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2026/03/16

Reunión de águilas (Joseph Kelleam)


Título original: The Eagles Gather
Año: 1942


No había estrellas. El arruinado campo de aterrizaje estaba iluminado por las llamas ya mortecinas de una gran fogata. Con oscuros y profundos ojos, las maltratadas torres contemplaban el campo, las danzarinas llamas y el estropeado cohete espacial. Más allá del radio de luz, la noche aguardaba amenazadora.
A la sombra de una de las distorsionadas torres, un hombre se hallaba acurrucado delante de la hoguera y de cuando en cuando prestaba atención a una marmita palpitante que colgaba de un palo ahorquillado sobre las brasas. Era delgado y ancho de espaldas. Las crepitantes brasas iluminaban su rostro ocasionalmente, con los sombríos y grises ojos, los altos pómulos, la ancha y sensible boca y los rizos rubios que le caían sobre la despejada frente. Parecía estar perdido en sus pensamientos, y sólo apartaba su mirada de la fogata para contemplar el negro firmamento o agitar la marmita. Cuando se movió para arrojar la leña al fuego, lo hizo con la gracia sensual de un gato, y hasta su maltratado uniforme adoptó un porte militar.
Mientras contemplaba el fuego, escuchó el ruido de una nave que se aproximaba, agitando las capas inferiores del aire. El rugido de la nave descendente aumentó, cambió de un zumbido a un chirrido, y después del chirrido a un estruendo.
Se produjo un trueno y una ráfaga de llamas. Un largo chorro de fuego pareció barrer el aeródromo como una guadaña, y otra nave espacial se deslizó por el campo poblado de maleza. Se detuvo cerca de la nave silenciosa ya. Ambos aparatos eran pequeños y habían sido reparados y parcheados innumerables veces —diminutas naves individuales que zumbaban por el espacio como abejas—, como si los planetas y asteroides fuesen maduros frutos de oro, listos para ser arrancados.
El hombre de la fogata no hizo otro movimiento que ajustarse el cinto, con lo que su fina y bronceada mano descansó sobre la culata de una pistola. Siguió sentado contemplando el fuego, a pesar de escuchar el sonido de unos pies que se acercaban por entre la cizaña. La noche era fría y con su mano libre se abrigó más el pecho con su remendada chaqueta de cuero.
—Hola —el visitante estaba ante él con una fría sonrisa, un hombre bajo con anchas y encorvadas espaldas y ojos tan azules como el acero.
El hombre que estaba delante del fuego gruñó algo y le indicó con la cabeza al visitante que podía sentarse.
—Huele bien —contestó aquél al sentarse, mirando la marmita—. Ha sido una suerte que tuviera encendido este fuego. De lo contrario, no habría podido aterrizar. No me quedaba ya mucho combustible.
Exhaló un suspiró.
—Está bien. Me figuré que habría más naves por ahí. Ahora vuelven a casa... Bueno, aquellas que aún conservan bastante combustible para la travesía. Me llamo Duane, Jim Duane.
—A mí me llaman Capitán —contestó el bajito—. Tengo otros nombres, pero casi siempre contesto por el de Capitán. Soy militar de profesión —añadió con una leve sonrisa—. Como usted.
—Sí —asintió cansinamente Duane—, éste es mi oficio. Luchar en favor del mejor postor. Pero cuando los amos de la guerra se quedaron casi sin uranio me enviaron a casa —añadió con una maliciosa sonrisa—. Como a usted.
—Y ha sido una condenada suerte poder llegar. Hay muchos chicos vagando por allá arriba —Capitán levantó el mentón hacia el oscuro cielo—. Pero hallarán más uranio. Y volverán a llamarnos. Veinte años de guerra no pueden terminar de esta manera. Los amos de la guerra no están satisfechos. Habrá más combustible para estos trastos y los tipos como nosotros volveremos a ser unos caballeros, cobrando mensualmente sueldos de cuatro cifras.
Duane sacudió la cabeza.
—Se acabó. Lo sacaron de todas partes. Oh, hallaron mucho durante siglos. Pero lo han consumido en veinte años. Han destrozado el universo. Han luchado como perros salvajes. Y ahora se ha agotado. De lo cual me siento sumamente feliz.
Capitán entornó los párpados.
—No habla usted como un militar, amigo.
La mano de Duane se afianzó en la pistola.
—Un hombre no habla de guerras. ¿Pero quiere ver cómo lucho?
El hombre bajito se encogió de hombros.
—Yo sólo lucho por dinero. Tal vez algún día combatiremos en campos opuestos.
El rumor de unas botas sobre la maleza aflojó la tensión entre ambos. Dos figuras se acercaron a la fogata. Dos individuos vistiendo unas destrozadas chaquetas de cuero, pantalones deshilachados y botas remendadas se detuvieron súbitamente dentro del radio de luz, con los ojos hacia el suelo como esperando una invitación.
—Locos espaciales —comentó Capitán en voz no muy baja.
Uno de los recién llegados levantó la mirada y acarició un bulto de su chaqueta.
—Tengo una lata de tomate —sonrió tímidamente.
Era un tipo delgado con el pecho hundido y una nariz muy prominente. Sus profundos ojos eran negros e inexpresivos.
Duane había visto centenares de sujetos semejantes. Eran hombres que volaban por el espacio, hombres quebrantados por el agotamiento de las guerras devastadoras.
—Meta los tomates en la marmita —dijo Duane calmosamente—. Siéntense y entren en calor. Me llamo Duane. Éste es Capitán. De nombre, no de graduación.
Uno de los recién llegados sacó una lata del bolsillo y un abridor.
—Yo soy Ted Shafer —se presentó mientras procedía a abrir la lata—. Tenía una nave de propiedad, pero la perdí. Hace un año llevaba una mercancía y me abandonaron aquí. Dijeron que estaba loco. Yo no estoy loco. Ustedes pueden ver que no lo estoy. Bien, he vegetado por aquí durante un año, viviendo de lo que he podido encontrar. Por allá hay una ciudad en ruinas. Después, hace una semana tropecé con este compañero. Se llama... ¿Cómo es tu nombre? Lo he olvidado.
El cuarto hombre, un tipo regordete y de abultado abdomen, con una nariz enrojecida y una barba descuidada y espesa, gruñó:
—Me llamo Belton. Bill Belton. Tú cada vez estás más loco. Llevo por aquí unos seis meses. Pero a mí no me abandonaron. Salté de la nave. ¿Hay algo para beber?
Capitán lanzó un juramento.
—Un par de gorrones. Lo mejor sería darles un buen puntapié.
Duane entornó los párpados.
—Es mi fogata —dijo suavemente.
—Está bien, está bien. Pero seguro que están llenos de piojos.
Shafer y Belton se acomodaron junto al fuego, con los hombros inclinados hacia adelante.
Duane buscó algo a sus espaldas, entre las sombras, y cogió un rollo de mantas con el equipo. Del mismo extrajo cuatro platos y cuatro cucharas de hojalata y empezó a servir la comida. Cuando terminó, Shafer y Belton le prodigaron su agradecimiento, pero Capitán se mostró desdeñoso.


—¡Sopa de carne! —exclamó—. ¡Maldición! He estado sentado a la mesa de los amos de la guerra. Veinte sabrosos guisos en platos de plata y vino y licores y lo demás, Y todo el mundo ataviado de gala.
Duane sonrió.
—Lamento no ser un amo de la guerra. Pero tal vez le gustaría un puñetazo en la nariz.
Capitán aceptó el plato, gruñendo.
—Lo siento. Me olvidé. Caramba, espero que no tarden en encontrar más uranio. Es muy difícil aceptar esto cuando se está acostumbrado a un salario de cuatro cifras mensuales.
Duane elevó la vista al cielo, que estaba muy negro, excepto en donde una ligera niebla se mezclaba con el humo de la hoguera.
—No encontrarán más uranio. Al menos, no muy pronto. He pensado mucho en ello. Todavía no estamos preparados para conquistar el espacio. Lo hemos revuelto todo. Oh, sí, teníamos naves y armas. Mecánicamente, éramos perfectos. Pero nosotros no lo éramos. Conquistamos el espacio, pero no hemos sabido conquistarnos a nosotros mismos. Y esto quizá llegará algún día.
—Habla usted como un clérigo —se burló Capitán.
Shafer comía vorazmente, pasándose de cuando en cuando el dorso de la mano por la boca y la punta de su prominente nariz.
—¿Qué le hace pensar que ya no se encontrará más uranio? —preguntó agriamente.
Duane lo contempló largamente. Los dedos del hombrecillo temblaban.
—Podrían hallar más, claro que sí —contestó Duane—, pero falta organización. Se ha ido a paseo. Si hallamos uranio volveremos a perderlo. Y el porvenir será fatal. Tendremos que afianzarnos en la vieja Tierra y empezar por el principio. Personalmente, ahora me siento contento.
—Tonterías —gruñó Capitán.
—Queda aún mucho uranio —afirmó tercamente Shafer.
Capitán estrechó los ojos.
—¿Cómo lo sabes, vagabundo?
Shafer evitó aquella mirada acerada.
—Tal vez lo sepa, tal vez no —evadió una respuesta concreta.
Belton rebañó el último pedazo de tocino de su plato y luego eructó satisfecho.
—Yo era rico... —le dijo al fuego. Capitán dejó oír una risita.
—Jamás has tenido el dinero que vale una copa en el bolsillo, amigo.
—Yo fui rico —repitió Bill Belton, paseando su mirada por los demás. Una brasa chisporroteó entre las llamas, iluminándole su bulbosa nariz y las hundidas mejillas—. Yo fui rico, más que muchos.
—De acuerdo —asintió Duane—. Quizá lo fueses. Adelante, cuenta tu historia y quítatela del recuerdo. Por otra parte, esta noche no tengo sueño.
—Será una mentira que ha soñado entre un robo y un hurto —bostezó Capitán. Belton pareció apenado y abatió los ojos hacia la fogata.
—Yo fui rico. Gobernaba una nave minera por la órbita de Aquiles. No era una nave muy grande, pero era mía. Y de repente, me crucé con un cohete mercante a la deriva. Un meteoro lo había desviado un cuarto de su rumbo y derivaba, girando en el espacio, mientras las estrellas le guiñaban los ojos como diamantes resplandecientes sobre un manto de terciopelo negro. Lo abordé, y allí no había ni una gota de oxígeno, y todos los muchachos estaban muertos y helados en la nevera del Viejo Padre Tiempo. Bien, el cohete estaba atestado de pieles. Supongo que venía de Pallas. Y las pieles eran todas mías por derecho de conquista. Un botín real. Las llevé todas a mi nave hasta que apenas tuve sitio para moverme. Y entonces, cerca de Marte, me abordó una manada de tipos salvajes, que me robaron todo el cargamento de pieles y huyeron rápidamente en una de las pequeñas naves de emergencia. Lo he meditado una y otra vez. Aquellas pieles eran mías. Yo era rico. Pero me robaron. Claro que recuerdo el nombre de la nave. Lo vi. Vi el nombre. Y algún día atraparé a uno de aquellos canallas, y entonces...
Mientras Belton contaba su historia, Shafer iba acurrucándose más contra el fuego, sosteniendo las manos con las palmas vueltas hacia las brasas. Le temblaban los dedos como si tuviera frío. Sus vacuos y entrecerrados ojos miraban a los demás furtivamente.
Dos pares de ojos estaban posados en él; los de Duane y Capitán. Éste se metió la mano en el bolsillo interior de su cazadora de cuero y sacó un frasco. Lentamente, lo descorchó y se lo brindó al hombrecillo, para luego echarse hacia atrás. Shafer, tembloroso, dejó que sus dedos siguieran el trayecto del frasco.
—Pareces un buen chico —le dijo Capitán—. Pero enfermo. Toma esto, es todo lo que tengo, pero... —se encogió de hombros y produjo una helada sonrisa.
Duane contemplaba la pequeña comedia desarrollada ante él. En sus profundos ojos había lástima por aquel hombrecillo y desprecio por el que jugaba con él.
—Cree que tú sabes dónde hay uranio —murmuró burlonamente—. Hará tratos contigo por una tonelada de uranio a cambio de un trago.
—¡Al infierno! —exclamó Capitán. Y luego a Shafer—: Adelante. Bebe esto. No le hagas caso a este abogado espacial.
El hombrecito obedeció. Belton lo contemplaba todo como fascinado.
—¿No puedo beber yo un poco? —preguntó.
—Ni una gota —los ojos de Capitán eran asesinos—. ¿No ves que ese sujeto es todo un caballero? Seguro que ha visto días mejores.
—¿No estamos todos en esas mismas condiciones? —objetó Duane.
—Dejen tranquilo a ese chico —Capitán le palmeó amistosamente la espalda a Shafer. Éste sonrió tímidamente y volvió a levantar el frasco.
—Gracias.
Se pasó el dorso de la mano por la boca y le devolvió el frasco a Capitán. Éste lo rechazó.
—No, sé bien cuando un individuo necesita un trago más que yo. Seguro que viste mejores tiempos. Pero tú eras más rico que ese imbécil que gime, proclamando que tenía un cargamento de pieles.
Belton enrojeció.
—¡Oiga…!
Una mano se posó sobre su estropeada chaqueta.
—Calma —le aconsejó Duane, acariciando la culata de su pistola. Belton se echó para atrás y comenzó a gruñir para sí.
Shafer tomó otro sorbo del frasco. Una lucecita febril empezó a asomarle a los ojos.
—¡Pieles! —gritó despreciativamente—. ¡Unas malditas pieles! ¿A quién le importan un comino unas pieles? Vaya, yo poseo un pedazo de todas las riquezas del mundo. Algún día, los amos de la guerra me seguirán, suplicándome. Yo soy más rico que las estrellas porque tengo lo que todo el mundo quiere.
—Conocí a un tipo que también hablaba así —anunció Duane, en voz baja—. Estaba cantando una canción parecida en un bar. Pero no tenía bastante dinero para pagarse la última copa y le echaron a la calle.
—¡Cállese! —sonrió Capitán, confiando en que Duane ya había jugado su mano—. ¡No hagas caso de este cínico!
Shafer miró a Duane y esbozó una sonrisa.
—¿Cree que miento, eh? Bien, pues ya verá. Utilicé mi propia nave. Y encontré una mina, una bella mina flotante. No tuve que denunciarla porque yo sólo sé dónde está.


—Seguro —asintió Capitán.
—Toneladas y toneladas de uranio —explicó Shafer, paladeando aquellas palabras como si fuesen ricos bombones.
—Seguro —repitió Capitán—. Bastante para todos. Viviríamos como reyes.
Shafer se irguió y lo miró, asustado. Sus ojos volvieron a apagarse.
—Está tratando de hacerme hablar. No, es mía, sólo mía. Yo la encontré. Nadie más sabe dónde está.
El Capitán volvió a palmear la espalda de Shafer.
—Sólo estábamos interesados en tu historia, ¿verdad, amigos?
Duane gruñó su desprecio.
Shafer bebió otro trago.
—Sí, señor —continuó con voz soñadora—, yo iba navegando por el espacio, apartado de las rutas normales, cuando tropecé con la mina. Un pequeño asteroide de unos dos kilómetros de diámetro. Uranio sólido. Lo cogí. Lo desvié de su órbita unos centímetros. Antes podía hacer tales cosas. Y ahora es mío. Una y otra vez me lo he repetido desde entonces. Y también las coordenadas. Puedo olvidar muchas cosas, pero nunca aquella órbita. Y escribiré las cifras cuando alguien me ponga un montón de dinero en la mano.
Calló un momento. Luego tomó otro trago y habló para sí mismo.
—Sí, señor, hallé un asteroide de uranio macizo. Yo iba tan tranquilo en mi nave, la Billikins...
Se llevó una mano a la boca como para detener aquellas palabras. Se le arrasaron los ojos en lágrimas. Por entre sus huesudos dedos se le escapó un chillido.
Bill Belton estaba de pie llevándose una mano al interior de su chaqueta.
—¡Tú! —gritó—. ¡Maldito seas! ¡Recuerdo el nombre de esa nave! ¡Era la tuya! ¡Tú me robaste las pieles!
El hombrecito agitó unas manos temblorosas como protesta.
—¡No! ¡No, no, no!
La mano de Belton salió lentamente de la chaqueta. Empuñaba un largo y afilado cuchillo.
—¡Fuiste tú! —insistió. Levantó el cuchillo, trazando un arco mortal.
Entonces, el miedo de Shafer se trocó en desesperación. Dando un grito feroz, dio un salto atrás y se llevó también una mano a la chaqueta. Ahora actuaba velozmente. El miedo le había enloquecido. En su mano apareció una pequeña pistola. Disparó a la cara de Belton, casi a bocajarro.
Belton trastabilló y cayó. Se llevó las manos a la ensangrentada cara... que ya no lo era. Lanzó un chillido que acabó en ronco estertor. Luego rodó hacia el fuego, volvió a gruñir, trató de incorporarse, volvió a caer... y se quedó inmóvil.
—¡Todos me han engañado! —Shafer estaba de pie, dominando con su pistola a los otros dos que seguían sentados. Le relampagueaban los ojos, como dos pequeños charcos de fuego. Logró aquietar sus manos y apuntó a Duane con el arma.
La mano de Duane se movió como una víbora al atacar. Dos pequeñas llamaradas surgieron de su pistola. Shafer pareció tropezar y cayó.
Duane volvió su atención a Capitán. El hombrecillo se estaba sujetando un brazo roto. La pistola que estuvo apuntando a Duane se deslizó de entre sus dedos.
—¡Idiota! —gruñó—. ¡Le ha matado! Yo creí su historia. Ese tipo sabía dónde estaba el uranio.
Duane se encogió de hombros.
—Era un loco. Un asesino. Conozco a los de su especie, Capitán. Comprendí lo que usted pensaba cuando él insinuó que sabía dónde había un cargamento de uranio. Usted pensó que sólo usted y Shafer saldrían con vida de este campo. Usted ya estaba empuñando su pistola dispuesto a eliminarme, si Shafer fallaba.
—¡Maldito idiota! —juró Capitán—. ¡Oh, me gustaría tener aquí a alguno de mis hombres!
—Suelte la pistola y lárguese —le ordenó Duane.
—Pero es de noche. No puedo internarme en la oscuridad sin un arma.
—¡Fuera! —las palabras de Duane eran como agujas de hielo—. No tardará en amanecer.
Capitán se puso de pie. Estaba estremecido por la furia, el temor y el dolor de la herida en el brazo. Lentamente se apartó de la fogata.
—Y recuerde lo que dije —añadió Duane—: Los hombres conquistarán algún día el espacio, pero será después de haberse conquistado a sí mismos.
La figura de Capitán fue desvaneciéndose en la noche. El rumor de sus pasos murió también.
Duane continuó sentado delante del fuego, contemplando intensamente las llamas, olvidado de las dos figuras inertes que yacían en la sombra. Al fin se levantó. Por oriente nacía una plateada luminosidad. Cuando la miró, el color plateado se tornó más brillante, y en el cielo aparecieron como unos dedos de color púrpura.
Al nacer la mañana se disolvió la niebla. El cielo quedó iluminado. Estaba vacío, pero claro y lleno de promesas.


FIN

2026/03/09

La paga del duplicador (Philip K. Dick)


Título original: Pay for the Printer
Año: 1956


Negras cenizas se extendían a ambos lados de la carretera, montones irregulares que se alejaban hasta perderse de vista, las opacas ruinas de edificios, ciudades, una civilización; un corroído planeta de escombros, negras partículas de hueso, acero y hormigón azotadas por el viento, que conformaban una mezcla a la deriva.
Allen Fergesson bostezó, encendió un Lucky Strike y se reclinó contra el asiento forrado de brillante piel en su Buick modelo 1957.
—Un espectáculo deprimente —comentó—. Esa monotonía... Sólo basura. Es desolador.
—No mires —dijo con indiferencia la chica sentada a su lado.
El potente coche rodaba en silencio sobre la grava de la carretera. Fergesson, cuyas manos apenas tocaban el volante eléctrico, se relajó a los sones del Quinteto para piano, de Brahms, que sonaba en la radio, transmitido desde la colonia de Chicago. La ceniza golpeaba las ventanillas. Ya se había formado una espesa capa negra, a pesar que sólo habían recorrido unos pocos kilómetros. Daba igual, Charlotte guardaba en el sótano de su apartamento una manguera de jardín, un cubo de zinc y una esponja DuPont.
—Y tienes una nevera llena de buen whisky escocés —añadió en voz alta—, según creo recordar..., a menos que alguien se la haya bebido.
Charlotte se removió. Se había amodorrado, acunada por el ruido del motor y el aire caliente.
—¿Whisky escocés? —murmuró—. Bueno, tengo una botella de Lord Calvert. 
Se incorporó y agitó su nube de cabello rubio. Agregó:
—Pero está un poco deteriorado.
El pasajero del asiento trasero reaccionó. Le habían recogido en el camino. Era un hombre flaco y enjuto, vestido con pantalones y camisa gris.
—¿Muy deteriorado? —preguntó con voz tensa.
—Como todo lo demás, más o menos.
Charlotte no escuchaba. Contemplaba con mirada ausente el paisaje por la ventanilla cubierta de ceniza. A la derecha de la carretera, los restos mellados y amarillentos de una ciudad se destacaban como dientes rotos contra el sucio cielo de mediodía. Una bañera, un par de postes telefónicos que seguían en pie, huesos y fragmentos descoloridos, esparcidos entre kilómetros de escombros. Una visión desoladora, opresiva. Algunos perros escuálidos se refugiaban del frío en cavernosos sótanos. La espesa niebla de ceniza impedía que el sol llegara a la superficie.
—Mira allí —dijo Fergesson al hombre del asiento trasero.
Una liebre había cruzado la carretera. Ciega, deforme, la liebre se precipitó con terrible fuerza contra un puntal de hormigón roto y se desplomó, atontada. Recorrió unos pasos, hasta que un perro cayó sobre ella y la devoró.
—¡Uf! —exclamó Charlotte, asqueada. Se estremeció y conectó la calefacción. Era una joven atractiva, con sus bonitas piernas dobladas bajo el cuerpo, vestida con un jersey de lana rosa y una blusa bordada—. Ya tengo ganas de llegar a mi colonia. Todo esto es espantoso.
Fergesson tabaleó sobre la caja de metal encajada entre los dos asientos. Le gustó notar la firmeza del metal bajo sus dedos.
—Si las cosas van tan mal como dices, les gustará contar con esto.
—Oh, sí —reconoció Charlotte—. La situación es terrible. No sé si esto servirá de algo... —Arrugas de preocupación surcaron su menudo rostro—. Supongo que vale la pena probar, pero no albergo grandes esperanzas.
—Levantaremos de nuevo tu colonia —la tranquilizó Fergesson. Lo principal era calmar a la muchacha. Un pánico de esta clase podía descontrolarse. Se había descontrolado más de una vez—. Tardaremos un tiempo, de todos modos —añadió, mirándola—. Tenías que habernos avisado antes.
—Pensábamos que era sólo pereza, pero está en las últimas, Allen. —El miedo se reflejó en sus ojos azules—. No podemos sacarle nada de provecho. Sentado como un buda, como si estuviera enfermo o muerto.
—Es viejo —contestó con suavidad Fergesson—. Si no recuerdo mal, su biltong data de hace ciento cincuenta años.
—¡Pero se supone que viven durante siglos!
—Supone un terrible desgaste para ellos —señaló el hombre del asiento posterior. Inclinado hacia adelante, se humedeció los resecos labios y apretó los puños manchados de tierra—. Olvidas que no se encuentran en su elemento natural. En Próxima trabajaban juntos. Ahora se han dividido en unidades separadas, y la gravedad es mayor aquí.
Charlotte asintió, aunque no estaba convencida.
—¡Dios mío! —exclamó—. Es terrible... ¡Miren eso! 
Rebuscó en el bolsillo del jersey y extrajo un pequeño objeto brillante, cuyo tamaño equivalía al de una moneda de diez centavos.
—Todo lo que duplica es como esto..., o peor.
Fergesson tomó el reloj y lo examinó, con un ojo pendiente de la carretera. La correa se rompió como una hoja seca entre sus dedos y se convirtió en diminutos fragmentos de fibra oscura. El reloj parecía en buen estado, pero las manecillas no se movían.
—No funciona —explicó Charlotte. Lo tomó y lo abrió—. ¿Ves? —Lo sostuvo frente a la cara de Fergesson, con una mueca de disgusto—. Hice media hora de fila para conseguir esto, y no sirve para nada.
La maquinaria del diminuto reloj suizo era una masa informe de metal brillante. No se apreciaban engranajes, rubíes ni resortes.
—¿Sobre que trabajó? —preguntó el hombre de atrás—. ¿Sobre un original?
—Sobre una reproducción, pero buena. Una que hizo él mismo hace treinta y cinco años. Era de mi madre, de hecho. No tienes ni idea de cómo me sentí cuando lo vi. No puedo utilizarle.
Charlotte recuperó el reloj y lo guardó en el bolsillo del jersey.
—Me enfurecí tanto que... —Se interrumpió, irguiéndose en el asiento—. Ya hemos llegado. ¿Ves ese letrero de neón rojo? Es el principio de la colonia.
El letrero rezaba Standard Stations Inc. Sus colores eran azul, rojo y blanco. Una estructura impecable al borde de la carretera. ¿Impecable? Fergesson aminoró la velocidad cuando llegaron frente a la gasolinera. Los tres miraron con gran atención, preparándose para el golpe que iban a recibir.
—¿Lo ves? —dijo Charlotte con un hilo de voz.
La gasolinera se estaba desmoronando. El pequeño edificio blanco era viejo, viejo y ruinoso, algo corroído y vacilante, que se hundía y abombaba como una antiquísima reliquia. El brillante letrero rojo de neón chisporroteó. Las bombas estaban oxidadas y torcidas. La gasolinera empezaba a transformarse en cenizas, en oscilantes y negras partículas; volvía al polvo del que procedía.
Mientras Fergesson contemplaba la agonizante gasolinera, percibió un aliento de muerte. La decadencia no había llegado a su colonia..., todavía. En cuanto los duplicados se estropeaban, el biltong de Pittsburgh los sustituía. Fabricaba nuevos duplicados a partir de los objetos originales preservados de la guerra. Aquí, las reproducciones que sustentaban la colonia no eran sustituidas.


Era inútil culpar a nadie. Los biltong eran limitados, como cualquier raza. Habían hecho todo lo posible, y trabajaban en un entorno extraño para ellos.
Eran nativos del Sistema de Centauro, probablemente. Habían hecho acto de aparición en los últimos días de la guerra, atraídos por los destellos de las bombas H, y encontraron los restos de la raza humana arrastrándose a través de la negra ceniza radiactiva y tratando de salvar todo lo posible de su civilización destruida. Tras un período de análisis, los biltong se dividieron en unidades individuales y empezaron el proceso de duplicar los artilugios que los humanos supervivientes les traían. Así sobrevivieron. En su planeta habían creado un entorno satisfactorio, cerrado dentro de un mundo hostil.
Un hombre intentaba llenar el depósito de su Ford del 66, en vano. Gritó una maldición y arrancó la manguera podrida. Un líquido incoloro cayó al suelo y empapó la grava manchada de grasa. La bomba tenía una docena de grietas, como mínimo. De pronto, una de las bombas se vino abajo.
Charlotte bajó la ventanilla.
—¡La gasolinera de la Shell está en mejor estado, Ben! —gritó—. Está al otro lado de la colonia.
El fornido hombre se giró en redondo, congestionado y sudado.
—¡Maldita sea! —masculló—. Aquí no hay nada que hacer. Déjenme subir y llenaré un cubo en la otra.
Fergesson, tembloroso, abrió la puerta del coche.
—¿Todo está igual?
—Peor. 
Ben Untermeyer se sentó al lado del otro pasajero y dijo:
—Miren allí.
Una tienda de comestibles se había derrumbado y formaba un montón confuso de hormigón y acero. Los escaparates habían reventado. Los productos se habían esparcido por todas partes. La gente intentaba reunir todo lo posible y rebuscaba entre los escombros. Sus rostros expresaban tristeza e irritación.
La calle también estaba en pésimo estado, llena de grietas, baches y cunetas erosionadas. Una cañería rota rezumaba agua sucia en un charco cada vez más grande. Las tiendas y coches que se veían a ambos lados estaban mugrientos y ruinosos. El aspecto general era de vejez. Un puesto de limpiabotas estaba asegurado con tablas. Las ventanas rotas se habían cubierto con trapos y la pintura del letrero se había desprendido. La repelente cafetería de al lado sólo contaba con dos clientes, hombres de aspecto mísero ataviados con trajes arrugados, que intentaban leer el periódico y bebían un café de aspecto barroso, en unas tazas que rezumaban un líquido pardusco cuando las levantaban de la barra carcomida.
—No durará mucho —murmuró Untermeyer, mientras se secaba el sudor de la frente—. A este paso, no. La gente tiene miedo de ir al cine. En cualquier caso, las películas se rompen y la mitad del tiempo se ven al revés. —Miró con curiosidad al hombre sentado a su lado—. Me llamo Untermeyer —gruñó.
Se estrecharon la mano.
—John Dawes —respondió el hombre vestido de gris. No proporcionó más información. Desde que Fergesson y Charlotte le habían recogido en la carretera, no había pronunciado más de cincuenta palabras.
Untermeyer sacó un periódico doblado del bolsillo de la chaqueta y lo tiró sobre el asiento delantero, al lado de Fergesson.
—Esto es lo que encontré en el porche por la mañana.
El periódico era un revoltillo de palabras carentes de significado. Un borrón vago de letras incompletas, de tinta acuosa que aún no se había secado. Fergesson echó un breve vistazo al texto, pero fue inútil. Artículos confusos se perdían en divagaciones, los titulares proclamaban sandeces.
—Allen lleva algunos originales en esa caja —dijo Charlotte.
—No servirán de nada —contestó Untermeyer, abatido—. No se ha movido en toda la mañana. Esperé en la fila con una tostadora de palomitas para que me la duplicara. No hubo suerte. Volvía a casa cuando mi coche se averió. Miré debajo del capó, ¿pero quién entiende de motores? No es asunto nuestro. Conseguí llegar a la gasolinera de la Standard. El maldito metal es tan blando que se hundió bajo mi dedo.
Fergesson frenó el Buick ante el gran edificio de apartamentos donde Charlotte vivía. Tardó unos segundos en reconocerlo; se habían producido cambios desde la última vez que lo había visto, un mes antes. A su alrededor se había levantado un tosco andamio. Algunos obreros examinaban los cimientos con expresión vacilante. El edificio se iba inclinando poco a poco a un lado. Enormes grietas se abrían en las paredes. Había trozos de yeso diseminados por doquier. La acera estaba acordonada.
—Sin ayuda no podemos hacer nada —se quejó Untermeyer, airado—, salvo sentarnos a ver cómo se cae todo en pedazos. Si no resucita pronto...
—Todo lo que nos duplicó en los viejos tiempos se está estropeando —dijo Charlotte, mientras abría la puerta del coche y salía—. Y todo lo que nos duplica ahora es un desastre. ¿Qué vamos a hacer? —Se estremeció al recibir la mordedura del frío viento—. Creo que vamos a terminar como la colonia de Chicago.
Sus palabras helaron la sangre en las venas de los demás. ¡Chicago, la colonia que se había venido abajo! Su biltong había envejecido y fallecido. Agotado, se había convertido en un silencioso e inmóvil montón de materia inerte. Los edificios y las calles, todas las cosas que había duplicado, se habían deteriorado y transformado en negras cenizas.
—No se reprodujo —susurró Charlotte, atemorizada—. Duplicó hasta consumirse, y luego... murió.
—Pero los demás se enteraron —dijo por fin Fergesson, con voz hueca—. Enviaron un sustituto en cuanto pudieron.
—¡Fue demasiado tarde! —gruñó Untermeyer—. La colonia ya había desaparecido. Sólo quedaban un par de supervivientes que vagaban carentes de todo, ateridos de frío y muertos de hambre, hasta que los perros los devoraron. ¡Los malditos perros, que lo infestan todo, se dieron un buen atracón!
Permanecieron inmóviles en la ruinosa acera, asustados. Hasta el rostro enjuto de John Dawes había expresado un mudo terror, un miedo atroz. Fergesson pensó con anhelo en su colonia, que distaba unos veinte kilómetros en dirección este. Palpitante y activa. El biltong de Pittsburgh era joven, aún conservaba los poderes creativos de su raza. ¡No se parecía en nada a esto!
Los edificios de la colonia de Pittsburgh eran fuertes y sólidos. Las aceras eran limpias y firmes. Los televisores, batidoras, tostadoras, autos, pianos, ropas, whiskys y judías congeladas de los escaparates eran fieles reproducciones de los originales, tan auténticas en todos los detalles, que era imposible diferenciarlas de los artículos reales, conservados en los refugios subterráneos cerrados al vacío.
—Si esta colonia se desmorona —dijo Fergesson—, algunos de ustedes pueden venir con nosotros.
—¿Su biltong es capaz de duplicar para más de cien personas? —preguntó en voz baja John Dawes.
—Ahora, sí —respondió Fergesson. Señaló con orgullo su Buick—. Ustedes han viajado en él, y saben lo bien que funciona. Es casi tan bueno como el original del que fue duplicado. Hay que verlos juntos para distinguir la diferencia. —Sonrió y contó un viejo chiste—. Quizá me llevé el original.


—No es necesario decidirlo ahora —cortó Charlotte—. Aún nos queda un poco de tiempo, al menos. 
Tomó la caja de acero y se dirigió hacia los peldaños del edificio.
—Sube con nosotros, Ben. —Movió la cabeza en dirección a Dawes—. Usted también. Tome un trago de whisky. No es muy malo. Sabe un poco a anticongelante y la etiqueta es ilegible, pero aparte de eso no está muy deteriorado.
Un obrero la alcanzó cuando pisó el primer peldaño.
—No puede subir, señorita.
Charlotte le rechazó indignada, una expresión desolada en su pálido rostro.
—¡Aquel es mi apartamento! Ahí están todas mis cosas. ¡Vivo aquí!
—El edificio no es seguro —repitió el obrero. En realidad, no era un obrero, sino un habitante de la colonia, que se había prestado voluntariamente a vigilar los edificios en mal estado—. Fíjese en las grietas, señorita.
—Hace semanas que aparecieron. 
Charlotte, impaciente, indicó con un gesto a Fergesson que la siguiera.
—Vamos.
Subió al porche y se dispuso a abrir la gran puerta de vidrio y cromo.
La puerta se desprendió de sus goznes y cayó. Los cristales estallaron y mortíferos fragmentos salieron disparados en todas direcciones. Charlotte gritó y retrocedió dando tumbos. El hormigón cedió bajo sus pies. Todo el porche se desplomó en una nube de polvillo blanco.
Fergesson y el obrero sujetaron a la frenética muchacha. Untermeyer buscó la caja de acero entre las nubes remolineantes de polvo. Sus dedos se cerraron sobre ella y la arrastró hacia la acera.
Fergesson y el obrero salieron de entre las ruinas del porche, sujetando todavía a Charlotte. La joven intentó hablar, pero violentas convulsiones deformaron su rostro.
—¡Mis cosas! —consiguió articular. Fergesson sacudió el polvo que la cubría.
—¿Te has hecho daño? ¿Te encuentras bien?
—No me he hecho daño.
Charlotte se secó un reguero de sangre y polvillo blanco que resbalaba sobre su mejilla. Tenía el cabello rubio enmarañado. Su jersey de lana roja estaba roto y desgarrado, así como el resto de su indumentaria.
—¿Has tomado la caja?
—Todo está en orden —dijo John Dawes, impasible. No se había movido ni un milímetro de su sitio.
Charlotte se aferró a Fergesson. Su cuerpo temblaba de miedo y desesperación.
—¡Mira! —susurró—. Mira mis manos. 
Levantó sus manos teñidas de blanco.
—Se están ennegreciendo.
El espeso polvo que cubría sus manos y brazos estaba adquiriendo un tono más oscuro, hasta que llegó a ser negro como el hollín. Sus ropas se rompieron y desprendieron de su cuerpo, como una cáscara vacía.
—Entra en el coche —ordenó Fergesson—. Tápate con una manta; es de mi colonia.
Untermeyer y él cubrieron a la temblorosa muchacha con la gruesa manta de lana. Charlotte se acurrucó contra el asiento, los ojos casi fuera de las órbitas. Gotas de sangre resbalaron sobre su mejilla y mancharon las franjas azules y amarillas de la manta. Fergesson encendió un cigarrillo y lo encajó entre sus labios temblorosos.
—Gracias —La joven consiguió articular un gemido de agradecimiento. Sujetó el cigarrillo con dedos agitados—. Allen, ¿qué demonios vamos a hacer?
Fergesson sacudió el polvo oscuro que cubría el cabello rubio de Charlotte.
—Nos acercaremos a darle los originales que he traído. Quizá pueda hacer algo. Los objetos nuevos siempre les estimulan. Puede que le resucitemos un poco.
—No es que esté dormido —dijo Charlotte con voz afligida—. Está muerto, Allen. ¡Lo sé!
—Aún no —protestó Untermeyer, pero todos sabían la verdad.
—¿Se ha reproducido? —preguntó Dawes.
La expresión de Charlotte les transmitió la respuesta.
—Lo intentó. Algunos se abrieron, pero ninguno vivió. He visto huevos por ahí, pero...
Calló. Todos lo sabían. El esfuerzo por mantener con vida a la raza humana había esterilizado a los biltong. Huevos muertos, crías nacidas sin vida...
Fergesson se sentó al volante y cerró la puerta con violencia, pero no encajó bien. Tal vez el metal se había deformado. Se alarmó. Una reproducción imperfecta, un error infinitesimal, un elemento microscópico infiltrado en el duplicado. Hasta su bonito y lujoso Buick estaba contaminado. El biltong de su colonia también sufría un proceso de deterioro.
Tarde o temprano, lo ocurrido en la colonia de Chicago se repetiría en todas partes.

Hileras de automóviles, silenciosos e inmóviles, rodeaban el parque abarrotado de gente. Casi toda la colonia se había congregado. Todo el mundo tenía algo que necesitaba desesperadamente duplicar. Fergesson paró el motor y guardó las llaves en el bolsillo.
—¿Podrás soportarlo? —preguntó a Charlotte—. Quizá prefieras quedarte aquí.
—Estoy bien —contestó Charlotte, y trató de sonreír.
Se había puesto unos pantalones y una camisa deportiva que Fergesson había encontrado entre las ruinas de una tienda. Fergesson no sintió el menor remordimiento. Una gran multitud de hombres y mujeres se habían apoderado de los productos esparcidos por el suelo. Las prendas resistirían unos cuantos días.
Fergesson había tardado en escoger las ropas de Charlotte. Había descubierto un montón de camisas y pantalones resistentes en el almacén de la tienda, un material todavía lejos de convertirse en polvillo negro. ¿Duplicados recientes? O tal vez, aunque parecía imposible, originales que los propietarios del local habían utilizado para conseguir reproducciones. En una zapatería que todavía funcionaba había encontrado un par de zapatillas. Le había cedido su propio cinturón, el que había tomado en la tienda de ropa que se había desplomado a su alrededor.
Untermeyer sujetó la caja de acero con ambas manos cuando los cuatro se acercaron al centro del parque. La gente que la ocupaba permanecía en silencio, con expresión sombría. Nadie hablaba. Todos cargaban con algún objeto, originales conservados durante siglos o buenas reproducciones que tenían desperfectos sin importancia. Una máscara de esperanza y temor cubría su rostro.
—Ahí están los huevos muertos —susurró Dawes.
Un círculo de bolas de un tamaño similar al de las pelotas de baloncesto se destacaba junto al borde del parque. Eran duras, pétreas. Algunas estaban rotas. Había fragmentos de cáscara esparcidos por todas partes.
Untermeyer propinó un puntapié a un huevo. Se abrió, pero estaba vacío.
—Algún animal lo ha dejado seco —afirmó—. Estamos presenciando el final, Fergesson. Creo que los perros vienen de noche y se los comen. Está demasiado débil para protegerlos.


Una sensación de indignación sacudió a los hombres y mujeres que esperaban. Tenían los ojos inyectados en sangre y formaban un círculo de humanidad impaciente e indignada que invadía el centro del parque. Habían esperado durante mucho rato. Estaban cansados de esperar.
—¿Qué demonios es eso?
Untermeyer se agachó ante una vaga forma tirada bajo un árbol. Pasó los dedos sobre la confusa masa metálica. Dio la impresión que el objeto se fundía como si fuera de cera. No se distinguía el menor detalle.
—Soy incapaz de identificarlo.
—Es una cortadora de césped eléctrica —dijo un hombre que estaba cerca de ellos.
—¿Cuánto hace que la duplicó? —preguntó Fergesson.
—Cuatro días. —El hombre le dio una patada—. Es imposible identificarla; podría ser cualquier cosa. La mía se ha estropeado. Saqué el original del depósito e hice fila todo el día... Ahí está el resultado. —Escupió en el suelo—. No vale nada. La dejé tirada ahí. No valía la pena llevarla a casa.
Su mujer emitió un balido áspero.
—¿Qué vamos a hacer? No podemos utilizar la vieja. Se ha estropeado, como todo lo demás. Si las nuevas reproducciones no son buenas, tendremos que...
—Cierra el pico —la reprendió su marido, con el rostro deformado por una mueca de furia. Sus manos aferraron un tubo—. Esperaremos un poco más. Quizá cambie de humor.
Un murmullo esperanzado se alzó a su alrededor. Charlotte se estremeció y avanzó.
—No le culpo —dijo a Fergesson—, pero... —Meneó la cabeza—. ¿De qué serviría? Si hace reproducciones que no nos sirven para nada...
—No puede —dijo John Dawes—. ¡Fíjense en él! —Se detuvo y contuvo a los demás—. Fíjense en él y díganme si puede hacer algo mejor.
El biltong estaba agonizando. Ocupaba el centro del parque, enfermo y viejo, un montón de protoplasma amarillento, espeso, gomoso, opaco. Sus pseudópodos se habían secado, semejaban serpientes ennegrecidas posadas sobre la hierba pardusca. El centro de la masa parecía extrañamente hundida. El biltong se iba encogiendo poco a poco, a medida que el pálido sol iba resecando la humedad de sus venas.
—¡Dios mío! —susurró Charlotte—. ¡Tiene un aspecto espantoso!
El bulto central del biltong oscilaba levemente. Se podían apreciar incesantes movimientos, mientras se aferraba a la escasa vida que le quedaba. Enjambres de moscas negras y azules zumbaban a su alrededor. Un intenso hedor flotaba sobre el biltong, el fétido olor a materia orgánica putrefacta. Rezumaba un líquido nauseabundo.
El núcleo de tejido nervioso sepultado en el protoplasma amarillento del ser latía con veloces movimientos espasmódicos que dibujaban olas en la piel decrépita. Casi era posible observar que los filamentos degeneraban en gránulos pétreos. Vejez, decadencia y sufrimiento.
Frente al biltong agonizante, sobre la plataforma de hormigón, un montón de originales aguardaban a ser duplicados. A su lado, había algunas reproducciones iniciadas, bolas informes de ceniza negra mezcladas con el jugo que rezumaba el cuerpo del biltong, el fluido con el que construía laboriosamente sus duplicados. Había dejado de trabajar y retraído sus pseudópodos. Descansaba... Se esforzaba por seguir con vida.
—¡Pobre criatura! —se oyó decir Fergesson—. Ya no le quedan fuerzas.
—Lleva sentado ahí seis horas seguidas —aulló una mujer en el oído de Fergesson—. ¡Tan contento! ¿A qué espera? ¿A que nos pongamos de rodillas y le supliquemos?
Dawes se volvió hacia ella, furioso.
—¿No ve que está agonizando? ¡Déjenlo en paz, por el amor de Dios!
Un rugido amenazador recorrió el círculo de espectadores. Muchos rostros se volvieron hacia Dawes; hizo caso omiso de ellos. A su lado, Charlotte se había quedado petrificada. Sus ojos expresaban temor.
—Tenga cuidado —advirtió en voz baja Untermeyer a Dawes—. Algunas de estas personas necesitan cosas urgentemente. Hay quien espera conseguir comida.
El tiempo transcurría. Fergesson tomó la caja de acero que sostenía Untermeyer y la abrió. Se agachó, sacó los originales y los dispuso sobre la hierba, frente a él.
Al verlos, un murmullo se elevó a su alrededor, un murmullo en el que se mezclaban admiración y asombro. Una sombría satisfacción inundó a Fergesson. Eran los originales de los que carecía esta colonia, en la que sólo existían duplicados imperfectos. Uno a uno, recogió los preciosos originales y avanzó hacia la plataforma de hormigón situada frente al biltong. Hombres airados le cortaron el paso, hasta que se fijaron en los originales.
Depositó un encendedor Ronson. Después, un microscopio binocular Bausch & Lomb, envuelto todavía en su piel original. Un plato de alta fidelidad Pickering. Y una reluciente copa de cristal Steuben.
—Son unos originales estupendos —dijo un hombre—. ¿De dónde los ha sacado?
Fergesson no contestó. Estaba observando al moribundo biltong. El biltong no se había movido, pero había visto los nuevos originales. Las fibras duras ocultas en el interior de la masa amarillenta se removieron. El orificio central se estremeció, abriéndose de repente. Una violenta sacudida agitó la masa protoplasmática. Rancias burbujas surgieron del orificio. Un pseudópodo se retorció, avanzó por la hierba viscosa, titubeó y tocó el cristal Steuben.
Amasó un puñado de ceniza negra y lo bañó con el líquido que brotaba del orificio. Se formó un globo deslustrado, una grotesca parodia de la copa Steuben. El biltong osciló y se encogió para reunir más energías. Luego, intentó por segunda vez moldear la copa. De repente, toda la masa se estremeció violentamente y el pseudópodo se derrumbó, agotado. Se retorció, vaciló de una manera patética y se retrajo al bulto central.
—Es inútil —dijo Untermeyer con voz ronca—. No puede hacerlo. Es demasiado tarde.
Fergesson recuperó los originales con dedos entumecidos y los devolvió a la caja metálica.
—Estaba equivocado —murmuró, y se puso en pie—. Pensaba que iba a lograrlo con esto. Desconocía la gravedad de la situación.
Charlotte, muda y afligida, se alejó de la plataforma. Untermeyer la siguió, abriéndose paso entre la masa de hombres y mujeres enfurecidos que rodeaban la plataforma de hormigón.


—Espere un momento —dijo Dawes—. Voy a probar algo.
Fergesson esperó mientras Dawes introducía la mano bajo su camisa gris y sacaba algo envuelto en papel de periódico. Era una copa de madera, tosca y mal hecha. Se agachó con una extraña sonrisa irónica y depositó la copa frente al biltong.
Charlotte observó sus movimientos, confusa.
—Es inútil, aunque haga una reproducción. —Tocó el objeto de madera con la punta de su zapatilla—. Es tan sencillo que hasta usted podría duplicarlo.
Fergesson se sobresaltó. Dawes y él intercambiaron una breve mirada. Dawes sonrió. Fergesson se quedó petrificado cuando comprendió.
—Es verdad —dijo Dawes—. Yo la hice.
Fergesson tomó la copa y le dio vueltas en su mano temblorosa.
—¿Con qué la hizo? ¡No lo entiendo! ¿De qué la hizo?
—Derribamos algunos árboles.
Dawes sacó de su cinturón algo metálico que brilló a la débil luz del sol.
—Tenga. Procure no cortarse.
El cuchillo era tan tosco como la copa, aplanado a martillazos, torcido y sujeto con alambre.
—¿Usted ha hecho este cuchillo? —preguntó Fergesson, estupefacto—. No puedo creerlo. ¿Con qué? Necesitaba herramientas. Es una paradoja. —Su voz adquirió un timbre histérico—. ¡Es imposible!
Charlotte se alejó, desdeñosa.
—No sirve. No se puede cortar nada con eso. Tenía en la cocina un juego de cuchillos de acero inoxidable, del mejor acero sueco. Ahora se han convertido en ceniza negra.
Un millón de preguntas bullían en la mente de Fergesson.
—Esta copa, este cuchillo... ¿Forman ustedes un grupo? ¿Ha tejido la tela de su traje?
—Vámonos —dijo Dawes con brusquedad. Recuperó la copa y el cuchillo y se alejó a toda prisa—. Hay que salir de aquí. Creo que el final se acerca.
La gente empezaba a abandonar el parque. Se habían rendido y se dirigían a registrar las tiendas ruinosas en busca de comida. Algunos coches cobraron vida y comenzaron a rodar.
Untermeyer se humedeció sus fofos labios nerviosamente.
—Se están enfadando —murmuró a Fergesson—. Toda la colonia se está derrumbando. Dentro de unas horas no quedará nada. ¡Ni comida, ni casas!
Sus ojos se desviaron hacia el coche y se entornaron. No era el único que había reparado en el coche.
Un grupo de hombres hoscos y sombríos se estaba congregando alrededor del polvoriento Buick. Lo tocaban, examinaban sus guardabarros, el capó, los faros, los firmes neumáticos, como niños hostiles y codiciosos. Los hombres portaban armas improvisadas, como tubos, piedras y fragmentos de metal retorcido, arrancados de los edificios derrumbados.
—Saben que no es de su colonia —dijo Dawes—. Saben que volverá a la suya.
—Te llevaré a la colonia de Pittsburgh —dijo Fergesson a Charlotte—. Te registraré como mi esposa. Más tarde decidirás si quieres seguir adelante con las formalidades.
—¿Y Ben? —preguntó Charlotte con voz débil.
—No puedo casarme con él también. —Fergesson caminó más de prisa—. Puedo llevarle, pero no le dejarán quedarse. Existe un límite de población. Más tarde, cuando comprendan la urgencia...
—Apártense —dijo Untermeyer al cordón de hombres.
Avanzó hacia ellos con aire agresivo. Al cabo de un momento los hombres retrocedieron. Untermeyer se plantó junto a la puerta, dispuesto a intervenir en cuanto hiciera falta.
—Acérquense con cuidado —dijo a Fergesson.
Fergesson y Dawes, con Charlotte entre ambos, atravesaron la fila de hombres y se reunieron con Untermeyer. Fergesson le entregó las llaves y Untermeyer abrió la puerta delantera. Empujó a Charlotte al interior e indicó a Fergesson que entrara por el otro lado.
El grupo de hombres entró en acción.
Untermeyer propinó un puñetazo al líder que le envió contra los demás. Deslizó su gran bulto tras el volante del coche. El motor cobró vida. Untermeyer puso la primera y pisó con fuerza el acelerador. El coche saltó hacia adelante. Los hombres trataron de agarrar la portezuela abierta y apoderarse de los ocupantes.
Untermeyer cerró las puertas. Fergesson captó una última visión del sudoroso rostro del gordo, deformado por el miedo.
Los hombres intentaban asirse a los resbaladizos costados del coche. Fueron cayendo uno tras otro. Un gigantesco pelirrojo, todavía aferrado como un poseso al capó, trataba de arañar la cara del conductor por el parabrisas roto. Untermeyer tomó una curva muy cerrada. El pelirrojo aguantó un segundo y después soltó su presa, desplomándose sobre la calzada.
El coche zigzagueó, se apoyó casi únicamente sobre dos ruedas y desapareció tras una hilera de ruinosos edificios. El chirrido de los neumáticos se perdió en la distancia. Untermeyer y Charlotte iban camino de la seguridad que representaba la colonia de Pittsburgh.
Fergesson contempló el coche hasta que la presión de la mano de Dawes sobre su hombro le sacó de su abstracción.
—Vamos —dijo Dawes—. Espero que sus zapatos sean resistentes. Debemos caminar bastante.
Fergesson parpadeó.
—¿Caminar? ¿Adónde?
—Nuestro campamento más cercano está a unos cuarenta y cinco kilómetros de aquí. Creo que lo lograremos. —Empezó a caminar y Fergesson le siguió al cabo de unos momentos—. Ya lo he hecho antes. Creo que podré repetirlo.
A sus espaldas, la multitud se había congregado de nuevo y centraba su interés en la masa inerte del agonizante biltong. Se elevó un murmullo airado, de frustración e impotencia por la pérdida del coche. Poco a poco, como el agua que sube de nivel, la ominosa y febril masa avanzó hacia la plataforma de hormigón. El agonizante biltong esperaba impotente. Era consciente de los atacantes. Sus pseudópodos se agitaron por última vez, en un esfuerzo inútil.
Entonces, Fergesson vio algo terrible, algo que le avergonzó hasta el punto que sus dedos humillados soltaron la caja metálica, que cayó al suelo. La recuperó y la sostuvo entre sus manos, aturdido. Deseaba huir, a cualquier parte, daba igual, ocultarse en el silencio, la oscuridad y las sombras que aguardaban fuera de la colonia. Lejos de la muerta extensión de ceniza.
El biltong intentaba duplicar un escudo defensivo, una muralla de ceniza protectora, antes que la turba cayera sobre él.

Después de caminar un par de horas, Dawes se detuvo y se tendió sobre la ceniza negra que se extendía hasta perderse de vista.
—Descansaremos un rato —dijo a Fergesson—. Cocinaremos la comida que llevo. Utilizaremos ese encendedor Ronson que tiene usted, si le queda algo de gas.
Fergesson abrió la caja metálica y le pasó el mechero. Un viento frío y fétido sopló a su alrededor; levantó nubes de ceniza que barrieron la yerma superficie del planeta. A lo lejos, paredes melladas de edificios se proyectaban como huesos astillados. En algunos puntos crecían oscuros y ominosos tallos de hierbas.


—No está tan muerto como parece —comentó Dawes mientras reunía fragmentos de madera seca y papel—. Hay perros y conejos, y montones de semillas. Basta con arrojar agua a la ceniza y crecen.
—¿Agua? Pero si no... llueve. Creo que era la palabra adecuada.
—Debemos cavar pozos. Aún hay agua, pero hay que cavar para encontrarla.
Dawes encendió un pequeño fuego; aún había gas en el encendedor. Se concentró en alimentar la hoguera.
Fergesson se sentó y examinó el encendedor.
—¿Cómo se fabrica un aparato de éstos? —preguntó.
—No podemos. 
Dawes introdujo la mano en la chaqueta y sacó un paquete de comida, carne seca en salazón y maíz tostado.
—No se puede empezar fabricando cosas complejas. Hay que avanzar poco a poco.
—Un biltong en buen estado de salud podría duplicarlo. El de Pittsburgh realizó un duplicado perfecto de este encendedor.
—Lo sé, por eso estamos tan atrasados. Tendremos que esperar a que tiren la toalla. Lo harán, tarde o temprano. Tendrán que regresar a su sistema estelar. Continuar aquí desembocará en un genocidio.
Fergesson apretó con fuerza el encendedor.
—En ese caso, nuestra civilización se irá con ellos.
—¿Lo dice por ese mechero? —Dawes sonrió—. Sí, es cierto, pero creo que su punto de vista no es correcto. Tendremos que reeducarnos, todos. A mí también me cuesta.
—¿De dónde es usted?
—Soy uno de los supervivientes de Chicago —dijo en voz baja Dawes—. Cuando se derrumbó, vagué por ahí. Maté con una piedra, dormí en sótanos, rechacé a los perros con uñas y dientes. Por fin, llegué a uno de los campamentos. Algunos me habían precedido. Usted no lo sabe, amigo, pero Chicago no fue la primera en caer.
—¿Y están duplicando herramientas, como ese cuchillo?
Dawes lanzó una sonora carcajada.
—La palabra no es duplicar, sino fabricar. Fabricamos herramientas, hacemos cosas.
Sacó la tosca copa de madera y la depositó sobre la ceniza.
—Duplicar significa copiar, simplemente. No puedo explicarle qué es fabricar; tendrá que intentarlo para entenderlo. Fabricar y duplicar son dos cosas por completo diferentes.
Dawes dispuso tres objetos sobre la ceniza. La exquisita copa de cristal Steuben, su tosca copa de madera y la reproducción defectuosa que había realizado el agonizante biltong.
—Así eran las cosas —dijo, indicando la copa Steuben—. Algún día volverán a ser igual, pero tendremos que tomar el camino correcto, el más duro, paso a paso, hasta llegar aquí. 
Guardó con todo cuidado la copa de cristal en la caja metálica.
—La conservaremos, pero no para copiarla, sino como modelo, como objetivo. Ahora, usted no advierte la diferencia, pero ya lo hará.
Indicó la tosca copa de madera.
—Ahora, estamos en esta fase. No se ría, no niegue que es un símbolo de civilización. Lo es, sencillo y tosco, pero auténtico. Partiremos de aquí.
Tomó la masa informe que el biltong había reproducido. Tras un momento de reflexión, alzó la mano y la arrojó con todas sus fuerzas. El duplicado erróneo cayó al suelo, rebotó y se rompió en mil pedazos.
—Eso no era nada —afirmó Dawes—. Es mejor esta copa. Esta copa de madera está más cerca de la copa Steuben que cualquier reproducción.
—Está muy orgulloso de su copa de madera —observó Fergesson.
—Ya lo creo —admitió Dawes, mientras guardaba la copa en la caja metálica, junto a la Steuben—. Algún día lo comprenderá también. Tardará un poco, pero lo comprenderá.
Ya iba a cerrar la caja, pero se detuvo y acarició el encendedor Ronson. Meneó la cabeza con pesar.
—Nosotros no lo veremos —dijo, y cerró la caja—. Demasiados pasos intermedios.
Su rostro se iluminó de súbito con una chispa de alegría. Agregó:
—¡Pero por Dios que vamos por el buen camino!


FIN

2025/08/25

Adán sin Eva (Alfred Bester)


Título original: Adam and No Eve
Año: 1941


Crane sabía que ésta debía ser la costa del mar. El instinto se lo dijo; pero algo más que el instinto, los pocos jirones de conocimiento que colgaban de su cerebro desgarrado; las estrellas habían aparecido esa noche a través de las raras aberturas de las nubes, y la brújula apuntaba aún trémulamente hacia el norte. Esto era lo más extraño de todo, pensó Crane. La tierra convertida en escombros aún retenía su polaridad.
Ya no había algo tan extenso como una costa, no había nada tan extenso como un mar. Sólo una delgada línea de lo que había sido un acantilado se extendía al norte y al sur a lo largo de incontables millas. Era una línea de ceniza gris; la misma ceniza gris y escoria que se encontraba tras él. Légamo chirle, donde las rodillas se hundían profundamente, que se arremolinaba a cada movimiento y lo ahogaba; escoria que se deslizaba en las densas nubes de la noche cuando soplaban vientos alocados; polvo negro que se removía, convirtiéndose en fango cuando caían las frecuentes lluvias.
El cielo huía sobre su cabeza. Las pesadas nubes giraban en lo alto y eran horadadas por destellos de luz solar, que se movían con rapidez sobre la Tierra. Cuando la luz golpeaba sobre un torbellino de escoria, todo se llenaba de bocanadas de partículas que danzaban y brillaban. Cuando se movía entre la lluvia provocaba innumerables arcos iris. La lluvia caía, las tormentas de escoria soplaban; la luz traspasaba sumándose a todo, alternativa y continuamente, como una sierra de violencia negra y blanca. Así había sido por meses. Así sucedía en cada milla de la vasta Tierra.
Crane pasó el borde de los acantilados de cenizas y comenzó a arrastrarse sobre el mismo declive que una vez había sido el lecho del océano. Había estado viajando mucho tiempo y el dolor se había hecho parte de él. Braceó con los codos y arrastró su cuerpo hacia adelante. Luego dobló la rodilla derecha debajo de sí y volvió a estirarse otra vez hacia adelante con los codos. Codos, rodilla, codos, rodilla... había olvidado lo que era caminar.
"La vida", pensó aturdidamente, "es milagrosa. Se adapta a cualquier cosa". Si debía arrastrarse, se arrastraba. Formas callosas sobre los codos y rodillas. El cuello y los hombros endurecidos. Las fosas nasales aprendían a estornudar las cenizas antes de respirarlas. La pierna mala, hinchada y supurante, estaba entumecida y pronto se pudriría y caería.
—¿Cómo? —dijo Crane—. Yo no tuve nada que ver.
Miró hacia arriba a la alta figura que estaba ante él y trató de comprender las palabras. Era Hallmyer. Llevaba una sucia chaqueta de laboratorio y su pelo era desparejo. Hallmyer estaba delicadamente de pie sobre las cenizas, y Crane se preguntó por qué podía ver las deslizantes nubes de escoria a través de su cuerpo.
—¿Cómo encuentras a tu mundo, Steven? —preguntó Hallmyer. 
Crane sacudió la cabeza miserablemente.
—No muy bonito, ¿eh? —dijo Hallmyer—. Mira a tu alrededor. Polvo, eso es todo; polvo y cenizas. Arrástrate, Steven, arrástrate. No encontrarás otra cosa que polvo y cenizas.
Hallmyer extrajo una copa de agua de algún lado. Era clara y fresca. Crane podía ver la delgada película de rocío sobre la superficie de cristal y su boca se llenó súbitamente de arena.
—¡Hallmyer! —gritó.
Trató de ponerse de pie y alcanzar el agua, pero un ramalazo de dolor en su pierna derecha lo abatió. Cayó hacia atrás.
Hallmyer bebió un sorbo y luego escupió sobre su rostro. El agua estaba tibia.
—Continúa arrastrándote —dijo Hallmyer con amargura—. Arrástrate alrededor de la Tierra. No encontrarás otra cosa que polvo y cenizas.
Vació la copa en el suelo ante Crane.
—Continúa arrastrándote. ¿Cuántas millas? Imagínatelo tú mismo. Pi veces D. El diámetro es ocho mil o algo así...
Había desaparecido con chaqueta y copa. Crane advirtió que la lluvia estaba cayendo otra vez. Apretó el rostro contra la cálida escoria húmeda, abrió la boca y trató de chupar la mezcla. Pronto comenzó a arrastrarse otra vez.
Era el instinto lo que lo conducía. Tenía que ir hacia algún lado.
Estaba asociado, lo sabía, con el mar; con el borde del mar. En la costa del mar algo lo esperaba. Algo que lo ayudaría a comprender todo esto. Tenía que llegar al mar, eso es, si es que aún había mar.
La relampagueante lluvia golpeaba su espalda como pesados maderos. Crane hizo una pausa y tiró de la mochila arrastrándola a un costado, donde pudo revisarla con una mano. Contenía exactamente una pistola, una barra de chocolate y una lata de melocotón en almíbar. Era todo lo que quedaba de dos meses de provisiones. El chocolate estaba blando y mohoso. Crane sabía que era mejor comérselo ahora antes de que perdiera todo su valor energético. Otro día podría carecer de fuerzas para abrir la lata. La sacó y la atacó con un abridor. Cuando pudo perforar y apartar un borde de lata, la lluvia ya había dejado de caer.
Mientras masticaba la fruta y sorbía el jugo, miró como el muro de lluvia marchaba ante él y bajaba el declive del lecho oceánico. Torrentes de agua brotaban a través del fango. Pequeños canales habían sido horadados, canales que serían nuevos ríos algún día; un día que no habría nadie con vida para verlo. Mientras arrojaba la lata vacía a un lado, Crane pensó: "El último ser vivo de la Tierra come su última comida. El metabolismo inicia su último acto".
El viento seguiría a la lluvia. En las interminables semanas que había estado arrastrándose, aprendió eso. El viento llegaría en pocos minutos y lo azotaría con sus nubes de escoria y cenizas. Se arrastró hacia adelante, los ojos turbios buscando las chatas y grises millas a recorrer.
Evelyn le dio un golpecito en el hombro.
Crane supo que era ella antes de volver la cabeza. Estaba de pie a un costado, fresca y elegante con su vestido reluciente, pero su encantador rostro estaba contraído con alarma.
—¡Steven, tienes que apresurarte! —dijo.
Él sólo pudo admirar la forma en que el suave cabello se ondulaba sobre sus hombros.
—¡Oh, querido! —dijo ella—. ¡Estás herido!
Sus manos delicadas tocaron sus piernas y espalda. Crane asintió con la cabeza.
—Fue al aterrizar —dijo él—. Yo nunca había utilizado un paracaídas. Siempre pensé que uno bajaría suavemente, como si cayera sobre una cama. Pero la tierra me golpeó como un puño... Y Umber estaba luchando en mis brazos. No podía dejarlo caer, ¿no?
—Por supuesto que no, querido —dijo Evelyn.
—De modo que traté de sujetarlo y de colocar mis piernas debajo de mí —dijo Crane—. Entonces algo me golpeó las piernas y un costado.
Vaciló, preguntándose cuánto sabría ella de lo que en verdad había sucedido. No quería asustarla.
—Evelyn, querida —dijo, tratando de estirar sus brazos hacia arriba.
—No, querido —dijo ella. Le devolvía la mirada con miedo—. Tienes que apresurarte. ¡Tienes que mirar hacia atrás!
—¿Las tormentas de escoria? —Hizo una mueca—. Las he soportado antes.
—¡Las tormentas, no! —gritó Evelyn—. Es otra cosa. Oh, Steven...


Entonces se marchó, pero Crane sabía que ella había dicho la verdad. Había algo detrás, algo que lo había estado siguiendo. En algún rincón de su mente había una sensación de amenaza. Se cerraba sobre él como una mortaja. Sacudió la cabeza. Algo así era imposible. Él era el único ser vivo sobre la Tierra. ¿Cómo podía existir una amenaza?
El viento rugía tras él, y en un instante estuvo envuelto en las densas nubes de escoria y cenizas. Lo azotaron, mordiendo su piel. Con ojos turbios, vio como cubrían el fango y lo cubrían todo como una delgada alfombra seca. Crane recogió las rodillas bajo él y se cubrió la cabeza con los brazos. Con la mochila como almohada, se preparó esperar el fin de la tormenta. Pasaría tan rápidamente como la lluvia.
La tormenta azotó con gran saña su cabeza enferma. Como un niño acomodó las piezas de su memoria, tratando de que se ensamblaran. ¿Por qué Hallmyer se había enojado tanto con él? No pudo haber sido por ese argumento, ¿no?
¿Qué argumento?
¿O fue antes de que sucediera todo esto?
¡Oh, eso!
Abruptamente las piezas se ensamblaron.

Crane estaba de pie al lado de las pulidas líneas de su nave y las admiró profundamente. El techo de la cabina había sido quitado y la proa de la nave se elevaba, apoyada sobre una rampa, apuntando al cielo. Un operario estaba soldando cuidadosamente las superficies internas con un soplete.
El sonido apagado de una maldición salió de adentro de la nave y luego se escuchó un pesado ruido metálico. Crane subió corriendo la corta escalerilla de hierro que iba a la escotilla e introdujo la cabeza dentro. Un poco más abajo de él, dos hombres habían dejado caer los grandes tanques de solución ferrosa en su lugar.
—Tengan cuidado —vociferó Crane—. ¿Quieren romper la nave?
Uno miró hacia arriba e hizo una mueca. Crane sabía lo que estaba pensando. Que la nave se rompería sola. Todos decían eso. Todos excepto Evelyn. Ella tenía fe en él. Hallmyer pensaba que él estaba loco de otra forma. Mientras descendía la escalerilla, Crane vio que Hallmyer entraba en el cobertizo, con su chaqueta de laboratorio ondeando al viento.
—¡Hablando del rey de Roma! —murmuró Crane. 
Hallmyer comenzó a gritar tan pronto como vio a Crane.
—Ahora, escucha...
—No, todo otra vez no, ¿eh? —dijo Crane.
Hallmyer extrajo unas hojas de papel de su bolsillo y las sacudió bajo la nariz de Crane.
—He estado levantado casi toda la noche —dijo—, trabajando sobre esto otra vez. Te digo que tengo razón. Por completo.
Crane miró las apretadas ecuaciones escritas y luego los ojos inyectados en sangre de Hallmyer. El hombre estaba casi loco de miedo.
—Por última vez —continuó Hallmyer—. Estás utilizando tu nueva catálisis sobre una solución de hierro. De acuerdo. Estoy de acuerdo que es un descubrimiento milagroso. Te doy todo el crédito por ello.
Milagroso era una palabra poco apropiada. Crane lo sabía sin vanidad, pues había tropezado con eso por casualidad. Cualquiera se podía tropezar con una catálisis que inducía a la desintegración del hierro y producía 10·1010 librapiés de energía por cada gramo de combustible. Ningún hombre era lo suficientemente listo para pensar eso por sí mismo.
—¿No crees que lo lograré? —preguntó Crane.
—¿A la Luna? ¿Alrededor de la Luna? Tienes sólo el cincuenta por ciento de posibilidades.
Hallmyer hizo correr los dedos a través de su lacio cabello.
—Pero por el amor de Dios, Steven, no estoy preocupado por ti, es por el asunto en sí. Es por la Tierra por la que estoy preocupado...
—Tonterías. Vete a casa y duérmete.
—Mira —Hallmyer señaló las hojas de papel con mano temblorosa—. No importa como tú realices la alimentación y la mezcla del sistema, no puedes obtener el ciento por ciento de eficiencia en la mezcla y descarga.
—Eso es lo que produce el cincuenta por ciento de oportunidad —dijo Crane—. ¿Qué es entonces lo que te preocupa?
—La catálisis que escapará a través de los tubos del cohete. ¿Te das cuenta lo que producirá cuando caiga sobre la Tierra? Iniciará una desintegración en cadena que envolverá todo el globo. Alcanzará a cada átomo de hierro... y hay hierro por todas partes. La Tierra podría no existir cuando retornes...
—Escucha —dijo Crane con cansancio—, ya hemos visto todo eso antes.
Llevó a Hallmyer a la base de la escalerilla del cohete. Debajo del armazón de hierro había un pozo de unos sesenta metros de profundidad y quince de ancho, protegido con ladrillos refractarios.
—Esto es para el descargue inicial de las llamas. Si cualquier partícula de la catálisis escapa será atrapada en este pozo y evitará las reacciones secundarias. ¿Satisfecho ahora?
—Pero mientras te encuentres en pleno vuelo —insistió Hallmyer— estarás poniendo en peligro la Tierra hasta que estés más allá del límite de Roche. Cada gota de catálisis no activada podría eventualmente caer sobre el suelo y...
—Por última vez —dijo Crane inflexiblemente—, la llama de la descarga del cohete se cuidará de eso. Envolverá a cualquier partícula escapada y la destruirá. Ahora lárgate. Tengo trabajo que hacer.
Mientras Crane lo empujaba hacia la puerta, Hallmyer gritaba y agitaba los brazos.
—¡No te dejaré hacerlo! —Repetía una y otra vez—. No dejaré que arriesgues...

¿Trabajo? No, el trabajo de la nave había sido una verdadera intoxicación. Tenía la belleza elegante de las cosas bien hechas. La belleza de una armadura lustrada, de la bien balanceada y limpia empuñadura de un estoque, de un par de pistolas gemelas. No había pensamientos de peligro y muerte en la cabeza de Crane, mientras limpiaba sus manos con estopa después de realizar los últimos retoques.
La nave se encontraba en la rampa, lista para perforar los cielos. Quince metros de esbelto acero, las cabezas de los remaches brillando como joyas. Nueve metros conteniendo el combustible y el catalizador. La mayor parte de los compartimientos delanteros tenían la hamaca elástica que Crane había diseñado para absorber el impacto de la aceleración. El morro de la nave tenía un ojo de buey de cristal natural que apuntaba hacia arriba como el ojo de un cíclope.

 
Crane pensó: "Morirá después de este viaje. Retornará a la Tierra y se convertirá en una bola de fuego y trueno, no hay forma aún de planear un aterrizaje seguro para una nave cohete. Pero vale la pena. Tendrá un gran vuelo, y eso es todo lo que cualquiera de nosotros desea. Un gran y maravilloso vuelo a lo desconocido".
Mientras echaba la llave a la puerta del taller, Crane oyó a Hallmyer vociferar desde el cottage que se encontraba en medio de los campos. A pesar de la penumbra del atardecer pudo verlo hacer señas de urgencia. Trotó a través del quebradizo rastrojo, respirando profundamente el aire punzante, agradecido de estar vivo.
—Es Evelyn al teléfono —dijo Hallmyer.
Crane lo miró con fijeza. Hallmyer rehusó encontrar sus ojos.
—¿Cuál es la idea? —preguntó Crane—. Creo que estuvimos de acuerdo en que ella no llamaría, que no se pondría en contacto hasta que yo estuviera listo para partir. ¿Le has estado metiendo ideas en la cabeza? ¿Ésta es la forma en que vas a detenerme?
—No… —dijo Hallmyer, y examinó analíticamente el oscurecido horizonte. Crane fue a su despacho y levantó el receptor.
—Ahora, escúchame, querida —dijo sin ningún preámbulo—, no hay razón para alarmarse. Te expliqué todo muy cuidadosamente. Justo antes de que la nave se estrelle, saltaré en paracaídas. Te amo mucho y te veré el miércoles cuando parta. Hasta...
—Adiós, cariño —dijo la diáfana voz de Evelyn—, ¿es por esto que me has llamado?
—¡Que yo te he llamado!
Un pesado cuerpo castaño se sacudió al escuchar el rugido y se incorporó sobre sus fuertes patas. Umber, el mastín de Crane, olfateó y levantó una oreja. Luego gimoteó.
—¿Dijiste que yo te llamé? —repitió Crane.
La garganta de Umber súbitamente lanzó un bramido. Alcanzó a Crane de un solo salto, lo miró a la cara y gimoteó y ladró al mismo tiempo.
—¡Cállate, monstruo! —dijo Crane. Apartó a Umber con un pie.
—Dale a Umber una patada de mi parte —Evelyn rió—. Sí, querido. Alguien me llamó y dijo que tú querías hablar conmigo.
—Eso hicieron, ¿eh? Mira, cariño, te llamaré más tarde.
Crane colgó. Se incorporó dubitativamente y contempló las inquietas maniobras de Umber. A través de la ventana, el último fulgor de la tarde teñía de luz anaranjada las sombras. Umber miró la luz, olfateó y bramó de nuevo. Súbitamente sobresaltado, Crane brincó junto a la ventana.
A través de los campos una masa de fuego se alzaba en el aire, y dentro de ella estaban las desmoronadas paredes del taller. Delineadas contra el resplandor, las figuras de media docena de hombres se movieron y corrieron.
Crane salió disparado del cottage y, con Umber pisándole los talones, se dirigió corriendo hacia el cobertizo. Mientras corría pudo ver el gracioso morro de la espacionave dentro del fuego, aún fría e intocada. Si sólo pudiera alcanzar la nave antes de que las llamas ablandaran el metal y aflojaran los remaches.
Los trabajadores trotaban hacia él, sombríos y jadeantes. Crane se dirigió a ellos con una mezcla de furia y perplejidad.
—¡Hallmyer! —gritó—. ¡Hallmyer!
Hallmyer se abrió paso entre la gente. Sus ojos brillaban con triunfo.
—Es una lástima —dijo—. Lo siento, Steven.
—¡Hijo de puta! —vociferó Crane.
Agarró a Hallmyer por las solapas y lo sacudió al mismo tiempo. Luego lo soltó y se dirigió al cobertizo.
Hallmyer espetó algunas órdenes a los operarios y un instante después un cuerpo chocó contra las pantorrillas de Crane y lo derribó contra el suelo. Se puso de pie vacilante, sacudiendo los puños. Umber estaba a su lado, gruñendo por encima del crujir de las llamas. Crane golpeó a un hombre en el rostro, y vio cómo se desplomaba contra un segundo. Levantó una rodilla con un impulso violento que derribó, doblado en el suelo, al último operario. Luego agachó la cabeza y se zambulló en el taller.
No sintió el fuego al principio, pero cuando alcanzó la escalerilla y comenzó a trepar hasta la escotilla, gritó de agonía por las quemaduras. Umber estaba aullando al pie de la escalerilla, y Crane advirtió que el perro nunca podría escapar del estallido de los cohetes. Se estiró hacia abajo y subió a Umber a la nave.
Crane estaba bamboleante cuando cerró y aseguró la escotilla. Permaneció consciente lo bastante como para acomodarse en la litera elástica. Luego, sólo el instinto guió sus manos hacia el tablero de control; instintiva y frenéticamente rehusó dejar que su hermosa nave fuera pasto de las llamas. Fallaría, sí. Pero fallaría intentándolo.
Sus dedos recorrieron los interruptores. La nave se sacudió y rugió. Y la oscuridad descendió sobre él.

¿Cuánto tiempo permaneció inconsciente? No se podría decir. Crane despertó con una fría presión contra su rostro y cuerpo, y el sonido de gemidos asustados en sus oídos. Miró hacia arriba y vio a Umber enredado en los elásticos y correas de la litera. Su primer impulso fue reír, luego súbitamente lo advirtió; ¡estaba mirando hacia arriba! Estaba mirando hacia arriba, a la litera.
Yacía retorcido sobre el hueco de la nariz del cristal. Esa nave se había elevado a las alturas, quizá más allá de la zona de Roche, hasta el límite de la atracción gravitacional de la Tierra, pero entonces, sin manos que la guiaran y controlaran, había continuado su vuelo, había girado y estaba cayendo hacia atrás sobre la Tierra. Crane espió a través del cristal y se quedó sin aliento.
Por debajo de él estaba el globo terrestre. Se veía unas tres veces más grande que la Luna. Y ya no era más la Tierra. Era un globo de fuego moteado con nubes negras. En las regiones más extremas del polo había algún diminuto parche blanco, y mientras Crane miraba, súbitamente se emborronó con brumosos tonos de rojo, escarlata y carmesí. Hallmyer había tenido razón.
Crane permaneció helado en el hueco de la nariz mientras la nave descendía, mirando como las llamas gradualmente se disipaban, no dejando otra cosa que una densa alfombra negra alrededor de la Tierra. Yacía mudo de horror, incapaz de comprender, incapaz de creer que la gente se hubiera hecho humo, que un verde y hermoso planeta quedara reducido a cenizas y escoria. Todo lo que había sido querido y próximo a él había desaparecido. No podía pensar en Evelyn.


El aire silbando afuera despertó algún instinto en él. Los pocos jirones de razón que aún le quedaban le dijeron cómo ir hacia abajo dentro de la nave y olvidarlo todo en medio de la tormenta y la destrucción; el instinto vital lo obligó a entrar en acción. Trepó hasta el cajón de almacenaje y se dispuso para aterrizar. Paracaídas, un pequeño tanque de oxígeno, una mochila con provisiones. Sólo medio consciente de lo que estaba haciendo, se vistió para el descenso, sujetó la cuerda en el automático del paracaídas y abrió la puerta. Umber gemía patéticamente; cogió el pesado perro en sus brazos y se arrojó al espacio. Pero el espacio no era tan espeso como lo estaba ahora. Era difícil respirar. Pero era porque el aire estaba enrarecido, no lleno con arena como ahora.
Cada aspiración estaba llena de cristal en el suelo... o cenizas... o escoria... Había retornado al sofocado presente, cuyo peso blando lo abrazaba con fuerza y hacía que tuviera que luchar para respirar. Crane fue asaltado por el pánico, luego se relajó.
Había sucedido antes. Hace ya mucho tiempo había estado enterrado profundamente bajo las cenizas cuando dejó de recordar. Hace semanas... o días... o meses. Crane arañó con sus manos, saliendo lentamente del monte de cenizas que el viento había acumulado sobre él. Pronto emergió a la luz otra vez. El viento se había disipado. Era hora de volver a arrastrarse una vez más.
Las vívidas imágenes de su memoria lo asaltaron otra vez ante la desolada vista que se extendía delante. Crane frunció el entrecejo. Recordaba demasiado y con demasiada frecuencia. Tenía la vaga esperanza de que si se esforzaba en recordar, podría cambiar las cosas que había hecho —sólo una cosa diminuta—, y luego todo esto no sería cierto. Pensó: "Me ayudaría saber que alguien recuerda y desea al mismo tiempo... pero no hay nadie. Soy el único. Soy el último recuerdo de la Tierra. Soy la última vida".
Se arrastró. Codos, rodilla, codos, rodilla... Y luego Hallmyer estaba arrastrándose a su lado y haciendo un gran juego del asunto. Se reía entre dientes y se zambullía en la escoria como un feliz león de mar.
—¿Pero por qué tenemos que ir al mar? —dijo Crane. Hallmyer sopló una espuma de cenizas.
—Pregúntale a ella —dijo, señalando al otro lado de Crane.
Evelyn estaba allí, arrastrándose seria, intensamente, imitando cada una de las más pequeñas acciones de Crane.
—Es por nuestra casa —dijo ella—. ¿Recuerdas nuestra casa, cariño? Sobre el risco, íbamos a vivir allí para siempre jamás. Estaba allí cuando te fuiste. Ahora estás volviendo a la casa en el borde del mar. Tu maravilloso vuelo ha terminado, querido, y estás volviendo a mí. Viviremos juntos, sólo nosotros dos, como Adán y Eva.
—Es hermoso —dijo Crane.
Entonces Evelyn giró la cabeza y gritó:
—¡Oh, Steven! ¡Cuidado!
Crane sintió la amenaza cerrándose otra vez sobre él. Aún arrastrándose, miró fijamente hacia atrás a las vastas planicies de ceniza, y no vio nada. Cuando miró a Evelyn de nuevo vio sólo su propia sombra, delgada y negra. Pronto, también, ésta se desvaneció cuando pasaron los deslizantes rayos de luz solar.
Pero el sueño permanecía. Evelyn le había advertido dos veces, y ella siempre tenía razón. Crane se detuvo, giró, y se dispuso a vigilar. Si algo iba realmente a suceder, debería ver qué era lo que venía tras sus huellas.
Hubo un penoso momento de lucidez. Se clavaba a través de la fiebre y el aturdimiento, con el filo y la fuerza de un cuchillo.
"Estoy loco", pensó. "La corrupción de mi pierna se ha extendido a mi cerebro. No hay Evelyn, ni hay Hallmyer, ni amenaza. En toda esta tierra no hay vida salvo la mía y hasta los fantasmas y espíritus del mundo inferior deben haber perecido en el infierno que envolvió el planeta. No, no hay nadie excepto yo y mi malestar. Estoy agonizando, y cuando perezca, todo perecerá conmigo. Sólo quedará una masa de cenizas sin vida".
Pero hubo un movimiento.
El instinto otra vez. Crane dejó caer la cabeza y se mantuvo inmóvil. A través de las rendijas de los ojos contempló las planicies de ceniza, preguntándose si la muerte le estaría jugando una mala pasada a su vista. Otra cortina de lluvia se estaba moviendo hacia él y esperó que pudiera estar seguro antes de que toda su visión se borrara.
Sí. Allí.
A un cuarto de milla atrás, una forma marrongrisácea estaba moviéndose velozmente sobre la superficie gris. A pesar del zumbido de la lluvia distante, Crane pudo oír el murmullo de las cenizas pisoteadas y las pequeñas nubes producidas por los brincos. Extendió la mano con sigilo hacia el revólver en su mochila, mientras su mente buscaba débilmente las explicaciones y se espantaba de miedo.
La cosa se aproximaba, y súbitamente Crane entrecerró los ojos y comprendió. Recordó a Umber pataleando con miedo y saltando lejos de él cuando el paracaídas llegó con ellos a la cenicienta cara de la Tierra.
—Bueno, es Umber —murmuró. 
Se levantó un poco. El perro se detuvo.
¡Aquí, chico! —dijo Crane ronca y felizmente—. ¡Aquí, chico!
Estaba lleno de júbilo. Advirtió la soledad que había caído sobre él, una horrible sensación de entidad en el vacío. Ahora él no era la única vida. Había otra. Una vida amistosa que podía ofrecerle amor y compañerismo. La esperanza se encendió de nuevo.
—¡Aquí, chico! —repitió—. Ven, chico.
Después de un rato se detuvo, tratando de hacer chasquear los dedos. El mastín se echó hacia atrás, mostrando los colmillos y una lengua colgante. El perro estaba enflaquecido y sus ojos brillaban rojos en el atardecer. Mientras Crane lo llamaba una vez más, el perro gruñó. Rescoldos de cenizas brotaron de su nariz.
"Tiene hambre", pensó Crane, "eso es todo". Buscó en la mochila y, ante el gesto, el perro volvió a gruñir. Crane sacó la barra de chocolate y laboriosamente le quitó el envoltorio de papel y metal. La arrojó sin fuerzas hacia Umber. Cayó demasiado cerca. Después de un minuto de salvaje incertidumbre, el perro avanzó con lentitud y mordisqueó el alimento. Las cenizas le cubrieron el hocico. Lamió sus mandíbulas incesantemente y continuó avanzando hacia Crane.
El pánico lo atenazó. Una voz insistía: "Este no es un amigo. No tiene amor ni compañerismo hacia ti. El amor y el compañerismo se han desvanecido en la Tierra junto con la vida. Ahora no queda nada, salvo el hambre".


—No —susurró Crane—. No es cierto que tengamos que desgarrarnos el uno al otro y devorarnos.
Pero Umber estaba avanzando con un deslizar furtivo, y enseñaba los dientes, afilados y blancos. Y mientras Crane lo miraba con fijeza, el perro gruñó y acometió.
Crane metió un brazo bajo el hocico del perro, pero el peso de la carga lo arrastró hacia atrás. Gritó con agonía cuando su rota e hinchada pierna chocó contra el peso del perro. Con la mano libre golpeó débilmente, una y otra vez, apenas sintiendo el crujir de los dientes sobre el brazo izquierdo. Luego algo metálico estuvo bajo su mano y advirtió que se encontraba sobre el revólver que había dejado caer.
Lo aferró y rezó porque las cenizas no lo hubieran obturado. En el momento en que Umber soltó su brazo y mordía su garganta, Crane levantó el arma y hundió el cañón ciegamente contra el cuerpo del perro. Apretó y apretó el gatillo, hasta que los estruendos murieron y sólo se escuchó el sonido de los chasquidos. Umber se estremeció en las cenizas ante él; su cuerpo apenas tenía dos disparos. El espeso escarlata tiñó el gris.
Evelyn y Hallmyer miraban tristemente al derribado animal.
Evelyn estaba llorando, y Hallmyer se pasaba los dedos por el cabello con ese viejo gesto suyo.
—Esto es el fin, Steven —dijo—. Has matado a una parte de ti mismo. Oh, continuarás viviendo, pero no todo tú. Es mejor que entierres el cuerpo, Steven, es el cuerpo de tu alma.
—No puedo —dijo Crane—. El viento hará volar las cenizas.
—Entonces quémalo —ordenó Hallmyer con la lógica de los sueños.
Pareció que ellos lo ayudaban a meter el perro muerto en la mochila. Le ayudaron a quitarse las ropas y a hacer una pila debajo. Colocaron sus manos alrededor de las cerillas hasta que las ropas se encendieron, y soplaron la débil llama hasta que ésta chisporroteó y ardió limpiamente. Crane se acurrucó junto al fuego y lo alimentó. Luego se giró una vez más y comenzó a arrastrarse hacia el lecho oceánico. Estaba desnudo, ahora. No quedaba nada de aquello-que-había-sido, excepto su vacilante y pequeña vida.
Estaba demasiado abatido por la pena para advertir la furiosa lluvia que lo golpeaba y abofeteaba, o el dolor punzante que se extendía por su pierna y alcanzaba su cadera. Se arrastró. Codos, rodilla, codos, rodilla... Rígida, mecánicamente, indiferente a todo; a las celosías de los cielos, a las tristes planicies cenicientas y hasta al mortecino fulgor del agua que se encontraba más adelante.
Supo que era el mar, que ya era el viejo mar, o el nuevo mar de la humanidad. Pero estaría vacío, un mar sin vida que algún día golpearía contra una árida costa sin vida. Sería un planeta de piedra y polvo, de metal y nieve y hielo y agua, pero eso sería todo. No más vida. Él, solo, era inútil. Era Adán, pero sin Eva.
Evelyn le hizo señas alegremente desde la costa. Estaba de pie junto al blanco cottage con el viento remolineando su vestido para enseñar las esbeltas líneas de su figura. Y cuando Crane se acercó un poco, ella corrió hacia él y lo ayudó. No dijo nada, sólo colocó las manos sobre sus hombros y lo ayudó a mover el peso de su cuerpo, abatido y agobiado por el dolor. Y así, por último, él alcanzó el mar.
El mar era real. Eso lo comprendió. Pues después de que Evelyn y el cottage se hubieran desvanecido, sintió las frías aguas bañar su rostro.
"Aquí está el mar" pensó Crane, "y aquí estoy yo. Adán sin Eva. Es irremediable".
Avanzó un poco más en las aguas. Éstas lavaron su cuerpo desgarrado. Se encontraba con el rostro hacia el cielo, contemplando los cielos amenazantes, y la amargura estalló dentro de él.
—¡No es justo! —gritó—. ¡No es justo que todo esto haya pasado. La vida es demasiado maravillosa para perecer por el acto de una loca criatura!
Las tranquilas aguas lo lavaron. Tranquilas... calmas... El mar lo acunaba gentilmente, y hasta la muerte que se extendía hacia su corazón ya no tenía más las manos enguantadas. Súbitamente los cielos se abrieron —por primera vez en todos esos meses— y Crane contempló las estrellas.
Entonces lo supo. No era el fin de la vida. Nunca podría haber un fin de la vida. Dentro de su cuerpo, dentro de los putrefactos tejidos mecidos gentilmente por el mar estaba la fuente de diez millones de millones de vidas. Células, tejidos, bacterias, amebas; incontables vidas infinitas que enraizarían en las aguas y vivirían mucho después que él hubiera partido.
Vivirían de sus putrefactos restos. Se alimentarían una de otra. Se adaptarían por sí mismas al nuevo entorno y se alimentarían de minerales y sedimentos lavados por el nuevo mar. Crecerían, germinarían, se desarrollarían. La vida volvería a alcanzar las tierras una vez más. Comenzaría otra vez el mismo viejo y repetido ciclo que había comenzado quizá con el putrefacto cadáver del último sobreviviente de un viaje interestelar. Sucedería una y otra vez en las edades futuras.
Y entonces supo lo que había traído al mar. No había necesidad de Adán ni de Eva. Sólo el mar, la gran madre de la vida, era necesario. El mar lo había llamado a sus profundidades, de las cuales la vida pronto surgiría una vez más, y se sintió contento.
Las tranquilas aguas lo confortaron. Tranquilas, calmas. La madre de la vida mecía al último nacido del viejo ciclo que se transformaría en el primer nacido del nuevo. Y, con ojos brillantes, Steven Crane sonrió a las estrellas, las estrellas que aún parpadeaban a través del cielo. Las estrellas no habían formado aún las constelaciones familiares, y no lo harían hasta que hubieran pasado otros cientos de millones de siglos.


FIN