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2024/09/16

Filmer (H. G. Wells)


Título original: Filmer
Año: 1901


En verdad, el dominio de la navegación aérea se debe al esfuerzo de miles de hombres: Éste sugiere una idea y aquel otro realiza un experimento, hasta que, finalmente, sólo fue necesario un potente esfuerzo intelectual para concluir la empresa. Pero la inexorable injusticia del sentir popular ha decidido que de todos esos miles de hombres, sólo uno, y en este caso un hombre que nunca voló, fuera elegido como el inventor, del mismo modo que decidió honrar a Watt como descubridor del vapor y a Stephenson de la locomotora. Y, seguramente, de todos estos nombres reverenciados, ninguno lo ha sido de forma tan grotesca y trágica como el del pobre Filmer, la tímida e intelectual criatura que resolvió el problema que había sumido en la perplejidad y en el temor a tantas generaciones, el hombre que apretó el botón que ha modificado la paz y la guerra, y casi todas las condiciones de la felicidad y vida humanas. El repetido prodigio de la pequeñez del científico que se enfrenta a la grandeza de su ciencia jamás ha encontrado una ejemplificación tan asombrosa. 
Gran parte de los datos referentes a Filmer permanecen en una profunda oscuridad, y así han de quedar —los Filmer no atraen a los Boswell—, pero los hechos esenciales y la escena final son suficientemente claros, y existen cartas, notas y alusiones casuales que nos ayudan a ensamblar las diferentes piezas del rompecabezas final. Y esta es la historia que se obtiene, juntando una pieza con otra, sobre la vida y muerte de Filmer.
La primera huella auténtica de Filmer en las páginas de la historia es un documento en el cual solicita ser admitido como estudiante de física becado en los laboratorios del gobierno, en South Kensington, y con tal propósito se describe a sí mismo como hijo de un "zapatero de batalla" ("remendón" en lenguaje vulgar) de Dover, y elabora además una lista de las diferentes investigaciones que prueban su elevada capacidad para la química y las matemáticas. Con cierta falta de dignidad, pretende incrementar dichas dotes valiéndose de una declaración de pobreza y de las desventajas consecuentes a dicha situación y se refiere al laboratorio como la meta de sus ambiciones, una revelación involuntaria que refuerza su pretensión de consagrarse exclusivamente a las ciencias exactas. El documento está anotado de una manera que muestra que Filmer consiguió esta codiciada oportunidad, pero hasta hace muy poco no se habían encontrado rastros de sus éxitos en la institución del gobierno.
Ahora, sin embargo, ha quedado demostrado que a pesar de su celo declarado por la investigación, Filmer, antes de haber cumplido un año de beca, fue tentado por la posibilidad de un pequeño incremento en sus ingresos inmediatos, de manera que abandonó el laboratorio y se convirtió en uno de los calculadores de nueve peniques hora empleados por un célebre Profesor para ayudarle en la dirección de sus vastas investigaciones en el terreno de la física solar, investigaciones que todavía son motivo de asombro para los astrónomos. Después, por espacio de siete años, a excepción de las listas de aprobados de la Universidad de Londres, en las cuales se le ve trepar lentamente hasta una doble licenciatura de primera clase en matemáticas y química, no hay evidencia de cómo pasaba Filmer su vida. Nadie sabe cómo o dónde vivió, aunque parece muy probable que se mantuviera dando clases mientras proseguía los estudios necesarios para su graduación. Y después, cosa realmente extraña, aparece mencionado en la correspondencia de Arthur Hicks, el poeta.

"¿Recuerdas a Filmer? —escribe Hicks a su amigo Vance—. Pues bien, no ha cambiado lo más mínimo; la misma forma hostil de hablar entre dientes y la misma barba repugnante —¿cómo puede ingeniárselas un hombre para dar siempre la impresión de que lleva tres días sin afeitarse?—, y todavía conserva esa especie de aire furtivo de estar ocupado en asuntos secretos cuando uno se lo encuentra; incluso su chaqueta y su cuello raído no muestran señales del paso de los años. Estaba escribiendo en la biblioteca y yo me senté a su lado en nombre de la caridad divina, tras lo cual me insultó deliberadamente mientras tapaba sus anotaciones. Al parecer, tiene en sus manos algún brillante descubrimiento y sospecha que yo —¡con un libro de poemas editado en Bodley!— pretendo robárselo. Ha cosechado notables honores en la Universidad —me los enumeró precipitadamente, con una especie de estúpido entusiasmo, como si temiera que yo pudiera interrumpirle antes de haberme mencionado todos— y me habló largo y tendido sobre la obtención de su doctorado en ciencias, de la misma forma que uno podría hablar de subir a un coche. Y luego, con un insidioso tono comparativo, me preguntó por lo que yo estaba haciendo mientras su brazo se extendía nerviosamente —un verdadero brazo protector— sobre el papel que escondía la preciosa idea, su única idea prometedora.
—Poesía —dijo—, poesía. ¿Y qué pretende enseñar con eso, Hicks?
El pobre hombre es un embrión de catedrático de provincias, y yo doy gracias a Dios con devoción por haberme obsequiado con una preciosa indolencia, sin la cual podría haber seguido el camino hacia el doctorado en ciencias y la destrucción…".

Me atrevo a pensar que esta curiosa viñeta atrapa a Filmer en el momento o en momentos cercanos al nacimiento de su descubrimiento.
Hicks se equivocaba al pronosticar a Filmer una cátedra de provincias. La siguiente instantánea nos lo muestra disertando acerca de "la goma y sus sustitutos" en la Sociedad de Artes —había llegado a director de una importante fábrica de productos plásticos—, y ahora se sabe que en aquel tiempo era miembro de la Sociedad Aeronáutica, aunque no aportó nada en las discusiones de dicha corporación, pues prefería, sin duda, madurar su gran idea sin ayudas externas. Y a los dos años de aquella ponencia en la Sociedad de Artes se dedicó a sacar apresuradamente cierto número de patentes y a proclamar de forma muy poco seria la conclusión de las investigaciones divergentes que harían posible su máquina voladora. La primera declaración definitiva apareció en un mediocre vespertino, a través de la agencia de un individuo que se alojaba en la misma casa que Filmer. Esta precipitación final, después de una larga y laboriosa paciencia para mantener el secreto, parece haber sido debida a un pánico innecesario, pues Bootle, el célebre charlatán científico americano, había hecho una declaración que Filmer interpretó erróneamente como una anticipación de su idea.
Ahora bien, ¿en qué consistía exactamente la idea de Filmer? En realidad era una idea muy simple. Antes de él, las búsquedas de los aeronáuticos habían seguido dos líneas divergentes: Por una parte se habían construido globos —grandes aparatos más ligeros que el aire, de fácil ascenso y de descenso relativamente seguro, pero que flotaban impotentemente a merced de cualquier brisa que los impulsara—; y, por otra, se habían desarrollado máquinas voladoras que sólo volaban en teoría —vastas estructuras planas más pesadas que el aire, impulsadas y mantenidas por pesados motores, y la mayoría de ellas se hacían pedazos al primer descenso—. Pero, dejando a un lado el hecho de que el inevitable desplome final las hacía imposibles, el peso de las máquinas voladoras ofrecía al menos una teórica ventaja: Podrían navegar por el aire en sentido contrario al viento, una condición necesaria si la navegación aérea había de tener algún valor práctico. 


El mérito particular de Filmer consistió en descubrir la manera de que las ventajas opuestas, y hasta entonces incompatibles, del globo y la pesada máquina voladora pudieran ser combinadas en un único aparato, que sería, a voluntad, más pesado o más ligero que el aire. Las vejigas contráctiles de los peces y las cavidades neumáticas de los pájaros le brindaron los primeros ejemplos. Inventó un sistema de globos contráctiles y absolutamente cerrados que, al dilatarse, podrían elevar los actuales aparatos voladores con facilidad, y, al contraerse por medio de una complicada "musculatura" que Filmer había entretejido a su alrededor, quedarían casi completamente replegados en el interior del armazón; la estructura que sostenía estos globos fue construida con tubos huecos y rígidos que expulsaban el aire automática-mente por medio de un ingenioso dispositivo a medida que el aparato descendía, y que permanecían vacíos tanto tiempo como deseara el aeronauta. A diferencia de los aeroplanos precedentes, esta máquina no tenía alas o hélices, y el único motor que requería era el potente y compacto dispositivo, imprescindible para contraer los globos. Se dio cuenta de que un aparato como el que había inventado podría elevarse con la estructura vacía de aire y los globos dilatados a una altura considerable; y luego, podría contraer los globos y dejar que el aire penetrara en la estructura de tubos, de modo que al ajustar sus pesos se deslizara por el aire en la dirección deseada. A medida que descendiera, el aparato acumularía velocidad y, al mismo tiempo, perdería peso, y el impulso acumulado por el rápido descenso podría ser utilizado por medio de un desplazamiento de pesos para remontarse de nuevo gracias a la expansión de los globos. Esta concepción, que permanecía todavía dentro de los límites de la concepción básica de toda máquina voladora factible, necesitaba, sin embargo, un enorme despliegue de trabajos para coordinar los detalles, antes de que pudiera ser realizada definitivamente, y Filmer —como solía decir a los numerosos reporteros que se apiñaban a su alrededor en el apogeo de su fama
— había llevado a cabo estos trabajos "generosa e incondicionalmente".
Encontró una dificultad especial en el tejido elástico del globo contráctil. Comprendió que necesitaba un nuevo material, y para el descubrimiento y manufactura de este nuevo material, tuvo que realizar —como jamás dejó de recalcar a los reporteros— "un trabajo mucho más arduo que el que realicé para llegar a la conclusión definitiva de lo que parece ser mi mayor descubrimiento".
Pero no vaya a creerse que estas entrevistas sucedieron inmediatamente después de que Filmer proclamara su invento. Transcurrieron cerca de cinco años, durante los cuales continuó tímidamente en la fábrica de goma —parece haber dependido por completo de estos pequeños ingresos desde que inició su investigación—, haciendo infructuosos intentos para convencer a un público bastante indiferente de que él había inventado realmente lo que había inventado. Dedicó la mayor parte de su tiempo libre a redactar cartas para la prensa diaria y científica, explicando con precisión el incuestionable resultado de sus investigaciones y demandando ayuda financiera. Esto último habría sido suficiente para suprimir sus cartas. Invirtió los días festivos de los que podía disponer en insatisfactorias entrevistas con los porteros de los principales periódicos de Londres —estaba muy poco dotado para inspirar confianza a los conserjes—, y se sabe con absoluta seguridad que intentó convencer al Ministerio de la Guerra para que patrocinara su invento. En dicho Ministerio se conserva todavía una carta confidencial del general Volleyfire al conde de Frogs.
"El tipo en cuestión es un chiflado, y un adulador de la más baja categoría", dice el general con su típico estilo militar, populachero y sensato, y de este modo dio a los japoneses la oportunidad de asegurarse —tal y como hicieron posteriormente— la primacía en este aspecto de la guerra, primacía que, para mayor desventura nuestra, conservan todavía.
Y entonces, gracias a un golpe de suerte, se descubrió que la membrana que había ideado Filmer para su globo contráctil era de gran utilidad para las válvulas de un nuevo motor de gasolina y consiguió los fondos necesarios para construir un modelo experimental de su máquina voladora. Renunció a su empleo en la fábrica de goma, dejó de escribir cartas, y, con esa especie de misterio que parece haber sido una característica inseparable de todos sus procedimientos, se puso a trabajar en el aparato. Todo parece indicar que dirigió la fabricación de sus diferentes elementos y que reunió la mayor parte de los mismos en su habitación de Shoreditch, pero el montaje final se llevó a cabo en Dymchurch, en el condado de Kent. No construyó el aparato con las dimensiones necesarias para transportar a un hombre, pero hizo un uso de lo más ingenioso de lo que en aquel entonces se llamaban ondas Marconi para controlar el vuelo. La primera incursión aérea de esta nueva máquina voladora se efectuó sobre unos campos de los alrededores de Burford Bridge, cerca de Hythe, en Kent, y Filmer siguió y controló el vuelo desde un triciclo de motor diseñado para tal efecto.
Considerando todas las circunstancias, el vuelo tuvo un éxito asombroso. El aparato fue transportado en una carreta de Dymchurch a Burford Bridge, donde se elevó a una altura cercana a los trescientos pies; desde allí descendió hasta las proximidades de Dymchurch, detuvo su descenso, se remontó de nuevo, describió un círculo y, finalmente, cayó sin daños considerables en un campo situado detrás de la posada de Burford Bridge. En el descenso sucedió algo muy curioso. Filmer abandonó su triciclo, trepó por el dique intermedio, avanzó unos veinte metros hacia su triunfo, extendió los brazos con gesticulaciones extrañas y se desplomó sin conocimiento. Más tarde, todos pudieron recordar la palidez de sus facciones y las muestras de extrema agitación que habían observado durante el desarrollo de la prueba, cosa que, de no haber ocurrido el incidente, habrían olvidado. Después, en la posada, Filmer tuvo un arrebato indescriptible de llanto histérico.
En total no hubo más de veinte testigos del suceso, y la mayor parte eran hombres sin educación. El médico de New Romney vio el ascenso, pero no el descenso, pues su caballo se asustó con el aparato eléctrico del triciclo de Filmer y le ocasionó una terrible caída. Dos miembros de la policía de Kent contemplaron de forma extraoficial la aventura desde una carreta. Un tendero que estaba visitando la región en busca de pedidos y dos señoritas en bicicleta parecen completar la lista de personas instruidas. También se encontraban presentes dos informadores; uno representaba a un diario de Folkestone, y el otro no era más que un reportero de cuarta categoría, un periodista de "simposio", cuyos gastos, Filmer, ansioso de una publicidad adecuada —y ahora por fin se daba cuenta de cuál era la forma más adecuada de conseguir esa publicidad—, había pagado. Era uno de esos escritores que pueden darle un tono convincente de irrealidad a los sucesos más verosímiles, y su semicómico relato del acontecimiento apareció en el suplemento de un diario popular. Pero, por fortuna para Filmer, los métodos coloquiales de este individuo eran más convincentes. Fue a ofrecer alguna aburrida crónica adicional sobre el tema a Banghurst, propietario del New Papery uno de los hombres mejor dotados y menos escrupulosos del periodismo londinense; y Banghurst se aprovechó inmediatamente de la situación. El reportero desaparece de la narración, sin duda muy dudosamente remunerado, y Banghurst, el propio Banghurst —papada, traje de sarga gris, abdomen, voz, gestos y demás—, aparece en Dymchurch siguiendo los consejos de su larga e inigualable nariz periodística. Con una sola mirada había adivinado todo el asunto, lo que era en ese momento y lo que podría llegar a ser.


El caso es que con su intervención, las investigaciones de Filmer, mantenidas en secreto tanto tiempo, alcanzaron la fama. Instantáneamente y de la forma más espléndida se convirtió en un Boom. Cuando uno revuelve los archivos de los periódicos del año 1907, comprueba con incredulidad lo repentino y delirante que debió de ser el boom en aquellos días. Los periódicos de julio no saben nada sobre navegación aérea, ni ven nada en la navegación aérea, manifestando con tan elocuente silencio que los hombres jamás querrían, podrían, o deberían volar. En agosto, la navegación aérea y los paracaídas, y las tácticas aéreas y el gobierno japonés, y Filmer y de nuevo la navegación aérea, sustituyen a la guerra de Yunnan y las minas de oro de la alta Groenlandia en las primeras páginas. Y Banghurst había dado diez mil libras esterlinas, y, un poco más tarde, cinco mil libras más, y había consagrado sus ilustres y espléndidos —aunque estériles hasta entonces— laboratorios privados y una cantidad de acres de los terrenos cercanos a su residencia privada en las colinas de Surrey a la conclusión enérgica y fulminante —estilo Banghurst— de una máquina voladora practicable del tamaño apropiado. Entretanto, a la vista de las multitudes privilegiadas que se agolpaban en el jardín amurallado de la residencia urbana de Banghurst en Fulham, Filmer era exhibido en recepciones semanales al aire libre, en las que ponía a prueba las cualidades de su modelo. Con un coste inicial enorme, pero con beneficio final, el New Paper ofreció a sus lectores un precioso documento fotográfico de la primera de estas funciones.
En este punto, la correspondencia entre Arthur Hicks y su amigo Vance, viene de nuevo en nuestra ayuda. Con el preciso toque de envidia acorde con su situación de poeta pasado de moda, escribe:

"Vi a Filmer en el esplendor de su gloria. El tipo aparece peinado y afeitado, y vestido a la moda de una Real Institución de Conferenciantes de Sobremesa, con el último grito en levitas y botines de charol, y, en general, su comportamiento oscila entre el de un grave y solitario hombre de ciencia y el de un asustado y tímido patoso cruelmente expuesto al ridículo. No hay el más leve toque de color en la piel de su rostro; su cabeza sobresale hacia delante y esos extraños y pequeños ojos de color ámbar espían furtivamente a su alrededor para preservar su fama. Sus ropas están perfectamente cortadas y, sin embargo, le sientan como si las hubiese comprado de confección. Todavía habla mascullando entre dientes, pero se percibe confusamente que dice cosas en tono agresivo, y retrocede instintivamente hasta las últimas filas de los grupos en cuanto Banghurst desaparece durante un minuto, y cuando pasea por los prados de Banghurst se observa que está un tanto sofocado y que se mueve nerviosamente, apretando sus blancas y débiles manos. Se encuentra en un estado de tensión, de horrible tensión. Y es el más Famoso Inventor de este siglo o de cualquier otro siglo…
¡El más Famoso Inventor de este siglo o de cualquier otro siglo! Lo que más choca de él es que no da la impresión de haberse esperado jamás, y en ningún caso, nada parecido a esto. Banghurst está en todas partes, el enérgico Maestro de Ceremonias con su pequeña gran presa, y yo juraría que nos tendrá a todos en sus tierras antes de que Filmer finalice su ingenio. Ayer había cazado al primer ministro, y Filmer —¡bendita sea su alma!— no parecía especialmente inflado, para ser una ocasión tan importante. ¡Imagínatelo! ¡Filmer! ¡Nuestro oscuro y plebeyo Filmer! ¡La Gloria de la Ciencia Británica! Las duquesas se apiñan a su alrededor; las hermosas y atrevidas damas de la nobleza —por cierto, ¿has notado lo perspicaces que se han vuelto las grandes damas?— le dicen con sus hermosas y claras voces:
—Oh, señor Filmer, ¿cómo ha sido capaz de inventar esto?
Los hombres vulgares, que viven al margen de las cosas, están demasiado aislados para responder ingeniosamente. Uno se imagina una respuesta al modo de una entrevista:
—Trabajando duramente y sin descanso, Madame, y, tal vez… no lo sé… tal vez, gracias a cierta capacidad personal".

Hasta aquí el testimonio de Hicks. El suplemento fotográfico del New Paper está en perfecta armonía con la descripción. En una de las imágenes, la máquina desciende hacia el río y, debajo de ella, a través de un claro entre los olmos, aparece el campanario de la iglesia de Fulham; en otra, Filmer está sentado ante sus baterías de control, y los hombres poderosos y las mujeres hermosas de la tierra permanecen de pie a su alrededor, con Banghurst al fondo, que muestra un aire modesto, pero decidido. La instantánea del grupo es extraordinariamente oportuna. Tapando gran parte de Banghurst, y mirando hacia Filmer con expresión triste y especulativa, aparece Lady Mary Elkinghorn, todavía hermosa, a pesar de su aire de escándalo y de sus treinta y ocho años, y, además, la única persona que no parece estar pendiente de la cámara que está a punto de retratarlos.
Hasta aquí hemos dado muchos detalles superficiales de la historia de Filmer, pero, al fin y al cabo, son sólo detalles superficiales. En cuanto a lo que interesa realmente del caso, uno se encuentra sumido necesariamente en la oscuridad. ¿Cómo se sentía Filmer en aquella época? ¿Cuál era la intensidad de cierto sentimiento desagradable que se alojaba en el interior de su nueva y elegante levita? Aparecía en los periódicos de medio penique, en los de penique, en los de seis peniques y publicaciones similares algo más caras, y era reconocido en el mundo entero como "El más famoso inventor de este siglo o de cualquier otro siglo". Había inventado una máquina voladora factible y, día tras día, la construcción de un modelo de dimensiones apropiadas se llevaba a cabo en las colinas de Surrey. Y cuando estuviera terminado, se esperaba, como consecuencia clara e inevitable de haberlo inventado y realizado —y desde luego, a todo el mundo le parecía indudable y no había el menor resquicio para la duda en este vaticinio universal—, que el propio Filmer se subiría a bordo con orgullo y entusiasmo, se remontaría con ella por los aires y volaría.
Pero ahora sabemos con absoluta certeza que el simple orgullo y el entusiasmo para afrontar una acción de semejante naturaleza, no estaban en armonía con la constitución particular de Filmer. En aquel entonces no se le ocurrió a nadie, pero lo cierto es que así era.
Ahora podemos suponer con entera confianza que la idea de volar debió de originar en su espíritu una constante zozobra durante el día, y, por una carta que envió a su médico quejándose de un insomnio persistente, tenemos una sólida razón para suponer que la zozobra dominó también sus noches. Al fin y al cabo, la idea de revolotear en el vacío a mil pies de altura, tenía que parecerle a Filmer abominablemente angustiosa, incómoda y peligrosa.
Ya desde el principio, por la época en que fue proclamado el más Famoso Inventor de este siglo o de cualquier otro siglo, debió de haberle atormentado la visión de acometer una empresa semejante, y con un vacío inmenso bajo sus pies. Es posible que alguna vez, en su juventud, hubiera sentido vértigo desde una gran altura, o sufrido una caída excesivamente desafortunada; o, quizás, el hábito de dormir en una mala postura hubiera desembocado en la desagradable pesadilla de la caída en el vacío, que todo el mundo conoce, infundiéndole ese horror. De lo que no cabe la menor sombra de duda ahora es de la intensidad de ese horror.


Aparentemente, en los primeros tiempos de su investigación jamás se había planteado la obligación de volar; la máquina había sido su meta, pero ahora las cosas habían sobrepasado los límites de su meta y, particularmente, aquella vertiginosa ascensión por los aires. Era un Inventor y había Inventado. Pero no era un Aeronauta, y sólo ahora empezaba a darse cuenta con claridad de que todo el mundo esperaba que volara. Y sin embargo, por más que la idea ocupara constantemente su imaginación, no dio ninguna muestra de ello hasta el último momento. Entretanto, iba de un lado a otro en los espléndidos laboratorios de Banghurst; era entrevistado y celebrado, vestía a la moda, comía suculentos manjares y vivía en un piso elegante, pegándose un atracón de tan espléndida, inmoderada y saludable Fama y Exito, como jamás un hombre, muerto de hambre durante tantos años como él había estado, habría soñado pegarse.
Las reuniones semanales de Fulham cesaron al cabo de un tiempo. Cierto día, el modelo se había negado por unos momentos a obedecer los controles de Filmer, o tal vez éste se distrajera a causa de las bendiciones de un arzobispo. El caso es que, de repente, en el preciso instante en que el arzobispo se embarcaba en una cita latina, como si fuera un arzobispo de novela, el aparato hundió el morro en el aire y fue a caer en la carretera de Fulham, a tres yardas del caballo de un ómnibus. Durante cosa de un segundo se mantuvo en suspenso, asombrando a los presentes con su asombroso comportamiento. Luego se desplomó, estalló en pedazos, y el caballo del ómnibus fue asesinado accidentalmente.
Filmer se perdió el final de la bendición arzobispal. Se levantó y se quedó mirando cómo su invento caía fuera del alcance de su mirada. Sus largas y pálidas manos permanecían aferradas a su inútil aparato. El arzobispo siguió el recorrido de la mirada de Filmer por el cielo con una aprensión impropia de un arzobispo.
Después, el estallido, los pitos y el escándalo, mitigaron la tensión de Filmer.
—¡Dios mío! —susurró, y se sentó.
Casi todos los demás miraban sorprendidos hacia el cielo para ver por dónde había desaparecido la máquina; algunos corrían hacia la casa.
La construcción de la máquina grande se aceleró después de este accidente. Filmer dirigía la construcción, siempre con cierta lentitud y ademanes muy cuidados, siempre con una preocupación creciente en su espíritu. Las precauciones que tomó respecto a la resistencia y seguridad del modelo fueron prodigiosas. A la menor señal de duda detenía todos los trabajos hasta que la pieza fuera reemplazada. Wilkinson, su ayudante principal, echaba pestes cada vez que se producían estas interrupciones, la mayor parte de las cuales, insistía, eran innecesarias. Banghurst ensalzaba la paciente exactitud de Filmer en el New Paper —aunque le injuriaba implacablemente cuando estaba con su mujer— y MacAndrew, el segundo ayudante, acreditaba la sabiduría de Filmer.
—No queremos que se produzca un fiasco —decía—. Filmer es extremadamente prudente.
Y siempre que se presentaba una oportunidad, Filmer explicaba con total precisión a Wilkinson y a MacAndrew cómo tenía que ser controlado y manejado cada componente de la máquina voladora, de manera que estuvieran realmente tan capacitados, o más, para conducirla a través de los cielos cuando llegara el momento.
Ahora pienso que si Filmer, ante esta comedia, hubiera sido capaz de determinar exactamente cuáles eran sus sentimientos y adoptar una línea de conducta definida respecto al tema de su ascensión, podría haber eludido esa penosa prueba con facilidad. Si hubiera tenido esto claro, podría haber hecho un sinfín de cosas. Seguramente habría encontrado sin dificultad un especialista que certificara que tenía el corazón débil, o alguna afección gástrica o pulmonar, para impedir el vuelo —y esta es precisamente la actitud que no adoptó, lo cual no deja de asombrarme—; o podría, si hubiera sido un hombre de más carácter, haber declarado simple y llanamente que no tenía intención de hacer tal cosa. Aunque el terror estaba constantemente presente en su espíritu, el hecho es que no se planteaba con claridad y precisión el problema. Supongo que durante todo aquel periodo no dejó de decirse que, cuando llegara el momento, se encontraría a la altura de las circunstancias. Era como un hombre paralizado por una grave enfermedad, que dice estar un poco indispuesto, pero que espera sentirse mejor al cabo de un rato. Entretanto, retrasaba la terminación de la máquina y dejaba que arraigara y creciera a su alrededor la presunción de que él iba a tripularla. Incluso aceptó elogios anticipados por su valor. Y, dejando a un lado sus aprensiones secretas, no cabe duda de que todas las alabanzas, distinciones y aclamaciones que recibió le parecieron una droga deliciosa y embriagadora.
Lady Mary Elkinghorn consiguió que las cosas se le complicaran un poco más.
El origen de aquello fue tema de inagotables especulaciones para Hicks. Es probable que al principio ella se mostrara un tanto "amable" con Filmer, haciendo gala de esa imparcial parcialidad tan suya, y es posible que a sus ojo —y debido al hecho de que se destacara tan notoriamente mientras dirigía su monstruo hacia los cielos— Filmer hubiera adquirido una distinción que Hicks no estaba dispuesto a concederle. Sea como sea, debieron de disponer ambos de un momento de aislamiento, y el gran Inventor de un momento de valor suficiente para que algo de índole un poco más personal fuera revelado o declarado entre dientes. De cualquier modo, es indudable que empezó, y no tardó en ser observado por una clase de gente acostumbrada a encontrar en los actos de Lady Mary Elkinghorn un motivo de diversión. Esto complicó las cosas, porque, el estado amoroso en un espíritu tan virginal como el de Filmer, tenía que reforzar su determinación —si no lo suficiente, al menos en grado considerable— de afrontar un peligro que le horrorizaba, y le impediría además cualquier tentativa de evasión que, en realidad, habría sido lo lógico y natural.
Sigue siendo tema de especulación saber cuáles eran exactamente los sentimientos de Lady Mary hacia Filmer y lo que realmente pensaba de él. A los treinta y ocho años, uno puede haber acumulado bastante sabiduría, y no ser todavía sabio del todo; y, además, la imaginación funciona aún con actividad suficiente para crear espejismos y aspirar a lo imposible. Filmer aparecía ante sus ojos como un personaje de capital importancia —y eso siempre cuenta— y, al parecer, estaba dotado de poderes únicos, al menos en el aire. Su actuación con el modelo tenía un aire de fascinación que lo equiparaba con un potente conjuro, y las mujeres han mostrado siempre una insensata disposición a imaginar que cuando un hombre tiene poderes, ha de tener necesariamente Poder. De este modo, cualquier imperfección en la apariencia o los modales de Filmer, se convertía en un mérito añadido. Era modesto, odiaba la ostentación, pero cuando llegara el momento en que se necesitaran verdaderas cualidades, entonces… ¡entonces se vería!
La difunta Mrs. Bampton creyó prudente comunicar a Lady Mary su opinión de que Filmer, considerando todas las cosas, era más bien un "gusano".
—Ciertamente, es un tipo de hombre que no había conocido hasta ahora — dijo Lady Mary con imperturbable serenidad.
Y Mrs. Bampton, después de lanzar una rápida e imperceptible mirada hacia aquella serenidad, decidió que por lo que se refería a comunicarle sus prevenciones a Lady Mary, había hecho cuanto se podía esperar de ella. Pero a los demás les dijo un montón de cosas.


Y por fin, sin excesiva o impropia precipitación, amaneció el día, el gran día, en el que Banghurst había prometido a su público —el mundo entero en realidad— que la navegación aérea sería definitivamente dominada y superada. Filmer lo vio amanecer; acechó incluso en la oscuridad antes de que amaneciera y vio cómo se apagaban las estrellas y cómo los grises y nacarados tonos rosáceos daban paso al claro azul celeste de un día radiante y despejado. Lo contempló desde la ventana de su dormitorio situado en el ala recién construida de la residencia estilo Tudor de Banghurst. Y a medida que las estrellas se desvanecían y las formas y sustancias de las cosas surgían de la amorfa oscuridad, debió de ver con creciente claridad los preparativos de la fiesta en el parque, más allá de los grupos de hayas cercanos al pabellón verde, las tres tribunas levantadas para los espectadores privilegiados, la nueva y reluciente valla del recinto, los cobertizos y los talleres, los mástiles venecianos y los ondeantes pabellones que Banghurst había considerado indispensables… Y en medio de todas aquellas cosas se destacaba, lánguida y funesta en la plácida aurora, una gran forma cubierta con una lona. Un extraño y terrible presagio para la humanidad se ocultaba bajo aquella forma, un destello inicial que había de propagarse y ensancharse y transformar y dominar con seguridad todos los acontecimientos de la vida humana; pero es indudable que Filmer sólo lo veía en aquellos momentos bajo una perspectiva estrecha y personal. Muchas personas le oyeron pasearse a altas horas de la noche, pues la vasta mansión estaba atestada de huéspedes invitados por su propietario editor que, ante todo, creía en el aprovechamiento del espacio. Y hacia las cinco de la mañana, si no antes, Filmer abandonó su habitación y se alejó de la dormida mansión y deambuló por el parque, donde, a esa hora, no había nada más que la luz del sol, los pájaros, las ardillas y los gamos. MacAndrew, que era también un hombre madrugador, se encontró con él cerca de la máquina y se fueron juntos a echar un vistazo.
No se sabe si Filmer desayunó algo, a pesar de las recomendaciones de Banghurst. Parece ser que tan pronto como los invitados empezaron a deambular en número creciente, Filmer se retiró a su habitación. De allí se fue, a eso de las diez, hacia los setos, probablemente porque había visto a Lady Mary Elkinghorn. Se paseaba de acá para allá conversando alegremente con su vieja amiga de colegio, Mrs. Brewis-Craven y, aunque Filmer no había visto nunca a ésta última, se unió a ellas y paseó a su lado durante un rato. A pesar de la elocuencia de Lady Mary, se produjeron varios momentos de silencio. La situación era complicada y Mrs. Brewis-Craven no acertaba a vencer esa complicación.
—Me dio la impresión —dijo después, incurriendo en una flagrante contradicción— de que era un ser muy desgraciado, que tenía algo que decir y, sobre todo, necesitaba que le ayudaran a decirlo. Pero ¿cómo iba una a ayudarle si no se podía adivinar de qué se trataba?
A las once y media, los recintos reservados para el público en el parque exterior estaban atestados; había una corriente intermitente de carruajes a lo largo de la franja que rodeaba el parque, y los invitados de la casa estaban diseminados por el césped, los setos y las esquinas del parque interior, en una sucesión de grupos vistosamente ataviados, atentos todos a la máquina voladora. Filmer paseaba en un grupo de tres, con Banghurst, que hacía gala de una suprema y visible felicidad, y Sir Theodore Hickle, presidente de la Sociedad Aeronáutica. Mrs. Banghurst les seguía a poca distancia, en compañía de Lady Mary Elkinghorn, Georgina Hickle y el deán de Stays. Banghurst monopolizaba la conversación y Hickle rellenaba inmediatamente los pocos intersticios que dejaba con observaciones complementarias dirigidas a Filmer. Y Filmer caminaba entre ellos sin decir una palabra, excepto cuando se hacía inevitable una respuesta. Detrás, Mrs. Banghurst gozaba de la conversación admirablemente tramada y proporcionada del deán, con esa palpitante atención hacia el alto clero que diez años de promoción y supremacía social no habían podido borrar de su espíritu; y Lady Mary contemplaba, sin duda con una entera confianza en el hombre que había de desilusionar al mundo, los hombros caídos de esa clase de hombre que no había conocido hasta entonces.
Cuando el grupo principal llegó a la vista del público, se produjeron algunos aplausos, tal vez no demasiado unánimes ni estimulantes. Se habían acercado a unos cincuenta metros del aparato, cuando Filmer lanzó una impaciente mirada por encima del hombro para medir la distancia que le separaba de las mujeres que venían detrás, y se atrevió entonces a hacer el primer comentario que pronunciaban sus labios desde que salieron de la mansión. Su voz era un poco ronca, y cortó a Banghurst en medio de una sentencia sobre el Progreso.
—Oiga, Banghurst —dijo, y se calló.
—¿Sí? —dijo Banghurst.
—Quisiera… —se humedeció los labios—. No me siento bien. 
Banghurst se paró en seco.
—¿Qué? —gritó.
—Una sensación extraña —Filmer hizo ademán de moverse, pero Banghurst seguía inmóvil—. No sé. Tal vez me encuentre mejor dentro de un minuto. Si no… quizá… MacAndrew…
—¿No se encuentra bien? —dijo Banghurst, y clavó su mirada en el pálido rostro de Filmer—. ¡Querida! —añadió en el preciso instante en que Mrs. Banghurst se acercaba a ellos—. Filmer dice que no se siente bien.
—Un pequeño malestar —exclamó Filmer, eludiendo la mirada de Lady Mary—. Puede que se me pase…
Se produjo un silencio.
Filmer pensó que era la persona más desamparada del mundo.
—En cualquier caso —dijo Banghurst—, la ascensión debe ser efectuada. Tal vez, si se sentara en algún sitio durante un rato…
—Es por la muchedumbre, creo —dijo Filmer.
Se produjo una segunda pausa. Los ojos de Banghurst se posaron en Filmer, escrutándole, y después recorrieron la masa de público del recinto.
—Qué inoportuno —dijo Sir Theodore Hickle—; pero todavía… supongo… sus ayudantes… Desde luego, si no se encuentra en condiciones y está indispuesto…
—No creo que el señor Filmer permita eso ni por un sólo instante —dijo Lady Mary.
—Pero si al señor Filmer le fallan los nervios… Incluso puede ser peligroso para él intentarlo… —dijo Hickle, y tosió.
—Precisamente porque es peligroso… —comenzó Lady Mary, y creyó que había expresado con suficiente claridad su punto de vista y el de Filmer.
Filmer se debatía entre motivos contradictorios.
—Creo que debo subir —dijo, mirando al suelo.
Levantó la vista y se encontró con los ojos de Lady Mary.
—Quiero subir —dijo, y le sonrió débilmente. Después se volvió hacia Banghurst—. Si pudiera sentarme durante un rato en algún sitio apartado de la muchedumbre y el sol…
Por fin, Banghurst empezó a comprender el caso.
—Venga a mi habitación del pabellón verde —dijo—. Allí hace bastante fresco.
Cogió a Filmer del brazo.
Filmer se volvió de nuevo hacia Lady Mary Elkinghorn.
—Me pondré bien en cinco minutos —dijo—. Estoy tremendamente apenado…
Lady Mary Elkinghorn le sonrió.
—No podía imaginar… —le dijo a Hickle, y cedió a la fuerza del tirón de Banghurst.
El resto del mundo se quedó mirando a los dos que se alejaban.
—Es tan frágil —dijo Lady Mary.


—Es un hombre extremadamente nervioso —dijo el deán, cuya debilidad consistía en considerar "neurótico" a todo el mundo, a excepción de los clérigos casados y con familia numerosa.
—Desde luego —dijo Hickle—, no es absolutamente necesario que vuele por el mero hecho de haber inventado…
—¿Podría ser de otra manera? —preguntó Lady Mary, con una débil mueca de desprecio.
—Ciertamente, sería de lo más desafortunado que cayera enfermo ahora — dijo Mrs. Banghurst con severidad.
—No se pondrá enfermo —dijo Lady Mary, que había recibido la mirada de Filmer.
—Se recuperará —decía Banghurst mientras caminaban hacia el pabellón—. Todo lo que necesita es un trago de brandy. Tiene que ser usted, ¿comprende? Y será usted… Lo pasará muy mal si permite que otro hombre…
—¡Oh! Quiero hacerlo yo —dijo Filmer—. Me recuperaré. De hecho, estoy casi dispuesto ahora… ¡No! Creo que primero tendré que tomar ese trago de brandy.
Banghurst le instaló en la habitación y destapó una licorera vacía. Después salió en busca de brandy de repuesto. Estuvo fuera cerca de cinco minutos.
La historia de esos cinco minutos no puede ser escrita. Los espectadores situados en el ala oriental de las tribunas levantadas para el público pudieron ver a intervalos la cara de Filmer pegada contra los cristales de la ventana, mirando hacia el exterior con ojos desorbitados y, después, alejarse y desvanecerse. Banghurst desapareció gritando por detrás de la tribuna principal, e inmediatamente apareció el mayordomo, que se dirigía hacia el pabellón con una bandeja.
La habitación en donde Filmer tomó su última decisión era una pieza confortable, amueblada de forma muy simple, con muebles de color verde y un escritorio antiguo, pues Banghurst era sencillo en sus costumbres privadas. Estaba decorada con pequeños grabados de estilo Morland, y había también un estante con libros. Pero sucedió que Banghurst había dejado un rifle pequeño con el que a veces se entretenía encima de la mesa, y en una esquina de la chimenea había una lata que contenía tres o cuatro cartuchos. Mientras Filmer se paseaba de un lado a otro de la habitación luchando con su intolerable dilema, se dirigió en primer lugar hacia el insinuante rifle que se hallaba atravesado sobre el cartapacio que había encima de la mesa, y después hacia la insinuante etiqueta roja:
22 LARGO
La idea debió de penetrar en su cerebro en un instante.
Al parecer, nadie relacionó el sonido con él, aunque el rifle, al ser disparado en un espacio tan reducido, tuvo que haber resonado estrepitosamente, y eso que había varias personas reunidas en la sala de billar, que estaba separada tan sólo por un delgado tabique de yeso de la habitación donde se encontraba Filmer. Pero en cuanto el mayordomo de Banghurst abrió la puerta y percibió el acre olor a humo, comprendió, dijo, lo que había sucedido. Al menos los sirvientes de la mansión de Banghurst habían presentido que sucedía algo en el espíritu de Filmer.
Durante toda aquella penosa tarde, Banghurst se comportó tal y como creía que un hombre había de comportarse al enfrentarse con un desastre irremediable, y la mayoría de los invitados hicieron bien en no insistir sobre el hecho —aunque les resultaba imposible disimular ciertas perspicacias— de que Banghurst había sido timado por el suicida de la forma más elaborada y completa. El público que llenaba el recinto, según me contó Hicks, se dispersó "como una fiesta que ha sido echada a perder por un patoso", y, al parecer, no había un alma en el tren de regreso a Londres que no supiera desde el principio que la navegación aérea era una aventura imposible para el hombre.
—Pero, después de haber llegado tan lejos —decían algunos—, podía haberlo intentado.
Por la noche, cuando se quedó relativamente solo, Banghurst perdió la serenidad y se desmoronó como un ídolo de barro. Me han dicho que lloró, lo cual debió de ser un espectáculo impresionante. Y se sabe con absoluta seguridad que dijo que Filmer había arruinado su vida, y que ofreció y vendió el aparato completo a MacAndrew por media corona.
—He estado pensando que… —dijo MacAndrew a la conclusión del negocio, pero se calló.
A la mañana siguiente el nombre de Filmer era por primera vez menos visible en el New Paper que en cualquier otro diario del mundo. El resto de los informadores del globo terráqueo, con un énfasis que variaba de acuerdo a su dignidad y grado de competencia con el New Paper, proclamaban el "completo fracaso de la Nueva Máquina Voladora" y el "suicidio del Impostor". Pero en la región septentrional de Surrey la acogida de las noticias era mitigada por la percepción de fenómenos aéreos insólitos.
La noche anterior Wilkinson y MacAndrew se habían enzarzado en una violenta discusión sobre los motivos exactos de la insensata decisión de su jefe.
—Es cierto que era muy poca cosa, un cobarde, pero en lo que se refiere a su ciencia, no era un impostor —dijo MacAndrew—, y yo estoy dispuesto a hacer una demostración práctica de esta verdad, Mr. Wilkinson, tan pronto como podamos disfrutar de algo de tranquilidad, pues no tengo ninguna fe en todo este despliegue publicitario para las pruebas experimentales.
Y con este objetivo, mientras el mundo entero se dedicaba a leer las noticias referentes al fracaso de la nueva máquina voladora, MacAndrew se elevó hacia los cielos y describió curvas de gran amplitud y mérito sobre los campos de Epsom y Wimbledon; y Banghurst, que había recuperado una vez más la esperanza y la energía, sin prestar atención a la seguridad pública ni al Ministerio de Comercio, seguía de cerca sus evoluciones e intentaba atraer la atención del aeronauta desde un automóvil, y en pijama —pues había contemplado la escena de la ascensión en el momento en que levantaba la persiana de la ventana de su dormitorio—, equipado, entre otras cosas, con una máquina fotográfica que más tarde se comprobó que estaba estropeada.
Y Filmer yacía sobre la mesa de billar del pabellón verde con una sábana sobre su cuerpo.


FIN

2024/07/15

La estrella (H. G. Wells)


Título original: The star
Año: 1897


El día de Año Nuevo tres observatorios distintos señalaron casi simultáneamente una perturbación en los movimientos del planeta Neptuno, el más lejano de los que giran en torno del Sol.
Ya en el mes de diciembre el astrónomo Ogilvy había llamado la atención del mundo científico sobre una sospechosa disminución de la velocidad del planeta, noticia que apenas si conmovió a una docena de sabios de esos que se pasan la vida con el telescopio asestado al firmamento. Y es natural que así fuese, por cuanto a buena parte de los habitantes de la Tierra no les interesa gran cosa lo que ocurre en un planeta cuya existencia les es poco menos que desconocida.
Las gentes se preocuparon aún menos de las nuevas observaciones de Ogilvy respecto a la aparición de un cuerpo celeste, animado y lejanísimo, que había podido descubrir el referido astrónomo poco tiempo después de comprobarse la disminución de velocidad del planeta Neptuno.
Los astrónomos dieron desde luego al asunto la importancia que merecía, aumentando su intranquilidad cuando advirtieron que la masa recientemente descubierta aumentaba cada día más de dimensiones, que se hacía mas brillante, que sus movimientos eran por completo diferentes de la revolución normal de los planetas y que la desviación de Neptuno y de su satélite adquiría proporciones sin precedentes.
Sin tener cierto grado de cultura científica no puede uno darse exacta idea del enorme aislamiento del sistema solar. El Sol, con sus planetas, planetoides y cometas, flota en un vacío inmenso, que la imaginación concibe difícilmente. Más allá de la órbita de Neptuno está el vacío sin calor, luz ni sonido, el vacío incoloro y triste, prolongándose treinta millones de veces un millón de kilómetros. Y téngase presente que esa cifra abrumadora es la menor evaluación de la distancia que sería preciso atravesar antes de llegar a la mas próxima de las estrellas.
Pues bien, excepto algunos cometas menos densos que la llama del alcohol, no se tenía memoria de ningún cuerpo celeste que hubiera atravesado ese abismo espantoso. Júzguese ahora cuánta no sería al comenzar el siglo XX la zozobra de los sabios, viendo precipitarse inopinadamente en el sistema solar el extraño vagabundo señalado por Ogilvy, cuerpo sólido y enorme sin duda, a juzgar por las perturbaciones que originaba; temible intruso que llegaba del tenebroso misterio de los cielos con aviesas intenciones…
El día 2 de enero todos los telescopios de algún fuste pudieron ver al desconocido viajero sideral cerca de Régulo, en la constelación del León. Su aspecto era el de un punto, de diámetro apenas sensible. En pocas horas fue divisado con la ayuda de simples gemelos de teatro.
Aquellas personas amigas de leer periódicos en ambos hemisferios pudieron enterarse el día 3 de que, en realidad, tenía inmensa importancia la insólita aparición celeste. Un diario de Londres tituló la noticia: Una colisión de planetas, y publicó la opinión de Duchaine, según la cual este recién aparecido planeta chocaría probablemente con Neptuno.
Los escritores profesionales trataron el asunto con la extensión merecida; los cronistas y gacetilleros se encargaron luego de familiarizar a los más legos en materias astronómicas con las ideas vertidas por los sabios; la tinta de imprenta corrió a mares, y veinticuatro horas después la mayor parte de las grandes capitales del mundo se hallaban en la expectativa, aunque vaga desagradable, de un inminente fenómeno astronómico.
Durante la noche del 5 de enero millones de ojos se fijaban en el cielo… para no ver otra cosa que las antiguas y familiares estrellas, tan brillantes y tranquilas como siempre lo habían estado.
El astro apareció en el cielo de Londres un poco antes, en esos momentos en que Pólux desaparece y las estrellas comienzan a palidecer. Fue aquélla una aurora tristísima de invierno londinense; aurora fría, sin arreboles, silenciosa, de luz malsana que luchaba desventajosamente con los mecheros de gas y los grandes focos eléctricos de los muelles del Támesis.
Los soñolientos policías distinguieron la estrella; las gentes de los mercados, a pesar de no impresionarles extraordinariamente las cosas de allá arriba, se pararon y permanecieron buen rato mirando el astro; los obreros camino de la obra, los repartidores de leche, los cocheros de los furgones de correos, los trasnochadores que regresaban a sus casas fatigados y pálidos, los vagabundos sin hogar, los centinelas en sus garitas, el labrador en la campiña, los cazadores furtivos, los vigías marinos, todo el mundo, en fin, que vive de noche, pudo admirar la hermosa estrella que acababa de aparecer en el occidente.
La estrella era, sin duda, la más brillante del cielo, mucho más refulgente que la admirable Estrella del Sur. Una hora después de salir el Sol aún seguía despidiendo el maravilloso astro blanquísima luz.
Aquello fue considerado por el vulgo como anuncio de calamidades sin cuento. Los astrónomos, cada vez mas preocupados, no abandonaban sus observaciones. En éstos se trocó pronto la primera sobreexcitación en verdadero terror, al advertir que los dos lejanos astros, en su vertiginosa carrera, parecían perseguirse. Requiriéronse los aparatos fotográficos, los espectroscopios, todos los instrumentos necesarios para estudiar el nuevo y sorprendente fenómeno de la destrucción de un mundo. Porque era un mundo, un planeta hermano del nuestro, mucho mayor que la Tierra, ciertamente, el que de modo tan repentino se lanzaba hacia la muerte. Neptuno debía haber sido herido de lleno por el astro extraño llegado de las profundidades del espacio, y a consecuencia del choque, sus dos globos sólidos se habían convertido en una inmensa masa incandescente.
El día 6, dos horas antes del alba, la estrella blanca y pálida describió su órbita en el cielo y desapareció por el oeste.
Los mas maravillados eran los marinos, esos habituales contempladores de las estrellas, a quienes no habían llegado aún las recientes observaciones de los sabios. En sus peregrinaciones a través del océano habían advertido la presencia del nuevo astro que, como una Luna minúscula, subía, subía, hasta llegar al cénit, pasaba por encima de sus cabezas, e iba, por último, a hundirse en el mar por el oeste con las últimas sombras de la noche
Cuando la estrella hizo su aparición en la noche del 7, multitudes ansiosas espiaban su llegada en las pendientes de las colinas, en las llanuras, en los tejados de los edificios. El astro surgía precedido de un resplandor blanco parecido al brillo de un incendio. Los que lo habían visto aparecer la noche antes exclamaban; "¡Hoy es mayor! ¡Hoy es más deslumbrador!…" Efectivamente, la Luna misma, próxima a desaparecer mas allá del horizonte occidental, era mucho mas pequeña que la nueva estrella, comparando sus dimensiones aparentes, y desde luego mucho menos brillante, a pesar de hallarse casi en plenilunio.
—¡Mírenla! —decía la gente aglomerada en las calles—. ¡Qué hermosa! ¡Qué brillante!


Entre tanto, en los oscuros observatorios, los sabios que seguían el curso del fenómeno contenían la respiración y se interrogaban con su mirada.
—¡Se aproxima! ¡Está más cerca! —Tales eran las terribles palabras de la ciencia a cada nueva observación.
—Está más cerca —repetía el telégrafo, transmitiendo la alarmante nueva a millares de ciudades.
—Está más cerca —decía la gente, sugestionada por la idea de una posible catástrofe. Los empleados en los escritorios suspendían el trabajo para pensar en las fatídicas profecías de los astrónomos; los transeúntes se detenían en las calles para interrogarse sobre el significado inimaginable del amenazador "Está más cerca". Y esta intranquilidad, esta preocupación, se extendía desde la ciudad a las aldeas, desde las aldeas a los campos. Los que habían leído la noticia sobre las azules cintas del telégrafo se apresuraban a comunicarla a todo el que encontraban al paso. Las damas aristocráticas supieron la nada tranquilizadora nueva entre un vals y un rigodón. Sus bellas boquitas sonrientes y frescas formularon, poco más o menos, esta pregunta:
—¿Es cierto que se acerca? ¡Es curioso! ¡Esos astrónomos deben ser muy hábiles cuando descubren horrores semejantes!
Y las hermosas seguían sonriendo y bailando, sin importarles, después de todo, que la estrella se aproximase o se alejase.
La gente sin casa ni hogar, obligada a ir de un lado para otro durante la noche glacial, con objeto de no morir de frío, se consolaba mirando al cielo, y decía:
—¡Qué bien haces en acercarte! ¡La noche es tan fría como la caridad! ¡Ven, si has de traer contigo calor bastante para reconfortar nuestros miembros ateridos!
Una pobre mujer, arrodillada al lado de un cadáver y deshecha en amarguísimo llanto, exclamaba:
—¡Y a mí qué puede ya importarme el que haya una estrella más!
El estudiante, levantado con la aurora para repasar el programa de exámenes, se distrajo de sus labores, y planteando un problema de física astronómica, empezó a hacer cálculos y más cálculos, mientras que la gran estrella blanca enviaba sobre la mesa de trabajo la pálida caricia de su luz azulada.
—¡Centrífuga!.. ¡Centrípeta!… ¡Esto es!… —decía el estudiante, apoyando la cabeza en la palma de la mano—. Detenido un planeta en su camino y suprimida instantáneamente su fuerza centrífuga, ¿qué ocurriría? Sin duda, obedeciendo el planeta a su fuerza centrípeta, se precipitaría en el Sol… y en ese caso... ¿Nos encontramos nosotros en su camino?
El día siguiente fue como los anteriores. Con los últimos jirones de las tinieblas glaciales se elevó sobre el horizonte el extraño astro. Despedía tanto brillo, que la Luna, en su cuarto creciente, parecía no ser sino un pálido y amarillento espectro de la nueva estrella flotando inmensa en su vaguedad del crepúsculo.
El matemático se hallaba delante de un pupitre atestado de papelotes. Acababa en aquel momento sus cálculos. En un diminuto pomo veíanse aún algunos gramos de la droga que le había sostenido despierto durante cuatro eternas noches. Durante el día, el matemático daba sus clases reglamentarias con la misma paciencia, con la misma sabiduría que de costumbre. Luego, terminados los penosos deberes profesionales, volvía a sus cálculos y a sus trabajos de sabio solitario. Su grave fisonomía hallábase fatigada y exangüe a consecuencia de la prolongadísima vigilia… Aquella noche el matemático se levantó de su pupitre con aire de triunfo, llegóse a la ventana y contempló la estrella como se mira a los ojos de un enemigo valeroso.
—¡Puedes darme la muerte —dijo el sabio—, pero ya te tengo como a todo el universo dentro de estos estrechos límites de mi cerebro! Y ahora —añadió dirigiendo una mirada desdeñosa al pomo de la droga—, eres inútil, sustancia maldita. ¡En verdad que ya no es necesario dormir ni estar despierto!
Al día siguiente, el matemático entró en su cátedra con la puntualidad acostumbrada. Colocó el sombrero encima de la mesa, según costumbre, y cogió un pedazo de tiza. Era ésta una manía singularísima del maestro. ¡Imposible explicar sin aquel trocito de yeso entre los dedos! Los muchachos se burlaban donosamente de la curiosísima chifladura. El matemático dirigió a sus discípulos una mirada tristísima. ¡Pobres niños, tan frescos, tan sonrientes!… ¡Daba pena decirles nada! Pero era su deber de maestro y de sabio.
—Hijos míos —murmuró—, circunstancias especiales, ajenas por completo a mi voluntad, van a impedirme acabar este curso… ¡Hablando claramente, voy a decirles que el hombre ha vivido en vano!
Los muchachos empezaron a comprender.
Aquella noche la estrella hizo su aparición más tarde, porque su propio movimiento hacia el este la había arrastrado un poco, desde la constelación del León hacia la de la Virgen. Su brillo era tan intenso que el cielo, a medida que aquélla se elevaba, fue adquiriendo una coloración luminosa. Las estrellas, a excepción de Júpiter, Capella, Aldebarán, Sirio y los Perros de la Osa, palidecieron cada vez más borrándose del firmamento. En muchos países del mundo pudo observarse que el nuevo astro presentaba aquella noche un rabo grandísimo. A simple vista se notaba ya el aumento de volumen. Contemplando la estrella desde los puntos inmediatos a los trópicos, parecía tener la cuarta parte de las dimensiones de la Luna.
Lo más extraño era que, no obstante la pequeñez de aquella segunda Luna, su luz era tan viva que podía leerse, sin gran esfuerzo, en plena calle un periódico o un libro.
La noche del 10 de enero no durmió nadie en la Tierra. De las campiñas, como de las grandes ciudades, subía un sordo murmullo, semejante al zumbido de una colmena. El lento tañir de millares de campanas recordaba al hombre en toda la cristiandad que había llegado el momento de pedir a Dios misericordia. Ajena a estas angustias humanas, la estrella blanca y pálida seguía inmutable su carrera desesperada a través del espacio, inundando de claridad terrorífica este pobre mundo sublunar. Los mares que rodean a los países civilizados eran surcados por enjambres de barcos, llevando a bordo centenares de pasajeros. Los barcos huían hacia el norte. Porque el aviso del matemático famoso había sido ya telegrafiado a todo el mundo y traducido a todos los idiomas.
El nuevo planeta y Neptuno, confundidos en un abrazo de fuego, avanzaban vertiginosamente con dirección al Sol. A cada segundo, la enorme masa incandescente franqueaba centenas de kilómetros.
Acaso el peligro no debía ser tan inmediato como aseguraba la ciencia. Según los cálculos de los astrónomos, el nuevo planeta debía pasar a 150 millones de kilómetros de la Tierra; de modo que su influencia debía ser escasa. Pero cerca de su camino previsto, hasta entonces nada perturbado, se encontraban el enorme planeta Júpiter y sus lunas girando espléndidamente en torno del Sol La atracción entre la estrella deslumbradora y el mayor de los planetas crecía ya por momentos. ¿Y cuál iba a ser el resultado de esa atracción? Sin duda, Júpiter se desviaría de su órbita haciendo una curva elíptica, y la estrella ardiente, separada por atracción de su marcha hacia el Sol, describiría una curva y quizá chocaría con la Tierra o, al menos, pasaría muy cerca de ella.


En cuanto a las consecuencias de esta aproximación, ya nos había profetizado así el terrible matemático: "Terremotos, erupciones volcánicas, ciclones, altas mareas, ríos desbordados y una elevación constante y regular de la temperatura hasta límites imposibles de calcular". La estrella seguía brillando con siniestros fulgores en la inmensidad del firmamento, como si tratara de confirmar los tristes vaticinios de la ciencia. Su luz fría y lívida era así como el anuncio inmutable del próximo cataclismo.
Muchas personas que hasta aquella noche no la habían mirado con atención, pararon mientes en ella y advirtieron que, en efecto, el fatídico astro se aproximaba a ojos vistas. Y aquella noche comenzaron ya a sentirse los efectos de la aproximación. El clima cambió bruscamente, convirtiéndose las ráfagas heladas de enero en brisas templadas de primavera. En toda la Europa central se inició el deshielo.
No vaya a imaginarse el lector que porque hayamos hablado antes de muchedumbres elevando al cielo sus plegarias durante la noche, o refugiándose a bordo de los buques o huyendo en dirección a las montañas, se encontraba ya el mundo presa del terror infundido por la estrella. Nada de eso. El uso y la costumbre seguían aún dirigiendo a los humanos. Aparte de que las conversaciones versaban casi siempre en los momentos de ocio sobre el amenazador fenómeno astronómico, el 90% de los hombres continuaba entregado a sus quehaceres habituales. Las tiendas y almacenes abrían y cerraban sus puertas a sus horas de costumbre, los médicos y las empresas funerarias proseguían su productiva industria, los obreros concurrían a las fábricas, los soldados hacían los ejercicios, los sabios estudiaban, los enamorados se buscaban, los ladrones realizaban sus fechorías, los políticos redactaban sus programas de gobierno, las rotativas de los grandes diarios funcionaban con febril actividad. Más de un párroco se negó obstinadamente a abrir las puertas de la casa de Dios a las gente atemorizada afirmando que el pánico de aquellos insensatos era absurdo e impío.
Los periódicos recordaban que en el año 1000 los pueblos habían sentido algo parecido, creyendo próximo el fin del mundo. No faltaba algún astrónomo que, con la autoridad de su saber, intentara tranquilizar a la humanidad, asegurando que, después de todo, la estrella tal vez no era un cuerpo sólido, sino una masa de gases inflamados, y que su choque con la Tierra, de verificarse éste, no podía tener las consecuencias desastrosas que alguien había vaticinado.
Aquella noche, precisamente según los avisos del Observatorio de Greenwich, la estrella iba a encontrarse en el punto más próximo a Júpiter. Los habitantes de la Tierra sabían desde aquel momento el giro que debían tomar las cosas. Los cálculos y profecías del gran matemático eran calificados por muchos escépticos de hábil y laborioso reclamo. Por último, el buen sentido, algo acalorado por las discusiones, evidenció sus convicciones inalterables yéndose a acostar. Y esto no ocurrió sólo en los países civilizados; también en las regiones del planeta donde domina la barbarie, las multitudes, cansadas de mirar al cielo, se entregaron al descanso, o se diseminaron por las selvas para entregarse a la caza o a las dulzuras del amor.
Al comenzar la noche del día inmediato, los europeos que seguían con interés el fenómeno, vieron elevarse la estrella una hora mas tarde que de costumbre, sin que aparentemente hubiera aumentado el tamaño. Sobra decir que los vaticinios fúnebres del gran matemático empezaron a servir de tema jocoso. Nadie tomaba ya la cosa en serio. Esta agradable incredulidad duró poco. La verdad era que la estrella crecía de nuevo, que crecía de hora en hora con una terrible persistencia, que cada minuto que pasaba eran más brillantes sus rayos, más inquietante su aspecto. Entonces dijo un periódico que si la estrella seguía su marcha hacia la Tierra en línea recta, si no ejercía sobre ella influencia la atracción de Júpiter, podría salvar la distancia intermedia en veinticuatro horas.
No fue así, sin embargo; la estrella empleó mas de cinco días en acercarse a nuestro planeta. Durante la noche inmediata su volumen aparente era el de una tercera parte de la Luna. Cuando apareció sobre el horizonte en América tenía el mismo tamaño que nuestro satélite, despidiendo una claridad cegadora y, si vale la palabra, quemante.
A medida que ascendía la estrella en el firmamento aumentaba la violencia del aire, un aire caliente como el que precede a las tempestades de verano. En Virginia, en Brasil y en el valle de San Lorenzo el astro brillaba de modo intermitente, a través de densas masas de nubes que corrían con velocidades y aspectos fantásticos, iluminadas a veces por relámpagos de color violeta oscuro, y que arrojaban de vez en cuando sobre la Tierra granizadas de una violencia desconocida. En Manitoba ocurrieron inundaciones terribles por la rápida fusión de los hielos. La nieve empezó a derretirse aquella noche en todas las montañas de la Tierra. Los grandes ríos que procedían del interior de los continentes empezaron a arrastrar en sus aguas enturbiadas cadáveres de personas y de animales, que quedaban luego depositados sobre las tierras bajas. Los desbordamientos se sucedían cada vez mayores, arrasando ciudades y devastando campiñas. Las muchedumbres huían del mortal abrazo de las aguas, escalando en confuso tropel las montañas.
En todo el litoral de América del Sur y en el Atlántico austral llegaron las mareas a un nivel jamás conocido. Las tempestades empujaron las aguas tierra adentro cuarenta y cincuenta kilómetros; muchas ciudades enteras quedaron por completo sumergidas.
El calor se hizo insoportable aquella noche; tanto que la aparición del Sol a la mañana siguiente pareció llevar consigo la frescura de las sombras de la noche.
Los terremotos eran ya violentísimos y numerosos, especialmente en toda América, desde el Círculo Ártico al cabo de Hornos. Ante aquel incesante trepidar de la tierra, abriéronse los flancos de las montañas, desaparecieron islas y promontorios, se desplomaron a millares edificios y muros, aplastando un número incalculable de gentes. Una vertiente del Cotopaxi se hundió tras una rápida y vasta convulsión, dejando paso a un mar de lava tan alto, tan ancho, tan rápido y tan fluido que sólo tardó un día en llegar al océano.
La estrella, escoltada por la oscurecida Luna, atravesó el Pacífico, llevando en pos de sí, como si fueran los paños flotantes de una túnica, el huracán y la ola gigantesca, espumosa y destructora; el huracán y la ola, inconscientes trabajadores de la muerte, ejecutando su siniestra obra sobre las islas, hasta no dejar rastro humano sobre ellas…
Hubo ya un momento en que la ola creció hasta convertirse en muralla líquida de veinte metros de altura y que, rugiendo con intensidad espantosa, rebasó las extensas costas de Asia, precipitándose en las vastas llanuras de China. La estrella, cada vez más fulgurante, mas enorme y más ardiente que el Sol en toda su fuerza, era contemplada por millones de hombres enloquecidos por el pánico, que huían, huían, sin derrotero fijo, mientras la muralla de agua salobre avanzaba sobre los campos, penetraba en las ciudades y sembraba por doquier la destrucción y la muerte.


La gran estrella pasó como un globo de fuego por encima de Japón, de Java y de todas las islas del Asia oriental. Densas nubes producidas por el humo y la ceniza de los volcanes la ocultaban en ocasiones. Cuando reaparecía sobre el firmamento era para hacer brillar con mas fuerza los torrentes de lava que surgían de las entrañas de la tierra y los inmensos espacios de terrenos anegados por el mar. Las inmemoriales nieves del Tibet y del Himalaya, al fundirse, se precipitaron sobre las llanuras de Birmania y del Indostán a través de millones de canales. El rebaño humano huía a lo largo de los caminos, siguiendo las márgenes de los ríos, hacia el mar, última esperanza de salvación de los hombres en todos los grandes cataclismos terrestres.
El océano tropical había perdido su fosforescencia; torbellinos gaseosos se elevaban de la superficie de las aguas. Ocurrió entonces un prodigio. Los que esperaban en Europa la salida del astro creyeron que la Tierra había cesado de girar al advertir una noche la ausencia de la estrella. En medio de una incertidumbre espantosa transcurrieron horas y mas horas sin que apareciese en el horizonte el astro amenazador. Por primera vez desde hacía mucho tiempo pudieron contemplar los hombres la magnificencia del cielo estrellado. Diez horas después surgió la estrella. El Sol salió a los pocos minutos; su masa incandescente parecía un disco sombrío, recostándose sobre el fondo luminoso y blanco de la estrella.
Calamidades nunca vistas seguían afligiendo a la Tierra. En una noche se inundó toda la llanura del Indostán desde el Indo hasta las bocas del Ganges. De la extensa sábana líquida se elevaban los techos de los palacios, templos y casas hormigueantes de seres humanos. Cada minarete era una masa confusa de gente que caía en racimo sobre el negro abismo de sus aguas a medida que el calor y el pánico aumentaban. Del país entero partía un lamento ininterrumpido y penetrante. De improviso, una masa oscura empezó a ascender sobre el horizonte y pasó por delante de la estrella con una rapidez aterradora. Aquella masa opaca y sombría era la Luna. Muy pronto pudo observarse en Europa que el Sol y la estrella salían simultáneamente. Ambos astros parecían perseguirse al principio con furia; luego disminuían su carrera y se detenían en el cénit confundidos en flamígero abrazo. La Luna no eclipsaba ya a la estrella, y parecía alejarse en el esplendor de los cielos. Aunque la mayoría de los humanos que quedaban con vida contemplaban este grandioso espectáculo con la aturdidez que engendran el hambre, la fatiga, el calor y la desesperación, hubo alguien, sin embargo, que supo apreciar el significado de aquel aparente alejamiento de la Luna y aquella aparente persecución del Sol por el nuevo astro. Sí; la estrella y la Tierra, después de haberse encontrado cerca, comenzaban a separarse. El astro perturbador se alejaba con velocidad vertiginosa en la última fase de su caída hacia el Sol. Entonces cubrióse el cielo de nubes, el trueno y los relámpagos tejieron su malla terrorífica en torno del mundo, y un nuevo diluvio cayó sobre la Tierra. Allí donde los volcanes habían vomitado mares de lava, se extendían ahora mares de cieno. 
Muchos días transcurrieron así. El impetuoso desbordamiento de las aguas destruyó lo que había dejado en pie la reciente caricia hecha a la Tierra por la estrella. Algunos terremotos concluyeron la obra de destrucción. Pasaron semanas y meses. La estrella se habia ido para siempre. Los hombres, impulsados por el hambre, recobraron sus energías, entraron en las ruinosas ciudades y en los graneros incendiados y medio sumergidos, y se extendieron por las pantanosas llanuras. Los pocos barcos que habían logrado escapar de las tempestades arribaron desmantelados y lastimosos, después de sondear con precaución las entradas de sus puertos, para no encallar en los recién aparecidos arrecifes que ahora obstruían los antes despejados y profundos canales de ingreso.
Cuando se calmaron las tempestades, advirtieron los hombres en toda la extensión de la Tierra que los días eran más cálidos, que el Sol era mayor y que la Luna, que había disminuido en dos terceras partes, presentaba sus fases en ochenta y cuatro días.
La presente historia nada dice de la nueva fraternidad nacida entre los humanos, ni de cómo lograron conservarse las leyes, los libros y las máquinas, ni del extraño cambio operado en Islandia, en Groenlandia y en el litoral del mar de Baffin, países desolados y yermos con anterioridad al cataclismo y ahora alegres y abundantes de vegetación, cual pudieran comprobar los marinos en sus nuevas expediciones. Tampoco dice nada la presente historia acerca de un fenómeno curioso determinado por la catástrofe, y que consistía en haberse trasladado toda la actividad humana hacia el norte y el sur de la Tierra, abandonando por inhospitalarias y abrasadas aquellas regiones que antes del cataclismo fueron su residencia habitual. Nuestro papel de historiadores se limita a esto; a dar cuenta de la aparición y desaparición de la terrible estrella.
Ahora bien; los astrónomos de Marte —porque es cosa averiguada que en Marte existen astrónomos, si bien difieren en su conformación física de sus colegas terrestres— siguieron con especial interés el admirable fenómeno, y consignaron así, según parece, sus observaciones:

"Teniendo en cuenta la masa y la temperatura del proyectil lanzado a través de nuestro sistema solar, causa sorpresa el poco daño que ha sufrido la Tierra, no obstante haberse encontrado a tan escasa distancia del viajero sideral. Puede observarse, en efecto, que siguen inalterables todas las antiguas demarcaciones de continentes y las masas oscuras de los mares. La única diferencia perceptible es una disminución de las grandes manchas blancas que en un tiempo circundaban los polos, y que, según todas las probabilidades, eran agua congelada".

Estas palabras de los sabios marcianos demuestran sencillamente cuan poca cosa puede parecer la mayor de las catástrofes humanas contemplada a una distancia de algunos millones de kilómetros.


FIN

2023/10/16

El huevo de cristal (H. G. Wells)


Título original:  The crystal egg
Año: 1897


Hasta hace un año, había cerca de los Siete Cuadrantes, una tiendecilla de aspecto mugriento sobre la que estaba inscrito en letras amarillas borradas por el tiempo el nombre de C. Cave, Naturalista y Anticuario. Los objetos expuestos en el escaparate eran curiosamente heterogéneos. Comprendían algunos colmillos de elefante y un incompleto juego de ajedrez, abalorios y armas, una caja con ojos, dos cráneos de tigre y uno humano, varios monos disecados comidos por la polilla -uno sosteniendo una lámpara-, un armario anticuado, un huevo de avestruz o algo así ensuciado por las moscas, algunos aparejos de pesca y una pecera vacía extraordinariamente sucia. También había, al comenzar esta historia, un trozo de cristal tallado en forma de huevo y pulido con un brillo intenso. Y eso era lo que miraban dos personas que estaban ante el escaparate, una de ellas un clérigo alto y delgado, la otra, un joven de barba negra, piel morena y ropas holgadas. El joven moreno hablaba con gestos impacientes y parecía ansioso porque su compañero comprara el artículo.
Mientras estaban en esas, entró en su tienda el señor Cave con restos del pan y la mantequilla del té todavía en la barba. Al ver a estos hombres y el objeto de su consideración se le mudó el semblante. Miró por encima del hombro con aire de culpabilidad y suavemente cerró la puerta. Era un viejecito de rostro pálido y peculiares ojos azules y acuosos. Tenía el pelo de color gris sucio y llevaba una raída levita azul, un viejo sombrero de copa y unas zapatillas con los talones muy gastados. Se quedó observando a los dos hombres mientras hablaban. El clérigo registró a fondo el bolsillo del pantalón, examinó un puñado de dinero y enseñó los dientes en una sonrisa de aprobación. El señor Cave pareció todavía más deprimido cuando entraron en la tienda.
El clérigo, sin más rodeos, preguntó el precio del huevo de cristal. El señor Cave miró con nerviosismo hacia la puerta que daba a la trastienda y dijo que cinco libras. El clérigo se quejó, tanto a su compañero como al señor Cave, de que el precio era alto -era, desde luego, muchísimo más de lo que el señor Cave había pensado pedir cuando había puesto el artículo a la venta- y pasó a un intento de regateo. El señor Cave avanzó hasta la puerta de la tienda y la abrió.
-Cinco libras es mi precio -dijo como si deseara ahorrarse la molestia de una discusión inútil. Al hacerlo, la parte superior del rostro de una mujer asomó por encima de la cortina del panel superior de cristal de la puerta que daba a la trastienda y examinó con curiosidad a los dos clientes.
-Cinco libras es mi precio -repitió el señor Cave con voz temblorosa.
El joven de tez morena había permanecido hasta entonces como mero espectador, observando atentamente al señor Cave. Ahora habló.
-Dele cinco libras -dijo.
El clérigo le miró para cerciorarse de que lo decía en serio, y, cuando miró de nuevo al señor Cave, vio que tenía la cara pálida.
-Es mucho dinero -dijo el clérigo, y rebuscando en el bolsillo empezó a contar sus recursos. Tenía poco más de treinta chelines, así que apeló a su compañero, con quien parecía estar en términos de considerable familiaridad. Esto le dio al señor Cave la oportunidad de ordenar sus ideas y empezó a explicar de manera agitada que, de hecho, el cristal no estaba del todo disponible para la venta. A los dos clientes esto les sorprendió mucho, naturalmente, y preguntaron por qué no lo había dicho antes de empezar a negociar. El señor Cave se turbó, pero se aferró a la historia de que el cristal no estaba a la venta aquella tarde, que ya había aparecido un probable comprador. Los dos, tomándolo por un intento de subir todavía más el precio, hicieron ademán de salir de la tienda. Pero en ese momento se abrió la puerta de la trastienda y apareció la propietaria del flequillo oscuro y los ojos pequeños.
Era una mujer de facciones toscas, corpulenta, más joven y mucho más gruesa que el señor Cave. Andaba pesadamente y tenía la cara colorada.
-Ese cristal está en venta -subrayó-. Y cinco libras es un buen precio. ¡No sé qué te pasa, Cave, mira que no aceptar la oferta del caballero!
El señor Cave, muy perturbado por la interrupción, la miró furioso por encima de la montura de las gafas, y, sin excesiva seguridad, reafirmó su derecho a llevar los negocios a su manera. Comenzó un altercado. Los dos clientes contemplaban la escena con interés y algo divertidos, proporcionando ocasionalmente sugerencias a la señora Cave. El señor Cave, acosado, persistió en una confusa e imposible historia de alguien que se había interesado por el cristal aquella mañana y su nerviosismo se hizo penoso. Pero se aferró a su historia con extraordinaria tenacidad. Fue el joven oriental el que puso fin a la curiosa controversia. Propuso que volvieran al cabo de dos días para dar al pretendido interesado la debida oportunidad.
-Y entonces, hemos de insistir -dijo el clérigo-. ¡Cinco libras!
La señora Cave se encargó de pedir disculpas por la actitud de su marido, explicando que a veces era un poco raro, y, cuando los dos clientes salieron, la pareja se preparó para discutir todos los aspectos del incidente con plena libertad.
La señora Cave le habló a su marido en un tono especialmente directo. El pobre hombrecillo, temblando de emoción, se hizo un lío con sus historias manteniendo por una parte que tenía otro cliente a la vista y asegurando, por otra, que el cristal valía honradamente diez guineas.
-¿Entonces por qué pediste cinco libras? -preguntó su mujer. 
-Déjame llevar los negocios a mi manera -respondió el señor Cave.
El señor Cave tenía viviendo con él a un hijastro y una hijastra, y durante la cena se volvió a discutir la transacción. Ninguno de ellos tenía una opinión muy buena de los métodos comerciales del señor Cave y esta actuación les pareció el colmo de la locura.
-Yo creo que no es la primera vez que se niega a vender ese cristal -aseguró el hijastro, un fornido patán de dieciocho años.
-¡Pero cinco libras! -intervino la hijastra, una joven de veintiséis años propensa a las discusiones.
Las respuestas del señor Cave eran lastimosas. Sólo era capaz de farfullar débiles afirmaciones de que conocía su negocio mejor que nadie. Hicieron que, dejando la cena a medio comer, se fuera a la tienda para cerrarla hasta el día siguiente, con las orejas al rojo vivo y lágrimas de humillación detrás de las gafas. ¿Por qué había dejado tanto tiempo el cristal en el escaparate? ¡Qué locura! Ése era el problema que más le preocupaba. Durante un tiempo no pudo encontrar forma alguna de evitar la venta.
Después de cenar, hijastra e hijastro se acicalaron y salieron, y la mujer se retiró al piso de arriba para reflexionar sobre los aspectos comerciales del cristal con un poco de azúcar, limón y lo demás, en agua caliente. El señor Cave entró en la tienda y se quedó allí hasta tarde con el pretexto de preparar rocas ornamentales para peceras, pero en realidad con una finalidad personal que se explicará mejor más tarde. 
Al día siguiente la señora Cave advirtió que el cristal había sido retirado del escaparate y se encontraba detrás de unos libros de pesca usados. Volvió a ponerlo en el escaparate, en un lugar destacado, pero no discutió más sobre el asunto, dado que una jaqueca la desanimaba a discutir, al contrario del señor Cave, siempre opuesto a las discusiones. El día transcurrió de forma desagradable. El señor Cave estuvo más abstraído que de costumbre y, al mismo tiempo, excepcionalmente irritable. Por la tarde, cuando su mujer dormía su siesta habitual, retiró de nuevo el cristal del escaparate.


Al día siguiente el señor Cave tenía que entregar un pedido de perros marinos en uno de los hospitales universitarios donde los necesitaban para prácticas de disección. Durante su ausencia la señora Cave volvió a cavilar sobre el tema del cristal y la manera más apropiada de gastarse cinco libras llovidas del cielo. Ya había ideado algunos planes muy agradables, entre otros un vestido de seda verde para ella y una excursión a Richmond, cuando el chirrido de la campanilla de la puerta principal exigió su presencia en la tienda. El cliente era un profesor que venía a quejarse de que no habían sido entregadas ciertas ranas pedidas para el día anterior. La señora Cave no aprobaba esta rama especial de los negocios del señor Cave, y el caballero, que había llegado con ánimo un tanto agresivo, se retiró después de un breve intercambio de palabras, completamente educadas por lo que a él se refería. Los ojos de la señora Cave se volvieron entonces naturalmente hacia el escaparate, puesto que la visión del cristal significaba la seguridad de las cinco libras y de sus sueños. ¡Cuál no sería su sorpresa al ver que había desaparecido!
Fue al sitio, detrás de la caja sobre el mostrador, donde lo había descubierto el día anterior. No estaba allí, así que inmediatamente empezó una impaciente búsqueda por toda la tienda.
Cuando el señor Cave volvió de su negocio con los perros marinos hacia las dos menos cuarto de la tarde, encontró la tienda en cierto desorden y a su mujer, extremadamente exasperada y de rodillas, detrás del mostrador rebuscando entre sus materiales de taxidermia. Cuando la crispante campanilla anunció su vuelta, asomó la cara por encima del mostrador, acalorada y furiosa, y directamente le acusó de esconderlo.
-¿Esconder qué? -preguntó el señor Cave.
-¡El cristal!
A lo que el señor Cave, aparentemente muy sorprendido, corrió al escaparate.
-¿No está aquí? ¡Cielos! ¿Qué ha sido de él?
Justo entonces el hijastro del señor Cave volvió a entrar en la tienda desde la habitación interior -había llegado a casa un minuto o así antes que el señor Cave- blasfemando a sus anchas. Estaba de aprendiz con un comerciante de muebles usados calle abajo, pero comía en casa y, naturalmente, estaba enojado por no haber encontrado la comida dispuesta.
Pero cuando se enteró de la pérdida del cristal, se olvidó de la comida y el objeto de su cólera pasó de su madre a su padrastro. Lo primero que pensaron, desde luego, fue que él lo había escondido. Pero el señor Cave negó categóricamente todo conocimiento de su destino ofreciendo voluntariamente su perjura declaración jurada sobre el asunto, y finalmente llegó hasta el punto de acusar primero a su mujer y después a su hijastro de haberlo cogido con vistas a una venta privada. Y así comenzó una discusión extremadamente enconada y exaltada que terminó con la señora Cave en un estado de nervios muy especial entre la histeria y el frenesí, e hizo que el hijastro llegara por la tarde con media hora de retraso al establecimiento de muebles. El señor Cave escapó a las emociones de su mujer refugiándose en la tienda.
Por la noche se volvió a tratar el asunto con menos pasión y un talante judicial bajo la presidencia de la hijastra. La cena transcurrió de forma lamentable y culminó con una escena penosa. El señor Cave cedió finalmente a una extrema exasperación y salió por la puerta principal dando un violento portazo. El resto de la familia, después de hablar de él con la libertad que su ausencia garantizaba, registró la casa desde el desván al sótano esperando dar con el cristal.
Al día siguiente se presentaron de nuevo los dos clientes. Fueron recibidos por la señora Cave casi llorando. Se enteraron de que nadie podía imaginarse todo lo que había tenido que aguantar a Cave en diversas etapas de su matrimonial peregrinación... También les informó embrolladamente de la desaparición. El clérigo y el oriental se rieron por dentro en silencio y dijeron que era de lo más extraordinario. Y como la señora Cave parecía dispuesta a contarles la historia completa de su vida hicieron ademán de irse de la tienda, por lo que la señora Cave, aferrándose todavía a la esperanza, pidió la dirección del clérigo para, en caso de sacar algo a Cave, poder comunicárselo. La dirección fue entregada como era de esperar, pero, al parecer, posteriormente se extravió. La señora Cave no recuerda nada al respecto.
Aquel día por la noche los Cave parecían haber agotado todas sus emociones y el señor Cave, que había estado fuera por la tarde, cenó en un sombrío aislamiento que contrastaba agradablemente con la apasionada controversia de los días anteriores. Durante algún tiempo las relaciones dentro de la familia Cave estuvieron muy tensas, pero ni el cristal ni el cliente volvieron a aparecer.
Ahora bien, para no andarnos con rodeos, tenemos que admitir que el señor Cave era un embustero. Sabía perfectamente dónde estaba el cristal. Se hallaba en las habitaciones del señor Jacoby Wace, profesor ayudante de prácticas en el hospital de Santa Catalina en la calle Westbourne. Se encontraba sobre el aparador, parcialmente cubierto por una tela de terciopelo negro y junto a una licorera con whisky americano. Y fue precisamente del señor Wace de quien se obtuvieron los pormenores en los que se basa esta historia. Cave lo había llevado al hospital escondido en el saco de los perros marinos, y, una vez allí, había presionado al joven investigador para que se lo guardara. El señor Wace dudó un poco al principio. Su relación con Cave era especial. Le atraían los personajes raros, y más de una vez había invitado al viejo a fumar y a beber en sus habitaciones, animándole a desvelar sus opiniones, bastante divertidas, sobre la vida en general y sobre su esposa en particular. El señor Wace había tenido que vérselas también con la señora Cave en ocasiones en que el señor Cave no estaba en casa para atenderle. Conocía las constantes interferencias a las que Cave estaba sometido y, habiendo sopesado la historia judicialmente, decidió dar refugio al cristal. El señor Cave prometió explicar las razones de su extraordinario apego por el cristal de una manera más detallada en una ocasión posterior, pero habló claramente de ver visiones en él. Aquella misma noche volvió a visitar al señor Wace.
Contó una historia complicada. Dijo que el cristal había llegado a su poder junto con otros objetos en la subasta de los efectos de otro comerciante de antigüedades y, desconociendo cuál pudiera ser su valor, le había puesto el precio de diez chelines. Lo había tenido a ese precio durante algunos meses y estaba pensando en reducir la cantidad cuando hizo un descubrimiento extraordinario.
En aquella época tenía muy mala salud -hay que tener muy en cuenta que a lo largo de toda esta experiencia su estado físico era de decaimiento-, sufría una angustia considerable a causa de la negligencia y hasta los verdaderos malos tratos que recibía de su mujer y de sus hijastros. Su mujer era vanidosa, extravagante, insensible y cada vez más aficionada a beber a solas; su hijastra era ruin y ambiciosa, y su hijastro había concebido una violenta antipatía hacia él y no perdía ocasión de demostrársela. Las responsabilidades del negocio le oprimían muchísimo y el señor Wace no cree que estuviera completamente limpio de ocasionales excesos en la bebida. Había comenzado la vida en una posición acomodada, había recibido una buena educación y ahora padecía melancolía e insomnios que se prolongaban durante semanas. Cuando sus pensamientos se le hacían intolerables, temeroso de molestar a su familia, abandonaba el lecho conyugal deslizándose sin hacer ruido y vagaba por la casa. Y hacia las tres de la mañana, un día a finales de agosto, la casualidad le llevó a la tienda.


La sucia tiendecilla estaba sumida en una negrura impenetrable salvo en un punto donde percibió un insólito resplandor. Al acercarse, descubrió que era el huevo de cristal que estaba en el rincón del mostrador en dirección a la ventana. Un fino rayo de luz penetraba por una rendija en la persiana, incidía sobre el objeto y parecía como si fuera a llenar todo su interior.
Al señor Cave se le ocurrió que eso no concordaba con las leyes de la óptica que había aprendido en su juventud. Podía comprender que los rayos fueran reflejados por el cristal hacia un foco en su interior, pero esta difusión no casaba con sus conocimientos de física. Se acercó más al cristal, observando el interior y la superficie con un transitorio renacimiento de la curiosidad científica que en su juventud había decidido su elección vocacional. Le sorprendió descubrir que la luz no era constante, sino que oscilaba dentro de la sustancia del huevo como si aquel objeto fuera una esfera hueca con algún vapor luminoso. Al cambiar de sitio para conseguir puntos de vista distintos, repentinamente notó que se había interpuesto entre el rayo y el cristal, y que a pesar de ello el cristal continuaba luminoso. Profundamente asombrado, lo retiró de la luz y lo llevó a la parte más oscura de la tienda. Allí siguió brillando cuatro o cinco minutos, al término de los cuales se oscureció lentamente y se apagó. Lo expuso al fino haz de luz de día y recobró la luminosidad casi al instante.
Hasta aquí, por lo menos, el señor Wace pudo comprobar la sorprendente historia del señor Cave. Él mismo había tenido repetidas veces expuesto el cristal a un rayo de luz cuyo diámetro tenía que ser inferior a un milímetro. En completa oscuridad, como la que puede proporcionar una envoltura de terciopelo, el cristal presentaba indudablemente una fosforescencia muy débil. Parecía, no obstante, que la luminosidad era de una clase excepcional, no visible a todos por igual, pues al señor Harbinger -cuyo nombre le resultará familiar al lector científico en relación con el Instituto Pasteur- le fue completamente imposible ver ninguna luz en absoluto. La propia capacidad del señor Wace para apreciarla era sin comparación inferior a la del señor Cave. Incluso tratándose del señor Cave, la capacidad variaba muy considerablemente: Su visión resultaba mucho más intensa durante estados de debilidad y fatiga extremas.
Pues bien, desde el comienzo, esta luz en el cristal ejerció una fascinación irresistible sobre el señor Cave. Que no contara sus observaciones a ningún ser humano explica mejor la soledad de su alma de lo que lo haría todo un volumen de escritos patéticos. Parece haber estado viviendo en tal atmósfera de mezquinos resentimientos que el admitir la existencia de un placer habría significado el riesgo de perderlo. Observó que a medida que avanzaba el amanecer y aumentaba la cantidad de luz esparcida el cristal perdía toda traza de luminosidad. Y durante algún tiempo fue incapaz de ver nada dentro de él, excepto por la noche, en rincones oscuros de la tienda.
Pero se le ocurrió utilizar una vieja pieza de terciopelo negro que empleaba como fondo para una colección de minerales y, doblándolo y cubriéndose con él la cabeza y las manos, pudo obtener una visión del movimiento luminoso en el interior del cristal incluso a la luz del día. Era muy cauteloso, no fuera a ser descubierto en esa guisa por su esposa, y practicaba esta ocupación sólo por las tardes, mientras ella dormía en el piso de arriba, y aun entonces, de manera muy circunspecta en un hueco debajo del mostrador. Y un día, dando vueltas al cristal en las manos, vio algo. Apareció y desapareció como un destello, pero le dio la impresión de que por un instante el objeto le había mostrado la visión de un país, ancho, extenso y extraño, y al girarlo de nuevo, precisamente cuando se debilitaba la luz, volvió a contemplar la misma visión.
Está claro que resultaría tedioso e innecesario relatar todas las fases del descubrimiento del señor Cave desde ese momento. Baste con decir que la conclusión fue ésta: Cuando se observaba el interior del cristal formando éste un ángulo de 137 grados respecto de la dirección del rayo luminoso, mostraba una imagen clara y coherente de un paisaje extenso y extraño. No se parecía en absoluto a un sueño, daba una clara impresión de realidad, y cuanto mejor era la luz, más real y sólida parecía. Era una imagen en movimiento; es decir, ciertos objetos se movían dentro de ella, pero de forma lenta y ordenada como las cosas reales y, según cambiaba la dirección de la iluminación y de la visión, también cambiaba la imagen. Debió de haber sido, ciertamente, como contemplar una vista a través de un cristal ovalado girándolo para conseguir ver los diferentes detalles.
El señor Wace me asegura que las declaraciones del señor Cave eran extremadamente detalladas y carecían por completo de cualquiera de los aspectos emocionales que impregnan las impresiones alucinadoras. Pero hay que recordar que todos los esfuerzos del señor Wace para ver una claridad similar en la desvaída opalescencia del cristal fracasaron completamente por más que lo intentó. La diferencia de intensidad en las impresiones recibidas por los dos hombres era muy grande, y puede que lo que para el señor Cave era una visión para el señor Wace fuera una mera nebulosidad difusa.
La visión, tal como la describía el señor Cave, era invariablemente la de una extensa llanura, y parecía que siempre la contemplaba desde una altura considerable, como desde una torre o un mástil. Al este y al oeste la llanura estaba flanqueada a una distancia remota por vastos acantilados rojizos que le recordaban a los que había visto en un cuadro, pero el señor Wace no pudo determinar de qué cuadro se trataba. Estos acantilados iban de norte a sur -sabía los puntos cardinales por las estrellas que eran visibles por la noche-, alejándose en una perspectiva casi ilimitada y desdibujándose en las nieblas de la distancia antes de encontrarse. En el momento de su primera visión él estaba más cerca del macizo de acantilados orientales, el sol se elevaba sobre ellos y, negras contra la luz del sol y pálidas contra su sombra, aparecieron muchas formas volantes que el señor Cave tomó por pájaros. Una vasta hilera de edificios se extendía por debajo, de forma que él parecía estar mirándolos desde arriba, y, a medida que se acercaban al extremo borroso y refractado de la imagen se tornaban indistintos. También había árboles con formas curiosas y, en cuanto a color, era de un verde profundo como de musgo y de un gris exquisito, junto a un canal ancho y reluciente. Y algo grande, de colores brillantes, cruzó la imagen volando. Pero la primera vez que el señor Cave vio estas imágenes, lo hizo sólo en destellos, las manos le temblaban, la cabeza se le movía, la visión aparecía y desaparecía y se tornaba nebulosa y poco nítida. Al principio tuvo las mayores dificultades para volver a recuperar la imagen una vez perdida su dirección.
La siguiente visión clara, que se le presentó una semana más o menos después que la primera -en el intervalo no había cosechado más que tentadores vislumbres y alguna experiencia útil-, le mostró el valle en toda su longitud. La visión era diferente, pero tuvo la curiosa convicción, confirmada repetidamente por subsiguientes observaciones, de que estaba contemplando ese extraño mundo exactamente desde el mismo sitio, aunque mirando en una dirección diferente. La larga fachada del gran edificio cuyo tejado había mirado antes desde arriba ahora se alejaba en la perspectiva. Reconoció el tejado. En la parte delantera de la fachada había una terraza de masivas proporciones y extraordinaria longitud, y en medio de la terraza, a ciertos intervalos, se erguían mástiles enormes, pero muy gráciles sosteniendo pequeños objetos brillantes que reflejaban la puesta de sol. La importancia de estos pequeños objetos no se le ocurrió al señor Cave hasta algún tiempo después, cuando describía la escena al señor Wace. 


La terraza sobresalía por encima de un seto de la vegetación más exuberante y grácil, más allá había un amplio y herboso césped sobre el que reposaban ciertas criaturas anchas, de forma parecida a la de los escarabajos, pero muchísimo más grandes. Más allá todavía había una calzada de piedra rosácea ricamente decorada, y más allá, subiendo valle arriba en exacto paralelo con los remotos acantilados, bordeada de una densa maleza de color rojo, había una ancha extensión de agua parecida a un espejo. El aire parecía rebosar de escuadrillas de grandes pájaros que se deslizaban en curvas majestuosas, y al otro lado del río había una multitud de espléndidos edificios de muchos colores que relucían con sus tracerías y múltiples caras metálicas en medio de un bosque de árboles parecidos al musgo y al liquen. Y de repente algo cruzó la visión aleteando repetidamente como el ondear de un enjoyado abanico o el batir de un ala; un rostro o más bien la parte superior de un rostro con unos ojos muy grandes apareció, por decirlo así, muy cerca del suyo propio, y como si estuviera al otro lado del cristal. Al señor Cave la absoluta realidad de estos ojos le dejó tan atónito e impresionado que retiró la cabeza del cristal para mirar por detrás. Se había quedado tan absorto observando que le sorprendió mucho encontrarse en la fría oscuridad de su pequeña tienda con los familiares olores a metílico, humedad y podrido. Y mientras miraba pestañeando a su alrededor, el resplandeciente cristal se oscureció y se apagó.
Tales fueron las primeras impresiones generales del señor Cave. La historia es curiosamente directa y detallada. Desde el comienzo, cuando el valle destelló por primera vez momentáneamente sobre sus sentidos, su imaginación quedó extrañamente afectada, y, a medida que empezaba a apreciar los detalles de la escena que veía, su asombro se convertía en pasión. Atendía su negocio apático y destrozado, pensando sólo en el momento en que podría volver a su observación. Entonces, unas semanas después de su visión del valle, llegaron los dos clientes, la tensión y excitación de su oferta, y el cristal que se libra de la venta por los pelos como ya he contado.
Ahora bien, mientras aquello constituyó el secreto del señor Cave siguió siendo una pura maravilla, algo a lo que se va sigilosamente para observar a hurtadillas, como un niño podría mirar un jardín prohibido. Pero el señor Wace posee unos hábitos mentales especialmente lúcidos y consecuentes para un joven investigador científico. Tan pronto como el cristal y la historia llegaron hasta él y se convenció, al ver la fosforescencia con sus propios ojos, de que las declaraciones del señor Cave disponían realmente de ciertas pruebas procedió a desarrollar el asunto sistemáticamente. El señor Cave estaba más que deseoso de regalarse la vista con el maravilloso mundo que veía, y acudía todas las noches desde las ocho y media hasta las diez y media, y a veces, en ausencia del señor Wace, durante el día. También iba las tardes de los domingos. El señor Wace tomó abundantes notas desde el principio, y gracias a su método científico se demostró la relación entre la dirección por la que el rayo inicial entraba en el cristal y la orientación de la imagen. Y metiendo el cristal en una caja perforada únicamente con una pequeña abertura para permitir el acceso del rayo excitador, y sustituyendo las cortinas color beige por otras de holanda negra mejoró muchísimo las condiciones de las observaciones, de forma que en poco tiempo fueron capaces de examinar el valle en cualquiera de las direcciones que querían.
Una vez despejado el camino, podemos dar una breve explicación de este mundo visionario del interior del cristal. El que veía las cosas era siempre el señor Cave, y el método de trabajo consistía invariablemente en que él observaba el cristal e informaba de lo que veía, mientras el señor Wace, que como estudiante de ciencias había aprendido el truco de escribir a oscuras, redactaba una breve nota de su informe. Cuando el cristal se oscurecía, lo colocaban en su caja en la posición adecuada y daban la luz eléctrica. El señor Wace hacía preguntas y sugería observaciones para aclarar puntos difíciles. Nada, verdaderamente, podía haber sido menos visionario y más práctico.
La atención del señor Cave se vio rápidamente dirigida hacia las criaturas parecidas a pájaros que tanto abundaban en sus primeras visiones. Pronto corrigió su primera impresión y durante algún tiempo consideró que podían representar una especie diurna de murciélagos. Después pensó, de forma bastante grotesca, que podían ser querubines. Sus cabezas eran redondas y curiosamente humanas, y fueron los ojos de uno de ellos los que le habían asustado tanto en la segunda observación. Tenían anchas alas plateadas, sin plumas, pero que resplandecían casi con el mismo brillo que los peces recién pescados y con el mismo sutil juego de colores, y estas alas, según supo el señor Wace, no estaban hechas a la manera de las alas de pájaros o murciélagos, sino soportadas por costillas curvas que irradiaban del cuerpo; una especie de ala de mariposa con costillas curvas parece lo mejor para indicar su aspecto. El cuerpo era pequeño, pero dotado de dos manojos de órganos prensiles, semejantes a largos tentáculos, inmediatamente debajo de la boca. Por increíble que le pudiera parecer al señor Wace, al final tuvo el convencimiento de que estas criaturas eran las propietarias de los grandes edificios cuasi- humanos y del magnífico jardín que daba tanto esplendor al ancho valle. Y el señor Cave percibió que, entre otras peculiaridades, los edificios no tenían puertas, sino que las grandes ventanas circulares que se abrían libremente eran las que servían de entrada y salida a las criaturas. Se posaban sobre los tentáculos, plegaban las alas reduciéndolas casi al tamaño de un bastón y, saltando, entraban en el interior. Pero entre ellas había una multitud de criaturas de alas más pequeñas, como de grandes libélulas, polillas y escarabajos voladores, y por el césped se arrastraban perezosamente de un lado para otro gigantescos escarabajos de tierra de brillantes colores. Además, en las calzadas y terrazas se veían unas criaturas de grandes cabezas similares a las de las moscas aladas más grandes, pero sin alas, muy ocupadas saltando sobre su manojo de tentáculos en forma de mano.
Se ha aludido ya a los relucientes objetos sobre los mástiles que se erguían sobre la terraza del edificio más próximo. Después de observar uno de estos mástiles minuciosamente en un día muy claro, al señor Cave se le ocurrió que el objeto reluciente allí situado era un cristal exactamente igual al que estaba mirando. Y una inspección aún más meticulosa le convenció de que cada uno de ellos, unos veinte en conjunto, tenía un objeto similar.
De vez en cuando una de las grandes criaturas voladoras revoloteaba hasta uno de ellos, y, plegando las alas y enroscando algunos tentáculos alrededor del mástil, miraban fijamente el cristal durante un rato, a veces hasta un cuarto de hora. Una serie de observaciones hechas a sugerencia del señor Wace convencieron a ambos observadores de que, por lo que a este mundo visionario concernía, el cristal cuyo interior ellos miraban estaba en realidad en la punta del último mástil de la terraza, y que al menos en una ocasión uno de esos habitantes del otro mundo había mirado al señor Cave a la cara mientras hacía estas observaciones.


Y éstos son los hechos esenciales de esta singularísima historia. A menos que lo rechacemos todo como una ingeniosa invención del señor Wace, tenemos que admitir una de las dos alternativas: O bien que el cristal del señor Cave se encontraba en dos mundos a la vez, y que mientras en uno se le llevaba de acá para allá en el otro permanecía estacionario, lo que parece completamente absurdo, o bien que tenía una especial relación de simpatía con otro cristal exactamente igual en ese otro mundo, de forma que lo que se veía en el interior de uno en este mundo era, en las condiciones adecuadas, visible para el observador del cristal correspondiente del otro mundo, y viceversa. De momento, desde luego, no conocemos ninguna forma en la que dos cristales pudieran entrar en comunicación, pero hoy día sabemos lo suficiente como para comprender que la cosa no es por completo imposible. Esta teoría de los cristales en comunicación fue la suposición que se le ocurrió al señor Wace, y al menos a mí, me parece extremadamente plausible...
¿Y dónde estaba ese otro mundo? Sobre esto también la despierta inteligencia del señor Wace arrojó luz rápidamente. Después de ponerse el sol el cielo se oscurecía muy deprisa -el crepúsculo no constituía realmente más que un breve intervalo- y las estrellas se ponían a brillar. Eran sin duda las mismas que vemos nosotros, formando las mismas constelaciones. El señor Cave reconoció la Osa, las Pléyades, Aldebarán y Sirio, de modo que el otro mundo debía de encontrarse en algún lugar del sistema solar y, como máximo, sólo a unos cientos de millones de millas del nuestro. Siguiendo esta pista, el señor Wace averiguó que el cielo de medianoche era de un azul más oscuro incluso que el de nuestro cielo a mitad del invierno, y que el Sol parecía un poco más pequeño. Y había dos lunas pequeñas; como la nuestra, pero más pequeñas y con marcas muy diferentes, una de las cuales se movía tan deprisa que su movimiento resultaba claramente visible al mirarla. Estas lunas nunca estaban altas en el cielo, sino que se ponían cuando se elevaban; es decir, cada vez que daban vuelta se eclipsaban por estar tan cerca de su planeta primario. Todo esto responde completamente, aunque el señor Cave no lo supiera, a las condiciones que deben de darse en Marte.
Desde luego, parece una conclusión muy plausible que al observar el interior del cristal lo que el señor Cave en realidad veía era el planeta Marte y sus habitantes. Si ése fuera el caso, entonces la estrella vespertina que relucía con tanto brillo en el cielo de aquella distante visión no era ni más ni menos que nuestra familiar Tierra.
Durante algún tiempo los marcianos -si es que eran marcianos- no parecieron haberse percatado de la inspección del señor Cave. Una o dos veces alguno vino a mirar y marchó al poco a otro mástil, como si la visión no fuera satisfactoria. En ese periodo el señor Cave pudo vigilar los procedimientos de este pueblo alado sin ser molestado por sus atenciones y, aunque su informe es necesariamente vago y fragmentario, resulta, a pesar de todo, muy sugestivo. Imaginen la impresión que tendría de la humanidad un observador marciano que, después de un difícil proceso de preparación y con los ojos considerablemente fatigados, pudiera ver Londres desde el chapitel de la iglesia de San Martín a intervalos, como máximo, de cuatro minutos cada uno. El señor Cave no pudo cerciorarse de si los marcianos alados eran los mismos que los marcianos que saltaban por las calzadas y las terrazas, y si los últimos podían ponerse las alas a voluntad. Vio varias veces unos bípedos torpes, que recordaban vagamente a monos, blancos y un poco translúcidos, alimentándose entre algunos de los árboles de liquen, y, una vez, algunos de ellos huían delante de uno de los marcianos saltarines de cabeza redonda. Este último cogió a uno con sus tentáculos y luego la imagen se desvaneció de repente dejando al señor Cave absolutamente intrigado en la oscuridad. En otra ocasión, una cosa enorme, que el señor Cave al principio tomó por un insecto gigantesco, apareció avanzando por la calzada junto al canal con rapidez extraordinaria. A medida que se acercaba más, el señor Cave percibió que era un mecanismo de metales relucientes y sorprendente complejidad. Y luego, cuando volvió a mirar, había desaparecido de la vista.
Pasado algún tiempo, el señor Wace pretendió atraer la atención de los marcianos, y la siguiente vez que los extraños ojos de uno de ellos aparecieron pegados al cristal, el señor Cave gritó y saltó, y hasta encendieron la luz la luz de la habitación y empezaron a gesticular como haciendo señales. Pero cuando finalmente el señor Cave examinó de nuevo el cristal, el marciano se había marchado.
Hasta aquí habían avanzado las observaciones a principios del mes de noviembre, y entonces el señor Cave, con la sensación de que las sospechas de la familia sobre el cristal se habían disipado, empezó a llevárselo de acá para allá con el fin de poder disfrutar, surgiera la ocasión de noche o de día, de lo que rápidamente se estaba convirtiendo en lo más real de su existencia.
En diciembre el señor Wace tuvo mucho trabajo a causa de un examen que se aproximaba, así que suspendieron de mala gana las sesiones durante una semana, y en diez u once días -no está muy seguro de cuántos- no vio a Cave. Entonces, ansioso por reanudar las investigaciones, y habiendo amainado la tensión de sus trabajos trimestrales, bajó hasta los Siete Cuadrantes. En la esquina observó la contraventana ante el escaparate de un pajarero, y luego otra en el escaparate de un zapatero. La tienda del señor Cave estaba cerrada.
Llamó y le abrió la puerta el hijastro vestido de negro. Éste llamó de inmediato a la señora Cave que, como el señor Wace no pudo por menos de observar, llevaba ropas de luto, baratas, pero amplias y de lo más imponente. Sin gran sorpresa por su parte, el señor Wace supo que Cave había muerto y estaba ya enterrado. Ella lloraba y tenía la voz un poco ronca. Acababa de llegar de Highgate. Parecía tener la mente ocupada con sus propios planes y los honorables detalles de las exequias, pero el señor Wace pudo finalmente conocer los pormenores de la muerte de Cave. Le habían encontrado muerto en la tienda por la mañana temprano al día siguiente de su última visita al señor Wace, apretando el cristal entre sus frías manos. Tenía la cara sonriente, según dijo la señora Cave, y el paño de terciopelo de los minerales yacía a sus pies en el suelo. Debía de llevar cinco o seis horas muerto cuando lo encontraron.
Esto supuso una gran conmoción para el señor Wace, que empezó a reprocharse amargamente por no haber atendido los claros síntomas de la mala salud del viejo. Pero lo que más le preocupaba era el cristal. Abordó el tema con cuidado porque conocía las peculiaridades de la señora Cave. Se quedó de una pieza al saber que lo habían vendido.
El primer impulso de la señora Cave tan pronto como el cuerpo de Cave estuvo en el piso de arriba, había sido el de escribir al loco clérigo que había ofrecido cinco libras por el cristal, informándole de su recuperación, pero tras una violenta búsqueda en la que se le unió su hija se convencieron de que habían perdido la dirección. Como no disponían de los medios necesarios para llorar y enterrar a Cave con el esmerado estilo que exige la dignidad de un antiguo habitante de los Siete Cuadrantes, habían apelado a un anticuario amigo de la calle Great Portland, quien amablemente se había hecho cargo de parte de las mercancías a precio de tasación. La tasación la había hecho él mismo y el huevo de cristal estaba incluido en uno de los lotes. El señor Wace, después de las condolencias pertinentes, expresadas, quizá, un poco bruscamente, marchó de inmediato a la calle Great Portland. Pero allí se enteró de que el huevo de cristal ya había sido vendido a un hombre alto y moreno, vestido de gris. 
Y ahí terminan súbitamente los hechos materiales de esta historia curiosa y, al menos para mí, muy sugestiva. El anticuario de la calle Great Portland no sabía quién era el hombre alto vestido de gris, ni lo había observado con la suficiente atención como para describirlo minuciosamente. Ni siquiera sabía qué dirección había tomado al salir de la tienda. Durante algún tiempo el señor Wace permaneció en la tienda poniendo a prueba la paciencia del anticuario con inútiles preguntas, desahogando su propia exasperación. Por fin, dándose cuenta de pronto de que todo el asunto se le había ido de las manos, había desaparecido como una visión nocturna, volvió a sus habitaciones un poco asombrado de encontrar las notas que había escrito todavía tangibles y visibles sobre su desordenada mesa.


Naturalmente, su disgusto y decepción fueron muy grandes. Hizo una segunda visita (igualmente infructuosa) al anticuario de la calle Great Portland y recurrió a anuncios en aquellos periódicos que probablemente caerían en las manos de coleccionistas de chucherías. También escribió cartas a The Daily Chronicle y a Nature, pero ambos periódicos, sospechando una broma, le pidieron que reconsiderara su acción antes de imprimir, aconsejándole que una historia tan extraña, por desgracia tan desprovista de pruebas que la apoyaran, podría poner en peligro su reputación de investigador. Además, las obligaciones de su propio trabajo le urgían. Así que después de un mes más o menos, salvo por algún ocasional recordatorio a ciertos anticuarios, tuvo que abandonar de mala gana la búsqueda del huevo de cristal que, desde ese día hasta hoy, sigue sin ser descubierto. De vez en cuando, sin embargo, según me dice y yo le creo absolutamente, le dan arrebatos de celo en los que abandona las ocupaciones más urgentes y reanuda la búsqueda.
Si permanecerá o no perdido para siempre con su material y su procedencia son todo conjeturas por el momento. Si el actual comprador es un coleccionista era de esperar que las indagaciones del señor Wace llegaran a sus oídos a través de los anticuarios. Ha conseguido descubrir al clérigo y al oriental del señor Cave, que no eran otros que el reverendo James Parker y el joven príncipe de Bossokuni, en Java. Les estoy muy agradecido por ciertos detalles. Los motivos del príncipe eran simplemente la curiosidad... y extravagancia. Estaba tan empeñado en comprar porque Cave se resistía de forma tan extraña a vender. También es posible que el comprador en la segunda ocasión fuera simplemente un comprador casual y no un coleccionista, y el huevo de cristal puede encontrarse en estos momentos, vaya usted a saber, a una milla de aquí, decorando un salón o sirviendo de pisapapeles con sus extraordinarias propiedades por completo ignoradas. Desde luego que es en parte la idea de tal posibilidad la que me ha llevado a narrar la historia de una forma que le dé la oportunidad de llegar a lectores habituales de ficción.
Mis ideas sobre este asunto son prácticamente idénticas a las del señor Wace. Creo que el cristal en el mástil en Marte y el huevo de cristal del señor Cave están en algún tipo -por el momento completamente inexplicable- de comunicación física, y los dos pensamos también que el cristal terrestre debe de haber sido enviado aquí desde ese planeta, posiblemente en fecha remota, para proporcionar a los marcianos una visión próxima de nuestros asuntos. Posiblemente los compañeros de los cristales que están en los otros mástiles también se encuentran en nuestro planeta. Ninguna teoría de la alucinación es suficiente para explicar los hechos.

FIN