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2025/07/28

Los Xipéhuz (J. H. Rosny)


Título original: Les Xipéhuz
Año: 1897
 

LIBRO PRIMERO
1- Las formas
Fue mil años antes de la gran civilización de donde surgieron más tarde Nínive, Babilonia y Ecbatana.
La tribu nómada del Pjehou, con sus asnos, sus caballos y su ganado atravesaba la selva bravía de Kzour, hacia el crepúsculo, entre la capa de rayos de luz oblicuos.
Todos estaban cansados, callaban buscando un bello claro donde la tribu pudiese encender el fuego sagrado, hacer la comida de la noche y dormir al abrigo de los animales, detrás de la doble rampa de las hogueras rojas.
Las nubes palidecieron, las comarcas ilusorias vagaron a los cuatro horizontes, los dioses nocturnos soplaron el canto arrullador y la tribu continuaba andando. Un explorador reapareció al galope, anunciando el claro y el agua diáfana y pura.
La tribu dio tres grandes gritos, todos avivaron el paso, sonaron risas pueriles; los caballos y los asnos, tan acostumbrados a reconocer la proximidad de la parada, después de la vuelta de los corredores y las aclamaciones de los nómadas, levantaban orgullosos el cuello.
El claro apareció. La fuente encantadora se abría camino entre musgos y arbustos. Una gran fantasmagoría se presentó a los nómadas.
Era al principio un gran círculo de conos azulados, translúcidos, la punta en alto y cada uno del volumen más o menos de la mitad de un hombre. Algunas rayas claras, algunas circunvoluciones oscuras se esparcían por toda la superficie; todos tenían en la base una estrella deslumbradora.
Más lejos, igualmente extraños, unos estratos se erguían verticalmente, bastante parecidos a la corteza del abedul y veteados con elipses multicolores. Había además, aquí y allá, unas formas casi cilíndricas y no obstante variadas, unas delgadas y altas, las otras bajas y rechonchas, todas de color bronceado, punteadas de verde, poseyendo todas, como los estratos, los característicos puntos de azul.
La tribu miraba, sorprendida. Un temor supersticioso inmovilizaba a los más valientes, que aumentó cuando las Formas se pusieron a ondular en las sombras grises del claro. Y de repente, mientras las estrellas temblaban y vacilaban, los conos se alargaron, los cilindros y los estratos chisporrotearon como el agua tirada sobre una llama, mientras todos avanzaban hacia los nómadas con una velocidad acelerada.
La tribu, presa por el hechizo de este espectáculo, no se movía en absoluto y continuaba mirando. Las Formas se acercaron. El choque fue espantoso. Guerreros, mujeres, niños, en racimos, se desplomaban en el suelo de la selva, como heridos misteriosamente por el poder del rayo. Entonces, a los supervivientes, el tenebroso terror rindió la fuerza, las alas de la huida ágil. Y las Formas, al principio en masa, ordenadas en hileras, se esparcieron alrededor de la tribu, persiguiendo despiadadamente a los fugitivos. El horrendo ataque, empero, no era infalible: Mataba a unos y aturdía a otros, nunca hería. Algunas gotas rojas brotaban de la nariz, de los ojos, de las orejas de los agonizantes, pero los otros, indemnes, no tardaban en levantarse, para continuar la carrera fantástica, entre la palidez crepuscular.
Cualquiera que fuere la naturaleza de las Formas, obraban de la misma manera que los seres, de ningún modo en forma de elementos, teniendo como los seres la inconstancia y la diversidad en el paso, escogiendo evidentemente a sus víctimas sin confundir a los nómadas con las plantas ni con los animales.
Pronto los más veloces se dieron cuenta de que ya no les perseguían. Agotados, destrozados, no se atrevían a volverse hacia el prodigio. A lo lejos, entre los troncos inundados de sombra, continuaba la persecución resplandeciente. Y las Formas, de preferencia, perseguían, destrozaban a los guerreros, aunque a menudo despreciaban a los débiles, a la mujer y al niño.
Así, a distancia, en la noche oscura, la escena era más sobrenatural, más aplastante para los cerebros bárbaros. Los guerreros iban a comenzar de nuevo la huida. Una observación capital les obligó a pararse; esta era que, fuesen cuales fuesen los fugitivos, las Formas abandonaban la persecución a partir de un límite fijo. Y, por cansada e impotente que estuviese la víctima, aunque estuviese desvanecida, desde que esta frontera ideal se había franqueado, cualquier peligro cesaba de repente.
Esta tranquilizadora observación, ya confirmada por más de cincuenta hechos, aplacó los nervios frenéticos de los fugitivos. Se atrevieron a esperar a sus compañeros, sus mujeres y sus pobres niños escapados de la matanza. Incluso uno de ellos, su héroe, atontado al principio, asustado por esta aventura tan sobrehumana, encontró el aliento de su gran alma, encendió una hoguera e hizo sonar el cuerno de búfalo para guiar a los fugitivos.
Entonces llegaron los desdichados de uno en uno. Muchos de ellos, lisiados, se arrastraban con las manos. Unas mujeres-madres, con la indomable fuerza maternal, habían guardado, reunido y transportado entre aquella hosca refriega, el fruto de sus entrañas. Y muchos asnos, caballos y bueyes, reaparecieron, menos enloquecidos que los hombres.
Noche lúgubre, pasada en silencio, sin sueño, en que los guerreros sentían temblar continuamente sus vértebras. Pero vino la aurora, se insinuó pálida a través del gran follaje, después la sinfonía del amanecer con todos sus colores, los pájaros haciendo resonar sus trinos, exhortando a la vida, para rechazar los terrores de las Tinieblas.
El Héroe, el jefe natural, juntando a la multitud en grupos, comenzó a enumerar a la tribu. La mitad de los guerreros, doscientos, faltó a la llamada. Mucho menores eran las pérdidas de las mujeres y casi nula la de los niños.
Cuando esta enumeración fue terminada, cuando se hubieron juntado las bestias de carga (pocas faltaban, por la superioridad del instinto sobre la razón durante los desastres), el Héroe dispuso la tribu según el arreglo acostumbrado, después, ordenando a todos que esperaran, solo, pálido, se dirigió hacia el claro. Nadie, ni de lejos, se atrevió a seguirlo.
Y dirigiéndose adonde los árboles se espaciaban ampliamente, sobrepasó ligeramente el límite observado la víspera y miró.
A lo lejos, en la fresca transparencia de la mañana, manaba la hermosa fuente; en sus bordes, reunida, la banda fantástica de las Formas resplandecía. Su color había variado. Los Conos eran más compactos, su tinte turquesa había verdecido, los Cilindros se nublaban de violeta y los Estratos se parecían al cobre virgen. Pero en todos, la estrella apuntaba sus rayos que, incluso a la luz del día, deslumbraban.
La metamorfosis se extendía a los contornos de las fantasmagóricas Entidades: Unos conos tenían tendencia a ensancharse en cilindros, unos cilindros se desplegaban, mientras que unos estratos se curvaban parcialmente.
Pero, como la víspera, de pronto las Formas empezaron a ondular, sus Estrellas se pusieron a palpitar; el Héroe, lentamente, pasó de nuevo la frontera de la Salvación.


2- Expedición hierática
La tribu de Pjehou se detuvo a la puerta del gran Tabernáculo nómada, donde sólo entraban los jefes. En el fondo lleno de astros, bajo la imagen masculina del Sol, se erguían los tres grandes sacerdotes. Más abajo de ellos, en las gradas doradas, los doce sacrificadores inferiores.
El Héroe se adelantó y refirió con detalle el terrible viaje a través del bosque de Kzour, que los sacerdotes escuchaban, muy graves, asombrados, sintiendo que menguaba su poder ante aquella aventura inconcebible.
El gran sacerdote supremo exigió que la tribu ofreciese al Sol doce toros, siete onagros y tres caballos sementales. Reconoció a las Formas los atributos divinos, y después de los sacrificios, propuso una expedición hierática.
Todos los sacerdotes, todos los jefes de la nación zahelal, tenían que asistir a ella.
Y unos mensajeros recorrieron los montes y las llanuras, a cien leguas alrededor del lugar donde se elevó más tarde la Ecbatana de los magos. Por doquier la tenebrosa historia erizaba los pelos de los hombres, y en todas partes los jefes obedecían prontamente la llamada sacerdotal.
Una mañana de octubre, el Varón atravesó las nubes, inundó el Tabernáculo, alcanzó el altar donde humeaba un corazón sangrante de toro. Los grandes sacerdotes, los sacrificadores, cincuenta jefes de tribu, lanzaron el grito triunfal. Cien mil nómadas, fuera, pisando el rocío fresco, repitieron el clamor, volviendo sus cabezas curtidas hacia la prodigiosa selva de Kzour, que temblaba blandamente. El presagio era favorable.
Entonces, con los sacerdotes en cabeza, todo un pueblo anduvo a través del bosque. Por la tarde, hacia las tres, el héroe de Pjehou detuvo a la multitud. El gran claro requemado por el otoño, con su musgo oculto bajo una gruesa capa de hojas secas, se extendía con majestad; en los bordes del manantial, los sacerdotes se apercibieron de lo qué iban a adorar y apaciguar, las Formas. Eran agradables a la vista y bajo la sombra de los árboles, con sus matices temblorosos, el fuego puro de sus estrellas, su evolución tranquila al borde del manantial.
—¡Es necesario —dijo el gran sacerdote supremo— ofrecer aquí el sacrificio, para que sepan que nos sometemos a su poder!
Todos los ancianos se inclinaron. Entretanto, una voz se elevó. Era Yushik, de la tribu de Nim, un joven que se ocupaba en contar los astros, pálido y vigilante profeta, que empezaba a tener fama y renombre, el cual pidió con audacia que se aproximasen a las Formas.
Pero los ancianos, que habían encanecido en el arte de las sabias palabras, triunfaron: El altar fue construido, la víctima conducida a él… —un deslumbrante semental, soberbio servidor del hombre—. Entonces, en el silencio, mientras el pueblo se prosternaba, el cuchillo de cobre encontró el noble corazón del animal. Un gran lamento se elevó. Y el gran sacerdote dijo: 
—¿Están aplacados, oh dioses?
Allá abajo, entre los troncos silenciosos, las Formas continuaban circulando y relucían, dando preferencia a los lugares en que el sol se deslizaba en ondas más densas.
—¡Sí, sí —gritaba el entusiasta—, están aplacados!
Y cogiendo el corazón caliente del caballo, sin que el gran sacerdote, curioso, pronunciara una palabra, Yushik se lanzó hacia el claro. Unos fanáticos, lanzando grandes aullidos, le siguieron. Lentamente las Formas ondulaban, apretujándose, rasando el suelo; después, de repente, precipitándose sobre los más temerarios, se produjo una lamentable hecatombe, que asustó a las cincuenta tribus. Seis o siete fugitivos, con grandes esfuerzos, perseguidos con encarnizamiento, pudieron alcanzar el límite. Los restantes habían perecido y Yushik con ellos.
—¡Son unos dioses inexorables! —dijo solemnemente el supremo sacerdote.
Después se reunió un consejo, el venerable consejo de los sacerdotes, los ancianos y los jefes.
Decidieron trazar, más allá del límite de Salvación, un recinto de estacas, y obligar, para determinar este recinto, a unos esclavos que se expusiesen al ataque de las Formas, sucesivamente sobre todo el contorno.
Y así se hizo. Bajo amenaza de muerte, unos esclavos entraron en el recinto. Muy pocos de ellos perecieron, sin embargo, por las grandes precauciones tomadas. La frontera quedó firmemente establecida, hecha visible a todos por su contorno de estacas.
Así terminó felizmente la expedición hierática, y los Zahelals se creyeron protegidos contra el sutil enemigo.


3- Las tinieblas
Pero el sistema preventivo preconizado por el consejo pronto resultó ser impotente. En la primavera siguiente, las tribus Hertoth y Nazzum, pasando cerca de la empalizada sin desconfianza, un poco en desorden, fueron cruelmente asaltadas y diezmadas por las Formas.
Los jefes que escaparon a la matanza explicaron al gran consejo Zahelal, que las Formas eran ahora mucho más numerosas que el otoño pasado. Sin embargo, como anteriormente, limitaban su persecución, pero las fronteras se habían ensanchado.
Estas noticias llenaron de consternación al pueblo; hubo gran aflicción y se ofrecieron grandes sacrificios. Después el consejo resolvió destruir la selva de Kzour con el fuego.
A pesar de todos los esfuerzos, no se pudieron incendiar más que las orillas.
Entonces, los sacerdotes, con gran desesperación, consagraron la selva, prohibiendo a cualquiera de entrar allí. Y así pasaron varios veranos.
Una noche de octubre, el campamento de la tribu Zulf, que estaba dormida a diez tiros de arco de la selva fatal, fue invadida por las Formas. Trescientos guerreros más perdieron la vida.
Desde este día una historia siniestra, envolvente, misteriosa, se esparció de tribu en tribu, murmurada a todas las orejas, al caer la tarde, en las largas noches astrales de la Mesopotamia. El hombre iba a perecer. El OTRO, ampliando su dominio en la selva, en las llanuras, indestructible, día tras día, devoraría la raza acobardada. Y la confianza, temerosa y negra, se metía en los pobres cerebros y a todos les quitaba la fuerza de luchar, el brillante optimismo de las razas jóvenes. El hombre errante, soñando en estas cosas, no se atrevía a disfrutar de los suntuosos pastos natales y buscaba con la mirada abrumada, el paso de las constelaciones. Fue el milenio de los pueblos jóvenes, y ya sentían la frialdad del fin del mundo o quizá la resignación del piel roja de las praderas indias.
Y con esta angustia, los más meditabundos, llegaron a un culto amargo, un culto de muerte que predicaban fríos profetas; era el culto de las Tinieblas más poderosas que los Astros, unas Tinieblas que tenían que tragar y devorar, la Santa Luz y el fuego resplandeciente.
Por todas partes, en los contornos de las soledades; se encontraban inmóviles y adelgazadas unas siluetas de iluminados, de los hombres del silencio, que, por períodos, se esparcían entre las tribus, y contaban sus espantosas pesadillas, el Crepúsculo de la Gran Noche Cerrada que se aproximaba, del sol agonizante.


4- Bakhoûn
Ahora bien, por esta época vivía un hombre extraordinario llamado Bakhoûn, descendiente de la tribu de Ptuh y hermano del primer gran sacerdote de los Zahelals. Desde muy joven había dejado la vida nómada, escogiendo una bella soledad, entre cuatro colinas, en un minúsculo y risueño valle por el que discurría una fuente de agua clara y cristalina. Unos grandes peñascos le hacían las veces de tienda fija, de morada ciclópea. La paciencia y la ayuda de bueyes y caballos, le habían creado, junto con la regularidad de las cosechas, una riqueza incalculable. Con sus cuatro mujeres y sus treinta hijos, vivía allí una vida de Edén.
Bakhoûn profesaba unas ideas singulares, y hubiera sido lapidado, a no ser por el respeto de los Zahelals hacia su hermano mayor el gran sacerdote supremo.
Primero, afirmaba que la vida sedentaria era preferible a la vida nómada, pues reservaba las fuerzas del hombre en provecho del espíritu.
Segundo, pensaba que el Sol, la Luna y las Estrellas no eran dioses, sino unas masas luminosas.
Tercero, decía que el hombre no tiene que creer más que en las cosas probadas por la Medida.
Los Zahelals le atribuyeron unos poderes mágicos, y aun los más temerarios, a veces, se atrevían a consultarle, y nunca se arrepintieron. Aseguraban que había ayudado muchas veces a las tribus desgraciadas, distribuyéndoles toda clase de víveres.
Más en la hora negra, cuando se presentó la melancólica alternativa de abandonar las comarcas o ser destruidas por las divinidades inexorables, las tribus pensaron en Bakhoûn, y los mismos sacerdotes, después de grandes luchas de orgullo, le enviaron una delegación formada por tres de los más considerables de su orden.
Bakhoûn prestó la más ansiosa atención a sus relatos, haciéndoselos repetir, formulándoles precisas y numerosas preguntas. Pidió que le dejaran dos días para meditar. Cuando este tiempo hubo pasado les anunció sencillamente que iba a consagrarse por completo al estudio de las Formas.
Las tribus se sintieron algo decepcionadas, pues esperaban que Bakhoûn podría librar al país por brujería. Sin embargo, los jefes se mostraron contentos de su decisión y esperaron con ello grandes cosas.
Entonces, Bakhoûn se instaló en los alrededores de la selva de Kzour, retirándose a la hora del descanso, y durante todo el día observaba, montado sobre el más rápido caballo semental de Caldea. Enseguida estuvo convencido de la superioridad del espléndido animal sobre las más ágiles de las Formas, pudiendo comenzar su estudio audaz y minucioso de los enemigos del Hombre, este estudio al cual debemos el gran libro pre-cuneiforme de sesenta tablas, el más hermoso libro lapidario que las edades nómadas hayan legado a las razas modernas.
Es justamente en este libro, admirable por su paciente observación y su sobriedad, donde se halla constancia de un sistema de vida absolutamente distinto de nuestro reino animal y vegetal, sistema que Bakhoûn asegura humildemente no haber podido analizar más que en su apariencia más grosera y más exterior. Es imposible que el Hombre no se estremezca leyendo esta monografía de seres que Bakhoûn llama los Xipéhuz, estos detalles desinteresados que no han sido llevados nunca a lo maravilloso sistemático, que el viejo escriba revela acerca de sus actos, su modo de avanzar, de combatir y de generación, los cuales demuestran que la raza humana ha estado al borde de la Nada, que la tierra ha estado a punto de convertirse en el patrimonio de un Reino del cual hemos perdido hasta la concepción.
Es preciso leer la maravillosa traducción del señor Dessault, sus descubrimientos inesperados sobre la lingüística "preasiria", descubrimientos más admirados desgraciadamente en el extranjero —en Inglaterra y Alemania— que en su propia patria. El ilustre sabio se ha dignado poner a nuestra disposición los pasajes más sobresalientes de la preciosa obra, y estos pasajes, que nosotros ofrecemos a continuación al público, quizás inspirarán el deseo de examinar las soberbias traducciones del Maestro.


5- Extracto del libro de Bakhoûn
Los Xipéhuz son evidentemente unos seres Vivientes. Todos sus pasos indican la voluntad, el capricho, la asociación, la independencia parcial que permiten distinguir al Ser animal de la planta o de la cosa inerte. Aunque su manera de progresión no pueda ser definida por comparación —es un simple modo de deslizarse sobre la tierra— es fácil de ver que lo dirigen a su gusto. Se les ve pararse bruscamente, volverse, lanzarse a la persecución los unos de los otros, pasearse a pares, tres a la vez, manifestar unas preferencias que les harán dejar a un compañero para ir a lo lejos y juntarse con otro. No tienen la facultad de subirse a los árboles, pero logran matar a los pájaros atrayéndolos por medios no descubiertos todavía. Se les ve cercar animales silvestres o esperarles detrás de un zarzal; no dejan nunca de matarlos y luego consumirlos. Se puede poner por regla que matan a todos los animales indistintamente, si pueden alcanzarlos, y todo esto sin motivo aparente, pues no los utilizan en absoluto, reduciéndolos únicamente a ceniza.
Su manera de destruir no exige una hoguera; el punto incandescente que tienen en su base es suficiente para esta operación. Se reúnen de diez a veinte, en círculo, alrededor de los grandes animales muertos, entonces hacen converger sus rayos sobre el cadáver. Para los animales pequeños —los pájaros, por ejemplo— los rayos de un solo Xipéhuz son suficientes para la incineración. Hay que darse cuenta que el calor que pueden producir no es en absoluto instantáneo y violento. Yo he recibido a menudo en la mano las radiaciones de un Xipéhuz y la piel no empezaba a calentarse hasta después de algún tiempo.
No sé si es necesario decir que los Xipéhuz son de diferentes formas, ya que todos pueden transformarse sucesivamente en conos, cilindros y estratos, y todo esto en un solo día. Su color varía continuamente, lo que creo se puede atribuir en general a las metamorfosis de la luz desde la mañana hasta la noche y desde la noche a la mañana. Sin embargo, algunas variaciones de matices parece son debidas al capricho de los individuos y especialmente a sus pasiones, si se me permite decirlo, pudiendo constituir así verdaderas expresiones de la fisonomía, las más sencillas de las cuales me han sido imposibles de determinar, a pesar de un estudio ardiente, pudiendo aventurar únicamente algunas hipótesis. Así, no he podido distinguir nunca un matiz furioso de un matiz dulce, lo que hubiera sido el primer descubrimiento de este género.
He dicho sus pasiones. Anteriormente he observado ya sus preferencias, lo que denominaría sus amistades. También tienen sus odios. Tal Xipéhuz se aleja constantemente de tal otro y recíprocamente. Sus cóleras parecen violentas. Chocan entre ellos con movimientos idénticos a los que se observan cuando atacan a los grandes animales o al hombre, y son estos combates los que me han enseñado que no eran en absoluto inmortales, como en principio estaba dispuesto a creer, pues dos o tres veces he visto a unos Xipéhuz sucumbir en estos encuentros, es decir, caer, condensarse, petrificarse. He conservado precisamente algunos de estos extraordinarios cadáveres, y quizá más tarde podrán servir para conocer la naturaleza de estos Xipéhuz. Son unos cristales amarillentos, dispuestos irregularmente y estriados con unos hilos azules.
Del hecho de que los Xipéhuz no eran en absoluto inmortales deduje que tal vez sería posible combatirlos y vencerlos, y desde entonces he empezado la serie de experiencias bélicas de las cuales se hablará más tarde.
Como los Xipéhuz resplandecen lo suficiente para ser apercibidos a través de las espesuras y hasta detrás de los grandes troncos —una gran aureola se desprende de ellos en todos los sentidos y advierte su proximidad—, he podido arriesgarme en la selva confiando en la velocidad de mi corcel.
Una vez allí, he tratado de descubrir si es que se construían moradas, pero confieso haber fracasado en esta indagación. Para vivir, no mueven ni piedras ni plantas, y parecen rehuir cualquier especie de industria tangible y visible, única industria apreciable a la observación humana. Por consecuencia no tienen ninguna clase de armas, de acuerdo con el sentido atribuido por nosotros a esta palabra. También es cierto que no pueden matar a distancia: Cualquier animal que haya podido huir sin sufrir el contacto inmediato de un Xipéhuz, ha escapado infaliblemente, y de esto he sido testimonio infinidad de veces.
Como ya había observado la desgraciada tribu de Pjehou, ellos no pueden franquear ciertas barreras ideales; así, pues, su acción queda limitada. Pero estos límites han ido en aumento siempre, de año en año y de mes en mes. Así, pues, he tenido que indagar la causa de ello.
Ahora bien, esta causa no parece ser otra que un fenómeno de crecimiento colectivo, y, como la mayor parte de las cosas xipéhuzes, es incomprensible a la inteligencia del hombre. He aquí la ley en dos palabras: Los límites de la acción xipéhuz se ensanchan proporcionalmente al número de individuos, es decir, que así que hay procreación de nuevos seres, hay extensión de fronteras; pero mientras el número permanezca invariable, ningún individuo es capaz de franquear el medio habitado atribuido —por la fuerza de las cosas (?)— al conjunto de la raza. Esta regla deja entrever una correlación más íntima entre la masa y el individuo que la correlación similar observada entre los hombres y los animales. Más tarde se ha visto la recíproca de esta ley, ya que desde que los Xipéhuz han empezado a disminuir, sus fronteras se han estrechado proporcionalmente.
Del fenómeno de la procreación en sí, tengo poco que decir, pero este poco es característico. En principio esta proporción se produjo cuatro veces al año, un poco antes de los equinoccios y los solsticios y solamente durante las noches muy puras. Los Xipéhuz se reunían en grupos de tres, y estos grupos acababan por no formar más que uno solo, estrechamente amalgamado y dispuesto en una elipse muy larga. Permanecen así toda la noche, y por la mañana hasta la completa salida del Sol. Cuando se separan, se ven subir unas formas vagas, vaporosas y enormes.
Estas formas se condensan lentamente, achicándose, y se transforman al cabo de diez días en conos del color del ámbar, considerablemente más grandes todavía que los Xipéhuz adultos. Son necesarios dos meses y algunos días para que alcancen el máximo desarrollo, es decir, su máximo encogimiento. Al cabo de este tiempo se vuelven parecidos a los otros seres de su reino, de colores y formas variables según la hora, el tiempo y el capricho individual. Algunos días después de su desarrollo o encogimiento integral, las fronteras de acción se ensanchan. Era, naturalmente, un poco antes de este momento temible en que yo apretaba los flancos de mi buen Kouath, a fin de ir a establecer mi campamento más lejos.


Que los Xipéhuz tengan sentidos, es lo que no es posible afirmar. Poseen ciertamente unos aparatos que les sirven en su lugar.
La facilidad con que perciben a grandes distancias la presencia de los animales, pero sobre todo la del hombre, anuncia evidentemente que sus órganos de investigación valen tanto como nuestros ojos. Yo no les he visto nunca confundir un vegetal con un animal, hasta en circunstancias en que yo habría podido cometer este error, equivocado por la luz bajo las ramas, el color del objeto o su posición. La circunstancia de agruparse hasta veinte para consumir un animal grande, cuando uno solo se ocupa de la calcinación de un pájaro, demuestra una comprensión correcta de las proporciones, y esta inteligencia aparece más perfecta si se observa que se juntan diez, doce, o quince, siempre de acuerdo con el volumen relativo del cadáver. Un argumento todavía mejor a favor de la existencia de órganos análogos a nuestros sentidos, o de su inteligencia, es la forma en que ellos actuaban al atacar a nuestras tribus, ya que se ocupaban poco o casi nada de nuestras mujeres y niños, mientras que perseguían despiadadamente a los guerreros.
Ahora la pregunta más importante. ¿Tienen un lenguaje? A esto puedo contestar sin el menor titubeo: "Sí, tienen un lenguaje". Y este lenguaje se compone de signos entre los cuales he podido descifrar algunos.
Supongamos, por ejemplo, que un Xipéhuz desea hablar a otro. Para esto le es suficiente dirigir los rayos de su estrella hacia su compañero, lo que es captado al instante. El llamado, si anda, se detiene, esperando. El que habla, entonces, traza rápidamente, en la superficie misma de su interlocutor —y no importa de qué lado— una serie de caracteres, cortos y luminosos, por medio de un juego de centelleo desprendido siempre de la base; estos caracteres se quedan un instante fijos, después se borran.
El interlocutor, después de una breve pausa, responde.
Antes de emprender cualquier acción de combate o de emboscada, he visto siempre a los Xipéhuz emplear los caracteres siguientes:
Cuando se trataba de mí —y esto era a menudo, pues han hecho todo lo que han podido para exterminarnos al valiente Kouath y a mí—, la marca es:
seguida de la anterior:
El signo de llamada ordinario era:
y hacía acudir al individuo que lo recibía. Cuando los Xipéhuz estaban invitados a una reunión general, yo no he dejado nunca de observar una señal de esta forma:
que representaba la triple apariencia de estos seres.
Los Xipéhuz tienen además unos signos más complicados, refiriéndose no sólo a acciones similares a las nuestras, sino a un orden de cosas completamente extraordinario y del que no he podido descifrar nada. No puede haber la menor duda respecto a su facultad de poder cambiar ideas de un orden abstracto, probablemente equivalentes a las ideas humanas, ya que pueden permanecer durante mucho tiempo inmóviles no haciendo otra cosa que conversar, lo que indica verdaderas acumulaciones de pensamientos.
Mi larga estancia cerca de ellos había terminado, a pesar de las metamorfosis (cuyas leyes varían para cada uno, poco sin duda, pero con características suficientes para un espía terco), por hacerme conocer varios Xipéhuz de una manera bastante íntima, por revelarme particularidades sobre diferencias individuales…, diríase sobre los caracteres. He conocido a algunos taciturnos, que no trazaban casi nunca una palabra; otros expansivos, que escribían verdaderos discursos; otros atentos, otros habladores que hablaban juntos, interrumpiéndose unos a otros. A algunos les gustaba retirarse para vivir solitarios; otros buscaban evidentemente la sociedad; otros, feroces, acosaban constantemente las fieras y los pájaros, y algunos, más misericordiosos, perdonaban a los animales y les dejaban vivir en paz.
¿Todo esto no abre a la imaginación una gigantesca cantera? ¿No lleva hasta imaginar diversidad de aptitudes, inteligencia y fuerzas análogas a las de la raza humana?
Ellos practican la educación. ¡Cuántas veces he observado a un viejo Xipéhuz, sentado en medio de numerosos jóvenes, centelleando signos que aquellos le repetían uno después del otro, y que les hacía empezar de nuevo cuando la repetición era imperfecta!
Estas lecciones eran a mis ojos maravillosas, y de todo lo que concierna a los Xipéhuz, no hay nada que haya cautivado tanto mi atención, nada que me haya preocupado más en las noches de insomnio. Me parecía que era allí, en este amanecer de la raza, donde el velo del misterio podía entreabrirse, allí donde alguna idea simple, primitiva, surgiría quizás, y esclarecería para mí un rincón de aquellas profundas tinieblas. No, nada me ha desanimado; durante años he asistido a esta educación, de la que he intentado interpretaciones innumerables. ¡Cuántas veces he creído captar como un fugitivo resplandor de la naturaleza esencial de los Xipéhuz, un resplandor extrasensible, una pura abstracción y que, ¡ay de mí!, mis pobres facultades ahogadas en la carne no llegarán nunca a percibir!
He dicho antes que había creído durante mucho tiempo que los Xipéhuz eran inmortales. Habiendo sido destruida esta creencia en vista de muertes violentas que siguieron a algunos encuentros entre Xipéhuz, me sentí naturalmente tentado a investigar su punto vulnerable y me dediqué cada día, desde entonces, a encontrar medios destructivos, ya que los Xipéhuz crecían en número de tal forma, que después de haber desbordado la selva de Kzour por el sur, este y oeste, empezaron a invadir las llanuras del lado de levante.
¡Oh, dioses! En pocos ciclos hubiesen desposeído al hombre de su morada terrestre.
Entonces me armé de una honda, y cuando un Xipéhuz salía de la selva y lo tenía a mi alcance, le apuntaba y le lanzaba una piedra. No obtuve ningún resultado, aunque hubiese alcanzado al conjunto de individuos apuntados en todas las partes de su superficie, hasta en el mismo punto luminoso. Parecían de una insensibilidad perfecta a mis tiros, y ninguno de entre ellos se volvió nunca para evitar uno de mis proyectiles. Después de un mes de pruebas me fue preciso confesar que la honda no podía nada contra ellos, y entonces abandoné esta arma.
Tomé el arco. A las primeras flechas que lancé, descubrí entre los Xipéhuz un sentimiento muy vivo de miedo, pues dudaban, se mantenían fuera de mi alcance, me esquivaban tanto como podían. Durante ocho días, probé en vano de alcanzar a uno. El octavo día una partida de Xipéhuz, llevada creo yo por su ardor cinegético, pasó bastante cerca de mí persiguiendo una bonita gacela. Lancé precipitadamente algunas flechas, sin ningún efecto aparente, y la partida se dispersó; yo les perseguía y gastaba mis municiones. No hube tirado la última flecha que todos volvieron con gran rapidez, de diferentes lados, me cercaron por tres cuartos y hubiese perdido la vida a no ser por la prodigiosa velocidad del servicial Kouath.
Esta aventura me dejó lleno de incertidumbre y de esperanzas; pasé toda la semana inerte, perdido en la vaga profundidad de mis meditaciones, en un problema excesivamente apasionante, sutil, propio para hacer huir el sueño, ya que al mismo tiempo me llenaba de sufrimiento y de placer. ¿Por qué los Xipéhuz temían mis flechas? ¿Por qué, por otra parte, entre el gran número de proyectiles con los cuales había alcanzado a los que iban de caza, ninguno había producido efecto? Lo que yo sabía de la inteligencia de mis enemigos no permitía la hipótesis de un terror sin causa. Por el contrario, todo me inducía a suponer que la flecha, lanzada en unas condiciones particulares, tenía que ser contra ellos un arma temible. ¿Pero cuáles eran estas condiciones? ¿Cuál era el punto vulnerable de los Xipéhuz? Y bruscamente me vino el pensamiento de que había de ser la estrella lo que había que alcanzar. En un minuto tuve la certidumbre apasionada, ciega… Después se apoderó de mí la duda. Con la honda ¿no había apuntado varias veces hasta tocar este punto? ¿Por qué la flecha sería más dichosa que la piedra?
Después, vino la noche, el inconmensurable abismo, con sus lámparas maravillosas esparcidas por encima de la tierra. Y yo, con la cabeza entre las manos, soñaba, con el corazón en tinieblas como la noche.
Un león se puso a rugir, unos chacales pasaron por la llanura, y de nuevo la lucecita de la esperanza me iluminó. Acababa de pensar que el guijarro de la honda era relativamente grueso ¡y la estrella de los Xipéhuz tan pequeña! Quizá, para mejor maniobrar, era preciso ir profundo, atravesarla con una punta aguda y ¡entonces el terror delante de la flecha se comprendería!
Entre tanto, Vega giraba lentamente en torno al Polo, la aurora estaba ya muy próxima y la laxitud, durante algunas horas, adormecía en mi cráneo el mundo del espíritu.
Algunos días más tarde, armado con el arco, me fui constantemente en persecución de los Xipéhuz, penetrando en su recinto todo lo que la prudencia permitía. Pero todos evitaron mi ataque quedándose lejos, fuera de mi alcance. No se podía pensar en tenderles una emboscada; su método de percepción les permitía adivinar mi presencia a través de los obstáculos.
Hacia el final del quinto día se produjo un acontecimiento que por sí solo probaba que los Xipéhuz son seres falibles y que pueden llegar a perfeccionarse como el hombre. Aquella noche, al llegar el crepúsculo, un Xipéhuz se aproximó deliberadamente hacia mí, con aquella velocidad continuamente acelerada que da más efectividad a su ataque. Sorprendido, con el corazón palpitante, tendí el arco. Él, acercándose cada vez más, parecía una columna de turquesa en la noche naciente, casi llegaba a mi alcance. Luego, cuando me aprestaba a lanzar la flecha, vi con estupefacción que él se volvía y escondía su estrella sin cesar de acercarse hacia mí. No tuve más tiempo que el preciso para poner al galope a Kouath, para escabullirme del ataque de aquel temible adversario.
Esta sencilla maniobra, en la cual ningún Xipéhuz había podido pensar anteriormente, además de demostrar, una vez más, la invención personal, la individualidad entre el enemigo, sugería dos ideas: la primera, que había razonado acertadamente en cuanto a la vulnerabilidad de la estrella xipéhuza; la segunda, menos estimulante, era que la misma táctica, si fuese adoptada por todos, haría mi tarea extraordinariamente ardua, quizás imposible.
De todas maneras, después de haber hecho tanto para conocer la verdad, sentí crecer mi valor delante del obstáculo y llegué a esperar de mi espíritu la sutileza necesaria para derribarlo.
 

6- Segundo extracto del libro de Bakhoûn
Regresé a mi soledad. Anakhre, tercer hijo de mi mujer Tepaï, era un poderoso constructor de armas. Le ordené que cortara una rama del árbol de Waham, y tallara un arco de alcance extraordinario. Tomó una rama dura como el hierro y el arco que salió de ella era cuatro veces más poderoso que el del pastor Zankann, el arquero que se consideraba el más fuerte de las mil tribus. Ningún hombre por fuerte que fuera lo habría podido tender. Pero yo había imaginado un artificio y como Anakhre trabajó según mis indicaciones, resultó que aquel arco inmenso podía ser tendido incluso por una mujer.
Además, yo había sido siempre muy experto para lanzar el dardo y la flecha y en pocos días aprendí a conocer tan perfectamente el arma construida por mi hijo Anakhre, que no fallé ningún blanco, aunque fuera menudo como una mosca o tan rápido como un halcón.
Terminado todo esto, volví hacia Kzour, montado en mi Kouath de ojos llameantes y empecé de nuevo a dar vueltas alrededor de los enemigos del hombre.
Para inspirarles confianza tiré muchas flechas con mi arco habitual, cada vez que alguna de sus partidas se aproximaba a la frontera. Muchas de mis flechas caían cerca de ellos; así aprendieron a conocer el alcance exacto del arma y por ello se creyeron en absoluto fuera de peligro a unas distancias fijas. Sin embargo, les quedaba una desconfianza que los hacía ir de un lado a otro y los volvía temerosos mientras no permanecían al abrigo de la selva, y les hacía ocultar sus estrellas a mi vista.
A fuerza de paciencia se fue desvaneciendo su inquietud y, a la sexta mañana, una multitud vino a colocarse delante de mí, bajo un gran árbol a tres tiros de arco corriente.
Enseguida me apresuré a mandar una nube de flechas inútiles. Entonces su vigilancia se adormeció cada vez más y sus maneras se volvieron tan libres como en los primeros tiempos de mi estancia allí.
Era la hora decisiva. Mi pecho palpitaba de tal manera, que en principio me sentía sin fuerzas. Esperé paciente, ya que todo el formidable porvenir dependía de una sola flecha. Si esta fallaba y no llegaba al blanco deseado, probablemente los Xipéhuz ya no se prestarían más a mi experimento, y entonces, ¿cómo saber si los Xipéhuz son accesibles a los golpes del hombre?
Sin embargo, poco a poco mi voluntad triunfaba, hizo acallar mi pecho, volvió suaves y fuertes los miembros y las pupilas tranquilas. Entonces, lentamente, levanté el arco de Anakhre. Allí a lo lejos un gran cono esmeralda se sostenía inmóvil a la sombra del árbol y su estrella reluciente se volvía hacia mí. El arco enorme se tendió; silbando partió la flecha por el espacio… y el Xipéhuz, alcanzado, cayó, condensándose y petrificándose.
Al mismo instante un grito sonoro de triunfo escapó de mi pecho. Tendí los brazos en éxtasis y di las gracias al Único.
¡Así, pues, eran vulnerables a las armas humanas estos espantosos Xipéhuz! ¡Se podía tener la esperanza de destruirlos!
Ahora, sin miedo ya, dejaba latir mi pecho, dejaba resonar la música jubilosa, yo que tanto había desesperado del futuro de mi raza, yo que bajo el curso de las constelaciones y el cristal azul del abismo, había calculado tan a menudo que en dos siglos el vasto mundo sentiría crujir sus límites ante la invasión xipéhuza.
Y sin embargo, cuando vino la noche adorada, la noche pensativa, una sombra cayó sobre mi beatitud: El temor de que el hombre y el Xipéhuz no pudieran coexistir, ya que la destrucción de uno tenía que ser la terrible condición para la vida del otro.


LIBRO SEGUNDO
1- Tercer extracto del libro de Bakhoûn
Los sacerdotes, los ancianos y los jefes completamente maravillados han escuchado mi relato; hasta en lo más hondo de las soledades los corredores han ido a repetir la gran nueva. El gran Consejo ha ordenado a los guerreros que se reunieran en la sexta luna del año 22649 en la llanura de Mehour-Asar, y los profetas han predicado la guerra sagrada. Más de cien mil guerreros Zahelals han acudido al lugar; un gran número de combatientes de razas extranjeras, Dzoums, Shars, Khaldes, atraídos por el renombre, han acudido a ofrecerse a la gran nación.
Kzour ha sido cercado por una décupla hilera de arqueros, pero las flechas todas han fracasado ante la táctica Xipéhuza, y un gran número de guerreros imprudentes han perecido.
Entonces, durante varias semanas, un gran terror prevaleció entre los hombres…
El tercer día de la octava luna, armado con un cuchillo de punta afilada, he anunciado a los innumerables pueblos que iba solo a combatir a los Xipéhuz en la esperanza de destruir la desconfianza que empezaba a nacer en contra de la verdad de mi relato.
Mis hijos Loûm, Demja, Anakhre, se han opuesto violentamente a mi proyecto y han querido ocupar mi sitio. Y Loûm ha dicho: "Tú no puedes ir, morirías. Entonces creerían que los Xipéhuz son invulnerables y que la raza humana perecerá".
Demja, Anakhre y muchos otros jefes habían dicho las mismas palabras, por lo que me dieron a comprender que tenían razón y opté por retirarme.
Entonces Loûm, apoderándose de mi cuchillo con mango de cuerno, pasó la frontera mortal y enseguida los Xipéhuz acudieron. Uno de ellos, más rápido que los otros, iba a su encuentro, pero Loûm, más ágil que el leopardo, se apartó, dio la vuelta al Xipéhuz, y entonces, de un gran salto, lo alcanzó, clavándole la punta aguda del cuchillo.
Los pueblos tan inmóviles vieron desmoronarse, condensarse, petrificarse al adversario.
Cien mil voces se alzaron en la mañana azul, cuando ya de vuelta Loûm atravesaba la frontera y su nombre glorioso circulaba a través de los ejércitos.

2- Primera batalla
En el mundo corría el año 22649, era el séptimo día de la octava luna.
Los cuernos retumbaron al alba; los pesados martillos golpearon las campanas de bronce para anunciar la gran batalla. Cien búfalos negros, doscientos caballos sementales fueron inmolados por los sacerdotes y mis cincuenta hijos conmigo rogábamos al Único.
El planeta del sol se había tragado la aurora roja, los jefes galoparon al frente de los ejércitos, el estruendo del ataque se ensanchaba con la carrera impetuosa de los cien mil combatientes.
La tribu de Nazzum fue la primera en atacar y el combate fue formidable. Impotentes al principio, segados por los golpes misteriosos, los guerreros pronto conocieron el arte de alcanzar a los Xipéhuz y aniquilarlos. Entonces todas las naciones, Zahelales, Dzoums, Sahrs, Khaldes, Xisoastres, Pjarvanns, amenazadoras como los océanos, invadieron la llanura y el bosque, cercando por doquier a sus silenciosos adversarios.
Durante mucho tiempo la batalla fue un caos; los mensajeros comunicaban constantemente a los sacerdotes que los hombres perecían a centenares, pero que su muerte era vengada.
En el momento más culminante vino mi hijo Sourdar, el de los pies ágiles, para decirme que por cada Xipéhuz abatido perecían doce de los nuestros. Yo tenía el alma negra y el corazón sin fuerzas, luego mis labios murmuraron.
—¡Que sea todo como quiera el único Padre!
Y recordando el número de los guerreros, que daba un total de ciento cuarenta mil, y sabiendo que los Xipéhuz se elevaban a un total de unos cuatro mil, más o menos, pensé que más de un tercio de este gran ejército perecería pero que la tierra sería para el hombre. También podía darse el caso de que el ejército no fuera suficiente:
—¡Sin embargo, es una victoria! —me decía yo tristemente.
Pero mientras pensaba estas cosas, he aquí que el clamor de la batalla hizo temblar más fuerte toda la selva; después, grandes masas de guerreros reaparecieron y, dando todos unos gritos de angustia, huyeron hacia la frontera de la Salvación.
Entonces vi a los Xipéhuz desembocar en la linde del bosque, no separados unos de otros, como por la mañana, sino unidos en grupos de unos veinte de ellos, en círculo, con sus fuegos vueltos al interior de los grupos.
En esta posición avanzaban invulnerables sobre nuestros guerreros impotentes y los destrozaban espantosamente.
Era el desastre.
Los combatientes más osados sólo pensaban en huir. Por lo tanto, a pesar del luto que pesaba en mi alma, observé pacientemente las peripecias fatales, con la esperanza de encontrar en el fondo mismo de tanto infortunio algún remedio, ya que a menudo el veneno y el antídoto se encuentran juntos.
El destino me recompensó esta confianza en la reflexión con dos descubrimientos. Primeramente me di cuenta que en los lugares en que nuestras tribus se hallaban en grandes multitudes y los Xipéhuz en poco número, aquella matanza que en principio era incalculable, se aminoraba a medida que los golpes del enemigo iban a menos; muchos de los caídos se levantaban después de un breve desvanecimiento. En cuanto a los más robustos, acababan por resistir completamente al choque, procurando huir después de repetidos ataques. Como el mismo fenómeno se renovaba en diferentes puntos del campo de batalla, acabé por creer que los Xipéhuz se fatigaban, que su poder de destrucción no sobrepasaba un cierto límite.
La segunda observación, que completaba felizmente la primera, me la proporcionó un grupo de Khaldes. Esta pobre gente, rodeada por todas partes por el enemigo, al perder la confianza en sus cortos cuchillos, arrancaron arbustos e hicieron con ellos unas mazas con ayuda de las cuales probaron de abrirse paso. Fue para mí una gran sorpresa ver que su intento salía bien. Vi a los Xipéhuz, por docenas, perder el equilibrio bajo los golpes; aproximadamente la mitad de los Khaldes se escaparon por el boquete hecho de aquella manera, pero cosa singular, los que en lugar de los arbustos se sirvieron de instrumentos de bronce (como sucedió con algún jefe), estos se mataron ellos mismos al matar al enemigo. Hay que darse cuenta, sin embargo, que los golpes de maza no hacían un daño sensible a los Xipéhuz, ya que los que habían caído se levantaban de nuevo rápidamente y reemprendían la persecución. No es que considere en menos mi doble descubrimiento, de una gran importancia para las luchas futuras.
Sin embargo, el desastre continuaba. La tierra retumbaba con la huida de los vencidos; antes de la noche no quedaban en los límites de los Xipéhuzes nada más que nuestros muertos y algunos centenares de combatientes subidos en los árboles. Para estos últimos la suerte fue horrorosa, ya que los Xipéhuz los quemaron vivos concentrando mil fuegos en las ramas que les protegían. Sus gritos desgarradores resonaron durante varias horas bajo el gran firmamento.


3- Bakhoûn elegido
Al día siguiente, los pueblos hicieron el recuento de los supervivientes. Encontraron que la batalla costaba alrededor de nueve mil hombres; un cálculo aproximado dio la pérdida de seiscientos Xipéhuz. De manera que la muerte de cada enemigo había costado quince existencias humanas.
La desesperación se asentó en los corazones de los guerreros, muchos de ellos clamaban contra los jefes y hablaban de abandonar una empresa tan horrorosa. Entonces, entre los murmullos, me adelanté al centro del campo y me puse a reprochar en voz alta a los guerreros la falta de ánimo de sus almas. Les pregunté si era preferible dejar perecer a todos los hombres o sacrificar sólo una parte de ellos; les demostré que en diez años la comarca zahelal estaría invadida por las Formas y dentro de veinte años los países de Khaldes, Sahrs, Pjarvanns y Xisoastres quedarían arrasados. Luego, al ver que podía despertarles aún su conciencia, les hice reconocer que ya una sexta parte del terrible territorio había vuelto al dominio de los hombres, pues el enemigo había sido rechazado en tres partes distintas, haciéndole regresar a la selva. Por último, les comuniqué mis observaciones, les hice comprender que los Xipéhuz no eran infatigables, que unas mazas de madera podían derribarles y obligarles a descubrir su punto vulnerable.
Un gran silencio reinaba en toda la llanura y la esperanza volvía al corazón de los innumerables guerreros que me escuchaban. Y para aumentar la confianza, describí unos aparatos de manera que yo había imaginado, propios tanto para el ataque como para la defensa. El entusiasmo renació, los pueblos aplaudieron mi idea y los jefes pusieron su mando a mi disposición.

4- Metamorfosis del armamento
En los días siguientes hice derribar gran número de árboles y di el modelo de ligeras barreras portátiles. He aquí su descripción aproximada: Un armazón de seis codos de largo y dos de ancho, unido por un enrejado a un armazón interior de la anchura de un codo sobre un largo de cinco. Seis hombres (dos portadores, dos guerreros armados con gruesas lanzas de madera, de punta roma, otros dos igualmente armados de lanzas de madera, pero con unas puntas metálicas muy finas y provistos por otra parte de arcos y flechas) podían quedarse allí tranquilamente, circular por la selva, protegida contra los ataques inmediatos de los Xipéhuz. Al llegar al alcance del enemigo, los guerreros provistos de lanzas obtusas, tenían que atacar y hacer girar al enemigo hasta obligarle a descubrirse y los arqueros tenían que apuntar a las estrellas, ya sea con la lanza o el arco según se presentara la eventualidad.
Como la estatura media de los Xipéhuz alcanzaba un poco más allá de un codo y medio, dispuse unas barreras de manera que los armazones exteriores no pudieran sobrepasar, durante la marcha, una altura de un codo y cuarto por encima del suelo y para esto era necesario inclinar un poco los soportes que las unían al armazón interior llevado a manos por el hombre. Como por otra parte los Xipéhuz no saben saltar los obstáculos abruptos ni avanzar como no sea de pie, la barrera concebida así era suficiente para protegerles contra sus ataques inmediatos.
Seguramente los Xipéhuz harían esfuerzos para quemar las nuevas armas y en más de un caso podrían conseguirlo, pero como sus fuegos no tienen eficacia fuera del alcance de las flechas, tendrían que descubrirse para emprender esta calcinación. Por otra parte, al no ser esta instantánea, se podría evitar en gran parte por medio de maniobras de desplazamiento rápido.

5- La segunda batalla
En el año 22649 del mundo, el décimoprimer día de la octava luna, fue librada la segunda batalla contra los Xipéhuz y en esta ocasión los jefes me entregaron el mando supremo. Entonces dividí a los pueblos en tres ejércitos. Un poco antes de la aurora he lanzado contra Kzour cuarenta mil guerreros armados según el sistema de barreras. Este ataque ha sido menos confuso que el del séptimo día. Las tribus han entrado despacio en la selva, en pequeños grupos dispuestos con mucho orden y el encuentro ha empezado. Toda la ventaja ha sido para los hombres durante la primera hora, habiendo sido completamente derrotados los Xipéhuz por la nueva táctica. Más de cien Formas han perecido, apenas vengadas por la muerte de una docena de guerreros. Pero pasada la primera sorpresa, los Xipéhuz se apresuraron a quemar las barreras, cosa que pudieron conseguir en algunos casos. Pero una maniobra mucho más peligrosa ha sido la que adoptaron hacia la cuarta hora del día; aprovechando su velocidad, unos grupos de Xipéhuz, apretados los unos contra los otros, llegaron a las barreras y consiguieron derribarlas. En esta operación perecieron un gran número de hombres, hasta tal punto que esta momentánea ventaja del enemigo desalentó a una parte de nuestro ejército.
Hacia la hora quinta, las tribus Zahelales de Khemar, Djoh y una parte de los Xisoastres v Rahrs iniciaron la desbandada. Queriendo evitar una catástrofe, despaché a unos enlaces protegidos por fuertes barreras, para anunciarles que les mandaba refuerzos. Al mismo tiempo, dispuse el segundo ejército para el nuevo ataque; pero de antemano di nuevas instrucciones, indicándoles que las barreras tenían que mantenerse en grupos tan densos como lo permitiera la circulación por la selva, dispuestos en cuadros compactos, así que aparecieran una cantidad un poco importante de Xipéhuz sin abandonar por esto la ofensiva.
Dicho esto, di la señal; al cabo de poco tiempo tuve la suerte de ver que la victoria volvía de nuevo a los pueblos unidos. En fin, hacia la mitad del día hicimos un recuento, aproximado y constatamos que nuestras pérdidas ascendían a un total de dos mil de nuestros hombres y en cuanto a los Xipéhuz unos trescientos, lo que dio a conocer de una manera efectiva el progreso alcanzado y llenó las almas de mayor confianza.
No obstante, la proporción varió ligeramente con desventaja para nosotros hacia las catorce horas; los pueblos perdieron entonces cuatro mil individuos y los Xipéhuz quinientos.
Entonces fue cuando lancé el tercer cuerpo; la batalla alcanzó su mayor intensidad, el entusiasmo de los guerreros crecía a cada minuto hasta la hora en que el sol iba a ponerse por Occidente.
Entonces, aproximadamente, los Xipéhuz reemprendieron la ofensiva al norte de Kzour; un retroceso de Dzoums y Pjarvanns me hizo concebir inquietudes. Por otra parte, juzgando que la noche sería más favorable para el enemigo que para nosotros, hice poner fin a la batalla. La vuelta de las tropas se hizo victoriosamente, con calma; gran parte de la noche se pasó celebrando nuestros éxitos, que eran considerables; ochocientos Xipéhuz habían sucumbido, su radio de acción se había reducido a unos dos tercios de Kzour. Es verdad que nosotros habíamos dejado siete mil de los nuestros en la selva, pero estas pérdidas eran muy inferiores proporcionalmente en comparación al resultado de las de la primera batalla. Así, lleno de esperanza, podía atreverme a concebir el plan de un ataque más decisivo contra los dos mil seiscientos Xipéhuz existentes todavía.


6- La exterminación
En el año 22649 del mundo, el día quince de la octava luna.
Cuando el astro rojo se ponía sobre las colinas orientales, los pueblos estaban alineados para la batalla delante de Kzour.
Con el alma henchida de esperanza, acabé de hablar con los jefes y los cuernos sonaron, los pesados martillos golpearon sobre el bronce y el primer ejército avanzó contra la selva.
Las barreras ya eran más fuertes, un poco más grandes y encerraban a doce hombres en lugar de seis, salvo un tercio que habían sido construidas según la idea antigua.
Los primeros momentos del combate fueron favorables; después de la hora tercera, cuatrocientos Xipéhuz fueron exterminados y por nuestra parte sólo había dos mil bajas. Animado por estas buenas noticias, lancé el segundo cuerpo de ejército. El encarnizamiento de una y otra parte llegó a ser espantoso; nuestros combatientes se acostumbraban ya al triunfo, mientras los antagonistas desplegaban el tesón de un noble reino. De la hora cuarta a la octava, no sacrificamos menos de diez mil vidas, pero los Xipéhuz lo pagaron con mil de su parte, pues creo que mil solamente quedaban en las profundidades de Kzour.
En este momento comprendí que el hombre tendría la posesión del mundo y mis últimas inquietudes se apaciguaron.
Sin embargo, a la hora novena hubo una gran sombra sobre nuestra victoria. En este momento, los Xipéhuz no se dejaban ver más que en grandes grupos en los claros, escondiendo sus estrellas y llegaba a ser casi imposible derribarlos. Animados por la batalla, muchos de los nuestros se arrojaban sobre las masas y, entonces, con una evolución muy rápida, una parte de los Xipéhuz se destacaba, envolviendo y matando a los temerarios.
Un millar pereció así, sin pérdida sensible para el enemigo; y viendo esto, algunos Pjarvanns creyeron que todo había terminado. Cundió un pánico que puso más de diez mil hombres en fuga y un gran número cometió la imprudencia de abandonar las barreras para ir más rápidos, lo que les costó muy caro. Un centenar de Xipéhuz, lanzados en su persecución, derrotaron a más de dos mil Pjarvanns y Zahelals; el miedo empezó a extenderse en todas nuestras líneas.
Cuando los enlaces me trajeron esta funesta noticia, comprendí que la jornada estaría perdida si yo no conquistaba de nuevo las posiciones perdidas con alguna rápida maniobra.
Inmediatamente hice dar a los jefes del tercer ejército la orden de ataque, y les anuncié que yo tomaría el mando. Entonces llevé rápidamente estas reservas en la dirección que venían los fugitivos. Nos encontramos enseguida cara a cara con los Xipéhuz que les perseguían. Arrastrados por el ardor de su matanza no pudieron rehacerse bastante rápidos y en pocos instantes les tendí una emboscada de la que escaparon muy pocos y la exclamación de júbilo por la victoria conseguida llenó de valor a los nuestros.
Desde entonces no me costó nada reformar el ataque; nuestra maniobra se limitaba constantemente a separar una sección de grupos enemigos, luego envolver estos segmentos y aniquilarlos.
Así, pues, viendo lo desfavorable que resultaba esta táctica, los Xipéhuz empezaron de nuevo la lucha contra nosotros en pequeños grupos. Uno de los dos reinos no podía existir sin la destrucción del otro, y la matanza aumentó espantosamente. Pero cualquier duda sobre el resultado final desaparecía de las almas más pusilánimes.
Hacia la hora catorce, apenas si quedaban quinientos Xipéhuz contra más de cien mil hombres y el pequeño número de antagonistas quedaba cada vez más encerrado en fronteras estrechas, una sexta parte aproximadamente de la selva de Kzour, lo que facilitaba enormemente nuestras maniobras.
No obstante, el crepúsculo daba una luz rojiza a través de los árboles y temiendo la emboscada entre las sombras, interrumpí el combate.
La inmensidad de la victoria ensanchaba todas las almas; los jefes hablaban de ofrecerme toda la soberanía de los pueblos. Entonces les aconsejé que no se deben confiar nunca los destinos de tantos hombres a una pobre criatura débil, pero sí hay que adorar al Único y tomar como jefe terrestre la sabiduría.
 
8- Último extracto del libro de Bakhoûn
La tierra pertenece a los hombres. Dos días de combate han exterminado a los Xipéhuz; todo el dominio ocupado por los últimos doscientos ha sido arrasado; cada árbol, cada planta o tallo de hierbas derribado. Ayudado por mis hijos Loûm, Azah y Simhô he terminado de escribir la historia en unas tablas de granito para el conocimiento de los pueblos futuros.
Y aquí estoy, solo, en una noche pálida, en la linde de Kzour. Una media luna de cobre se sostiene hacia poniente. Los leones rugen a las estrellas. El río corre lentamente entre los sauces; su voz eterna da cuenta del tiempo que pasa, la melancolía de las cosas que perecen. Y yo escondí la frente entre las manos y de mi corazón surgió una queja. Y ahora que los Xipéhuz han sucumbido, mi alma los encuentra a faltar y solo pido al Único que me diga ¡cuál ha sido la fatalidad que ha permitido que el esplendor de la vida haya sido mancillado por las tinieblas de la muerte!


FIN

2025/06/02

Impulso (Eric Frank Russell)


Título original: Impulse
Año: 1938



Era la tarde libre de su criado y el doctor Blain tuvo que contestar personalmente al zumbador de su sala de espera. Maldiciendo mentalmente la prolongada ausencia de Tod Mercer, su factótum, el doctor tapó la probeta, tomó de debajo el tubo de ensayo con el líquido neutralizante y lo colocó en un estante.
Rápidamente, se metió una espátula de remover en un bolsillo del chaleco, se frotó las manos una con otra y dirigió una breve mirada a todo el pequeño laboratorio. Luego trasladó su alto y delgado cuerpo a la sala de espera.
El visitante se hallaba desplomado sobre un gran sillón. El doctor le observó, dándose cuenta de que se trataba de un individuo de aspecto cadavérico con ojos de pez, piel manchada y pálidas e hinchadas manos. Las ropas que llevaba no le sentaban mucho mejor que le hubiera sentado un saco.
Blain le catálogo a simple vista como un caso de úlcera perniciosa, o bien como un agente de seguros que se proponía hacerle un seguro que él no tenía intención de hacer. "De todos modos" —decidió—, "la expresión del hombre tiene un fantástico retorcimiento". En una palabra, que le atacaba los nervios.
—Es usted el doctor Blain, ¿verdad? —preguntó el hombre del sillón.
Su voz surgió gangosa y misteriosa, y el doctor Blain sintió un estremecimiento en su espina dorsal.
Sin esperar respuesta y con su muerta mirada fija en Blain, que se alzaba en pie ante él, el visitante continuó:
—Nosotros somos un cadáver individual con ojos de pez, piel manchada, y peludas e hinchadas manos.
El doctor tomó asiento de pronto, agarrándose a los brazos de su sillón hasta que sus nudillos parecieron como ampollas.
El visitante se aclaró la garganta lenta e imperturbablemente.
—Las ropas que llevamos no nos sientan mucho mejor que nos habría sentado un saco. Somos sin duda un caso de úlcera perniciosa o bien un agente de seguros al que usted no tiene intención de complacer. Nuestra expresión tiene un extraño torcimiento y ello le ataca a usted los nervios.
El visitante movió un ojo putrefacto que se clavó, con horrible falta de brillo, en el doctor, que parecía herido por un rayo. Luego añadió:
—Nuestra voz es gangosa y su sonido le ha producido a usted un estremecimiento en la espina dorsal. Tenemos ojos que parecen putrefactos y que se clavan en usted con horrible falta de brillo…
Haciendo un poderoso esfuerzo, Blain, con el rostro rojo y tembloroso, se inclinó hacia adelante. Sus cabellos color acero se le habían erizado en la parte posterior de su cuello. Abrió la boca, pero su visitante se apresuró a decir palabras que él iba a pronunciar:
—¡Dios de los cielos! ¡Lee usted mis pensamientos!
La fría mirada del individuo permaneció fija en la sorprendida faz de Blain mientras éste se ponía en pie. Entonces, breve y sencillamente, dijo:
—Siéntese.
Blain continuó en pie. Pequeñas gotas de sudor le corrían por la frente y descendían por su cansado y arrugado rostro.
Con más ímpetu, en tono de advertencia, el otro repitió:
—¡Siéntese!
Blain, que sentía una extraña debilidad en las rodillas acabó por obedecer. No dejaba de mirar la sorprendente palidez de las facciones de su visitante, y al cabo tartamudeó:
—¿Quién… quién diablos es usted?
—¡Eso! —contestó el otro entregándole un recorte de periódico.
Blain lanzó al recorte una mirada indiferente, seguida de otra más atenta. Luego protestó:
—Pero esto es una noticia periodística en la que se habla del robo de un cadáver en un depósito.
—Exacto —asintió el visitante.
—Pero no comprendo —dijo Blain, cuya expresión reflejaba el mayor asombro.
—Esto —dijo el visitante señalando con un dedo sin color su fofa vestimenta—, esto es el cadáver.
—¿Qué?
Por segunda vez, el doctor se puso en pie. El recorte se desprendió de sus dedos sin fuerza, cayendo sobre la alfombra. Y el doctor permaneció mirando hacia aquella cosa que había en la silla, expeliendo su aliento con un largo silbido mientras buscaba inútilmente algunas palabras que decir.
—Este es el cuerpo —repitió el visitante.
Su voz sonaba como si pasara burbujeante a través de un espeso aceite. Luego señaló el recorte.
—No se ha fijado usted en la fotografía —continuó—. Mírela. Compare ese rostro con el que llevamos.
—¿Llevamos? —inquirió Blain, que sentía un torbellino en su mente.
—¡Llevamos! Somos muchos. Mandamos en este cuerpo. Siéntese.
—Pero…
—¡Siéntese!
La criatura sentada en el sillón metió una fría y flácida mano en las interioridades de su amplia chaqueta, sacó una gran pistola automática y apuntó con ella torpemente. A Blain le pareció que el cañón del arma abría una boca enorme.
Se sentó, recogió el recorte y miro la fotografía.
El pie de ella decía: 

El difunto James Winstanley Clegg, cuyo cuerpo desapareció misteriosamente anoche del depósito de cadáveres de Simmstown.

Blain miró a su visitante, luego a la fotografía y después de nuevo a su visitante. Los dos eran el mismo, indudablemente el mismo. La sangre empezó a martillear en las arterias del doctor.
La automática cayó, titubeó, se alzó un poco una vez más.
—Sus preguntas se han anticipado —murmuró el difunto James Winstanley Clegg—. No, éste no es una caso de despertar espontáneo de un sueño cataléptico. Su idea es ingeniosa, pero no explica lo verdaderamente ocurrido.
—Entonces… ¿qué caso es éste? —preguntó Blain con súbito valor.
—Se trata de una confiscación.
Los ojos del cadáver se movieron de un modo muy poco natural.
—Nos hemos apropiado de algo —continuó el visitante—. Ante usted se halla un hombre que ha sido poseído —se permitió una sonrisa de vampiro—. Parece que, en vida, este cerebro estuvo dotado del sentido del humor.
—Sin embargo, yo no puedo…
—¡Silencio! —El arma se movió para dar énfasis a la orden—. Nosotros hablaremos y usted escuchará. Nosotros comprenderemos todos sus pensamientos.
—Perfectamente.
El doctor Blain tomó de nuevo asiento en su silla sin dejar de mirar con disimulo a la puerta. Estaba convencido de que se las había la con un loco. Sí, con un maniático… a pesar de lo de la lectura de los pensamientos, a pesar de la fotografía del recorte.
—Hace días —gargageó Clegg, o lo que había sido Clegg—, una cosa llamada meteoro aterrizó en las proximidades de esta ciudad.
—Ya lo leí —admitió Blain—. Lo buscaron, pero no lo encontraron.
—Ese fenómeno era en realidad una nave del espacio —la automática temblaba en la débil mano; el visitante apoyó el arma sobre su regazo—. Era una nave del espacio que nos trajo desde nuestro mundo, Glantok. La nave era extraordinariamente pequeña para los tamaños de ustedes, pero es que nosotros también somos pequeños. Muy pequeños. Somos submicroscópicos, y nos contamos por miríadas. No, no somos gérmenes inteligentes —el nauseabundo ser robó el pensamiento de la mente del que escuchaba—. Somos aún menos que eso —hizo una pausa para buscar palabras más explícitas—. En masa, parecemos un liquido. Puede usted catalogarnos como virus inteligentes.


—¡Oh! —exclamó Blain.
Luchaba para calcular el número de saltos que precisaba dar para alcanzar la puerta, calculándolos sin revelar sus pensamientos.
—Nosotros los glantokianos somos parásitos en el sentido de que habitamos y controlamos los cuerpos de criaturas de más bajo nivel. Vinimos aquí al mundo de ustedes, ocupando el cuerpo de un pequeño mamífero glantokiano.
Tosió, produciendo un viscoso ruido en su gaznate. Luego continuó:
—Cuando aterrizamos y salimos al exterior, un perro excitado persiguió a nuestro animal y lo atrapó. Nosotros, a nuestra vez atrapamos al perro. El animal glantokiano murió y nosotros salimos de él. El perro no nos servía para nuestro propósito, pero sí sirvió para transportarnos al interior de la ciudad y para encontrar este cuerpo, Cuando abandonamos al perro, éste se dejó caer patas arriba y murió.
La puerta de la verja produjo un súbito chirrido que puso en tensión los nervios de Blain. Unos pasos ligeros resonaron en el sendero de asfalto que conducía a la puerta principal. Blain esperó casi sin respirar, con los oídos tensos y los ojos muy abiertos.
—Tomamos este cuerpo, licuamos la congelada sangre, aflojamos las rígidas articulaciones, suavizamos los muertos músculos, e hicimos andar el cadáver. Parece ser que su cerebro fue en vida bastante inteligente y que sus recuerdos permanecían perfectamente ordenados. Utilizamos la inteligencia del cerebro muerto para pensar en términos humanos y para conversar con usted.
Los pasos que se aproximaban sonaron ya muy cerca. Blain colocó sus pies en posición firme sobre la alfombra, apretó sus manos contra los brazos del sillón y luchó para mantener bajo dominio sus pensamientos. El otro no pareció notar nada; mantenía su cadavérico rostro vuelto hacia Blain y continuaba pronunciando sus gangosas palabras:
—Bajo nuestro control, el cuerpo robó estas ropas y esta arma. Su propio cerebro muerto recordó para lo que servía el arma y nos explicó el modo de usarla. También nos habló de usted.
—¿De mí?
El doctor Blain, inclinado hacia adelante, movió sus brazos mientras calculaba si su proyectado salto le pondría lejos del alcance de la automática. Los pasos que sonaban en el exterior habían llegado a los escalones.
—No es prudente lo que hace —le advirtió el individuo que decía ser un cadáver—. Sus pensamientos son no sólo observados sino que anticipamos sus conclusiones.
Blain aflojó la tensión. Los pasos estaban subiendo la escalera.
—Pero un cuerpo muerto es meramente un substituto —continuó el otro—. Necesitamos uno vivo, que posea toda su capacidad orgánica. Cuando nos multipliquemos, necesitaremos más cuerpos. Desgraciadamente, la susceptibilidad del sistema nervioso se halla en proporción directa con la inteligencia del sujeto.
Se aclaró el gaznate y luego tosió, produciendo el mismo líquido carraspeo de antes.
—No podemos garantizar, al ocupar los cuerpos de los inteligentes, que no les volvamos locos, y un cerebro desordenado nos resulta tan poco conveniente como uno recién muerto. Nos resulta tan inútil como una máquina estropeada le resulta a usted.
Las pisadas cesaron. La puerta del departamento se abrió y alguien penetró en el pasillo. La puerta se cerró luego. Unos pies anduvieron por encima de la alfombra camino de la sala de espera.
—Por lo tanto —continuó el humano que no era humano—, debemos posesionarnos de los inteligentes cuando éstos se hallen tan profundamente inconscientes que no se den cuenta de nuestra invasión, y nuestra posesión debe estar completada cuando se despierten. Necesitamos, pues, la ayuda de alguien capaz de tratar a los inteligentes de la manera que nosotros deseamos, y que lo haga sin despertar sospechas de nadie. En una palabra, requerimos la cooperación de un médico.
Los espantosos ojos se hincharon ligeramente. Su poseedor añadió:
—Como no tenemos poder para seguir animando mucho tiempo este cuerpo ineficaz, debemos disponer de uno fresco, vivo, saludable, tan pronto como nos sea posible.
Los pies que sonaban en el pasillo titubearon, se detuvieron. La puerta se abrió.
En aquel momento, el difunto Clegg apuntó con un pálido dedo a Blain y barbotó:
—Usted nos va a ayudar —y el dedo, se dirigió entonces hacia la puerta—. O ese cuerpo será el primero.
La muchacha que estaba en el umbral era joven, rubia, agradablemente llenita. Permaneció inmóvil, cubriéndose con una mano su pequeña boca roja y medio abierta. Sus azules ojos, muy abiertos, contemplaban con temerosa fascinación la blanqueada máscara que había tras el dedo que apuntaba hacia ella.
Reinó un momento de profundo silencio mientras el individuo cadavérico mantenía su ademán. Las facciones del mismo sufrieron un progresivo acromatismo, tornándose aún más incoloras, más cenicientas. Su pupilas —muertas bolas en unas heladas órbitas— brillantes súbitamente con repentina luz, una luz verde, infernal. El individuo se puso torpemente en pie, no sin balancearse sobre los talones primero hacia adelante y después hacia atrás.
La muchacha carraspeó. Bajó la vista y vio la automática en aquella mano escapada de la tumba. Entonces lanzó un grito agudo. Fue un grito que sugería que arrastraban su alma hacia lo desconocido. Luego, cuando el muerto vivo avanzó hacia ella, cerró los ojos y se desplomó.
Blain llegó junto a la muchacha en el preciso instante en que tocaba el suelo. Había cubierto la distancia en tres frenéticos saltos. Sostuvo el suave y moldeado cuerpo, salvándolo de recibir un golpe. Apoyó su cabeza sobre la alfombra y palmoteó sobre sus mejillas vigorosamente.
—Se ha desmayado —gruñó enfadado—. Puede ser una enferma, o quizá viniera a buscarme para que fuese a ver a un paciente. Quizá se trate de un caso de urgencia.
—¡Basta!
La voz fue imperiosa, a pesar de su fantástico borboteo. El arma apuntó ahora directamente a la frente de Blain.
—Vemos, a través de los pensamientos de usted que este desmayo es una cosa temporal. Sin embargo, resulta oportuno. Aprovéchese usted de la situación, anestesie el cuerpo, y nosotros lo ocuparemos.
Arrodillado como estaba junto a la joven, Blain miró hacia arriba, y lenta y firmemente dijo:
—¡Les mandaré a ustedes al infierno!
—¡No necesitaba usted decirlo! —replicó el individuo.
Hizo, una horrible mueca y dio dos pasos de autómata hacia adelante.
—Usted hará lo que le digo, o bien lo haremos nosotros con la ayuda del propio conocimiento de usted y del propio cuerpo de usted. Le metemos una bala en el corazón, tomamos posesión de usted, reparamos la herida, y usted es nuestro. ¡Maldito sea usted! —añadió robando las palabras de los propios labios de Blain. Y continuó—: Podemos hacer uso de usted en cualquier caso, pero preferimos un cuerpo vivo a uno muerto.


Mientras lanzaba una desesperada mirada a su alrededor, el doctor Blain pronunció una plegaria mental en busca de ayuda; una plegaria que interrumpió al ver la sonrisa de su antagonista, que la había entendido. Se puso en pie, alzó la inerte figura de la muchacha y la condujo, atravesando la puerta y el pasillo, a su departamento de cirugía. Lo que había sido el cuerpo de Clegg avanzó grotescamente tras él.
Tras depositar suavemente a la muchacha en un sillón, Blain le froto las manos y las muñecas y le dio de nuevo golpecitos en las mejillas. Un ligero color afluyó al rostro de la desmayada, que movió los párpados. Blain llegó hasta un armario, abrió sus puertas de cristal y sacó de él una botella de sal volátil. En aquel momento sintió algo duro en mitad de la espalda. Era el cañón de la automática.
—Olvida usted que el proceso que sigue su mente es para nosotros un libro abierto. Está usted intentando reavivar el cuerpo y así ganar tiempo.
La asquerosa forma que había detrás del arma forzó a sus músculos faciales a que hicieran una retorcida mueca.
—Deje el cuerpo en esa mesa y anestésielo —continuó.
A regañadientes, el doctor Blain apartó su mano del armario. Luego cogió a la muchacha y la depositó sobre la mesa de operaciones, encendiendo a continuación la poderosa lámpara que colgaba directamente sobre ella.
—¡Más comedia! —comentó el otro—. ¡Apague esa lámpara! Con la otra hay luz más que suficiente.
Blain apagó la lámpara. Su rostro reflejaba la mayor agitación, pero mantenía la cabeza erecta, los puños crispados.
Miró cara a cara la amenazadora arma y dijo:
—Escúcheme. Voy a hacerle una proposición.
—¡Tonterías! —exclamó el difunto Clegg, paseándose alrededor de la mesa cortos y arrastrados pasos. Como le hemos dicho antes, está usted intentando ganar tiempo. Su propio cerebro nos advierte de ello…
Se  interrumpió  bruscamente  cuando  la  desmayada  muchacha  comenzó  a murmurar vagas palabras e intentó erguirse.
—¡De prisa! ¡La anestesia!
Antes de que se pudieran mover, la muchacha se sentó.
Una vez sentada contempló fijamente aquel horroroso rostro que maullaba y hacía muecas a un pie de su propio rostro.
Se estremeció y dijo lastimosamente:
—¡Déjenme salir de aquí! ¡Déjenme salir, por favor!
Una fofa mano avanzó con objeto de empujarla. Pero la joven se dejó caer hacia atrás para evitar el contacto de aquella asquerosa carne.
Tomando ventaja de la ligera distracción del otro, Blain deslizó una de sus manos hacia su propia espalda en busca de un atizador de adorno que colgaba de la pared. Pero el arma de fuego se alzó en el mismo instante en que sus dedos encontraban la improvisada arma y se curvaban sobre su frío metal.
—¡Qué olvidadizo! —exclamó el extraño ser mientras pequeños puntos brillaban en sus vacías órbitas—. La comprensión mental no tiene limitada su dirección. Le vemos a usted aun cuando estos ojos miren a otra parte. —La pistola se movió señalando a la muchacha—. Ate ese cuerpo.
Obediente, el doctor Blain se proveyó de vendas y ato concienzudamente a la muchacha a la mesa. El cabello gris del médico estaba desordenado y su rostro cubierto de sudor mientras apretaba los nudos. Miró a la joven con valor apenas justificado y murmuró:
—Paciencia… No tenga miedo.
Echó una significativa mirada al reloj colgado de la pared. Las manecillas indicaban que faltaban dos minutos para las ocho.
—Así que usted espera ayuda —dijo la voz de una miríada de seres—. Ayuda de Tod Mercer, su criado, que debía ya estar aquí. Usted cree que podría ayudarle en algo, aunque tiene poca fe en su ingenio. En opinión de usted, posee el cerebro de un buey… Es demasiado estúpido para saber en dónde tiene su mano derecha.
—¡Es usted el diablo! —exclamó el doctor Blain al oír aquel recital de sus propios pensamientos.
—Que llegue ese Mercer. Servirá de mucho, ¡pero a nosotros! Tenemos bastante con dos cuerpos… y un tonto vivo siempre es mejor que un inteligente muerto.
Sus anémicos labios se fruncieron en una mueca que puso al descubierto unos secos dientes.
—Mientras tanto, trabaje usted con este cuerpo.
—No creo que tenga ningún otro —protestó Blain.
—Tiene usted que hacer algo. Su corteza cerebral lo grita. Dese prisa, pues de lo contrario vamos a perder la paciencia y nos posesionaremos de usted aún a costa de su salud mental.
Tragando saliva, Blain abrió un cajón y extrajo de él una mascarilla nasal. Arregló su apósito de gasa y colocó el artefacto sobre la nariz de la asustada muchacha. Pensó que no había peligro en hacer a la joven un guiño tranquilizador. Un guiño no es un pensamiento.
Abriendo el armario una vez más, el doctor forzó a su mente, valiéndose de todas sus facultades, a recitar: "Eter, éter, éter". Al mismo tiempo acercó su mano a una botella de ácido sulfúrico concentrado. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para lograr su doble propósito. Sus dedos se acercaban cada vez más a la botella. Por fin la cogió. Forzando a cada fibra de su cuerpo a hacer una cosa mientras mentalmente pensaba en otra, el doctor se volvió al tiempo que quitaba el tapón de cristal a la botella. Entonces quedó inmóvil, con la abierta botella en su mano derecha.
El muerto se colocó inmediatamente frente a él, arma en ristre.
—¡Éter! —Cloquearon en tono de mofa las cuerdas vocales de Clegg—. La mente consciente de usted grita: "¡Eter!", al tiempo que su subconsciente murmura: "¡Ácido!". ¿Cree usted que su inferior inteligencia puede enfrentarse con la nuestra? ¿Cree usted que puede destruir lo que ya está muerto? ¡Es usted un tonto!
La pistola automática se aproximó aún más al doctor.
—Venga la anestesia… sin más dilaciones.
Sin contestar, el doctor Blain volvió a cerrar la botella y la dejó en su sitio. Luego, lentamente, moviéndose lo más despacio que pudo, cruzó la habitación hasta llegar a un armario más pequeño, abrió éste y extrajo de él una pequeña botella de éter. Colocó la botella sobre el radiador y empezó a cerrar el armario.
—¡Quítela de ahí! —cacareó la extraña voz en un tono agudo que delataba la mayor impaciencia.
El arma emitió un tintineo de advertencia al tiempo que Blain se apoderaba de nuevo de la botella.
—De modo que esperaba usted que el radiador hiciera que el líquido se evaporase con la suficiente rapidez para que la botella estallase, ¿eh?
El doctor Blain no contestó. Tardando todo lo que le era posible, trasladó el líquido a la mesa. La muchacha, con los ojos muy abiertos por el efecto del miedo, le vio acercarse y lanzó un pequeño gemido. Blain dirigió una mirada al reloj, pero aunque fue una mirada muy rápida, su atormentador captó el pensamiento que había tras ella y sonrió.
—Él está aquí ahora —dijo.
—¿Quién está aquí? —preguntó Blain.


—Su criado, Mercer. Está ahí fuera, a punto de entrar. Percibimos el tonto vagabundeo de su débil mente. Tenía usted razón al pensar sobre la pequeñez de su inteligencia.
La puerta se abrió, confirmando lo que el visitante había dicho. La muchacha intentó levantar la cabeza. En, sus ojos brilló una luz de esperanza.
—Mantenga la boca de la joven abierta con algo —articuló la voz que obraba bajo el extraño control—. Utilizaremos la boca para entrar.
El visitante hizo una pausa mientras unos pesados pies se posaban sobre el felpudo de la puerta.
—Llame a ese tonto para que venga aquí. Lo utilizaremos también.
El doctor Blain, a quien se le iban hinchando las venas de la frente, llamó:
—¡Tod! ¡Venga aquí!
Encontró una mordaza dental con la almohadilla puesta. La excitación mantenía tensos los nervios del doctor de los pies a la cabeza. Ningún arma podía disparar en dos direcciones a la vez. Si él lograba hacer que el idiota de Mercer se colocase en la posición adecuada… Si le pudiera advertir… Si él se encontraba en un lado y Tod en el otro…
—No lo intente —le advirtió el resucitado Clegg—. Ni siquiera piense en ello. Si lo hace, acabaremos por posesionarnos de ambos.
Tod Mercer penetró en la habitación. Sus pesadas suelas pisaron la alfombra. Era un hombre corpulento, y su grueso rostro de luna llena, con barba de dos días, surgía muy cerca de sus anchos hombros. Se detuvo cuando vio que en la mesa de operaciones había una muchacha. Sus grandes y estúpidos ojos pasaron de la muchacha al doctor.
—¡Hola, doctor! —dijo con voz insegura—. Tuve un pinchazo y fue necesario cambiar un neumático en la carretera.
—No se preocupe —dijo un gorgoteo irónico detrás de él—. Ha llegado usted muy a tiempo.
Tod se volvió lentamente, moviendo sus botas como si cada una de ellas le pesara una tonelada. Miró a aquello que había sido Clegg y dijo:
—Perdóneme, señor. No sabía que estaba usted aquí.
Sus ojos, parecidos a los de las vacas, recorrieron, sin demostrar el menor interés, al muerto vivo y la pistola automática. Luego se volvieron hacia el anhelante Blain. Tod abrió la boca como para decir algo. Luego la cerró. Una expresión como de ligera sorpresa apareció en su grueso rostro. Sus ojos se volvieron de nuevo para mirar hacia su costado, encontrándose otra vez con la automática.
Esta vez, la mirada no duró ni una décima de segundo. Los ojos de Tod se dieron cuenta de lo que veían, y con asombrosa rapidez, descargó sobre las terribles facciones de lo que había sido Clegg un puño como un jamón. El golpe resultó dinamita, pura dinamita. El cadáver se desplomó con un golpe que hizo retemblar toda la habitación.
—¡Rápido! —gritó el doctor—. Coja el arma.
A continuación, el doctor volcó la mesa de operaciones, con muchacha y todo, haciendo que el mueble diera un fuerte golpe al arma que aún sujetaba una débil mano.
Tod Mercer no salía de su asombro y sus ojos iban de un lado a otro. De la pistola surgió un disparo estruendoso.
La bala rozó el metálico y tubular borde de la mesa y, silbando, fue a incrustarse en la pared, arrancando un trozo de yeso de un pie de ancho.
 Blain lanzó un frenético puntapié contra una débil muñeca, pero falló, pues el propietario de la misma la apartó en aquel instante. La pistola se disparó de nuevo. Se oyó un ruido de cristales en el armario más lejano. La muchacha, atada a la mesa, lanzó un agudo chillido.
Aquel grito penetró en el espeso cerebro de Mercer, impulsándole a la acción. Dejando caer una gran bota, aprisionó una muñeca, que pareció de goma bajo su tacón, logrando que los fríos dedos soltaran la pistola. Luego cogió el arma e hizo puntería con ella.
—No, si no puede usted matar eso, así —gritó Blain.
Dio un empujón a Tod Mercer para poner más énfasis a sus palabras.
—Saque a la muchacha de aquí. ¡Apresúrese, hombre por el amor de Dios!
La prisa que había en la voz de Blain no admitía espera. Mercer dejó la automática, llegó hasta la mesa y rompió las ligaduras que aprisionaban a la quejumbrosa joven. Sus enormes brazos la levantaron al fin, sacándola de la habitación.
Tendido en el suelo, aquel cuerpo robado se retorcía y luchaba por ponerse en pie. Sus extrañas pupilas habían desaparecido. Las órbitas de sus ojos estaban ahora llenas de movedizos charcos de luminosidad de color de esmeralda. Su boca se abrió como si estuviera vomitando una fosforescencia de color verde brillante. ¡Las huevas procedentes de Glantok abandonaban a su anfitrión!
El cuerpo logró incorporarse, quedando con la espalda apoyada en la pared. Sus miembros se habían retorcido adoptando posturas de pesadilla. Era un terrible disfraz de ser humano. La masa color verde, de una tonalidad brillante y vívida, fluía de sus ojos, de su boca, formando serpenteantes riachuelos y luego charcos en el suelo.
Blain llegó hasta la puerta en un gigantesco salto, cogiendo al pasar la botella de éter, que estaba, sobre la mesa. Al alcanzar el umbral de la puerta se detuvo temblando. Luego arrojó la botella en medio de la verde masa. A continuación encendió su encendedor, que arrojó tras la botella. Toda la habitación se llenó al instante de llamas, formándose una hoguera infernal.
La muchacha se agarró fuertemente al brazo de Blain mientras, desde la carretera, observaban cómo ardía la casa. La joven dijo:
—Vine a buscarle a usted para que fuera a ver a mi hermano menor. Creemos que tiene el sarampión.
—Iré pronto a verle —prometió Blain.
Un Sedan subía por la carretera y se detuvo cerca de ellos, aunque manteniendo el motor en marcha. Un policía sacó la cabeza por la ventanilla y gritó:
—¡Qué desastre! Vimos el resplandor desde una milla de distancia. Ya hemos avisado a los bomberos.
—Temo que lleguen demasiado tarde —repuso Blain.
—¿Tenía asegurado el edificio? —preguntó el policía con amabilidad.
—Sí.
—¿Todas las personas están fuera de él?
Blain afirmó con la cabeza. El policía, antes de marcharse, dijo:
—Hemos venido por aquí en busca de un loco que se ha escapado. El Sedán rugió y se puso en marcha.
—¡Eh! —gritó Blain.
El coche se detuvo de nuevo.
—¿No se llamaba ese loco James Winstanley Clegg? —preguntó el doctor.
—¿Clegg? —dijo la voz del conductor desde el otro lado del Sedán—. Ese era el individuo cuyo cadáver desapareció del depósito cuando el vigilante volvió la espalda durante un minuto. Lo más curioso es que encontraron un perro muerto precisamente en el sitio donde había estado el cuerpo de Clegg. Los periodistas empezaron a decir que se trataba de un lobo, pero a mí me pareció un perro.
—De todos modos, el loco no es Clegg —dijo el policía que había hablado primero—. El loco se llama Wilson. Es bajito, pero de cuidado.
Alargó un brazo desde el coche y entregó a Blain una fotografía. El doctor observó el retrato a la luz de las crecientes llamas. El hombre que aparecía en él no tenía el menor parecido con su visitante de aquella tarde.
—Recordaré ese rostro —comentó el doctor devolviendo el retrato al policía.
—¿Sabe usted algo sobre el misterio de Clegg? —preguntó el chofer.
—Sólo sé que está muerto —contestó Blain sin faltar un ápice a la verdad.
Con ademán pensativo, el doctor Blain observó cómo las llamas que surgían de lo que había sido su hogar llegaban casi al cielo. Se volvió a Mercer, que estaba con la boca abierta, y dijo:
—Lo que me extraña es cómo se las arregló usted para pegar a ese individuo sin que él se anticipara a adivinar su intención, disparándole un tiro a quemarropa.
—Vi el arma y le pegué —explicó Mercer extendiendo las manos como disculpándose—. Al ver que tenía un arma, le pegué maquinalmente sin pensar en nada.
—¡Sin pensar en nada! —murmuró Blain. Esto los había salvado.
El doctor Blain se mordió el labio inferior sin dejar de mirar la creciente hoguera.
El techo se hundió con un violento crujido y del hueco surgió un haz de chispas.
Dentro de su mente, pero no en sus oídos, sonaron unos ligeros y extraños gemidos que se fueron haciendo cada vez más débiles hasta que al cabo cesaron.


FIN