Mostrando entradas con la etiqueta Guerra espacial. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guerra espacial. Mostrar todas las entradas

2024/07/08

Obediencia (Fredric Brown)


Título original: Obedience
Año: 1950


En un minúsculo planeta de una estrella lejana y débil, invisible desde la Tierra, y en el extremo más lejano de la galaxia, cinco veces la distancia que el hombre ha penetrado en el espacio, se eleva la estatua de un terráqueo. Fue construida con un metal precioso y es algo impresionante, de veinticinco centímetros de altura y exquisita factura.
Los bichos se deslizan sobre ella...

Estaban en una patrulla de rutina en el Sector 1534, más allá de Sirio y a muchos parsecs de del Sol. La nave era la consabida biplaza de reconocimiento utilizada para todas las patrullas fuera del sistema. El capitán May y el teniente Ross jugaban al ajedrez cuando sonó la alarma.
El capitán May dijo:
—Don, ajústala, mientras pienso esta jugada.
No apartó la mirada del tablero; sabía que sólo podía tratarse de un meteoro pasajero.
En ese sector no había naves. El hombre había penetrado mil parsecs en el espacio y aún no había encontrado una forma de vida extraña lo bastante inteligente para comunicarse, menos aún para construir naves espaciales.
Ross tampoco se levantó, sino que se volvió en la silla para mirar el tablero de instrumentos y la telepantalla. Levantó distraídamente la mirada y quedó boquiabierto: Había una nave en la pantalla. Recuperó lo suficiente el aliento para gritar "¡Capitán!" y después el tablero de ajedrez cayó al suelo y May miró por encima de su hombro.
Pudo oír la respiración de May y luego su voz que dijo:
—¡Fuego, Don!
—¡Pero si es un crucero clase Rochester! Uno de los nuestros. Ignoro qué hace aquí, pero no podemos...
—Vuelve a mirar.
Don Ross no podía volver a mirar porque no había dejado de hacerlo, pero repentinamente vio a qué se refería May. Era casi un Rochester, pero no del todo. Tenía algo extraño. ¿Algo? Era extraño, se trataba de una imitación alienígena de un Rochester.
Y sus manos corrieron hacia el botón de disparo casi antes de que todo el impacto de la situación le alcanzara.
Con el dedo en el botón, observó los diales del telémetro Picar y del Monold.
Marcaban cero.
Lanzó una maldición.
—Capitán, nos interfieren. ¡No podemos calcular a qué distancia está, su tamaño ni su masa!
El capitán May asintió lentamente, pálido.
En el interior de la cabeza de Don Ross, un pensamiento dijo:
—Serénense, hombres. No somos enemigos.
Ross se volvió y miró a May. Éste dijo:
—Sí, lo he recibido. Telepatía.
Ross volvió a maldecir. Si fueran telépatas...
—Fuego, Don. Visual.
Ross oprimió el botón. La pantalla quedó cubierta por una llamarada de energía y cuando ésta cesó, no había restos de nave espacial.

El almirante Sutherland dio la espalda al gráfico estelar colgado de la pared y los estudió agriamente desde debajo de sus pobladas cejas. Dijo:
—May, no me interesa refundir su informe. Ambos han estado sometidos al psicógrafo; hemos extraído de sus mentes hasta el último segundo del encuentro. Nuestros lógicos lo han analizado. Están aquí por razones disciplinarias. Capitán May, ¿conoce el castigo por desobediencia?
—Sí, señor —reconoció May tensamente—. ¿Cuál es?
—La muerte, señor.
—¿Y qué orden desobedeció?
—Orden General Trece-Noventa, Sección Doce. Prioridad Cuadrado-A. Toda nave terrestre, sea militar o de otro tipo, tiene la orden de destruir inmediatamente y al verla a cualquier nave extraña que encuentre. Si no lo hace, debe volar hacia el espacio extraterrestre, en una dirección no exactamente contraria a la de la Tierra, y continuar hasta que se le acabe el combustible.
—¿Y por qué motivo, capitán? Lo pregunto simplemente para averiguar si lo sabe. Desde luego, no es importante y ni siquiera relevante si comprende o no el motivo de cualquier disposición.
—Sí, señor. Para que no exista la posibilidad de que la nave extraña siga a la nave avistada hasta el Sol y se entere así de la situación de la Tierra.
—Pero usted desobedeció esa disposición, capitán. No está seguro de haber destruido al extraño. ¿Qué puede decir en defensa propia?
—No lo consideramos necesario, señor. La nave extraña no parecía hostil. Además, señor, debían conocer nuestra base; al hablarnos nos llamaron "hombres".
—¡Tonterías! El mensaje telepático fue enviado por una mente extraña, pero recibido por las de ustedes. Sus mentes tradujeron automáticamente el mensaje a nuestra terminología. Él no sabía necesariamente el punto de origen de ustedes ni que eran humanos.
El teniente Ross no tenía por qué hablar, pero preguntó:
—Señor, por lo tanto, ¿no se cree que fueran amistosos?
El almirante resopló.
—Teniente, ¿dónde se entrenó? Parece haber pasado por alto la premisa más elemental de nuestros planes de defensa, el motivo por el cual desde hace cuatrocientos años patrullamos el espacio, en busca de cualquier vida extraña. Todo extraño es un enemigo. Aunque hoy se mostrara amistoso, ¿cómo podemos saber que lo será el año que viene o dentro de un siglo? Y un enemigo potencial es un enemigo. Cuanto más rápidamente sea destruido, más segura estará la Tierra. ¡Analice la historia militar del mundo! Como mínimo, demuestra eso. ¡Piense en Roma! Para estar a salvo, no podía permitirse el lujo de vecinos poderosos. ¡Y en Alejandro el Grande! ¡Y en Napoleón!
—Señor —intervino el capitán May—, ¿estoy bajo pena de muerte?
—Sí.
—Entonces más vale que hable. ¿Dónde está Roma ahora? ¿Y el imperio de Alejandro o el de Napoleón? ¿Y la Alemania nazi? ¿Y el tiranosaurio Rex?
—¿Quién?
—El antepasado del hombre, el más resistente de los dinosaurios. Su nombre significa "rey de los saurios tiranos". También pensaba que todos los demás seres eran sus enemigos. ¿Y dónde está ahora?
—Capitán, ¿es todo lo que tiene que decir?
—Sí, señor.
—Entonces lo pasaré por alto. Un razonamiento falaz y sentimental. No está bajo pena de muerte, capitán. Simplemente respondí que sí para averiguar lo que decía, hasta dónde llegaba. No se muestra piedad con usted a causa de una tontería humanitaria. Se ha encontrado una circunstancia realmente atenuante.
—¿Puedo saber cuál, señor?
—El extraño fue destruido. Nuestros técnicos y lógicos lo han averiguado. El Picar y el Monold funcionaban correctamente. El único motivo por el cual no registraron ninguna señal se debió a que la nave extraña era demasiado pequeña. Pueden detectar un meteoro que pesa nada más que dos kilos y cuarto. La nave extraña era más pequeña.
—¿Más pequeña...?
—Indudablemente. Ustedes pensaron en la vida extraña en términos de nuestro tamaño. No existen razones por las cuales deba de ser así. Incluso podría ser submicroscópica, demasiado pequeña para ser visible. La nave extraña debió contactar deliberadamente, a una distancia de pocos metros. Y los disparos, a esa distancia, la destruyeron por completo. Por eso no vieron un casco carbonizado como prueba de que había sido destruida —Sonrió—. Le felicito, teniente Ross, por su puntería. Desde luego, en el futuro las descargas visuales serán innecesarias. Hemos modificado inmediatamente los detectores y calculadores de las naves de todas clases a fin de que detecten y señalen objetos incluso de tamaño diminuto.
Ross dijo:
—Gracias, señor. ¿Pero no opina que el hecho de que la nave que vimos, al margen de su tamaño, fuera una imitación de una de nuestras naves de clase Rochester prueba que los extraños ya saben sobre nosotros mucho más que nosotros sobre ellos, incluido probablemente el emplazamiento de nuestro planeta natal? ¿Y que, aunque sean hostiles, el reducido tamaño de su aparato es lo que les impide expulsarnos del sistema?
—Es posible. O ambas cosas son ciertas o ninguna lo es. Es evidente que, al margen de su habilidad telepática, técnicamente son muy inferiores a nosotros... o, de lo contrario, no imitarían nuestro diseño de naves espaciales. Tuvieron que leer la mente de algunos de nuestros ingenieros para copiar ese diseño. Sin embargo, aunque supongamos que eso es verdad, quizá todavía no conocen el emplazamiento del Sol. Las coordenadas espaciales serían sumamente difíciles de traducir y el nombre Sol no significaría nada para ellos. Además, su descripción aproximada coincidiría con las de otros millares de estrellas. De todos modos, está en nuestras manos encontrarlos y exterminarlos antes de que ellos nos encuentren a nosotros. Hemos dado la alerta a todas las naves que están en el espacio para que los busquen y las hemos equipado con instrumentos especiales para detectar objetos pequeños. Estado de guerra. Quizás sea redundante decirlo: Siempre existe un estado de guerra con los extraños.
—Sí, señor.
—Eso es todo, caballeros. Pueden retirarse.
En el pasillo, dos guardias armados esperaban. Cada uno de ellos se colocó a un lado del capitán May.
May dijo rápidamente:
—Don, no digas nada. Lo esperaba. No olvides que desobedecí una orden importante y que el almirante dijo que estaba condenado a muerte. Mantente al margen de esto.
Con los puños cerrados y los dientes fuertemente apretados, Don Ross vio cómo los guardias se llevaban a su amigo. Sabía que May tenía razón; no podía hacer nada salvo meterse en líos mayores que aquel en el que May ya estaba metido y empeorar la situación de su amigo.


Salió casi ciegamente del Edificio del Almirantazgo. Salió y se emborrachó en seguida pero de nada le sirvió.
Tenía la acostumbrada licencia de dos semanas antes de volver a presentarse para cumplir con sus deberes espaciales y sabía que le convendría aclarar su mente en ese período. Fue a ver a un psiquiatra y habló hasta perder la mayor parte de su amargura y su sentimiento de rebeldía.
Volvió a sus libros de texto y se sumergió en la necesidad de una estricta e indiscutible obediencia a la autoridad militar, en la necesidad de una vigilancia incesante a la espera de razas extrañas y en la necesidad de exterminarlas siempre que las encontrara.
Ganó; se convenció a sí mismo de cuán impensable había sido creer que el capitán May pudiera haber sido totalmente perdonado por haber desobedecido una orden, por el motivo que fuese. Incluso se sintió horrorizado por haber consentido en esa desobediencia. Desde luego, técnicamente era intachable; May estaba al mando de la nave y la decisión de regresar a la Tierra en lugar de volar hacia el espacio —y la muerte— provino de él. Como subordinado, Ross no compartía la responsabilidad.
Pero ahora, como persona, le remordía la conciencia por no haber intentado convencer a May de que no desobedeciera. ¿Qué sería del Cuerpo Espacial sin obediencia? ¿Cómo podía compensar lo que ahora consideraba su negligencia culpable, su delito?
Durante ese período miró ávidamente los telenoticieros y supo que, en algunos otros sectores del espacio, habían destruido otras cuatro naves extrañas. Gracias a los instrumentos de detección mejorados, todas fueron destruidas al ser avistadas; no hubo comunicación después del primer contacto.
Durante el décimo día de licencia, puso fin a las vacaciones por decisión propia. Regresó al Edificio del Almirantazgo y pidió audiencia con el almirante Sutherland.
Obviamente, se rieron de él, pero lo esperaba. Logró que llevaran hasta el almirante un conciso mensaje verbal. Simplemente decía: "Tengo un plan que probablemente nos permitirá encontrar el planeta de los extraños sin riesgos para nosotros".
Sin duda alguna, esas palabras le abrieron paso.
Permaneció en posición de firmes ante el escritorio del almirante y dijo:
—Señor, los extraños han intentado contactarnos. No han podido hacerlo debido a que los destruimos al contactarlos, antes de que enviaran un pensamiento telepático completo. Si les permitimos que se comuniquen, existe la posibilidad de que delaten, accidentalmente o de otro modo, el emplazamiento de su planeta natal.
El almirante Sutherland respondió secamente:
—Y lo hagan o no, podrían descubrir el del nuestro siguiendo la nave a su regreso.
—Señor, mi plan cubre esa contingencia. Sugiero que me envíen al mismo sector donde se estableció el contacto inicial... esta vez en una nave monoplaza y desarmado. Solicito que esta misión sea ampliamente difundida a fin de que todos los hombres del espacio lo sepan y sepan que estoy en una nave desarmada con el fin de establecer contacto con los extraños. Opino que ellos se enterarán. Seguramente logran recibir pensamientos a larga distancia pero enviarlos, por lo menos a mentes terráqueas, sólo a distancias muy cortas.
—Teniente, ¿cómo lo ha deducido? No se preocupe, coincide con lo calculado por nuestros lógicos. Dicen que el hecho de que hayan robado nuestra ciencia, por ejemplo para copiar nuestras naves a escala menor, antes de que reparáramos en su existencia demuestra su capacidad de leer nuestros pensamientos a... bueno, a distancia moderada.
—Sí, señor. Supongo que si la noticia de mi misión llega a toda la flota, los extraños se enterarán. Y al saber que mi nave está desarmada, establecerán contacto. Averiguaré que tienen que decirme, que decirnos, y es posible que ese mensaje incluya una pista acerca del emplazamiento de su planeta natal.
—Y en ese caso el planeta duraría un máximo de veinticuatro horas —dijo el almirante Sutherland—. ¿Pero qué me dice de lo contrario, teniente? ¿No existe la posibilidad de que le sigan a su regreso?
—Señor, aquí es donde no tenemos nada que perder. Regresaré a la Tierra sólo si averiguo que ya conocen su emplazamiento. Creo que ya lo conocen gracias a sus habilidades telepáticas... y que no nos han atacado porque no son hostiles o porque son demasiado débiles. Pero sea como fuere, si conocen el emplazamiento de la Tierra no lo negarán al hablar conmigo. ¿Por qué habrían de hacerlo? Lo considerarán un elemento favorable para ellos y creerán que estamos pactando. Si afirman que lo conocen aunque no sea cierto... me negaré a aceptar su palabra a menos que me den pruebas.
El almirante Sutherland le miraba atentamente. Dijo:
—Hijo, usted tiene algo. Probablemente le costará la vida pero... si no es así y regresa con la novedad sobre el lugar de donde proceden los extraños, será el héroe de la raza. Probablemente acabará con mi trabajo. A decir verdad, siento la tentación de robarle la idea y hacer yo mismo el viaje.
—Señor, usted es demasiado valioso. Yo soy sacrificable. Además, señor, tengo que hacerlo. No son honores lo que deseo. Algo me pesa en la conciencia y quisiera compensarlo. Debí tratar de evitar que el capitán May desobedeciera órdenes. Yo no debería estar aquí ahora, con vida. Debimos volar hacia el espacio, dado que no estábamos seguros de haber destruido al extraño.
El almirante carraspeó.
—Hijo, usted no es responsable de ello. En un caso como éste, sólo el capitán de la nave es responsable. Pero comprendo lo que quiere decir. Siente que, en espíritu, desobedeció órdenes porque en su momento coincidió con la decisión del capitán May. De acuerdo, eso pasó y su sugerencia lo compensa, aunque usted mismo no tripulara la nave de contacto.
—¿Entonces puedo hacerlo, señor?
—Puede, teniente. Mejor dicho, puede hacerlo, capitán.
—Gracias, señor.
—Tendrá una nave preparada dentro de tres días. Podríamos tenerla antes, pero necesitaremos esos días para que la flota conozca la noticia de nuestras "negociaciones". Pero debe comprender que bajo ninguna circunstancia se desviará, por iniciativa propia, de las limitaciones que usted ha precisado.
—Sí, señor. A menos que los extraños ya conozcan el emplazamiento de la Tierra y lo demuestren fehacientemente, no regresaré. Volaré hacia el espacio. Le doy mi palabra, señor.
—Muy bien, capitán Ross.

La nave monoplaza volaba cerca del centro del Sector 1534, más allá de Sirio. Ninguna otra nave patrullaba ese sector.
El capitán Don Ross estaba tranquilo y esperaba. Observaba la visiplaca y esperaba a que una voz hablara en el interior de su mente.
Surgió cuando llevaba menos de tres horas de espera.
—Hola, Donross —dijo la voz, y simultáneamente aparecieron cinco minúsculas naves espaciales en su visiplaca.
El Monold le indicó que cada una de ellas pesaba menos de treinta gramos.
Preguntó: 
—¿He de hablar en voz alta o solamente debo pensar?
—No tiene importancia. Puede hablar si desea concentrarse en un pensamiento determinado, pero primero guarde silencio un momento.
Medio minuto después, Ross creyó oír en su mente el eco de un suspiro y luego:
—Lo siento. Supongo que esta charla no servirá de nada para ninguno. Verá, Donross, no conocemos el emplazamiento de su planeta natal. Quizá podríamos haberlo averiguado pero no nos interesaba. No éramos hostiles y, a partir de las mentes de los terráqueos, sabíamos que no podíamos correr el riesgo de ser amistosos. Por lo tanto, si usted obedece órdenes podrá regresar para informar.
Don Ross cerró los ojos un instante. Entonces ése era el fin, no tenía sentido seguir hablando. Había dado su palabra al almirante Sutherland de que obedecería las órdenes al pie de la letra.
—Así es —dijo la voz—. Ambos estamos condenados Donross, y lo que le digamos carece de importancia No logramos atravesar el cordón de sus naves y hemos perdido a la mitad de nuestra raza en el intento. 
—¡La mitad! ¿Quiere decir...?
—Sí, Sólo éramos mil. Construimos diez naves, cada una de las cuales transportaba un centenar. Los terráqueos destruyeron cinco naves; sólo quedan cinco más, las que usted ve, toda nuestra raza. A pesar de que va a morir, ¿le interesa saber algo sobre nosotros?
Don Ross asintió, olvidando que no podían verle, pero debieron de leer en su mente su afirmación.


—Somos una raza antigua, mucho más antigua que la suya. Nuestro hogar es, o era, un minúsculo planeta del compañero oscuro de Sirio; sólo tiene ciento sesenta kilómetros de diámetro. Sus naves aún no lo han encontrado, pero sólo es cuestión de tiempo. Hace muchos, muchísimos milenios que somos inteligentes, pero jamás desarrollamos los viajes espaciales. Ni era necesario ni deseábamos hacerlo. Hace veinte años de los suyos, una nave terráquea pasó cerca de nuestro planeta y captamos los pensamientos de los hombres que iban en ella. Entonces supimos que nuestra única seguridad, nuestra única posibilidad de supervivencia, consistía en un vuelo inmediato hasta los límites más lejanos de la galaxia. Gracias a esos pensamientos supimos que tarde o temprano nos encontrarían, aunque nos quedáramos en nuestro propio planeta, y que seríamos implacablemente exterminados.
—¿No pensaron en combatir?
—No. No podríamos haberlo hecho aunque lo hubiésemos deseado... y no lo deseamos. Para nosotros es imposible matar. Si la muerte de un solo terráqueo e incluso de un ser inferior asegurara nuestra supervivencia, no podríamos causarla. Usted no puede comprenderlo. Un momento... creo que puede hacerlo. Donross, usted no es como los demás terráqueos. Pero volvamos a nuestra historia. Extrajimos detalles del viaje espacial de las mentes de los miembros de esa nave y los adaptamos a la diminuta escala de las naves que construimos. Hicimos diez, las suficientes para transportar a toda nuestra raza. Pero descubrimos que no podemos atravesar sus patrullas. Cinco de nuestras naves lo intentaron y todas han sido destruidas.
—Yo hice una quinta parte: Destruí una de sus naves —informó Don Ross apesadumbrado.
—Se limitó a cumplir órdenes. No se culpe a sí mismo. En ustedes la obediencia está tan profundamente arraigada como en nosotros el odio a matar. Aquel primer contacto con la nave en que usted viajaba fue deliberado; teníamos que cercioramos de que nos destruirían al vernos. Pero a partir de entonces, y de una en una, otras cuatro naves nuestras han intentado pasar y todas han sido destruidas. Reunimos todas las restantes aquí cuando supimos que usted establecería contacto con nosotros desde una nave desarmada. Pero aunque desobedeciera órdenes y regresara a la Tierra, esté donde esté, para informar de lo que acabamos de decirle, no darían órdenes de dejarnos pasar. Todavía hay muy pocos terráqueos como usted. Es posible que en épocas futuras, cuando los terráqueos lleguen al extremo más lejano de la galaxia, haya más seres como usted. Pero ahora, las posibilidades de que logremos hacer pasar siquiera una de nuestras naves son remotas. Adiós, Donross. ¿Qué significa esa extraña convulsión de su mente y la contracción de sus músculos? No lo comprendo. Espere... es el reconocimiento de que usted percibe algo incoherente. Aunque el pensamiento es demasiado complejo, demasiado confuso. ¿De qué se trata?
Finalmente Don Ross logró dejar de reír.
—Escuche, amigo alienígena que no puede matar —dijo Don—, les libraré de esto. Me ocuparé de que atraviesen nuestro cordón hacia la seguridad que desean. Pero lo divertido es el modo en que lo haré. Será obedeciendo órdenes y yendo hacia mi propia muerte. Saldré al espacio extraterrestre para morir allí. Usted, todos ustedes, pueden acompañarme y vivir allí. Sus minúsculas naves no aparecerán en los detectores de la patrulla si tocan esta nave. Y por si eso fuera poco, la fuerza de gravedad de esta nave les empujará y no tendrán que utilizar combustible hasta que estén más allá del cordón y fuera del alcance de sus detectores. Podré recorrer, como mínimo, cien mil parsecs antes de que se agote el combustible.
Hubo una prolongada pausa hasta que la voz en la mente de Don Ross dijo, débil y suavemente:
—Gracias.
Esperó hasta que las cinco naves desaparecieron de su visiplaca y oyó cinco ligeros sonidos cuando hicieron contacto con el casco de su propia nave. Después volvió a reír. Y obedeció órdenes: Voló hacia el espacio y la muerte.

En un minúsculo planeta de una estrella lejana y débil, invisible desde la Tierra, y en el extremo más lejano de la galaxia, cinco veces la distancia que el hombre ha penetrado en el espacio, se eleva la estatua de un terráqueo. Es algo impresionante, de veinticinco centímetros de altura y exquisita factura.
Los bichos se deslizan sobre ella, pero tienen derecho a hacerlo; la construyeron y la honran. La estatua es de un metal sumamente duro. En un mundo sin atmósfera, durará eternamente... o hasta que los terráqueos la encuentren y la destruyan. A menos que, desde luego, para entonces los terráqueos hayan cambiado profundamente.

FIN

2023/10/23

La flota vengadora (Fredric Brown)


Título original: Vengeance fleet
Año: 1950


Vinieron de la impenetrable negrura del espacio y desde una distancia inimaginable convergieron sobre Venus, y lo barrieron. Cada uno de los dos millones de seres de aquel planeta, todos ellos colonos de la Tierra, murieron en cuestión de minutos, y toda la flora y fauna de Venus murió con ellos.
Tal era el poder de sus armas, que hasta la misma atmósfera del planeta tan repentinamente condenado, ardió y se evaporó. Venus estaba desprevenido e inerme, y el ataque fue tan inesperado y sus resultados tan rápidos y devastadores, que no hubo tiempo de hacer un solo disparo defensivo.
Entonces, los atacantes se volvieron hacia el siguiente planeta siguiendo el orden desde el Sol: La Tierra.
Pero no ocurrió lo mismo. La Tierra estaba preparada; por supuesto no en los contados minutos que transcurrieron desde la llegada de los invasores al sistema Solar, sino porque por aquel entonces, el año de gracia 2820, la Tierra se encontraba en guerra con su colonia marciana, que había crecido hasta alcanzar la mitad de la población terrestre y combatía por su independencia. En el instante mismo del ataque a Venus, las flotas de la Tierra y Marte estaban maniobrando para entrar en combate cerca de la Luna.
Pero la batalla terminó más repentinamente que cualquier otra que se hubiese producido en toda la historia de la humanidad. Una flota conjunta de naves terrestres y marcianas, unidas ante la emergencia y el enemigo común, salió al encuentro de los invasores y los enfrentó entre Venus y la Tierra. Eran numéricamente superiores, de modo que los invasores fueron literalmente barridos del espacio... totalmente aniquilados.
En las siguientes veinticuatro horas se firmó la paz entre la Tierra y Marte, en la capital terrestre de Alburquerque. Fue una paz sólida y duradera, basada en el reconocimiento de la independencia de Marte y en una alianza perpetua entre los dos mundos, ahora los únicos planetas habitables del sistema solar, contra cualquier agresión extraña. Y se empezaron a hacer planes para armar una flota vengadora que hallara la nave de los atacantes y los destruyeran antes de que enviaran una nueva flota contra el sistema solar.
Los instrumentos terrestres y las naves de patrulla habían detectado la llegada de los invasores, aunque no a tiempo para salvar Venus, pero la lectura de los instrumentos mostró la dirección desde la cual habían venido los alienígenas, e indicó, aunque no mostrara exactamente tal magnitud, que procedían de una distancia casi increíble.
Una distancia que sería imposible de salvar de no existir el Combustible C-Plus, recientemente inventado, que permitía a una nave acelerar hasta una velocidad mucho más allá de la de la luz. No había sido empleado aún, porque la guerra Tierra-Marte agotó todos los recursos de ambos planetas, y el Combustible C-Plus no tenía tampoco objeto dentro del sistema solar, dado que se requerían enormes distancias para acelerar a mayor velocidad que la de la luz.
Ahora, sin embargo, existía un propósito definido: la Tierra y Marte combinaron sus esfuerzos y sus tecnologías, y construyeron una flota equipada con el Combustible C-Plus, con el objeto de enviarla contra el planeta originario de los invasores y acabar con él. Tomaría diez años realizar el proyecto, y se estimaba que el viaje requeriría diez años más, pero nada hizo decaer los firmes propósitos.
La flota vengadora, no muy grande en número pero increíblemente poderosa en armamento, abandonó Puertomarte en el año 2830.
No volvió a saberse nada más de ella.
No fue hasta un siglo más tarde que se conoció su destino, y ello tan sólo gracias al razonamiento deductivo de Jon Spencer IV, el gran historiador y matemático.
«Desde hace algún tiempo -escribió Spencer- sabemos que un objeto que exceda la velocidad de la luz viaja hacia atrás en el tiempo. Por tanto, la flota vengadora alcanzó su destino, de acuerdo con nuestra cronología, antes de haber iniciado su viaje.
»Hasta ahora no hemos sabido las dimensiones del universo en que vivimos. Hoy, gracias a la experiencia de la flota vengadora, podemos deducirlas. En una dirección, por lo menos, el universo tiene cien millas de largo de un extremo a otro. En diez años, viajando hacia adelante en el espacio y hacia atrás en el tiempo, la flota viajó exactamente esa distancia 186.334.186.334 millas. La flota, siguiendo una trayectoria recta a través de la curvatura natural del universo, circunnavegó éste hasta su mismo punto de partida, donde llegó exactamente diez años antes de salir. Destruyó el primer planeta habitado con el que tropezó y entonces, al continuar hacia el siguiente, su almirante debió reconocerlo y comprender repentinamente la verdad, reconoció también la flota que salía a su encuentro, y al hacerlo dio con toda seguridad la orden de cese el fuego en el mismo instante en que la flota conjunta Tierra-Marte lo alcanzaba.
»Es ciertamente una asombrosa paradoja reconocer que la flota vengadora estaba encabezada por el almirante Barlo, que tuvo a su cargo el mando de la flota terrestre en los momentos en que las flotas combinadas de la Tierra y Marte se unieron para destruir a quienes pensaba que eran invasores alienígenas, y que muchos otros hombres que ocuparon puestos en ambas flotas durante aquel memorable día formaron parte más tarde de la tripulación de la flota vengadora.
»Sería interesante especular qué hubiera sucedido si el almirante Barlo, que fue vencido por sí mismo, hubiera reconocido al final de su jornada a Venus en lugar de destruirlo. Pero tal especulación es fútil, esto no podría haber ocurrido, ya que Barlo ya había destruido anteriormente el planeta, y si no lo hubiera hecho no hubiera ocupado el puesto de comandante de la flota enviada a vengar la destrucción. El pasado no puede alterarse...


FIN

2023/05/15

Refugio en las estrellas (Leigh Brackett)


Titulo original: Retreat to the stars
Año: 1941


Arno iba a penetrar en la gran sala común cuando parpadearon las luces. Uno-dos. Uno-dos. Esto significaba que unas naves aterrizaban en el helado campo exterior. Y las naves sólo podían significar, a su vez, una sola cosa: La escuadrilla de Ralph había regresado.
Se detuvo frente al pasaje por donde la multitud salía, procedente de los dormitorios, los talleres y las cocinas. Todo se paralizaba al parpadear aquellas luces, excepto los incesantes martillazos de la sala en la cual los rebeldes construían la inmensa nave. Arno se quedó contemplando a los hombres que habían dicho No, a las erguidas mujeres, con niños en brazos, a los viejos y los mutilados.
"¡Ellos han cambiado mi mundo!", pensó Arno.
El odio que se asomó por un momento a sus pupilas, dio una calidad marmórea a sus acusadas y hermosas facciones. Aquella gente que se precipitaba al salón para esperar anhelante la llegada de las naves y las noticias de la batalla, formaba una completa disonancia con su mundo ordenado y bien dirigido, con su perenne inquietud, sus herejías paganas, sus sempiternos alborotos.
Se sintió feliz porque gracias a él, ahora de pie en la sombra, el Estado organizaría a su conveniencia el destino de todos ellos.
Marika salió del taller, con el sudor y la suciedad de la oscura labor en sus brazos y piernas desnudos. Arno observó con marcado desdén sus anchas espaldas, su frente clara y despejada, sus autoritarios ojos. Las mujeres de aquellos rebeldes incorregibles le ofendían más aún que los hombres. Pero Marika, ataviada con su simple vestido de piel y su leonina cabellera cayéndole sobre los hombros…
Arno se odió a sí mismo por verse obligado a controlar hasta el más leve impulso hacia Marika. No debía sentir nada por ella. Y no obstante…
-¡Han regresado, Arno! -le gritó ella-. ¡Ralph ha vuelto!
Le cogió del brazo y ambos se abrieron paso hacia la gran puerta. El espía, con la máscara de la amistad sobre su semblante, no pudo impedir una pregunta que le obsesionaba:
-¿Te importaría mucho que Ralph no regresase?
-¡Como ninguna otra cosa de este mundo! -fue la respuesta de Marika-. Pero esta vez ha vuelto. Si alguna vez le sucede algo, lo sabré.
Arno ignoraba cómo, y sacudió la cabeza mentalmente por enésima vez. Aceptaba el mecanismo de las bárbaras relaciones entre hombres y mujeres, pero no lo comprendía. Aunque sólo tenía veinticinco años, había dado al Estado tres hijos y una hija, y no podía concebir que las asignadas parejas experimentasen hacia Arno lo que él no sentía por ellas. Si su vida se apagara, no cambiaría el curso de las suyas. El único deber de una mujer era cuidar de los hijos y la vivienda, cuando el Estado la consideraba capacitada para esta tarea.
El salón estaba ahora lleno, agrupando a siete mil personas silenciosas. El distante fragor de la sala donde construían la misteriosa nave llegaba sumamente apagado.
Arno podía seguir el curso de las operaciones en el exterior con la misma claridad que si las estuviese viendo: Las naves llegadas una tras otra del espacio en tinieblas, aterrizando en el helado aeropuerto sin aire, y luego remolcadas hacia la protección del hangar secreto.
Arno sabía perfectamente que las naves del Tri-Estado, que registraban el sistema solar con el intento de destruir el último refugio de la anarquía, habían pasado por alto a los salvajes troyanos y las estructuras que les albergaban.


Una joven esbelta y morena, con un niño en brazos, se acercó a Marika y Arno. En tanto le sonreía con amistad, saludó:
-Hola, Laura -se sorprendió ante la prodigalidad de los rebeldes. Animosamente, apoyaban, mantenían y amaban a personas incapaces de realizar ninguna tarea, mujeres como Laura, hombres mutilados y otros sujetos indeseables, obstáculos que habrían debido ser eliminados.
-Estoy asustada, Marika -gimió Laura-. Siempre estoy asustada, temiendo por Karl. Ha vuelto, ¿verdad Marika?
-¡Claro que sí! -Marika pasó su brazo por la cintura de la joven-. Escucha. Ahora abren.
La multitud se precipitó hacia delante. Las puertas dobles se abrieron de par en par. Allí, en el umbral, se hallaba Ralph seguido de sus hombres.
Ralph, el caudillo de los rebeldes, no era alto ni bien parecido, ni siquiera de constitución robusta. Pero cuando alguien le miraba, se sentía irremediablemente atraído por la fascinación que emanaba de él, por el vigor, por la fortaleza que se desprendía de toda su persona, por el brillo de sus ojos azules, por la vibración de su voz, por la sonrisa cínica de su boca. Su personalidad no podía olvidarse.
Ralph no sonreía en aquel momento. Y la multitud comprendió al instante que algo había salido mal. Ralph estaba pálido, agotado, sin afeitar. Arno sintió el latido de excitación de sus sienes. Sabía lo que iba a ocurrir.
En el salón estalló una oleada de clamores, de preguntas, de nombres. Ralph levantó una mano y el clamor se extinguió.
-¡Hemos perdido tres naves! -anunció quedamente, si bien su voz llegó a todos los rincones-. Las de Vern, Parlo y Karl. El ataque ha sido un fracaso.
Hubo un momento de angustioso silencio. Arno observó la mortal palidez del rostro de Laura, y cómo Marika dejaba caer súbitamente el brazo con que rodeaba a la joven. Una mujer sollozó y un niño se puso a gimotear.
Un hombre, uno de los científicos rebeldes, vociferó entonces:
-¡Maldición, Ralph, es ya la tercera vez! ¡Si queremos continuar la resistencia necesitamos provisiones, equipo, material!
-Lo conseguiremos -replicó Ralph. En su mirada se leía una profunda obstinación-. Por ahora, tendremos que resistir con lo que tenemos. Pero volveremos a intentarlo.
Se volvió hacia Marika mientras sus hombres se mezclaban con la multitud.
-Pobre chica -murmuró mirando a Laura-. ¡Y ojalá hubiese sido yo!
-¡No! -exclamó Marika-. ¡Tú no! ¡Tú jamás! ¡Siempre sería demasiado pronto!
Le besó con una fiebre extraña y amarga. Ralph sonrió.
-El luto te sentaría bien -replicó en son de burla-. ¿No quieres ser la viuda de un héroe? -y le devolvió el beso.
El hijo de Laura estaba llorando. Ralph lo cogió, para confiarlo a Marika, y acto seguido tomó del brazo a Laura.
-Vamos, tengo hambre -concluyó Ralph- y he de afeitarme. ¿Quieres llamar a Frane y al padre Berrens, Arno?
-Sí, Ralph.
La máscara de Arno resplandecía de triunfo. Ralph había perdido tres naves. Treinta hombres en total, hombres y naves que necesitaba en grado sumo.
¡Estúpidos, pensar que podían enfrentarse con el Estado! La cicatriz de su frente, colocada allí por los hábiles cirujanos del Tri-Estado, enrojeció con el flujo de sangre a su cerebro, y Arno se llevó una mano a la cabeza para ocultarla, por temor a que le traicionase. Aquella cicatriz impedía que lo destinasen a un puesto de combate, pudiendo de este modo permanecer en la base, donde era más fácil obtener y pasar información.
Antes de avisar a los individuos que, junto con Ralph, regían los destinos de la base de Troya, y por tanto todo el Sistema de los rebeldes, Arno se retiró a su morada. Oculto en la gruesa hebilla de su cinto había un diminuto pero potente transmisor que operaba con una longitud de onda variable automática cada cuatro segundos. Sólo el receptor del Protector, en la Tierra, podía sintonizarla.
Arno dio su clave de llamada y esperó la llegada de la voz fría, precisa e impersonal del Protector del Pueblo, caudillo de todas las actividades antirrevolucionarias del Tri-Estado.
-Hay mucho alboroto por el fracaso del ataque -notificó entonces-. Necesitan provisiones de metal para las reparaciones y combustible. Ahora estoy más próximo a su centro de actividades; Ralph y Marika, en particular, son amigos míos. Transmitiré la información que vaya obteniendo.
-¿Todavía no has descubierto el secreto de la nave que están construyendo?
-No. Lo guardan con mucho sigilo.
-¿Ni la situación de su cuartel general planetario?
-No.
-Estos puntos son muy importantes. La destrucción de los anarquistas debe de ser completa, hasta el último hombre -la voz del Protector se alteró hasta un leve toque de emoción-. Tú gozas de una posición privilegiada. El Estado se vería dificultado, en estas circunstancias, para remplazarte. Recuerda tu deber, tu fe, y ten cautela. No debes fracasar.
El contacto quedó interrumpido con un chasquido, y Arno tuvo conciencia de un pequeño escalofrío de inquietud. Era extraño que durante aquellos ocho meses no lo hubiera advertido. Acostumbrado desde la cuna a considerarse como simple pieza más o menos eficiente de una máquina, remplazable en cualquier momento, no comprendió hasta qué punto había cambiado su condición. Sintió vértigo durante un instante, como si el duro suelo en el que se asentaba hubiese cedido de repente.
Después se recobró. No fracasaría. El Estado le había clasificado como Cerebro Tipo 1-4-C, el mejor adaptado a esta clase de trabajo. El Estado le había proporcionado una formación y un destino. No podía fracasar. Lo único que debía hacer era cumplir las órdenes.


Veinte minutos más tarde se hallaba en el cubículo que servía de hogar a Ralph y Marika. Frane, el jefe del grupo científico, estaba sentado en una butaca de metal procedente de una nave destruida; era un individuo de cabellos grises y aspecto fatigado. Berrens, el jefe civil, ocupaba la mesa. Era un sacerdote de la religión pagana, y en torno a la garganta lucía un pedazo de paño como insignia de su cargo. Su delgado cuerpo mostraba las señales de la mala alimentación colectiva, pero su mentón y sus ojos eran obstinados, y tenía la boca torcida en una sonrisa que jamás se borraba. Ralph, con su habitual nerviosismo, recorría la estancia, chupando afanosamente su estropeada pipa.
Arno se acomodó junto con Marika en los restos de un desvencijado sofá. La joven había cambiado la túnica de piel del trabajo por un remendado vestido de color escarlata que ofendía la vista de Arno, aunque despertaba en él una desconocida sensación. De vez en cuando, sus miradas se encontraban durante una fracción de segundo. Era aquella joven tan distinta de las insípidas mujeres de anchas caderas de su mundo. Arno intuía en ella feminidad y fortaleza, patentes en todas las líneas de su cuerpo.
La joven no apartaba casi nunca la mirada de Ralph. ¿No era muy extraño que una mujer mirase de tal modo a su marido?
Ralph, de pronto, dio media vuelta.
-Lo siento, Arno. Consejo de Guerra. Ven luego a cenar con nosotros.
-De acuerdo -Arno sonrió y se puso de pie. Marika le imitó.
-Saldré contigo. Estoy preocupada por Laura.
La puerta se cerró a sus espaldas, impidiéndoles escuchar el Consejo. Arno sintió furor por un momento. Si al menos consiguiera enterarse de los puntos importantes en vez de los detalles que descubría gracias a alguna observación casual de Marika.
La mujer suspiró y se echó hacia atrás la atezada cabellera con sus manos encallecidas por el trabajo.
-¡Era tan maravilloso en los viejos tiempos! ¡Vivir en casas auténticas, andar sobre tierra con la luz del sol y con aire para respirar! ¡Poseer bellos vestidos y medias de nylon, y hacer algo más que trabajar, sentir angustia, jugarse la vida cada mañana!
Su vehemencia le sobresaltó.
-Pero, Marika…
-Hace dos mil años. ¿Por qué no pude nacer dos mil años antes?
Aquello aturdió a Arno. ¿Cómo era posible que Marika considerase el siglo XX como la época anterior a las tinieblas, cuando él creía lo contrario? En el siglo XXI, los últimos rebeldes de la Tierra huyeron a Venus, desde allí a Marte, y más adelante al asteroide donde ahora se ocultaban. La fuerza del Estado de la Tierra los había acosado, perseguido por sus herejías, sus anarquías, su malvado individualismo.
Ahora reinaban la paz y el sistema por todas partes, excepto en algunos ignorados rincones de los planetas y en aquel diminuto asteroide que, gracias a él, el Tri-Estado pronto destruiría.
-¿Qué sensación producirá -continuó Marika- el estar bien alimentado, bien vestido y poder besar al marido cuando se marche sabiendo que volverá?
Le tembló la boca y había lágrimas en sus pupilas. El corazón le dio un vuelvo al desconcertado Arno. Pero se rehízo con firmeza.
-¿Qué hará Ralph ahora?
-¡Luchar! -repuso Marika con decisión-. ¡Saldrá de nuevo, una y otra vez hasta morir, como Karl! -calló y miró a Arno, casi con desafío bajo la débil luz de radio-. Me gustaría llorar, Arno. Me estoy conteniendo, pero ya no puedo más. Se trata de una batalla perdida. Y Ralph no tardará en morir. Como todos nosotros. ¡Y ya no puedo sentirme valerosa!
De repente se echó a llorar tapándose el rostro con las manos apoyadas en el hombro del espía. A su pesar, éste sintió como un chasquido en la armadura que rodeaba su cerebro, y vio al asteroide tal como era: Una tumba de esperanzas muertas, de gloria fenecida, de vida inerte. ¿Por qué luchaban, si lo sabían?
Rodeó a Marika por la cintura. No recordaba haberlo hecho nunca. La joven era como un animal, cálido y lleno de vitalidad.
Arno apartó las manos con súbito temor. Era como si retrocediese al borde del abismo, al borde de lo ignoto. Calló mientras ella dejaba correr libremente las lágrimas, hasta que recobró el dominio de sí misma y se apartó de él. A Arno le dolían los dedos que la habían acariciado.
Marika se llevó las manos a sus enrojecidos ojos y lanzó un juramento.
-¡Maldita sea por comportarme como una estúpida! Pero ahora me siento mejor. Creo que una mujer tiene que llorar de vez en cuando, aunque sea de forma mecánica. Pero no se lo digas a Ralph. Gracias, Arno.
La vio desaparecer por el corredor, en busca de Laura. Su vestido rojo resplandecía en la penumbra, al igual que su dorada cabellera. Arno trató de pensar en el Consejo, en su deber. Pero su mirada continuó siguiendo a Marika.


Al otro lado de la puerta cerrada, Ralph continuaba paseando incansablemente, envuelto en una nube de humo.
-Algo va mal -decidió-. Con esta nueva pintura invisible teníamos que estar a salvo, ya que las naves no son magnéticas. Pero nos acorralaron, como si conociesen nuestra presencia allí.
Ambos individuos le miraron agudamente.
-¿Sabes lo que estás insinuando?
-¡Lo sé! -Ralph se apartó el cabello de la frente con nerviosos dedos-. Es increíble que uno de los nuestros… No, el Tri-Estado puede haber enviado un espía.
-Una posibilidad. Remota, pero una posibilidad -el padre Berrens meneó la cabeza con desconsuelo.
-Si hay un espía -afirmó Frane-, tenemos que descubrirlo rápidamente. Necesitamos provisiones.
-¿Cuánto tiempo podemos resistir sin ellas, Frane?
-Tres semanas, quizá un día o dos más. Pero no más tiempo.
-¡Dios mío! -el huesudo rostro de Ralph se tensó. Aquello era un golpe para su corazón-. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
-Estás haciendo cuanto puedes -le contestó el padre Berrens-, y no queríamos angustiarte más.
-¡Tres semanas! ¿Tan cerca estamos del fin? ¡Pelear dos mil años y ahora! ¡Tres semanas!
Berrens esbozó una sonrisa.
-¡Conseguirás el triunfo en el próximo ataque!
-¿Y si no es así? ¡Si no es así! -Ralph volvió a su paseo, cansinamente, con una sensación de futilidad en su interior. La habitación permaneció unos instantes en silencio. Por fin, Ralph volvió a hablar-: La nave, Frane. Tiene que estar dispuesta en diez días.
Frane asintió.
-Triplicaré los turnos. Tenemos que poner el metal en la cúpula.
-Lo que sea, mientras podamos seguir respirando. ¡La nave tiene que estar lista dentro de diez días!
-Tal vez -opinó Frane, sombríamente- sería mejor convocar a los nuestros de las bases planetarias, sin aguardar.
-No. Este Sistema Solar nos pertenece. ¡Y no pienso rendirme sin luchar!
-Pero has combatido ya tanto, Ralph -la voz del padre Berrens sonó infinitamente fatigada-. El Tri-Estado tiene veinte siglos de experiencia en su favor. Y es difícil romper esta barrera. Los suyos poseen casas y alimentos. Cuando el estómago de un hombre está lleno es difícil destruirle, aunque no posea cerebro ni alma.
-De acuerdo. ¡Pero, maldición! -Ralph se detuvo mientras sus pupilas recorrían el cuarto-. ¡Tenemos que continuar! Su maquinaría se detendrá por su propio impulso. Han perdido ya a sus mejores cerebros. Empiezan a estancarse, y el estancamiento significa regresión. Sin su ciencia no habrían podido resistir estos dos mil años. Ni dos siglos. Y ahora empieza a fallarles la ciencia. Durante los últimos noventa años no han producido nada nuevo.
-Si pudiéramos resistir un poco más -Frane apretó los labios.
-No es posible luchar sin hombres ni armas.
-¡Sí, con los hombres que nos queden! Yo conseguiré el metal que necesitamos. Denme cuatro horas de sueño, y volveré a salir. ¡Esta vez atacaremos Titán!
-¡Titán! ¡Estás loco, Ralph! Es el centro minero más poderoso del Sistema. ¡Te destruirán!
-Tal vez. Pero no se inquieten por nada. Iré solo, en el viejo Sparling.
Ralph sabía, como los otros, que tenía una probabilidad entre mil. El Sparling era una reliquia de los viejos tiempos, un complicado mecanismo de combate capaz de ser controlado por un solo hombre, equipado con rayos de tracción desde la base. Pero para gobernarlo era preciso un superhombre. Era una nave temperamental y engañosa que poseía una infinidad de tretas. Por esto no habían construido ninguna más de aquel tipo al cabo de la primera docena. Y habían perdido nueve en un mes.
-No me buscarán cerca de Titán -siguió Ralph-. Allí existirá menos peligro de que detectasen una sola nave. Si no regreso en diez días, procedan a la carga.
-Prueba una vez más con el escuadrón -insistió Berrens.
-Ya no nos quedaría tiempo, si fracasamos. Y tal como se han desarrollado los tres últimos ataques, de nada serviría tampoco. Entiendan bien que nadie debe saber cuando parto, ni dónde. Ni siquiera Marika.
-Pero si aquí hay un espía -intervino Frane-, el Tri-Estado conoce la situación de la base. ¿Por qué simplemente no nos bombardean?
-Quieren información. Aunque todavía pueden bombardearnos. Confiemos en que no lo hagan. Lo mejor, mientras tanto, será descubrir al espía. Desenmascararlo. ¡Y prepárenlo todo, sin esperarme!
El padre Berrens meneó la cabeza. A menos que ocurriera un milagro, no conseguirían atrapar a un espía diestro en menos de tres semanas, cuando había conseguido librarse de toda la vigilancia y penetrar en la base.
-Parece un caso perdido -admitió-. Pero lo intentaremos, Ralph. Ten cuidado y regresa, por el bien común.

Cuatro horas más tarde, Arno, que estaba comprobando una serie de informaciones para el comisario, y satisfecho por la carestía de materiales, levantó la vista y vio a Marika junto a su mesa. Estaba muy pálida y rígida, con las manos cruzadas, y muy tenso el rostro.
-Arno, Ralph se ha marchado. No me dijo donde, pero he hablado con sus ayudantes. Se ha ido solo y he descubierto que falta de la base el viejo Sparling. ¡Oh, Arno, estoy asustada!
¡Ralph había partido para un ataque solitario! Tenía que comunicárselo al Protector. Representaría su papel de amigo de Marika hasta que la joven se marchase y entonces…
¿Por qué una mujer tenía que experimentar aquellos sentimientos hacia un hombre? ¿Cuál era la bárbara emoción que el Estado había prohibido a sus vasallos?
Arno llevaba ya ocho meses viviendo entre los rebeldes, y los estudiaba con la actitud impersonal que un científico contempla a los microbios. Arno había sido una maquinaria fría y eficiente que cumplía las órdenes recibidas del mejor modo posible. Y no entendía a los rebeldes, ni deseaba entenderles. Toda su devoción era para el Estado, para la voluntad del Estado, para las necesidades del Estado.
Pero la maquinaria que encerraba Arno, de repente, no respondía como debiera. Sentía impulsos extraños y una fuerza que le asustaba, porque era completamente indescifrable para su filosofía.
-Arno -susurró Marika-, estoy asustada. Lo he estado a menudo. Ya no soy fuerte. Ralph se ha ido. Morirá.
"Es una rebelde -pensó Arno-. Se cree superior al Estado".
Se dijo también que sólo por representar un papel, había avanzado hacia la joven. Ésta le tendió los brazos con naturalidad, como una niñita que necesita consuelo. Arno sintió como la vida insuflaba poder a aquel cuerpo, y experimentó de nuevo aquel impulso interior. Los labios de Marika estaban muy cerca de los suyos, como una roja cicatriz en su cara de mármol.
La besó. Y tuvo un acceso de horror, de odio hacia sí mismo. Jamás había besado a una mujer. Era una traición, una debilidad, un desafío al Estado.
Se apartó bruscamente y ella continuó de pie, contemplándole.
Arno cerró la puerta y sacó el transmisor de su cinto. Dos veces empezó a formar la clave y dos veces detuvo sus manos. Se sentía irritado por su vacilación, pero el rostro de Marika se hallaba entre él y la radio. ¿Y si Ralph no regresase?
¿Haría Marika como Laura, como las demás mujeres que habían perdido a sus maridos? ¿Por qué le importaba a él? Se sintió aturdido, perdido, estremecido.
El diminuto transmisor en su mano le contemplaba acusadoramente, y tuvo que afirmar el pulso para que no cayese al suelo. Los rebeldes y sus bárbaras costumbres no eran cosa suya. El Estado le había dictado unas órdenes. Y todo el objetivo de su vida se concentraba en la servidumbre al Estado, sin formular preguntas ni albergar idea alguna.
Las palabras del Credo aprendido en su infancia volvieron a su memoria:

Creo en el Estado que me protege, y reniego de todas las demás creencias. Ojalá mi vida se pierda toda en la obediencia y el servicio.
¿Qué mayor gloria para un hombre que servir al Estado?

La voz de Arno sonó segura cuando habló con el Protector del Pueblo.
-El caudillo de los rebeldes ha partido solo para un ataque solitario en una nave anticuada, una Sparling. Destino desconocido, pero los rebeldes necesitan provisiones desesperadamente.
-Avisaremos a todas las minas -asintió el Protector-. Continúa cumpliendo las órdenes.


Frane cumplió su palabra. Se triplicaron los turnos, trabajaron todos, hombres, mujeres, adolescentes. Pese a su fingida herida en la cabeza, Arno fue declarado apto para tareas ligeras y enviado al taller.
Debido a la premura, se apartó gran parte del velo del secreto. Sólo se mantuvo en silencio el objetivo de la nave y el diseño de sus motores.
Arno soltó un respingo a la vista de la nave. Era enorme. Calculó que podía albergar a más de diez mil personas y provisiones concentradas. No había visto nunca nada igual, ni siquiera en los talleres del Tri-Estado.
Pero la gente murmuraba. Los rebeldes eran terriblemente murmuradores, ya que podían hablar como quisieran, y dejaban circular toda clase de rumores. La nave era un arma ofensiva. Estaba destinada a destruir los planetas. Iba a convertirse en un mundo flotante. Iba a recorrer los caminos planetarios, destruyendo las naves del Tri- Estado.
Arno comunicó todo esto a la Tierra, pero no se acercó a la verdad. Transcurrieron nueve días sin noticias de Ralph. No había comunicación por radio entre la nave y la base, porque hubiera permitido al enemigo descubrir la situación de Troya. Se acortaron las raciones. El combustible para la luz y el calor se redujo al mínimo, pero los sintetizadores de alimentos no cesaban de funcionar constantemente. Las cúpulas quedaron desprovistas de todo el metal que contenían, excepto los muros y las unidades de bombeo. Las fraguas trabajaban día y noche. Interminables riadas de hombres y mujeres trabajaban, transportaban, remendaban, ajustaban. El sueño quedó reducido a un período de cuatro horas, del todo insuficiente para los agotados cuerpos.
Y al décimo día, la nave quedó terminada.
Los hombres se dejaron caer al suelo, exhaustos. Frane y el padre Berrens conversaron con Marika bajo la enorme envergadura de la nave, y Arno, que procuraba siempre no alejarse de su fuente de información, escuchó el diálogo.
Pero no había mucho que oír.
-Diez días -dijo Frane, tristemente-. Tendré que convocarles.
Marika, demasiado agotada para experimentar ninguna emoción, los miró fijamente.
-Ralph no ha vuelto, ¿verdad?
El padre Berrens le puso una mano en la espalda.
-Todavía no es demasiado tarde. Esperaremos dos semanas.
Arno no apartaba los ojos del rostro de Marika. ¿Convocar a quién? ¿Esperar qué? Debía permanecer al acecho e informar cuidadosamente. Los rebeldes planeaban un intento desesperado, y el Estado debía recibir el aviso.
Recordó las palabras del Protector: No debes fracasar.

El Sparling flotaba inmóvil, como fina mota invisible en medio de las espantosas tinieblas. Saturno giraba sus relucientes anillos contra el infinito. Ralph, entumecido por los catorce días de encierro, con los ojos enrojecidos por la falta de sueño, estaba inclinado sobre la pantalla del telescopio en medio de una asombrosa maraña de instrumentos.
Estaba siguiendo a Titán, vigilando los cohetes transportadores de minerales que despegaban del planeta. Durante los diez días de su acecho, ninguna nave había despegado con escasa escolta, por lo que su ataque carecía de suficiente posibilidad de éxito.
-Debe haber un espía en la base -exclamó en voz alta por enésima vez.
El sonido de su enronquecida voz al resonar en las paredes de metal, pareció aliviar el pesado silencio que le rodeaba.
"El espía ha conseguido informaciones importantes, pero tampoco las necesita. Con los movimientos generales, el Tri-Estado puede sabotear todas nuestras operaciones. ¡Oh, Dios mío, haz que Frane y Berrens no le permitan sabotear la nave!"
La boca de Ralph se torció en una cínica sonrisa.
"El espía no podrá sabotear la nave. Si no posee una bomba atómica, no podrá afectarla, y es imposible la existencia de una bomba atómica en la base, ya que los detectores la habrían descubierto. Lo único que puede hacer…"
Sacudió la cabeza para descartar aquella espantosa posibilidad. Ni por un segundo debía pensarlo. No, todo iría bien. Dios no les abandonaría, no después de tantos siglos de lucha.
Sin hacer caso del hambre que le atormentaba, concentró su atención en el telescopio. Permitió que una de sus cápsulas nutritivas se disolviera lentamente en su boca, recordando lo que había leído en los libros antiguos. Filetes calientes, verduras frescas, frutos jugosos. Aquella idea le hizo agua la boca. Se tragó la pastilla apresuradamente, lanzando una maldición.
A través de la pantalla pudo divisar la Tierra, Venus y Marte flotando en sus amplias órbitas en torno al diminuto y distante Sol. Ralph había nacido en la base de Troya. Jamás había visto la luz solar, ni el azul del cielo, ni la hierba, ni respirado otro aire que el procedente de los tanques químicos. El Estado se lo había prohibido al pueblo, excepción de los rebeldes ocultos en oscuros rincones de algunos planetas.
"Algún día volveremos a gozar de lo que nos pertenece."
Sus inquietos ojos azules, cuyo fuego brillaba ya de manera mortecina, volvieron a concentrarse en Titán. El cronómetro señaló otra hora. Cinco transportadores de minerales surgieron al vacío, pesadamente cargados. El sueño terminó por apoderarse de él. Y cuando se despertó había transcurrido el día decimoquinto.
"Tengo que regresar. Me quedan cuatro días para volver."
Maldijo amargamente. Era duro tener que rendirse al cabo de tanto tiempo, verse derrotado por unas cuantas toneladas de metal. A pesar suyo, su mano se dirigió a la palanca de arranque.
Y entonces se inmovilizó. Procedente de Titán, cruzó por la pantalla una llamarada.
Un transporte de mineral, acompañado sólo por tres naves. ¡Una oportunidad!
¡Una tentadora oportunidad!


Demasiado tentadora. ¿Cómo era posible que aquel transporte sólo estuviera custodiado por tres naves, cuando los demás disponían del doble? Tal vez fuese una trampa. Era evidente que desconocían su presencia, pero podían proceder de modo idéntico en las demás minas. Podían haber ordenado relajar la vigilancia, a fin de sorprenderle y atraparle con más facilidad.
Recordó la nave de Troya y lo que significaba para él. Pensó en Marika, sobre todo en ella. Y de nuevo contempló aquellos tres planetas que antaño habían sido suyos y el transporte de mineral que significaba la posibilidad de que volvieran a serlo. Sabía que tenía razón al odiar al Tri-Estado. Si al menos pudieran resistir.
-Vamos, cariño -animó a su vieja nave-. ¡Veamos qué puedes hacer!
Como un meteorito, se lanzó contra el transporte, con las manos fuertemente asidas a las palancas del cuadro de mandos. Una nave estalló en llamaradas bajo su rayo. Un nuevo disparo fundió los tubos del transporte, privándolo de toda iniciativa.
El Sparling vomitaba rayos bajo el control de sus manos. Pero también se movía engañosamente. Ralph soltó una maldición mientras se dirigía hacia otra nave. La tercera maniobra preparando sus tubos de disparo. El rayo de la muerte de Ralph surgió súbitamente. La nave, alcanzada, retrocedió arrastrando a sus muertos tripulantes hacia el vacío.
El Sparling se ladeó frenéticamente, y el disparo sólo lo alcanzó en la parte inferior. Pero Ralph gritó por efecto del insoportable calor. Medio ciego, condujo la nave hasta un lugar seguro, y se dispuso a lanzar el ataque final.
Y entonces las distinguió; naves del Tri-Estado que despegaban de las bases en las lunas de Saturno. ¡Era una trampa! Ya no podía defenderse. Imposible enlazar un rayo de tracción al transporte de mineral. Sólo podía huir. ¡Huir y rezar!
El Sparling bailoteaba sin rumbo. Ralph lo maldijo, maldijo a quien lo inventó, y se maldijo a sí mismo por su locura. Un disparo efectuado en un ángulo inverosímil dejó a la tercera nave fuera de combate con los tubos fundidos.
Un rayo rozó su estructura, calentando la nave casi al rojo vivo, y luego quedó en libertad.
Ralph aceleró la velocidad del Sparling, pero éste se bamboleaba. Uno de los rayos había perjudicado algún filamento de sus intrincados controles. Ralph oyó una alteración en la rítmica vibración de la nave, la cual comenzó a derivar alocadamente. Las naves del Tri-Estado se aproximaban con fatídica rapidez.
Por un momento, Ralph permaneció sentado, con las manos extendidas sobre las palancas. Al fin y al cabo, sabía que tenía que llegar aquel momento. Había hecho elección por su libre albedrío, plenamente consciente. Era peor que el infierno, ahora que el momento había llegado, sabiendo que Marika le esperaba, sabiendo que la nave estaba a punto. Pero…
Ahora podía ya permitirse aquel lujo. Se tragó el resto de las cápsulas y abrió plenamente el tanque de oxígeno. Al menos, moriría con el estómago lleno y con aire en los pulmones.
Obligando a la nave a dar media vuelta, se encaminó como una flecha hacia Saturno y las naves enemigas.
Torció la boca y con su ronca voz dijo, sin emoción alguna:
-¡Abre las escotillas, Dios, que ahí va un hombre libre!

El día decimoctavo había tocado a su fin. Las cúpulas estaban frías hasta un extremo insoportable. El aire estaba viciado. Una bomba había cesado de funcionar, de forma que los diez mil hombres, mujeres y niños jadeaban pesadamente en los talleres y el hangar. Oculto tras una columna, Arno hablaba en voz baja.
-Todos están aquí. Todo el personal de las bases planetarias. La última nave llegó hace una hora. Todavía se desconoce el objetivo de esta enorme nave, pero se ha completado la carga. Están aguardando a Ralph, pero dentro de los dos días próximos ejecutarán su plan previsto, sea cual fuese. Apenas les queda combustible.
Sin poder refrenarse, poco después preguntó:
-¿Ha muerto Ralph?
-Sí -la voz del Protector del Pueblo sonó fría y precisa-. No es necesario conocer el objetivo de la nave. Puesto que toda la población rebelde del Sistema se halla ahora en la base de Troya, puede ser destruida de un solo golpe.
Arno asintió. Esto, naturalmente, significaba una flota y bombas. Su tarea había terminado.
-¿Cómo saldré de aquí, Excelencia?
Hubo una leve nota de sorpresa en la voz del Protector.
-¿Salir? La tarea para la cual se te eligió y que se te encomendó ha terminado. El Estado ya no te necesita.
Bruscamente, el pequeño transmisor calló. Arno lo miró, mientras se le nublaba la vista.
Era lógico. Había dado tres hijos y una hija al Estado. Ya había cumplido con su deber. Era únicamente una pieza del engranaje que carecía de utilidad. Y el Estado no conservaba las piezas inútiles.
La Tierra era la base más próxima del Tri-Estado, un vuelo de dos horas para los veloces bombardeos en la actual intersección orbital. Dos horas. Los rebeldes esperarían a Ralph hasta el último instante, sin saber que estaba muerto. Lo cual significaba al menos otro día.
¡Dos horas! ¡Si al menos hubiese sido inmediato! Pero la espera, la tensión…
Las bombas destruirían las cúpulas, convirtiéndolas en polvillo cósmico, y con ellas el asteroide entero. Dos mil años de revueltas y agitaciones terminarían, y reinaría la paz en el Tri-Estado.
La nube que le rodeaba fue afianzándose a medida que Arno comprendía la verdad, la lógica e irrefutable verdad. Ya no era nada. Su utilidad para el Estado había concluido. ¿Qué importaba que muriese?
Continuó contemplando la silenciosa radio. Vio la mano que la sostenía, una mano fuerte y juvenil, llena de nudos y tendones, con la sangre circulando generosa bajo la piel.
Su mano. El Tri-Estado la dirigía, pero era él quien sentía el dolor si era herido.
El transmisor se aplastó contra el suelo, pero Arno no se dio cuenta. Estaba contemplando su cuerpo como si jamás lo hubiera visto, pasándose los dedos por los muslos, sintiendo la respiración de sus pulmones, escuchando la pulsación de su sangre en las venas. Y entonces desvió la mirada hacia las vastas y carcomidas cúpulas, a los diez mil hombres, mujeres y niños que aguardaban bajo la inmensa estructura de la nave.
Un grupo de jóvenes estaban canturreando a su derecha una antigua, muy antigua canción prohibida concerniente a una chica llamada Susana. Algunas familias -una palabra anárquica jamás oída en el Tri-Estado- se apretujaba entre sí, hablando en voz baja. Arno escudriñó sus rostros, cada uno de ellos diferente. No había unidad de facciones en los hombres ni en las mujeres ni en los jóvenes. Eran diez mil personas.
Arno se aferró firmemente a su credo. Y entonces comprendió que aquella gente también poseía un credo y lo servía con el sacrificio de sus vidas. Como Karl. Como Ralph. Ralph, cuyo regreso aguardaban aquellas diez mil personas.
¡Dos horas! ¿Qué pensarían estas diez mil personas de saber que dentro de dos horas morirían? Quizá no fuese así. Sabían que la nave significaba algo extraño, que representaba algo casi imposible. Pero tenían que morir.
El Estado elige, el Estado forma, el Estado ya no te necesita.
Arno se llevó las manos a la cabeza para ahogar una blasfemia, y aquel contacto le tornó consciente de su propia carne.
Se zambulló en un mar de humanidad, tropezando con miles de piernas y abriéndose paso a codazos.
La cabellera dorada de Marika y sus anchos hombros surgieron de entre aquella masa, debajo de la nave, y Arno se dirigió hacia ella.
Los cuerpos y los ojos que le contemplaban poseían cerebros. Podía sentir la tensión que reinaba bajo la cúpula, la extraña oleada de vida que palpitaba siempre en una multitud.
Los hombres le maldecían al tropezar con ellos, pero debía llegar hasta Marika.
No sabía por qué, pero era su deber.
Vio a Laura al lado de la joven, con su hijo en brazos. Estaba hablando con Marika. Ésta besó al niño y sonrió.
"Le he dado tres hijos al Estado -pensó Arno en voz alta-, pero jamás he besado. Era sólo un deber."
¡Un deber! Ahora su deber era morir por el Estado. El deber tan asimilado que jamás pensó en él de manera subjetiva. ¿Cómo era posible que aquellos rebeldes le hubieran envenenado?
Se acercó a Marika.
La joven estaba pálida, tenso el semblante.
-¿Qué te ocurre, Arno? -se interesó ella-. Pareces enfermo.
-No lo sé.
La miró, y de repente supo qué le pasaba. Lo había leído en los antiguos libros que comprendía su formación. Estaba enamorado.
Los bombarderos del Tri-Estado ya surcaban el espacio. Su deber era claro. Pero estaba enamorado. ¡Enamorado, como un rebelde pagano!
La poderosa mano de Marika le asió de la camisa, estremeciéndole.
-¿Qué te pasa, Arno? ¡Dímelo!
No podía mirarla a los ojos. Y entonces la voz del padre Berrens resonó en el audífono, y todas las cabezas se giraron a escuchar.
-Ha llegado el momento de explicarles por qué los hemos convocado, y el motivo de construir esta nave. Lo hemos mantenido en secreto por dos razones. No queríamos que existiese la menor posibilidad de que el Tri-Estado pudiera enterarse, y no veíamos motivo para inquietar a todos nuestros amigos mientras alentara aún una esperanza de utilizarla. Pero ahora…
"Los bombarderos. ¿Cuánto tiempo?", pensó Arno.
-Esperaremos a Ralph hasta el último minuto -prosiguió el padre Berrens-, pero debemos estar preparados. Dentro de cuatro horas empezará el traslado a la nave. Por favor, escúchenme y traten de comprender. ¡Tengan fe y valor! Van a necesitar ambas cosas más que nunca.
»Durante dos mil años hemos combatido contra la tiranía, contra la destrucción de Dios y del hombre como individuo. Hemos sido débiles, y el Estado poderoso. Al principio, esperamos demasiado. Ahora, cuando parecía surgir una oportunidad, cuando la maquinaria del Estado empezaba a fallar, debemos irnos de aquí por culpa de unas toneladas de metal.
»Si es cierto que hay un espía entre nosotros, le felicito. El Estado sabrá recompensarle bien. Nuestros hombres han muerto como valientes, pero no disponemos de metal. La única salida que nos resta es huir, o morir a manos del Estado.
Arno le escuchaba como a través de una bruma. Los minutos iban transcurriendo a cada latido de su corazón. Sus latidos, los latidos que el Estado podía destruir, pero no controlar.
La mano de Marika seguía aferrada a la suya. Laura estaba de pie, inmóvil a su lado, con el gimoteante niño en sus brazos. Podía intuir la tensión de aquellas diez mil personas que escuchaban en completo silencio.
-¡No hemos de esperar más a Ralph! -gritó.
No quería decirlo. Pero lo hizo porque Marika le estaba mirando. La mano de ella se contrajo en la suya.
-¿Por qué no, Arno?
-Por nada. Fue una tontería.
-¿Tontería? Cuando él está fuera solo, luchando. Arno, ¿qué sabes?
Ahora las manos de Marika le dolían, como aquel día en que ella sollozó en el vestíbulo.
Poco después, hasta el dolor desaparecía.
El Estado ya no te necesita.
¿Y si no fuese así? ¿Y si él, Arno, quisiera su cuerpo y conocer el amor de una mujer, concebir un hijo propio y sentirse no como una simple pieza de una máquina? Apartó la mirada de Marika, librando la última batalla en favor de su credo, de su religión.
Y entonces vio a diez mil personas que esperaban. Buscó los ojos de Marika.
-Ralph ha muerto -declaró-. Yo le maté. Como maté a Karl y a los demás. Yo soy el espía.
La joven se apartó de él con horror. Laura chilló, con un extraño y terrible sollozo estrangulado, y el padre Berrens dejó de hablar.
-¡Ralph! -murmuró Marika-. ¡Ralph! Lo sabía. ¡Un espía!
Arno se atragantó, aterrado por lo que acababa de hacer, perdido en un caos de pensamientos. Todavía podía destruirles. Podía callar respecto a los bombarderos y nada ya tendría importancia.
Diez mil personas. Frane y Berrens y Laura. Y Marika, que le estaba mirando horrorizada porque él había matado a Ralph. Sus propios amigos jamás le echarían de menos. Tendrían hijos para el Estado, nuevas piezas de la colosal maquinaria.
Marika, siempre Marika. Ella era su derrota y su respuesta. Lo era todo. Mirándola, viendo cómo iba retrocediendo, apartándose de él, Arno se estremeció de temor y de amargura. Si al menos lo hubiera sabido antes.
-¡Padre Berrens! -gritó.
Las palabras no parecían surgir de su garganta. Y aunque parte de su cuerpo pareció retroceder horrorizado, recluyéndose en sí mismo, continuó hablando sin cesar.
Cuando hubo terminado, el padre Berrens tenía el rostro tenso, y su voz era extrañamente dura cuando formuló sus instrucciones.
Se produjo el caos en torno a Arno, luego una especie de orden frenético. En un mundo a muchos kilómetros y kilómetros de distancia, se formaron filas de hombres, mujeres y niños, para ir penetrando en la nave a través de sus vastas portillas. Pero Arno sólo podía ver a Marika.
Era agradable creer, como creían los rebeldes, que un hombre seguía viviendo después de morir su cuerpo torturado.
Esto era una blasfemia para el Estado. Pero era agradable. El padre Berrens llegó, respirando pesadamente.
-¡Tiempo! ¡Nos falta tiempo! ¡Pero lo lograremos! ¡Con la ayuda de Dios lo lograremos!
Una pausa y el padre Berrens gritó:
-¡Marika!
Pero no pudo detenerla. La pistola que había sacado del cinto de Frane estaba ya apuntada. Arno vio llegar el impacto.
La emponzoñada aguja se clavó en su corazón.
Tuvo una última visión del hermoso y fiero rostro de Marika, con su dorada cabellera cayendo flojamente sobre sus hombros. Ella era como una estatua. Le vio caer desapasionadamente, como hubiera contemplado a una cucaracha muriendo bajo sus pies. Después dio media vuelta y corrió hacia la nave.
Una neblina se apoderó del cerebro de Arno, borrando los rumores del éxodo.
Pero aún oyó la voz de Laura:
-¡Padre, todos los planetas están cerrados! ¿Dónde iremos?
-Por el momento, hemos perdido los planetas. Pero esta nave fue diseñada para ir más allá. Hija mía, todavía nos quedan las estrellas.


FIN