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2026/07/20

Un pliegue en el tiempo (John Windham)


Título original: A Stitch in Time
Año: 1961


En el lado más resguardado de la casa, el sol quemaba. Dentro de las abiertas vidrieras, la señora Dolderson apartó su silla unos centímetros para que su cabeza continuara en la sombra mientras el calor confortaba el resto de su cuerpo. Después, apoyó la cabeza en un almohadón, mirando hacia fuera.
Para ella, aquella escena carecía de tiempo.
Al otro lado de la avenida, el cedro se erguía como siempre. Sus ramas planas bien extendidas debían llegar, suponía, un poco más allá de cuando ella era niña, aunque era difícil aseverarlo: El cedro ya era enorme entonces, lo mismo que ahora. Además, el seto fronterizo estaba tan bien recortado y pulido como en otros tiempos. La cancela del espino aún seguía flanqueada por dos pájaros sin posible identificación, Cocky y Olly, y era maravilloso que aún estuviesen allí, aunque las plumas de la cola de Olly se hubiesen retorcido un poco con la edad.
El cuadro de flores de la izquierda, delante del plantío de arbustos, estaba lleno de color, como siempre... Bueno, tal vez un poco más brillante; se tenía la sensación de que las flores eran un tanto más chillonas que antes, aunque también deliciosas. Sin embargo, el huerto más allá del seto había cambiado un poco: Más árboles jóvenes, y algunos de los viejos habían desaparecido. Entre las ramas se divisaba algún destello de tejado rojo donde vivían los vecinos de otros tiempos. Salvo por esto, era casi posible, por un momento, olvidar toda una existencia.
La tarde dormitaba en tanto los pájaros descansaban, las abejas zumbaban, las hojas susurraban suavemente, y el pom-pom de la pista de tenis a la vuelta de la esquina no cesaba, con alguna voz ocasional que anunciaba el tanteo. Lo mismo podía ser una tarde soleada de cincuenta o sesenta veranos antes.
La señora Dolderson sonrió, amándolo todo; lo había amado de niña y ahora incluso lo amaba más.
Había nacido en esta casa; aquí se había criado, se había casado, había vuelto a ella al morir su padre; aquí había criado a sus dos hijos, aquí había envejecido... Unos años después de la Segunda Guerra Mundial estuvo a punto de perderla... Pero no fue así del todo y aún estaba en ella.
Era Harold quien lo había hecho posible. Un chico listo, un hijo maravilloso. Cuando se vio claramente que ella ya no podría mantener la casa, que tenía que venderla, fue Harold quien convenció a su empresa para que la adquiriese. Su interés, le dijo a su madre, no radicaba en la casa sino en el emplazamiento, como la de cualquier comprador. La casa en sí carecía de valor ahora, pero su situación era muy conveniente. Como condición de venta, habían convertido cuatro estancias del lado sur en un apartamento que sería de ella hasta su muerte. El resto de la residencia se había convertido en hotel, albergando a unos veinte jóvenes que trabajaban en los laboratorios y oficinas construidos en la parte norte, en el lugar de los establos y parte del paseo de caballos.
Ella sabía que un día derribarían la vieja casa, pues ya había visto los planos; pero por el momento, en su tiempo, tanto la mansión como el jardín del sur y oeste no los tocaría nadie. Harold le había asegurado que para ello tenían que transcurrir al menos quince o veinte años, mucho más del tiempo que ella los necesitaría, con toda seguridad.
Y no era que, pensaba serenamente la señora Dolderson, lamentase demasiado desaparecer de este mundo. Uno acaba por ser inútil y, ahora que ella estaba en una silla de ruedas, una carga para los demás. Además, tenía la sensación de que ya era como una forastera, una extranjera en el mundo de otros seres. Todo estaba muy cambiado; primero, convirtiéndose en un lugar difícil de entender, después llegando a formar un complejo imposible de comprender. No era extraño, pensó, que los viejos se tornen posesivos respecto a las cosas; que se aferren a los objetos que les unen al mundo que pueden entender.
Harold era un muchacho estupendo y, por él, la señora Dolderson hacía lo que estaba en su mano para no parecer excesivamente estúpida, aunque a veces esto era difícil. Hoy, por ejemplo, en el almuerzo, Harold se mostró muy excitado por un experimento que debían realizar por la tarde. Tenía que hablar de ello, aunque debía saber que prácticamente nada de lo que decía resultaba comprensible para ella.
Era algo sobre dimensiones. Ella había captado la idea, aunque se limitó a asentir sin intentar ahondar más en el asunto. La última vez que salió el tema a colación, ella observó que en su juventud sólo había tres, y no comprendía cómo el progreso mundial podía haber añadido más. Esto había lanzado al muchacho a una disertación respecto a la opinión de los matemáticos, según la cual en el mundo es posible, aparentemente, percibir la existencia de una serie de dimensiones. Incluso el momento de existencia en relación con el tiempo era, al parecer, una especie de dimensión. 
Filosóficamente, Harold había empezado a explicarlo, pero ella se perdió en aquella elucubración. Harold se había metido en algo muy confuso. La señora Dolderson estaba segura de que en su juventud la filosofía, las matemáticas y la metafísica eran tres asignaturas separadas, pero en la actualidad, incomprensiblemente, parecían haberse fundido entre sí.
De modo que esta vez ella le escuchó tranquilamente, dejando oír algunos sonidos alentadores de cuando en cuando, hasta que al final él sonrió tímidamente, asegurando que ella era muy bondadosa al soportar aquel rollo. Luego, dio la vuelta a la mesa y la besó en las mejillas, abrazándola, y ella le deseó mucha suerte en el experimento misterioso de la tarde. Después, Jenny quitó el servicio de la mesa y la acompañó en su silla a la ventana.
El calor de la deslumbrante tarde la sumió en una dulce modorra que la llevó a cincuenta años atrás, cuando en otra tarde como ésta también se sentó junto a la ventana, aunque entonces no pensaba en absoluto en una silla de ruedas, aguardando a Arthur... Aguardando a Arthur con el corazón anhelante, aunque Arthur no llegó...
Era extraño cómo sucedían las cosas. Si Arthur se hubiera presentado aquel día, seguramente ella se habría casado con él, y Harold y Cynthia no habrían existido. Sí, ella habría tenido hijos, pero no habrían sido Harold ni Cynthia. ¡Qué curiosa casualidad es la existencia! Sólo por decirle "no" a un hombre, o "sí" a otra mujer, es posible dar la existencia a un arzobispo en potencia o a un futuro asesino. ¡Qué tontos eran hoy día, tratando de suavizarlo todo, de asegurar la vida, en tanto que detrás, en el pasado de cada cual, se extendía la fila llena de casualidades, de mujeres que habían dicho "sí" o "no", según el capricho del momento!
Era curioso que ahora se acordara de Arthur. Hacía años que no pensaba en él.
Estaba segura de que aquella tarde él habría pedido su mano. Fue antes de que ella oyese hablar de Colin Dolderson. Y ella habría aceptado. Oh, sí, habría aceptado a Arthur.
Nunca hubo explicaciones. Ella nunca supo por qué él no se presentó entonces ni nunca más. Tampoco le escribió. Diez días, tal vez quince después, recibió una carta impersonal de la madre de Arthur comunicándole que su hijo estaba enfermo y que el médico aconsejaba un viaje al extranjero. Pero después nada en absoluto hasta el día en que vio su nombre en un periódico, casi dos años más tarde.


Naturalmente, se había enfadado (una joven tiene su orgullo, ¿no?), y durante algún tiempo también se sintió dolida. Pero al final, ¿cómo puede saber una que lo ocurrido no fue lo mejor? ¿Habrían sido sus hijos tan cariñosos con ella, tan amables, tan inteligentes como Cynthia y Harold?
Una serie infinita de probabilidades... con los genes y otras cosas de las que se habla hoy en día...
El rumor de la pelota de tenis ya había cesado y los jugadores se habían marchado, volviendo seguramente a su recóndita labor. Las abejas continuaban zumbando entre las flores; también revoloteaba media docena de mariposas. Los árboles de más allá temblaban bajo la calma. La modorra se tornó irresistible. La señora Dolderson no la combatió. Reclinó la cabeza hacia atrás, oyendo a medias otro zumbido, más estridente que el de las abejas, pero no suficiente para molestarla. Cerró los ojos...
De pronto, a pocos metros de distancia, pero fuera de su campo visual desde la silla, sonaron unas pisadas en el sendero. El sonido empezó bruscamente, como si alguien hubiera saltado al sendero desde el césped, sólo que no había visto a nadie cruzando por allí. Simultáneamente se oyó una voz de barítono, que cantaba animadamente, aunque no muy alto. En realidad, la canción empezó por la mitad de una frase:
 
... mundo haciéndolo, haciéndolo, haciéndolo...
Mira este...

De repente la voz calló y las pisadas cesaron también.
La señora Dolderson tenía ya los ojos abiertos, muy abiertos. Se asía a los brazos de la silla con sus delgadas manos. Recordaba la canción, más aún, estaba segura de reconocer la voz... al cabo de tantos años. "Bah, un sueño estúpido", se dijo. Le había recordado sólo unos instantes antes de cerrar los ojos. ¡Qué tontería!
Y no obstante, cosa curiosa, no parecía un sueño. Todo era tan claro, tan delimitado, tan familiarmente razonable..., con los brazos de la silla muy sólidos bajo sus dedos...
Otra idea se presentó a su cerebro: Ella había muerto, por eso no era un sueño ordinario. Sentada al sol, debió fallecer quedamente. El médico le había dicho que podía morir inesperadamente... ¡Y ahora había ocurrido! Experimentó un momento de alivio; no era que temiese mucho a la muerte, pero sí al trastorno que podía haber después... Y ahora todo había acabado sin perturbaciones. Tan sencillo como quedarse dormida. De pronto se sintió feliz, totalmente dichosa. Aunque era extraño que aún pareciese atada a la silla...
La grava crujió bajo las pisadas de aquellos pies.
—¡Esto es raro! ¡Rarísimo! ¿Qué diablos ha sucedido?
La señora Dolderson estaba inmóvil en su silla. No había la menor duda respecto a la voz.
Una pausa. Los pies se movieron, como con incertidumbre. Después, siguieron avanzando, lenta, vacilantemente. Los pies trajeron un joven a la vista. Oh, parecía tan joven. La anciana sintió oprimírsele el corazón.
Vestía una chaqueta azul a listas y pantalones blancos de franela. Había una bufanda de seda en torno a su cuello y, echado hacia atrás, llevaba un sombrero de paja con una cinta coloreada. Tenía metidas las manos en los bolsillos del pantalón y sujetaba una raqueta de tenis bajo el brazo izquierdo.
Ella le vio primero de perfil y no con su mejor expresión, ya que parecía asombrado, con la boca entreabierta, al mirar hacia el grupo de árboles.
—Arthur... —murmuró la señora Dolderson.
Él se sobresaltó. La raqueta resbaló y cayó al suelo. Intentó recogerla, quitarse el sombrero y recobrar la compostura, todo al mismo tiempo, con poco éxito. Cuando se irguió de nuevo, su cara estaba sonrojada, con una expresión aún confusa.
Miró a la anciana de la silla, con las rodillas protegidas por una manta, sus manos delicadas sobre los brazos de la silla. La mirada pasó más allá de ella, hacia el salón. Aumentó su confusión, con una nota de alarma. Sus ojos volvieron a la vieja dama. Ésta le contemplaba intensamente. El joven no recordaba haberla visto antes, ni sabía quién era, y no obstante en sus ojos parecía haber algo que le era ligeramente familiar.
La anciana se contempló la mano derecha. La estudió un instante como un poco intrigada y volvió a levantar la vista hacia él.
—¿No me conoces, Arthur...? —preguntó suavemente.
Había una nota de tristeza en su voz que él tomó por desengaño, teñido de reproche. Ante esto, el joven hizo lo posible por serenarse.
—Me temo..., me temo que no —confesó—. Usted... yo... eh... —Se atascó, y continuó con angustia—: Usted debe de ser... la tía de Thelma..., de la señorita Kilder, ¿verdad?
La anciana le miró fijamente unos momentos. El muchacho no comprendió su expresión.
—No —murmuró ella—, no soy la tía de Thelma.
La mirada del joven volvió a pasearse por el salón. Esta vez movió la cabeza con asombro.
—Todo es diferente... No, sólo a medias —manifestó con inquietud—. Oh, no puedo haberme equivocado...
Se interrumpió y volvió a contemplar el jardín.
—No, ciertamente no me he equivocado. ¿Pero qué... qué ha sucedido?
Su extrañeza ya no era simple; parecía tremendamente turbado. Sus asombrados ojos volvieron a posarse en la anciana.
—Por favor... no lo entiendo... ¿Cómo es que me conoce usted?
La creciente inquietud del muchacho la turbó a ella, obligándola a mostrarse más cauta.
—Te he reconocido, Arthur... Nos conocimos mucho antes, ¿no?
—¿De veras? No me acuerdo... Lo siento mucho...
—Pareces angustiado, Arthur. Coge aquella silla y descansa un poco.
—Gracias, señora... eh... señora...
—Dolderson —terminó ella.
—Gracias, señora Dolderson —dijo él, frunciendo el ceño al intentar situar el nombre.
La anciana le vio acercar la silla. Cada movimiento, cada rasgo le era familiar, incluso el mechón de pelo que le caía sobre la frente siempre que agachaba la cabeza. Él se sentó y estuvo callado unos momentos, mirando, con el entrecejo arrugado, hacia el jardín.
La señora Dolderson tampoco se movió. Se hallaba casi tan sorprendida como él, aunque no lo daba a entender. Obviamente, la idea de haber muerto era una tontería. Estaba como siempre, en su silla, dándose cuenta del dolor de la espalda, capaz de asir los brazos de la silla y sentirlos. No era un sueño..., todo estaba entrelazado, tan sólido, tan... real; muy diferente de como son las cosas en los sueños.
¿Sería una simple alucinación, un engaño de su mente al colocar el rostro de Arthur en un joven completamente distinto? Volvió a mirarle, No, no era eso. Él había contestado al nombre de Arthur y además llevaba su chaqueta. En la actualidad, las chaquetas ya no tenían aquel corte y hacía muchísimos años que los jóvenes no llevaban sombreros de paja.
¿Una especie de fantasma? Oh, no; Arthur era sólido; la silla había crujido al sentarse, los zapatos rechinaron sobre la grava. Además, ¿quién ha oído hablar nunca de un fantasma tan asombrado y, sobre todo, de un joven fantasma recién afeitado?


El muchacho interrumpió los pensamientos de la anciana al volver la cabeza.
—Creía que Thelma estaba aquí —observó—. Me lo había dicho. Dígame, por favor, dónde está.
Como un niño asustado, pensó ella. Deseaba consolarle, no asustarle más. Pero no se le ocurrió decir más que:
—Thelma no está lejos.
—Debo encontrarla. Ella me explicará lo ocurrido. 
Hizo ademán de levantarse.
La anciana posó una mamo sobre el brazo del joven, impidiéndoselo.
—Un momento. ¿Qué parece haber ocurrido? ¿Qué es lo que tanto te preocupa?
—Esto —agitó una mano, incluyendo cuanto le rodeaba—. Todo está diferente, pero es lo mismo... Y sin embargo, no lo es. Siento como si..., como si estuviera un poco loco.
Ella le miró fijamente y luego sacudió la cabeza.
—No lo creo. Dime, ¿qué te pasa?
—Venía hacia aquí para jugar al tenis... Bueno, para ver a Thelma, en realidad —añadió, corrigiéndose—. Todo estaba bien, como de costumbre. Iba por el sendero y dejé la bicicleta apoyada en el abeto que hay al comenzar la avenida. Empecé a caminar por ella y de pronto, al doblar la esquina de la casa, todo resultó... diferente.
—¿Diferente? —repitió la señora Dolderson—. ¿Diferente en qué?
—Bueno, casi en todo. El sol pareció convulsionarse en el cielo. Los árboles eran más grandes, no como antes. Las flores del jardín mostraban un color distinto. La enredadera cubría ya todo el muro... y de repente, sólo estuvo hasta media altura... y parecía otra clase de enredadera. Había otras casas más allá. Casas que no había visto nunca, pues allí sólo había un campo, al otro lado del huerto. Incluso la grava de la avenida estaba más amarilla de lo que recordaba. Y este salón... es el mismo de siempre. Conozco el escritorio, la chimenea y los dos cuadros. Pero el papel es diferente. Nunca lo había visto y sin embargo, no es nuevo. Por favor, dígame dónde está Thelma, quiero que me lo explique... Sí, debo de estar un poco loco...
La anciana le apretó el brazo con más fuerza.
—No —repuso con decisión—. Sea lo que sea, seguro que no es eso.
—Entonces... ¿qué...?
Se interrumpió bruscamente y escuchó ladeando la cabeza. El sonido fue en aumento.
—¿Qué es esto? —inquirió con ansiedad.
La señora Dolderson aumentó la presión de su mano.
—No pasa nada, Arthur... No pasa nada —le dijo como a un niño.
Sentía el aumento de la tensión en el joven a medida que crecía el ruido. Pasó por encima, a menos de trescientos metros, con los eyectores atronando el espacio, dejando atrás una estela de gas blanco, en tanto el aire se estremecía y gradualmente volvía a su anterior placidez.
Arthur lo contempló. Y lo vio desaparecer. Cuando volvió a mirar a la anciana, su rostro estaba blanco, muy asustado.
—¿Qué... —preguntó con voz temblorosa—, qué ha sido eso?
—Sólo un avión, Arthur —contestó ella, para obligarle a calmarse—. Oh, son terriblemente ruidosos.
Arthur miró hacia el sitio por donde se había desvanecido el aparato y sacudió la cabeza.
—Pero yo he oído aviones y los he visto. Y no son así. Este hacía un ruido como una motocicleta... pero más fuerte. ¡Era terrible! No lo entiendo..., no entiendo lo sucedido... —su voz sonaba patética.
La señora Dolderson iba a contestar, cuando de improviso recordó la charla con Harold referente a las dimensiones, a su trasmutación en planos diferentes, a sus implicaciones del tiempo en forma de otra dimensión. Con un destello intuitivo lo comprendió... No, comprender no era la palabra adecuada... Lo percibió. Pero al percibirlo se halló perdida, desorientada.
Miró otra vez al joven. Estaba tenso, temblando levemente. Se estaba preguntando si tenía el cerebro desquiciado. Bien, esto tenía que terminar. No existía ningún medio suave, pero ¿cómo hacerlo de otro modo?
—Arthur... —exclamó súbitamente. El muchacho la miró veladamente.
Con deliberación, la anciana habló con aplomo:
—Hallarás una botella de coñac en la alacena. Cógela, por favor, y trae dos copas.
Con un movimiento casi hipnótico, él obedeció. La anciana llenó para él un tercio de una copa con coñac, y se sirvió un poco menos.
—Bebe esto —le ordenó nuevamente. Él vaciló—. Vamos. Has sufrido una gran impresión. Te hará bien. Quiero hablar contigo y no puedo mientras no te hayas repuesto de la sorpresa.
Arthur bebió, tosió un poco y tomó asiento.
—Apura la copa —insistió ella. Él la apuró. La anciana se interesó—: ¿Te encuentras mejor?
El joven asintió, pero no dijo nada. Ella se decidió y respiró profundamente.
—Arthur, dime qué día es hoy.
—¿Qué día? —se sorprendió él—. Pues, viernes. El veintisiete de junio.
—El año, Arthur. ¿Qué año?
El muchacho volvió el rostro hacia ella.
—No estoy completamente loco, ¿sabe? Sé quién soy y dónde estoy... o eso creo. Es todo lo demás lo que está mal, no yo. Puedo asegurarle...
—Arthur, quiero que me digas el año.
La voz de la anciana era de nuevo autoritaria.
El joven mantuvo los ojos fijos en ella mientras hablaba.
—Mil novecientos trece, claro.
La mirada de la señora Dolderson volvió a concentrarse en el jardín y las flores. Asintió suavemente. Aquél era el año y había sido en viernes; qué extraño que ahora lo recordase. Debía de haber sido el veintisiete de junio. Pero, desde luego, fue un viernes del verano de 1913 el día en que él no acudió. Hacía tanto... tanto tiempo...
La voz del joven la devolvió al presente. Sonaba insegura por la ansiedad.
—¿Por qué me lo ha preguntado? Me refiero al año.
Su frente estaba muy arrugada, sus ojos muy ansiosos. Era muy joven. A la anciana le dolía por él el corazón. Volvió a coger con su mano frágil la fuerte de Arthur.
—Creo..., creo que ya lo sé —murmuró él, estremeciéndose—. Ignoro cómo, pero usted no me lo habría preguntado a menos que... Sucedió una cosa muy rara, ¿eh? Ya no estamos en mil novecientos trece, ¿verdad? ¿Quería decir eso? La forma de crecer los árboles..., el avión... —Calló, mirándola con los ojos muy abiertos. Y luego—: Tiene que decírmelo. Por favor, por favor, ¿qué me ha ocurrido? ¿Dónde estoy? ¿Qué es esto?
—Mi pobre muchacho... —murmuró ella.
—¡Oh, por favor...!
The Times, con el crucigrama resuelto a medias, se hallaba en una silla próxima. Lo cogió con reluctancia. Luego lo dobló y se lo entregó al joven. Al tomarlo, a él le temblaba la mano.
—Londres, lunes, primero de julio —leyó. Después, susurró con incredulidad—: ¡Mil novecientos sesenta y tres!
Bajó el diario y la miró suplicante.
La anciana asintió lentamente dos veces.


Estuvieron contemplándose sin hablar. Gradualmente, la expresión de Arthur cambió. Se le juntaron las cejas, como penosamente. Luego miró a su alrededor, con los ojos penetrantes aquí y allí, cual si quisieran escapar. Por fin, volvieron a fijarse en ella. Los cerró un momento. Después los abrió, llenos de dolor y miedo.
—¡Oh, no, no! ¡No! Usted no es..., no puede ser... Usted me dijo que era... la señora Dolderson. Dijo que lo era. Usted no es..., no puede ser... Thelma...
La señora Dolderson calló. Se miraron otra vez. El rostro de Arthur se arrugó como el de un chiquillo.
—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! —gritó, ocultando la cara entre las manos.
La señora Dolderson entornó los ojos un instante. Cuando los abrió ya era dueña de sí. Tristemente, miró sus temblorosos hombros. Su mano izquierda, delgada, con muchas venillas azules, se tendió hacia la cabeza inclinada para acariciarle suavemente el cabello.
La mano derecha encontró el timbre que estaba sobre la mesita que tenía al lado.
Lo apretó, sin apartar el dedo.

Abrió los ojos al oír el movimiento. La persiana dejaba en la sombra la habitación, pero había luz suficiente para que divisase a Harold al lado de su cama.
—No quería despertarte, madre —se disculpó el joven.
—No me has despertado, Harold. Estaba soñando, pero no dormía. Siéntate, querido. Quiero hablar contigo.
—No te fatigues, madre. Has sufrido una leve recaída, ¿sabes?
—Sí, pero resulta más fatigoso estar intrigada que saber la verdad. No te entretendré mucho.
—Está bien, madre.
Acercó una silla a la cama y se sentó, cogiendo una mano de la anciana entre las suyas. Ella escrutó el rostro de su hijo en la penumbra.
—Lo hiciste tú, ¿verdad, Harold? ¿Fue tu experimento lo que trajo aquí al pobre Arthur?
—Fue un accidente, madre.
—Cuéntamelo.
—Estábamos comprobándolo. Sólo una prueba preliminar. Sabíamos que era posible teóricamente. Habíamos demostrado que sí podíamos... ¡Oh, es tan difícil de explicar! Si podíamos, bueno, doblar una dimensión, doblarla sobre sí, dos puntos normalmente separados tendrían que coincidir. Temo que esto no está muy claro...
—No importa, querido. Adelante.
—Bien, cuando tuvimos dispuesto nuestro generador distorsionador del campo, lo doblamos para unir dos puntos separados normalmente cincuenta años. Piensa en una tira de papel doblada en dos marcas, de modo que coincidan las marcas.
—Sí...
—Fue muy arbitrario. Pudimos escoger diez años o cien, pero elegimos cincuenta. Y nos acercamos de manera asombrosa, madre, muy asombrosa. Sólo cometimos un error de cuatro días en cincuenta años. Esto nos dejó estupefactos. Lo que ahora hemos de hacer es descubrir el origen del error, pero si nos pidieras que apostásemos, nosotros...
—Sí, querido. Estoy segura de que fue maravilloso. ¿Pero qué sucedió?
—Oh, lo siento. Bueno, como dije, fue un accidente. Sólo tuvimos el aparato conectado tres o cuatro segundos y él debió penetrar entonces en el terreno de la coincidencia. Una probabilidad entre un millón. Ojalá no hubiese sucedido, pero no podíamos prever...
La anciana giró la cabeza sobre la almohada.
—No, no podían preverlo —concedió—. ¿Y después?
—Realmente, nada. No supimos nada hasta que Jenny contestó a tu timbrazo y te encontró desmayada y a ese individuo, Arthur, completamente desquiciado; entonces, fue a buscarme.
»Una de las doncellas te ayudó a llegar hasta la cama. Vino el doctor Sole y te reconoció. Luego, le dio un tranquilizante a ese Arthur. El pobre chico lo necesitaba... Claro, es algo terrible lo que le sucedió, cuando sólo esperaba jugar un partido de tenis con su chica.
»Cuando se calmó, nos dijo quién era y de dónde venía. ¡Bueno, era algo estupendo! Una prueba vivida accidental al primer experimento.
»Pero lo único que el pobre muchacho quería era regresar lo antes posible. Estaba muy angustiado... Sí, un mal asunto. El doctor Sole quiso ponerle bajo sedantes para que no se volviera loco. Lo parecía, aunque cuando volvió en sí no daba la impresión de estar mejor.
»Ignorábamos si podíamos hacerle regresar. La transferencia hacia adelante, para expresarlo toscamente, puede considerarse como una aceleración infinita de una progresión natural, pero la idea de la transferencia "hacia atrás" está llena de implicaciones desconcertantes, cuando se reflexiona en ello. Hubo un debate, pero el doctor Sole lo solucionó. Sólo con que existiese una posibilidad mínima, dijo, el sujeto tenía derecho a intentarlo, y nosotros estábamos obligados a tratar de deshacer lo que habíamos hecho. Aparte de esto, si no lo intentábamos, tendríamos que explicar cómo teníamos en nuestras manos un chiflado, y naturalmente, apartado cincuenta años de su curso.
»Intentamos hacerle comprender a Arthur que no estábamos seguros de que la operación tuviese éxito al revés; además, existía el error de cuatro días, de modo que el regreso no sería exacto. Creo que no lo entendió. El pobre chico estaba en un estado lamentable; sólo quería una probabilidad, cualquier clase de probabilidad, para largarse de aquí. Era una idea fija.
»De modo que decidimos correr el riesgo; al fin y al cabo, si no era posible, él... Bueno, no se enteraría ni ocurriría nada en absoluto.
»El generador aún estaba en la misma dirección. Pusimos un tipo a la tarea, colocamos a Arthur en la avenida que da al salón, y lo alineamos con la máquina.
»Le indicamos que caminara, tal como cuando ocurrió.
»Dimos la señal de funcionamiento. Claro que a causa del sedante administrado por el médico y todo lo demás, Arthur estaba muy alicaído, pero hizo lo que pudo para sobreponerse. Empezó a avanzar, tambaleándose. Un chico obstinado; casi lloraba, pero con voz extraña y desafinada se puso a cantar: Todo el mundo lo hace, lo hace...
»De repente desapareció, se esfumó por completo. —Harold calló y añadió a pesar suyo—: Las pruebas que ahora poseemos no son muy convincentes..., una raqueta de tenis prácticamente nueva, pero muy anticuada, y un sombrero de paja.
La señora Dolderson continuó tendida en la cama sin hablar.
—Hicimos lo que pudimos, madre —agregó su hijo—. Sólo podíamos intentarlo.
—Naturalmente, querido. Y tuvieron éxito. No fue culpa tuya que no pudieran deshacer lo hecho. No, me preguntaba solamente qué habría ocurrido si hubiesen puesto en funcionamiento esa máquina unos minutos antes o después. Aunque supongo que esto era imposible, de lo contrario tú no habrías sido tú.
Harold la miró con inquietud.
—¿Qué quieres decir, madre?
—Nada, querido. Hiciste lo que pudiste... y espero que esto haya sido lo mejor...
—Estaba muy angustiado ante la idea de que le mantuviéramos aquí. Se habría vuelto loco. ¿Qué podíamos hacer?
—No lo sé..., nada. Supongo que estaba escrito...


—¿Por qué crees que conseguimos hacerle regresar, madre?
—Sé que lo lograron, querido. —Hizo una pausa, y con voz queda, como recordando algo, citó—: "Arthur Waring Batley. Subteniente, por heridas recibidas en acto de combate en Francia. Tres de noviembre de mil novecientos quince".
Cerró los ojos y de ellos se escapó una lágrima que resbaló lentamente por su mejilla. Harold sacó su pañuelo para secársela. Ella le apretó la mano, pero no habló. Muy arriba, fuera de la casa, el estruendo de un jet fue creciendo y acabó por enmudecer.
—No me apena irme —murmuró la señora Dolderson—. Me dolerá dejarte, Harold, querido, pero esto es lo único que me importará cuando llegue el momento. Tal vez yo sea un poco como el pobre Arthur: No me gusta mucho tu mundo... ni las cosas que enseña a hacer.

FIN

2024/09/02

Meteoro (John Wyndham)


Título original: Phoney meteor (Meteor)
Año: 1941


La casa se estremeció, las ventanas trepidaron, una fotografía enmarcada cayó desde la repisa de la chimenea al hogar. Un estrépito que se oyó en algún lugar del exterior llegó justamente a tiempo para ahogar el del cristal al romperse. Graham Toffts dejó cuidadosamente la copa sobre la mesa y secó el jerez que se le había derramado sobre los dedos.
—Estas cosas nos recuerdan tiempos pasados —observó—. ¿Crees que esto es el principio de la próxima guerra?
Sally denegó con la cabeza y al hacerlo le brilló el cabello bajo la luz de la lámpara.
—No lo creo. Por lo menos no son como los de antes; en general llegaban con una especie de doble estampido —dijo.
Fue hacia la ventana y apartó las cortinas. En el exterior había una oscuridad absoluta y sólo se veía el gotear de la lluvia en los cristales.
—¿Podría ser uno experimental que se hubiese desviado? —sugirió.
En el vestíbulo sonaron pasos. Se abrió la puerta y asomó la cabeza de su padre.
—¿Han oído eso? —preguntó sin ninguna necesidad—. Creo que fue un meteoro pequeño. Me parece haber visto un ligero resplandor en el campo de detrás del huerto.
Se retiró y Sally fue tras él. Graham, al seguirla con más tranquilidad la encontró cogiendo firmemente el brazo de su padre.
—No —estaba diciendo con decisión—. No quiero que la cena tenga que esperar y se estropee. Lo que sea, allí estará.
Mister Fontain la miró y luego a Graham.
—Mandona —dijo—, es demasiado mandona. Siempre lo ha sido. No puedo comprender por qué te quieres casar con ella.
Después de cenar salieron a buscarlo con lámparas eléctricas. No hubo dificultad en localizar la escena del impacto; casi en la mitad del campo había aparecido un cráter pequeño de unos tres metros de diámetro. Lo contemplaron sin ver nada más, mientras Mitty, el terrier de Sally, olfateaba la tierra revuelta. Fuera lo que fuese lo que lo había originado lo más probable es que estuviese enterrado en el centro.
—Sin duda alguna es un meteorito pequeño —dijo mister Fontain—. Mañana haré que lo desentierren.

Extracto del diario de Onns:
Como introducción a las notas que quiero tomar, me parece que lo mejor que puedo hacer es sintetizar el discurso que nos dirigió Su Excelencia Cottafats el día anterior al de nuestra partida de Forta. En contraste con la despedida oficial, esta reunión fue lo menos ceremoniosa posible.
Casi en sus primeras palabras, Su Excelencia hizo resaltar que aunque teníamos dirigentes a efectos de la administración, entre nosotros no había nadie de categoría inferior.
—No hay ni uno solo de ustedes, hombres y mujeres de Forta, que no sea voluntario —dijo mirando lentamente en torno a su enorme auditorio—. Como son individuos, las emociones que les pueden haber impulsado a ofrecerse variarán entre amplios límites; pero por personal o altruista que haya sido lo que les impulse, para todos hay un denominador común, que es la determinación de que nuestra raza debe sobrevivir.
»Mañana partirán los Globos.
»Si Dios quiere, mañana, la habilidad y la ciencia de Forta, atravesarán los peligros de la naturaleza.
»Desde un principio, la civilización ha consistido en la habilidad de coordinar y dirigir las fuerzas naturales y esta dirección, una vez comenzada, debe mantenerse constantemente. En Forta ha habido otras especies dominantes antes que la nuestra; no estaban civilizados y no dirigían la naturaleza; se doblegaron y murieron. Pero nosotros, hasta ahora, hemos podido hacer frente a los diferentes cambios y nuestra cultura es floreciente.
»Es más, florecemos y prosperamos en un número tal que la naturaleza no dirigida no hubiera podido mantener nunca. En el pasado hemos ido superando un problema tras otro para que esto fuera posible, pero ahora nos encaramos con el mayor de todos. Nuestro mundo, Forta, está decayendo, pero nosotros no. Somos como espíritus todavía jóvenes en un cuerpo caduco…
»Durante siglos hemos proseguido adaptándonos, sustituyéndonos y cambiándonos, pero la trampa se está cerrando y poco podemos hacer para mantenerla abierta. En consecuencia, es ahora, cuando todavía somos jóvenes y fuertes, que debemos encontrar una solución y buscarnos un nuevo hogar.
»No dudo de que todavía habrá bisnietos de los bisnietos de la presente generación, pero para ellos la vida será más dura: Tendrán que trabajar más sólo para mantenerse vivos. Por esta razón, los Globos tienen que partir ahora, cuando todavía tenemos fuerzas y riquezas de sobras.
»Y a ustedes, los que deben partir, ¿qué voy a decirles? Hasta las conjeturas son vanas. Los Globos partirán hacia todos los puntos del Universo y en donde aterricen quizás encuentren algo o no encuentren nada. Toda nuestra habilidad y nuestra ciencia se aunarán para establecer sus cursos. Pero una vez hayan partido, todo lo que podremos hacer será rogar para que ustedes, que son nuestra semilla, encuentren terreno fructífero.
Hizo una larga pausa y luego continuó:
—Ya conocen su cometido, pues en otro caso no se hubieran ofrecido voluntarios. Sin embargo, nunca llegarán a saberlo del todo ni a enseñarlo con demasiada frecuencia. En las manos de todos y cada uno de ustedes se encuentra toda una civilización. Cada uno de ustedes es simultáneamente receptáculo y fuente en potencia de todo la que significa Forta. Ustedes tienen la historia, la cultura y la civilización de un planeta; úsenla bien y denla también a los demás en lo que les pueda ayudar. Traten de aprender de los demás y mejorarlos si es posible. No traten de conservarlas intactas, porque una cultura, para poder vivir, tiene que crecer. Para los que se aferran con demasiada fuerza al pasado, lo más probable es que no haya futuro. Recuerden que es muy posible que no haya vida inteligente en todos los rincones del universo; esto significa que a algunos de ustedes se les confía no sólo la herencia de nuestra raza sino también las esperanzas de toda la vida consciente que se pueda llegar a desarrollar.
»En consecuencia, partan. Partan en paz, con la verdad, conciencia y buena voluntad.
»Nuestras plegarias los acompañarán a los misterios del espacio.
He mirado de nuevo por el telescopio a nuestro nuevo hogar. Creo que nuestro grupo es afortunado. Es un planeta ni demasiado joven ni demasiado viejo. Las condiciones de observación eran mejores que anteriormente, con menos nubes en la superficie. Brilla como una perla azul. Una gran parte de lo que vi estaba cubierto por agua, unos dos tercios de su superficie, según me dicen, están cubiertos por el agua. Irá bien esto de estar en un lugar en que la irrigación y el suministro de agua no sean uno de los problemas principales de la vida. Sin embargo, esperamos poder aterrizar en tierra firme o habrá grandes dificultades.
También he mirado a algunos de los lugares a los que irán destinados otros Globos, algunos pequeños, otros grandes, unos nuevos y otros que con la superficie cubierta por las nubes son un misterio. Uno de ellos, por lo menos, es viejo y no está mucho mejor que nuestro pobre Forta, aunque los astrónomos dicen que puede servir de sostén a la vida durante varios millones de años. Pero me alegro de que nuestro grupo vaya al resplandeciente mundo azul; me parece que nos llama y esto me ayuda a aquietar mis temores por el viaje.
No es que actualmente me preocupe mucho el miedo; durante el pasado año he aprendido algo sobre el fatalismo. Partiré en el Globo y el gas anestésico me adormecerá sin que me dé cuenta. Cuando me despierte otra vez, estaré en el nuevo mundo resplandeciente… Si no me despierto será que algo ha funcionado mal, pero yo nunca lo sabré.
En realidad es muy sencillo, si se tiene fe.
Esta tarde he ido a mirar los Globos; a contemplarlos de una manera objetiva por última vez. Mañana, con la agitación y los preparativos, no habrá tiempo para reflexionar y así será mejor.
¡Qué obra tan asombrosa! Casi se podría decir que es imposible que se hayan construido. Su montaje implica más trabajo del que se puede contar. Más parece que van a aplastar la tierra y hundirse en el mismo Forta que sean capaces de volar por el espacio. ¡Los objetos más macizos que se han construido jamás! Me parece casi imposible creer que hayamos podido erigir estas treinta montañas de metal y, sin embargo, ahí están, listas para mañana.
Y algunas de ellas se perderán.
¡Oh, Dios! Si la nuestra sobrevive, no nos dejes olvidar. Haz que seamos dignos de este esfuerzo supremo.
Es muy posible que éstas sean las últimas palabras que escribo. Si no es así, será en un nuevo mundo y bajo un cielo extraño que continuaré.

—No debería usted haberlo tocado —dijo el inspector de policía moviendo la cabeza—. Debería haberlo dejado allí hasta que las autoridades indicadas lo hubiesen inspeccionado.
Mister Fontain inquirió fríamente:
—¿Quiénes son las autoridades indicadas para la inspección de meteoritos?
—Esto no importa. Usted no podía tener la seguridad de que era un meteorito y en estos días pueden caer del cielo muchas cosas que no sean meteoritos. Incluso ahora que ya lo han sacado, tampoco pueden estar seguros.
—No parece que sea otra cosa.
—Igualmente tendrían que habérnoslo dejado a nosotros. Puede ser algún aparato que todavía esté en la lista secreta.
—Naturalmente, la policía sabe perfectamente cuáles son las cosas que están en la lista secreta, ¿no es así?
A Sally le pareció que ya era hora de que interviniese.
—Bueno, ahora ya sabemos lo que tenemos que hacer la próxima vez que caiga un meteorito, ¿verdad? Me parece que lo mejor será que vayamos a verlo. Está en el cobertizo; no tiene aspecto de un arma secreta.
Los precedió por el patio y continuó hablando para impedir que su padre y el inspector de policía se enzarzasen en otra discusión.
—Casi no se hundió nada, de manera que los hombres llegaron pronto hasta él; tampoco estaba lo caliente que suponíamos y lo pudieron manejar con facilidad.
—No dirías "con facilidad" si hubieses oído los juramentos que lanzaban debido a su peso —observó el padre.
—Aquí está —dijo Sally haciendo entrar a los otros tres en un cobertizo de un solo piso que olía a almizcle.
El meteorito no tenía nada de impresionante. Estaba colocado en medio del suelo de tablas y sólo era una esfera de aspecto metálico, picada y áspera, de unos sesenta centímetros de diámetro.


—Como arma, lo único que me recuerda es una bala de cañón —dijo mister Fontain.
—Son las órdenes —replicó el inspector—. Nos han indicado que cualquier objeto misterioso que caiga del cielo tiene que permanecer donde esté sin que nadie lo toque hasta que lo haya visto un experto del Ministerio de la Guerra. Ya les hemos informado y no deben tocarlo hasta que lo hayan inspeccionado.
Graham, que hasta entonces no había tomado parte en la conversación, se adelantó y puso la mano sobre el meteorito.
—Ya está casi frío —informó—. ¿De qué estará hecho? —añadió con curiosidad. 
Mister Fontain se encogió de hombros.
—Probablemente es un trozo cualquiera de hierro meteórico. Lo único que me parece extraño es que no estallara al caer. Si es un arma secreta no me parece muy eficaz.
—No importa. Tengo que ordenarles que no lo toquen hasta que llegue el experto —indicó nuevamente el inspector.
Empezaron a regresar al patio, pero en el umbral se detuvo.
—¿Qué es este siseo? —preguntó sin moverse.
—¿Siseo? —repitió Sally.
—Una especie de ruido silbante. ¡Escuchen!
Se quedaron inmóviles mientras el inspector tenía la cabeza ligeramente ladeada. No se podía negar que había un sonido ligero pero persistente que casi no se podía oír. Era difícil de localizar. Por un impulso común todos miraron inseguros a la esfera. Graham dudó y luego volvió a entrar. Se inclinó sobre ella con la oreja derecha apoyada en la superficie.
—Sí —afirmó—, aquí es.
Luego se le cerraron los ojos y se tambaleó. Sally corrió hacia delante y lo cogió antes de que llegase al suelo. Los otros la ayudaron a llevarlo afuera. Al aire fresco se reanimó casi en seguida.
—¡Es extraño! ¿Qué me ha pasado? —preguntó.
—¿Está seguro de que el sonido proviene de esa cosa? —preguntó el inspector.
—Desde luego, no hay lugar a dudas.
—¿No notó un olor extraño? 
Graham levantó las cejas:
—¡Ah! ¿Quiere decir gas? No, me parece que no.
—Hum —dijo el inspector y mirando triunfalmente al anciano, añadió—: ¿Es normal que los meteoros siseen?
—¡Ejem!, en realidad no lo sé, pero me parece que no —admitió mister Fontain.
—Bueno, pues en estas circunstancias me parece preferible que nos retiremos a un lugar abrigado en el otro lado de la casa, por si acaso, mientras esperamos a que llegue el experto —anunció el inspector.

Extracto del diario de Onns:
Estoy asombrado. Acabo de despertarme. ¿Habrá ocurrido o será que no hemos llegado a salir? No puedo decirlo. ¿Hace una hora, un día, un año o un siglo que entramos en el Globo? No, no puede haber sido hace una hora; estoy seguro de ello por el cansancio de las piernas y el dolor que siento en todo el cuerpo. Nos habían advertido que:
—No sabrán nada —dijeron—, hasta que todo haya terminado. Luego se sentirán físicamente cansados porque sus cuerpos habrán estado sometidos a grandes esfuerzos. Esto pasará pronto, pero les daremos algunas cápsulas de alimento concentrado y estimulantes para ayudarles a sobreponerse a los efectos con más rapidez.
Me he tomado una cápsula y noto que ya me hace efecto, pero incluso así se me hace difícil pensar que ya ha pasado todo.
Parece que hace muy poco tiempo que trepamos por el largo pasadizo hasta el interior del Globo y nos distribuimos en el interior según las instrucciones que nos habían dado. Cada uno de nosotros encontró su compartimiento elástico y se arrastró hasta el interior. Abrí la válvula que hinchaba el espacio entre las paredes interiores y exteriores de mi compartimiento. A medida que el recubrimiento se distendía me sentí elevado sobre un colchón de aire. La parte superior empezó a abultarse hacia abajo y los costados a cerrarse. Así esperé, aislado contra los choques en todas direcciones.
Esperar, pero ¿qué? Todavía no puedo decirlo. En un momento dado, al parecer, estoy estirado, fresco y fuerte: al siguiente, cansado y dolorido.
Solamente esto me puede indicar que acaba de terminar una vida y que otra nueva empieza. Mi compartimiento se ha deshinchado. Las bombas han cambiado el gas por aire fresco. Esto quiere decir que ahora nos encontramos en aquel magnífico planeta de color azul resplandeciente y que Forta sólo es una motita en nuestro nuevo cielo.
Sabiendo esto, me siento diferente. Toda mi vida pasada he estado en un planeta moribundo donde nuestro mayor enemigo era el descorazonamiento mortal. Pero ahora me siento rejuvenecido; aquí habrá trabajo, esperanza y vida, hay que construir un mundo y un futuro para él.
Oigo los taladros que nos están abriendo camino al exterior. No tengo ni idea de lo que allí encontraremos. Tendremos que observarnos con cuidado y de cerca. Si nos enfrentamos con condiciones duras nos resultará más fácil conservar la fe que si encontramos la abundancia. Pero sea lo que sea este mundo, hay que mantener la fe. Somos los conservadores de un millón de años de historia, un millón de años de conocimientos que hay que preservar.
Sin embargo, tal como dijo Su Excelencia, también tenemos que estar listos para adaptarnos. ¿Quién puede decirnos las formas de vida que ya hay aquí? Apenas es dable encontrar conciencia verdadera en un planeta tan joven, pero ya deben haberse presentado las primeras muestras de vida inteligente. Tendremos que buscarlas y cultivarlas. Quizá difieran de nosotros, pero debemos tener en cuenta que éste es su mundo y hay que ayudarlos en lo que podamos. Debemos recordar que sería una maldad el frustrar incluso una forma extraña de vida en su propio planeta. Si hallamos algún ser de estos, nuestra tarea consistirá en enseñar, aprender, cooperar con ellos y quizás algún día podamos llegar a conseguir una civilización mayor que la del mismo Forta.

—Sargento Brown —dijo el inspector—, dígame, ¿qué está usted haciendo con esto?
El sargento de policía sostenía el fláccido cuerpo del animal colgando de la cola.
—Es un gato, señor.
—Ya lo veo.
—He creído que, quizás, el experto del Ministerio querría examinarlo, señor inspector.
—¿Y por qué cree usted, sargento, que el Ministerio de la Guerra pueda estar interesado en los gatos muertos?
El sargento se explicó. Había decidido entrar en el cobertizo arriesgándose, para tomar nota de los acontecimientos, si es que los había. Recordando la sugerencia del inspector sobre los gases, se había atado una cuerda a la cintura para que lo pudiesen arrastrar hacia atrás si se desmayaba y entró a gatas, manteniéndose lo más bajo posible. Sin embargo, estas precauciones resultaron innecesarias. El siseo había cesado y era evidente que el gas se había dispersado; pudo aproximarse a la esfera sin notar absolutamente nada. Sin embargo, cuando su oreja casi la tocaba, oyó un zumbido débil.
—¿Zumbido? —repitió el inspector—. Usted quiere decir un siseo.
—No, señor; un zumbido —hizo una pausa hasta que se le ocurrió algo similar—. A mi modo de ver lo que se le parece más es el sonido que produce una sierra circular, pero como si la oyese a mucha distancia.
Deduciendo de ello que aquella cosa, fuese lo que fuere, todavía estaba en actividad, el sargento ordenó a los guardias que se pusiesen a cubierto tras un talud de tierra y durante la siguiente hora y media él mismo entró en el cobertizo varias veces, pero no observó ningún cambio.
Había visto al gato deambulando por el patio en el momento en que se sentaban para tomar unos bocadillos y que olfateaba por la puerta del cobertizo, pero no se preocupó por él. Media hora más tarde, al terminar de comer y después de haber fumado un cigarrillo, fue allá para echar otra ojeada y descubrió al gato que yacía junto al meteorito. Al sacarlo se dio cuenta de que estaba muerto.
—¿Gaseado? —preguntó el inspector. El sargento denegó con la cabeza.
—No, señor; eso es lo raro.
Dejó el cuerpo del gato en la parte superior de una valla próxima, y le dio la vuelta a la cabeza para poner al descubierto la parte inferior de la mandíbula. Un pequeño círculo de la negra piel estaba quemado y en el centro de la quemadura había un agujero diminuto.


El inspector tocó la herida y luego se olió el dedo.
—La piel está quemada, de eso no hay duda, pero no huele a humos explosivos —afirmó.
—Esto no es todo, señor.
El sargento le dio la vuelta a la cabeza para revelar otro agujero y quemadura exactamente iguales en la coronilla. Luego sacó del bolsillo un trozo recto de alambre delgado y lo introdujo en el agujero de la barbilla hasta que salió por el otro agujero en la parte superior de la cabeza.
—¿Qué le parece esto, señor? —preguntó.
El inspector frunció el entrecejo. Un arma de calibre diminuto hubiera podido causar una de las heridas, pero tanto la una como la otra parecían el agujero de entrada y salida del mismo proyectil. Pero una bala no salía dejando un agujero tan limpio como aquél, ni chamuscaba el pelo en derredor. Según todas las apariencias tendrían que haber disparado dos balas microscópicas exactamente en la misma línea desde encima y desde debajo de la cabeza, lo que no tenía sentido.
—¿Tiene usted alguna teoría? —le preguntó al sargento.
—Estoy a oscuras, señor —le replicó el otro.
—¿Qué pasa con aquello, ahora? —preguntó el inspector—. ¿Todavía está zumbando?
—No, señor. Cuando entré y descubrí el gato no se oía absolutamente nada.
—Bueno —observó el inspector—, me parece que ya es hora de que llegue el experto del Ministerio.

Extracto del diario de Onns:
¡Este es un lugar terrible! Parece como si nos hubiesen condenado a un infierno fantástico. ¿Puede ser éste el bello planeta azul que parecía llamarnos tan amistosamente? No podemos comprenderlo, estamos confundidos, nuestras mentes estremecen por el horror de este lugar. Nosotros, la flor de la civilización, tenemos que agacharnos ante las horribles monstruosidades que se nos enfrentan. ¿Cómo podemos esperar llegar a instaurar el orden en un mundo como éste?
Estamos ahora escondidos en una oscura caverna, mientras Iss, nuestro jefe, celebra consultas para decidir lo que hay que hacer. Ni uno solo de nosotros le envidia su responsabilidad. ¿Es acaso posible prever algo, no sólo contra lo desconocido, sino también contra lo increíble? Novecientos sesenta y cuatro de nosotros dependemos de él. Había un millar, pero nuestro número se redujo de la siguiente manera:
Oí que se paraba el taladro y luego que lo desmontaban y retiraban de la larga perforación que había efectuado. Poco tiempo después se oyó la llamada de reunión. Salimos de nuestros compartimientos, recogimos nuestros efectos personales y nos encontramos en el vestíbulo central. Sunss, que entonces era nuestro jefe, pasó lista. Respondieron todos excepto cuatro pobres sujetos que no pudieron aguantar el esfuerzo del viaje. A continuación Sunss nos dirigió una breve arenga.
Nos recordó que lo que se había hecho era irrevocable. Nadie sabía todavía qué era lo que nos esperaba en el exterior del Globo. Si por casualidad sucedía que nuestro grupo se dividía, cada una de las partes debía elegir su jefe y actuar independientemente hasta que se volviese a establecer el contacto con el resto.
—Necesitamos valor a largo plazo, no hazañas —nos dijo—. No quiero héroes. Siempre tenemos que pensar en nosotros como en la semilla para el futuro, y todos los granos de esta semilla son preciosos.
Volvió a recalcar la responsabilidad que nos atañía a todos.
—No sabremos, ni ahora ni nunca, qué les ha sucedido a los restantes Globos. En consecuencia, tenemos que actuar como si sólo hubiésemos sobrevivido nosotros y como si todo el prestigio de Forta estuviese en nuestras solas manos.
Fue él el primero en entrar en el pasadizo recién abierto y el primero que posó sus plantas en la nueva tierra. Yo le seguí con el resto poseído de un conflicto de sensaciones tal que nunca lo había experimentado en el mismo grado.
¿Cómo podré describir este mundo al que acabamos de emerger con todas sus cualidades extrañas?
Para empezar de una vez, era lúgubre y sombreado aunque no era de noche. La luz provenía de un panel grande de color gris, situado a gran altura en el oscuro cielo. Desde donde estábamos parecía trapezoidal, pero creo que debe ser un efecto de perspectiva y que en realidad es cuadrado dividido en dos por dos barras oscuras, formando cuatro cuadrados pequeños. En la lobreguez que había sobre nuestras cabezas se podían distinguir una serie de líneas ligeramente más oscuras que se cortaban según ángulos extraños. No soy capaz de adivinar lo que significan.
El terreno en que nos encontrábamos no se parece a nada que conozca. Era una vasta llanura uniforme, pero cubierta por pequeñas rocas sueltas. Los caballones parecían como estratos colocados de lado en lugar de estar uno encima de otro. Todos estaban colocados en la misma dirección y se perdían en la distancia, hundiéndose en la lobreguez que nos rodeaba por todas partes. Cerca de nosotros había una grieta, ancha como mi propia altura, que también se extendía en ambos sentidos siguiendo una línea recta perfecta. A una distancia considerable de ella, había otra exactamente paralela a la primera, más allá una tercera y atisbos de una cuarta.
El hombre que se encontraba a mi lado estaba muy nervioso. Murmuró algo de un mundo geométrico alumbrado por un sol cuadrado.
—¡Tonterías! —le dije con sequedad.
—¿Entonces cómo te lo explicas? —preguntó.
—Yo no me apresuro a hacer deducciones rápidas y fáciles —le dije—. Observo y cuando después he reunido suficientes datos saco conclusiones.
—¿Qué es lo que deduces de un sol cuadrado? —me preguntó; pero no le hice caso.
Pronto nos reunimos todos en el exterior del Globo esperando a que Sunss nos diese instrucciones. Estaba a punto de empezar a hablar cuando le interrumpió un ruido extraño, una especie de suave golpear almohadillado, acompañado en algunas ocasiones por sonido de rascar o arañar. El conjunto resultaba algo ominoso y durante un momento todos nos quedamos helados por la aprensión. Luego, antes de que pudiéramos movernos, apareció un monstruo espantoso detrás de nuestro Globo.
Todos los relatos de los viajeros que conocemos por la historia palidecen ante la realidad de lo que encontramos. Nunca hubiera creído que aquel ser pudiera existir de no haberlo visto. Lo que primero vimos de él fue una cara enorme que asomaba por un costado del Globo a gran altura por encima de nosotros. Su vista hizo estremecer a los más valientes.
Además, era negro, de manera que en la oscuridad era difícil precisar su perfil, pero en la parte superior se ensanchaba y por encima de la cabeza en sí, pudimos atisbar dos orejas erguidas y puntiagudas. Nos miró desde arriba por medio de dos grandes ojos resplandecientes que parecían algo oblicuos.
Durante un momento se quedó inmóvil, luego los grandes ojos parpadearon y se acercó. Las patas que vimos eran como pilares macizos y, sin embargo, se movían con una destreza y control que resultaban asombrosos en algo tan grande. Ambas patas y pies estaban cubiertas por fibras colocadas muy juntas, que parecían tiras de metal negro resplandeciente. Dobló las patas e inclinó la cabeza para mirarnos y el temible hedor de su aliento sopló sobre todos nosotros. Vista de cerca, la cara todavía resultaba más alarmante. Abrió una boca como una caverna y una enorme lengua rosada salió y volvió a entrar. Sobre la boca había enormes espinas puntiagudas colocadas lateralmente y que temblaban. Los ojos, que estaban fijos sobre nosotros, eran fríos, crueles y sin inteligencia.


Hasta entonces habíamos estado como helados, pero en aquel momento el pánico se apoderó de algunos de nosotros. Los que estaban más próximos a él retrocedieron a toda prisa y hacia ellos se movió como un relámpago uno de los monstruosos pies; seguidamente se abatió una enorme garra negra con largas uñas, que salieron de pronto. Cuando se apartó, veinte de nuestros hombres y mujeres no eran más que restos sobre el suelo.
Todos nosotros, excepto Sunss, nos quedamos paralizados. Él, olvidando sus instrucciones sobre la seguridad personal, corrió hacia aquel ser. La gran garra se levantó, quedó un momento inmóvil y se abatió de nuevo. Con este segundo golpe asesino cayeron once más.
Luego volví a ver a Sunss. Estaba en pie entre las garras, tenía entre las manos su palo de fuego y miraba a la monstruosa cabeza que se alzaba sobre él. Mientras le observaba, levantó el arma y apuntó. Parecía una locura atacar contra aquella cosa enorme, una locura heroica. Pero Sunss no era tonto; de pronto, la cabeza se inclinó, una especie de temblor sobrecogió a todas las patas y, sin un sonido, el monstruo se desplomó en el mismo lugar.
Y Sunss estaba debajo; era un hombre muy valiente… Seguidamente Iss se hizo cargo de la jefatura.
Decidió que debíamos encontrar un lugar para ponernos a salvo tan pronto como fuera posible, por si había otros monstruos acechando en las cercanías. Una vez lo hubiéramos encontrado podríamos empezar a sacar nuestros instrumentos y equipo del Globo y ver seguidamente lo que deberíamos hacer. Decidió que nos encaminásemos hacia delante por el ancho camino que limitaban dos de las grietas.
Después de viajar durante un tiempo considerable alcanzamos el pie de un acantilado completamente perpendicular, con curiosas formaciones rectangulares en la cara. En su base encontramos esta caverna que parece extenderse a gran distancia tanto hacia dentro como a ambos lados y tener una altura extrañamente regular. Quizás el hombre que habló de un mundo geométrico no era tan estúpido como parecía…
En cualquier caso aquí estamos a salvo de monstruos como el que mató Sunss. Es demasiado estrecho para que aquellas enormes garras puedan entrar, e incluso las uñas sólo alcanzarían a introducirse corta distancia hacia dentro.

Posteriormente:
¡Ha sucedido algo terrible! Iss y un grupo de veinte fueron a explorar la caverna para ver si podían encontrar una salida al exterior que no fuera la que daba al lugar en que estaba nuestro Globo.
¡Sí, estaba! Tiempo pasado, esta es nuestra calamidad.
Una vez hubo partido, el resto de nosotros esperamos vigilando. Durante algún tiempo no sucedió nada. Evidente y afortunadamente el monstruo estaba solo. Permanecía formando un gran montón en el sitio en que había caído cerca del Globo. Luego sucedió algo extraño. De pronto iluminó la llanura una cantidad de luz mayor, un enorme objeto en forma de gancho descendió sobre el monstruo muerto y lo arrastró fuera de la vista. Luego hubo un ruido atronador que nos estremeció a todos y la luz volvió a disminuir.
No tengo la pretensión de explicar estas cosas, ninguno de nosotros puede comprenderlas. Simplemente hago lo que puedo para tomar notas verídicas.
Pasó otro período mucho más largo sin que sucediese nada. Estábamos empezando a preocuparnos por lo que podría haber pasado a Iss y su grupo, porque ya hacía mucho tiempo que habían salido, cuando sin previo aviso ocurrió lo peor que nos podía sobrevenir.
Nuevamente volvió a iluminarse la llanura. Bajo nuestros pies, la tierra empezó a estremecerse y retumbar con tal violencia en una serie de choques que difícilmente nos podíamos mantener en pie. Atisbando por la boca de la caverna vi algo que incluso ahora me resulta difícil creer. Formas junto a las cuales el monstruo anterior era insignificante: Seres vivos que alcanzaban una altura tres o cuatro veces superior a la de nuestro inmenso Globo. Sé que esto es increíble, pero es la verdad. No era extraño que toda la llanura se estremeciera y retemblase bajo el peso de cuatro de ellos. Se inclinaron sobre nuestro Globo, aplicaron sobre la esfera sus patas delanteras y lo levantaron; sí, verdaderamente alzaron del suelo aquella fantástica masa de metal. Luego las sacudidas aumentaron de intensidad en cuanto estuvieron cargados bajo su peso y se alejaron andando sobre unos pies colosales.
Aquello fue demasiado para algunos de nosotros. Un centenar de hombres salió corriendo de la caverna, maldiciendo, llorando y agitando sus palos de fuego. Pero era demasiado tarde y la distancia muy grande para que pudieran conseguir algo efectivo, además, ¿cómo podíamos esperar hacerles algo a colosos de aquel tamaño?
Ahora se ha perdido nuestro Globo, con todo su precioso contenido. Nuestra herencia ha desaparecido. En este momento no tenemos nada; nada excepto nuestras propias y escasas pertenencias para empezar a construir un nuevo mundo.
Es desconsolador haber trabajado tanto y venido de tan lejos sólo para esto…
No fue aquella la única calamidad. Un momento después llegaron dos de los compañeros de Iss con un relato horrible.
Detrás de nuestra caverna descubrieron una serie de amplios túneles, fétidos por el olor de seres desconocidos y de sus deyecciones. Adelantaron por ellos con dificultad. Varias veces se vieron acosados por diferentes variedades de animales de seis patas y en ocasiones de ocho, todos de aspecto horrible. Muchos de ellos eran mucho mayores que los miembros del grupo, estaban armados con temibles mandíbulas y garras y poseídos por una ferocidad maligna que les hacía atacar en cuanto les veían. Aunque parecían terribles, pronto se hizo evidente que sólo eran realmente peligrosos cuando atacaban inesperadamente, porque no tienen muchos sentidos y los palos de fuego acababan con ellos en un momento en cuanto los veían.
Después de cierto número de estos encuentros Iss logró llegar a campo abierto sin haber perdido ni un solo hombre. Fue cuando regresaban por los túneles que les sucedió la catástrofe. Se vieron atacados por feroces seres grises de la mitad del tamaño de nuestro primer monstruo, y supusieron que serían los constructores de los túneles. Fue una lucha terrible en la que pereció casi todo el grupo antes de poderlos derribar. El mismo Iss había caído y de todos sus hombres sólo aquellos dos estaban en condiciones de hacer el viaje de vuelta para encontrarse con nosotros.
Con esta nueva tragedia que nos ha herido empiezan a decaer nuestro espíritu y nuestro valor.
Hemos elegido a Muin como nuevo jefe. Ha decidido que debemos adelantarnos por los túneles. La llanura que está a nuestras espaldas está completamente desierta, nuestro Globo ha desaparecido, si nos quedamos aquí pereceremos de hambre; en consecuencia tenemos que alcanzar el campo abierto de la otra parte de los túneles, esperando que el sacrificio de Iss no habrá sido en vano y que allá no habrá más monstruos grises que nos ataquen.
Quiera Dios que más allá de los túneles este mundo de pesadilla se termine y todo vaya mejor.
¿Es mucho lo que pedimos, simplemente vivir, trabajar y construir en paz?

Un par de días más tarde Graham fue a ver a Sally y a su padre.
—He creído que les gustaría que les informase sobre su meteorito —le dijo a mister Fontain.
—¿Qué era en realidad? —preguntó el anciano.
—Todavía no lo saben. Han llegado a la conclusión de que no fue un meteoro; pero todavía les tiene intrigados lo que es en realidad. Cuando decidieron llevárselo me entró gran curiosidad y después de mucho parlamentar y de exhibirles mi carnet militar de guerra, consintieron en ceder y dejármelo ver también. En consecuencia, es preferible que lo que les voy a decir lo consideren como confidencial.
»Al observar cuidadosamente el objeto en el centro de investigaciones, parecía ser una esfera sólida de algún metal del que todavía no se tiene ningún informe. En un lugar había un agujero, bastante liso, más o menos de un centímetro y medio de diámetro, que llegaba casi hasta el centro. Como dudaban acerca de la mejor manera de abrirlo, finalmente decidieron cortarlo por la mitad y ver lo que pasaba. En consecuencia montaron en un foso una sierra automática, la pusieron en funcionamiento y todos nos retiramos a una distancia razonable, por si acaso. Ahora todos ellos están un poco más intrigados que antes.


—¿Por qué, qué es lo que sucedió? —preguntó Sally.
—En realidad no sucedió nada. Cuando la sierra hubo cortado, la desconectamos y acudimos allí, encontrando la esfera dividida en dos mitades. Pero no eran mitades sólidas, como habíamos esperado. Había una corteza sólida de metal de unos 15 centímetros de espesor, luego unos dos centímetros de polvo suave y fino que tiene unas propiedades aislantes que han interesado mucho. Luego, dentro de una pared metálica más fina había una extraña formación de celdas que más parecían la sección de una colmena que otra cosa, sólo que estaban hechas de un material flexible que parecía caucho y todas ellas completamente vacías. A continuación, una faja de unos 5 centímetros, dividida esta vez en compartimientos metálicos bastante mayores que las celdas de la parte exterior y atestadas de toda clase de cosas, paquetes de tubos diminutos, cosas que parecen pequeñas semillas, diferentes clases de polvos que se vertieron al dividir el aparato y que todavía no se han examinado bien. Finalmente, un espacio de 10 centímetros, en el centro, separado en capas par docenas de aletas finas como el papel y por otra parte completamente vacío.
—De manera que ésta es el arma secreta, y si usted puede deducir algo de todo esto, estoy seguro de que a la gente del Ministerio les encantará oírlo. Incluso la capa de polvo les ha decepcionado porque no es explosiva. Ahora se preguntan mutuamente qué diablos era el objeto de ese artefacto.
—Qué decepción; parecía un meteorito hasta que empezó a sisear —dijo mister Fontain.
—Uno de ellos ha sugerido que en cierto modo quizá lo sea. Una especie de meteorito artificial —dijo Graham—. Sin embargo, para el resto de los expertos esto suena demasiado fantástico, porque creen que si, en cualquier caso, se pudiese enviar algo a través del espacio, probablemente tendría otro aspecto.
—Sería interesante si así fuese —dijo Sally—. Quiero decir que sería una cosa mucho más esperanzadora que si sólo se trata de un arma secreta más. Vendría a ser como una especie de señal de que algún día también podremos hacerlo nosotros.
»Piensa en lo fantástico que sería que verdaderamente pudiésemos hacerlo. Piensa en la cantidad de gente que están hartos de armas secretas, guerras y crueldades, y que podrían partir un buen día en una gran nave hacia un nuevo planeta en donde podrían empezar una vida nueva. Podrían dejar atrás todo lo que hace que este pobre mundo sea cada día más desagradable. Todo lo que queremos es un lugar en donde la gente pueda vivir, trabajar, construir y ser feliz. Si pudiéramos empezar de nuevo en otro lugar, qué mundo tan maravilloso podríamos…
Se interrumpió de pronto al oír unos frenéticos ladridos en el exterior, y dio un salto al oír que se convertía en un largo aullido.
—¡Es Mitty! —dijo—. ¿Qué le habrá…? 
Los dos hombres la siguieron al exterior.
—¡Mitty, Mitty! —llamó, pero no hubo respuesta del perro ni se oyó ningún ladrido más.
Rodearon la casa hacia la izquierda, de donde parecía haber provenido el aullido. Sally fue la primera en ver la mancha blanca entre la hierba junto a la pared del cobertizo. Corrió hacia allí llamando al perro, pero éste no se movió.
—¡Pobre Mitty! —dijo—. ¡Debe estar muerta! 
Se arrodilló junto al cuerpo inmóvil del perro.
—Está muerta —repitió—. No sé qué…
Se interrumpió abruptamente y se puso en pie.
—¡Oh, qué dolor! Parece que me ha picado algo —dijo tocándose la pierna mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.
—¿Pero qué diablos…? —empezó a decir su padre mirando al perro—. ¿Qué son estos bichos, hormigas…?
Graham se agachó para ver mejor.
—No, no son hormigas; no sé lo qué son.
Cogió uno de aquellos seres diminutos y se lo puso en la palma de la mano para mirarlo más de cerca.
—Nunca he visto nada parecido —afirmó. Mister Fontain, a su lado, también lo miraba.
Tenía un aspecto extraño, de menos de medio centímetro de longitud. El cuerpo parecía una semiesfera casi perfecta, con el lado plano hacia abajo y la superficie de la parte curva coloreada de rosa, y brillante como el caparazón de una mariquita. Parecía un insecto, excepto que sólo tenía cuatro patas cortas. No tenía cabeza claramente definida; sólo dos ojos colocados en el borde de la cúpula brillante. Cuando lo miraban se puso en pie sobre dos de las patas, mostrando la parte inferior pálida y plana, con una boca colocada justamente debajo de los ojos. En las patas delanteras sostenía un trocito de hierba o de alambre delgado.
Graham notó de pronto un dolor agudo en la mano.
—¡Maldita sea! —dijo sacudiéndola—. Vaya pinchazo. No sé lo que son, pero desde luego no conviene tenerlos cerca. ¿Tienes un pulverizador a mano?
—Hay uno en el cobertizo —le dijo mister Fontain, y luego preguntó, dirigiéndose a su hija—. ¿Te encuentras mejor?
—Me duele horrores —dijo Sally entre dientes.
—Espera un momento mientras acabamos con ellos, y luego miraremos tu herida —le dijo su padre.
Graham volvió corriendo con el pulverizador en la mano. Mirando por los alrededores descubrió varios centenares de aquellos bichitos rosados, andando hacia la pared del cobertizo. Les echó encima una nube de insecticida y observó cómo sus movimientos se hacían más lentos, movían débilmente las patas, y luego quedaban inmóviles. Para asegurarse pulverizó más insecticida por los alrededores.
—Esto les bastará —dijo—, vaya unos bichitos malignos. Jamás vi cosa semejante. ¿Qué diablos serán?


FIN