2026/06/22

El túnel bajo el mundo (Frederik Pohl)


Título original: The Tunnel Under the World
Año: 1955


I
La mañana del 15 de junio, Guy Burckhardt despertó gritando por culpa un sueño.
Era el sueño más real que hubiera tenido en su vida. Aún podía oír y sentir la aguda y desgarradora explosión del metal, el violento tirón que lo había arrojado furioso de la cama, la abrasadora ola de calor.
Se sentó temblando y miró fijamente, sin creer lo que veía, la habitación silenciosa y la radiante luz solar que entraba por la ventana.
Graznó: 
—¿Mary?
Su esposa no se encontraba en la cama. Las sábanas  estaban revueltas y arrugadas, como si acabara de levantarse. El recuerdo del sueño era tan poderoso que instintivamente se encontró buscando en el suelo para ver si la explosión había derribado a Mary. Pero ella no estaba allí. Claro que no, se dijo mirando el conocido tocador, el sillón familiar, la ventana intacta y la pared. Sólo había sido un sueño.
—¿Guy? —Su esposa lo llamaba quejumbrosamente desde el pie de la escalera—. Guy, querido, ¿estás bien?
Él gritó débilmente: 
—¡Claro!
Hubo una pausa. Entonces Mary dijo con reticencia: 
—El desayuno está listo. ¿Seguro que estás bien? Me pareció oírte gritar.
Burckhardt explicó con más seguridad:
—Tuve una pesadilla, cariño. Bajo enseguida.
En la ducha, mientras se daba un baño tibio, se dijo a sí mismo que había sido un sueño extraño. Sin embargo, las pesadillas no eran inusuales, sobre todo las pesadillas con explosiones. En los últimos treinta años de psicosis por las bombas H, ¿quién no había soñado con explosiones?
Resultó que incluso Mary había soñado con ellas, pues cuando él empezó a contarle su sueño, ella lo interrumpió diciendo:
—¿De verdad? —Su voz sonaba atónita—. ¡Caramba, yo soñé lo mismo! Bueno, casi lo mismo. La verdad es que no escuché nada. Soñé que algo me despertaba; después hubo una especie de rápida explosión y algo me golpeó en la cabeza. Eso fue todo. ¿El tuyo fue así?
Burckhardt tosió.
—Bueno, no —reconoció. 
Mary no era una mujer del tipo fuerte como un hombre y valiente como un tigre, así que pensó que no necesitaba contarle todos los detalles pequeños que hacían parecer tan real aquel sueño. No hacía falta mencionar las costillas astilladas, ni la opresión en la garganta, ni la agonía de saber que aquello era la muerte. Dijo:
—Quizá hubo una explosión en el centro. Tal vez la oímos y nos hizo soñar.
Mary se acercó y le dio una palmadita distraída en la mano.
—Quizás —asintió—. Son casi las ocho y media, cariño. ¿No deberías darte prisa? No querrás llegar tarde a la oficina.
Él tragó su comida, la besó y salió corriendo, no tanto para llegar a tiempo como para ver si su suposición había sido correcta.
Pero el centro de Tylerton lucía como siempre. Al subir al autobús, Burckhardt observó con atención por la ventana, buscando indicios de una explosión. No había ninguna. De hecho, Tylerton parecía mejor que nunca: Era un hermoso día; el cielo lucía despejado y los edificios estaban limpios y eran acogedores. Observó que habían hermoseado el edificio Power & Light, el único rascacielos de la ciudad. Esa era la consecuencia de tener la planta principal de Contro Chemical en las cercanías de la ciudad; los gases de sus tubos de destilación dejaban huellas en los edificios de piedra.
No había nadie del grupo habitual en el autobús, así que Burckhardt no tenía a quien preguntar sobre la explosión. Y para cuando se bajó en la esquina de la Quinta y Lehigh y el autobús se alejó con un silencioso rugido de diésel, estaba prácticamente convencido de que todo era producto de su imaginación.
Se detuvo en la pequeña tabaquería del vestíbulo de su edificio de oficinas, pero Ralph no estaba detrás del mostrador. El hombre que le vendió el paquete de cigarrillos era un desconocido.
—¿Dónde está el señor Stebbins? —preguntó Burckhardt.
El hombre respondió cortésmente: 
—Está enfermo, señor. Vendrá mañana. ¿Un paquete de Marlins?
—Chesterfields —corrigió Burckhardt.
—Claro, señor —dijo el hombre. Pero lo que tomó del estante y deslizó por el mostrador era un paquete verde y amarillo desconocido.
—Pruebe estos, señor —sugirió—. Tienen un ingrediente contra la tos. ¿Ha notado cómo los cigarrillos comunes provocan asfixia de vez en cuando?
Urckhardt dijo con sospecha:
—Nunca oí hablar de esta marca.
—Claro que no. Son nuevos.
Burckhardt dudó y el hombre dijo persuasivamente: 
—Mire, pruébelos bajo mi responsabilidad. Si no le gustan, trae el paquete vacío y yo le devuelvo su dinero. ¿De acuerdo?
Burckhardt se encogió de hombros.
—No tengo nada que perder. Pero deme también un paquete de Chesterfields, ¿quiere?
Abrió el paquete y encendió uno mientras esperaba el ascensor. No estaban mal, decidió, aunque desconfiaba de los cigarrillos con tabaco tratado químicamente. Y no le gustaba mucho el sustituto de Ralph; se armaría un escándalo en el puesto de cigarrillos si intentaba darles a todos los clientes la misma charla persuasiva.
La puerta del ascensor se abrió dejando oír un grave tono musical. Burckhardt entró junto con dos o tres personas más; él les hizo un gesto con la cabeza mientras la puerta se cerraba. La música se apagó y el altavoz del techo de la cabina comenzó a emitir sus anuncios habituales.
No, no eran los anuncios de siempre, se dio cuenta Burckhardt. Había estado expuesto al bombardeo publicitario durante tanto tiempo que ya casi no lo oía, pero lo que ahora provenía del programa grabado en el subsuelo del edificio llamó su atención. No era sólo que las marcas le resultaran desconocidas, sino una diferencia en cómo se anunciaban.
Había jingles con un ritmo insistente y alegre sobre refrescos que nunca había probado. Luego un diálogo rápido y parloteante entre lo que parecían dos niños de diez años hablando de una barra de chocolate, seguido de un bajo retumbante y autoritario: "¡Sal y compra un DELICIOSO ChocoBite y cómete tu DELICIOSO ChocoBite entero! ¡Eso es ChocoBite!". Se oía una lánguida voz femenina: "¡Ojalá tuviera un refrigerador Feckle! ¡Haría lo que fuera por un refrigerador Feckle Freezer!". Burckhardt llegó a su piso y salió del ascensor a mitad del último anuncio. Todo esto lo dejó un poco incómodo. Los anuncios no eran de marcas conocidas; no transmitían ninguna sensación de uso ni costumbre.
Afortunadamente la oficina estaba como siempre, salvo que el señor Barth no se encontraba. La señorita. Mitkin, bostezando en recepción, no sabía exactamente por qué. 
—Llamó de su casa, eso es todo. Vendrá mañana.
—Tal vez fue a la planta. Está cerca de su casa.
Ella parecía indiferente. 
—Sí.
A Burckhardt se le ocurrió una idea: 
—¡Pero hoy es 15 de junio! Es el día de la declaración trimestral de la renta; ¡tiene que firmarla!
La señorita Mitkin se encogió de hombros para indicar que ese era problema de Burckhardt, no suyo, y se dedicó a sus uñas.
Totalmente exasperado, Burckhardt se dirigió a su escritorio. No significaba que no pudiera firmar las declaraciones de impuestos tan bien como Barth, pensó con resentimiento. Simplemente no era su trabajo; era una responsabilidad que Barth, como gerente de la oficina central de Contro Chemicals, tendría que haber asumido.
Pensó brevemente en llamar a Barth a su casa o intentar contactarlo en la fábrica, pero desistió enseguida. La verdad es que no le interesaba mucho la gente de la fábrica y cuanto menos contacto tuviera con ella, mejor. Había estado en la fábrica una vez, con Barth; fue una experiencia confusa y, en cierto modo, aterradora. Salvo un puñado de ejecutivos e ingenieros, no había ni un alma en la fábrica; es decir, se corrigió Burckhardt, recordando lo que le había dicho Barth, ni un alma viviente, sólo máquinas.
Según Barth, cada máquina estaba controlada por una especie de computadora que reproducía, en su gruñido electrónico, la memoria y la mente reales de un ser humano. Era un pensamiento desagradable. Barth, riendo, le había asegurado que no existía nada al estilo de Frankenstein; nadie profanó cementerios para implantar cerebros humanos en máquinas. Sólo se trataba de transferir los patrones de hábitos de un hombre desde las células cerebrales a las de un tubo de vacío. No le hacía daño a ningún humano ni convertía a la máquina en un monstruo.
Pero aun así consiguieron que Burckhardt se sintiera incómodo.


Dejó de pensar en Barth, la fábrica y todas sus demás pequeñas irritaciones y se puso a trabajar en la declaración de renta. Tardó hasta el mediodía en verificar las cifras, algo que Barth, con su memoria y su libro de cuentas personal, haría en diez minutos, se recordó Burckhardt con resentimiento.
Metió los formularios en un sobre sellado y fue hacia la señorita Mitkin. 
—Como el señor Barth no está, vamos a almorzar por turnos —dijo—. Puedes ir primero.
—Gracias. 
La señorita Mitkin sacó lánguidamente su bolso del cajón del escritorio y comenzó a maquillarse. Burckhardt le ofreció el sobre. 
—¿Podrías enviarme esto por correo? Un momento... Me pregunto si debería llamar al señor Barth para asegurarme. ¿Te dijo su esposa si podía atender llamadas?
—No lo dijo. —La señorita Mitkin se secó los labios cuidadosamente con un pañuelo de papel—. Y no era la esposa. Fue su hija quien llamó y dejó el mensaje.
—¿La niña? —Burckhardt frunció el ceño—. Creí que estaba en la escuela.
—Ella llamó, es todo lo que sé.
Burckhardt regresó a su despacho y se quedó mirando con disgusto el correo sin abrir que había sobre su escritorio. No le gustaban las pesadillas; le arruinaban el día. Tendría que haberse quedado en cama, como Barth.

Algo curioso ocurrió camino a casa. Hubo un alboroto en la esquina donde solía tomar el autobús —alguien gritaba algo sobre un nuevo tipo de congelador—, así que caminó una cuadra más. Vio venir el autobús y echó a correr. Pero detrás de él, alguien lo llamaba. Miró por encima del hombro; un hombre pequeño y taciturno se acercaba corriendo.
Burckhardt dudó y luego lo reconoció. Era un conocido casual llamado Swanson. 
—Hola —dijo Burckhardt, pensando con amargura que ya había perdido el autobús. 
El rostro de Swanson estaba desesperadamente ansioso. 
—¿Usted es Burckhardt? —preguntó inquisitivamente, con una extraña intensidad. Y luego se quedó allí en silencio, observando el rostro de Burckhardt con un anhelo ardiente que se redujo a una débil esperanza y murió en arrepentimiento. Burckhardt pensó que Swanson necesitaba algo, pero Burckhardt no sabía cómo proporcionárselo.
Tosió y volvió a saludar:
—Hola, Swanson.
Swanson ni siquiera respondió al saludo. Simplemente exhaló un profundo suspiro.
—No hay nada que hacer —murmuró, aparentemente para sí mismo. Asintió distraídamente a Burckhardt y se dio la vuelta.
Burckhardt observó cómo los hombros encorvados desaparecían entre la multitud. Era un día extraño, pensó, y no le agradaba mucho. Las cosas no iban bien.
De regreso a casa en el siguiente autobús, le dio vueltas al asunto. No era nada terrible ni desastroso; era algo completamente ajeno a su experiencia. Uno vive su vida, como cualquier hombre, y crea una red de impresiones y reacciones. Espera cosas. Al abrir el botiquín, se espera que la maquinilla de afeitar esté en el segundo estante; al poner llave a la puerta de la casa, se espera tener que tirar ligeramente para que se cierre.
No son las cosas buenas y perfectas de la vida las que crean la rutina. Son las cosas que están un poco mal: El pestillo que se atasca; el interruptor de la luz al final de la escalera que necesita un empujón extra porque el resorte está viejo y débil; la alfombra que resbala infaliblemente bajo los pies.
No era sólo que la vida de Burckhardt estuviera mal, era que las cosas no iban bien. Por ejemplo, Barth no había ido a la oficina aunque siempre lo hacía.
Burckhardt le dio vueltas al asunto durante la cena. Le siguió dando vueltas al asunto a pesar de los reiterados intentos de Mary de interesarlo en una partida de bridge con los vecinos. Estos eran gente que le simpatizaba: Anne y Farley Dennerman. Los conocía de toda la vida. Pero esa noche también parecían extraños y melancólicos, y apenas escuchó las quejas de Dennerman por la mala señal telefónica ni los comentarios de su esposa sobre la repugnante variedad de anuncios de televisión que tenían últimamente.
Burckhardt estaba en camino de establecer un récord histórico de ensimismamiento continuo cuando, alrededor de la medianoche y con una brusquedad que lo sorprendió por lo extrañamente consciente que era de lo que sucedía, se dio vuelta en su cama y se quedó rápida y profundamente dormido.

II
La mañana del 15 de junio, Guy Burckhardt se despertó gritando a causa de un sueño.
Era el sueño más real que hubiera tenido en su vida. Todavía podía oír la explosión, sentir la onda expansiva que lo aplastó contra la pared. No parecía normal que estuviera sentado en la cama en una habitación tan ordenada.
Su esposa subió las escaleras corriendo. 
—¡Cariño! —gritó— ¿Qué te pasa?
Él murmuró: 
—Nada. Fue una pesadilla.
Ella se relajó, con la mano puesta sobre el corazón. En tono enojado, empezó a decir: 
—Me diste un susto enorme...
Pero un ruido venido de afuera la interrumpió. Se oyó un aullido de sirenas y el repiqueteo de campanas; era fuerte y estremecedor.
Los Burckhardt se miraron fijamente durante un instante y luego corrieron temerosos hacia la ventana.
En la calle no había camiones de bomberos, sólo una pequeña camioneta que circulaba lentamente. Las bocinas de los altavoces coronaban su parte superior. De ellas salía el estridente sonido de las sirenas, cada vez más intenso, mezclado con el rugido de los camiones pesados y el sonido de las campanas. Era un registro perfecto de la llegada de camiones de bomberos a un incendio de cuatro alarmas.
Asombrado, Burckhardt exclamó:
—¡Mary, eso es ilegal! ¿Sabes lo que están haciendo? ¡Están poniendo grabaciones de un incendio! ¿Qué traman?
—Quizás sea una broma —sugirió ella.
—¿Una broma despertar a todo un vecindario a las seis de la mañana? —Negó con la cabeza y predijo—: La policía llegará en diez minutos. Ya verás.
Pero la policía no apareció ni en diez minutos ni después. Quienesquiera que fueran los bromistas del coche, al parecer tenían permiso de la policía para sus juegos.
El vehículo se estacionó en medio de la cuadra y permaneció en silencio durante unos minutos. Luego se oyó un crujido en el altavoz y una voz estridente coreó:

¡Congeladores Feckle!
¡Congeladores Feckle!
Tengo que tener un
¡Congelador Feckle!
Feckle, Feckle, Feckle,
Feckle, Feckle, Feckle…

Siguió y siguió. Para entonces, todas las casas de la manzana tenían rostros mirando por las ventanas. La voz no sólo era fuerte; era casi ensordecedora.
Por encima del alboroto, Burckhardt le gritó a su esposa:
—¿Qué diablos es un congelador Feckle?
—¡Supongo que es una especie de congelador, querido! —gritó ella, inútilmente.
De repente, el ruido cesó y la camioneta quedó en silencio. La mañana seguía brumosa; los rayos del sol caían horizontalmente sobre los tejados. Era imposible creer que hacía un momento el coche silencioso hubiera estado gritando el nombre de un congelador.
—Un truco publicitario loco —dijo Burckhardt con amargura. Bostezó y se apartó de la ventana—. Mejor me visto. Supongo que se acabó…
El bramido lo golpeó por detrás; fue casi como una bofetada en los oídos. Una voz áspera y burlona, más fuerte que la trompeta del arcángel, aulló:

¿Tienes un congelador? ¡Apesta! Si no es un congelador Feckle, apesta . Si es un congelador Feckle del año pasado, apesta. ¡Sólo sirve el congelador Feckle de este año! ¿Sabes quién tiene un congelador Ajax? ¡Las hadas tienen congeladores Ajax! ¿Sabes quién tiene un congelador Triplecold? ¡Los comunistas tienen congeladores Triplecold! ¡Todos los congeladores, menos los nuevos, apestan!

La voz gritaba de forma inarticulada, con rabia.

¡Te lo advierto! ¡Sal y compra un congelador Feckle ahora mismo! ¡Date prisa! ¡Date prisa por Feckle! ¡Date prisa por Feckle! ¡Date prisa, date prisa, date prisa, Feckle, Feckle, Feckle, Feckle, Feckle, Feckle…


Finalmente se detuvo. Burckhardt se humedeció los labios. Empezó a decirle a su esposa:
—Quizá deberíamos llamar a la policía y… 
Los altavoces volvieron a estallar. Lo pillaron desprevenido; pretendían pillarlo desprevenido. Gritaron:

¡Los congeladores baratos te arruinan la comida! Te enfermarás y vomitarás. Te enfermarás y morirás. ¡Compra un Feckle, Feckle, Feckle, Feckle! ¿Alguna vez has sacado un trozo de carne del congelador y has visto lo podrido y mohoso que está? Compra un Feckle, Feckle, Feckle, Feckle, Feckle. ¿Quieres comer comida podrida y apestosa? ¿O prefieres ser más listo y comprar un Feckle, Feckle, Feckle...?

Eso fue todo. Con los dedos metiéndose en los agujeros equivocados, Burckhardt finalmente logró marcar el número de la comisaría local. Recibió una señal de ocupado —evidentemente no era el único con la misma idea— y mientras volvía a marcar temblorosamente, el ruido exterior cesó.
Miró por la ventana. La camioneta ya no estaba.

Burckhardt se aflojó la corbata y pidió otro Frosty-Flip al camarero. ¡Ojalá no mantuvieran el Café Cristal tan caliente! La nueva pintura —rojos abrasadores y amarillos cegadores— ya era bastante mala, pero alguien parecía tener la ilusión de estar en enero en lugar de junio; el lugar estaba unos buenos diez grados más cálido que afuera.
Se bebió el Frosty-Flip de dos tragos. Pensó que tenía un sabor peculiar, aunque no estaba mal. Sin duda refrescaba, tal como le había prometido el camarero. Se recordó que debía comprar una caja de camino a casa; a Mary podrían gustarle. Siempre le interesaba lo nuevo.
Se levantó torpemente cuando la chica cruzó el restaurante hacia él. Era lo más hermoso que había visto en Tylerton. Barbilla alzada, cabello rubio miel y una figura que... bueno, era impresionante. No cabía duda de que el vestido ceñido era lo único que llevaba puesto. Él se sintió sonrojar mientras ella lo saludaba.
—Señor Burckhardt —la voz sonaba como un tambor lejano—. Es maravilloso que me permita verlo, después de lo de esta mañana.
Él se aclaró la garganta. 
—Para nada. ¿Quiere sentarse, señorita...?
—April Horn —murmuró la joven sentándose a su lado, no donde él había señalado al otro lado de la mesa—. Llámeme April, ¿quiere?
Llevaba algún tipo de perfume, notó Burckhardt con lo poco que le quedaba de mente. No le parecía justo que ella usara perfume aparte de todo lo demás. Volvió en sí sobresaltado y se dio cuenta de que el camarero se marchaba con un pedido de filete miñón para dos.
—¡Oye! —protestó.
—Por favor, señor Burckhardt. —Su hombro apoyado contra el suyo, su rostro vuelto hacia él. Su aliento era cálido y su expresión tierna y solícita—. Todo esto es culpa de la Corporación Feckle. Por favor, acepte la comida, es lo menos que pueden hacer.
Él sintió que su mano se le metía en un bolsillo.
—Es el pago de la comida —susurró conspiradora—. Haga algo por mí, por favor. Le agradecería que le pagara al camarero; soy anticuada para esas cosas.
Sonrió con deleite y luego adoptó una actitud burlesca. 
—Y acepte el dinero —insistió—. ¡Vaya, si lo hace Feckle saldrá ganando! Podría demandarlos por cada centavo que tengan por perturbar su sueño de esa manera.
Con una sensación de vértigo, como si acabara de ver a alguien hacer desaparecer un conejo dentro de un sombrero de copa, él dijo: 
—Bueno, en realidad no fue tan malo, eh, April. Un poco ruidoso, tal vez, pero...
—¡Oh, señor Burckhardt! —Los ojos azules estaban abiertos como platos, llenos de admiración—. Sabía que lo entendería. Es sólo que... bueno, es un congelador tan maravilloso que algunos se dejan llevar, por así decirlo. En cuanto la oficina principal se enteró de lo sucedido, enviaron representantes a cada casa de la cuadra para disculparse. Su esposa nos dijo dónde podíamos llamarlo, y me alegra mucho que me permitiera almorzar con usted para yo también disculparme. Porque, de verdad, señor Burckhardt, es un congelador excelente.
Bajó tímidamente los ojos azules.
—No debería decirle esto, pero haría casi cualquier cosa por Refrigeradores Feckle. Es más que un trabajo para mí.
Levantó la vista. Era encantadora. 
—Apuesto a que piensa que soy tonta, ¿verdad?
Burckhardt tosió. 
—Bueno, yo...
—¡Oh, no querrá ser cruel! —Negó con la cabeza—. No, no finja. Cree que es una tontería. Pero, en serio, señor Burckhardt, no lo pensaría si supiera más sobre el Feckle. Permítame mostrarle este librito...
Burckhardt regresó de comer con una hora de retraso. No fue sólo la chica quien lo retrasó. Había tenido una curiosa entrevista con un hombrecito llamado Swanson, al que apenas conocía. Lo detuvo con urgencia en la calle y luego lo dejó con indiferencia.
Aunque no importaba mucho. El señor Barth, por primera vez desde que Burckhardt trabajaba allí, se había ausentado, dejando a Burckhardt con las declaraciones de impuestos trimestrales.
Pero lo importante era que, de alguna manera, había firmado una orden de compra para un congelador Feckle de doce pies cúbicos, modelo vertical, con descongelación automática, precio de lista de 625 dólares, con un descuento de "cortesía" del diez por ciento: "Por ese horrible asunto de esta mañana, señor. Burckhardt", había dicho April.
Y no estaba seguro de cómo podría explicárselo a su esposa.
No tenía por qué preocuparse. Al entrar por la puerta principal, su esposa dijo casi de inmediato: 
—Me pregunto si podemos permitirnos un congelador nuevo, querido. Estuvo un hombre aquí para disculparse por ese ruido y... bueno, nos pusimos a hablar y…
Ella también había firmado una orden de compra.
Mas tarde, camino a la cama, Burckhardt pensó que había sido un día fatal. Pero el día aún no había terminado para él. En lo alto de la escalera, el resorte debilitado del interruptor de la luz eléctrica se negaba a hacer clic. Lo sacudió furioso y, por supuesto, sólo logró soltar el interruptor. Hubo un cortocircuito y todas las luces de la casa se apagaron.
—Maldita sea! —exclamó Burckhardt.
—¿Fue el fusible? —Su esposa se encogió de hombros, soñolienta—. Déjalo hasta mañana, cariño.
Burckhardt negó con la cabeza.
—Vuelve a la cama. Voy enseguida.
No le importaba tanto arreglar el fusible, pero estaba demasiado inquieto para dormir. Desconectó el interruptor averiado con un destornillador y bajó tropezando hasta la cocina a oscuras. Encontró la linterna y descendió con cuidado las escaleras del sótano. Encontró un cortacorriente de repuesto, empujó un baúl vacío hasta la caja de fusibles para subirse y extrajo el viejo.
Cuando el nuevo estuvo listo, escuchó el clic inicial y el zumbido constante del refrigerador en la cocina.
Regresó a las escaleras y se detuvo.
Donde había estado el viejo baúl, el suelo del sótano brillaba de forma extraña. Lo inspeccionó con la luz de la linterna. ¡Era de metal!
Guy Burckhardt maldijo. Negó con la cabeza, incrédulo. Miró más de cerca, frotó los bordes del parche metálico con el pulgar y se hizo un corte molesto; los bordes estaban afilados.
El manchado suelo de cemento del sótano era una cáscara delgada. Encontró un martillo y lo rompió en una docena de puntos; todo era metal.
El sótano completo era una caja de cobre. ¡Incluso las paredes de ladrillo eran fachadas falsas sobre una cubierta metálica!
Aterrado, atacó una de las vigas de los cimientos. Esa, al menos, era de madera auténtica. El vidrio de las ventanas del sótano era de cristal auténtico.
Se chupó el pulgar ensangrentado y probó la base de la escalera del sótano. Madera de verdad. Desbarató los ladrillos bajo la caldera de calefacción. Ladrillos de verdad. Pero los muros de contención y el suelo eran falsos, como si alguien hubiera apuntalado la casa con un armazón metálico y luego ocultado cuidadosamente la evidencia.
La mayor sorpresa la tuvo al mirar el casco del barco que bloqueaba la mitad trasera del sótano, reliquia de un breve período dedicado al bricolaje por el que Burckhardt había pasado un par de años antes. Desde arriba, parecía perfectamente normal. Sin embargo, dentro, donde tendrían que haber bancos, travesaños y refuerzos sólo había un lío de tirantes toscos e inacabados.
—¡Pero yo construí este bote! —exclamó Burckhardt, olvidándose del pulgar. Se apoyó en el casco, mareado, intentando entender. Por razones que escapaban a su comprensión, alguien le había arrebatado su barco y su sótano, quizá toda su casa, y los había reemplazado por una ingeniosa maqueta de los auténticos.
—Qué locura —dijo al sótano vacío. Miró a su alrededor bajo la luz de la linterna. Susurró: —¿Por qué demonios alguien haría eso?
La razón se negaba a responder; no había ninguna respuesta razonable. Durante largos minutos, Burckhardt contempló la incierta imagen de su propia cordura.
Volvió a mirar debajo del bote, con la esperanza de convencerse de que era un error producto de su imaginación. Pero el soporte descuidado e inacabado seguía intacto. Se metió debajo para ver mejor, palpando la madera áspera con incredulidad. ¡Totalmente imposible!
Apagó la linterna y empezó a retroceder. Pero no lo logró. En el instante entre la orden a sus piernas para que se movieran y el momento de salir a rastras del bote, sintió un cansancio repentino y agotador que lo invadía.
La conciencia se fue, no lentamente sino como si se la hubieran arrebatado, y Guy Burckhardt se quedó dormido.


III
La mañana del 16 de junio Guy Burckhardt se despertó en una posición apretada, acurrucado bajo el casco del barco en su sótano, y corrió escaleras arriba para descubrir que era el 15 de junio
Lo primero que hizo fue una inspección frenética y apresurada del casco del barco, el falso suelo del sótano, la piedra de imitación. Todo se encontraba tal como lo recordaba; era completamente increíble.
La cocina estaba tranquila como siempre. El reloj eléctrico ronroneaba normalmente, marcando casi las seis. Mary despertaría en cualquier momento.
Burckhardt abrió de golpe la puerta principal y contempló la tranquila calle. El periódico matutino estaba tirado descuidadamente contra los escalones, y al recogerlo, se dio cuenta de que era el 15 de junio.
Pero eso era imposible. Ayer era 15 de junio, una fecha inolvidable porque era el día de la declaración trimestral de la renta.
Regresó al pasillo y cogió el teléfono; marcó el servicio de información meteorológica y escuchó un cántico bien modulado: 
—… y más frío, algunos chubascos. Presión barométrica de treinta coma cero cuatro, subiendo... Pronóstico de la Oficina Meteorológica de Estados Unidos para el 15 de junio. Cálido y soleado, con máxima alrededor de...
Colgó el teléfono. 15 de junio.
—¡Cielos! —exclamó Burckhardt con tono suplicante. La situación era realmente extraña. Oyó el despertador de su esposa y subió corriendo las escaleras.
Mary Burckhardt estaba sentada en la cama con la expresión aterrorizada e incrédula de alguien que acaba de despertar de una pesadilla.
—¡Ay! —jadeó al ver a su marido entrar en la habitación—. ¡Cariño, acabo de tener un sueño terrible! Fue como una explosión y...
—¿Otra vez? —preguntó Burckhardt sin mucha compasión—. ¡Mary, algo extraño está sucediendo! Ayer sentí que algo andaba mal y...
Entonces le contó sobre la caja de cobre que servía de sótano y la extraña maqueta que alguien había hecho de su barco. Mary pareció asombrada, luego alarmada, después apaciguadora. Dijo:
—¿Estás seguro de eso, querido? Porque la semana pasada limpié ese viejo baúl y no vi nada.
—¡Estoy seguro! Lo arrastré hasta la pared para subirme en él y cambiar el fusible después de la avería de anoche…
—¿Después de qué? —Mary parecía más que simplemente alarmada.
—Después de que se apagaron las luces. Ya sabes, cuando se atascó el interruptor de las escaleras. Bajé al sótano y...
Mary se incorporó en la cama. 
—Guy, el interruptor no se atascó. Yo misma apagué las luces anoche.
Burckhardt miró fijamente a su esposa. 
—¡Se que no lo hiciste! ¡Ven a echar un vistazo al interruptor!
La llevó hacia el rellano y señaló con dramatismo el interruptor defectuoso, el que había desatornillado y dejado colgando la noche anterior... Pero no estaba colgando.  Estaba como siempre. Incrédulo, Burckhardt lo pulsó y las luces se encendieron en ambos pasillos.
Mary, pálida y preocupada, lo dejó para bajar a la cocina y preparar el desayuno. Burckhardt se quedó mirando el interruptor un buen rato. Sus procesos mentales habían llegado al punto de la incredulidad y la conmoción; simplemente no funcionaban bien.
Se afeitó, se vistió y desayunó sumido en una profunda introspección. Mary no lo interrumpió; estaba preocupada pero no quiso intranquilizarlo más. Le dio un beso de despedida mientras él se apresuraba a subir al autobús sin decir una palabra.

En la recepción, la señorita Mitkin lo recibió con un bostezo. 
—Buenos días —saludó soñolienta—. El señor Barth no vendrá hoy.
Burckhardt empezó a decirle algo pero se contuvo. Pensó que ella tampoco sabría que Barth no estuvo ayer, pues estaba arrancando del calendario la hoja del 14 de junio para dejarle espacio a la "nueva" hoja: 15 de junio.
Se tambaleó hasta su escritorio y miró sin ver el correo de la mañana. Ni siquiera lo habían abierto, pero sabía que el sobre de Factory Distributors contenía un pedido de varios metros de las nuevas placas acústicas, y el de Finebeck & Sons era una queja.
Después de un largo rato, se obligó a abrirlos. Tenía razón.
A la hora del almuerzo, impulsado por una desesperada urgencia, Burckhardt hizo que la señorita Mitkin fuera la primera en almorzar; el 15 de junio, eso fue ayer, él había ido primero. Ella obedeció con aspecto vagamente preocupado por su tensa insistencia, pero eso no mejoró el ánimo de Burckhardt.
Sonó el teléfono y Burckhardt contestó distraídamente. 
—Industrias Chemicals Downtown, Burckhardt al habla.
La voz dijo: 
—Soy Swanson —y se detuvo.
Burckhardt esperó expectante, pero eso fue todo. Dijo:
—¿Hola?
Hubo otra pausa y enseguida Swanson preguntó con triste resignación:
—¿Sigue sin haber nada?
—¿Nada de qué, Swanson? ¿Quieres algo? Ayer viniste a verme y me recitaste esta misma rutina…
La voz estalló: 
—¡Burckhardt! ¡Dios mío, lo recuerdas! ¡Quédate ahí, bajo en media hora!
—¿De qué se trata todo esto?
—No importa —dijo el hombrecito exultante—. Te lo contaré cuando te vea. No digas nada más por teléfono, puede que alguien esté escuchando. Espera ahí… Oye, un momento. ¿Estarás solo en la oficina?
—Bueno, no. La señorita Mitkin probablemente...
—Diablos. Mira, Burckhardt, ¿dónde almuerzas? ¿En un lugar ruidoso?
—Pues, supongo que sí. El Café Cristal. Está a una cuadra...
—Sé dónde está. ¡Nos vemos allí en media hora!
Y colgó.

El Café Cristal ya no estaba pintado de rojo, pero la temperatura seguía siendo alta y habían añadido música ambiental intercalada con anuncios. Los anuncios eran de Frosty-Flip, cigarrillos Marlin —«Están desinfectados», ronroneó el locutor— y algo llamado barras de chocolate ChocoBite, de las que Burckhardt no recordaba haber oído hablar nunca. Pero enseguida supo más sobre ellas.
Mientras esperaba que apareciera Swanson, una chica con una falda de celofán propia de un vendedor de cigarrillos de un club nocturno pasó por el restaurante con una bandeja de pequeños caramelos envueltos en papel rojo.
—Los ChocoBites son geniales —murmuraba mientras se acercaba a su mesa—. ¡Los ChocoBites son más geniales que los geniales!
Burckhardt, atento a la presencia del hombrecito que lo había llamado, prestó poca atención. Pero mientras ella esparcía un puñado de dulces sobre la mesa junto a la suya, sonriendo a los comensales, la vio fugazmente y se giró para mirarla.
—¡Pero si es la señorita Horn! —exclamó.
La chica dejó caer su bandeja de dulces.
Burckhardt se levantó, preocupado por la muchacha. 
—¿Pasa algo?
Pero ella huyó.
El gerente del restaurante miró con recelo a Burckhardt, quien se hundió en su asiento e intentó pasar desapercibido. ¡No había molestado a la chica! Pensó que tal vez sólo era una jovencita educada de modo muy estricto a pesar de las largas piernas desnudas bajo la falda transparente, así que cuando se dirigió a ella imaginó que era un abusador
¡Qué idea tan ridícula! Burckhardt frunció el ceño con inquietud y cogió su menú.
—¡Burckhardt! —fue un susurro agudo.
Burckhardt levantó la vista por encima del menú, sobresaltado. En el asiento frente a él, el hombrecillo llamado Swanson estaba sentado en actitud tensa.
—¡Burckhardt! —susurró—. ¡Salgamos de aquí! Ya te tienen en la mira. Si quieres seguir con vida, ¡vamos!
Burckhardt no discutió. Le dedicó al gerente una forzada sonrisa de disculpa, y siguió a Swanson. El hombrecillo parecía saber adónde iba. En la calle cogió a Burckhardt del codo y lo  instó a alejarse calle abajo.
—¿La viste? —preguntó— ¿Viste a Horn en la cabina telefónica? Los traerá aquí en cinco minutos, créeme, ¡así que date prisa!
Aunque la calle estaba llena de transeúntes y vehículos, nadie prestaba atención a Burckhardt y Swanson. El aire era gélido, más propio de octubre que de junio, pensó Burckhardt. Y se sintió como un tonto por seguir a este hombrecillo loco por la calle, huyendo de unos "ellos" hacia... ¿hacia qué? Swanson podía no estar loco, pero tenía miedo. Y el miedo era contagioso.
—¡Aquí dentro! —jadeó Swanson.
Era otro restaurante, más bien un bar de segunda categoría al que Burckhardt nunca había ido.


—Adelante— susurró Swanson. 
Dócilmente, Burckhardt se abrió paso entre la masa de mesas hacia el otro extremo del restaurante.
Tenía forma de "L", con una salida extra que daba a dos calles perpendiculares. Salieron a la calle lateral, con Swanson mirando fríamente alrededor con expresión interrogativa, y cruzaron a la acera opuesta.
Estaban bajo la marquesina de un cine. La expresión de Swanson comenzó a relajarse.
—¡Los perdimos! —exclamó en voz baja—. Ya casi llegamos.
Se acercó a la ventanilla y compró dos entradas. Burckhardt lo siguió hasta el interior del cine. Era una matiné entre semana y el lugar estaba casi vacío. De la pantalla salían ruidos de disparos y cascos de caballo. Un solitario acomodador, apoyado en una barandilla de brillante latón, los observó brevemente y volvió a contemplar la película con aburrimiento mientras Swanson conducía a Burckhardt hacia el bar por una escalera de mármol alfombrada.
El bar estaba vacío. Una puerta conducía a los lavados. Había uno señalado para hombres, otro para mujeres y un tercero marcado con letras doradas como GERENTE. Swanson escuchó junto a la tercera puerta, la abrió con cuidado y echó un vistazo al interior.
—Todo está bien —dijo haciendo un gesto.
Burckhardt lo siguió a través de una oficina vacía hasta otra puerta, probablemente un armario porque no tenía ninguna señalización. Pero no era un armario. Swanson lo abrió con cautela, miró dentro y le indicó a Burckhardt que lo siguiera.
Era un túnel vacío de paredes metálicas brillantemente iluminadas que se extendía en ambas direcciones.
Burckhardt miró a su alrededor, perplejo. Una cosa sabía muy bien: No existía ningún túnel de ese tipo en Tylerton.
Había una pequeña habitación al otro lado del túnel. Tenía sillas, un escritorio y lo que parecían pantallas de televisión. Swanson se desplomó en una silla, jadeando.
—Aquí estaremos bien por un tiempo —jadeó—. Ya no vienen mucho. Y si vienen, los oiremos y podremos escondernos.
—¿Quiénes? —preguntó Burckhardt.
—¡Los marcianos! —Su voz se quebró al pronunciar las palabras y pareció perder la vida. En tono taciturno, continuó—: Bueno, creo que son marcianos. Aunque podrías tener razón, ¿sabes? He tenido mucho tiempo para pensarlo estas últimas semanas, después de que te atraparan, y es posible que sean rusos después de todo. Aun así...
—Empieza desde el principio. ¿Quién me atrapó y cuándo?
Swanson suspiró. 
—Así que tenemos que repasar todo el asunto. De acuerdo. Hace unos dos meses llamaste a mi puerta muy tarde en la noche. Estabas hecho polvo, muerto de miedo. Me rogaste que te ayudara...
—¿Yo hice eso?
—Naturalmente, no recuerdas nada de esto. Escúchame y lo entenderás. Hablabas sin parar de que te habían capturado y amenazado, de que tu esposa había muerto y vuelto a la vida, y todo tipo de tonterías. Pensé que estabas loco. Pero... bueno, siempre te he tenido mucho respeto. Me rogaste que te escondiera porque tengo ese cuarto secreto que instalé yo mismo y que sólo se cierra por dentro. Así que entramos, sólo para complacerte, y cerca de la medianoche, que fue unos quince o veinte minutos después, nos desmayamos.
—¿Nos desmayamos?
Swanson asintió. 
—Los dos. Fue como si nos hubieran golpeado con un saco de arena. ¿No te pasó lo mismo anoche?
—Supongo que sí —dijo Burckhardt sacudiendo la cabeza con incertidumbre.
—Por supuesto. Y de repente nos despertamos de nuevo y dijiste que me ibas a enseñar algo gracioso. Salimos a comprar el periódico y la fecha era el 15 de junio.
—¿15 de junio? ¡Pero si es hoy! Es decir...
—¿Ya comienzas a entenderlo, amigo? ¡Siempre es hoy!
Burckhardt tardo un tiempo en comprender. Luego preguntó con asombro: 
—¿Y durante cuántas semanas te has escondido en ese cuarto secreto?
—¿Cómo puedo saberlo? Cuatro, quizá cinco. Perdí la cuenta. Y todos los días lo mismo: Siempre es 15 de junio; mi casera, la señora Keefer, siempre barre la escalera de la entrada; siempre está el mismo titular en el periódico de la esquina. Se vuelve monótono, amigo.

IV
La idea fue de Burckhardt y al principio Swanson no estuvo de acuerdo, pero siguió adelante. Era el tipo de hombre que siempre sigue adelante.
—Es peligroso —gruñó preocupado—. ¿Y si pasa alguien? Podrían vernos y…
—¿Qué tenemos que perder?
Swanson se encogió de hombros. 
—Es peligroso —repitió. Pero siguió adelante.
La idea de Burckhardt era muy simple. Sólo estaba seguro de una cosa: El túnel llevaba a alguna parte. Marcianos o rusos, una trama fantástica o una alucinación descabellada, lo que le pasaba a Tylerton tenía una explicación y el lugar donde buscarla estaba al final del túnel.
Así que avanzaron. Recorrieron más de una milla antes de empezar a ver el final. Tuvieron suerte: El menos nadie pasó por el túnel para verlos. Pero Swanson había dicho que sólo a ciertas horas el túnel parecía estar en uso.
Siempre era el 15 de junio. ¿Por qué?, se preguntaba Burckhardt. No importaba el cómo, sólo el por qué.
Y el dormirse de forma completamente involuntaria todos a la vez, al parecer. Y nunca, jamás recordar nada.
Swanson había comentado con cuánta ilusión volvió a ver a Burckhardt la mañana después de que este, imprudentemente, hubiera tardado cinco minutos más en retirarse al cuarto oscuro. Cuando Swanson recuperó la consciencia, Burckhardt ya no estaba. Swanson lo vio en la calle esa tarde, pero Burckhardt no recordaba nada.
Y Swanson había vivido su existencia de ratón durante semanas, escondiéndose en el cuarto secreto por la noche, saliendo a hurtadillas durante el día para buscar a Burckhardt con una esperanza lastimosa, corriendo por los márgenes de la vida, tratando de mantenerse alejado de los ojos mortales de Ellos.
Ellos. Uno de ellos era la joven llamada April Horn. Fue al verla entrar imprudentemente en una cabina telefónica que la que no volvió a salir que Swanson encontró el túnel. Otro era el hombre de la tabaquería en el edificio de oficinas de Burckhardt. Había más, al menos una docena, y Swanson sospechaba de otros cuantos.
Eran fáciles de identificar una vez que se sabía dónde buscar, pues sólo ellos en Tylerton cambiaban de rol a diario. Burckhardt viajaba en el autobús de las 08:51 todas las mañanas de cada uno de los 15 de junio, sin ninguna diferencia. Pero April Horn a veces llamaba la atención con su falda transparente, regalando dulces o cigarrillos; otras veces vestía con sencillez; en ocasiones Swanson ni siquiera la veía.
¿Rusos? ¿Marcianos? Fueran lo que fuesen, ¿qué esperaban obtener de esta locura?
Burckhardt desconocía la respuesta, pero quizá la obtuviera tras la puerta al final del túnel. Hasta ellos llegaron sonidos distantes que no se distinguían del todo, pero que no parecían peligrosos. Continuaron.
Tras cruzar una amplia cámara y subir un tramo de escaleras, se encontraron en lo que Burckhardt reconoció como la planta de Contro Chemicals.
No había nadie a la vista. En sí mismo, eso no era tan extraño; la fábrica automatizada nunca había tenido muchas personas. Pero Burckhardt recordaba, de su única visita, el incesante ajetreo de la planta: Las válvulas que se abrían y cerraban solas, los tanques que se vaciaban y llenaban, que se removían, sometían a cocción  y saboreaban químicamente los líquidos burbujeantes que contenían. La planta nunca estaba llena, pero tampoco estaba quieta.
Y ahora todo estaba en silencio. Salvo los sonidos distantes, no había rastro de vida. Las mentes electrónicas cautivas no enviaban órdenes; las bobinas y los relés yacían en reposo.
Burckhardt dijo: 
—Vamos. 
Swanson lo siguió a regañadientes por un laberinto de columnas y tanques de acero inoxidable.
Caminaban como si estuvieran en presencia de muertos. En cierto modo lo estaban, ¿pues qué eran los autómatas que una vez dirigieron la fábrica, sino cadáveres? Las máquinas eran controladas por computadoras que en realidad eran análogos electrónicos de cerebros vivos. Y si estaban apagadas, ¿no estaban muertas? Pues cada una había sido una mente humana.
Por ejemplo, se seleccionaba a un químico petrolero experto, con una habilidad infinita para separar el petróleo crudo en fracciones. Se sondeaba su cerebro con electrodos. La máquina escaneaba los patrones mentales y traducía lo que veía en gráficos y ondas sinusoidales. Estas ondas se imprimían en una computadora robot y se tenía un químico. O mil copias de ese químico, si lo preferían, con todo su conocimiento y habilidad pero sin ninguna limitación humana.
Se ponía una docena de copias de él en una planta y lo manejarían todo, veinticuatro horas al día, siete días a la semana, sin cansarse nunca, sin pasar nada por alto nada, sin olvidar nunca…


Swanson se acercó a Burckhardt. 
—Tengo miedo —dijo.
Ya estaban al otro lado de la cámara y los sonidos eran más fuertes. No eran ruidos de máquinas, sino voces. Burckhardt se acercó con cautela a una puerta y se atrevió a mirar al interior.
Era una pequeña sala llena de pantallas de televisión, cada una con una persona sentada frente a ella, mirando fijamente la pantalla y dictando notas a un magnetófono. Los espectadores cambiaban de escena; nunca dos pantallas exhibían la misma imagen.
Éstas parecían tener poco en común. Una mostraba una tienda donde una chica vestida como April Horn hacía demostraciones de congeladores domésticos. Otra era una serie de imágenes de cocinas. Burckhardt vislumbró lo que parecía ser la tabaquería de su edificio de oficinas.
Era desconcertante y a Burckhardt le habría encantado quedarse allí descifrando la situación, pero era un lugar demasiado concurrido. Existía la posibilidad de que alguien los viera, o saliera y los encontrara.
Descubrieron otra habitación. Era una oficina grande y suntuosa en la que no había nadie. Tenía un escritorio lleno de papeles. Burckhardt los miró fijamente, al principio con rapidez; luego, cuando las palabras de uno de ellos captaron su atención, con incrédula fascinación.
Cogió las hojas superiores y las examinó mientras Swanson buscaba frenéticamente en los cajones.
Burckhardt maldijo con incredulidad y dejó caer los papeles sobre el escritorio.
Swanson, sin apenas darse cuenta, gritó de alegría: 
—¡Mira! —Sacó una pistola del escritorio—. ¡Y además está cargada!
Burckhardt le dirigió una mirada perdida, intentando asimilar lo leído. Entonces, al comprender lo que Swanson había dicho, los ojos de Burckhardt se iluminaron. 
—¡Estupendo! —exclamó—. La llevaremos. Saldremos de aquí con esa pistola, Swanson. ¡Y vamos a la policía! No a la policía de Tylerton, sino al FBI, quizás. ¡Mira esto!
El fajo que le entregó a Swanson llevaba como encabezado: Informe de progreso del área de pruebas. Asunto: Campaña de cigarrillos Marlin. Eran principalmente cifras tabuladas que tenían poco sentido para Burckhardt y Swanson, pero al final había un resumen que decía:

Aunque la prueba 47-K3 atrajo más usuarios nuevos que cualquiera de las otras realizadas, probablemente no se pueda utilizar en el exterior debido a las ordenanzas locales de control de camiones de sonido.
Las pruebas en el grupo 47-K12 fueron las segundas mejores y nuestra recomendación es que se realicen nuevas pruebas en esta apelación, probando cada una de las tres mejores campañas con y sin la adición de técnicas de muestreo.
Una sugerencia alternativa podría ser proceder directamente con la apelación superior en la serie K12, si el cliente no está dispuesto a asumir el gasto de pruebas adicionales.
Todas estas expectativas de pronóstico tienen una probabilidad del 80% de estar dentro del medio por ciento de los resultados previstos, y más del 99% de estar dentro del 5%.

Swanson levantó la vista y miró a Burckhardt a los ojos. 
—No comprendo —dijo con tono quejumbroso.
—No te culpo. Es una locura, Swanson, pero se ajusta a los hechos. No son rusos ni marcianos. ¡Son publicistas! De alguna manera —sólo Dios sabe cuál— se han apoderado de Tylerton. Nos tienen a todos, a ti, a mí y a veinte o treinta mil personas más, bajo su control. Quizá nos hipnotizan u otra cosa; pero sea como sea, nos hacen revivir una y otra vez el mismo día. Nos inundan de publicidad todo ese maldito día y al final ven qué sucedió, y luego nos borran el día de la mente y empiezan de nuevo al siguiente con una publicidad diferente.
Swanson abrió la boca de par en par. Logró cerrarla y tragar. 
—¡Es una locura! —dijo secamente.
Burckhardt negó con la cabeza. 
—Claro que parece una locura, pero todo esto lo es. ¿De qué otra manera lo explicarías? No puedes negar que la mayoría de Tylerton vive el mismo día una y otra vez. ¡Lo has visto! Esa es la parte loca, tenemos que admitirlo o aceptar que los locos somos nosotros. Y una vez que admitamos que  esa gente, de alguna manera sabe cómo controlarnos, todo lo demás cobra sentido.
»¡Piénsalo, Swanson! ¡Examinan hasta el último detalle antes de gastar un céntimo en publicidad! ¿Tienes idea de lo que eso significa? Dios sabe cuánto dinero hay en juego, pero sé con certeza que algunas empresas gastan veinte o treinta millones de dólares al año en publicidad. Multiplícalo, digamos, por cien empresas. Supongamos que cada una aprende a reducir su gasto publicitario sólo un diez por ciento. ¡Y eso es una miseria, créeme! Si saben de antemano qué va a funcionar, pueden reducir sus costos a la mitad, quizá a menos de la mitad, no lo sé. Pero eso supone un ahorro de doscientos o trescientos millones de dólares al año, y si pagan sólo el diez o veinte por ciento de esa cantidad por el uso de Tylerton, sigue siendo baratísimo para ellos y una fortuna para quien se hizo cargo de la ciudaf.
Swanson se humedeció los labios. Dijo con vacilación:
—¿Quieres decir que somos... bueno, una especie de público forzado?
Burckhardt frunció el ceño. 
—No exactamente —Lo pensó un momento—. ¿Sabes cómo un médico prueba, por ejemplo, la penicilina? Prepara una serie de pequeñas colonias de gérmenes en discos de gelatina y prueba la sustancia una tras otra, cambiándola un poco cada vez. Bueno, eso somos nosotros, los gérmenes, Swanson. Sólo que es aún más eficiente. No tienen que probar más de una colonia, porque pueden usarla una y otra vez.
Fue muy difícil para Swanson asimilarlo. Se limitó a decir: 
—¿Qué vamos a hacer?
—Ir a la policía. ¡No pueden usar a seres humanos como conejillos de indias!
—¿Cómo llegamos a la policía?
Burckhardt dudó. 
—Creo... —empezó lentamente—. Claro. Este lugar es la oficina de alguien importante. Tenemos un arma. Nos quedaremos aquí hasta que llegue. Y él nos sacará de este lugar.
Sencillo y directo. Swanson se serenó y se sentó contra la pared, fuera de la vista de la puerta. Burckhardt se colocó detrás de esta y esperaron.
La espera no fue tan larga como temían. Media hora después Burckhardt oyó voces que se acercaban. Apenas tuvo tiempo de alertar rápidamente a Swanson antes de pegarse a la pared.
Eran las voces de un hombre y de una mujer. El hombre decía: 
—¿Por qué no informaste por teléfono? ¡Esto arruinará la prueba del día! ¿Qué demonios te pasa, Janet?
—Lo siento, señor Dorchin —dijo ella con dulzura y claridad—. Pensé que era importante.
El hombre refunfuñó: 
—¡Importante! Una simple unidad entre veintiún mil.
—Pero es la de Burckhardt, señor Dorchin. Otra vez. Y por cómo desaparecio, debió de recibir ayuda.
—Está bien, está bien. No importa, Janet; el programa ChocoBite va adelantado de todas formas. Ya que has llegado hasta aquí, pasa a la oficina y haz tu hoja de cálculo. Y no te preocupes por lo de Burckhardt. Probablemente sólo esté deambulando. Lo recogeremos esta noche y...
Estaban dentro de la oficina. Burckhardt cerró la puerta de una patada y los apuntó con el arma.
—Eso es lo que piensan —dijo triunfante.
Las horas de terror, la desconcertante sensación de locura, la confusión y el miedo fueron compensadas con la sensación más satisfactoria que Burckhardt había tenido en su vida. La expresión del hombre era una de la que había leído, pero nunca visto: Dorchin se quedó boquiabierto y con los ojos desorbitados, y aunque logró emitir un sonido que podría haber sido una pregunta, no lo hizo con palabras.
La mujer estaba casi igual de sorprendida. Y Burckhardt, al mirarla, supo por qué su voz le resultaba tan familiar. Era la  chica que se había presentado como April Horn.
Dorchin se recuperó rápidamente. 
—¿Es este? —preguntó con aspereza.
—Sí —afirmó la joven.
Dorchin asintió. 
—Retiro lo dicho. Tenías razón. Eh, usted... Burckhardt. ¿Qué quiere?
—¡Cuidado con él! —Exclamo Swanson— Podría tener otra pistola.
—Regístralo entonces —dijo Burckhardt—. Le diré lo que queremos, Dorchin. Queremos que nos acompañe al FBI y les explique cómo pudo secuestrar a veinte mil personas sin que nadie se lo impidiera.


—¿Secuestrar? —resopló Dorchin—. ¡Es ridículo, hombre! ¡Guarde esa pistola, no se saldrá con la suya!
Burckhardt levantó el arma con gravedad. 
—Creo que sí.
Dorchin parecía furioso y enfermo, pero, curiosamente, no tenía miedo. 
—¡Maldita sea! —empezó a gritar, pero cerró la boca y tragó saliva—. Escuchen —dijo persuasivamente—, están cometiendo un grave error. ¡No he secuestrado a nadie, créanme!
—No le creo —dijo Burckhardt sin rodeos—. ¿Por qué debería creerle?
—¡Porque es la verdad! ¡Créame!
Burckhardt negó con la cabeza. 
—El FBI puede confiar en su palabra si quiere. Lo averiguaremos. ¿Y ahora cómo salimos de aquí?
Dorchin abrió la boca para discutir.
Burckhardt estalló: 
—¡No se interponga en mi camino! Estoy dispuesto a matarlo si es necesario. ¿No lo entiende? He pasado dos días infernales y le culpo de cada segundo. ¿Matarle? ¡Sería un placer y no tengo nada que perder! ¡Sáquenos de aquí!
El rostro de Dorchin se tensó. Parecía a punto de decir algo, pero la chica rubia a la que había llamado Janet se interpuso entre él y el arma.
—¡Por favor! —le rogó a Burckhardt—. No lo entiende. ¡No debe disparar!
—¡¡ Quítese de mi camino!!
—Pero señor Burckhardt…
Nunca terminó. Dorchin se giró y avanzó a la puerta. Burckhardt había sido presionado en exceso. Blandió el arma, gritando. La chica chilló y Burckhardt apretó el gatillo. Acercándose a él con compasión y súplica en los ojos, ella volvió a interponerse entre el arma y el hombre.
Burckhardt bajó el arma y apuntó para herir, no para matar, pero su puntería nunca fue buena.
La bala alcanzó a la joven en el estómago.
Dorchin salió y se alejó; la puerta se cerró de golpe tras él y sus pasos se perdieron en la distancia.
Burckhardt arrojó el arma al otro lado de la habitación y saltó hacia la chica.
Swanson gimió: 
—Estamos acabados, Burckhardt. Ay, ¿por qué lo hiciste? Podríamos haber escapado. Podríamos haber acudido a la policía. ¡Prácticamente estábamos fuera! Nosotros...
Burckhardt no lo oía. Estaba arrodillado junto a la joven, que yacía boca arriba, con los brazos desarticulados. No había sangre y apenas rastros de la herida, pero la postura en la que yacía era una que ningún ser humano vivo podría haber mantenido.
Aunque ella no estaba muerta.
No estaba muerta... y Burckhardt, congelado a su lado, pensó que tampoco estaba viva.
No había pulso, pero sí una rítmica pulsación en los dedos extendidos de una mano.
No se oía ningún sonido de respiración, pero sí un silbido y un chisporroteo.
Los ojos estaban abiertos y miraban a Burckhardt. No había miedo ni dolor en ellos, sólo la más profunda compasión.
Con los labios retorciéndose erráticamente, ella dijo: 
—No se preocupe, señor Burckhardt. Estoy bien.
Burckhardt se sentó en el suelo, mirándola fijamente. Donde tendría que haber sangre estaba la limpia rotura de una sustancia que no era carne y un espiral de fino alambre de cobre dorado.
Burckhardt se humedeció los labios.
—Eres un robot —dijo.
La chica intentó asentir. Sus labios temblorosos dijeron: 
—Sí, lo soy. Y usted también.

V
Swanson emitió un sonido inarticulado, se acercó al escritorio y se sentó mirando la pared. Burckhardt se balanceaba junto a la marioneta destrozada en el suelo. No encontraba palabras.
La chica logró decir: 
—Siento mucho todo esto.
Sus hermosos labios se curvaron en una mueca de desprecio, aterradora en ese rostro joven y terso, hasta que logró controlarlos. 
—Lo siento —repitió—. El centro nervioso estaba justo donde impactó la bala. Se me dificulta controlar este cuerpo.
Burckhardt  asintió automáticamente, aceptando la disculpa. Robots. Era obvio, ahora que lo sabía. En retrospectiva, era inevitable. Pensó en sus ideas místicas sobre la hipnosis, los marcianos o algo aún más extraño. Aquello era estúpido, pues la simple creación de robots encajaba mejor y de forma más económica con los hechos.
Toda la evidencia estaba ante él. La fábrica automatizada, con sus mentes trasplantadas. ¿Qué impedía trasplantar una mente humana a un robot humanoide y darle las características y la forma de su dueño original? ¿Cómo podría saber que era un robot?
—Todos —dijo Burckhardt, sin apenas darse cuenta de que hablaba en voz alta—. Mi esposa, mi secretaria, tú y los vecinos. Todos somos iguales.
—No —la voz era más fuerte—. No todos somos iguales. Yo lo elegí, ¿sabe? Yo... —esta vez la convulsión de los labios no era una contorsión nerviosa—. Era una mujer fea, señor Burckhardt, y tenía casi sesenta años. La vida se me había pasado. Y cuando el señor Dorchin me ofreció la oportunidad de volver a vivir como una joven hermosa, la aproveché sin dudarlo. Créame, la aproveché, a pesar de sus desventajas. Mi cuerpo físico sigue vivo, en hibernación, mientras yo estoy aquí. Podría volver a él, pero nunca lo haré.
—¿Y el resto de nosotros?
—Es distinto, señor Burckhardt. Yo trabajo aquí. Cumplo las órdenes del señor Dorchin, registro los resultados de las pruebas publicitarias, observándolos a usted y a los demás vivir como él lo decidió. Lo hago por elección propia, pero usted no tiene elección. Porque, verá, usted está muerto.
—¿Muerto? —exclamó Burckhardt casi gritando.
Los ojos azules lo miraron sin pestañear y él supo que no mentía. Tragó saliva, maravillándose de los intrincados mecanismos que le permitían tragar, sudar y comer. Dijo: 
—Claro. La explosión de mi sueño.
—No fue un sueño. Tiene razón: La explosión fue real y esta planta la causó. Los tanques de almacenamiento estallaron y quienes no fueron afectados por la explosión murieron poco después a causa de los gases. Pero casi todos murieron en la explosión, veintiún mil personas. Usted murió con ellos y esa fue la oportunidad de Dorchin.
—¡Maldito demonio! —dijo Burckhardt.
Ella se encogió de hombros con una gracia extraña. 
—¿Por qué? Usted había muerto. Y usted y todos los demás eran lo que Dorchin quería: Un pueblo entero, un pedazo perfecto de Estados Unidos. Es tan fácil transferir el patrón de un cerebro muerto como el de uno vivo. Más fácil: Los muertos no pueden negarse. Oh, costó trabajo y dinero —el pueblo estaba en ruinas—, pero fue posible reconstruirlo por completo, sobre todo porque no era necesario que todos los detalles fueran exactos.
»En algunas casas hasta los cerebros fueron completamente destruidos; esas casas están vacías por dentro. Los sótanos no necesitan ser demasiado perfectos y tampoco las calles que apenas importan. De todos modos, el experimento sólo tiene que durar un día. El mismo día, el 15 de junio, una y otra vez. Y si de alguna manera alguien descubre algo levemente incorrecto, no tendrá tiempo de atar cabos, arruinando los resultados de las pruebas, porque todos los errores son borrados a medianoche.
El rostro intentó sonreír. 
—Este es el sueño, señor Burckhardt, el 15 de junio que usted nunca vivió. Es un regalo del señor Dorchin, un sueño que les da y luego les quita al final del día, cuando tiene todas las cifras referentes a sus reacciones de  tal o cual variable en una campaña publicitaria. Entonces los equipos de mantenimiento bajan por el túnel para recorrer toda la ciudad y extraer el sueño de sus habitantes con sus pequeños desagües electrónicos
»Y entonces el sueño vuelve a comenzar. Otra vez el 15 de junio.
»Siempre el 15 de junio, porque el 14 es el último día que cualquiera de ustedes recuerda haber vivido. A veces los equipos pierden a alguien, como lo perdieron a usted porque estaba debajo de su bote. Pero no importa. Quienes se pierden se delatan a sí mismos si lo demuestran, y si no lo hacen no afecta la prueba. Pero a los que trabajamos para Dorchin no nos quitan los recuerdos. Dormimos cuando se corta la luz, igual que ustedes. Sin embargo, al despertar, recordamos. —La cara se contorsionó violentamente—. ¡Si tan sólo pudiera olvidar!
Burckhardt exclamó con incredulidad: 
—¡Todo esto para vender productos! ¡Debió costar millones!
El robot llamado April Horn dijo: 
—Así fue. Pero también ha hecho ganar millones a Dorchin. Y eso no es todo. Cuando encuentre las palabras clave que hacen actuar a la gente de determinada manera, ¿creen que se detendrá ahí? ¿Creen…


La puerta se abrió, interrumpiéndola. Burckhardt se giró bruscamente. Recordando tardíamente la huida de Dorchin, levantó el arma.
—No dispares —ordenó la voz con calma.
No era Dorchin; era otro robot, este sin disfrazar con los ingeniosos plásticos y cosméticos, sino que brillando con naturalidad. Dijo con voz metálica:
—Olvídalo, Burckhardt. No estás logrando nada. Dame esa pistola antes de que hagas más daño. Dámela ahora.
Burckhardt rugió furioso. El brillo de este torso robótico era de acero; Burckhardt no estaba del todo seguro de que las balas lo atravesaran ni de que le causaran mucho daño si lo hacían. Lo habría puesto a prueba...
Pero desde atrás surgió un torbellino que gemía y se escabullía; era Swanson, histérico de miedo. Se arrojó hacia Burckhardt y lo empujó al suelo. El arma salió volando.
—¡Por favor! —suplicó Swanson incoherentemente, postrado ante el robot de acero—. ¡Te habría disparado! ¡Por favor, no me hagas daño! Déjame trabajar para ti como esa chica. Haré lo que me pidas...
La voz del robot dijo: 
—No necesitamos tu ayuda.
Dio dos pasos precisos y se paró junto el arma, ignorándola.
La robot destrozada dijo sin emoción: 
—Dudo que pueda aguantar mucho más tiempo, señor Dorchin.
—Desconéctate si es necesario —respondió el robot de acero.
Burckhardt parpadeó. 
—¡Pero tú no eres Dorchin!
El robot de acero lo miró fijamente. 
—Lo soy —dijo—. No en persona, pero estoy usando este cuerpo ahora mismo. Dudo que puedas dañarlo con una pistola. El cuerpo del otro robot era más vulnerable. ¿Quieres dejarte de tonterías? No quiero dañarte; eres demasiado valioso para eso. ¿Podrías sentarte y dejar que el personal de mantenimiento te ajuste?
Swanson se arrastró. 
—¿No nos castigarás?
El robot de acero no tenía expresión, pero su voz casi denotaba sorpresa. 
—¿Castigarte? ¿Cómo?
Swanson tembló como si la palabra hubiera sido un látigo, pero Burckhardt estalló: 
—Ajústalo si te deja, ¡pero a mí no! Vas a tener que hacerme mucho daño, Dorchin. No me importa mi valor ni lo difícil que sea reconstruirme. ¡Pero voy a salir por esa puerta! Si quieres detenerme, tendrás que matarme. ¡No me detendrás de ninguna otra manera!.
El robot de acero dio medio paso hacia él y Burckhardt, involuntariamente, se detuvo. Permaneció inmóvil y tembloroso, listo para la muerte, el ataque o cualquier cosa que pudiera suceder.
Listo para todo, excepto para lo que sucedió. Porque el cuerpo de acero de Dorchin simplemente se hizo a un lado, entre Burckhardt y el arma, pero dejando la puerta libre.
—Adelante —invitó el robot de acero—. Nadie te detiene.
Fuera de la puerta, Burckhardt se detuvo. Dorchin había hecho una locura al dejarlo ir. Robot o carne, víctima o beneficiario, nada le impedía acudir al FBI o a cualquier otra ley que encontrara lejos del imperio sintético de Dorchin, y contar su historia. Seguramente las corporaciones que pagaban a Dorchin por los resultados de las pruebas desconocían los medios usados por ese demonio. Dorchin tendría que ocultárselos o todo se derrumbaría. Irse podría significar la muerte, pero en ese momento de su falsa vida la muerte no era un terror para Burckhardt.
No había nadie en el pasillo. Descubrió una ventana y miró por ella. Allí estaba Tylerton, una ciudad artificial pero tan real y familiar que Burckhardt casi imaginó que todo el episodio había sido un sueño. Mas no era un sueño. En su corazón estaba seguro de ello y también de que ahora nadie en Tylerton podría ayudarlo.
Tenía que ir en la otra dirección.
Le llevó un cuarto de hora encontrar la salida. Lo hizo merodeando por los pasillos, atento a la sospecha de pasos, sabiendo con certeza que esconderse era en vano, pues Dorchin sin duda estaba al tanto de cada movimiento que hacía. Pero nadie lo detuvo y encontró otra puerta.
Era una puerta bastante sencilla desde dentro. Pero cuando la abrió y salió, no se parecía a nada que hubiera visto antes.
Primero hubo luz; una luz radiante, potentísima, cegadora. Burckhardt parpadeó, incrédulo y asustado.
Estaba de pie sobre una plataforma de metal liso y pulido. A menos de diez metros frente a sus pies, la plataforma descendía abruptamente. Apenas se atrevió a acercarse al borde, pero incluso desde allí no veía el fondo del abismo que se abría ante él. Y el abismo se extendía hasta perderse de vista en el potente resplandor.
¡No era extraño que Dorchin lo hubiera liberado tan fácilmente! Desde la fábrica no había adónde ir. ¡Y qué increíble era este abismo fantástico; qué imposibles los cientos de soles blancos y cegadores que pendían sobre él!
Una voz a su lado preguntó inquisitivamente: 
—¿Burckhardt? 
Y el nombre resonó como un trueno, retumbando suavemente de un lado a otro en el abismo que tenía ante sí.
Burckhardt se humedeció los labios. 
—¿S-sí? —graznó.
—Le presento a Dorchin. No es un robot esta vez, sino Dorchin en persona, hablándole por un micrófono. Ya lo ha visto, Burckhardt. ¿Será razonable y dejará que los equipos de mantenimiento se encarguen?
Burckhardt se quedó paralizado. Una de las montañas móviles bajo el resplandor cegador se dirigía hacia él. Debía medir decenas de metros. Miró fijamente hacia arriba, entrecerrando los ojos con impotencia ante la luz.
Parecía que...
¡Imposible!
La voz en el altavoz de la puerta dijo: 
—¿Burckhardt?
Pero no pudo responder.
—Ya veo —la voz  dio un suspiro profundo y retumbante—. Por fin lo entiende. No hay adónde ir. Ahora lo sabe. Podría habérselo dicho, pero quizá no me hubiera creído, así que era mejor que lo viera por sí mismo. Y después de todo, Burckhardt, ¿por qué iba a reconstruir una ciudad tal como era antes? Soy un hombre de negocios; calculo los costes. Si algo tiene que ser a escala real, lo construyo así. Pero en este caso no había necesidad.
Desde la montaña que tenía ante sí, Burckhardt vio con impotencia un precipicio más bajo que descendía con cuidado hacia él. Era largo y oscuro, y al final había blancura, una blancura de cinco dedos.
—Pobre Burckhardt —susurró el altavoz, mientras los ecos retumbaban en el enorme abismo que sólo era un taller—. Debió de ser un shock para usted descubrir que vivía en un pueblo construido sobre una mesa.

VI
En la mañana del 15 de junio Guy Burckhardt se despertó gritando a causa de un sueño.
Había sido un sueño monstruoso e incomprensible, con explosiones y figuras sombrías que no eran hombres y un terror indescriptible.
Se estremeció y abrió los ojos.
Fuera de la ventana de su dormitorio se oía una voz amplificada.
Burckhardt se tambaleó hasta la ventana y miró hacia afuera. Había un frescor ajeno a la temporada, más propio de octubre que de junio, pero todo era bastante normal, salvo por el camión con altavoces aparcado junto a la acera a mitad de la cuadra. Sus bocinas resonaban:

¿Eres un cobarde? ¿Eres un tonto? ¿Vas a dejar que políticos corruptos te roben el país? ¡NO! ¿Vas a aguantar cuatro años más de corrupción y crimen? ¡NO! ¿Vas a votar por el Partido Federal en todas las papeletas? ¡SÍ! ¡ Claro que sí!

A veces grita, a veces persuade, amenaza, suplica, engatusa, pero su voz sigue y sigue, un 15 de junio tras otro.


FIN

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