2024/07/15

La estrella (H. G. Wells)


Título original: The star
Año: 1897


El día de Año Nuevo tres observatorios distintos señalaron casi simultáneamente una perturbación en los movimientos del planeta Neptuno, el más lejano de los que giran en torno del Sol.
Ya en el mes de diciembre el astrónomo Ogilvy había llamado la atención del mundo científico sobre una sospechosa disminución de la velocidad del planeta, noticia que apenas si conmovió a una docena de sabios de esos que se pasan la vida con el telescopio asestado al firmamento. Y es natural que así fuese, por cuanto a buena parte de los habitantes de la Tierra no les interesa gran cosa lo que ocurre en un planeta cuya existencia les es poco menos que desconocida.
Las gentes se preocuparon aún menos de las nuevas observaciones de Ogilvy respecto a la aparición de un cuerpo celeste, animado y lejanísimo, que había podido descubrir el referido astrónomo poco tiempo después de comprobarse la disminución de velocidad del planeta Neptuno.
Los astrónomos dieron desde luego al asunto la importancia que merecía, aumentando su intranquilidad cuando advirtieron que la masa recientemente descubierta aumentaba cada día más de dimensiones, que se hacía mas brillante, que sus movimientos eran por completo diferentes de la revolución normal de los planetas y que la desviación de Neptuno y de su satélite adquiría proporciones sin precedentes.
Sin tener cierto grado de cultura científica no puede uno darse exacta idea del enorme aislamiento del sistema solar. El Sol, con sus planetas, planetoides y cometas, flota en un vacío inmenso, que la imaginación concibe difícilmente. Más allá de la órbita de Neptuno está el vacío sin calor, luz ni sonido, el vacío incoloro y triste, prolongándose treinta millones de veces un millón de kilómetros. Y téngase presente que esa cifra abrumadora es la menor evaluación de la distancia que sería preciso atravesar antes de llegar a la mas próxima de las estrellas.
Pues bien, excepto algunos cometas menos densos que la llama del alcohol, no se tenía memoria de ningún cuerpo celeste que hubiera atravesado ese abismo espantoso. Júzguese ahora cuánta no sería al comenzar el siglo XX la zozobra de los sabios, viendo precipitarse inopinadamente en el sistema solar el extraño vagabundo señalado por Ogilvy, cuerpo sólido y enorme sin duda, a juzgar por las perturbaciones que originaba; temible intruso que llegaba del tenebroso misterio de los cielos con aviesas intenciones…
El día 2 de enero todos los telescopios de algún fuste pudieron ver al desconocido viajero sideral cerca de Régulo, en la constelación del León. Su aspecto era el de un punto, de diámetro apenas sensible. En pocas horas fue divisado con la ayuda de simples gemelos de teatro.
Aquellas personas amigas de leer periódicos en ambos hemisferios pudieron enterarse el día 3 de que, en realidad, tenía inmensa importancia la insólita aparición celeste. Un diario de Londres tituló la noticia: Una colisión de planetas, y publicó la opinión de Duchaine, según la cual este recién aparecido planeta chocaría probablemente con Neptuno.
Los escritores profesionales trataron el asunto con la extensión merecida; los cronistas y gacetilleros se encargaron luego de familiarizar a los más legos en materias astronómicas con las ideas vertidas por los sabios; la tinta de imprenta corrió a mares, y veinticuatro horas después la mayor parte de las grandes capitales del mundo se hallaban en la expectativa, aunque vaga desagradable, de un inminente fenómeno astronómico.
Durante la noche del 5 de enero millones de ojos se fijaban en el cielo… para no ver otra cosa que las antiguas y familiares estrellas, tan brillantes y tranquilas como siempre lo habían estado.
El astro apareció en el cielo de Londres un poco antes, en esos momentos en que Pólux desaparece y las estrellas comienzan a palidecer. Fue aquélla una aurora tristísima de invierno londinense; aurora fría, sin arreboles, silenciosa, de luz malsana que luchaba desventajosamente con los mecheros de gas y los grandes focos eléctricos de los muelles del Támesis.
Los soñolientos policías distinguieron la estrella; las gentes de los mercados, a pesar de no impresionarles extraordinariamente las cosas de allá arriba, se pararon y permanecieron buen rato mirando el astro; los obreros camino de la obra, los repartidores de leche, los cocheros de los furgones de correos, los trasnochadores que regresaban a sus casas fatigados y pálidos, los vagabundos sin hogar, los centinelas en sus garitas, el labrador en la campiña, los cazadores furtivos, los vigías marinos, todo el mundo, en fin, que vive de noche, pudo admirar la hermosa estrella que acababa de aparecer en el occidente.
La estrella era, sin duda, la más brillante del cielo, mucho más refulgente que la admirable Estrella del Sur. Una hora después de salir el Sol aún seguía despidiendo el maravilloso astro blanquísima luz.
Aquello fue considerado por el vulgo como anuncio de calamidades sin cuento. Los astrónomos, cada vez mas preocupados, no abandonaban sus observaciones. En éstos se trocó pronto la primera sobreexcitación en verdadero terror, al advertir que los dos lejanos astros, en su vertiginosa carrera, parecían perseguirse. Requiriéronse los aparatos fotográficos, los espectroscopios, todos los instrumentos necesarios para estudiar el nuevo y sorprendente fenómeno de la destrucción de un mundo. Porque era un mundo, un planeta hermano del nuestro, mucho mayor que la Tierra, ciertamente, el que de modo tan repentino se lanzaba hacia la muerte. Neptuno debía haber sido herido de lleno por el astro extraño llegado de las profundidades del espacio, y a consecuencia del choque, sus dos globos sólidos se habían convertido en una inmensa masa incandescente.
El día 6, dos horas antes del alba, la estrella blanca y pálida describió su órbita en el cielo y desapareció por el oeste.
Los mas maravillados eran los marinos, esos habituales contempladores de las estrellas, a quienes no habían llegado aún las recientes observaciones de los sabios. En sus peregrinaciones a través del océano habían advertido la presencia del nuevo astro que, como una Luna minúscula, subía, subía, hasta llegar al cénit, pasaba por encima de sus cabezas, e iba, por último, a hundirse en el mar por el oeste con las últimas sombras de la noche
Cuando la estrella hizo su aparición en la noche del 7, multitudes ansiosas espiaban su llegada en las pendientes de las colinas, en las llanuras, en los tejados de los edificios. El astro surgía precedido de un resplandor blanco parecido al brillo de un incendio. Los que lo habían visto aparecer la noche antes exclamaban; "¡Hoy es mayor! ¡Hoy es más deslumbrador!…" Efectivamente, la Luna misma, próxima a desaparecer mas allá del horizonte occidental, era mucho mas pequeña que la nueva estrella, comparando sus dimensiones aparentes, y desde luego mucho menos brillante, a pesar de hallarse casi en plenilunio.
—¡Mírenla! —decía la gente aglomerada en las calles—. ¡Qué hermosa! ¡Qué brillante!


Entre tanto, en los oscuros observatorios, los sabios que seguían el curso del fenómeno contenían la respiración y se interrogaban con su mirada.
—¡Se aproxima! ¡Está más cerca! —Tales eran las terribles palabras de la ciencia a cada nueva observación.
—Está más cerca —repetía el telégrafo, transmitiendo la alarmante nueva a millares de ciudades.
—Está más cerca —decía la gente, sugestionada por la idea de una posible catástrofe. Los empleados en los escritorios suspendían el trabajo para pensar en las fatídicas profecías de los astrónomos; los transeúntes se detenían en las calles para interrogarse sobre el significado inimaginable del amenazador "Está más cerca". Y esta intranquilidad, esta preocupación, se extendía desde la ciudad a las aldeas, desde las aldeas a los campos. Los que habían leído la noticia sobre las azules cintas del telégrafo se apresuraban a comunicarla a todo el que encontraban al paso. Las damas aristocráticas supieron la nada tranquilizadora nueva entre un vals y un rigodón. Sus bellas boquitas sonrientes y frescas formularon, poco más o menos, esta pregunta:
—¿Es cierto que se acerca? ¡Es curioso! ¡Esos astrónomos deben ser muy hábiles cuando descubren horrores semejantes!
Y las hermosas seguían sonriendo y bailando, sin importarles, después de todo, que la estrella se aproximase o se alejase.
La gente sin casa ni hogar, obligada a ir de un lado para otro durante la noche glacial, con objeto de no morir de frío, se consolaba mirando al cielo, y decía:
—¡Qué bien haces en acercarte! ¡La noche es tan fría como la caridad! ¡Ven, si has de traer contigo calor bastante para reconfortar nuestros miembros ateridos!
Una pobre mujer, arrodillada al lado de un cadáver y deshecha en amarguísimo llanto, exclamaba:
—¡Y a mí qué puede ya importarme el que haya una estrella más!
El estudiante, levantado con la aurora para repasar el programa de exámenes, se distrajo de sus labores, y planteando un problema de física astronómica, empezó a hacer cálculos y más cálculos, mientras que la gran estrella blanca enviaba sobre la mesa de trabajo la pálida caricia de su luz azulada.
—¡Centrífuga!.. ¡Centrípeta!… ¡Esto es!… —decía el estudiante, apoyando la cabeza en la palma de la mano—. Detenido un planeta en su camino y suprimida instantáneamente su fuerza centrífuga, ¿qué ocurriría? Sin duda, obedeciendo el planeta a su fuerza centrípeta, se precipitaría en el Sol… y en ese caso... ¿Nos encontramos nosotros en su camino?
El día siguiente fue como los anteriores. Con los últimos jirones de las tinieblas glaciales se elevó sobre el horizonte el extraño astro. Despedía tanto brillo, que la Luna, en su cuarto creciente, parecía no ser sino un pálido y amarillento espectro de la nueva estrella flotando inmensa en su vaguedad del crepúsculo.
El matemático se hallaba delante de un pupitre atestado de papelotes. Acababa en aquel momento sus cálculos. En un diminuto pomo veíanse aún algunos gramos de la droga que le había sostenido despierto durante cuatro eternas noches. Durante el día, el matemático daba sus clases reglamentarias con la misma paciencia, con la misma sabiduría que de costumbre. Luego, terminados los penosos deberes profesionales, volvía a sus cálculos y a sus trabajos de sabio solitario. Su grave fisonomía hallábase fatigada y exangüe a consecuencia de la prolongadísima vigilia… Aquella noche el matemático se levantó de su pupitre con aire de triunfo, llegóse a la ventana y contempló la estrella como se mira a los ojos de un enemigo valeroso.
—¡Puedes darme la muerte —dijo el sabio—, pero ya te tengo como a todo el universo dentro de estos estrechos límites de mi cerebro! Y ahora —añadió dirigiendo una mirada desdeñosa al pomo de la droga—, eres inútil, sustancia maldita. ¡En verdad que ya no es necesario dormir ni estar despierto!
Al día siguiente, el matemático entró en su cátedra con la puntualidad acostumbrada. Colocó el sombrero encima de la mesa, según costumbre, y cogió un pedazo de tiza. Era ésta una manía singularísima del maestro. ¡Imposible explicar sin aquel trocito de yeso entre los dedos! Los muchachos se burlaban donosamente de la curiosísima chifladura. El matemático dirigió a sus discípulos una mirada tristísima. ¡Pobres niños, tan frescos, tan sonrientes!… ¡Daba pena decirles nada! Pero era su deber de maestro y de sabio.
—Hijos míos —murmuró—, circunstancias especiales, ajenas por completo a mi voluntad, van a impedirme acabar este curso… ¡Hablando claramente, voy a decirles que el hombre ha vivido en vano!
Los muchachos empezaron a comprender.
Aquella noche la estrella hizo su aparición más tarde, porque su propio movimiento hacia el este la había arrastrado un poco, desde la constelación del León hacia la de la Virgen. Su brillo era tan intenso que el cielo, a medida que aquélla se elevaba, fue adquiriendo una coloración luminosa. Las estrellas, a excepción de Júpiter, Capella, Aldebarán, Sirio y los Perros de la Osa, palidecieron cada vez más borrándose del firmamento. En muchos países del mundo pudo observarse que el nuevo astro presentaba aquella noche un rabo grandísimo. A simple vista se notaba ya el aumento de volumen. Contemplando la estrella desde los puntos inmediatos a los trópicos, parecía tener la cuarta parte de las dimensiones de la Luna.
Lo más extraño era que, no obstante la pequeñez de aquella segunda Luna, su luz era tan viva que podía leerse, sin gran esfuerzo, en plena calle un periódico o un libro.
La noche del 10 de enero no durmió nadie en la Tierra. De las campiñas, como de las grandes ciudades, subía un sordo murmullo, semejante al zumbido de una colmena. El lento tañir de millares de campanas recordaba al hombre en toda la cristiandad que había llegado el momento de pedir a Dios misericordia. Ajena a estas angustias humanas, la estrella blanca y pálida seguía inmutable su carrera desesperada a través del espacio, inundando de claridad terrorífica este pobre mundo sublunar. Los mares que rodean a los países civilizados eran surcados por enjambres de barcos, llevando a bordo centenares de pasajeros. Los barcos huían hacia el norte. Porque el aviso del matemático famoso había sido ya telegrafiado a todo el mundo y traducido a todos los idiomas.
El nuevo planeta y Neptuno, confundidos en un abrazo de fuego, avanzaban vertiginosamente con dirección al Sol. A cada segundo, la enorme masa incandescente franqueaba centenas de kilómetros.
Acaso el peligro no debía ser tan inmediato como aseguraba la ciencia. Según los cálculos de los astrónomos, el nuevo planeta debía pasar a 150 millones de kilómetros de la Tierra; de modo que su influencia debía ser escasa. Pero cerca de su camino previsto, hasta entonces nada perturbado, se encontraban el enorme planeta Júpiter y sus lunas girando espléndidamente en torno del Sol La atracción entre la estrella deslumbradora y el mayor de los planetas crecía ya por momentos. ¿Y cuál iba a ser el resultado de esa atracción? Sin duda, Júpiter se desviaría de su órbita haciendo una curva elíptica, y la estrella ardiente, separada por atracción de su marcha hacia el Sol, describiría una curva y quizá chocaría con la Tierra o, al menos, pasaría muy cerca de ella.


En cuanto a las consecuencias de esta aproximación, ya nos había profetizado así el terrible matemático: "Terremotos, erupciones volcánicas, ciclones, altas mareas, ríos desbordados y una elevación constante y regular de la temperatura hasta límites imposibles de calcular". La estrella seguía brillando con siniestros fulgores en la inmensidad del firmamento, como si tratara de confirmar los tristes vaticinios de la ciencia. Su luz fría y lívida era así como el anuncio inmutable del próximo cataclismo.
Muchas personas que hasta aquella noche no la habían mirado con atención, pararon mientes en ella y advirtieron que, en efecto, el fatídico astro se aproximaba a ojos vistas. Y aquella noche comenzaron ya a sentirse los efectos de la aproximación. El clima cambió bruscamente, convirtiéndose las ráfagas heladas de enero en brisas templadas de primavera. En toda la Europa central se inició el deshielo.
No vaya a imaginarse el lector que porque hayamos hablado antes de muchedumbres elevando al cielo sus plegarias durante la noche, o refugiándose a bordo de los buques o huyendo en dirección a las montañas, se encontraba ya el mundo presa del terror infundido por la estrella. Nada de eso. El uso y la costumbre seguían aún dirigiendo a los humanos. Aparte de que las conversaciones versaban casi siempre en los momentos de ocio sobre el amenazador fenómeno astronómico, el 90% de los hombres continuaba entregado a sus quehaceres habituales. Las tiendas y almacenes abrían y cerraban sus puertas a sus horas de costumbre, los médicos y las empresas funerarias proseguían su productiva industria, los obreros concurrían a las fábricas, los soldados hacían los ejercicios, los sabios estudiaban, los enamorados se buscaban, los ladrones realizaban sus fechorías, los políticos redactaban sus programas de gobierno, las rotativas de los grandes diarios funcionaban con febril actividad. Más de un párroco se negó obstinadamente a abrir las puertas de la casa de Dios a las gente atemorizada afirmando que el pánico de aquellos insensatos era absurdo e impío.
Los periódicos recordaban que en el año 1000 los pueblos habían sentido algo parecido, creyendo próximo el fin del mundo. No faltaba algún astrónomo que, con la autoridad de su saber, intentara tranquilizar a la humanidad, asegurando que, después de todo, la estrella tal vez no era un cuerpo sólido, sino una masa de gases inflamados, y que su choque con la Tierra, de verificarse éste, no podía tener las consecuencias desastrosas que alguien había vaticinado.
Aquella noche, precisamente según los avisos del Observatorio de Greenwich, la estrella iba a encontrarse en el punto más próximo a Júpiter. Los habitantes de la Tierra sabían desde aquel momento el giro que debían tomar las cosas. Los cálculos y profecías del gran matemático eran calificados por muchos escépticos de hábil y laborioso reclamo. Por último, el buen sentido, algo acalorado por las discusiones, evidenció sus convicciones inalterables yéndose a acostar. Y esto no ocurrió sólo en los países civilizados; también en las regiones del planeta donde domina la barbarie, las multitudes, cansadas de mirar al cielo, se entregaron al descanso, o se diseminaron por las selvas para entregarse a la caza o a las dulzuras del amor.
Al comenzar la noche del día inmediato, los europeos que seguían con interés el fenómeno, vieron elevarse la estrella una hora mas tarde que de costumbre, sin que aparentemente hubiera aumentado el tamaño. Sobra decir que los vaticinios fúnebres del gran matemático empezaron a servir de tema jocoso. Nadie tomaba ya la cosa en serio. Esta agradable incredulidad duró poco. La verdad era que la estrella crecía de nuevo, que crecía de hora en hora con una terrible persistencia, que cada minuto que pasaba eran más brillantes sus rayos, más inquietante su aspecto. Entonces dijo un periódico que si la estrella seguía su marcha hacia la Tierra en línea recta, si no ejercía sobre ella influencia la atracción de Júpiter, podría salvar la distancia intermedia en veinticuatro horas.
No fue así, sin embargo; la estrella empleó mas de cinco días en acercarse a nuestro planeta. Durante la noche inmediata su volumen aparente era el de una tercera parte de la Luna. Cuando apareció sobre el horizonte en América tenía el mismo tamaño que nuestro satélite, despidiendo una claridad cegadora y, si vale la palabra, quemante.
A medida que ascendía la estrella en el firmamento aumentaba la violencia del aire, un aire caliente como el que precede a las tempestades de verano. En Virginia, en Brasil y en el valle de San Lorenzo el astro brillaba de modo intermitente, a través de densas masas de nubes que corrían con velocidades y aspectos fantásticos, iluminadas a veces por relámpagos de color violeta oscuro, y que arrojaban de vez en cuando sobre la Tierra granizadas de una violencia desconocida. En Manitoba ocurrieron inundaciones terribles por la rápida fusión de los hielos. La nieve empezó a derretirse aquella noche en todas las montañas de la Tierra. Los grandes ríos que procedían del interior de los continentes empezaron a arrastrar en sus aguas enturbiadas cadáveres de personas y de animales, que quedaban luego depositados sobre las tierras bajas. Los desbordamientos se sucedían cada vez mayores, arrasando ciudades y devastando campiñas. Las muchedumbres huían del mortal abrazo de las aguas, escalando en confuso tropel las montañas.
En todo el litoral de América del Sur y en el Atlántico austral llegaron las mareas a un nivel jamás conocido. Las tempestades empujaron las aguas tierra adentro cuarenta y cincuenta kilómetros; muchas ciudades enteras quedaron por completo sumergidas.
El calor se hizo insoportable aquella noche; tanto que la aparición del Sol a la mañana siguiente pareció llevar consigo la frescura de las sombras de la noche.
Los terremotos eran ya violentísimos y numerosos, especialmente en toda América, desde el Círculo Ártico al cabo de Hornos. Ante aquel incesante trepidar de la tierra, abriéronse los flancos de las montañas, desaparecieron islas y promontorios, se desplomaron a millares edificios y muros, aplastando un número incalculable de gentes. Una vertiente del Cotopaxi se hundió tras una rápida y vasta convulsión, dejando paso a un mar de lava tan alto, tan ancho, tan rápido y tan fluido que sólo tardó un día en llegar al océano.
La estrella, escoltada por la oscurecida Luna, atravesó el Pacífico, llevando en pos de sí, como si fueran los paños flotantes de una túnica, el huracán y la ola gigantesca, espumosa y destructora; el huracán y la ola, inconscientes trabajadores de la muerte, ejecutando su siniestra obra sobre las islas, hasta no dejar rastro humano sobre ellas…
Hubo ya un momento en que la ola creció hasta convertirse en muralla líquida de veinte metros de altura y que, rugiendo con intensidad espantosa, rebasó las extensas costas de Asia, precipitándose en las vastas llanuras de China. La estrella, cada vez más fulgurante, mas enorme y más ardiente que el Sol en toda su fuerza, era contemplada por millones de hombres enloquecidos por el pánico, que huían, huían, sin derrotero fijo, mientras la muralla de agua salobre avanzaba sobre los campos, penetraba en las ciudades y sembraba por doquier la destrucción y la muerte.


La gran estrella pasó como un globo de fuego por encima de Japón, de Java y de todas las islas del Asia oriental. Densas nubes producidas por el humo y la ceniza de los volcanes la ocultaban en ocasiones. Cuando reaparecía sobre el firmamento era para hacer brillar con mas fuerza los torrentes de lava que surgían de las entrañas de la tierra y los inmensos espacios de terrenos anegados por el mar. Las inmemoriales nieves del Tibet y del Himalaya, al fundirse, se precipitaron sobre las llanuras de Birmania y del Indostán a través de millones de canales. El rebaño humano huía a lo largo de los caminos, siguiendo las márgenes de los ríos, hacia el mar, última esperanza de salvación de los hombres en todos los grandes cataclismos terrestres.
El océano tropical había perdido su fosforescencia; torbellinos gaseosos se elevaban de la superficie de las aguas. Ocurrió entonces un prodigio. Los que esperaban en Europa la salida del astro creyeron que la Tierra había cesado de girar al advertir una noche la ausencia de la estrella. En medio de una incertidumbre espantosa transcurrieron horas y mas horas sin que apareciese en el horizonte el astro amenazador. Por primera vez desde hacía mucho tiempo pudieron contemplar los hombres la magnificencia del cielo estrellado. Diez horas después surgió la estrella. El Sol salió a los pocos minutos; su masa incandescente parecía un disco sombrío, recostándose sobre el fondo luminoso y blanco de la estrella.
Calamidades nunca vistas seguían afligiendo a la Tierra. En una noche se inundó toda la llanura del Indostán desde el Indo hasta las bocas del Ganges. De la extensa sábana líquida se elevaban los techos de los palacios, templos y casas hormigueantes de seres humanos. Cada minarete era una masa confusa de gente que caía en racimo sobre el negro abismo de sus aguas a medida que el calor y el pánico aumentaban. Del país entero partía un lamento ininterrumpido y penetrante. De improviso, una masa oscura empezó a ascender sobre el horizonte y pasó por delante de la estrella con una rapidez aterradora. Aquella masa opaca y sombría era la Luna. Muy pronto pudo observarse en Europa que el Sol y la estrella salían simultáneamente. Ambos astros parecían perseguirse al principio con furia; luego disminuían su carrera y se detenían en el cénit confundidos en flamígero abrazo. La Luna no eclipsaba ya a la estrella, y parecía alejarse en el esplendor de los cielos. Aunque la mayoría de los humanos que quedaban con vida contemplaban este grandioso espectáculo con la aturdidez que engendran el hambre, la fatiga, el calor y la desesperación, hubo alguien, sin embargo, que supo apreciar el significado de aquel aparente alejamiento de la Luna y aquella aparente persecución del Sol por el nuevo astro. Sí; la estrella y la Tierra, después de haberse encontrado cerca, comenzaban a separarse. El astro perturbador se alejaba con velocidad vertiginosa en la última fase de su caída hacia el Sol. Entonces cubrióse el cielo de nubes, el trueno y los relámpagos tejieron su malla terrorífica en torno del mundo, y un nuevo diluvio cayó sobre la Tierra. Allí donde los volcanes habían vomitado mares de lava, se extendían ahora mares de cieno. 
Muchos días transcurrieron así. El impetuoso desbordamiento de las aguas destruyó lo que había dejado en pie la reciente caricia hecha a la Tierra por la estrella. Algunos terremotos concluyeron la obra de destrucción. Pasaron semanas y meses. La estrella se habia ido para siempre. Los hombres, impulsados por el hambre, recobraron sus energías, entraron en las ruinosas ciudades y en los graneros incendiados y medio sumergidos, y se extendieron por las pantanosas llanuras. Los pocos barcos que habían logrado escapar de las tempestades arribaron desmantelados y lastimosos, después de sondear con precaución las entradas de sus puertos, para no encallar en los recién aparecidos arrecifes que ahora obstruían los antes despejados y profundos canales de ingreso.
Cuando se calmaron las tempestades, advirtieron los hombres en toda la extensión de la Tierra que los días eran más cálidos, que el Sol era mayor y que la Luna, que había disminuido en dos terceras partes, presentaba sus fases en ochenta y cuatro días.
La presente historia nada dice de la nueva fraternidad nacida entre los humanos, ni de cómo lograron conservarse las leyes, los libros y las máquinas, ni del extraño cambio operado en Islandia, en Groenlandia y en el litoral del mar de Baffin, países desolados y yermos con anterioridad al cataclismo y ahora alegres y abundantes de vegetación, cual pudieran comprobar los marinos en sus nuevas expediciones. Tampoco dice nada la presente historia acerca de un fenómeno curioso determinado por la catástrofe, y que consistía en haberse trasladado toda la actividad humana hacia el norte y el sur de la Tierra, abandonando por inhospitalarias y abrasadas aquellas regiones que antes del cataclismo fueron su residencia habitual. Nuestro papel de historiadores se limita a esto; a dar cuenta de la aparición y desaparición de la terrible estrella.
Ahora bien; los astrónomos de Marte —porque es cosa averiguada que en Marte existen astrónomos, si bien difieren en su conformación física de sus colegas terrestres— siguieron con especial interés el admirable fenómeno, y consignaron así, según parece, sus observaciones:

"Teniendo en cuenta la masa y la temperatura del proyectil lanzado a través de nuestro sistema solar, causa sorpresa el poco daño que ha sufrido la Tierra, no obstante haberse encontrado a tan escasa distancia del viajero sideral. Puede observarse, en efecto, que siguen inalterables todas las antiguas demarcaciones de continentes y las masas oscuras de los mares. La única diferencia perceptible es una disminución de las grandes manchas blancas que en un tiempo circundaban los polos, y que, según todas las probabilidades, eran agua congelada".

Estas palabras de los sabios marcianos demuestran sencillamente cuan poca cosa puede parecer la mayor de las catástrofes humanas contemplada a una distancia de algunos millones de kilómetros.


FIN

2024/07/08

Obediencia (Fredric Brown)


Título original: Obedience
Año: 1950


En un minúsculo planeta de una estrella lejana y débil, invisible desde la Tierra, y en el extremo más lejano de la galaxia, cinco veces la distancia que el hombre ha penetrado en el espacio, se eleva la estatua de un terráqueo. Fue construida con un metal precioso y es algo impresionante, de veinticinco centímetros de altura y exquisita factura.
Los bichos se deslizan sobre ella...

Estaban en una patrulla de rutina en el Sector 1534, más allá de Sirio y a muchos parsecs de del Sol. La nave era la consabida biplaza de reconocimiento utilizada para todas las patrullas fuera del sistema. El capitán May y el teniente Ross jugaban al ajedrez cuando sonó la alarma.
El capitán May dijo:
—Don, ajústala, mientras pienso esta jugada.
No apartó la mirada del tablero; sabía que sólo podía tratarse de un meteoro pasajero.
En ese sector no había naves. El hombre había penetrado mil parsecs en el espacio y aún no había encontrado una forma de vida extraña lo bastante inteligente para comunicarse, menos aún para construir naves espaciales.
Ross tampoco se levantó, sino que se volvió en la silla para mirar el tablero de instrumentos y la telepantalla. Levantó distraídamente la mirada y quedó boquiabierto: Había una nave en la pantalla. Recuperó lo suficiente el aliento para gritar "¡Capitán!" y después el tablero de ajedrez cayó al suelo y May miró por encima de su hombro.
Pudo oír la respiración de May y luego su voz que dijo:
—¡Fuego, Don!
—¡Pero si es un crucero clase Rochester! Uno de los nuestros. Ignoro qué hace aquí, pero no podemos...
—Vuelve a mirar.
Don Ross no podía volver a mirar porque no había dejado de hacerlo, pero repentinamente vio a qué se refería May. Era casi un Rochester, pero no del todo. Tenía algo extraño. ¿Algo? Era extraño, se trataba de una imitación alienígena de un Rochester.
Y sus manos corrieron hacia el botón de disparo casi antes de que todo el impacto de la situación le alcanzara.
Con el dedo en el botón, observó los diales del telémetro Picar y del Monold.
Marcaban cero.
Lanzó una maldición.
—Capitán, nos interfieren. ¡No podemos calcular a qué distancia está, su tamaño ni su masa!
El capitán May asintió lentamente, pálido.
En el interior de la cabeza de Don Ross, un pensamiento dijo:
—Serénense, hombres. No somos enemigos.
Ross se volvió y miró a May. Éste dijo:
—Sí, lo he recibido. Telepatía.
Ross volvió a maldecir. Si fueran telépatas...
—Fuego, Don. Visual.
Ross oprimió el botón. La pantalla quedó cubierta por una llamarada de energía y cuando ésta cesó, no había restos de nave espacial.

El almirante Sutherland dio la espalda al gráfico estelar colgado de la pared y los estudió agriamente desde debajo de sus pobladas cejas. Dijo:
—May, no me interesa refundir su informe. Ambos han estado sometidos al psicógrafo; hemos extraído de sus mentes hasta el último segundo del encuentro. Nuestros lógicos lo han analizado. Están aquí por razones disciplinarias. Capitán May, ¿conoce el castigo por desobediencia?
—Sí, señor —reconoció May tensamente—. ¿Cuál es?
—La muerte, señor.
—¿Y qué orden desobedeció?
—Orden General Trece-Noventa, Sección Doce. Prioridad Cuadrado-A. Toda nave terrestre, sea militar o de otro tipo, tiene la orden de destruir inmediatamente y al verla a cualquier nave extraña que encuentre. Si no lo hace, debe volar hacia el espacio extraterrestre, en una dirección no exactamente contraria a la de la Tierra, y continuar hasta que se le acabe el combustible.
—¿Y por qué motivo, capitán? Lo pregunto simplemente para averiguar si lo sabe. Desde luego, no es importante y ni siquiera relevante si comprende o no el motivo de cualquier disposición.
—Sí, señor. Para que no exista la posibilidad de que la nave extraña siga a la nave avistada hasta el Sol y se entere así de la situación de la Tierra.
—Pero usted desobedeció esa disposición, capitán. No está seguro de haber destruido al extraño. ¿Qué puede decir en defensa propia?
—No lo consideramos necesario, señor. La nave extraña no parecía hostil. Además, señor, debían conocer nuestra base; al hablarnos nos llamaron "hombres".
—¡Tonterías! El mensaje telepático fue enviado por una mente extraña, pero recibido por las de ustedes. Sus mentes tradujeron automáticamente el mensaje a nuestra terminología. Él no sabía necesariamente el punto de origen de ustedes ni que eran humanos.
El teniente Ross no tenía por qué hablar, pero preguntó:
—Señor, por lo tanto, ¿no se cree que fueran amistosos?
El almirante resopló.
—Teniente, ¿dónde se entrenó? Parece haber pasado por alto la premisa más elemental de nuestros planes de defensa, el motivo por el cual desde hace cuatrocientos años patrullamos el espacio, en busca de cualquier vida extraña. Todo extraño es un enemigo. Aunque hoy se mostrara amistoso, ¿cómo podemos saber que lo será el año que viene o dentro de un siglo? Y un enemigo potencial es un enemigo. Cuanto más rápidamente sea destruido, más segura estará la Tierra. ¡Analice la historia militar del mundo! Como mínimo, demuestra eso. ¡Piense en Roma! Para estar a salvo, no podía permitirse el lujo de vecinos poderosos. ¡Y en Alejandro el Grande! ¡Y en Napoleón!
—Señor —intervino el capitán May—, ¿estoy bajo pena de muerte?
—Sí.
—Entonces más vale que hable. ¿Dónde está Roma ahora? ¿Y el imperio de Alejandro o el de Napoleón? ¿Y la Alemania nazi? ¿Y el tiranosaurio Rex?
—¿Quién?
—El antepasado del hombre, el más resistente de los dinosaurios. Su nombre significa "rey de los saurios tiranos". También pensaba que todos los demás seres eran sus enemigos. ¿Y dónde está ahora?
—Capitán, ¿es todo lo que tiene que decir?
—Sí, señor.
—Entonces lo pasaré por alto. Un razonamiento falaz y sentimental. No está bajo pena de muerte, capitán. Simplemente respondí que sí para averiguar lo que decía, hasta dónde llegaba. No se muestra piedad con usted a causa de una tontería humanitaria. Se ha encontrado una circunstancia realmente atenuante.
—¿Puedo saber cuál, señor?
—El extraño fue destruido. Nuestros técnicos y lógicos lo han averiguado. El Picar y el Monold funcionaban correctamente. El único motivo por el cual no registraron ninguna señal se debió a que la nave extraña era demasiado pequeña. Pueden detectar un meteoro que pesa nada más que dos kilos y cuarto. La nave extraña era más pequeña.
—¿Más pequeña...?
—Indudablemente. Ustedes pensaron en la vida extraña en términos de nuestro tamaño. No existen razones por las cuales deba de ser así. Incluso podría ser submicroscópica, demasiado pequeña para ser visible. La nave extraña debió contactar deliberadamente, a una distancia de pocos metros. Y los disparos, a esa distancia, la destruyeron por completo. Por eso no vieron un casco carbonizado como prueba de que había sido destruida —Sonrió—. Le felicito, teniente Ross, por su puntería. Desde luego, en el futuro las descargas visuales serán innecesarias. Hemos modificado inmediatamente los detectores y calculadores de las naves de todas clases a fin de que detecten y señalen objetos incluso de tamaño diminuto.
Ross dijo:
—Gracias, señor. ¿Pero no opina que el hecho de que la nave que vimos, al margen de su tamaño, fuera una imitación de una de nuestras naves de clase Rochester prueba que los extraños ya saben sobre nosotros mucho más que nosotros sobre ellos, incluido probablemente el emplazamiento de nuestro planeta natal? ¿Y que, aunque sean hostiles, el reducido tamaño de su aparato es lo que les impide expulsarnos del sistema?
—Es posible. O ambas cosas son ciertas o ninguna lo es. Es evidente que, al margen de su habilidad telepática, técnicamente son muy inferiores a nosotros... o, de lo contrario, no imitarían nuestro diseño de naves espaciales. Tuvieron que leer la mente de algunos de nuestros ingenieros para copiar ese diseño. Sin embargo, aunque supongamos que eso es verdad, quizá todavía no conocen el emplazamiento del Sol. Las coordenadas espaciales serían sumamente difíciles de traducir y el nombre Sol no significaría nada para ellos. Además, su descripción aproximada coincidiría con las de otros millares de estrellas. De todos modos, está en nuestras manos encontrarlos y exterminarlos antes de que ellos nos encuentren a nosotros. Hemos dado la alerta a todas las naves que están en el espacio para que los busquen y las hemos equipado con instrumentos especiales para detectar objetos pequeños. Estado de guerra. Quizás sea redundante decirlo: Siempre existe un estado de guerra con los extraños.
—Sí, señor.
—Eso es todo, caballeros. Pueden retirarse.
En el pasillo, dos guardias armados esperaban. Cada uno de ellos se colocó a un lado del capitán May.
May dijo rápidamente:
—Don, no digas nada. Lo esperaba. No olvides que desobedecí una orden importante y que el almirante dijo que estaba condenado a muerte. Mantente al margen de esto.
Con los puños cerrados y los dientes fuertemente apretados, Don Ross vio cómo los guardias se llevaban a su amigo. Sabía que May tenía razón; no podía hacer nada salvo meterse en líos mayores que aquel en el que May ya estaba metido y empeorar la situación de su amigo.


Salió casi ciegamente del Edificio del Almirantazgo. Salió y se emborrachó en seguida pero de nada le sirvió.
Tenía la acostumbrada licencia de dos semanas antes de volver a presentarse para cumplir con sus deberes espaciales y sabía que le convendría aclarar su mente en ese período. Fue a ver a un psiquiatra y habló hasta perder la mayor parte de su amargura y su sentimiento de rebeldía.
Volvió a sus libros de texto y se sumergió en la necesidad de una estricta e indiscutible obediencia a la autoridad militar, en la necesidad de una vigilancia incesante a la espera de razas extrañas y en la necesidad de exterminarlas siempre que las encontrara.
Ganó; se convenció a sí mismo de cuán impensable había sido creer que el capitán May pudiera haber sido totalmente perdonado por haber desobedecido una orden, por el motivo que fuese. Incluso se sintió horrorizado por haber consentido en esa desobediencia. Desde luego, técnicamente era intachable; May estaba al mando de la nave y la decisión de regresar a la Tierra en lugar de volar hacia el espacio —y la muerte— provino de él. Como subordinado, Ross no compartía la responsabilidad.
Pero ahora, como persona, le remordía la conciencia por no haber intentado convencer a May de que no desobedeciera. ¿Qué sería del Cuerpo Espacial sin obediencia? ¿Cómo podía compensar lo que ahora consideraba su negligencia culpable, su delito?
Durante ese período miró ávidamente los telenoticieros y supo que, en algunos otros sectores del espacio, habían destruido otras cuatro naves extrañas. Gracias a los instrumentos de detección mejorados, todas fueron destruidas al ser avistadas; no hubo comunicación después del primer contacto.
Durante el décimo día de licencia, puso fin a las vacaciones por decisión propia. Regresó al Edificio del Almirantazgo y pidió audiencia con el almirante Sutherland.
Obviamente, se rieron de él, pero lo esperaba. Logró que llevaran hasta el almirante un conciso mensaje verbal. Simplemente decía: "Tengo un plan que probablemente nos permitirá encontrar el planeta de los extraños sin riesgos para nosotros".
Sin duda alguna, esas palabras le abrieron paso.
Permaneció en posición de firmes ante el escritorio del almirante y dijo:
—Señor, los extraños han intentado contactarnos. No han podido hacerlo debido a que los destruimos al contactarlos, antes de que enviaran un pensamiento telepático completo. Si les permitimos que se comuniquen, existe la posibilidad de que delaten, accidentalmente o de otro modo, el emplazamiento de su planeta natal.
El almirante Sutherland respondió secamente:
—Y lo hagan o no, podrían descubrir el del nuestro siguiendo la nave a su regreso.
—Señor, mi plan cubre esa contingencia. Sugiero que me envíen al mismo sector donde se estableció el contacto inicial... esta vez en una nave monoplaza y desarmado. Solicito que esta misión sea ampliamente difundida a fin de que todos los hombres del espacio lo sepan y sepan que estoy en una nave desarmada con el fin de establecer contacto con los extraños. Opino que ellos se enterarán. Seguramente logran recibir pensamientos a larga distancia pero enviarlos, por lo menos a mentes terráqueas, sólo a distancias muy cortas.
—Teniente, ¿cómo lo ha deducido? No se preocupe, coincide con lo calculado por nuestros lógicos. Dicen que el hecho de que hayan robado nuestra ciencia, por ejemplo para copiar nuestras naves a escala menor, antes de que reparáramos en su existencia demuestra su capacidad de leer nuestros pensamientos a... bueno, a distancia moderada.
—Sí, señor. Supongo que si la noticia de mi misión llega a toda la flota, los extraños se enterarán. Y al saber que mi nave está desarmada, establecerán contacto. Averiguaré que tienen que decirme, que decirnos, y es posible que ese mensaje incluya una pista acerca del emplazamiento de su planeta natal.
—Y en ese caso el planeta duraría un máximo de veinticuatro horas —dijo el almirante Sutherland—. ¿Pero qué me dice de lo contrario, teniente? ¿No existe la posibilidad de que le sigan a su regreso?
—Señor, aquí es donde no tenemos nada que perder. Regresaré a la Tierra sólo si averiguo que ya conocen su emplazamiento. Creo que ya lo conocen gracias a sus habilidades telepáticas... y que no nos han atacado porque no son hostiles o porque son demasiado débiles. Pero sea como fuere, si conocen el emplazamiento de la Tierra no lo negarán al hablar conmigo. ¿Por qué habrían de hacerlo? Lo considerarán un elemento favorable para ellos y creerán que estamos pactando. Si afirman que lo conocen aunque no sea cierto... me negaré a aceptar su palabra a menos que me den pruebas.
El almirante Sutherland le miraba atentamente. Dijo:
—Hijo, usted tiene algo. Probablemente le costará la vida pero... si no es así y regresa con la novedad sobre el lugar de donde proceden los extraños, será el héroe de la raza. Probablemente acabará con mi trabajo. A decir verdad, siento la tentación de robarle la idea y hacer yo mismo el viaje.
—Señor, usted es demasiado valioso. Yo soy sacrificable. Además, señor, tengo que hacerlo. No son honores lo que deseo. Algo me pesa en la conciencia y quisiera compensarlo. Debí tratar de evitar que el capitán May desobedeciera órdenes. Yo no debería estar aquí ahora, con vida. Debimos volar hacia el espacio, dado que no estábamos seguros de haber destruido al extraño.
El almirante carraspeó.
—Hijo, usted no es responsable de ello. En un caso como éste, sólo el capitán de la nave es responsable. Pero comprendo lo que quiere decir. Siente que, en espíritu, desobedeció órdenes porque en su momento coincidió con la decisión del capitán May. De acuerdo, eso pasó y su sugerencia lo compensa, aunque usted mismo no tripulara la nave de contacto.
—¿Entonces puedo hacerlo, señor?
—Puede, teniente. Mejor dicho, puede hacerlo, capitán.
—Gracias, señor.
—Tendrá una nave preparada dentro de tres días. Podríamos tenerla antes, pero necesitaremos esos días para que la flota conozca la noticia de nuestras "negociaciones". Pero debe comprender que bajo ninguna circunstancia se desviará, por iniciativa propia, de las limitaciones que usted ha precisado.
—Sí, señor. A menos que los extraños ya conozcan el emplazamiento de la Tierra y lo demuestren fehacientemente, no regresaré. Volaré hacia el espacio. Le doy mi palabra, señor.
—Muy bien, capitán Ross.

La nave monoplaza volaba cerca del centro del Sector 1534, más allá de Sirio. Ninguna otra nave patrullaba ese sector.
El capitán Don Ross estaba tranquilo y esperaba. Observaba la visiplaca y esperaba a que una voz hablara en el interior de su mente.
Surgió cuando llevaba menos de tres horas de espera.
—Hola, Donross —dijo la voz, y simultáneamente aparecieron cinco minúsculas naves espaciales en su visiplaca.
El Monold le indicó que cada una de ellas pesaba menos de treinta gramos.
Preguntó: 
—¿He de hablar en voz alta o solamente debo pensar?
—No tiene importancia. Puede hablar si desea concentrarse en un pensamiento determinado, pero primero guarde silencio un momento.
Medio minuto después, Ross creyó oír en su mente el eco de un suspiro y luego:
—Lo siento. Supongo que esta charla no servirá de nada para ninguno. Verá, Donross, no conocemos el emplazamiento de su planeta natal. Quizá podríamos haberlo averiguado pero no nos interesaba. No éramos hostiles y, a partir de las mentes de los terráqueos, sabíamos que no podíamos correr el riesgo de ser amistosos. Por lo tanto, si usted obedece órdenes podrá regresar para informar.
Don Ross cerró los ojos un instante. Entonces ése era el fin, no tenía sentido seguir hablando. Había dado su palabra al almirante Sutherland de que obedecería las órdenes al pie de la letra.
—Así es —dijo la voz—. Ambos estamos condenados Donross, y lo que le digamos carece de importancia No logramos atravesar el cordón de sus naves y hemos perdido a la mitad de nuestra raza en el intento. 
—¡La mitad! ¿Quiere decir...?
—Sí, Sólo éramos mil. Construimos diez naves, cada una de las cuales transportaba un centenar. Los terráqueos destruyeron cinco naves; sólo quedan cinco más, las que usted ve, toda nuestra raza. A pesar de que va a morir, ¿le interesa saber algo sobre nosotros?
Don Ross asintió, olvidando que no podían verle, pero debieron de leer en su mente su afirmación.


—Somos una raza antigua, mucho más antigua que la suya. Nuestro hogar es, o era, un minúsculo planeta del compañero oscuro de Sirio; sólo tiene ciento sesenta kilómetros de diámetro. Sus naves aún no lo han encontrado, pero sólo es cuestión de tiempo. Hace muchos, muchísimos milenios que somos inteligentes, pero jamás desarrollamos los viajes espaciales. Ni era necesario ni deseábamos hacerlo. Hace veinte años de los suyos, una nave terráquea pasó cerca de nuestro planeta y captamos los pensamientos de los hombres que iban en ella. Entonces supimos que nuestra única seguridad, nuestra única posibilidad de supervivencia, consistía en un vuelo inmediato hasta los límites más lejanos de la galaxia. Gracias a esos pensamientos supimos que tarde o temprano nos encontrarían, aunque nos quedáramos en nuestro propio planeta, y que seríamos implacablemente exterminados.
—¿No pensaron en combatir?
—No. No podríamos haberlo hecho aunque lo hubiésemos deseado... y no lo deseamos. Para nosotros es imposible matar. Si la muerte de un solo terráqueo e incluso de un ser inferior asegurara nuestra supervivencia, no podríamos causarla. Usted no puede comprenderlo. Un momento... creo que puede hacerlo. Donross, usted no es como los demás terráqueos. Pero volvamos a nuestra historia. Extrajimos detalles del viaje espacial de las mentes de los miembros de esa nave y los adaptamos a la diminuta escala de las naves que construimos. Hicimos diez, las suficientes para transportar a toda nuestra raza. Pero descubrimos que no podemos atravesar sus patrullas. Cinco de nuestras naves lo intentaron y todas han sido destruidas.
—Yo hice una quinta parte: Destruí una de sus naves —informó Don Ross apesadumbrado.
—Se limitó a cumplir órdenes. No se culpe a sí mismo. En ustedes la obediencia está tan profundamente arraigada como en nosotros el odio a matar. Aquel primer contacto con la nave en que usted viajaba fue deliberado; teníamos que cercioramos de que nos destruirían al vernos. Pero a partir de entonces, y de una en una, otras cuatro naves nuestras han intentado pasar y todas han sido destruidas. Reunimos todas las restantes aquí cuando supimos que usted establecería contacto con nosotros desde una nave desarmada. Pero aunque desobedeciera órdenes y regresara a la Tierra, esté donde esté, para informar de lo que acabamos de decirle, no darían órdenes de dejarnos pasar. Todavía hay muy pocos terráqueos como usted. Es posible que en épocas futuras, cuando los terráqueos lleguen al extremo más lejano de la galaxia, haya más seres como usted. Pero ahora, las posibilidades de que logremos hacer pasar siquiera una de nuestras naves son remotas. Adiós, Donross. ¿Qué significa esa extraña convulsión de su mente y la contracción de sus músculos? No lo comprendo. Espere... es el reconocimiento de que usted percibe algo incoherente. Aunque el pensamiento es demasiado complejo, demasiado confuso. ¿De qué se trata?
Finalmente Don Ross logró dejar de reír.
—Escuche, amigo alienígena que no puede matar —dijo Don—, les libraré de esto. Me ocuparé de que atraviesen nuestro cordón hacia la seguridad que desean. Pero lo divertido es el modo en que lo haré. Será obedeciendo órdenes y yendo hacia mi propia muerte. Saldré al espacio extraterrestre para morir allí. Usted, todos ustedes, pueden acompañarme y vivir allí. Sus minúsculas naves no aparecerán en los detectores de la patrulla si tocan esta nave. Y por si eso fuera poco, la fuerza de gravedad de esta nave les empujará y no tendrán que utilizar combustible hasta que estén más allá del cordón y fuera del alcance de sus detectores. Podré recorrer, como mínimo, cien mil parsecs antes de que se agote el combustible.
Hubo una prolongada pausa hasta que la voz en la mente de Don Ross dijo, débil y suavemente:
—Gracias.
Esperó hasta que las cinco naves desaparecieron de su visiplaca y oyó cinco ligeros sonidos cuando hicieron contacto con el casco de su propia nave. Después volvió a reír. Y obedeció órdenes: Voló hacia el espacio y la muerte.

En un minúsculo planeta de una estrella lejana y débil, invisible desde la Tierra, y en el extremo más lejano de la galaxia, cinco veces la distancia que el hombre ha penetrado en el espacio, se eleva la estatua de un terráqueo. Es algo impresionante, de veinticinco centímetros de altura y exquisita factura.
Los bichos se deslizan sobre ella, pero tienen derecho a hacerlo; la construyeron y la honran. La estatua es de un metal sumamente duro. En un mundo sin atmósfera, durará eternamente... o hasta que los terráqueos la encuentren y la destruyan. A menos que, desde luego, para entonces los terráqueos hayan cambiado profundamente.

FIN

2024/07/01

Lázaro II (Richard Matheson)


Título original: Lazarus II
Año: 1953


—Pero estoy muerto —dijo.
Su padre lo miró sin hablar. Su rostro tampoco revelaba nada. Se inclinó sobre la cama y… ¿O no era una cama?
Apartó los ojos de la cara de su padre, los bajó y vio que no estaba en una cama, sino en una mesa de operaciones. En el laboratorio.
Volvió a mirar a su padre. Se sentía muy pesado, muy rígido.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Y de pronto se dio cuenta de que su voz era distinta. Dicen que nadie sabe de cierto cómo suena la propia voz, pero cuando cambia de manera tan radical sí que se nota. Se nota si la voz deja de ser humana.
—Peter —dijo su padre al fin—, sé que me odiarás por lo que he hecho. Yo ya me odio.
Pero Peter no lo escuchaba; trataba de pensar. ¿Por qué pesaba tanto? ¿Por qué no podía levantar la cabeza?
—Tráeme un espejo —dijo.
Aquella voz, aquella voz sibilante… Le pareció que temblaba.
Su padre no se movió.
—Peter, quiero que sepas que no fue idea mía, sino de tu…
—Quiero un espejo.
Su padre le sostuvo la mirada un poco más antes de darle la espalda y cruzar el suelo de baldosas oscuras del laboratorio.
Peter intentó sentarse. Al principio no pudo. Después le pareció que la habitación se movía y supo que se había sentado, aunque no notaba nada. ¿Qué pasaba? ¿Por qué no sentía nada en los músculos? Se miró.
Su padre cogió un espejo que tenía en la mesa, pero Peter ya no lo necesitaba porque se había visto las manos.
Eran de metal.
Manos de metal, brazos de metal, hombros de metal, pecho de metal, tronco de metal, piernas de metal, pies de metal…
¡Un hombre de metal!
La idea le dio escalofríos, pero el cuerpo de metal no se movió un ápice.
¿Su cuerpo?
Intentó cerrar los ojos y no pudo; no eran sus ojos. Nada era suyo. Peter era un robot.
Su padre se le acercó aprisa.
—Peter, yo no quería —dijo con voz apagada—. No sé qué me pasó… Fue tu madre.
—Mamá —dijo la máquina con voz cavernosa.
—Me dijo que no podría vivir sin ti. Ya sabes que te adora.
—Me adora —repitió Peter.
Peter volvió la cabeza. Oía el lento y acompasado mecanismo de relojería que tenía en su interior. Oía como se engranaba su cuerpo con los tejidos de su cerebro.
—Me has traído de vuelta —acusó a su padre.
Notaba que su cerebro también era mecánico. La idea de que hubieran sustituido su organismo físico por aquella cosa era insoportable, inconcebible. No podía pensar.
—He vuelto —dijo, intentando asimilarlo—. ¿Por qué? 
Su padre hizo caso omiso de la pregunta.
Peter intentó bajar de la mesa y levantar los brazos. Al principio le colgaban inertes, pero después oyó un chasquido en los hombros y los alzó. Sus ojos de vidrio lo vieron y su cerebro interpretó que los había levantado.
De repente, la realidad se impuso con toda su fuerza.
—¡Pero estoy muerto! —gritó.
No, no gritó. La voz que transmitía su angustia era suave y chirriante. Una voz sin inflexiones.
—Sólo murió tu cuerpo —dijo su padre, que intentaba convencerse de ello.
—¡Pero estoy muerto! —chilló Peter.
No, no chilló. La máquina habló de modo sosegado y metódico. Habló como hablaría una máquina. Y eso lo encolerizó.
"¿Esto ha sido idea de mi madre?", pensó, y le horrorizó comprobar que la voz cavernosa de la máquina repetía su pensamiento.
Su padre no contestó. Estaba junto a la mesa, con la cara triste, demacrada y arrugada por el cansancio, pensando en que todo aquel esfuerzo agotador no había servido para nada y preguntándose, un poco asustado, si no había acabado por poner más interés en lo que hacía que en el motivo por el cual lo hacía.
Observó como caminaba la máquina, o más bien como tintineaba, hacia la ventana, con el cerebro de su hijo dentro de aquel caparazón metálico.
Peter miró por la ventana y vio el campus. ¿Lo vio? Los ojos de cristal rojo captaban la imagen, los ojos insertados en el cráneo de acero que contenía su cerebro. Los ojos registraban, el cerebro traducía… No tenía ojos propios.
—¿Qué día es? —preguntó.
—Sábado, 10 de marzo —oyó responder a su padre en voz baja—. Son las diez en punto de la noche.
Sábado, un sábado que nunca había deseado ver. Aquel pensamiento lo enfureció y tuvo deseos de girarse y enfrentar a su padre con palabras despiadadas. Sin embargo, la gran estructura de acero siguió con sus ruidos mecánicos y se volvió despacio con un crujido.
—Llevo trabajando en esto desde el lunes por la mañana, cuando…
—Cuando me suicidé —dijo la máquina.
Su padre contuvo el aliento y lo miró con ojos apagados. Siempre había estado tan seguro de sí mismo, siempre había tenido tanto aplomo… Y Peter siempre había odiado aquella seguridad, porque nunca la había poseído.
Nunca.
Lo recordó todo. ¿Seguía siendo él mismo? ¿Era la mente lo único que hacía a un hombre? Lo había afirmado en multitud de ocasiones, en las tranquilas veladas, después de cenar, cuando los demás profesores se pasaban por casa y se sentaban en el salón con él y sus padres. Con su madre al lado, sonriente y orgullosa, él afirmaba que un hombre no era más que su mente.
¿Por qué le había hecho eso su madre?
Volvió a sentir aquella indefensión que lo encadenaba, aquella sensación de estar atrapado. Lo estaba, de hecho. Estaba preso en una gran trampa con mandíbulas de acero, en el cuerpo que le había fabricado su padre.
Llevaba seis meses sintiendo aquel terror paralizante, la impresión de que ningún callejón tenía salida. Nunca lograría huir de la cárcel que era su vida; las pesadas cadenas de la rutina le apresaban las extremidades. Muchas veces había tenido ganas de gritar.
En aquel momento deseaba gritar, gritar más fuerte que nunca. Había escogido la única salida que le quedaba, y también se la habían bloqueado. El lunes por la mañana se cortó las venas y un manto de oscuridad lo cubrió.
Y había regresado, pero su cuerpo no existía. No tenía venas que cortar, ni corazón que detener o apuñalar, ni pulmones que ahogar. No quedaba nada más que su cerebro, pobre y doliente. Y pese a todo, había regresado.
Volvió a mirar por la ventana el campus de la Universidad de Fort. A lo lejos vio (las lentes de cristal rojo vieron) el edificio donde impartía la asignatura de Estudios Sociológicos.
—¿Está intacto mi cerebro? —preguntó.
Era extraño cómo se había apaciguado. De desear gritar con unos pulmones que ya no tenía había pasado a sentirse nada más que apático.
—Que yo sepa, sí —contestó su padre.
—Estupendo —dijo Peter y dijo la máquina—. Perfecto.
—Peter, quiero que entiendas que no fue idea mía.
La máquina se movió, los engranajes de la voz rechinaron, pero no salió ninguna palabra. Los ojos rojos brillaron en la ventana.
—Se lo prometí a tu madre —le dijo su padre—. Tenía que hacerlo Peter, estaba histérica. Estaba… No me quedó otra opción.
—Y, además, era un experimento de lo más interesante —dijo la voz de la máquina, su hijo.
Silencio.
—Peter Dearfield —dijo Peter, dijeron los engranajes que giraban y centelleaban en la garganta de acero—. ¡Peter Dearfield ha resucitado!
Se giró y miró a su padre. Su mente sabía que un corazón vivo le habría martilleado con fuerza, pero las ruedecitas giraban de forma metódica. Las manos no le temblaban, sino que las tenía caídas y tranquilas junto a los costados metálicos. No tenía corazón capaz de latir ni aliento que recuperar porque no era un ser vivo, sino una máquina.
—Quítame el cerebro —le dijo a su padre, que se abotonaba el chaleco con lentitud—. No puedes dejarme así.
—Peter, no… No me queda más remedio.
—¿Por el experimento?
—Por tu madre.
—¡La odias a ella y me odias a mí! —Su padre negó con la cabeza—. Entonces me lo quitaré yo —dijo la máquina con voz monótona, y levantó las manos de metal.
—No puedes —le dijo su padre—. No puedes hacerte daño.
—¡Maldito seas!
No hubo ningún grito de rabia. ¿Sabía su padre que Peter estaba chillando mentalmente? Pero su voz era apacible y no podía expresar cólera. ¿Quién haría caso de las peticiones bien moduladas de una máquina?
Las piernas se movieron pesadamente y el cuerpo ruidoso avanzó hacia el doctor Dearfield, que levantó la mirada.
—¿Me has suprimido la capacidad de matar? —preguntó la máquina.
El anciano miró la máquina que tenía delante, la máquina que era su único hijo.
—No —dijo, cansado—. Puedes matarme.
La máquina pareció dudar. Los engranajes se detuvieron e invirtieron el sentido de la marcha.
—El experimento ha tenido éxito —dijo la monótona voz—. Has convertido a tu hijo en una máquina.
—¿De verdad? —preguntó su padre con rostro exhausto.
Peter se volvió con un tintineo de engranajes sin intención de hablar y se acercó al espejo de la pared.


—¿No quieres ver a tu madre? —le preguntó su padre.
Peter no respondió. Se detuvo delante del espejo y se miró a los ojillos de cristal. Deseaba arrancarse el cerebro del contenedor de acero y lanzarlo bien lejos. No tenía boca ni nariz; sólo un reluciente ojo rojo a la derecha y un reluciente ojo rojo a la izquierda, y un cubo por cabeza, con pequeños remaches parecidos a diminutos chichones en su nueva piel de metal.
—Y todo esto lo has hecho por ella. —Se volvió en sus bien engrasadas articulaciones. Los ojos rojos no expresaban el odio que latía detrás de ellos—. Mentiroso. Lo has hecho por ti, por el placer de experimentar.
Si hubiera podido correr hacia su padre y abalanzarse sobre él, si hubiera podido mover los brazos a voluntad, gritar hasta que el laboratorio retumbara… ¿Pero cómo? La voz le salió igual que antes: Un susurro de ruedas aceitadas que giraban como los engranajes de un reloj.
Pero tampoco el cerebro dejaba de funcionar.
—Creías que así la harías feliz, ¿verdad? —prosiguió Peter—. Creías que correría a abrazarme, que me besaría la piel suave y cálida. Creías que me miraría a los ojos azules y me diría lo guapo que…
—Peter, esto no sirve de…
—… lo guapo que soy. Que me besaría en la boca.
Dio un paso hacia el viejo doctor con sus lentas piernas de acero. Los ojos titilaron a la luz fluorescente del pequeño laboratorio.
—¿Me dará un beso en la boca? —preguntó Peter—. No me has puesto boca. —Su padre estaba pálido y le temblaban las manos—. Lo has hecho por ti —dijo la máquina—. Nunca te hemos importado. Ni ella ni yo.
—Tu madre te espera —insistió su padre en voz baja mientras se ponía el abrigo.
—No voy a ir.
—Peter, está esperándote.
La idea hizo que a Peter la mente se le llenara de angustia; le dolía y le palpitaba dentro de la dura caja metálica.
"Madre, ¿cómo voy a mirarte ahora, después de lo que he hecho? Aunque estos no sean mis ojos, ¿cómo voy a mirarte?"
—No puede verme así —insistió la máquina.
—Está esperando para verte.
—¡No! —No fue un grito, sino un educado giro de ruedas.
—Te necesita, Peter.
Se sintió indefenso de nuevo, atrapado. Había vuelto. Su madre lo esperaba.
Las piernas lo movieron. Su padre abrió la puerta y él salió al encuentro de su madre.
Ella se levantó de un salto del banco con una mano en la garganta y aferrando con la otra un bolso de cuero oscuro. Clavó los ojos en el robot y se puso pálida.
—Peter… —dijo en un susurro.
Él la miró. El pelo gris, la piel suave, la dulzura de su boca y sus ojos, la espalda encorvada, el viejo abrigo que llevaba desde hacía tantos años porque quería que él se quedara con los ahorros para comprarse ropa. Miró a la madre que lo necesitaba tanto que ni siquiera había dejado que la muerte lo alejara de ella.
—Mamá —dijo la máquina, que lo había olvidado todo momentáneamente.
Entonces vio el temblor en la cara de su madre y recordó en qué se había convertido. Inmóvil, miró a su padre, que estaba a su lado, y leyó lo que decían los ojos de su madre: "¿Por qué así?"
Quería dar media vuelta y salir corriendo, quería morir. Cuando se había suicidado sintió una desesperación tranquila, sin expectativas, no el dolor cegador que sufría en aquellos momentos. Su vida se había alejado en silencio y en paz, mientras que en aquel momento deseaba destruirse repentina y violentamente.
—Peter —dijo ella, pero no lo cubrió de besos.
"¿Cómo va a hacerlo?", se torturaba su cerebro. "¿Besaría alguien una armadura?"
¿Cuánto tiempo pasaría su madre allí, observándolo? Peter sentía que la rabia se apoderaba de su mente.
—¿Es que no estás contenta? —le preguntó. Sin embargo, algo se torció en su interior y las palabras le salieron convertidas en un graznido metálico.
A su madre le temblaron los labios y volvió a mirar a su padre, y después a la máquina, con expresión culpable.
—¿Cómo… estás, Peter?
No se oyó una carcajada cavernosa, aunque su cerebro deseaba soltarla; en lugar de eso, los engranajes rechinaron y la fricción de los dientes entre sí fue lo único que resonó. Su madre intentó sonreír, pero no logró ocultar su expresión de horror enfermizo.
—Peter… —gimió.
—Lo desmontaré —oyó pronunciar a su padre con voz ronca—, lo destruiré. Peter sintió renacer la esperanza, pero su madre, cuyos labios dejaron de temblar, se apartó de su marido.
—No —dijo, y Peter percibió la voluntad de hierro en su voz, la firmeza que él conocía tan bien—. Me recuperaré enseguida —añadió, y se le acercó sin vacilar con una sonrisa—. No pasa nada, Peter.
—¿Soy guapo, mamá? —le preguntó.
—Peter, eres…
—¿No me das un beso, mamá? —preguntó la máquina.
Peter vio que su madre tragaba saliva, vio lágrimas en sus mejillas. Después, cuando se inclinó a besarlo, no notó los labios contra el frío acero, lo único que oyó fue un chasquido en la piel de metal.
—Peter —le dijo—, perdónanos por lo que hemos hecho.
Pero lo único que podía pensar él era: "¿Una máquina puede perdonar?"
Lo sacaron por la puerta trasera del Centro de Ciencias Físicas y lo condujeron al coche deprisa y corriendo, pero a mitad de camino notó un pinchazo en el cerebro y todo le dio vueltas cuando su nuevo cuerpo cayó a plomo en el asfalto. Su madre contuvo el aliento y lo miró asustada. Su padre se agachó, y Peter vio que le manipulaba la articulación de la rodilla derecha.
—¿Cómo tienes el cerebro? —le preguntó. La voz sonó amortiguada. Peter no respondió. Los ojos rojos le centellearon.
—Peter —lo apremió su padre, pero él siguió sin hablar y se quedó mirando los árboles oscuros que flanqueaban la Calle Once—. Ya puedes levantarte.
—No.
—Peter, no puedes quedarte aquí.
—No voy a levantarme —dijo la máquina.
—Peter, por favor —le suplicó su madre.
—No. No puedo, mamá, no puedo.
Habló como un horrible monstruo de metal.
—Peter, no puedes quedarte aquí.
El recuerdo de los años vividos se lo impedía; no se levantaría
—A ver si alguien me encuentra y me destruye por fin —dijo.
Su padre miró a su alrededor, preocupado. Peter se dio cuenta de golpe de que nadie estaba al tanto de aquello, salvo sus padres: Si el consejo lo descubría, pondrían a su padre en la picota. La idea le gustó.
Sin embargo, sus reflejos cableados eran demasiado lentos. No pudo evitar que su padre le pusiera las manos en el pecho y abriera una puertecita con bisagras. Antes de que le diera tiempo de mover el torpe brazo, su padre desactivó un mecanismo y, de repente, se interrumpió la conexión entre su voluntad y la maquinaria. El brazo se detuvo.
El doctor Dearfield apretó un botón y el robot se levantó y caminó rígidamente hacia el coche. Su padre lo seguía, intentando recuperar el aliento. No dejaba de pensar en el terrible error que había cometido haciéndole caso a su esposa. ¿Por qué siempre conseguía hacerlo cambiar de opinión? ¿Por qué le había permitido que controlara a su hijo cuando estaba vivo? ¿Por qué se había dejado convencer para traerlo de vuelta después de su último y desesperado intento por escapar?
Su hijo robot se sentó muy tieso en el asiento trasero. El doctor Dearfield se puso al volante, al lado de su mujer.
—Ahora es perfecto —dijo él—, ahora puedes llevarlo adonde quieras y cuando quieras. Qué pena que no se dejase manejar así en vida. Era dócil y obediente como una máquina, ¿verdad?, pero no lo bastante. No hizo absolutamente todo lo que tú quisiste que hiciera.
Ella miró sorprendida a su marido y después se volvió hacia el robot como si temiera que oyese la conversación. Era la mente de su hijo, y él siempre decía que un hombre era su mente. ¡La dulce e inmaculada mente de su hijo! La mente que siempre había protegido de la fea contaminación del mundo. Él era su vida, y no se sentía culpable por haberlo traído de vuelta, aunque ojalá no fuera tan…


—¿Estás contenta, Ruth? —le preguntó su marido—, ¡Oh, no te preocupes! No puede oír.
Pero sí que podía. Peter estaba allí sentado y escuchaba. Su cerebro oía.
—No me has respondido —dijo el doctor Dearfield mientras arrancaba el coche.
—No quiero hablar de esto.
—Pues tienes que hablar —insistió él—. ¿Qué planes has pensado para él? Antes siempre procurabas vivir su vida por él.
—Para ya, John.
—No. Me has hecho hablar, Ruth. No sé por qué te hice caso. He tenido que estar loco. He tenido que estar loco para interesarme por un proyecto tan…, tan horrendo: Devolverle la vida a tu hijo muerto.
—¿Es horrendo que quiera a mi hijo y que desee que esté conmigo?
—¡Es horrendo que desafíes su último deseo en esta vida! Morir, librarse de ti y estar en paz por fin.
—¡Librarse de mí! ¡Librarse de mí! —gritó ella, enfadada—. ¿Tan monstruosa soy?
—No —dijo él en voz baja—. Pero, con mi ayuda, está claro que has convertido a nuestro hijo en un monstruo.
La madre no dijo nada, y Peter vio que apretaba los labios hasta que se convirtieron en una fina línea.
—¿Qué va a hacer ahora? —le preguntó su marido—. ¿Volver a impartir clases? ¿Enseñar sociología?
—No lo sé —murmuró ella.
—No, claro que no lo sabes. Lo único que te importaba era que estuviese contigo.
El doctor Dearfield tomó una curva y subió por la avenida College.
—Ya sé: Lo utilizaremos de cenicero.
—¡John, déjalo ya!
Se inclinó hacia delante. Peter la oyó sollozar y la observó con los ojos de cristal rojo de la máquina en la que vivía.
—¿Tenías que…? ¿Tenías que hacerlo tan…, tan…?
—¿Tan feo? —dijo su marido.
—Yo…
—Ruth, te dije qué aspecto tendría. Te negaste a escucharme. En lo único que pensabas era en volver a ponerle las garras encima.
—¡No, no! —sollozó ella.
—¿Alguna vez respetaste sus deseos? —le preguntó su marido—. ¿Eh? Cuando quería escribir, ¿le dejaste? ¡No! Te burlaste de él. "Sé práctico, cariño", le dijiste. "Es una idea muy bonita, pero tenemos que ser prácticos. Papá te conseguirá una buena plaza en la universidad". 
Ella negó con la cabeza, en silencio.
—Cuando quiso irse a vivir a Nueva York, ¿le dejaste? Cuando quiso casarse con Elizabeth, ¿le dejaste?
Peter contemplaba el campus a oscuras que se extendía a su derecha, y las palabras furiosas de su padre fueron desvaneciéndose. Estaba pensando, soñando con una bonita chica de pelo oscuro que había en su clase. Recordó el primer día que se acercó a él y le habló; lo paseos, los conciertos, los besos suaves y nerviosos, las caricias dulces y tímidas. Hubiese querido sollozar, gritar… Pero una máquina no puede llorar ni tiene un corazón que pueda romperse.
La voz de su padre regresó a él poco a poco.
—Año tras año fuiste convirtiéndolo en una máquina.
La mente de Peter visualizó el largo sendero elíptico que rodeaba el campus, el paseo que tantas veces había recorrido de camino a clase o de vuelta, agarrando con fuerza el maletín, tocado con el sombrero gris que le cubría la calva incipiente…
¡Estaba quedándose calvo a los veintiocho! El pesado abrigo en invierno, el traje de tweed gris en otoño y primavera, y el de lino a rayas en los meses cálidos, cuando daba los cursos de verano. No había más que días deprimentes que se sucedían hasta el infinito.
Hasta que terminó con ellos.
—Sigue siendo mi hijo —oyó decir a su madre.
—¿Estás segura? —se mofó su padre.
—Sigue siendo su mente, y la mente de un hombre lo es todo.
—¿Y qué pasa con su cuerpo? ¿Qué pasa con sus manos? No son más que dos pinzas con puntas, como ganchos. ¿Lo cogerás de la mano, como solías hacer? Esos brazos de metal con remaches… ¿Dejarás que te abrace?
—John, por favor…
—¿Qué harás con él? ¿Vas a meterlo en un armario? ¿Vas a esconderlo cuando tengamos invitados? ¿Qué harás…?
—¡No quiero hablar de eso!
—¡Tienes que hablar! ¿Y la cara? ¿Vas a besarlo en la cara?
Ella se estremeció y, de repente, su marido acercó el coche al bordillo y frenó de golpe.
—¡Míralo! ¿Serás capaz de besar esta cara de metal? ¿Es este tu hijo? ¿Es esto tu hijo?
No pudo mirarlo, y aquello fue el golpe de gracia para el cerebro de Peter, porque supo que su madre en realidad no amaba su mente, su personalidad, su carácter. Idolatraba al ser vivo, el cuerpo que ella podía dirigir, las manos que ella podía coger, las respuestas que ella podía controlar.
—Nunca lo has querido —le espetó su padre con crueldad— Era una propiedad tuya. Y lo destruiste.
—¡Que lo destruí…! —gimió ella, angustiada.
—Sí, me destruiste —dijo de repente la máquina. Los dos se volvieron horrorizados.
—Creía que… —musitó su padre.
—Ahora soy, de forma objetiva, lo que siempre he sido —dijo el robot—: Una máquina controlada. 
Los engranajes de la garganta se movieron.
—Mamá, llévate a tu pequeñín a casa —dijo la máquina.
Pero el doctor Dearfield ya había girado en redondo y regresaba al laboratorio.

FIN