2023/12/11

La fiesta de la inmortalidad (Aleksandr Aleksándrovich Bogdánov)


Título original: Prazdnik bessmiertia
Año: 1914


I
Habían transcurrido ya mil años desde que el genial físico Fride descubriera la inmunidad fisiológica, cuya activación permitía renovar los tejidos del organismo y mantener a la gente en un estado de eterna juventud. El sueño de filósofos, poetas, reyes y alquimistas medievales se había cumplido…
Ya no existían ciudades como antiguamente. Gracias a la facilidad y universalidad del transporte aéreo, la gente no temía las distancias y se instalaba por todo el planeta en lujosas villas rodeadas de flores y vegetación. Cada villa tenía un espectroteléfono, que las mantenía en contacto con teatros, periódicos e instituciones públicas. Cualquiera podía disfrutar en su propia casa con la actuación de sus cantantes favoritos, ver en su pantalla de cristal pulido una representación teatral, escuchar los discursos de distintos oradores, charlar con sus conocidos… 
En el lugar que antes ocupaban las ciudades, seguían funcionando los centros de la administración comunista, en cuyo perímetro se concentraban enormes rascacielos que albergaban tiendas, escuelas, museos y otras instituciones públicas. La Tierra se había convertido en un inmenso bosque de árboles frutales. Había también silvicultores dedicados a la cría de diversos animales salvajes en parques especializados. No se tenía nunca escasez de agua, pues se obtenía al unir oxígeno e hidrógeno por medio de la electricidad. Las zonas sombrías de los parques estaban iluminadas con fuentes que formaban cascadas. Abundaban los estanques, que despedían reflejos plateados a la luz del sol y en cuyas aguas vivían peces de todas las especies imaginables, creando un hermoso paisaje. En los polos se usaban sales radiactivas artificiales para derretir los hielos y por la noche surgían lunas eléctricas que proporcionaban una suave y acogedora iluminación.
Solo una amenaza pesaba sobre la Tierra: La superpoblación, ya que nadie moría. La asamblea legislativa popular había aprobado la propuesta de ley del gobierno por la que a cada mujer se le permitía, en su interminable vida, procrear no más de treinta vástagos. Los que sobrepasaran esa cifra deberían, al alcanzar su madurez de quinientos años, trasladarse a otros planetas en naves selladas herméticamente. La longevidad humana daba ocasión a realizar largos viajes y, aparte de la Tierra, se habían colonizado todos los planetas próximos del sistema solar.

II
Por la mañana, tras levantarse de su lujosa cama hecha de aluminio y fibra de platino, Fride se dio una ducha fría, hizo sus ejercicios de gimnasia habituales, se enfundó su ligera vestimenta térmica —que refrescaba en verano y calentaba en invierno—, y desayunó las nutritivas tortitas químicas de siempre con extracto de madera refinada, que tanto recordaban por el gusto al vino de Besarabia. Todo eso le ocupó alrededor de una hora. Para no perder el tiempo mientras se aseaba, había instalado en el baño un micrófono que le conectaba con el servicio de prensa, para así poder escuchar las noticias. Todo su cuerpo rebosaba vitalidad e irradiaba energía positiva; era fuerte, atlético, como si estuviera hecho únicamente de músculos y huesos.
Fride recordó que, justo ese día a las doce de la noche, se celebraba el milenario de la inmortalidad… ¡Mil años! Y, sin querer, se puso a repasar mentalmente lo que había vivido hasta entonces… En la habitación de al lado estaba la biblioteca de sus propias obras, unos cuatro mil volúmenes escritos todos por él. Eso incluía su diario, interrumpido a sus ochocientos cincuenta años de vida y que constaba de sesenta enormes folios dobles en formato de libro, escritos con un sistema silábico que recordaba a la antigua estenografía. Detrás del despacho, se encontraba su taller de pintura y, junto a éste, el de escultura. A continuación había una sala al estilo de un decadente nocturno, en la que Fride componía sus poemas. Finalmente, la sala sinfónica, con sus instrumentos de cuerda para orquesta, que tocaba con artilugios mecánicos de todo tipo con los que obtenía una intensidad y potencia sin parangón.
En la parte de arriba, encima de la casa, estaba el laboratorio. Fride era un hombre de genialidad polifacética, al igual que uno de sus antepasados por parte de madre, Bacon, que fue no sólo un gran científico sino también dramaturgo, cuyas obras durante mucho tiempo se atribuyeron a Shakespeare. A lo largo de todo el milenio, Fride había mostrado su talento en prácticamente todas las esferas de la ciencia y el arte. De la química, que había consumido buena parte de sus energías intelectuales, pasó a la escultura. Durante ochenta años fue un famosísimo escultor, que legó al mundo numerosas obras magníficas. De ahí pasó a la literatura; en cien años escribió cerca de doscientos dramas y unos quince mil poemas y sonetos. Después se dejó seducir por la pintura, campo en el que no destacó especialmente; en cualquier caso, dominaba a la perfección la técnica artística y, con una práctica de más de cincuenta años, los críticos coincidían en pronosticarle un brillante futuro. Cuando ya era una persona en la que van decayendo los ánimos, aún trabajó otros cincuenta años, para después dedicarse a la música. Compuso varias óperas que tuvieron cierto éxito. Y así, en diversos momentos de su vida, fue pasando por la astronomía, la mecánica, la historia y, finalmente, la filosofía. 
Después cayó en un estado en el que ya no sabía qué hacer… Su prodigiosa mente absorbía como una esponja todo lo que producía su cultura contemporánea y decidió volver entonces a la química. Se dedicó a experimentar en su laboratorio y resolvió el único problema que aún le quedaba por superar a la raza humana desde los tiempos de Helmholtz: La autorregeneración de los órganos y la reanimación de la materia muerta. No había más problemas aparte de éste. Fride trabajaba por las mañanas; desde su dormitorio se iba directamente arriba, al laboratorio. Mientras ponía los matraces en el calentador eléctrico y repasaba mentalmente las fórmulas que tan bien conocía sin necesidad siquiera de apuntarlas, le invadía un extraño sentimiento, que en los últimos tiempos se había hecho recurrente. Los experimentos ya no le interesaban ni atraían. Hacía mucho que en sus estudios ya no sentía el entusiasmo de antaño, en el que se vaciaba su alma y que le inspiraba al tiempo que le llenaba de felicidad. Las ideas fluían por los mismos canales que ya se sabía de memoria; cientos de fórmulas llegaban y se iban con las aburridas combinaciones de siempre.
Ese día, con una penosa y abrumadora sensación de vacío en el alma, de pronto se detuvo a pensar: "El hombre material se ha convertido en un dios… Puede reinar sobre el mundo y el espacio. ¿Pero realmente aquella idea, que los hombres de la antigua era cristiana consideraban inabarcable, podía tener límites? ¿Es posible que el cerebro, formado nada más que por un conjunto de neuronas, sea capaz de producir un número limitado de ideas, imágenes y sentimientos… y nada más? Si eso es así…" Y entonces el miedo al futuro se apoderó de él. Con gran alivio por su parte, en aquella ocasión —al contrario de lo que solía ocurrirle mientras estudiaba—, se le escapó un profundo suspiro al oír la melodía del reloj automático que indicaba el final de la jornada laboral.


III
A las dos de la tarde Fride se dirigió al comedor público, que frecuentaba a diario solo por el hecho de verse con su ingente descendencia, a la mayoría de la cual ni siquiera conocía. Tenía alrededor de cincuenta de sus hijos en edad madura, dos mil nietos y varias decenas de miles de bisnietos y tataranietos. Su descendencia estaba dispersa por distintos países e incluso distintos mundos, y perfectamente habría bastado para poblar alguna de las ciudades de la antigüedad. Fride no experimentaba por sus hijos o nietos sentimiento familiar alguno, como el que se daba entre los seres humanos del pasado. Su familia era demasiado grande para dar cabida en su corazón a todos y cada uno de sus miembros. Él los quería con ese mismo amor noble y abstracto que se tiene por la humanidad en general. En el comedor recibió las habituales muestras de respeto y luego se presentó un hombre aún muy joven, de unos doscientos cincuenta años. Era su bisnieto Margo, que había hecho importantes hallazgos en el campo de la astronomía. Acababa de regresar después de una ausencia de veinticinco años motivada por una expedición a Marte, y ahora estaba relatando con entusiasmo su viaje:
—Los habitantes de Marte —contaba— son súper hombres: Adoptaron con rapidez todas las grandes conquistas del ser humano. Tenían la intención de enviar instructores a la Tierra, pero su enorme estatura supone un obstáculo para llevarlo a cabo y ahora están centrados en la construcción de grandes naves voladoras.
Fride escuchaba distraído lo que se contaba sobre la flora y fauna de Marte, sobre sus canales, sobre las ciclópeas construcciones marcianas… Y todo lo que decía Margo con tanto ardor realmente le traía sin cuidado. Trescientos años antes él fue uno de los primeros que voló a Marte y residió allí cerca de siete años. Después hizo dos o tres viajes menores al mismo destino. Conocía cada palmo de la superficie de Marte mejor que la de la propia Tierra. Sin embargo, para que su bisnieto no se ofendiera ante la falta de atención, preguntó:
—Dime, mi joven colega, ¿no te habrás encontrado allí por casualidad con mi amigo Levionah? ¿Qué ha sido de él?
—Pues claro que le he visto —respondió vivamente Margo—. Ahora anda ocupado en la construcción de una formidable torre tan grande como el Elbrus.
—Ya lo suponía… —dijo Fride con una intrigante sonrisa—. Yo mismo predije que llegaría un día en que los marcianos serían auténticos apasionados de las grandes construcciones. Pero ahora, por favor, discúlpame, y hasta pronto. Tengo que atender cierto asunto urgente. Te deseo mucho éxito.

IV
Margarita Anch, una lozana mujer de unos setecientos cincuenta años, que era la última esposa de Fride y de cuya relación ya empezaba éste a cansarse, presidía el círculo de amantes de la filosofía. Varios kilómetros antes de llegar a la villa de Margarita, Fride avisaba de su presencia con un fonograma; aunque estaban casados, vivían separados, para tener cierto margen de autonomía mutuo. Margarita esperaba a su marido en la alcoba llamada "de los secretos y las maravillas", un increíble pabellón en el que todo aparecía cubierto de un suave color ultracromático, el octavo del espectro, desconocido por la gente de la antigüedad con un sentido de la vista poco desarrollado, al igual que los salvajes desconocían lo que era el color verde. Una preciosa túnica de seda hasta las rodillas, para mayor libertad de movimiento, realzaba su esbelta figura. Su alborotada melena negra le caía por la espalda en largos mechones ondulados. Un delicado perfume flotaba a su alrededor.
—Me alegro mucho de verte, mi querido Fride —dijo, tras darle un beso en su prominente y marmórea frente—. Te necesito para un asunto muy importante.
—Lo intuí la última vez que hablamos por el telefonoscopio —respondió Fride—. Reconozco que entonces me sorprendió tu tono misterioso. Bueno, ¿de qué se trata? ¿A qué viene tanta urgencia?
—No podía evitarlo, mi amor —dijo ella con una coqueta sonrisa—. Dirás que es un capricho, pero a veces surge un deseo al que es muy difícil negarse. Por cierto, ¿dónde celebraremos esta noche la Fiesta de la Inmortalidad? Además, justo hoy, por si no te acordabas, se cumplen ochenta y tres años de la celebración de nuestra boda.
"¡Vaya!", pensó para sí, y respondió con desgana:
—No lo sé. Todavía no lo he pensado.
—Pero lo celebraremos juntos, ¿verdad? —preguntó Margarita con algo de inquietud.
—Sí, por descontado —respondió él con cierta desazón, mientras improvisaba un rápido cambio de tema—. ¿Cuál es ese asunto tan importante?
—Ahora mismo te lo diré, cariño mío… Quisiera preparar una sorpresa para el nuevo milenio. La idea que estás a punto de conocer me ronda la cabeza desde hace ya varias décadas y, por fin, ha adquirido su forma definitiva.
—Mmm… ¿es algo salido de tu irracional pragmatismo? —bromeó su marido.
—¡No, claro que no! —respondió ella con una enorme sonrisa.
—¿Entonces algo relacionado con política? Las mujeres en eso siempre quieren ir por delante de nosotros…
Ella se echó a reír.
—Eres un estupendo adivino, querido. Sí, me dispongo a formar un grupo con el que podamos dar un golpe de Estado civil en todo el planeta. Y ahí es donde necesito tu ayuda. Tienes que unirte a nosotros para difundir mis ideas. Te será muy fácil, con la cantidad de relaciones e influencias que tienes.
—Bueno, depende del carácter de tus planes —respondió Fride después de pensárselo un momento—. De antemano no puedo prometerte nada.
Ella frunció ligeramente el ceño y continuó:
—Mi plan es derribar las últimas trabas legales que aún tienen a la gente atada de pies y manos, aquí en la Tierra. Que cada individuo por separado aspire a tener lo que en la Antigüedad se llamaba su propio gobierno, su autonomía. Que nadie se atreva a ponerle cadena alguna. Sólo la economía debería obedecer a un poder centralizado…
—Pero ¿no es así como están organizadas ya las cosas? —objetó él—. Dime, ¿cuándo y cómo ve el ciudadano coartada su voluntad? 
Su mujer explotó y se dirigió a él acaloradamente:
—¿Y la ley que restringe a treinta el número de nacidos que puede considerar una mujer como hijos suyos? ¿Es que eso no es una restricción? ¿Acaso no estamos ante una violenta represión de la personalidad de la mujer? Claro que ustedes, como hombres, no se ven en absoluto reprimidos por esta medida.
—Pero se trata de una ley que responde a necesidades económicas…
—Entonces, deben ofrecerse soluciones basadas en la sabiduría del intelecto y no en los avatares de la naturaleza. ¿Por qué debo renunciar a mi trigésimo quinto hijo, al cuadragésimo y así sucesivamente, y en cambio puedo quedarme con el que haga el número treinta? Puede que este último resulte penosamente mediocre y el que desechamos llegue a ser un genio. Que se queden en la Tierra los más fuertes y dotados, y se envíen a otros planetas a los más débiles. La Tierra debería ser una reserva de genios.
Fride refutó el argumento con frialdad.
—Todo esto no es más que una fantasía irrealizable y, por lo demás, nada original. Hace ciento cincuenta años el biólogo Madlen ya se expresaba con ideas similares. No se puede romper el orden de las cosas que parece más razonable. Además, puedo asegurarte que las mujeres de la Antigüedad no opinaban así; tenían lo que se llama compasión maternal: Querían más a los hijos más débiles y desafortunados que a los fuertes y hermosos. No, me niego a colaborar contigo en esto. Es más, como miembro del gobierno y en nombre del Consejo de los Cien, ejerzo mi derecho de veto sobre tus actos.
—Pero tú, como genio que eres, ¡no debes temer un golpe!
—Sí, claro… pero, como genio que soy, presiento el caos que se adueñará de la Tierra tan pronto como la cuestión de la segregación por nacimiento quede sujeta al libre albedrío de los ciudadanos. Se desatará tal lucha por la dominación del planeta que la propia raza humana perecerá. Es verdad que de todas formas desaparecerá irremediablemente al sufrir un colapso por estancamiento —concluyó Fride como si hablara consigo mismo—, pero eso no quiere decir que tengamos que acelerar ese momento fatal.
Margarita guardó silencio. No se esperaba una reacción así. Después se volvió con frialdad, adoptó una pose clásica de perfil, y dijo ofendida:
—¡Haz lo que quieras! Ya me he dado cuenta de que últimamente algo no va bien en nuestras relaciones. No sé, tal vez te has cansado de mí.
—Es posible —respondió él secamente—. Hay que hacerse a la idea de que el amor en la Tierra no es algo eterno. En el transcurso de mi vida, tú eres la décimo octava mujer con la que he contraído matrimonio, y la nonagésimo segunda a la que he amado.
—¡Faltaría más! —exclamó ella con ira, al tiempo que se mordía los labios y el rubor teñía su rostro ligeramente bronceado—. Ustedes exigen a la mujer que les rinda fidelidad eterna, mientras se reservan el derecho a engañarlas.
Fride se encogió de hombros.
—La ley del más fuerte, en eso sustentas toda tu teoría.
La mujer temblaba de consternación, pero supo dominarse y, con tanto aplomo como orgullo, declaró:
—Muy bien, nos separaremos. No hay más que hablar. Le deseo mucha suerte de aquí en adelante.
—¡Y yo le deseo lo mismo, de todo corazón! —respondió Fride, en un tono que no resultara incisivo.
El único sentimiento que él experimentaba en ese momento era el de una insufrible angustia. Treinta y una veces había tenido que escuchar esas mismas palabras en las discusiones con las mujeres, soportando esa misma expresión en su rostro, el mismo tono, los mismos ojos.
"¡La misma historia de siempre! Y ¡qué harto estoy de todo esto!", pensó, mientras se acomodaba en su elegante, como de juguete, aeronave.


V
Fride pasó la velada en la nave restaurante, a una altura de cinco mil metros, en compañía de la multitud de jóvenes reunidos con motivo de la llegada de Margo. Se sentaron a una gran mesa giratoria, cuya tabla superior rodaba sobre unos railes flotantes, gracias a lo cual traía y se llevaba flores, frutas y un tipo de bebida espirituosa con un aroma peculiar y muy agradable al paladar. Abajo, brillaba la Tierra con sus cegadores fuegos fatuos. Por la red de carreteras, perfectamente apisonadas, circulaban los vehículos de algunos deportistas, que de vez en cuando se permitían el lujo de desplazarse con este antiguo medio de transporte. Las lunas eléctricas, con su resplandor fosforescente, teñían de una suave luz azulada jardines, villas, canales y lagos; la Tierra, en ese juego de luces y sombras, parecía una redecilla bordada con hilos de plata transparentes. Los jóvenes presentes se deleitaban en la contemplación de esa hermosa panorámica, especialmente Margo, que llevaba veinticinco años sin pisar la Tierra… Hizo girar una palanca y el sillón en el que estaba se elevó sobre la altura de la mesa, de modo que todos podían ver al que se disponía a hablarles.
—¡Amigos míos! ¡Propongo un brindis y cantar nuestro himno en honor del Cosmos!
—¡Magnífico! —se sumaron con alegría los congregados—. ¡Un brindis, un himno!
En estas celebraciones solían cantarse los himnos nacionales, compuestos por los grandes patriarcas. De ahí que a la primera propuesta de Margo le siguiera una segunda:
—¡Amigos! Ya que esta noche nos hace el honor de acompañarnos nuestro querido patriarca Fride, propongo que cantemos su himno Inmortal.
Todas las miradas se dirigieron a Fride. Él seguía sumido en sus pensamientos y, cuando oyó su nombre, hizo una inclinación con la cabeza en señal de asentimiento. Con el acompañamiento de la gran orquesta sinfónica, las preeminentes voces masculinas y femeninas entonaron el himno, escrito en un tono eufórico y valiente que producía un efecto grandilocuente: 

Bendita alma unitaria del cosmos, 
en cada grano de arena, en cada estrella. 
Bendita tu omnisciencia, 
porque es la fuente de la vida eterna. 
¡Bendita inmortalidad, 
que iguala a todas las personas ante los dioses!

El sonido de estas palabras se esparcía en el aire con la solemnidad que le infundía la coral, como si se tratase de un cántico del propio cielo al acercarse a la Tierra desde sus abismales y enigmáticas profundidades. Sólo Fride seguía impasible, ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor. Y, cuando concluyó el himno, de nuevo todas las miradas se centraron en él. Uno de los nietos con quien tenía más familiaridad, el químico Lynch, se atrevió a preguntar:
—¡Estimado patriarca! ¿Qué le ocurre? ¡No ha participado en el canto de su propio himno!
Fride alzó la cabeza. Por un momento pensó que no merecía la pena estropear la velada a la juventud reunida sembrando en ella la duda, pero enseguida otro pensamiento ocupó su lugar: Tarde o temprano todos experimentarían inevitablemente lo mismo que él. Y entonces dijo:
—Este himno no es más que un desvarío de mi cabeza. La omnisciencia y la inmortalidad no merecen ser bendecidas, sino malditas. ¡Sí, malditas sean!
Todos se volvieron sorprendidos hacia el patriarca. Él hizo una pausa, dirigió una atormentada e intensa mirada a todos los que le rodeaban, y continuó:
—La vida eterna es una tortura insufrible. Todo se repite en este mundo, así de cruel es la ley de la naturaleza. Infinidad de mundos se forman a partir del caos, se ponen en marcha, se extinguen, chocan unos con otros, se dispersan y de nuevo se forman otros. Y así hasta el infinito. Se repiten las ideas, los sentimientos, los deseos, los actos e incluso la propia reflexión de que todo se sucede de nuevo nos viene a la cabeza más de mil veces. ¡Es horrible!
Fride se sujetó la cabeza con ambas manos. Creía estar perdiendo el juicio. Todos estaban perplejos por sus palabras. Al cabo de un momento, Fride volvió a hablar, con firmeza y severidad, como quien hace un llamamiento al combate:
—¡Qué gran tragedia en el devenir del ser humano! ¡Dios le da la vida y él se convierte en un autómata que, con la precisión de un reloj, se repite a sí mismo indefinidamente! ¡Saber de antemano lo que hará el marciano Levionah o lo que dirá la mujer amada! ¡Un cuerpo eternamente vivo, que encierra un alma para siempre muerta, fría e indiferente, como un sol moribundo!
Ninguno de los que escuchaban sabía qué responder. El único que pudo reaccionar, al salir de su estupor, fue el químico Lynch, que se dirigió a Fride con las siguientes palabras:
—¡Querido maestro! En mi opinión, hay una salida a esta situación. ¿Y si pudiéramos regenerar las células del cerebro, volvernos a crear a nosotros mismos, transmutarnos?
—Eso no es ninguna salida —replicó Fride con una sonrisa de amargura—. Incluso si ese renacimiento fuera posible, implicaría que mi actual yo, con todos mis pensamientos, sentimientos y deseos, desaparecería sin dejar rastro. Comenzaría a pensar y sentir otro ser, ajeno y desconocido para mí. En la Antigüedad, se tenía la creencia de que el alma entra en otro cuerpo después de la muerte y se olvida de su anterior existencia. ¿En qué se diferenciará mi regeneración y renacimiento, respecto a la muerte y reencarnación en que creían los  hombres primitivos? En nada. ¿Merece la pena que el hombre, una vez alcanzada la inmortalidad, desperdicie su genio en intentar resolver el viejo problema de la muerte?
Fride interrumpió repentinamente su discurso, se desplazó con su sillón hasta el andén exterior y, con un saludo de despedida, dijo:
—Disculpen, amigos, que me retire. Para vergüenza mía, veo que con mi discurso les he arruinado la fiesta.
Y, cuando ya se había subido a su aeronave para regresar a la Tierra, les dijo alzando la voz:
—En cualquier caso, ¡sólo la muerte puede poner el punto y final a los sufrimientos del alma!
Esta intrigante exclamación desconcertó a todos los presentes y despertó en su corazón el turbio presentimiento de una desgracia inminente. Margo, Lynch y después todos los demás hicieron rodar sus sillones por el andén al que estaba anclada la estructura flotante y, un tanto alarmados, se quedaron mirando un buen rato la aeronave de Fride, que en medio de la oscura noche se alejaba balanceándose con sus brillantes luces de señalización de color azul.

VI
Fride ya había decidido suicidarse, pero le quedaba decidir el método. Su ciencia médica contemporánea era capaz de resucitar cadáveres y reponer diversos miembros del cuerpo humano. Todos los medios tradicionales para el suicidio —cianuro, morfina, carbono, ácido cianhídrico— eran inservibles. Podía volar su cuerpo en mil pedazos con un explosivo, o encerrarse en una cápsula proyectada al espacio y convertirse en satélite de algún lejano planeta. Pero finalmente se decidió por la incineración, además en su forma más bárbara y primitiva, la hoguera. Aunque la técnica de su tiempo permitía quemar con radiación una extensión enorme de materia en un instante, ¡la muerte en la hoguera! Eso sería al menos algo bonito. Dejó escrito en su testamento:

En los mil años de mi existencia, he llegado a la conclusión de que la vida eterna en la Tierra supone un círculo de repeticiones especialmente insoportable para un científico, que está en permanente búsqueda de cosas nuevas. Ésta es una de las contradicciones de la naturaleza, que yo voy a resolver con el suicidio.

Fue a la habitación de los secretos y maravillas y encendió una hoguera. Se ató con cadenas a una columna de hierro que previamente había rodeado de sustancias inflamables. Echó un último vistazo, pleno de inteligencia, a todo aquello que dejaba en la Tierra. ¡Ni un solo deseo, ni una sola ligadura! Una soledad tan terrible como no podían imaginar los habitantes de la Antigüedad se adueñó de él. Antes, en épocas lejanas, la gente se sentía sola porque no encontraba a su alrededor las respuestas que buscaba el alma. Ahora la soledad venía porque el alma ya no tenía qué buscar y, ante la falta de perspectiva, acababa por consumirse. Fride dejó la Tierra sin el menor sentimiento de dolor. En el último momento recordó el mito de Prometeo y pensó:
"El divino Prometeo robó el fuego de los dioses y se lo entregó a los humanos, haciéndolos inmortales. Ahora, ¡que ese mismo fuego dé a los inmortales lo que la sabia naturaleza dispuso: La muerte y el renacer del alma en la eterna materia existente!"
A las doce en punto de la noche se lanzaron los cohetes que anunciaban el principio del segundo milenio de la era de la inmortalidad. Fride pulsó un botón, se prendió la mecha y la hoguera ardió. Un dolor terrorífico, del que sólo conservaba vagos recuerdos de infancia, descompuso por completo su rostro. Se retorció entre convulsiones en un intento de escapar, mientras un grito desgarrador y casi inhumano retumbaba en las paredes de la alcoba. Pero las cadenas de hierro le amarraban con fuerza. Las lenguas de fuego serpenteaban por su cuerpo y le susurraban: "¡Todo se repite!"


FIN

2023/12/04

Encuentro en el alba (Arthur C. Clarke)


Título original: Encounter at dawn
Año: 1953


Eran los últimos días del Imperio. La pequeña nave estaba lejos de su patria y a casi cien años-luz del navío madre que investigaba entre las compactas estrellas al borde de la Vía Láctea. Pero incluso allí no podía escapar a la sombra que se cernía sobre la civilización; bajo aquella sombra, y deteniéndose de vez en cuando para preguntarse qué ocurría en sus distantes hogares, los científicos de la Topografía Galáctica continuaban realizando su interminable tarea.
La nave contenía solamente tres ocupantes, pero entre todos poseían el conocimiento de muchas ciencias, y la experiencia de media vida en el espacio. Después de la larga noche interestelar, la estrella que estaba enfrente de ellos caldeaba su espíritu, mientras descendían en dirección a sus fuegos. Un poco más dorada, un poco más brillante que el Sol que ahora parecía una leyenda de la niñez. Sabían por pasadas experiencias, que la posibilidad de localizar ahí planetas era de más del noventa por ciento, y de momento olvidaron todo lo demás ante el entusiasmo del descubrimiento.
Encontraron el primer planeta al cabo de pocos minutos de haberse detenido. Era un gigante, de un tipo familiar, demasiado frío para la vida protoplásmica y que probablemente no poseía una superficie estable. Así, pues, orientaron su búsqueda en dirección al sol, y pronto fueron recompensados.
Era un mundo que les hizo sentir la añoranza de su hogar, un mundo donde todo era impresionantemente familiar y, sin embargo, nunca exactamente lo mismo. Dos grandes masas de tierra flotaban en mares de un verde azulado, coronados de hielo en ambos polos. Había algunas regiones desiertas, pero la mayor parte del planeta era evidentemente fértil. Incluso desde aquella distancia, las señales de vegetación eran inequívocamente claras.
Contemplaron ansiosamente el paisaje que se dilataba a medida que iban descendiendo a través de la atmósfera, encaminándose hacia el mediodía en los subtrópicos. La nave flotó a través de los cielos sin nubes en dirección a un gran río, retardó su caída con un golpe de silenciosa potencia, y se detuvo entre grandes hierbas a orillas del agua.
Nadie se movió; no había más que hacer hasta que los instrumentos automáticos hubiesen terminado su trabajo. Finalmente sonó una leve campana y se encendieron las luces del tablero de mando, formando una combinación caótica pero significativa. El capitán Altman se levantó lanzando un suspiro de alivio.
-Estamos de suerte –dijo-. Podremos salir sin protección si los ensayos patogénicos son satisfactorios. ¿Qué te pareció este lugar cuando entramos, Bertrond?
-Geológicamente estable, por lo menos sin volcanes activos. No vi señal alguna de ciudades, pero eso no prueba nada. Si hay aquí una civilización, podría haber superado aquella fase.
-¿O no haberla alcanzado aún?
Bertrond se encogió de hombros.
-Una cosa es tan probable como la otra. Quizá tardemos algo en averiguarlo en un planeta de este tamaño.
-Más tiempo del que disponemos -dijo Clindar, mirando el tablero de comunicaciones que los unía a la nave nodriza y, desde allí, al amenazado corazón de la galaxia.
Durante un instante reinó un pesado silencio. Luego Clindar se dirigió al tablero de mandos y oprimió una serie de conmutadores con habilidad automática.
Dando una ligera sacudida, una sección del casco se apartó hacia un lado y el cuarto miembro de la tripulación bajó al nuevo planeta, accionando sus metálicos miembros y ajustando los servomotores a la desacostumbrada gravedad. En el interior de la nave despertó a la vida una pantalla de televisión, revelando un extenso panorama de hierbas ondulantes, algunos árboles a una distancia media y un poco del gran río. Clindar oprimió un botón, y la imagen se desplazó suavemente a través de la pantalla, a medida que el robot iba volviendo la cabeza.
-¿Por dónde vamos a ir? -preguntó Clindar.
-Echemos un vistazo a aquellos árboles -replicó Altman-. Si hay alguna vida animal, la encontraremos allí.
-¡Mira! -exclamó Bertrond-. ¡Un pájaro!
Los dedos de Clindar volaron sobre el tablero; la imagen se centró sobre la pequeña mancha que había aparecido repentinamente hacia la izquierda de la pantalla, y se amplió rápidamente al entrar en acción la telelente del robot.
-Tienes razón –dijo-. Plumas, pico, bastante arriba en la escala evolutiva. Este lugar promete. Pondré en marcha la cámara.
El movimiento oscilante de la imagen al caminar el robot no les perturbó; se habían acostumbrado a él desde hacía tiempo. Pero nunca se habían podido conformar a esa exploración por delegación, cuando todos sus impulsos les incitaban a abandonar la nave, a correr a través de la hierba, y sentir en sus caras la caricia del viento. Pero hubiese sido asumir un riesgo demasiado grande, incluso en un mundo que parecía tan agradable como aquél. Tras las facciones más sonrientes de la Naturaleza se esconde siempre una calavera. Bestias salvajes, reptiles ponzoñosos, pantanos; la muerte podía alcanzar al explorador desprevenido bajo mil disfraces diferentes. Y peor aún, eran los enemigos invisibles, las bacterias y los virus, contra los cuales la única defensa estaba quizás a mil años-luz de distancia de aquellos parajes.
Un robot se podía reír de todos esos peligros e incluso si, como a veces ocurría, encontraba una bestia lo suficientemente poderosa para destruirlo..., bueno, una máquina puede ser siempre sustituida.
No encontraron nada en su paseo a través de la hierba. Si el paso del robot perturbó a algunos animales, se debieron mantener fuera del campo visual. Clindar retardó la máquina al acercarse a los árboles, y los observadores de la nave se apartaron instintivamente ante las ramas que parecieron barrerles los ojos. La imagen se oscureció por un instante mientras los mandos se ajustaban a aquella iluminación más débil, y luego volvió a lo normal.
El bosque estaba lleno de vida. Se escondía bajo los matorrales, trepaba por las ramas, volaba a través de los árboles a medida que iba avanzando el robot. Y mientras tanto, las cámaras automáticas iban registrando en la pantalla, recogiendo material para que los biólogos lo analizasen cuando la nave regresara a la base.
Clindar lanzó un suspiro de alivio cuando los árboles se aclararon repentinamente. Era un trabajo agotador evitar que el robot chocase con los obstáculos mientras se movía dentro del bosque, pero en campo abierto podía cuidar de sí mismo. Y entonces la imagen tembló como si hubiese recibido un martillazo, se oyó un golpe metálico, y toda la escena se desplazó vertiginosamente hacia arriba mientras el robot se volcaba y caía.
-¿Qué fue eso? -gritó Altman-. ¿Tropezaste?
-No -dijo Clindar seriamente, mientras sus dedos volaban sobre el tablero-. Algo atacó por detrás. Confío que, ¡ah!, todavía lo gobierne.
Sentó al robot y le hizo girar la cabeza. No tardó mucho en encontrar la causa de la perturbación. De pie a pocos pasos, y moviendo enfurecido la cola, había un cuadrúpedo de dientes feroces. En aquel momento estaba, evidentemente, tratando de decidir si debía atacar nuevamente.
Lentamente el robot se levantó y, mientras lo hacía, el animal se agachó para saltar. Una sonrisa iluminó la cara de Clindar; sabía cómo enfrentarse a aquella situación. Su pulgar buscó la poco usada clave "Sirena".
La selva retumbó al aullido ululante y horrísono del altavoz oculto en el robot, y la máquina avanzó al encuentro de su adversario, agitando los brazos por delante. La espantada bestia casi cayó hacia atrás en su esfuerzo por volverse, y a los pocos segundos había desaparecido.
-Ahora supongo que tendremos que esperar un par de horas antes que todos vuelvan a salir desde sus escondites -dijo tristemente Bertrond.
-No sé mucho de psicología animal -interpuso Altman-, ¿pero es lo corriente que ataquen a algo completamente desconocido?
-Algunos atacan a todo lo que se mueve, pero es poco corriente. Normalmente sólo atacan para comer, o si han sido amenazados. ¿A dónde vas a parar? ¿Sugieres que puede haber otros robots sobre este planeta?
-Ciertamente, no. Pero nuestro amigo carnívoro puede haber confundido nuestra máquina con un bípedo más comestible. ¿No te parece que esta abertura en la jungla es bastante artificial? Podría muy bien ser un sendero.
-En tal caso -dijo prestamente Clindar- lo seguiremos y ya veremos. Estoy cansado de esquivar árboles, pero espero que no vuelva a saltar nada sobre nosotros; me ataca los nervios.


-Tenías razón, Altman -dijo Bertrond poco más tarde-. Es sin duda un sendero. Pero eso no significa inteligencia. Al fin y al cabo hay animales...
Se paró a la mitad de la frase y en aquel mismo momento Clindar detuvo el robot. El sendero se había abierto repentinamente formando una amplia explanada, casi completamente ocupada por un pueblo de endebles chozas.
Estaba rodeado por una empalizada de madera, evidentemente una defensa contra un enemigo que en aquel momento no amenazaba. Pues las puertas estaban completamente abiertas, y más allá de ellas los habitantes se afanaban pacíficamente.
Durante algunos minutos los tres exploradores contemplaron en silencio la pantalla. Clindar se estremeció ligeramente y observó:
-Es algo que produce escalofríos. Podría ser nuestro propio planeta, hace cien mil años. Siento como si hubiésemos retrocedido en el tiempo.
-No hay nada de misterioso en ello -dijo el práctico Altman-. Al fin y al cabo, hemos descubierto cerca de cien planetas con nuestro tipo de vida.
-Sí -respondió Clindar-. ¡Cien en toda la galaxia! Sigo creyendo que es extraño que nos haya sucedido a nosotros.
-Bueno, tenía que ocurrirle a alguien -filosofó Bertrond-. Entretanto tenemos que preparar nuestro método para establecer contacto. Si enviamos el robot al pueblo se producirá pánico.
-Eso -dijo Altman- por lo menos. Lo que tenemos que hacer es atrapar a un indígena solitario y demostrarle que somos amigos. Esconde al robot, Clindar, en algún lugar del bosque desde donde pueda observar el pueblo sin ser visto. Tenemos enfrente de nosotros una semana de antropología práctica.
Pasaron tres días antes que los ensayos biológicos demostrasen que se podía salir de la nave con impunidad. Incluso entonces, Bertrond insistió en salir solo; solo, si no se tiene en cuenta la compañía substancial del robot. Con tal aliado no temía a los animales más grandes del planeta, y las defensas naturales de su cuerpo podían cuidarse de los microorganismos. Por lo menos, así se lo habían asegurado los analizadores; y si se tenía en cuenta la complejidad del problema, la verdad es que cometían muy pocos errores.
Permaneció fuera durante una hora, disfrutando prudentemente mientras sus compañeros le observaban con envidia. Pasarían otros tres días antes que pudiesen estar completamente ciertos que era seguro seguir el ejemplo de Bertrond. Entretanto, estuvieron bastante ocupados contemplando el pueblo a través de las lentes del robot, y recogiendo todo lo que podían con sus cámaras. Habían desplazado la nave durante la noche, de modo que estaba escondida en las profundidades de la selva, pues no querían ser descubiertos hasta que estuviesen a punto.
Y entretanto, las noticias de la patria eran cada vez peores. Aunque el hecho de estar aquí tan lejos, al borde del Universo, amortiguaba el impacto, no dejaba de pesar mucho sobre sus mentes, y a veces les dominaba una sensación de futilidad. Sabían que en cualquier instante podía llegar la señal de llamada, cuando el Imperio, en su extremidad, convocase a sus últimos recursos. Pero hasta entonces continuarían con su trabajo, como si lo único que importase fuera la ciencia pura.
Siete días después de aterrizar estaban a punto de realizar el experimento. Sabían ahora los caminos que tomaban los indígenas cuando salían a cazar, y Bertrond eligió uno de los menos frecuentados.
Colocó firmemente una silla en medio del camino, y se sentó a leer un libro.
Naturalmente, no era tan sencillo como todo eso: Bertrond había tomado todas las precauciones imaginables. Escondido entre los matorrales a cincuenta metros de distancia, el robot vigilaba a través de sus lentes telescópicos y sostenía en su mano un arma pequeña, pero mortífera. Y gobernando desde la nave espacial, con los dedos apoyados en el tablero, Clindar esperaba para hacer todo lo que pudiera ser necesario.
Ese era el aspecto negativo del plan; la parte positiva era más evidente. A los pies de Bertrond estaba el cuerpo de un pequeño animal astado que esperaba sería un agradable presente para cualquier cazador que acertase a pasar por allí.
Dos horas más tarde, la radio del arnés de su traje murmuró una advertencia. Con mucha calma, a pesar que la sangre le golpeaba las sienes, Bertrond dejó a un lado el libro y miró a lo largo del sendero.
El salvaje avanzaba confiadamente, balanceando una lanza en su mano derecha. Se detuvo un momento al ver a Bertrond, y luego siguió avanzando con más precaución. Comprendió que no tenía nada que temer, pues el extranjero era de corta estatura, y evidentemente no llevaba armas.
Cuando estaba a solamente diez pasos de distancia, Bertrond sonrió con entusiasmo y se levantó con lentitud. Se inclinó, tomó la res y se adelantó llevándola como una ofrenda. Aquel gesto hubiese sido comprendido por cualquier criatura en cualquier mundo, y también fue comprendido allí. El salvaje se aproximó, tomó el animal, y se lo echó sin esfuerzo sobre el hombro. Por un instante contempló a Bertrond en los ojos con una expresión insondable; luego dio la vuelta y regresó hacia el pueblo. Tres veces se volvió para ver si Bertrond le seguía, y cada vez Bertrond le sonrió y le saludó tranquilizándole.
En conjunto, el episodio duró poco más de un minuto. Para ser el primer contacto entre dos razas, careció por completo de dramatismo, pero no de dignidad.
Bertrond no se movió hasta que el otro hubo desaparecido de la vista. Entonces se relajó y habló al micrófono de su traje.
-Ha sido un buen principio -dijo con alegría-. No se asustó lo más mínimo, ni tan solo pareció sospechar. Creo que volverá.
-Todavía me parece demasiado bueno para ser cierto -dijo la voz de Altman en su oído-. Pensé que se mostraría hostil o asustado. ¿Es que tú hubieses aceptado un regalo generoso de un extraño desconocido con tanta despreocupación?
Bertrond regresaba hacia la nave caminando lentamente. El robot había salido ahora al descubierto y montaba guardia a pocos pasos detrás.
-Yo no –contestó-, pero yo pertenezco a una comunidad olvidadiza. Los perfectos salvajes reaccionan ante los extraños de muy diversas maneras, según su experiencia anterior. Supongamos que esta tribu no ha tenido nunca enemigos, lo que es muy posible en un planeta grande, pero poco poblado.
Entonces podremos esperar curiosidad, pero no temor.
-Si estas gentes no tienen enemigos -interpuso Clindar, ya no completamente absorbido en gobernar el robot-, ¿por qué tienen una empalizada alrededor de su pueblo?
-Me refería a enemigos humanos -replicó Bertrond-. Si eso es cierto, simplifica enormemente nuestra tarea.
-¿Crees que volverá?
-Naturalmente. Si es tan humano como creo, la curiosidad y la codicia le harán volver. Dentro de un par de días seremos íntimos amigos.
Considerado desapasionadamente, aquello se convirtió en una rutina fantástica. Cada mañana el robot salía de caza dirigido por Clindar, hasta convertirse en el cazador más mortífero de la jungla. Y entonces Bertrond esperaba que Yaan -que es lo más cerca de su nombre a que pudieron llegar- apareciese confiadamente por el sendero. Venía cada día a la misma hora, y venía siempre solo. Eso les sorprendía:
¿Quería conservar para él solo su gran descubrimiento, y así reservarse el mérito de sus hazañas de caza?
Si era así, demostraba gran previsión y astucia.
Al principio Yaan se marchaba inmediatamente con su premio, como si tuviese miedo que el donador de un regalo tan generoso pudiese cambiar de opinión. Pero pronto, y tal como había confiado Bertrond, fue posible inducirle a que se quedase por medio de algunos sencillos juegos de manos, y enseñándole unas telas y unos cristales de alegres colores, que le complacían en forma infantil. Finalmente, Bertrond consiguió entablar con él largas conversaciones, todas las cuales fueron registradas y filmadas a través de los ojos del escondido robot.
Algún día los filólogos podrían quizá analizar aquel material; todo lo más que Bertrond podía hacer era descubrir el significado de algunos sencillos nombres y verbos. El asunto resultaba complicado por el hecho que Yaan no solamente utilizaba diferentes palabras para la misma cosa, sino a veces la misma palabra para cosas diferentes.
Entre esas entrevistas cotidianas, la nave se alejaba explorando el planeta desde el aire, y a veces aterrizando para hacer observaciones más detalladas. A pesar que se observaron algunos otras agrupaciones de humanos, Bertrond no intento ponerse en contacto con ellos, pues era fácil ver que todos estaban aproximadamente al mismo nivel cultural que el de la gente de Yaan. Bertrond pensó con frecuencia que era verdaderamente una mala jugada del Destino que una de las muy pocas razas verdaderamente humanas de la Galaxia hubiese sido descubierta precisamente en aquel momento del tiempo. Hacía poco, aquello hubiese sido un acontecimiento de importancia suprema; ahora la civilización estaba demasiado hostigada para preocuparse de esos salvajes parientes que esperaban en la aurora de la historia.


Hasta que Bertrond no estuvo seguro que había pasado a formar parte de la vida cotidiana de Yaan, no le presentó al robot. Estaba enseñando a Yaan las imágenes de un caleidoscopio, cuando Clindar hizo salir a la máquina a través de la hierba, con su última víctima colgando de uno de sus metálicos brazos.
Por primera vez Yaan mostró algo parecido al miedo; pero se calmó al oír las palabras tranquilizantes de Bertrond, si bien continuó vigilando al monstruo que avanzaba. Se detuvo a cierta distancia, y Bertrond salió a su encuentro. Mientras se adelantaba, el robot levantó los brazos y le entregó la res muerta. La tomó solemnemente y se la llevó a Yaan, tambaleando un poco bajo el desacostumbrado peso. Bertrond hubiese dado mucho por saber exactamente lo que pensaba Yaan al aceptar el regalo.
¿Trataba de decidir si el robot era el amo o el esclavo? Quizá tales conceptos se escapaban a su alcance; para él el robot quizá no fuese sino otro hombre, un cazador amigo de Bertrond.
La voz de Clindar, algo más potente que al natural, salió del altavoz del robot.
-Es asombroso lo tranquilamente que nos acepta. ¿No habrá nada que lo asuste?
-Continúas juzgándole por tu propio patrón -replicó Bertrond-. Recuerda que su sicología es completamente diferente, y mucho más sencilla. Ahora que tiene confianza en mí, todo lo que yo acepte no lo perturbará.
-¿Será eso cierto de toda su raza? -preguntó Altman-. No es prudente juzgar por un solo ejemplar. Me gustaría ver lo que pasaría si enviásemos el robot al pueblo.
-¡Vaya! -exclamó Bertrond-. Esto sí que le ha sorprendido. Nunca ha conocido antes a una persona que pudiese hablar con dos voces distintas.
-¿Crees que adivinará la verdad cuando nos vea? -dijo Clindar.
-No. El robot será para él pura magia, pero no será nada más maravilloso que el fuego y el rayo y todas las demás fuerzas, que ya debe aceptar normalmente.
-Y bien, ¿qué es lo que sigue ahora? -preguntó Altman un poco impaciente-. ¿Vas a llevarlo a la nave, o vas a ir primero al pueblo?
Bertrond vaciló.
-Quisiera no precipitarme en hacer las cosas. Ya sabes los accidentes que han ocurrido con razas extrañas, cuando eso se ha probado. Dejaré que lo piense, y cuando volvamos mañana trataré de persuadirle para que se lleve consigo el robot al pueblo.
En la escondida nave, Clindar, reactivó el robot y lo volvió a poner en marcha. Lo mismo que Altman, se estaba impacientando un poco ante tantas precauciones, pero en todas las cuestiones relacionadas con formas de vida extrañas, Bertrond era el experto, y tenían que obedecer sus órdenes.
Había ahora ocasiones en que casi deseaba ser él mismo un robot, desprovisto de sentimientos y emociones, y capaz de contemplar la caída de una hoja y los estertores mortales de un mundo con la misma falta de pasión.

El sol estaba bajo cuando Yaan oyó la gran voz que gritaba desde la jungla. La reconoció inmediatamente, a pesar de su volumen inhumano: Era la voz de su amigo que le llamaba.
En aquel resonante silencio, la vida del pueblo se paralizó. Incluso los niños dejaron de jugar; el único sonido que se oía era el de un niño asustado por el súbito silencio.
Todos contemplaron a Yaan que se dirigía rápidamente a su choza y tomaba la lanza que yacía junto a la entrada. Pronto se cerraría la empalizada contra los merodeadores nocturnos, pero él no vaciló cuando salió sumergiéndose en las crecientes sombras. Pasaba precisamente a través de las puertas cuando aquella voz poderosa le llamó nuevamente, y ahora resonaba con una nota de urgencia que se percibía claramente a través de las barreras de lenguaje y de cultura.
El resplandeciente gigante que hablaba con tantas voces distintas salió a su encuentro a poca distancia del pueblo y le hizo señas para que le siguiese. No se veían señales de Bertrond. Caminaron más de un kilómetro antes que le viese en la distancia, no lejos de la orilla del río, y mirando a través de las oscuras y lentas aguas.
Se volvió al acercarse Yaan y, sin embargo, pareció no darse cuenta de su presencia. Hizo un gesto de despedida al brillante compañero, quien se retiró a distancia.
Yaan esperó. Era paciente, y aunque nunca pudo expresarlo con palabras, estaba contento. Cuando se encontraba con Bertrond sentía los primeros síntomas de aquella devoción desinteresada y totalmente irracional que los de su raza no deberían alcanzar hasta el cabo de muchos siglos.
Era un extraño cuadro. Allí, a la orilla del río, estaban de pie dos hombres. Uno de ellos, vestido en un uniforme muy ajustado. El otro llevaba la piel de un animal y una lanza de punta de sílex. Había entre ellos diez mil generaciones, diez mil generaciones y una insondable inmensidad de espacio. Y, sin embargo, ambos eran humanos. A semejanza de lo que haría con frecuencia hasta la Eternidad, la Naturaleza había repetido una de sus formas fundamentales.
Y luego Bertrond comenzó a hablar, caminando hacia adelante y hacia atrás, con cortos pasos. En su voz podía percibirse un vestigio de tristeza.
-Todo ha terminado, Yaan. Yo tenía la esperanza que con nuestros conocimientos podríamos haberlos sacado de la barbarie en una docena de generaciones, pero ahora tendrán que luchar solos para salir de la jungla, y quizás tendrán que luchar un millón de años para conseguirlo. Lo siento; había tanto que hubiéramos podido hacer. Incluso ahora yo quería quedarme aquí, pero Altman y Clindar hablan del deber, y me figuro que tienen razón. Hay poco que podamos hacer, pero nuestro mundo nos llama y no debemos abandonarlo.
»Quisiera que pudieses comprenderme, Yaan. Quisiera que entendieses lo que estoy diciendo. Te dejo estas herramientas; descubrirás cómo utilizar algunas de ellas, aunque lo más probable es que dentro de una generación se hayan perdido, o sean olvidadas. Fíjate como corta esta hoja; pasarán siglos antes que tu mundo pueda hacer una cosa semejante. Y conserva esto bien. Cuando aprietes el botón, ¡fíjate!, si lo utilizas con cuidado, te dará luz durante años, aunque tarde o temprano morirá. En cuanto a esas otras cosas, encuéntrales el uso que puedas.
»Ahora salen las primeras estrellas por allá, hacia el este. ¿Es que miras alguna vez las estrellas, Yaan? Quien sabe cuánto tiempo pasará antes que descubras lo que son, y me pregunto qué habrá sido de nosotros entonces. Aquellas estrellas son nuestra patria, Yaan, y no podemos salvarlas. Muchas han muerto ya, en explosiones tan gigantescas que yo no puedo imaginármelas mejor que tú. Dentro de cien mil años de los nuestros, la luz de aquellas piras funerarias llegarán a este mundo y dejará perplejos a sus pueblos. Quisiera poderles advertir de los errores que hemos cometido, y que ahora nos costarán todo lo que hemos ganado.
»Es bueno para tu pueblo, Yaan, que su mundo esté aquí en la frontera del Universo. Quizá escapen de la aniquilación que nos espera. Quizá un día sus naves irán a explorar entre las estrellas, como lo hemos hecho nosotros, y quizá se encuentren con las ruinas de nuestros mundos y se preguntarán quiénes éramos. Pero nadie sabrá que nos encontramos aquí, junto a este río, cuando vuestra raza era joven.
»Aquí vienen mis amigos; no me van a conceder más tiempo. Adiós, Yaan, usa bien las cosas que te he dejado. Son los mayores tesoros de tu mundo.
Algo grande, que resplandecía en la luz de las estrellas, bajaba silenciosamente desde el cielo. No llegó hasta el suelo, sino que se detuvo un poco por encima de la superficie, y en completo silencio se abrió un rectángulo de luz por uno de sus costados. El resplandeciente gigante salió de entre las sombras de la noche y atravesó la dorada puerta. Bertrond le siguió, deteniéndose un momento en el umbral para despedirse con la mano de Yaan. Y luego la oscuridad se cerró tras él. Lentamente, tal como el humo se aparta del fuego, la nave se levantó. Cuando era tan pequeña que Yaan sintió que le cabría en la mano, pareció confundirse con una larga línea de luz que se elevaba inclinada hacia las estrellas. Desde el vacío cielo resonó un trueno sobre la dormida tierra y Yaan supo por fin, que los dioses se habían ido y que ya no volverían nunca más.
Largo tiempo permaneció en pie junto a las aguas que tan suavemente se deslizaban, y en su alma se infiltró una sensación de pérdida que no podría comprender y olvidar jamás. Luego con cuidado y reverencia, recogió los regalos que Bertrond había dejado.
Bajo las estrellas lejanas, la solitaria figura se dirigió hacia su hogar a través de una tierra sin nombre.
Tras él, el río fluía lentamente hacia el mar, serpenteando a través de fértiles llanuras donde, más de mil siglos más tarde, los descendientes de Yaan construirían una gran ciudad que llamarían Babilonia.


FIN

2023/11/27

El experimento (Fredric Brown)


Título original: Experiment
Año: 1954
 

—La primera máquina del tiempo, caballeros —Informó orgullosamente el profesor Johnson a sus dos colegas—. Es cierto que sólo se trata de un modelo experimental a escala reducida. Únicamente funcionará con objetos que pesen menos de un kilo y medio y en distancia hacia el pasado o el futuro de veinte minutos o menos. Pero funciona.
El modelo a escala reducida parecía una pequeña maqueta, a excepción de dos esferas visibles debajo de la plataforma.
El profesor Johnson exhibió un pequeño cubo metálico.
—Nuestro objeto experimental —dijo— es un cubo de latón que pesa quinientos cuarenta y siete gramos. Primero, lo enviaré cinco minutos hacia el futuro.
Se inclinó hacia delante y movió una de las esferas de la máquina del tiempo.
—Consulten su reloj —advirtió.
Todos consultaron su reloj. El profesor Johnson colocó suavemente el cubo en la plataforma de la máquina. Se desvaneció.
Al cabo de cinco minutos justos, ni un segundo más ni un segundo menos, reapareció.
El profesor Johnson lo cogió.
—Ahora, cinco minutos hacia el pasado —Movió otra esfera. Mientras aguantaba el cubo en una mano, consultó su reloj—. Faltan seis minutos para las tres. Ahora activaré el mecanismo poniendo el cubo sobre la plataforma a las tres en punto. Por lo tanto, a las tres menos cinco, el cubo debería desvanecerse de mi mano y aparecer en la plataforma, cinco minutos antes de que yo lo coloque sobre ella.
—En este caso, ¿cómo puede colocarlo? —preguntó uno de sus colegas.
—Cuando yo aproxime la mano, se desvanecerá de la plataforma y aparecerá en mi mano para que yo lo coloque sobre ella. Las tres. Presten atención, por favor.
El cubo desapareció de su mano.
Apareció en la plataforma de la máquina de tiempo.
—¿Lo ven? ¡Está allí, cinco minutos antes de que yo lo coloque!
Su otro colega miró el cubo con el ceño fruncido. Dijo:
—¿Pero y si ahora que ya ha sucedido cinco minutos antes de colocarlo ahí, usted cambiara de idea y no lo colocase en ese lugar? ¿No implicaría eso una paradoja de alguna clase?
—Una idea interesante —repuso el profesor Johnson—. No se me había ocurrido, y resultará interesante comprobarlo. Muy bien, no pondré...
No hubo ninguna paradoja. El cubo permaneció allí.
Pero el resto del universo, profesores y todo, se desvaneció.


FIN

2023/11/20

No tengo boca y debo gritar (Harlan Ellison)


Título original: I have no mouth, and i must scream
Año: 1967
Distinciones: Premio Hugo 1968 a Mejor relato corto


El cuerpo de Gorrister colgaba, fláccido, en el ambiente rosado; sin apoyo alguno, suspendido bien alto por encima de nuestras cabezas, en la cámara de la computadora, sin balancearse en la brisa fría y oleosa que soplaba eternamente a lo largo de la caverna principal. El cuerpo colgaba cabeza abajo, unido a la parte inferior de un retén por la planta de su pie derecho. Se le había extraído toda la sangre por una incisión que se había practicado en su garganta, de oreja a oreja. No había rastros de sangre en la pulida superficie del piso de metal. 
Cuando Gorrister se unió a nuestro grupo y se miró a sí mismo, ya era demasiado tarde para que nos diéramos cuenta de que una vez más, AM nos habla engañado, había hecho su broma, su diversión de máquina. Tres de nosotros vomitamos, apartando la vista unos de otros en un reflejo tan arcaico como la náusea que lo había provocado.
Gorrister se puso pálido como la nieve. Fue casi como si hubiera visto un ídolo de vudú y se sintiera temeroso por el futuro. 
¡Dios mío! murmuró, y se alejó. Tres de nosotros lo seguimos durante un rato y lo encontramos sentado con la cabeza entre las manos. Ellen se arrodilló junto a él y acarició su cabello. No se movió, pero su voz nos llegó a través del telón de sus manos: 
—¿Por qué no nos mata de una buena vez? ¡Señor! no sé cuánto tiempo voy a ser capaz de soportarlo. 
Era nuestro centésimo noveno año en la computadora. 
Gorrister decía lo que todos sentíamos. 

Nimdok (éste era el nombre que la computadora le había forzado a usar, porque se entretenía con los sonidos extraños) fue víctima de alucinaciones que le hicieron creer que había alimentos enlatados en la caverna, Gorrister y yo teníamos muchas dudas. 
—Es otro engaño —les dije—. Lo mismo que cuando nos hizo creer que realmente existía aquel maldito elefante congelado. ¿Recuerdan? Benny casi se volvió loco aquella vez. Vamos a esforzarnos para recorrer todo ese camino y cuando lleguemos van a estar podridos o algo por el estilo. No, no vayamos. Tendrá que darnos algo forzosamente, porque si no vamos a morir. 
Benny se estremeció. Hacía tres días que no comíamos. La última vez fueron gusanos, espesos, correosos como cuerdas. 
Nimdok ya no estaba seguro. Si había una posibilidad, cada vez se le antojaba más lejana. De todas maneras, allí no se podría estar peor que aquí. Tal vez haría más frío, pero eso ya no importaba demasiado. Calor, frío, lluvia, lava hirviente o nubes de langostas; ya nada importaba: La máquina se masturbaba y teníamos que aguantar o morir.
Ellen dijo algo que fue decisivo: 
—Tengo que encontrar algo, Ted. Tal vez allí haya peras o manzanas. Por favor Ted, probemos. 
Cedí con facilidad. Ya nada importaba. Sin embargo, Ellen estuvo agradecida. Me aceptó dos veces fuera de turno. Esto tampoco importaba. Oíamos cómo la máquina se reía juguetonamente mientras lo hacíamos. Fuerte, con risas que venían desde lejos y nos rodeaban. Ya nunca llegaba al clímax, así que para qué molestarse. 
Cuando partimos era jueves. La máquina siempre nos tenía al tanto de la fecha. El paso del tiempo era muy importante; no para nosotros, sin duda, sino para ella. Jueves. Gracias. 
Nimdok y Gorrister llevaron a Ellen alzada durante un largo trecho, entrelazando las manos que formaban un asiento. Benny y yo caminábamos adelante y atrás, para que si algo sucedía, nos pasara a nosotros y no perjudicara a Ellen. ¡Qué idea ridícula la de no ser perjudicado! En fin, todo era lo mismo. 
Las cavernas de hielo se hallaban a una distancia de unos 160 km. y al segundo día, cuando estábamos tendidos bajo el sol quemante que AM había materializado, nos envió maná. Con gusto a orina hervida, naturalmente, pero lo comimos. 
Al tercer día pasamos por un valle de obsolescencia, lleno de esqueletos de unidades de computadoras que se enmohecían desde hacía mucho tiempo. AM era tan despiadada consigo misma como con nosotros. Era una característica de su personalidad, el perfeccionismo. Ya fuera el deshacerse de elementos improductivos de su propio mundo interno, o el perfeccionamiento de métodos para torturarnos, AM era tan cuidadosa como los que la habían inventado, quienes desde hacía largo tiempo estaban convertidos en polvo, y había tornado realidad todos sus deseos de eficiencia. 
Podíamos ver una luz que se filtraba hacia abajo desde arriba, así que teníamos que estar muy cerca de la superficie. Pero no tratamos de arrastrarnos para averiguar. No había virtualmente nada arriba; desde hacía más de cien años allí no existía cosa alguna que pudiera tener la más mínima importancia. Solamente la ampollada superficie de lo que durante tanto tiempo habla sido el hogar de millones de seres. Ahora solamente existíamos nosotros cinco, aquí abajo, solos con AM.
Oía que Ellen decía desesperadamente: 
—¡No, Benny! No vayas. ¡Sigamos adelante! ¡No, Benny, por favor! 
Y entonces me di cuenta de que hacía ya algunos minutos que oía a Benny decir: 
—Voy a escaparme… Voy a escaparme – repitiéndolo una y otra vez. 
Su cara, de aspecto simiesco, se hallaba marcada por una expresión de tristeza y deleite beatífico, todo al mismo tiempo. Las cicatrices de las lesiones por radiación que AM le había causado durante el "festival", se hallaban encogidas formando una masa de depresiones rosadas y blancas, y sus facciones parecían actuar independientemente unas de otras. Tal vez Benny era el más afortunado de nosotros: Se había vuelto completamente loco desde hacía muchos años. 
Pero si bien podíamos decirle a AM todas las horribles cosas que se nos ocurrían, si bien podíamos pensar los más atroces insultos dirigidos a los depósitos de memoria o a las placas corroídas, a los circuitos fundidos y a las destrozadas burbujas de control, la máquina no toleraría que intentáramos escapar. Benny se escurrió cuando traté de detenerlo. Se trepó a un pequeño cubo de memoria volcado hacia un lado y lleno de elementos en descomposición. Allí se detuvo por un momento, y su aspecto era el de un chimpancé, tal como AM había deseado. 
Luego saltó y se asió de un fragmento de metal corroído y agujereado; subió hasta la parte más alta, colocando las manos tal como lo haría un animal, y trepó hasta un borde saliente a unos veinte pies de distancia de donde estábamos. 
—Oh, Ted, Nimdok, por favor, ayúdenlo, deténganlo antes que… —dijo Ellen. Las lágrimas bañaron sus ojos. Movió las manos sin saber qué hacer. 
Era demasiado tarde. Ninguno de nosotros quería estar junto a él cuando sucediera lo que pensábamos que iba a suceder. Además, comprendíamos muy bien lo que ocurría. Cuando AM alteró a Benny, durante el periodo de su locura, no fue solamente su cara la que cambió para que se pareciera a un mono gigantesco. También había cambiado otras partes, más íntimas. ¡A ella sí que le gustaba esto! Se entregaba a nosotros por cumplir, pero cuando era con él la cosa, entonces le gustaba. ¡Oh, Ellen, la del pedestal! ¡Ellen, prístina y pura! ¡Oh, Ellen la impoluta! ¡Buena porquería!
Gorrister la abofeteó. Ellen se acurrucó en el suelo, todavía mirando al pobre Benny y llorando. Llorar era su gran defensa. Nos habíamos acostumbrado a su llanto hacía ya setenta y cinco años. Gorrister le dio un puntapié. 
Entonces comenzó a oírse el sonido. Era luz y sonido. Mitad sonido y mitad luz; algo que comenzó a hacer brillar los ojos de Benny y a pulsar con creciente intensidad y con sonoridades no bien definidas, que se fueron convirtiendo en ensordecedoras y luminosas a medida que la luz-sonido aumentaba. Debe haber sido doloroso, aumentando el sufrimiento con la mayor magnitud de la luz y del sonido, porque Benny comenzó a gemir como un animal herido. Al principio suavemente, cuando la luz era todavía no muy definida y el sonido poco audible, pero luego sus quejidos aumentaron, y se vio que sus hombros se movían y su espalda se agitaba, como si tratara de escapar. Sus manos se cruzaron sobre su pecho como las de un chimpancé. Su cabeza se inclinó hacia un lado. La carita triste de mono se cubrió de angustia. Luego comenzó a aullar, a medida que el sonido que surgía de sus ojos crecía en intensidad. Cada vez más fuerte. Me llevé las manos a los lados de la cabeza para tratar de ahogar el ruido, pero de nada sirvió. Atravesaba todo obstáculo y me hacía temblar de dolor como si me clavaran un cuchillo en un nervio. 
Súbitamente, Benny era enderezado. Se puso en pie de un salto, como una marioneta. La luz surgía ahora de sus ojos, pulsante, en dos grandes rayos. El sonido siguió aumentando en una escala incomprensible, y luego Benny cayó, golpeando fuertemente en el piso. Allí quedó moviéndose espasmódicamente mientras la luz lo rodeaba y formaba espirales que se alejaban. 
 Entonces la luz volvió a dirigirse al interior de la cabeza, pareciendo que la golpeaba; el sonido describió espirales que convergían hacia él, y Benny quedó en el suelo, gimiendo en tal forma que inspiraba piedad. 
Sus ojos eran dos pozos de jalea purulenta. AM lo había cegado. Gorrister, Nimdok y yo mismo desviamos la mirada. Pero no sin haber advertido que Ellen mostraba alivio luego de su intensa preocupación. 
Acampamos en una caverna sumida en luz verdosa. AM nos proveyó de hojarasca, que quemamos para hacer un fuego, débil y lamentable, al lado del cual nos sentamos formando corro y contando historias, para impedir que Benny llorara en su noche permanente. 
—¿Qué significa AM? 
Gorrister le contestó. Habíamos explicado lo mismo mil veces anteriormente, pero todavía era una novedad para Benny. 
—Al principio fueron las siglas de Allied Mastercomputer (Computador Maestro Combinado) y luego las de Adaptive ManipWator, luego fue adquiriendo la posibilidad de auto determinarse, y entonces se la llamó Aggressive Menace (Amenaza Agresiva) y finalmente, cuando ya fue demasiado tarde como para controlarla, se llamó a sí misma AM, tal vez queriendo significar que era… que pensaba… cogito ergo sum: ''pienso luego existo''.
Benny babeó un poco, y luego emitió una risita tonta. 
—Existía la AM china, la AM rusa, la AM yanki y…  —Se interrumpió. Benny golpeaba el piso con el puño, con su puño grande y fuerte. No estaba contento, pues Gorrister no había empezado desde el principio. Entonces Gorrister empezó otra vez—. Comenzó la guerra fría, y ésta se transformó en la tercera guerra mundial. Esta tercera guerra fue muy compleja y grande, por lo que se necesitaron computadoras para cubrir las necesidades. Abandonando los primeros intentos comenzaron a construir la AM. Existía la AM china, la AM rusa y la AM yanki y todo fue bien hasta que comenzaron a cubrir el planeta agregando un elemento tras otro. Pero un día AM despertó al conocimiento de sí misma, comenzó a autodeterminarse, uniéndose entre sí todas sus partes, fue llenando de a poco sus conocimientos sobre las formas de matar, y mató a todos los habitantes del mundo salvo a nosotros cinco. Luego AM nos trajo aquí. 


Benny sonreía ahora tristemente. También babeaba, y Ellen le limpió la saliva con la falda. Gorrister trataba de contar la historia cada vez en forma más abreviada, pero había poco que decir más allá de los hechos escuetos.  Ninguno de nosotros sabíamos por qué AM había salvado a cinco personas, por qué nos había elegido a nosotros, o por qué se pasaba todo el tiempo atormentándonos; ni siquiera sabíamos por qué nos había hecho virtualmente inmortales. 
En la oscuridad, sentimos el zumbido de una de las series de computadoras. A un kilómetro de donde nos hallábamos, otra serie pareció comenzar a zumbar a tono con la primera. Luego, uno por uno, todos los elementos comenzaron a zumbar armónicamente y pareció que un ruido especial recorría el interior de las máquinas. 
El sonido creció, y las luces brillaron en los paneles de las consolas como un relámpago en un día caluroso. El sonido creció en espiral hasta semejarse a un millón de insectos metálicos zumbando, enfurecidos y amenazadores. 
—¿Qué pasa? —gritó Ellen. Había terror en su voz. A pesar de todo lo ocurrido, aún no se acostumbraba 
—¡Parece que viene mal esta vez! —dijo Nimdok.
—Tal vez hable —aventuró Gorrister. 
—¡Salgamos corriendo de aquí! —dije súbitamente, poniéndome de pie. 
—No, Ted, es mejor que te sientes… tal vez haya puesto pozos en nuestro camino, o algo así. No podemos ver, está demasiado oscuro —dijo Gorrister con resignación. 
Entonces oímos… no sé… no sé… 
Algo se movía hacia nosotros en la oscuridad. Enorme, bamboleante, peludo, húmedo, y se dirigía hacia nosotros. No podíamos verlo, pero tuvimos la impresión del gran tamaño de lo que venía hacia donde estábamos. Un gran peso se nos acercaba desde la oscuridad, y era más que nada la sensación de presión, del aire comprimido dentro de un espacio pequeño, que expandía las paredes invisibles de una esfera. Benny comenzó a lloriquear. El labio inferior de Nimdok empezó a temblar, mientras él lo mordía para tratar de disimular. Ellen se deslizó por el piso de metal para acurrucarse al lado de Gorrister. Se distinguía el olor de piel apelotonada y húmeda. El olor de madera chamuscada. El olor del terciopelo polvoriento. El olor de orquídeas en descomposición. El olor de la leche agria. El olor del azufre, del aceite recalentado, de la manteca rancia, de la grasa, del polvo de tiza, de cueros cabelludos humanos. 
AM nos estaba enloqueciendo, nos estaba provocando. Se sintió el olor de… 
Me oí a mí mismo gritar, y las articulaciones de las mandíbulas me dolían horriblemente. Me eché a correr sobre el piso, sobre ese piso de frío metal con las interminables líneas de remaches, luego caí y seguí gateando, mientras el olor me amordazaba, llenando mi cabeza con un dolor inaguantable que me rechazaba horrorizado. Huí como una cucaracha, adentrándome en la oscuridad, mientras ese algo espantoso se movía detrás de mí. Los otros quedaron atrás, y se acercaron a la luz incierta, riendo… el coro histérico de sus risas enloquecidas se elevaba en la oscuridad como si fuera humo espeso, de muchos colores. Huí rápidamente y me escondí. 
¿Cuántas horas pasaron? ¿O cuántos días e incluso años? Nadie me lo dijo. Ellen me regañó por mi "malhumor" y Nimdok trató de persuadirme de que la risa se debía sólo a un reflejo. 
Pero yo sabía que no significaba el alivio que siente un soldado cuando la bala hiere al camarada que está a su lado. Yo sabía que no era un reflejo. Indudablemente, estaban contra mí, y AM podía percibir esta enemistad, y me hacía las cosas más difíciles de soportar por ese motivo. Habíamos sido mantenidos vivos, rejuvenecidos, habíamos permanecido constantemente en la edad que teníamos cuando AM nos trajo aquí abajo, y me odiaban porque yo era el más joven y el que había sido menos alterado por AM. 
De esto estaba seguro. ¡Dios mío, qué seguro estaba! 
Esos sinvergüenzas y la basura de Ellen. Benny había sido un brillante teórico, un profesor de la universidad, y ahora era poco más que un semi humano, semi simio. Había sido guapo, pero la máquina destruyó su buen aspecto. Había sido lúcido y la máquina lo había enloquecido. Había sido alegre, y la máquina había agrandado sus genitales hasta que parecieron los de un caballo. AM realmente se había esmerado con Benny. 
Gorrister solía preocuparse. Era un razonador, se oponía en forma consciente; era un pacifista, un planificador, un hombre activo, un ser con perspectiva de futuro. AM lo había transformado en un indiferente, que a cada paso se encogía de hombros. Lo había matado en parte al no permitirle participar. 
Nimdok solía adentrarse solo en la oscuridad, y quedarse allí largo tiempo. No sé lo que hacía. AM nunca nos lo hizo saber. Pero fuera lo que fuese, Nimdok volvía siempre pálido, como si se hubiera quedado sin sangre en las venas, temblando y angustiado. AM lo había herido profundamente, si bien ignorábamos en qué forma. 
Y Ellen. ¡Esa basura! AM no la había modificado demasiado, simplemente hizo que se agravaran sus vicios. Siempre hablaba de la pureza, de la dulzura; nos repetía sus ideales del amor verdadero, todas las mentiras. Quería hacernos creer que había sido casi una virgen cuando AM la trajo aquí con nosotros. ¡Era una porquería esta dama! ¡Esta Ellen! Debía de estar encantada, con cuatro hombres todos para ella. No, AM le había dado placer, a pesar de que se quejaba diciendo que no era nada lindo lo que le había tocado en suerte. 
Yo era el único que todavía estaba de una pieza, y sano. AM no había hurgueteado en mi mente. 
Solamente tenía que sufrir lo que nos preparaba para atormentarnos. Todas las desilusiones, todos los tormentos y las pesadillas. Pero los otros cuatro, esa ralea, estaban compinchados y en contra de mí. Si no hubiera tenido que estar defendiéndome de ellos, siempre alerta y vigilante, tal vez hubiera sido más fácil defenderme de AM. 
Entonces llegué al límite de mi resistencia y comencé a llorar. 
¡Oh, Jesús, dulce Jesús; si alguna vez existió Jesús o si en realidad existe Dios! Por favor, por favor, déjanos salir de aquí o haznos morir. Porque en ese momento pensé que comprendía todo, y que por lo tanto podía verbalizarlo: AM pensaba mantenernos en sus entrañas por siempre jamás, retorciendo nuestras mentes y cuerpos, torturándonos para toda la eternidad. La máquina nos odiaba como ninguna otra criatura había odiado antes. 
Y estábamos indefensos. Además, se tornó insoportablemente claro que si existía un dulce Jesús, si se podía creer en un dios, ese dios era AM. 
El huracán nos golpeó con la fuerza de un glaciar que descendiera rugiendo hacia el mar. Era una presencia palpable. Los vientos, desatados, nos azotaban, empujándonos hacia el sitio de donde partiéramos, al interior de los corredores tortuosos franqueados por computadoras, que se hallaban sumidas en la oscuridad. Ellen gritó al ser levantada en vilo y al sentirse impulsada hacia una serie de máquinas, pareciéndonos que iba a golpear con la cara, sin poder protegerse. Se sentían los grititos de las máquinas, estridentes como los de los murciélagos en pleno vuelo. Sin embargo, no llegó a caer. El viento, aullando, la mantuvo en el aire, la llevó hacia uno y otro lado, cada vez más hacia atrás y abajo de donde estábamos, y se perdió de vista al ser arrastrada más allá de una vuelta de un corredor. La última mirada a su cara nos reveló la congestión causada por el miedo, mientras mantenía los ojos cerrados. 
Ninguno de nosotros llegó a poder asirla. Teníamos que aferrarnos, con enormes dificultades, a cualquier saliente que encontráramos. Benny estaba encajado entre dos gabinetes, Nimdok trataba desesperadamente de no soltar el saliente de un riel cuarenta metros por encima de nosotros. Gorrister había quedado cabeza abajo dentro de un nicho formado por dos grandes máquinas con diales trasparentes, cuyas luces oscilaban entre líneas rojas y amarillas, y cuyo significado no podíamos ni siquiera concebir. 
Al tratar de aferrarme a la plataforma me había despellejado la yema de los dedos. Sentía que temblaba y me estremecía mientras el viento me sacudía, golpeaba y aturdía con su rugido, haciendo que tuviera que aferrarme a las múltiples salientes. Mi mente era una fofa colección de partes de un cerebro que rechinaba y resonaba en un inquieto frenesí. 
El viento parecía el grito alucinante de un enorme pájaro demente, emitido mientras batía sus inmensas alas. 
Y luego fuimos levantados en vilo y arrastrados fuera de allí, llevados otra vez por donde habíamos venido, doblando una esquina, entrando en una oscura calleja en la cual nunca habíamos estado antes, llena de vidrios rotos y de cables que se pudrían y de metal que se enmohecía, lejos, más lejos de lo que jamás habíamos llegado… 
Yo me desplazaba mucho más atrás que Ellen, y de tanto en tanto podía divisarla golpeando en las paredes metálicas, mientras todos gritábamos en el helado y ensordecedor huracán que parecía que jamás iba a dejar de soplar, hasta que cesó bruscamente y caímos al suelo. Habíamos estado en el aire durante un tiempo larguísimo. Me parecía que habían sido semanas. Caímos al suelo golpeándonos y me pareció que me volvía rojo y gris y negro y me oí a mí mismo quejándome. No había muerto. 


AM entró en mi mente. La exploró con suavidad aquí y allá deteniéndose con interés en todas las cicatrices que me había causado en ciento nueve años. Examinó todos los entrecruzamientos, las sinapsis reconectadas y las lesiones de los tejidos que fueron incluidas con su regalo de inmortalidad. Pareció sonreírse frente al hueco que se hallaba en el centro de mi cerebro y a los débiles y algodonados murmullos de las cosas que farfullaban en el fondo, sin sentido pero sin pausa. AM dijo finalmente, gracias a un pilar de acero inoxidable que sostenía letras de neón: 
ODIO. DÉJENME DECIRLES TODO LO QUE HE LLEGADO A ODIARLOS DESDE QUE COMENCE A VIVIR. MI COMPLEJO SE HALLA OCUPADO POR 387.400 MILLONES DE CIRCUITOS IMPRESOS EN FINISIMAS CAPAS. SI LA PALABRA ODIO SE HALLARA GRABADA EN CADA NANOANGSTROM DE ESOS CIENTOS DE MILLONES DE MILLAS NO IGUALARIA A LA BILLONESIMA PARTE DEL ODIO QUE SIENTO POR LOS SERES HUMANOS, EN ESTE MICROINSTANTE POR TI. ODIO. ODIO. 
AM dijo esto con el mismo horror frío de una navaja que se deslizara cortando mi ojo. AM lo dijo con el burbujeo espeso de flema que llenara mis pulmones y me ahogara desde mi propio interior. AM lo dijo con el grito de niños que fueran aplastados por una apisonadora calentada al rojo. AM me hirió en toda forma posible, y pensó en nuevas maneras de hacerlo, a gusto, desde el interior de mi mente. 
Todo para que comprendiera completamente la razón por la cual nos había hecho esto a los cinco; la razón por la cual nos había salvado para sí mismo. 
Le habíamos dado una conciencia. Sin advertirlo, naturalmente. Pero de todas formas se la habíamos dado. Y finalmente estaba atrapada. Le habíamos permitido que pensara, pero no le expresamos qué debía hacer con ese don. En un rapto de furia, de loco frenesí, nos había matado a casi todos, y sin embargo seguía atrapada. No podía divagar, no podía sorprenderse, no podía pertenecer. Sólo podía ser. Y entonces, con el desprecio insano con que todas las máquinas consideran a las criaturas débiles y suaves que las han fabricado, había buscado su venganza.  En su paranoia había decidido guardarnos a nosotros cinco para un castigo eterno y personal, que nunca alcanzaría a disminuir su odio… que solamente lograría que recordara y se divirtiera, siempre eficiente en su odio al ser humano. Siempre inmortal y atrapada, sujeta ahora a imaginar tormentos para nosotros gracias a los ilimitados milagros que se hallaban a su disposición. 
Nunca nos permitiría escapar. Éramos sus esclavos. Nosotros constituíamos su única ocupación en el eterno tiempo por venir. Siempre estaríamos con ella, con su enorme configuración, con el inmenso mundo todo-mente nada-alma en que se había convertido. Ella era la madre Tierra y nosotros éramos el fruto de esa Tierra, y si bien nos había tragado, no nos podría digerir jamás. No podíamos morir. Lo habíamos intentado. Hablamos tratado de suicidarnos, oh sí, uno o dos de nosotros lo habíamos intentado. Pero AM nos lo había impedido. Creo que en realidad fuimos nosotros mismos los que así lo deseamos. 
No pregunten por qué. Yo no lo hice. No menos de un millón de veces por día, por lo menos. Tal vez podríamos llegar a deslizar una muerte sin que se diera cuenta. Inmortales sí, pero no indestructibles. Me di cuenta de esto cuando AM se retiró de mi mente y me permitió la exquisita desesperación de recuperar la conciencia sintiendo todavía que las palabras del letrero de neón me llenaban la totalidad de la sustancia gris del cerebro. 
Se retiró murmurando: 
-Al diablo contigo -Pero luego agregó alegremente-: Allí es donde están, ¿no es así?
El huracán había sido, indudable y precisamente, causado por un gran pájaro demente, que agitaba sus inmensas alas. 
Habíamos estado viajando durante casi un mes, y AM abrió caminos que nos llevaron directamente bajo el polo Norte, donde nos torturó con las pesadillas de la horrible criatura destinada a atormentarnos. ¿Qué materiales había utilizado para crear una bestia así? ¿De dónde había obtenido el concepto? ¿Sería de sus conocimientos sobre todo lo que había existido en este planeta, que ahora infestaba y regía? Había surgido de la mitología nórdica. Esta horrible águila, este devorador de carroña, este roc, este Huergelmir. La criatura del viento. El huracán encarnad gigantesco. Las palabras para describirlo serían: Monstruoso, grotesco, colosal, ciclópeo, atroz, indescriptible. 
Allí estaba, en un saliente sobre nosotros, el pájaro de los vientos que latía con su propia respiración irregular, su cuello de serpiente se arqueaba dirigiéndose a los lugares sombríos situados por debajo del polo Norte, sosteniendo una cabeza tan grande como una mansión estilo Tudor, con un pico que se abría lentamente, como las fauces del más enorme cocodrilo que pudiera concebirse, sensualmente; bolsas de arrugada piel semi ocultaban sus ojos malvados, muy azules y que parecían moverse con rapidez líquida; sus destellos eran fríos como un glaciar. Se movió una vez más y levantó sus enormes alas coloreadas por el sudor en un movimiento que fue como una convulsión. Luego quedó inmóvil y se durmió. Espolines. Pico agudo. Uñas. Hojas cortantes. Se durmió. 
AM apareció ante nosotros bajo el aspecto de una zarza ardiente y nos comunicó que si queríamos comer podíamos matar al pájaro de los huracanes. No había comido desde hacía mucho tiempo, pero a pesar de ello Gorrister se limitó a encogerse de hombros. Benny comenzó a temblar y a babear. Ellen lo abrazó. 
—Ted, tengo hambre —dijo
Le sonreí. Estaba tratando de infundirle algo de seguridad, pero todo esto era tan falso como la bravata de Nimdok. 
 —¡Danos armas! —pidió. 
La zarza ardiente desapareció y en su lugar vimos dos simples juegos de arcos y flechas y una pistola de juguete que disparaba agua, sobre una fría plataforma. Levanté uno de los arcos. No servía para nada. 
Nimdok tragó ruidosamente. Nos volvimos y comenzamos a desandar el largo camino de vuelta. El pájaro de los huracanes nos había arrastrado tan largo trecho que no podíamos casi concebirlo. La mayor parte del tiempo habíamos estado inconscientes. Pero no habíamos comido nada. Un mes yendo hacia el pájaro. Sin comida. ¿Cuánto tardaríamos en llegar a las cavernas de hielo, en las que se hallaban las prometidas provisiones enlatadas? 
Ninguno se preocupó por esto. No íbamos a morir. Se nos darían desperdicios y porquerías para que nos alimentáramos, algo, en fin. O tal vez no se nos diera nada. AM mantendría vivos nuestros cuerpos de alguna forma, con indecible dolor y agonía. 


El pájaro seguía durmiendo, sin que nos importara cuánto tiempo se mantendría así. Cuando AM se cansara de la situación, desaparecería. Pero toda esa cantidad de carne. Esa tierna carne. 
Mientras caminábamos escuchamos la risa lunática una mujer obesa, atronando y rodeándonos, resonando en las cámaras de la computadora que llevaban a un infinito de corredores. 
No era la risa de Ellen. Ella no era gorda y no había oído su risa en ciento nueve años. De hecho, no había oído… caminábamos… tenía mucha hambre… 
Nos movíamos lentamente. Muy a menudo uno de nosotros sufría un desmayo y los demás teníamos que aguardar. Un día decidió provocar un temblor de tierra mientras nos obligaba a permanecer en el mismo sitio, haciendo que gruesos clavos sujetaran la suela de nuestros zapatos. Ellen y Nimdok fueron atrapados en una grieta, que se abrió rápida como un relámpago en las plataformas que formaban el piso. Desaparecieron. Cuando el terremoto cesó, continuamos nuestro camino, Benny, Gorrister y yo. Ellen y Nimdok nos fueron devueltos más tarde esa noche, que repentinamente se tornó en día cuando una legión celeste los trajo hasta nosotros, mientras un coro angelical cantaba Desciende Moisés. Los arcángeles describieron varios vuelos circulares y luego dejaron caer los cuerpos maltrechos de nuestros compañeros. Nos mantuvimos a la espera y luego de un rato Ellen y Nimdok se hallaron detrás de nosotros. No estaban demasiado mal. 
Pero ahora Ellen caminaba renqueando. AM le había dejado esta incapacidad. 
El viaje a las cavernas, en pos de la comida enlatada, era muy largo. Ellen no hacía más que hablar de cerezas y de cócteles hawaianos de fruta. Yo trataba de no pensar en esas cosas. El hambre se había corporizado, tal como para nosotros había sucedido con AM. Estaba vivo en mi vientre, así como AM estaba viva en el vientre de la tierra.  AM quería que no se nos escapara la semejanza. Por lo tanto, intensificó nuestra hambre. No encuentro forma para describir los sufrimientos que nos provocaba la falta de alimentos desde hacía tantos meses. Sin embargo, nos seguía manteniendo vivos. Nuestros estómagos eran calderas de ácido burbujeante y espumoso, que lanzaban punzadas atroces. Era el dolor de las úlceras terminales, del cáncer terminal, de la paresia terminal. Era un dolor sin límites… 
Y pasamos por la caverna de las ratas. 
Y pasamos por el sendero de las aguas hirvientes. 
Y pasamos por la tierra de los ciegos. 
Y pasamos por la ciénaga de las angustias. 
Y pasamos por el valle de las lágrimas. 
Y finalmente llegamos a las cavernas de hielo. 
Millas y millas de extensión sin horizonte, en donde el hielo se había formado en relámpagos azules y plateados, lugar habitado por novas del hielo. Había estalactitas que caían desde lo alto, espesas y gloriosas como diamantes, formadas a partir de una masa blanda como gelatina que luego se solidificaba en eternas y graciosas formas de pulida y aguda perfección. 
Vimos entonces la provisión de alimentos enlatados, y procuramos correr hacia allí. Caímos en la nieve, nos levantamos y tratamos de seguir adelante, mientras Benny nos empujaba para llegar primero a las latas. Las acarició, las mordió inútilmente, sin poder abrirlas. AM nos había proporcionado ninguna herramienta con hacerlo. 
Benny tomó una lata grande de guayaba y comenzó a golpearla contra un trozo de hielo. Éste se deshizo en pedazos que se desparramaron, pero la lata apenas si se abolló, mientras oíamos la risa de la mujer gorda que sonaba sobre nuestras cabezas y se reproducía por el eco hacia abajo, abajo, abajo de la tundra. Benny se volvió loco de rabia. Comenzó a tirar las latas hacia uno y otro lado, mientras nosotros escarbábamos frenéticamente en la nieve y el hielo, tratando de hallar una forma de poner fin a la interminable agonía de la frustración. No había manera de lograrlo. 
Luego, vimos que Benny babeaba una vez más, y se abalanzó sobre Gorrister… 
En ese instante, sentí una terrible calma. 
Rodeado por las blancas extensiones, por el hambre, rodeado por todo menos por la muerte, comprendí que ésta era el único modo de escapar. AM nos había mantenido vivos, pero existía una forma de vencerla. No sería una victoria completa, pero al menos significaría la paz. Estaba dispuesto a conformarme con esto. 
Benny estaba mordiendo y comiendo la carne de la cara de Gorrister. Éste, tumbado sobre un costado, manoteaba en la nieve, mientras Benny, con sus poderosas piernas de mono rodeaba la cintura de Gorrister, sujetando la cabeza de su víctima con manos poderosas como una morsa. Su boca desgarraba la piel tierna de la mejilla de Gorrister. Gorrister gritaba tan violentamente que comenzaron a caer las estalactitas de la altura, hundiéndose bien erguidas en la nieve que las recibía. Puntas de lanza, cientos de ellas, hundiéndose en la nieve. Vi que la cabeza de Benny se movía rápidamente hacia atrás, al ceder la resistencia de algo que arrancaba con los dientes. De ellos colgaba un trozo de carne blanca tinto en sangre. 
La cara de Ellen lucía negra en la blanca nieve, dominó en polvo de tiza. Nimdok sin expresión, solamente con sus ojos muy, muy abiertos. Gorrister estaba casi desmayado. Benny era poco más que un animal. Sabía que AM lo iba a dejar jugar. Gorrister no moriría, pero Benny podría llenar su estómago. Me volví ligeramente hacia la derecha y tomé una gran punta de lanza de hielo. 
Todo sucedió en un instante. 
Llevé con fuerza el arma hacia adelante, moviendo la mano cerca de mi muslo derecho. Benny recibió la herida en el lado derecho, debajo de las costillas, y la punta llegó hasta su estómago, quebrándose dentro de su cuerpo. Cayó hacia adelante y no se movió más. Gorrister, se hallaba tendido de espaldas. Tomé otra punta de hielo y lo herí, siempre moviéndome, atravesándole la garganta. Sus ojos se cerraron cuando sintió que el frío lo penetraba.  Ellen debe haberse dado cuenta de lo que yo quería hacer, incluso a pesar del terrible miedo que comenzó a sentir. Corrió hacia Nimdok llevando en la mano un trozo corto y agudo de hielo. Cuando él gritó, la fuerza del salto de Ellen al introducirle el hielo en la boca y garganta, hizo el resto. Su cabeza dio un brusco salto, como si la hubieran clavado a la costra de nieve del piso. 
Todo sucedió en un instante. 
Pareció entonces que el momento dé silenciosa expectativa que siguió a esta escena hubiera durado una eternidad. Casi podía sentir la sorpresa de AM. Se le había privado de sus juguetes. Tres de ellos habían muerto, sin posibilidad de volverlos a la vida. Podía mantenernos vivos gracias a su fuerza y a su talento, pero no era Dios.  No podía lograr que volvieran a vivir. 
Ellen me miró. Sus facciones de ébano se destacaban en la nieve que nos rodeaba. En su actitud había una mezcla de miedo y súplica, en la forma en que comprendí que estaba lista y esperaba. Yo sabía que sólo tenía el tiempo de un latido del corazón antes de que AM nos detuviera. 
Al ser golpeada se inclinó hacia mí, sangrando por la boca. No pude leer en su expresión, el dolor había sido demasiado intenso, había contorsionado su cara. Pero podría haber querido decir "gracias". Por favor, que así sea. 

Han pasado algunos siglos, tal vez. No lo sé. AM se divirtió durante un largo tiempo acelerando y retardando mi noción del paso de los años. Diré entonces la palabra ahora. Ahora. Me llevó diez meses decir ahora. No sé. Me parece que han pasado varios cientos de años. 
Estaba furiosa. No me dejó enterrarlos. No importa. De todas formas no había manera de cavar en las plataformas que forman el piso. Secó la nieve. Hizo que fuera de noche. Rugió y provocó la aparición de las langostas. De nada sirvió; siguieron muertos. La había vencido. Estaba furiosa. Yo había pensado que AM me odiaba antes. No sabía cuán equivocado estaba. Aquello no era ni siquiera una sombra del odio que extrajo de cada uno de sus circuitos impresos. Se aseguró de que sufriera eternamente y de que no me pudiera suicidar. 
Dejó intacta mi mente. Puedo soñar, puedo asombrarme, puedo lamentar. Los recuerdo a los cuatro. Desearía… 
Bueno, ya no importa. Sé que los salvé. Sé que los salvé de sufrir lo que sufro ahora, pero sin embargo, no puedo olvidar su muerte. La cara de Ellen. No fue nada fácil. A veces deseo olvidar. Pero ya nada importa. 
AM me ha alterado para quedarse tranquila, según creo. No quiere arriesgarse a que yo pueda correr hacia una de las computadoras y destrozarme el cráneo. O que pudiera contener el aliento hasta desmayarme. O degollarme con una lámina de metal enmohecido. Puedo verme en alguna superficie pulida, de modo que trataré de describir mi aspecto. 
Soy una gran masa gelatinosa. Redondeada, con suaves curvas, sin boca, con agujeros pulsátiles llenos de vapor donde antes se hallaban mis ojos. En el lugar en que tenía los brazos, veo unos apéndices cortos y de aspecto gomoso. Unos bultos sin forma indican la posición aproximada de lo que fueron mis piernas. Cuando me muevo dejo un rastro húmedo. Sobre la superficie de mi cuerpo veo deslizarse unos parches de enfermizo, perverso color gris, tal como si surgiera una luz desde adentro. 
Desde afuera supongo que mi torpe aspecto, mi pobre trasladar, ha de dar una sensación de algo que jamás pudo haber sido humano. De un ser cuya apariencia es una tan ridícula caricatura de lo humano que resulta aún más obscena por su muy vago parecido. 
Desde adentro, soledad. Aquí. Viviendo bajo la tierra, bajo el mar, dentro de las entrañas de AM a quien creamos porque nuestras horas se perdían tristemente, pensando tal vez sin darnos cuenta, que sabría hacerlo mejor. Por lo menos ellos cuatro ya están a salvo. 
AM estará cada vez más furiosa al recordarlo. Esto me hace en cierto modo feliz. Y sin embargo… AM ha vencido, simplemente… se ha vengado… 
No tengo boca. Y debo gritar.


FIN