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2026/05/18

El hombre de cristal (Edward Page Mitchell)


Título original: The Crystal Man
Año: 1881


I
Doblaba a toda prisa por la Quinta Avenida desde una de las calles que la atraviesan cerca del viejo depósito de agua, a las diez y cuarto de la noche del 6 de noviembre de 1879, cuando tropecé con un individuo que venía en dirección contraria a la mía.
La esquina era una boca de lobo y no logré distinguir a la persona con quien tuve el honor de chocar. Sin embargo, antes de haberme logrado recuperar por completo de aquel impacto, el instinto de una inteligencia hecha como la mía a la deducción me había provisto de algunos datos al respecto.
Estos son algunos de ellos: El hombre era más pesado que yo y de piernas más sólidas, aunque su estatura era exactamente tres pulgadas y media inferior a la mía. Llevaba un sombrero de copa, una capa de un pesado hilado de lana y galochas de abrigo. Tenía cerca de treinta y cinco años, había nacido en los Estados Unidos y se había educado en una universidad alemana, tal vez Heidelberg, tal vez Friburgo; de temperamento naturalmente precipitado, era, no obstante, considerado y cortés en su trato. No se encontraba enteramente en paz con la sociedad y había en su vida o en su presente diligencia algo que deseaba ocultar.
¿Cómo podía saber yo todo esto, si ni siquiera había visto al desconocido y tan sólo una palabra había escapado de sus labios? Bien, sabía que era más fornido y se afirmaba mejor sobre sus pies porque fui yo, y no él, quien fue lanzado hacia atrás. Sabía que mi estatura era tres pulgadas y media superior a la suya porque la punta de mi nariz vibraba todavía por el efecto del contacto con el ala dura y afilada de su sombrero. La mano que yo había alzado inconscientemente se había metido bajo el borde de su capa. Llevaba zapatos de goma porque no había oído sus pisadas. Para un oído atento y entrenado, el tono de una voz indica tan claramente la edad como las arrugas de un rostro la evidencian a la vista. En el primer momento de exasperación ante mi torpeza el desconocido había murmurado un "¡Ox!" término que a nadie se le ocurriría en tal ocasión excepto a un alemán. No obstante, la pronunciación del vocablo gutural, me indicó que quien así hablaba era un norteamericano que había vivido en Alemania y no lo contrario, y que su educación alemana había tenido lugar al sur del Meno. Además el acento del caballero y el erudito se manifestaba aun en la expresión de su ira. Que el caballero no estaba particularmente apurado, sino que por alguna razón anhelaba mantenerse de incógnito, era una conclusión derivada del hecho de que se hubiera agachado para recoger y restituirme el paraguas después de escuchar en silencio mi cortés disculpa, retomando luego su camino tan silenciosamente como había aparecido.
Es para mí una cuestión de honor verificar mis conclusiones cuando resulta posible. De tal manera, regresé a la calle transversal y seguí al desconocido hacia un poste de alumbrado que se alzaba media cuadra más. Mi desventaja no excedía de los cinco segundos. No podía haber tomado otro camino, no existía ningún otro. Ninguna puerta se había abierto o cerrado a lo largo de nuestro camino. Y sin embargo, cuando llegamos al tramo iluminado, la silueta que debería haberse dibujado allí delante mío faltaba por completo. Ni el hombre ni su sombra eran visibles.
Apresurándome tanto como pude para alcanzar la siguiente luz de gas, me detuve a escuchar bajo la lámpara. Aparentemente, la calle estaba desierta. Los rayos de la linterna amarillenta sólo penetraban unos cuantos pasos en las tinieblas. Sin embargo los escalones y el zaguán de la casa de piedra marrón que se levantaba frente al farol callejero tenía iluminación suficiente. Los números dorados sobre la puerta eran visibles y pude reconocer la casa porque aquella cifra me era familiar. Mientras permanecía aguardando bajo la lámpara de gas, pude percibir un leve ruido sobre los escalones y el sonido sordo de una llave en su cerradura. La puerta del vestíbulo de la casa se abrió lentamente, cerrándose luego de un portazo cuyo eco resonó en la calle. Sólo un segundo más tarde se oyó el ruido de la puerta interior que era abierta y cerrada. Nadie había salido. Si podía confiar en el testimonio de mis ojos frente a un acontecimiento similar, a apenas diez pies y a plena luz, nadie había entrado.
Intuyendo la escasez de material para aplicar con exactitud el proceso deductivo, me quedé un largo rato haciendo descabelladas conjeturas sobre la naturaleza del extraño suceso. Sentí, en ese momento, esa vaga sensación que nos embarga ante lo inexplicable y que tanto se aproxima al pavor. Fue un verdadero alivio oír unos pasos en la vereda opuesta y ver al volverme a un agente de policía que daba vueltas a su largo y negro mazo, mientras me observaba con atención.

II
La casa de color chocolate cuya puerta de calle se abrió y cerró a la medianoche sin que mediara acción humana alguna, me era, como dije, bien conocida. Había salido de ella unos diez minutos antes, después de pasar una agradable velada con mi amigo Bliss y su hija Pandora. Se trataba de uno de esos edificios en los que cada piso conforma un departamento. El segundo piso, o departamento, había sido ocupado por Bliss desde su regreso del extranjero, es decir, durante doce meses. Estimaba a Bliss por sus excelentes cualidades humanas, al mismo tiempo que su mente deplorablemente ilógica y acientífica me inspiraba profunda piedad. Y adoraba a Pandora.
Téngase la amabilidad de comprender que mi admiración por Pandora Bliss era desesperanzada, y no sólo desesperanzada, sino también resignada a su desesperanza. En nuestro círculo de amistades existía el acuerdo tácito de que la particular circunstancia de la joven, desposada con un recuerdo, debía ser respetada en todo momento. La adorábamos con serenidad y sin pasión... lo suficiente como para alimentar su coquetería sin llegar a vulnerar la endurecida superficie de su corazón de viuda. Por su parte, Pandora se conducía con notable decoro. No suspiraba con demasiada evidencia cuando la cortejábamos y controlaba siempre tan bien sus coqueteos que era capaz de interrumpirlos cuando los queridos y tristes recuerdos regresaban a su memoria.
Considerábamos apropiado expresarle su deber de desechar el pasado muerto como si fuera un libro cerrado, en consideración a su juventud y belleza, y urgirla respetuosamente a que regresara a la vida y su alegría. Pero considerábamos impropio insistir en el tema una vez que la joven hubiese replicado que tal cosa era absoluta y definitivamente imposible.
Los pormenores del trágico episodio en la experiencia europea de la señorita Pandora nos eran desconocidos. Se sabía, vagamente, que mientras se hallaba en el extranjero había amado a un hombre, jugando después con sus sentimientos. Luego él había desaparecido, dejándola en una total ignorancia acerca de su destino y con un remordimiento perpetuo, a causa de su caprichoso comportamiento. Bliss me había suministrado algunos datos esporádicos que carecieron de suficiente coherencia para dar una idea de la historia. No existía razón para creer que el enamorado de Pandora se había quitado la vida. Se llamaba Flack y era un científico. En la opinión de Bliss, se trataba de un tonto y, siempre en su opinión, Pandora era una tonta al dejarse consumir por él. Y Bliss tenía la opinión de que todos los hombres de ciencia eran más o menos tontos.


III
Aquel año asistí a la cena de Acción de Gracias con los Bliss. Durante la velada busqué asombrar a los concurrentes narrando los misteriosos eventos de la noche de mi encuentro con el desconocido. Pero mi relato no logró el resultado deseado. Dos o tres personas recalcitrantes intercambiaron significativas miradas. Pandora, que se encontraba desacostumbradamente pensativa, escuchaba con aparente indiferencia. Su padre, con su estúpida incapacidad para comprender algo fuera de lo común, se rio sin reserva y hasta llegó a cuestionar mi integridad como observador de fenómenos sobrenaturales.
Algo irritado y tal vez con mi fe en el milagro un tanto menoscabada, pedí disculpas por retirarme temprano. Pandora me acompañó hasta el umbral.
—Su relato —me dijo— me interesó de modo extraño. También yo podría informar de raros eventos dentro y alrededor de la casa que lo sorprenderían. Y no creo ser totalmente ignorante de la naturaleza de los mismos. El penoso pasado empieza a lanzar un rayo de luz, pero no seamos apresurados. Trate de investigar el asunto más a fondo, hágalo por mí.
La joven exhaló un suspiro al darme las buenas noches. Me pareció oír un segundo y más profundo suspiro, demasiado nítido para ser un simple eco.
Empecé a descender las escaleras. Había bajado media docena de escalones cuando sentí el peso de la mano de un hombre en mi hombro. Pensé en un primer momento que tal vez Bliss me había seguido hasta el vestíbulo para disculparse de su grosería. Me volví para recibir su amistosa proposición, pero no había nadie a la vista.
La mano volvió a tocarme el brazo y me estremecí de temor a pesar de mis ideas filosóficas.
Esta vez la mano me tiró de la manga del saco, como si me invitase a subir las escaleras. Subí uno o dos escalones y la presión en mi brazo se hizo más ligera.
Hice una pausa y la silenciosa invitación se repitió con una premura que no dejaba dudas acerca de sus deseos.
Juntos subimos las escaleras. Aquella presencia abría el ascenso y yo la seguía.
¡Qué trayecto extraordinario! Las dependencias estaban brillantemente iluminadas con luz de gas. Pero el testimonio de mis ojos sólo indicaba que no había nadie en la escalinata, excepto yo. Cerrando los ojos, la ilusión, si así se la podía llamar, era perfecta. Podía oír, delante mío, el crujido de las escaleras, las pisadas suaves pero perfectamente audibles, sincronizadas con las mías, y aún la respiración regular de mi acompañante y guía. Al extender el brazo podía tocar con los dedos el borde de sus prendas, una pesada capa de lana bordeada de seda.
De repente abrí los ojos, los cuales me volvieron a informar que me hallaba completamente solo.
Se me presentó entonces este problema: Cómo determinar si era la visión la que me estaba engañando, mientras que mis sentidos del oído y del tacto me daban indicios correctos, o si bien mis oídos y órganos del tacto mentían, mientras que mis ojos comunicaban la verdad. ¿Quién podrá ser arbitro cuando los sentidos se contradicen? ¿La capacidad de raciocinio? La razón se inclinaba a reconocer la presencia de un ser inteligente, cuya existencia era rotundamente negada por los sentidos más dignos de confianza.
Llegamos al piso superior de la casa. La puerta que daba acceso al salón principal se abrió ante mí, aparentemente por sí misma. Una cortina en el interior pareció correrse por sí sola y mantenerse abierta el tiempo suficiente para ingresar a un departamento, en cuyo interior todo indicaba el buen gusto y los hábitos de una persona erudita. Ardía un fuego de leños en el hogar y las paredes estaban cubiertas de libros y cuadros. Las reposeras eran amplias y acogedoras. No había en la estancia nada misterioso o espeluznante, nada que difiriera de un amueblamiento común y corriente.
Mi mente se hallaba ya libre de los últimos vestigios de la sospecha de un fenómeno sobrenatural. Tal vez, estos fenómenos no carecían de una explicación racional; sólo me faltaba una clave para interpretarlos. El comportamiento de mi invisible anfitrión indicaba una disposición amistosa. Pude observar con perfecta tranquilidad una serie de manifestaciones de energía por parte de algunos objetos inanimados, independientes de toda acción humana.
En primer lugar, una amplia otomana se desplazó desde un rincón de la habitación y se aproximó al hogar. Luego un sillón Reina Ana, de respaldo cuadrado, salió de otro rincón, avanzando hasta detenerse frente al primero. Una pequeña mesa de tres patas se elevó ligeramente sobre el piso y ocupó un espacio entre los dos sillones. Un grueso volumen en octavo se movió hacia atrás, abandonó su lugar en el estante y flotó tranquilamente por el aire a una altura de unos tres o cuatro pies, posándose prolijamente en la mesa. Una pipa de porcelana finamente pintada abandonó su soporte en la pared y se unió al volumen. Una caja de tabaco saltó desde la repisa del hogar. La puerta de un gabinete se abrió sobre sus goznes y un botellón y un vaso de vino iniciaron juntos un viaje, arribando a su destino en forma simultánea. Todos los objetos de aquella habitación parecían estar animados por el espíritu de la hospitalidad.
Me acomodé en la reposera, llené el vaso de vino, encendí la pipa y examiné el volumen. Era el Handbuch der Gewebelehre, de Bussius de Viena. Una vez que lo hube colocado en la mesa, se abrió con premeditación en la página cuatrocientos cuarenta y tres.
—¿No está usted nervioso, ¿verdad? —dijo en tono perentorio una voz situada a no más de cuatro pies de mi tímpano.

IV
Esta voz tenía un sonido conocido. Era la voz que había oído en la calle, la noche del 6 de noviembre, cuando había exclamado "¡Ox!".
—No —dije—. No estoy nervioso. Soy hombre de ciencia, acostumbrado a considerar todos los fenómenos como explicables por medio de las leyes naturales, siempre que podamos descubrir tales leyes. No, no estoy asustado.
—Mucho mejor así. Usted es un hombre de ciencia, como lo soy yo —la voz parecía expresar un gran dolor—, un hombre valiente y un amigo de Pandora.
—Discúlpeme —interpolé—. Puesto que se menciona el nombre de una dama, sería buen saber con quién o qué estoy hablando.
—Eso es precisamente lo que deseo comunicarle, —replicó la voz—, antes de pedirle que me preste un gran servicio. Mi nombre es, o era, Stephen Flack. Soy, o he sido, ciudadano de los Estados Unidos. Mi estado legal en la actualidad es un misterio tan grande para mí como posiblemente lo sea para usted. Pero soy, o era, un hombre honesto y un caballero, y le ofrezco mi mano.
No vi ninguna mano, pero extendí la mía y sentí la presión de unos dedos cálidos y llenos de vida.
—Ahora bien —continuó la voz, después de este silencioso pacto de amistad—, tenga la amabilidad de leer el pasaje en el cual he abierto el libro que estaba en la mesa.
He aquí una traducción aproximada de lo que leí en alemán:

 
"Puesto que el color de los tejidos orgánicos que constituyen el cuerpo humano depende de la presencia de ciertos principios inmediatos de tercera clase, conteniendo todos ellos hierro como uno de sus elementos esenciales, se deduce que la tonalidad puede variar de acuerdo a modificaciones químico-fisiológicas bien definidas. Un exceso de hematina en los glóbulos de la sangre dará un tinte más rojizo a cada tejido. La melanina, que da el color al coróideo del ojo, al iris y al cabello, puede aumentarse o disminuirse según leyes recientemente formuladas por Scharcht, de Basilea. En la epidermis, el exceso de melanina es responsable de la existencia de los negros y su suministro deficiente la de los albinos. La hematina y la melanina, juntos con la biliverdina de color gris-amarillento y la urocacina de color rojo-amarillento, son los pigmentos que otorgan las características del color a los tejidos, los que, de otro modo, serían transparentes, o casi transparentes. Deploro mi incapacidad para registrar el resultado de ciertos experimentos histológicos sumamente interesantes realizados por el incansable investigador Froliker, quien tuvo éxito en su intento de separar la decoloración rosada del cuerpo humano por medios químicos".

—Durante cinco años —continuó mi invisible compañero cuando concluí la lectura—, fui alumno y ayudante de laboratorio de Froliker, en Friburgo. Bussius conjeturó sólo a medias la importancia de nuestros experimentos. Alcanzamos resultados tan asombrosos que las autoridades demandaron que no se publicaran, ni siquiera para el mundo científico. Froliker murió hizo un año el pasado mes de agosto.
»Tenía gran fe en el genio de este gran pensador y hombre admirable. Si él hubiese recompensado mi incuestionable lealtad con plena confianza, no sería yo ahora una miserable piltrafa humana. Pero su reserva natural y los celos profesionales con que todos los sabios guardan sus resultados no verificados, me mantuvieron ignorante de las fórmulas esenciales que regían nuestros experimentos. Como discípulo suyo conocía bien los detalles específicos del trabajo, pero sólo mi maestro poseía el secreto fundamental. Como consecuencia, he sido llevado a soportar una desgracia más pavorosa que las desgracias que cualquier otro ser humano pueda haber padecido, desde que Dios lanzó la maldición primordial sobre Caín.
»Al principio, nuestros esfuerzos fueron dirigidos a la ampliación y variación de la cantidad de materia pigmentaria en el sistema. Incrementando la proporción de melanina, por ejemplo, transportada por el alimento a la sangre, pudimos convertir un hombre rubio en moreno y un moreno en un negro africano. Casi no existía tonalidad que no pudiéramos impartir a la piel, modificando y variando nuestras combinaciones. Los experimentos, usualmente, se probaban en mi persona. En diferentes ocasiones fui de color cobrizo, azul violeta, carmesí y amarillo-cromo. Durante una semana triunfal exhibí en mi cuerpo todos los colores del arco iris. Y todavía queda un testigo de la interesante naturaleza de nuestro trabajo durante este período.
La voz hizo una pausa, y en cuestión de segundos se hizo oír una campanilla de mano que estaba sobre la repisa. Al instante, un hombre viejo, con un ceñido casquete, entró a la habitación arrastrando los pies.
—Kaspar —dijo la voz en alemán—, muéstrale tu pelo a este caballero.
Sin mostrar sorpresa alguna y como si estuviera perfectamente acostumbrado a recibir órdenes desde el espacio vacío, el viejo sirviente hizo una reverencia y se quitó el casquete. Los escasos mechones que quedaron entonces al descubierto eran de un brillante verde esmeralda. No pude contener una exclamación de asombro.
—El caballero encuentra tu cabello muy hermoso —dijo la voz, siempre en alemán—. Es todo Kaspar.
Volviendo a calzarse el casquete, el servidor se retiró con una mirada de vanidad satisfecha en el rostro.
—El viejo Kaspar era sirviente de Froliker y ahora es el mío. Fue el sujeto de una de las primeras aplicaciones del proceso. El benemérito hombre quedó tan satisfecho con el resultado que no quería permitirnos que restauráramos a su cabello el color original. Es un alma fiel y mi único intermediario y representante ante el mundo visible.
»Vamos ahora —continuó Flack— al relato de mi desgracia. El gran histólogo con el cual tuve el privilegio de estar asociado, dirigió entonces su atención hacia otra rama de la investigación, aún más interesante. Hasta ese momento había buscado simplemente aumentar o modificar los pigmentos de los tejidos. Inició entonces una serie de experimentos, en busca de la posibilidad de eliminarlos totalmente del sistema, por medio de la absorción, la exudación y el uso de los cloruros y otros agentes químicos que actúan sobro la materia orgánica. ¡Y tuvo demasiado éxito!
»Volví a ser sometido a los experimentos, que fueron supervisados por Froliker, quien me comunicó acerca del secreto del proceso solamente lo que era inevitable. Durante semanas permanecí en su laboratorio sin ver a nadie y sin ser visto por persona alguna, excepto el profesor y su fiel Kaspar. Herr Froliker actuaba con cautela, vigilando de cerca el efecto de cada nueva prueba, y avanzando gradualmente. Nunca llegaba tan lejos en un experimento como para que la posibilidad de retroceder desapareciera. Siempre dejaba expedito un camino fácil para echarse atrás. Por esa razón, me sentía perfectamente seguro en sus manos y me sometía a lo que requiriese de mí.
»Bajo la acción de las drogas blanqueadoras que el profesor me había administrado en combinación con poderosos detergentes, me puse al principio pálido, blanco, incoloro como un albino, pero sin que mi salud se resintiera. Mi cabello y mi barba se parecían a la lana de vidrio y mi piel al mármol. El profesor estaba satisfecho con los resultados y decidió no seguir adelante. Me devolvió entonces a mi color normal.
»En el siguiente experimento, y en los que le sucedieron, permitió que sus agentes químicos se afirmaran más en los tejidos de mi cuerpo. No sólo me puse blanco, como un hombre que no se ha expuesto al sol, sino ligeramente translúcido, como una estatuilla de porcelana. Después hizo una pausa en sus experimentos y me devolvió mi color natural, permitiéndome salir al mundo exterior. Dos meses más tarde ya era más que translúcido. Tal vez haya usted visto esos animales marinos radiales como la medusa, cuyos contornos son casi invisibles para el ojo humano. Bien, yo era en el aire como la medusa en el agua. Casi perfectamente transparente, sólo inspeccionándome de cerca podía el viejo Kaspar descubrir donde me encontraba en la habitación cuando venía a traerme alimentos. Fue Kaspar quien atendía a mis necesidades cuando debía permanecer encerrado.
—Pero, ¿y sus ropas? —inquirí, interrumpiendo la narración de Flack—. Deben haberse destacado fuertemente sobre el borroso aspecto de su cuerpo.
—Ah, no —dijo Flack—. El espectáculo de un traje aparentemente vacío moviéndose por el laboratorio era demasiado grotesco hasta para el serio profesor. Para proteger su gravedad, se vio obligado a desarrollar un método para aplicar su proceso a la materia orgánica inerte, la lana de mi capa, el algodón de mis camisas y el cuero de mis zapatos. Entonces quedé vestido como lo estoy todavía.


»En esa etapa de nuestros experimentos, cuando ya había logrado una transparencia casi perfecta y, por lo tanto, una invisibilidad completa, conocí a Pandora Bliss.
»Un año atrás, en el mes de julio, en uno de los intervalos de nuestros trabajos, y en una época en que aún presentaba un aspecto natural, fui a la Selva Negra para recuperarme. Vi y admiré a Pandora por primera vez en la pequeña aldea de San Blasino. Ellos procedían de los saltos del Rin y estaban en viaje hacia el norte; yo, por mi parte, cambié mi rumbo y también viajé al norte. En la Posada Stern me enamoré de Pandora; en la cumbre del Feldberg ya la adoraba con locura. En el Hollenpass estaba dispuesto a sacrificar mi vida por una palabra agradable de sus labios. Sobre el Hornisgrinde le rogué que me permitiera lanzarme desde la cima de la montaña hacia las tenebrosas aguas del Mummelsee para demostrar mi devoción. Usted conoce a Pandora y, puesto que la conoce bien, no es necesario tratar de disculpar el rápido crecimiento de mi obsesión. Ella coqueteó conmigo, se rió, paseó en carruaje, recorrió conmigo los caminitos en los bosques verdes, ascendió conmigo cuestas tan empinadas que hacerlo juntos era un delicioso y prolongado abrazo; habló de la ciencia y los sentimientos; escuchó mis esperanzas y mi entusiasmo, me desairó, me trató con desprecio, me hizo enloquecer, a su dulce antojo, y todo mientras el positivista de su padre dormitaba en los salones de las posadas leyendo las secciones financieras de los últimos periódicos de Nueva York. Pero ni aún hoy sé si realmente me amaba.
»Cuando el padre de Pandora se enteró de la naturaleza de mis ocupaciones y de mis perspectivas futuras, decidió interrumpir abruptamente nuestro dulce idilio. Supongo que me ubicaba en la clase de los prestidigitadores profesionales y los charlatanes de feria. Traté en vano de explicarle que me haría famoso y probablemente rico.
»—Cuando sea usted famoso y rico —observó con una sonrisa—, me complacerá mucho verlo en mi oficina de Broad Street.
»Se llevó a Pandora a París y yo retorné a Friburgo.
»Pocas semanas más tarde, una brillante tarde de agosto, me encontraba en el laboratorio de Froliker, invisible ante cuatro personas que se hallaban casi al alcance de mi brazo. Kaspar estaba detrás mío, lavando unos tubos de ensayo. Con una orgullosa sonrisa en su rostro, Froliker contemplaba fijamente el lugar donde sabía que yo estaba. Dos profesores colegas, convocados con algún pretexto, me empujaban inconscientemente con sus codos, mientras discutían no sé que cuestiones sin importancia. Podían haber oído los latidos de mi corazón, estoy seguro.
»—De paso Herr Profesor —preguntó uno de ellos, a punto de partir— ¿ha regresado su ayudante, Herr Flack, de sus vacaciones?
»La prueba había sido perfecta.
»Tan pronto como estuvimos solos, el profesor Froliker sujetó mi mano invisible, como lo hizo usted esta noche. Estaba de muy buen humor.
»—Mi querido amigo —dijo—, mañana culminaremos nuestra tarea. Aparecerá usted, o más bien no aparecerá, ante la asamblea de la universidad en pleno. Ya he enviado invitaciones por telégrafo a Heidelberg, a Bonn y a Berlín. Schrotter, Haeckel, Steinmetz y Lavallo estarán presentes. Nuestro triunfo se celebrará en presencia de los físicos más eminentes de la época. Entonces, revelaré los secretos de nuestro proceso, los que he mantenido ocultos hasta ahora, incluso para usted, mi colaborador y amigo de confianza. Pero usted compartirá mi gloria. ¿Qué es eso que he oído sobre un avecilla silvestre que ha volado? Hijo mío, pronto tendrá pigmento suficiente y podrá ir a París a buscarla con la fama en sus manos y las bendiciones de la ciencia sobre su cabeza.
»A la mañana siguiente, diecinueve de agosto, antes de que me levantara de mi litera, Kaspar entró apresuradamente en el laboratorio.
»—¡Herr Flack! ¡Herr Flack! —dijo con voz entrecortada—, Herr Profesor acaba de morir de una apoplejía.

V
El relato había llegado a su fin. Me quedé sentado, pensando en todo lo que había oído. ¿Qué podía hacer ahora? ¿Qué podía decirle? ¿De que modo podría ofrecer consuelo a este hombre desdichado?
Flack, invisible, sollozaba con honda amargura. Fue el primero en hablar:
—¡Es cruel, muy cruel! Sin haber cometido ningún crimen antes los ojos del hombre, ningún pecado ante la vista de Dios, he sido condenado a un destino mil veces peor que el infierno. Debo marchar sobre la faz de la tierra, como un hombre, viviente, vidente, amante como los otros, mientras que entre yo y todo lo que hace que la vida valga la pena de ser vivida, existe una barrera establecida para toda la eternidad. Hasta los fantasmas tienen forma propia. Mi vida es una muerte en vida; mi existencia, el olvido eterno. Ningún amigo puede mirarme a la cara. Si abrazara contra mi pecho a la mujer que adoro, sólo le inspiraría un terror inenarrable. La veo casi todos los días. Rozo sus vestidos cuando paso cerca de ella en las escaleras. ¿Me amaba ella acaso? ¿Me ama? Si lo supiera, ¿no sería mi maldición aún más cruel? Sin embargo es para averiguar la verdad que lo he traído aquí.
Fue entonces que cometí el error más grande de mi vida.
—¡Anímese! —dije alegremente— Pandora siempre lo ha amado.
Cuando vi que la mesa se volcaba bruscamente, advertí la vehemencia con que Flack se había puesto de pie. Sus manos asían mis hombros con ferocidad.
—Sí —continué diciendo—, Pandora ha sido fiel a su recuerdo. No hay razón para desesperarse. El secreto del proceso de Froliker murió con él ¿pero por qué no puede ser redescubierto mediante experimentos y deducciones desde el comienzo, con la ayuda que usted mismo puede prestar? Tenga valor y esperanza. Ella lo ama. Dentro de cinco minutos lo oirá usted de sus propios labios.
Nunca había oído un gemido de dolor tan patético como su exultante grito de alegría.
Bajé apresuradamente las escaleras para llamar a la señorita Bliss al salón. Le expliqué la situación en pocas palabras. Ante mi sorpresa, ni se desmayó ni se puso histérica.
—Por supuesto que lo acompañaré —dijo con una sonrisa que no supe interpretar entonces.
Me siguió hasta los aposentos de Flack y con gran tranquilidad escudriñó todos los rincones del departamento con una sonrisa inmóvil en su rostro. No podría haber mostrado mayor aplomo si hubiese entrado en un elegante salón de baile. No manifestó asombro ni terror alguno, cuando su mano fue asida por manos invisibles y cubierta de besos por labios que nadie podía ver. Escuchó con compostura el torrente de amorosas y acariciadoras palabras que mi infortunado amigo vertía en sus oídos.
Con asombro y un poco inquieto, yo observaba la extraña escena ante mis ojos. Muy pronto, la señorita Bliss retiró su mano.
—En verdad, señor Flack —dijo con una leve carcajada—, es usted bastante demostrativo. ¿Adquirió tal costumbre en el continente europeo?

 
—Pandora —le oí decir—. No entiendo.
—Tal vez —continuó ella serenamente—, considera usted estas efusiones como uno de los privilegios de su invisibilidad. Permítame felicitarlo por el éxito de su experimento. Qué hombre tan inteligente debe haber sido su profesor... ¿cómo se llama? Podría usted hacer una verdadera fortuna exhibiéndose como un fenómeno.
¿Esta era la mujer que durante meses había exhibido su pena inconsolable por la pérdida de este mismo hombre? Estaba estupefacto. ¿Quién puede pretender analizar los motivos de una mujer coqueta? ¿Qué ciencia tiene la suficiente profundidad como para desentrañar sus caprichos?
—Pandora —volvió a exclamar el hombre invisible, con voz de asombro—. ¿Qué significa esto? ¿Por qué me recibes de esta manera? ¿Es todo lo que tienes que decirme?
—Creo que sí —replicó con gran indiferencia, yendo hacia la puerta—. Es usted un caballero y no es necesario que le pida que me ahorre más molestias.
—Su corazón es de hielo —murmuré cuando pasó a mi lado—. Es indigna de él.
El desesperado grito de Flack atrajo a Kaspar a la habitación. Con el instinto adquirido en largos años de leal servicio, el anciano fue directamente al lugar donde estaba su amo. Lo vi tomar algo en el aire como si estuviera forcejeando con él, buscando detener al hombre invisible, pero fue arrojado violentamente a un costado. Recobrándose, se quedó atento un instante, con el cuello distendido y el rostro pálido. Después salió corriendo de la habitación y bajo las escaleras. Lo seguí.
La puerta de calle estaba abierta. Vi a Kaspar vacilar unos segundos en la vereda. Y finalmente corrió hacia el oeste por la calle, con tal velocidad que me fue sumamente difícil mantenerme a su lado.
Era cerca de la medianoche. Cruzamos avenida tras avenida. Un murmullo inarticulado de satisfacción se escapó de los labios del viejo Kaspar. A poca distancia delante de nosotros vimos un hombre, parado en la esquina de una de las avenidas, quien repentinamente caía al suelo. Seguimos corriendo un instante sin disminuir la velocidad. A corta distancia frente a nosotros podía oír rápidas pisadas. Agarré a Kaspar del brazo y él asintió con la cabeza.
Casi sin resuello, era consciente de que no pisábamos ya el pavimento sino que caminábamos sobre tablas y entre una increíble confusión de maderos. Ya no había más luces delante nuestro, sino solamente el oscuro vacío. Kaspar, dando un prodigioso salto, aferró algo, se le escapó y cayó de espaldas lanzando un grito de terror.
Se oyó un sordo chapoteo en las oscuras aguas del río que estaba bajo nuestros pies.

FIN

2026/03/23

Un expreso del futuro (Julio Verne)


Título original: Un Express de l’avenir
Año: 1888


-Ande con cuidado -gritó mi guía-. ¡Hay un escalón!
Descendiendo con seguridad por el escalón de cuya existencia así me informó, entré en una amplia habitación, iluminada por enceguecedores reflectores eléctricos, mientras el sonido de nuestros pasos era lo único que quebraba la soledad y el silencio del lugar.
¿Dónde me encontraba? ¿Qué estaba haciendo yo allí? Preguntas sin respuesta. Una larga caminata nocturna, puertas de hierro que se abrieron y se cerraron con estrépitos metálicos, escaleras que se internaban (así me pareció) en las profundidades de la tierra… No podía recordar nada más, Carecía, sin embargo, de tiempo para pensar.
-Seguramente usted se estará preguntando quién soy yo -dijo mi guía-. El coronel Pierce, a sus órdenes. ¿Dónde está? Pues en Estados Unidos, en Boston… en una estación.
-¿Una estación?
-Así es; el punto de partida de la Compañía de Tubos Neumáticos de Boston a Liverpool.
Y con gesto pedagógico, el coronel señaló dos grandes cilindros de hierro, de aproximadamente un metro y medio de diámetro, que surgían del suelo, a pocos pasos de distancia.
Miré esos cilindros, que se incrustaban a la derecha en una masa de mampostería, y en su extremo izquierdo estaban cerrados por pesadas tapas metálicas, de las que se desprendía un racimo de tubos que se empotraban en el techo; y al instante comprendí el propósito de todo esto.
¿Acaso yo no había leído, poco tiempo atrás, en un periódico norteamericano, un artículo que describía este extraordinario proyecto para unir Europa con el Nuevo Mundo mediante dos colosales tubos submarinos? Un inventor había declarado que el asunto ya estaba cumplido. Y ese inventor -el coronel Pierce- estaba ahora frente a mí.
Recompuse mentalmente aquel artículo periodístico. Casi con complacencia, el periodista entraba en detalles sobre el emprendimiento. Informaba que eran necesarios más de tres mil millas de tubos de hierro, que pesaban más de trece millones de toneladas, sin contar los buques requeridos para el transporte de los materiales: 200 barcos de dos mil toneladas, que debían efectuar treinta y tres viajes cada uno. Esta "Armada de la Ciencia" era descrita llevando el hierro hacia dos navíos especiales, a bordo de los cuales eran unidos los extremos de los tubos entre sí, envueltos por un triple tejido de hierro y recubiertos por una preparación resinosa, con el objeto de resguardarlos de la acción del agua marina.
Pasado inmediatamente el tema de la obra, el periodista cargaba los tubos (convertidos en una especie de cañón de interminable longitud) con una serie de vehículos, que debían ser impulsados con sus viajeros dentro, por potentes corrientes de aire, de la misma manera en que son trasladados los despachos postales en París.
Al final del artículo se establecía un paralelismo con el ferrocarril, y el autor enumeraba con exaltación las ventajas del nuevo y osado sistema. Según su parecer, al pasar por los tubos debería anularse toda alteración nerviosa, debido a que la superficie interior del vehículo había sido confeccionada en metal finamente pulido; la temperatura se regulaba mediante corrientes de aire, por lo que el calor podría modificarse de acuerdo con las estaciones; los precios de los pasajes resultarían sorprendentemente bajos, debido al poco costo de la construcción y de los gastos de mantenimiento. Se olvidaba, o se dejaba aparte cualquier consideración referente a los problemas de la gravitación y del deterioro por el uso.
Todo eso reapareció en mi conciencia en aquel momento.
Así que aquella "Utopía" se había vuelto realidad. ¡Y aquellos dos cilindros que tenía frente a mí partían desde este mismísimo lugar, pasaban luego bajo el Atlántico, y finalmente alcanzaban la costa de Inglaterra!
A pesar de la evidencia, no conseguía creerlo. Que los tubos estaban allí, era algo indudable, pero creer que un hombre pudiera viajar por semejante ruta... ¡jamás!
-Obtener una corriente de aire tan prolongada sería imposible -expresé en voz alta aquella opinión.
-Al contrario, ¡es absolutamente fácil! -protestó el coronel Pierce-. Todo lo que se necesita para obtenerla es una gran cantidad de turbinas impulsadas por vapor, semejantes a las que se utilizan en los altos hornos. Éstas transportan el aire con una fuerza prácticamente ilimitada, propulsándolo a mil ochocientos kilómetros horarios. ¡Casi la velocidad de una bala de cañón! De manera tal que nuestros vehículos con sus pasajeros efectúan el viaje entre Boston y Liverpool en dos horas y cuarenta minutos.
-¡Mil ochocientos kilómetros por hora!- exclamé.
-Ni uno menos. ¡Y qué consecuencias maravillosas se desprenden de semejante promedio de velocidad! Como la hora de Liverpool está adelantada con respecto a la nuestra en cuatro horas y cuarenta minutos, un viajero que salga de Boston a las 9, arribará a Liverpool a las 3:53 de la tarde.¿No es este un viaje hecho a toda velocidad? Corriendo en sentido inverso, hacia estas latitudes, nuestros vehículos le ganan al Sol más de novecientos kilómetros por hora, como si treparan por una cuerda movediza. Por ejemplo, partiendo de Liverpool al medio día, el viajero arribará a esta estación alas 9:34 de la mañana. O sea, más temprano que cuando salió. ¡Ja! ¡Ja! No me parece que alguien pueda viajar más rápidamente que eso.
Yo no sabía qué pensar. ¿Acaso estaba hablando con un maniático? ¿O debía creer todas esas teorías fantásticas, a pesar de la objeciones que brotaban de mi mente?
-Muy bien, ¡así debe ser! -dije-. Aceptaré que lo viajeros puedan tomar esa ruta de locos, y que usted puede lograr esta velocidad increíble. Pero una vez que la haya alcanzado, ¿cómo hará para frenarla? ¡Cuando llegue a una parada todo volará en mil pedazos!
-¡No, de ninguna manera! -objetó el coronel, encogiéndose de hombros-. Entre nuestros tubos (uno para irse, el otro para regresar a casa), alimentados consecuentemente por corrientes de direcciones contrarias, existe una comunicación en cada juntura. Un destello eléctrico nos advierte cuando un vehículo se acerca; librado a su suerte, el tren seguiría su curso debido a la velocidad impresa, pero mediante el simple giro de una perilla podemos accionar la corriente opuesta de aire comprimido desde el tubo paralelo y, de a poco, reducir a nada el impacto final. ¿Pero de qué sirven tantas explicaciones? ¿No sería preferible una demostración?


Y sin aguardar mi respuesta, el coronel oprimió un reluciente botón plateado que salía del costado de uno de los tubos. Un panel se deslizó suavemente sobre sus estrías, y a través de la abertura así generada alcancé a distinguir una hilera de asientos, en cada uno de los cuales cabían cómodamente dos personas, lado a lado.
-¡El vehículo! -exclamó el coronel-. ¡Entre!
Lo seguí sin oponer la menor resistencia, y el panel volvió a deslizarse detrás de nosotros, retomando su anterior posición.
A la luz de una lámpara eléctrica, que se proyectaba desde el techo, examiné minuciosamente el artefacto en que me hallaba.
Nada podía ser más sencillo: Un largo cilindro, tapizado con prolijidad; de extremo a extremo se disponían cincuenta butacas en veinticinco hileras paralelas. Una válvula en cada extremo regulaba la presión atmosférica, de manera que entraba aire respirable por un lado, y por el otro se descargaba cualquier exceso que superara la presión normal.
Luego de perder unos minutos en este examen, me ganó la impaciencia:
-Bien -dije-. ¿Es que no vamos a arrancar?
-¿Si no vamos a arrancar? -exclamó el coronel Pierce-. ¡Ya hemos arrancado!
Arrancado... sin la menor sacudida... ¿Cómo era posible? Escuché con suma atención, intentando detectar cualquier sonido que pudiera darme alguna evidencia.
¡Si en verdad habíamos arrancado, si el coronel no me había estado mintiendo al hablarme de una velocidad de mil ochocientos kilómetros por hora, ya debíamos estar lejos de tierra, en las profundidades del mar, junto al inmenso oleaje de cresta espumosa por sobre nuestras cabezas; e incluso en ese mismo instante, probablemente, confundiendo al tubo con una serpiente marina monstruosa, de especie desconocida, las ballenas estarían batiendo con furiosos coletazos nuestra larga prisión de hierro!
Pero no escuché más que un sordo rumor, provocado, sin duda, por la traslación de nuestro vehículo. Y ahogado por un asombro incomparable, incapaz de creer en la realidad de todo lo que estaba ocurriendo, me senté en silencio, dejando que el tiempo pasara.
Luego de casi una hora, una sensación de frescura en la frente me arrancó de golpe del estado de somnolencia en que había caído paulatinamente.
Alcé el brazo para tocarme la cara: Estaba mojada.
¿Mojada? ¿Por qué estaba mojada? ¿Acaso el tubo había cedido a la presión del agua, una presión que obligadamente sería formidable, pues aumenta a razón de una "atmósfera" por cada diez metros de profundidad?
Fui presa del pánico. Aterrorizado, quise gritar... y me encontré en el jardín de mi casa, rociado generosamente por la violenta lluvia que me había despertado. Simplemente, me había quedado dormido mientras leía el articulo de un periodista norteamericano, referido a los extraordinarios proyectos del coronel Pierce… quien a su vez, mucho me temo, también había sido soñado.


FIN

2024/04/01

En el sol (Robert Duncan Milne)

 
Título original: Into the sun
Año: 1882



Escenario: San Francisco. Época: 1883.
—¿De modo que usted piensa, doctor, que el cometa que acaba de ser observado desde Sudáfrica es el mismo que el del año pasado…, el descubierto en primer lugar por Cruls en Río de Janeiro y que luego fue claramente visible por todos nosotros aquí a lo largo de todo el mes de octubre?
—A juzgar por los informes relativos a su aspecto general, y a la trayectoria que sigue, no veo qué otra conclusión podemos tomar. Se está acercando al sol desde el mismo lugar que el cometa del año pasado; se le parece en su aspecto; su velocidad es la misma, si no mayor. Todas esas cosas son argumentos identificadores muy fuertes.
—Pero entonces, ¿cómo explica su rápido regreso? Estamos sólo a finales de agosto, y el año pasado se registró que el cometa había cruzado su perihelio aproximadamente el 18 de septiembre…, hace escasamente un año. Incluso los cometas de Encke y Biela, que son tributarios de nuestro sistema solar, por así decirlo, tienen periodos mucho más largos que éste.
—Sólo puedo aventurar la hipótesis de que este cometa pasa tan cerca del sol que su movimiento resulta retardado y su trayectoria alterada tras cada aproximación. Creo, con el señor Proctor y el profesor Boss, que se trata del cometa de 1843 y 1880; que se está moviendo en una sucesión de espirales excéntricas, cuya curvatura ha reducido sus períodos de revolución desde quizá varios cientos de años a, según su último regreso registrado, treinta y siete años, luego a dos y una fracción, y ahora a menos de uno, y que su destino final es verse precipitado en el sol.
—Lo cual es realmente sorprendente, suponiendo que su hipótesis sea correcta. Y si tal cosa llega a ocurrir, ¿qué resultados anticipa usted?
—Eso exige algunas consideraciones. Tome otro cigarro y examinaremos el asunto.
La precedente conversación tenía lugar en las habitaciones de mi amigo el doctor Arkwright, en la calle Market; la hora, aproximadamente las once de la noche; la fecha, el veintisiete de agosto; las preguntas habían sido mías, y las respuestas del doctor. Debo añadir que el doctor era un químico de grandes aptitudes, y que se tomaba un gran interés por todas las discusiones y experimentos científicos.
—Los efectos de la colisión de un cometa con él sol pueden depender de muchas condiciones —observó el doctor, mientras encendía su cigarro—. Dependerán en primer lugar de la masa, impulso y velocidad del cometa…, y algo, también de su constitución. Déjeme ver ese párrafo de nuevo. Ah, aquí está.
Y el doctor procedió a leer del periódico:

Río de Janeiro, 18 de agosto. 
El cometa fue nuevamente visible la pasada noche, antes y después del ocaso, a unos treinta grados del sol. El señor Cruls afirma que es idéntico al cometa del año pasado. Se está acercando al sol a una velocidad de dos grados y medios diarios. A. R. al mediodía de ayer, 178 grados, minutos. Decl., 83 grados, 40 minutos Sur.

—Esto corresponde exactamente con la posición y el movimiento del cometa del año pasado —prosiguió—. Vino de un punto muy aproximado al sur del sol, y en consecuencia fue invisible en el hemisferio norte antes del perihelio.
—Perdón —interrumpí—, pero recordará usted que las predicciones de los periódicos relativas al cometa del año pasado fueron que rápidamente se haría invisible para nosotros, mientras que continuó adornando los cielos matutinos durante semanas, hasta que se desvaneció en la remota distancia.
—Eso se debió a que la naturaleza de su órbita no fue claramente comprendida. El plano de la órbita del cometa corta el plano de la órbita de la Tierra casi en ángulo recto, pero el eje mayor o dirección general de su órbita en el espacio estaba también inclinado unos cincuenta grados con respecto a nuestro plano. Y así ocurrió que mientras la aproximación del cometa se produjo desde un punto algo al este con respecto al sur, su viaje de regreso al espacio se produjo a lo largo de una línea a unos veinte grados al sur con respecto al oeste, lo cual trazó su curso aproximadamente a lo largo de la línea del ecuador celeste. En consecuencia, el cometa del año pasado fue visible a primera hora de la mañana, no sólo para nosotros, sino para todos los habitantes de la Tierra entre el paralelo sesenta 80 norte y el polo sur, hasta que la enorme distancia lo hizo desaparecer. Pero, como iba a decir cuando usted me interrumpió, si la distancia del cometa al sol era sólo de treinta grados cuando fue observado en Río de Janeiro, hace nueve días, y su velocidad era entonces de dos grados y medio diarios, en la actualidad no puede hallarse lejos del perihelio, especialmente puesto que su velocidad se incrementa a medida que se aproxima al sol.
—Supongamos que esta vez se estrella contra el sol. ¿Qué resultados predeciría usted?
—Si un globo sólido del tamaño de nuestro planeta cayera al sol con el impulso resultante de la atracción directa a partir de su actual posición en el espacio, engendraría el suficiente calor como para mantener el fuego solar a su nivel existente, sin posterior abastecimiento, durante unos noventa años. Este cálculo no implica un gran conocimiento científico o matemático, sino que por el contrario es tan sencillo como fidedigno, porque poseemos datos positivos de la masa e impulso de nuestro planeta para tomarlos como punto de partida. Pero con un cometa el caso es distinto. No sabemos de qué elementos está compuesto su núcleo. Es cierto que conocemos el valor de su impulso, ¿pero qué nos dice eso si no sabemos su densidad ni su masa? Un impulso de seiscientos kilómetros por segundo, la velocidad estimada del actual cometa en su perihelio, engendraría indudablemente una violenta combustión si el cometa poseyera un cuerpo ponderable. Por otra parte, los cuerpos grandes compuestos por materia fluida altamente volatilizada podrían chocar contra el sol sin ningún efecto apreciable.
—¿Poseemos algún dato al respecto? —pregunté.
—Con relación a nuestro propio sol, no; pero se han producido algunas circunstancias altamente sugerentes con otros soles que nos conducen a inferir que algo parecido podría ocurrirle al nuestro. Hace algunos años, una estrella de la constelación del Cisne mostró un repentino resplandor, que creció del de una estrella de sexta magnitud, apenas distinguible a simple vista, hasta el de una estrella de primera magnitud. Este brillo se mantuvo durante varios días, luego volvió a su condición original. Es razonable inferir que el gran incremento de su luminosidad pudo ser causado por la precipitación de algún cuerpo sólido de apreciable tamaño; un planeta, un cometa o quizás otro sol, contra el sol en cuestión. Y puesto que la luz y el calor son ahora comprendidos simplemente como diferentes modos o expresiones de la misma cualidad de modulación, es razonable inferir también que el incremento de calor se correspondió al de luz.
—Entonces, ¿cuál supone usted que sería el efecto natural sobre este planeta si una catástrofe como la que acaba de imaginar le ocurriera a nuestro propio sol?
—La luz y el calor de nuestro astro podrían incrementarse un centenar de veces, o un millar, según la naturaleza de la colisión. Uno puede concebir una combustión tan intensa que evapore todos nuestros océanos en sólo un minuto, o incluso que volatilice la materia sólida de nuestro planeta en menos tiempo todavía, como un glóbulo de mercurio en una cámara de aire caliente. En el vocabulario de la naturaleza, "grande" y "pequeño" no son términos absolutos, sino relativos; ambos son igualmente dóciles a sus leyes —observó sentenciosamente el doctor.
—Ciertamente, una observación reconfortante —murmuré—. Esperemos no vernos favorecidos con tal experiencia.
—¿Quién puede decirlo? —respondió el doctor, mientras se alzaba de su silla—. Discúlpeme un momento. Ya sabe que mañana va a producirse una ascensión en globo desde los jardines Woodward, y hay un nuevo ingrediente que voy a introducir en la inflación. El producto requiere un poco más de mezcla. Tome otro cigarro. Estaré de vuelta en un minuto.


Me recliné en mi asiento y medité, mientras oía alejarse los pasos del doctor, que se dirigía a la habitación contigua. Consulté el reloj. Eran las once y media. Era una noche calurosa para San Francisco en agosto…, de hecho un fenómeno notable. Me levanté para abrir la ventana, y mientras lo hacía el doctor entró de nuevo en la habitación.
—¿Qué es eso? —exclamé involuntariamente, mientras levantaba la persiana.
El espectáculo que encontraron mis ojos cuando hube rematado mi movimiento merecía realmente la exclamación.
Los aposentos del doctor Arkwright se hallaban en el lado norte de la calle Market, y la inferior altura de los edificios del otro lado permitía una visión ininterrumpida del horizonte al sur y al este. Al este, sobre los techos de las casas, podía verse una delgada y lívida línea marcando las aguas de la bahía, y más allá las recortadas siluetas de las colinas de la Alameda. Todo aquello era normal y lo había visto cientos de veces antes, pero por el nordeste el cielo estaba iluminado por un tenue resplandor de un apagado color rojo, que se extendía hacia el norte a lo largo del horizonte en un cada vez más amplio arco, hasta que la visión quedaba cortada por la línea de la calle a nuestra izquierda. Aquella luz se parecía en todas sus características a la aurora boreal, excepto en el color. En vez de la fría y clara radiación de la luz septentrional, nos enfrentábamos a un iracundo resplandor color rojo sangre que de tanto en tanto arrojaba ramificaciones, lenguas y rayos de fuego, hacia el cénit. Era como si alguna terrible conflagración se estuviera desarrollando a nuestro norte.
¿Pero qué podía producir una iluminación tan extensa y poderosa?, me dije a mí mismo.
Enormes fuegos forestales, o el incendio de grandes ciudades, se manifiestan con un resplandor reflejado en el cielo que puede verse a grandes distancias, pero no exhiben la regularidad —o la armonía, por decirlo así— que se apreciaba en este caso. La conclusión inevitable era que el fenómeno no poseía una fuente local.
Mientras mirábamos por la ventana pudimos ver que la escena había llamado la atención de otras personas además de nosotros.
Pequeños grupos de gente se habían reunido en las aceras; grupos más grandes en las esquinas de las calles, y los transeúntes no dejaban de volver sus cabezas para contemplar el extraño espectáculo.
Al mismo tiempo el aire se estaba haciendo más denso y más bochornoso a cada minuto.
No era un simple soplo de aire muy caliente, sino una ominosa e inexplicable calma que parecía anidar sobre la ciudad, como la que en algunos climas es precursora de una tormenta, y que aquí es conocida frecuentemente como "clima de terremoto".
El doctor rompió el silencio.
—Esto es algo que está más allá del normal discurrir de las cosas —exclamó—. Esa luz en el norte tiene que tener una causa. Todos los bosques de Sonoma y Mendocino, con los pinares del territorio de Oregon y Washington, no crearían un resplandor como ése. Además, no es el tipo de reflejo en el cielo que causaría un incendio forestal.
—Eso es exactamente lo que yo pienso —afirmé.
—Veamos si podemos relacionarlo con un origen más amplio. Es casi medianoche. Esta luz procede del norte. Los rayos del sol están iluminando ahora el otro lado del globo. Por consiguiente, es el amanecer en el Atlántico, mediodía en la Europa del Este, y el atardecer en Asia Occidental. Cuando usted vino aquí, hace escasamente una hora, el cielo estaba claro, y la temperatura normal.
»Cualquier cosa que haya producido este extraordinario fenómeno ha tenido lugar dentro de la última hora. Desde que hemos empezado a observarlo he podido apreciar que el extremo del arco iluminado se ha deslizado más hacia el este. Por lo tanto, esa luz tiene su origen en el sol, aunque supera por completo los límites de la experiencia.
—¿No podría estar relacionada con el cometa del que hemos estado hablando? — sugerí—. Ahora debería estar cerca de su perihelio.
—Debería estarlo —admitió el doctor—. ¿Quién sabe si el llameante vagabundo no habrá entrado realmente en contacto con el sol? Salgamos fuera.
Nos pusimos los sombreros y abandonamos el edificio. A todo lo largo de las aceras encontramos grupos de excitadas personas mirando a la extraña luz y haciendo especulaciones acerca de su causa.
La opinión general se refería a algún enorme incendio forestal, aunque también había entusiastas religiosos que veían en ello una manifestación de toda clase de cosas; porque en la desinformada mente humana no hay término medio entre lo vulgarmente práctico y lo puramente fanático. Nos apresuramos a lo largo de la calle Market y giramos por Kearny, donde los grupos eran aún más densos y miraban más ansiosamente. Al llegar a las oficinas del Chronicle, observé que una sucesión de mensajeros procedentes de varias oficinas telegráficas estaban confluyendo en las escaleras del edificio.
—Si espera un momento —le dije al doctor—, subiré las escaleras y averiguaré de qué se trata.

—Extrañas noticias del Este —dijo apresuradamente el director ante los mensajes telegráficos, respondiendo a mi pregunta y señalando al mismo tiempo a un pequeño montón de comunicaciones—. Han estado llegando durante la última media hora desde todos los puntos de la Unión.
Tomé uno al azar, y leí su contenido:

NUEVA YORK, 3:15 A. M. UNA EXTRAORDINARIA LUZ ASOMA POR EL HORIZONTE ORIENTAL. MUY ROJA Y AMENAZADORA. PARECE PROCEDER DE UNA GRAN DISTANCIA, ALLÁ EN EL MAR. LA GENTE INCAPAZ DE PRECISAR LA CAUSA.

Otro decía:

NUEVA ORLEANS, 4:10 A.M. UN VÍVIDO INCENDIO REFLEJADO EN EL CIELO UN POCO AL NORDESTE. LA OPINIÓN GENERAL ES QUE ENORMES INCENDIOS HAN BROTADO EN LOS CAÑAVERALES. LA POBLACIÓN INTRANQUILA Y ANSIOSA. 

—Hay un montón más —hizo notar el director—. De Chicago, Memphis, Canadá… De hecho, de todas partes…, y todos con lo mismo. ¿Qué le parece?
—El fenómeno es evidentemente universal —dije—. Debe de tener su origen en el sol. ¿Ha observado lo caliente y sofocante que se está poniendo el aire? ¿Tiene usted algún comunicado de Europa?
—Todavía no. Ah, aquí hay un cablegrama retransmitido desde Nueva York — dijo el director, tomando un comunicado de la mano de un mensajero que acababa de entrar—. Éste puede que nos diga algo. Escuche:

LONDRES, 7:45 A. M. HACE CINCO MINUTOS EL CALOR DEL SOL SE HA VUELTO OPRESIVO. TODOS LOS TRABAJOS SE HAN DETENIDO. LA GENTE CAE EN REDONDO POR LAS CALLES. LOS TERMÓMETROS SUBEN DE 11 A 45 GRADOS. Y SIGUEN SUBIENDO. UN MENSAJE DEL OBSERVATORIO DE GREENWICH DICE…

—El comunicado se interrumpe bruscamente aquí —intercaló el director—, y el operador de Nueva York añade: "Mensaje cortado en seco. Nada más por el cable. Intensa alarma en todas partes. Luz y calor aumentando…"
—Bueno —dije—, debe de ser tal como sugirió el doctor Arkwright. El cometa observado de nuevo en Río de Janeiro, hace diez días, ha caído en el sol. Sólo el cielo sabe lo que podremos hacer.
—Debo publicar estos comunicados y sacar el periódico a cualquier precio —dijo el director con determinación—. Ah, aquí viene el hielo para las rotativas. —Media docena de hombres entraban por la puerta, cada uno de ellos con un saco al hombro.
—El periódico tiene que salir a la calle aunque para ello la Tierra deba arder. Espero que podamos resistir hasta el amanecer, y que antes de entonces lo peor ya haya pasado.
Abandoné la oficina, me reuní con el doctor en la calle y le conté las noticias.
—No hay ninguna duda —observó inmediatamente—. El cometa del año pasado ha caído en el sol. Todos los mensajes telegráficos eran casi simultáneos en el tiempo, puesto que ahora es medianoche aquí, y en consecuencia las cuatro en Nueva York y las ocho en Inglaterra.
—¿Qué podemos hacer? —pregunté.
—No creo que haya motivo para una alarma inmediata. Debemos ver si el calor aumenta materialmente entre ahora y el amanecer, y tomar medidas de acuerdo con ello. Mientras tanto, preocupémonos de nosotros. 

Las escenas de alarma se habían intensificado en las calles a medida que las cruzábamos. Parecía como si la mitad de la población hubiera abandonado sus casas y se hubiera reunido en los lugares más públicos. Miles de personas estaban empujando y apretujándose en las inmediaciones de las distintas oficinas de los periódicos en sus frenéticos esfuerzos por vislumbrar los boletines de noticias, donde lo sustancial de los diversos telegramas había sido progresivamente incluido tan rápido como iban llegando.
Multitud de coches y carretas iban de aquí para allá, repletos con grupos de familias que al parecer intentaban salir de la ciudad, probablemente sin ningún destino definido y sin saber exactamente qué estaban haciendo ni adonde podrían ir.


A medida que se acercaba el amanecer, el violento arco rojo se iba extendiendo a partir del horizonte, sus contornos haciéndose más pronunciados y brillantes, y su llameante cresta creciendo más arriba en el cielo. No podía concebirse nada más terrible, más calculado para producir sentimientos de embrutecido terror, y para convencer al espectador de su absoluta indefensión para enfrentarse a un acontecimiento inevitable e inexorable, mientras aquel llameante arco color rojo sangre se extendía sobre más de una cuarta parte del horizonte. También el aire se estaba volviendo por momentos más pesado y asfixiante.
Un vistazo al termómetro de uno de los hoteles nos dio una temperatura de 45,5 grados.
Entre las dos y las tres de la madrugada cuatro alarmas de incendio sucesivas sonaron en los barrios inferiores de la ciudad.
Dos grandes almacenes y un depósito de licores, en tres bloques contiguos, se incendiaron, evidentemente por obra de algún pirómano. Multitudes de la peor chusma se reunieron, como de mutuo acuerdo, en las zonas comerciales. Tiendas y almacenes fueron forzados y saqueados, y las fuerzas de la policía, pese a trabajar enérgicamente, no fueron capaces de detener la labor de pillaje, alimentada por los terrores morales de la noche y la parálisis general que amilanaba a la mejor clase de ciudadanos. 
Extrañas escenas se producían en cada esquina y calle. Grupos de mujeres arrodilladas en las aceras, hendiendo el aire con plegarias y lamentaciones, eran empujadas violentamente por rufianes enloquecidos y furiosos por el alcohol. Una procesión de fanáticos religiosos, cantando chillones y discordantes himnos, y llevando linternas en sus manos, pasaron desapercibidos por entre las atestadas calles, y luego los pudimos ver abriéndose camino por la empinada cuesta de Telegraph Hill. En pocas palabras, los terribles y extraños efectos de aquella espantosa noche hubieran abrumado la pluma de un Dante que hubiera querido describirlos, o el lápiz de un Doré que hubiera querido plasmarlos en imagen.
—Vamos a casa —dijo el doctor, consultando su reloj—. Son las tres y media. La temperatura de la atmósfera está subiendo a todas luces. Hay posibilidades de que se haga insoportable tras la salida del sol. Debemos considerar qué es lo que podemos hacer.
Nos abrimos camino por las repletas calles, pasando junto a desesperados hombres sobrecogidos por el terror y sollozantes mujeres. Pero cuando cruzamos junto a los boletines de noticias exhibidos en la esquina de las calles Bush y Kearny, me sentí animado pensando que al menos una industria humana seguiría funcionando hasta que los mecanismos ya no pudieran trabajar más, y que el mundo podría obtener todos los detalles del destino que se le avecinaba, mientras los cables telegráficos pudieran transmitirlos, las linotipias formar las líneas y las rotativas imprimirlas. Sentí que el poder y la grandeza de la prensa nunca habían sido tan ejemplificados como ahora, cuando la regular e incesante pulsación de su maquinaria iba vomitando las noticias del desastre que se abatía sobre el otro hemisferio y que dentro de pocas horas traería sus catastróficos efectos hasta nosotros.
Las últimas dos carretas que trajeron hielo al periódico fueron abordadas y saqueadas por la sedienta multitud y, mirando a la sala de máquinas cuando penetré en el edificio, pude ver a los operarios de las rotativas desnudos hasta la cintura en aquel terrible baño de aire caliente, mientras arriba el director, desnudo asimismo hasta la cintura, y con el rasgo adicional de una toalla húmeda enrollada en torno a sus sienes, reunía más y más telegramas. Hizo un gesto hacia el último comunicado de Nueva York cuando entré. Lo tomé y leí lo que sigue:

NUEVA YORK, 6 AM. EL SOL ACABA DE APARECER. EL CALOR ES TERRIBLE. EL AIRE SOFOCANTE. LA GENTE BUSCA LA SOMBRA. MILES DE PERSONAS SE BAÑAN EN LOS MUELLES. MILES DE MUERTOS POR INSOLACIÓN.

—Es casi un resumen del mensaje de Londres de hace tres horas —dije, mientras salía apresuradamente—. Dentro de otras tres horas podemos esperar lo mismo aquí.
Me reuní con el doctor en la calle, y juntos seguimos hacia su casa.
—Ahora —dijo cuando le hube transmitido el significado del último mensaje—, sólo hay una cosa que podamos hacer si deseamos salvar nuestras vidas. Es tan sólo una posibilidad aunque el plan tenga éxito, pero dadas las circunstancias es la única posibilidad.
—¿De qué se trata? —pregunté con crispación.
—Supongo que el incremento del calor y la luz que se producirá tan pronto como el sol surja por encima del horizonte resultará fatal para toda vida animal bajo la influencia de sus rayos. La población de Europa, y a estas alturas, sin la menor duda, la de todo este país al este del Mississippi, está próxima a ser aniquilada. Con respecto a nosotros, es sólo cuestión de tiempo, a menos que…
—¿A menos qué? —exclamé excitado, mientras él hacía una pensativa pausa.
—A menos que estemos dispuestos a correr un gran riesgo —añadió—. Usted tiene bastante dominio de la filosofía como para saber que calor y luz son simples formas de movimiento…, expresiones, por decirlo así, de la misma acción molecular de los elementos que agitan o a través de los cuales pasan. No poseen una existencia intrínseca en sí mismos, ninguna entidad, si se hallan independientes de una materia exterior. En este caso las dos formas de materia exterior afectadas por ellos son el éter que satura el espacio y la atmósfera de nuestro planeta. ¿Me sigue?
—Por supuesto —respondí con impaciencia, pues temía una de las disquisiciones del doctor en un momento tan crítico como aquél—. Pero mi querido señor, ¿cuál es la aplicación práctica de su teorema? ¿Cómo podemos aplicarlo al caso que nos ocupa?
—En este caso —prosiguió—, el calor, es decir el calor con el que tenemos que enfrentarnos, es causado por la acción de los rayos del sol sobre nuestra atmósfera. Si nos trasladáramos más allá de los límites de esa atmósfera, ¿qué ocurriría? Simplemente, que no tendríamos calor. Ascienda a una altitud suficiente, incluso bajo los rayos directos del sol en su cénit, y se helará hasta morir. El límite de las nieves perpetuas no es un límite extremo.
—Capto su idea perfectamente —asentí—. Acepto la exactitud de sus premisas. ¿Pero de qué nos servirán? En la práctica, las montañas de Sierra Nevada están tan lejos como los picos del Himalaya.
—Hay otros medios de alcanzar la altitud necesaria —replicó el doctor—. Como usted bien sabe, hoy iba a efectuarse una ascensión en globo desde los jardines Woodward. Yo iba a asistir a la inflación, para probar un nuevo método de generar gas. Ahora propongo que nos esforcemos en tomar posesión del globo y realicemos la ascensión. No creo que nadie se nos anticipe o se nos cruce en el camino.
»Debemos recordar que el riesgo de que el globo estalle, debido a la expansión del gas, es grande, puesto que, si no sabemos hacer bien las cosas, vamos a vernos expuestos, no sólo a su normal expansión, ya que deberemos penetrar en los estratos superiores de la atmósfera, sino también a su anormal expansión por el calor.
—En cualquier caso es una partida de dados con la muerte —respondí, y procedí a ayudar al doctor a empaquetar el aparato y los productos químicos que había preparado aquella noche.
Una vez hecho eso, abandonamos el edificio y nos apresuramos hacia el sur a lo largo de la calle Market. No había ningún coche, y los carruajes que vimos no prestaron ninguna atención a nuestras señas; así que el precioso tiempo pareció pasar volando, mientras cubríamos rápidamente el kilómetro largo que nos separaba de los jardines.
Afortunadamente las puertas estaban abiertas, y no se veía a ninguno de los empleados, de modo que nos dirigimos al lugar donde el globo, inflado a medias, yacía como un viscoso monstruo antediluviano en su cubil. Ajustamos el aparato y arreglamos las cuerdas tan rápidamente como nos fue posible, y aguardamos ansiosamente mientras la gran bolsa se hinchaba lentamente y se estremecía, alzándose y cayendo alternativamente, pero adoptando de forma gradual proporciones más y más esféricas.
Mientras tanto, tuvimos oportunidad de observar de nuevo las condiciones de la atmósfera y del cielo. Eran ya las cuatro y media, y en menos de una hora el sol surgiría por el este. Los pálidos y azulados tintes del amanecer estaban empezando a imponerse junto al lívido semicírculo que llameaba sobre ellos. Más tarde se transformaron en un matiz duro y cobrizo a medida que la luz del día se hacía más fuerte, pero conservando sus contornos sin ningún cambio. El calor se hizo más opresivo, el termómetro que habíamos traído con nosotros registraba ahora 56 grados. Nos llegaban extraños sonidos procedentes de la ciudad…, ininteligibles, por supuesto, pero que las circunstancias de la mañana convertían en aterradoramente sugerentes. Los animales gemían y aullaban incesantemente en sus jaulas, y podíamos oír sus frenéticos forcejeos en busca de la libertad. Una forma felina que consiguió liberarse pasó como un rayo por nuestro lado a la débil claridad. Aunque todo el parque zoológico hubiera quedado en libertad en aquel momento, no hubiéramos tenido nada que temer de ninguno de sus componentes, tan grande es la influencia que ejercen las crisis de los elementos sobre el mundo animal.


Finalmente tuvimos la satisfacción de ver el gran globo mecerse suavemente por encima del suelo, si bien no completamente hinchado todavía, y tensar las cuerdas que lo sujetaban.
Habíamos colocado ya los sacos de lastre y otros artículos necesarios en la barquilla cuando, sudando por todos los poros, cortamos simultáneamente las últimas cuerdas y nos elevamos pesadamente en el aire. No había ni el menor soplo de viento, pero nuestro rumbo se orientaba ligeramente hacia el este, en dirección a la bahía.
Ahora era ya pleno día, y el borde superior del sol asomó por encima del horizonte cuando estimamos que nuestra altitud en relación con los objetos que nos rodeaban era de unos trescientos metros. Cuando todo el disco apareció el calor se hizo más intenso, y por consejo del doctor enrollamos nuestras cabezas con una toalla, humedeciéndola parcamente con una preparación de éter y alcohol, cuya rápida evaporación proporcionaba un cierto frescor durante unos momentos. El cielo tenía ahora el aspecto de un enorme domo de bronce, y las aguas del océano al oeste y la bahía debajo de nosotros reflejaban el opaco, mortal, despiadado resplandor con una horrible fidelidad. Habíamos tomado la precaución de sujetar gruesas mantas colgadas de las cuerdas que sostenían la barquilla, y las manteníamos ligeramente humedecidas con agua. Nuestra sed era intensa a medida que nuestra transpiración se hacía más profusa, y nos habíamos despojado de todas nuestras prendas menos de la ropa interior de lana, pues la lana es un aislante, y en consecuencia es tan efectivo para rechazar el calor como para retenerlo. Íbamos provistos de un potente telescopio marino, y también de unos grandes prismáticos de largo alcance, y tomamos tantas observaciones de la situación debajo de nosotros como nos permitió la incomodidad de la situación. A simple vista, la ciudad se presentaba como una zona de pequeños rectángulos al extremo de una península amarronada, pero a través de nuestros instrumentos las calles y casas se volvían sorprendentemente claras y detalladas. Podían verse pequeñas formas negras y achaparradas moviéndose, cayendo, tendidas en las calles.
En los muelles de la ciudad podía divisarse toda una línea de cuerpos desnudos o semidesnudos metidos en el agua y sumergidos en ella con excepción de la cabeza, y aun éstas desaparecían a cortos intervalos debajo de la superficie. Miles y miles de personas se dedicaban a esta operación. El espectáculo habría resultado absolutamente absurdo y ridículo de no ser por sus terribles implicaciones.
—Me temo que la mortalidad será terrible si las cosas no mejoran pronto —dijo el doctor—, y no veo ninguna perspectiva de ello. Nuestro termómetro señala ya sesenta y cuatro grados, incluso a esta altitud. Estamos en el tepidarium de un baño turco sobrecalentado. Y si ése es el caso a la altitud barométrica de tres mil metros, tres kilómetros por encima del suelo, ¿cuál debe de ser ahí abajo? ¡Es demasiado terrible de contemplar!
—Tan sólo son las siete —observé, mirando mi reloj—. El sol apenas hace una hora que se ha levantado.
—Tenemos que arrojar más lastre y alcanzar los estratos superiores a toda costa.
Y echó por la borda un saco de veinte kilos de arena.
Ascendimos a una tremenda velocidad durante varios minutos, y luego nuestra ascensión volvió a hacerse regular. Observamos con intenso alivio que el termómetro no subía, que incluso había bajado casi dos grados; pero ese alivio se vio contrarrestado por la extrema dificultad en respirar el rarificado aire a aquella enorme altitud, que estimamos por el barómetro de siete mil quinientos metros. En consecuencia, abrimos la válvula y descargamos algo de gas, y descendimos hasta un estrato de densa niebla. Aquella niebla me recordó el vapor de agua que se eleva de la vegetación tropical durante la estación de las lluvias, y le mencioné el hecho al doctor.
—Si esas nieblas permanecieran inmóviles sobre la ciudad —respondió—, podrían constituir un escudo contra la destrucción, pero no tenemos ningún dato meteorológico sobre el que apoyarnos. Nadie puede estimar actualmente la cantidad de calor o los efectos meteorológicos que se están produciendo en la superficie de la Tierra, a siete kilómetros por debajo de nosotros.
El estrato de niebla en el que nos encontrábamos ahora era denso e impenetrable. Permanecimos en él como en un baño de vapor, sin que el globo pareciera derivar, sino tan sólo oscilar blandamente de un lado para otro, como una vela fláccida ondeando indolentemente en su mástil en una calma chicha.
Así pasaron horas y horas, la temperatura oscilando entre los 55 y los 60 grados.
El doctor conservaba su habitual tranquilidad.
—Tengo graves temores de que el terrible cataclismo final —observó grandilocuentemente, como en respuesta a mis pensamientos— que predicen todos los sistemas filosóficos y religiones a lo largo de todas las edades, y que parece estar tremendamente arraigado en la conciencia del hombre, esté sobre nosotros. De todos modos, siento la resolución de no caer víctima de la ardiente energía que ha sido evocada, y estoy dispuesto a anticipar tal destino por otro mucho más rápido y menos desagradable.
Y mientras hablaba, señaló significativamente a su cadera derecha.
—¿Quiere decir que un acto así —utilicé deliberadamente una vaga perífrasis para eludir un tema tan desagradable— es moralmente defendible bajo tales circunstancias?
—¿Y qué puede importar? —replicó el doctor, alzándose de hombros—. De dos alternativas, que conducen ambas al mismo final, el sentido común acepta la más fácil. Su negativa a tomar la cicuta no hubiera salvado a Sócrates.
Pese a los terribles presentimientos que me llenaron, las exigencias de la situación parecían hacer que mi cerebro estuviera preternaturalmente concentrado y anormalmente activo. La calma que nos rodeaba, la falta de sonidos o de cualquier descripción, el lánguido calor de la densa niebla en que estábamos inmersos, ejercían una influencia sedante, y volvían la mente peculiarmente impresionable a las acciones internas.


—¿No tenemos medios, entonces, de calcular la probable intensidad del calor en la superficie de la Tierra? —pregunté.
—Absolutamente, ninguno. Nos hallamos ahora a una altitud, indicada por la presión barométrica, de seis mil quinientos metros. Probablemente estaremos mucho más altos, pues el vapor en el que nos hallamos inmersos influye sobre el barómetro. Las condiciones atmosféricas como la presente, a tal altitud, se hallan por completo más allá de la experiencia de la ciencia. Pueden ser, y probablemente lo son, causadas por la acción del intenso calor en las sobrecalentadas superficies que hay debajo de nosotros. Al hecho de su presencia, sin embargo, debemos nosotros nuestra existencia. Esta atmósfera, aunque peculiarmente permeable a los rayos calóricos, es incapaz de retenerlos.
—Supongamos —proseguí yo, de un humor alocadamente especulativo, engendrado por la excitación del momento—, supongamos que el calor de la superficie de la Tierra fuera lo suficientemente intenso como para fundir los metales, el hierro por ejemplo…, las sustancias más refractarias, de hecho. Vayamos más lejos aún: Supongamos que tal calor fuera intensificado diez veces. ¿Cuál sería su efecto sobre nuestro planeta?
—Las partes sólidas, la corteza terrestre con todo lo que hay sobre ella, serían las primeras en experimentar los efectos de una catástrofe semejante. Luego los océanos empezarían a hervir, y sus superficies se convertirían en vapor.
—¿Y luego qué?
—Ese vapor ascendería a las regiones superiores de la atmósfera hasta alcanzar un equilibrio de rarefacción, cuando su expansión lo enfriara, tras lo cual seguiría una rápida condensación, y volvería a bajar a la Tierra en forma de lluvia. Cuanto más repentino e intenso fuera el calor, antes se produciría ese resultado, y más copiosa sería la precipitación de la lluvia. Tras la primera terrible crisis, la gran compensación de la ley natural entraría en juego, y la superficie del planeta se vería protegida de posteriores daños por el escudo del vapor húmedo…, la vis medicatrix naturae, por decirlo así. El equilibrio sería restaurado, pero en el proceso la mayoría de los organismos habrían perecido.
—¿La mayoría de los organismos, dice usted?
—Es posible que los infusorios del océano, e incluso algunas de las comparativamente más evolucionadas formas de vida oceánica, sobrevivieran. Es también posible que los animales terrestres que habitan en zonas muy altas, los Andes por ejemplo, o aquellos cuyo habitat lo constituyen las nieves perpetuas y los glaciares, los seres de las zonas polares, y otros situados en lugares parecidos, pudieran escapar. Eso dependería también de la intensidad y duración del calor. Debemos recordar que el tamaño, visto desde una perspectiva universal, es meramente relativo. Si consideramos nuestro planeta como una pelota de quince centímetros de diámetro, nuestros océanos, con su insignificante profundidad media de unos pocos kilómetros, podrían ser representados con una hoja del más fino papel de escribir. ¿Cuánto tiempo cree que podría resistir una película de agua tan delgada si situáramos la pelota a unos pocos centímetros de un fuego bruscamente avivado?
Asentí ante la conclusión que el símil dejaba entrever, y el doctor prosiguió:
—Ya no puede haber ninguna duda de que la actual convulsión de los elementos es debida a la colisión del cometa con el sol. Sabiendo como sabemos cuál era su órbita por las computaciones del año pasado, podemos asegurar que su precipitación sobre la superficie solar tuvo lugar en el lado más alejado de nuestra propia posición en el espacio. Por eso no hemos experimentado una excitación atmosférica tan repentina e intensa como lo habría sido de haberse estrellado en el otro lado. Lo que falta por ver ahora es cuál va a ser la duración de los efectos.
Durante la última parte de nuestra conversación, un bajo sonido gimiente, que habíamos empezado a escuchar hacía unos minutos, fue haciéndose más pronunciado y pareció estarse acercando. Al mismo tiempo observamos que el barómetro estaba bajando rápidamente.
—Eso es el sonido del viento —exclamé—. Lo he oído en los desiertos tropicales y en los mares tropicales. No puede haber ningún error. Procede del este.
—El aire caliente del reseco continente se está acercando. Científicamente hablando, la convección atmosférica está ocupando su lugar, y vamos a tener que soportar su impacto.
Mientras hablaba, el globo se vio agitado por un violento temblor. Vibró de la cubierta a la barquilla, y al momento siguiente fue golpeado por el más terrible tornado que es posible imaginar. La ráfaga fue como la tórrida exhalación de un horno, e involuntariamente cubrimos nuestras cabezas con las mantas, y nos acurrucamos convulsivamente amparándonos en el débil baluarte de las paredes de la barquilla, que estaba siendo arrastrada, a una tremenda velocidad y en un ángulo horriblemente agudo, por la distendida bolsa de gas que se agitaba sobre nuestras cabezas. Afortunadamente, ambos nos habíamos aferrado mecánicamente a la barandilla de la cesta por el lado de donde venía el viento, ya que de otro modo nos hubiéramos visto instantáneamente precipitados por encima de la barandilla del lado opuesto hacia el abismo que se abría bajo nosotros. Durante menos de un minuto, por lo que mis agobiados y desorientados sentidos podían computar, fuimos llevados por aquel terrible simún, para hallarnos luego nuevamente como antes, en medio de una calma inexplicable. Evidentemente habíamos derivado hacia un remolino del ciclón, pues pude oír su hosco y terrible rugir a una cierta distancia a nuestra derecha.
Apenas nos habíamos recuperado un poco cuando el impacto nos sacudió de nuevo, esta vez por el otro lado de la barquilla. De nuevo fuimos lanzados por la irresistible furia de los elementos; pero esta vez en una dirección sensiblemente descendente. La ráfaga nos había golpeado desde arriba, y estaba lanzándonos hacia abajo, abajo, abajo…, hacia la inevitable destrucción. Afortunadamente, la masa comparativamente grande del globo ofrecía más resistencia que la barquilla a su avance hacia abajo. Pero seguíamos cayendo, cayendo, y de pronto emergimos del estrato nuboso y obtuvimos un breve y brusco atisbo de la escena a nuestros pies. La última contrarráfaga había compensado aparentemente todas las demás acciones, pues nos hallamos directamente encima de la ciudad.
¿La ciudad? No había ciudad. Reconocí, por supuesto, los contomos de la península, y la conocida configuración de la bahía y las islas, a través de los ocasionales desgarrones en las densas nubes de vapor que ascendían abundantemente hacia nosotros. Poco menos que aturdido, y enloquecido como estaba por el intenso calor, una horrible curiosidad me impulsó a contemplar el terrible misterio de abajo, y mientras con una desollada y temblorosa mano sujetaba la manta, que se había mantenido en su sitio gracias a la humedad acumulada de las nubes de arriba, contra mi dolorida cabeza y sienes, con la otra alcé los potentes prismáticos hasta mis ojos. Capté algunos atisbos que me llenaron de indecible horror. No se distinguían ni calles ni edificios allí donde había estado la ciudad.
Los ojos no se posaban en otra cosa que no fueran irregulares y deformes montañas de escoria vitrificada y cenizas calcinadas. Todo estaba tan cubierto de cicatrices y en un silencio tal que parecía la torturada superficie de la luna. No se veían ni llamas ni fuegos.
Las cosas parecían haber superado con mucho el estadio de la combustión activa, como si todos los elementos necesarios para mantener las llamas hubieran sido eliminados. Aquí y allí, sin embargo, un ominoso resplandor rojo oscuro evidenciaba que la lava en que había sido transformada la ciudad estaba aún incandescente. Las dunas de arena del este brillaban como glaciares o espejos empañados por entre las fisuras del vapor, y grandes masas informes de lo que parecía madera calcinada se desparramaban aquí y allá por la superficie de la bahía. 


Menos de cinco segundos bastaron para revelar todo lo que he necesitado tanto tiempo para describir. Los prismáticos, demasiado calientes para poder seguir sujetándolos, cayeron de mis manos. En aquel momento el globo fue golpeado de nuevo por el ciclón, y empujado hacia el este con la misma furia que antes. El doctor intentó agarrarse convulsivamente a la barandilla de la cesta, falló y, con un salvaje aullido de desesperación, los brazos abiertos y los ojos desorbitados clavados fijamente en los míos, desapareció en el abismo.

Estoy solo en el globo, quizá solo en el mundo. Mi compañero fue arrastrado a la horrible muerte de abajo. Su terrible grito resuena aún en mis oídos. Resuena por encima del bronco rugir del ciclón. Soy arrastrado irresistiblemente hacia delante.
La ráfaga cambia de nuevo. El globo hace una nueva pausa en uno de los extraños remolinos formados por este desconcertante simún. El viento desciende hasta convertirse en un gemido. Se alza de nuevo. Se retuerce en torno a la barquilla como el convulsivo debatirse de algún gigantesco reptil agonizante. Me aferra de nuevo en su irresistible presa.
El globo está siendo arrastrado hacia tierra.
Estoy cayendo. Pero no…, parece como si la tierra -la plutónica, ígnea tierra- estuviera ascendiendo hacia mí. Con una rapidez semejante a la de la luz, parece lanzarse al aire para acudir a mi encuentro. Oigo el rugir de llamas mezclándose con el rugir de las ráfagas de viento. Veo el hirviente, burbujeante desierto de agua a través de los desgarrones en las nubes de vapor.
Estoy acercándome a la derretida superficie. Mis sensaciones han cambiado. Soy consciente de que la superficie ha dejado de parecer que estaba ascendiendo. Ahora me doy cuenta de que soy yo quien está cayendo…, cayendo hacia las horribles profundidades de abajo. Más cerca…, cada vez más cerca; desgarradas y ennegrecidas por el terrible calor a medida que me aproximo… Voy cayendo…, cayendo…, cayendo…

FIN