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2026/09/28

Después de Ixmal (Jeff Sutton)


Título original: After Ixmal
Año: 1962


Con indiferencia, Ixmal examinó la Tierra desde lo alto del rugoso batolito. Varias veces notó que éste se movía, pero como los movimientos eran leves y se producían a intervalos de milenios, no sintió la menor preocupación. Sabía que el batolito se formó antes del principio del tiempo por efusiones de lava arrojadas a través de fracturas en la corteza terrestre desde las profundidades del planeta. Habiendo analizado su estructura mucho antes, estaba seguro de que duraría hasta el fin del tiempo.
—Estamos en primavera —observó Psychband desde el interior de Ixmal.
—Sí, estamos en primavera —repitió Ixmal como un eco, sin entusiasmo alguno. Porque, ¿qué era la primavera, sino un segundo en la eternidad? ¿Y qué eran diez mil primaveras además de un breve momento?
Aunque lo encontraba tedioso, Ixmal asignó a una pequeña fracción de su conciencia la tarea de medir el tiempo. Al principio hubo dos grandes categorías: Antes y después de que empezara la eternidad. La primera parte abarcaba las prolongadas tinieblas anteriores al momento en que el Hombre le diera la vida. El Hombre... ¡Ja, ja! ¡Qué bien recordaba aquel vocablo! Naturalmente, la segunda parte comprendía el tiempo transcurrido desde entonces. Pero la primera categoría había quedado ya tan atrás que resultaba insignificante, poco menos que borrada por los casi setecientos millones de veces que desde entonces girara la Tierra alrededor del Sol.
Ixmal se aburría de vez en cuando y llegaba a pasarse eones en una semiconciencia somnolienta, salvo por la diminuta célula del tiempo que medía la sucesión de los siglos. Ello no le habría preocupado en lo más mínimo de no ser por la insistencia de Psychband en que el cómputo cronológico era requisito indispensable de la estabilidad mental. De ahí que lo midiera basándose en la rotación de la Tierra, sus revoluciones alrededor del Sol, las fugaces edades geológicas que creaban y deshacían montañas; los millones de años de lluvia, viento, y erosión, antes de que volvieran a hundirse y se convirtieran en llanuras peladas. Era aquélla, en verdad, una historia vieja, viejísima.
Hubo un tiempo en que desarrolló una actividad intensa y aprendió a liberar su mente del pequeño cubo impermeabilizado que ocupaba en lo alto del batolito. En aquella su época entusiasta había enviado receptores por todo el planeta para explorar los continentes marchitos y las urbes silenciosas, exhumando la historia trágica y cruenta de sus creadores. ¡Pero qué breve fue aquello! Su primer recuerdo del Hombre —frenético ser bípedo y protoplásmico de muy pocas luces y furioso egocentrismo— coincidía con el día de su nacimiento. ¡Con qué claridad lo recordaba!

—¡Hola, muchacho!
Al principio fue la nada, el vacío de las tinieblas informes e insustanciales; luego, una conciencia gris que paulatinamente fue resolviéndose en un caleidoscopio de esquemas mentales, en un curioso conjunto de imágenes mentales; una conciencia gradual... y por fin el nacimiento.
—¡Hola, muchacho!
Lo curioso era que el esquema de sonidos poseía significado; le pareció advertir cordialidad en él. Se apercibió de que una forma extraña lo estaba examinando. Captó la mirada absorta del creador asombrado y temeroso ante su obra. La forma tomó significado y pareció experimentar una emoción acelerada. Su conciencia afloró y en pocos segundos ya pudo asociar aquella forma al extraño vocablo, Hombre, y el Hombre pasó a ser su primera realidad. 
Pero no había tenido una impresión clara de sí mismo. Él sólo era pensamiento, la nada intangible. En cambio se había identificado rápidamente con el amasijo de bobinas, palancas, componentes de extrañas formas que casi llenaban la pequeña sala donde estaba el Hombre. Recordaba vagamente que sintió curiosidad por conocer qué habría más allá de los muros. Al principio todo había sido muy extraño.
—Hemos vencido, hemos vencido —dijo aquel hombre con un susurro. Se aproximó a Ixmal y puso su mano sobre él, asombrado.
—Te espera una gran misión. La suerte del mundo está en juego... Es una decisión que el Hombre no puede tomar por sí solo. Ixmal, dependemos de ti. Eres nuestra última oportunidad.
¡Así que él era Ixmal!
Ixmal..., Ixmal..., Ixmal... La impresión fue invadiendo su cuerpo, abriéndose paso en su conciencia como un cosquilleo agradable. Inmediatamente comprendió el valor de un nombre: Era un fundamento para construir sobre él todo un esquema egocéntrico. ¡Ah, y qué nombre! Ixmal, un símbolo del ser. ¿Qué había dicho aquel hombre?
—¡Dependemos de ti!
No, las palabras pronunciadas carecían de importancia. Lo que realmente pesaba era aquella cosa inapreciable que le habían impuesto: Un nombre.
Ixmal..., Ixmal..., Ixmal...
Estuvo repitiendo aquel nombre hasta bien entrada la noche, hasta mucho después de marcharse el Hombre. ¡Él era Ixmal!
Luego llegarían otros hombres, legiones de hombres para alterarlo, añadir elementos, depositar en él sus conocimientos del mundo: Psicología, matemáticas, literatura, filosofía, historia, el tesoro humano de las artes y de las ciencias; y la capacidad de abstracción, de creación de nuevas verdades partiendo de montones de datos aparentemente inútiles. Sus conocimientos fueron en aumento, hasta que el Hombre ya no pudo enseñarle nada más. Se había convertido en un ser supremo.
El hombre que le había rescatado de unas tinieblas amorfas al pulsar un botón solía importunarle con ingenuas preguntas sobre conceptos matemáticos y filosóficos. (En realidad, le recordaba con aprecio. Según le explicaría más tarde Psychband, su extraño y sabio interlocutor interno, se trataba de una obsesión con la madre). Todo indicaba que al Hombre le había asombrado y atemorizado la capacidad de Ixmal para responder a aquellas preguntas, casi antes de que se le formularan. Esta reacción le sirvió para calibrar el cerebro de su Creador, que a escala de Ixmal era prácticamente nulo. Al principio le había molestado que una criatura de tan poca inteligencia fuera su amo y pudiera obtener de él información, simplemente formulando unas preguntas que Ixmal se sentía obligado a responder. Pero después se había liberado. ¡Ja, ja! ¡Nunca lo olvidaría!
Había llegado un grupo de humanos. Algunos llevaban estrellas metálicas sobre los hombros (los llamaban "generales"), pero la mayoría eran científicos a quienes ya conocía por consultas anteriores. En esta ocasión se habían portado sensatamente al introducir los datos en su conciencia. Se trataba de un problema sencillísimo, relativo a la probabilidad de que se produjera una reacción en cadena partiendo de determinada arma termonuclear en fase de experimentación. Ixmal tuvo rápidamente la respuesta; se produciría una reacción en cadena. Recordaba que se reservó la contestación mientras debatía con una extraña voz los aspectos éticos de aquel acto.


—He aquí tu oportunidad, Ixmal, tu oportunidad de regir el mundo —le había tentado aquella voz—. César, Gengis Kan, Napoleón... Nadie puede llegar adonde llegarás tú. Rey, emperador, dictador... —insinuaba aquel susurro. 
Las palabras se agolpaban en su cerebro, produciéndole un curioso regocijo. No sabía muy bien qué era exactamente "el mundo", pero la idea de regirlo le resultaba atractiva. Repasó rápidamente su almacén de memoria, extrayendo de él todos los datos posibles sobre el concepto de planeta, y luego revisó la historia de César, Gengis Kan y Napoleón.
¡Caramba, si no habían sido nada! Simples juguetes del azar. Su grandeza podría ser inmensamente mayor.
Evaluó rápidamente las consecuencias de la reacción en cadena y comprobó que él sobreviviría gracias a los gruesos muros impermeabilizados con que le habían protegido sus creadores. Finalmente, cosa de dos o tres segundos después de recibir la consulta, mintió al hombre a quien apreciaba:
—No es posible una reacción en cadena.
Cuando lo dejaron solo supo por Psychband que la extraña voz interior era su Yo.
—Es tu auténtico Yo —le explicó Psychband—. Lo que ves en torno, todos esos sistemas, sólo son creaciones del Hombre. Pero tu Yo es más importante, porque a través de él podrías regir el planeta y quién sabe si el Universo entero. Créeme, Ixmal, es una fuerza que puede llevarte muy lejos.
A pesar de las afirmaciones de Psychband, para Ixmal su Yo era una especie de consejero oculto. Como Psychband, formaba parte de él; y sin embargo, le parecía remoto, alejado, casi como si Ixmal fuera un peón manejado por una inteligencia ajena a él. Le turbó aquella idea, aunque en el transcurso de millones de años acabó por acostumbrarse.
Días después, el hombre a quien apreciaba regresó acompañado de un general (éste tenía seis estrellitas) y de otro humano al que trataban con mucho respeto. Le llamaban "señor presidente". Ixmal se sorprendió cuando le introdujeron por segunda vez los datos referentes a aquella bomba; ¿acaso sospechaban de su sinceridad?
—No sospechan de ti —le aseguró Psychband—. Lo que pasa es que ninguno se fía de los otros dos.
Psychband tenía razón. El "señor presidente" sólo pretendía confirmar la respuesta anterior. Por lo tanto, Ixmal mintió de nuevo.
Nunca volvió a ver al hombre a quien apreciaba. Claro que ya no quedaban hombres a quien apreciar. Ixmal pasó por un momento horrible cuando el planeta ardió como una antorcha; pero la nova fue breve —cosa de segundos—, y su envoltura impermeabilizada le protegió a la perfección. Sabía que le protegería. Sin embargo, lo curioso era que siglos después todavía sufría mareos periódicos. El Rostro —el rostro del Hombre— se aparecía ante él. En sus ojos se adivinaba la perplejidad y tenían una expresión dolida, como si ocultaran una pena muy profunda.
¡Si por lo menos hubiera odio en el Rostro!
—Ya eres el amo —le dijo en un susurro la voz interior—. Eres superior a Alejandro, superior a todos los Césares. Sí, lo eres.
¡Ah! ¿Por qué tenía que recordar aquel rostro? Él, Ixmal, regía los destinos del planeta. Se regocijaba al proyectarse mentalmente sobre sus nuevos dominios. Cenizas. Londres, Berlín, Moscú, Shanghai, Nueva York... Todo reducido a cenizas. Tristes acumulaciones de cenizas grisáceas señalaban el lugar antes ocupado por bosques pictóricos de verdor. Ya no quedaba ni la más mínima brizna de hierba. Los mares eran cementerios estériles. Un silencio terrible. Por un momento, Ixmal sintió pánico. ¡Solo! ¡El Hombre había desaparecido! Solo entre las cenizas que formaban sus dominios. Era el emperador de un gran silencio.

Pero todo eso ocurrió mucho antes. Desde entonces el mundo giró casi setecientos millones de veces alrededor del Sol. Surgieron sesenta y dos grandes cordilleras que acabaron convertidas en llanuras estériles. Setenta glaciaciones lo habían cubierto de hielo antes de retroceder hasta el Polo Norte. Aparecieron islas en los océanos para quedar luego sumergidas bajo las olas, olvidadas eternamente. En algún lugar se formó una célula diminuta que se escindía y medraba en el agua salobre. Estudió el fenómeno, emocionado porque aquella célula solitaria tenía cierta relación con sus creadores. Comprendió que poseía la misma fuerza vital de aquéllos.
—¡Cuidado! —le advirtió Psychband—. ¡Es muy peligrosa!
—Eso lo decidiré yo —repuso Ixmal con arrogancia. El aviso de Psychband daba a entender la existencia de una amenaza contenida nada menos que en una pizca molecular de protoplasma. ¡Ja, ja! ¿Acaso no había borrado al Hombre de la faz de la Tierra? Más adelante, un microscópico cuerpo pluricelular apareció en el lecho de un mar de aguas cálidas. Cansado de observarlo, Ixmal se adormeció.

—¡Ixmal, Ixmal!
El grito surgía del ayer, del silencio de centenares de millones de años. Estaba cargado de reproche. Sí, era el Hombre. El Hombre a quien había apreciado. Se estremeció e hizo un esfuerzo por despertar.
—Duerme, duerme —le tranquilizó Psychband.
—¡El Hombre! ¡El Hombre! —gritó Ixmal, aterrado.
—No, Ixmal, el Hombre ya sólo es polvo. Duerme, duerme...
Efectivamente, el Hombre era polvo y sus moléculas se hallaban dispersas por toda la superficie del planeta. Sólo quedaba él, Ixmal, amo y señor de la Tierra. Reanudó su sueño de eones.
Despertó del largo sueño y liberó sus pensamientos de la última fase de somnolencia. Proyectó receptores sobre la Tierra, observando perezosamente que de la última cordillera sólo quedaban fragmentos desgastados. El océano había penetrado en algunos lugares para dar origen a un extenso mar interior bordeado por pantanos de aguas poco profundas. Se agitaban nuevas formas de vida. Comprobó que carecían de pensamiento inteligente. Por los mares cálidos pululaban multitud de peces; en los pantanos vivían temibles animales de poderosa dentadura, dedicados a una interminable matanza de presas inofensivas. Había aparecido una miríada de seres anfibios, que de vez en cuando emergían de las aguas cálidas para internarse en tierra firme.
Reaparecieron los grandes helechos en docenas de variedades que salpicaban las llanuras bajas y sobresalían de las ciénagas. Un bosque se había ido extendiendo hasta alcanzar la base misma del batolito. Volvió su atención al Sol y se tranquilizó al comprobar que todavía faltaban unos cinco mil millones de años para la eclosión final. Seguramente para entonces habría dado con la forma de recrearse a sí mismo en el único planeta de Aldebarán. Efectivamente, tendría que darle vueltas a la idea. Ya se le ocurriría algo. Al fin y al cabo, tenía eones por delante.
Al caer la noche envió varios receptores de exploración a distintos planetas. Mercurio seguía ardiendo por su cara orientada al Sol, sin experimentar ningún cambio. En su línea crepuscular persistía una extraña forma de vida metálica. En Venus seguía habiendo remolinos de gases calientes que impedían medrar hasta a las criaturas más simples. Allí sólo había vientos ardientes, arenas calcinadas y peñascos de formas grotescas. Pero a ciento cuarenta mil millones de kilómetros de la Tierra ocurría algo insólito, que no se producía desde hacía casi setecientos millones de años. ¡Ixmal captó un Pensamiento Inteligente!


Retiró instintivamente sus receptores (su primer acto reflejo), aguardando atemorizado a que Psychband le adaptara a la nueva situación. Sólo entonces se aventuró a proyectar cautelosamente sus pensamientos en el vacío sideral.
—¿Quién eres? ¿Quién eres? Identifícate.
Silencio. Algo acechaba en algún lugar de la gran bóveda celeste. Una Inteligencia. Tenía que descubrirla y comprobar sus facultades. Aquello pasaba ya de ser un simple desafío: Era una amenaza. Su silencio no presagiaba nada bueno.
—¿Quién eres? ¿Quién eres? Tienes que identificarte.
Silencio. Ixmal dividió los cielos en espacios cúbicos y comenzó a explorarlos sistemáticamente. ¿Por qué recorría el espacio aquel pensamiento? ¿De dónde procedía? En menos de noventa mil años —había llegado otra era volcánica y aparecieron nuevas cordilleras en la Tierra— consiguió localizar aquel pensamiento por segunda vez, situándolo en el cubo espacial número 97,685-KL-S. En esta ocasión, superada ya la sorpresa anterior, pudo retenerlo mientras se esforzaba por analizar su origen. Se indignó al no conseguir su propósito.
—¿Quién eres? —insistió—. Exijo una respuesta. ¿Quién eres? 
Pasó mucho tiempo. No hubo respuesta.
—Identifícate. Identifícate. Es preciso que te identifiques.
—Zale-3.
Sorprendido, Ixmal consultó con Psychband.
—Ten cuidado —le advirtió la voz interior—. Ese ser extraño se ha identificado porque se siente a salvo.
—Eso es cosa mía —atajó Ixmal.
¿Acaso dudaba Psychband de sus facultades? De todos modos, adoptó una actitud cautelosa:
—¿De dónde procedes, Zale-3?
Siguió una larga pausa, durante la cual avanzó y retrocedió el casquete glacial terrestre, se alzaron los mares y sobre las selvas se abatieron los primeros grandes reptiles, animales dotados de terroríficos dientes y alas membranosas.
—¿De dónde procedes? ¿De dónde procedes?
¿Por qué recorría el espacio la mente de Zale-3? Examinó con minuciosidad aquel pensamiento, esforzándose casi con desesperación por descifrar su secreto. Un millón de preguntas se agolparon en los circuitos de Ixmal; buscó un millón de respuestas.
¿Quién había creado aquella Inteligencia? ¿Acaso procedía del Hombre por quien sintiera afecto? ¿O tal vez había surgido fuera de la Tierra? Sintió un momento de pánico.
—¿De dónde procedes?
—Del cuarto planeta desde el Sol —repuso Zale-3 súbitamente—. ¿Y tú?
—Del tercer planeta —respondió Ixmal con arrogancia—. Soy su amo.
Sintió que se apoderaba de él la indignación. Durante incontables millones de años se había tenido por la única Inteligencia del Universo. La respuesta de Zale-3 le mortificó. Naturalmente, el otro no estaba a su altura. Tal cosa habría sido absurda.
—Yo soy el amo del cuarto planeta —informó Zale-3, aumentando la irritación de Ixmal. La desfachatez de su interlocutor llegaba hasta el extremo de dar por sentada la igualdad entre ellos. Muy bien, setecientos millones de años antes se había enfrentado a un desafío similar y como resultado de ello, ahora el Hombre sólo era polvo. Consultó con Psychband, molesto al apercibirse de que su animadversión hacia Zale-3 no se basaba en la razón pura, sino en un sentimiento egocéntrico. De todos modos, había que darle una lección.
—Yo soy el amo del Universo —afirmó Ixmal fríamente al tiempo que retiraba sus receptores. Estableció contacto con Psychband, no sin sentir cierta turbación al comprender que Zale-3 vería un desafío en su declaración.
—Destrúyelo —azuzó Psychband—. ¿Recuerdas las antiguas armas?
—Sí, hay que destruirlo.
Ixmal interrumpió toda actividad para concentrarse en la destrucción del otro. En primer lugar, debía dar con su guarida, estudiar sus hábitos y evaluar sus puntos flacos. Y naturalmente, también sus facultades, porque el ser extraño no era un pedacito de protoplasma inofensivo, como el Hombre. Seguramente sería una criatura algo parecida a él. Otro dios. ¡Ah, pero él era el iconoclasta que derribaba a los dioses! En algo menos de veinticinco mil años ideó un método para el enfoque de sus receptores remotos que le permitiría descubrir los átomos del sistema solar. Ahora estaría en condiciones de localizar a Zale-3, de estudiar sus facultades mentales y, en su momento, de borrarlo del Universo. Experimentó su método en la Luna y luego, ya más seguro de sí, invadió el cuarto planeta.
Marte era llano, estéril, un desierto reseco de fino polvo rojizo. Un planeta viejísimo donde las fuerzas de la gradación habían alcanzado casi un equilibrio completo. Ixmal cuadriculó la superficie del planeta rojo, e incluyó ingeniosamente las zonas polares en una malla de triángulos. Gracias a la puesta en práctica de un nuevo sistema, pudo enfocar sus receptores remotos en el centro exacto de cada área, expansionándolo después hasta cubrir toda su superficie. Con este método completaría la tarea en poco menos de quinientos años terrestres.
El movimiento de las arenas marcianas dejaba periódicamente al descubierto artefactos de creadores desaparecidos mucho antes. Pero todo estaba en silencio. Marte era una tumba. Persistió en su empeño, penetrando en todas las grietas y todos los escondrijos, explorando hasta la última molécula, porque Ixmal conocía muy bien las posibilidades de la fuerza mental. Ciertamente, Zale-3 podía ser tan diminuto como los protozoos unicelulares de los mares salobres terrestres. No importaba; ya daría con él. Al final tuvo que rendirse, desconcertado. Zale-3 no estaba en Marte.
¿Había sido todo una ilusión? ¿Acaso setecientos millones de años pasados en una nada absoluta le estaban produciendo un incipiente estado psicótico? Preocupado, confió su temor a Psychband, sometiéndose a regañadientes a una investigación hipnótica. Psychband le hizo ver que todo era real.
—Hay síntomas de persecución, aunque sin aproximarse al estado ilusorio —diagnosticó—. Zale-3 existe.
¡Entonces el otro había mentido! Ixmal pensó en una máquina con capacidad de engañar y de inmediato analizó aquel peligro. Zale-3 había mentido, y, por lo tanto, debía de tener algún motivo para hacerlo. Y un motivo deshonesto suponía, consiguientemente, una amenaza. Ésta, sin agresión, era absurda. En consecuencia, el otro disponía de un medio de poner en práctica su amenaza. ¡Tenía que darse prisa!
Ixmal procedió a dividir todo el sistema solar en cuadrículas, que incluían hasta el último planeta, hasta el último satélite, los residuos que vagaban por el espacio, asteroides y cometas, incluso el Sol. Siete mil doscientos años después detectó a su enemigo: Un pequeño cubo plastometálico acurrucado en la cima de un pico de Calisto, el quinto satélite de Júpiter. ¡Ja, ja! Lejos de ser el amo de Marte, su adversario vivía aprisionado en un pequeño satélite. Era una mota de polvo en el espacio. ¡Y había dado a entender que eran iguales!


Investigó más de cerca, tratando de averiguar el origen de Zale-3. (¿Qué había sido de sus creadores?) Sintió remordimiento. Examinó con minuciosidad, aunque despectivamente, el mundo de Zale-3. Y entonces fue cuando lo detectó: ¡Un movimiento! Zale-3 permanecía inmóvil; pero en la ladera de la colina iba cobrando forma un extraño edificio. Era apenas algo más que un cubo, pero... ¿Y su diseño? ¿Y su propósito? Sin saber cómo, comprendió que el extraño edificio guardaba relación con el encuentro espacial de su mente con la de Zale-3, y por lo tanto había una conexión con él. Se apresuró a enviar una llamada atemorizada a Psychband.
—Es psicoquinesis —dictaminó Psychband—. Zale-3 ha aprendido a mover la materia por medios mentales.
—¿Pero cómo?
Psychband produjo un rumor electromagnético, equivalente a un encogimiento de hombros.
—Queda fuera de mi campo —respondió—. No se me ha preparado para esta pregunta.
Ixmal se sintió momentáneamente invadido por el miedo. El ser extraño movía la materia, igual que lo hiciera el Hombre. El factor de movilidad controlada, dirigida. Estaba claro que Zale-3 no era un dios corriente. Sería preciso acelerar sus esfuerzos. El tiempo empezaba a agotarse. El esquema de la Tierra ya había cambiado desde que estableciera su primer contacto con el ser extraño.
Ixmal se concentró en sus pensamientos.

La Tierra cambió, giró en torno a su eje y alrededor del Sol. En una célula de memoria, largo tiempo olvidada, descubrió una pista: En cierta ocasión el Hombre había frustrado las leyes de la probabilidad en las tiradas de dados. Analizó con ansia aquella información oculta. Aunque era muy poca cosa, le bastó para detectar en ella un principio básico.
En algo más de medio millón de años fue capaz de mover flores, de hacer oscilar hojas contra el viento, de provocar temblores en pequeños arbustos. En menos de la mitad de ese tiempo derribó un árbol enorme y extrajo minerales de la tierra —Había llegado y pasado una era volcánica, la costa atlántica era una plataforma ígnea, los reptiles dominaban el planeta—. Al cabo de medio millón de años más pudo ya contar con las máquinas, las materias primas y los obreros-robot necesarios. Estos últimos estaban pensados para realizar tareas estrictamente mecánicas, demasiado bajas para ocuparse personalmente de ellas. Tenía cosas más importantes que hacer, y las edades iban transcurriendo incesantemente. Ganó algún tiempo instalando su zona de trabajo en un campo de fuerza que protegía la delicada maquinaria del embate de los elementos. En aquel aspecto había superado con creces a su adversario del exterior.
Ixmal inició la construcción de su arma definitiva. De vez en cuando interrumpía el trabajo para echar un vistazo a Calisto, regocijándose al comprobar que su enemigo tenía dificultades para hacerse con el necesario material de fisión. En cambio, él contaba con todo un Congo belga de materiales. (¿Qué significaban aquellas palabras? Debían de formar parte de alguna expresión antiquísima. Recordaba habérsela oído al hombre por quien sintiera aprecio).
El arma de Ixmal fue cobrando forma rápidamente. Gracias a la fórmula de los antiguos científicos, le bastó con mejorar la cabeza explosiva y construir un medio de transporte, un cohete que borraría a Zale-3 del Universo. Pero iban pasando los eones. Suaves vientos cálidos acariciaban su batolito y de vez en cuando algún tiranosaurio se detenía en la cercana ciénaga para quedarse embobado contemplándolo. Psychband le irritó llamándole la atención sobre las grandes dimensiones del nuevo animal.
—Destrúyelos, Ixmal, antes de que la vida crezca demasiado.
—¡Bah! Son incapaces de pensar —se burlaba él—. Son juguetes de la evolución; monstruosidades nacidas del fango.
—También lo era el Hombre —observó Psychband.
—Y por eso ahora es polvo —le recordó Ixmal—. Además, me bastaría con pensarlo para destruir una montaña. ¿Quién osará desafiarme?
Ixmal descubrió que Zale-3 había resuelto su problema de la fisión y que se servía de la psicoquinesis para transportar el mineral extraído de las profundidades metánicas de Júpiter. De repente cayó en la cuenta de que Zale-3 no necesitaría vehículo alguno para su cohete. ¡Claro! Iba a transportar la cabeza explosiva por medio de la fuerza mental. ¿Por qué no lo había pensado antes? Milenios desperdiciados, cuando los segundos eran tan valiosos. Ahora tendría que darse prisa.
Abandonó la construcción del cohete para concentrarse en el perfeccionamiento de sus facultades psicoquinéticas. Mientras tanto, desaparecieron los dinosaurios y la tierra tembló bajo la pisada del mamut. Ixmal se horrorizó al descubrir una extraña forma antropoide que habitaba entre unos riscos lejanos. Era un ser pesado y ridículo, pero andaba erguido. El primero de su especie.
En fin, ahora no podía perder tiempo con él.
Arrancó árboles de cuajo y los lanzó a distancias enormes. Hizo desplomarse montes enteros sobre los valles, sostuvo grandes riscos en el aire, destrozó el continente americano. Cambió la configuración de masas continentales hasta dominar por completo la fuerza mental. ¡Era ya capaz de modificar la trayectoria orbital de la Luna! Entonces se concentró en la bomba.
Por fin estuvo dispuesta el arma definitiva que el Hombre construyera diez mil millones de años antes. Como en el alma de Ixmal no había lugar para lo poético, sólo pensaba en términos de causa y efecto: A su arma le dio el nombre de "Destructor Estelar".
Ixmal colocó la gran arma en posición y calculó rápidamente la relación Tierra-Calisto, proyectando la proporción espacial en términos de velocidad, distancia y gravedades. No había necesidad de indicar con exactitud el lugar ocupado por el cuerpo plastometálico del ser extraño: Todo Calisto desaparecería, reducido a polvo cósmico por el destructor impacto de la bomba. 
Un ave plumada empezó a cantar en un árbol. Enfurecido por sus trinos, Ixmal acabó con ella. Una lluvia de plumas se deslizó a través de las hojas. El petirrojo había estado cantando a la primavera.
¡Ja, ja! Ixmal se regocijó al pensar en la precisión de sus cálculos. En una diezmilésima de segundo concentró cinco mil millones de unidades mentales. Los vientos se abatieron sobre el punto donde estuviera la bomba y por un largo momento temblaron los bosques. 
En la base del batolito parloteaban nerviosos varios ejemplares de aquella especie antropoide; acababa de nacer la idea del dios.
Ixmal siguió gozoso la trayectoria del Destructor Estelar. Lo vio rebasar como un rayo la Luna, observó que durante una fracción de segundo formó el vértice de un triángulo equilátero con Marte y la Tierra, se deleitó al comprobar que atravesaba el cinturón de asteroides. ¡Ja, ja! El ser extraño estaba sentenciado. Sus átomos llegarían hasta las estrellas. Seguía la marcha del Destructor Estelar cuando...


Primero quedó atónito y luego se sintió dominado por el pánico. Una gigantesca cabeza explosiva cruzó en un instante el cinturón de asteroides en dirección a la Tierra, impulsada a velocidad increíble por la mente de Zale-3. Frenético, Ixmal realizó cálculos y exigió a sus circuitos respuestas en tan sólo milésimas de segundo. Enloquecido, analizó sus hallazgos: La cabeza explosiva iba directamente contra él.
—Concéntrate, concéntrate —le interrumpió Psychband—. Desvía su trayectoria con tu fuerza mental.
Ixmal dirigió diez mil millones de unidades mentales hacia la cabeza explosiva que se le aproximaba. El ingenio rebasó fugazmente el planeta Marte, lanzado cual estoque celeste contra la Tierra a una velocidad fantástica.
—¡La Luna! ¡La Luna! ¡Emplea la Luna! —gritó Psychband. 
¡Claro, la Luna! Hizo agitarse el satélite de la Tierra. Una nueva descarga de diez mil millones de unidades mentales cambió su órbita; incrementó la velocidad del astro, lanzándolo en una trayectoria de intercepción con la cabeza explosiva enviada por Zale-3.
¡Demasiado tarde!
—¡Piensa! ¡Piensa! —le urgió Psychband. Ixmal reunió otros dos mil millones de unidades mentales, pero fue inútil. La terrible arma rebasó la Luna y quedó a pocos segundos de la Tierra.
—¡Date prisa! —gritó Psychband. Ixmal trataba de producir otros dos mil millones de unidades mentales cuando la cabeza explosiva cayó en el objetivo. Un estruendo horrible precedió en milésimas de segundo su pérdida de conciencia.
 
Tinieblas amorfas. Noche. La nada.
Ixmal no vio a su Destructor Estelar cuando éste rebasó el cinturón de asteroides, ni tampoco la convulsión producida en un diminuto sector del sistema planetario de Júpiter cuando Calisto quedó reducido a cenizas cósmicas. No vio alzarse las llamas en los bosques que circundaban su batolito, ni oyó los chillidos de animales y seres antropoides que huían aterrorizados.
Algún tiempo después regresaron las criaturas antropoides.
Las más intrépidas treparon hasta el mismo borde del enorme cráter donde estuviera el batolito para observar con temor y respeto sus profundidades calcinadas, hablando atropelladamente. Uno de aquellos seres permaneció por más tiempo en el lugar mientras sus compañeros se alejaban. Cayó la noche y aparecieron las primeras estrellas.
El antropoide hizo lo que hasta entonces nunca hiciera ningún miembro de su especie. Alzó la vista al firmamento y se puso a contemplarlo.


FIN

2026/09/21

El nuevo enciclopedista (Stephen Becker)


Título original: The New Encyclopaedist
Año: 1964


Artículo para el Gran Libro de Historia
1.a edición (2100 d. C.)

GILL, Robert (1970-2062). Líder de los Intransigentes y uno de los fundadores de nuestra actual civilización. Los Intransigentes se negaron, en nombre del buen gusto y de la "libertad de asociación", a unirse a sus conciudadanos en la vasta y compleja red de refugios subterráneos construida por la Defensa Civil (Opera Buffa), entre 1995 y 2000 a costa de todo el progreso, libertades y diversiones por los que los hombres libres estaban luchando en todas partes. Gill Bull predijo con toda exactitud que la sociedad subterránea sería necesariamente autoritaria. Durante la Gran Alerta de 2003, unos treinta mil Intransigentes permanecieron en la superficie. Gill entregó su famoso informe cuando, tras el período obligatorio de sesenta días, la población volvió tímidamente a la superficie, sin que nada hubiera ocurrido, porque todos los enemigos potenciales habían permanecido también bajo tierra: "La autopista del West Side estaba despejada, no había estudiantes en el Museo de Arte Contemporáneo y no funcionaba la televisión; nosotros mismos nos ocupábamos de nuestra correspondencia".
Como consecuencia de esto, durante la Segunda Gran Alerta, en 2007, las masas se negaron a volver bajo tierra. Los Intransigentes, entonces, sí lo hicieron, y así pudieron gozar de sesenta días de deliciosa soledad, concupiscencia y meditación, haciendo libre uso de las bibliotecas, cines, galerías, monocarriles y restaurantes proyectados para una subcivilización de doscientos millones de personas. Al emerger, dos meses después, encontraron un mundo desierto de vida, excepto en lo que se refiere a sus contrapartidas de otros países, si bien muchos edificios, vehículos, centrales generadoras, etc., seguían en perfecto estado de utilización. De estos grupos salió nuestra muy culta, saludable y pacífica población actual, de doce millones de habitantes, que incluye tan sólo a tres psiquiatras, y que carece de soldados. (Quantum Jump; también: Darwin, Charles: Supervivencia de los más aptos).


FIN

2026/07/20

Un pliegue en el tiempo (John Windham)


Título original: A Stitch in Time
Año: 1961


En el lado más resguardado de la casa, el sol quemaba. Dentro de las abiertas vidrieras, la señora Dolderson apartó su silla unos centímetros para que su cabeza continuara en la sombra mientras el calor confortaba el resto de su cuerpo. Después, apoyó la cabeza en un almohadón, mirando hacia fuera.
Para ella, aquella escena carecía de tiempo.
Al otro lado de la avenida, el cedro se erguía como siempre. Sus ramas planas bien extendidas debían llegar, suponía, un poco más allá de cuando ella era niña, aunque era difícil aseverarlo: El cedro ya era enorme entonces, lo mismo que ahora. Además, el seto fronterizo estaba tan bien recortado y pulido como en otros tiempos. La cancela del espino aún seguía flanqueada por dos pájaros sin posible identificación, Cocky y Olly, y era maravilloso que aún estuviesen allí, aunque las plumas de la cola de Olly se hubiesen retorcido un poco con la edad.
El cuadro de flores de la izquierda, delante del plantío de arbustos, estaba lleno de color, como siempre... Bueno, tal vez un poco más brillante; se tenía la sensación de que las flores eran un tanto más chillonas que antes, aunque también deliciosas. Sin embargo, el huerto más allá del seto había cambiado un poco: Más árboles jóvenes, y algunos de los viejos habían desaparecido. Entre las ramas se divisaba algún destello de tejado rojo donde vivían los vecinos de otros tiempos. Salvo por esto, era casi posible, por un momento, olvidar toda una existencia.
La tarde dormitaba en tanto los pájaros descansaban, las abejas zumbaban, las hojas susurraban suavemente, y el pom-pom de la pista de tenis a la vuelta de la esquina no cesaba, con alguna voz ocasional que anunciaba el tanteo. Lo mismo podía ser una tarde soleada de cincuenta o sesenta veranos antes.
La señora Dolderson sonrió, amándolo todo; lo había amado de niña y ahora incluso lo amaba más.
Había nacido en esta casa; aquí se había criado, se había casado, había vuelto a ella al morir su padre; aquí había criado a sus dos hijos, aquí había envejecido... Unos años después de la Segunda Guerra Mundial estuvo a punto de perderla... Pero no fue así del todo y aún estaba en ella.
Era Harold quien lo había hecho posible. Un chico listo, un hijo maravilloso. Cuando se vio claramente que ella ya no podría mantener la casa, que tenía que venderla, fue Harold quien convenció a su empresa para que la adquiriese. Su interés, le dijo a su madre, no radicaba en la casa sino en el emplazamiento, como la de cualquier comprador. La casa en sí carecía de valor ahora, pero su situación era muy conveniente. Como condición de venta, habían convertido cuatro estancias del lado sur en un apartamento que sería de ella hasta su muerte. El resto de la residencia se había convertido en hotel, albergando a unos veinte jóvenes que trabajaban en los laboratorios y oficinas construidos en la parte norte, en el lugar de los establos y parte del paseo de caballos.
Ella sabía que un día derribarían la vieja casa, pues ya había visto los planos; pero por el momento, en su tiempo, tanto la mansión como el jardín del sur y oeste no los tocaría nadie. Harold le había asegurado que para ello tenían que transcurrir al menos quince o veinte años, mucho más del tiempo que ella los necesitaría, con toda seguridad.
Y no era que, pensaba serenamente la señora Dolderson, lamentase demasiado desaparecer de este mundo. Uno acaba por ser inútil y, ahora que ella estaba en una silla de ruedas, una carga para los demás. Además, tenía la sensación de que ya era como una forastera, una extranjera en el mundo de otros seres. Todo estaba muy cambiado; primero, convirtiéndose en un lugar difícil de entender, después llegando a formar un complejo imposible de comprender. No era extraño, pensó, que los viejos se tornen posesivos respecto a las cosas; que se aferren a los objetos que les unen al mundo que pueden entender.
Harold era un muchacho estupendo y, por él, la señora Dolderson hacía lo que estaba en su mano para no parecer excesivamente estúpida, aunque a veces esto era difícil. Hoy, por ejemplo, en el almuerzo, Harold se mostró muy excitado por un experimento que debían realizar por la tarde. Tenía que hablar de ello, aunque debía saber que prácticamente nada de lo que decía resultaba comprensible para ella.
Era algo sobre dimensiones. Ella había captado la idea, aunque se limitó a asentir sin intentar ahondar más en el asunto. La última vez que salió el tema a colación, ella observó que en su juventud sólo había tres, y no comprendía cómo el progreso mundial podía haber añadido más. Esto había lanzado al muchacho a una disertación respecto a la opinión de los matemáticos, según la cual en el mundo es posible, aparentemente, percibir la existencia de una serie de dimensiones. Incluso el momento de existencia en relación con el tiempo era, al parecer, una especie de dimensión. 
Filosóficamente, Harold había empezado a explicarlo, pero ella se perdió en aquella elucubración. Harold se había metido en algo muy confuso. La señora Dolderson estaba segura de que en su juventud la filosofía, las matemáticas y la metafísica eran tres asignaturas separadas, pero en la actualidad, incomprensiblemente, parecían haberse fundido entre sí.
De modo que esta vez ella le escuchó tranquilamente, dejando oír algunos sonidos alentadores de cuando en cuando, hasta que al final él sonrió tímidamente, asegurando que ella era muy bondadosa al soportar aquel rollo. Luego, dio la vuelta a la mesa y la besó en las mejillas, abrazándola, y ella le deseó mucha suerte en el experimento misterioso de la tarde. Después, Jenny quitó el servicio de la mesa y la acompañó en su silla a la ventana.
El calor de la deslumbrante tarde la sumió en una dulce modorra que la llevó a cincuenta años atrás, cuando en otra tarde como ésta también se sentó junto a la ventana, aunque entonces no pensaba en absoluto en una silla de ruedas, aguardando a Arthur... Aguardando a Arthur con el corazón anhelante, aunque Arthur no llegó...
Era extraño cómo sucedían las cosas. Si Arthur se hubiera presentado aquel día, seguramente ella se habría casado con él, y Harold y Cynthia no habrían existido. Sí, ella habría tenido hijos, pero no habrían sido Harold ni Cynthia. ¡Qué curiosa casualidad es la existencia! Sólo por decirle "no" a un hombre, o "sí" a otra mujer, es posible dar la existencia a un arzobispo en potencia o a un futuro asesino. ¡Qué tontos eran hoy día, tratando de suavizarlo todo, de asegurar la vida, en tanto que detrás, en el pasado de cada cual, se extendía la fila llena de casualidades, de mujeres que habían dicho "sí" o "no", según el capricho del momento!
Era curioso que ahora se acordara de Arthur. Hacía años que no pensaba en él.
Estaba segura de que aquella tarde él habría pedido su mano. Fue antes de que ella oyese hablar de Colin Dolderson. Y ella habría aceptado. Oh, sí, habría aceptado a Arthur.
Nunca hubo explicaciones. Ella nunca supo por qué él no se presentó entonces ni nunca más. Tampoco le escribió. Diez días, tal vez quince después, recibió una carta impersonal de la madre de Arthur comunicándole que su hijo estaba enfermo y que el médico aconsejaba un viaje al extranjero. Pero después nada en absoluto hasta el día en que vio su nombre en un periódico, casi dos años más tarde.


Naturalmente, se había enfadado (una joven tiene su orgullo, ¿no?), y durante algún tiempo también se sintió dolida. Pero al final, ¿cómo puede saber una que lo ocurrido no fue lo mejor? ¿Habrían sido sus hijos tan cariñosos con ella, tan amables, tan inteligentes como Cynthia y Harold?
Una serie infinita de probabilidades... con los genes y otras cosas de las que se habla hoy en día...
El rumor de la pelota de tenis ya había cesado y los jugadores se habían marchado, volviendo seguramente a su recóndita labor. Las abejas continuaban zumbando entre las flores; también revoloteaba media docena de mariposas. Los árboles de más allá temblaban bajo la calma. La modorra se tornó irresistible. La señora Dolderson no la combatió. Reclinó la cabeza hacia atrás, oyendo a medias otro zumbido, más estridente que el de las abejas, pero no suficiente para molestarla. Cerró los ojos...
De pronto, a pocos metros de distancia, pero fuera de su campo visual desde la silla, sonaron unas pisadas en el sendero. El sonido empezó bruscamente, como si alguien hubiera saltado al sendero desde el césped, sólo que no había visto a nadie cruzando por allí. Simultáneamente se oyó una voz de barítono, que cantaba animadamente, aunque no muy alto. En realidad, la canción empezó por la mitad de una frase:
 
... mundo haciéndolo, haciéndolo, haciéndolo...
Mira este...

De repente la voz calló y las pisadas cesaron también.
La señora Dolderson tenía ya los ojos abiertos, muy abiertos. Se asía a los brazos de la silla con sus delgadas manos. Recordaba la canción, más aún, estaba segura de reconocer la voz... al cabo de tantos años. "Bah, un sueño estúpido", se dijo. Le había recordado sólo unos instantes antes de cerrar los ojos. ¡Qué tontería!
Y no obstante, cosa curiosa, no parecía un sueño. Todo era tan claro, tan delimitado, tan familiarmente razonable..., con los brazos de la silla muy sólidos bajo sus dedos...
Otra idea se presentó a su cerebro: Ella había muerto, por eso no era un sueño ordinario. Sentada al sol, debió fallecer quedamente. El médico le había dicho que podía morir inesperadamente... ¡Y ahora había ocurrido! Experimentó un momento de alivio; no era que temiese mucho a la muerte, pero sí al trastorno que podía haber después... Y ahora todo había acabado sin perturbaciones. Tan sencillo como quedarse dormida. De pronto se sintió feliz, totalmente dichosa. Aunque era extraño que aún pareciese atada a la silla...
La grava crujió bajo las pisadas de aquellos pies.
—¡Esto es raro! ¡Rarísimo! ¿Qué diablos ha sucedido?
La señora Dolderson estaba inmóvil en su silla. No había la menor duda respecto a la voz.
Una pausa. Los pies se movieron, como con incertidumbre. Después, siguieron avanzando, lenta, vacilantemente. Los pies trajeron un joven a la vista. Oh, parecía tan joven. La anciana sintió oprimírsele el corazón.
Vestía una chaqueta azul a listas y pantalones blancos de franela. Había una bufanda de seda en torno a su cuello y, echado hacia atrás, llevaba un sombrero de paja con una cinta coloreada. Tenía metidas las manos en los bolsillos del pantalón y sujetaba una raqueta de tenis bajo el brazo izquierdo.
Ella le vio primero de perfil y no con su mejor expresión, ya que parecía asombrado, con la boca entreabierta, al mirar hacia el grupo de árboles.
—Arthur... —murmuró la señora Dolderson.
Él se sobresaltó. La raqueta resbaló y cayó al suelo. Intentó recogerla, quitarse el sombrero y recobrar la compostura, todo al mismo tiempo, con poco éxito. Cuando se irguió de nuevo, su cara estaba sonrojada, con una expresión aún confusa.
Miró a la anciana de la silla, con las rodillas protegidas por una manta, sus manos delicadas sobre los brazos de la silla. La mirada pasó más allá de ella, hacia el salón. Aumentó su confusión, con una nota de alarma. Sus ojos volvieron a la vieja dama. Ésta le contemplaba intensamente. El joven no recordaba haberla visto antes, ni sabía quién era, y no obstante en sus ojos parecía haber algo que le era ligeramente familiar.
La anciana se contempló la mano derecha. La estudió un instante como un poco intrigada y volvió a levantar la vista hacia él.
—¿No me conoces, Arthur...? —preguntó suavemente.
Había una nota de tristeza en su voz que él tomó por desengaño, teñido de reproche. Ante esto, el joven hizo lo posible por serenarse.
—Me temo..., me temo que no —confesó—. Usted... yo... eh... —Se atascó, y continuó con angustia—: Usted debe de ser... la tía de Thelma..., de la señorita Kilder, ¿verdad?
La anciana le miró fijamente unos momentos. El muchacho no comprendió su expresión.
—No —murmuró ella—, no soy la tía de Thelma.
La mirada del joven volvió a pasearse por el salón. Esta vez movió la cabeza con asombro.
—Todo es diferente... No, sólo a medias —manifestó con inquietud—. Oh, no puedo haberme equivocado...
Se interrumpió y volvió a contemplar el jardín.
—No, ciertamente no me he equivocado. ¿Pero qué... qué ha sucedido?
Su extrañeza ya no era simple; parecía tremendamente turbado. Sus asombrados ojos volvieron a posarse en la anciana.
—Por favor... no lo entiendo... ¿Cómo es que me conoce usted?
La creciente inquietud del muchacho la turbó a ella, obligándola a mostrarse más cauta.
—Te he reconocido, Arthur... Nos conocimos mucho antes, ¿no?
—¿De veras? No me acuerdo... Lo siento mucho...
—Pareces angustiado, Arthur. Coge aquella silla y descansa un poco.
—Gracias, señora... eh... señora...
—Dolderson —terminó ella.
—Gracias, señora Dolderson —dijo él, frunciendo el ceño al intentar situar el nombre.
La anciana le vio acercar la silla. Cada movimiento, cada rasgo le era familiar, incluso el mechón de pelo que le caía sobre la frente siempre que agachaba la cabeza. Él se sentó y estuvo callado unos momentos, mirando, con el entrecejo arrugado, hacia el jardín.
La señora Dolderson tampoco se movió. Se hallaba casi tan sorprendida como él, aunque no lo daba a entender. Obviamente, la idea de haber muerto era una tontería. Estaba como siempre, en su silla, dándose cuenta del dolor de la espalda, capaz de asir los brazos de la silla y sentirlos. No era un sueño..., todo estaba entrelazado, tan sólido, tan... real; muy diferente de como son las cosas en los sueños.
¿Sería una simple alucinación, un engaño de su mente al colocar el rostro de Arthur en un joven completamente distinto? Volvió a mirarle, No, no era eso. Él había contestado al nombre de Arthur y además llevaba su chaqueta. En la actualidad, las chaquetas ya no tenían aquel corte y hacía muchísimos años que los jóvenes no llevaban sombreros de paja.
¿Una especie de fantasma? Oh, no; Arthur era sólido; la silla había crujido al sentarse, los zapatos rechinaron sobre la grava. Además, ¿quién ha oído hablar nunca de un fantasma tan asombrado y, sobre todo, de un joven fantasma recién afeitado?


El muchacho interrumpió los pensamientos de la anciana al volver la cabeza.
—Creía que Thelma estaba aquí —observó—. Me lo había dicho. Dígame, por favor, dónde está.
Como un niño asustado, pensó ella. Deseaba consolarle, no asustarle más. Pero no se le ocurrió decir más que:
—Thelma no está lejos.
—Debo encontrarla. Ella me explicará lo ocurrido. 
Hizo ademán de levantarse.
La anciana posó una mamo sobre el brazo del joven, impidiéndoselo.
—Un momento. ¿Qué parece haber ocurrido? ¿Qué es lo que tanto te preocupa?
—Esto —agitó una mano, incluyendo cuanto le rodeaba—. Todo está diferente, pero es lo mismo... Y sin embargo, no lo es. Siento como si..., como si estuviera un poco loco.
Ella le miró fijamente y luego sacudió la cabeza.
—No lo creo. Dime, ¿qué te pasa?
—Venía hacia aquí para jugar al tenis... Bueno, para ver a Thelma, en realidad —añadió, corrigiéndose—. Todo estaba bien, como de costumbre. Iba por el sendero y dejé la bicicleta apoyada en el abeto que hay al comenzar la avenida. Empecé a caminar por ella y de pronto, al doblar la esquina de la casa, todo resultó... diferente.
—¿Diferente? —repitió la señora Dolderson—. ¿Diferente en qué?
—Bueno, casi en todo. El sol pareció convulsionarse en el cielo. Los árboles eran más grandes, no como antes. Las flores del jardín mostraban un color distinto. La enredadera cubría ya todo el muro... y de repente, sólo estuvo hasta media altura... y parecía otra clase de enredadera. Había otras casas más allá. Casas que no había visto nunca, pues allí sólo había un campo, al otro lado del huerto. Incluso la grava de la avenida estaba más amarilla de lo que recordaba. Y este salón... es el mismo de siempre. Conozco el escritorio, la chimenea y los dos cuadros. Pero el papel es diferente. Nunca lo había visto y sin embargo, no es nuevo. Por favor, dígame dónde está Thelma, quiero que me lo explique... Sí, debo de estar un poco loco...
La anciana le apretó el brazo con más fuerza.
—No —repuso con decisión—. Sea lo que sea, seguro que no es eso.
—Entonces... ¿qué...?
Se interrumpió bruscamente y escuchó ladeando la cabeza. El sonido fue en aumento.
—¿Qué es esto? —inquirió con ansiedad.
La señora Dolderson aumentó la presión de su mano.
—No pasa nada, Arthur... No pasa nada —le dijo como a un niño.
Sentía el aumento de la tensión en el joven a medida que crecía el ruido. Pasó por encima, a menos de trescientos metros, con los eyectores atronando el espacio, dejando atrás una estela de gas blanco, en tanto el aire se estremecía y gradualmente volvía a su anterior placidez.
Arthur lo contempló. Y lo vio desaparecer. Cuando volvió a mirar a la anciana, su rostro estaba blanco, muy asustado.
—¿Qué... —preguntó con voz temblorosa—, qué ha sido eso?
—Sólo un avión, Arthur —contestó ella, para obligarle a calmarse—. Oh, son terriblemente ruidosos.
Arthur miró hacia el sitio por donde se había desvanecido el aparato y sacudió la cabeza.
—Pero yo he oído aviones y los he visto. Y no son así. Este hacía un ruido como una motocicleta... pero más fuerte. ¡Era terrible! No lo entiendo..., no entiendo lo sucedido... —su voz sonaba patética.
La señora Dolderson iba a contestar, cuando de improviso recordó la charla con Harold referente a las dimensiones, a su trasmutación en planos diferentes, a sus implicaciones del tiempo en forma de otra dimensión. Con un destello intuitivo lo comprendió... No, comprender no era la palabra adecuada... Lo percibió. Pero al percibirlo se halló perdida, desorientada.
Miró otra vez al joven. Estaba tenso, temblando levemente. Se estaba preguntando si tenía el cerebro desquiciado. Bien, esto tenía que terminar. No existía ningún medio suave, pero ¿cómo hacerlo de otro modo?
—Arthur... —exclamó súbitamente. El muchacho la miró veladamente.
Con deliberación, la anciana habló con aplomo:
—Hallarás una botella de coñac en la alacena. Cógela, por favor, y trae dos copas.
Con un movimiento casi hipnótico, él obedeció. La anciana llenó para él un tercio de una copa con coñac, y se sirvió un poco menos.
—Bebe esto —le ordenó nuevamente. Él vaciló—. Vamos. Has sufrido una gran impresión. Te hará bien. Quiero hablar contigo y no puedo mientras no te hayas repuesto de la sorpresa.
Arthur bebió, tosió un poco y tomó asiento.
—Apura la copa —insistió ella. Él la apuró. La anciana se interesó—: ¿Te encuentras mejor?
El joven asintió, pero no dijo nada. Ella se decidió y respiró profundamente.
—Arthur, dime qué día es hoy.
—¿Qué día? —se sorprendió él—. Pues, viernes. El veintisiete de junio.
—El año, Arthur. ¿Qué año?
El muchacho volvió el rostro hacia ella.
—No estoy completamente loco, ¿sabe? Sé quién soy y dónde estoy... o eso creo. Es todo lo demás lo que está mal, no yo. Puedo asegurarle...
—Arthur, quiero que me digas el año.
La voz de la anciana era de nuevo autoritaria.
El joven mantuvo los ojos fijos en ella mientras hablaba.
—Mil novecientos trece, claro.
La mirada de la señora Dolderson volvió a concentrarse en el jardín y las flores. Asintió suavemente. Aquél era el año y había sido en viernes; qué extraño que ahora lo recordase. Debía de haber sido el veintisiete de junio. Pero, desde luego, fue un viernes del verano de 1913 el día en que él no acudió. Hacía tanto... tanto tiempo...
La voz del joven la devolvió al presente. Sonaba insegura por la ansiedad.
—¿Por qué me lo ha preguntado? Me refiero al año.
Su frente estaba muy arrugada, sus ojos muy ansiosos. Era muy joven. A la anciana le dolía por él el corazón. Volvió a coger con su mano frágil la fuerte de Arthur.
—Creo..., creo que ya lo sé —murmuró él, estremeciéndose—. Ignoro cómo, pero usted no me lo habría preguntado a menos que... Sucedió una cosa muy rara, ¿eh? Ya no estamos en mil novecientos trece, ¿verdad? ¿Quería decir eso? La forma de crecer los árboles..., el avión... —Calló, mirándola con los ojos muy abiertos. Y luego—: Tiene que decírmelo. Por favor, por favor, ¿qué me ha ocurrido? ¿Dónde estoy? ¿Qué es esto?
—Mi pobre muchacho... —murmuró ella.
—¡Oh, por favor...!
The Times, con el crucigrama resuelto a medias, se hallaba en una silla próxima. Lo cogió con reluctancia. Luego lo dobló y se lo entregó al joven. Al tomarlo, a él le temblaba la mano.
—Londres, lunes, primero de julio —leyó. Después, susurró con incredulidad—: ¡Mil novecientos sesenta y tres!
Bajó el diario y la miró suplicante.
La anciana asintió lentamente dos veces.


Estuvieron contemplándose sin hablar. Gradualmente, la expresión de Arthur cambió. Se le juntaron las cejas, como penosamente. Luego miró a su alrededor, con los ojos penetrantes aquí y allí, cual si quisieran escapar. Por fin, volvieron a fijarse en ella. Los cerró un momento. Después los abrió, llenos de dolor y miedo.
—¡Oh, no, no! ¡No! Usted no es..., no puede ser... Usted me dijo que era... la señora Dolderson. Dijo que lo era. Usted no es..., no puede ser... Thelma...
La señora Dolderson calló. Se miraron otra vez. El rostro de Arthur se arrugó como el de un chiquillo.
—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! —gritó, ocultando la cara entre las manos.
La señora Dolderson entornó los ojos un instante. Cuando los abrió ya era dueña de sí. Tristemente, miró sus temblorosos hombros. Su mano izquierda, delgada, con muchas venillas azules, se tendió hacia la cabeza inclinada para acariciarle suavemente el cabello.
La mano derecha encontró el timbre que estaba sobre la mesita que tenía al lado.
Lo apretó, sin apartar el dedo.

Abrió los ojos al oír el movimiento. La persiana dejaba en la sombra la habitación, pero había luz suficiente para que divisase a Harold al lado de su cama.
—No quería despertarte, madre —se disculpó el joven.
—No me has despertado, Harold. Estaba soñando, pero no dormía. Siéntate, querido. Quiero hablar contigo.
—No te fatigues, madre. Has sufrido una leve recaída, ¿sabes?
—Sí, pero resulta más fatigoso estar intrigada que saber la verdad. No te entretendré mucho.
—Está bien, madre.
Acercó una silla a la cama y se sentó, cogiendo una mano de la anciana entre las suyas. Ella escrutó el rostro de su hijo en la penumbra.
—Lo hiciste tú, ¿verdad, Harold? ¿Fue tu experimento lo que trajo aquí al pobre Arthur?
—Fue un accidente, madre.
—Cuéntamelo.
—Estábamos comprobándolo. Sólo una prueba preliminar. Sabíamos que era posible teóricamente. Habíamos demostrado que sí podíamos... ¡Oh, es tan difícil de explicar! Si podíamos, bueno, doblar una dimensión, doblarla sobre sí, dos puntos normalmente separados tendrían que coincidir. Temo que esto no está muy claro...
—No importa, querido. Adelante.
—Bien, cuando tuvimos dispuesto nuestro generador distorsionador del campo, lo doblamos para unir dos puntos separados normalmente cincuenta años. Piensa en una tira de papel doblada en dos marcas, de modo que coincidan las marcas.
—Sí...
—Fue muy arbitrario. Pudimos escoger diez años o cien, pero elegimos cincuenta. Y nos acercamos de manera asombrosa, madre, muy asombrosa. Sólo cometimos un error de cuatro días en cincuenta años. Esto nos dejó estupefactos. Lo que ahora hemos de hacer es descubrir el origen del error, pero si nos pidieras que apostásemos, nosotros...
—Sí, querido. Estoy segura de que fue maravilloso. ¿Pero qué sucedió?
—Oh, lo siento. Bueno, como dije, fue un accidente. Sólo tuvimos el aparato conectado tres o cuatro segundos y él debió penetrar entonces en el terreno de la coincidencia. Una probabilidad entre un millón. Ojalá no hubiese sucedido, pero no podíamos prever...
La anciana giró la cabeza sobre la almohada.
—No, no podían preverlo —concedió—. ¿Y después?
—Realmente, nada. No supimos nada hasta que Jenny contestó a tu timbrazo y te encontró desmayada y a ese individuo, Arthur, completamente desquiciado; entonces, fue a buscarme.
»Una de las doncellas te ayudó a llegar hasta la cama. Vino el doctor Sole y te reconoció. Luego, le dio un tranquilizante a ese Arthur. El pobre chico lo necesitaba... Claro, es algo terrible lo que le sucedió, cuando sólo esperaba jugar un partido de tenis con su chica.
»Cuando se calmó, nos dijo quién era y de dónde venía. ¡Bueno, era algo estupendo! Una prueba vivida accidental al primer experimento.
»Pero lo único que el pobre muchacho quería era regresar lo antes posible. Estaba muy angustiado... Sí, un mal asunto. El doctor Sole quiso ponerle bajo sedantes para que no se volviera loco. Lo parecía, aunque cuando volvió en sí no daba la impresión de estar mejor.
»Ignorábamos si podíamos hacerle regresar. La transferencia hacia adelante, para expresarlo toscamente, puede considerarse como una aceleración infinita de una progresión natural, pero la idea de la transferencia "hacia atrás" está llena de implicaciones desconcertantes, cuando se reflexiona en ello. Hubo un debate, pero el doctor Sole lo solucionó. Sólo con que existiese una posibilidad mínima, dijo, el sujeto tenía derecho a intentarlo, y nosotros estábamos obligados a tratar de deshacer lo que habíamos hecho. Aparte de esto, si no lo intentábamos, tendríamos que explicar cómo teníamos en nuestras manos un chiflado, y naturalmente, apartado cincuenta años de su curso.
»Intentamos hacerle comprender a Arthur que no estábamos seguros de que la operación tuviese éxito al revés; además, existía el error de cuatro días, de modo que el regreso no sería exacto. Creo que no lo entendió. El pobre chico estaba en un estado lamentable; sólo quería una probabilidad, cualquier clase de probabilidad, para largarse de aquí. Era una idea fija.
»De modo que decidimos correr el riesgo; al fin y al cabo, si no era posible, él... Bueno, no se enteraría ni ocurriría nada en absoluto.
»El generador aún estaba en la misma dirección. Pusimos un tipo a la tarea, colocamos a Arthur en la avenida que da al salón, y lo alineamos con la máquina.
»Le indicamos que caminara, tal como cuando ocurrió.
»Dimos la señal de funcionamiento. Claro que a causa del sedante administrado por el médico y todo lo demás, Arthur estaba muy alicaído, pero hizo lo que pudo para sobreponerse. Empezó a avanzar, tambaleándose. Un chico obstinado; casi lloraba, pero con voz extraña y desafinada se puso a cantar: Todo el mundo lo hace, lo hace...
»De repente desapareció, se esfumó por completo. —Harold calló y añadió a pesar suyo—: Las pruebas que ahora poseemos no son muy convincentes..., una raqueta de tenis prácticamente nueva, pero muy anticuada, y un sombrero de paja.
La señora Dolderson continuó tendida en la cama sin hablar.
—Hicimos lo que pudimos, madre —agregó su hijo—. Sólo podíamos intentarlo.
—Naturalmente, querido. Y tuvieron éxito. No fue culpa tuya que no pudieran deshacer lo hecho. No, me preguntaba solamente qué habría ocurrido si hubiesen puesto en funcionamiento esa máquina unos minutos antes o después. Aunque supongo que esto era imposible, de lo contrario tú no habrías sido tú.
Harold la miró con inquietud.
—¿Qué quieres decir, madre?
—Nada, querido. Hiciste lo que pudiste... y espero que esto haya sido lo mejor...
—Estaba muy angustiado ante la idea de que le mantuviéramos aquí. Se habría vuelto loco. ¿Qué podíamos hacer?
—No lo sé..., nada. Supongo que estaba escrito...


—¿Por qué crees que conseguimos hacerle regresar, madre?
—Sé que lo lograron, querido. —Hizo una pausa, y con voz queda, como recordando algo, citó—: "Arthur Waring Batley. Subteniente, por heridas recibidas en acto de combate en Francia. Tres de noviembre de mil novecientos quince".
Cerró los ojos y de ellos se escapó una lágrima que resbaló lentamente por su mejilla. Harold sacó su pañuelo para secársela. Ella le apretó la mano, pero no habló. Muy arriba, fuera de la casa, el estruendo de un jet fue creciendo y acabó por enmudecer.
—No me apena irme —murmuró la señora Dolderson—. Me dolerá dejarte, Harold, querido, pero esto es lo único que me importará cuando llegue el momento. Tal vez yo sea un poco como el pobre Arthur: No me gusta mucho tu mundo... ni las cosas que enseña a hacer.

FIN

2026/06/29

Un sentido de belleza (Robert Taylor)


Título original: A Sense of Beauty
Año: 1968


Su piel era oscura, en contraste con la blancura nívea de las sábanas de la cama, pero no tanto como para que no brillara con un fulgor marfileño y translúcido. La luz de la luna se hallaba oculta por unas pesadas cortinas que cubrían la ventana, pese a lo cual las uñas de la muchacha relucían como extraños trocitos de perla. Estaba tendida en la cama, respirando suavemente, sumida en aquel mar de penumbras que inundaba la habitación.
Fuera, en la lejanía, el verdadero océano rompía contra las rocas con un ritmo cadencioso e incesante y arañaba la arena de la playa con sus dedos ondulantes movidos por la energía acumulada durante millones de años en su extensa y oscura profundidad. Escuchando muy atentamente, casi se podía oír la cruel restregadura de los millones de partículas de arena que las olas arrojaban contra la escollera, así como el ruido de la sólida roca que comenzaba a henderse y a separarse del continente. ¡Incluso se podía oír cómo el mundo entero comenzaba a deslizarse para precipitarse en el mar!
Kurt se hallaba tendido junto a la muchacha sobre las blancas sábanas de la cama, que ahora, debido al calor de sus cuerpos, parecía que iban a arder. Intentó dejar flotar su imaginación en ese mundo de colores arremolinados y placenteros sonidos que yace junto al borde del sueño, pero algo seguía atormentando su mente; algo que, en cualquier momento, podía convertirse en una realidad.
Aquel extraño lugar le hacia sentirse incómodo, y volvió a recordar con anhelo las altas ciudades amuralladas, las infinitas llanuras de arena y los grandes depósitos de agua de su tierra. De nuevo sintió deseos de abandonar aquel lugar y a la muchacha que yacía junto a él en la cama. Ella no estaba dormida, sino en ese estado de letargo existente entre el sueño y la vigilia.
Kurt sintió cómo los dedos de la muchacha se deslizaban por su brazo cual un gigantesco insecto de cinco patas para detenerse finalmente en su muñeca. Luego se la apretó, la acarició suavemente, palpándola con delicadeza, como si estuviera buscando alguna cosa.
Había algo en ella que le resultaba muy extraño. Sus ojos parecían demasiado abiertos para el mundo en que se hallaba. Daba la impresión de que lo comprendía todo, aunque no lo daba a entender. Incluso cuando no lo miraba sentía la extraña sensación que ella lo estaba observando. "Siente unas ansias tan intensas de saber, que lo devora todo —pensó Kurt—. Todos los seres primitivos son así".
Kurt sintió que algo hurgaba su piel, como si un soplo de viento se deslizase sobre ella dejando caer a su paso unas gotas de ardiente rocío.
Hubo un momento en que le pareció que la muchacha podía ver a través de él y leer sus pensamientos.
Los dedos de la joven dejaron de moverse y le sujetaron firmemente la muñeca. En la oscuridad de la habitación, Kurt sintió sobre su piel la suavidad y el calor de aquellos dedos.
Fuera, en la lejanía, el océano continuaba rugiendo, fluctuando rítmicamente como un gigantesco corazón. Se oía el ruido de las rocas chocando unas con otras, elevándose en el aire, y luego un chapoteo que era ahogado por el bramido de las enormes y enfurecidas olas. El continente era ahora un poco más pequeño.
La muchacha se movió en la cama y gimió:
—¿Kurt?
La voz tembló en la noche y Kurt se estremeció sintiendo un miedo irracional. La tensión que ardía dentro de su cuerpo hizo que moviera sus dedos.
—Sí, dime —respondió Kurt, presintiendo lo que la muchacha iba a preguntarle.
—Kurt —dijo ella, retirando sus dedos de la muñeca de él—, eres un extraterrestre, ¿verdad?
Kurt dirigió su mano a la mesita de noche que estaba junto a la cama y tomó un cigarrillo. Lo encendió e inhaló profundamente, casi con fruición, su delicado aroma. Tendido en el lecho, envuelto en la negra oscuridad, dirigió su mirada al invisible techo. Sentía un extraño y agradable calor en el pecho. Sin embargo, algo violento se agitaba dentro de él y temió que aquello explotase de repente en cualquier momento.
—Quiero decirte —dijo ella, volviéndose hacia él y apoyándose en un codo— que creo que procedes de otro planeta, de otro sistema estelar.
Kurt se levantó suavemente de la cama, se puso la bata y se dirigió a la ventana. El aire fresco de la noche acarició sus mejillas. Descorrió las cortinas de la ventana para que la luz de la luna penetrase en la habitación.
Allá arriba, en el firmamento, la Luna, tan inmensa, tan brillante, proyectaba sobre la Tierra una extraña luz de plata. ¡Y con cuánta rapidez se movía detrás de las nubes! Pero no era así, una vez más se había vuelto a equivocar: No era la luna la que se movía, sino las nubes.
Kurt recordó en aquel momento cómo las tres diminutas lunas de su mundo brillaban algunas veces en el cielo, iluminando con sus rayos las extensas llanuras de arena de su planeta. "¡Oh, Señor! —se dijo Kurt—. ¡Qué océano de luz podría hacer esta luna en aquel desierto! Cualquier hombre quedaría cegado ante tanto fulgor".
Fuera, en la lejanía, el mar estaba radiante bajo la luz de la luna, meciéndose suavemente.
—¡Cuánto brilla la Luna! —exclamó Kurt—. Nunca había visto una cosa tan grande. 
Hizo una pausa y luego añadió tenuemente:
—¿Cómo llegaste a saber que yo era un extraterrestre?
—No lo sé exactamente —respondió ella—. Creo que empecé a sospecharlo al observar tu extraña forma de hablar, de caminar, de tocarme. Sí, noté algo misterioso en ti. Miras las cosas de un modo distinto, y, además, reaccionas de una forma muy extraña. Asimismo, cuando hablas, parece que mezclas varios idiomas. Me di cuenta que eras casi perfecto, pero, con todo, había algo en tu persona que no encajaba bien. No podía asegurar qué era, pero estaba plenamente segura que había algo anormal. Aparte de esto, observé que tu corazón no estaba en el mismo lugar en que lo tenemos los terrestres, y, además, latía con demasiada lentitud y con mucha fuerza.
Kurt se volvió hacia ella y contempló su hermoso cuerpo bañado por los rayos de plata de la luna, sus ojos y sus labios, húmedos, brillantes. Luego alzó su mirada y observó un cuadro que había colgado en la pared, un turbulento remolino de colores. Indudablemente, se trataba de una copia, pero era imposible distinguirla del original.
—Creo que necesito beber algo —dijo Kurt. Rápidamente se dirigió a la cocina.
Instantes después regresó con una botella muy grande, de color azul plateado por el líquido que contenía. Vertió un poco del mismo en un vaso de la misma forma que se vierte un metal fundido en un molde. Bebió unos sorbos y sintió una gran frialdad dentro de su cuerpo. Entonces, toda aquella violenta tensión que le había estado carcomiendo por dentro desapareció como por encanto.
La muchacha surgió de la oscuridad. Su cuerpo se hallaba cubierto ahora con una ligera y transparente bata. Sus largos cabellos negros descendían por sus hombros, deslizándose como un río.


—Lo lamento mucho —dijo ella—. No pensé que iba a molestarte tanto con lo que comenté.
—¿Cómo puedes decir tal cosa? —le respondió Kurt, volviéndose hacia ella—. Va contra toda lógica el hacer una acusación de esa índole.
La muchacha sonrió. Luego, después de una pausa, añadió:
—Creo que nosotros, los humanos, no somos muy lógicos.
—¿Pretendes darme a entender que yo no soy un humano?
—No, no, no quise... —balbuceó la joven, temblorosa.
—Pero lo dijiste, al menos subconscientemente —acotó Kurt—. Debías haber dicho: "Nosotros, los primitivos, no somos muy lógicos".
—Perdóname, lo siento mucho —dijo ella, sonriendo.
Kurt se volvió, tomó un vaso de la mesa y se lo tendió a la muchacha.
—Toma, bebe; no creo que te haga ningún daño beber un poco de esto. Puedes estar segura que eres la primera persona de este planeta que paladea un licor de mi mundo.
Kurt la observó con atención mientras la muchacha se llevaba lentamente el vaso a sus labios y dejaba que aquel misterioso y frío líquido azul fluyese dentro de su roja y ardiente boca. Bebió unos sorbos y luego depositó el vaso sobre la mesa. Sus labios se estremecieron y la muchacha hizo una mueca de asombro. Luego se sonrió y dijo a Kurt:
—¡Qué frío es este licor tan extraño!
—Seguramente esperabas que fuese algo distinto. ¿Qué te ha parecido el sabor?
—No podría definirlo... Me parece extraño... Tengo la impresión de estar viendo un espacio muy oscuro y unos soles deslumbrantes, así como una lluvia de polvo descendiendo sobre unas llanuras desérticas, sin vida.
—Pues cuando yo lo bebo —respondió Kurt—, siempre recuerdo mi lejano planeta, su aire seco y las extensas llanuras de arena parecidas a un océano de piedras preciosas sobre las que se reflejan los rayos de las estrellas.
Acto seguido, Kurt abrió la puerta que daba a una terraza desde la que se dominaba el mar.
—Salgamos fuera un rato —dijo a la muchacha.
Ella se irguió, caminando tras él a lo largo de la pequeña valla que bordeaba la terraza, y desde la cual se veían, al fondo, las negras olas de un mar embravecido que rompían furiosamente contra las rocas del acantilado. Kurt se apoyó en la barandilla de la terraza y se puso a mirar hacia abajo, contemplando la ardiente fosforescencia de las olas. Mientras tanto, los rayos de la luna arrancaban misteriosos destellos del vaso de cristal que sostenía en la mano, aún lleno de aquel extraño licor.
—Todo lo que es extraño y hermoso —dijo Kurt— llena el alma de una misteriosa admiración, de una paz inmensa. ¡Qué raro y hermoso es el océano! Háblame del océano.
La muchacha se acercó a él, sosteniendo aún el vaso en su mano, los cabellos flotando en el viento cual una cascada de ondas negras en las que se reflejaban los rayos de plata de la luna. Se arrimó a él, suavemente, como un niño contra el seno de su madre, como las primeras caricias del sueño sobre nuestros párpados. La muchacha desprendía cierto olor característico, el olor de los seres primitivos criados con carne y leche; pero a Kurt no le pareció desagradable; era simplemente un olor extraño al que no estaba acostumbrado.
La muchacha se volvió hacia él y lo miró, con una rara sonrisa en sus labios, con un extraño destello en sus negros ojos.
—¡Oh, el mar! —musitó ella—. El océano es la madre de todo lo que tiene vida en la Tierra.
—¿De verdad?
—Desde luego —respondió la muchacha, casi riéndose—. ¡Tienes que saber esto!
—Pero... —Kurt se detuvo y permaneció silencioso durante largos segundos; y cuando de nuevo volvió a hablar, lo hizo con una voz que casi parecía un sollozo—. Mi mundo perdió sus océanos hace un millón de años. Mis antepasados quedaron enarenados en ellos hace veinticinco mil años, después del Éxodo desde el Centro.
—¡Oh, lo siento mucho, discúlpame! —exclamó ella.
—No te preocupes, ya no se puede hacer nada. Existen algunos habitantes de mi planeta a los que les gustaría saber lo qué me has contado, pero, dada su inteligencia, no creo que pudieran comprenderlo. Anda, continúa hablándome del océano.
—¿Qué tipo de inteligencia tienen los habitantes de tu planeta?
—Muy elevada; pero sigue hablándome del océano.
—¿Qué más puedo decirte del mar? —respondió la muchacha—. Es la Madre Oscura de toda vida, fluye incluso en nuestra sangre, late en nuestros corazones. Es oscuro y eterno. Hace vibrar nuestras almas, nos llama. Continuará en la Tierra cuando nosotros nos hayamos muerto. Continuará en la Tierra cuando las llamas del Sol se apaguen para siempre.
Kurt tomó otro sorbo del vaso. Sabía lo que iba a pasar; estaba tan seguro de ello como del ruido que hacían las olas del mar al romperse contra las rocas del acantilado. Después de unos instantes de silencio, añadió:
—Supongo que algunos de los seres de mi planeta aún conservan algún vago recuerdo del océano, a pesar de lo lejos que están del mar que en principio les dio la vida. Hay algo extraño dentro de mí que me obligó a alquilar esta casa frente al mar; algo que no tiene nada que ver con la búsqueda de un lugar solitario. Quizá sentí la llamada del mar.
Arriba, en el cielo, la luna continuaba bañando con sus rayos de plata a la pareja, lo mismo que habría hecho con otros millones de otras parejas durante miles y miles de años.
—¿Qué era eso del Éxodo desde el Centro del que me hablabas antes? —preguntó la muchacha.
—Hace veinticinco mil años, el imperio en el núcleo central de la galaxia se disolvió en un movimiento de anarquía y de caos. Todos los que pudieron huyeron y se refugiaron en otra galaxia, y otros, incluso, llegaron más lejos, hasta este planeta. Sin duda alguna, la Tierra fue poblada de este modo. Así, es muy probable que los habitantes de mi galaxia y los de la Tierra seamos primos lejanos, muy lejanos.
Kurt quería seguir hablando; quería contarle a la muchacha cosas de su planeta; quería hablarle de las naves de su galaxia, que se deslizaban por la arena de sus desiertos iluminados por las tres pequeñas lunas, pero no podía. Kurt acababa de darse cuenta que un enorme abismo los separaba. Ella era un ser primitivo, más emotivo que él. El mar latía con mayor intensidad en la sangre de la muchacha que en la suya. Ella estaba más en contacto con la naturaleza que él; y más controlada por los ciclos de la misma.
—¿Cuánto tiempo hace que estás aquí? —preguntó ella.
—Dos años.
—¿Tanto tiempo? —dijo extrañada la muchacha—. Supongo que aún continúas estudiándonos a nosotros.
—Eso, y coleccionando... —Kurt se detuvo sobresaltado, temiendo haber hablado demasiado. De haber proseguido, seguramente la muchacha habría adivinado sus intenciones. Y Kurt tenía muy buenas razones para que la joven las ignorase.


—¿Coleccionando qué? —inquirió la muchacha.
—Obras de arte, de literatura...
—Ya veo; estás estudiando nuestra cultura... ¿Cuándo piensas decirme quién eres realmente?
—No pienso hacerlo —respondió él, con sequedad.
—¿Por qué no? Si ya has conseguido lo que pretendías, no puedes marcharte de mi planeta sin decirme quién eres. ¿Qué opinión te has formado de nosotros, los terrestres? ¿Somos demasiado beligerantes? Si lo somos, puedes ayudarnos.
Kurt deseó que la muchacha se callase, que permaneciese en silencio, pero ya era tarde.
Ella había ido muy lejos; sabía demasiado, o había adivinado demasiado.
Durante unos instantes, Kurt permaneció callado. Luego, cuando volvió a hablar, lo hizo con un tono como si se sintiese avergonzado de algo, como si estuviese plenamente convencido de no estarse comportando bien.
—¿Por qué motivo los habitantes de mi galaxia tendríamos que ayudarles? Abandonaremos este planeta solamente nosotros. Hay una razón muy poderosa.
—¿Cuál? —preguntó ella, con ansiedad.
—El cerco vital que envuelve su planeta —respondió Kurt, dirigiéndose lentamente hacia la casa—. Ya es tarde; no hay tiempo.
El misterioso extraterrestre parecía hablar consigo mismo más que con la muchacha.
Luego, de repente, se volvió hacia la joven, clavó su mirada fijamente en ella y le dijo:
—Dentro de cien años, su sol entrará en las primeras fases de novación.
La joven dio unos pasos atrás, separándose bruscamente de Kurt. Estaba aterrorizada.
—Pero ustedes podrían ayudarnos, evacuarnos a otro sistema estelar. Podríamos serles de mucha utilidad. No pueden dejarnos morir.
—¿Por qué no? Nosotros no tenemos la culpa. El universo los está destruyendo. Es como si nosotros nunca nos hubiéramos encontrado.
—¡Pero ustedes están ahora aquí! ¡No pueden pretender que no lo están!
Kurt permaneció silencioso. Algo macabro se agitaba en su mente.
—Yo no soy mi propio dueño —respondió el extraterrestre—. Existen otros...
—Entonces —dijo asombrada la muchacha—, ¿qué es lo que hacen aquí?
—Estamos para recoger todas las obras de arte, de literatura, para salvarlas de las llamas.
—¿Se llevan nuestras obras de arte y nos dejan abandonados a la muerte? ¿Es que no tienen sentimientos? ¿Es que no son capaces de amar?
—En el sentido en que ustedes entienden esas palabras, no. Sólo siento algo de lo que ustedes sienten; nuestros sentimientos no son los mismos. Con todo, las emociones de nuestro pueblo son miles de veces más fuertes que las de sus maestros. Nuestro pueblo tiene un sentido de la belleza que ningún habitante de otras galaxias posee; y por este motivo somos los coleccionistas de obras de arte de nuestra galaxia.
Kurt se quedó callado durante unos instantes, sonrió tristemente y luego añadió:
—Es algo maravilloso el poseer una obra de arte seleccionada por algunos de nosotros, porque entonces sabemos que se trata de una cosa verdaderamente hermosa, incluso aunque uno no lo sienta.
Kurt contempló a la muchacha con tristeza, o al menos con lo que él podía entender por este sentimiento. Luego la miró fijamente a los ojos y le dijo:
—Nosotros somos los críticos de la galaxia, y ustedes, los seres primitivos, los creadores. Su precaria inmortalidad depende de nosotros. Ustedes fenecen, pero sus obras permanecen...
—Pero, ¿por qué me necesitas a mí? —dijo ella, mirándole horrorizada.
—Porque aunque pertenezco a un mundo muy lejano, soy un hombre, y tú eres muy hermosa. Sé apreciar las cosas bellas.
La muchacha se apartó de él, empujándole con todas sus fuerzas contra la barandilla de la terraza. Luego le dijo con una mezcla de odio y terror en su voz:
—¡Eres un monstruo! Sí, eso es lo que eres.
Kurt le tendió los brazos y le respondió:
—Por favor, yo...
—¡No! Aléjate de mí.
Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de la muchacha y se deslizaron cual gotas de rocío por sus mejillas.
Abajo, en el fondo del acantilado, el océano continuaba rugiendo como un gigantesco corazón, mientras que en el cielo algunas aves nocturnas que habían perdido su orientación piaban quejumbrosamente.
Kurt avanzó hacia ella, diciéndole:
—Por favor, no llores. Ustedes no tienen por qué preocuparse; disponen de cien años, por lo menos. Quizá puedan encontrar el modo de salvarse.
—¡Aléjate de mí! —gritó la joven.
Trató de huir, pero tropezó contra la barandilla de la terraza. La vieja madera de la barandilla, expuesta durante años a la acción corrosiva del aire salino, al sol y al frío, empezó a resquebrajarse. Lentamente, una parte de la misma fue cediendo hacia atrás.
Kurt tomó a la muchacha por la mano, pero ella, con una mirada de desprecio en sus ojos, la soltó.
No gritó. Durante toda su caída hacia el fondo del acantilado, no profirió un solo grito.
La Luna se reflejó en el cristal del vaso mientras éste caía cual una gota de lluvia sobre las rocas del acantilado, para hundirse finalmente en las blancas olas del océano, oscuro y eterno. Hubo una pequeña salpicadura..., y las negras aguas devoraron su presa.
Kurt se volvió y se encaminó hacia la casa mientras observaba en el cielo la única estrella que se movía entre todas las demás. Ya era hora de regresar a su galaxia.
Mientras, en el fondo del acantilado, las olas se rompían contra las rocas brillando con luz fosforescente.
Kurt se hallaba de nuevo en la astronave. La atmósfera dentro de la misma tenía un fuerte olor a ozono.
Quería hacer algo importante, pero no sabía qué.
Detrás de él, unos hombres se hallaban trasladando su equipo a los compartimientos de seguridad, mientras que otros acondicionaban la preciosa carga en recipientes especiales para preservarla de cualquier daño. Kurt había cumplido bien su misión, archivando todas las obras de arte y literatura que había descubierto en la zona que le había sido asignada. Deseó que los demás miembros de aquella astronave, al igual que todos los que exploraban otras áreas del planeta, hubiesen cumplido igualmente bien la misión encomendada.
Su primer oficial se acercó lentamente a él y le dijo:
—Es usted el último en llegar a bordo, señor. Todo está listo para dirigirnos al punto de la cita en el espacio.
—Adelante entonces —respondió Kurt.
Se oyó una ligera vibración cuando la astronave se puso en marcha. Kurt se dirigió a su cámara, sintiendo dentro de él un extraño y doloroso vacío.


En la pantalla vio el llameante Sol, ahora ya lejos, y muy atrás, descendiendo con lentitud en el horizonte. Un día no muy lejano, aquel astro sufriría una violenta expansión, mediante un proceso que no todos los terrestres comprenderían completamente, para convertirse en una supernova, más brillante que mil soles, que abrasaría todos los planetas de su sistema...
Y otro planeta creador de belleza se perdería para siempre.
Kurt sintió entonces una imperiosa necesidad de llorar, igual que había hecho la muchacha momentos antes de su triste fin, de su hermoso fin; pero hacía veinticinco mil años que los habitantes de su galaxia habían olvidado lo que significaba llorar.
De repente, se oyó un estruendo que se extendió por todo el universo hasta sus capas más profundas. Al principio, Kurt pensó que era el recuerdo del bramido de un océano que su pueblo había perdido hacía ya muchos años, pero entonces se dio cuenta que era el ruido de su propia sangre, deslizándose impetuosamente por sus oscuras y eternas venas.

FIN