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2026/08/24

Último vuelo a Marte (Fausto Cunha)


Título original: Último vôo para Marte
Año: 1976


Marz, benamed planid, 
Ker di Terra i Galax, 
Marz, halt mi plâs an tid. 
Vôl somrevirn’ an pax.
(De Canción de los Proxores de Campo Vhur, milenio 69. Citada por Shorne Gheorg)
 
—Están viendo y oyendo a Hiox, A-11, directamente desde Campo Vhur, en Marte. La evacuación está tocando a su fin. Algunos marcianos van a quedarse. Ya no queda ningún terrestre en el planeta. Tras casi un millón de años, la historia se repite. No había hombres en Marte. Ya no hay más hombres en Marte.
»Este es Marte, el planeta amado. Marte, sus montañas, sus mares congelados, sus volcanes extintos, su viento infatigable. Vamos a realizar nuestro último reportaje en esta segunda patria del hombre.
»Visitemos primero a algunos de los viejos marcianos que han preferido quedarse. Según los científicos, dentro de muy poco tiempo Marte ya no podrá albergar ninguna forma de vida, excepto algún liquen, algún anaerobio. La permanencia de formas superiores será cada vez más costosa y finalmente imposible. Podemos incluso decir que en los últimos siglos, en los últimos milenios, contando a partir de los grandes dislocamientos de glaciares, Marte llevaba una existencia artificial. Hablando con mayor exactitud, los terrestres nunca pudieron vivir aquí fuera de las ciudades-cúpulas. Para los propios marcianos, la llegada del hombre fue la redención de una raza que iba fatalmente a desaparecer. Vamos a descender un poco y a hablar con ese viejo habitante. ¿Cómo se llama, por favor?
—...
—Ghoz. Perfectamente, Ghoz. ¿Por qué decidió quedarse? Usted ya sabe que esas cúpulas no resistirán muchos años. Ni siquiera los subterráneos resistirán mucho tiempo la presión del hielo.
—...
—Siempre extraños esos marcianos. Milenios de contacto con nosotros y continúan siendo casi iguales que en el período del Desembarco. Ghoz está diciendo que un viejo sueño de sus antepasados era ver Marte como era antes de la llegada de los hombres. Él no tiene nada contra nosotros y supone que nuestras equivocaciones fueron cometidas por el ansia de mostrarnos buenos con ellos. Ahora que se presenta una oportunidad de quedarse nuevamente solos, aún con la certeza de una muerte próxima, quieren aprovecharla. Dice que millones y millones de marcianos murieron y fueron sepultados aquí. Cuando el lienzo de hielo cubra el planeta y ninguna forma de vida perturbe ya la Paz Superior, entonces los Zenghiis —los Altos Espíritus— bajarán para explicarles a los que duermen bajo tierra su destino. Ghoz estará entre ellos. Muchas gracias, Ghoz. Y Paz Superior a nuestros hermanos dormidos.

—Están viendo y oyendo a Hiox, A-11, directamente desde Campo Vhur, en Marte. Vamos a telementalizar hacia Arcturus IV, donde se encuentra el profesor Shorne, de la Universidad Galáctica. ¿Profesor Shorne? Profesor Shorne, ¿quiere explicarnos el origen de la expresión "Marte, planeta amado"? Están viendo y oyendo, a través de Hiox, A-11, al profesor Shorne Gheorg, de la Universidad Galáctica, en Arcturus IV. Es uno de los mayores aerógrafos actuales.
—Hiox, el origen de esa expresión es controvertido y, para emplear un antiguo lugar común (lo cual queda bien en un paleólogo), puede decirse que se pierde en la noche de los tiempos. En un documento del año 68.275, que tuve oportunidad de reproducir en mi trabajo Marte como constante cultural galáctica, ya encontramos este geosintagma. Como se sabe, Marte fue el primer planeta visitado por el hombre. Pese a las dificultades materiales, los colonos se adaptaron tan bien que no quisieron regresar a la Tierra. Luego, Marte se convirtió en una especie de eje de los viajes interplanetarios, principalmente en el campo de las transmisiones. De esa época quedó una canción infantil, hoy naturalmente olvidada, que decía más o menos esto:

Hasta Marte voy riendo, amada mía. 
Después, reza por mí...

»Realmente, lanzarse al espacio más allá de Marte era una aventura imprevisible, de esas de cerrar los ojos y rezar...
—¿Rezar? ¿Qué palabra es esa?
—Es una palabra muy antigua, Hiox. Significa dirigirse a Dios.
—¡Esos arqueólogos! Siempre descubriendo novedades. Prosiga, profesor Shorne, por favor.
—Bueno, Hiox. ¿Dónde estábamos? Ah, sí... Cuando nos establecimos en otros sistemas, Calixto y Titán hicieron que disminuyera un poco la importancia estratégica de Marte, pero esto no ocurrió hasta un milenio más tarde. Mientras tanto, el planeta Marte había sido ocupado por una elite, porque desde un principio se comprobó que allí no había nada que pudiera tentar la codicia humana. Hubo también, al parecer, un movimiento religioso o místico-filosófico...
—Profesor, tal vez nuestro público no entienda esa terminología tan especializada.
—... llamado juwainismo, que hizo de Marte una especie de patria espiritual. Sus oyentes no se sentirán decepcionados si les digo también que mucha gente fue a Marte para curarse de ciertas dolencias. Existía la leyenda asegurando que el clima de este planeta curaba el llamado "cáncer del espacio", aquella terrible... Hiox, me temo que va a tener usted que desmentalizar. Cuando empiezo a hablar me olvido del tiempo... ¡Y usted sabe muy bien lo que es el tiempo en Arcturus IV!
—Puede hablar tranquilamente, profesor Shorne. Quiere decir usted que, habiendo sido Marte el primer peldaño del hombre en la conquista del Universo...
—El primer peldaño fue la Luna. Y yo no diría conquista, sino conocimiento.
—... en el conocimiento del Universo, el hombre siguió viendo en Marte un símbolo, ¿no es así?
—No exactamente, Hiox. Yo diría que en Marte el hombre halló su verdadera naturaleza. Marte le dio una filosofía. El hombre comenzó a comprender la vida como un don sagrado, incorruptible.
—Muchas gracias, profesor Shorne Gheorg. Les habló el profesor Shorne, de la Universidad Galáctica, en Arcturus IV. Regresemos a Campo Vhur, en Marte. No creo que ninguno de nosotros pueda ni siquiera imaginarse los rudimentarios medios de los que se servían los primeros astronautas para llegar aquí. Eran naves lentas que no ofrecían la menor seguridad. Cohetes, les llamaban en aquellos tiempos. Hoy, cualquier niño construiría por diversión una nave centenares de veces más segura y más rápida que aquellas. Pero fueron gente valerosa, para quienes no existía el peligro, en esas imperfectas máquinas, quienes sembraron la huella del hombre por el espacio. Arriesgaron su vida para legarnos un rudo pero precioso camino al Universo. Abrieron la Gran Senda, y todo eso que para nosotros es hoy simple rutina era para ellos un sueño cósmico, un sueño en el que soñaban casi sin esperanza...

 
—Vamos ahora a telementalizar con el doctor Monti-Hauser, en Ganímedes. ¿Doctor Monti-Hauser? Muchas gracias. Están viendo y oyendo al doctor Charlx Monti-Hauser, primer proxorsness de las Oficinas Generales en Ganímedes. Doctor Monti-Hauser... No, por supuesto, puede entrar en su propia banda, a fin de cuentas yo soy A-11... Si pudiera apartarse un poco más de ese transmisor borgatrónico la recepción llegaría mejor... Doctor Monti-Hauser, ¿cómo describiría usted las primeras naves interplanetarias?
—El estudio de la prehistoria de la navegación interestelar fue mi especialidad. Todo lo que sé es que el hombre se aventuró a una travesía espacial en condiciones tan precarias que hoy no conseguimos reproducirlas en laboratorio, porque no disponemos de elementos suficientemente primitivos. Debieron realizar miles de experiencias, seguidas de miles de fracasos, y seguramente de igual número de muertes. Sabemos, por ejemplo, que en épocas remotas los hombres utilizaban para el transporte interno un rudimentario vehículo de locomoción aérea, un avión o algo así, que caía o estallaba con frecuencia. Las primeras naves parece que eran propulsadas por combustible, debían tener forma cilíndrica, terminada en un cono, aunque sabemos que las hubo también circulares o esféricas. Aceptaban la inercia y la caída libre, y preconcebían un espacio lineal, estando subordinadas a una noción de tiempo material externo. Debían contener un verdadero bosque de engranajes y de pequeños instrumentos de vuelo. Ese atraso en el diseño astronáutico fue tanto más espantoso cuando se sabe que data de esas remotas épocas el descubrimiento de las ondas sness y de la ley del espacio-energía de Appel-Muliro. No consigo imaginar cómo no les fue posible interpretar la constante AM como nuestra constante bútica y no previeron la hipomagnetización de los cuerpos que se dislocan en segmentos de espacio sometidos a la ley de Ruick, que no es más que una reversión buto-enantiomórfica progresiva. Si tomamos, por ejemplo...

—Les habla Hiox, A-11, directamente desde Campo Vhur, en Marte. Por última vez vamos a volar sobre el querido planeta, contemplar por última vez los puntos donde edificamos nuestras ciudades, donde durante milenios convivimos con nuestros hermanos los marcianos. Muchos de ellos partirán también de su patria condenada. Están, como nosotros, dispersos por toda la Galaxia, pero parece que nuestro sufrimiento es mayor. Irse de Marte es para ellos una aventura, una fatalidad. Para nosotros es una renuncia. Ahí está la cordillera donde, según la tradición, se posó el primer cohete terrestre. Esa sábana de hielo cubre lo que un día se llamó Nueva Moscú. Eso es lo que queda del río Nilo, que los marcianos llamaban de Rogh-Ezrat, o sea de "la canción errante". Muchos creen que Pharr es una palabra marciana; pero Pharr fue fundada por un astronauta que le dio el nombre de su pequeña ciudad en la Tierra. Brasil, nombre que recuerda uno de los países que dominaron la Tierra... ¡Cuando aún estaba dividida en países! Nueva Roma, Nueva Tokio, Nueva Londres..., la eterna vanidad humana. Esa enorme cúpula, la mayor de la Galaxia, alberga la vanidosa Nueva París, un día incendiada por los juwainistas, "el más hermoso monumento a la flaqueza humana", según la famosa definición de Rondiwar. París culta, París maldita, París abandonada. La tumultuosa Nueva París se viste ahora con el luto de la soledad. Las luces continuarán encendidas, los jardines seguirán floreciendo, por muchos años persistirá la ilusión que París está viva. Duerme, ciudad ardiente, ahora que cesó tu fragor. Despídete de tus luces y de tus flores, de tus pecados y de tus glorias... fantasma luminoso, a la espera del último glaciar.

—¿Hipnessor Levin? Les presentamos al Hipnessor Levin Wilk, de la Universidad Solar, en Australia. Hipnessor Levin, estamos telementalizando la evacuación del planeta Marte, aquí desde Campo Vhur. Habla Hiox, A-11, banda ilimitada. Entre libremente... Mientras volamos sobre los restos de toda una civilización construida por dos mundos hermanos, desearíamos que nos hablase de la filosofía de los Descubridores.
—Yo no hablaría, Hiox, de los restos de una civilización. Diría más bien la primera etapa de una civilización que, en realidad, no sabemos hasta dónde nos conducirá. Tal vez no seamos nosotros quienes llevemos la antorcha hasta el inicio del verdadero camino.
—Puede permanecer en la banda, Hipnessor. Disponemos de algunos minutos.
—Creo que me ha invitado porque la modestia del doctor Shorne (sí, estaba presenciando su telementalización) no le permitió hablar de lo que llamó "una nueva filosofía". Hoy la filosofía es nuestra ciencia básica, con muy pocos puntos en común con lo que tenía ese nombre en los primeros albores de nuestra civilización. En un remotísimo pasado hubo de hecho algunos filósofos, que podríamos llamar geniales, dado el material del que disponían. Algunos nombres fueron conservados por la tradición: Platón, Occam, Spinoza, Kant... Todos ellos vivieron más o menos en la misma época, y aunque sus escritos se han perdido, podemos deducir que eran simples especulaciones. Hubo también una figura llamada Cristo, que ejerció una prolongada influencia. Fueron esas figuras, y tal vez algunas otras, las que modelaron la conciencia del hombre e hicieron que con él llegasen hasta nosotros dos principios básicos: EL HOMBRE NO ES EL SEÑOR DEL UNIVERSO, y LA VIDA ES SAGRADA. Debe causarnos admiración el hecho que estos postulados hayan sido formulados por seres que no podían construir sin primero destruir, ya fuera un animal o un simple átomo. Me gustaría darle un ejemplo aterrador: ¿Sabe? destruían los árboles para hacer fuego o para construir casas, objetos.
—¿Destruir un ÁRBOL para hacer fuego? ¿Para qué querían el fuego, si hay tantos otros medios de producir calor?
—Desgraciadamente, ese era su modo de pensar: Hacer las cosas más sencillas por los métodos más complicados. Su concepto de la vida no comprendía más que la vida humana. Mataban a los animales, mataban a las plantas, sabemos incluso que mataban a otros hombres.
—Hipnessor, no espere mucha credulidad por parte de sus oyentes.

 
—Podría ir aún más lejos, Hiox. Tengo pruebas asegurando que mataban a otros hombres. Había guerras. Una guerra es como si usted destruyera su casa y la casa de su vecino para que después alguien le pudiera vender un cepillo. Pero los primeros hombres en Marte comprendieron que no podían lanzarse a una campaña de exterminio contra los marcianos, aunque al inicio se produjeron muertes, provocadas más por el miedo que por la maldad. Comprendieron que debían depender de los marcianos en Marte, de las plantámbulas en Venus, que los hombres no podían ir matando por el Universo entero y que la única manera de establecer un contacto armonioso con los demás seres era que todos los hombres poseyeran una única filosofía, adoptaran una única actitud —de comprensión, de respeto— hacia todas las formas de vida. La Filosofía liberó al hombre de su primario instinto de defensa y de su terror ante lo desconocido. Debe adaptarse o retirarse, jamás destruir. Quien está en su propio suelo no puede ser nunca un enemigo.
—Recuerdo que tuvimos en SG-1909 un planeta cubierto del llamado "hongo de la lepra", y riquísimo en monóxido.
—Pienso principalmente en Cisne 61 y en Rigel. Pienso también en Venus en el tiempo de los primeros desembarcos, con sus plantámbulas pirofóricas que nos costaron tantas vidas y que hoy nos son tan útiles.
—Creo que la filosofía contribuyó también a desarrollar los poderes mentales del hombre, quiero decir su capacidad de percepción y proyección extrasensoriales.
—Es posible. Antiguamente, el hombre se paraba delante de un ser desconocido sin saber lo que éste iba a hacer ni cómo entrar en contacto con él. Entonces, simplemente, mataba.
—¡Pero los árboles! ¿Qué necesidad había de matar los árboles?
—La ignorancia, Hiox, es como una locura...

—Hiox, A-11, directamente desde Campo Vhur. Aquí cerramos nuestra telementalización de la última etapa de la evacuación de Marte. Mientras proyectábamos las operaciones, pudimos traer a nuestra banda algunos nombres conocidos y admirados como el profesor Shorne de Arcturus IV, el doctor Hauser, la historiadora Bluma Yomandar de la Universidad Galáctica, el marcianólogo Jonq Kardouzu...
»Marte. ¿Es un planeta que muere? ¿O es un planeta que nace para la verdadera vida de los planetas, la soledad y el silencio? La respuesta es poesía. Nunca más se posarán aquí nuestras astronaves. Marte será para nosotros una advertencia del hecho que el hombre no puede permanecer quieto en el Universo. Marte, el planeta amado, el planeta muerto. Desde la Tierra podremos ver, a través de nuestros telescopios, la lenta agonía de esa querida tierra. Sí, tierra, como la nuestra. Los marcianos tienen una palabra para designar su suelo, pero para nosotros siempre fue tierra, la tierra.
»Vamos a regresar a bordo. ¡Ah, una sorpresa! Son los muchachos de Rogh-Isrohro, la vieja asociación de música marciana. Van a ser los últimos en embarcar. Ellos, con sus tradicionales instrumentos marcianos: El gólgar, el rintzuhl, el volvenine, el tólbar y la vieja gaita marciana, el rohro. Están ejecutando una vieja canción conocida de todos, una canción de despedida que ahora será para siempre. Aquí se despide Hiox, A-11, y lo que están oyendo es algo que sé que resonará en nuestros corazones a través de los siglos. Una canción que nuestros hijos también cantarán, con los ojos llenos de lágrimas:

Adiós, Marte, planeta amado. 
Adiós tierra querida,
tierra de arena azul y rojas montañas...


FIN

2026/06/15

Un mago moderno (Olaf Stapledon)


Título original: A Modern Magician
Año: 1979 (Relato póstumo)


Estaban sentados a una mesa de té, uno frente al otro, en el jardín de una casa de campo. Helen, recostada, estudió fríamente el rostro de Jim. Era una cara extraordinariamente infantil, casi fetal, con su amplia frente, nariz chata y labios fruncidos como en un puchero. Infantil, sí. Pero en los ojos, oscuros y redondeados, había un brillo de maldad. Helen tuvo que admitir que ella, en cierta forma, se sentía atraída hacia aquel hombre jovencísimo, quizás en parte por su misma puerilidad y sus torpes e inocentes intentos de hacer el amor. Pero también, en parte, por aquel fulgor siniestro.
Jim estaba inclinado hacia adelante y hablaba sin cesar. Hacía mucho rato que hablaba, pero Helen ya no le escuchaba. Había llegado a la conclusión de que, pese a sentirse atraída hacia él, también le disgustaba. ¿Por qué había vuelto a salir con él? Era un hombre flaco y egocéntrico. Pero le había aceptado.
Algo que decía Jim captó de nuevo su atención. El parecía estar molesto porque Helen no hubiera estado escuchándole. Se encontraba muy excitado por algo.
—Sé que me desprecias —le oyó decir—, pero estás cometiendo un gran error. Te aseguro que poseo poderes. No pretendo que conozcas mi secreto todavía. Pero... ¡Maldita sea, lo sabrás! Estoy averiguando infinidad de cosas acerca del poder de la mente sobre la materia. Puedo controlar la materia a cierta distancia, sólo deseándolo. Voy a ser una especie de mago moderno. Hasta he matado animales con un simple deseo.
Helen, estudiante de medicina, se enorgullecía de su perspicaz materialismo. Se rio desdeñosamente. El rostro de Jim enrojeció de cólera.
—Oh, perfecto —dijo—. Tendré que demostrártelo.
Un petirrojo cantaba en un matorral. La mirada del joven se apartó del rostro de la muchacha y se posó resueltamente en el pájaro.
—Fíjate en ese pájaro —dijo casi en un susurro.
El petirrojo enmudeció. Durante unos momentos permaneció con la cabeza doblada sobre el cuerpo. Luego cayó al suelo sin abrir las alas y quedó patas arriba en la hierba, muerto.
Jim soltó un gruñido de triunfo mientras miraba a su víctima. Luego volvió sus ojos hacia Helen y enjugó su pálido rostro con un pañuelo.
—Una buena actuación —dijo—. Jamás lo había intentado con un pájaro hasta ahora, sólo con moscas y cucarachas.
La muchacha le miró en silencio, deseosa de no mostrarse sorprendida. Jim empezó a explicar su secreto y Helen dejó de sentirse aburrida.
Jim relató que hacía un par de años había comenzado a interesarse por "todo este asunto de lo paranormal". Había asistido a sesiones de espiritismo y leído acerca de investigaciones psíquicas. No se habría preocupado por tales cosas de no haber sospechado que él mismo poseía extraños poderes. Nunca le interesaron realmente las apariciones, transmisión de pensamiento y cosas similares. No, lo que le fascinaba era la posibilidad de que una mente fuera capaz de afectar la materia de modo directo.
"Psicoquinesia", dijo refiriéndose a este poder. Y era muy poco conocido. Pero a él le importaban un comino los rompecabezas teóricos. Todo lo que deseaba era el poder. Explicó a Helen los singulares experimentos con dados efectuados en América. Se lanzaban los dados una vez tras otra y el experimentador deseaba que salieran dos seis. En general no sucedía eso, pero cuando se totalizaban los resultados, después de un gran número de pruebas, se descubría que el seis había salido muchas más veces de las que le correspondían por el mero cálculo de probabilidades. Al parecer, el cerebro ejercía realmente una ligera influencia. Y esto abría paso a enormes posibilidades.
Jim empezó a realizar pequeños experimentos por su cuenta, guiado por los descubrimientos de los investigadores y, también, por algunas de sus propias ideas. El poder era fantásticamente sutil, de tal manera que debía comprobarse en situaciones donde la más mínima influencia ejerciera resultados detectables, aunque sólo fuera una ligera variación de las escalas.
No tuvo mucho éxito con los dados porque, tal como explicó, nunca sabía exactamente qué debía hacer. Los dados rodaban con demasiada rapidez para él. Y por ello, sólo obtuvo el ligero efecto que los americanos habían informado. Así pues, tuvo que pensar en nuevos trucos que le ofrecieran mejores oportunidades. Había recibido una educación científica, por lo que se decidió a influir en reacciones químicas y sencillos procesos físicos. Efectuó numerosos experimentos y aprendió mucho. Evitó que una minúscula gota de agua oxidara un cuchillo. Impidió que un cristal de sal se disolviera en agua. Formó un diminuto cristal de hielo en una gota de agua y finalmente congeló la gota entera "deseando que el calor se fuera". (En realidad, deteniendo el movimiento molecular.)
Contó a Helen su primer éxito matando, un éxito literalmente microscópico. Jim preparó un tipo de agua muy inactiva y puso una gota de ella en una platina. Luego observó a través del microscopio la nube de microorganismos que se arremolinaban. En su mayor parte parecían salchichas pequeñas y gordas que flotaban y se ondulaban. Había de muchos tamaños. Los consideró elefantes, vacas, ovejas y conejos. Su idea consistía en detener la acción química en una de estas pequeñas criaturas, es decir, matarla. Había leído mucho sobre su funcionamiento interno y sabía cuál era el proceso clave que mejor podía atajar. Pero aquellos condenados organismos se desplazaban con tanta rapidez que le resultó imposible concentrarse en uno de ellos durante mucho tiempo. No obstante, por fin uno de los "conejos" se deslizó hasta una parte de la platina menos poblada y Jim fijó su atención en él durante el tiempo suficiente para efectuar el experimento. Deseó que el proceso químico crucial se detuviera y así fue. La criatura dejó de moverse y permaneció inmóvil indefinidamente. Estaba muerta con toda probabilidad. Su éxito, dijo Jim, le hizo sentirse "como Dios".
Posteriormente aprendió a matar moscas y cucarachas helando el cerebro de los insectos. Luego probó con una rana, pero fracasó. Sus conocimientos fisiológicos eran escasos, no podía encontrar un proceso clave en que concentrarse. Empero, estudió a fondo el tema y acabó por triunfar. Simplemente, interrumpió la corriente nerviosa en determinadas fibras de la médula espinal que controlaban los latidos del corazón. Aquel mismo método era el que había empleado con el petirrojo.
—Esto es sólo el principio —dijo Jim—. Pronto tendré el mundo a mis pies. Y si te unes a mí, también lo tendrás a tus pies.
La muchacha había escuchado atentamente todo el monólogo, sintiendo tanta repulsión como fascinación. En todo aquel asunto había algo que apestaba, pero en esta época no se podía ser demasiado escrupuloso. Además, probablemente no había nada de inmoral en ello. Jim, en cualquier caso, estaba jugando con fuego. Pero resultaba extraña la madurez que parecía haber desarrollado mientras hablaba. De algún modo había dejado de parecer torpe y aniñado. Su excitación, y el conocimiento por parte de Helen de que su poder era real, le habían dado un aspecto estremecedoramente siniestro. Pero Helen decidió mostrarse precavida y reservada. Cuando Jim quedó finalmente en silencio, la muchacha fingió ocultar un bostezo.
—¡Vaya, qué inteligente eres! —dijo—. Un buen truco, ese que has hecho, aunque desagradable. Si continúas progresando, acabarás en la horca.


—No es lo mismo que ser cobarde —replicó él, y soltó una risotada. La provocación hirió a Helen.
—¡No seas ridículo! —chilló indignada—. ¿Por qué voy a "unirme a ti", como dices? ¿Sólo porque puedes matar un pájaro usando un asqueroso truco o algo por el estilo?
En la vida de Jim habían existido ciertos hechos que él no había mencionado. Le parecieron irrelevantes para el asunto que se traía entre manos, pero en realidad no lo eran. Siempre había sido un enclenque. Su padre, futbolista profesional, le despreciaba y culpaba de ello a su frágil madre. El matrimonio había vivido como perros y gatos casi desde su luna de miel. Jim se había sentido totalmente intimidado en la escuela y, en consecuencia, concibió un odio profundo hacia el fuerte y, al mismo tiempo, un deseo obsesivo de llegar a serlo. Fue un joven brillante y logró una beca en una universidad provincial. Mientras estuvo en ella sólo se preocupó de sí mismo, estudiando duramente para obtener un título científico y pretendiendo seguir una carrera de investigador en física atómica. Ya por entonces, su pasión dominante era la energía física y por ello eligió el campo más espectacular. Pero de alguna forma sus planes se torcieron. Pese a sus calificaciones académicas, razonablemente buenas, se encontró ocupando un empleo de baja categoría en un laboratorio industrial, un trabajo que aceptó como recurso momentáneo hasta que lograra un puesto en alguna de las grandes instituciones dedicadas a la física atómica. Su carácter, normalmente agrio, se amargó aún más en este estancamiento. Creyó que le subestimaban. Hombres inferiores estaban arrebatándole sus posibilidades. La suerte estaba en su contra. De hecho, fue gestándose en él una especie de manía persecutoria. Pero Jim era un mal colaborador, ésa era la verdad. Nunca había tenido espíritu de equipo, tan necesario en el trabajo inmensamente complejo de la investigación física básica. Además, carecía de un interés genuino por la teoría física y se impacientaba ante la necesidad de estudios teóricos avanzados. Él deseaba poder, poder para sí mismo, como individuo. Reconocía que la investigación moderna era un trabajo de equipo y que en ella, aunque se podía lograr un sorprendente prestigio, no se obtenía poder físico como individuo. La psicoquinesia, por otro lado, quizá satisficiera el deseo de su corazón. Su interés mudó con rapidez hacia ese campo más prometedor. A partir de entonces, su trabajo en el laboratorio fue un simple medio de ganarse la vida.
Tras la conversación en el jardín de la casa de campo, Jim se concentró con más ansiedad que nunca en su aventura. Debía obtener poderes más espectaculares para impresionar a Helen. Tomó la decisión de que la línea más prometedora para él era, sin lugar a dudas, desarrollar su pericia para interferir y detener pequeños procesos físicos y químicos en la materia inerte y los seres vivos. Aprendió a evitar que una cerilla ardiera después de apretarla contra el rascador. Trató de encontrar una alternativa al conjunto de la investigación atómica aplicando su poder psicoquinético a la liberación de la energía confinada en el átomo. Pero no alcanzó éxito alguno en esta excitante aventura, quizá porque, pese a sus estudios, carecía del suficiente conocimiento teórico de la física y no tenía acceso al tipo adecuado de aparatos para desarrollar el experimento. En el aspecto biológico, logró matar a un perrillo usando el mismo método que en el caso del petirrojo. Jim confiaba en que a base de práctica pronto podría matar a un hombre.
Vivió una experiencia alarmante. Decidió tratar de frenar el encendido del motor de su motocicleta. Puso en marcha la moto sin que la rueda motriz tocara el suelo y "deseó" el fallo de la chispa de descarga. Fijó su atención en la bujía de encendido y en la chispa que saltaba y "deseó" que el espacio entre ambas se hiciera impenetrable, aislante. Naturalmente, este experimento implicaba una interferencia mucho mayor con procesos físicos que la congelación de una fibra nerviosa o, incluso, evitar que una cerilla se encendiera. Jim empezó a sudar mientras pugnaba por cumplir su tarea. Por fin, el motor empezó a perder potencia. Pero algo extraño le sucedió al mismo Jim. Sufrió un terrible instante de vértigo y náuseas y luego perdió el conocimiento. Cuando se recobró, el motor volvía a funcionar con normalidad.
Este percance fue un reto. Jamás se había interesado en serio por el aspecto meramente teórico de sus experimentos, pero en aquel momentó tuvo que preguntarse, a la fuerza, qué sucedía exactamente cuando mediante un "acto volitivo" interfería en un proceso físico. La explicación obvia era que, en cierta forma, la energía física que debía haber cruzado la separación entre las conexiones fue encauzada hacia su propio cuerpo. Dicho de otra forma, Jim sufrió el mismo shock eléctrico que si hubiera tocado las conexiones. Podía dudarse de que la verdadera explicación fuera tan sencilla como ésta, dado que los síntomas de Jim no fueron los de un shock eléctrico. Estaría más cerca de la verdad decir que la inhibición de tanta energía causó una especie de profundo malestar físico en él. O bien, para decirlo con más crudeza, que la energía física fue convertida, en cierto sentido, en energía física dentro de Jim. Esta teoría se confirma por el hecho de que, al recuperar la conciencia, Jim se encontró en un estado de gran excitación y vigor mental, como si hubiera ingerido una droga estimulante del tipo de la bencedrina.
Fuera cual fuese la verdad, Jim adoptó la teoría más simple y, a modo de protección, decidió desviar la energía interferida. Tras mucha ansiedad y experimentación, descubrió que podía lograr su objetivo concentrándose al mismo tiempo en la bujía de encendido y en algún otro organismo viviente, que de esta forma "absorbía la electricidad" y sufría las consecuencias. Bastó un gorrión. El shock mató al pájaro, en tanto que Jim se mantuvo consciente lo bastante como para detener el motor. En otra ocasión usó el perro de su vecino como "conductor de encendido". El animal se derrumbó, pero pronto recuperó la conciencia y corrió alocadamente por el jardín, ladrando de una manera muy graciosa.
Su siguiente experimento fue más excitante y mucho más censurable. Fue al campo y se apostó en una loma desde la que podía ver un largo tramo de carretera. Apareció un automóvil. Jim concentró su atención en las bujías de encendido y "deseó" que la energía eléctrica fluyera hacia el conductor. El coche redujo su velocidad, osciló entre ambos lados de la carretera y se detuvo de través. Jim vio al conductor tendido sobre el volante. No había nadie más en el coche. Muy excitado, aguardó nuevos acontecimientos. Poco después llegó otro vehículo en dirección contraria, tocó furiosamente la bocina y frenó con un largo chirrido. El conductor salió del coche, fue hasta el vehículo negligente, abrió una puerta y encontró inconsciente al ocupante. Mientras el recién llegado se preguntaba qué hacer, el primero recuperó el conocimiento. Hubo una agitada conversación y por fin los dos automóviles siguieron su camino.


Jim creyó estar listo para impresionar a su amiga. Desde la muerte del petirrojo se habían encontrado muy poco y Jim había intentado hacer el amor con ella, empleando sus típicos medios torpes y juveniles. Helen siempre le había hecho desistir, pero era evidente que se interesaba más por él desde el día del petirrojo. Aunque a veces ella fingía despreciarle, Jim pensaba que Helen se sentía atraída en secreto hacia él.
Pero un día tuvo una sorpresa desagradable. Acababa de salir del trabajo y abordó un autobús para volver a casa. Subió las escaleras y se sentó. De repente, vio a Helen sentada unos asientos por delante de él y acompañada por un joven de cabello rizado que vestía una chaqueta deportiva. La pareja hablaba con gran animación, recostados el uno en el otro. El pelo de la muchacha rozaba la mejilla del joven. En aquel instante Helen se rio, con un efluvio de felicidad desconocido hasta entonces para Jim. Helen volvió el rostro hacia su acompañante, un rostro henchido de vitalidad y amor. O así le pareció al celoso enamorado que estaba tres asientos detrás.
Una furia irracional se apoderó de él. Desconocía tanto las costumbres de las chicas, y estaba tan indignado de que "su chica" (porque así la consideraba) se fijara en otro hombre, que los celos se adueñaron de él excluyendo cualquier otra consideración. No pudo pensar en nada que no fuera acabar con su rival. Miró fijamente la nuca del aborrecible cuello que tenía delante. Evocó con frenesí imágenes de las vértebras y el haz de fibras nerviosas contenido en ellas. La corriente nerviosa debe cesar. Debe cesar. Debe cesar. Inmediatamente, la cabeza del joven cayó sobre el hombro de Helen y luego todo su cuerpo se vino abajo.
El asesino se apresuró a levantarse de su asiento, alejándose de la conmoción inicial.
Bajó del autobús aparentando ignorar el desastre.
Muy excitado, completó el trayecto a pie, sin sentir otra cosa que no fuera júbilo por su gran triunfo. Pero poco a poco disminuyó su frenesí y se enfrentó al hecho de que era un asesino. Se apresuró a recordarse que, al fin y al cabo, era absurdo sentirse culpable, dado que la moralidad era una simple superstición. Para su desgracia, se sintió culpable, horriblemente culpable, y tanto más cuanto que no temía ser detenido.
Conforme fueron transcurriendo los días, Jim experimentó una sensación que variaba entre lo que él consideraba culpabilidad "irracional" y un triunfo embriagador. El mundo estaba realmente a sus pies. Mas debía jugar sus cartas con todo cuidado. Su culpabilidad, desgraciadamente, no le dejó vivir en paz. No podía dormir bien y, cuando dormía, sufría terribles pesadillas. Durante el día  sus experimentos se veían entorpecidos por la fantasía de que había vendido su alma al diablo. La misma simpleza de esta noción le ponía furioso. Empezó a beber con cierto exceso. Pero pronto descubrió que el alcohol reducía su poder psicoquinésico, por lo que se apartó firmemente del vicio. El sexo era otra posibilidad para aliviar su culpabilidad obsesiva, pero algo le impedía enfrentarse con Helen cara a cara. Jim temía de un modo irracional a la muchacha pese a que sin duda ella ignoraba por completo que él había asesinado a su enamorado.
Finalmente la encontró por casualidad en la calle. No tuvo posibilidad alguna de evitarla. Helen estaba un poco pálida, pensó él, pero le sonrió y sugirió hablar mientras tomaban una taza de café. Jim sintió miedo y deseo a la vez, pero cuando se dio cuenta ya estaban sentados en una cafetería, haciendo comentarios triviales.
—¡Por favor, ayúdame! —dijo Helen al cabo de un rato—. He pasado por una experiencia terrible hace muy poco tiempo. Estaba en el piso de arriba de un autobús con mi hermano, que llevaba tres años en África. Mientras hablábamos, tuvo un colapso y murió casi al instante. Parecía estar perfectamente. Dijeron que falleció a causa de un virus en la médula espinal. —Helen advirtió que el rostro de Jim se había puesto muy pálido—. ¿Qué te ocurre? ¿Es que también tú vas a morirte a mi lado?
Jim se acercó más a la muchacha y aseguró que se había sentido mal por simple simpatía hacia ella. La amaba tanto... ¿Cómo iba a consolarla, estando tan trastornado por su desgracia? Para su alivio, Helen aceptó de corazón sus explicaciones. Y por primera vez le obsequió con la misma sonrisa fulgurante que había dedicado a su hermano ante los ojos de Jim.
Animado, aprovechó su ventaja. Afirmó que estaba ansioso por consolarla, que debían volverse a ver en seguida y que si ella estaba interesada, aunque sólo fuera un poco, en sus experimentos, le enseñaría algo realmente excitante en cuanto tuviera oportunidad de hacerlo. Acordaron hacer una salida al campo el siguiente domingo. Jim decidió para sus adentros repetir ante Helen su ardid con un coche que pasara.
Aquel domingo fue un esplendoroso día de verano. Sentados juntos en un vagón del tren que iba vacío, hablaron mucho del hermano de Helen. Jim estaba más bien aburrido, pero expresó una ardiente simpatía. Helen confesó que no había imaginado jamás que él poseyera un carácter tan afectuoso. Jim la cogió del brazo. Sus caras se aproximaron y ambos se miraron a los ojos. Helen sintió una ternura abrumadora hacia aquel rostro extraño, grotesco e infantil, y pensó que la inocencia de la niñez estaba sobrepuesta a una conciencia de poder adulta. También advirtió el aspecto siniestro subyacente y lo aceptó de buen grado. Por su parte, Jim estaba pensando que aquella mujer era muy deseable. El cálido brillo del bienestar había vuelto a su cara. (¿O se trataba del brillo del amor?) Los labios, carnosos y dulces, y los ojos, grises y siempre observándole amablemente, le llenaron no sólo de deseo físico, sino también de una desfalleciente dulzura que le era desconocida. El recuerdo de su culpabilidad, unido a su actual decepción, le atormentaba, y en su rostro apareció una expresión de infelicidad. Soltó el brazo de Helen, se inclinó hacia adelante y hundió la cabeza en sus manos. La muchacha, perpleja y compasiva, le pasó un brazo por la espalda y le besó en el pelo. Jim empezó a llorar de repente y ocultó la cara en el pecho de su amiga, que le abrazó y habló con voz melosa como si se tratara de su hijo. Helen le rogó que explicara cuál era su problema.
—¡Oh, soy horrible! —dijo Jim sin cesar de llorar—. No soy lo bastante bueno para ti.
Algo más tarde, Jim recuperó el ánimo y ambos pasearon por el bosque cogidos del brazo. El explicó sus recientes éxitos, que habían culminado con el accidente del automóvil. Helen sintió admiración y diversión, aunque también una conmoción moral al pensar en la irresponsabilidad de Jim al arriesgarse a provocar un accidente fatal simplemente para comprobar sus poderes. Al mismo tiempo se encontraba claramente fascinada por el fanatismo que conducía a Jim a tales extremos. Por su parte, Jim estaba halagado por el interés de la muchacha y embriagado por su ternura y proximidad física. Se detuvieron a reposar en la pequeña loma donde él pretendía hacer su truco con el coche. Jim se tendió apoyando la cabeza en el regazo de Helen y mirando su rostro en el que parecía reunirse todo el amor que había echado de menos a lo largo de su vida. Comprendió que estaba representando el papel de un niño en lugar del de amante. Pero Helen parecía necesitar que él se comportara así y Jim era feliz complaciéndola. Mas el deseo sexual no tardó en reafirmarse, y con él su dignidad masculina. Jim concibió un ansia incontrolable por demostrar su naturaleza divina a través de alguna portentosa exhibición de sus poderes. Se convirtió en el salvaje primitivo que debe matar a un enemigo en presencia de su amada.


Mirando por encima del cabello ondeante de Helen vio un pequeño objeto que se movía. Por un momento lo tomó por un mosquito, pero luego comprendió que era un avión distante que se aproximaba.
—Observa ese avión —dijo.
Helen se sorprendió ante la rudeza de la voz de Jim. Alzó la vista y volvió a mirar al hombre, cuyo rostro estaba contraído a causa del esfuerzo. Los ojos de Jim brillaron y las ventanas de su nariz se dilataron. Helen tuvo un impulso de apartarse de él al contemplar su brutal aspecto, pero la fascinación triunfó.
—Manten los ojos en el avión —ordenó Jim.
Helen miró al cielo, luego a Jim y finalmente alzó la mirada de nuevo. Sabía que debía romper aquel hechizo diabólico. (Existía algo llamado moralidad, pero probablemente se trataba de un concepto falso). La fascinación había vencido.
Los cuatro motores del avión que se acercaba cesaron de funcionar uno por uno. El aparato planeó durante unos segundos, pero pronto dio muestras de haber perdido el control. Fluctuó, describió eses en el cielo y entró en barrena dando vueltas. Helen chilló, aunque sin hacer nada. El avión desapareció tras un bosque distante y al cabo de pocos instantes empezó a brotar del lugar un penacho de humo negro.
Jim se apartó del regazo de Helen y, tras volverse, apretó a la muchacha contra el suelo.
—Así es cómo te amo —musitó ferozmente.
La besó en los labios y el cuello de un modo ardoroso. Helen hizo un violento esfuerzo para separarse y resistir los impulsos inmoderados de aquel lunático. Trató de soltarse de sus brazos. Los dos se levantaron y se miraron cara a cara, ambos jadeando.
—Estás loco —dijo ella llorando—. ¡Mira lo que has hecho! Has matado a gente sólo para demostrar lo listo que eres. Y luego me haces el amor.
Se cubrió el rostro con las manos y sollozó. Jim seguía estando aún en un estado de loca exaltación; soltó una carcajada y luego se burló de la muchacha.
—¡Y dices que eres realista! —dijo—. Una remilgada, eso es lo que eres. Bien, ahora ya sabes cómo soy realmente y qué puedo hacer. ¡Y escúchame! Tú eres mía. Puedo matarte en cualquier momento, en cualquier parte que estés. Haré contigo todo lo que me apetezca. Y si tratas de detenerme, seguirás el mismo camino del petirrojo y... del hombre del autobús.
Las manos de Helen cayeron de su rostro, cubierto de lágrimas. La muchacha contempló a Jim con una mezcla de horror y... ternura.
—Pobre muchacho —dijo suavemente—, estás realmente enfermo. Y parecías tan amable... ¡Oh, querido! ¿Qué voy a hacer contigo?
Hubo un largo silencio. Luego, Jim cayó al suelo de repente, llorando como un niño.
Helen permaneció perpleja a su lado.
Mientras ella pensaba qué hacer y se maldecía por no haber roto el hechizo antes de que hubiera sido demasiado tarde, Jim sufría una agonía de autocarga. Después empezó a usar sus técnicas en su propio cuerpo para evitar causar más daño. Le resultó más difícil de lo que suponía, ya que en cuanto comenzó a perder el conocimiento, perdió también el control de la operación. Pero hizo un desesperado esfuerzo de voluntad. Cuando Helen, advirtiendo la inmovilidad de Jim, se arrodilló junto a él, ya estaba muerto.

FIN

2026/03/02

El paraíso perdido (Clóvis García)


Título original: O paraído perdido
Año: 1970


El abuelo salió a la puerta de la casa, se sentó en el banco de costumbre y se puso a mirar las estrellas.
El paisaje de alrededor estaba silencioso en aquel comienzo de la noche. El valle bajaba árido y, sólo en el fondo, junto al depósito de agua, algunos arbustos elevaban sus ramas retorcidas. El colorido, de tonos rojos durante el día, se había desmayado y no permitía distinguir las rocas, la arena y la raquítica vegetación. En uno u otro punto de la cuesta, parpadeaban las luces de las casas esparcidas que formaban la pequeña comunidad. El día había sido caliente, en medio del largo verano, y las colinas desnudas que cercaban al valle reflejaban todavía el calor acumulado. La noche se anunciaba tranquila y agradable.
El abuelo, sin embargo, miraba a las estrellas. Se acordaba de otro valle, también calmo y tranquilo, también agradable y caliente, pero todo verde, con grandes árboles agitados por la brisa suave, con el ruido del agua encajonada por las piedras del fondo, de los pájaros acomodándose para pasar la noche y de los primeros sapos. El abuelo había vivido en otra época, en otro lugar, y ahora, casi ciego, con los ojos nublados por la enfermedad y por la nostalgia, procuraba mirar las estrellas mientras veía interiormente su valle natal.
Los otros miembros de la familia habían salido al frente de la casa. El padre se sentó en una silla y encendió la pipa. Los niños se esparcieron por el espacio seco que hacía las veces de jardín, conversando alegremente, comunicándose las experiencias del día y comentando la excursión que pretendían hacer el próximo domingo. La madre terminaba de arreglar la sala y no tardaría en venir a recostarse en la puerta.
Los nietos menores, sin embargo, se sentaron junto al abuelo:
–Abuelo, cuéntanos algo de la Tierra, le pidieron. 
El viejo abandonó su visión interior y se volvió hacia los nietos. Un dolor agudo le embargó el pecho, un deseo de llorar. ¡La Tierra! La querida y vieja Tierra, ahora perdida para siempre. Girando en el espacio como un planeta muerto. Pero que él había conocido lleno de vida, con sus ciudades, sus bosques, la lluvia, las bellas madrugadas con los colores de la luz filtrada por la atmósfera y reflejada por las nubes. Un planeta en el que se podía vivir, amar y morir tranquilamente.
–La Tierra, hijos míos, la Tierra era el paraíso. 
Los niños mayores fueron a buscar los cascos y todo el equipo necesario para la excursión que harían el domingo. Mientras lo revisaban, pues la atmósfera de Marte fuera de los valles era muy rarefacta, lo que exigía un equipo de aire, oían las historias del abuelo. El padre y la madre también prestaban atención. Habían dejado la Tierra muy niños, en la fuga precipitada, y poco se acordaban del viejo planeta. El abuelo, sin embargo, había vivido allá gran parte de su vida. Y contaba lo buena que era y lo feliz que era la vida en el planeta perdido por los hombres.
El abuelo vivía de sus recuerdos y, aunque no lo confesase, aguardaba con ansiedad aquellos momentos de la noche en que podía contar a los nietos, e incluso al padre y la madre, cómo eran las cosas en la vieja y querida Tierra. Cómo eran los campos verdes en que trabajaba cuando mozo, cómo se organizaban cacerías en el interior de los bosques.
–Di, abuelo, di cómo era el bosque –pedía un nieto. Y él describía los árboles, el viento murmurando en el follaje, el calor húmedo, el olor de las hojas pudriéndose, las flores, los animales, los pájaros.
Había nubes en el cielo, aire puro en todas partes, la lluvia que caía haciendo crecer las plantas. Los crepúsculos, el viento de las noches invernales. La primavera. Y los frutos, el buen alimento natural producido por la tierra.
–Ustedes no pueden imaginar lo que era una naranja. 
Y el abuelo sentía el caldo dulce correr por su boca. 
–Nada de esos alimentos sintéticos que usamos aquí. Este no es un planeta para que viva el hombre; donde todo tiene que ser producido artificialmente. Lo que se come, lo que se viste, el calor en los largos inviernos, el aire que se respira fuera de los valles. Aquí el hombre tiene que trabajar y conseguirlo todo con el sudor de su rostro.
En la Tierra, no. La Tierra era el paraíso. Pero una vez el hombre había desafiado a Dios. Renovó el pecado de orgullo, el pecado original. Quiso dominar las fuerzas de la naturaleza, quiso, otra vez, igualarse al Creador. Y nuevamente vino el castigo, fue expulsado por una espada de fuego que todo lo había consumido.
El abuelo se acordaba de los primeros experimentos y de la primera explosión atómica. El resultado había atemorizado a toda la humanidad. Pero el orgullo y la ambición habían sido más fuertes. Las voces que se levantaron, prudentes y avisadas, no fueron oídas. El hombre probó el fruto del árbol de la ciencia y del mal. Nada podría contenerle. Y había conseguido transformar la Tierra en un devastado planeta prohibido, que giraba abandonado por el espacio inmenso, envuelto en un manto de radioactividad.
Algunos hombres habían previsto el desastre. Escaparon a tiempo del peligro y se vinieron a Marte, donde se instalaron en pequeñas colonias en el fondo de los valles, que conservaban una atmósfera más densa y el calor del día. Todo lo demás, sin embargo, era hostil y el hombre tenía que vencer las condiciones inhóspitas del planeta que no le había sido destinado pero que tuvo que escoger como refugio.
–Pero, abuelo, ¡Marte es tan bello, la vida es tan buena aquí! –Uno de los nietos mayores no se contuvo–. El trabajo en la fábrica de aumentos, las excursiones fuera del valle, el paisaje rojo y amarillo, los juegos en las suaves arenas de la meseta, el frío seco de los largos inviernos. Este es nuestro planeta, aquí nacimos y vivimos. Esta es nuestra casa. No puede haber nada mejor. No creo que la Tierra...
Pero el padre le hizo una seña de que se callase. Los niños se desinteresaron de las historias del abuelo y bajaron al centro comunal donde otros chicos, marcianos como ellos, los esperaban para los juegos nocturnos. La madre miró la hora:
–Niños, entren a preparar sus lecciones. Dentro de poco empezará a refrescar.
Los niños se fueron para el interior, de mala gana. Preferían continuar oyendo al abuelo. La madre entró también para vigilarlos. El padre se levantó:
–Voy a la Administración –avisó a los de adentro–. Tengo que discutir unos asuntos.
A la puerta de la casa sólo quedó el abuelo. Sus ojos nublados se volvieron al cielo. Allá, a lo lejos, un punto brillante continuaba su giro solitario. Un triste y desierto planeta destruido por sus propios hijos. Pero el abuelo veía la Tierra como fue y nunca volvería a ser. El paraíso perdido.


FIN

2025/09/08

El ingeniero y el verdugo (Brian Stableford)


Título original: The Engineer and the Executioner
Año: 1975


—Mi vida —dijo el ingeniero— es mía. ¿Lo entienden?
—Yo lo entiendo —replicó con calma el verdugo.
—Yo lo he creado —persistió el hombrecito de anteojos y mirada poco firme—. Yo lo hice, con mis propias manos. No fue todo creación de mi propia imaginación. Otros hombres pueden atribuirse el plan, y la teoría que les permitió hacer el plan. Pero yo lo hice. Yo fui quien juntó los genes, esculpió los cromosomas, armó la célula inicial. El trabajo que yo hice fue el verdadero trabajo. Yo puse el tiempo, la concentración, la determinación. Los otros jugaban con ideas, pero yo realmente construí su sistema de vida. Convertí el sueño en realidad. Pero no pueden comprender lo que sentía.
—Yo entiendo —repitió el robot. Sus ojos rojos brillaban sin parpadear en la cabeza angulosa. Realmente entendía.
—Míralo —dijo el hombrecito, tendiendo el brazo hacia la gran ventana cóncava que era una pared de la habitación—. Míralo y dime si no vale algo. Es mío, recuérdalo. Se formó a partir de lo que yo construí. Se desarrolló a partir de las células creadas por mí. Ahora va por su propio camino. Hace años que va por su propio camino. Yo lo puse en ese camino.
El hombre y el robot miraron por el vidrio. Del otro lado de la ventana estaba el interior hueco del Asteroide Lamarck. Desde el espacio, el Lamarck parecía igual a cualquier otro asteroide. Tenía marcas de cráteres y piedras y montones de polvo. Pero era hueco, y dentro de él había un entorno herméticamente sellado, cuidadosamente controlado, de simulación de la Tierra. Tenía aire, y agua —cuidadosamente transportados desde la Tierra— y luz de las grandes baterías que atrapaban la energía solar en el exterior del planetoide y lo liberaban nuevamente en su interior.
La luz era pálida y perlada. Tomaba color de cera y palidecía a medida que el asteroide giraba sobre su eje. En ese momento en particular era brillante y clara... en el mediodía del interior del Lamarck.
Mostraba el borde de un gran bosque de plata, objetos brillantes como los hilos de una telaraña. Los objetos eran tan leves y transparentes que parecía que podía verse a gran distancia, pero en realidad la visión clara se perdía a los cien metros de la ventana de observación.
Medio escondidos junto a las telarañas plateadas había otros crecimientos de diferentes colores y especies. Algunos eran rojos como anémonas de mar y movían sus tentáculos en una danza lenta y rítmica, como si trataran de atrapar una presa demasiado pequeña como para ser vista por ojos humanos. Había pálidas esferas de color amarillo limón moteadas de colores más oscuros, suspendidas dentro del marco de los filamentos plateados. Había varas rectas de colores diversos que crecían en manojos geométricamente regulares a intervalos al azar.
Había objetos que se movían, también pompones que volaban por el aire y seres diminutos como peces tropicales que flotaban en el gigantesco recipiente de aire. No parecía haber vida que se arrastrara, ni que caminara. Todos los objetos móviles volaban o flotaban. La cubierta externa del asteroide era tan delgada que prácticamente no había fuerza de gravedad en la vasta cámara. No había arriba ni abajo. Sólo había superficie y lumen.
—El sistema de vida está entre la comunidad, el organismo y la célula —dijo el ingeniero—. Posee ciertas características de cada uno. El método de reproducción empleado por el sistema de vida es tan único como para hacer imposible una clasificación estricta por medio de los términos que aplicamos a los tipos de material orgánico de la Tierra. Es completamente cerrado. La luz es lo único que viene desde afuera, que proporciona la energía que mantiene funcionando al sistema. El agua, el aire, los minerales, todos se reciclan. No hay más materia orgánica allí que la que hubo siempre. Todo se usa y vuelve a usarse a medida que el sistema de vida funciona y mejora. A medida que crece, cambia y evoluciona día a día. Fue diseñado para evolucionar, para mutar y para adaptarse a increíble velocidad. El ciclo de sus elementos es una espiral, no un círculo. Nada vuelve jamás a un estado anterior. Cada generación es una nueva especie, nada se reproduce jamás a sí mismo. Lo que he construido aquí es la ultraevolución, la evolución que no es causada por la selección natural. Mi sistema de vida exhibe una verdadera evolución lamarckiana. Mi vida es mejor que la vida que surgió en la Tierra. ¿No se dan cuenta de por qué es tan importante, tan maravilloso?
—Yo sí —dijo el robot.
—Es lo más maravilloso que hemos hecho —continuó el hombrecito con expresión soñadora—. Es el más grande de nuestros logros. Yo lo construí. Es mío.
—Lo sé —dijo el verdugo, sin necesidad.
—No lo sabes —repuso el hombrecito—. ¿Qué puedes saber tú? Eres de metal. De metal duro y frío. No te reproduces. Tu especie no tiene evolución. ¿Qué sabes tú sobre los sistemas de vida? No puedes saber cómo es vivir y cambiar, soñar y construir. ¿Cómo puedes pretender saber lo que quiero decir?
—Trato de comprender.
—¡Viniste a destruirlo todo! Viniste a lanzar al Lamarck hacia el sol, a incendiar mi mundo y a convertir mi vida en cenizas. Te enviaron a cometer un asesinato. ¿Cómo puede un asesino sostener que comprende la vida? La vida es sagrada.
—Yo no soy el asesino —respondió el robot con calma—. Los asesinos son quienes me enviaron, los que tomaron la decisión. Gente real, viva. Ellos deben de haber comprendido, pero tomaron la decisión. El metal no toma decisión. El metal no asesina. Sólo vine a hacer lo que me ordenaron.
—No pueden ordenarte que me mates —dijo el hombre de anteojos, en voz baja y petulante—. No pueden hacerte destruir mi trabajo. No pueden arrojarme al sol. Cometer un asesinato está en contra de la ley. Un robot no puede actuar en contra de la ley.
—A veces la ley debe ser ignorada —replicó el robot—. Consideraron que era demasiado peligroso permitir que existiera el Asteroide Lamarck. Sostenían que el experimento peligroso comenzado aquí debía ser obliterado lo más rápidamente posible, y que no se toleraría ninguna posibilidad de contaminación. Se sostuvo que el Asteroide Lamarck contenía un peligro que amenaza la existencia de la vida en la Tierra. Se consideró que había peligro de que liberaran esporas desde el interior del planetoide que pudieran cruzar el espacio. Se señaló que si eso ocurría, no había absolutamente ninguna forma de impedir que el sistema de vida del Lamarck destruyera toda la vida en la Tierra. Se llegó a la conclusión que, por más pequeña que fuera la probabilidad de que esto ocurriera, la pérdida potencial era demasiado grande como para correr cualquier riesgo. Por lo tanto se ordenó que el Asteroide Lamarck fuera arrojado hacia el Sol, y que no se permitiera que nada que hubiese estado en contacto con el Asteroide volviera a la Tierra.


En realidad el hombrecito no escuchaba. Ya había oído eso antes. Miraba atentamente por la ventana, al bosque plateado. Sus ojos de mirada poco firme dejaron caer pequeñas lágrimas por las comisuras. No lloraba por sí mismo, sino por la vida que había creado en Lamarck.
—Pero ¿por qué? —protestó—. Mi vida... es maravillosa, hermosa. Significa más para la ciencia que cualquier cosa que hayamos hecho o descubierto. ¿Quién tomó esta decisión? ¿Quién quiere destruirme?
—Es peligroso —declaró el verdugo, obstinadamente—. Debe ser destruido.
—A ti te han programado para que guardes el secreto —dijo el ingeniero—. Tienen miedo. Incluso tienen miedo de decirme quiénes son. Ésta no es obra de hombres honestos... de hombres responsables. Los que te enviaron eran políticos, no científicos.
»¿De qué tienen miedo, realmente? ¿Miedo de que mi vida pueda desarrollar inteligencia? ¿De que pueda tornarse más inteligente, mejor en todo sentido que la de un hombre? Pero eso es una tontería.
—No sé nada de miedo —dijo el robot—. Sé lo que me han contado, y sé lo que tú piensas de ello. Pero los hechos son inalterables. Hay peligro de infección del Asteroide Lamarck. Las consecuencias de este peligro son tan terribles que no puede permitirse que ese peligro exista un momento más de lo inevitable.
—Mi vida nunca podría llegar a la Tierra.
—Se piensa que hay peligro de evolución de las esporas de Arrhenius.
—¿Las esporas de Arrhenius? —repitió el hombrecito con tono burlón—. ¿Qué podría saber Arrhenius? Murió hace cientos de años. Sus especulaciones carecen de sentido. Su concepto de las esporas vitales que pueden plantarse en nuevos planetas era ingenua y ridícula. No hay evidencia de que tales esporas puedan existir alguna vez. Si los hombres que te enviaron usaron esporas de Arrhenius como excusa, son unos tontos.
—No vale la pena correr ningún riesgo, por más leve que sea —insistió el robot.
—No hay peligro —declaró enfáticamente el ingeniero genético—. Estamos separados de mi forma de vida por una pared de vidrio. En todos los años que he trabajado aquí, mi vida nunca ha atravesado esa pared. Lo que sugieres implica pasar a través de la corteza de un planetoide, doscientos setenta millones de kilómetros de espacio, luego encontrar un mundo relativamente pequeño y establecerse allí. 
La voz del hombrecito se había agudizado notablemente, y hablaba en forma entrecortada.
—Lo siento —dijo el robot.
—¡Lo sientes! ¿Cómo puedes sentirlo? Tú no estás vivo. ¿Cómo puedes saber lo que significa la vida, y menos aún sentir como yo siento?
—Estoy vivo —contradijo el verdugo—. Estoy tan vivo como tú, o como el mundo más allá de tu ventana.
—No puedes sentir pena —saltó el hombrecito—. No eres más que metal. No puedes comprender.
—Tu apasionada determinación de demostrar mi falta de comprensión es equivocada —dijo el robot, con cierta amargura metálica—. Sé exactamente cuál es tu sistema de vida. Sé exactamente lo que eres. Sé exactamente lo que sientes.
—Pero no puedes sentirlo tú mismo.
—No.
—Entonces no comprendes. 
El hombrecito estaba tranquilo otra vez, su furia se disolvía al encontrarse con la frialdad del verdugo.
—Entiendo exactamente lo que has hecho, y por qué —dijo pacientemente el robot.
—Entonces sabes que no hay peligro —respondió el ingeniero.
—Tu sistema de vida, si alguna vez llegara a la Tierra, destruiría el planeta. Tu sistema de vida no se reproduce por réplica. Cada organismo es único, y tiene dos cromosomas, cada uno de los cuales tiene un genoma completo. Un cromosoma determina el organismo, el otro, una partícula de virus. Este segundo cromosoma permanece inactivo hasta que el organismo llega a la senilidad, entonces se apropia del control de la síntesis de proteínas del cromosoma-organismo. Se producen billones y billones de partículas de virus y el organismo muere por su enfermedad intrínseca. Las partículas de virus se liberan y son universalmente infecciosas. Cualquier sistema de síntesis de proteínas está abierto a su ataque. Con la infección, el cromosoma-organismo y el cromosoma-organismo del huésped se fusionan y se co-adaptan, desarrollándose por un proceso de cambio dirigido. Entonces el nuevo cromosoma induce la metamorfosis del cuerpo huésped y lo transforma en un ser que es al principio parásito, pero que más tarde puede adquirir vida independiente. El nuevo ser lleva el cromosoma virus inactivo en sus propias células. El aspecto importante del sistema de vida es el hecho de que el virus puede infectar a absolutamente cualquier ser vivo, independientemente de que ya sea parte del sistema de vida o no. No hay inmunización posible. Por lo tanto, eventualmente, toda vida en cualquier continuo debe convertirse inevitablemente en parte del sistema de vida. Y la incorporación significa inevitablemente una pérdida total de identidad.
El hombrecito asintió.
—Entonces lo sabes todo —anunció—. Sabes lo que es y cómo funciona. Sin embargo, aun conociendo todos los hechos puedes plantarte ahí y acusarme de crear una especie de monstruo de Frankenstein que sólo espera destruirme y conquistar la Tierra. ¿No ves qué infantil y ridículo es esto?
—Existe un peligro —insistió obstinadamente el robot.
—¡Eso es una absoluta estupidez! El sistema de vida está absolutamente ligado al interior del Asteroide Lamarck. No hay posibilidad de que alguna vez llegue al exterior. Si llegara, no podría vivir. Ni siquiera un sistema tan versátil como el mío podría vivir allí, sin aire ni agua. Sólo los robots pueden hacerlo. No hay forma de escapar de Lamarck.
—Si, como has dicho en tus informes, la evolución del sistema de vida Lamarck es directiva y beneficiosa, y seria un error limitarla a supuestas capacidades del sistema, hay una probabilidad finita de que el sistema obtenga acceso al Lamarck externo, y desarrolle un mecanismo de dispersión extraplanetaria.
—¡Esporas de Arrhenius! —exclamó el hombrecito—. ¿Cómo? Dímelo, ¿cómo? ¿Cómo puede un sistema cerrado, dentro de un asteroide, enviar esporas a la Tierra, contra el viento solar? Sin duda hasta los idiotas que te enviaron deben comprender que las esporas de Arrhenius tienen que salir hacia afuera, apartándose de la Tierra, aunque hubiera una pequeñísima probabilidad de que esas esporas se formaran.


—Es imposible hacer predicciones sobre la forma del desplazamiento dentro del sistema solar —declaró el robot, implacable.
—¿Me tomas por tonto?
—No.
—Entonces, ¿por qué te niegas a admitir nada de lo que yo digo? Los robots son esencialmente seres lógicos. Sin duda tengo a la lógica de mi lado.
—No te salvará ninguna cantidad de lógica. El dispositivo ya está armado y activado. El Asteroide Lamarck está en camino al Sol. No hay apelación contra la decisión.
—No hay apelación —dijo el ingeniero genético con desprecio—. No hay apelación porque no se atrevieron a concederme una voz. No hay justicia en esta decisión. Hay solamente miedo.
—Hay miedo —admitió el robot.
—Tratas de convencerme de que ésa es la razón de esta sentencia de muerte. Hablas en términos fríos y exactos de la probabilidad y el peligro. Tratas de decírmelo a mí, de encubrir la verdad y la culpa. Sé honesto, si puedes. Dime la verdad; que he sido condenado a muerte por un miedo demente, irracional, el miedo a algún fantasma monstruoso que jamás podría surgir de mi sistema de vida. Eso es todo... un miedo chiflado, estúpido, patológico, a algo que no pueden comenzar a entender ni a apreciar. El miedo que puede engendrar miedo, contagiar a otros de miedo. El miedo que puede usarse como palanca para dictar sentencias de muerte. Dicen que mi virus infeccioso podría llegar a la Tierra. Ya está allí. El miedo contagia a todo. Y su segunda generación es el asesinato.
—El miedo es completamente natural —dijo el verdugo.
—¡Natural! —El hombrecito levantó la mirada detrás de los anteojos hasta el cielo raso y tendió los brazos—. ¿Qué clase de naturaleza tiene miedo a la naturaleza?
—La naturaleza humana —respondió el robot, con rapidez.
—Eso es lo que me condenó —dijo el hombre—. La naturaleza humana. No la razón... no las probabilidades finitas. La naturaleza humana, la vanidad humana y el miedo humano. Pero sólo tienen miedo de sí mismos. Los humanos diseñaron este virus. Los bioquímicos y los genetistas lo consiguieron. Los ingenieros genéticos y los cirujanos de reconstrucción lo armaron. Todo el sistema es producto de la inspiración humana, el ingenio humano, la capacidad. ¿Qué vas a citarme ahora? ¿Que hay cosas que el hombre no estaba destinado a conocer? ¿Qué la creación es la prerrogativa de la divinidad?
—No —respondió el verdugo—. Simplemente diré que por el solo hecho de poder hacer algo, no hay razón ipso facto de que un hombre deba hacerlo. Lo que has creado es potencialmente tan peligroso que no puede permitirse que siga existiendo.
—Ellos te ordenaron que hicieras esto.
—Éstas son mis palabras —insistió el robot—. Digo lo que me indican. Digo lo que me mandan decir. Pero lo creo. Soy de metal, pero estoy vivo. Creo en mí mismo. Sé lo que hago.
—Es una sentencia de muerte para ti también —dijo el ingeniero.
—Acepto la necesidad.
—¿Y se supone que por eso debo aceptarla yo también? Tú eres un robot. No das a a la vida el mismo valor que yo. Estás programado para morir. No importa lo que sea tu mente de metal, tú no puedes ser humano. No puedes aceptar valores humanos. No eres más que una máquina.
—Sí —respondió el robot delicadamente—. Soy una máquina.
El hombrecito miró por la pared de vidrio, obligándose a volver a las náuseas, la frustración y el miedo.
—No es sólo por mí —dijo el hombre—. Es mi vida. Es todo lo que he hecho; todo aquello en que creo. No quiero morir, pero tampoco quiero que todo esto muera. Es importante para mí. Yo lo hice. Tal vez puedas entender eso.
—Si tú lo dices —concedió el verdugo, cansadamente.
—Yo tampoco lo entiendo —confesó el hombrecito.
—No —replicó el robot—. No puedes comprenderlo. No es tu ciencia. Es tu hijo. 
El hombre trató de contenerse.
—¿Quién eres tú para juzgar? ¿Qué eres tú para juzgar? ¿Cómo puede un ser de metal decir cosas así? ¿Qué diferencia hay para mí? Ni ciencia ni hijo. Porque amo el sistema que he creado, ¿se desvaloriza mi razón? ¿No hay que atender a mis argumentos porque estoy personalmente involucrado en ellos?
—Tus argumentos no tienen ninguna importancia. En realidad la discusión ha terminado.
—Y la sentencia se ha dictado. ¿Quién habló a mi favor? ¿Quién presentó mis argumentos, mi desafío?
—Fueron presentados —respondió rígidamente el robot.
—Desestimados. Desalentados.
—Se tomó la decisión. Se consideraron todos los hechos. Se estudiaron todos los posibles cursos de acción. Pero no se podía correr ningún riesgo. El Asteroide Lamarck y todo lo que se ha puesto en contacto con él deben ser destruidos. Hay que elimina el peligro de infección.
—Deben de estar locos —dijo el hombrecito con expresión lejana—. El miedo irracional no puede extenderse tanto. Ni siquiera se contentan con adueñarse de mi vida. Además deben matarme. Deben asesinar además de destruir. Sin duda eso significa que tienen miedo de mí... de lo que yo podría decir. Qué tenues deben de ser sus argumentos, si se atreven a no permitir que se oiga mi voz...
—Tienen miedo de las esporas —repuso el robot—. Tú has estado en contacto personal con el sistema. Si te permitieran volver a la Tierra estarían dando lugar al peligro que quieren evitar.
—¿Estás seguro? ¿Crees eso también? ¿Por qué no dijeron, también, que mis conocimientos eran demasiado peligrosos? ¿No habría sido mucho más diplomático hacerme morir en un accidente? ¿O es eso lo que dirán? —agregó el ingeniero, como si acabara de ocurrírsele la idea.
—Es lo mismo —respondió el robot.
—¿Quién te envió? —preguntó el hombrecito, sabiendo perfectamente bien que no obtendría respuesta del verdugo—. ¿Quién comenzó a sembrar el miedo?
—¿Qué miedo? —se defendió el robot.
—Ese pánico. ¿Quién diseminó el miedo que hay detrás de esta decisión? No puede haber aparecido solo. No se formó en las mentes serias por generación espontánea. Alguien lo puso allí. Alguien se embarcó en una cruzada. Alguien necesitaba una palanca. Es obvio. No soy tan estúpido como para pensar que alguien me odia, o que algún lunático verdaderamente cree en el peligro de infección. Alguien necesitaba una plataforma. Alguien necesitaba explotar el miedo, para iniciar una cruzada que pudiera llevarlo a la cabeza. Es la política la que produjo tu lógica deformada. Es la política la que se comprometió a guardar silencio. Es la política la que usa el miedo como arma. Es así, ¿verdad?
—No lo sé.
—Yo sí lo sé. El miedo no aparece de pronto, totalmente formado. Es necesario extenderlo, como a un virus. Es necesario nutrirlo, inyectarlo. Es parte de la actividad política. Plantarlo, cultivarlo, comprarlo y venderlo.
 —Estás diciendo cosas sin sentido —dijo el robot con tono sensato.
—Dime que no entiendes —sugirió el hombrecito, y rió. El robot no rió.


—De nada vale —repuso el robot— tratar de hacerme cambiar de idea. Puedes desvalorizar mis argumentos, porque la decisión ya se ha tomado. La sentencia ya se ha cumplido.
El hombre se apartó de la pared de vidrio y fue hacia la puerta.
—Nada de lo que hagas te servirá —dijo el robot—. Si vas a buscar el arma que tienes en el escritorio, no te molestes. No puedes hacer nada. El aparato fue implantado y activado antes de que yo llegara aquí. Lamarck ya está muerto.
El hombrecito se detuvo y volvió la cabeza.
—No iba a buscar el arma —dijo. 
El robot no pudo sonreír.
—Sigue adelante, entonces —dijo el verdugo—. Ve a hacer lo que quieres.
El hombrecito salió, y el robot volvió sus ojos rojos a la pared de vidrio. Observó en silencio el bosque sedoso.
Más allá y dentro de los hilos plateados —que conformaban un organismo— había otros organismos, otras fracciones de organismos. El robot no trató de verlas. No le interesaban.
El Asteroide Lamarck comenzó a perder velocidad orbital, e inició una larga y lenta espiral hacia el Sol.

El hombrecito sostenía el arma con ambas manos. Tenía manos pequeñas, delicadas, y brazos delgados. La pistola era pesada.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó el robot con calma.
El hombrecito miró por encima de sus anteojos de armazón fino el objeto poco conocido que tenía en las manos.
—De nada te servirá disparar contra mí —dijo el robot.
—¿Qué te importa si disparo o no? —preguntó el hombrecito. Su voz era aguda y emotiva—. Eres de metal. No comprendes la vida. Matas, pero no sabes lo que estás haciendo realmente.
—Sé lo que es vivir —respondió el robot.
—Tú existes —replicó el ingeniero con desprecio—. No sabes lo que significa una vida humana. No sabes lo que eso significa... —señaló la ventana en la pared— para mí, para la ciencia. Tú solo quieres matar. Matar la vida, matar el conocimiento, matar la ciencia. Por miedo.
—Todo eso ya lo hemos discutido.
—¿Qué otra cosa podemos hacer, excepto volver a pasar por todo? ¿Qué otra cosa queda excepto hablar, hasta que Lamarck caiga en el Sol y tú y yo nos convirtamos en cenizas? ¿Qué quieres hacer tú?
—De nada sirve discutir.
—Nada sirve de nada. Soy un hombre condenado. Cualquier cosa que haga será una pérdida de tiempo. Soy un hombre muerto. Tú eres un robot muerto. Pero no te importa.
El verdugo guardó silencio.
El hombrecito levantó el arma, y apuntó a uno de los ojos rojos del robot. Por unos momentos, el hombre y el metal se miraron. El robot vio un dedo delgado, vacilante, que apretaba el gatillo del arma.
Las manos que sostenían el arma se sacudieron y también se sacudió el ingeniero genético con el disparo. Hubo un fuerte BANG. La bala chocó contra el cielo raso de metal, y de allí saltó a la ventana, pero el vidrio no se rompió.
—No tiene sentido —dijo el robot con suavidad. De alguna manera, después del disparo, su tranquilidad parecía melancólica.
El hombrecito volvió a hacer fuego, entrecerrando los ojos y apretando los labios, luchando por mantener quietas las manos. La bala rompió el ojo electrónico del robot convirtiéndolo en pequeños fragmentos rojos. El hombre de metal gimió, y cayó hacia atrás. Hubo un momento en que logró conservar el equilibrio con sus rodillas de doble articulación, compensando el impacto, y el robot quedó de rodillas, echado hacia atrás. Luego el gemido terminó en un fuerte jadeo, y el ingeniero retrocedió mientras el robot caía al suelo cuan largo era.
El robot muerto dejó escapar una risa burlona, que salía en ronca sacudida del aparato vocal en ese momento sin coordinación. El ingeniero miró ese montón de metal torcido. Sólo era una parodia de una forma humana. Era sólo metal. Y estaba muerto.
El hombrecito caminó lentamente hasta la gran ventana. Disparó desde la cintura, como un delincuente. La bala rebotó en el vidrio y lo alcanzó en el muslo. Su rostro palideció, y retrocedió, pero sin caer. Disparó tres veces más, y la tercera vez el vidrio se partió. Pero de todas maneras no había brecha en la pared de vidrio.
El ingeniero sintió las lágrimas que brotaban de sus ojos y la sangre que le corría de la pierna. Golpeó el vidrio con la culata una y otra vez. Las grietas se extendieron, y finalmente la ventana abandonó la lucha y se hizo pedazos.
Una vez que apareció la brecha fue fácil agrandarla. El hombrecito dejó que la gravedad artificial del laboratorio lo hiciera caer al suelo, para hacer descansar la pierna herida, mientras seguía golpeando en el borde inferior del agujero hasta lograr un hueco del tamaño de una puerta en la pared.
Se arrastró por allí, entrando en el mundo de su sistema de vida. Una vez allí, más allá de la atracción de la gravedad, la pierna dejó de molestarle, y su cuerpo se llenó de un alegre bienestar.
Inspiró el aire e imaginó que era más limpio y más fresco que el aire frío y estéril de su propio mundo dentro del Lamarck. No sentía nada, pero sabía que en el aire que respiraba, y a través de la herida de la pierna, el virus invadía su cuerpo.
Comenzó  a  arrastrarse  apartándose  de  la  ventana,  apartándose  del  robot asesinado, y descubrió que podía hacerlo con increíble rapidez y con poco esfuerzo. Había gravedad suficiente como para que no se lastimara. El ingeniero dejó atrás la ventana, porque no era una ventana al mundo que había enviado un verdugo a quitarle la vida. Se internó cada vez más en el cuerpo del bosque plateado, y siguió internándose.
Encontró otro bosque, otro ser singular con muchos aspectos individuales. Era una conglomeración de formas de árboles que consistían en tallos retorcidos, con muchas ramas, cada una de las cuales parecía haber surgido por un proceso de bifurcación y deformación de espirales a partir de elementos de un punto único u origen. Cada una de las ramas terminaba en un pequeño esferoide parecido a un ojo.
Las ramas eran de igual grosor, y de suavidad y dureza de vidrio. A primera vista, todo el bosque parecía petrificado, pero había vida allí, y crecimiento. Nada se petrificaba en el sistema de vida de Lamarck. Dentro de los globos en los extremos de las ramas, el ingeniero percibía movimiento, y cuando se detuvo a mirar con más atención, vio una especie de humo móvil que sólo podía ser una corriente citoplasmática. Percibió regiones más oscuras que eran núcleos y organelas. Llegó a la conclusión de que los esferoides eran los elementos vivos de un ser o colmena colonial, que construía los tallos que los producían a partir de materia puramente inorgánica.
Luego siguió penetrando, volando por momentos a través del pequeño bosque, y luego entrando en otro bosque, y otro. Había perdido de vista la ventana hecha pedazos, y no veía la batería de células solares que eran la única evidencia de interferencia humana en el sistema de vida del Lamarck. Estaba solo. Un desconocido en el mundo que él había construido. Flotó hasta detenerse, y se hundió lentamente hasta la alfombra de diminutos organismos únicos. Quedó allí tendido, exhausto, escuchando los latidos de su corazón y admirando las maravillas que había producido su habilidad en ingeniería genética.


Vio una planta gigante, a no mucha distancia, que debía de haber cubierto un área mucho más grande de suelo que cualquiera de los llamados bosques. Era de tal complejidad que estaba construida en hileras en el aire.
La capa inferior consistía en un denso enredo de ramas retorcidas de color claro y continuidad pareja, bastante parecidas a los filamentos del bosque de seda. Los delgados hilos se entretejían para formar un almohadón de densidad variable.
Por encima de ese almohadón había una alfombra más floja, seriada, de elementos más gruesos y de color más oscuro, pero de textura pareja similar. Los hilos Se agitaban suavemente, y parecían muy flexibles.
Desde ese estrato aéreo se extendían torres de pequeños elementos esféricos, mantenidos en posición vertical por alguna fuerza adhesiva invisible. Esas células esféricas se producían continuamente por brotes en los filamentos. Las esferas de la parte superior perdían constantemente la misteriosa adhesión y flotaban a la deriva, cayendo muy lentamente, elevándose de tanto en tanto para volver a caer.
Eventualmente, explotaban en nubes de partículas de virus pequeñas hasta tornarse invisibles.
En dirección opuesta, el ingeniero veía otro vasto crecimiento, con el aspecto de un árbol con frutas que parecían piedras preciosas. Surgía de un profundo lecho de lodo, un extenso almohadón que habría parecido hostil a la vida si no hubiera sido parte del sistema de vida de Lamarck. Entrecerrando los ojos, el hombrecito percibía miles de cuerpos como varas que se movían al azar dentro del cuerpo de lodo.
El árbol mismo era esbelto y muy hermoso por la forma de sus curvas y sus ramas. Las ramas eran traslúcidas, pero no totalmente claras, porque en ciertos puntos contenían cuerpos como varas, encapsulados, encerrados como moscas en ámbar. El ingeniero imaginó que el ámbar estaba formado de lodo cristalino.
En el extremo de cada rama había una gran joya esférica o elíptica, encerrada dentro de una fina membrana. Había movimiento dentro de cada gema, y parecían los ojos multifacéticos de alguna extraña bestia.
El ingeniero miraba, maravillado, y enamorado de todo.

El Asteroide Lamarck entró en la órbita de Marte.
El ingeniero dormía, y durante el sueño murió.
El virus trabajaba dentro de él. Invadía las células, penetraba los núcleos. Se apoderaba de la producción de proteínas. Mataba. Y mientras todavía estaba matando, comenzaba a reconstruir y a regenerar. El segundo cromosoma de virus y los cuarenta y seis cromosomas humanos formaron un complejo, y el DNA dentro de ellos comenzó a sufrir metamorfosis químicas a medida que cambiaron las bases y los genes se remodelaban.
Mientras se creaba el nuevo genotipo, el virus esculpía, estimulaba y respondía. Mutaba y hacía pruebas. El sendero de la generación del nuevo ser se corregía continuamente.
En conjunción con la metamorfosis química llegó el cambio físico. El cuerpo del ingeniero comenzó a fluir y a distorsionarse. Un nuevo ser nacía y crecía dentro de él, alimentándose de él. El virus probó la viabilidad de lo que estaba construyendo su segundo conjunto de cromosomas, y el ser que surgía estaba perfectamente diseñado para cumplir su tarea. El proceso que tenía lugar dentro del cadáver del hombrecito estaba mucho más allá del proceso elemental que había construido el ingeniero. La rapidez de evolución del sistema de vida Lamarck había aumentado mucho la velocidad, la agilidad y la eficiencia de la metamorfosis.
El nuevo ser absorbió al ingeniero, y avanzó lentamente hacia la madurez.
 
El Asteroide Lamarck cruzó la órbita de la Tierra.
El cuerpo del hombrecito había perdido la mayor parte de su sustancia. El rostro se había ensanchado en una sonrisa de calavera, y el ridículo par de anteojos estaba ladeado sobre el brillante puente blanco de la nariz. El cerebro había desaparecido totalmente del cráneo, y también había desaparecido toda la parte inferior del abdomen. Las piernas eran finas cuerdas de músculos atrofiados. Las costillas estaban reducidas a diminutas varitas fijadas a lo que alguna vez había sido la columna vertebral. Sólo había polvo donde antes se encontraban los órganos internos.
Por encima del cadáver volaba algo alado, como un murciélago, probando sus fuerzas. Tenía cuerpo pequeño, pero cráneo grande. Y un diminuto rostro, extrañamente humano y arrugado, sin ojos. El rostro se movía continuamente como si expresara emociones desconocidas, y el ser produjo un pequeño sonido, agudo como una risita.
Se apartó de los restos de su padre, y voló velozmente por los extraños bosques del interior de Lamarck en grandes círculos. Finalmente, encontró el bosque de plata, y se posó en una rama muy cerca de la pared de vidrio destrozada. Quedó inmóvil. Nunca había comido. No estaba equipado para comer. Había nacido sólo para realizar una pequeña tarea para el sistema de vida Lamarck, y luego morir otra vez.
Entretanto, las plantas del Lamarck interno habían pasado por el hueco que el ingeniero había abierto para ellas. Habían explorado sus laboratorios, sus bibliotecas, su dormitorio, su oficina. Se habían deslizado debajo de las puertas y por los agujeros de las cerraduras. Sólo había un lugar a donde no podían llegar, que era el mundo del Lamarck externo, más allá de la gran zona de hierro a prueba de aire que no tenía grietas ni llave.
Las plantas morían, y luego renacían. Se formaban nuevos tipos de plantas alrededor de la puerta de hierro y sobre la puerta... plantas que construían sus paredes similares de hierro puro. Con eficiencia vegetal, comenzaban a disolver la zona hermética a prueba de aire.
La criatura alada comenzó a esparcir pequeños objetos que llevaba en el abdomen. Un esfínter pulsaba y pulsaba, centenares de contracciones por minuto, y cada pulso liberaba otra partícula. Las partículas flotaban en el aire, demasiado livianas para la escasa gravedad que las atraía al suelo. El aire del bosque de plata se llenó de ellas.

El Asteroide Lamarck cruzó la órbita de Venus.
Se formaron agujeros en la puerta externa de la zona hermética. La puerta interna había desaparecido totalmente. Comenzaba a escaparse el aire, pero antes de que la situación se tornara dramática, los agujeros ya eran grandes como puños. Como todos los otros miembros del sistema de vida Lamarck, los consumidores de hierro eran rápidos y eficientes. El filtrado se convirtió en una inundación. Junto con él, el aire recibía las pequeñas partículas producidas en cientos de millones por la criatura alada.
Lamarck era demasiado pequeño como para contener la atmósfera que inundaba la desolación de sus superficie externa. Se perdía el aire y con él las partículas. Mientras el Lamarck avanzaba velozmente hacia el Sol, en una espiral siempre decreciente, dejaba tras él una larga huella de esporas Arrhenius, que comenzaban a flotar perezosamente a la deriva en el viento solar.
Lentamente, hacia afuera, hacia la órbita de la Tierra.


FIN