2023/12/18

El tercero a partir del sol (Richard Matheson)


Título original: Third from the sun
Año: 1950


Abrió los ojos cinco segundos antes de que sonara el despertador. No le costó despabilarse; fue inmediato. Consciente y frío, tanteó en la oscuridad con la mano izquierda y lo apagó. La alarma brilló un instante y se desvaneció.
A su lado, su mujer le puso una mano en el brazo.
—¿Has dormido? —preguntó él.
—No, ¿y tú?
—Un poco. No mucho.
Ella se quedó callada. El marido oyó como se le hacía un nudo en la garganta, y cuando la sintió estremecerse, supo qué iba a preguntarle.
—¿Sigue en pie el viaje?
Se tumbó de lado para mirarla e inspiró profundamente.
—Sí —respondió, y notó los dedos de su mujer apretándole el brazo.
—¿Qué hora es? —le preguntó.
—Las cinco.
—Será mejor que nos preparemos.
—Sí, será mejor. 
No se movieron.
—¿Estás seguro de que podremos embarcar sin que nadie lo note?
—Creen que no es más que otra prueba de vuelo. Nadie nos hará preguntas.
Su mujer no dijo nada, pero se le acercó un poco más. Él reparó en lo fría que estaba su piel.
—Tengo miedo —dijo ella. Él le apretó la mano.
—No te preocupes. No nos pasará nada.
—Lo que me preocupa son los niños.
—No nos pasará nada —repitió.
Ella se llevó la mano de su marido a los labios y la besó con cariño.
—De acuerdo.
Los dos se incorporaron a oscuras. La oyó levantarse. El camisón cayó al suelo con un susurro, pero no lo recogió. Se quedó de pie, temblando en el aire frío de la mañana.
—¿Estás seguro de que no nos hará falta nada más? —le preguntó.
—No, nada. He metido todo lo necesario en la nave. De todos modos…
—¿Qué?
—No podemos pasar cargados por delante del guarda. Tiene que creer que los niños y tú vienen simplemente a ver el despegue.
Su mujer se vistió. Él apartó las sábanas, se levantó, recorrió el suelo frío hasta el armario y se vistió también.
—Voy a despertar a los niños —dijo ella.
Él contestó con un gruñido, poniéndose la ropa por la cabeza. Su mujer se detuvo en el umbral.
—¿Estás seguro de que…?
—¿De qué?
—¿De que al vigilante no le parecerá raro que…, que los vecinos vengan también a verte despegar?
Él se sentó en la cama y comenzó a luchar con las hebillas de los zapatos.
—Tendremos que arriesgarnos —dijo—. Necesitamos que vengan con nosotros. 
Ella suspiró.
—Parece todo tan frío, tan calculado…
Él se incorporó y vio la silueta de su mujer recortada en la entrada.
—¿Qué otra cosa podemos hacer? —le preguntó con vehemencia—. No podemos cruzar a nuestros hijos entre sí.
—No —dijo ella—. Sólo que…
—¿Qué pasa?
—Nada, cariño. Lo siento.
Cerró la puerta. El sonido de sus pisadas se alejó por el pasillo. Él oyó abrirse la puerta del cuarto de los niños y las voces de ambos. Una sonrisa triste le asomó a los labios.
"Cualquiera diría que nos vamos de vacaciones", pensó.
Se calzó los zapatos. Al menos, los niños ignoraban qué sucedía. Creían que iban a acompañarlo al campo de aterrizaje y que luego volverían y se lo contarían a sus compañeros. Ignoraban que nunca regresarían.
Terminó de calzarse y se levantó. Se acercó a la cómoda arrastrando los pies y encendió la luz. Era extraño que un hombre de aspecto tan corriente planeara algo semejante.
"Frío y calculado". Las palabras de su mujer no se le iban de la cabeza. Bueno, no les quedaba otra opción. En cuestión de un par de años, quizás antes, el planeta desaparecería en un destello cegador. Era su única salida: Escapar, empezar otra vez de cero con un puñado de gente en un planeta nuevo.
Miraba fijamente la imagen que le devolvía el espejo.
—No hay más opción —le dijo a su reflejo.
"Adiós a esta etapa de mi vida", pensó, contemplando el dormitorio. Apagar la lámpara fue como apagar una luz en su cerebro. Cerró la puerta con cuidado y apartó los dedos del pomo desgastado.
Su hijo y su hija bajaban por la rampa, cuchicheando misteriosamente. Él sacudió la cabeza, ligeramente divertido.
Su mujer estaba esperándolo y bajaron juntos, tomados de la mano.
—No tengo miedo, cariño —le dijo ella—. Todo saldrá bien.
—Claro. Claro que sí.
Se dispusieron a desayunar. Él se sentó con los niños. Su mujer les sirvió zumo y fue a buscar la comida.
—Ayuda a tu madre, cielo —le dijo a su hija, que se levantó.
—Ya falta poco, ¿eh, papi? —dijo el niño—. Ya falta poco, ¿eh?
—Cálmate —le advirtió—, y recuerda lo que te he dicho: Una sola palabra a alguien y no vienes.
Un plato se hizo añicos. Se volvió hacia su mujer, y la encontró mirándolo fijamente con los labios temblorosos. Luego bajó los ojos y se agachó. Recogió unos cuantos trozos con torpeza, pero después los dejó caer, se irguió y los empujó hacia la pared con el pie.
—Como si importara —dijo, agitada—. Como si importara que la casa esté limpia o no.
Los niños la miraban, sorprendidos.
—¿Qué pasa? —preguntó su hija.
—Nada, cariño, nada. Estoy un poco nerviosa, eso es todo. Vuelve a la mesa y tómate el zumo. Tenemos que acabar deprisa. Los vecinos llegarán enseguida.
—Papi, ¿y por qué vienen los vecinos? —preguntó su hijo.
—Porque quieren —se limitó a responder—. Déjalo ya. No hables tanto del tema. 
La habitación quedó en silencio. Su mujer sirvió la comida; sólo se oían sus pisadas. Los niños no dejaban de intercambiar miradas y de observar a su padre, que no apartaba los ojos del plato. Encontraba la comida insulsa y pastosa. El corazón le retumbaba en el pecho. "El último día. Es el último día".
—Será mejor que comas —le dijo a su mujer.
Ella se sentó a la mesa. Levantaba el cubierto cuando sonó el timbre de la puerta; se le resbaló de los dedos flácidos y cayó al suelo. Él tocó su mano.
—Tranquila, cariño. No pasa nada. —Se dirigió a los niños—. Vayan a abrir la puerta.
—¿Los dos? —preguntó su hija.
—Los dos.
—Pero…
—Obedezcan.
Los niños se escurrieron de las sillas y salieron de la habitación, aunque se volvieron cada dos pasos para mirar a sus padres.
Cuando la puerta corredera los ocultó, él se volvió hacia su mujer, que estaba tensa y pálida, con los labios apretados.
—Cariño, por favor. Por favor. Sabes que no los llevaría si no estuviera seguro de que no hay peligro. Ya sabes cuántas veces he pilotado la nave. Y sé exactamente adonde vamos. No hay peligro. Créeme.
Ella se llevó la mano de su marido a la cara. Cerró los ojos y unos lagrimones le corrieron por las mejillas.
—No es..., no es eso —dijo—. Es que… marcharnos, no volver más… Llevamos aquí toda la vida. Esto no es como… mudarse. No podremos volver. Nunca.
—Escucha, cariño —se apresuró a responder—. Lo sabes tan bien como yo: Dentro de dos años, posiblemente antes, habrá otra guerra, una guerra terrible. No quedará nada. Tenemos que irnos. Por nuestros hijos, por nosotros… —Hizo una pausa para sopesar sus palabras—. Por el futuro de la vida en sí —concluyó con un hilo de voz.
Se sintió mal por haberlo dicho. Era inapropiado decir algo así en la mañana, delante de una comida prosaica, por muy cierto que fuera.
—Pero no tengas miedo —continuó—. No va a pasarnos nada. 
Ella le apretó la mano.
—Lo sé —murmuró—. Lo sé.


Oyeron pasos que se acercaban. Él sacó un pañuelo y se lo dio; ella se enjugó las lágrimas aprisa.
La puerta se abrió. Los vecinos, que también tenían un hijo y una hija, entraron.
Los niños estaban tan entusiasmados que les costaba controlarse.
—Buenos días —saludó el vecino.
La vecina se acercó a su mujer y ambas se dirigieron a la ventana para hablar en susurros. Los niños no paraban de moverse y se miraban nerviosos.
—¿Han desayunado? —preguntó al vecino.
—Sí. ¿No crees que deberíamos irnos ya?
—Supongo que sí.
Dejaron los platos en la mesa. Su mujer subió a buscar ropa para la familia.
El matrimonio se quedó un momento en el porche mientras los demás entraban en el vehículo de superficie.
—¿Deberíamos cerrar con llave? —preguntó él.
Ella sonrió sin saber qué decir y se pasó una mano por el pelo.
—¿Acaso importa? —dijo, encogiéndose de hombros, y se alejó.
El hombre echó la llave y la siguió por el camino. Ella se volvió cuando la alcanzó.
—Es una casa bonita —murmuró.
—No pienses en eso —le dijo él.
Le dieron la espalda a su hogar y entraron en el vehículo.
—¿Has cerrado? —preguntó el vecino.
—Sí.
—Nosotros también —sonrió con sorna—. Primero la he dejado abierta, pero he tenido que volver.
Transitaron por las calles tranquilas. El horizonte empezaba a teñirse de rojo. La mujer del vecino y los cuatro niños iban detrás. Su mujer y el vecino iban delante con él.
—Va a hacer un buen día —comentó el vecino.
—Eso parece —dijo él.
—¿Se lo has dicho a tus hijos? —preguntó el vecino en voz baja.
—Claro que no.
—Yo tampoco, yo tampoco —dijo insistente—. Sólo preguntaba.
—Ah.
Viajaron un rato en silencio.
—¿No tienes a veces la sensación de… estar huyendo? —le preguntó el vecino.
—No —respondió con la boca crispada y se irguió, rígido—. No.
—Supongo que es mejor no hablar del tema —dijo precipitadamente el otro.
—Mucho mejor.
Cuando se aproximaban a la garita de la entrada, se volvió.
—Recuerden —dijo—: Ni una palabra a nadie.
El vigilante estaba adormilado y no les prestó atención. Reconoció enseguida al jefe de los pilotos de pruebas de la nueva nave; con eso bastó.
Él le dijo que la familia iba a verlo despegar. No había inconveniente. El vigilante los dejó pasar al muelle de la nave.
El marido detuvo el coche bajo las enormes columnas. Todos salieron y miraron hacia arriba.
Muy por encima de ellos, con el morro apuntando al cielo, la gran nave metálica reflejaba las primeras luces de la mañana.
—Vamos —dijo—. Deprisa.
Mientras se dirigían rápidamente hacia el ascensor de la nave, el marido se detuvo un momento para mirar atrás. No parecía haber nadie en la garita. Observó todo cuanto lo rodeaba, intentando grabarlo en su memoria.
Se agachó, recogió un poco de tierra y se la metió en el bolsillo.
—Adiós —susurró. Corrió al ascensor.
Las puertas se cerraron. La cabina subió en silencio, roto sólo por el zumbido del motor y alguna que otra tos cohibida de los niños. Los miró.
"Llevárnoslos tan jóvenes" pensó, "sin que tengan posibilidad alguna de escoger".
Cerró los ojos. El brazo de su mujer descansaba en el suyo. La miró. Sus ojos se encontraron y ella le sonrió.
—Todo va bien —le susurró ella.
El ascensor se detuvo con una sacudida. Se abrieron las puertas y salieron.
Clareaba. Él los hizo avanzar deprisa por la plataforma cubierta.
Entraron por la escotilla lateral de la nave. Él dudó antes de seguirlos. Quería decir algo apropiado. Ardía en deseos de decir algo apropiado.
Pero no pudo. Entró, cerró la puerta con un gruñido y apretó bien la manivela.
—Ya está —dijo—. Vamos.
 
Sus pisadas reverberaron en las pasarelas y las escaleras de metal mientras subían a la sala de control.
Los niños corrieron a mirar por las ventanillas y contuvieron la respiración, asombrados de la altura a la que se encontraban. Sus respectivas madres se colocaron tras ellos y miraron abajo, amedrentadas.
Él se les acercó.
—¡Qué alto! —exclamó su hija.
Él le dio unas palmadas cariñosas en la cabeza.
—Muy alto.
Les dio bruscamente la espalda, se acercó al cuadro de mandos y allí se quedó, indeciso. Oyó que se le acercaba alguien por detrás.
—¿No deberíamos decírselo a los niños? —le preguntó su mujer— ¿No deberíamos decirles que será la última vez que vean todo esto?
—Adelante —respondió él—. Díselo.
Esperaba oír sus pisadas alejándose, pero no fue así. Se volvió. Ella le besó la mejilla y fue a decírselo a los niños.
Accionó el interruptor. En las entrañas de la nave prendió una chispa. Una descarga masiva de combustible inundó los conductos, y los mamparos vibraron.
Oyó llorar a su hija; intentó no prestarle atención. Acercó una mano temblorosa a la palanca. De repente, se volvió. Todos estaban mirándolo. Puso la mano en la palanca y la empujó.
La nave se estremeció momentáneamente y luego notaron que se precipitaba por la pulida rampa. Salió despedida, más y más deprisa. Todos oían el rugido del viento.
Vio que los niños se volvían hacia las ventanillas para mirar.
—Adiós —decían—. Adiós.
Se hundió, cansado, en el asiento del cuadro de mandos. Con el rabillo del ojo vio que el vecino se sentaba a su lado.
—¿Sabes adonde vamos exactamente? —le preguntó.
—Ahí está la carta de navegación.
El vecino miró la carta y alzó las cejas.
—A otro sistema solar.
—Exacto. Tiene una atmósfera como la nuestra. Allí estaremos a salvo.
—La especie estará a salvo —dijo el vecino.
Asintió y se volvió para mirar a su familia y a la de su vecino, que seguían mirando por las ventanillas.
—¿Qué has dicho? —preguntó.
—Que cuál de estos planetas es —repitió el vecino. Se inclinó sobre la carta de navegación y señaló uno.
—Ese pequeño de ahí —dijo—, al lado de esa luna.
—¿Este? ¿El tercero a partir del sol?
—Exacto —respondió él—. Ese. El tercero a partir del sol.


FIN

2023/12/11

La fiesta de la inmortalidad (Aleksandr Aleksándrovich Bogdánov)


Título original: Prazdnik bessmiertia
Año: 1914


I
Habían transcurrido ya mil años desde que el genial físico Fride descubriera la inmunidad fisiológica, cuya activación permitía renovar los tejidos del organismo y mantener a la gente en un estado de eterna juventud. El sueño de filósofos, poetas, reyes y alquimistas medievales se había cumplido…
Ya no existían ciudades como antiguamente. Gracias a la facilidad y universalidad del transporte aéreo, la gente no temía las distancias y se instalaba por todo el planeta en lujosas villas rodeadas de flores y vegetación. Cada villa tenía un espectroteléfono, que las mantenía en contacto con teatros, periódicos e instituciones públicas. Cualquiera podía disfrutar en su propia casa con la actuación de sus cantantes favoritos, ver en su pantalla de cristal pulido una representación teatral, escuchar los discursos de distintos oradores, charlar con sus conocidos… 
En el lugar que antes ocupaban las ciudades, seguían funcionando los centros de la administración comunista, en cuyo perímetro se concentraban enormes rascacielos que albergaban tiendas, escuelas, museos y otras instituciones públicas. La Tierra se había convertido en un inmenso bosque de árboles frutales. Había también silvicultores dedicados a la cría de diversos animales salvajes en parques especializados. No se tenía nunca escasez de agua, pues se obtenía al unir oxígeno e hidrógeno por medio de la electricidad. Las zonas sombrías de los parques estaban iluminadas con fuentes que formaban cascadas. Abundaban los estanques, que despedían reflejos plateados a la luz del sol y en cuyas aguas vivían peces de todas las especies imaginables, creando un hermoso paisaje. En los polos se usaban sales radiactivas artificiales para derretir los hielos y por la noche surgían lunas eléctricas que proporcionaban una suave y acogedora iluminación.
Solo una amenaza pesaba sobre la Tierra: La superpoblación, ya que nadie moría. La asamblea legislativa popular había aprobado la propuesta de ley del gobierno por la que a cada mujer se le permitía, en su interminable vida, procrear no más de treinta vástagos. Los que sobrepasaran esa cifra deberían, al alcanzar su madurez de quinientos años, trasladarse a otros planetas en naves selladas herméticamente. La longevidad humana daba ocasión a realizar largos viajes y, aparte de la Tierra, se habían colonizado todos los planetas próximos del sistema solar.

II
Por la mañana, tras levantarse de su lujosa cama hecha de aluminio y fibra de platino, Fride se dio una ducha fría, hizo sus ejercicios de gimnasia habituales, se enfundó su ligera vestimenta térmica —que refrescaba en verano y calentaba en invierno—, y desayunó las nutritivas tortitas químicas de siempre con extracto de madera refinada, que tanto recordaban por el gusto al vino de Besarabia. Todo eso le ocupó alrededor de una hora. Para no perder el tiempo mientras se aseaba, había instalado en el baño un micrófono que le conectaba con el servicio de prensa, para así poder escuchar las noticias. Todo su cuerpo rebosaba vitalidad e irradiaba energía positiva; era fuerte, atlético, como si estuviera hecho únicamente de músculos y huesos.
Fride recordó que, justo ese día a las doce de la noche, se celebraba el milenario de la inmortalidad… ¡Mil años! Y, sin querer, se puso a repasar mentalmente lo que había vivido hasta entonces… En la habitación de al lado estaba la biblioteca de sus propias obras, unos cuatro mil volúmenes escritos todos por él. Eso incluía su diario, interrumpido a sus ochocientos cincuenta años de vida y que constaba de sesenta enormes folios dobles en formato de libro, escritos con un sistema silábico que recordaba a la antigua estenografía. Detrás del despacho, se encontraba su taller de pintura y, junto a éste, el de escultura. A continuación había una sala al estilo de un decadente nocturno, en la que Fride componía sus poemas. Finalmente, la sala sinfónica, con sus instrumentos de cuerda para orquesta, que tocaba con artilugios mecánicos de todo tipo con los que obtenía una intensidad y potencia sin parangón.
En la parte de arriba, encima de la casa, estaba el laboratorio. Fride era un hombre de genialidad polifacética, al igual que uno de sus antepasados por parte de madre, Bacon, que fue no sólo un gran científico sino también dramaturgo, cuyas obras durante mucho tiempo se atribuyeron a Shakespeare. A lo largo de todo el milenio, Fride había mostrado su talento en prácticamente todas las esferas de la ciencia y el arte. De la química, que había consumido buena parte de sus energías intelectuales, pasó a la escultura. Durante ochenta años fue un famosísimo escultor, que legó al mundo numerosas obras magníficas. De ahí pasó a la literatura; en cien años escribió cerca de doscientos dramas y unos quince mil poemas y sonetos. Después se dejó seducir por la pintura, campo en el que no destacó especialmente; en cualquier caso, dominaba a la perfección la técnica artística y, con una práctica de más de cincuenta años, los críticos coincidían en pronosticarle un brillante futuro. Cuando ya era una persona en la que van decayendo los ánimos, aún trabajó otros cincuenta años, para después dedicarse a la música. Compuso varias óperas que tuvieron cierto éxito. Y así, en diversos momentos de su vida, fue pasando por la astronomía, la mecánica, la historia y, finalmente, la filosofía. 
Después cayó en un estado en el que ya no sabía qué hacer… Su prodigiosa mente absorbía como una esponja todo lo que producía su cultura contemporánea y decidió volver entonces a la química. Se dedicó a experimentar en su laboratorio y resolvió el único problema que aún le quedaba por superar a la raza humana desde los tiempos de Helmholtz: La autorregeneración de los órganos y la reanimación de la materia muerta. No había más problemas aparte de éste. Fride trabajaba por las mañanas; desde su dormitorio se iba directamente arriba, al laboratorio. Mientras ponía los matraces en el calentador eléctrico y repasaba mentalmente las fórmulas que tan bien conocía sin necesidad siquiera de apuntarlas, le invadía un extraño sentimiento, que en los últimos tiempos se había hecho recurrente. Los experimentos ya no le interesaban ni atraían. Hacía mucho que en sus estudios ya no sentía el entusiasmo de antaño, en el que se vaciaba su alma y que le inspiraba al tiempo que le llenaba de felicidad. Las ideas fluían por los mismos canales que ya se sabía de memoria; cientos de fórmulas llegaban y se iban con las aburridas combinaciones de siempre.
Ese día, con una penosa y abrumadora sensación de vacío en el alma, de pronto se detuvo a pensar: "El hombre material se ha convertido en un dios… Puede reinar sobre el mundo y el espacio. ¿Pero realmente aquella idea, que los hombres de la antigua era cristiana consideraban inabarcable, podía tener límites? ¿Es posible que el cerebro, formado nada más que por un conjunto de neuronas, sea capaz de producir un número limitado de ideas, imágenes y sentimientos… y nada más? Si eso es así…" Y entonces el miedo al futuro se apoderó de él. Con gran alivio por su parte, en aquella ocasión —al contrario de lo que solía ocurrirle mientras estudiaba—, se le escapó un profundo suspiro al oír la melodía del reloj automático que indicaba el final de la jornada laboral.


III
A las dos de la tarde Fride se dirigió al comedor público, que frecuentaba a diario solo por el hecho de verse con su ingente descendencia, a la mayoría de la cual ni siquiera conocía. Tenía alrededor de cincuenta de sus hijos en edad madura, dos mil nietos y varias decenas de miles de bisnietos y tataranietos. Su descendencia estaba dispersa por distintos países e incluso distintos mundos, y perfectamente habría bastado para poblar alguna de las ciudades de la antigüedad. Fride no experimentaba por sus hijos o nietos sentimiento familiar alguno, como el que se daba entre los seres humanos del pasado. Su familia era demasiado grande para dar cabida en su corazón a todos y cada uno de sus miembros. Él los quería con ese mismo amor noble y abstracto que se tiene por la humanidad en general. En el comedor recibió las habituales muestras de respeto y luego se presentó un hombre aún muy joven, de unos doscientos cincuenta años. Era su bisnieto Margo, que había hecho importantes hallazgos en el campo de la astronomía. Acababa de regresar después de una ausencia de veinticinco años motivada por una expedición a Marte, y ahora estaba relatando con entusiasmo su viaje:
—Los habitantes de Marte —contaba— son súper hombres: Adoptaron con rapidez todas las grandes conquistas del ser humano. Tenían la intención de enviar instructores a la Tierra, pero su enorme estatura supone un obstáculo para llevarlo a cabo y ahora están centrados en la construcción de grandes naves voladoras.
Fride escuchaba distraído lo que se contaba sobre la flora y fauna de Marte, sobre sus canales, sobre las ciclópeas construcciones marcianas… Y todo lo que decía Margo con tanto ardor realmente le traía sin cuidado. Trescientos años antes él fue uno de los primeros que voló a Marte y residió allí cerca de siete años. Después hizo dos o tres viajes menores al mismo destino. Conocía cada palmo de la superficie de Marte mejor que la de la propia Tierra. Sin embargo, para que su bisnieto no se ofendiera ante la falta de atención, preguntó:
—Dime, mi joven colega, ¿no te habrás encontrado allí por casualidad con mi amigo Levionah? ¿Qué ha sido de él?
—Pues claro que le he visto —respondió vivamente Margo—. Ahora anda ocupado en la construcción de una formidable torre tan grande como el Elbrus.
—Ya lo suponía… —dijo Fride con una intrigante sonrisa—. Yo mismo predije que llegaría un día en que los marcianos serían auténticos apasionados de las grandes construcciones. Pero ahora, por favor, discúlpame, y hasta pronto. Tengo que atender cierto asunto urgente. Te deseo mucho éxito.

IV
Margarita Anch, una lozana mujer de unos setecientos cincuenta años, que era la última esposa de Fride y de cuya relación ya empezaba éste a cansarse, presidía el círculo de amantes de la filosofía. Varios kilómetros antes de llegar a la villa de Margarita, Fride avisaba de su presencia con un fonograma; aunque estaban casados, vivían separados, para tener cierto margen de autonomía mutuo. Margarita esperaba a su marido en la alcoba llamada "de los secretos y las maravillas", un increíble pabellón en el que todo aparecía cubierto de un suave color ultracromático, el octavo del espectro, desconocido por la gente de la antigüedad con un sentido de la vista poco desarrollado, al igual que los salvajes desconocían lo que era el color verde. Una preciosa túnica de seda hasta las rodillas, para mayor libertad de movimiento, realzaba su esbelta figura. Su alborotada melena negra le caía por la espalda en largos mechones ondulados. Un delicado perfume flotaba a su alrededor.
—Me alegro mucho de verte, mi querido Fride —dijo, tras darle un beso en su prominente y marmórea frente—. Te necesito para un asunto muy importante.
—Lo intuí la última vez que hablamos por el telefonoscopio —respondió Fride—. Reconozco que entonces me sorprendió tu tono misterioso. Bueno, ¿de qué se trata? ¿A qué viene tanta urgencia?
—No podía evitarlo, mi amor —dijo ella con una coqueta sonrisa—. Dirás que es un capricho, pero a veces surge un deseo al que es muy difícil negarse. Por cierto, ¿dónde celebraremos esta noche la Fiesta de la Inmortalidad? Además, justo hoy, por si no te acordabas, se cumplen ochenta y tres años de la celebración de nuestra boda.
"¡Vaya!", pensó para sí, y respondió con desgana:
—No lo sé. Todavía no lo he pensado.
—Pero lo celebraremos juntos, ¿verdad? —preguntó Margarita con algo de inquietud.
—Sí, por descontado —respondió él con cierta desazón, mientras improvisaba un rápido cambio de tema—. ¿Cuál es ese asunto tan importante?
—Ahora mismo te lo diré, cariño mío… Quisiera preparar una sorpresa para el nuevo milenio. La idea que estás a punto de conocer me ronda la cabeza desde hace ya varias décadas y, por fin, ha adquirido su forma definitiva.
—Mmm… ¿es algo salido de tu irracional pragmatismo? —bromeó su marido.
—¡No, claro que no! —respondió ella con una enorme sonrisa.
—¿Entonces algo relacionado con política? Las mujeres en eso siempre quieren ir por delante de nosotros…
Ella se echó a reír.
—Eres un estupendo adivino, querido. Sí, me dispongo a formar un grupo con el que podamos dar un golpe de Estado civil en todo el planeta. Y ahí es donde necesito tu ayuda. Tienes que unirte a nosotros para difundir mis ideas. Te será muy fácil, con la cantidad de relaciones e influencias que tienes.
—Bueno, depende del carácter de tus planes —respondió Fride después de pensárselo un momento—. De antemano no puedo prometerte nada.
Ella frunció ligeramente el ceño y continuó:
—Mi plan es derribar las últimas trabas legales que aún tienen a la gente atada de pies y manos, aquí en la Tierra. Que cada individuo por separado aspire a tener lo que en la Antigüedad se llamaba su propio gobierno, su autonomía. Que nadie se atreva a ponerle cadena alguna. Sólo la economía debería obedecer a un poder centralizado…
—Pero ¿no es así como están organizadas ya las cosas? —objetó él—. Dime, ¿cuándo y cómo ve el ciudadano coartada su voluntad? 
Su mujer explotó y se dirigió a él acaloradamente:
—¿Y la ley que restringe a treinta el número de nacidos que puede considerar una mujer como hijos suyos? ¿Es que eso no es una restricción? ¿Acaso no estamos ante una violenta represión de la personalidad de la mujer? Claro que ustedes, como hombres, no se ven en absoluto reprimidos por esta medida.
—Pero se trata de una ley que responde a necesidades económicas…
—Entonces, deben ofrecerse soluciones basadas en la sabiduría del intelecto y no en los avatares de la naturaleza. ¿Por qué debo renunciar a mi trigésimo quinto hijo, al cuadragésimo y así sucesivamente, y en cambio puedo quedarme con el que haga el número treinta? Puede que este último resulte penosamente mediocre y el que desechamos llegue a ser un genio. Que se queden en la Tierra los más fuertes y dotados, y se envíen a otros planetas a los más débiles. La Tierra debería ser una reserva de genios.
Fride refutó el argumento con frialdad.
—Todo esto no es más que una fantasía irrealizable y, por lo demás, nada original. Hace ciento cincuenta años el biólogo Madlen ya se expresaba con ideas similares. No se puede romper el orden de las cosas que parece más razonable. Además, puedo asegurarte que las mujeres de la Antigüedad no opinaban así; tenían lo que se llama compasión maternal: Querían más a los hijos más débiles y desafortunados que a los fuertes y hermosos. No, me niego a colaborar contigo en esto. Es más, como miembro del gobierno y en nombre del Consejo de los Cien, ejerzo mi derecho de veto sobre tus actos.
—Pero tú, como genio que eres, ¡no debes temer un golpe!
—Sí, claro… pero, como genio que soy, presiento el caos que se adueñará de la Tierra tan pronto como la cuestión de la segregación por nacimiento quede sujeta al libre albedrío de los ciudadanos. Se desatará tal lucha por la dominación del planeta que la propia raza humana perecerá. Es verdad que de todas formas desaparecerá irremediablemente al sufrir un colapso por estancamiento —concluyó Fride como si hablara consigo mismo—, pero eso no quiere decir que tengamos que acelerar ese momento fatal.
Margarita guardó silencio. No se esperaba una reacción así. Después se volvió con frialdad, adoptó una pose clásica de perfil, y dijo ofendida:
—¡Haz lo que quieras! Ya me he dado cuenta de que últimamente algo no va bien en nuestras relaciones. No sé, tal vez te has cansado de mí.
—Es posible —respondió él secamente—. Hay que hacerse a la idea de que el amor en la Tierra no es algo eterno. En el transcurso de mi vida, tú eres la décimo octava mujer con la que he contraído matrimonio, y la nonagésimo segunda a la que he amado.
—¡Faltaría más! —exclamó ella con ira, al tiempo que se mordía los labios y el rubor teñía su rostro ligeramente bronceado—. Ustedes exigen a la mujer que les rinda fidelidad eterna, mientras se reservan el derecho a engañarlas.
Fride se encogió de hombros.
—La ley del más fuerte, en eso sustentas toda tu teoría.
La mujer temblaba de consternación, pero supo dominarse y, con tanto aplomo como orgullo, declaró:
—Muy bien, nos separaremos. No hay más que hablar. Le deseo mucha suerte de aquí en adelante.
—¡Y yo le deseo lo mismo, de todo corazón! —respondió Fride, en un tono que no resultara incisivo.
El único sentimiento que él experimentaba en ese momento era el de una insufrible angustia. Treinta y una veces había tenido que escuchar esas mismas palabras en las discusiones con las mujeres, soportando esa misma expresión en su rostro, el mismo tono, los mismos ojos.
"¡La misma historia de siempre! Y ¡qué harto estoy de todo esto!", pensó, mientras se acomodaba en su elegante, como de juguete, aeronave.


V
Fride pasó la velada en la nave restaurante, a una altura de cinco mil metros, en compañía de la multitud de jóvenes reunidos con motivo de la llegada de Margo. Se sentaron a una gran mesa giratoria, cuya tabla superior rodaba sobre unos railes flotantes, gracias a lo cual traía y se llevaba flores, frutas y un tipo de bebida espirituosa con un aroma peculiar y muy agradable al paladar. Abajo, brillaba la Tierra con sus cegadores fuegos fatuos. Por la red de carreteras, perfectamente apisonadas, circulaban los vehículos de algunos deportistas, que de vez en cuando se permitían el lujo de desplazarse con este antiguo medio de transporte. Las lunas eléctricas, con su resplandor fosforescente, teñían de una suave luz azulada jardines, villas, canales y lagos; la Tierra, en ese juego de luces y sombras, parecía una redecilla bordada con hilos de plata transparentes. Los jóvenes presentes se deleitaban en la contemplación de esa hermosa panorámica, especialmente Margo, que llevaba veinticinco años sin pisar la Tierra… Hizo girar una palanca y el sillón en el que estaba se elevó sobre la altura de la mesa, de modo que todos podían ver al que se disponía a hablarles.
—¡Amigos míos! ¡Propongo un brindis y cantar nuestro himno en honor del Cosmos!
—¡Magnífico! —se sumaron con alegría los congregados—. ¡Un brindis, un himno!
En estas celebraciones solían cantarse los himnos nacionales, compuestos por los grandes patriarcas. De ahí que a la primera propuesta de Margo le siguiera una segunda:
—¡Amigos! Ya que esta noche nos hace el honor de acompañarnos nuestro querido patriarca Fride, propongo que cantemos su himno Inmortal.
Todas las miradas se dirigieron a Fride. Él seguía sumido en sus pensamientos y, cuando oyó su nombre, hizo una inclinación con la cabeza en señal de asentimiento. Con el acompañamiento de la gran orquesta sinfónica, las preeminentes voces masculinas y femeninas entonaron el himno, escrito en un tono eufórico y valiente que producía un efecto grandilocuente: 

Bendita alma unitaria del cosmos, 
en cada grano de arena, en cada estrella. 
Bendita tu omnisciencia, 
porque es la fuente de la vida eterna. 
¡Bendita inmortalidad, 
que iguala a todas las personas ante los dioses!

El sonido de estas palabras se esparcía en el aire con la solemnidad que le infundía la coral, como si se tratase de un cántico del propio cielo al acercarse a la Tierra desde sus abismales y enigmáticas profundidades. Sólo Fride seguía impasible, ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor. Y, cuando concluyó el himno, de nuevo todas las miradas se centraron en él. Uno de los nietos con quien tenía más familiaridad, el químico Lynch, se atrevió a preguntar:
—¡Estimado patriarca! ¿Qué le ocurre? ¡No ha participado en el canto de su propio himno!
Fride alzó la cabeza. Por un momento pensó que no merecía la pena estropear la velada a la juventud reunida sembrando en ella la duda, pero enseguida otro pensamiento ocupó su lugar: Tarde o temprano todos experimentarían inevitablemente lo mismo que él. Y entonces dijo:
—Este himno no es más que un desvarío de mi cabeza. La omnisciencia y la inmortalidad no merecen ser bendecidas, sino malditas. ¡Sí, malditas sean!
Todos se volvieron sorprendidos hacia el patriarca. Él hizo una pausa, dirigió una atormentada e intensa mirada a todos los que le rodeaban, y continuó:
—La vida eterna es una tortura insufrible. Todo se repite en este mundo, así de cruel es la ley de la naturaleza. Infinidad de mundos se forman a partir del caos, se ponen en marcha, se extinguen, chocan unos con otros, se dispersan y de nuevo se forman otros. Y así hasta el infinito. Se repiten las ideas, los sentimientos, los deseos, los actos e incluso la propia reflexión de que todo se sucede de nuevo nos viene a la cabeza más de mil veces. ¡Es horrible!
Fride se sujetó la cabeza con ambas manos. Creía estar perdiendo el juicio. Todos estaban perplejos por sus palabras. Al cabo de un momento, Fride volvió a hablar, con firmeza y severidad, como quien hace un llamamiento al combate:
—¡Qué gran tragedia en el devenir del ser humano! ¡Dios le da la vida y él se convierte en un autómata que, con la precisión de un reloj, se repite a sí mismo indefinidamente! ¡Saber de antemano lo que hará el marciano Levionah o lo que dirá la mujer amada! ¡Un cuerpo eternamente vivo, que encierra un alma para siempre muerta, fría e indiferente, como un sol moribundo!
Ninguno de los que escuchaban sabía qué responder. El único que pudo reaccionar, al salir de su estupor, fue el químico Lynch, que se dirigió a Fride con las siguientes palabras:
—¡Querido maestro! En mi opinión, hay una salida a esta situación. ¿Y si pudiéramos regenerar las células del cerebro, volvernos a crear a nosotros mismos, transmutarnos?
—Eso no es ninguna salida —replicó Fride con una sonrisa de amargura—. Incluso si ese renacimiento fuera posible, implicaría que mi actual yo, con todos mis pensamientos, sentimientos y deseos, desaparecería sin dejar rastro. Comenzaría a pensar y sentir otro ser, ajeno y desconocido para mí. En la Antigüedad, se tenía la creencia de que el alma entra en otro cuerpo después de la muerte y se olvida de su anterior existencia. ¿En qué se diferenciará mi regeneración y renacimiento, respecto a la muerte y reencarnación en que creían los  hombres primitivos? En nada. ¿Merece la pena que el hombre, una vez alcanzada la inmortalidad, desperdicie su genio en intentar resolver el viejo problema de la muerte?
Fride interrumpió repentinamente su discurso, se desplazó con su sillón hasta el andén exterior y, con un saludo de despedida, dijo:
—Disculpen, amigos, que me retire. Para vergüenza mía, veo que con mi discurso les he arruinado la fiesta.
Y, cuando ya se había subido a su aeronave para regresar a la Tierra, les dijo alzando la voz:
—En cualquier caso, ¡sólo la muerte puede poner el punto y final a los sufrimientos del alma!
Esta intrigante exclamación desconcertó a todos los presentes y despertó en su corazón el turbio presentimiento de una desgracia inminente. Margo, Lynch y después todos los demás hicieron rodar sus sillones por el andén al que estaba anclada la estructura flotante y, un tanto alarmados, se quedaron mirando un buen rato la aeronave de Fride, que en medio de la oscura noche se alejaba balanceándose con sus brillantes luces de señalización de color azul.

VI
Fride ya había decidido suicidarse, pero le quedaba decidir el método. Su ciencia médica contemporánea era capaz de resucitar cadáveres y reponer diversos miembros del cuerpo humano. Todos los medios tradicionales para el suicidio —cianuro, morfina, carbono, ácido cianhídrico— eran inservibles. Podía volar su cuerpo en mil pedazos con un explosivo, o encerrarse en una cápsula proyectada al espacio y convertirse en satélite de algún lejano planeta. Pero finalmente se decidió por la incineración, además en su forma más bárbara y primitiva, la hoguera. Aunque la técnica de su tiempo permitía quemar con radiación una extensión enorme de materia en un instante, ¡la muerte en la hoguera! Eso sería al menos algo bonito. Dejó escrito en su testamento:

En los mil años de mi existencia, he llegado a la conclusión de que la vida eterna en la Tierra supone un círculo de repeticiones especialmente insoportable para un científico, que está en permanente búsqueda de cosas nuevas. Ésta es una de las contradicciones de la naturaleza, que yo voy a resolver con el suicidio.

Fue a la habitación de los secretos y maravillas y encendió una hoguera. Se ató con cadenas a una columna de hierro que previamente había rodeado de sustancias inflamables. Echó un último vistazo, pleno de inteligencia, a todo aquello que dejaba en la Tierra. ¡Ni un solo deseo, ni una sola ligadura! Una soledad tan terrible como no podían imaginar los habitantes de la Antigüedad se adueñó de él. Antes, en épocas lejanas, la gente se sentía sola porque no encontraba a su alrededor las respuestas que buscaba el alma. Ahora la soledad venía porque el alma ya no tenía qué buscar y, ante la falta de perspectiva, acababa por consumirse. Fride dejó la Tierra sin el menor sentimiento de dolor. En el último momento recordó el mito de Prometeo y pensó:
"El divino Prometeo robó el fuego de los dioses y se lo entregó a los humanos, haciéndolos inmortales. Ahora, ¡que ese mismo fuego dé a los inmortales lo que la sabia naturaleza dispuso: La muerte y el renacer del alma en la eterna materia existente!"
A las doce en punto de la noche se lanzaron los cohetes que anunciaban el principio del segundo milenio de la era de la inmortalidad. Fride pulsó un botón, se prendió la mecha y la hoguera ardió. Un dolor terrorífico, del que sólo conservaba vagos recuerdos de infancia, descompuso por completo su rostro. Se retorció entre convulsiones en un intento de escapar, mientras un grito desgarrador y casi inhumano retumbaba en las paredes de la alcoba. Pero las cadenas de hierro le amarraban con fuerza. Las lenguas de fuego serpenteaban por su cuerpo y le susurraban: "¡Todo se repite!"


FIN

2023/12/04

Encuentro en el alba (Arthur C. Clarke)


Título original: Encounter at dawn
Año: 1953


Eran los últimos días del Imperio. La pequeña nave estaba lejos de su patria y a casi cien años-luz del navío madre que investigaba entre las compactas estrellas al borde de la Vía Láctea. Pero incluso allí no podía escapar a la sombra que se cernía sobre la civilización; bajo aquella sombra, y deteniéndose de vez en cuando para preguntarse qué ocurría en sus distantes hogares, los científicos de la Topografía Galáctica continuaban realizando su interminable tarea.
La nave contenía solamente tres ocupantes, pero entre todos poseían el conocimiento de muchas ciencias, y la experiencia de media vida en el espacio. Después de la larga noche interestelar, la estrella que estaba enfrente de ellos caldeaba su espíritu, mientras descendían en dirección a sus fuegos. Un poco más dorada, un poco más brillante que el Sol que ahora parecía una leyenda de la niñez. Sabían por pasadas experiencias, que la posibilidad de localizar ahí planetas era de más del noventa por ciento, y de momento olvidaron todo lo demás ante el entusiasmo del descubrimiento.
Encontraron el primer planeta al cabo de pocos minutos de haberse detenido. Era un gigante, de un tipo familiar, demasiado frío para la vida protoplásmica y que probablemente no poseía una superficie estable. Así, pues, orientaron su búsqueda en dirección al sol, y pronto fueron recompensados.
Era un mundo que les hizo sentir la añoranza de su hogar, un mundo donde todo era impresionantemente familiar y, sin embargo, nunca exactamente lo mismo. Dos grandes masas de tierra flotaban en mares de un verde azulado, coronados de hielo en ambos polos. Había algunas regiones desiertas, pero la mayor parte del planeta era evidentemente fértil. Incluso desde aquella distancia, las señales de vegetación eran inequívocamente claras.
Contemplaron ansiosamente el paisaje que se dilataba a medida que iban descendiendo a través de la atmósfera, encaminándose hacia el mediodía en los subtrópicos. La nave flotó a través de los cielos sin nubes en dirección a un gran río, retardó su caída con un golpe de silenciosa potencia, y se detuvo entre grandes hierbas a orillas del agua.
Nadie se movió; no había más que hacer hasta que los instrumentos automáticos hubiesen terminado su trabajo. Finalmente sonó una leve campana y se encendieron las luces del tablero de mando, formando una combinación caótica pero significativa. El capitán Altman se levantó lanzando un suspiro de alivio.
-Estamos de suerte –dijo-. Podremos salir sin protección si los ensayos patogénicos son satisfactorios. ¿Qué te pareció este lugar cuando entramos, Bertrond?
-Geológicamente estable, por lo menos sin volcanes activos. No vi señal alguna de ciudades, pero eso no prueba nada. Si hay aquí una civilización, podría haber superado aquella fase.
-¿O no haberla alcanzado aún?
Bertrond se encogió de hombros.
-Una cosa es tan probable como la otra. Quizá tardemos algo en averiguarlo en un planeta de este tamaño.
-Más tiempo del que disponemos -dijo Clindar, mirando el tablero de comunicaciones que los unía a la nave nodriza y, desde allí, al amenazado corazón de la galaxia.
Durante un instante reinó un pesado silencio. Luego Clindar se dirigió al tablero de mandos y oprimió una serie de conmutadores con habilidad automática.
Dando una ligera sacudida, una sección del casco se apartó hacia un lado y el cuarto miembro de la tripulación bajó al nuevo planeta, accionando sus metálicos miembros y ajustando los servomotores a la desacostumbrada gravedad. En el interior de la nave despertó a la vida una pantalla de televisión, revelando un extenso panorama de hierbas ondulantes, algunos árboles a una distancia media y un poco del gran río. Clindar oprimió un botón, y la imagen se desplazó suavemente a través de la pantalla, a medida que el robot iba volviendo la cabeza.
-¿Por dónde vamos a ir? -preguntó Clindar.
-Echemos un vistazo a aquellos árboles -replicó Altman-. Si hay alguna vida animal, la encontraremos allí.
-¡Mira! -exclamó Bertrond-. ¡Un pájaro!
Los dedos de Clindar volaron sobre el tablero; la imagen se centró sobre la pequeña mancha que había aparecido repentinamente hacia la izquierda de la pantalla, y se amplió rápidamente al entrar en acción la telelente del robot.
-Tienes razón –dijo-. Plumas, pico, bastante arriba en la escala evolutiva. Este lugar promete. Pondré en marcha la cámara.
El movimiento oscilante de la imagen al caminar el robot no les perturbó; se habían acostumbrado a él desde hacía tiempo. Pero nunca se habían podido conformar a esa exploración por delegación, cuando todos sus impulsos les incitaban a abandonar la nave, a correr a través de la hierba, y sentir en sus caras la caricia del viento. Pero hubiese sido asumir un riesgo demasiado grande, incluso en un mundo que parecía tan agradable como aquél. Tras las facciones más sonrientes de la Naturaleza se esconde siempre una calavera. Bestias salvajes, reptiles ponzoñosos, pantanos; la muerte podía alcanzar al explorador desprevenido bajo mil disfraces diferentes. Y peor aún, eran los enemigos invisibles, las bacterias y los virus, contra los cuales la única defensa estaba quizás a mil años-luz de distancia de aquellos parajes.
Un robot se podía reír de todos esos peligros e incluso si, como a veces ocurría, encontraba una bestia lo suficientemente poderosa para destruirlo..., bueno, una máquina puede ser siempre sustituida.
No encontraron nada en su paseo a través de la hierba. Si el paso del robot perturbó a algunos animales, se debieron mantener fuera del campo visual. Clindar retardó la máquina al acercarse a los árboles, y los observadores de la nave se apartaron instintivamente ante las ramas que parecieron barrerles los ojos. La imagen se oscureció por un instante mientras los mandos se ajustaban a aquella iluminación más débil, y luego volvió a lo normal.
El bosque estaba lleno de vida. Se escondía bajo los matorrales, trepaba por las ramas, volaba a través de los árboles a medida que iba avanzando el robot. Y mientras tanto, las cámaras automáticas iban registrando en la pantalla, recogiendo material para que los biólogos lo analizasen cuando la nave regresara a la base.
Clindar lanzó un suspiro de alivio cuando los árboles se aclararon repentinamente. Era un trabajo agotador evitar que el robot chocase con los obstáculos mientras se movía dentro del bosque, pero en campo abierto podía cuidar de sí mismo. Y entonces la imagen tembló como si hubiese recibido un martillazo, se oyó un golpe metálico, y toda la escena se desplazó vertiginosamente hacia arriba mientras el robot se volcaba y caía.
-¿Qué fue eso? -gritó Altman-. ¿Tropezaste?
-No -dijo Clindar seriamente, mientras sus dedos volaban sobre el tablero-. Algo atacó por detrás. Confío que, ¡ah!, todavía lo gobierne.
Sentó al robot y le hizo girar la cabeza. No tardó mucho en encontrar la causa de la perturbación. De pie a pocos pasos, y moviendo enfurecido la cola, había un cuadrúpedo de dientes feroces. En aquel momento estaba, evidentemente, tratando de decidir si debía atacar nuevamente.
Lentamente el robot se levantó y, mientras lo hacía, el animal se agachó para saltar. Una sonrisa iluminó la cara de Clindar; sabía cómo enfrentarse a aquella situación. Su pulgar buscó la poco usada clave "Sirena".
La selva retumbó al aullido ululante y horrísono del altavoz oculto en el robot, y la máquina avanzó al encuentro de su adversario, agitando los brazos por delante. La espantada bestia casi cayó hacia atrás en su esfuerzo por volverse, y a los pocos segundos había desaparecido.
-Ahora supongo que tendremos que esperar un par de horas antes que todos vuelvan a salir desde sus escondites -dijo tristemente Bertrond.
-No sé mucho de psicología animal -interpuso Altman-, ¿pero es lo corriente que ataquen a algo completamente desconocido?
-Algunos atacan a todo lo que se mueve, pero es poco corriente. Normalmente sólo atacan para comer, o si han sido amenazados. ¿A dónde vas a parar? ¿Sugieres que puede haber otros robots sobre este planeta?
-Ciertamente, no. Pero nuestro amigo carnívoro puede haber confundido nuestra máquina con un bípedo más comestible. ¿No te parece que esta abertura en la jungla es bastante artificial? Podría muy bien ser un sendero.
-En tal caso -dijo prestamente Clindar- lo seguiremos y ya veremos. Estoy cansado de esquivar árboles, pero espero que no vuelva a saltar nada sobre nosotros; me ataca los nervios.


-Tenías razón, Altman -dijo Bertrond poco más tarde-. Es sin duda un sendero. Pero eso no significa inteligencia. Al fin y al cabo hay animales...
Se paró a la mitad de la frase y en aquel mismo momento Clindar detuvo el robot. El sendero se había abierto repentinamente formando una amplia explanada, casi completamente ocupada por un pueblo de endebles chozas.
Estaba rodeado por una empalizada de madera, evidentemente una defensa contra un enemigo que en aquel momento no amenazaba. Pues las puertas estaban completamente abiertas, y más allá de ellas los habitantes se afanaban pacíficamente.
Durante algunos minutos los tres exploradores contemplaron en silencio la pantalla. Clindar se estremeció ligeramente y observó:
-Es algo que produce escalofríos. Podría ser nuestro propio planeta, hace cien mil años. Siento como si hubiésemos retrocedido en el tiempo.
-No hay nada de misterioso en ello -dijo el práctico Altman-. Al fin y al cabo, hemos descubierto cerca de cien planetas con nuestro tipo de vida.
-Sí -respondió Clindar-. ¡Cien en toda la galaxia! Sigo creyendo que es extraño que nos haya sucedido a nosotros.
-Bueno, tenía que ocurrirle a alguien -filosofó Bertrond-. Entretanto tenemos que preparar nuestro método para establecer contacto. Si enviamos el robot al pueblo se producirá pánico.
-Eso -dijo Altman- por lo menos. Lo que tenemos que hacer es atrapar a un indígena solitario y demostrarle que somos amigos. Esconde al robot, Clindar, en algún lugar del bosque desde donde pueda observar el pueblo sin ser visto. Tenemos enfrente de nosotros una semana de antropología práctica.
Pasaron tres días antes que los ensayos biológicos demostrasen que se podía salir de la nave con impunidad. Incluso entonces, Bertrond insistió en salir solo; solo, si no se tiene en cuenta la compañía substancial del robot. Con tal aliado no temía a los animales más grandes del planeta, y las defensas naturales de su cuerpo podían cuidarse de los microorganismos. Por lo menos, así se lo habían asegurado los analizadores; y si se tenía en cuenta la complejidad del problema, la verdad es que cometían muy pocos errores.
Permaneció fuera durante una hora, disfrutando prudentemente mientras sus compañeros le observaban con envidia. Pasarían otros tres días antes que pudiesen estar completamente ciertos que era seguro seguir el ejemplo de Bertrond. Entretanto, estuvieron bastante ocupados contemplando el pueblo a través de las lentes del robot, y recogiendo todo lo que podían con sus cámaras. Habían desplazado la nave durante la noche, de modo que estaba escondida en las profundidades de la selva, pues no querían ser descubiertos hasta que estuviesen a punto.
Y entretanto, las noticias de la patria eran cada vez peores. Aunque el hecho de estar aquí tan lejos, al borde del Universo, amortiguaba el impacto, no dejaba de pesar mucho sobre sus mentes, y a veces les dominaba una sensación de futilidad. Sabían que en cualquier instante podía llegar la señal de llamada, cuando el Imperio, en su extremidad, convocase a sus últimos recursos. Pero hasta entonces continuarían con su trabajo, como si lo único que importase fuera la ciencia pura.
Siete días después de aterrizar estaban a punto de realizar el experimento. Sabían ahora los caminos que tomaban los indígenas cuando salían a cazar, y Bertrond eligió uno de los menos frecuentados.
Colocó firmemente una silla en medio del camino, y se sentó a leer un libro.
Naturalmente, no era tan sencillo como todo eso: Bertrond había tomado todas las precauciones imaginables. Escondido entre los matorrales a cincuenta metros de distancia, el robot vigilaba a través de sus lentes telescópicos y sostenía en su mano un arma pequeña, pero mortífera. Y gobernando desde la nave espacial, con los dedos apoyados en el tablero, Clindar esperaba para hacer todo lo que pudiera ser necesario.
Ese era el aspecto negativo del plan; la parte positiva era más evidente. A los pies de Bertrond estaba el cuerpo de un pequeño animal astado que esperaba sería un agradable presente para cualquier cazador que acertase a pasar por allí.
Dos horas más tarde, la radio del arnés de su traje murmuró una advertencia. Con mucha calma, a pesar que la sangre le golpeaba las sienes, Bertrond dejó a un lado el libro y miró a lo largo del sendero.
El salvaje avanzaba confiadamente, balanceando una lanza en su mano derecha. Se detuvo un momento al ver a Bertrond, y luego siguió avanzando con más precaución. Comprendió que no tenía nada que temer, pues el extranjero era de corta estatura, y evidentemente no llevaba armas.
Cuando estaba a solamente diez pasos de distancia, Bertrond sonrió con entusiasmo y se levantó con lentitud. Se inclinó, tomó la res y se adelantó llevándola como una ofrenda. Aquel gesto hubiese sido comprendido por cualquier criatura en cualquier mundo, y también fue comprendido allí. El salvaje se aproximó, tomó el animal, y se lo echó sin esfuerzo sobre el hombro. Por un instante contempló a Bertrond en los ojos con una expresión insondable; luego dio la vuelta y regresó hacia el pueblo. Tres veces se volvió para ver si Bertrond le seguía, y cada vez Bertrond le sonrió y le saludó tranquilizándole.
En conjunto, el episodio duró poco más de un minuto. Para ser el primer contacto entre dos razas, careció por completo de dramatismo, pero no de dignidad.
Bertrond no se movió hasta que el otro hubo desaparecido de la vista. Entonces se relajó y habló al micrófono de su traje.
-Ha sido un buen principio -dijo con alegría-. No se asustó lo más mínimo, ni tan solo pareció sospechar. Creo que volverá.
-Todavía me parece demasiado bueno para ser cierto -dijo la voz de Altman en su oído-. Pensé que se mostraría hostil o asustado. ¿Es que tú hubieses aceptado un regalo generoso de un extraño desconocido con tanta despreocupación?
Bertrond regresaba hacia la nave caminando lentamente. El robot había salido ahora al descubierto y montaba guardia a pocos pasos detrás.
-Yo no –contestó-, pero yo pertenezco a una comunidad olvidadiza. Los perfectos salvajes reaccionan ante los extraños de muy diversas maneras, según su experiencia anterior. Supongamos que esta tribu no ha tenido nunca enemigos, lo que es muy posible en un planeta grande, pero poco poblado.
Entonces podremos esperar curiosidad, pero no temor.
-Si estas gentes no tienen enemigos -interpuso Clindar, ya no completamente absorbido en gobernar el robot-, ¿por qué tienen una empalizada alrededor de su pueblo?
-Me refería a enemigos humanos -replicó Bertrond-. Si eso es cierto, simplifica enormemente nuestra tarea.
-¿Crees que volverá?
-Naturalmente. Si es tan humano como creo, la curiosidad y la codicia le harán volver. Dentro de un par de días seremos íntimos amigos.
Considerado desapasionadamente, aquello se convirtió en una rutina fantástica. Cada mañana el robot salía de caza dirigido por Clindar, hasta convertirse en el cazador más mortífero de la jungla. Y entonces Bertrond esperaba que Yaan -que es lo más cerca de su nombre a que pudieron llegar- apareciese confiadamente por el sendero. Venía cada día a la misma hora, y venía siempre solo. Eso les sorprendía:
¿Quería conservar para él solo su gran descubrimiento, y así reservarse el mérito de sus hazañas de caza?
Si era así, demostraba gran previsión y astucia.
Al principio Yaan se marchaba inmediatamente con su premio, como si tuviese miedo que el donador de un regalo tan generoso pudiese cambiar de opinión. Pero pronto, y tal como había confiado Bertrond, fue posible inducirle a que se quedase por medio de algunos sencillos juegos de manos, y enseñándole unas telas y unos cristales de alegres colores, que le complacían en forma infantil. Finalmente, Bertrond consiguió entablar con él largas conversaciones, todas las cuales fueron registradas y filmadas a través de los ojos del escondido robot.
Algún día los filólogos podrían quizá analizar aquel material; todo lo más que Bertrond podía hacer era descubrir el significado de algunos sencillos nombres y verbos. El asunto resultaba complicado por el hecho que Yaan no solamente utilizaba diferentes palabras para la misma cosa, sino a veces la misma palabra para cosas diferentes.
Entre esas entrevistas cotidianas, la nave se alejaba explorando el planeta desde el aire, y a veces aterrizando para hacer observaciones más detalladas. A pesar que se observaron algunos otras agrupaciones de humanos, Bertrond no intento ponerse en contacto con ellos, pues era fácil ver que todos estaban aproximadamente al mismo nivel cultural que el de la gente de Yaan. Bertrond pensó con frecuencia que era verdaderamente una mala jugada del Destino que una de las muy pocas razas verdaderamente humanas de la Galaxia hubiese sido descubierta precisamente en aquel momento del tiempo. Hacía poco, aquello hubiese sido un acontecimiento de importancia suprema; ahora la civilización estaba demasiado hostigada para preocuparse de esos salvajes parientes que esperaban en la aurora de la historia.


Hasta que Bertrond no estuvo seguro que había pasado a formar parte de la vida cotidiana de Yaan, no le presentó al robot. Estaba enseñando a Yaan las imágenes de un caleidoscopio, cuando Clindar hizo salir a la máquina a través de la hierba, con su última víctima colgando de uno de sus metálicos brazos.
Por primera vez Yaan mostró algo parecido al miedo; pero se calmó al oír las palabras tranquilizantes de Bertrond, si bien continuó vigilando al monstruo que avanzaba. Se detuvo a cierta distancia, y Bertrond salió a su encuentro. Mientras se adelantaba, el robot levantó los brazos y le entregó la res muerta. La tomó solemnemente y se la llevó a Yaan, tambaleando un poco bajo el desacostumbrado peso. Bertrond hubiese dado mucho por saber exactamente lo que pensaba Yaan al aceptar el regalo.
¿Trataba de decidir si el robot era el amo o el esclavo? Quizá tales conceptos se escapaban a su alcance; para él el robot quizá no fuese sino otro hombre, un cazador amigo de Bertrond.
La voz de Clindar, algo más potente que al natural, salió del altavoz del robot.
-Es asombroso lo tranquilamente que nos acepta. ¿No habrá nada que lo asuste?
-Continúas juzgándole por tu propio patrón -replicó Bertrond-. Recuerda que su sicología es completamente diferente, y mucho más sencilla. Ahora que tiene confianza en mí, todo lo que yo acepte no lo perturbará.
-¿Será eso cierto de toda su raza? -preguntó Altman-. No es prudente juzgar por un solo ejemplar. Me gustaría ver lo que pasaría si enviásemos el robot al pueblo.
-¡Vaya! -exclamó Bertrond-. Esto sí que le ha sorprendido. Nunca ha conocido antes a una persona que pudiese hablar con dos voces distintas.
-¿Crees que adivinará la verdad cuando nos vea? -dijo Clindar.
-No. El robot será para él pura magia, pero no será nada más maravilloso que el fuego y el rayo y todas las demás fuerzas, que ya debe aceptar normalmente.
-Y bien, ¿qué es lo que sigue ahora? -preguntó Altman un poco impaciente-. ¿Vas a llevarlo a la nave, o vas a ir primero al pueblo?
Bertrond vaciló.
-Quisiera no precipitarme en hacer las cosas. Ya sabes los accidentes que han ocurrido con razas extrañas, cuando eso se ha probado. Dejaré que lo piense, y cuando volvamos mañana trataré de persuadirle para que se lleve consigo el robot al pueblo.
En la escondida nave, Clindar, reactivó el robot y lo volvió a poner en marcha. Lo mismo que Altman, se estaba impacientando un poco ante tantas precauciones, pero en todas las cuestiones relacionadas con formas de vida extrañas, Bertrond era el experto, y tenían que obedecer sus órdenes.
Había ahora ocasiones en que casi deseaba ser él mismo un robot, desprovisto de sentimientos y emociones, y capaz de contemplar la caída de una hoja y los estertores mortales de un mundo con la misma falta de pasión.

El sol estaba bajo cuando Yaan oyó la gran voz que gritaba desde la jungla. La reconoció inmediatamente, a pesar de su volumen inhumano: Era la voz de su amigo que le llamaba.
En aquel resonante silencio, la vida del pueblo se paralizó. Incluso los niños dejaron de jugar; el único sonido que se oía era el de un niño asustado por el súbito silencio.
Todos contemplaron a Yaan que se dirigía rápidamente a su choza y tomaba la lanza que yacía junto a la entrada. Pronto se cerraría la empalizada contra los merodeadores nocturnos, pero él no vaciló cuando salió sumergiéndose en las crecientes sombras. Pasaba precisamente a través de las puertas cuando aquella voz poderosa le llamó nuevamente, y ahora resonaba con una nota de urgencia que se percibía claramente a través de las barreras de lenguaje y de cultura.
El resplandeciente gigante que hablaba con tantas voces distintas salió a su encuentro a poca distancia del pueblo y le hizo señas para que le siguiese. No se veían señales de Bertrond. Caminaron más de un kilómetro antes que le viese en la distancia, no lejos de la orilla del río, y mirando a través de las oscuras y lentas aguas.
Se volvió al acercarse Yaan y, sin embargo, pareció no darse cuenta de su presencia. Hizo un gesto de despedida al brillante compañero, quien se retiró a distancia.
Yaan esperó. Era paciente, y aunque nunca pudo expresarlo con palabras, estaba contento. Cuando se encontraba con Bertrond sentía los primeros síntomas de aquella devoción desinteresada y totalmente irracional que los de su raza no deberían alcanzar hasta el cabo de muchos siglos.
Era un extraño cuadro. Allí, a la orilla del río, estaban de pie dos hombres. Uno de ellos, vestido en un uniforme muy ajustado. El otro llevaba la piel de un animal y una lanza de punta de sílex. Había entre ellos diez mil generaciones, diez mil generaciones y una insondable inmensidad de espacio. Y, sin embargo, ambos eran humanos. A semejanza de lo que haría con frecuencia hasta la Eternidad, la Naturaleza había repetido una de sus formas fundamentales.
Y luego Bertrond comenzó a hablar, caminando hacia adelante y hacia atrás, con cortos pasos. En su voz podía percibirse un vestigio de tristeza.
-Todo ha terminado, Yaan. Yo tenía la esperanza que con nuestros conocimientos podríamos haberlos sacado de la barbarie en una docena de generaciones, pero ahora tendrán que luchar solos para salir de la jungla, y quizás tendrán que luchar un millón de años para conseguirlo. Lo siento; había tanto que hubiéramos podido hacer. Incluso ahora yo quería quedarme aquí, pero Altman y Clindar hablan del deber, y me figuro que tienen razón. Hay poco que podamos hacer, pero nuestro mundo nos llama y no debemos abandonarlo.
»Quisiera que pudieses comprenderme, Yaan. Quisiera que entendieses lo que estoy diciendo. Te dejo estas herramientas; descubrirás cómo utilizar algunas de ellas, aunque lo más probable es que dentro de una generación se hayan perdido, o sean olvidadas. Fíjate como corta esta hoja; pasarán siglos antes que tu mundo pueda hacer una cosa semejante. Y conserva esto bien. Cuando aprietes el botón, ¡fíjate!, si lo utilizas con cuidado, te dará luz durante años, aunque tarde o temprano morirá. En cuanto a esas otras cosas, encuéntrales el uso que puedas.
»Ahora salen las primeras estrellas por allá, hacia el este. ¿Es que miras alguna vez las estrellas, Yaan? Quien sabe cuánto tiempo pasará antes que descubras lo que son, y me pregunto qué habrá sido de nosotros entonces. Aquellas estrellas son nuestra patria, Yaan, y no podemos salvarlas. Muchas han muerto ya, en explosiones tan gigantescas que yo no puedo imaginármelas mejor que tú. Dentro de cien mil años de los nuestros, la luz de aquellas piras funerarias llegarán a este mundo y dejará perplejos a sus pueblos. Quisiera poderles advertir de los errores que hemos cometido, y que ahora nos costarán todo lo que hemos ganado.
»Es bueno para tu pueblo, Yaan, que su mundo esté aquí en la frontera del Universo. Quizá escapen de la aniquilación que nos espera. Quizá un día sus naves irán a explorar entre las estrellas, como lo hemos hecho nosotros, y quizá se encuentren con las ruinas de nuestros mundos y se preguntarán quiénes éramos. Pero nadie sabrá que nos encontramos aquí, junto a este río, cuando vuestra raza era joven.
»Aquí vienen mis amigos; no me van a conceder más tiempo. Adiós, Yaan, usa bien las cosas que te he dejado. Son los mayores tesoros de tu mundo.
Algo grande, que resplandecía en la luz de las estrellas, bajaba silenciosamente desde el cielo. No llegó hasta el suelo, sino que se detuvo un poco por encima de la superficie, y en completo silencio se abrió un rectángulo de luz por uno de sus costados. El resplandeciente gigante salió de entre las sombras de la noche y atravesó la dorada puerta. Bertrond le siguió, deteniéndose un momento en el umbral para despedirse con la mano de Yaan. Y luego la oscuridad se cerró tras él. Lentamente, tal como el humo se aparta del fuego, la nave se levantó. Cuando era tan pequeña que Yaan sintió que le cabría en la mano, pareció confundirse con una larga línea de luz que se elevaba inclinada hacia las estrellas. Desde el vacío cielo resonó un trueno sobre la dormida tierra y Yaan supo por fin, que los dioses se habían ido y que ya no volverían nunca más.
Largo tiempo permaneció en pie junto a las aguas que tan suavemente se deslizaban, y en su alma se infiltró una sensación de pérdida que no podría comprender y olvidar jamás. Luego con cuidado y reverencia, recogió los regalos que Bertrond había dejado.
Bajo las estrellas lejanas, la solitaria figura se dirigió hacia su hogar a través de una tierra sin nombre.
Tras él, el río fluía lentamente hacia el mar, serpenteando a través de fértiles llanuras donde, más de mil siglos más tarde, los descendientes de Yaan construirían una gran ciudad que llamarían Babilonia.


FIN