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2026/07/06

El abonado (Philip K. Dick)


Título original: The Commuter
Año: 1953


El hombrecillo estaba cansado. Se abrió paso entre la gente que llenaba el vestíbulo de la estación hasta la ventanilla. Esperó su turno con impaciencia. Su cansancio se reflejaba en los hombros hundidos y en el abolsado abrigo marrón.
—El siguiente —graznó Ed Jacobson, el vendedor de billetes.
El hombrecillo depositó un billete de cinco dólares sobre el mostrador.
—Deme un abono nuevo. He terminado el último. —Su mirada se desvió de Jacobson al reloj de pared—. Santo Dios, qué tarde es.
Jacobson tomó los cinco dólares.
—Muy bien, señor. Un abono. ¿Para dónde?
—Macon Heights —dijo el hombrecillo.
—Macon Heights —Jacobson consultó la lista—. Macon Heights. Ese lugar no existe.
El rostro del hombrecillo traslució suspicacia.
—¿Me está tomando el pelo?
—Señor, no consta ningún Macon Heights. No puedo venderle un billete para un lugar que no existe.
—¿Qué quiere decir? ¡Yo vivo allí!
—No me importa. Hace seis años que vendo billetes y ese lugar no existe.
El hombrecillo abrió los ojos con estupefacción.
—Pero mi casa está allí. Vuelvo cada noche. Yo...
Jacobson empujó hacia él la lista.
—Tome. Búsquelo usted mismo.
El hombrecillo leyó frenéticamente, recorriendo con un dedo tembloroso los nombres de las ciudades.
—¿Lo ha encontrado? —preguntó Jacobson, apoyando los brazos sobre el mostrador—. No está, ¿verdad?
El hombrecillo negó con la cabeza, aturdido.
—No lo entiendo. No tiene sentido. Debe haber alguna equivocación. Tiene que haber...
De pronto, se desvaneció. La lista cayó al suelo. El hombrecillo se había evaporado.
—¡Por el fantasma de César! —susurró Jacobson.
Abrió y cerró la boca. Sobre el suelo de cemento sólo se veía la lista. El hombrecillo había dejado de existir.

—Y entonces, ¿qué? —preguntó Bob Paine.
—Di la vuelta y tomé la lista.
—¿Y había desaparecido?
—Exacto, había desaparecido. 
Jacobson se frotó la frente.
—Ojalá lo hubiera visto usted. Desapareció como una luz al apagarse. Por completo. Sin un ruido. Sin el menor movimiento.
Paine encendió un cigarrillo y se reclinó en la silla.
—¿Le había visto antes?
—No.
—¿Qué hora era?
—Esta misma, más o menos. Alrededor de las cinco —Jacobson se acercó a la ventanilla—. Viene un montón de gente.
Paine hojeó el callejero oficial
—Macon Heights. No consta en ningún listado. Quiero hablar con él, si vuelve a aparecer. Hágale entrar en el despacho.
—Claro. No quiero saber nada más de él. No es normal. —Jacobson volvió a la ventanilla—. ¿Sí, señora?
—Dos billetes de ida y vuelta a Lewisburg. 
Paine apagó el cigarrillo y encendió otro.
—Sigo teniendo la sensación que el nombre me resulta familiar. 
Se levantó y examinó el plano mural.
—Pero no consta en la lista.
—No consta en la lista porque ese lugar no existe —insistió Jacobson—. ¿Cree que no lo sabría, vendiendo cada día un billete tras otro? —Volvió a la ventanilla—. ¿Sí, señor?
—Quiero un abono para Macon Heights —dijo el hombrecillo, echando una nerviosa mirada al reloj de pared—. Y dese prisa.
Jacobson cerró los ojos con fuerza. Cuando los abrió, el hombrecillo seguía allí, con el rostro pequeño y arrugado, cabello ralo, gafas, abrigo ajado que formaba bolsas.
Jacobson dio media vuelta y se dirigió al despacho de Paine.
—Ha vuelto —Jacobson tragó saliva, pálido—. Es él otra vez.
Los ojos de Paine centellearon.
—Tráigale aquí.
Jacobson asintió y regresó a la ventanilla.
—Señor —dijo—, ¿sería tan amable de ir al despacho? —Indicó la puerta—. Al subdirector le gustaría verle un momento.
El rostro del hombrecillo se ensombreció.
—¿Qué pasa? El tren está a punto de salir.
Empujó la puerta y entró en el despacho, gruñendo para sí:
—Nunca me había ocurrido algo semejante. Cada vez es más complicado comprar un abono. Si pierdo el tren, denunciaré a su empresa...
—Siéntese —dijo Paine, indicando la silla colocada frente a su escritorio—. ¿Es usted el caballero que quiere un abono para Macon Heights?
—¿Qué tiene de extraño? ¿Qué les pasa a todos ustedes? ¿Por qué no pueden venderme un abono como de costumbre?
—¿Como… como de costumbre?
El hombrecillo se controló con un gran esfuerzo.
—Mi esposa y yo nos mudamos a Macon Heights el pasado diciembre. He viajado en su tren diez veces a la semana, dos trayectos cada día, durante seis meses. Cada mes compro un nuevo abono.
Paine se inclinó hacia él.
—¿Qué tren toma exactamente, señor…?
—Critchet. Ernest Critchet. El tren B. ¿No recuerda sus propios horarios?
—¿El tren B? —Paine consultó los horarios del tren B ayudándose con un lápiz. No constaba ningún Macon Heights—. ¿Cuánto dura el viaje? ¿Cuánto tiempo tarda en llegar?
—Cuarenta y nueve minutos, exactamente —Critchet miró el reloj de pared—. Si consigo alcanzarlo.
Paine hizo un cálculo mental. Cuarenta y nueve minutos. A unos cuarenta y cinco kilómetros de la ciudad. Se levantó para acercarse al gran mapa mural.
—¿Qué ocurre? —preguntó Critchet con marcada suspicacia.
Paine dibujó un círculo de cuarenta y cinco kilómetros en el mapa. El círculo cruzaba varias ciudades, pero ninguna era Macon Heights. Y en la línea B no había nada.
—¿Qué tipo de lugar es Macon Heights? —preguntó Paine—. ¿Cuánta gente vive, en su opinión?
—No lo sé. Cinco mil personas, tal vez. Paso casi todo el tiempo en la ciudad. Trabajo de contable en Seguros Bradshaw.
—¿Macon Heights es una población nueva?
—Bastante moderna. Vivimos en una casa de dos habitaciones, construida hace un par de años. 
Critchet se agitó inquieto.
—¿Qué pasa con el abono?
—Me temo que no puedo venderle un abono —respondió Paine lentamente.
—¡Cómo! ¿Por qué no?
—No tenemos servicio a Macon Heights.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Critchet, levantándose de un salto.
—Ese lugar no existe. Mire el mapa.
Critchet se quedó boquiabierto. Su rostro cambió de expresión varias veces consecutivas. Por fin, irritado, se acercó al mapa y lo examinó con suma atención.


—Esta situación es muy curiosa, señor Critchet —murmuró Paine—. No consta en el mapa ni en el listado oficial. Nuestros horarios no lo incluyen. No tenemos abonos para viajes a ese lugar. No...
Enmudeció. Critchet había desaparecido. Un momento antes estaba allí, examinando el mapa. Un segundo después se había volatilizado. Desvanecido. Esfumado.
—¡Jacobson! —bramó Paine—. ¡Ha desaparecido!
Los ojos de Jacobson se abrieron desmesuradamente. El sudor le brotó de la frente.
—Vaya, vaya —murmuró.
Paine se abismó en sus pensamientos, contemplando el lugar vacío que Ernest Critchet había ocupado.
—Algo está pasando —musitó—. Algo muy extraño.
De pronto tomó su abrigo y se encaminó hacia la puerta.
—¡No me deje solo! —suplicó Jacobson.
—Si me necesita, estaré en el apartamento de Laura. El número está en algún lugar de mi escritorio.
—Ahora no es el momento de ir a jugar con chicas.
Paine abrió la puerta que daba al vestíbulo.
—Dudo que se trate de un juego —dijo con semblante sombrío.

Paine subió los escalones que llevaban al piso de Laura Nichols de dos en dos.
Apretó el timbre hasta que la puerta se abrió.
—¡Bob! —Laura parpadeó, sorprendida—. ¿A qué debo esta...? 
Paine pasó junto a ella y entró en el piso.
—Espero no interrumpirte.
—No, pero...
—Se trata de un asunto muy serio. Voy a necesitar ayuda. ¿Puedo contar contigo?
—¿Conmigo?
Laura cerró la puerta. Su bien amueblada casa estaba en penumbra. Sólo había encendida una lámpara de mesa, en el extremo del mullido sofá verde. Las pesadas cortinas estaban corridas. El fonógrafo sonaba a bajo volumen en un rincón.
—Tal vez me estoy volviendo loco —Paine se dejó caer en el lujoso sofá verde—. Es lo que quiero averiguar.
—¿Cómo puedo ayudarte?
Laura se acercó lánguidamente, con los brazos cruzados y un cigarrillo entre los labios. Se apartó de los ojos el largo cabello con un movimiento brusco de la cabeza.
—¿Qué pasa por tu mente?
Paine dirigió una sonrisa de aprobación a la joven.
—Vas a llevarte una sorpresa. Quiero que bajes al centro mañana por la mañana temprano, bien guapa y...
—¡Mañana por la mañana! Tengo un trabajo, ¿recuerdas? Y en la oficina nos esperan esta semana un montón de informes nuevos.
—Envíalos al infierno. Tómate la mañana libre. Ve a la biblioteca central. Si no consigues la información allí, ve a la sede del tribunal del condado y examina los registros tributarios de los años pasados. Búscalo hasta que lo encuentres.
—¿El qué?
Paine encendió un cigarrillo con aire positivo.
—Alguna mención de un lugar llamado Macon Heights. Sé que he oído ese nombre antes. Hace años. ¿Te has hecho ya una idea? Echa un vistazo a los atlas antiguos, a periódicos atrasados de la hemeroteca, revistas antiguas, informes, planes urbanísticos, propuestas a la legislación del Estado.
Laura se sentó lentamente en el brazo del sofá.
—¿Estás bromeando?
—No.
—¿He de hurgar mucho en el pasado?
—Unos diez años, si es necesario.
—¡Santo Dios! Tendría que...
—No salgas hasta encontrarlo. 
Paine se levantó con brusquedad.
—Hasta luego.
—¿Te marchas así, por las buenas? ¿No me llevarás a cenar?
Paine se encaminó hacia la puerta.
—Lo siento. Estaré muy ocupado. Ocupadísimo.
—¿En qué?
—En visitar Macon Heights.

Por la ventanilla del tren divisó campos interminables, interrumpidos de vez en cuando por alguna granja. Los postes telefónicos se alzaban hacia el cielo del anochecer.
Paine consultó su reloj. Ya faltaba poco. El tren atravesó una ciudad pequeña. Un par de gasolineras, estacionamientos a la orilla de la carretera, una tienda de televisores. Los frenos chirriaron al parar en la estación. Lewisburg. Bajaron algunos pasajeros, hombres vestidos con abrigos que llevaban bajo el brazo el periódico vespertino. Las puertas se cerraron y el tren arrancó.
El subdirector se recostó en el asiento, inmerso en sus pensamientos. Critchet se había esfumado mientras examinaba el mapa mural. Se había esfumado por primera vez cuando Jacobson le enseñó la lista de horarios… Cuando le habían demostrado que no existía ningún lugar llamado Macon Heights. ¿Sería una pista? Todo el asunto era inverosímil, como un sueño.
Paine miró por la ventana. Estaba a punto de llegar... si existía un lugar así. Los campos de color pardo se extendían hasta perderse de vista. Colinas y campos uniformes. Postes telefónicos. Coches que corrían por la autopista estatal, ínfimas motas negras que se precipitaban hacia el crepúsculo.
Pero ni rastro de Macon Heights.
El tren prosiguió su camino con gran estrépito. Paine consultó su reloj. Habían pasado cincuenta y un minutos. Y no había visto nada. Nada, excepto campos.
Recorrió el vagón y se sentó al lado del revisor, un hombre ya mayor de cabello blanco.
—¿Ha oído hablar de un lugar llamado Macon Heights? —preguntó Paine.
—No, señor.
Paine le mostró sus credenciales.
—¿Está seguro de no haber oído nunca ese nombre?
—Por completo, señor Paine.
—¿Cuánto tiempo lleva haciendo este trayecto?
—Once años, señor Paine.
Paine continuó hasta la próxima parada, Jacksonville. Bajó y transbordó a un tren B que regresaba a la ciudad. El sol se había puesto. El cielo estaba casi negro. Le costó distinguir el paisaje que se extendía al otro lado de la ventana.
Se puso en tensión y contuvo el aliento. Faltaba un minuto. Cuarenta segundos.
¿Habría algo? Campos llanos. Solitarios postes telefónicos. Un paisaje árido y yermo entre las ciudades.
¿Entre? El tren avanzaba con estruendo en la oscuridad. Paine forzó la vista. ¿Había algo allí afuera? ¿Algo entre los campos?
Una masa alargada de humo transparente se extendía sobre los campos. Una masa homogénea, que mediría un kilómetro y medio de largo. ¿Qué era? ¿El humo de la locomotora? Pero la locomotora era diesel. ¿De un camión que transitaba por la autopista? ¿Matorrales quemados? En los campos no se observaba nada similar.


De repente, el tren empezó a perder velocidad. Paine se puso en guardia al instante. El tren estaba frenando, iba a detenerse. Los frenos chirriaron, los vagones oscilaron de un lado a otro. Después, silencio.
Un hombre alto, sentado al otro lado del pasillo y cubierto con un abrigo ligero, se levantó, se puso el sombrero y avanzó con rapidez hacia la puerta. Saltó a tierra. Paine le miró, fascinado. El hombre se alejó a buen paso del tren, caminando por los campos oscurecidos. Se dirigió sin la menor vacilación hacia un banco de neblina gris.
El hombre se elevó. Andaba a unos treinta centímetros sobre la tierra. Giró a la derecha. Se elevó de nuevo, y ahora..., a unos noventa centímetros sobre la tierra. Caminó paralelamente a la tierra durante un momento, alejándose todavía del tren. Después desapareció en el banco de niebla. Se había esfumado.
Paine corrió por el pasillo, pero el tren había empezado a acelerar. Los campos pasaban ante la ventana a toda velocidad. Paine localizó al revisor, un joven de rostro lleno, apoyado contra la pared del vagón.
—¡Escuche! —gritó Paine—, ¿cuál era esa parada?
—¿Perdón, señor?
—¡Esa parada! ¿Cuál era?
—Siempre paramos ahí.
El revisor introdujo la mano en su chaqueta y sacó con parsimonia un puñado de folletos de horarios. Los examinó y le pasó uno a Paine.
—El B siempre se detiene en Macon Heights. ¿No lo sabía?
—¡No!
—Está puesto en el folleto. —El joven se concentró de nuevo en su revista de aventuras—. Siempre para ahí. Siempre lo ha hecho. Y siempre lo hará.
Paine abrió el folleto. Era cierto. Macon Heights constaba entre Jacksonville y Lewisburg. A cuarenta y cinco kilómetros de la ciudad, exactamente.
La nube de neblina gris. La enorme nube que ganaba forma a cada momento. Como si algo cobrara vida. De hecho, algo estaba cobrando vida.
¡Macon Heights!

A la mañana siguiente, localizó a Laura en su casa. Estaba sentada ante la mesita de café, vestida con un jersey rosa pálido y pantalones negros. En la mesa había un montón de notas, papel, goma de borrar y un vaso de leche malteada.
—¿Cómo te fue? —preguntó Paine.
—De primera. Tengo la información que querías.
—¿Cuál es la historia?
—Encontré mucho material. —Dio una palmada a la pila de notas—. He resumido lo más interesante.
—Adelante con ese resumen.
—Este agosto hará siete años que la junta de supervisores del Estado votó la creación de tres nuevas zonas residenciales, que se instalarían fuera de la ciudad. Macon Heights era una de ellas. Se produjo un acalorado debate. La mayoría de los comerciantes de la ciudad se oponían a las nuevas zonas. Sostenían que llevarían muchos comercios al por menor fuera de la ciudad.
—Sigue.
—Hubo una larga discusión. Por fin, se aprobaron dos de las tres zonas. Waterville y Cedar Groves. Pero no Macon Heights.
—Entiendo —murmuró Paine, pensativo.
—Macon Heights fue rechazada. Se alcanzó un compromiso: Dos zonas en lugar de tres. Las dos zonas se empezaron a construir en seguida, ya lo sabes. Pasamos por Waterville una tarde. Un lugar pequeño y encantador.
—Pero no Macon Heights.
—No. Macon Heights fue rechazada.
Paine se acarició el mentón.
—Así que ésa es la historia.
—Ésa es la historia. ¿Te das cuenta que he perdido la paga de medio día por culpa de esto? Has de invitarme a salir esta noche. Quizá debería buscarme otro novio. Empiezo a pensar que no eres tan buen partido como me imaginaba.
Paine asintió con la cabeza, absorto en sus pensamientos.
—Hace siete años. 
De pronto, un pensamiento acudió a su mente:
—¡La votación! ¿Por cuánto perdió Macon Heights?
Laura consultó sus notas.
—El proyecto fue derrotado por un solo voto.
—Un solo voto. Hace siete años. 
Paine salió al recibidor.
—Gracias, cariño. Las piezas empiezan a encajar. ¡Encajan de maravilla!
Tomó un taxi nada más salir. El taxi le condujo a la estación ferroviaria. Por la ventanilla veía desfilar letreros y calles. Gente, tiendas y coches.
Su presentimiento era correcto. Había oído antes el nombre. Siete años atrás. Un encarnizado debate sobre una zona residencial situada en las afueras. Dos ciudades aprobadas, una rechazada y olvidada.
Pero ahora, la ciudad olvidada estaba cobrando vida… siete años después. La ciudad y con ella un fragmento indeterminado de realidad. ¿Por qué? ¿Había cambiado algo en el pasado? ¿Se había producido alguna alteración en un continuo temporal?
Podía ser la explicación. El resultado de la votación fue muy apretado. Macon Heights casi logró la aprobación. Tal vez, ciertas partes del pasado eran inestables. Tal vez, aquel período en particular, siete años antes, había sido crítico. Tal vez, nunca había terminado de cuajar. Una idea extraña: Un pasado que cambia después de haber sucedido.
De pronto, los ojos de Paine se concentraron en un punto concreto. Se irguió con rapidez. En la acera opuesta, a mitad de la manzana, vio el letrero de un comercio sobre un establecimiento pequeño y discreto. Paine forzó la vista cuando el taxi pasó por delante.

SEGUROS BRADSHAW (o) NOTARIO PÚBLICO

Recordó. La empresa de Critchet. ¿También aparecía y desaparecía? ¿Había estado siempre en el mismo sitio? Algo de su aspecto externo le intranquilizó.
—Dese prisa —urgió Paine al chofer—. Acelere.


Cuando el tren se detuvo en Macon Heights, Paine se levantó al instante y corrió hacia la puerta. Las ruedas chirriantes se inmovilizaron y Paine saltó al apartadero de grava caliente. Paseó la vista a su alrededor.
Macon Heights centelleaba y resplandecía a la luz del atardecer. Sus pulcras hileras de casas se extendían en todas direcciones. La marquesina de un teatro se erguía en el centro de la ciudad.
Un teatro, al menos. Paine atravesó la vía y se encaminó hacia la ciudad. Al otro lado de la estación había un estacionamiento. Lo cruzó y siguió un sendero que dejaba atrás una gasolinera y desembocaba en una acera.
Se hallaba en la calle principal de la ciudad. Una doble fila de comercios se extendía frente a él. Una ferretería. Dos droguerías. Un bazar. Unos grandes almacenes.
Paine paseaba con las manos en los bolsillos, admirando Macon Heights. Un edificio de apartamentos. Un conserje sacaba brillo a los peldaños de la puerta principal. Todo parecía nuevo y moderno. Las casas, las tiendas, el pavimento y las aceras. Los parquímetros. Un policía de uniforme marrón estaba multando a un coche. Árboles, separados a intervalos. Podados con gusto.
Pasó frente a un gran supermercado. Había un canasto de frutas delante, con naranjas y uvas. Tomó un grano de uva y lo mordió.
La uva era auténtica, de acuerdo. Una enorme uva negra de la variedad concord, dulce y madura. Sin embargo, veinticuatro horas antes sólo había allí un campo yermo.
Paine entró en una fuente de sodas. Ojeó algunas revistas y se sentó en la barra. Pidió una taza de café a la pequeña camarera de mejillas sonrosadas.
—Esta ciudad es muy bonita —dijo Paine cuando la chica le trajo el café.
—Sí que lo es.
—¿Cuánto…? —Paine vaciló—. ¿Desde cuándo trabaja aquí?
—Tres meses.
—¿Tres meses? —Paine examinó a la pequeña rubia de curvas generosas—. ¿Vive en Macon Heights?
—Oh, sí.
—¿Hace mucho?
—Un par de años, más o menos.
Se alejó para atender a un joven soldado que había ocupado un taburete frente a la barra.
Paine bebió su café y fumó, mientras observaba a la gente que pasaba por la calle. Gente corriente. Hombres y mujeres, sobre todo mujeres. Algunas llevaban bolsas y carritos de la compra. Los automóviles circulaban a escasa velocidad en ambas direcciones. Una tímida ciudad suburbana. Moderna, clase media alta. Una ciudad con clase. Allí no había barriadas obreras. Casas pequeñas y bonitas. Tiendas con pequeños jardines inclinados en la parte delantera y letreros de neón.
Unos chicos de la escuela superior entraron como una tromba en el lugar, riendo y dándose palmadas. Dos muchachas con jerseys de colores brillantes se sentaron al lado de Paine y pidieron zumos. Charlaban alegremente; captó retazos de su conversación.
Las miró, reflexionando con aire sombrío. Eran auténticas, de acuerdo. Lápiz labial y uñas rojas. Jerseys y libros de texto. Cientos de adolescentes que salían de la escuela superior y se apelotonaban en la fuente de soda.
Paine se frotó la frente, cansado. No parecía posible. Tal vez estaba loco. La ciudad era real. Completamente real. Debía haber existido siempre. Toda una ciudad no podía surgir de la nada, de una nube de neblina gris. Cinco mil personas, casas, calles y tiendas.
Tiendas. Seguros Bradshaw.
De pronto, lo comprendió todo. Un escalofrío le recorrió de pies a cabeza. Se estaba extendiendo más allá de Macon Heights. Hasta el corazón de la ciudad. La ciudad también estaba cambiando. Seguros Bradshaw. La empresa de Critchet.
Macon Heights no podía existir sin alterar la ciudad; se complementaban. Los cinco mil habitantes provenían de la ciudad. Sus trabajos. Sus vidas. La ciudad estaba implicada hasta las últimas consecuencias.
Pero, ¿hasta qué punto? ¿Cuánto estaba cambiando la ciudad?
Paine tiró una moneda de veinticinco centavos sobre la barra y salió corriendo de la fuente de soda, en dirección a la estación de tren. Tenía que volver a la ciudad. Laura, el cambio. ¿Seguiría ella allí? ¿Se encontraba él a salvo?
El miedo le atenazó. Laura, todas sus propiedades, sus planes, esperanzas y sueños. De pronto, Macon Heights dejó de tener importancia. Su mundo se hallaba en la cuerda floja. Sólo le importaba una cosa: Asegurarse que su vida no se había alterado, preservada de los incesantes cambios que emanaban de Macon Heights.

—¿Adónde vamos, amigo? —preguntó el conductor del taxi, cuando Paine salió a toda velocidad de la estación.
Paine le dio la dirección de la casa de Laura. El coche se adentró en el tráfico. Paine se acomodó, nervioso. Las calles y los edificios de oficinas pasaban ante la ventanilla. Los oficinistas empezaban a salir de sus trabajos, invadiendo las aceras y formando corrillos en las esquinas.
¿Cuánto había cambiado? Se concentró en las hileras de edificios. Los grandes almacenes. ¿Estaban antes allí? La diminuta tienda del limpiabotas, al lado. Nunca había reparado en ella. 
MUEBLES NORRIS. No se acordaba de eso, pero tampoco estaba seguro. Se sentía confuso. ¿Cómo saberlo?
El coche le dejó frente a los apartamentos. Paine se quedó inmóvil un momento, mirando a su alrededor. Al final de la manzana, el propietario de la charcutería italiana había salido para subir el toldo. ¿Se había fijado antes en esa charcutería? No se acordaba.
¿Qué le había ocurrido a la gran carnicería de enfrente? Sólo había hermosas casitas: Casitas antiguas, con aspecto de llevar allí mucho tiempo. ¿Había existido antes una carnicería? Las casas parecían sólidas.
En la siguiente manzana brillaba la enseña a rayas de una barbería. ¿Había existido siempre una barbería en ese lugar?
Tal vez siempre había estado allí. Tal vez sí y tal vez no. Todo estaba cambiando. Nuevas cosas cobraban vida, otras desaparecían. El pasado sufría alteraciones y la memoria estaba ligada al pasado. ¿Cómo iba a confiar en su memoria? ¿Cómo podía estar seguro?
El terror se apoderó de él. Laura. Su mundo...
Paine subió corriendo los escalones y abrió de un empujón la puerta del edificio. Subió por la escalera alfombrada hasta el segundo piso. La puerta del piso no estaba cerrada con llave. Aplicó el hombro a la hoja y entró, con el corazón en un puño, rezando en silencio.
La sala de estar se hallaba a oscuras, silenciosa. Las cortinas estaban medio corridas. Paseó la mirada a su alrededor, angustiado. El alegre sofá azul, revistas apiladas sobre sus brazos. La mesita baja de roble claro. El televisor. Pero la sala estaba vacía.
—¡Laura! —exclamó, con voz estrangulada. Laura salió al instante de la cocina, sobresaltada.
—¡Bob! ¿Qué haces en casa? ¿Sucede algo? 
Paine se tranquilizó y exhaló un suspiro.
—Hola, cariño. 
La besó, estrechándola contra su cuerpo. La sintió cálida y firme, completamente real.


—No, no pasa nada. Todo va bien.
—¿Estás seguro?
—Estoy seguro.
Paine se quitó el abrigo, tembloroso, y lo dejó sobre el respaldo del sofá. Paseó por la sala, examinaba los objetos, recobraba la confianza. Su familiar sofá azul, quemaduras de cigarrillos en los brazos. Su raído escabel. El escritorio en el que trabajaba por las noches. Las cañas de pescar apoyadas contra la pared, detrás del librero.
El gran televisor que había comprado el mes pasado; también se había salvado. Todas sus pertenencias estaban a salvo. Intactas. Ilesas.
—La cena no estará preparada hasta dentro de media hora —murmuró Laura ansiosamente, desanudándose el delantal—. No esperaba que llegaras tan pronto. Me he pasado sentada todo el día. He limpiado la cocina. Un vendedor me dejó una muestra de un nuevo limpiador.
—Estupendo. 
Examinó su grabado favorito de Renoir, colgado en la pared.
—No te des prisa. Es estupendo volver a ver todo esto. Yo...
Se oyó un sollozo en el dormitorio. Laura se volvió al instante.
—Me parece que hemos despertado a Jimmy.
—¿Jimmy?
—Cariño, ¿ya no te acuerdas de nuestro hijo? —rió Laura.
—Por supuesto —murmuró Paine, molesto. Siguió a Laura hacia el dormitorio—. Por un momento, todo me ha parecido extraño. 
Se frotó la frente y frunció el ceño. Agregó:
—Extraño y desconocido, como desenfocado.
Se quedaron de pie junto a la cuna, contemplando al niño. Jimmy miró a sus padres.
—Será culpa del sol —dijo Laura—. Hoy ha hecho un calor terrible.
—Será eso. Ahora estoy muy bien. 
Paine acarició al niño. Rodeó con el brazo a su esposa, atrayéndola junto a él.
—Habrá sido culpa del sol —dijo.
La miró a los ojos y sonrió.

FIN

2026/05/11

Estabilidad (Philip K. Dick)


Título original: Stability
Año: 1947, aprox. (Publicado en forma póstuma en 1987).


Robert Benton desplegó lentamente sus alas, las agitó varias veces y se elevó con majestuosidad desde el tejado hacia las tinieblas.
La noche lo engulló al instante. Bajo él, centenares de diminutos puntos de luz indicaban otros tantos tejados desde los que otras personas le imitaban. Una forma violácea flotó a su lado y luego desapareció en la negrura. Benton, sin embargo, no se sentía inclinado a entablar carreras nocturnas. La forma violácea se acercó de nuevo con un balanceo invitador. Benton la rechazó desdeñosamente y aleteó en busca de una zona más alta.
Al cabo de un rato descendió y se dejó arrastrar por corrientes de aire que ascendían desde la ciudad que se extendía a sus pies, la Ciudad de la Luz. Una sensación maravillosa y excitante le invadió. Hizo entrechocar sus enormes y blancas  alas, atravesó con frenética alegría las nubes que circulaban en dirección contraria, se sumergió en la puerta invisible del inmenso cuenco negro en el que volaba y, por fin, bajó hacia las luces de la ciudad, pues su tiempo libre terminaba.
Una luz más brillante que las otras parpadeaba al fondo: La Oficina de Control. Se dirigió hacia ella lanzando su cuerpo como una flecha, con las alas blancas recogidas. Su trayectoria dibujó una perfecta línea recta. Extendió las alas a unos treinta metros de la luz, se afianzó en el aire y se posó en una terraza elevada.
Benton empezó a caminar hasta que una luz se encendió y encontró el camino de la puerta de entrada guiado por su resplandor. La puerta se abrió hacia dentro al presionarla con las yemas de los dedos y Benton entró. Empezó a bajar al instante, cada vez a mayor velocidad. El diminuto ascensor se paró de repente y Benton se introdujo en el despacho del Controlador.
—Hola —dijo el Controlador—, sácate las alas y siéntate.
Benton obedeció. Las plegó cuidadosamente y las colgó en uno de los ganchos clavados en la pared. Seleccionó la mejor silla y avanzó con decisión hacia ella.
—Ah —sonrió el Controlador—, veo que aprecias la comodidad.
—Bueno —respondió Benton—, no quiero desperdiciar la ocasión.
El Controlador dejó vagar su mirada más allá del visitante, a través de las paredes de plástico transparente. Al otro lado se extendían, hasta perderse de vista, los apartamentos más grandes de la Ciudad de la Luz. Todos eran…
—¿Para qué quería verme? —le interrumpió Benton.
El Controlador tosió y sacudió unas hojas de papel metálico.
—Como ya sabes, Estabilidad es el lema. La civilización ha ido avanzando durante siglos, especialmente desde el veinticinco. Sin embargo, es ley natural que la civilización deba avanzar o retroceder; no puede permanecer inerte.
—Lo sé —dijo Benton asombrado—. También sé la tabla de multiplicar. ¿Me la va a recitar?
El Controlador no le hizo caso.
—Sin embargo, hemos quebrantado esta ley. Hace cien años…
¡Cien años! Parecía ayer cuando Eric Freidenburg, de los Estados de la Alemania Libre, se puso de pie en la Cámara del Consejo Internacional y anunció a los delegados reunidos que la humanidad había alcanzado por fin su cota más alta. Progresar más era imposible. Sólo se habían consignado dos grandes inventos en los últimos años. Después se habían dedicado a contemplar las grandes gráficas y diagramas hasta ver desaparecer las líneas por la parte inferior. El gran pozo del ingenio humano se había secado, y por eso Eric se irguió y dijo lo que todos sabían, pero no se atrevían a decir. Por supuesto, desde que se había hecho público de manera formal, el Consejo se vio obligado a trabajar para solucionar el problema.
Se estudiaron tres soluciones. Una parecía más humana que las otras dos. Fue la que se adoptó. Era…
¡La Estabilización!
Hubo muchos problemas cuando llegó a oídos de la gente. Estallaron disturbios en las principales capitales. La Bolsa se vino abajo y la economía de muchos países quedó fuera de control. Los precios de los alimentos se encarecieron y la mayor parte de la población padeció hambre. Se declaró la guerra… ¡Por primera vez en trescientos años! Pero la Estabilización había empezado. Los disidentes fueron eliminados y los radicales desterrados. Fue duro y cruel, pero no había otra posibilidad. El mundo, por fin, se plegó a un estado inflexible, un estado controlado que no admitía cambios: Ni adelantos ni retrocesos.
Todos los habitantes eran sometidos cada año a un difícil examen de una semana de duración para determinar si se apartaban o no de la norma. Los jóvenes recibían una educación intensiva de quince años. Los que no podían situarse al mismo nivel de los demás simplemente desaparecían. Los inventos eran estudiados minuciosamente por Oficinas de Control para asegurarse de que no podían perturbar la Estabilidad. Ante la menor posibilidad…
—Y por eso no podemos permitir el uso de tu invento —explicó el Controlador a Benton—. Lo siento.
Observó a Benton, le vio sobresaltarse, palidecer. Las manos le temblaban.
—Vamos —dijo con dulzura—, no te lo tomes así; puedes hacer otras cosas. Después de todo, no hay peligro de destierro.
Benton se limitaba a mirarle fijamente:
—Pero usted no lo comprende —dijo al fin —; no he inventado nada. No sé de qué me habla.
—¡Que no has inventado nada! —exclamó el Controlador—. ¡Si yo estaba presente el día que lo trajiste! ¡Vi cómo firmabas la declaración de propiedad! ¡Me entregaste el modelo a mí!
Miró a Benton. Luego apretó un botón de su escritorio y habló frente a un pequeño círculo luminoso.
—Envíeme el expediente número tres, cuatro, cinco, cero, cero, D, por favor.
Un tubo apareció al cabo de un momento en el círculo luminoso. El Controlador levantó el objeto cilíndrico y se lo pasó a Benton.
—Aquí tienes tu declaración firmada con tus huellas dactilares impresas en los lugares correspondientes. Sólo tú pudiste dejarlas.
Benton abrió el tubo como atontado y extrajo unos papeles del interior. Los examinó unos instantes, los volvió a colocar lentamente dentro del tubo y lo tendió al Controlador.
—Sí —dijo—, es mi letra, y no cabe duda de que son mis huellas digitales, pero sigo sin comprenderlo; jamás he inventado nada y nunca estuve aquí antes. ¿Cuál es el invento?
—¿Cuál es? —repitió el Controlador boquiabierto—. ¿No lo sabes?
—No, no lo sé.
—Bien, si quieres averiguarlo tendrás que bajar a las Oficinas. Lo único que puedo decirte es que los planos que nos enviaste no merecieron la aprobación de la Junta de Control. Yo sólo soy un portavoz. Tendrás que vértelas con ellos.
Benton se levantó y caminó hacia la puerta. Se abrió al simple contacto de sus dedos, como la anterior, y él entró en las Oficinas de Control. Antes de que la puerta se cerrara a su espalda, el Controlador le advirtió severamente:
—¡Ignoro lo que estás tramando, pero ya conoces el castigo por alterar la Estabilidad!
—Temo que la Estabilidad ya esté alterada —respondió Benton, y prosiguió su camino.
Las oficinas eran gigantescas. Desde la plataforma en la que estaba situado podía ver un millar de hombres y mujeres que manipulaban eficientes y zumbantes máquinas.
Dentro de las máquinas, un alimentador distribuía montones de tarjetas. Muchos de los empleados trabajaban en escritorios, mecanografiando informes, trazando gráficas, descartando tarjetas y descifrando mensajes en clave. Los asombrosos diagramas que colgaban de las paredes eran reemplazados sin cesar. Hasta el aire parecía haberse contagiado de la vitalidad del trabajo, el zumbido de las máquinas el teclear de los mecanógrafos y el murmullo de las voces que daban lugar a un único, apacible y satisfecho sonido. Y esta inmensa maquinaria, que costaba una fortuna mantener en funcionamiento, tenía un nombre: ¡Estabilidad!


Aquí residía lo que había hecho del mundo un todo indivisible. Esta sala, estos esforzados trabajadores, el hombre insensible que agrupaba tarjetas en la pila etiquetada "para exterminar" funcionaban al unísono como una gran orquesta sinfónica. Un error, un retraso, y toda la estructura se tambalearía. Pero nadie fallaba. Nadie se detenía ni vacilaba. Benton bajó por una escalerilla hasta el mostrador de información.
—Deme toda la información sobre un invento entregado por Robert Benton, tres, cuatro, cinco, cero, cero, D —pidió al empleado, que asintió y abandonó el mostrador.
Al cabo de escasos minutos regresó con una caja metálica.
—Contiene los planos y un modelo a escala reducida del invento —explicó.
Puso la caja sobre el mostrador y la abrió. Benton echó un vistazo al contenido. Una pequeña maqueta de una maquinaria muy compleja descansaba en el centro, sobre un grueso montón de hojas metálicas cubiertas de diagramas.
—¿Puedo llevármelo? —preguntó Benton.
—Siempre que sea usted el propietario —replicó el empleado.
Benton le enseñó su tarjeta de identificación. El empleado la examinó y la cotejó con los datos del invento. Por fin dio su aprobación, Benton cerró la caja, la cogió y salió a toda prisa del edificio por una puerta lateral.
Desembocó en una de las calles subterráneas más anchas, en la cual había un aluvión de luces y de vehículos. Se orientó y empezó a buscar un coche de comunicaciones que le llevara a casa. Detuvo uno y subió. Pasados unos minutos de trayecto, levantó con grandes precauciones la tapa de la caja y miró el extraño modelo.
—¿Qué lleva ahí, señor? —preguntó el conductor robot.
—Ojalá lo supiera —respondió Benton con pesar.
Dos voladores alados bajaron en picado y se agitaron frente a él, danzaron en el aire durante un segundo y después desaparecieron.
—Oh, vientos —murmuró Benton—, olvidé mis alas.
Bien, era demasiado tarde para dar media vuelta y recuperarlas, el coche estaba frenando delante de su casa. Pagó al conductor, entró y cerró la puerta, algo que ya no se solía hacer. El mejor lugar para examinar el contenido de la caja sería su sala de "reflexión", donde pasaba la mayor parte del tiempo libre que no utilizaba en volar. Allí, entre sus libros y revistas, examinaría la caja a sus anchas.
El conjunto de diagramas constituyó un completo misterio para él, y aún más el modelo. Lo miró desde todos los ángulos, por debajo, por encima. Trató de interpretar los símbolos técnicos de los diagramas sin resultado alguno. Sólo había un camino viable. Localizó el interruptor y lo golpeó ligeramente.
No sucedió nada durante cerca de un minuto. Luego, la habitación comenzó a oscilar y a retroceder. Por un momento tembló como una masa de gelatina. Se mantuvo firme un instante, y luego desapareció.
Benton cayó a través de un espacio similar a un túnel sin final, y se encontró contorsionándose frenéticamente, buscando a tientas en la negrura algo a lo que asirse. Cayó por un lapso de tiempo interminable, indefenso y aterrado. De pronto, tocó suelo, sano y salvo. La caída no podía haber sido muy larga, aunque así lo pareciera. Ni siquiera se habían desordenado sus vestiduras metálicas. Se incorporó y paseó la vista a su alrededor.
El lugar al que había llegado le era desconocido. Se trataba de un campo…, si bien pensaba que ya no existía. Por todas partes se veían ondulantes terrenos de grano. Sin embargo, estaba convencido de que no crecía grano natural en ninguna parte de la Tierra. Sí, así debía ser. Hizo pantalla con las manos para protegerse los ojos y miró al sol, que parecía el mismo de siempre. Empezó a caminar.
Los campos de trigo se terminaron al cabo de una hora, y fueron sustituidos por un extenso bosque. Gracias a sus estudios sabía que ya no quedaban bosques en la Tierra. Habían perecido años antes. ¿Dónde se encontraba, pues?
Imprimió más rapidez a su paso. Después se puso a correr. Divisó una pequeña colina y la escaló hasta la cumbre. Al contemplar la otra ladera no pudo evitar su asombro. No había más que un gran vacío. La tierra era completamente lisa y estéril, y hasta donde alcanzaba la vista no se veían árboles ni signos de vida, sólo el inmenso y calcinado país de la muerte.
Bajó hacia la llanura. A pesar del calor y la sequedad que sentía bajo sus pies, no desfalleció. Siguió andando. El suelo lastimaba sus pies, poco acostumbrados a las largas caminatas, y el cansancio fue en aumento, pero estaba determinado a continuar. Un casi inaudible susurro en el interior de su mente le impulsaba a no disminuir la velocidad.
—No lo cojas —dijo una voz.
—Lo haré —graznó, y se paró en seco.
¡Una voz! ¿De dónde vendría? Se giró con rapidez, pero no vio nada. No obstante, había llegado hasta sus oídos, como si fuera la cosa más natural que las voces vinieran del aire. Examinó la cosa que estaba a punto de coger. Era un globo de cristal del tamaño aproximado de su puño.
—Destruirás su valiosa Estabilidad —dijo la voz.
—Nadie puede destruir la Estabilidad —respondió automáticamente.
El globo de cristal reposaba frío y hermoso en la palma de su mano. Había algo dentro, pero el calor que desprendía la esfera resplandeciente lo hacía bailar ante sus ojos y le impedía conocer su naturaleza exacta.
—Estás permitiendo que cosas malignas controlen tu mente —dijo la voz—. Suelta el globo y vete.
—¿Cosas malignas? —preguntó sorprendido.
Hacía calor y tenía sed. Hizo el ademán de guardarse el globo en la túnica.
—No lo hagas —ordenó la voz—, pues ése es su designio.
El globo era aún más bello apoyado contra su pecho. Le protegía del fiero calor del sol. ¿Qué estaba diciendo la voz?
—Te llamó a través del tiempo —explicó la voz—. Ahora le obedeces sin rechistar. Soy su guardián, y desde entonces, cuando el mundo fue creado, lo he custodiado. Vete, y déjalo tal como lo encontraste.
Pero hacía demasiado calor en la llanura. Quería marcharse; el globo le instaba, le recordaba el fuego que caía del cielo, la sequedad de su boca, el aturdimiento de su cabeza. Reemprendió el camino, y mientras apretaba el globo contra sí oyó el rugido de furia y desesperación de la voz fantasmal.
Era lo único que podía recordar. Tuvo conciencia de volver sobre sus pasos hacia los campos de trigo, atravesarlos, tropezando y tambaleándose, hasta llegar al lugar en el que había aparecido. El globo de cristal apretado contra su costado le incitaba a recoger la pequeña máquina del tiempo que había dejado abandonada. Le susurraba qué dial cambiar, qué botón apretar, cuál sintonizar. Luego volvió a caer, de vuelta por el corredor del tiempo, de vuelta, de vuelta hacia la neblina grisácea de la que había surgido, de vuelta a su propio mundo.
De pronto, el globo le ordenó detenerse. El viaje a través del tiempo aún no había finalizado: Quedaba algo por hacer.

—¿Dices que tu apellido es Benton? ¿En qué puedo ayudarte? —preguntó el Controlador—. Nunca habías estado aquí, ¿verdad?
Miró con fijeza al Controlador. ¿Qué quería decir? ¡Si acababa de abandonar su oficina! ¿O no? ¿Qué día era? ¿Dónde había estado? Aturdido, se frotó la cabeza y tomó asiento en la butaca. El Controlador le observaba con ansiedad.
—¿Te encuentras bien? ¿Puedo ayudarte?
—Estoy bien —dijo Benton. Tenía algo en las manos—. Quiero registrar este invento para que reciba la aprobación del Consejo de la Estabilidad.
Tendió la máquina del tiempo al Controlador.
—¿Traes los bocetos? —preguntó el Controlador.
Benton registró sus bolsillos y sacó los diagramas. Los esparció sobre el escritorio del Controlador y depositó el modelo entre ellos.
—El Consejo no tendrá problemas en determinar lo que es —indicó Benton. Le dolía la cabeza y quería marcharse. Se puso en pie.
—Me voy —dijo, y salió por la puerta lateral. El Controlador le siguió con la mirada.

—Obviamente —dijo el primer Miembro del Consejo de Control— ha estado usando este aparato. ¿Afirma que en la primera visita actuó como si ya hubiera estado antes, pero que en la segunda no recordaba haber presentado un invento ni su visita anterior?
—Exacto —asintió el Controlador—. Sospeché algo en la primera visita, pero no adiviné el significado hasta la segunda. Lo ha utilizado, no cabe duda.


—La Gráfica Central predice que un elemento desestabilizador está a punto de sobrevenir —indicó el Segundo Miembro—. Yo diría que se trata del señor Benton.
—¡Una máquina del tiempo! —exclamó el Primer Miembro—. Podría representar un peligro. ¿Traía algo más cuando vino la primera vez?
—No observé nada especial, salvo que andaba como si llevara algo bajo sus vestimentas —replicó el Controlador.
—Entonces debemos actuar cuanto antes. Tal vez haya desencadenado ya una serie de circunstancias que nuestros Estabilizadores no sean capaces de controlar. Creo que sería conveniente visitar al señor Benton.

Benton estaba sentado en su sala de estar con la mirada perdida en la lejanía. Sus ojos mantenían una rigidez vidriosa que apenas les permitía parpadear. El globo le había estado hablando, contándole sus planes, sus esperanzas. Se detuvo de súbito.
—Ya vienen —dijo.
Estaba posado en el sofá, a su lado, y su ligero susurro se introdujo en el cerebro de Benton como volutas de humo. En realidad, no hablaba, pues su lenguaje era mental, aunque Benton le oía.
—¿Qué he de hacer?
—Nada —dijo el globo—. Se irán.
Sonó el timbre de la puerta y Benton continuó inmóvil. El timbre sonó otra vez y Benton se agitó inquieto. Al cabo de un rato, los hombres volvieron sobre sus pasos y dio la impresión de que se habían ido.
—¿Y ahora qué? —preguntó Benton. El globo tardó en contestar.
—Siento que la hora está a punto de llegar —dijo por fin—. Hasta ahora no he cometido equivocaciones, y la parte más difícil ya ha pasado. Lo más complicado fue atraerte a través del tiempo. Tardé años en conseguirlo. El Vigía era inteligente. Tardaste mucho en responder y no lo hiciste hasta que encontré el método de poner la máquina en tus manos. Entonces supe que el éxito estaba cerca. Pronto nos liberarás de este globo. Después de tanto tiempo…
Oyeron crujidos y murmullos en la parte trasera de la casa. Benton se levantó de un salto.
—¡Están entrando por la puerta de atrás! —gritó. El globo crujió airadamente.
El Controlador y los Miembros del Consejo hicieron acto de presencia lenta y cautelosamente. Cuando vieron a Benton se detuvieron.
—Creíamos que no estabas en casa —dijo el Primer Miembro.
Benton se volvió hacia él.
—Hola. Lamento no haber respondido a la llamada; me quedé dormido. ¿Qué se les ofrece?
Estiró la mano poco a poco hacia el globo, y pareció que éste se deslizara bajo el manto protector de su palma.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó de pronto el Controlador. Benton le miró y el globo susurró consejos en su mente.
—Un pisapapeles —sonrió—. ¿Quieren sentarse?
Los hombres se acomodaron y el Primer Miembro empezó a hablar.
—Viniste a vernos dos veces, la primera para registrar un invento y la segunda porque te habíamos conminado a ello, puesto que no podíamos autorizarte a utilizar ese invento.
—¿Y bien? —preguntó Benton—. ¿Qué sucede?
—Nada —respondió el Primer Miembro—, salvo que la que fue para nosotros la primera visita fue para ti la segunda. Podemos probarlo, pero no lo haremos por el momento. Lo único importante es que todavía conservas la máquina. He aquí un problema difícil. ¿Dónde está la máquina? Suponemos que la tienes en tu poder. Si bien no podemos obligarte a dárnosla, la obtendremos de una manera o de otra.
—Es cierto —admitió Benton.
¿Pero dónde estaba la máquina? Acababa de dejarla en la Oficina del Controlador. Aunque la había cogido durante su viaje por el tiempo, después había regresado al presente y la había devuelto a la Oficina del Controlador.
—Ha dejado de existir, una no entidad en una espiral temporal —le susurró el globo, adivinando sus reflexiones—. La espiral temporal concluyó cuando depositaste la máquina en la Oficina de Control. Ahora haz que se vayan estos hombres para que podamos hacer lo que ha de hacerse.
Benton se puso en pie y protegió el globo con su cuerpo.
—Temo que la máquina del tiempo no se halla en mi poder. Ni siquiera sé dónde está, pero búsquenla si quieren.
—Por haber violado las leyes te has hecho merecedor del destierro —observó el Controlador—, pero consideramos que hiciste lo que hiciste sin querer. No queremos castigar a nadie sin motivos, sólo deseamos mantener la Estabilidad. Una vez alterada, ya nada importa.
—Busquen, pero no la encontrarán —dijo Benton.
Los Miembros y el Controlador procedieron. Destriparon sillones; miraron bajo las alfombras y los cuadros, en las paredes, pero no encontraron nada.
—Ya ven que les decía la verdad.
Benton sonrió cuando regresaron a la sala de estar.
El Primer Miembro se encogió de hombros.
—Puede que la hayas ocultado en otro lugar. Sin embargo, no importa.
El Controlador avanzó un paso.
—La Estabilidad es como un giroscopio. Es difícil apartarlo de su trayectoria, pues una vez puesto en marcha cuesta mucho detenerlo. No creemos que tengas la energía suficiente para desviar ese giroscopio, pero quizás otros la tengan. Está por verse. Ahora nos iremos, y se te permitirá acabar con tu vida o aguardar al destierro. La elección está en tus manos. Se te vigilará, por supuesto, y confío en que no tratarás de huir. En tal caso, serás destruido inmediatamente. La Estabilidad debe ser mantenida a toda costa.
Benton les miró y luego depositó el globo sobre la mesa. Los Miembros lo observaron con interés.
—Un pisapapeles —repitió Benton—. Interesante, ¿verdad?
El interés de los Miembros disminuyó. Se dispusieron a partir. Pero el Controlador examinó el globo alzándolo hacia la luz.
—La maqueta de una ciudad, ¿eh? Qué sutileza de detalles.
Benton le miró en silencio.
—Caramba, parece increíble que una persona pueda esculpir tan bien —continuó el Controlador—. ¿Qué ciudad es? Parece tan vieja como Tiro o Babilonia, o muy adelantada en el futuro. Sabes, me recuerda una vieja leyenda. La leyenda cuenta que una vez existió una ciudad muy perversa, tan perversa que Dios la disminuyó de tamaño y la metió en un recipiente, y dejó un vigía para evitar que nadie se escapara y liberara la ciudad rompiendo el recipiente. Se supone que ha seguido cautiva durante una eternidad, aguardando el momento de liberarse. Es posible que ésta sea la maqueta.
—¡Vamos! —gritó el Primer Ministro—. Debemos irnos; tenemos muchas cosas que hacer esta noche.
El Controlador se giró rápidamente hacia los Miembros.
—¡Esperen! No se vayan.
Cruzó la habitación con el globo todavía en sus manos.

 
—No es el momento más adecuado para irse —dijo, y Benton observó que, pese a la palidez de su rostro, apretaba con firmeza los labios.
El Controlador se volvió bruscamente hacia Benton.
—Un viaje a través del tiempo, la ciudad en un globo de cristal. ¿Qué significa esto?
Los dos Miembros del Consejo parecían asombrados y confusos.
—Un ignorante viaja por el tiempo y vuelve con un extraño objeto de vidrio —dijo el Controlador—. Un trofeo muy extraño, ¿no creen?
La cara del Primer Miembro perdió el color.
—¡Por el Buen Dios del Cielo! —murmuró—. ¡La ciudad maldita! ¿En ese globo?
Miró la esfera con expresión de incredulidad. El Controlador observó a Benton como divertido.
—A veces podemos ser muy estúpidos, ¿no es así? Pero un día nos despertamos.
—¡No la toques!
Benton retrocedió con parsimonia, con las manos temblorosas.
—¿Y bien? —preguntó.
Al globo le molestaba estar en manos del Controlador. Emitió un zumbido y las vibraciones se deslizaron por el brazo del Controlador. Al sentirlas, asió con más firmeza el globo.
—Desea que lo rompa, que lo destroce contra el suelo para liberarse.
Contempló las diminutas espirales y el remate de los edificios en la sombría nebulosidad del globo, tan diminutas que podía cubrirlas con sus dedos.
Benton se lanzó adelante, firme y seguro como cuando volaba. Cada minuto pasado en la cálida negrura de la atmósfera de la Ciudad de la Luz vino en su ayuda. El Controlador, que siempre había estado muy ocupado con su trabajo, demasiado ajeno a los placeres aéreos que tanto enorgullecían a la ciudad, se derrumbó al instante. El globo salió disparado de sus manos y rodó por el suelo de la habitación. Benton saltó tras él. Mientras corría en pos de la brillante esfera vio de reojo los rostros asustados y perplejos de los Miembros y del Controlador, que trataba de ponerse en pie, horrorizado y aturdido por el golpe.
El globo le llamaba entre susurros. Benton avanzó sin vacilaciones y percibió primero un murmullo victorioso y después un rugido de alegría cuando aplastó con el pie el cristal que la mantenía prisionera.
El globo se quebró con un chasquido estruendoso. Nada sucedió durante un rato, hasta que empezó a desprender niebla. Benton volvió al sofá y se sentó. La niebla empezó a llenar la habitación. Creció y creció hasta el punto de asemejarse a algo vivo por la forma en que se retorcía y mudaba.
El sueño se apoderó de Benton. La niebla se agolpó a su alrededor, se enroscó en sus piernas, llegó al pecho y finalmente se arremolinó en torno a su rostro. Arrellanado en el sofá, con los ojos cerrados, se dejaba envolver por la extraña y antigua fragancia.
Entonces oyó las voces. Lejanas y débiles al principio, el susurro del globo amplificado incontables veces. Un concierto de murmullos se elevó del globo resquebrajado hasta alcanzar un crescendo exultarte. ¡La alegría de la victoria! Vio a la ciudad en miniatura dentro del globo fluctuar y desvanecerse, y luego cambiar de forma y tamaño. Podía oírla tan bien como la veía. El firme latido de la maquinaria como un gigantesco tambor. La trepidación y agitación de seres metálicos en cuclillas.
Los seres se movían. Vio a los esclavos, hombres sudorosos, encorvados y pálidos, retorciéndose en sus esfuerzos por alimentar los rugientes hornos de acero. La escena pareció dilatarse ante sus ojos hasta llenar la habitación; los sudorosos trabajadores le rozaban y apartaban de su camino. Estaba ensordecido por el estruendo de las rechinantes ruedas, engranajes y válvulas. Algo le empujaba a moverse hacia la ciudad y la niebla resonaba con los nuevos y victoriosos sonidos de los liberados.

Cuando salió el sol ya estaba despierto. Sonó el despertador, pero ya hacía rato que Benton había salido del cubidormitorio. Cuando se unió a las filas de sus compañeros reconoció algunas caras familiares, hombres a los que había conocido anteriormente en algún otro lugar. Pero en seguida se le borraron los recuerdos. Mientras marchaban en perfecta formación hacia las máquinas que les esperaban, entonando los sonidos disonantes que sus antecesores habían cantado durante siglos, con el peso de las herramientas lastimándole la espalda, contó el tiempo que faltaba para su próximo día de descanso. Apenas quedaban tres semanas y, pese a todo, debería hacerse merecedor del premio ante las máquinas.
¿Acaso no había cuidado a su máquina fielmente?


FIN