Título original: Exile
Año: 1943
¡Ahora me gustaría no haber hablado de ciencia ficción aquella noche! Si no lo hubiéramos hecho, en estos momentos no me sentiría obsesionado por esa historia extraña e imposible que nunca podrá ser demostrada ni refutada.
Pero los cuatro éramos escritores profesionales de historias fantásticas, y supongo que la charla resultaba inevitable. No obstante, conseguimos posponerla durante el transcurso de toda la cena y de las bebidas que tomamos después. Madison esbozó, gustoso, su partida de caza y luego Brazell inició una discusión sobre las probabilidades de los Dodgers. Más tarde tuve que desviar la conversación al terreno de la fantasía.
No pretendía hacer algo así. Pero había bebido un escocés de más y eso siempre me vuelve analítico. Y me hacía gracia la forma perfecta en que los cuatro parecíamos un grupo de personas normales y ordinarias.
—Coloración protectora, eso es lo que es —anuncié—. ¡Cuánto nos esforzamos por actuar como buenos chicos normales y corrientes!
Brazell me miró, un poco molesto por la interrupción.
—¿De qué estás hablando?
—De nosotros —respondí—. ¡Qué maravillosa imitación de ciudadanos sólidos y satisfechos! Pero no nos sentimos satisfechos, ninguno de nosotros. Por el contrario, estamos violentamente insatisfechos con la Tierra y con todos sus trabajos; por eso nos pasamos la vida creando un mundo imaginario tras otro.
—Supongo que el pequeño asunto de cobrar a cambio de hacerlo no tiene nada que ver —inquirió Brazell, escéptico.
—Claro que sí —admití—. Pero todos creamos nuestros mundos y pueblos imposibles muchísimo antes de escribir una sola línea, ¿verdad? Incluso en nuestra infancia, ¿no? Por eso no nos encontramos a gusto aquí.
—Nos sentiríamos muchísimo menos a gusto en algunos de los mundos sobre los que escribimos —replicó Madison.
Entonces Carrick, el cuarto del grupo, participó en la conversación. Estaba sentado en silencio, como de costumbre, con la copa en la mano, meditabundo, sin prestarnos atención.
Era un tipo raro en muchos aspectos. No lo conocíamos muy bien, pero le apreciábamos y admirábamos sus relatos. Había escrito algunos maravillosos sobre un planeta imaginario, todos cuidadosamente elaborados.
—Eso me sucedió a mí en una ocasión —le dijo a Madison.
—¿El qué? —preguntó Madison.
—Lo que acabas de sugerir… Una vez escribí sobre un mundo imaginario y luego tuve que vivir en él —contestó Carrick.
Madison se echó a reír.
—Espero que fuera un lugar más habitable que los espeluznantes planetas en los que yo planteo mis patrañas.
Sin embargo, Carrick no sonrió siquiera.
—De haber sabido que tendría que vivir en él, lo habría creado muy distinto —murmuró.
Brazell, tras dirigir una mirada significativa al vaso vacío de Carrick, nos hizo un guiño y a continuación pidió con voz melosa:
—Cuéntanoslo, Carrick.
Carrick continuó mirando abstraído su vaso vacío, mientras lo hacía girar entre los dedos al hablar. Se detenía cada pocas palabras.
—Sucedió inmediatamente después de que me mudara junto a la gran central de energía. Parecía un lugar ruidoso, pero, en realidad, se estaba muy tranquilo en las afueras de la ciudad. Y yo necesitaba tranquilidad para escribir mis historias.
»Me puse a trabajar en una nueva serie que había comenzado, un grupo de relatos que iban a tener lugar en el mismo mundo imaginario. Empecé por crear todos los aspectos físicos detallados de ese mundo, al igual que el universo que tenía como fondo. Pasé todo el día concentrado en ello. Y cuando terminé, ¡algo en mi mente hizo clic!
»Esa breve y extraña sensación me pareció una súbita cristalización. Me quedé allí, plantado, al tiempo que me preguntaba si me estaba volviendo loco. Y es que tuve la súbita convicción de que el mundo que yo había estado imaginando durante todo el día acababa de cristalizar en una existencia física, en alguna parte.
»Por supuesto, descarté esa extraña idea, salí de casa y me olvidé del tema. Pero al día siguiente volvió a suceder. Pasé la mayor parte del tiempo con la creación de los habitantes del mundo de mi historia. Los había imaginado humanos sin la menor duda, aunque no quise hacerles demasiado civilizados, debido a que eso excluiría los conflictos y la violencia que conformarían mi historia.
»Así pues, había creado mi mundo imaginario, un mundo en el que la gente estaba a medio civilizar. Imaginé todas sus crueldades y supersticiones. Edifiqué sus pintorescas y bárbaras ciudades. Y justo cuando acababa, aquel clic volvió a resonar de pronto en mi mente.
»Entonces sí que me asusté de veras, pues sentí con más fuerza que la primera vez esa extraña convicción de que mis sueños habían cristalizado en una realidad sólida. Sabía que era una locura el pensar algo así; sin embargo, en mi mente había una certeza increíble. No podía desechar esa idea.
»Traté de razonar conmigo mismo para descartar tan loca convicción. Si al imaginar un mundo y un universo los había creado de verdad, ¿dónde se hallaban? Desde luego no en mi propio cosmos. No podía contener dos universos, cada uno diferente por completo al otro.
»¿Pero y si el mundo y el universo de mi imaginación habían cristalizado a la realidad en otro cosmos vacío? ¿Un cosmos que se encontrara en una dimensión diferente de la mía? ¿Uno que hubiera contenido nada más que átomos libres, materia informe que no había adquirido forma hasta que, de alguna manera, mis concentrados pensamientos les hicieron tomar las formas que yo había soñado?
»Razoné con esa idea de la extraña manera en que se aplican las leyes de la lógica a las cosas imposibles. ¿Por qué los relatos que yo imaginaba no habían cristalizado a la realidad en ocasiones anteriores y sólo habían empezado a hacerlo ahora? Bueno, para eso había una explicación plausible. Tenía cerca la gran central de energía. Alguna insondable corriente de energía irradiada de ella enfocaba mi imaginación concentrada, como una fuerza superamplificadora, hacia un cosmos vacío donde sacudía la masa informe y la hacía adquirir las formas que yo soñaba.
»¿Creía yo eso? No. Por supuesto que no, pero lo sabía. Hay una gran diferencia entre el conocimiento y la creencia, como alguien dijo: "Todos los hombres saben que van a morir y ninguno lo cree". Pues conmigo ocurría lo mismo. Me daba cuenta de que no era posible que mi mundo imaginario hubiera adquirido una forma física en un cosmos dimensional diferente, aunque, al mismo tiempo, yo tenía la extraña convicción de que así era.
»Y entonces se me ocurrió algo que me pareció divertido e interesante. ¿Y si me creaba a mí mismo en ese otro mundo? ¿Sería yo también real en él? Lo intenté. Me senté ante mi escritorio y me imaginé a mí mismo como uno de los millones de individuos de ese mundo de ficción; creé todo un trasfondo familiar e histórico real para mí en aquel lugar. ¡Y mi mente dijo clic!
Carrick hizo una pausa. Todavía contemplaba el vaso vacío que agitaba lentamente entre sus dedos.
Madison le incitó a continuar:
—Y, por supuesto, te despertaste allí, y una hermosa muchacha se inclinó sobre ti, y preguntaste: "¿Dónde estoy?"
—No sucedió así —repuso Carrick sombrío—. No sucedió así en absoluto. Me desperté en ese otro mundo, sí. Pero no fue como un despertar real. Simplemente, aparecí allí de repente.
»Seguía siendo yo, pero era el yo imaginado por mí para ese otro mundo. Se trataba de otro yo que siempre había vivido allí, igual que sus antepasados antes que él. Verán, yo lo había creado todo.
»Y mi otro yo era tan real en ese mundo imaginario creado por mí como lo había sido en el mío propio. Eso fue lo peor. Todo en ese mundo a medio civilizar era tan vulgar dentro de su realidad...
Hizo una nueva pausa.
—Al principio me resultó extraño. Caminé por las calles de aquellas ciudades bárbaras y miré los rostros de las personas con un imperioso deseo de gritar en voz alta: "¡Yo los he imaginado a todos! ¡Ninguno de ustedes existía hasta que los soñé!"
»Sin embargo, no lo hice. No me habrían creído. Para ellos, yo no era más que un miembro insignificante de su raza. ¿Cómo podían suponer que ellos, sus tradiciones y su historia, su mundo y su universo, habían adquirido de súbito su ser gracias a mi imaginación?
»Después de que mi primera excitación remitiera, no me gustó el lugar. Lo había creado demasiado bárbaro. Las salvajes violencias y crueldades que me habían parecido tan atractivas como material para una historia, eran feas y repulsivas al vivirlas de primera mano. Sólo deseaba volver a mi propio mundo.
»¡Y no pude regresar! No había ningún medio. Tuve la vaga sensación de que podría imaginarme de regreso a mi propio mundo como me había imaginado mi ida a ese otro. Pero no funcionó. La extraña fuerza que había propiciado el milagro no funcionaba en la dirección contraria.
»Lo pasé bastante mal cuando me di cuenta de que estaba atrapado en ese mundo feo, escuálido y bárbaro. Al principio pensé en matarme. Sin embargo, no lo hice. El hombre puede adaptarse a todo. Y yo me adapté lo mejor que pude al mundo creado por mí.
—¿Qué hiciste allí? Quiero decir: ¿Cuál era tu posición? —preguntó Brazell.
Carrick se encogió de hombros.
—No conocía las habilidades ni las destrezas del mundo que había creado. Sólo tenía mi propia habilidad, la de contar historias.
Empecé a sonreír.
—¿No querrás decir que empezaste a escribir historias fantásticas?
Él asintió con expresión sombría.
—No tuve más remedio. Era lo único que podía hacer. Escribí historias sobre mi propio mundo real. Para esa gente, mis relatos eran de una desbordante imaginación y les gustaron.
Nos echamos a reír. Pero Carrick permaneció mortalmente serio. Madison llevó la broma hasta el final.
—¿Y cómo conseguiste regresar al fin a casa desde ese otro mundo que habías creado?
—¡Nunca regresé a casa! —respondió Carrick con un profundo suspiro.
—Oh, vamos —protestó levemente Madison—. Es obvio que regresaste en algún momento.
Carrick, con la misma expresión sombría, meneó la cabeza mientras se ponía en pie para marcharse.
—No, nunca regresé a casa —repitió—. Todavía estoy aquí.
FIN
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