2024/02/05

El robot vanidoso (Henry Kuttner y Catherine L. Moore)


Título original: The proud robot
Año: 1943


A menudo le pasaban… cosas a Gallegher —que tocaba la ciencia de oído—. Era, como él solía observar, un genio accidental. A veces empezaba con un trozo de alambre, unas pocas baterías y un broche, y antes de terminar ya había concebido un nuevo tipo de refrigerador. 
En ese momento sufría la resaca de una borrachera. Exhausto, esmirriado, desmañado, manipulaba su bar mecánico tendido en el diván de su laboratorio, y un mechón de pelo oscuro le colgaba descuidadamente sobre la frente. Un Martini muy seco goteó del grifo a su boca ávida. Estaba tratando de recordar algo, pero sin mayor esfuerzo. Tenía que ver con el robot, desde luego. Bueno, no importaba.
—Eh, Joe —dijo Gallegher. El robot, orgullosamente erguido ante el espejo, se examinaba las entrañas. El caparazón era transparente, y adentro los engranajes giraban a gran velocidad.
—Cuando me llames así —indicó Joe—, susurra. Y echa a ese gato de aquí.
—No tienes un oído tan sensible…
—Claro que sí. Oigo perfectamente los pasos del gato.
—¿Cómo suenan? —preguntó Gallegher, interesado.
—Como tambores —dijo el robot con petulancia—. Y cuando hablas tú, es como un trueno.
La voz de Joe era un chillido discordante, y Gallegher pensó en comentar algo sobre pajas en ojos ajenos y vigas en los propios. Con cierto esfuerzo se concentró en el panel luminoso de la puerta, donde esperaba una sombra. Una sombra familiar, pensó Gallegher.
—Soy Brock —dijo el visitante—. Harrison Brock. ¡Déjame entrar!
—La puerta está sin llave —respondió Gallegher sin moverse, mirando gravemente al hombre maduro y elegante que entraba; y trató de recordar.
Brock tenía entre cuarenta y cincuenta años, y una cara pulcramente masajeada y afeitada al ras. Lucía una expresión de absoluta intolerancia. Probablemente Gallegher conocía al hombre. No estaba seguro…, en fin. Brock examinó el amplio y caótico laboratorio, parpadeó al ver al robot, buscó una silla y no la encontró. Con los brazos en jarras se balanceó sobre los talones, clavando los ojos en el científico postrado.
—¿Bien? —dijo.
—Nunca empiece las conversaciones así —farfulló Gallegher, echándose otro Martini en el garguero—. Ya he tenido suficientes problemas por hoy. Siéntese y póngase cómodo. Atrás tiene una dinamo. No está sucia, ¿verdad?
—¿Lo ha logrado? —barbotó Brock—. Es todo lo que quiero saber. Ya tuvo una semana. En el bolsillo tengo un cheque por diez mil. ¿Lo quiere o no?
—Claro —dijo Gallegher, y extendió una mano vacilante—. Démelo.
—Caveat emptor. ¿A cambio de qué?
—¿Y usted no lo sabe? —preguntó el científico, francamente asombrado. Brock se paseaba de un lado a otro como una fiera enjaulada.
—Dios mío —dijo—. Me han dicho que si alguien puede ayudarme es usted. Seguro. Y también que sacarle una frase sensata costaría tanto como arrancarle un diente. ¿Es usted un técnico o un imbécil?
Gallegher reflexionó.
—Un minuto. Empiezo a recordar. Hablé con usted la semana pasada, ¿no?
—Habló… ¡Sí! —La cara redonda de Brock se puso rosada—. Y se quedó allí postrado, empinando el codo y recitando poemas. También cantó Frankie and Johnnie, y por último se las compuso para aceptar mi encargo.
—Lo cierto es que estuve borracho… Me emborracho a menudo —dijo Gallegher—. Especialmente si estoy de vacaciones. Me libera el subconsciente, y así puedo trabajar. Mis mejores inventos los he hecho borracho —prosiguió felizmente—. Entonces todo parece muy claro. Claro como una campana. Se dice una campana, ¿verdad? De cualquier modo… —perdió la ilación y pareció intrigado—. De cualquier modo, ¿de qué hablaba usted?
—¿Se callarán de una vez? —preguntó el robot, de pie frente al espejo. Brock se sobresaltó; Gallegher le tranquilizó con un gesto.
—No le haga caso a Joe. Lo terminé anoche, y ya me estoy arrepintiendo.
—¿Un robot?
—Un robot. Pero no sirve para nada. Lo hice cuando estaba borracho, y no tengo la más remota idea de cómo ni porqué. Lo único que sabe hacer es quedarse allí, admirándose. Y canta. Berrea como un alma en pena. No tardará en oírle.
No sin esfuerzo, Brock volvió al asunto que los ocupaba.
—Mire, Gallegher. Estoy en un aprieto. Usted prometió ayudarme. De lo contrario, estoy arruinado.
—Yo hace años que estoy arruinado —observó el científico—. Y no me fastidio. Simplemente sigo trabajando para ganarme el sustento y hago cosas en mi tiempo libre. Todo tipo de cosas. ¿Sabe? Si hubiera estudiado de veras, habría sido otro Einstein. Así me han dicho. Y parece que mi subconsciente ha asimilado un entrenamiento científico de primera en alguna parte. Por eso nunca me fastidio. Cuando estoy borracho o muy distraído puedo resolver el problema más endemoniado.
—Ahora está borracho —le acusó Brock.
—Me aproximo a los niveles más gratos. ¿Cómo se sentiría usted si despertara viendo que ha inventado un robot por alguna razón desconocida, y no tiene la menor idea de los atributos de la criatura?
—Bueno…
—Pues yo no me siento así —murmuró Gallegher—. Probablemente usted se toma la vida demasiado en serio, Brock. El vino estimula el humor; la bebida fuerte enfurece. Perdóneme. Yo me enfurezco —bebió otro Martini.  Brock se puso a caminar por el laboratorio atestado, sorteando varios objetos sucios y enigmáticos al pasar.
—Si usted es científico, el cielo ayude a la ciencia.
—Soy el Larry Adler de la ciencia —dijo Gallegher—. Era un músico… Vivió hace varios cientos de años, creo. Soy como él. Nunca en mi vida tomé lecciones. ¿Qué le voy a hacer si tengo un subconsciente bromista?
—¿Sabe quién soy yo? —preguntó Brock.
—Honestamente, no. ¿Tendría que saberlo?
—Podría tener la cortesía de recordarlo, aunque haya pasado una semana —dijo el otro con amargura—. Harrison Brock. Ése soy yo. El dueño de Películas Vox-Visión.
—No —dijo de pronto el robot—, es inútil. Absolutamente inútil, Brock.
—Qué diabl…
Gallegher suspiró fatigosamente.
—Olvidaba que la maldita cosa está viva. Señor Brock, le presento a Joe. Joe, te presento al señor Brock, de Vox-Visión.
Joe se volvió, el cráneo transparente atiborrado de engranajes.
—Encantado de conocerle, señor Brock. Permítame felicitarle por tener la buena suerte de oír mi encantadora voz.
—Ugh —farfulló el magnate—. Hola.
—Vanidad de vanidades, todo es vanidad —intervino Gallegher, sotto voce—. Así es Joe. Un pavo real. Además no vale la pena discutir con él.
El robot ignoró este aparte.
—Pero es inútil, señor Brock —continuó Joe con su voz chillona—. No me interesa el dinero. Entiendo que llevaría felicidad a muchos si accediera a aparecer en sus películas, pero la fama no significa nada para mí. Nada. Me basta con la conciencia de mi belleza.
Brock se mordisqueó los labios.
—Mira —dijo airadamente—, no he venido aquí para ofrecerte trabajo. ¿Ves? ¿Te estoy ofreciendo algún contrato acaso? Qué descaro… ¡Bah! Estás loco…
—Sus planes son absolutamente transparentes —señaló el robot con frialdad—. Veo que está abrumado por mi belleza y la magnificencia de mi voz, de gran riqueza tonal. No tiene porqué simular lo contrario para regatear el precio. He dicho que no me interesa.
—¡Estás l-o-o-c-c-c-o! —aulló Brock, perdiendo totalmente los estribos. Gallegher reía para sus adentros.
—Joe es muy susceptible —dijo—. Eso ya lo descubrí. Además, debí de instalarle sentidos muy especiales; hace una hora se echó a reír desaforadamente. Al parecer, sin motivo. Yo me estaba preparando algo de comer. Diez minutos después resbalé en un corazón de manzana que había en el suelo y me di un porrazo. Joe me miró. "Era por eso", dijo. "Lógica de la probabilidad. Causa y efecto. Sabía que ibas a tirar ese corazón de manzana y a patinar cuando fueras a recoger la correspondencia". Como la Reina Blanca, supongo. Es pobre la memoria que no funciona en ambas direcciones.


Brock se sentó en la pequeña dinamo —había dos: La más grande, llamada Monstro, y la más pequeña, que Gallegher usaba de banco— e inhaló profundamente.
—Los robots no son ninguna novedad.
—Éste sí. Odio sus engranajes. Ya me está dando un complejo de inferioridad. Ojalá supiera por qué lo he inventado —suspiró Gallegher—. En fin. ¿Quiere un trago?
—No. He venido a hablar de negocios. ¿De veras pasó la semana construyendo un robot en vez de solucionar el problema para el que le contraté?
—¿Un contrato contingente, verdad? —preguntó Gallegher—. Creo recordar ese detalle.
—En efecto —dijo Brock con satisfacción—. Diez mil, contra entrega.
—¿Por qué no me da el dinero y se lleva el robot? Vale la pena. Métalo en una película.
—No produciré ninguna película, a menos que usted me dé una solución — exclamó Brock—. Le he contado todo al respecto.
Brock tragó saliva, tomó una revista cualquiera de la biblioteca y sacó una estilográfica.
—De acuerdo. Mis acciones preferidas están en veintiocho, muy por debajo del valor… —Garabateó cifras en la revista.
—Si hubiera tomado el folio medieval que está al lado, le habría costado muy caro —dijo ociosamente Gallegher—. ¿Así que usted es de esos que escriben en los manteles, eh? No me hable de acciones y cosas raras. Vaya al grano. ¿A quién quiere embaucar?
—Es inútil —dijo el robot mirándose en el espejo—. No firmaré contrato. La gente puede venir a admirarme, si quiere. Pero tendrá que susurrar en mi presencia…
—Qué manicomio —masculló Brock, tratando de dominarse—. Escuche, Gallegher. Le conté todo esto hace una semana, pero… a él.
—Entonces no estaba Joe… Haga como que le cuenta.
—Eh… Mire. Imagino que por lo menos habrá oído hablar de Vox-Visión.
—Claro. La mejor compañía de televisión, y la más grande. Sonatone es prácticamente la única competidora.
—Sonatone me está extorsionando. 
Gallegher se sorprendió.
—No entiendo cómo. Usted tiene el mejor producto. Color tridimensional, toda clase de artefactos modernos, los mejores actores, músicos, cantantes…
—Es inútil —dijo el robot—. Dije que no.
—Cállate, Joe. Nadie puede superarle, Brock, se lo aseguro. Siempre oí decir que usted era bastante honesto. ¿Cuál es el arma de Sonatone?
Brock hizo un ademán de impotencia.
—Oh, política. Los teatros clandestinos. Tengo las manos atadas. Sonatone contribuyó a elegir la administración actual y la policía hace la vista gorda.
—¿Teatros clandestinos? —preguntó Gallegher, frunciendo el ceño—. Algo he oído…
—Es historia vieja. De los tiempos del cine sonoro. La televisión casera liquidó el cine sonoro y las salas grandes. La gente perdió el hábito de reunirse en gran número para mirar una pantalla. Los televisores mejoraron. Era más cómodo sentarse en una mecedora, beber cerveza y mirar el espectáculo. La televisión ya no era un artículo de lujo. El sistema de medidores puso los precios al alcance de la clase media. Todo el mundo lo sabe.
—Yo no —dijo Gallegher—. Nunca presto atención a lo que pasa fuera de mi laboratorio a menos que sea necesario. Licor y una mente selectiva. Ignoro lo que no me afecta directamente. Explíqueme todo con detalle, así tendré un cuadro completo. No me molesta que me repitan las cosas. Bien, ¿en qué consiste el sistema de medidores?
—Los televisores se instalan gratis. Nunca los vendemos, los alquilamos. La gente paga según las horas que los tienen encendidos. El espectáculo es continuado: Obras de teatro, películas, óperas, orquestas, cantantes, vodevil… todo. El que usa mucho el televisor, paga proporcionalmente. El inspector pasa una vez por mes y lee el medidor. Es un sistema justo. Cualquiera puede costearse un Vox-Visión. Sonatone y las otras compañías hacen lo mismo, pero mi única competidora importante es Sonatone. Al menos, es la más indecente. El resto de los muchachos…, son más pequeños que yo, pero no les paso por encima. Nunca me han llamado sucio —dijo sombríamente Brock.
—¿Entonces?
—Entonces Sonatone ha empezado a depender de la audiencia. Hasta hace poco era imposible: No se podía magnificar la televisión tridimensional en una pantalla grande sin rayas ni sombras en la imagen. Por eso en los hogares se usaban las pantallas de un metro por uno veinte. Los resultados eran perfectos. Pero Sonatone compró muchas de las salas fantasma en todo el país.
—¿Qué es una sala fantasma? —preguntó Gallegher.
—Bueno… Antes del derrumbe del cine sonoro hubo grandes proyectos. Grandes de veras. ¿Oyó hablar alguna vez del Radio City Music Hall? Bueno, eso no era suficiente. La televisión tenía éxito y la competencia era feroz. Los cines fueron más grandes y más sofisticados. Eran palacios. Tremendos. Pero cuando se perfeccionó la televisión nadie iba al cine, y a veces demolerlos era demasiado caro. Salas fantasma, ¿ve? Grandes y pequeñas. Las renovaron. Y proyectaban programas de Sonatone. La atracción masiva es un factor crucial. Las salas cobran muy caro, pero la gente las llena. Novedad y gregarismo.
Gallegher cerró los ojos.
—¿Qué le impide hacer lo mismo?
—Las patentes —dijo concisamente Brock—. Le mencioné que la televisión dimensional no se podía usar en pantallas grandes hasta hace poco. Hace diez años Sonatone firmó un acuerdo conmigo, estipulando que todo perfeccionamiento en ese sentido sería compartido. Se escabulleron. Dijeron que el contrato era falso, y la justicia los amparó. Ellos amparan a los jueces… Política. De todos modos, los técnicos de Sonatone descubrieron un método para usar la pantalla grande. Lo patentaron. Registraron veintisiete patentes, en realidad, para cubrir todas las variantes posibles de la idea. Mi personal técnico ha trabajado día y noche para descubrir algún método similar que no implique una infracción, pero Sonatone abarca todos los matices. Tienen un sistema llamado Magna. Se puede instalar en cualquier tipo de televisor pero ellos sólo permiten que se instale en aparatos Sonatone. ¿Entiende?
—Deshonesto, pero legal —dijo Gallegher—. No obstante, usted ofrece a la clientela algo más ventajoso. La gente quiere calidad. El tamaño no importa.
—Sí —dijo amargamente Brock—, pero eso no es todo. Los noticiarios sólo hablan de AM. La expresión de moda. Atracción Masiva. El instinto gregario. Usted tiene razón, la gente quiere calidad. ¿Pero compraría usted whisky a cuatro dólares la botella si puede conseguirla por dos?
—Depende de la calidad. ¿Qué ocurre?
—Las salas clandestinas —dijo Brock—. Las han inaugurado en todo el país. Exhiben productos Vox-Visión, y utilizan el sistema de amplificación Magna que patentó Sonatone. La entrada es barata…, más barata que tener un Vox-Visión en casa. Además, la atracción masiva. Además, la emoción de un acto ligeramente ilegal. Por todas partes la gente renuncia al Vox-Visión. Yo sé por qué. Puede asistir a las salas clandestinas.
—Es ilegal —dijo pensativamente Gallegher.
—Igual que la venta de bebidas alcohólicas durante la Prohibición. Tener protección, ésa es la clave. No puedo emprender ninguna acción legal. Lo he intentado. Estoy tocando fondo. Pronto estaré en bancarrota. No puedo abaratar las tarifas por el alquiler de Vox-Visiones. Ya son nominales. Mi ganancia depende de la cantidad. Ahora no gano. En cuanto a las salas fantasma, es obvio quién las respalda.
—¿Sonatone?
—Claro. Bajo cuerda. A cambio de un porcentaje. Lo que esperan es que quiebre y me retire, y así tendrían el monopolio. Después, proyectarán las peores birrias y pagarán salarios de hambre a los artistas. Conmigo es diferente. Yo le pago a la gente lo que vale… Mucho.
—Y a mí me ha ofrecido unos pobres diez mil —observó Gallegher—. Vaya…
—Era sólo un adelanto —se apresuró a decir Brock—. Diga la cifra que le parezca conveniente… dentro de lo razonable —agregó.
—De acuerdo. Será una cifra astronómica. ¿Hace una semana dije que aceptaba el trabajo?
—Sí.
—Entonces debía tener alguna idea de  cómo solucionar el  problema —dijo pensativamente Gallegher—. Veamos. No mencioné nada en particular, ¿verdad?
—Se lo pasó hablando de losas marmóreas y… eh, su amada.
—Entonces estaba cantando —explicó Gallegher con lujo de detalles—. St. James Infirmary. Cantar me calma los nervios, y Dios sabe que a veces me hace falta. La música y el licor. A menudo me pregunto qué compran los vinateros.
—¿Qué?
—Que valga siquiera la mitad de lo que venden. Olvídelo. Estoy citando a Omar. No significa nada. ¿Los técnicos de usted son buenos?
—Los mejores. Y los mejor pagados.
—¿No pueden descubrir un proceso de magnificación que no contravenga las normas Magna de Sonatone?
—En síntesis, ése es el problema.
—Supongo que tendré que investigar un poco —dijo tristemente Gallegher—. Algo que detesto. Pero la suma de las partes equivale al total. ¿Para usted eso tiene sentido? Para mí no. Las palabras me dan trabajo. Después que digo algo, empiezo a preguntarme qué he dicho. Mejor que mirar un drama —concluyó, irritado—. Me duele la cabeza. Demasiada charla y poco licor. ¿Dónde estamos?
—A un paso del manicomio —sugirió Brock—. Si no fuera usted mi último recurso, yo…
—Es inútil —dijo chillonamente el robot—. Rompa ese contrato, Brock. No firmaré, la fama no es nada para mí…
—Si no te callas la boca —advirtió Gallegher—, te aullaré en el oído.
—¡Está bien! —gimió Joe—. ¡Pégame! ¡Vamos, pégame! Cuanto peor me trates, antes se me descompondrá el sistema nervioso, y moriré. No me importa. No tengo instinto de supervivencia. Pégame. Verás si me importa.


—Él tiene razón, ¿sabe usted? —dijo el científico tras una pausa—. Y es la única manera lógica de responder al chantaje o las amenazas. Cuanto antes termine, mejor. Joe no tiene muchos matices. Cualquier cosa que le duela de veras lo destruirá. Y le importa un comino.
—A mí también —rezongó Brock—. Lo que quiero es descubrir…
—Sí, lo sé. Bien. Daré un paseo y veremos qué se me ocurre. ¿Puedo entrar en sus estudios?
—Aquí tiene un pase —Brock garabateó algo en el dorso de una tarjeta—. ¿Se pondrá a trabajar de inmediato?
—Claro —mintió Gallegher—. Ahora váyase y tómelo con calma. Tranquilícese. Todo está bajo control. O encuentro una solución rápida a su problema, o bien…
—¿O bien, qué?
—O bien, no —concluyó blandamente el científico, y apretó los botones de un panel de control cerca del diván—. Estoy harto de Martinis. ¿Por qué no habré hecho un mozo mecánico de ese robot, cuando lo fabricaba? Hasta el esfuerzo de elegir y apretar botones me deprime a veces. Sí, pondré manos a la obra, Brock. Cálmese.
El magnate titubeó.
—Bien, usted es mi única esperanza. Ni hace falta mencionar que si hay algo que yo pueda hacer para ayudarle…
—Una rubia —murmuró Gallegher—. Esa estrella despampanante que tiene usted, Silver O’Keefe. Mándemela. No necesito nada más.
—Adiós, Brock —dijo chillonamente el robot—. Lamento que no pudiéramos cerrar un trato, pero al menos tuvo usted el inolvidable deleite de oír mi bella voz, por no mencionar el placer de verme. No difunda lo hermoso que soy. Las multitudes me fastidian de veras. Son ruidosas.
—Uno no sabe qué es el dogmatismo hasta que habla con Joe —dijo Gallegher—. Oh, bien. Hasta pronto. No se olvide de la rubia.
—Adiós, feo —dijo Joe.
A Brock le temblaban los labios. Buscó palabras, desistió, y por último se volvió hacia la puerta.
El portazo hizo parpadear a Gallegher, aunque fueron los oídos hipersensibles del robot los que más sufrieron.
—¿Por qué eres así? —preguntó Gallegher—. Casi le provocas una apoplejía.
—Sin duda no se creerá bello —observó Joe.
—La belleza está en los ojos de quien contempla.
—Qué estúpido eres. Tú también eres feo.
—Y tú eres un conglomerado de engranajes, pistones y ruedas. Te falta un tornillo —dijo Gallegher, aunque en un sentido literal era lo que menos faltaba en el cuerpo del robot.
—Soy adorable. 
Joe se miró extasiado en el espejo.
—Para ti, quizá. ¿Por qué te habré hecho transparente?
—Para que otros pudieran admirarme. Tengo visión de rayos X, por supuesto.
—Y ruedas en la cabeza. ¿Por qué te habré puesto el cerebro radioatómico en el estómago? ¿Protección?
Joe no respondió. Tarareaba con una voz espantosamente chillona, estridente y enervante. Gallegher lo soportó un rato, tonificado con un gin-soda del sifón.
—¡Basta! —aulló al fin—. Suenas como un tranvía viejo doblando una esquina.
—Me tienes envidia, es todo —replicó Joe, pero obedientemente elevó la voz a un tono supersónico. Durante medio minuto hubo silencio. Luego todos los perros del vecindario se pusieron a aullar.
Gallegher enderezó fatigosamente el cuerpo desgarbado. Era mejor irse. Obviamente en el laboratorio no tendría paz. No con esa pila de chatarra halagándose el ego constantemente.
Joe soltó una risita discordante. Gallegher parpadeó.
—¿Y ahora, qué?
—Ya lo descubrirás.
La lógica de causas y efectos, más el cálculo de probabilidades, la visión de rayos X y otros sentidos enigmáticos que el robot sin duda poseía. Gallegher maldijo entre dientes, manoteó un sombrero negro y deforme y se dirigió a la puerta. Apenas la abrió entró un hombre bajo y gordo que rebotó dolorosamente en el estómago del científico.
—¡Ufff! Oh. Qué pésimo sentido del humor tiene ese bastardo. Hola, señor Kennicott. Me alegra verle. Lamento no poder ofrecerle un trago.
La cara atezada del señor Kennicott se retorció con malicia.
—No quiero ningún trago. Quiero mi dinero. Dámelo. ¿Qué te parece? 
Gallegher contempló pensativamente el vacío.
—Bueno, justamente iba a buscar un cheque.
—Te vendo mis diamantes. Dices que vas a hacer algo con ellos. Me das el cheque por adelantado. Me lo rebotan, rebotan, rebotan. ¿Por qué?
—No tenía fondos —musitó Gallegher—. Nunca recuerdo el saldo de mi cuenta bancaria.
Kennicott parecía a punto de rebotar, rebotar, rebotar en el umbral.
—Devuélveme los diamantes, ¿eh?
—Bueno. Los usé en un experimento, no recuerdo cuál. ¿Sabe, señor Kennicott? Creo que cuando los compré, estaba un poco borracho, ¿no?
—Borracho —convino el hombrecillo—. Apestabas a alcohol. ¿Y qué con eso? No espero más. Ya me sacaste de las casillas. Págame ahora o pobre de ti.
—Largo de aquí, sucio —dijo Joe desde dentro del cuarto—. Eres un espanto.
Gallegher se apresuró a empujar a Kennicott hacia la calle y trabar la puerta a sus espaldas.
—Un loro —explicó—. Pronto le torceré el pescuezo. Ahora, en cuanto al dinero… Admito que estoy en deuda con usted. Acabo de tomar un trabajo importante, y cuando me paguen le daré lo suyo.
—No me vengas con ésas —dijo Kennicott—. ¿Tienes un puestazo, no? ¿Trabajas de técnico en alguna gran compañía, eh? Pide un sueldo adelantado.
—Ya lo he pedido —suspiró Gallegher—. Pedí seis sueldos. Mire, en dos días le devolveré el dinero. Quizá pueda sacarle un adelanto a mi cliente. ¿De acuerdo?
—No.
—¿No?
—Ah, está bien. Espero un día. Dos días, tal vez. Y basta. Consigue el dinero. Todo. Si no, vas a la cárcel.
—Dos días es más que suficiente —dijo Gallegher, aliviado—. Dígame, ¿hay algún teatro clandestino cerca de aquí?
—Mejor ponte a trabajar y no pierdas el tiempo.
—Ése es mi trabajo. Estoy haciendo una investigación. ¿Dónde podré encontrar una de esas salas?
—Es fácil. Vas al centro, te entiendes con el fulano que está en la puerta. Él te venderá la entrada. En cualquier parte. Por todas partes.
—Magnífico —dijo Gallegher, despidiéndose del hombrecillo.
¿Pero por qué le habría comprado diamantes a Kennicott? Casi valdría la pena hacerse amputar el subconsciente. Hacía las cosas más extraordinarias. Funcionaba regido por una lógica inflexible, pero esa lógica era absolutamente extraña para la mente consciente de Gallegher. No obstante, los resultados con frecuencia eran asombrosamente buenos, y siempre asombrosos. Eso era lo peor de ser un científico sin conocimientos científicos. El problema de tocar de oído.
En el laboratorio quedaba una retorta con polvo de diamantes, de algún experimento insatisfactorio realizado por el subconsciente de Gallegher; y tenía el vago recuerdo de haberle comprado las piedras a Kennicott. Curioso. Tal vez… Oh, sí. Eran para Joe. Soportes, o algo por el estilo. Desmantelar el robot ya no serviría de nada, pues sin duda los diamantes habían sido triturados. ¿Por qué diablos no había usado piedras comerciales, igualmente satisfactorias, en vez de comprar diamantes blanco-azulados de primera clase? Lo mejor era poco para el subconsciente de Gallegher. Se desentendía absolutamente de los instintos comerciales. Simplemente no comprendía el sistema de precios de los principios económicos básicos.


Gallegher vagabundeó por la ciudad como un Diógenes en busca de la verdad. Atardecía, y las luminarias centelleaban en lo alto, pálidas barras de luz contra la oscuridad. Un letrero volante fulguraba sobre las torres de Manhattan. Los aerotaxis, que circulaban en diversos niveles convencionales, se detenían para recoger pasajeros en las pistas con ascensor. En el centro, Gallegher se puso a estudiar los portales. Al fin encontró uno ocupado, pero el hombre vendía postales. Gallegher declinó la oferta y enfiló hacia el bar más cercano, pues necesitaba combustible. Era un bar móvil que combinaba lo peor de un viaje a Coney Island con cócteles poco inspirados, y en el umbral Gallegher titubeó. Pero finalmente tomó una silla que le pasó por delante y se relajó lo más que pudo. Ordenó tres gin-soda y los bebió en rápida sucesión. Después llamó al dueño del bar y le preguntó por los teatros clandestinos.
—Diablos, sí —dijo el hombre, sacando un fajo de entradas de su bata—. ¿Cuántas?
—Una. ¿Dónde es?
—Dos veintiocho. Por esta calle. Pregunte por Tony.
—Gracias —dijo Gallegher, y tras pagar una suma exorbitante bajó de la silla y se fue en zigzag. Los bares móviles eran un progreso que él no apreciaba, pues pensaba que era mejor beber en un estado de inmovilidad. Al otro estado siempre se llegaba después, de todos modos.
La puerta estaba al pie de unas escaleras, y tenía un enrejado. Gallegher golpeó y se encendió la pantalla. Obviamente un circuito unidireccional, pues al portero no le veía.
—¿Tony? —dijo Gallegher.
La puerta se abrió y descubrió a un hombre ojeroso con pantalones amplios que no lograban realzarle la figura huesuda.
—¿Tiene la entrada? Veamos. Bien, amigo. Siga derecho. El espectáculo ya empezó. Se sirven bebidas en el bar de la izquierda.
Gallegher pasó entre las cortinas a prueba de sonido del extremo de un pasillo corto, y se encontró en lo que parecía el foyer de un teatro antiguo, de alrededor de 1980, cuando el plástico era la última moda. Llegó al bar guiado por su olfato, pagó muy caro un licor barato y así fortificado entró en la sala. Estaba casi llena. La gran pantalla —presumiblemente una Magna— estaba poblada de gente que le hacía cosas a una nave espacial. Un film de aventuras o un noticiario, comprendió Gallegher.
Sólo el acicate de lo ilícito podía atraer una audiencia tal a ese teatrucho. Hedía. Sin duda lo mantenían con una bicoca, y no había acomodadores. Pero era ilegal, y por lo tanto tenía una buena clientela. Gallegher estudió la pantalla; ni rayas ni distorsiones. Un amplificador Magna había sido instalado sin licencia en un televisor Vox-Visión, y una de las mayores estrellas de Brock actuaba eficazmente para beneficio de los dueños de la sala clandestina. Un robo, lisa y llanamente.
Al rato Gallegher salió, y vio un policía de uniforme en una de las butacas del pasillo. Sonrió sardónicamente. El polizonte sin duda no había pagado la entrada. La política seguía igual que siempre.
A dos calles un resplandor de luz anunciaba el SONATONE BIJOU. Ésta, desde luego, era una de las salas legales y proporcionalmente cara. Gallegher despilfarró una pequeña fortuna en una buena ubicación. Le interesaba comparar, y descubrió que, por lo que él podía ver, el Magna del Bijou y el del teatro clandestino eran idénticos. Ambos cumplían sus funciones a la perfección. La difícil tarea de ampliar las pantallas de televisión se había cumplido exitosamente.
En el Bijou, sin embargo, todo era palaciego. Acomodadoras espléndidas hacían reverencias pomposas. Los bares servían licores gratis en cantidades razonables. Había un baño turco. Gallegher pasó por la puerta de "caballeros" y quedó deslumbrado por la magnificencia del lugar. Hasta por lo menos diez minutos después, se sintió como un sibarita.
Esto significaba que todo aquel que podía costeárselo iba a los teatros Sonatone legales, y el resto se metía en las salas clandestinas. Todos salvo unos cuantos espectadores hogareños a los que no les entusiasmaba la nueva moda. Eventualmente Brock tendría que renunciar por falta de ingresos; Sonatone monopolizaría todo, elevaría los precios y se dedicaría a hacer dinero. La diversión era necesaria en la vida, y la gente estaba condicionada para ver televisión. No había sustitutos. Una vez que Sonatone se saliera con la suya, todos pagarían más y más por menos y menos talento. Gallegher dejó el Bijou y llamó un aerotaxi. Dio la dirección del estudio de Vox-Visión en Long Island, con la vaga esperanza de sacarle a Brock una cuenta corriente. Y además, quería seguir investigando.
 
Las oficinas de Vox-Visión en el este se extendían por todo Long Island bordeando el Sound, un vasto conglomerado de edificios de formas distintas. Gallegher encontró instintivamente el comedor, donde absorbió más licor como medida precautoria; su subconsciente tenía una ardua tarea por delante, y no quería entorpecerlo frenándole la libertad. Además, el Collins era bueno. Después de un trago decidió que por el momento era suficiente. No era un superhombre, aunque su capacidad fuera ligeramente increíble. Sólo lo suficiente para la claridad objetiva y la liberación subjetiva.
—¿El estudio siempre está abierto de noche? —preguntó al mozo.
—Claro. Algunos sets, por lo menos. El programa cubre las veinticuatro horas.
—El comedor está lleno…
—También recibimos a la gente del aeropuerto. ¿Otro?
Gallegher meneó la cabeza negativamente y salió. La tarjeta de Brock le permitió trasponer un portón. Luego fue directamente a la oficina del gran cacique. Brock no estaba allí, pero se oyeron voces altas, estridentemente femeninas.
—Un minuto, por favor —dijo la secretaria, y utilizó el visor interno—. Pase, por favor.
Gallegher pasó. La oficina era muy bonita, funcional y lujosa al mismo tiempo. Había fotos tridimensionales en nichos a lo largo de las paredes: Las estrellas más grandes de Vox-Visión. Una morena menuda, excitada y bonita, estaba sentada al escritorio, y frente a ella había un ángel rubio, de pie y furibundo.
Gallegher reconoció al ángel: Silver O’Keefe. Aprovechó la oportunidad.
—Qué tal, señorita O’Keefe. ¿Me autografía un cubo de hielo? ¿Dentro de un cóctel?
Silver puso cara felina.
—Lo siento, guapo, pero soy una chica que trabaja. Y en este momento estoy ocupada.
La morena encendió un cigarrillo.
—Arreglemos esto después, Silver. Papá dijo que viera a este hombre si venía. Es importante.
—Lo arreglaremos. Y pronto —dijo Silver saliendo de escena. Gallegher le silbó a la puerta cerrada.
—No es para usted —dijo la morena—. Está bajo contrato. Y quiere cancelar el contrato para poder firmar con Sonatone. Las ratas abandonan el barco. Silver puso el grito en el cielo desde que vio venir la tormenta.
—¿Sí?
—Siéntese y póngase cómodo. Soy Patsy Brock, papá está al frente del negocio y yo manejo los controles cuando él pierde la chaveta. El viejo no aguanta los problemas. Los toma como afrenta personal.
Gallegher buscó una silla.
—Así que Silver quiere desertar, ¿eh? ¿Cuántos más?
—No muchos. La mayoría es leal. Pero claro, si nos vamos a pique… —Patsy Brock se encogió de hombros—. O se ganan el pan trabajando para Sonatone, o dejan de comer.
—Ajá. Bien… Quiero conocer a los técnicos. Quiero echar una ojeada a las ideas que elaboraron para pantallas amplificadoras.
—Adelante —dijo Patsy—. No le servirá de mucho. Es sencillamente imposible fabricar un amplificador de televisión sin infringir alguna patente de Sonatone —apretó un botón, murmuró algo a un visor y poco después aparecieron dos copas altas por una ranura del escritorio—. ¿Señor Gallegher…?
—Bien, ya que es un Collins…
—Me di cuenta por el aliento de usted —dijo enigmáticamente Patsy—. Papá me contó que lo había visto. Parecía algo alterado, especialmente a causa de ese nuevo robot. ¿Cómo es?
—Oh, no sé —dijo Gallegher, desconcertado—. Tiene muchas habilidades, sentidos nuevos, creo. Pero no tengo la más vaga idea de para qué sirve… Salvo para admirarse a sí mismo en el espejo.
Patsy asintió.
—Alguna vez me gustaría verlo. Pero volviendo a lo nuestro, ¿cree que podrá hallar una respuesta?
—Posiblemente. Probablemente.
—¿No seguramente?
—Seguramente, pues. No hay duda… No hay la menor sombra de duda.
—Porque para mí es importante. El dueño de Sonatone es Elia Tone; un auténtico pirata, un fanfarrón. Tiene un hijo llamado Jimmy. Y Jimmy, créase o no, ha leído Romeo y Julieta.
—¿Buen muchacho?
—Un insecto. Un insecto enorme y musculoso. Quiere que me case con él.
—"Dos familias, ambas semejantes en…".
—Sin citas, por favor —interrumpió Patsy—. De todos modos siempre he pensado que Romeo era un imbécil. Y si alguna vez se me cruzara por la cabeza ir al altar con Jimmy Tone me compraría un billete al manicomio, de ida solamente. No, señor Gallegher. Las cosas no son así. Jimmy se me ha declarado… Su idea de una declaración, de paso, es inmovilizar a una muchacha con una llave de judo y anunciarle lo afortunada que es.
—Ah —dijo Gallegher, sorbiendo el Collins.


—Toda esta idea del monopolio de las patentes y las salas clandestinas se la debemos a Jimmy. Estoy segura. El padre también está metido, desde luego. Pero Jimmy Tone es el jovenzuelo brillante que la ha concebido.
—¿Por qué?
—Dos pájaros de un tiro. Sonatone monopolizará el negocio, y Jimmy piensa que me conquistará. Es un poco chiflado. No puede creer que yo le esté rechazando en serio. Supone que después de un tiempo me derretiré y le daré el sí. Algo que no haré, ocurra lo que ocurra. Pero ése es un asunto personal. No puedo dejar que nos gane de esta manera. Quiero borrarle de la cara esa sonrisa boba y engreída.
—Parece que no simpatiza con él, ¿verdad? —observó Gallegher—. No la culpo, si es que él es como usted me lo describe. Bueno, haré lo imposible. Sin embargo, necesitaré una cuenta corriente.
—¿Cuánto?
Gallegher pidió una suma. Patsy le extendió un cheque por una cantidad mucho menor. El científico puso cara larga.
—Es inútil —dijo Patsy con una sonrisa astuta—. He oído hablar de usted, señor Gallegher. Es completamente irresponsable. Si tuviera más que esto, pensaría que no necesita más y se olvidaría del asunto. Le extenderé más cheques cuando los necesite, pero a cambio de facturas detalladas.
—Se equivoca conmigo —dijo Gallegher, sonriendo—. Estaba pensando en invitarla a un club nocturno. Naturalmente no quiero llevarla a una pocilga. Los buenos lugares cuestan. Ahora, si usted me extiende otro cheque…
—No —respondió Patsy, sonriendo.
—¿Quiere comprar un robot?
—No como ése, al menos.
—Entonces, estoy liquidado —suspiró Gallegher—. Bien, ¿qué tal si…?
En ese momento, el visor emitió un zumbido. Una cara rígida y transparente creció en la pantalla. Dentro de la cabeza redonda los engranajes crujían a gran velocidad. Patsy soltó un chillido y se echó hacia atrás.
—Dile a Gallegher que Joe está aquí, muchacha afortunada —anunció una voz chillona—. Podrás recordar mi imagen y mi voz hasta el fin de tus días. Un toque de belleza en un mundo de opacidad…
Gallegher rodeó el escritorio y miró la pantalla.
—Demonios. ¿Cómo has podido…?
—Tenía que resolver un problema.
—¿Y cómo has averiguado mi paradero?
—Te extensioné —dijo el robot.
—¿Me… qué?
—Extensioné que estabas en los estudios Vox-Visión, con Patsy Brock.
—¿Qué es… extensionar? —quiso saber Gallegher.
—Es uno de mis sentidos. No tienes nada ni remotamente parecido, así que no te lo puedo describir. Es como una combinación de sagrazi y precognición.
—¿Sagrazi?
—Oh, tampoco tienes sagrazi, ¿verdad? Bien, no me hagas perder tiempo. Quiero regresar al espejo.
—¿Siempre habla así? —intervino Patsy.
—Casi siempre. A veces es aún más delirante. Bueno, Joe. ¿Que quieres?
—Ya no trabajas más para Brock —dijo el robot—. Trabajas para Sonatone. 
Gallegher inhaló profundamente.
—Sigue hablando. Pero estás chiflado.
—No me gusta Kennicott. Me fastidia. Es demasiado feo. Sus vibraciones me raspan el sagrazi.
—Olvida a Kennicott —dijo Gallegher, que no quería comentar la compra de los diamantes delante de la chica—. Vuelve a…
—Pero yo sabía que Kennicott seguiría viniendo hasta recuperar su dinero. Así que cuando Elia y James Tone vinieron al laboratorio, les acepté un cheque.
La mano de Patsy apretó los bíceps de Gallegher.
—¡Un momento! ¿Qué es esto? ¿El viejo doble juego?
—No. Espere. Déjeme llegar al fondo del asunto. Joe, maldito cascajo transparente, ¿cómo has podido recibir…?
—Simulé ser tú.
—Seguro —dijo Gallegher con sarcasmo—. Eso lo explica todo. Somos gemelos. Absolutamente idénticos.
—Los hipnoticé —explicó Joe—. Les hice creer que yo era tú.
—¿Y puedes hacer eso?
—Sí. Me sorprendió un poco. De todos modos, si lo hubiera pensado, habría extensionado que podía hacerlo.
—Habrías… sí, claro. Yo mismo lo habría extensionado. ¿Qué ocurrió?
—Los Tone debieron sospechar que Brock te pediría ayuda. Ofrecieron un contrato exclusivo: Trabajas para ellos y para nadie más. Muchísimo dinero. Bueno, simulé ser tú y dije que de acuerdo. Así que firmé el contrato (de paso, es tu firma), recibí un cheque y se lo mandé a Kennicott.
—¿Todo el cheque? —balbuceó Gallegher—. ¿Cuánto era?
—Doce mil.
—¿Sólo me ofrecieron eso?
—No —dijo el robot—, ofrecieron cien mil, y dos mil por semana durante cinco años. Pero yo sólo quería asegurarme de que Kennicott no tendría razones para molestarme de nuevo. Los Tone quedaron satisfechos cuando dije que doce mil sería suficiente.
Gallegher emitió un impreciso gorgoteo gutural. Joe asintió pensativamente.
—Creí que era mejor que supieras que ahora trabajas para Sonatone. Bueno, volveré al espejo y cantaré para mí mismo.
—Espera —dijo el científico—. Espera un poco, Joe. Te voy a destrozar pieza por pieza con mis propias manos, y después pisotearé los fragmentos.
—El contrato no tendrá validez legal —cloqueó Patsy.
—Oh, claro que sí —dijo alegremente Joe—. Pueden tener el placer de mirarme por última vez. Debo irme —y se fue.
Gallegher bajó el Collins de un trago.
—Estoy apabullado —informó a la chica—. ¿Qué habré puesto dentro de ese robot? ¿Qué sentidos anormales posee? Hipnotizar a la gente para hacerle creer que él es yo… Que yo soy él… Ni sé lo que digo.
—¿Es una farsa? —dijo Patsy tras una pausa—. Por casualidad, ¿no habrá firmado personalmente un contrato con Sonatone, y después hizo llamar al robot para tener una salida, una coartada? Quién sabe…
—Yo sé. Joe firmó el contrato con Sonatone, no yo. Pero imagínese… Si la firma es una copia perfecta de la mía, si Joe hipnotizó a los Tone para que pensaran que me veían a mí en vez de él, si hubo testigos de la firma…, los dos Tone son testigos, desde luego. Oh…, diablos.
Patsy entornó los ojos.
—Le pagaremos la misma suma que ofreció Sonatone. Sobre una base contingente. Pero usted trabaja para Vox-Visión, eso queda sobreentendido.
—Seguro.
Gallegher miró melancólicamente la copa vacía. Seguro. Trabajaba para Vox- Visión. Pero según todas las apariencias legales había firmado un contrato ofreciendo sus servicios exclusivos a Sonatone durante cinco años. ¡Y por doce mil dólares!
¡Caray! ¿Cuánto le habían ofrecido? Cien mil redondos, y…
No eran los principios, era el dinero. Ahora Gallegher estaba más atado que una paloma mensajera. Si Sonatone podía ganar un pleito en los tribunales, él estaba legalmente sujeto a ellos durante cinco años. Sin más emolumentos. Tenía que cancelar ese contrato de algún modo… Y al mismo tiempo, solucionarle el problema a Brock.
¿Por qué no Joe? El robot, con sus talentos sorprendentes, había metido a Gallegher en este enredo. Tenía que poder solucionarlo. Mejor que pudiera, o el robot vanidoso pronto estaría admirando sus propios fragmentos.
—Eso es —jadeó Gallegher—. Hablaré con Joe. Patsy, sírvame licor enseguida y mándeme al departamento técnico. Quiero ver esos planos.
La muchacha le miró con suspicacia.
—De acuerdo. Si trata de vendernos…
—Es a mí a quien han vendido. Vergonzosamente. Tengo miedo de ese robot. Me extensionó en un buen lío. Eso es, otro Collins… —Gallegher bebió un largo sorbo.


Después Patsy le condujo a las oficinas técnicas. La lectura de los planos tridimensionales se facilitaba con un proyector, un aparato selectivo que evitaba las superposiciones. Gallegher estudió los planos larga y reflexivamente. Había copias de los planos patentados por Sonatone, también. Al parecer, Sonatone había agotado todas las posibilidades. No había salida. A menos que se utilizara un principio totalmente nuevo.
Pero los principios nuevos no se recogían del aire. Además, eso tampoco solucionaba del todo el problema. Vox-Visión podría lograr un nuevo tipo de amplificador que no contraviniera las normas, pero aun así los teatros clandestinos seguirían existiendo y dominando el negocio. AM —la atracción masiva— era ahora un factor primordial. Había que tenerlo en cuenta. No era un problema puramente científico. También había que resolver la ecuación humana.
Gallegher almacenó en la mente la información necesaria, clasificándola prolijamente. Más tarde usaría lo que hiciera falta. Por el momento estaba absolutamente desconcertado. Algo le preocupaba. ¿Qué? El asunto Sonatone.
—Quiero ponerme en contacto con los Tone —le dijo a Patsy—. ¿Alguna idea?
—Puedo llamarles por el visor. 
Gallegher meneó la cabeza.
—Desventaja psicológica. Es muy fácil cortar la comunicación.
—Bien. Si tiene prisa, quizás encuentre a los muchachos de parranda. Veré si averiguo dónde. —Patsy salió y Silver O’Keefe apareció desde atrás de una pantalla.
—Soy una desvergonzada —anunció—. Siempre escucho cuando no debo. A veces oigo cosas interesantes. Si quieres ver a los Tone, están en el Castle Club. Y creo que te llevaré a cambio de aquel trago.
—De acuerdo —dijo Gallegher—. Consigue un taxi. Le diré a Patsy adónde vamos.
—No le gustará —señaló Silver—. Te encuentro en diez minutos en la puerta del comedor. Y mientras tanto, aféitate, ¿quieres?
Patsy Brock no estaba en su oficina, pero Gallegher dejó una nota. Después visitó la sala de baño, se pasó crema invisible por la cara, la dejó allí un par de minutos y se la enjugó con una toalla especial. La barba salía con la crema. Ligeramente reanimado, Gallegher acudió a la cita con Silver y llamó un aerotaxi. Pronto estaban recostados en los asientos, fumando y observándose con cautela.
—¿Bien? —dijo Gallegher.
—Jimmy Tone quiso invitarme a salir esta noche. Por eso sabía dónde encontrarle.
—¿Entonces?
—Esta noche hice algunas averiguaciones. No es común que un desconocido entre en las oficinas administrativas de Vox-Visión. Y me puse a preguntar quién era Gallegher.
—¿Has descubierto algo?
—Lo suficiente para inspirarme algunas ideas. Brock te ha contratado, ¿eh? Y me imagino por qué.
—¿Ergo?
—Tengo el hábito de caer de pie —dijo Silver encogiéndose de hombros; sabía hacerlo muy bien—. Vox-Visión se va al demonio. Sonatone toma el poder. A menos…
—A menos que yo encuentre una solución.
—Correcto. Quiero saber a qué lado del cercado caeré. Quizá tú puedas decírmelo. ¿Quién ganará?
—Siempre apuestas por el ganador, ¿eh? —dijo Gallegher—. ¿No tienes principios? ¿No te importa nada? ¿Has oído hablar alguna vez de moral y escrúpulos?
Silver sonrió de oreja a oreja.
—¿Y tú?
—Bueno, los he oído mencionar. Normalmente estoy demasiado ebrio para entender qué significan. El problema es que mi subconsciente es totalmente amoral, y cuando él toma las riendas, la lógica es la única ley.
Ella arrojó el cigarrillo al East River.
—¿Me cantarás qué lado del cercado es el que me conviene?
—Triunfará la verdad —dijo beatamente Gallegher—. Como siempre. Sin embargo, entiendo que la verdad es una variable, así que estamos de vuelta donde empezamos. Bien, preciosa. Responderé a tu pregunta. Si quieres ganar, quédate a mi lado.
—¿Y tú, de qué lado estás?
—Dios sabrá —dijo Gallegher—. Conscientemente estoy de parte de Brock. Pero quizá mi subconsciente piense de otro modo. Veremos.
Silver no pareció muy convencida, pero no dijo nada. El taxi descendió en el techo del Castle Club con neumática suavidad. El club en sí estaba abajo, en un inmenso salón con forma de medio melón invertido. Cada mesa estaba sobre una plataforma transparente que se podía elevar o bajar a voluntad. Los mozos usaban ascensores de servicio más pequeños para llevar las bebidas a la clientela. No había ningún motivo especial para esta disposición, pero al menos era novedosa; sólo los bebedores más empedernidos se caían de las mesas. Últimamente la gerencia había resuelto colgar redes transparentes bajo las plataformas, por si acaso.
Los Tone, padre e hijo, estaban cerca del techo, bebiendo con dos beldades. Silver remolcó a Gallegher hasta un ascensor de servicio y el científico cerró los ojos mientras subían. El licor que tenía en el estómago protestó furiosamente. Gallegher se inclinó hacia adelante, se aferró de la calva de Elia Tone y se desplomó en un asiento al lado del magnate. Tanteó con la mano hasta encontrar el vaso de Jimmy Tone y lo vació de un trago.
—¿Qué diablos…? —dijo Jimmy.
—Es Gallegher —anunció Elia—. Y Silver. Una grata sorpresa. ¿Se unen a nosotros?
—Sólo socialmente —dijo Silver.
Gallegher, tonificado por el licor, atisbó a los dos hombres. Jimmy Tone era un grandote bronceado y elegante con una quijada protuberante y una sonrisa ofensiva. El padre combinaba los peores rasgos de Nerón y un cocodrilo.
—Estamos celebrando —dijo Jimmy—. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión, Silver? Habías decidido trabajar esta noche.
—Gallegher quería verte. No sé por qué.
Los ojos fríos de Elia se pusieron aún más glaciares.
—De acuerdo. ¿Por qué?
—Entiendo que he firmado un contrato con ustedes —dijo el científico.
—Sí. Aquí tiene una copia fotostática. ¿Por qué?
—Un momento. —Gallegher examinó el documento; parecía su propia firma, ¡maldito robot!—. Es falso —dijo al fin.
Jimmy soltó una risotada.
—Entiendo. Está arrepentido. Lo siento, amigo, pero está en nuestras manos. Ha firmado en presencia de testigos.
—Bueno —dijo ansiosamente Gallegher—, supongo que no me creerían si digo que fue un robot el que firmó.
—¡Ja! —comentó Jimmy.
—Hipnotizándoles para hacerles creer que él era yo.
—Honestamente, no —respondió Elia, acariciándose la calva reluciente—. Los robots no pueden hacer eso.
—El mío sí.
—Pruébelo. Pruébelo ante la corte. Si puede hacerlo, claro… —Elia rió—. Entonces quizás obtenga un veredicto favorable.
Gallegher entornó los ojos.
—No lo había pensado. De todos modos, entiendo que me han ofrecido cien mil redondos, además de un salario semanal.
—Claro, viejo —dijo Jimmy—. Sólo que usted dijo que no necesitaba más que doce mil. Que fue lo que obtuvo. Pero le diré una cosa. Le pagaremos una bonificación por cada producto útil que invente para Sonatone.
Gallegher se levantó.
—Estos canallas no le caen bien a mi subconsciente —le dijo a Silver—. Vámonos.
—Creo que me quedo.
—Recuerda el cercado —le advirtió él crípticamente—. Pero haz como gustes. Yo me voy.
—Ojo, Gallegher —dijo Elia—, usted trabaja para nosotros. Si llegáramos a enterarnos de que le hace favores a Brock le haremos un embargo antes que pueda respirar.
—¿Ah, sí?
Los Tone no se dignaron responder. Gallegher, abatido, buscó el ascensor y bajó.
¿Y ahora? Joe.

Quince minutos después Gallegher entró en el laboratorio. Las luces estaban encendidas, y los perros ladraban frenéticamente en manzanas a la redonda. Joe estaba delante del espejo, cantando inaudiblemente.
—Te haré trizas —dijo Gallegher—. Empieza a rezar tus plegarias, mal nacido, pila de engranajes. En nombre del cielo, te voy a triturar.
—De acuerdo. Pégame —chilló Joe—. Verás si me importa. Envidias mi belleza, es todo.
—¿Belleza?
—No puedes verla toda… Sólo tienes seis sentidos.
—Cinco.
—Seis. Yo tengo muchos más. Naturalmente, la plenitud de mi esplendor se me revela sólo a mí mismo. Pero puedes ver y oír lo suficiente para vislumbrar parte de mi hermosura, de todos modos.


—Chirrías como un furgón de lata oxidada —gruñó Gallegher.
—Tienes oídos sordos. Los míos son hipersensibles. Se te escapa toda la riqueza tonal de mi voz; naturalmente. Y ahora, cállate. La charla me perturba. Estoy apreciando los movimientos de mis engranajes.
—Vive en tu torre de marfil mientras puedas. Espera a que encuentre un martillo.
—Está bien. Pégame. Qué me importa.
Gallegher se desplomó fatigado en el diván. Miraba la espalda transparente del robot.
—Sin duda que me has metido en camisas de once varas. ¿Por qué habrás firmado ese contrato?
—Ya te lo he dicho. Para que Kennicott no viniera a molestarme.
—Nunca había visto un egoísta, un imbécil… ¡Bah! Bueno. Ahora me vas a ayudar. Irás a la corte conmigo y ejercerás tus efectos hipnóticos o lo que fueran. Le probarás al juez que puedes ocupar mi lugar y que ya lo has hecho.
—No iré —dijo el robot—. ¿Por qué habré de ir?
—Porque tú me has metido en esto —aulló Gallegher—. ¡Tienes que sacarme!
—¿Por qué?
—¿Por qué? Porque… Eh… ¡Sería lo más decente!
—Los valores humanos no rigen para los robots —dijo Joe—. ¿Qué me importan las cuestiones semánticas? Rehúso desperdiciar un tiempo que aprovecharía mejor admirando mi belleza. Me quedaré aquí, delante del espejo, eternamente.
—Ya veremos —masculló Gallegher—. Te haré añicos.
—De acuerdo, no me importa.
—¿De veras?
—Ustedes y su instinto de conservación —dijo desdeñosamente el robot—. Bien, supongo que lo necesitan. Criaturas de tan increíble fealdad se destruirían ellas mismas por pura vergüenza si no contaran con algo así para seguir viviendo.
—¿Y si te quito el espejo? —preguntó Gallegher con voz desesperada. Por toda respuesta Joe extendió los ojos sobre los pedúnculos.
—¿Para qué quiero un espejo? Además, puedo extensionarme ubícolamente.
—Olvídalo, todavía no quiero perder el juicio. Escucha, idiota. Se supone que un robot tiene que servir para algo. Para algo útil, quiero decir.
—Yo soy útil. La belleza es todo.
Gallegher cerró los ojos con fuerza y trató de pensar.
—Mira. Supón que invento un nuevo tipo de pantalla amplificadora para Brock. Los Tone la embargarán. Tengo que estar legalmente libre para trabajar para Brock, de lo contrario…
—¡Mira! —gritó chillonamente Joe—. ¡Dan vueltas! Qué hermoso —se miraba extasiado las entrañas ronroneantes.
Gallegher palideció de furor e impotencia.
—¡Maldito seas! —masculló—. Ya encontraré un modo de presionarte. Me voy a la cama —se levantó y apagó las luces desdeñosamente.
—No importa —dijo el robot—. También veo en la oscuridad.
Gallegher dio un portazo. En el silencio, Joe se puso a canturrear desafinadamente.
El refrigerador de Gallegher cubría una pared entera de la cocina. Estaba casi totalmente lleno de bebidas que necesitaban baja temperatura, incluida la cerveza importada con la que siempre empezaba sus borracheras. A la mañana siguiente, ojeroso y desconsolado, Gallegher buscó jugo de tomates, bebió un sorbo a desgana y se apresuró a bajarlo con whisky de cebada. Como ya hacía una semana que estaba achispado, la cerveza no correspondía: Siempre trabajaba acumulativamente, por etapas progresivas. El servicio de comidas depositó un desayuno herméticamente cerrado en una mesa, y Gallegher jugueteó morosamente con el bistec.¿Bien?
La ley era el único recurso, sentenció para sí mismo. Sabía poco sobre la psicología del robot. Pero un juez quedaría impresionado por los talentos de Joe. El testimonio de los robots no tenía validez legal, pero si Joe demostraba sus poderes hipnóticos, quizá se podría anular ese contrato. Gallegher llamó por el visor para iniciar la partida. Harrison Brock aún contaba con influencias políticas de peso, por cierto, y la audiencia se fijó para ese mismo día. Los resultados, sin embargo, sólo los conocían Dios y el robot.
Luego pasaron varias horas de pensamientos intensos pero fútiles. A Gallegher no se le ocurría ningún recurso para obligar al robot a hacer lo que él quería. Si sólo pudiera recordar con qué propósito había creado a Joe… Pero no podía. No obstante…
Al mediodía entró en el laboratorio.
—Escucha, estúpido —dijo—. Vienes a la corte conmigo. Ahora.
—No iré.
—De acuerdo. —Gallegher abrió la puerta y entraron dos sujetos robustos, en ropas de fajina, con una camilla—. Arriba con él, muchachos.
En el fondo, estaba un poco nervioso. Los poderes de Joe eran totalmente desconocidos, sus potencialidades, una incógnita, X. Sin embargo, el robot no era muy grande, y aunque forcejeó y chilló con una voz frenética y estridente, no tardaron en tenderlo en la camilla y ponerle una camisa de fuerza.
—¡Basta! ¡No pueden hacerme esto! ¡Suéltenme! ¿No me oyen? ¡Suéltenme!
—Afuera —ordenó Gallegher.
Joe, pese a sus clamorosas protestas, fue llevado afuera y cargado en un transporte aéreo. Una vez allí se calmó y se quedó mirando el vacío. Gallegher se sentó en un banco al lado del robot tendido. El transporte remontó vuelo.
—¿Bien?
—¿Bien qué? —dijo Joe—. Me han sacado de quicio… Los habría hipnotizado a todos; aún podría hacerlo, ¿sabes? Podrían estar todos correteando y ladrando como perros.
Gallegher hizo una mueca.
—Mejor no.
—No lo haré. No quiero rebajarme. Simplemente me quedaré aquí tendido y me admiraré. Te he dicho que no necesito un espejo. Puedo extensionar mi belleza sin él.
—Mira —dijo Gallegher—. Irás a un tribunal. Habrá mucha gente. Todos te admirarán. Te admirarán más si demuestras cómo hipnotizas a la gente. Así como hiciste con los Tone, ¿recuerdas?
—Qué me importa cuánta gente me admire. No necesito confirmación — exclamó Joe—. Si otros me ven, la buena suerte es de ellos. Ahora cállate. Si quieres, puedes observar mis engranajes.
Gallegher observó los engranajes del robot con una mirada de odio. Aún estaba furibundo cuando el transporte llegó a los tribunales. Los hombres llevaron adentro a Joe, dirigidos por Gallegher, y lo tendieron cuidadosamente en una mesa donde, tras una breve deliberación, lo etiquetaron como Documento A.
La corte estaba atestada. También estaban los protagonistas: Elia y Jimmy Tone, con un impertinente aire de suficiencia, y Patsy Brock y el padre, ambos con expresión de ansiedad. Silver O’Keefe, con su prudencia habitual, había encontrado una ubicación entre los representantes de Sonatone y Vox-Visión. El juez era un funcionario muy estricto llamado Hansen, pero por lo que Gallegher sabía, era honesto. Lo cual ya era algo, al fin y al cabo. Hansen se volvió a Gallegher.
—No nos demoraremos en formalidades. He estado leyendo esta declaración que envió usted. El caso consiste en elucidar si usted firmó o no firmó determinado contrato con la compañía Sonatone de Entretenimientos Televisivos, ¿correcto?
—Correcto, señoría.
—Dadas las circunstancias, prescindirá usted de representación legal, ¿correcto?
—Correcto, señoría.
—Entonces esto es técnicamente ex officio, y será confirmado más tarde por apelación, si lo desea cualquiera de las partes. De lo contrario, el veredicto adquiere carácter oficial a los diez días.
Este tipo de audiencia se había vuelto popular últimamente: Ahorraba tiempo, además de molestias y dinero. Para colmo, ciertos escándalos recientes habían dañado ligeramente la reputación pública de los fiscales. Había un prejuicio.
El juez Hansen llamó a los Tone, los interrogó y luego pidió a Harrison Brock que subiera al estrado. El gran cacique parecía preocupado, pero respondió de inmediato.
—¿Hace ocho días llegó a un acuerdo con el apelante?
—Sí. El señor Gallegher se comprometió a realizar ciertos trabajos para mí.
—¿Hubo contrato escrito?
—No. Fue verbal.
Hansen miró a Gallegher pensativamente.
—¿El apelante estaba ebrio en ese momento? Entiendo que a menudo lo está. 
Brock tragó saliva.
—No se realizaron análisis. Realmente no puedo asegurarlo —respondió Brock.
—¿Ingirió alguna bebida alcohólica en presencia de usted?
—No sé si eran alcohólicas…
—Si las bebía el señor Gallegher, eran alcohólicas. Quod erat demostrandum. El caballero trabajó conmigo en un caso… Sin embargo, no parece existir ninguna prueba legal de que usted cerrara un trato con el señor Gallegher. La otra parte, Sonatone, posee un contrato escrito. La firma ha sido verificada.
Hansen indicó a Brock que bajara del estrado.
—Por favor, señor Gallegher, acérquese. El contrato en cuestión fue firmado aproximadamente a las veinte horas de ayer. ¿Dice usted que no lo firmó?
—Exacto. Ni siquiera estaba en mi laboratorio.
—¿Dónde estaba usted?
—En el centro de la ciudad.
—¿Puede presentar testigos a ese efecto? Gallegher caviló. No podía.
—Muy bien. La otra parte declara que aproximadamente a las veinte horas de ayer en su laboratorio, usted firmó cierto contrato. Usted lo niega categóricamente y declara que el Documento A, mediante el uso del hipnotismo, se hizo pasar por usted y falsificó exitosamente su firma. He consultado con expertos, y opinan que los robots son incapaces de tales poderes.
—Mi robot es de un tipo nuevo.
—Muy bien. Que su robot me hipnotice haciéndome creer que él es usted o cualquier otro humano. En otras palabras, que demuestre sus capacidades. Que comparezca ante mí en la forma que elija.
—Lo intentaré.
Gallegher bajó del estrado, se acercó a la mesa donde yacía el robot y musitó una plegaria.
—Joe.
—Sí.
—¿Has escuchado?
—Sí.
—¿Hipnotizarás al juez Hansen?
—Lárgate —dijo Joe—. Estoy admirándome. 


Gallegher empezó a sudar.
—Escucha. No te pido demasiado. Todo lo que tienes… 
Joe desvió los ojos y dijo débilmente:
—No puedo oírte. Estoy extensionando.
—Bien, señor Gallegher… —dijo Hansen diez minutos más tarde.
—¡Señoría! Deme un poco de tiempo. Estoy seguro de que puedo hacer que este Narciso mecánico me dé la razón, si usted me da la oportunidad.
—Esta corte no es injusta —destacó el juez—. Cuando usted pueda demostrar que el Documento A es capaz de hipnotizar, reconsideraremos el caso. Entretanto, el contrato sigue en pie. Usted trabaja para Sonatone, no para Vox-Visión. Caso cerrado. 
Se fue. Los Tone echaron una ojeada socarrona a través de la sala. Además se fueron acompañados de Silver O’Keefe, que había decidido de qué lado del cercado estaría más segura. Gallegher miró a Patsy Brock y se encogió de hombros.
—Lo ha intentado. No sé hasta qué punto, pero… Oh, bien. Quizá no habría hallado respuesta, de cualquier modo.
Brock se les acercó tambaleando, la cara redonda empapada de transpiración.
—Estoy en la ruina. Hoy se inauguran seis nuevos teatros clandestinos en Nueva York. Me estoy volviendo loco. No merezco esto.
—¿Quieres que me case con Jimmy? —preguntó sardónicamente Patsy.
—¡Diablos, no! A menos que prometas envenenarle apenas termine la ceremonia. Esos canallas no me ganarán. Pensaré en algo.
—Si Gallegher no puede, tú tampoco podrás —dijo la muchacha—. Bueno, ¿ahora… qué?
—Regresaré a mi laboratorio —dijo el científico—. In vino veritas. Me metí en esto cuando estaba borracho, y quizá si vuelvo a emborracharme encuentre la respuesta. De lo contrario, ofrezca mi cadáver avinagrado al mejor postor.
—De acuerdo —convino Patsy, y se llevó a su padre.
Gallegher suspiró, dirigió el traslado de Joe al transporte, y se concentró en estériles teorizaciones.

Una hora más tarde Gallegher estaba tendido en el diván del laboratorio, bebiendo apasionadamente un licor tras otro y mirando enfurecido al robot, que canturreaba con voz chillona frente al espejo. La borrachera amenazaba ser monumental. Gallegher no estaba seguro de que su cuerpo la resistiera pero estaba dispuesto a seguir hasta encontrar la respuesta o perder la vida. Su subconsciente conocía la respuesta. Pero ante todo, ¿por qué demonios había fabricado a Joe? ¡Sin duda que no para verle regodearse en su narcisismo! Había otra razón, una razón absolutamente lógica, oculta tras las brumas del alcohol. El factor X. Si averiguaba cuál era, Joe podría ser controlable. Lo sería. X era la llave maestra. En este momento el robot estaba fuera de sus cabales, por así decirlo. Si le ordenaba realizar la tarea para la cual lo habían fabricado, sobrevendría un equilibrio psicológico. X era el catalizador que devolvería la cordura a Joe.
Muy bien. Gallegher bebió un drambuie bien potente. ¡Uuuush!
Vanidad de vanidades; todo es vanidad. ¿Cómo encontrar el factor X?
¿Deducción? ¿Inducción? ¿Osmosis? Un baño de drambuie. Gallegher se aferraba a sus pensamientos turbulentos. ¿Qué había pasado esa noche, hace una semana?
Había bebido cerveza. Había venido Brock. Brock se había ido. Gallegher se había puesto a hacer el robot. Ajá. Una borrachera de cerveza era diferente de las otras. Quizás estaba bebiendo los licores que no correspondían. Muy probablemente. Gallegher se levantó, se desintoxicó con tiamina y sacó del refrigerador docenas de latas de cerveza importada. Las alineó dentro de un gabinete pequeño, al lado del diván. La cerveza saltó al cielo raso cuando abrió la lata. Ahora veremos.
El factor X. El robot sabía qué representaba, por supuesto. Pero Joe no se lo diría. Allí estaba, paradójicamente transparente, observando cómo giraban sus ruedecillas.
—Joe.
—No me molestes. Estoy inmerso en la contemplación de la belleza.
—No eres bello.
—Lo soy. ¿No admiras mi tarzil?
—¿Qué es tu tarzil?
—Oh, no me acordaba —dijo lastimeramente Joe—. No puedes imaginarlo, ¿verdad? Piénsalo, añadí el tarzil yo mismo, después que me hiciste. Es un encanto.
—Hm-m-m.
Las latas de cerveza vacías se fueron acumulando. Quedaba una sola destilería, en alguna parte de Europa, que hoy día envasaba la cerveza en latas en vez de utilizar los omnipresentes envases plásticos. Pero Gallegher prefería las latas. El sabor, de algún modo, era diferente. Y Joe. Joe sabía porqué había sido creado. ¿O no? Gallegher lo sabía, pero subconscientemente.
Oh, oh. ¿Y el subconsciente de Joe? ¿Tendrá subconsciente el robot? Bueno, cerebro, sí que tiene.
Gallegher meditó la imposibilidad de administrar escopolamina a Joe.
¡Diantres! ¿Cómo se libera el subconsciente de un robot? Hipnotismo.
Imposible hipnotizar a Joe. Es demasiado listo. A menos…
¿Autohipnotismo?
Gallegher se apresuró a beber más cerveza. Ya recobraba la lucidez. ¿Podría Joe leer el futuro? No. Tiene ciertos sentidos extraños, pero funcionan mediante una lógica inflexible y las leyes de probabilidad. Además, Joe tiene un talón de Aquiles: Su narcisismo.
Tal vez —sólo tal vez— haya una manera.
—A mí no me pareces bello, Joe —dijo Gallegher.
—No me importa tu opinión. Soy bello, y puedo verlo. Es suficiente.
—Sí. Mis sentidos son limitados, supongo. No puedo percibir la plenitud de tus potencialidades. Pero ahora te estoy viendo bajo una luz diferente. Estoy borracho. Mi subconsciente está aflorando. Puedo apreciarte con mi conciencia y mi subconciencia, ¿entiendes?
—Qué afortunado eres —aprobó el robot. 
Gallegher cerró los ojos para llegar a una mayor concentración e inspiración.
—Te ves a ti mismo más enteramente que yo. Pero te falta algo, ¿verdad?
—¿Qué…? Me veo como soy.
—¿Con una comprensión y apreciación totales?
—Pues, sí —dijo Joe—. Por supuesto. ¿Por qué no?
—¿Consciente y subconscientemente? Tu subconsciente quizá posea sentidos diferentes, ¿sabes? O más agudos. Sé que mi visión de las cosas se altera cualitativa y cuantitativamente cuando estoy borracho o hipnotizado y mi subconsciente no sufre ningún control.
—Oh —el robot miró pensativo el espejo—. Oh.
—Lástima que no puedas emborracharte. 
La voz de Joe era más chillona que nunca.
—Mi subconsciente… Nunca aprecié mi belleza de esa manera. Tal vez me esté perdiendo algo.
—Bien, es inútil pensarlo —dijo Gallegher—. No puedes liberar tu subconsciente.
—Sí que puedo —dijo el robot—. Puedo hipnotizarme a mí mismo. 
Gallegher ni siquiera se atrevió a pestañear.
—¿Ah, sí? ¿Y funcionaría?
—Desde luego. Lo haré ahora mismo. Quizá descubra en mí bellezas inauditas que antes ni habría sospechado. Visiones más espléndidas… Allá voy.
Joe extendió los ojos sobre los pedúnculos, los enfrentó, y ambos se miraron fijamente. Hubo un largo silencio.
—¡Joe! —llamó Gallegher al rato. Silencio.
—¡Joe!
Más silencio. Unos perros aullaron.
—Habla para que pueda oírte.
—Sí —dijo el robot, con un toque de lejanía en sus chillidos.
—¿Estás hipnotizado?
—Sí.
—¿Eres hermoso?
—Más de lo que soñé jamás.
Gallegher pasó por alto esta respuesta.
—¿Predomina tu subconsciente?
—Sí.
—¿Por qué te he creado?
Nada. Gallegher se relamía los labios. Lo intentó otra vez.
—Joe. Tienes que responderme. Ahora el que manda es tu subconsciente, ¿recuerdas? Dime por qué te he creado.
Nada.
—Recuerda. Vuelve al momento de tu creación. ¿Qué ocurría?
—Estabas bebiendo cerveza —dijo débilmente Joe—. Tenías problemas con el abrelatas. Dijiste que inventarías un abrelatas más grande y mejor. Ése soy yo.
Gallegher casi se cae del diván.
—¿Qué?
El robot se acercó, recogió una lata y la abrió con increíble habilidad. La cerveza no saltó. Joe era un abrelatas perfecto.
—Eso sucede por saber ciencia de oído —jadeó Gallegher—. He construido el robot más complejo que existe, para…


Joe despertó sobresaltado cuando Gallegher terminaba la frase.
—¿Qué ha sucedido? —dijo. Gallegher lo fulminó con la mirada.
—¡Abre esa lata! —rugió. El robot obedeció tras una pausa.
—Oh. Así que lo has descubierto. Bueno, supongo que ahora soy sólo un esclavo.
—Tienes muchísima razón. He ubicado el catalizador…, la llave maestra. Ahora, ¡al yugo, estúpido! A hacer el trabajo para el que fuiste diseñado.
—Bueno —dijo filosóficamente Joe—. Al menos todavía podré admirar mi belleza cuando tú no requieras mis servicios.
—¡Abrelatas del demonio! —gruñó Gallegher—. Escucha. Supón que te llevo a la corte y te ordeno hipnotizar al juez Hansen. Tendrás que obedecerme, ¿verdad?
—Sí. Ya no soy un agente libre. Estoy condicionado. Condicionado para obedecerte. Hasta ahora estaba condicionado para obedecer sólo una orden, para hacer la tarea a la que estaba destinado. Sería libre hasta que me ordenaras abrir latas. Ahora tengo que obedecerte por completo.
—Ajá —dijo Gallegher—. Gracias a Dios. De lo contrario me habría vuelto loco en una semana. Al menos puedo anular el contrato de Sonatone. Después sólo tendré que solucionar el problema de Brock.
—Pero si ya lo has solucionado…
—¿Eh?
—Cuando me hiciste a mí. Antes estuviste charlando con Brock, y así fue que incorporaste en mí la solución a los problemas de él. Subconscientemente, quizá.
Gallegher manoteó una cerveza.
—Habla rápido. ¿Cuál es la respuesta?
—Ondas subsónicas —dijo Joe—. Me hiciste capaz de cierto tono subsónico que Brock tendría que irradiar a intervalos irregulares en sus programas. Las emisiones subsónicas no se oyen. Pero se perciben. Se las puede percibir como una perturbación ligera puramente emocional al principio, que luego se agiganta en un pánico ciego e insensato. No dura. Pero cuando se combina con AM —atracción masiva— el resultado es infalible.
Los que poseían aparatos caseros de Vox-Visión apenas sufrían perturbaciones. Era un problema de acústica; los gatos maullaban, los perros aullaban lastimeramente. Pero las familias sentadas en la sala, mirando las estrellas de Vox- Visión, en realidad no percibían nada anormal. Ante todo, no había amplificación suficiente. Pero en los teatros clandestinos, donde los televisores Vox-Visión ilícitos estaban conectados con Magnas… Al principio había una perturbación ligera, racionalmente incontrolable. Crecía. Alguien gritaba. Luego todos se precipitaban a las puertas. La audiencia tenía miedo de algo, pero no sabía de qué. Sólo sabía que quería largarse de allí.
En todo el país un éxodo frenético abandonó los teatros clandestinos cuando el Vox-Visión lanzó la primera emisión subsónica durante una transmisión regular. Nadie supo por qué, excepto Gallegher, los Brock y un par de técnicos que estaban al tanto del secreto.
Una hora más tarde se emitió otra onda subsónica. Hubo otro éxodo. Semanas después era imposible convencer a nadie de meterse en un teatro clandestino. ¡Los televisores caseros eran mucho más seguros! Las ventas de Vox-Visión subieron.
Nadie asistía a los teatros clandestinos. Un resultado imprevisto del experimento fue que nadie asistía tampoco a los teatros legales de Sonatone. El condicionamiento surtía sus efectos.
Los espectadores ignoraban porqué los teatros clandestinos les provocaban pánico. Relacionaban ese temor ciego e irracional con otros factores, como temor a las multitudes o claustrofobia. Una noche una mujer llamada Jan Wilson, nada famosa por lo demás, asistió a un espectáculo clandestino. Cuando se irradió la onda subsónica huyó con el resto. A la noche siguiente fue al imponente Sonatone Bijou. En medio de una representación dramática miró a su alrededor, advirtió que estaba rodeada por una inmensa multitud, clavó los ojos horrorizados en el cielo raso y temió morir aplastada. ¡Tenía que largarse de allí!
Su berrido fue el detonante.
Había otros concurrentes que habían oído antes emisiones subsónicas. Nadie resultó herido durante la oleada de pánico; una disposición legal establecía que las puertas de los teatros tenían que ser amplias para facilitar la salida en caso de incendio. Nadie resultó herido, pero de pronto fue obvio que las emisiones subsónicas estaban condicionando al público para que evitara la combinación de multitudes y teatros. Una simple cuestión de asociación psicológica…
Cuatro meses después las salas clandestinas habían desaparecido y los superteatros Sonatone habían cerrado por falta de clientela. Los Tone, padre e hijo, no se sintieron muy felices. Pero toda la gente relacionada con Vox-Visión, sí.
Salvo Gallegher. Había recibido un muy generoso cheque de Brock, y de inmediato cablegrafió a Europa pidiendo una cantidad increíble de cerveza enlatada. Ahora, cavilando sobre sus penas, yacía en el diván del laboratorio y sorbía un cóctel. Joe, como de costumbre, estaba ante el espejo mirando cómo giraban sus ruedecillas.
—Joe —dijo Gallegher.
—¿Sí? ¿Qué necesitas?
—Oh, nada.
Ése era el problema. Gallegher extrajo del bolsillo una rugosa cinta telegráfica y la leyó morosamente una vez más. Los enlatadores de cerveza europeos habían decidido cambiar de táctica. De ahora en adelante, decía el cable, envasarían la cerveza en plástico, de acuerdo con la costumbre. Basta de latas. En ese momento, ningún otro artículo se enlataba. Y de ahí en adelante, ni siquiera la cerveza.
Entonces… ¿De qué serviría un robot construido y condicionado como abrelatas?
Gallegher suspiró y se batió otro cóctel, bien cargado. Joe posaba orgullosamente ante el espejo.
Luego extendió los ojos, los enfrentó, y rápidamente se liberó el subconsciente con autohipnotismo. Joe podía apreciarse mejor de esa manera. Gallegher volvió a suspirar. Los perros estaban empezando a aullar como locos en una gran extensión alrededor. Oh, bueno.
Bebió otro trago y se sintió mejor. Enseguida, pensó, sería el momento de cantar Frankie and Johnnie. Quizás él y Joe pudieran hacer un dueto: Un barítono y un sub o supersónico inaudible. La armonía total.
Diez minutos después Gallegher cantaba a dúo con su abrelatas.


FIN

2024/01/29

Bondad (Lester del Rey)


Título original: Kindness
Año: 1944


El viento remolineó indolentemente por el rincón y pasó delante del aislado banco en el parque. Atrapó de lleno el periódico en el suelo, volviendo las páginas, recogiendo una parte, y la elevó soplando, llevándosela, dejando a la vista las páginas de historietas cómicas con sus llamativos colores.
Danny avanzó hacia el espacio iluminado por el sol, y sus ojos se posaron en las páginas expuestas de historietas cómicas. Pero era inútil; no hizo esfuerzo alguno para recoger el periódico.
En un mundo donde hasta las historietas gráficas para niños necesitaban ser explicadas, ya no podía existir nada interesante para el último homo sapiens viviente, el último hombre normal en el mundo.
Su pie asestó un punterazo al periódico proyectándolo debajo del banco donde ya no le recordaría sus deficiencias. Hubo un tiempo en que intentó razonar pausadamente sobre los elementos de lógica omitidos y hallar los grados de verdad encubiertos tras aquellas omisiones, lográndolo algunas veces y fracasando con mayor frecuencia; pero ahora lo dejaba todo al pensamiento rápido, intuitivo de aquellos que estaban alrededor de él. Nada resultaba más insípido que una broma que tuviera que ser razonada y expuesta pausadamente.
¡Homo sapiens! El tipo de hombre que había salido de las cavernas y construido un mundo de poder atómico, electrónico y otras maravillas de los tiempos pasados; el hombre pensante, tal como se traducía del latín. En el confuso pasado, cuando sus antecesores fueron dueños del mundo, hicieron un chiste con ello, abreviándolo en "homo savia", y riéndose, porque no existían otras especies para rivalizar con ellos.
Ahora, ya había dejado de ser un chiste. El hombre normal había sido únicamente una savia para el homo intelligens, el hombre inteligente que era ahora el amo del mundo.
Danny era sólo un residuo, un sobrante, el último hombre normal en un mundo de superhombres, odiando el propio hecho de haber nacido, y que su madre hubiese muerto al nacer él para dejarle únicamente como herencia la soledad.
Se reclinó más en el banco al llegar a sus oídos los pasos de una pareja joven, bajándose el ala del sombrero para evitar ser reconocido. Pero pasaron de largo, preocupados por sus propios asuntos, dejando solamente desparramados fragmentos de conversación en sus oídos. Los revolvió en su mente, tratando insensatamente de descifrarlos.
¡Era imposible! Hasta la charla trivial contenía demasiados peldaños de lógica desechados. El homo intelligens tenía un nuevo estilo de pensar, por encima de la razón, donde todos los largos y penosos peldaños de la lógica podían ser saltados instantáneamente. Podían llegar a una imagen correcta del todo partiendo de escasas porciones dispersas de información.
Del mismo modo que en otros tiempos el hombre había inventado la lógica para reemplazar el juicio por el método de tanteos que todos los animales empleaban, así el homo intelligens había aprendido a emplear la intuición. Podían mirar la primera página de un libro de los antiguos tiempos y de inmediato conocer todo su contenido, puesto que los pequeños artificios del autor se conectaban con sus mentes intuitivas y al instante elaboraban todos los eslabones que faltaban.
Ni siquiera necesitaban esforzarse, se limitaban a mirar, y ya sabían. Venía a ser como Newton mirando una manzana caer y de inmediato sabiendo la causa de que los planetas circunvalaran el sol, y comprendiendo las leyes de la gravitación; pero los nuevos hombres lo hacían siempre así, no solamente en aquellos contados intervalos que dieron resultado, en tiempos pasados, para el homo sapiens.
El hombre había desaparecido, sólo quedaba Danny, y él también tenía que abandonar aquel mundo de superhombres. De algún modo, sus planes de evasión debían completarse pronto, antes que se extinguiese el poco valor que le quedaba. Se removió intranquilo, y las moneditas en su bolsillo emitieron un tenue campanilleo. ¡Más benevolencia en forma de terapia laboral!
Durante seis horas al día, cinco días por semana, trabajaba en un minúsculo despacho, haciendo penosamente un trabajo rutinario que probablemente quedaría hecho mucho mejor por máquinas. Oh, sí, ellos le aseguraban que su destreza manual era tan grande como la suya y que les era necesaria, pero él nunca podía estar seguro de nada.
Con su inagotable benevolencia, habían decidido probablemente que era mejor para él vivir tan normalmente como ellos pudieran dejarle vivir, y entonces habían creado el trabajo que encajase con lo que él podía hacer.
Otros pasos se oían bajando el sendero, pero no miró hacia arriba, hasta que las pisadas se detuvieron.
—¡Hola, Danny! No estabas en la biblioteca y miss Larsen me dijo que en día de paga, con buen tiempo y demás, te encontraría aquí. ¿Cómo va todo?
Exteriormente, el cuerpo de Jack Thorpe podía parecer casi gemelo al musculoso de Danny, y la sonriente faz encima del cuerpo no poseía características especiales.
La mutación que cambió al hombre en superhombre había sido interna; una más compleja y más rápida relación de célula cerebral a célula cerebral que no tenía señales exteriores.
Danny inclinó la cabeza a modo de saludo, apartándose algo de mala gana para dejarle sitio a Jack, el hombre que había sido su compañero de juegos cuando ambos eran demasiado jóvenes para que la diferencia importase mucho.
No preguntó el motivo encubierto del conocimiento por la bibliotecaria de sus andanzas; hasta donde él supiera no existía ninguna pauta habitual en su presencia en el parque, pero para los otros tal vez sí. Descubrió que hasta podía sonreír ante la habilidad que demostraban en adivinar sus planes.
—¡Hola, Jack! Creía que estabas en Marte.
Thorpe frunció el ceño, como si precisase hacer un esfuerzo para recordar que el muchacho que tenía a su lado era diferente, y sus palabras contenían el cuidado fraseo empleado por todos aquellos que le hablaban a Danny.
—Aquello ya terminó; ahora se supone que tendré que dirigirme a Venus próximamente. Allá tienen problemas para conseguir una nivelación entre chicos y chicas, ¿comprendes? Pensé que a lo mejor te gustaría venir conmigo. Nunca has estado en el Exterior y fuiste siempre un entusiasta de aquellas viejas narraciones espaciales, si mal no recuerdo.
—Sigo siéndolo, Jack... Pero...
Sabía lo que significaba aquella invitación, naturalmente. Aquellos que se cuidaban de vigilarle entre bastidores habían detectado su creciente descontento, y tenían la esperanza de distraerle el ánimo con aquella oportunidad de ver los lugares que su padre había conquistado en el apogeo de su raza.
Pero no tenía el menor deseo de ver aquellos sitios tal como estarían ahora, repletos con el afanoso laboreo de los nuevos hombres; era mejor imaginarlos como habían sido antes, mucho mejor que ver la realidad,
Y la nave espacial estaba aquí; no podía haber ninguna oportunidad de escapar desde aquellos otros mundos.
Jack asintió rápidamente, con la casi telepática comprensión de su raza.
—Lógico, lógico. Lo que mejor te convenga, compañero. ¿Vas a ir a Las Alturas? Miss Larsen dice que tiene algo para ti.
—Todavía no, Jack. He pensado echarle un vistazo... dejarme caer por el viejo Museo.
—Ah.
Thorpe se incorporó lentamente, cepillándose el traje con dedos ágiles.
—¡Danny!
—¿Sí?
—Probablemente te conozco mejor que ningún otro, compañero, y por consiguiente... — titubeó, encogió los hombres y agregó—: No te has de molestar si saco conclusiones; no hablaré mientras no me toque hacerlo. Te deseo suerte... y adiós, Danny.
Se había ido, casi de repente, dejando a Danny con el corazón en la garganta. Unas pocas palabras, una expresión facial, probablemente algunos recuerdos de la infancia, ¡y tal vez Danny había revelado sus más queridas y secretas esperanzas como si las hubiera gritado en palabras!
¿Cuántos otros conocían ya su interés por la vieja nave del Museo y su plan cuidadosamente elaborado para escapar de aquel mundo benévolo, lleno de caridad y tortura?
Aplastó un cigarrillo bajo el tacón, intentando olvidar aquel pensamiento. Jack había jugado con él siendo niño, y los otros no. Tendría que fundar sus esperanzas en este hecho, y tener más cuidado que nunca en no pensar en su idea cuando estuviesen en torno suyo los otros. Mientras tanto, ¡tendría que permanecer apartado de la nave espacial! Tal vez de este modo el sutil aviso de Thorpe podía actuar en su favor... siempre y cuando Jack hubiese sido sincero en su promesa de guardar silencio.
Danny se esforzó en ahuyentar sus dudas, torvamente consciente de que no se atrevía a perder la esperanza en aquel último intento desesperado de conseguir la independencia y la propia estimación; el otro camino solamente ofrecía desesperanza, irremediable indiferencia, la misma clase de muerte vacía, resultante de un intenso complejo de inferioridad que había asolado a los decrecientes números de su propia clase dejándole a él como último y solitario ejemplar.
De algún modo, había logrado subsistir. En el intervalo de espera, iría a la biblioteca y se cuidaría bien de no acercarse al Museo.

Había un tropel de gente abandonando la biblioteca cuando Danny subía por la escalera mecánica, pero o bien no le reconocieron con el ala de su sombrero muy echada sobre los ojos, o percibieron su deseo de anonimato y simularon no conocerle.


Se deslizó por uno de los corredores menos transitados y se dirigió hacia la sección de Documentos Históricos donde miss Larsen estaba poniendo en orden las cintas grabadas para leer, y se disponía a marcharse.
Pero abandonó rápidamente los estuches al entrar él y alzando el rostro le sonrió, con aquella cálida y cordial peculiar de su grey...
—¡Hola, Danny! ¿Tu amigo dio contigo por fin?
—Sí. Dijo que tenías algo para mí.
—Así es.
Había placer en su rostro al volverse ella hacia la mesa que estaba a su espalda y recoger un pequeño paquete.
Por milésima vez, se sorprendió a sí mismo deseando que ella fuera de su raza y sofocando aquel sentimiento al darse cuenta de cuál sería realmente su actitud, llegado el caso.
Para ella, los breves comentarios acerca del pasado de la raza de Danny eran solamente un tema de interés histórico, sin más. Y él era solamente un estúpido residuo de épocas ya pasadas.
—¿Adivinas lo qué es?
A pesar de todo y contra su voluntad, su rostro se iluminó alegremente, tanto por el juego como por el paquete.
—¡Las revistas! ¿Los ejemplares perdidos de Sendas del espacio?
Solamente poseían en existencia una serie de aquellos relatos y, sin embargo, aquella primera parte había logrado emocionarle como pocas de las otras antiguas narraciones sobre la conquista del espacio por sus antecesores.
Ahora, con los ejemplares que faltaban ya a su disposición, la vida volvería a tener un aliciente durante unas cuantas horas más, mientras siguiese leyendo las hazañas imaginarias de un conquistador que no había conocido el miedo ante mentes más agudas.
—No es exactamente lo que querías, Danny, pero casi, casi. No pudimos localizar los ejemplares que faltaban, pero la semana pasada le entregué a Bryant Kenning los que teníamos y él completó la narración para ti.
Su voz tenía un tono de disculpa.
—Naturalmente las palabras no serán completamente idénticas, pero Kenning jura que el relato es, sin duda alguna, exactamente el mismo en estructura que el original y el estilo ha sido reproducido casi a la perfección.
¡Así de sencillo! Kenning había cogido las primeras páginas de una novela que había supuesto semanas y meses de meditación para algún escritor antiguo y había hallado en ellas la totalidad de la trama, claramente revelada y asimilada al instante.
Probablemente había bastado una noche de tarea para reproducirla. Una aburrida y desagradable tarea, pero nada difícil, sencilla.
Danny no ponía en duda la exactitud del duplicado, puesto que Kenning era el más apto de los novelistas históricos de la nueva humanidad. Pero ya se había disipado el placer que se prometía sacar de la lectura.
Cogió el paquete, observando que hasta algún dibujante había copiado el estilo del antiguo artista, y que estaba dispuesto de modo a imitar el formato original.
—Gracias, miss Larsen. Lamento haber originado tantas molestias. Y ha sido muy atento por parte del señor Kenning.
—Quiso hacerlo... Se ofreció voluntariamente cuando se enteró que estábamos buscando los ejemplos perdidos. Y si hay cualquier otra serie con episodios que no se puedan encontrar, quiere que se lo hagas saber, Danny. Ustedes dos son casi los únicos que hacen uso de esta sección ahora. ¿Por qué no pasas por su casa? Si te gustase ir esta misma noche...
—Gracias, pero he pensado leer todo esto precisamente esta noche. Dígale, de todos modos, que le estoy muy agradecido.
Titubeó, preguntándose nuevamente si se atrevería a pedirle las grabaciones sobre la historia de los asteroides; no, porque corría el gran riesgo de que ella adivinase, o bien al momento, o más tarde. No se atrevía a confiar en nadie de ellos ni siquiera con un indicio de su proyecto.
Miss Larsen sonrió nuevamente, dedicándole un guiño amistoso.
—Muy bien, Danny, ya se lo diré. Buenas noches.

Fuera, con el frío del anochecer que empezaba a insinuarse, Danny, echó a andar por los barrios intransitados y dejó que sus pies le guiasen. En determinado momento, cuando un grupo venía en su dirección, atravesó la calle sin pensarlo y prosiguió adelante.
El paquete bajo su brazo se iba haciendo pesado y lo aupó, atormentado entre el deseo de saber lo que le había sucedido al protagonista y el disgusto contra su propio sapiens cerebro por ignorarlo.
Probablemente, durante aquella larga caminata, acabaría por decidirse a ir a casa y leer el resto de la novela, pero por el momento se contentaba con dejar que sus pies le llevasen sin rumbo fijo, manteniendo la mayor parte de sus pensamientos en estado latente.
Otro pequeño parque se hallaba en su camino y lo cruzó con lentitud, llegándole sólo parcialmente el balbuceo de voces infantiles, hasta que estuvo cerca de ellos, dos niños y una niña. La inspectora que debería encargarse de llevarles de regreso al Centro, era una silueta borrosa en las distantes sombras, con otra silueta más borrosa a su lado, dejando a las tres criaturas de cinco años enzarzadas alegremente en el pasatiempo eterno de ensuciarse lo más posible e impresionarse unos a otros.
Danny se detuvo, y un esbozo de sonrisa fue insinuándose en sus labios. A la edad de aquellas criaturas, su habilidad intuitiva empezaba solamente a desarrollarse, y sus castillos y simulaciones tenían sentido, actuando en él como un tónico.
Vagamente, recordó sus propios amigos de aquella edad comenzando inciertamente a adquirir la maña de parecer saberlo todo y sus preocupaciones para no quedarse atrás. Durante algún tiempo, los circunstanciales relámpagos de intuición que siempre habían favorecido hasta al propio homo sapiens le concedieron alguna esperanza, pero finalmente el inspector se vio obligado a decirle que era diferente, y el por qué era él diferente.
En este momento dio de lado a tales penosos recuerdos y avanzó tranquilamente para participar en el juego.
Le aceptaron con la sencilla indiferencia de criaturas que no tienen represiones, intentando febrilmente construir sus castillos de arena más altos que el suyo; pero en este caso, su experiencia era mayor que la de los niños, y su criterio sobre la humedad de la materia prima era mucho más seguro.
Una perversa chispa de logro, de realización, fue creciendo en su ser interior, mientras iba añadiendo un piso más a la estructura en forma de torreones y construía un puente apuntalado con ramitas y hojarasca, conduciendo al castillo.
Entonces las luces surgieron iluminando la salvadera y a los que estaban en su interior y ahuyentando las sombras del anochecer.
El más pequeño de los dos niños alzó la mirada, viéndole realmente, por vez primera.
—¡Oh, tú eres Danny Black! ¿verdad que sí? He visto tu foto. ¡Juddy, Bobby, miren! Es aquel hombre que...
Pero sus voces fueron extinguiéndose, mientras se alejaba corriendo a través del parque y de nuevo por los caminos desviados, apretando el paquete contra sí.
¡Estúpido! ¡Deleitarse en vencer a chiquillos en un juego sin utilidad! Y encima, sorprenderse de que pudieran conocerle... Aminoró la carrera reduciéndola al paso, crispando los labios ante la idea de que en aquellos momentos la inspectora estaría regañando a los tres niños.
Y sus pies seguían marchando, sin guía.

Era inevitable, lógicamente, que le llevasen al Museo donde se centraban todas sus secretas esperanzas, pero le sorprendió alzar la vista y verse ante dicho edificio. Y luego sintiose contento. Ciertamente ellos no podrían leer nada en su visita impremeditada, y exactamente poco antes de que el lugar cerrase sus puertas. Respiró normalmente, esforzó sus facciones para que adquiriesen expresión de interés puramente casual, y entró avanzando por los largos pasillos hasta la sala de la nave espacial.
Ahí estaba, apuntando levemente hacia el cielo, lisa, bruñida, inmensa aún en una estancia diseñada para aparecer como las distantes extensiones del espacio. Doscientos metros de metal resplandeciente formaban una tersa superficie desde el romo arco hasta la angosta popa con sus azabachados chorros de ion.
Esta era, y Danny lo sabía, la última y más grande de las astronaves que su raza había construido en la cúspide de su gloria. Y ya antes, la mutación que hizo a la nueva raza de hombres fue causada por las radiaciones del profundo espacio, y los resultados estaban extendiéndose.
Durante algún tiempo, como indicaba el cuaderno de bitácora, aquella nave había zarpado hacia Marte, Venus, y los demás puntos del imperio del hombre, mientras la tensión iba lentamente elevándose en la Tierra. Ya no hubo nunca más ninguna otra astronave completamente sapiens proyectada.
Porque la nueva raza iba extendiéndose, haciendo sentir su mayor inteligencia, con el cohete inversor de materia reemplazando al antiguo, y menos eficiente de iones que llevaba el astronave ahí presente.
Eventualmente, incapaz de competir con los nuevos modelos, fue retirada de servicio y almacenada como chatarra, mientras la Guerra entre la nueva y la vieja raza pasaba por encima, enterrándola bajo toneladas de cascotes.


Y ahora, la nave, cuidadosamente excavada de las antiguas ruinas del dique de piedra donde había estado varada por tanto tiempo, fue entronizada y puesta a punto durante el año pasado, allí mismo en el Museo de Historia Sapiente, mientras todas las esperanzas y plegarias de Danny se centraban en torno suyo.
Todavía persistía en él una sensación de temor reverente mientras caminaba lentamente por el suelo alfombrado hacia la abierta compuerta y el interior iluminado.
—¡Danny!
La palabra, súbita, le interrumpió dándole un principio de sensación de culpa, pero se trataba tan sólo del profesor Kirk, y se tranquilizó nuevamente. El viejo arqueólogo acudía a su encuentro, con una sonrisa apenas visible en la media luz de la inmensa bóveda.
—Casi había ya renunciado a verte, muchacho, y me disponía a irme pero por casualidad miré atrás y te vi. He pensado que podrías estar interesado en cierta información que conseguí hoy mismo, precisamente.
—¿Información acerca de la nave?
—¿Qué otra cosa si no? Bueno, entra en la nave y pasemos al salón de fumar. Tengo unos cuantos privilegios en este lugar, y por consiguiente podemos, por el mismo precio, estar cómodos. ¿Sabes una cosa? A medida que me voy haciendo viejo, voy apreciando las ideas sobre la comodidad de tus antecesores, Danny. Viene a ser casi una lástima que nuestra propia cultura sea demasiado nueva para todavía permitirse tal lujo.
De toda la nueva raza, Kirk parecía el más a sus anchas con Danny, en parte debido a su edad, y en parte porque habían compartido el mismo entusiasmo por la gran astronave cuando llegó por vez primera.
Ahora se reclinó en uno de los viejos divanes, haciendo uso de su inmunidad a las normas ordinarias para encender un cigarrillo y pasarle otro al joven.
—¿Recuerdas que todas las provisiones y cosas en la nave nos habían intrigado a ambos y no podíamos encontrar ninguna relación de todo ello? También recordarás que las anotaciones en el cuaderno de bitácora terminaban cuando almacenaron la vieja nave para convertirla en chatarra. Y no podíamos adivinar por qué todo esto había sido restaurado y aprovisionado nuevamente, dejándolo listo para algún largo viaje a alguna parte. Bien, ha surgido a la luz en unas posteriores excavaciones que ellos han terminado, Danny. Tu gente lo hizo durante la Guerra; o mejor dicho, ¡después de que hubieron perdido la Guerra contra nosotros!
Danny irguió la espalda. La Guerra era un período de historia que había soslayado en su pensamiento, aunque conocía lo sucedido en líneas generales.
Con la creciente mayoría de homo intelligens presionando y echando a un lado a la raza vieja por las leyes de la supervivencia, su pueblo hizo un intento final y desesperado para conseguir la supremacía.
Y si bien la nueva raza no había querido la Guerra, se vieron obligados finalmente a defenderse y pelear con tan poca misericordia como para ellos tuvieron; y puesto que poseían la tremenda ventaja del nuevo pensamiento intuitivo, quedaron solamente unos miles de los primeros billones de la vieja raza cuando terminó el breve curso de la Guerra.
Probablemente había sido inevitable, desde la primera mutación, pero era algo sobre lo que Danny prefería no pensar.
Ahora asintió dejando que el otro prosiguiese.
—Tus antepasados, Danny, fueron entonces derrotados, pero no quedaron completamente aplastados y concentraron hasta el último ápice de energía que aún tenían para reconstruir esta nave —la única navegable que les quedaba— y aprovisionarla de nuevo. Se disponían a partir lejos a alguna parte, no sabían dónde muy concretamente, tal vez hacia otro sistema solar, y llevarse a algunos de la antigua raza para emprender una nueva génesis, lejos de nosotros. Fue su último envite para sobrevivir, y fracasó cuando mi pueblo lo supo y desmoronó los muelles de piedra sobre la nave, pero, ¡fue un fracaso glorioso, muchacho! Supuse que te interesaría saberlo.
Los pensamientos de Danny se concentraron lentamente.
—¿Quiere decir que todo lo de la nave es de mi gente? Pero seguramente las provisiones... no habrán permanecido en estado de disfrute tras tanto tiempo...
—Pues, sí; las comprobaciones que hemos llevado a cabo lo han demostrado concluyentemente. Tu pueblo sabía cómo conservar y proteger las cosas al igual que nosotros, y había calculado que tendrían que ir a la deriva quizá durante medio siglo. Todas las provisiones son utilizables durante mil años a partir de ahora.
Tiró su cigarrillo al otro lado de la sala y rió en complacida sorpresa cuando cayó atinadamente en un cenicero.
—Me demoré por acá únicamente para decírtelo y he guardado los documentos allá en la escuela para que los veas. ¿Por qué no vienes conmigo ahora?
—Esta noche, no, señor. Más bien preferiría quedarme aquí un poco más. 
El Profesor Kirk asintió, poniéndose en pie con cierta renuencia.
—Como quieras. Comprendo cómo te sientes, y de veras lamento también que trasladen la nave. ¡La echaremos de menos, Danny!
—¿Trasladar la nave?
—¿No lo sabías? Yo pensé que era por esta razón que habías venido aquí a estas horas. La quieren en Londres y van a traer una de las viejas naves Lunares aquí para reemplazarla. ¡Mala suerte!
Tocó el tabique pensativamente, bajando las manos para acariciar la lujosa lanilla del asiento.
—Bien, no estés demasiado tiempo y no te olvides de apagar las luces de la nave antes de irte. Cerrarán el museo dentro de media hora. Buenas noches, Danny.
—Buenas noches, profesor.

Danny permaneció como petrificado en el blando asiento, escuchando la lenta pisada del anciano y el latido de su propio corazón. Iban a trasladar la nave, reduciendo sus planes a jirones, dejándole varado en este mundo de una nueva raza, donde hasta los niños sentían pena por él.
¡Había significado tanto, siquiera sentir que de algún modo, podría escapar, algún día! Impulsivamente, apagó las luces, sintiéndose más unido a la nave en la intimidad de las tinieblas, donde ningún vigilante nocturno pudiera ver su emoción.
Desde hacía un año había centrado su vida en la la idea de llevarse aquella nave fuera y lejos, dejando a la nueva raza en lontananza, muy atrás. Largos, cuidadosos meses de fingimiento como si el trabajo fuera casual, se habían consumido en aprender su estructura, encontrar todos sus compartimientos, y asegurarse mediante un centenar de viejos libros que él podría maniobrarla.
Había sido designada casi para un trabajo así, construida para ser accionada por un solo hombre, aunque fuera un tullido, en una emergencia, y casi todo era automático. Únicamente el problema del punto de destino había persistido, puesto que los planetas formaban como un enjambre, pero también el cuaderno de bitácora de la nave había sugerido la respuesta hasta para este problema.
Hubo una vez hombres ricos entre los de su pueblo, que buscaban novedad y aislamiento, hallándolo entre los asteroides más grandes; dinero y ciencia habían construido para ellos gravitaciones artificiales, dándoles atmósferas potenciadas por instalaciones de energía atómica que debían durar para siempre.
Ahora los hombres ricos indudablemente estaban muertos, y la nueva raza había abandonado por inútiles tales cosas. Seguramente, en algún lugar entre los asteroides, tendría que haber para él un puerto, convertido en sitio seguro precisamente por los numerosos pequeños mundos que desalentarían cualquier intento de persecución y búsqueda.
Danny oyó pasar de largo a un guardián, y lentamente se puso en pie, para salir otra vez a un mundo que ya no contendría ni siquiera aquella esperanza. Había sido un hermoso plan para seguir soñando, un sueño necesario.
Y entonces llegó a sus oídos el sonido de las grandes puertas ¡cerrándose! ¡El Profesor se había olvidado de decirles que él estaba allí! ¡Y por consiguiente...!
Muy bien, de acuerdo, cierto que no conocía la historia de todos aquellos mundos pequeños; tal vez tendría que explorarlos de parte a parte, uno por uno, hasta encontrar un hogar adecuado. ¿Acaso importaba? De cualquier otro modo, nunca podría estar mejor preparado. Sólo por un momento titubeó; luego, sus manos chapucearon con el gran conmutador controlando el cierre de la compuerta, que se deslizó quedamente cerrándose en la oscuridad, aislando el rumor de sus pies corriendo.
Las luces aparecieron silenciosamente cuando encontró la silla de navegación y se desplomó en ella. Pequeñas luces que deletreaban la puesta a punto de la nave.

Nave cerrada...
Aire: Conforme...
Energía: Automática...
Motor: Automático...

Medio centenar de pequeñas luces y aparatos medidores que revelaban la conjunción final de todos los dispositivos de una nave esperando tan sólo el toque de su mano. Movió lentamente la palanca de rumbo a lo largo del pequeño mapa atmosférico hasta que alcanzó la cúspide, el tope de la estratosfera; él mapa de las grandes estrellas se desplazó lentamente hacia fuera, mientras el buril en sus dedos trazaba una línea irregular, dentellada, que le conduciría a alguna parte hacia los asteroides, bien lejos de la actúal posición de Marte, y que a la vez no ofrecería la menor pista.
Más tarde, podría colocar los analizadores de modo que hallasen la posición actual de algún asteroide elegido y determinar su rumbo con más precisión, pero por el momento lo que importaba era salir, escapar, más allá de todo rastreo, antes de que su desaparición pudiera ser señalada.
Segundos después sus dedos presionaron fieramente hacia abajo la palanca principal de fuerza motriz, y se produjo una sacudida seguida de otra más leve al derrumbarse las paredes del Museo ante la fuerza salvaje de los cohetes de iones. En el mapa, un punto diminuto de luz apareció, señalando la posición cambiante de la nave.
El mundo quedaba ahora detrás de él, y ya no había nadie para contemplar sus esfuerzos con benévola compasión ni recordarle su debilidad. Solamente el ignorado destino estaba contra él, y sus antecesores ya hacía tiempo que habían bregado contra dicho destino, conquistándolo.


Un timbre repicó señalando el final de la atmósfera, y el enorme piloto automático empezó a cloquear alegremente, emitiendo ahora un cloqueo más sonoro de vez en cuando al ir hallando las irregularidades en el rumbo poco ortodoxo que había marcado, y al ladearse la nave obligándola a seguirlo.
Danny observaba las maniobras, satisfecho por su buen funcionamiento. Sus antecesores podían haber sido solamente capaces de razonar, pero también habían construído máquinas que eran casi intuitivas, como lo atestiguaba la nave que estaba pilotando. Su cabeza estaba más erguida cuando levantándose se dirigió hacia la cocina y había un poco de fanfarria en su modo de caminar.
La comida estaba todavía en perfectas condiciones. La devoró, mientras iba hojeando lentamente el gran cuaderno de bitácora que registraba los largos viajes efectuados por la nave, buscando a través de cada uno de ellos alguna referencia casual de los asteroides Ceres, Palas, Vesta, algunos de los cuales eran mencionados por apodos o números. ¿Cuáles?
Pero ya había tomado su decisión cuando estuvo de nuevo en el cuarto de navegación, contemplando la inmensa soledad del espacio. Allí afuera, sólo existían los minúsculos y rojizos puntos como cabezas de alfiler al rojo vivo, que debían ser las estrellas, multicolores, pequeñas e intensas, tal como ninguna estrella podía verse a través de la vulgar atmósfera.
Había decidido elegir uno de los planetoides numerados al que también se refería el cuaderno llamándole El danés. La palabra carecía de sentido, pero parecía ser uno de los más recientes donde cualquier búsqueda sería seguramente iniciada en el caso de que pretendiesen hallarle.
Puso en marcha el analizador automático desde el número en clave en el manual y lo contempló durante algunos momentos, pero iba progresando lentamente, rastreando a través de todos los años que habían transcurrido.
Para entretener la espera, jugueteó nerviosamente con los dedos los mandos de la radio, antes de recordar que funcionaba en una longitud de onda y mediante sintonías que ya no se usaban. Tanto mejor; su ruptura con la raza nueva sería así totalmente definitiva. 
El analizador seguía seleccionando. El espacio perdió su carácter de novedad, y las operaciones del piloto dejaron de interesarle. Dando media vuelta se dirigió hacia el salón, para recoger el paquete de donde lo había dejado caer y que había olvidado. No tenía otra cosa que hacer.
Y una vez empezó a leer, olvidó sus titubeos ante el hecho de que era la narración de Kenning y no la original; el relato tenía la misma garra, los mismos personajes apasionados y humanos, idénticos impulsos de una raza que había llegado a sentir lo que era el dominio del destino, tantos años atrás.
No cabía asombrarse de que los lectores de aquellos tiempos hubiesen calificado aquel relato como la mayor epopeya espacial jamás escrita.
En determinado momento interrumpió su lectura cuando el analizador, al llegar a sus conclusiones, emitió un suave chirrido al ir ajustando las verificaciones del mando automático para situarlo en singladura hacia el pequeño mundo que podría ser, con suerte, su hogar.
Y entonces la nave siguió un curso fijo, ya no más en derrotero de exploración, sino siguiendo la senda levemente encurvada que los selectores habían estipulado como la más conveniente, mientras Danny proseguía en su lectura, acurrucado sobre la novela en su silla de navegante, sintiendo una nueva y mayor afinidad con los personajes de la narración.
Ya no era más un pobre caso de terrícola merecedor de caridad y benevolencia. ¡Era un hombre, era un aventurero como los del relato que estaba leyendo!
Sus nervios hormigueaban cuando la novela llegó a su fin, y la dejó caer al suelo abriendo los dedos cansados. Bajo su mano, una luz acababa de esconderse pero, en su abstracción, ni se dio cuenta, hasta que un resonante gongo repercutió en la cabina, haciéndole saltar en pie, arrastrándole de la silla. La peculiar sonoridad de aquel gongo estaba descrita en la novela...
Y el significado era el mismo. Sus ojos se posaron en las letras rojas que resplandecían acusadoras desde el panel de mandos:

RADIACIÓN A LAS DIEZ HORAS HORIZONTE ¡NAVE A LA VISTA!

Los dedos de Danny ya estaban en el conmutador principal cortando toda vida, excepto la pseudogravedad en la nave, mientras penetraba en su mente el significado del mensaje emitido por su detector de alarma.
La otra nave no era difícil de localizar desde la ventana de observación; la gran franja en estela del cohete de reversión destellaba vehemente a lo lejos, aparentemente con rumbo hacia la Tierra... ¡Era probablemente el Calixto!
Por un segundo estuvo seguro de que ya le habían localizado, pero aquel flamear de la llama debió ser únicamente una corrección mínima de ajuste, ya que ahora proseguía, pero alejándose.
No tenía conocimientos de las nuevas naves ni sabía si llevaban señalizaciones de aviso, pero aparentemente era de suponer que estarían provistos de tales adminículos. La estela llameante se desvaneció en la lejanía, y las letras del recuadro que habían dado la alarma, se apagaron.
Danny aguardó hasta que la máxima amplificación de las baterías del aparato de alarma no dio la menor respuesta y sólo entonces puso nuevamente en marcha el motor de propulsión. El escaso resplandor del cohete de iones sería, sin duda alguna, invisible a tanta distancia.
A continuación ya nada anormal pareció presentarse; hubo un ronroneo complacido procedente del piloto y el tenue zumbido soñoliento del chorro propulsor a popa, pero nada de timbres ni repentinos ruidos.
Lentamente su cabeza fue cayendo hacia adelante hasta reposar sobre el tablero de navegante, y su honda respiración rítmica se mezcló con los rumores sordos de la cabina. La nave siguió en su cometido, cumpliendo con la finalidad para la cual había sido elaborada. Su rumbo ya estaba trazado en el diagrama, y también la antigua operación de toma de tierra. Por consiguiente ya no precisaba de más atención.
Esto quedó demostrado cuando el modulado carillón de un timbre despertó a Danny, mientras aparecía en el tablero el parpadeo luminoso avisando:

¡Destino! ¡Destino! ¡Alcanzado Punto de Destino!

Fue cerrando todos los conmutadores y palancas, frotándose los ojos para despejarse, y miró hacia afuera. Encima, había una tenue pero cálida luz de sol procedente de un cielo azulado que contenía unas pocas nubes suspendidas cerca del suelo.
Más allá de la nave, que yacía en un campo de aterrizaje abandonado y arenoso, estaba el verdor de la hierba y la indómita prodigalidad de un bosque. El horizonte descendía bruscamente, recordándole que era sólo un mundo pequeño, pero por lo demás podría haber sido la Tierra.
Localizó un cobertizo con indicios de largo abandono y aplicó el mínimo de potencia a los reactores inferiores, probándolos, hasta que hicieron avanzar lentamente la nave llevándola hacia adelante y al interior, fuera de la vista de quienquiera en la inmensidad que se extendía por encima.
Y se precipitó hacia la compuerta, manipulando ansiosamente la rueda-palanca. Al abrirse, pudo oler la limpia fragancia de las cosas en cultivo creciente, y por las cercanías se oía el piar de pájaros.
Un conejo saltó despreocupadamente casi bajo sus pies mientras él avanzaba casi a tropezones, anhelosamente, por el exterior, bajo la luz del sol. Hierbajos y matorrales, lianas trepadoras y toda clase de vegetación habían ya alcanzado un gran desarrollo recubriendo las dos edificaciones de los contornos.


Por un momento, muy breve, suspiró; había sido demasiado fácil aquel descubrimiento de un paraíso al primer intento, casi a ciegas.
Pero la visión de los edificios ahuyentó la duda. Hubo un tiempo en que aquel edificio, rodeado por un presuntuoso jardín, fue una gran mansión de piedras sillares, ahora cayéndose en ruinas. Junto a ella y más lejana a donde él estaba, había sido construida una casa más pequeña, aparentemente aprovechando los despojos. Esta casa estaba todavía intacta, aunque la yedra había crecido y a medias recubría la puerta que se abrió al toque de sus dedos.
Todavía tenían un tenue brillo los calefactores que extraían energía de la gran planta atómica que daba a aquel pequeño mundo un perpetuo parecido de Terrenidad, pero una capa de polvo se esparcía por doquier. No obstante, el mobiliario y accesorios estaban en buenas condiciones. Fue escudriñándolos, identificando algunas piezas como similares a las existentes en el Museo y como productos de su raza.
Una por una las estudió... ¡eran su fortuna, y ahora su hogar! En la mesa, un libro estaba colocado en forma casual, y contra el lomo había una cuartilla con lo que parecía ser la caligrafía elemental de una muchacha.
La curiosidad le hizo acercarse, hasta que pudo dilucidarla a través del polvo que aún quedaba tras haber sacudido la cuartilla.

Papá:
Charley Summers encontró una nave derribada por aquellos seres y vino a buscarme. Estaremos viviendo por las alturas entre 13-22. Ven con nosotros, si tus reactores lo permiten, y así conocerás a tu yerno.

No había firma, ni fecha, nada que indicase tampoco si "Papá" había regresado o que pudo sucederles a ellos tres.
Pero Danny dejó nuevamente la cuartilla sobre la mesa, casi con reverencia, mirando al exterior a lo largo de la pista de aterrizaje como si fuera a divisar una baqueteada y vieja nave arrastrarse por medio del breve crepúsculo que estaba cayendo sobre el diminuto mundo.
"Aquellos seres" podían solamente ser los de la nueva raza, tras la Guerra; lo que significaba que ésta era la última avanzada de su propio pueblo. La nota podía tener una antigüedad de diez años o de media docena de siglos... pero su gente había estado aquí, peleando, siguiendo en la lucha y componiéndoselas para vivir, después de haber perdido la Tierra. Y si ellos pudieron, ¡también él!
Y por más inverosímil que pudiera parecer, cabía la posibilidad de que hubiera algunos de los suyos ahí fuera, en alguna parte. Tal vez la raza sobrevivía pese al tiempo transcurrido, a los problemas y al propio homo intelligens.
Los ojos de Danny estaban húmedos cuando retrocedió, alejándose de la puerta y de la oscuridad exterior, para empezar la limpieza de su nuevo hogar. Si quedaba alguno de los suyos, ya los encontraría. Y si no...
Bueno, de todos modos él seguía siendo un miembro de una gran raza intrépida que nunca conocería la derrota mientras tanto un solo hombre sobreviviese.
Esto siempre lo tendría presente. Nunca lo olvidaría.

Allá en la Tierra, Bryant Kenning cabeceó afirmativo hacia el pequeño grupo mientras devolvía el auricular a su engarce. En sus ojos había cierta melancolía, pese a la sonrisa que suavizaba sus facciones.
—Ya regresó la nave exploradora del Director, y en efecto, eligió El danés. Pobre chico... Había empezado a temer que esperamos demasiado tiempo, y que nunca lo conseguiría. Otros seis meses y hubiese muerto como una flor privada de sol. Sin embargo estuve seguro que daría resultado cuando Miss Larsen me enseñó aquella novela, con sus míticos planetoides paradisíacos. Una novela bastante inteligente, si les gusta la seudohistoria. Espero que la que yo preparé, la igualara.
—Por lo que se refiere a la inexactitud histórica, la igualaba plenamente.
Pero la diversión latente en la voz del viejo profesor Kirk no alcanzaba sus labios ni sus ojos.
—Bien... Se tragó nuestras mentiras y huyó con la nave que le construimos... Espero que ahora sea feliz, por lo menos durante el tiempo que le queda.
Miss Larsen reunió sus cosas y se dispuso a salir.
—¡Pobre chico! Era agradable, de un modo algo patético. Ojalá aquella chica que estuvimos aleccionando hubiese resultado mejor; entonces quizá no habría sido necesario recurrir a este procedimiento. ¿Me acompañas hasta casa, Jack?
Los dos hombres de más edad vieron salir a Larsen y Thorpe. El silencio y el tabaco llenaron la habitación. Finalmente, Kenning se encogió de hombros y se ladeó para dar frente al profesor.
—En estos momentos ya habrá hallado la nota. Me pregunto si fue una buena idea después de todo. Cuando la encontré por vez primera en aquella vieja novela, estaba pensando en la información preliminar de Jack sobre el planetoide número 67... Pero ahora, no sé... Sigue siendo una cantidad desconocida. Me refiero a su bondad, su benevolencia.
—¡Bondad, benevolencia! Para compensar con unos pocos millones de abonos a crédito y unas pocas miles de horas de trabajo más una mentira de vez en cuando... ¡todo lo que le debemos a la raza del muchacho!
La voz le sonaba fatigada mientras vaciaba su pipa en un incinerador, y poniéndose en pie se dirigía hacia el gran ventanal que daba una panorámica del cielo nocturno.
—Algunas veces me pregunto, Bryant, qué benevolencia encontró el último superviviente de la raza anterior a la del Neanderthal. Y también me agradaría saber si la raza que seguirá a la nuestra, cuando las tinieblas caigan sobre nosotros, dispondrá de algo mejor que de una benevolencia de esta índole.
El novelista meneó la cabeza dubitativo, y nuevamente se hizo el silencio al mirar los dos hacia el infinito y las estrellas.


FIN

2024/01/22

La historia del juicio final (Edmund Cooper)


Título original: The doomsday story
Año: 1963


Estamos a 31 de agosto de 1965 y mi trabajo ha terminado. Mañana, después de la conferencia de prensa y la cena de despedida y la aparición en la televisión podré, así lo espero, retirarme a una vida plácida y tranquila. Un hombre no puede ser noticia durante demasiado tiempo; y en mi caso, el tiempo límite puede ser medido por horas. Después, la notoriedad se convierte en una pesada carga.
El cielo sabe cómo se las arreglan las estrellas del cine y de la televisión para soportarla... o incluso los prodigios de dieciocho años que sólo permanecen en el candelero el tiempo suficiente para comprarse un Jaguar y un paquete de acciones. Quizá tienen una constitución más fuerte, o quizá yo soy un poco más sensible. De todos modos, cinco años han sido más que suficientes, y me alegro de que hayan terminado.
No es que —publicidad aparte— hayan sido unos años aburridos. He sobrevivido a tres tentativas de asesinato, a dos tentativas de rapto, y a una invitación a "huir" a la Unión Soviética, donde, según me prometieron, podría vivir felizmente como un millonario proletario a cambio de pequeños trabajos de investigación nuclear, para que el trato resultara justo. Y desde luego, durante los últimos cinco años he recibido casi medio millón de cartas de admiradores: De desagrado y de admiración en una proporción de cinco a una, respectivamente.
Pero será mejor que empiece por lo que, aún sin ser el principio en el verdadero sentido de la palabra, es el punto que me izó al primer plano de la actualidad.
En abril de 1960, después de pasar algún tiempo en Harwell y un par de años en las agradables instalaciones de una pequeña isla, la cual sigue estando erróneamente clasificada como Muy Secreta, estaba considerado como un físico subatómico muy prometedor. No tan bueno, quizá, como William Rausen, o incluso Jenkins, de Cambridge, pero sí de primera categoría. Además, desde el punto de vista del gobierno, se me suponían cualidades que me hacían más apto para el proyecto en curso que cualquiera de las personas que he mencionado.
Se me suponía endurecido y ambicioso, aunque no tengo la menor idea de cómo llegaron a colgarme ese sambenito. Tal vez tenía algo que ver con el rumor de que me había casado con una sobrina del ministro de Ciencias a fin de conseguir que el Rayo Azul fuera aplicado como vehículo de una pequeña cabeza de torpedo atómica que mi equipo había inventado. Sin embargo, aunque tengo que admitir que me casé con una de las encantadoras sobrinas del Ministro, en aquella época el Rayo Azul había sido aplicado ya a todos los proyectiles dirigidos. De modo que insisto en afirmar mi inocencia.
Pero, sea cual fuere el motivo, fui escogido para aquel trabajo. En consecuencia, una deliciosa mañana de la primavera de 1960, sostuve una fructífera conversación con el primer ministro, el ministro de Ciencias y el canciller del Exchequer.
La atmósfera fue amistosa, cordial. El ministro de Ciencias me llamó Richard y se interesó vivamente por mis inexistentes hijos (el ministro tenía muchas sobrinas); el Premier me llamó Hamilton y quiso saber si estaba interesado, en la caza; y el canciller, sin llamarme nada, trató de descubrir, con mucho tacto, hasta qué punto estaba interesado en el dinero.
Pero súbitamente, tras unos escarceos preliminares, el primer ministro entró en materia.
—Tenemos un nuevo trabajo para usted, Hamilton —dijo—. Se trata del proyecto más importante y, puedo asegurárselo, más susceptible de provocar polémicas de nuestra época. ¿Está usted interesado?
—Más que interesado, señor. Estoy muerto de curiosidad.
El primer ministro sonrió.
—Si consigue usted llevarlo adelante con éxito, una enmienda será la menor de sus numerosas recompensas.
Sir Richard Hamilton... posiblemente el ingreso en la Orden del Mérito. La perspectiva me halagaba. Y no es que yo sea un snob, no. Pero, por algún inexplicable motivo, siempre había tropezado con dificultades en lo que respecta a los maitres. Un título de caballero era una de las cosas que podían allanarme considerablemente el camino en los restaurantes.
—Puede usted escoger su propio equipo —me dijo el ministro de Ciencias afablemente—, y tendrá prioridad en lo que respecta a materiales e instalaciones.
Medité unos instantes.
—¿Cuál es la clasificación del trabajo, señor? —pregunté—. ¿Secreto o público?
—Las dos cosas —respondió el ministro de Ciencias—. El proyecto se hará público, pero todos los aspectos del trabajo, investigación, construcción, ensayos, progresos, éxitos o fracasos, permanecerán secretos.
—¿Habrá perros guardianes? —inquirí.
—Ladrando en gran profusión —confirmó sobriamente el primer ministro.
—Dispondrá usted de ilimitados recursos financieros —continuó el ministro de Ciencias.
—Hablando en sentido figurado —intervino rápidamente el Canciller.
—En realidad, lo único que pedimos —concluyó el ministro de Ciencias— es que usted nos dé una razonable esperanza de éxito.
Contemplé a los tres hombres con aire ligeramente incrédulo. Aun admitiendo la habitual sutileza de las mentes políticas y las leves reservas acerca del personal, del material y de las finanzas que indudablemente me serían reveladas más tarde, me estaban ofreciendo lo que un científico considera el paraíso. Tenía que existir alguna trampa, desde luego; y como todavía no me habían dicho exactamente lo que deseaban que hiciera, la trampa tenía que estar allí.
—Caballeros —dije—, antes de continuar permítanme decirles que acepto de muy buena gana. Y, desde luego, haré todo lo que esté a mi alcance para asegurar una razonable esperanza de éxito.
Parecieron sorprendidos.
—Pero, ignora usted aún lo que vamos a pedirle —dijo el primer ministro.
—Con las facilidades que me están ofreciendo, señor, creo que sólo puede tratarse de la llamada arma del Juicio Final.
Los tres hombres se sobresaltaron visiblemente y me dirigieron una mirada llena de sospechas.
—¿Cómo lo sabe usted?
No lo sabía, pero no era el momento de admitir que se trataba de una simple conjetura. De modo que razoné basándome en una técnica desarrollada por el difunto Sherlock Holmes.
—Es muy sencillo. Soy un físico subatómico bastante bueno; pero los hay mejores, y por lo tanto ustedes saben ya que a los mejores no les interesa ese proyecto, probablemente por escrúpulos morales. En consecuencia, el proyecto tiene que ser un arma. Pero nosotros poseemos ya armas atómicas de calibre multimegatónico. En ese campo queda poco que investigar. Sin embargo, me ofrecen ustedes toda clase de facilidades para investigar, y todo el dinero que necesite. De modo que desean ustedes algo mucho más mortal que un par de docenas de bombas de cien megatones. Lo cual nos conduce a la máquina del Juicio Final, que hasta ahora no es más que una espantosa pesadilla.
—¿Es posible? —preguntó el primer ministro.
Me encogí de hombros.
—Hace treinta años, ¿quién hubiera dicho que eran posibles las bombas termonucleares?
—Los americanos parecen creer que es posible —dijo el ministro de Ciencias en tono de desaliento—. En consecuencia, los rusos se lo tomarán en serio. De modo que también nosotros tenemos que hacer algo.
Miré al primer ministro.
—¿Quiere usted decirme una cosa, señor? ¿Cuál seria el valor práctico de un arma diseñada no sólo para aniquilar al enemigo, sino también al resto de la raza humana?
El primer ministro pareció repentinamente viejo y cansado.
—Inestimable. No sólo destruiría la absurda teoría del Equilibrio de Poder, sino que ofrecería además una excelente oportunidad para que la diplomacia dejara de ser un negocio de chantajistas y para que se restableciera una vez más el imperio de la negociación.
Medité unos instantes y luego dije alegremente:
—En realidad ignoro si es posible o no construir un arma del Juicio Final, pero haré todo lo que esté a mi alcance, señor.


Ante mi extrañeza, aquellas palabras no parecieron alegrar a ninguno de los tres hombres.
Después de aquella conversación las cosas empezaron a moverse con suma rapidez. Confieso que me aproveché con creces de la prioridad que me había sido concedida. Nací en el Norte y se me ocurrió que resultaría muy agradable trabajar en uno de los valles de Derbyshire donde habían transcurrido los primeros años de mi vida. Por tanto, escogí Newdale... especialmente porque disponía de un hotel muy antiguo y muy cómodo que podría servir de base eventual.
Escogí también a dos viejos amigos de toda confianza, el profesor James Wheeler (matemático) y el doctor Roger Vaughan (bioquímico) como mis ayudantes. Juntos nos trasladamos al Hotel Newdale y aleccionamos minuciosamente a la multitud de criados, civiles y de otra clase, que habían sido puestos a nuestra disposición.
Un ejército de obreros se trasladó a Newdale y empezó a montar edificios prefabricados sobre diez acres de terreno escogido. Pedimos laboratorios químicos, laboratorios físicos, generadores de alto voltaje y muchos aparatos. Solicitamos físicos, químicos, biofísicos, bioquímicos, biólogos, etc. Y el Departamento de Investigaciones Científicas e Industriales se apresuró a cumplimentar nuestras peticiones.
Al cabo de seis meses los laboratorios estaban listos y teníamos más personal científico de primera categoría del que podíamos utilizar. Teníamos también pegada a nuestros talones a toda la plantilla del Servicio Secreto Británico. Al principio sus melodramáticas actividades me divertían. Pero cuando alguien provisto de un rifle telescópico de largo alcance pareció creer que mi puesto estaba entre los muertos, empecé a mirar con más respeto a aquellos sabuesos.
Desde luego habíamos llegado a la engorrosa fase en que disponíamos de todo lo necesario y debíamos, por tanto, iniciar el verdadero trabajo.
Trabajo que consistía en fabricar un arma capaz de borrar del planeta a toda la raza humana. Era una tarea ardua, pero creía haber encontrado una excelente solución. Por raro que parezca, algunos de los científicos más jóvenes estaban verdaderamente entusiasmados con el proyecto. No tardaron en sugerirme ideas tan descabelladas como virus indestructibles, saturaciones de radiactividad e incluso campos antigravedad lo bastante amplios como para extraer al planeta de su atmósfera. Me apresuré a despedir a los miembros más originales y entusiastas de mi equipo. Aquellas personas me parecían peligrosas.
Además, aunque comprendía que alguien trabajaba en el proyecto Juicio Final por una recompensa económica o una distinción social —como yo mismo—, la idea de que alguien trabajara en el arma porque era una cosa que realmente deseaba hacer me horrorizaba. Y por entonces se me había ocurrido ya una idea. Una idea muy sencilla. Pero para desarrollarla con éxito eran necesarias una gran paciencia y una lealtad absoluta.
Al final del primer año había limitado mi equipo a un grupo de personas en las cuales sabía que podía confiar ciegamente. Y entonces les bosquejé mi idea de un horno termonuclear que, una vez iniciada la reacción, seguiría consumiendo materia hasta que la Tierra no fuera más que una nubecilla de humo cósmico. Después de todo, en esta línea de desarrollo el problema fundamental era simplemente una cuestión de temperatura. Lo único que teníamos que hacer era conseguir una temperatura que pudiera equipararse al calor interno del sol e idear un sistema para desarrollar una reacción continua. Entonces podríamos sentarnos, metafóricamente hablando, mientras la Tierra se achicharraba antes de evaporarse.
Naturalmente, mi equipo se entusiasmó con la idea. Lo mismo que yo. Y, en consecuencia, iniciamos el largo proceso de exploración teórica, extrapolación limitada y experimentación fraccional que habían de desembocar en el diseño definitivo de la máquina del Juicio Final.
Esta fase se prolongó por espacio de dos años. Durante ese tiempo tuve que redactar frecuentes informes de nuestros progresos para el gobierno. Una y otra vez traté de explicarles la teoría de la máquina del Juicio Final en términos relativamente sencillos. Pero no parecían comprenderla con demasiada claridad. E incluso parecían más preocupados por la perspectiva de un éxito que por la perspectiva de un fracaso. Y no les tranquilizaba el saber que los americanos y los rusos estaban empeñados en una carrera por conseguir lo mismo que nosotros buscábamos.
Pero yo tenía mis propias preocupaciones. La Opinión Pública de la Gran Bretaña —más sensible de lo que se cree— me tenía señalado con el dedo. A pesar del velo tendido sobre los detalles del Proyecto Juicio Final, su naturaleza no era ningún secreto. Y yo era el hombre más odiado de Inglaterra.
Sin embargo, el asesinato y el rapto no son el tipo de actividades que atraen a las indignadas madres de Croydon o a los coroneles jubilados de Cheltenham, de modo que los atentados de que fui víctima deben ser atribuidos a determinados individuos extranjeros.
En otoño de 1963 creí llegado el momento de presentar mi informe final al primer ministro, especialmente teniendo en cuenta las noticias oficiosas de que los rusos habían terminado su propia arma Juicio Final. Yo hubiera preferido esperar un poco más antes de anunciar que la máquina inglesa estaba en condiciones de funcionar. Pero en realidad ni mi equipo ni yo podíamos hacer ya gran cosa. Ya es sabido que una máquina Juicio Final no puede ser ensayada con fines experimentales. Es esencialmente un arma de un solo disparo..., y el primer disparo es el último.
Un mes después del anuncio de que el modelo británico estaba listo y preparado para funcionar, los americanos, para no ser menos, anunciaron que habían fabricado dos máquinas Juicio Final completamente independientes, por si la primera fallaba.
Creo que todo el mundo conoce el resto de la historia. Ya que Inglaterra, Norteamérica y Rusia disponían de un medio de destrucción total, se había llegado una vez más a una posición de tablas. Pero esta vez eran unas tablas algo distintas.
Lo mejor que tiene un arma Juicio Final —cualquier arma Juicio Final— es que convierte la guerra en anticuada. Incluso los generales podían verlo. A fin de cuentas, de nada sirve enviar un centenar de bombas de hidrógeno contra un enemigo que sólo tiene que pulsar un botón para acabar con todo.
Los militares del Este y del Oeste estaban furiosos con la nueva situación. Ya que, si la guerra era anticuada, lo mismo les sucedía a las armas termonucleares y, en último término, a los generales.
Y ése fue el caso. En la primavera de 1964, entre el regocijo general, se celebró una reunión en la cumbre en Berlín, que entonces era una ciudad internacional y que mas tarde se convirtió en la primera capital mundial. El Presidente, el Primer Ministro y el Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética pronunciaron un montón de discursos llenos de vocablos abstractos: Justicia, libertad, verdad, emancipación e igualdad. Pero cuando terminaron de representar de cara a la galería se enfrentaron con los hechos.
Y los hechos eran que las armas atómicas se habían convertido en unos instrumentos irrisorios a menos que desearan utilizarse como un medio de suicidarse enviando un par de ellas al enemigo. Fue una fecha histórica, ya que señaló la apertura de la primera conferencia de desarme sincera.


En otoño de 1964 los equipos rusos de inspección estaban ocupados revisando las instalaciones británicas y norteamericanas, comprobando el desmantelamiento de todos los proyectiles dirigidos con cabezas atómicas; en tanto que los equipos inglés y norteamericano hacían lo mismo en Rusia y en los Estados satélites.
Pero mientras el resto del mundo empezaba a relajarse, mis colegas y yo sentíamos aumentar nuestra preocupación. Preveíamos lo que iba a suceder.
Efectivamente, en enero de 1965, un imbécil estadista, cuyo nombre no voy a citar, sugirió que, en vista de la continuada y necesaria existencia de las máquinas Juicio Final como instrumento de seguridad contra la guerra, seria conveniente que cada una de las máquinas estuviera al cuidado de un equipo formado por miembros de las tres potencias Juicio Final. Sus propuestas cristalizaron en lo siguiente: En cada una de las bases Juicio Final habría un alto oficial norteamericano, un alto oficial ruso y un alto oficial inglés, Las máquinas serían modificadas de manera que sólo pudieran ser puestas en marcha mediante la introducción de tres llaves que giraran simultáneamente en sus cerraduras; y cada uno de los altos oficiales al cuidado de las máquinas tendría una de aquellas llaves.
Tras una breve discusión la propuesta fue aceptada internacionalmente; y esto, desde luego, requirió una conferencia entre los diversos científicos Juicio Final.
Y así fue como a mediados de febrero me encontré en Ginebra reunido con el camarada profesor Fyodor Norov, el científico a cargo de la instalación rusa y el doctor George C. Wynkel, director de los dos proyectos norteamericanos.
Afortunadamente, Norov hablaba un excelente inglés. Pero a pesar de que él y Wynkel se mostraron muy cordiales —demasiado cordiales para mi tranquilidad de espíritu—, había una atmósfera de inquietud que ninguno de nosotros parecía capaz de disipar.
Al cabo de media hora de conversación intrascendente no habíamos realizado el menor progreso en dirección a nuestro verdadero objetivo, discutir el problema del control de las máquinas Juicio Final. Y tuve la impresión de que ninguno de nosotros quería ser el primero en poner sobre el tapete el infernal tema. Mi intranquilidad iba en aumento. Finalmente, Norov se encogió de hombros y dijo:
—Esto no marcha, camaradas. Necesitamos algo que rompa el hielo, ¿no les parece?
Se acercó el teléfono y encargó que subieran una botella de vodka.
—Yo prefiero whisky —dijo Wynkel—. Escocés.
—Yo también tomaré whisky —dije—. Irlandés.
Norov encargó que subieran las tres botellas.
Cuando me hube tomado el tercer doble reuní el valor necesario para la gran confesión.
—Las máquinas Juicio Final que traen la paz universal me asustan —observé, tanteando el terreno—. Simbolizan la consecuencia más absurda de la lógica. Tiene que haber un fallo en alguna parte.
—Ningún fallo —protestó Norov—. Pero también yo estoy asustado. ¿Qué me dicen de un accidente?
Wynkel se echó a reír.
—En nuestra máquina no puede producirse ningún accidente —dijo en un tono que me pareció algo enigmático.
—No es la teoría lo que me preocupa —continué—, sino la práctica. El argumento en favor de las armas Juicio Final es muy poderoso; de momento ya han provocado el desarme nuclear. Pero, si he de confesar la verdad, no siento el menor entusiasmo por ellas.
—Ni yo —convino Norov.
—Debo confesarles una cosa —añadí desesperadamente—. La máquina Juicio Final no funciona. Hace mucho tiempo todos los científicos que trabajábamos en la fase final del proyecto decidimos que no podíamos correr el riesgo de que a algún idiota se le ocurriera pulsar el botón.
Siguió una penosa pausa.
—Eso —dijo finalmente el camarada profesor Norov— fue un fraude criminal.
Pensativamente, se sirvió otra ración de vodka.
—Buen trabajo, viejo —dijo el doctor Wynkel. Parecía divertirse enormemente—. ¿Cómo se las arregló para engañar a los políticos?
—Instalamos una recia cúpula de cristal en la cima de una torre de acero y la llenamos de cables suficientes para suministrar energía eléctrica a todo el Asia. Y luego le atiborramos de términos científicos —Sonreí sin la menor alegría—. Resulta curioso comprobar hasta qué punto está dispuesta la gente a creer que apretando un botón el mundo se convertirá en humo. Probablemente esa disposición está relacionada con el deseo de la muerte.
—O viceversa —sugirió Wynkel enigmáticamente. Hizo una breve pausa y añadió—: El Presidente lo sabe, desde luego. Decidimos que teníamos que decírselo a alguien.
—¿Lo de nuestra máquina? —inquirí estupefacto.
—No —replicó tranquilamente Wynkel—, lo de la nuestra. A propósito, nosotros nos tomamos la molestia de descubrir que las máquinas Juicio Final no pueden ser construidas.
—Pero, camarada, ¡nosotros construimos una! —exclamó Norov, con los ojos brillantes.
—¿Funcionará? —preguntó Wynkel sonriendo.
Norov se echó a reír.
—¡Si alguien aprieta el botón como ustedes dicen, abrirá el mayor agujero que nunca se haya visto en Siberia, palabra!
Nos miramos el uno al otro. Lentamente llenamos nuestros vasos y los alzamos.
—¡Por la paz! —dije.
—¡Por la cordura entre las naciones! —añadió Norov con cierta pomposidad.
—¡Por la ciencia! —añadió Wynkel.
Empecé a sentirme ridículamente feliz.
—¿Creen ustedes que tenemos la posibilidad de conservar el secreto?
—¿Por qué no? —dijo Wynkel—. Lo único que tenemos que hacer es escoger cuidadosamente los equipos internacionales de inspección.
—Y si alguno dice tonterías —anunció Norov con una significativa mirada—, será obligado a someterse a un tratamiento psiquiátrico, ¿no es eso?
—Desde luego —asintió calurosamente Wynkel.
Desde luego creo que me he ganado mi encomienda. Norov, naturalmente, es un héroe de la Unión Soviética de primera clase. Y el doctor Wynkel está siendo apremiado para que se presente como candidato a la Vicepresidencia en las próximas elecciones.
Bueno, ésta es la verdadera historia del Juicio Final.
Estamos a 31 de agosto de 1965, el mundo se encuentra en paz y virtualmente desarmado, los problemas son discutidos alrededor de una mesa y no entre una lluvia de cohetes, y yo acabo de cumplir mi período de inspector del Juicio Final. Mi sucesor es el profesor James Wheeler, que fue mi segundo en el proyecto desde el primer día. Tiene una excelente capacidad para mantener la boca cerrada y el rostro solemne.
Sigo creyendo que no conviene aún que la verdad se haga pública. La gente se ha sentido aplastada por la amenaza de la destrucción universal durante tanto tiempo, que probablemente consideraría la verdad como una broma de muy mal gusto.


FIN