2024/01/08

Adaptación (John Wyndham)


Título original: Adaptation
Año: 1949


La perspectiva de tener que quedarse en Marte durante algún tiempo no inquietó mucho a Marilyn Godalpin; al menos al principio. Había estado cerca del desierto, llamado campo de aterrizaje, cuando el Andrómeda hizo un descenso de emergencia. Después de aquello, no le sorprendió en absoluto cuando los ingenieros dijeron que, con las limitadas instalaciones existentes en la colonia, la reparación duraría por lo menos tres meses, o más, probablemente, cuatro. Lo verdaderamente extraño era que ninguno de los pasajeros de a bordo había sufrido más que algunas sacudidas.
Ni siquiera le preocupó, cuando le explicaron en términos astronáuticos sencillos, que el Andrómeda no podría despegar por lo menos en ocho meses, debido a la posición relativa de la Tierra. Pero estuvo algo inquieta al enterarse de que iba a tener un niño. Marte no parecía el lugar apropiado para ello.
Marte la había sorprendido. Cuando le ofrecieron a Franklyn Godalpin el empleo para explotar las minas de la Jason Mining Corporation en aquellos territorios, pocos meses después de su matrimonio, fue ella quien le persuadió para que lo aceptara. Su instinto femenino le decía que los hombres de baja posición estaban obligados a ir donde fuera. La opinión que tenía de Marte, por lo que había visto en las fotografías, era muy baja, pero deseaba que su marido fuera a cualquier parte, y ella ir con él. Como el corazón y la cabeza de Franklyn tiraban por direcciones opuestas, ella lo habría conseguido de cualquier forma. Eligió la cabeza por dos razones; una, no fuera que algún día le echara la culpa, alegando que, por ella, había perdido la mejor oportunidad de su vida. La otra porque, como ella dijo:
—Si vamos a tener una familia, quiero darles lo mejor que podamos. Yo te amo a ti tal y como eres, pero por nuestros hijos quiero que seas un hombre importante.
Y le convenció no sólo para que aceptase el empleo, sino para que la llevara con él. Habían quedado en que ella iría con su esposo hasta verle instalado de la manera más cómoda que permitieran las primitivas condiciones de aquel lugar, y luego volvería a casa en la primera nave que partiera. De esa forma sólo tendría que esperar cuatro semanas, según el cómputo de la Tierra. Pero la nave en cuestión era el Andrómeda; la última antes de entrar en la fase de oposición.
Las ocupaciones de Franklyn le permitían poco tiempo libre para estar con su esposa y de haber sido Marte lo que ella esperaba, le habría sido espantoso nada más pensar que tenía que quedarse una semana más de la cuenta. Pero lo primero que descubrió, tan pronto como puso sus pies sobre el planeta, fue que las fotografías pueden ser literalmente verídicas, mientras que, en espíritu, son todo lo contrario.
En efecto, allí estaban los desiertos, millas y millas desérticas. Pero desde el principio se apreciaba la ausencia de aquella austeridad inhospitalaria que les habían atribuido las fotografías. Tenía cualidades que, de un modo u otro, habían escapado a la lente del objetivo. El paisaje cobraba vida y se mostraba distinto de las sombras y matices captados por la cámara.
Había una inesperada belleza en el colorido de las arenas, en las rocas, en las distantes y redondeadas montañas, y una rareza en las oscuras profundidades del cielo sin nubes. En las plantas y arbustos de los márgenes de los cursos de agua se criaban flores mucho más bellas y delicadas de las que jamás había visto en la Tierra. Existía también el misterio de las piedras correspondientes a antiguas ruinas que yacían medio sepultadas; todo lo que quedaba, tal vez, de monumentales palacios y templos, Marilyn lo comparaba a lo que el viajero Shelley había conocido en su antigua tierra:

En torno a las ruinas de aquel colosal naufragio, infinito y raso, se extiende sin cesar, solitaria, la llanura de arena.

Sin embargo, no era un paisaje horrendo. Ella había esperado encontrar una espantosa desolación; las morbosas secuelas de la erupción, la destrucción y el fuego. No se le había ocurrido pensar que el ocaso de un mundo podía presentarse con suavidad, con serena melancolía, igual que la caída de una hoja en otoño.
En la Tierra, la gente consideraba a los aventureros marcianos como a los nuevos pioneros que atacaban contra la más reciente frontera encontrada por el hombre. Aquello era una apreciación inexacta, porque las tierras de Marte yacían allí plácidamente abiertas a los colonizadores, sin ofrecer resistencia. Aquella placidez les restaba importancia, convirtiéndoles en toscos intrusos del postrer sueño de un mundo que se extinguía.
Marte se hallaba en un estado comatoso, sumiéndose lenta y profundamente en su último sopor. Pero todavía no estaba muerto. En sus aguas se agitaban aún las mareas estacionales, aunque raras veces presentaran mayores signos de ello que un ocasional rizo. Entre sus flores y campanillas aún volaban insectos transportando el polen. Todavía germinaban algunas clases de granos, ralos, vestigios empobrecidos de cosechas pasadas, aunque susceptibles de volver a darse con una nueva irrigación. Había los llamados thysanópteros, brillantes criaturas voladoras de vistoso color, no clasificadas como insectos ni como pájaros. Por la noche salían otras criaturas más pequeñas. Algunas de ellas maullaban, casi igual que los gatos y, a veces, cuando los dos lunas estaban en el cielo, se podían ver unas formas semejantes al tití. El más característico de todos los sonidos marcianos lo producían la campanillas vegetales, casi en un constante repiqueteo. Sus duras y radiantes hojas, relucientes como el metal bruñido, sólo precisaban el más leve soplo del viento para ponerse en movimiento y que todo el desierto resonara al compás de sus pequeños címbalos.
Los vestigios dejados por las gentes que vivieron allí eran muy insignificantes para ser interpretados. Corrían rumores de que, hacia el Sur, había pequeños grupos, aparentemente humanos, pero no se podía efectuar una verdadera exploración hasta que se perfeccionaran artefactos voladores que se adaptaran bien a la ligera atmósfera marciana.
Existía una especie de frontera pero sin valor, porque no había otro enemigo real con quien combatir que la quietud y la vejez. Aparte de la activa colonia, Marte era un lugar en reposo.
—Me gusta —dijo Marilyn—. En cierto modo, es triste, pero no deprimente. Es como una de esas canciones que te calman y te devuelven la paz.

La inquietud que experimentó Franklyn al enterarse de la noticia fue mayor que la de Marilyn, pero la culpa de todo se la echó a sí mismo. Su ansiedad irritaba ligeramente a Marilyn, la cual trataba de animarle haciéndole ver que de nada servirían las lamentaciones. Todo lo que podían hacer era aceptar la situación y poner el máximo cuidado.
El médico de la colonia era de la misma opinión. James Forbes era un hombre joven y competente pero no tenía la especialidad de cirujano. Estaba allí porque se necesitaba de un hombre competente en un lugar donde era de esperar se produjeran los efectos más extraños y se requería un cuidadoso estudio de ello. Además, había aceptado el puesto porque le atraía. En este caso, se limitaba a mirar los hechos objetivamente y a ofrecer palabras de estímulo, quitándole importancia.
—No hay por qué preocuparse —les aseguró—. Desde el comienzo de la historia, ha habido mujeres que han alumbrado en momentos y lugares mucho más inconvenientes que éste, y salieron adelante. No existe razón alguna para que todo no salga perfectamente normal.
La seguridad con que pronunciaba aquellas mentiras profesionales, respaldadas firmemente por sus maneras, hizo que aumentara la confianza del matrimonio. Pero en su diario secreto inscribía inquietantes especulaciones acerca de los efectos de la baja gravedad y presión del aire, cambios rápidos de temperatura, la posibilidad de infecciones desconocidas y otros factores peligrosos.
A Marilyn no le importaba mucho el carecer de las comodidades que habría tenido en casa. Con el cuidado y la compañía de su doncella negra, Helen, mataba el tiempo cosiendo y realizando otras faenas menores. El paisaje marciano la fascinaba. La infundía una paz como si se tratase de un viejo y sabio confidente que hubiera visto demasiado sobre la vida y la muerte para preocuparse por cualquiera de estas cosas.

Una noche, cuando el desierto yacía helado bajo la luz de la luna, cuya quietud sólo era interrumpida ocasionalmente por el repiqueteo de las campanillas, nació Jannessa, la hija de Marilyn. Era el primer bebé de la Tierra que nacía en Marte. Su peso resultaba perfectamente normal: Tres kilos (peso de la Tierra). No presentaba motivos de inquietud.
Fue más tarde cuando las cosas empezaron a empeorarse. Los temores sobre extrañas infecciones abrigados por el doctor Forbes estaban bien fundados y, a pesar de sus escrupulosas precauciones, se presentaron complicaciones. Algunas fueron susceptibles de ser atacadas con penicilina y complejos sulfamídicos, pero otras se resistían a ella. Marilyn, que al principio parecía recuperarse estupendamente, comenzó a debilitarse y cayó gravemente enferma.
La niña tampoco se desarrollaba como debiera, y cuando finalmente despegó el reparado Andrómeda, partía sin ellas. Pocos días más tarde llegaría otra nave procedente de la Tierra. Antes de que llegara, el doctor explicó a Franklin la situación.
—No me satisface por completo cómo se desarrolla la niña —le dijo—. Gana menos peso del normal. Crece, pero no lo suficiente. Está bien claro que estas condiciones no le sientan bien. Podría sobrevivir, pero no respondo de los efectos que influirían en su constitución. Conviene que sea trasladada a la Tierra lo antes posible.
Franklyn frunció el ceño.
—¿Y su madre? —preguntó.
—La señora Godalpin, me temo no se encuentra en condiciones de viajar. De ninguna manera. En su actual estado, y después de tanto tiempo sometida a una baja gravedad, dudo que soportara una aceleración G.
Franklyn miraba molesto, no queriendo comprender.
—¿Qué quieres decir...?
—En pocas palabras, que sería fatal para tu esposa intentar el viaje, y probablemente fatal para tu hija el quedarse aquí.
Sólo quedaba una posibilidad. Quedó decidido que, cuando llegara la próxima nave, el Aurora, marcharía sin dilación. Se preparó un pasaje para Helen y la niña, y la última semana de 1994 subieron a bordo.
Franklyn y Marilyn vieron despegar al Aurora. La cama de Marilyn había sido arrimada a la ventana y su esposo se sentó sobre ella sosteniéndole la mano. Juntos vieron partir la nave hacia los cielos sobre un cono de llamas, y luego se fue curvando en la lejanía hasta quedar convertida en un puntito de fuego en el firmamento marciano. Los dedos de Marilyn se aferraron fuertemente a su esposo. El la rodeó con su brazo para sujetarla mejor y la besó.
—Todo irá bien, querida —le dijo—. Dentro de pocos meses volverás a reunirte con ella.
Marilyn puso su otra mano sobre la mejilla de él, pero no dijo nada. Transcurrirían casi diecisiete años antes de tener noticias del Aurora, pero Marilyn nada iba a saber. En menos de dos meses estaría reposando para siempre bajo las arenas de Marte, rodeada por el suave repiqueteo de las campanillas vegetales.


Cuando Franklyn se marchó de Marte, el doctor Forbes era el único miembro de la expedición original que todavía quedaba allí. Se estrecharon la mano junto a la rampa que conducía a la más moderna nave de propulsión nuclear.
—Franklyn, durante cinco años te he visto trabajar sin descanso —le dijo el doctor—. Nada te quedaba para seguir viviendo. Pero ahora es distinto. Vete a casa y vive, que bien te lo has ganado.
Franklyn retiró la vista del flamante Astropuerto Gillington que había sido levantado, y aún estaba creciendo, junto a la rudimentaria colonia de unos años atrás.
—¿Y en cuanto a ti? Llevas en Marte más tiempo que yo.
—Yo he disfrutado de un par de vacaciones. Fueron lo suficiente largas para que me diera tiempo a echar un vistazo por la Tierra y llegar a la conclusión de que lo que realmente me interesa es esto —Podía haber añadido que las segundas fueron lo suficientemente largas para encontrar a una chica y casarse con ella, la cual había traído con él, pero sólo dijo—: Además, yo he estado trabajando, no matándome como tú.
La mirada de Franklyn vagó de nuevo, esta vez más allá de la colonia, hacia los campos que ahora limitaban el canal. Entre ellos había una pequeña parcela señalada con una piedra vertical.
—Todavía eres joven. La vida te debe algo —dijo el doctor. Franklyn parecía no haberlo oído, pero el doctor sabía que sí lo había hecho y añadió—: Tú también debes algo a la vida. No te lastimes resistiéndote a ella. Hemos de adaptarnos a la vida.
—Dudo que... —empezó a decir Franklyn, pero el doctor le puso la mano sobre el brazo.
—No pienses en tu hija. Has trabajado duramente para olvidarla. Ahora debes empezar de nuevo.
—Tú sabes que no se ha informado de que el Aurora sufriera ningún accidente —dijo Franklyn.
El doctor suspiró y no dijo nada. Las naves que desaparecían sin dejar rastro eran infinitamente más numerosas que las que dejaban alguno.
—Debes empezar de nuevo —le repitió insistentemente.
Los altavoces empezaron a llamar: "Todos a bordo". El doctor Forbes vio cómo su amigo entraba por la portezuela. Quedó un poco sorprendido al sentir que le tocaban el brazo. Al volverse encontró a su lado a su propia esposa.
—Pobrecillo —dijo ella por lo bajo—. Tal vez cuando llegue a casa...
—Tal vez —dijo el doctor dubitativo, y añadió—: He sido cruel con él queriendo ayudarle. He debido hacer lo posible por liberarle de esa falsa esperanza, pero no pude.
—No —afirmó ella—. Tú no podías ofrecerle ningún sustituto de lo que perdió. Tal vez cuando llegue a la Tierra encuentre a alguien que se lo pueda ofrecer. Quizás una mujer. Esperemos que la encuentre pronto.

Después de una minuciosa inspección, Jannessa retiró la vista de su propia mano y consideró el color de azul pizarra que presentaban los dedos y brazo que estaban a su lado.
—Soy tan diferente de todo el mundo... —dijo como lamentándose—. Telta, ¿por qué soy diferente?
—Todos somos diferentes —repuso Telta. Retiró sus ojos de la fruta redonda y pálida que estaba trinchando sobre una escudilla. Sus miradas se encontraron. Los ojos de color azul chino de Jannessa, interrogantes dentro de un marco blanco, se cruzaron con las oscuras pupilas de Telta que flotaban en un fondo de topacio claro. En las delicadas cejas de plata de la mujer se dibujó una pequeña arruga mientras estudiaba a la niña—. Yo soy diferente, Toti es diferente, Melga es diferente... Así es la creación.
—Pero yo soy muy distinta. Mucho más distinta.
—No creo que en el mundo de donde viniste fueras tan diferente —añadió Telta, y prosiguió picando la fruta.
—¿Era yo diferente de recién nacida?
—Sí, querida.
Jannessa se puso a reflexionar.
—Telta, ¿de dónde vienen los recién nacidos?
Telta se lo explicó y Jannessa dijo con desdén:
—No me refiero a eso. Quiero decir las criaturas como yo. Los que somos diferentes.
—No lo sé. Sólo sé que deben venir de alguna parte...
—¿De ahí afuera? ¿De dónde hace tanto frío?
—De mucho más lejos —Telta reflexionó un momento, añadiendo—: ¿No has estado nunca en una de esas cúpulas que se alzan en el exterior, cuando reinan las tinieblas? ¿Te has fijado en las rutilantes estrellas?
—Sí, Telta.
—Bueno, pues, de una de esas estrellas has venido tú. Pero nadie sabe de cuál de ellas.
—Telta, ¿eso es cierto?
—Completamente cierto.
Jannessa siguió sentada e inmóvil durante un rato, pensando en el infinito cielo nocturno con sus miríadas de estrellas.
—¿Pero cómo es que no me mató el frío?
—Le faltó muy poco para que murieses, querida. Toti te encontró a tiempo.
—¿Y estaba yo sola?
—No, querida. Tu madre te estaba protegiendo. Te había envuelto con todo lo que pudo para preservarte del frío, pero ella no le pudo resistir. Cuando Toti la encontró, estaba moribunda. Sólo tuvo tiempo para señalar hacia ti diciendo "Jannesa, Jannessa". Por eso creímos que te llamabas Jannessa.
Telta guardó silencio, recordando cuando Toti, su esposo, había traído a la niña rescatada de la superficie, devolviéndola al calor de la vida cuando estaba a punto de morir. Unos cuantos minutos más afuera habrían resultado fatales. El frío era una cosa terrible. Se estremecía al recordar lo que explicaba Toti del intenso frío, que acabó oscureciendo la piel de la infortunada madre, pero eso no se lo dijo a la niña.
El rostro de Jannessa se contraía, pensativo.
—Pero... ¿cómo? ¿Es que caí de las estrellas?
—No, querida. Te trajo una nave espacial.
Aquellas palabras no significaban nada para Jannessa.
Resultaba difícil de explicar a una niña. Hasta a la propia Telta le resultaba difícil de creer. Su experiencia se limitaba exclusivamente al medio en que vivía. La superficie era sólo un lugar espantoso e inhospitalario cubierto de rocas puntiagudas y un frío mortal, que ella solamente había visto desde las cúpulas protegidas. Los libros de historia hablaban acerca de otros mundos lo suficientemente cálidos para vivir en su superficie, y que sus propios antepasados habían venido de un mundo de aquellos hacía muchas generaciones. Ella consideraba que todo esto era cierto, pero, no obstante, resultaba irreal. Más de cincuenta generaciones de sus antepasados estaban entre ella y la vida en la superficie de un planeta y resultaba difícil que algo tan lejano pareciera real. No obstante, le contó la historia a Jannessa, con la esperanza de que le sirviera de algún consuelo.
—¿De qué estrella procedían? ¿De la misma que yo? —quiso saber la niña.
Pero Telta no sabía decírselo.
—No creo que pudiera ser la misma. Cuando te reconocieron los médicos, dijeron que debías proceder de un mundo mayor.
—¿Estaba yo muy enferma?
—Mucho.
—¿A causa del frío?
—Por el frío y por otras cosas. Pero, por fin, los médicos hicieron posible que vivieras entre nosotros. Para ello tuvieron que trabajar mucho y muy sabiamente. Más de una vez pensamos que te íbamos a perder.
—¿Y qué tuvieron que hacer conmigo para ello?
—Yo no entiendo mucho de esas cosas. Tú estabas hecha para vivir en un mundo distinto. Un mundo de mayor gravedad, de atmósfera más densa, más humedad, temperatura superior, alimentos distintos... y muchas cosas más que aprenderás cuando seas mayor. Por eso tuvieron que adaptarte para poder vivir aquí.
Jannessa se quedó pensando.
—Fueron muy amables —dijo Jannessa—, pero no del todo, ¿verdad? 
Telta la miró con sorpresa.
—Querida, pareces no sentir agradecimiento. ¿Qué quieres decir con eso?
—Si los médicos pudieron hacer todo aquello, ¿por qué no me dejaron igual que toda la gente? ¿Por qué me dejaron con esta blancura de piel? Me gustaría que me hubieran dejado un bonito pelo como el tuyo, en vez de éste de color amarillo.
—Querida, tu cabello es precioso. Es igual que finas hebras de oro.
—Pero no es como el de todo el mundo. Es diferente. Quiero ser como los demás. Pero soy un monstruo. 
Telta la miraba, desdichadamente perpleja.
—El ser de otra raza no quiere decir que se sea un monstruo —le dijo.
—Lo es cuando no hay otro igual —respondió Jannessa—. Y yo quiero ser como todo el mundo. No puedo soportarlo.


Un hombre subía lentamente las escaleras de mármol del Club de los Aventureros. Era de mediana edad, pero caminaba con la torpeza propia de un hombre mayor. El portero le miró por un momento con expresión de duda, pero en seguida se despejó su incertidumbre.
—Buenas noches, doctor Forbes —le saludó. El doctor Forbes dejó escapar una sonrisa.
—Buenas noches, Rogers. Tienes buena memoria. Han pasado doce años. 
Charlaron durante unos minutos. Luego el doctor siguió adelante dejando instrucciones para que cuando llegara su invitado fuera llevado al salón de fumadores. Llevaba allí sentado unos diez minutos cuando se le aproximó Franklyn Godalpin con la mano extendida. Estuvieron conversando mientras tomaban un par de copas y luego se dirigieron al restaurante.
—De manera que ya estás de vuelta... cargado de honores médicos —dijo Franklyn.
—Es curioso —comentó Forbes—. Dieciocho años en total. No llevaba allí un año cuando tú llegaste.
—Ha sido un merecido descanso. Otros llegaron después que tú, pero fue tu obra lo que nos permitió trabajar y vivir allí.
—Había mucho por aprender. Aún lo hay.
Forbes no sentía falsa modestia. Conocía como cualquier otro los resultados de su duro trabajo. Uno de ellos era, indirectamente, el hombre que tenía frente a él. Franklyn Godalpin era el único que contaba en la Jason Mining Corporation y un hombre poderoso. Pero sin el trabajo médico que hizo posible la adaptación de los humanos a Marte y de Marte a los humanos, era probable que la propia Jason hubiera dejado de funcionar desde hacía años. Ello hacía que Forbes se sintiera, en cierto modo, responsable de Franklyn.
—¿No te volviste a casar? —le preguntó.
—No —repuso Franklyn sacudiendo la cabeza.
—Deberías haberlo hecho. ¿Te acuerdas que te lo dije? Deberías tener una esposa y una familia. Aún no es demasiado tarde. 
Nuevamente, Franklyn meneó la cabeza.
—Todavía no te he dado la noticia —dijo—. He sabido de Jannessa.
Forbes le miró fijamente. Pensó que nada en el mundo podía ser tan improbable.
—¿Qué has sabido de ella? —repitió lleno de interés—. ¿Qué quieres decir? 
Franklyn se explicó:
—Durante años, he estado poniendo anuncios en busca de noticias sobre el "Aurora". Me llegaban respuestas, principalmente de personas chifladas o de otros que me creían a mí lo suficiente loco como para poder sacar partido de la situación, hasta hace cosa de seis meses.
»Entonces vino a verme un nombre que posee en Chicago un hotel para astronautas. Poco tiempo antes murió en dicho hotel un hombre que quiso descargar su conciencia antes de partir. Su propietario me trajo la noticia bajo palabra de honor.
»EI moribundo dijo que el Aurora no se había perdido en el espacio, como todo el mundo creía. Dijo que se llamaba Jenkins y que sabía toda la verdad porque iba a bordo del Aurora. De acuerdo con su relato, se produjo un motín a bordo, a los pocos días de partir de Marte, debido a que el capitán había decidido entregar en manos de la policía a ciertos miembros de la tripulación, al terminar el viaje, como consecuencia de delitos no especificados. Los amotinados contaban con el apoyo de todos los de a bordo, excepto uno o dos oficiales. Cambiaron el rumbo. Ignoro cuál sería su último plan pero lo que hicieron fue salirse del plano de la eclíptica y saltar sobre el cinturón de asteroides, rumbo a Júpiter.
»EI propietario de Chicago tenía la impresión de que aquellos hombres no eran un grupo de malhechores, sino de hombres que obraban movidos por alguna injusticia. Puesto que se estaban jugando la horca con su proceder, pudieron haber arrojado al espacio a todos los oficiales y pasajeros, pero no lo hicieron. En cambio decidieron dejarlos abandonados, como habían hecho antes otros piratas, a su completa suerte para que subsistieran, si podían.
»De acuerdo con Jenkins, el lugar elegido para abandonarlos fue Europa, en la región comprendida en el paralelo veinte, y allá por el tercero o cuarto mes de 1995. El grupo de personas abandonadas estaba compuesto por doce, incluyendo una joven negra al cuidado de una bebé blanca. 
Franklyn se detuvo.
—El propietario del hotel es un hombre irreprochable. El moribundo nada podía ganar diciendo una mentira. Y al comprobar la lista de navegación del Aurora me encuentro que a bordo del mismo iba un astronauta llamado Evan David Jenkins.
Concluyó con una especie de cauto optimismo y miró atento a Forbes sentado frente a él. Pero en la cara del doctor no había entusiasmo.
—Europa —dijo como si estuviera reflexionando, y sacudió la cabeza. La expresión de Franklyn se endureció.
—¿Es eso todo lo que se te ocurre decir? —preguntó.
—No —repuso Forbes meditabundo—. Entre otras cosas, yo diría que resulta más que improbable, casi imposible, que ella pueda haber sobrevivido.
—"Casi" no es una afirmación. Pero lo voy a averiguar. Una de nuestras naves de exploración se encuentra precisamente ahora rumbo a Europa.
Forbes sacudió de nuevo la cabeza.
—Sería más prudente suspender la búsqueda. 
Franklyn le echó una mirada penetrante.
—¿Después de todos estos años...? ¿Cuando al fin hay una esperanza?
El doctor le devolvió la mirada.
—Mis dos hijos vuelven a embarcarse para Marte la semana próxima —dijo.
—No veo que guarde ninguna relación.
—Pero la tiene. Les duelen los músculos constantemente. La tensión que les produce hace que se sientan demasiado cansados para trabajar o para disfrutar de la vida. Esta humedad les agota. Se lamentan de que la densidad del aire parece tenerlos sumergidos en un baño de sopa. Desde que llegaron aquí no se han visto libres de catarros. Hay, además, otras cosas. Por eso vuelven a Marte.
—Y tú te quedas aquí. Eso es duro.
—Resulta más duro para Annie. Ella adora a los muchachos. Pero así es la vida, Frank.
—¿Qué quieres decir?
—Que lo que cuentan son las condiciones ambientales. Cuando producimos una nueva vida, creamos algo plástico e independiente. No podemos vivir las dos vidas. Lo mejor que podemos hacer es buscar las condiciones ambientales óptimas para que se forme de acuerdo con su ambiente. Si esas condiciones se hallan fuera de nuestro alcance, sólo pueden ocurrir dos cosas: Que se adapten a las condiciones que encuentren o que no se adapten, en cuyo caso significa la muerte.
»Hablamos alegremente acerca de la conquista de éste o aquel obstáculo natural, pero observa lo que realmente hacemos y podrás ver que, en la mayoría de los casos somos nosotros quienes nos estamos adaptando.
»Mis hijos se han aclimatado a las condiciones de Marte pero nosotros, al ser adultos, fuimos incapaces de una completa adaptación. Por eso, no nos queda otra alternativa que quedarnos aquí o ir a Marte a morir prematuramente.
—¿Quieres decir que Jannessa...?
—No sé qué puede haber sucedido, pero he pensado mucho sobre ello. No creo que tú hayas reflexionado lo suficiente, Frank.
—No he pensado en otra cosa durante los últimos diecisiete años.
—Más que pensar, Frank, has "soñado" con ella —Forbes le miró sobre la mesa, con la cabeza torcida ligeramente hacia un lado y con acento cariñoso—. Hubo un tiempo en que un antepasado nuestro saltó a tierra desde el agua. Y llegó a adaptarse de tal forma a su nuevo ambiente que ya no pudo volver con sus congéneres marinos. Este es el proceso que convenimos en llamar progreso. Es inherente a la vida. Si lo detienes, detienes también la vida.
—Eso, filosóficamente, puede que suene bien, pero yo no estoy interesado en las abstracciones. Lo que me interesa es mi hija.
—¿Y hasta qué punto crees que estará interesada tu hija por ti? Ya sé que esto parece insensible, pero estoy viendo que conservas en tu mente cierta idea sobre la afinidad. Frank, estás confundiendo las costumbres de la civilización con la ley natural. Es posible que todos las confundamos, en mayor o menor grado.
—No sé adonde vas a parar.
—Hablando claramente; si Jannessa ha sobrevivido será el ser más extraño de la Tierra; más que ningún otro posiblemente lo fuera.
—Había otras once personas para enseñarle palabras y maneras civilizadas.
—Suponiendo que sobrevivieran. Imagínate que murieron aquellas personas o de un modo u otro las separaron de Jannessa. Hay auténticos ejemplos de niños criados por lobos, leopardos e incluso antílopes, y ninguno de ellos resultó siquiera como el fabuloso Tarzán. Todos se convirtieron en subhumanos. La adaptación se produce en ambos sentidos.
—Aunque haya vivido entre salvajes, aún puede aprender.
El doctor Forbes le miró seriamente.
—Se nota que no has leído demasiada antropología. Primero, ella tendría que olvidar toda la base de la cultura que hubiera aprendido. Echa una mirada a las diferentes razas conocidas y verás que no es posible. Sólo puede haber una apariencia externa, pero nada más —se encogió de hombros.
—Existe la llamada de la sangre...
—¿De veras? ¿Notarías esa llamada si de pronto te encontrarás frente a tu tatarabuelo? ¿Acaso lo reconocerías?
—¿Por qué hablas de ese modo, Jimmy? —dijo Frank obstinado—. A otro hombre no le habría ni escuchado. ¿Por qué estás tratando de destruir todas mis esperanzas? No puedes hacerme eso, precisamente ahora. ¿Por qué lo haces?
—Porque te aprecio de veras, Frank. Porque, por encima de todos tus éxitos, sigues siendo un joven romántico y soñador. Te dije que volvieras a casarte y no lo has hecho. No te has casado porque prefieres el sueño a la realidad. Has vivido tanto tiempo con este sueño que ahora forma parte de tu constitución mental. Pero tu sueño consiste en buscar a Jannessa, no en encontrarla. Has centrado tu vida en este sueño. Si consigues encontrarla, en cualesquiera condiciones, el sueño habrá concluido; el fin que te habías propuesto sería consumado. Y entonces nada quedará para ti.
Franklyn se agitó incómodo.
—Tengo planes y ambiciones para ella.
—¿Para la hija de quien nada conoces? No, para la hija de tus sueños, la que sólo existe en tu imaginación. La encuentres como la encuentres, será una persona real, no la marioneta de tus sueños, Frank.
El doctor Forbes hizo una pausa, contemplando el rizo de humo que subía de su cigarrillo. Estaba pensando en decir: "Sea de la forma que sea, llegarás a odiarla, porque no se ajustará al ideal que tienes de ella", pero decidió callarse. También se le ocurrió hacerle ver la infelicidad que sufriría una muchacha, al verse separada de todo lo que le era familiar, pero sabía la respuesta que le iba a dar Frank, es decir, que tenía cuanto dinero quisiera para proporcionarle lujos y consuelo. Ya le había dicho bastante; quizá demasiado y nada de ello había hecho mella realmente en Franklyn. Decidió dejar las cosas como estaban, y esperar. Después de todo, existían pocas posibilidades de que Jannessa hubiera sobrevivido o de que fuera encontrada.
La tensión que se había reflejado en el rostro de Franklyn se fue relajando gradualmente y sonrió.
—Ahora ya me has soltado tu sermón, viejo amigo. Has querido prepararme creyendo que podía sufrir un sobresalto, pero ya estoy acostumbrado a los golpes duros desde hace muchos años. Si llega el caso, podré soportarlo.
Los ojos del doctor Forbes se posaron en su cara por un momento. Suspiró suavemente para sí.
—Está bien —dijo, y comenzó a hablar de otra cosa.

—Ya sabes que este planeta es muy pequeño —dijo Toti.
—Es un satélite —añadió Jannessa—. Un satélite de Yan. 
—Pero también es un planeta del Sol. Y en él hace un frío espantoso.
—¿Por qué tu gente eligió un lugar tan frío? —preguntó Jannessa razonablemente.
—Bueno, cuando nuestro propio mundo empezó a morir y no nos quedó otra alternativa que ir a cualquier parte o sucumbir con él, mi pueblo pensó en aquellos mundos que tenía a su alcance. Unos eran demasiado calientes, otros demasiado grandes...
—¿Qué importa que fueran demasiado grandes?—A causa de la gravedad. En un planeta muy grande, apenas podríamos movernos.
—¿Y no podían los tuyos hacer las cosas... bueno, menos pesadas? 
Toti hizo un movimiento negativo con la cabeza y su plateado cabello brilló con la fluorescencia de las paredes.


—El aumento de la densidad puede simularse; ya lo hemos hecho aquí. Pero nadie ha conseguido disminuirla y creemos que nunca se conseguirá. Como ves, ésa fue la causa de que nuestra gente eligiera un mundo pequeño. Todas las lunas de Yan son desérticas pero ésta era la mejor de ellas. Mi pueblo se encontraba en una situación desesperada. Cuando llegaron aquí, vivían a bordo de las naves y comenzaron a minar el terreno para librarse del frío. Gradualmente fueron acondicionando sus viviendas subterráneas y prepararon habitaciones y galería, tanques para el desarrollo de alimentos, campos de cultivo y todo lo demás. Lo aislaron del exterior, acondicionaron su temperatura, comenzaron a vivir en el nuevo medio y a trabajar bajo tierra. De eso hace ya mucho tiempo.
Jannessa se quedó pensativa durante un rato.
—Dice Telta que tal vez vine del tercer planeta llamado Sonnal. ¿Lo crees así?
—Puede ser. Sabemos que allí hubo cierta clase de civilización.
—Si ellos vinieron de allí una vez, podrían volver... Y llevarme con los míos.
Toti la miró apenado y un poco resentido.
—¿Los tuyos? —dijo—. ¿De veras piensas así? 
Jannessa captó la expresión del hombre, y apoyó en seguida su blanca mano sobre la mano del otro de color azul pizarra.
—Perdóname, Toti. No quise decir eso. Ya sabes que los quiero mucho, a ti, a Telta y a Melga. Lo que ocurre es que... Oh, me gustaría que supieras lo que es sentirse diferente de los que te rodean. Toti querido, estoy harta de ser un monstruo, aunque para mis adentros sea igual que cualquier otra muchacha. ¿No te imaginas lo que representaría para mí el que todos me mirasen como a un ser normal?
Toti guardó silencio durante un momento. Cuando habló, su tono era preocupado.
—Jannessa, ¿has pensado alguna vez que después de pasar aquí toda tu vida es éste tu verdadero mundo? Cualquier otro podría resultarte sumamente extraño.
—Si te refieres a cambiar esta vida subterránea por el exterior, creo que me gustaría.
—No es eso, querida —dijo él con mucho tacto—. Ya sabes que cuando te trajeron de ahí afuera, los médicos tuvieron que trabajar mucho contigo para salvar tu vida.
—Sí, Teita me lo dijo —contestó Jannessa—. ¿Qué hicieron conmigo?
—¿Sabes lo que son las glándulas?
—Creo que sí. ¿No son las que regulan los movimientos del cuerpo?
—Efectivamente. Pero las tuyas estaban hechas para regularlos de acuerdo con tu mundo. Esa fue la causa de que los médicos tuvieran que trabajar tanto contigo. Tuvieron que aplicarte inyecciones muy complicadas. Tenían por objeto proporcionarte una especie de equilibrio para que tus glándulas funcionaran en la proporción adecuada para que pudieras vivir aquí. ¿Comprendes?
—Para acomodarme a una temperatura inferior, ayudarme a digerir esta clase de alimentos, regular el alto contenido de oxígeno y otras cosas parecidas. Eso fue lo que me dijo Telta.
—Algo así —afirmó Toti—. Es lo que llaman adaptación. Hicieron cuanto pudieron para adaptarte a vivir entre nosotros.
—Hicieron mucho por mí —dijo Jannessa, hablando en término parecidos a los empleados con Telta años atrás—. Pero pudieron haber hecho un poco más. ¿Por qué me dejaron de este color blanco? ¿Por qué no hicieron que mi pelo fuera tan bello como la plata, igual que el tuyo y el de Telta? Entonces no sería un monstruo y me consideraría uno de tantos entre ustedes.
Las lágrimas afloraron a sus ojos. Toti la rodeó con el brazo.
—Mi pobre niña, yo no sabía que eso te hiciera sufrir tanto. Pero Telta y yo te queremos como si fueras nuestra propia hija.
—No sé cómo pueden quererme... ¡Con esto! —dijo levantando su pálida mano.
—Te queremos igualmente, Jannessa. ¿Es que importa tanto tu color?
—Me hace sentir diferente. Me recuerda a cada paso que pertenezco a otro mundo. Tal vez vuelva a él algún día.
Toti frunció el rostro.
—Eso es sólo un sueño, Jannessa. Tú no conoces más mundo que éste. Sería distinto a lo que tú piensas. Deja de soñar, deja de preocuparte, querida. Trata de ser feliz aquí entre nosotros.
—Toti, tú no lo comprendes —dijo ella cariñosamente—. En alguna parte hay personas igual que yo, de mi propia raza.

Pocos meses después, los observadores apostados en una cúpula informaron de que había llegado una astronave.
—Escucha, viejo cínico —dijo la voz de Franklyn, casi antes de que su imagen apareciera en la pantalla—. Han dado con ella y la traen hacia acá.
—¿Qué han encontrado a Jannessa? —exclamó incrédulo el doctor Forbes.
—Naturalmente. ¿De qué otra podía hablar?
—¿Estás completamente seguro, Frank?
—Viejo escéptico, ¿crees que te llamaría si no lo estuviera? En estos momentos se encuentra en Marte. Se han detenido allí para proveerse de combustible y aguardar el momento de la oposición.
—¿Tan seguro estás de que es ella?
—Ahí está su nombre y algunos documentos que le encontraron.
—Bueno, si tú lo dices...
—Conque no te basta, ¿eh? —la imagen de Franklyn hizo un guiño—. Está bien. Mira esto.
Recogió una fotografía de encima de su mesa y la puso frente a la pantalla transmisora.
—Les dije que la fotografiaran allí mismo y me la enviaran por radio —aclaró—. ¿Qué me dices ahora?
El doctor Forbes estudió cuidadosamente la fotografía que aparecía sobre la pantalla. En ella se veía a una muchacha delante de una tosca pared. Sus únicas vestimentas visibles consistían en un trozo de brillante tela arrollada a su cuerpo, al estilo de un sari hindú. Su cabello era hermoso y lo llevaba peinado de una forma muy singular. Pero fue la expresión de su rostro lo que le hizo contener la respiración. Era la cara de Marilyn Godalpin mirándolo después de dieciocho años.
—En efecto, Frank —dijo quedamente—. Se trata de Jannessa. La verdad, Frank, no sé qué decir.
—¿Ni siquiera se te ocurre felicitarme?
—Sí, claro... desde luego. Es... bueno, ha sido un milagro. No estoy acostumbrado a los milagros.

Cuando leyó en el periódico que el Chloe, una nave de investigaciones perteneciente a la Jason Mining Corporation, iba a aterrizar al mediodía, el doctor Forbes se quedó como ensimismado. Estaba seguro de que recibiría un mensaje de Franklyn Godalpin, y ya no se sentía capaz de hacer nada hasta recibirlo. Cuando sonó el timbre, a eso de las cuatro, se apresuró a responder lleno de excitación. Pero en la pantalla no se retrataron las esperadas facciones de Franklyn, sino la cara de una mujer que le miraba con ansiedad. Reconoció en ella al ama de llaves de Godalpin.
—Doctor, se trata del señor Godalpin —dijo la mujer—. Se encuentra enfermo. ¿Puede venir usted...?
Un taxi lo dejó junto a la casa de Godalpin, quince minutos más tarde. El ama de llaves salió a recibirle y lo condujo hacia las escaleras a través de un enjambre de periodistas, fotógrafos y comentaristas que llenaban el vestíbulo. Franklyn estaba tendido sobre su cama, vestido pero con las ropas aflojadas. Junto a él había una secretaria y otra mujer con cara de espanto. El doctor Forbes lo reconoció y le aplicó una inyección.
—Es una conmoción a consecuencia de la ansiedad —dijo—. No es extraño. Últimamente ha sufrido gran tensión nerviosa. Acuéstenlo. Pónganle bolsas de agua caliente y que no coja frío.
Cuando se separó de la cama, el ama de llaves le dijo:
—Doctor, ya que ha venido, ¿no le importaría echar un vistazo a... a la señorita Jannessa?
—Claro, desde luego. ¿Adonde está?
El ama de llaves le condujo hasta otra habitación y señaló la puerta.
—Está ahí dentro, doctor.
El doctor Forbes abrió la puerta y penetró en la habitación. Nada más entrar oyó el sonido final de un amargo y ahogado sollozo. Cuando miró en busca del origen de aquel sonido, vio que junto a la cama había una niña de pie.
—¿Dónde está...? —empezó a decir.
La niña se volvió entonces hacia él. No era la cara de una niña. Era la cara de Marilyn con el mismo pelo de Marilyn y los ojos de Marilyn que le estaban mirando. Pero era una Marilyn que medía sesenta y tres centímetros de estatura. Era Jannessa.


FIN

2024/01/01

La noche en que todo el tiempo escapó (Brian W. Aldiss)


Título original: The night that all time broke out
Año: 1967


El dentista le indicó con una sonrisa la puerta, mientras le pedía un taxi. Se estaba posando en el balcón cuando ella salió. Era del tipo no automático, lo suficientemente pasado de moda como para ser considerado chic. Fifi Fevertrees sonrió de modo deslumbrante al conductor y subió.
—Servicio extraurbano —dijo—. A la ciudad de Rouseville, fuera de la Ruta Z4.
—Así que vive en el campo, ¿eh? —dijo el taxista, alzándose hacia el seudoazul y conduciendo como un loco con un solo pie.
—Me gusta el campo —dijo Fifi a la defensiva. Vaciló, y luego decidió que podía permitirse un poco de vanagloria—. Además, es mucho mejor ahora que han conseguido que las cañerías del tiempo lleguen hasta allí. Precisamente nuestra casa va a ser conectada a la canalización ahora; todo estará listo cuando yo llegue.
El taxista se alzó de hombros.
—Apostaría a que eso debe de costar un montón, en el campo.
—Tres payts cada unidad básica.
El otro silbó significativamente.
Ella sintió deseos de decirle más, de contarle lo excitada que estaba, cuánto hubiera deseado que papá estuviera vivo para gozar de la experiencia de estar conectado a las canalizaciones temporales. Pero era difícil hablar con el pulgar en la boca, de modo que se miró en su espejo de muñeca y palpó para ver lo que el dentista le había hecho.
Había sido un buen trabajo. El nuevo y pequeño diente nacarado estaba empezando a crecer ya firmemente en la rosada encía. Fifi llegó a la conclusión de que tenía una boca muy sexy, como decía Tracey. El dentista había extirpado el viejo diente con gas temporal. Tan sencillo... Un simple golpe de spray y ella estaba de vuelta al día de anteayer, reviviendo aquel agradable interludio cuando había tomado café con Peggy Hackenson, sin sentir el menor dolor. El gas temporal estaba tan de moda. Ardía de impaciencia pensando en que iban a tenerlo en su casa, a su disposición en cualquier momento.
El taxi burbuja se remontó y salió por una de las compuertas dilatables del gram domo que cubría la ciudad. Fifi sintió un momentáneo pesar al abandonarla. Las ciudades eran tan agradables hoy en día que nadie deseaba vivir fuera de ellas. Todo era también el doble de caro fuera, pero afortunadamente el gobierno pagaba una elevada asignación por penuria a todos aquellos que, como los Fevertrees, se veían obligados a vivir en el campo.
En un par de minutos descendían de nuevo al suelo. Fifi indicó su granja lechera, y el taxista se posó expertamente en su balcón de aterrizaje antes de tender su garra reclamando un exorbitante número de kilopayts. Sólo cuando hubo recibido el dinero se inclinó y abrió la puerta de Fifi con un pie. Uno no podía fiarse para nada de esos chimpancés conductores.
Lo olvidó todo cuando echó a correr a través de la casa. ¡Aquél era el gran día! Los constructores habían necesitado dos meses para instalar la central temporal —dos semanas más de lo que habían calculado al principio—, y todo el mundo había estado de un humor de perros durante ese tiempo, mientras los hombres hacían rodar sus tuberías y arrastraban sus hilos por todas las habitaciones. Ahora todo volvía a estar ordenado. Casi bailaba cuando bajó las escaleras en busca de su esposo.
Tracey Fevertrees estaba de pie en la cocina, hablando con el constructor. Cuando entró su esposa, se volvió y tomó su mano, sonriéndole de una forma que para ella era relajante pero que alteraba el sueño de muchas chicas de Rousevüle. Sin embargo, su apostura quedaba empañada por la belleza de su esposa cuando estaba excitada, como ahora.
—¿Todo listo para funcionar? —preguntó Fifi.
—Sólo hay una pequeña complicación de última hora —dijo de mala gana el señor Archibald Smith.
—¡Oh, siempre hay alguna complicación de última hora! Hemos tenido quince de esas complicaciones la semana pasada, señor Smith. ¿Qué ocurre ahora?
—No es nada que les afecte directamente. Sólo que, como saben, hemos tenido que tender muchas canalizaciones de gas temporal desde la factoría central de Rousevüle hasta aquí, y parece que tenemos algunos problemas para mantener la presión. Se dice que hay una fuga en el pozo principal de la central, y que no consiguen localizarla. Pero eso no tiene por qué preocuparles.
—Hemos hecho algunas pruebas, y parece que todo funciona bien —dijo Tracey a su esposa—. ¡Ven y te lo mostraré!
Le dieron la mano al señor Smith, que evidenciaba la tradicional reluctancia de los constructores a abandonar su lugar de trabajo. Finalmente se fue, prometiendo volver a la mañana siguiente para recoger los últimos útiles, y Tracey y Fifi se quedaron solos con su nuevo juguete. El panel temporal apenas se distinguía entre todos los demás elementos de la cocina. Estaba situado cerca de la unidad nuclear, un pequeño y discreto accesorio con una docena de diales y el doble de manecillas. Le mostró cómo habían regulado las presiones temporales: bajo para pasillos y cocina, alto para dormitorios, variable para el salón. Ella se frotó contra él e imitó un ronroneo.
—Estás contento, ¿verdad, amor? —preguntó.
—No dejo de pensar en todas las facturas que vamos a tener que pagar. Y en las que vendrán luego... Tres payts la unidad base... ¡Guau! —Entonces vio la mirada decepcionada de ella y añadió—: Pero, por supuesto, me encanta, querida. Sabes bien que me encanta.
Luego recorrieron toda la casa, con los controles en marcha. En la propia cocina, se conectaron a una reciente velada. Flotaron en el pasado hasta la hora del día en que Fifi gozaba más del trabajo de la cocina, cuando terminaba el desayuno y faltaba aún un rato para que tuviera que empezar a pensar en la comida y discarla. Fifi y Tracey seleccionaron una mañana en la que ella se había sentido particularmente tranquila y feliz; el ambiente de aquel período flotó sobre ellos y los envolvió.
—¡Maravilloso! ¡Delicioso! ¡Puedo hacer cualquier cosa, cocinar lo que quieras!
Se besaron y corrieron al pasillo, gritando:
—¡La ciencia es maravillosa! Se detuvieron bruscamente.
—¡Oh, no! —gritó Fifi.
El pasillo estaba en perfecto orden: Las cortinas en su lugar, resplandeciendo metálicamente junto a las dos ventanas, controlando la cantidad de luz que penetraba por ellas y almacenando el exceso para las horas sin sol; la reptalfombra en su lugar y recién limpiada, llevándolos suavemente hacia delante; los paneles de la pared, cálidos y suaves al tacto. Pero habían sido cronocontrolados hacia atrás a las tres de la tarde de hacía un mes, una tranquila hora del día..., sólo que un mes atrás los constructores habían estado trabajando allí.
—¡Querido, van a estropear la alfombra! ¡Y estoy segura de que no sabrán volver a poner los paneles correctamente en su lugar! Oh, Tracey, mira, ¡han desconectado las cortinas, y Smithy prometió que no lo haría!
Él la sujetó por el hombro.
—¡Cariño, todo está bien, de veras!
—¡No! ¡No está todo bien! Mira todos esos viejos tubos temporales por todas partes, ¡y esos cables colgando aquí y allá! Han estropeado nuestro maravilloso techo absorbepolvo. ¡Mira cómo el polvo se está acumulando por todas partes!
—¡Cariño, es el efecto del tiempo!
No obstante, tuvo que admitir que no podía decir que el corredor que tenía ante sus ojos estuviera en perfectas condiciones; hacía un mes él también se había dejado llevar por los nervios como Fifí, cuando vio cómo estaba el pasillo en manos de Smithy y sus terribles hombres.
Llegaron al final del pasillo y pasaron al dormitorio, escapando a otra zona temporal. Echando una mirada hacia atrás desde la puerta, Fifi dijo entre lágrimas:
—¡Cielo santo, Tracey, qué poder tiene el tiempo! Creo que deberíamos cambiar los controles del pasillo, ¿no crees?
—Claro. Los sintonizaremos con el año pasado, digamos con una hermosa tarde de verano. ¡Tú di cuál, y la discaremos! ¿No es ése el eslogan de la Compañía Central del Tiempo? Y hablando de tiempo, ¿qué te parece el que tenemos aquí?
Tras echar una ojeada a la habitación, ella bajó sus largas pestañas y lo miró.
—Hummm, parece tranquilo, ¿no?
—Las dos de la madrugada, amor, a principios de la primavera, y con todo el mundo durmiendo su primer sueño. ¡Es difícil que suframos de insomnio ahora!
Ella se acercó y se apretó contra él, reclinándose contra su pecho y alzando la vista.
—¿No crees que quizá las once de la noche sería una hora más, más propia de un dormitorio?
—Ya sabes que para ese tipo de cosas prefiero el sofá. Vamos a sentarnos allí, y de paso veremos qué piensas del salón.


El salón estaba en el piso de abajo, con sólo otros dos pisos, el garaje y la vaquería, separándolo del suelo. Era una habitación hermosa y grande, con amplias ventanas dando a un bello paisaje que alcanzaba hasta el distante domo de la ciudad, y tenía un espléndido sofá en el centro. Se sentaron y, siendo las que eran las asociaciones con el pasado, empezaron a hacerse arrumacos. Al cabo de un rato Tracey tanteó en el suelo y tiró de un control remoto que estaba conectado a la pared.
—Desde aquí podemos controlar nuestro propio tiempo sin tener que levantarnos, Fifi. Dime el tiempo que deseas y volveremos a él.
—Si estás pensando en lo que yo pienso que estás pensando, será mejor que no retrocedamos más de diez meses, porque antes de eso aún no estábamos casados.
—Oh, vamos, señora Fevertrees, ¿te estás volviendo chapada a la antigua o algo así? Nunca dejaste que eso te preocupara antes de que nos casáramos.
—¡No es cierto!... Claro que, mirándolo desde esta perspectiva, quizás alguna vez me dejara llevar por el entusiasmo.
Él le revolvió suavemente el pelo.
—¿Quieres que te diga lo que me gustaría que intentáramos alguna vez?. Discar hasta cuando tú tenías doce años. Debías de ser una chica muy bonita en tu preadolescencia, y me gustaría comprobarlo. ¿Qué te parece?
Ella iba a protestar con alguna argumentación convencionalmente femenina, pero su imaginación tuvo otra idea.
—¡Podríamos ir hacia atrás hasta nuestra infancia!
—¡Espléndido! ¡Ya sabes que siempre he tenido un toque de complejo de Lolita!
—Trace, debemos ir con cuidado para evitar que en nuestra excitación rebasemos el día de nuestro nacimiento y nos encontremos siendo montoncitos de protoplasma o algo así.
—¡Amor mío, has leído los folletos! Cuando obtengamos la suficiente presión como para rebasar nuestras fechas de nacimiento, simplemente entraremos en la conciencia de nuestros más próximos antepasados, tú de tu madre, yo de mi padre, y luego de tu abuela y de mi abuelo. No creo que la presión temporal de la factoría de Rouseville nos permita ir más lejos que eso.
La conversación languideció ante otros intereses, hasta que Fifi murmuró con voz soñadora:
—¡Qué invención celestial es el tiempo! Sabiendo eso, incluso cuando seamos viejos, canosos e impotentes seremos capaces de volver atrás y gozar como gozábamos cuando éramos jóvenes. Discaremos nuestro regreso a este mismo instante, ¿eh?
—Hummm —dijo él.
Era un sentimiento umversalmente compartido.
Aquella noche cenaron una enorme langosta sintética. En su excitación por hallarse conectados a las conducciones temporales, Fifi había discado sin saber cómo una mezcla ligeramente incorrecta —aunque ella juró que debía de tratarse de algún error en la programación del recetario que había introducido en el cocinordenador—, y el plato no salió como debiera haber salido. Pero entonces discaron hacia atrás en el tiempo hasta una de las primeras y mejores langostas que habían comido en su vida juntos, poco después de conocerse, hada dos años. El sabor recordado hizo olvidar la decepción del sabor actual.
Mientras estaban comiendo, la presión falló. No hubo ningún sonido. Exteriormente, todo seguía igual. Pero dentro de sus cabezas se sintieron torbellinear a través de los días como hojas secas arrastradas sobre un páramo. Las horas de las comidas vinieron y se fueron, y la langosta adquirió mal sabor en sus bocas cuando tuvieron la impresión de estar masticando sucesivamente pavo, cordero, bizcocho, helado, budín, copos de cereal. Durante algunos desconcertantes momentos permanecieron sentados a la mesa, petrificados, mientras centenares de sabores variados se desplazaban unos a otros sobre sus papilas gustativas. Tracey se puso en pie jadeando y cortó el flujo temporal del interruptor junto a la puerta.
—¡Algo se ha estropeado! —exclamó—. Eso ha sido cosa de ese tipo, Smith. Voy a llamarle inmediatamente. ¡Voy a matarlo!
Pero cuando el rostro de Smith flotó en el videotanque, estaba más impasible que nunca.
—No es culpa mía, señor Fevertrees. De hecho, uno de mis hombres acaba de llamarme para decirme que tienen problemas en la cronofactoría de Rouseville, de donde toma su suministro la canalización de ustedes. El gas temporal está escapando. Le dije esta mañana que tenían algunos problemas allí. Vayase a la cama, señor Fevertrees. Hágame caso. Vayase a la cama, y probablemente por la mañana todo estará arreglado de nuevo.
—¡Irnos a la cama! ¿Cómo se atreve a enviarnos a la cama? —exclamó Fifi—. ¡Esa sugerencia es inmoral! Ese hombre está intentando ocultar algo. Apostaría a que ha cometido algún error, y está intentando cubrirse con esa historia acerca de una fuga en la cronofactoría.
—Podemos comprobarlo muy pronto. ¡Vayamos allí y veámoslo!
Tomaron el ascensor hasta la planta baja, y subieron a su vehículo terrestre. La gente de las ciudades se reía de esos pequeños aerodeslizadores con ruedas, tan parecidos a los automóviles del pasado, pero no había ninguna duda de que eran indispensables en el campo, fuera de los domos, por donde no pasaba el transporte público gratuito.
Las puertas se abrieron y ellos salieron al exterior, despegándose inmediatamente del suelo y flotando a medio metro de altura. Rouseville estaba sobre una pequeña colina, y la cronofactoría estaba al otro lado. Pero cuando empezaron a ver las primeras casas, ocurrió algo extraño. Aunque todo estaba tranquilo, el vehículo terrestre empezó a oscilar terriblemente. Fifi se vio proyectada hacia todos lados, y al cabo de un momento se empotraban contra una cerca.
—¡Diablos, esos trastos son pesados! ¡Algún día tendré que decidirme a aprender a conducir uno! —dijo Tracey, saltando fuera.
—¿No vas a ayudarme, Tracey?
—¡Anda ya, soy demasiado mayorcito para jugar con niñas!
—¡Pero tienes que ayudarme! ¡He perdido mi muñeca!
—¡Tú nunca has tenido ninguna muñeca! ¡Al diablo contigo!
Echó a correr por el campo y ella tuvo que seguirlo, llamándolo mientras corría. Era realmente tan difícil intentar controlar el torpe y pesado cuerpo de un adulto con la mente de un niño.
Halló a su esposo sentado en medio de la carretera de Rouseville, pateando y agitando los brazos. Al verla se echó a reír.
—¡Tace anda patín-patán! —dijo.
Pero en unos pocos momentos eran capaces de avanzar de nuevo a pie, aunque era doloroso para Fifi, cuya madre había cojeado mucho al final de su vida. Avanzaron penosamente, dos personas jóvenes con posturas de viejos. Cuando entraron en la pequeña ciudad desprovista de domo, fue para descubrir a la mayor parte de sus habitantes fuera de sus casas, cruzando por todo el espectro de las características de la edad humana, desde los balbuceos infantiles hasta el tartamudeo de la senilidad.
Obviamente, algo serio le había ocurrido a la cronofactoría. Diez minutos y unas cuantas generaciones más tarde, llegaron a las puertas. De pie bajo el gran cartel de la Compañía Central del Tiempo se hallaba Smith. No lo reconocieron; llevaba una máscara anticronogás, cuyos orificios de escape escupían viejos momentos.
—¡Imaginaba que vendrían aquí! —exclamó—. No me creyeron, ¿eh? Bien, será mejor que vengan conmigo y lo vean por sí mismos. La fuga original se ha convertido en un surtidor, y las válvulas no han podido resistir la presión y han saltado. Me temo que habrá que evacuar el área antes de pensar en repararlo.
Mientras los conducía cruzando las puertas, Tracey dijo:
—¡Espero que no se trate de un sabotaje de los rusos! Supongo que esta planta será secreta.
Smith se lo quedó mirando sorprendido.
—¿Se ha vuelto usted loco, señor Fevertrees? Los rusos tienen cronofactorías como nosotros. El año pasado fueron ustedes de luna de miel a Odessa, ¿no?
—¡El año pasado estuve en el servicio activo en Corea, gracias!
—¿Corea?
Con un potente ruido de sirenas, una forma negra destellando con luces rojas se detuvo en el patio de la cronofactoría. Era una unidad de bomberos autopilotada procedente de la ciudad, pero su dotación humana saltó de ella en una terrible confusión, y un tipo joven se derrumbó en el suelo gritando que le cambiaran los pañales, antes de que el personal de la factoría pudiera proveerlos a todos de máscaras anticronogás. Y no había tampoco ningún fuego que extinguir, sólo el gran surtidor de invisible tiempo que en aquellos momentos dominaba toda la factoría y la ciudad entera, y soplaba a los cuatro vientos, arrastrando consigo inimaginadas u olvidadas generaciones en su aliento a prueba de polillas.


—Vamos a ver lo que ocurre —dijo Smith—. Aunque sería lo mismo meternos en casa y tomar unas copas que quedarnos aquí y no hacer nada.
—Es usted un joven muy estúpido si quiere decir lo que imagino que quiere decir —dijo Fifi, con una voz vieja y severa—. La mayor parte del licor disponible es clandestino y no apto para el consumo, pero en cualquier caso, mi opinión es que debemos apoyar al presidente en su loable intento de detener el alcoholismo. ¿No lo crees tú así, Tracey querido?
Pero Tracey estaba perdido en las abstracciones de extraños recuerdos, mientras silbaba para sí mismo La paloma.
Tambaleándose detrás de Smith, penetraron en el edificio, donde dos oficiales de la policía los detuvieron. En aquel momento un hombre gordo vestido con un traje civil apareció y habló con uno de los policías a través de su máscara antigás. Smith lo llamó, y se saludaron como si fueran hermanos. Resultó que lo eran. Clayball Smith los condujo a todos al interior de la planta, tomando galantemente a Fifi del brazo, lo cual, para revelar su tragedia personal, fue todo lo que obtuvo jamás de una chica.
—¿No deberíamos ser presentados convenientemente a este caballero, Tracey? —susurró Fifi a su esposo.
—Tonterías, querida. Hay que echar por la borda las reglas de la etiqueta cuando uno entra en los templos de la industria.
Mientras hablaba, Tracey parecía estar acariciándose unas imaginarias patillas. Dentro de la cronoplanta reinaba el caos. Ahora se veía claramente la magnitud del desastre. Estaban sacando a los primeros mineros del pozo donde se había producido la explosión temporal; uno de los pobres tipos maldecía débilmente y culpaba a Jorge III de todo lo ocurrido.
Toda la industria del tiempo estaba aún en su infancia. Apenas habían pasado diez años desde que el primero de los subterráneos, prospectando a gran profundidad bajo la corteza terrestre, había descubierto la primera cronobalsa. Todo el asunto era aún origen de maravillas, y las investigaciones se hallaban todavía en sus primitivos estadios. Pero los grandes negocios habían metido mano en aquello y, con su habitual generosidad, se habían preocupado de que todo el mundo tuviera su ración correspondiente de tiempo, a su debido precio. Ahora la industria del tiempo tenía más capital invertido que cualquier otra industria en el mundo. Incluso en una ciudad pequeña como Rouseville, la factoría estaba valorada en millones. Pero la planta acababa de sufrir una terrible fuga.
—Es terriblemente peligroso estar aquí...; no deberían permanecer ustedes mucho tiempo —dijo Clayball.
Estaba gritando a través de su máscara antigás. El ruido allí era terrible, especialmente desde que un locutor había comenzado a retransmitir su reportaje a la nación a pocos metros de ellos. En respuesta a una pregunta gritada por su hermano, Clayball dijo:
—No, es más que una fuga en la canalización principal. Eso es sólo lo que hemos dicho para calmar los ánimos. Nuestros valientes chicos de ahí abajo han hallado un nuevo filón temporal, han reventado la bolsa, y ahora se está esparciendo por toda la zona. ¡No podemos dominarla! La mitad de nuestros muchachos habían vuelto a la conquista normanda antes de que llegáramos a sospechar qué era lo que ocurría.
Señaló dramáticamente hacia abajo a través de las losas sobre las que apoyaba sus pies.
Fifi no podía comprender de qué demonios estaba hablando. Desde que había dejado Plymouth había estado derivando, y no metafóricamente precisamente. Ya era bastante malo el ser una Madre Peregrina acompañando a uno de los Padres Peregrinos, y además aquel Nuevo Mundo no le gustaba en absoluto. Se hallaba ahora más allá de sus posibilidades el entender que los enormes recursos de la tecnología moderna estaban trastornando todo el tiempo de un planeta.
En su actual situación, no podía saber que las ilusiones del geiser temporal se estaban extendiendo ya por todo el continente. Casi todos los satélites de comunicaciones que giraban en torno al planeta estaban difundiendo informes más o menos ajustados del desastre y de los acontecimientos que estaba provocando, mientras los alucinados escuchas se sumían generación tras generación, como gente hundiéndose en un ventisquero sin fondo.
De aquellos depósitos procedían las reservas de tiempo que eran canalizadas al millón de millones de hogares en el mundo. Los expertos habían calculado ya que al actual índice de consumo todos los depósitos de tiempo quedarían agotados en doscientos años. Afortunadamente, otros expertos estaban trabajando ya en el intento de desarrollar sustitutivos sintéticos para el tiempo. Sólo el mes anterior, el pequeño equipo de investigaciones de la Time Pen Inc., de Ink, Pennsylvania, había anunciado que habían conseguido aislar una molécula nueve veces más lenta que cualquier otra molécula conocida por la ciencia, y que esperaban firmemente poder aislar otras moléculas aún más lentas.
Una ambulancia llegó derrapando al frenar, con otra tras ella. Archibald Smith intentó apartar a Tracey del camino.
—¡Quitad de mí vuestras manos, bellaco! —exclamó Tracey, intentando desenvainar una imaginaria espada.
Los hombres de la ambulancia estaban saltando de sus vehículos, y la policía estaba acordonando toda la zona.
—¡Van a traer de vuelta a la superficie a nuestros valerosos terranautas! —exclamó Clayball.
Apenas se le oía por encima de todo aquel tumulto. Había hombres con máscaras por todas partes, con la esbelta silueta aquí y allá de alguna enfermera también con máscara acompañándoles. Se estaban trayendo provisiones de oxígeno y sopa, se instalaban proyectores un poco por todas partes, enfocándolos a la cuadrada boca del pozo de inspección. Los hombres con monos amarillos penetraban en el pozo, comunicándose entre sí por medio de radios de muñeca. Desaparecieron. Por un momento un silencio respetuoso cayó sobre los edificios y pareció transmitirse a la multitud de fuera. Pero el momento se transformó en minutos, y el ruido halló su camino de regreso hasta su nivel normal. Otros hombres de rostros hoscos se adelantaron, y los locutores fueron apartados a un lado.
—Es parecer mío que irnos de aquí deberíamos, por el soplo de Dios —susurró débilmente Fifi, aferrándose a sus ropas caseras con una temblorosa mano—. ¡Esto no me gusta nada!
Finalmente, hubo actividad en la boca del pozo. Sudorosos hombres con monos tiraron de cuerdas. El primer terranauta fue extraído a la vista, llevando el característico uniforme negro de los de su clase. Su cabeza colgaba, su mascarilla había sido arrancada, pero estaba luchando valerosamente por mantener la conciencia. Una sonrisa jovial cruzó sus pálidos labios, y agitó una mano a las cámaras. Una estentórea ovación brotó de los espectadores.
Pertenecía a la intrépida raza de hombres que se sumergían en los desconocidos mares del gas temporal bajo la corteza terrestre, arriesgando sus vidas para extraerle a lo desconocido una pizca de conocimiento, empujando cada vez más lejos los límites de la ciencia, anónimos y jamás honrados excepto por las constantes baterías de la publicidad mundial.
El as de los locutores se había abierto camino a codazos por entre la multitud para alcanzar al terranauta, y estaba intentando entrevistarlo, acercando un micrófono a sus labios mientras el torturado rostro del héroe aparecía en primer plano ante los incrédulos ojos de mil millones de espectadores.
—Ahí abajo..., un infierno... Dinosaurios y sus crías —consiguió jadear, antes de ser metido en la primera ambulancia—. Ahí en lo profundo del gas. Manadas de ellos, hambrientos... Unos cientos de metros más abajo y hubiéramos encontrado... la creación... del mundo.
No pudieron oír más. Nuevos refuerzos de la policía estaban limpiando el edificio de todas las personas no autorizadas antes de que los otros terranautas fueran devueltos a la superficie, aunque su cápsula terrestre no estaba aún a la vista. Cuando el cordón armado se les acercó, Fifi y Tracey retrocedieron. No podían permanecer más tiempo allí, no podían comprender nada de lo que ocurría. Se dirigieron apresuradamente hacia la puerta, ignorando los gritos de los dos Smith con sus máscaras. Cuando echaron a correr hacia la oscuridad, por encima de sus cabezas se erguía muy alto el gran chorro del geiser temporal, derramando, derramando su destino sobre el mundo.
Durante un momento permanecieron jadeando junto a una cerca próxima. Ocasionalmente uno de ellos balbuceaba como una niñita, o el otro gruñía como un hombre viejo. Mientras tanto, respiraban pesadamente. Estaba a punto de amanecer cuando reunieron sus fuerzas y siguieron su camino por la carretera en dirección a Rouseville, manteniéndose junto a los campos. No estaban solos. Los habitantes de la ciudad huían también, abandonando sus hogares que ahora les eran extraños y estaban mucho más allá de su limitada comprensión. Mirándoles bajo sus fruncidas cejas, Tracey se detuvo y arrancó una rama de un árbol cercano para fabricarse un burdo bastón.
Juntos, el hombre y su mujer treparon la ladera de la colina, regresando a las tierras salvajes como la mayor parte del resto de la humanidad, sus pesadas y encorvadas figuras silueteándose contra los primeros resplandores de luz solar en el cielo.
—Ugh glumph hum herm morm glug humk —murmuró la mujer.
Lo cual significa, groseramente traducido del antiguo piedrés: "¿Por qué demonios siempre tiene que ocurrirle esto a la humanidad justo en el momento en que está a punto de volver a civilizarse?"


FIN

2023/12/25

La máquina (Richard B. Gehman)


Título original: The machine
Año: 1946


Acabo de hablar con Joe, y estoy más confundido que nunca. Quisiera volverme loco, pero no puedo. Me siento demasiado asustado, y sigo preguntándome cómo va a terminar todo.
Al, me digo a mí mismo, tienes que hallar una salida. Así que voy a contarlo todo por escrito, para aclarar mis ideas.
Joe McSween y yo hemos sido amigos desde que íbamos a la escuela. Vivimos en el mismo barrio, y ambos trabajábamos en el Comercio de Maquinaria de Krug antes de que Joe ingresase en el ejército y yo me alistara en la infantería de marina. Continuamos escribiéndonos todo el tiempo que estuvimos separados, y cuando regresamos decidimos buscar trabajo juntos.
Justo al terminar la guerra, una gran planta de fabricación de plásticos, Fabricaciones Turnbull –probablemente habrán oído hablar de ella–, se abrió en las afueras de la ciudad.
Pagaban altos sueldos, por lo que intentamos colocarnos allí. Ambos conseguimos trabajo rápidamente. Tal como lo veo ahora, fue entonces cuando empezaron las dificultades.
Antes de proseguir, es conveniente que hable acerca de Agnes Slater. Aggie fue la razón por la que Joe decidió ir a Turnbull. Había sido su novia antes de la guerra, pero cuando él volvió a casa, formalizaron sus relaciones. Joe creyó acertado trabajar en Turnbull porque un buen sueldo facilitaría las cosas cuando él y Aggie contrajesen matrimonio.
Me destinaron al departamento de expediciones. No era gran cosa, pero resultó mejor que donde pusieron a Joe. Consiguió que le inscribiesen en X. La Turnbull posee muchas de esas enonmes máquinas que llaman fabricadores, y la más grandes es precisamente X.
Jamás podré explicar lo que fabrica. Supongo que alguna clase de plásticos. Sea como fuere, lo envían a alguna otra instalación para utilizarlo en sus productos. Los dependientes de X saben únicamente que trabajan en una enorme máquina, de siete pisos de altura, rodeada por largas pasarelas. Joe la odió desde el primer momento.
–Esa condenada X –me confesó mientras nos dirigíamos en coche a casa aquel atardecer–, es algo infernal. Me han destinado al tercer piso. Estoy en una pequeña habitación encristalada junto a un tablero de instrumentos. Me enseñaron el trabajo en diez minutos.
No tengo que hacer más que unos cuantos movimientos, todo es automático.
El caso es que Joe es un sujeto al que le agrada utilizar la cabeza. Le gusta resolver problemas y encontrar soluciones. Y el trabajo de X no era en absoluto propio de Joe.
–¿Qué es lo que haces, Joe? –pregunté.
–Huh –gruñó–. Escucha esto, Al. Me meto en ese pequeño e incómodo agujero a las 08:00 de la mañana. A las 08:10 alargo la mano y hago girar el Cuadrante N hasta 40. A las 08:20 hago presión sobre un botón marcado con la letra Q. A las 08:23 giro hacia atrás el Cuadrante N hasta cero. A las 08:31 alargo la mano hacia un pequeño anaquel, cojo una aceitera y echo dos gotas, exactamente dos, en un pequeño orificio de la parte inferior del tablero. A las 08:46 levanto la mano y tiro hacia mí una palanca. A las 08:47 la empujo hacia atrás. A las 08:53 oprimo de nuevo el botón Q. A las 08:59 hago girar el Cuadrante N hasta 10, lo mantengo un segundo y, de nuevo, lo hago girar rápidamente hacia atrás.
Entonces dan las 09:00 y comienza de nuevo todo el proceso.
–¿Eso es todo?
–Exactamente todo igual –contestó Joe–. Así cada hora hasta el mediodía. Dispongo de una hora para comer, y después vuelvo para continuar hasta las 05:00 –suspiró–. Ese es mi nuevo trabajo.
–Joe –pregunté– ¿qué ocurre dentro de esa máquina cuando haces todas esas cosas?
–Que yo vea, Al –contestó Joe–, nada.
–Bien, pero ¿qué hace la máquina?
–Que me condenen si lo sé. No me lo explicaron.
–¿No puedes oír algo en el interior, quiero decir cuando haces girar esos cuadrantes y oprimes los botones?
Joe meneó la cabeza.
–Ni lo más mínimo.
No podía comprenderlo.
–Hay algo extraño en torno a eso, Joe –opiné.
–Eso es lo que creo –asintió Joe–. Desde luego no teníamos nada parecido en Krug.
Parecía no querer hablar más sobre el tema así que no hice más preguntas. Le hablé de mi trabajo, que consistía en archivar impresos de expedición durante todo el día. Yo, un mecánico. Impresos.
Aquella noche Joe y Aggie iban al cine; por el camino se detuvieron un momento en mi casa. Aggie no es muy bonita, sin embargo hay algo en ella –y no me refiero a su figura – que es bueno. Supongo que su energía. Quizá, mejor, ambición. Siempre está a la que salta.
Esa noche Aggie se mostraba realmente animada. Tenía un aspecto elegante, llevaba un vestido de un color rojo que realzaba su negro cabello, y se sentía en excelente forma.
–Joe me ha estado hablando acerca de su trabajo, Al –me dijo–. Parece estupendo.
Joe pareció preguntarse de dónde había sacado ella tal idea.
–Quiero decir –continuó Aggie– que me parece estupendo que una firma como Turnbull quiera ofrecerles esta oportunidad. En una gran empresa como ésta, hay grandes probabilidades de ascender.
–Sí, claro –comentó Joe–. A los cinco años dan más cuadrantes que girar.
–Lo que nos preocupa, Aggie –dije–, es que no tenemos idea de qué produce Turnbull. Alguna clase de plásticos, eso es lo que sabemos.
–En estos tiempos todo parece secreto –prosiguió Joe–. Es casi peor que durante la guerra.
–Esta noche leí en el Courier que aprobaron ese proyecto de ley, ¿cómo lo llaman?
–Challendor-Collander-Wingle-Wanger –informó Aggie.
Sabe cosas como ésta. Es lista.
–Eso es –aseveró Joe–. Bien, según esa nueva ley el ejército puede incautarse de todo lo que crea necesario para la defensa nacional. He estado pensando que quizá el ejército tenga algo que ver con Turnbull.
–Quizá –dije.
–No me importa lo que digan –cortó Aggie–. Creo que te gustará estar allí, Joe. Y a ti también, Al.
Como dije, Aggie es una bonita y lista muchacha, pero en lo concerniente a este último punto se hallaba –como diría ella misma– lejos de la verdad. Después de la primera semana, vi a Joe más abatido que nunca. Cuando íbamos al trabajo por las mañanas, apenas si decía nada. Al regresar por las tardes, ocurría lo mismo. Parecía ensimismado todo el tiempo. Pero tras la segunda semana estaba peor. Terminada la tercera, decidí intervenir.
–Joe –dije– ¿qué diablos te ocurre? Esto no es propio de ti, Joe.
–¿Yo? No me ocurre nada.
–Joe –dije–, cuéntamelo todo. Es X, ¿verdad?
Permaneció callado uno o dos minutos. Luego confesó:
–Sí, supongo que es X. Estoy sentado allí todo el día. Oprimo los botones, hago girar los cuadrantes, doy aceite y, durante ese tiempo, Al, soy únicamente un tipo junto a una máquina. Esa máquina no hace ningún ruido, no se mueve, y que yo sepa, ni siquiera puede fabricar nada. Y es tan grande, con sus siete malditos pisos...
Había una mirada tan peculiar en su rostro, que no supe qué decir.
–Eso no es todo –continuó Joe–. Hay algo más. ¿Te acuerdas de Krug? Allí teníamos máquinas normales y simpáticas, con ruedas que giraban, bielas, correas de transmisión, poleas, motores. Eran verdaderas máquinas que andaban, y hacían ruido, y fabricaban piezas de maquinaria. Con mirarlas lo sabías todo acerca de ellas. Cuando se rompían, se podían reparar. Cuando se ponían en funcionamiento, andaban, y cuando se desconectaban, se detenían.
Joe se interrumpió.
–De X –prosiguió lentamente–, no sé nada. Todo está oculto. Me limito a sentarme en aquella pequeña jaula de cristal con otros cien individuos. Hago lo que me indican. Si la máquina se estropea, ni siquiera me entero. Sólo ejecuto los movimientos. ¡Maldita sea! No soy un hombre manejando una máquina, Al, soy una pieza de esa condenada máquina, una de sus palancas –me miró–. ¿Comprendes lo que quiero decir, Al?


–Si quieres saber lo que pienso, Joe –manifesté–, creo que lo mejor es que te marches de allí tan pronto como puedas.
–No –murmuró sosegadamente–. No es tan fácil.
Por un instante no conseguí comprender el significado de sus palabras, pero luego recordé a Aggie. Joe me confesó más tarde que intentó explicárselo, pero no lo logró. Fue una noche después de que Joe me confiara sus sentimientos acerca de X. Tal como Joe lo cuenta, la conversación debió ser más o menos así:
–Aggie –explicó Joe–, he estado pensado que quizá lo mejor sería que únicamente nos viésemos dos noches por semana, en lugar de seis.
Ya se sabe cómo son las mujeres. Rápidamente se hizo una idea equivocada y le echó un jarro de agua fría.
–Sí, Joe –manifestó–, no faltaría más, si eso es lo que deseas.
–Se trata simplemente de que tengo algo en la cabeza –aclaró Joe–. Tengo algo en la cabeza y necesito trabajar sobre ello.
–Si crees que tus noches resultarán mejores quedándote en casa, Joe –cortó Aggie–, no sería yo, desde luego, quien pretendiera convencerte de lo contrario.
–Aggie –suplicó Joe–, desearía poder explicártelo. Pero necesito algo que aleje mi mente de Turnbull. He estado pensando en un invento. Creo que lo he resuelto del todo, pero necesito un poco más de tiempo. Sólo serán unos días, Aggie.
La idea de una invención pareció gustarle, según me explicó más tarde Joe. Pero cuando ella empezó a formular preguntas sobre el particular, no pudo contestarlas. Eso la hizo más suspicaz que nunca. Ya se sabe cómo son las mujeres. Las hay que pretenden estar en todo.
De esta forma, aquella noche comenzaron las dificultades con Aggie.
Al principio, Joe no me habló del invento. Sin embargo, aproximadamente a mitad de nuestro segundo mes en Turnbull, su buen humor comenzó a reaparecer. Pensé que simplemente empezaba a adaptarse, pero luego comprendí que algo había ocurrido. Subía al coche silbando, hablaba y bromeaba durante todo el trayecto hacia el trabajo y, por la noche, exactamente lo mismo. Se iba pareciendo cada vez más al Joe que yo conocía.
Todo se aclaró un atardecer. Joe tenía una misteriosa expresión en su rostro, silbaba y sonreía más que nunca. Cuando nos detuvimos frente a su casa, dijo:
–¿Tienes un minuto, Al? Entra. Tengo algo que enseñarte.
Penetramos en casa de Joe, donde su madre le esperaba para cenar.
–Al –me dijo–, ¿tú también estás metido en esa barbaridad?
–¿Qué barbaridad? –empecé a preguntar, pero Joe me llamaba ya desde el sótano, gritándome.
–Jamás vi nada semejante –insistió la madre de Joe.
Seguí a Joe hasta el taller que habíamos montado durante nuestra etapa escolar. Teníamos allí muchas herramientas que compramos a base de recoger papeles y de trabajar los fines de semanas, y era un espléndido taller. Pero desde que volvimos de la guerra apenas lo utilizamos, y lo había olvidado. La verdad es que no esperaba nada, mejor dicho, no sabía lo que esperaba. Por supuesto nada igual a lo que vi.
–Míralo –dijo Joe con orgullo–. ¿Qué te parece?
En el centro del pavimento, montada sobre grandes bloques de madera, se hallaba una máquina con brazos de conducción, luces, cuadrantes, botones, válvulas, conmutadores, de todo. Hasta un silbato. Había tantas piezas en esa máquina que no podría ni empezar a describirla. Era la clase de máquina con la que podría soñar un mecánico. Mientras permanecía atónito, preguntándome qué diablos era, Joe oprimió un botón sobre el banco de trabajo. Las dos grandes ruedas del extremo más próximo a nosotros empezaron a girar lentamente, tomando impulso. Un brazo se extendió por un lado, dirigiéndose al otro, asió algunas agarraderas y las atrajo hacia atrás. Brilló una luz verde, luego una roja. Joe se encaminó al otro extremo, hizo girar un disco, y el conjunto empezó a funcionar más y más aprisa. Producía un ruido tal que retemblaba toda la casa. Sonó un silbato. Una lanzadera empezó a oscilar hacia arriba y hacia abajo en algún lugar de la zona central. Un eje engrasado se deslizó a través del mecanismo, salió por un extremo, giró dos veces, y retrocedió hasta el interior. Brilló una luz azul, y una aguja sobre un cuadrante próximo a mí comenzó a ascender en dirección a una señal roja. Era lo más extravagante que había visto. Exclamé:
–¿Qué diablos es, Joe?
Me echó una expresiva mirada que dejó entrever lo que pensaba acerca de mi talento de empleado de la sección de expediciones.
–Es un secreto –contestó, sonriendo burlonamente.
–¿Un secreto?
–Ciertamente –continuó Joe–. No, Al, no es ningún secreto. Pero es lo que le digo a la gente. Como en estos tiempos todo es secreto... Igual que X... Bien, no existe ningún secreto en esta máquina. La realidad es que no tiene nada de particular. Es sólo una máquina.
–¿Qué clase de máquina, Joe?
–Demonio –dijo Joe–. Una complicada y vieja máquina, y nada más.
–Sí, Joe –repuse, pacientemente–. Ya veo que es complicada. ¿Pero qué hace?
–¿Hacer? No hace nada, anda. Eso es todo lo que hace. Sólo anda –luego, antes de que pudiese replicar, Joe continuó–: ¿Qué les pasa a todos ustedes? Tú, mi madre, nuestro vecino Herb, todos preguntan qué hace. No hace nada. Es sólo una máquina que anda. Mi máquina. Soy su amo, esta máquina no me dirige, Al. 
Cuando creí que empezaba a comprender la idea, le formulé algunas preguntas más. Pero no tardé en sentirme tan confundido como al principio. Según creo comprender ahora, la forma en que Joe se sentía con respecto a X, o más bien, en que X le hacía sentirse, le indujo a crear una máquina que pudiese dirigir él mismo. La clave del asunto era simplemente una broma. El caso es que entonces no logré comprenderlo por completo.
Dejé a Joe allí, contemplando la máquina como un padre orgulloso.
Al salir, me tropecé con Aggie, que entraba.
–Al, ¿la has visto? –preguntó jadeante–. ¿Qué es, Al?
–Aggie –dije–, pensaba que eras una chica lista.
Su mirada se tornó algo dura.
–¡Al, dímelo!
Me exasperé un poco.
–Es un secreto, Aggie –contesté–. No puedo decir más de lo que Joe me ha explicado. Es una máquina que anda. Aggie meneó la cabeza y entró en la casa. Bueno, pensé, no hay más que hablar. Sali, subí a mi coche y regresé calle abajo en dirección a mi casa. Por aquel entonces, los acontecimientos no se habían desencadenado aún. En una ciudad como Parkside, las cosas trascienden, ya se sabe. Quizá la madre de Joe habló con alguna de sus amigas, y éstas fueran a ver la máquina. Es posible que algunos de los muchachos de Turnbull lo descubrieran. De cualquier modo, la historia se divulgó y no mucho después, la gente se paraba a mirar hacia la casa cuando pasaba junto a ella. El paso siguiente fue que un reportero del Parkside Courier se presentó allí para ver a Joe y a su máquina.
No sé si Joe se enteró de que era un reportero o no. Había tanta gente metida en su casa todo el tiempo, que existe una probabilidad de diez contra una de que no lo supiera. El reportero le formuló muchas preguntas, y Joe le dio las respuestas de costumbre. En broma, declaró:
–Es un secreto –y luego, manifestó–: No es más que una máquina que construí a ratos perdidos, una máquina que anda –después intentó explicar, muy cuidadosamente, sus sentimientos con respecto a ella.
Supongo que el reportero no se sintió satisfecho con estas declaraciones. Añadió cosas de su propia cosecha. Un poco de color, por supuesto. Y el titular de la primera página del Courier rezaba así:

¿FUERZA ATÓMICA? ES UN SECRETO

Seguidamente, nuestro amigo el periodista se dirigía a la ciudad:

Joseph McSween, con domicilio en Parkside Avenue n.° 378, de esta ciudad, tiene algo en su sótano que bien podría revolucionar la ciencia. Es una máquina, pero McSween no quiere decir de qué clase. Únicamente ha admitido que se trata de una máquina secreta «que anda». Nuestra opinión es que a los muchachos de Oak Ridge y Hanford no les conviene dormirse sobre sus laureles. Si Joe McSween, de Parkside, no posee una máquina atómica en el sótano de su casa, soy yo Lincoln. Su actitud no parece revelar otra cosa. McSween ha estado trabajando en su invento durante...

Con esto será suficiente, ya que los casi doce párrafos que seguían carecen de interés. El artículo incluía una fotografía de Joe, de la época de su graduación, que desenterraron de los archivos. Hasta me mencionaba a mí, como compañero de Joe en la construcción de esa máquina atómica. Lo que sucedió a continuación es ya conocido. Ese reportaje fue el fósforo que prendió fuego a la hoguera. Los teletipos recogieron la historia aquella misma noche y a la mañana siguiente estaba en todos los periódicos del país.
EL INVENTOR DE UNA PEQUEÑA CIUDAD PUEDE POSEER LA CLAVE DEL UNIVERSO
decía un periódico de New York.
¡AUXILIO! CLAMA EL ÁTOMO
voceaba otro.
Si alguien me hubiera anunciado lo que iba a ocurrir, le habría tomado por un loco.
Aquella noche Joe me llamó aproximadamente a las nueve.
–Al –dijo–, ¿viste...?
–Sí –respondí–. Y lo dan también por radio.
–No he tenido tiempo de escucharla –continuó Joe–. El teléfono ha estado sonando sin interrupción desde que salió el Courier. Hasta el alcalde llamó. Al, me voy a volver loco. ¿Cómo pudo ese cretino contar tal cosa?
–Joe –corté–, no todo el mundo sabe comprender una broma. Probablemente creyó que tenía una gran noticia.
–Sí, claro –admitió–. Intento explicarles que todo es un error, pero los periodistas siguen llamando y haciéndome preguntas y no me quieren escuchar. Me preguntan cosas de las que ni siquiera he oído hablar, y cuando les digo que no sé de lo que están hablando, comentan que soy muy modesto. Aguarda, Al, hay otro mozo de telégrafos en la puerta. He recibido treinta y dos telegramas.
–¿Qué vas a hacer, Joe? –le pregunté.
–No lo sé –murmuró–. Cada vez que digo algo, ponen más palabras en mi boca. Y no puedo... Al, tengo qué colgar ahora. Es ese chico de telégrafos. Llámame por la mañana, Al. 


No resultó tan fácil como parecía. Intenté llamarle dos veces alrededor de las ocho de la mañana, pero la línea estaba ocupada. Finalmente tuve que irme al trabajo. Me dirigí en mi coche calle arriba hacia la casa de Joe, para recogerle. ¡Qué ingenuidad la mía! Me acerqué a la casa como pude, porque había una gran cantidad de automóviles aparcados, y una pequeña muchedumbre en torno al porche de entrada. Descendí y me encaminé a la casa.
–¿De qué diario es usted? –me preguntó un hombre.
Advertí que casi la mitad de los hombres, así como algunas mujeres, llevaban colgadas del hombro cámaras fotográficas. Seguramente se hallaba allí la flor y nata del periodismo, enviados de todas las grandes ciudades.
–Soy sólo un compañero de Joe –informé al sujeto; un colosal error por mi parte.
–¿Usted es amigo de Joe McSween? –gritó–. ¡Eh, compañeros!
Se apiñaron todos a mi alrededor, abrumándome a preguntas:
¿Dónde está ahora McSween?
¿Cómo la hizo?
¿Es cierto que puede mover un acorazado con dos gotas de agua?
¿Su patrón le ofreció realmente tres millones por una cuarta parte del interés?
¿Cuánto tiempo hace que lo sabe?
Intenté contenerlos mientras pude, luego eché a correr hacia mi automóvil. No me detuve hasta aproximadamente ocho manzanas más abajo para entrar en una farmacia. Me dirigí a la cabina telefónica. El número de Joe seguía comunicando. Probé de nuevo al cabo de cinco minutos. No hubo suerte. Tres intentos más, y al cuarto lo conseguí.
La voz de Joe, muy cansada, dijo:
–¿Diga? –fue casi un gruñido.
–Soy Al. Estuve en tu casa, pero...
–Lo sé. Te vi por el postigo. Al, he estado en vela toda la noche. ¿Dónde estás?
Se lo dije.
–Intentaré llegar –murmuró–. Espérame ahí.
Colgué el auricular, fui al puesto de refrescos y me senté. La radio estaba tocando música de baile, pero de repente la emisión se interrumpió para dejar paso a un locutor:
-Un boletín especial de Parkside, New York. Mientras el país aclama el ingenio y los fértiles recursos del joven Joseph McSween, de quien se dice ha inventado la primera auténtica máquina atómica de nuestra época, las autoridades de Parkside han sido informadas de que el ejército desea examinar sin demora el proyecto McSween. El teniente coronel George P. Treex, célebre por su trabajo en la bomba atómica, ha sido enviado ya a Parkside en avión especial. Le acompañan sus ayudantes. El…
–¡El ejército! –grité, levantándome.
El encargado del puesto bostezó.
–Cosas que pasan –contestó.
–Pero se han vuelto... –entonces me callé, para oír el resto.
–Según las disposiciones del proyecto de ley Challendor-Collander-Wingle-Wanger – decía el locutor–, las fuerzas militares están autorizadas para examinar cualquier proyecto que consideren vital para la defensa de este país. Se da por sentado que la máquina del joven McSween quedará bajo el control del gobierno.
–¡Control del gobierno! –exclamé atónito.
–¿Y qué más? –preguntó el encargado–. Jugando con los átomos, ¿eh?
–Esta mañana, en la Cámara de Representantes –zumbaba la radio–, el senador Burge Fulsome declaró que presentaría un proyecto de ley a fin de asignar un millón de dólares para la protección de esta novísima arma. En la Cámara, el diputado Hayden Kratcher puede votar un proyecto de ley que proporcione una suma igual para el desarrollo de las fuerzas de seguridad del país. Debemos proteger este secreto cueste lo que cueste», manifestó esta mañana a los informadores el diputado Kratcher, «y conservarlo a salvo en el seno de la democracia de donde nació.»
–Qué diablos... –de nuevo me detuve para escuchar.
–Hasta el momento el Congreso no ha votado ninguna cantidad para trabajos adicionales en la máquina de McSween. Un senador que rehusó dar su nombre declaró que el próximo mes podría presentarse un proyecto de ley, pero agregó: «No deseamos precipitarnos en este asunto». La invención ha tenido efectos de mucho alcance. En Hollywood, varias firmas están intentando conseguir los derechos para la historia de la vida de McSween. En New York, la Stud Press ha anunciado planes para la publicación de Esta es una historia de la Era de la Máquina Atómica. Y en Parkside, el alcalde, E. R. Risco, anunció esta mañana que solicitaría al ayuntamiento una asignación de treinta y siete mil dólares para erigir una estatua a la memoria de Adolph McSween, el padre del joven inventor, que murió durante la primera guerra mundial. La estatua le mostrará de uniforme, sosteniendo a su hijito, el cual enarbolará un átomo de tamaño natural.
Me pregunté si me hallaba realmente allí sentado, en aquel puesto de refrescos.
–Esta emisora ha intentado varias veces obtener de McSween una entrevista exclusiva, pero únicamente ha conseguido una declaración de la madre del inventor: «Sabía que Joseph tenía algo allí abajo, en el sótano» –manifestó la señora McSween.» 
Una mujer entró en el establecimiento y se sentó junto a mí.
–Hola, Al –dijo con voz profunda–. Salgamos de aquí.
Di un salto, mis nervios estaban empezando a ceder.
–Joe –exclamé–, ¿qué haces disfrazado de esa manera? –contemplé el gran sombrero con flores, el vestido, la chaqueta con el cuello de piel–. ¿Cómo conseguiste escapar?
–Me puse esta ropa de mamá y fui por la puerta de atrás a casa de Herb, al lado nuestro – explicó Joe–: Luego salí por su puerta de entrada. Se debieron creer que era mi madre. Vámonos de aquí.
Me dispuse a pagar la cuenta, cuando recordé que no había tomado ninguna bebida.
Salimos y subimos a mi coche. Cuando empezaba a arrancar vi a una muchacha que cruzaba la calle.
–Espera, Joe –advertí–. ¿No es Aggie aquella chica?
–Sí –contestó Joe, saliendo del coche para atravesar la calle como una liebre. Le seguí por si acaso hacían falta explicaciones.
Las hicieron. Aggie rehuyó a Joe, y continuó caminando. Joe quedó asombrado, pero la siguió e intentó asirla del brazo.
–Puedo explicarlo todo, Aggie, con tal de que me des una oportunidad –dijo.
Aggie se volvió y le dio una bofetada.
–Aggie, por favor...
–¡Sin favor! –gritó ella–. ¡Joe McSween, cómo se te ocurrió una cosa semejante!
–¿Una cosa cómo?
–¡Trabajar todo este tiempo en tu máquina atómica y no decirme nada! Nunca...
–Aggie, no era...
–Joe McSween, eres el más vil, el más ruin...
La gente empezó a aglomerarse. Después de todo, no se ve todos los días a un sujeto
vestido con ropas de mujer discutiendo en la calle con una muchacha. Y no se oye con frecuencia soltar tacos a una muchacha del modo en que Aggie lo hizo. Joe aguantó pacientemente el chaparrón. Después pareció darse cuenta de que era inútil.
En aquel momento, alguien gritó:
–¡Ese es McSween! ¡El tipo atómico!
Joe y yo nos lanzamos a través de la calle hacia mi coche, y salimos huyendo. Me volví, pero Aggie no se dignó dirigirnos ni siquiera una mirada.
Joe permaneció silencioso mientras yo conducía. Al cabo de un rato se quitó el floreado sombrero y abrió la cremallera del vestido, arrojándolos sobre el asiento posterior. No llevaba más que unos pantalones cortos.
–Sabes, Al –dijo tras una pausa–, si hubiera inventado una máquina atómica, nadie me habría creído.
–Es cierto –convine.
Para entonces estaba dispuesto a creer cualquier cosa. Me dirigí hacia Cedar Hill, una pequeña ciudad a quince millas aproximadamente de Parkside. En el trayecto me detuve en un almacén general para que Joe comprase un mono. Fue una suerte que llevara cartera.
Continuó sin decir nada, con los ojos cerrados.
Después de recorrer sesenta y cinco kilómetros, Joe dijo:
–Al, tengo que intentarlo de nuevo. Para en el próximo garaje.
Así lo hice. Joe entró, llamó al Parkside Courier y preguntó por el director. Se puso en comunicación con él.
–Soy Joe McSween –dijo, luego palideció y se apartó del teléfono; colgó–. No ha querido creer que era yo. Me preguntó que por quién le había tomado.
–¡Maldita sea! –gruñí–. ¿Lo probamos otra vez?
–No. Regresemos. Haré que me escuchen...
Cuando salíamos del garaje, el mozo de uno de los surtidores de gasolina dijo:
–¿Me firma un autógrafo, señor McSween?
–Ni hablar –estalló Joe–. No me molestes.
Era la primera vez que veía a Joe McSween tratar de ese modo a un chico. El asunto empezaba a afectarlo de veras. Regresamos lentamente. Joe sólo habló una vez en todo el recorrido.
–No comprendo por qué Aggie se porta de esa manera.
Cuando salimos de la farmacia en Parkside debían ser más o menos las diez o las diez treinta. Mi reloj señalaba ahora casi las doce. Di la vuelta hacia Parkside Avenue, preguntándome qué iba a ocurrir. No tuve que esperar mucho tiempo. Algo sucedía en nuestro barrio. Pensé al principio que era la gente congregada ante la casa de Joe. Pero estaba equivocado. De haberlo sabido, hubiera dado la vuelta en redondo y ni el mismo demonio me detendría hasta no poner cien millas entre la ciudad y nosotros. El caso es que continuamos avanzando. Al aproximarnos, vimos que una barrera cortaba el acceso a nuestra calle. Sobre ella leímos, incrédulos, el siguiente aviso:
Distrito Militar - Prohibidas las visitas.
Un sargento de la M. P. armado hasta los dientes se acercó al coche.
–¿Qué desean?
–Vivo aquí –dijo Joe–. ¿Qué sucede?
–¿Cuál es su nombre? –preguntó el M. P., sacando una tira de papel del bolsillo.
–McSween. Este es Al Niles.
El M. P. observó atentamente a Joe, y me echó una rápida ojeada.
–Déjeme ver sus papeles. Identificación. Los dos.
Sacamos nuestras carteras y le mostramos nuestros carnets de conducir, cartillas militares y los pases de la Turnbull.
–Hum –manifestó; estudió la lista otra vez–. Parece conforme. Lo mejor es que vaya a su casa, McSween. Usted también, Niles. El coronel desea verles a los dos.
No permitió que entrásemos el coche.
–Al ¿qué significa esto? –preguntó Joe–. ¿Estamos realmente en Parkside Avenue?
No le contesté. Me hallaba demasiado ocupado mirando lo que sucedía frente a la casa de Joe. Había allí tres camiones del ejército aparcados y un grupo de M. P. montaba la guardia. Parecían ocupados en algo muy importante. Uno de ellos estaba clavando un aviso en el porche de entrada:
AREA DE ALTO SECRETO
Otro se adelantó mientras nos aproximábamos.
–Identificación –gruñó.
Le enseñamos lo mismo que al sargento. Entró en la casa de Joe y volvió al cabo de dos minutos.
–El coronel Treex ha dado su conformidad por el momento. Tendrán que bajar al sótano y esperar allí. Les recibirá aproximadamente dentro de una hora –dijo.
–¿El coronel qué? –preguntó Joe.
–El teniente coronel George P. Treex, oficial de investigación. Limítense a entrar –indicó. –Traten de no hacer ruido cuando atraviesen el vestíbulo. El coronel está muy ocupado.
–¿Está bien que masque mi chicle? –pregunté.
–Cuidado –advirtió el M. P.–, este es un asunto muy serio.


Entramos en la casa. La puerta del despacho aparecía cerrada, por lo que atravesamos el vestíbulo en dirección al sótano. Al llegar a él tuvimos que mostrar de nuevo nuestros papeles a otro M. P.. A mitad de la escalera, Joe pareció recordar algo y se volvió.
–Al –dijo, cogiéndome del brazo–. ¿Qué habrán hecho de mi madre?
–¡Diablos! –exclamé; retrocedimos y golpeamos la puerta; el M. P. abrió.
–¿Dónde está mi madre?
El M. P. no se inmutó.
–El coronel creyó que lo más conveniente para ella sería vivir en otro sitio mientras se efectúa la investigación –explicó–. La señora McSween está en el Hotel Parkside, a expensas del gobierno, por supuesto.
–Muy amable por parte del gobierno –comentó Joe.
–¿Algo más? –preguntó el M. P.
–Sí. Hable con el Courier y dígales que envíen aquí un reportero sensato –dijo Joe–, Uno que comprenda el inglés vulgar.
–Lo siento –manifestó el M. P.–. El coronel no tolerará a ningún periodista.
Joe abrió con asombro los ojos, meneó la cabeza y me miró. Le devolví la mirada. Dimos la vuelta otra vez.
Todas las luces del sótano se hallaban encendidas, así como las de un equipo suplementario. El lugar tenía más claridad que a la luz del día. La máquina de Joe descansaba allí, quieta, como si esperara que algo sucediese. Nos sentamos en el banco de trabajo y la miramos fijamente. Era la causa de todas nuestras dificultades.
–Al –preguntó Joe– ¿cómo puedo conseguir que lo comprendan?
–Tendrás que explicárselo de nuevo. No puedes hacer otra cosa. Debes hablar con ese coronel.
–Al, ya sabes cómo son los coroneles –murmuró Joe.
–Sí –tuve que admitir.
No tardamos mucho en descubrir cómo era el coronel. Una voz retumbó en lo alto de la escalera.
–¡Sin novedad! –tras un breve intervalo de silencio, se oyó un cuerpo pesado que descendía los peldaños. Ante nuestros ojos apareció el teniente coronel George P. Treex.
Parecía una montaña con nieve en la cumbre, sólo que con tres barbillas. Exhibía aproximadamente cuatro tiras de condecoraciones, incluyendo la mellada de puntería. Joe y yo nos pusimos en pie. Conocíamos a los jefazos con sólo verlos.
El coronel se dirigió hacia mí.
–Me alegra verle, señor McSween.
–McSween es éste –indiqué, señalando a Joe.
El coronel se desinteresó de mí en lo sucesivo. Estrechó rápidamente la mano de Joe, como si fuese un trámite a liquidar a toda prisa. Luego retrocedió y echó una mirada en torno al sótano, como si estuviera inspeccionando un cuartel.
–Coronel –suplicó Joe–, ante todo, me gustaría explicarle que este asunto es un gran...
El coronel no le escuchaba. Estaba ocupado con los anaqueles y el banco de trabajo.
–Que quiten el polvo de esos anaqueles –ordenó–. El polvo significa un riesgo para la seguridad.
Los ojos de Joe se desorbitaron 
–Desde luego. En Turnbull, cada día liquidan a los individuos que dejan de limpiar el polvo –informé.
El coronel me ignoró
–Ahora, señor McSween –continuó–, ¿dónde están sus informes? Tendré que estudiarlos durante la investigación. Por favor ¿puede entregármelos?
–¿Informes? –dijo Joe–. Pero si no existen...
–McSween, no necesita preocuparse acerca de mi autoridad –manifestó el coronel–. Fui enviado aquí por el jefe en persona, actuando bajo órdenes del secretario. Serán adoptadas las adecuadas precauciones de seguridad. Ningún secreto será divulgado. Puede entregarme sus papeles con completa garantía. 
–Coronel –cortó Joe–, me tiene sin cuidado si le envió aquí el espíritu de Isaac Newton.
Tenía un aspecto extraño, más extraño del que le había visto nunca. 
–Por favor, señor McSween –insistió el coronel–. Tengo tantas cosas que atender... Hay que estudiar la posibilidad de proteger esta casa con radar, hay que... Comprenda, estoy muy, muy ocupado. Por favor ¿puede darme sus papeles?
–No, coronel –dijo Joe–. Y la razón es...
Las barbillas del coronel temblaron antes de que interrumpiese.
–¿Rehúsa, señor McSween? ¿Desafía mi autoridad?
–No estoy desafiando nada –gruñó Joe–. Sólo trato de explicarle que no existe ningún papel. Y deseo decirle algo más. Yo...
–¿Qué dijo usted? –el teniente coronel Treex parecía atónito–. ¿No existe ningún papel? ¿Planos?
–No. Ningún plano. Nada.
–No comprendo. Esto no es, en absoluto, lo que esperaba. Señor McSween –continuó el coronel, forzando una especie de risa militar–, lo cierto es que no puedo perder el tiempo en bromas. El jefe está esperando un informe. Por favor, ¿podría hacerme una demostración? Sólo lo suficiente para tener una ligera idea. 
Joe se dirigió a su banco de trabajo.
–Perfectamente –dijo–. ¿Desea una demostración? La tendrá. A ver si comprende de una vez por qué todo este asunto es un...
Liberó la fuerza motriz y el resto de sus palabras se perdió en el estruendo de la máquina, que se puso en marcha con brusquedad. Las correas de transmisión empezaron a moverse hacia atrás y adelante, las ruedas y los engranajes dieron vueltas, las luces brillaron, el brazo se movió de través para coger las agarraderas... El estrépito era infernal. Sonaba incluso como una máquina atómica de verdad, pensé.
El coronel quedó evidentemente impresionado.
–¿Cuál es su capacidad? –aulló por encima del ruido.
–¿La capacidad para qué, coronel? –gritó Joe en respuesta.
–¿Cuánto produce? –vociferó el coronel.
–¡Nada! –gritó Joe–. ¡No produce nada!
El coronel no podía oírle, y le hizo una seña para que desconectase.
–Le digo que no produce nada—dijo Joe, cuando la máquina se detuvo–. No es lo que usted piensa, coronel. Es sólo una máquina... una máquina que construí por divertirme. Sólo anda, eso es todo.
El coronel se encogió de hombros, y se encaminó a la escalera.
–¡Comandante Stoughton! –gritó–. ¡Comandante Brown! ¡Teniente Winberg! ¡Teniente Boris! ¡Sargento English!
Todos bajaron y permanecieron firmes como soldados de plomo.
–¿En cuánto estimarían su capacidad? –preguntó el coronel.
El teniente sacó de su bolsillo un objeto que parecía como un termómetro casero, y por su extremo miró de soslayo a la máquina.
–Aproximadamente cuarenta –dijo, por fin.
Los demás oficiales habían sacado lápices y estaban garrapateando sobre pequeños blocs de notas.
El coronel hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
–¿Es eso correcto, señor McSween?
–¿Cuarenta qué? –preguntó Joe.
–Por favor, señor McSween –dijo el coronel–, seriedad. Yo...
–¡Cállese! –de súbito el rostro de Joe se congestionó y su respiración se hizo difícil–. ¡He intentado explicárselo desde que bajó aquí, y no ha querido darme una oportunidad! Seriedad, pues... –cogió una llave inglesa del banco de trabajo y la enarboló como una maza.
Todos los oficiales dejaron de garrapatear.
–¡Ahora verá! –dijo Joe–. ¡Ahora verá su máquina atómica!
Y antes de que nadie comprendiera lo que iba a suceder, se arrojó sobre ella, alzó la llave inglesa y la descargó con fuerza, destrozando primero un tablero de instrumentos, luego partiendo por completo una correa de transmisión, rompiendo una rueda, hendiendo un volante...
El coronel se recuperó rápidamente de su asombro. Actuó, mejor dicho, lo hicieron sus hombres. Tres de ellos saltaron sobre Joe, dos me prendieron a mí. Alguien gritó:
–¡Traición!
Todos gritaban y vociferaban produciendo un espantoso alboroto, mientras Joe lanzaba alaridos.
–¡No pueden hacer esto! ¡Es mi máquina y la destrozaré si quiero! ¡Déjenme tranquilo!
¡Están locos! ¡No es una máquina atómica!
Finalmente se llevaron a Joe a rastras escaleras arriba. Le seguí, con la ayuda desinteresada de dos oficiales. Y nos encerraron con llave en la habitación de Joe.
Ahora está tranquilo, me refiero a Joe. Como digo, hace poco hemos discutido ampliamente el caso, y ahora queda consignado por escrito. Quizá haya omitido algunos detalles, pero creo que todo está aquí.
Joe me explicó que, en su opinión, la razón de lo ocurrido es que algunas personas están siempre buscando cosas inexistentes. Quizá su broma al decir que se trataba de un secreto resultó una mala idea, ya que nadie le creyó cuando dijo la verdad.
–Hay personas que no quieren aceptar las cosas como son –dijo Joe hace un momento–. No intentaba armar ningún alboroto. Construí una máquina, sólo para apartar mi mente de Turnbull, y ahora se la han llevado. La presentarán a los científicos y descubrirán la verdad. Dirán después que les engañé. Espera y verás.
Joe no se muestra amargado, sino únicamente un poco filósofo. Me dijo que la única cosa que siente es no haberle dado su autógrafo al muchacho del surtidor de gasolina.


FIN