2023/06/05

La máquina CE, modelo número 1 (Anatoly Dneprov)


Título original: Mašina "ES" model' n. 1
Año: 1959


La discusión versaba sobre las ilimitadas posibilidades de la técnica moderna. Habíamos empezado por las neveras y los automóviles, para pasar gradualmente a los televisores, los aviones a reacción y los cohetes dirigidos. Cada uno de los presentes hablaba como si fuera un eminente especialista en la materia, a pesar de que el nivel del diálogo no superaba los suplementos ilustrados de los periódicos dominicales.
Como es natural, no podíamos olvidar la cibernética. Hablábamos de esta nueva ciencia casi a media voz, tímida y misteriosamente, como se hacía cincuenta años antes con el hipnotismo, o cien años más atrás, con los espectros. En especial, el hecho de que la cibernética existiera y de que ya existieran máquinas cibernéticas, había acalorado poco a poco a los interlocutores.
-Nosotros las construimos, nosotros -susurraba con entusiasmo el hombre rubio y alto de la usada camisa azul. Extendió hacia delante las manos y separó los gruesos dedos-. Miren, todos los dedos están cubiertos de manchas rojas. Es el estaño. De la mañana a la noche no hago otra cosa que soldar esas malditas máquinas. Hilos, válvulas… Vistas por dentro, parecen una tienda de radios. Y pensar que todo eso funciona. ¡Técnica! Pueden derribar aeroplanos, o adivinar con quién te vas a casar…
-Trastos viejos, amigo. Trastos viejos -afirmó, con voz ronca, el vagabundo calvo y tétrico, que movía absurdamente las manos sobre el sucio encerado-. Esos trastos no sólo predicen con quién te casarás, sino que nombran a los gobernantes. El año cincuenta y dos, una bestia electrónica llamada "Univac" ha elegido al gobernador del Estado de Nevada. Eso significa algo más que elegir esposa; se trata, se diga lo que se diga, de un superior.
-¿Es verdad, como dicen, que la policía tiene una máquina que indica dónde y cuándo los muchachos se proponen dar un golpe? Dicen que cuando los muchachos van a hacer un trabajito, ya hay alguien que los espera, amigos -pió, riéndose a carcajadas, un tipo sospechoso de gafas negras.
-Es cierto. Existe. Tanto los tribunales como la policía están armados de máquinas semejantes. Son algo increíble. La máquina te hace algunas preguntas estúpidas, y tú sólo tienes que contestar "sí" o "no". Sólo el diablo sabe dónde debe estar el "sí" y dónde debe estar el "no". Porque te pregunta cosas como: "¿Querrías visitar la luna?" "Cuando eras niño, ¿te han mordido los perros?"… Después de que has esparcido a gusto casi un centenar de estos "sí" y estos "no", la máquina dice; "Pónganle las esposas. Le esperan diez años de trabajos forzados". Y ya está. Será nuestra ruina -murmuró el vagabundo pelado-. Muy pronto todas esas máquinas ocuparán nuestro lugar. Vivirán por nosotros. Se beberán la cerveza. Irán al cine. Lo harán todo ellas solas…
-Son máquinas inteligentes. Geniales. Restablecerán sobre la tierra el orden y el bienestar. El caos desaparecerá, los negocios florecerán -declamó, inspirado, el borracho intelectual, que destacaba de la masa de vagabundos a causa del frac que había conservado, no se sabe cómo.
-¿Qué has dicho? ¿El caos desaparecerá y los negocios florecerán? No te vayas a creer que somos todos unos niños. Entiendes tú tanto de electrónica como yo de capar ratones. Esto no sucederá nunca, es inútil que confíes en ello.
El malhechor gordo, de fisonomía cubierta de pelo rojo, habló con pasión.
-¿Y quién es éste, si se puede saber? ¿Claud Shennon o Norbert Wiener? -preguntó sarcásticamente el intelectual.
-Ni Wiener, ni Claud. La electrónica la tengo yo aquí -se frotó, expresivamente, con la palma de la mano el cuello, mojado de sudor.
-Le han puesto una multa porque no había pagado el impuesto de la radio -se burló el tipo de gafas oscuras.
-O le han echado dos meses a la sombra por vender válvulas electrónicas fundidas.
-Se equivocan, caballeros. Si les interesa, conozco demasiado bien estas malditas máquinas electrónicas. Demasiado bien, pueden…
-Eh, se diría que has estado metido en algún asunto sucio -intervino el borracho pelado.
-Peor -musitó lúgubremente el propietario de la cara bermeja, acercándose al grupo-. Me llamo Rob Day. Quizá hayan oído ese nombre. He salido una vez en el cine.
-No, nunca lo he oído -dijo el intelectual.
-No tiene importancia. Ahora ya no me fío ni en sueños de las máquinas electrónicas.
Rob Day, con profundo descorazonamiento, sorbió su whisky.
-Cuéntanos algo, cómo ellos te han… -se interesó el tipo de las gafas oscuras.
-Existe en nuestro bendito país una empresa industrial que hace publicidad de máquinas electrónicas para uso privado e individual. Se trata, por así decirlo, de máquinas caseras, cuya obligación es hacernos menos pesada la vida. En un domingo lleno de sol se lee el periódico: "Querido señor, si precisa la compañía de un buen interlocutor, si se halla solo y necesita una compañera y si le sirve un buen consejo para enderezar sus negocios tambaleantes, escríbanos. Los hermanos Crooks y su personal de expertos ingenieros le ofrecen sus servicios. Díganos sus necesidades y nosotros le proporcionaremos una máquina electrónica que piensa, capaz de llenar cualquier hueco de su vida particular. A buen precio, segura y con garantía. Esperamos su pedido. Con nuestra mejor estima, Hermanos Crooks y Co." Cuando leí este anuncio, tenía algo de dinero, suficiente para que un joven soltero pudiese llevar una existencia decorosa. Y de pronto me puse a reflexionar. La máquina electrónica te elige la esposa. La máquina elige al gobernador. La máquina atrapa a los ladrones. La máquina redacta guiones cinematográficos. Todos hablan de lo mismo: Esto lo ha hecho la máquina electrónica, aquello ha sido posible gracias a la máquina electrónica, esto sólo lo podrá hacer la máquina electrónica. En resumen, la máquina electrónica es algo parecido a la lámpara de Aladino de Las mil y una noches. Bajo la sugestión de estas ideas, decidí dirigirme a los hermanos Crooks a fin de encargarles algo para mi propio uso. Mis necesidades eran limitadas y muy simples: Una máquina electrónica que pueda darme consejos en operaciones financieras. Quiero hacerme rico. Punto. ¿Qué les parece? Un mes más tarde se detuvo frente a mi casa, en la calle 95, un camión con una caja enorme que contenía algo parecido a un piano vertical. Entraron dos tipos en mi casa.
-¿Vive aquí Rob Day?
-Sí, yo soy.
-Por favor, ¿dónde la podemos dejar?
Acompañé a los muchachos a mi casa, donde instalaron la máquina.
-¿Cuánto cuesta? -pregunté.
-Diez mil dólares.
¡¿Están locos?! -grité.
-No, señor. Es su precio. Pero el dinero no lo queremos ahora. Sólo pagará cuando se haya convencido de que la máquina funciona a plena satisfacción.
-¡Diablos! Entonces que se quede… Enséñenme ahora el modo de usarla.
-Es muy sencillo, señor. Además de los esquemas analíticos, se han instalado en esta máquina cuatro radiorreceptores y un televisor. Estos aparatos escucharán todas las transmisiones durante las veinticuatro horas del día, Deberá introducir cada día, en la ranura alargada debajo del pupitre, tres diarios por lo menos. La máquina le prestará asesoramiento financiero sobre la base de un delicado análisis de todas las informaciones de la situación económica y política del país.
-Muy bien. ¿Y las operaciones financieras? -pregunté.
-Durante una semana, la máquina analizará toda la información. Luego podrá usted ponerse a trabajar. Observe este teclado con números. Sólo tiene cinco registros. El más alto corresponde a los centenares de millares de dólares; el de abajo, a las decenas, y así sucesivamente. Supongamos que desee usted invertir cinco mil dólares. Marca usted este número en el teclado y con el pie aprieta el pedal. Por la ranura de la derecha saldrá una tira de papel con el consejo impreso sobre cómo emplear la suma indicada para obtener el máximo beneficio.
Como pueden ver, nada más sencillo. Los muchachos prepararon y montaron la máquina CE modelo número 1, pusieron el enchufe en la toma de corriente y se marcharon.


-¿Y qué es CE? -preguntó alguien.
-Quiere decir consejero electrónico. Confieso que esperé con impaciencia a que terminara la semana. Metía diariamente los tres periódicos en el teclado, escuchaba, maravillado, el ruido del papel en el interior, observando luego cómo los periódicos salían proyectados por detrás, completamente revueltos. La bestia se los leía de cabo a rabo. En su interior se oía un murmullo semejante al de una colmena. Por fin llegó el día esperado, en el que mi consejero habría asimilado los informes necesarios. Me acerqué al teclado, pensando qué podría hacer. Como no soy tan estúpido como para invertir de golpe una fuerte suma, pulsé tímidamente la tecla que marcaba "un dólar". Luego apoyé el pie sobre el pedal…
No tuve tiempo de reaccionar, pues ya salía por la ranura lateral una cinta telegráfica con la siguiente frase: "A las siete de la tarde, en la esquina de la calle 95 con la calle 31, en el bar Universo, invitar una cerveza a Jack Linder".
Así lo hice. No sabía quién era Jack Linder. Pero cuando entré en el bar, sólo oí hablar de él: "Jack Linder es afortunado. Jack Linder es un muchacho de corazón. Jack Linder tiene un corazón de oro". Un minuto después sabía ya el motivo de toda esta adulación. Jack Linder había heredado de un cierto pariente australiano. Estaba de pie, apoyado en el mostrador con una sonrisa satisfecha. Me acerqué a él y le dije:
-Señor, permítame que le invite a una jarra de cerveza.
-Y sin esperar la contestación, le puse delante una jarra de un dólar.
-La reacción de Jack Linder fue pasmosa. Me abrazó, me besó en ambas mejillas, y metiéndome un billete de cinco dólares en el bolsillo, declaró, con toda seriedad:
-Por fin he encontrado entre esta pandilla de friega platos un hombre de bien. Toma, hermano, toma, no hagas cumplidos. Te lo doy por tu buen corazón.
Dejé el bar Universo con lágrimas de emoción, muy complacido por la inteligencia de aquella bestia CE, modelo número 1.
Después de esta primera operación, mi fe en la máquina creció notablemente. La vez siguiente, marqué diez dólares. La máquina me aconsejó que comprase cinco paraguas y que fuese a un usurero, cuya dirección me dio. Aquellos paraguas me fueron arrancados de las manos por la mujer del usurero, la cual me pagó veinte dólares. En su apartamento, en el terrado, habían estallado las tuberías de agua y el municipio se había negado a repararlas porque los inquilinos no habían pagado el alquiler.
Transformé luego ciento cincuenta dólares en cuatrocientos de la manera siguiente: La máquina me había ordenado que fuese a la Estación Central y que me tumbase sobre las vías delante del rápido con destino a Chicago. Estuve un buen rato indeciso antes de decidirme a dar este paso. A pesar de todo, fui y me tumbé. No es una sensación muy agradable el notar sobre la cabeza el rombo de la locomotora eléctrica. Se oyeron dos toques de campana, el tren dio la señal, pero yo permanecí tendido. Llegó un agente corriendo.
-¡Levántate, vagabundo! ¿Qué haces aquí?
Yo seguía inmóvil, mientras mi corazón palpitaba como si quisiera salírseme del pecho. Empezaron a tirar de mí, pero yo me resistía. Me dieron patadas, mientras me agarraba con las manos a los carriles.
-¡Saquen fuera de la vía a este cretino! -gritó el maquinista.
-¡Por su culpa, el tren lleva ya un retraso de cinco minutos!
Muchas personas se me echaron encima a la vez y me llevaron en vilo a la comisaría de la estación. El enjuto guardia me puso una multa de ciento cincuenta dólares exactamente.
"Vaya, pensé, ése es el CE modelo número 1".
Salí de la comisaría como un perro apaleado, cuando, de repente, me vi rodeado por una masa de gente.
-¡Es él! -gritaban-. ¡Llevémosle en triunfo!
-¿Pero por qué? -pregunté-. ¿Qué hice?
-¿Y lo preguntas? De no ser por ti, todos estaríamos hechos polvo.
-¿Pero de qué se trata?
-El tren de Chicago ha retrasado su marcha. A la salida de la estación, los raíles estaban arrancados. Cinco minutos antes… ¡Viva nuestro salvador!
Entonces comprendí lo ocurrido y dije:
-Señoras y señores. Los vivas están bien. Pero me han multado con ciento cincuenta dólares…
Inmediatamente, cuantos estaban a mi alrededor empezaron a meterme dinero en los bolsillos. En casa los conté. Eran exactamente cuatrocientos dólares, ni más ni menos. Acaricié tiernamente los costados calientes de mi máquina CE modelo número 1 y, con un trapo, le quité el polvo. Luego marqué cinco dólares y apreté el pedal. El consejo fue el siguiente: "Ponte inmediatamente un traje nuevo, vete al puente de Brooklyn y salta al río Hudson entre el quinto y el sexto pilón".
Después de todo cuanto había pasado en la Estación Central, ya no temía nada. Al caer la tarde encontré una tienda de trajes confeccionados en la Quinta Avenida y allí compré lo más elegante que tenían. Me vestí como para una boda y me dirigí al puente de Brooklyn. Al inclinarme sobre el parapeto y mirar hacia la oscuridad, entre la cual corrían las sucias aguas del Hudson, sentí un escalofrío en la espalda. Aquello era mucho más temerario que tumbarse sobre unos raíles. Pero sentía aún una ilimitada confianza en mi máquina, por lo que, cerrando los ojos, me tiré abajo. Entonces pasó algo inverosímil. A través de los párpados semicerrados me vi inundado por una brillante luz. Todo se incendió de pronto a mi alrededor y, pocos segundos después, caí sobre algo blando y elástico, luego salté por el aire, volví a caer, me golpeé de nuevo y quedé colgado en el aire. Abrí los ojos y descubrí que estaba enganchado en una espesa red tendida entre los pilones del puente. Desde la parte inferior del puente era iluminado por potentes reflectores, junto a los cuales se adivinaban sombras humanas. Al fin alguien gritó por un altavoz:
-Muy bien. Brillantísimo. Suba aquí.
Me arrastraron hacia arriba y empezaron a felicitarme. Luego apareció un tipo que me entregó un paquete de billetes.
-Tenga -dijo-. Dentro de ocho días vaya a ver al cine Homunculus la película con su participación en calidad de suicida. Aquí tiene 1.500 dólares. Después de la proyección del film se le entregarán otros 500.
Durante una semana entera asistí a todas las proyecciones del cine Homunculus para verme en mi papel de suicida. Pero los otros 500 dólares nunca los vi. Me dijeron que me había admirado justamente por esa suma.
Algún tiempo más tarde vinieron a visitarme los representantes de la firma Hermanos Crooks y yo pagué con alegría el precio de mi máquina electrónica. En lo sucesivo se transformó, por decirlo así, en algo mío en alma y cuerpo.


La siguiente operación que realicé por consejo de la máquina electrónica fue mi matrimonio con una vieja dama de Park Avenue. El matrimonio me había costado mil dólares. Cinco días más tarde, la dama murió, dejándome un cheque de cinco mil dólares. Invertí esa suma en un viejo rancho medio derruido. Por él cobré del Gobierno, una semana más tarde, quince mil dólares: En aquel terreno debían construir la quinta sección de un campo de tiro atómico. Por aquella cantidad compré a un canadiense cangrejos del océano Pacífico, que revendí inmediatamente por treinta mil al restaurante Ritz. Por un verdadero milagro mis cangrejos eran los únicos de todas las partidas existentes en el mercado que poseían un grado de infección radioactiva consentido por la ley.
Tras todas estas afortunadas operaciones, decidí hacerme millonario. Un día, después de haber rezado, marqué en el teclado de mi consejero una cifra con cuatro ceros que representaba todo mi capital en aquel momento. Luego apreté el pedal. No olvidaré nunca aquella tarde.
La cinta no podía salir, ignoro el motivo. Por fin se pudo ver una esquinita, que volvió a desaparecer inmediatamente. En el interior de la máquina se oía un estruendoso zumbido. Finalmente, cuando ya estaba a punto de perder la paciencia, salió la cinta con el consejo que recordaré mientras viva: "Quema en la chimenea todo el dinero que tengas".
Me rasqué mucho rato la cabeza, pensando si debía seguir o no el consejo de la máquina. Pero tenía una fe demasiado ciega en mi máquina. Después de haber reflexionado largamente, empaqueté con un cordel todos mis dólares, encendí la chimenea y arrojé el dinero al fuego. Sentado allí delante, mirando como mi dinero se transformaba en cenizas, esperaba, agradablemente turbado, que sucediese el próximo milagro de la serie. Un milagro que no podía ni siquiera imaginar, cuando mi máquina inteligente ya lo sabía todo, la base del análisis de la coyuntura política y económica.
El dinero se quemó tranquilamente. Había removido las cenizas con un bastón, pero el milagro no se producía. Ya vendrá, ya vendrá, seguro, pensaba, caminando, agitado arriba y abajo por la habitación y frotándome nerviosamente las manos.
Pasó una hora, luego dos, y el milagro no se producía. Me quedé perplejo junto al teclado. Dije:
-¿Y bien? -No obtuve respuesta-. Espabílate. ¡Devuélveme mi dinero!
La máquina continuaba observando un silencio sospechoso. En realidad, no sabía hablar. Entonces perdí por completo la cabeza y marqué en el teclado la misma suma que ya no poseía. Cuando apreté el pedal, sucedió una cosa bastante desagradable. Salió la cinta telegráfica completamente cubierta de ceros. Ceros ininterrumpidos, sin una palabra que tuviese sentido. Enfadado, empecé a golpear la máquina con el puño, luego lo hice con los pies, pero no se detenía. Sólo salían ceros. Esto me puso en un estado de furor tal que cogí la reja de fundición con la que se cierran las chimeneas y con ella empecé a golpear fuertemente al consejero electrónico. Volaron astillas, la cinta se detuvo y la máquina se paró de golpe. Y yo, desesperado, seguí golpeando hasta que, sobre el pavimento, sólo quedó un montón de chatarra, astillas de cristal y una masa informe de hilos eléctricos.
Me dejé caer sobre el diván y, con la cabeza entre las manos, grité como una pantera herida, maldiciendo a todo y a todos, empezando por las válvulas de radio y terminando por los consejeros electrónicos construidos con ellas. Durante este ataque de delirio, lancé una ojeada a los restos de mi máquina y advertí un trozo de cinta lleno de letras. Por unos momentos creí enloquecer cuando leí lo que estaba impreso, y que aquella bestia electrónica no me había hecho saber: "Véndeme, añade la suma que consigas a todo lo que posees y compra en Hermanos Crooks y Co. la máquina perfeccionada CE modelo número 2".
-¿Y por qué dices que la máquina no te lo quería decir? -Preguntó a Rob el borracho calvo, el cual, mientras escuchaba el increíble relato, había recuperado la sobriedad-. Podría suceder que, sencillamente, se hubiese estropeado.
-Pues es verdad, el diablo se la lleve, no quiso. Me aconsejó adrede que quemase el dinero para que yo no la vendiese. Pero no había tenido en cuenta mi carácter. Los periódicos no escriben esas cosas.
-Es extraño -observó el intelectual del frac-. Se diría que no quiso separarse de usted.
-Precisamente. Me había tomado mucho afecto. En los últimos tiempos, cuando la fortuna me era tan particularmente favorable, le hacía la corte como a una novia. La tenía envuelta en una cubierta de seda. Cada día le quitaba el polvo. Compré incluso algunas macetas con palmas y las puse a su alrededor para que se sintiera a gusto. En vez de tres periódicos, se leía diez. Y miren el resultado. Como consecuencia de la nueva coyuntura política y económica, yo debería haberla vendido y comprado la nueva y perfeccionada CE modelo número 2, pero la muy canalla, con su egoísmo despiadado, me engañó.
-Ese es el siglo en que vivimos -sentenció el muchacho de la camisa azul-. Ya no se puede fiar uno ni de las máquinas electrónicas…
Con profundos suspiros, todos empezaron a marcharse. Rob Day fue el último.


FIN

2023/05/29

¡Miren! El pájaro (Nelson Bond)


Título original: And lo! the bird
Año: 1950


El Pájaro del Tiempo apenas tiene luz para el vuelo y, ¡mira!, ya sus alas está tendiendo al cielo.
Fitzgerald-Rubáiyát


No sé por qué me molesto en escribir esto. Es indudable que es el texto más inútil que he escrito en el curso de mi carrera, dedicada a inundar resmas de pulcras cuartillas con torrentes de frases altisonantes. Pero tengo que hacer algo para mantener mi espíritu ocupado y, puesto que he vivido estos sucesos desde el principio, no estará de más que los registre tal como los recuerdo.
Desde luego, el hecho que ahora deje constancia de aquellos primeros días no tiene importancia alguna. Aunque, después de todo, en este momento nada importa. No sé por qué lo hago. Ya no estoy seguro de nada. A no ser que es absurdo que escriba esta historia tan poco importante. Sin embargo, sé que tengo que hacerlo...
Como he dicho antes, viví estos sucesos desde el principio. ¡Valiente afirmación! Su principio es algo que queda para el campo de las conjeturas. Depende de cómo se mida el tiempo. Para algunos comenzó hace cuatro mil años. Los que piensan así son fundamentalistas y partidarios de la cronología de un arzobispo. Quizás principió hace tres mil millones de años, afirman los que poseen aquello que, hasta hace unas pocas semanas, se solía denominar jactanciosamente "un espíritu científico".
Desconozco la verdad sobre ello, como la desconocen todos pero, en lo que a mí se refiere, todo comenzó hace un mes. Aquella noche nuestro Director Urbano, Smitty, me llamó a su despacho para espetarme una pregunta:
-¿Sabe algo de astronomía? -me preguntó con algo de petulancia.
-Desde luego -le respondí-. Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y alguno más.
-¿Cómo? -dijo Smitty, frunciendo el ceño.
-Y Plutón -recordé por fin-. La familia solar. Los planetas según su distancia al Sol. Me pasé un semestre contemplando las estrellas en la escuela. Aunque lo he olvidado en parte.
-Muy bien -respondió el Director-. Se ha ganado un encargo. ¿Conoce al doctor Abramson? 
-¿Quién no lo conoce? Es el jefe del observatorio de la Universidad.
-Exactamente. Irá a verlo. Según dice, tiene algo muy gordo que comunicarnos.
-¿En coche? -pregunté esperanzado. 
-Tome un ómnibus.
-Hablando desde el punto de vista astronómico -indiqué-, un notición podría significar muchas cosas: Un cometa que va a chocar con la Tierra, el calor del Sol que desaparece y nos mata a todos de frío...
-No es momento de bromas -rezongó Smitty-. Hasta medianoche, los ómnibuses suburbanos pasan cada veinte minutos.
-Por otra parte -musité-, quizás haya descubierto algún trastorno meteorológico causado por los experimentos atómicos. Si todos se dedican a jugar con bombas de hidrógeno...
-Bueno, en coche -suspiró Smitty-. Vaya.

Abramson era un hombrecillo flaco y cetrino, de ojos oscuros y hundidos. Después de estrecharme la mano me indicó una butaca frente a su mesa de roble amarillo, bajó una lámpara de pie para que su luz no nos molestase y luego cruzó sus dedos blancos y finos, mientras decía:
-Le agradezco que haya venido con tal prontitud, señor... 
-Flaherty -le aclaré.
-Pues bien, señor Flaherty, la cosa sucedió así. En nuestra profesión no es costumbre divulgar las noticias a través de la prensa. Lo corriente es que publiquemos nuestras observaciones en revistas técnicas que sólo están al alcance de los especialistas. Pero esta vez, este sistema no me parece adecuado. Tal vez no sería lo bastante rápido. He visto algo en el cielo..., que no me gusta nada.
Yo me entretenía dibujando garabatos sobre una hoja de papel doblada.
-¿Qué ha visto, profesor? ¿Un nuevo cometa?
-No estoy seguro de saberlo -repuso Abramson- y aún estoy menos seguro que desee averiguarlo. Pero sea lo que sea, es por completo desusado y lo bastante importante, creo, para autorizarme a dar este paso. Con el fin de obtener confirmación lo antes posible de mis observaciones y de mis temores, me creo en el deber de apelar a los servicios de prensa para difundir esta noticia.
-Todo cuanto valga la pena divulgar y mucho que no merece ser divulgado, ése es el género con que comerciamos -dije-. ¿Qué es lo que ha visto, profesor?
Él me dirigió una mirada sombría que duró un largo minuto. Luego dijo:
-Un pájaro.
Yo lo miré sin ocultar mi sorpresa.
-¿Un pájaro?
Me venían ganas de sonreír, pero la expresión de su mirada no alentaba precisamente al júbilo.
-Un pájaro -repitió-, perdido en las profundidades del espacio. Mi telescopio estaba dirigido hacia Plutón, el planeta más alejado de nuestro Sistema Solar. Este cuerpo celeste gravita a más de seis mil millones de kilómetros de la Tierra. Y a esta distancia -dijo con dolorosa decisión-, a esa increíble distancia... ¡He visto un pájaro!
Apercibiéndose de mi expresión de incredulidad, abrió el cajón superior de su mesa, extrajo de él un mazo de copias fotográficas de 18 x 24 centímetros y las extendió ante mí.
-Véalo usted mismo.
La primera fotografía nada me dijo. Mostraba una sección de espacio cubierta de estrellas; la típica fotografía que aparece en los manuales de astronomía. Pero en ella se había trazado un rectángulo de líneas blancas. La segunda foto era una ampliación de aquel cuadrado, mostrando la zona escogida. El campo visual era mayor y más brillante; miríadas de estrellas relucientes difundían un resplandor plateado sobre toda la placa. Sobre aquella nebulosa radiante se destacaba con gran precisión de líneas la negra silueta de un ser que tenía la apariencia de un pájaro en pleno vuelo.
Aventuré una indecisa explicación racional: 
-Muy interesante. Aunque, según creo, doctor Abramson, se han fotografiado muchas zonas oscuras en el espacio. El Saco de Carbón, por ejemplo. Y la nebulosa negra de...
-Es cierto -reconoció-. ¿Pero quiere mirar la siguiente fotografía?
Examiné la tercera fotografía y sentí por primera vez el frío de aquel terror helado que ya no me habría de abandonar durante las semanas siguientes. La foto mostraba otra parte de la zona comprendida en la segunda fotografía. Pero la silueta negra había cambiado. Lo que aparecía sobre el fondo de estrellas seguía siendo el perfil de un pájaro, aunque su forma era distinta. Un ala que antes estaba alzada aquí se había abatido; las posturas del cuello, cabeza y pico habían sufrido una alteración sutil pero definida.
-Esta fotografía -dijo Abramson con voz desprovista de emoción- fue tomada cinco minutos después de la primera. Sin tener en cuenta el cambio en la apariencia de la... imagen y considerando únicamente la posición relativa del objeto en el espacio, indicada por el paralaje, he calculado que el objeto que produce esta imagen debe viajar a una velocidad aproximada de doscientos mil kilómetros por minuto.
-¿Cómo? -exclamé-. Eso es imposible. En la Tierra no hay nada que pueda viajar a tal velocidad.
-En la Tierra, no -convino Abramson-. Pero los cuerpos cósmicos sí pueden. Y aunque presente el aspecto de un ser vivo, este objeto o lo que sea no deja de ser un cuerpo cósmico. Por eso -prosiguió con displicencia-, le he pedido que viniese. Esto es lo que quiero que cuente. ¿Comprende ahora por qué no podemos perder ni un minuto?
-Puedo escribir un artículo -dije-, pero nadie lo creerá.
-Quizás no lo crean... por un tiempo. Sin embargo, hay que divulgarlo. De momento, el público quizá se ría. Pero otros observatorios comprobarán mi descubrimiento y llegarán a las mismas conclusiones que yo. Esto es lo importante. Sin miedo a las consecuencias, sean éstas las que sean, debemos saber la verdad. El mundo tiene derecho a saber la amenaza que se cierne sobre él.
-¿Amenaza? ¿Cree usted que existe una amenaza?
Él asintió lenta y deliberadamente.
-Sí, Flaherty; sé que existe. Es esas fotografías hay algo que usted no ha visto, pero que cualquier matemático deduciría instantáneamente: Que esa cosa..., pájaro, bestia, máquina o lo que sea..., sigue un rumbo previsible. Y este rumbo la lleva directamente hacia... ¡El Sol!


Mi entrevista con el sabio dejó completamente desconcertado a Smitty. La leyó con rapidez, refunfuñó, volvió a leerla, más despacio y con la frente arrugada. Luego cayó como una tromba sobre mi mesa. 
-Vamos, Flaherty -me dijo con tono quejoso e indignado-. ¿Qué es todo esto? ¿Qué demonios significa?
-Es una noticia. Usted me envió por ella. Es lo que me contó Abramson. 
-Ya lo sé. Pero..., ¡un pájaro! ¿Qué historia es ésa?
Yo me encogí de hombros.
-Francamente, no lo sé. El doctor Abramson la consideró importante. ¿Y si el pobre se hubiese vuelto loco? Quizá tiene un roc en la cabeza.
Esto último era demasiado sutil para Smitty. Se rascó la nariz con la punta de un lápiz mientras mascullaba algo muy poco cortés respecto a los astrónomos en general y Abramson en particular.
-Supongo que no tendremos más remedio que publicarlo -dijo-. Pero no tengo el menor deseo de hacer el ridículo. Así es que dele usted un tono festivo y ligero. Así estaremos a salvo si intentan tomarnos el pelo.
Esto es lo que hicimos. Lo publicamos en una página interior sin omitir nada y con las fotografías de Abramson, como un artículo especial, de tono ligeramente humorístico, aunque sin burlarnos abiertamente de él. Después de todo, era el director del Observatorio. Pero tocamos con sordina todo el lado científico. Redacté de nuevo aquel cuento increíble en el estilo que solemos utilizar para dar informes sobre platillos volantes y hablar de la serpiente de mar.
Desde luego, este tono no era el más adecuado para que se lo tomasen en serio. Mas, para ser justos con Smitty, ¿cómo podía él saber que aquel cuento acabaría con todos los cuentos? ¿Que sería el mayor notición periodístico de su vida o de la de cualquier otro periodista?
Que el lector piense en la primera vez que lo leyó y sea sincero. ¿Se imaginaba, entonces, que aquello era cierto y que había que aceptarlo como el evangelio?
Pronto comprobamos nuestro error. La reacción producida por aquella disparatada historia fue rápida y sorprendente. Apenas llevaba una hora el Informativo en las calles cuando nuestros teléfonos comenzaron a sonar.
Esto, en sí, no era raro. Cualquier artículo fuera de lo corriente destapa una docena de chiflados. Debemos descontar la confirmación aportada por un astrónomo aficionado local que nos comunicó haber comprobado la veracidad de la observación de Abramson. Esta información, posiblemente seria, se vio sepultada bajo una docena de informes igualmente sinceros, pero a los que había que prestar mucho menos crédito, procedentes de otros tantos "testigos" visuales que también aseguraban haber visto un ave gigantesca que cruzaba los cielos durante la noche. La mitad de estos comunicantes describían las características del ave; uno de ellos aseguraba incluso haber oído su llamado.
Dos antiguos localizadores de aviones pertenecientes a la defensa civil nos llamaron para identificar el objeto como un B-29 y un súper reactor ruso. Aunque ambas identificaciones no coincidían, sus autores las presentaban con igual aplomo. Un miembro de la Sociedad Audubon identificó el pájaro con una figura de color rubí que, en su opinión, alguien había situado ante el telescopio cuando funcionó la cámara fotográfica. Un predicador ambulante de un oscuro culto se presentó en nuestra redacción para informarnos con gozo salvaje que aquél era el auténtico pájaro profetizado en el Libro de las Revelaciones y que el fin del mundo sonaría de un momento a otro.
Estos eran los chiflados. Pero lo que resulta extraño es que las llamadas que llegaron a nuestra redacción durante las próximas veinticuatro horas no proviniesen de desequilibrados ni fanáticos. Algunas eran de gran importancia, no sólo para sus instigadores, sino para el mundo científico y la Humanidad en general.
Habíamos enviado un extracto de la noticia a la Asociación de Prensa. Con gran asombro por nuestra parte, esa agencia nos solicitó inmediatamente más material informativo, incluyendo copias de las fotografías de Abramson. Las grandes revistas nacionales se mostraban aún más ansiosas. Enviaron por avión a sus redactores a la capital y habían pedido a Abramson una segunda versión de su relato, antes que nosotros pudiésemos darnos cuenta que habíamos lanzado la noticia más sensacional del año.
Entretanto, y lo que es aún más importante, los astrónomos esparcidos por todo el mundo enfocaron sus telescopios a la zona donde el Doctor Abramson había localizado el extraño objeto. Y antes de veinticuatro horas, para gran consternación de aquellos que, como Smitty y yo, habíamos considerado aquello como una broma descomunal, empezaron a llegar confirmaciones de todos los observatorios que gozaban de buenas condiciones para la observación. Por si aún fuese poco, los matemáticos comprobaron los cálculos de Abramson acerca de la velocidad y trayectoria del objeto. El pájaro, cuyo tamaño, según los cálculos, era mayor que el de cualquier planeta del Sistema Solar, se hallaba en la proximidades de Plutón y se acercaba al Sol a una velocidad de más de doscientos millones de kilómetros por día.


A fines de la primera semana, el pájaro era visible a través de un telescopio mediano. La historia fue creciendo como una bola de nieve que al rodar se llevaba todo cuanto encontraba a su paso. Un sujeto que se presentó como miembro de la Sociedad Forteana llegó a nuestra redacción blandiendo un mamotreto en el que nos señaló una docena de párrafos que, según él, demostraban que objetos similares se habían visto en el cielo sobre diversos lugares del mundo, en un período que abarcaba varios centenares de años.
El Comité central de la P.T.A. publicó un quejumbroso manifiesto en el que lamentaba la existencia del periodismo sensacionalista y su funesto efecto sobre la juventud de nuestra patria. Las Hijas de la Revolución Americana aprobaron una resolución según la cual se calificaba a la extraña imagen como una nueva arma secreta de los dirigentes del Kremlin, pidiendo que se tomasen medidas inmediatas, indefinidas pero drásticas, por parte de las autoridades. Una junta especial de la Asociación local de Clérigos nos visitó para advertirnos que la patraña que habíamos puesto en circulación minaba la fe religiosa de la comunidad; nos pidieron que publicásemos una retractación completa en nuestro próximo número.
A aquellas alturas, esto constituía ya una completa imposibilidad. Antes de terminar la segunda semana, bastaban unos gemelos para ver aquella mancha negra en el cielo. A medianoche de la tercera semana se la podía distinguir a simple vista. En las calles se formaron compactos grupos cuando esto se supo y, los que estaban dotados de una vista de lince, aseguraban distinguir el rítmico batir de aquellas tremendas alas, que entonces eran ya familiares a todos debido a las docenas de fotografías que se habían publicado en todos los periódicos y revistas de alguna importancia.
El cadencioso batir de aquellas alas monstruosas era uno más de los misterios inexplicables, al menos por el momento, que rodeaban a aquel ser del más allá. Por más que se esforzaban los físicos por asegurar que de nada sirven las alas en el vacío y que el vuelo alado sólo es posible donde existen corrientes aéreas sustentadoras, el hecho es que el pájaro volaba. Si aquellas alas colosales se agitaban, como algunos creían, en una atmósfera interestelar desconocida para la ciencia terrestre, o si batían sobre rayos de luz o haces de cuantos, como otros pretendían, esto no eran más que bagatelas ante aquel único hecho firme e incontrovertible: El pájaro volaba.
Al comenzar la cuarta semana, el ave del espacio alcanzó Júpiter y lo empequeñeció. Era un siniestro intruso negro, igual en tamaño a cualquiera de los vecinos cósmicos que el hombre conocía.
Abramson y yo estábamos a solas en su despacho. El astrónomo estaba fatigado y me pareció que algo enfermo. Su sonrisa era precaria y sus palabras habían perdido su viveza y animación.
-Bueno; ya tengo lo que quería, Flaherty -admitió-. Quería una acción pronta e inmediata y ya la tengo. Aunque no puedo imaginar para qué nos servirá. El mundo reconoce el peligro en que se halla, pero se ve impotente para conjurarlo.
-Atravesó el cinturón de asteroides -dije- y ahora se aproxima a Marte, sin dejar de avanzar hacia el Sol. Todos se preguntan por qué su presencia en el interior del Sistema Solar no altera las leyes de la mecánica celeste. Según dichas leyes, debiera haber producido un verdadero cataclismo. Un ser de ese tamaño, con su fuerza de atracción...
-Desecha los viejos conceptos, muchacho. Ahora nos enfrentamos con algo nuevo y extraño. ¿Quién conoce las leyes que gobiernan al Pájaro del Tiempo?
-¿El Pájaro del Tiempo? Me parece recordar esa frase.
-Claro -Con voz lúgubre citó-: "El Pájaro del Tiempo apenas tiene luz para el vuelo y, ¡mira!, ya sus alas está tendiendo al cielo".
-Eso es de los versos del Rubáiyát -dije, acordándome de pronto.
-Sí. Como usted sabe, Omar era astrónomo además de poeta. Debió de saber, o conjeturar, algo de esto. - Abramson indicó el cielo con un gesto-. A decir verdad, muchos antiguos parecían saber algo sobre esto. Durante estas últimas semanas he realizado muchas averiguaciones, Flaherty. Es sorprendente el número de referencias que se hallan en antiguos textos acerca de una enorme ave del espacio; referencias que hasta hace poco no parecían tener mucha importancia, pero ahora encierran un significado muy grave.
-¿Puede citarme algunas?
-Son principalmente mitos y leyendas. Existieron en un centenar de razas desaparecidas. El mito maya de la golondrina del espacio, el Quetzalcóatl tolteca, el pájaro de fuego ruso, el fénix de los griegos.


-Aún no sabemos si es un pájaro -argüí.
Él se encogió de hombros.
-Poco importa que sea un pájaro, un mamífero gigante, un pterodáctilo o cualquier otro ser semejante construido a escala cósmica. Quizá sea una forma biológica ajena a todo cuanto conocemos, algo que sólo podemos intentar describir en términos terrestres mediante analogías conocidas. Los antiguos lo llamaron pájaro. Los fenicios rendían culto al pájaro que era y volverá a ser. Los persas se refirieron al fabuloso roc. Existe una leyenda aramea sobre el ave gigantesca que gobierna y engendra mundos.
-¿Engendra a los mundos?
-¿Qué otra cosa podría motivar su venida? -inquirió el sabio-. ¿Es qué no le dice nada su enorme tamaño? -Me dirigió una pensativa mirada antes de añadir-. Flaherty, ¿qué es la Tierra?
La extraña pregunta me sorprendió.
-Pues el mundo en que vivimos. Un planeta.
-Sí. ¿Pero qué es un planeta?
-Una unidad del Sistema Solar. Un miembro de la familia del Sol.
-¿Está usted seguro? ¿O se limita a repetir de memoria lo que le enseñaron en la escuela? 
-Sí, repito lo que me enseñaron. ¿Pero qué otra cosa podría ser?
-Nuestro globo -me respondió a regañadientes- pudiera no formar parte de la familia solar. Se han esbozado muchas teorías, Flaherty, para explicar la existencia de la Tierra en este minúsculo segmento del universo que llamamos Sistema Solar. Ninguna de ellas puede demostrarse que sea falsa. Mas por otra parte, tampoco puede demostrarse que sean ciertas.
»Para empezar, tenemos la hipótesis nebular; la teoría según la cual la Tierra y sus planetas hermanos nacieron al contraerse el Sol. En realidad, eran pequeños glóbulos de materia solar que se enfriaron en órbitas abandonadas por su progenitor, que al condensarse se contraían. Un último retoque de esta teoría nos convierte en el producto de materiales procedentes de un sol gemelo al nuestro.
»Las teorías planetesimales y de las mareas están basadas en la presunción que, en tiempos remotísimos, otro sol pasó rozando al nuestro y que los planetas sólo son los retoños de aquel antiguo y ardiente encuentro en el espacio.
»Cada una de estas teorías tiene sus partidarios y sus detractores; cada una tiene sus comprobantes y sus dificultades. Ninguna de ellas puede demostrarse o refutarse totalmente.
»Pero... -y se agitó inquieto- existe otra posibilidad que, por cuanto he podido saber, nunca ha sido abordada, pese a que es tan válida como una cualquiera de las que he mencionado. Y a la luz de lo que ahora sabemos, me parece más probable que cualquier otra.
»Según esta teoría, ni la Tierra ni los restantes planetas tendrían algo que ver con el Sol. Ni forman ni han formado parte jamás de su familia. El Sol no sería más que una comodidad puesta en el espacio.
-¿Una comodidad? -pregunté con el ceño fruncido-. ¿Una comodidad para quién?
-Para el pájaro -respondió Abramson sin la menor alegría-. Para el gran pájaro que es nuestro progenitor. Imagínese usted, Flaherty, que el Sol no es más que una incubadora cósmica. Y que el mundo sobre el que vivimos no es más que... un huevo.
Lo miré de hito a hito.
-¿Un huevo? ¡Qué cosa tan fantástica!
-¿Le parece fantástica? Pues mire esas fotografías, lea los artículos de los periódicos, vea con sus propios ojos cómo se aproxima el pájaro y después de esto diga si puede existir algo más increíble aún que lo que nos está sucediendo.
-¡Pero un huevo! Los huevos tienen una forma característica, ovoide.
-Los huevos de algunos pájaros, sí. Pero los del chorlito tienen forma de pera, los de la ganga son cilíndricos y los del somormujo son bicónicos. Hay huevos en forma de huso y de lanza. Los huevos de los búhos y de los mamíferos son generalmente esferoides. Como lo es la Tierra.
-¡Pero los huevos tienen cáscara!
-La Tierra también. La corteza terrestre sólo tiene un espesor de sesenta y cinco kilómetros. Grosor que, para un cuerpo de su tamaño, es comparable totalmente al que tiene el cascarón de un huevo. Además, es un cascarón liso. La mayor altura terrestre está constituida por el Monte Everest, con ocho mil metros y algo más; su mayor profundidad es la fosa de las Carolinas en el Pacífico, con cerca de once mil. Una variación máxima de menos de veinte kilómetros. Para notar estas irregularidades en un modelo a escala reducida de la Tierra se requeriría el tacto delicadísimo de un ciego, pues ni la mayor altura ni la mayor profundidad serían apenas perceptibles.
-Sin embargo -dije con desesperación- no es posible que tenga usted razón. Ha pasado por alto el hecho más importante. ¡Los huevos contienen vida! Los huevos albergan los embriones del ser que los engendró. Los huevos se resquebrajan y...
Me interrumpí súbitamente. Abramson asintió, balanceándose en su vieja y crujiente silla giratoria, que crujía al compás de su monótono ademán de asentimiento. Había tristeza en su mirada y en su voz cuando dijo cansadamente:
-Aun así. Aun así...


Así fue como lancé mi segundo artículo sensacional. Aún fui lo bastante estúpido como para tratar de quitarle importancia; ahora no lo hubiera hecho. Aunque ahora todo me parece distinto. Creo que el lector me comprenderá. La llegada del pájaro fue algo tan extraordinario, tan descomunal, que empequeñeció e hizo parecer insignificante todo lo que antes nos parecía grande, importante y capaz de hacer temblar al mundo.
¡Capaz de hacer temblar al mundo!
Seré breve. Ya sé que relatar esta historia es perder el tiempo. Sin embargo, es posible que en ella existan algunos hechos aislados que el lector no conozca. Y, además, tengo que hacer algo, lo que sea, para dejar de pensar.
El lector recordará aquella fúnebre cuarta semana y la manera como el pájaro se iba acercando inexorablemente. Entonces fue cuando se resolvió llamarlo pájaro. Nadie estaba seguro de si era un ave u otro tipo de animal alado, pero los hombres están acostumbrados a dar nombres familiares a las cosas. Y aquella esbelta forma negra de tremendas alas, patas provistas de espolones y un pico largo, cruel y encorvado, parecía más un pájaro que otro animal cualquiera.
Además, había que tener en cuenta la teoría de Abramson sobre el mundo-huevo. El público, al conocerla, la puso en duda con la furiosa esperanza de que fuese falsa, pero temiendo en el fondo que fuera cierta. Importantes personajes preguntaron qué se podía hacer. Consultaron a Abramson y éste les dio su consejo, reconociendo que podía equivocarse. Pero si tenía razón, sólo había una esperanza de salvación: La vida que albergaba la Tierra en su seno debía ser extinguida.
Ante un comité especial nombrado por el presidente para hacer frente a la situación, Abramson dijo:
-Es mi creencia que el pájaro ha venido para buscar su cría, encerrada en el huevo que depositó Dios sabe cuántos millones de años hace, junto a esa cálida incubadora que es nuestro Sol. Su sabiduría o su instinto le dice que ha llegado el momento en que el polluelo debe romper el cascarón, y ha venido para ayudar a su cría a salir de su encierro.
»Pero sabemos que las hembras de los pájaros no rompen por sí solas el cascarón de sus huevos. Se limitan a ayudar al polluelo a salir de su cascarón, pero ellas nunca iniciarán la acción liberadora. Provistas de un curioso sentido, parecen saber cuáles son los huevos que no albergan vida en su interior, para apartarse de ellos sin tocarlos.
»Aquí, señores, reside nuestra única esperanza. La corteza terrestre tiene un espesor de sesenta y cinco kilómetros. Disponemos de nuestros ingenieros y técnicos; tenemos también la bomba atómica. Si la Humanidad tiene que vivir, el huésped del que nosotros solamente somos unos parásitos debe morir. Ésta es la solución que ofrezco. El resto les compete a ustedes.
Los dejó enzarzados en sus discusiones en el Capitolio de Washington y regresó a su casa. Según me dijo al día siguiente, abrigaba pocas esperanzas de que se llegase a un acuerdo concreto con tiempo suficiente. Creo que Abramson, por lo que pude ver, ya se había resignado a lo inevitable, entregando la Humanidad a su suerte con una triste sonrisa. Una vez me dijo que la burocracia había llegado a su final, sentenciándose a muerte con su propio papeleo.
Entretanto, el pájaro seguía avanzando hacia el Sol. Al día vigesimoctavo alcanzó su mayor proximidad con la Tierra y pasó de largo. Ni yo sé ni los científicos pudieron explicar por qué nuestro globo no saltó en pedazos a consecuencia de la atracción de aquella masa gigantesca. Quizás porque la ley de Newton no pasa de ser una teoría, sin aplicación práctica. No lo sé. Si hubiese tiempo, valdría la pena examinar de nuevo los hechos y descubrir la verdad acerca de ésta y otras cosas. Sea como fuere, la verdad es que sufrimos muy poco a causa de su proximidad. Hubo grandes mareas y fortísimos vendavales; las partes de la Tierra propensas a terremotos experimentaron algunos ligeros temblores. Y ahí terminó todo.
Entonces conseguimos una especie de tregua. Todo el mundo se acuerda de cómo el pájaro se detuvo en su vuelo inalterable para cernerse durante dos días enteros sobre el menor de los planetas de nuestro sistema, el que llamamos Mercurio. En realidad, parecía como si buscase algo, volando en amplio círculo entre Mercurio y el Sol.
Abramson opinaba que buscaba algo, algo que no podía encontrar porque ya no se encontraba allí. Según dijo Abramson, unos astrónomos creían que en otros tiempos hubo un planeta que giraba entre Mercurio y el Sol. Algunos observadores del cielo lo vieron hasta fecha tan reciente como el siglo XVIII, llamándolo Vulcano. Este planeta había desaparecido; quizás cayó en el Sol, según opinaba Abramson. Y ésta es también la conclusión a que pareció llegar el pájaro, porque tras una inútil búsqueda, se alejó del Sol para acercarse al más próximo de sus retoños que aún permanecía intacto.
¿Debo recordar aquí lo que sucedió aquel día espantoso? Creo que no, pues ningún hombre viviente olvidará jamás lo que vio entonces. El pájaro se aproximó a Mercurio, deteniéndose para cernerse inmóvil sobre un planeta que parecía una simple mota bajo la sombra de aquellas alas gigantescas. En las calles, los hombres lo vieron. Yo lo vi con mayor detalle, porque estaba junto a Abramson en el observatorio de la Universidad, observando la escena con ayuda de un telescopio.
Vi la primera y delgada grieta que corrió por la superficie de Mercurio, y el curioso licor fluido que rezumaba de aquel mundo moribundo. Observé la espeluznante eclosión de aquel ser pequeño, húmedo y huesudo -grosero simulacro de su monstruosa madre-, del huevo en el que había permanecido durante un período de tiempo incalculable, pues tan largo era el período de gestación de un ser tan vasto como el espacio y tan antiguo como el tiempo. Vi como la madre tendía su gigantesco pico para ayudar a su cría a librarse de su cascarón, ya innecesario; me quedé horrorizado al ver salir de él al monstruoso engendro que agitó tímidamente sus alas aún inseguras, secándolas bajo los rayos abrasadores del astro que fue su incubadora.
Y vi como los desgarrados jirones de un mundo caían en espiral hacia el sol, que se convirtió en su pira mortuoria.


Fue entonces cuando finalmente la Humanidad se decidió a entrar en acción. Los que aún dudaban terminaron por convencerse, los que ponían objeciones al plan de Abramson, so pretexto de "gastos innecesarios" y proyectos disparatados, fueron reducidos al silencio. Quedaron olvidados egoísmos y ambiciones, diferencias políticas y luchas internas. El mundo condenado tembló al borde del abismo, y una raza de parásitos decidió vender caras sus vidas.
En las grandes llanuras desérticas de Norteamérica se erigió frenéticamente el complicado mecanismo que debía realizar el más grande proyecto de la Humanidad, la Operación Vida. Llegaron hasta aquel desierto mineros, ingenieros, constructores, físicos nucleares, técnicos en operaciones de perforación y sondeo. Todos juntos comenzaron su tarea, trabajando noche y día con una celeridad que hasta entonces se había considerado imposible. Allí siguen trabajando en estos momentos, en este preciso instante, mientras yo escribo estas líneas. Luchan con desesperación para ganar un segundo, se esfuerzan por todos sus medios y recursos para alcanzar y destruir, antes que venga el pájaro, la vida que alberga nuestro mundo.
Hace una semana el pájaro se trasladó a Venus. Durante estos siete días hemos observado su progreso. No podemos ver gran cosa a través del velo de brumas eternas que rodea a nuestro planeta hermano, así que no sabemos en qué ha estado ocupado el pájaro durante un tiempo que nos ha sido precioso. Sea lo que sea lo que le ha retenido, estamos contentos con su demora. Esperamos y vigilamos. Y mientras vigilamos, no dejamos de trabajar. Y mientras trabajamos, elevamos nuestros ruegos al Cielo.
Así es que no puedo hablar propiamente de un fin de este relato. Como ya he dicho más arriba, no sé por qué me molesto en escribirlo. La solución aún no está preparada. Si triunfamos en nuestro empeño, habrá tiempo más que suficiente para referirlo todo con detalle; el relato completo y bien documentado de la batalla que actualmente se libra en los cálidos arenales de Arizona. Y si fracasamos... Entonces este relato ya no tendrá ninguna razón de ser, pues no habrá nadie para leerlo.
Lo que más inquietud nos causa no es precisamente el pájaro. Si cuando venga desde Venus encuentra aquí un cascarón silencioso e inanimado, pasará de largo, según creemos y esperamos, en dirección a Marte, a Júpiter y los mundos exteriores.
Esperamos que así todo termine felizmente. Muy pronto nuestros taladros atravesarán la corteza terrestre, para penetrar más allá de ella y clavarse en los tegumentos del monstruo que dormita en el seno de nuestro mundo.
Mas otra inquietud nos atormenta. ¿Y si antes que la madre se aproxime su cría se despierta y trata de liberarse del cascarón que lo aprisiona? Si tal cosa ocurriese, nos ha advertido Abramson, nuestro trabajo debe proseguirse con la celeridad del rayo. En cuanto la cría comience a golpear, hay que matarla, o de lo contrario la suerte de la Humanidad está echada.
Y he aquí la otra razón que me impele a escribir: Evitar que me asedien pensamientos que no quiero oír. Porque...
Porque a primeras horas de esta mañana se han empezado a escuchar golpes en la tierra.


FIN

2023/05/22

Circuito compasivo (John Wyndham)


Titulo original: Compassion circuit
Año: 1954


A los cinco días de su ingreso en el hospital, Janet cambió de parecer acerca de los robots domésticos. Necesitó dos para descubrir que la enfermera James lo era; uno para reponerse de la sorpresa, y otros dos para darse cuenta de lo cómodo que podía ser un sirviente robot.  
Aquel cambio fue un alivio. En todas las casas que había visitado tenían uno, que ocupaba el segundo o tercer lugar entre las cosas más apreciables de la familia; las mujeres lo valoraban un poco más que el automóvil y los hombres un poco menos. 
Desde hacía tiempo, Janet sabía que sus amistades la consideraban como una persona de pocos alcances o peor aún, porque se fatigaba en cuidar la casa, que cualquier robot mantendría limpia con cinco horas de trabajo al día. También sabía que a George le enojaba regresar del trabajo y encontrarse cada noche con una esposa reventada de cansancio por un trabajo inútil. Pero el prejuicio estaba firmemente arraigado. No era la intransigente actitud de quienes se negaban a que los sirviera un camarero robot, o a viajar en coches conducidos por chóferes robots (que, por cierto, eran más de fiar), o a que las atendiese un dependiente robot o asistir a un desfile de modelos con maniquíes también robots. Era, simplemente, que se sentía incómoda con ellos o al estar a solas con uno, y una profunda aversión a experimentar tal incomodidad en su propio hogar.


Ella lo atribuía, en gran parte, al espíritu conservador del hogar de sus padres, en el que nunca hubo robots domésticos. Otras personas, criadas en casas donde los empleaban, incluso los primitivos modelos de una generación atrás, no parecían compartir sus sentimientos. La hería que su esposo creyera que les temía de un modo pueril. No era éste el caso, según le había explicado varias veces a George, ni tampoco lo más importante. Lo que de veras la molestaba era que alguien se entremetiese en su vida particular y familiar, lo que un criado robot acabaría por hacer. 
La enfermera robot llamada James era, por tanto, el primero con quién había tenido contacto, personal e íntimo, y resultó como una revelación.
Habló al doctor de su descubrimiento, lo que a éste pareció satisfacerle mucho. Asimismo se lo dijo a George cuando fue a visitarla por la tarde, y éste se regocijó. Los dos hombres trataron del asunto antes de que el último se marchara. 
-¡Estupendo! -convino el doctor-. A decir verdad, temí que se nos hubiese presentado un caso de neurosis muy fuerte; la faena casera la ha agotado en el transcurso de unos pocos años. 
-Lo sé -respondió George-. Traté de persuadirla por todos los medios durante los dos primeros años de matrimonio; pero sólo me acarreó sinsabores, y tuve que desistir. Esto es realmente un triunfo; se sobresaltó bastante al averiguar que el motivo de su ingreso aquí se debía en parte a no tener un robot que le ayudase en casa. 
-Pero una cosa es cierta; no puede seguir como hasta ahora. Si lo intenta, deberá pasarse aquí un par de meses -dijo el doctor. 
-Después de esto, no querrá. Ha cambiado totalmente de parecer -aseguró George-. En parte se negaba por no haber encontrado un modelo realmente moderno, excepto de modo casual. El más moderno que tienen unos amigos nuestros es de hace diez años, por lo menos, y la mayor parte de los otros son todavía más viejos. Nunca pudo pensar en algo tan avanzado como la enfermera James. El asunto se reduce a cuál elegir. 
El doctor meditó un poco. 
-Francamente, señor Shand, creo que su esposa necesita mucho reposo y cuidados. Por ello, le aconsejaría elegir uno parecido al que tienen aquí. Ese modelo de enfermera James es bastante moderno; es un trabajo de alta precisión muy adelantado, con un original circuito de compasión y protección equilibrados; un trabajo muy ingenioso. Cualquier orden directa, que un robot corriente obedecería en seguida, es inmediatamente valorada por dicho circuito; mide el beneficio o perjuicio que pueda reportar al paciente, y no obedece si no es útil o inofensivo a éste. Ha dado sorprendentes resultados en la crianza y cuidado de niños; por eso están muy solicitados y resultan caros. 
-¿Cuánto? -preguntó George. 
El elevado precio que indicó el doctor le obligó a fruncir el entrecejo un instante. Luego, prosiguió:
-Esto supone un desembolso considerable; pero, al fin y al cabo, los ahorros de que disponemos son mayormente producto de lo economizado por Janet y de su vida austera. ¿Dónde adquirirlo? 
-No es tan fácil -contestó el doctor-. Deberé insistir un poco en la cuestión de preferencia, pero, dadas las circunstancias, lo conseguiré sin dificultades. Ahora, vaya y hable con su esposa acerca de los detalles exteriores y demás. Dígame cómo lo quiere ella, y pondré manos a la obra. 

-Uno idóneo -dijo Janet-; quiero decir, uno que tenga buen aspecto en casa. No podría acostumbrarme a una de esas cajas de plástico y palancas de mando que tienen mala traza y miran fijamente a través de sus lentes. Como se trata de quehaceres domésticos, elijámoslo con aspecto de doncella de servicio. 
-¿No prefieres un criado? 
Negó con la cabeza: 
-No; puesto que ha de cuidarme, prefiero una sirvienta, con vestido de seda negra y cofia y delantal blancos, de pelo rubio oscuro y de 1,67 metros de altura, que sea agraciada, pero no demasiado bella. No quiero tenerle celos. 

El doctor retuvo a Janet diez días más en el hospital mientras se arreglaba el asunto. Hubo suerte de que se cancelase un pedido, pero no pudo evitarse cierta demora para adaptarlo a los detalles exigidos por Janet; también requería que le acondicionasen la pseudomemoria para las faenas domésticas. 
La entregaron al día siguiente del alta de Janet. Dos robots estrictamente funcionales la cargaron a través del jardín y preguntaron si debían desembalarla. Janet no lo creyó conveniente, y les indicó que la dejasen en la puerta. 
A su regreso, George quiso abrirla en seguida; pero Janet negó con la cabeza. 
-Primero, cenaremos -decidió-. Un robot puede esperar. 
No obstante, cenaron con prontitud. Cuando hubieron terminado, George recogió la vajilla y la amontonó en el fregadero. 
-Ya no tenemos que fregar -comentó con satisfacción. 


George fue a casa del vecino y le pidió que le prestase su robot para ayudarle a entrar la caja. Pero, al encontrarse con que no podía levantar el extremo que le tocaba sostener, tuvo que pedir prestado el del vecino de enfrente. En seguida, los dos robots la cargaron, trasladándola hasta el suelo de la cocina, como si fuera un pluma, y se retiraron. 
George cogió un destornillador y sacó los seis largos tornillos que aseguraban la tapa. Dentro había un montón de virutas; las tiró al suelo. Janet protestó, y él repuso, contento: 
-¿Qué ocurre? Nosotros no vamos a recogerlas. 
Apareció una caja interior, hecha de pulpa de madera, y bajo cuya tapa había una alfombra de nívea guata. George la apartó y apareció tendido un robot con vestido negro y delantal blanco. Los dos lo contemplaron sin hablar, por espacio de unos segundos. 
Parecía verdaderamente vivo. Por alguna causa, Janet experimentó cierta repugnancia en creer que era su robot; cierta excitación y culpabilidad... 
-La bella durmiente -comentó George, mientras buscaba el libro de instrucciones en la pechera del vestido del robot. 
En verdad, no era una belleza. Se había tenido en cuenta la preferencia de Janet. Tenía un aspecto agradable y vistoso, sin ser llamativo; pero sus detalles eran adecuados. El intenso dorado de sus cabellos causaba envidia, no obstante saber que eran probablemente hilos de plástico con ondas que nunca se desharían. El cutis -otra forma de plástico que cubría el cuidadosamente construido perfil- se distinguía del verdadero sólo por su perfección. 
Janet se puso de rodillas junto a la caja y osó tocar con el índice aquella tez intachable. Estaba fría, muy fría. 
Se incorporó manteniendo la mirada fija en el robot. "No es más que una muñeca grande", se dijo. Un mecanismo; un admirable mecanismo de metal, plástico y circuitos electrónicos; pero tenía este aspecto tan sólo porque la gente, incluida Janet, lo encontrarían desagradable o grotesco si hubiera tenido cualquier otro. Y, sin embargo, verlo tal como era causaba cierto desconcierto. En primer lugar, había que hacerse la idea de que era "ella" y no "él", fuese o no del agrado de uno. Como tal tendría un nombre y así se parecería más a una persona. 
-"Un modelo accionado por una batería -leyó en alta voz George- que habrá de ser normalmente cambiada cada cuatro días. Otros modelos, no obstante, están diseñados de forma que conducen su propia reivindicación de los conductores principales como y cuando sea necesario". 
Y dijo: 
-Saquémoslo. 
Puso las manos debajo de las espaldas del robot e intentó levantarlo. 
-¡Vaya! Debe de pesar tres veces más que yo -exclamó, y volvió a intentarlo-: ¡Diablo! 
Tras esto, consultó nuevamente el libro, y leyó:
-"Los interruptores de mando están situados en la parte trasera, en el arranque de la cintura". Bueno; quizá podamos darle vuelta. 
Con un esfuerzo, logró poner de costado la figura y empezó a desabrocharle los botones de la espalda del vestido. 
De pronto, Janet lo consideró indecoroso, y dijo: 
-Lo haré yo. 
Su esposo la miró con curiosidad: 
-Está bien; es tuyo. 
-No es él sino ella. Le llamaré Hester. 
Janet le desabrochó los botones y palpó el interior del vestido. 
-No encuentro ni pulsadores ni nada -advirtió.  
-Al parecer, hay un pequeño cuadro que se abre -respondió él. 
-¡Eso no! -objetó ella, con un tono ligeramente disgustado. 
El hombre la volvió a mirar: 
-Querida, esto es un robot; un mecanismo. 
-Ya sé -repuso la mujer, al instante. 
Volvió a palpar; halló el cuadro, y lo abrió. 
-"Al pulsador de arriba hay que darle media vuelta a la derecha; luego, se cierra el cuadro de distribución para completar el circuito" -advirtió George, leyendo el libro de instrucciones. 
Janet lo hizo así y se incorporó prontamente mirando con atención. El robot se animó y mudó de postura. Se incorporó; se puso en pie, les contempló y, con aire de doncella de teatro, dijo: 
-Buenos días, señora; buenos días, señor. Me complace estar al servicio de ustedes. 

-Muchas gracias, Hester -dijo Janet, mientras se recostaba en el cojín del asiento. No es que fuese necesario dar las gracias a un robot; pero entendía que si no se practicaba la cortesía con los robots, pronto se dejaría de hacerlo con las personas. 


Sin embargo, Hester no era un robot común. Ya que ni siquiera vestía como una doncella. En cuatro meses, se había convertido en una infatigable y solícita amiga. Al principio, Janet no podía creer que se tratase simplemente de un mecanismo, y conforme pasaban los días, la fue aceptando como a una persona. El hecho de que consumiese electricidad en vez de alimentos, llegó a parecerle una simple debilidad. Que en cierta ocasión estuviera andando en forma de círculo sin poderse detener y que en otra se le alterase la vista, de modo que hacía las cosas un pie más, a la derecha de donde debía hacerlas, eran achaques que cualquiera puede tener, y el mecánico de robots que vino a repararla se comportó como un médico. Hester no era sólo una persona; era una acompañante preferible a muchas personas. 
-Sospecho -dijo Janet, recostándose en su asiento- que me consideras un ser lastimoso y débil, ¿no es así? 
Lo que no podía esperarse de Hester era la mentira. 
-Sí -contestó con toda claridad. Luego, agregó-: Considero que todos los mortales son seres lastimosos y débiles. Esto se debe a su constitución. Hay que compadecerse de ellos. 
Hacía tiempo que Janet había renunciado a reflexiones, como "Esto debe ser el circuito compasivo que habla", o a imaginar la computación, selección, asociación y exclusión que se producía para obtener tal respuesta. La aceptó como si se tratase, por ejemplo, de un extranjero. Dijo: 
-Supongo que debemos serlo si se nos compara con los robots. Ustedes son fuertes e infatigables, Hester. Si supieras cómo te envidio... 
Hester respondió con sencillez: 
-Nosotros fuimos diseñados y ustedes son accidentales; esto es una desgracia, no un defecto. 
-¿Prefieres ser tú a ser yo? -inquirió Janet. 
-Naturalmente. Nosotros somos más fuertes; no tenemos necesidad del sueño para recuperar fuerzas, ni llevamos en nuestro interior un inestable laboratorio químico, ni envejecemos ni nos desmejoramos. Los mortales son tan débiles y tan torpes y enferman con tanta frecuencia; siempre hay algo que no funciona debidamente. En cambio, si a nosotros se nos estropea o quiebra algo, no duele y se sustituye fácilmente. Ustedes tienen toda suerte de palabras, como dolor, sufrimiento, desdicha y fatiga, que hemos aprendido para comprenderles, pero que para nosotros no tienen significado alguno. Me entristece que padezcan esos inconvenientes y que sean tan endebles e irresolutos. Eso altera mi circuito compasivo. 
-Endebles e irresolutos -repitió Janet-. En efecto, eso es lo que experimento. 
-Los humanos están condenados a vivir de modo tan precario... -prosiguió Hester-. Cuando se me quiebra un brazo o una pierna, me ponen otro nuevo a los pocos minutos; si esto le ocurre a un ser humano, tiene que sufrir un tiempo considerable, al cabo del cual no le ponen uno nuevo; en el mejor de los casos, tendrá uno muy defectuoso. En esto sí han progresado, pues al diseñarnos aprendieron a fabricar buenos brazos y piernas, mucho más sólidos que los comunes. La gente haría bien, si pudiese, en sustituir un miembro inválido por otro útil; sin embargo, no parece desearlo cuando tiene posibilidad de conservar el viejo. 
-¿Quiere decir esto que son injertables? -inquirió Janet-. No lo sabía. Quisiera no tener más problema que los brazos y las piernas inútiles. No creo que yo titubease... -suspiró-. Hester, el doctor no parecía muy animado esta mañana. ¿Oíste lo que dijo? He perdido fuerzas, por lo que necesito más reposo. Dudo que espere que me reponga. Lo dijo sólo para animarme antes de... Después de haberme reconocido, parecía muy extraño. Me aconsejó únicamente mucho reposo. ¿De qué sirve vivir si sólo se puede descansar, descansar y descansar? Y pensar en el pobre George. Qué vida lleva, y es tan paciente y cariñoso conmigo... Prefiero cualquier cosa antes que continuar así. Preferiría morir... 
Janet siguió hablando más para sí misma que para la paciente Hester, que estaba de pie a su lado. Tenía los ojos llorosos. A poco, levantó la mirada: 
-¡Ay, Hester! Si fueras un ser humano, no podría soportarte; me parece que te odiaría por tu fortaleza y paciencia; pero no puedo hacerlo, Hester. Eres amable y atenta, mientras yo no hago más que tonterías. Imagino que incluso llorarías conmigo, en caso que pudieses hacerlo. 
-Lo haría si pudiera -respondió el robot, y agregó-: Mi circuito compasivo... 
-¡Eso no! -interrumpió Janet-. No puede ser eso. Debes tener un corazón en alguna parte. Debes tenerlo. 
-Creo que es más seguro que un corazón -respondió Hester. Se acercó un poco más; inclinó el cuerpo, y tomó a Janet en brazos como si no pesase nada-. Está fatigada, querida. La llevaré arriba. Necesita un poco de descanso antes de que él regrese. 
Janet sintió los fríos brazos del robot a través de su vestido; pero esto ya no la alteraba, porque se daba cuenta de que eran fuertes y protectores. Dijo: 
-¡Oh, Hester, no sabes cómo me ayudas! ¿Sabes lo que debería hacer? -Guardó silencio; después agregó, angustiosamente-: Sé lo que él piensa, me refiero al doctor; piensa que continuaré desmejorando hasta marchitarme por entero y morir. Te dije que preferiría morirme, pero no es cierto, Hester. No quiero morir. 
El robot la meció un poco como si fuera una niña:
-¡Vamos, vamos, que no es para tanto! No debe pensar en la muerte, ni llorar más; esto no le conviene. Además, no querrá que él se dé cuenta. 
-Procuraré contenerme -respondió Janet, sumisa, mientras el robot la llevaba arriba. 


El robot-recepcionista del hospital apartó la vista de la mesa escritorio. 
-Mi mujer -dijo George-. Llamé por teléfono hace una hora aproximadamente. 
En el rostro del robot se dibujó una impecable expresión de simpatía profesional: 
-Sí, señor Shand; siento mucho haberle causado un sobresalto, mas, como le he dicho, su robot doméstico ha obrado acertadamente al ingresarla en seguida aquí. 
-He tratado de ver al doctor, y está fuera -dijo George.  
-Eso no debe preocuparle, señor. Shand. Se le ha hecho un reconocimiento, y hemos pedido sus antecedentes al hospital donde estuvo antes. La operación ha sido fijada provisionalmente para mañana, si bien necesitamos el consentimiento de usted, por supuesto. 
George vaciló: 
-¿Podría ver al doctor que la intervendrá?  
-Lo siento; no se encuentra en el hospital. 
-¿Es necesario? -inquirió George, tras una pausa.
El robot le miró fijamente y asintió con la cabeza: 
-Debe de haber estado perdiendo fuerzas durante meses. 
George asintió con otro movimiento de la cabeza.
-La única alternativa es continuar perdiéndolas y padecer hasta morir -prosiguió el robot. 
George fijó la vista en la pared por espacio de unos segundos. Por fin, dijo secamente: 
-¡Bien! 
Cogió una pluma y, temblándole la mano, firmó en una hoja, que la recepcionista le había puesto delante; miró el contenido, pero no vio nada. 
-¿Tiene.... tiene ella probabilidad de...? -inquirió.  
-Sí -contestó el robot-. Aunque no se descarta totalmente el peligro, hay un setenta por ciento de probabilidades de éxito. 
George suspiró y movió la cabeza: 
-Quisiera verla. 
-Puede hacerlo; sin embargo, debo pedirle que no la inquiete. Duerme, y no conviene despertarla.
George tuvo que contentarse con esto, pero abandonó el hospital muy aliviado tras haber visto la sonrisa dibujada en los labios de Janet mientras dormía. 

Los del hospital llamaron a su oficina la tarde siguiente. 
Su tono era tranquilizador. La intervención quirúrgica había sido un éxito total. Todos estaban seguros del resultado. 
No había por qué preocuparse. Los médicos se mostraban muy satisfechos. Pero no se permitirían visitas durante unos días. El podía estar tranquilo. 
Cada mañana, George llamaba por teléfono antes de salir de casa con la esperanza de que le permitiesen ver a su esposa; los del hospital eran amables e infundían aliento; pero intransigentes en cuanto a visitas. 
De improviso, al quinto día, le comunicaron que a su esposa la habían dado de alta y se dirigía a su casa. George quedó estupefacto, pues se había hecho el ánimo de que el asunto duraría unas semanas. 
Salió precipitadamente; compró un ramo de rosas, e infringió seis veces el reglamento de la circulación. 
-¿Dónde está? -preguntó a Hester, cuando ésta abrió la puerta. 
-En la cama. Pensé que sería mejor si... -empezó el robot, pero se le cortó el discurso mientras él subía la escalera dando respingos. 
Janet estaba acostada. Por el borde de la sábana le asomaba la cabeza y el vendaje del cuello.


George puso las flores en la mesita de noche; se acercó a ella, y la besó dulcemente. La mujer fijó en él la inquieta mirada de sus ojos.
-George, querido. ¿Te lo ha dicho? 
-¿Quién debe decirme qué? -preguntó él, sentándose en el borde de la cama. 
-Hester dijo que lo haría. ¡George, no quería hacerlo; al menos, no fue mi intención! Ella me envió. Estaba tan enferma y me sentía tan triste. Necesitaba estar fuerte. Supongo que no la entendí bien. Hester dijo... 
-Tranquilízate, querida, tranquilízate -sugirió George, sonriente-. ¿Qué importancia tiene todo eso? 
Metió la mano debajo de la colcha y cogió la mano de su mujer. 
-Pero, George... -empezó a decir Janet. 
Él la interrumpió: 
-Querida, tienes las manos muy frías. Casi tanto como... 
Deslizó los dedos por su brazo y la miró con los ojos desorbitados. Se incorporó súbitamente, y apartó la colcha. Puso la mano sobre la fina camisa de dormir a la altura del corazón; de inmediato la retiró, como si se le hubieran pinchado. 
-¡Dios mío! ¡No! -exclamó George, sin apartar la vista de su mujer. 
-Pero, George, querido... -dijo la cabeza de Janet, recostada en la almohada. 
-¡No! ¡No! -gritó él, casi histérico. 
Obcecado, volvió la espalda y salió corriendo de la habitación. En la oscuridad del rellano, no acertó a poner el pie en el peldaño superior y rodó precipitadamente escalera abajo. 

Hester lo encontró inerte en el suelo del vestíbulo. Se inclinó sobre él, y examinó cuidadosamente las lesiones. La importancia de éstas, así como la debilidad de quien las sufría, le alteró sensiblemente el circuito de compasión. No intentó moverlo, sino que llamó por teléfono: 
-¿Hospital de urgencias? -Preguntó, y dio el nombre y las señas-. Sí; en seguida -les dijo-. Puede que no haya mucho tiempo. Sufre diversas fracturas, y sospecho que se ha roto la columna, pobre hombre. No; no parece tener lesiones en la cabeza. Sí; es preferible. Quedaría inválido para toda la vida. Será mejor que manden la orden de consentimiento con la ambulancia, para que pueda ser firmada en seguida... Será lo más conveniente. Su esposa lo firmará.


FIN