2026/04/13

Extraño náufrago (Nelson Bond)


Título original: Uncommon Castaway
Año: 1949


¡Yo os digo, precaveos y arrepentíos, y ay de aquel que desoiga mi aviso! Porque en verdad, en verdad os digo que el día del Juicio se aproxima, y en ese día a causa de vuestros pecados e iniquidades os visitarán el fuego y la espada de Aquéllos cuya furia hace temblar la tierra y arder las aguas del mar.

Nos echaron de un puntapié de Alejandría cuando Rommel siguió su avance más allá de Mersa Matruh, por la larga y arenosa carretera que conduce a El Cairo. No exagero al afirmar que nos echaron de un puntapié. El Almirantazgo opinaba que lo único que podíamos hacer era refugiarnos en puertos seguros hasta que el giro que tomasen los acontecimientos revelase si el plan de Montgomery para ofrecer una última resistencia en un puntito del mapa llamado El Alamein era buena estrategia o —como casi todos temíamos— pura desesperación.
A nuestro capitán le disgustaba sobremanera tener que huir. Cuando le entregué la orden, gruñó y mordió con fuerza su pipa. Ni siquiera lanzó un juramento, lo cual demuestra hasta qué punto aquello le afectó, porque nuestro capitán es un hombre educado, que sabe jurar con soltura en seis idiomas diferentes. Y por simples bagatelas.
Pero aquello era demasiado grande. Se limitó a mover la cabeza y a decir:
—Muy bien, Chispas. ¡Que se cumpla!
Y volviéndose, se alejó hacia proa con gran celeridad.
Así fue como el Grampus, al abrigo de una noche egipcia oscura como boca de lobo, se escabulló hacia alta mar en pos de la salvación. El Puerto de Oeste parecía la boca de un túnel; incluso el faro de Raset-Tin estaba apagado por temor a los bombardeos aéreos. Pero las tinieblas estaban llenas de vida y ruido. El incesante rumor del oleaje del Mediterráneo contra los escollos de la isla de Faros; las altas y moduladas notas del pito que hacía sonar el contramaestre, que resaltaban con un extraño son agudo entre los suspiros de la brisa de poniente; el susurro de voces provenientes de barcos que se deslizaban confusamente a nuestro alrededor, tétricos como espectros a la deriva. Sonidos grises y encolerizados. El petulante adiós de unos buques que evacuaban un puerto que sólo pocos meses antes había sido la más altiva base británica en toda la costa norteafricana.
—Tenemos que ser los primeros en salir —dijo el capitán—. La flota necesitará hasta el último submarino. Particularmente si los boches toman Alejandría. —Mirando hacia el cielo con desconfianza, añadió—: Habrá que poner servidores en las piezas de cubierta. Podemos tener jaleo.
Pero no lo tuvimos. No perdimos ni un solo barco, ni un hombre por acción enemiga durante toda la operación. Fue curioso que nada sucediese, verdaderamente, porque estábamos a merced de los Stukas, apretujándonos de tal manera en aquel estrecho paso que poca resistencia hubiéramos podido ofrecer. Además, muchos de nosotros estábamos en muy malas condiciones. Esto es lo que sucedía al Grampus, que había recalado en Alejandría para someterse a revisión general y a varias reparaciones, y que tuvo que hacerse de nuevo a la mar antes de que éstas hubiesen terminado.
Aunque después de todo, no hay motivo para extrañarse. Los alemanes se sentían muy seguros por aquellos días. Y tenían razón de estarlo. Pero esta excesiva seguridad fue nuestra salvación. Creo que no nos bombardearon durante nuestra huida porque esperaban tomar Alejandría de un momento a otro, y no querían apoderarse de una base naval reducida a escombros.
Sea como fuere, dejamos atrás la escollera sin el menor contratiempo, y tomamos el rumbo ordenado. No sabíamos nuestro punto de destino, pero puesto que zarpamos rumbo al nordeste, a bordo todos estábamos convencidos de que nos dirigíamos a Larnaca. Chipre sólo se hallaba a trescientas millas de distancia, y hubiéramos debido cubrirlas en un solo día, pero nadie se hacía ilusiones suponiendo que el viaje sería tan rápido. Cabía la posibilidad constante de encontrarse con barcos o aviones enemigos. Además, el barómetro señalaba mal tiempo. Y para acabar de redondear aquellas sombrías perspectivas, nuestros remendados motores empezaron a toser y carraspear cuando apenas habíamos traspuesto la isla de Faros.
La situación no le hacía pizca de gracia a Auld Rory, nuestro cocinero, y me lo dijo sin ambages cuando le pedí que me sirviese una taza de té en la cocina, una vez nos hicimos a la mar sin tropiezos.
—Esto presenta muy mal cariz —gruñó el viejo escocés—. Vergüenza debía darle a la Armada huir de este modo, sin presentar combate. ¡Qué cosa—farfulló, buscando la palabra adecuada—, qué cosa tan poco digna!
Sonriendo, le dije:
—Quizá no sea muy digno, Rory, pero es mucho más seguro. Como dice Shakespeare en el Paraíso perdido: "Quien lucha y salva su flete, conseguirá salir del brete".
—Este noble bardo —dijo Auld Rory rechinando los dientes— no fue el autor del Paraíso perdido, sino el gran John Milton. Además, este verso no es como lo has citado tú, yanqui ignorante y bruto.
—Te he dicho mil veces, Rory —repuse, sonriendo—, que yo no soy americano, sino súbdito británico, nacido y criado en mi viejo y querido Fogville-on-the Thames, la villa de la niebla junto al Támesis.
—¡Eres un perfecto embustero! —dijo Auld Rory montando en cólera—. Tú hablas la lengua materna como un jenízaro.
—Eso se debe a que me crié en Brooklyn.
—¿Eh? ¿No me habías dicho en Nueva York?
—Nueva York es un suburbio de Brooklyn. Un día tienes que ir conmigo a Flatbush, Rory. ¡Qué sitio! Tendrías que oír cómo chilla la multitud el Día de las Damas de Ebbets Field, y cómo apostrofan a los árbitros: "¡Que maten a ese holgazán! ¡Que lo cuelguen!"
—¡Qué lenguaje! —exclamó Rory, ofendido—. ¿Y en presencia de señoras? ¡Vaya indecencia! ¡Estoy avergonzado de ti, Yake Levine! 
Mientras yo sorbía el té él me contemplaba con semblante ceñudo. Prosiguió:
—Y sigo diciendo que esto presenta muy mal cariz. En el puerto, teníamos al menos baterías costeras y una posición defendible. Pero esto no les parecía bastante bueno a los jefazos. ¡No, señor! De modo que aquí estamos, solos y maltrechos en medio del Mediterráneo, a punto de convertirnos en la presa de Dios sabe qué bárbaros que caerán sobre nosotros. Me extraña que aún no nos hayan atacado, a decir verdad.
—Tranquilízate, Rory —le dije, riendo— y procura que tus úlceras descansen. Estas aguas son bastante seguras. Te apuesto cinco chelines a que ni siquiera vemos al enemigo, y mucho menos... ¡Eh, qué es eso!
¡Valiente profeta estaba hecho! Mi profecía terminó en un grito de sorpresa cuando el inconfundible tronar de una pieza de cubierta hizo temblar el submarino en toda su longitud. El Grampus se encabritó y se estremeció. El té me cayó sobre las muñecas y me las escaldó. Se oyeron voces excitadas, que fueron ahogadas por el estridente clamor de la sirena de alarma del barco.
Pero dominándolo todo, Auld Rory gritó:
—¡Te acepto la apuesta! —No hay que olvidar que era escocés.
Salí como una exhalación de la cocina y corrí hacia la cámara del telegrafista. Haciendo eses por el pasadizo, tropecé con varios artilleros que bajaban a toda prisa para dirigirse a sus puestos de inmersión. Sujeté a Rob Enslow por el brazo.
—¿Aviones?
—¡El cielo está lleno de ellos!
Entonces oí sus motores, que zumbaban con el irritado ronroneo de un avispero en libertad. Los boches no habían querido bombardearnos en el puerto para hacernos pedazos en alta mar. La voz precisa y tranquila del capitán nos infundió una repentina calma a todos.
—¡Zafarrancho de combate! ¡Inmersión!
Se abrieron las válvulas y el silbido del aire que se escapaba se mezcló con el borboteo del agua que llenaba los depósitos de lastre, y nuestro sumergible se hundió bajo la superficie. Alcancé mi compartimiento y me acerqué dando traspiés, pues el barco cabeceaba mucho, al tablero de instrumentos. Frente a él estaba Walt Roberts, el pañolero. Me dirigió una mirada.
—¿Estás bien, Jake?
—Perfectamente. ¿Y tú?
—De primera. —Y luego añadió—: Ya estamos sumergidos.
—Sí —asentí—. Ahora estaremos bien, a menos que alguno de esos pájaros suelte cargas de profundidad.
—De acuerdo —dijo Walt—. Aunque quizás esta vez no las lleven.
—No es probable que las lleven —afirmé—. Debe ser una escuadrilla con base en tierra, que habrá salido de Bardia. Te apuesto a que entre todos no tienen una sola carga de... —No pude terminar la frase.


De pronto oímos un trueno sordo. El Grampus se zarandeó como si hubiese sido golpeado por un puño gigantesco. Luego se sacudió y saltó como un pez debatiéndose con el anzuelo. Resonó de nuevo la campana de alarma para detenerse de pronto cuando las luces se apagaron, después de un breve e intensísimo resplandor que nos deslumbró a todos. Un latido cálido, como si la electricidad se hubiese vuelto loca, se esparció por mi cuerpo, obligándome a contraerme dolorosamente. El Grampus se inclinó de costado, mis pies perdieron su sostén y caí de cabeza sobre la cubierta escorada, dándome un fuerte golpe contra el mamparo. Esto es todo cuanto recuerdo.

El árbitro aulló: "¡Tanto!" Yo me puse en pie de un salto, echando espumarajos de cólera, compartida por toda una gradería de sol abarrotada de conciudadanos míos.
—¡Cómprate unas gafas, pedazo de bruto! —le grité—. ¡Esa pelota ha pasado a un kilómetro fuera!
Levantando mi almohadilla, la tiré al campo. Una mano me sujetó por el hombro y un polizonte me miró con expresión malévola:
—¡Oiga usted! ¡Haga el favor de seguirme!
—¡Quíteme las manos de encima! —grité, y me debatí para desasirme.
Alguien, un amigo de entre la multitud, me gritó desde lejos:
—¡Jake! ¿Estás bien?
—¡Suélteme! —rezongué—. ¡Éste es un país libre! Suélteme, o de lo contrario...
La mano posada en mi hombro afirmó su presa. La voz se hizo más próxima y distinta:
—¡Jake! ¿Estás bien, Jake?
El campo de Ebbets se desvaneció; sus gradas de sol se convirtieron en el oscuro y húmedo interior del Grampus. Tanto la mano como la voz pertenecían a Walt Roberts.
—Jake...
—Estoy bien —dije—. Estoy bien, Walt. 
Estiré el cuello cautelosamente.
—Gracias, chico. Acabas de salvarme de diez dólares o diez días.
—¿Qué?
—Dejémoslo —dije—. ¿Dónde estamos?
—Sobre el fondo. Esta carga de profundidad nos ha averiado algo. No sé exactamente qué. Por suerte el agua aquí no es muy profunda.
—Tanto mejor —observé—. ¡Qué suerte!
Yo estaba muerto de miedo, pero no quería demostrárselo. Proseguí:
—Si fuésemos peces, no tendríamos que ir muy lejos. ¿Tenemos vías de agua?
—Creo que no.
—¿Entonces qué les pasa a las baterías? ¿Por qué no hay luz?
—Ojalá lo supiese —dijo Roberts.
—Vamos a ver qué ocurre —le invité.
Avanzamos a tientas por el submarino, tropezando con otros que hacían lo propio. Nos dominaba cierta tensión, pero no se apoderó de nosotros el pánico. Y no se piense que la disciplina se hubiese relajado porque se nos permitiese hacer lo que nos viniese en gana. Eso se debía a que el capitán tenía cerebro, además de galones. Comprendía lo que todos experimentábamos, y mientras no interfiriésemos lo que hacía el maquinista, nos permitió satisfacer nuestra curiosidad.
En la sala de máquinas se habían colocado lámparas de auxilio y vimos el cuerpo sudoroso del maquinista inclinado sobre los motores. El primer maquinista no estaba tan preocupado como desconcertado.
—Es la cosa más extraña que he visto en mi vida, señor —oímos que decía al capitán—. No es por los efectos del impacto ni un cortocircuito. Es como si toda la instalación eléctrica hubiese sido arrancada y retorcida.
—Eso es lo que yo experimenté —gruñó el capitán—. El submarino pareció debatirse y agitarse como una anguila.
—Sí, señor. Las barras ómnibus se han convertido en una masa sólida. Y las conexiones...
El primer maquinista movió la cabeza.
—¿Pero puede usted arreglarlo?
—Creo que sí, señor. Sí, creo que podremos arreglarlo.
—Muy bien. ¡Pues manos a la obra! —El capitán se volvió muy sereno hacia todos nosotros—. Ya han oído lo que dice el jefe de máquinas, muchachos. Ahora saben tanto como yo. Volvamos todos a nuestros puestos, y dejemos trabajar a estos hombres.
Esto es lo que hicimos, con lo que el incidente quedó terminado. Algún tiempo después, las luces volvieron a encenderse. Y después de otra larga y ansiosa espera, oímos el prudente zumbido de la Diesel, seguido por el ruido que producía el árbol de la hélice al girar. Luego la voz del capitán, como siempre precisa y tranquila, por los altavoces interiores:
—Atención todos. Avería reparada. ¡Sopla!
Era pleno día cuando, después de asegurarse de que no andaban barcos enemigos por los alrededores, el Grampus emergió. Por prudencia no hacíamos funcionar la radio, pero con la esperanza de avizorar un buque amigo, el capitán me ordenó que tomase las banderas de señales y subiese con él a la torreta.
La fresca brisa marina me pareció una bendición, lo mismo que el sol. Pero habíamos perdido los restantes barcos de nuestro convoy... si es que podía llamársele así. El horizonte estaba despejado en todo lo que la mirada podía abarcar. Nada se veía sobre las aguas.
Sí , algo se veía. El capitán lo descubrió antes de que cualquiera de nosotros enfocase sus gemelos sobre la bailoteante motita negra, y lanzó un pensativo gruñido.
—Es un hombre sobre una balsa, o un mástil. Tal vez es superviviente de un naufragio. Posiblemente, alguno de nuestros barcos no pudo escapar con la celeridad con que nosotros lo hicimos. —Suspiró—. Pongamos rumbo hacia allá y le recogeremos.
El segundo saludó y desapareció por la escotilla. Pocos minutos después nos encontramos a corta distancia del pecio.
Aquí empieza la parte fantástica de mi relato. ¿Imagina acaso el lector que aquel náufrago se entusiasmó al vernos, o que empezó a agitar los brazos y a gritar de alegría?
¡Nada de eso! Durante largo rato, ni siquiera pareció apercibirse de nuestra presencia. O si nos vio, se hizo el desentendido. Tampoco respondía a nuestras voces, a pesar de que estábamos a tan corta distancia que tenía que oírnos forzosamente.
—¿Si será sordo? —dijo el capitán en voz alta.
—Es posible, señor —dijo el segundo—. Pero tiene que vernos. Es raro que no pida socorro.
—¿Y si fuese sordomudo? —apuntó el capitán.
—Basta con que sea sordo, señor —indiqué.
En aquel instante el náufrago nos vio sin ningún género de duda. Abandonando su incómoda postura, pues estaba postrado de hinojos, se levantó, pero en lugar de agitar los brazos o los harapos que le cubrían en parte, el condenado estúpido lanzó un ronco grito de espanto, saltó de su balsa desvencijada y se alejó, braceando, de nosotros con toda la celeridad que le permitían sus flacos miembros.
El capitán lanzó un gruñido de asentimiento:
—¡Ah, ya lo comprendo! Es un enemigo. ¡Tanto mejor! ¡Súbanle a bordo, muchachos!
Esto fue lo que hicimos. Pero sólo lo conseguimos después de propinarle varios golpes que le hicieron perder el conocimiento. Dos marineros saltaron al agua para apoderarse de él. La operación de capturarlo fue peor que apoderarse de una barracuda. Él pateaba, mordía y arañaba, y por poco le saca un ojo a Bill Ovens. Esto enojó sobremanera a Bill, el cual, mientras su compañero luchaba a brazo partido con el náufrago, se escurrió a sus espaldas para aturdirle de un golpe detrás de la oreja.
Así fue como el Grampus embarcó a un pasajero.

Poco tiempo después, mientras le contaba a Walt la tremolina que había armado aquel hombre, el capitán me llamó:
—Lavine, preséntese a proa.
Le encontré esperándome ante el compartimiento donde habíamos encerrado a nuestro pasajero. Sacándose la pipa de la boca me dirigió una pensativa mirada.
—Usted es judío, ¿verdad, Lavine?
—Sí, señor.
—¿Sionista?
—No, señor —contesté—. Mis padres sí lo son, pero yo...
—No importa —me atajó—. ¡Escuche!
Y me indicó la puerta con un gesto. Detrás de ella oí la voz de nuestro pasajero que hablaba solo en una especie de monótono y agudo canturreo. Pesqué alguna que otra sílaba y las comprendí. Una palabra aquí y allá, una frase suelta...
—¡Cáspita! —exclamé—. ¡Esto es hebreo!
—Ya me lo parecía —dijo el capitán—. ¿Lo habla usted?
—Lo entiendo —repuse—. Es decir, casi todo. Yo hablo mejor el yiddish.
—¡Perfectamente! —gruñó el capitán—. Entre.
Me empujó al interior del compartimiento. Por primera vez pude ver bien a nuestro pasajero a la fuerza. Era un tipo extrañísimo. Flaco, cetrino y de aspecto avinagrado, con ojos grandes y ardientes que le ponían a uno la piel de gallina cuando le miraban. Pero no con miedo o disgusto, sino con una sensación que no podía definir. Digamos temor, quizá. Esto es el modo más aproximado que tengo de descubrir este sentimiento. Parecía como si quisiese indicar que, si uno no vigilaba bien sus pasos, algo espantoso le sucedería.
Sus cabellos, como sus ojos, eran negros como la endrina, y gastaba unas pobladas barbas que acentuaban la amarga delgadez de sus labios en lugar de ocultarla. Sus pómulos salientes estaban teñidos por un rubor de tísico, y las ventanas de su nariz eran palpitantes.
Me parecía haber visto alguna vez a aquel hombre, pero no podía recordar cómo, ni dónde, ni quién era.


Su quejumbroso canturreo cesó instantáneamente al vernos entrar, y se encogió temeroso pero retador. Me pareció igual que un animal caído en la trampa.
El capitán me ordenó:
—Háblele, Jake.
—Hola, amigo —le dije yo.
—En hebreo.
—¡Ah! —exclamé. Y probé de hacerlo. Me resultaba muy difícil, porque lo había olvidado mucho. De todos modos le dije—: ¡Saludos! Me llamo Levine, Jacob Levine. ¿Me entiendes?
¡Claro que me entendía! Sus ojos apagados se iluminaron, y de su boca salió un torrente de palabras.
—¿Qué dice? —preguntó el capitán.
—Demasiadas cosas a la vez y demasiado de prisa —me quejé, y añadí en hebreo—: Te ruego que hables más despacio.
Él puso el motor al ralentí, disminuyendo su marcha en varios cientos de miles de revoluciones por minuto, y cuando empezó a hablar con un ritmo más normal, principié a entender algo de lo que decía. Declaró ser un hombre humilde, y nosotros éramos los poderosos que le infundían temor. Él era un mísero mortal, demasiado despreciable para convertirse en el blanco de nuestra ira. Besando nuestros pies, suplicó que le pusiésemos en libertad. Si le soltábamos, entonaría nuestras alabanzas hasta el día de su muerte.
—Bueno, ¿y qué? —preguntó el capitán.
—Es muy amable y zalamero —observé—. Está medio muerto de miedo.
—¿Cómo se llama?
Le transmití esta pregunta, y por toda respuesta recibí un alud de polisílabos que hubieran hundido a un mercante. Era uno de aquellos antiguos árboles genealógicos, hijo de tal e hijo a su vez de cual, y así hasta el infinito. Cuando traté de traducírselo al capitán, éste se encogió de hombros.
—Dígale que le llamaremos Johnny para abreviar. ¿De dónde proviene? 
¿Iba en uno de los barcos que evacuaron Alejandría?
No, él iba en una nave mercante.
¿Habían hundido a su barco en el ataque de anoche?
¿Ataque? Él no había visto ataque alguno, ni anoche ni en cualquiera de las noches anteriores. Él era un hombre humilde, indigno de recibir nuestras atenciones. Sólo deseaba que le dejásemos en libertad.
Entonces, ¿de dónde venía? ¿Cuál era su barco y de dónde había zarpado? ¿Adónde se dirigía?
Pasé su respuesta al capitán.
—Su barco era el Rey Guerrero, de Tarsis, que se dirigía a Joppa con un cargamento de sal, vino y lienzos.
—¿Joppa? —dijo el capitán, frunciendo el ceño—. Esto debe de significar Jaffa, cerca de Jerusalén. ¿Pero ha dicho Tarsis? Tal vez quiera decir Tarso, una población de Turquía. Aunque no es puerto de mar. Bueno, eso no importa. ¿Cuánto tiempo llevaba a la deriva en esa balsa?
—Tres días —me comunicó nuestro pasajero.
—Eso quiere decir que no hundieron su barco anoche. ¿Funciona la radio, Chispas?
—Si quiere que le sea franco, señor, no lo sé. Ha sucedido todo tan de improviso y aún estamos bajo la consigna de silencio.
—Sí, claro. Bueno, hágala funcionar y establezca contacto con Larnaca para que nos comuniquen datos acerca del... ¿cómo ha dicho...? Rey Guerrero. Si en el registro aparece como aliado o neutral, podemos considerar inofensivo a este vejestorio.
—Sí, señor —respondí—. Inmediatamente, señor.
—¡Ah!, antes de irse, diga a su amigo que no corre peligro alguno y que no nos lo comeremos.
Y el capitán soltó una risita.
Yo le traduje el mensaje. El resultado de él fue... asombroso, por no decir otra cosa. El barbudo personaje emitió un leve balido de gratitud, luego se enderezó y se arrojó acto seguido a los pies del capitán, para empezar a hacerle reverencias y genuflexiones como si adorase a la estatua de un dios.
El capitán se apartó, sorprendido.
—¡Vamos, hombre! No hace falta que hagas esas cosas... ¡Cuidado! ¿Qué es eso? ¡Maldita sea!
Miró con enojo su mano derecha, que sangraba por una extensa herida de feo aspecto. Al apartarse de Johnny, había golpeado inadvertidamente con ella un perno y se la abrió desde el índice a la muñeca. Inmediatamente aplicó un pañuelo a la herida, maldiciendo como un energúmeno.
—Enciérrelo de nuevo, Chispas. Tengo que ir a que me vea el médico. ¡Cumpla mis órdenes! 
Y con estas palabras se marchó. Yo apostrofé a Johnny con displicencia:
—¿Has visto lo que has hecho? ¡Ha sido por tu culpa!
Yo esperaba una catarata de disculpas negativas, pero me equivoqué. Johnny se limitó a permanecer inmóvil, con labios descoloridos y una mirada vaga y asustada en sus ojos. Luego susurró tristemente:
—Sí... lo sé, lo sé...
Fui entonces a la emisora y calenté los tubos. A continuación, lleno de confianza, porque tras un rápido examen me cercioré de que todo estaba en orden, hice girar los nonios para ver lo que captaba en las diferentes longitudes de onda.
Silencio absoluto.
Tomé unas herramientas y me puse a buscar la avería. Descubrí una conexión suelta y un condensador que no parecía estar bien. Lo reparé y probé de nuevo.
Silencio absoluto.
Probé el emisor. Éste parecía funcionar. Hice diversas pruebas satisfactoriamente. Viendo que así no conseguía nada, saqué los planos y repasé toda la instalación desde la antena a la tierra, realizando todos los pequeños ajustes que me parecieron necesarios. Y probé de nuevo.
Por todo resultado conseguí silencio. Decidí ir a contárselo al capitán.
—No lo entiendo, señor. Si no oyese absolutamente nada, eso indicaría que la instalación está averiada. Pero capto estática, lo cual indica que el receptor funciona. Sin embargo, no puedo captar ninguna frecuencia, ninguna emisión, de onda larga u onda corta.
El capitán se mostró muy benévolo:
—No se preocupe usted, Chispas —me dijo—. Probablemente es algo muy desusado, que tiene relación con nuestra caída al fondo. Siga usted trabajando en el receptor.
—Pero es que no puedo comunicar con Larnaca, señor.
—No importa. Estaremos allí por la mañana y a nuestra llegada nos informaremos. A propósito, esta noche cenará usted conmigo.
Yo tragué saliva:
—¿Yo, señor?
—Sí, usted. Tengo a Johnny de invitado, y le necesito a usted como intérprete. ¿Acepta?
—¡Desde luego, señor!
—Ahora viene Johnny. He dicho al segundo que vaya a buscarle. Nosotros... buen Dios, ¿qué es esto?
"Esto" eran una serie de golpes sordos que se oían fuera y que fueron seguidos por un agudo grito de agonía y luego gemidos. Ambos salimos como una exhalación. El segundo, tendido al pie de la escalera de la cámara, profería sones plañideros, con la pierna izquierda extrañamente doblada bajo su cuerpo. Johnny, de pie, sobre él, se retorcía las manos y se colmaba de frenéticos y gemebundos reproches.
—¡Ha sido culpa mía! ¡Yo lo he hecho... yo, yo!
—¡Langdon! —gritó el capitán—. ¿Qué ha sucedido?
Entre sus dientes apretados a causa del dolor salió la respuesta:
—No... no lo sé, señor. Debo de haber resbalado en el último peldaño. Es la pierna, señor.
—¿Le empujó ese hombre? —exclamé encolerizado.
—No, nada de eso. Ocurrió por accidente.
Pero los compungidos lamentos de Johnny no cesaban.
—Ha sido culpa mía —repetía una y otra ver—. Lo he hecho yo. Yo, yo... 
A partir de aquí, soy incapaz de explicar lo que sucedió hasta el fin. Lo único que puedo hacer es referirlo, y dejar que cada cual saque sus propias
conclusiones. Sé que es extraño, disparatado, imposible. Espero...
Arribamos a Chipre por la mañana. Y subrayo que fue por la mañana. El capitán había dicho que llegaríamos a Larnaca por la mañana, pero no fue así. Arribamos al lugar donde debiera haber estado Larnaca. ¡Pero no estaba!
¿Que esto no tiene pies ni cabeza? Así es; pero para nosotros tampoco tenía pies ni cabeza. Era una hermosa mañana, soleada y radiante. Cuando penetramos en el puerto circular que debiera haber estado atestado de barcos con refugiados y lleno del bullicio y vistosidad de una base naval británica, nos quedamos mirando con incredulidad la estrecha playa tras la que se alzaban unas míseras chozas de pescadores.
Éramos cuatro en la torreta, el capitán, el tercer oficial, Johnny y yo. Cuando contemplamos aquella amplia y desolada ensenada, el tercer oficial, estupefacto, exclamó:
—¡Pero... esto es imposible! ¡Estoy seguro de no haberme equivocado, señor!


El capitán tomó el sextante de manos del oficial. Con gran cuidado tomó la altura del sol. Luego guardó silencio durante largo rato, mordiéndose los labios y con sus ojos grises fijos en la distancia. Por último dijo:
—Oiga, señor Graves.
—A la orden, señor.
—Haga usted el favor de cambiar de rumbo. Nos dirigiremos al continente.
—Sí, señor. A la orden, señor.
El oficial desapareció por la escotilla, con muestras de alivio evidente al ver que se libraba de una bronca. Yo pregunté con vacilación:
—¿Estamos muy lejos de Larnaca, señor?
El capitán respondió con una extraña voz ahogada:
—No lo sé, Chispas. Posiblemente me lo puedas decir tú. ¿Qué es más lejos: Un millón de millas, o un millón de años?
—Me parece que no le comprendo, señor.
—No —dijo lentamente—. Yo tampoco me comprendo demasiado bien.
—Pero ha ordenado usted que nos dirigiésemos al continente, ¿no es eso?
—Sí. Desembarcaremos a nuestro pasajero en su tierra. Por lo menos haremos eso.
—¿Cuánto tiempo tardaremos, señor? ¿Un par de horas?
—Ojalá fuesen un par de horas —dijo ceñudo el capitán—, pero me temo que tardaremos más. ¿Cuándo recogimos a Johnny?
—Ayer por la mañana, señor.
—Exactamente —suspiró el capitán—. Eso significa que tardaremos dos días en llegar al continente.
A decir verdad, empecé a pensar que al capitán se le había aflojado un tornillo. El Líbano no se halla a más de cinco horas de la isla de Chipre. ¡Pero el capitán tenía razón! Tardamos dos largos y agotadores días en llegar a una costa adonde debiéramos haber arribado fácilmente antes del anochecer.
Primero empezaron a fallar los motores. Luego, cuando el primer maquinista consiguió hacerlos funcionar nuevamente, la instalación eléctrica se averió. Los generadores empezaron a chisporrotear y a crujir como triquitraques, sin motivo alguno aparente. Cuando conseguimos repararlos, uno de los mamparos empezó a rezumar unas sospechosas gotas, y tuvimos que poner remiendos antes de que la vía de agua se hiciese mayor.
Éstas fueron las dificultades mayores, pero tuvimos otros muchos contratiempos que prefiero pasar por alto. Sólo diré que mientras trabajaba en los motores averiados, un maquinista perdió medio dedo. Un engrasador cayó enfermo con fiebre. ¡Con malaria, contraída navegando por un mar interior! Después de esto, la comida que nos preparó Auld Rory debía proceder de latas de conservas en malas condiciones, porque a la segunda mañana la mitad de la tripulación se puso verde y tuvo que subir a cubierta para dar de comer a los peces.
¡Oh, fue un viaje delicioso! La mala suerte parecía haberse asentado en el Grampus por todo lo alto.
Sin embargo, mi suerte particular se mantuvo buena, a no ser por el hecho de que nuestro pasajero, que había vencido ya su miedo inicial, se convirtió en una ametralladora de preguntas. De la mañana a la noche me ensordecía con su interrogatorio:
—¿Qué es esta nave que nos transporta —quería saber él—. Esta nave maravillosa que navega a voluntad por encima o por debajo de las aguas?
—Es un submarino —le respondía yo.
—¿Un submarino? ¿Y qué es un submarino?
—Un barco como el Grampus —le dije—. El Grampus es un submarino. Ahora vete a sentarte en un rincón y ponte a canturrear arrullos, abuelo.
—¡Señor, qué maravilla! ¡De modo que el Grampus es un submarino! ¿Pero qué es un grampus?
Yo también sabía la respuesta a esta pregunta, pues consulté la palabreja en una enciclopedia cuando me destinaron al barco.
—En inglés se llama grampui a la orea, una especie de delfín, o cetáceo inteligente y feroz, muy agresivo. No es un mal nombre para este cascarón, abuelo. Hemos atacado ya a bastantes barcos, y hundiremos muchos más, así que nos reparen para seguir luchando contra los nazis.
Solemnemente, él me preguntó:
—¿Hacéis la guerra contra los impíos?
—Puedes estar convencido de ello —le dije con semblante hosco—. Ellos creen que ya no nos levantaremos, pero la lucha apenas empieza. Nuestro día se aproxima... y no tardará mucho.
Entonces él quiso saber con qué luchábamos, y yo tuve ocasión de enseñárselo, porque aquel interrogatorio tuvo lugar durante unas prácticas de tiro, pues el capitán pensó que era mejor que los artilleros disparasen unas cuantas salvas mientras navegábamos por superficie, para adiestramiento. Con su permiso, llamé al viejo Johnny a la torreta para que presenciase los ejercicios de tiro.
Boquiabierto, él contempló cómo los artilleros desenfundaban el cañón y lo cargaban. Y cuando disparó, vomitando una llamarada con un horrísono estampido, casi se volvió loco. Se abalanzó a la borda y, si yo no le hubiese sujetado por sus andrajos, se hubiera tirado de cabeza al agua, pero esta vez sin balsa.
Sin embargo, con esto su curiosidad se dio por satisfecha y se alegró de que lo devolviesen a su aposento, para quedarse en él. Esto me permitió seguir trabajando en mi receptor, que de manera incomprensible había enmudecido.
Revisaba por enésima vez los circuitos, cuando acertó a pasar por allí el capitán, el cual se puso a observarme en silencio, hasta que terminó por decirme:
—No hay suerte, ¿eh, Chispas?
—Mi capitán —le dije lisa y llanamente—, se ha terminado la suerte a bordo de este barco. Nos ha abandonado por completo.
—Lo comprendo, Jake —asintió él—. Parece como si estuviésemos hechizados o como bajo los efectos de un maleficio, ¿no es eso?
—En efecto, señor. Yo no soy supersticioso, pero...
—Ni yo tampoco —dijo el capitán—, pero sí soy curioso y me pregunto si... Jake, usted ha estudiado transmisión eléctrica. Hábleme de ella, por favor. ¿Qué es la electricidad?
Denegué con la cabeza.
—Lo siento, señor. Nadie puede responder a eso, porque nadie lo sabe.
—Hablemos de electrónica —musitó el capitán—. En la teoría de la electrónica creo que se menciona la posibilidad de que los electrones pueden existir simultáneamente en dos lugares distintos.
Midiendo mis palabras, repuse:
—Efectivamente, creo recordar algo a ese respecto. Creo que fue Niels Bohr quien se ocupó de ello. Un electrón moviéndose de un ciclo a otro sin ni siquiera haber pasado por el espacio intermedio. Pero jamás conseguí entenderlo, y además nunca lo intenté. No soy un científico; me limito a trabajar con el equipo que inventan los cerebros privilegiados. —Le miré de hito en hito—. ¿Por qué me lo pregunta, señor? Será acaso...
—Es simple curiosidad —repitió el capitán—. De todos modos, quizás halle usted la respuesta. Aunque eso no importa. Tampoco podemos remediarlo. Limitémonos a esperar y a ver lo que encontraremos cuando lleguemos a tierra.
—Le aseguro que no lo entiendo, señor. ¿Qué espera usted encontrar?
Pero él no me respondió. Se limitó a quedarse en la puerta dando chupadas a su pipa apagada, mirando a través de mí hacia una remota lejanía.
A la mañana del quinto día después de nuestra partida de Alejandría, divisamos tierra firme. Era una mañana descolorida y fea, con un cielo muy cargado de negras nubes de tormenta que amenazaban reventar de un momento a otro. El capitán, Johnny y yo estábamos en la torreta, escuchando el ronco y lejano bramido de los truenos. Dos marineros esperaban a que el capitán diese las órdenes tan esperadas.
—Bien —dijo el capitán—, hemos llegado. Dentro de pocos minutos estaremos tan cerca de tierra como permita la prudencia. Entonces le desembarcaremos, Jake.
Yo observé:
—Creía que el tercer oficial había puesto rumbo a Beirut, señor.
—Sí.
—En esa población hay puerto. No será necesario que permanezcamos al pairo frente a la costa, ¿no cree usted, señor?
—¿De veras? —El capitán me dirigió una leve sonrisa—. Ojalá, Chispas. Ojalá fuese así, pero, ya ve como no hay nada de eso.
Y cuando la negra cerrazón se alzó, indicó con un conciso ademán la próxima costa, que entonces se empezaba a ver claramente.
Parecía como si hubiésemos vuelto a Larnaca. En Beirut no había base naval, pero yo sabía que era una moderna urbe del Próximo Oriente, colmada en aquellos días de gran actividad debido a la guerra. Y la soñolienta aldea que yo contemplaba era cualquier cosa menos moderna. Ninguna de las construcciones que se alzaban junto a la orilla tenía más de un piso, las pocas embarcaciones que se abrigaban en su ensenada eran barquichuelos de madera de poco calado, con una sola vela cuando llevaban alguna.
—Capitán —exclamé—, ya sé lo que anda mal. Sólo hay una explicación posible. Su sextante se ha estropeado, eso es todo.
—No —repuso el capitán—, existe otra explicación. ¿Es que no lo ve, Jake? —Luego, encogiéndose de hombros al ver que yo le miraba atónito, añadió—: ¡Bueno! No perdamos tiempo. Haga el favor de despedirse de Johnny de mi parte.


Me volví hacia el viejo espantapájaros, que estaba contemplando cómo se aproximaba la costa con una creciente excitación en su semblante. Toqué su hombro huesudo y él dio un respingo.
—Bueno, Johnny, ya hemos llegado. Vamos a desembarcarte.
—Así sea. Vosotros mandáis, ¡oh poderosos! —asintió él.
—¿Algo más, señor? —pregunté al capitán.
—Nada más, Jake. Lo que haya de ser, será.
Me volví a Johnny.
—Me parece que esto es todo —le dije—. Pero antes de que te vayas, quiero decirte unas palabras a solas. El capitán está seguro de que no estás en tus cabales, o de lo contrario no te soltaría con tanta facilidad. En cuanto a mí, no lo sé. Además, tampoco sabemos si provienes de un barco amigo o enemigo. Y durante tres días te has paseado por todo el Grampus, viendo mucho más de lo que de ordinario se permite ver a los civiles.
—Yo soy vuestro indigno y miserable servidor —dijo Johnny, volviendo a su manía de hablar con frases retóricas y grandilocuentes—, indigno por completo de las maravillas que me habéis mostrado.
—Sí, lo sé. Y estarás aviado si te vas de la lengua y cuentas lo que has visto. ¿Entendidos? Conocemos tu identidad, y si resultase que estuvieses de parte de ellos, vendríamos a buscarte, tenlo por seguro. ¿Está claro?
Los extraños ojos de Johny brillaron con una mirada de fanatismo.
—Escucho y obedezco —dijo con voz firme—. Así sea; empuñaré la espada para luchar contra las fuerzas del mal a vuestro lado.
—Así me gusta —le dije—. De modo que... adiós, y buena suerte.
Le tendí la mano, pero el idiota de él no me la estrechó. En lugar de eso, se inclinó y me la besó. Yo le aparté de mí, embarazado, dirigiendo una rápida mirada al capitán. Pero éste se limitó a suspirar y a asentir, como si esto fuese lo que ya esperaba. Luego se dirigió a los dos marineros, que se reían bobamente.
—Vamos, muchachos.
Ellos colocaron a Johnny en el bote neumático en el que iría a tierra, y lo empujaron para apartarlo del submarino. La mar estaba bastante agitada. El capitán ordenó que echasen aceite a las olas.
Los marineros abrieron una lata y consiguieron amansar una extensión líquida en torno al Grampus y el botecito de caucho. Johnny se alejaba lentamente y todos le veíamos irse indiferentes y extrañados, hasta que el capitán dijo de pronto:
—Está lloviendo, muchachos. Será mejor que bajemos.
Los gruesos y aislados goterones no tardaron en convertirse en un verdadero diluvio mientras nosotros corríamos hacia la torreta. Al cerrarse, la escotilla amortiguó el ronco bramido del trueno. El capitán frunció el ceño.
—¡Espero que ese pobre diablo consiga alcanzar la costa antes de que esté calado hasta los huesos!
Dirigiéndose al periscopio, lo hizo girar para localizar a Johnny.
—¿Le ve usted, señor? —pregunté—. ¿Ha conseguido...?
—Sí, lo ha conseguido. Ahora está desembarcando. Veo gente... ¡Dios mío!
El capitán lanzó un grito, se tapó los ojos con las manos y se apartó del periscopio dando traspiés. Yo exclamé:
—¿Qué le ocurre, señor? ¿Qué...?
La voz se me heló en la garganta cuando extendía la mano hacia él. El Grampus zumbaba. ¡Sí, zumbaba! con una espantosa cacofonía distinta a todo cuanto había oído jamás. Un espeluznante temblor recorrió mis venas, y un negro vértigo se apoderó de mí. No podía respirar ni moverme. Me parecía subir... caer... girar... descender a profundidades insondables, pasando de una ardiente negrura a un vociferante vacío.
Tan repentinamente como había comenzado, aquello cesó. Y la voz del capitán resonó en mis oídos.
—¡Dios mío! ¿Está usted bien, Chispas?
—Sí, señor —tartamudeé—. Creo que sí. ¿Qué ha sido eso? ¿Qué ha sucedido?
—Un rayo. Ha caído un rayo a proa. Por un momento creí quedarme ciego. ¡Mire!
Me indicó con un gesto el ocular del periscopio. Yo miré... para apartarme al punto. A nuestro alrededor, el mar estaba en llamas, pues el rayo había hecho arder el petróleo. Pensé inmediatamente en Johhny, y dije:
—¡Pobrecillo Johhny! Debe de creer que nos hemos asado.
—O que hemos desaparecido en un mar de fuego —objetó el capitán. Yo le miré, boquiabierto.
—Vuelva a mirar, Jake. Más allá del fuego. En la costa.
Hice lo que me ordenaba. Las llamas habían desaparecido, así como las nubes de tormenta, y el cielo era transparente y azul. Hacia nosotros se dirigía una lancha de patrulla, con un hueso de espuma entre sus dientes y la Unión Jack ondeando a popa. Blancos y modernos edificios bordeaban el puerto lleno de vida, con muelles y malecones, rutilante entrada de una moderna ciudad marítima agitada y llena de vida. ¡Y esta ciudad era Beirut!
Estupefacto, observé.
—Pero... no lo comprendo, señor. ¿Cómo hemos llegado aquí?
El capitán respondió calmosamente:
—Cuando llegue la patrulla, Jake, le diré que hemos tenido averías y que nos hemos apartado de nuestro rumbo. No me atrevo a revelarles la verdad. No la comprenderían. Como tampoco la puede comprender usted... o yo.
—¿Comprender qué, señor?
—Dónde hemos estado —respondió el capitán— y cuándo. Tal vez exista una explicación clara y lógica. Posiblemente tenía usted razón al atribuirlo a un fallo del sextante; tomamos mal la posición cuando nos hallábamos a la altura de Chipre. Y quizá todos permanecimos insensibles durante algún tiempo después que el rayo alcanzó el barco. No lo sé. Quizás hemos estado más de una hora frente a este puerto.
—Pero, ¿y la aldea que vimos?
—La vimos confusamente, a través de un desgarrón de la niebla. Existen espejismos.
—Usted no cree de veras en lo que dice, señor —observé yo—. Se limita a buscar una explicación racional.
Él buscó la pipa y la bolsa del tabaco, tratando de calmar sus nervios temblorosos con gestos viejos y familiares.
—Sí, Chispas; eso es lo que hago. Lo que de veras creo va contra toda lógica.
—¿Y qué es lo que cree, señor?
—Vamos a suponer por un momento que la electricidad tenga alguna relación con el tiempo. ¿Qué ocurriría entonces?
—¿Con el tiempo, señor?
—Con el presente y el pasado —musitó el capitán— y con el futuro. Imaginemos a los días y a las horas saltando como electrones de un lugar a otro, sin haber recorrido el espacio intermedio. Una bomba estuvo a punto de alcanzar al Grampus y todo resultó extrañamente cambiado. Un rayo nos alcanzó y hemos vuelto a nuestra época.
—¿Quiere decir que hemos estado en el...?
—En el pasado, sí.
El capitán había conseguido encender la pipa, y al aspirar las primeras y aromáticas bocanadas una expresión beatífica apareció en su semblante y me sonrió.
—Dicho así no tiene pies ni cabeza, Jake. Si yo fuese mejor cristiano de lo que soy y usted mejor judío, tal vez lo hubiéramos comprendido antes. ¡Reflexione, hombre! ¿No le recordaba a nadie nuestro pasajero?
—Siempre me produjo esa impresión —tuve que admitir—. Desde el primer momento en que le vi. Pero no me parece... ¡Espere! Ahora lo recuerdo. Un viejo rabino que conocí siendo yo niño. Un anciano de ojos llameantes, como un antiguo profeta.
—Su aparato de radio funcionaba, pero no captaba nada. ¿Y si no hubiese nada que captar?
—Mi capitán, yo...
—Hubo un hombre —dijo lentamente el capitán—, que emprendió viaje de Joppa a Tarsis para no tener que servir al Señor. Pero allí donde se dirigiese, el castigo le perseguía. Y los que navegaban con él le atacaron, se apoderaron de él y lo dejaron a la deriva en la mar.
Se me erizaron los pelos del cogote y mi alma se heló de espanto. Recordaba los antiquísimos relatos. Las viejas historias contadas a la luz de una vela, y la líquida cadencia de la voz del cantor.
El capitán dijo:
—Tres días, Jake. Estuvo tres días a bordo del Grampus; y usted le dijo lo que significaba este nombre.
—¿Cómo se llamaba? —susurré.
—Nosotros le llamábamos Johnny —suspiró el capitán—. Es el equivalente inglés más próximo a la primera parte de un larguísimo patronímico o nombre gentilicio. Pero su verdadero nombre, Chispas, era...

Yo os digo, precaveos y arrepentíos, e implorad Su merced antes de que sea demasiado tarde; esto os digo para precaveros.
Pues yo he vivido entre Ellos; mis ojos se han llenado de temor al contemplar Su poder y Su ira justiciera.
Esto es lo que he visto, yo,
¡Jonás de Gath-hephur, profeta del Señor!


FIN

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