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2026/02/09

Fénix brillante (Ray Bradbury)


Título original: Bright Phoenix
Año: 1947


Un día de abril del año 2022, la gran puerta de la biblioteca restalló secamente. Como un trueno.
"Hey", pensé.
En el último peldaño de las cortas escaleras que ascendían hasta mi escritorio, enfundado en su uniforme de la Legión Unida que le caía tan mal como hacía veinte años, estaba Jonathan Barnes.
Viendo su altanera agresividad marcada en su pausa, pensé en los diez mil discursos a los Veteranos que habían surgido de aquella boca, en los innumerables desfiles en los que había participado, sudando y resoplando, en los banquetes de patriotas a base de pollo frío y guisantes seguramente cocinados por él mismo, en todos sus proyectos abortados.
Jonathan Barnes subió pesadamente los peldaños de la escalera, marcando en cada pisada todo el peso de su corpulencia y de su nueva autoridad. Los ecos, repercutiendo en la alta bóveda, le hicieron sin duda darse cuenta incluso a él mismo de lo burdo de sus modales ya que, cuando llegó junto a mi escritorio, su voz impregnada en alcohol fue apenas un susurro junto a mi rostro.
—He venido por los libros, Tom.
Rebusqué en forma casual entre mis fichas índice.
—Cuando estén preparados ya le llamaré.
—Hey, un momento —dijo—. Espere...
—Supongo que se refiere a los libros para la Obra Social de los Veteranos, para distribuir entre los hospitales, ¿no?
—¡No, no! —gritó—. He venido por todos los libros.
Le miré sin decir nada.
—Bueno —dijo—, casi todos.
—Casi —parpadeé, sin dejar de rebuscar entre las fichas índice—. La norma son diez volúmenes máximo por persona y vez. Oh, aquí está. Además, su tarjeta de lector caducó cuando usted tenía treinta años..., hace ya treinta años de ello. ¿Lo ve? —le tendí la ficha índice.
Barnes apoyó ambas manos en el escritorio e inclinó hacia mí su enorme corpachón.
—Me doy cuenta que usted está intentando interferir —dijo. Su rostro se encendió, empezó a jadear—. ¡No necesito ninguna tarjeta de lector para efectuar mi trabajo!
Aunque seguía hablando en susurros, había alzado la voz lo suficiente como para que una miríada de blancas páginas suspendieran sus aleteos bajo la verdosa luz de las lámparas en las enormes estancias de paredes de piedra. Algunos libros se cerraron con un sordo y casi imperceptible ruido.
Algunos lectores alzaron sus apacibles rostros. Sus ojos serenados por la quietud y el recogimiento de aquel lugar, solicitaban silencio, como los del tigre cuando acude a beber a las quietas aguas. Viendo aquellos ojos vueltos hacia nosotros, aquellos tranquilos rostros, pensé en mis cuarenta años transcurridos viviendo, trabajando, incluso durmiendo allí, entre las silenciosas vidas arropadas en terciopelo de todos aquellos personajes imaginarios. Siempre la había considerado mi biblioteca, y la seguía considerando, como un oasis de frescor donde los hombres acudían, procedentes del ruido y la febril actividad del día, a bañar sus mentes y a refrescar sus cuerpos en la verdosa luz y en la suave brisa de las páginas al ser volteadas. Tras lo cual, ya más centrados, con las ideas más claras y los cuerpos más relajados, pueden de nuevo sumergirse en el ardiente horno de la realidad, la noche, el tráfico, la improbable vejez, la inevitable muerte. He visto a cientos de ellos penetrar en mi biblioteca con ojos alucinados. Los he visto salir relajados y tranquilos. He visto a gentes buscándose en vano a sí mismas y hallando aquí la serenidad. He visto a realistas sumergirse aquí en el sueño y a soñadores hallar finalmente la realidad, en este refugio de piedra y mármol donde cada libro está marcado por el silencio.
—Sí —dije finalmente—. No le llevará mucho tiempo el registrarse de nuevo. Rellene esta nueva ficha. Traiga dos referencias que sean solventes...
—No necesito referencias —dijo Jonathan Barnes—. ¡No para quemar libros!
—Al contrario —dije—. Para eso va a necesitar más.
—Mis hombres son mis referencias. Están esperando fuera por los libros. Son peligrosos.
—Los hombres así siempre lo son.
—No, no, me refiero a los libros, estúpido. Los libros son peligrosos. Buen Dios, no hay dos que piensen lo mismo. Siempre los mismos malditos dobles sentidos. Siempre la misma torre de Babel y la misma saliva malgastada. Nosotros estamos aquí para clarificar, para simplificar, para depurar. Necesitamos...
—Perdón —dije, tomando un ejemplar del Demóstenes bajo mi brazo—. Es la hora de mi comida. ¿Me acompaña?
Estaba ya a medio camino de la puerta cuando Barnes, con los ojos desorbitados, recordó de pronto el silbato de plata que colgaba de su cinturón; lo llevó a sus labios y lanzó un prolongado pitido.
Las puertas de la biblioteca se abrieron bruscamente. Una marea de hombres uniformados de negro penetraron ruidosamente escaleras arriba.
Les llamé suavemente la atención. Se detuvieron, sorprendidos.
—Sin hacer ruido —les dije. Barnes me sujetó del brazo.
—¿Se está oponiendo usted a nuestra actuación?
—No —dije—. Ni siquiera voy a pedirles la orden que les autoriza a esta invasión. Lo único que les pido es que guarden silencio mientras trabajan.
Los lectores se habían levantado de sus mesas ante el estruendoso resonar de las pisadas. Les hice señas para que volvieran a sentarse. Se enfrascaron de nuevo en sus lecturas, sin que ninguno volviera a levantar la vista hacia aquellos hombres impecablemente uniformados de negro que me miraban con una no fingida estupefacción. Barnes hizo un gesto con su cabeza. Los hombres avanzaron entonces cuidadosamente, a puntas de pies, hacia las distintas salas de la gran biblioteca. Con extremadas precauciones, procurando no hacer el menor ruido, abrieron las ventanas. Hablando en susurros, tomaron los libros de sus estanterías y los fueron arrojando al patio de abajo, en el más completo silencio. De tanto en tanto lanzaban miradas de reojo a los lectores que, tranquilamente, iban volteando las páginas de sus libros, pero ninguno se atrevió a tomar aquellos volúmenes, limitándose a vaciar las estanterías.
—Bien —dije.
—¿Bien? —dijo Barnes.
—Sus hombres pueden trabajar sin usted. Vamos fuera.
Y salí tan rápidamente que no tuvo más remedio que seguirme, ardiendo con preguntas no formuladas. Atravesamos el césped que rodeaba el edificio, donde había sido montado un horno portátil, una enorme parrilla negra de donde surgían rojizos chorros que se convertían en azuladas llamas, a las cuales los hombres precipitaban los silvestres pájaros y las aterciopeladas palomas que alzaban el vuelo en un frenético batir de alas antes de caer heridos de muerte, consumiéndose entre las terribles llamas. De todas las ventanas surgían aterrorizados pájaros, que caían al suelo y eran empapados en gasolina antes de ser arrojados a las destructivas y coloreadas llamas.


—Es extraño —murmuró Barnes, sorprendido—. Tendría que haber multitudes contemplando un espectáculo como éste... Pero no hay nadie. ¿Cómo se lo explica usted?
Lo dejé con la palabra en el aire. Tuvo que correr para alcanzarme.
En el pequeño café al otro lado de la calle, me senté a una mesa y Barnes, irritado, sin ninguna razón aparente, se puso a gritar apenas ocupamos nuestras sillas:
—¡Camarero! ¡Rápido, debo volver inmediatamente al trabajo!
Walter, el propietario, se acercó con el menú en la mano. Me miró. Le guiñé un ojo. Miró a Jonathan Barnes y dijo:
—Ven conmigo y sé mi amor, y probaremos de la felicidad el ardor.
—¿Qué? —Jonathan Barnes parpadeó.
—Llámeme Ismael —dijo Walter.
—Ismael —dije—, empezaremos con un café.
Walter volvió con el café.
—Tigre, tigre, brillante has de arder —dijo—, en la penumbra del bosque, al anochecer.
Barnes se quedó mirando al hombre, que se alejaba con un paso casual.
—¿Qué demonios le ocurre? ¿Está loco?
—No —dije—. Pero sigamos con lo que me decía en la biblioteca. Explíqueme.
—¿Explicar? —dijo Barnes—. Dios mío, todos quieren saber las razones. Está bien, se lo explicaré. Se trata de un experimento de importancia capital. Esta es una ciudad que nos servirá de prueba. Si la quema de libros funciona aquí, funcionará en todas partes. No lo quemamos todo, no, no. Se habrá dado cuenta que mis hombres tan sólo desalojan ciertas categorías de libros. Eliminamos alrededor de un 49,2 por ciento. Luego informaremos del éxito al comité central del gobierno...
—Excelente —dije.
Barnes se me quedó mirando fijamente.
—¿Cómo puede estar usted tan alegre?
—El problema de cualquier biblioteca —dije— es dónde meter los libros. Usted me ayuda a resolverlo.
—Creí que usted evidenciaría... miedo.
—En toda mi vida he estado rodeado de gentuza.
—¿Perdón?
—Hay que dar un nombre a todas las cosas. Los que queman libros son gentuza.
—¡Maldita sea, soy el Jefe Censor de Green Town, Illinois!
Llegó un nuevo camarero, portando una humeante cafetera.
—Hola, Keats —dije.
—La estación de las brumas y el dulzor de la fruta madura —dijo el camarero.
—¿Keats? —dijo el Jefe Censor—. Su nombre no es Keats.
—Oh, qué tonto soy —dije—. Este es un restaurante griego. ¿No es cierto, Platón?
El muchacho llenó mi taza.
—El pueblo dispone siempre de algún campeón que empuja hacia adelante y lo alimenta de grandezas... Esta y no otra es la raíz de la cual surge el tirano; cuando aparece el primero, es un protector.
Barnes se inclinó hacia adelante para mirar mejor al camarero, que permaneció inmutable. Luego tomó su café y sopló.
—Como le decía, nuestro plan es tan simple como el que uno más uno son dos...
—Casi nunca he conocido a un matemático que fuera capaz de razonar —dijo el muchacho.
—¡Maldita sea! —Barnes dejó bruscamente su taza sobre la mesa—. ¡Silencio! Lárgate de aquí antes que pierda la paciencia, Keats, Platón... Holdridge, este es tu nombre. Ahora lo recuerdo: ¡Holdridge! ¿Qué es toda esa otra jerga?
—Sólo imaginación —dije—. Vanidad.
—Maldita sea la imaginación y al infierno con la vanidad, puede usted comer solo si quiere, me largo inmediatamente de esta casa de locos.
Y Barnes se tragó el café de un sorbo, mientras el dueño y el camarero lo miraban y miraban mientras se lo bebía y al otro lado de la calle el fuego ardía orgullosamente en las entrañas de la monstruosa parrilla. Nuestras silenciosas miradas hicieron que Barnes se estremeciera, con la taza en una mano y una gota de café colgando de su mentón.
—¿Por qué? ¿Por qué no gritan ustedes? ¿Por qué no luchan contra mí?
—Yo estoy luchando —dije, tomando el libro que había traído bajo mi brazo. Lo abrí por la página que decía DEMÓSTENES, dejé que Barnes viera bien el nombre, la enrollé en forma de cigarro, la prendí, contemplé la creciente llama y murmuré—: Aunque el hombre pueda escapar a todos los demás peligros, jamás podrá escapar completamente a aquellos que no reconocen a una persona como él el derecho a existir.
Barnes saltó en pie, gritando, me arrancó el "cigarro" de la mano, lo pateó, y el Jefe Censor salió del lugar dando un portazo.
Lo único que podía hacer yo era seguirle.
En la puerta, Barnes tropezó con un hombre ya anciano que entraba en el café. El viejo estuvo a punto de caer. Lo sostuve del brazo.
—Profesor Einstein —dije.
—Señor Shakespeare —dijo. Barnes huyó.
Lo encontré de nuevo en el césped ante la antigua y hermosa biblioteca, donde los hombres de negro, desprendiendo olor a gasolina a cada movimiento, seguían transportando brazadas de palomas abatidas, de moribundos faisanes, todo un otoño de oro y plata que caía de las altas ventanas. Y todo silenciosa y pausadamente. Y mientras esta tranquila y casi serena pantomima continuaba, Barnes permanecía inmóvil, gritando silenciosamente, ahogando los gritos que pugnaban por surgir de entre sus dientes apretados, su lengua, sus labios, sus mandíbulas, ahogándolos de modo que nadie los pudiera oír. Pero los gritos surgían igualmente de sus ojos muy abiertos, en relámpagos que estallaban en sus puños crispados y coloreaban su rostro, ahora blanco, ahora rojo, mientras me miraba fijamente, miraba al café, a su maldito propietario y al terrible camarero que, desde la puerta, le hacían gestos amistosos. El incinerador de Baal saciaba su enorme apetito, esparciendo chispas por todas partes, y Barnes contemplaba aquel ciego sol rojo que ardía y llameaba en su estómago.
—Oigan, ustedes —dije con voz suave a los hombres de negro, que se detuvieron—. Recuerden las Ordenanzas Municipales. Se cierra a las nueve en punto. Por favor, procuren terminar antes de entonces. No me gustaría quebrantar la ley... Buenas noches, señor Lincoln.
—Ochenta —dijo un hombre, pasando a nuestro lado—, y siete años...
—¿Lincoln? —el Jefe Censor se volvió lentamente—. Ese es Bowman. Charlie Bowman. Le conozco, Charlie, venga acá un momento... Charlie... ¡Chuck!
Pero el hombre se había alejado, y los coches pasaban, y de tanto en tanto, mientras el fuego seguía ardiendo, algunos hombres me saludaban y yo les saludaba, y era "¡Hola, señor Poe!", o un gesto amistoso a algún extranjero cuyo nombre sonaba algo así como Freud, y nuestras voces eran alegres al saludarnos, y el señor Barnes se estremecía cada vez como si fuera atravesado por un dardo de fuego que continuara ardiendo en su interior y consumiera su vida. Y nadie se detenía a ver el espectáculo.


De pronto, por alguna oculta razón, el señor Barnes cerró los ojos, abrió mucho la boca, inspiró profundamente y gritó:
—¡Alto!
Los hombres, arriba, dejaron inmediatamente de arrojar libros por las ventanas.
—Pero —dije— aún no es la hora de cerrar.
—¡Es la hora de cerrar! ¡Todo el mundo fuera! 
Profundos pozos habían devorado las pupilas de los ojos de Jonathan Barnes. Hizo una seña, indicando que bajaran. Obedientemente, todas las ventanas descendieron como otras tantas guillotinas, y se oyó el ruido de las contraventanas al cerrarse.
Los hombres de negro, con la sorpresa reflejada en sus semblantes, descendieron y salieron fuera.
—Jefe Censor —metí en su mano la llave que no quería aceptar, le obligué a tomarla—, vuelva usted mañana, mantenga el silencio, termine con su trabajo.
Sus ahora insondables y vacíos ojos intentaron en vano mantener mi mirada.
—¿Cuánto..., cuánto tiempo hace que dura...?
—¿Esto?
—Esto..., y..., esto..., y ellos.
Intentó sin conseguirlo señalar el café, los coches que pasaban, los tranquilos lectores que salían ahora de la acogedora biblioteca, saludando con la cabeza cuando pasaban a nuestro lado en el frío aire del anochecer, amigos, todos ellos amigos míos. Sus ciegos y crispados ojos devoraron la oscuridad que era ahora mi rostro, su lengua paralizada murmuró trabajosamente:
—¿Creen ustedes, estúpidos, que van a engañarme a mí, a mí, a mí?
No contesté.
—¿Cómo pueden estar seguros —dijo— que yo no voy a quemar gente, como ahora quemo libros?
No contesté.
Lo dejé de pie, inmóvil, allá en medio de la noche.
En la biblioteca, comprobé los últimos volúmenes de los que se iban, mientras la noche llegaba finalmente y la gran máquina de Baal seguía vomitando la humareda de su mugriento fuego sobre el alto césped allá donde el Jefe Censor permanecía inmóvil como una estatua de cemento, sin ver siquiera como sus hombres se marchaban. Su puño se levantó bruscamente. Algo rápido y brillante fue a golpear contra el cristal de la puerta de entrada. Luego Barnes se volvió y se fue tras el incinerador que resonaba contra el pavimento, una panzuda urna funeraria que dejaba tras ella jirones de negros velos de duelo, humo y olor a papel quemado.
Me senté y escuché.
En las salas de lectura más alejadas, sumidas en una débil penumbra, se oía aún un suave y otoñal voltear de hojas, el sonido de un brisa ligera, movimientos infinitesimales, el gesto de una mano, el destello de un anillo, el brillar de una pupila vivaz como la de una ardilla. Algún viajero nocturno se había demorado entre las estanterías medio vacías ahora. Con una tranquila serenidad, las aguas se deslizaban suavemente hacia un quieto y distante mar. Mi gente, mis amigos, uno por uno, salían del acogedor mármol, de la cálida luz verdosa, a una noche mejor de lo que nunca me hubiera atrevido a esperar.
A las nueve, salí para recoger la llave que Barnes había arrojado contra la puerta. Acompañé al último lector, un hombre viejo, hasta fuera, y mientras cerraba aspiró a pleno pulmón el frío aire, miró a la ciudad, a la hierba amarilleada por las chispas, y dijo:
—¿Crees que volverán?
—Dejemos que lo hagan. Estamos preparados para recibirlos, ¿no?
El viejo sujetó mi mano.
—Y el lobo cohabitará con el cordero, y el leopardo yacerá con el antílope, y el ternero y el joven león caminarán juntos.
Bajamos juntos los últimos peldaños.
—Buenas noches, Isaías —dije.
—Buenas noches, señor Sócrates —dijo.
Y cada cual tomó su camino en la oscuridad.


FIN

2025/06/09

Eran morenos y de ojos dorados (Ray Bradbury)


Título original: Dark They Were, and Golden-Eyed
Año: 1949


El metal del cohete se enfriaba en los vientos de la pradera. La tapa se alzó con un pop. De la relojería interior salieron un hombre, una mujer, y tres niños. Los otros pasajeros se alejaban ya, murmurando, por las praderas marcianas.
El hombre sintió que los cabellos le flotaban y que los tejidos del cuerpo se le estiraban como si estuviera de pie en el centro de un vacío. Miró a su mujer que casi parecía disiparse en humo. Los niños, pequeñas semillas, podían ser sembrados en cualquier momento, a todas las latitudes marcianas.
Los niños lo miraban, como la gente mira el sol para saber en qué hora vive.
—¿Qué anda mal? —preguntó la mujer.
—Volvamos al cohete.
—¿A la Tierra?
—¡Sí! ¡Escucha!
El viento soplaba como si quisiera quitarles la identidad. En cualquier momento el aire marciano podía sacarle a uno el alma, como una médula arrancada a un hueso blanco. El hombre se sentía sumergido en una sustancia química capaz de disolverle la inteligencia y quemarle la memoria.
Miraron las montañas marcianas que el tiempo había carcomido con una aplastante presión de años. Vieron las ciudades antiguas perdidas en las praderas, y que yacían como delicados huesos de niños entre los lagos ventosos de césped.
—Ánimo, Harry —dijo la mujer—. Es demasiado tarde. Hemos recorrido más de noventa millones de kilómetros.
Los niños de pelo amarillo llamaban al eco en la profunda cúpula del cielo marciano. Nada respondía; sólo el siseo apresurado del viento entre las briznas tiesas.
Las manos frías del hombre recogieron el equipaje. Un hombre de pie a la orilla de un mar, decidido a vadearlo, y a ahogarse.
—Vamos —dijo. Fueron a la ciudad.
Se llamaban Bittering. Harry y su mujer Cora; Dan, Laura y David. Edificaron una casa blanca y tomaron buenos desayunos, pero el miedo nunca desapareció del todo. Acompañaba al señor Bittering y a la señora Bittering, como un intruso, en las charlas de medianoche, a la mañana, al despertar.
—Me siento como un cristal salino —decía Harry— arrastrado por un glaciar. No somos de aquí. Somos criaturas terrestres. Esto es Marte, y es para gente marciana. Escúchame, Cora, ¡compremos los pasajes para la Tierra!
Cora sacudía la cabeza.
—Algún día la bomba atómica destruirá la Tierra. Aquí estamos a salvo.
—¡A salvo, pero locos!
Tic-toc, son las siete, cantó el reloj parlante. Hora de levantarse. Harry y Cora se levantaron.
A la mañana, Harry examinaba todas las cosas —el fuego del hogar, las macetas de geranios— como si temiera descubrir que faltaba algo. El periódico llegó caliente como una tostada en el cohete de las seis. Harry rompió el sello y puso el diario junto al plato del desayuno. Trató de mostrarse animado.
—Hemos vuelto a los días de la colonia —declaró—. Bueno, dentro de diez años habrá en Marte un millón de terráqueos. ¡Grandes ciudades, todo! Decían que fracasaríamos. Decían que los marcianos se resistirían a la invasión. ¿Pero encontramos a algún marciano? Ninguno. Oh, sí, encontramos las ciudades, pero estaban desiertas, ¿no es así? ¿No es así?
Un río de viento inundó la casa. Cuando las ventanas dejaron de temblar el señor Bittering tragó saliva y miró a los niños.
—No sé —dijo David—. Quizás haya marcianos aquí, y no los vemos. A veces, de noche me parece oírlos. Oigo el viento. La arena golpea la ventana. Me asusto. Y veo esas ciudades allá en las montañas donde vivieron hace tiempo los marcianos. Y me parece entonces que algo se mueve en esas ciudades, papá. Y me pregunto si a esos marcianos les gustará que estemos aquí. Me pregunto si no nos harán algo por haber venido.
—¡Tonterías! —El señor Bittering miró por la ventana—. Somos gente sana, decente. 
Miró a sus hijos.
—Todas las ciudades muertas tienen fantasmas. Recuerdos, quiero decir —Observó las colinas—. Ves una escalera y te preguntas qué parecerían los marcianos cuando las subían. Ves pinturas marcianas y te preguntas cómo sería el pintor. Inventas así un fantasma, un recuerdo. Es perfectamente natural. La imaginación. 
Hizo una pausa.
—No habrás visitado las ruinas, ¿verdad?
—No, papá.
David se miró los zapatos.
—Bueno, entonces no vayas. Alcánzame el dulce.
—Sin embargo —dijo el pequeño David—, creo que aquí pasa algo.

Algo pasó aquella tarde.
Laura corrió entre las casas, llorando.
Llegó al porche tropezando como una ciega.
—¡Mamá, papá, la guerra, en la Tierra! —sollozó—. Acaba de oírse en la radio. Bombas atómicas cayeron en Nueva York. Los cohetes del espacio estallaron todos. No más cohetes a Marte, ¡nunca más!
La madre se abrazó a su marido y a su hija.
—¡Oh, Harry!
—¿Estás segura, Laura? —preguntó el padre, serenamente. Laura lloraba.
—¡Estamos en Marte para siempre, para siempre!
Durante un largo rato sólo se oyó el sonido del viento en el atardecer.
"Solos", pensó Bittering. "Y apenas mil de los nuestros. Sin posibilidades de regresar. Ninguna. Absolutamente ninguna". El sudor le bañaba la cara, las manos; el calor del miedo le empapaba el cuerpo. Quería pegarle a Laura, quería gritarle: "¡No, mientes! ¡Los cohetes volverán!" En cambio la abrazó y le acarició la cabeza.
—Un día los cohetes volverán —dijo.
—Papá, ¿qué haremos?
—Ocuparnos de nuestras cosas, por supuesto. Cultivar campos, y criar hijos.
Esperar. Seguir adelante hasta que la guerra termine, y los cohetes vengan otra vez.
Los dos niños entraron en el porche.
—Hijos —dijo Harry, mirando a lo lejos—. Tengo algo que decirles.
—Lo sabemos —dijeron los niños.

En los días siguientes, Bittering rondó a menudo por el jardín, a solas con su miedo. Mientras los cohetes habían tejido una tela de plata en el cielo, había podido aceptar a Marte. Siempre se decía: Mañana, si quiero, puedo comprar un pasaje y volver a la Tierra.
Pero ahora la tela había desaparecido. Las vigas derretidas y los cables sueltos de los cohetes yacían en montones, como piezas de un rompecabezas. Desterrados en el mundo extraño de Marte, de vientos de canela y aires vinosos, horneándose como hogazas de pan de jengibre en los veranos marcianos, conservados en despensas durante los inviernos marcianos. ¿Qué les pasaría a él y a los otros? Marte había estado esperando este momento. Ahora los devoraría.
Se arrodilló en el macizo de flores, con una pala en las manos nerviosas. "Trabaja", pensó, "trabaja y olvida".
Alzó los ojos y miró las montañas marcianas.


Pensó en los antiguos y orgullosos nombres marcianos de esas cumbres. Los terrestres, caídos del cielo, habían contemplado las colinas, los ríos, los mares de Marte, todos anónimos, aunque tenían nombres. En otro tiempo los marcianos habían levantado ciudades, las habían bautizado; habían trepado a las montañas, las habían bautizado, habían navegado mares, los habían bautizado. Las montañas se fundieron, los mares se secaron, las ciudades se derrumbaron. Sin embargo, los terrestres se habían sentido culpables cuando pusieron nuevos nombres a las colinas y valles antiguos.
El hombre vive de símbolos y de signos. Inventaron los nuevos nombres.
El señor Bittering se sintió muy solo y anacrónico al sol marciano, plantando flores terrestres en un suelo inclemente.
"Piensa, sigue pensando. En otras cosas. No en la Tierra, ni en la guerra atómica, ni en los cohetes perdidos".
Transpiraba. Miró alrededor. Nadie lo veía. Se quitó la corbata. "Qué audacia", pensó. "Primero la chaqueta, ahora la corbata". La colgó cuidadosamente en un duraznero que había traído de Massachusetts.
Volvió a su filosofía de los nombres y las montañas. Los terrestres habían cambiado los nombres. Ahora había en Marte valles Hormel, mares Roosevelt, montañas Ford, planicies Vanderbilt, ríos Rockefeller. No estaba bien. Los colonizadores norteamericanos habían usado acertadamente los nombres de las antiguas praderas indias: Wisconsin, Minnesota, Idaho, Ohio, Utah, Milwaukee, Waukegan, Osseo. Nombres antiguos, significados antiguos.
Mirando fijamente las montañas, Bittering pensó: "¿Están ustedes ahí? ¿Ustedes, todos los muertos, los marcianos? Pues bien, aquí estamos nosotros, solos, desamparados. Vengan, échennos".
El viento sopló una lluvia de flores de durazno.
El señor Bittering tendió una mano curtida por el sol y ahogó un grito. Tocó los capullos, los recogió. Los dio vuelta, los tocó de nuevo, una y otra vez.
—¡Cora! —gritó.
Cora se asomó a la ventana. El señor Bittering corrió hacia ella.
—Cora, ¡estas flores! —Se las puso en la mano—. ¿Ves? Son distintas. Han cambiado. Ya no son flores de durazno.
—Para mí están bien —dijo Cora.
—No, no están bien. ¡Les pasa algo! No sé qué. ¡Un pétalo de más, una hoja, el color, el perfume!
Los niños aparecieron cuando el padre corría por el jardín, arrancando rábanos, cebollas y zanahorias.
—¡Cora, ven, mira!
Se pasaron de mano en mano las cebollas, los rábanos, las zanahorias.
—¿Te parecen zanahorias?
—Sí…, no. —Cora titubeó—. No lo sé.
—Han cambiado.
—Quizá.
—¡Sabes que sí! Cebollas, pero no cebollas, zanahorias, pero no zanahorias. El mismo sabor, pero distinto. Otro olor también. 
El señor Bittering sintió los latidos de su propio corazón y tuvo miedo. Hundió los dedos en la tierra.
—Cora, ¿qué pasa? ¿Qué es esto? Tenemos que cuidarnos. 
Corrió por el jardín, tocando los árboles.
—Las rosas. Las rosas. ¡Son verdes ahora!
Se quedaron mirando las rosas verdes.
Y dos días más tarde Dan llegó corriendo:
—Vengan a ver la vaca. La estaba ordeñando y entonces lo vi. Vengan, pronto. 
Fueron al establo y miraron la vaca.
Le estaba creciendo un tercer cuerno.
Y frente a la casa, muy silenciosa y lentamente, el césped tomaba el color de las violetas primaverales. Una planta de la tierra, pero de color púrpura.
—Tenemos que irnos —dijo Bittering—. Si comemos esto, nos trasformaremos también, quién sabe en qué. No puedo permitirlo. Sólo nos queda una cosa. Quemar las plantas.
—No están envenenadas.
—Sí, de un modo sutil, muy sutil. Un poquito, apenas. No hay que comerlas. 
Miró desanimado la casa.
—Hasta la casa. El viento le ha hecho algo. El aire la quemó. La niebla nocturna. Las maderas, todo tiene otra forma. Ya no es una casa terrestre.
—Oh, imaginaciones tuyas.
Harry se puso la chaqueta y la corbata.
—Me voy a la ciudad. Tenemos que hacer algo en seguida. Volveré.
—¡Espera, Harry! —gritó la mujer. Pero Bittering ya estaba lejos.
En la ciudad, en los escalones de la tienda de comestibles, a la sombra, los hombres sentados, con las manos en las rodillas, charlaban ociosamente.
El señor Bittering tuvo ganas de disparar una pistola al aire. "¡Qué hacen, imbéciles!", pensó. "Sentados aquí. Sabrán ya que estamos clavados en este planeta. ¡Vamos, muévanse! ¿No tienen miedo? ¿Qué piensan hacer?"
—Hola, Harry —dijeron todos.
—Escuchen —dijo Bittering—. Habrán oído las noticias, el otro día, ¿verdad? 
Los hombres asintieron y se echaron a reír.
—Claro, Harry, claro.
—¿Y qué piensan hacer?
—Pero, Harry, no podemos hacer nada.
—¡Sí, construir un cohete!
—¿Un cohete, Harry? ¿Y volver a esa pesadilla? Oh, Harry.
—Pero ustedes desean volver. ¿Han visto las flores de durazno, las cebollas, el césped?
—Bueno, Harry, sí, creo que sí —dijo uno de los hombres.
—¿Y no te asustaste?
—No mucho, Harry, me parece.
—¡Idiotas!
—Vamos, Harry. 
Bittering quería llorar.
—Tienen que ayudarme. Si nos quedamos aquí, todos nosotros cambiaremos. El aire. ¿No huelen? Hay algo en el aire. Un virus marciano, tal vez; una semilla, un polen. ¡Escúchenme!
Todos lo miraron.
—Sam —le dijo Bittering a uno de los hombres.
—Sí, Harry.
—¿Me ayudarás a construir un cohete?
—Harry, tengo todo un cargamento de metal y algunos planos. Si quieres trabajar en mi taller, con mucho gusto. Te venderé el metal a quinientos dólares. Trabajando solo, podrías construir un bonito cohete, en unos treinta años.
Todos se echaron a reír.
—No se rían.
Sam lo miró de muy buen humor.
—Sam —dijo Bittering—. Tus ojos…
—¿Qué pasa con mis ojos, Harry?
—¿No eran grises?
—Bueno, francamente, no recuerdo.
—Eran grises, ¿verdad?
—¿Por qué lo preguntas, Harry?
—Porque ahora son amarillentos.
—¿Sí? —dijo Sam, con indiferencia.
—Y estás muy alto y más delgado.
—Tal vez tengas razón, Harry.
—Sam, no debieras tener los ojos amarillos.
—Harry, ¿de qué color son tus ojos? —dijo Sam.
—¿Mis ojos? De color azul, naturalmente.
—Bueno, Harry, mira —Sam le alcanzó un espejo de bolsillo—. Mírate los ojos. 
El señor Bittering vaciló, y alzó el espejo y miró.
En las pupilas azules había débiles motitas de oro nuevo.
—Mira lo que hiciste —dijo Sam un momento después—. Rompiste el espejo.


Harry Bittering se instaló en el taller y empezó a construir el cohete. Los hombres se detenían junto a la puerta abierta y conversaban y bromeaban en voz baja. De cuando en cuando, ayudaban a Bittering cuando había que levantar una pieza demasiado pesada. Pero la mayor parte del tiempo se quedaban en la puerta sin hacer nada, mirándolo con unos ojos cada día más amarillos.
—Es la hora del almuerzo, Harry —le decían. Cora le traía el almuerzo en una cesta de mimbre.
—No lo probaré —decía Harry—. Sólo comeré alimentos del congelador. Alimentos traídos de la Tierra. Nada de nuestra huerta.
Cora lo miró.
—No puedes construir un cohete.
—Trabajé en un taller, a los veinte años. Conozco el metal. Cuando empiece, los otros me ayudarán —dijo Bittering sin mirarla, extendiendo los planos.
—Harry, Harry —dijo Cora, desanimada.
—Tenemos que irnos, Cora. Tenemos que irnos.
El viento soplaba toda la noche en las desiertas praderas marinas, iluminadas por la luna, más allá de las ciudades ajedrezadas, tendidas en las playas desiertas desde hacía doce mil años. En la colonia terrestre, la casa de los Bittering se sacudía, cambiando.
El señor Bittering, acostado, sentía que los huesos se le movían, se trasformaban, se fundían como el oro. Cora, tendida junto a él, tenía la piel bronceada por muchas tardes de sol. Era ahora morena y de ojos dorados, y los niños, metálicos en sus camas, y el viento salado rugía cambiando entre los viejos durazneros, el césped violeta, sacudiendo los pétalos verdes de las rosas.
El miedo del señor Bittering era incontenible. Le apretaba la garganta y el corazón. Le rezumaba en la humedad del brazo, de la sien, de la palma temblorosa.
En el este apareció una estrella verde.
Una palabra extraña brotó de los labios del señor Bittering.
—Iorrt. Iorrt —repitió.
Era una palabra marciana. El señor Bittering no sabía marciano. Se levantó en medio de la noche y llamó a Simpson, el arqueólogo.
—Simpson, ¿qué significa la palabra Iorrt?
—Bueno, es el antiguo nombre marciano del planeta Tierra. ¿Por qué?
—Nada en especial.
El teléfono se le cayó de las manos.
—Hola, hola, hola, hola —seguía diciendo el aparato mientras Bittering miraba fijamente la estrella verde—: ¿Bittering? ¿Harry? ¿Estás ahí?

Los días estaban llenos de ruidos metálicos. Ayudado de mala gana por tres hombres, Bittering montó el armazón del cohete. Al cabo de una hora se sintió muy fatigado y tuvo que sentarse a descansar.
—La altura —comentó uno de los hombres jocosamente.
—Dime, Harry, ¿tú comes? —preguntó otro.
—Sí, como —dijo Bittering, colérico.
—¿Del congelador?
—¡Sí!
—Estás más delgado, Harry.
—¡No es verdad!
—Y más alto.
—¡Mientes!

Unos días después, Cora lo llevó aparte.
—Harry, las provisiones congeladas se acabaron. No queda absolutamente nada. Tendré que prepararte unos sándwiches con comida de Marte.
Harry se desplomó en una silla.
—Tienes que comer, Harry —dijo Cora—. Estás débil.
—Sí —dijo Bittering.
Tomó un sándwich, lo abrió, lo miró, y empezó a mordisquearlo.
—¿Por qué no descansas hoy? —dijo Cora—. Hace calor. Los chicos quieren ir a nadar a los canales y pasear. Ven con nosotros.
—No puedo perder tiempo. Estamos en un momento crítico.
—Una hora, nada más —insistió Cora—. Te hará bien nadar un rato. 
Harry se puso de pie, sudoroso.
—Bueno, bueno. Déjame solo. Iré.
—Me alegro mucho, Harry.
El día era sereno, el sol ardiente. Un incendio inmenso, único, inmutable. Caminaron a lo largo del canal, el padre y la madre; los niños correteaban en trajes de baño. Hicieron un alto y comieron sándwiches de carne. Bittering miró la piel bronceada y los ojos amarillos de Cora y los niños, los ojos que antes no habían sido amarillos. Sintió un temblor, que desapareció en oleadas de calor mientras descansaba al sol. Estaba demasiado cansado para sentir miedo.
—Cora, ¿desde cuándo tienes los ojos amarillos? Cora parecía perpleja.
—Siempre los tuve así, creo.
—¿No eran castaños? ¿No cambiaron de color en los tres últimos meses? 
Cora se mordió los labios.
—No. ¿Por qué?
—No tiene importancia. 
Hubo un silencio.
—Los ojos de los chicos —dijo Harry—. También son amarillos.
—A los niños, cuando crecen, les cambia el color de los ojos.
—Quizá también nosotros seamos niños. Al menos para Marte. Es una idea —Bittering se echó a reír—. Creo que voy a nadar.
Saltaron al agua, y Bittering se dejó ir, hasta el fondo, como una estatua dorada, y allí descansó, en el silencio verde. Todo era agua serena y profunda, todo era paz. Sintió que la corriente lenta y firme lo llevaba fácilmente. "Si me quedo aquí bastante tiempo", pensó, "el agua me abrirá y carcomerá la carne hasta mostrar los huesos de coral. Sólo quedará mi esqueleto. Y luego el agua hará cosas con mi esqueleto: Cosas verdes, cosas acuáticas, cosas rojas, cosas amarillas. Cambios. Cambios. Cambios lentos, profundos, silenciosos. ¿Y no es lo mismo allá, arriba?"
Miró el cielo sumergido sobre él, el sol que era ahora marciano, en otra atmósfera, otro tiempo y otro espacio.
"Allá arriba, un río inmenso", pensó, "un río marciano, y todos nosotros en el fondo, en nuestras casas de guijarros, en hundidas casas de piedra, como cangrejos ocultos, y el agua que nos limpia los viejos cuerpos y nos alarga los huesos y…"
Se dejó ir a la superficie a través de la luz suave.
Dan, sentado en el borde del canal, miraba a su padre seriamente.
—Utha —dijo.
—¿Cómo? —preguntó el padre. 
El chico sonrió.
—Bueno, papá, tú sabes. Utha en marciano significa padre.
—¿Dónde lo aprendiste?
—No lo sé. Por ahí. ¡Utha!
—¿Qué quieres? 
El chico vaciló.
—Quiero…, quiero cambiarme el nombre.
—¿Cambiártelo?
—Sí.
La madre se acercó nadando.
—¿Qué tiene de malo el nombre Dan? 
Dan se tironeaba de los dedos.
—El otro día tú me llamaste: Dan, Dan, Dan. Ni siquiera te oí. Ése no es mi nombre, pensé. Tengo un nombre nuevo.


El señor Bittering se tomó del borde del canal. Tenía el cuerpo frío, y el corazón le golpeaba lentamente.
—¿Qué nombre nuevo?
—Linnl. ¿No es bonito? ¿Puedo usarlo? Papá, por favor.
El señor Bittering se llevó la mano a la cabeza. Recordó el cohete absurdo, se vio trabajando a solas. Estaba solo hasta entre su propia familia, tan solo…
Oyó la voz de su mujer.
—¿Por qué no? Y se oyó decir:
—Sí, puedes usarlo.
—¡Yaaa! —gritó el chiquillo—. Soy Linnl. Linnl. Corría por la pradera, bailando y gritando.
El señor Bittering miró a su mujer.
—¿Por qué lo hicimos?
—No lo sé —dijo ella—. Me pareció una buena idea.
Fueron hacia las colinas. Pasearon por los viejos senderos de mosaicos, junto a las fuentes todavía vivas. Durante todo el verano una película de agua helada cubría los senderos. Chapoteando como en un arroyo, vadeando, los pies descalzos estaban siempre frescos.
Llegaron a una villa marciana con una hermosa vista al valle, en lo alto de un cerro. Vestíbulos de mármol azul, murales inmensos, una piscina. Una casa fresca en el caluroso estío. Los marcianos no habían creído en las grandes ciudades.
—Que bueno —dijo la señora Bittering— si pudiésemos instalamos aquí, en esta villa, a pasar el verano.
—Ven —dijo el señor Bittering—. Volvamos a la ciudad. Tengo que trabajar en el cohete.
Pero esa noche, mientras trabajaba, recordó la fresca villa de mármol azul. A medida que transcurrían las horas, el cohete le parecía menos importante.
Pasaron días, semanas, y el cohete quedó relegado, olvidado. La antigua fiebre había desaparecido. El señor Bittering se asustaba pensando cómo se había dejado estar. Pero el calor, la atmósfera, las condiciones de trabajo…
Oyó a los hombres que cuchicheaban en el porche del taller.
—Todo el mundo se marcha. ¿Te enteraste?
—Sí, todos se marchan. Y está bien así. 
Bittering salió.
—¿Adónde se marchan?
Vio un par de camiones, cargados de niños y de muebles, que se alejaban por la calle polvorienta.
—A las villas —dijo el hombre.
—Sí, Harry. Yo también me marcho. Y Sam, ¿no es cierto, Sam?
—Por supuesto. ¿Y tú, Harry?
—Tengo que trabajar, aquí.
—¡Trabajar! Podrías terminar el cohete en el otoño, cuando el tiempo es más fresco.
Bittering tomó aliento.
—Ya tengo lista la armazón.
—En el otoño será mucho mejor. 
Las voces eran indolentes en el calor.
—Tengo que trabajar —dijo Bittering.
—En el otoño —insistieron los otros. Y parecían tan sensatos, tan lógicos. "En otoño será mejor", pensó Bittering. "Tengo tiempo de sobra".
¡No!, gritó una parte de mismo, muy adentro, desplazada, encerrada, sofocándose. ¡No! ¡No!
—En el otoño —dijo.
—Vamos, Harry —dijeron todos.
—Sí —dijo Bittering, sintiendo que la carne se le fundía en el líquido aire caliente—. Sí, en el otoño. Entonces empezaré a trabajar de nuevo.
—Conseguí una villa cerca del canal Tirra —dijo un hombre.
—Te refieres al canal Roosevelt, ¿verdad?
—Tirra. El antiguo nombre marciano.
—Pero en el mapa…
—Olvídate del mapa. Ahora es Tirra. Bueno, descubrí un lugar en las montañas Pillan…
—La cordillera Rockefeller, querrás decir —observó Bittering.
—Las montañas Pillan —repitió Sam.
—Sí, sí —dijo Bittering, hundido en el aire caliente, hormigueante—. Las montañas Pillan.

Todos ayudaron a cargar el camión en la tarde calurosa y apacible del día siguiente.
Laura, Dan y David llevaban paquetes. O, como ellos preferían que los llamasen, Ttil, Linnl y Werr llevaban paquetes.
Los muebles quedaron abandonados en la casita blanca.
—Quedaban muy bien en Boston —dijo la madre—, y aquí, en la cabaña. Pero allá arriba, en la villa… No. Los dejaremos aquí para nuestra vuelta, en el otoño.
Bittering no decía nada.
—Tengo algunas ideas para el mobiliario de la villa —dijo después de un rato—. Muebles cómodos, grandes.
—¿Y tu enciclopedia? Me imagino que querrás llevarla. 
El señor Bittering apartó los ojos.
—Vendré a buscarla la semana que viene. 
Los padres se volvieron hacia Laura.
—¿Qué harás con los vestidos que te compramos en Nueva York? ¿Piensas llevarlos?
La niña los miró perpleja.
—¿Para qué? No. No los necesito.
Cerraron el gas, el agua, atrancaron las puertas y se alejaron. El padre echó una mirada al camión.
—Diantre, no llevamos casi nada —dijo—. Trajimos tantas cosas a Marte, y esto cabe en un puño.
Puso en marcha el camión.
Miró largamente la casita blanca, y tuvo el deseo de correr hacia ella, de tocarla, de decirle adiós, porque sentía que partía en un largo viaje, que abandonaba algo que nunca recuperaría, que nunca comprendería.
En ese momento Sam y su familia pasaron en otro camión.
—¡Hola, Bittering! ¡Aquí vamos!
El camión avanzó bamboleándose por la antigua carretera hacia las afueras de la ciudad. Otros sesenta camiones iban en la misma dirección. En el pueblo flotó un polvo grávido, silencioso. Las aguas azules del canal resplandecían al sol, y un viento sereno movía los árboles raros.
—¡Adiós, pueblo! —dijo el señor Bittering.
—Adiós, adiós —dijo la familia, agitando los brazos. No miraron hacia atrás.

El verano resecó los canales. El verano avanzó como una llama por encima de las praderas. En la desierta colonia terrestre, la pintura de las casas se resquebrajó y descascaró. Los neumáticos de automóvil que habían sido las hamacas de los niños, en los jardines, colgaban como relojes de péndulo, detenidos en el aire ardiente.
En el taller el casco del cohete empezó a enmohecerse.
Había llegado el otoño. Desde la escarpa que coronaba la villa, el señor Bittering, muy moreno ahora, con los ojos muy dorados, contemplaba el valle.
—Es hora de regresar —dijo Cora.
—Sí, pero no iremos —dijo Bittering con calma—. No queda nada allí.
—Tus libros —dijo ella—. Tus ropas buenas. Tus llles y tus ior uele rre.
—La ciudad está desierta. Nadie regresa —dijo Bittering—. No hay ninguna razón para volver, ninguna.
La hija tejía tapices y los hijos tocaban canciones en flautas y gaitas antiguas. Las risas resonaban en la villa de mármol.


El señor Bittering echó una mirada a la colonia terrestre, en la profundidad del valle.
—Qué casas tan absurdas, tan ridículas edifican los hombres de la Tierra.
—No conocían nada mejor —murmuró la mujer—. Qué gente tan fea. Me alegra que se hayan ido.
Se miraron, sorprendidos por lo que acababan de decir. Se rieron.
—¿Adónde se han ido? —se preguntó Bittering en voz alta.
Miró de soslayo a su mujer. Dorada y esbelta como la hija. Cora lo miró a su vez, y él también parecía casi tan joven como el hijo mayor.
—No lo sé —dijo Cora.
—Tal vez el año próximo, o el otro, o el siguiente, regresemos al pueblo —dijo Bittering, con calma—. Ahora…, tengo calor. ¿Te gustaría nadar un rato?
Dieron la espalda al valle. Tomados del brazo, caminaron silenciosamente por un sendero de aguas claras y primaverales.

Cinco años más tarde cayó un cohete del cielo. Se posó, humeando, en el valle.
Unos hombres descendieron gritando.
—¡Ganamos la guerra! ¡Hemos venido a rescatarlos! ¡Eh!
Pero el pueblo norteamericano, el pueblo de durazneros y teatros estaba mudo. En un taller vacío encontraron la armazón de un cohete, cubierta de herrumbre.
La tripulación recorrió las colinas. El capitán había establecido sus cuarteles en un bar abandonado. El teniente llegó con el informe.
—El pueblo está desierto, pero encontramos nativos en las colinas, señor. Gente muy morena. De ojos amarillos. Marcianos. Muy amables. Hablamos un poco con ellos, no mucho. Aprenden inglés rápidamente. Creo que nuestras relaciones serán sumamente cordiales.
—¿Morenos, eh? —murmuró el capitán—. ¿Cuántos?
—Seiscientos, ochocientos quizá. Viven en las ruinas de mármol de las montañas, señor. Altos, sanos. Mujeres muy hermosas.
—¿No le dijeron qué les pasó a los terrestres que fundaron la colonia, teniente?
—No tienen la más remota idea.
—Curioso. ¿Le parece que los marcianos pueden haberlos matado?
—Parecen gente muy pacífica. Una peste probablemente, señor.
—Tal vez. Se me ocurre que nunca lo sabremos. Será cómo uno de esos misterios de los que hablan los libros.
El capitán miró el cuarto, las ventanas polvorientas, las montañas azules que se alzaban a lo lejos, los canales que se movían a la luz, y oyó el viento suave en el aire. Se estremeció. Luego, recobrándose, tocó con los dedos un mapa grande y nuevo que había desplegado sobre una mesa.
—Hay mucho que hacer, teniente. 
La voz se arrastró mientras el sol se ponía detrás de las colinas azules.
—Nuevas colonias. Minas, prospección de minerales. Especímenes bacteriológicos. Trabajo, tanto trabajo. Los viejos archivos se han perdido. Será una verdadera tarea dibujar los mapas, poner nuevos nombres a las montañas, a los ríos, a todo. Necesitamos imaginación… ¿Qué le parece si a estas montañas las llamamos las montañas Lincoln, a este canal el canal Washington, a estas colinas…, a estas colinas podemos ponerle el nombre de usted, teniente? Diplomacia. Y usted, en cambio, puede darle mi nombre a un pueblo. Cortesía ante todo. ¿Y por qué no llamar a esto el valle Einstein y a aquello…? Teniente, ¿me escucha?
El teniente apartó bruscamente los ojos del color azul y de la bruma serena de las colinas, más allá del pueblo.
—¿Cómo? ¡Oh, sí, sí, señor!


FIN

2024/11/11

El peatón (Ray Bradbury)


Título original: The pedestrian
Año: 1951


Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas iluminadas por la Luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar. Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o era como si estuviese solo. Y una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando ante él formas de aire frío, como humo de cigarro.
A veces caminaba durante horas y kilómetros y volvía a su casa a medianoche. Y pasaba ante casas de ventanas oscuras y parecía como si pasease por un cementerio; sólo unos débiles resplandores de luz de luciérnaga brillaban a veces tras las ventanas. Unos repentinos fantasmas grises parecían manifestarse en las paredes interiores de un cuarto, donde aún no habían cerrado las cortinas a la noche. O se oían unos murmullos y susurros en un edificio sepulcral donde aún no habían cerrado una ventana.
El señor Leonard Mead se detenía, estiraba la cabeza, escuchaba, miraba, y seguía caminando, sin que sus pisadas resonaran en la acera. Durante un tiempo había pensado ponerse unos botines para pasear de noche, pues entonces los perros, en intermitentes jaurías, acompañarían su paseo con ladridos al oír el ruido de los tacos, y se encenderían luces y aparecerían caras, y toda una calle se sobresaltaría ante el paso de la solitaria figura, él mismo, en las primeras horas de una noche de noviembre.
En esta noche particular, el señor Mead inició su paseo caminando hacia el oeste, hacia el mar oculto. Había una agradable escarcha cristalina en el aire, que le lastimaba la nariz, y sus pulmones eran como un árbol de Navidad. Podía sentir la luz fría que entraba y salía, y todas las ramas cubiertas de nieve invisible. El señor Mead escuchaba satisfecho el débil susurro de sus zapatos blandos en las hojas otoñales, y silbaba quedamente una fría canción entre dientes, recogiendo ocasionalmente una hoja al pasar, examinando el esqueleto de su estructura en los raros faroles, oliendo su herrumbrado olor.
—Hola, los de adentro —les murmuraba a todas las casas, de todas las aceras— ¿Qué hay esta noche en el canal cuatro, el canal siete, el canal nueve? ¿Por dónde corren los cowboys? ¿No viene ya la caballería de los Estados Unidos por aquella loma?
La calle era silenciosa y larga y desierta, y sólo su sombra se movía, como la sombra de un halcón en el campo. Si cerraba los ojos y se quedaba muy quieto, inmóvil, podía imaginarse en el centro de una llanura, un desierto de Arizona, invernal y sin vientos, sin ninguna casa en mil kilómetros a la redonda, sin otra compañía que los cauces secos de los ríos, las calles.
—¿Qué pasa ahora? —les preguntó a las casas, mirando su reloj de pulsera— Las ocho y media. ¿Hora de una docena de variados crímenes? ¿Un programa de adivinanzas? ¿Una revista política? ¿Un comediante que se cae del escenario?
¿Era un murmullo de risas el que venía desde aquella casa a la luz de la luna? El señor Mead titubeó, y siguió su camino. No se oía nada más. Trastabilló en un saliente de la acera. El cemento desaparecía ya bajo las hierbas y las flores. Luego de diez años de caminatas, de noche y de día, en miles de kilómetros, nunca había encontrado a otra persona que se paseara como él.
Llegó a una parte cubierta de tréboles donde dos carreteras cruzaban la ciudad. Durante el día se sucedían allí atronadoras oleadas de autos, con un gran susurro de insectos. Los coches corrían como escarabajos hacia metas lejanas tratando de pasarse unos a otros, mientras un ligero incienso salía por los tubos de escape. Pero ahora estas carreteras eran como arroyos en una seca estación, sólo piedras y luz de luna.
Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una manzana de su destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una esquina y lanzó sobre él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se quedó paralizado, casi como una polilla nocturna, atontado por la luz.
Una voz metálica llamó:
—Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva!
Mead se detuvo.
—¡Arriba las manos!
—Pero… —dijo Mead.
—¡Arriba las manos, o dispararemos!
La policía, por supuesto, pero qué cosa rara e increíble; en una ciudad de tres millones de habitantes sólo había un coche de policía. ¿No era así? Un año antes, en 2052, el año de la elección, las fuerzas policiales habían sido reducidas de tres coches a uno. El crimen disminuía cada vez más; no había necesidad de policía, salvo este coche solitario que iba y venía por las calles desiertas.
—¿Su nombre? —dijo el coche de policía con un susurro metálico.
Mead, con la luz del reflector en sus ojos, no podía ver a los hombres.
—Leonard Mead —dijo.
—¡Más alto!
—¡Leonard Mead!
—¿Ocupación o profesión?
—Imagino que ustedes me llamarían un escritor.
—Sin profesión —dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo.
La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo atravesada por una aguja.
—Sí, puede ser así —dijo.
No escribía desde hacía años. Ya no vendían libros ni revistas. Todo ocurría ahora en casas como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las tumbas, mal iluminadas por la luz de la televisión, donde la gente estaba como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca los tocaba realmente.
—Sin profesión —dijo la voz de fonógrafo, siseando— ¿Qué estaba haciendo afuera?
—Caminando —dijo Leonard Mead.
—¡Caminando!
—Sólo caminando —dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en la cara.
—¿Caminando, sólo caminando, caminando?
—Sí, señor.
—¿Caminando hacia dónde? ¿Para qué?
—Caminando para tomar aire. Caminando para ver.
—¡Su dirección!
—Calle Saint James, once, sur.
—¿Hay aire en su casa, tiene usted acondicionador de aire, señor Mead?
—Sí.
—¿Y tiene usted televisor?
—No.
—¿No?
Se oyó un suave crujido que era en sí mismo una acusación.
—¿Es usted casado, señor Mead?
—No.
—No es casado —dijo la voz de la policía detrás del rayo brillante.
La luna estaba alta y brillaba entre las estrellas, y las casas eran grises y silenciosas.
—Nadie me quiere —dijo Leonard Mead con una sonrisa.
—¡No hable si no le preguntan!
Leonard Mead esperó en la noche fría.
—¿Sólo caminando, señor Mead?
—Sí.
—Pero no ha dicho para qué.
—Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar simplemente.
—¿Ha hecho esto a menudo?
—Todas las noches durante años.
El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de radio que zumbaba débilmente.
—Bueno, señor Mead —dijo el coche.
—¿Eso es todo? —preguntó Mead cortésmente.
—Sí —dijo la voz— Acérquese. —Se oyó un suspiro, un chasquido. La portezuela trasera del coche se abrió de par en par— Entre.
—Un minuto. ¡No he hecho nada!
—Entre.
—¡Protesto!
—Señor Mead…
Mead entró como un hombre que de pronto se sintiera borracho. Cuando pasó junto a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal como esperaba, no había nadie en el asiento delantero, nadie en el coche.
—Entre.
Mead se apoyó en la portezuela y miró el asiento trasero, que era un pequeño calabozo, una cárcel en miniatura con barrotes. Olía a antiséptico; olía a demasiado limpio y duro y metálico. No había allí nada blando.
—Si tuviera una esposa que le sirviera de coartada… —dijo la voz de hierro— Pero…
—¿Hacia dónde me llevan?
El coche titubeó, dejó oír un débil y chirriante zumbido, como si en alguna parte algo estuviese informando, dejando caer tarjetas perforadas bajo ojos eléctricos.
—Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas.
Mead entró. La puerta se cerró con un golpe blando. El coche policía rodó por las avenidas nocturnas, lanzando adelante sus débiles luces.
Pasaron ante una casa en una calle un momento después. Una casa más en una ciudad de casas oscuras. Pero en todas las ventanas de esta casa había una resplandeciente claridad amarilla, rectangular y cálida en la fría oscuridad.
—Mi casa —dijo Leonard Mead.
Nadie le respondió.
El coche corrió por los cauces secos de las calles, alejándose, dejando atrás las calles desiertas con las aceras desiertas, sin escucharse ningún otro sonido, ni hubo ningún otro movimiento en todo el resto de la helada noche de noviembre.


FIN