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2026/08/17

En las profundidades (Isaac Asimov)


Título original: The Deep
Año: 1952


1
Al final todo planeta debe morir. Puede sufrir una muerte rápida, cuando su sol estalla. Puede sufrir una muerte lenta, mientras su sol envejece y sus océanos se solidifican en hielo. En el segundo caso, al menos, la vida inteligente tiene una oportunidad de sobrevivir.
La dirección que tome la supervivencia puede seguir un camino hacia el exterior, a un planeta más próximo al sol agonizante o a algún planeta de otro sol. Este camino queda cerrado si el planeta tiene el infortunio de ser el único cuerpo importante que rota en torno de su primario y si no hay otra estrella a menos de quinientos años luz.
La dirección de la supervivencia puede también ser hacia el interior, a la corteza del planeta. Esto es siempre accesible. Se puede construir un nuevo hogar bajo tierra y se puede aprovechar la energía del núcleo del planeta para obtener calor. La tarea puede llevar milenios, pero un sol moribundo se enfría despacio.
Sólo que también el calor del planeta muere con el tiempo. Se deben cavar refugios a creciente profundidad, hasta que el planeta esté totalmente muerto.
El momento se aproximaba.
En la superficie del planeta soplaban ráfagas de neón, que apenas agitaban los charcos de oxígeno que se formaban en las tierras bajas. En ocasiones, durante el largo día, el viejo sol irradiaba un fulgor rojo, breve y opaco, y los charcos de oxígeno burbujeaban un poco.
Durante la larga noche, una azulada escarcha de oxígeno cubría los charcos y la roca desnuda, y un rocío de neón perlaba el paisaje.
A más de doscientos kilómetros bajo la superficie existía una última burbuja de calor y vida.
 
2
La relación de Wenda con Roi era muy íntima, más íntima de lo que su propio pudor le aconsejaba.
Le habían permitido entrar en el ovarium una vez en toda su vida y le dejaron bien claro que sería sólo por esa vez.
El raciólogo había dicho:
—No cumples con los requisitos, Wenda, pero eres fértil y probaremos una vez. Quizá funcione.
Ella quería que funcionara. Lo quería con desesperación. A temprana edad supo ya que su inteligencia era deficiente, que siempre sería una manual. Se sentía avergonzada de defraudar a la raza y anhelaba una oportunidad para contribuir a crear otro ser. Acabó convirtiéndose en una obsesión.
Secretó su huevo en un ángulo del edificio y luego regresó para observar. Por suerte, el proceso de mezcla aleatoria que desplazaba suavemente los huevos durante la inseminación mecánica (para asegurar una distribución pareja de los genes) sólo hacía que el huevo se bamboleara un poco.
Wenda mantuvo su vigilia durante el periodo de maduración, observó al pequeño que surgía del huevo, reparó en sus rasgos físicos y lo vio crecer.
Era un niño saludable, y el raciólogo lo aprobó.
En una ocasión, Wenda dijo, como sin darle importancia:
—Mire al que está sentado allí. ¿Se encuentra enfermo?
—¿Cuál? —preguntó el raciólogo, sobresaltado, pues los bebés que aparecían visiblemente enfermos en esa etapa arrojaban serias dudas sobre su propia competencia—. ¿Te refieres a Roi? ¡Tonterías! ¡Ojalá todos nuestros pequeños fueran así!
Al principio se sintió satisfecha consigo misma; luego, horrorizada. Seguía sin cesar al pequeño, interesándose por su educación y viéndole jugar. Se sentía feliz cuando él estaba cerca y abatida cuando estaba lejos. Nunca había oído hablar de algo así y estaba avergonzada.
Tendría que haber visitado al mentalista, pero no le pareció prudente. No era tan obtusa como para ignorar que no se trataba de una leve aberración que se pudiera curar estirando una célula cerebral. Era una manifestación psicótica, de eso estaba segura. Si la descubrían, la encerrarían. Tal vez la sometieran a la eutanasia, por considerarla un desperdicio inútil de la limitada energía disponible para la raza. Incluso podrían aplicar la eutanasia a su vástago si averiguaban quién era.
Luchó contra la anormalidad a lo largo de los años y, en cierta medida, tuvo éxito. Luego, se enteró de que Roi había sido escogido para el largo viaje y se sintió desdichada.
Lo siguió hasta uno de los corredores vacíos de la caverna, a varios kilómetros del centro de la ciudad. ¡La ciudad! Había sólo una.
Esa caverna se encontraba cerrada desde que Wenda tenía memoria de ello. Los ancianos la habían recorrido, analizaron su población y la energía necesaria para alimentarla y decidieron oscurecerla. Los pobladores, que no eran muchos, se habían trasladado más cerca del centro y se recortó el cupo para la siguiente sesión en el ovarium.
Wenda descubrió que el nivel coloquial de pensamiento de Roi era superficial, como si la mayor parte de su mente estuviera retraída en la contemplación.
—¿Tienes miedo? —le preguntó con el pensamiento.
—¿Porque he venido aquí a pensar? —Roi titubeó un poco; luego, con palabras dijo—: Sí, tengo miedo. Es la última oportunidad de la raza. Sí fracaso...
—¿Temes por ti mismo? —Él la miró asombrado, y los pensamientos de Wenda palpitaron de vergüenza ante su impudor—. Ojalá pudiera ir yo en tu lugar —añadió con palabras.
—¿Crees que puedes hacerlo mejor?
—Oh, no. Pero si yo fracasara y no regresara, sería una pérdida menor para la raza.
—La pérdida es la misma, vayas tú o vaya yo. La pérdida es la existencia de la raza.
Wenda no pensaba precisamente en la existencia de la raza. Suspiró.
—Es un viaje muy largo.
—¿Cómo de largo? —preguntó él, sonriendo—. ¿Lo sabes?
Titubeó. No quería parecer estúpida.
—Se comenta que llega hasta el primer nivel —contestó con timidez.
Cuando Wenda era pequeña y los corredores con calefacción se extendían a mayor distancia de la ciudad, ella había ido a explorar por ahí, como cualquier otro niño. Un día, muy lejos, donde se sentía el frío cortante del aire, llegó a un corredor ascendente que estaba bloqueado por un tapón.
Posteriormente se enteró de que al otro lado y hacia arriba se encontraba el nivel setenta y nueve, más arriba el setenta y ocho y así sucesivamente.
—Iremos más allá del primer nivel, Wenda.
—Pero no hay nada después del primer nivel.
—Tienes razón. Nada. La materia sólida del planeta termina.
—¿Y cómo puede haber algo que no es nada? ¿Te refieres al aire?
—No, me refiero a la nada, al vacío. Sabes qué es el vacío, ¿no?
—Sí. Pero los vacíos se deben bombear y mantener herméticos.
—Eso se hace en mantenimiento. Pero más allá del primer nivel sólo hay una cantidad indefinida de vacío, que se extiende hacia todas partes.
Wenda reflexionó.
—¿Alguien ha estado allá?
—Claro que no. Pero tenemos los archivos.
—Tal vez los archivos estén equivocados.
—Imposible. ¿Sabes cuánto espacio cruzaré? —Los pensamientos de Wenda indicaron una abrumadora negativa—. Supongo que sabes cuál es la velocidad de la luz.
—Desde luego —respondió ella. Era una constante universal. Hasta los bebés lo sabían—. Mil novecientas cincuenta y cuatro veces la longitud de la caverna, ida y vuelta, en un segundo.
—Correcto. Pero si la luz atravesara la distancia que yo voy a recorrer tardaría diez años.
—Te burlas de mí. Intentas asustarme.
—¿Por qué iba a querer asustarte? —Se levantó—. Pero ya he remoloneado bastante por aquí...
Apoyó en ella una de sus extremidades, con una amistad objetiva e indiferente. Un impulso irracional incitó a Wenda a agarrarle con fuerza e impedirle que se marchara.
Por un instante sintió pánico de que él le sondeara la mente más allá del nivel coloquial, de que sintiera náuseas y no volviera a verla nunca, de que la denunciara para que la sometiesen a tratamiento. Luego, se relajó. Roi era normal, no un enfermo como ella. A él jamás se le ocurriría penetrar en la mente de una persona amiga más allá del nivel coloquial, fuera cual fuese la provocación.
Estaba muy guapo al marcharse. Sus extremidades eran rectas y fuertes; sus vibrisas prensiles, numerosas y delicadas; y sus franjas ópticas, las más bellas y opalescentes que ella había visto jamás.

3
Laura se acomodó en el asiento. Qué mullidos y cómodos los hacían. Qué agradables y acogedores eran por dentro y qué diferentes del lustre duro, plateado e inhumano del exterior.
Tenía la canastilla al lado. Echó una ojeada debajo de la manta y de la gorra. Walter dormía. La carucha redonda tenía la blandura de la infancia y los párpados eran dos medias lunas con pestañas.


Un mechón de cabello castaño claro le cruzaba la frente y Laura se lo colocó bajo la gorra con infinita delicadeza.
Pronto sería hora de alimentarlo. Laura esperaba que no fuese tan pequeño como para asustarse de lo extraño del entorno. La azafata era muy amable; incluso guardaba los biberones de Walter en una pequeña nevera. ¡Qué cosas, una nevera a bordo de un avión!
La mujer sentada al otro lado del pasillo la miraba, dando a entender que sólo buscaba una excusa para dirigirle la palabra. Llegó el momento en que Laura levantó a Walter de la canastilla y se lo puso en el regazo, un terroncito de carne rosada envuelta en un blanco capullo de algodón.
Un bebé siempre es buena excusa para iniciar una conversación entre extraños. La mujer del otro lado se decidió al fin (y lo que dijo era previsible):
—¡Qué niño tan encantador! ¿Qué edad tiene, querida?
Laura contestó, sujetando unos alfileres en la boca (se había tendido una manta sobre las rodillas para cambiar a Walter):
—La semana que viene cumplirá cuatro meses.
Walter tenía los ojos abiertos y miró a la mujer, abriendo la boca en una sonrisa húmeda (siempre le agradaba que lo cambiasen).
—Mira esa sonrisa, George —dijo la mujer. El esposo sonrió y agitó sus dedos regordetes.
—Bu bu —saludó al niño. Walter se rio como si hipara.
—¿Cómo se llama, querida? —preguntó la mujer.
—Walter Michael. Como su padre.
Se había roto el hielo. Laura se enteró de que se llamaban George y Eleanor Ellis, de que estaban de vacaciones y de que tenían tres hijos, dos mujeres y un varón, todos crecidos. Las dos mujeres estaban casadas y una tenía dos hijos.
Laura escuchaba con expresión complacida. Walter (el padre, claro está) siempre le decía que se interesó por ella porque sabía escuchar muy bien.
Walter se estaba poniendo inquieto. Laura le liberó los brazos para que se desfogara moviendo los músculos.
—¿Podría calentar el biberón, por favor? —le pidió a la azafata.
Sometida a un riguroso, aunque afable interrogatorio, Laura explicó cuántas veces debía alimentar a Walter, qué fórmula utilizaba y si los pañales le provocaban ronchas.
—Espero que hoy no ande mal del estómago. Por el movimiento del avión.
—Oh, cielos —exclamó la señora Ellis—. Es demasiado pequeño para molestarse por eso. Además, estos aviones grandes son maravillosos. A menos que mire por la ventanilla no creería que estamos en el aire. ¿No opinas lo mismo, George?
Pero el señor Ellis, un hombre brusco y directo, dijo:
—Me sorprende que suba a un bebé de esa edad en un avión.
La señora Ellis se volvió hacia él de mal talante.
Laura se apoyó a Walter en el hombro y le palmeó la espalda. Walter se calmó, metió los deditos en el cabello lacio y rubio de su madre y comenzó a escarbar en el mechón que le cubría la nuca.
—Vamos a ver a su padre. Walter aún no ha visto a su hijo.
El señor Ellis se quedó perplejo e inició un comentario, pero la señora Ellis se apresuró a intervenir:
—Supongo que su esposo está en el servicio militar.
—Sí, así es. —El señor Ellis abrió la boca en un mudo "oh" y se calmó—. Lo han destinado cerca de Davao. Nos reuniremos en Nichols Field.
Antes de que la azafata volviera con el biberón se enteraron de que Walter era sargento del Servicio de Intendencia, de que llevaba en el Ejército cuatro años, de que se habían casado hacía dos, de que estaban a punto de licenciarlo y de que pasarían una larga luna de miel allí antes de regresar a San Francisco.
Luego, Laura acunó a Walter en el brazo izquierdo y le ofreció el biberón. Se lo puso entre los labios y las encías se cerraron sobre la tetilla. La leche empezó a burbujear, mientras las manitas acariciaban el biberón tibio y los ojos azules lo miraban fijamente.
Laura estrujó ligeramente al pequeño Walter y pensó que, a pesar de todas las dificultades y molestias, era maravilloso tener un bebé.

4
Teoría, siempre teoría, pensó Gan. La gente de la superficie, un millón de años antes o más, podían ver el universo, podían sentirlo directamente. Ahora, con mil doscientos kilómetros de roca encima de la cabeza, la raza sólo podía hacer deducciones a partir de las trémulas agujas de su instrumental.
Era sólo teoría que las células cerebrales, además de sus potenciales eléctricos comunes, irradiasen otra clase de energía; una energía que no era electromagnética y, por tanto, no estaba condenada al lento avance de la luz; una energía que sólo se asociaba con las funciones más elevadas del cerebro y, por tanto, sólo era característica de criaturas inteligentes y racionales.
Sólo una aguja oscilante detectaba que un campo de esa energía se filtraba en la caverna, y otras agujas indicaban que el origen de ese campo estaba en determinada dirección a diez años luz de distancia. Al menos una estrella se debía de haber acercado en ese ínterin, pues la gente de la superficie afirmaba que la más cercana se encontraba a quinientos años luz. ¿O estaban en un error?
—¿Tienes miedo? —interrumpió Gan de improviso en el nivel coloquial del pensamiento e invadió bruscamente la zumbona superficie de la mente de Roi.
—Es una gran responsabilidad —contestó este.
"Otros hablan de responsabilidad", pensó Gan. Durante generaciones los jefes técnicos habían trabajado en el resonador y en la Estación Receptora, pero a él le correspondía el paso final. ¿Qué sabían de responsabilidad los demás?
—Lo es —le corroboró—. Hablamos de la extinción de la raza con vehemencia, pero siempre entendemos que llegará algún día, no ahora, no en nuestra época. Pero llegará, ¿entiendes? Llegará. Lo que vamos a hacer hoy consumirá dos tercios de nuestra provisión total de energía. No quedará suficiente para intentarlo de nuevo. No quedará suficiente para que esta generación viva su vida entera. Pero eso no importará si cumples las órdenes. Hemos pensado en todo; nos hemos pasado generaciones pensando en todo.
—Haré lo que me digan —afirmó Roi.
—Tu campo mental se enlazará con los que vienen del espacio. El campo mental es una característica del individuo y, por lo general, es muy baja la probabilidad de que exista un duplicado. Pero los campos que vienen del espacio suman miles de millones, según nuestras estimaciones. Es muy probable que tu campo sea igual al de uno de ellos y, en ese caso, se configurará una resonancia mientras nuestro resonador esté en funcionamiento. ¿Conoces los principios?
—Sí.
—Entonces, sabes que durante la resonancia tu mente estará en el planeta X, en el cerebro de la criatura cuyo campo mental sea idéntico al tuyo. Ese proceso no consume energía. En resonancia con tu mente, también trasladaremos la masa de la Estación Receptora. El método para transferir masa de esa manera fue la última fase del problema que resolvimos y requerirá toda la energía que la raza usaría normalmente en cien años. 
Gan tomó el cubo negro  que  era  la  Estación Receptora  y  lo  miró  sombríamente. Tres generaciones atrás, se consideraba imposible fabricar un aparato que reuniera todas las propiedades necesarias en un espacie menor a quince metros cúbicos. Ya lo tenían y era del tamaño de un cubo.
Gan dijo: 
—El campo mental de las células cerebrales inteligentes sólo puede seguir unas pautas bien definidas. Todas las criaturas vivientes, sea cual fuere su planeta, deben poseer una base proteínica y una química basada en agua de oxígeno. Si su mundo es habitable para ellas, es habitable para nosotros. 
"Teoría, siempre teoría", pensó en un nivel más profundo.
—Eso no significa que el cuerpo donde te encuentres —continuó— y su mente y sus emociones no sean totalmente extraños. Así que hemos dispuesto tres métodos para activar la Estación Receptora. Si eres fuerte, sólo tendrás que ejercer doscientos cincuenta kilos de presión en cualquier cara del cubo. Si eres débil, lo único que necesitas es pulsar un botón, al que llegarás mediante esta abertura del cubo. Si no tienes extremidades, si tu organismo huésped está paralizado, puedes activar la Estación con la propia energía mental. Una vez que la Estación se active, tendremos dos puntos de referencia, no sólo uno, y la raza se podrá transferir al planeta X mediante teleportación normal.
—Eso significará que usaremos energía electromagnética.
—En efecto.


—La transferencia tardará diez años.
—No tendremos conciencia de la duración.
—Lo sé, pero eso quiere decir que la Estación permanecerá en el planeta X durante diez años. ¿Y si la destruyen mientras tanto?
—También hemos pensado en ello. Hemos pensado en todo. Una vez que se active la Estación, generará un campo de paramasa. Se desplazará en la dirección de la atracción gravitatoria, deslizándose a través de la materia común hasta que un medio de densidad relativamente alta ejerza suficiente fricción para detenerla. Se necesitarán seis metros de roca para ello; cualquier densidad menor no tendrá ningún efecto. Permanecerá a seis metros bajo tierra durante diez años y en ese momento un contracampo la elevará a la superficie. Luego, uno a uno, cada miembro de la raza aparecerá.
—En ese caso, ¿por qué no hacer que la Estación empiece a funcionar automaticamente? Ya posee muchas características automáticas...
—No lo has pensado bien, Roi. Nosotros sí. Quizá no todos los puntos de la superficie del planeta X sean adecuados. Si los habitantes son poderosos y están avanzados, tal vez haya que encontrar un lugar discreto para la estación. No nos convendría aparecer en la plaza de una ciudad. Y tendrás que asegurarte de que el entorno inmediato no es peligroso en otros sentidos.
—¿En qué otros sentidos?
—No lo sé. Los antiguos archivos de la superficie registran muchas cosas que ya no entendemos. No las explican porque las daban por conocidas pero llevamos lejos de la superficie casi cien mil generaciones y estamos desconcertados. Nuestros técnicos ni siquiera se ponen de acuerdo en cuanto a la naturaleza física de las estrellas, y eso es algo que en los archivos se menciona  y  se  comenta  a  menudo;  pero  ¿qué  significa  "tormentas", "terremotos", "volcanes", "tornados", "celliscas", "aludes", "inundaciones", "rayos" y demás? Son términos que aluden a peligrosos fenómenos de superficie cuya naturaleza ignoramos. No sabemos cómo protegernos de ellos. A través de la mente de tu huésped podrás aprender lo necesario y actuar en consecuencia.
—¿Cuánto tiempo tendré?
—El resonador no puede funcionar continuamente durante más de doce horas. Yo preferiría que terminases tu tarea en dos. Regresarás aquí automáticamente en cuanto la Estación esté activada. ¿Estás preparado?
—Lo estoy.
Gan lo condujo hasta el gabinete de vidrio ahumado. Roi se sentó, acomodó las extremidades en las cavidades y hundió las vibrisas en mercurio para establecer un buen contacto.
—¿Y si me encuentro en un cuerpo agonizante? —preguntó.
—El campo mental se distorsiona cuando la persona está a punto de morir —le explicó Gan mientras ajustaba los controles—. Un campo normal como el tuyo no se hallaría en resonancia.
—¿Y si está cerca de una muerte accidental?
—También hemos pensado en ello. No podemos protegerte contra eso, pero se estima que las probabilidades de una muerte tan rápida que no te dé tiempo de activar la Estación mentalmente son menos de una en veinte billones, a no ser que los misteriosos peligros de la superficie sean más mortíferos de lo que pensamos... Tienes un minuto.
Por alguna extraña razón, Wenda fue la última persona en quien Roi pensó antes de la traslación.

5
Laura despertó sobresaltada. ¿Qué ocurría? Era como si la hubieran pinchado con un alfiler.
El sol de la tarde le brillaba en la cara y el resplandor la hizo parpadear.
Bajó la cortina y miró a Walter. Se sorprendió al verle los ojos abiertos. No era su hora de estar despierto. Miró el reloj. No, no lo era. Y faltaba una hora para darle de comer. Seguía el sistema de darle de comer cuando lo pidiera ("grita y te daré de comer"), pero normalmente Walter respetaba el horario.
Le frotó la cara con la nariz.
—¿Tienes hambre?
Walter no respondió de ninguna manera y Laura se sintió defraudada. Le habría gustado que sonriera. Más aún, deseaba que se riera, que le rodeara el cuello con los brazos regordetes, le frotara con la nariz y dijera "Mamá"; pero sabía que eso no podía hacerlo. Aunque sí podía sonreír.
Le apoyó el dedo en la barbilla y le dio unos golpecitos.
—Bu, bu, bu, bu.
Walter siempre sonreía cuando le hacía eso, pero ahora se limitó a parpadear.
—Espero que no esté enfermo —dijo, y miró preocupada a la señora Ellis. La señora Ellis dejó su revista.
—¿Pasa algo malo, querida?
—No lo sé. Walter no reacciona.
—Pobrecillo. Tal vez esté cansado.
—En tal caso debería estar durmiendo, ¿no?
—Se encuentra en un ambiente extraño. Tal vez se esté preguntando qué es todo esto. —Se levantó, cruzó el pasillo y se agachó para acercar su rostro al de Walter—. Te preguntas qué es lo que pasa, ¿eh, bolita? Pues claro. Te preguntas dónde está tu cunita y dónde están los dibujos del empapelado.
Hizo ruiditos chillones.
Walter apartó la vista de su madre y miró sombríamente a la señora Ellis, que se incorporó de golpe, con un gesto de dolor, y se llevó la mano a la cabeza.
—¡Cielos! ¡Qué extraño dolor!
—¿Cree usted que tendrá hambre? —preguntó Laura.
—¡Por Dios! —exclamó la señora Ellis, con una expresión más tranquila—. Una no tarda en enterarse cuando tienen hambre. No le pasa nada. He tenido tres hijos, querida. Lo sé.
—Creo que voy a pedirle a la azafata que entibie otro biberón.
—Bueno, si eso te hace sentirte mejor...
La azafata trajo el biberón y Laura sacó a Walter del canastillo.
—Tómate el biberón y luego te cambiaré y después...
Le acomodó la cabeza en el brazo, le dio un suave pellizco en la mejilla, se lo acercó al cuerpo mientras le llevaba el biberón a los labios...
¡Walter gritó!
Abrió la boca, agitó los brazos extendiendo los dedos con el cuerpo rígido y duro, como si tuviera el tétanos, y gritó. El grito resonó en todo el compartimento.
Laura también gritó. Soltó el biberón, que se hizo añicos.
La señora Ellis se levantó de un brinco y varios pasajeros la imitaron. El señor Ellis despertó de su siesta.
—¿Qué ocurre? —preguntó la señora Ellis.
—No lo sé, no lo sé. —Laura sacudía a Walter frenéticamente, se lo echaba sobre el hombro, le palmeaba la espalda—. Nene, nene, no llores. ¿Qué pasa, nene? Nene...
La azafata se acercó a todo correr. Su pie se quedó a un par de centímetros del cubo que había bajo el asiento de Laura.
Walter pataleaba furiosamente, berreando a todo pulmón.

6
Roi estaba anonadado. Se encontraba sujeto a la silla, en contacto con la clara mente de Gan, y de pronto (sin conciencia de separación en el tiempo) se vio inmerso en un torbellino de pensamientos extraños, bárbaros y fragmentarios. Cerró la mente. Antes la tenía totalmente abierta para aumentar la efectividad de la resonancia, y el primer contacto con el alienígena había sido...
No doloroso, no. ¿Vertiginoso? ¿Nauseabundo? No, tampoco. No había palabras.
Recobró fuerzas en la plácida nada de la clausura mental y reflexiono. Sentía el contacto con la Estación Receptora, con la cual estaba en conexión mental. ¡Había ido con él, qué bien!
Hizo caso omiso del huésped. Tal vez lo necesitara luego para cuestiones más drásticas, así que no convenía despertar sospechas por el momento.
Exploró. Buscó una mente al azar y reparó en las impresiones sensoriales que la impregnaban. La criatura era sensible a ciertas zonas del espectro electromagnético y a las vibraciones del aire, así como al contacto corporal. Poseía sentidos químicos localizados...
Eso era todo. La examinó de nuevo, estupefacto.
No sólo no había sentido directo de masa ni sentido electro potencial ni ninguna de las lecturas refinadas del universo, sino que no existía contacto mental.
La mente de la criatura estaba totalmente aislada. ¿Entonces cómo se comunicaban? Siguió examinando. Poseían un complejo código de vibraciones de aire controladas.
¿Eran inteligentes? ¿Había escogido una mente mutilada? No, todos eran así.


Escudriñó el grupo de mentes circundantes con sus zarcillos mentales, buscando un técnico o su equivalente entre esas semi-inteligencias lisiadas. Encontró una mente que se veía a sí misma como controlador de vehículos. Roi recibió un dato: Se hallaba a bordo de un vehículo aéreo.
Es decir que, aun sin contacto mental, eran capaces de construir una civilización mecánica rudimentaria. ¿O aquellos seres eran las herramientas animales de verdaderas inteligencias que estaban en otra parte del planeta? No... Sus mentes decían que no.
Examinó al técnico. ¿Qué pasaba con el entorno inmediato? ¿Eran de temer los espectros de los antiguos? Se trataba de una cuestión de interpretación. Existían peligros en el entorno. Movimientos de aire. Cambios de temperatura. Agua cayendo en el aire, en el estado líquido o sólido. Descargas eléctricas. Había vibraciones en código para cada fenómeno, pero eso no significaba nada. La conexión entre esas vibraciones y los nombres con que los ancestros de la superficie designaban los fenómenos era sólo conjetura.
No importaba. ¿Existía peligro en ese momento? ¿Existía peligro en ese lugar? ¿Había causa de temor o inquietud?
¡No! La mente del técnico decía que no.
Eso era suficiente. Regresó a la mente huésped y descansó un instante; luego, se expandió cautelosamente...
¡Nada!
La mente huésped era un vacío; a lo sumo, una vaga sensación de tibieza y un opaco parpadeo de respuestas imprecisas ante estímulos básicos. ¿Su huésped era un moribundo? ¿Un afásico? ¿Un descerebrado?
Se desplazó a la mente más cercana, buscando información sobre el huésped.
El huésped era un bebé de la especie.
¿Un bebé? ¿Un bebé normal? ¿Tan poco desarrollado?
Dejó que su mente se fusionara un instante con lo que existía en el huésped. Buscó las zonas motrices del cerebro y las halló con dificultad. Un cauto estímulo fue seguido por un movimiento errático de las extremidades del huésped. Intentó controlarlas y fracasó.
Se sintió irritado. ¿Realmente habían pensado en todo? ¿Pensaron en inteligencias sin contacto mental? ¿Pensaron en criaturas jóvenes, tan poco desarrolladas como si aún estuvieran en el huevo?
Eso significaba que no podría activar la Estación Receptora desde la persona del huésped. Los músculos y la mente eran demasiado débiles, estaban demasiado descontrolados para cualquiera de los tres métodos expuestos por Gan.
Pensó intensamente. No podría influir sobre una gran cantidad de masa mediante las imperfectas células cerebrales del huésped, pero quizá pudiera ejercer una influencia indirecta a través de un cerebro adulto. La influencia física directa sería minúscula; significaría la descomposición de las moléculas de trifosfato de adenosina y de las de acetilcolina. Luego, la criatura actuaría por cuenta propia.
Titubeó, temiendo el fracaso, y maldijo su cobardía. Entró nuevamente en la mente más cercana. Era una hembra de la especie y se encontraba en el estado de inhibición transitoria que había notado en otros individuos. No lo sorprendió, pues unas mentes tan rudimentarias tenían que necesitar descansos periódicos.
Estudió esa mente, palpando mentalmente las zonas que pudieran responder a un estímulo. Escogió una, penetró en ella y las zonas conscientes se llenaron de vida casi simultáneamente. Las impresiones sensoriales se activaron y el nivel de pensamiento se elevó de golpe. ¡Bien!
Pero no lo suficiente. Fue un mero pinchazo, un pellizco; no una orden para ejecutar una acción específica.
Se movió incómodo cuando lo invadió una emoción. Procedía de la mente que acababa de estimular y estaba dirigida hacia el huésped y no hacia él. No osbtante, tanta crudeza primitiva lo fastidiaba, así que cerró la mente contra la desagradable tibieza de esos sentimientos al desnudo.
Una segunda mente se centró en torno del huésped y, si él hubiera sido material o hubiera controlado un huésped satisfactorio, habría lanzado un golpe de dolor.
¡Santas cavernas! ¿No le permitirían concentrarse en su importante misión?
Acometió contra la segunda mente, activando centros de incomodidad que la obligaran a apartarse.
Estaba contento. Fue sólo un estímulo sencillo e indefinido, pero había funcionado, despejó la atmósfera mental.
Volvió al técnico que controlaba el vehículo. Él conocería los detalles concernientes a la superficie sobre la cual volaban.
¿Agua? Ordenó deprisa los datos. ¡Agua! ¡Y más agua! ¡Por los eternos niveles! ¡La palabra "océano" tenía sentido! La vieja y tradicional palabra "océano". ¿Quién hubiera pensado que podía existir tanta agua?
Pero si eso era "océano", entonces la tradicional palabra "isla" tenía un significado claro. Envió su mente en busca de información geográfica. El "océano" estaba salpicado de motas de tierra, pero él necesitaba información exacta...
Le interrumpió un breve aguijonazo de sorpresa cuando su huésped se desplazó por el espacio para recostarse contra el cuerpo de la hembra.
La mente de Roi, activada como estaba, se hallaba abierta e indefensa. Las intensas emociones de la hembra lo sofocaron.
Se contrajo. En un intento de combatir esas aplastantes pasiones animales, se aferró a las células cerebrales del huésped, a través de las cuales se encauzaban esos crudos sentimientos.
Lo hizo con excesiva brusquedad. Un dolor difuso colmó la mente del huésped y al instante todas las mentes circundantes reaccionaron ante las resultantes vibraciones de aire. Exasperado, procuró acallar al dolor y sólo logró estimularlo más.
A través de la bruma mental del dolor del huésped, escudriñó la mente del técnico, procurando evitar que se perdiera el contacto.
Concentró la mente. Ahora tendría su mejor oportunidad. Contaba con unos veinte minutos. Habría otras oportunidades después, aunque no tan buenas. Pero no se atrevía a dirigir los actos de otro mientras la mente del huésped padecía tamaña turbulencia.
Se retiró, se contrajo en la clausura mental, manteniendo sólo un tenue contacto con las células espinales del huésped, y aguardó.
Pasaron los minutos y poco a poco recobró la conexión. Le quedaban cinco minutos. Escogió un sujeto.

7
—Creo que se siente mejor, pobrecillo —dijo la azafata.
—Nunca se había portado así —lloriqueó Laura—. Nunca.
—Tal vez sea un pequeño cólico —sugirió la señora Ellis.
—Tal vez —secundó la azafata—. Hace demasiado calor.
Entreabrió la manta, le levantó la ropita y dejó al descubierto su abdomen duro, rosado y protuberante. Walter seguía gimoteando.
—¿Quiere que le cambie? —preguntó la azafata—. Está muy mojado. 
— Sí, gracias.
La mayoría de los pasajeros habían vuelto a los asientos. Los más alejados dejaron de estirar el cuello.
El señor Ellis se quedó en el pasillo con su esposa.
—Oye, mira.
Laura y la azafata estaban demasiado ocupadas para prestarle atención y la señora Ellis lo ignoró por pura costumbre.
El señor Ellis estaba habituado a eso. Su comentario fue simplemente retórico. Se agachó y recogió la caja que estaba bajo el asiento.
La señora Ellis lo miró con impaciencia.
—¡Cielos, George, no toques el equipaje de los demás! ¡Siéntate! Entorpeces el paso.
El señor Ellis se incorporó, avergonzado.
Laura, con los ojos aún inflamados y llorosos, dijo:
—No es mío. Ni siquiera sabía que estaba bajo el asiento.
—¿Qué es? —preguntó la azafata, dejando de mirar al bebé lloriqueante. El señor Ellis se encogió de hombros.
—Es una caja.
—Bueno, ¿y para qué la quieres, por el amor de Dios? —se irritó su esposa. 
El señor Ellis buscó una razón. ¿Para qué la quería?
—Sentí curiosidad, eso es todo —murmuró.
—¡Listo! —exclamó la azafata—. El pequeño está cambiado y seco y apuesto a que pronto estará más contento que unas pascuas. ¿Qué dices, primor?
Pero el primor seguía lloriqueando y apartó bruscamente la cabeza cuando le ofrecieron otro biberón.
—Lo entibiaré un poco —dijo la azafata. Cogió el biberón y se alejó por el pasillo.


El señor Ellis tomó una decisión. Cogió la caja y la apoyó en el brazo del asiento, haciendo caso omiso del rostro fruncido de su esposa.
—No hago ningún daño —se defendió—. Sólo estoy mirando. ¿De qué está hecha?
La golpeó con los nudillos. Ninguno de los demás pasajeros parecía estar interesado, no prestaban atención ni al señor Ellis ni a la caja. Era como si algo hubiera desconectado esa línea de interés en particular y hasta la señora Ellis, que conversaba con Laura, le daba la espalda.
Levantó la caja y vio la abertura. Sabía que debía haber una abertura. Tenía el tamaño suficiente para insertar un dedo, aunque no había ninguna razón por la que él quisiera meter el dedo en una caja extraña.
Lo metió con cautela. Había un botón negro y deseaba tocarlo. Lo presionó.
La caja tembló, se le desprendió de las manos y cayó por el otro lado del brazo del asiento.
Llegó a ver cómo atravesaba el suelo, dejándolo intacto. El señor Ellis abrió las manos y se miró las palmas. Luego, se arrodilló y tanteó el suelo.
La azafata, que regresaba con el biberón, preguntó cortésmente:
—¿Ha perdido algo?
—¡George! —exclamó la señora Ellis.
El señor Ellis se incorporó con dificultad. Estaba ruborizado y nervioso.
—La caja... Se me soltó de la mano y cayó...
—¿Qué caja? —preguntó la azafata.
—¿Puede darme el biberón, señorita? —dijo Laura—. Ya ha dejado de llorar.
—Desde luego. Aquí lo tiene.
Walter abrió la boca ávidamente y aceptó la tetilla. La leche burbujeaba mientras el niño sorbía haciendo gorgorítos.
Laura levantó la vista, con los ojos radiantes.
—Ahora parece encontrarse bien. Gracias, señorita. Gracias, señora Ellis. Por un momento tuve la sensación de que no era mi hijito.
—Se pondrá bien —la animó la señora Ellis—. Tal vez fue un pequeño mareo. Siéntate, George.
—Llámeme sí me necesita —se ofreció la azafata.
—Gracias —dijo Laura.
—La caja... —murmuró el señor Ellis, y no habló más.
¿Qué caja? No recordaba ninguna caja.
Pero había una mente a bordo de ese avión que podía seguir la trayectoria del cubo negro, que caía en una parábola sin que le afectaran ni el viento ni la resistencia del aire, atravesando las moléculas de gas que se interponían en su camino.
Debajo, el atolón constituía el diminuto centro de un enorme blanco. En otro tiempo, durante una época bélica, contó con una pista aérea y con barracas. Las barracas se habían derrumbado, la pista aérea era una franja irregular en vías de desaparición y el atolón estaba desierto.
El cubo cayó en el blando follaje de una palmera y ni una sola hoja se agitó. Atravesó el tronco, descendió hasta el coral y se hundió en el planeta sin que ni una mota de polvo se alterara para anunciar su entrada.
A seis metros de la superficie, el cubo se detuvo y se quedó inmóvil, íntimamente mezclado con los átomos de la roca, pero diferenciado de ella.
Eso fue todo. Llegó la noche, llegó el día; llovió, sopló viento y las olas del Pacífico se rompieron en espuma blanca sobre el blanco coral. Nada había ocurrido.
Nada ocurriría durante diez años.

8
—Hemos transmitido la noticia de que has tenido éxito —dijo Gan—. Creo que ahora deberías descansar.
—¿Descansar? ¿Ahora? ¿Cuando he regresado a mentes íntegras? No, gracias. Estoy disfrutando mucho.
—¿Tanto te molestó lo de la inteligencia sin contacto mental?
—Sí —contestó Roi.
Gan tuvo el tacto de no seguir esa línea de pensamiento evocativo. En cambio, preguntó:
—¿Y la superficie?
—Espantosa. Lo que los antiguos llamaban "sol" es un insoportable resplandor en lo alto. Aparentemente se trata de una fuente de luz y varía periódicamente; en otras palabras, "noche" y "día". También hay variaciones imprevisibles.
—"Nubes", tal vez —sugirió Gan.
—¿Por qué "nubes"?
—Ya conoces el dicho tradicional: "Las nubes ocultaban el sol".
—¿Eso crees? Sí, pudiera ser.
—Bien, continúa.
—Veamos. He explicado "océano" e "isla". "Tormenta" significa humedad en el aire cayendo en gotas. "Viento" es un movimiento de aire en gran escala. "Trueno", una descarga espontánea de estática o un gran ruido espontáneo. "Cellisca" es hielo que cae.
—Qué curioso. ¿De dónde caería el hielo? ¿Cómo? ¿Por qué?
—No tengo la menor idea. Todo es muy variable. Hay tormentas en determinado momento, pero no en otro. Aparentemente hay regiones de la superficie donde siempre hace frío, otras donde siempre hace calor y otras donde hace ambas cosas según el momento.
—Asombroso. ¿Cuánto de todo esto lo atribuyes a un error de interpretación por parte de las mentes alienígenas?
—Nada. Estoy seguro de ello. Es muy claro. Tuve tiempo suficiente para escudriñar sus extrañas mentes. Demasiado tiempo.
De nuevo sus pensamientos se replegaron.
—Está bien —aceptó Gan—. Tenía miedo de nuestra tendencia a pintar con tonos románticos la Edad de Oro de nuestros ancestros de la superficie. Presentía que en nuestro grupo habría un fuerte impulso a favor de una nueva vida en la superficie.
—No —rechazó Roi con vehemencia.
—Obviamente no. Dudo que ni siquiera nuestros individuos más recios resistieran un solo día en un medio ambiente como el que describes, con las tormentas, los días, las noches, las molestas e imprevisibles variaciones. —Gan se sentía satisfecho—. Mañana iniciaremos el proceso de transferencia. Una vez en la isla... Dices que está deshabitada.
—Totalmente. Era la única de ese tipo, de todas las que el avión sobrevoló. La información del técnico fue detallada.
—Bien. Iniciaremos las operaciones. Tardaremos generaciones, Roi, pero al final estaremos en las profundidades de un mundo nuevo y tibio, en agradables cavernas donde el ámbito controlado permitirá el crecimiento de la cultura y el refinamiento.
—Y no tendremos ningún tipo de contacto con las criaturas de la superficie.
—¿Por qué? Aunque sean primitivas podrían sernos útiles una vez que establezcamos nuestra base. Una raza capaz de construir naves aéreas debe de poseer algunas cualidades.
—No es así. Son beligerantes. Son capaces de atacar con saña animal y...
—Me perturba la psicopenumbra que rodea tus referencias a los alienígenas —le interrumpió impaciente Gan—. Me estás ocultando algo.
—Al principio pensé que podría utilizarlos. Si no nos permitían ser amigos, al menos los controlaríamos. Hice que uno de ellos estableciera contacto íntimo con el interior del cubo y fue difícil. Fue muy difícil. Sus mentes tienen otra constitución.
—¿En qué sentido?
—Si fuera capaz de describirlo, eso querría decir que la diferencia no era fundamental. Pero puedo ponerte un ejemplo. Estuve en la mente de un bebé. No tienen cámaras de maduración. A los bebés los cuidan los individuos. La criatura que cuidaba de mi huésped...
—Sí...
—Era hembra y sentía un vínculo especial con el pequeño. Había una sensación de propiedad, una relación que excluía al resto de la sociedad. Creí detectar, confusamente, un rastro de esa emoción que liga a un hombre con un allegado o con un amigo; pero era mucho más intensa e irrefrenable.
—Bueno, al carecer de contacto mental, tal vez no tengan una verdadera concepción de la sociedad y quizá se originen sub-relaciones. ¿O esto era patológico?
—No, no. Es universal. La hembra era la madre del bebé.
—Imposible. ¿Su propia madre?
—Por fuerza. El bebé había pasado la primera parte de su existencia dentro de la madre. Literalmente. Los huevos de la criatura permanecen dentro del cuerpo. Son inseminados dentro del cuerpo. Crecen dentro del cuerpo y surgen con vida.
—Santas cavernas —musitó Gan. Sentía una fuerte repugnancia—. Entonces, cada criatura conocería la identidad de su propio hijo; cada hijo tendría un padre determinado.. 
—Y él también era conocido. Mi huésped hacía un viaje de ocho mil kilómetros, por lo que pude deducir, para que su padre pudiera verlo.
—¡Increíble!
—¿Necesitas algo más para entender que nuestras mentes no pueden llegar a encontrarse? La diferencia es fundamental e innata.
El amarillo de la lamentación teñía y endurecía los pensamientos de Gan.
—Qué pena —dijo—. Pensaba...
—¿Qué?
—Pensaba que por primera vez dos inteligencias se ayudarían mutuamente. Pensaba que juntos podríamos progresar con mayor rapidez que cualquiera de ambos en solitario. Aunque fueran tecnológicamente primitivos, como lo son, la tecnología no es todo. Yo creía que incluso podríamos aprender de ellos.
—¿Aprender qué? —preguntó Roi bruscamente—. ¿A conocer a nuestros padres y a trabar amistad con nuestros hijos?
—No, no. Tienes razón. La barrera entre ambos debe mantenerse intacta para siempre. Ellos se quedarán en la superficie y nosotros permaneceremos en las profundidades, y así está bien.
 
Fuera de los laboratorios, Roi se encontró con Wenda. Los pensamientos de ella desbordaron de placer.
—Me alegra que hayas vuelto.
Los pensamientos de Roi también fueron placenteros. Era un alivio establecer un limpio contacto mental con una amiga.


FIN

2026/08/03

Haga una pregunta estúpida (Robert Sheckley)


Título original: Ask a Foolish Question
Año: 1953


El Contestador estaba construido para durar tanto como fuera necesario; algunas razas pensaban que era mucho tiempo y otras juzgaban que era muy poco. Pero para el Contestador era suficiente.
En cuanto a su tamaño, el Contestador era grande para algunos y pequeño para otros. Se lo podía considerar complejo, aunque algunos opinaban que era muy simple. El Contestador sabía que era tal como debía ser. Por encima de todas las cosas, era el Contestador. Y Sabía.
De la raza que lo había construido, era mejor no hablar mucho. Ellos también Sabían y nunca dijeron si el conocimiento les había sido grato.
Construyeron el Contestador por prestar un servicio a razas menos avanzadas, y partieron por un medio desconocido. Hacia dónde, sólo el Contestador lo sabe.
Porque el Contestador lo sabe todo.
Sobre su planeta, siempre circunvalando su propio sol, permanecía el Contestador. La eternidad proseguía, larga, según algunos la consideran, breve, según otros. Pero tal como debía ser para el Contestador.
En su interior estaban las respuestas. Conocía la naturaleza de las cosas y porqué las cosas son como son y qué son y qué significa todo.
El Contestador podía responder a cualquier pregunta, siempre que fuera legítima.
¡Y lo deseaba mucho! ¡Estaba ansioso por responder!
¿De qué otro modo podía hacer un Contestador?
¿Qué otra cosa podía hacer un Contestador?
Por lo tanto, aguardaba a que las criaturas vinieran a preguntarle.

—¿Cómo se siente, señor? —preguntó Morran, mientras se acercaba flotando hasta donde yacía el anciano.
—Mejor —respondió Lingman, tratando de sonreír.
La ausencia de peso era un gran alivio. Aunque Morran había gastado una enorme cantidad de combustible para salir al espacio con una mínima aceleración, el débil corazón de Lingman se había resentido. El corazón de Lingman se detuvo, trabajó de mala gana, golpeó iracundo contra la frágil caja torácica, vaciló y tomó demasiada velocidad. Por un momento pareció que el corazón de Lingman iba a detenerse por puro resentimiento.
Pero después, la ausencia de peso fue un gran alivio y el débil corazón había vuelto a marchar.
Morran no tenía tales problemas. Su vigoroso cuerpo estaba hecho para el esfuerzo y la tensión. Sin embargo, no debía experimentarlos en ese viaje, si deseaba que el viejo Lingman sobreviviera.
—Sobreviviré —murmuró Lingman, como respuesta a la pregunta no formulada— lo bastante como para descubrirlo.
Morran tocó los controles y la nave se deslizó hacia el subespacio como una anguila en el aceite.
—Lo descubriremos —musitó Morran, ayudando al anciano a soltar sus correas—. ¡Encontraremos al Contestador!
Lingman asintió. Ambos socios se habían prestado mutuo apoyo durante muchos años. En un principio, el proyecto de obra de Lingman. Después, Morran, al graduarse en la Universidad Tecnológica de California se unió a él. Juntos habían rastreado los rumores que circulaban por el sistema solar, la leyenda de la antigua raza humanoide que sabía la respuesta a todos los interrogantes, los que habían construido el Contestador antes de partir.
—Piénselo —dijo Morran—: ¡La respuesta a todos los interrogantes!
Morran, como físico, tenía muchas preguntas que formular. La expansión del Universo; la fuerza aprisionada en el núcleo atómico; las novas y las supernovas; la formación de los planetas; el efecto Doppler, la relatividad y otras mil cosas,
—Sí —dijo Lingman.
Se acercó a duras penas al visor, para contemplar la desierta pradera del subespacio ilusorio. Era anciano y biólogo. Tenía dos preguntas a formular.
¿Qué es la vida?
¿Qué es la muerte?

Tras un muy largo período de recoger púrpura, Lek y sus amigos se reunieron a conversar. La púrpura escaseaba siempre en las proximidades de las estrellas múltiples (el por qué, nadie lo sabía), y estaba bien hablar.
—¿Saben? —dijo Lek—. Creo que iré a buscar ese Contestador.
Al decirlo, utilizó el idioma Ollgrat, el de las decisiones inminentes.
—¿Por qué? —preguntó Ilm, en la lengua Hvest de la chanza ligera —¿Por qué quieres saber? ¿No te basta con el trabajo de juntar púrpura?
—No —respondió Lek, aún en el idioma de las decisiones inminentes—, no me basta. 
La gran tarea de Lek y los suyos consistía en recoger púrpura. La encontraron incrustada en muchos lugares de la inmensa fábrica del espacio, en cantidades minúsculas. Lentamente, iban levantando una inmensa montaña. Para qué serviría esa montaña, nadie lo sabía.
—¿Le preguntarás qué es la púrpura? —preguntó Ilm, apartando una estrella del camino para acostarse.
—Lo haré —dijo Lek—. Hemos permanecido en la ignorancia por demasiado tiempo. Debemos averiguar la verdadera naturaleza de la púrpura y su importancia dentro del diagrama total. Debemos saber por qué rige nuestra vida.
Para decir todo esto, Lek había utilizado el Ilgret, o sea el idioma del conocimiento incipiente.
Ilm y los otros no trataron de discutir ni siquiera en la lengua de las discusiones. Sabían que el conocimiento era importante. Desde el alba misma de los tiempos, Lek, Ilm y los otros habían recogido púrpura. Ya era tiempo de conocer las respuestas últimas a todo el Universo: Qué era la púrpura y para qué serviría el montículo.
Y allí estaba el Contestador para decírselo. Todos habían oído hablar del Contestador, construido por una raza no muy diferente a ellos, ausente desde hacía mucho tiempo.
—¿Le preguntarás alguna otra cosa? —inquirió Ilm.
—No sé —dijo Lek—. Quizá le pregunte sobre las estrellas. En realidad, no hay ninguna otra cosa de importancia.
Puesto que Lek y sus hermanos vivían desde el alba de los tiempos, no pensaban en la muerte. Por otra parte, siendo su número invariable, no tenían en cuenta la incógnita de la vida.
Pero, ¿y la púrpura? ¿Y el montículo?
—¡Allá voy! —gritó Lek, en el idioma de las decisiones puestas en marcha.
—¡Buena suerte! —respondieron sus hermanos, en la jerga de la mayor amistad. Y Lek se marchó a grandes pasos, saltando de estrella en estrella.

El Contestador seguía esperando, solitario en su pequeño planeta, la llegada de los Interrogadores. De tanto en tanto murmuraba las respuestas para sí. Era su privilegio. Él Sabía.
Pero aguardaba (y el tiempo no era ni demasiado largo ni demasiado breve) a que cualquier criatura del espacio viniera a preguntar.


Eran dieciocho en un mismo lugar.
—¡Invoco la regla de los dieciocho! —gritó uno. Y apareció uno más, que no existía hasta ese momento, nacido por la regla de los dieciocho.
—Debemos acudir al Contestador —exclamó uno—. Nuestra vida está gobernada por la regla de los dieciocho. Donde haya dieciocho, habrá diecinueve. ¿Por qué es así?
Nadie fue capaz de contestar.
—¿Dónde estoy? —preguntó el decimonoveno, el recién nacido. Uno de ellos lo llevó aparte para proporcionarle instrucción.
Quedaron diecisiete, un número estable. Otro gritó:
—Y debemos descubrir por qué todos los sitios son diferentes, aunque no existan las distancias.
Ése era el dilema. Uno está aquí. De pronto, uno está allá. Así, sin movimiento, sin razón. Y, sin embargo, sin moverse, uno aparece en otro lugar.
—¡Las estrellas son frías! —gritó uno.
—¿Por qué?
—Debemos acudir al Contestador.
Porque habían sabido de la leyenda, conocían la historia. "Había una vez una raza, muy parecida a nosotros, y ellos Sabían…, y enseñaron al Contestador. Más tarde, partieron hacia donde no hay sitios, sino mucha distancia".
—¿Cómo llegaremos allí? —preguntó el recién nacido, ya ahíto de conocimiento.
—Yendo.
Y los dieciocho desaparecieron. Quedó uno solo, contemplando melancólico la tremenda expansión de una estrella de hielo. Después, él también desapareció.

—Las antiguas leyendas tenían razón —exclamó Morran—. Allí está.
Habían surgido del subespacio en el sitio indicado por las leyendas; ante ellos se extendía una estrella diferente a todas las demás. Morran inventó una clasificación que se ajustara a sus características, pero eso no importaba. No había trabajo igual.
A su alrededor giraba un planeta, distinto también a todos los planetas. Morran inventó causas, pero no importaron. El planeta era único.
—Abróchese las correas, señor —dijo Morían—. Descenderé con tanta suavidad como sea posible.

Lek llegó junto al Contestador, avanzando con rapidez de estrella a estrella. Alzó el Contestador en la mano y lo contempló.
—Tú eres el Contestador —dijo.
—Sí —respondió el Contestador.
—En ese caso, responde —pidió Lek, poniéndose cómodo en un vacío abierto entre dos estrellas—. Dime quién soy yo.
—Una parcialidad —dijo el Contestador—. Un indicio.
—Caramba —musitó Lek, herido en su amor propio—, puedes responder mejor. A ver: El propósito de mi especie es recolectar púrpura y levantar con ella una montaña. ¿Puedes decirme cuál es el significado de todo eso?
—Tu pregunta no tiene sentido —respondió el Contestador.
Sabía qué era la púrpura y para qué serviría el montículo. Pero la explicación estaba incluida en una explicación mayor. Sin ella, la pregunta de Lek era inexplicable y Lek no había formulado la pregunta real.
Lek formuló otras preguntas y el Contestador fue incapaz de responderle. Lek veía las cosas según un punto de vista particular, extraía una parte de verdad y se negaba a ver el resto. ¿Cómo explicarle a un ciego la sensación del verde?
El Contestador no lo intentó. No era su deber.
Al fin, Lek dejó escapar una risa burlona y despectiva. Una de las piedrecitas en las cuales se apoyaba fulguró ante el sonido de su carcajada y se apagó en seguida hasta volver a su intensidad habitual.
Lek se marchó a paso rápido, de estrella en estrella.

El Contestador Sabía. Pero previamente debía recibir la pregunta correcta. Estudió sus limitaciones, mientras contemplaba las estrellas, que no eran ni demasiado grandes ni demasiado pequeñas, sino del tamaño exacto.
Las preguntas correctas. La raza que lo construyera debió haber tenido eso en cuenta. Debieron haber incluido cierta tolerancia para con las tonterías semánticas, permitiéndole encarar aquella maraña.
El Contestador se contentó con murmurar las respuestas para sí.

Dieciocho criaturas llegaron hasta el Contestador, sin caminar ni volar, sino apareciendo, simplemente. Estremecidas bajo el resplandor frío de las estrellas, contemplaron la enorme masa del Contestador.
—Si no hay distancias —preguntó una—, ¿cómo es que las cosas pueden estar en otro lugar?
El Contestador sabía qué significaba distancia y qué significaba lugar. Pero no podía responder a esa pregunta. Había distancia, pero no tal como esas criaturas la entendían. Y había lugares, pero en un sentido diferente al que ellos pensaban.
—Formula tu pregunta en otros términos —sugirió el Contestador, con alguna esperanza.
—¿Por qué somos pequeños aquí —preguntó uno— y altos allá? ¿Por qué somos gruesos allá y delgados aquí? ¿Por qué son frías las estrellas?
El Contestador lo sabía todo. Sabía porqué eran frías las estrellas, pero no podía explicarlo en términos de estrellas o de frío.
—¿Por qué —preguntó otro— existe la regla de los dieciocho? ¿Por qué, cuando se reúnen dieciocho, aparece uno nuevo?
Pero la respuesta, naturalmente, era parte de una pregunta mayor, que no había sido formulada.
Apareció una nueva criatura merced a la regla de los dieciocho y las diecinueve se esfumaron.
El Contestador murmuró para sí las preguntas correctas y las respondió.

—Lo conseguimos —dijo Morran—. Bien, bien.
Palmeó a Lingman en el hombro…, con mucha suavidad, porque el anciano podía romperse.
Lingman estaba cansado. Tenía el rostro sumido, amarillento y arrugado. La forma de la calavera asomaba ya en sus dientes oscuros y grandes, en la pequeña nariz achatada, en los pómulos salientes. La matriz comenzaba a revelarse.
—Sigamos —dijo.
No quería perder más tiempo. No tenía tiempo que perder. Se colocaron los cascos y recorrieron el pequeño sendero.
—Más despacio —murmuró Lingman.
—Está bien —dijo Morran.
Caminaron juntos por el sendero oscuro de aquel planeta diferente a todos los planetas, único satélite de un sol diferente a todos los soles.
—Por aquí —dijo Morran.
Las leyendas eran explícitas. El sendero llevaba a unos escalones de piedra. Los escalones de piedra a una explanada. Y allí... ¡el Contestador!
Para el criterio humano, el Contestador parecía una pantalla blanca ubicada en una pared y era muy simple.
Lingman apretó las manos entrelazadas. Aquélla era la culminación de una vida entera de trabajo, inversiones, discusiones, de hurgar entre fragmentos de leyendas. Y todo terminaba allí, en ese momento.
—Recuerde —advirtió a Morran—. Nos sorprenderá. La verdad no será como la hemos imaginado.


—Estoy preparado —dijo Morran, con los ojos extáticos.
—Muy bien —replicó entonces Lingman, con su vocecita débil —contestador: ¿Qué es la vida?
Una voz respondió en el cerebro de cada uno:
—La pregunta no tiene significado alguno. Al decir "vida", el interrogador se refiere a un fenómeno parcial, que resulta inexplicable, excepto en términos de su total.
—¿De qué total forma parte la vida? —preguntó Lingman.
—La pregunta, en su formulación presente, no admite respuesta. El interrogador sigue considerando la "vida" desde un punto de vista personal y limitado.
—Responde en tus propios términos, en ese caso —dijo Morran.
—El Contestador sólo puede responder a preguntas formuladas.
El Contestador volvió a pensar en las tristes limitaciones que le impusieran sus creadores. Silencio.
—¿Está el Universo en expansión? —preguntó Morran, con mayor confianza.
—"Expansión" es un término inaplicable a la situación. El Universo, tal como el interrogado lo considera, es un concepto ilusorio.
—¿Hay algo que puedas decirnos?
—Puedo responder a cualquier pregunta válida con respecto a la naturaleza de las cosas.
Los dos hombres intercambiaron una mirada.
—Creo que sé lo que quiere decir —observó Lingman, tristemente—. Nuestras preguntas básicas son erróneas. Todas ellas.
—No puede ser —dijo Morran—. La física, la biología...
—Verdades parciales —dijo Lingman, con un gran cansancio en la voz—. Al menos, hemos averiguado eso. Hemos descubierto que nuestras suposiciones con respecto a los fenómenos observados son erróneas.
—Pero la regla de la hipótesis más simple...
—Es sólo una teoría —dijo Lingman—. Considérelo de este modo —Siguió—. Suponga que usted desea preguntar: "¿Por qué nací bajo la constelación de Escorpio, en conjunción con Saturno?". Yo no podría responder a su pregunta hablándole del zodíaco, pues el zodíaco no tiene nada que ver con eso.
—Comprendo —dijo Morran, con lentitud—. No puede responder a las preguntas que formulamos basándonos en nuestras premisas.
—Así parece. Y no puede alterar nuestras premisas. Está limitado a responder preguntas válidas... Lo que implica, según parece, un conocimiento que no poseemos.
Y se volvió al Contestador, preguntando:
—¿Qué es la muerte?
—No puedo explicar un antropomorfismo.
—¡La muerte es un antropomorfismo! —dijo Morran, mientras Lingman se volvía rápidamente —¡Ahora estamos avanzando un poco!
Y preguntó:
—¿Son irreales los antropomorfismos?
—Los antropomorfismos pueden clasificarse, a modo de prueba, en: a) verdades falsas, o b) verdades parciales referidas a una situación parcial.
—¿A qué clasificación corresponde este caso?
—A ambas.
Eso fue lo más que pudieron conseguir. Morran no logró extraer más datos del Contestador. Ambos lo intentaron durante varías horas, pero la verdad se les escurría a distancia cada vez mayor.
—Es enloquecedor —dijo Morran, después de un rato—. Este objeto contiene la respuesta al Universo entero y no puede dárnosla a menos que formulemos las preguntas correctas. Pero ¿cómo saber la pregunta correcta?
Lingman se sentó en el suelo y se recostó contra un muro de piedra, con los ojos cerrados.
—Salvajes, eso es lo que somos —dijo Morran, recorriendo la explanada a grandes pasos, frente al Contestador—. Imagínese que un bosquimano fuera a preguntarle a un físico por qué no puede clavar su flecha en el sol. El científico sólo podría explicarlo en sus propios términos. ¿Qué ocurriría entonces?
—El científico no lo intentaría siquiera —respondió Lingman, con voz apagada—, conociendo las limitaciones del interrogador.
—Qué bonito —exclamó Morran, irritado—. ¿Cómo explicar la rotación de la Tierra a un bosquimano? O mejor aún, ¿cómo explicarle la relatividad, siempre sin dejar a un lado el rigor científico, por supuesto?
Lingman no contestó. Seguía con los ojos cerrados.
—Somos bosquimanos. Pero tal vez el abismo es mucho mayor en este caso. Un gusano y un superhombre. El gusano desea saber la naturaleza del polvo y por qué existe en tan grandes cantidades. ¡Oh!, vaya.
Y, volviéndose hacia Lingman, sugirió:
—¿Nos marchamos, señor?
El anciano siguió con los ojos cerrados y sin responder. Sus dedos estaban crispados y las mejillas se habían hundido más aún. La calavera iba emergiendo.
—¡Señor, señor!
Y el Contestador supo que ésa no era la respuesta.

Sólo en su planeta, que no es grande ni pequeño, sino del tamaño preciso el Contestador aguarda. No puede ayudar a quienes llegan hasta él, pues aun el Contestador encuentra restricciones.
Sólo puede responder a las preguntas válidas.
¿Universo? ¿Vida? ¿Muerte? ¿Púrpura? ¿Dieciocho? Verdades parciales, verdades a medias, pequeños fragmentos de la gran pregunta.
Pero el Contestador, solitario, murmura las preguntas para sí, las verdaderas preguntas, las que nadie puede comprender.
¿Cómo podrían comprender, entonces, las verdaderas respuestas?
Las preguntas jamás serán formuladas y el Contestador recuerda algo que sus constructores aprendieron y olvidaron.
Para formular una pregunta, es necesario saber de antemano gran parte de la respuesta.


FIN