2026/09/14

¿Quién oprime el botón? (Nelson Bond)


Título original: Button, Button
Año: 1954


Sería mejor, se dijo, no tener que mirarlo. Resultaría más fácil si tuviese algo, lo que fuese, para ocupar las manos. Pero todos los instrumentos —excepto aquél, desde luego— eran completamente automáticos. Estaba prohibido fumar en todos los compartimientos excepto en la sala de recreo. Y uno terminaba por cansarse y por sentirse solo. Entonces se iba insinuando poco a poco aquella opresora desazón. Uno se volvía cada vez más consciente de su propia soledad; del apretado y estrecho círculo formado por las propias ideas; de la tensión y la tentación crecientes.
Resultaba curioso que aquella tentación estuviese simbolizada por un disco de poco más de un centímetro de diámetro y que apenas pesaba media onza. Era inquietante pensar que un objeto frío e inanimado pudiese despertar aquel turbio impulso. Era increíble que el tormento pudiese asumir la imagen de un diminuto botón carmesí.
Jeff Corcoran tendió la mano para tocar apenas aquel botón, rozándolo suavemente, sin oprimirlo. Su superficie era suave bajo las yemas de sus dedos, suave, fría e infinitamente tentadora. Haciendo un brusco esfuerzo retiró la mano. Recogió con sus dedos los naipes esparcidos ante él y los barajó con furiosa intensidad, para colocarlos de nuevo ante él, con ademán terco y obstinado, iniciando otro de aquellos interminables solitarios que hacía para matar el tiempo.
Doce solitarios y treinta aburridos minutos después, Bob Craig hizo su aparición. Avanzó perezosamente hacia el puesto del artillero, escogiendo los asideros con la gracia felina del que casi ha olvidado ya cómo hay que moverse sin semejantes ayudas. Su progreso era más una flotación dirigida que una marcha. Se acomodó en la silla de contorno anatómico situada al lado de Jeff, mirando con expresión divertida y burlona los naipes colocados ordenadamente ante el más joven de los dos.
—A veces esto resulta un poco aburrido, ¿eh, Corcoran?
Jeff repuso:
—Esta observación, amigo mío, merece ganar el Premio Interplanetario de la Perogrullada para el año 1981. Esos quejumbrosos aullidos que oyes a lo lejos son producidos por mis sentidos personales que piden a gritos que los suelten.
Craig sonrió.
—Lo sabía. La vida en la Rueda resulta a veces extraordinariamente monótona. Pero eso sucede con todas las tareas rutinarias. Si quieres aburrimiento en estado químicamente puro, trabaja en la línea de Venus por algún tiempo. Veintiuna semanas en una campana de vacío, sin otra cosa que ver como no sean las repelentes fachadas de un grupo de colegas, y terminas por detestarlos de todo corazón antes de que haya transcurrido ni tan siquiera un mes.
—Reconozco que debe ser aburrido —concedió Jeff—. Pero no...
Se interrumpió de pronto. Craig enarcó las cejas.
—¿No qué?
—Nada. Divago. Me parece que empiezo a estar sobresaturado de espacio. Bueno... ¿Es la hora del relevo?
—Casi.
Los dos hombres cambiaron de lugar. Craig echó una ojeada al cronómetro, dio un golpecito al botón del control de tiempo y comunicó su entrada en servicio:
—Once cincuenta y nueve, hora de Greenwich. El teniente Craig releva al alférez Corcoran en el puesto de artillero. Corto.
Se repantigó en la silla giratoria situada entre los mandos, sacó los pies de los sujetadores, los colocó sobre el cuadro de mandos situado ante él, y dejó escapar un suspiro.
—Y así empieza otro emocionante capítulo en la azarosa vida de Bobby Craig, el Chico de la Rueda —declamó en son de mofa—. Ayer dejamos a nuestro héroe lidiando a brazo partido con Morfeo, el ogro feroz, en cuyos brazos él no era más que un niño desvalido. Hoy...
Jeff le atajó de pronto:
—Oye, Craig...
—¿Eh?
—Probablemente esto te parecerá una estupidez, ¿pero qué haces mientras estás de guardia aquí durante dos horas interminables?
—Pues verás —respondió Craig, encogiéndose de hombros—, lo que pide el reglamento que se haga. Comprobar los instrumentos cada quince minutos para no desviarnos del rumbo cero, la trayectoria y la deriva relativas respecto a la Burbuja de allá abajo. —Indicó negligentemente con el pulgar hacia la portilla por la que se veía el globo terrestre destacándose sobre el estrellado ébano del espacio como una gigantesca canica moteada flotando sobre una nube—. Registrar todas las observaciones y noticias radiofónicas relativas a fenómenos meteorológicos, cambios de ionización, o cualquier otra cosa que pudiese afectar los cálculos balísticos. Como ves, todo cosas rutinarias. ¿Qué otra cosa se puede hacer aquí?
—Eso es lo que yo quería oír —replicó Jeff, con un deje amargo en la voz—. Nada. ¡No se puede hacer absolutamente nada! Bueno... hasta luego.
Se calzó un par de botas de suela magnética, se puso en pie y alcanzó el primero de una serie de asideros que le ayudarían a trasladarse, casi arrastrándose, desde el borde exterior de la Rueda hasta las salas de esparcimiento, situadas cerca del eje de la misma. Mientras él se alejaba trabajosamente, Bob Craig se inclinó para escudriñar las esferas y hacer una anotación en el cuaderno de bitácora.

Jeff comenzó por dirigirse al baño para tomar una ducha. En el cubículo de la ducha, los chorros de agua semejantes a plumas que brotaban de todos los poros del recinto revoloteaban ingrávidos a su alrededor, como una nube danzante. Ésta era una de las pocas cosas buenas, se dijo, que tenía vivir en un satélite artificial a 1500 kilómetros sobre la superficie de la Tierra. Las gotitas de agua, al no hallarse influidas por la gravedad, no caían en cascada sobre su cuerpo para perderse, sino que se adherían a él como la niebla al pie de unas cataratas. El agua era fresca, vigorizante y deliciosa. Tras dos minutos de aquella rociada se sintió como nuevo. Accionó el mecanismo de succión que hacía desaparecer el agua de la ducha, se alejó flotando de ella, se puso un fresco mono espacial y se dirigió a la cocina para comer un bocado.
Griffin, el camarero de la Rueda, le dio una jaula de bocadillos, una pelota de té y su aburrida conversación.
—Hola, señor Corcoran. ¿Hay algo de nuevo en la crisis panamericana?
—Que yo sepa, no —dijo Jeff, engullendo un bocado de queso con jamón con ayuda de un sorbo de té que hizo brotar de la esfera de plástico—. ¿Acaso sabe usted algo?
Griffin denegó con la cabeza.
—No es nada bueno. Hace poco estuvo aquí Van Brugh. Dijo que los federales están reuniendo en masa a los paracaidistas en todas las bases de Sudamérica.
Van Brugh era el oficial de observación. Jeff frunció el ceño.
—¿A pesar de la advertencia de las Naciones Unidas?
—¡Advertencia! Los dictadores no se asustan de las palabras. Acuérdese de lo que pasó en el sesenta y dos. Los comunistas no se detuvieron hasta que la ONU se puso seria de verdad. El único lenguaje que entienden los militaristas es el de la fuerza.
—Pero la fuerza bruta nunca ha resuelto nada, Mac. La ONU demostrará mayor juicio evitando apelar a ella mientras exista la menor posibilidad de compromiso pacífico. A su debido tiempo...
—Tiempo es lo que nos falta —gruñó el camarero— y mientras nosotros estamos charlando los federales aprovechan hasta el último minuto. No tardarán mucho en echarse a la calle. Yo, en el caso de usted —señaló sombríamente al joven oficial—, estaría más que contento de tener en mi mano la posibilidad de hacer algo para resolver esa cuestión.
—Entonces, me alegro de que no esté en mi lugar —dijo Jeff—. No nos han puesto aquí para que tomemos partido en las discusiones internacionales, Mac. Actuaremos como fuerza policíaca sólo en un caso de emergencia.
Griffin parecía ligeramente decepcionado.
—No le entiendo a usted, alférez. Le están sacando la lengua a su patria, creo. Usted es norteamericano, ¿no es verdad?
—Sí, nací en los Estados Unidos —reconoció Jeff con mansedumbre—. Pero ahora soy un patrullero. El día que me puse este uniforme, juré servir a toda la Humanidad.
Diciendo estas palabras acarició la brillante insignia que lucía sobre su pecho, en el centro del bolsillo superior de su guerrera: La medalla en forma de Rueda, bajo la cual se leía la altiva leyenda en latín Mundo servire.


—Ya conoce nuestra divisa, Mac: "Servir al Mundo". Ésta es la función que debe de realizar el patrullero. Servir al mundo. Entiéndalo bien, no a una sola nación o a un grupo de naciones.
—Desde luego —dijo Griffin sin poder ocultar su impaciencia—. Pero cuando una banda de energúmenos amenace alterar la paz del mundo, entonces ustedes deberán actuar.
—Cuando se demuestre que existe tal amenaza —replicó Jeff—, nosotros actuaremos, pero después de maduras y prolongadas reflexiones; no de una manera impulsiva o apresurada, dejándonos llevar únicamente por el odio o la ira. Servimos al mundo. No lo gobernamos.
 
En la sala de recreo, la crisis panamericana constituía el tema de todas las conversaciones. Allí, sin embargo, los comentarios eran más sobrios y contenidos. Los oficiales que allí se reunían eran antiguos alumnos de la Academia que estaban acostumbrados a las concepciones mundiales, no limitadas por prejuicios geográficos. Dos de ellos, antiguos ciudadanos de la Federación Sudamericana, se sentían muy embarazados e inquietos a causa del conflicto que se tramaba a mil quinientos kilómetros bajo sus pies.
El argentino Pedro González dijo:
—No puedo dejar de pensar que esas informaciones deben de ser exageradas. Mi país no tiene por costumbre realizar actos de agresión. Estoy seguro de que hallarían cualquier otro medio de resolver sus diferencias con la Alianza Norteamericana sin apelar a la guerra.
Van Brugh intervino, conciliador:
—No creo que llegue la sangre al río. Después de todo, no ha habido una sola guerra en el mundo desde que se construyó la Rueda, o sea desde hace cinco años. Y por muy buenas razones. No hay nación alguna que sea lo suficientemente poderosa para desafiar a las Naciones Unidas. Todos los países del mundo saben que nosotros cruzamos sobre ellos y observamos hasta el último rincón habitado del Globo cada veinticuatro horas; y lo que aun es más, que dominamos todos los puntos de la Tierra y que con nuestros proyectiles podemos alcanzar el objetivo que nos propongamos. Ninguna nación, por locos que fuesen sus dirigentes, querría arriesgarse en un juego tan desigual.
Manuel da Silva dijo con sombría dignidad:
—No comprendes el carácter de mi pueblo, Jan. Una vez los míos se levanten en armas, nada significa para ellos el peligro, la muerte, ni las probabilidades en contra. Entre una y una docena de bombas se perderían en el Matto Grosso... y aún no habríamos salido de mi país. Además, piensa que somos únicamente un miembro de la Federación. Poco importaría la pérdida de un millón o dos de vidas, si hubiese alguna probabilidad de triunfo. Y no olvidemos tampoco —añadió— que si ellos son vulnerables, también lo somos nosotros. Sus cañones atómicos de largo alcance, pueden alcanzarnos con tanta seguridad como nosotros a ellos. La Rueda, dadas sus dimensiones, es un blanco nada despreciable. Las maniobras militares del año pasado lo demostraron.
Jeff Corcoran se apresuró a intervenir:
—Este razonamiento es falso, Manuel. Durante esas maniobras nosotros éramos un objeto invariable que se movía en una órbita regular. Ahora no es así. Diez minutos después de que se dispare el primer tiro en la Tierra, los cohetes auxiliares de la Rueda cambiarán nuestra altura y velocidad, situándonos en una órbita excéntrica de cálculo imposible, con lo que nos convertiremos en un blanco casi inalcanzable.
—Es cierto —admitió Da Silva—. Pero supón que nos alcanzan antes de que cambiemos de órbita. O aunque no sea así: ¿Cómo podrás disparar tú, artillero, con cierta posibilidad de dar en el blanco, desde una órbita errante? ¿O es que no habías pensado en eso?
Esa idea no se le había ocurrido a Jeff, aunque más bien le produjo alivio. Una cosa era permanecer sentado cómodamente en el puesto de artillería de un satélite artificial que giraba cada dos horas según una órbita calculada en torno a la Tierra, a 1730 kilómetros de altura y a una velocidad constante de 25000 kilómetros por hora, y basándose en estos factores conocidos calcular la fórmula balística necesaria para situar un cohete con cabeza atómica sobre un punto determinado de la Tierra. Pero otra cosa muy distinta sería conseguir, aunque sólo fuese un centésimo de tal precisión, en el caso de que tanto el objetivo como el cañón se moviese. Jeff tuvo que reconocer que en tal caso le sería imposible hacerlo. Y ponía muy en duda que hubiese nadie a bordo de la Rueda, incluyendo al propio comandante de la misma, el almirante Berkeley, capaz de dar a los calculadores electrónicos las ecuaciones que permitirían oprimir el gatillo.
Con desazón, dijo:
—La verdad es que estamos hablando de cosas muy improbables. Hay mil probabilidades contra una de que no se declare la guerra.
González sonrió imperceptiblemente.
—No solamente lo esperas tú, Corcoran —dijo, suspirando—, sino también todos nosotros.

La noche cayó de pronto cuando la Rueda entró en el cono de sombra de la Tierra. Corcoran se fue a la Sección de Comunicaciones, donde se mantenía el contacto con la Tierra por medio del visifono. Pidió y obtuvo permiso para hacer una llamada personal. Menos de tres minutos después la aguja le indicó que el contacto se había establecido. Jeff entró en la cabina receptora, oprimió el botón de contacto y la pantalla que tenía ante él se iluminó para mostrarle las facciones de Moira Daniels. Los ojos de la joven se iluminaron cuando reconoció a su comunicante.
—¡Jeff, querido! Cuando el operador me dijo que era una llamada del espacio, ya supuse que debías de ser tú. ¿Cómo estás?
—Muy bien —dijo Jeff—. Magníficamente. —Y añadió—: ¿Has dicho que supusiste era yo? ¿Quién si no podía ser?
—Vamos, Jeff —dijo Moira, riendo—, no te hagas ahora el novio celoso. Pudieran haber sido muchos otros. Papá, por ejemplo —Pete Daniel era contramaestre en una línea de pasaje regular Tierra-Luna—, o Dick, llamándome desde la Central de Marte, o Wally...
—¿Wally? —dijo Jeff levantando agudamente la voz—. ¿Está nuevamente de servicio?
Moira mostró una ligera turbación.
—Sí. Se incorporó de nuevo al servicio activo la semana pasada.
—¡Pero, mujer, si Wally tiene treinta y tres años!
—Treinta y cuatro —le corrigió Moira.
—Peor aún. De todos modos, es demasiado viejo para entrar en acción. ¡Dime, Moira! ¿Cuántos reemplazos han llamado a filas?
Moira respondió gravemente:
—Cinco, Jeff. De los cuarenta y seis a los cincuenta. Es por la crisis panamericana. Aunque supongo que ya estarás enterado.
—Sí, lo he oído y lo he visto todo —dijo Jeff, ceñudo—. Para eso estoy aquí, entre otras cosas.
—Ya lo sé —asintió Moira—. Y nosotros dependemos de ustedes, los de la Rueda. Nuestro campo de visión no es tan grande como el de ustedes, Jeff. Así es que haz el favor de velar por nosotros, ¿eh? —El tono de su voz era deliberadamente ligero, pero sus palabras eran serias—. Y no apartes tu dedo del botón —rogó cómica y a la vez gravemente.
—No te preocupes —le prometió Jeff—. Lo haré así. —Y entonces, ya que no había llamado a través del vacío con la única finalidad de aumentar la depresión que ya le dominaba, cambió la conversación hacia temas más agradables—. Pero hablemos de ti, Moira. Cuéntame, ¿qué planes tienes? ¿Todo va bien?
—Perfectamente, querido. Mis amigos me han colmado de regalos. Estoy hecha un verdadero lío tratando de decidirme entre una batería de cocina de aluminio y otra de metal. He encargado ya los vestidos de las damas de honor y Betsy ensaya como una loca para convertirse en la ramilletera más encantadora y elegante que jamás se ha visto en una iglesia. Así es que, como la doncella de la canción, yo estaré dispuesta y esperándote ante el altar para cuando tú regreses...
Un repentino temor se reflejó en su voz y en su mirada.
—Jeff, espero que volverás, ¿verdad? Supongo que no me habrás llamado para decirme que te han anulado el permiso.
—Nada de eso —la tranquilizó Jeff—. No puede predecirse, desde luego, lo que sucederá si la situación empeorase. Pero por lo que sé hasta el momento, no faltaré para desempeñar mi papel en el acontecimiento más grande del siglo.
—Reguemos al Cielo para que nada suceda, Jeff. Si ahora ocurriese algo que trastornase nuestros planes, creo que...
Intervino la voz del visifonista para decir en son de excusa:
—Lo siento, señor. Tendrán ustedes que terminar. Hay una llamada de urgencia.
—Que se vaya al diablo —gruñó Jeff—. Supongo que ésta no es la única línea Tierra-Rueda. Hágala usted por otra.


—Jeff, querido, no importa —intervino Moira—. Ya seguiremos hablando luego. Buenas noches. Me ha hecho mucho bien verte.
—Moira —llamó Jeff. Pero la pantalla se oscureció.
Después de echarle un beso con la punta de los dedos y dirigirle una sonrisa, Moira había cortado la comunicación. Jeff dejó la cabina a regañadientes y se dirigió hacia el perímetro exterior de la Rueda, donde estaba el Observatorio. Instalándose en una butaca, permaneció algún tiempo contemplando con gesto ceñudo la moteada esfera de la Tierra, que giraba perezosamente bajo la Rueda, que avanzaba vertiginosamente por el espacio.
Invertidas desde el punto de vista geográfico, las masas continentales de las dos Américas se destacaban claramente desde aquel observatorio ideal.
"Quizá" —se dijo Jeff con una especie de humor salvaje— "le haría bien al dictador de la Federación pasarse una temporadita en la Rueda. Si desde ella pudiese ver las posiciones relativas de los dos continentes vecinos, sus belicosas ambiciones se calmarían, después de contemplar su continente en lo más alto del mundo".
Norteamérica. Jeff dirigió su mirada hacia la amplia extensión de los Estados Unidos, y la fijó en el lugar que ocupaba el Estado de Illinois. A un extremo del lago Michigan vio la resplandeciente telaraña que señalaba el emplazamiento de la populosa ciudad de Chicago. Sintiendo una dolorosa punzada en el corazón, se preguntó cuál de aquellos miles de puntitos luminosos correspondía a la casa de Moira.
Cuando después de largo rato se fue a acostar, estuvo dando vueltas entre sus correas durante una hora entera. Por último se sumió en un sueño intranquilo, en el curso del cual se le presentó Moira, que con ademán perplejo trataba de escoger entre una batería de cocina de aluminio y otra de cobre. Se volvió hacia él para implorar su ayuda, pero cada vez que él tomaba en sus manos una cacerola o una sartén para examinarlas, éstas se convertían en un funesto botón carmesí.

Durante todo el día siguiente la tensión fue aumentando de manera regular y sostenida. Las observaciones del amanecer indicaron que los sudamericanos habían vuelto a realizar movimientos durante la noche. En la Sala de Proyecciones se pasó una película ante la ansiosa expectación de todo el personal de la Rueda, en la cual se ofrecían vistas que revelaban íntimamente los puntos neurálgicos de la Tierra, que habían sido observados telescópicamente. Estos puntos iban desde zonas de un diámetro superior a los 150 kilómetros hasta otras, estudiadas detenidamente, que apenas abarcaban 500 metros.
Estas imágenes revelaban sin dejar ningún lugar a dudas las intenciones agresivas de los federales. Jeff calculo que más de cuarenta divisiones estaban reunidas en el Canal de Panamá o en sus proximidades. Aquellos tizones ardientes tarde o temprano tenían que estallar en llamas. No era más que una cuestión de tiempo que saltase la primera chispa y en aquel momento el mando de la Rueda debería adoptar una decisión. ¿Debería actuar instantáneamente para sofocar la conflagración en ciernes, o esperar a que se levantasen las primeras llamaradas?
Miles de radiogramas cruzaban el espacio. En un reactor salió para Panamá un enviado del Tribunal Internacional. La ONU hizo un nuevo llamamiento a la Federación para que depusiese las armas. Cuba ofreció un terreno neutral donde las dos Américas en lucha pudiesen reunirse en torno a una mesa de conferencias para resolver amigablemente sus diferencias.
En Madrid, un grupo de simpatizantes de la Federación rompió los vidrios de las ventanas de la embajada norteamericana. Todos ellos fueron detenidos. Rápidamente se organizó una sociedad española de Amigos de la América Hispana, la cual pagó una fianza para que los detenidos fueran puestos en libertad. Al instante se organizó un desfile monstruo para celebrar su liberación.
En las ciudades de Centroamérica se inició la evacuación de niños. Washington y Río, Bahía y Nueva York se hallaban bajo el toque de queda. Méjico advirtió a todas las naciones que no estaba dispuesto a admitir las violaciones de su espacio aéreo. La tensión aumentaba por momentos en la Tierra... y en el pequeño compartimiento donde Jeff Corcoran permanecía ensimismado sobre un botón carmesí de un centímetro escaso de diámetro y que se hallaba a poco más de un centímetro de su dedo impaciente.
Cumpliendo órdenes recibidas una hora antes, calculó las coordenadas necesarias para enviar un mortífero mensajero desde la Rueda a la capital de la Federación, donde tenía sus reales el dictador de Sudamérica y donde se hallaba el epicentro de la fiebre que se había apoderado de toda la humanidad. Y entonces, mientras el tumulto, en código y vocal, martilleaba en sus oídos, la cólera de Jeff crecía a cada segundo que pasaba.
Esto no es más que una algarabía desordenada, mezclada con improperios y amenazas, se dijo enojado. Interminables cascadas de palabras, que se reúnen para formar el torrente que atemoriza al mundo. ¿Es que no existía paz y silencio en ningún lugar? Sí... ciertamente...
Pensó en su casa de Santa Bárbara; en las verdes y lozanas colinas y en los plácidos campos, en los racimos que, por aquel entonces estarían alcanzando su dulce y aterciopelada madurez. Pensó en su madre, con una toalla a guisa de turbante en la cabeza, con las manchas purpúreas de la vid en sus manos, vestida en traje de faena; en su madre, sola en la humeante fragancia de la vendimia, convirtiendo la pulpa de la uva en sabrosa jalea.
Entretanto su padre la ayudaría en la vendimia. Y su hermanita, con trenzas aún, empujaría la aspiradora para limpiar la casa. Y Tommy, su hermanito, repartiría los periódicos de la noche, con sus tétricos titulares:
"Aumenta la amenaza de guerra". "El Ministro de Defensa impone el toque de queda mientras las esperanzas de paz disminuyen".
No era justo, se dijo Jeff, que buenas gentes como aquéllas —como los suyos— tuviesen que inquietarse, sentir temor y ver trastornadas sus dichosas vidas porque un tirano que estaba a medio mundo de distancia quería demostrar la fuerza de su despotismo. No era justo. Alguien debía hacer algo para impedirlo. Y en especial alguien que sentía bajo su mano, suave, frío, increíblemente tentador, un disco carmesí sobre el que bastaría una ligerísima presión para que toda aquella injusticia terminase.
Pensó en Moira. En su novia, que estaba comprándose su ajuar; en Moira, eligiendo con seriedad las cacerolas y sartenes con que cocinaría las comidas que ambos compartirían; en Moira, su novia, con sus dulces ojos llenos de turbación.
No era justo, no estaba bien que ni ella ni cualquier otra joven tuviese que enfrentarse con la terrible amenaza de la guerra, con el conocimiento de que muchos de los que irían a la lucha no regresarían jamás. La guerra era muy dura para los hombres. Pero aún lo era más para las mujeres que se quedaban sentadas en sus casas, esperando con los labios blancos y apretados a que llegasen las listas de muertos.
No era justo que sucediesen tales cosas mientras allí, en lo alto, él disponía del poder necesario para disipar todos aquellos temores. Aquel poder era suyo. Era su poder personal sobre la vida y la muerte, que lo convertía casi en un dios...
"¡Reprímete!", se dijo. ¿Qué pensarían de eso sus instructores de la Academia? Mundo servire: "Servir al mundo". Éste era el credo de la fuerza que él representaba. Permanecer sentado sobre el mundo en el trono del juicio, pero no para juzgar. Para vigilar, sugerir y guiar... y solamente para obligar cuando todos los demás recursos fallasen. Ésta era la obligación de la Rueda, el deber de un Patrullero del Espacio de las Naciones Unidas.
Y sin embargo... había la Federación. Tropas sedientas de sangre amontonadas junto a una frontera en tensión. Soldados que avanzaban en verdaderas caravanas de hormigas a punto de atacar; un verdadero enjambre de avispones concentrado en los aeropuertos, ansiosos por emprender el vuelo y arrojar los letales aguijones de su poderío atómico contra inocentes como Moira, su madre y su hermana.
¿Qué mejor manera de servir al mundo, se dijo, que la de atacar a los que hacían peligrar su paz? Y de pronto la vieja frase danzó ante sus ojos:
"¿Quién oprime el botón?" Y la espantosa respuesta.

El audiófono dio unas roncas órdenes y Jeff tensó su cuerpo en el asiento:
"¡Puesto de artillería, alarma roja! Esté a punto de entrar inmediatamente en acción. Hora cero diez en punto".


¿Hora cero? Eso quería decir que por último habían pronunciado aquella firme advertencia que se había hecho tanto esperar. El mando de la Rueda se había decidido por último a actuar, enviando el ultimátum a la Federación.
"Depongan las armas", debía de rezar aquel mensaje, desprovisto de fraseología altisonante. "Hemos sido pacientes hasta el límite. Hemos observado sus acciones y las desaprobamos. Dispérsense inmediatamente. Dispersen sus concentraciones y tropas... o de lo contrario..."
¿Qué pasaría entonces, se dijo Jeff? ¿Cuál sería la respuesta de la Federación? ¿Cumpliría humildemente aquellas órdenes? Si había que creer a Da Silva, eso no sucedería. "Ustedes no comprenden el carácter de los míos. El peligro y la muerte nada significan para ellos". No, serían los primeros en pegar y su primer golpe iría dirigido contra su más peligroso adversario, la veloz motita que se cernía a mil seiscientos kilómetros sobre sus cabezas y que les amenazaba con un castigo paternal.
¿Cómo se sabría que había partido hacia ellos el proyectil, cruzando el espacio a velocidad supersónica con el objeto de aniquilar la Rueda? ¿De hacer añicos la luna de metal que constituía la creación más orgullosa y ambiciosa del hombre? ¿Que borraría del cielo aquel carro de Ezequiel, para que los hombres pudiesen asolar libremente la superficie de la Tierra?
¡Que se vaya al diablo, se dijo con súbita violencia, que se vaya al diablo toda esta repugnante indecisión! Es demasiado verse obligado a esperar pacientemente a que nos ataquen. ¡Terminemos de una vez! Tenemos los medios —yo tengo los medios— de terminarlo.
"¿Quién oprimirá el botón?" ¡Yo lo haré! Yo, Jeff Corcoran, guardián de los cielos. Yo, Jeff Corcoran, moderno avalar de Krisna el vigilante, de Siva el destructor. Yo, Jeff Corcoran, dios temporal de la Tierra.
Su índice se abatió convulsivamente. El botón carmesí se hundió bajo su presión.

Le pareció que habían transcurrido horas, pero apenas habían pasado dos segundos cuando Jeff Corcoran se hundió aterrorizado ante la idea de lo que había hecho. No, no de lo que él había hecho, sino de lo que su índice, que casi pareció moverse por su propia voluntad, acababa de desencadenar sobre la Tierra.
Durante aquellos segundos de aturdimiento una horrible visión danzó ante sus ojos. Vio abrirse la escotilla de lanzamiento y salir del vientre de la Rueda el alado proyectil para precipitarse hacia la Tierra a más de dos mil kilómetros por hora. Mentalmente calculó la distancia que debía recorrer aquella mortífera arma y la vio tocar el suelo. Un súbito resplandor en el claro cielo brasileño una décima de segundo antes de que la bomba estallase con espantosa furia seguida por la onda del sonido, que se perdería en el trueno amedrentador de la explosión atómica, que ahogaría los alaridos de los miles, tal vez millones de seres que morirían instantáneamente.
Una agonía de remordimientos le invadió, al comprender lo que había hecho. Por un instante el pánico pareció que iba a dar al traste con su razón. Se levantó a medias del asiento, debatiéndose entre el impulso loco de correr, de ocultarse para eludir las responsabilidades que le pudiesen recaer por aquel acto imprudente y temerario.
Mas entonces vino en su ayuda la disciplina que le habían inculcado los años de Academia. Comprendió al instante lo que debía hacer y se sintió de nuevo frío y reposado. Mientras aún debatía en su mente las prontas decisiones que había que adoptar para anular su precipitado acto, su adiestrado cuerpo tomaba ya las primeras medidas de urgencia.
Con la mano derecha tocó el interruptor que abría un circuito conectado con todos los puestos interceptores de cohetes de la Tierra. Con voz trémula y ronca les dio el siguiente mensaje de aviso:
—Control de intercepción, Tierra; a todos los puestos. La Rueda llama a todas las estaciones de intercepción. Bomba disparada a las 9,23 horas de Greenwich. Objetivo, Río. Trayectoria, código tres cero cinco. Coordenadas de fuego diecinueve grados seis minutos de declinación...
Leyó las cifras significativas que le daban las esferas:
—Levanten pantalla total sobre la zona del objetivo. Nada más por el momento. Contesten al mando de la Rueda.
No esperó a oír los primeros acuses de recibo de este mensaje, el ronroneo que parecía producido por un centenar de abejas y que se iba alzando de un puesto de intercepción tras otro. Aquello daría por resultado, en el espacio de pocos minutos, la erección de una pantalla de cohetes sobre el sector amenazado. Jeff sabía que la bomba necesitaría cuarenta y siete minutos para alcanzar la Tierra. Mucho antes de este plazo la pantalla sería completa. El proyectil con cabeza atómica se perdería al estallar contra un interceptor, en plena troposfera. Una breve llamarada se encendería en los cielos, y algún que otro observador casual se sorprendería ante la aparición de un meteorito en pleno día.
No esperó a enterarse de esto. Sereno ya, Jeff efectuó otra llamada necesaria. Esta vez su voz no era tensa sino sombría. Dijo: 
—Alférez Jefferson Corcoran, del puesto de Artillería, al Mando de la Rueda. Sírvanse enviar inmediatamente relevo. Comparezco bajo arresto voluntario.

El contraalmirante Berkeley indicó con un ademán de cabeza a Jeff que tomase asiento frente a la mesa de su despacho.
—Bueno, Corcoran —le dijo—, parece que tenemos que hablar de algunas cosillas.
Jeff contestó:
—No tengo nada que decir, señor. Lo que he hecho no puede defenderse. Después de lo que me enseñaron en la Academia, nunca debía haberme conducido así. Mi mayor error ha consistido en querer pensar por mí mismo. Y mis pensamientos eran... confusos.
¿Cómo podía hablar a nadie de su madre y del fragante aroma de las uvas en la cocina llena de vapor? ¿Y de su padre, su hermanita y Tommy? ¿Y de Moira calculando con seriedad las ventajas del aluminio sobre el cobre en las baterías de cocina?
—Estaba lleno de confusión —prosiguió Jeff— y traicioné la confianza depositada en mí. No tengo excusas. Sólo puedo pedir disculpas y aceptar el castigo que quiera imponérseme.
Berkeley tamborileó pensativamente con sus dedos sobre la mesa.
—Tal vez le interese saber que, menos de una hora después de que usted cometió esa acción, se demostró que su impulso era por completo innecesario. ¿Sabía usted que, en respuesta al ultimátum de la Rueda, las fuerzas de la Federación se han empezado a retirar de la zona del Canal? ¿Y que se han iniciado ya las negociaciones?
—No, señor; no lo sabía. Pero me alegra saberlo ahora. —Jeff añadió con sencillez—: Aún hace que me considere más loco, pero de todos modos me alegro. Eso demuestra que la Rueda es capaz de realizar la misión que se le ha confiado.
—En efecto, Corcoran —asintió Berkeley—. Se ha demostrado por primera vez la influencia decisiva que tiene la Rueda para el mantenimiento de la paz. Y no será ésta la última vez en que se pida nuestra intervención. Aunque tal necesidad se presentará cada vez con menor frecuencia, a medida que las naciones se den cuenta de que somos un árbitro poderoso e imparcial. El ángel guardián que la propia Tierra ha colocado en los cielos. En cuanto a usted... —el almirante frunció los labios—. ¿Cuál cree usted que será su castigo?
Jeff dijo:
—Eso no soy yo quien debe decidirlo, señor. Tengo novia; íbamos a casarnos el mes que viene. Pero supongo que me someterán a un consejo de guerra. En mi defensa sólo podré alegar, creo yo, un ataque temporal de enajenación. No de locura. Sólo una especie de enajenación. No es que le pida que lo comprenda.
—A pesar de ello —dijo el almirante— lo comprendo. Sé exactamente lo que usted quiere decir, teniente Corcoran.
Jeff repuso maquinalmente:
—Alférez, señor.
—No se considera correcto —observó el comandante de la Rueda— rectificar a un superior... teniente.
Por un momento, Jeff no comprendió el significado de aquellas palabras. Por último llegaron a su cerebro. Jeff contempló estupefacto la sonrisa del almirante.
—¡La verdad, no lo entiendo, señor! Quiere usted decir...
—Que ha pasado usted la prueba —completó Berkeley—. La última y más importante prueba a que son sometidos todos los oficiales artilleros a bordo de la Rueda. La ha pasado de forma excelente.
—Pero, señor, si he violado todos los reglamentos del libro de ordenanzas...


—Algunos de ellos —repuso el comandante— no pueden figurar en los libros. Hay algunos reglamentos que no se pueden enseñar. Puede conseguirse la obediencia física, teniente; pero la mente no puede dominarse con la misma facilidad. En ocasiones no se doblega ante ninguna autoridad y sólo reconoce como guía su sano instinto de conservación, que usted hoy nos ha demostrado a entera satisfacción de todos.
—¡Pero el botón, señor! Yo oprimí el botón.
—Corcoran —le interrumpió de pronto el almirante—. ¿Cuántos hombres han sido probados como candidatos artilleros en la Rueda desde que ésta existe? ¿Lo sabe usted?
—No, señor. ¿Veinte, quizá?
—Su número exacto es de cincuenta y cuatro. Ahora oiga usted esto. ¿Cuántas veces cree usted que un candidato artillero ha oprimido el botón carmesí?
—Nunca lo habrán hecho —dijo Jeff, compungido—. Ninguno de ellos habrá sido tan idiota como...
—Se equivoca usted, teniente. El número exacto vuelve a ser cincuenta y cuatro. Todos y cada uno de los hombres que se han sentado ante ese tablero de mandos ha incurrido en un momento de locura, durante una cualquiera de las espantosas horas que ha tenido que pasarse mirando el maldito disco tentador.
Volvió la cabeza, como si recordase algo.
—Sé lo que es esto, Corcoran. Hace cinco años yo mismo me senté en ese puesto y llegué a sentirme como un dios. Y terminé oprimiendo el botón carmesí, lo mismo que usted.
—Pero usted, mi almirante... —tartamudeó Jeff—. Eso significa...
—Cincuenta y cuatro candidatos han oprimido el condenado botoncito. Sin embargo, sólo diecisiete de ellos han sido aceptados como oficiales artilleros. ¿Comprende usted ahora, teniente? El verdadero fracaso no se produce al cometer el acto, sino en lo que viene después. Más de dos terceras partes de ellos se quedaron helados de espanto ante lo que habían hecho, se desmoronaron completamente, perdiendo la cabeza por completo, sin tomar ninguna decisión positiva.
»Solamente dieciséis de ellos, entre los cuales se cuenta usted, no perdieron la serenidad durante esta prueba. Cuando comprendieron el disparate que acababan de cometer, se afanaron en remediarlo, en corregir la equivocación, que —si la lección no ha caído en saco roto— ya no se atreverán a repetir jamás. Y eso es lo que espero que ocurra en su caso.
Berkeley continuó amablemente:
—El botón que constituía su pesadilla, Corcoran, no disparaba ninguna bomba atómica, como usted suponía y como nosotros permitimos que supusiese. El mecanismo de ésta estaba controlado a distancia por un oficial de idéntica graduación que había pasado ya por la prueba a que acabamos de someterle. Del mismo modo, su llamada a las estaciones interceptoras terrestres no siguió su curso debido, sino que fue desviada para que la Tierra no se alarmase indebidamente ante una amenaza inexistente.
El almirante sonrió.
—Espero que comprenderá el motivo de tales precauciones. La prueba por la que le hemos hecho pasar ha sido terrible, pero necesaria. La responsabilidad que tenemos aquí arriba es enorme. Gozamos de la confianza de tres billones de personas. Sólo podemos poner este peso aterrador sobre unos hombros verdaderamente capaces de soportarlo.
»Cuando regrese usted de su permiso —el cual, dicho sea de paso, teniente, va a comenzar inmediatamente— el botón que tendrá bajo su mano será el verdadero. Creo que entonces le resultará tranquilizador saber que el tremendo poder de vida y muerte que usted ejerce se halla plenamente merecido, después de la prueba a que ha sido sometido y su feliz resultado. Y ahora, teniente, si usted me lo permite, voy a desearle todo género de felicidades —dijo el almirante Berkeley sonriendo—. Y no se olvide de traerme un buen trozo de pastel de bodas.
Jeff le estrechó la mano como alelado, y al notar el cálido apretón, comprendió que simbolizaba una nueva camaradería, una fraternidad de hombres que habían salido victoriosos de la prueba. Aquello constituía al propio tiempo un espaldarazo y un ascenso, y el cambio de un peso que sólo podían soportar unos hombros robustísimos. Aceptó alegremente aquel cambio, pero también con gravedad.
No es cosa baladí, se dijo, servir en la Rueda. Dios ha creído conveniente mostrarnos el camino de las estrellas. Reguemos ahora que nos ayude a guardar y defender a nuestra madre la Tierra.

FIN

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