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2026/07/20

Un pliegue en el tiempo (John Windham)


Título original: A Stitch in Time
Año: 1961


En el lado más resguardado de la casa, el sol quemaba. Dentro de las abiertas vidrieras, la señora Dolderson apartó su silla unos centímetros para que su cabeza continuara en la sombra mientras el calor confortaba el resto de su cuerpo. Después, apoyó la cabeza en un almohadón, mirando hacia fuera.
Para ella, aquella escena carecía de tiempo.
Al otro lado de la avenida, el cedro se erguía como siempre. Sus ramas planas bien extendidas debían llegar, suponía, un poco más allá de cuando ella era niña, aunque era difícil aseverarlo: El cedro ya era enorme entonces, lo mismo que ahora. Además, el seto fronterizo estaba tan bien recortado y pulido como en otros tiempos. La cancela del espino aún seguía flanqueada por dos pájaros sin posible identificación, Cocky y Olly, y era maravilloso que aún estuviesen allí, aunque las plumas de la cola de Olly se hubiesen retorcido un poco con la edad.
El cuadro de flores de la izquierda, delante del plantío de arbustos, estaba lleno de color, como siempre... Bueno, tal vez un poco más brillante; se tenía la sensación de que las flores eran un tanto más chillonas que antes, aunque también deliciosas. Sin embargo, el huerto más allá del seto había cambiado un poco: Más árboles jóvenes, y algunos de los viejos habían desaparecido. Entre las ramas se divisaba algún destello de tejado rojo donde vivían los vecinos de otros tiempos. Salvo por esto, era casi posible, por un momento, olvidar toda una existencia.
La tarde dormitaba en tanto los pájaros descansaban, las abejas zumbaban, las hojas susurraban suavemente, y el pom-pom de la pista de tenis a la vuelta de la esquina no cesaba, con alguna voz ocasional que anunciaba el tanteo. Lo mismo podía ser una tarde soleada de cincuenta o sesenta veranos antes.
La señora Dolderson sonrió, amándolo todo; lo había amado de niña y ahora incluso lo amaba más.
Había nacido en esta casa; aquí se había criado, se había casado, había vuelto a ella al morir su padre; aquí había criado a sus dos hijos, aquí había envejecido... Unos años después de la Segunda Guerra Mundial estuvo a punto de perderla... Pero no fue así del todo y aún estaba en ella.
Era Harold quien lo había hecho posible. Un chico listo, un hijo maravilloso. Cuando se vio claramente que ella ya no podría mantener la casa, que tenía que venderla, fue Harold quien convenció a su empresa para que la adquiriese. Su interés, le dijo a su madre, no radicaba en la casa sino en el emplazamiento, como la de cualquier comprador. La casa en sí carecía de valor ahora, pero su situación era muy conveniente. Como condición de venta, habían convertido cuatro estancias del lado sur en un apartamento que sería de ella hasta su muerte. El resto de la residencia se había convertido en hotel, albergando a unos veinte jóvenes que trabajaban en los laboratorios y oficinas construidos en la parte norte, en el lugar de los establos y parte del paseo de caballos.
Ella sabía que un día derribarían la vieja casa, pues ya había visto los planos; pero por el momento, en su tiempo, tanto la mansión como el jardín del sur y oeste no los tocaría nadie. Harold le había asegurado que para ello tenían que transcurrir al menos quince o veinte años, mucho más del tiempo que ella los necesitaría, con toda seguridad.
Y no era que, pensaba serenamente la señora Dolderson, lamentase demasiado desaparecer de este mundo. Uno acaba por ser inútil y, ahora que ella estaba en una silla de ruedas, una carga para los demás. Además, tenía la sensación de que ya era como una forastera, una extranjera en el mundo de otros seres. Todo estaba muy cambiado; primero, convirtiéndose en un lugar difícil de entender, después llegando a formar un complejo imposible de comprender. No era extraño, pensó, que los viejos se tornen posesivos respecto a las cosas; que se aferren a los objetos que les unen al mundo que pueden entender.
Harold era un muchacho estupendo y, por él, la señora Dolderson hacía lo que estaba en su mano para no parecer excesivamente estúpida, aunque a veces esto era difícil. Hoy, por ejemplo, en el almuerzo, Harold se mostró muy excitado por un experimento que debían realizar por la tarde. Tenía que hablar de ello, aunque debía saber que prácticamente nada de lo que decía resultaba comprensible para ella.
Era algo sobre dimensiones. Ella había captado la idea, aunque se limitó a asentir sin intentar ahondar más en el asunto. La última vez que salió el tema a colación, ella observó que en su juventud sólo había tres, y no comprendía cómo el progreso mundial podía haber añadido más. Esto había lanzado al muchacho a una disertación respecto a la opinión de los matemáticos, según la cual en el mundo es posible, aparentemente, percibir la existencia de una serie de dimensiones. Incluso el momento de existencia en relación con el tiempo era, al parecer, una especie de dimensión. 
Filosóficamente, Harold había empezado a explicarlo, pero ella se perdió en aquella elucubración. Harold se había metido en algo muy confuso. La señora Dolderson estaba segura de que en su juventud la filosofía, las matemáticas y la metafísica eran tres asignaturas separadas, pero en la actualidad, incomprensiblemente, parecían haberse fundido entre sí.
De modo que esta vez ella le escuchó tranquilamente, dejando oír algunos sonidos alentadores de cuando en cuando, hasta que al final él sonrió tímidamente, asegurando que ella era muy bondadosa al soportar aquel rollo. Luego, dio la vuelta a la mesa y la besó en las mejillas, abrazándola, y ella le deseó mucha suerte en el experimento misterioso de la tarde. Después, Jenny quitó el servicio de la mesa y la acompañó en su silla a la ventana.
El calor de la deslumbrante tarde la sumió en una dulce modorra que la llevó a cincuenta años atrás, cuando en otra tarde como ésta también se sentó junto a la ventana, aunque entonces no pensaba en absoluto en una silla de ruedas, aguardando a Arthur... Aguardando a Arthur con el corazón anhelante, aunque Arthur no llegó...
Era extraño cómo sucedían las cosas. Si Arthur se hubiera presentado aquel día, seguramente ella se habría casado con él, y Harold y Cynthia no habrían existido. Sí, ella habría tenido hijos, pero no habrían sido Harold ni Cynthia. ¡Qué curiosa casualidad es la existencia! Sólo por decirle "no" a un hombre, o "sí" a otra mujer, es posible dar la existencia a un arzobispo en potencia o a un futuro asesino. ¡Qué tontos eran hoy día, tratando de suavizarlo todo, de asegurar la vida, en tanto que detrás, en el pasado de cada cual, se extendía la fila llena de casualidades, de mujeres que habían dicho "sí" o "no", según el capricho del momento!
Era curioso que ahora se acordara de Arthur. Hacía años que no pensaba en él.
Estaba segura de que aquella tarde él habría pedido su mano. Fue antes de que ella oyese hablar de Colin Dolderson. Y ella habría aceptado. Oh, sí, habría aceptado a Arthur.
Nunca hubo explicaciones. Ella nunca supo por qué él no se presentó entonces ni nunca más. Tampoco le escribió. Diez días, tal vez quince después, recibió una carta impersonal de la madre de Arthur comunicándole que su hijo estaba enfermo y que el médico aconsejaba un viaje al extranjero. Pero después nada en absoluto hasta el día en que vio su nombre en un periódico, casi dos años más tarde.


Naturalmente, se había enfadado (una joven tiene su orgullo, ¿no?), y durante algún tiempo también se sintió dolida. Pero al final, ¿cómo puede saber una que lo ocurrido no fue lo mejor? ¿Habrían sido sus hijos tan cariñosos con ella, tan amables, tan inteligentes como Cynthia y Harold?
Una serie infinita de probabilidades... con los genes y otras cosas de las que se habla hoy en día...
El rumor de la pelota de tenis ya había cesado y los jugadores se habían marchado, volviendo seguramente a su recóndita labor. Las abejas continuaban zumbando entre las flores; también revoloteaba media docena de mariposas. Los árboles de más allá temblaban bajo la calma. La modorra se tornó irresistible. La señora Dolderson no la combatió. Reclinó la cabeza hacia atrás, oyendo a medias otro zumbido, más estridente que el de las abejas, pero no suficiente para molestarla. Cerró los ojos...
De pronto, a pocos metros de distancia, pero fuera de su campo visual desde la silla, sonaron unas pisadas en el sendero. El sonido empezó bruscamente, como si alguien hubiera saltado al sendero desde el césped, sólo que no había visto a nadie cruzando por allí. Simultáneamente se oyó una voz de barítono, que cantaba animadamente, aunque no muy alto. En realidad, la canción empezó por la mitad de una frase:
 
... mundo haciéndolo, haciéndolo, haciéndolo...
Mira este...

De repente la voz calló y las pisadas cesaron también.
La señora Dolderson tenía ya los ojos abiertos, muy abiertos. Se asía a los brazos de la silla con sus delgadas manos. Recordaba la canción, más aún, estaba segura de reconocer la voz... al cabo de tantos años. "Bah, un sueño estúpido", se dijo. Le había recordado sólo unos instantes antes de cerrar los ojos. ¡Qué tontería!
Y no obstante, cosa curiosa, no parecía un sueño. Todo era tan claro, tan delimitado, tan familiarmente razonable..., con los brazos de la silla muy sólidos bajo sus dedos...
Otra idea se presentó a su cerebro: Ella había muerto, por eso no era un sueño ordinario. Sentada al sol, debió fallecer quedamente. El médico le había dicho que podía morir inesperadamente... ¡Y ahora había ocurrido! Experimentó un momento de alivio; no era que temiese mucho a la muerte, pero sí al trastorno que podía haber después... Y ahora todo había acabado sin perturbaciones. Tan sencillo como quedarse dormida. De pronto se sintió feliz, totalmente dichosa. Aunque era extraño que aún pareciese atada a la silla...
La grava crujió bajo las pisadas de aquellos pies.
—¡Esto es raro! ¡Rarísimo! ¿Qué diablos ha sucedido?
La señora Dolderson estaba inmóvil en su silla. No había la menor duda respecto a la voz.
Una pausa. Los pies se movieron, como con incertidumbre. Después, siguieron avanzando, lenta, vacilantemente. Los pies trajeron un joven a la vista. Oh, parecía tan joven. La anciana sintió oprimírsele el corazón.
Vestía una chaqueta azul a listas y pantalones blancos de franela. Había una bufanda de seda en torno a su cuello y, echado hacia atrás, llevaba un sombrero de paja con una cinta coloreada. Tenía metidas las manos en los bolsillos del pantalón y sujetaba una raqueta de tenis bajo el brazo izquierdo.
Ella le vio primero de perfil y no con su mejor expresión, ya que parecía asombrado, con la boca entreabierta, al mirar hacia el grupo de árboles.
—Arthur... —murmuró la señora Dolderson.
Él se sobresaltó. La raqueta resbaló y cayó al suelo. Intentó recogerla, quitarse el sombrero y recobrar la compostura, todo al mismo tiempo, con poco éxito. Cuando se irguió de nuevo, su cara estaba sonrojada, con una expresión aún confusa.
Miró a la anciana de la silla, con las rodillas protegidas por una manta, sus manos delicadas sobre los brazos de la silla. La mirada pasó más allá de ella, hacia el salón. Aumentó su confusión, con una nota de alarma. Sus ojos volvieron a la vieja dama. Ésta le contemplaba intensamente. El joven no recordaba haberla visto antes, ni sabía quién era, y no obstante en sus ojos parecía haber algo que le era ligeramente familiar.
La anciana se contempló la mano derecha. La estudió un instante como un poco intrigada y volvió a levantar la vista hacia él.
—¿No me conoces, Arthur...? —preguntó suavemente.
Había una nota de tristeza en su voz que él tomó por desengaño, teñido de reproche. Ante esto, el joven hizo lo posible por serenarse.
—Me temo..., me temo que no —confesó—. Usted... yo... eh... —Se atascó, y continuó con angustia—: Usted debe de ser... la tía de Thelma..., de la señorita Kilder, ¿verdad?
La anciana le miró fijamente unos momentos. El muchacho no comprendió su expresión.
—No —murmuró ella—, no soy la tía de Thelma.
La mirada del joven volvió a pasearse por el salón. Esta vez movió la cabeza con asombro.
—Todo es diferente... No, sólo a medias —manifestó con inquietud—. Oh, no puedo haberme equivocado...
Se interrumpió y volvió a contemplar el jardín.
—No, ciertamente no me he equivocado. ¿Pero qué... qué ha sucedido?
Su extrañeza ya no era simple; parecía tremendamente turbado. Sus asombrados ojos volvieron a posarse en la anciana.
—Por favor... no lo entiendo... ¿Cómo es que me conoce usted?
La creciente inquietud del muchacho la turbó a ella, obligándola a mostrarse más cauta.
—Te he reconocido, Arthur... Nos conocimos mucho antes, ¿no?
—¿De veras? No me acuerdo... Lo siento mucho...
—Pareces angustiado, Arthur. Coge aquella silla y descansa un poco.
—Gracias, señora... eh... señora...
—Dolderson —terminó ella.
—Gracias, señora Dolderson —dijo él, frunciendo el ceño al intentar situar el nombre.
La anciana le vio acercar la silla. Cada movimiento, cada rasgo le era familiar, incluso el mechón de pelo que le caía sobre la frente siempre que agachaba la cabeza. Él se sentó y estuvo callado unos momentos, mirando, con el entrecejo arrugado, hacia el jardín.
La señora Dolderson tampoco se movió. Se hallaba casi tan sorprendida como él, aunque no lo daba a entender. Obviamente, la idea de haber muerto era una tontería. Estaba como siempre, en su silla, dándose cuenta del dolor de la espalda, capaz de asir los brazos de la silla y sentirlos. No era un sueño..., todo estaba entrelazado, tan sólido, tan... real; muy diferente de como son las cosas en los sueños.
¿Sería una simple alucinación, un engaño de su mente al colocar el rostro de Arthur en un joven completamente distinto? Volvió a mirarle, No, no era eso. Él había contestado al nombre de Arthur y además llevaba su chaqueta. En la actualidad, las chaquetas ya no tenían aquel corte y hacía muchísimos años que los jóvenes no llevaban sombreros de paja.
¿Una especie de fantasma? Oh, no; Arthur era sólido; la silla había crujido al sentarse, los zapatos rechinaron sobre la grava. Además, ¿quién ha oído hablar nunca de un fantasma tan asombrado y, sobre todo, de un joven fantasma recién afeitado?


El muchacho interrumpió los pensamientos de la anciana al volver la cabeza.
—Creía que Thelma estaba aquí —observó—. Me lo había dicho. Dígame, por favor, dónde está.
Como un niño asustado, pensó ella. Deseaba consolarle, no asustarle más. Pero no se le ocurrió decir más que:
—Thelma no está lejos.
—Debo encontrarla. Ella me explicará lo ocurrido. 
Hizo ademán de levantarse.
La anciana posó una mamo sobre el brazo del joven, impidiéndoselo.
—Un momento. ¿Qué parece haber ocurrido? ¿Qué es lo que tanto te preocupa?
—Esto —agitó una mano, incluyendo cuanto le rodeaba—. Todo está diferente, pero es lo mismo... Y sin embargo, no lo es. Siento como si..., como si estuviera un poco loco.
Ella le miró fijamente y luego sacudió la cabeza.
—No lo creo. Dime, ¿qué te pasa?
—Venía hacia aquí para jugar al tenis... Bueno, para ver a Thelma, en realidad —añadió, corrigiéndose—. Todo estaba bien, como de costumbre. Iba por el sendero y dejé la bicicleta apoyada en el abeto que hay al comenzar la avenida. Empecé a caminar por ella y de pronto, al doblar la esquina de la casa, todo resultó... diferente.
—¿Diferente? —repitió la señora Dolderson—. ¿Diferente en qué?
—Bueno, casi en todo. El sol pareció convulsionarse en el cielo. Los árboles eran más grandes, no como antes. Las flores del jardín mostraban un color distinto. La enredadera cubría ya todo el muro... y de repente, sólo estuvo hasta media altura... y parecía otra clase de enredadera. Había otras casas más allá. Casas que no había visto nunca, pues allí sólo había un campo, al otro lado del huerto. Incluso la grava de la avenida estaba más amarilla de lo que recordaba. Y este salón... es el mismo de siempre. Conozco el escritorio, la chimenea y los dos cuadros. Pero el papel es diferente. Nunca lo había visto y sin embargo, no es nuevo. Por favor, dígame dónde está Thelma, quiero que me lo explique... Sí, debo de estar un poco loco...
La anciana le apretó el brazo con más fuerza.
—No —repuso con decisión—. Sea lo que sea, seguro que no es eso.
—Entonces... ¿qué...?
Se interrumpió bruscamente y escuchó ladeando la cabeza. El sonido fue en aumento.
—¿Qué es esto? —inquirió con ansiedad.
La señora Dolderson aumentó la presión de su mano.
—No pasa nada, Arthur... No pasa nada —le dijo como a un niño.
Sentía el aumento de la tensión en el joven a medida que crecía el ruido. Pasó por encima, a menos de trescientos metros, con los eyectores atronando el espacio, dejando atrás una estela de gas blanco, en tanto el aire se estremecía y gradualmente volvía a su anterior placidez.
Arthur lo contempló. Y lo vio desaparecer. Cuando volvió a mirar a la anciana, su rostro estaba blanco, muy asustado.
—¿Qué... —preguntó con voz temblorosa—, qué ha sido eso?
—Sólo un avión, Arthur —contestó ella, para obligarle a calmarse—. Oh, son terriblemente ruidosos.
Arthur miró hacia el sitio por donde se había desvanecido el aparato y sacudió la cabeza.
—Pero yo he oído aviones y los he visto. Y no son así. Este hacía un ruido como una motocicleta... pero más fuerte. ¡Era terrible! No lo entiendo..., no entiendo lo sucedido... —su voz sonaba patética.
La señora Dolderson iba a contestar, cuando de improviso recordó la charla con Harold referente a las dimensiones, a su trasmutación en planos diferentes, a sus implicaciones del tiempo en forma de otra dimensión. Con un destello intuitivo lo comprendió... No, comprender no era la palabra adecuada... Lo percibió. Pero al percibirlo se halló perdida, desorientada.
Miró otra vez al joven. Estaba tenso, temblando levemente. Se estaba preguntando si tenía el cerebro desquiciado. Bien, esto tenía que terminar. No existía ningún medio suave, pero ¿cómo hacerlo de otro modo?
—Arthur... —exclamó súbitamente. El muchacho la miró veladamente.
Con deliberación, la anciana habló con aplomo:
—Hallarás una botella de coñac en la alacena. Cógela, por favor, y trae dos copas.
Con un movimiento casi hipnótico, él obedeció. La anciana llenó para él un tercio de una copa con coñac, y se sirvió un poco menos.
—Bebe esto —le ordenó nuevamente. Él vaciló—. Vamos. Has sufrido una gran impresión. Te hará bien. Quiero hablar contigo y no puedo mientras no te hayas repuesto de la sorpresa.
Arthur bebió, tosió un poco y tomó asiento.
—Apura la copa —insistió ella. Él la apuró. La anciana se interesó—: ¿Te encuentras mejor?
El joven asintió, pero no dijo nada. Ella se decidió y respiró profundamente.
—Arthur, dime qué día es hoy.
—¿Qué día? —se sorprendió él—. Pues, viernes. El veintisiete de junio.
—El año, Arthur. ¿Qué año?
El muchacho volvió el rostro hacia ella.
—No estoy completamente loco, ¿sabe? Sé quién soy y dónde estoy... o eso creo. Es todo lo demás lo que está mal, no yo. Puedo asegurarle...
—Arthur, quiero que me digas el año.
La voz de la anciana era de nuevo autoritaria.
El joven mantuvo los ojos fijos en ella mientras hablaba.
—Mil novecientos trece, claro.
La mirada de la señora Dolderson volvió a concentrarse en el jardín y las flores. Asintió suavemente. Aquél era el año y había sido en viernes; qué extraño que ahora lo recordase. Debía de haber sido el veintisiete de junio. Pero, desde luego, fue un viernes del verano de 1913 el día en que él no acudió. Hacía tanto... tanto tiempo...
La voz del joven la devolvió al presente. Sonaba insegura por la ansiedad.
—¿Por qué me lo ha preguntado? Me refiero al año.
Su frente estaba muy arrugada, sus ojos muy ansiosos. Era muy joven. A la anciana le dolía por él el corazón. Volvió a coger con su mano frágil la fuerte de Arthur.
—Creo..., creo que ya lo sé —murmuró él, estremeciéndose—. Ignoro cómo, pero usted no me lo habría preguntado a menos que... Sucedió una cosa muy rara, ¿eh? Ya no estamos en mil novecientos trece, ¿verdad? ¿Quería decir eso? La forma de crecer los árboles..., el avión... —Calló, mirándola con los ojos muy abiertos. Y luego—: Tiene que decírmelo. Por favor, por favor, ¿qué me ha ocurrido? ¿Dónde estoy? ¿Qué es esto?
—Mi pobre muchacho... —murmuró ella.
—¡Oh, por favor...!
The Times, con el crucigrama resuelto a medias, se hallaba en una silla próxima. Lo cogió con reluctancia. Luego lo dobló y se lo entregó al joven. Al tomarlo, a él le temblaba la mano.
—Londres, lunes, primero de julio —leyó. Después, susurró con incredulidad—: ¡Mil novecientos sesenta y tres!
Bajó el diario y la miró suplicante.
La anciana asintió lentamente dos veces.


Estuvieron contemplándose sin hablar. Gradualmente, la expresión de Arthur cambió. Se le juntaron las cejas, como penosamente. Luego miró a su alrededor, con los ojos penetrantes aquí y allí, cual si quisieran escapar. Por fin, volvieron a fijarse en ella. Los cerró un momento. Después los abrió, llenos de dolor y miedo.
—¡Oh, no, no! ¡No! Usted no es..., no puede ser... Usted me dijo que era... la señora Dolderson. Dijo que lo era. Usted no es..., no puede ser... Thelma...
La señora Dolderson calló. Se miraron otra vez. El rostro de Arthur se arrugó como el de un chiquillo.
—¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! —gritó, ocultando la cara entre las manos.
La señora Dolderson entornó los ojos un instante. Cuando los abrió ya era dueña de sí. Tristemente, miró sus temblorosos hombros. Su mano izquierda, delgada, con muchas venillas azules, se tendió hacia la cabeza inclinada para acariciarle suavemente el cabello.
La mano derecha encontró el timbre que estaba sobre la mesita que tenía al lado.
Lo apretó, sin apartar el dedo.

Abrió los ojos al oír el movimiento. La persiana dejaba en la sombra la habitación, pero había luz suficiente para que divisase a Harold al lado de su cama.
—No quería despertarte, madre —se disculpó el joven.
—No me has despertado, Harold. Estaba soñando, pero no dormía. Siéntate, querido. Quiero hablar contigo.
—No te fatigues, madre. Has sufrido una leve recaída, ¿sabes?
—Sí, pero resulta más fatigoso estar intrigada que saber la verdad. No te entretendré mucho.
—Está bien, madre.
Acercó una silla a la cama y se sentó, cogiendo una mano de la anciana entre las suyas. Ella escrutó el rostro de su hijo en la penumbra.
—Lo hiciste tú, ¿verdad, Harold? ¿Fue tu experimento lo que trajo aquí al pobre Arthur?
—Fue un accidente, madre.
—Cuéntamelo.
—Estábamos comprobándolo. Sólo una prueba preliminar. Sabíamos que era posible teóricamente. Habíamos demostrado que sí podíamos... ¡Oh, es tan difícil de explicar! Si podíamos, bueno, doblar una dimensión, doblarla sobre sí, dos puntos normalmente separados tendrían que coincidir. Temo que esto no está muy claro...
—No importa, querido. Adelante.
—Bien, cuando tuvimos dispuesto nuestro generador distorsionador del campo, lo doblamos para unir dos puntos separados normalmente cincuenta años. Piensa en una tira de papel doblada en dos marcas, de modo que coincidan las marcas.
—Sí...
—Fue muy arbitrario. Pudimos escoger diez años o cien, pero elegimos cincuenta. Y nos acercamos de manera asombrosa, madre, muy asombrosa. Sólo cometimos un error de cuatro días en cincuenta años. Esto nos dejó estupefactos. Lo que ahora hemos de hacer es descubrir el origen del error, pero si nos pidieras que apostásemos, nosotros...
—Sí, querido. Estoy segura de que fue maravilloso. ¿Pero qué sucedió?
—Oh, lo siento. Bueno, como dije, fue un accidente. Sólo tuvimos el aparato conectado tres o cuatro segundos y él debió penetrar entonces en el terreno de la coincidencia. Una probabilidad entre un millón. Ojalá no hubiese sucedido, pero no podíamos prever...
La anciana giró la cabeza sobre la almohada.
—No, no podían preverlo —concedió—. ¿Y después?
—Realmente, nada. No supimos nada hasta que Jenny contestó a tu timbrazo y te encontró desmayada y a ese individuo, Arthur, completamente desquiciado; entonces, fue a buscarme.
»Una de las doncellas te ayudó a llegar hasta la cama. Vino el doctor Sole y te reconoció. Luego, le dio un tranquilizante a ese Arthur. El pobre chico lo necesitaba... Claro, es algo terrible lo que le sucedió, cuando sólo esperaba jugar un partido de tenis con su chica.
»Cuando se calmó, nos dijo quién era y de dónde venía. ¡Bueno, era algo estupendo! Una prueba vivida accidental al primer experimento.
»Pero lo único que el pobre muchacho quería era regresar lo antes posible. Estaba muy angustiado... Sí, un mal asunto. El doctor Sole quiso ponerle bajo sedantes para que no se volviera loco. Lo parecía, aunque cuando volvió en sí no daba la impresión de estar mejor.
»Ignorábamos si podíamos hacerle regresar. La transferencia hacia adelante, para expresarlo toscamente, puede considerarse como una aceleración infinita de una progresión natural, pero la idea de la transferencia "hacia atrás" está llena de implicaciones desconcertantes, cuando se reflexiona en ello. Hubo un debate, pero el doctor Sole lo solucionó. Sólo con que existiese una posibilidad mínima, dijo, el sujeto tenía derecho a intentarlo, y nosotros estábamos obligados a tratar de deshacer lo que habíamos hecho. Aparte de esto, si no lo intentábamos, tendríamos que explicar cómo teníamos en nuestras manos un chiflado, y naturalmente, apartado cincuenta años de su curso.
»Intentamos hacerle comprender a Arthur que no estábamos seguros de que la operación tuviese éxito al revés; además, existía el error de cuatro días, de modo que el regreso no sería exacto. Creo que no lo entendió. El pobre chico estaba en un estado lamentable; sólo quería una probabilidad, cualquier clase de probabilidad, para largarse de aquí. Era una idea fija.
»De modo que decidimos correr el riesgo; al fin y al cabo, si no era posible, él... Bueno, no se enteraría ni ocurriría nada en absoluto.
»El generador aún estaba en la misma dirección. Pusimos un tipo a la tarea, colocamos a Arthur en la avenida que da al salón, y lo alineamos con la máquina.
»Le indicamos que caminara, tal como cuando ocurrió.
»Dimos la señal de funcionamiento. Claro que a causa del sedante administrado por el médico y todo lo demás, Arthur estaba muy alicaído, pero hizo lo que pudo para sobreponerse. Empezó a avanzar, tambaleándose. Un chico obstinado; casi lloraba, pero con voz extraña y desafinada se puso a cantar: Todo el mundo lo hace, lo hace...
»De repente desapareció, se esfumó por completo. —Harold calló y añadió a pesar suyo—: Las pruebas que ahora poseemos no son muy convincentes..., una raqueta de tenis prácticamente nueva, pero muy anticuada, y un sombrero de paja.
La señora Dolderson continuó tendida en la cama sin hablar.
—Hicimos lo que pudimos, madre —agregó su hijo—. Sólo podíamos intentarlo.
—Naturalmente, querido. Y tuvieron éxito. No fue culpa tuya que no pudieran deshacer lo hecho. No, me preguntaba solamente qué habría ocurrido si hubiesen puesto en funcionamiento esa máquina unos minutos antes o después. Aunque supongo que esto era imposible, de lo contrario tú no habrías sido tú.
Harold la miró con inquietud.
—¿Qué quieres decir, madre?
—Nada, querido. Hiciste lo que pudiste... y espero que esto haya sido lo mejor...
—Estaba muy angustiado ante la idea de que le mantuviéramos aquí. Se habría vuelto loco. ¿Qué podíamos hacer?
—No lo sé..., nada. Supongo que estaba escrito...


—¿Por qué crees que conseguimos hacerle regresar, madre?
—Sé que lo lograron, querido. —Hizo una pausa, y con voz queda, como recordando algo, citó—: "Arthur Waring Batley. Subteniente, por heridas recibidas en acto de combate en Francia. Tres de noviembre de mil novecientos quince".
Cerró los ojos y de ellos se escapó una lágrima que resbaló lentamente por su mejilla. Harold sacó su pañuelo para secársela. Ella le apretó la mano, pero no habló. Muy arriba, fuera de la casa, el estruendo de un jet fue creciendo y acabó por enmudecer.
—No me apena irme —murmuró la señora Dolderson—. Me dolerá dejarte, Harold, querido, pero esto es lo único que me importará cuando llegue el momento. Tal vez yo sea un poco como el pobre Arthur: No me gusta mucho tu mundo... ni las cosas que enseña a hacer.

FIN

2026/06/29

Un sentido de belleza (Robert Taylor)


Título original: A Sense of Beauty
Año: 1968


Su piel era oscura, en contraste con la blancura nívea de las sábanas de la cama, pero no tanto como para que no brillara con un fulgor marfileño y translúcido. La luz de la luna se hallaba oculta por unas pesadas cortinas que cubrían la ventana, pese a lo cual las uñas de la muchacha relucían como extraños trocitos de perla. Estaba tendida en la cama, respirando suavemente, sumida en aquel mar de penumbras que inundaba la habitación.
Fuera, en la lejanía, el verdadero océano rompía contra las rocas con un ritmo cadencioso e incesante y arañaba la arena de la playa con sus dedos ondulantes movidos por la energía acumulada durante millones de años en su extensa y oscura profundidad. Escuchando muy atentamente, casi se podía oír la cruel restregadura de los millones de partículas de arena que las olas arrojaban contra la escollera, así como el ruido de la sólida roca que comenzaba a henderse y a separarse del continente. ¡Incluso se podía oír cómo el mundo entero comenzaba a deslizarse para precipitarse en el mar!
Kurt se hallaba tendido junto a la muchacha sobre las blancas sábanas de la cama, que ahora, debido al calor de sus cuerpos, parecía que iban a arder. Intentó dejar flotar su imaginación en ese mundo de colores arremolinados y placenteros sonidos que yace junto al borde del sueño, pero algo seguía atormentando su mente; algo que, en cualquier momento, podía convertirse en una realidad.
Aquel extraño lugar le hacia sentirse incómodo, y volvió a recordar con anhelo las altas ciudades amuralladas, las infinitas llanuras de arena y los grandes depósitos de agua de su tierra. De nuevo sintió deseos de abandonar aquel lugar y a la muchacha que yacía junto a él en la cama. Ella no estaba dormida, sino en ese estado de letargo existente entre el sueño y la vigilia.
Kurt sintió cómo los dedos de la muchacha se deslizaban por su brazo cual un gigantesco insecto de cinco patas para detenerse finalmente en su muñeca. Luego se la apretó, la acarició suavemente, palpándola con delicadeza, como si estuviera buscando alguna cosa.
Había algo en ella que le resultaba muy extraño. Sus ojos parecían demasiado abiertos para el mundo en que se hallaba. Daba la impresión de que lo comprendía todo, aunque no lo daba a entender. Incluso cuando no lo miraba sentía la extraña sensación que ella lo estaba observando. "Siente unas ansias tan intensas de saber, que lo devora todo —pensó Kurt—. Todos los seres primitivos son así".
Kurt sintió que algo hurgaba su piel, como si un soplo de viento se deslizase sobre ella dejando caer a su paso unas gotas de ardiente rocío.
Hubo un momento en que le pareció que la muchacha podía ver a través de él y leer sus pensamientos.
Los dedos de la joven dejaron de moverse y le sujetaron firmemente la muñeca. En la oscuridad de la habitación, Kurt sintió sobre su piel la suavidad y el calor de aquellos dedos.
Fuera, en la lejanía, el océano continuaba rugiendo, fluctuando rítmicamente como un gigantesco corazón. Se oía el ruido de las rocas chocando unas con otras, elevándose en el aire, y luego un chapoteo que era ahogado por el bramido de las enormes y enfurecidas olas. El continente era ahora un poco más pequeño.
La muchacha se movió en la cama y gimió:
—¿Kurt?
La voz tembló en la noche y Kurt se estremeció sintiendo un miedo irracional. La tensión que ardía dentro de su cuerpo hizo que moviera sus dedos.
—Sí, dime —respondió Kurt, presintiendo lo que la muchacha iba a preguntarle.
—Kurt —dijo ella, retirando sus dedos de la muñeca de él—, eres un extraterrestre, ¿verdad?
Kurt dirigió su mano a la mesita de noche que estaba junto a la cama y tomó un cigarrillo. Lo encendió e inhaló profundamente, casi con fruición, su delicado aroma. Tendido en el lecho, envuelto en la negra oscuridad, dirigió su mirada al invisible techo. Sentía un extraño y agradable calor en el pecho. Sin embargo, algo violento se agitaba dentro de él y temió que aquello explotase de repente en cualquier momento.
—Quiero decirte —dijo ella, volviéndose hacia él y apoyándose en un codo— que creo que procedes de otro planeta, de otro sistema estelar.
Kurt se levantó suavemente de la cama, se puso la bata y se dirigió a la ventana. El aire fresco de la noche acarició sus mejillas. Descorrió las cortinas de la ventana para que la luz de la luna penetrase en la habitación.
Allá arriba, en el firmamento, la Luna, tan inmensa, tan brillante, proyectaba sobre la Tierra una extraña luz de plata. ¡Y con cuánta rapidez se movía detrás de las nubes! Pero no era así, una vez más se había vuelto a equivocar: No era la luna la que se movía, sino las nubes.
Kurt recordó en aquel momento cómo las tres diminutas lunas de su mundo brillaban algunas veces en el cielo, iluminando con sus rayos las extensas llanuras de arena de su planeta. "¡Oh, Señor! —se dijo Kurt—. ¡Qué océano de luz podría hacer esta luna en aquel desierto! Cualquier hombre quedaría cegado ante tanto fulgor".
Fuera, en la lejanía, el mar estaba radiante bajo la luz de la luna, meciéndose suavemente.
—¡Cuánto brilla la Luna! —exclamó Kurt—. Nunca había visto una cosa tan grande. 
Hizo una pausa y luego añadió tenuemente:
—¿Cómo llegaste a saber que yo era un extraterrestre?
—No lo sé exactamente —respondió ella—. Creo que empecé a sospecharlo al observar tu extraña forma de hablar, de caminar, de tocarme. Sí, noté algo misterioso en ti. Miras las cosas de un modo distinto, y, además, reaccionas de una forma muy extraña. Asimismo, cuando hablas, parece que mezclas varios idiomas. Me di cuenta que eras casi perfecto, pero, con todo, había algo en tu persona que no encajaba bien. No podía asegurar qué era, pero estaba plenamente segura que había algo anormal. Aparte de esto, observé que tu corazón no estaba en el mismo lugar en que lo tenemos los terrestres, y, además, latía con demasiada lentitud y con mucha fuerza.
Kurt se volvió hacia ella y contempló su hermoso cuerpo bañado por los rayos de plata de la luna, sus ojos y sus labios, húmedos, brillantes. Luego alzó su mirada y observó un cuadro que había colgado en la pared, un turbulento remolino de colores. Indudablemente, se trataba de una copia, pero era imposible distinguirla del original.
—Creo que necesito beber algo —dijo Kurt. Rápidamente se dirigió a la cocina.
Instantes después regresó con una botella muy grande, de color azul plateado por el líquido que contenía. Vertió un poco del mismo en un vaso de la misma forma que se vierte un metal fundido en un molde. Bebió unos sorbos y sintió una gran frialdad dentro de su cuerpo. Entonces, toda aquella violenta tensión que le había estado carcomiendo por dentro desapareció como por encanto.
La muchacha surgió de la oscuridad. Su cuerpo se hallaba cubierto ahora con una ligera y transparente bata. Sus largos cabellos negros descendían por sus hombros, deslizándose como un río.


—Lo lamento mucho —dijo ella—. No pensé que iba a molestarte tanto con lo que comenté.
—¿Cómo puedes decir tal cosa? —le respondió Kurt, volviéndose hacia ella—. Va contra toda lógica el hacer una acusación de esa índole.
La muchacha sonrió. Luego, después de una pausa, añadió:
—Creo que nosotros, los humanos, no somos muy lógicos.
—¿Pretendes darme a entender que yo no soy un humano?
—No, no, no quise... —balbuceó la joven, temblorosa.
—Pero lo dijiste, al menos subconscientemente —acotó Kurt—. Debías haber dicho: "Nosotros, los primitivos, no somos muy lógicos".
—Perdóname, lo siento mucho —dijo ella, sonriendo.
Kurt se volvió, tomó un vaso de la mesa y se lo tendió a la muchacha.
—Toma, bebe; no creo que te haga ningún daño beber un poco de esto. Puedes estar segura que eres la primera persona de este planeta que paladea un licor de mi mundo.
Kurt la observó con atención mientras la muchacha se llevaba lentamente el vaso a sus labios y dejaba que aquel misterioso y frío líquido azul fluyese dentro de su roja y ardiente boca. Bebió unos sorbos y luego depositó el vaso sobre la mesa. Sus labios se estremecieron y la muchacha hizo una mueca de asombro. Luego se sonrió y dijo a Kurt:
—¡Qué frío es este licor tan extraño!
—Seguramente esperabas que fuese algo distinto. ¿Qué te ha parecido el sabor?
—No podría definirlo... Me parece extraño... Tengo la impresión de estar viendo un espacio muy oscuro y unos soles deslumbrantes, así como una lluvia de polvo descendiendo sobre unas llanuras desérticas, sin vida.
—Pues cuando yo lo bebo —respondió Kurt—, siempre recuerdo mi lejano planeta, su aire seco y las extensas llanuras de arena parecidas a un océano de piedras preciosas sobre las que se reflejan los rayos de las estrellas.
Acto seguido, Kurt abrió la puerta que daba a una terraza desde la que se dominaba el mar.
—Salgamos fuera un rato —dijo a la muchacha.
Ella se irguió, caminando tras él a lo largo de la pequeña valla que bordeaba la terraza, y desde la cual se veían, al fondo, las negras olas de un mar embravecido que rompían furiosamente contra las rocas del acantilado. Kurt se apoyó en la barandilla de la terraza y se puso a mirar hacia abajo, contemplando la ardiente fosforescencia de las olas. Mientras tanto, los rayos de la luna arrancaban misteriosos destellos del vaso de cristal que sostenía en la mano, aún lleno de aquel extraño licor.
—Todo lo que es extraño y hermoso —dijo Kurt— llena el alma de una misteriosa admiración, de una paz inmensa. ¡Qué raro y hermoso es el océano! Háblame del océano.
La muchacha se acercó a él, sosteniendo aún el vaso en su mano, los cabellos flotando en el viento cual una cascada de ondas negras en las que se reflejaban los rayos de plata de la luna. Se arrimó a él, suavemente, como un niño contra el seno de su madre, como las primeras caricias del sueño sobre nuestros párpados. La muchacha desprendía cierto olor característico, el olor de los seres primitivos criados con carne y leche; pero a Kurt no le pareció desagradable; era simplemente un olor extraño al que no estaba acostumbrado.
La muchacha se volvió hacia él y lo miró, con una rara sonrisa en sus labios, con un extraño destello en sus negros ojos.
—¡Oh, el mar! —musitó ella—. El océano es la madre de todo lo que tiene vida en la Tierra.
—¿De verdad?
—Desde luego —respondió la muchacha, casi riéndose—. ¡Tienes que saber esto!
—Pero... —Kurt se detuvo y permaneció silencioso durante largos segundos; y cuando de nuevo volvió a hablar, lo hizo con una voz que casi parecía un sollozo—. Mi mundo perdió sus océanos hace un millón de años. Mis antepasados quedaron enarenados en ellos hace veinticinco mil años, después del Éxodo desde el Centro.
—¡Oh, lo siento mucho, discúlpame! —exclamó ella.
—No te preocupes, ya no se puede hacer nada. Existen algunos habitantes de mi planeta a los que les gustaría saber lo qué me has contado, pero, dada su inteligencia, no creo que pudieran comprenderlo. Anda, continúa hablándome del océano.
—¿Qué tipo de inteligencia tienen los habitantes de tu planeta?
—Muy elevada; pero sigue hablándome del océano.
—¿Qué más puedo decirte del mar? —respondió la muchacha—. Es la Madre Oscura de toda vida, fluye incluso en nuestra sangre, late en nuestros corazones. Es oscuro y eterno. Hace vibrar nuestras almas, nos llama. Continuará en la Tierra cuando nosotros nos hayamos muerto. Continuará en la Tierra cuando las llamas del Sol se apaguen para siempre.
Kurt tomó otro sorbo del vaso. Sabía lo que iba a pasar; estaba tan seguro de ello como del ruido que hacían las olas del mar al romperse contra las rocas del acantilado. Después de unos instantes de silencio, añadió:
—Supongo que algunos de los seres de mi planeta aún conservan algún vago recuerdo del océano, a pesar de lo lejos que están del mar que en principio les dio la vida. Hay algo extraño dentro de mí que me obligó a alquilar esta casa frente al mar; algo que no tiene nada que ver con la búsqueda de un lugar solitario. Quizá sentí la llamada del mar.
Arriba, en el cielo, la luna continuaba bañando con sus rayos de plata a la pareja, lo mismo que habría hecho con otros millones de otras parejas durante miles y miles de años.
—¿Qué era eso del Éxodo desde el Centro del que me hablabas antes? —preguntó la muchacha.
—Hace veinticinco mil años, el imperio en el núcleo central de la galaxia se disolvió en un movimiento de anarquía y de caos. Todos los que pudieron huyeron y se refugiaron en otra galaxia, y otros, incluso, llegaron más lejos, hasta este planeta. Sin duda alguna, la Tierra fue poblada de este modo. Así, es muy probable que los habitantes de mi galaxia y los de la Tierra seamos primos lejanos, muy lejanos.
Kurt quería seguir hablando; quería contarle a la muchacha cosas de su planeta; quería hablarle de las naves de su galaxia, que se deslizaban por la arena de sus desiertos iluminados por las tres pequeñas lunas, pero no podía. Kurt acababa de darse cuenta que un enorme abismo los separaba. Ella era un ser primitivo, más emotivo que él. El mar latía con mayor intensidad en la sangre de la muchacha que en la suya. Ella estaba más en contacto con la naturaleza que él; y más controlada por los ciclos de la misma.
—¿Cuánto tiempo hace que estás aquí? —preguntó ella.
—Dos años.
—¿Tanto tiempo? —dijo extrañada la muchacha—. Supongo que aún continúas estudiándonos a nosotros.
—Eso, y coleccionando... —Kurt se detuvo sobresaltado, temiendo haber hablado demasiado. De haber proseguido, seguramente la muchacha habría adivinado sus intenciones. Y Kurt tenía muy buenas razones para que la joven las ignorase.


—¿Coleccionando qué? —inquirió la muchacha.
—Obras de arte, de literatura...
—Ya veo; estás estudiando nuestra cultura... ¿Cuándo piensas decirme quién eres realmente?
—No pienso hacerlo —respondió él, con sequedad.
—¿Por qué no? Si ya has conseguido lo que pretendías, no puedes marcharte de mi planeta sin decirme quién eres. ¿Qué opinión te has formado de nosotros, los terrestres? ¿Somos demasiado beligerantes? Si lo somos, puedes ayudarnos.
Kurt deseó que la muchacha se callase, que permaneciese en silencio, pero ya era tarde.
Ella había ido muy lejos; sabía demasiado, o había adivinado demasiado.
Durante unos instantes, Kurt permaneció callado. Luego, cuando volvió a hablar, lo hizo con un tono como si se sintiese avergonzado de algo, como si estuviese plenamente convencido de no estarse comportando bien.
—¿Por qué motivo los habitantes de mi galaxia tendríamos que ayudarles? Abandonaremos este planeta solamente nosotros. Hay una razón muy poderosa.
—¿Cuál? —preguntó ella, con ansiedad.
—El cerco vital que envuelve su planeta —respondió Kurt, dirigiéndose lentamente hacia la casa—. Ya es tarde; no hay tiempo.
El misterioso extraterrestre parecía hablar consigo mismo más que con la muchacha.
Luego, de repente, se volvió hacia la joven, clavó su mirada fijamente en ella y le dijo:
—Dentro de cien años, su sol entrará en las primeras fases de novación.
La joven dio unos pasos atrás, separándose bruscamente de Kurt. Estaba aterrorizada.
—Pero ustedes podrían ayudarnos, evacuarnos a otro sistema estelar. Podríamos serles de mucha utilidad. No pueden dejarnos morir.
—¿Por qué no? Nosotros no tenemos la culpa. El universo los está destruyendo. Es como si nosotros nunca nos hubiéramos encontrado.
—¡Pero ustedes están ahora aquí! ¡No pueden pretender que no lo están!
Kurt permaneció silencioso. Algo macabro se agitaba en su mente.
—Yo no soy mi propio dueño —respondió el extraterrestre—. Existen otros...
—Entonces —dijo asombrada la muchacha—, ¿qué es lo que hacen aquí?
—Estamos para recoger todas las obras de arte, de literatura, para salvarlas de las llamas.
—¿Se llevan nuestras obras de arte y nos dejan abandonados a la muerte? ¿Es que no tienen sentimientos? ¿Es que no son capaces de amar?
—En el sentido en que ustedes entienden esas palabras, no. Sólo siento algo de lo que ustedes sienten; nuestros sentimientos no son los mismos. Con todo, las emociones de nuestro pueblo son miles de veces más fuertes que las de sus maestros. Nuestro pueblo tiene un sentido de la belleza que ningún habitante de otras galaxias posee; y por este motivo somos los coleccionistas de obras de arte de nuestra galaxia.
Kurt se quedó callado durante unos instantes, sonrió tristemente y luego añadió:
—Es algo maravilloso el poseer una obra de arte seleccionada por algunos de nosotros, porque entonces sabemos que se trata de una cosa verdaderamente hermosa, incluso aunque uno no lo sienta.
Kurt contempló a la muchacha con tristeza, o al menos con lo que él podía entender por este sentimiento. Luego la miró fijamente a los ojos y le dijo:
—Nosotros somos los críticos de la galaxia, y ustedes, los seres primitivos, los creadores. Su precaria inmortalidad depende de nosotros. Ustedes fenecen, pero sus obras permanecen...
—Pero, ¿por qué me necesitas a mí? —dijo ella, mirándole horrorizada.
—Porque aunque pertenezco a un mundo muy lejano, soy un hombre, y tú eres muy hermosa. Sé apreciar las cosas bellas.
La muchacha se apartó de él, empujándole con todas sus fuerzas contra la barandilla de la terraza. Luego le dijo con una mezcla de odio y terror en su voz:
—¡Eres un monstruo! Sí, eso es lo que eres.
Kurt le tendió los brazos y le respondió:
—Por favor, yo...
—¡No! Aléjate de mí.
Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de la muchacha y se deslizaron cual gotas de rocío por sus mejillas.
Abajo, en el fondo del acantilado, el océano continuaba rugiendo como un gigantesco corazón, mientras que en el cielo algunas aves nocturnas que habían perdido su orientación piaban quejumbrosamente.
Kurt avanzó hacia ella, diciéndole:
—Por favor, no llores. Ustedes no tienen por qué preocuparse; disponen de cien años, por lo menos. Quizá puedan encontrar el modo de salvarse.
—¡Aléjate de mí! —gritó la joven.
Trató de huir, pero tropezó contra la barandilla de la terraza. La vieja madera de la barandilla, expuesta durante años a la acción corrosiva del aire salino, al sol y al frío, empezó a resquebrajarse. Lentamente, una parte de la misma fue cediendo hacia atrás.
Kurt tomó a la muchacha por la mano, pero ella, con una mirada de desprecio en sus ojos, la soltó.
No gritó. Durante toda su caída hacia el fondo del acantilado, no profirió un solo grito.
La Luna se reflejó en el cristal del vaso mientras éste caía cual una gota de lluvia sobre las rocas del acantilado, para hundirse finalmente en las blancas olas del océano, oscuro y eterno. Hubo una pequeña salpicadura..., y las negras aguas devoraron su presa.
Kurt se volvió y se encaminó hacia la casa mientras observaba en el cielo la única estrella que se movía entre todas las demás. Ya era hora de regresar a su galaxia.
Mientras, en el fondo del acantilado, las olas se rompían contra las rocas brillando con luz fosforescente.
Kurt se hallaba de nuevo en la astronave. La atmósfera dentro de la misma tenía un fuerte olor a ozono.
Quería hacer algo importante, pero no sabía qué.
Detrás de él, unos hombres se hallaban trasladando su equipo a los compartimientos de seguridad, mientras que otros acondicionaban la preciosa carga en recipientes especiales para preservarla de cualquier daño. Kurt había cumplido bien su misión, archivando todas las obras de arte y literatura que había descubierto en la zona que le había sido asignada. Deseó que los demás miembros de aquella astronave, al igual que todos los que exploraban otras áreas del planeta, hubiesen cumplido igualmente bien la misión encomendada.
Su primer oficial se acercó lentamente a él y le dijo:
—Es usted el último en llegar a bordo, señor. Todo está listo para dirigirnos al punto de la cita en el espacio.
—Adelante entonces —respondió Kurt.
Se oyó una ligera vibración cuando la astronave se puso en marcha. Kurt se dirigió a su cámara, sintiendo dentro de él un extraño y doloroso vacío.


En la pantalla vio el llameante Sol, ahora ya lejos, y muy atrás, descendiendo con lentitud en el horizonte. Un día no muy lejano, aquel astro sufriría una violenta expansión, mediante un proceso que no todos los terrestres comprenderían completamente, para convertirse en una supernova, más brillante que mil soles, que abrasaría todos los planetas de su sistema...
Y otro planeta creador de belleza se perdería para siempre.
Kurt sintió entonces una imperiosa necesidad de llorar, igual que había hecho la muchacha momentos antes de su triste fin, de su hermoso fin; pero hacía veinticinco mil años que los habitantes de su galaxia habían olvidado lo que significaba llorar.
De repente, se oyó un estruendo que se extendió por todo el universo hasta sus capas más profundas. Al principio, Kurt pensó que era el recuerdo del bramido de un océano que su pueblo había perdido hacía ya muchos años, pero entonces se dio cuenta que era el ruido de su propia sangre, deslizándose impetuosamente por sus oscuras y eternas venas.

FIN

2026/05/25

Nueve vidas (Ursula K. Le Guin)


Titulo original: Nine Lives
Año: 1968


Estaba viva por dentro pero muerta por fuera; su rostro era una negra red de arrugas, tumores y grietas. Era calva y ciega. Los temblores que cruzaban el rostro de Libra eran simples estremecimientos de corrupción: Debajo, en los negros pasillos, había crepitaciones en la obscuridad, fermentos, pesadillas químicas que se prolongaban desde hacía siglos.

—¡Asqueroso planeta! —murmuró Pugh, mientras la cúpula retemblaba y un forúnculo reventaba a un kilómetro al sudoeste, esparciendo pus plateado a través del crepúsculo.
—Me gustaría ver un rostro humano.
—Gracias —ironizó Martín.
—El tuyo es humano, desde luego —dijo Pugh—, pero lo he visto tanto que ya no puedo verlo.
Unas señales aparecieron en el intercomunicador que Martín estaba manipulando, desaparecieron y volvieron en forma de rostro y voz. El rostro llenó la pantalla: Nariz de un rey asirio, ojos de un samurai, piel bronceada, ojos color de hierro. Era joven y espléndido.
—¿Es ese el aspecto de un ser humano? —inquirió Pugh asombrado—. Lo había olvidado.
—Cállate, Pugh. Estamos en contacto.
—Base Misión Exploradora Libra, conteste, por favor. Ésta es la nave Passerine.
—Aquí Libra. Todo preparado. Pueden descender.
—Expulsión dentro de siete segundos terrestres. Esperen.
Las señales de la pantalla desaparecieron.
—¿Todos tienen ese aspecto? Martín, tú y yo somos más feos de lo que creía.
—Cállate, Owen.
Martín siguió el descenso de la nave a través de la pantalla durante veintidós minutos; luego pudieron verla más allá de la cúpula, una pequeña estrella en el oriente color sangre, hundiéndose. Se posó silenciosamente, ya que la tenue atmósfera de Libra apenas transportaba sonido.
Pugh y Martín cerraron las escafandras de sus trajes, abrieron las cámaras de aire de la cúpula y corrieron a saltitos, cual Nijinsky y Nureyev, hacia la nave. Tres módulos salieron flotando a intervalos de cuatro minutos uno de otro, y a intervalos de cien metros al este de la nave.
—Pueden salir —dijo Martín por la radio portátil—. Les esperamos en la puerta.
La escotilla se abrió. El joven que habían visto en la pantalla asomó con un quiebro gimnástico y saltó al polvo y a las escorias de Libra. Martín agitó la mano, pero Pugh estaba mirando hacia la escotilla, de la cual surgió otro joven con el mismo quiebro gimnástico, seguido por una joven que emergió con el mismo quiebro gimnástico. Todos eran altos, con la piel bronceada, los cabellos negros, la nariz aguileña, el mismo rostro. Todos tenían el mismo rostro. El cuarto estaba saliendo por la escotilla con el mismo quiebro gimnástico.
—Martín —dijo Pugh—, tenemos un clon.
—Exacto —dijo uno de ellos—. Somos un clon de diez. El nombre es John Chow. ¿Es usted el teniente Martín?
—Soy Owen Pugh.
—Álvaro Guillén Martín —dijo Martín, ceremonioso, inclinándose ligeramente.
Otra joven estaba saliendo, el mismo bello rostro; Martín la miró, y de su pecho escapó un suspiro. Era evidente que nunca había pensado en la clonación y estaba sufriendo una conmoción tecnológica.
—Tranquilo —le dijo Pugh, hablándole en castellano—. Esto no es más que un exceso de mellizos.
Permanecía pegado al codo de Martín; el contacto le tranquilizaba.
El primer encuentro con un desconocido resulta difícil. Incluso el mayor extravertido, en su primer encuentro con el más amable de los desconocidos, experimenta cierto temor, aunque es posible que lo ignore. ¿Me engañará? ¿Destruirá la imagen de mí mismo? ¿Me invadirá? ¿Me cambiará? ¿Será distinto a mí? Eso es lo terrible: El misterio de lo desconocido.
Tras dos años de estancia en un planeta muerto —y el último medio año aislados como un equipo de dos— resulta todavía más difícil recibir a un desconocido, por mucho que se desee su llegada; se ha perdido la costumbre de diferenciar, se ha perdido el tacto; y revive el temor, la ansiedad primitiva.
Los clones, cinco varones y cinco hembras, habían realizado en un par de minutos lo que para un solo hombre requería veinte: Saludar a Pugh y a Martín, echar una ojeada a Libra, descargar la nave, prepararse para entrar. Entraron y la cúpula se llenó con ellos, un enjambre de doradas abejas. Zumbaban silenciosamente, llenando todos los silencios, todos los espacios, con un hormiguear de presencia humana. Martín miró con una expresión de asombro a las esbeltas muchachas y ellas le sonrieron, tres a la vez. Su sonrisa, más amable que la de los jóvenes, era igualmente pagada de sí misma.
—Pagada de sí misma —murmuró Owen Pugh, dirigiéndose a su amigo—, eso es. Ser uno mismo diez veces. Nueve segundos para cada movimiento, nueve síes en cada voto. ¡Sería glorioso!
Pero Martín estaba dormido. Y todos los John Chow se habían acostado inmediatamente. La cúpula estaba llena de su tranquila respiración. Eran jóvenes, no roncaban. Martín suspiraba y roncaba. Finalmente, el propio Pugh se quedó dormido y soñó en un gigante de un solo ojo que le perseguía a través de las trepidantes salas del Infierno.
Desde su saco de dormir, Pugh contempló el despertar de los clones. Todos se levantaron en el espacio de un minuto, excepto una pareja, un joven y una muchacha, que permanecían fuertemente enlazados y todavía durmiendo en un saco. Uno de los otros se acercó a la pareja. Los durmientes se despertaron y la muchacha se incorporó, ruborizada y soñolienta, con los dorados senos al aire. Una de sus hermanas le murmuró algo; ella miró de soslayo a Pugh y desapareció en el interior del saco de dormir, seguida por una risa entre dientes, una furiosa mirada desde otra dirección, y desde otra dirección una voz:
—Estamos acostumbrados a dormir solos. Espero que no le importe, capitán Pugh.
—Es un placer —dijo Pugh, sin faltar del todo a la verdad.
A continuación tuvo que levantarse, llevando únicamente los calzoncillos con los cuales dormía, y se sintió como un pollo desplumado, huesudo y granujiento. A menudo había envidiado el robusto y moreno cuerpo de Martín. El Reino Unido había salido bastante bien librado de la Gran Escasez, perdiendo menos de la mitad de su población, una marca alcanzada mediante un riguroso control de los alimentos. Los estraperlistas y los acaparadores habían sido ejecutados. Las migajas fueron compartidas. En tanto que en países más ricos muchos habían muerto y algunos habían engordado, en la Gran Bretaña murieron menos y ninguno engordó. Todos adelgazaron. Sus hijos fueron delgados, sus nietos delgados, pequeños, de osamenta frágil y susceptibles a las infecciones. Habían substituido la supervivencia de los más aptos por la supervivencia de los honestos. Owen Pugh era bajito y delgado. Pero, con todo, estaba allí.
En aquel momento deseó encontrarse muy lejos. 
Durante el desayuno, un John dijo:
—Ahora, si usted lo desea, capitán Pugh...
—Adelante.
—Desarrollaremos nuestro propio plan. ¿Alguna novedad en la mina desde el último informe a la Misión? Vimos los informes cuando el Passerine estaba orbitando el Planeta V, donde ahora se encuentran ellos.
Martín no dijo nada, a pesar de que la mina era descubrimiento y proyecto suyos, y Pugh tuvo que apechugar con la tarea. Resultaba difícil hablar con ellos. Las mismas caras, cada una de ellas con la misma expresión de inteligente interés, todas inclinadas hacia él a través de la mesa y casi en el mismo ángulo. Todos asentían a la vez.
Sobre la insignia del Cuerpo de Explotación que lucían en sus monos, cada uno de ellos llevaba un nombre, el de pila John y el apellido Chow, desde luego, pero con un nombre central distinto. Los hombres eran Aleph, Kaph, Yod, Gimel y Sameh; las mujeres Sadhe, Daleth, Zayin, Beth y Resh. Pugh intentó utilizar los nombres, pero renunció inmediatamente; a veces ni siquiera sabía cuál de ellos había hablado, ya que todas las voces eran iguales.
Martín untó de mantequilla y masticó su tostada, y finalmente intervino:
—Ustedes son un equipo, ¿no es cierto?
—Exacto —dijeron dos John.
—¡Dios, qué equipo! Hay algo que no comprendo. ¿Hasta qué punto sabe cada uno de ustedes lo que los otros están pensando?
—Ninguno sabe lo que piensan los otros, estrictamente hablando —respondió una de las muchachas, Zayin; los otros la contemplaron con una mirada de aprobación—. Entre nosotros no existe telepatía ni nada por el estilo. Pero pensamos igual. Tenemos exactamente el mismo equipo. Sometidos al mismo estímulo, al mismo problema, lo más probable es que experimentemos las mismas reacciones y encontremos las mismas soluciones al mismo tiempo. Las explicaciones resultan fáciles: Normalmente, no necesitamos recurrir a ellas. Rara vez hay disensiones entre nosotros. Esto facilita nuestro trabajo de equipo.


—Desde luego —dijo Martín—. Pugh y yo hemos pasado siete horas de cada diez durante seis meses confundiéndonos el uno al otro. Como la mayoría de las personas. Y, en casos de emergencia, ¿pueden ustedes enfrentarse a un problema inesperado como un equipo nor... un equipo no emparentado?
—Las estadísticas demuestran que sí, hasta ahora —respondió Zayin—. Como equipo, no podemos beneficiarnos de la interrelación de mentes diversas; pero gozamos de una ventaja compensativa. Los clones son extraídos del mejor material humano, individuos con un elevado Cociente de Inteligencia, Constitución Genética alpha doble A, etcétera.
—Todo ello multiplicado por diez. ¿Quién es... quién era John Chow?
—Un genio, seguramente —dijo Pugh cortésmente.
Su interés en la clonación no era tan reciente ni tan ávido como el de Martín.
—Un tipo con el Complejo Leonardo —dijo Yod—. Biomatemático, violoncelista, pescador submarino, interesado en los problemas de la mecánica estructural, etcétera. Murió sin poder desarrollar la mayor parte de sus teorías.
—¿Entonces cada uno de ustedes representa una faceta distinta de su mente, de su talento?
—No —dijo Zayin, sacudiendo la cabeza al unísono con varios otros—. Nosotros compartimos el equipo y las tendencias básicas, desde luego, pero todos somos ingenieros en Explotación Planetaria. Un clon posterior puede ser adiestrado para desarrollar otros aspectos del equipo básico. Todo es cuestión de adiestramiento; la substancia genética es idéntica. Nosotros somos John Chow, pero estamos adiestrados de un modo distinto.
Martín estaba impresionado.
—¿Qué edad tienen ustedes?
—Veintitrés años.
—Dicen que él murió joven... ¿Le habían extraído células germinativas por anticipado?
—Murió a los veinticuatro años en un accidente de aviación —intervino Gimel—. No pudieron salvar el cerebro, de modo que extrajeron algunas de sus células intestinales y las cultivaron para un cloneo. Las células reproductoras no se utilizan para el cloneo, porque sólo tienen la mitad de los cromosomas. Las células intestinales resultan fáciles de individualizar y reprogramar para un crecimiento total.
—Astillas de una misma madera —dijo Martín atrevidamente—. ¿Pero cómo es posible que algunos de ustedes sean mujeres...?
—Resulta fácil programar la mitad de la masa clonal con tendencia a lo femenino —intervino Beth—. Sólo hay que borrar el gen masculino de la mitad de las células y éstas revierten a lo básico, es decir, a lo femenino. El camino inverso, o sea injertar cromosomas Y artificiales, es mucho más complicado. Por ello la mayoría de clones proceden de varones, ya que el clon funciona mejor bisexualmente.
—Todo se hace de acuerdo con las técnicas más depuradas —explicó Gimel—. El contribuyente desea lo mejor a cambio de su dinero, y desde luego los clones son caros. Con la manipulación de las células, la incubación en Placenta Ngama y el mantenimiento y el adiestramiento de los grupos, venimos a costar alrededor de tres millones por cabeza.
—Para su siguiente generación —dijo Martín, todavía impresionado—, supongo que ustedes...
—Nuestras hembras son estériles —dijo Beth con absoluta ecuanimidad—. No olvide que el cromosoma Y fue extirpado de nuestra célula original. Los varones pueden cohabitar con hembras individuales autorizadas, si lo desean. Pero siempre que quieran conseguir otro John Chow sólo tienen que reclonear una célula de este clon.
Martín asintió y masticó una tostada fría.
—Bien —dijo uno de los John, y todos cambiaron de humor, como una bandada de estorninos que cambian de rumbo con un solo golpe de ala, siguiendo a un cabecilla con tanta rapidez que ningún ojo puede ver quién conduce; los John estaban preparados para salir—. ¿Y si fuéramos a echar una ojeada a la mina? Luego descargaremos el equipo. Traemos algunos modelos nuevos que les gustará ver. ¿De acuerdo?
Si Pugh o Martín no hubiesen estado de acuerdo, les hubiera resultado difícil decirlo. Los John eran corteses y a la vez unánimes; sus decisiones tenían gran poder de persuasión. Como comandante de la Base 2 Libra, Pugh se preguntó si podía dar órdenes a aquella entidad-de-diez-superhombres-y-mujeres... y un genio, por añadidura. Se pegó a Martín mientras salían al exterior. Ninguno de los dos dijo nada.
Cuatro pasajeros en cada uno de los tres grandes trineos a motor se deslizaron hacia el norte sobre la rugosa piel de Libra, a la luz de las estrellas.
—Desolado —dijo uno.
Con Pugh y Martín iban un joven y una muchacha. Pugh se preguntó si serían los dos que habían compartido un saco de dormir la noche anterior. Sin duda no les importaría que se lo preguntara. Para ellos, el sexo debía ser algo tan normal como el respirar. ¿Respiraron anoche ustedes dos?
—Sí —dijo—, es desolador.
—Ésta es nuestra primera salida, exceptuando el período de adiestramiento en la Luna.
Decididamente, la voz de la muchacha era más aguda y más suave.
—¿Qué impresión les produjo el gran salto?
—Nos drogaron. Yo quería experimentarlo. 
Había hablado el joven.
—No se preocupe —dijo Martín, al timón del trineo—. Es mejor así.
—Sólo por una vez —dijo uno de ellos—. Para conocerlo.
Las montañas de Merioneth surgieron lepróticas a la luz de las estrellas hacia el este. Un penacho de gas congelante se arrastró plateado desde una grieta de ventilación al oeste y el trineo se inclinó hacia el suelo.
Los gemelos alargaron los brazos hacia la palanca de mando al mismo tiempo, cada uno de ellos con un leve gesto de protección hacia el otro. "Tu piel es mi piel" —pensó Pugh, pero literalmente, sin metáfora—. "Ama a tu prójimo como a ti mismo...". Aquel antiguo y difícil problema estaba resuelto. El prójimo era el mismo yo: El amor era perfecto.

Y aquí estaba Hellmouth, la mina.
Pugh era el geólogo extraterrestre de la Misión Exploratoria, y Martín su técnico y cartógrafo; pero cuando en el curso de una investigación local Martín había descubierto la mina de uranio, Pugh le cedió todo el mérito, así como la responsabilidad de sondear el filón y de planear el trabajo del Equipo de Explotación. Aquellos jóvenes habían salido de Tierra años antes de que los informes de Martín llegaran allí, y habían ignorado en qué consistiría su trabajo hasta llegar aquí. El Cuerpo de Explotación se limitaba a enviar equipos regularmente y a ciegas, sabiendo que habría un trabajo para ellos en Libra, o en el próximo planeta, o en otro planeta del que aún no habían oído hablar. El Gobierno necesitaba uranio con tanta urgencia que no podía esperar a que llegaran los informes desde años luz de distancia. El material era como oro, anticuado pero esencial, y compensaba la minería extraterrestre y los viajes interestelares. "Valía su peso en hombres", pensó Pugh amargamente, contemplando cómo los altos jóvenes y muchachas entraban uno a uno en el negro agujero que Martín había bautizado con el nombre de Hellmouth, es decir Boca del Infierno.
A medida que entraban, sus homeostáticas lámparas frontales se iban encendiendo. Doce rayos luminosos discurrieron a lo largo de las húmedas y agrietadas paredes.
—Aquí está el declive —anunció la voz de Martín a través del intercomunicador portátil—. Nos encontramos en una fisura lateral; la abertura principal se halla enfrente de nosotros. El último movimiento volcánico parece haberse producido hace unos dos mil años. La falla más próxima está a veintiocho kilómetros al este, en el Trench. Desde el punto de vista sísmico, esta región parece ser tan segura como cualquier otra de la zona. El piso superior de basalto estabiliza todas esas subestructuras, mientras permanezcan estables en sí mismas. Su filón central se encuentra a treinta y seis metros de profundidad y discurre por una serie de cinco cavernas-burbuja en dirección nordeste. Es un filón con un alto contenido en mineral. Ya vieron las cifras porcentuales. La extracción no planteará ningún problema. Lo único que tienen que hacer es abrir las cavernas por la parte superior.
Unas voces empezaron a hablar, pero todas eran la misma voz y la radio portátil no les confería ninguna posición en el espacio.
—Abrir la caverna por arriba, desde luego...
—Es el método más seguro...
—Pero el techo es de basalto... ¿Qué espesor puede tener? ¿Diez metros?
—El informe decía de tres a veinte...
—Podemos utilizar el acceso en el cual nos encontramos, allanarlo un poco e instalar raíles deslizantes para los robots...


—¿Tenemos suficiente material para entibar?
—¿A cuánto calcula usted que asciende la carga útil total, Martín?
—A más de cinco mil millones de kilos y menos de ocho mil millones.
—Los transportes llegarán aquí dentro de diez meses terrestres.
—Tendremos que cargar mineral puro...
—No, recuerda que tienen el problema de los embarques de NAFAL...
—De acuerdo, podrán purificarlo en la órbita de la Tierra.
—¿Bajamos, Martín?
—Pueden bajar ustedes. Yo ya he estado allí.
El primero —¿Aleph?, en hebreo, "el buey", el caudillo— se agarró a la escalerilla e inició el descenso; los otros le siguieron. Pugh y Martín se quedaron en el borde de la hendidura. Pugh ajustó el intercomunicador de modo que sólo intercambiara con el de Martín, y se dio cuenta de que Martín estaba haciendo lo mismo. Resultaba un poco fastidioso oír a una persona pensar en voz alta en diez voces. ¿O era una sola voz expresando las ideas de diez mentes?
—En el próximo salto —dijo Martín— me gustaría encontrar un planeta que no tuviera nada que explotar.
—Tú descubriste esto.
—La próxima vez no me dejes salir de casa.
Pugh quedó complacido. Había confiado en que Martín querría continuar trabajando con él, pero ninguno de los dos estaba acostumbrado a hablar demasiado de sus sentimientos y él había vacilado en preguntárselo.
—Lo intentaré —dijo.
—Odio este lugar. Me gustan las cavernas, ¿sabes? Por eso vine aquí. En plan de espeleología. Pero ésta es una porquería. Aunque supongo que esa tribu sabrá desenvolverse. Conocen su trabajo.
—La nueva ola —dijo Pugh.
La nueva ola subió la escalerilla en fila india y rodeó a Martín.
—¿Tendremos suficiente material para los apuntalamientos?
—Kalph puede calcular las tensiones.
Pugh había vuelto a situar su intercomunicador en posición normal; miró al clon, tantos pensamientos farfullando en una ávida mente, y a Martín que permanecía silencioso entre ellos, y a la Hellmouth, y a la arrugada llanura.

Al cabo de cinco días terrestres, los Johns habían descargado todo su equipo y material, y habían empezado a operar en la mina. Pugh estaba fascinado y asustado por su gran eficacia, su confianza y su independencia. Él no les servía para nada. Los clones podían ser realmente los primeros seres humanos estables y dignos de confianza. Una vez adultos, no necesitarían la ayuda de nadie. Se bastarían a sí mismos física, sexual, emocional e intelectualmente. Hicieran lo que hicieran, cualquier miembro del grupo recibiría siempre el apoyo y la aprobación de sus compañeros, sus otros yo. No necesitaban a nadie más.
Dos de los clones permanecían en la cúpula haciendo cálculos, con frecuentes viajes en trineo a la mina para efectuar mediciones y comprobaciones. Eran los matemáticos del grupo, Zayin y Kaph. Tal como Zayin explicó, los diez habían recibido una adecuada educación matemática desde los tres hasta los veintiún años, pero desde los veintiuno hasta los veintitrés, Kaph y ella habían continuado con las matemáticas en tanto que los demás ahondaban en otras especialidades, geología, ingeniería de minas, mecánica electrónica, atómica aplicada, etcétera.
—Kaph y yo —dijo Zayin— tenemos la impresión de que somos el elemento de los clones más aproximado a lo que fue John Chow durante su vida individual. Pero, desde luego, él se dedicó principalmente a las biomatemáticas y nosotros no hemos llegado tan lejos.
—Nos necesitan principalmente en este campo —dijo Kaph, con la patriótica pedantería que a veces evidenciaban.
Pugh y Martín pudieron distinguir pronto a aquella pareja de los demás. A Zayin por su figura, a Kaph únicamente por su descolorido dedo anular de la mano izquierda, a consecuencia de un martillazo recibido a la edad de seis años. Sin duda existían muchas diferencias, físicas y psicológicas entre ellos; la naturaleza podía ser idéntica, la nutrición no. Pero las diferencias resultaban difíciles de descubrir. Y parte de la dificultad estribaba en que nunca hablaban realmente con Pugh y Martín. Bromeaban con ellos, eran corteses, se comportaban correctamente. Pero no daban nada. No había de qué quejarse; se mostraban muy agradables, tenían la estereotipada simpatía norteamericana.
—¿Procede usted de Irlanda, Owen?
—Nadie procede de Irlanda, Zayin.
—Hay muchos irlandeses-americanos...
—Desde luego, pero ya no hay irlandeses. Un par de miles en toda la isla. No aceptaron el control de la natalidad, de modo que los alimentos escasearon. En la época de la Tercera Escasez no quedaba ningún irlandés, aparte de los curas, y todos ellos, o casi todos, eran solteros.
Zayin y Kaph sonrieron rígidamente. No tenían ninguna experiencia con la ironía.
—¿Entonces qué es usted, étnicamente? —preguntó Kaph.
—Un galés.
—¿Es galés lo que Martín y usted suelen hablar?
"No te importa", pensó Pugh, pero dijo:
—No, es su idioma, no el mío: El castellano que se habla en Argentina.
—¿Lo aprendieron para conversar en privado?
—¿De quién tendríamos que ocultarnos aquí? No. Lo que pasa es que a un hombre le gusta hablar su idioma natal de cuando en cuando.
—El nuestro es el inglés —dijo Kaph secamente.
¿Por qué tenían que mostrarse simpáticos? La simpatía es una de las cosas que se dan porque necesitamos que nos la devuelvan.
Aquella noche Pugh utilizó el castellano para su comunicación con Martín.
—¿Se unen siempre las mismas parejas, o cambian cada noche?
Martín pareció sorprendido. Una expresión mojigata, desconocida en él, apareció por un instante en su rostro. Luego se borró. También él sentía curiosidad.
—Creo que es al azar.
—No susurres, hombre, se ve feo. Yo creo que hay un turno de rotación.
—¿De acuerdo con un plan previo?
—A fin de que nadie se quede sin su parte.
Martín se echó a reír.
—¿Y qué me dices de nuestra parte?
—No se les habrá ocurrido pensar en nosotros.
—¿Qué pasará si abordo a una de las chicas?
—Ella se lo dirá a los otros y decidirán como grupo.
—No soy un toro —dijo Martín—. No quiero que me juzguen...
—Calma, amigo mío —dijo Pugh—. ¿Quieres abordar a una de ellas?
Martín se encogió de hombros.
—Dejémosles con su incesto.
—¿Incesto, o masturbación?
—¡No me importa, con tal de que lo hagan fuera del alcance de mi oído!
Los clones habían renunciado a toda apariencia de recato. Pugh y Martín quedaban saturados diariamente por las intimidades de su continuo intercambio emocional- sexual-mental. Saturados pero excluidos.

—Faltan dos meses —dijo Martín una noche.
—¿Para qué? —estalló Pugh.
Últimamente se mostraba muy irritable y el malhumor de Martín le crispaba los nervios.
—Para el relevo.
Dentro de sesenta días, todos los miembros de la Misión Exploratoria serían relevados.
—¿Estás tachando los días en tu calendario? —inquirió en tono burlón.
—Recobra el sentido común, Owen.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que he dicho.
Se separaron, enojados y resentidos.
Pugh regresó después de pasar un día solo en las Pampas, una vasta llanura de lava cuyo borde más próximo se encontraba a una distancia de dos horas de vuelo, en dirección sur. Se suponía que no debían efectuar largos viajes solos, pero últimamente lo habían hecho a menudo. Martín estaba sentado bajo una brillante luz, dibujando uno de sus elegantes y magistrales mapas: Este era de toda la cara de Libra, la cara cancerosa. Aparte él no había nadie más en la cúpula, tan amplia como antes de que llegaran los clones.
—¿Dónde está la horda dorada? —inquirió Pugh.
Martín se encogió de hombros. Luego se incorporó ligeramente para mirar a su alrededor, hacia el sol agazapado como un gran sapo rojo sobre la llanura oriental, y hacia el reloj, que señalaba las 18:45 horas.
—Hoy se han producido algunas sacudidas importantes —dijo, volviendo a su mapa—. ¿Lo has notado desde allí? Echa una mirada al sismógrafo.


El indicador zigzagueaba sobre el cilindro pautado. Nunca dejaba de bailar. El cilindro pautado había registrado cinco sacudidas de máxima intensidad a media tarde; por dos veces, la aguja había sobrepasado el cilindro pautado. La computadora conectada al sismógrafo había sido puesta en marcha y había indicado: "Epicentro 61' norte por 4' 24' este".
—Esta vez no es en el Trench.
—Me ha parecido algo distinto. Más intenso.
—En la Base Uno solía permanecer despierto toda la noche debido a la trepidación del suelo. Resulta curioso cómo se acostumbra uno a las cosas.
—Mal asunto si así no fuera. ¿Qué hay para cenar?
—Pensé que lo habrías preparado.
—Estaba esperando a los clones.
Pugh sacó una docena de latas, introdujo dos de ellas en el Horninstant y las sacó al cabo de un minuto.
—De acuerdo, aquí está la cena.
—He estado cavilando —dijo Martín mientras se acercaba a la mesa—. Me pregunto qué pasaría si un clon se reprodujera a sí mismo. Me refiero ilegalmente. Un millar de duplicados... diez mil... Todo un ejército. Sería una fuerza a tener en cuenta, ¿no crees?
—¿Pero cuántos millones costaría la operación? Placentas artificiales y todo eso. Resultaría difícil conservar el secreto, a menos de que dispusieran de un planeta para ellos solos. Mucho antes de las Escaseces, cuando la Tierra tenía gobiernos nacionales, hablaban de eso: Reproducir a los mejores soldados, formar con ellos regimientos. Pero los alimentos empezaron a escasear antes de que pudieran poner en práctica aquella idea.
Hablaban amistosamente, como tenían por costumbre.
—Es curioso —dijo Martín, masticando—. Esta mañana se marcharon temprano, ¿verdad?
—Todos menos Kaph y Zayin. Pensaban sacar a la superficie la primera carga. ¿Por qué?
—No han venido a almorzar.
—No se morirán de hambre, no te preocupes.
—Se marcharon a las siete.
—¿De veras?
Luego Pugh cayó en la cuenta: Los tanques de aire contenían suministro para ocho horas.
—Tal vez Kaph y Zayin se llevaron latas de repuesto. Además, hay una señal de alarma en todos los trajes.
—No es automática.
Pugh estaba cansado y tenía hambre.
—Siéntate y come, hombre. Saben cuidar de sí mismos.
Martín se sentó, pero no comió.
—Una de las sacudidas fue muy intensa, Owen. La primera. Llegó a asustarme.
Tras una breve pausa, Pugh suspiró y dijo:
—De acuerdo.
Sin el menor entusiasmo subieron al trineo de dos plazas y se dirigieron hacia el norte. Todo aparecía como cubierto de una ponzoñosa gelatina roja. La luz y la sombra horizontales dificultaban la visión, levantando ante ellos ficticias paredes de hierro a través de las cuales se deslizaban, y convirtiendo la convexa llanura más allá de Hellmouth en un enorme lago de aguas color sangre. Alrededor de la entrada del túnel se veía una mescolanza de grúas, cables, servomecanismos y excavadoras. Martín saltó del trineo y corrió hacia la mina. Volvió a salir inmediatamente.
—¡Dios mío! ¡Se han hundido, Owen! —exclamó.
Pugh se adelantó y vio, a unos cinco metros de la entrada, la brillante, húmeda y negra pared que remataba el túnel. Expuesta de nuevo al aire, parecía algo orgánico, como tejido visceral. El suelo se había humedecido con algún líquido pegajoso.
—Estaban dentro —dijo Martín.
—Pueden estar aún ahí. Seguramente tenían latas de aire de repuesto.
—Owen, mira cómo ha quedado el techo de basalto.
La joroba de tierra que techaba las cuevas conservaba aún el aspecto irreal de una ilusión óptica. Se había hundido dentro de sí misma, dejando una amplia hoya. Cuando Pugh se acercó, vio que también estaba agrietada por numerosas fisuras. De alguna de ellas brotaba un gas blanquecino.
—La mina no está sobre la falla. ¡Aquí no hay ninguna falla!
Pugh se acercó rápidamente a su amigo.
—No, Martín, no hay ninguna falla. Seguramente no estaban todos dentro, juntos.
Buscaron afanosamente entre las máquinas, hasta localizar el trineo. Había llegado en dirección sur y se estrelló contra un remolino de polvo coloidal. Llevaba dos pasajeros. Uno estaba semihundido en el polvo, pero los indicadores de su traje funcionaban normalmente; el otro colgaba atrapado por el trineo. Su traje se había desgarrado por las perneras, y el cuerpo estaba helado y duro como una roca. Aquello fue lo único que encontraron. Tal como se les exigía, incineraron inmediatamente el cadáver con las pistolas láser que el reglamento les obligaba a llevar y que hasta entonces no habían utilizado nunca.
Pugh, sabiendo que iba a marearse, arrastró al superviviente hasta el trineo biplaza y envió a Martín a la cúpula con él. Luego vomitó, y tras descubrir un trineo de cuatro plazas intacto, montó en él y siguió a Martín, temblando como si todo el frío de Libra hubiese penetrado sus huesos.

El superviviente era Kaph. Se hallaba bajo los efectos de una intensa conmoción. Descubrieron una hinchazón en su occipucio que podía significar una conmoción cerebral, pero no parecía existir ninguna fractura.
Pugh preparó dos vasos de alimento concentrado y dos copas de aguardiente.
—Vamos —dijo.
Martín obedeció, bebiéndose el tónico. Luego se sentaron junto al camastro y sorbieron el aguardiente.
Kaph yacía inmóvil, pálido como la cera, los negros cabellos sobre los hombros, los labios rígidamente entreabiertos.
—Debió de ser la primera sacudida, la más intensa —dijo Martín—. Debió de hundir toda la estructura. Probablemente había capas de gas en las rocas laterales, como aquellas formaciones en el Cuadrante treinta y uno. Pero allí no había ninguna señal.
Mientras hablaba, el mundo se escurrió debajo de ellos. Los objetos saltaron y brincaron, gritaron: "¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!".
—La sacudida de las catorce horas fue como ésta —murmuró la Razón en la voz de Martín, entre el desenfreno y la ruina del Mundo.
Pero la Sinrazón se apaciguó, y los objetos cesaron de danzar.
Pugh saltó a través de su vertido aguardiente y ayudó a Kaph a tumbarse. El cuerpo muscular se le resistía. Martín tiró de los hombros hacia abajo. Kaph gritó, luchó, su rostro adquirió un tinte negruzco.
—¡Oxígeno! —dijo Pugh, y su mano encontró la jeringuilla apropiada en el botiquín como por instinto; mientras Martín sujetaba la mascarilla, Pugh hundió la aguja en el nervio vago, retornando a Kaph a la vida.
—Ignoraba que se te diera tan bien la medicina —dijo Martín, respirando fatigosamente.
—Mi padre era médico —dijo Pugh—. ¡Lástima de aguardiente! ¿Por qué se ahoga nuestro amigo?
—No lo sé, Owen. Mira en el libro.
Kaph estaba respirando normalmente y el color había vuelto a su rostro; únicamente los labios estaban todavía un poco amoratados.
Se sirvieron otra copa de aguardiente y volvieron a sentarse junto a Kaph con su guía médica.
—Ni en "shock" ni en "conmoción" hay nada sobre cianosis o asfixia. Con el traje puesto no puede haber respirado nada... "Hemorroides anales"... ¡Uf!
Pugh tiró el libro sobre una mesa. El lanzamiento resultó corto, debido a que el propio Pugh o la mesa no habían recobrado del todo su equilibrio.
—¿Por qué no activaron la señal?
—¿Cómo dices?
—Los ocho que estaban dentro de la mina no tuvieron tiempo, pero la muchacha y él debían encontrarse en el exterior. Tal vez ella estaba en la entrada y resultó alcanzada por el primer desplome. Él tenía que estar en el exterior, tal vez en la cabina de control. Echó a correr, tiró de la muchacha, la subió al trineo y se dispuso a regresar a la cúpula. Y en todo ese tiempo no se le ocurrió pulsar el botón de alarma de su traje. ¿Por qué?
—Bueno, había recibido un golpe en la cabeza. No estaba en sus cabales. Pero incluso en condiciones más favorables dudo que se le hubiese ocurrido enviarnos la señal. La ayuda la buscaban entre ellos mismos.
El rostro de Martín era como una máscara india, surcos en las comisuras de la boca, ojos de frío carbón.
—En tal caso, ¿qué debió sentir cuando el suelo empezó a temblar y se encontró en el exterior, solo...?


En respuesta, Kaph gritó.
Sacudido por las convulsiones de alguien que se ahoga, saltó del camastro, golpeó y derribó a Pugh, tropezó con un montón de cestos y cayó al suelo, con los ojos en blanco y los labios azulados. Martín le arrastró hasta el camastro, le dio una bocanada de oxígeno y luego se arrodilló junto a Pugh, el cual se estaba incorporando, y secó su cortado pómulo.
—¡Owen! ¿Te encuentras bien?
—Creo que sí —dijo Pugh—. ¿Por qué me estás frotando eso por la cara?
Era un trozo de cinta de computadora, ahora manchada con sangre de Pugh.
Martín la dejó caer.
—Pensé que era una servilleta. Te has arañado la mejilla contra aquella caja.
—¿Se le ha pasado el ataque?
—Eso parece.
Contemplaron a Kaph rígidamente tendido, sus dientes eran una línea blanca en el interior de los obscuros labios entreabiertos.
—Parece epilepsia. ¿Una lesión cerebral, tal vez?
—Podríamos inyectarle una dosis entera de meprobamato.
Pugh sacudió la cabeza.
—No sé lo que había en la inyección que le apliqué anteriormente. No quiero sobrecargarle de medicamentos. Podría ser contraproducente.
—Tal vez se ha quedado dormido.
—Ojalá yo pudiera. Entre el terremoto y él, no puedo sostenerme en pie.
—Tienes una fea herida en el pómulo. Acuéstate, yo me quedaré un rato.
Pugh limpió su mejilla y se quitó la camisa. Luego dijo:
—Si había algo que podíamos hacer, lo hemos intentado.
—Todos están muertos —murmuró Martín.
Pugh se tendió encima de su saco de dormir, y un instante después le despertó un espantoso ruido. Se levantó, tambaleándose, buscó la aguja hipodérmica, trató tres veces de clavarla correctamente y fracasó. Empezó a masajear el tórax de Kaph, encima del corazón.
—Boca a boca —dijo Martín. Obedeció.
De pronto, Kaph expulsó una bocanada de aire, su pulso se hizo más regular, sus rígidos músculos empezaron a relajarse.
—¿Cuánto tiempo he dormido?
—Medía hora.
Permanecieron en pie, sudando. El suelo tembló, la tela de la cúpula osciló violentamente. Libra estaba danzando de nuevo su espantosa polca, su Danza de los muertos. El sol parecía haber aumentado de tamaño y era mucho más rojo.
—¿Qué le pasa, Owen?
—Creo que está muriendo con ellos.
—¿Con ellos? ¡Ellos están muertos!
—Nueve de ellos. Todos murieron, aplastados o asfixiados. Todos ellos eran él; él es todos ellos. Ahora está muriendo sus muertes una a una.
—¡Dios mío! —murmuró Martín.
La próxima vez ocurrió lo mismo. La quinta vez fue peor, ya que Kaph luchó y deliró, tratando de hablar pero sin conseguir emitir las palabras. Era como si su boca estuviera obturada con rocas o arcilla. Después, los ataques se hicieron más débiles, aunque también él se iba debilitando cada vez más. El octavo ataque se produjo alrededor de las cuatro y media; Pugh y Martín trabajaron hasta las cinco y media, haciendo todo cuanto estaba a su alcance para conservar la vida en el cuerpo que se hundía en la muerte y sin protestar. Finalmente lo consiguieron.
—El próximo terminará con él —vaticinó Martín.
Y así ocurrió. Pero Pugh insufló su propia respiración en los inertes pulmones, hasta que él mismo perdió el conocimiento.
Despertó. La cúpula estaba a oscuras. Aguzó el oído y oyó la respiración de los dos hombres que dormían. Volvió a quedarse dormido y sólo el hambre le despertó.
El sol estaba muy alto sobre las oscuras llanuras y el planeta había dejado de danzar. Kaph dormía tranquilamente. Pugh y Martín bebieron té y contemplaron a Kaph como si fuera algo que les perteneciera.
Cuando Kaph despertó, Martín se acercó a él.
—¿Cómo te encuentras, viejo?
Kaph no respondió.
Pugh ocupó el lugar de Martín y contempló los ojos castaños que miraban hacia los suyos pero no en los suyos.
Calentó alimento concentrado y se lo ofreció a Kaph.
—Vamos, bebe.
Pudo ver que los músculos de la garganta de Kaph se ponían rígidos.
—Déjenme morir —dijo el joven.
—No te estás muriendo.
—Estoy muerto en mis nueve décimas partes —habló Kaph con claridad y precisión—. No queda vivo lo bastante de mí.
—No —replicó Pugh en tono perentorio—. Ellos están muertos. Los otros. Tus hermanos y hermanas. Tú no eres ellos, tú estás vivo. Tú eres John Chow. Tu vida depende de ti.
El joven permaneció inmóvil, mirando hacia una oscuridad que no estaba allí.
Martín y Pugh se turnaron en la tarea de poner a salvo el material aprovechable después del desastre, ya que su valor era literalmente astronómico. Aunque era una tarea muy pesada para un solo hombre, no querían dejar solo a Kaph. El que se quedaba en la cúpula se dedicaba a trabajos de oficina, mientras Kaph permanecía sentado o tumbado, con la mirada fija en su oscuridad, sin hablar.
Los días transcurrían silenciosamente.
La radio crujió y habló: Nave llamando a la Misión.
—Llegaremos a Libra dentro de cinco semanas, Owen. Dentro de treinta y cuatro días terrestres y nueve horas. ¿Cómo van las cosas en la vieja cúpula?
—No muy bien, jefe. Los miembros del equipo de Explotación resultaron muertos, todos menos uno, en la mina. Un terremoto. Hace seis días.
La radio crujió. Dieciséis segundos de demora en ambos sentidos; la nave se encontraba ahora alrededor del Planeta II.
—¿Todos muertos, menos uno? ¿Martín y usted no han sufrido ningún daño?
—Nos encontramos perfectamente, jefe.
Treinta y dos segundos.
—El Passerine dejó un equipo de Explotación aquí, con nosotros. Puedo dejarlos en el proyecto Hellmouth, en vez de dedicarlos al proyecto del Cuadrante Siete. Lo decidiremos cuando lleguemos ahí. En cualquier caso, Martín y usted serán relevados. Cuídense. ¿Alguna cosa más?
—Nada más.
Treinta y dos segundos.
—De acuerdo. Hasta la vista, Owen.
Kaph había oído todo esto y, más tarde, Pugh le dijo:
—El jefe puede pedirte que te quedes aquí con el otro equipo de Explotación. Tú ya conoces esto.
Conociendo las exigencias de la Vida Lejana, quería advertir al joven. Kaph no respondió. Desde que había dicho "No queda vivo lo bastante de mí" no había vuelto a pronunciar una sola palabra.
—Owen —dijo Martín, por su intercomunicador portátil—, está chiflado. Loco.
—Para un hombre que murió nueve veces, se está portando muy bien.
—¿Muy bien? La única emoción que le ha quedado es el odio. Mira sus ojos.
—Eso no es odio, Martín. Escucha, es cierto que en cierto sentido ha estado muerto. No puedo imaginar lo que siente. Pero estoy seguro de que no es odio. Ni siquiera puede vernos. Hay demasiada oscuridad.
—Muchas gargantas han sido abiertas en la obscuridad. Nos odia porque no somos Aleph y Yod y Zayin.
—Tal vez. Pero yo creo que está solo. No nos ve ni nos oye, ciertamente. Hasta ahora no había visto a nadie más porque nunca estuvo solo. Tenía otros nueve a los que podía mirar, con los que podía hablar y vivir. No sabe lo que es estar solo. Tiene que aprenderlo. Dale tiempo.
Martín sacudió la cabeza.
—Está chiflado —dijo—. Cuando te quedes a solas con él, no olvides que puede romperte el cuello con una sola mano.
—Podría hacerlo, desde luego —dijo Pugh, y sonrió.
Se encontraban en el exterior de la cúpula, programando uno de los servomecanismos para reparar una máquina averiada. Podían ver a Kaph en el interior del enorme medio huevo que formaba la cúpula.
—¿Por qué supones que mejorará?
—Es evidente que tiene una fuerte personalidad.
—¿Fuerte? Lisiada. Nueve décimas partes muerta, como él mismo dijo.
—Pero él no está muerto. Él es un hombre vivo. John Kaph Chow. Está pasando por una fase de desconcierto, pero no olvides que todos los jóvenes sufren una especie de trauma cuando se separan de su familia. Él lo superará.


—No veo cómo.
—Discurre un poco, Martín. ¿Cuál es el objetivo de la clonación? Reparar la raza humana. Estamos en malas condiciones. Mírame a mí. Mi Cociente de Inteligencia y mi índice de Constitución Genética no llegan a la mitad del de ese John Chow. Pero en el Servicio Lejano me necesitaban con tanta urgencia, que cuando me presenté voluntario me aceptaron y me echaron un remiendo con un pulmón artificial y corrigieran mi miopía. Si hubiesen abundado los tipos sanos, ¿crees que hubieran aceptado a un galés corto de vista y con un solo pulmón?
—No sabía que tenías un pulmón artificial.
—Pues lo tengo. Artificial hasta cierto punto, ¿sabes? Es un pulmón humano, cultivado en un tanque; una especie de clon. De todos modos, ahora es mi pulmón. Lo que quiero decir es que ahora hay demasiados hombres como yo y no los suficientes como John Chow. ¿Comprendes? Y eso es lo que trata de remediar la clonación, produciendo hombres más fuertes y más listos.
Martín gruñó algo ininteligible, mientras el servomecanismo empezaba a zumbar.

Kaph apenas comía; experimentaba dificultades para tragar, de modo que después de los primeros bocados renunciaba a seguir comiendo. Había perdido ocho o diez kilogramos.
Sin embargo, al cabo de unas tres semanas empezó a recobrar el apetito, y un día Martín y Pugh le sorprendieron revisando las pertenencias de los clones, sus sacos de dormir, maletines y documentos. Tras una minuciosa selección, destruyó un montón de papeles y chucherías, hizo un pequeño paquete con lo que quedaba y volvió a sumirse en su estado de coma andante.
Dos días después habló. Pugh estaba tratando de ajustar una tecla de la grabadora, sin conseguirlo. Martín había salido a verificar sobre el terreno sus mapas de las Pampas.
—¡Maldita sea! —exclamó Pugh. Y Kaph dijo, con voz inexpresiva:
—¿Quiere que lo arregle yo?
Pugh se sobresaltó, pero recobró el dominio de sí mismo y entregó la máquina a Kaph. El joven cogió el aparato, reparó la avería y lo dejó sobre la mesa.
—Pon una cinta —dijo Pugh con deliberada indiferencia, ocupado en otra mesa.
Kaph puso la cinta que estaba encima de la pila: Música coral. Se tumbó en su camastro. El sonido de un centenar de voces humanas cantando al unísono llenó la cúpula. Kaph permaneció inmóvil, con el rostro inexpresivo.
En los días siguientes se encargó de algunas tareas rutinarias, sin que se lo pidieran. No hacía nada que requiriera iniciativa, y si le pedían que hiciera algo no contestaba.
—Se está recuperando —comentó Pugh, hablando en castellano.
—No. Se está convirtiendo en una máquina. Hace lo que tiene programado, no reacciona a otra cosa. Está peor que cuando no funcionaba. Ya no es humano.
Pugh suspiró.
—Buenas noches —dijo en inglés—. Buenas noches, Kaph.
—Buenas noches —dijo Martín. Kaph no dijo nada.
A la mañana siguiente, a la hora del desayuno, Kaph alargó el brazo por encima del plato de Martín para alcanzar las tostadas.
—¿Por qué no las pides? —inquirió Martín, disimulando apenas su malhumor—. Yo puedo pasártelas.
—Yo puedo cogerlas —dijo Kaph con su voz inexpresiva.
—Desde luego. Pero pedir que nos pasen una cosa, dar las buenas noches o los buenos días son detalles poco importantes, aunque si alguien nos saluda estamos obligados a contestar.
—¿Por qué tendría que contestar?
—Porque alguien te ha dirigido la palabra.
—¿Por qué?
Martín se encogió de hombros y se echó a reír. Más tarde, Pugh dijo:
—Deja al muchacho en paz, Martín.
—Los buenos modales son esenciales en los pequeños grupos que viven aislados. A él le han enseñado eso. ¿Por qué se niega deliberadamente a recordarlo?
—¿Acaso te das las buenas noches a ti mismo?
—¿Qué quieres decir?
—Que Kaph nunca ha conocido a nadie aparte de a sí mismo.
Martín meditó unos instantes y luego estalló:
—Entonces, todo ese asunto de la clonación es una equivocación. No puede funcionar. ¿Qué pueden hacer por nosotros un montón de genios duplicados cuando ni siquiera saben que existimos?
Pugh asintió.
—Podría resultar más práctico separar los clones y mezclar a sus miembros con las otras personas. Pero no cabe duda de que funcionan mejor como equipo.
—¿De veras? Yo no estoy tan seguro. Si esos clones hubieran sido diez ingenieros normales, ¿habrían estado todos en el mismo lugar al mismo tiempo? ¿Habrían resultado todos muertos? Tal vez cuando empezó el terremoto todos esos muchachos se dirigieron corriendo hacia el interior de la mina para salvar al qué estaba más lejos. El propio Kaph estaba en el exterior y se dirigió hacia la entrada. Es pura hipótesis, desde luego. Pero creo que de haberse tratado de diez individuos normales, más de uno se hubiera salvado.
—No lo sé. Es cierto que los gemelos idénticos tienden a morir al mismo tiempo, incluso cuando no se han visto nunca el uno al otro. Identidad y muerte, es muy raro.

Pasaron los días, el sol rojizo se arrastraba por el oscuro cielo, Kaph no contestaba cuando le hablaban. Pugh y Martín se chillaban el uno al otro cada vez con más frecuencia. Pugh se quejaba de los ronquidos de Martín. Ofendido, Martín trasladaba su camastro al extremo más apartado de la cúpula y durante algún tiempo no dirigía la palabra a Pugh. Éste silbaba tonadas galesas hasta que Martín se quejaba, y entonces era Pugh el que dejaba de dirigirle la palabra.
El día antes del previsto para la llegada de la nave de la Misión, Martín anunció que iba a salir hacia Merioneth.
—Pensé que como mínimo me echarías una mano con la computadora para terminar los análisis de las rocas —dijo Pugh, disgustado.
—Kaph puede hacer eso. Quiero echar una última mirada al Trench. ¡Que se diviertan! —añadió Martín en castellano, riendo, y se marchó.
—¿Qué idioma es ese?
—Castellano. Ya te lo dije en cierta ocasión, ¿no te acuerdas?
—No —al cabo de unos instantes, el joven añadió—: Creo que he olvidado un montón de cosas.
—Esto no tenía importancia, desde luego —dijo Pugh amablemente, dándose cuenta inmediatamente de lo importante que era aquella conversación—. ¿Querrás echarme una mano con la computadora, Kaph?
Kaph asintió.
Pugh había dejado un montón de cables sueltos, y la tarea les ocupó todo el día. Kaph era un excelente colaborador, rápido y sistemático, mucho más que el propio Pugh. Su voz inexpresiva, ahora que volvía a hablar, crispaba los nervios; pero no importaba, ya que era el último día y luego llegaría la nave, la antigua tripulación, camaradas y amigos.
Durante el descanso para tomar el té, Kaph dijo:
—¿Qué pasará si la nave de la Misión se estrella?
—Morirán todos.
—Me refiero a ustedes.
—Emitiremos un SOS por radio en todas las frecuencias, y viviremos a media ración hasta que llegue una nave de rescate de la Base Tres. Lo cual significa cuatro años y medio terrestres. Con un racionamiento estricto, podríamos resistir de cuatro a cinco años. Apretándonos un poco el cinturón, desde luego.
—¿Enviarían una nave de rescate para tres hombres?
—Naturalmente.
Kaph no añadió comentario alguno.
Pugh se dispuso a reanudar el trabajo. Pero resbaló, y al tratar de agarrase al respaldo de la silla ésta eludió su mano. Desde el suelo, inquirió:
—¿Qué sucede?
—Un movimiento sísmico —dijo Kaph.
Las tazas rebotaron sobre la mesa, un fajo de documentos cayó al suelo, la piel de la cúpula se hinchó y restalló.
Kaph continuó sentado, impasible. Un terremoto no asusta a un hombre que murió en uno.
Pugh, muy pálido, murmuró:
—Martín está en el Trench.
—¿Qué es el Trench?
—El epicentro de los movimientos sísmicos locales. Mira el sismógrafo.
Pugh luchaba con la puerta de un armario que se resistía a abrirse.
—¿Qué va usted a hacer?
—Voy a buscarle.
—Martín se llevó el jet. Los trineos no ofrecen garantías de seguridad durante un movimiento sísmico. Se descontrolan.
—Cállate de una vez, por el amor de Dios.
Kaph se puso en pie, hablando con su voz inexpresiva, como de costumbre.
—Es inútil salir ahora en su busca. Significa correr un riesgo innecesario.
—Si captas su señal de alarma, avísame por radio —dijo Pugh antes de cerrar la escafandra de su traje.
Cuando salió al exterior, Libra remangó sus harapientas faldas y bailó una danza del vientre desde debajo de sus pies hasta el rojizo horizonte.


En el interior de la cúpula, Kaph vio cómo el trineo se ponía en marcha, temblaba como un meteoro a la rojiza luz diurna y desaparecía en dirección nordeste. El suelo de la cúpula retembló; la tierra tosió. Una racha de viento, al sur de la cúpula, arrastró una nube de gas negro vomitada por una grieta.
En el tablero central de control repiqueteó un timbre y se encendió una luz roja. Kaph comprobó que la luz correspondía al Traje Dos. Trató de establecer contacto por radio con Martín, y luego con Pugh, pero ninguno de los dos contestó.
Cuando los temblores de tierra remitieron, reanudó su trabajo y terminó la tarea de Pugh. Invirtió casi dos horas. Cada media hora trató de establecer contacto con el Traje Uno, sin obtener respuesta, y con el Traje Dos, con el mismo resultado. Desde hacía una hora, la luz roja había dejado de parpadear.
Kaph preparó cena para uno, comió y se tendió en su camastro.
Los temblores de tierra habían cesado, pero a largos intervalos se producían unas leves sacudidas. El sol colgaba al oeste, en forma de naranja, rojo pálido, inmenso. No parecía hundirse.
No se oía el menor sonido.
Kaph se levantó y empezó a pasear alrededor de la cúpula semivacía. El silencio persistió. Kaph se acercó a la grabadora y colocó en ella la primera cinta que halló. Era música pura, electrónica, sin armonías, sin voces. Finalizó. El silencio persistió.
El mono de Pugh colgaba de un montón de muestras de roca. Kaph lo contempló fijamente. Notó que faltaba un botón.
El silencio persistió.
El sueño de un chiquillo: No hay nadie más que esté vivo en el Mundo, aparte de mí mismo. En todo el Mundo.
Muy bajo, al norte de la cúpula, un meteoro parpadeó.
La boca de Kaph se abrió como si tratara de decir algo, pero no salió ningún sonido de ella. Se dirigió apresuradamente a la pared norte y tendió la mirada hacia la gelatinosa luz rojiza.
La pequeña estrella se posó en el suelo. Dos figuras se acercaron a la cúpula. El traje de Martín estaba cubierto de un extraño polvo que le hacía aparecer tan verrugoso como la superficie de Libra. Pugh le sostenía por el brazo.
—¿Está herido? —inquirió Kaph.
Pugh se despojó del traje y ayudó a Martín a despojarse del suyo.
—Conmocionado —dijo.
—Una roca enorme cayó sobre el jet —dijo Martín, sentándose ante la mesa y agitando los brazos—. Yo no estaba dentro, desde luego. Había bajado a reconocer la zona de polvo carbónico cuando noté que el suelo empezaba a temblar. De modo que corrí a situarme en un espacio abierto, para que no me alcanzara algún desprendimiento de rocas de los acantilados. Desde allí vi como una enorme roca aplastaba el jet, y entonces recordé que las latas de aire de repuesto estaban en el aparato y pulsé el botón de alarma. Pero no recibí ninguna señal por radio, cosa que siempre ocurre aquí durante los movimientos sísmicos. La atmósfera era tan polvorienta que no se veía nada a un metro de distancia. Empezaba a preocuparme cuando vi llegar a Owen.
—¿Tienes hambre? —le interrumpió Pugh.
—Claro que tengo hambre.
—Entonces siéntate y come —ordenó Pugh.
Martín obedeció. Después se dirigió a su camastro, que no había mudado de lugar desde que Pugh se quejó de sus ronquidos.
—Buenas noches, galés unipulmonar —dijo a través de la cúpula.
—Buenas noches.
Martín no dijo nada más. Pugh amortiguó el brillo de la lámpara hasta dejarlo reducido a un resplandor amarillento menos intenso que la luz de una vela, y se sentó sin hacer nada, sin decir nada, con aire ausente.
El silencio persistió.
—He terminado los cálculos —dijo Kaph.
—Gracias —murmuró Pugh.
Silencio.
—Recibí la señal de Martín, pero no pude establecer contacto con él ni con usted.
—No debí salir —admitió Pugh—. Martín tenía aire suficiente para dos horas, incluso con una sola lata. Pero sin posibilidad de establecer contacto con él, confieso que me asusté.
Retornó el silencio, ahora contrapunteado por los ronquidos de Martín.
—¿Quiere usted a Martín?
Pugh alzó la mirada, enfurecido.
—Martín es mi amigo. Hemos trabajado juntos mucho tiempo y es una buena persona.
Se interrumpió. Al cabo de unos instantes añadió:
—Sí, le quiero. ¿A qué viene esa pregunta?
Kaph no dijo nada, pero miró al otro hombre. Su rostro estaba cambiado, como si viera algo que hasta entonces no había visto; también su voz había cambiado.
—¿Cómo puede usted...? ¿Cómo...?
Pero Pugh no pudo decírselo.
—No lo sé —murmuró—. No lo sé. Cada uno de nosotros estamos solos, desde luego. ¿Qué puede hacer uno excepto extender la mano en la oscuridad?
Kaph inclinó la mirada, consumida por su propia intensidad.
—Estoy cansado —dijo Pugh—. Fue algo espantoso verle en medio de aquel polvo negro, con el suelo abriéndose y cerrándose a su alrededor... Voy a acostarme. La nave establecerá contacto con nosotros alrededor de las seis.
Se puso en pie y se desperezó.
—Son clones —dijo Kaph—. El otro equipo de Exploración que llegará con la nave.
—¿Clones?
—Doce miembros. Vinieron con nosotros en el Passerine.
Kaph se sentó bajo la amarillenta claridad de la lámpara, absorto al parecer en sus nuevos temores: Los clones que estaban a punto de llegar y de los cuales él no formaría parte.
Inexperto aún en soledad, no sabiendo siquiera cómo podía quererse a otro individuo, tendría que enfrentarse con la absoluta y cerrada autosuficiencia de doce clones; algo excesivo para él, desde luego.
Pugh apoyó una mano en su hombro.
—El jefe no te pedirá que te quedes aquí. Puedes marcharte a casa. O, si lo prefieres, puedes venir con nosotros. Nos serías útil. No corre prisa decidirlo.
Kaph alzó la mirada y vio lo que nunca había visto: Le vio a él, a Owen Pugh, el otro, el desconocido que tendía su mano en la oscuridad.
—Buenas noches —murmuró Pugh, deslizándose en el interior de su saco y medio dormido ya, de modo que no oyó a Kaph contestar, tras una breve pausa:
—Buenas noches, Owen.

FIN