Santiago, 1960
Era una nublada tarde de otoño, dominada por los vientos y el luto. Una atmósfera de pesadumbre dominaba a la gris y megalítica ciudad de Santiago, que despedía al que fuera su más grande líder. Para la ceremonia fúnebre no se escatimó en gastos ni pomposidad. Las calles del centro de Santiago, normalmente dominadas por miles de elegantes automóviles Volkswagen, ahora estaban abarrotadas de seres humanos, como nunca antes se había visto. Ya ni los tranvías podías moverse con fluidez. Todo el "eje de poder" concentraba a una masa de miles y miles de Santiaguinos. Entre La Moneda y la amplia avenida que la conectaba con el palacio de tribunales hacia el norte, las personas incluso se trepaban a los árboles que hermoseaban el paseo. Araucarias recién plantadas de poco más de cuatro metros de altura, que ahora servían de improvisados miradores.
Hacia el sur del eje, por el paseo Bulnes, la situación era un poco más ordenada. Al centro de la avenida dominaban las filas de militares con sus orquestas, formaciones y el cortejo fúnebre. Las masas de santiaguinos se agolpaban a los bordes de las vallas papales, concentradas en la procesión. Todo el ambiente estaba inundado por las rimbombantes marchas militares de los uniformados. El día de las glorias del ejército había llegado antes ese año. Pasadas las marchas, en el escenario principal, la diva Rosita Serrano, la cantante más famosa de Europa y Sudamérica, entonó una emotiva versión del himno nacional, con lágrimas incluidas.
El aplauso y los vítores fueron unánimes y se escuchó con más fuerza hacia el final del paseo, el cual era rematado por una imponente estatua del doctor Nicolás Palacios (y a sus pies, una frase tallada en bronce: A la raza chilena). A la espalda del médico, comenzaba el Parque Almagro con una de las postales más conocidas de Santiago: El famoso obelisco de ochenta metros de altura (doce metros más que el de Buenos Aires), y el imponente palacio del congreso nacional. Un edificio art déco de noventa metros de altura, de sobrias y geométricas figuras, y con gruesas columnas que sostenían su frontis. Los primeros cinco pisos de la estructura seguían una forma rectangular, luego ésta seguía elevándose en una escalonada torre, casi una pirámide, que culminaba con una asta con las dos banderas a medio izar. La bandera nacional y la bandera de la aliada gran patria alemana.
Llegada la hora del crepúsculo, se dio inicio al discurso final. En el escenario principal, ubicado en la Plaza de la Ciudadanía, se encontraban sentados, mirando a la ciudadanía, las más altas autoridades del país. Primero el ministro del interior, Jorge González Von Marees; seguido por el general Ariosto Herrera, comandante en jefe del ejército; el doctor Salvador Allende, director del Instituto de Defensa de la Raza Pedro Aguirre Cerda, y en cuarto lugar el ministro de relaciones exteriores Miguel Serrano. Éste último se puso de pie para dar su discurso. A diferencia de sus compañeros de asiento, el canciller mantenía su afable sonrisa, mientras que los demás mostraban un talante especialmente sombrío, aún para la trágica ocasión.
Los ojos de los tres personajes no paraban de moverse, seguían con total atención los movimientos de cada uno. Corrían rumores de una conspiración, quizás una traición, pero Serrano parecía indiferente a todo eso.
En cuanto su inconfundible figura alta y señorial estuvo en el podio, militares y civiles guardaron silencio. A la hora en que la luz del sol se entrecortaba con la silueta de la cordillera de la costa, todo Chile observaba con suma y respetuosa atención al maestro de ceremonias. Con su característica gabardina negra, y un pelo ya encanecido tras años de servicio público, Serrano contempló a la basta multitud, se despejó la garganta, y exclamó:
—¡Oh, estrella de la mañana! Deja caer sobre nosotros tu luz honda humedecida. Muy buenas tardes, camaradas. Chilenos y chilenas. Espíritus de la tierra y el mar. Debo decir que me enorgullece ver tanto cariño, y tanta concurrencia, prueba manifiesta y excelsa de la devoción popular hacia quien fuera nuestro líder máximo durante más de veinte años. El general Carlos Ibáñez del Campo. Conductor, Sinche, Führer, son palabras que se quedan cortas para expresar el irrebatible y mesiánico liderazgo de un hombre que transformó Chile.
»Nacido en Linares, allá por 1877, nuestro general llegó por primera vez al poder en Chile en medio de una profunda crisis institucional y política a mediados de los años veinte. Ya en esa primera experiencia vendría con la intención expresa de construir un Nuevo Chile, y de encabezar un gobierno corporativista a la usanza de los fascismos recién paridos en Europa. Ello lo demostró en un ambicioso programa de transformaciones institucionales y de reformas urbanas. Lamentablemente, las vicisitudes de la historia y la gran crisis económica, impulsada por el judío internacional, evitaron que pudiera concretar sus objetivos.
González dejó de prestar atención, le había llegado un mensaje al audífono de su oreja izquierda. El aparato lo usaba para compensar la sordera con la que había resultado luego de una de las tantas explosiones de granada que le tocó presenciar durante los primeros años de la guerra. Claro que su implante era mucho más avanzado: También recibía señales a distancia.
—Señor Ministro, el explosivo está listo— fue el escueto mensaje que le llegó. González acercó su muñeca a su boca y contestó a través de su reloj walkie- talkie:
—Prosigan según lo indicado.
Una tenue sonrisa se dibujó en su pétreo rostro. Si todo salía bien, por fin podría deshacerse de Miguel Serrano. Sólo el general Herrera se percató de esa sospechosa orden dada por González en medio del acto.
—Afortunadamente, Ibáñez no se rendiría —continuaba el canciller— y volvió a por más en las elecciones de 1938. Estrategia que no duró mucho tiempo, pues el invento burgués de la democracia ya venía en franca decadencia desde mucho antes. Corrían tiempos de guerra en el Viejo Mundo, y el orbe en su totalidad se precipitaba hacia una revolución, a una nueva era. Situaciones extraordinarias requieren de hombres extraordinarios. Y eso fue nuestro general Ibáñez. Teniendo esto muy claro, el eterno caudillo se alió con el movimiento nacionalsocialista chileno, ala criolla del nazismo alemán. Fue en ese histórico 5 de septiembre de 1938 que asestamos un exitoso golpe de Estado contra el gobierno de entonces. El Golpe que puso a nuestro general de vuelta en La Moneda. Esta vez para siempre.
»Ese día, como todos sabemos, marcó el inicio de una revolución. Barrimos con el gobierno corrupto de Alessandri y todo su decadente liberalismo y capitalismo. Sólo un hábil animal político como don Carlos Ibáñez pudo conciliar de forma tan notable y maestra las vertientes nacionalistas y socialistas chilenas, enfrentadas de forma cada vez más intensa, en un solo gran movimiento nacionalsocialista, con el que sintonizaron prácticamente todos los movimientos políticos y sociales de Chile. La esvástica aria es la misma esvástica de los araucanos, símbolo que cruza e ilumina de manera inexorable el destino de nuestra raza.
El general Herrera miraba con especial atención a la tercera ventana, de izquierda a derecha, el penúltimo piso del edificio del Ministerio de Guerra. Estaba abierta, tal como estaba planeado. Desde allí, y tal como estaba planeado, saldría el tiro de gracia que eliminaría para siempre a Miguel Serrano. Sin el canciller, Herrera podría dar el golpe que hace tiempo estaba planeando y conseguir su más anhelado sueño: El poder total.
—Un horizonte de esperanza nació ese septiembre inolvidable. Nos hizo dueños de un legado que prometimos defender —Serrano detuvo su alocución ante los espontáneos y largos aplausos de la enardecida multitud—. Como una chispa que enciende un camino de pólvora, se expandió la hegemonía del nacionalsocialismo en el continente. Al poco tiempo, el gobierno argentino, encabezado por el general Juan Domingo Perón, no tardó en sumarse a nuestra causa. Uruguay se le anexó vía plebiscito, como el mejor anschluss austriaco. Para 1941, los tres países ya éramos los nuevos aliados del Tercer Reich. Poco después, se nos sumó Perú, que voluntariamente se convirtió en un protectorado japonés. Brasil corrió un destino mucho más funesto y se vio dividido en su mitad norte y sur, que a todas sus diferencias históricas sumaron la de apoyar a los aliados o a los alemanes. Lo que lo llevó a desangrarse en una cruenta guerra civil. Tropas sudamericanas, norteamericanas y alemanas se enfrentaron así a lo largo de todo el Amazonas, el cual redujeron casi por completo a cenizas. La guerra ya estaba totalmente mundializada. El nuevo frente significó que los norteamericanos dividieran sus tropas en tres escenarios distintos, lo que posibilitó su derrota. Así, estos fueron expulsados de Europa en 1944, con el fracaso de la invasión a Normandía. Poco después, vino el golpe final. Gracias a los trabajos del profesor Heisenberg, el Reich desarrolló la anhelada Wunder Waffen, la Bomba Atómica. Con la cual arrasamos la ciudad de Liverpool, en enero de 1945, lo que significó la rendición incondicional de Inglaterra, el fin de la guerra en Europa y la consolidación de la supremacía de la raza germánica en el mundo.
»Mientras nuestros aliados camaradas alemanes siguen peleando en una constante y difusa Guerra Fría contra los decadentes Estados Unidos de Norteamérica, desde aquí, en el fin del mundo, el general Ibáñez construyó un nuevo mundo. La sabiduría científica y esotérica de los nacionalsocialistas fue crucial para construir esta utopía. Los logros en medicina y en mejoramiento de la raza chilena, a través del programa iniciado por el difunto Pedro Aguirre Cerda, nos permitió acabar con los grandes lastres de la sociedad: Homosexuales, alcohólicos, sifílicos, judeo-marxistas y holgazanes ya son historia en este país. Todo gracias a la estupenda administración del doctor Salvador Allende Gossens, cuyo libro Higiene mental y delincuencia se convirtió en la Biblia del instituto, razones que llevaron al general Ibáñez a confiarle hasta su propia salud en sus últimos meses de vida.
Allende se sonrojó, pero no de modestia, sino de miedo, al tiempo que tapaba con su mano izquierda la disimulada aguja dorada que brotaba de su palma derecha. Pequeño instrumento que almacenaba el poderoso veneno (indetectable para cualquier autopsia) con el que había asesinado a Ibáñez y con el cual ahora planeaba deshacerse del mayor obstáculo para la revolución bolchevique: El poderoso canciller Miguel Serrano.
—El vasto programa de obras públicas pudo hacerse realidad. Se completó la construcción de este gran eje de poder en el que nos encontramos (eje que no sólo cumple una función urbanística, sino que también una función geomántica muy importante al alinearse con el eje de la tierra). Con los poderes judicial, ejecutivo y legislativo perfectamente alineados. En el Palacio de Tribunales, La Moneda y el Nuevo Congreso, respectivamente. Congreso próximo a abrir sus puertas y que será emblema de esta nueva democracia que hemos forjado a lo largo de los años. Una verdaderamente de masas, donde participen y se incluya a todo el pueblo chileno. Hacia el norte, conectando el Palacio Presidencial con el de Tribunales, tenemos la nueva Avenida General Ramón Cañas, en honor al valiente y sabio militar que inició la conquista de la Antártica, futuro de Chile y del mundo. En la misma avenida, y gracias a los milagros de la ingeniería genética desarrollada por el doctor Joseph Mengele y el camarada Erik Von Baer, hoy gozamos de estas araucarias genéticamente mejoradas que embellecen nuestras calles. El resto de la ciudad (pensada por el camarada austriaco Karl Brunner) es hoy la moderna urbe de diagonales y monumentos que incluso sirvió de inspiración para el diseño de la nueva Germania, capital del Reich. Gracias a la brillante administración de nuestro eterno general, hoy Santiago se alza como la digna capital de un imperio.
»Chile no es el fin del mundo, camaradas. Es el comienzo. Eso lo tenía muy claro don Carlos Ibáñez. Sudamérica es el futuro del mundo. ¿Por qué? No sólo por nuestra privilegiada ubicación geopolítica en el pacífico, sino que también por la Antártica. El continente entero es una flecha que apunta hacia el continente blanco, hoy bajo dominio chileno.
Herrera tosió, y se tapó la boca con un tembloroso puño. La salud del general no era muy buena. Su uniforme sobrecargado de medallas contrastaba con su cabeza completamente calva y arrugada como una pasa. La ciencia de los nacionalsocialistas había logrado extender su vida más allá de los designios de Dios (no los dioses del nuevo orden, sino del Dios cristiano). Por sus venas corría sangre atlante, con una proporción mayor de plaquetas y glóbulos blancos a la que tenía la sangre normal, y los tratamientos con energía Vrill habían borrado todo vestigio de células cancerígenas de su cuerpo. Así y todo, padecía de temblor crónico en sus manos, que se acrecentaba en los momentos de ansiedad.
Pero el hombre de armas era porfiado como Ibáñez. No pensaba morirse sin antes pasar a la historia como el nuevo caudillo de la confederación.
—Hemos llegado al año 1960 con un escenario inmejorable: Gracias a la alianza con el Tercer Reich, y aprovechando nuestra enorme riqueza natural, estamos desarrollando proyectos que hace veinte años muchos hubiesen tomado por imposibles y alucinantes. Nuestro ministro de salud, el doctor Salvador Allende, ha desarrollado, en colaboración con los científicos alemanes, un impecable programa de potenciamiento racial con el que hemos desarrollado un invencible ejército de araucanos con sus capacidades físicas y telequinéticas exponencialmente mejoradas.
En cuanto exclamó esto, González no pudo hacer menos que pensar en todo lo que haría una vez que se hiciera con el poder. Serrano había corrompido la revolución nacionalsocialista al incluir a la decadente y asquerosa raza araucana. En cuanto fuera presidente, llevaría a cabo la verdadera purificación racial. La piedra de tope era Serrano. Había acumulado demasiado poder y frenaría todas sus reformas. Había que deshacerse de él a como dé lugar.
—Hacia el sur de Chile, y gracias a las diligencias del ministro Marmaduke Grove, que en paz descanse, la marina alemana ha construido grandes bases navales y puertos que han beneficiado por igual a ambas naciones. Gracias a nuestro programa de reclutamiento de médiums y machis, pudimos entrar en contacto con los gigantes hiperbóreos que habitan en el interior de los grandes volcanes de la Patagonia. Fue gracias a ellos, los antiguos Dioses Blancos de la América olvidada, que pudimos construir las megalíticas urbes de cristal con las que colonizamos el continente blanco. Hoy, la península de la tierra de O’Higgins delimita hacia el sur con el cráter Almirante Byrd, la entrada al reino subterráneo de Agharta, con el que hemos establecido fructíferas relaciones diplomáticas que nos permitieron intercambiar vastos conocimientos y tecnologías. Uno de ellos fueron los Hanerbe. El vehículo del futuro. Platillos voladores movidos por la energía Vrill y el maná de chamanes pascuenses. Con esta tecnología hemos construido modernos centros aeroespaciales en la Antártica y en Atacama, desde donde hemos emprendido la conquista de la Luna. Que la propaganda yankee no los engañe, camaradas. El espacio le pertenece al eje ¡y la Luna es chilena!
Esto último lo gritó con el puño en alto, y el público lo acompañó con vítores. Tras un breve lapsus, se retomó la solemnidad del discurso:
—Los problemas energéticos tampoco son ya una preocupación para nosotros. Mientras que nuestros camaradas trasandinos ya están perfeccionando la energía de fusión termonuclear de la mano del profesor Ronald Richter, aquí, gracias a nuestra fluida conexión con la Pachamama y los pillanes del subsuelo, el gobierno tiene en marcha un plan para aprovechar la energía geotérmica de todos los volcanes de Chile. A partir de hoy, ya no habrá actividad telúrica o erupción que no esté cuidadosamente planificada por el Estado.
»Ese es el Chile que el gran General Ibáñez nos ha legado. Un Nuevo Chile. Uno donde el Estado ocupa el papel que le corresponde: Grande, fuerte y poderoso. Portaliano. Instructor y organizador de la vida de todos los chilenos. Además de garante no sólo de su seguridad, sino que también su progreso material y espiritual. Somos ciudadanos no por derecho, sino por raza. Por nuestras venas corre la sangre de esta tierra. Una tierra mágica, así como inestable. Hoy, todo eso está en una inefable armonía. Los chilenos estamos en armonía con nuestra tierra, con nuestra raza, con nuestro ser. En suma, con nuestro zen.
Serrano hizo una breve pausa. Tomó un sorbo de agua del vaso que disponía a su derecha, y se aclaró la garganta. Retomó su exposición con más brío y tono épico que antes:
—En línea con este magno proyecto, es que hemos acordado coronar esta ceremonia como los dioses mandan. Con un monumento que dé cuenta de la inmortal gloria de nuestro general. Y sin ir más lejos, como la máxima consolidación del legado político del 5 de septiembre, me complace anunciar que, oficialmente, las cinco grandes naciones americanas de Bolivia, Perú, Chile, Argentina y Uruguay, se unirán como confederación bajo una sola bandera: La Confederación Andina.
Dicho esto, una batería sonó y unos cadetes muy condecorados de Carabineros de Chile (institución fundada por Ibáñez, pero que con el tiempo había adquirido muchas similitudes, en sus uniformes y en sus métodos, con las SA alemanas. No por nada también cumplían funciones de inteligencia y de policía secreta) retiraron una manta que cubría una estructura de cinco metros de alto frente a la cara norte de La Moneda. La estructura resultó ser una estatua del presidente Carlos Ibáñez del Campo, la cual inmortalizaba su figura en su mejor momento: Con su grueso y viril bigote negro, además de su gallarda e imponente figura enfundada en su uniforme de gala. En el podio, se leía su inmortal frase, que pronunciara primero cuando abdicó en 1931 y que repitió en varias oportunidades en los momentos más álgidos que vivió Chile:
Juro que he salvado a la República.
Las trompetas sonaron y con pomposas tonadas acompañaron al izamiento de la nueva bandera nacional en el asta de sesenta metros ubicada en la plazoleta al centro de la Alameda. Una vez que ésta logró elevarse al tope del mástil, los chilenos pudieron contemplarla en todo su esplendor: Era igual a la anterior, salvo por un cambio crucial. La estrella solitaria ya no poseía cinco puntas sino ocho. Era la estrella de Arauco, la Wuñelfe Kushe, la estrella del alba que iluminó al pueblo mapuche y a Bernardo O’Higgins en su lucha por la libertad.
Fastuosas tonadas marciales, junto a vítores masivos, acompañaron el descubrimiento del nuevo emblema, bandera del nuevo Chile y también de la nueva confederación. Serrano, profundamente conmovido y con los ojos humedecidos, prosiguió con su alocución:
—Y eso no es todo, camaradas. Como recordatorio continuo de la gran labor desempeñada por nuestro caudillo, hemos edificado este nuevo Altar de la Patria, coronado por la que hemos bautizado como la Llama de la Eterna Libertad. Libertad del poder usurero del judío internacional. Libertad del imperialismo yankee. Y de las ataduras materiales y etéreas que nos impedían alcanzar nuestra condición de seres de luz.
El ministro del Interior consultó su reloj. El acto se había demorado más de lo programado. Los nervios lo consumían por dentro ¿funcionaría la bomba?
Una niña de 10 años con tenida mapuche, consistente en un traje negro, collares de plata y hojas de laurel en el cabello, llevó la antorcha ceremonial a manos de Serrano.
—Camaradas, el honor de encender la Llama de la Eterna Libertad corresponde, por razones obvias, al hombre responsable de que estemos aquí. A quien movió los hilos desde el principio, gestó esta revolución y fue la fiel mano derecha del general Ibáñez —exclamó el canciller.
"¡Pedazo de pedante!" —pensó González—, "muérete luego, será mejor. Un muerto en un funeral, que poético…".
—Estoy hablando del honorable ministro, don Jorge González Von Marees. Un fuerte aplauso, por favor.
Dicho esto, González Von Marees no pudo ocultar su compungido rostro. Serrano era conocido por improvisar en los actos públicos, pero esa posibilidad nunca le pasó por la mente. El ministro había cavado su propia tumba. Al lado suyo, el general Herrera también evidenciaba preocupación. Volvió a mirar a la ventana: El fusil ya se asomaba con dirección al altar.
Serrano se acercó a las tres autoridades. Le entregó la antorcha encendida a González y le dio la mano. Siguió con Herrera, a quien le dio un fraternal abrazo, con palmadas en la espalda incluidas. Luego fue el turno de Allende. El médico había esperado durante años este momento; todo lo que tenía que hacer era darle la mano y en unas horas Serrano estaría dando sus últimos suspiros. Sería el inicio de una nueva era, con un Chile libre del yugo militarista y con Allende como el presidente encargado de liderar la transición. Pero, contrario a lo que esperaba, Serrano se paró frente a él, golpeó los tacos de sus zapatos, y levantó el brazo derecho exclamando:
—¡Heil Hitler!
El médico no pudo hacer menos que contestarle con el mismo gesto.
"Era un plan bastante mediocre" —pensó, pero no era el único que tenía. La dictadura tardaría más de lo que esperaba en caer.
González, resignado y con su mejor uniforme marcial, subió los escalones de la amplia estructura piramidal ubicada a la entrada del Paseo Bulnes, portando la antorcha encendida en su mano derecha. Como si se trataran de las olimpiadas, subió los quince escalones, cada uno de cincuenta centímetros de ancho, que lo separaban de la cima, coronada por un hondo platillo negro con runas grabadas en sus bordes. A medida que subía, pensaba que sin su persona Serrano tendría el camino pavimentado hacia el poder total. Aunque oficialmente el sucesor debía ser el Ministro del Interior, el canciller no sólo era ampliamente popular en la ciudadanía, sino que contaba con una importante mayoría de adherentes en el partido nazista chileno. Pero todo eso ya daba lo mismo.
La bomba había sido preparada por personal de Carabineros, institución a través de la cual González se había deshecho de varios enemigos en el pasado. En cuanto el fuego tocara el platillo, el artefacto se detonaría.
No había vuelta atrás. Estaba delante del platillo y tambaleante se inclinó. Paralelamente, desde su refugio en el Ministerio de Guerra, el militar encargado del magnicidio fruncía su bigote castaño y preparaba el martillo de su fusil. El elegido por Herrera para tan importante tarea era el teniente Pinochet. Con un ojo cerrado, su pupila azul derecha observaba atenta por el telescopio del arma, apuntando a la persona que portaba la antorcha a cien metros de donde se encontraba. Bastó un instante previo, un milisegundo antes de apretar el gatillo, para darse cuenta que no era Serrano. Su reacción fue rápida y corrió el arma al mismo tiempo que disparaba.
La bala dio justo en el centro del platillo, donde se ubicaba la bomba. El resultado fue una poderosa explosión y González salió repelido, rodando un par de escalones hacia abajo.
Pero nada más. La explosión había sido hacia arriba, produciendo un destello verdeazulado similar a la llama de una cocina, que se elevó varios metros hacia el cielo, casi como un espectáculo pirotécnico, antes de que el fuego se estabilizara. González, tumbado en los escalones, levantó la cabeza y contempló una llama amarilla cuyo resplandor ardió reflejándose en sus pupilas.
El público aplaudió, todo parecía cuidadosamente planificado, y los "¡Viva Chile!" se multiplicaron.
—Esta llama arderá para siempre en cada uno de vuestros corazones. Chilenos, araucanos, selknams, atlantes, aghartianos y lemurianos. Vosotros, el pueblo, sois la mayor riqueza de esta tierra mágica ¡Viva Chile! ¡Viva la raza chilena! ¡Y viva la Confederación Andina! —arengó Serrano, con toda la fuerza de sus pulmones.
González no entendía nada: ¿De dónde vino la bala? ¿Por qué no funcionó la explosión? Pensó en expulsar a los funcionarios de Carabineros encargados de instalar el dispositivo, luego pensó en la posibilidad de que la bala misteriosa alterara el mecanismo de detonación. Miró hacia el sur, de donde parecía haber sido disparada la bala. De una de las ventanas del Ministerio de Guerra brotaba un fusil que se escondió rápidamente.
Llegaron corriendo Herrera y Allende, y lo ayudaron a incorporarse. El general intentó balbucear algo, pero su rostro descompuesto le confirmó su sospecha. Allende captó la comunicación no verbal entre ambos, al tiempo que, en cuclillas, le ofrecía ambas manos a González para levantarse. Cuando éste se acercó a su mano derecha, a último minuto el médico dijo "¡no!", retirándola. Extrañado, González lo tomó bruscamente de la muñeca e inspeccionó su palma, descubriendo la aguja amarillenta. El ministro del interior y el general sabían lo que significaba. Había usado ese mismo instrumento para deshacerse de sus enemigos antes.
Los tres se pusieron de pie. Las miradas que intercambiaron reflejaban confusión, pero también ira. En ese momento, los tres nacionalsocialistas pensaron lo mismo: Antes del siútico lamebotas de Serrano, primero debían deshacerse de esos dos conspiradores.
Como era costumbre, las orquestas acompañaron el emotivo e histórico momento con una melodía inconfundible. Apenas sonados los primeros acordes, todos los chilenos, del desierto a la Antártica, e incluso en las bases en la Luna y en el centro de la tierra, se cuadraron para cantar el himno nacional. Completo, con las seis estrofas.
Miguel Serrano cantaba como un niño embelesado, mientras una discreta lágrima le recorría la mejilla. Escena que retrató fielmente la cámara del Zepelín de LAN que levitaba sobre él. El cielo de la plaza de la ciudadanía se vio cubierto de zepelines y platillos voladores con la esvástica (aria y mapuche) de la Fuerza Aérea de Chile para la hora del cénit. A medida que se iba apagando la luz del sol, también fueron llegando gigantes compuestos en su totalidad de humo, emanados por el volcán Maipo. Pillanes guardianes de la Pachamama y del Estado Nacionalsocialista Chileno que venían a asistir al histórico funeral.
Para cuando los últimos versos de "¡O el asilo contra la opresión!" había retumbado en la médula de cada uno de los chilenos, la noche ya había caído y el acto se dio por finalizado.
FIN
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