el desentendido. Tampoco respondía a nuestras voces, a pesar de que estábamos a tan corta distancia que tenía que oírnos forzosamente.
—¿Si será sordo? —dijo el capitán en voz alta.
—Es posible, señor —dijo el segundo—. Pero tiene que vernos. Es raro que no pida socorro.
—¿Y si fuese sordomudo? —apuntó el capitán.
—Basta con que sea sordo, señor —indiqué.
En aquel instante el náufrago nos vio sin ningún género de duda. Abandonando su incómoda postura, pues estaba postrado de hinojos, se levantó, pero en lugar de agitar los brazos o los harapos que le cubrían en parte, el condenado estúpido lanzó un ronco grito de espanto, saltó de su balsa desvencijada y se alejó, braceando, de nosotros con toda la celeridad que le permitían sus flacos miembros.
El capitán lanzó un gruñido de asentimiento:
—¡Ah, ya lo comprendo! Es un enemigo. ¡Tanto mejor! ¡Súbanle a bordo, muchachos!
Esto fue lo que hicimos. Pero sólo lo conseguimos después de propinarle varios golpes que le hicieron perder el conocimiento. Dos marineros saltaron al agua para apoderarse de él. La operación de capturarlo fue peor que apoderarse de una barracuda. Él pateaba, mordía y arañaba, y por poco le saca un ojo a Bill Ovens. Esto enojó sobremanera a Bill, el cual, mientras su compañero luchaba a brazo partido con el náufrago, se escurrió a sus espaldas para aturdirle de un golpe detrás de la oreja.
Así fue como el Grampus embarcó a un pasajero.

Poco tiempo después, mientras le contaba a Walt la tremolina que había armado aquel hombre, el capitán me llamó:
—Lavine, preséntese a proa.
Le encontré esperándome ante el compartimiento donde habíamos encerrado a nuestro pasajero. Sacándose la pipa de la boca me dirigió una pensativa mirada.
—Usted es judío, ¿verdad, Lavine?
—Sí, señor.
—¿Sionista?
—No, señor —contesté—. Mis padres sí lo son, pero yo...
—No importa —me atajó—. ¡Escuche!
Y me indicó la puerta con un gesto. Detrás de ella oí la voz de nuestro pasajero que hablaba solo en una especie de monótono y agudo canturreo. Pesqué alguna que otra sílaba y las comprendí. Una palabra aquí y allá, una frase suelta...
—¡Cáspita! —exclamé—. ¡Esto es hebreo!
—Ya me lo parecía —dijo el capitán—. ¿Lo habla usted?
—Lo entiendo —repuse—. Es decir, casi todo. Yo hablo mejor el yiddish.
—¡Perfectamente! —gruñó el capitán—. Entre.
Me empujó al interior del compartimiento. Por primera vez pude ver bien a nuestro pasajero a la fuerza. Era un tipo extrañísimo. Flaco, cetrino y de aspecto avinagrado, con ojos grandes y ardientes que le ponían a uno la piel de gallina cuando le miraban. Pero no con miedo o disgusto, sino con una sensación que no podía definir. Digamos temor, quizá. Esto es el modo más aproximado que tengo de descubrir este sentimiento. Parecía como si quisiese indicar que, si uno no vigilaba bien sus pasos, algo espantoso le sucedería.
Sus cabellos, como sus ojos, eran negros como la endrina, y gastaba unas pobladas barbas que acentuaban la amarga delgadez de sus labios en lugar de ocultarla. Sus pómulos salientes estaban teñidos por un rubor de tísico, y las ventanas de su nariz eran palpitantes.
Me parecía haber visto alguna vez a aquel hombre, pero no podía recordar cómo, ni dónde, ni quién era.


Su quejumbroso canturreo cesó instantáneamente al vernos entrar, y se encogió temeroso pero retador. Me pareció igual que un animal caído en la trampa.
El capitán me ordenó:
—Háblele, Jake.
—Hola, amigo —le dije yo.
—En hebreo.
—¡Ah! —exclamé. Y probé de hacerlo. Me resultaba muy difícil, porque lo había olvidado mucho. De todos modos le dije—: ¡Saludos! Me llamo Levine, Jacob Levine. ¿Me entiendes?
¡Claro que me entendía! Sus ojos apagados se iluminaron, y de su boca salió un torrente de palabras.
—¿Qué dice? —preguntó el capitán.
—Demasiadas cosas a la vez y demasiado de prisa —me quejé, y añadí en hebreo—: Te ruego que hables más despacio.
Él puso el motor al ralentí, disminuyendo su marcha en varios cientos de miles de revoluciones por minuto, y cuando empezó a hablar con un ritmo más normal, principié a entender algo de lo que decía. Declaró ser un hombre humilde, y nosotros éramos los poderosos que le infundían temor. Él era un mísero mortal, demasiado despreciable para convertirse en el blanco de nuestra ira. Besando nuestros pies, suplicó que le pusiésemos en libertad. Si le soltábamos, entonaría nuestras alabanzas hasta el día de su muerte.
—Bueno, ¿y qué? —preguntó el capitán.
—Es muy amable y zalamero —observé—. Está medio muerto de miedo.
—¿Cómo se llama?
Le transmití esta pregunta, y por toda respuesta recibí un alud de polisílabos que hubieran hundido a un mercante. Era uno de aquellos antiguos árboles genealógicos, hijo de tal e hijo a su vez de cual, y así hasta el infinito. Cuando traté de traducírselo al capitán, éste se encogió de hombros.
—Dígale que le llamaremos Johnny para abreviar. ¿De dónde proviene? 
¿Iba en uno de los barcos que evacuaron Alejandría?
No, él iba en una nave mercante.
¿Habían hundido a su barco en el ataque de anoche?
¿Ataque? Él no había visto ataque alguno, ni anoche ni en cualquiera de las noches anteriores. Él era un hombre humilde, indigno de recibir nuestras atenciones. Sólo deseaba que le dejásemos en libertad.
Entonces, ¿de dónde venía? ¿Cuál era su barco y de dónde había zarpado? ¿Adónde se dirigía?
Pasé su respuesta al capitán.
—Su barco era el Rey Guerrero, de Tarsis, que se dirigía a Joppa con un cargamento de sal, vino y lienzos.
—¿Joppa? —dijo el capitán, frunciendo el ceño—. Esto debe de significar Jaffa, cerca de Jerusalén. ¿Pero ha dicho Tarsis? Tal vez quiera decir Tarso, una población de Turquía. Aunque no es puerto de mar. Bueno, eso no importa. ¿Cuánto tiempo llevaba a la deriva en esa balsa?
—Tres días —me comunicó nuestro pasajero.
—Eso quiere decir que no hundieron su barco anoche. ¿Funciona la radio, Chispas?
—Si quiere que le sea franco, señor, no lo sé. Ha sucedido todo tan de improviso y aún estamos bajo la consigna de silencio.
—Sí, claro. Bueno, hágala funcionar y establezca contacto con Larnaca para que nos comuniquen datos acerca del... ¿cómo ha dicho...? Rey Guerrero. Si en el registro aparece como aliado o neutral, podemos considerar inofensivo a este vejestorio.
—Sí, señor —respondí—. Inmediatamente, señor.
—¡Ah!, antes de irse, diga a su amigo que no corre peligro alguno y que no nos lo comeremos.
Y el capitán soltó una risita.
Yo le traduje el mensaje. El resultado de él fue... asombroso, por no decir otra cosa. El barbudo personaje emitió un leve balido de gratitud, luego se enderezó y se arrojó acto seguido a los pies del capitán, para empezar a hacerle reverencias y genuflexiones como si adorase a la estatua de un dios.
El capitán se apartó, sorprendido.
—¡Vamos, hombre! No hace falta que hagas esas cosas... ¡Cuidado! ¿Qué es eso? ¡Maldita sea!
Miró con enojo su mano derecha, que sangraba por una extensa herida de feo aspecto. Al apartarse de Johnny, había golpeado inadvertidamente con ella un perno y se la abrió desde el índice a la muñeca. Inmediatamente aplicó un pañuelo a la herida, maldiciendo como un energúmeno.
—Enciérrelo de nuevo, Chispas. Tengo que ir a que me vea el médico. ¡Cumpla mis órdenes! 
Y con estas palabras se marchó. Yo apostrofé a Johnny con displicencia:
—¿Has visto lo que has hecho? ¡Ha sido por tu culpa!
Yo esperaba una catarata de disculpas negativas, pero me equivoqué. Johnny se limitó a permanecer inmóvil, con labios descoloridos y una mirada vaga y asustada en sus ojos. Luego susurró tristemente:
—Sí... lo sé, lo sé...
Fui entonces a la emisora y calenté los tubos. A continuación, lleno de confianza, porque tras un rápido examen me cercioré de que todo estaba en orden, hice girar los nonios para ver lo que captaba en las diferentes longitudes de onda.
Silencio absoluto.
Tomé unas herramientas y me puse a buscar la avería. Descubrí una conexión suelta y un condensador que no parecía estar bien. Lo reparé y probé de nuevo.
Silencio absoluto.
Probé el emisor. Éste parecía funcionar. Hice diversas pruebas satisfactoriamente. Viendo que así no conseguía nada, saqué los planos y repasé toda la instalación desde la antena a la tierra, realizando todos los pequeños ajustes que me parecieron necesarios. Y probé de nuevo.
Por todo resultado conseguí silencio. Decidí ir a contárselo al capitán.
—No lo entiendo, señor. Si no oyese absolutamente nada, eso indicaría que la instalación está averiada. Pero capto estática, lo cual indica que el receptor funciona. Sin embargo, no puedo captar ninguna frecuencia, ninguna emisión, de onda larga u onda corta.
El capitán se mostró muy benévolo:
—No se preocupe usted, Chispas —me dijo—. Probablemente es algo muy desusado, que tiene relación con nuestra caída al fondo. Siga usted trabajando en el receptor.
—Pero es que no puedo comunicar con Larnaca, señor.
—No importa. Estaremos allí por la mañana y a nuestra llegada nos informaremos. A propósito, esta noche cenará usted conmigo.
Yo tragué saliva:
—¿Yo, señor?
—Sí, usted. Tengo a Johnny de invitado, y le necesito a usted como intérprete. ¿Acepta?
—¡Desde luego, señor!
—Ahora viene Johnny. He dicho al segundo que vaya a buscarle. Nosotros... buen Dios, ¿qué es esto?
"Esto" eran una serie de golpes sordos que se oían fuera y que fueron seguidos por un agudo grito de agonía y luego gemidos. Ambos salimos como una exhalación. El segundo, tendido al pie de la escalera de la cámara, profería sones plañideros, con la pierna izquierda extrañamente doblada bajo su cuerpo. Johnny, de pie, sobre él, se retorcía las manos y se colmaba de frenéticos y gemebundos reproches.
—¡Ha sido culpa mía! ¡Yo lo he hecho... yo, yo!
—¡Langdon! —gritó el capitán—. ¿Qué ha sucedido?
Entre sus dientes apretados a causa del dolor salió la respuesta:
—No... no lo sé, señor. Debo de haber resbalado en el último peldaño. Es la pierna, señor.
—¿Le empujó ese hombre? —exclamé encolerizado.
—No, nada de eso. Ocurrió por accidente.
Pero los compungidos lamentos de Johnny no cesaban.
—Ha sido culpa mía —repetía una y otra ver—. Lo he hecho yo. Yo, yo... 
A partir de aquí, soy incapaz de explicar lo que sucedió hasta el fin. Lo único que puedo hacer es referirlo, y dejar que cada cual saque sus propias
conclusiones. Sé que es extraño, disparatado, imposible. Espero...
Arribamos a Chipre por la mañana. Y subrayo que fue por la mañana. El capitán había dicho que llegaríamos a Larnaca por la mañana, pero no fue así. Arribamos al lugar donde debiera haber estado Larnaca. ¡Pero no estaba!
¿Que esto no tiene pies ni cabeza? Así es; pero para nosotros tampoco tenía pies ni cabeza. Era una hermosa mañana, soleada y radiante. Cuando penetramos en el puerto circular que debiera haber estado atestado de barcos con refugiados y lleno del bullicio y vistosidad de una base naval británica, nos quedamos mirando con incredulidad la estrecha playa tras la que se alzaban unas míseras chozas de pescadores.
Éramos cuatro en la torreta, el capitán, el tercer oficial, Johnny y yo. Cuando contemplamos aquella amplia y desolada ensenada, el tercer oficial, estupefacto, exclamó:
—¡Pero... esto es imposible! ¡Estoy seguro de no haberme equivocado, señor!


El capitán tomó el sextante de manos del oficial. Con gran cuidado tomó la altura del sol. Luego guardó silencio durante largo rato, mordiéndose los labios y con sus ojos grises fijos en la distancia. Por último dijo:
—Oiga, señor Graves.
—A la orden, señor.
—Haga usted el favor de cambiar de rumbo. Nos dirigiremos al continente.
—Sí, señor. A la orden, señor.
El oficial desapareció por la escotilla, con muestras de alivio evidente al ver que se libraba de una bronca. Yo pregunté con vacilación:
—¿Estamos muy lejos de Larnaca, señor?
El capitán respondió con una extraña voz ahogada:
—No lo sé, Chispas. Posiblemente me lo puedas decir tú. ¿Qué es más lejos: Un millón de millas, o un millón de años?
—Me parece que no le comprendo, señor.
—No —dijo lentamente—. Yo tampoco me comprendo demasiado bien.
—Pero ha ordenado usted que nos dirigiésemos al continente, ¿no es eso?
—Sí. Desembarcaremos a nuestro pasajero en su tierra. Por lo menos haremos eso.
—¿Cuánto tiempo tardaremos, señor? ¿Un par de horas?
—Ojalá fuesen un par de horas —dijo ceñudo el capitán—, pero me temo que tardaremos más. ¿Cuándo recogimos a Johnny?
—Ayer por la mañana, señor.
—Exactamente —suspiró el capitán—. Eso significa que tardaremos dos días en llegar al continente.
A decir verdad, empecé a pensar que al capitán se le había aflojado un tornillo. El Líbano no se halla a más de cinco horas de la isla de Chipre. ¡Pero el capitán tenía razón! Tardamos dos largos y agotadores días en llegar a una costa adonde debiéramos haber arribado fácilmente antes del anochecer.
Primero empezaron a fallar los motores. Luego, cuando el primer maquinista consiguió hacerlos funcionar nuevamente, la instalación eléctrica se averió. Los generadores empezaron a chisporrotear y a crujir como triquitraques, sin motivo alguno aparente. Cuando conseguimos repararlos, uno de los mamparos empezó a rezumar unas sospechosas gotas, y tuvimos que poner remiendos antes de que la vía de agua se hiciese mayor.
Éstas fueron las dificultades mayores, pero tuvimos otros muchos contratiempos que prefiero pasar por alto. Sólo diré que mientras trabajaba en los motores averiados, un maquinista perdió medio dedo. Un engrasador cayó enfermo con fiebre. ¡Con malaria, contraída navegando por un mar interior! Después de esto, la comida que nos preparó Auld Rory debía proceder de latas de conservas en malas condiciones, porque a la segunda mañana la mitad de la tripulación se puso verde y tuvo que subir a cubierta para dar de comer a los peces.
¡Oh, fue un viaje delicioso! La mala suerte parecía haberse asentado en el Grampus por todo lo alto.
Sin embargo, mi suerte particular se mantuvo buena, a no ser por el hecho de que nuestro pasajero, que había vencido ya su miedo inicial, se convirtió en una ametralladora de preguntas. De la mañana a la noche me ensordecía con su interrogatorio:
—¿Qué es esta nave que nos transporta —quería saber él—. Esta nave maravillosa que navega a voluntad por encima o por debajo de las aguas?
—Es un submarino —le respondía yo.
—¿Un submarino? ¿Y qué es un submarino?
—Un barco como el Grampus —le dije—. El Grampus es un submarino. Ahora vete a sentarte en un rincón y ponte a canturrear arrullos, abuelo.
—¡Señor, qué maravilla! ¡De modo que el Grampus es un submarino! ¿Pero qué es un grampus?
Yo también sabía la respuesta a esta pregunta, pues consulté la palabreja en una enciclopedia cuando me destinaron al barco.
—En inglés se llama grampui a la orea, una especie de delfín, o cetáceo inteligente y feroz, muy agresivo. No es un mal nombre para este cascarón, abuelo. Hemos atacado ya a bastantes barcos, y hundiremos muchos más, así que nos reparen para seguir luchando contra los nazis.
Solemnemente, él me preguntó:
—¿Hacéis la guerra contra los impíos?
—Puedes estar convencido de ello —le dije con semblante hosco—. Ellos creen que ya no nos levantaremos, pero la lucha apenas empieza. Nuestro día se aproxima... y no tardará mucho.
Entonces él quiso saber con qué luchábamos, y yo tuve ocasión de enseñárselo, porque aquel interrogatorio tuvo lugar durante unas prácticas de tiro, pues el capitán pensó que era mejor que los artilleros disparasen unas cuantas salvas mientras navegábamos por superficie, para adiestramiento. Con su permiso, llamé al viejo Johnny a la torreta para que presenciase los ejercicios de tiro.
Boquiabierto, él contempló cómo los artilleros desenfundaban el cañón y lo cargaban. Y cuando disparó, vomitando una llamarada con un horrísono estampido, casi se volvió loco. Se abalanzó a la borda y, si yo no le hubiese sujetado por sus andrajos, se hubiera tirado de cabeza al agua, pero esta vez sin balsa.
Sin embargo, con esto su curiosidad se dio por satisfecha y se alegró de que lo devolviesen a su aposento, para quedarse en él. Esto me permitió seguir trabajando en mi receptor, que de manera incomprensible había enmudecido.
Revisaba por enésima vez los circuitos, cuando acertó a pasar por allí el capitán, el cual se puso a observarme en silencio, hasta que terminó por decirme:
—No hay suerte, ¿eh, Chispas?
—Mi capitán —le dije lisa y llanamente—, se ha terminado la suerte a bordo de este barco. Nos ha abandonado por completo.
—Lo comprendo, Jake —asintió él—. Parece como si estuviésemos hechizados o como bajo los efectos de un maleficio, ¿no es eso?
—En efecto, señor. Yo no soy supersticioso, pero...
—Ni yo tampoco —dijo el capitán—, pero sí soy curioso y me pregunto si... Jake, usted ha estudiado transmisión eléctrica. Hábleme de ella, por favor. ¿Qué es la electricidad?
Denegué con la cabeza.
—Lo siento, señor. Nadie puede responder a eso, porque nadie lo sabe.
—Hablemos de electrónica —musitó el capitán—. En la teoría de la electrónica creo que se menciona la posibilidad de que los electrones pueden existir simultáneamente en dos lugares distintos.
Midiendo mis palabras, repuse:
—Efectivamente, creo recordar algo a ese respecto. Creo que fue Niels Bohr quien se ocupó de ello. Un electrón moviéndose de un ciclo a otro sin ni siquiera haber pasado por el espacio intermedio. Pero jamás conseguí entenderlo, y además nunca lo intenté. No soy un científico; me limito a trabajar con el equipo que inventan los cerebros privilegiados. —Le miré de hito en hito—. ¿Por qué me lo pregunta, señor? Será acaso...
—Es simple curiosidad —repitió el capitán—. De todos modos, quizás halle usted la respuesta. Aunque eso no importa. Tampoco podemos remediarlo. Limitémonos a esperar y a ver lo que encontraremos cuando lleguemos a tierra.
—Le aseguro que no lo entiendo, señor. ¿Qué espera usted encontrar?
Pero él no me respondió. Se limitó a quedarse en la puerta dando chupadas a su pipa apagada, mirando a través de mí hacia una remota lejanía.
A la mañana del quinto día después de nuestra partida de Alejandría, divisamos tierra firme. Era una mañana descolorida y fea, con un cielo muy cargado de negras nubes de tormenta que amenazaban reventar de un momento a otro. El capitán, Johnny y yo estábamos en la torreta, escuchando el ronco y lejano bramido de los truenos. Dos marineros esperaban a que el capitán diese las órdenes tan esperadas.
—Bien —dijo el capitán—, hemos llegado. Dentro de pocos minutos estaremos tan cerca de tierra como permita la prudencia. Entonces le desembarcaremos, Jake.
Yo observé:
—Creía que el tercer oficial había puesto rumbo a Beirut, señor.
—Sí.
—En esa población hay puerto. No será necesario que permanezcamos al pairo frente a la costa, ¿no cree usted, señor?
—¿De veras? —El capitán me dirigió una leve sonrisa—. Ojalá, Chispas. Ojalá fuese así, pero, ya ve como no hay nada de eso.
Y cuando la negra cerrazón se alzó, indicó con un conciso ademán la próxima costa, que entonces se empezaba a ver claramente.
Parecía como si hubiésemos vuelto a Larnaca. En Beirut no había base naval, pero yo sabía que era una moderna urbe del Próximo Oriente, colmada en aquellos días de gran actividad debido a la guerra. Y la soñolienta aldea que yo contemplaba era cualquier cosa menos moderna. Ninguna de las construcciones que se alzaban junto a la orilla tenía más de un piso, las pocas embarcaciones que se abrigaban en su ensenada eran barquichuelos de madera de poco calado, con una sola vela cuando llevaban alguna.
—Capitán —exclamé—, ya sé lo que anda mal. Sólo hay una explicación posible. Su sextante se ha estropeado, eso es todo.
—No —repuso el capitán—, existe otra explicación. ¿Es que no lo ve, Jake? —Luego, encogiéndose de hombros al ver que yo le miraba atónito, añadió—: ¡Bueno! No perdamos tiempo. Haga el favor de despedirse de Johnny de mi parte.


Me volví hacia el viejo espantapájaros, que estaba contemplando cómo se aproximaba la costa con una creciente excitación en su semblante. Toqué su hombro huesudo y él dio un respingo.
—Bueno, Johnny, ya hemos llegado. Vamos a desembarcarte.
—Así sea. Vosotros mandáis, ¡oh poderosos! —asintió él.
—¿Algo más, señor? —pregunté al capitán.
—Nada más, Jake. Lo que haya de ser, será.
Me volví a Johnny.
—Me parece que esto es todo —le dije—. Pero antes de que te vayas, quiero decirte unas palabras a solas. El capitán está seguro de que no estás en tus cabales, o de lo contrario no te soltaría con tanta facilidad. En cuanto a mí, no lo sé. Además, tampoco sabemos si provienes de un barco amigo o enemigo. Y durante tres días te has paseado por todo el Grampus, viendo mucho más de lo que de ordinario se permite ver a los civiles.
—Yo soy vuestro indigno y miserable servidor —dijo Johnny, volviendo a su manía de hablar con frases retóricas y grandilocuentes—, indigno por completo de las maravillas que me habéis mostrado.
—Sí, lo sé. Y estarás aviado si te vas de la lengua y cuentas lo que has visto. ¿Entendidos? Conocemos tu identidad, y si resultase que estuvieses de parte de ellos, vendríamos a buscarte, tenlo por seguro. ¿Está claro?
Los extraños ojos de Johny brillaron con una mirada de fanatismo.
—Escucho y obedezco —dijo con voz firme—. Así sea; empuñaré la espada para luchar contra las fuerzas del mal a vuestro lado.
—Así me gusta —le dije—. De modo que... adiós, y buena suerte.
Le tendí la mano, pero el idiota de él no me la estrechó. En lugar de eso, se inclinó y me la besó. Yo le aparté de mí, embarazado, dirigiendo una rápida mirada al capitán. Pero éste se limitó a suspirar y a asentir, como si esto fuese lo que ya esperaba. Luego se dirigió a los dos marineros, que se reían bobamente.
—Vamos, muchachos.
Ellos colocaron a Johnny en el bote neumático en el que iría a tierra, y lo empujaron para apartarlo del submarino. La mar estaba bastante agitada. El capitán ordenó que echasen aceite a las olas.
Los marineros abrieron una lata y consiguieron amansar una extensión líquida en torno al Grampus y el botecito de caucho. Johnny se alejaba lentamente y todos le veíamos irse indiferentes y extrañados, hasta que el capitán dijo de pronto:
—Está lloviendo, muchachos. Será mejor que bajemos.
Los gruesos y aislados goterones no tardaron en convertirse en un verdadero diluvio mientras nosotros corríamos hacia la torreta. Al cerrarse, la escotilla amortiguó el ronco bramido del trueno. El capitán frunció el ceño.
—¡Espero que ese pobre diablo consiga alcanzar la costa antes de que esté calado hasta los huesos!
Dirigiéndose al periscopio, lo hizo girar para localizar a Johnny.
—¿Le ve usted, señor? —pregunté—. ¿Ha conseguido...?
—Sí, lo ha conseguido. Ahora está desembarcando. Veo gente... ¡Dios mío!
El capitán lanzó un grito, se tapó los ojos con las manos y se apartó del periscopio dando traspiés. Yo exclamé:
—¿Qué le ocurre, señor? ¿Qué...?
La voz se me heló en la garganta cuando extendía la mano hacia él. El Grampus zumbaba. ¡Sí, zumbaba! con una espantosa cacofonía distinta a todo cuanto había oído jamás. Un espeluznante temblor recorrió mis venas, y un negro vértigo se apoderó de mí. No podía respirar ni moverme. Me parecía subir... caer... girar... descender a profundidades insondables, pasando de una ardiente negrura a un vociferante vacío.
Tan repentinamente como había comenzado, aquello cesó. Y la voz del capitán resonó en mis oídos.
—¡Dios mío! ¿Está usted bien, Chispas?
—Sí, señor —tartamudeé—. Creo que sí. ¿Qué ha sido eso? ¿Qué ha sucedido?
—Un rayo. Ha caído un rayo a proa. Por un momento creí quedarme ciego. ¡Mire!
Me indicó con un gesto el ocular del periscopio. Yo miré... para apartarme al punto. A nuestro alrededor, el mar estaba en llamas, pues el rayo había hecho arder el petróleo. Pensé inmediatamente en Johhny, y dije:
—¡Pobrecillo Johhny! Debe de creer que nos hemos asado.
—O que hemos desaparecido en un mar de fuego —objetó el capitán. Yo le miré, boquiabierto.
—Vuelva a mirar, Jake. Más allá del fuego. En la costa.
Hice lo que me ordenaba. Las llamas habían desaparecido, así como las nubes de tormenta, y el cielo era transparente y azul. Hacia nosotros se dirigía una lancha de patrulla, con un hueso de espuma entre sus dientes y la Unión Jack ondeando a popa. Blancos y modernos edificios bordeaban el puerto lleno de vida, con muelles y malecones, rutilante entrada de una moderna ciudad marítima agitada y llena de vida. ¡Y esta ciudad era Beirut!
Estupefacto, observé.
—Pero... no lo comprendo, señor. ¿Cómo hemos llegado aquí?
El capitán respondió calmosamente:
—Cuando llegue la patrulla, Jake, le diré que hemos tenido averías y que nos hemos apartado de nuestro rumbo. No me atrevo a revelarles la verdad. No la comprenderían. Como tampoco la puede comprender usted... o yo.
—¿Comprender qué, señor?
—Dónde hemos estado —respondió el capitán— y cuándo. Tal vez exista una explicación clara y lógica. Posiblemente tenía usted razón al atribuirlo a un fallo del sextante; tomamos mal la posición cuando nos hallábamos a la altura de Chipre. Y quizá todos permanecimos insensibles durante algún tiempo después que el rayo alcanzó el barco. No lo sé. Quizás hemos estado más de una hora frente a este puerto.
—Pero, ¿y la aldea que vimos?
—La vimos confusamente, a través de un desgarrón de la niebla. Existen espejismos.
—Usted no cree de veras en lo que dice, señor —observé yo—. Se limita a buscar una explicación racional.
Él buscó la pipa y la bolsa del tabaco, tratando de calmar sus nervios temblorosos con gestos viejos y familiares.
—Sí, Chispas; eso es lo que hago. Lo que de veras creo va contra toda lógica.
—¿Y qué es lo que cree, señor?
—Vamos a suponer por un momento que la electricidad tenga alguna relación con el tiempo. ¿Qué ocurriría entonces?
—¿Con el tiempo, señor?
—Con el presente y el pasado —musitó el capitán— y con el futuro. Imaginemos a los días y a las horas saltando como electrones de un lugar a otro, sin haber recorrido el espacio intermedio. Una bomba estuvo a punto de alcanzar al Grampus y todo resultó extrañamente cambiado. Un rayo nos alcanzó y hemos vuelto a nuestra época.
—¿Quiere decir que hemos estado en el...?
—En el pasado, sí.
El capitán había conseguido encender la pipa, y al aspirar las primeras y aromáticas bocanadas una expresión beatífica apareció en su semblante y me sonrió.
—Dicho así no tiene pies ni cabeza, Jake. Si yo fuese mejor cristiano de lo que soy y usted mejor judío, tal vez lo hubiéramos comprendido antes. ¡Reflexione, hombre! ¿No le recordaba a nadie nuestro pasajero?
—Siempre me produjo esa impresión —tuve que admitir—. Desde el primer momento en que le vi. Pero no me parece... ¡Espere! Ahora lo recuerdo. Un viejo rabino que conocí siendo yo niño. Un anciano de ojos llameantes, como un antiguo profeta.
—Su aparato de radio funcionaba, pero no captaba nada. ¿Y si no hubiese nada que captar?
—Mi capitán, yo...
—Hubo un hombre —dijo lentamente el capitán—, que emprendió viaje de Joppa a Tarsis para no tener que servir al Señor. Pero allí donde se dirigiese, el castigo le perseguía. Y los que navegaban con él le atacaron, se apoderaron de él y lo dejaron a la deriva en la mar.
Se me erizaron los pelos del cogote y mi alma se heló de espanto. Recordaba los antiquísimos relatos. Las viejas historias contadas a la luz de una vela, y la líquida cadencia de la voz del cantor.
El capitán dijo:
—Tres días, Jake. Estuvo tres días a bordo del Grampus; y usted le dijo lo que significaba este nombre.
—¿Cómo se llamaba? —susurré.
—Nosotros le llamábamos Johnny —suspiró el capitán—. Es el equivalente inglés más próximo a la primera parte de un larguísimo patronímico o nombre gentilicio. Pero su verdadero nombre, Chispas, era...

Yo os digo, precaveos y arrepentíos, e implorad Su merced antes de que sea demasiado tarde; esto os digo para precaveros.
Pues yo he vivido entre Ellos; mis ojos se han llenado de temor al contemplar Su poder y Su ira justiciera.
Esto es lo que he visto, yo,
¡Jonás de Gath-hephur, profeta del Señor!


FIN