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2025/02/10

No sucedió (Fredric Brown)


Título original: It didn’t happen
Año: 1963


Aunque él no podía saberlo, Lorenz Kane estaba perdido desde el día que atropelló a la muchacha de la bicicleta. La perdición propiamente dicha pudo haberle alcanzado en cualquier parte, en cualquier momento; dio la casualidad de que sucediera en los camerinos de un teatro de variedades una noche de finales de septiembre.
Por tercera vez en una semana había presenciado la actuación de Queenie Quinn, la primera bailarina del espectáculo, una actuación digna de presenciarse, en verdad.
Vestida sólo con tres minúsculos pedazos de cinta azul, estratégicamente colocados, Queenie, una rubia de elevada estatura y cuerpo de ninfa, había terminado su último número de la noche y acababa de desvanecerse entre bastidores, cuándo Kane pensó que una actuación privada de Queenie, en su apartamento de soltero, no sólo sería mucho más agradable que una actuación en público, sino que indudablemente le produciría placeres mucho mayores. Y como el número final, en el que Queenie, en su calidad de estrella, no debía aparecer estaba empezando en aquel momento, decidió que era la ocasión ideal para hablar con ella a fin de conseguir una actuación particular.
Salió del teatro y bajó rápidamente por el callejón hasta la puerta de entrada de los artistas. Un billete de cinco dólares hizo que el portero le dejara entrar sin dificultades y al cabo de un minuto llamaba con los nudillos a la puerta de un camerino decorado con una estrella dorada. Una voz preguntó: 
—¿Sí?
No tenía intención de hacer su oferta a través de una puerta cerrada, y conocía lo bastante la jerga utilizada entre bastidores para saber la única pregunta que haría suponer a la muchacha que él era alguien relacionado con el mundo del espectáculo que tenía una razón de peso para querer verla con urgencia.
—¿Está visible? —inquirió.
—Un momento —respondió ella, y después, al cabo de un minuto escaso—: Adelante.
Entró y la vio en pie frente a sí, envuelta en una bata de color rojo vivo que ponía de relieve sus hermosos ojos azules y su cabello rubio. Saludó y se presentó, después de lo cual empezó a explicar los detalles de la proposición que quería hacerle.
Estaba preparado para una cierta resistencia inicial o incluso una negativa y dispuesto a mostrarse persuasivo incluso, si era necesario, hasta el punto de ofrecerle una suma de cuatro cifras, que desde luego sobrepasaría los ingresos semanales de ella —hasta era posible que sus ingresos mensuales —en un teatro de variedades tan pequeño cómo aquél. Pero en vez de escucharle razonablemente, ella empezó a gritar como una arpía, lo cual ya era bastante ofensivo; pero después cometió la gravísima equivocación de dar un paso adelante y cruzarle la cara de una bofetada. Fuerte. Le dolió.
Él perdió la paciencia, retrocedió un paso, sacó su revólver y le disparó al corazón.
Después salió del teatro y cogió un taxi para volver a su apartamento. Tomó unas cuantas copas para tranquilizar sus nervios comprensiblemente agitados y se fue a la cama. Estaba durmiendo profundamente cuando, un poco después de medianoche, llegó la policía y le arrestó por asesinato. Él no comprendió nada.

Mortimer Mearson, que probablemente, por no decir sin duda alguna, era el mejor abogado criminalista de la ciudad, regresó al edificio del club a la mañana siguiente después de una temprana partida de golf y encontró un recado en el que se le pedía que telefoneara a la juez Amanda Hayes en cuanto pudiera. La telefoneó inmediatamente.
—Buenos días, Señoría —dijo—. ¿Ocurre algo?
—Ocurre algo, Morty; pero si tienes libre el resto de la mañana y puedes dejarte caer por mi despacho, me ahorrarás el tener que explicártelo por teléfono.
—Estaré ahí dentro de una hora —le aseguró él. Y así fue.
—Buenos días otra vez, Señoría —dijo—. Ahora hágame el favor de tomar aliento y explicarme detalladamente lo que sucede.
—Un caso para ti, si lo quieres. En pocas palabras, anoche se arrestó a un hombre por homicidio, se niega a hacer declaraciones de ninguna clase hasta haber consultado a un abogado, y no lo tiene. Dice que, hasta ahora, jamás había tenido problemas legales y que ni siquiera conoce a ningún abogado. Pidió al jefe que le recomendara uno, y el jefe me ha pasado el muerto a mí.
Mearson suspiró.
—Otro caso de oficio. Bueno, supongo que ya era hora de que volviese a encargarme de uno. ¿Me ha designado a mí?
—No tan de prisa, muchacho —dijo la juez Hayes—. No se trata de ningún caso de oficio. El caballero en cuestión no es rico, pero disfruta de una posición razonablemente acomodada. Es un joven bastante conocido en la ciudad, un playboy o algo por el estilo, capaz de pagar la minuta que quieras presentarle, siempre que no sea excesiva. No estoy diciendo que tu minuta suela ser excesiva, pero esto es algo que deben discutir ustedes dos, si es que él acepta que le representes.
—¿Puede decirme si ese dechado de virtud, evidentemente inocente y difamado, tiene nombre?
—Lo tiene, y lo habrás oído más de una vez si lees los periódicos. Lorenz Kane.
—El nombre lo confirma; evidentemente es inocente. Uh... hoy no he leído el periódico.. ¿A quién se supone que ha matado? ¿Sabe usted algún detalle?
—Será un caso difícil, Morty, muchacho —dijo la juez—. No creo que tenga ninguna posibilidad a menos que alegues locura momentánea. La víctima era una tal Queenie Quinn; un nombre artístico, aunque sin duda se descubrirá uno más válido. Era bailarina en el Majestic. La estrella del espectáculo. Muchas personas vieron a Kane entre los espectadores durante su último número y le observaron salir justo después, durante el número final. El portero le ha identificado y admite haberle dejado entrar. El portero le conocía de vista y esto fue lo que condujo a la policía hasta él. Al cabo de unos minutos volvió a pasar junto al portero, cuando salió. Mientras tanto, varias personas habían oído el disparo. Y pocos minutos después del final del espectáculo, la señorita Quinn fue hallada muerta, de un disparo, en su camerino.
—Es su palabra contra la del portero. No será tan difícil. Conseguiré demostrar que el portero no es más que un mentiroso patológico con unos antecedentes interminables.
—Estoy segura de que lo conseguirías, Morty. Sin embargo, hay un pero. En vista de su posición relativamente importante, la policía llevaba una orden de registro junto con la orden de arresto bajo sospecha de asesinato cuando fueron a prenderle. En el bolsillo del traje que había llevado, encontraron un revólver de calibre treinta y dos con un cartucho disparado. La señorita Quinn murió a causa de una bala disparada con un revólver del calibre treinta y dos. Exactamente el mismo revólver, según los expertos en balística de nuestro departamento de policía, que dispararon una bala de muestra y usaron el microscopio para compararla con la bala que mató a la señorita Quinn.
—¿Y dice que Kane no ha hecho absolutamente ninguna declaración excepto en el sentido de que no declarará hasta haber consultado al abogado que elija?
—Así es, aparte de un comentario bastante raro que hizo inmediatamente después de que le despertaran y acusaran. Los dos oficiales que le arrestaron lo oyeron y coinciden incluso en las palabras. Dijo: “¡Dios mío, así que ella debía de ser real!" ¿Qué crees que quería significar con esto?
—No tengo ni la menor idea, Señoría. Pero si me acepta como su abogado, no dude de que se lo preguntaré. Mientras tanto, no sé si darle las gracias por proporcionarme el caso o maldecirla por encomendarme un problema tan difícil.
—A ti te gustan los problemas difíciles, Morty, y tú lo sabes. Especialmente si percibes tus honorarios, ganes o pierdas. Sin embargo, quiero ahorrarte gestiones inútiles. Sería inútil tratar de conseguir una fianza o un mandato de habeas corpus. El fiscal del distrito saltó de la silla al recibir el informe de balística. La acusación es formal: Homicidio en primer grado. Y la parte acusadora no necesita más de lo que tiene; están dispuestos a ir a juicio en cuanto te hayan convencido de que no hay ningún motivo para esperar. Bueno, ¿qué estás aguardando?
—Nada —dijo Mearson. Y se fue.

Un guardia acompañó a Lorenz Kane a la sala de consultas y le dejó allí con Mortimer Mearson. Mearson se presentó y ambos se estrecharon la mano. Kane, pensó Mearson, parecía muy tranquilo, y decididamente más asombrado que inquieto. Era un hombre alto, moderadamente atractivo, de unos treinta y cinco o cuarenta años, y estaba impecablemente aseado a pesar de una noche en una celda. Daba la impresión de ser el tipo de hombre que conseguiría parecer impecablemente aseado en cualquier lugar, en cualquier momento, incluso una semana después de que sus porteadores le hubieran abandonado en pleno safari a mil kilómetros al norte del Congo, llevándose todas sus pertenencias.


—Sí, señor Mearson. Estaré más que satisfecho si usted me representa. He oído hablar de usted, y he leído algo respecto a los casos que ha defendido. No sé por qué no se me ocurrió pensar en usted, en vez de solicitar una recomendación. Ahora bien, ¿desea oír mi historia antes de aceptarme como cliente... o me ha aceptado ya, para bien o para mal?
—Para bien o para mal —dijo Mearson—, hasta que.. —Entonces se interrumpió. "Hasta que la muerte nos separe" es una frase muy poco diplomática para un hombre que se halla, muy posiblemente, a la sombra de la silla eléctrica.
Pero Kane sonrió y acabó él mismo la frase.
—Muy bien —dijo—. Sentémonos —y ambos se sentaron en las dos sillas, una a cada lado de la mesa, de la sala de consultas—. Y como eso significa que nos veremos continuamente durante un tiempo, será mejor que nos llamemos por el nombre de pila. Pero no Lorenz, en mi caso. Llámeme Larry.
—Y a mí llámeme Morty —dijo Mearson—. Ahora quiero que me cuente su historia con todo detalle, pero primero le haré dos preguntas rápidas. ¿Es usted...?
—Espere —le interrumpió Kane—. Una pregunta rápida antes de esas dos. ¿Está usted absoluta y completamente seguro de que no hay ningún micrófono oculto en esta sala, de que esta conversación es completamente privada?
—Lo estoy —repuso Mearson—. Ahora mi primera pregunta: ¿Es usted culpable?
—Sí.
—Los oficiales que le arrestaron declaran que, antes de esposarle, usted dijo una cosa: "¡Dios mío, así que ella debía de ser real!" ¿Es eso cierto? Y en caso afirmativo, ¿a qué se refería con ello?
—En aquel momento yo estaba muy aturdido, Morty; y no me acuerdo, pero probablemente dijera algo en este sentido, porque es exactamente lo que pensaba. Pero, en cuanto a lo que me refería, eso es algo que no puedo contestar rápidamente. El único modo de que usted me comprenda, si es que logro que me comprenda, es empezar por el principio.
—De acuerdo. Empiece. Y tómese todo el tiempo que necesite. No tenemos que resolverlo todo en una sesión. Puedo retrasar el juicio unos tres meses como mínimo... más si es necesario.
—Puedo contárselo en menos tiempo. Todo empezó —y no me pida que sustituya el "todo" por otra palabra —hace cinco meses y medio, a principios de abril. Cerca de las dos y media de la madrugada del martes tres de abril, para ser lo más exacto posible. Había estado en una fiesta en Armand Village, al norte de la ciudad, y volvía a casa. Yo...
—Disculpe las interrupciones. Quiero asegurarme de que no se me escapa ningún detalle. ¿Conducía usted? ¿Iba solo?
—Conducía mi Jaguar. Iba solo.
—¿Sobrio? ¿A demasiada velocidad?
—Sobrio, sí. Me fui de la fiesta relativamente temprano —era muy aburrida —y en esa época bebía con mucha moderación. Pero de repente me sentí hambriento (creo que me había olvidado de cenar) y me detuve en un parador. Tomé un cóctel mientras esperaba, pero me comí hasta el último pedazo del enorme filete que me trajeron, toda la guarnición, y bebí varias tazas de café. Después no bebí ninguna copa, y yo diría que cuando salí estaba más sobrio que de costumbre, si es que sabe a lo que me refiero. Y, por si esto fuera poco, di un paseo de media hora en un coche descapotado y en una noche bastante fría. En resumen, yo diría que estaba más sobrio que ahora, y no he bebido alcohol desde poco antes de la medianoche de ayer. Yo...
—Espere un momento —dijo Mearson. Sacó un frasco plateado del bolsillo de la americana y lo dejó encima de la mesa—. Es una reliquia de la Prohibición; a veces lo uso para hacer de San Bernardo con clientes encarcelados demasiado recientemente para que hayan podido procurarse la importación de las necesidades de la vida.
Kane dijo:
—Ahhh. Morty, puede usted duplicar sus honorarios por excederse en el cumplimiento de su deber.
Bebió un buen trago. 
—¿Dónde estábamos? —preguntó—. ¡Ah, sí! Yo estaba decididamente sobrio. ¿A mucha velocidad? Sólo técnicamente. Me dirigía hacia el sur por la calle Vine y sólo me separaban unas cuantas manzanas de Rostov...
—Cerca de la comisaría del distrito cuarenta y cuatro.
—Exactamente. Figura en mi relato. Es una zona de velocidad limitada a cuarenta y yo debía ir a sesenta, pero qué demonios, eran las dos y media de la madrugada y no había tráfico. Sólo la proverbial damita de Pasadena habría ido a menos de sesenta.
—Ella no estaría en la calle a esas horas. Pero continúe.
—De repente, por la boca de un callejón situado en medio de una manzana, sale una muchacha en bicicleta, pedaleando con toda la rapidez posible. Y justo enfrente de mí. La vi claramente un instante, mientras pisaba el freno con todas mis fuerzas. Era una adolescente, de unos dieciséis o diecisiete años. Su cabello rojizo le salía por debajo de un gran pañuelo marrón que llevaba en la cabeza. Iba vestida con un jersey de angora verde pálido y pantalones de color canela hasta media pierna. La bicicleta era roja.
—¿Observó todo eso en una ojeada?
—Sí. Todavía lo veo con claridad. Y... esto no lo olvidaré jamás: Un momento antes del impacto, ella se volvió y me miró fijamente, con ojos muy asustados ocultos tras unas gafas de concha.
»Yo ya estaba apretando el pedal del freno con todas mis fuerzas y el maldito Jaguar empezó a clavarse en el suelo y a decidir si patinaba o no. Pero, demonios, por muy rápidas que sean tus reacciones, y las mías lo son mucho, es imposible parar un coche en seco si vas a sesenta. Debía de ir a cincuenta cuando la arrollé... Fue un impacto espantoso.
»Y después, un ruido sordo y varios crujidos al pasar primero las ruedas delanteras del Jaguar y luego las posteriores El ruido sordo fue ella, naturalmente, y los crujidos fueron la bicicleta. El coche debió de pararse a un metro escaso.
»Un poco más adelante, a través del parabrisas, vi las luces de la comisaría á una manzana de distancia. Salí del coche y eché a correr hacia allí. No miré atrás. No quise mirar atrás. No habría servido de nada, pues ella debía de estar más que muerta, después de aquel impacto.
»Me precipité en el interior de la comisaría y, al cabo de unos segundos, conseguí dejar de tartamudear y explicar lo que intentaba decirles. Dos agentes salieron conmigo y los tres nos dirigimos hacia el lugar del accidente. Yo empecé a correr, pero ellos se limitaron a andar de prisa y yo moderé el paso porque no quería llegar primero. Bueno, llegamos y...
—Déjeme adivinarlo —interrumpió el abogado—. Ni rastro de la joven, ni rastro de la bicicleta.
Kane asintió lentamente.
—Estaba el Jaguar, parado en medio de la calle; los faros encendidos; la llave en el contacto, pero el motor calado. Detrás de él, unos doce metros de marcas de neumáticos, que empezaban unos cuatro metros antes del lugar donde estaba el callejón.
»Y eso es todo. Ni rastro de la muchacha, ni rastro de la bicicleta. Ni una gota de sangre, ni un pedazo de metal. Ni una abolladura en el parachoques del automóvil. Me tomaron por un loco y no les culpo. Ni siquiera me dejaron sacar el coche de en medio de la calle; uno de ellos lo aparcó junto a la acera, se quedó la llave y volvieron a conducirme a la comisaría para interrogarme.
»Pasé el resto de la noche allí. Supongo que habría podido llamar a un amigo para que avisara a un abogado y me sacaran bajo fianza, pero estaba demasiado trastornado para pensar en nada. Quizá demasiado trastornado para querer salir, para tener una idea de adónde querría ir o qué querría hacer si salía. Lo único que deseaba era estar solo para pensar y, después del interrogatorio, uno de los sitios a donde podía ir era justo el que me asignaron. No me metieron en la celda de los borrachos. Me imagino que iba demasiado bien vestido y llevaba tarjetas de identificación demasiado impresionantes, para convencerles de que, cuerdo o loco, era un ciudadano sólido y solvente al que debían tratar con guantes de seda. Sea como fuere, me hicieron entrar en una celda individual y yo me alegré de poder quedarme a pensar en ella. Ni siquiera traté de dormir.


»A la mañana siguiente enviaron a un psiquiatra de la policía para hablar conmigo. A estas alturas, yo había llegado a la conclusión de que, cualquiera que fuese el problema, la policía no me ayudaría en nada y que cuanto antes los perdiera de vista, mejor. Así que engañé al psiquiatra restando importancia a mi historia en vez de contársela tal como sucedió. Omití los efectos acústicos, como los crujidos de la bicicleta al pasar por encima y las sensaciones cinéticas del impacto y el golpe, y se lo presenté como una súbita y momentánea alucinación visual. El picó el anzuelo y me dejaron marchar.
Kane dejó de hablar el tiempo suficiente para tomar un trago del frasco plateado y después preguntó:
—¿Aún me cree? Y, me crea o no, ¿tiene alguna pregunta que hacerme?
—Sólo una —dijo el abogado-... ¿Está usted... puede usted estar seguro de que su experiencia con la policía del distrito cuarenta y cuatro es objetiva y demostrable? En otras palabras, si llegamos a juicio y decido basar mi defensa en un estado de enajenación mental, ¿puedo llamar como testigos a los policías que hablaron con usted, y al psiquiatra de la policía?
Kane esbozó una sonrisa irónica.
—Para mí, la experiencia con la policía es tan objetiva como el atropello de la muchacha en bicicleta. Pero, por lo menos, usted puede verificar lo primero. Compruébelo y averigüe si lo recuerdan. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. Continúe.
—La policía dedujo que yo había sufrido una alucinación y se dio por satisfecha, pero yo no. Hice varias cosas. Primero llevé el Jaguar a un garaje para levantarlo del suelo y examiné detenidamente los bajos y la parte delantera. Nada de nada. Está bien, no había sucedido, en lo que al coche respecta.
»Después quise saber si una muchacha de esa descripción, viva o muerta, había salido aquella noche en bicicleta. Gasté varios miles de dólares en una agencia de detectives privada, para que escudriñaran minuciosamente aquel barrio y una amplia zona a su alrededor, y descubrieran si había existido alguna vez una joven que concordase con esa descripción, con o sin bicicleta roja. Se presentaron con unas cuantas adolescentes pelirrojas posibles, pero yo me las arreglé para verlas, y no era ninguna de ellas.
»Y, después de informarme, yo mismo escogí a un psiquiatra y empecé a visitarle. Se suponía que era el mejor de la ciudad, e indudablemente el más caro. Fui a verle durante dos meses. Resultó un fracaso. No conseguí averiguar lo que creía que había sucedido; no quiso decirme nada. Ya sabe cómo trabajan los psicoanalistas, te hacen hablar a ti, te hacen analizarte a ti mismo, y finalmente te hacen decirles cuál es tu problema; entonces cotorreas un poco sobre ello y les dices que estás curado, ellos se muestran de acuerdo contigo y te dicen que vayas con Dios. Eso está muy bien si tu subconsciente sabe cuál es el problema y finalmente lo deja escapar. Pero mi subconsciente no sabía qué pasaba y, como vi que estaba perdiendo el tiempo, me largué.
»Pero, mientras tanto, había hablado con unos amigos para conocer sus ideas, y uno de ellos, profesor de filosofía en la Universidad, empezó a hablar de ontología, y eso me impulsó a leer libros sobre el tema y me proporcionó una pista. En realidad, yo creí que era más que una pista, creí que era la solución. Hasta anoche. Desde anoche sé que, por lo menos parcialmente, me equivoqué.
—Ontología... —dijo Mearson-... La palabra me resulta vagamente familiar, ¿será tan amable de aclarármela?
—Voy a citarle la versión íntegra del Webster Unabridged: "Ontología es la ciencia del ser o la realidad; la rama del saber que investiga la naturaleza, las propiedades esenciales y las relaciones de ser como tal".
Kane lanzó una mirada a su reloj de pulsera.
—Veo que estoy tardando en explicárselo más de lo que había pensado. Empiezo a cansarme de hablar y sin duda usted aún estará más cansado de escuchar. ¿Qué le parece si acabamos esta conversación mañana?
—Una excelente idea, Larry —Mearson se levantó.
Kane inclinó el frasco plateado para aprovechar hasta la última gota y lo devolvió.
—¿Volverá a hacer de san Bernardo mañana?

—Fui al cuarenta y cuatro —dijo Mearson—. El incidente que usted me describió no ha sido olvidado. Hablé con uno de los dos agentes que salieron con usted hasta la escena del... uh... hasta el coche. Usted informó realmente del accidente, de eso no hay duda.
—Comenzaré por donde lo dejé —declaró Kane—. La ontología, el estudio de la naturaleza de la realidad. Al leer mucho sobre el tema me tropecé con el solipsismo, que se inició en tiempos de los griegos. Es la creencia de que todo el universo es producto de la imaginación; en este caso, mi imaginación. Es la creencia de que yo soy la única realidad concreta y de que todas las cosas y todas las personas sólo existen en mi mente.
Mearson frunció el ceño.
—Así pues, la muchacha de la bicicleta, como para empezar sólo tenía una existencia imaginaria, ¿cesó de existir... uh, retroactivamente, en el momento que usted la mató? ¿Sin dejar rastro tras sí, excepto un recuerdo en su mente, que atestiguara su paso por la vida?
—A mí también se me ocurrió esta posibilidad, y decidí hacer algo que seguramente lo confirmaría o refutaría. Específicamente, cometer un asesinato, deliberadamente, para ver qué sucedía.
—Pero... pero Larry, se cometen asesinatos todos los días, hay personas que son asesinadas, y no se desvanecen retroactivamente sin dejar rastro tras de sí.
—Pero no soy yo quien las ha asesinado —replicó gravemente Kane—. Y si el universo es un producto de mi imaginación, eso supone una gran diferencia. La muchacha de la bicicleta es la primera persona que yo he matado en mi vida.
Mearson suspiró.
—De modo que decidió averiguarlo cometiendo un asesinato; y disparó sobre Queenie Quinn. Pero, ¿por qué no...?
—No, no, no —interrumpió Kane—. Cometí otro antes de ése, hace uno o dos meses. Un hombre. Un hombre... No vale la pena que le diga su nombre o cualquier otra cosa acerca de él porque la verdad es que nunca existió, como la muchacha de la bicicleta.
»Pero, naturalmente, yo no sabía que ocurriría así, de modo que no me limité a matarle abiertamente, como hice con la bailarina. Tomé las debidas precauciones para que, si hallaban su cuerpo, la policía no pudiera detenerme como el asesino.
»Pero después de haberle matado, bueno... él no había existido jamás, y creí que mi teoría estaba confirmada. A partir de entonces siempre he llevado un arma, creyendo que podría matar impunemente todas las veces que quisiera, y que eso no tendría importancia que no sería inmoral, porque cualquiera que yo matase no habría existido realmente excepto en mi imaginación.
»Normalmente, Morty, soy una persona de carácter apacible. La otra noche fue la primera vez que usé el revólver. Cuando esa maldita bailarina me pegó lo hizo con fuerza, me dio un bofetón tremendo. Me cegó momentáneamente y yo reaccioné de un modo automático al sacar la pistola y disparar.
—Hummm —dijo el abogado—. Y Queenie Quinn resultó ser real y usted está en prisión por homicidio, así que, ¿no reduce eso su teoría de solipsismo a la nada?
Kane frunció el ceño.
—Evidentemente, la modifica. He reflexionado mucho desde que me arrestaron, y he llegado a una conclusión. Si Queenie era real —y desde luego lo era—, yo no era, y probablemente no soy, la única persona real. Hay personas reales y personas irreales, que sólo existen en la imaginación de las reales.
»No sé cuántas hay. Quizá sólo unas pocas, quizá miles, o incluso millones. Mi muestra, tres personas de las cuales una resultó ser real, es demasiado pequeña para ser significativa.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué tiene que haber una dualidad como ésta?
—No tengo ni la menor idea —repuso Kane—. He llegado a pensar cosas muy raras, pero no son más que suposiciones. Es como una conspiración, ¿pero una conspiración contra quién? ¿O contra qué? Y no todas las personas reales pueden estar envueltas en la conspiración, porque yo no lo estoy.
Se rió entre dientes con humorismo.
—Anoche tuve un sueño muy curioso acerca de eso, uno de esos sueños confusos y revueltos que no puedes contar a nadie, porque no tienen continuidad y no son más que una serie de impresiones. Era algo sobre una conspiración y un archivo de la realidad que incluía los nombres de todas las personas reales y las mantenía reales. Voy a tratar de explicárselo: La realidad está manejada por una cadena de compañías inmobiliarias, una en cada ciudad, aunque desde luego no se sabe que formen una cadena. Naturalmente, también se ocupan de bienes raíces, como fachada. Y... Oh, demonios, es demasiado complicado para tratar de explicarlo.
»Bueno, Morty, eso es todo. Supongo que me dirá que mi única defensa es alegar locura... y tendrá razón porque, maldita sea, si estoy cuerdo soy un asesino. En primer grado y sin circunstancias atenuantes; ¿no es así?
—Sí —dijo Mearson. Jugueteó un momento con una pluma de oro y después alzó la vista—. El psiquiatra que le trató durante cierto tiempo... su nombre no era Galbraith, ¿verdad?
Kane negó con la cabeza.
—Bien. El doctor Galbraith es amigo mío y el mejor psiquiatra forense de la ciudad, quizá del condado. Ha trabajado conmigo en una docena de casos y los hemos ganado todos. Me gustaría conocer su opinión antes de planear la defensa. ¿Querrá hablar con él, ser completamente sincero, si le digo que venga a verle?
—Desde luego. Uh... ¿le pedirá que me haga un favor?
—Probablemente; ¿de qué se trata?
—Préstele su frasco y dígale que lo traiga lleno. No tiene usted ni idea de lo agradables que hace estas entrevistas.

El interfono que había sobre la mesa de Mortimer Mearson dejó oír su zumbido característico y él apretó el botón que le traería la voz de su secretaria.
—El doctor Galbraith quiere verle, señor.
Mearson le dijo que lo hiciera entrar inmediatamente.
—Hola, doctor —dijo Mearson—. Quítese un peso de encima y cuéntemelo todo. 
Galbraith se dispuso a obedecer y encendió un cigarrillo antes de hablar.
—Incomprensible al principio —dijo—. No di con la solución hasta hacerle el historial médico. Sufrió una caída jugando al polo a los veintidós años y el golpe que le dieron con un mazo en la cabeza le produjo una contusión grave y la subsiguiente amnesia. Primero fue completa, pero después fue recobrando gradualmente la memoria hasta la época de su primera adolescencia. Sin embargo, casi no recuerda nada de lo que ocurrió entre esa época y el momento del accidente.
—¡Dios mío, el período de adoctrinamiento!
—Exactamente. Oh, tiene destellos, como el sueño del que te habló. Podríamos rehabilitarlo, pero temo que ya sea demasiado tarde. Si le hubiéramos descubierto antes de que cometiera un crimen abierto... Pero ahora no podemos arriesgarnos a que su historia conste en un expediente, ni siquiera alegando locura como defensa. Ya lo sabes.
—Bien —dijo Mearson—. Haré la llamada inmediatamente. Después iré a verle otra vez. No me gusta, pero hay que hacerlo.
Apretó un botón del interfono.
—Dorothy, comuníqueme con el Señor Hodge, de la Compañía Inmobiliaria Midland. Páseme la llamada a la línea privada.
Galbraith se fue mientras él esperaba y a los pocos momentos sonó uno de los teléfonos y lo descolgó.
—¿Hodge? —dijo—. Soy Mearson. ¿No nos escucha nadie? Bien. Clave ochenta y cuatro. Quita la tarjeta de Lorenz Kane del archivo de realidad... Sí, es necesario y una emergencia. Mañana te presentaré el informe.
Sacó una pistola del cajón de la mesa y cogió un taxi hasta el Palacio de Justicia.
Solicitó una entrevista con su cliente y en cuanto Kane traspuso la puerta —no valía la pena esperar— le mató de un disparo. Aguardó el minuto que tardaba el cuerpo en desvanecerse, y después subió al despacho de la juez Amanda Hayes para realizar una última comprobación.
—¿Cómo está Su Señoría? —dijo—. Hace poco me hablaron de un hombre llamado Lorenz Kane, y no recuerdo quién fue. ¿Usted, por casualidad?
—Jamás he oído ese nombre, Morty. No fui yo.
—En este caso, debió de ser otra persona. Gracias, Señoría. Hasta la vista.


FIN

2024/12/30

La respuesta (Fredric Brown)


Título original: Answer
Año: 1954


Dwar Ev soldó ceremoniosamente la última conexión con oro. Los ojos de una docena de cámaras de televisión le contemplaban y el subéter transmitió al universo una docena de imágenes sobre lo que estaba haciendo.
Se enderezó e hizo una seña a Dwar Reyn, acercándose después a un interruptor que completaría el contacto cuando lo accionara. El interruptor conectaría, inmediatamente, la totalidad de aquel monstruo de máquinas computadoras con todos los planetas habitados del universo —los noventa y seis mil millones— en el supercircuito que los conectaría a todos con una supercalculadora, una máquina cibernética que combinaría todos los conocimientos de todas las galaxias.
Dwar Reyn habló brevemente a los miles de millones de espectadores y oyentes. Después, tras un momento de silencio, dijo:
—Ahora, Dwar Ev.
Dwar Ev accionó el interruptor. Se produjo un impresionante zumbido, la onda de energía procedente de noventa y seis mil millones de planetas. Las luces se encendieron y apagaron a lo largo de los muchos kilómetros de longitud de los paneles.
Dwar Ev retrocedió un paso y lanzó un profundo suspiro.
—El honor de formular la primera pregunta te corresponde a ti, Dwar Reyn.
—Gracias —repuso Dwar Reyn—, será una pregunta que ninguna máquina cibernética ha podido contestar por sí sola.
Se volvió de cara a la máquina.
—¿Existe Dios?
La impresionante voz contestó sin vacilar, sin el chasquido de un solo relé.
—Sí, ahora existe un Dios.
Un súbito temor se reflejó en la cara de Dwar Ev. Dio un salto para agarrar el interruptor.
Un rayo procedente del cielo despejado le abatió y produjo un cortocircuito que inutilizó el interruptor. 

FIN

2024/07/08

Obediencia (Fredric Brown)


Título original: Obedience
Año: 1950


En un minúsculo planeta de una estrella lejana y débil, invisible desde la Tierra, y en el extremo más lejano de la galaxia, cinco veces la distancia que el hombre ha penetrado en el espacio, se eleva la estatua de un terráqueo. Fue construida con un metal precioso y es algo impresionante, de veinticinco centímetros de altura y exquisita factura.
Los bichos se deslizan sobre ella...

Estaban en una patrulla de rutina en el Sector 1534, más allá de Sirio y a muchos parsecs de del Sol. La nave era la consabida biplaza de reconocimiento utilizada para todas las patrullas fuera del sistema. El capitán May y el teniente Ross jugaban al ajedrez cuando sonó la alarma.
El capitán May dijo:
—Don, ajústala, mientras pienso esta jugada.
No apartó la mirada del tablero; sabía que sólo podía tratarse de un meteoro pasajero.
En ese sector no había naves. El hombre había penetrado mil parsecs en el espacio y aún no había encontrado una forma de vida extraña lo bastante inteligente para comunicarse, menos aún para construir naves espaciales.
Ross tampoco se levantó, sino que se volvió en la silla para mirar el tablero de instrumentos y la telepantalla. Levantó distraídamente la mirada y quedó boquiabierto: Había una nave en la pantalla. Recuperó lo suficiente el aliento para gritar "¡Capitán!" y después el tablero de ajedrez cayó al suelo y May miró por encima de su hombro.
Pudo oír la respiración de May y luego su voz que dijo:
—¡Fuego, Don!
—¡Pero si es un crucero clase Rochester! Uno de los nuestros. Ignoro qué hace aquí, pero no podemos...
—Vuelve a mirar.
Don Ross no podía volver a mirar porque no había dejado de hacerlo, pero repentinamente vio a qué se refería May. Era casi un Rochester, pero no del todo. Tenía algo extraño. ¿Algo? Era extraño, se trataba de una imitación alienígena de un Rochester.
Y sus manos corrieron hacia el botón de disparo casi antes de que todo el impacto de la situación le alcanzara.
Con el dedo en el botón, observó los diales del telémetro Picar y del Monold.
Marcaban cero.
Lanzó una maldición.
—Capitán, nos interfieren. ¡No podemos calcular a qué distancia está, su tamaño ni su masa!
El capitán May asintió lentamente, pálido.
En el interior de la cabeza de Don Ross, un pensamiento dijo:
—Serénense, hombres. No somos enemigos.
Ross se volvió y miró a May. Éste dijo:
—Sí, lo he recibido. Telepatía.
Ross volvió a maldecir. Si fueran telépatas...
—Fuego, Don. Visual.
Ross oprimió el botón. La pantalla quedó cubierta por una llamarada de energía y cuando ésta cesó, no había restos de nave espacial.

El almirante Sutherland dio la espalda al gráfico estelar colgado de la pared y los estudió agriamente desde debajo de sus pobladas cejas. Dijo:
—May, no me interesa refundir su informe. Ambos han estado sometidos al psicógrafo; hemos extraído de sus mentes hasta el último segundo del encuentro. Nuestros lógicos lo han analizado. Están aquí por razones disciplinarias. Capitán May, ¿conoce el castigo por desobediencia?
—Sí, señor —reconoció May tensamente—. ¿Cuál es?
—La muerte, señor.
—¿Y qué orden desobedeció?
—Orden General Trece-Noventa, Sección Doce. Prioridad Cuadrado-A. Toda nave terrestre, sea militar o de otro tipo, tiene la orden de destruir inmediatamente y al verla a cualquier nave extraña que encuentre. Si no lo hace, debe volar hacia el espacio extraterrestre, en una dirección no exactamente contraria a la de la Tierra, y continuar hasta que se le acabe el combustible.
—¿Y por qué motivo, capitán? Lo pregunto simplemente para averiguar si lo sabe. Desde luego, no es importante y ni siquiera relevante si comprende o no el motivo de cualquier disposición.
—Sí, señor. Para que no exista la posibilidad de que la nave extraña siga a la nave avistada hasta el Sol y se entere así de la situación de la Tierra.
—Pero usted desobedeció esa disposición, capitán. No está seguro de haber destruido al extraño. ¿Qué puede decir en defensa propia?
—No lo consideramos necesario, señor. La nave extraña no parecía hostil. Además, señor, debían conocer nuestra base; al hablarnos nos llamaron "hombres".
—¡Tonterías! El mensaje telepático fue enviado por una mente extraña, pero recibido por las de ustedes. Sus mentes tradujeron automáticamente el mensaje a nuestra terminología. Él no sabía necesariamente el punto de origen de ustedes ni que eran humanos.
El teniente Ross no tenía por qué hablar, pero preguntó:
—Señor, por lo tanto, ¿no se cree que fueran amistosos?
El almirante resopló.
—Teniente, ¿dónde se entrenó? Parece haber pasado por alto la premisa más elemental de nuestros planes de defensa, el motivo por el cual desde hace cuatrocientos años patrullamos el espacio, en busca de cualquier vida extraña. Todo extraño es un enemigo. Aunque hoy se mostrara amistoso, ¿cómo podemos saber que lo será el año que viene o dentro de un siglo? Y un enemigo potencial es un enemigo. Cuanto más rápidamente sea destruido, más segura estará la Tierra. ¡Analice la historia militar del mundo! Como mínimo, demuestra eso. ¡Piense en Roma! Para estar a salvo, no podía permitirse el lujo de vecinos poderosos. ¡Y en Alejandro el Grande! ¡Y en Napoleón!
—Señor —intervino el capitán May—, ¿estoy bajo pena de muerte?
—Sí.
—Entonces más vale que hable. ¿Dónde está Roma ahora? ¿Y el imperio de Alejandro o el de Napoleón? ¿Y la Alemania nazi? ¿Y el tiranosaurio Rex?
—¿Quién?
—El antepasado del hombre, el más resistente de los dinosaurios. Su nombre significa "rey de los saurios tiranos". También pensaba que todos los demás seres eran sus enemigos. ¿Y dónde está ahora?
—Capitán, ¿es todo lo que tiene que decir?
—Sí, señor.
—Entonces lo pasaré por alto. Un razonamiento falaz y sentimental. No está bajo pena de muerte, capitán. Simplemente respondí que sí para averiguar lo que decía, hasta dónde llegaba. No se muestra piedad con usted a causa de una tontería humanitaria. Se ha encontrado una circunstancia realmente atenuante.
—¿Puedo saber cuál, señor?
—El extraño fue destruido. Nuestros técnicos y lógicos lo han averiguado. El Picar y el Monold funcionaban correctamente. El único motivo por el cual no registraron ninguna señal se debió a que la nave extraña era demasiado pequeña. Pueden detectar un meteoro que pesa nada más que dos kilos y cuarto. La nave extraña era más pequeña.
—¿Más pequeña...?
—Indudablemente. Ustedes pensaron en la vida extraña en términos de nuestro tamaño. No existen razones por las cuales deba de ser así. Incluso podría ser submicroscópica, demasiado pequeña para ser visible. La nave extraña debió contactar deliberadamente, a una distancia de pocos metros. Y los disparos, a esa distancia, la destruyeron por completo. Por eso no vieron un casco carbonizado como prueba de que había sido destruida —Sonrió—. Le felicito, teniente Ross, por su puntería. Desde luego, en el futuro las descargas visuales serán innecesarias. Hemos modificado inmediatamente los detectores y calculadores de las naves de todas clases a fin de que detecten y señalen objetos incluso de tamaño diminuto.
Ross dijo:
—Gracias, señor. ¿Pero no opina que el hecho de que la nave que vimos, al margen de su tamaño, fuera una imitación de una de nuestras naves de clase Rochester prueba que los extraños ya saben sobre nosotros mucho más que nosotros sobre ellos, incluido probablemente el emplazamiento de nuestro planeta natal? ¿Y que, aunque sean hostiles, el reducido tamaño de su aparato es lo que les impide expulsarnos del sistema?
—Es posible. O ambas cosas son ciertas o ninguna lo es. Es evidente que, al margen de su habilidad telepática, técnicamente son muy inferiores a nosotros... o, de lo contrario, no imitarían nuestro diseño de naves espaciales. Tuvieron que leer la mente de algunos de nuestros ingenieros para copiar ese diseño. Sin embargo, aunque supongamos que eso es verdad, quizá todavía no conocen el emplazamiento del Sol. Las coordenadas espaciales serían sumamente difíciles de traducir y el nombre Sol no significaría nada para ellos. Además, su descripción aproximada coincidiría con las de otros millares de estrellas. De todos modos, está en nuestras manos encontrarlos y exterminarlos antes de que ellos nos encuentren a nosotros. Hemos dado la alerta a todas las naves que están en el espacio para que los busquen y las hemos equipado con instrumentos especiales para detectar objetos pequeños. Estado de guerra. Quizás sea redundante decirlo: Siempre existe un estado de guerra con los extraños.
—Sí, señor.
—Eso es todo, caballeros. Pueden retirarse.
En el pasillo, dos guardias armados esperaban. Cada uno de ellos se colocó a un lado del capitán May.
May dijo rápidamente:
—Don, no digas nada. Lo esperaba. No olvides que desobedecí una orden importante y que el almirante dijo que estaba condenado a muerte. Mantente al margen de esto.
Con los puños cerrados y los dientes fuertemente apretados, Don Ross vio cómo los guardias se llevaban a su amigo. Sabía que May tenía razón; no podía hacer nada salvo meterse en líos mayores que aquel en el que May ya estaba metido y empeorar la situación de su amigo.


Salió casi ciegamente del Edificio del Almirantazgo. Salió y se emborrachó en seguida pero de nada le sirvió.
Tenía la acostumbrada licencia de dos semanas antes de volver a presentarse para cumplir con sus deberes espaciales y sabía que le convendría aclarar su mente en ese período. Fue a ver a un psiquiatra y habló hasta perder la mayor parte de su amargura y su sentimiento de rebeldía.
Volvió a sus libros de texto y se sumergió en la necesidad de una estricta e indiscutible obediencia a la autoridad militar, en la necesidad de una vigilancia incesante a la espera de razas extrañas y en la necesidad de exterminarlas siempre que las encontrara.
Ganó; se convenció a sí mismo de cuán impensable había sido creer que el capitán May pudiera haber sido totalmente perdonado por haber desobedecido una orden, por el motivo que fuese. Incluso se sintió horrorizado por haber consentido en esa desobediencia. Desde luego, técnicamente era intachable; May estaba al mando de la nave y la decisión de regresar a la Tierra en lugar de volar hacia el espacio —y la muerte— provino de él. Como subordinado, Ross no compartía la responsabilidad.
Pero ahora, como persona, le remordía la conciencia por no haber intentado convencer a May de que no desobedeciera. ¿Qué sería del Cuerpo Espacial sin obediencia? ¿Cómo podía compensar lo que ahora consideraba su negligencia culpable, su delito?
Durante ese período miró ávidamente los telenoticieros y supo que, en algunos otros sectores del espacio, habían destruido otras cuatro naves extrañas. Gracias a los instrumentos de detección mejorados, todas fueron destruidas al ser avistadas; no hubo comunicación después del primer contacto.
Durante el décimo día de licencia, puso fin a las vacaciones por decisión propia. Regresó al Edificio del Almirantazgo y pidió audiencia con el almirante Sutherland.
Obviamente, se rieron de él, pero lo esperaba. Logró que llevaran hasta el almirante un conciso mensaje verbal. Simplemente decía: "Tengo un plan que probablemente nos permitirá encontrar el planeta de los extraños sin riesgos para nosotros".
Sin duda alguna, esas palabras le abrieron paso.
Permaneció en posición de firmes ante el escritorio del almirante y dijo:
—Señor, los extraños han intentado contactarnos. No han podido hacerlo debido a que los destruimos al contactarlos, antes de que enviaran un pensamiento telepático completo. Si les permitimos que se comuniquen, existe la posibilidad de que delaten, accidentalmente o de otro modo, el emplazamiento de su planeta natal.
El almirante Sutherland respondió secamente:
—Y lo hagan o no, podrían descubrir el del nuestro siguiendo la nave a su regreso.
—Señor, mi plan cubre esa contingencia. Sugiero que me envíen al mismo sector donde se estableció el contacto inicial... esta vez en una nave monoplaza y desarmado. Solicito que esta misión sea ampliamente difundida a fin de que todos los hombres del espacio lo sepan y sepan que estoy en una nave desarmada con el fin de establecer contacto con los extraños. Opino que ellos se enterarán. Seguramente logran recibir pensamientos a larga distancia pero enviarlos, por lo menos a mentes terráqueas, sólo a distancias muy cortas.
—Teniente, ¿cómo lo ha deducido? No se preocupe, coincide con lo calculado por nuestros lógicos. Dicen que el hecho de que hayan robado nuestra ciencia, por ejemplo para copiar nuestras naves a escala menor, antes de que reparáramos en su existencia demuestra su capacidad de leer nuestros pensamientos a... bueno, a distancia moderada.
—Sí, señor. Supongo que si la noticia de mi misión llega a toda la flota, los extraños se enterarán. Y al saber que mi nave está desarmada, establecerán contacto. Averiguaré que tienen que decirme, que decirnos, y es posible que ese mensaje incluya una pista acerca del emplazamiento de su planeta natal.
—Y en ese caso el planeta duraría un máximo de veinticuatro horas —dijo el almirante Sutherland—. ¿Pero qué me dice de lo contrario, teniente? ¿No existe la posibilidad de que le sigan a su regreso?
—Señor, aquí es donde no tenemos nada que perder. Regresaré a la Tierra sólo si averiguo que ya conocen su emplazamiento. Creo que ya lo conocen gracias a sus habilidades telepáticas... y que no nos han atacado porque no son hostiles o porque son demasiado débiles. Pero sea como fuere, si conocen el emplazamiento de la Tierra no lo negarán al hablar conmigo. ¿Por qué habrían de hacerlo? Lo considerarán un elemento favorable para ellos y creerán que estamos pactando. Si afirman que lo conocen aunque no sea cierto... me negaré a aceptar su palabra a menos que me den pruebas.
El almirante Sutherland le miraba atentamente. Dijo:
—Hijo, usted tiene algo. Probablemente le costará la vida pero... si no es así y regresa con la novedad sobre el lugar de donde proceden los extraños, será el héroe de la raza. Probablemente acabará con mi trabajo. A decir verdad, siento la tentación de robarle la idea y hacer yo mismo el viaje.
—Señor, usted es demasiado valioso. Yo soy sacrificable. Además, señor, tengo que hacerlo. No son honores lo que deseo. Algo me pesa en la conciencia y quisiera compensarlo. Debí tratar de evitar que el capitán May desobedeciera órdenes. Yo no debería estar aquí ahora, con vida. Debimos volar hacia el espacio, dado que no estábamos seguros de haber destruido al extraño.
El almirante carraspeó.
—Hijo, usted no es responsable de ello. En un caso como éste, sólo el capitán de la nave es responsable. Pero comprendo lo que quiere decir. Siente que, en espíritu, desobedeció órdenes porque en su momento coincidió con la decisión del capitán May. De acuerdo, eso pasó y su sugerencia lo compensa, aunque usted mismo no tripulara la nave de contacto.
—¿Entonces puedo hacerlo, señor?
—Puede, teniente. Mejor dicho, puede hacerlo, capitán.
—Gracias, señor.
—Tendrá una nave preparada dentro de tres días. Podríamos tenerla antes, pero necesitaremos esos días para que la flota conozca la noticia de nuestras "negociaciones". Pero debe comprender que bajo ninguna circunstancia se desviará, por iniciativa propia, de las limitaciones que usted ha precisado.
—Sí, señor. A menos que los extraños ya conozcan el emplazamiento de la Tierra y lo demuestren fehacientemente, no regresaré. Volaré hacia el espacio. Le doy mi palabra, señor.
—Muy bien, capitán Ross.

La nave monoplaza volaba cerca del centro del Sector 1534, más allá de Sirio. Ninguna otra nave patrullaba ese sector.
El capitán Don Ross estaba tranquilo y esperaba. Observaba la visiplaca y esperaba a que una voz hablara en el interior de su mente.
Surgió cuando llevaba menos de tres horas de espera.
—Hola, Donross —dijo la voz, y simultáneamente aparecieron cinco minúsculas naves espaciales en su visiplaca.
El Monold le indicó que cada una de ellas pesaba menos de treinta gramos.
Preguntó: 
—¿He de hablar en voz alta o solamente debo pensar?
—No tiene importancia. Puede hablar si desea concentrarse en un pensamiento determinado, pero primero guarde silencio un momento.
Medio minuto después, Ross creyó oír en su mente el eco de un suspiro y luego:
—Lo siento. Supongo que esta charla no servirá de nada para ninguno. Verá, Donross, no conocemos el emplazamiento de su planeta natal. Quizá podríamos haberlo averiguado pero no nos interesaba. No éramos hostiles y, a partir de las mentes de los terráqueos, sabíamos que no podíamos correr el riesgo de ser amistosos. Por lo tanto, si usted obedece órdenes podrá regresar para informar.
Don Ross cerró los ojos un instante. Entonces ése era el fin, no tenía sentido seguir hablando. Había dado su palabra al almirante Sutherland de que obedecería las órdenes al pie de la letra.
—Así es —dijo la voz—. Ambos estamos condenados Donross, y lo que le digamos carece de importancia No logramos atravesar el cordón de sus naves y hemos perdido a la mitad de nuestra raza en el intento. 
—¡La mitad! ¿Quiere decir...?
—Sí, Sólo éramos mil. Construimos diez naves, cada una de las cuales transportaba un centenar. Los terráqueos destruyeron cinco naves; sólo quedan cinco más, las que usted ve, toda nuestra raza. A pesar de que va a morir, ¿le interesa saber algo sobre nosotros?
Don Ross asintió, olvidando que no podían verle, pero debieron de leer en su mente su afirmación.


—Somos una raza antigua, mucho más antigua que la suya. Nuestro hogar es, o era, un minúsculo planeta del compañero oscuro de Sirio; sólo tiene ciento sesenta kilómetros de diámetro. Sus naves aún no lo han encontrado, pero sólo es cuestión de tiempo. Hace muchos, muchísimos milenios que somos inteligentes, pero jamás desarrollamos los viajes espaciales. Ni era necesario ni deseábamos hacerlo. Hace veinte años de los suyos, una nave terráquea pasó cerca de nuestro planeta y captamos los pensamientos de los hombres que iban en ella. Entonces supimos que nuestra única seguridad, nuestra única posibilidad de supervivencia, consistía en un vuelo inmediato hasta los límites más lejanos de la galaxia. Gracias a esos pensamientos supimos que tarde o temprano nos encontrarían, aunque nos quedáramos en nuestro propio planeta, y que seríamos implacablemente exterminados.
—¿No pensaron en combatir?
—No. No podríamos haberlo hecho aunque lo hubiésemos deseado... y no lo deseamos. Para nosotros es imposible matar. Si la muerte de un solo terráqueo e incluso de un ser inferior asegurara nuestra supervivencia, no podríamos causarla. Usted no puede comprenderlo. Un momento... creo que puede hacerlo. Donross, usted no es como los demás terráqueos. Pero volvamos a nuestra historia. Extrajimos detalles del viaje espacial de las mentes de los miembros de esa nave y los adaptamos a la diminuta escala de las naves que construimos. Hicimos diez, las suficientes para transportar a toda nuestra raza. Pero descubrimos que no podemos atravesar sus patrullas. Cinco de nuestras naves lo intentaron y todas han sido destruidas.
—Yo hice una quinta parte: Destruí una de sus naves —informó Don Ross apesadumbrado.
—Se limitó a cumplir órdenes. No se culpe a sí mismo. En ustedes la obediencia está tan profundamente arraigada como en nosotros el odio a matar. Aquel primer contacto con la nave en que usted viajaba fue deliberado; teníamos que cercioramos de que nos destruirían al vernos. Pero a partir de entonces, y de una en una, otras cuatro naves nuestras han intentado pasar y todas han sido destruidas. Reunimos todas las restantes aquí cuando supimos que usted establecería contacto con nosotros desde una nave desarmada. Pero aunque desobedeciera órdenes y regresara a la Tierra, esté donde esté, para informar de lo que acabamos de decirle, no darían órdenes de dejarnos pasar. Todavía hay muy pocos terráqueos como usted. Es posible que en épocas futuras, cuando los terráqueos lleguen al extremo más lejano de la galaxia, haya más seres como usted. Pero ahora, las posibilidades de que logremos hacer pasar siquiera una de nuestras naves son remotas. Adiós, Donross. ¿Qué significa esa extraña convulsión de su mente y la contracción de sus músculos? No lo comprendo. Espere... es el reconocimiento de que usted percibe algo incoherente. Aunque el pensamiento es demasiado complejo, demasiado confuso. ¿De qué se trata?
Finalmente Don Ross logró dejar de reír.
—Escuche, amigo alienígena que no puede matar —dijo Don—, les libraré de esto. Me ocuparé de que atraviesen nuestro cordón hacia la seguridad que desean. Pero lo divertido es el modo en que lo haré. Será obedeciendo órdenes y yendo hacia mi propia muerte. Saldré al espacio extraterrestre para morir allí. Usted, todos ustedes, pueden acompañarme y vivir allí. Sus minúsculas naves no aparecerán en los detectores de la patrulla si tocan esta nave. Y por si eso fuera poco, la fuerza de gravedad de esta nave les empujará y no tendrán que utilizar combustible hasta que estén más allá del cordón y fuera del alcance de sus detectores. Podré recorrer, como mínimo, cien mil parsecs antes de que se agote el combustible.
Hubo una prolongada pausa hasta que la voz en la mente de Don Ross dijo, débil y suavemente:
—Gracias.
Esperó hasta que las cinco naves desaparecieron de su visiplaca y oyó cinco ligeros sonidos cuando hicieron contacto con el casco de su propia nave. Después volvió a reír. Y obedeció órdenes: Voló hacia el espacio y la muerte.

En un minúsculo planeta de una estrella lejana y débil, invisible desde la Tierra, y en el extremo más lejano de la galaxia, cinco veces la distancia que el hombre ha penetrado en el espacio, se eleva la estatua de un terráqueo. Es algo impresionante, de veinticinco centímetros de altura y exquisita factura.
Los bichos se deslizan sobre ella, pero tienen derecho a hacerlo; la construyeron y la honran. La estatua es de un metal sumamente duro. En un mundo sin atmósfera, durará eternamente... o hasta que los terráqueos la encuentren y la destruyan. A menos que, desde luego, para entonces los terráqueos hayan cambiado profundamente.

FIN

2024/02/12

La cúpula (Fredric Brown)


Título original: The dome
Año: 1951


Kyle Braden permanecía sentado en su mullida butaca, contemplando el interruptor de la pared opuesta y preguntándose por millonésima vez (¿o sería por billonésima?) si estaba dispuesto a correr el riesgo de accionarlo. La millonésima o la billonésima vez en... aquella tarde haría treinta años.
Significaría probablemente la muerte, pero él no sabía bajo que forma. Desde luego, no sería una muerte atómica; todas las bombas se habrían utilizado ya hacía muchos años. Habían servido únicamente para destruir por completo la civilización. Para ese fin, había bombas de sobra. Y sus cuidadosos cálculos, realizados hacía treinta años, demostraban que tendría que transcurrir casi un siglo antes que el hombre consiguiese iniciar una nueva civilización... es decir, lo que quedase del hombre.
Mas, ¿qué ocurría en aquel momento, allá afuera, al otro lado del campo de fuerza en forma de cúpula que todavía le protegía de aquel horror? ¿Qué habría allí? ¿Hombres o bestias? ¿Y si la Humanidad se hubiese embrutecido totalmente, abandonando el terreno a otros animales menos malignos? No, la Humanidad había conseguido sobrevivir sin duda; únicamente debía de haber retrocedido. Y posiblemente el recuerdo del propio mal que se había infligido perduraría como una leyenda, para evitar que cometiese aquel tremendo error por segunda vez. Pero..., ¿bastaría para evitarlo, aunque el recuerdo de la catástrofe se conservase plenamente?
Treinta años, se dijo Braden. Suspiró ante el recuerdo de aquel lapso de tiempo que pareció interminable. Pero él había contado con todo lo necesario durante aquellos años, y la soledad era preferible a una muerte repentina. Más valía vivir solo que perecer..., morir allí afuera de alguna horrible manera.
Esto era lo que pensaba treinta años atrás, cuando él tenía treinta y siete. Y seguía pensando lo mismo en la actualidad, después de haber cumplido los sesenta y siete. No lamentaba en absoluto haber hecho lo que hizo. Pero se sentía cansado. Por millonésima vez (¿o sería billonésima?) se preguntó si no había llegado ya el momento de accionar aquel interruptor.
¿Y si allá afuera la Humanidad hubiese conseguido regresar a alguna sencilla forma de vida agrícola? Él podría ayudar a sus semejantes, darles cosas y consejos muy necesarios. Podría saborear, antes de ser verdaderamente viejo, su gratitud y la dicha de ayudar al prójimo.
Además, no quería morir solo como un perro. Había vivido solo y había soportado bastante bien su soledad..., pero a la hora de la muerte necesitaba la compañía de sus semejantes. Morir solo allí dentro sería peor que perecer en manos de los nuevos bárbaros que esperaba encontrar en el exterior. Era hacerse demasiadas ilusiones suponer que sólo después de treinta años la Humanidad ya habría conseguido crear una cultura agraria.
Y aquel día sería el mejor para hacerlo. Se cumplían treinta años de su encierro voluntario, si sus cronómetros no mentían, lo cual era imposible. Esperaría unas cuantas horas para que fuese exactamente la misma fecha y la misma hora, treinta años hasta el último minuto. Sí, ocurriese lo que ocurriese, entonces lo haría. Hasta aquel momento, el carácter irrevocable que tendría la acción de pulsar el interruptor le había detenido cada vez que pensaba en hacerlo.
Si la cúpula de energía pudiese anularse para crearse de nuevo, le hubiera sido fácil tomar aquella decisión y lo habría intentado hacía ya mucho tiempo. Tal vez a los diez o quince años de la catástrofe. Pero se requería una energía tremenda para crear el campo de fuerzas, a pesar que bastaba con muy poca energía para mantenerlo. Cuando lo creó, todavía existía energía en grandes cantidades en el mundo.
Por supuesto, el propio campo había hecho que se interrumpiese la conexión -todas las conexiones- después que él lo creó, pero las fuentes de energía existentes en el interior del edificio habían bastado para atender a sus propias necesidades y suministrar la pequeña cantidad de energía requerida para mantener el campo.
Sí, se dijo de pronto con decisión, accionaría aquel interruptor cuando se cumpliesen exactamente treinta años. Treinta años eran demasiado tiempo para estar solo.
Él no había querido estar solo. Si Myra, su secretaria, no se hubiese ido cuando... pero lo hizo por enésima vez. ¿Por qué había demostrado ella tanta terquedad, tan ridícula terquedad, para desear compartir la suerte del resto de la Humanidad, para querer prestar ayuda a los que ya no la necesitaban? Y ella le amaba. Si no hubiese sido por aquella idea quijotesca, se hubiera casado con él. Tal vez él le explicó la verdad con demasiada crudeza y ella se impresionó. ¡Qué maravilloso hubiera sido que ella se hubiese quedado con él!
En parte, de ello tuvo la culpa que las noticias llegasen antes de lo que él esperaba. Cuando él apagó la radio aquella mañana fatídica, ya sabía que sólo quedaban unas cuantas horas. Oprimió el botón para llamar a Myra y ella entró, bella, fresca, serena. Se hubiera dicho que no escuchaba jamás los noticiarios ni leía los periódicos... que no sabía lo que estaba pasando.
-Siéntate, querida -le dijo él.
Los ojos de Myra se abrieron un poco, con asombro, ante aquella inesperada manera de dirigirle la palabra, pero se sentó graciosamente en la silla que siempre utilizaba para tomar notas al dictado. Enarboló su lápiz.
-No, Myra -dijo él-. Esto es un asunto personal... muy personal. Quiero pedirte que te cases conmigo.
Esta vez, ella abrió los ojos con verdadero asombro.
-Doctor Braden, ¿es que... bromea usted?
-No. Te aseguro que no. Sé que tengo algunos años más que tú, pero no muchos, supongo. Tengo treinta y siete cumplidos aunque parezco algo más viejo a consecuencia de lo mucho que he trabajado en mi vida. Y tú tienes... ¿Veintisiete, no es eso?
-Cumplí veintiocho la semana pasada. Pero no pensaba en la edad. Es que... verá. Si digo que me parece demasiado repentino, parecerá una frase común, pero es la verdad. Usted ni siquiera... -y sonrió con expresión traviesa- ni siquiera me ha acosado. Y usted es el primer hombre para el cual he trabajado que no lo ha hecho.
Braden le dirigió una sonrisa.
-Lo siento. No sabía que eso fuese necesario. Pero Myra, hablo en serio. ¿Quieres casarte conmigo?
Ella le miró con aire pensativo.
-Yo... no sé. Lo curioso es que... creo que estoy un poco enamorada de usted. No sé por qué he de estarlo. Usted siempre se ha portado de una manera muy fría, interesado únicamente en su trabajo. Nunca ha intentado besarme, ni siquiera me ha galanteado.
»Pero... la verdad es que no me gusta esta declaración tan repentina y poco... sentimental. ¿Por qué no me lo vuelve a preguntar dentro de unos días? Y entre tanto... no estaría de más que me dijese también que me ama. No le vendría mal.


-Te lo digo ahora, Myra. Perdóname. Pero al menos... no te opones a la idea... no me dices que no.
Ella denegó lentamente con la cabeza. Sus ojos, fijos en él, eran hermosísimos.
-Entonces, Myra, permíteme que te explique por qué me he declarado de una manera tan imprevista y repentina. En primer lugar, he estado trabajando desesperadamente contra el reloj. ¿Sabes en qué he estado trabajando?
-En algo relacionado con la defensa... En un... aparato. Y si no me equivoco, lo ha estado haciendo por su cuenta, sin apoyo del gobierno.
-Exactamente -dijo Braden-. En las altas esferas no aceptarían mis teorías; y casi todos mis colegas, los demás físicos, están en desacuerdo conmigo. Pero afortunadamente tengo -o mejor dicho, tenía- recursos particulares muy cuantiosos procedentes de unas patentes que registré hace algunos años, sobre aparatos electrónicos. Sí, he estado trabajando en una defensa contra las bombas atómicas y los ingenios termonucleares; una defensa contra todo, que será eficaz excepto en el caso que la Tierra se convierta en un pequeño sol. Un campo de fuerzas globular a través del cual nada, absolutamente nada, puede ingresar.
-Y usted...
-Sí, lo he creado. Está a punto de entrar en operación ahora mismo, en torno al edificio en que nos encontramos, permaneciendo activo mientras yo lo desee. Nada podrá atravesarlo aunque lo mantenga durante muchos años. Además, este edificio está provisto de una tremenda cantidad de abastecimientos de toda clase. Hay incluso productos químicos y semillas para los cultivos hidropónicos. Tengo más que suficiente para que vivan aquí dos personas durante... durante toda una vida.
-Pero supongo que entregará su invento al gobierno, ¿verdad? Si es una defensa contra las bombas de hidrógeno...
Braden frunció el ceño.
-Sí, lo es, pero por desgracia su valor militar es insignificante, por no decir nulo. Y los altos jefes del ejército lo saben. Tienes que saber, Myra, que la energía requerida para crear este campo de fuerzas aumenta en progresión geométrica con relación a su tamaño. El que rodea a este edificio tendrá veinticinco metros de diámetro, y cuando lo ponga en acción, la cantidad de energía requerida dejará probablemente a oscuras a todo Cleveland.
»Cubrir con una de estas cúpulas de energía aunque sólo fuese una pequeña aldea o un campamento militar, requeriría más energía eléctrica de la que consume toda el país en varias semanas. Y una vez cortado el suministro de energía para permitir que algo o alguien entrase o saliese, se requeriría la misma cantidad descomunal de energía para activarlo de nuevo.
»El único empleo concebible que podría hacer el gobierno de este invento sería precisamente el que intento hacer yo. Preservar la vida de una o dos personas, a lo sumo de algunos individuos, para que sobreviviesen al holocausto y la época de salvajismo y brutalidad subsiguiente. Y con excepción del que aquí existe, ya es demasiado tarde para establecer otro equipo similar en otro sitio.
-¿Demasiado tarde? ¿Por qué?
-No habría tiempo para construir la instalación. Querida, tenemos la guerra encima.
La joven palideció intensamente.
Braden prosiguió:
-Lo ha dicho la radio, hace unos minutos. Boston ha sido destruida por una bomba atómica. Se ha declarado la guerra. -Habló más de prisa-. Y tú sabes lo que esto significa y las consecuencias que acarreará. Voy a cerrar el interruptor que creará el campo y lo mantendré en vigor hasta que considere seguro abrirlo nuevamente. -No quiso impresionarla aún más diciéndole que no creía poder abrirlo en todo lo que les restaba de vida-. Ahora ya no podremos ayudar a nuestros semejantes, es demasiado tarde. Pero podemos salvarnos nosotros.
Suspiró antes de añadir:
-Siento tener que exponerte los hechos con tanta crudeza. Pero ahora ya sabes por qué lo hago. En realidad, no te pido que te cases conmigo ahora, si aún tienes algún escrúpulo. Sólo te pido que te quedes aquí hasta que tus últimos escrúpulos desaparezcan. Déjame decir y hacer las cosas que creo mi deber hacer y decirte.
»Hasta ahora -prosiguió sonriendo-, hasta ahora he trabajado tanto, tantas horas al día, que no he tenido tiempo de cortejarte. Pero ahora tendremos tiempo, muchísimo tiempo. Y quiero que sepas que te amo, Myra.
Ella se levantó de pronto. Casi a ciegas, se dirigió hacia la puerta.
-¡Myra! -la llamó él, dando la vuelta a la mesa para salir en su seguimiento. Al llegar al umbral, ella se volvió y le detuvo con un gesto. Tanto su semblante como su voz eran tranquilos.
-Tengo que irme, doctor. Estudié un curso de enfermería. Mis servicios pueden hacer falta.
-¡Pero, Myra, tú no sabes lo que va a suceder ahí fuera! Los hombres se convertirán en animales. Sufrirán la más horrible de las muertes. Escúchame, te quiero demasiado para permitir que te enfrentes con esto. ¡Quédate, te lo suplico!
De manera sorprendente, ella le sonrió.
-Adiós, doctor Braden. Es posible que yo también muera con el resto de los animales. Le autorizo a que me considere loca.
Y cerró la puerta tras ella. Él vio cómo se alejaba desde la ventana. Al terminar de descender la escalera, echó a correr por la acera.
En el cielo resonaba el rugido atronador de los reactores. "Probablemente son los nuestros", se dijo Braden. "Es demasiado pronto para que sean los otros". Aunque también podría ser el enemigo, que había llegado cruzando el Polo y el Canadá, a tan gran altura que los aparatos no habrían podido ser detectados, para descender en picada después de cruzar sobre el lago Erie, con Cleveland como uno de sus objetivos. Era posible que incluso estuviesen enterados de su existencia y de sus trabajos y, por ello, considerasen a Cleveland como un objetivo primordial. Echó a correr hacia el interruptor y lo accionó.
Frente a la ventana y a seis metros de ella, surgió un muro opaco y gris. Todos los sonidos procedentes del exterior cesaron. Él salió de la casa y contempló el extraño muro. Era la mitad visible de un hemisferio gris de doce metros de alto por veinticinco de ancho, suficiente para contener la casa de dos pisos, de forma casi cúbica, donde tenía su vivienda y sus laboratorios. Y él sabía además que se hundía a doce metros de profundidad en la tierra, para contemplar una esfera perfecta. Ningún agente exterior podría atravesarla, por poderoso que fuese; ninguna lombriz podría penetrar en ella por debajo.
Nada ni nadie la atravesaron durante treinta años.
"Tampoco fueron demasiado malos, aquellos treinta años", se dijo. Tenía sus libros. Leyó y releyó sus obras favoritas hasta sabérselas casi de memoria. Continuó sus experimentos y, aunque durante los últimos siete años, desde que cumplió los sesenta, cada vez le habían interesado menos y había ido perdiendo su espíritu creador, consiguió realizar algunos pequeños descubrimientos.
Ninguno de ellos comparable con el campo de fuerzas o siquiera con sus inventos anteriores, pero le faltaba incentivo. Había poquísimas probabilidades que lo que inventase fuese de utilidad para él o para alguien. ¿Le serviría un adelanto en electrónica a un salvaje que ni siquiera sabría cómo manejar un sencillo aparato de radio y mucho menos construirlo?
En fin, había tenido cosas más que suficientes para mantenerle ocupado y con ello salvar su razón, aunque no su felicidad.
Se dirigió hacia la ventana y contempló la muralla gris e impalpable que se alzaba a seis metros de distancia. Si pudiese bajarla un momento para levantarla de nuevo una vez hubiese distinguido lo que había al otro lado... Pero una vez bajada, lo sería para siempre.
Volvió junto al interruptor y se puso a mirarlo. De pronto se abalanzó sobre él y lo desactivó. Regresó lentamente a la ventana y poco a poco fue avivando el paso, hasta que por último casi corrió hacia ella. La muralla gris había desaparecido y lo que vio más allá de donde estaba era absolutamente increíble.
No era el Cleveland que él había conocido, sino una hermosa ciudad, una nueva ciudad. Lo que antes era una calle estrecha se había convertido en una amplia avenida. Las casa, los edificios, eran limpios y bellos, y su estilo arquitectónico le era desconocido. Los árboles, el césped, todo estaba bien cuidado. ¿Qué había ocurrido? ¿Cómo era posible? Era inadmisible que después de una guerra atómica la Humanidad se hubiese recuperado tan de prisa para realizar tan gigantescos progresos. O bien toda la Sociología se equivocaba de medio a medio.
¿Y dónde estaban los habitantes de aquella ciudad? Como en respuesta a esta muda pregunta, un automóvil cruzó ante él. ¿Un automóvil? Era distinto a todos los que él conoció. Mucho más rápido, de líneas mucho más esbeltas, extraordinariamente manejable; apenas parecía tocar el suelo, como si utilizase la antigravedad para anular su peso, mientras unos giróscopos lo estabilizaban. En él iba una pareja, el hombre sentado al volante. Era joven y apuesto y su compañera también joven y hermosa.
Se volvieron para mirar hacia él y de pronto el joven detuvo el vehículo, frenando casi en seco, a pesar que iban a una velocidad considerable. "Naturalmente", se dijo Braden, "no es la primera vez que pasan por aquí y estaban acostumbrados a la presencia de la cúpula gris. Y ahora se dan cuenta que ha desaparecido". El coche se puso de nuevo en movimiento. Braden supuso que iban a avisar a alguien.
Se acercó a la puerta y salió a la hermosa avenida. Una vez en el exterior comprendió la razón que se viesen tan pocas personas y que hubiese tan poco tráfico. Sus cronómetros no habían funcionado bien. En aquellos treinta años se habían parado con frecuencia. Era muy temprano y por la posición del Sol dedujo que serían entre las seis y siete de la mañana.


Comenzó a caminar. Si se quedaba allí, en la casa donde había permanecido durante treinta años bajo la cúpula, no tardaría en venir alguien cuando la pareja que le había visto difundiese la noticia. Desde luego, los que viniesen le explicarían lo que había ocurrido, pero él quería averiguarlo por sí mismo, para irlo descubriendo gradualmente.
Comenzó a caminar, sin cruzarse con nadie. Aquel barrio se había convertido en una hermosa zona residencial y era muy temprano. Distinguió algunas personas a lo lejos. Vestían de una manera diferente a la suya, pero no lo bastante para que su atuendo despertase una curiosidad inmediata. Vio algunos de aquellos vehículos extraordinarios, pero ninguno de sus ocupantes le hizo caso. Iban a una velocidad increíble.
Por último, llegó a una tienda que estaba abierta. Entró en ella, ya tan consumido por la curiosidad que no podía esperar más. Un joven de cabello rizado arreglaba objetos detrás del mostrador. Miró a Braden con expresión sorprendida e incrédula, y luego le preguntó cortésmente:
-¿En qué puedo servirle, señor?
-Le ruego que no me tome por un loco. Más tarde le explicaré. Contésteme esto: ¿Qué ocurrió hace treinta años? ¿No hubo una guerra atómica?
Los ojos del joven se iluminaron.
-Claro, usted debe de ser el hombre que ha permanecido encerrado en la cúpula. Esto explica por qué usted...
Se interrumpió con embarazo.
-Sí -dijo Braden-. Yo estaba bajo la cúpula. Pero... ¿Qué pasó? ¿Qué pasó después de la destrucción de Boston?
-Vinieron astronaves, señor. La destrucción de Boston fue accidental. Vino una flota de naves desde Aldebarán. Una raza mucho más adelantada que nosotros pero animada de benévolas intenciones. Vinieron para hacernos ingresar a la Unión y para ayudarnos. Por desgracia una de sus naves cayó -precisamente sobre Boston- y el motor atómico que le suministraba la energía explotó, matando a un millón de personas. Pero a las pocas horas aterrizaron centenares de otras naves y los extraterrestres nos explicaron lo sucedido y nos presentaron sus excusas, con lo que se consiguió evitar la guerra, por muy poco. Las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos ya iniciaban su ataque, pero se consiguió hacer regresar a nuestros aviones.
Braden preguntó con voz ronca:
-¿Entonces no hubo guerra?
-En absoluto. La guerra es algo que pertenece al pasado más tenebroso, gracias a la Unión Galáctica. Ni siquiera existen actualmente gobiernos nacionales que puedan declararla. La guerra es imposible. Y nuestro progreso, con la ayuda de la Unión, ha sido tremendo. Hemos colonizado Marte y Venus; estaban deshabitados y la Unión nos lo asignó a nosotros, para que pudiésemos realizar obra de expansión. Pero Marte y Venus ya no son más que los suburbios. Viajamos a las estrellas. Incluso hemos...
Hizo una pausa al ver que Braden se aferraba al borde del mostrador, como si fuese a caerse. Se había perdido todo aquello. Había permanecido treinta años enclaustrado y a la sazón ya era un viejo.
Preguntó entonces:
-Incluso tienen..., ¿qué?
Algo en su interior le dijo que ya sabía lo que iba a venir y apenas escuchó su voz al formular la pregunta.
-Verá usted, no somos inmortales, pero poco nos falta. Nuestra vida se cuenta por siglos. Hace treinta años, yo debía tener su edad en aquella época. Pero... lamento que usted lo perdiese, señor. Los procedimientos que empleaba la Unión sólo servían a seres humanos que no hubiesen sobrepasado la madurez; es decir, que a lo más tuviesen cincuenta años. Y usted debe de tener...
-Sesenta y siete -respondió Braden secamente-. Muchas gracias por sus informaciones... joven.
Sí, se lo había perdido todo. El viaje a las estrellas, hubiera dado todo cuanto poseía por efectuarlo, pero ahora ya no le interesaba. Y había perdido también a Myra.
Hubiera podido ser suya y ambos gozarían aún de una juventud casi perpetua.
Salió de la tienda y dirigió sus pasos hacia la casa que había estado cubierta con la cúpula. Probablemente ya estarían esperándole allí. Y tal vez le proporcionarían la única cosa que pensaba pedirles: Energía para restablecer el campo de fuerzas, con el fin de terminar lo que le restaba de vida bajo la cúpula. Sí, lo único que ahora deseaba era lo que antes menos había ambicionado: Morir como había vivido, es decir, solo.


FIN