2024/09/16

Filmer (H. G. Wells)


Título original: Filmer
Año: 1901


En verdad, el dominio de la navegación aérea se debe al esfuerzo de miles de hombres: Éste sugiere una idea y aquel otro realiza un experimento, hasta que, finalmente, sólo fue necesario un potente esfuerzo intelectual para concluir la empresa. Pero la inexorable injusticia del sentir popular ha decidido que de todos esos miles de hombres, sólo uno, y en este caso un hombre que nunca voló, fuera elegido como el inventor, del mismo modo que decidió honrar a Watt como descubridor del vapor y a Stephenson de la locomotora. Y, seguramente, de todos estos nombres reverenciados, ninguno lo ha sido de forma tan grotesca y trágica como el del pobre Filmer, la tímida e intelectual criatura que resolvió el problema que había sumido en la perplejidad y en el temor a tantas generaciones, el hombre que apretó el botón que ha modificado la paz y la guerra, y casi todas las condiciones de la felicidad y vida humanas. El repetido prodigio de la pequeñez del científico que se enfrenta a la grandeza de su ciencia jamás ha encontrado una ejemplificación tan asombrosa. 
Gran parte de los datos referentes a Filmer permanecen en una profunda oscuridad, y así han de quedar —los Filmer no atraen a los Boswell—, pero los hechos esenciales y la escena final son suficientemente claros, y existen cartas, notas y alusiones casuales que nos ayudan a ensamblar las diferentes piezas del rompecabezas final. Y esta es la historia que se obtiene, juntando una pieza con otra, sobre la vida y muerte de Filmer.
La primera huella auténtica de Filmer en las páginas de la historia es un documento en el cual solicita ser admitido como estudiante de física becado en los laboratorios del gobierno, en South Kensington, y con tal propósito se describe a sí mismo como hijo de un "zapatero de batalla" ("remendón" en lenguaje vulgar) de Dover, y elabora además una lista de las diferentes investigaciones que prueban su elevada capacidad para la química y las matemáticas. Con cierta falta de dignidad, pretende incrementar dichas dotes valiéndose de una declaración de pobreza y de las desventajas consecuentes a dicha situación y se refiere al laboratorio como la meta de sus ambiciones, una revelación involuntaria que refuerza su pretensión de consagrarse exclusivamente a las ciencias exactas. El documento está anotado de una manera que muestra que Filmer consiguió esta codiciada oportunidad, pero hasta hace muy poco no se habían encontrado rastros de sus éxitos en la institución del gobierno.
Ahora, sin embargo, ha quedado demostrado que a pesar de su celo declarado por la investigación, Filmer, antes de haber cumplido un año de beca, fue tentado por la posibilidad de un pequeño incremento en sus ingresos inmediatos, de manera que abandonó el laboratorio y se convirtió en uno de los calculadores de nueve peniques hora empleados por un célebre Profesor para ayudarle en la dirección de sus vastas investigaciones en el terreno de la física solar, investigaciones que todavía son motivo de asombro para los astrónomos. Después, por espacio de siete años, a excepción de las listas de aprobados de la Universidad de Londres, en las cuales se le ve trepar lentamente hasta una doble licenciatura de primera clase en matemáticas y química, no hay evidencia de cómo pasaba Filmer su vida. Nadie sabe cómo o dónde vivió, aunque parece muy probable que se mantuviera dando clases mientras proseguía los estudios necesarios para su graduación. Y después, cosa realmente extraña, aparece mencionado en la correspondencia de Arthur Hicks, el poeta.

"¿Recuerdas a Filmer? —escribe Hicks a su amigo Vance—. Pues bien, no ha cambiado lo más mínimo; la misma forma hostil de hablar entre dientes y la misma barba repugnante —¿cómo puede ingeniárselas un hombre para dar siempre la impresión de que lleva tres días sin afeitarse?—, y todavía conserva esa especie de aire furtivo de estar ocupado en asuntos secretos cuando uno se lo encuentra; incluso su chaqueta y su cuello raído no muestran señales del paso de los años. Estaba escribiendo en la biblioteca y yo me senté a su lado en nombre de la caridad divina, tras lo cual me insultó deliberadamente mientras tapaba sus anotaciones. Al parecer, tiene en sus manos algún brillante descubrimiento y sospecha que yo —¡con un libro de poemas editado en Bodley!— pretendo robárselo. Ha cosechado notables honores en la Universidad —me los enumeró precipitadamente, con una especie de estúpido entusiasmo, como si temiera que yo pudiera interrumpirle antes de haberme mencionado todos— y me habló largo y tendido sobre la obtención de su doctorado en ciencias, de la misma forma que uno podría hablar de subir a un coche. Y luego, con un insidioso tono comparativo, me preguntó por lo que yo estaba haciendo mientras su brazo se extendía nerviosamente —un verdadero brazo protector— sobre el papel que escondía la preciosa idea, su única idea prometedora.
—Poesía —dijo—, poesía. ¿Y qué pretende enseñar con eso, Hicks?
El pobre hombre es un embrión de catedrático de provincias, y yo doy gracias a Dios con devoción por haberme obsequiado con una preciosa indolencia, sin la cual podría haber seguido el camino hacia el doctorado en ciencias y la destrucción…".

Me atrevo a pensar que esta curiosa viñeta atrapa a Filmer en el momento o en momentos cercanos al nacimiento de su descubrimiento.
Hicks se equivocaba al pronosticar a Filmer una cátedra de provincias. La siguiente instantánea nos lo muestra disertando acerca de "la goma y sus sustitutos" en la Sociedad de Artes —había llegado a director de una importante fábrica de productos plásticos—, y ahora se sabe que en aquel tiempo era miembro de la Sociedad Aeronáutica, aunque no aportó nada en las discusiones de dicha corporación, pues prefería, sin duda, madurar su gran idea sin ayudas externas. Y a los dos años de aquella ponencia en la Sociedad de Artes se dedicó a sacar apresuradamente cierto número de patentes y a proclamar de forma muy poco seria la conclusión de las investigaciones divergentes que harían posible su máquina voladora. La primera declaración definitiva apareció en un mediocre vespertino, a través de la agencia de un individuo que se alojaba en la misma casa que Filmer. Esta precipitación final, después de una larga y laboriosa paciencia para mantener el secreto, parece haber sido debida a un pánico innecesario, pues Bootle, el célebre charlatán científico americano, había hecho una declaración que Filmer interpretó erróneamente como una anticipación de su idea.
Ahora bien, ¿en qué consistía exactamente la idea de Filmer? En realidad era una idea muy simple. Antes de él, las búsquedas de los aeronáuticos habían seguido dos líneas divergentes: Por una parte se habían construido globos —grandes aparatos más ligeros que el aire, de fácil ascenso y de descenso relativamente seguro, pero que flotaban impotentemente a merced de cualquier brisa que los impulsara—; y, por otra, se habían desarrollado máquinas voladoras que sólo volaban en teoría —vastas estructuras planas más pesadas que el aire, impulsadas y mantenidas por pesados motores, y la mayoría de ellas se hacían pedazos al primer descenso—. Pero, dejando a un lado el hecho de que el inevitable desplome final las hacía imposibles, el peso de las máquinas voladoras ofrecía al menos una teórica ventaja: Podrían navegar por el aire en sentido contrario al viento, una condición necesaria si la navegación aérea había de tener algún valor práctico. 


El mérito particular de Filmer consistió en descubrir la manera de que las ventajas opuestas, y hasta entonces incompatibles, del globo y la pesada máquina voladora pudieran ser combinadas en un único aparato, que sería, a voluntad, más pesado o más ligero que el aire. Las vejigas contráctiles de los peces y las cavidades neumáticas de los pájaros le brindaron los primeros ejemplos. Inventó un sistema de globos contráctiles y absolutamente cerrados que, al dilatarse, podrían elevar los actuales aparatos voladores con facilidad, y, al contraerse por medio de una complicada "musculatura" que Filmer había entretejido a su alrededor, quedarían casi completamente replegados en el interior del armazón; la estructura que sostenía estos globos fue construida con tubos huecos y rígidos que expulsaban el aire automática-mente por medio de un ingenioso dispositivo a medida que el aparato descendía, y que permanecían vacíos tanto tiempo como deseara el aeronauta. A diferencia de los aeroplanos precedentes, esta máquina no tenía alas o hélices, y el único motor que requería era el potente y compacto dispositivo, imprescindible para contraer los globos. Se dio cuenta de que un aparato como el que había inventado podría elevarse con la estructura vacía de aire y los globos dilatados a una altura considerable; y luego, podría contraer los globos y dejar que el aire penetrara en la estructura de tubos, de modo que al ajustar sus pesos se deslizara por el aire en la dirección deseada. A medida que descendiera, el aparato acumularía velocidad y, al mismo tiempo, perdería peso, y el impulso acumulado por el rápido descenso podría ser utilizado por medio de un desplazamiento de pesos para remontarse de nuevo gracias a la expansión de los globos. Esta concepción, que permanecía todavía dentro de los límites de la concepción básica de toda máquina voladora factible, necesitaba, sin embargo, un enorme despliegue de trabajos para coordinar los detalles, antes de que pudiera ser realizada definitivamente, y Filmer —como solía decir a los numerosos reporteros que se apiñaban a su alrededor en el apogeo de su fama
— había llevado a cabo estos trabajos "generosa e incondicionalmente".
Encontró una dificultad especial en el tejido elástico del globo contráctil. Comprendió que necesitaba un nuevo material, y para el descubrimiento y manufactura de este nuevo material, tuvo que realizar —como jamás dejó de recalcar a los reporteros— "un trabajo mucho más arduo que el que realicé para llegar a la conclusión definitiva de lo que parece ser mi mayor descubrimiento".
Pero no vaya a creerse que estas entrevistas sucedieron inmediatamente después de que Filmer proclamara su invento. Transcurrieron cerca de cinco años, durante los cuales continuó tímidamente en la fábrica de goma —parece haber dependido por completo de estos pequeños ingresos desde que inició su investigación—, haciendo infructuosos intentos para convencer a un público bastante indiferente de que él había inventado realmente lo que había inventado. Dedicó la mayor parte de su tiempo libre a redactar cartas para la prensa diaria y científica, explicando con precisión el incuestionable resultado de sus investigaciones y demandando ayuda financiera. Esto último habría sido suficiente para suprimir sus cartas. Invirtió los días festivos de los que podía disponer en insatisfactorias entrevistas con los porteros de los principales periódicos de Londres —estaba muy poco dotado para inspirar confianza a los conserjes—, y se sabe con absoluta seguridad que intentó convencer al Ministerio de la Guerra para que patrocinara su invento. En dicho Ministerio se conserva todavía una carta confidencial del general Volleyfire al conde de Frogs.
"El tipo en cuestión es un chiflado, y un adulador de la más baja categoría", dice el general con su típico estilo militar, populachero y sensato, y de este modo dio a los japoneses la oportunidad de asegurarse —tal y como hicieron posteriormente— la primacía en este aspecto de la guerra, primacía que, para mayor desventura nuestra, conservan todavía.
Y entonces, gracias a un golpe de suerte, se descubrió que la membrana que había ideado Filmer para su globo contráctil era de gran utilidad para las válvulas de un nuevo motor de gasolina y consiguió los fondos necesarios para construir un modelo experimental de su máquina voladora. Renunció a su empleo en la fábrica de goma, dejó de escribir cartas, y, con esa especie de misterio que parece haber sido una característica inseparable de todos sus procedimientos, se puso a trabajar en el aparato. Todo parece indicar que dirigió la fabricación de sus diferentes elementos y que reunió la mayor parte de los mismos en su habitación de Shoreditch, pero el montaje final se llevó a cabo en Dymchurch, en el condado de Kent. No construyó el aparato con las dimensiones necesarias para transportar a un hombre, pero hizo un uso de lo más ingenioso de lo que en aquel entonces se llamaban ondas Marconi para controlar el vuelo. La primera incursión aérea de esta nueva máquina voladora se efectuó sobre unos campos de los alrededores de Burford Bridge, cerca de Hythe, en Kent, y Filmer siguió y controló el vuelo desde un triciclo de motor diseñado para tal efecto.
Considerando todas las circunstancias, el vuelo tuvo un éxito asombroso. El aparato fue transportado en una carreta de Dymchurch a Burford Bridge, donde se elevó a una altura cercana a los trescientos pies; desde allí descendió hasta las proximidades de Dymchurch, detuvo su descenso, se remontó de nuevo, describió un círculo y, finalmente, cayó sin daños considerables en un campo situado detrás de la posada de Burford Bridge. En el descenso sucedió algo muy curioso. Filmer abandonó su triciclo, trepó por el dique intermedio, avanzó unos veinte metros hacia su triunfo, extendió los brazos con gesticulaciones extrañas y se desplomó sin conocimiento. Más tarde, todos pudieron recordar la palidez de sus facciones y las muestras de extrema agitación que habían observado durante el desarrollo de la prueba, cosa que, de no haber ocurrido el incidente, habrían olvidado. Después, en la posada, Filmer tuvo un arrebato indescriptible de llanto histérico.
En total no hubo más de veinte testigos del suceso, y la mayor parte eran hombres sin educación. El médico de New Romney vio el ascenso, pero no el descenso, pues su caballo se asustó con el aparato eléctrico del triciclo de Filmer y le ocasionó una terrible caída. Dos miembros de la policía de Kent contemplaron de forma extraoficial la aventura desde una carreta. Un tendero que estaba visitando la región en busca de pedidos y dos señoritas en bicicleta parecen completar la lista de personas instruidas. También se encontraban presentes dos informadores; uno representaba a un diario de Folkestone, y el otro no era más que un reportero de cuarta categoría, un periodista de "simposio", cuyos gastos, Filmer, ansioso de una publicidad adecuada —y ahora por fin se daba cuenta de cuál era la forma más adecuada de conseguir esa publicidad—, había pagado. Era uno de esos escritores que pueden darle un tono convincente de irrealidad a los sucesos más verosímiles, y su semicómico relato del acontecimiento apareció en el suplemento de un diario popular. Pero, por fortuna para Filmer, los métodos coloquiales de este individuo eran más convincentes. Fue a ofrecer alguna aburrida crónica adicional sobre el tema a Banghurst, propietario del New Papery uno de los hombres mejor dotados y menos escrupulosos del periodismo londinense; y Banghurst se aprovechó inmediatamente de la situación. El reportero desaparece de la narración, sin duda muy dudosamente remunerado, y Banghurst, el propio Banghurst —papada, traje de sarga gris, abdomen, voz, gestos y demás—, aparece en Dymchurch siguiendo los consejos de su larga e inigualable nariz periodística. Con una sola mirada había adivinado todo el asunto, lo que era en ese momento y lo que podría llegar a ser.


El caso es que con su intervención, las investigaciones de Filmer, mantenidas en secreto tanto tiempo, alcanzaron la fama. Instantáneamente y de la forma más espléndida se convirtió en un Boom. Cuando uno revuelve los archivos de los periódicos del año 1907, comprueba con incredulidad lo repentino y delirante que debió de ser el boom en aquellos días. Los periódicos de julio no saben nada sobre navegación aérea, ni ven nada en la navegación aérea, manifestando con tan elocuente silencio que los hombres jamás querrían, podrían, o deberían volar. En agosto, la navegación aérea y los paracaídas, y las tácticas aéreas y el gobierno japonés, y Filmer y de nuevo la navegación aérea, sustituyen a la guerra de Yunnan y las minas de oro de la alta Groenlandia en las primeras páginas. Y Banghurst había dado diez mil libras esterlinas, y, un poco más tarde, cinco mil libras más, y había consagrado sus ilustres y espléndidos —aunque estériles hasta entonces— laboratorios privados y una cantidad de acres de los terrenos cercanos a su residencia privada en las colinas de Surrey a la conclusión enérgica y fulminante —estilo Banghurst— de una máquina voladora practicable del tamaño apropiado. Entretanto, a la vista de las multitudes privilegiadas que se agolpaban en el jardín amurallado de la residencia urbana de Banghurst en Fulham, Filmer era exhibido en recepciones semanales al aire libre, en las que ponía a prueba las cualidades de su modelo. Con un coste inicial enorme, pero con beneficio final, el New Paper ofreció a sus lectores un precioso documento fotográfico de la primera de estas funciones.
En este punto, la correspondencia entre Arthur Hicks y su amigo Vance, viene de nuevo en nuestra ayuda. Con el preciso toque de envidia acorde con su situación de poeta pasado de moda, escribe:

"Vi a Filmer en el esplendor de su gloria. El tipo aparece peinado y afeitado, y vestido a la moda de una Real Institución de Conferenciantes de Sobremesa, con el último grito en levitas y botines de charol, y, en general, su comportamiento oscila entre el de un grave y solitario hombre de ciencia y el de un asustado y tímido patoso cruelmente expuesto al ridículo. No hay el más leve toque de color en la piel de su rostro; su cabeza sobresale hacia delante y esos extraños y pequeños ojos de color ámbar espían furtivamente a su alrededor para preservar su fama. Sus ropas están perfectamente cortadas y, sin embargo, le sientan como si las hubiese comprado de confección. Todavía habla mascullando entre dientes, pero se percibe confusamente que dice cosas en tono agresivo, y retrocede instintivamente hasta las últimas filas de los grupos en cuanto Banghurst desaparece durante un minuto, y cuando pasea por los prados de Banghurst se observa que está un tanto sofocado y que se mueve nerviosamente, apretando sus blancas y débiles manos. Se encuentra en un estado de tensión, de horrible tensión. Y es el más Famoso Inventor de este siglo o de cualquier otro siglo…
¡El más Famoso Inventor de este siglo o de cualquier otro siglo! Lo que más choca de él es que no da la impresión de haberse esperado jamás, y en ningún caso, nada parecido a esto. Banghurst está en todas partes, el enérgico Maestro de Ceremonias con su pequeña gran presa, y yo juraría que nos tendrá a todos en sus tierras antes de que Filmer finalice su ingenio. Ayer había cazado al primer ministro, y Filmer —¡bendita sea su alma!— no parecía especialmente inflado, para ser una ocasión tan importante. ¡Imagínatelo! ¡Filmer! ¡Nuestro oscuro y plebeyo Filmer! ¡La Gloria de la Ciencia Británica! Las duquesas se apiñan a su alrededor; las hermosas y atrevidas damas de la nobleza —por cierto, ¿has notado lo perspicaces que se han vuelto las grandes damas?— le dicen con sus hermosas y claras voces:
—Oh, señor Filmer, ¿cómo ha sido capaz de inventar esto?
Los hombres vulgares, que viven al margen de las cosas, están demasiado aislados para responder ingeniosamente. Uno se imagina una respuesta al modo de una entrevista:
—Trabajando duramente y sin descanso, Madame, y, tal vez… no lo sé… tal vez, gracias a cierta capacidad personal".

Hasta aquí el testimonio de Hicks. El suplemento fotográfico del New Paper está en perfecta armonía con la descripción. En una de las imágenes, la máquina desciende hacia el río y, debajo de ella, a través de un claro entre los olmos, aparece el campanario de la iglesia de Fulham; en otra, Filmer está sentado ante sus baterías de control, y los hombres poderosos y las mujeres hermosas de la tierra permanecen de pie a su alrededor, con Banghurst al fondo, que muestra un aire modesto, pero decidido. La instantánea del grupo es extraordinariamente oportuna. Tapando gran parte de Banghurst, y mirando hacia Filmer con expresión triste y especulativa, aparece Lady Mary Elkinghorn, todavía hermosa, a pesar de su aire de escándalo y de sus treinta y ocho años, y, además, la única persona que no parece estar pendiente de la cámara que está a punto de retratarlos.
Hasta aquí hemos dado muchos detalles superficiales de la historia de Filmer, pero, al fin y al cabo, son sólo detalles superficiales. En cuanto a lo que interesa realmente del caso, uno se encuentra sumido necesariamente en la oscuridad. ¿Cómo se sentía Filmer en aquella época? ¿Cuál era la intensidad de cierto sentimiento desagradable que se alojaba en el interior de su nueva y elegante levita? Aparecía en los periódicos de medio penique, en los de penique, en los de seis peniques y publicaciones similares algo más caras, y era reconocido en el mundo entero como "El más famoso inventor de este siglo o de cualquier otro siglo". Había inventado una máquina voladora factible y, día tras día, la construcción de un modelo de dimensiones apropiadas se llevaba a cabo en las colinas de Surrey. Y cuando estuviera terminado, se esperaba, como consecuencia clara e inevitable de haberlo inventado y realizado —y desde luego, a todo el mundo le parecía indudable y no había el menor resquicio para la duda en este vaticinio universal—, que el propio Filmer se subiría a bordo con orgullo y entusiasmo, se remontaría con ella por los aires y volaría.
Pero ahora sabemos con absoluta certeza que el simple orgullo y el entusiasmo para afrontar una acción de semejante naturaleza, no estaban en armonía con la constitución particular de Filmer. En aquel entonces no se le ocurrió a nadie, pero lo cierto es que así era.
Ahora podemos suponer con entera confianza que la idea de volar debió de originar en su espíritu una constante zozobra durante el día, y, por una carta que envió a su médico quejándose de un insomnio persistente, tenemos una sólida razón para suponer que la zozobra dominó también sus noches. Al fin y al cabo, la idea de revolotear en el vacío a mil pies de altura, tenía que parecerle a Filmer abominablemente angustiosa, incómoda y peligrosa.
Ya desde el principio, por la época en que fue proclamado el más Famoso Inventor de este siglo o de cualquier otro siglo, debió de haberle atormentado la visión de acometer una empresa semejante, y con un vacío inmenso bajo sus pies. Es posible que alguna vez, en su juventud, hubiera sentido vértigo desde una gran altura, o sufrido una caída excesivamente desafortunada; o, quizás, el hábito de dormir en una mala postura hubiera desembocado en la desagradable pesadilla de la caída en el vacío, que todo el mundo conoce, infundiéndole ese horror. De lo que no cabe la menor sombra de duda ahora es de la intensidad de ese horror.


Aparentemente, en los primeros tiempos de su investigación jamás se había planteado la obligación de volar; la máquina había sido su meta, pero ahora las cosas habían sobrepasado los límites de su meta y, particularmente, aquella vertiginosa ascensión por los aires. Era un Inventor y había Inventado. Pero no era un Aeronauta, y sólo ahora empezaba a darse cuenta con claridad de que todo el mundo esperaba que volara. Y sin embargo, por más que la idea ocupara constantemente su imaginación, no dio ninguna muestra de ello hasta el último momento. Entretanto, iba de un lado a otro en los espléndidos laboratorios de Banghurst; era entrevistado y celebrado, vestía a la moda, comía suculentos manjares y vivía en un piso elegante, pegándose un atracón de tan espléndida, inmoderada y saludable Fama y Exito, como jamás un hombre, muerto de hambre durante tantos años como él había estado, habría soñado pegarse.
Las reuniones semanales de Fulham cesaron al cabo de un tiempo. Cierto día, el modelo se había negado por unos momentos a obedecer los controles de Filmer, o tal vez éste se distrajera a causa de las bendiciones de un arzobispo. El caso es que, de repente, en el preciso instante en que el arzobispo se embarcaba en una cita latina, como si fuera un arzobispo de novela, el aparato hundió el morro en el aire y fue a caer en la carretera de Fulham, a tres yardas del caballo de un ómnibus. Durante cosa de un segundo se mantuvo en suspenso, asombrando a los presentes con su asombroso comportamiento. Luego se desplomó, estalló en pedazos, y el caballo del ómnibus fue asesinado accidentalmente.
Filmer se perdió el final de la bendición arzobispal. Se levantó y se quedó mirando cómo su invento caía fuera del alcance de su mirada. Sus largas y pálidas manos permanecían aferradas a su inútil aparato. El arzobispo siguió el recorrido de la mirada de Filmer por el cielo con una aprensión impropia de un arzobispo.
Después, el estallido, los pitos y el escándalo, mitigaron la tensión de Filmer.
—¡Dios mío! —susurró, y se sentó.
Casi todos los demás miraban sorprendidos hacia el cielo para ver por dónde había desaparecido la máquina; algunos corrían hacia la casa.
La construcción de la máquina grande se aceleró después de este accidente. Filmer dirigía la construcción, siempre con cierta lentitud y ademanes muy cuidados, siempre con una preocupación creciente en su espíritu. Las precauciones que tomó respecto a la resistencia y seguridad del modelo fueron prodigiosas. A la menor señal de duda detenía todos los trabajos hasta que la pieza fuera reemplazada. Wilkinson, su ayudante principal, echaba pestes cada vez que se producían estas interrupciones, la mayor parte de las cuales, insistía, eran innecesarias. Banghurst ensalzaba la paciente exactitud de Filmer en el New Paper —aunque le injuriaba implacablemente cuando estaba con su mujer— y MacAndrew, el segundo ayudante, acreditaba la sabiduría de Filmer.
—No queremos que se produzca un fiasco —decía—. Filmer es extremadamente prudente.
Y siempre que se presentaba una oportunidad, Filmer explicaba con total precisión a Wilkinson y a MacAndrew cómo tenía que ser controlado y manejado cada componente de la máquina voladora, de manera que estuvieran realmente tan capacitados, o más, para conducirla a través de los cielos cuando llegara el momento.
Ahora pienso que si Filmer, ante esta comedia, hubiera sido capaz de determinar exactamente cuáles eran sus sentimientos y adoptar una línea de conducta definida respecto al tema de su ascensión, podría haber eludido esa penosa prueba con facilidad. Si hubiera tenido esto claro, podría haber hecho un sinfín de cosas. Seguramente habría encontrado sin dificultad un especialista que certificara que tenía el corazón débil, o alguna afección gástrica o pulmonar, para impedir el vuelo —y esta es precisamente la actitud que no adoptó, lo cual no deja de asombrarme—; o podría, si hubiera sido un hombre de más carácter, haber declarado simple y llanamente que no tenía intención de hacer tal cosa. Aunque el terror estaba constantemente presente en su espíritu, el hecho es que no se planteaba con claridad y precisión el problema. Supongo que durante todo aquel periodo no dejó de decirse que, cuando llegara el momento, se encontraría a la altura de las circunstancias. Era como un hombre paralizado por una grave enfermedad, que dice estar un poco indispuesto, pero que espera sentirse mejor al cabo de un rato. Entretanto, retrasaba la terminación de la máquina y dejaba que arraigara y creciera a su alrededor la presunción de que él iba a tripularla. Incluso aceptó elogios anticipados por su valor. Y, dejando a un lado sus aprensiones secretas, no cabe duda de que todas las alabanzas, distinciones y aclamaciones que recibió le parecieron una droga deliciosa y embriagadora.
Lady Mary Elkinghorn consiguió que las cosas se le complicaran un poco más.
El origen de aquello fue tema de inagotables especulaciones para Hicks. Es probable que al principio ella se mostrara un tanto "amable" con Filmer, haciendo gala de esa imparcial parcialidad tan suya, y es posible que a sus ojo —y debido al hecho de que se destacara tan notoriamente mientras dirigía su monstruo hacia los cielos— Filmer hubiera adquirido una distinción que Hicks no estaba dispuesto a concederle. Sea como sea, debieron de disponer ambos de un momento de aislamiento, y el gran Inventor de un momento de valor suficiente para que algo de índole un poco más personal fuera revelado o declarado entre dientes. De cualquier modo, es indudable que empezó, y no tardó en ser observado por una clase de gente acostumbrada a encontrar en los actos de Lady Mary Elkinghorn un motivo de diversión. Esto complicó las cosas, porque, el estado amoroso en un espíritu tan virginal como el de Filmer, tenía que reforzar su determinación —si no lo suficiente, al menos en grado considerable— de afrontar un peligro que le horrorizaba, y le impediría además cualquier tentativa de evasión que, en realidad, habría sido lo lógico y natural.
Sigue siendo tema de especulación saber cuáles eran exactamente los sentimientos de Lady Mary hacia Filmer y lo que realmente pensaba de él. A los treinta y ocho años, uno puede haber acumulado bastante sabiduría, y no ser todavía sabio del todo; y, además, la imaginación funciona aún con actividad suficiente para crear espejismos y aspirar a lo imposible. Filmer aparecía ante sus ojos como un personaje de capital importancia —y eso siempre cuenta— y, al parecer, estaba dotado de poderes únicos, al menos en el aire. Su actuación con el modelo tenía un aire de fascinación que lo equiparaba con un potente conjuro, y las mujeres han mostrado siempre una insensata disposición a imaginar que cuando un hombre tiene poderes, ha de tener necesariamente Poder. De este modo, cualquier imperfección en la apariencia o los modales de Filmer, se convertía en un mérito añadido. Era modesto, odiaba la ostentación, pero cuando llegara el momento en que se necesitaran verdaderas cualidades, entonces… ¡entonces se vería!
La difunta Mrs. Bampton creyó prudente comunicar a Lady Mary su opinión de que Filmer, considerando todas las cosas, era más bien un "gusano".
—Ciertamente, es un tipo de hombre que no había conocido hasta ahora — dijo Lady Mary con imperturbable serenidad.
Y Mrs. Bampton, después de lanzar una rápida e imperceptible mirada hacia aquella serenidad, decidió que por lo que se refería a comunicarle sus prevenciones a Lady Mary, había hecho cuanto se podía esperar de ella. Pero a los demás les dijo un montón de cosas.


Y por fin, sin excesiva o impropia precipitación, amaneció el día, el gran día, en el que Banghurst había prometido a su público —el mundo entero en realidad— que la navegación aérea sería definitivamente dominada y superada. Filmer lo vio amanecer; acechó incluso en la oscuridad antes de que amaneciera y vio cómo se apagaban las estrellas y cómo los grises y nacarados tonos rosáceos daban paso al claro azul celeste de un día radiante y despejado. Lo contempló desde la ventana de su dormitorio situado en el ala recién construida de la residencia estilo Tudor de Banghurst. Y a medida que las estrellas se desvanecían y las formas y sustancias de las cosas surgían de la amorfa oscuridad, debió de ver con creciente claridad los preparativos de la fiesta en el parque, más allá de los grupos de hayas cercanos al pabellón verde, las tres tribunas levantadas para los espectadores privilegiados, la nueva y reluciente valla del recinto, los cobertizos y los talleres, los mástiles venecianos y los ondeantes pabellones que Banghurst había considerado indispensables… Y en medio de todas aquellas cosas se destacaba, lánguida y funesta en la plácida aurora, una gran forma cubierta con una lona. Un extraño y terrible presagio para la humanidad se ocultaba bajo aquella forma, un destello inicial que había de propagarse y ensancharse y transformar y dominar con seguridad todos los acontecimientos de la vida humana; pero es indudable que Filmer sólo lo veía en aquellos momentos bajo una perspectiva estrecha y personal. Muchas personas le oyeron pasearse a altas horas de la noche, pues la vasta mansión estaba atestada de huéspedes invitados por su propietario editor que, ante todo, creía en el aprovechamiento del espacio. Y hacia las cinco de la mañana, si no antes, Filmer abandonó su habitación y se alejó de la dormida mansión y deambuló por el parque, donde, a esa hora, no había nada más que la luz del sol, los pájaros, las ardillas y los gamos. MacAndrew, que era también un hombre madrugador, se encontró con él cerca de la máquina y se fueron juntos a echar un vistazo.
No se sabe si Filmer desayunó algo, a pesar de las recomendaciones de Banghurst. Parece ser que tan pronto como los invitados empezaron a deambular en número creciente, Filmer se retiró a su habitación. De allí se fue, a eso de las diez, hacia los setos, probablemente porque había visto a Lady Mary Elkinghorn. Se paseaba de acá para allá conversando alegremente con su vieja amiga de colegio, Mrs. Brewis-Craven y, aunque Filmer no había visto nunca a ésta última, se unió a ellas y paseó a su lado durante un rato. A pesar de la elocuencia de Lady Mary, se produjeron varios momentos de silencio. La situación era complicada y Mrs. Brewis-Craven no acertaba a vencer esa complicación.
—Me dio la impresión —dijo después, incurriendo en una flagrante contradicción— de que era un ser muy desgraciado, que tenía algo que decir y, sobre todo, necesitaba que le ayudaran a decirlo. Pero ¿cómo iba una a ayudarle si no se podía adivinar de qué se trataba?
A las once y media, los recintos reservados para el público en el parque exterior estaban atestados; había una corriente intermitente de carruajes a lo largo de la franja que rodeaba el parque, y los invitados de la casa estaban diseminados por el césped, los setos y las esquinas del parque interior, en una sucesión de grupos vistosamente ataviados, atentos todos a la máquina voladora. Filmer paseaba en un grupo de tres, con Banghurst, que hacía gala de una suprema y visible felicidad, y Sir Theodore Hickle, presidente de la Sociedad Aeronáutica. Mrs. Banghurst les seguía a poca distancia, en compañía de Lady Mary Elkinghorn, Georgina Hickle y el deán de Stays. Banghurst monopolizaba la conversación y Hickle rellenaba inmediatamente los pocos intersticios que dejaba con observaciones complementarias dirigidas a Filmer. Y Filmer caminaba entre ellos sin decir una palabra, excepto cuando se hacía inevitable una respuesta. Detrás, Mrs. Banghurst gozaba de la conversación admirablemente tramada y proporcionada del deán, con esa palpitante atención hacia el alto clero que diez años de promoción y supremacía social no habían podido borrar de su espíritu; y Lady Mary contemplaba, sin duda con una entera confianza en el hombre que había de desilusionar al mundo, los hombros caídos de esa clase de hombre que no había conocido hasta entonces.
Cuando el grupo principal llegó a la vista del público, se produjeron algunos aplausos, tal vez no demasiado unánimes ni estimulantes. Se habían acercado a unos cincuenta metros del aparato, cuando Filmer lanzó una impaciente mirada por encima del hombro para medir la distancia que le separaba de las mujeres que venían detrás, y se atrevió entonces a hacer el primer comentario que pronunciaban sus labios desde que salieron de la mansión. Su voz era un poco ronca, y cortó a Banghurst en medio de una sentencia sobre el Progreso.
—Oiga, Banghurst —dijo, y se calló.
—¿Sí? —dijo Banghurst.
—Quisiera… —se humedeció los labios—. No me siento bien. 
Banghurst se paró en seco.
—¿Qué? —gritó.
—Una sensación extraña —Filmer hizo ademán de moverse, pero Banghurst seguía inmóvil—. No sé. Tal vez me encuentre mejor dentro de un minuto. Si no… quizá… MacAndrew…
—¿No se encuentra bien? —dijo Banghurst, y clavó su mirada en el pálido rostro de Filmer—. ¡Querida! —añadió en el preciso instante en que Mrs. Banghurst se acercaba a ellos—. Filmer dice que no se siente bien.
—Un pequeño malestar —exclamó Filmer, eludiendo la mirada de Lady Mary—. Puede que se me pase…
Se produjo un silencio.
Filmer pensó que era la persona más desamparada del mundo.
—En cualquier caso —dijo Banghurst—, la ascensión debe ser efectuada. Tal vez, si se sentara en algún sitio durante un rato…
—Es por la muchedumbre, creo —dijo Filmer.
Se produjo una segunda pausa. Los ojos de Banghurst se posaron en Filmer, escrutándole, y después recorrieron la masa de público del recinto.
—Qué inoportuno —dijo Sir Theodore Hickle—; pero todavía… supongo… sus ayudantes… Desde luego, si no se encuentra en condiciones y está indispuesto…
—No creo que el señor Filmer permita eso ni por un sólo instante —dijo Lady Mary.
—Pero si al señor Filmer le fallan los nervios… Incluso puede ser peligroso para él intentarlo… —dijo Hickle, y tosió.
—Precisamente porque es peligroso… —comenzó Lady Mary, y creyó que había expresado con suficiente claridad su punto de vista y el de Filmer.
Filmer se debatía entre motivos contradictorios.
—Creo que debo subir —dijo, mirando al suelo.
Levantó la vista y se encontró con los ojos de Lady Mary.
—Quiero subir —dijo, y le sonrió débilmente. Después se volvió hacia Banghurst—. Si pudiera sentarme durante un rato en algún sitio apartado de la muchedumbre y el sol…
Por fin, Banghurst empezó a comprender el caso.
—Venga a mi habitación del pabellón verde —dijo—. Allí hace bastante fresco.
Cogió a Filmer del brazo.
Filmer se volvió de nuevo hacia Lady Mary Elkinghorn.
—Me pondré bien en cinco minutos —dijo—. Estoy tremendamente apenado…
Lady Mary Elkinghorn le sonrió.
—No podía imaginar… —le dijo a Hickle, y cedió a la fuerza del tirón de Banghurst.
El resto del mundo se quedó mirando a los dos que se alejaban.
—Es tan frágil —dijo Lady Mary.


—Es un hombre extremadamente nervioso —dijo el deán, cuya debilidad consistía en considerar "neurótico" a todo el mundo, a excepción de los clérigos casados y con familia numerosa.
—Desde luego —dijo Hickle—, no es absolutamente necesario que vuele por el mero hecho de haber inventado…
—¿Podría ser de otra manera? —preguntó Lady Mary, con una débil mueca de desprecio.
—Ciertamente, sería de lo más desafortunado que cayera enfermo ahora — dijo Mrs. Banghurst con severidad.
—No se pondrá enfermo —dijo Lady Mary, que había recibido la mirada de Filmer.
—Se recuperará —decía Banghurst mientras caminaban hacia el pabellón—. Todo lo que necesita es un trago de brandy. Tiene que ser usted, ¿comprende? Y será usted… Lo pasará muy mal si permite que otro hombre…
—¡Oh! Quiero hacerlo yo —dijo Filmer—. Me recuperaré. De hecho, estoy casi dispuesto ahora… ¡No! Creo que primero tendré que tomar ese trago de brandy.
Banghurst le instaló en la habitación y destapó una licorera vacía. Después salió en busca de brandy de repuesto. Estuvo fuera cerca de cinco minutos.
La historia de esos cinco minutos no puede ser escrita. Los espectadores situados en el ala oriental de las tribunas levantadas para el público pudieron ver a intervalos la cara de Filmer pegada contra los cristales de la ventana, mirando hacia el exterior con ojos desorbitados y, después, alejarse y desvanecerse. Banghurst desapareció gritando por detrás de la tribuna principal, e inmediatamente apareció el mayordomo, que se dirigía hacia el pabellón con una bandeja.
La habitación en donde Filmer tomó su última decisión era una pieza confortable, amueblada de forma muy simple, con muebles de color verde y un escritorio antiguo, pues Banghurst era sencillo en sus costumbres privadas. Estaba decorada con pequeños grabados de estilo Morland, y había también un estante con libros. Pero sucedió que Banghurst había dejado un rifle pequeño con el que a veces se entretenía encima de la mesa, y en una esquina de la chimenea había una lata que contenía tres o cuatro cartuchos. Mientras Filmer se paseaba de un lado a otro de la habitación luchando con su intolerable dilema, se dirigió en primer lugar hacia el insinuante rifle que se hallaba atravesado sobre el cartapacio que había encima de la mesa, y después hacia la insinuante etiqueta roja:
22 LARGO
La idea debió de penetrar en su cerebro en un instante.
Al parecer, nadie relacionó el sonido con él, aunque el rifle, al ser disparado en un espacio tan reducido, tuvo que haber resonado estrepitosamente, y eso que había varias personas reunidas en la sala de billar, que estaba separada tan sólo por un delgado tabique de yeso de la habitación donde se encontraba Filmer. Pero en cuanto el mayordomo de Banghurst abrió la puerta y percibió el acre olor a humo, comprendió, dijo, lo que había sucedido. Al menos los sirvientes de la mansión de Banghurst habían presentido que sucedía algo en el espíritu de Filmer.
Durante toda aquella penosa tarde, Banghurst se comportó tal y como creía que un hombre había de comportarse al enfrentarse con un desastre irremediable, y la mayoría de los invitados hicieron bien en no insistir sobre el hecho —aunque les resultaba imposible disimular ciertas perspicacias— de que Banghurst había sido timado por el suicida de la forma más elaborada y completa. El público que llenaba el recinto, según me contó Hicks, se dispersó "como una fiesta que ha sido echada a perder por un patoso", y, al parecer, no había un alma en el tren de regreso a Londres que no supiera desde el principio que la navegación aérea era una aventura imposible para el hombre.
—Pero, después de haber llegado tan lejos —decían algunos—, podía haberlo intentado.
Por la noche, cuando se quedó relativamente solo, Banghurst perdió la serenidad y se desmoronó como un ídolo de barro. Me han dicho que lloró, lo cual debió de ser un espectáculo impresionante. Y se sabe con absoluta seguridad que dijo que Filmer había arruinado su vida, y que ofreció y vendió el aparato completo a MacAndrew por media corona.
—He estado pensando que… —dijo MacAndrew a la conclusión del negocio, pero se calló.
A la mañana siguiente el nombre de Filmer era por primera vez menos visible en el New Paper que en cualquier otro diario del mundo. El resto de los informadores del globo terráqueo, con un énfasis que variaba de acuerdo a su dignidad y grado de competencia con el New Paper, proclamaban el "completo fracaso de la Nueva Máquina Voladora" y el "suicidio del Impostor". Pero en la región septentrional de Surrey la acogida de las noticias era mitigada por la percepción de fenómenos aéreos insólitos.
La noche anterior Wilkinson y MacAndrew se habían enzarzado en una violenta discusión sobre los motivos exactos de la insensata decisión de su jefe.
—Es cierto que era muy poca cosa, un cobarde, pero en lo que se refiere a su ciencia, no era un impostor —dijo MacAndrew—, y yo estoy dispuesto a hacer una demostración práctica de esta verdad, Mr. Wilkinson, tan pronto como podamos disfrutar de algo de tranquilidad, pues no tengo ninguna fe en todo este despliegue publicitario para las pruebas experimentales.
Y con este objetivo, mientras el mundo entero se dedicaba a leer las noticias referentes al fracaso de la nueva máquina voladora, MacAndrew se elevó hacia los cielos y describió curvas de gran amplitud y mérito sobre los campos de Epsom y Wimbledon; y Banghurst, que había recuperado una vez más la esperanza y la energía, sin prestar atención a la seguridad pública ni al Ministerio de Comercio, seguía de cerca sus evoluciones e intentaba atraer la atención del aeronauta desde un automóvil, y en pijama —pues había contemplado la escena de la ascensión en el momento en que levantaba la persiana de la ventana de su dormitorio—, equipado, entre otras cosas, con una máquina fotográfica que más tarde se comprobó que estaba estropeada.
Y Filmer yacía sobre la mesa de billar del pabellón verde con una sábana sobre su cuerpo.


FIN

2024/09/09

La mortal misión de Phineas Snodgrass (Frederik Pohl)


Título original: The deadly mission of Phineas Snodgrass
Año: 1962


Ésta es la historia de Phineas Snodgrass, inventor. Construyó una máquina del tiempo.
Construyó una máquina del tiempo y a continuación retrocedió dos mil años, más o menos a la época del nacimiento de Cristo. Se dio a conocer al emperador Augusto, su dama Livia y a otros romanos ricos y poderosos de la época y, ganando amigos con rapidez, se aseguró su cooperación para producir una rápida transformación de las condiciones de vida del año 1. (Robó la idea de una novela de ciencia ficción de L. Sprague de Camp llamada Que no desciendan las tinieblas).
Su máquina del tiempo no era muy grande, pero su corazón sí, así que Snodgrass escogió su carga planeando ofrecer la mayor ayuda inmediata a la gente del mundo. Las características principales de la Roma antigua eran la suciedad y la enfermedad, el dolor y la muerte. Snodgrass decidió hacer que el mundo romano fuese más saludable y quiso mantener a su gente con vida por medio de la medicina del siglo XX. Lo demás podía resolverse por sí mismo, una vez que la especie humana se hubiese librado de las plagas terribles y las muertes tempranas.
Snodgrass introdujo la penicilina, la aureomicina y la odontología indolora. Talló lentes para gafas y explicó las técnicas quirúrgicas para eliminar las cataratas. Enseñó la anestesia y la teoría infecciosa de los gérmenes, y les mostró cómo purificar el agua para beber. Construyó fábricas de Kleenex y enseñó a los romanos a taparse la boca al toser. Exigió, y obtuvo, tapas para las alcantarillas abiertas de Roma y fue pionero en la práctica de una dieta equilibrada.
Snodgrass trajo salud al mundo antiguo y conservó también la suya. Vivió más de cien años. Murió, de hecho, en el año 100 d. C., como un hombre muy satisfecho.
Cuando Snodgrass llegó al gran palacio de Augusto en la colina Palatina, había como unos 250.000.000 de seres humanos en el mundo. Persuadió al principado para compartir sus bendiciones con todo el mundo, beneficiando no sólo al centenar de millones de súbditos del Imperio, sino al otro centenar de millones en Asia y a las decenas de millones en África, el hemisferio occidental y las islas del Pacífico.
Todo el mundo mejoró su salud.
La mortalidad infantil descendió de golpe, desde noventa muertes por cada cien a menos de dos. La esperanza de vida se dobló de inmediato. Todos estaban bien, y demostraron su buena salud teniendo más niños, que crecieron saludables hasta alcanzar la madurez y tener más niños.
 
Qué triste es la población que no puede duplicarse cada generación si lo intenta de veras.
Los romanos, godos y mongoles eran duros. Cada treinta años la población del mundo se incrementaba en un factor de dos. En el año 30 d. C., la población del mundo alcanzaba los quinientos millones. En el 60 d. C., era ya de mil millones. Pero cuando Snodgrass falleció, un hombre feliz, la población del mundo era tan grande como hoy en día.
Fue una pena que Snodgrass no tuviese sitio en su máquina del tiempo para los planos de naves de transporte, los textos de metalurgia para fabricar las herramientas para fabricar las cosechadoras que recogerían los campos —para las turbinas de vapor de triple expansión que generarían la electricidad que haría mover las máquinas que permitirían organizar las ciudades —, para toda la tecnología que los 2000 años posteriores habían producido.
Pero no lo tenía.
En consecuencia, en el momento de su muerte las condiciones ya no eran tan perfectas. Muchas personas apenas tenían dónde vivir.
En general, Snodgrass estaba satisfecho, porque seguro que todos aquellos detalles podían resolverse por sí mismos. Con una población mundial saludable, el incremento en número espolearía la investigación. La infinita naturaleza, una vez que se la hubiese estudiado, proveería con seguridad las necesidades de cualquier número de seres humanos.
Así fue. Motores a vapor según el diseño de Newcomen elevaban agua para irrigar los campos y hacer crecer comida mucho antes de su muerte. El Nilo tuvo una presa en Asuán en el año 55. Los coches eléctricos urbanos reemplazaron a los carros de bueyes en Roma y Alejandría antes del 75 d. C., y pocos años después los galeotes recibieron la libertad de mano de enormes y pesadas turbinas diesel que impulsaban los barcos de alimentos por el Mediterráneo.
En el año 200 d. C. el mundo tenía unos veinte mil millones de almas, y la tecnología iba empatada con la expansión. Arados impulsados por energía nuclear habían limpiado el bosque de Teutoburgo, donde todavía se descomponían los huesos de Varus, y fertilizantes fabricados por medio de minería de intercambio de iones produjeron en el mar cosechas fantásticas de cereales híbridos. En el 300 d. C., la población mundial era de un cuarto de billón. La fusión de hidrógeno producía fabulosas cantidades de energía a partir del mar; la transmutación atómica convertía cualquier materia en comida. Tal cosa era necesaria, porque ya no había espacio para granjas. La Tierra empezaba a estar abarrotada. A mediados del siglo VI los 150 millones de kilómetros cuadrados de superficie terrestre estaban tan bien cubiertos que ningún ser humano de pie sobre la tierra seca podía extender los brazos en cualquier dirección sin tocar a otro ser humano situado a su lado.


Pero todo el mundo disfrutaba de buena salud y la ciencia seguía avanzando. Se secaron los mares, lo que de inmediato triplicó la tierra disponible. En cincuenta años los fondos marinos también estaban llenos. La energía que antes provenía de la fusión del hidrógeno marino ahora venía del aprovechamiento de toda la emisión energética del sol, por medio de gigantescos "espejos" compuestos de energía pura. Claro está, los otros planetas se congelaron; pero tal cosa no importó, porque en las décadas posteriores fueron desintegrados para obtener la energía de sus núcleos. Lo mismo le sucedió al sol. Mantener la vida en la Tierra siguiendo estándares tan artificiales exigía grandes cantidades de energía; con el tiempo hasta la última estrella de la galaxia transmitía toda su emisión energética a la Tierra, y había planes para aprovechar Andrómeda, lo que compensaría toda la expansión de… treinta años.
En este punto se hizo un cálculo.
Tomando el peso de un hombre medio como unos sesenta kilos —es decir, 6 × 104 gramos— y permitiendo una duplicación continua de la población cada treinta años (aunque ya no existía el "año", porque el sol había sido desintegrado; ahora una Tierra solitaria flotaba vagamente en dirección a Vega), se descubrió que para el año 1970 la masa total de carne, huesos y sangre humana sería de 6 × 1027 gramos.
Lo que planteaba un problema. La masa total de la Tierra era de sólo 5,98 × 1027 gramos. La humanidad ya vivía en madrigueras que penetraban en la corteza y en el basalto y se acercaban al núcleo de níquel y hierro solidificado; en 1970 todo el núcleo habría sido transformado en hombres y mujeres vivos, y sus galerías tendrían que abrirse a través de las masas de sus propios cuerpos, una esfera apretada y palpitante de cadáveres vivientes vagando por el espacio.
Más aún, la aritmética simple demostraba que ahí no terminaba todo. En un tiempo finito la masa de seres humanos sería igual a la masa total de la galaxia; y en algún tiempo posterior igualaría y superaría a la masa total de todas las galaxias.
No podía seguir tolerándose tal situación, así que se puso en marcha un proyecto.
Con algo de dificultad se desviaron recursos para permitir la construcción de un pequeño pero importante dispositivo. Se trataba de una máquina del tiempo. Con un voluntario a bordo (escogido de entre los 900 billones que se ofrecieron) regresó al año 1. Su carga consistía exclusivamente en un rifle de caza con una bala, y con esa bala el voluntario asesinó a Snodgrass mientras subía por la Palatina.
Para gran (aunque sólo potencial) alegría de algunos quintillones que nunca nacerían, las Tinieblas, bienaventuradamente, descendieron.


FIN


2024/09/02

Meteoro (John Wyndham)


Título original: Phoney meteor (Meteor)
Año: 1941


La casa se estremeció, las ventanas trepidaron, una fotografía enmarcada cayó desde la repisa de la chimenea al hogar. Un estrépito que se oyó en algún lugar del exterior llegó justamente a tiempo para ahogar el del cristal al romperse. Graham Toffts dejó cuidadosamente la copa sobre la mesa y secó el jerez que se le había derramado sobre los dedos.
—Estas cosas nos recuerdan tiempos pasados —observó—. ¿Crees que esto es el principio de la próxima guerra?
Sally denegó con la cabeza y al hacerlo le brilló el cabello bajo la luz de la lámpara.
—No lo creo. Por lo menos no son como los de antes; en general llegaban con una especie de doble estampido —dijo.
Fue hacia la ventana y apartó las cortinas. En el exterior había una oscuridad absoluta y sólo se veía el gotear de la lluvia en los cristales.
—¿Podría ser uno experimental que se hubiese desviado? —sugirió.
En el vestíbulo sonaron pasos. Se abrió la puerta y asomó la cabeza de su padre.
—¿Han oído eso? —preguntó sin ninguna necesidad—. Creo que fue un meteoro pequeño. Me parece haber visto un ligero resplandor en el campo de detrás del huerto.
Se retiró y Sally fue tras él. Graham, al seguirla con más tranquilidad la encontró cogiendo firmemente el brazo de su padre.
—No —estaba diciendo con decisión—. No quiero que la cena tenga que esperar y se estropee. Lo que sea, allí estará.
Mister Fontain la miró y luego a Graham.
—Mandona —dijo—, es demasiado mandona. Siempre lo ha sido. No puedo comprender por qué te quieres casar con ella.
Después de cenar salieron a buscarlo con lámparas eléctricas. No hubo dificultad en localizar la escena del impacto; casi en la mitad del campo había aparecido un cráter pequeño de unos tres metros de diámetro. Lo contemplaron sin ver nada más, mientras Mitty, el terrier de Sally, olfateaba la tierra revuelta. Fuera lo que fuese lo que lo había originado lo más probable es que estuviese enterrado en el centro.
—Sin duda alguna es un meteorito pequeño —dijo mister Fontain—. Mañana haré que lo desentierren.

Extracto del diario de Onns:
Como introducción a las notas que quiero tomar, me parece que lo mejor que puedo hacer es sintetizar el discurso que nos dirigió Su Excelencia Cottafats el día anterior al de nuestra partida de Forta. En contraste con la despedida oficial, esta reunión fue lo menos ceremoniosa posible.
Casi en sus primeras palabras, Su Excelencia hizo resaltar que aunque teníamos dirigentes a efectos de la administración, entre nosotros no había nadie de categoría inferior.
—No hay ni uno solo de ustedes, hombres y mujeres de Forta, que no sea voluntario —dijo mirando lentamente en torno a su enorme auditorio—. Como son individuos, las emociones que les pueden haber impulsado a ofrecerse variarán entre amplios límites; pero por personal o altruista que haya sido lo que les impulse, para todos hay un denominador común, que es la determinación de que nuestra raza debe sobrevivir.
»Mañana partirán los Globos.
»Si Dios quiere, mañana, la habilidad y la ciencia de Forta, atravesarán los peligros de la naturaleza.
»Desde un principio, la civilización ha consistido en la habilidad de coordinar y dirigir las fuerzas naturales y esta dirección, una vez comenzada, debe mantenerse constantemente. En Forta ha habido otras especies dominantes antes que la nuestra; no estaban civilizados y no dirigían la naturaleza; se doblegaron y murieron. Pero nosotros, hasta ahora, hemos podido hacer frente a los diferentes cambios y nuestra cultura es floreciente.
»Es más, florecemos y prosperamos en un número tal que la naturaleza no dirigida no hubiera podido mantener nunca. En el pasado hemos ido superando un problema tras otro para que esto fuera posible, pero ahora nos encaramos con el mayor de todos. Nuestro mundo, Forta, está decayendo, pero nosotros no. Somos como espíritus todavía jóvenes en un cuerpo caduco…
»Durante siglos hemos proseguido adaptándonos, sustituyéndonos y cambiándonos, pero la trampa se está cerrando y poco podemos hacer para mantenerla abierta. En consecuencia, es ahora, cuando todavía somos jóvenes y fuertes, que debemos encontrar una solución y buscarnos un nuevo hogar.
»No dudo de que todavía habrá bisnietos de los bisnietos de la presente generación, pero para ellos la vida será más dura: Tendrán que trabajar más sólo para mantenerse vivos. Por esta razón, los Globos tienen que partir ahora, cuando todavía tenemos fuerzas y riquezas de sobras.
»Y a ustedes, los que deben partir, ¿qué voy a decirles? Hasta las conjeturas son vanas. Los Globos partirán hacia todos los puntos del Universo y en donde aterricen quizás encuentren algo o no encuentren nada. Toda nuestra habilidad y nuestra ciencia se aunarán para establecer sus cursos. Pero una vez hayan partido, todo lo que podremos hacer será rogar para que ustedes, que son nuestra semilla, encuentren terreno fructífero.
Hizo una larga pausa y luego continuó:
—Ya conocen su cometido, pues en otro caso no se hubieran ofrecido voluntarios. Sin embargo, nunca llegarán a saberlo del todo ni a enseñarlo con demasiada frecuencia. En las manos de todos y cada uno de ustedes se encuentra toda una civilización. Cada uno de ustedes es simultáneamente receptáculo y fuente en potencia de todo la que significa Forta. Ustedes tienen la historia, la cultura y la civilización de un planeta; úsenla bien y denla también a los demás en lo que les pueda ayudar. Traten de aprender de los demás y mejorarlos si es posible. No traten de conservarlas intactas, porque una cultura, para poder vivir, tiene que crecer. Para los que se aferran con demasiada fuerza al pasado, lo más probable es que no haya futuro. Recuerden que es muy posible que no haya vida inteligente en todos los rincones del universo; esto significa que a algunos de ustedes se les confía no sólo la herencia de nuestra raza sino también las esperanzas de toda la vida consciente que se pueda llegar a desarrollar.
»En consecuencia, partan. Partan en paz, con la verdad, conciencia y buena voluntad.
»Nuestras plegarias los acompañarán a los misterios del espacio.
He mirado de nuevo por el telescopio a nuestro nuevo hogar. Creo que nuestro grupo es afortunado. Es un planeta ni demasiado joven ni demasiado viejo. Las condiciones de observación eran mejores que anteriormente, con menos nubes en la superficie. Brilla como una perla azul. Una gran parte de lo que vi estaba cubierto por agua, unos dos tercios de su superficie, según me dicen, están cubiertos por el agua. Irá bien esto de estar en un lugar en que la irrigación y el suministro de agua no sean uno de los problemas principales de la vida. Sin embargo, esperamos poder aterrizar en tierra firme o habrá grandes dificultades.
También he mirado a algunos de los lugares a los que irán destinados otros Globos, algunos pequeños, otros grandes, unos nuevos y otros que con la superficie cubierta por las nubes son un misterio. Uno de ellos, por lo menos, es viejo y no está mucho mejor que nuestro pobre Forta, aunque los astrónomos dicen que puede servir de sostén a la vida durante varios millones de años. Pero me alegro de que nuestro grupo vaya al resplandeciente mundo azul; me parece que nos llama y esto me ayuda a aquietar mis temores por el viaje.
No es que actualmente me preocupe mucho el miedo; durante el pasado año he aprendido algo sobre el fatalismo. Partiré en el Globo y el gas anestésico me adormecerá sin que me dé cuenta. Cuando me despierte otra vez, estaré en el nuevo mundo resplandeciente… Si no me despierto será que algo ha funcionado mal, pero yo nunca lo sabré.
En realidad es muy sencillo, si se tiene fe.
Esta tarde he ido a mirar los Globos; a contemplarlos de una manera objetiva por última vez. Mañana, con la agitación y los preparativos, no habrá tiempo para reflexionar y así será mejor.
¡Qué obra tan asombrosa! Casi se podría decir que es imposible que se hayan construido. Su montaje implica más trabajo del que se puede contar. Más parece que van a aplastar la tierra y hundirse en el mismo Forta que sean capaces de volar por el espacio. ¡Los objetos más macizos que se han construido jamás! Me parece casi imposible creer que hayamos podido erigir estas treinta montañas de metal y, sin embargo, ahí están, listas para mañana.
Y algunas de ellas se perderán.
¡Oh, Dios! Si la nuestra sobrevive, no nos dejes olvidar. Haz que seamos dignos de este esfuerzo supremo.
Es muy posible que éstas sean las últimas palabras que escribo. Si no es así, será en un nuevo mundo y bajo un cielo extraño que continuaré.

—No debería usted haberlo tocado —dijo el inspector de policía moviendo la cabeza—. Debería haberlo dejado allí hasta que las autoridades indicadas lo hubiesen inspeccionado.
Mister Fontain inquirió fríamente:
—¿Quiénes son las autoridades indicadas para la inspección de meteoritos?
—Esto no importa. Usted no podía tener la seguridad de que era un meteorito y en estos días pueden caer del cielo muchas cosas que no sean meteoritos. Incluso ahora que ya lo han sacado, tampoco pueden estar seguros.
—No parece que sea otra cosa.
—Igualmente tendrían que habérnoslo dejado a nosotros. Puede ser algún aparato que todavía esté en la lista secreta.
—Naturalmente, la policía sabe perfectamente cuáles son las cosas que están en la lista secreta, ¿no es así?
A Sally le pareció que ya era hora de que interviniese.
—Bueno, ahora ya sabemos lo que tenemos que hacer la próxima vez que caiga un meteorito, ¿verdad? Me parece que lo mejor será que vayamos a verlo. Está en el cobertizo; no tiene aspecto de un arma secreta.
Los precedió por el patio y continuó hablando para impedir que su padre y el inspector de policía se enzarzasen en otra discusión.
—Casi no se hundió nada, de manera que los hombres llegaron pronto hasta él; tampoco estaba lo caliente que suponíamos y lo pudieron manejar con facilidad.
—No dirías "con facilidad" si hubieses oído los juramentos que lanzaban debido a su peso —observó el padre.
—Aquí está —dijo Sally haciendo entrar a los otros tres en un cobertizo de un solo piso que olía a almizcle.
El meteorito no tenía nada de impresionante. Estaba colocado en medio del suelo de tablas y sólo era una esfera de aspecto metálico, picada y áspera, de unos sesenta centímetros de diámetro.


—Como arma, lo único que me recuerda es una bala de cañón —dijo mister Fontain.
—Son las órdenes —replicó el inspector—. Nos han indicado que cualquier objeto misterioso que caiga del cielo tiene que permanecer donde esté sin que nadie lo toque hasta que lo haya visto un experto del Ministerio de la Guerra. Ya les hemos informado y no deben tocarlo hasta que lo hayan inspeccionado.
Graham, que hasta entonces no había tomado parte en la conversación, se adelantó y puso la mano sobre el meteorito.
—Ya está casi frío —informó—. ¿De qué estará hecho? —añadió con curiosidad. 
Mister Fontain se encogió de hombros.
—Probablemente es un trozo cualquiera de hierro meteórico. Lo único que me parece extraño es que no estallara al caer. Si es un arma secreta no me parece muy eficaz.
—No importa. Tengo que ordenarles que no lo toquen hasta que llegue el experto —indicó nuevamente el inspector.
Empezaron a regresar al patio, pero en el umbral se detuvo.
—¿Qué es este siseo? —preguntó sin moverse.
—¿Siseo? —repitió Sally.
—Una especie de ruido silbante. ¡Escuchen!
Se quedaron inmóviles mientras el inspector tenía la cabeza ligeramente ladeada. No se podía negar que había un sonido ligero pero persistente que casi no se podía oír. Era difícil de localizar. Por un impulso común todos miraron inseguros a la esfera. Graham dudó y luego volvió a entrar. Se inclinó sobre ella con la oreja derecha apoyada en la superficie.
—Sí —afirmó—, aquí es.
Luego se le cerraron los ojos y se tambaleó. Sally corrió hacia delante y lo cogió antes de que llegase al suelo. Los otros la ayudaron a llevarlo afuera. Al aire fresco se reanimó casi en seguida.
—¡Es extraño! ¿Qué me ha pasado? —preguntó.
—¿Está seguro de que el sonido proviene de esa cosa? —preguntó el inspector.
—Desde luego, no hay lugar a dudas.
—¿No notó un olor extraño? 
Graham levantó las cejas:
—¡Ah! ¿Quiere decir gas? No, me parece que no.
—Hum —dijo el inspector y mirando triunfalmente al anciano, añadió—: ¿Es normal que los meteoros siseen?
—¡Ejem!, en realidad no lo sé, pero me parece que no —admitió mister Fontain.
—Bueno, pues en estas circunstancias me parece preferible que nos retiremos a un lugar abrigado en el otro lado de la casa, por si acaso, mientras esperamos a que llegue el experto —anunció el inspector.

Extracto del diario de Onns:
Estoy asombrado. Acabo de despertarme. ¿Habrá ocurrido o será que no hemos llegado a salir? No puedo decirlo. ¿Hace una hora, un día, un año o un siglo que entramos en el Globo? No, no puede haber sido hace una hora; estoy seguro de ello por el cansancio de las piernas y el dolor que siento en todo el cuerpo. Nos habían advertido que:
—No sabrán nada —dijeron—, hasta que todo haya terminado. Luego se sentirán físicamente cansados porque sus cuerpos habrán estado sometidos a grandes esfuerzos. Esto pasará pronto, pero les daremos algunas cápsulas de alimento concentrado y estimulantes para ayudarles a sobreponerse a los efectos con más rapidez.
Me he tomado una cápsula y noto que ya me hace efecto, pero incluso así se me hace difícil pensar que ya ha pasado todo.
Parece que hace muy poco tiempo que trepamos por el largo pasadizo hasta el interior del Globo y nos distribuimos en el interior según las instrucciones que nos habían dado. Cada uno de nosotros encontró su compartimiento elástico y se arrastró hasta el interior. Abrí la válvula que hinchaba el espacio entre las paredes interiores y exteriores de mi compartimiento. A medida que el recubrimiento se distendía me sentí elevado sobre un colchón de aire. La parte superior empezó a abultarse hacia abajo y los costados a cerrarse. Así esperé, aislado contra los choques en todas direcciones.
Esperar, pero ¿qué? Todavía no puedo decirlo. En un momento dado, al parecer, estoy estirado, fresco y fuerte: al siguiente, cansado y dolorido.
Solamente esto me puede indicar que acaba de terminar una vida y que otra nueva empieza. Mi compartimiento se ha deshinchado. Las bombas han cambiado el gas por aire fresco. Esto quiere decir que ahora nos encontramos en aquel magnífico planeta de color azul resplandeciente y que Forta sólo es una motita en nuestro nuevo cielo.
Sabiendo esto, me siento diferente. Toda mi vida pasada he estado en un planeta moribundo donde nuestro mayor enemigo era el descorazonamiento mortal. Pero ahora me siento rejuvenecido; aquí habrá trabajo, esperanza y vida, hay que construir un mundo y un futuro para él.
Oigo los taladros que nos están abriendo camino al exterior. No tengo ni idea de lo que allí encontraremos. Tendremos que observarnos con cuidado y de cerca. Si nos enfrentamos con condiciones duras nos resultará más fácil conservar la fe que si encontramos la abundancia. Pero sea lo que sea este mundo, hay que mantener la fe. Somos los conservadores de un millón de años de historia, un millón de años de conocimientos que hay que preservar.
Sin embargo, tal como dijo Su Excelencia, también tenemos que estar listos para adaptarnos. ¿Quién puede decirnos las formas de vida que ya hay aquí? Apenas es dable encontrar conciencia verdadera en un planeta tan joven, pero ya deben haberse presentado las primeras muestras de vida inteligente. Tendremos que buscarlas y cultivarlas. Quizá difieran de nosotros, pero debemos tener en cuenta que éste es su mundo y hay que ayudarlos en lo que podamos. Debemos recordar que sería una maldad el frustrar incluso una forma extraña de vida en su propio planeta. Si hallamos algún ser de estos, nuestra tarea consistirá en enseñar, aprender, cooperar con ellos y quizás algún día podamos llegar a conseguir una civilización mayor que la del mismo Forta.

—Sargento Brown —dijo el inspector—, dígame, ¿qué está usted haciendo con esto?
El sargento de policía sostenía el fláccido cuerpo del animal colgando de la cola.
—Es un gato, señor.
—Ya lo veo.
—He creído que, quizás, el experto del Ministerio querría examinarlo, señor inspector.
—¿Y por qué cree usted, sargento, que el Ministerio de la Guerra pueda estar interesado en los gatos muertos?
El sargento se explicó. Había decidido entrar en el cobertizo arriesgándose, para tomar nota de los acontecimientos, si es que los había. Recordando la sugerencia del inspector sobre los gases, se había atado una cuerda a la cintura para que lo pudiesen arrastrar hacia atrás si se desmayaba y entró a gatas, manteniéndose lo más bajo posible. Sin embargo, estas precauciones resultaron innecesarias. El siseo había cesado y era evidente que el gas se había dispersado; pudo aproximarse a la esfera sin notar absolutamente nada. Sin embargo, cuando su oreja casi la tocaba, oyó un zumbido débil.
—¿Zumbido? —repitió el inspector—. Usted quiere decir un siseo.
—No, señor; un zumbido —hizo una pausa hasta que se le ocurrió algo similar—. A mi modo de ver lo que se le parece más es el sonido que produce una sierra circular, pero como si la oyese a mucha distancia.
Deduciendo de ello que aquella cosa, fuese lo que fuere, todavía estaba en actividad, el sargento ordenó a los guardias que se pusiesen a cubierto tras un talud de tierra y durante la siguiente hora y media él mismo entró en el cobertizo varias veces, pero no observó ningún cambio.
Había visto al gato deambulando por el patio en el momento en que se sentaban para tomar unos bocadillos y que olfateaba por la puerta del cobertizo, pero no se preocupó por él. Media hora más tarde, al terminar de comer y después de haber fumado un cigarrillo, fue allá para echar otra ojeada y descubrió al gato que yacía junto al meteorito. Al sacarlo se dio cuenta de que estaba muerto.
—¿Gaseado? —preguntó el inspector. El sargento denegó con la cabeza.
—No, señor; eso es lo raro.
Dejó el cuerpo del gato en la parte superior de una valla próxima, y le dio la vuelta a la cabeza para poner al descubierto la parte inferior de la mandíbula. Un pequeño círculo de la negra piel estaba quemado y en el centro de la quemadura había un agujero diminuto.


El inspector tocó la herida y luego se olió el dedo.
—La piel está quemada, de eso no hay duda, pero no huele a humos explosivos —afirmó.
—Esto no es todo, señor.
El sargento le dio la vuelta a la cabeza para revelar otro agujero y quemadura exactamente iguales en la coronilla. Luego sacó del bolsillo un trozo recto de alambre delgado y lo introdujo en el agujero de la barbilla hasta que salió por el otro agujero en la parte superior de la cabeza.
—¿Qué le parece esto, señor? —preguntó.
El inspector frunció el entrecejo. Un arma de calibre diminuto hubiera podido causar una de las heridas, pero tanto la una como la otra parecían el agujero de entrada y salida del mismo proyectil. Pero una bala no salía dejando un agujero tan limpio como aquél, ni chamuscaba el pelo en derredor. Según todas las apariencias tendrían que haber disparado dos balas microscópicas exactamente en la misma línea desde encima y desde debajo de la cabeza, lo que no tenía sentido.
—¿Tiene usted alguna teoría? —le preguntó al sargento.
—Estoy a oscuras, señor —le replicó el otro.
—¿Qué pasa con aquello, ahora? —preguntó el inspector—. ¿Todavía está zumbando?
—No, señor. Cuando entré y descubrí el gato no se oía absolutamente nada.
—Bueno —observó el inspector—, me parece que ya es hora de que llegue el experto del Ministerio.

Extracto del diario de Onns:
¡Este es un lugar terrible! Parece como si nos hubiesen condenado a un infierno fantástico. ¿Puede ser éste el bello planeta azul que parecía llamarnos tan amistosamente? No podemos comprenderlo, estamos confundidos, nuestras mentes estremecen por el horror de este lugar. Nosotros, la flor de la civilización, tenemos que agacharnos ante las horribles monstruosidades que se nos enfrentan. ¿Cómo podemos esperar llegar a instaurar el orden en un mundo como éste?
Estamos ahora escondidos en una oscura caverna, mientras Iss, nuestro jefe, celebra consultas para decidir lo que hay que hacer. Ni uno solo de nosotros le envidia su responsabilidad. ¿Es acaso posible prever algo, no sólo contra lo desconocido, sino también contra lo increíble? Novecientos sesenta y cuatro de nosotros dependemos de él. Había un millar, pero nuestro número se redujo de la siguiente manera:
Oí que se paraba el taladro y luego que lo desmontaban y retiraban de la larga perforación que había efectuado. Poco tiempo después se oyó la llamada de reunión. Salimos de nuestros compartimientos, recogimos nuestros efectos personales y nos encontramos en el vestíbulo central. Sunss, que entonces era nuestro jefe, pasó lista. Respondieron todos excepto cuatro pobres sujetos que no pudieron aguantar el esfuerzo del viaje. A continuación Sunss nos dirigió una breve arenga.
Nos recordó que lo que se había hecho era irrevocable. Nadie sabía todavía qué era lo que nos esperaba en el exterior del Globo. Si por casualidad sucedía que nuestro grupo se dividía, cada una de las partes debía elegir su jefe y actuar independientemente hasta que se volviese a establecer el contacto con el resto.
—Necesitamos valor a largo plazo, no hazañas —nos dijo—. No quiero héroes. Siempre tenemos que pensar en nosotros como en la semilla para el futuro, y todos los granos de esta semilla son preciosos.
Volvió a recalcar la responsabilidad que nos atañía a todos.
—No sabremos, ni ahora ni nunca, qué les ha sucedido a los restantes Globos. En consecuencia, tenemos que actuar como si sólo hubiésemos sobrevivido nosotros y como si todo el prestigio de Forta estuviese en nuestras solas manos.
Fue él el primero en entrar en el pasadizo recién abierto y el primero que posó sus plantas en la nueva tierra. Yo le seguí con el resto poseído de un conflicto de sensaciones tal que nunca lo había experimentado en el mismo grado.
¿Cómo podré describir este mundo al que acabamos de emerger con todas sus cualidades extrañas?
Para empezar de una vez, era lúgubre y sombreado aunque no era de noche. La luz provenía de un panel grande de color gris, situado a gran altura en el oscuro cielo. Desde donde estábamos parecía trapezoidal, pero creo que debe ser un efecto de perspectiva y que en realidad es cuadrado dividido en dos por dos barras oscuras, formando cuatro cuadrados pequeños. En la lobreguez que había sobre nuestras cabezas se podían distinguir una serie de líneas ligeramente más oscuras que se cortaban según ángulos extraños. No soy capaz de adivinar lo que significan.
El terreno en que nos encontrábamos no se parece a nada que conozca. Era una vasta llanura uniforme, pero cubierta por pequeñas rocas sueltas. Los caballones parecían como estratos colocados de lado en lugar de estar uno encima de otro. Todos estaban colocados en la misma dirección y se perdían en la distancia, hundiéndose en la lobreguez que nos rodeaba por todas partes. Cerca de nosotros había una grieta, ancha como mi propia altura, que también se extendía en ambos sentidos siguiendo una línea recta perfecta. A una distancia considerable de ella, había otra exactamente paralela a la primera, más allá una tercera y atisbos de una cuarta.
El hombre que se encontraba a mi lado estaba muy nervioso. Murmuró algo de un mundo geométrico alumbrado por un sol cuadrado.
—¡Tonterías! —le dije con sequedad.
—¿Entonces cómo te lo explicas? —preguntó.
—Yo no me apresuro a hacer deducciones rápidas y fáciles —le dije—. Observo y cuando después he reunido suficientes datos saco conclusiones.
—¿Qué es lo que deduces de un sol cuadrado? —me preguntó; pero no le hice caso.
Pronto nos reunimos todos en el exterior del Globo esperando a que Sunss nos diese instrucciones. Estaba a punto de empezar a hablar cuando le interrumpió un ruido extraño, una especie de suave golpear almohadillado, acompañado en algunas ocasiones por sonido de rascar o arañar. El conjunto resultaba algo ominoso y durante un momento todos nos quedamos helados por la aprensión. Luego, antes de que pudiéramos movernos, apareció un monstruo espantoso detrás de nuestro Globo.
Todos los relatos de los viajeros que conocemos por la historia palidecen ante la realidad de lo que encontramos. Nunca hubiera creído que aquel ser pudiera existir de no haberlo visto. Lo que primero vimos de él fue una cara enorme que asomaba por un costado del Globo a gran altura por encima de nosotros. Su vista hizo estremecer a los más valientes.
Además, era negro, de manera que en la oscuridad era difícil precisar su perfil, pero en la parte superior se ensanchaba y por encima de la cabeza en sí, pudimos atisbar dos orejas erguidas y puntiagudas. Nos miró desde arriba por medio de dos grandes ojos resplandecientes que parecían algo oblicuos.
Durante un momento se quedó inmóvil, luego los grandes ojos parpadearon y se acercó. Las patas que vimos eran como pilares macizos y, sin embargo, se movían con una destreza y control que resultaban asombrosos en algo tan grande. Ambas patas y pies estaban cubiertas por fibras colocadas muy juntas, que parecían tiras de metal negro resplandeciente. Dobló las patas e inclinó la cabeza para mirarnos y el temible hedor de su aliento sopló sobre todos nosotros. Vista de cerca, la cara todavía resultaba más alarmante. Abrió una boca como una caverna y una enorme lengua rosada salió y volvió a entrar. Sobre la boca había enormes espinas puntiagudas colocadas lateralmente y que temblaban. Los ojos, que estaban fijos sobre nosotros, eran fríos, crueles y sin inteligencia.


Hasta entonces habíamos estado como helados, pero en aquel momento el pánico se apoderó de algunos de nosotros. Los que estaban más próximos a él retrocedieron a toda prisa y hacia ellos se movió como un relámpago uno de los monstruosos pies; seguidamente se abatió una enorme garra negra con largas uñas, que salieron de pronto. Cuando se apartó, veinte de nuestros hombres y mujeres no eran más que restos sobre el suelo.
Todos nosotros, excepto Sunss, nos quedamos paralizados. Él, olvidando sus instrucciones sobre la seguridad personal, corrió hacia aquel ser. La gran garra se levantó, quedó un momento inmóvil y se abatió de nuevo. Con este segundo golpe asesino cayeron once más.
Luego volví a ver a Sunss. Estaba en pie entre las garras, tenía entre las manos su palo de fuego y miraba a la monstruosa cabeza que se alzaba sobre él. Mientras le observaba, levantó el arma y apuntó. Parecía una locura atacar contra aquella cosa enorme, una locura heroica. Pero Sunss no era tonto; de pronto, la cabeza se inclinó, una especie de temblor sobrecogió a todas las patas y, sin un sonido, el monstruo se desplomó en el mismo lugar.
Y Sunss estaba debajo; era un hombre muy valiente… Seguidamente Iss se hizo cargo de la jefatura.
Decidió que debíamos encontrar un lugar para ponernos a salvo tan pronto como fuera posible, por si había otros monstruos acechando en las cercanías. Una vez lo hubiéramos encontrado podríamos empezar a sacar nuestros instrumentos y equipo del Globo y ver seguidamente lo que deberíamos hacer. Decidió que nos encaminásemos hacia delante por el ancho camino que limitaban dos de las grietas.
Después de viajar durante un tiempo considerable alcanzamos el pie de un acantilado completamente perpendicular, con curiosas formaciones rectangulares en la cara. En su base encontramos esta caverna que parece extenderse a gran distancia tanto hacia dentro como a ambos lados y tener una altura extrañamente regular. Quizás el hombre que habló de un mundo geométrico no era tan estúpido como parecía…
En cualquier caso aquí estamos a salvo de monstruos como el que mató Sunss. Es demasiado estrecho para que aquellas enormes garras puedan entrar, e incluso las uñas sólo alcanzarían a introducirse corta distancia hacia dentro.

Posteriormente:
¡Ha sucedido algo terrible! Iss y un grupo de veinte fueron a explorar la caverna para ver si podían encontrar una salida al exterior que no fuera la que daba al lugar en que estaba nuestro Globo.
¡Sí, estaba! Tiempo pasado, esta es nuestra calamidad.
Una vez hubo partido, el resto de nosotros esperamos vigilando. Durante algún tiempo no sucedió nada. Evidente y afortunadamente el monstruo estaba solo. Permanecía formando un gran montón en el sitio en que había caído cerca del Globo. Luego sucedió algo extraño. De pronto iluminó la llanura una cantidad de luz mayor, un enorme objeto en forma de gancho descendió sobre el monstruo muerto y lo arrastró fuera de la vista. Luego hubo un ruido atronador que nos estremeció a todos y la luz volvió a disminuir.
No tengo la pretensión de explicar estas cosas, ninguno de nosotros puede comprenderlas. Simplemente hago lo que puedo para tomar notas verídicas.
Pasó otro período mucho más largo sin que sucediese nada. Estábamos empezando a preocuparnos por lo que podría haber pasado a Iss y su grupo, porque ya hacía mucho tiempo que habían salido, cuando sin previo aviso ocurrió lo peor que nos podía sobrevenir.
Nuevamente volvió a iluminarse la llanura. Bajo nuestros pies, la tierra empezó a estremecerse y retumbar con tal violencia en una serie de choques que difícilmente nos podíamos mantener en pie. Atisbando por la boca de la caverna vi algo que incluso ahora me resulta difícil creer. Formas junto a las cuales el monstruo anterior era insignificante: Seres vivos que alcanzaban una altura tres o cuatro veces superior a la de nuestro inmenso Globo. Sé que esto es increíble, pero es la verdad. No era extraño que toda la llanura se estremeciera y retemblase bajo el peso de cuatro de ellos. Se inclinaron sobre nuestro Globo, aplicaron sobre la esfera sus patas delanteras y lo levantaron; sí, verdaderamente alzaron del suelo aquella fantástica masa de metal. Luego las sacudidas aumentaron de intensidad en cuanto estuvieron cargados bajo su peso y se alejaron andando sobre unos pies colosales.
Aquello fue demasiado para algunos de nosotros. Un centenar de hombres salió corriendo de la caverna, maldiciendo, llorando y agitando sus palos de fuego. Pero era demasiado tarde y la distancia muy grande para que pudieran conseguir algo efectivo, además, ¿cómo podíamos esperar hacerles algo a colosos de aquel tamaño?
Ahora se ha perdido nuestro Globo, con todo su precioso contenido. Nuestra herencia ha desaparecido. En este momento no tenemos nada; nada excepto nuestras propias y escasas pertenencias para empezar a construir un nuevo mundo.
Es desconsolador haber trabajado tanto y venido de tan lejos sólo para esto…
No fue aquella la única calamidad. Un momento después llegaron dos de los compañeros de Iss con un relato horrible.
Detrás de nuestra caverna descubrieron una serie de amplios túneles, fétidos por el olor de seres desconocidos y de sus deyecciones. Adelantaron por ellos con dificultad. Varias veces se vieron acosados por diferentes variedades de animales de seis patas y en ocasiones de ocho, todos de aspecto horrible. Muchos de ellos eran mucho mayores que los miembros del grupo, estaban armados con temibles mandíbulas y garras y poseídos por una ferocidad maligna que les hacía atacar en cuanto les veían. Aunque parecían terribles, pronto se hizo evidente que sólo eran realmente peligrosos cuando atacaban inesperadamente, porque no tienen muchos sentidos y los palos de fuego acababan con ellos en un momento en cuanto los veían.
Después de cierto número de estos encuentros Iss logró llegar a campo abierto sin haber perdido ni un solo hombre. Fue cuando regresaban por los túneles que les sucedió la catástrofe. Se vieron atacados por feroces seres grises de la mitad del tamaño de nuestro primer monstruo, y supusieron que serían los constructores de los túneles. Fue una lucha terrible en la que pereció casi todo el grupo antes de poderlos derribar. El mismo Iss había caído y de todos sus hombres sólo aquellos dos estaban en condiciones de hacer el viaje de vuelta para encontrarse con nosotros.
Con esta nueva tragedia que nos ha herido empiezan a decaer nuestro espíritu y nuestro valor.
Hemos elegido a Muin como nuevo jefe. Ha decidido que debemos adelantarnos por los túneles. La llanura que está a nuestras espaldas está completamente desierta, nuestro Globo ha desaparecido, si nos quedamos aquí pereceremos de hambre; en consecuencia tenemos que alcanzar el campo abierto de la otra parte de los túneles, esperando que el sacrificio de Iss no habrá sido en vano y que allá no habrá más monstruos grises que nos ataquen.
Quiera Dios que más allá de los túneles este mundo de pesadilla se termine y todo vaya mejor.
¿Es mucho lo que pedimos, simplemente vivir, trabajar y construir en paz?

Un par de días más tarde Graham fue a ver a Sally y a su padre.
—He creído que les gustaría que les informase sobre su meteorito —le dijo a mister Fontain.
—¿Qué era en realidad? —preguntó el anciano.
—Todavía no lo saben. Han llegado a la conclusión de que no fue un meteoro; pero todavía les tiene intrigados lo que es en realidad. Cuando decidieron llevárselo me entró gran curiosidad y después de mucho parlamentar y de exhibirles mi carnet militar de guerra, consintieron en ceder y dejármelo ver también. En consecuencia, es preferible que lo que les voy a decir lo consideren como confidencial.
»Al observar cuidadosamente el objeto en el centro de investigaciones, parecía ser una esfera sólida de algún metal del que todavía no se tiene ningún informe. En un lugar había un agujero, bastante liso, más o menos de un centímetro y medio de diámetro, que llegaba casi hasta el centro. Como dudaban acerca de la mejor manera de abrirlo, finalmente decidieron cortarlo por la mitad y ver lo que pasaba. En consecuencia montaron en un foso una sierra automática, la pusieron en funcionamiento y todos nos retiramos a una distancia razonable, por si acaso. Ahora todos ellos están un poco más intrigados que antes.


—¿Por qué, qué es lo que sucedió? —preguntó Sally.
—En realidad no sucedió nada. Cuando la sierra hubo cortado, la desconectamos y acudimos allí, encontrando la esfera dividida en dos mitades. Pero no eran mitades sólidas, como habíamos esperado. Había una corteza sólida de metal de unos 15 centímetros de espesor, luego unos dos centímetros de polvo suave y fino que tiene unas propiedades aislantes que han interesado mucho. Luego, dentro de una pared metálica más fina había una extraña formación de celdas que más parecían la sección de una colmena que otra cosa, sólo que estaban hechas de un material flexible que parecía caucho y todas ellas completamente vacías. A continuación, una faja de unos 5 centímetros, dividida esta vez en compartimientos metálicos bastante mayores que las celdas de la parte exterior y atestadas de toda clase de cosas, paquetes de tubos diminutos, cosas que parecen pequeñas semillas, diferentes clases de polvos que se vertieron al dividir el aparato y que todavía no se han examinado bien. Finalmente, un espacio de 10 centímetros, en el centro, separado en capas par docenas de aletas finas como el papel y por otra parte completamente vacío.
—De manera que ésta es el arma secreta, y si usted puede deducir algo de todo esto, estoy seguro de que a la gente del Ministerio les encantará oírlo. Incluso la capa de polvo les ha decepcionado porque no es explosiva. Ahora se preguntan mutuamente qué diablos era el objeto de ese artefacto.
—Qué decepción; parecía un meteorito hasta que empezó a sisear —dijo mister Fontain.
—Uno de ellos ha sugerido que en cierto modo quizá lo sea. Una especie de meteorito artificial —dijo Graham—. Sin embargo, para el resto de los expertos esto suena demasiado fantástico, porque creen que si, en cualquier caso, se pudiese enviar algo a través del espacio, probablemente tendría otro aspecto.
—Sería interesante si así fuese —dijo Sally—. Quiero decir que sería una cosa mucho más esperanzadora que si sólo se trata de un arma secreta más. Vendría a ser como una especie de señal de que algún día también podremos hacerlo nosotros.
»Piensa en lo fantástico que sería que verdaderamente pudiésemos hacerlo. Piensa en la cantidad de gente que están hartos de armas secretas, guerras y crueldades, y que podrían partir un buen día en una gran nave hacia un nuevo planeta en donde podrían empezar una vida nueva. Podrían dejar atrás todo lo que hace que este pobre mundo sea cada día más desagradable. Todo lo que queremos es un lugar en donde la gente pueda vivir, trabajar, construir y ser feliz. Si pudiéramos empezar de nuevo en otro lugar, qué mundo tan maravilloso podríamos…
Se interrumpió de pronto al oír unos frenéticos ladridos en el exterior, y dio un salto al oír que se convertía en un largo aullido.
—¡Es Mitty! —dijo—. ¿Qué le habrá…? 
Los dos hombres la siguieron al exterior.
—¡Mitty, Mitty! —llamó, pero no hubo respuesta del perro ni se oyó ningún ladrido más.
Rodearon la casa hacia la izquierda, de donde parecía haber provenido el aullido. Sally fue la primera en ver la mancha blanca entre la hierba junto a la pared del cobertizo. Corrió hacia allí llamando al perro, pero éste no se movió.
—¡Pobre Mitty! —dijo—. ¡Debe estar muerta! 
Se arrodilló junto al cuerpo inmóvil del perro.
—Está muerta —repitió—. No sé qué…
Se interrumpió abruptamente y se puso en pie.
—¡Oh, qué dolor! Parece que me ha picado algo —dijo tocándose la pierna mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.
—¿Pero qué diablos…? —empezó a decir su padre mirando al perro—. ¿Qué son estos bichos, hormigas…?
Graham se agachó para ver mejor.
—No, no son hormigas; no sé lo qué son.
Cogió uno de aquellos seres diminutos y se lo puso en la palma de la mano para mirarlo más de cerca.
—Nunca he visto nada parecido —afirmó. Mister Fontain, a su lado, también lo miraba.
Tenía un aspecto extraño, de menos de medio centímetro de longitud. El cuerpo parecía una semiesfera casi perfecta, con el lado plano hacia abajo y la superficie de la parte curva coloreada de rosa, y brillante como el caparazón de una mariquita. Parecía un insecto, excepto que sólo tenía cuatro patas cortas. No tenía cabeza claramente definida; sólo dos ojos colocados en el borde de la cúpula brillante. Cuando lo miraban se puso en pie sobre dos de las patas, mostrando la parte inferior pálida y plana, con una boca colocada justamente debajo de los ojos. En las patas delanteras sostenía un trocito de hierba o de alambre delgado.
Graham notó de pronto un dolor agudo en la mano.
—¡Maldita sea! —dijo sacudiéndola—. Vaya pinchazo. No sé lo que son, pero desde luego no conviene tenerlos cerca. ¿Tienes un pulverizador a mano?
—Hay uno en el cobertizo —le dijo mister Fontain, y luego preguntó, dirigiéndose a su hija—. ¿Te encuentras mejor?
—Me duele horrores —dijo Sally entre dientes.
—Espera un momento mientras acabamos con ellos, y luego miraremos tu herida —le dijo su padre.
Graham volvió corriendo con el pulverizador en la mano. Mirando por los alrededores descubrió varios centenares de aquellos bichitos rosados, andando hacia la pared del cobertizo. Les echó encima una nube de insecticida y observó cómo sus movimientos se hacían más lentos, movían débilmente las patas, y luego quedaban inmóviles. Para asegurarse pulverizó más insecticida por los alrededores.
—Esto les bastará —dijo—, vaya unos bichitos malignos. Jamás vi cosa semejante. ¿Qué diablos serán?


FIN