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2026/05/04

El trueno y las rosas (Theodore Sturgeon)


Título original: Thunder and Roses
Año: 1947


Cuando Peter Mawser lo supo, dio la espalda al tablero de noticias, se tocó el largo mentón y decidió afeitarse. Era raro, pues el espectáculo se transmitiría por televisión y él lo vería desde su cuartel.
Faltaba una hora y media. Era agradable tener una meta otra vez, aunque fuese la de afeitarse antes de las ocho. Las ocho de la noche del martes, como siempre. Todos veían aquel espectáculo de los martes. Todos decían, los miércoles a la mañana: "¿Oíste cómo cantó La brisa y yo anoche?, Eh, ¿oíste a Starr anoche?".
Eso había sido hacía un tiempo, antes que toda aquella gente estuviera muerta, antes que el país hubiera muerto. Starr Anthim, una institución, como Crosby, como la Duse, como Jenny Lind, como la estatua de la Libertad.
(La estatua había sido una de las primeras víctimas, con su belleza de bronce volatilizada, radiactiva, y aún ahora llevada por vientos errantes, extendiéndose sobre la tierra...).
Peter Mawser gruñó y apartó el pensamiento de los flotantes y envenenados fragmentos de una fundida estatua. El odio era lo primero. El odio era ubicuo, como el creciente resplandor azul en el aire de la noche, como la tensión que pesaba sobre la base.
Un fuego de fusilería crepitaba a lo lejos, a la derecha, acercándose. Peter dejó la acera y fue hacia un camión de diez toneladas. Hay muchos modos de protegerse con un camión de diez toneladas.
Había una mujer del ejército sentada en el camión, al volante.
En la bocacalle apareció una figura rechoncha, caminando hacia atrás. El hombre llevaba un fusil ametralladora en los brazos y lo balanceaba a izquierda y derecha con el movimiento suave y amplio de una veleta. Caminó trastabillando hacia ellos, buscando con el fusil. Alguien disparó desde una casa y el hombre giró sobre sí mismo y lanzó una salvaje ráfaga contra el sonido.
—Es... ciego —dijo Peter Mawser, y añadió observando el rostro estropeado del hombre—: Tiene que serlo.
Chilló una sirena. Un jeep acorazado entró en la calle. El sonoro rugido de una ametralladora 50 puso rápido y brusco fin al incidente.
—Pobre loco —comentó Peter suavemente—. Es el cuarto que veo hoy. 
Miró a la mujer. Sonreía.
—¡Eh!
—Hola, sargento. —Ella debía de haberlo identificado antes, pues ahora no alzó los ojos ni la voz—. ¿Qué pasó?
—Ya sabe qué pasó. Algún chico cansado de no tener con quien pelear o un sitio donde esconderse. ¿Qué le pasa a usted?
—No —dijo ella—. No. No hablaba de eso. 
Alzó al fin los ojos.
—Esto, todo esto. Parece que yo no pudiera recordar.
—Usted... bueno, no es algo que se olvide fácilmente. Nos bombardearon. Nos bombardearon en todas partes al mismo tiempo. Todas las grandes ciudades han desaparecido. Nos atacaron por los dos lados. Fue demasiado. El aire está haciéndose radiactivo. Todos nosotros...
Se dominó. Ella no sabía, había olvidado. No había adonde escapar y había escapado al interior de sí misma. ¿Para qué contárselo? ¿Para qué decirle que todos iban a morir? ¿Para qué decirle esa otra cosa vergonzosa: Que no habían devuelto el golpe?
Pero la mujer no escuchaba. Seguía mirándolo, con unos ojos algo desviados. Uno parecía clavado en la mirada de él, pero el otro miraba a los lados, a sus sienes. Ahora la mujer sonreía, de nuevo, y cuando la voz de él murió arrastrándose no le dijo que siguiera. Entonces él se alejó lentamente. La mujer no volvió la cabeza y se quedó mirando el lugar donde él había estado, con una leve sonrisa, Él se volvió queriendo correr, caminando rápidamente.
¿Cuánto puede aguantar un hombre? Cuando uno está en el ejército tratan de que uno sea como todos. ¿Qué hacer cuando todos están derrumbándose?
Peter hizo a un lado la imagen de sí mismo donde aparecía como el último cuerdo. Ya la había examinado otras veces. Siempre había llegado a la conclusión de que sería mejor no ser uno de los últimos. No estaba preparado para eso todavía.
En seguida apartó también esta idea. Cada vez que se decía a sí mismo que no estaba preparado, algo dentro de él preguntaba: "¿Por qué no?", y nunca parecía tener una respuesta.
(¿Cuánto podía aguantar un hombre?).
Subió los escalones del comando y entró en el edificio. No había nadie en la mesa de entradas. No importaba. Hombres en jeeps o motocicletas llevaban los mensajes. El comando no insistía en que nadie se pegara a una silla en esos días. Por cada hombre que perdiera la cabeza en un jeep o en una patrulla, diez enloquecerían en un escritorio. Peter decidió que al día siguiente trabajaría un rato en una patrulla. Le haría bien. Esperaba que esta vez el ayudante no se echara a llorar en pleno campo de ejercicios. Uno podía distraer muy bien la mente con el manual de instrucción hasta que ocurría algo semejante.
Tropezó con Sonny Weissefreund en el corredor del cuartel. La cara del técnico era tan redonda y alegre como siempre. Estaba desnudo y tenía una toalla en el hombro.
—Hola, Sonny. ¿Hay bastante agua caliente?
—¿Por qué no? —respondió Sonny con una mueca.
Peter le respondió con una sonrisa parecida, maldiciendo entre dientes. ¿Nadie podía decir nada acerca de algo sin despertar algún recuerdo? Claro que había agua caliente. Los cuarteles tenían agua caliente para trescientos hombres. Quedaban tres docenas. Hombres muertos, hombres que habían escapado a las montañas, hombres encerrados para que no...
—Starr Anthim se presenta en un espectáculo esta noche.
—Sí. Noche de martes. No tiene gracia, Peter. ¿No sabes que estamos en guerra?
—No bromeo —dijo Peter rápidamente—. Está aquí. Aquí mismo, en la base.
A Sonny se le animó aún más la cara.
—Bueno. 
Se sacó la toalla del hombro y se la ató alrededor de la cintura.
¡Starr Anthim aquí! ¿Dónde será la función?
—En los dormitorios, me imagino. Video solamente. Ya sabes lo que pasa cuando se juntan muchos.
Y mejor así también, pensó. La presentas en carne y hueso, y algún recluta se derrumba en medio de un número. Él mismo se enfurecería bastante con una cosa así... bastante como para hacer algo en ese mismo momento. Y probablemente otros ciento cincuenta o más no tolerarían tampoco que alguien hubiese estropeado una presentación de Starr Anthim. Habría al fin una pequeña carnicería que ella podría evocar en sus memorias.


—¿Cómo está ella aquí, Peter?
—La trajeron con la última boqueada de un arruinado helicóptero de la marina.
—Sí, ¿pero por qué?
—No me lo preguntes a mí. A caballo regalado no le mires los dientes.
Entró en los baños, sonriendo, y satisfecho de poder sonreír todavía. Se desnudó y puso las ropas cuidadosamente dobladas sobre un banco. En el suelo, junto a la pared, había una pastilla de jabón y un tubo vacío de dentífrico. Se inclinó y los recogió y los echó en el cesto. Tomó el cepillo apoyado en el panel y secó el piso que Sonny había salpicado luego de afeitarse. Había que mantener el orden. Hubiera dicho algo en otro caso. Pero Sonny no estaba derrumbándose. Sonny había sido siempre así. Miren. Había dejado otra vez su navaja.
Peter preparó la ducha, ajustando minuciosamente los grifos hasta que la temperatura y la presión estuvieron a su gusto. No hacía nada de prisa en aquellos días. Había tanto que sentir ahora, tanto que gustar y ver... El golpe del agua en la piel, el olor del jabón, el calor y la luz, y hasta el contacto de las plantas de los pies con el suelo. Se preguntó vagamente cómo lo afectaría —si se mantenía sano— el lento aumento de la radiactividad de la atmósfera, a medida que el nitrógeno se transformara en carbono catorce. ¿Qué ocurría ante todo? ¿Se volvía uno ciego? ¿Dolores de cabeza quizá? Posiblemente uno perdía el apetito. O quizás uno estaba siempre cansado.
¿Por qué no averiguarlo?
Pero por otra parte, ¿por qué preocuparse? Sólo un porcentaje muy pequeño de hombres moriría por la contaminación radiactiva. Había muchas otras cosas que mataban con más rapidez, lo que era probablemente lo mismo. Aquella navaja por ejemplo. Brillaba bajo un rayo de sol, curva y nítida a la luz amarilla. El padre y el abuelo de Sonny la habían usado, o así decía él, y la navaja era su alegría y su orgullo.
Peter se volvió y se jabonó bajo los brazos, concentrándose en las leves caricias de las burbujas que crecían y estallaban. Mientras se sentía disgustado otra vez consigo mismo por pensar tan a menudo en la muerte, lo golpeó una idea. Al fin y al cabo no pensaba en cosas semejantes por morbosidad. Aquellos pensamientos de muerte nacían de la misma familiaridad de las cosas. Se pensaba: "Nunca más haré esto" o "Ésta es una de las últimas veces que lo hago". Uno debía dedicarse completamente a hacer cosas de modos distintos, pensó con furia. Uno debía arrastrarse por el suelo esta vez, y la próxima caminar sobre las manos. Uno debía saltarse la cena esa noche, y comer algo en cambio a las dos de la madrugada, y desayunarse con hierbas.
Pero uno tenía que respirar. El corazón tenía que latir. Uno sudaba y sentía un escalofrío como siempre. No era posible escapar a eso. Y cuando esas cosas ocurrían, eran como una advertencia. El corazón ya no latía animadamente; sus golpes era uno-menos, uno-menos, hasta que al fin aullaba y lo ensordecía a uno y había que detenerlo.
Terrible lustre el de aquella navaja.
Y la respiración seguía, lo mismo que antes. Uno podía deslizarse por esa puerta, y por la próxima y la próxima, e imaginar un modo totalmente nuevo de cruzar la siguiente; pero el aire seguiría saliendo y entrando en el cuerpo de uno como una navaja que afeita unas patillas, con el ruido de una navaja en una piedra de afilar.
Sonny entró. Peter se enjabonó la cabeza. Sonny recogió su navaja y se quedó mirándola. Peter lo observó, le entró jabón en un ojo, lanzó un juramento y Sonny se sobresaltó.
—¿Qué miras, Sonny? ¿Nunca la viste antes?
—Oh, sí, sí. Sólo que... —Sonny cerró la navaja, la abrió, hizo que la luz se reflejara en la hoja, la cerró otra vez—. Estoy cansado de usarla, Peter. ¿La quieres?
¿La quería? En su armario quizás, o bajo la almohada.
—No, gracias, Sonny. No podría usarla.
—Me gustan las máquinas de afeitar —farfulló Sonny—. Las eléctricas sobre todo. ¿Qué haremos con esto?
—Arrójala en el... no. —Peter imaginó a la navaja que caía girando en el aire, semiabierta, centelleando en el buche del sumidero—. Arrójala afuera...
No. Curvada sobre el pasto. Uno podía quererla. Uno podía buscarla a tientas a la luz de la luna. Uno podía encontrarla.
—Podría romperla.
—No —dijo Peter—. Los pedazos... —Trocitos afilados. Fragmentos bruñidos—. Pensaré algo. Espera a que me vista.
Se lavó rápidamente, se envolvió en una toalla, mientras Sonny seguía con los ojos fijos en la navaja de afeitar. Era una hoja ahora, y si uno la rompía, habría pedazos agudos y brillantes, filosos aún. Uno podía quitarle el filo con una piedra, pero alguien la encontraría y la afilaría otra vez, pues era tan obviamente una navaja, una fina navaja de acero, capaz de rebanar...
—Ya sé. El laboratorio. Nos libraremos de ella —decidió Peter confiadamente.
Se metió en sus ropas, y fueron juntos al ala del laboratorio. Todo estaba muy tranquilo allí. Las voces volvían en ecos.
—Uno de los hornos —dijo Peter extendiendo la mano hacia la navaja.
—¿Los hornos de pan? ¿Estás loco?
Peter rio entre dientes.
—No conoces el lugar, ¿no es cierto? La gente no imagina realmente todo lo que hay en la base. Siguen llamando a esto la panadería. Bueno, fue el centro de investigación de nuevas harinas nutritivas. Pero hay mucho más aquí. Probamos herramientas y diseñamos peladores de remolachas y otras cosas semejantes. Hay un horno eléctrico que...
Peter empujó una puerta. Cruzaron un cuarto abarrotado, largo y silencioso, y llegaron al equipo térmico.
—Podemos hacer cualquier cosa aquí, desde recocer vidrio y barnizar cerámicas hasta descubrir el punto de fusión de una sartén. 
Peter probó una llave. Se encendió una luz. Abrió una puerta pequeña y pesada y echó adentro la navaja. Dijo:
—Dale un beso de despedida. Dentro de veinte minutos sólo quedará un charco.
—Me gustaría verlo —dijo Sonny—. ¿Puedo mirar hasta que se cocine?
—¿Por qué no?
(Todos allí decían siempre "¿Por qué no?").
Cruzaron los laboratorios. Magníficamente equipados, todos, y demasiado tranquilos. Pasaron junto a un mayor que estaba inclinado sobre un complejo circuito electrónico en una de las mesas. El mayor observaba las oscilaciones de una lucecita ambarina y no les devolvió el saludo. Se alejaron de puntillas, envidiando su concentración. Vieron los modelos de las amasadoras automáticas, los vitaminizadores, los termostatos, medidores y controles.
—¿Qué hay ahí?
—No sé. Hemos salido de mi territorio. Creo que no queda nadie en esta sección. Eran sobre todo ingenieros electrónicos y mecánicos. Sólo sé que cuando necesitábamos algo como herramientas, medidores o equipo, ellos lo tenían, o nos ofrecían algo mejor, y si alguna vez nos poníamos realmente brillantes y se nos ocurría una idea sorprendente, ellos ya la habían llevado a la práctica un mes antes. ¡Eh!


Sonny miró hacia donde señalaba Peter.
—¿Qué pasa?
—Esa sección de pared. Está suelta, o... bueno, ¿qué sabe uno?
Empujó una sección de pared que estaba ligeramente desalineada. Había un espacio oscuro detrás de ella.
—¿Qué hay ahí?
—Nada, o algún trabajo privado. Esta gente era capaz de cualquier fechoría.
Con una muestra de ironía poco característica, Sonny dijo:
—¿No es ése el trabajo de los teóricos del ejército?
Espiaron prudentemente y luego entraron.
—Qué... ¡eh! ¡La puerta!
La puerta se movió rápidamente y se cerró sin ruido. Una luz brillante acompañó al suave "clic" de la cerradura.
El cuarto, pequeño y sin ventanas, estaba abarrotado de máquinas: Una pila de baterías, una dinamo, dos pequeños motores de gas, un diésel y cilindros de aire comprimido. En un rincón había un relevador con sus pernos soldados. De este relevador salía una palanca de mango rojo. No había letreros.
Miraron en silencio el equipo un rato y al fin Sonny dijo:
—Alguien quería estar realmente seguro de tener energía para algo.
—Bueno, me pregunto qué... —Peter se acercó al relevador. Miró la palanca sin tocarla. Estaba envuelta en alambre. Bajo el mango, sobre el alambre, había una tarjeta doblada. La abrió con cuidado—. "Sólo se usará por orden específica del Comando" —leyó.
—Muévela a ver qué pasa.
Algo sonó secamente a sus espaldas. Los dos hombres se giraron.
—¿Qué fue eso?
—Parecía venir de ese aparato junto a la mesa.
Se acercaron lentamente. Era un solenoide bobinado en una barra que colgaba de unas bisagras en el panel secreto, sujeta con unos muñones de acero.
Se oyó otra vez el seco sonido.
—Un geiger —dijo Peter con desagrado.
—¿Para qué habrán puesto esta puerta? —musitó Sonny—. Queda abierta sólo cuando la radiactividad supera cierto nivel. ¿Ves los relevadores? ¿Y el conmutador? ¿Y esto?
—Hay también una cerradura manual —apuntó Peter. El contador sonó otra vez—. Vámonos de aquí. Uno de estos días me meteré un contador en la cabeza.
La puerta se abrió fácilmente. Salieron y la cerraron. El agujero de la cerradura estaba cuidadosamente disimulado en una hendidura.
Regresaron a los laboratorios sin hablar. La emoción de lo prohibido había desaparecido, y para Peter Mawser al menos, había vuelto el odio, el odio y la vergüenza. Unas pocas semanas antes, esa base había sido parte de un gran país. Había habido allí mucho trabajo secreto, y mucho que era simplemente investigación en marcha, y que seguiría ahora en cualquier otra parte menos en ese tranquilo desierto.
Sintió el sudor que le mojaba la frente. ¡No habían devuelto el golpe! Nadie ignoraba que había plataformas de lanzamiento en todo el país, en lugares secretos, lejos de las bases y las ciudades muertas.
¿Por qué debían quedarse allí, esperando a morir, y a que el enemigo —o mejor "los enemigos"— se apoderaran del continente cuando hubiese pasado el peligro?
Sonrió torcidamente. Un pequeño consuelo. El golpe había sido demasiado fuerte; eso era indudable. Los dos bandos probablemente habían subestimado lo que el otro podía lanzar. El resultado... una creciente transmutación de nitrógeno en el mortal carbono 14. Los efectos no se limitarían al continente. Nadie en el mundo podía saber qué horribles efectos de largo alcance tendría la radiactividad en los enemigos de ultramar.
De vuelta en el horno, Peter observó el indicador de temperatura y luego apretó con el pie el control de la puerta. La célula piloto parpadeó y la puerta se abrió de par en par. Los hombres entornaron los párpados y se apartaron de la furia del calor. Luego se inclinaron y miraron. La navaja había desaparecido. Un charco brillaba en el suelo del horno.
—No quedó mucho. Se evaporó en su mayor parte —gruñó Peter.
Se quedaron mirando un rato con las caras iluminadas por aquella ruina humeante. Más tarde, mientras volvían a los cuarteles, Sonny rompió el largo silencio con un suspiro.
—Me alegra que hayamos hecho eso, Peter. Me alegra mucho.
A las ocho menos cuarto estaban esperando ante la pantalla del mueble de radio y televisión de los cuarteles. Todos, excepto Peter y Sonny y un cabo rechoncho, de pelo duro, llamado Bonze, habían preferido ver la función en la gran pantalla del comedor. Allí se veía mejor, por supuesto, pero como decía Bonze, "uno no se siente bastante cerca en un lugar tan grande".
—Espero que sea la misma —dijo Sonny, entre dientes.
¿Por qué debía serlo?, pensó Peter morosamente mientras encendía el aparato y observaba cómo se iluminaba la pantalla. Las manchas doradas que habían impedido ver los programas en las dos semanas últimas eran más numerosas ahora. ¿Por qué algo debía ser como antes?
Sintió la repentina tentación de destrozar el aparato a puntapiés. El aparato, y Starr Anthim, eran parte de algo que había muerto. El país estaba muerto, un país real, próspero, extenso, risueño, posesivo, creciente y cambiante, enfermo en algunos sitios de pobreza e injusticia, pero bastante sano como para superar cualquier mal. Se preguntó si el país le gustaría ahora a los otros. Bienvenidos. No había adonde ir. No había con quién pelear. Así era para todos los que quedaban en la tierra.
—Esperas que ella sea la misma —murmuró.
—Hablaba de la función —dijo Sonny suavemente—. Me hubiera gustado mirarla como... como...
Oh, pensó Peter borrosamente. Oh, esto. Alguna parte adonde ir, durante unos minutos.
—Entiendo —dijo, ya sin ninguna dureza en la voz.
La onda transmisora hizo retroceder los ruidos. La luz en la pantalla giró y se inmovilizó en un rombo. Peter ajustó el foco, el equilibrio cromático y la intensidad.
—Apaga las luces, Bonze. No quiero ver nada que no sea Starr Anthim.
Fue lo mismo, al principio. Starr Anthim nunca había recurrido a las fanfarrias, colores y clamores de sus contemporáneas. Una pantalla negra, luego clic, una catarata de oro. Estaba todo allí, claramente, con una tremenda intensidad; no había cambiado. La mirada de uno cambiaba quizá para recibirla. Durante unos segundos ella no se movía; estaba allí como un retrato, un rostro inmóvil, y una garganta blanca. Tenía los ojos abiertos, y soñolientos. Su rostro era algo vivo y quieto.
Luego, en los ojos que parecían verdes, pero eran azules con motas de oro, asomaba una conciencia, y los ojos despertaban. Sólo entonces se advertía que los labios estaban entreabiertos. Algo en los ojos hacía que uno viera los labios, aunque nada se movía aún. No hasta que ella inclinaba lentamente la cabeza, de modo que las cejas doradas parecían apresar algún rizo dorado. Los ojos no miraban entonces a un auditorio. Te miraban y me miraban.
—Hola, tú —decía ella.


Ella era un sueño, con los dientes ligeramente irregulares de un niño.
Bonze se estremeció. El catre en que se había tendido empezó a chirriar. Sonny se agitó molesto. Peter extendió la mano en la oscuridad y tomó la pata del catre. Los chirridos cesaron.
—¿Puedo cantar una canción? —preguntó Starr. Se oyó una música, muy débil—. Es una vieja canción, una que viene de esa parte de los hombres y mujeres que es la humanidad; esa parte que no conoce la codicia, ni el odio, ni el miedo. Esta canción habla de la alegría y la fuerza. Es mi favorita. ¿No es también tu favorita?
La música creció. Peter reconoció las dos primeras notas de la introducción y juró en voz baja. Había un error. Esa canción no era para... esa canción era parte de...
Sonny se enderezó, transportado. El cabo Bonze no se movió.
Starr Anthim empezó a cantar. Su voz era profunda y poderosa, pero suave, con apenas un leve vibrato en los finales de las frases. La canción fluyó desde ella sin ningún esfuerzo aparente, como si viniera desde la cara, los largos cabellos, los ojos apartados. Su voz, como su cara, era nublada y limpia, redonda, azul y verde, pero dorada sobre todo.

Cuando me diste el corazón me diste el mundo, la noche y el día,
y el trueno y las rosas, y las hierbas verdes, el mar, y la arcilla.
Bebo el alba en una copa de oro, y en una de plata la sombra, cabalgo en el viento del oeste,
mi canción es el arroyo y la alondra.
 
La música giró en espirales, cantó, se deslizó en un sombrío grito de hambrientas y apagadas sextas y novenas; subió, estalló y se interrumpió, dejando sólo la voz:

Con el trueno borro el mal de la tierra, gano el bien con las rosas,
lavo con el mar, edifico con la arcilla, y la tierra es clara y luminosa.

La última nota dejó un rostro perfectamente sereno otra vez, y sin movimiento. Era un rostro soñoliento y vital, y la música se alejó en una curva a los lugares donde descansa la música, cuando no se la oye.
Starr sonrió.
—Es tan fácil... —dijo—. Tan simple... Todo lo que hay de fresco y claro y fuerte en la humanidad está en esa canción, y creo que no debe preocuparnos otra cosa en los hombres. —Starr se inclinó hacia adelante—. ¿No crees?
La sonrisa se borró lentamente y fue reemplazada por una leve expresión de asombro. Una leve arruga apareció entre las cejas y Starr se echó hacia atrás rápidamente.
—Parece que no puedo hablar contigo esta noche —susurró—. Odias algo. 
El odio tomó la forma de un hongo monstruoso. El odio fue unas manchas en la pantalla.
—Lo que nos pasó —dijo Starr abrupta e impersonalmente— es también muy simple. No importa quién lo hizo, ¿lo entiendes? No importa. Nos atacaron. Nos golpearon desde el este y el oeste. La mayor parte de las bombas eran atómicas... hubo bombas de fisión y bombas de polvo. Nos alcanzaron quinientas treinta bombas, y acabaron con nosotros.
Starr hizo una pausa.
Sonny se dio un puñetazo en la palma. Bonze descansaba con los ojos abiertos, en silencio. A Peter le dolían las mandíbulas.
—Tenemos más bombas que ésas. Las tenemos aún. No vamos a usarlas. ¡Espera!
Starr alzó de pronto las dos manos, como si pudiese ver el rostro de los hombres.
Los hombres se echaron hacia atrás, tensos.
—Tan saturada está la atmósfera con carbono catorce que moriremos todos los de este hemisferio. No temas decirlo. No temas pensarlo. Es la verdad, y hay que enfrentarla.
»A medida que la transmutación se extienda desde nuestras arruinadas ciudades, el aire se hará más y más radiactivo, y entonces moriremos. En unos meses, en un año quizá, los efectos se sentirán al otro lado del océano. La mayoría de la gente morirá allí también. Nadie escapará del todo. Para ellos será aún peor; una marea de horror y locura que nosotros no podremos conocer. Nosotros nos moriremos simplemente. Ellos vivirán y se quemarán y enfermarán, y los niños que nazcan de ellos...
Starr sacudió la cabeza, apretando los labios. Se dominó con un visible esfuerzo.
—Quinientas treinta bombas... No creo que ninguno de nuestros atacantes supiera realmente qué fuerte era el otro. Ha habido mucho secreto.
La voz de Starr era triste. Se encogió ligeramente de hombros.
—Nos mataron y se destruyeron ellos mismos. En cuanto a nosotros... somos también culpables. Algo podemos hacer. Pero lo que debemos hacer es difícil. Debemos morir... sin devolver el golpe.
Miró brevemente a cada uno de los hombres, desde la pantalla.
—No debemos devolver el golpe. La humanidad va a atravesar el infierno que creó ella misma. Podemos ser vengativos o misericordiosos, como tú quieras, y lanzar nuestros centenares de bombas. Esterilizaríamos así el planeta, de modo que no escaparía ni un microbio, ni una brizna de hierba, y nada crecería otra vez. Reduciríamos la tierra a un baldío estéril, muerto y mortal.
»No, no puede ser. No podemos hacerlo.
»¿Recuerdas la canción? Eso es la humanidad. Algo que es todos los seres humanos. Una enfermedad hizo de unos seres humanos nuestros enemigos, durante un tiempo, pero las generaciones pasan y los enemigos se hacen amigos y los amigos enemigos. La enemistad de quienes nos mataron es algo tan pequeña, tan fugaz en el largo camino de la historia...
La voz de Starr se hizo más grave.
—Muramos con el conocimiento de haber hecho lo único noble que podíamos hacer. La chispa de la humanidad puede vivir aún y crecer en la tierra. Será una chispa débil perseguida por vientos y lluvias, pero no se extinguirá si esa canción dice la verdad. Vivirá si olvidamos que esa chispa queda en manos de nuestros ocasionales enemigos. Algunos, unos pocos de sus niños vivirán para dar nacimiento a la nueva humanidad que saldrá gradualmente de las junglas y los desiertos. Quizá pasen diez mil años; quizás el hombre sea capaz de reconstruir antes que estas ruinas hayan desaparecido.
Starr alzó la cabeza, y habló con una voz apagada.
—Y aunque éste sea el fin de los hombres, no podemos destruir la posibilidad de que otra forma de vida tenga éxito donde fracasamos nosotros. Si respondemos, no habrá un perro, un ciervo, un mono, un pájaro o un pez o un lagarto que pueda llevar adelante la antorcha de la evolución. En nombre de la justicia, si debemos condenarnos y destruirnos a nosotros mismos, no condenemos toda vida con nosotros. Bastante nos pesan ya nuestros pecados. Si debemos destruir, que la destrucción sólo nos alcance a nosotros.
Hubo una estremecida llamarada de música. Pareció moverle el cabello a Starr, como una ráfaga. Starr sonrió.


—Eso es todo —murmuró luego. Ya cada uno de los hombres le dijo—: Buenas noches.
La pantalla se oscureció. La onda transmisora se cortó bruscamente, y las ubicuas manchas aparecieron otra vez en la pantalla.
Peter se incorporó y encendió las luces. Bonze y Sonny no se movieron. Pasaron quizá varios minutos antes que Sonny se sentara muy derecho, sacudiéndose como un perro que acaba de despertar. Pareció como si el movimiento quebrase algo además del silencio.
Sonny dijo al fin:
—No puedes pelear con alguien, o escaparte, o vivir, y ahora ni siquiera puedes odiar, porque Starr dice "no".
Había amargura en el tono de Sonny, y un olor amargo en el aire.
Peter Mawser husmeó una vez, lo que no tenía ninguna relación con el olor. Se detuvo y husmeó nuevamente.
—¿Qué es ese olor, Son?
Sonny olió.
—No sé... Algo conocido. Vainilla... no... no.
—Almendras. Amargas... ¡Bonze!
Bonze yacía de espaldas, con los ojos abiertos, sonriendo. Se le habían endurecido los músculos de la mandíbula y podían vérsele casi todos los dientes. Estaba empapado.
—¡Bonze!
—Fue cuando ella apareció y dijo "Hola, tú", ¿recuerdas? —susurró Peter—. Pobre muchacho. Por eso quería ver aquí la función y no en los comedores.
—Se fue mirándola —dijo Sonny moviendo apenas los labios pálidos—. No... no lo acuso realmente. Dónde habrá encontrado el veneno...
—No tiene mucha importancia —dijo Peter con voz dura—. Salgamos de aquí. 
Fueron a buscar el camión. Bonze se quedó mirando el aparato con los ojos fijos.
Peter no supo adónde iba, o exactamente a qué, hasta que se encontró en una calle oscura cerca del cuartel de comunicaciones. Tenía alguna relación con Bonze. No, no quería hacer lo que Bonze había hecho. Pero tampoco lo había pensado. ¿Qué habría hecho si lo hubiese pensado? Nada, probablemente. Pero sin embargo... sería bueno oír a Starr, y verla, mientras aún le importara. Quizá no habían grabado el espectáculo, pero el fondo musical había sido una grabación, y podían haber registrado la imagen.
Se detuvo titubeando frente al edificio. Unos cuantos hombres se habían reunido junto a la puerta principal. Peter sonrió brevemente. Ni la lluvia, ni la nieve, ni la escarcha, ni las tinieblas de la noche podían detener a los aficionados.
Se metió por la calle lateral y fue hasta la plataforma de carga, en el fondo. A cada lado de la plataforma había dos puertas por donde salía la gente de comunicaciones.
Se veía luz adentro. Había extendido la mano hacia la puerta de alambre cuando advirtió a alguien en la sombra. La luz jugó delicadamente en el oro de una cabeza.
Peter se detuvo.
—Hola, soldado. Sargento.
Peter se sonrojó como un adolescente.
—Yo... —Le faltó la voz. Tragó saliva y alzó la mano para sacarse el sombrero. No tenía sombrero—. Vi la función —dijo.
El lugar era oscuro, y sin embargo le pareció notar que los zapatos de Starr no estaban muy bien lustrados.
Starr se acercó a Peter, saliendo a la luz, y era tan hermosa que él tuvo que cerrar los ojos.
—¿Cómo se llama?
—Mawser. Peter Mawser.
—¿Le gustó la función?
Sin mirar a Starr, Peter dijo tercamente:
—No.
—Oh...
—Quiero decir... me gustó algo. La canción.
—Sí... creo entender.
—¿No podría conseguir una grabación?
—Creo que sí —dijo ella—. ¿Qué clase de reproductor tiene usted?
—Audio vídeo.
—Un disco. Sí, registramos unos pocos. Espere. Le conseguiré uno.
Starr entró en el edificio, moviéndose lentamente. Peter la miró fascinado. Starr fue una silueta con corona y halo, luego una figura enmarcada, vivida y dorada. Peter esperó, observando anhelante la luz. Starr volvió con un gran sobre, le dio las buenas noches a alguien de dentro y salió a la plataforma.
—Aquí tiene, Peter Mawser.
—Muchas gracias —farfulló Peter. Se humedeció los labios—. Fue usted muy amable.
—No realmente. Cuanto más circule, mejor. —Starr se rio de pronto—. No me entienda mal. No busco publicidad estos días.
Peter sintió otra vez aquella dureza.
—No creo que la tuviera, si presentase esta función en tiempos normales.
Starr alzó las cejas.
—¡Bueno! —Sonrió—. Parece que he causado una gran impresión.
—Lo siento —dijo Peter cálidamente—. No quise molestarla. Todo lo que uno piensa y dice estos días es exagerado.
—Entiendo. 
Starr miró alrededor.
—¿Cómo está todo aquí?
—Muy bien. Antes me molestaba el secreto, y estar enterrado a kilómetros de la civilización. —Peter rio entre dientes, con amargura—. Al fin parece que he tenido suerte.
—Habla usted como el primer capítulo de Un mundo o ninguno.
—¿Cuál es su guía de lecturas? ¿El Index Expurgatorious del gobierno?
Starr rio.
—Por favor... no es tan malo. Nunca prohibieron el libro. Sólo...
—Estaba fuera de moda —concluyó Peter.
—Sí, y fue una lástima. Si la gente le hubiera prestado más atención cuando lo publicaron, quizás esto no habría ocurrido.
Starr había alzado los ojos. Peter miró también hacia arriba. El cielo latía pálidamente.
—¿Cuánto tiempo va a quedarse aquí?
—Hasta que... mientras... no me iré.
—¿No se irá?
—He terminado —dijo ella simplemente—. He recorrido todos los lugares posibles. He estado en todos los lugares... conocidos.
—¿Con este espectáculo?
Starr asintió con un movimiento de cabeza.
—Con este mensaje.
Peter calló, pensando. Starr se volvió hacia la puerta, y él extendió la mano, sin tocarla.
—Por favor.
—¿Qué pasa?
—Me gustaría... Es decir, si a usted no le importa... Tengo pocas posibilidades de hablar con... Quizá quisiera usted caminar un poco antes de entrar.
—Gracias, no, sargento. Estoy cansada. —Starr parecía cansada—. Ya nos veremos.
Peter la miró fijamente, con una repentina y furiosa luz en el cerebro.
—Sé dónde está. Es una palanca de mango rojo y una tarjeta que habla de órdenes del comando. Está realmente escondido.
Starr calló tanto tiempo que Peter pensó que no lo había oído.
—Aceptaré ese paseo —dijo Starr al fin.
Bajaron juntos por la rampa y fueron hacia el oscuro terreno de los desfiles.
—¿Cómo lo supo? —preguntó ella en voz baja.
—No fue muy difícil. Ese "mensaje" suyo. El hecho de que haya recorrido con él todo el país. Sobre todo que alguien quiera convencernos de que no debemos devolver el golpe. ¿Para quién trabaja usted? —preguntó Peter con brusquedad.
Sorprendentemente, ella se echó a reír.


—¿Qué le pasa ahora?
—Hace un momento usted se ponía contrariado y arrastraba los pies. 
Peter habló con una voz dura.
—No hablaba entonces con un ser humano. Hablaba con mil canciones que yo había oído, y cien mil imágenes rubias que vi clavadas en las paredes. Será mejor que me explique todo esto.
Starr se detuvo.
—Vayamos a ver al coronel.
Peter la tomó por el codo.
—No. Soy sólo un sargento y él un hombre importante, y hoy no hay ninguna diferencia. Usted es un ser humano, y yo también lo soy, y se supone que yo he de respetar sus derechos. No. Usted es una mujer, y...
Starr se endureció. Peter la obligó a caminar, y siguió diciendo:
—... y seré yo quien decida qué diferencia es ésa. Será mejor que me lo diga.
—Muy bien —dijo ella con una fatigada aquiescencia que sacudió algo en el interior de Peter—. Ha acertado usted. Es cierto. Hay llaves maestras de las plataformas de lanzamiento. Hemos localizado y desmantelado todas menos dos. Es muy probable que una de ellas haya sido destruida. La otra se ha... perdido.
—¿Perdido?
—No es necesario que le hable de secretos militares —dijo Starr con tono de disgusto—. Ya sabe usted cómo se guardaban entre una nación y otra. Había secretos hasta entre los Estados y el gobierno central, entre departamentos, entre oficinas. Sólo había tres o cuatro hombres que conocían todas las llaves. Tres de ellos se encontraban en el Pentágono cuando el edificio voló en cenizas. Fue la tercera bomba que cayó en el país, ya sabe usted. Si hubo algún otro, debe de haber sido el senador Vandercook, que murió hace tres semanas sin hablar.
—Control automático de radio, ¿eh? 
—Exactamente. Sargento, ¿es necesario que caminemos? Estoy tan cansada...
—Lo siento —dijo Peter impulsivamente. Fueron hasta los palcos de los desfiles y se sentaron en uno de los bancos solitarios—. ¿Plataformas de lanzamiento en todo el país, todas ocultas, y todas armadas?
—Armadas en su mayoría. Lo suficiente. Armadas y apuntando.
—¿Apuntando adonde?
—No importa.
—Entiendo. ¿Cuál es el número óptimo? 
—Unas seiscientas cuarenta, poco más o menos. Se arrojaron hasta ahora unas quinientas treinta por lo menos. No lo sabemos exactamente.
—¿Quiénes no saben? —preguntó Peter, furioso.
—¿Quiénes? —Starr rio débilmente—. Podría decir "el gobierno" quizá. Si muere el presidente, toma su puesto el vice, y luego el presidente del senado, etcétera, etcétera. Peter Mawser, ¿aún no entiende usted qué ha ocurrido?
—No sé qué quiere decirme.
—¿Cuántos cree que quedaron con vida en todo el país?
—No sé. Unos pocos millones quizá.
—¿Cuántos son aquí?
—Alrededor de novecientos.
—Entonces ésta es ahora la ciudad más poblada. 
Peter se incorporó de un salto.
—¡No!
La sílaba rugió, golpeó contra los oscuros y vacíos edificios, volvió en una serie de débiles ecos. Starr se puso a hablar rápidamente, en voz baja.
—Salieron a los campos y caminos. Se tendieron al sol y murieron por la tarde. Otros van de un lado a otro en manadas, destruyéndose entre ellos. Rezan y sufren hambre y se matan y mueren en los incendios. Los incendios... lo arrasan todo. Lo que quedó en pie, lo quema el fuego. El verano, y las hojas y el pasto azul, todo es marrón ahora; uno puede ver desde el aire cómo mueren las hierbas; la muerte crece y crece en campos estériles. Trueno y rosas... Vi rosas, nuevas, que crecían en las macetas destrozadas de un invernadero. Pétalos marrones, vivos y enfermos, y las espinas vueltas contra la misma planta, clavándose en los tallos, matando. Feldman murió anoche.
Starr calló y Peter dejó pasar unos segundos.
—¿Quién es Feldman? —preguntó al fin.
—Mi piloto. —Starr hablaba ahora en el hueco de sus manos—. Estuvo agonizando durante semanas. Tenía los nervios destrozados. Me parece que se había quedado casi sin sangre. Llamó a estos cuarteles y se preparó a aterrizar. Bajó con el motor apagado. Rompió el tren de aterrizaje. Está muerto ahora. Mató a un hombre en Chicago para conseguir gasolina. El hombre no quería dársela. Había una muchacha muerta junto al surtidor. No quería que nos acercásemos. No iré a ninguna otra parte. Voy a quedarme aquí. Estoy cansada.
Starr se echó a llorar.
Peter la dejó sola y caminó hasta el centro del campo de desfiles, y volviendo la cabeza miró el débil y confuso resplandor de las tablas blanqueadas. Recordó otra vez la función de aquella noche, y cómo había dicho ella ante la implacable cámara:
"Hola, tú. Si debemos destruir, que la destrucción nos alcance sólo a nosotros".
La debilitada chispa de la humanidad... ¿Qué podía significar para ella? ¿Cómo podía importarle tanto?
El trueno y las rosas. Rosas retorcidas y enfermas, que se mataban a sí mismas con sus propias espinas.
Y la tierra es clara y luminosa. Luces azules que llameaban en el aire contaminado.
El enemigo. La palanca de mango rojo. Bonze. "Rezan y sufren hambre y se matan y mueren en los incendios".
¿Qué criaturas eran ésas? Criaturas corrompidas, violentas. ¿Qué derecho tenían a otra posibilidad? ¿Qué había de bueno en ellas?
Starr era buena. Starr lloraba. Sólo un ser humano podía llorar así. Starr era un ser humano.
¿Había en la humanidad algo de Starr Anthim? Starr era un ser humano.
Peter se miró las manos en la sombra. Ningún planeta, ningún universo es más importante para un hombre que su propio yo, el yo que observa y es uno mismo. Esas manos eran las manos de toda la historia, y como las manos de todos los hombres podían con sus actos hacer la historia humana o acabar con ella. Si sus manos tenían el poder de un billón de manos, o habían concentrado en ellas ese poder... no parecía muy importante para las eternidades que ahora lo envolvían.
Se metió las manos de la humanidad en los bolsillos y caminó lentamente hacia los bancos.
—Starr.
Starr respondió con un gemido interrogativo, de niño con sueño.
—Tendrán su posibilidad, Starr. No tocaré las llaves.
Starr se enderezó. Se puso de pie, se acercó a él, sonriendo.
Peter pudo ver esa sonrisa porque los dientes de ella brillaban débilmente. Starr le puso las manos en los hombros.
—Peter.
Peter la apretó un rato. Luego a Starr se le doblaron las rodillas y él tuvo que llevarla.
No había nadie en el club de oficiales, que era el edificio más cercano. Peter caminó tambaleándose a lo largo de una pared hasta que encontró el botón de una luz. La luz le lastimó los ojos. Llevó a Starr a un sofá y la acostó allí suavemente. Ella no se movió. Un lado de la cara de Starr estaba tan blanco como la leche.


Peter se descubrió sangre en las manos.
Se quedó contemplando estúpidamente la sangre, se la limpió en los costados de los pantalones y miró aturdido a Starr. Ella tenía sangre en la blusa.
El eco del no volvió desde las lejanas paredes de la sala antes que él supiera que había hablado. Starr no había hecho eso. ¡No podía!
Un médico. Pero no había médicos. No desde que Anders se había colgado.
Busca a alguien. Haz algo.
Se dejó caer de rodillas y suavemente le desabotonó la blusa. A un costado, entre el poco femenino sujetador de las mujeres del ejército y la falda, había una mancha de sangre. Peter mojó un pañuelo limpio y se puso a secarla. No había herida, ni pinchazo. Pero abruptamente la sangre apareció otra vez. Peter la limpió con cuidado. Y de nuevo hubo sangre.
Era como tratar de secar un trozo de hielo con una toalla.
Corrió al depósito de agua fresca, lavó el pañuelo ensangrentado y volvió con rapidez junto a Starr. Le mojó la cara cuidadosamente, el pálido lado derecho, el enrojecido lado izquierdo. El pañuelo se puso rojo otra vez, con cosmético, y luego la palidez se le extendió a Starr por toda la cara, y aparecieron unas sombras azules bajo los ojos. Mientras Peter la miraba, en la mejilla izquierda de Starr asomó una mancha de sangre.
Debía de haber alguien. Corrió hacia la puerta.
—¡Peter!
Peter se volvió al oír la voz de Starr, golpeó el marco de la puerta, luchó por no perder el equilibrio y volvió junto a ella.
—¡Starr! Espere un poco. Conseguiré un médico.
Ella se tocó la mejilla izquierda.
—Lo descubrió usted. Nadie lo sabía, a excepción de Feldman. Costó ocultarlo.
Se llevó la mano al cabello.
—Starr, tengo que...
—Pete, prométame algo...
—Sí, naturalmente. Sí, Starr.
—No me toque el pelo. No es... todo mío. 
La voz de Starr era como la de una niña de siete años entregada a algún juego.
—Se me cayó todo este lado, ¿entiende? No quiero que me vea usted así.
Pete se había arrodillado otra vez junto a ella.
—¿Qué es esto? ¿Qué le pasó? —preguntó roncamente.
—Filadelfia —murmuró Starr—. Fue al principio. El hongo se alzó a un kilómetro. El estudio se hundió. Yo pude salir al otro día. No sabía que estaba quemada. No se veía. Mi lado izquierdo. No importa, Pete. No duele, ahora.
Pete se incorporó.
—Buscaré un médico.
—No se vaya. Por favor, no se vaya. No me deje. —Había lágrimas en los ojos de Starr—. Espere. No tardará mucho.
Pete se arrodilló de nuevo. Starr le tomó las manos entre las suyas, se las apretó y sonrió feliz.
—Es usted muy bueno, Pete. Es usted tan bueno...
(Starr no podía oír el rugido de la sangre en los oídos de Pete, el rugido de aquel torbellino de odio y miedo y angustia que giraba dentro de él).
Starr le habló en voz baja, y luego en un murmullo.
Aveces Pete se odiaba a sí mismo porque no podía seguirla. Ella le habló de la escuela y su primera actuación.
—Yo estaba tan asustada que había un vibrato en mi voz. Nunca lo había tenido antes. Ahora siempre me permito asustarme un poco cuando canto. Es fácil.
Hubo algo de unas macetas en una ventana cuando ella tenía cuatro años.
Luego, un largo silencio. Pete sintió que los músculos le latían, agarrotados y duros. Al fin debió dormirse un poco; despertó con una violenta sacudida, sintiendo los dedos de ella en la cara. Starr se había incorporado a medias, apoyándose en un codo.
—Quiero decirle algo —dijo ella claramente—. Déjeme levantarme y tendré todo preparado. Va a ser algo maravilloso. Haré una ensalada especial. Luego serviré un budín de chocolate.
Demasiado adormecido para entender por qué Starr estaba llorando, Pete sonrió y la abrazó sobre el diván. Ella le tomó otra vez las manos.
Cuando Pete despertó de nuevo, era de día y ella estaba muerta.

Pete volvió al cuartel y encontró a Sonny Weisse sentado en su camastro. Le dio el disco que había recogido en el campo de desfiles al regresar.
—Lo mojó el rocío. Sécalo, muchacho —graznó, y se echó boca abajo en el camastro que había sido de Bonze.
Sonny lo miró fijamente.
—¡Pete! ¿Dónde has estado? ¿Qué ocurrió? ¿Estás bien?
Pete se volvió un poco y gruñó. Sonny se encogió de hombros y sacó el disco de audiovídeo del sobre mojado. La humedad no le haría mucho daño, aunque no se podía utilizar hasta que estuviese seco. Era una fina espiral de plástico, aislada con unas láminas. Unos pick-ups electrostáticos, encima y debajo del plato giratorio, fluctuaban con los cambios de la constante dieléctrica impresa en el registro, y estos cambios eran amplificados para la imagen visual. El sonido se recogía con una púa común. Sonny se puso a secar el disco cuidadosamente.
Pete luchaba tratando de salir de un enorme sitio donde ardían unos fuegos fríos. Starr lo llamaba. Alguien estaba golpeándolo también. Pete luchaba débilmente; quería oír qué decía Starr. Pero alguien gritaba también.
Abrió los ojos. Sonny estaba sacudiéndolo, con la cara redonda, roja de excitación. El audiovídeo estaba en el aparato. Starr hablaba. Sonny se incorporó impaciente y bajó el volumen del sonido.
—¡Pete! ¡Pete! ¡Despierta! Tengo que decirte algo. ¡Escúchame! ¡Despierta!
—¿Eh?
—Al fin. Oye. Estuve escuchando a Starr Anthim...
—Está muerta —dijo Pete.
Sonny no lo oyó. Siguió hablando, explosivamente.
—Acabo de descubrirlo. Mandaron a Starr aquí, y a todas partes, a pedirle a alguien que no arrojara más bombas atómicas. Si el gobierno estuviese seguro, no se habrían tomado tantas molestias. En algún sitio, Pete, hay algún modo de bombardear a esos cobardes asesinos y tengo una idea bastante aproximada de cómo hacerlo.
Peter se estiró pesadamente hacia el débil sonido de la voz de Starr. Sonny siguió hablando.
—Bueno, imagina que haya un control central de radio, un código automático, algo parecido a las señales de alarma de los barcos, que hacen sonar una campana en cualquier nave que pueda ser alcanzada por la radio cuando transmite cuatro señales largas. Imagina que haya un mecanismo automático para lanzar bombas desde todo el país. ¿Qué sería realmente? Sólo una palanca, nada más. ¿Dónde estaría escondida? Entre otros aparatos, en algún lugar donde uno piensa que hay enrevesados dispositivos secretos. Como una estación experimental. Como este sitio. ¿Empiezas a entender?
—Cállate. No me dejas oír.
—¡Al diablo con ella! Puedes oírla en otra ocasión. ¡No oíste una palabra de lo que te dije!
—Starr está muerta.
—Sí. Bueno, ¿qué ocurriría si empujo esa palanca? ¿Qué puedo perder? Le daré a esos asesinos... ¿Qué?
—Está muerta.


—¿Muerta? ¿Starr Anthim? —A Sonny se le retorció la cara. Se dejó caer en el camastro—. Estás medio dormido. No sabes lo que dices.
—Está muerta —dijo Pete roncamente—. La quemó una de las primeras bombas. Yo estaba con ella... cuando... Calla, y vete, ¡y déjame escuchar!
Sonny se incorporó lentamente.
—La mataron a ella también. La mataron. Esto decide la cuestión. No hay más que discutir.
Sonny había palidecido. Se alejó.
Pete se puso de pie. Las piernas no le obedecían. Trastabilló. Tropezó ruidosamente con el aparato de radio y televisión, y el pick-up cruzó el disco. Lo puso otra vez y se tendió a escuchar.
Se le confundían los pensamientos. Sonny hablaba demasiado. Plataformas de lanzamiento, máquinas automáticas...
Me diste tu corazón —cantó Starr—. Me diste tu corazón. Me diste tu corazón. Me...
Pete se levantó y movió el pick-up. Sintió furia, no hacia sí mismo, sino hacia Sonny, por haberle hecho estropear el disco de ese modo.
Starr hablaba ahora, estúpidamente, siempre con la misma expresión repitiendo las mismas palabras.
Nos golpearon desde el este y el... Nos golpearon desde el este y el... 
Se levantó otra vez, lentamente, y movió el pick-up.
Me diste tu corazón. Me diste tu...
Pete emitió un sonido de agonía que no era una palabra, se inclinó, empujó e hizo caer el aparato. Siguió un duro silencio.
—Yo también lo hice —dijo, y en seguida—: Sonny. 
Esperó.
—¡Sonny!
Abrió los ojos, lanzó un juramento y se precipitó al corredor.
Cuando Peter llegó, el panel estaba cerrado. Lo pateó. El panel se abrió a la oscuridad.
—¡Eh! —gritó Sonny—. ¡Cierra! ¡Apagaste las luces! 
Pete cerró detrás de él. Las luces se encendieron.
—¡Pete! ¿Qué pasa?
—Nada, Son —gruñó Pete.
—¿Qué miras? —refunfuñó Sonny intranquilo.
—Lo siento —dijo Pete con toda la suavidad posible—. Sólo quería descubrir algo, nada más. ¿No le hablaste a nadie de esto?
Señaló la palanca.
—No, no. Se me ocurrió mientras dormías, hace un momento.
Pete miró alrededor cuidadosamente y se acercó a un estante de herramientas.
—Hay algo aquí que no notaste todavía, Sonny —dijo suavemente, y apuntó con la mano—. Ahí arriba, en la pared detrás de ti. Arriba. ¿Ves?
Sonny se volvió. Con un fluido movimiento, Pete tomó una llave de tuerca y golpeó a Sonny.
Luego se puso a trabajar sistemáticamente en los dispositivos de energía. Sacó los obturadores de los motores de gas y rompió los cilindros a martillazos. Arrancó las tuberías del diésel —los tanques dejaron escapar sus fluidos con violencia— y cortó todos los cables con unas pinzas. Luego destrozó los relevadores y la palanca. Cuando terminó su tarea, dejó a un lado las herramientas, se inclinó y acarició el pelo cortado al rape de Sonny.
Salió y cerró con cuidado la puerta. Era, sin duda, un maravilloso ejemplo de camuflaje. Se sentó pesadamente en una mesa de trabajo cercana.
—Tendrás tu oportunidad —le dijo al lejano futuro—. Y será mejor que la aproveches.
Luego se dispuso a esperar.

FIN

2025/08/25

Adán sin Eva (Alfred Bester)


Título original: Adam and No Eve
Año: 1941


Crane sabía que ésta debía ser la costa del mar. El instinto se lo dijo; pero algo más que el instinto, los pocos jirones de conocimiento que colgaban de su cerebro desgarrado; las estrellas habían aparecido esa noche a través de las raras aberturas de las nubes, y la brújula apuntaba aún trémulamente hacia el norte. Esto era lo más extraño de todo, pensó Crane. La tierra convertida en escombros aún retenía su polaridad.
Ya no había algo tan extenso como una costa, no había nada tan extenso como un mar. Sólo una delgada línea de lo que había sido un acantilado se extendía al norte y al sur a lo largo de incontables millas. Era una línea de ceniza gris; la misma ceniza gris y escoria que se encontraba tras él. Légamo chirle, donde las rodillas se hundían profundamente, que se arremolinaba a cada movimiento y lo ahogaba; escoria que se deslizaba en las densas nubes de la noche cuando soplaban vientos alocados; polvo negro que se removía, convirtiéndose en fango cuando caían las frecuentes lluvias.
El cielo huía sobre su cabeza. Las pesadas nubes giraban en lo alto y eran horadadas por destellos de luz solar, que se movían con rapidez sobre la Tierra. Cuando la luz golpeaba sobre un torbellino de escoria, todo se llenaba de bocanadas de partículas que danzaban y brillaban. Cuando se movía entre la lluvia provocaba innumerables arcos iris. La lluvia caía, las tormentas de escoria soplaban; la luz traspasaba sumándose a todo, alternativa y continuamente, como una sierra de violencia negra y blanca. Así había sido por meses. Así sucedía en cada milla de la vasta Tierra.
Crane pasó el borde de los acantilados de cenizas y comenzó a arrastrarse sobre el mismo declive que una vez había sido el lecho del océano. Había estado viajando mucho tiempo y el dolor se había hecho parte de él. Braceó con los codos y arrastró su cuerpo hacia adelante. Luego dobló la rodilla derecha debajo de sí y volvió a estirarse otra vez hacia adelante con los codos. Codos, rodilla, codos, rodilla... había olvidado lo que era caminar.
"La vida", pensó aturdidamente, "es milagrosa. Se adapta a cualquier cosa". Si debía arrastrarse, se arrastraba. Formas callosas sobre los codos y rodillas. El cuello y los hombros endurecidos. Las fosas nasales aprendían a estornudar las cenizas antes de respirarlas. La pierna mala, hinchada y supurante, estaba entumecida y pronto se pudriría y caería.
—¿Cómo? —dijo Crane—. Yo no tuve nada que ver.
Miró hacia arriba a la alta figura que estaba ante él y trató de comprender las palabras. Era Hallmyer. Llevaba una sucia chaqueta de laboratorio y su pelo era desparejo. Hallmyer estaba delicadamente de pie sobre las cenizas, y Crane se preguntó por qué podía ver las deslizantes nubes de escoria a través de su cuerpo.
—¿Cómo encuentras a tu mundo, Steven? —preguntó Hallmyer. 
Crane sacudió la cabeza miserablemente.
—No muy bonito, ¿eh? —dijo Hallmyer—. Mira a tu alrededor. Polvo, eso es todo; polvo y cenizas. Arrástrate, Steven, arrástrate. No encontrarás otra cosa que polvo y cenizas.
Hallmyer extrajo una copa de agua de algún lado. Era clara y fresca. Crane podía ver la delgada película de rocío sobre la superficie de cristal y su boca se llenó súbitamente de arena.
—¡Hallmyer! —gritó.
Trató de ponerse de pie y alcanzar el agua, pero un ramalazo de dolor en su pierna derecha lo abatió. Cayó hacia atrás.
Hallmyer bebió un sorbo y luego escupió sobre su rostro. El agua estaba tibia.
—Continúa arrastrándote —dijo Hallmyer con amargura—. Arrástrate alrededor de la Tierra. No encontrarás otra cosa que polvo y cenizas.
Vació la copa en el suelo ante Crane.
—Continúa arrastrándote. ¿Cuántas millas? Imagínatelo tú mismo. Pi veces D. El diámetro es ocho mil o algo así...
Había desaparecido con chaqueta y copa. Crane advirtió que la lluvia estaba cayendo otra vez. Apretó el rostro contra la cálida escoria húmeda, abrió la boca y trató de chupar la mezcla. Pronto comenzó a arrastrarse otra vez.
Era el instinto lo que lo conducía. Tenía que ir hacia algún lado.
Estaba asociado, lo sabía, con el mar; con el borde del mar. En la costa del mar algo lo esperaba. Algo que lo ayudaría a comprender todo esto. Tenía que llegar al mar, eso es, si es que aún había mar.
La relampagueante lluvia golpeaba su espalda como pesados maderos. Crane hizo una pausa y tiró de la mochila arrastrándola a un costado, donde pudo revisarla con una mano. Contenía exactamente una pistola, una barra de chocolate y una lata de melocotón en almíbar. Era todo lo que quedaba de dos meses de provisiones. El chocolate estaba blando y mohoso. Crane sabía que era mejor comérselo ahora antes de que perdiera todo su valor energético. Otro día podría carecer de fuerzas para abrir la lata. La sacó y la atacó con un abridor. Cuando pudo perforar y apartar un borde de lata, la lluvia ya había dejado de caer.
Mientras masticaba la fruta y sorbía el jugo, miró como el muro de lluvia marchaba ante él y bajaba el declive del lecho oceánico. Torrentes de agua brotaban a través del fango. Pequeños canales habían sido horadados, canales que serían nuevos ríos algún día; un día que no habría nadie con vida para verlo. Mientras arrojaba la lata vacía a un lado, Crane pensó: "El último ser vivo de la Tierra come su última comida. El metabolismo inicia su último acto".
El viento seguiría a la lluvia. En las interminables semanas que había estado arrastrándose, aprendió eso. El viento llegaría en pocos minutos y lo azotaría con sus nubes de escoria y cenizas. Se arrastró hacia adelante, los ojos turbios buscando las chatas y grises millas a recorrer.
Evelyn le dio un golpecito en el hombro.
Crane supo que era ella antes de volver la cabeza. Estaba de pie a un costado, fresca y elegante con su vestido reluciente, pero su encantador rostro estaba contraído con alarma.
—¡Steven, tienes que apresurarte! —dijo.
Él sólo pudo admirar la forma en que el suave cabello se ondulaba sobre sus hombros.
—¡Oh, querido! —dijo ella—. ¡Estás herido!
Sus manos delicadas tocaron sus piernas y espalda. Crane asintió con la cabeza.
—Fue al aterrizar —dijo él—. Yo nunca había utilizado un paracaídas. Siempre pensé que uno bajaría suavemente, como si cayera sobre una cama. Pero la tierra me golpeó como un puño... Y Umber estaba luchando en mis brazos. No podía dejarlo caer, ¿no?
—Por supuesto que no, querido —dijo Evelyn.
—De modo que traté de sujetarlo y de colocar mis piernas debajo de mí —dijo Crane—. Entonces algo me golpeó las piernas y un costado.
Vaciló, preguntándose cuánto sabría ella de lo que en verdad había sucedido. No quería asustarla.
—Evelyn, querida —dijo, tratando de estirar sus brazos hacia arriba.
—No, querido —dijo ella. Le devolvía la mirada con miedo—. Tienes que apresurarte. ¡Tienes que mirar hacia atrás!
—¿Las tormentas de escoria? —Hizo una mueca—. Las he soportado antes.
—¡Las tormentas, no! —gritó Evelyn—. Es otra cosa. Oh, Steven...


Entonces se marchó, pero Crane sabía que ella había dicho la verdad. Había algo detrás, algo que lo había estado siguiendo. En algún rincón de su mente había una sensación de amenaza. Se cerraba sobre él como una mortaja. Sacudió la cabeza. Algo así era imposible. Él era el único ser vivo sobre la Tierra. ¿Cómo podía existir una amenaza?
El viento rugía tras él, y en un instante estuvo envuelto en las densas nubes de escoria y cenizas. Lo azotaron, mordiendo su piel. Con ojos turbios, vio como cubrían el fango y lo cubrían todo como una delgada alfombra seca. Crane recogió las rodillas bajo él y se cubrió la cabeza con los brazos. Con la mochila como almohada, se preparó esperar el fin de la tormenta. Pasaría tan rápidamente como la lluvia.
La tormenta azotó con gran saña su cabeza enferma. Como un niño acomodó las piezas de su memoria, tratando de que se ensamblaran. ¿Por qué Hallmyer se había enojado tanto con él? No pudo haber sido por ese argumento, ¿no?
¿Qué argumento?
¿O fue antes de que sucediera todo esto?
¡Oh, eso!
Abruptamente las piezas se ensamblaron.

Crane estaba de pie al lado de las pulidas líneas de su nave y las admiró profundamente. El techo de la cabina había sido quitado y la proa de la nave se elevaba, apoyada sobre una rampa, apuntando al cielo. Un operario estaba soldando cuidadosamente las superficies internas con un soplete.
El sonido apagado de una maldición salió de adentro de la nave y luego se escuchó un pesado ruido metálico. Crane subió corriendo la corta escalerilla de hierro que iba a la escotilla e introdujo la cabeza dentro. Un poco más abajo de él, dos hombres habían dejado caer los grandes tanques de solución ferrosa en su lugar.
—Tengan cuidado —vociferó Crane—. ¿Quieren romper la nave?
Uno miró hacia arriba e hizo una mueca. Crane sabía lo que estaba pensando. Que la nave se rompería sola. Todos decían eso. Todos excepto Evelyn. Ella tenía fe en él. Hallmyer pensaba que él estaba loco de otra forma. Mientras descendía la escalerilla, Crane vio que Hallmyer entraba en el cobertizo, con su chaqueta de laboratorio ondeando al viento.
—¡Hablando del rey de Roma! —murmuró Crane. 
Hallmyer comenzó a gritar tan pronto como vio a Crane.
—Ahora, escucha...
—No, todo otra vez no, ¿eh? —dijo Crane.
Hallmyer extrajo unas hojas de papel de su bolsillo y las sacudió bajo la nariz de Crane.
—He estado levantado casi toda la noche —dijo—, trabajando sobre esto otra vez. Te digo que tengo razón. Por completo.
Crane miró las apretadas ecuaciones escritas y luego los ojos inyectados en sangre de Hallmyer. El hombre estaba casi loco de miedo.
—Por última vez —continuó Hallmyer—. Estás utilizando tu nueva catálisis sobre una solución de hierro. De acuerdo. Estoy de acuerdo que es un descubrimiento milagroso. Te doy todo el crédito por ello.
Milagroso era una palabra poco apropiada. Crane lo sabía sin vanidad, pues había tropezado con eso por casualidad. Cualquiera se podía tropezar con una catálisis que inducía a la desintegración del hierro y producía 10·1010 librapiés de energía por cada gramo de combustible. Ningún hombre era lo suficientemente listo para pensar eso por sí mismo.
—¿No crees que lo lograré? —preguntó Crane.
—¿A la Luna? ¿Alrededor de la Luna? Tienes sólo el cincuenta por ciento de posibilidades.
Hallmyer hizo correr los dedos a través de su lacio cabello.
—Pero por el amor de Dios, Steven, no estoy preocupado por ti, es por el asunto en sí. Es por la Tierra por la que estoy preocupado...
—Tonterías. Vete a casa y duérmete.
—Mira —Hallmyer señaló las hojas de papel con mano temblorosa—. No importa como tú realices la alimentación y la mezcla del sistema, no puedes obtener el ciento por ciento de eficiencia en la mezcla y descarga.
—Eso es lo que produce el cincuenta por ciento de oportunidad —dijo Crane—. ¿Qué es entonces lo que te preocupa?
—La catálisis que escapará a través de los tubos del cohete. ¿Te das cuenta lo que producirá cuando caiga sobre la Tierra? Iniciará una desintegración en cadena que envolverá todo el globo. Alcanzará a cada átomo de hierro... y hay hierro por todas partes. La Tierra podría no existir cuando retornes...
—Escucha —dijo Crane con cansancio—, ya hemos visto todo eso antes.
Llevó a Hallmyer a la base de la escalerilla del cohete. Debajo del armazón de hierro había un pozo de unos sesenta metros de profundidad y quince de ancho, protegido con ladrillos refractarios.
—Esto es para el descargue inicial de las llamas. Si cualquier partícula de la catálisis escapa será atrapada en este pozo y evitará las reacciones secundarias. ¿Satisfecho ahora?
—Pero mientras te encuentres en pleno vuelo —insistió Hallmyer— estarás poniendo en peligro la Tierra hasta que estés más allá del límite de Roche. Cada gota de catálisis no activada podría eventualmente caer sobre el suelo y...
—Por última vez —dijo Crane inflexiblemente—, la llama de la descarga del cohete se cuidará de eso. Envolverá a cualquier partícula escapada y la destruirá. Ahora lárgate. Tengo trabajo que hacer.
Mientras Crane lo empujaba hacia la puerta, Hallmyer gritaba y agitaba los brazos.
—¡No te dejaré hacerlo! —Repetía una y otra vez—. No dejaré que arriesgues...

¿Trabajo? No, el trabajo de la nave había sido una verdadera intoxicación. Tenía la belleza elegante de las cosas bien hechas. La belleza de una armadura lustrada, de la bien balanceada y limpia empuñadura de un estoque, de un par de pistolas gemelas. No había pensamientos de peligro y muerte en la cabeza de Crane, mientras limpiaba sus manos con estopa después de realizar los últimos retoques.
La nave se encontraba en la rampa, lista para perforar los cielos. Quince metros de esbelto acero, las cabezas de los remaches brillando como joyas. Nueve metros conteniendo el combustible y el catalizador. La mayor parte de los compartimientos delanteros tenían la hamaca elástica que Crane había diseñado para absorber el impacto de la aceleración. El morro de la nave tenía un ojo de buey de cristal natural que apuntaba hacia arriba como el ojo de un cíclope.

 
Crane pensó: "Morirá después de este viaje. Retornará a la Tierra y se convertirá en una bola de fuego y trueno, no hay forma aún de planear un aterrizaje seguro para una nave cohete. Pero vale la pena. Tendrá un gran vuelo, y eso es todo lo que cualquiera de nosotros desea. Un gran y maravilloso vuelo a lo desconocido".
Mientras echaba la llave a la puerta del taller, Crane oyó a Hallmyer vociferar desde el cottage que se encontraba en medio de los campos. A pesar de la penumbra del atardecer pudo verlo hacer señas de urgencia. Trotó a través del quebradizo rastrojo, respirando profundamente el aire punzante, agradecido de estar vivo.
—Es Evelyn al teléfono —dijo Hallmyer.
Crane lo miró con fijeza. Hallmyer rehusó encontrar sus ojos.
—¿Cuál es la idea? —preguntó Crane—. Creo que estuvimos de acuerdo en que ella no llamaría, que no se pondría en contacto hasta que yo estuviera listo para partir. ¿Le has estado metiendo ideas en la cabeza? ¿Ésta es la forma en que vas a detenerme?
—No… —dijo Hallmyer, y examinó analíticamente el oscurecido horizonte. Crane fue a su despacho y levantó el receptor.
—Ahora, escúchame, querida —dijo sin ningún preámbulo—, no hay razón para alarmarse. Te expliqué todo muy cuidadosamente. Justo antes de que la nave se estrelle, saltaré en paracaídas. Te amo mucho y te veré el miércoles cuando parta. Hasta...
—Adiós, cariño —dijo la diáfana voz de Evelyn—, ¿es por esto que me has llamado?
—¡Que yo te he llamado!
Un pesado cuerpo castaño se sacudió al escuchar el rugido y se incorporó sobre sus fuertes patas. Umber, el mastín de Crane, olfateó y levantó una oreja. Luego gimoteó.
—¿Dijiste que yo te llamé? —repitió Crane.
La garganta de Umber súbitamente lanzó un bramido. Alcanzó a Crane de un solo salto, lo miró a la cara y gimoteó y ladró al mismo tiempo.
—¡Cállate, monstruo! —dijo Crane. Apartó a Umber con un pie.
—Dale a Umber una patada de mi parte —Evelyn rió—. Sí, querido. Alguien me llamó y dijo que tú querías hablar conmigo.
—Eso hicieron, ¿eh? Mira, cariño, te llamaré más tarde.
Crane colgó. Se incorporó dubitativamente y contempló las inquietas maniobras de Umber. A través de la ventana, el último fulgor de la tarde teñía de luz anaranjada las sombras. Umber miró la luz, olfateó y bramó de nuevo. Súbitamente sobresaltado, Crane brincó junto a la ventana.
A través de los campos una masa de fuego se alzaba en el aire, y dentro de ella estaban las desmoronadas paredes del taller. Delineadas contra el resplandor, las figuras de media docena de hombres se movieron y corrieron.
Crane salió disparado del cottage y, con Umber pisándole los talones, se dirigió corriendo hacia el cobertizo. Mientras corría pudo ver el gracioso morro de la espacionave dentro del fuego, aún fría e intocada. Si sólo pudiera alcanzar la nave antes de que las llamas ablandaran el metal y aflojaran los remaches.
Los trabajadores trotaban hacia él, sombríos y jadeantes. Crane se dirigió a ellos con una mezcla de furia y perplejidad.
—¡Hallmyer! —gritó—. ¡Hallmyer!
Hallmyer se abrió paso entre la gente. Sus ojos brillaban con triunfo.
—Es una lástima —dijo—. Lo siento, Steven.
—¡Hijo de puta! —vociferó Crane.
Agarró a Hallmyer por las solapas y lo sacudió al mismo tiempo. Luego lo soltó y se dirigió al cobertizo.
Hallmyer espetó algunas órdenes a los operarios y un instante después un cuerpo chocó contra las pantorrillas de Crane y lo derribó contra el suelo. Se puso de pie vacilante, sacudiendo los puños. Umber estaba a su lado, gruñendo por encima del crujir de las llamas. Crane golpeó a un hombre en el rostro, y vio cómo se desplomaba contra un segundo. Levantó una rodilla con un impulso violento que derribó, doblado en el suelo, al último operario. Luego agachó la cabeza y se zambulló en el taller.
No sintió el fuego al principio, pero cuando alcanzó la escalerilla y comenzó a trepar hasta la escotilla, gritó de agonía por las quemaduras. Umber estaba aullando al pie de la escalerilla, y Crane advirtió que el perro nunca podría escapar del estallido de los cohetes. Se estiró hacia abajo y subió a Umber a la nave.
Crane estaba bamboleante cuando cerró y aseguró la escotilla. Permaneció consciente lo bastante como para acomodarse en la litera elástica. Luego, sólo el instinto guió sus manos hacia el tablero de control; instintiva y frenéticamente rehusó dejar que su hermosa nave fuera pasto de las llamas. Fallaría, sí. Pero fallaría intentándolo.
Sus dedos recorrieron los interruptores. La nave se sacudió y rugió. Y la oscuridad descendió sobre él.

¿Cuánto tiempo permaneció inconsciente? No se podría decir. Crane despertó con una fría presión contra su rostro y cuerpo, y el sonido de gemidos asustados en sus oídos. Miró hacia arriba y vio a Umber enredado en los elásticos y correas de la litera. Su primer impulso fue reír, luego súbitamente lo advirtió; ¡estaba mirando hacia arriba! Estaba mirando hacia arriba, a la litera.
Yacía retorcido sobre el hueco de la nariz del cristal. Esa nave se había elevado a las alturas, quizá más allá de la zona de Roche, hasta el límite de la atracción gravitacional de la Tierra, pero entonces, sin manos que la guiaran y controlaran, había continuado su vuelo, había girado y estaba cayendo hacia atrás sobre la Tierra. Crane espió a través del cristal y se quedó sin aliento.
Por debajo de él estaba el globo terrestre. Se veía unas tres veces más grande que la Luna. Y ya no era más la Tierra. Era un globo de fuego moteado con nubes negras. En las regiones más extremas del polo había algún diminuto parche blanco, y mientras Crane miraba, súbitamente se emborronó con brumosos tonos de rojo, escarlata y carmesí. Hallmyer había tenido razón.
Crane permaneció helado en el hueco de la nariz mientras la nave descendía, mirando como las llamas gradualmente se disipaban, no dejando otra cosa que una densa alfombra negra alrededor de la Tierra. Yacía mudo de horror, incapaz de comprender, incapaz de creer que la gente se hubiera hecho humo, que un verde y hermoso planeta quedara reducido a cenizas y escoria. Todo lo que había sido querido y próximo a él había desaparecido. No podía pensar en Evelyn.


El aire silbando afuera despertó algún instinto en él. Los pocos jirones de razón que aún le quedaban le dijeron cómo ir hacia abajo dentro de la nave y olvidarlo todo en medio de la tormenta y la destrucción; el instinto vital lo obligó a entrar en acción. Trepó hasta el cajón de almacenaje y se dispuso para aterrizar. Paracaídas, un pequeño tanque de oxígeno, una mochila con provisiones. Sólo medio consciente de lo que estaba haciendo, se vistió para el descenso, sujetó la cuerda en el automático del paracaídas y abrió la puerta. Umber gemía patéticamente; cogió el pesado perro en sus brazos y se arrojó al espacio. Pero el espacio no era tan espeso como lo estaba ahora. Era difícil respirar. Pero era porque el aire estaba enrarecido, no lleno con arena como ahora.
Cada aspiración estaba llena de cristal en el suelo... o cenizas... o escoria... Había retornado al sofocado presente, cuyo peso blando lo abrazaba con fuerza y hacía que tuviera que luchar para respirar. Crane fue asaltado por el pánico, luego se relajó.
Había sucedido antes. Hace ya mucho tiempo había estado enterrado profundamente bajo las cenizas cuando dejó de recordar. Hace semanas... o días... o meses. Crane arañó con sus manos, saliendo lentamente del monte de cenizas que el viento había acumulado sobre él. Pronto emergió a la luz otra vez. El viento se había disipado. Era hora de volver a arrastrarse una vez más.
Las vívidas imágenes de su memoria lo asaltaron otra vez ante la desolada vista que se extendía delante. Crane frunció el entrecejo. Recordaba demasiado y con demasiada frecuencia. Tenía la vaga esperanza de que si se esforzaba en recordar, podría cambiar las cosas que había hecho —sólo una cosa diminuta—, y luego todo esto no sería cierto. Pensó: "Me ayudaría saber que alguien recuerda y desea al mismo tiempo... pero no hay nadie. Soy el único. Soy el último recuerdo de la Tierra. Soy la última vida".
Se arrastró. Codos, rodilla, codos, rodilla... Y luego Hallmyer estaba arrastrándose a su lado y haciendo un gran juego del asunto. Se reía entre dientes y se zambullía en la escoria como un feliz león de mar.
—¿Pero por qué tenemos que ir al mar? —dijo Crane. Hallmyer sopló una espuma de cenizas.
—Pregúntale a ella —dijo, señalando al otro lado de Crane.
Evelyn estaba allí, arrastrándose seria, intensamente, imitando cada una de las más pequeñas acciones de Crane.
—Es por nuestra casa —dijo ella—. ¿Recuerdas nuestra casa, cariño? Sobre el risco, íbamos a vivir allí para siempre jamás. Estaba allí cuando te fuiste. Ahora estás volviendo a la casa en el borde del mar. Tu maravilloso vuelo ha terminado, querido, y estás volviendo a mí. Viviremos juntos, sólo nosotros dos, como Adán y Eva.
—Es hermoso —dijo Crane.
Entonces Evelyn giró la cabeza y gritó:
—¡Oh, Steven! ¡Cuidado!
Crane sintió la amenaza cerrándose otra vez sobre él. Aún arrastrándose, miró fijamente hacia atrás a las vastas planicies de ceniza, y no vio nada. Cuando miró a Evelyn de nuevo vio sólo su propia sombra, delgada y negra. Pronto, también, ésta se desvaneció cuando pasaron los deslizantes rayos de luz solar.
Pero el sueño permanecía. Evelyn le había advertido dos veces, y ella siempre tenía razón. Crane se detuvo, giró, y se dispuso a vigilar. Si algo iba realmente a suceder, debería ver qué era lo que venía tras sus huellas.
Hubo un penoso momento de lucidez. Se clavaba a través de la fiebre y el aturdimiento, con el filo y la fuerza de un cuchillo.
"Estoy loco", pensó. "La corrupción de mi pierna se ha extendido a mi cerebro. No hay Evelyn, ni hay Hallmyer, ni amenaza. En toda esta tierra no hay vida salvo la mía y hasta los fantasmas y espíritus del mundo inferior deben haber perecido en el infierno que envolvió el planeta. No, no hay nadie excepto yo y mi malestar. Estoy agonizando, y cuando perezca, todo perecerá conmigo. Sólo quedará una masa de cenizas sin vida".
Pero hubo un movimiento.
El instinto otra vez. Crane dejó caer la cabeza y se mantuvo inmóvil. A través de las rendijas de los ojos contempló las planicies de ceniza, preguntándose si la muerte le estaría jugando una mala pasada a su vista. Otra cortina de lluvia se estaba moviendo hacia él y esperó que pudiera estar seguro antes de que toda su visión se borrara.
Sí. Allí.
A un cuarto de milla atrás, una forma marrongrisácea estaba moviéndose velozmente sobre la superficie gris. A pesar del zumbido de la lluvia distante, Crane pudo oír el murmullo de las cenizas pisoteadas y las pequeñas nubes producidas por los brincos. Extendió la mano con sigilo hacia el revólver en su mochila, mientras su mente buscaba débilmente las explicaciones y se espantaba de miedo.
La cosa se aproximaba, y súbitamente Crane entrecerró los ojos y comprendió. Recordó a Umber pataleando con miedo y saltando lejos de él cuando el paracaídas llegó con ellos a la cenicienta cara de la Tierra.
—Bueno, es Umber —murmuró. 
Se levantó un poco. El perro se detuvo.
¡Aquí, chico! —dijo Crane ronca y felizmente—. ¡Aquí, chico!
Estaba lleno de júbilo. Advirtió la soledad que había caído sobre él, una horrible sensación de entidad en el vacío. Ahora él no era la única vida. Había otra. Una vida amistosa que podía ofrecerle amor y compañerismo. La esperanza se encendió de nuevo.
—¡Aquí, chico! —repitió—. Ven, chico.
Después de un rato se detuvo, tratando de hacer chasquear los dedos. El mastín se echó hacia atrás, mostrando los colmillos y una lengua colgante. El perro estaba enflaquecido y sus ojos brillaban rojos en el atardecer. Mientras Crane lo llamaba una vez más, el perro gruñó. Rescoldos de cenizas brotaron de su nariz.
"Tiene hambre", pensó Crane, "eso es todo". Buscó en la mochila y, ante el gesto, el perro volvió a gruñir. Crane sacó la barra de chocolate y laboriosamente le quitó el envoltorio de papel y metal. La arrojó sin fuerzas hacia Umber. Cayó demasiado cerca. Después de un minuto de salvaje incertidumbre, el perro avanzó con lentitud y mordisqueó el alimento. Las cenizas le cubrieron el hocico. Lamió sus mandíbulas incesantemente y continuó avanzando hacia Crane.
El pánico lo atenazó. Una voz insistía: "Este no es un amigo. No tiene amor ni compañerismo hacia ti. El amor y el compañerismo se han desvanecido en la Tierra junto con la vida. Ahora no queda nada, salvo el hambre".


—No —susurró Crane—. No es cierto que tengamos que desgarrarnos el uno al otro y devorarnos.
Pero Umber estaba avanzando con un deslizar furtivo, y enseñaba los dientes, afilados y blancos. Y mientras Crane lo miraba con fijeza, el perro gruñó y acometió.
Crane metió un brazo bajo el hocico del perro, pero el peso de la carga lo arrastró hacia atrás. Gritó con agonía cuando su rota e hinchada pierna chocó contra el peso del perro. Con la mano libre golpeó débilmente, una y otra vez, apenas sintiendo el crujir de los dientes sobre el brazo izquierdo. Luego algo metálico estuvo bajo su mano y advirtió que se encontraba sobre el revólver que había dejado caer.
Lo aferró y rezó porque las cenizas no lo hubieran obturado. En el momento en que Umber soltó su brazo y mordía su garganta, Crane levantó el arma y hundió el cañón ciegamente contra el cuerpo del perro. Apretó y apretó el gatillo, hasta que los estruendos murieron y sólo se escuchó el sonido de los chasquidos. Umber se estremeció en las cenizas ante él; su cuerpo apenas tenía dos disparos. El espeso escarlata tiñó el gris.
Evelyn y Hallmyer miraban tristemente al derribado animal.
Evelyn estaba llorando, y Hallmyer se pasaba los dedos por el cabello con ese viejo gesto suyo.
—Esto es el fin, Steven —dijo—. Has matado a una parte de ti mismo. Oh, continuarás viviendo, pero no todo tú. Es mejor que entierres el cuerpo, Steven, es el cuerpo de tu alma.
—No puedo —dijo Crane—. El viento hará volar las cenizas.
—Entonces quémalo —ordenó Hallmyer con la lógica de los sueños.
Pareció que ellos lo ayudaban a meter el perro muerto en la mochila. Le ayudaron a quitarse las ropas y a hacer una pila debajo. Colocaron sus manos alrededor de las cerillas hasta que las ropas se encendieron, y soplaron la débil llama hasta que ésta chisporroteó y ardió limpiamente. Crane se acurrucó junto al fuego y lo alimentó. Luego se giró una vez más y comenzó a arrastrarse hacia el lecho oceánico. Estaba desnudo, ahora. No quedaba nada de aquello-que-había-sido, excepto su vacilante y pequeña vida.
Estaba demasiado abatido por la pena para advertir la furiosa lluvia que lo golpeaba y abofeteaba, o el dolor punzante que se extendía por su pierna y alcanzaba su cadera. Se arrastró. Codos, rodilla, codos, rodilla... Rígida, mecánicamente, indiferente a todo; a las celosías de los cielos, a las tristes planicies cenicientas y hasta al mortecino fulgor del agua que se encontraba más adelante.
Supo que era el mar, que ya era el viejo mar, o el nuevo mar de la humanidad. Pero estaría vacío, un mar sin vida que algún día golpearía contra una árida costa sin vida. Sería un planeta de piedra y polvo, de metal y nieve y hielo y agua, pero eso sería todo. No más vida. Él, solo, era inútil. Era Adán, pero sin Eva.
Evelyn le hizo señas alegremente desde la costa. Estaba de pie junto al blanco cottage con el viento remolineando su vestido para enseñar las esbeltas líneas de su figura. Y cuando Crane se acercó un poco, ella corrió hacia él y lo ayudó. No dijo nada, sólo colocó las manos sobre sus hombros y lo ayudó a mover el peso de su cuerpo, abatido y agobiado por el dolor. Y así, por último, él alcanzó el mar.
El mar era real. Eso lo comprendió. Pues después de que Evelyn y el cottage se hubieran desvanecido, sintió las frías aguas bañar su rostro.
"Aquí está el mar" pensó Crane, "y aquí estoy yo. Adán sin Eva. Es irremediable".
Avanzó un poco más en las aguas. Éstas lavaron su cuerpo desgarrado. Se encontraba con el rostro hacia el cielo, contemplando los cielos amenazantes, y la amargura estalló dentro de él.
—¡No es justo! —gritó—. ¡No es justo que todo esto haya pasado. La vida es demasiado maravillosa para perecer por el acto de una loca criatura!
Las tranquilas aguas lo lavaron. Tranquilas... calmas... El mar lo acunaba gentilmente, y hasta la muerte que se extendía hacia su corazón ya no tenía más las manos enguantadas. Súbitamente los cielos se abrieron —por primera vez en todos esos meses— y Crane contempló las estrellas.
Entonces lo supo. No era el fin de la vida. Nunca podría haber un fin de la vida. Dentro de su cuerpo, dentro de los putrefactos tejidos mecidos gentilmente por el mar estaba la fuente de diez millones de millones de vidas. Células, tejidos, bacterias, amebas; incontables vidas infinitas que enraizarían en las aguas y vivirían mucho después que él hubiera partido.
Vivirían de sus putrefactos restos. Se alimentarían una de otra. Se adaptarían por sí mismas al nuevo entorno y se alimentarían de minerales y sedimentos lavados por el nuevo mar. Crecerían, germinarían, se desarrollarían. La vida volvería a alcanzar las tierras una vez más. Comenzaría otra vez el mismo viejo y repetido ciclo que había comenzado quizá con el putrefacto cadáver del último sobreviviente de un viaje interestelar. Sucedería una y otra vez en las edades futuras.
Y entonces supo lo que había traído al mar. No había necesidad de Adán ni de Eva. Sólo el mar, la gran madre de la vida, era necesario. El mar lo había llamado a sus profundidades, de las cuales la vida pronto surgiría una vez más, y se sintió contento.
Las tranquilas aguas lo confortaron. Tranquilas, calmas. La madre de la vida mecía al último nacido del viejo ciclo que se transformaría en el primer nacido del nuevo. Y, con ojos brillantes, Steven Crane sonrió a las estrellas, las estrellas que aún parpadeaban a través del cielo. Las estrellas no habían formado aún las constelaciones familiares, y no lo harían hasta que hubieran pasado otros cientos de millones de siglos.


FIN