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2024/06/17

El aro (Howard Fast)


Título original: The hoop
Año: 1973


En una de sus encantadoras y candorosas expresiones, que llegarían a ser conocidas por todo su público televisivo, el doctor Hepplemeyer atribuyó su éxito en la ciencia no a su talento sino a su nombre. ¿Se imaginan lo que significa llamarse Julius Hepplemeyer para toda una vida? Cuando uno es Julius Hepplemeyer, se ve obligado a trascender el nombre, o se conforma con perecer.
Había recibido el Premio Nobel en dos oportunidades, antes de perfeccionar el aro, lo que era prueba de que verdaderamente había trascendido su nombre. Al agradecer la distinción, hizo gala de lo que la prensa dio en llamar "las joyas de Hepplemeyer", es decir, dichos o sentencias como éstas: 

La sabiduría obliga al hombre a actuar tontamente.
La educación impone una búsqueda de la ignorancia.
La solución siempre hace necesario el problema.

Esta última sentencia se aplicaba perfectamente al aro. El doctor Hepplemeyer nunca había tenido la intención de curvar el espacio, algo que le parecía presuntuoso.
-Sólo Dios puede curvar el espacio -repetía con insistencia-. El hombre simplemente busca, y a veces encuentra.
-¿Cree en Dios? -le preguntó con ansiedad un periodista.
-En un Dios irónico, sí. La prueba de su existencia está en la risa. Una sonrisa es la única expresión de eternidad.
Hablaba de esa manera sin ningún esfuerzo especial, y las personas muy observadoras se daban cuenta de que pensaba así. Su mujer era una persona muy observadora. Una mañana, durante el desayuno, mientras se disponía a comer un huevo pasado por agua, él le explicó que todo vuelve a sí mismo.
Eso le causó una gran impresión a su mujer, aunque sin saber por qué.
-¿Incluso Dios? -le preguntó.
-Especialmente Dios -contestó él, y durante los dos años siguientes trabajó en el aro. 
El decano de Ciencias de la Universidad de Columbia le facilitó las cosas, permitiéndole que diera sólo una clase por semana. Se lo ayudó de todas las maneras imaginables. Después de todo, estaban en la Era de Hepplemeyer. Einstein ya había muerto, y Hepplemeyer se veía obligado a recordar a sus admiradores que si bien la Ley del Retorno de Hepplemeyer había abierto nuevos caminos a la física, de cualquier manera descansaba sólidamente sobre la base de la obra de Einstein. Pero su modestia caía en oídos sordos. El suplemento semanal del New York Times, que antes sacaba seis artículos por año sobre algún aspecto de la obra de Einstein, ahora había reducido los artículos a tres, mientras dedicaba siete a Hepplemeyer. Isaac Asimov, continuamente dedicado a esclarecer los misterios de la ciencia, dedicó seis mil palabras a una explicación popular de la Ley del Retorno, y aunque hubieron pocos que la entendieron, sirvió de tema de conversación de sobremesa a miles de lectores intrigados. No hubo muchos egos averiados, ya que el mismo Asimov calculaba que sólo unas doce personas en el mundo entendían realmente las ecuaciones de Hepplemeyer (y él no se incluía entre ellas).
Mientras tanto Hepplemeyer estaba tan absorbido en su trabajo que hasta había dejado de leer lo que escribían acerca de su obra. Se quedaba trabajando en el laboratorio toda la noche, ayudado por jóvenes colaboradores entusiastas, que más que asistentes pagados eran discípulos suyos, hasta que logró dar forma a su matemática, transformándola en un aro de reluciente aluminio, construido con un caño de seis pulgadas de diámetro. 
El aro era un círculo de doce pulgadas de diámetro. Dentro del caño de seis pulgadas había una espiral de enmarañados y finísimos alambres. Según explicaba a sus alumnos, en realidad estaba construyendo una red en la que tal vez lograría atrapar un tirabuzón de las interminables circunvoluciones del espacio.
Como es natural, en seguida se retractó de sus imágenes.
-Somos tan limitados -explicó-. El universo está lleno de innumerables maravillas para las que carecemos de nombres, para las cuales no tenemos palabras, ni siquiera conceptos. ¿El aro? Eso es diferente. El aro es un objeto, como pueden ver.
Llegó un hermoso día de sol en el mes de abril, en que el aro estuvo por fin terminado, y profesor y alumnos lo llevaron triunfalmente a mostrar a la universidad. Fueron necesarios ocho jóvenes robustos para transportar la estructura de hierro en la que descansaría el aro. Estaban presentes la prensa, la televisión, unos cuatro mil estudiantes, cuatrocientos policías, y muchos representantes de la vida, normal y anormal, de Nueva York. El centro de la Universidad de Columbia estaba tan lleno de gente que los policías tuvieron que despejar una parte para dar paso al aro. Hepplemeyer les rogaba que apartaran a la multitud, porque podría ser peligroso. Odiaba por igual la violencia y la imbecilidad, y por eso pidió por favor a los estudiantes que evitaran los líos que son casi inevitables cuando hay demasiados estudiantes y policías juntos.
Uno de los policías le prestó una bocina, y el profesor, declaró:
-Esto es sólo una prueba. Es casi imposible que resulte. He calculado que en cualquier área de equis metros cuadrados, posiblemente sólo unos centímetros cuadrados sean receptores. Así que, como ven, las probabilidades que tenemos no son muchas. Deben dejarnos lugar libre. Deben permitir que nos desplacemos. 
Los estudiantes se sentían bien bajo la influencia de la marihuana y de otras sustancias tranquilizantes, en ese luminoso día de primavera. Además, adoraban a Hepplemeyer, a quien consideraban como a una especie de Bob Dylan del mundo de la ciencia. Por eso prestaron su colaboración, hasta que finalmente el profesor encontró un lugar que le venía bien, e instalaron el aro.
Hepplemeyer lo observó pensativamente durante un momento y luego empezó a buscar algo en sus bolsillos. Encontró una goma de borrar grande, de color gris, y la tiró al aro. Lo atravesó y cayó al suelo, del otro lado.
El cuerpo de estudiantes (como el de la prensa) no tenía idea de lo que debía sucederle a la goma, pero la expresión abatida de Hepplemeyer decía bien a las claras que fuera lo que fuese, no había ocurrido lo que debía ocurrir. Los estudiantes aplaudieron en señal de apoyo comprensivo y Hepplemeyer, reconfortado, anunció por la bocina:
-Probamos de nuevo, ¿no?
Los dieciséis jóvenes robustos levantaron la estructura y el aro y los llevaron a otra parte del patio. La multitud los siguió respetuosamente, con el mismo aprecio con que el público sigue a los jugadores en un campeonato de golf. Las cámaras de televisión también los siguieron. El profesor volvió a repetir el experimento. Esta vez tiro una pipa vieja por el aro. Igual que la goma, la pipa atravesó el aro y cayó del otro lado.
-Volveremos a intentarlo -dijo a la multitud-. Quizá nunca lo logremos. Quizá no servirá de nada. Antiguamente la ciencia era algo mecánico y predecible. Hoy, dos y dos pueden ser el infinito. De cualquier manera, era una buena pipa y me alegro de recobrarla.
Entonces se hizo evidente para los presentes que lo que se arrojaba a través del aro no debía pasar al otro lado, y si no fuera Hepplemeyer quien hacía el experimento, sino alguna otra persona, la multitud de estudiantes, camarógrafos, reporteros y policías se habrían retirado disgustados. Pero era Hepplemeyer, y en lugar de dispersarse enojados, su fascinación por el experimento fue en aumento. Se eligió un nuevo lugar, y se volvió a instalar el aro. Esta vez el doctor Hepplemeyer seleccionó una lapicera fuente de su bolsillo, obsequio de la Academia, con la inscripción nil desperandum. Quizá con plena conciencia de inscripción arrojó la lapicera a través del aro, y esta vez el objeto desapareció antes de completar su trayectoria. Simplemente, desapareció.
Hubo un gran silencio durante un momento muy largo, y luego uno de los jóvenes asistentes de Hepplemeyer, llamado Peabody, tomó el destornillador que había usado para levantar la estructura, y lo arrojó a través del aro. Desapareció. El joven Brumberg hizo lo mismo con el martillo. Desapareció. Todo desapareció: La llave inglesa, las pinzas, las tenazas.
La demostración fue suficiente. Un aplauso estruendoso y triunfal atravesó la universidad, llegando hasta la ciudad. Entonces todos se contagiaron. Empezó una estudiante que arrojó su volumen de poemas de E. E. Cummings a través del aro. Desapareció. Siguió una cantidad suficiente de libros como para formar una pequeña biblioteca. Todos desaparecieron. Luego una lluvia de zapatos, cinturones, sueters, camisas. La gente tiraba lo que tenía a su alcance, y todo desaparecía.
El profesor Hepplemeyer trató, en vano, de impedir la lluvia de objetos que arrojaban. Su voz no se alzaba por sobre la algarabía de los enloquecidos estudiantes que habían presenciado cómo se desmoronaba la realidad básica como coronación de todas las verdades y virtudes de cuyo desmoronamiento habían sido testigos otras generaciones. El profesor Hepplemeyer trató de advertirles del peligro, pero también en vano.
Entonces se destacó de la multitud Ernest Silverman, campeón de salto en alto y estudiante distinguido, ciudadano de Filadelfia, para formar parte de la historia.
Con toda la exuberancia y despreocupación de la juventud, se arrojó por el aro, y desapareció. Y de inmediato la risa y los gritos se convirtieron en un silencio frío y espantoso. Igual que los niños que habían seguido al flautista, Ernest Silverman se había esfumado, y con él las esperanzas y las fantasías. Empezó a soplar un viento helado.


Algunos arriesgados quisieron seguir el ejemplo, pero Hepplemeyer se interpuso en su camino y por la bocina les rogó que se dieran cuenta del riesgo que corrían. Con respecto a Silverman, Hepplemeyer no pudo más que repetir lo que declaró a la policía una vez que hubieron guardado el aro bajo una guardia permanente las veinticuatro horas del día.
-Pero, ¿dónde está? -era la pregunta.
-No sé -era la respuesta.
La pregunta y la respuesta eran las mismas en el destacamento local y en la Central de la Policía, sólo que dada la posición de Hepplemeyer el Comisionado lo llevó a su despacho privado (ya era la medianoche) y le preguntó, implorándole:
-¿Qué hay del otro lado de ese aro, profesor?
-No lo sé.
-Eso dice usted todo el tiempo. Pero usted hizo ese aro.
-Nosotros construimos las dínamos. ¿Sabemos cómo funcionan? Hicimos la electricidad. ¿Sabemos lo que es?
-¿Lo sabemos?
-No, no lo sabemos.
-Eso no importa. Los padres de Silverman han llegado de Filadelfia, y trajeron a un abogado y como quince reporteros, y todos quieren saber adónde está el chico, y amenazan con no sé cuántos juicios y demandas.
Hepplemeyer suspiró.
-Yo también quiero saber dónde está -dijo.
-¿Qué podemos hacer? -imploró el Comisionado.
-No lo sé. ¿No cree que debería arrestarme?
-¿De qué lo acuso? ¿De negligencia, asesinato, secuestro? Nada se ajusta a lo ocurrido.
-Yo no soy policía -dijo Hepplemeyer-. Y si me arrestara, estorbaría mi trabajo.
-¿Está vivo el muchacho?
-No lo sé.
-¿Puede contestar una sola pregunta? -dijo el Comisionado con cierta exasperación-: ¿Qué hay del otro lado del aro?
-En cierto sentido, la universidad. En otro sentido, alguna otra cosa.
-¿Cómo?
-Otra parte del espacio. Una secuencia distinta de tiempo. La eternidad. O Brooklyn. No sé.
-Brooklyn no. Ni ninguna otra parte de Nueva York, o el chico ya habría vuelto. Es muy raro que usted haya inventado esa cosa y ahora no sepa nada de ella.
-Sé lo que se supone que debe hacer -dijo Hepplemeyer disculpándose-: Curvar el espacio.
-¿Lo hizo?
-Probablemente.
-Tengo cuatro policías que están dispuestos a atravesar el aro. Voluntarios. ¿Usted estaría de acuerdo?
-No.
-¿Por qué no?
-El espacio es algo muy especial, tal vez ni siquiera existe -contestó el profesor con la dificultad del hombre de ciencia cuando intenta explicar una abstracción a un lego-. El espacio es algo que no podemos comprender.
-Hemos llegado a la Luna.
-Precisamente. Es un lugar incómodo. Suponga que el muchacho esté en la Luna.
-¿Está en la Luna?
-No sé. Podría estar en Marte. No me gustaría arriesgar a cuatro policías.
Entonces, con el ingenio o la ingenuidad propia de las personas que aman a los animales, arrojaron a un perro por el aro. Desapareció.
Durante las semanas siguientes pusieron de guardia a un policía mientras el profesor pasaba el día entero en los tribunales y la tarde con sus abogados. Tuvo tiempo, sin embargo, para conferenciar con el intendente tres veces.
La ciudad de Nueva York tenía una bendición: Su intendente era un hombre de ingenio e imaginación. El profesor Hepplemeyer soñaba con el espacio y el infinito, mientras que el intendente soñaba con ecología, los desperdicios y las finanzas. Por eso no es de extrañarse que al Intendente se le ocurriera una idea para cambiar el curso de la historia.
-Déjenos intentarlo con un solo tacho de desperdicios -le rogó el Intendente al profesor Hepplemeyer-. Si resulta, podría ganar un tercer Premio Nobel.
-No quiero otro Premio Nobel. No merecí los otros dos. Ya tengo bastante culpa por eso.
-Puedo convencer a la junta de Presupuesto de que paguen los gastos del caso Silverman.
-Pobre muchacho. ¿Cargara la junta con mi culpa?
-Lo hará millonario.
-Eso es lo que menos me gustaría ser.
-Es su obligación para con la humanidad -insistió el Intendente.
-La universidad no lo permitirá.
-Deje la universidad por mi cuenta -dijo el Intendente.
-Es inmoral -dijo Hepplemeyer con desesperación. Y luego se dio por vencido. Al día siguiente un camión recolectar de basura, repleto, dio marcha atrás hasta el lugar en que estaba emplazado el aro.
En Nueva York cualquier cosa en seguida se convierte en un acontecimiento. Por otra parte, no hay nada más poderoso que una idea cuando le ha llegado el momento. Por estas dos razones, la brillante idea del Intendente circuló por la ciudad como pólvora. Allí estaban presentes las cámaras de los canales de televisión, la prensa local y nacional, de diez a quince mil estudiantes, curiosos de la zona, y también la prensa internacional, que sólo aparece para acontecimientos de resonancia mundial. Este era uno de esos acontecimientos, ya que el talento para hacer basura es genérico a la humanidad y probablemente su principal función, como una vez tuviera la poca delicadeza de afirmar George Bernard Shaw. Por cierto, el cómo librarse de la basura era un problema que compartía toda la humanidad.
Chirriaron las cámaras y cincuenta millones de personas observaron sin pestañear por unos instantes las pantallas de sus televisores mientras el gran camión de Sanidad se acercaba a destino. Anotamos, por su interés histórico, que el conductor era Ralph Vecchio y Tony Andamano su asistente. Andamano, podríamos decir, parado en el arco iris de la historia, daba indicaciones a Vecchio con tranquilidad y eficiencia:
-Un poco más, Ralphy, un poquito más. Despacio. Dale un poco más. Despacito, despacito. Muy bien. Ya está.
El profesor Hepplemeyer estaba parado junto al Intendente, musitando en voz muy baja a medida que el mecanismo del vaciado de desperdicios empezaba a funcionar. Entonces los desperdicios comenzaron a fluir a través del aro. No se oyó ningún sonido proveniente de la multitud por unos momentos, pero cuando la basura desapareció, en dirección al infinito o a Marte o a alguna otra galaxia, se oyó un grito triunfal de tal magnitud que parecía adecuado a la salvación de la raza humana.
Ese día nacieron los héroes. El intendente se convirtió en héroe. Tony Andamano se convirtió en héroe. Ralph Vecchio fue un héroe. Pero sobre todo el profesor Hepplemeyer, cuya fama igualaba su tristeza. Por ley especial del Congreso se creó la Medalla Nacional de Ecología, que fue otorgada al profesor Hepplemeyer. Lo hicieron coronel de Kentucky y ciudadano honorario del Japón y de Gran Bretaña. Japón le ofreció inmediatamente diez millones de dólares por un solo aro, y contratos de un billón de dólares por cien aros. Le fueron otorgados títulos honorarios de dieciséis universidades, y la ciudad de Chicago mejoró la oferta del Japón a doce millones por un solo aro. La competencia entre las ciudades de Estados Unidos se convirtió en carrera frenética, ocupando el primer lugar Detroit con una oferta de cien millones de dólares por el primer (más bien segundo) aro que construyera Hepplemeyer. Alemania no requirió un aro, sino el principio que lo regía, y manifestaron que estaban dispuestos a pagar medio billón de marcos, recordando gentilmente al profesor, al mismo tiempo, que por lo general se prefería el marco al dólar.


Mientras tomaban el desayuno, la esposa de Hepplemeyer le recordó que aún no habían pagado la cuenta del dentista, a quien le debían mil doscientos dólares por el trabajo de ortodoncia.
-Sólo tenemos setecientos veintidós dólares en el banco -dijo el profesor con un suspiro-. Quizá sea conveniente que pidamos un préstamo.
-No, no. Eso no. Estás bromeando -dijo su mujer. 
El profesor la miró, sorprendido.
-La oferta de los alemanes -dijo ella-. Ni siquiera tienes que construir el maldito aparato. Todo lo que necesitan es el principio.
-En muchas oportunidades me he preguntado si después de todo no es la ignorancia sino la devoción al principio de la dualidad la responsable por todos los males de la humanidad.
-¿Qué?
-La dualidad.
-¿Te gustan los huevos? Los compré en el Supermercado Pioneer. Son siete centavos más baratos, y de los más grandes.
-Son muy buenos -dijo el profesor.
-¿Qué demonios quiere decir dualidad?
-Todo. La manera en que pensamos. El bien y el mal. Blanco y negro. Mi camisa, la tuya. Mi país, el tuyo. Es la manera en que pensamos. Nunca pensamos en una cosa, en un todo, una unidad. El universo está fuera de nosotros. Nunca se nos ocurre pensar que nosotros estamos dentro de él.
-Realmente no puedo seguirte -respondió su mujer con paciencia- ¿pero quieres decir acaso que no vas a construir más aros?
-No estoy seguro.
-Eso quiere decir que estás seguro.
-No, sólo quiere decir que no estoy seguro. Tengo que pensarlo.
Su esposa se levantó de la mesa, y el profesor le preguntó adónde iba.
-No estoy segura. Voy a tener un horrible dolor de cabeza o a saltar por la ventana. Tengo que pensar sobre eso también.
La única persona que estaba absolutamente segura acerca de sí misma era el intendente de la ciudad de Nueva York. Durante ocho años había tenido que ocuparse de problemas que no tenían solución, y no había ninguna organización en la ciudad, ya fuera entre los sindicatos, las sociedades vecinales, de consumo, o tropas de Boy Scouts, que no lo hubieran elegido como chivo expiatorio. Por fin parecía que le mejoraban las cosas, y se sentía tan agradecido al aro que hubiera dado armas a sus ciudadanos y levantado barricadas si alguien amenazaba tocarlo o interferir con él. Había un cordón policial permanente alrededor del aparato, y continuamente una procesión interminable de camiones de basura atravesaba la universidad de Columbia para vaciar los desperdicios a través del aro.
En las oficinas de Urbanización y Planeamiento los técnicos no dormían, tratando de idear un sistema para que todas las cloacas desembocaran en el aro. Era un momento decisivo, y no importaban los ruegos de los intendentes de las ciudades vecinas, que querían que sus ciudades fueran incluidas en el proyecto.
El intendente se mantenía firme. No había ninguna hora de las veinticuatro del día, ni siquiera un minuto de los sesenta que hacen una hora, sin que un camión no estuviera vaciando su carga de desperdicios en el aro. Tony Andamano, que había sido ascendido a inspector, no se movía del aro, acompañado de un grupo de ayudantes cuya tarea específica era controlar que la basura fuera descargada al infinito en forma correcta.
Naturalmente, la presión local, luego nacional y por fin mundial, siguió creciendo. Se insistía en que se desarmara el aro y se lo reprodujera fielmente. Los japoneses, que siempre habían sido expertos en reproducir y mejorar cualquier cosa que se inventara en Occidente, fueron los primeros en presentar la moción en las Naciones Unidas. Luego los siguieron medio centenar de países. Pero el intendente había tenido una larga charla con Hepplemeyer. Fue más o menos así, si es que se puede confiar en las memorias de Hepplemeyer:
-Quiero una respuesta directa y honesta, profesor. Si lo desarman, ¿podrán reproducirlo?
-No.
-¿Por qué no?
-Porque no conocen la matemática. No es una transmisión de automóvil, en absoluto. Naturalmente.
-¿Existe una posibilidad de que lo puedan reproducir?
-¿Quién sabe?
-Supongo que usted lo sabrá -dijo el intendente-. ¿Puede reproducirlo usted?
-Yo lo hice.
-¿Hará otro?
-Quizás. He estado pensando en ello.
-Ya ha pasado un mes.
-Yo no pienso muy rápido -dijo el profesor.
Entonces el intendente hizo una declaración histórica: 
-Cualquier intento por interferir con el funcionamiento del aro será considerado como una trasgresión de los derechos constitucionales de propiedad de la ciudad de Nueva York, y será resistido con todos los medios, legales o no, de que disponga la ciudad.
Los comentaristas se embarcaron de inmediato en una discusión de lo que quería significar el intendente con "Medios no legales", mientras el gobernador, que nunca había sido amigo del intendente, le hacía juicio ante la justicia federal defendiendo el derecho de todos los municipios del estado de Nueva York. La NASA, por otra parte, burlándose de la sugerencia de que existían secretos científicos sin solución, dedicó todos sus cerebros electrónicos a la empresa de resolver este problema. Los rusos hicieron la predicción de que ellos tendrían su propio aro en sesenta días. Sólo los chinos parecían divertirse, ya que ellos transformaban casi todos los desperdicios en una especie de estiércol orgánico, y eran demasiado pobres y económicos como para que les preocupara el problema. Pero los chinos estaban demasiado lejos como para que su diversión suavizara los ánimos de los norteamericanos, y la ira empezó a crecer día a día. De héroe excéntrico, el profesor Hepplemeyer empezaba a convertirse en enemigo público número uno de la ciencia. Ahora se lo acusaba públicamente dé comunista, loco, egomaníaco y, para colmo, asesino.

-Me siento muy incómodo -le confesó el profesor a su mujer. Ahora que evitaba aparecer en la televisión y se negaba a dar conferencias de prensa, ventilaba sus ansiedades y se confesaba ante la mesa del desayuno.
-Hace treinta años que sé lo testarudo que eres. Ahora, por lo menos, lo sabe el mundo entero.
-No es que sea testarudo. Es un asunto de dualidad, como te dije.
-Todos los demás dicen que es un asunto de basura. Todavía no has pagado la cuenta del dentista. Hace cuatro meses que está vencida. El doctor Steinman nos ha demandado.
-Vamos, tranquilízate. Los dentistas no presentan demandas.
-Dice que en potencia eres el hombre más rico de la tierra, y eso justifica su demanda.
El profesor estaba haciendo garabatos en la servilleta.
-Notable -dijo-. ¿Sabes qué cantidad de basura han echado por el aro?
-¿Sabes que podrían pagarte por cada kilo que tiran? Hoy llamó un abogado que quiere representar...
-Más de un millón de toneladas -interrumpió él-. ¿Qué te parece? ¡Más de un millón! Somos criaturas maravillosas. Durante siglos los teólogos buscaron una explicación teleológica para la humanidad, y nunca se le ocurrió a nadie que somos fabricantes de basura, y nada más que eso.
-Dijo que podrían darte cinco centavos por tonelada.
-Más de un millón de toneladas -dijo, pensativamente-. Quién sabe dónde estarán.


Exactamente tres semanas más tarde, a las cinco y veinte de la mañana, apareció la primera grieta en el asfalto de Wall Street. Era una fisura bastante común, de las que aparecen en muchas calles de una ciudad, y no había nada extraño, como para alarmar a nadie, sólo que no era una grieta estática. Entre las cinco y veinte y las ocho y veinte duplicó su extensión, y alcanzó una pulgada de ancho. El olor que salía llamó la atención de las multitudes que iban a sus empleos, y se corrió la voz de que había una pérdida de gas.
A las diez los camiones de la compañía de gas estaban en el lugar examinando las válvulas principales, y para las once la policía había hecho un cordón de vigilancia. La grieta, que se extendía en toda la extensión de la calle, tenía ya ocho pulgadas de ancho. La gente hablaba de un terremoto, pero cuando se hizo averiguaciones en la universidad de Ford, la información fue que no se registraba nada fuera de lo común en el sismógrafo, excepto, tal vez, unos temblores muy débiles. De cualquier manera, nada que pareciera un terremoto.
Cuando las calles se llenaron de gente a la hora del almuerzo, el olor rancio y desagradable hizo que una media docena de personas de estómago delicado se descompusieran. Para la una, la grieta era de más de un pie de ancho. Además, se habían roto varias cañerías de agua, y la compañía de electricidad se vio obligada a cortar las líneas de alto voltaje. A. las dos y diez minutos aparecieron los primeros desperdicios.
Los desperdicios surgían de la grieta, que después de una hora ya tenía tres pies de ancho, con lo que los edificios empezaron a moverse, aparecieron grietas y cayeron algunos ladrillos. Entonces la basura comenzó a amontonarse en Wall Street como si fuera lava proveniente de un volcán en erupción. Cerraron las oficinas, y huyeron los empleados, los banqueros, los corredores de bolsa y los secretarios, todos vadeando en medio de un mar de basura. A pesar de los esfuerzos de la policía y de los bomberos, a pesar de los heroicos salvamentos de los equipos de helicópteros de la policía, ocho personas perecieron entre la basura o quedaron atrapadas en algún edificio. Para las cinco de la tarde la basura en Wall Street tenía diez pisos de alto y por un extremo caía en Broadway y por el otro a East River Drive. Entonces, como un volcán primigenio, estallaron las represas, y por espacio de una hora llovió basura sobre la isla de Manhattan igual que en el pasado habían llovido cenizas sobre Pompeya.
Y luego todo terminó, de repente, con extraña rapidez, con tanta rapidez que el intendente no abandonó su despacho, sino que se quedó sentado observando por la ventana la alfombra de basura que rodeaba el palacio de la Municipalidad.
Tomó el teléfono. Funcionaba todavía. Discó, utilizando su línea particular, y los impulsos eléctricos atravesaron la montaña de desperdicios, y sonó el teléfono en el estudio del profesor Hepplemeyer.
-Hepplemeyer -dijo el profesor.
-Habla el intendente.
-Oh, sí. Ya estoy enterado. Lo siento muchísimo. ¿Terminó ya?
-Parece haber parado -dijo el intendente.
-¿Y Ernest Silverman?
-Ni rastros de él -dijo el intendente
-Bueno, muy atento en llamarme.
-Aquí está toda la basura.
-¿Alrededor de dos millones de toneladas? -preguntó el profesor con dulzura.
-Kilo más o menos. ¿Le parece que puede traer el aro...?
El profesor colgó el receptor y fue a la cocina, donde, su mujer estaba preparando la comida. Le preguntó quién había llamado.
-El intendente.
-¿Qué quiere?
-Quiere que trasladen el aro.
-Es muy atento en consultarte.
-Sí, por cierto -dijo el profesor-. Pero tengo que pensarlo.
-Es natural que lo hagas -dijo ella con resignación.

FIN

2024/03/18

Cephes 5 (Howard Fast)


Título original: Cephes 5
Año: 1973


El tercer oficial (en entrenamiento, así que en realidad era simplemente el ayudante del tercer oficial) dio unos pasos por el corredor de la gran nave espacial en dirección al recinto de meditación. Aunque ya llevaba cuatro años estudiando las once clases distintas de naves espaciales, la presente era nueva, impresionante y mucho más compleja, mucho más debido a que esta era una nave Clase Dos, absolutamente autónoma en cuanto a mantenimiento y con una posibilidad indefinida de recorrido. A distinción de otras naves espaciales, no llevaba el nombre del planeta de origen sino del de destino, Cephes 5, y como todas las naves médicas, le estaba permitido entrar en cualquier puerto de la galaxia.
Sabía que había tenido suerte de que se lo destinara a esta nave para completar su entrenamiento, y a los veintidós años era lo suficientemente joven y romántico como para dudar de su buena fortuna y bendecir su buena estrella continuamente.
Hacía tres días que se había embarcado como cadete oficial, en el último puerto que había tocado la nave, y desde entonces lo tenían ocupado con exámenes médicos, inoculaciones, instrucciones y giras de orientación. Esta era su primera hora libre, y buscó el recinto de meditación.
Era una habitación larga, sin nada de particular, de paredes color marfil, cielorraso de igual color, iluminada por una agradable luz dorada. Por todos lados habían pilas de almohadones. De la tripulación de la nave, unas ciento veinte personas, había en ese momento una docena, meditando. Estaban sentados sobre los almohadones con las piernas cruzadas, el cuerpo erguido, las manos juntas y la mirada baja en una posición que era tal vez la más generalizada entre todos los planetas de la galaxia. El tercer oficial escogió un almohadón y se sentó, cruzando sus piernas desnudas. Sólo vestía un pantaloncillo de algodón.
Trató de desprenderse de su ego, como había aprendido hacía mucho tiempo, de tranquilizar sus dudas y temores para fundirse con la inmensidad del universo hasta formar parte de un todo infinitamente superior. Pero no lo logró. Se sentía bloqueado, confundido, preocupado, su mente pasaba de pensamiento en pensamiento mientras en medio de ellos comenzaban a tomar cuerpo extrañas fantasías.
Miró a los otros hombres y mujeres que se encontraban en el recinto, pero todos estaban en silencio, y aparentemente no los turbaba ningún pensamiento extraño y espantoso como a él.
Durante una media hora el tercer oficial trató de controlar su propia mente y mantenerla en claro, pero después se dio por vencido y abandonó el recinto de meditación, dándose cuenta entonces de que se había sentido así, en ese curioso estado de excitación mental, desde el momento en que subió a bordo del Cephes 5, sólo que recién se percataba de ello.
Pensó que se debía a su ansiedad, que estaba excitado porque lo habían destinado a esta gran nave misteriosa. Fue a una de las habitaciones con ventanales para contemplar el espacio, se sentó en una silla y apretó el botón que levantaba la pantalla, descubriendo el exterior. Se tenía la impresión de estar sentado en el medio de la galaxia, en el centro de una cantidad infinita de estrellas brillantes. El tercer oficial recordó que en sus primeros viajes de entrenamiento, la sala de contemplación había curado cualquier problema de temor o intranquilidad. Ahora no surtió efecto, pues sus pensamientos eran tan turbadores como en el recinto de meditación.
Preocupado e intrigado, el tercer oficial abandonó la habitacion y se encaminó a la oficina del consejero de la nave. Le quedaban cuatro horas de tiempo libre antes de comenzar su recorrido por la sala de máquinas. Había decidido dedicar sus horas libres a conocer a los otros integrantes de la tripulación en el salón de recreo, pero cambió de idea, ya que más importante era saber por qué la atmósfera de la nave lo llenaba de un sentimiento de caos y premonición.
Llamó a la puerta de la oficina del consejero y entró al oír una voz que le ordenó hacerlo. Entró con inseguridad porque nunca había acudido a un consejero de una nave interestelar. Los consejeros eran personajes legendarios en toda la galaxia, ya que en cierta manera pertenecían al más alto grado en la organización de la humanidad. Eran hombres muy viejos y muy sabios, y poseían un talento tal que no podía sino llenar de temeroso respeto a un cadete de veintidós años. En las naves espaciales, los consejeros estaban incluso por encima del capitán, aunque era muy raro que un consejero contraviniera una orden de un capitán o interfiriera de manera alguna en la dirección de la nave. Se corrían historias de que había consejeros de más de doscientos años, aunque se sabía con seguridad que había muchos de ciento cincuenta años.
Cuando el tercer oficial entró en la oficina pequeña y amueblada con sencillez, un hombre viejo, vestido con una bata de seda azul, se volvió del escritorio donde estaba escribiendo y dio la bienvenida al tercer oficial con un movimiento de cabeza. Era por cierto muy viejo, con la piel arrugada y seca como cuero viejo, y miró al tercer oficial con ojos de un color amarillo pálido, llenos de agradable curiosidad. ¿Era verdad que los consejeros podían leer el pensamiento de otra persona con la misma facilidad que los hombres comunes oían el sonido?, se preguntó el tercer oficial.
-Sí, es verdad -dijo el viejo suavemente-. Tenga paciencia, tercer oficial. Tiene más cosas que aprender de las que se imagina.
Le indicó una silla.
-Siéntese y póngase cómodo. Hay una diferencia de ciento doce años entre su edad y la mía, y aunque cuando llegue a mi edad le parecerá poco importante, ahora es casi extraordinario, ¿verdad?
El tercer oficial asintió.
-¿Estuvo en el recinto de meditación y no pudo meditar?
-Sí, señor.
-¿Sabe por qué?
-No, señor.
-¿Tampoco sospecha la razón?
-He estado varias veces en naves espaciales -dijo el tercer oficial.
-Y hace tres días que está en ésta, ya lo han examinado, ha escuchado conferencias, le han inyectado toda clase de sueros y anticuerpos, lo han orientado, pero no le han dicho lo que transporta esta nave, ¿verdad?
-Así es, señor.
-¿Ni cuáles son sus propósitos?
-No, señor.
-Y como corresponde, usted no lo preguntó.
-No, señor, no pregunté nada.
El consejero miró en silencio al tercer oficial por espacio de dos o tres minutos. El tercer oficial encontró que sus propios problemas se confundían con la excitación y la curiosidad que sentía al estar sentado cara a cara con uno de los legendarios consejeros, y por último no pudo contenerse más.
-¿Me perdonaría si le hiciera una pregunta personal, señor?
-No se me ocurre ninguna pregunta que deba ser perdonada -replicó el consejero, sonriendo.
-¿Está leyéndome la mente ahora, señor? Esa es la pregunta.
-¿Leyéndole la mente ahora? Oh no, claro que no. ¿Por qué iba a hacerlo? Ya sé todo respecto a usted. Necesitamos jóvenes poco comunes en nuestra tripulación, y usted es un joven extremadamente poco común. Para leerle la mente tengo que concentrarme y hacer un esfuerzo. Por el contrario, estaba leyendo mi propia mente, acordándome de cuando tenía su edad. Tenemos una tendencia a reflexionar demasiado, y a desviarnos del tema. Volviendo al asunto de su meditación. Le llevará algún tiempo, pero cuando comprenda el propósito del Cephes 5, vencerá estas dificultades y logrará meditar en un plano superior al de antes, de acuerdo con un nuevo esfuerzo de la voluntad. No se preocupe por el momento. ¿Sabe qué quiere decir la palabra "asesinato"?
-No, señor.
-¿La ha oído antes?
-No que yo acuerde.
Parecía que el viejo sonreía interiormente. De nuevo se produjo un minuto de reflexión. El tercer oficial esperó.
-Hay todo un espectro del ser que debemos examinar -dijo por fin el consejero-, y por eso lo introduciremos en un área que no se ha imaginado nunca. No le dañará, ni siquiera lo turbará en exceso, porque ya pensamos en ello cuando lo elegimos para formar parte de la tripulación del Cephes 5. Comenzaremos con el asesinato como idea y como acto. El asesinato es el acto que acaba con una vida humana, y como idea tiene su origen en sentimientos anormales de odio y agresión.
-Odio y agresión -repitió con lentitud el tercer oficial.
-¿Entiende lo que digo?
-Creo que sí.
-Las palabras deben resultarle familiares. Permítame que penetre en su mente por un instante, para que sienta todo esto mucho mejor de lo que yo puedo explicárselo.
La cara del viejo carecía de expresión. De repente el tercer oficial hizo un gesto de asco, y profirió un grito. Entonces el rostro del viejo volvió a cobrar expresión y el tercer oficial se cubrió la cara con las manos y se quedó así durante un rato, temblando.
-Lo siento, pero era necesario -dijo el consejero-. El miedo es parte integrante, y por eso debí tocar el centro del miedo y el del espanto en su cerebro. De otra manera es imposible explicarle el color a un ciego.


El tercer oficial lo miró, asintiendo.
-Estará bien dentro de un momento. Lo que acaba de comprender es el asesinato. Hay otros grados: El dolor, la tortura, una variedad increíble de padecimientos... Avíseme si no entiende alguna de estas palabras.
-"Tortura". Me parece que he oído esa palabra.
-Es la imposición deliberada del dolor psicológico o físico.
-¿Por qué razón? -preguntó el tercer oficial. 
- He ahí el problema. ¿Por qué razón? Toda razón implica cordura. Estamos hablando de enfermedad, de la enfermedad más horrenda que haya experimentado el hombre.
 -¿Y el asesinato? ¿Es simplemente un síndrome? ¿Es algo que sucedió en el pasado? ¿Algo que sucedió en la niñez de la raza humana? ¿O es un postulado?
-No, no. Es una realidad.
-¿Quiere decir que la gente se mata entre sí?
-Exactamente.
-¿Sin razón?
-Sin razón, tal como usted entiende la palabra razón. Pero dentro del espectro de esta enfermedad, hay una razón y una causa subjetivas.
-¿Una razón suficiente para matar? -murmuró el tercer oficial.
-Una razón suficiente para matar. 
El joven meneó la cabeza.
-Es increíble, sencillamente increíble. Con todo respeto, señor, pero yo fui educado, tuve una buena educación. Leo libros, miro la televisión. Me mantengo al tanto de todo. ¿Cómo puede ser que no haya oído estas palabras?
-¿Cuántos planetas habitados hay en la galaxia? -preguntó el viejo, sonriendo levemente.
-Treinta y tres mil cuatrocientos sesenta y nueve.
-Setenta y dos desde el mes pasado, cuando se poblaron Philbus 7, 8 y 9. Treinta y tres mil cuatrocientos setenta y dos... ¿Responde eso a su pregunta? Hay miles de planetas donde nunca ha habido un asesinato, como hay miles de planetas donde no se conoce la tuberculosis, la pulmonía o la escarlatina.
-Pero eso es porque curamos todas esas enfermedades, todas las necesidades del hombre.
-Sí, casi todas las enfermedades. Casi todas. No tenemos un conocimiento que sea absoluto. Aprendemos mucho, pero cuanto más sabemos, más se abren las fronteras de lo desconocido, y la única enfermedad que actualmente nuestros mejores médicos e investigadores no pueden combatir es esta que estamos discutiendo.
-¿Tiene nombre?
-Sí. Se llama locura.
-¿Dice que es una enfermedad muy antigua?
-Muy antigua.
Le tocó el turno al tercer oficial de quedarse pensativo, y el viejo esperó pacientemente que reflexionara. Por fin el cadete preguntó:
-Si no tenemos cura, ¿qué le pasa a estas personas que asesinan?
-Las aislamos.
De pronto el tercer oficial entendió, y sintió un escalofrío.
-¿En el planeta Cephes 5?
-Sí. Los aislamos en el planeta Cephes 5. Lo hacemos con toda la bondad y compasión posibles. Hace mucho, mucho tiempo, intentamos otras alternativas, pero todas fallaron, y por último se llegó a la conclusión de que lo único posible era el aislamiento.
-Y esta nave... -el tercer oficial se interrumpió.
-Sí, sí. Esta es la nave que los transporta. Recogemos a estas personas en todos los lugares de la galaxia y las llevamos a Cephes 5. Por eso elegimos nuestra tripulación con tanto cuidado. Elegimos personas de gran fuerza interior. ¿Entiende ahora por qué le costó tanto meditar?
-Sí, creo que sí.
-Ninguna persona sensible puede sustraerse a las vibraciones que animan la nave, pero se puede aprender a vivir con ellas, y hallar nueva fuerza a la vez. Naturalmente, siempre tiene la opción de abandonar la nave.
El viejo miró pensativamente al tercer oficial, algo triste por la fugaz belleza de la juventud. Se fijó en el cabello rubio dorado, los ojos celestes, en el ferviente enfrentamiento y la toma de conciencia del problema de la vida, y recordó la época cuando él había sido joven y vigoroso, no lamentando el paso de los años, sino con la eterna fascinación que le producía contemplar el proceso de la vida, del que formaba parte.
-No creo que abandone la nave, señor -dijo el tercer oficial después de un momento.
-Yo tampoco lo creo. 
El consejero se puso de pie. Era un hombre alto y erguido. La bata azul le colgaba de los hombros, huesudos y anchos. Era alto, como todas las personas negras que habitan los planetas de las constelaciones Rebus y Alma 
-Vamos -dijo al joven-, ya analizaremos esto con más detenimiento. Y recuerde, tercer oficial, que no tenemos alternativa. Se trata de un factor genético, y si no hubiéramos aislado a esta pobre gente, toda la galaxia se habría contagiado.
El tercer oficial abrió la puerta, dejó pasar al consejero y lo siguió por el corredor hasta uno de los ascensores. En el camino se cruzaron con otros integrantes de la tripulación, hombres y mujeres, blancos, negros, amarillos y morenos, y todos saludaron con respeto al consejero. Se detuvieron frente al ascensor, y cuando se abrió una puerta, entraron. El capitán de la nave salía del mismo ascensor, y retuvo la puerta un momento para saludar al consejero. El capitán era mujer.
-Gracias, capitán. Éste es el tercer oficial cadete. Hace sólo tres días que está con nosotros.
El tercer oficial no había visto al capitán hasta ese momento, y se impresionó por su gracia y belleza. Parecía tener unos cincuenta y tantos años, era de piel amarilla con negros ojos rasgados y cabello oscuro, apenas canoso. Usaba la bata de seda blanca, símbolo de mando, y saludó con amabilidad al tercer oficial, haciéndolo sentir necesario e importante.
-Estuvimos hablando de Cephes 5 -le explicó el consejero-. Ahora lo llevo a la cámara de sueño.
-Está en buenas manos -dijo el capitán.
El ascensor descendió hasta las profundidades de la inmensa nave, se detuvo, y se abrió la puerta. El tercer oficial siguió al consejero hasta que llegaron a una sala larga y ancha que a primera vista lo dejó sin aliento, anonadado. Era semejante a un inmenso depósito de cadáveres donde por lo menos quinientas personas dormían en literas. Había hombres y mujeres, y también niños, algunos de tan sólo diez o doce años, ninguno de más de veinte, personas de todas las razas de la galaxia. Dormidos no había nada que los distinguiera de las personas normales.
El tercer oficial empezó a hablar en voz baja.
-No es necesario -dijo el consejero-. No pueden despertar hasta que nosotros los despertemos.
El viejo condujo al joven a lo largo de la extensa hilera de camas hasta el fin de la cámara donde, detrás de una pared de vidrio, había un grupo de personas vestidas de blanco trabajando alrededor de una mesa sobre la que de encontraba extendido un hombre. En la cabeza tenía una cinta de la que salían alambres, y en la parte de atrás del recinto había máquinas.
-Les bloqueamos la memoria -explicó el consejero-. Eso lo podemos hacer. Después les damos nuevos recuerdos. Es un procedimiento muy complejo. No se acordarán de ninguna existencia antes de Cephes 5, y se sentirán completamente orientados hacia Cephes 5 y a las costumbres del lugar.
-¿Los dejan allí, simplemente?
-Oh no, claro que no. Tenemos nuestras agencias en Cephes 5. Hace muchísimos años que las tenemos. Hacer que estas personas se acostumbren a la vida de Cephes 5 es un proceso muy delicado e importante. Si los habitantes de Cephes 5 lo descubrieran, las consecuencias serían trágicas para ellos. Pero hay muy pocas probabilidades de que eso ocurra. Es casi imposible, en realidad.
-¿Por qué?
-Porque la estructura de la vida en Cephes 5 gira alrededor de la formación del ego. Todas las personas del planeta se pasan la vida creando un ego que subjetivamente los coloca en el centro del universo. Esta estructura del ego es lo más importante de la enfermedad, porque dependiendo de la enfermedad que crea el ego, cada individuo forma en su mente un superhombre antropomórfico al que llama Dios y que le da el derecho de matar.
-Me parece que no entiendo -dijo el tercer oficial.
-Ya lo entenderá. Basta con aceptar el hecho de que los habitantes de Cephes 5 colocan a su planeta y a sí mismos en el centro del universo, y luego estructuran su vida de manera tal que no surja ninguna duda a ese respecto. De esa manera hemos podido continuar el proceso todos estos años. Se niegan incluso a considerar el hecho de que pueda haber vida en otros planetas del universo.
-¿Así que no lo saben?
-No, no lo saben.
Se quedaron allí un momento. El tercer oficial observaba lo que sucedía del otro lado del panel de vidrio, sintiéndose cada vez más incómodo. Luego el consejero le tocó el hombro y le dijo:
-Suficiente. Hasta cuando duermen piensan y sueñan, y usted es demasiado nuevo en esto como para poder estar expuesto a sus vibraciones durante mucho tiempo. Venga, vamos a otra parte, sentémonos a contemplar el universo y a charlar un rato hasta que nos tranquilicemos.
En el cuarto de contemplación, teniendo la gloria brillante y grandiosa de las estrellas frente a él y la presencia reconfortante del consejero a su lado, el tercer oficial logró tranquilizarse y comenzó a pensar en lo que había visto. Se dio cuenta de que estaba lleno de compasión y era presa de una enorme tristeza; le habló de ello al viejo.
-Es normal -dijo el consejero.
-¿Qué hacen en Cephes 5? -preguntó.
-Matan.
-¿Está vacío el planeta?
-No. Estas pobres criaturas dementes conocen que su función es asesinar, y colocan esa función por encima de todo. Por eso se reproducen como nadie en el universo, aumentando su población constantemente, así que aunque aumenten las muertes, siempre la reproduccion es mayor.
-¿Tienen una inteligencia normal?
-Son muy inteligentes, pero la inteligencia no les sirve de mucho. El gran obstáculo es su ego.
-¿Cómo pueden ser inteligentes y continuar asesinando?
-Porque su inteligencia está dirigida a un solo fin: Asesinar a sus semejantes. Como ya le dije, son dementes.
-Pero, si son inteligentes, ¿no idearán alguna forma de desplazarse en el espacio?
-Oh, sí. Ya lo han hecho, con cohetes muy primitivos. Pero originalmente elegimos Cephes 5 porque es el planeta habitable más alejado del centro de la galaxia; está a casi cuarenta años luz de cualquier otro planeta habitable. Se desplazarán a través del espacio, sí, pero el problema de curvarlo y trasladarse a una velocidad mayor que la de la luz son problemas que el hombre sólo puede solucionar dentro de sí.
El tercer oficial permaneció sentado en silencio durante algún tiempo, y luego preguntó:
-¿Sufren mucho?
-Me temo que sí.
-¿Hay esperanza para ellos?
-Siempre hay esperanza -contestó el viejo.
-En nuestra tabla de planetas lo llamamos Cephes 5 -dijo el tercer oficial-. Pero cada planeta tiene un nombre local. ¿Cómo lo llaman ellos?
-Lo llaman Tierra -dijo el viejo.


FIN