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2025/07/28

Los Xipéhuz (J. H. Rosny)


Título original: Les Xipéhuz
Año: 1897
 

LIBRO PRIMERO
1- Las formas
Fue mil años antes de la gran civilización de donde surgieron más tarde Nínive, Babilonia y Ecbatana.
La tribu nómada del Pjehou, con sus asnos, sus caballos y su ganado atravesaba la selva bravía de Kzour, hacia el crepúsculo, entre la capa de rayos de luz oblicuos.
Todos estaban cansados, callaban buscando un bello claro donde la tribu pudiese encender el fuego sagrado, hacer la comida de la noche y dormir al abrigo de los animales, detrás de la doble rampa de las hogueras rojas.
Las nubes palidecieron, las comarcas ilusorias vagaron a los cuatro horizontes, los dioses nocturnos soplaron el canto arrullador y la tribu continuaba andando. Un explorador reapareció al galope, anunciando el claro y el agua diáfana y pura.
La tribu dio tres grandes gritos, todos avivaron el paso, sonaron risas pueriles; los caballos y los asnos, tan acostumbrados a reconocer la proximidad de la parada, después de la vuelta de los corredores y las aclamaciones de los nómadas, levantaban orgullosos el cuello.
El claro apareció. La fuente encantadora se abría camino entre musgos y arbustos. Una gran fantasmagoría se presentó a los nómadas.
Era al principio un gran círculo de conos azulados, translúcidos, la punta en alto y cada uno del volumen más o menos de la mitad de un hombre. Algunas rayas claras, algunas circunvoluciones oscuras se esparcían por toda la superficie; todos tenían en la base una estrella deslumbradora.
Más lejos, igualmente extraños, unos estratos se erguían verticalmente, bastante parecidos a la corteza del abedul y veteados con elipses multicolores. Había además, aquí y allá, unas formas casi cilíndricas y no obstante variadas, unas delgadas y altas, las otras bajas y rechonchas, todas de color bronceado, punteadas de verde, poseyendo todas, como los estratos, los característicos puntos de azul.
La tribu miraba, sorprendida. Un temor supersticioso inmovilizaba a los más valientes, que aumentó cuando las Formas se pusieron a ondular en las sombras grises del claro. Y de repente, mientras las estrellas temblaban y vacilaban, los conos se alargaron, los cilindros y los estratos chisporrotearon como el agua tirada sobre una llama, mientras todos avanzaban hacia los nómadas con una velocidad acelerada.
La tribu, presa por el hechizo de este espectáculo, no se movía en absoluto y continuaba mirando. Las Formas se acercaron. El choque fue espantoso. Guerreros, mujeres, niños, en racimos, se desplomaban en el suelo de la selva, como heridos misteriosamente por el poder del rayo. Entonces, a los supervivientes, el tenebroso terror rindió la fuerza, las alas de la huida ágil. Y las Formas, al principio en masa, ordenadas en hileras, se esparcieron alrededor de la tribu, persiguiendo despiadadamente a los fugitivos. El horrendo ataque, empero, no era infalible: Mataba a unos y aturdía a otros, nunca hería. Algunas gotas rojas brotaban de la nariz, de los ojos, de las orejas de los agonizantes, pero los otros, indemnes, no tardaban en levantarse, para continuar la carrera fantástica, entre la palidez crepuscular.
Cualquiera que fuere la naturaleza de las Formas, obraban de la misma manera que los seres, de ningún modo en forma de elementos, teniendo como los seres la inconstancia y la diversidad en el paso, escogiendo evidentemente a sus víctimas sin confundir a los nómadas con las plantas ni con los animales.
Pronto los más veloces se dieron cuenta de que ya no les perseguían. Agotados, destrozados, no se atrevían a volverse hacia el prodigio. A lo lejos, entre los troncos inundados de sombra, continuaba la persecución resplandeciente. Y las Formas, de preferencia, perseguían, destrozaban a los guerreros, aunque a menudo despreciaban a los débiles, a la mujer y al niño.
Así, a distancia, en la noche oscura, la escena era más sobrenatural, más aplastante para los cerebros bárbaros. Los guerreros iban a comenzar de nuevo la huida. Una observación capital les obligó a pararse; esta era que, fuesen cuales fuesen los fugitivos, las Formas abandonaban la persecución a partir de un límite fijo. Y, por cansada e impotente que estuviese la víctima, aunque estuviese desvanecida, desde que esta frontera ideal se había franqueado, cualquier peligro cesaba de repente.
Esta tranquilizadora observación, ya confirmada por más de cincuenta hechos, aplacó los nervios frenéticos de los fugitivos. Se atrevieron a esperar a sus compañeros, sus mujeres y sus pobres niños escapados de la matanza. Incluso uno de ellos, su héroe, atontado al principio, asustado por esta aventura tan sobrehumana, encontró el aliento de su gran alma, encendió una hoguera e hizo sonar el cuerno de búfalo para guiar a los fugitivos.
Entonces llegaron los desdichados de uno en uno. Muchos de ellos, lisiados, se arrastraban con las manos. Unas mujeres-madres, con la indomable fuerza maternal, habían guardado, reunido y transportado entre aquella hosca refriega, el fruto de sus entrañas. Y muchos asnos, caballos y bueyes, reaparecieron, menos enloquecidos que los hombres.
Noche lúgubre, pasada en silencio, sin sueño, en que los guerreros sentían temblar continuamente sus vértebras. Pero vino la aurora, se insinuó pálida a través del gran follaje, después la sinfonía del amanecer con todos sus colores, los pájaros haciendo resonar sus trinos, exhortando a la vida, para rechazar los terrores de las Tinieblas.
El Héroe, el jefe natural, juntando a la multitud en grupos, comenzó a enumerar a la tribu. La mitad de los guerreros, doscientos, faltó a la llamada. Mucho menores eran las pérdidas de las mujeres y casi nula la de los niños.
Cuando esta enumeración fue terminada, cuando se hubieron juntado las bestias de carga (pocas faltaban, por la superioridad del instinto sobre la razón durante los desastres), el Héroe dispuso la tribu según el arreglo acostumbrado, después, ordenando a todos que esperaran, solo, pálido, se dirigió hacia el claro. Nadie, ni de lejos, se atrevió a seguirlo.
Y dirigiéndose adonde los árboles se espaciaban ampliamente, sobrepasó ligeramente el límite observado la víspera y miró.
A lo lejos, en la fresca transparencia de la mañana, manaba la hermosa fuente; en sus bordes, reunida, la banda fantástica de las Formas resplandecía. Su color había variado. Los Conos eran más compactos, su tinte turquesa había verdecido, los Cilindros se nublaban de violeta y los Estratos se parecían al cobre virgen. Pero en todos, la estrella apuntaba sus rayos que, incluso a la luz del día, deslumbraban.
La metamorfosis se extendía a los contornos de las fantasmagóricas Entidades: Unos conos tenían tendencia a ensancharse en cilindros, unos cilindros se desplegaban, mientras que unos estratos se curvaban parcialmente.
Pero, como la víspera, de pronto las Formas empezaron a ondular, sus Estrellas se pusieron a palpitar; el Héroe, lentamente, pasó de nuevo la frontera de la Salvación.


2- Expedición hierática
La tribu de Pjehou se detuvo a la puerta del gran Tabernáculo nómada, donde sólo entraban los jefes. En el fondo lleno de astros, bajo la imagen masculina del Sol, se erguían los tres grandes sacerdotes. Más abajo de ellos, en las gradas doradas, los doce sacrificadores inferiores.
El Héroe se adelantó y refirió con detalle el terrible viaje a través del bosque de Kzour, que los sacerdotes escuchaban, muy graves, asombrados, sintiendo que menguaba su poder ante aquella aventura inconcebible.
El gran sacerdote supremo exigió que la tribu ofreciese al Sol doce toros, siete onagros y tres caballos sementales. Reconoció a las Formas los atributos divinos, y después de los sacrificios, propuso una expedición hierática.
Todos los sacerdotes, todos los jefes de la nación zahelal, tenían que asistir a ella.
Y unos mensajeros recorrieron los montes y las llanuras, a cien leguas alrededor del lugar donde se elevó más tarde la Ecbatana de los magos. Por doquier la tenebrosa historia erizaba los pelos de los hombres, y en todas partes los jefes obedecían prontamente la llamada sacerdotal.
Una mañana de octubre, el Varón atravesó las nubes, inundó el Tabernáculo, alcanzó el altar donde humeaba un corazón sangrante de toro. Los grandes sacerdotes, los sacrificadores, cincuenta jefes de tribu, lanzaron el grito triunfal. Cien mil nómadas, fuera, pisando el rocío fresco, repitieron el clamor, volviendo sus cabezas curtidas hacia la prodigiosa selva de Kzour, que temblaba blandamente. El presagio era favorable.
Entonces, con los sacerdotes en cabeza, todo un pueblo anduvo a través del bosque. Por la tarde, hacia las tres, el héroe de Pjehou detuvo a la multitud. El gran claro requemado por el otoño, con su musgo oculto bajo una gruesa capa de hojas secas, se extendía con majestad; en los bordes del manantial, los sacerdotes se apercibieron de lo qué iban a adorar y apaciguar, las Formas. Eran agradables a la vista y bajo la sombra de los árboles, con sus matices temblorosos, el fuego puro de sus estrellas, su evolución tranquila al borde del manantial.
—¡Es necesario —dijo el gran sacerdote supremo— ofrecer aquí el sacrificio, para que sepan que nos sometemos a su poder!
Todos los ancianos se inclinaron. Entretanto, una voz se elevó. Era Yushik, de la tribu de Nim, un joven que se ocupaba en contar los astros, pálido y vigilante profeta, que empezaba a tener fama y renombre, el cual pidió con audacia que se aproximasen a las Formas.
Pero los ancianos, que habían encanecido en el arte de las sabias palabras, triunfaron: El altar fue construido, la víctima conducida a él… —un deslumbrante semental, soberbio servidor del hombre—. Entonces, en el silencio, mientras el pueblo se prosternaba, el cuchillo de cobre encontró el noble corazón del animal. Un gran lamento se elevó. Y el gran sacerdote dijo: 
—¿Están aplacados, oh dioses?
Allá abajo, entre los troncos silenciosos, las Formas continuaban circulando y relucían, dando preferencia a los lugares en que el sol se deslizaba en ondas más densas.
—¡Sí, sí —gritaba el entusiasta—, están aplacados!
Y cogiendo el corazón caliente del caballo, sin que el gran sacerdote, curioso, pronunciara una palabra, Yushik se lanzó hacia el claro. Unos fanáticos, lanzando grandes aullidos, le siguieron. Lentamente las Formas ondulaban, apretujándose, rasando el suelo; después, de repente, precipitándose sobre los más temerarios, se produjo una lamentable hecatombe, que asustó a las cincuenta tribus. Seis o siete fugitivos, con grandes esfuerzos, perseguidos con encarnizamiento, pudieron alcanzar el límite. Los restantes habían perecido y Yushik con ellos.
—¡Son unos dioses inexorables! —dijo solemnemente el supremo sacerdote.
Después se reunió un consejo, el venerable consejo de los sacerdotes, los ancianos y los jefes.
Decidieron trazar, más allá del límite de Salvación, un recinto de estacas, y obligar, para determinar este recinto, a unos esclavos que se expusiesen al ataque de las Formas, sucesivamente sobre todo el contorno.
Y así se hizo. Bajo amenaza de muerte, unos esclavos entraron en el recinto. Muy pocos de ellos perecieron, sin embargo, por las grandes precauciones tomadas. La frontera quedó firmemente establecida, hecha visible a todos por su contorno de estacas.
Así terminó felizmente la expedición hierática, y los Zahelals se creyeron protegidos contra el sutil enemigo.


3- Las tinieblas
Pero el sistema preventivo preconizado por el consejo pronto resultó ser impotente. En la primavera siguiente, las tribus Hertoth y Nazzum, pasando cerca de la empalizada sin desconfianza, un poco en desorden, fueron cruelmente asaltadas y diezmadas por las Formas.
Los jefes que escaparon a la matanza explicaron al gran consejo Zahelal, que las Formas eran ahora mucho más numerosas que el otoño pasado. Sin embargo, como anteriormente, limitaban su persecución, pero las fronteras se habían ensanchado.
Estas noticias llenaron de consternación al pueblo; hubo gran aflicción y se ofrecieron grandes sacrificios. Después el consejo resolvió destruir la selva de Kzour con el fuego.
A pesar de todos los esfuerzos, no se pudieron incendiar más que las orillas.
Entonces, los sacerdotes, con gran desesperación, consagraron la selva, prohibiendo a cualquiera de entrar allí. Y así pasaron varios veranos.
Una noche de octubre, el campamento de la tribu Zulf, que estaba dormida a diez tiros de arco de la selva fatal, fue invadida por las Formas. Trescientos guerreros más perdieron la vida.
Desde este día una historia siniestra, envolvente, misteriosa, se esparció de tribu en tribu, murmurada a todas las orejas, al caer la tarde, en las largas noches astrales de la Mesopotamia. El hombre iba a perecer. El OTRO, ampliando su dominio en la selva, en las llanuras, indestructible, día tras día, devoraría la raza acobardada. Y la confianza, temerosa y negra, se metía en los pobres cerebros y a todos les quitaba la fuerza de luchar, el brillante optimismo de las razas jóvenes. El hombre errante, soñando en estas cosas, no se atrevía a disfrutar de los suntuosos pastos natales y buscaba con la mirada abrumada, el paso de las constelaciones. Fue el milenio de los pueblos jóvenes, y ya sentían la frialdad del fin del mundo o quizá la resignación del piel roja de las praderas indias.
Y con esta angustia, los más meditabundos, llegaron a un culto amargo, un culto de muerte que predicaban fríos profetas; era el culto de las Tinieblas más poderosas que los Astros, unas Tinieblas que tenían que tragar y devorar, la Santa Luz y el fuego resplandeciente.
Por todas partes, en los contornos de las soledades; se encontraban inmóviles y adelgazadas unas siluetas de iluminados, de los hombres del silencio, que, por períodos, se esparcían entre las tribus, y contaban sus espantosas pesadillas, el Crepúsculo de la Gran Noche Cerrada que se aproximaba, del sol agonizante.


4- Bakhoûn
Ahora bien, por esta época vivía un hombre extraordinario llamado Bakhoûn, descendiente de la tribu de Ptuh y hermano del primer gran sacerdote de los Zahelals. Desde muy joven había dejado la vida nómada, escogiendo una bella soledad, entre cuatro colinas, en un minúsculo y risueño valle por el que discurría una fuente de agua clara y cristalina. Unos grandes peñascos le hacían las veces de tienda fija, de morada ciclópea. La paciencia y la ayuda de bueyes y caballos, le habían creado, junto con la regularidad de las cosechas, una riqueza incalculable. Con sus cuatro mujeres y sus treinta hijos, vivía allí una vida de Edén.
Bakhoûn profesaba unas ideas singulares, y hubiera sido lapidado, a no ser por el respeto de los Zahelals hacia su hermano mayor el gran sacerdote supremo.
Primero, afirmaba que la vida sedentaria era preferible a la vida nómada, pues reservaba las fuerzas del hombre en provecho del espíritu.
Segundo, pensaba que el Sol, la Luna y las Estrellas no eran dioses, sino unas masas luminosas.
Tercero, decía que el hombre no tiene que creer más que en las cosas probadas por la Medida.
Los Zahelals le atribuyeron unos poderes mágicos, y aun los más temerarios, a veces, se atrevían a consultarle, y nunca se arrepintieron. Aseguraban que había ayudado muchas veces a las tribus desgraciadas, distribuyéndoles toda clase de víveres.
Más en la hora negra, cuando se presentó la melancólica alternativa de abandonar las comarcas o ser destruidas por las divinidades inexorables, las tribus pensaron en Bakhoûn, y los mismos sacerdotes, después de grandes luchas de orgullo, le enviaron una delegación formada por tres de los más considerables de su orden.
Bakhoûn prestó la más ansiosa atención a sus relatos, haciéndoselos repetir, formulándoles precisas y numerosas preguntas. Pidió que le dejaran dos días para meditar. Cuando este tiempo hubo pasado les anunció sencillamente que iba a consagrarse por completo al estudio de las Formas.
Las tribus se sintieron algo decepcionadas, pues esperaban que Bakhoûn podría librar al país por brujería. Sin embargo, los jefes se mostraron contentos de su decisión y esperaron con ello grandes cosas.
Entonces, Bakhoûn se instaló en los alrededores de la selva de Kzour, retirándose a la hora del descanso, y durante todo el día observaba, montado sobre el más rápido caballo semental de Caldea. Enseguida estuvo convencido de la superioridad del espléndido animal sobre las más ágiles de las Formas, pudiendo comenzar su estudio audaz y minucioso de los enemigos del Hombre, este estudio al cual debemos el gran libro pre-cuneiforme de sesenta tablas, el más hermoso libro lapidario que las edades nómadas hayan legado a las razas modernas.
Es justamente en este libro, admirable por su paciente observación y su sobriedad, donde se halla constancia de un sistema de vida absolutamente distinto de nuestro reino animal y vegetal, sistema que Bakhoûn asegura humildemente no haber podido analizar más que en su apariencia más grosera y más exterior. Es imposible que el Hombre no se estremezca leyendo esta monografía de seres que Bakhoûn llama los Xipéhuz, estos detalles desinteresados que no han sido llevados nunca a lo maravilloso sistemático, que el viejo escriba revela acerca de sus actos, su modo de avanzar, de combatir y de generación, los cuales demuestran que la raza humana ha estado al borde de la Nada, que la tierra ha estado a punto de convertirse en el patrimonio de un Reino del cual hemos perdido hasta la concepción.
Es preciso leer la maravillosa traducción del señor Dessault, sus descubrimientos inesperados sobre la lingüística "preasiria", descubrimientos más admirados desgraciadamente en el extranjero —en Inglaterra y Alemania— que en su propia patria. El ilustre sabio se ha dignado poner a nuestra disposición los pasajes más sobresalientes de la preciosa obra, y estos pasajes, que nosotros ofrecemos a continuación al público, quizás inspirarán el deseo de examinar las soberbias traducciones del Maestro.


5- Extracto del libro de Bakhoûn
Los Xipéhuz son evidentemente unos seres Vivientes. Todos sus pasos indican la voluntad, el capricho, la asociación, la independencia parcial que permiten distinguir al Ser animal de la planta o de la cosa inerte. Aunque su manera de progresión no pueda ser definida por comparación —es un simple modo de deslizarse sobre la tierra— es fácil de ver que lo dirigen a su gusto. Se les ve pararse bruscamente, volverse, lanzarse a la persecución los unos de los otros, pasearse a pares, tres a la vez, manifestar unas preferencias que les harán dejar a un compañero para ir a lo lejos y juntarse con otro. No tienen la facultad de subirse a los árboles, pero logran matar a los pájaros atrayéndolos por medios no descubiertos todavía. Se les ve cercar animales silvestres o esperarles detrás de un zarzal; no dejan nunca de matarlos y luego consumirlos. Se puede poner por regla que matan a todos los animales indistintamente, si pueden alcanzarlos, y todo esto sin motivo aparente, pues no los utilizan en absoluto, reduciéndolos únicamente a ceniza.
Su manera de destruir no exige una hoguera; el punto incandescente que tienen en su base es suficiente para esta operación. Se reúnen de diez a veinte, en círculo, alrededor de los grandes animales muertos, entonces hacen converger sus rayos sobre el cadáver. Para los animales pequeños —los pájaros, por ejemplo— los rayos de un solo Xipéhuz son suficientes para la incineración. Hay que darse cuenta que el calor que pueden producir no es en absoluto instantáneo y violento. Yo he recibido a menudo en la mano las radiaciones de un Xipéhuz y la piel no empezaba a calentarse hasta después de algún tiempo.
No sé si es necesario decir que los Xipéhuz son de diferentes formas, ya que todos pueden transformarse sucesivamente en conos, cilindros y estratos, y todo esto en un solo día. Su color varía continuamente, lo que creo se puede atribuir en general a las metamorfosis de la luz desde la mañana hasta la noche y desde la noche a la mañana. Sin embargo, algunas variaciones de matices parece son debidas al capricho de los individuos y especialmente a sus pasiones, si se me permite decirlo, pudiendo constituir así verdaderas expresiones de la fisonomía, las más sencillas de las cuales me han sido imposibles de determinar, a pesar de un estudio ardiente, pudiendo aventurar únicamente algunas hipótesis. Así, no he podido distinguir nunca un matiz furioso de un matiz dulce, lo que hubiera sido el primer descubrimiento de este género.
He dicho sus pasiones. Anteriormente he observado ya sus preferencias, lo que denominaría sus amistades. También tienen sus odios. Tal Xipéhuz se aleja constantemente de tal otro y recíprocamente. Sus cóleras parecen violentas. Chocan entre ellos con movimientos idénticos a los que se observan cuando atacan a los grandes animales o al hombre, y son estos combates los que me han enseñado que no eran en absoluto inmortales, como en principio estaba dispuesto a creer, pues dos o tres veces he visto a unos Xipéhuz sucumbir en estos encuentros, es decir, caer, condensarse, petrificarse. He conservado precisamente algunos de estos extraordinarios cadáveres, y quizá más tarde podrán servir para conocer la naturaleza de estos Xipéhuz. Son unos cristales amarillentos, dispuestos irregularmente y estriados con unos hilos azules.
Del hecho de que los Xipéhuz no eran en absoluto inmortales deduje que tal vez sería posible combatirlos y vencerlos, y desde entonces he empezado la serie de experiencias bélicas de las cuales se hablará más tarde.
Como los Xipéhuz resplandecen lo suficiente para ser apercibidos a través de las espesuras y hasta detrás de los grandes troncos —una gran aureola se desprende de ellos en todos los sentidos y advierte su proximidad—, he podido arriesgarme en la selva confiando en la velocidad de mi corcel.
Una vez allí, he tratado de descubrir si es que se construían moradas, pero confieso haber fracasado en esta indagación. Para vivir, no mueven ni piedras ni plantas, y parecen rehuir cualquier especie de industria tangible y visible, única industria apreciable a la observación humana. Por consecuencia no tienen ninguna clase de armas, de acuerdo con el sentido atribuido por nosotros a esta palabra. También es cierto que no pueden matar a distancia: Cualquier animal que haya podido huir sin sufrir el contacto inmediato de un Xipéhuz, ha escapado infaliblemente, y de esto he sido testimonio infinidad de veces.
Como ya había observado la desgraciada tribu de Pjehou, ellos no pueden franquear ciertas barreras ideales; así, pues, su acción queda limitada. Pero estos límites han ido en aumento siempre, de año en año y de mes en mes. Así, pues, he tenido que indagar la causa de ello.
Ahora bien, esta causa no parece ser otra que un fenómeno de crecimiento colectivo, y, como la mayor parte de las cosas xipéhuzes, es incomprensible a la inteligencia del hombre. He aquí la ley en dos palabras: Los límites de la acción xipéhuz se ensanchan proporcionalmente al número de individuos, es decir, que así que hay procreación de nuevos seres, hay extensión de fronteras; pero mientras el número permanezca invariable, ningún individuo es capaz de franquear el medio habitado atribuido —por la fuerza de las cosas (?)— al conjunto de la raza. Esta regla deja entrever una correlación más íntima entre la masa y el individuo que la correlación similar observada entre los hombres y los animales. Más tarde se ha visto la recíproca de esta ley, ya que desde que los Xipéhuz han empezado a disminuir, sus fronteras se han estrechado proporcionalmente.
Del fenómeno de la procreación en sí, tengo poco que decir, pero este poco es característico. En principio esta proporción se produjo cuatro veces al año, un poco antes de los equinoccios y los solsticios y solamente durante las noches muy puras. Los Xipéhuz se reunían en grupos de tres, y estos grupos acababan por no formar más que uno solo, estrechamente amalgamado y dispuesto en una elipse muy larga. Permanecen así toda la noche, y por la mañana hasta la completa salida del Sol. Cuando se separan, se ven subir unas formas vagas, vaporosas y enormes.
Estas formas se condensan lentamente, achicándose, y se transforman al cabo de diez días en conos del color del ámbar, considerablemente más grandes todavía que los Xipéhuz adultos. Son necesarios dos meses y algunos días para que alcancen el máximo desarrollo, es decir, su máximo encogimiento. Al cabo de este tiempo se vuelven parecidos a los otros seres de su reino, de colores y formas variables según la hora, el tiempo y el capricho individual. Algunos días después de su desarrollo o encogimiento integral, las fronteras de acción se ensanchan. Era, naturalmente, un poco antes de este momento temible en que yo apretaba los flancos de mi buen Kouath, a fin de ir a establecer mi campamento más lejos.


Que los Xipéhuz tengan sentidos, es lo que no es posible afirmar. Poseen ciertamente unos aparatos que les sirven en su lugar.
La facilidad con que perciben a grandes distancias la presencia de los animales, pero sobre todo la del hombre, anuncia evidentemente que sus órganos de investigación valen tanto como nuestros ojos. Yo no les he visto nunca confundir un vegetal con un animal, hasta en circunstancias en que yo habría podido cometer este error, equivocado por la luz bajo las ramas, el color del objeto o su posición. La circunstancia de agruparse hasta veinte para consumir un animal grande, cuando uno solo se ocupa de la calcinación de un pájaro, demuestra una comprensión correcta de las proporciones, y esta inteligencia aparece más perfecta si se observa que se juntan diez, doce, o quince, siempre de acuerdo con el volumen relativo del cadáver. Un argumento todavía mejor a favor de la existencia de órganos análogos a nuestros sentidos, o de su inteligencia, es la forma en que ellos actuaban al atacar a nuestras tribus, ya que se ocupaban poco o casi nada de nuestras mujeres y niños, mientras que perseguían despiadadamente a los guerreros.
Ahora la pregunta más importante. ¿Tienen un lenguaje? A esto puedo contestar sin el menor titubeo: "Sí, tienen un lenguaje". Y este lenguaje se compone de signos entre los cuales he podido descifrar algunos.
Supongamos, por ejemplo, que un Xipéhuz desea hablar a otro. Para esto le es suficiente dirigir los rayos de su estrella hacia su compañero, lo que es captado al instante. El llamado, si anda, se detiene, esperando. El que habla, entonces, traza rápidamente, en la superficie misma de su interlocutor —y no importa de qué lado— una serie de caracteres, cortos y luminosos, por medio de un juego de centelleo desprendido siempre de la base; estos caracteres se quedan un instante fijos, después se borran.
El interlocutor, después de una breve pausa, responde.
Antes de emprender cualquier acción de combate o de emboscada, he visto siempre a los Xipéhuz emplear los caracteres siguientes:
Cuando se trataba de mí —y esto era a menudo, pues han hecho todo lo que han podido para exterminarnos al valiente Kouath y a mí—, la marca es:
seguida de la anterior:
El signo de llamada ordinario era:
y hacía acudir al individuo que lo recibía. Cuando los Xipéhuz estaban invitados a una reunión general, yo no he dejado nunca de observar una señal de esta forma:
que representaba la triple apariencia de estos seres.
Los Xipéhuz tienen además unos signos más complicados, refiriéndose no sólo a acciones similares a las nuestras, sino a un orden de cosas completamente extraordinario y del que no he podido descifrar nada. No puede haber la menor duda respecto a su facultad de poder cambiar ideas de un orden abstracto, probablemente equivalentes a las ideas humanas, ya que pueden permanecer durante mucho tiempo inmóviles no haciendo otra cosa que conversar, lo que indica verdaderas acumulaciones de pensamientos.
Mi larga estancia cerca de ellos había terminado, a pesar de las metamorfosis (cuyas leyes varían para cada uno, poco sin duda, pero con características suficientes para un espía terco), por hacerme conocer varios Xipéhuz de una manera bastante íntima, por revelarme particularidades sobre diferencias individuales…, diríase sobre los caracteres. He conocido a algunos taciturnos, que no trazaban casi nunca una palabra; otros expansivos, que escribían verdaderos discursos; otros atentos, otros habladores que hablaban juntos, interrumpiéndose unos a otros. A algunos les gustaba retirarse para vivir solitarios; otros buscaban evidentemente la sociedad; otros, feroces, acosaban constantemente las fieras y los pájaros, y algunos, más misericordiosos, perdonaban a los animales y les dejaban vivir en paz.
¿Todo esto no abre a la imaginación una gigantesca cantera? ¿No lleva hasta imaginar diversidad de aptitudes, inteligencia y fuerzas análogas a las de la raza humana?
Ellos practican la educación. ¡Cuántas veces he observado a un viejo Xipéhuz, sentado en medio de numerosos jóvenes, centelleando signos que aquellos le repetían uno después del otro, y que les hacía empezar de nuevo cuando la repetición era imperfecta!
Estas lecciones eran a mis ojos maravillosas, y de todo lo que concierna a los Xipéhuz, no hay nada que haya cautivado tanto mi atención, nada que me haya preocupado más en las noches de insomnio. Me parecía que era allí, en este amanecer de la raza, donde el velo del misterio podía entreabrirse, allí donde alguna idea simple, primitiva, surgiría quizás, y esclarecería para mí un rincón de aquellas profundas tinieblas. No, nada me ha desanimado; durante años he asistido a esta educación, de la que he intentado interpretaciones innumerables. ¡Cuántas veces he creído captar como un fugitivo resplandor de la naturaleza esencial de los Xipéhuz, un resplandor extrasensible, una pura abstracción y que, ¡ay de mí!, mis pobres facultades ahogadas en la carne no llegarán nunca a percibir!
He dicho antes que había creído durante mucho tiempo que los Xipéhuz eran inmortales. Habiendo sido destruida esta creencia en vista de muertes violentas que siguieron a algunos encuentros entre Xipéhuz, me sentí naturalmente tentado a investigar su punto vulnerable y me dediqué cada día, desde entonces, a encontrar medios destructivos, ya que los Xipéhuz crecían en número de tal forma, que después de haber desbordado la selva de Kzour por el sur, este y oeste, empezaron a invadir las llanuras del lado de levante.
¡Oh, dioses! En pocos ciclos hubiesen desposeído al hombre de su morada terrestre.
Entonces me armé de una honda, y cuando un Xipéhuz salía de la selva y lo tenía a mi alcance, le apuntaba y le lanzaba una piedra. No obtuve ningún resultado, aunque hubiese alcanzado al conjunto de individuos apuntados en todas las partes de su superficie, hasta en el mismo punto luminoso. Parecían de una insensibilidad perfecta a mis tiros, y ninguno de entre ellos se volvió nunca para evitar uno de mis proyectiles. Después de un mes de pruebas me fue preciso confesar que la honda no podía nada contra ellos, y entonces abandoné esta arma.
Tomé el arco. A las primeras flechas que lancé, descubrí entre los Xipéhuz un sentimiento muy vivo de miedo, pues dudaban, se mantenían fuera de mi alcance, me esquivaban tanto como podían. Durante ocho días, probé en vano de alcanzar a uno. El octavo día una partida de Xipéhuz, llevada creo yo por su ardor cinegético, pasó bastante cerca de mí persiguiendo una bonita gacela. Lancé precipitadamente algunas flechas, sin ningún efecto aparente, y la partida se dispersó; yo les perseguía y gastaba mis municiones. No hube tirado la última flecha que todos volvieron con gran rapidez, de diferentes lados, me cercaron por tres cuartos y hubiese perdido la vida a no ser por la prodigiosa velocidad del servicial Kouath.
Esta aventura me dejó lleno de incertidumbre y de esperanzas; pasé toda la semana inerte, perdido en la vaga profundidad de mis meditaciones, en un problema excesivamente apasionante, sutil, propio para hacer huir el sueño, ya que al mismo tiempo me llenaba de sufrimiento y de placer. ¿Por qué los Xipéhuz temían mis flechas? ¿Por qué, por otra parte, entre el gran número de proyectiles con los cuales había alcanzado a los que iban de caza, ninguno había producido efecto? Lo que yo sabía de la inteligencia de mis enemigos no permitía la hipótesis de un terror sin causa. Por el contrario, todo me inducía a suponer que la flecha, lanzada en unas condiciones particulares, tenía que ser contra ellos un arma temible. ¿Pero cuáles eran estas condiciones? ¿Cuál era el punto vulnerable de los Xipéhuz? Y bruscamente me vino el pensamiento de que había de ser la estrella lo que había que alcanzar. En un minuto tuve la certidumbre apasionada, ciega… Después se apoderó de mí la duda. Con la honda ¿no había apuntado varias veces hasta tocar este punto? ¿Por qué la flecha sería más dichosa que la piedra?
Después, vino la noche, el inconmensurable abismo, con sus lámparas maravillosas esparcidas por encima de la tierra. Y yo, con la cabeza entre las manos, soñaba, con el corazón en tinieblas como la noche.
Un león se puso a rugir, unos chacales pasaron por la llanura, y de nuevo la lucecita de la esperanza me iluminó. Acababa de pensar que el guijarro de la honda era relativamente grueso ¡y la estrella de los Xipéhuz tan pequeña! Quizá, para mejor maniobrar, era preciso ir profundo, atravesarla con una punta aguda y ¡entonces el terror delante de la flecha se comprendería!
Entre tanto, Vega giraba lentamente en torno al Polo, la aurora estaba ya muy próxima y la laxitud, durante algunas horas, adormecía en mi cráneo el mundo del espíritu.
Algunos días más tarde, armado con el arco, me fui constantemente en persecución de los Xipéhuz, penetrando en su recinto todo lo que la prudencia permitía. Pero todos evitaron mi ataque quedándose lejos, fuera de mi alcance. No se podía pensar en tenderles una emboscada; su método de percepción les permitía adivinar mi presencia a través de los obstáculos.
Hacia el final del quinto día se produjo un acontecimiento que por sí solo probaba que los Xipéhuz son seres falibles y que pueden llegar a perfeccionarse como el hombre. Aquella noche, al llegar el crepúsculo, un Xipéhuz se aproximó deliberadamente hacia mí, con aquella velocidad continuamente acelerada que da más efectividad a su ataque. Sorprendido, con el corazón palpitante, tendí el arco. Él, acercándose cada vez más, parecía una columna de turquesa en la noche naciente, casi llegaba a mi alcance. Luego, cuando me aprestaba a lanzar la flecha, vi con estupefacción que él se volvía y escondía su estrella sin cesar de acercarse hacia mí. No tuve más tiempo que el preciso para poner al galope a Kouath, para escabullirme del ataque de aquel temible adversario.
Esta sencilla maniobra, en la cual ningún Xipéhuz había podido pensar anteriormente, además de demostrar, una vez más, la invención personal, la individualidad entre el enemigo, sugería dos ideas: la primera, que había razonado acertadamente en cuanto a la vulnerabilidad de la estrella xipéhuza; la segunda, menos estimulante, era que la misma táctica, si fuese adoptada por todos, haría mi tarea extraordinariamente ardua, quizás imposible.
De todas maneras, después de haber hecho tanto para conocer la verdad, sentí crecer mi valor delante del obstáculo y llegué a esperar de mi espíritu la sutileza necesaria para derribarlo.
 

6- Segundo extracto del libro de Bakhoûn
Regresé a mi soledad. Anakhre, tercer hijo de mi mujer Tepaï, era un poderoso constructor de armas. Le ordené que cortara una rama del árbol de Waham, y tallara un arco de alcance extraordinario. Tomó una rama dura como el hierro y el arco que salió de ella era cuatro veces más poderoso que el del pastor Zankann, el arquero que se consideraba el más fuerte de las mil tribus. Ningún hombre por fuerte que fuera lo habría podido tender. Pero yo había imaginado un artificio y como Anakhre trabajó según mis indicaciones, resultó que aquel arco inmenso podía ser tendido incluso por una mujer.
Además, yo había sido siempre muy experto para lanzar el dardo y la flecha y en pocos días aprendí a conocer tan perfectamente el arma construida por mi hijo Anakhre, que no fallé ningún blanco, aunque fuera menudo como una mosca o tan rápido como un halcón.
Terminado todo esto, volví hacia Kzour, montado en mi Kouath de ojos llameantes y empecé de nuevo a dar vueltas alrededor de los enemigos del hombre.
Para inspirarles confianza tiré muchas flechas con mi arco habitual, cada vez que alguna de sus partidas se aproximaba a la frontera. Muchas de mis flechas caían cerca de ellos; así aprendieron a conocer el alcance exacto del arma y por ello se creyeron en absoluto fuera de peligro a unas distancias fijas. Sin embargo, les quedaba una desconfianza que los hacía ir de un lado a otro y los volvía temerosos mientras no permanecían al abrigo de la selva, y les hacía ocultar sus estrellas a mi vista.
A fuerza de paciencia se fue desvaneciendo su inquietud y, a la sexta mañana, una multitud vino a colocarse delante de mí, bajo un gran árbol a tres tiros de arco corriente.
Enseguida me apresuré a mandar una nube de flechas inútiles. Entonces su vigilancia se adormeció cada vez más y sus maneras se volvieron tan libres como en los primeros tiempos de mi estancia allí.
Era la hora decisiva. Mi pecho palpitaba de tal manera, que en principio me sentía sin fuerzas. Esperé paciente, ya que todo el formidable porvenir dependía de una sola flecha. Si esta fallaba y no llegaba al blanco deseado, probablemente los Xipéhuz ya no se prestarían más a mi experimento, y entonces, ¿cómo saber si los Xipéhuz son accesibles a los golpes del hombre?
Sin embargo, poco a poco mi voluntad triunfaba, hizo acallar mi pecho, volvió suaves y fuertes los miembros y las pupilas tranquilas. Entonces, lentamente, levanté el arco de Anakhre. Allí a lo lejos un gran cono esmeralda se sostenía inmóvil a la sombra del árbol y su estrella reluciente se volvía hacia mí. El arco enorme se tendió; silbando partió la flecha por el espacio… y el Xipéhuz, alcanzado, cayó, condensándose y petrificándose.
Al mismo instante un grito sonoro de triunfo escapó de mi pecho. Tendí los brazos en éxtasis y di las gracias al Único.
¡Así, pues, eran vulnerables a las armas humanas estos espantosos Xipéhuz! ¡Se podía tener la esperanza de destruirlos!
Ahora, sin miedo ya, dejaba latir mi pecho, dejaba resonar la música jubilosa, yo que tanto había desesperado del futuro de mi raza, yo que bajo el curso de las constelaciones y el cristal azul del abismo, había calculado tan a menudo que en dos siglos el vasto mundo sentiría crujir sus límites ante la invasión xipéhuza.
Y sin embargo, cuando vino la noche adorada, la noche pensativa, una sombra cayó sobre mi beatitud: El temor de que el hombre y el Xipéhuz no pudieran coexistir, ya que la destrucción de uno tenía que ser la terrible condición para la vida del otro.


LIBRO SEGUNDO
1- Tercer extracto del libro de Bakhoûn
Los sacerdotes, los ancianos y los jefes completamente maravillados han escuchado mi relato; hasta en lo más hondo de las soledades los corredores han ido a repetir la gran nueva. El gran Consejo ha ordenado a los guerreros que se reunieran en la sexta luna del año 22649 en la llanura de Mehour-Asar, y los profetas han predicado la guerra sagrada. Más de cien mil guerreros Zahelals han acudido al lugar; un gran número de combatientes de razas extranjeras, Dzoums, Shars, Khaldes, atraídos por el renombre, han acudido a ofrecerse a la gran nación.
Kzour ha sido cercado por una décupla hilera de arqueros, pero las flechas todas han fracasado ante la táctica Xipéhuza, y un gran número de guerreros imprudentes han perecido.
Entonces, durante varias semanas, un gran terror prevaleció entre los hombres…
El tercer día de la octava luna, armado con un cuchillo de punta afilada, he anunciado a los innumerables pueblos que iba solo a combatir a los Xipéhuz en la esperanza de destruir la desconfianza que empezaba a nacer en contra de la verdad de mi relato.
Mis hijos Loûm, Demja, Anakhre, se han opuesto violentamente a mi proyecto y han querido ocupar mi sitio. Y Loûm ha dicho: "Tú no puedes ir, morirías. Entonces creerían que los Xipéhuz son invulnerables y que la raza humana perecerá".
Demja, Anakhre y muchos otros jefes habían dicho las mismas palabras, por lo que me dieron a comprender que tenían razón y opté por retirarme.
Entonces Loûm, apoderándose de mi cuchillo con mango de cuerno, pasó la frontera mortal y enseguida los Xipéhuz acudieron. Uno de ellos, más rápido que los otros, iba a su encuentro, pero Loûm, más ágil que el leopardo, se apartó, dio la vuelta al Xipéhuz, y entonces, de un gran salto, lo alcanzó, clavándole la punta aguda del cuchillo.
Los pueblos tan inmóviles vieron desmoronarse, condensarse, petrificarse al adversario.
Cien mil voces se alzaron en la mañana azul, cuando ya de vuelta Loûm atravesaba la frontera y su nombre glorioso circulaba a través de los ejércitos.

2- Primera batalla
En el mundo corría el año 22649, era el séptimo día de la octava luna.
Los cuernos retumbaron al alba; los pesados martillos golpearon las campanas de bronce para anunciar la gran batalla. Cien búfalos negros, doscientos caballos sementales fueron inmolados por los sacerdotes y mis cincuenta hijos conmigo rogábamos al Único.
El planeta del sol se había tragado la aurora roja, los jefes galoparon al frente de los ejércitos, el estruendo del ataque se ensanchaba con la carrera impetuosa de los cien mil combatientes.
La tribu de Nazzum fue la primera en atacar y el combate fue formidable. Impotentes al principio, segados por los golpes misteriosos, los guerreros pronto conocieron el arte de alcanzar a los Xipéhuz y aniquilarlos. Entonces todas las naciones, Zahelales, Dzoums, Sahrs, Khaldes, Xisoastres, Pjarvanns, amenazadoras como los océanos, invadieron la llanura y el bosque, cercando por doquier a sus silenciosos adversarios.
Durante mucho tiempo la batalla fue un caos; los mensajeros comunicaban constantemente a los sacerdotes que los hombres perecían a centenares, pero que su muerte era vengada.
En el momento más culminante vino mi hijo Sourdar, el de los pies ágiles, para decirme que por cada Xipéhuz abatido perecían doce de los nuestros. Yo tenía el alma negra y el corazón sin fuerzas, luego mis labios murmuraron.
—¡Que sea todo como quiera el único Padre!
Y recordando el número de los guerreros, que daba un total de ciento cuarenta mil, y sabiendo que los Xipéhuz se elevaban a un total de unos cuatro mil, más o menos, pensé que más de un tercio de este gran ejército perecería pero que la tierra sería para el hombre. También podía darse el caso de que el ejército no fuera suficiente:
—¡Sin embargo, es una victoria! —me decía yo tristemente.
Pero mientras pensaba estas cosas, he aquí que el clamor de la batalla hizo temblar más fuerte toda la selva; después, grandes masas de guerreros reaparecieron y, dando todos unos gritos de angustia, huyeron hacia la frontera de la Salvación.
Entonces vi a los Xipéhuz desembocar en la linde del bosque, no separados unos de otros, como por la mañana, sino unidos en grupos de unos veinte de ellos, en círculo, con sus fuegos vueltos al interior de los grupos.
En esta posición avanzaban invulnerables sobre nuestros guerreros impotentes y los destrozaban espantosamente.
Era el desastre.
Los combatientes más osados sólo pensaban en huir. Por lo tanto, a pesar del luto que pesaba en mi alma, observé pacientemente las peripecias fatales, con la esperanza de encontrar en el fondo mismo de tanto infortunio algún remedio, ya que a menudo el veneno y el antídoto se encuentran juntos.
El destino me recompensó esta confianza en la reflexión con dos descubrimientos. Primeramente me di cuenta que en los lugares en que nuestras tribus se hallaban en grandes multitudes y los Xipéhuz en poco número, aquella matanza que en principio era incalculable, se aminoraba a medida que los golpes del enemigo iban a menos; muchos de los caídos se levantaban después de un breve desvanecimiento. En cuanto a los más robustos, acababan por resistir completamente al choque, procurando huir después de repetidos ataques. Como el mismo fenómeno se renovaba en diferentes puntos del campo de batalla, acabé por creer que los Xipéhuz se fatigaban, que su poder de destrucción no sobrepasaba un cierto límite.
La segunda observación, que completaba felizmente la primera, me la proporcionó un grupo de Khaldes. Esta pobre gente, rodeada por todas partes por el enemigo, al perder la confianza en sus cortos cuchillos, arrancaron arbustos e hicieron con ellos unas mazas con ayuda de las cuales probaron de abrirse paso. Fue para mí una gran sorpresa ver que su intento salía bien. Vi a los Xipéhuz, por docenas, perder el equilibrio bajo los golpes; aproximadamente la mitad de los Khaldes se escaparon por el boquete hecho de aquella manera, pero cosa singular, los que en lugar de los arbustos se sirvieron de instrumentos de bronce (como sucedió con algún jefe), estos se mataron ellos mismos al matar al enemigo. Hay que darse cuenta, sin embargo, que los golpes de maza no hacían un daño sensible a los Xipéhuz, ya que los que habían caído se levantaban de nuevo rápidamente y reemprendían la persecución. No es que considere en menos mi doble descubrimiento, de una gran importancia para las luchas futuras.
Sin embargo, el desastre continuaba. La tierra retumbaba con la huida de los vencidos; antes de la noche no quedaban en los límites de los Xipéhuzes nada más que nuestros muertos y algunos centenares de combatientes subidos en los árboles. Para estos últimos la suerte fue horrorosa, ya que los Xipéhuz los quemaron vivos concentrando mil fuegos en las ramas que les protegían. Sus gritos desgarradores resonaron durante varias horas bajo el gran firmamento.


3- Bakhoûn elegido
Al día siguiente, los pueblos hicieron el recuento de los supervivientes. Encontraron que la batalla costaba alrededor de nueve mil hombres; un cálculo aproximado dio la pérdida de seiscientos Xipéhuz. De manera que la muerte de cada enemigo había costado quince existencias humanas.
La desesperación se asentó en los corazones de los guerreros, muchos de ellos clamaban contra los jefes y hablaban de abandonar una empresa tan horrorosa. Entonces, entre los murmullos, me adelanté al centro del campo y me puse a reprochar en voz alta a los guerreros la falta de ánimo de sus almas. Les pregunté si era preferible dejar perecer a todos los hombres o sacrificar sólo una parte de ellos; les demostré que en diez años la comarca zahelal estaría invadida por las Formas y dentro de veinte años los países de Khaldes, Sahrs, Pjarvanns y Xisoastres quedarían arrasados. Luego, al ver que podía despertarles aún su conciencia, les hice reconocer que ya una sexta parte del terrible territorio había vuelto al dominio de los hombres, pues el enemigo había sido rechazado en tres partes distintas, haciéndole regresar a la selva. Por último, les comuniqué mis observaciones, les hice comprender que los Xipéhuz no eran infatigables, que unas mazas de madera podían derribarles y obligarles a descubrir su punto vulnerable.
Un gran silencio reinaba en toda la llanura y la esperanza volvía al corazón de los innumerables guerreros que me escuchaban. Y para aumentar la confianza, describí unos aparatos de manera que yo había imaginado, propios tanto para el ataque como para la defensa. El entusiasmo renació, los pueblos aplaudieron mi idea y los jefes pusieron su mando a mi disposición.

4- Metamorfosis del armamento
En los días siguientes hice derribar gran número de árboles y di el modelo de ligeras barreras portátiles. He aquí su descripción aproximada: Un armazón de seis codos de largo y dos de ancho, unido por un enrejado a un armazón interior de la anchura de un codo sobre un largo de cinco. Seis hombres (dos portadores, dos guerreros armados con gruesas lanzas de madera, de punta roma, otros dos igualmente armados de lanzas de madera, pero con unas puntas metálicas muy finas y provistos por otra parte de arcos y flechas) podían quedarse allí tranquilamente, circular por la selva, protegida contra los ataques inmediatos de los Xipéhuz. Al llegar al alcance del enemigo, los guerreros provistos de lanzas obtusas, tenían que atacar y hacer girar al enemigo hasta obligarle a descubrirse y los arqueros tenían que apuntar a las estrellas, ya sea con la lanza o el arco según se presentara la eventualidad.
Como la estatura media de los Xipéhuz alcanzaba un poco más allá de un codo y medio, dispuse unas barreras de manera que los armazones exteriores no pudieran sobrepasar, durante la marcha, una altura de un codo y cuarto por encima del suelo y para esto era necesario inclinar un poco los soportes que las unían al armazón interior llevado a manos por el hombre. Como por otra parte los Xipéhuz no saben saltar los obstáculos abruptos ni avanzar como no sea de pie, la barrera concebida así era suficiente para protegerles contra sus ataques inmediatos.
Seguramente los Xipéhuz harían esfuerzos para quemar las nuevas armas y en más de un caso podrían conseguirlo, pero como sus fuegos no tienen eficacia fuera del alcance de las flechas, tendrían que descubrirse para emprender esta calcinación. Por otra parte, al no ser esta instantánea, se podría evitar en gran parte por medio de maniobras de desplazamiento rápido.

5- La segunda batalla
En el año 22649 del mundo, el décimoprimer día de la octava luna, fue librada la segunda batalla contra los Xipéhuz y en esta ocasión los jefes me entregaron el mando supremo. Entonces dividí a los pueblos en tres ejércitos. Un poco antes de la aurora he lanzado contra Kzour cuarenta mil guerreros armados según el sistema de barreras. Este ataque ha sido menos confuso que el del séptimo día. Las tribus han entrado despacio en la selva, en pequeños grupos dispuestos con mucho orden y el encuentro ha empezado. Toda la ventaja ha sido para los hombres durante la primera hora, habiendo sido completamente derrotados los Xipéhuz por la nueva táctica. Más de cien Formas han perecido, apenas vengadas por la muerte de una docena de guerreros. Pero pasada la primera sorpresa, los Xipéhuz se apresuraron a quemar las barreras, cosa que pudieron conseguir en algunos casos. Pero una maniobra mucho más peligrosa ha sido la que adoptaron hacia la cuarta hora del día; aprovechando su velocidad, unos grupos de Xipéhuz, apretados los unos contra los otros, llegaron a las barreras y consiguieron derribarlas. En esta operación perecieron un gran número de hombres, hasta tal punto que esta momentánea ventaja del enemigo desalentó a una parte de nuestro ejército.
Hacia la hora quinta, las tribus Zahelales de Khemar, Djoh y una parte de los Xisoastres v Rahrs iniciaron la desbandada. Queriendo evitar una catástrofe, despaché a unos enlaces protegidos por fuertes barreras, para anunciarles que les mandaba refuerzos. Al mismo tiempo, dispuse el segundo ejército para el nuevo ataque; pero de antemano di nuevas instrucciones, indicándoles que las barreras tenían que mantenerse en grupos tan densos como lo permitiera la circulación por la selva, dispuestos en cuadros compactos, así que aparecieran una cantidad un poco importante de Xipéhuz sin abandonar por esto la ofensiva.
Dicho esto, di la señal; al cabo de poco tiempo tuve la suerte de ver que la victoria volvía de nuevo a los pueblos unidos. En fin, hacia la mitad del día hicimos un recuento, aproximado y constatamos que nuestras pérdidas ascendían a un total de dos mil de nuestros hombres y en cuanto a los Xipéhuz unos trescientos, lo que dio a conocer de una manera efectiva el progreso alcanzado y llenó las almas de mayor confianza.
No obstante, la proporción varió ligeramente con desventaja para nosotros hacia las catorce horas; los pueblos perdieron entonces cuatro mil individuos y los Xipéhuz quinientos.
Entonces fue cuando lancé el tercer cuerpo; la batalla alcanzó su mayor intensidad, el entusiasmo de los guerreros crecía a cada minuto hasta la hora en que el sol iba a ponerse por Occidente.
Entonces, aproximadamente, los Xipéhuz reemprendieron la ofensiva al norte de Kzour; un retroceso de Dzoums y Pjarvanns me hizo concebir inquietudes. Por otra parte, juzgando que la noche sería más favorable para el enemigo que para nosotros, hice poner fin a la batalla. La vuelta de las tropas se hizo victoriosamente, con calma; gran parte de la noche se pasó celebrando nuestros éxitos, que eran considerables; ochocientos Xipéhuz habían sucumbido, su radio de acción se había reducido a unos dos tercios de Kzour. Es verdad que nosotros habíamos dejado siete mil de los nuestros en la selva, pero estas pérdidas eran muy inferiores proporcionalmente en comparación al resultado de las de la primera batalla. Así, lleno de esperanza, podía atreverme a concebir el plan de un ataque más decisivo contra los dos mil seiscientos Xipéhuz existentes todavía.


6- La exterminación
En el año 22649 del mundo, el día quince de la octava luna.
Cuando el astro rojo se ponía sobre las colinas orientales, los pueblos estaban alineados para la batalla delante de Kzour.
Con el alma henchida de esperanza, acabé de hablar con los jefes y los cuernos sonaron, los pesados martillos golpearon sobre el bronce y el primer ejército avanzó contra la selva.
Las barreras ya eran más fuertes, un poco más grandes y encerraban a doce hombres en lugar de seis, salvo un tercio que habían sido construidas según la idea antigua.
Los primeros momentos del combate fueron favorables; después de la hora tercera, cuatrocientos Xipéhuz fueron exterminados y por nuestra parte sólo había dos mil bajas. Animado por estas buenas noticias, lancé el segundo cuerpo de ejército. El encarnizamiento de una y otra parte llegó a ser espantoso; nuestros combatientes se acostumbraban ya al triunfo, mientras los antagonistas desplegaban el tesón de un noble reino. De la hora cuarta a la octava, no sacrificamos menos de diez mil vidas, pero los Xipéhuz lo pagaron con mil de su parte, pues creo que mil solamente quedaban en las profundidades de Kzour.
En este momento comprendí que el hombre tendría la posesión del mundo y mis últimas inquietudes se apaciguaron.
Sin embargo, a la hora novena hubo una gran sombra sobre nuestra victoria. En este momento, los Xipéhuz no se dejaban ver más que en grandes grupos en los claros, escondiendo sus estrellas y llegaba a ser casi imposible derribarlos. Animados por la batalla, muchos de los nuestros se arrojaban sobre las masas y, entonces, con una evolución muy rápida, una parte de los Xipéhuz se destacaba, envolviendo y matando a los temerarios.
Un millar pereció así, sin pérdida sensible para el enemigo; y viendo esto, algunos Pjarvanns creyeron que todo había terminado. Cundió un pánico que puso más de diez mil hombres en fuga y un gran número cometió la imprudencia de abandonar las barreras para ir más rápidos, lo que les costó muy caro. Un centenar de Xipéhuz, lanzados en su persecución, derrotaron a más de dos mil Pjarvanns y Zahelals; el miedo empezó a extenderse en todas nuestras líneas.
Cuando los enlaces me trajeron esta funesta noticia, comprendí que la jornada estaría perdida si yo no conquistaba de nuevo las posiciones perdidas con alguna rápida maniobra.
Inmediatamente hice dar a los jefes del tercer ejército la orden de ataque, y les anuncié que yo tomaría el mando. Entonces llevé rápidamente estas reservas en la dirección que venían los fugitivos. Nos encontramos enseguida cara a cara con los Xipéhuz que les perseguían. Arrastrados por el ardor de su matanza no pudieron rehacerse bastante rápidos y en pocos instantes les tendí una emboscada de la que escaparon muy pocos y la exclamación de júbilo por la victoria conseguida llenó de valor a los nuestros.
Desde entonces no me costó nada reformar el ataque; nuestra maniobra se limitaba constantemente a separar una sección de grupos enemigos, luego envolver estos segmentos y aniquilarlos.
Así, pues, viendo lo desfavorable que resultaba esta táctica, los Xipéhuz empezaron de nuevo la lucha contra nosotros en pequeños grupos. Uno de los dos reinos no podía existir sin la destrucción del otro, y la matanza aumentó espantosamente. Pero cualquier duda sobre el resultado final desaparecía de las almas más pusilánimes.
Hacia la hora catorce, apenas si quedaban quinientos Xipéhuz contra más de cien mil hombres y el pequeño número de antagonistas quedaba cada vez más encerrado en fronteras estrechas, una sexta parte aproximadamente de la selva de Kzour, lo que facilitaba enormemente nuestras maniobras.
No obstante, el crepúsculo daba una luz rojiza a través de los árboles y temiendo la emboscada entre las sombras, interrumpí el combate.
La inmensidad de la victoria ensanchaba todas las almas; los jefes hablaban de ofrecerme toda la soberanía de los pueblos. Entonces les aconsejé que no se deben confiar nunca los destinos de tantos hombres a una pobre criatura débil, pero sí hay que adorar al Único y tomar como jefe terrestre la sabiduría.
 
8- Último extracto del libro de Bakhoûn
La tierra pertenece a los hombres. Dos días de combate han exterminado a los Xipéhuz; todo el dominio ocupado por los últimos doscientos ha sido arrasado; cada árbol, cada planta o tallo de hierbas derribado. Ayudado por mis hijos Loûm, Azah y Simhô he terminado de escribir la historia en unas tablas de granito para el conocimiento de los pueblos futuros.
Y aquí estoy, solo, en una noche pálida, en la linde de Kzour. Una media luna de cobre se sostiene hacia poniente. Los leones rugen a las estrellas. El río corre lentamente entre los sauces; su voz eterna da cuenta del tiempo que pasa, la melancolía de las cosas que perecen. Y yo escondí la frente entre las manos y de mi corazón surgió una queja. Y ahora que los Xipéhuz han sucumbido, mi alma los encuentra a faltar y solo pido al Único que me diga ¡cuál ha sido la fatalidad que ha permitido que el esplendor de la vida haya sido mancillado por las tinieblas de la muerte!


FIN

2024/07/15

La estrella (H. G. Wells)


Título original: The star
Año: 1897


El día de Año Nuevo tres observatorios distintos señalaron casi simultáneamente una perturbación en los movimientos del planeta Neptuno, el más lejano de los que giran en torno del Sol.
Ya en el mes de diciembre el astrónomo Ogilvy había llamado la atención del mundo científico sobre una sospechosa disminución de la velocidad del planeta, noticia que apenas si conmovió a una docena de sabios de esos que se pasan la vida con el telescopio asestado al firmamento. Y es natural que así fuese, por cuanto a buena parte de los habitantes de la Tierra no les interesa gran cosa lo que ocurre en un planeta cuya existencia les es poco menos que desconocida.
Las gentes se preocuparon aún menos de las nuevas observaciones de Ogilvy respecto a la aparición de un cuerpo celeste, animado y lejanísimo, que había podido descubrir el referido astrónomo poco tiempo después de comprobarse la disminución de velocidad del planeta Neptuno.
Los astrónomos dieron desde luego al asunto la importancia que merecía, aumentando su intranquilidad cuando advirtieron que la masa recientemente descubierta aumentaba cada día más de dimensiones, que se hacía mas brillante, que sus movimientos eran por completo diferentes de la revolución normal de los planetas y que la desviación de Neptuno y de su satélite adquiría proporciones sin precedentes.
Sin tener cierto grado de cultura científica no puede uno darse exacta idea del enorme aislamiento del sistema solar. El Sol, con sus planetas, planetoides y cometas, flota en un vacío inmenso, que la imaginación concibe difícilmente. Más allá de la órbita de Neptuno está el vacío sin calor, luz ni sonido, el vacío incoloro y triste, prolongándose treinta millones de veces un millón de kilómetros. Y téngase presente que esa cifra abrumadora es la menor evaluación de la distancia que sería preciso atravesar antes de llegar a la mas próxima de las estrellas.
Pues bien, excepto algunos cometas menos densos que la llama del alcohol, no se tenía memoria de ningún cuerpo celeste que hubiera atravesado ese abismo espantoso. Júzguese ahora cuánta no sería al comenzar el siglo XX la zozobra de los sabios, viendo precipitarse inopinadamente en el sistema solar el extraño vagabundo señalado por Ogilvy, cuerpo sólido y enorme sin duda, a juzgar por las perturbaciones que originaba; temible intruso que llegaba del tenebroso misterio de los cielos con aviesas intenciones…
El día 2 de enero todos los telescopios de algún fuste pudieron ver al desconocido viajero sideral cerca de Régulo, en la constelación del León. Su aspecto era el de un punto, de diámetro apenas sensible. En pocas horas fue divisado con la ayuda de simples gemelos de teatro.
Aquellas personas amigas de leer periódicos en ambos hemisferios pudieron enterarse el día 3 de que, en realidad, tenía inmensa importancia la insólita aparición celeste. Un diario de Londres tituló la noticia: Una colisión de planetas, y publicó la opinión de Duchaine, según la cual este recién aparecido planeta chocaría probablemente con Neptuno.
Los escritores profesionales trataron el asunto con la extensión merecida; los cronistas y gacetilleros se encargaron luego de familiarizar a los más legos en materias astronómicas con las ideas vertidas por los sabios; la tinta de imprenta corrió a mares, y veinticuatro horas después la mayor parte de las grandes capitales del mundo se hallaban en la expectativa, aunque vaga desagradable, de un inminente fenómeno astronómico.
Durante la noche del 5 de enero millones de ojos se fijaban en el cielo… para no ver otra cosa que las antiguas y familiares estrellas, tan brillantes y tranquilas como siempre lo habían estado.
El astro apareció en el cielo de Londres un poco antes, en esos momentos en que Pólux desaparece y las estrellas comienzan a palidecer. Fue aquélla una aurora tristísima de invierno londinense; aurora fría, sin arreboles, silenciosa, de luz malsana que luchaba desventajosamente con los mecheros de gas y los grandes focos eléctricos de los muelles del Támesis.
Los soñolientos policías distinguieron la estrella; las gentes de los mercados, a pesar de no impresionarles extraordinariamente las cosas de allá arriba, se pararon y permanecieron buen rato mirando el astro; los obreros camino de la obra, los repartidores de leche, los cocheros de los furgones de correos, los trasnochadores que regresaban a sus casas fatigados y pálidos, los vagabundos sin hogar, los centinelas en sus garitas, el labrador en la campiña, los cazadores furtivos, los vigías marinos, todo el mundo, en fin, que vive de noche, pudo admirar la hermosa estrella que acababa de aparecer en el occidente.
La estrella era, sin duda, la más brillante del cielo, mucho más refulgente que la admirable Estrella del Sur. Una hora después de salir el Sol aún seguía despidiendo el maravilloso astro blanquísima luz.
Aquello fue considerado por el vulgo como anuncio de calamidades sin cuento. Los astrónomos, cada vez mas preocupados, no abandonaban sus observaciones. En éstos se trocó pronto la primera sobreexcitación en verdadero terror, al advertir que los dos lejanos astros, en su vertiginosa carrera, parecían perseguirse. Requiriéronse los aparatos fotográficos, los espectroscopios, todos los instrumentos necesarios para estudiar el nuevo y sorprendente fenómeno de la destrucción de un mundo. Porque era un mundo, un planeta hermano del nuestro, mucho mayor que la Tierra, ciertamente, el que de modo tan repentino se lanzaba hacia la muerte. Neptuno debía haber sido herido de lleno por el astro extraño llegado de las profundidades del espacio, y a consecuencia del choque, sus dos globos sólidos se habían convertido en una inmensa masa incandescente.
El día 6, dos horas antes del alba, la estrella blanca y pálida describió su órbita en el cielo y desapareció por el oeste.
Los mas maravillados eran los marinos, esos habituales contempladores de las estrellas, a quienes no habían llegado aún las recientes observaciones de los sabios. En sus peregrinaciones a través del océano habían advertido la presencia del nuevo astro que, como una Luna minúscula, subía, subía, hasta llegar al cénit, pasaba por encima de sus cabezas, e iba, por último, a hundirse en el mar por el oeste con las últimas sombras de la noche
Cuando la estrella hizo su aparición en la noche del 7, multitudes ansiosas espiaban su llegada en las pendientes de las colinas, en las llanuras, en los tejados de los edificios. El astro surgía precedido de un resplandor blanco parecido al brillo de un incendio. Los que lo habían visto aparecer la noche antes exclamaban; "¡Hoy es mayor! ¡Hoy es más deslumbrador!…" Efectivamente, la Luna misma, próxima a desaparecer mas allá del horizonte occidental, era mucho mas pequeña que la nueva estrella, comparando sus dimensiones aparentes, y desde luego mucho menos brillante, a pesar de hallarse casi en plenilunio.
—¡Mírenla! —decía la gente aglomerada en las calles—. ¡Qué hermosa! ¡Qué brillante!


Entre tanto, en los oscuros observatorios, los sabios que seguían el curso del fenómeno contenían la respiración y se interrogaban con su mirada.
—¡Se aproxima! ¡Está más cerca! —Tales eran las terribles palabras de la ciencia a cada nueva observación.
—Está más cerca —repetía el telégrafo, transmitiendo la alarmante nueva a millares de ciudades.
—Está más cerca —decía la gente, sugestionada por la idea de una posible catástrofe. Los empleados en los escritorios suspendían el trabajo para pensar en las fatídicas profecías de los astrónomos; los transeúntes se detenían en las calles para interrogarse sobre el significado inimaginable del amenazador "Está más cerca". Y esta intranquilidad, esta preocupación, se extendía desde la ciudad a las aldeas, desde las aldeas a los campos. Los que habían leído la noticia sobre las azules cintas del telégrafo se apresuraban a comunicarla a todo el que encontraban al paso. Las damas aristocráticas supieron la nada tranquilizadora nueva entre un vals y un rigodón. Sus bellas boquitas sonrientes y frescas formularon, poco más o menos, esta pregunta:
—¿Es cierto que se acerca? ¡Es curioso! ¡Esos astrónomos deben ser muy hábiles cuando descubren horrores semejantes!
Y las hermosas seguían sonriendo y bailando, sin importarles, después de todo, que la estrella se aproximase o se alejase.
La gente sin casa ni hogar, obligada a ir de un lado para otro durante la noche glacial, con objeto de no morir de frío, se consolaba mirando al cielo, y decía:
—¡Qué bien haces en acercarte! ¡La noche es tan fría como la caridad! ¡Ven, si has de traer contigo calor bastante para reconfortar nuestros miembros ateridos!
Una pobre mujer, arrodillada al lado de un cadáver y deshecha en amarguísimo llanto, exclamaba:
—¡Y a mí qué puede ya importarme el que haya una estrella más!
El estudiante, levantado con la aurora para repasar el programa de exámenes, se distrajo de sus labores, y planteando un problema de física astronómica, empezó a hacer cálculos y más cálculos, mientras que la gran estrella blanca enviaba sobre la mesa de trabajo la pálida caricia de su luz azulada.
—¡Centrífuga!.. ¡Centrípeta!… ¡Esto es!… —decía el estudiante, apoyando la cabeza en la palma de la mano—. Detenido un planeta en su camino y suprimida instantáneamente su fuerza centrífuga, ¿qué ocurriría? Sin duda, obedeciendo el planeta a su fuerza centrípeta, se precipitaría en el Sol… y en ese caso... ¿Nos encontramos nosotros en su camino?
El día siguiente fue como los anteriores. Con los últimos jirones de las tinieblas glaciales se elevó sobre el horizonte el extraño astro. Despedía tanto brillo, que la Luna, en su cuarto creciente, parecía no ser sino un pálido y amarillento espectro de la nueva estrella flotando inmensa en su vaguedad del crepúsculo.
El matemático se hallaba delante de un pupitre atestado de papelotes. Acababa en aquel momento sus cálculos. En un diminuto pomo veíanse aún algunos gramos de la droga que le había sostenido despierto durante cuatro eternas noches. Durante el día, el matemático daba sus clases reglamentarias con la misma paciencia, con la misma sabiduría que de costumbre. Luego, terminados los penosos deberes profesionales, volvía a sus cálculos y a sus trabajos de sabio solitario. Su grave fisonomía hallábase fatigada y exangüe a consecuencia de la prolongadísima vigilia… Aquella noche el matemático se levantó de su pupitre con aire de triunfo, llegóse a la ventana y contempló la estrella como se mira a los ojos de un enemigo valeroso.
—¡Puedes darme la muerte —dijo el sabio—, pero ya te tengo como a todo el universo dentro de estos estrechos límites de mi cerebro! Y ahora —añadió dirigiendo una mirada desdeñosa al pomo de la droga—, eres inútil, sustancia maldita. ¡En verdad que ya no es necesario dormir ni estar despierto!
Al día siguiente, el matemático entró en su cátedra con la puntualidad acostumbrada. Colocó el sombrero encima de la mesa, según costumbre, y cogió un pedazo de tiza. Era ésta una manía singularísima del maestro. ¡Imposible explicar sin aquel trocito de yeso entre los dedos! Los muchachos se burlaban donosamente de la curiosísima chifladura. El matemático dirigió a sus discípulos una mirada tristísima. ¡Pobres niños, tan frescos, tan sonrientes!… ¡Daba pena decirles nada! Pero era su deber de maestro y de sabio.
—Hijos míos —murmuró—, circunstancias especiales, ajenas por completo a mi voluntad, van a impedirme acabar este curso… ¡Hablando claramente, voy a decirles que el hombre ha vivido en vano!
Los muchachos empezaron a comprender.
Aquella noche la estrella hizo su aparición más tarde, porque su propio movimiento hacia el este la había arrastrado un poco, desde la constelación del León hacia la de la Virgen. Su brillo era tan intenso que el cielo, a medida que aquélla se elevaba, fue adquiriendo una coloración luminosa. Las estrellas, a excepción de Júpiter, Capella, Aldebarán, Sirio y los Perros de la Osa, palidecieron cada vez más borrándose del firmamento. En muchos países del mundo pudo observarse que el nuevo astro presentaba aquella noche un rabo grandísimo. A simple vista se notaba ya el aumento de volumen. Contemplando la estrella desde los puntos inmediatos a los trópicos, parecía tener la cuarta parte de las dimensiones de la Luna.
Lo más extraño era que, no obstante la pequeñez de aquella segunda Luna, su luz era tan viva que podía leerse, sin gran esfuerzo, en plena calle un periódico o un libro.
La noche del 10 de enero no durmió nadie en la Tierra. De las campiñas, como de las grandes ciudades, subía un sordo murmullo, semejante al zumbido de una colmena. El lento tañir de millares de campanas recordaba al hombre en toda la cristiandad que había llegado el momento de pedir a Dios misericordia. Ajena a estas angustias humanas, la estrella blanca y pálida seguía inmutable su carrera desesperada a través del espacio, inundando de claridad terrorífica este pobre mundo sublunar. Los mares que rodean a los países civilizados eran surcados por enjambres de barcos, llevando a bordo centenares de pasajeros. Los barcos huían hacia el norte. Porque el aviso del matemático famoso había sido ya telegrafiado a todo el mundo y traducido a todos los idiomas.
El nuevo planeta y Neptuno, confundidos en un abrazo de fuego, avanzaban vertiginosamente con dirección al Sol. A cada segundo, la enorme masa incandescente franqueaba centenas de kilómetros.
Acaso el peligro no debía ser tan inmediato como aseguraba la ciencia. Según los cálculos de los astrónomos, el nuevo planeta debía pasar a 150 millones de kilómetros de la Tierra; de modo que su influencia debía ser escasa. Pero cerca de su camino previsto, hasta entonces nada perturbado, se encontraban el enorme planeta Júpiter y sus lunas girando espléndidamente en torno del Sol La atracción entre la estrella deslumbradora y el mayor de los planetas crecía ya por momentos. ¿Y cuál iba a ser el resultado de esa atracción? Sin duda, Júpiter se desviaría de su órbita haciendo una curva elíptica, y la estrella ardiente, separada por atracción de su marcha hacia el Sol, describiría una curva y quizá chocaría con la Tierra o, al menos, pasaría muy cerca de ella.


En cuanto a las consecuencias de esta aproximación, ya nos había profetizado así el terrible matemático: "Terremotos, erupciones volcánicas, ciclones, altas mareas, ríos desbordados y una elevación constante y regular de la temperatura hasta límites imposibles de calcular". La estrella seguía brillando con siniestros fulgores en la inmensidad del firmamento, como si tratara de confirmar los tristes vaticinios de la ciencia. Su luz fría y lívida era así como el anuncio inmutable del próximo cataclismo.
Muchas personas que hasta aquella noche no la habían mirado con atención, pararon mientes en ella y advirtieron que, en efecto, el fatídico astro se aproximaba a ojos vistas. Y aquella noche comenzaron ya a sentirse los efectos de la aproximación. El clima cambió bruscamente, convirtiéndose las ráfagas heladas de enero en brisas templadas de primavera. En toda la Europa central se inició el deshielo.
No vaya a imaginarse el lector que porque hayamos hablado antes de muchedumbres elevando al cielo sus plegarias durante la noche, o refugiándose a bordo de los buques o huyendo en dirección a las montañas, se encontraba ya el mundo presa del terror infundido por la estrella. Nada de eso. El uso y la costumbre seguían aún dirigiendo a los humanos. Aparte de que las conversaciones versaban casi siempre en los momentos de ocio sobre el amenazador fenómeno astronómico, el 90% de los hombres continuaba entregado a sus quehaceres habituales. Las tiendas y almacenes abrían y cerraban sus puertas a sus horas de costumbre, los médicos y las empresas funerarias proseguían su productiva industria, los obreros concurrían a las fábricas, los soldados hacían los ejercicios, los sabios estudiaban, los enamorados se buscaban, los ladrones realizaban sus fechorías, los políticos redactaban sus programas de gobierno, las rotativas de los grandes diarios funcionaban con febril actividad. Más de un párroco se negó obstinadamente a abrir las puertas de la casa de Dios a las gente atemorizada afirmando que el pánico de aquellos insensatos era absurdo e impío.
Los periódicos recordaban que en el año 1000 los pueblos habían sentido algo parecido, creyendo próximo el fin del mundo. No faltaba algún astrónomo que, con la autoridad de su saber, intentara tranquilizar a la humanidad, asegurando que, después de todo, la estrella tal vez no era un cuerpo sólido, sino una masa de gases inflamados, y que su choque con la Tierra, de verificarse éste, no podía tener las consecuencias desastrosas que alguien había vaticinado.
Aquella noche, precisamente según los avisos del Observatorio de Greenwich, la estrella iba a encontrarse en el punto más próximo a Júpiter. Los habitantes de la Tierra sabían desde aquel momento el giro que debían tomar las cosas. Los cálculos y profecías del gran matemático eran calificados por muchos escépticos de hábil y laborioso reclamo. Por último, el buen sentido, algo acalorado por las discusiones, evidenció sus convicciones inalterables yéndose a acostar. Y esto no ocurrió sólo en los países civilizados; también en las regiones del planeta donde domina la barbarie, las multitudes, cansadas de mirar al cielo, se entregaron al descanso, o se diseminaron por las selvas para entregarse a la caza o a las dulzuras del amor.
Al comenzar la noche del día inmediato, los europeos que seguían con interés el fenómeno, vieron elevarse la estrella una hora mas tarde que de costumbre, sin que aparentemente hubiera aumentado el tamaño. Sobra decir que los vaticinios fúnebres del gran matemático empezaron a servir de tema jocoso. Nadie tomaba ya la cosa en serio. Esta agradable incredulidad duró poco. La verdad era que la estrella crecía de nuevo, que crecía de hora en hora con una terrible persistencia, que cada minuto que pasaba eran más brillantes sus rayos, más inquietante su aspecto. Entonces dijo un periódico que si la estrella seguía su marcha hacia la Tierra en línea recta, si no ejercía sobre ella influencia la atracción de Júpiter, podría salvar la distancia intermedia en veinticuatro horas.
No fue así, sin embargo; la estrella empleó mas de cinco días en acercarse a nuestro planeta. Durante la noche inmediata su volumen aparente era el de una tercera parte de la Luna. Cuando apareció sobre el horizonte en América tenía el mismo tamaño que nuestro satélite, despidiendo una claridad cegadora y, si vale la palabra, quemante.
A medida que ascendía la estrella en el firmamento aumentaba la violencia del aire, un aire caliente como el que precede a las tempestades de verano. En Virginia, en Brasil y en el valle de San Lorenzo el astro brillaba de modo intermitente, a través de densas masas de nubes que corrían con velocidades y aspectos fantásticos, iluminadas a veces por relámpagos de color violeta oscuro, y que arrojaban de vez en cuando sobre la Tierra granizadas de una violencia desconocida. En Manitoba ocurrieron inundaciones terribles por la rápida fusión de los hielos. La nieve empezó a derretirse aquella noche en todas las montañas de la Tierra. Los grandes ríos que procedían del interior de los continentes empezaron a arrastrar en sus aguas enturbiadas cadáveres de personas y de animales, que quedaban luego depositados sobre las tierras bajas. Los desbordamientos se sucedían cada vez mayores, arrasando ciudades y devastando campiñas. Las muchedumbres huían del mortal abrazo de las aguas, escalando en confuso tropel las montañas.
En todo el litoral de América del Sur y en el Atlántico austral llegaron las mareas a un nivel jamás conocido. Las tempestades empujaron las aguas tierra adentro cuarenta y cincuenta kilómetros; muchas ciudades enteras quedaron por completo sumergidas.
El calor se hizo insoportable aquella noche; tanto que la aparición del Sol a la mañana siguiente pareció llevar consigo la frescura de las sombras de la noche.
Los terremotos eran ya violentísimos y numerosos, especialmente en toda América, desde el Círculo Ártico al cabo de Hornos. Ante aquel incesante trepidar de la tierra, abriéronse los flancos de las montañas, desaparecieron islas y promontorios, se desplomaron a millares edificios y muros, aplastando un número incalculable de gentes. Una vertiente del Cotopaxi se hundió tras una rápida y vasta convulsión, dejando paso a un mar de lava tan alto, tan ancho, tan rápido y tan fluido que sólo tardó un día en llegar al océano.
La estrella, escoltada por la oscurecida Luna, atravesó el Pacífico, llevando en pos de sí, como si fueran los paños flotantes de una túnica, el huracán y la ola gigantesca, espumosa y destructora; el huracán y la ola, inconscientes trabajadores de la muerte, ejecutando su siniestra obra sobre las islas, hasta no dejar rastro humano sobre ellas…
Hubo ya un momento en que la ola creció hasta convertirse en muralla líquida de veinte metros de altura y que, rugiendo con intensidad espantosa, rebasó las extensas costas de Asia, precipitándose en las vastas llanuras de China. La estrella, cada vez más fulgurante, mas enorme y más ardiente que el Sol en toda su fuerza, era contemplada por millones de hombres enloquecidos por el pánico, que huían, huían, sin derrotero fijo, mientras la muralla de agua salobre avanzaba sobre los campos, penetraba en las ciudades y sembraba por doquier la destrucción y la muerte.


La gran estrella pasó como un globo de fuego por encima de Japón, de Java y de todas las islas del Asia oriental. Densas nubes producidas por el humo y la ceniza de los volcanes la ocultaban en ocasiones. Cuando reaparecía sobre el firmamento era para hacer brillar con mas fuerza los torrentes de lava que surgían de las entrañas de la tierra y los inmensos espacios de terrenos anegados por el mar. Las inmemoriales nieves del Tibet y del Himalaya, al fundirse, se precipitaron sobre las llanuras de Birmania y del Indostán a través de millones de canales. El rebaño humano huía a lo largo de los caminos, siguiendo las márgenes de los ríos, hacia el mar, última esperanza de salvación de los hombres en todos los grandes cataclismos terrestres.
El océano tropical había perdido su fosforescencia; torbellinos gaseosos se elevaban de la superficie de las aguas. Ocurrió entonces un prodigio. Los que esperaban en Europa la salida del astro creyeron que la Tierra había cesado de girar al advertir una noche la ausencia de la estrella. En medio de una incertidumbre espantosa transcurrieron horas y mas horas sin que apareciese en el horizonte el astro amenazador. Por primera vez desde hacía mucho tiempo pudieron contemplar los hombres la magnificencia del cielo estrellado. Diez horas después surgió la estrella. El Sol salió a los pocos minutos; su masa incandescente parecía un disco sombrío, recostándose sobre el fondo luminoso y blanco de la estrella.
Calamidades nunca vistas seguían afligiendo a la Tierra. En una noche se inundó toda la llanura del Indostán desde el Indo hasta las bocas del Ganges. De la extensa sábana líquida se elevaban los techos de los palacios, templos y casas hormigueantes de seres humanos. Cada minarete era una masa confusa de gente que caía en racimo sobre el negro abismo de sus aguas a medida que el calor y el pánico aumentaban. Del país entero partía un lamento ininterrumpido y penetrante. De improviso, una masa oscura empezó a ascender sobre el horizonte y pasó por delante de la estrella con una rapidez aterradora. Aquella masa opaca y sombría era la Luna. Muy pronto pudo observarse en Europa que el Sol y la estrella salían simultáneamente. Ambos astros parecían perseguirse al principio con furia; luego disminuían su carrera y se detenían en el cénit confundidos en flamígero abrazo. La Luna no eclipsaba ya a la estrella, y parecía alejarse en el esplendor de los cielos. Aunque la mayoría de los humanos que quedaban con vida contemplaban este grandioso espectáculo con la aturdidez que engendran el hambre, la fatiga, el calor y la desesperación, hubo alguien, sin embargo, que supo apreciar el significado de aquel aparente alejamiento de la Luna y aquella aparente persecución del Sol por el nuevo astro. Sí; la estrella y la Tierra, después de haberse encontrado cerca, comenzaban a separarse. El astro perturbador se alejaba con velocidad vertiginosa en la última fase de su caída hacia el Sol. Entonces cubrióse el cielo de nubes, el trueno y los relámpagos tejieron su malla terrorífica en torno del mundo, y un nuevo diluvio cayó sobre la Tierra. Allí donde los volcanes habían vomitado mares de lava, se extendían ahora mares de cieno. 
Muchos días transcurrieron así. El impetuoso desbordamiento de las aguas destruyó lo que había dejado en pie la reciente caricia hecha a la Tierra por la estrella. Algunos terremotos concluyeron la obra de destrucción. Pasaron semanas y meses. La estrella se habia ido para siempre. Los hombres, impulsados por el hambre, recobraron sus energías, entraron en las ruinosas ciudades y en los graneros incendiados y medio sumergidos, y se extendieron por las pantanosas llanuras. Los pocos barcos que habían logrado escapar de las tempestades arribaron desmantelados y lastimosos, después de sondear con precaución las entradas de sus puertos, para no encallar en los recién aparecidos arrecifes que ahora obstruían los antes despejados y profundos canales de ingreso.
Cuando se calmaron las tempestades, advirtieron los hombres en toda la extensión de la Tierra que los días eran más cálidos, que el Sol era mayor y que la Luna, que había disminuido en dos terceras partes, presentaba sus fases en ochenta y cuatro días.
La presente historia nada dice de la nueva fraternidad nacida entre los humanos, ni de cómo lograron conservarse las leyes, los libros y las máquinas, ni del extraño cambio operado en Islandia, en Groenlandia y en el litoral del mar de Baffin, países desolados y yermos con anterioridad al cataclismo y ahora alegres y abundantes de vegetación, cual pudieran comprobar los marinos en sus nuevas expediciones. Tampoco dice nada la presente historia acerca de un fenómeno curioso determinado por la catástrofe, y que consistía en haberse trasladado toda la actividad humana hacia el norte y el sur de la Tierra, abandonando por inhospitalarias y abrasadas aquellas regiones que antes del cataclismo fueron su residencia habitual. Nuestro papel de historiadores se limita a esto; a dar cuenta de la aparición y desaparición de la terrible estrella.
Ahora bien; los astrónomos de Marte —porque es cosa averiguada que en Marte existen astrónomos, si bien difieren en su conformación física de sus colegas terrestres— siguieron con especial interés el admirable fenómeno, y consignaron así, según parece, sus observaciones:

"Teniendo en cuenta la masa y la temperatura del proyectil lanzado a través de nuestro sistema solar, causa sorpresa el poco daño que ha sufrido la Tierra, no obstante haberse encontrado a tan escasa distancia del viajero sideral. Puede observarse, en efecto, que siguen inalterables todas las antiguas demarcaciones de continentes y las masas oscuras de los mares. La única diferencia perceptible es una disminución de las grandes manchas blancas que en un tiempo circundaban los polos, y que, según todas las probabilidades, eran agua congelada".

Estas palabras de los sabios marcianos demuestran sencillamente cuan poca cosa puede parecer la mayor de las catástrofes humanas contemplada a una distancia de algunos millones de kilómetros.


FIN