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2026/05/25

Nueve vidas (Ursula K. Le Guin)


Titulo original: Nine Lives
Año: 1968


Estaba viva por dentro pero muerta por fuera; su rostro era una negra red de arrugas, tumores y grietas. Era calva y ciega. Los temblores que cruzaban el rostro de Libra eran simples estremecimientos de corrupción: Debajo, en los negros pasillos, había crepitaciones en la obscuridad, fermentos, pesadillas químicas que se prolongaban desde hacía siglos.

—¡Asqueroso planeta! —murmuró Pugh, mientras la cúpula retemblaba y un forúnculo reventaba a un kilómetro al sudoeste, esparciendo pus plateado a través del crepúsculo.
—Me gustaría ver un rostro humano.
—Gracias —ironizó Martín.
—El tuyo es humano, desde luego —dijo Pugh—, pero lo he visto tanto que ya no puedo verlo.
Unas señales aparecieron en el intercomunicador que Martín estaba manipulando, desaparecieron y volvieron en forma de rostro y voz. El rostro llenó la pantalla: Nariz de un rey asirio, ojos de un samurai, piel bronceada, ojos color de hierro. Era joven y espléndido.
—¿Es ese el aspecto de un ser humano? —inquirió Pugh asombrado—. Lo había olvidado.
—Cállate, Pugh. Estamos en contacto.
—Base Misión Exploradora Libra, conteste, por favor. Ésta es la nave Passerine.
—Aquí Libra. Todo preparado. Pueden descender.
—Expulsión dentro de siete segundos terrestres. Esperen.
Las señales de la pantalla desaparecieron.
—¿Todos tienen ese aspecto? Martín, tú y yo somos más feos de lo que creía.
—Cállate, Owen.
Martín siguió el descenso de la nave a través de la pantalla durante veintidós minutos; luego pudieron verla más allá de la cúpula, una pequeña estrella en el oriente color sangre, hundiéndose. Se posó silenciosamente, ya que la tenue atmósfera de Libra apenas transportaba sonido.
Pugh y Martín cerraron las escafandras de sus trajes, abrieron las cámaras de aire de la cúpula y corrieron a saltitos, cual Nijinsky y Nureyev, hacia la nave. Tres módulos salieron flotando a intervalos de cuatro minutos uno de otro, y a intervalos de cien metros al este de la nave.
—Pueden salir —dijo Martín por la radio portátil—. Les esperamos en la puerta.
La escotilla se abrió. El joven que habían visto en la pantalla asomó con un quiebro gimnástico y saltó al polvo y a las escorias de Libra. Martín agitó la mano, pero Pugh estaba mirando hacia la escotilla, de la cual surgió otro joven con el mismo quiebro gimnástico, seguido por una joven que emergió con el mismo quiebro gimnástico. Todos eran altos, con la piel bronceada, los cabellos negros, la nariz aguileña, el mismo rostro. Todos tenían el mismo rostro. El cuarto estaba saliendo por la escotilla con el mismo quiebro gimnástico.
—Martín —dijo Pugh—, tenemos un clon.
—Exacto —dijo uno de ellos—. Somos un clon de diez. El nombre es John Chow. ¿Es usted el teniente Martín?
—Soy Owen Pugh.
—Álvaro Guillén Martín —dijo Martín, ceremonioso, inclinándose ligeramente.
Otra joven estaba saliendo, el mismo bello rostro; Martín la miró, y de su pecho escapó un suspiro. Era evidente que nunca había pensado en la clonación y estaba sufriendo una conmoción tecnológica.
—Tranquilo —le dijo Pugh, hablándole en castellano—. Esto no es más que un exceso de mellizos.
Permanecía pegado al codo de Martín; el contacto le tranquilizaba.
El primer encuentro con un desconocido resulta difícil. Incluso el mayor extravertido, en su primer encuentro con el más amable de los desconocidos, experimenta cierto temor, aunque es posible que lo ignore. ¿Me engañará? ¿Destruirá la imagen de mí mismo? ¿Me invadirá? ¿Me cambiará? ¿Será distinto a mí? Eso es lo terrible: El misterio de lo desconocido.
Tras dos años de estancia en un planeta muerto —y el último medio año aislados como un equipo de dos— resulta todavía más difícil recibir a un desconocido, por mucho que se desee su llegada; se ha perdido la costumbre de diferenciar, se ha perdido el tacto; y revive el temor, la ansiedad primitiva.
Los clones, cinco varones y cinco hembras, habían realizado en un par de minutos lo que para un solo hombre requería veinte: Saludar a Pugh y a Martín, echar una ojeada a Libra, descargar la nave, prepararse para entrar. Entraron y la cúpula se llenó con ellos, un enjambre de doradas abejas. Zumbaban silenciosamente, llenando todos los silencios, todos los espacios, con un hormiguear de presencia humana. Martín miró con una expresión de asombro a las esbeltas muchachas y ellas le sonrieron, tres a la vez. Su sonrisa, más amable que la de los jóvenes, era igualmente pagada de sí misma.
—Pagada de sí misma —murmuró Owen Pugh, dirigiéndose a su amigo—, eso es. Ser uno mismo diez veces. Nueve segundos para cada movimiento, nueve síes en cada voto. ¡Sería glorioso!
Pero Martín estaba dormido. Y todos los John Chow se habían acostado inmediatamente. La cúpula estaba llena de su tranquila respiración. Eran jóvenes, no roncaban. Martín suspiraba y roncaba. Finalmente, el propio Pugh se quedó dormido y soñó en un gigante de un solo ojo que le perseguía a través de las trepidantes salas del Infierno.
Desde su saco de dormir, Pugh contempló el despertar de los clones. Todos se levantaron en el espacio de un minuto, excepto una pareja, un joven y una muchacha, que permanecían fuertemente enlazados y todavía durmiendo en un saco. Uno de los otros se acercó a la pareja. Los durmientes se despertaron y la muchacha se incorporó, ruborizada y soñolienta, con los dorados senos al aire. Una de sus hermanas le murmuró algo; ella miró de soslayo a Pugh y desapareció en el interior del saco de dormir, seguida por una risa entre dientes, una furiosa mirada desde otra dirección, y desde otra dirección una voz:
—Estamos acostumbrados a dormir solos. Espero que no le importe, capitán Pugh.
—Es un placer —dijo Pugh, sin faltar del todo a la verdad.
A continuación tuvo que levantarse, llevando únicamente los calzoncillos con los cuales dormía, y se sintió como un pollo desplumado, huesudo y granujiento. A menudo había envidiado el robusto y moreno cuerpo de Martín. El Reino Unido había salido bastante bien librado de la Gran Escasez, perdiendo menos de la mitad de su población, una marca alcanzada mediante un riguroso control de los alimentos. Los estraperlistas y los acaparadores habían sido ejecutados. Las migajas fueron compartidas. En tanto que en países más ricos muchos habían muerto y algunos habían engordado, en la Gran Bretaña murieron menos y ninguno engordó. Todos adelgazaron. Sus hijos fueron delgados, sus nietos delgados, pequeños, de osamenta frágil y susceptibles a las infecciones. Habían substituido la supervivencia de los más aptos por la supervivencia de los honestos. Owen Pugh era bajito y delgado. Pero, con todo, estaba allí.
En aquel momento deseó encontrarse muy lejos. 
Durante el desayuno, un John dijo:
—Ahora, si usted lo desea, capitán Pugh...
—Adelante.
—Desarrollaremos nuestro propio plan. ¿Alguna novedad en la mina desde el último informe a la Misión? Vimos los informes cuando el Passerine estaba orbitando el Planeta V, donde ahora se encuentran ellos.
Martín no dijo nada, a pesar de que la mina era descubrimiento y proyecto suyos, y Pugh tuvo que apechugar con la tarea. Resultaba difícil hablar con ellos. Las mismas caras, cada una de ellas con la misma expresión de inteligente interés, todas inclinadas hacia él a través de la mesa y casi en el mismo ángulo. Todos asentían a la vez.
Sobre la insignia del Cuerpo de Explotación que lucían en sus monos, cada uno de ellos llevaba un nombre, el de pila John y el apellido Chow, desde luego, pero con un nombre central distinto. Los hombres eran Aleph, Kaph, Yod, Gimel y Sameh; las mujeres Sadhe, Daleth, Zayin, Beth y Resh. Pugh intentó utilizar los nombres, pero renunció inmediatamente; a veces ni siquiera sabía cuál de ellos había hablado, ya que todas las voces eran iguales.
Martín untó de mantequilla y masticó su tostada, y finalmente intervino:
—Ustedes son un equipo, ¿no es cierto?
—Exacto —dijeron dos John.
—¡Dios, qué equipo! Hay algo que no comprendo. ¿Hasta qué punto sabe cada uno de ustedes lo que los otros están pensando?
—Ninguno sabe lo que piensan los otros, estrictamente hablando —respondió una de las muchachas, Zayin; los otros la contemplaron con una mirada de aprobación—. Entre nosotros no existe telepatía ni nada por el estilo. Pero pensamos igual. Tenemos exactamente el mismo equipo. Sometidos al mismo estímulo, al mismo problema, lo más probable es que experimentemos las mismas reacciones y encontremos las mismas soluciones al mismo tiempo. Las explicaciones resultan fáciles: Normalmente, no necesitamos recurrir a ellas. Rara vez hay disensiones entre nosotros. Esto facilita nuestro trabajo de equipo.


—Desde luego —dijo Martín—. Pugh y yo hemos pasado siete horas de cada diez durante seis meses confundiéndonos el uno al otro. Como la mayoría de las personas. Y, en casos de emergencia, ¿pueden ustedes enfrentarse a un problema inesperado como un equipo nor... un equipo no emparentado?
—Las estadísticas demuestran que sí, hasta ahora —respondió Zayin—. Como equipo, no podemos beneficiarnos de la interrelación de mentes diversas; pero gozamos de una ventaja compensativa. Los clones son extraídos del mejor material humano, individuos con un elevado Cociente de Inteligencia, Constitución Genética alpha doble A, etcétera.
—Todo ello multiplicado por diez. ¿Quién es... quién era John Chow?
—Un genio, seguramente —dijo Pugh cortésmente.
Su interés en la clonación no era tan reciente ni tan ávido como el de Martín.
—Un tipo con el Complejo Leonardo —dijo Yod—. Biomatemático, violoncelista, pescador submarino, interesado en los problemas de la mecánica estructural, etcétera. Murió sin poder desarrollar la mayor parte de sus teorías.
—¿Entonces cada uno de ustedes representa una faceta distinta de su mente, de su talento?
—No —dijo Zayin, sacudiendo la cabeza al unísono con varios otros—. Nosotros compartimos el equipo y las tendencias básicas, desde luego, pero todos somos ingenieros en Explotación Planetaria. Un clon posterior puede ser adiestrado para desarrollar otros aspectos del equipo básico. Todo es cuestión de adiestramiento; la substancia genética es idéntica. Nosotros somos John Chow, pero estamos adiestrados de un modo distinto.
Martín estaba impresionado.
—¿Qué edad tienen ustedes?
—Veintitrés años.
—Dicen que él murió joven... ¿Le habían extraído células germinativas por anticipado?
—Murió a los veinticuatro años en un accidente de aviación —intervino Gimel—. No pudieron salvar el cerebro, de modo que extrajeron algunas de sus células intestinales y las cultivaron para un cloneo. Las células reproductoras no se utilizan para el cloneo, porque sólo tienen la mitad de los cromosomas. Las células intestinales resultan fáciles de individualizar y reprogramar para un crecimiento total.
—Astillas de una misma madera —dijo Martín atrevidamente—. ¿Pero cómo es posible que algunos de ustedes sean mujeres...?
—Resulta fácil programar la mitad de la masa clonal con tendencia a lo femenino —intervino Beth—. Sólo hay que borrar el gen masculino de la mitad de las células y éstas revierten a lo básico, es decir, a lo femenino. El camino inverso, o sea injertar cromosomas Y artificiales, es mucho más complicado. Por ello la mayoría de clones proceden de varones, ya que el clon funciona mejor bisexualmente.
—Todo se hace de acuerdo con las técnicas más depuradas —explicó Gimel—. El contribuyente desea lo mejor a cambio de su dinero, y desde luego los clones son caros. Con la manipulación de las células, la incubación en Placenta Ngama y el mantenimiento y el adiestramiento de los grupos, venimos a costar alrededor de tres millones por cabeza.
—Para su siguiente generación —dijo Martín, todavía impresionado—, supongo que ustedes...
—Nuestras hembras son estériles —dijo Beth con absoluta ecuanimidad—. No olvide que el cromosoma Y fue extirpado de nuestra célula original. Los varones pueden cohabitar con hembras individuales autorizadas, si lo desean. Pero siempre que quieran conseguir otro John Chow sólo tienen que reclonear una célula de este clon.
Martín asintió y masticó una tostada fría.
—Bien —dijo uno de los John, y todos cambiaron de humor, como una bandada de estorninos que cambian de rumbo con un solo golpe de ala, siguiendo a un cabecilla con tanta rapidez que ningún ojo puede ver quién conduce; los John estaban preparados para salir—. ¿Y si fuéramos a echar una ojeada a la mina? Luego descargaremos el equipo. Traemos algunos modelos nuevos que les gustará ver. ¿De acuerdo?
Si Pugh o Martín no hubiesen estado de acuerdo, les hubiera resultado difícil decirlo. Los John eran corteses y a la vez unánimes; sus decisiones tenían gran poder de persuasión. Como comandante de la Base 2 Libra, Pugh se preguntó si podía dar órdenes a aquella entidad-de-diez-superhombres-y-mujeres... y un genio, por añadidura. Se pegó a Martín mientras salían al exterior. Ninguno de los dos dijo nada.
Cuatro pasajeros en cada uno de los tres grandes trineos a motor se deslizaron hacia el norte sobre la rugosa piel de Libra, a la luz de las estrellas.
—Desolado —dijo uno.
Con Pugh y Martín iban un joven y una muchacha. Pugh se preguntó si serían los dos que habían compartido un saco de dormir la noche anterior. Sin duda no les importaría que se lo preguntara. Para ellos, el sexo debía ser algo tan normal como el respirar. ¿Respiraron anoche ustedes dos?
—Sí —dijo—, es desolador.
—Ésta es nuestra primera salida, exceptuando el período de adiestramiento en la Luna.
Decididamente, la voz de la muchacha era más aguda y más suave.
—¿Qué impresión les produjo el gran salto?
—Nos drogaron. Yo quería experimentarlo. 
Había hablado el joven.
—No se preocupe —dijo Martín, al timón del trineo—. Es mejor así.
—Sólo por una vez —dijo uno de ellos—. Para conocerlo.
Las montañas de Merioneth surgieron lepróticas a la luz de las estrellas hacia el este. Un penacho de gas congelante se arrastró plateado desde una grieta de ventilación al oeste y el trineo se inclinó hacia el suelo.
Los gemelos alargaron los brazos hacia la palanca de mando al mismo tiempo, cada uno de ellos con un leve gesto de protección hacia el otro. "Tu piel es mi piel" —pensó Pugh, pero literalmente, sin metáfora—. "Ama a tu prójimo como a ti mismo...". Aquel antiguo y difícil problema estaba resuelto. El prójimo era el mismo yo: El amor era perfecto.

Y aquí estaba Hellmouth, la mina.
Pugh era el geólogo extraterrestre de la Misión Exploratoria, y Martín su técnico y cartógrafo; pero cuando en el curso de una investigación local Martín había descubierto la mina de uranio, Pugh le cedió todo el mérito, así como la responsabilidad de sondear el filón y de planear el trabajo del Equipo de Explotación. Aquellos jóvenes habían salido de Tierra años antes de que los informes de Martín llegaran allí, y habían ignorado en qué consistiría su trabajo hasta llegar aquí. El Cuerpo de Explotación se limitaba a enviar equipos regularmente y a ciegas, sabiendo que habría un trabajo para ellos en Libra, o en el próximo planeta, o en otro planeta del que aún no habían oído hablar. El Gobierno necesitaba uranio con tanta urgencia que no podía esperar a que llegaran los informes desde años luz de distancia. El material era como oro, anticuado pero esencial, y compensaba la minería extraterrestre y los viajes interestelares. "Valía su peso en hombres", pensó Pugh amargamente, contemplando cómo los altos jóvenes y muchachas entraban uno a uno en el negro agujero que Martín había bautizado con el nombre de Hellmouth, es decir Boca del Infierno.
A medida que entraban, sus homeostáticas lámparas frontales se iban encendiendo. Doce rayos luminosos discurrieron a lo largo de las húmedas y agrietadas paredes.
—Aquí está el declive —anunció la voz de Martín a través del intercomunicador portátil—. Nos encontramos en una fisura lateral; la abertura principal se halla enfrente de nosotros. El último movimiento volcánico parece haberse producido hace unos dos mil años. La falla más próxima está a veintiocho kilómetros al este, en el Trench. Desde el punto de vista sísmico, esta región parece ser tan segura como cualquier otra de la zona. El piso superior de basalto estabiliza todas esas subestructuras, mientras permanezcan estables en sí mismas. Su filón central se encuentra a treinta y seis metros de profundidad y discurre por una serie de cinco cavernas-burbuja en dirección nordeste. Es un filón con un alto contenido en mineral. Ya vieron las cifras porcentuales. La extracción no planteará ningún problema. Lo único que tienen que hacer es abrir las cavernas por la parte superior.
Unas voces empezaron a hablar, pero todas eran la misma voz y la radio portátil no les confería ninguna posición en el espacio.
—Abrir la caverna por arriba, desde luego...
—Es el método más seguro...
—Pero el techo es de basalto... ¿Qué espesor puede tener? ¿Diez metros?
—El informe decía de tres a veinte...
—Podemos utilizar el acceso en el cual nos encontramos, allanarlo un poco e instalar raíles deslizantes para los robots...


—¿Tenemos suficiente material para entibar?
—¿A cuánto calcula usted que asciende la carga útil total, Martín?
—A más de cinco mil millones de kilos y menos de ocho mil millones.
—Los transportes llegarán aquí dentro de diez meses terrestres.
—Tendremos que cargar mineral puro...
—No, recuerda que tienen el problema de los embarques de NAFAL...
—De acuerdo, podrán purificarlo en la órbita de la Tierra.
—¿Bajamos, Martín?
—Pueden bajar ustedes. Yo ya he estado allí.
El primero —¿Aleph?, en hebreo, "el buey", el caudillo— se agarró a la escalerilla e inició el descenso; los otros le siguieron. Pugh y Martín se quedaron en el borde de la hendidura. Pugh ajustó el intercomunicador de modo que sólo intercambiara con el de Martín, y se dio cuenta de que Martín estaba haciendo lo mismo. Resultaba un poco fastidioso oír a una persona pensar en voz alta en diez voces. ¿O era una sola voz expresando las ideas de diez mentes?
—En el próximo salto —dijo Martín— me gustaría encontrar un planeta que no tuviera nada que explotar.
—Tú descubriste esto.
—La próxima vez no me dejes salir de casa.
Pugh quedó complacido. Había confiado en que Martín querría continuar trabajando con él, pero ninguno de los dos estaba acostumbrado a hablar demasiado de sus sentimientos y él había vacilado en preguntárselo.
—Lo intentaré —dijo.
—Odio este lugar. Me gustan las cavernas, ¿sabes? Por eso vine aquí. En plan de espeleología. Pero ésta es una porquería. Aunque supongo que esa tribu sabrá desenvolverse. Conocen su trabajo.
—La nueva ola —dijo Pugh.
La nueva ola subió la escalerilla en fila india y rodeó a Martín.
—¿Tendremos suficiente material para los apuntalamientos?
—Kalph puede calcular las tensiones.
Pugh había vuelto a situar su intercomunicador en posición normal; miró al clon, tantos pensamientos farfullando en una ávida mente, y a Martín que permanecía silencioso entre ellos, y a la Hellmouth, y a la arrugada llanura.

Al cabo de cinco días terrestres, los Johns habían descargado todo su equipo y material, y habían empezado a operar en la mina. Pugh estaba fascinado y asustado por su gran eficacia, su confianza y su independencia. Él no les servía para nada. Los clones podían ser realmente los primeros seres humanos estables y dignos de confianza. Una vez adultos, no necesitarían la ayuda de nadie. Se bastarían a sí mismos física, sexual, emocional e intelectualmente. Hicieran lo que hicieran, cualquier miembro del grupo recibiría siempre el apoyo y la aprobación de sus compañeros, sus otros yo. No necesitaban a nadie más.
Dos de los clones permanecían en la cúpula haciendo cálculos, con frecuentes viajes en trineo a la mina para efectuar mediciones y comprobaciones. Eran los matemáticos del grupo, Zayin y Kaph. Tal como Zayin explicó, los diez habían recibido una adecuada educación matemática desde los tres hasta los veintiún años, pero desde los veintiuno hasta los veintitrés, Kaph y ella habían continuado con las matemáticas en tanto que los demás ahondaban en otras especialidades, geología, ingeniería de minas, mecánica electrónica, atómica aplicada, etcétera.
—Kaph y yo —dijo Zayin— tenemos la impresión de que somos el elemento de los clones más aproximado a lo que fue John Chow durante su vida individual. Pero, desde luego, él se dedicó principalmente a las biomatemáticas y nosotros no hemos llegado tan lejos.
—Nos necesitan principalmente en este campo —dijo Kaph, con la patriótica pedantería que a veces evidenciaban.
Pugh y Martín pudieron distinguir pronto a aquella pareja de los demás. A Zayin por su figura, a Kaph únicamente por su descolorido dedo anular de la mano izquierda, a consecuencia de un martillazo recibido a la edad de seis años. Sin duda existían muchas diferencias, físicas y psicológicas entre ellos; la naturaleza podía ser idéntica, la nutrición no. Pero las diferencias resultaban difíciles de descubrir. Y parte de la dificultad estribaba en que nunca hablaban realmente con Pugh y Martín. Bromeaban con ellos, eran corteses, se comportaban correctamente. Pero no daban nada. No había de qué quejarse; se mostraban muy agradables, tenían la estereotipada simpatía norteamericana.
—¿Procede usted de Irlanda, Owen?
—Nadie procede de Irlanda, Zayin.
—Hay muchos irlandeses-americanos...
—Desde luego, pero ya no hay irlandeses. Un par de miles en toda la isla. No aceptaron el control de la natalidad, de modo que los alimentos escasearon. En la época de la Tercera Escasez no quedaba ningún irlandés, aparte de los curas, y todos ellos, o casi todos, eran solteros.
Zayin y Kaph sonrieron rígidamente. No tenían ninguna experiencia con la ironía.
—¿Entonces qué es usted, étnicamente? —preguntó Kaph.
—Un galés.
—¿Es galés lo que Martín y usted suelen hablar?
"No te importa", pensó Pugh, pero dijo:
—No, es su idioma, no el mío: El castellano que se habla en Argentina.
—¿Lo aprendieron para conversar en privado?
—¿De quién tendríamos que ocultarnos aquí? No. Lo que pasa es que a un hombre le gusta hablar su idioma natal de cuando en cuando.
—El nuestro es el inglés —dijo Kaph secamente.
¿Por qué tenían que mostrarse simpáticos? La simpatía es una de las cosas que se dan porque necesitamos que nos la devuelvan.
Aquella noche Pugh utilizó el castellano para su comunicación con Martín.
—¿Se unen siempre las mismas parejas, o cambian cada noche?
Martín pareció sorprendido. Una expresión mojigata, desconocida en él, apareció por un instante en su rostro. Luego se borró. También él sentía curiosidad.
—Creo que es al azar.
—No susurres, hombre, se ve feo. Yo creo que hay un turno de rotación.
—¿De acuerdo con un plan previo?
—A fin de que nadie se quede sin su parte.
Martín se echó a reír.
—¿Y qué me dices de nuestra parte?
—No se les habrá ocurrido pensar en nosotros.
—¿Qué pasará si abordo a una de las chicas?
—Ella se lo dirá a los otros y decidirán como grupo.
—No soy un toro —dijo Martín—. No quiero que me juzguen...
—Calma, amigo mío —dijo Pugh—. ¿Quieres abordar a una de ellas?
Martín se encogió de hombros.
—Dejémosles con su incesto.
—¿Incesto, o masturbación?
—¡No me importa, con tal de que lo hagan fuera del alcance de mi oído!
Los clones habían renunciado a toda apariencia de recato. Pugh y Martín quedaban saturados diariamente por las intimidades de su continuo intercambio emocional- sexual-mental. Saturados pero excluidos.

—Faltan dos meses —dijo Martín una noche.
—¿Para qué? —estalló Pugh.
Últimamente se mostraba muy irritable y el malhumor de Martín le crispaba los nervios.
—Para el relevo.
Dentro de sesenta días, todos los miembros de la Misión Exploratoria serían relevados.
—¿Estás tachando los días en tu calendario? —inquirió en tono burlón.
—Recobra el sentido común, Owen.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que he dicho.
Se separaron, enojados y resentidos.
Pugh regresó después de pasar un día solo en las Pampas, una vasta llanura de lava cuyo borde más próximo se encontraba a una distancia de dos horas de vuelo, en dirección sur. Se suponía que no debían efectuar largos viajes solos, pero últimamente lo habían hecho a menudo. Martín estaba sentado bajo una brillante luz, dibujando uno de sus elegantes y magistrales mapas: Este era de toda la cara de Libra, la cara cancerosa. Aparte él no había nadie más en la cúpula, tan amplia como antes de que llegaran los clones.
—¿Dónde está la horda dorada? —inquirió Pugh.
Martín se encogió de hombros. Luego se incorporó ligeramente para mirar a su alrededor, hacia el sol agazapado como un gran sapo rojo sobre la llanura oriental, y hacia el reloj, que señalaba las 18:45 horas.
—Hoy se han producido algunas sacudidas importantes —dijo, volviendo a su mapa—. ¿Lo has notado desde allí? Echa una mirada al sismógrafo.


El indicador zigzagueaba sobre el cilindro pautado. Nunca dejaba de bailar. El cilindro pautado había registrado cinco sacudidas de máxima intensidad a media tarde; por dos veces, la aguja había sobrepasado el cilindro pautado. La computadora conectada al sismógrafo había sido puesta en marcha y había indicado: "Epicentro 61' norte por 4' 24' este".
—Esta vez no es en el Trench.
—Me ha parecido algo distinto. Más intenso.
—En la Base Uno solía permanecer despierto toda la noche debido a la trepidación del suelo. Resulta curioso cómo se acostumbra uno a las cosas.
—Mal asunto si así no fuera. ¿Qué hay para cenar?
—Pensé que lo habrías preparado.
—Estaba esperando a los clones.
Pugh sacó una docena de latas, introdujo dos de ellas en el Horninstant y las sacó al cabo de un minuto.
—De acuerdo, aquí está la cena.
—He estado cavilando —dijo Martín mientras se acercaba a la mesa—. Me pregunto qué pasaría si un clon se reprodujera a sí mismo. Me refiero ilegalmente. Un millar de duplicados... diez mil... Todo un ejército. Sería una fuerza a tener en cuenta, ¿no crees?
—¿Pero cuántos millones costaría la operación? Placentas artificiales y todo eso. Resultaría difícil conservar el secreto, a menos de que dispusieran de un planeta para ellos solos. Mucho antes de las Escaseces, cuando la Tierra tenía gobiernos nacionales, hablaban de eso: Reproducir a los mejores soldados, formar con ellos regimientos. Pero los alimentos empezaron a escasear antes de que pudieran poner en práctica aquella idea.
Hablaban amistosamente, como tenían por costumbre.
—Es curioso —dijo Martín, masticando—. Esta mañana se marcharon temprano, ¿verdad?
—Todos menos Kaph y Zayin. Pensaban sacar a la superficie la primera carga. ¿Por qué?
—No han venido a almorzar.
—No se morirán de hambre, no te preocupes.
—Se marcharon a las siete.
—¿De veras?
Luego Pugh cayó en la cuenta: Los tanques de aire contenían suministro para ocho horas.
—Tal vez Kaph y Zayin se llevaron latas de repuesto. Además, hay una señal de alarma en todos los trajes.
—No es automática.
Pugh estaba cansado y tenía hambre.
—Siéntate y come, hombre. Saben cuidar de sí mismos.
Martín se sentó, pero no comió.
—Una de las sacudidas fue muy intensa, Owen. La primera. Llegó a asustarme.
Tras una breve pausa, Pugh suspiró y dijo:
—De acuerdo.
Sin el menor entusiasmo subieron al trineo de dos plazas y se dirigieron hacia el norte. Todo aparecía como cubierto de una ponzoñosa gelatina roja. La luz y la sombra horizontales dificultaban la visión, levantando ante ellos ficticias paredes de hierro a través de las cuales se deslizaban, y convirtiendo la convexa llanura más allá de Hellmouth en un enorme lago de aguas color sangre. Alrededor de la entrada del túnel se veía una mescolanza de grúas, cables, servomecanismos y excavadoras. Martín saltó del trineo y corrió hacia la mina. Volvió a salir inmediatamente.
—¡Dios mío! ¡Se han hundido, Owen! —exclamó.
Pugh se adelantó y vio, a unos cinco metros de la entrada, la brillante, húmeda y negra pared que remataba el túnel. Expuesta de nuevo al aire, parecía algo orgánico, como tejido visceral. El suelo se había humedecido con algún líquido pegajoso.
—Estaban dentro —dijo Martín.
—Pueden estar aún ahí. Seguramente tenían latas de aire de repuesto.
—Owen, mira cómo ha quedado el techo de basalto.
La joroba de tierra que techaba las cuevas conservaba aún el aspecto irreal de una ilusión óptica. Se había hundido dentro de sí misma, dejando una amplia hoya. Cuando Pugh se acercó, vio que también estaba agrietada por numerosas fisuras. De alguna de ellas brotaba un gas blanquecino.
—La mina no está sobre la falla. ¡Aquí no hay ninguna falla!
Pugh se acercó rápidamente a su amigo.
—No, Martín, no hay ninguna falla. Seguramente no estaban todos dentro, juntos.
Buscaron afanosamente entre las máquinas, hasta localizar el trineo. Había llegado en dirección sur y se estrelló contra un remolino de polvo coloidal. Llevaba dos pasajeros. Uno estaba semihundido en el polvo, pero los indicadores de su traje funcionaban normalmente; el otro colgaba atrapado por el trineo. Su traje se había desgarrado por las perneras, y el cuerpo estaba helado y duro como una roca. Aquello fue lo único que encontraron. Tal como se les exigía, incineraron inmediatamente el cadáver con las pistolas láser que el reglamento les obligaba a llevar y que hasta entonces no habían utilizado nunca.
Pugh, sabiendo que iba a marearse, arrastró al superviviente hasta el trineo biplaza y envió a Martín a la cúpula con él. Luego vomitó, y tras descubrir un trineo de cuatro plazas intacto, montó en él y siguió a Martín, temblando como si todo el frío de Libra hubiese penetrado sus huesos.

El superviviente era Kaph. Se hallaba bajo los efectos de una intensa conmoción. Descubrieron una hinchazón en su occipucio que podía significar una conmoción cerebral, pero no parecía existir ninguna fractura.
Pugh preparó dos vasos de alimento concentrado y dos copas de aguardiente.
—Vamos —dijo.
Martín obedeció, bebiéndose el tónico. Luego se sentaron junto al camastro y sorbieron el aguardiente.
Kaph yacía inmóvil, pálido como la cera, los negros cabellos sobre los hombros, los labios rígidamente entreabiertos.
—Debió de ser la primera sacudida, la más intensa —dijo Martín—. Debió de hundir toda la estructura. Probablemente había capas de gas en las rocas laterales, como aquellas formaciones en el Cuadrante treinta y uno. Pero allí no había ninguna señal.
Mientras hablaba, el mundo se escurrió debajo de ellos. Los objetos saltaron y brincaron, gritaron: "¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!".
—La sacudida de las catorce horas fue como ésta —murmuró la Razón en la voz de Martín, entre el desenfreno y la ruina del Mundo.
Pero la Sinrazón se apaciguó, y los objetos cesaron de danzar.
Pugh saltó a través de su vertido aguardiente y ayudó a Kaph a tumbarse. El cuerpo muscular se le resistía. Martín tiró de los hombros hacia abajo. Kaph gritó, luchó, su rostro adquirió un tinte negruzco.
—¡Oxígeno! —dijo Pugh, y su mano encontró la jeringuilla apropiada en el botiquín como por instinto; mientras Martín sujetaba la mascarilla, Pugh hundió la aguja en el nervio vago, retornando a Kaph a la vida.
—Ignoraba que se te diera tan bien la medicina —dijo Martín, respirando fatigosamente.
—Mi padre era médico —dijo Pugh—. ¡Lástima de aguardiente! ¿Por qué se ahoga nuestro amigo?
—No lo sé, Owen. Mira en el libro.
Kaph estaba respirando normalmente y el color había vuelto a su rostro; únicamente los labios estaban todavía un poco amoratados.
Se sirvieron otra copa de aguardiente y volvieron a sentarse junto a Kaph con su guía médica.
—Ni en "shock" ni en "conmoción" hay nada sobre cianosis o asfixia. Con el traje puesto no puede haber respirado nada... "Hemorroides anales"... ¡Uf!
Pugh tiró el libro sobre una mesa. El lanzamiento resultó corto, debido a que el propio Pugh o la mesa no habían recobrado del todo su equilibrio.
—¿Por qué no activaron la señal?
—¿Cómo dices?
—Los ocho que estaban dentro de la mina no tuvieron tiempo, pero la muchacha y él debían encontrarse en el exterior. Tal vez ella estaba en la entrada y resultó alcanzada por el primer desplome. Él tenía que estar en el exterior, tal vez en la cabina de control. Echó a correr, tiró de la muchacha, la subió al trineo y se dispuso a regresar a la cúpula. Y en todo ese tiempo no se le ocurrió pulsar el botón de alarma de su traje. ¿Por qué?
—Bueno, había recibido un golpe en la cabeza. No estaba en sus cabales. Pero incluso en condiciones más favorables dudo que se le hubiese ocurrido enviarnos la señal. La ayuda la buscaban entre ellos mismos.
El rostro de Martín era como una máscara india, surcos en las comisuras de la boca, ojos de frío carbón.
—En tal caso, ¿qué debió sentir cuando el suelo empezó a temblar y se encontró en el exterior, solo...?


En respuesta, Kaph gritó.
Sacudido por las convulsiones de alguien que se ahoga, saltó del camastro, golpeó y derribó a Pugh, tropezó con un montón de cestos y cayó al suelo, con los ojos en blanco y los labios azulados. Martín le arrastró hasta el camastro, le dio una bocanada de oxígeno y luego se arrodilló junto a Pugh, el cual se estaba incorporando, y secó su cortado pómulo.
—¡Owen! ¿Te encuentras bien?
—Creo que sí —dijo Pugh—. ¿Por qué me estás frotando eso por la cara?
Era un trozo de cinta de computadora, ahora manchada con sangre de Pugh.
Martín la dejó caer.
—Pensé que era una servilleta. Te has arañado la mejilla contra aquella caja.
—¿Se le ha pasado el ataque?
—Eso parece.
Contemplaron a Kaph rígidamente tendido, sus dientes eran una línea blanca en el interior de los obscuros labios entreabiertos.
—Parece epilepsia. ¿Una lesión cerebral, tal vez?
—Podríamos inyectarle una dosis entera de meprobamato.
Pugh sacudió la cabeza.
—No sé lo que había en la inyección que le apliqué anteriormente. No quiero sobrecargarle de medicamentos. Podría ser contraproducente.
—Tal vez se ha quedado dormido.
—Ojalá yo pudiera. Entre el terremoto y él, no puedo sostenerme en pie.
—Tienes una fea herida en el pómulo. Acuéstate, yo me quedaré un rato.
Pugh limpió su mejilla y se quitó la camisa. Luego dijo:
—Si había algo que podíamos hacer, lo hemos intentado.
—Todos están muertos —murmuró Martín.
Pugh se tendió encima de su saco de dormir, y un instante después le despertó un espantoso ruido. Se levantó, tambaleándose, buscó la aguja hipodérmica, trató tres veces de clavarla correctamente y fracasó. Empezó a masajear el tórax de Kaph, encima del corazón.
—Boca a boca —dijo Martín. Obedeció.
De pronto, Kaph expulsó una bocanada de aire, su pulso se hizo más regular, sus rígidos músculos empezaron a relajarse.
—¿Cuánto tiempo he dormido?
—Medía hora.
Permanecieron en pie, sudando. El suelo tembló, la tela de la cúpula osciló violentamente. Libra estaba danzando de nuevo su espantosa polca, su Danza de los muertos. El sol parecía haber aumentado de tamaño y era mucho más rojo.
—¿Qué le pasa, Owen?
—Creo que está muriendo con ellos.
—¿Con ellos? ¡Ellos están muertos!
—Nueve de ellos. Todos murieron, aplastados o asfixiados. Todos ellos eran él; él es todos ellos. Ahora está muriendo sus muertes una a una.
—¡Dios mío! —murmuró Martín.
La próxima vez ocurrió lo mismo. La quinta vez fue peor, ya que Kaph luchó y deliró, tratando de hablar pero sin conseguir emitir las palabras. Era como si su boca estuviera obturada con rocas o arcilla. Después, los ataques se hicieron más débiles, aunque también él se iba debilitando cada vez más. El octavo ataque se produjo alrededor de las cuatro y media; Pugh y Martín trabajaron hasta las cinco y media, haciendo todo cuanto estaba a su alcance para conservar la vida en el cuerpo que se hundía en la muerte y sin protestar. Finalmente lo consiguieron.
—El próximo terminará con él —vaticinó Martín.
Y así ocurrió. Pero Pugh insufló su propia respiración en los inertes pulmones, hasta que él mismo perdió el conocimiento.
Despertó. La cúpula estaba a oscuras. Aguzó el oído y oyó la respiración de los dos hombres que dormían. Volvió a quedarse dormido y sólo el hambre le despertó.
El sol estaba muy alto sobre las oscuras llanuras y el planeta había dejado de danzar. Kaph dormía tranquilamente. Pugh y Martín bebieron té y contemplaron a Kaph como si fuera algo que les perteneciera.
Cuando Kaph despertó, Martín se acercó a él.
—¿Cómo te encuentras, viejo?
Kaph no respondió.
Pugh ocupó el lugar de Martín y contempló los ojos castaños que miraban hacia los suyos pero no en los suyos.
Calentó alimento concentrado y se lo ofreció a Kaph.
—Vamos, bebe.
Pudo ver que los músculos de la garganta de Kaph se ponían rígidos.
—Déjenme morir —dijo el joven.
—No te estás muriendo.
—Estoy muerto en mis nueve décimas partes —habló Kaph con claridad y precisión—. No queda vivo lo bastante de mí.
—No —replicó Pugh en tono perentorio—. Ellos están muertos. Los otros. Tus hermanos y hermanas. Tú no eres ellos, tú estás vivo. Tú eres John Chow. Tu vida depende de ti.
El joven permaneció inmóvil, mirando hacia una oscuridad que no estaba allí.
Martín y Pugh se turnaron en la tarea de poner a salvo el material aprovechable después del desastre, ya que su valor era literalmente astronómico. Aunque era una tarea muy pesada para un solo hombre, no querían dejar solo a Kaph. El que se quedaba en la cúpula se dedicaba a trabajos de oficina, mientras Kaph permanecía sentado o tumbado, con la mirada fija en su oscuridad, sin hablar.
Los días transcurrían silenciosamente.
La radio crujió y habló: Nave llamando a la Misión.
—Llegaremos a Libra dentro de cinco semanas, Owen. Dentro de treinta y cuatro días terrestres y nueve horas. ¿Cómo van las cosas en la vieja cúpula?
—No muy bien, jefe. Los miembros del equipo de Explotación resultaron muertos, todos menos uno, en la mina. Un terremoto. Hace seis días.
La radio crujió. Dieciséis segundos de demora en ambos sentidos; la nave se encontraba ahora alrededor del Planeta II.
—¿Todos muertos, menos uno? ¿Martín y usted no han sufrido ningún daño?
—Nos encontramos perfectamente, jefe.
Treinta y dos segundos.
—El Passerine dejó un equipo de Explotación aquí, con nosotros. Puedo dejarlos en el proyecto Hellmouth, en vez de dedicarlos al proyecto del Cuadrante Siete. Lo decidiremos cuando lleguemos ahí. En cualquier caso, Martín y usted serán relevados. Cuídense. ¿Alguna cosa más?
—Nada más.
Treinta y dos segundos.
—De acuerdo. Hasta la vista, Owen.
Kaph había oído todo esto y, más tarde, Pugh le dijo:
—El jefe puede pedirte que te quedes aquí con el otro equipo de Explotación. Tú ya conoces esto.
Conociendo las exigencias de la Vida Lejana, quería advertir al joven. Kaph no respondió. Desde que había dicho "No queda vivo lo bastante de mí" no había vuelto a pronunciar una sola palabra.
—Owen —dijo Martín, por su intercomunicador portátil—, está chiflado. Loco.
—Para un hombre que murió nueve veces, se está portando muy bien.
—¿Muy bien? La única emoción que le ha quedado es el odio. Mira sus ojos.
—Eso no es odio, Martín. Escucha, es cierto que en cierto sentido ha estado muerto. No puedo imaginar lo que siente. Pero estoy seguro de que no es odio. Ni siquiera puede vernos. Hay demasiada oscuridad.
—Muchas gargantas han sido abiertas en la obscuridad. Nos odia porque no somos Aleph y Yod y Zayin.
—Tal vez. Pero yo creo que está solo. No nos ve ni nos oye, ciertamente. Hasta ahora no había visto a nadie más porque nunca estuvo solo. Tenía otros nueve a los que podía mirar, con los que podía hablar y vivir. No sabe lo que es estar solo. Tiene que aprenderlo. Dale tiempo.
Martín sacudió la cabeza.
—Está chiflado —dijo—. Cuando te quedes a solas con él, no olvides que puede romperte el cuello con una sola mano.
—Podría hacerlo, desde luego —dijo Pugh, y sonrió.
Se encontraban en el exterior de la cúpula, programando uno de los servomecanismos para reparar una máquina averiada. Podían ver a Kaph en el interior del enorme medio huevo que formaba la cúpula.
—¿Por qué supones que mejorará?
—Es evidente que tiene una fuerte personalidad.
—¿Fuerte? Lisiada. Nueve décimas partes muerta, como él mismo dijo.
—Pero él no está muerto. Él es un hombre vivo. John Kaph Chow. Está pasando por una fase de desconcierto, pero no olvides que todos los jóvenes sufren una especie de trauma cuando se separan de su familia. Él lo superará.


—No veo cómo.
—Discurre un poco, Martín. ¿Cuál es el objetivo de la clonación? Reparar la raza humana. Estamos en malas condiciones. Mírame a mí. Mi Cociente de Inteligencia y mi índice de Constitución Genética no llegan a la mitad del de ese John Chow. Pero en el Servicio Lejano me necesitaban con tanta urgencia, que cuando me presenté voluntario me aceptaron y me echaron un remiendo con un pulmón artificial y corrigieran mi miopía. Si hubiesen abundado los tipos sanos, ¿crees que hubieran aceptado a un galés corto de vista y con un solo pulmón?
—No sabía que tenías un pulmón artificial.
—Pues lo tengo. Artificial hasta cierto punto, ¿sabes? Es un pulmón humano, cultivado en un tanque; una especie de clon. De todos modos, ahora es mi pulmón. Lo que quiero decir es que ahora hay demasiados hombres como yo y no los suficientes como John Chow. ¿Comprendes? Y eso es lo que trata de remediar la clonación, produciendo hombres más fuertes y más listos.
Martín gruñó algo ininteligible, mientras el servomecanismo empezaba a zumbar.

Kaph apenas comía; experimentaba dificultades para tragar, de modo que después de los primeros bocados renunciaba a seguir comiendo. Había perdido ocho o diez kilogramos.
Sin embargo, al cabo de unas tres semanas empezó a recobrar el apetito, y un día Martín y Pugh le sorprendieron revisando las pertenencias de los clones, sus sacos de dormir, maletines y documentos. Tras una minuciosa selección, destruyó un montón de papeles y chucherías, hizo un pequeño paquete con lo que quedaba y volvió a sumirse en su estado de coma andante.
Dos días después habló. Pugh estaba tratando de ajustar una tecla de la grabadora, sin conseguirlo. Martín había salido a verificar sobre el terreno sus mapas de las Pampas.
—¡Maldita sea! —exclamó Pugh. Y Kaph dijo, con voz inexpresiva:
—¿Quiere que lo arregle yo?
Pugh se sobresaltó, pero recobró el dominio de sí mismo y entregó la máquina a Kaph. El joven cogió el aparato, reparó la avería y lo dejó sobre la mesa.
—Pon una cinta —dijo Pugh con deliberada indiferencia, ocupado en otra mesa.
Kaph puso la cinta que estaba encima de la pila: Música coral. Se tumbó en su camastro. El sonido de un centenar de voces humanas cantando al unísono llenó la cúpula. Kaph permaneció inmóvil, con el rostro inexpresivo.
En los días siguientes se encargó de algunas tareas rutinarias, sin que se lo pidieran. No hacía nada que requiriera iniciativa, y si le pedían que hiciera algo no contestaba.
—Se está recuperando —comentó Pugh, hablando en castellano.
—No. Se está convirtiendo en una máquina. Hace lo que tiene programado, no reacciona a otra cosa. Está peor que cuando no funcionaba. Ya no es humano.
Pugh suspiró.
—Buenas noches —dijo en inglés—. Buenas noches, Kaph.
—Buenas noches —dijo Martín. Kaph no dijo nada.
A la mañana siguiente, a la hora del desayuno, Kaph alargó el brazo por encima del plato de Martín para alcanzar las tostadas.
—¿Por qué no las pides? —inquirió Martín, disimulando apenas su malhumor—. Yo puedo pasártelas.
—Yo puedo cogerlas —dijo Kaph con su voz inexpresiva.
—Desde luego. Pero pedir que nos pasen una cosa, dar las buenas noches o los buenos días son detalles poco importantes, aunque si alguien nos saluda estamos obligados a contestar.
—¿Por qué tendría que contestar?
—Porque alguien te ha dirigido la palabra.
—¿Por qué?
Martín se encogió de hombros y se echó a reír. Más tarde, Pugh dijo:
—Deja al muchacho en paz, Martín.
—Los buenos modales son esenciales en los pequeños grupos que viven aislados. A él le han enseñado eso. ¿Por qué se niega deliberadamente a recordarlo?
—¿Acaso te das las buenas noches a ti mismo?
—¿Qué quieres decir?
—Que Kaph nunca ha conocido a nadie aparte de a sí mismo.
Martín meditó unos instantes y luego estalló:
—Entonces, todo ese asunto de la clonación es una equivocación. No puede funcionar. ¿Qué pueden hacer por nosotros un montón de genios duplicados cuando ni siquiera saben que existimos?
Pugh asintió.
—Podría resultar más práctico separar los clones y mezclar a sus miembros con las otras personas. Pero no cabe duda de que funcionan mejor como equipo.
—¿De veras? Yo no estoy tan seguro. Si esos clones hubieran sido diez ingenieros normales, ¿habrían estado todos en el mismo lugar al mismo tiempo? ¿Habrían resultado todos muertos? Tal vez cuando empezó el terremoto todos esos muchachos se dirigieron corriendo hacia el interior de la mina para salvar al qué estaba más lejos. El propio Kaph estaba en el exterior y se dirigió hacia la entrada. Es pura hipótesis, desde luego. Pero creo que de haberse tratado de diez individuos normales, más de uno se hubiera salvado.
—No lo sé. Es cierto que los gemelos idénticos tienden a morir al mismo tiempo, incluso cuando no se han visto nunca el uno al otro. Identidad y muerte, es muy raro.

Pasaron los días, el sol rojizo se arrastraba por el oscuro cielo, Kaph no contestaba cuando le hablaban. Pugh y Martín se chillaban el uno al otro cada vez con más frecuencia. Pugh se quejaba de los ronquidos de Martín. Ofendido, Martín trasladaba su camastro al extremo más apartado de la cúpula y durante algún tiempo no dirigía la palabra a Pugh. Éste silbaba tonadas galesas hasta que Martín se quejaba, y entonces era Pugh el que dejaba de dirigirle la palabra.
El día antes del previsto para la llegada de la nave de la Misión, Martín anunció que iba a salir hacia Merioneth.
—Pensé que como mínimo me echarías una mano con la computadora para terminar los análisis de las rocas —dijo Pugh, disgustado.
—Kaph puede hacer eso. Quiero echar una última mirada al Trench. ¡Que se diviertan! —añadió Martín en castellano, riendo, y se marchó.
—¿Qué idioma es ese?
—Castellano. Ya te lo dije en cierta ocasión, ¿no te acuerdas?
—No —al cabo de unos instantes, el joven añadió—: Creo que he olvidado un montón de cosas.
—Esto no tenía importancia, desde luego —dijo Pugh amablemente, dándose cuenta inmediatamente de lo importante que era aquella conversación—. ¿Querrás echarme una mano con la computadora, Kaph?
Kaph asintió.
Pugh había dejado un montón de cables sueltos, y la tarea les ocupó todo el día. Kaph era un excelente colaborador, rápido y sistemático, mucho más que el propio Pugh. Su voz inexpresiva, ahora que volvía a hablar, crispaba los nervios; pero no importaba, ya que era el último día y luego llegaría la nave, la antigua tripulación, camaradas y amigos.
Durante el descanso para tomar el té, Kaph dijo:
—¿Qué pasará si la nave de la Misión se estrella?
—Morirán todos.
—Me refiero a ustedes.
—Emitiremos un SOS por radio en todas las frecuencias, y viviremos a media ración hasta que llegue una nave de rescate de la Base Tres. Lo cual significa cuatro años y medio terrestres. Con un racionamiento estricto, podríamos resistir de cuatro a cinco años. Apretándonos un poco el cinturón, desde luego.
—¿Enviarían una nave de rescate para tres hombres?
—Naturalmente.
Kaph no añadió comentario alguno.
Pugh se dispuso a reanudar el trabajo. Pero resbaló, y al tratar de agarrase al respaldo de la silla ésta eludió su mano. Desde el suelo, inquirió:
—¿Qué sucede?
—Un movimiento sísmico —dijo Kaph.
Las tazas rebotaron sobre la mesa, un fajo de documentos cayó al suelo, la piel de la cúpula se hinchó y restalló.
Kaph continuó sentado, impasible. Un terremoto no asusta a un hombre que murió en uno.
Pugh, muy pálido, murmuró:
—Martín está en el Trench.
—¿Qué es el Trench?
—El epicentro de los movimientos sísmicos locales. Mira el sismógrafo.
Pugh luchaba con la puerta de un armario que se resistía a abrirse.
—¿Qué va usted a hacer?
—Voy a buscarle.
—Martín se llevó el jet. Los trineos no ofrecen garantías de seguridad durante un movimiento sísmico. Se descontrolan.
—Cállate de una vez, por el amor de Dios.
Kaph se puso en pie, hablando con su voz inexpresiva, como de costumbre.
—Es inútil salir ahora en su busca. Significa correr un riesgo innecesario.
—Si captas su señal de alarma, avísame por radio —dijo Pugh antes de cerrar la escafandra de su traje.
Cuando salió al exterior, Libra remangó sus harapientas faldas y bailó una danza del vientre desde debajo de sus pies hasta el rojizo horizonte.


En el interior de la cúpula, Kaph vio cómo el trineo se ponía en marcha, temblaba como un meteoro a la rojiza luz diurna y desaparecía en dirección nordeste. El suelo de la cúpula retembló; la tierra tosió. Una racha de viento, al sur de la cúpula, arrastró una nube de gas negro vomitada por una grieta.
En el tablero central de control repiqueteó un timbre y se encendió una luz roja. Kaph comprobó que la luz correspondía al Traje Dos. Trató de establecer contacto por radio con Martín, y luego con Pugh, pero ninguno de los dos contestó.
Cuando los temblores de tierra remitieron, reanudó su trabajo y terminó la tarea de Pugh. Invirtió casi dos horas. Cada media hora trató de establecer contacto con el Traje Uno, sin obtener respuesta, y con el Traje Dos, con el mismo resultado. Desde hacía una hora, la luz roja había dejado de parpadear.
Kaph preparó cena para uno, comió y se tendió en su camastro.
Los temblores de tierra habían cesado, pero a largos intervalos se producían unas leves sacudidas. El sol colgaba al oeste, en forma de naranja, rojo pálido, inmenso. No parecía hundirse.
No se oía el menor sonido.
Kaph se levantó y empezó a pasear alrededor de la cúpula semivacía. El silencio persistió. Kaph se acercó a la grabadora y colocó en ella la primera cinta que halló. Era música pura, electrónica, sin armonías, sin voces. Finalizó. El silencio persistió.
El mono de Pugh colgaba de un montón de muestras de roca. Kaph lo contempló fijamente. Notó que faltaba un botón.
El silencio persistió.
El sueño de un chiquillo: No hay nadie más que esté vivo en el Mundo, aparte de mí mismo. En todo el Mundo.
Muy bajo, al norte de la cúpula, un meteoro parpadeó.
La boca de Kaph se abrió como si tratara de decir algo, pero no salió ningún sonido de ella. Se dirigió apresuradamente a la pared norte y tendió la mirada hacia la gelatinosa luz rojiza.
La pequeña estrella se posó en el suelo. Dos figuras se acercaron a la cúpula. El traje de Martín estaba cubierto de un extraño polvo que le hacía aparecer tan verrugoso como la superficie de Libra. Pugh le sostenía por el brazo.
—¿Está herido? —inquirió Kaph.
Pugh se despojó del traje y ayudó a Martín a despojarse del suyo.
—Conmocionado —dijo.
—Una roca enorme cayó sobre el jet —dijo Martín, sentándose ante la mesa y agitando los brazos—. Yo no estaba dentro, desde luego. Había bajado a reconocer la zona de polvo carbónico cuando noté que el suelo empezaba a temblar. De modo que corrí a situarme en un espacio abierto, para que no me alcanzara algún desprendimiento de rocas de los acantilados. Desde allí vi como una enorme roca aplastaba el jet, y entonces recordé que las latas de aire de repuesto estaban en el aparato y pulsé el botón de alarma. Pero no recibí ninguna señal por radio, cosa que siempre ocurre aquí durante los movimientos sísmicos. La atmósfera era tan polvorienta que no se veía nada a un metro de distancia. Empezaba a preocuparme cuando vi llegar a Owen.
—¿Tienes hambre? —le interrumpió Pugh.
—Claro que tengo hambre.
—Entonces siéntate y come —ordenó Pugh.
Martín obedeció. Después se dirigió a su camastro, que no había mudado de lugar desde que Pugh se quejó de sus ronquidos.
—Buenas noches, galés unipulmonar —dijo a través de la cúpula.
—Buenas noches.
Martín no dijo nada más. Pugh amortiguó el brillo de la lámpara hasta dejarlo reducido a un resplandor amarillento menos intenso que la luz de una vela, y se sentó sin hacer nada, sin decir nada, con aire ausente.
El silencio persistió.
—He terminado los cálculos —dijo Kaph.
—Gracias —murmuró Pugh.
Silencio.
—Recibí la señal de Martín, pero no pude establecer contacto con él ni con usted.
—No debí salir —admitió Pugh—. Martín tenía aire suficiente para dos horas, incluso con una sola lata. Pero sin posibilidad de establecer contacto con él, confieso que me asusté.
Retornó el silencio, ahora contrapunteado por los ronquidos de Martín.
—¿Quiere usted a Martín?
Pugh alzó la mirada, enfurecido.
—Martín es mi amigo. Hemos trabajado juntos mucho tiempo y es una buena persona.
Se interrumpió. Al cabo de unos instantes añadió:
—Sí, le quiero. ¿A qué viene esa pregunta?
Kaph no dijo nada, pero miró al otro hombre. Su rostro estaba cambiado, como si viera algo que hasta entonces no había visto; también su voz había cambiado.
—¿Cómo puede usted...? ¿Cómo...?
Pero Pugh no pudo decírselo.
—No lo sé —murmuró—. No lo sé. Cada uno de nosotros estamos solos, desde luego. ¿Qué puede hacer uno excepto extender la mano en la oscuridad?
Kaph inclinó la mirada, consumida por su propia intensidad.
—Estoy cansado —dijo Pugh—. Fue algo espantoso verle en medio de aquel polvo negro, con el suelo abriéndose y cerrándose a su alrededor... Voy a acostarme. La nave establecerá contacto con nosotros alrededor de las seis.
Se puso en pie y se desperezó.
—Son clones —dijo Kaph—. El otro equipo de Exploración que llegará con la nave.
—¿Clones?
—Doce miembros. Vinieron con nosotros en el Passerine.
Kaph se sentó bajo la amarillenta claridad de la lámpara, absorto al parecer en sus nuevos temores: Los clones que estaban a punto de llegar y de los cuales él no formaría parte.
Inexperto aún en soledad, no sabiendo siquiera cómo podía quererse a otro individuo, tendría que enfrentarse con la absoluta y cerrada autosuficiencia de doce clones; algo excesivo para él, desde luego.
Pugh apoyó una mano en su hombro.
—El jefe no te pedirá que te quedes aquí. Puedes marcharte a casa. O, si lo prefieres, puedes venir con nosotros. Nos serías útil. No corre prisa decidirlo.
Kaph alzó la mirada y vio lo que nunca había visto: Le vio a él, a Owen Pugh, el otro, el desconocido que tendía su mano en la oscuridad.
—Buenas noches —murmuró Pugh, deslizándose en el interior de su saco y medio dormido ya, de modo que no oyó a Kaph contestar, tras una breve pausa:
—Buenas noches, Owen.

FIN

2025/09/22

Equilibrio (John Christopher)


Título original: Balance
Año: 1951


Luigi dijo:
—¡Signor!
Max Larkin abrió los ojos, sorprendido y agradecido por milésima vez por la radiante claridad del sol. Su hamaca, colgada entre dos olivos, se hallaba en el extremo más apartado de su jardín. Debajo de él, Castellammare era una explosión de blancos y verdes: El blanco de las piedras logrado por el sol y el verde de las hojas de los naranjos. Y más allá de los verdes y de los blancos se extendía el esmaltado azul de la bahía de Napoles. Larkin se volvió en redondo. Luigi estaba de pie delante de él en actitud respetuosa.
Max dijo:
—¿Y bien?
—Alguien desea verle, signor Larkin. Al parecer, se trata de algo urgente. ¿Le hago pasar o le pongo en la calle?
Detrás de Luigi, la pequeña avenida de cipreses se extendía hasta la villa a lo largo de un centenar de metros. Max pudo ver al hombre embutido en una chaqueta de cuero que se acercaba. Le dijo a Luigi:
—Demasiado tarde. Ahí está. No te preocupes, Luigi. Sírvenos vino. Creo que el Nobile 89 estará bien.
El visitante era un hombre muy joven; tenía aspecto de estar muy acalorado bajo la chaqueta de cuero, que ostentaba insignias y galones de la United Chemicals, pero a su edad, supuso Max, la consciencia de su categoría tenía más fuerza que la simple comodidad. Hizo un gesto señalando una silla colocada a la sombra de un olivo y se reclinó en su hamaca.
El visitante dijo:
—¿El superintendente Larkin? 
Max asintió.
—El mismo. Pero ahora estoy retirado. Ya no utilizo ese título. ¿Qué puedo hacer por usted?
—Me llamo Mellin. Hans Mellin. Vengo de parte del director Hewison. 
Miró a Max con expresión de reproche.
—Al director Hewison no le fue posible comunicarse con usted a través del videófono.
Max dijo:
—No me extraña. Lo tengo desconectado. La única tarea de la que me ocupo actualmente es la de recoger mi pensión, y para ello me valgo del antiguo sistema de escribir cartas. 
Mellin dijo:
—Me envía para que le recoja a usted. Desea consultarle un asunto. 
Max preguntó:
—¿Dónde está Hewison? Si el verle significa cruzar el Atlántico...
Mellin le interrumpió:
—Está en su casa de Austria. Puedo llevarle a usted allí en tres horas. Mi autogiro está aparcado enfrente de la villa.
Max sonrió.
—Prefiero ir en tren. Déme las señas para localizarlo. O quizá sea preferible que mande un automóvil a recogerme a la estación.
Mellin objetó:
—Pero el director desea que vaya usted conmigo en el autogiro...
Max dijo:
—Tiene usted que saber que pasé dieciocho años en Venus y que probablemente aún estaría allí si mi cuerpo no hubiera tenido la buena ocurrencia de contraer unas fiebres palúdicas, lo cual me dio opción para retirarme. Y ahora que estoy aquí he prometido que entre la tierra y yo no habrá nunca más de dieciocho pulgadas de separación —Miró pensativamente la hamaca en la cual estaba tendido—. Bueno..., digamos treinta y seis. Puede usted regresar en el autogiro y decirle a Hewison que me pondré inmediatamente en camino. ¿En qué estación tengo que apearme?
Con cierto aturdimiento, Mellin respondió:
—En Graz.
—¡De acuerdo! —convino Max—. Dígale a Hewison que salgo en seguida para allá. Tomaré el rápido de Viena que sale de Napoles a las ocho. ¡Oh! Aquí está el vino. ¿Quiere usted acompañarme?
Mellin miró la bandeja.
—Creo que no. Tengo un poco de prisa. Pero si no le importara desprenderse de una botella me la bebería por el camino.
Max se reclinó más profundamente en su hamaca.
—Dale al oficial Mellin una botella de vino, Luigi. Creo que el de la última cosecha será más adecuado para su... ejem... paladar.

Max pudo disponer de un coche-cama para él solo, en el rápido de Viena. En la mitad meridional de Europa seguían funcionando los ferrocarriles. El Departamento de Transportes y Comunicaciones los mantenía en servicio para los turistas, aunque cada día eran menos utilizados. A las once de la mañana siguiente llegó a Graz. El automóvil que le estaba esperando era un vehículo enorme, de color gris perla, con el banderín rojo del director en el capó. Emprendieron la marcha a través de las colinas sin que el poderoso motor se dejara oír.
La mansión austríaca de Hewison era visible a varias millas de distancia; el conductor se la señaló al pasajero del automóvil. A medida que se acercaban a ella, sus detalles eran más apreciables. Y su buen gusto era más discutible. Max recordó súbitamente que Hewison había hecho construir sus castillos unos seis o siete años antes. Era un vergonzoso maridaje de los estilos gótico y siglo XXI. En las esquinas se erguían unas altas torres, y entre ellas se levantaban unos fríos pilones de aluminio. En un espacio de muchas millas cuadradas, aquél era el único lugar donde el paisaje no estaba irremediablemente contaminado..., si se prescindía del castillo. Max dio un suspiro de alivio cuando el automóvil cruzó el puente levadizo.
La habitación que le fue destinada estaba situada en uno de los pilones. Desempaquetó algunas de sus cosas y esperó a que le avisaran para el almuerzo. Por algún extraño motivo, el amplio comedor estaba pintado de color verde mar. El tablero de jade de la alargada mesa estaba rodeado de un borde cuadrado de esmeralda translúcida, adornado con reproducciones de peces tropicales. El aspecto del comedor resultaba más impresionante por el hecho de que Hewison y él eran los únicos comensales.
La comida era buena. Max quedó algo sorprendido al comprobar que el plato principal era jabalí venusino. En la Tierra, su precio era de cincuenta dólares europeos la libra, pero Hewison sabía perfectamente que era un bocado muy apreciado por un oficial que hubiera estado en Venus. A menos que... Max contempló a su anfitrión atentamente. ¿Se trataba acaso de una artimaña de Hewison para evocar en él la nostalgia? Hewison le devolvió la mirada y en su expresión no había la menor sombra de malicia.
Después del almuerzo, Hewison le condujo a la biblioteca para tomar café. La estancia, decorada al viejo estilo inglés, contenía numerosos cuadros al óleo con escenas de caza. Hewison sacó unos excelentes cigarros y un coñac menos excelente. Aún no había dicho nada acerca de los motivos que le habían impulsado a reclamar la presencia de Max.
—¿Qué le parece todo esto? —preguntó Hewison. 
Max contestó diplomáticamente:
—Lo encuentro impresionante. 
Hewison dijo:
—Me gusta este castillo. Y me gusta esta biblioteca. Creo que voy a poner bibliotecas en todas mis residencias. Últimamente incluso he leído algunos libros. Muy interesantes por cierto. Hay un tipo llamado... déjeme ver... —Se acercó a una de las estanterías y regresó con un libro en la mano—... Korzybski. El título es Significados Generales. 


Dirigió una mirada penetrante a Max.
—¿Lo ha leído usted? Dice que toda la naturaleza del pensamiento humano es errónea. El hombre aprende a actuar por razonamientos superficiales... y tiene que aprender a integrarse.
Max se puso en pie. Se acercó a Hewison, el cual estaba hojeando el libro, probablemente en busca de una cita. Empezó a hablar con amabilidad.
—Director Hewison, no he venido aquí desde Castellammare para discutir con usted las opiniones de Korzybski ni de cualquier otro filósofo nominalista de tercera fila del siglo XX. Me he ganado mi retiro y estoy disfrutando de él. Si aquel jabalí que me ha servido en el almuerzo era un preludio para pedirme que haga otro trabajo en Venus para usted, temo que lo ha desperdiciado lastimosamente. Aunque yo quisiera ir allí, el Consejo Médico no me lo permitiría. Y en mi situación actual soy completamente feliz. 
Su voz subió ligeramente de tono.
—De modo que si no tiene usted nada más importante de que hablarme tomaré el tren de regreso esta misma tarde.
Hewison le contempló en silencio unos instantes y luego cloqueó, dejando el libro de Korzybski sobre una pequeña mesa de madera de nogal.
—Bueno —dijo—, entonces vamos a hablar del asunto. No deseo que regrese usted a Venus; conozco todos los pormenores de su ficha médica. El trabajo que quiero que haga para mí, no le obligará a moverse de este planeta.
Max observó, a la defensiva:
—Como usted ya sabe, disfruto de una pensión. Lo único que tengo que hacer es sentarme a tomar el sol.
Hewison dijo:
—Le explicaré la cuestión. En primer lugar, su aspecto político.
—¿No puede ahorrármelo? —inquirió Max.
—La situación es la siguiente —continuó Hewison, pasando por alto la pregunta—. Gracias a usted, la Atómica se encargó de cortar en flor la tentativa de provocar dificultades fuera de las lóbregas aguas de Venus. Se quedaron quietos. Nunca dudé de que estaban tramando algo, pero hasta ahora no nos habían dado verdaderos motivos de preocupación.
—¿De quién está usted hablando? —preguntó Max. 
Hewison dijo:
—De la División Genética. Tendré que retroceder un poco. Veinte años. ¿Se acuerda usted de De Passy?
Max asintió. Recordaba perfectamente a De Passy. Había sido el auténtico genio de la División de Genética. La televisión había aireado profusamente su rostro el mismo año en que Max había obtenido su título universitario. Sus trabajos sobre los gérmenes del plasma habían sido revolucionarios. Y luego, cuando no tenía más que treinta y cuatro años...
—Su autogiro se estrelló, ¿no es cierto? —inquirió Max—. ¿Fue en Dorset?
—En Hampshire —respondió Hewison—. ¡Lamentable! —Alzó la mirada y contempló fijamente a Max—. Pero, desgraciadamente, necesario.
Max dijo:
—¿Quiere usted decir que el U.C. le asesinó? 
Hewison no respondió directamente.
—Había dos o tres compañías representadas —dijo—. Verá..., teníamos que tomar alguna medida con respecto a De Passy. Afortunadamente, trabajaba con un solo ayudante... que murió al mismo tiempo que él. De Passy llevaba entre manos algo muy grande: La creación artificial de supergenios.
Max dijo secamente:
—Ésa parece ser la mejor excusa para asesinarle.
Hewison parecía un hombre cansado y sorprendentemente viejo. ¿Qué edad tendría? No más de ochenta años.
Hewison continuó hablando:
—Sí, el mejor motivo, la mejor excusa. ¿Ha pensado usted en lo que podría ser un supergenio? Piense en los genios normales, tal como los hemos conocido en el pasado. Piense en lo unilaterales que han sido. Newton el matemático y Newton el teólogo, trabajando incansablemente para poner en claro unos conceptos sin obtener resultados admisibles. Einstein el matemático y Einstein el bien intencionado, pero completamente ingenuo científico social. Aparte del estrecho campo de su especialidad, el genio se encuentra en igualdad de condiciones —y a menudo en inferioridad— con el resto de los humanos. Así ha ocurrido siempre.
Hewison se puso en pie y empezó a pasear arriba y abajo por la tupida alfombra de Axminster.
—No necesito explicarle en qué consiste el mundo directivo —continuó—. Sabe usted perfectamente cómo se mantiene el equilibrio de poderes: Cada compañía maneja su propia autoridad, dirige sus propias investigaciones, cooperando como una entidad libre e independiente con todas las demás compañías. Unidades Químicas, División de Genética, Transportes y Comunicaciones, Atómica, Cultivos sin Tierra, etc. Ahora imagine a una Compañía con los servicios de un hombre capaz de destacar poderosamente no en un solo campo de la investigación, sino en todos. Desde 1900 los científicos se han visto obligados a especializarse cada vez más, renunciando a la extensión en favor de la necesaria profundidad. Pero imagine a alguien capaz de abarcarlo todo: Todo el campo de la genética, más el campo de la química molecular y atómica, más la física subatómica, más todas las otras ramas de la ciencia que puedan citarse. Ese hombre —ese superhombre—, trabajando para una sola Compañía, haría que el equilibrio de poderes se convirtiera en un sueño. Si la Genética dispusiera de él, la Genética tendría la primacía. Y eso era lo que pretendía conseguir De Passy conociendo o no las consecuencias. Y por eso...
Hewison hizo una pausa. Max terminó por él:
—... Y por eso su autogiro cayó súbita e inexplicablemente desde una altura de cuatro mil pies, si mal no recuerdo. Comprendo. Pero supongo que no me ha hecho venir usted aquí para descargar su conciencia de ese peso.
Hewison dijo:
—Creímos que la muerte de De Passy había acabado con el problema. Revisamos su laboratorio de arriba abajo. Pero algo quedó por descubrir. Verá, De Passy estaba casado. Nunca se nos ocurrió pensar que podía haber... experimentado con su propia esposa. Ni siquiera cuando murió, al dar a luz seis meses más tarde, se nos ocurrió la idea. Sin embargo, posteriormente... Hasta nosotros han llegado ciertos rumores. No sabemos hasta qué punto podemos concederles crédito. La sección de Propaganda de la División de Genética es capaz de esparcir los rumores más inverosímiles con el fin de desconcertar a las otras Compañías y de coaccionarlas en sus tratos futuros. Y sabe dónde esparcirlos para que lleguen a nosotros. Pero, verdaderos o falsos, los rumores aseguran que la esposa de De Passy tuvo un hijo..., y que ese hijo es el primero, el único de los supergenios de De Passy.
Max volvió a sentarse. Dijo:
—¿Y la Sección de Contacto? Es tarea suya, ¿no es cierto? 


Hewison dijo en tono paciente:
—Lo sería en circunstancias normales. Pero, desgraciadamente, durante los últimos diez años hemos estado trabajando en estrecha alianza con la División Genética..., especialmente contra la Atómica. Siempre deseé conservar algunos de nuestros agentes en reserva para una eventualidad como ésta, pero no me hicieron caso. La Atómica les inspira demasiado temor. De modo que ahora no contamos con ningún agente que pueda encargarse del trabajo porque en Genética los conocen a todos. Usted, Larkin, es el único as que podemos sacarnos de la manga.
Max dijo:
—¿Qué es lo que puedo hacer yo? ¿Simular una repentina afición a los cromosomas y pedir a Genética que me admita como mozo de laboratorio?
Hewison se detuvo delante de la butaca en que estaba sentado Max.
—¿Recuerda el nombre de Linstein? Fue compañero suyo en la Universidad; se conocieron ustedes íntimamente. Hace unos meses se retiró de la División de Genética. El puede proporcionarle la información que deseamos.
Max dijo:
—¿Y no resultará sospechoso mi repentino deseo de renovar mi amistad con Linstein?
—No, porque será él quien se acerque a usted. Linstein es un apasionado de la filatelia. Dentro de dos semanas se celebrará en Napoles una exposición de sellos. Al llegar allí, Linstein se encontrará con que no le han reservado las habitaciones que había pedido a un hotel. Y en el momento oportuno, alguien le recordará que vive usted en Napoles y le dará su dirección.

Otto Linstein había sido de baja estatura y muy charlatán cuando tenía una carrera ante él. Ahora, jubilado, seguía siendo de baja estatura y más charlatán que nunca, pero en su inagotable conversación había una nota de tristeza. De cualquier modo, los temores que Max había experimentado en el sentido de que pudiera resultar difícil mantenerle junto a él sin despertar sus sospechas resultaron completamente infundados. Linstein, al igual que la mayoría de los hombres que se creen víctimas de una injusticia, necesitaba amigos y no tenía ninguno. Sin gran insistencia por parte de Max, convirtió su estancia por una noche en la villa de Napoles en una semana, seguida de otra y de otra más. Cuando al fin se cansó de Italia, insistió en devolver la hospitalidad que había disfrutado. Max y él embarcaron en Napoles, atracaron en Southampton tres días después, y aquella misma tarde se instalaban en el ático habitado por Linstein.
Aquellas tres semanas habían resultado completamente infructuosas. Linstein habló mucho acerca de la División de Genética, pero solamente en una ocasión dijo algo que podía ser un indicio. Calentado por un buen vino de Orvieto, Linstein había pronunciado un brindis vagamente amenazador "por el futuro de la División de Genética". Esto sucedió el segundo día de su estancia en Napoles, y Max no había querido tirarle de la lengua a fin de no despertar sospechas. Desde entonces Linstein se había limitado a hablar de la política general seguida por la División, una política exclusivamente destinada, al parecer, a frustrar todas sus posibilidades de ascenso.
Ahora, en Londres, Max empezaba a creer que todo el asunto era una simple suposición de Hewison sin ningún fundamento real. No obstante, se había comprometido a realizar una tarea y no podía abandonarla basándose en sus propias suposiciones. Una docena de veces le tendió a Linstein pequeñas trampas para conducirle a hablar del tema deseado. Y una docena de veces Linstein, sin la menor suspicacia, eludió el tema. Ante esto Max decidió aplicar medidas heroicas. Una noche, en su segunda semana de estancia en Londres, después de cenar introdujo en el coñac de su anfitrión uno poco de Vita, la incolora, insípida y paralizadora cocción preparada por el viejo Kajan en los marjales de la Long Province, en Venus.
Linstein fijó su mirada en Max unos instantes, y luego, blandiendo histéricamente su cigarro, estalló en una incontenible carcajada. Max le dedicó la más comprensiva de sus sonrisas. Secándose los ojos, Linstein tartamudeó:
—Es curioso, Larkin. ¿Dónde diablos obtuvo el brebaje que mezcló con mi coñac? ¿En Venus?
Max asintió.
—Me vio usted hacerlo, ¿eh? Es algo para... para hacer hablar. Ahora me dirá usted todo lo que deseo saber, ¿verdad?
Linstein se echó a reír de nuevo.
—Esto es lo más divertido del asunto. Se lo hubiera dicho a usted en cuanto me lo hubiera preguntado... Adelante. Pregunte.
—Muy bien. En primer lugar, ¿es cierto que De Passy realizó con éxito un experimento con su propia esposa? ¿Ha obtenido Genética alguno de los supergenios que De Passy estaba tratando de crear?
Linstein asintió.
—Desde luego.
—¿Y se dan cuenta de lo que están manipulando?—Por descontado —fanfarroneó Linstein con la inconsciencia del borracho—. ¡La supremacía mundial! Eso es lo que vamos a obtener. Pero no queremos forzar las cosas. Maduran despacio, como usted ya sabe. En la actualidad el supergenio está todavía en la edad de jugar. Pero dentro de diez años...
Max dijo amablemente:
—Tercera y última pregunta: ¿Dónde está el supergenio?
Esperó pacientemente que Linstein terminara de reír. Por fin Linstein dijo:
—Mire, Larkin, estábamos esperando todo esto. En realidad nosotros mismos lo planeamos. Me jubilaron para provocar esta situación. Me he divertido muchísimo observándole durante el mes que llevamos juntos.
Max dijo:
—No ha contestado usted a mi pregunta.
—¡No puedo hacerlo! No se hubieran atrevido a utilizarme para este trabajo si supiera algo más de lo que acabo de decirle, Larkin. En cada una de las habitaciones de este piso hay un videófono conectado con el cuartel general de la División de Genética. Imagen y sonido. Sospechaban que la Unidad de Química podía tener otro agente... y ahora lo saben. 
El timbre de la puerta principal del piso vibró insistentemente.
—Ahí están. Vienen por usted, Larkin. Temo que vienen por usted.
Contempló con expresión aturdida cómo Max se encaminaba hacia la puerta. La sorpresa que experimentó a continuación resultó casi lastimosa. Detrás de Max había dos hombres con el uniforme de la Unidad Química. Max dijo:
—La cámara está oculta en el quinto globo de plástico. Anoche esta habitación fue registrada. ¿Comprende, Linstein?
Con la garganta repentinamente seca, Linstein murmuró:
—¿Qué van a hacer conmigo? ¿Van a...? 
Max sonrió tristemente.
—No me atrevería a hacerle ningún daño a un antiguo compañero de Universidad... pudiendo evitarlo. En la Unidad Química no somos biólogos, pero tampoco somos tontos. Le sumiré a usted en una profunda hipnosis. Cuando despierte, mañana por la mañana, sólo recordará que pasamos una agradable velada en el Museo de Arte Moderno. No creo que Genética tenga cámaras instaladas allí. Vamos, Karl, ocúpese de él.


En la pantalla del videófono, detrás de Hewison, Max pudo ver, a través de una ventana abierta, el ondulado valle austríaco. Acababa de contarle al director lo que había sucedido.
—Y esto es todo —terminó Max.
—Estupendo, Max. Ha hecho usted un buen trabajo. No creo que nadie hubiese podido mejorarlo. Ahora la Sección de Contacto se ocupará del asunto, y espero que consiga algún resultado positivo.
—En su lugar yo no sería demasiado optimista, Hewison —dijo Max—. Los de Genética no son tontos, y lo han demostrado. Saben lo que tienen y lo están ocultando perfectamente.
Hewison asintió.
—Sí, lo sé.
Max dijo en tono casual:
—Supongo que no deseará usted que regrese a Europa todavía, ¿verdad? Hay un par de cosas que me gustaría solucionar.
A los ojos de Hewison asomó una expresión de inquietud.
—Max —dijo—, si va usted a intentar algo por su cuenta dígamelo, dígaselo a su viejo amigo Duncan Hewison. No intente nada sin decírnoslo. 
Hizo una pausa y luego:
—Si sucediera algo...
Max sonrió.
—... no podría comunicarle ninguna información a mi viejo amigo el director Duncan Hewison, ¿no es eso? No se preocupe. En realidad no se trata de nada concreto; la más vaga de las ideas. Si tropiezo con algo importante se lo comunicaré inmediatamente. Hasta pronto.
Desconectó el videófono y el preocupado rostro de Hewison desapareció de la pantalla. Luego, pensativamente, Max salió de la cabina pública y se encaminó hacia un puesto de periódicos.
Al día siguiente abandonó el apartamento de Linstein sin poder evitar una divertida sonrisa al ver la expresión de asombro que asomó al rostro de Linstein cuando le anunció su marcha. Evitó el hotel de moda —el Bermondsey— y tomó una habitación en un destartalado hotel de Mayfar. Identificó fácilmente al agente de la División de Genética que se dedicó a seguirle y aprovechó la primera oportunidad para charlar con él. Las Ediciones Nova le ofrecían un jugoso contrato por un libro que iba a titularse Dieciocho años entre los salvajes venusinos. El agente de la División de Genética tomó buena nota de la información.
Max permaneció en el hotel toda una quincena. Durante el día iba de editor en editor regateando precios por su proyectada autobiografía, y por la noche le contaba los resultados a su recién adquirido amigo. Un montón de editores estaban interesados en lo que iba a ser la obra del siglo; pero, a fin de cuentas, Max acabaría por aceptar el contrato de la Nova.
En las Ediciones Nova —cuyo director-gerente era un tal William Renfrew, cuyo hijo había contraído una deuda de gratitud con Max Larkin en Long Province, Venus— Max apartó la cubierta del tejado y se encaminó hacia el autogiro que estaba aguardándole. Renfrew andaba a su lado.
—Entonces, ¿servirá como doble? —preguntó Renfrew.
—Desde luego —aseguró Max—. He estado llevando gafas oscuras desde el primer día. Lo único que tiene que hacer es ir a almorzar al Central Automat. Después no importa que descubran el truco. Habrá transcurrido ya el tiempo que necesito.
William Renfrew dijo con aire de duda:
—¿Está usted seguro de que sabe lo que está haciendo? Podría ponerle en contacto con Hewison a través del videófono de mi oficina...
Max contestó:
—Éste es un asunto grave; tan grave como para inducirme a subir a un autogiro, algo que había jurado no volver a hacer durante el resto de mi vida. Demasiado grave para dejar que Hewison meta las narices en él hasta que yo lo estime oportuno. Si algo sale mal, ya sabe usted cuál es el tiempo límite.
Se instaló en el autogiro y lo hizo despegar verticalmente. Debajo de él, el rostro de Renfrew fue borrándose, y los brillantes tejados nuevos de Bermondsey se convirtieron en un mar de reflejos de aluminio. Max puso rumbo al Norte. A su izquierda, muy lejos, un huso plateado, que dejaba tras sí un rastro de rojizas flores de fuego, ascendía hacia el cielo. La nave matinal de la línea de pasajeros Londres-Venusberg era un espectáculo fascinante. Max ya se había sentido fascinado treinta años antes cuando, siendo un chiquillo, vivía con sus padres muy cerca del puerto espacial y conocía su futuro con apasionada certeza. Sería navegante espacial. Resultaba muy raro que su ambición de niño no se hubiera cifrado en una profesión más novelesca. Pero su padre fue destinado a Europa, y con el paso de los años sus ambiciones infantiles se desvanecieron. Sin embargo, habían dejado en él cierto sedimento.
Max pensó que en aquel momento estaba dedicándose voluntariamente a esa profesión admirada por los niños, la de agente secreto. Pero él nunca la había admirado, y ahora sólo experimentaba una gran ansiedad por terminar aquella tarea desagradable.
Cuando llegó al pequeño pueblo, primer objetivo de su viaje, Max descendió y se encaminó a la oficina de correos. Allí le proporcionaron los informes. Puso de nuevo en marcha el autogiro, siguiendo el camino que le habían indicado.
Dejó el autogiro en la colina y continuó a pie. El centinela, apoyado en su rifle Klaberg, le observó mientras se acercaba.
El centinela dijo:
—Lo siento, señor. Está prohibido el paso. Recinto atómico. Será mejor que regrese al pueblo.
Cuidaban hasta del último detalle. Max habló:
—¿Dónde están los demás? Quiero verles a todos reunidos.
Mostró la pequeña insignia, un duplicado exacto de la que habían encontrado colgada del cuello de Linstein por una fina cadena. Era de oro, con las letras DG grabadas en el centro, rodeadas por la inscripción en letras de menor tamaño: Sección de Contacto. Había sido un provechoso descubrimiento. El centinela asintió respetuosamente y pronunció unas palabras a través del pequeño micrófono que llevaba en su muñeca izquierda. Dos hombres salieron del barracón situado ante el edificio principal. Una tercera persona salió del edificio principal; Max se dio cuenta de que era una mujer.
Se detuvieron, agrupados, delante de él.
—En lo que respecta a la paciente... —empezó a decir Max.
Alzó la mano derecha. La sacudió suavemente, rompiendo una diminuta cápsula, como si estuviera bendiciéndoles a todos. Los cuatro rostros le miraron con fijeza mientras la nubécula surgía de su mano y avanzaba hacia ellos. Casi inmediatamente se desplomaron al suelo, como muñecos inertes.
Max se encaminó lentamente hacia el edificio principal. Era mayor de lo que le había parecido a simple vista. Incluía un jardín interior con una piscina y un campo de tenis. Max cruzó el vestíbulo, se detuvo ante una puerta abierta y miró hacia el interior. Dudó durante unos segundos antes de decidirse a avanzar.
La figura tendida en el diván se volvió en redondo al oír el sonido de sus pasos.


Max inclinó gravemente la cabeza.
—Buenos días —dijo—. ¡Buenos días, miss De Passy! 
Helen de Passy habló:
—Se ha mostrado usted muy inteligente en este asunto.
Max se preguntaba en aquel momento qué era lo que había esperado encontrar. ¿Un monstruo deforme con una enorme cabeza y unos miembros débiles y delicados? Sí, había esperado algo semejante, aunque lógicamente no existían razones para ello.
Sin duda se había sorprendido al encontrar a la muchacha. Max se quedó parado ante ella. Era hermosa y perfectamente proporcionada. Estas circunstancias no debían influir en su actuación, pero influyeron. El rostro de la muchacha sonreía bajo su frente amplia. Su pelo caía sedoso sobre sus hombros. En su barbilla había un indicio de debilidad, de atractiva debilidad. Max trató de descubrir la clave de su armonía y finalmente lo consiguió. Serenidad. Y ésta no es una cualidad que se asocie de antemano con un supergenio.
Max adquirió consciencia de lo que la muchacha estaba diciendo, y encontró una respuesta.
—Fue algo que dijo Linstein —explicó—. Dijo que el supergenio estaba aún en edad de jugar. Intuí lo que aquello significaba. Linstein es un científico. Y, para los científicos, el arte es considerado como una especie de juego. Me pareció probable que el supergenio se dedicara a Keats, y a Shakespeare, y a Beethoven, antes de dedicarse a Darwin y a Planck. 
Max hizo una pausa.
—Los genios artísticos necesitan verse publicados, descargar su talento sobre el regazo del mundo. Efectué una discreta investigación. Descubrí a media docena de brillantes escritores que trabajaban con editores distintos, y entre todos ellos había una cosa en común: Su dirección, cierto pueblo de Hampshire. A partir de ahí, todo resultó fácil.
Helen De Passy preguntó:
—¿Y los centinelas?
La respuesta de Max fue:
—Leotina. Es una especie de gas adormecedor, que desprenden las plantas trepadoras de Marte. Con media docena de dosis microscópicas queda uno inmunizado. Y sus efectos duran seis horas, aproximadamente.
Helen De Passy hizo un gesto de comprensión. Max continuó:
—Todavía no comprendo cómo le permitieron que publicara esos libros. 
La muchacha sonrió.
—¿Quién lee libros? Unos miles de personas. Para ellos mis libros eran una especie de juguetes. Para ellos sólo cuenta el genio científico. Por eso me permitieron publicar esos inofensivos libros, bajo un seudónimo. No creían que fuera lo bastante prolífica como para dar vida a siete personalidades distintas —se le ha escapado a usted una—, y la gente de la calle no podía apreciarlo.
Sus palabras resonaron en los oídos de Max:
"... para ellos mis libros eran una especie de juguetes. Para ellos sólo cuenta el genio científico...".
¿Sería una posible solución? Su pulso latió aceleradamente, pero el tono de su voz era completamente normal cuando preguntó:
—¿Se han equivocado acaso? Me refiero a su... genio. Usted debe saberlo. ¿Es puramente artístico?
La muchacha le miró fijamente, y Max se sintió por un instante como un chiquillo enfrentándose con el inescrutable mundo de los adultos. Aquella mirada le expresó todo lo que deseaba saber.
Helen De Passy dijo, sonriendo:
—No. Ha escogido usted el momento preciso. Empiezo a... interesarme por la ciencia. En estos momentos estoy estudiando la Teoría de Renthal acerca de la Óptica Polar.
La esperanza se desvaneció.
—¿Qué cree que va a sucederle a usted? ¿Está dispuesta a ser utilizada por la División de Genética? ¿Conoce sus planes?
La muchacha se puso en pie. Llevaba un vestido recto, que realzaba su maravillosa línea. Su pelo se agitó unos instantes en la leve corriente de aire que penetró por la puerta.
—No puede usted imaginar lo sola que me encuentro. Desde el primer momento me he sentido sola. 
Miró a Max a los ojos.
—Sólo podría imaginárselo si desde su más tierna infancia hubiese usted sido atendido, cuidado y vigilado por... simios.
Pronunció la última palabra en un tono tan despreciativo, que Max se estremeció. Helen De Passy continuó, amargamente:
—Me pregunta usted si conozco sus planes. ¿Cómo podría ignorarlos? Durante años enteros he procurado eludirlos, limitándome a escribir palabras y música que para ellos no significaban nada, sabiendo que no podían obligarme a otra cosa, y que no se atreverían a amenazarme. Pero, últimamente… —vaciló unos instantes— últimamente he llegado a darme cuenta de que no soy responsable de sus actos.
—¿Que no es usted responsable? —inquirió Max asombrado.
—Sí —respondió la muchacha—. Imagine que es usted un chiquillo, vigilado por simios. Ellos sospechan su naturaleza y su poder para poner armas en sus manos. Lo que desean de usted no es la verdad, sino el poder. ¿Cuánto tiempo, sabiendo lo que les conviene, se resistirá usted a entregarles aquellos dones? ¿Cuánto tiempo transcurrirá antes de que se olvide de la piedad y de la responsabilidad y les dé lo que le piden?
Max permaneció silencioso. La muchacha continuó:
—Mi padre... —vaciló un instante—. Mi padre sólo pensaba en los frutos del genio. Para él, era una debilidad el hecho de que Einstein, siendo un genio matemático, fuera un hombre amable y sencillo. No se daba cuenta de que, sin aquella sencillez, Einstein no podría haber vivido en este mundo. Un hombre puede superar a sus compañeros en un determinado campo del conocimiento, y seguir teniendo puntos de contacto con ellos. Para mí, para el supergenio —subrayó amargamente la palabra—, no existe ninguna posibilidad de contacto. Resulta muy difícil evitar que la compasión se convierta en odio.
Max dijo:
—Si su padre hubiera vivido... es posible que hubieran existido otros supergenios. ¿Ha pensado usted en continuar sus trabajos?
La muchacha dijo:
—Ellos me advirtieron acerca de esto. Ustedes asesinaron a mi padre, pero, si hubieran fracasado en el intento, la División de Genética se habría encargado de realizarlo. Desean un juguete que les dé el poder; no una nueva raza que pueda suplantarles.
Max dijo:
—¿Qué piensa usted hacer?
Helen De Passy sonrió soñadoramente:
—Óptica Polar de Renthal. Existe una interesante línea que puede ser aplicada fácilmente. La retina humana puede manejar prácticamente cualquier impulso luminoso procedente del espacio normal, cualquier concentración razonable. Pero la luz combada de Renthal es otra cosa. Yo puedo meterla dentro de un transmisor de bolsillo. 
Se echó a reír.
—Los simios quieren cerillas; no será culpa mía si se queman los ojos unos a otros con ellas.


Max dijo:
—Dentro de unos instantes voy a llamar al Director de la Unidad Química por su videófono. Los aviones de la Unidad Química pueden estar aquí dentro de una hora para recogerla a usted. Me ocuparé de que disponga de un lugar donde pueda hacer lo que se le antoje sin que nadie la moleste. Puede usted continuar la obra de su padre. Puede usted... tener hijos que sean como usted misma.
La miró fijamente.
—¿Quiere usted acompañarme?
Helen De Passy dijo, en tono indiferente.
—Iré con usted. Pero no por lo que me ofrece. ¿Me permitirán vivir sola? ¿Permitirán que pueble el mundo de seres semejantes a mí? Usted conoce a sus jefes. ¿Cree que tienen menos apetencias de poder que los de la División de Genética? —sonrió—. ¿Cree que si tuvieran a su alcance el medio de obtener su supremacía, renunciarían a él?
Max pensó en Hewison y en el tortuoso equilibrio de poderes entre las Compañías. Había luchado en favor de la Unidad Química cuando la Atómica primero, y luego la División de Genética, amenazaron con conseguir la supremacía en el poder. ¿Significaba su actuación el deseo de contener el poder en manos de la Unidad Química?
Max sabía que Helen De Passy estaba en lo cierto. ¿Un transmisor de bolsillo que producía ceguera? Hewison opinaría que aquel instrumento debía ser aprovechado... sólo para casos de emergencia, naturalmente. Y luego, inevitablemente, se produciría la emergencia. Hewison le recompensaría espléndidamente por aquel servicio. Le regalaría Napoles, si lo deseaba. Durante un momento, el brillo de aquella recompensa le cegó.
Le dijo a Helen De Passy:
—¿No le importa a usted lo que pueda suceder?
La muchacha sacudió negativamente la cabeza, en silencio. En el jardín, un ave canora pobló el aire de trinos.
Max habló, en tono casi suplicante:
—La analogía que usted ha utilizado entre hombres y simios no tiene sentido. Puede existir una correlación de intelecto entre usted, nosotros y ellos, pero hay algo más que eso. Un simio no es malo, ni es bueno. Los hombres son las dos cosas. Por ser lo que es, usted ha visto el mal, pero el bien también existe.
La muchacha le miró desdeñosamente.
—Está usted arguyendo al margen de la realidad. No existe ninguna alternativa. No hay ningún lugar al que yo pueda ir para vivir sola y tranquila. Los hombres me encontrarán, porque desean el poder que yo puedo darles.
—Por lo menos puede usted renunciar a una parte de su personalidad. La música, la literatura, la pintura... esas cosas no ciegan ni destruyen. Puede usted limitarse a ellas.
Helen De Passy dijo:
—La División de Genética me permitió entregarme a ellas porque creyó que no estaba aún completamente desarrollada. ¿Cree que la División de Genética o cualquier otra Compañía me permitiría reservarme otras capacidades? Existen medios de persuasión, y... —se ruborizó levemente— yo soy sensible al dolor. Tiene usted que enfrentarse con los hechos. Puedo ser un fenómeno, un accidente, pero existo, y los hombres querrán utilizarme. A mí no me importa, puesto que en mi soledad me distraigo jugando con los juguetes de mi cerebro. Para los hombres, esos juguetes pueden significar desgracia y dolor, pero eso no es asunto mío. Lo único que puede usted hacer es servir a su Compañía y cobrar la recompensa.
Helen De Passy hizo un gesto, señalando el videófono. De mala gana, maquinalmente, Max se acercó al aparato, lo conectó, ajustó los mandos... ¿Lo único que podía hacer? Contempló el rostro de Hewison en la pantalla, tan ansioso como de costumbre.
Hewison dijo:
—¿Dónde está usted? ¿Qué ha sucedido? 
Max contestó lentamente:
—Encontré al hijo de De Passy. Una muchacha. No tiene usted que preocuparse más a causa de este asunto.
Hewison inquirió ávidamente:
—¿Dónde están ustedes? Mis hombres pasarán a recogerles dentro de una hora.
—No es necesario que se moleste —dijo Max—. Dispongo de un autogiro. En cuanto a miss De Passy —vaciló una fracción de segundo— resultó muerta durante la lucha que se produjo cuando la encontré. Sólo quería tranquilizarle al respecto.
Notó la expresión disgustaba del rostro de Hewison mientras desconectaba el videófono.
Helen De Passy preguntó suavemente:
—¿Cree usted que podrá ocultarme? 
Max sacudió negativamente la cabeza.
—No —dijo—. No podría ocultarla a usted, del mismo modo que no podría ocultar al sol.
La muchacha dijo:
—¿Entonces está usted pensando en quién podrá ser el mejor postor?
Max sacó la pistola Klaberg de su funda y la sopesó cuidadosamente en su mano.
Un fugitivo rayo de sol hizo brillan el metal del arma.
Max dijo:
—Para usted hay un solo postor ahora. No me gusta tener que obrar así. Soy un hombre escrupuloso, y el hecho de que sea usted joven y bonita empeora las cosas. Pero sé que el hombre vive siempre al borde de la tiranía, y sé que la libertad no podrá existir... si usted continúa viviendo. En cierto sentido, también será mejor para usted.
Max Larkin recordaría siempre la expresión de Helen De Passy, erguida, como una diosa solitaria, sonriendo inescrutablemente, mientras él apretaba el gatillo.

FIN