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2026/08/10

La carretera imposible (Oscar J. Friend)


Título original: The Impossible Highway
Año: 1940


El doctor Albert Nelson miró a su joven ayudante, Robert Mackensie, y frunció el ceño.
—¡Esto era justo lo que necesitaba! —exclamó—. Dejar mi laboratorio y hacer una excursión contigo por las Ozarks. Unas vacaciones encantadoras. ¡Bah!
—Pero doctor —protestó mansamente Mackensie—, necesita usted unas vacaciones. No es culpa mía que tuviéramos un accidente. —Una mueca asomó en su cara juvenil—. Además, es casi divertido… ¡dos científicos eruditos indefensos como bebés en el bosque!
Pero el doctor Nelson no podía entender la gracia de la situación. Estaban perdidos en las profundidades de las Montañas Ozark y su brújula estaba irremediablemente rota. Y aquello le molestaba muchísimo.
Y es que el doctor Nelson era un espíritu ordenado. Siempre había sido un tipo lógico. Tenía una mente matemática que funcionaba como una máquina. Para él no existían cabos sueltos. Eso era lo que le convertía en un excelente biólogo. Seguía todo el proceso hasta su origen y lo almacenaba permanentemente en su cerebro antes de dejarlo salir.
Para el doctor Nelson, dos y dos eran cuatro, y tenía que dar esa respuesta antes de renunciar. Todo lo positivo tenía una contrapartida negativa, cada causa un efecto. En su laboratorio no había nunca ningún trabajo de investigación sin terminar, ningún papel ni basura en su mesa, nada de sobra en su mente. Repudiaba todo aquello que no tenía una explicación lógica. No tenía paciencia con las sinfonías inacabadas, las historias de doncellas y caballeros, los enigmas o los misterios sin resolver. Era un tipo muy definido y positivo.
Por eso se sintió tan desolado y desesperado cuando Mackensie y él llegaron al final de la carretera. No era por la acumulación de circunstancias que les llevó a perderse, el que su brújula se hubiera roto accidentalmente, el hecho que estuvieran dando vueltas desde primeras horas de la mañana y ya fueran las tres de la tarde, el que estuvieran cansados, magullados y muertos de hambre y sed. Nada de esto. Era el hecho inexplicable de la carretera en sí.
—¿Qué es eso que hay delante de nosotros? —jadeó el doctor Nelson mientras contemplaba una extensión blanca y brillante a través de los árboles y matojos. Habían estado escalando incesantemente durante la última hora, buscando un lugar alto desde el que pudieran divisar los alrededores del terreno y salir del atolladero—. ¿Una extensión de agua o el cielo?
Mackensie se adelantó. Su voz juvenil flotó cargada de ansiedad.
—¡Es una carretera, doctor! ¡Una carretera asfaltada! Gracias a Dios, ahora podremos encontrar un camino de vuelta a la civilización.
Era una carretera, de acuerdo. Nelson arrugó las cejas pensativo mientras aceleraba el paso para alcanzar a su compañero. ¿Pero qué hacía una carretera de asfalto en mitad de un país salvaje, en donde los hombres blancos que estaban en sus cabales jamás habían puesto el pie? ¿Cómo podía existir una carretera en estas montañas, donde sólo vivían los gamos salvajes y algún grajo ocasional alzaba la voz, o un buitre salvaje volaba en su solitario esplendor sobre sus cabezas? Y había algo más.
No había nada de particular en la carretera de asfalto en sí. Era un ejemplo bastante normal del arte de la ingeniería y la construcción. Veinte metros de ancho, unos veinte centímetros de grosor y se estiraba ante los dos hombres con una gradación adecuada, una extensión blanca que se curvaba a través de los pinos, olmos y cedros y se perdía graciosamente de vista más allá de la cima de una colina.
No, no era la construcción ni el estado de la carretera; era el hecho mismo de su presencia en este lugar. El doctor Nelson era consciente de que había utilizado el adverbio "de repente" dos veces en los escasos segundos que había estado reflexionando. Eso describía aquella cosa. La carretera empezaba bruscamente, así, tal cual; su extremo más cercano estaba tan recortado y terminado como los salientes que corrían a los lados de las autopistas mejor construidas. En medio de un paisaje primitivo, la carretera empezaba de golpe.
No había ninguna evidencia de que intentara continuar en esta dirección. No había árboles talados, ni marcas de prospección, ni niveles, ni arena, grava, pilares, maquinaria, barricadas, señalizaciones de carretera o señales de desviación. Nada. Ni siquiera una carretera de arena o un sendero que llevara a algún sitio desde el extremo del suelo de asfalto. ¡Simplemente una colina agreste en el corazón de unas montañas sin cartografiar y allí, tan bruscamente como un tiro, el extremo de una brillante carretera!
La incongruencia de todo aquello tenía que haber dejado anonadado a Mackensie, a pesar de su alivio, pues el joven biólogo estaba de pie, junto al extremo del pavimento y miraba a su alrededor lleno de perplejidad cuando Nelson se unió a él. Sus brillantes ojos azules encontraron los fijos ojos marrones del hombre mayor y su cara se torció en un interrogante. Sacudió las manos, sintiéndose inútil.
—¿Por qué no continúa? —preguntó—. ¿Puede ser un proyecto abandonado?
—¿Quién ha oído hablar alguna vez de una carretera abandonada, que no lleve al menos a una casa o a una cabaña? —replicó Nelson, irritado.
—¿No será una pista de prueba? —sugirió Mackensie.
El doctor Nelson señaló sin decir nada la superficie inmaculada de la carretera. No había ni una gota de aceite, ni una marca de neumáticos, ni un bache, ni una pisada, nada que rompiera la pureza virginal del tramo. Y sin embargo la carretera, que empezaba aquí, en lo más profundo del bosque, continuaba hasta perderse de vista ante ellos, como si se prolongara eternamente y fuera una arteria importante de un sistema de transportes.
—¡Esto es una adivinanza sin sentido! —exclamó Nelson—. Y detesto las adivinanzas.
—Bien, aunque empieza de un modo espontáneo, doctor, parece que lleva a alguna parte —observó Mackensie—. Al menos, nos conducirá de vuelta a la civilización. Podremos resolver este misterio en el otro extremo. ¿Está usted demasiado cansado para continuar?
—No, no —repitió Nelson irritado, frunciendo el ceño ante la carretera; pero sentía una cierta aversión a pisar el asfalto, aunque no sabía por qué.
Dudó, se secó el sudor de la frente con un pañuelo y miró alrededor, a los densos bosques de donde habían salido. Entonces se encogió de hombros y dio un paso hacia la calzada.
Mackensie le siguió y los dos empezaron a caminar. Forzadamente, Nelson marcaba el paso y los dos marcharon en silencio. Durante un breve espacio de tiempo, no se oyó ningún sonido, excepto el rítmico compás de sus botas y los ruiditos ocasionales que brotaban de la mochila de Nelson. Se trataba del lagarto verde que el biólogo había capturado poco antes del mediodía.
—Siempre el científico infatigable —había observado Mackensie cuando Nelson había capturado hábilmente al pequeño reptil, que tomaba el sol en una roca y al que había introducido en una fiambrera vacía para estudiarlo más tarde.


Ahora, el ruido del lagarto era el único sonido que les hacía compañía. Era el extraño significado de todo esto lo que hizo que Nelson agarrara el brazo de Mackensie y se detuviera de repente.
—¿Por qué nos paramos? —preguntó sorprendido Mackensie—. Esto es mejor que abrirnos paso entre arbustos y matojos para llegar a una granja.
—Escucha —dijo Nelson.
Mackensie así lo hizo, con el cuerpo en tensión. Todo a su alrededor permanecía en completo silencio. No se oía siquiera un soplo de viento entre las hojas de los árboles.
—No oigo nada.
—Eso es —comentó Nelson—. Ni siquiera el zumbido de un insecto, ni un pájaro en el cielo, ni un murmullo en la maleza que rodea la carretera. ¿Qué pasó con los grajos y los mosquitos, que nos han hicieron compañía y no pararon de molestarnos hasta que encontramos esta carretera?
Los ojos azules de Mackensie parecían sorprendidos. Nelson se dio la vuelta para contemplar el tramo de la carretera que ya habían recorrido. Se extendía unos veinte metros, blanca e inmaculada excepto por las débiles marcas de su reciente paso. Era como si estuvieran solos en un mundo muerto. No, no era así exactamente. Todo lo que les rodeaba era la evidencia de vida vegetal, pero en movimiento suspendido. Eso era, una foto en tres dimensiones y technicolor, un mundo rígido y congelado donde sólo ellos dos podían moverse. Era increíble.
—Ni un solo insecto se arrastra por la carretera —susurró Mackensie, asustado—. No hay ni siquiera un sonido distante que indique que hay algo o alguien en este planeta. Pero tengo una extraña sensación en mi interior... que las fuerzas de la vida están a nuestro alrededor. Doctor, noto como si esta carretera estuviera latiendo y temblando, llena de vida, a pesar de que esté rígida bajo nuestros pies. En nombre de Dios, ¿qué es todo esto?
Nelson bajó los ojos y miró a sus pies. Mackensie tenía razón. Había una especie de indicio psíquico de vida en el asfalto, en el mismo aire, y sin embargo todo permanecía inmóvil y silencioso. Lentamente, la extrañeza se apoderó del perturbado científico.
Era como si sus ojos penetraran una fracción de centímetro en la suave superficie del tramo de carretera. Notó, más que vio, que ésta era una carretera de vida increíble, que billones y billones de entes vivos habían recorrido este camino antes que él en interminables y abundantes tropeles.
—Vamos —dijo Nelson con voz apagada—. Continuemos.
Fue al girar en la siguiente curva, donde el bosque se aclaraba un poco y la carretera parecía serpentear majestuosamente en una serie de altiplanos en la cima del mundo, cuando llegaron a la primera variante de la suave superficie de la calzada. Era un pedestal de hormigón a la altura de la cintura, que giraba a la izquierda. Parecía que la carretera se hubiera detenido y hubiera lanzado una especie de pseudópodo en su borde.
En lo alto de este pedestal había un cubo de lo que parecía ser cristal de cuarzo. Al menos era cristal de alguna clase, levemente iridiscente y brillante bajo los rayos del sol de la tarde. A medida que se acercaban, vieron que se trataba de un cubo hueco donde había un poderoso microscopio binocular. Sus piezas gemelas, cubiertas para que el aire libre no las deteriorase, sobresalían de la vitrina. Sobre el pedestal, justo bajo el cubo de cristal y fácilmente distinguible, había una placa de bronce con unas letras. La inscripción estaba en inglés.
Los dos hombres se detuvieron sorprendidos ante la incongruencia de todo aquello. ¡Un hermoso microscopio colocado como en un museo, en medio de una selva que sólo tenía una autopista desierta! ¿Qué significaba?
—¡Dios mío! —murmuró Mackensie—. ¡Mire! ¡Léalo, doctor Nelson! 
Juntos inspeccionaron la placa oscura pero claramente legible.

MUTACIONES PAN-CÓSMICAS UNIVERSALES
Estos diminutos especímenes celulares son las semillas evolucionadas más pequeñas del fenómeno llamado vida, sea vegetal o animal, autocontenidas y prácticamente inmortales. Surcan el universo con los rayos de luz. Particularmente inmortales, se asientan como los hongos sobre los planetas más áridos y desérticos y son los padres de todas las formas de vida. Su origen es desconocido.

Nelson quitó los protectores del microscopio y se aproximó a las lentes. Sintió un extraño escalofrío magnético al tocar el instrumento del interior del cristal. La vitrina parpadeó y brilló como si tuviera vida propia. Era imposible ajustar los controles del microscopio, ya que estaban dentro de la vitrina de cristal, pero tampoco hacía falta.
Ante su campo de visión, perfectamente ajustado, había un típico cristal similar a los millares que el biólogo había examinado. Allí, inmóviles, inmortales, imperturbables, había cientos de pequeñas células grises que parecían las hojas de pino que había estudiado más de una vez. Sin embargo, eran diferentes. Eran celulares; eran bacterias, indudablemente, pero tenían un reborde o concha distinta, que podía haber sido impermeable a la oscuridad, el frío y los rayos cósmicos del espacio exterior. Ciertamente, el doctor Nelson nunca había visto antes nada igual.
Después de un cuidadoso estudio, alzó la cabeza, dio un paso atrás e instó a Mackensie para que mirara. El joven así lo hizo.
—Santo cielo, doctor —murmuró—. Ni siquiera aceptan el colorante en lo más mínimo. Lo rehúsan por completo. Permanecen como puntos en un fondo rosa pálido.
—Exactamente —coincidió Nelson, con el ceño fruncido—. Y ya ves que están inmóviles, inertes, como suspendidos por arte de magia en mitad de su actividad.
—Sí —asintió Mackensie, sin dejar de mirar—. Indudablemente están muertos.
—Eso me pregunto.
—No puedo comprenderlo. Incluso los organismos más diminutos mostrarían al menos algún movimiento molecular.
—Continuemos —dijo Nelson, volviendo a cubrir los binoculares—. Veo otro pedestal más allá, al otro lado de esta carretera infernal.
Mackensie fue el primero en alcanzar el segundo pedestal, donde también había una vitrina de cristal brillante con un microscopio en su interior. Ya estaba observando con los binoculares cuando Nelson leyó la placa de bronce que había bajo la vitrina de cristal.

LEPTOTHRIX. MIEMBRO DE LA FAMILIA DE LAS CLAMIDOBACTERIAS
Una de las formas de vida primitiva de este planeta. Tiene, según las rocas arqueológicas, al menos cien mil millones de años. De forma filamental, con segmentos sueltos, se reproduce por fisión de un extremo. Las paredes de filamentos son de hierro, depositado alrededor de las células vivas por acrecencia. El hombre y los animales son alimentados por plantas que consumen elementos terrestres y producen clorofila gracias al poder del sol, pero el LEPTOTHRIX literalmente come hierro. La mayoría de las vetas de hierro han sido creadas por la acción de esta bacteria.


Nelson echó un vistazo cuando Mackensie, confundido e inseguro, se apartó del microscopio. Reconoció los especímenes al instante. Las bacterias estaban inmóviles, congeladas como estatuas. Cuando alzó la vista, Mackensie ya se dirigía al siguiente pedestal que se encontraba a veinte o treinta metros de distancia. Nelson le siguió lentamente.
—¡Algas! —exclamó Mackensie.
Nelson leyó la placa de bronce y luego miró las familiares fibras azulverdosas de la planta acuática, que son visibles al ojo en forma de porquería verdosa en el agua estancada. Y una vez más se dio cuenta de la inmovilidad de los especímenes.
—¡Plancton! —gritó Mackensie al llegar ante el cuarto pedestal—. Dios santo, doctor, esto parece... parece que es una exposición de bacteriología al aire libre.
Eso era precisamente lo que estaba pensando Nelson. Aún no había resuelto el enigma de la carretera en sí. El misterio adicional de los potentes microscopios colocados aquí, a la intemperie, dentro de aquellas vitrinas de cristal, le había hecho posponer en su mente el deseo de explicarlo a su debido tiempo. Era, como decía Mackensie, una especie de laboratorio de los dioses. Casi con miedo, Nelson miró al cielo, como si esperase que la cabeza y los hombros de algún supercientífico se materializaran desde más allá de las nubes. Pero no sucedió nada. Aún eran las tres de la tarde. Nada vivía ni se movía excepto los dos hombres y el lagarto encerrado en la mochila.
Una cosa le resultó significativa al metódico Nelson mientras recorrían esta extraña carretera. No había nada innecesario o aleatorio en la colocación de los especímenes. Por lo que él podía ver, todo estaba colocado siguiendo un orden lógico y cronológico. El orden iba ascendiendo incesantemente en el poderoso ciclo de la vida.
Ante ellos, adornando la carretera como los árboles de un parque, había vitrinas de cristal de varias formas y tamaños. Ya no había microscopios. Las formas de vida eran ahora detectables a simple vista. Se trataba de una sucesión de especímenes entre la vida animal y la vegetal, que avanzaba en perfecta progresión. Y en el interior de cada vitrina, cada espécimen estaba perfectamente conservado y aparentemente sin vida.
Toda la sucesión de vitrinas de cristal latía y brillaba a la luz del sol como si tuviera vida propia.
Aquella extraña historia de la vida avanzó por las diferentes épocas. De los fósiles a los bosques de coniferas, los primeros reptiles, la edad de los gigantescos mamíferos..., marchaban por la escalera de la vida, viendo especímenes que presumiblemente ningún hombre había visto antes. Era como un viaje a través de una maravillosa combinación de laboratorio, jardín botánico, acuario y el Instituto Smithsoniano.
Los dos biólogos olvidaron el hambre, la sed, el cansancio. Perdieron la noción del tiempo, aunque tenían que haber pasado horas y horas mientras recorrían este panorama de vida inmóvil. Era como observar las fotografías tridimensionales de alguna revista del futuro, o como mirar ampliaciones estereotipadas de la pantalla de la vida. Y el sol colgaba brillantemente a las tres de la tarde.
Las inscripciones de las diversas placas de bronce, que siempre estaban presentes, a pesar del tamaño de la vitrina o de la naturaleza de su contenido, habían conformado una historia completa y única del surgimiento de esa cosa tenaz y frágil, pero indestructible, que es la vida. Nelson empezó a lamentar no haber copiado lo que decían, dándose cuenta mientras lo hacía que eso habría sido imposible. No habría tenido papel suficiente aunque su mochila no hubiera estado llena de otra cosa.
Mackensie empezó a lamentar no haber traído una cámara consigo. Algunos de los especímenes jamás habían sido imaginados por el hombre en su reconstrucción de los huecos de la historia. El enigma principal permanecía sin resolver y Nelson notaba que la fiebre por resolverlo le abrasaba. Sentía, sin necesidad de analizarlo, que estaba siendo arrastrado por la mano del destino y se aproximaba a un clímax, a una altura, un destino que era inexorable.
El mismo fuego tenía que haberse apoderado de Mackensie, pues el joven se maravillaba del gigantesco panorama, de la rareza magnética de las vitrinas de cristal, de las especulaciones que despertaba este museo exagerado, del hecho imposible de que el tiempo se hubiera detenido.
Y entonces llegaron a la primera vitrina vacía. Era una cabina pequeña y se detuvieron a leer la placa de bronce. Hacía tiempo que habían alcanzado una época comparativamente reciente y la flora y la fauna eran tal como existía ahora. El hombre primitivo ya había aparecido, y su imagen estaba apropiadamente colocada en vitrinas progresivas y espaciadas.
Nelson se maravilló ante la visión del primer bruto peludo, que era claramente el eslabón perdido entre el hombre y los animales inferiores. Aunque era una cosa extraña y repulsiva a los ojos de la estética, Nelson el biólogo casi se arrodilló ante el mamífero. A partir de aquí, la historia de la humanidad estaba escrita gráficamente para los dos sorprendidos viajeros.
Pero aquí tenían la primera vitrina vacía. Consciente de su estupor, Nelson leyó la placa de bronce.

LACERTA VIRIDIS
Este lagarto verde es un espécimen de los pequeños reptiles con cola que, junto con su familia, forman el suborden de los LACERTILIOS, con la excepción de las salamanquesas y camaleones.

El biólogo alzó los ojos. Pero la vitrina, que brillaba con su peculiar tono azulverdoso, estaba vacía. No estaba rota ni quebrada. Simplemente no había nada dentro.
—Es curioso —comentó Mackensie en voz alta, mientras Nelson examinaba la vitrina de cristal que, en este instante, parecía una campanilla—. Es el primer hueco en toda la serie.
—Sí —casi gruñó Nelson mientras manoseaba el pomo de la campanilla.
Para su sorpresa, pudo moverla. Entonces vio, al pie, la ruedecita que controlaba el aparato de vaciado de aire y sellado.
Accidentalmente colocó una mano en el lugar que había estado cubierto por la campanilla e instantáneamente perdió toda sensibilidad en el miembro. Era como si toda su mano, desde la muñeca para abajo, no fuera nada más que un muñón de materia insensible. La retiró. Inmediatamente, la vida regresó.
—¿Qué pasa? —preguntó rápidamente Mackensie con interés profesional—. ¿Está caliente?
—No —respondió Nelson, colocando la campanilla en su sitio con mucho cuidado—. No, nada de eso. No se siente nada. Mi mano se quedó completamente muerta.
—¿Se encuentra bien ahora?
—Sí. Debe de haber algo en esas pulsaciones magnéticas que retienen e interrumpen la fuerza vital sin destruir la vida.
—Entonces, si es así, ¿todos esos especímenes que hemos visto están vivos? ¿Vivos pero dormidos?
—Eso me pregunto.
—Vamos —dijo—. Continuemos. Creo que veo un león de las montañas un poco más adelante.


Nelson le siguió, con el ceño fruncido por la irritación ante esta interrupción menor en la colosal muestra de especies. El roce del lagarto en su mochila era como un impulso molesto que se escurría en su cerebro. Pasaron junto al camaleón, los ejemplares de animales salvajes y otra fauna menor y llegaron al lugar donde se resumía la historia de la vida vegetal de esta época.
Aquí, tal vez a unos doscientos metros de la vitrina vacía del lagarto, Nelson se detuvo con determinación. Mackensie le miró, sorprendido.
—Vamos —dijo Nelson—. Retrocedamos.
—¿Retroceder? —repitió Mackensie—. ¿Adónde? ¿Por qué?
—Sólo hasta la vitrina del Lacerta viridis. Tengo que hacerlo. No puedo continuar.
—Pero... pero... ¿podemos retroceder? —preguntó Mackensie.
La idea era preocupante. Nelson nunca había considerado tal posibilidad.
—¿Tendremos tiempo? —continuó su ayudante—. La noche puede que se nos eche encima antes de que lleguemos al final de la carretera.
Por toda respuesta, Nelson señaló al sol, que colgaba en el cielo precisamente a las tres de la tarde.
—Vamos —ordenó Nelson.
Obediente, casi como hipnotizado, Mackensie se dio la vuelta y empezó a deshacer lo andado. Nelson le precedía. Era como si se enfrentaran a una ola resistente, como si combatieran un viento firme y poderoso. Nelson se sentía como si estuviera en un sueño, casi abrumado por una letargia que no podía comprender. Sólo su indomable fuerza de voluntad les hizo seguir avanzando. Y en la carretera seguía sin moverse nada, excepto los dos hombres que caminaban bajo la luz del sol.
Rehicieron sus pasos lentamente y llegaron a la vitrina vacía del lagarto.
—Bien, aquí estamos —jadeó Mackensie—. Y ahora ¿qué?
Por toda respuesta, Nelson abrió su mochila y sacó la fiambrera. Cogió al lagarto por la base del cuello, movió la campanilla de su sitio y colocó el reptil en el pedestal. La criatura se quedó inmóvil de inmediato. Nelson apartó la mano entumecida y observó el espécimen. El lagarto reposaba sobre sus cuatro patitas, como si estuviera vivo, el cuerpo medio enroscado, la cabeza alzada, los ojillos brillantes mientras contemplaba la nada.
Rápidamente, Nelson lo cubrió con la campanilla y giró la rueda para sellar el vacío. Un débil murmullo surgió de la base del pedestal y luego se apagó. El dios de la ciencia aceptaba una ofrenda. Cuando Mackensie intentó retirar la campanilla, vio que era imposible.
Los dos hombres se miraron el uno al otro.
—Al menos es un ejemplar pasable —observó Nelson—. Es similar a las especies del Viejo Mundo. Continuemos ahora.
Encabezó la marcha a paso rápido. Toda su molestia por la vitrina vacía había desaparecido.
Tuvo que haber sido horas más tarde, y sólo Dios sabía tras cuántos kilómetros de curvas, cuando llegaron a la segunda y última vitrina vacía.
—¡Mire! —exclamó Mackensie, aliviado de todo corazón—. ¡Estamos llegando al final de la carretera!
Nelson había perdido el interés por la carretera. La poderosa historia de la vida que había descubierto le había atrapado irresistiblemente. Se dio cuenta de lo que le rodeaba con un sobresalto, y enfocó su atención en la distancia.
Mackensie tenía razón. La carretera se acababa a un centenar de metros de distancia, al alcanzar un grupo de árboles en una colina que descendía.
La carretera acababa como había empezado: Brusca, inexplicablemente. No muy lejos había una vitrina que parecía medir casi un metro. Pero Nelson estaba más interesado en la vitrina de dos metros que tenía enfrente.

HOMBRE DEL SIGLO XX
Este espécimen del mamífero bípedo de sangre caliente, con cerebro y glándulas tiroides desarrolladas representa la cumbre de su evolución. Como se ha señalado a través de las diversas vitrinas, la vida animal y vegetal, teniendo un lejano origen común, difieren principalmente en que un átomo de magnesio en la estructura clorofílica, en vez de un átomo de hierro en la hemoglobina de la sangre, ha provocado sus evoluciones separadas. Desde este punto, sus caminos paralelos convergen y se unen por fin en una estructura común que alcanza la cima total del desarrollo mental.

El doctor Nelson apartó los ojos de la placa de bronce. El cubo estaba vacío. No había ningún ejemplar. En cambio, sólo había una puerta de cristal abierta, que giraba sobre goznes invisibles, como si invitara a un excursionista cansado a entrar y descansar para toda la eternidad.
El biólogo frunció el ceño con total desesperación. ¿Por qué, de todas las vitrinas de especímenes, era ésta la que tenía que estar vacía? Se tiró de una oreja mientras se volvía para contemplar la carretera. Una vez más se sintió molesto, enfadado, al notar que no había ninguna otra vitrina excepto la de un metro al final del camino.
La historia casi había terminado. Después de recorrer durante horas cientos de miles de vitrinas, se encontraban con que esta última, la más importante en lo que concernía a la humanidad, estaba vacía. De alguna manera, Nelson no podía proseguir y marcharse de esta forma. Su naturaleza metódica parecía hacerle continuar con una lógica inexorable. Miró a su compañero.
—Mackensie —dijo con voz extraña—. Mackensie, ven aquí.
El joven palideció y dio un paso atrás.
—No —gimió, adivinando intuitivamente el propósito del otro—. ¡No! Está usted loco, doctor. Salgamos de este lugar infernal y...
Exhaló un alarido de terror mientras Nelson se le acercaba. El biólogo tenía veinte años más que Mackensie, pero también era físicamente más grande. Mackensie no tenía ninguna posibilidad contra él. La lucha fue breve y su significado terrible. En cuestión de segundos, Nelson tuvo a su víctima indefensa.
—¡No! —chilló Mackensie, con los ojos llenos de terror—. ¡Doctor Nelson, no puede...! ¡No puede hacerme esto!
Acabó emitiendo una serie de chillidos inconexos mientras Nelson lo levantaba y lo llevaba hasta la puerta entornada de la cabina de cristal.
—Es indoloro —murmuró Nelson amablemente—. Lo sé. ¿Y por qué la vitrina está vacía si no es para uno de nosotros dos? ¡Contéstame a eso!
Pero Mackensie ya no podía responder ninguna pregunta. Se había sumergido en un estado de horror cataléptico.
Como un sonámbulo, como una marioneta controlada por cuerdas extraterrestres, Nelson dio la vuelta hábilmente a su carga para ponerla ante él y luego, conservando el equilibrio con mucho cuidado, introdujo suavemente el cuerpo de su compañero en la vitrina vacía. El cambio que tuvo lugar fue milagroso, instantáneo. El cuerpo de Mackensie pareció convertirse en mármol. Se quedó erecto, balanceándose como una estatua vacilante.
Rápidamente, Nelson cerró la puerta de cristal ante el rostro de su compañero. Con un suave murmullo, los bordes de la puerta se ajustaron al marco de cristal. La última vitrina tenía su ejemplar perfecto.


El biólogo temblaba mientras miraba a los ojos de su antiguo ayudante de laboratorio. Entonces suspiró, se secó el sudor de la frente y miró al sol. Eran las tres de la tarde.
Se dio la vuelta lentamente, como si no le gustara abandonar al hombre con el que había hecho este increíble viaje, y se dirigió al final de la carretera.
Al llegar a la última vitrina, se detuvo para estudiar el espécimen que había en el interior. El aura titilante de la vitrina, ya casi en la sombra de los árboles, era levemente fosforescente. Pero fue la naturaleza del ejemplar lo que fascinó al biólogo.
La cosa, sentada en cuclillas, de apenas dos metros de altura, pálida y amarronada, parecía más una seta gigantesca que otra cosa. Un champiñón con una protuberancia, que era una horrible caricatura de la cabeza de un hombre. Un par de orificios enormes señalaban lo que podían ser un par de ojos. La boca no era más que una hendidura que recordaba dónde había estado. La cosa no tenía sexo y se alzaba sobre dos metros en forma de raíz. Por fin, Nelson leyó la placa de bronce.

TIRODICUS. HOMBRE PLANTA
La evolución definitiva de la vida mamífera en esta planta. Compuesto principalmente de un tejido cerebral fibroso y un organismo productor de yodo, que es el desarrollo de lo que fue antiguamente la productora de yodo del hombre, la glándula tiroides localizada en la garganta, esta criatura no tiene sangre ni clorofila.
Como el LEPTOTHRIX, esta forma de vida ha aprendido a asimilar su alimento directamente de los elementos, transmutándolos instantáneamente y liberando energía. El Tirodicus, el último estadio de la evolución física, es prácticamente todo cerebro. El escalón siguiente de la evolución, inevitablemente, cruza las fronteras de la existencia animal y la vida se convierte en puramente espiritual.

Eso era todo. La historia había sido contada. El final de la carretera aparecía bruscamente. No había árboles talados, no había marcas, ni niveles, ni pilones, maquinaria, herramientas, barricadas ni señales de desvío. Ni siquiera una carretera de arena. O un sendero que llevara a cualquier parte a partir del final de la superficie de asfalto.
Simplemente una colina agreste en el corazón de unas montañas que nunca habían sido cartografiadas, y la carretera que había empezado tan repentinamente como un tiro, que no llevaba a ningún sitio y acababa con la misma rapidez.
El doctor Nelson era un espíritu metódico y ordenado. Hizo una mueca irónica.
No había podido evitarlo. Su fría lógica había sido llevada hasta el último grado.
Se dio la vuelta y miró pensativo el camino que acababa de recorrer. Sintió un temblor de vida, vago e incomprensible, bajo sus pies. Ahora no había ninguna vitrina vacía, ninguna ruptura entre las dos líneas de especímenes que se encontraban allí. El archivo estaba completo.
¿Qué archivo? ¿Qué era esta increíble muestra científica? Estaba firmemente convencido de que no procedía de la Tierra. ¿Era una trampa del tiempo, o una gigantesca sala de trofeos de algún supercazador de más allá de las estrellas?
El doctor se encogió de hombros y descartó el enigma. Salió de la carretera imposible, aliviado de sentir el terreno y la hierba bajo sus pies. Una vez más, se volvió para mirar la carretera de asfalto.
La carretera había desaparecido. No había nada más allá de los arbustos. El sol se escondía tras las montañas de poniente.

FIN

2026/07/27

Exilio (Edmond Hamilton)


Título original: Exile
Año: 1943


¡Ahora me gustaría no haber hablado de ciencia ficción aquella noche! Si no lo hubiéramos hecho, en estos momentos no me sentiría obsesionado por esa historia extraña e imposible que nunca podrá ser demostrada ni refutada.
Pero los cuatro éramos escritores profesionales de historias fantásticas, y supongo que la charla resultaba inevitable. No obstante, conseguimos posponerla durante el transcurso de toda la cena y de las bebidas que tomamos después. Madison esbozó, gustoso, su partida de caza y luego Brazell inició una discusión sobre las probabilidades de los Dodgers. Más tarde tuve que desviar la conversación al terreno de la fantasía.
No pretendía hacer algo así. Pero había bebido un escocés de más y eso siempre me vuelve analítico. Y me hacía gracia la forma perfecta en que los cuatro parecíamos un grupo de personas normales y ordinarias.
—Coloración protectora, eso es lo que es —anuncié—. ¡Cuánto nos esforzamos por actuar como buenos chicos normales y corrientes!
Brazell me miró, un poco molesto por la interrupción.
—¿De qué estás hablando?
—De nosotros —respondí—. ¡Qué maravillosa imitación de ciudadanos sólidos y satisfechos! Pero no nos sentimos satisfechos, ninguno de nosotros. Por el contrario, estamos violentamente insatisfechos con la Tierra y con todos sus trabajos; por eso nos pasamos la vida creando un mundo imaginario tras otro.
—Supongo que el pequeño asunto de cobrar a cambio de hacerlo no tiene nada que ver —inquirió Brazell, escéptico.
—Claro que sí —admití—. Pero todos creamos nuestros mundos y pueblos imposibles muchísimo antes de escribir una sola línea, ¿verdad? Incluso en nuestra infancia, ¿no? Por eso no nos encontramos a gusto aquí.
—Nos sentiríamos muchísimo menos a gusto en algunos de los mundos sobre los que escribimos —replicó Madison.
Entonces Carrick, el cuarto del grupo, participó en la conversación. Estaba sentado en silencio, como de costumbre, con la copa en la mano, meditabundo, sin prestarnos atención.
Era un tipo raro en muchos aspectos. No lo conocíamos muy bien, pero le apreciábamos y admirábamos sus relatos. Había escrito algunos maravillosos sobre un planeta imaginario, todos cuidadosamente elaborados.
—Eso me sucedió a mí en una ocasión —le dijo a Madison.
—¿El qué? —preguntó Madison.
—Lo que acabas de sugerir… Una vez escribí sobre un mundo imaginario y luego tuve que vivir en él —contestó Carrick.
Madison se echó a reír.
—Espero que fuera un lugar más habitable que los espeluznantes planetas en los que yo planteo mis patrañas.
Sin embargo, Carrick no sonrió siquiera.
—De haber sabido que tendría que vivir en él, lo habría creado muy distinto —murmuró.
Brazell, tras dirigir una mirada significativa al vaso vacío de Carrick, nos hizo un guiño y a continuación pidió con voz melosa:
—Cuéntanoslo, Carrick.
Carrick continuó mirando abstraído su vaso vacío, mientras lo hacía girar entre los dedos al hablar. Se detenía cada pocas palabras.
—Sucedió inmediatamente después de que me mudara junto a la gran central de energía. Parecía un lugar ruidoso, pero, en realidad, se estaba muy tranquilo en las afueras de la ciudad. Y yo necesitaba tranquilidad para escribir mis historias.
»Me puse a trabajar en una nueva serie que había comenzado, un grupo de relatos que iban a tener lugar en el mismo mundo imaginario. Empecé por crear todos los aspectos físicos detallados de ese mundo, al igual que el universo que tenía como fondo. Pasé todo el día concentrado en ello. Y cuando terminé, ¡algo en mi mente hizo clic!
»Esa breve y extraña sensación me pareció una súbita cristalización. Me quedé allí, plantado, al tiempo que me preguntaba si me estaba volviendo loco. Y es que tuve la súbita convicción de que el mundo que yo había estado imaginando durante todo el día acababa de cristalizar en una existencia física, en alguna parte.
»Por supuesto, descarté esa extraña idea, salí de casa y me olvidé del tema. Pero al día siguiente volvió a suceder. Pasé la mayor parte del tiempo con la creación de los habitantes del mundo de mi historia. Los había imaginado humanos sin la menor duda, aunque no quise hacerles demasiado civilizados, debido a que eso excluiría los conflictos y la violencia que conformarían mi historia.
»Así pues, había creado mi mundo imaginario, un mundo en el que la gente estaba a medio civilizar. Imaginé todas sus crueldades y supersticiones. Edifiqué sus pintorescas y bárbaras ciudades. Y justo cuando acababa, aquel clic volvió a resonar de pronto en mi mente.
»Entonces sí que me asusté de veras, pues sentí con más fuerza que la primera vez esa extraña convicción de que mis sueños habían cristalizado en una realidad sólida. Sabía que era una locura el pensar algo así; sin embargo, en mi mente había una certeza increíble. No podía desechar esa idea.
»Traté de razonar conmigo mismo para descartar tan loca convicción. Si al imaginar un mundo y un universo los había creado de verdad, ¿dónde se hallaban? Desde luego no en mi propio cosmos. No podía contener dos universos, cada uno diferente por completo al otro.
»¿Pero y si el mundo y el universo de mi imaginación habían cristalizado a la realidad en otro cosmos vacío? ¿Un cosmos que se encontrara en una dimensión diferente de la mía? ¿Uno que hubiera contenido nada más que átomos libres, materia informe que no había adquirido forma hasta que, de alguna manera, mis concentrados pensamientos les hicieron tomar las formas que yo había soñado?
»Razoné con esa idea de la extraña manera en que se aplican las leyes de la lógica a las cosas imposibles. ¿Por qué los relatos que yo imaginaba no habían cristalizado a la realidad en ocasiones anteriores y sólo habían empezado a hacerlo ahora? Bueno, para eso había una explicación plausible. Tenía cerca la gran central de energía. Alguna insondable corriente de energía irradiada de ella enfocaba mi imaginación concentrada, como una fuerza superamplificadora, hacia un cosmos vacío donde sacudía la masa informe y la hacía adquirir las formas que yo soñaba.
»¿Creía yo eso? No. Por supuesto que no, pero lo sabía. Hay una gran diferencia entre el conocimiento y la creencia, como alguien dijo: "Todos los hombres saben que van a morir y ninguno lo cree". Pues conmigo ocurría lo mismo. Me daba cuenta de que no era posible que mi mundo imaginario hubiera adquirido una forma física en un cosmos dimensional diferente, aunque, al mismo tiempo, yo tenía la extraña convicción de que así era.
»Y entonces se me ocurrió algo que me pareció divertido e interesante. ¿Y si me creaba a mí mismo en ese otro mundo? ¿Sería yo también real en él? Lo intenté. Me senté ante mi escritorio y me imaginé a mí mismo como uno de los millones de individuos de ese mundo de ficción; creé todo un trasfondo familiar e histórico real para mí en aquel lugar. ¡Y mi mente dijo clic!
Carrick hizo una pausa. Todavía contemplaba el vaso vacío que agitaba lentamente entre sus dedos.
Madison le incitó a continuar:
—Y, por supuesto, te despertaste allí, y una hermosa muchacha se inclinó sobre ti, y preguntaste: "¿Dónde estoy?"


—No sucedió así —repuso Carrick sombrío—. No sucedió así en absoluto. Me desperté en ese otro mundo, sí. Pero no fue como un despertar real. Simplemente, aparecí allí de repente.
»Seguía siendo yo, pero era el yo imaginado por mí para ese otro mundo. Se trataba de otro yo que siempre había vivido allí, igual que sus antepasados antes que él. Verán, yo lo había creado todo.
»Y mi otro yo era tan real en ese mundo imaginario creado por mí como lo había sido en el mío propio. Eso fue lo peor. Todo en ese mundo a medio civilizar era tan vulgar dentro de su realidad...
Hizo una nueva pausa.
—Al principio me resultó extraño. Caminé por las calles de aquellas ciudades bárbaras y miré los rostros de las personas con un imperioso deseo de gritar en voz alta: "¡Yo los he imaginado a todos! ¡Ninguno de ustedes existía hasta que los soñé!"
»Sin embargo, no lo hice. No me habrían creído. Para ellos, yo no era más que un miembro insignificante de su raza. ¿Cómo podían suponer que ellos, sus tradiciones y su historia, su mundo y su universo, habían adquirido de súbito su ser gracias a mi imaginación?
»Después de que mi primera excitación remitiera, no me gustó el lugar. Lo había creado demasiado bárbaro. Las salvajes violencias y crueldades que me habían parecido tan atractivas como material para una historia, eran feas y repulsivas al vivirlas de primera mano. Sólo deseaba volver a mi propio mundo.
»¡Y no pude regresar! No había ningún medio. Tuve la vaga sensación de que podría imaginarme de regreso a mi propio mundo como me había imaginado mi ida a ese otro. Pero no funcionó. La extraña fuerza que había propiciado el milagro no funcionaba en la dirección contraria.
»Lo pasé bastante mal cuando me di cuenta de que estaba atrapado en ese mundo feo, escuálido y bárbaro. Al principio pensé en matarme. Sin embargo, no lo hice. El hombre puede adaptarse a todo. Y yo me adapté lo mejor que pude al mundo creado por mí.
—¿Qué hiciste allí? Quiero decir: ¿Cuál era tu posición? —preguntó Brazell.
Carrick se encogió de hombros.
—No conocía las habilidades ni las destrezas del mundo que había creado. Sólo tenía mi propia habilidad, la de contar historias.
Empecé a sonreír.
—¿No querrás decir que empezaste a escribir historias fantásticas?
Él asintió con expresión sombría.
—No tuve más remedio. Era lo único que podía hacer. Escribí historias sobre mi propio mundo real. Para esa gente, mis relatos eran de una desbordante imaginación y les gustaron.
Nos echamos a reír. Pero Carrick permaneció mortalmente serio. Madison llevó la broma hasta el final.
—¿Y cómo conseguiste regresar al fin a casa desde ese otro mundo que habías creado?
—¡Nunca regresé a casa! —respondió Carrick con un profundo suspiro.
—Oh, vamos —protestó levemente Madison—. Es obvio que regresaste en algún momento.
Carrick, con la misma expresión sombría, meneó la cabeza mientras se ponía en pie para marcharse.
—No, nunca regresé a casa —repitió—. Todavía estoy aquí.


FIN

2026/07/13

La astucia de la bestia (Nelson Bond)


Título original: The Cunning of the Beast
Año: 1942


Él contemplará
nuestra vergüenza agazapada.
Que pueda hacer que nos levantemos ardiendo de terror…
¡Oh, ojalá fuese de noche!

El caso de nuestro difunto hermano, el Yawa Eloem, ha sido objeto de muchos y desagradables comentarios, y son bastantes entre nosotros los que creen que el castigo que le fue infligido, a pesar de ser severo, no correspondió del todo al mal que nos produjo.
Es a estos espíritus vengativos a quienes yo desearía contradecir.
No se crea, empero, que considero con aprobación los experimentos que llevó a cabo el sabio y desdichado doctor Eloem. Antes al contrario; en mi calidad de uno de sus más antiguos amigos y primero de sus confidentes, yo fui quizás el que le advertí antes que nadie poniéndole en guardia ante lo que pretendía hacer. Hice esta advertencia la noche en que el Yawa concibió su loco y ambicioso proyecto.
Pero me creo obligado también a ofrecer los hechos escuetos y verdaderos, a aquellos que arguyen que tuvo la intención de derribar nuestra espléndida civilización, aniquilar nuestra cultura y entregar el gobierno de nuestra amada patria a unos monstruos bárbaros.
El doctor Eloem es más digno de compasión que de desprecio. Le correspondió la triste suerte de aquel que, hurgando en secretos que más hubiera valido no revelar, sólo consiguió crear un monstruo más poderoso que su hacedor.

Recuerdo muy bien la noche en que el sueño del Yawa se convirtió en realidad. Fue la Noche de Profundas Tinieblas, que sólo se presenta una vez cada doce revoluciones de Kios. Ambos soles se pusieron y las nueve lunas estaban ausentes de los cielos. No hay duda de que las llameantes estrellas brillaban en la bóveda de azabache del espacio, pero desde nuestro Refugio no podían ser vistas. Grandes nubes se apretujaban sobre nuestra Cúpula protectora; torrentes de lluvia corrosiva caían con furia incesante sobre su transparente hemisferio.
A pesar de que nuestros refugios permanecían cálidos y secos en semejante coyuntura, mi cuerpo crujía y se quejaba cada vez que trataba de moverme; uno de mis miembros se movía con tanta rigidez en su articulación, que apenas podía ordenarle que funcionase. Eloem se hallaba en mejores condiciones, pues acababa de pasar por una rehabilitación en la Clínica, pero la condensación le afectaba a la vista y de vez en cuando, mientras permanecíamos acurrucados en nuestra congoja, se enjugaba la humedad que cubría su visor.
Oímos confusamente los golpes sordos producidos por unos pies que corrían, y atisbando con temor entre la niebla vimos a nuestro amigo Nesro, a quien había alcanzado la espantosa tormenta y corría hacia el refugio, pues se había quedado rezagado. Mas antes de que pudiésemos llamarle, para que acudiese a nuestra Cúpula, cayó víctima de las inclementes condiciones atmosféricas. Sus pasos se hicieron vacilantes; sus articulaciones se agarrotaron; tropezó y cayó de bruces.
El horror se apoderó de nosotros. Para un kiosiano, yacer, aunque sólo fuesen unos minutos, sobre aquel terreno empapado significaba la muerte segura. Pero nosotros nada podíamos hacer. Intentar rescatarlo sin disponer de achicadores, únicamente hubiera servido para exponernos a correr la misma suerte.
Eloem se puso trabajosamente en pie y lo que gritó debiera convencer a sus enemigos de que, por defectos que tuviese, la cobardía no se hallaba entre ellos.
—Valor, Nesro —exclamó—. Vamos en tu ayuda.
—¡No, amigos míos! Más vale que muera uno que muchos —dijo con voz débil—. Abran el Refugio. Trataré de alcanzarlo sin mi portador.
Ambos gritamos al unísono:
—¡No, Nesro, no lo hagas! ¡No lo conseguirás! La lluvia te matará...
Pero nuestras súplicas fueron en vano. Desesperadamente Nesro se alejó del húmedo y brillante portador, que le ofrecía un precario refugio, y partió como una centella hacia nosotros, llameante como una columna carmesí en la oscuridad. Por un instante pareció que su loca acción se vería coronada por el éxito, pero sólo por un instante. Finalmente, el crudo y terrible veneno de la lluvia se infiltró a través de su débil escudo. Un agudo grito de dolor desgarró nuestros nervios y donde había estado Nesro floreció brevemente en la noche una incandescencia blanca imposible de contemplar. Después, nada.
Así terminó Nesro. Yo me sentía conmovido, pero mi emoción no era nada comparada con la que experimentaba mi amigo, el sabio Yawa Eloem. Éste rompió en sollozos y prorrumpió en maldiciones en nuestro diminuto Refugio, pronunciando Nombres que no me atrevo a repetir.
—¡Que caigan mil calamidades —gritó con voz terrible— sobre los dioses burlones que nos han hecho tan desvalidos! Porque somos a la vez dueños de un mundo y humildes servidores de todos los elementos de este mundo. ¿Qué importa que nuestro intelecto nos edificara un imperio, ni que con nuestra sagacidad y sabiduría hayamos sondeado los secretos del universo? Nuestras mentes son glorias vivas, pero renqueamos por nuestro reino como unos tullidos, más míseros que todos los seres que avasallamos. Incluso las salvajes bestias que alientan y escarban en busca de gusanos bajo la piedras se atreven a enfrentarse con las fuerzas que a nosotros nos aniquilan. Incluso estas miserables sabandijas...
Y tendió su mano temblorosa hacia el portador empapado por la lluvia y que Nesro había abandonado. Estaba tendido de bruces sobre un arroyuelo batido por el viento. Inmóvil, estaba oxidado y destruido irremisiblemente. Mientras nosotros lo contemplábamos, surgió cautelosamente de la espesura un pequeño ser que respiraba aire. El peludo animalejo olfateó esperanzado el portador. Luego, al no oler nada en su interior con que saciar su espantoso apetito, se alejó a ras de tierra, con su pelambre llena de gotas de lluvia.
Yo me estremecí y traté de hacerle entrar en razón:
—Pero, desde luego, Eloem, tú no cambiarías tu alma por el cuerpo de un bruto, ¿no es cierto? Verdad es que los dioses han dictado que paguemos un precio por el dominio que ejercemos sobre el mundo. Nos falta el vigor físico de esos animales inferiores. ¿Pero no es compensación bastante nuestra inteligencia superior?
»Y por lo que se refiere a la forma y la sustancia, hemos realizado grandes progresos. Nuestros antepasados no sabían construirse cuerpos tangibles. Hoy, nos alojamos en portadores de metal hábilmente construidos que cumplen todas las funciones físicas que deseamos.
—¡Bah! —rezongó con ira el Yawa—. Esos portadores sólo sirven para subrayar nuestra impotencia. Nos encerramos en caparazones de metal forjado y nos imaginamos que con eso hemos ganado movilidad. ¿Pero es esto cierto? ¡No! Sólo hemos conseguido convertirnos en los esclavos de los cuerpos que hemos creado... —Rió con risa cavernosa, parodiando la cháchara de los especialistas de la clínica—. Engrasar aquí... engrasar acullá... una gotita de aceite en la rótula... Reemplazar lentes... cambiar dedos... reparar placa oxidada en el lóbulo frontal...
—Sin embargo —protesté—, nuestros cuerpos metálicos nos permiten efectivamente trasladarnos con mayor facilidad y realizar tareas que de lo contrario resultarían imposibles.


—¿Y con qué limitaciones? —tronó él—. Con tiempo frío, temblamos y tiritamos en nuestros hogares metálicos; cuando hace calor, nuestros remaches ceden, se doblan o se funden. Con tiempo seco, nuestras articulaciones se atascan con rechinante arenilla. Cuando llueve —hizo una pausa para contemplar con amargura el portador vacío de Nesro— perecemos.
Lleno de resignación, dije:
—Lo que dices es cierto. Pero no podemos evitarlo. En cuanto a mí me doy por satisfecho.
—¡Pues yo no! Tiene que haber algún otro medio de existencia que no se limite a embutirse lamentablemente en una cáscara de metal. Tiene que haber alguna otra forma de servidor...
Se interrumpió de pronto y yo le miré con curiosidad.
—¿Qué has dicho?
—De servidor —repitió—. ¡Sí, eso es! Otra clase de servidor. Uno que no se funda cuando haga calor ni se hiele cuando haga frío o se encoja con tiempo seco o se pudra bajo la lluvia. Un servidor adaptado por la propia naturaleza para combatir los terrores que ella misma ha creado. Esto es lo que nuestra raza necesita; lo que debemos tener. ¡Y lo que tendremos!
—¿Mas dónde encontrarás tal sirviente?
El Yawa Eloem señaló con su brazo rechinante la selva cubierta de niebla.
—Allí, hermano mío.
—¿En la selva? Querrás decir...
—Sí. Las criaturas de carne y hueso. Los seres que respiran aire.
A pesar de mi dolor y mi aflicción, solté la carcajada. Resultaba demasiado ridícula la idea de educar aquellas diminutas bestezuelas peludas para que realizasen las labores manuales para nosotros.
—Vamos, Eloem, es imposible que hables en serio. ¿Esas míseras y desmedradas sabandijas?
—Que llevan en su interior, amigo mío —dijo hablando lentamente y con expresión taimada—, el germen de la vida y el movimiento. Esto es todo cuanto importa. El germen de la vida. Su tamaño, su forma... éstos son extremos de poca monta que yo moldearé a mi antojo de acuerdo con lo que necesitamos. Los convertiré en bípedos, moldeando de nuevo sus cerebros de brutos para infundirles inteligencia. Sí incluso esto haré yo, el Yawa Eloem. E imploro a los dioses que me ayuden.
Una extraña desazón se apoderó de mí, sin que supiese por qué. Pensativo, dije:
—Ten cuidado, oh Yawa, de que estos mismos dioses que invocas no se vuelvan contra ti, ofendidos ante tamaña osadía. No soy un escéptico que sólo sabe censurar, pero me parece que existen ciertos límites que no se pueden trasponer, so pena de graves consecuencias. La alteración de la forma, la concesión de la sabiduría, son acciones que sólo los dioses pueden realizar impunemente. No están al alcance de seres como tú y como yo.
Pero temo que el Yawa no oyese mis palabras, tan absorto se hallaba en la visión que se le había presentado. Agitándose en las húmedas tinieblas, su voz resonó a mi lado, con el entusiasmo y la estridencia de un soñador.
—Sí, esto es lo que haré —proclamó—. Crearé una nueva raza, una raza de servidores que nos obedecerán a nosotros, sus amos.

Transcurrió mucho tiempo antes de que volviese a ver al Yawa Eloem. Los de Kios somos una raza solitaria, aislada por naturaleza e individualista en nuestras costumbres, y yo estaba muy ocupado con mis propias obligaciones. El Gran Consejo me había designado para que perfeccionase un tipo de aparato con el cual nuestros colonizadores pudiesen cruzar las tinieblas del espacio hacia los planetas aún no conquistados de nuestro doble sistema solar. Ésta era la agobiante labor que me tenía ocupado.
Así pasaron y se fundieron las lunas. Por tres veces cambiaron las estaciones, pasando del frío al calor, de la lluvia a la sequía y viceversa. Y en la intimidad de su propio laboratorio, cubierto por una cúpula, el Yawa Eloem proseguía sus investigaciones secretas en la soledad.
Hasta que un doble atardecer, mientras los rayos carmesí del sol menor, que se hundía por el norte, confundían extrañas sombras con la luminosidad verde pálida del sol mayor, que se ponía por el sur, vino a verme a mi taller el Yawa en persona.
Se le veía presa de una gran excitación y desechando las salutaciones de rigor me espetó estas palabras:
—Amigo mío, ¿quieres contemplar una maravilla capaz de infundir temor en el ánimo más templado?
—¿Por qué no? —respondí risueño.
—¡Ven entonces! —exclamó el Yawa con pasión—. ¡Ven conmigo, contempla y maravíllate! 
Y me condujo a su propia Cúpula.
Permítaseme decir antes que nunca científico alguno vivió con tal refinamiento y lujo, como el que rodeaba a Eloem. Su Cúpula no consistía en una sola cámara, como ocurre en casi todas nuestras moradas, sino que era una altiva construcción subdividida en numerosas estancias y nichos, y cada cual servía a una finalidad diferente.
En una ocasión atravesamos un laboratorio químico, en cuyas paredes cubiertas de estantes brillaban innumerables hileras de redomas y alambiques; luego cruzamos una biblioteca cuyos mohosos volúmenes cubrían todo el campo del saber contemporáneo; por todas partes se veían cámaras llenas de aparatos eléctricos, equipo quirúrgico y curiosas máquinas de las que ni remotamente podía yo conjeturar la misión. Recuerdo haber atravesado una sala llena de vapor, en cuyo centro se abría un tanque hidropónico, del que emanaba un perfume extrañamente fétido. No puedo hablar con seguridad de lo que contenía este depósito, pero recuerdo que cuando pasamos junto a él, de sus oleosas profundidades, surgió chapoteando algo extraño y amorfo que arañó con garras sin uñas las paredes de su prisión, emitiendo un gorgoteo lastimero, con una voz espantosa y sin lengua.
Dejando atrás las cámaras donde realizaba sus experimentos, el Yawa me condujo apresuradamente ante la última puerta. Deteniéndose con gesto dramático ante ella, manifestó:
—Aquí está la cámara donde realizo la prueba final. Contiene el resultado de mi gran invento.
Abriendo la puerta de par en par, me invitó a entrar en la cámara.
Bien podía envanecerse el Yawa de lo que allá había creado. Debo confesar francamente que abrí asombrado los ojos cuando contemplé lo que su mano me indicaba.
No era una simple estancia, sino una vasta Cúpula que recubría una extensión muy considerable, a la que se le había dado el aspecto de una verdadera selva natural. Pero era más que una selva; antes más bien parecía un delicioso vergel, un paraíso. En él crecían los más variados frutos y flores que puede ofrecer la Naturaleza. Sin embargo, con tal cuidado y celo había concebido y realizado el Yawa Eloem su obra, que había conseguido crear un paisaje más bello que si hubiera salido de la descuidada mano de la Naturaleza.


Aquí una elevada arboleda alzaba sus enhiestas flechas verdes; allá, entre musgosas riberas sembradas de florecillas fragantes, serpenteaba un arroyuelo cristalino; más allá, entre verdes prados, se alzaban soñolientas colinas y campos rebosantes de trigo. En la selva bullían mil animalillos, cuyo incesante murmullo constituía un bálsamo para los espíritus fatigados; los peces centelleaban y saltaban en los remansos del arroyo; y de un distante vergel llegó la arrobadora cadencia de un extático ruiseñor que lanzaba al aire sus trinos.
Contemplé a Eloem, mudo de estupefacción y pasmo, y grité:
—¡Ciertamente, es un milagro lo que has creado aquí, sapientísimo Yawa! ¡Qué belleza y qué encanto! El Gran Consejo se quedará admirado.
—¿Tú crees? —inquirió, satisfecho de oír mis elogios—. ¿Lo crees de verdad?
—¿Cómo quieres que no se admiren? Por los dioses te digo, Eloem, que ojalá el resto de nuestro planeta fuese tan deleitoso como este rinconcito que has creado bajo la cúpula de tu laboratorio. Qué dicha sería la nuestra, qué existencia tan maravillosa, si todo Kios fuese un edén como éste; un país de ensueño a cubierto de cualquier inclemencia, donde pudiésemos vivir sin temor a los terrores naturales que nos asedian, el calor, el frío y la mortífera lluvia.
»Aseguraste que el terror me sobrecogería. Terror, pasmo y maravilla son poco para describir lo que yo siento. Me humillo ante el artista soberano que ha conseguido crear la perfección.
—Aún no lo has visto todo —observó el Yawa.
—¿Aún hay más que ver?
—Mucho más. Todavía no has visto mi mayor obra. Sígueme.
Y me condujo por un estrecho sendero que serpenteaba entre la espesura. Al aproximarnos a una arboleda medio escondida en la ladera de un otero, llamó con voz cariñosa:
—¡Hijo mío! ¡Hijo mío! ¿Dónde estás, criatura a quien yo he dado el ser?
Y antes de que pudiese preguntarle a quién dirigía aquella extraña salutación, un movimiento turbó la paz de la quebrada. Se apartaron unas ramas, y de una cúpula de follaje surgió una visión que me dejó estupefacto y sin habla.
Era una criatura viviente, un animal de carne y hueso, un ser que respiraba aire y que caminaba en posición erguida sobre sus dos miembros posteriores. Con razón se había jactado Eloem de su capacidad para formar una criatura a su imagen y semejanza. Hasta tal punto se parecía su forma a la de los portadores que los de Kios construíamos para nuestro uso particular, que por un momento creí que se trataba de una burla descomunal. Pensé que Eloem, para divertirme, había recubierto el portador de un amigo o un ayudante con pigmento.
Entonces vi que el cuerpo de aquel monstruo no estaba hecho de recios metales como el nuestro, sino que era blando, palpitante, elástico. La curiosa pelambre oscura que cubría su cabeza, su pecho y sus miembros crecía de manera natural, al parecer de su propia carne. Respiraba con movimientos amplios y acompasados del pecho, y sus ojos grandes y naturales no eran visores sensitivos como los que nosotros utilizamos para ver, sino los ojos naturales de un animal.
A la sazón los posaba alternativamente en nosotros dos, como si nos examinase. Luego la bestia racional preguntó:
—¿Me llamas, señor mío? ¿Me has llamado? 
Eloem, con el tono benévolo y cariñoso de un padre, preguntó a su vez:
—¿Dónde has estado, hijo mío?
La criatura replicó con voz reposada:
—He vagado por los campos, aspirando la fragancia de las flores. He paseado entre los árboles y los he tocado, maravillándome ante su firmeza fuerte y áspera. Junto al arroyo me arrodillé para beber de sus aguas. Probé las bayas de la vid y el fruto de los árboles, dando las gracias a ti, oh mi señor, que has creado todas estas cosas y a mí mismo en este paraíso.
—¿Y eres dichoso, hijo mío?
—¿Dichoso?
La atónita mirada de la bestia indicó que no comprendía el significado de aquella palabra.
—¿Te falta algo, alguna cosa por la que anhele tu corazón?
—No, nada, señor. Salvo quizá...
La creación del Yawa vaciló. Su voz se quebró, bajó la mirada como si estuviese avergonzado ante su propia osadía, al poner en duda la perfección de aquel vergel.
Eloem inquirió:
—Entonces, ¿es que te falta algo, hijo mío?
—Se trata de... una cosa sin importancia, señor mío. Apenas vale la pena mencionarla, pero... —la criatura parecía cohibida—. Estoy solo, oh Yawa. Al atardecer paseo por la umbría, viendo a mi alrededor, las aves de brillantes colores, los susurrantes insectos y las bestias de los campos, y me doy cuenta de que cada uno de estos seres tiene una compañera. Solamente yo, de todas las criaturas que habitan en este paraíso, no tengo pareja.
—Pero... —empezó a decir, ceñudo.
—No pongo en duda tu bondad, oh gran Yawa —se apresuró a decir la criatura—. En tu infinita sabiduría tú sabes mejor que yo lo que necesita tu siervo. Sin embargo...
Guardó silencio, con la cabeza sumisamente inclinada ante el Yawa, que se hallaba sumido en meditación. Pero yo no pude dejar de advertir que su mirada se alzaba subrepticiamente bajo sus tímidas pestañas, en furtivas interrogaciones.
No pude evitar que en mi voz se mezclase cierto resentimiento al observar:
—Harto singular es el ser que has creado, Eloem. Pese a vivir en un paraíso, aún se atreve a poner en duda su perfección.
Mas Eloem dijo con palabra lenta y suave:
—A pesar de todo, hay sabiduría en lo que pide. Me costó demasiado esfuerzo crear este ser. Sería una locura intentar la creación de docenas de semejantes suyos en mi laboratorio, y no digamos de cientos o de miles de ellos. Quizás en su inocente solicitud me ha ofrecido sin darse cuenta la solución de este problema. ¿Una compañera? ¡Pues no faltaba más! Sólo tengo que crearle una compañera para que, llegado su tiempo, ambos den a Kios la raza de sirvientes que nuestro mundo necesita.
Volviéndose de nuevo hacia la criatura, que aguardaba humildemente, le dijo:
—Muy bien, hijo mío. Se hará como tú pides. Ven por la mañana a la estancia donde despertaste a la vida. Allí, con tu propia sustancia y con mi sabiduría, crearé otro ser semejante a ti, pero de sexo opuesto. Y ahora, adiós.
Así terminó mi visita al jardín de Eloem. Mas después de ella no permití que transcurriese tanto tiempo antes de volver a él. Mi curiosidad se había despertado, no sólo en lo concerniente al resultado que tendría el magnífico experimento del Yawa, sino por lo que se refería a la forma que pensaba dar a la criatura que sería la compañera de la bestia. Además, cuando se rumoreó que sólo yo, de todo Kios, había sido invitado para visitar el laboratorio de Eloem, se suscitó un gran interés y se me convocó ante el Gran Consejo, para rendir informe de lo que había visto.
Les expuse con vehemencia y arrebato las maravillas que él había obrado, lo cual produjo gran pasmo entre todos. El poderoso Kron, que preside nuestro Consejo, murmuró:
—¿Vida inteligente bajo una forma corporal? ¡Claro está! Ésta es la solución a nuestro problema. El Yawa Eloem es un gran sabio y portentoso en verdad es su intento.


Otro exclamó arrobado:
—¡Por fin alborea la liberación de nuestra raza, en la que tanto hemos soñado! Cuando haya nacido esta nueva hueste de servidores, por fin los kiosanos podremos librarnos para siempre de los portadores metálicos que son nuestro albergue actual. En la seguridad ofrecida por nuestras grandes Cúpulas, nos solazaremos en fáciles placeres o nos dedicaremos a adquirir conocimientos, mientras nuestros servidores, no sensibles como nosotros a las condiciones climatológicas, llevarán a cabo nuestras instrucciones.
Pero otro de ellos, más viejo que sus compañeros, manifestó dudas y recelos, diciendo:
—La verdad, no sé. Concedo que es portentoso lo que el Yawa ha intentado realizar. Quizá demasiado portentoso. Los dioses omnipotentes ven con malos ojos que hurguemos en ciertos misterios. Y me parece que Eloem ya ha levantado el velo que cubría una sabiduría secreta: La creación de almas vivientes.
—¿De almas? —se mofó uno de los más jóvenes consejeros—. ¿Pero cómo puede haber almas en cuerpos bestiales?
—Donde sólo existe la vida, quizás el alma se halle ausente. Mas nuestro hermano nos ha dicho que la criatura de Eloem no sólo se mueve y obedece, sino que manifiesta en voz alta sus pensamientos. Esto es signo indicador de su presencia. Y donde existe inteligencia, también puede haber alma. Caso de ser cierto...
El orador movió gravemente la cabeza. Pero el resto de la asamblea se mofó de él. Todos sabíamos ya que el viejo Saddryn era un sempiterno pesimista que sólo presagiaba calamidades.
Mas Kron en su infinita sabiduría no desoyó aquella sombría advertencia y me pidió que continuase visitando el laboratorio de Eloem para tener al Consejo al corriente de los experimentos que allí se realizaban.
Así fue como poco tiempo después paseé de nuevo en compañía del Yawa por su deleitoso jardín.
Cuando nos aproximábamos al claro del bosque donde la criatura tenía por costumbre recogerse me di cuenta de un cambio sutil. De momento no pude advertir en qué consistía y fui incapaz de atribuirlo a algo que viese, oyese o flotase en el aire. Hasta que de pronto, y con una sensación de reavivada curiosidad, comprendí lo que era diferente. Cuando pasé por primera vez por aquella senda, gran parte de su belleza residía en su estado virgen y natural; la caótica confusión de enredaderas, árboles y matorrales, la lujuriante abundancia con que brotaban las abigarradas florecillas en los lugares más inesperados, el deleite casual que producen los espectáculos naturales vistos en parajes no adulterados.
Pero entonces todo parecía haber cambiado. Las sendas que recorríamos ya no serpenteaban al azar entre cúpulas de verdor. Las habían desbrozado cuidadosamente y avanzaban en línea recta; la espesura que las orillaba había sido recortada y podada sumariamente; las ramas bajas que la cruzaban habían sido cortadas, para que la cabeza del caminante no tropezase con ellas. La belleza aún estaba presente allí, pero ya no era la libre e intacta improvisación de la Naturaleza; era un orden pulcro y aseado, agradable a la vista, pero que producía cierta sensación de ahogo.
Comenté esto con Eloem y él sonrió levemente.
—Esto es obra de ella —dijo—. ¡Es una criatura muy ordenada!
Y movió la cabeza como si, aun a pesar suyo, tuviese que admirarla.
—¿Obra suya? ¿Entonces eso quiere decir que la has terminado?
—Claro que sí. A decir verdad, terminé a dos de ellas. La primera vivió aquí con él por un tiempo, pero tuve que quitarla —observó, suspirando—. Se parecía demasiado a él. Despreocupada, aventurera, enamorada de los alegres vagabundeos y de tumbarse a descansar en lugar de consagrarse con seriedad a sus deberes. Más que una pareja, eran dos compañeros. Reían y jugaban juntos durante todo el día, sin hacer absolutamente nada. Ello me obligó a crear otra, que poseyese instintos y deseos distintos a los de él.
—Pero esto —objeté— no debió de ser de su agrado. Me parece recordar que lo único que él pidió fue una compañera.
Él Yawa sonrió.
—Esto es lo que pidió, en efecto, pero no lo que quería en realidad. Deberías estudiar psicología, amigo mío, para comprender que en la Naturaleza, lo mismo que ocurre en la electricidad, son los polos opuestos los que se atraen. Esta segunda ella es tan diferente de él que se siente atraído hacia ella como por un imán. Ella le confunde, le desconcierta y le hace ir por donde se le antoja. Ella manda y él obedece; ella exige y él acata. Con un simple movimiento de dedo le hace realizar las tareas más arduas. Esto le incomoda enormemente, me supongo, y la actitud de ella le causa vejaciones y molestias, pero para obtener sus raras palabras de encomio, él ha realizado más trabajo en estos días que en todo el tiempo que lleva ocupando este jardín.
Me pareció comprender.
—Entonces, eso quiere decir que has seguido el ejemplo de los insectos, haciéndola mayor que él y más fuerte, para que pueda imponer sus exigencias.
—Por el contrario —repuso Eloem—. La he hecho... pero lo verás por ti mismo. —Y exclamó—: ¡Hijos míos!
El follaje se separó y sus dos criaturas gemelas penetraron en el claro.
Me bastó una simple mirada para comprender que era verdad lo que él me había dicho. El animal macho había experimentado un extraño cambio. Había mayor energía en sus facciones, una confianza surgida posiblemente de la capacidad que acababa de descubrir en sí mismo. Pero al propio tiempo había en él algo que no acertaba a descifrar. Era como una reserva, una expresión furtiva que no tenía la primera vez que le vi. Pero esto fue todo cuanto vi de momento en él, porque mi atención se vio atraída por la nueva compañera de aquel ser. Por extraño que pueda parecer, tratándose de un ser incorpóreo como yo, debo confesar que no pude sustraerme a la fascinación de aquella última obra del Yawa Eloem.
Había combinado en ella no sólo la robustez y la nobleza del macho, sino algo todavía más sutil; una gracia, un encanto, un atractivo y seducción completamente desproporcionados al exiguo físico con que la había dotado.
Su compañero le llevaba una cabeza de estatura; además era de osamenta más delicada y frágil y tez más blanca. A simple vista se veía que su fortaleza no residía en el músculo, sino en la determinación. Su porte era airoso y parecía suave y dócil. Sin embargo, aunque parezca curioso, fue ella quien llevó la voz cantante.
—¿Nos has llamado, señor? —preguntó—. ¿Qué quieres de nosotros?
—Nada —dijo el Yawa Eloem—. Sólo deseaba verlos y mostrarlos a mi amigo. ¿Son dichosos aquí, hijos míos?
—Sí, señor nuestro —contestó ella—. Aunque hay varias cosillas...


—¿Qué son? —preguntó Eloem. 
El macho dijo con voz plañidera:
—Quiere que ensanche el arroyo para que podamos nadar en él. También querría que trasplantase arbustos de bayas a nuestro claro, para que no tengamos que ir tan lejos a buscar nuestro sustento. Y hemos hablado —dirigió una mirada de duda a su compañera—, es decir ella ha hablado mucho de la necesidad de construir alguna clase de morada.
—¿Has dicho ella? —rió Eloem—. ¿Siempre es ella la que habla? ¿Y cuál es tu deseo en estas cuestiones, oh tú, que has salido el primero de mis manos?
—Pues... —principió a decir él, con vacilación y sin apenas levantar la cabeza.
—Yo le he hecho ver —interrumpió ella con voz melosa y cantarina— que sólo si hacemos estas cosas podremos demostrar a las bestias inferiores que somos superiores a ellas y sus legítimos dueños y señores. ¿No es cierto, señor, no es cierto que nosotros somos sus dueños y señores?
No pude contenerme y pregunté:
—¿Desde cuándo las bestias gobiernan a otras bestias?
Pero el Yawa me hizo callar con un gesto.
—Lo que me pides es lógico. Está bien y es conveniente que un animal ejerza dominio sobre sus inferiores. Si tu compañera desea que se cumplan estas cosas, no veo mal alguno en que tú se las proporciones.
—Muy bien —repuso él con cierta petulancia—. Pero es un trabajo muy fatigoso que a mí no me gusta. Cuando la otra ella estaba aquí, íbamos adonde nos parecía en busca de bayas, nos bañábamos siempre que encontrábamos un remanso del arroyo, reíamos y correteábamos, y no sentíamos necesidad de encerrarnos en una oscura morada.
—Como dos niños felices y descuidados —observó riendo la segunda hembra, sin poder ocultar lo que me pareció un ligero resquemor—. Jugueteaban el día entero, y al caer la noche se acurrucaban en lugares separados, haciéndose cada cual su propia yacija de helechos, para dormitar en fría camaradería.
Volvió a reír, flexionando con languidez sus músculos; hasta aquel momento no comprendí cuan fuerte era el animal que se albergaba en ella.
—Desde luego, si esto es lo que quieres, sin duda nuestro señor accederá a devolverte la otra ella...
Pero en los ojos del macho brilló un furtivo resplandor, ardiente y codicioso, y denegó con la cabeza.
—No —decidió—. Haré lo que ella me pide, señor.
—Muy bien —dijo Eloem—. A ti te concierne tomar esta decisión. Y ahora adiós, hijos míos. Debemos irnos.
Mas cuando nos disponíamos a partir, ella se dirigió a nosotros humilde como siempre, dulce y suplicante, pero con una astuta determinación en su semblante.
—Señor...
—Dime, hija mía.
—Hay otra cosa... una bagatela. Somos unas humildes criaturas, ignorantes e indignas de merecer tus atenciones. No querríamos molestarte pidiéndote consejo y parecer a cada momento. ¿No sería posible que, cuando sintamos la necesidad de ello, se nos permita entrar en la estancia donde se guardan los libros del conocimiento y la sabiduría? Sólo con que pudiésemos hacer esto, no sería necesario que perdiésemos tiempo y esfuerzo aprendiendo a hacer mal las cosas, sino que podríamos construir y crear como es debido.
—¡No! —contestó el Yawa Eloem—. No, hija mía, eso no les está permitido. Pueden correr libremente por todo este amplio vergel; sus montes y valles, claros y arroyos. Pero hay una puerta que no deben trasponer: La que conduce a mi laboratorio particular. Ésta es la Ley, la única Ley que les he impuesto.
—Pero... —aventuró ella con expresión entre compungida y seductora.
—No se hable más de ello —dijo Eloem con voz firme y tajante—. Ésta es mi decisión. Y ahora, adiós.
Mientras nos alejábamos, ambos permanecieron inmóviles, él encogiéndose de hombros con resignación y ella cabizbaja. Pero yo notaba los ojos de ella posados sobre nosotros, astutos y atrevidos bajo sus sedosas pestañas entornadas.

Quizá se preguntarán, hermanos míos, por qué hago un relato tan minucioso de estos acontecimientos. Deben creerme: Lo hago únicamente para demostrar que nunca el Yawa Eloem —contrariamente a lo que dicen sus detractores—, nunca, repito, conspiró contra nuestra propia raza para derribar nuestro imperio. Quien tal afirme dirá mentira. El Yawa estuvo a punto de acarrearnos el mayor de los desastres, es cierto; pero sólo porque, siendo la mismísima encarnación de la verdad y la justicia, fue incapaz de comprender la astucia de las bestias que había creado.
A partir de aquí todos sabemos lo que sucedió. Sabido es que, durante la Noche de las Cuatro Lunas, se observó con extrañeza que la Cúpula que cubría el laboratorio de Eloem brillaba con el reflejo de un rojizo resplandor, y que esto se mantuvo durante toda aquella noche. Fue una desdicha que no se realizase inmediatamente una investigación, pero esto es comprensible. Los kiosanos somos una raza de anacoretas, solitarios e individualistas por naturaleza. Nadie sabía que el Yawa no se hallaba en su laboratorio, sino viajando por remotos lugares en busca de nuevo equipo para sus mermadas existencias de material.
La totalidad de nosotros, incluyéndome a mí, que resido a la vista del laboratorio de nuestro hermano, recordamos perfectamente la serie de incidentes que a partir de aquella fecha tuvieron por escenario aquel lugar. Un día fue el sonido de una explosión. Otra vez, el resonar de metal contra metal, como si una docena de nosotros, revistiendo sus portadores, realizase competiciones de fuerza.
Mas nadie sabía ni adivinaba la importancia que tenían aquellos extraños espectáculos y sonidos.
La certidumbre de un peligro inminente se apoderó de nosotros cuando una mañana, al despertar, descubrimos que la Cúpula de nuestro vecino Latos estaba aplastada, convertida en una humeante ruina. Cuando sus sorprendidos amigos hurgaron entre los escombros para averiguar la suerte de Latos, se quedaron consternados al descubrir el portador de éste entre las ruinas. Cuando se consiguió abrir el casco, se vio que el infortunado Latos había muerto. Su energía volátil se había consumido en una única y gigantesca llamarada que fundió el metal que le había servido de residencia.
Aun después de producirse esta catástrofe, no recayó la menor sospecha sobre las criaturas de Eloem. Y desde luego, nadie imaginaba ni remotamente que éstas fuesen las responsables de lo sucedido. Ni siquiera cuando, pocas noches después de esto, la Cúpula contigua, perteneciente al consejero Palimón, apareció hendida por la mitad e inundada con ponzoñoso óxido de hidrógeno, nadie conjeturó que los animales pudiesen ser los causantes de un ataque tan brutal contra sus señores.
Como es de suponer, Palimón también había muerto. Su espíritu se agostó y deshizo en aquel líquido mortal, y fue incapaz de decirnos nada. Más vale no pensar en la espantosa historia de agonía que nos hubiera relatado.


Hasta que finalmente se reveló la causa de tales desastres. Esto se debió, como todos recuerdan muy bien, a la destrucción de la propia Cúpula del Gran Consejo. Como los anteriores sucesos de esta triste serie de calamidades, ocurrió en lo más profundo de la noche, cuando ningún kiosano se atreve a salir al exterior, y en verdad horrible fue el modo como se realizó.
En primer lugar, se produjo, como en los casos anteriores, una violenta explosión que fue seguida por un espantoso mar de fuego que devoró la sala del Consejo y aniquiló a todos cuantos vivían bajo la Cúpula. Y después que el fuego hubo devorado por completo el hemisferio en ruinas, se levantó el húmedo viento nocturno, trayendo consigo mortíferas lluvias que destruyeron cualquier resto de vida que aún pudiese quedar en las salas.
Se debió a una simple casualidad que aquella noche sólo estuviese reunida menos de la mitad del Consejo, o de lo contrario aquello hubiera constituido un golpe tremendo del que quizá nunca se hubiera recobrado totalmente nuestro imperio. Pero afortunadamente el poderoso Kron, con la mitad de sus consejeros, se encontraba en mi Cúpula inspeccionando mi flamante astronave, que se hallaba casi terminada. Bien protegidos contra las nieblas nocturnas, regresaban a sus moradas, cuando la explosión hizo temblar el suelo bajo sus pies. Cuando, espoleando a sus portadores, partieron a toda velocidad, ellos —o mejor dicho, nosotros, porque yo les acompañaba— llegaron al lugar a tiempo de ver destacarse sobre las llamas oscilantes a dos siluetas. Aquellos dos seres, como nosotros, revestían sendos portadores, y al verlo Kron prorrumpió en un terrible alarido.
—¡Traidores! —rugió—. ¡Dos de nuestra propia raza... traidores! ¡Ojalá los dioses hubiesen impedido que viviese para presenciar este triste día! ¡Eso quiere decir que las otras explosiones no se produjeron por accidente, sino que fueron sabotajes deliberados! Maldito sea Kios, que ha criado en su seno a tales alimañas...
Entonces yo les atajé con un agudo grito de excitación. Al vernos, los dos saboteadores habían dado media vuelta, emprendiendo veloz huida. Y aunque el más alto de los dos no podía diferenciarse de uno cualquiera de nosotros, por el modo de andar y moverse del otro —un paso torpe y oscilante—, reconocí al punto la naturaleza de nuestro grito.
—No, ésos no son hijos de Kios, oh Kron —exclamé—, sino las bestias; las bestias del Yawa Eloem, que se han vuelto como serpientes contra sus dueños.
El poderoso Kron hizo retemblar los cielos con su espantosa cólera; volviéndose luego hacia el mensajero real, le ordenó:
—Gavril, haz resonar tu trompeta por todo el país. Haz que venga inmediatamente Eloem. Mikel, reúne a tus tropas.
Y pude conocer entonces la furia del poderoso Kron, pues en muchos siglos las resplandecientes huestes de Mikel no habían pasado a la acción. Sin pronunciar palabra, el jefe de nuestras fuerzas armadas se volvió y corrió hacia el arsenal donde se guardan, en previsión de cualquier contingencia, las terribles armas que nuestra raza mantiene siempre en reserva.

Es de conocimiento general lo que luego sucedió. El Yawa, al verse llamado, acudió inmediatamente. Ni siquiera quiso confiar en los lentos movimientos de su portador mecánico. Arriesgándose a los peligros que entrañaban la oscuridad y las nieblas nocturnas, vino desde el otro extremo del país con la celeridad del rayo, bajo su forma natural. Le vimos aproximarse desde muy lejos, como una columna de fuego que brillaba en las tinieblas.
Cuando se enteró de lo sucedido, dejó escapar un doloroso lamento. Como un padre amante y lleno de paciencia, hubiera negado las arteras acciones de sus hijos de no constituir prueba evidente de su maldad las humeantes ruinas que le mostraron.
Dijo entonces Kron:
—Grande es el daño que han acarreado tus criaturas, oh, Yawa. Pero mayor aún será su castigo. En este mismo instante, nuestros guerreros se despliegan para aniquilarlos.
Mas el Yawa suplicó:
—¡Espera, oh Kronos! Detén tu mano hasta que yo sepa qué apetitos inconfesables les indujeron a cometer esta maldad. Permíteme que vea a mis hijos para saber de sus labios la razón de sus acciones.
Kron accedió.
—Sea. Mas no te detengas.
Eloem se volvió hacia mí, suplicante.
—¿Querrás acompañarme, amigo mío?
Entonces, por última vez, fuimos juntos al paraíso que el Yawa había creado bajo su Cúpula. Encontramos los senderos fríos, las grutas ensombrecidas, y el arroyuelo corría en silencio entre el musgo. Ningún ave canora alegraba el espacio con sus trinos, pero de la espesura se alzaba el suave y perezoso murmullo de los insectos. Juntos pero solos, sin cambiar palabra, recorrimos los caminos abiertos por él y ella. Y cuando nos aproximamos al calvero donde las criaturas solían morar, el Yawa Eloem alzó su voz con tono autoritario en el que, según me pareció, se mezclaba la tristeza.
Quizá fuese significativo que en aquella hora de dolor sólo llamase a la primera de sus criaturas.
—¡Hijo mío! —llamó—. ¡Hijo mío! ¿Dónde estás, oh criatura salida de mis manos?
No obtuvo respuesta y sólo oímos el susurro de la brisa entre las ramas y el rumor de la hojarasca, causado por una bestezuela asustada.
—Hijo mío —llamó de nuevo Eloem—. ¿Dónde estás? ¿Es que no conoces la voz del que te dio el ser, la voz de tu dueño y creador?
Hasta que de pronto, como una confusa silueta blanca entre las sombras, se alzó ante nosotros la figura de él, que había permanecido agazapado en la espesura. Y lleno de horror vi que ya no iba como antes cubierto sólo por su revestimiento carnal, sino que su cuerpo estaba protegido por la coraza y las grebas de un portador idéntico al que nosotros llevábamos.
Habló, y su voz era mansa.
—¿Me has llamado, señor mío?
La voz del Yawa tenía una nota de dolor.
—¡Hijo mío, hijo mío! —gimió—. ¿Por qué has cubierto tu cuerpo con este atavío?
La voz del macho no era más que un confuso murmullo en las tinieblas.
Habló en tono mitad de disculpa, mitad de reto.
—Fue ella, señor. Ella me hizo ver que yo iba desnudo y que mi cuerpo era débil, y yo sentí vergüenza. Construimos entre los dos estos arneses, para ser fuertes y poderosos.
—¿Lo construyeron? —preguntó Eloem—. ¿Ustedes construyeron estos arneses? Mas dónde, oh criatura de escaso conocimiento, ¿dónde aprendiste tales secretos? —Y añadió luego, como si de pronto lo comprendiese—: No los aprendiste aquí en este jardín, hijo mío, sino en otro lugar.
La bestia se movía con evidente embarazo.
—Fue ella, señor —gimió—. Fue ella quien... 
Entonces gritó el Yawa con voz terrible:
—¡Que comparezca ella ante mí!
Y de pronto apareció ella, surgiendo de la espesura para colocarse junto a su compañero. Ella también revestía un portador metálico, pero se había quitado el casco y nunca creo haber visto mayor atrevimiento en la mirada de una criatura nacida en la esclavitud. En sus facciones se leía mofa; en sus labios el orgullo, la ira y la rebelión.


Con voz retadora, gritó:
—¡Sí, yo también, señor! ¡Yo fui quien le enseñó a él a construir estos atavíos; yo quien leyó los libros y aprendió el secreto de crear la llama que estalla, el fuego que destruye, para aniquilar las Cúpulas de los Amos, para que las aguas nocturnas pudiesen infiltrarse en ellas y hacerlos perecer!
—Estas cosas —dijo el Yawa con tono sombrío—, sólo podían aprenderlas en un sitio: En mi biblioteca, cuyo acceso les estaba prohibido. ¿Cómo entraron en ella? La puerta estaba cerrada y atrancada.
El macho se agitó nervioso.
—Había una pequeña reja en la puerta, mi señor —explicó—. Ella hizo pasar entre sus barrotes a nuestra amiga la serpiente, instruyéndola para que nos franquease el paso.
El Yawa temblaba de cólera incontenible y su voz retumbó como el trueno.
—¡Malditos sean los dos! —les apostrofó—. Han desobedecido mis órdenes y al abrir la puerta prohibida han probado los frutos de la maléfica ciencia, que yo les tenía vedados. Y maldita sea la serpiente que ayudó en su rebelión. ¡Que todos cuantos nazcan de su linaje la cubran de oprobio y desprecio durante incontables generaciones! Porque en verdad les digo que nunca será olvidado lo que han hecho esta noche, ni por ustedes, ni por sus hijos, ni por los hijos de sus hijos por los siglos y para siempre; hasta el fin de los tiempos.
»Aquí —y su voz se quebró, tan grande era su arrebato de cólera—, aquí les construí un edén de belleza sin par, un paraíso en el que estaba todo cuanto sus corazones podían anhelar. Pero no era bastante. Tenían que atravesar sus muros y erigirse en dueños de aquellos que los crearon. A partir de este momento los arranco de mi corazón. Son una caña rota, un experimento fracasado. Reniego de ustedes y de sus rastreras ambiciones.
Y entonces llamó al capitán de los guerreros que, con su luciente espada desenvainada, había aparecido a las puertas del jardín.
—¡Mikel! ¡Haz lo que está ordenado, Mikel!
Pero Mikel respondió con voz queda, dando muestras de gran pesadumbre:
—Las órdenes han sido cambiadas, oh Eloem, hermano mío.
—¿Cambiadas?
—Sí. Kron ha decidido que el simple aniquilamiento no constituye un castigo adecuado para la enormidad del mal causado por estas criaturas.
—Pero —articulé yo—, si no es el aniquilamiento, ¿qué otra cosa puede ser?
Fue el propio Kron quien respondió:
—Según nuestras leyes, oh Yawa Eloem, está vedado que demos muerte con nuestras manos a una criatura viviente dotada de alma. Y con muy buen juicio hemos llegado a la conclusión de que, por el hecho mismo de su rebelión, han demostrado estas criaturas que poseen un alma.
»Mas como debemos librarnos de su odiosa presencia, sólo existe una solución. Serán puestos en la astronave recientemente terminada por nuestro amigo aquí presente, y transportados a través de las eternas tinieblas del espacio a los límites más remotos del Universo. No puedo saber ni adivinar dónde terminará este viaje, pero en alguna parte debe de existir otro planeta donde tú podrás continuar tus malhadados experimentos, lejos de nuestra vista y conocimiento, hasta que los dioses, en la plenitud de su gracia, acuerden disponer otra cosa.
El Yawa Eloem susurró con voz temblorosa:
—¿No solamente ellos, sino... también yo?
Y dijo el gran Kron tristemente:
—También tú. ¿No fuiste tú, oh Yawa, quien les diste el ser?

Así terminó lo concerniente al Yawa Eloem y aquellas bestias que él, con ciega temeridad, pese a su gran sabiduría, quiso moldear como sirvientes de carne y hueso a su imagen y semejanza. Es una historia triste y desesperanzadora, que yo no hubiera querido relatar si algunos críticos mordaces no hubiesen arrojado barro sobre la noble aunque equivocada personalidad de nuestro hermano exiliado.
Así terminó, en lo que concierne a nosotros, la existencia del Yawa y sus criaturas. Como había sido ordenado, se les colocó a bordo de mi astronave, en la que partieron para cumplir su condena al ostracismo perpetuo. Ignoro dónde, cómo y cuándo terminó su viaje, o siquiera si éste terminó jamás. Quizás aún siguen vagando en su nave, convertida en un punto minúsculo perdido en las inmensidades del espacio. Quizás hallaron una muerte cruel en el corazón llameante de un astro. Quizás —y esto es lo que deseo ardientemente— descubrieron un nuevo planeta en el que edificar un nuevo hogar.
No sé en verdad lo que sucedió. Aunque sí sé una cosa: Se equivocan grandemente los detractores del Yawa Eloem al calificarle de traidor y enemigo nuestro. Nunca existió un alma más noble que la suya, ni nadie que desease más que él el bienestar de su raza. Si bien es innegable que pecó, su pecado consistió únicamente en querer medirse con fuerzas demasiado grandes para él. Como todos sabemos, existen límites que no se pueden trasponer. Y los que desean saber, como los propios dioses, el mismísimo secreto de la vida, están condenados de antemano al fracaso.
El Yawa Eloem acarició un sueño maravilloso. Mas no tuvo en cuenta una sola cosa: La naturaleza animal de aquellos que él quería dotar de inteligencia. Nunca jamás, a pesar de que dejaron de andar a cuatro patas para adquirir la noble posición erguida, podrán desprenderse aquellos seres de sus instintos animales. Fue esto lo que el Yawa no pudo prever y lo que originó su caída.
Y ahora... ya no son más que un recuerdo, el Yawa Eloem y los seres que creó: El macho, a quien dio el nombre de Adán, y la hembra, a la que llamó Eva. Mas yo no puedo dejar de llorar y de lamentarme pensando en mi hermano desterrado, y me siento agobiado por el dolor al meditar en su triste sino y en lo que causó su caída.
La astucia, la terrible y diabólica astucia de las bestias.


FIN