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2026/04/20

La luna loca (Stanley G. Winbaum)


Título original: The Mad Moon
Año: 1935


—¡Idiotas! —aulló Grant Calthorpe—. ¡Condenados imbéciles!
Se esforzó ávidamente en buscar insultos más expresivos aún y al fracasar desahogó su exasperación propinando una violenta patada al montón de escombros que había en el suelo.
Fue una patada demasiado violenta. Una vez más, había olvidado que la gravitación de Io era inferior a un tercio de la normal y todo su cuerpo siguió a la patada en un arco de cuatro metros de longitud.
Cuando cayó en el suelo los cuatro lunáticos se echaron a reír. Sus grandes cabezas semejantes a las caricaturas que decoran los balcones para niños, se dispersaron al unísono sobre sus cuellos de metro y medio, tan delgados como la muñeca de Grant.
—¡Largo de aquí! —tronó él, poniéndose en pie—. ¡Ya verán! Nada de chocolate. Nada de caramelos. Nada de nada hasta que comprendan que lo que quiero son hojas de ferva y no cualquier hierbajo que se les ocurra arrancar. ¡Largo de aquí!
Los lunáticos —lunae jovis magnicapites, o literalmente, grandes cabezas de la luna de Júpiter— se retiraron, riendo quejumbrosamente. Sin duda, consideraban a Grant tan idiota como él los consideraba a ellos, y eran completamente incapaces de comprender las razones de su cólera. Pero desde luego se daban cuenta de que no iban a recibir ninguna golosina, y sus risitas adoptaban una nota de agudo desengaño. El que los guiaba, después de torcer su ridícula cara azul en una sonrisa imbécil dirigida a Grant, vociferó una última risita y proyectó la cabeza contra un reluciente árbol de corteza de piedra. Sus compañeros recogieron su cuerpo como si tal cosa y se alejaron, con la cabeza del cadáver balanceándose detrás de ellos como la bola de un preso sujeta por una cadena.
Grant se pasó una mano por la frente y se dirigió con cansancio hacia su cabaña. Un par de diminutos ojos relucientes le llamó la atención y pudo ver a un sinuoso —mus sapiens— deslizarse por el umbral, portando bajo su minúsculo y pellejudo brazo lo que se parecía muchísimo al termómetro clínico de Grant.
Grant gritó airadamente a la criatura, agarró una piedra y se la tiró en vano. Al borde de la maleza, el sinuoso volvió hacia él su cara ratonil y semihumana, lanzó un estridente chillido, sacudió un puño microscópico en una cólera como de hombre y desapareció con su membrana tipo murciélago ondeando como una capa. Sí, se parecía muchísimo a una rata negra que llevase una capa.
Había sido un error, reconocía Grant, haber arrojado una piedra contra aquello. Ahora los diminutos enemigos no le permitirían ninguna paz y su pequeño tamaño —no más de diez centímetros— y su inteligencia pseudohumana los hacía infernalmente molestos como enemigos. Pero ni esa reflexión ni el suicidio del lunático lo turbaban particularmente; había presenciado casos semejantes demasiado a menudo y además sentía en la cabeza como si fuera a darle otro ataque de fiebre blanca.
Entró en la cabaña, cerró la puerta y se quedó mirando a su gato guardián favorito.
—Oliver —gruñó—, tú eres un buen gato. ¿Por qué diablos no impides la entrada de sinuosos? ¿Para qué estás aquí, si no?
El gatazo se alzó sobre su única y poderosa pata trasera y se asió a las rodillas del hombre con sus dos patas delanteras.
—El gato rojo sobre la reina negra —comentó plácidamente—. Diez lunáticos hacen un medio idiota.
Grant comprendió fácilmente el sentido de ambas frases. La primera era por supuesto un eco de su solitaria partida de la noche anterior, y la segunda un eco de su incidente con los lunáticos. Gruñó abstraídamente y se frotó la dolorida cabeza. Sin duda fiebre blanca de nuevo.
Tragó dos tabletas de fiebrina y se dejó caer melancólicamente en su camastro preguntándose si este ataque de blancha culminaría con delirio.
Se acusaba a sí mismo de ser un loco por haber aceptado este trabajo en Io, la tercera luna habitable de Júpiter. El diminuto mundo era un planeta de locura cuya única utilidad era la producción de hojas ferva, de las cuales los químicos de la Tierra extraían alcaloides tan potentes como los que antaño fabricaran del opio.
Desde luego eso era valiosísimo para la ciencia médica, ¿pero qué le importaba a él? ¿Qué le importaba el sueldo principesco, si regresaba a la Tierra convertido en un loco furioso después de pasarse un año en las regiones ecuatoriales de Io? Se juró amargamente que cuando el avión de Junópolis acudiese el mes próximo a recoger su ferva, él volvería con el aparato a la ciudad polar. Perdería toda su paga puesto que el contrato con Neilan Drog le exigía un año de permanencia; ¿pero de qué le servía el dinero a un loco?
Todo el pequeño planeta estaba loco: Lunáticos, gatos guardianes, sinuosos y Grant Calthorpe, todos dementes. Desde luego, cualquiera que se aventuraba a salir de una de las dos ciudades polares, Junópolis en el norte y Herápolis en el sur, estaba loco. En ellas, uno podía vivir a salvo de la fiebre blanca, pero en cualquier sitio por debajo del paralelo veinte la situación era peor que en las junglas camboyanas de la Tierra.
Se divirtió soñando con la Tierra. Justamente dos años antes había sido feliz allí, conocido como un deportista rico y popular. Antes de cumplir veintiún años había cazado cometuchos y gusánidos en Titán, y tríopes y unípedos en Venus.
Aquello había sido antes de que la crisis del oro de 2110 le arrebatase su fortuna. Y, bueno, si tenía que trabajar, le había parecido lógico utilizar su experiencia interplanetaria como medio de vida. Realmente se había entusiasmado con la oportunidad de asociarse con Neilan Drug.
Nunca antes había estado en Io. Este salvaje pequeño mundo no era ningún paraíso de deportistas, con sus lunáticos idiotas y sus malvados, inteligentes y diminutos sinuosos. No había nada que valiera la pena cazar en aquella luna febril, bañada en calor por el gigantesco Júpiter a sólo medio millón de kilómetros de distancia.
Si se le hubiese ocurrido hacer una visita previa, se decía a sí mismo amargamente, nunca habría aceptado el empleo. Él había imaginado que Io era como Titán, frío, pero limpio. En lugar de eso, era tan caliente como las tierras cálidas de Venus y estaba sujeto a una variada gama de neblinosas luces diurnas —día solar, día jupiterino, día jupiterino y solar, luz de Europa—, sólo de vez en cuando interrumpidas por una auténtica y lóbrega noche. La mayor parte de estos cambios sobrevenían en el curso de la revolución de cuarenta y dos horas de Io: Una alocada serie de cambiantes luces. Él odiaba los días vertiginosos, la jungla y las Colinas de los Idiotas extendiéndose detrás de su cabaña.
Por el momento tenía día jupiterino y solar, el peor de todos, porque el distante Sol añadía su calor al de Júpiter. Y para completar la molestia de Grant estaba ahora la perspectiva de un ataque de fiebre blanca. Lanzó un juramento cuando la cabeza se le bamboleo de nuevo y trago otra tableta de fiebrina. Noto que su reserva estaba disminuyendo; tendría que acordarse de pedir más cuando llegase el avión... No, iba a volver con el avión.


Oliver le rozó la pierna.
—Idiotas, locos, estúpidos, imbéciles —comento calmosamente el gato guardián—. ¿Por qué se me ocurriría ir a aquel maldito baile?
—¿Cómo? —exclamó Grant.
No podía recordar haber dicho nada acerca de un baile. Pensó que debía de haberlo mencionado durante su último período febril.
Oliver crujió como la puerta, luego soltó una risita como un lunático.
—Todo se arreglará —le aseguró a Grant—. Papá llegará pronto.
—¡Papá! —repitió el hombre. Hacía quince años que su padre había muerto—. ¿De dónde sacas eso, Oliver?
—Debe de ser la fiebre —comentó Oliver plácidamente—. Eres un lindo gatito, pero me gustaría que tuvieses juicio suficiente para darte cuenta de lo que estás diciendo. Y yo deseo que papá venga.
Acabó con un reprimido gorjeo que muy bien habría podido ser un sollozo.
Grant se quedó mirándolo con perplejidad. Él no había dicho ninguna de aquellas cosas; de eso estaba seguro. El gato guardián se las habría oído decir a alguna otra persona. ¿A quién? ¿Es que había alguien a menos de setecientos kilómetros a la redonda?
—¡Oliver! —tronó—. ¿Dónde has oído eso? ¿Dónde lo has oído?
El gato retrocedió, sorprendido.
—Papá es idiotas, locos, estúpidos, imbéciles —dijo ansiosamente—. La capa roja sobre el lindo gatito.
—¡Ven aquí! —rugió Grant—. ¿El padre de quién? ¿Dónde has...? ¡Ven aquí, diablillo!
Se lanzó hacia la criatura. Oliver flexionó su única pata trasera y se precipitó frenéticamente hacia el sombrerete de la estufa de leña.
—¡Debe de ser la fiebre! —gemía el gato—. ¡Nada de chocolate!
Saltó como un relámpago por el cañón de la chimenea. Hubo un sonido de garras arañando el metal y luego el de un cuerpo al caer.
Grant salió también. La cabeza le dolía por el esfuerzo, y con la parte todavía sana de su mente comprendía que todo el episodio era sin duda delirio de fiebre blanca, pero seguía sumiéndose en él.
La continuación fue una pesadilla. Los lunáticos seguían balanceando sus largos cuellos sobre las altas hierbas; sus risitas idiotas y sus caras imbéciles se añadían a la atmósfera general de locura.
Jirones de fétidos vapores portadores de la fiebre brotaban a cada paso que daba sobre el suelo esponjoso. En algún sitio a su derecha un sinuoso chilló y parloteó; Grant sabía que en aquella dirección estaba situado un poblado de sinuosos, porque una vez había atisbado los limpios y diminutos edificios, construidos con pequeñas piedras perfectamente ajustadas como una ciudad medieval en miniatura a la que no le faltaban ni las torres ni las almenas. Se decía que incluso había guerras entre los sinuosos.
La cabeza le zumbaba y le daba vueltas por los efectos combinados de la fiebrina y de la fiebre. Era un ataque de blancha, no cabía duda, y comprendió que se comportaba como un imbécil, un lunático, al arriesgarse así fuera de su cabaña. Debería de estar tendido en su camastro; la fiebre no era peligrosa, pero más de un hombre había muerto en Io en el delirio poblado de alucinaciones.
Ahora estaba delirando. Lo comprendió tan pronto vio a Oliver porque Oliver estaba mirando plácidamente a una atractiva señorita vestida con un elegante traje de noche del estilo del segundo decenio del siglo XXII. Indudablemente era una alucinación, puesto que las muchachas no tenían nada que hacer en los trópicos de Io y si, por alguna absurda casualidad, apareciese alguna allí, desde luego no elegiría un atuendo tan exquisito.
Al parecer, la alucinación tenía fiebre, porque la cara de la muchacha ostentaba la palidez que da el nombre de blancha a la enfermedad. Sus grises ojos lo miraron sin sorpresa mientras él se abría camino hacia ella a través de las altas hierbas.
—Buenos días, tardes o noche —comentó Grant, lanzando una mirada de perplejidad a Júpiter, que estaba saliendo, y al Sol, que se estaba poniendo—. O quizá baste con decir simplemente buen día, ¿no le parece, señorita Lee Neilan?
Ella lo miró con seriedad.
—¿Sabe usted —dijo— que es la primera de las ilusiones que no he reconocido? Todos mis amigos han ido desfilando, pero usted es el primer desconocido. ¿O no es usted un desconocido? Usted sabe mi nombre, pero naturalmente tiene que saberlo al ser mi propia alucinación.
—No vamos a discutir sobre quién de nosotros es la alucinación —sugirió él—. Dejemos las cosas como están. Quien primero desaparezca, será la ilusión. Apuesto cinco dólares a que será usted la primera en desaparecer.
—¿De dónde iba yo a sacarlos? —respondió ella—. No me sería fácil sacarlos de mi propio sueño.
—Ése es un problema —dijo él, enarcando las cejas—. Mi problema, desde luego, no el de usted. Yo se que soy real.
—¿Como conoce usted mi nombre? —pregunto la muchacha.
—Muy simple —respondió él—, sigo con interés las notas de sociedad que suelen aparecer con bastante regularidad en los periódicos que me trae mi avión de suministros. A decir verdad, tengo recortada una de las fotos de usted y pegada junto a mi camastro. Probablemente eso es lo que explica que la vea ahora. En realidad me gustaría conocerla alguna vez.
—Qué comentario tan galante para proceder de una aparición —exclamó ella—. ¿Y quién se supone que es usted?
—¿Yo? Soy Grant Calthorpe. En realidad, trabajo para su padre, comerciando con los lunáticos en busca de ferva.
—Grant Calthorpe —repitió ella. Entornó sus ojos enturbiados por la fiebre como si quisiera enfocarlo mejor—. Conque es usted, ¿eh?
La voz le vaciló un momento y la muchacha se pasó una mano por una pálida mejilla.
—¿Por qué habría de haberlo extraído a usted de mis recuerdos? Es extraño. Hace tres o cuatro años, cuando yo era una romántica colegiala y usted el famoso deportista, estaba locamente enamorada de usted. Tenía todo un álbum lleno de fotos suyas: Grant Calthorpe vestido de encapuchado para cazar gusánidos en Titán, Grant Calthorpe junto al gigantesco unípedo que mató cerca de las Montañas de la Eternidad. Usted es..., bueno, usted es realmente la alucinación más agradable que haya tenido nunca hasta ahora. El delirio sería... delicioso —de nuevo se apretó una mano contra la mejilla— si no me doliera tanto la cabeza.
"¡Vaya!", pensó Grant. "Me gustaría que fuese verdad eso del álbum. Es lo que la psicología llama un sueño realización de un deseo".
Una gota de caliente lluvia se le estrelló en el cuello.
—Es hora de irse a la cama —dijo en voz alta—. La lluvia es mala para la blancha. Espero verla a usted la próxima vez que esté febril.
—Gracias —dijo Lee Neilan con dignidad—. El sentimiento es mutuo.
Él asintió con una inclinación de cabeza.
—Aquí, Oliver —ordenó al adormilado gato guardián—. Vamos.
—No se llama Oliver —protestó Lee—. Se llama Dorotea, Dolly. Me está haciendo compañía desde hace dos días y yo le he dado este nombre.
—Género equivocado —masculló Grant—. En cualquier caso, se trata de mi gato guardián, Oliver. ¿No eres tú, Oliver?
—Espero verte más tarde —dijo Oliver con un bostezo.
—Es Dolly. ¿Verdad que eres Dolly?
—Pueden apostar cinco dólares —dijo el gato guardián. Se enderezó, se desperezó y se escabulló entre la maleza—. Debe de ser la fiebre —comentó al desaparecer.


—Sí, eso debe de ser —convino Grant. Se apartó—. Adiós, señorita... o quizá pueda llamarte Lee, puesto que no eres real. Adiós, Lee.
—Adiós, Grant. Pero no vayas por ese camino. Hay un pueblecillo de sinuosos allí entre las hierbas.
—No; está al otro lado.
—Está ahí —insistió ella—. He estado viendo cómo lo construían. Pero no podrán hacerte ningún daño, ¿verdad? Ni siquiera un sinuoso puede herir a una aparición. Adiós, Grant.
Y cerró los ojos cansadamente.

Estaba lloviendo ahora con más fuerza. Grant fue abriéndose camino entre las hierbas sangrantes, cuya roja savia se acumulaba en gotas carmesíes sobre sus botas. Tenía que volver a su cabaña rápidamente, antes de que la fiebre blanca y su consiguiente delirio lo empujasen a caminar totalmente extraviado. Necesitaba fiebrina.
De pronto se detuvo en seco. Ante él, la hierba había sido cortada y en el pequeño claro estaban las torres, que le llegaban hasta el hombro, y los baluartes de un poblado de sinuosos, un poblado nuevo, porque casas a medio construir se mezclaban con las demás y formas encapuchadas de unos diez centímetros se afanaban entre las piedras.
Al punto se levantó un clamor de chirridos y gritos. Retrocedió, pero una docena de diminutos dardos zumbó alrededor suyo. Uno se le clavó como un mondadientes en una bota, pero por fortuna ninguno le arañó, porque indudablemente estaban envenenados. Se movió más aprisa, pero entre las espesas y carnudas hierbas seguían los rumores, los chirridos e incomprensibles imprecaciones.
Se retiró dando un rodeo. Los lunáticos seguían balanceando sobre la vegetación sus redondas cabezas. De vez en cuando uno gemía, dolorido, cuando un sinuoso le daba un mordisco o lo pinchaba. Grant se abrió paso en medio de un grupo de aquellas criaturas, esperando distraer a los diminutos enemigos ocultos entre las hierbas, y un lunático alto de cara purpúrea curvó sobre él su largo cuello, soltando risitas y haciendo ademanes con sus pellejudos dedos hacia un haz que llevaba bajo el brazo.
Él pasó por alto aquella cosa y torció hacia su cabaña. Parecía haber eludido a los sinuosos. Siguió avanzando obstinadamente puesto que necesitaba con urgencia una tableta de fiebrina. Sin embargo, de pronto, se detuvo frunciendo el ceño, dio media vuelta y empezó a desandar el camino.
—No puede ser —mascullaba—. Pero ella me dijo la verdad sobre el pueblo de los sinuosos. Yo no sabía que estuviese allí. Mas ¿cómo podía decirme una alucinación algo que yo no sé?

Lee Neilan seguía en el tronco de corteza de piedra exactamente tal como él la había dejado, con Oliver de nuevo a su vera. La muchacha tenía los ojos cerrados y dos sinuosos estaban cortando la larga falda de su vestido con diminutos y relucientes cuchillos.
Grant sabía que experimentaban una enorme atracción por los tejidos terrestres; por lo visto, eran incapaces de imitar el lustre fascinante del satén, aunque aquellos enemigos eran infernalmente listos con sus diminutas manecitas. Cuando se acercó, estaban desgarrando una tira desde el muslo hasta el tobillo, pero la muchacha no hacía ningún movimiento. Grant gritó y las crueles criaturitas profirieron contra él obscuras maldiciones mientras se retiraban con su sedoso botín.
Lee Neilan abrió los ojos.
—Usted de nuevo —murmuró vagamente—. Hace un momento era papá. Ahora es usted.
Su palidez había aumentado; la fiebre blanca estaba siguiendo su curso en el cuerpo de la muchacha.
—¡Tu padre! Entonces así es cómo Oliver se enteró. Escucha, Lee. He encontrado el pueblo de los sinuosos. No sabía que estaba allí, pero lo encontré tal como tú habías dicho. ¿Comprendes lo que significa eso? ¡Tú y yo, los dos somos reales!
—¿Reales? —dijo ella sombríamente—. Hay un lunático purpúreo que se está riendo detrás de tu hombro. Haz que se marche. Me pone enferma.
Él miró en torno. Era verdad; el lunático de cara purpúrea estaba detrás de él.
—Oye —dijo Grant, agarrando a la muchacha por un brazo. El tacto de aquella piel tan fina fue una prueba complementaria—. Tú venías a la cabaña en busca de fiebrina. —La hizo ponerse en pie—. ¿No comprendes? ¡Soy real!
—No, no lo eres —dijo ella desmayadamente.
—Escucha, Lee. No sé cómo diablos llegaste aquí o para qué, pero sé que Io no me ha vuelto loco todavía. Tú eres real y yo soy real. 
La sacudió violentamente.
—¡Soy real! —gritó.
Una débil comprensión alumbró en los ojos enturbiados de la muchacha.
—¿Real? —susurró ella—. ¡Real! ¡Oh, Dios mío! ¡Entonces... entonces sácame de este sitio de locos!
Se tambaleó, hizo un poderoso esfuerzo para controlarse y luego se lanzó contra él.
Desde luego, en Io el peso de la muchacha era insignificante, menos de una tercera parte del peso normal que habría tenido en la Tierra. La tomó en brazos y avanzó hacia la cabaña manteniéndose alejado de los dos asentamientos de sinuosos. Alrededor de él se movían excitados lunáticos, y, de vez en cuando, emergía el de la cara purpúrea u otro exactamente igual que él, soltaba una risita, señalaba y gesticulaba.
La lluvia había aumentado y calientes chorros le caían por el cuello. Para aumentar su locura, dio un traspiés cerca de un grupo de palmeras espinosas y sus barbadas hojas le penetraron dolorosamente a través de la camisa. Aquellos pinchazos eran también peligrosos si uno no los desinfectaba; en realidad era mayormente el peligro de las palmeras punzantes lo que impedía a los terráqueos recolectar su propia ferva en lugar de depender de los lunáticos.
Tras de las bajas nubes de lluvia, el Sol se había puesto y ahora reinaba la luz diurna del rojizo Júpiter, que prestaba un falso rubor a las mejillas de la inconsciente Lee Neilan, haciendo que los rasgos de la muchacha aparecieran todavía más deliciosos.
Quizá Grant mantuvo clavados los ojos demasiado tiempo en aquella cara, porque de pronto se vio de nuevo entre sinuosos. Saltaban y chillaban, y el lunático purpúreo saltó dolorido cuando dientes y dardos le pincharon las piernas. Pero, desde luego, los lunáticos eran inmunes al veneno.
Los diminutos diablos estaban ahora alrededor de los pies de Grant. Los maldijo en voz baja y dio unas patadas vigorosas, enviando a una forma ratonesca a describir un arco de quince metros por el aire. Él llevaba al cinto una pistola automática y una pistola lanzallamas, pero no podía utilizarlas por varias razones.
Primeramente, utilizar una pistola contra las diminutas hordas era lo mismo que disparar contra un enjambre de mosquitos; si el proyectil mataba a uno o dos o a una docena, eso no causaba ninguna impresión apreciable en los miles restantes. En cuanto a la pistola lanzallamas, eso sería como utilizar un Gran Bertha para abatir a una mosca. Su enorme chorro de fuego incineraría por supuesto a todos los sinuosos que se encontrasen en su trayectoria, juntamente con las hierbas, los árboles y los lunáticos, pero tampoco eso serviría para impresionar a las hordas supervivientes y significaba, además, tener que recargar trabajosamente la pistola con otro diamante negro y otro cañón.


Tenía ampollas de gas en la cabaña, pero por el momento no estaban a su alcance y, además, no disponía de ninguna máscara de repuesto. Hasta ahora ningún químico había conseguido descubrir un gas que matase a los sinuosos sin ser al mismo tiempo letal para los humanos. Por último, no podía usar ningún arma, porque no se atrevía a depositar en el suelo a Lee Neilan para quedar con las manos libres.
Delante de él se abría el claro que rodeaba la cabaña. El espacio estaba lleno de sinuosos, pero se suponía que la cabaña estaba construida a prueba de sinuosos, al menos durante períodos razonables de tiempo, puesto que los troncos de corteza de piedra eran muy resistentes a las diminutas herramientas de los enemigos.
Pero Grant notó que un grupo de los diablillos estaba alrededor de la puerta y de pronto comprendió cuáles eran sus intenciones. Habían echado un lazo sobre el picaporte y estaban empeñados en hacerlo girar.
Grant gritó y avanzó a la carrera. Cuando estaba todavía a unos treinta metros, la puerta giró hacia adentro y el tropel de sinuosos irrumpió en la cabaña.
Grant se precipitó por la entrada. Dentro había confusión. Pequeñas formas encapuchadas cortaban las mantas de su cama, sus trajes de repuesto, las bolsas que él esperaba llenar con hojas de ferva, y estaban ahora tirando de los utensilios de cocina o de cualquier objeto que estuviese suelto.
Vociferó y empezó a dar patadas contra el enjambre. Un salvaje coro de chillidos y gruñidos surgió mientras las criaturas corrían de un lado a otro. Eran la bastante inteligentes para comprender que él no podía hacer nada teniendo los brazos ocupados por Lee Neilan. Procuraban mantenerse lejos de sus patadas y, mientras él amenazaba a un grupo que estaba junto a la estufa, otro grupo se dedicaba a despedazar sus mantas.
Desesperado, avanzó hacia el camastro. Depositó en él el cuerpo de la muchacha y empuñó una escoba de ramas que se había hecho para barrer su vivienda. Con amplios golpes atacó a los sinuosos que mezclaban ahora sus chillidos con gritos y lamentos de dolor.
Unos pocos se precipitaron hacia la puerta, arrastrando el botín recogido. Grant pudo ver que media docena se arremolinaban alrededor de Lee Neilan desgarrándole el vestido y queriendo apoderarse del reloj de pulsera que llevaba en una muñeca y de los zapatos de baile que calzaban sus piececitos. Les lanzó una maldición y los barrió, esperando que ninguno de ellos hubiese pinchado la piel de la muchacha con virulentos puñalitos o envenenados dientes.
Empezó a ganar la escaramuza. Más criaturas se cubrieron con sus negras capas y se escabulleron con su botín a través del umbral.
Por último, con un estallido de lamentos, los demás, tanto los cargados como los que no llevaban nada, emprendieron la fuga y procuraron librarse, dejando una docena de peludos cuerpecillos muertos o heridos.
Grant barrió a éstos tras los demás con su improvisada arma, cerró la puerta en las narices de un lunático que bamboleaba la cabeza en la apertura, la aseguró con cerrojo para evitar la repetición del truco de los sinuosos y se quedó mirando, abatido, la casa saqueada.
Habían tirado las latas de conserva o se las habían llevado. Todos los objetos sueltos estaban marcados por las manecitas de los sinuosos, y las ropas de Grant colgaban hechas jirones de las perchas clavadas en las paredes. Pero los diminutos bandidos no habían conseguido abrir ni la alacena ni el cajón de la mesa y allí quedaba comida.
Seis meses de vida en Io habían hecho de él un filósofo; soltó unos cuantos juramentos enérgicos, se encogió de hombros resignadamente y sacó de la alacena su frasco de fiebrina.
Su ataque de fiebre había desaparecido tan rápida y completamente como hace siempre la blancha cuando se la trata, pero la muchacha, al carecer de fiebrina, estaba inerte y blanca como el papel. Grant miró el frasco; quedaban ocho tabletas.
—Bueno, siempre podré masticar hojas de ferva —masculló.
Eso era menos eficaz que el alcaloide en sí, pero servía, y Lee Neilan necesitaba las tabletas. Disolvió dos en un vaso de agua y le levantó la cabeza.
Como mejor pudo vertió el contenido del vaso entre los labios de la muchacha y luego la acomodó en el camastro. Su vestido era una desgarrada ruina de seda, y él la cubrió con una manta no menos arruinada. Luego se desinfectó los pinchazos de la palmera, juntó dos butacas, y se tendió en ellas para dormir.
Se sobresaltó al oír el ruido de garras en el tejado, pero no era más que Oliver que tocaba cuidadosamente el tubo de la chimenea para ver si estaba caliente. Al cabo de un momento, el gato guardián entró, se desperezó y comentó:
—Yo soy real y tú eres real.
—¡Mira que bien! —gruñó Grant con voz somnolienta.

Cuando despertó, había luz de Júpiter y del satélite Europa, lo que significaba que había dormido casi siete horas, puesto que la brillante tercera lunita estaba justo despuntando. Se levantó y miró a Lee Neilan, que estaba durmiendo profundamente con un asomo de color en su rostro. La blancha estaba pasando.
Disolvió dos tabletas más en agua y luego zarandeó un hombro de la muchacha. Inmediatamente los ojos grises de la joven se abrieron, ahora completamente claros, y ella alzó la mirada hacia él sin ninguna expresión de sorpresa.
—¡Hola, Grant! —murmuró—. Tú de nuevo, ¿eh? La fiebre no es tan mala, después de todo.
—Quizá debería dejar que siguieses con fiebre —sonrió él—. Dices cosas muy bonitas. Despierta y bebe esto, Lee.
De pronto ella se fijó en el interior de la cabaña.
—¿Cómo? ¿Dónde está esto? ¡Parece... real!
—Lo es. Bebe esta fiebrina.
Ella se incorporó y obedeció, luego volvió a recostarse y se quedó mirándolo con perplejidad.
—¿Real? —dijo—. ¿Y tú eres real?
—Creo que lo soy.
Un estallido de lágrimas brotó de los ojos de la muchacha.
—Entonces... entonces he logrado salir de aquel sitio horrible, ¿no? Aquel sitio horrible.
—Claro que sí. 
Vio signos de que el alivio de la muchacha se iba a convertir en un ataque de histerismo, y se apresuró a distraerla:
—¿Te importaría decirme cómo has llegado hasta aquí y además vestida para una fiesta?
Ella procuró dominarse.
—Estaba vestida para una fiesta. Una fiesta que iba a celebrarse en Herápolis. Pero yo estaba en Junópolis, ¿comprendes?
—No comprendo nada. En primer lugar, ¿qué estás haciendo en Io? Siempre que he oído hablar de ti era por algo relacionado con la buena sociedad de Nueva York o París.
Ella sonrió.
—Entonces no todo era delirio, ¿verdad? Dijiste que tenías una de mis fotos... ¡Ah, aquella! —exclamó, frunciendo el ceño al ver el recorte pegado en la pared—. La próxima vez que un fotógrafo quiera sacarme una instantánea, tendré muy en cuenta no sonreír tan tontamente como... como un lunático. Pero en cuanto a lo de por qué estoy en Io, la verdad es que vine con papá, que está estudiando las posibilidades de cultivar ferva en plantaciones en lugar de tener que depender de tratantes y lunáticos. Llevábamos aquí tres meses y me sentía terriblemente aburrida. Yo pensaba que Io sería apasionante, pero no fue así, no lo fue hasta hace poco.
—¿Pero qué hay de ese baile? ¿Cómo te las arreglaste para venir aquí, a mil seiscientos kilómetros de Junópolis?
—Bien —prosiguió ella lentamente—, el aburrimiento en Junópolis era atroz. Nada de espectáculos, nada de deportes, nada sino un baile de vez en cuando. Llegué a sentirme nerviosa. Cuando había bailes en Herápolis, tomé la costumbre de volar hasta allí. Sólo son cuatro o cinco horas en un avión. La semana pasada, o cuando fuese, había proyectado hacer el vuelo y Harvey, el secretario de papá, iba a llevarme. Pero en el último momento papá tuvo necesidad de su secretario y me prohibió que volase sola.
Grant sintió una fuerte antipatía contra Harvey.
—¿Y qué? —pregunto.
—Pues que volé sola —contestó ella gravemente.


—Y te estrellaste, ¿eh?
—Sé conducir un avión tan bien como cualquiera —replicó ella—. Lo que pasó fue que seguí una ruta diferente y de pronto me vi ante una barrera de montañas.
Él asintió.
—Las colinas de los idiotas —dijo—. Mi avión de suministros hace un rodeo de setecientos kilómetros para evitarlas. No es que sean altas, pero sobresalen lo suficiente por encima de la atmósfera de este alocado satélite. El aire es allí denso, pero enrarecido.
—Lo sé. Sabía que no podría volar por encima de ellas, pero pensé que podría superarlas de un salto. Tú sabes que no hay más que dar toda la velocidad y llevar el aparato hacia arriba. Yo tenía un avión cerrado y la gravitación aquí es muy débil. Y además lo había visto hacer varias veces, especialmente en aparatos impulsados por cohetes. Las turbinas sirven para sostener el avión incluso cuando las alas son inútiles por falta de aire.
—¡Qué idea tan absurda! —exclamó Grant—. Claro que puede hacerse, pero hay que ser un experto para sostenerse cuando se llega al aire que hay al otro lado. Si llegas a mucha velocidad, no hay mucho sitio para descender.
—Es lo que pude comprobar —dijo Lee con tono de arrepentimiento—. Casi di el salto, pero no del todo, y vine a caer en medio de algunas palmeras. Creo que el aparato las aplastó al caer, porque conseguí salir antes de que empezaran a dar latigazos. Pero luego no pude volver al avión, y fue... sólo recuerdo dos días de eso, pero fue horrible.
—Debió de serlo —dijo él suavemente.
—Yo sabía que, si no comía ni bebía, era probable que evitase contraer la fiebre blanca. Lo de no comer no era tan malo, pero no beber... Bien, finalmente me di por vencida y bebí de un pozo. No me importaba lo que sucediera con tal de librarme de la tortura de la sed. Después de eso, todo es confuso y vago.
—Deberías haber masticado hojas de ferva.
—No lo sabía; ni siquiera sé qué aspecto tienen. Además, esperaba que de un momento a otro apareciese mi padre. Ya debe de haber organizado una búsqueda.
—Es lo más probable —replicó Grant irónicamente—. ¿Se te ha ocurrido pensar que hay más de veinte millones de kilómetros cuadrados de superficie en la pequeña Io? Y todo lo que él sabe es que puedes haberte estrellado en cualquiera de esos kilómetros. Cuando vuelas del polo norte al polo sur, no hay una ruta más corta que otra. Puedes cruzar cualquier punto del planeta.
Los grises ojos de la muchacha se agrandaron.
—Pero yo...
—Además —interrumpió Grant—, éste es probablemente el último sitio en que se le ocurriría buscar a una patrulla exploradora. Probablemente pensarían que nadie, sino un lunático, tendría la idea de superar de un salto las Colinas de los Idiotas, tesis con la que estoy perfectamente de acuerdo. Por lo cual me parece muy probable, Lee Neilan, que te quedes anclada aquí hasta que mi avión de suministro llegue el mes que viene.
—¡Pero papá se volverá loco! ¡Creerá que he muerto!
—Lo cree ya sin duda.
—Pero no podemos... —se interrumpió, lanzando una mirada circular por la diminuta y única habitación de la cabaña. Al cabo de un momento suspiró resignadamente, sonrió y dijo con dulzura—: Bueno, podría haber sido peor, Grant. Trataré de ganarme mi sustento.
—Está bien. ¿Cómo te encuentras, Lee?
—Completamente normal. Ahora mismo voy a empezar a trabajar. 
Apartó la manta, se incorporó y puso los pies en el suelo.
—Arreglaré... ¡Dios mío, mi vestido!
Volvió a taparse con la manta. Él sonrió burlonamente.
—Tuvimos un pequeño encuentro con los sinuosos cuando te desmayaste. Arremetieron también contra mi guardarropas.
—Está todo arruinado —gimió ella.
—Necesitarás aguja e hilo, supongo. Eso, al menos, no se lo llevaron porque estaba en el cajón de la mesa.
—Con lo que queda de mi vestido no podría hacerme ni un mal traje de baño —replicó la muchacha—. Déjame probar con uno de los tuyos.
A fuerza de cortar, remendar y zurcir, consiguió transformar uno de los trajes de Grant en un atuendo de respetables proporciones. Tenía un aspecto delicioso con aquella camisa de hombre y aquellos pantalones cortos, pero él se turbó al notar que una súbita palidez se había apoderado de la muchacha.
Era la riblancha, el segundo acceso de fiebre que usualmente seguía a un ataque grave o prolongado. Con rostro serio, Grant sacó dos tabletas de fiebrina.
—Tómate éstas —ordenó—. Hemos de conseguir hojas de ferva en alguna parte. El avión se llevó mis existencias la semana pasada, y desde entonces he tenido mala suerte con mis lunáticos. No me han traído más que hierbajos y porquerías.
Lee hizo una mueca con los labios al percibir lo amargo de la droga, luego cerró los ojos contra su mareo momentáneo y su náusea profunda.
—¿Dónde puedes encontrar ferva? —preguntó.
Él sacudió la cabeza con perplejidad, mirando cómo Júpiter se ponía, resplandeciendo sus bandas con colores cremosos y castaños y la Mancha Roja hirviendo cerca del borde occidental.
A poca distancia por encima estaba el brillante y pequeño disco de Europa. Frunció el ceño repentinamente, miró su reloj y luego el almanaque que tenía colgado en la puerta del armario.
—Habrá luz de Europa dentro de quince minutos —masculló—, y una verdadera noche dentro de veinticinco, la primera noche verdadera en medio mes. Me pregunto si...
Miró pensativamente el rostro de Lee. Sabía donde crecía la ferva. Nadie se atrevía a penetrar en la jungla misma, donde las palmeras punzantes, las lianas arrojadizas y los deletéreos gusanos dentudos convertían semejante aventura en un suicidio para cualesquiera que no fuese lunático o sinuoso. Pero él sabía dónde se daba la ferva.
En la rara noche de Io, incluso los claros podrían ser peligrosos y no sólo a causa de los sinuosos. Grant sabía bastante bien que en la obscuridad salen de la jungla criaturas que de otro modo permanecen en las sombras eternas de aquélla: Dentudos, ranas con cabeza de toro, e indudablemente muchos seres desconocidos, misteriosos, venenosos y viscosos nunca vistos por el hombre. Uno oía contar historias en Herápolis y...
Pero tenía que conseguir ferva y él sabía dónde crecía. Ni siquiera un lunático trataría de buscarla allí, sino en los pequeños huertos o granjas alrededor de las diminutas ciudades de los sinuosos, donde era común que creciera la ferva. Encendió una linterna en medio de la obscuridad que se aproximaba.
—Voy a salir un momento —le dijo a Lee Neilan—. Si vuelve a darte un ataque de blancha, tómate las otras dos tabletas. De cualquier modo, nunca te harán daño. Los sinuosos se llevaron mi termómetro, pero si empiezas a sentir mareos de nuevo, no dejes de tomarlas.
—¡Grant! ¿Adónde...?
—Volveré —gritó Grant, cerrando la puerta tras él.
Un lunático, de color púrpura a la luz azulada de Europa, se alzó bamboleándose con una larga risita. Grant apartó a la criatura con un ademán y emprendió una cauta marcha de aproximación a las inmediaciones del poblado de los sinuosos, el poblado antiguo, porque el otro apenas podía haber tenido tiempo para cultivar el terreno circundante. Avanzó difícilmente entre las sangrantes hierbas, pero se daba cuenta de que su cautela era puro optimismo. Estaba exactamente en la posición de un gigante de treinta metros que se acercase a una ciudad humana pretendiendo no ser observado: Una empresa difícil incluso en la más profunda obscuridad.


Llegó al borde del claro de los sinuosos. Detrás de él, el satélite Europa, moviéndose casi tan rápido como el minutero de su reloj, se precipitaba hacia el horizonte. Grant se detuvo con momentánea sorpresa a la vista de la preciosa y diminuta ciudad, cuyas luces parpadeaban en la noche. Él nunca había sabido que la cultura de los sinuosos incluía el uso de luces, pero allí estaban: Diminutas velas o quizá pequeñísimas lámparas de petróleo.
Parpadeó en la obscuridad. A unos treinta metros del poblado estaban los campos. El segundo de ellos, de tres metros cuadrados, tenía el aspecto de..., bueno, de lo que era, de ferva. Grant se agachó, se arrastró y alargó una mano para cortar las hojas blancas y carnudas. Y en aquel momento sonó una aguda risita y el crujido de hierbas detrás de él. ¡El lunático! ¡El idiota lunático purpúreo!
Sonaron irritados chirridos. Recogió un doble brazado de ferva, se puso en pie y se precipitó hacia la iluminada ventana de su cabaña. No tenía ningún deseo de hacer frente a los envenenados dardos o a los dientecillos portadores de enfermedades, y los sinuosos desde luego se habían levantado. Sus gritos sonaban a coro; el suelo se ennegreció con su presencia.
Llegó a la cabaña, irrumpió con violencia, cerró de un portazo y echó la llave.
—¡Ya está! —Sonrió burlonamente—. Ahora que rabien ahí fuera.
Y rabiando estaban. Sus gritos sonaban como los chirridos de una máquina defectuosa. Incluso Oliver abrió sus soñolientos ojos para escuchar.
—Debe de ser la fiebre —comentó plácidamente el gato guardián.
Desde luego Lee no estaba más pálida; la riblancha estaba pasando sin peligro.
—¡Uf! —dijo ella, escuchando el tumulto de fuera—. Siempre he odiado a las ratas, pero los sinuosos son peores. Tienen toda la astucia y la crueldad de las ratas más la inteligencia de diablos.
—Bueno —dijo Grant pensativamente—. No veo qué puedan hacer ahora. Por lo menos tenían lo que yo iba buscando.
—Parece como si se alejaran —dijo la muchacha, a la escucha—. El griterío se va desvaneciendo.
Grant miró por la ventana.
—Todavía están ahí. Han pasado de las imprecaciones a la formación de proyectos, y me gustaría saber cuáles. Algún día, si este loco satélite llega a ser digno de que lo ocupen los hombres, va a haber un gran choque entre humanos y sinuosos.
—¿Y qué? No son lo bastante civilizados para constituir un obstáculo serio y además son tan pequeños...
—Pero aprenden —dijo él—. Aprenden muy rápidamente y se reproducen como moscas. Suponte que lleguen a descubrir el uso del gas o suponte que fabrican pequeños fusiles para sus dardos envenenados. Esto es posible, porque precisamente ahora están trabajando los metales y conocen el fuego. Tal cosa equivaldría prácticamente a equipararlos con el hombre por cuanto se refiere a la capacidad de agredir. ¿De qué nos servirían nuestros gigantescos cañones y nuestros aviones cohetes contra sinuosos de poco más de un decímetro? Y estar equilibrados sería fatal; un sinuoso por un hombre sería un trato ruinoso.
Lee bostezó.
—Bueno, eso no es problema nuestro. Tengo hambre, Grant.
—Está bien. Eso es un síntoma de que la blancha te ha abandonado ya. Comeremos y luego dormiremos un poco, porque quedan cinco horas de obscuridad.
—¿Pero y los sinuosos?
—No veo que puedan hacer nada. En cinco horas no pueden traspasar paredes de corteza de piedra y, en cualquier caso, Oliver nos avisaría si alguno consiguiese entrar por alguna parte.

Había luz cuando Grant se despertó. Penosamente, extendió los entumecidos miembros. Algo le había despertado, pero no sabía qué.
Oliver estaba paseando nerviosamente a su lado y le miraba con ansiedad.
—He tenido mala suerte con mis lunáticos —anunció quejumbrosamente el gato guardián—. Tú eres un lindo gatito.
—También lo eres tú —dijo Grant. Algo lo había despertado, ¿pero qué?
Entonces comprendió, porque aquello se produjo de nuevo: Un pequeñísimo temblor del suelo de corteza de piedra. Frunció el ceño con perplejidad. ¿Terremoto? No en Io, porque la diminuta esfera había perdido su calor interno hacía incontables siglos. ¿Qué, entonces?
Lo comprendió de repente. Se puso en pie de un salto y lanzó un grito tan salvaje que Oliver se echó a un lado con un maullido infernal. El asombrado gato saltó a la estufa y desapareció por el tubo de la chimenea.
Lee había empezado a incorporarse en el camastro, sus grises ojos parpadearon soñolientamente.
—¡Fuera! —rugió él, obligándola a ponerse en pie—. ¡Salgamos de aquí! ¡Aprisa!
—¿Cómo? ¿Por qué?
—¡Salgamos!
La empujó hacia la puerta, se detuvo un momento para recoger su cinto y sus armas, la bolsa de hojas de ferva y una libra de chocolate. El suelo tembló de nuevo y él se precipitó fuera de la puerta, colocándose con un salto frenético junto a la asombrada muchacha.
—¡La han minado! —jadeó—. Esos demonios han minado la...
No tuvo tiempo de decir más. Una esquina de la cabaña se derrumbó de pronto; los troncos de corteza de piedra se separaron, y toda la estructura se vino abajo como una casita de juguete. El estallido se convirtió en silencio y no hubo movimiento alguno excepto unos perezosos jirones de vapor, unas cuantas negras formas ratunas escabulléndose hacia las hierbas y un purpúreo lunático bamboleándose más allá de las ruinas.
—¡Los sucios diablos! —juró amargamente—. ¡Las malditas ratas negras! ¡Las...!
Un dardo le pasó rozando la oreja y luego arrancó un rizo del enmarañado cabello castaño de Lee. Un coro de chillidos ascendió de entre las hierbas.
—¡Ven! —gritó Grant—. Esta vez están dispuestos a acabar con nosotros. No, por aquí. Hacia las colinas. Hay menos jungla por este sitio.
Fácilmente pudieron sobrepasar a los diminutos sinuosos. En pocos momentos habían perdido el estrépito de sus voces chirriantes, y se detuvieron a mirar compasivamente la destruida vivienda.
—Ahora —dijo él con tono lastimero— estamos como al principio.
—¡Oh, no! —replicó Lee, alzando la mirada hasta él—. Ahora estamos juntos, Grant. No tengo miedo.
—Ya nos arreglaremos —dijo él con tono de suficiencia—. Construiremos una cabaña provisional en cualquier parte. También...
Un dardo se estrelló en una de sus botas con un seco chasquido. Los sinuosos los habían alcanzado de nuevo.
Una vez más corrieron hacia las Colinas de los Idiotas. Cuando se detuvieron por fin, pudieron divisar a sus espaldas la larga cuesta por la que habían subido y más allá las junglas de Io. Estaba allí la destruida cabaña y cerca, limpiamente escaqueados, los campos y torres de la ciudad más próxima de los sinuosos. Pero apenas habían recuperado el aliento cuando chillidos y gritos salieron de la maleza.


Se veían empujados hacia las Colinas de los Idiotas, una región tan desconocida para el hombre como los helados yermos de Plutón. Al parecer, los diminutos enemigos que tenían detrás habían resuelto que esta vez su adversario, el gigantesco trampero y depredador de sus campos, debía ser perseguido a muerte.
Las armas eran inútiles. Grant ni siquiera podía atisbar a sus perseguidores, que se deslizaban entre la vegetación como ratas encapuchadas. Una bala, incluso si por casualidad atravesaba el cuerpo de un sinuoso, no lograría ningún efecto, y la pistola lanzallamas, aunque su rayo quemase toneladas de maleza y de hierba sangrante, no podía más que cortar una estrecha senda a través de la horda de diminutos verdugos. Las únicas armas que podrían haber servido de algo, las ampollas de gas, se habían perdido entre las ruinas de la cabaña.
Grant y Lee se vieron obligados a seguir subiendo. Estaban ya a más de trescientos metros por encima de la llanura, y el aire se iba enrareciendo. No había allí ninguna jungla, sino sólo grandes manchas de hierba sangrante tras las cuales eran visibles unos pocos lunáticos balanceando sus cabezas.
—Hacia la cima —jadeó Grant, ahora penosamente falto de aliento—. Quizá nosotros podamos soportar el aire enrarecido mejor que ellos.
Lee no pudo contestar. Se esforzaba en andar trabajosamente junto a su compañero mientras pisaban ahora un suelo de roca desnuda. Ante ellos se alzaban dos bajos picachos, como los pilares de una puerta de torreón. Al mirar hacia atrás, Grant vislumbró diminutas formas negras que hormigueaban en un claro. Y, lleno de rabia, disparó. Un sinuoso dio un salto convulsivo, ondeando su capa, pero los demás siguieron avanzando. Debía de haber miles.
Los picachos estaban más cerca, ya sólo a pocos cientos de metros de distancia. Eran desnudos, lisos, inaccesibles.
—Entre ellos —masculló Grant.
El paso que separaba a los dos picachos era sombrío y angosto. En siglos remotos debieron de ser un solo pico rajado luego por alguna convulsión volcánica que había abierto aquel estrecho cañón entre los dos.
Grant rodeó con un brazo a Lee, cuya respiración, por el esfuerzo y la altitud, era una serie de jadeos entrecortados. Un brillante dardo repiqueteó en las rocas cuando ellos llegaron a la abertura, pero al mirar atrás, Grant sólo pudo ver a un purpúreo lunático que avanzaba hacia arriba, acompañado por otros cuantos a su derecha. La pareja bajó por un paso de unos veinte metros que desembocó súbitamente en un valle accesible y allí se detuvieron asombrados.
Frente a ellos había una ciudad. Durante un segundo, Grant creyó que habían tropezado con una amplísima metrópolis de sinuosos, pero un examen más atento mostraba otra cosa. Esta no era una ciudad de bloques medievales, sino un poema en mármol, de belleza clásica y de proporciones humanas o casi humanas. Blancas columnas, arcos gloriosos, puras bóvedas, una delicia arquitectónica que muy bien podría haber nacido en la Acrópolis. Fue necesario un segundo examen para discernir que la ciudad estaba muerta, desierta, en ruinas.
Incluso en su agotamiento, Lee percibió aquella belleza.
—¡Qué cosa tan exquisita! —jadeó—. Casi podría perdonárseles ser... sinuosos.
—Ellos no nos perdonarán ser humanos —masculló él—. Tendremos que hacer alto en algún sitio. Lo mejor será que elijamos uno de los edificios.
Pero, antes de que pudieran apartarse unos pocos metros de la boca del cañón, un ruidoso estrépito los detuvo. Grant dio media vuelta y por un momento se sintió paralizado por el asombro. El estrecho cañón estaba lleno de una chirriante horda de sinuosos, como una repulsiva y pesada manta negra. Pero no llegaban hasta el extremo del valle, porque, riendo, graznando y bamboleándose, cuatro lunáticos con aplastantes pies de tres dedos bloqueaban la entrada.
Era una batalla. Los sinuosos mordían y pinchaban a los escasos defensores que proferían agudas exclamaciones de dolor. Pero con una resolución y una unidad de propósito desconocidas entre los lunáticos, sus pies aplastaban metódicamente arriba y abajo, a derecha e izquierda.
Grant exclamó:
—¡Que me aspen! —Luego se le ocurrió una idea—. ¡Lee, toda esa horda de asquerosos diablos está acorralada en el cañón!
Se precipitó hacia la entrada. Apuntó su pistola lanzallamas entre las piernas de un lunático y disparó.
Hizo explosión el infierno. El diminuto diamante, cediendo toda su energía en un terrorífico estallido, lanzó un torrente de fuego que llenó el cañón de pared a pared y aun cortó más allá un abanico calcinado entre las hierbas sangrantes de la ladera.
La Colina de los Idiotas se estremeció con el rugido del arma y cuando la lluvia de restos se asentó, no había nada en el cañón, excepto unos cuantos trozos de carne y la cabeza de un desgraciado lunático que todavía oscilaba y se bamboleaba.
Tres de los lunáticos sobrevivieron. Uno de rostro purpúreo estaba agitando un brazo, riendo y lanzando grititos con una mueca imbécil. Grant apartó a un lado aquella cosa y regresó junto a la muchacha.
—¡Gracias a Dios! —dijo él—. Por lo menos de esto nos hemos librado.
—Yo no tenía miedo, Grant. Nunca lo tengo cuando estoy contigo.
Él sonrió.
—Quizá podamos encontrar aquí un refugio —sugirió—. La fiebre debe de ser menos molesta a esta altitud. Pero, oye, ésta debe de haber sido la capital más importante de todos los sinuosos en tiempos remotos. Apenas puedo imaginarme a tales demonios creando una arquitectura tan bella como ésta y tan grandiosa. Porque, en realidad, esos edificios son tan colosales en proporción con el tamaño de los sinuosos como lo son respecto a nosotros los rascacielos de Nueva York.
—Pero mucho más hermosos —dijo Lee suavemente, pasando su mirada sobre la gloria de las ruinas—. Incluso se les podría perdonar todo, Grant. ¡Mira eso!
Él obedeció el ademán. En la parte interior de los portales del cañón había gigantescos bajorrelieves. Pero lo que lo había dejado estupefacto era el tema de aquellos retratos. Allí, ascendiendo por los acantilados, había figuras, no de sinuosos, sino de... lunáticos. Exquisitamente esculpidas, sonriendo más bien que riendo tontamente, sonriendo con un toque de tristeza, de pena, de compasión.
—¡Dios mío! —susurró él—. ¿Comprendes, Lee? Ésta debió de ser en otros tiempos una ciudad de lunáticos. Los escalones, las puertas, los edificios, todo está construido a escala. De un modo u otro debieron de lograr una civilización avanzadísima y los lunáticos que nosotros conocemos no son más que el residuo degenerado de una gran raza.
—Y —sugirió Lee— la razón de que esos cuatro bloquearan el camino cuando los sinuosos trataron de pasar es que todavía recuerdan. O es probable que no recuerden realmente, pero tienen una tradición de pasadas glorias, o más probable aún, un mero sentimiento supersticioso de que este lugar es en cierto modo sagrado. Nos dejaron pasar porque, al fin y al cabo, tenemos más parecido con los lunáticos que los sinuosos. Pero lo sorprendente es que todavía posean, aunque no sea más que ese débil recuerdo, porque esta ciudad debe de estar en ruinas desde hace siglos, o quizás incluso miles de años.


—Pero pensar que los lunáticos puedan haber tenido alguna vez la inteligencia suficiente para crear una cultura propia... —dijo Grant, apartando al purpúreo que se bamboleaba y soltaba risitas a su lado. De pronto el hombre se detuvo y dirigió una mirada de repentino respeto a aquella criatura—. Éste lleva varios días siguiéndome. Muy bien, muchacho, ¿qué pasa?
El purpúreo alargó un hacecillo mal trabado de hierba sangrante y de ramitas, riendo idiotamente. Su ridícula boca se torció; los ojos se le aguzaron en el esfuerzo de conseguir una concentración mental.
—¡Pasteles! —dijo con una risita triunfante.
—¡El muy imbécil! —estalló Grant—. ¡Inútil! ¡Idiota! —Se interrumpió para echarse a reír—. No importa. Creo que se lo merecen. 
Alargó la libra de chocolate a los tres encantados lunáticos.
—Aquí tienen sus pasteles.
Un grito de Lee lo sobresaltó. La muchacha estaba agitando los brazos furiosamente. Sobre la cresta de la Colina de los Idiotas un avión cohete rugía, describía círculos y por fin se posaba en el valle.
La portezuela se abrió. Oliver salió gravemente, comentando como quien no quiere la cosa.
—Yo soy real y tú eres real.
Un hombre siguió al gato guardián; dos hombres.
—¡Papá! —gritó Lee.
Un poco más tarde, Gustavus Neilan se volvió hacia Grant.
—No sé cómo agradecérselo —dijo—. Si hubiese algún modo de poder mostrarle lo mucho que aprecio...
—Lo hay. Puede usted cancelar mi contrato.
—¿Trabaja usted para mí?
—Soy Grant Calthorpe, uno de sus tratantes y estoy ya harto de este loco satélite.
—Desde luego puede hacerse, si usted lo desea —dijo Neilan—. En cuanto a la cuestión de la paga...
—Puede usted pagarme los seis meses que he trabajado.
—Si no le importase quedarse —dijo el hombre mayor—, no tendría que trabajar mucho tiempo más en la compra. Hemos podido cultivar ferva cerca de las ciudades polares y prefiero las plantaciones a la inseguridad de tener que confiar en los lunáticos. Si continúa usted el año de su contrato, podríamos ponerlo al frente de la plantación cuando termine ese plazo.
Grant se encontró con los grises ojos de Lee Neilan y vaciló.
—Gracias —dijo lentamente—, pero estoy harto de esto. 
Le sonrió a la muchacha y luego se volvió hacia el padre de la misma.
—¿Le importaría contarme cómo ha podido localizarnos? Éste es el sitio más inverosímil de todo el satélite.
—Pues precisamente por eso —respondió Neilan—. Cuando Lee no regresó, reflexioné cuidadosamente sobre el asunto. Por último decidí, conociéndola como la conozco, buscar primeramente en los sitios más improbables. Sobrevolamos las costas del Mar de la Fiebre, y luego el Desierto Blanco y finalmente las Colinas de los Idiotas. Divisamos los ruinas de una cabaña y entre los escombros estaba este individuo —indicó a Oliver—, que no hacía más que repetir: "Diez lunáticos hacen un medio idiota". Bien, aquello de semicuerdo parecía una referencia muy clara a mi hija, y volvimos a emprender el vuelo hasta que el rugido de la pistola lanzallamas nos llamó la atención.
Lee adoptó una expresión de malhumor, luego volvió sus ojos grises hacia Grant.
—¿Recuerdas —dijo suavemente— lo que te dije en la jungla?
—Yo ni siquiera lo habría mencionado —replicó él—. Sabía que estabas delirando.
—Pues... quizá no lo estaba. Si tuvieses compañía, ¿te resultaría más fácil trabajar el resto del año? Quiero decir si, por ejemplo, volases con nosotros a Junópolis y regresases con una esposa.
—Lee —dijo él con voz ronca—, sabes la diferencia que eso comportaría, aunque no puedo comprender por qué se te ha ocurrido la idea.
—Debe de ser la fiebre —sugirió Oliver.

FIN

2026/01/19

Involución (Edmond Hamilton)


Título Original: Devolution
Año: 1936


Habitualmente, Ross tenía un temperamento equilibrado, pero cuatro días de viaje en canoa por las tierras remotas del norte de Quebec habían empezado a hacer mella en él. En aquella su cuarta parada en la orilla del río para acampar durante la noche perdió los estribos, por un momento habló a sus dos compañeros en términos devastadores.
Mientras hablaba, agitaba los ojos oscuros con el joven y guapo rostro sin afeitar contraído. Al principio, los dos biólogos escucharon sin responder. Gray, rubio, de aspecto joven, estaba indignado, pero Woodin, el mayor de los biólogos, se limitó a escuchar impasible con sus ojos grises fijos en la cara enfadada de Ross.
Cuando Ross paró para tomar aliento, la voz calmada de Woodin preguntó:
—¿Has terminado?
Ross tragó saliva como si fuese a continuar su discurso violento, pero súbitamente se controló.
—Sí, he terminado —dijo de mala gana.
—Entonces escúchame —dijo Woodin, como un padre de mediana edad amonestando a un hijo enfurruñado—. Te estás enfadando por nada. Ni Gray ni yo nos hemos quejado. Ninguno de los dos ha dicho ni una sola vez que no creyéramos lo que nos habías contado.
—No han dicho que no me crean, ¡no! —exclamó Ross con un enfado que resurgía—. ¿Pero imaginan que ignoro lo que están pensando? Piensan que les conté un cuento de hadas sobre las cosas que vi desde mi avión, ¿verdad? Piensan que los he arrastrado a los dos hasta aquí en la más loca de las búsquedas desesperadas, a la caza de increíbles criaturas que nunca han podido existir. Creen eso, ¿verdad?
—Oh, ¡malditos mosquitos! —dijo Gray, abofeteándose con furia el cuello y mirando al aviador con cara de pocos amigos.
Woodin tomó la batuta:
—Lo discutiremos después de montar el campamento. Jim, saca los petates. Ross, ¿buscarás madera?
Ambos le miraron y después se miraron entre sí, pero a regañadientes le obedecieron. La tensión se relajó por el momento.
Para cuando la oscuridad cayó en el pequeño claro junto al río, la canoa estaba recogida en la orilla, su pequeña tienda montada y un fuego crepitaba frente a ella. Gray alimentó la hoguera con gordos leños de pino mientras Woodin la usaba para preparar café, pasteles calientes y el inevitable bacón.
La luz del fuego ondeaba débilmente hacia los altos troncos de las tsugas que rodeaban el pequeño claro por tres lados. Iluminaba sus tres figuras vestidas de color caqui y el blanco bloque irregular de la tienda. Se reflejaba en las ondas del McNorton, crepitando suavemente mientras el río fluía hacia el Little Whale.
Comieron en silencio y, sin decir palabra, limpiaron los cazos con manojos de hierbas. Woodin encendió la pipa, los otros dos encendieron cigarrillos arrugados para luego recostarse un rato al lado del fuego, escuchando el crepitar, los rumores provenientes del río, el susurro de las altas ramas de las tsugas, el solitario sonido de los insectos.
Al fin Woodin vació la pipa contra el talón de la bota y se sentó.
—Bien —dijo—, ahora resolveremos la discusión que manteníamos.
Ross parecía un poco avergonzado.
—Supongo que he sacado las cosas de quicio —dijo conteniéndose. Para añadir—: Pero igualmente, solo me creen a medias.
Woodin sacudió la cabeza lentamente.
—No, no es así, Ross. Cuando nos contaste que habías visto criaturas de las que nadie había oído hablar mientras volabas sobre estas tierras salvajes, Gray y yo, lo dos, te creímos.
»De no haberte creído, ¿crees que dos biólogos ocupados hubiesen dejado su trabajo para venir a estos bosques sin fin a buscar las cosas que viste?
—Lo sé, lo sé —dijo el piloto no del todo convencido—. Ustedes piensan que vi algo extraño y se arriesgan por si después de todo vale la pena haber venido hasta aquí. Pero no creen lo que he contado sobre el aspecto de esas cosas. Piensan que es demasiado extraño para ser cierto, ¿no?
Por primera vez Woodin dudó antes de contestar.
—Después de todo, Ross —dijo evitando responder directamente—, los ojos pueden jugar malas pasadas cuando solamente entrevemos algo un momento, desde un avión, a dos kilómetros de altura.
—¿Entrever? —dijo Ross—. Te lo repito. Las vi tan claramente como te veo a ti. A dos kilómetros de altura, sí, pero tenía binoculares los estaba usando cuando las vi.
»Además, fue cerca de aquí, justo al este de la bifurcación del McNorton y el Little Whale. Iba hacia el sur con prisa dado que había pasado tres semanas allá arriba, trabajando en el mapa gubernamental de la bahía de Hudson. Quería situarme en la bifurcación del río, así que descendí un poco con el avión y usé los binoculares.
»Entonces, ahí abajo, en un claro junto al río, vi brillar algo y vi... las cosas. Eran increíbles, ¡pero las vi con toda claridad! Durante el tiempo que las miré me olvidé completamente de la bifurcación del río.
»Eran grandes y brillantes, como montones deslumbrantes de gelatina, tan transparentes que podía ver el suelo a través de ellas. Había al menos una docena y mientras las miraba se deslizaban por un pequeño claro, flotando, en un movimiento fluido.
»Después desaparecieron bajo los árboles. De haber habido un claro suficientemente grande para aterrizar a menos de ciento cincuenta kilómetros hubiese aterrizado para buscarlas, pero no lo había y tuve que irme. Quería desesperadamente descubrir lo que eran y, cuando, conté la historia, acordaron venir aquí en canoa para buscarlas. Pero ahora me parece que nunca me creyeron del todo.
Woodin miró pensativo el fuego.
—Vale, creo que viste algo extraño, alguna extraña forma de vida. Es por eso que estuve dispuesto a venir hasta aquí.
»Pero las cosas que describes, como gelatina, translúcidas, deslizándose de esa forma sobre la tierra... No ha habido nada así desde que las primeras criaturas protoplasmáticas, el principio de la vida en la Tierra se deslizaban sobre nuestro joven planeta.
—Si existieron seres así, ¿por qué no pudieron dejar descendientes? —replicó Ross.
Woodin negó con la cabeza.
—Porque desaparecieron hace años, se transformaron en formas de vida diferentes y superiores, iniciando la evolución que alcanzó su cumbre con el hombre.
»Esas criaturas protoplasmáticas unicelulares, hace mucho tiempo muertas, fueron el principio, el difícil y modesto comienzo de nuestra vida. Fallecieron y sus descendientes no se parecen a ellas. Nosotros los hombres somos sus descendientes.
Ross lo miraba con el ceño fruncido.
—¿Pero de dónde salieron esas primeras criaturas vivas? —Woodin volvió a cabecear.
—El origen de esas primeras formas de vida protoplasmáticas es algo que los biólogos desconocemos y acerca de lo cual sólo podemos especular.


»Se ha propuesto que surgieron espontáneamente a partir de los productos químicos de la Tierra. Pero tal cosa ha sido desmentida por el hecho de que criaturas así no surgen ahora espontáneamente a partir de la materia inerte. Su origen es un completo misterio. Pero, sin embargo, aparecieron en la Tierra, fueron la primera forma de vida, nuestros antepasados lejanos.
Woodin tenía una mirada soñadora, completamente ajeno a los otros dos mientras miraba en el fuego viendo visiones.
—Qué saga tan gloriosa, ¡el maravilloso ascenso de toscas criaturas protoplasmáticas hasta el hombre! Una maravillosa serie de cambios que nos ha llevado desde la más baja forma a nuestro actual esplendor.
»¡Y no podría haber ocurrido en ningún otro lugar salvo en la Tierra! Para la ciencia es casi seguro que la causa de estas mutaciones evolutivas es la radiación de los depósitos radiactivos del interior de la Tierra actuando sobre los genes de toda la materia viva.
Vio la cara de incomprensión de Ross y, a pesar de haberse dejado llevar, sonrió un poquito.
—Veo que eso no te dice nada. Intentaré explicarme. Las células germinales de todas las formas de vida de la Tierra contienen un cierto número de pequeñas barras que se llaman cromosomas. Esos cromosomas están formados por partículas denominadas genes. Y cada uno de esos genes ejerce un potente y diferenciado proceso de control sobre el desarrollo de la criatura que crece a partir de esa célula germinal.
»Algunos genes controlan el color de la criatura, otros controlan su tamaño, otros la forma de sus extremidades, y así sucesivamente. Todo lo característico de la criatura que crece a partir de esa célula germinal se da en buena medida diferente en otra criatura de su misma especie. Será, de hecho, de una especie totalmente nueva. Así es como nuevas especies surgen en la Tierra, por el método del cambio evolutivo.
»Los biólogos saben todo eso desde hace algún tiempo y están buscando la causa de esos grandes cambios repentinos, esas mutaciones, como se llaman. Han intentado encontrar qué es lo que afecta a los genes de una forma tan radical. Han demostrado de manera experimental que los rayos X y rayos químicos de diversos tipos, cuando se aplican sobre los genes de las células germinales, los hacen cambiar mucho. Y la criatura que se desarrolla a partir de esas células germinales es una criatura bastante distinta, un mutante.
»Por esa causa, muchos biólogos creen ahora que los depósitos radiactivos terrestres, actuando sobre todos los genes de todo ser viviente de la Tierra, son los que provocan los grandes cambios en las especies, la sucesión de mutaciones que ha llevado la vida por el camino de la evolución hasta la altura actual.
»Es por esto por lo que digo que en ningún otro mundo excepto la Tierra pudo darse el proceso evolutivo. Porque es posible que en ningún otro mundo se encuentren los depósitos radiactivos que provocan el efecto de las mutaciones en los genes. En cualquier otro mundo, las primeras formas protoplasmáticas que empezaron a vivir pudieron permanecer para siempre iguales, a través de interminables generaciones.
»¡Qué agradecidos debemos estar de que esto no pasase en la Tierra! ¡De que las mutaciones se hayan sucedido, la vida siempre cambiando y progresando hacia especies nuevas y superiores, de forma que la primera y primitiva especie protoplasmática ha avanzado mediante incontables cambios hasta culminar en el logro supremo del hombre!
Woodin se había dejado llevar por el entusiasmo mientras hablaba pero paró, riendo un poco y encendiendo de nuevo su pipa.
—Ross, perdona que te haya dado una lección como si fueses un universitario novato. Pero esa es mi principal obsesión, mi idea fija, el maravilloso ascenso de la vida a lo largo de los años.
Ross miraba pensativo el fuego.
—Parece maravilloso cuando lo cuentas de esa forma, una especie cambiando a otra, superándose continuamente...
Gray se levantó y se estiró al lado del fuego.
—Bien, ustedes dos pueden maravillarse con todo eso, pero este insensible materialista va a emular a sus remotos antepasados invertebrados y retornará a una posición postrada. En otras palabras, me voy a la cama.
Miró a Ross, con una sonrisa dubitativa en su joven y rubia cara, y dijo:
—¿Sin rencores, amigo?
—Olvídalo. —El piloto le devolvió la sonrisa—. Ha sido una dura jornada remando y ustedes dos parecían un poco escépticos. ¡Pero ya verán! Mañana estaremos en la bifurcación del Little Whale y entonces apuesto a que no exploraremos ni una hora antes de encontrarnos con una de esas criaturas gelatinosas.
—Eso espero —dijo Woodin bostezando—. Entonces veremos cuánto de buena es tú vista desde un kilómetro de altura y si has arrastrado a dos respetables científicos hasta aquí para nada.
Más tarde, mientras se acostaba entre mantas dentro de la pequeña tienda, escuchando roncar a Gray y Ross y mirando medio dormido el resplandor de las brasas, Woodin volvió a meditar sobre la cuestión. ¿Qué había visto Ross en aquel vistazo fugaz desde su rápido avión? Algo extraño, Woodin estaba seguro, tan seguro que se había embarcado en ese difícil viaje para comprobarlo. Pero ¿qué exactamente?
No los seres protoplasmáticos que había descrito. Por supuesto que eso no podía ser. ¿O sí? Si seres así habían existido, ¿por qué no podían...? ¿Era posible?
Woodin no se dio cuenta de que se había dormido hasta que se despertó por el grito de Gray. No era una llamada amistosa, era un ronco alarido de alguien asaltado repentinamente por un terror paralizante.
Abrió los ojos ante ese grito para ver lo Increíble recortándose contra las estrellas en la entrada abierta de la tienda. Una masa oscura y amorfa se jorobaba allí en la abertura, brillando bajo la luz de las estrellas, y deslizándose hacia dentro de la tienda. Detrás de ella había otras iguales.
A partir de ese momento las cosas empezaron a sucederse con rapidez. Le parecía a Woodin que nada pasaba consecutivamente sino en una sucesión de escenas estáticas, como los fotogramas de una película.
La pistola de Gray escupió una llama roja hacia el primer monstruo viscoso que entró en la tienda y el destello momentáneo mostró la amenazadora masa brillante del ser y la cara de pánico de Gray y a Ross rebuscando entre las mantas su pistola.
Una vez concluida esa escena instantáneamente hubo otra, Gray y Ross se pusieron rígidos repentinamente, cayeron de golpe como petrificados. Woodin supo que ambos estaban muertos, no sabía cómo lo sabía, pero lo sabía. Los monstruos brillantes ya entraban en la tienda.
Rompió un lateral y se precipitó fuera hacia la fría luz de las estrellas del claro. Corrió tres pasos, sin saber en qué dirección, y se paró. No sabía muy bien por qué se detenía, pero lo hizo.


Permaneció allí. Su cerebro instaba a sus extremidades a volar, pero sus extremidades no obedecían. No podía ni girarse, no podía mover ningún músculo de su cuerpo. Quieto, miraba el reflejo de la luz de las estrellas en el río, afectado por una extraña y completa parálisis.
Woodin escuchó crujidos, movimientos de deslizamiento en la tienda detrás de él. Desde atrás entraron en su campo de visión varias de las criaturas brillantes. Se estaban colocando a su alrededor. Había una docena más o menos y ya las veía claramente.
No eran una pesadilla, no. Eran reales, lo rodeaban montículos, masas amorfas de viscosa gelatina transparente. Cada una de ellas medía aproximadamente metro veinte de altura y un metro de diámetro, aunque su forma cambiaba ligera y continuamente, por lo que costaba determinar sus dimensiones.
En el centro de cada una de las masas translúcidas había una zona oscura, una mancha en forma de disco o un núcleo. No había nada más en las criaturas, ni extremidades ni órganos sensibles. Aunque observó que dos de ellas podían producir pseudoextremidades para sostener los cuerpos de Gray y Ross en tentáculos y acercarlos y acostarlos al lado de Woodin.
Todavía incapaz de mover un músculo, veía las congeladas y retorcidas caras de los dos hombres y las pistolas todavía agarradas por las manos muertas. Y mientras miraba la cara de Ross recordó.
Las cosas que el piloto había visto desde su avión, las criaturas gelatinosas que los tres habían ido al norte a buscar, ¡eran los monstruos que le rodeaban! ¿Pero cómo habían matado a Ross y a Gray? ¿Cómo lo mantenían petrificado? ¿Quiénes eran?
—Te permitiremos moverte, pero no debes intentar escapar.
El cerebro ya confundido de Woodin se asombró todavía más. ¿Quién le había dicho aquello? No había oído nada, pero sin embargo había creído oír.
—Te permitiremos moverte, pero no debes intentar escapar ni hacernos daño.
Escuchó mentalmente aquellas palabras a pesar de que sus oídos no habían captado ningún sonido. Y su cerebro siguió oyendo.
—Te estamos hablando por transferencia de impulsos de pensamiento. ¿Tienes capacidad mental suficiente para entendernos?
¿Mente? ¿Una mente en esos seres? Woodin se estremecía de pensarlo mientras observaba a los monstruos brillantes.
Sus pensamientos aparentemente los alcanzaron.
—Por supuesto que tenemos mente. —El pensamiento respuesta llegó a su mente—. Ahora vamos a dejar que te muevas, pero no intentes escapar.
—Yo... yo no lo intentaré —se dijo Woodin mentalmente.
Al momento, la parálisis que le retenía cedió. Permaneció en el círculo de monstruos brillantes. Las manos y el cuerpo le temblaban violentamente.
Había diez de ellos. Diez monstruos, deformes masas brillantes de gelatina transparente, reunidos a su alrededor como geniecillos sin rostro encapuchados, salidos de alguna guarida de lo desconocido. Uno, aparentemente el portavoz y líder, permanecía más cerca de él que los demás.
Woodin recorrió lentamente el círculo con la mirada y después bajó la vista hacia sus compañeros muertos. En la niebla de terrores extraños que congelaba su alma sintió una repentina y dolorosa pena mientras los miraba.
A Woodin le llegó otro pensamiento de la criatura más cercana.
—No queríamos matarlos, hemos venido simplemente para capturarlos y hablar con ustedes.
»Pero cuando hemos sentido que intentaban matarnos, hemos actuado rápidamente. A ti, que no intentabas matarnos pero has escapado, no te hemos hecho daño.
—¿Qué... qué quieren de nosotros... de mí? —preguntó Woodin.
Lo susurró entre sus labios secos, pensándolo simultáneamente.
Esta vez no hubo respuesta mental. Los seres permanecían quietos, un anillo silencioso de meditación de figuras sobrenaturales. Woodin sintió su mente resquebrajándose bajo la tensión del silencio y repitió la pregunta, gritando.
Esta vez sí que hubo respuesta mental.
—No respondía porque estaba analizando tu mente para comprobar que eras lo suficientemente inteligente para comprender las ideas.
»A pesar de que tu mente parece ser excepcionalmente rudimentaria es posible que pueda apreciar suficientemente lo que deseamos comunicarte para que nos entiendas.
»Antes de empezar, sin embargo, debo advertirte que es casi imposible que escapes o nos hagas daño y que cualquier intento resultaría desastroso para ti. Es evidente que no sabes nada de la energía mental así que te diré que estas dos criaturas iguales que tú han muerto por el simple poder de nuestra voluntad y que tus músculos no respondían las órdenes de tu cerebro por el mismo poder. Gracias a nuestra energía mental seríamos capaces de aniquilar completamente tu cuerpo, si quisiésemos.
Hubo una pausa y, en ese breve silencio, el atontado cerebro de Woodin intentó aferrarse desesperadamente a la cordura, a la solidez.
Entonces regresó aquella voz mental que sonaba como una voz real hablando en su cerebro.
—Somos los hijos de una galaxia cuyo nombre, traducido lo mejor posible a tu lenguaje, es Arctar. La galaxia de Arctar se encuentra a tantos millones de años luz de esta galaxia que se halla más allá de la curva de la esfera del cosmos tridimensional.
»Hace mucho tiempo llegamos a dominar esa galaxia. Dado que somos criaturas capaces de usar nuestra energía mental para transportarnos, como fuerza física y para producir cualquier efecto que necesitáramos, conquistamos y colonizamos rápidamente la galaxia viajando de sol a sol sin necesidad de ningún vehículo.
»Teniendo toda la galaxia de Arctar bajo nuestro control, pusimos nuestras miras en los dominios de más allá. Existen aproximadamente mil millones de galaxias en el cosmos tridimensional y nos pareció adecuado colonizarlas para que con el tiempo toda la materia del cosmos estuviese bajo nuestro control.
»El primer paso fue incrementar nuestro número, así que nos multiplicamos hasta ser los suficientes para la gran tarea de colonizar el cosmos. Esto no fue difícil, dado que, evidentemente, para nosotros la reproducción es una simple cuestión de división. Cuando fuimos bastantes, nos dividimos en cuatro grupos.
»A continuación la gran esfera del cosmos tridimensional fue dividida en cuatro partes, una para cada grupo. Cada fuerza tenía que colonizar su porción del cosmos, así que las tremendas huestes partieron de Arctar en cuatro direcciones.
»Una de esas fuerzas llegó hace eones a esta galaxia, con la intención de colonizar todos los mundos habitables. Todo esto llevó mucho tiempo, por supuesto, pero nuestras vidas son muchísimo más largas que las de ustedes y comprendemos que los logros de la raza lo son todo y que los logros individuales no son nada. Durante la colonización de esta galaxia, varios millones de arctarianos vinieron a este sol en particular y, al descubrir que este era el único planeta habitable de los nueve cercanos, se establecieron aquí.


»Ha sido siempre la regla que los colonizadores de todos esos mundos del cosmos debían mantener la comunicación con el lugar de origen de nuestra especie, la galaxia Arctar. De esa forma, nuestra gente, que ya controla todo el universo, es capaz de concentrar en un único punto todo el conocimiento y el poder y, desde ese punto, mandar órdenes que den forma a los grandes proyectos para el cosmos.
»Pero de este mundo no se ha recibido ningún comunicado desde poco después de la llegada de los arctarianos. Cuando nos dimos cuenta por primera vez, el asunto fue postergado. Se creía que al cabo de unos cuantos millones de años también llegarían informes de este mundo. Pero al no recibir ninguna noticia, después de más de mil millones de años de silencio, el consejo directivo de Arctar ordenó enviar una expedición para determinar las razones del silencio de los colonizadores.
»Nosotros diez formamos esa expedición y partimos de uno de los mundos cuyo sol ustedes llaman Sirio, situado a corta distancia de su sol, donde también hay colonizadores. Se nos ordenó venir a este mundo a toda velocidad para determinar por qué los colonizadores no habían enviado ningún informe. Así que, navegando a través del vacío gracias a nuestro poder mental, cruzamos el espacio entre sol y sol y, hace unos días, llegamos a este mundo.
»¡Imagina nuestra perplejidad cuando descendimos flotando a tu mundo! En vez de encontrar cada kilómetro cuadrado habitado por arctarianos como nosotros, descendientes de los colonos originales, en un mundo sometido completamente a su control mental, ¡encontramos un planeta que es en su totalidad una zona salvaje llena de extrañas formas de vida!
»Permanecimos en la zona donde habíamos aterrizado y pasamos cierto tiempo enviando nuestra visión lejos y escaneando mentalmente todo el mundo. Nuestra perplejidad creció, dado que nunca habíamos visto formas de vida grotescas y degradadas como las que se presentaban ante nosotros. Y no hemos visto ni un solo arctariano en el planeta.
»Esto nos ha dejado extremadamente desconcertados. ¿Qué podría haber acabado con los arctarianos? ¿Quién colonizó este planeta?, imposible que las mentes penosas y débiles que ahora pueblan este planeta derrotasen y destruyesen a nuestros poderosos colonos y a sus descendientes. ¿Pero dónde están?
»Por eso pretendíamos capturarlos. Aunque conocíamos la inferioridad de sus mentes, seguro que incluso criaturas como ustedes tienen que saber lo que ha pasado con los colonos que una vez habitaron este mundo.
El hilo mental se paró un momento, después entró en la mente de Woodin con una pregunta clara:
—¿Sabes qué pasó con nuestros colonos? ¿Tienes alguna pista sobre su extraña desaparición?
El biólogo paralizado se encontró negando lentamente con la cabeza:
—Nunca... nunca he sabido de criaturas como ustedes, de mentes así. Que sepamos, nunca han existido en la Tierra, y ya conocemos casi toda la historia de la Tierra.
—¡Imposible! —exclamó el pensamiento del líder arctariano—. Algo debes de saber de nuestra poderosa gente si es cierto que conoces toda la historia del planeta.
De otra mente arctariana llegó otro pensamiento, dirigido al líder pero afectando indirectamente al cerebro de Woodin.
—¿Por qué no analizamos el pasado de este planeta a través del cerebro de esta criatura y vemos qué podemos averiguar por nosotros mismos?
—¡Una idea excelente! —exclamó el líder—. Su mente será bastante fácil de analizar.
—¿Qué van a hacer? —clamó Woodin agudamente, con voz de pánico.
Los pensamientos respuesta eran calmados, tranquilizadores.
—Nada que te cause el más mínimo daño. Simplemente vamos a explorar el pasado de tu especie desbloqueando los recuerdos heredados de tu cerebro.
»En las células sin usar de tu cerebro residen recuerdos heredados de la especie que se remontan hasta tus más remotos antepasados. Gracias a nuestro poder mental haremos que esos recuerdos enterrados se vuelvan temporalmente dominantes y activos en tu mente.
»Experimentarás las mismas sensaciones, verás las mismas escenas que tus remotos antepasados vieron hace millones de años. Y nosotros, aquí a tu alrededor, leeremos tu mente como hacemos ahora y veremos lo que tú estés viendo mirando el pasado de este planeta.
»No hay peligro. Físicamente continuarás aquí, pero mentalmente viajarás hacia atrás a través de los años. Primero llevaremos tu mente al momento aproximado en que nuestros colonos llegaron a este planeta, para ver qué les pasó.
Tan pronto como ese pensamiento llegó a la mente de Woodin la escena bajo la luz de las estrellas y las masas de los arctarianos desaparecieron repentinamente y su conciencia atravesó un torbellino de niebla gris.
Sabía que físicamente no se estaba moviendo, pero mentalmente tenía una terrible sensación de velocidad. Era como si su mente diese vueltas a través de impensables abismos, con su cerebro expandiéndose.
Luego la niebla desapareció abruptamente. Una nueva y extraña escena tomó forma en la mente de Woodin.
Era una escena que sentía pero no veía. Su mente la captaba a través de un sentido que no era la vista. No por ello era menos real y vívida.
Miró con el extraño sentido una tierra extraña, un mundo de mares grises y continentes de roca sin una pizca de vida. El cielo estaba completamente nublado y la lluvia caía continuamente.
Mirando hacia ese mundo, Woodin sentía cómo caía junto a un conjunto de extraños acompañantes. Cada uno de ellos era una masa amorfa, brillante y unicelular, con un núcleo central. Eran arctarianos y Woodin sabía que él era un arctariano y que había llegado a ese mundo acompañado de otros tras un viaje por el espacio.
El grupo aterrizó en un planeta áspero y sin vida. Hicieron un esfuerzo mental y por pura fuerza telequinética alteraron la materia del mundo para adaptarla a sus necesidades. Levantaron grandes estructuras y ciudades, ciudades que no eran de materia sino de pensamiento. Llevaron a cabo una gran cantidad de investigaciones, experimentos y comunicaciones cuyo motivo y cuyos logros quedaban muy lejos de la comprensión actual con mente humana. Repentinamente, todo se volvió a disolver en una niebla gris.
La niebla se disipó casi de inmediato y Woodin se encontró viendo otra escena. Una escena muy posterior. Veía que el tiempo había provocado unos extraños cambios sobre los arctarianos, de los cuales, él seguía siendo uno. Habían pasado de seres unicelulares a pluricelulares y ya no eran todos iguales. Unos estaban adheridos por la base, otros en un punto, otros eran móviles. Unos mostraban una tendencia hacia el agua, otros hacia la tierra. Algo había cambiado la forma del cuerpo de los arctarianos generación tras generación, diversificándolos en ramas.


Esta extraña degeneración de sus cuerpos había ido acompañada por una degeneración similar de sus mentes. Woodin lo sentía. En las ciudades de pensamiento el proceso de búsqueda de conocimiento y poder se había vuelto confuso, caótico. Y las propias ciudades de pensamiento estaban desapareciendo. Los arctarianos ya no tenían el suficiente poder mental para mantenerlas.
Los arctarianos intentaban determinar qué estaba causando esa extraña degeneración física y mental. Pensaban que algo estaba influyendo en sus genes, pero no lograban adivinar de qué se trataba. ¡En ningún otro mundo habían degenerado de aquella forma!
La escena cambió rápidamente a otra posterior. Woodin vio la escena, dado que su antepasado, a través de cuya mente miraba, había desarrollado ojos. Y vio que la degeneración había ido mucho más lejos, los cuerpos multicelulares de los arctarianos estaban cada vez más afectados por la enfermedad de la complejidad y la diversificación.
La última de las ciudades de pensamiento había desaparecido. Los una vez poderosos arctarianos se habían convertido en seres repulsivos, complejos organismos que degeneraban cada vez más, algunos de ellos arrastrándose y nadando por el agua, otros fijos a la tierra.
Todavía conservaban parte de la gran mente de sus antepasados originales. Esas monstruosas criaturas degeneradas que vivían en la tierra y en el mar, en lo que la mente de Woodin reconoció como la era Paleozoica, todavía hacían desesperados y fútiles intentos por detener el terrible avance de su degeneración.
La mente de Woodin saltó a una escena posterior, la era Mesozoica. La propagación de la degeneración había convertido a los descendientes de los colonos en un grupo aún más horrible de especies. Se habían convertido en grandes criaturas membranosas, escamosas y con garras, en reptiles de tierra y acuáticos.
Incluso esas criaturas tan increíblemente cambiadas poseían un ligero resto del poder mental de sus antepasados. Hacían vanos intentos por comunicarse con los arctarianos de otros mundos de soles distantes, para informarlos de su apremiante situación. Pero sus mentes eran demasiado débiles.
Continuó con una escena del Cenozoico. Los reptiles se habían convertido en mamíferos; el deterioro de los arctarianos había progresado aún más. En esos degradados descendientes sólo quedaban meras pizcas de la mentalidad original. Y esta penosa posteridad había producido una especie aún más tonta y sin ninguno de los poderes mentales anteriores: Simios que vagaban por las frías explanadas en grupos, parloteando, discutiendo. En esas criaturas se habían disipado los últimos restos de la herencia arctariana, la antigua tendencia hacia la dignidad, la limpieza y la paciencia.
Y después una última imagen llenó el cerebro de Woodin. Era el mundo actual, el mundo que había visto con sus propios ojos. Pero vio y comprendió, como nunca antes lo había hecho, que era un mundo en el que la degeneración había alcanzado su grado máximo.
Los monos se habían convertido en criaturas bípedas aún más débiles, que habían perdido casi cualquier átomo de la herencia de las viejas mentes de los arctarianos. Esas criaturas habían perdido también muchos de los sentidos que incluso los simios anteriores conservaban. Y esas criaturas, esos humanos, degeneraban con creciente rapidez. Al principio sólo mataban, como sus antepasados, para comer, pero ya habían aprendido a matar cuando les apetecía. Y habían aprendido a matarse grupo contra grupo, tribu contra tribu, nación contra nación y hemisferio contra hemisferio. En la locura de su degeneración se masacraban unos a otros hasta que la tierra se empapaba de sangre.
Eran más crueles incluso que los simios que los habían precedido, crueles con la absoluta crueldad de la locura. Y en su progresiva demencia llegaban a pasar hambre en medio de la abundancia, a matarse los unos a los otros en sus propias ciudades, a someterse al azote de miedos supersticiosos como ninguna otra criatura había hecho antes.
Eran el último descendiente terrible, el último producto degenerado de los antiguos colonos arctarianos que una vez fueron los reyes del intelecto. Ahora que los otros animales estaban prácticamente extintos, estos, los últimos monstruos horrorosos, acabarían definitivamente la terrible historia aniquilándose, por efecto de su locura, entre sí.
Woodin volvió repentinamente a la realidad. Estaba de pie, a la luz de las estrellas, en el centro del claro, junto al río. Y a su alrededor seguían estando los diez arctarianos amorfos, formando un anillo silencioso.
Atontado, tambaleándose por la tremenda y espantosa visión que había pasado con increíble viveza por su mente, se giró lentamente mirando a cada uno de los arctarianos. Sus pensamientos le llegaban al cerebro, fuertes, sombríos, estremecidos por el horror y la aversión.
El asqueado pensamiento del líder arctariano golpeó la mente de Woodin.
—¡Así que eso fue lo que les sucedió a los colonos arctarianos que vinieron a este mundo! Degeneraron, cambiaron a formas de vida cada vez más inferiores hasta convertirse en estas penosas y dementes cosas que ahora pueblan este mundo, sus últimos descendientes.
»¡Este es un mundo de horror mortal! Un mundo que de alguna forma daña los genes de nuestra especie y la modifica física y mentalmente, degenerándola progresivamente con cada generación. Ante nosotros tenemos el espantoso resultado.
El estremecido pensamiento de otro arctariano preguntó:
—¿Pero qué podemos hacer ahora?
—No podemos hacer nada —declaró su líder solemnemente—. Esta degeneración, este horrible cambio, ha llegado demasiado lejos para que podamos revertirlo.
»En este mundo venenoso nuestros inteligentes hermanos se convirtieron en criaturas espantosas y ya no podemos retroceder en el tiempo y restaurarlos a partir de estos degradados elementos que son sus descendientes.
Woodin encontró su voz y protestó débilmente con una voz aguda:
—¡No es verdad! ¡Todo lo que he visto es mentira! Los humanos no somos el producto de un proceso involutivo. ¡Somos el producto de años de continua evolución! ¡Tenemos que serlo, se los digo! Porque no querríamos vivir, no querría vivir si esa historia fuese cierta. ¡No puede ser cierta!
El pensamiento del líder arctariano, dirigido a las otras entidades amorfas, alcanzó su desquiciada mente. Estaba impregnado de pena, pero también cargado de un fuerte desprecio inhumano.
—Vamos, hermanos —dijo a sus compañeros—. En este mundo enfermizo no podemos hacer nada.
»Marchémonos antes de que nosotros también nos envenenemos y cambiemos. Y enviaremos una advertencia a Arctar diciendo que este mundo está envenenado, que es un mundo de degeneración, para que nunca más alguien de nuestra especie venga aquí y recorra el terrible camino que otros siguieron.
»¡Vamos! Volvamos a nuestro propio sol.
La deforme figura del líder arctariano se aplanó, se convirtió en un disco y se elevó suavemente en el aire. Los otros cambiaron también y le siguieron, en grupo, y el estupefacto Woodin miró hacia arriba y vio brillantes puntos disipándose rápidamente entre las estrellas.
Anduvo a trompicones unos pasos, agitando furiosamente el puño hacia los brillantes puntos que se desvanecían.
—Vuelvan, ¡malditos! —gritó—. ¡Vuelvan y díganme que es mentira!
»Debe ser mentira... debe...
Ya no había rastro de los arctarianos en el cielo estrellado. La oscuridad era extensa y profunda alrededor de Woodin.
Gritó de nuevo hacia la noche, pero solamente le respondieron los susurros del eco. Con los ojos desorbitados y el alma rota, su mirada cayó sobre la pistola que Ross tenía en la mano. La recogió con un ronco lamento.
Un ruido repentino y ensordecedor quebró la tranquilidad del bosque, reverberó un momento y murió rápidamente. Todo volvía a estar en silencio, excepto por el susurro líquido del río.

FIN